El viernes 24 salen a la venta las memorias del

Anuncio
R14 b
LATERCERA Domingo 19 de junio de 2016
El viernes 24 salen a la venta las memorias del economista Sebastián
Edwards. En ellas habla de la difícil relación con su padre, de los profesores
que lo marcaron, de las clases de marxismo de Marta Harnecker y de su
vida como activista político. Habla de su difícil interacción con Miguel Kast
y José Piñera, y de sus relaciones con Rolf Lüders. Cuenta las tensiones que
le generó llegar a Chicago y narra cómo encontró un ancla intelectual en
otras disciplinas. Escribe sobre sus experiencias, de su relación con libros y
lecturas, de su desilusión con el socialismo, y de su peregrinar por el
mundo. Este es un adelanto.
Perseguido
por los
Chicago boys
Mi camino a la Universidad de Chicago empezó tres meses después del Golpe de Estado, en diciembre de 1973, cuando decidí
postular a la Escuela de Economía de la
Universidad Católica junto a mi amigo Felipe Montt. La Facultad de Economía Política
de la Universidad de Chile, en la que nosotros estudiábamos, había sido clausurada
por los militares, por ser un centro de izquierdistas y de revolucionarios, de indeseables y de vagos. Intentar cambiarse al
reducto de los Chicago boys era una idea
audaz, casi descabellada, pero no teníamos
nada que perder. Lo peor que podía pasar
era que nos cerraran la puerta en las narices y que siguiéramos, como tantos otros
estudiantes exonerados, a la espera de que
el rector-militar decidiera qué iba a suceder con nuestras vidas.
Tras un proceso repleto de humillaciones,
logramos juntar los antecedentes requeridos para la postulación. Y así fue como en
marzo de 1974, Felipe Montt y yo entramos
a la Escuela de Economía de la Universidad
Católica, trinchera de los famosos Chicago
boys. Al principio andábamos por los pasillos con la cabeza gacha, un poco temerosos, con el típico aire de los vencidos. Algunos de los estudiantes habían sido mis
compañeros de colegio, otros habían sido
adversarios en lides deportivas, y unos pocos, rivales de amoríos adolescentes.
***
Unas semanas después del Golpe, varios
Chicago boys que habían emigrado durante el gobierno de Allende empezaron a regresar al país. Casi todos se incorporaron
de inmediato a labores de gobierno. Dictaban algunas clases en la Universidad Católica, pero su labor principal era en los organismos estatales de la dictadura. Los
boys más jóvenes mostraban un enorme
entusiasmo por el nuevo régimen y traba-
jaban hasta altas horas de la noche en proyectos que implicaban cambiar todo de
raíz. Juan Carlos Méndez trabajó en temas
de presupuesto, y Ernesto Silva ayudó a
implementar nuevos procedimientos para
evaluar las inversiones públicas. Pero el
que brillaba como un faro en medio de una
tormenta era Miguel Kast, quien muy
pronto se erguiría como el líder indiscutido de los economistas noveles que apoyaban a Pinochet. Kast y el abogado Jaime
Guzmán formaban una dupla formidable.
Ya en 1974 trabajaban para construir los cimientos ideológicos de la Unión Demócrata Independiente (UDI), el partido conservador e integrista que por décadas dominaría la derecha chilena. Kast
proporcionaba los fundamentos económicos, mientras que Guzmán contribuía con
los elementos jurídicos y constitucionales,
con los principios doctrinarios sobre los
que, según ellos, se erguiría un régimen
nacionalista y conservador que llevaría al
país hacia el desarrollo y la prosperidad.
A principios de 1975 postulé a la posición
de ayudante de cátedra de la materia de
teoría monetaria en la Universidad Católica. Para mi sorpresa, fui elegido. El director
docente me informó que ese año el curso
sería impartido por Miguel Kast, quien ya
se había convertido en el subdirector de la
Oficina Nacional de Planificación, el organismo desde el que se dirigía el programa
de reformas que transformaría a Chile. Una
semana antes de que comenzara el trimestre, me junté con Miguel en su casa, para
conversar sobre el enfoque que le daría al
curso. Me explicó que seguiría estrictamente lo que había aprendido en Chicago y
me pasó un cuaderno con sus apuntes de
clases. Agregó que no era necesario leer artículos o libros, y que con esas notas bastaba. Los apuntes eran ordenados, claros y
pulcros, escritos con una caligrafía redon-
da y de fácil lectura. No había borrones ni
palabras tachadas. Cuando se lo comenté,
Kast me dijo que esa era la cuarta versión
de las notas, y me explicó que su técnica de
estudio consistía en prestar mucha atención en clases y tomar apuntes lo más detallados posibles. Luego los traspasaba en
limpio, a lo menos tres veces.
–Así aprendes los fundamentos, lo que el
profesor cree que es importante. No es necesario ir a los detalles que distraen, a las
técnicas innecesarias, a los ejercicios diletantes de las publicaciones académicas
–dijo Miguel con una sonrisa un tanto
burlona.
Para mí, estudiar economía era precisamente lo contrario. Lo que decía el profesor
era un mínimo atisbo, un intersticio por el
cual uno se metía en las ideas de otros, en
elucubraciones que podían ser sofisticadas,
pero que también podían ser inconducentes; podían ser círculos o espirales, pero
eso uno no lo sabía de antemano, sólo lo
descubría después de leer mucho y de pensar un poco. Cuando se lo dije, Miguel echó
la cabeza para atrás y se rió con ganas. Aseveró que el costo de leer esos artículos superaba el beneficio derivado de ello y que,
por lo tanto, desde el punto de vista de la
teoría de decisiones económicas mi enfoque era incorrecto.
Establecimos una rutina predecible. Nos
juntábamos dos noches por semana en su
departamento de Carlos Antúnez con Providencia, para hablar sobre los temas que
correspondía cubrir en los próximos días.
Cuando su trabajo en Odeplán se hizo más
pesado, me pidió que dictara algunas de las
clases. Yo lo hacía con gusto; cada vez me
sentía más dueño de la cátedra. Nuestras
reuniones nocturnas continuaron bajo la
idea de que Miguel dictaría la próxima lección, lo que nunca sucedía. Algunas noches nos desviábamos de Milton Friedman,
Descargar