El señor de la carreta - Juegos Bancarios 2015

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EL SEÑOR DE LA CARRETA
Todos los niños tienen miedo a algo, dicen que la mayoría de esos miedos son pasajeros y que
van apareciendo y desapareciendo en diferentes edades y estados evolutivos. Han pasado
muchos años y aún tengo uno que me sigue desde niño, no desapareció. Ese trauma aun
invade mi mente, como un sueño perturbador constantemente.
Ya de pequeño al igual que mis hermanos y la mayoría de mis amigos teníamos una carga
pesada con que lidiar todos los días; la estricta disciplina que en ocasiones llegaba al maltrato
físico de nuestros padres. Pero eso no era suficiente para ellos, también en el aspecto
psicológico nos inyectaban todo tipo de ansiedades y temores en nuestra vulnerable e infantil
psique.
Una de ellas, y con la sublime intención de motivarnos a dormir temprano, nuestros tutores
nos asustaban con una historia cruel y tenebrosa. Nos advertían que en cuanto oscurecía se
aparecía un señor de aspecto fantasmal con su carreta tirada por unas bestias negras
descarnadas y que si nos encontraba despiertos nos llevaría con él, quien sabe con qué perfidias
y lúgubres intenciones. Nos contaban historias terribles de niños desaparecidos, que por no
hacer caso a las recomendaciones de no salir de noche y acostarse temprano se los llevaba el
señor de la carreta.
Y en efecto, en ocasiones, ya entrada la noche, por las calles empedradas del pueblo se
escuchaba el pasar de un carruaje. La horrible experiencia de escuchar el sonido de una carreta
jalada por unas bestias negras y el aullar de los perros a media noche era aterradora y
traumática… que aún me produce escalofríos.
Pero el trauma mayor por el que ahora sufro de constantes y perseverantes pesadillas, llegó una
noche en la que se realizaba la fiesta del santo patrono de la pintoresca Ciudad Serdán.
Pequeña población encaramada en el Estado de Puebla, donde los hermanos Serdán murieron
en manos de los Porfiristas, desatando en 1910 lo que a la postre desataría un movimiento
revolucionario nacional.
Allí, en ese pueblo donde realmente inicio la historia oficial de la Revolución Mexicana, ahora
los adultos se divertían inmersos en el embrujo de la danza y música regional y de los efectos
del alcohol en honor a San Andrés Apóstol. Nosotros los infantes, lo hacíamos bajo la
vorágine de juegos, como el escondite, la gallina ciega, saltar la cuerda, patear el bote o el avión.
Y así, se nos iba tiempo, hasta que los últimos rayos de sol se morían en el cielo, apagando sus
resplandores luminosos y brillantes.
Recuerdo que aquel día, entre ocho u ocho y media de esa noche, un estallido de júbilo
irrumpió nuestros juegos infantiles; las campanas de la parroquia y los fuegos de artificio
entusiasmaron a todos los del pueblo. Corrimos hacia la plaza para unirnos a la fiesta, y al
momento que llegábamos, la figura de un toro rodeado de cohetes encendidos surgió entre
multitud, con luces ardientes chisporroteando por todos partes empezó a embestir a los
espectadores. La gente empezó a torearlo y a correr para evadirlo y librase de ser alcanzados.
Nos unimos al borlote, para luego salir huyendo buscando un refugio donde resguardarnos de
aquellos juegos pirotécnicos.
Tras el despliegue de cohetes surcando el cielo y la culminación del torito pirotécnico sólo
quedo una nube de humo negro que se esparció entre las calles. La gente se dispuso a comer
los tradicionales tamales, quesadillas, tacos y a seguir bebiendo tequila entre risas y cantos
celebrantes. Nosotros exhaustos y con mucha hambre, nos llevamos nuestras provisiones para
comer cerca de nuestra casa. Nos sentamos en la banqueta de la contra esquina que daba hacia
la plaza y nuestra calle. Luces diminutas de luciérnagas nos iluminaban como pequeños faroles.
