Fundamentación del Segundo Curso
El aprendizaje como herramienta fundamental para la Toma de
Decisiones, la Eficiencia y el Liderazgo.
Toma de Decisiones:
El acto de decidir, en cualquier instancia, es el resultado previo del ejercicio
del pensamiento. Es decir, implica una evaluación acerca de qué mapas
mentales rigen nuestro pensamiento y también de qué pensamientos
orientan nuestras decisiones.
Es precisamente el conocimiento adquirido el que nos da la seguridad
necesaria para poder afrontar con realismo y creatividad los paradigmas en
los cuales se asientan nuestras creencias, nuestros prejuicios, nuestras
expectativas y nuestros sueños.
De allí que el objetivo principal consista en profundizar el ámbito de la toma
de decisiones e involucrarnos en esta tríada conceptual; para poder conocer
más y mejor en qué consisten, para poder transformar y mejorar una
realidad primaria que somos nosotros mismos, y por último para
comprender y analizar la realidad que nos circunda.
Suele entenderse por decisión a un proceso inteligente que tiende a la
resolución de situaciones nuevas, revelando en la acción si el proceso
resultó ser exitoso o no (Riccardo Ricciardi en su libro “El arte de decidir”,
Editorial Hanne, 2008, Argentina).
Por otra parte las decisiones pueden obedecer a la acción de seleccionar,
bajo ciertos criterios, entre dos o más alternativas para dar solución a un
problema. En definitiva, el proceso de la toma de decisiones constituye un
elemento central dentro de toda planificación.
La finalidad entonces es adentrarnos en un campo como lo es el de la toma
de decisiones -siendo ésta un hábito sumamente natural a todo hombre-,
para desde allí adquirir una mayor conciencia de nuestra personalidad, de
las herramientas que poseemos y de la posibilidad de revisar nuestro FODA
personal. Sólo a través de este proceso lograremos perfeccionarnos, crecer
y trabajar mejor, haciendo de nuestra vida y de nuestro lugar de trabajo un
ámbito en el que las realidades tengan un auténtico sentido.
Para comenzar, es indispensable comprender que la toma de decisiones es
el resultado de un determinado proceso que involucra en sí mismo a la
ciencia y al arte. Decimos que hay ciencia porque requiere de pasos lógicos
y racionales, por su lenguaje, su objetividad y su exigencia de verificación y
comprobación de los hechos. Y simultáneamente decimos que hay arte
porque necesita, además, de un proceso esencialmente creativo.
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Si tenemos en cuenta que cualquier proceso decisorio debe ser resuelto del
modo más eficaz posible, podemos deducir que su importancia es tal que
exige de su máxima profesionalización. Tanta relevancia implica esta clase
de análisis que cuando se pretende conocer qué tipo de estructura tiene una
determinada organización, la única respuesta radica en observar su propio
proceso decisorio. Y para poder lograrlo es evidente que debemos
profundizar nuestros conocimientos por medio de un aprendizaje adecuado.
En este sentido inferimos que todo proceso decisional exige “pensar en la
acción”, tarea doblemente difícil ya que ambas se deben realizar en
simultáneo. La teoría y la praxis avanzan a la par y se dirigen hacia una
misma dirección.
Para llevar a cabo este proceso no sólo es clave conocer sus pasos o
diferentes elementos, sino también ocuparnos y velar por la calidad de los
mismos. No se trata únicamente de operar, más bien de cómo y de qué
manera lo hacemos. Ya que la dimensión racional en esta ida y vuelta sobre
el propio proceso es lo que contribuye a una mejora continua en la calidad
del mismo.
Quien debe tomar decisiones se maneja en un campo conceptual elevado,
se encuentra frecuentemente con problemas que tiene que resolver, y es
por ello que este proceso está siempre presente en él. Es por este motivo
que no se necesita sólo tener condiciones como persona operativa, sino
también una amplia capacidad de reflexión. Consecuentemente, esa
reflexividad demanda que la persona sea conciente de sus propias fuentes
de reflexión. O, en otros términos, que su accionar provenga de una
ideología o de una corriente de pensamiento que logre sustentarlo.
“El ejecutivo eficiente sabe cuándo una decisión puede basarse en un
principio y cuándo debe adoptarse según las circunstancias y por razones
prácticas”. ( El ejecutivo eficaz, Peter Drucker, Cap. 6 - Pág. 127, Editorial Sudamericana,
año)
Pero, ¿por qué es tan importante comenzar por aquí? Porque es necesario
advertir esta visión de proceso como una noción que necesariamente
involucra tiempo e implica un transcurrir (Decisión Making Process). Un
transcurrir en el que el hombre se ve implicado esencialmente y en el que
no sólo percibe este tiempo externo, sino que también lo hace desde un
ejercicio inteligente para percibir su propio tiempo; un tiempo personal que
a la vez es indispensable operar, examinar y tutelar, para que este proceso
que busca un determinado resultado, sea realmente eficaz.
