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Xirau Ramon - Introduccion A La Historia de la filosofía

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T e x to s U n iv e rs ita rio s
R a m ó n X ir a u
Introducción a la historia
de la filosofía
C O O R D IN A C IÓ N D E H U M A N ID A D E S
P rogram a Editorial
U N IV E R SID A D N A C IO N A L A U T Ó N O M A D E M É X IC O
M éxico, 2011
P rim era edición: 1964
D ecim otercera edición corregida: 1998
D ecim osexta reim presión
de la D ecim otercera edición: 2011
N ota
a l a d é c im a e d ic ió n
En esta décima edición he intentado poner brevemente al día el conte­
nido del libro. Para hacerlo me pareció necesario referirme a tres movi­
mientos especiales desarrollados en los últimos diecinueve y, sobre
todo catorce años; el materialismo de la relación mente-cuerpo; el
estructuralismo; el innatismo nacido de la lingüística de Chomsky. Es­
pero que estas páginas sean útiles para tener una idea general de cada
uno de tales movimientos y lleven a los que lean este libro a más deta­
lladas discusiones.
San Ángel, julio 1987
Ilustración de la p o rtad a : detalle de Bailarina oyendo tocar
el órgano en una catedral gótica (1945) de J o a n M iró
D iseño de p o rtad a : R afael L ópez C astro
D R © 2011 U niversidad N acional A u tó n o m a de M éxico
C iu d ad U niversitaria 3000, Col. C opilco U niversidad,
Del. C oyoacán, 04360 M éxico, D.F.
C O O R D IN A C IÓ N D E H U M A N ID A D E S
P ro g ra m a E ditorial
Im preso y hech o en M éxico
P rohibida la reproducción total o parcial p o r c ualquier m edio, sin la
autorización escrita del titu lar de los derechos patrim oniales.
ISB N 978-968-36-8036-5
IN TRO D U C CIÓ N
Los hombres empezaron por saber que el hombre tenía historia; los
cristianos afirm aron que nuestra vida en esta tierra -v id a de p a s o es un transcurso histórico en el cual cada instante es una decisión
radical entre la salvación eterna y la eterna condena. Hem os apren­
dido después que no sólo el hom bre, sino todos los seres vivos
proceden en una historia que es creciente desarrollo, creciente
com plejidad, creciente evolución hacia m ás conciencia; hem os
aprendido, por fin, que no sólo la vida, no sólo el hom bre son
seres históricos. Lo es tam bién el universo, paso de las form as
m ás prim itivas de la preconciencia a la vida, de la vida al pensa­
m iento, del pensam iento a la conciencia. El concepto de historia
se ha extendido a cuanto existe y cuanto existe se ha extendido
m ás allá de la tierra, m ás allá del sistem a planetario, m ás allá de
nuestra galaxia, hasta alcanzar lontananzas im perceptibles, tan
lejanas que se nos antojan infinitas.
Ante este crecim iento del m undo histórico, en el cual estam os
en un estar que es transcurso, el hom bre - y a lo observaba Pascal,
y lo ha vuelto a observar recientem ente Teilhard de C hardin-puede
sentirse perdido. Decía Pascal que som os una nada en com para­
ción con el todo. Pero si el universo ha crecido en grandezas ya
apenas descriptibles, ha crecido tam bién en m inucias ya apenas
observables. Nos rodea lo infinitam ente pequeño -electrones, áto­
mos. fuerzas, energías. Pascal hubiera añadido que som os un todo
por com paración con la nada. M ínim os y grandes, som os seres
que se preguntan por el sentido de su ser. Vemos que los dem ás se
m ueren, nos sabemos destinados a la muerte, nos sentim os en
un m undo que es, en esencia, m isterioso. Ante nuestro propio
m isterio siem pre surge la m ism a pregunta: ¿por qué, por qué la
vida? Y con esta pregunta, una segunda pregunta: ¿para qué, para
qué nuestra vida? Hom bres a la vez perdidos y encontrados en un
m undo que desconocem os, nos vem os llevados por la inquietud.
Ramón Xirau
Introducción
por el desasosiego y por la esperanza. Las preguntas acerca del
sentido de la vida son un hecho. Se las han planteado, desde lo
m ás antiguo de la historia, todos los hom bres, se las han plantea­
do los poetas, se las han planteado los artistas. Se las plantean,
desde que la filosofía es filosofía, los filósofos.
Hay que entender la filosofía com o una cuestión de vida que
es tam bién cuestión de supervivencia más allá de la vida. A la
pregunta acerca del sentido de la vida, a la necesidad de interro­
gam os acerca de nuestro propio m odo de ser para encontrar una
razón de ser, responde la parte más antigua, tam bién fundam en­
tal, de la filosofía: la m etafísica. No es de extrañar que la m ayor
parte de este libro introductorio se refiera principalm ente a cues­
tiones de orden m etafísico. Ello no quiere decir que dejem os a un
lado otros aspectos de la filosofía íntim am ente vinculados a la
m etafísica: el m étodo, la teoría del conocim iento, la moral. Y, en
efecto, si nuestras preguntas son de orden m etafísico es necesa­
rio, previam ente, saber si es posible conocer, saber si podem os o
no podem os contestar a las preguntas que nos atosigan. A investi­
gar esta posibilidad se dedica el m étodo y la teoría del conoci­
miento. Y si la m etafísica no es una pura teoría abstracta -n o
puede, no debe se rlo - está íntim am ente vinculada a la vida; y es
el fundam ento de nuestro com portam iento, es decir, de nuestra
vida moral.
Saber si se puede saber; estableced una m etafísica después de
fundar las bases del saber; establecer una moral, una form a de vida
después de haber ordenado el m undo, después de haber hecho del
caos un cosm os, tal es la línea general de todo gran pensam iento;
tal es tam bién el plan general que hem os seguido al explicar cada
uno de los filósofos que en este libro aparecen. Y, al hacerlo, no
prescindim os de la historia ni de los principales tem as de la filo­
sofía. Tratam os de presentar la filosofía en su historia siguiendo
los tres grandes temas -e n realidad un solo tem a v ita l- en todos los
grandes pensadores. Y si algunos de los cam pos de la filosofía - la
lógica, la estética principalm ente- aparecen aquí apenas esboza­
dos, ello se debe a una doble razón. L a teoría del conocim iento,
la m etafísica y la m oral constituyen el m eollo de la filosofía; la
estética y la lógica son ciencias tan especializadas que sería nece­
sario escribir un libro aparte para tratar con alguna justicia cada
uno de los cam pos que respectivam ente abarcan.
Esta introducción es, así y al m ism o tiem po, una presentación
histórica y una presentación tem ática donde los tem as vuelven a
repetirse, com o tantas nuevas variaciones, en los diversos filóso­
fos, de G recia a nuestros días.
¿Por qué esta presentación histórica? Las razones son varias.
La prim era de ellas es que hom bre, vida, mundo, son historia. La
segunda es que la filosofía verdadera es un convivir con el pensa­
m iento pasado, a veces un coincidir con este pensam iento pasado
y es, sobre todo, respeto por las tradiciones. U na filosofía sin
tradición es tan inconcebible com o una vida sin tiem po o una
civilización sin historia. A estas dos consideraciones prim eras y
fundam entales, debem os añadir una tercera que constituye la h i­
pótesis sobre la cual se fundan nuestros desarrollos. A esta hipó­
tesis -q u e no es obligatorio acep tar- y a algunas consideraciones
y advertencias quiero dedicar las páginas que siguen.
L a filosofía se presenta com o historia. Ello no quiere decir que
la filosofía valga solam ente com o hecho histórico y que los pen­
sam ientos del pasado sean reliquias más o m enos curiosas. Todo
lo contrario. Quiere m ás bien decir que si bien la filosofía se da
en la historia, hay form as de pensam iento que van m ás allá de la
historia y, a través de todas las épocas, conservan su validez y su
verdad. Podem os, en ciertos casos, sentim os más cercanos de
Platón que de Sartre, de san A gustín que de M ax Scheler. Quien
así no lo crea es que en el fondo no piensa que la filosofía es cosa
de vida ni que las cosas de vida sobrepasan a una vida particular,
lim itada por un cuerpo, un cerebro, un tiem po y un espacio.
La filosofía es, fundam entalm ente, búsqueda de la verdad y
esta búsqueda puede encontrarse en periodos bien definidos del
pensam iento occidental. El pensam iento de Occidente, al cual se
dedica este libro por sim ple razón de que es el pensam iento de
nuestro m undo (por la razón tam bién de que el pensam iento
de otras civilizaciones no está al alcance de quien esto escribe),
puede dividirse en tres grandes periodos: el grecorrom ano; el cris­
tiano-m edieval, y el renacentista-m oderno. En cada uno de estos
periodos encontram os una evolución similar. En el inicio de ca­
da uno de ellos (filósofos preplatónicos en Grecia, filósofos ante­
riores al siglo x ii en el cristianism o, filósofos anteriores a Kant y
a Hegel en el periodo renacentista-m oderno), encontram os siem ­
pre una serie de intuiciones que son com o las aguas afluentes que
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Ramón Xirau
Introducción
habrán de desem bocar en los ríos caudales. En estos periodos
iniciales, los pensadores intuyen la verdad, llegan a ella, pero es­
casam ente la sistem atizan dentro de un todo orgánico y ordena­
do. A estos periodos iniciales siguen periodos de grandes síntesis
que, p o r em plear la palabra m edieval, llam arem os periodos de
sum m ae. Estas sum m ae -P la tó n y A ristóteles en Grecia, santo
Tomás y Duns Escoto en el siglo xill, Kant y Hegel a fines del
siglo xvm y principios del siglo xix- recogen m ucho de los pen­
sam ientos que los precedieron y añaden a éstos nuevas ideas para
construir sistemas armoniosos donde el mundo aparece claram ente
ordenado y jerarquizado. Pero las summae del pensam iento -g r ie ­
go, m edieval, m o d ern o - suelen,presentarse cuando ya está a la
vista la crisis de la civilización que les dio origen y nacim iento.
C uando escriben Platón y A ristóteles se avecina el derrum be del
Estado-ciudad; cuando escriben santo Tomás o Duns Escoto se
avecina la crisis del R enacim iento; cuando escriben Kant y Hegel
está por salirles al encuentro la crisis más aguda de todos los tiem ­
pos, la crisis de nuestro tiem po. Surge entonces un tercer perio­
do del pensam iento, un periodo en el cual reina m uchas veces la
desorientación y reinan tam bién los nuevos deseos de búsqueda y
encuentro. Pero los filósofos de estos periodos -ep icú reo s o es­
toicos en G recia, nom inalistas a fines de la Edad M edia, hu­
m anistas com o M arx, Com te, o el m ismo N ietzsche a fines del
siglo xix- no dejan de buscar el todo, no dejan de pensar que es
necesario encontrar soluciones absolutas. Se encuentran, sin em ­
bargo, con fragm entos de realidad y tienden a hacer que estos
fragm entos sean todo el edificio, a hacer que estas partes sean el
todo. Así, para E picuro, el placer, que en Aristóteles era una parte
del todo arm onioso de la vida, es toda la vida; para O ckham la
ciencia, separada de la fe, se edifica com o un conocim iento autó­
nom o y se instituyen dos absolutos incom unicados e inconcilia­
bles: el de la ciencia y el de la revelación; para M arx, para Com te.
para Nietzsche, hay que afirm ar el hom bre, pero al hacerlo, se
niega a D ios - y m áxim a im posibilidad entre todas las im posibili­
dad es-, se llega a hacer que el hom bre o el superhom bre sean los
únicos dioses del hom bre mismo. A los afluentes han seguido
los ríos; a los ríos las gotas que se pretenden río y afluente.
En resum idas cuentas: los grandes sistem as filosóficos se rea­
lizan en m om entos especialm ente dotados de la historia, estos
m om entos en los cuales todos los acarreos anteriores vienen a
convergir para pronto dividirse en creencias relativas que se pre­
tenden absolutas.
C laro está que si la filosofía es encuentro con la verdad - l a
verdad absoluta que, en últim a instancia, es siem pre relig io sa-,
el encuentro habrá de realizarse sobre todo en las sum m ae. Ello
no quiere decir que en los filósofos previos a ellas -S ó c ra te s,
san A gustín o V ic o - no se perciban encuentros tan verdaderos
y a veces m ás hondos que los que nos dan las sum m ae. N o ex is­
ten aquí preferencias sino hechos y las preferencias dependen
de las inclinaciones y éstas de las sim patías y las sim patías de
cada uno pueden estar adheridas a un sistem a o a una intuición,
a una explicación com pleta o a u n a form a m ás bien visionaria.
C laro está tam bién que existen grandes síntesis previas a las
grandes sum m ae. A sí en las filosofías de san A gustín, D escar­
tes, S pinoza o Locke. Pero estos sistem as previos son, si b ien a
veces m ás penetrantes que las sum m ae decisivas m ism as, fo r­
m as aún abiertas al futuro, afluentes m áxim os que d esem boca­
rán en el río totalizador.
Este concepto de la historia de la filosofía se asem eja a aque­
lla idea de los corsi e ricorsi que obsesionó a Vico, a principios del
siglo x v m . Y es que, en efecto, al hablar del crecim iento, la m a­
durez y la caída del pensam iento no estam os afirm ando que los
pensam ientos se acaben en un m om ento dado de la historia para
que em piecen nuevos pensam ientos. En realidad todo sucede de
m anera m ucho m ás com pleja y m ás rica. En el cristianism o y en
la Edad M edia están tam bién Platón y A ristóteles; en la filosofía
m oderna están san A gustín y santo Tomás. Y es que si la verdad
es una (la verdad que nos revela el cristianism o) esta verdad no es
perecedera, sino perm anente. Profetas de esta verdad de C risto
fueron, según san Justino mártir, Sócrates y Platón; profetas que
no sabían que eran profetas. Y si alguna validez tiene el pensa­
m iento de nuestro tiem po, esta validez está en la verdad, siem pre
renovable en cuanto a las vías del conocim iento, siem pre la m is­
m a en cuanto verdad.
N o se acaban las civilizaciones, no son las civilizaciones cotos
cerrados. Son, com o diría W hitehead, “inm ensas perm anencias” ,
inm ensas y vivas. D iríase que de las cenizas de un m odo de vida
social renacen, renacen siem pre a fin de cuentas, las m ism as ver­
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Ramón Xirau
dades rem ozadas que han de conducir nuevam ente, continuada­
m ente, a la m ism a verdad.
Tal es la hipótesis central de este libro. No creo que esta hipó­
tesis deform e a los filósofos aquí presentados que, por otra parte,
podrán ser estudiados al m argen de esta hipótesis m ism a com o
pensadores que dijeron esto o aquello, que concibieron la verdad
de u na o de otra manera. E stablecido este punto, quedan algunos
com entarios previos que paso a enumerar.
1) Si este libro está escrito en form a histórica no debe ver el
lector en él una historia de la filosofía. Para que lo fuera
sería necesario detallar el pensam iento de todos los filóso­
fos y de todas las corrientes filosóficas. N o encontrará el
lector en las páginas que siguen a todos los pensadores y
ello no porque carezcan de im portancia sino porque aquí
era necesario lim itarse a las corrientes fundam entales del
pensam iento aun a riesgo de que la historia se presentara
sin la continuidad que la caracteriza. V álganos pues este
pecado de omisión.
2) Siem pre que se ha podido se ha indicado la situación social
y la vida cultural de cada época. El lector hará bien en pro­
fundizar, m ediante m ás am plias lecturas, el m undo de cada
filósofo si quiere ver en él no a un ser abstracto, sino a un
ser que vive de su tiem po y en su tiem po, aun cuando m u­
chas veces lo trascienda.
3) C uando el lector tope con algún térm ino técnico puede re­
m itirse al vocabulario que aparece al final del libro (apén­
dice II).
4) C uando el lector quiera ordenar sus pensam ientos y situar­
los dentro de las principales corrientes filosóficas, le reco­
m endam os que se refiera al índice de escuelas y tendencias
(apéndice i).
5) S iem pre que ha existido una buena traducción española
de los filósofos citados, las citas se han hecho por página.
S olam ente se han hecho las citas por párrafo en los tres
casos siguientes: cuando no había traducción española;
cuando la traducción española era débil; cuando los p á ­
rrafos son suficientem ente breves para poder encontrar
en ellos la frase citada.
Introducción
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6) Q uiero agradecer la posibilidad m ism a de este libro a mis
m aestros, principalm ente Joaquín X irau, José G aos y A l­
fonso R eyes; a m is discípulos de la U niversidad de las
Am éricas. del Liceo Franco-M exicano y de la U niversidad
N acional A utónom a de M éxico. Unos y otros han sido la
fuente indispensable para que la filosofía se convirtiera en
un intercam bio oral, vivo y vigente. Q uiero agradecer, por
fin, la ayuda que me ha proporcionado la Frank B. Jr. Baird
Foundation.
PRIMERA PARTE
G R E C IA
D e l s i g l o v ii a . C . a l s i g l o iii d e n u e s t r a e r a
I. U n
l a b e r in t o , u n e s c u d o y u n a l e y
Situado en el centro de Creta, el palacio de Cnosos, cuya cons­
trucción legendaria se atribuye a Minos, es tan com plejo en su
estructura que los arqueólogos m odernos se pierden todavía por
sus subterráneos, sus vericuetos, sus corredores, sus habitaciones
m uchas veces sin com unicación aparente. C uando los griegos lle­
garon a Creta, el palacio de M inos los llenó de adm iración y, para
explicarse el m isterio, inventaron la leyenda que ha pasado a la
historia por su belleza y su verdad. ¿Qué dice la leyenda? El futu­
ro rey M inos d isp u ta el trono a sus herm anos. Pide un signo
del cielo que le indique su derecho al reino. No tarda en llegar el
signo de los dioses bajo la form a de un toro blanco. Pasifae, ena­
m orada del toro sagrado, da a luz a un ser m itad toro, m itad hom ­
bre, que los griegos llam aron el M inotauro. M inos hace construir
su palacio, o según los griegos su laberinto, para encerrar al m ons­
truo recién nacido. Com o el origen del M inotauro es divino habrá
que sacrificarle todos los años siete m uchachos y siete m ucha­
chas de Atenas. Teseo, ateniense, decide librar a su ciudad del
tributo sangriento. Penetra en el laberinto y, gracias al hilo de
A riadna, princesa cretense enam orada de Teseo, puede volver a
salir del laberinto después de haber m atado al M inotauro.
L a leyenda significa, principalm ente, que los griegos q u ie­
ren establecer un orden racional, una form a de vida que ya no
dependa de los m onstruos y de los sacrificios prim itivos. S igni­
fica tam bién, y en ello está una clara m uestra de su espíritu orde­
nador y preciso, que, ante un fenóm eno inexplicable, tratan de
dar una explicación congruente capaz de ser entendida p or todos
los hom bres.
De la m ism a m anera que los griegos pusieron orden en el labe­
rinto, pusieron orden tam bién en las creencias religiosas de los
pueblos que encontraban a su paso. El dios Zeus es, desde una
época prim itiva, una m ezcla de dos divinidades. P or un lado, es el
Introducción a la historia de la filoso fía
G recia
dios de los conquistadores helenos que gobierna a la luz y al cie­
lo; por otra, es un dios m editerráneo, hijo de los titanes y de las
potencias terrestres. Este m ism o dios de doble origen se presen­
ta sin em bargo en H om ero, com o el suprem o de todos los dioses,
y, en la Odisea, com o un consejero sabio de los dioses y de los
hom bres. Los griegos de la época de Hom ero, los griegos del
siglo VIH, han sustituido la m ultiplicidad de los dioses locales por
una serie de divinidades que se parecen, idealizadas, a la propia
aristocracia hom érica gobernada por un rey. Serena com o los dio­
ses que la habitan ha de ser su m orada en el m onte Olim po. A sí la
describe la O disea:
El m undo hom érico es un m undo de orden y de armonía. ¿C uál
es la im agen de este m undo? E m pecem os p or la g eografía de
los tiem pos hom éricos. Verem os después cóm o esta geografía
se integra en un m undo de pensam iento m itológico organizado
y claro al cual responden las acciones, los vicios y las virtudes
hum anas.
El m undo de los poem as hom éricos es relativam ente peque­
ño. La Tierra, que H om ero concibe com o un disco, tiene por cen ­
tro a Grecia, y term ina, al norte en regiones vagas, distantes y
lum inosas; al sur, en las tierras cálidas de la N ubia y de los
etíopes, y se prolonga, de este a oeste, a lo largo de las costas m e­
diterráneas. En el envés del disco, al otro lado de la Tierra, viven
los m isteriosos quim érides “escondidos en la niebla y las n u ­
bes” , envueltos en “una noche perniciosa” . En tom o al disco es­
tán las aguas del océano, padre de todas las aguas, “todos los
ríos, todos los m ares, todas las fuentes, todos los pozos profun­
dos” . El cielo, bóveda estrellada, rodea la superficie de la Tierra
y está sostenido por una serie de equilibradas colum nas. Esta m is­
m a estructura de la Tierra es tam bién la estructura cincelada en el
escudo de Aquiles.
En la descripción hom érica del escudo resalta, con claridad,
un perfecto sentido de la arm onía, del orden y de la gracia. R esal­
ta tam bién la im agen de este océano, estas aguas que son ya para
H om ero, com o m ás tarde para algunos de los prim eros filósofos,
el origen de todas las cosas. Y en el centro del escudo, en la bata­
lla de la ciudad guerrera, la m ás alta de las virtudes hum anas: el
heroísm o que transform a a los hom bres en sem idioses.2
Si el heroísm o es la principal virtud que nos presentan los poe­
m as hom éricos, y en especial la Ilíada, son muy otras las virtudes
(muy otro tam bién el concepto del m undo) que nos deja la lectura
de los poem as de Hesíodo. En L os trabajos y los días, poem a de
m otivación ocasional surgido de la disputa por la herencia de las
tierras paternas entre Hesíodo y su herm ano, el poeta describe la
vida cam pesina con un am or por la tierra que será difícil encon­
trar hasta en las Geórgicas de Virgilio. Pero esta m otivación ex­
terna nos conduce al núcleo del asunto. Hesíodo discute sobre la
justicia de su herencia y le dice a su herm ano: “A tiende a la ju sti-
20
Atenea, la de los ojos de lechuza, se fue al Olimpo, donde dicen que
está la mansión eterna y segura de los dioses; a la cual ni la agitan
los vientos, ni la lluvia la moja, ni la nieve la cubre -pues el tiempo
es allí constantemente sereno y sin nubes-, y en cambio la envuelve
una esplendorosa claridad; en ella disfrutan perdurable dicha los
bienaventurados dioses.1
A esta “esp lendorosa clarid ad ” aspiraron siem pre los grie­
gos. H abrían de lograrla com o posiblem ente no la ha logrado
nunca ningún pueblo. El am anecer de esta nueva luz está en las
obras de aquel poeta que ha pasado a la historia con el nom bre
de H om ero.
El escudo de A quiles
Tal com o conocem os hoy la ¡liada y la Odisea, la prim era se
refiere a la antigua sociedad guerrera de los aqueos; la segunda,
a los viajes de U lises y su largo y difícil retom o a la vida estable
de su ciudad y de su hogar. Sea cual fuera el origen lejano de estos
poem as, fueron am bos escritos en su form a actual durante el si­
glo V IH o ya entrado el siglo V il. En ellos se percibe una concep­
ción clara del m undo, presidida por los dioses olím picos que, en
sus regiones celestiales, prolongan y actúan las disputas de los
hom bres.
1
Hom ero, Odisea, en Obras com pletas de Homero, trad. de Luis Segalá y E stalella,
M ontaner y Simón, B arcelona, vi, p. 41.
