Prodavinci

Anuncio
1
Prodavinci
Tiempos modernos
Octavio Vinces · Thursday, August 26th, 2010
Una de las escenas más célebres del film Tiempos modernos (Charles Chaplin, 1936)
descubre la puesta a prueba de una maquina alimentadora diseñada para que los
trabajadores de una factoría ingieran sus alimentos sin que la producción se vea
interrumpida. La escena, de un humor cruel y a la vez insolente, nos muestra al
“trabajador de una fábrica” —tal es el nombre impersonal y genérico del personaje
interpretado por el propio Charlot—, atravesando entre muecas y ademanes por la
burda tortura que le infringe aquel armatoste cuyas funciones incluyen un
dispensador de sopa, otro de bocados y una barra giratoria que permite devorar una
mazorca de manera expedita. Como no podía ser de otra manera, la maquina
alimentadora termina fallando y provocando una sucesión de molestias y maltratos.
Pero sin duda lo más irónico de la escena, y en definitiva lo que le concede la calidad
de memorable, es que la única función del aparato que trabaja apropiadamente es la
de una servilleta automática que, entre una prueba fallida y otra, limpia con tozuda
delicadeza los labios del maltrecho trabajador. El sarcasmo es aún mayor si se tiene
Prodavinci
-1/3-
12.09.2015
2
en cuenta que la fábrica que sirve de escenario para buena parte del film, y en donde
se produce la prueba, es una especie de templo tecnológico y futurista en el que la
productividad es la finalidad suprema y el norte hacia el que confluyen todas las
voluntades. Al igual que en la Oda triunfal, de Álvaro de Campos (uno de los grandes
heterónimos de Fernando Pessoa), la tecnología y la producción en serie adquieren
una condición divina, por lo que no es extraño que sus principales operarios actúen
respecto de ellas con un celo casi clerical, y sus subordinados con la disciplina y
rigurosidad de una grey piadosa y autómata. Es así que a fuerza de repetir el
procedimiento de ajustar un par de pernos en una cadena de producción, el trabajador
termina convirtiéndose en una especie de androide irreflexivo que encuentra en
diversas facetas de la vida analogías de lo que constituye el centro y la esencia de su
labor. La sucesión de gags que se presentan a partir de esta situación es igualmente
memorable.
En uno de los ensayos que conforman El laberinto de la soledad, Octavio Paz explica
que en las novelas contemporáneas, incluso en las calificadas de “revolucionarias”, el
obrero nunca aparece como héroe o protagonista principal. Igualmente, en la
introducción de su ensayo sobre El canon occidental, Harold Bloom señala que los
sentimientos de una masa obrera centrada en la supervivencia y la religiosidad nunca
definen el contenido del canon que, por el contrario, se forma en torno a una
sensibilidad esencialmente aristocrática, que busca en la gran literatura “angustias
conquistadas”, y no una evasión de esas angustias. Un film como Tiempos modernos
invita a pensar que el cine ha podido romper con esas limitaciones conceptuales y
temáticas, como si una estética esencialmente visual y no necesariamente
introspectiva fuese capaz de apelar a la conciencia y la sensibilidad de los
espectadores, relatando a través de las imágenes y no exclusivamente con palabras.
Tal vez el hecho de que estemos ante una película muda subraya esta afirmación.
