Las apariencias engañan. Diferentes contenidos de la distribución

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“LAS APARIENCIAS ENGAÑAN.
DIFERENTES CONTENIDOS DE LA DISTRIBUCIÓN FUNCIONAL DEL INGRESO” 1
Juan M. Graña y Damián Kennedy2
(Centro de Estudios sobre Población, Empleo y Desarrollo–CEPED–IIE–FCE-UBA)
“En casi todas las ciencias es sabido que muchas veces las cosas se manifiestan con una forma inversa
de lo que en realidad son; la única ciencia que ignora esto es la economía”. K. Marx
I.
Introducción
En algunos trabajos recientes hemos insistido en la necesidad de recuperar el análisis de la
distribución funcional del ingreso, abandonado paulatinamente en nuestro país desde mediados de
los años setenta. Si bien destacamos la importancia que aquella posee para las diversas teorías
económicas, lo cierto es que expresa contenidos completamente diferentes según la teoría que se
sostenga. Este trabajo tiene como objetivo dar un primer paso en la dilucidación de esas diferencias.
II. La “historia oficial”
Sin demasiados preludios ni matices, en los comienzos de la carrera de Economía los manuales de
estudio nos enseñan que la producción de bienes responde al hecho objetivo de que las personas
deben satisfacer necesidades. Para tal fin, se combinan los recursos o factores productivos (tierra,
trabajo y capital), lo que se expresa en la denominada función de producción. A su vez, siendo
aquellas necesidades virtualmente ilimitadas en relación a los recursos, surge el problema de la
escasez. De esta forma queda establecido el objeto de la economía: el estudio de la asignación
eficiente de los recursos escasos para la satisfacción de necesidades ilimitadas.
Como es natural, aquellos valores de uso se producen para el intercambio, que se realiza
“aceitadamente” gracias a la milagrosa existencia del dinero, superando los problemas del arcaico
sistema del trueque. El valor de cambio de los bienes expresados en dinero es su precio, de modo
que la expresión conjunta de todos los bienes conforma el sistema de precios. Estos son
determinados por el libre juego de la oferta y la demanda; si éstas no coinciden, los precios se
moverán hasta ajustarlas. En el punto en el cual cesan los movimientos el mercado encuentra el
equilibrio, alcanzándose el precio “justo”.
Ahora bien, ¿que es lo que rige el movimiento de la oferta y demanda? La conducta de productores y
consumidores. Presa de la imposibilidad de determinar el comportamiento de millones de individuos,
la teoría económica introduce al agente representativo, adjudicándole la racionalidad como lógica de
comportamiento. Así, aquellos toman sus decisiones de manera óptima (maximización de su utilidad y
su beneficio, respectivamente) teniendo en cuenta sus condiciones individuales y las restricciones
impuestas por el mercado3. El resultado de este análisis son las curvas de oferta y demanda
individual, que reflejan en cada punto la decisión óptima a cada precio. Agregándolas, obtenemos las
correspondientes al mercado. Así, en el punto de equilibrio, oferentes y demandantes están
completamente satisfechos; es decir, estamos en el mejor de los mundos. El sistema de precios,
organizador de las decisiones de los individuos, se erige así como el mejor mecanismo “diseñado” por
la humanidad para la asignación de recursos.
A la corriente de bienes se contrapone una corriente monetaria de dirección opuesta: los ingresos
(salario, ganancia y renta) que reciben las familias por la provisión a las empresas de los factores
productivos, que están determinados, al igual que cualquier bien, por la igualación de oferta y
demanda resultantes de la agregación de las conductas individuales de los agentes de este mercado.
En este caso, nos interesa el comportamiento del productor individual que, considerando dadas las
retribuciones a los factores y el precio del bien que produce, maximiza su beneficio contratando
factores hasta el punto en el cual el valor que cada uno de ellos incorpora al producto total (o sea, el
precio del bien multiplicado por el producto marginal del factor) se iguale a su retribución; a partir allí,
por la ley de rendimientos decrecientes, cantidades adicionales del factor implican un valor del
producto marginal menor a la retribución. De esta forma, en el agregado cada factor productivo recibe
una remuneración real igual a su productividad marginal.