2 C f, ibid., xvill, pp. 3-23.
21
23
Introducción a la historia de la filo so fía
G recia
cia y o lv id a la violencia. Tal es el uso que ha ordenado Z eus a
los hom bres: los peces y los anim ales salvajes y los pájaros ala­
dos pueden com erse unos a otros, puesto que entre ellos no existe
el derecho. Pero a los hom bres les confirió la justicia, el m ás alto
de los bienes”.3 A dem ás de revelar la existencia de una clase po­
pular activa y poderosa, Hesíodo distingue claram ente entre lo
hum ano, guiado por la ley. y lo anim al, llevado por la fuerza.
Im plícitam ente Hesíodo viene a decirnos que la justicia no debe
confundirse con el derecho del más fuerte. Esta separación entre
la existencia de hecho y la existencia de derecho anuncia las teo­
rías que Sócrates y Platón habrán de desarrollar unos cuantos si­
glos más tarde.
No se contenta H esíodo con definir los ideales de la vida
hum ana, basada en el trabajo y en la fidelidad a la ley. Inquiere
tam bién sobre los principios de las cosas, el sentido y el origen
del m undo. Para ello escribe la Teogonia, o génesis de los dio ­
ses, que nos ofrece una especie de m etafísica poética. A lgunas
de sus im ágenes serán especialm ente fecundas para la filoso­
fía posterior.
Afirm a Hesíodo que “antes que todas las cosas fue C aos”.4 No
define m ayorm ente este concepto m ítico ni tan sólo nos dice a las
claras si el caos fue la prim era realidad en su m itología histórica
del m undo divino. Sin em bargo, esta noción del caos im plica ya
la idea de que la posibilidad precede a la realidad, de que lo infor­
m e da lugar a la form a, de que lo indefinido está antes de lo defi­
nido. Claro que Hesíodo no podía pensar en estos térm inos abs­
tractos. Y sin em bargo, al pasar el tiem po, la im agen del caos
habrá de dar lugar a nociones filosóficas y aun científicas que
sólo A naxim andro, en el siglo vi. em pezará a desenm arañar. Una
segunda noción de no m enor im portancia es la de Eros. No se
trata de una idea nueva. Eros fue. desde tiem pos lejanos, uno de
los dioses de los griegos. Lo que im porta aquí señalar es que el
Eros de Hesíodo no es un ser estático e inm óvil, sino “el que
rom pe las fuerzas” . Para H esíodo, Eros es la base de toda crea­
ción. la fuerza m ism a que es energía creadora tanto entre los dio­
ses com o entre los hom bres.
En este m undo de dioses sucesivos tiene un puesto bien defini­
do el hom bre. A im agen y sem ejanza de las divinidades que se
suceden, se suceden tam bién las cinco edades de los hom bres. En
la prim era de ellas, la edad de oro, suerte de paraíso helénico, los
hom bres “vivían com o dioses, dotados de un espíritu tranquilo.
No conocían el trabajo, ni el dolor, ni la cruel vejez [...] y m orían
com o se duerm e” . Estos prim eros hom bres, buenos por natura­
leza, se convirtieron en dioses. A esta prim era edad sucedió, im ­
perfecta, la edad de plata. D esvalidos, los niños eran criados “por
m adre [...] pero sin ninguna inteligencia” . Después de cien años
de crianza vivían m iserables, y sin conocim iento de la religión,
para m orir bien pronto “a causa de su estupidez” . Zeus decidió
acabar con esta raza infiel y la convirtió en la raza de los “dioses
subterráneos” , rem iniscencia hesiódica de aquellos dioses prim i­
tivos que los griegos encontraron a su llegada al M editerráneo. La
tercera edad, la de bronce, rem iniscencia de la época en que los
hom bres em pezaron a trabajar los m etales, es tam bién una edad
heroica, en la cual los hombres son “al igual que los fresnos, violen­
tos y robustos”. Por su violencia, por su carencia de justicia, fueron
destruidos los hom bres de bronce, y regresados a las entrañas de
la tierra donde Helios, el Sol, les fue para siem pre invisible. “M ás
justos y m ejores” son los hom bres de la cuarta edad, la de los sem idioses, edad que nos rem onta a los héroes hom éricos “cuando
en sus naves fueron a Troya” . La guerra pudo destruirlos, pero gra­
cias a su virtud heroica siguen viviendo “en las islas de los bien­
aventurados”. Nuestra edad, la quinta, es la edad de hierro, la edad
tam bién de las lam entaciones. D urante toda esta edad “los hom ­
bres no cesarán de estar abrumados de trabajos y m iserias durante
el día [...] y los dioses les prodigarán am argas inquietudes. En­
tretanto, los bienes se m ezclarán con los m ales” .5 Tal es la época
del hombre, tal es también la época en que Hesíodo quiere conven­
cer a su hermano Perses de que el supremo valor es el de la justicia.
A la evolución de los dioses, a partir del caos, corresponde la
evolución de los hom bres. D esde el nivel de la edad de hierro,
últim a edad hum ana, H esíodo. an unciador de futuras filoso­
fías, poeta y teólogo de la G recia antigua, preconiza la razón,
el equilibrio y el respeto a lo justo.
22
3 Hesíodo, Los trabajos y los días, trad. de Germán Gómez/de la Mala. Shapire, Bue­
nos Aires, 1 9 4 3 , 1, p. 78.
4 Hesíodo, Teogonia, Shapire, Buenos Aires, 1943, p. 14.
5 Cf. Hesíodo, Los trabajos v los días, pp. 81-85.
24
Introducción a la historia de la filo so fía
Obras de consulta
D o d d s , E. R., The Greeks and the Irrational, Beacon, Boston, 1957.
G r e e n e , W. H„ Moira, Harper, Nueva York, 1963.
G u t h r ie , W. K. C., The Greeks and Their Gods, B eacon, B oston,
1956.
J a e g e r , Werner, Paideia, trad, de Joaquín Xirau y Wenceslao Roces,
Fondo de Cultura Económica, México, 1957, pp. 19-83.
II. I n ic io s
L a filosofía griega se inicia en las m ism as tierras jónicas donde
nacieron los poem as hom éricos. El hecho no es puram ente casual
y se debe principalm ente a que ésta era la región de más alta
civilización durante los siglos vm y vil. El nacim iento de la libre
em presa y las nuevas m odalidades de com ercio que ésta lleva
consigo m odificaron profundam ente la civilización griega. Por
una parte, puede observarse a partir de los siglos v m y v il una
m ayor tendencia al individualism o que se m anifiesta tanto en el
desarrollo de la poesía lírica, subjetiva e íntim a, com o en el he­
cho de que el artista quiere salir del anonim ato para em pezar a
firmar, com o persona hum ana independiente, las obras que sa­
len de su fantasía. Hacia al año 700 debe situarse la copa de
A ristónoo, la prim era obra de arte firm ada que se conoce. Por
otra parte, los artistas y los poetas, m enos artesanos y ya más
definitivam ente creadores, em piezan a considerar el arte com o
un fin en sí, haciendo poco a poco a un lado los fines utilitarios
que el arte y la poesía solían tener en tiem pos m ás antiguos. Ha
dicho H auser que el deporte es m anifestación jugada de la lu­
ch a por la vida.6 Durante el siglo vil se desarrolla, en gran escala,
el deporte de los griegos y algo de este deporte tienen los nuevos
poem as de Safo, las nuevas esculturas, las nuevas form as del pen­
sam iento. Y desligados de la vida práctica, ya alejados de la uti­
6
Cf. A m old H auser, “G recia y R om a", en Historia social de la literatura y el arte,
vol. i, Labor, Barcelona, 1988, 3.
G recia
25
lidad inm ediata, el arte, la literatura y la filosofía nacientes son
deportivos en la m edida en que son tam bién desinteresados. De
este desinterés nace la posibilidad de creaciones autónom as, co ­
mo nace tam bién la posibilidad de dedicarse a la ciencia por la
ciencia m ism a, al pensam iento por el pensam iento m ism o, sin
necesidad de tener siem pre en cuenta las finalidades inm ediatas
de una o de otro. Los filósofos griegos tienen el mérito indudable de
haber iniciado, tanto en los terrenos de la pura filosofía com o en
los de la ciencia, lo que hoy llam am os el pensam iento puro.
Esta necesidad de un pensam iento teórico no niega las necesi­
dades prácticas. Se dice que Tales de M ileto, ante la am enaza de
los lidios, propuso la unión de las ciudades jónicas en una confe­
deración que habría de llevar el nom bre de Theos; dícese tam bién
que A naxim andro fue colonizador de lejanas tierras. Los prim e­
ros filósofos fueron políticos. Fueron tam bién ingenieros y no
parece que se desinteresaran nunca de las posibilidades técnicas
y prácticas que. una vez aplicada, puede tener la teoría. La teoría
nunca ha negado la práctica. Y. sin em bargo, hay épocas en las
cuales la teoría, el pensam iento puro y desinteresado, predom ina
sobre las posibilidades de ap licació n . El d esp ertar de este pen­
sam iento teórico hay que buscarlo entre los prim eros filósofos
de Jonia.
La teoría no es posible sin el em pleo de la razón. Y si algo
sorprende en el pensam iento de los prim eros filósofos griegos es
el grado de abstracción y el grado de racionalidad de las pregun­
tas que se proponen. Ya no les basta con encontrar varias solu­
ciones para explicarse el porqué del m undo y el para qué del des­
tino del hombre. En esta búsqueda del porqué y el para qué se
fundará más tarde la filosofía. Com o los prim eros filósofos grie­
gos, los filósofos de O ccidente han querido encontrar una sola
respuesta a esta pregunta y, de m anera sem ejante a los m atem áti­
cos que quieren reducir la pluralidad a la unidad, a los físicos que
quieren dar una sola ley para explicar los fenóm enos del univer­
so. los filósofos tratan de buscar una explicación única y verda­
dera para todos nuestros actos, para el m undo en que vivim os y
para el destino que puede tocarnos vivir. La diferencia entre la
pregunta de los físicos o los m atem áticos, por una parte, y de los
filósofos, por otra. es. sin em bargo, radical. El hom bre de ciencia
quiere dar una explicación totalizadora de un aspecto del univer­
Introducción a la historia de la filosofía
G recia
so o del pensam iento (los objetos m atem áticos para el m atem á­
tico. la naturaleza para el físico). Los filósofos quieren dar una
explicación única y racional que englobe a todos los hechos, to­
dos los pensam ientos y todas las acciones.
C on esta pretensión de universalidad se inicia precisam ente
la filosofía griega. Tales. A naxim andro, A naxím enes, los tres
filósofos de M ileto de Jonia, se preguntan cuál es el arché. es de­
cir. el origen o el "gobierno” de todas las cosas. No serán siem ­
pre tan precisas las respuestas com o lo es la pregunta. Pero el
solo hecho de que fueran capaces de inquirir con tan alto gra­
do de abstracción es una verdadera revolución en la historia del
pensam iento.
Tales de M ileto fue el prim er filósofo de Grecia. Viajero, co­
noció las m atem áticas de los egipcios y es probable que predi­
jera el eclipse de Sol del año 585 a. C. De su distracción que. por
contem plar estrellas le hacía caer en los pozos, existen varias anéc­
dotas que añaden su grano de sal a la proverbial distracción de los
sabios. C om o político es probable que Tales quisiera fundar, con­
tra los ataques de los lidios. la confederación de Theos. Com o
filósofo sabemos que fue el prim ero en preguntarse acerca del
origen de todas las cosas y sabem os tam bién, gracias a A ristóte­
les. cuál fue la solución que dio a su pregunta. En realidad su
solución fue triple y puede resumirse en tres proposiciones: la T ie­
rra flota sobre las aguas; el agua es el origen de todas las cosas;
todas las cosas están llenas de dioses. L a prim era afirm ación no
difiere grandem ente de la idea m itológica de la Tierra que se en­
cuentra en la descripción del escudo de Aquiles. No viene, en
realidad, a añadir nada de nuevo a la ya vieja tradición cosm oló­
gica de los griegos. La segunda es más im portante porque contes­
ta. precisam ente, a la pregunta central que se plantearon los pri­
m eros filósofos. El origen de todas las cosas es el agua. ¿C óm o
entender esta proposición? En prim er lugar, debem os tener en
cuenta que la palabra arché se refiere menos al origen de todas
las cosas que a su gobierno. Así, lo que buscaba Tales era un
principio físico y m etafísico que. a su m odo de ver, rigiera todas
las cosas. Q ue este principio sea el agua no debe sorprendernos
en exceso. La tradición m itológica de los griegos - lo hem os vis­
to - daba una especial im portancia al agua, el océano que rodea la
tierra. Por otra parte, Tales pudo observar que el agua es necesa­
ria para la vida. Pudo observar tam bién que el com ercio de su ciu­
dad natal y. en general, de la Jonia toda, se hacía por el mar, y
así el agua se convertía en el m edio necesario para la superviven­
cia m ism a de sus coterráneos. En cuanto a la tercera afirm ación
es. sin duda, algo misteriosa. Aristóteles sugiere que Tales había
observado los efectos del m agnetism o y que la palabra “dioses”
representa aquí, sim bólicam ente, las fuerzas activas de la natura­
leza. En tiem pos más m odernos, se ha podido creer que la frase
de Tales transm itida por A ristóteles se refería realm ente a divi­
nidades. La filosofía de Tales sería, así. una form a de espiritualismo. Es preferible, en todo caso, no hacer hipótesis por lo dem ás
innecesarias. Bástenos recordar que Tales sigue siendo fundador
de la filosofía en Grecia por el género de pregunta que se plantea.
Podem os pensar que sus respuestas son más o menos pobres. Pe­
ro no es históricam ente factible pensar que fueran de otro modo.
A m ayor riqueza en las respuestas nos conduce un breve análisis
del discípulo de Tales: A naxim andro.
También de M ileto, vivió A naxim andro a m ediados del siglo
V I. Sabem os que escribió un libro que todavía era leído en tiem ­
pos de Aristóteles. En él. A naxim andro es el prim er filósofo que
explícitam ente se interroga acerca del arché. del gobierno o del
principio de todas las cosas. Esta preocupación filosófica no es­
tuvo nunca separada de intereses prácticos. Com o Tales. A naxi­
m andro tuvo interés por la política y fundó una colonia en Apolonia; tam bién com o Tales se ocupó de problem as técnicos y es
muy probable que a él se deba el prim er m apa. Su interés por la
astronom ía le llevó a dar una nueva versión, m ucho m ás m oder­
na y exacta, de la naturaleza del mundo. La Tierra, cuerpo celeste,
tiene form a cilindrica. Suspendida en el centro del espacio está
rodeada por las estrellas, todas ellas hechas de fuego. Lejos que­
dan ya los días de Hom ero y aun los de Tales, su propio m aestro.
Pero si A naxim andro tuvo im portancia en sus actividades prácti­
cas y científicas, no la tuvo m enor en cuanto trató de explicarse el
origen del universo, su causa y su principio único. A la pregunta:
¿cuál es el origen de todas las cosas?, responde A naxim andro.
em pleando por prim era vez un claro argum ento lógico, que nin­
guno de los cuatro elem entos (fuego, tierra, aire, agua) puede ser
el origen de la totalidad del universo, puesto que si afirm am os
que un solo elem ento es la causa adm itim os que la parte es la
26
27
29
Introducción a la historia de la filo so fía
G recia
causa del todo, lo cual es obviam ente contradictorio. No debe
buscarse el origen de todas las cosas en ninguno de los elem entos
particulares que com ponen el m undo. El verdadero origen hay
que encontrarlo en el apeiron, palabra que significa lo indefinido
y lo informe. La introducción de esta noción nueva es de prim era
im portancia y va a persistir en el curso de la filosofía occidental.
Es posible que el origen histórico de la idea del apeiron deba
encontrarse en aquella vieja noción hesiódica del caos. De todos
m odos, y sea cual sea su origen, es m ucho más abstracta que la
del caos m itológico. En efecto el apeiron incluye ya en potencia
nociones tan básicas com o las del infinito y de la posibilidad.
Estas dos nociones son im portantes en varios aspectos. La de in­
finitud contribuye a variar notablem ente el puesto del hom bre en
el mundo. Ya no estam os ahora en aquel cóm odo universo de
H om ero donde el m undo se reducía a una Tierra plana y un cielo
sostenido por hercúleas colum nas. El universo se abre y el lugar
del hom bre dentro de su m undo es m enos limitado. El palacio
cubierto de estrellas que im aginaba Hom ero viene ahora a substi­
tuirse por la vastedad de los espacios infinitos. En cuanto a la
noción de posibilidad -q u e im plícitam ente puede encontrarse en
el apeiron de A naxim andro- su principal im portancia viene de
un hecho que puede hoy parecem os obvio, pero que en su mo­
m ento fue un descubrim iento de prim era im portancia. Este des­
cubrim iento equivale a decir que lo posible precede a lo real o. si
se quiere, que para que alguna cosa llegue a ser real tiene, prim e­
ro. que ser posible.
A esta abstracción que sitúa a A naxim andro com o el prim er
filósofo de verdadera originalidad, ya no solam ente en cuanto a
sus preguntas sino tam bién a sus respuestas, vienen a añadirse
otros descubrim ientos que el propio A naxim andro aporta al cam ­
po de la filosofía. El prim ero de ellos ha llegado hasta nosotros en
las palabras de Anaxim andro citadas por filósofos más recientes.
A firm a Anaxim andro: "Las cosas tienen que cum plir la pena y
sufrir la expiación que se deben recíprocam ente por su injusti­
cia” . Se ha hecho notar que esta frase parece describir una escena
de tribunal.7Y. efectivam ente, los térm inos em pleados son térm i­
nos jurídicos.8 Ello no debe sorprendem os si recordam os que.
ya desde Hesíodo. los griegos estaban principalm ente preocupa­
dos por problem as de orden político y social. Más im portante que
su aspecto jurídico extem o, es el sentido profundo de la frase de
A naxim andro. En realidad lo que preocupa al filósofo es el m ovi­
m iento. Si observam os el m undo que nos rodea (m ontañas, río o
acero) vemos que todo está en constante estado de cam bio: si nos
observam os a nosotros mismos no podrem os dejar de percibir
que cam biam os tam bién constantem ente. ¿C óm o explicar el cam ­
bio? A naxim andro sugiere que el cam bio tan sólo es explicable si
existe verdadera oposición. Tal es el sentido de las palabras “ju s­
ticia” e “injusticia” . Sabem os que solam ente existe la vida si por
un lado tiene un principio en el nacim iento y por otro, al final de
la línea, un fin en su opuesto, la muerte. Sabem os que la sem illa
solam ente llega a ser árbol después de dejar de ser sem illa; sa­
bem os que todo m ovim iento im plica, al m ism o tiem po, la co n s­
trucción y la destrucción de algo. ¿C óm o im aginar el m enor
m ovim iento en un m undo en que todo fuera idéntico a todo lo
dem ás? Tan sólo la diferencia, la oposición, la “justicia y la injus­
ticia” explican el hecho de que. de lo justo a lo injusto, de lo in­
ju sto a lo justo, exista la m ovilidad.
El segundo y sorprendente descubrim iento de A naxim andro
se refiere al origen de los seres vivos y. especialm ente, del hom ­
bre. De acuerdo con A naxim andro los seres vivos “nacieron del
elem ento húm edo cuando hubo sido evaporado por el Sol. El hom­
bre era, en un principio, semejante a otro animal, el pez” . Algunos
han pensado que esta idea es en realidad la del evolucionism o. Es
totalm ente im probable que A naxim andro pensara en térm inos de
evolución cuando la teoría evolucionista no se desarrolló sino
durante el siglo xix. Más probable es que tuviera en el espíritu
ideas m itológicas primitivas.
C uando se pregunta acerca del origen de las cosas, A naxim an­
dro, razonando ya m ediante argum entos lógicos, piensa que este
origen debe encontrarse en la ilum inación eterna e inm ortal.
Sus observaciones sobre el m ovim iento habrán de ser desarrolla­
das, a lo largo de la filosofía griega, com o una de las nociones
7
Cf. W em er Jacgcr, La teología de los prim eros filósofos, trad. de José Gaos. Fondo
de C ullura Económ ica, M éxico, 1952. II.
s La idea del universo com o un Estado se encuentra en M esopotam ia. Vid. T. Jacobsen,
“ M esopotam ia” , en H. y H. A. Frankfort, J. A. W ilson y T. Jacobsen, El pensam iento
prefilosófico, Fondo de C ultura E conóm ica, M éxico, 1954. [Breviarios, 97.]
28
Introducción a la historia de la filo so fía
G recia
centrales del pensam iento filosófico. Su puesto en la historia de
la filosofía es el de un verdadero innovador e iniciador.
No es tan im portante su discípulo Anaxim enes. A la m ism a
pregunta respondía Anaxim enes que el origen de todo debe bus­
carse en el aire. ¿Un paso atrás después de los varios descubrimien­
tos de A naxim andro? Todo depende del sentido que se dé a las
palabras. Es posible que A naxim enes, al hablar del aire, hablara
del espíritu. N uestro desconocim iento de su filosofía nos impide,
sin em bargo, considerarlo com o el prim er filósofo espiritualista.
los hom bres, y que no se parece a los hom bres ni por la form a ni
por el pensam iento” ." La nueva idea, tan revolucionaria para la
teología griega com o pudieron ser para la filosofía y la ciencia las
ideas de los m ilesio s, nos presen ta a un D ios suprem o que “ lo
ve todo, lo piensa todo y lo oye todo” .12 En su afán por dar una
explicación racional y unitaria del mundo, Jenófanes alcanza un
concepto m onoteísta de la divinidad. G rande será su influencia
en el desarrollo de la filosofía griega y la noción que Jenófanes se
hace de Dios habrá de alcanzar su más precisa expresión en la
filosofía de A ristóteles. Pero si de m om ento nos m antenem os en
el siglo v verem os cóm o los filósofos, divididos en dos grupos
en cuanto al origen de las cosas, buscan y tratan de encontrar una
solución tam bién unitaria a los problem as del conocim iento, del
universo y del hombre.
H eráclito nació en Éfeso, en las m ism as tierras jónicas donde
se desarrolló el prim er pensam iento de los filósofos. Hay que si­
tuar su m adurez hacia el año 478. De su vida conocem os anécdo­
tas probablem ente fabricadas en tiem pos bastante más recientes.
Dícese que H eráclito era basileus. rey de su ciudad, y que optó
por abdicar al trono para dedicarse por com pleto a la vida co n ­
templativa. D ícese tam bién que su retiro obedeció a razones polí­
ticas puesto que H eráclito reprobaba la actitud irresponsable de
los gobernantes y los gobernados de Éfeso. Sean cuales fueran los
detalles de su vida, parece que puede establecerse un hecho: H e­
ráclito fue un solitario, tal vez el prim er caso de filósofo en G re­
cia que se aisla para meditar. En cuanto a su obra quedan una
serie de F ragm entos13 en los cuales es ya posible discernir, den­
tro de un estilo alegórico, no pocas veces epigram ático, los tres
grandes cam pos en que habrá de dividirse toda la filosofía futura:
la teoría del conocim iento: la m etafísica y la moral. La división es,
por lo dem ás, muy lógica. Si el filósofo suele preocuparse por el
com portamiento y por el destino del hombre, no puede dejar de ex­
plicarse el sentido del universo que el hom bre habita. Antes de
hacerlo, sin em bargo, tiene que pensar cuáles son las condiciones
del saber y preguntarse, tam bién, si el saber es posible o no lo es.
