El hombre que corría detrás de su nariz

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juventud rebelde
DOMINGO
08 DE NOVIEMBRE DE 2015
OPINIÓN
03
El hombre que corría
detrás de su nariz
por GRAZIELLA POGOLOTTI
[email protected]
MI casa no era ámbito de maledicencia. A
veces se comentaba de manera jocosa
algún rasgo característico del comportamiento de amigos y visitantes. Con frecuencia escuché decir: «Fulano corre detrás
de su nariz». Era un girovagante que salía a
la calle con un propósito determinado y desviaba pronto el rumbo incitado por cualquier
estímulo accidental. Los días transcurrían
de ese modo, desperdiciando el tiempo
destinado a abordar los asuntos sustanciales de su trabajo. En nuestra vida cotidiana,
muchos son los que siguen corriendo tras
su nariz. Raúl Roa, conocido por su legendario dinamismo, acostumbraba reiterar la
necesidad de invertir horas nalgas en el
estudio y la reflexión.
Antes de iniciar la jornada laboral, todos
revisamos nuestra agenda. El maestro puntualiza lo esencial de sus clases. El médico
revisa las consultas pendientes, los intercambios necesarios con sus colegas. El
funcionario ordena sus despachos, intercala las reuniones obligatorias, establece el
orden de sus visitas de control. Cada uno
debe disponer de un tiempo para la actualización en su rama. Ese día a día, a veces
rutinario, es el primer escalón en una cadena de acciones que responden a objetivos
inscritos en estrategias a mediano y largo
plazo. Así se formula la organización elemental del trabajo, aunque la vida, es obvio,
está plagada de imprevistos, algunos menores, otros de gran envergadura. Las tempes-
tades interrumpen las comunicaciones,
imponen una movilización general. A otra
escala, los altibajos en la bolsa de valores,
el alza o derrumbe de las monedas, imponen el replanteo de directrices y la reconsideración de prioridades, como quien recorre
una carretera, tropieza con una interrupción
forzosa y toma un desvío para retomar luego el camino inicial. Para no caer en un
barranco hay que dominar el volante. En
otras circunstancias, la brújula orientadora
habrá de encontrarse en la clara definición
de los objetivos propuestos.
Por ese motivo, en la paz y en la guerra,
la elaboración de los conceptos, vale decir,
de las estrategias, dejando siempre margen
a factores imponderables antecede a la
acción. Dirigir es prever, decía José Martí.
Así prefiguró los preparativos de nuestra
lucha por la emancipación. Tenía que intervenir simultáneamente en tres direcciones:
juntar fondos, preparar expediciones y trabajar en la toma de conciencia y el consiguiente compromiso de los cubanos.
Juntar hombres y mujeres es el más
complejo entre todos los desafíos. Muchos
veteranos de la guerra grande, dispersos,
sufrían la amargura de la derrota. Subsistían
entre ellos rivalidades y conflictos nunca
zanjados. Desconfiaban también de aquel
intelectual frágil, de frente ancha, diestro en
la pluma, pero carente de una experiencia
bélica, hombre de ciudad que nunca había
montado un caballo, porque desconocían
su experiencia precoz en el Hanábana. Con
cada uno de ellos, con los jefes más respetados, había que establecer un diálogo
directo, limar asperezas. Para llevar a cabo
su hazaña, Martí había analizado profundamente los errores cometidos en la guerra
grande, las disputas que llevaron a la deposición de Céspedes y los tropiezos de los
representantes de la Cuba insurrecta en el
exterior, evidentes en el patético diario de
Francisco Vicente Aguilera. Para acopiar lo
indispensable, no se sometió al capricho de
quienes mucho poseían.
Se volvió hacia los tabaqueros de Tampa
y Cayo Hueso con el propósito de forjar, con
el empeño de todos, las bases del Partido
Revolucionario Cubano, donde se articularon los veteranos de ayer, los trabajadores
de la emigración y los pinos nuevos. La prédica infatigable creó conciencia. Luego, en
Montecristi, preparó con Máximo Gómez los
principios programáticos para una guerra en
la que habría de crecer la República. Los
combatientes, dispuestos al sacrificio
supremo, tenían que saber por qué y para
qué estaban tomando las armas. Mediado
el siglo XX, siguiendo el ejemplo del Maestro, ante el tribunal que lo juzgaba, Fidel en
tribuna de autodefensa, denunció los crímenes, definió el concepto de pueblo en
aquella circunstancia y expuso los rasgos
fundamentales de su proyecto emancipador. Con la mayor transparencia, afirmaba
que la derrota del tirano era el objetivo
inmediato, el eslabón inicial de un plan
estratégico para edificar una república justa
y soberana.
Para Martí y para Fidel, el destino de la
Isla se asociaba al de Nuestra América.