Llegamos así al contenido de la distribución funcional del ingreso para la teoría económica: la
participación de cada factor en el ingreso total de la sociedad está en estricta relación al aporte que
cada uno realizó a la producción. De esta forma queda configurada una visión armoniosa de la
sociedad, en la cual no existen (o, a lo sumo, no hay razones para que existan) conflictos en torno a
la distribución del ingreso, dada la justicia objetiva que se deriva del análisis.
III. Una contribución a la crítica de “la historia oficial”
El desarrollo anterior fue hecho en los términos en los que aparece toda vez que nos enfrentamos a
un manual de economía. Ante la mirada de algún desprevenido, pareciera que existe un conjunto de
principios básicos que forman “la teoría económica” con los que todos los economistas comulgan
religiosamente, más allá de la perspectiva teórica (o ideológica) que sostengan. Pues bien, en rigor, lo
que tenemos enfrente no es más que la teoría neoclásica, con su pretensión de hacer pasar por
universales los fundamentos que dan lugar a su construcción teórica.
Antes que nada, la producción de valores de uso es algo tan general a la naturaleza humana que la
propia vida no sería concebible sin ella. Pero tan cierto como esto es que la producción es un proceso
social y que, como tal, no existe salvo bajo una determinada forma de organización social. En el
esclavismo y en el feudalismo también se combinaban factores para la producción de bienes; esto
ocurre incluso en nuestros hogares. Evidentemente, cada uno de estos ejemplos implican formas
diferentes de realización de aquel proceso, según sean las relaciones sociales que rijan su
organización.
En este marco, lo que a nosotros nos compete como economistas es el estudio de la producción
capitalista, forma actual de organización de la reproducción de la vida humana. Cuando la “teoría
económica” se define como el estudio de la asignación de factores para la satisfacción de
necesidades, no hace más que borrar de un plumazo el estudio de las determinaciones específicas
que brotan de la forma actual de organización de la producción, declarando la naturalización y
eternización del capitalismo.
IV. Una mirada alternativa a “la historia oficial”
Pues bien, ¿de qué se trata la organización capitalista de la producción? Lo primero que puede
observarse es que en esta sociedad los bienes no solo tienen la potencia de satisfacer necesidades,
sino también tienen precio. Un economista neoclásico respondería sin dudar que la existencia de éste
último deriva de la “utilidad y escasez” de aquellos, pero lo que no podría explicar es cómo los bienes
producidos por el esclavo o una madre, tan útiles y escasos como los demás, no lo tienen (esto sin
contar los problemas que tendría con su madre si le declara que su pastel “no satisface su utilidad”).
¿De dónde brota, pues, el precio?
En el capitalismo, la división social del trabajo tiene la forma concreta de trabajos privados e
independientes los unos de los otros (esto es, “nadie le dice a nadie qué, cómo ni cuánto producir”).
Como productos de estos trabajos, los bienes son valores de uso para otros, es decir, son
cambiables. El contenido de tal relación entre objetos reside en que son expresiones de la misma
sustancia social -trabajo humano abstracto- cuya magnitud -el tiempo medio de trabajo socialdetermina la proporción en la que estos objetos se intercambian. En este sentido, los productos del
trabajo son valores y, como unidad de valor de uso y valor, son mercancías.
Si esto suena a metafísica, a no alarmarse. Lo que tenemos enfrente es una sociedad que, como
todas, tiene que asignar su capacidad total de trabajo -portada en cada uno de sus miembros- a las
distintas formas concretas útiles. Pero en ésta, a diferencia de las anteriores, el trabajo se realiza de
manera privada e independiente, de modo que la capacidad de trabajo portada en cada individuo no
aparece como directamente social sino como un atributo del producto de su trabajo, esto es, como el
valor de su mercancía. Así, el valor es la forma bajo la cual en el capitalismo se resuelve la
asignación de la capacidad de trabajo a las diversas formas concretas.