30
E l m ovim iento y la inm ovilidad
Con el desarrollo del pensam iento racional no tardó en aparecer,
entre los prim eros filósofos de G recia, una clara oposición al pen­
sam iento de los poetas. Los viejos m aestros, principalm ente H o­
m ero y Hesíodo. em pezaron a ser considerados com o engañosos
en sus enseñanzas. Las prim eras m anifestaciones de una clara
oposición al pensam iento de los poetas se encuentran en el poe­
m a teológico de Jenófanes, probable m aestro de Parm énides. La
antigua religión politeísta no satisfacía ya el ánim o más abstracto
de los nuevos pensadores. Dábanse cuenta, por otra parte, de que
los dioses que veneraban los distintos pueblos eran form as ideali­
zadas de los propios hom bres que constituían a estos pueblos.
Así, Jenótanes, se veía obligado a negar valor a las interpretacio­
nes religiosas de orden politeísta y afirm aba: “Hom ero, Hesíodo
atribuyeron a los dioses lo que entre hum anos es reprensible y sin
d ecoro”.s Esta falsa atribución de características hum anas a las
d iv in id ad es hace que las im ágenes que cada pueblo se hace de
los dioses sean relativas a sus propias características físicas y m o­
rales. Así, “los etíopes hacen que sus dioses sean negros y de
nariz chata; los tracios dicen que los suyos tienen los ojos azules
y los cabellos rojos” .10 Esta crítica de la religión antropom órfica
no lleva a Jenófanes a pensar com o un ateo, antes al contrario, le
conduce a representarse - a pesar de que a veces se refiere a los
d io ses en p lu ra l- a un solo D ios, “el m ayor entre los dioses y
9 Poema de Jenófanes. p. 11.
w Ibid., p. 16.
31
" Ibid.. p. 23.
V-Ibid„ p. 24.
” En las citas de este texto adoptam os la num eración de: Heráclito, Fragmentos, trad.
de José G aos. Alcancía. M éxico, 1939.
32
Introducción a la historia de la filo so fìa
Así, la teoría sobre la posibilidad del conocim iento precede a la
m etafísica y la moral.
D esde un buen principio H eráclito afirm a que existen dos
form as de conocer, una verdadera y otra falsa. La prim era es la
que obedece al lagos, a la razón, que en griego, com o más tarde
verbum en latín, significará tam bién la palabra ,14 La segunda es
la que se apoya en los sentidos o en un mal entendim iento de
ellos. Dice Heráclito: “Sabio es escuchar, no a mí, sino a la R a­
zón [...] Esta razón, siendo eternam ente verdadera, em pero, los
hom bres son incapaces de com prenderla antes de oírla y des­
pués de haberla oído”.15 La sabiduría, a pesar de que el pensam ien­
to es com ún a todos los hom bres, se descubre con dificultades y
trabajos una vez que se ha renunciado a las falsas interpretacio­
nes de los sentidos. Heráclito com para al sabio con los buscadores
de oro que "cavan m ucha tierra y encuentran poco”.16 Pero ya en
H eráclito este conocim iento, difícil y lleno de trabajos, es m ás
un conocim iento interior que aquel conocim iento del m undo físi­
co que trataban de encontrar los prim eros filósofos de Grecia.
Así. a m ás de un siglo de distancia de Sócrates. H eráclito puede
decir: “me he consultado a m í m ism o”. De este conocim iento de sí
proviene la verdadera sabiduría, la que nos perm ite encontrar en
la razón el origen de las cosas y el sentido de la vida.
Cuando contem pla el m undo que le rodea, tanto el m undo de
los hom bres com o el m undo de las cosas, H eráclito se da cuenta
de que todo está en m ovim iento y afirma: “No puedes entrar dos
veces por el m ism o río, pues otras aguas fluyen hacia ti”. 17Y en
efecto, si vivimos en el tiem po, si el tiem po transcurre en todas
las cosas, nada es, en verdad, repetible. Heráclito, sin embargo,
no se contenta con afirm ar que el m ovim iento existe. Quiere, más
allá de esta constatación de hecho, encontrar una explicación de
los orígenes del m ovim iento. Esta explicación se encuentra en
una idea que, si bien parece tan sólo repetir la anterior, viene de
hecho a clarificarla: si entram os y no entram os en las mismas
aguas del río es porque som os y no somos. El hecho es que si por
una parte podem os pensar que som os, por otra, al ver nuestro
14 W. K. C. Gutlirie, A History o f G reek Philosophy, vol. l.
15 Heráclito. Fragmentos. 1-2.
16 Ibid., 8.
17 Ibid., 41-42.
G recia
33
pasado que ya no es, al pensar nuestro futuro que todavía no es,
al pensar que en el instante en que vivimos, esta frase que leem os
deja de ser en el m ism o m om ento en que la leem os, en verdad
som os una m ezcla de ser y de no ser, de ausencia y de presencia,
de pasado, presente y futuro. Y en los extrem os de nuestra vida se
encuentran los opuestos: vivir significa estar en el tiem po entre el
m om ento de nuestro nacim iento y el m om ento de nuestra m uer­
te, “Lo contrario es lo conveniente” 18 porque de hecho estamos vi­
viendo siem pre entre estados opuestos.
Y
esto, que nos sucede a nosotros, sucede tam bién con los
objetos del m undo, ríos encarnizados que van de su principio
a su fin, en una constante transición de un opuesto al otro, en una
constante "guerra” . El m undo es m ovim iento y el m ovim iento
solam ente es posible si existen la desigualdad, el contraste y la
oposición.
Sin em bargo Heráclito quiere ir m ás allá del m ovimiento, quie­
re buscar su sentido y su ley. En algunas frases. que en un princi­
pio podrán parecer m isteriosas. H eráclito afirm a la final arm o­
nía de los contrarios, la unidad de los opuestos: “bien y mal son
una cosa”, 19 “el cam ino hacia arriba y hacia abajo es uno y el
m ism o” ,20 los hom bres no saben que el mundo, “divergiendo con­
viene consigo m ism o” .21 Y es que. más allá del m undo en que es­
tam os, existe “una arm onía de lo que se tiende y suelta [...] com o
el arco y la lira” .22 Esta unidad últim a se realiza en Dios, supre­
m o fin y suprem a disolución de todas las contradicciones: Dios,
para quien es “bello todo y bueno y ju sto ” aunque los hom bres
juzguen “lo uno injusto, lo otro ju sto ”.2S
La idea de la unidad de los opuestos se explica tam bién y con
m ayor claridad cuando H eráclito afirm a la ley del eterno retom o.
Esta ley. que se encuentra entre pueblos muy diversos y de muy
distinto grado de evolución histórica, viene a decirnos que debe
concebirse el m undo com o una constante sucesión dentro de un
ciclo constante. Siguiendo este ciclo, y dentro de un ciclo dado,
,s Ibid..
19 Ibid..
20 Ibid.,
21 Ibid..
22 Ibid.,
23 Ibid.,
46.
57.
69.
45.
56.
61.
34
Introducción a la historia de la filosofia
G recia
todas las cosas cam bian constantem ente. Pero si pensam os que
este ciclo se ha repetido eternam ente y volverá a repetirse eterna­
mente, si lo que estoy escribiendo lo he escrito en otros ciclos una
infinidad de veces y volveré a escribirlo infinitas veces en ciclos
futuros, de hecho nada cambia. “En la circunferencia de un círcu­
lo se confunden el principio y el fin.”-4 Si la historia del m undo
es la historia de una especie de círculo en m ovim iento constan­
te, es claro que en este círculo existe el m ovim iento, pero no lo es
m enos que si com param os un círculo actual a otro círculo pasa­
do, existen los m ism os puntos y los m ism os m ovim ientos idén­
ticam ente repetidos. En cuanto a la naturaleza íntim a de este
m ovim iento H eráclito piensa que puede sim bolizarse por el fue­
go. N ada tan variable com o una llam a, nada con tantas posibili­
dades de transform ación. Y así, dentro de cada uno de los ciclos, el
mundo, que ha em pezado con el fuego, habrá de acabar igual­
m ente en el fuego, térm ino que H eráclito em plea seguram ente
com o sím bolo de la purificación cuando dice que el fuego habrá
de juzgarlo todo.
Es indudable que Heráclito afirm a el cam bio y el movimiento.
No lo es m enos que m ás allá de este cam bio, afirm a igualm ente
la perm anencia eterna de las cosas. Y ahora, completa, se aclara la
prim era frase que citábam os: “Sabio que quienes oyen no a mí
sino a la razón, convengan en que todo es uno.”25 Por motivos si­
m ilares y siguiendo la m etáfora del fuego, dirá Heráclito que las
alm as buenas son alm as “secas” , aquellas alm as en las cuales ha
penetrado el fuego, sím bolo a la vez de la razón única de todas las
cosas y de la unidad últim a del universo y del hombre.
Paralelam ente al desarrollo de las colonias griegas en la M ag­
na G recia (Sicilia, sur de Italia), se desarrollaron en estas nuevas
regiones variadas escuelas filosóficas. Entre ellas la de m ás in­
fluencia fue la de los pitagóricos. De Pitágoras, cuya vida es en
gran parte leyenda más que historia, sabem os que debió de ense­
ñar hacia la m itad del siglo vi puesto que Heráclito se refiere a él
com o a un pensador del pasado. Su filosofía puede reducirse a
una serie de afirm aciones siem pre novedosas. Pitágoras era m a­
tem ático. A él y a su escuela se debe el progreso de la aritm ética
com o ciencia abstracta. Es probable que esta dedicación a las
m atem áticas llevara a los pitagóricos a afirm ar que el m undo está
hecho de núm eros. La afirm ación es especialm ente im portante
si tenem os en cuenta que la física m oderna depende de la posibi­
lidad de m edir los fenóm enos naturales. A este concepto m ate­
m ático del m undo los pitagóricos añadían un concepto rítm ico y
arm ónico de la realidad. D espués de observar que los sonidos
em itidos por una cuerda en varias tensiones pueden reducirse a
núm ero, los pitagóricos unificaron el núm ero, el ritmo y la arm o­
nía. A sí cuando se ocupaban de astronom ía pensaban que las es­
trellas emiten, en su curso, sonidos m usicales. Sin embargo, no fue
la ciencia la única, ni tan sólo la principal, preocupación de los
pitagóricos. Platón señala que Pitágoras fue célebre porque ense­
ñaba una form a de vida. Y es que en verdad los pitagóricos for­
m aron una secta religiosa, en la cual se enseñaba la transm igra­
ción de las almas, el culto a la santidad y la abstinencia. Algunos
de los consejos de los pitagóricos, com o aquel que nos dice que
no debem os partir el pan con las m anos, tienen probablem ente
por origen tabúes y creencias prim itivas.
Parm énides. que vivió en Elea, fue contem poráneo de H erácli­
to, si bien seguram ente más joven. Fue tam bién discípulo de los
pitagóricos, de cuyas enseñanzas es todavía reflejo en la intro­
ducción a su Poema filosófico.26 M ás que en sus raíces pitagóricas,
la im portancia de Parm énides reside en su concepto del m undo
que viene a oponerse diam etralm ente al que sostenía Heráclito.
Com o todos los prim eros filósofos. Parm énides se pregunta cuál
es el origen de todas las cosas. Tanto en su respuesta com o en el
m étodo que em plea para llegar a ella, Parm énides dem uestra un
notabilísim o progreso. Su m étodo no está explícitam ente expues­
to en el poema, y sin embargo presupone principios lógicos y razo­
nam ientos que serán la base de toda lógica futura. Parm énides
em plea el principio de identidad, según el cual puede afirmarse
que lo que es, es. La fórm ula negativa de este m ism o principio,
m ás tarde llam ado principio de no contradicción, puede expre­
sarse en estos térm inos: lo que es no puede no ser, o bien, una
cosa no puede ser y no ser al m ism o tiem po. En cuanto al razona-
24 Ibid., 70.
25 Ibid., 1.
35
26
El Poema aparecc en J. D. G arcía Bacca, Los presocrúticos, vol. I. El Colegio de
M éxico, M éxico, 1943.
36
Introducción a la historia de la filo so fía
G recia
m iento de Parm énides es una form a del razonam iento m atem áti­
co por el absurdo. Esta form a indirecta de dem ostración, consi­
dera hipotéticam ente com o verdadero precisam ente aquello que
se quiere negar. Se dem uestra, inm ediatam ente, que la hipótesis
es falsa y resulta así que lo verdadero es lo contrario a la prim era
hipótesis supuesta. Aunque Parm énides no enuncia ninguno de
estos principios o razonam ientos, constituyen la base de todas
sus argum entaciones.
C uando Parm énides se pregunta por el verdadero origen de las
cosas, dice por prim era vez con la abstracción que la palabra su­
pone que, el origen de todo es el ser. Pero no se lim ita Parm énides
a sem ejante afirm ación, sino que quiere probar, m ediante argu­
m entos lógicos, que este ser tiene una serie de atributos y que la
posesión de estos atributos por el ser, es dem ostrable. El prim ero
de estos atributos es la inm utabilidad. ¿C óm o dem ostrar que el
ser es inm utable? Procedam os m ediante un razonam iento por
el absurdo y supongam os que el ser puede cambiar. Si el ser cam ­
biara. según nuestra hipótesis, cam biaría, o bien hacia el ser
o bien hacia el no-ser. Pero afirm ar que el ser cam bia hacia el
ser es de hecho decir que no cam bia y decir que el ser cam bia
hacia el no-ser. es igualm ente decir que el ser es inm utable pues­
to que es im posible la existencia de lo que no es. El ser es inm ó­
vil. Es tam bién, y por idéntico m otivo, uno y único. Supongam os
nuevam ente que en lugar del sólo ser hay el ser y algo más. ¿C ó­
m o llam ar a este “algo m ás” ? No podem os darle m ás que dos
denom inaciones: ser o no ser. Si decim os que adem ás del ser exis­
te el ser estam os sim plem ente afirm ando que tan sólo existe un
ser. Si este “algo m ás” es el no-ser, com o este no-ser no puede existir
afirm am os igualm ente que tan sólo existe un ser. Y así, por argu­
m entos sim ilares Parm énides dice que el ser es eterno, continuo,
im perecedero, indivisible, sin fin y sin com ienzo. Las pruebas de
Parm énides, que pueden hoy parecem os excesivam ente rígidas,
tienen una innegable importancia histórica. Su m odo de razonar es
el prim er m étodo lógico conocido en la historia de Occidente. C on­
tiene además en germen, el m étodo que habrán de usar, desarrolla­
do y afinado, las m atem áticas, las ciencias y la filosofía.
Más difícil es entender claram ente lo que Parm énides enten­
día p o r el ser. Según algunos se refería al m undo físico y m ate­
rial. Según otros el ser de Parm énides se acerca m ás al concepto
que Jenófanes se hacía de Dios. Si seguim os el texto de Parm é­
nides es en realidad difícil inclinarse por uno u otro de estos p un­
tos de vista. Quede, sin em bargo, Parm énides, defensor de la in ­
m ovilidad, com o el polo opuesto a aquel H eráclito que afirm aba
que todas las cosas están en perpetuo estado de cam bio. Su filo­
sofía rem ozada, precisada, tendrá tanta im portancia com o la de
H eráclito para el futuro del pensam iento en Grecia. El pensa­
m iento de los grandes filósofos de G recia tratará siem pre de com ­
binar lo m óvil y lo inm óvil, lo m últiple y lo uno. la variedad de la
experiencia que nos dan los sentidos y la unidad que nos sugiere
la razón. Platón, y aun A ristóteles, tendrán presente el pensa­
m iento de estos dos filósofos griegos, los m ás decisivam ente
im portantes de esta prim era época en la cual el pensam iento fi­
losófico estaba principalm ente dirigido a indagar los m isterios
del m undo.27
37
Obras de consulta
B u rn e t,
J., Early Greek Philosophy, Black, Londres, 1926.
C o p l e s t o n , Frederick, History o f Philosophy, vol. i, Newman,
Westminster, 1948, pp. 13-76.
D ió g e n e s L a e r c io . Vidas, opiniones y sentencias de los filósofos más
ilustres, trad. de José Ortiz y Sanz, Perlado, Madrid, Buenos Aires.
1940.
J a e g e r , Werner. La teología de los primeros filósofos griegos, trad. de
José Gaos, Fondo de Cultura Económica, México, 1952.
_____ , Paideia, trad. de Joaquín Xirau y Wenceslao Roces. Fondo de
Cultura Económica, México, 1957, pp. 150-180.
M o n d o l f o , Rodolfo, Heráclito, Siglo xxi, México, 1967.
27
La influencia de Heráclito y de Parm énides lia sido decisiva en Occidente. Heráclito,
en su teoría de la unión de los opuestos, revive en el pensam iento de los m ísticos; revive,
sobro todo, en la dialéctica de Hegel y de Marx. Ambos encuentran en Heráclito una
fuente im prescindible de pensam iento; am bos ven el m undo com o m ovim iento fundado
en la contrariedad; Parm énides y su doctrina d e un ser inmóvil reaparecen en la obra de
Platón y, en m ayor o m enor grado, en varias de las filosofías m onistas de Occidente: por
ejem plo Plotino y Spinoza en cuyas obras no puede hablarse de influencia parm enídica,
pero sí de un modo de pensar difícil de entender sin el mundo creado por Parm énides. En
cuanto a las influencias inmediatas, la doctrina de la movilidad reaparece en la teoría
platónica del devenir y la teoría del ser en la doctrina platónica de las formas.
38
Introducción a la historia de la filosofia
Léon, El pensamiento griego, trad, de Joaquín Xirau, Cervan­
tes, Barcelona, 1935.
R o b in ,
111. L
a edad
d e l h u m a n is m o
Los niños, antes de interesarse por sí m ism os, antes de conocerse
y sentirse com o personas, em piezan por explorar el m undo que
los rodea. A sí tam bién los hom bres. Sin generalizar dem asiado,
puesto que la preocupación por la vida hum ana ya está presente
en el pensam iento de los prim eros filósofos y los problem as del
universo siguen interesando a m uchos de los filósofos del siglo V ,
puede decirse que si el pensam iento em pezó por gravitar en tom o
al m undo y su significado, a partir del siglo V gravita en torno al
hombre y su destino.28
El pensam iento cosm ológico sigue predom inando entre un
buen grupo de filósofos que la tradición ha dado en llam ar los
“físicos” , puesto que su ocupación es la naturaleza. Así. en ple­
no siglo V , Leucipo y m ás tarde D em ócrito hacen la hipótesis de
que la naturaleza está form ada por partículas dim inutas e indivi­
sibles que llaman “átom os”. Nunca se insistirá bastante sobre la
im portancia de este descubrim iento. Los atom istas contribuye­
ron poderosam ente al desarrollo de la ciencia. Y. no sólo por su­
poner que el m undo estuviese form ado de átom os, sino muy prin­
cipalm ente, porque representan la prim era tendencia m aterialista
y determ inista en la historia. Tanto Leucipo com o D em ócrito su­
ponen, en efecto, que todo está form ado por una m ism a sustancia
material. Lo que llamamos espíritu es parte de la materia, una m a­
teria más sutil, sin duda, pero m ateria al fin y al cabo. Tan im por­
tante com o la suposición de que la realidad entera del m undo
28
Recordem os algunos hechos. El siglo v, a veces llam ado siglo de Periclcs, repré­
senla la cum bre de la civilización griega. A tenas transform a su econom ía urbana en una
econom ía internacional de la cual participan todas las ciudades griegas del M editerrá­
neo: en lo político. Atenas desarrolla, por prim era ve/, en la historia, un sistem a dem o­
crático; en lo cultural, el siglo v ve desarrollarse la tragedia (Esquilo. Sófocles, Eurípides),
la com edia (A ristófanes), la poesía (Píndaro), la arquitectura (en 430 se construye el
Partcnón >y la escultura (Fidias). Atenas, en el centro del mundo griego, realiza aquella
"gloria que fue G recia" de que hablaba Kcats.
Grecia
39
puede reducirse a m ateria es la suposición de que todo sucede por
necesidad. La ciencia m oderna se ha desarrollado en buena parte
a base de este supuesto. ¿Cóm o poder dar leyes físicas si no se
supone que la naturaleza procede m ediante orden y m edida?
¿Cóm o explicar el m undo si las causas no produjeran siem pre los
m ism os efectos? La ciencia quiere establecer leyes universales.
Si G alileo, desde la torre de Pisa, hubiera observado que algunas
piedras caen y otras piedras vuelan, no hubiera podido establecer
la ley de la caída de los cuerpos. En una palabra: la ley de la
causalidad ha estado en la base de todas las ciencias físicas y
naturales. El descubrim iento de la ley. si bien no de su aplicación,
debe encontrarse en el pensam iento de los atom istas griegos.
Tam bién cosm ólogo fue Em pédocles de A grigento para quien
el m undo estaba form ado de los cuatro elem entos (fuego, aire,
agua y tierra), de cuya unión, nacida del amor, surgía la vida y de
cuya desunión, surgida del odio, provenían la destrucción, la m i­
na y la m uerte.29 A naxágoras, que fue m aestro de Pericles y tal
vez de Sócrates, pensaba com o los m aterialistas, que el m undo
está form ado de partículas indivisibles, pero que estas partícu­
las son m ás bien de orden espiritual y que. en todo caso están
regidas por el espíritu o nous. Prim ero entre los filósofos espi­
ritualistas, A naxágoras enunciará un principio de no m enor im ­
portancia que el de los m aterialistas: todas las cosas que tienen
vida, tanto las m ás grandes com o las m ás pequeñas, están gober­
nadas por el espíritu.
Los sofistas
Todo en el siglo v conduce a interesarse principalm ente por el
hom bre. La escultura clásica idealiza la figura hum ana en una
sabia m ezcla de m edida, idea e im itación de los seres naturales:
la m edicina naciente se agm pa en escuelas donde se estudian la
Es probable que los térm inos am or y odio sean de origen m itológico. Y sin em bar­
go. no debe sorprendem os verlos aplicados a la física. Cuando N ew ton enunció la ley
de la gravitación universal em pleó térm inos de origen muy sem ejante al hablar de "atrac­
ción" y de "repulsión". Es claro que Newton em pleó eslos térm inos en su sentido cien ­
tífico. Im porta señalar que el lenguaje científico tiene muchas veces su origen en el
lenguaje em otivo, poético y m itológico.
40
41
Introducción a la historia de la filo so fía
G recia
anatom ía y la fisiología del cuerpo hum ano y, con sentido hum a­
nista, quiere prevenir más bien que curar las enfermedades. En nin­
guna obra es tan clara la im portancia que se da al hom bre com o
en las tragedias de Sófocles y de Eurípides. En la A ntígona, de
Sófocles, aparece, radiante en su dignidad, la figura humana:
term inado enseñanza y aprendizaje. A lo cual respondió Corax
que, si había aprendido a convencer podría convencer a Tisias
de que no tenía que pagarle y que, de no convencerlo, no tendría
que pagarle puesto que con ello dem ostraría que no había apren­
dido lo que Tisias prom etió enseñarle. Tisias, naturalm ente, no
podía aceptar el argum ento de su discípulo y dedicó todo su es­
fuerzo a dem ostrarle que de todas m aneras tendría que pagar la
enseñanza. Si Corax le convencía de que no tenía que pagarle,
esto dem ostraba que había aprendido a convencer y, com o el arre­
glo había sido que si aprendía a convencer tenía que pagar, al
dem ostrar que no tenía que pagar, por el hecho m ism o de conven­
cer a Tisias, tendría que pagar. Si, por otra parte, no llegaba a
convencerle de no tener que pagar, tendría que pagarle por el m ero
hecho de no haberlo convencido. V éase en este argum ento una
anécdota, que por otra parte ha sido atribuida a G orgias y su dis­
cípulo Evasto, véase tam bién en él un ejercicio de escuela. En
todo caso dem uestra con claridad que los sofistas se preocupaban
m ás por la form a del razonam iento que por su contenido, m ás por
su efectividad que por su justeza.