En medio de nuestro festín, me dieron ganas de ir al baño. Así que me levante ante la mirada
desconcertante de mis compañeros; les dije sonrojado que iba a la casa a hacer mis necesidades
fisiológicas. Entre risas burlonas, me apresure a alejarme de ellos, camine rápido entre la
neblina del humo negro que aun persistía. Cuando estaba a unos pasos de llegar a mi hogar, me
detuve. Sentí una sensación extraña, un presentimiento extraño…
Un siniestro viento helado sopló con violencia que arremolino las hojas caídas al son de un
silbido inquietante. De repente, la ventisca espectral ceso y la nube de humo se hizo más
espesa y el cielo más negro.
Permanecí durante unos instantes de pie, inmóvil en medio de la calle, con los ojos muy
abiertos.
El sonido de la música y el júbilo de la gente quedo ahogado por un silencio sepulcral. En
aquel momento alcance a escuchar un sonido, cuya naturaleza era muy conocida por mí, un
escalofrío recorrió mi cuerpo cuando consideré la posibilidad de que el misterioso ruido
proviniese de entre la neblina.
El ruido chirriante de las ruedas de una carreta y el galopeo espeluznante de caballos se hizo
más alto y más nítido. Gire mi cabeza en dirección de mis amigos, estos se habían levantado de
su lugar, sobresaltados y expectantes me miraban.
Volví para mirar en frente y observé absorto y horrorizado como el resplandor de la luna
desembarazaba las tinieblas y derramaba su luz violácea sobre la neblina, de la cual aparecieron
unas inquietantes siluetas espectrales.
Por un instante la congregación infantil quedo petrificada, incluyéndome. Unos lúgubres y
agonizantes aullidos saco de su momentáneo letargo a todos…
-¡Allí está! –Gritaron en coro mis amigos-. ¡El señor de la carreta!
Enseguida huyeron despavoridos de allí. Yo quise hacerlo también, pero estaba paralizado. El
miedo, mi miedo, hizo que mi piel se erizara y que mi corazón cayera hasta mis pies. Mi pulso
comenzó a temblar como dulce de grenetina.
Ahí estaba, cada vez más cerca. Un sudor frio inundo mi cuerpo, mi respiración se cortó al ver
que venía hacia mí. Pude distinguirlo, era un hombre esquelético de aspecto fantasmal, con una
larga y desaliñada barba, un sombrero negro y ancho que no permitía ver de manera clara su
rostro. La tartana tenía un aspecto fúnebre y los caballos realmente eran unas bestias negras de
aspecto terrorífico, con llameantes ojos rojos y un ruidoso tropel de sus cascos y pezuñas que
hacían temblar la tierra.
Mi mente se llenó de imágenes y sensaciones espeluznantes, ese instante pareció una eternidad.
Dentro del estupor en que me había sumido, escuche una voz que decía algo en un tono muy
familiar, una voz aguda y nerviosa, hablaba como si quisiera decirme algo. Un extraño impulso
me hizo estremecer. Una fuerza infrahumana se apodero de mí, haciéndome caminar hacia la
carreta quimérica…
Un aullido horrible escapo de las fauces de miedo de un cadavérico perro, anunciado una
desgracia y los gritos de terror y desesperación salidos de la garganta de mi madre me
desconcertaron aún más.
De pronto sentí un fuerte golpe, las imágenes y los sonidos perdieron claridad, todo se fue
haciendo borroso, mezclándose y formándose un todo negro; en ese instante perdí el
conocimiento.
Horas o días más tarde, no recuerdo bien, desperté en forma abrupta y violenta en mi cama, un
fuerte dolor hizo que unas lágrimas corrieran por mis mejillas. Tenía las costillas rotas y una
pierna fracturada, así como diversos golpes contusos por todo el cuerpo. Cuanto tiempo
estuve en cama, tampoco recuerdo.
El tiempo paso, curo las heridas físicas, pero como mencione al principio, no mis miedos. Las
imágenes espectrales se impregnaron en mi mente para siempre…
Y desde esa espeluznante fecha en que el señor de la carreta me quería llevar y que de milagro
no lo logró. El miedo me acompaña, pensando que algún día volverá por mí. Aunque mis
padres digan que preso de mis temores infantiles, fui yo, quien se cruzó lleno de pánico y de
manera imprudente frente a la carreta. Y que el hombre del carruaje, era una llana, fantasiosa e
ingenua leyenda que se había creado de un simple mortal que salía por las noches a trabajar
hacia las minas de carbón.
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