Ahora bien, ¿cómo expresan las mercancías su valor? En su relación con el resto de las mercancías.
Su expresión plena, la forma general del valor, se alcanza cuando todas las mercancías lo expresan
en una sola de ellas. Ésta se convierte en la forma dinero4, de modo que la expresión en ella del valor
de cada mercancía es el precio. Por ende, ni el dinero es un “invento” que “aceita” el intercambio, ni el
precio algo natural de los bienes; ambos son productos necesarios de este modo particular de
organización de la producción social.
Ahora bien, la generalidad de ellas es producida bajo la forma “dinero – mercancía – más dinero”, es
decir, de valor que se valoriza, donde el incremental de dinero es un plusvalor. Este proceso encierra
la necesidad de su repetición, en tanto el dinero obtenido de la venta de la mercancía producida es
una cantidad de dinero tan limitada como la que inició el ciclo y encierra, por tanto, la misma
necesidad de valorizarse que aquella. De esta forma, el objetivo de la producción social no es la
abstracta satisfacción de las necesidades humanas (“mercancía – dinero – mercancía”) sino la
producción de plusvalía. Más específicamente, la producción de valores de uso se realiza bajo la
forma concreta de la producción de plusvalía.
Ahora bien, ¿de dónde le sale al dinero ésta potencia de valorizarse?5 Del uso específicamente
capitalista que se hace de la mercancía fuerza de trabajo. Dada la concentración de la propiedad de
las condiciones de trabajo en manos de unos pocos, el resto de la población sólo dispone de su
capacidad de trabajo viéndose, por tanto, forzada a convertirla en mercancía. Su valor -como el de
cualquier mercancía- está determinado por la cantidad de trabajo humano abstracto socialmente
necesario para su producción, que en este caso es el valor encerrado en los medios de vida
requeridos para la reproducción del obrero y su familia. En estas condiciones, el obrero es contratado
para desplegar su fuerza de trabajo en acción conjunta con los medios de producción, con el objetivo
de producir valores de uso, que aquí sólo interesan como portadores de plusvalía. Al hacerlo, cumple
una doble función. De un lado, conserva y transfiere el valor de esos medios de producción al valor
del producto; del otro, crea nuevo valor. Como puede verse, este valor creado por el obrero no tiene
relación con el valor de la fuerza de trabajo; así, la capacidad del dinero de valorizarse surge de que
la fuerza de trabajo se utiliza durante una jornada laboral mayor a la necesaria para su producción; es
decir, crea más valor del que ella misma encierra. Esto se realiza bajo las leyes de la producción
capitalista: el intercambio es entre equivalentes (el obrero recibe una retribución idéntica al valor de
su fuerza de trabajo), a la vez que no se viola la libertad e igualdad recíprocas del acto de compra venta.
En síntesis, el proceso de producción de mercancías tiene un doble carácter: de un lado es un
proceso de trabajo del que resultan los valores de uso; del otro, es un proceso de valorización.
Nuevamente, como proceso de trabajo es algo que le compete a la genericidad humana y que no
existe como no sea bajo una determinada forma de organización social; en la sociedad actual existe,
pues, bajo la forma de proceso de valorización.
Aquella igualdad y libertad se extinguen en momento de la contratación; en la producción el
capitalista intentará que el obrero produzca la máxima plusvalía posible. Para tal fin, el capital -a
través de la acción de sus fragmentos individuales- cuenta con tres posibilidades: la extensión de la
jornada de trabajo, su intensificación y la reducción del valor de la fuerza de trabajo. Esto último
puede lograrse bien pagando la fuerza de trabajo por debajo de su valor6, bien abaratando los bienes
que consumen los asalariados tal que, manteniéndose el poder de compra del salario, disminuya la
proporción que su valor representa del total de valor creado. Ésta es la única opción que no presenta
algún límite natural o social, dado que es resultado de la generalización (en las ramas que directa e
indirectamente producen bienes consumidos por los asalariados) de las mejoras productivas que
cada capitalista desarrolla para producir su mercancía a un precio inferior al de mercado y así
maximizar su ganancia7.