Sería totalm ente falso ver en los sofistas sim ple y sencillam en­
te m aestros de falsedad. Su interés por las form as lingüísticas les
condujo a analizar el lenguaje, estudiar las figuras retóricas, pe­
netrar en los problem as de la lógica y preparar las vías del pensa­
miento lógico. Sus argumentos, por falsos que parecieran en tantas
ocasiones, requerían una respuesta. Las filosofías de Sócrates, de
Platón y de A ristóteles, son un intento por encontrar soluciones
verdaderas a los problem as que los sofistas habían planteado. Por
otra parte los sofistas, al analizar el lenguaje, al analizar las con­
tradicciones en que con tanta facilidad caem os a cada paso, contri­
buyeron poderosam ente a form ar un espíritu crítico, que es, al fin
y al cabo, el principio de todo pensam iento riguroso. M uchos so­
fistas fueron escépticos, pero el escepticism o, la duda, la declara­
ción de que no existe verdad alguna, prepara el cam ino para que
se encuentre la verdad. Habrem os de ver cóm o todo gran filósofo
suele em pezar por dudar. Y si su duda consiste en dudar para
creer, en un negar para afirmar, si no queda, com o los sofistas, en
un m ar de dudas, no deja de deberles a los sofistas y a los escép­
ticos de cada época este espoloneo necesario para que tom e for­
m a la reflexión.
Numerosas son las maravillas del mundo,
pero la más grande de las maravillas es el hombre.
[...]
Es el ser de los mil recursos.
Jamás el porvenir lo toma por sorpresa.
Conoce el arte de escapar a los males incurables.
Sólo el país de los muertos puede detener su carrera.
El hom bre, m ás que el m undo, llenaba el pensam iento de
los hom bres. Y los sofistas son los prim eros filósofos que debe­
mos calificar de hum anistas.
La palabra sofista significa textualm ente sabio. Pero los sofis­
tas eran sobre todo m aestros que, de ciudad en ciudad y, con gran
escándalo de los griegos, se hacían pagar por sus enseñanzas.
M aestros de los hom bres de E stado y de los futuros políticos, los
sofistas solían enseñar la retórica de la cual fueron fundadores.
B ien es verdad que los sofistas se preocupaban m enos de la vali­
dez o la exactitud de sus razonam ientos que de la fuerza que
tienen las palabras para llegar a este fin práctico del convenci­
miento. ¿N o escribe G orgias que el poder de la palabra sobre la
constitución del alm a puede com pararse al efecto de las drogas
sobre el estado del cu e rp o ?... Si el sofista quiere convencer, sin
preocuparse por la verdad de sus argum entos sino por su fuerza
com o instrum entos de convicción, tiene que partir de la idea de
que todo es verdad. P ero si todo es verdad, tam bién la falsedad es
verdad y ya no existe el m enor criterio para distinguir entre
la veracidad y la falsedad de un razonam iento. Al m ism o tiem po
que inventaban el arte de convencer, los sofistas inventaron tam ­
bién falsos argum entos que han pasado a la historia con el nom bre
de sofismas.
M uchas son las anécdotas que se cuentan sobre las form as de
argum entar de los sofistas. C uéntase que una vez Tisias, m aestro,
pidió a su discípulo C orax que le pagara, puesto que ya habían
42
Introducción a la historia de la filo so fía
Grecia
Los sofistas, por otra parte, trataron de dar un fundam ento
a sus prácticas de enseñanza. De este fundam ento, surgieron
teorías que reflejan con especial claridad, Protágoras, Gorgias
y Calicles.
no se basa en ideas que tenem os en nuestro espíritu desde que
venim os al mundo. El conocim iento se enseña y quien llega a
tenerlo es porque ha podido adquirirlo. Lo que nos proporciona
este conocim iento es la sensación. A hora bien, las sensaciones,
que proceden de nuestra experiencia, son distintas para distintas
personas. De ahí que el conocim iento sea siem pre relativo: relati­
vo a quien lo adquiere, relativo a la form a en que este m ism o
sujeto lo adquiere, relativo a la m anera de ser de quien lo adquie­
re. Frente a nosotros: el mar. Todos lo llam am os por el m ism o
nom bre, pero, de hecho, ¿cuántas variaciones en nuestra percep­
ción de este azul persistente? ¿Cuántas form as de percibir el m ar?
¿Puedo acaso afirm ar que este m ar que percibo es exactam ente el
m ismo que perciben las demás personas, todas y cada una de ellas?
El hom bre es la m edida tanto de lo que cree cierto com o de lo que
cree erróneo, tanto de lo que cree existente com o de lo que piensa
inexistente. D e hecho, el conocim iento es, para Protágoras, tan
sólo esta im presión que tengo, solo en mi aislam iento, sin la m e­
nor garantía de que mis im presiones coincidan con las im presio­
nes de cada uno de los m ares que perciben, uno a uno, los tús
diversos que form an los dem ás hom bres.
Protágoras
Protágoras, tal vez el más fam oso de los sofistas, nació hacia 480
en la ciudad de Abdera. Son m ínim os los fragm entos que nos
quedan de su obra; seguram ente fue volum inosa.30 Sabem os que
no quería pronunciarse sobre la existencia o la inexistencia de los
dioses. M ás im portantes son dos fragm entos que se com plem en­
tan entre sí y nos perm iten entrever el sentido de su filosofía. D e
su tratado sobre La verdad quedan estas palabras: “El hom bre es
la m edida de todas las cosas, de las que son en cuanto son y de las
que no son en cuanto no son” ; de su tratado El gran logos, esta
sentencia: “la enseñanza requiere dotes y práctica. El aprendizaje
debe em pezar en la juventud” .31 El prim ero de estos fragm entos
puede interpretarse com o una form ulación del relativism o. D is­
cípulo del estilo de pensam iento de Heráclito, Protágoras creía
que todo estaba en constante m ovim iento. A hora bien, si todo
cam bia, no existe una verdad absoluta puesto que ésta cam bia a
m edida que cam bia el m undo y que cam biam os nosotros. C ada
individuo hum ano es concebido por Protágoras com o un ojo abier­
to al mundo. Todo lo que este ojo ve com o existente, existe; todo
lo que este ojo deja de ver es inexistente. Todo lo que percibo,
siento o pienso se refiere a m í y yo soy el único árbitro de la exis­
tencia de lo que percibo, siento o pienso. Solipsista, Protágoras
piensa que el m undo está hecho a la m edida de quien lo contem ­
pla y que quien contem pla al m undo lo está inventando al m ism o
tiem po. Sólo en una form a de conocim iento parece Protágoras
tener alguna confianza bien relativa por cierto: la sensación. Y
esto es lo que nos aclara la segunda frase. Buen retórico que es,
Protágoras nos dice que el conocim iento no es una form a innata,
" El Protágoras de Platón expone y discute las teorías de Protágoras. Este diálogo es
la m ejor fuente para conocer el pensam iento de dicho filósofo.
31 Cf. Walter Kauffman. P hilosophic Classics, vol. I, Prentice Hall. Englewood Cliffs.
N. J„ 1951, pp. 72-73.
43
Gorgias
M ás am plios son los fragm entos que conservam os de Gorgias. a
quien Platón dedicó uno de sus diálogos más fam osos. M edite­
rráneo, nacido en Leontium , Sicilia, G orgias no sólo enseñó la
retórica sino que tam bién ejerció la diplom acia. G racias a sus
esfuerzos, los atenienses m andaron ayuda m ilitar a sus conciu­
dadanos, entonces en guerra con Siracusa. G orgias no lim itó su
arte de persuadir a una m era enseñanza form al. Su enseñanza
fructificó en actos.
Influido por Parm énides en cuanto a la form a de argumentar,
G orgias llega a conclusiones relativistas m uy sim ilares a las de
Protágoras. Sus argumentos se basan en tres proposiciones: “Nada
existe” ; “si algo existiera no podríam os conocerlo” : “si pudiéra­
m os conocerlo no podríam os com unicarlo” . A firm ar que nada
existe consiste en decir que nada existe fuera del m undo de las
sensaciones. Si los conceptos de nuestro entendim iento no son
44
G recia
Introducción a la historia de la filo so fía
reales y siem pre se rem iten a la sensación y la sensación es enga­
ñosa (“m uchas cosas pensadas -e s c rib e - no son realidades: po­
dem os concebir una carroza corriendo por el mar. o un hom bre
alado”) no podem os confiar en aquello que podría ser la fuente
del conocim iento: la sensación m ism a. Supongam os, sin em bar­
go, que la sensación nos proporciona algún conocim iento, ¿có­
m o com unicarlo a los dem ás si cada sensación está lim itada a su
propia esfera, y lo que nos llega por la vista no es lo mismo que
alcanzam os a oír o palpar? N uestras sensaciones no están ligadas
entre sí y, con todo, son estas sensaciones las que crean nuestro
lenguaje (“no es el lenguaje el que com unica cosas perceptibles
sino las cosas perceptibles las que crean el lenguaje”). Form ado
de palabras inconexas el lenguaje carece de unidad de tal m anera
que lo que decim os es, por una parte, un resultado de lo que per­
cibim os sin conexión y, por otra, una expresión de sensaciones
que tenem os cada uno de nosotros en form a individual. Volve­
mos a estar en un m ar de dudas. El conocim iento, reducido a la
sensación, es tan sólo mi conocim iento, y los dem ás y el m undo
que m e rodea viven su vida aparte haciendo todas las cosas “a su
m edida” com o diría Parm énides.
No existen conocim ientos válidos. Ni tan sólo el discurso, el
lenguaje que se afanaban los sofistas por estudiar es verdadero.
Tal es la razón que les perm ite convencer de cualquier cosa, falsa,
verdadera, im aginaria, soñada o inexistente. No es raro que los
sofistas tom en a brom a sus propios discursos. En uno de los tex­
tos que de él nos quedan, Gorgias hace el elogio de Helena de
Troya. Prueba que Helena no fue culpable por cuatro razones. Su
acto pudo estar determ inado por el destino, por la violencia, por
el convencim iento a través del lenguaje o por el amor. Si por el
destino, nada podía hacer Helena pues no hay hom bre o m ujer
que pueda resistirse a los decretos de los dioses: si por violencia,
es claro que no pudo, m ujer y débil, resistir a sus raptores; si fue
convencida por palabras y el poder de éstas “puede com parar­
se con el efecto de las drogas en el cuerpo”, nada le quedaba a
Helena por hacer; si finalm ente, por am or, ¿cóm o podría Helena
resistirse a lo que le imponen los dioses, siendo Am or el dios
causante de su enferm edad de deseo?
Gorgias presenta su discurso en defensa de Helena com o un es­
fuerzo por “destruir la acusación injusta y la opinión ignorante” .
45
Pero el propio G orgias se traiciona, y no sin humor, al final de su
discurso cuando dice: “escogí escribir este discurso com o un elo­
gio a Helena y una diversión para m í m ism o” .32
Los sofistas dudan de la verdad, dudan de la po sib ilid ad
del conocim iento. Su espíritu crítico tiende a convertirse en espí­
ritu escéptico.
Calicles
Los sofistas no se preocupan tan sólo del conocim iento. Ya vimos
que eran m aestros de políticos y que no desdeñaban en ocasio­
nes dedicarse a la política ellos m ism os. La teoría de los sofistas
sobre la sociedad y la justicia la resum e Platón en uno de sus
personajes: el sofista Calicles. Es posible que Calicles nunca ha­
ya existido. En él, sin em bargo. Platón trata de ofrecer una sínte­
sis del pensam iento político de los sofistas. Y es esta síntesis la
que tiene especial interés.
Calicles aparece en el diálogo platónico que lleva el nom bre
de Gorgias. En este diálogo, Sócrates discute con los sofistas so­
bre el tem a de la justicia. Los sofistas sostienen que es m ejor
com eter una injusticia que ser víctim a de ella, m ientras que Só­
crates defiende la tesis contraria. Para él es m ejor y m ás justo
sufrir una injusticia que com eterla. Es en tom o a este problem a
que em pieza a exponer su punto de vista el sofista Calicles. A
partir de su definición de la ju sticia, C alicles edifica una teoría
de la sociedad, del derecho y de la vida social. Tam bién Calicles
parte de la definición del hombre com o un ser sensual, un ser para
quien todo el conocim iento proviene de los sentidos. Los senti­
dos form an lo que Calicles denom ina “naturaleza” del hombre.
Ahora bien, la sociedad ha querido im pedir que los hom bres ac­
tuaran según sus deseos naturales y ha inventado una serie de
frenos que llam am os leyes. Estas leyes han sido el invento de los
m ás débiles para oponerse al dom inio de los fuertes. La única ley
que adm ite Calicles es la ley del más fuerte. Lo m ism o debe de­
cirse de la justicia. Será bueno todo aquello que no lim ite al fuer­
te; m alo lo que frene sus im pulsos naturales. Ya otros sofistas
5: Para una versión com pleta de los textos citados vid. ibid., pp. 73-78.
47
Introducción a la historia de la filo so fía
G recia
habían afirm ado lo m ism o com o lo hacen todos los sofistas que
aparecen en este diálogo de Platón.
C alicles, sím bolo de los sofistas, es quien expone por prim e­
ra vez con coherencia la doctrina que da la razón del más fuerte.
M aquiavelo. prim ero, y, m ás recientem ente, Nietzsche, aprove­
charán la lección de los sofistas griegos.'3
que Aristóteles, ya a cierta distancia del m aestro, podía ser más
objetivo que Platón. Debem os confesar que no existe un conoci­
m iento claro y preciso de todo lo que pensó Sócrates. Sin em bar­
go, m uchas de las ideas que exponen Jenofonte, Platón y A ristó­
teles, coinciden. Será adecuado, antes que nada, fiarse de estas
ideas coincidentes, sin olvidar que el Sócrates que ha pasado a la
historia de O ccidente es, ante todo, el que expone Platón en sus
prim eros diálogos.
En cuanto al estudio de Sócrates, podem os proceder con m a­
yor rigor del que era aplicable a los anteriores filósofos de G re­
cia. En Sócrates existe un m étodo preciso gracias al cual se puede
llegar a una idea de la ciencia y a una doctrina moral.
46
Sócrates
¿Q uién fue Sócrates? La pregunta es m ucho m enos ociosa de lo
que podría parecer a prim era vista, si tenem os en cuenta que Só­
crates, educador de almas, creía en el poder de la palabra hablada
y que no dejó un solo escrito. Conocem os su pensamiento por m e­
dios indirectos, a través de los libros de sus discípulos, de las críti­
cas de sus enem igos y de las diversas interpretaciones que a estas
distintas fuentes se han dado en el curso de la historia.
Entre las fuentes que explican el pensam iento socrático, tres
son de prim era im portancia: los Diálogos de Platón, los R ecuer­
dos de Sócrates de Jenofonte y los textos de A ristóteles quien, si
por cierto no conoció a Sócrates, conoció bien a sus discípulos.
No es necesario tom ar en cuenta las críticas y las sátiras que
aparecen en Las n ubes: A ristófanes, con ánim o adverso al filóso­
fo, acaso influido por los enem igos de Sócrates, trazó de él una
caricatura a veces cruel. Entre los historiadores m odernos de la
filosofía existen im portantes discrepancias sobre la autenticidad
del Sócrates que nos presentan las prim eras tres fuentes. ¿H asta
qué punto Platón expresa el pensam iento del m aestro en vez del
suyo propio ? Jenofonte, principalm ente historiador, ¿habrá com ­
prendido a fondo el sentido filosófico de las palabras de Sócrates?
Y A ristóteles, al hablar del m étodo socrático y de sus ideas sobre
la bondad y el bien, ¿habrá tenido un conocim iento suficiente de
Sócrates, a quien nunca llegó a encontrar en vida? A lgunos auto­
res -co m o Burnet y T aylor- se inclinan por la interpretación pla­
tónica de las ideas socráticas; otros, com o Robin y en buena par­
te Jaeger, prefieren la interpretación aristotélica porque piensan
33
Cf. Eduardo G arcía M áynez, “ El derecho natural en la época de Sócrates", en
E nsayos filosófico-jurídicos, B iblioteca de la Facultad de F ilosofía y L etras, U niversi­
dad Veracruzana, Jalapa, 1959.
El método
Im aginem os a Sócrates cam inando por las calles de Atenas, dis­
cutiendo en la plaza pública, en la palestra o “disputando con sus
am igos, no tanto para rebatir sus opiniones, cuanto para indagar
la verdad” .34 En esta frase de D iógenes Laercio apunta ya la dife­
rencia básica entre los sofistas, que discutían por discutir, sin te­
ner en cuenta la verdad o la falsedad de sus argum entos, y Sócra­
tes quien siem pre anduvo en busca de la verdad. Su m étodo, es
decir, etim ológicam ente y con m ucha exactitud su cam ino, fue
siem pre la conversación o, para em plear la palabra griega, el diá­
logo. En la República, Platón distingue claram ente entre el m éto­
do socrático y el m étodo sofístico. Dice Sócrates que los hom ­
bres “sin quererlo, caen en la disputa; creyendo discutir no hacen
sino disputar”.35 Por un lado están los que em plean la erística, o
arte de discutir con el solo y único fin de discutir; por el otro los
que em plean el diálogo teniendo siem pre a la vista un m ism o fin:
el descubrim iento de la verdad.
Pero la verdad no puede afirm arse sin más pruebas, com o lo
hacían los prim eros pensadores griegos m erecedores, para Só­
crates, de toda desconfianza. Para hablar con claridad es necesa34 C f D iógenes Laercio, Vidas, opiniones y sem encias de los filó so fo s m ás ilustres,
vol. I, Perlado, M adrid, pp. 74-86.
35 Platón. R epública, trad. de Enrique Palau, Iberia, Barcelona, 1959. p. 160. Todas
las citas de la R epública incluidas en nuestro tratam iento provienen de esta edición.
48
Introducción a la historia de la filo so fía
G recia
rio em plear un m étodo crítico. De ahí que Sócrates afirme, tantas
veces, que sólo sabe que nada sabe. Esta afirm ación significa,
prim ero, que se llega al saber después de poner en duda lo que
creem os saber sin tener más pruebas de ello que nuestra creencia.
Significa, adem ás, que Sócrates procede siem pre m ediante la iro­
nía. Ante el sofista al que se opone. Sócrates suele tom ar una
actitud de irónico retraim iento. Así, en el Protágoras, de Platón,
Sócrates que ha oído el discurso del sofista elogia a Protágoras y
dice que “por nada en el m undo hubiera querido perder esta oca­
sión de haber oído a Protágoras”. Pero añade: “Sólo encuentro un
pequeño escrúpulo, que me quitará fácilm ente Protágoras” .36 La
m ism a actitud la encontram os ante Eutifrón, quien se cree posee­
dor de un conocim iento com pleto de las ciencias de lo divino, o
frente a Calicles, defensor de la razón del m ás fuerte. La ironía de
Sócrates consiste en afirm ar su propia ignorancia, hacer que su
opositor exponga sus puntos de vista para m ostrarle, m ediante un
m étodo de preguntas que siem pre dan en el blanco, cuál es su
error. Si Sócrates duda, duda para finalm ente no dudar; si Sócra­
tes es irónico, lo es para m ostrar la confusión de espíritu en que
suelen estar sus interlocutores.
Sólo cuando los sofistas - o los jóvenes interlocutores a quie­
nes piensa enseñar la v irtu d - han visto las contradicciones de su
propio pensam iento, se perm ite Sócrates em pezar sus propios
razonam ientos. Para ello em ite una hipótesis. Ante la ignorancia
ya patente, sólo cabe la posibilidad de hacer nuevas suposiciones.
Tenem os una hipótesis establecida, ya sea la del triángulo que
se inscribe en el círculo, ya la de la naturaleza de la virtud. Una
vez establecida la hipótesis, Sócrates procede a verificarla. Su
m étodo sigue siendo el de las preguntas a las cuales su interlocu­
tor habrá de responder. Y es que Sócrates cree, ante todo, en el
valor educativo y vital de la filosofía. Si una persona debe apren­
der algo, solam ente podrá hacerlo aprendiéndolo a partir de sí.
No en vano coloca Sócrates en el centro mismo de su pensamiento
la inscripción del oráculo de Delfos: “conócete a ti m ism o”.
Hijo de una partera. Sócrates gusta decir que él m ism o es par­
tero de almas, que tal es el sentido de la palabra m ayéutica en
griego. Es útil de nuevo recurrir aquí a un ejem plo. M enón tiene
un esclavo que sabe hablar griego. M ediante una serie de pregun­
tas sobre un problem a de m atem áticas. Sócrates logra que el es­
clavo, ignorante de toda ciencia, lo resuelva. La idea de Sócrates
es clara. El esclavo, com o todos los hom bres, tiene ideas, ideas
que muy probablem ente ha tenido siem pre, pero que nunca ha
acabado de aclarar. Tal es la doctrina de las ideas innatas -o , en
térm inos de Platón, de la rem iniscencia-. La experiencia de los
sentidos puede sernos útil, pero nada lo será tanto com o aclarar
estas ideas que poseem os y sacarlas a luz m ediante un m étodo
riguroso. El m étodo de Sócrates desem boca en una teoría del
conocim iento según la cual cuanto conocem os proviene de la
ilum inación de nociones que teníam os en el espíritu oscuras y
confusas. Al em pirism o de los sofistas, cabe oponer la razón so­
crática. Para Sócrates el razonam iento es cosa del espíritu y no
algo que aprendem os de la experiencia.
36
Platón, "Protágoras", en Diálogos, Porrúa, M éxico. 1962, p. 118. ["Sepan cuan­
to s ...” , 13.]
49
La ciencia, la m oral
Descubriendo, develando, revelando lo que está en potencia y
convirtiéndolo en acto de conocim iento, Sócrates pretende llegar
a la ciencia, si por ciencia entendem os un conocim iento claro y
preciso, válido en cualquier lugar y en cualquier tiem po, y no
sólo una m era opinión de nuestros sentidos o de nuestra im agina­
ción. Pero, interesado en la vida concreta de cada uno de los hom ­
bres que le rodean, insatisfecho de las especulaciones científicas
de los prim eros filósofos griegos que se contentaban con afirm ar
una teoría sin dem ostrarla, Sócrates busca la única ciencia que
tiene im portancia en la conducta de la vida tanto individual com o
social. Esta ciencia es la moral.
La moral socrática tiene una apariencia paradójica. Aristóteles
la reduce a tres proposiciones: 7 j la virtud es lo mismo que el cono­
cimiento; 2) el vicio es ignorancia; 3) nadie hace el mal voluntaria­
mente. La tercera de estas proposiciones es, sin duda, la más paradó­
jica. Para entender la moral contenida en estas frases es necesario
recordar que la virtud para Sócrates, com o para los sofistas, puede
ser enseñada. Es igualm ente necesario entender que la virtud sig­
nifica exactamente lo opuesto para los sofistas que para Sócrates.
50
Los sofistas ven en la virtud, no una excelencia de tipo moral,
sino el cabal cum plim iento de tendencias prácticas. Para Sócra­
tes existe una tendencia fundam ental: la tendencia hacia el bien.