Ahora, estamos inmersos en un contexto
La dicotomía de la carreta
por JUAN MORALES AGÜERO
[email protected]
HAY una anécdota de Julio Cortázar que me encanta. Dice:
«Paseaba con mi padre por el campo cuando me preguntó:
“Además del canto de las aves, ¿oyes algo más?” Agucé el
oído y respondí: “Oigo el ruido de una carreta”. Dijo: “Sí,
una carreta vacía”. Y yo: “¿Cómo sabes que está vacía si
no la hemos visto?” Y él: “Lo sé porque hace ruido. Mientras más vacía va una carreta, mayor es el ruido que hace”.
«Desde entonces, cuando veo a alguien hablar demasiado, interrumpir la plática de otros, ser inoportuno, presumir de lo que tiene o mostrar prepotencia, me parece
escuchar la voz de mi padre: “Mientras más vacía va una
carreta, mayor ruido hace”. La sencillez consiste en callar
nuestras virtudes y permitir a otros descubrirlas. Así se llena de sabiduría la carreta y no hará tanto ruido a su paso».
Más allá de la enseñanza que entraña para cualquier
mortal la parábola del autor de Rayuela, admitamos que
los malos partenaires proliferan más de lo deseado en la
plática coloquial contemporánea. Cada día se hace más
difícil sostener una conversación con todas las de la ley,
donde una parte escuche cuando la otra hable, y viceversa.
Está tomando fuerza en ciertos sectores la tendencia de
hablar a tontas y a locas sin meditar antes lo que se va a
decir. Como si el lenguaje no fuera una consecuencia directa de los procesos del pensamiento. Individuos que opinan
sin sonrojarse sobre los más variopintos temas a pesar de
ignorar sus principios. O que, pulverizando la más primaria
modestia, se venden como expertos en un asunto sin
aguardar que sean otros quienes se lo reconozcan.
«Muchas personas son lo bastante educadas como
para no hablar con la boca llena, pero no les preocupa
hacerlo con la cabeza vacía», comentó una vez Orson
Welles, el actor y director norteamericano. Su afirmación
tenía que ver con cierto cronista cinematográfico sumamente refinado en los banquetes, pero huérfano de civilidad en los diálogos.
En los tiempos que corren, la comunicación interpersonal se ha simplificado enormemente. Cierto, la tecnología
nos ha puesto a todos al alcance de un click. Sin embargo,
la conversación cara a cara, esa que, por su naturaleza misma, ninguna modalidad digital reemplazará jamás, nos
recuerda que todavía violentamos sus más elementales
catecismos.
Se aprecia mucha incontinencia verbal en ciertas personas que han adoptado la perorata como el leit motiv de su
existencia. Demasiada verborrea carente de sentido y huérfana de significado. Excesiva ampulosidad al hablar, como
si el diálogo sencillo y directo fuera una pasarela para lucir
dotes de tribuno. Hablamos mucho y decimos poco.
La finalidad originaria de cualquier plática es compartir
información y puntos de vista. Y en su contexto quienes lo
protagonizan enriquecen su patrimonio existencial. Pero es
común hoy encontrar gente que no admite interlocutores,
solo oyentes. A quienes la contradicen, le dicen: «Ustedes
están equivocados», en lugar de «yo pienso diferente».
Abundan también quienes intentan a ultranza hacerse
notar, aunque para eso deban rasgarse las vestiduras. Si
de una asamblea se trata, intervienen a cada momento con
banalidades fuera de lugar; interrumpen a su contraparte
con acotaciones superfluas; se autodefinen como paradigmas de eficiencia cuando se evalúan las malas prácticas…
La carreta vacía de la que hablaba el padre de Jorge Luis
Borges revela su presencia desde la distancia. No hace falta que nadie venga a decirlo. Lo sabemos por su cantinela.
Mientras más vacía va, mayor ruido hace.
aun más complejo, frente a un poder hegemónico que domina gran parte del planeta.
Las acciones diseñadas para preservar el
presente y el futuro tienen que responder a
formulaciones conceptuales.
Al final de la jornada, el ciudadano
común que corre detrás de su nariz ha perdido un tiempo precioso y, probablemente,
no ha cumplido con buena parte de sus
tareas. Los resultados son más graves en
el caso de los que tienen responsabilidades
ejecutivas. En todos los planos de la sociedad, formular estrategias y definir el trazado
de políticas exige, en nuestro mundo convulso, perfilar conceptos, puntos de articulación para la indispensable coherencia en
el conjunto de acciones diversas con vistas
al presente y al futuro. Fidel lo apuntaba en
su discurso en el Aula Magna. La estrategia
no puede subordinarse a la práctica. La
derecha ha mostrado tener muy claro este
principio. El neoliberalismo penetra la economía, la educación, la cultura y los medios
de comunicación. Responde a una cosmovisión y al entendimiento de que su poder
hegemónico depende de ese diseño integral. La izquierda, en cambio, se fragmenta
en antiguas rivalidades, encerrada a veces
en un universo minúsculo, perdido al contacto con las masas, su razón de ser. Ocurre entonces, en nuestro contexto latino,
que el votante, hipnotizado, borrada la
memoria, obnubilado por fuegos artificiales
utiliza la boleta electoral contra sus propios
intereses. Es el momento de rescatar nuestra razón crítica y nuestros lineamientos
comunes.
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