Llegamos así a un contenido completamente diferente de la distribución funcional del ingreso: cuánto
se apropian obreros y capitalistas del total del valor creado por aquellos, como resultado de las
formas de utilización de la fuerza de trabajo en un proceso productivo que tiene por fundamento la
producción de plusvalor y que, por ende, encierra una relación conflictiva entre obreros y capitalistas.
V. Una mirada comparada acerca de los factores productivos y la productividad
Como intentamos poner de manifiesto, existen profundas diferencias entre el planteo neoclásico y el
clásico. Pero lo que debe quedar claro es que, en cuanto a lo visto, las mismas brotan en lo
fundamental de cómo se mira al proceso de reproducción humana en la actualidad: como un simple
proceso técnico–material de producción de valores de uso o, por el contrario, como un proceso de
valorización, forma histórica concreta de realización de esa producción de valores de uso. En este
marco, nos interesa introducirnos en la discusión acerca de qué conceptualización de los factores
productivos y la productividad se deriva de cada una de estas perspectivas teóricas.
Como vimos, en todo proceso de producción de valores de uso entran los más diversos objetos
materiales, los cuales pueden ser agrupados, según la función que desarrollen en el mismo, en
trabajo, medios de trabajo y objeto de trabajo, esto es, respectivamente, trabajo, capital y tierra.
Como tal, esto nos permite determinar cuánto aporta cada uno de estos factores al valor de uso
producido; más específicamente, nos permite adentrarnos en el juego de ver cuánto varía la cantidad
de valores de uso si modifico marginalmente uno de los factores, para llegar al concepto de
productividad marginal. De aquí, es simple derivar el principio según el cual cada factor se remunera
según cuánto contribuye a la producción de valores de uso. En síntesis, visto el proceso simplemente
como una producción de valores de uso, el rol de los factores productivos está en estricta relación a
la función que técnica o materialmente cumplen en ese proceso, y serán remunerados según el
aporte que en este sentido realicen.
Así las cosas, es posible sostener, con la conciencia tranquila, el afamado principio de “aumento de
salarios por productividad” (marginal del trabajo). El incremento de salarios no se traduce a precios,
de modo que crece el salario real y con ello, ceteris paribus, la participación asalariada en el ingreso.
En el mismo sentido que lo afirmado anteriormente para los bienes, los factores productivos no son
nada en sí mismos si no se los pone en el marco de la relación social en la cual se insertan. Abstraída
ella, en manos de un economista neoclásico es tan capital la maquinaria de una empresa
multinacional actual como el “troncomóvil” de Pedro Picapiedra o los instrumentos con los cuales la
madre cocina el pastel para su hijo. Si bien estos son ejemplos extremos, ponen de manifiesto
nuevamente la naturalización y eternización realizada del modo de producción capitalista.
De esta forma, ¿qué función cumplen los factores productivos en la mirada alternativa propuesta? En
tanto una cara de la producción es la obtención de valores de uso, evidentemente cumplen una
función material. Pero si estos no interesan en esta sociedad más que como portadores de plusvalor,
los factores productivos cumplen, en el proceso de valorización, una función que va más allá de
aquella. Una parte del capital se materializa en medios de producción (capital y tierra –o materias
primas- para la teoría neoclásica), cuyo valor es conservado y transferido al producto. La otra parte
del capital se materializa en fuerza de trabajo, la cual crea nuevo valor, más que el que ella misma
encierra, constituyendo así la fuente de la valorización8. Es claro que si solo consideramos el aspecto
material de la producción, no podremos ver de esta parte más que el despliegue de una determinada
actividad física e intelectual destinada a un fin, es decir, la actividad misma del obrero en la fábrica,
de modo que no podremos decir otra cosa diferente a que el salario paga lo correspondiente por este
“servicio”. Pero ya vimos que una cosa es el trabajo en tanto despliegue de capacidades y otra muy
diferente es la mercancía fuerza de trabajo, cuyo valor está expresado en el salario9.