Esta variable temporal es relevante en este vínculo de toma de decisión, un
tiempo objetivo y de resultados. Porque hay una gran diferencia entre una
decisión eficaz y una decisión inoperante. Y el aprendizaje, precisamente, es
el que nos señala cuál es dicha diferencia.
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Eficacia:
La eficacia es el segundo concepto con el que nos veremos en este análisis.
Su importancia radica en que las decisiones deben ser eficaces, sino pierden
su vínculo con la realidad, se auto enajenan y pierden su real razón de ser.
La eficacia es una realidad en la que dos variables -el tiempo y el objetivo a
cumplir-, se entrecruzan. Ambas, de forma autodirigida, tienden a lograr un
producto final que cubra las expectativas esperadas.
Para que el control sea eficaz es necesario contar con información
organizada, con informes y con cifras. Este control se prepara estando en
contacto directo con la realidad, en el hecho de ir y ver por sí mismo. Si no
se comprueba “in situ” con los propios ojos, cualquier persona responsable
de las decisiones institucionales o empresariales, con seguridad se verá
condenada a un estéril dogmatismo y con ello a la falta total de eficacia.
El trabajo de campo, es decir el estar en la situación, es lo que garantiza la
mirada objetiva, la claridad de ideas, la definición del problema y las
posibles vías de solución. En suma, es lo que garantiza una rápida
resolución del conflicto a partir de una toma de decisión eficaz.
Veremos también que la calidad de una decisión tomada es directamente
proporcional a la mejor información obtenida para efectuar este proceso.
Aunque como la toma de decisión no es ciertamente un acto administrativo
puro, sino que es un acto humano, también observaremos que demanda de
ciertas condiciones, valores y dimensiones morales de la persona que lo
ejerce, que supera con amplitud cualquier dimensión administrativa.
Liderazgo:
En cuanto al tercer concepto de nuestro análisis, que es el de liderazgo, nos
focalizaremos principalmente en la autoformación y en el autoaprendizaje
del Directivo/Ejecutivo/Gerente como herramientas muy valiosas para
mejorar su gestión y así poder ser eficaz.
Para poder diferenciar en primer lugar lo netamente administrativo del
auténtico liderazgo, tenemos que hacer una primera aclaración: no es lo
mismo ser un administrador que ser un líder. Y esto se demuestra por los
propios aspectos morales que hacen a la configuración del liderazgo: la
autoridad moral como base y principio de este tipo de personalidad, la
disciplina, la concentración y la autoestima.
Además de las cualidades antes mencionadas, todo ejecutivo, llámese
gerente de una empresa privada, directivo, rector universitario o bien
administrador hospitalario, debe alcanzar un altísimo grado de eficacia. Ya
que ese grado de eficacia es el que aumenta el rendimiento operativo de su
respectiva organización.
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Para alcanzar esta eficacia el ejecutivo tiene que tender al logro de
conocimientos y habilidades, como así también a la adopción de un método
de trabajo. Y en la medida en que avanza en su carrera, debe ser tan
flexible a este método a tal punto de que pueda modificarlo cuando las
circunstancias lo ameriten.
En este sentido hay que emprender un trabajo que nosotros denominamos
autoaprendizaje de la efectividad, cuyo resultado final es lo conocemos
como producto intelectual y pragmático de la autoformación ejecutiva. Y es
claro que esta autoformación requiere, a su vez, de un autoaprendizaje.
La formación es el vehículo que nos permite manejar nuestro propio
destino. Contribuye a la eficacia empresarial y es, por ende, un elemento
decisivo a la hora de crear una cultura corporativa.
El objetivo primario de toda autoformación es conseguir un cambio en el
comportamiento del que aprende. Es por ello que, el autodesarrollo de un
ejecutivo eficaz, es el verdadero potenciador de su personalidad.
Sólo a través del autodesarrollo, del aprendizaje como herramienta
superadora, es como lograremos ser líderes organizacionales. Y su vez que
nuestro liderazgo resulte eficaz y que aumente el nivel de realización de la
organización a la que pertenecemos.
Para concluir, nos quedamos con los siguientes interrogantes:
¿Podemos replantearnos la posibilidad de un aprendizaje prolongado?
¿Qué tipo de personalidad es la adecuada para ser un directivo eficaz?
¿Cómo asumir dentro de una institución las consecuencias de las decisiones
que tomamos?
¿Cómo se mide la capacidad de decidir?
¿Cuál es la característica esencial de la dirección?
La respuesta se nos revela con claridad: sólo se necesita DECISIÓN.
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Elementos de la toma de decisiones cap