Me decía que si trabajaba en Odeplán, el gobierno de Pinochet

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LATERCERA Domingo 19 de junio de 2016
la inflación y la teoría monetaria, y Miguel
me hablaba de religión. Trataba de que yo
me interesara en el movimiento católico
Schöenstatt, del que era un miembro devoto. Cuando yo me resistía, me miraba sorprendido, como si lo mío fuera incomprensible. De a poco empezó a contarme sobre
algunos de sus proyectos para el gobierno,
especialmente aquellos destinados a reducir la pobreza. Los ojos le brillaban con entusiasmo y optimismo; era una mirada pícara y juvenil. En más de una ocasión sugirió que trabajara para él, a lo que yo
siempre respondía de la misma manera:
–Quiero ser académico, lo mío es la
teoría.
El trataba de disuadirme. Me decía que si
trabajaba en Odeplán, el gobierno de Pinochet financiaría mis estudios de posgrado. Con suavidad, yo le explicaba que alguien tenía que quedarse en la universidad y que las carreras académicas también
tenían un valor.
–Tienes razón– concedía mientras se
mordía las uñas.
Nunca mencionó el hecho de que yo viniera del otro lado o que hubiera sido partidario de Allende y la Unidad Popular, o que
hubiéramos sido adversarios. Al salir de su
casa, ya bien entrada la noche, me parecía
estar viviendo en dos mundos paralelos:
uno, en apariencia amable y simple, donde
la religión y las fuerzas del mercado eran
los principios que guiaban vidas y comportamientos, y otro repleto de miedo, desapariciones y desesperación.
***
Un día de marzo de 1976, el director del
Instituto de Economía de la Universidad
Católica me llamó a su oficina para despedirme de mi trabajo. Ya no sería más profesor asistente. Dominique Hachette era un
francés un tanto irascible, educado en la
Conversación interrumpida, memorias
Autor: Sebastián Edwards
Ediciones UDP.
Año: 2016, 324 págs.
Me decía que si trabajaba en
Odeplán, el gobierno de
Pinochet financiaría mis
estudios de posgrado.
-Me llamaron de Odeplán
-dijo Dominique.
Enseguida se explayó:
-Llamó Miguel Kast y dijo
que en el gobierno hay una
gran consternación porque
alguien como tú esté
impartiendo el curso más
importante de la carrera.
Universidad de Chicago. Pero estaba lejos
del dogmatismo y de las posiciones puramente ideológicas. Era un Chicago boy amplio de criterio y con una visión abierta sobre la vida y el mundo.
Después de graduado, yo me había empleado en la universidad, donde Hachette
me asignó la cátedra de teoría monetaria.
Era un encargo razonable, ya que durante
el semestre anterior, y ante las repetidas
ausencias de Miguel Kast, había dictado la
mayoría de las clases de esa materia y, a pesar de mis 22 años, los alumnos respondían
bien a mi estilo y temperamento.
Me senté frente a Hachette sin saber por
qué me había citado. Imaginé que querría
hablarme sobre mi proyecto de investigación, un estudio alambicado sobre las consecuencias para el tipo de cambio y las
cuentas externas de la incorporación de
Chile al Pacto Andino, una especie de mercado común para los países de la cuenca
del Pacífico latinoamericano. Estaba equivocado. Lo que me dijo no tenía nada que
ver con investigación.
–Vas a tener que dejar el instituto– me espetó sin preámbulos.
Mis ojos deben haber delatado miedo y
preocupación. Hachette esbozó una sonrisa
que pretendía ser tranquilizadora:
–No inmediatamente, pero sí a fines del
semestre. Tienes algún tiempo para buscar
otro empleo.
–¿Por qué? –le pregunté, fijando la vista
en el crucifijo empotrado en la pared, detrás del escritorio.
–Me llamaron de Odeplán –dijo Dominique.
Enseguida se explayó:
–Llamó Miguel Kast y dijo que en el gobierno hay una gran consternación porque
alguien como tú esté impartiendo el curso
más importante de la carrera. Nada menos
que teoría monetaria, la materia que Milton Friedman dicta en Chicago–. A pesar de
haber vivido en Chile durante casi 40 años,
Dominique aún mantenía las erres guturales de su francés natal.
Entendí de inmediato lo que quería decir
con eso de “alguien como tú”. Tragué saliva
y me quedé en silencio, petrificado, consciente de que no había nada que decir.
Odeplán era el gobierno, es decir, los militares. Dominique volvió a sonreír y se arregló el mechón que constantemente le caía
sobre la frente. Dijo:
–Traté de convencerlos de que eras un
buen profesor. Les hablé de tus calificaciones y de tu tesis. Insinué cambiarte de cátedra, pero todo fue inútil. Miguel Kast quiere que salgas a la brevedad. Vas a tener que
renunciar.
