Follet, Ken - La caída de los gigantes

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Para gran disgusto de Fitz, las patrullas volvían con informes contradictorios.
Algunas trincheras alemanas estaban destruidas, otras permanecían intactas. Algunos
tramos de las alambradas de espino habían sido cortados, pero ni mucho menos en su
totalidad. Lo más preocupante era que algunas patrullas tuvieron que retroceder ante el
fuego enemigo. Si los alemanes podían disparar, estaba claro que la artillería
conseguiría su objetivo de barrer con las posiciones inglesas.
Fitz sabía que el número exacto de prisioneros alemanes hechos por el IV Ejército dur
ante la cortina de fuego eran doce. Todos ellos habían sido interrogados, pero, para ira
de los interrogadores, daban información contradictoria. Algunos decían que sus
refugios subterráneos habían quedado destruidos, otros, que los alemanes estaban sanos
y salvos bajo tierra mientras los ingleses malgastaban su munición en la superficie.
Los ingleses estaban tan poco seguros del resultado de sus bombardeos que Haig
pospuso el ataque que se había programado para el 29 de junio. Pero el tiempo
continuaba siendo malo.
- Tendremos que cancelarlo -anunció el capitán Evans a la hora del desayuno, la
mañana del 30 de junio.
- No lo creo -comentó Fitz.
- No atacamos hasta no tener la confirmación de que las defensas del enemigo han
quedado destruidas -dijo Evans-. Es un axioma de la guerra de asedio.
Fitz sabía que ese principio había sido acordado en el momento más inicial de
planificación del conflicto, pero que, más adelante, se había descartado.
- Sea realista -le dijo a Evans-. Hemos estado preparando esta ofensiva durante seis
meses. Esta es nuestra acción más importante de 1916. Hemos volcado todos nuestros
es fuerzos en ella. ¿Cómo va a cancelarse? Haig tendrá que dimitir. Podría provocar
incluso la caída del gobierno de Asquith.
Evans pareció enojado por ese comentario. Le subieron los colores y empezó a hablar
en un tono de voz más agudo.
- Mejor que caiga el gobierno y no que nosotros enviemos a nuestros hombres contra
las metralletas colocadas en las trincheras.
Fitz sacudió la cabeza.
- Tenga en cuenta los millones de toneladas de suministros que se han enviado en
barco, las carreteras y vías férreas que hemos construido para traerlos hasta aquí, los
cien tos de miles de hombres entrenados y armados, y trasladados hasta este lugar desde
Gran Bretaña. ¿Qué haremos… enviarlos a todos a casa?
Se produjo un largo silencio; entonces Evans dijo:
- Tiene razón, por supuesto, comandante. -Sus palabras eran cordiales, pero su tono
era de rabia contenida-. No vamos a enviarlos de regreso a casa -lo dijo con los dientes
apretados-. Los enterraremos aquí.
A mediodía, la lluvia dejó de caer y salió el sol. Poco después, llegó la confirmación:
«Atacaremos mañana».
Capítulo 17
1 de julio de 1916
I
Walter von Ulrich estaba en el infierno.
El bombardeo británico duraba ya siete días y siete noches. Todos los hombres en las
trincheras alemanas parecían haber envejecido diez años en una semana. Se acurrucaban
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