De esta forma, lejos de que todos los factores productivos “aporten su granito de arena”, lo que
aparece aquí es que para lograr la valorización el capital debe desembolsarse en objetos materiales
diferentes, del cual solo uno de ellos tiene la capacidad de crecer cuantitativamente y así valorizar al
capital en su conjunto10.
Para tal valorización, como vimos anteriormente, la forma más acabada de la producción social de
plusvalía es mediante el aumento de productividad, los cuales no tienen otro sentido que la reducción
del tiempo de trabajo necesario para la producción de las mercancías. Dicho incremento, perseguido
por el capitalista individual para la obtención de una ganancia extraordinaria, deviene en una
reducción generalizada del valor de las mercancías, que si formar parte directa o indirecta del
consumo de los obreros reduce el valor de la fuerza de trabajo (manteniéndose su salario real). La
maquinización es, claro está, la forma más potente de incrementar la productividad11 y, por tanto, de
producir plusvalía, lo que genera la apariencia de que realiza un aporte a la mayor ganancia.
Como se desprende de lo anterior, desde este punto de vista no hay otra productividad que no sea la
del trabajo, a la vez que nunca puede ser ésta la base para los incrementos salariales, en tanto su
contenido es su reducción. La determinación simple indica que la plusvalía debería expandirse en la
misma proporción en la que lo hace la productividad, es decir, que los obreros no se apropien ni un
átomo del incremento de plusvalía. Pero, contemporáneamente, es de esperar que esas mejoras de
productividad conlleven un cambio en la materialidad del proceso de trabajo que exija un obrero
colectivo, en promedio, crecientemente calificado y/o con una mayor intensidad de la jornada de
trabajo, de modo que se traduzca en un aumento del valor de la fuerza de trabajo. Así, y tal como se
observa en los casos concretos, en el proceso histórico se verifica un incremento de la productividad,
acompañado por aumentos, en menor medida, del salario real12.
De lo anterior no debe deducirse, ni mucho menos, que la clase obrera debe quedarse de brazos
cruzados. Las leyes económicas no operan sino es por medio de la acción de los individuos; el pago
de la fuerza de trabajo por su valor se resuelve bajo la forma concreta de la lucha de clases, sin la
cual el capital pagaría sistemáticamente un salario menor a dicho valor, habida cuenta de la
existencia permanente de un ejército industrial de reserva. Así, la lucha por el salario es, mal que les
pese a los neoclásicos, una forma necesaria del capitalismo, no sólo porque aquel es el sostén de la
reproducción de la clase obrera sino también porque le cierra las puertas a “el paraíso” del capital:
valorizarse sin desarrollar las fuerzas productivas. En el mismo sentido que Marx critica a los
idealistas alemanes, creer que la lucha de clases desaparece por negar su concepto es lo mismo que
pensar que no nos ahogaremos si nos olvidamos de la ley de gravedad.
Referencias bibliográficas:
Costa A., A. Langer y J. Rodríguez (2003), “Fundamentos de Economía”, Ediciones Cooperativas,
Buenos Aires, marzo.
Iñigo Carrera, J. B. (2003),”El Capital: razón histórica, sujeto revolucionario y conciencia”, Ediciones
Cooperativas, Buenos Aires.
Lindenboim, J., D. Kennedy y J. M. Graña (2006), “Distribución, consumo e inversión en Argentina a
comienzos del siglo XXI”, Realidad Económica Nº 218, IADE, Buenos Aires, 15 de febrero al 31 de
marzo.
Lindenboim, J., J. M. Graña y D. Kennedy (2005), “Distribución funcional del ingreso en Argentina.
Ayer y Hoy”, Documento de Trabajo Nº 4, CEPED-IIE-FCE-UBA, Buenos Aires, junio.
Marx, K. y F. Engels (1999), “La ideología alemana”, NEED, Buenos Aires.
Marx, K. (1995), “El capital. Crítica de la economía política”, Fondo de Cultura Económica, México.
Marx, K. (1975), “Salario, precio y ganancia”, Editorial Ateneo, Buenos Aires.
Mochón, F. y V. Becker, (2002), “Economía, principios y aplicaciones”, Editorial Mc Graw Hill,
Barcelona.