Y si los sofistas tendían a pensar que el bien se confunde con el
placer. Sócrates identifica el bien con la sabiduría. La moral no es
así una técnica para calcular fines prácticos sino el verdadero co ­
nocim iento que va más allá de toda especialidad, el conocim iento
del hom bre sabio. Ello no im pide que los hom bres hagan el mal,
pero indica, claram ente, que si lo hacen, es porque no han adqui­
rido la sabiduría que les perm itiría evitarlo. El conocim iento de
nosotros m ism os es. en últim a instancia, la base tanto de nuestra
acción com o de nuestro pensam iento. Si el conocim iento es real,
el conocim iento y la acción tendrán que coincidir en el bien.
No debem os buscar dem ostraciones abstractas para probar es­
ta moral que exponen tanto Platón com o Jenofonte y Aristóteles.
La única dem ostración concreta la dio el propio Sócrates en su
vida y principalm ente en su m anera de aceptar la condenación y
la m uerte. En esta vida, la más pura que se haya conocido antes
del cristianism o. Sócrates es la viva prueba de la virtud, una vir­
tud que deberíam os llam ar dignidad.
A cusado por M elito y Agatón, de corrom per a la juventud y de
negar la existencia de los dioses, Sócrates se defiende, pero nun­
ca em plea argum entos contrarios a la razón. Niega las acusacio­
nes y afirm a que, de ser absuelto, continuará su enseñanza. C uan­
do Critón quiere convencer a Sócrates de que debe huir, Sócrates
le contesta que la huida estaría en contra de la doctrina que ha
expuesto toda su vida y que frente a la m uerte no puede, no debe
renunciar a sus propias palabras.
El propio Sócrates defiende su idea del hom bre y de la sabidu­
ría. E sta defensa serena es la m ejor prueba de su autenticidad y
de su grandeza:
No tengo ningún resentimiento contra mis acusadores ni contra los
que me han condenado, aun cuando no haya sido su intención ha­
cerme un bien, sino por el contrario, un mal, lo que sería motivo
para quejarme de ellos. Pero sólo una gracia tengo que pedirles.
Cuando mis hijos sean mayores, os suplico los hostiguéis, los ator­
mentéis como yo os he atormentado a vosotros, si veis que prefieren
la riqueza a la verdad y que se creen algo cuando no son nada; no
51
G recia
Introducción a la historia de la filosofia
dejéis de sacarlos a la vergüenza si no aplican a lo que deben apli­
carse y creen ser lo que no son; porque así es como yo he obrado
con vosotros. Si me concedéis esta gracia, lo mismo yo que mis
hijos no podremos menos que alabar vuestra justicia. Pero ya es
tiempo que nos retiremos de aquí, yo para morir, vosotros para vi­
vir. ¿Entre vosotros y yo, quién lleva la mejor parte? Esto es lo que
nadie sabe, excepto Dios.'7
Obras de consulta
C o p l e s t o n , Frederick. History o f Philosophy, vol. I, Newman,
Westminster. 1948, pp. 81-126.
J a e g e r , Werner, Paideia, trad, de Joaquín Xirau y Wenceslao Roces,
Fondo de Cultura Económica, México, 1957, pp. 263-302; 389-457.
ROBIN, Léon, El pensamiento griego, trad, de Joaquín Xirau, Cervantes,
Barcelona, 1935.
T a y lo r , A. E.. El pensamiento de Sócrates, trad, de Mateo Hernández
Barroso, Fondo de Cultura Económica, México, 1969. [Breviarios, 161.].
IV. L a
m a d u r e z d e l a f il o s o f ía g r i e g a .
P latón
Ha escrito A lfred North W hitehead que la historia de la filosofía
occidental podría reducirse a una serie de notas al pie de la obra de
Platón. Com o todos los elogios esta idea de W hitehead contiene
m ucho de exceso y no poco de verdad. C ontentém onos con decir
que la filosofía occidental sería incom prensible sin las obras de
Platón y de Aristóteles. De ellas nace el pensam iento m oderno. A
ellas hay que referirnos siem pre que querem os entender qué es la
filosofía, cuáles sus em peños, cuáles sus preguntas.
Pero si con Platón y A ristóteles se inicia la filosofía propia­
m ente dicha, no es m enos verdad que sus obras representan la
culm inación de toda la serie de acarreos, invenciones y pensa­
m ientos de los pensadores que los precedieron. En realidad, las
obras de Platón y de A ristóteles, com o la de santo Tom ás en la
37Ibid., p.
19.
53
Introducción a la historia de la filo so fia
G recia
Edad M edia, o la de Kant y Hegel ya a orillas del siglo x ix . se
presentan com o sum m ae,38 S íntesis y sum a de todo el pensa­
m iento anterior, las filosofías platónica y aristotélica aparecen
en una época de crisis. A nte un m undo que está en proceso de
cam bio y de alteración, los filósofos buscan una form a de pen­
sam iento que es tam bién form a de vida para evitar una crisis que
parece inevitable. Lo que es de veras inevitable es darnos cuenta
de que en estas grandes síntesis que escriben los hombres cuando
ya está próxim a la decadencia de las naciones y de los pueblos,
reside casi siem pre la busca afanosa de la verdad y el encuentro
con la sabiduría.
N acido en 427, nom brado en su sexto día con el nom bre de
A ristocles -P lató n es un sobrenom bre que indica el vigoroso fí­
sico del filósofo-, Platón desciende de una familia aristocrática.
Por parte de su padre estaba em parentado con el últim o rey de
Atenas. Por línea materna, con la nobleza de la época de Solón.
Siem pre dom inará en él un afán aristocrático. Sim patizante del
gobierno oligárquico, Platón pierde por él todo respeto cuando ve
que la oligarquía de A tenas condena a Sócrates. Al ascender al
gobierno de Atenas la dem ocracia, pone Platón en ella sus espe­
ranzas. Pero los dem ócratas, ejecutores de Sócrates, le dejan pro­
fundam ente desilusionado del segundo tipo de gobierno que ha
vivido en su juventud. ¿C óm o no ver en esta doble desilusión el
origen de la teoría platónica de un Estado perfecto? ¿C óm o no
ver en ella tam bién la razón del exilio del joven filósofo? En efec­
to. Platón abandona A tenas, se dirige a M egara donde asiste a
las clases de Euclides, filósofo discípulo de Sócrates, regresa bre­
vem ente a Atenas y viaja a Egipto. En Egipto aprende algo de
ciencia y m ucho de m itología. La historia de la A tlántida -¿ v e r­
dad o sueño? ¿H istoria o nostalgia de un m undo m ejo r?- es de
origen egipcio y aparece por vez prim era en los escritos de Platón
(C ñtias, Tuneo). C onstantem ente ocupado en los negocios de la
ciudad, político en el sentido auténtico de la palabra polis, Platón
viaja a Siracusa donde Dionisio, tirano, pide su ayuda y su conse­
jo. Dionisio se m uestra incapaz de seguir los consejos del filóso­
fo y Platón vuelve a Atenas después de haber sido apresado por
unos piratas, esclavizado y finalm ente rescatado. En A tenas se
establece Platón. Com pra unos terrenos en los jardines de Academos y funda allí la prim era universidad del m undo, escuela de
justicia, m edida, m atem ática y virtud que con el nom bre de A ca­
dem ia habrá de pasar a la historia. En su m adurez escribió Pla­
tón algunos de sus más fam osos diálogos: el Feclro que nos habla
del am or y de la belleza, el Fedón que se ocupa de la inm ortali­
dad del alm a, el Banquete, el Gorgias que tratan de precisar el
sentido de lo justo y la República, origen de todas las utopías so­
ciales, donde Platón trata de arm onizar la vida de los hom bres
dentro de un Estado perfecto. No ha de durar m ucho tiem po
la estancia de Platón en Atenas. Viajero en busca de una ju sti­
cia ideal que quiere ver realizada en esta tierra, Platón vuelve a
Siracusa invitado por Dión, hijo del tirano y discípulo del filóso­
fo. Pero al fracaso sigue el fracaso. Llegado Platón a Siracusa se
encuentra con que el herm ano de Dión, Dionisio, ha tom ado el
poder. Y si bien el filósofo es recibido con no se sabe si fingida
sim patía, decide abandonar su em presa ante el nuevo tirano, más
am igo del placer que de la justicia, de la riqueza que de la verdad,
del juego que de la sabiduría. Habrá de volver Platón ya viejo a
Siracusa en un tercer viaje. No habrá de tener más éxito que en
sus viajes anteriores. Entre tanto, Platón ha regresado a Atenas, a
enseñar a sus discípulos de la A cadem ia y a escribir algunos de
sus diálogos más precisos y más exactos: el Teetetes, donde se
define la ciencia, el Sofista, que no sólo es una definición de la
personalidad de los sofistas sino tam bién una lección sobre el
m étodo m ism o de definir, el Político, m odificada y m oderada se­
cuencia de la República, el Pannénides, donde Platón critica
su propia filosofía, el Filebo donde reconstruye su pensam iento.39
La filosofía de Platón no debe concebirse com o un todo hecho
y derecho, com o un sistem a estático. M uy al contrario, la filoso-
52
38 Cf. '‘Introducción” , supra.
” C onservam os de Platón veintisiete diálogos y trece cartas. Los eruditos suelen
dividir los diálogos en cuatro periodos: los de juventud donde el filósolo suele exponer
las ideas de Sócrates: Apología. Critón, Eutifrón. Laques, Lisis, Ion. Protágoras, H ipias
niayor\ los de la m adurez: Gorgias. Menón. M enexenos, Eutidem o, Fedón, Banquete,
Fedro, R epública; los diálogos críticos escritos antes del tercer viaje a Siracusa: Teetetes,
Sofista, Político. Parménides, Cratilo', los de vejez, donde Platón se acerca cada vez
m ás a la enseñanza de los pitagóricos: Filebo, Timeo. Leyes. D e las cartas la más im por­
tante es la vil, donde Platón describe sus tres viajes a Siracusa. E n cuanto a los diálogos
y a su form a, ¿habrá que recordar que Platón, casi adolescente todavía, quiso ser poeta
dram ático y que éste su genio se realizó en plenitud cuando inauguró un nuevo estilo
para dram atizar las ideas?
54
Grecia
Introducción a la historia de la filo so fia
fía platónica evolucionó a m edida que m aduraba el filósofo.
Sería falso afirm ar que las ideas fundam entales de Platón sufrie­
ran algún cam bio radical. Pero sería igualm ente falso no concebir
su filosofía com o la evolución de un pensam iento vivo. Las ideas
que cada nuevo diálogo viene a añadir a los diálogos anteriores
son la prueba patente de que el espíritu de un gran filósofo es un
espíritu creador y que el cam bio y la evolución de un pensam ien­
to son m uestra de vida creadora.
A unque la filosofía de Platón no pueda concebirse com o un
sistem a al m odo de los grandes sistemas posteriores -e l de Aristó­
teles. el de santo Tomás, los de Kant o H egel-. ello no impide que
encontrem os en las obras platónicas todos los grandes temas de la
filosofía. Es indudable que la preocupación fundamental de Platón
fue la de encontrar una forma de vida feliz para los hombres, tanto
en su vida individual com o en su vida social, vidas que Platón con­
cibe com o entrañablem ente unidas. Pero Platón se dio cuenta de
que para llegar a establecer una teoría del com portamiento hum a­
no, una moral o una teoría del Estado, es antes necesario saber qué
es el hom bre y, para conocer de verdad al hombre, saber qué es y
cóm o vino a ser el mundo en que vivimos. De ahí que para Platón,
la m oral y la teoría del Estado necesiten de una metafísica previa,
de una teoría sobre el qué del hom bre y del universo. Es también
claro que no podemos llegar a conocer el sentido del hombre ni el
sentido del universo, ni el puesto del hom bre en este universo, sin
saber, de antemano, en qué consiste el saber. Y de ahí que Platón
tenga que preguntarse, frente a las dudas de los sofistas, frente a
sus propias dudas, si el conocim iento es posible y. de serlo, cóm o
llega a serlo. Previa a la metafísica se sitúa así una teoría del co­
nocim iento donde Platón explica los orígenes de nuestras ideas y
trata de precisar el sentido de la verdad. Naturalmente todos es­
tos tem as se encuentran entrem ezclados en las diversas obras de
Platón. Si nosotros analizamos aquí primero su teoría del conoci­
miento, su metafísica después y, finalmente, su moral y su teoría
del Estado, no es porque sigam os una división que de hecho no
existe en los diálogos del filósofo, sino porque tratamos de en­
contrar la estructura lógica de un m odo del pensam iento. A tres
preguntas responden las tres partes de este capítulo: ¿qué es el
saber?: ¿qué son el m undo y el hom bre que vive en el mundo?;
¿cóm o deben vivir el hom bre individual y el hom bre social?
55
Teoría del conocim iento
El conocim iento no es para Platón únicam ente una función de la
razón o de la inteligencia pura. ¿N o encontram os ya en la m ism a
palabra filosofía reunidas dos palabras griegas que significan sa­
ber y am ar? De hecho el verdadero conocim iento no es tan sólo
un conocer, sino un conocer amante, y un am or a la sabiduría.
Para Platón será vía del conocim iento la razón tanto com o el am or
y. m ás precisam ente, el am or a la razón. A estas dos form as com ­
plem entarias del conocim iento, añade Platón una tercera: el co ­
nocim iento por las im ágenes que se encuentran repetidam ente en
su obra bajo la forma de m itos y de alegorías. Los m itos platóni­
cos sirven una doble función: por una parte vienen a ilustrar sus
ideas abstractas; por otra, y a la m anera de un poem a o de una
obra de arte, mitos y alegorías sirven para sugerir, m ediante la
im agen, aquello que no puede siem pre decirse claram ente con
palabras abstractas. La fantasía, tercera vía del conocim iento, re­
presenta así un doble papel: el de una explicación gráfica y el de
una distinta m anera de decir por sugerencia lo que se ha dicho o
lo que se va a decir m ediante el análisis lógico. Veamos prim ero,
el sentido de la dialéctica y de la teoría platónica del amor. M itos
y alegorías vendrán a servirnos cuando expliquem os la m etafísi­
ca y la teoría platónica del Estado.
La dialéctica
Indicam os al hablar de Sócrates que el sentido original de la pa­
labra dialéctica es el de diálogo. Por otra parte es explicable que
si conocem os la m ayor parte de las ideas de Sócrates a través
de Platón, el método socrático -diálogo, ironía, m ayéutica- puede
atribuirse igualm ente a Platón. Sin em bargo. Platón desarrolla
con m ucha más am plitud que Sócrates su idea del m étodo y su
teoría del conocim iento. Para Platón la dialéctica consistirá en
todo género de m étodo que conduzca al conocim iento de la ver­
dad y del ser. Pero si se quieren establecer las vías de la verdad es
necesario, prim ero conocer cuáles son las vías del error; conocer
la verdad es. primero, conocer la no-verdad; llegar a la sabidu­
ría requiere, primero, entender en qué consiste la falta de sabiduría.
56
57
Introducción a la historia de la filo so fía
G recia
Platón analiza constantem ente los cam inos del error y es en este
análisis donde el pensam iento de Platón aparece ante todo com o
pensam iento crítico.
Los sofistas habían sostenido la relatividad del conocim iento.
Protágoras afirmaba que todo el conocim iento se reduce a la pers­
pectiva puram ente individual que, gracias a los sentidos, puedo
construir acerca del m undo y de la gente que m e rodea. Platón
observa en el Teetetes que si aceptam os con Protágoras que to­
do cam bia debemos concluir tam bién que las ideas de Protágoras
cam bian y que Protágoras, incrédulo en cuanto a la posibilidad
de la verdad, no tiene derecho a tratar de convencem os de sus
ideas. Si afirm am os que la verdad no existe, no podem os com u­
nicar nuestras ideas a nadie. El sofista, cuando afirm a que el co­
nocim iento em pieza con la sensación y que ésta y su objeto son
variables, por una parte se contradice a sí m ism o -¿ n o nos está
diciendo que debem os aceptar com o verdad el hecho de que no
existe verdad alguna?-; por otra, niega la existencia del conoci­
m iento y, al negarla de m anera general niega tam bién su propio
conocim iento. El que afirm a que todo es m udable, no debería ni
tan sólo hablar, pues el mero hecho de hablar y de querer com uni­
carnos m ediante la palabra im plica ya de por sí la idea de que
existe algo que es com unicable, com ún a todos y verdadero.
D e m anera sem ejante puede m ostrarse que la sensación no es
conocim iento verdadero si se tiene en cuenta la existencia de los
sueños o los delirios. Es posible preguntarse “si en este m om ento
dorm im os, siendo nuestro pensam iento otros tantos sueños”.40
A delantándose a argum entos que em plearán los filósofos de eda­
des posteriores (notablem ente Descartes), Platón sugiere que si
el conocim iento es sensible, las im ágenes que se nos presentan
tanto en la vigilia -e s te árbol verde fuera de la v en tan a- com o en
el sueño -e s te árbol visto en las im ágenes n o ctu rn as- tienen la
m ism a garantía de verdad. ¿Estarem os despiertos? ¿Estarem os
dorm idos? ¿Será verdad, com o habrá de decir Shakespeare que la
vida está hecha del tejido de los sueños? Y no es que Platón crea
que no existen bases razonables para discernir entre la vigilia y
el sueño. Lo que piensa es que quienes tratan de apoyarse en las
sensaciones y las im ágenes para afirm ar que en ellas consiste el
conocim iento, no encontrarán criterios absolutam ente ciertos pa­
ra distinguir el sueño de la vigilia. Tendrán que aceptar, por lo
m enos a m anera de suposición, que es posible que despiertos,
estén dorm idos, y que las im ágenes de la vida sean las im ágenes
de una vida que es en verdad sueño.
Los sentidos no pueden ofrecem os una base sólida para nues­
tro conocim iento del m undo y de las cosas. Ello no quiere decir
que el conocim iento no exista. En el m ism o Teetetes, Platón afir­
ma: “L a ciencia no reside en las sensaciones sino en el razona­
m iento sobre las sensaciones, puesto que, según parece, sólo por
el razonam iento se puede descubrir la ciencia y la verdad, y es
im posible conseguirlo por otro rum bo”.41 Ya vem os cóm o Platón
opone la sensación al razonam iento. Si la sensación nos engaña,
la razón y su em pleo nos conducen en cam bio a la ciencia. P or los
sentidos podrem os, a lo sumo, obtener opiniones (cloxa) m ientras
que por la razón alcanzam os la ciencia (epistem e). En la R epúbli­
ca, Platón escribe que la opinión “no es otra cosa que la facultad
de juzgar lo aparente, es decir, la facultad de percibir las cosas tal
com o éstas parecen ser según los sentidos” . A ella opone la ver­
dadera ciencia que tiene por objeto “conocer lo que existe tal co­
m o existe” .42 ¿Cuál es el origen de esta ciencia?
Ya hem os visto que el conocim iento no procede de la existen­
cia sensible. Com o Sócrates, con quien parece identificarse por
com pleto en este punto, Platón piensa que el conocim iento es
innato. En realidad nunca aprendem os algo totalm ente nuevo si­
no que “recordam os” algo que teníamos ya en el espíritu, si bien en
form a oscura y confusa. C onocer es recordar. Tal era el sentido
de la prueba m atem ática que daba el esclavo cuando Sócrates le
planteaba preguntas claras y adecuadas. C onocer es correr el velo
de un olvido. Así lo explica Platón, en forma alegórica, en el mito de
la caverna, que es bueno citar con cierta extensión ya que habrá
de sernos útil para aclarar tanto la teoría del conocim iento co­
mo, m ás adelante, la m etafísica platónica. A sí se presenta el mito:
40 Platón, Teetetes” , en Diálogos, vol. ni, Editora N acional, M éxico, 1958, p. 46.
Por lo que se refiere al estado en que se encuentra la naturaleza
humana con relación a la ciencia y la ignorancia, puedes hacer una
* 'Ibid., p. 114.
42 Platón, República, p. 186.
58
Introducción a la historia de la filo so fia
comparación con el cuadro que te voy a trazar. Imagina una especie
de cueva, cavernosa vivienda subterránea, que tenga una larga en­
trada, por donde penetra la luz que se extiende a lo ancho de la
caverna, y unos hombres que están en ésta desde su niñez encadena­
dos de pies al cuello y de modo que les es imposible hacer toda
clase de movimiento, y sólo pudiendo mirar hacia delante. Detrás
de ellos, a cierta distancia y a cierta altura, arde un fuego cuyos
resplandores los alumbra, y un camino escarpado y también por alto,
que transversalmente cruza la caverna, entre el fuego y los encade­
nados. Supon que a lo largo de este camino ha sido puesto un muro,
semejante a los tabiques que los titiriteros ponen entre ellos y los
espectadores, para exhibir por encima sus maravillas y disimular
por debajo sus triquiñuelas |...] Figúrate ahora unos hombres que, a
lo largo del muro, transportan toda clase de objetos; objetos que
sobrepasan la altura del muro y que son figuras de hombres y de
animales de madera o piedra. Los portadores de estas figuras, algu­
nos se detienen a conversar y otros pasan sin decir nada.
Después de esta descripción inicial sigue Platón exponiendo
el m ito en un diálogo entre Sócrates y su interlocutor G laucón:
S ó c r a t e s : En prim er lugar, ¿crees que los que están ahí han v is­
to otra cosa de sí m ism os y de los que están a su lado, que las so m ­
bras proyectadas po r el fuego en el fondo de la caverna que está
frente a ellos?
G l a u c ó n : ¿C óm o podrían ver otra cosa si desde su niñez están
im posibilitados de m over la cabeza?
SÓCRATES: ¿Y de los objetos transportados, pueden ver otra cosa
que las sombras de los mismos?
G l a u c ó n : ¿Q ué m ás pueden ver?
S ó c r a t e s : Luego no hay duda que sólo tendrán por realidad las
sombras de los objetos antes mencionados.4'
H asta aquí la prim era parte de la alegoría. Los sím bolos son
bien claros. Los hom bres, “iguales a nosotros punto por punto” ,
están atados de tal m anera que solam ente pueden percibir las
som bras. Y este percibir las som bras es tam bién, “punto por p u n ­
to”. el sím bolo de nuestra visión del m undo de lo sensible. A cos­
tum brados a vivir en las som bras ya sólo podem os ver som bras.
43 Ibid., pp. 231-232.
Grecia
59
acostum brados al m undo engañoso de los sentidos, tendem os a
perder el sentido de la realidad y tom am os por real lo que tan
sólo es una som bra de la verdadera realidad. Tal es el m undo de
las sensaciones, el m undo sensible al cual vivimos atados y por
el cual nos sentim os atraídos sin saber que este m undo es tan
poco real com o la som bra. No es necesario, sin em bargo, que
perm anezcam os atados a las cadenas que nos aprisionan. Pode­
mos im aginar, com o lo hace Platón, que algún hom bre es capaz
de rom per sus cadenas m ediante enorm es esfuerzos y que, una
vez desencadenado em pieza a escalar el muro escarpado hasta lle­
gar a la luz del fuego o del sol que brilla fuera de la caverna. Quien
así sea capaz de liberarse, y no sin sufrim iento y esfuerzo, llega­
rá a la entrada de la caverna, pero al principio, desacostum brado
com o está de toda luz. no podrá ver el sol que le deslum bra. Para
que el hom bre que sale de la caverna llegue a poder ver el sol
cara a cara, tendrá que realizar un segundo esfuerzo no m enos
duro que el que requirió de él su prim er ascenso. D espués de este
esfuerzo el hom bre liberado podrá em pezar a razonar y “al razo­
nar sobre sus im presiones, llegaría a la conclusión de que el sol
es el que produce las estaciones y los años, el que gobierna todo
lo que es visible y el que. en cierta manera, es la causa de todo lo que
veía en la caverna”.44
En otras palabras, el filósofo, el que ha sido capaz de aplicar
un m étodo riguroso de conocim iento, acabará por conocer la ver­
dad aquí representada por el sol que todo lo alum bra, y se dará
por fin cuenta de que aquellas som bras que antes creyó reales son
tan sólo som bras, som bras cuya existencia se debe a la existencia
de la luz, sensaciones cuya existencia es tan sólo un reflejo, una
form a secundaria de la realidad. Así. el que conoce, es el que es
capaz de proceder m ediante la razón que todo lo ilum ina y que
es igualm ente capaz de escapar a los sentidos que todo lo oscure­
cen. Habrá de regresar el filósofo al fondo de la caverna, tratará
de instruir a los demás y enseñarles que cuanto ven son sombras y
que la verdadera luz no está en las som bras. Y los dem ás apenas
podrán creerle y acaso lleguen a matarle, alusión clara de Platón
a la m uerte de Sócrates. Pero este hom bre que haya pasado de la
caverna a la luz, de la m entira a la verdad, será a pesar de las opi44 Ibid.. p. 233.