Salí de su oficina como en un trance y me
dirigí al baño, donde me lavé la cara con
agua fría. Mi expulsión de la universidad
–porque eso era lo que había sucedido–
descarrilaba mi plan de transformarme en
académico. Sabía que era una senda difícil,
pero igual había decidido intentarlo. Uno
de los obstáculos era que después del Golpe la mayoría de las fundaciones internacionales habían salido de Chile y casi no
existían becas. La opción más fácil era, tal
como había señalado Miguel Kast, emplearse en el gobierno y hacer un apostolado en provincias. La recompensa era el financiamiento para estudiar una maestría
en alguna universidad estadounidense. Al
terminar, los ungidos tenían que regresar a
Chile para engrosar las tropas misioneras
dirigidas por el propio Kast. Pero en esa
época yo ya creía que para todo había un
límite, incluso para el dolor y la tristeza. Y
para mí ese límite estaba claro: yo nunca
iba a trabajar para Pinochet. No importaba
qué pasara o cuánto dinero necesitara, eso
era algo que yo no iba a hacer. Nunca recibiría un peso de la dictadura.
Al día siguiente me encontré con Dominique en un pasillo.
–Acabo de recibir una llamada del rector.
Me pidió la renuncia como director del instituto. Aunque no lo sé con certeza, creo
que detrás de esto también está el largo
brazo de Odeplán.
***
Unas semanas antes de ser despedido de la
Católica, por pura coincidencia, me llamaron de la oficina de Rolf Lüders, vicepresidente de uno de los conglomerados financieros e industriales más dinámicos y modernos del país. Rolf, que además era uno
de los primeros Chicago boys, quería saber
si estaba interesado en un empleo en el departamento de estudios económicos en ese
grupo conocido como “los pirañas”. Mi primera idea fue rechazar la invitación, pero
ahora que la ira y el desprecio de Miguel
Kast habían caído sobre mí y no tenía empleo, el Grupo BHC aparecía como mi tabla
de salvación.
Al cabo de un mes, tras una infinidad de
entrevistas y tests psicológicos, me uní al
conglomerado presidido por Javier Vial.
Mi labor consistía en hacer estudios de
coyuntura y editar un informativo mensual con proyecciones y análisis de tendencias y mercados. Durante el primer
año mi jefe fue Juan Ariztía, un ingeniero
que había estudiado un MBA en la Universidad de Chicago, y cuya mente funcionaba como reloj. Hacía preguntas agudas y no quedaba satisfecho con las respuestas hasta que el problema era
analizado desde todos los ángulos. Yo tenía 23 años, y por primera vez me enfrentaba al mundo de las finanzas, un mundo
misterioso y audaz, donde las agallas y la
rapidez eran valoradas y recompensadas
con dinero y prestigio social. Mis compañeros eran inteligentes y competitivos,
interesados en los deportes y amantes de
la naturaleza. Entre ellos se encontraban
Ignacio Guerrero, quien me había defendido en la Universidad Católica cuando
un grupo de alumnos había pedido mi expulsión; Sergio Baeza, un hombre brillante, educado en Francia, que había sido
profesor mío y cuya especialidad era evaluar la viabilidad de complejos proyectos
de inversión, y Hernán Echaurren, un
muchacho ágil, inteligente y divertido,
que estudió su pregrado en la Academia
de la Fuerza Aérea de Estados Unidos.
Un día, muy tarde, ya casi de noche, Rolf
Lüders me citó a su oficina del BHC –una
habitación pequeña y austera, muy diferente a las de los otros ejecutivos que yo
conocía– y me explicó que lo acababa de
llamar Miguel Kast desde Odeplán para decirle que yo era un “comunista” y que le
extrañaba que me hubiera empleado. Sugería que me despidiera en el acto. Mientras
Lüders hablaba, yo tiritaba, y revivía mi experiencia frente a Dominique Hachette tan
sólo unos meses antes. Pero esta vez no había un crucifijo en la pared; en su lugar había un enorme óleo con motivos abstractos
del pintor Benito Rojo.
–Mira –me dijo Rolf con seriedad–, esto es
muy simple. Yo estoy contento con tu trabajo, y en tu vida privada tú puedes pensar
lo que quieras y hacer lo que te dé la gana.
Si quieres ser comunista, puedes serlo. No
tengo ningún problema con eso. Pero sí te
voy a poner algunas condiciones.
Hizo una pausa, se frotó las manos y luego explicó:
–Son dos condiciones: primero, no puedes dedicarte al comunismo durante horas
laborales. Segundo, y esto es muy importante, si decides hacer activismo comunista, no puedes hacerlo entre los operarios de
nuestras empresas, no puedes aleonar a
nuestros obreros. Eso sería servir a dos señores, y sería muy ineficiente. También sería un poco desleal. Si quieres hacer activismo en otras empresas y fuera de las horas de trabajo, es cuestión tuya.
Le di las gracias y traté de hablarle sobre
mis planes futuros. Las palabras me salieron entrecortadas, un balbuceo apenas.
También intenté explicarle que no pensaba
hacer ningún tipo de activismo político
–hacerlo era un suicidio. No alcanzaría a
presentarme ante los obreros cuando los
agentes de régimen caerían sobre mí y me
lanzarían a alguna cárcel clandestina.
Rolf me interrumpió con una sonrisa:
–No me des explicaciones, no las necesito.
Si haces bien tu trabajo, vas a seguir con tu
empleo aquí. No sólo eso: si haces un buen
trabajo, nosotros te vamos a defender.
A los pocos meses, cuanto tuve un altercado mayor con José Piñera a través de la
prensa, pude comprobar que Lüders era un
hombre valiente y de palabra. Me defendió
sin ninguna vacilación, aun cuando volvieron a llamarlo del gobierno –incluso de los
aparatos de seguridad– para exigirle que
me despidiera.R
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