Follet, Ken - La caída de los gigantes

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II
Fitz se indignó, ese verano de 1920, cuando una delegación comercial rusa fue a
Londres y fue recibida por el primer ministro, David Lloyd George, en el Número Diez
de Downing Street. Los bolcheviques aún estaban en guerra con Polonia, país recién
reconstituido, y Fitz opinaba que Gran Bretaña debía alinearse con los polacos, pero su
propuesta apenas halló apoyo. Los estibadores de Londres fueron a la huelga para no
cargar barcos con fusiles para el ejército polaco, y el congreso de sindicatos amenazó
con una huelga general si el ejército británico intervenía.
Fitz se resignó a no tomar posesión de las propiedades del difunto príncipe Andréi.
Sus hijos, Boy y Andrew, habían perdido su herencia rusa, y tenía que aceptarlo.
Sin embargo, no pudo permanecer callado cuando supo lo que tramaban los rusos,
Kámenev y Krassin, en su viaje por Gran Bretaña. La Sa la 40 aún existía, aunque bajo
una forma distinta, y los servicios secretos británicos interceptaban y descifraban los
telegramas que los rusos enviaban a casa. Lev Kámenev, el presidente del Sóviet de
Moscú, se ded icaba a hacer circular propaganda revolucionaria de forma descarada.
Fitz estaba tan encendido que reprendió a Lloyd George, a principios de agosto, en
una de las últimas cenas de la temporada londinense.
Fue en la casa que lord Silverman tenía en Belgrave Square. La cena no fue tan
opípara como las que había celebrado antes de la guerra. Hubo menos platos, se
devolvió menos comida sin probar a la cocina y la decoración de la mesa fue más
sencilla. El banquete fue servido por doncellas, en lugar de lacayos: nadie quería ser
lacayo en esos días. Fitz supuso que aquellas fiestas eduardianas derrochadoras se
habían acabado para siempre. Sin em bargo, Silverman aún era capaz de atraer a los
hombres más poderosos del país a su casa.
Lloyd George preguntó a Fitz por su hermana, Maud. Aquel era otro tema que
enfurecía al conde.
- Lamento decir que se ha casado con un alemán y que se ha ido a vivir a Berlín explicó. No añadió que ya había dado a luz a su primer hijo, un niño llamado Eric.
- Lo entiendo -dijo Lloyd George-. Tan solo me preguntaba cómo se encontraba. Una
muchacha encantadora.
El gusto del primer ministro por las muchachas encantadoras era de sobra conocido,
por no decir notorio.
- Me temo que la vida en Alemania es dura -dijo Fitz.
Maud le había escrito para suplicarle que le concediera una asignación, pero él se
negó en redondo. Ella no le había pedido permiso para casarse, así pues, ¿cómo podía
esperar que la ayudara?
- ¿Dura? -se preguntó Lloyd George-. Tal y como debería ser, después de lo que han
hecho. Aun así, lo siento por ella.
- Cambiando de tema, primer ministro -dijo Fitz-, ese tipo, Kámenev, es un bolchev
ique judío, debería deportarlo.
El primer ministro se mostraba afable, con una copa de champán en la mano.
- Estimado Fitz -repuso en tono amable-, al gobierno no le preocupa en exceso la
desinformación rusa, que es burda y violenta. Le ruego que no subestime a los
trabajadores británicos: reconocen los disparates cuando los oyen. Créame, los discursos
de Kámenev están haciendo más para desacreditar al bolchevismo que nada de lo que
podamos decir us ted y yo.
Fitz creía que aquello era un montón de sandeces displicentes.
- ¡Incluso le ha dado dinero al Daily Herald!
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