Introducción a la historia de la filo so fía
G recia
niones de los dem ás, el verdadero sabio, el ilum inado por la luz
de la razón.
Cabe sin em bargo una pregunta. ¿C óm o es posible que este
hom bre, encerrado en el fondo de la caverna, haya deseado salir
de ella e ir hacia la luz? ¿Q ué fuerza le im pele, qué deseo le ato­
siga? Lo que sucede es que en una m itológica edad perdida todos
hem os vivido cerca de la luz. Caídos en el fondo de la caverna,
tenem os a veces vislum bres de aquella prim era luz olvidada y
estos vislum bres perm iten que la recordem os. Lo que Platón afir­
m a es pues que el conocim iento es una rem iniscencia, un recuer­
do. Y esto es lo que significan sus alegorías. Cuando las interpre­
tam os nos dam os cuenta de que para Platón el conocim iento no
se adquiere a partir de la experiencia. El conocim iento se tiene.
Lo único que debem os hacer, m ediante la reflexión, es revelam os
a nosotros m ism os aquello que sabem os y que nuestra vida sensi­
ble nos hace olvidar. Las ideas no son para Platón, com o fueron
para los sofistas, ideas adquiridas que una m ente en blanco iría
recibiendo de la experiencia de los sentidos, sino ideas innatas
que, com o el esclavo de M enón, podem os aclarar poco a poco
m ediante el uso de un m étodo recto.
En algunas ocasiones, Platón piensa, en térm inos que se acer­
can a la religión, que la tarea del filósofo es la de ejercitar a m o­
rir, m orir al m undo de los sentidos para renacer al m undo de la
razón. En otros casos, Platón precisa de m odo más científico el
proceso de conocim iento que llam am os dialéctica. Para llegar a
la verdad deberem os proceder con m étodo crítico, pesar el senti­
do de los conceptos y de las palabras que los expresan, definir los
conceptos y las palabras. El m ejor ejem plo del m étodo platónico
lo tenem os en las ciencias. Los hom bres de ciencia, cuando quie­
ren explicar la naturaleza, tratan de dar leyes universales que, en
la unidad de una fórm ula, expliquen la pluralidad de los hechos.
Los matemáticos, más aún que los físicos, parten de principios uni­
versales, axiomas o postulados de los cuales se deducen los diver­
sos teorem as. Pues bien, así com o para todos ellos, conocer es
unificar, tam bién para Platón el conocim iento consiste en redu­
cir a unidad la multiplicidad de los hechos naturales, sociales, m o­
rales o espirituales que estudia. Y de esta reducción a la unidad
tenem os, nuevam ente, una excelente ilustración en el m ito de la
caverna. ¿Es acaso otro el significado de este fuego o sol único y
radiante m ediante el cual se explican todos los reflejos, todas las
som bras o, com o dice Platón, “el que gobierna todo lo que es
visible” ? C onocer es, para Platón, buscar la unidad de una ley, deun principio que pueda explicar la diversidad de nuestras expe­
riencias. Es por esto que Platón sostiene que el conocim iento es
siem pre conocim iento del ser, m ientras que la opinión es sim ple­
m ente percepción de todo lo que deviene y cambia. A sí lo expre­
sa Platón cuando afirma: “Hem os de convenir, por lo pronto, en
que el prim er signo propio a la naturaleza filosófica es el am or
profundo a la ciencia, que puede conducim os al conocim iento de
la esencia inm utable, inaccesible, a las vicisitudes o extravíos
de la generación y corrupción” .45 El conocim iento de la esencia
inm utable, es decir, del ser, constituye el fin de toda filosofía.
Pero para entender lo que Platón quiere decir cuando nos habla
del ser y de sus diferentes form as será necesario aclarar su m eta­
física y, especialm ente, su teoría de las ideas. Antes de pasar a
hacerlo debem os precisar el sentido de este am or del cual Platón
nos habla en la frase que acabamos de citar.
60
61
El am or
El amor es la fuerza dialéctica. En su base se halla una contradic­
ción intrínseca que aspira constantemente a superar. Mediante su es­
fuerzo, eleva las formas inferiores a las formas superiores de la exis­
tencia, lo que tiene menos ser y menos valor a lo que, en la plenitud
del ser, halla la plena perfección.46
De esta fuerza dialéctica del amor, de esta capacidad de ascen­
so y de conocim iento, es el m ejor testigo el discurso de D iótim a
en el Banquete, D iótim a que “era m ujer muy entendida en punto
a amor, y lo m ism o en m uchas otras cosas” ,47 explica en una ale­
goría que Eros fue hijo de Poros (la A bundancia) y de Penia (la
Pobreza). Del prim ero hereda su capacidad de crear; de la se45 Ib id . , p. 196.
46 Joaquín X irau. A m o r y m u n d o , El C o leg io de M éxico, M éxico, 1942, p. 12.
47 P lató n , "B a n q u e te '', en D iá lo g o s, vol. I, E d ito ra N acio n al, M éx ico , 1958,
p. 3Ü5.
Introducción a la historia de la filo so fía
62
gunda, su capacidad de aspiración y su capacidad de deseo. ¿No
es verdad que el am or es siem pre y al m ism o tiem po, aspiración y
hallazgo, distancia anhelante y realización? Quien am a em pie­
za por carecer de lo que am a. y la realización de am or es la
realización de la unidad una vez trascendida la carencia. En
este su doble aspecto, estriba la “fuerza dialéctica” del amor.
El am or es y no es al m ism o tiem po. Su realidad surge de su
carencia m isma. Sólo si algo me falta puedo querer obtenerlo;
y el amor, para ser realización, tiene que ser prim ero ausencia,
falta, deseo, pobreza, “porque ninguno desea las cosas de que se
cree provisto”.48 El am or coincide así con la dialéctica en que, co­
m o ella, es prim ero carencia de saber para después realizarse
com o sabiduría. Así lo expresa D iótim a cuando dice: “La sabi­
duría es una de las cosas más bellas del m undo, y com o Eros am a
lo que es bello, es preciso concluir que Eros es am ante de la sabi­
duría. es decir, filósofo” .49 A m ar es desear el conocim iento y este
género de amor, que es tam bién sabiduría, debe distinguirse de
las formas sensibles del am or humano. El am or que describe Pla­
tón es una form a de creación. Es igualm ente conocim iento de
la belleza absoluta, de la “belleza eterna, increada, e im percepti­
ble, exenta de aum ento y de dism inución” .50
A sí el amor, deseo de conocim iento y conocim iento de lo que
es bello, viene a com pletar el m étodo dialéctico. Com o la dia­
léctica, el am or aspira a sobrepasar la pluralidad para llegar a la
unidad, a vencer los obstáculos de los sentidos para adquirir el
conocim iento de la verdad; com o la dialéctica, el am or nos con­
duce a las puertas del ser, si bien ahora este ser se llam a belleza.
El objeto de toda la teoría del conocim iento de Platón es siem ­
pre el m ism o por distintas y com plem entarias que sean las vías
que a él conducen: la búsqueda de la razón más allá de las sombras
de lo sensible, la búsqueda de la unidad más allá de la pluralidad de
todas las apariencias que nos rodean, la búsqueda del ser m ás allá
de los engaños del devenir. Hasta aquí el m étodo del conocim ien­
to platónico. Para entender el objeto de este conocim iento es ne­
cesario buscarlo en la metafísica.
48 Ibid., p. 309.
49 Loe. cit.
50 Ibid.. p. 319.
G recia
63
M etafísica
La metafísica -palabra introducida más tarde por los discípulos de
A ristóteles- es aquella parte de la filosofía que se ocupa de deter­
m inar el porqué de las cosas. M aestra de todas las ciencias, para
Platón la m etafísica -q u e él llam a m uchas veces d ialéc tica - nos
conducirá a entender cóm o está organizado el m undo y cuál es el
puesto del hom bre en este m undo. Esta doble explicación se en­
cuentra. prim ero, en la teoría de las ideas, en segundo lugar, en la
teoría platónica del alm a. y. por últim o, en su concepto de Dios.
Teoría de las ideas
El m undo en que vivimos está hecho de cam bio o. com o dice
Platón, de generación y corrupción. Todo cuanto nos rodea, y tam ­
bién nosotros m ism os, está de tránsito. La sem illa se hace árbol y
el árbol da flores que dan frutos. Pero cuando el árbol es árbol ya
no es semilla, ni es árbol la flor cuando es flor, ni flor el fruto
cuando es fruto. Todo lo que existe deviene y al devenir cesa de
ser lo que era. El m undo sensible, el m undo que Platón represen­
taba por las som bras im plica siem pre paso y contradicción. Un
ejem plo cualquiera, tom ado al azar, nos m ostrará esta doble ca­
racterística m udable y contradictoria de las cosas. La naranja an­
tes de ser naranja ha sido flor de azahar. He ah í ya el cam bio de
tipo de ser (la flor) a otro tipo de ser (el fruto). Pero si considera­
m os tan sólo el fruto, el cam bio es igualm ente patente. N acido en
corazón sensible de la flor, el fruto crece, verde prim ero, se ilu­
m ina poco a poco de am arillo. Se dora al sol. m adura, estalla y,
abandonado a sí m ismo, acaba por caer de la ram a y podrirse en
el suelo. En cada nuevo m om ento de su ser, el fruto no es ya lo
que era ni es todavía lo que va a ser. Sucede com o si las cosas
estuvieran llenas de una suerte de velocidad interna que las crea,
las desarrolla y las destruye. Por esto podem os decir que son y no
son. que su m odo de existir es un m odo de existir a m edias entre
el no-ser de lo que fueron y el no-ser de lo que todavía no alcan­
zan a ser. Ahora bien, por herm oso que sea este m undo sensible
que nos rodea, por herm osas que sean la planta, el mar, la m onta­
ña o la persona, no son explicables por sí m ismas. ¿C óm o podría
Introducción a la historia de la filo so fía
G recia
explicarse aquello que es contradictorio, aquello que a m edida
que se hace se va deshaciendo hasta perecer? ¿C óm o definir
lo que es pasajero, si no puedo fijarlo, si cuando trato de definirlo
ya no es lo m ism o que trataba de definir en un principio? El fru­
to que defino es ya. cuando lo defino, el fruto que era, puesto que
el ser absoluto no pertenece a nada de lo que vive o respira o sim ­
plem ente está en este m undo de creaciones y corrupciones.
A hora bien. Platón no se contenta con afirmar que el m undo que
vivim os está de paso - y nosotros en él tam bién-: no se contenta
con decir que el m undo es contradictorio, fugaz, pasajero, tejido en
el m ism o tejido de las sombras. ¿C óm o explicar este cam bio cons­
tante? ¿C óm o buscar alguna razón para esta vertiginosa sinrazón
que vivimos y en que vivim os? Para hacerlo, Platón establece
poco a poco, a lo largo de su vida, la teoría de las ideas, prim ero
en form a de suposición, más tarde tratando de dar pruebas racio­
nales para su teoría. Precisem os lo que entiende Platón por idea.
Se ha hecho notar que en la época en que escribía Platón, la
filosofía carecía de térm inos precisos y adecuados. Hoy podem os
echar mano de los térm inos definidos por los filósofos y nos en­
contram os con térm inos precisos para cada modo de ser, y a veces
incluso con un exceso de términos. Pero en el tiem po de Platón los
términos filosóficos estaban apenas formándose. Platón tom a la
palabra idea del lenguaje com ún y corriente y le da una significa­
ción, especial, nueva. En realidad, com o ha visto García M orente.
Platón crea un neologism o.51 En efecto, la palabra idea procede
de un verbo griego que significa ver, mirar, examinar, m irar cara
a cara. Así, idea, en el lenguaje com ún de los atenienses, signifi­
caba, algo visto, o aun el aspecto exterior, la apariencia de una
cosa. Para Platón, la idea es precisam ente aquello que no cam bia
ni puede aceptar ninguna variación. La idea es, así, lo que es y el
significado de la palabra es prácticam ente el m ism o que el de
form a en Aristóteles o el de esencia. A hora bien, Platón cree que
estas ideas, es decir, estos seres, tienen una existencia propia,
independiente de nuestro m undo, que a veces im agina en una es­
pecie de cielo que llam a el Topos Uranos. Las ideas son así las
esencias de las cosas, esencias que existen en sí y por sí. Si de
nuevo recordam os el m ito de la caverna e identificam os el deve­
nir, el m undo del cam bio, con las som bras, podem os tam bién
identificar las ideas con la luz del fuego o del sol. M ediante la
existencia de un m undo de ideas, que son aquí entes, seres rea­
les, Platón trata de explicar nuestro mundo.
Ya desde los prim eros diálogos Platón hablaba, aunque sin
dem asiada precisión, de la existencia de estos seres reales. Así,
en el Eutifrón, diálogo donde se discute la santidad, Platón decía
que todas las cosas santas se refieren a una m ism a esencia, la de
la santidad y, en el Banquete, afirm aba que todas las cosas bellas
pueden ser llam adas bellas tan sólo por participación en la b e­
lleza existente y real. Con m ayor claridad se expresa Platón en la
República: “Existe lo bello en sí, lo bueno en sí; y del m ismo modo
hem os definido las cosas m últiples, buenas, bellas y dem ás, co ­
m o correspondientes a una sola idea, cuya unidad suponem os y
llam am os a cada cosa ‘aquello que e s’.”52 Tal es la diferencia que
existe entre el m undo sensible y el m undo inteligible, es decir, el
m undo m udable y vario que nos dan los sentidos, y el m undo de
esencias inm utables que nos otorga el m étodo del saber por la
razón y por el amor. Platón explica la pluralidad por la unidad:
todas las naranjas pertenecen a una m ism a esencia de naranja; to­
dos los hom bres, por distintos que sean entre sí, pertenecen a una
m ism a esencia que los hace hom bres. Explica tam bién el cam bio
por la inm ovilidad, pues, en efecto, cada idea es una, inm utable,
incam biable, eterna. Y de la m ism a m anera que las som bras son
posibles porque existe la luz, nuestro m undo es tan sólo posible
com o reflejo, copia o im itación de las ideas. El triángulo verda­
dero no está en nuestro mundo. El triángulo que percibo es tan
sólo la copia, la im itación del verdadero triángulo que existe
en otro m undo de perfección y de eternidad.
A unque Platón siem pre sostuvo la teoría de las ideas, la m odi­
ficó notablem ente en sus últim os diálogos. En ellos se conserva
la m ism a estructura que acabam os de describir. Pero esta estruc­
tura se precisa, se afina y aclara. Tal es el caso de la teoría de las
ideas tal com o Platón la expone en el Timeo. Para explicar el
m undo, Platón supone que existen cuatro géneros de realidad:
el receptáculo, las ideas, Dios y las creaturas. Veamos cóm o se
relacionan estos cuatro m odos de ser.
64
51 M anuel G arcía Morente, Lecciones prelim inares de filosofía.
52 Platón, República.
65
66
Introducción a la historia de la filo so fìa
Grecia
En la prim era teoría de las ideas, Platón trataba de explicar la
contradicción m ediante un m undo real y no contradictorio. Y sin
em bargo, la explicación era incom pleta. Las ideas, seres absolu­
tos, explicaban todo aquello que en nuestro m undo tiene alguna
form a de ser. Pero ya hem os visto que cada cosa en el m undo
sensible participa tam bién del no-ser. ¿De dónde procederá este
no-ser de las cosas y de los hom bres? O. por decirlo con el mito
de la caverna: si bien hem os podido explicar, por participación en
la luz, la parte lum inosa que hay siem pre en las som bras mismas,
no hem os explicado en cam bio la tiniebla que las form a igual­
m ente m ezclándose a la luz. ¿C óm o explicar la presencia de las
tinieblas? A esta pregunta responde, en el Timeo,53 la teoría del
receptáculo. Adem ás de “un m odelo inteligible y siem pre el m is­
m o”. com puesto por las ideas, y de la “im itación del m odelo,
generada y visible”,54 hay que añadir ahora el receptáculo. Platón
entiende por receptáculo lo que todavía no está determ inado, lo
que no tiene ninguna form a, aquello en que vienen a im prim irse
las form as o las ideas para dar lugar al m undo real. Si tom am os el
ejem plo de la caverna, podríam os decir que las ideas son la luz,
el m undo es el de las sombras y el receptáculo es el muro, al fondo
de la caverna, donde se proyectan las som bras. R eceptáculo es
posibilidad. Ahora bien, la posibilidad es precisam ente aquello
que todavía no es. C uando decim os que algo es posible estam os
diciendo que todavía no es real. Y esto es lo que piensa Platón:
cuando la realidad del ser (las ideas) viene a im prim irse en la
posibilidad (el receptáculo), adquiere form a el m undo que cono­
cem os. Y, en efecto, ¿no hem os visto ya que nuestro m undo es
una m ezcla de realidad y posibilidad, de ser y de no ser? ¿No
hem os dicho que la naranja es y no es al m ism o tiem po? Pues
bien, ahora podem os afirm ar que la naranja, ejem plo aquí de toda
creatura, sea este hom bre, árbol o río, es un ser m ezclado de posi­
bilidad y de realidad, de no-ser y de ser. N uestro m undo no es
solam ente una im agen o una copia. Es tam bién una m ezcla cons­
tante de lo real y lo posible.
Tenem os ya tres de los elem entos que aparecen en el Timeo:
las ideas, el receptáculo y las creaturas o m undo sensible. Pode-
mos preguntarnos ahora: ¿C óm o es que estas ideas, estas esen­
cias, vienen a im prim irse en el m undo sensible? ¿Q ué es lo que
hace que las esencias de las cosas vengan a im prim irse en esta
especie de cera siem pre m aleable de lo posible para dar lugar a
un m undo? La respuesta de Platón es clara: el ser gracias al cual
las ideas sellan la posibilidad y le otorgan realidad es D ios.55
53 En las citas que siguen adopto la num eración muy precisa que de las secciones del
texto da Jowett, traductor de Platón al inglés.
54 Platón, Tinieo, 48.
67
La idea de Dios
Leem os en el Timeo: “todo lo que deviene o es creado debe ne­
cesariam ente ser creado por alguna causa” .56 Dios es esta causa
creadora. Y Dios ha creado el m undo m irando al m undo inteligi­
ble de las ideas para que el m undo creado se pareciera lo más
posible al m undo perfecto que Dios contem pla. Si preguntam os:
“¿Q ué m odelo tenía el artífice a la vista cuando hizo el mundo,
el m odelo de lo inm utable o el m odelo de lo que es creado?”, la
respuesta habrá de ser: “Todos verem os que tiene que haber m i­
rado lo eterno porque el m undo es la más bella de las creaciones y
él, la m ejor de las causas” .57 Si ahora preguntam os por qué Dios
creó el mundo, la respuesta debe ser que así lo hizo, “libre de
toda clase de celos. El quiso que todas las cosas fuesen tan pare­
cidas a él com o fuera posible” .58 Platón se da cuenta de que al
hablar de Dios sólo podem os “aducir probabilidades” ya que
“el padre y hacedor de todo este universo está m ás allá de la com ­
prensión” .59Y sin embargo, esta idea de un Dios creador, perfec55 D ebem os notar dos puntos im portantes: a) El m undo de las ideas varía fundam en­
talm ente a lo largo de la filosofía platónica. Bien es verdad que en los prim eros diálo­
gos, las ideas están, por así decirlo, “en el aire” . Lo que sucede es que. más adelante (en el
Tinieo y los últim os diálogos) Platón relaciona estas ideas con un agente creador (Dios,
o a veces en plural, los dioses), y, por otra, que añade este mundo de la posibilidad gra­
cias al cual se explica el no-ser de que están tam bién hechas las cosas; b) la teoría de las
ideas, tal com o se presenta en el Timeo, nos parece m ás exacta y más típica de Platón
que la que se nos da en la República o los diálogos anteriores. C onfirm a nuestra idea el
hecho de que en otro de los últim os diálogos (el F ilebo), Platón introduzca cuatro cate­
gorías m uy semejantes a las del Timeo. A las ideas corresponden en el Filebo lo limitado;
al receptáculo, lo ilimitado, es decir, lo posible que espera la presencia de la forma; al
m undo creado la m ezcla de los dos anteriores, y a D ios, la causa.
56 Ibid., 28.
57 Loe. cit.
58 lbid., 30.
59 lbid.. 29.
Introducción a la historia de la filo so fía
G recia
to, que crea fuera de toda clase de celos un m undo que a él se
asem eja, da coherencia a la m etafísica de Platón. No es suficien­
te decir que el mundo está hecho de una m ezcla de posibilidades y
de realidades, de un receptáculo indefinido capaz de todas las for­
m as y de unas esencias reales que vienen a sellar estas form as
para que surjan, vivas, las creaturas. Sin la existencia de un Dios
creador y hacedor del mundo, la filosofía platónica quedaría trunca.
Le faltaría la fuerza que crea, el principio de todos los movimientos.
Y esto es lo que cabalm ente entiende Platón y lo que le conduce
no sólo a afirm ar que Dios existe sino a tratar de probarlo.
En el Tuneo Platón habla de Dios en singular, form a que ya
encontrábam os en el m onoteísm o de Jenófanes. Lo que es nue­
vo en el Tuneo puede resum irse en dos ideas sobre la naturaleza
divina que sólo se encuentran en la B iblia y que habrá de realizar
en plenitud el cristianism o: la idea de creación y la idea de provi­
dencia. Y sin em bargo, Platón, todavía cercanos los días del po­
liteísm o, cuando trata de probar la existencia de la divinidad se
refiere a los dioses en plural. A sí en su últim o diálogo: las L e­
yes.60 D os pruebas de Platón para la existencia de Dios, dos prue­
bas que habrán de perdurar, m adurar y desarrollarse en el curso
de los siglos. L a prim era es la prueba por la finalidad; la segunda
es la prueba por el consentim iento universal. Leem os en las L e­
y e s .: “En prim er lugar, la tierra y el sol y las estrellas y el univer­
so, y la ju sta ordenación de las estaciones y la división de ellas en
años y en meses, dan pruebas de su existencia”.61 En otras pala­
bras: en el m undo en que vivim os encontram os m odelos de orden
y arm onía. Ahora bien nuestro m undo, que ya hem os visto con­
tradictorio. cam biante, mudable, no puede ser el creador de esta
arm onía. La arm onía debe provenir de una arm onía perfecta que
el Platón de las Leyes encuentra en los dioses. El orden del univer­
so es así la imagen y la prueba, la existencia de la divinidad. Pe­
ro lo es tam bién el hecho de que todos los hom bres, bárbaros o
griegos, hayan creído en la existencia de las divinidades. Existe
una suerte de acuerdo universal según el cual todos los hom bres,
en una u otra forma, han creído en la existencia de los dioses. ¿Es
acaso probable que todos los hom bres, de todas las naciones ha­
yan podido equivocarse? El hecho de que los hom bres hayan
creído y crean parece conducirnos a pensar que el objeto de
su creencia es real.62
H asta aquí el concepto del m undo que desarrolló Platón. Hay
que ver en su filosofía una de las más herm osas realidades del
pensam iento filosófico, la de un m undo ordenado de D ios a la
Tierra y del hom bre a las ideas y a Dios por el cam ino de la con­
tem plación una vez que, anuladas las som bras, se contem pla ca­
ra a cara la verdad y el ser. ¿Cuál es el puesto del hom bre en este
cosm os ordenado por el pensam iento de Platón? Para responder
a esta pregunta tendrem os que analizar, prim ero, cuál es el senti­
do individual del hom bre y. en segundo lugar y prim ordialm ente,
el sentido social del hombre.
