El sí de las niñas PAU

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El sí de las niñas, Leandro Fernández de Moratín
Comente los aspectos más relevantes de la obra del Siglo XVIII que haya leído en relación con su contexto
histórico y literario.
El sí de las niñas, de Leandro Fernández de Moratín, es la obra representativa del S. XVIII leída, es un modelo de las ideas
ilustradas porque vuelve al teatro de inspiración clásica, está presidido por el “buen gusto” y por el equilibrio así como se
somete a las reglas aristotélicas. Este drama dieciochesco se propugna frente a los espectáculos del siglo anterior de puro
divertimento, ahora se buscan obras más verosímiles en las que no se mezclen personas de diferente clase social, en las que no
se descubran saltos temporales ni de lugar y que sirva como ejemplo práctico al espectador.
Estrenada en 1806, se clasifica como comedia moratiniana porque el autor supo hacer de este subgénero uno propio. Las
características fundamentales son: combina los preceptos clásicos y la finalidad docente con un tono costumbrista y sentimental
(fórmula que fue muy del gusto del público), los protagonistas son particulares que presentan asuntos de la vida cotidiana y se
expresan en un lenguaje coloquial, la obra suele tener un final feliz y se invita al espectador a amar la virtud y a aborrecer el
vicio, también se producen algunas zozobras en el público pero no se derivarán de ellas ni la muerte ni la extrema infelicidad de
los personajes; estas obras son un reflejo de las sociedad moderada y burguesa; el conflicto dramático tiene una finalidad
educativa y edificante que trata de reformar las costumbres con el triunfo de la verdad y del bien, frente a las conductas
equivocadas que defienden las ideas tradicionales.
En concreto El sí de las niñas plantea un problema entonces muy de actualidad: el casamiento desigual. La comedia intenta
averiguar el valor del “sí” que pronuncia la novia al casarse, el grado de sinceridad con que se compromete la futura casada.
Moratín hace un balance negativo, se les enseña a las jóvenes la disimulación y la hipocresía. La pedagogía de la obra no va solo
destinada a los hijos sino también a los padres o tutores, a quienes aconseja no exceder los límites tolerables de la autoridad
que les concede la ley. El autor llega a conseguir que la libertad de elección de la niña pueda triunfar sin perjudicar los intereses
y autoridad de sus mayores.
El número de personajes que se presenta en la obra es escaso, siempre en función de sus características didácticas y nunca
coinciden en escena un gran número de ellos para que seguir los diálogos sea realmente sencillo. Don Diego es un hombre de
unos 60 años (en el que puede estar reflejado el propio autor) que se ha prometido en matrimonio con una joven de 16 pero
que no tendrá inconveniente –como buen ilustrado- en ceder a su sobrino la mano de la niña. Doña Irene es la madre de esa
joven y representa el contrapunto de don Diego porque la razón está ausente de sus decisiones, en las que solo prima la
elección del caballero por lo que supone asegurar económicamente el futuro de las dos. Paquita es la chiquilla que ha sido
prometida a don Diego, obediente, respetará los deseos de su madre aunque su corazón sea de otra persona. En este personaje
es en el que Moratín expone una realidad de la época que enseña a las jóvenes la disimulación y la hipocresía. Don Carlos,
sobrino de don Diego y muchacho del que está enamorada Paquita, se mostrará fiel y agradecido a su tío y, al conocer la
situación, decide abandonar y alejarse de ella para no sufrir. A estos les acompañan sus criados, cierto reflejo suave de aquellos
graciosos del siglo de oro.
Son dos los temas principales que se tratan: La imposición paterna en el matrimonio frente al amor entre los jóvenes y la
educación recibida (que presenta dos modelos bien distintos, don Carlos –sacrifica el amor en aras del deber- y doña Paquita –
educada para la disimulación-). Con respecto al espacio, la comedia se desarrolla en un único escenario, una sala de paso en el
primer piso de una posada a la que dan cuatro paredes de habitaciones y las escaleras que conducen abajo; ese lugar de paso
favorece el diálogo y la acción y en él están presentes tanto las confidencias íntimas de los personajes como el mundo exterior a
través de las salidas y llegadas. El tiempo dramático abarca desde el atardecer hasta el alba. El transcurso temporal adquiere
otra dimensión significativa con el valor simbólico de la luz: la oscuridad que se presenta con el anochecer coincide con la
desolación de los jóvenes. La llegada del amanecer marcará los pasos de don Diego para restablecer la racionalidad. El símbolo
de la luz (que se opone a las tinieblas) está cargado de significación en una época que lo convierte en divisa identificadora.
El exceso de autoridad de los padres se critica porque puede desencadenar, después de las bodas, una rebeldía peligros porque
la mujer casada gozaba de una libertad superior a la de la soltera. Lo que se critica realmente es la opresión ejercida sobre uno
de los contrayentes. Al final, la actitud del autor es solo de reformista y no de revolucionario.
Áurea Barriga Martín
El sí de las niñas, Leandro Fernández de Moratín
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