Recio, A. (1997), "Trabajo, personas, mercados. Manual de economía laboral", Economía Crítica,
Barcelona.
Varian H. (1999), “Microeconomía intermedia: un enfoque actual”, Antoni Bosch editor, Barcelona.
1
Este trabajo se realizó en el marco del Proyecto UBACyT E-003 “Crisis socioeconómica y perspectivas del empleo en la
Argentina actual”, dirigido por Javier Lindenboim.
2
Agradecemos los comentarios realizados por Javier Lindenboim, Carla Borroni, Jimena Valdez y Nicolás Bonofiglio a
versiones anteriores.
3
Una campana de alerta se hace escuchar: si en principio el objeto de la producción era la satisfacción de necesidades,
ahora hace su presentación la persecución de la máxima ganancia. La teoría económica continúa su desarrollo sin
detenerse en esto.
4
Dadas las funciones que cumple en la circulación de mercancías, la mercancía dinero puede reemplazarse por signos de
valor (Vease Marx, Tomo I, Capítulo 3) que es la forma que vemos cotidianamente.
5
“es un absurdo suponer que la ganancia (no en casos aislados sino la ganancia constante y norma de las distintas
industrias) brote de un recargo de los precios de las mercancías o del hecho de que se las venda por un precio que
exceda de su valor. Lo absurdo de esta idea se evidencia con sólo generalizarla. Lo que uno ganase constantemente
como vendedor, tendría que perderlo continuamente como comprador”. En este sentido, “para explicar el carácter general
de la ganancia no tenemos más remedio que partir del que las mercancías se venden, por término medio, por sus
verdaderos valores y que las ganancias se obtienen vendiendo las mercancías por su valor…” (Marx, 1975; pág. 105)
6
Si bien esta es una de las formas concretas bajo las cuales el capital procura obtener un mayor plusvalor, algo incluso bien
palpable en la Argentina actual, no debemos considerarlo cuando analizamos las determinaciones puras de la producción
capitalista.
7
Nótese que cuando el capitalista introduce una mejora productiva también está reduciendo, en el ámbito de su empresa, la
participación asalariada. Ahora bien, dicha reducción es temporal, dado que cuando la mejora se generaliza al resto de las
empresas de la rama en cuestión, el valor del bien producido desciende, desapareciendo la ganancia extraordinaria
originalmente lograda. Así, la reducción permanente de la participación asalariada se logra si dicha mejora reduce, en
algún grado, el valor de la fuerza de trabajo.
8
En función de lo ocurrido con la magnitud de su valor, estas partes del capital se denominan, respectivamente, constante y
variable
9
“...la forma del salario borra toda huella de la división de la jornada de trabajo en trabajo necesario y trabajo excedente, en
trabajo pagado y trabajo no retribuido. Aquí, todo el trabajo aparece como si fuese trabajo retribuido.“ (Marx, 1995; pág.
452).
10
Si bien no forma parte de la problemática abordada en este trabajo, es interesante destacar que esta contradicción es aún
más violenta, habida cuenta del crecimiento de la composición orgánica del capital (el incremento relativo del capital
constante respecto del variable, es decir, de la parte que no crea valor respecto de la que sí lo hace) bajo el cual se
desarrolla la producción de plusvalía
11
“...la maquinaria es el instrumento más formidable que existe para intensificar la productividad del trabajo, es decir, para
acortar el tiempo de trabajo necesario en la producción de una mercancía...” (Marx, 1995; pág. 331)
12
Tomada a la ligera, esta evidencia parecería respaldar empíricamente la postura neoclásica respecto a la relación entre
productividad y retribución. Sin embargo, lo aquí expresado reviste un contenido completamente diferente: de un lado, el
salario real aumenta porque se incrementa el valor de la fuerza de trabajo, dada la mayor calificación o velocidad de
desgaste de la misma; del otro, estas condiciones que explican el incremento salarial real son las bases de una mayor
productividad del obrero colectivo y, por tanto, de una mayor plusvalía.
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