68
60 Sigo aquí también la num eración de Jowett.
61 Platón, Leves, 886.
69
El hombre
Es de nuevo un m ito el que nos puede orientar hacia la com pren­
sión del hom bre. En el Feclro. Platón describe largam ente el alm a
hum ana m ediante la com paración de ella con un carro guiado por
un cochero y arrastrado por dos corceles voladores. Uno de los
corceles, de pelaje blanco, ojos negros y cabeza erguida repre­
senta el honor y la templanza. Este corcel, que tiende a ascender
y a volar cielo arriba, es el sím bolo de la voluntad dirigida al
bien. El segundo, de cabeza dura, narices chatas, pelaje negro y
ojos sanguíneos, contrariam ente al prim ero, representa las fuer­
zas negativas, el mal y la vida sensual. En tensión continua entre
el corcel blanco que asciende y el corcel negro que quiere des­
cender de su vuelo, el cochero, sím bolo de la razón, tiene que
esforzarse por m antener un equilibrio inestable y tratar de alcan­
zar la arm onía. Tal es el alm a del hombre: razón, apetito y volun­
tad dirigida al bien. M icrocosm os, pequeño m undo parecido al
m undo que antes describim os, el hom bre posee una facultad que
lo acerca al m undo del bien, una inteligencia o razón que le per62
E stas pruebas platónicas son im portantes no sólo porque Platón trata de razonar el
m undo y de explicarlo. Lo son tam bién porque habrán de influir a los hom bres de todas
las épocas y de todas las creencias religiosas. La prueba p o r el orden y la finalidad del
universo será desarrollada por Aristóteles, san A gustín, santo Tomás, Rousseau y Hcgel;
la prueba por el consentim iento universal, por san A gustín, Bossuet y Bergson.
Introducción a la historia de la filo so fía
G recia
m ite conocer el m undo de las ideas y un apetito que lo ata -¿ n o
estaban así atados los hom bres de la caverna?- al m undo de los
sentidos y de las apariencias.
Podría preguntarse: ¿por qué. al hablar del hombre, hablamos
del alma? Platón, com o más tarde Aristóteles, piensa que si el hom ­
bre se distingue en algo de los dem ás animales es precisam ente en
el hecho de tener un alm a racional. Todos los seres anim ados tie­
nen un principio de vida que los gobierna, pero en el hom bre este
principio de vida es precisam ente la razón que le permite no sólo
vivir sino entender y ascender al m undo de las ideas. Claro que el
hombre es un ser perecedero; claro que habrá de morir un día su
cuerpo y habrán de m orir con él las facultades negativas de los
sentidos y de las pasiones. Pero, ¿acaso nada quedará del hom bre
después de su m uerte? ¿Hay algo en el hom bre que sea perfecta­
mente inmortal? A sí lo cree Platón quien no sólo afirm a la inm or­
talidad del alma sino que quiere también demostrarla.
El Fedón está dedicado a probar la inm ortalidad del alm a.
Difícil intento. Pero intento que Platón realiza por prim era vez en
la historia. Ya hem os visto que, según Platón, pensar es recordar.
Pero si el pensam iento es un recuerdo, si el alm a recuerda la luz
que es capaz de descubrir nuevam ente, ¿no será porque ya ha
visto esta luz en una vida anterior? Por lo m enos antes de esta vi­
da el alm a fue algo inm ortal. Pero, podem os preguntam os, ¿aca­
so el hecho de haber sido inm ortales antes de nacer prom ete que
vayamos a serlo después de la m uerte? Es claro que de aceptar
esta inm ortalidad prenatal aceptam os que algo hay en el alm a
que tiene una vida fuera de esta vida, pero de ahí no se deduce que
el alm a tenga que ser inm ortal después de la vida. Dos son, se­
gún Platón, los argum entos que prueban la supervivencia del
alma. P or una parte, si el alm a es capaz de entender las ideas eter­
nas, algo ha de tener en sí de eterno. En caso contrario no podría
entrar en contacto con la eternidad. Por otra parte, el alm a es una
y simple. Y si bien todo lo que es com puesto puede corrom perse y
dividirse, es im posible que pueda dividirse aquello que, com o el
alm a, carece de partes. El alm a es inm ortal tanto por participa­
ción en la eternidad com o por la unidad y la sim plicidad que le
son intrínsecas. El alm a racional y eterna nos prom ete una vida
futura. ¿Qué esperar de esta vida? En varias ocasiones Platón dis­
tingue entre las alm as puras y las alm as im puras. Las alm as puras
se salvan; las im puras reencarnan en otros cuerpos, teoría que
Platón recogió de los filósofos pitagóricos.
Com o Sócrates. Platón identifica lo eterno, lo divino, lo inte­
lectual y lo inm ortal con la verdadera virtud. Sólo el hom bre ju s ­
to es el verdadero conocedor de sí m ismo y de las esencias de
las cosas, sólo en él se unifican la com prensión del intelecto y los
deseos de la voluntad. Pero no es de esperarse que para Platón,
filósofo de la p o lis , que sólo puede concebir al hom bre com o in­
dividuo integrado en la sociedad, la justicia pueda realizarse ple­
nam ente en el plano individual. La justicia verdadera se logra en
una sociedad que Platón desea y espera perfecta.
70
71
La ciudad platónica
Las utopías fueron bastante comunes entre los griegos. Ya antes de
que Platón escribiera la República. varios filósofos y algunos poetas
habían pensado en la posibilidad de una sociedad perfecta.63 Pero
las ideas más interesantes, entre burlas y veras, hay que buscarlas, a
este respecto, en Aristófanes. Si en sus primeras comedias Aristó­
fanes se limitaba a criticar tal o cual vicio de la sociedad griega y en
especial ateniense, en sus últimas comedias propone, sucesivamente,
varias formas del Estado perfecto. En Lisístrata y en La asamblea
de mujeres, son las mujeres las que evitan la guerra y tratan de esta­
blecer una ciudad basada en la paz. En Las aves asistimos a la socie­
dad perfecta que en el cielo establecen las aves en abierta rebelión
contra Zeus y en abierta protesta contra los vicios de los atenienses.
Pero si los escritores se preocuparon por una sociedad feliz,
nadie com o Platón analizó con espíritu sistem ático el tem a del
Estado. A él dedicó sus obras preferidas: la República y, al final de
su vida, las Leyes. El tem a reaparece constantem ente en sus diá­
logos y en sus cartas.
La República
En la República. Platón inicia el tem a com o una discusión sobre
la justicia. Glaucón, uno de sus interlocutores, sostiene una teoría
63 Cf. W cm er Jaeger, Paicleia, p. 593.
Introducción a la historia de la filo so fía
G recia
sem ejante a la de Calióles en el Gorgias. Para ilustrarla cuenta la
historia de Giges, pastor lidio que llegó a ser rey. M ientras Giges
está apacentando sus ganados, abre la tierra un gran terrem oto.
En el fondo de una grieta descubre Giges un caballo de bronce den­
tro del cual está un cadáver con un anillo de oro en un dedo. Roba
Giges el anillo y va a la reunión de los pastores. Jugando con el
anillo, Giges se da cuenta de que cada vez que el anillo gira en su
dedo y tiene la cara dirigida hacia la palm a de la mano, se hace
Giges invisible. Va Giges a la corte del rey de Lidia y, aprovechan­
do las virtudes m ágicas del anillo, se introduce en las recám aras
del palacio real, conquista a la reina y. de acuerdo con ella, m ata
al rey y obtiene, m ediante el crim en, el trono de los lidios. La
lección que Glaucón saca de la fábula es bien simple: Giges, que
fue justo se corrom pe cuando se siente poseedor de la riqueza.
Así. no existen hom bres justos o injustos. Todos los hom bres, si
tuvieran la oportunidad que se le ofrece a Giges el pastor, se com ­
portarían com o él y tratarían de poseer más y de com eter una
injusticia cuando no pudieran obtener el objeto de sus deseos más
que por cam inos injustos. En cuanto a la justicia, se reduce a una
serie de convenciones a las cuales llegan los hom bres para orde­
nar la conducta de cada individuo dentro de la sociedad. La ju sti­
cia es así una convención y no una virtud nacida del fondo m ism o
del hombre.
A esta teoría se opone Platón com o Sócrates se opuso antes a
las doctrinas de Calicles. Y es que esta teoría de la justicia está
basada en una am bigüedad y en una contradicción. El gobernante
aun si no es perfecto, habrá de tom ar m edidas contrarias a sus
intereses propios. De hecho así sucede en la experiencia. Si así lo
hace el gobernante ello significa que no está determ inado por sus
intereses particulares tan sólo. El que gobierna mira, m ás que a
su interés, al interés de quienes gobierna. Sobre la ju sticia habrá
de basarse la teoría platónica del Estado, una justicia que sólo se
alcanza, aquí com o en Sócrates, m ediante la sabiduría.
Distingue Platón tres clases de hom bres: los de oro, los de pla­
ta y los de bronce. Los prim eros son gobernantes; los segundos,
los guardianes; los terceros, los cam pesinos y los artesanos. Com o
el alm a hum ana que describíam os m ás arriba, el Estado está for­
m ado por tres estratos: el de la sabiduría, correspondiente al co­
chero del alma individual, el de la acción, correspondiente al corcel
blanco, y el de los apetitos, coincidente con el corcel negro. Los
últim os, que son los cam pesinos y artesanos, nunca llegarán a ser
gobernantes del Estado. Para que sean agentes productores d ebe­
rán poseer una propiedad y tener una familia. Sólo la propiedad y
la familia serán los motores de la producción ya que el hombre, en
quien no faltan deseos e intereses, solam ente alcanzará a produ­
cir si tiene que m antener a los suyos y conservar lo que es suyo.
La clase más baja del Estado platónico es así una clase producto­
ra, propietaria y poseedora de una familia. No así la clase de los
guardianes. Éstos, para que realicen su labor con desinterés, d e­
berán carecer de bienes en esta tierra y tendrán una propiedad
com ún y una fam ilia com ún. Desposeídos de sus vínculos a la
tierra y de sus apetitos, los guardianes actuarán, no para su propio
bien particular, sino en vistas al bien común.
Por encim a de todos, el gobernante. ¿No decía Platón en el
Gorgias que el m ejor gobernante del m undo era Sócrates? Este
hom bre de oro que es el filósofo será el verdadero sabio. Y si su
sabiduría es perfecta, com o lo espera Platón, el gobernante no
tendrá necesidad de leyes puesto que él m ism o, que habrá visto el
sol al salir de la caverna, será capaz de saber, por puro acto de
sabiduría, cuál es la justicia y cuál es la verdad. El filósofo, el que
am a la sabiduría, am a toda la sabiduría y no tan sólo parte de ella,
y así deberá am ar la justicia, base y sostén de todo Estado. A de­
más. el filósofo, que es en realidad el sabio, ama la unidad y la
armonía. Ya vimos que para Sócrates nadie hace el mal voluntaria­
m ente y que el mal es sim plemente el resultado de la ignorancia. El
hom bre sabio, el filósofo, que tiene conocim iento absoluto y per­
fecto no podrá desear el mal ni ser causa de la injusticia.
Tal es el Estado perfecto en que soñaba Platón. Algunas veces
al hablarse de com unism o en relación a su teoría de la propiedad
y de la familia, se ha querido identificar la teoría platónica con el
socialismo y el com unism o de los siglos x ix y x x. Nada sería m ás
erróneo. Para Platón la com unidad de bienes solam ente puede
aplicarse a las clases más altas. El pueblo, esencialm ente produc­
tor. es tam bién esencialm ente propietario.
Pero si ésta es la estructura, el esqueleto del Estado platónico,
¿cuál es su dinámica?, ¿cuáles los elementos que lo ponen en m o­
vimiento? Porque es evidente que la m onarquía filosófica de Platón
no podía ser hereditaria. Los hijos de los filósofos no tendrían por
72
73
75
Introducción a la historia de la filo so fía
G recia
qué heredar necesariam ente la sabiduría de su padre. Para que
alguien pueda llegar a ser gobernante habrá de realizarse una se­
lección. Y este proceso de selección, que es el m otor m ism o del
Estado platónico, es la educación. La educación de los guardia­
nes habrá de basarse en la m úsica y la gim nasia. Estos térm inos
hay que tom arlos en el sentido que tenían en la época de Platón.
N otem os, ante todo, que am bos im plican una arm onía: la arm o­
nía del cuerpo en la gim nasia, la del alm a en la m úsica. Pero si la
gim nasia se reduce, com o lo indica la palabra, a los ejercicios cor­
porales. la m úsica en cam bio es una form ación espiritual que
com prende las letras, las artes y las ciencias. La m úsica consiste
así, en la enseñanza de lo verdadero para que se alcance a equi­
librar el espíritu del hom bre. De ahí que Platón, tan am igo de la
poesía en sus prim eros diálogos, diga en la República que a Ho­
mero debe ponérsele una corona de laureles y echarlo de la ciu­
dad. Y es que el poeta, para Platón y, en nuestros días, para los
Estados totalitarios, lleva consigo el peligro que entraña toda li­
bertad. Los poetas, im itadores de esta im itación que es nuestro
mundo, no pueden sino decir falsedades y entorpecer el ánim o de
los que los escuchan. Platón idealista es tam bién Platón censor.
M uy especial es la educación que se reserva al gobernante. Se­
rá, a grandes rasgos, la de los guardianes. Pero no podrá lim itarse
a ella. C onsistirá en una elevación constante hacia el ser. Según
Platón las ciencias que form arán el rey filósofo y darán arm onía
a su alm a serán, gradualm ente, las m atem áticas y especialm ente
la geom etría, la astronom ía, que enseña la perfecta ordenación
del universo y por fin, la dialéctica, es decir, la filosofía propia­
mente dicha. Es ella precisam ente la que perm ite esta “elevación
hasta el ser” de que se habla en la República.
dos posibles, tendrá que som eterse a las leyes de su pueblo y de
su nación. El Estado que se nos presenta en las Leyes tiene m ucho
en com ún con la República que sigue siendo el m odelo del Esta­
do platónico. Pero son im portantes las diferencias. A sí en las L e­
yes, Platón restituye a sus ciudadanos una propiedad lim itada y
hace obligatoria la fam ilia -s i bien m antiene la com unidad entre
los guardianes. Basado en la unidad de gobierno, pero tam bién
en la elección de los gobernantes, el Estado de las Leyes m ezcla
m onarquía y dem ocracia, unidad y elección. En la descripción
porm enorizada hasta los últim os detalles de las leyes y de su fun­
cionam iento, el últim o diálogo platónico anuncia ya los análisis
políticos de Aristóteles.
P latón, filó so fo del am o r y del ser, es tam bién el prim er
ideólogo de O ccidente. Su ideología social habrá de influir, va­
riada y a veces totalm ente transform ada, en el pen sam ien to
político de la Edad M edia, del R enacim iento y de los tiem pos
m odernos.
74
Obras de consulta
C o p l e s t o n , Frederick, History o f Philosophy, vol. I, Newman,
Westminster, 1948, pp. 127-265.
D e m o s , Raphael, The Philosophy o f Plato, Scribner’s, Nueva York, 1939.
D iè s , Auguste, Platon, Flammarion, París, 1930.
J a e g e r , Werner, Paideia, trad, de Joaquín Xirau y Wenceslaco Roces,
Fondo de Cultura Económica, México, 1957, pp. 458-778.
R o b in , Léon, El pensamiento griego, trad, de Joaquín Xirau, Cervantes,
Barcelona, 1935.
T a y lo r, A. E., Plato. The Man and His Work, Methuen, Londres, 1926.
Las Leyes
Ya el título m ism o del últim o diálogo platónico indica a las claras
un cam bio profundo. El rey filósofo de la República estaba por
encim a de todas las leyes y era él m ism o la ley. Platón, en sus
años viejos, ya no cree com o creyó en su juventud y en su m adu­
rez, en la perfección total del hombre. De ahí que en el último
diálogo piense que el filósofo, gobernante del m ejor de los Esta­
V. L a
m a d u r e z d e l a f il o s o f ía g r i e g a .
A r is t ó t e l e s
La batalla de M antinea (362), donde lucharon los tebanos contra
la coalición form ada por espartanos, atenienses y arcádicos pre­
cisa, con bastante exactitud, el fin del Estado-ciudad.
76
Introducción a la historia de la filosofía
La batalla de Mantinea produjo el resultado de que ningún poder
quedara en situación dominante. La hegemonía de Grecia iba ahora
a trasladarse al norte, y caer en manos de un poder que hasta enton­
ces había vivido prácticamente fuera del campo de la política
helénica. Tal era Macedonia, donde aún se conservaba la monarquía
de tipo antiguo, y donde el pueblo, vigoroso, se prestaba para edificar
un Estado guerrero. Allí Filipo ni acababa de subir al trono en 359.64
G recia
77
A partir del reino de Filipo y, sobre todo, de la política im pe­
rial de A lejandro, Grecia va a ser gobernada por el poder semiextranjero. A cabó la era de las ciudades libres y soberanas. Al
im perialism o m acedonio sucederá m ás tarde el im perialism o
rom ano. A punta Toynbee que tanto los m acedonios com o los ro­
m anos tuvieron en com ún un deseo de conquista y de explotación
de las tierras griegas. Pero apunta igualm ente que am bos im pe­
rios fueron transm isores de las ideas griegas y divulgadores de la
civilización helénica. Grecia, políticam ente vencida, se perpetúa
en M acedonia y en Roma.
En Estagira. pequeña ciudad dom inada por los m acedonios.
nació A ristóteles en el año 384. Se interesó desde joven por las
ciencias naturales. Uno de sus antepasados, E sculapio Nicóm aco, había sido uno de los grandes m édicos del m undo antiguo
en tanto que su padre era el m édico de Filipo II de M acedonia.
Aun en sus especulaciones m ás abstractas A ristóteles, a diferen­
cia de Platón, tendrá siem pre en cuenta los acontecim ientos del
m undo físico, hasta el punto de que muchas de sus obras perte­
necen m ás estrictam ente a la ciencia que a la filosofía. Este su
interés por los fenóm enos naturales contribuyó sin duda a fo­
m entaren su espíritu una filosofía realista, bien diferente del idea­
lism o platónico. Desde muy joven Aristóteles se integró a la ci­
vilización ateniense. Estudió en la Academ ia, guardó toda su vida
una adm iración profunda por Platón y afirm aba que su am or por
Platón sólo era inferior a su am or por la verdad. A pasionado co ­
mo todos los griegos por la vida pública, a instancias de Filipo.
aceptó el puesto de tutor de A lejandro. Gracias a la ayuda de éste
pudo escribir sus libros de historia natural, obra en la cual le
ayudaron los inform es que recibía de todas las latitudes del m un­
do helénico. Al separarse de A lejandro, cuando éste decidió em ­
prender la conquista de las tierras de Asia, A ristóteles se dedicó a
la enseñanza. Fundó en Atenas el Liceo, segunda gran escuela en el
m undo occidental, donde enseñaba a medida que cam inaba por los
jardines (de ahí el nombre de peripatéticos o paseantes que se sue­
le dar a los discípulos de Aristóteles). Murió en el año 322 en Caléis.
La obra de Aristóteles es -aparte algunos diálogos fragmentarios
escritos en plena ju v e n tu d - muy distinta de la de Platón. Escrita
en form a sistem ática, constituye una serie de verdaderos tratados
que son. al m ism o tiem po, una verdadera enciclopedia del saber
antiguo. A sí en A ristóteles se realiza, cuando ya Grecia entra en
plena crisis política, una de estas grandes sum m ae que, en el cur­
so de la historia, suelen servir de últim a m anifestación de una
época y de m aterial para que nuevos filósofos vengan a entresa­
car de ellas sus propias ideas.65
A ristóteles es, en verdad, el fu n d ad o r de la lógica. A las
ciencias naturales dedica una abundantísim a parte de su pro­
ducción, entre la cual deben destacarse el Tratado del Cielo,
De la generación y de la destrucción, y, adem ás un núm ero muy
considerable de pequeños tratados, el de Física, donde se discute
tanto cuestiones de ciencia natural com o de m etafísica. En el
cam po de la especulación pura escribió A ristóteles un segundo
libro de la física que dejó sin título. Sus com entadores y editores
del siglo i a. C. lo bautizaron con el nom bre de M etafísica, o
libro que sigue a la física. Este título pasó a la historia para de­
signar una de las partes de la filosofía. A la moral dedica dos
libros: La Ética nicom aquea y la Etica endem ia y a la teoría de
la ciudad el libro que precisam ente lleva el título de Política.
En la Retórica precisa las leyes del arte de convencer y con la
Poética inicia una serie de estudios sobre el sentido de la trage­
dia y la épica cuya influencia es poderosa hasta el siglo x v m y
no deja de estar presente en las discusiones que en nuestros días
se sostienen sobre el tem a de las artes. En conjunto, la obra de
A ristóteles sólo puede com pararse, por su calidad, con la de Pla­
tón. En cantidad, es la obra más vasta de cuanto escribieron los
griegos, en el terreno de la ciencia y la filosofía.
64
A. Pctric. Introducción al estudio de Grecia, trad. de Alfonso Reyes, Fondo de
Cultura E conóm ica, M éxico, 1956. p. 62. [Breviarios, 121.]
65
Cf. “Introducción” , supra (el conjunto de sus obras lógicas será conocido en la
Edad M edia con el título general de Organum ).
78
Introducción a lei historia de la filo so fia
Teoría del conocim iento y lógica
No es éste el lugar para dar un resum en de toda la lógica de
A ristóteles. Para ello encontrará el lector tratados especiales. Lo
que es conveniente, sin duda, es tratar de precisar aquellos ele­
mentos de su lógica que m ás contribuyen a fundam entar su filo­
sofía. Y es que la lógica aristotélica constituye en buena parte el
arm azón de todas sus especulaciones.
“Todos los hom bres tienden por la naturaleza al conocer.”
C on estas palabras se inicia la M etafísica de A ristóteles. Pe­
ro el conocim iento será tan sólo posible si nuestras ideas son
claras y definidas. P ara co n o cer es necesario definir y para d e ­
finir es ante todo necesario saber clasificar nuestros conceptos.
Una de las grandes aportaciones de A ristóteles a la historia de
las ideas es, precisam ente, su teoría de la clasificación y de la
definición.
C onsiderem os los térm inos “hom bre” y “anim al” . Es induda­
ble que el segundo es m ás general que el prim ero. En efecto, exis­
ten m enos hom bres que anim ales. Si pudiéram os contar el núm e­
ro de individuos que form a el reino anim al, veríam os que son
m ás que los que form an la especie hum ana. Considerem os ahora
los dos térm inos “seres vivos” y “anim al” . De nuevo resulta claro
que existen más seres vivos que anim ales. Así, hay térm inos más
generales que otros, térm inos que tienen un m ayor núm ero de
individuos que otros. En cualquier relación de dos térm inos dire­
mos que tiene m ayor extensión el que contiene m ayor número
de individuos y que tiene una extensión m enor el que contiene un
núm ero m enor de individuos. A nim al es un térm ino más extenso
que hom bre y ser vivo es un térm ino más extenso que animal.