Cuando contemplamos al trabajador mientras intenta abrirse paso luego del cierre de
la fábrica, sabemos que de modo alguno nos encontramos frente a un personaje
intrínsecamente intelectual o sesudo, sino ante un ser que apela —quizá por no tener
más remedio— a la espontaneidad y la inmediatez como sus principales recursos para
la supervivencia. De esta manera el azar se torna en un factor que marca el devenir de
su destino, el origen de sus desgracias y de sus alegrías. No hay entonces mucha
reflexión ni especulación con la que llenar hojas en blanco. La vida del trabajador se
convierte en una sucesión de situaciones cuya descripción y relato resultan
largamente más fáciles de transmitir a través de la imagen
El factor azar invita a recordar que los avances tecnológicos no han podido desvirtuar
la condición esencialmente contingente de los seres humanos. Cerrada la fábrica, el
trabajador es súbitamente arrojado a una situación de desgracia y desamparo en la
que de nada le sirve el haberse forjado un carácter estandarizado y repetitivo, que se
presenta a sí mismo como base de una supuesta eficiencia productiva y cuyo
paroxismo sirve de base para el humor chaplinesco. Quizá aquí encontremos una
explicación, al menos metafórica, para algunas de nuestras angustias
contemporáneas. Viene a mi mente el recuerdo del fin del segundo milenio y el temor
que una parte de la humanidad experimentó hacia la supuesta amenaza del Y2K, lo
que me invita a pensar que en la medida en que aumenta nuestra dependencia de la
tecnología, aumenta también la entidad y la magnitud de nuestros miedos. Tenemos el
soterrado temor de que en cualquier momento ésta puede fallar para no sólo dejarnos
Prodavinci
-2/3-
12.09.2015
3
la misma sensación de fastidio e inutilidad que sin duda provocaba en el trabajador la
persistente servilleta automática, sino incluso para arrojarnos al caos o a la barbarie.
No es casual que la literatura y el cine hayan asociado algunas de sus tramas más
escatológicas con eventuales anomalías o fallas tecnológicas.
Sin embargo, y por brumoso que el panorama pueda presentarse, Tiempos modernos
parece recordarnos que por fortuna la humanidad no deja de contar con el ingenio
personal como recurso al que apelar. La creatividad, ese rasgo de la personalidad
humana emparentada con razón, pero de manera alguna limitada por ella, es capaz de
producir alternativas inusitadas, aunque no por ello menos eficaces. De alguna
manera la suerte del trabajador comienza a mejorar cuando se encuentra con la
“huérfana”, un simpático personaje interpretado por Paulette Goddard que, haciendo
uso de su ingenio y chispa personales, se resiste a claudicar de su libertad y ser
moldeada por las opresivas instituciones que desean atraparla. A partir de ese
momento la existencia del trabajador se hace, si no más fácil, al menos más
reconfortada. En la parte final de la película la huérfana y el trabajador parecen haber
solucionado sus vidas gracias a sus habilidades histriónicas (ella consigue un trabajo
como bailarina y él descubre sus dotes de comediante con ocasión del estrepitoso
fracaso de su tentativa por hacerse camarero). El hecho de que este oasis
momentáneo se vea abruptamente interrumpido por la intervención de las autoridades
que pretenden recluir a la huérfana en un orfelinato, no opaca lo que podría ser una
especie de metáfora esencial: el arte (escénico en este caso, aunque bien podría
tratarse de otra especie) puede convertirse en la salvación de un ser humano pues las
peculiaridades del gozo creativo no sólo nos consuelan, sino que también engrandecen
el alma individual. Finalmente el trabajador y la huérfana deciden huir y la película
termina bien, como las comedias griegas más ortodoxas antes de que Aristófanes
desvirtuara el sentido original del término. El trabajador no regresa a su antigua
fábrica, pese a que ésta había sido reabierta, sino que opta por una vida más incierta,
pero quizá también más personal y humana.
A pesar de los años transcurridos, Tiempos modernos se nos presenta como una obra
llamada a despertar las consciencias cada vez más dormidas del presente. O al menos
a hacernos recordar que tras la aplastante medianía de la vida hecha en serie,
subyace el indudable milagro que representa el poder creador latente en cada
individualidad.
This entry was posted
on Thursday, August 26th, 2010 at 12:11 am and is filed under Artes
You can follow any responses to this entry through the Comments (RSS) feed. You can
leave a response, or trackback from your own site.
Prodavinci
-3/3-
12.09.2015
Descargar