Llam em os ahora género al térm ino que posee m ayor extensión y
especie al térm ino que posee m enor extensión. R esulta claro que
“ser vivo” es un género para la especie “anim al” , el cual, a su vez
es género para la especie “hom bre” . De la m ism a m anera “figura
geom étrica” es un género en relación con la especie triángulo y
éste, a su vez, un género en relación a la especie isósceles, escale­
no o rectángulo.
Si consideram os las diversas extensiones de los térm inos y de
las ideas que estos térm inos expresan, podrem os clasificar térm i­
nos y conceptos en una gradación que vaya de los más generales
G recia
79
a los m ás particulares, de los que poseen m ayor extensión a los
que poseen m enor extensión. En la cum bre de la clasificación de
todos los térm inos, tendrem os el concepto de ser. siem pre el más
general de todos, ya que el ser puede decirse de todas las cosas.
En la base de nuestra clasificación tendrem os a los individuos
cuya extensión es la unidad: Pedro, este triángulo, este árbol o
esta idea. Entre el ser, que siendo lo m ás general, no puede ser
especie de nada, y los individuos, que por su extensión lim itada a
la unidad no pueden ya ser géneros de nada más, estará toda la
relación dinám ica de los géneros y las especies.
La teoría de la clasificación conduce, com o de la m ano, a la
teoría aristotélica de la definición. Para definir un térm ino ha­
brá que tom ar en cuenta, en prim er lugar, el género próxim o y
después p recisar su d iferen cia esp ecífica. S up o n g am o s que
querem os definir el térm ino “hom bre”. El género próxim o es “ani­
m al” . Pero si decim os que el “hom bre es un anim al” , no hemos
acabado de definir al hom bre puesto que existen m uchos anim a­
les que no son hom bres. H asta aquí nuestra definición es de­
m asiado general e im perfecta. Para acabar de definir el térm i­
no. debem os buscar qué es aquello que le distingue de los otros
anim ales. Esta cualidad es la de poseer una razón. Si ahora uni­
m os el género próxim o a la diferencia específica podrem os decir,
con todo rigor: el hom bre es un anim al racional. De m odo sem e­
jante, si querem os definir un “triángulo” no bastará con el género
próxim o “figura geom étrica” , puesto que existen m uchas figuras
geom étricas que no son triángulos. Para precisar la definición de
triángulo habrá que buscar, aquí com o en el caso del “hom bre” ,
la diferencia específica.
Este procedim iento de definición se aplica a todos los térm i­
nos salvo uno: el ser. Y esto, por dos razones. La prim era es que
el ser, térm ino absolutam ente general, no puede referirse a nin­
gún género superior a él; la segunda es que siem pre que quisiéra­
m os definir el ser y tratáram os de decir que el ser es esto o aque­
llo. tendríam os que definir al ser m ediante el uso del verbo ser en
la definición misma, lo cual está contra todas las leyes de una
buena definición.
Gracias a su m étodo para clasificar y definir, A ristóteles alcan­
za a precisar, m ucho m ás que Platón, una teoría de la verdad.
Siem pre que encontrem os un térm ino poco claro habrá la posibi­
Introducción a la historia de la filo so fía
Grecia
lidad de precisarlo, clasificarlo y definirlo, y darle de esta m anera
una validez universal.66
cesario que entre ellos exista alguna sem ejanza. Así, el hom bre
concreto y el hom bre ideal presuponen la existencia de una se­
gunda idea (la de una relación entre los dos) y esta idea, a su vez
presupondría una sem ejanza entre ella y la idea correspondiente.
Así, acl infinitum. Entre estos hom bres concretos que se pasean
por una calle im aginaria de Atenas y su esencia, debería existir
una infinidad de relaciones y de ideas de estas relaciones. Lo cual
en lugar de explicar, m ediante la reducción de la pluralidad a la
unidad, de hecho agrava el problem a y lo hace infinitam ente in­
soluble.“ Si además tenem os en cuenta que la idea es general y
aquello de que es idea es siem pre particular, tendrem os que la
“anim alidad” será la idea del hom bre, el cual a su vez será la idea
del griego el cual, a su vez, será la idea del ateniense. D e seguir el
sistem a aristotélico de clasificación de los seres, resultaría que
cada género es la idea de las especies correspondientes: pero co ­
m o toda especie es a su vez un género, resultará tam bién, contra­
dictoriam ente, que cualquier ser es al m ism o tiem po, idea y co ­
pia. realidad e im itación, lo cual es, nuevamente, im posible por
contradictorio.
Si consideram os ahora la ineficacia del m undo que inventa
Platón -ineficacia, por lo dem ás, que estaba ya presente en los
argum entos an te rio re s-, deberem os d ecir que la hip ó tesis pla­
tónica es inútil. En efecto, si hay un m undo de ideas o esencias,
este m undo debe explicar todos los elem entos de nuestro mundo.
Así, habría ideas para lo herm oso, lo bueno, lo justo; pero habría
tam bién ideas para lo feo, lo m alo y lo injusto. De ser totalm ente
congruente. Platón debería aceptar la existencia de ideas para co­
sas negativas, lo cual va contra la perfección m ism a que Platón
encontraba en su m undo ideal; de no ser así, de explicar tan sólo
las partes positivas del m undo, es claro que Platón no explica las
cosas en su totalidad y se lim ita a discernir y encontrar una esen­
cia tan sólo para aquellas que considera positivas. En suma: el
m undo platónico de las ideas es ineficaz y, en realidad, inexisten­
te, porque, o bien explica el m undo en su totalidad y deja entonces
de ser perfecto o sigue siendo un m undo perfecto, pero explica
tan sólo la m itad de la realidad.
80
M etafísica
A ristóteles, principalm ente físico, estudioso de la naturaleza, no
podía aceptar la teoría platónica de las ideas. De aceptarla hubie­
ra tenido que concluir que el m undo que nos rodea es una “im ita­
ción” . una “copia” o incluso un sueño de otro m undo absoluta­
m ente real. Pero A ristóteles tenía un profundo apego a la realidad
concreta de los seres. Por debajo de todas sus objeciones a la
teoría platónica y com o subrayándolas es siem pre perceptible el
am or al m undo vivo que nos rodea: “en general los argum entos
en pro de las form as destruyen aquellas cosas por cuya existencia
más entusiasm o sentim os” .67
Sin em bargo, Aristóteles no se lim ita a afirm ar la existencia de
los seres concretos, sino que trata de dar argum entos para probar
que el m undo de las ideas no existe, y es una hipótesis inútil. Estos
argum entos pueden dividirse en dos grupos: los que sostienen
que el m undo de las ideas es lisa y llanam ente ilógico y contra­
dictorio; y los que declaran que la hipótesis platónica es ineficaz
para explicar el mundo.
Tom em os el ejem plo del hom bre, teniendo en cuenta que el
argum ento podría aplicarse a cualquier ente. De acuerdo con la
hipótesis de Platón tenem os en este m undo del devenir una m ul­
tiplicidad de hom bres cuya existencia se explica, en el m ás allá,
por una sola idea o esencia del hom bre en general. A hora bien
para poder com parar dos objetos (los hom bres y su idea), es ne­
66 L a filosofía aristotélica es, principalm ente, una filosofía del ser y de las distintas
m aneras, géneros y especies del ser. La estructura lógica que A ristóteles describe se
adapta con m ucha precisión al m undo aristotélico y nos da la estructura interna de su
realidad. Cuando A ristóteles afirm a que los individuos son las sustancias prim arias,
se refiere a los objetos (esta m esa, esta estrella o este hom bre) que encontram os en la
base m ism a de su teoría de la clasificación. Cuando dice que h s palabras generales
(m esa, estrella, hom bre, en general) son sustancias secundarias, ;,m existencia física a
las cuales llegam os por un proceso de abstracción y analogía, se refiere a los pensa­
m ientos generales (género o especies). C uando por fin se refiere a la prim era causa, al
prim er acto o al prim er m otor que es Dios, se está refiriendo al ser. E stos tem as pertene­
cen ya a la m etafísica de A ristóteles.
67 A ristóteles, M etafísica, A 990 b.
81
68
Este es el argumento que generalm ente se conoce con el nom bre de “argum ento del
tercer hom bre” .
Introducción a la historia de la filosofia
Grecia
El m undo paradisiaco de las ideas platónicas parece derrum ­
barse ante la crítica de Aristóteles.
Q ué desnudo el cielo de esencias perfectas. Con Aristóteles
entram os de lleno a la realidad inm ediata e individual de los se­
res que nos rodean. En ellos y a partir de ellos habrem os de des­
cubrir la sustancia del universo.69
estatura, la belleza o la form a de la nariz. Los prim eros son nece­
sarios. es decir, son de m odo que no podrían concebirse diferentes
a com o son: los segundos son contingentes, es decir, co n ceb i­
bles de m anera distinta a com o son. Es necesario que un hom bre
sea racional o viva en sociedad: es contingente que tenga el pelo
rubio, negro o castaño. En el prim er caso hablam os de la sustan­
cia del hom bre; en el segundo, de sus accidentes.
A sem ejanza de Platón. A ristóteles edificó su m etafísica sobre
la base de los elem entos necesarios de la realidad. A diferencia de
su maestro pensó que estos elementos necesarios son singulares y
se encuentran en las cosas mismas. La sustancia cuyo análisis es
el requisito indispensable para entrar en la m etafísica aristotélica,
se divide en tres clases: la sustancia “sensible y perecedera” , la
sustancia “sensible y eterna” y la sustancia “inm óvil” .71
82
La sustancia
La filosofía prim era, nom bre que Aristóteles daba a lo que se
llam ará m as tarde m etafísica,70 se ocupa de los prim eros princi­
pios y las prim eras causas de las cosas. En ella, A ristóteles, no
trata sólo de explicar el cóm o del universo, sino el porqué de las
cosas y de los hom bres. En efecto, la palabra “causa” no sólo se
refiere al agente capaz de producir un efecto, sino que signifi­
ca tam bién la razón de ser. el porqué de una cosa. La m etafísica
aristotélica es una teoría del ser. una ontología. A hora bien, en
rigor, preguntarse sobre el sentido del ser equivale a tratar de ex­
plicar la sustancia del universo, siem pre que entendam os por sus­
tancia el sustrato último, la base o punto de apoyo de la realidad.
A sí, A ristóteles no se ocupa de aquellos elem entos del ser que
pueden ser variables y contingentes, sino de aquellos que son
constantes y com unes a todos los individuos. Aristóteles no trata
de definir los accidentes, sino las sustancias. ¿Q ué significado
tiene esto en un caso concreto? Si consideram os a los hom bres,
verem os que tienen aspectos com unes que pertenecen a su defi­
nición misma: la inteligencia, la razón, el hecho de vivir en socie­
dad. O tros elem entos, en cam bio, son variables: com o el color, la
69
Hay que notar, por una parle, que la contraposición entre Platón y A ristóteles 110
es tan radical ni tan absoluta com o aparece a prim era vista: tam bién Platón se interesa
por el m undo sensible: tam bién A ristóteles acabará por tratar de probar la existencia de
un m undo p erfecto en el ser que es Dios. Por otra parte es interesante notar que la
m ayoría de las objeciones que A ristóteles desarrolla contra Platón se encuentran ya en
uno de los diálogos platónicos, el Parménides. Para el lector que se interesa en el detalle
del desarrollo del pensam iento platónico recom endam os la lectura lanto de este diálogo
com o del Sofista y el Filebo que son la respuesta platónica, avant la le ttr e .d la s objecio­
nes de A ristóteles.
10
De hecho A ristóteles distingue entre "filosofía prim era” , “teología" y “ciencia del
ser en cuanto ser” . La ecuación aquí expresada es, de todos m odos, la m ás clásicam ente
aceptada.
83
La sustancia sensible perecedera
Con los térm inos de “sustancia sensible perecedera” Aristóteles
se refiere a las cosas del m undo cam biable e individual que nos
rodea. Todas ellas tienen un principio, un desarrollo y un fin y a
todas ellas puede atribuirse el venir a ser y el dejar de ser, el
generarse y el corrom perse, es decir, el cambio.
A ristóteles, com o antes Heráclito o Parm énides. Em pédocles
o Platón y por las m ism as razones que ellos, quiere explicar el
cam bio. Y tam bién com o para Heráclito y Platón el cam bio es, en
A ristóteles, paso entre estados contrarios. Sin em bargo. A ristóte­
les es más preciso que sus antecesores. No se contenta con afir­
m ar que el cam bio proviene de la existencia de los contrarios
(alto y bajo, vida y m uerte, luz y tinieblas), sino que explica muy
a las claras: 1. que el cam bio sólo puede existir entre seres de una
m ism a especie: 2. que el cam bio no sólo existe entre los contra­
rios, sino tam bién entre los interm edios.
Es evidente que ningún tipo de cam bio puede surgir si consi­
deram os seres de especies diferentes: una piedra no se trueca en
71 Nos ocupam os en lo que sigue de la prim era y la tercera sustancia. La sustancia
sensible eterna es la de los astros y de las esferas celestes que Aristóteles consideraba, al
m ism o tiem po, com o seres del m undo sensible y com o entidades eternam ente idénticas a
sí m ism as en su m ovim iento circular.
Introducción a la historia de la filo so fía
G recia
árbol ni un elefante en horm iga. Si el cam bio significa genera­
ción y desarrollo, el árbol sólo podrá producir árboles y el “hom ­
bre dar nacim iento al hom bre” . A sí el cam bio se realiza entre
seres de una m ism a especie. Por otra parte, el cam bio no se reali­
za únicam ente entre contrarios absolutos: de ser así el cam bio en
la vida hum ana o en el desarrollo de una planta provendría tan
sólo de su principio y de su fin. El cam bio real, el cam bio concre­
to y vivo se hace no sólo entre los contrarios extrem os sino entre
los estados interm edios: no sólo cam bia el hom bre entre nacer y
m orir, sino que cam b ia tam bién entre los dos años y los tres
años de edad o entre este instante en que se escribe o se lee y el
instante inm ediatam ente posterior.
H asta este punto hem os podido tener la im presión de que ex­
plicábam os las causas del cam bio. Sin em bargo, la explicación
es incom pleta. Y lo es porque los contrarios, considerados en sí
m ism os no cam bian (¿cóm o pensar que cam bia el hecho de
nacer o el hecho de m orir?) y así, al explicar el cam bio por los
contrarios tan sólo tenem os en cuenta sus condiciones de princi­
pio y fin, pero no el cam bio mismo. Hemos podido establecer los
extrem os de un cam bio, com o si consideráram os únicam ente el
principio y el fin de una línea, pero no la línea m ism a. D ebem os
buscar, com o dice A ristóteles, algo en la base que cam bie adem ás
de los contrarios. Para explicar, no ya las condiciones lím ites del
cam bio, sino el sentido del cam bio m ism o, A ristóteles introduce
las nociones de potencia y acto, y precisa el sentido de las causas.
árbol, acto en cuanto vive, es también potencia si pensam os en las
sem illas, las ramas, o los frutos q u e puecle producir. Por otro lado,
el acto no es tan sólo un hecho com pleto: es, m ás bien, un m ovi­
miento. Lo cual equivale a decir que cuando A ristóteles habla de
los seres de la naturaleza los ve, no com o seres definidos, inm ó­
viles y hieráticos, sino m ás precisam ente, tal com o son en su
m ovim iento. El acto, si por una parte es realización, es, por otra
parte y fundam entalm ente, actividad, dinam icidad, m ovim iento.
Queda así sucintam ente descrito el cóm o del cam bio. En resu­
midas cuentas el cam bio es el proceso que va de la potencia al
acto entre dos contrarios o dos o más interm edios entre estos co n ­
trarios. Pero esta explicación del cam bio es todavía m ás física
que m etafísica. En ella A ristóteles ofrece una descripción de los
hechos pero no acaba de explicar, en rigor, por qué suceden es­
tos hechos; es decir, explica el cam bio, pero no las causas del
cambio. ¿Cuáles son estas causas? Antes de entrar en la descrip­
ción de las m ism as es necesario definir con m ayor precisión
la palabra “causa” y es útil, una vez definido el térm ino, em pezar
por un ejemplo.
La palabra “causa” puede em plearse principalm ente en dos
sentidos. El primero, y el m ás com ún de todos, es el de un en­
te que es capaz de producir el m ovim iento de otro ente. En este
sentido podrem os decir que el m ovim iento de la m ano es la causa
del m ovim iento del vaso o que los padres son la causa de sus
hijos. El segundo indica que alguna cosa o alguna idea es la “ra­
zón de ser” de alguna otra cosa o idea. En este sentido podrem os
decir que un axiom a es la causa de un sistem a geom étrico o que
la ley de la gravedad es la causa de la caída de los cuerpos. Así
entendida, la causa es la explicación última de un hecho, su condi­
ción de ser. su principio. Pues bien, es en este segundo sentido de la
palabra que debemos entender ahora el término que usa Aristóte­
les. La causa será. así. la condición de posibilidad del ser.
Supongam os que querem os construir un barco y que, prim e­
ro, querem os saber qué es lo que necesitam os para su construc­
ción. Será necesario, en prim er lugar, disponer de una serie de
m ateriales (m adera, m etales, tela para las velas). Estos m ateriales
no podrán, por arte de magia, construir el barco. Su construcción
requerirá el esfuerzo de un grupo de trabajadores. Con éstos y el
m aterial, tendrem os ya dos elem entos im portantes para llevar a
84
La potencia, el acto y las cuatro causas
La potencia es, en térm inos generales, la capacidad de una cosa
para m odificarse; el acto es la realización de esta capacidad. En
una sem illa está inscrita la posibilidad de que la sem illa se trans­
form e en árbol; no está en ella, sin em bargo, el árbol. Así, pode­
mos decir que la sem illa contiene al árbol en potencia. El árbol,
ya nacido y en m ovim iento de vida, será el acto o la realización
de esta potencia. Es im portante señalar que todos los seres son, al
m ism o tiem po, potencia y acto, si bien no lo son en el m ismo
sentido. La sem illa, en efecto, es potencia en cuanto al árbol po­
sible que pueda nacer de ella, pero es acto en cuanto sem illa; el
85
86
Introducción a la historia de la filosofia
Grecia
buen fin nuestro plan; im portantes, pero tam bién insuficientes.
Los trabajadores, ante los m ateriales, podrían hacer un barco, una
m esa o un perchero. Para que de veras construyan un barco será
necesario un plano y una idea general de lo que es un barco. Pero
aun así. los elem entos con que contam os siguen siendo insufi­
cientes. Para que se construya este barco, el único barco que nos
interesa construir, será por fin necesario tener un plan específico
y preciso de la clase de barco que querem os, de sus m edidas, de
su uso y de su finalidad.
Son así necesarias cuatro causas, cuatro razones que perm iten
que el barco llegue a ser este barco preciso y no un ser a medias.
Llam am os a la prim era causa (m adera, m etales, velas) la causa
m a terial; a la segunda (trabajadores), causa eficiente; a la tercera
(esencia del barco), causa form al: a la cuarta (plan específico
para este barco), causa fin a l.12
Si generalizam os lo que acabam os de ver en estos dos ejem ­
plos podrem os llegar a la conclusión de que cualquier ente sen­
sible y perecedero necesita estas cuatro razones o causas para
existir. L legarem os tam bién a la conclusión de que por lo m e­
nos en el caso de los entes naturales estas cuatro causas pueden
reducirse a d o s .'3
La causa material, sin llegar a tener una existencia (por sí m is­
ma), puede considerarse aparte en el m om ento en que la analiza­
mos. E lla es la posibilidad de cualquier ser sensible y, en cuanto
tal no tiene verdadero ser. Las otras tres causas (eficiente, formal
y final) pueden fácilm ente reducirse a una sola. Este pino es, en
efecto y al m ismo tiempo, energía y m ovim iento, form a o esen­
cia y fin en sí mismo: o si se quiere, en este pino concreto, la
energía y la form a tienden precisam ente a realizar este fin con­
creto. C uando querem os hablar de las causas de los seres sensi­
bles y perecederos será suficiente decir que están com puestos de
form a y materia. La m ateria constituye su posibilidad de ser: la
form a la realización plenaria de su acto de ser. Así. la m ateria y
la form a son inseparables y si las separam os es tan sólo gracias a
un esfuerzo de análisis intelectual, com o el que realizam os para
entender las partes que com ponen un organism o. Pero el organis­
mo es uno. Como, por otra parte, no podem os conocer un orga­
nism o sólo por sus posibilidades, es decir, por su m ateria, es
necesario conocerlo por su ser, es decir, por su forma. La form a
es, así. lo que en un organism o dado define y precisa los contor­
nos del organism o. Es. en otras palabras, su esencia.
Platón, al tratar de explicar el universo, tuvo que salirse de él y
buscar las esencias de las cosas en ideas o form as universales de
las cuales el m undo sensible era un m ero reflejo. A ristóteles, en
cam bio, ha hecho bajar a las ideas de su cielo, las ha querido ver
en las cosas m ismas, y allí, en las cosas m ism as, las ha situado
com o entes dinám icos e individuales. La esencia de un ser es tan
sólo universal cuando hablam os de ella, puesto que nuestro len­
guaje tiende a unlversalizar y a expresarse en térm inos generales.
En sí m ism a, la esencia de un objeto es siem pre esta esencia. Tal
es el realism o de Aristóteles. Para él hay que encontrar el dina­
m ism o de la realidad en este m undo eterno, herm oso, variable y
sensible. ¿N o era ésta su intención cuando hablaba, con amor, de
“aquellas cosas por cuya existencia más entusiasm o sentim os” ?
; Los térm inos aquí em pleados son de origen medieval, pero responden cabalm ente
a los térm inos griegos que em pleaba Aristóteles.
73
En el caso de seres artificiales, com o el barco, las cuatro causas son distintas y
pueden decirse que son, en varios casos, extrínsecas al objeto. Así, los trabajadores, la
esencia y el fin del barco no son el barco. No sucede lo m ism o en el caso de los seres
naturales. En ellos las razones o causas son intrínsecas. E ntran, por así decirlo, en el
plan de la naturaleza. El agua, la savia, la esencia o especie de árbol viene a realizarse y
a com ponerse en este pino; no eslá fuera de él, sino en él.
87
La sustancia inmóvil
Ya hem os visto que, desde H eráclito y P arm énides, el tem a
central de la filosofía griega es el de la explicación del devenir.
Por tratar de explicarlo, lo afirm aba Heráclito com o único fun­
dam ento de la realidad y lo negaba Parm énides. Para explicarlo.
Platón tenía que edificar toda su teoría de las ideas. No escapa
A ristóteles a esta tentativa de explicación.74 ¿Q ué es lo que pro­
duce el m ovimiento cuyo sentido hemos tratado de precisar? ¿Cuál
74
Problem a que no es exclusivo de los griegos. La ciencia de todas las épocas ha
tratado de explicar: a) el m ovim iento por leyes constantes, y b) la m ultiplicidad de los
hechos naturales m ediante la unidad de una ley. Por lo dem ás, en nuestros días el p ro ­
blem a del m ovim iento persiste, si bien bajo una nueva forma: la del tiem po. Preocupa­
da por el acontecer hum ano, por el tiem po que nos lleva de vida a m uerte, la filosofía
m oderna ve principalm ente el problem a del m ovim iento en cuanto éste se refiere a la
existencia hum ana, a su sentido y a su finalidad.
Introducción a la historia de la filo so fia
Grecia
es la causa de todo m ovim iento? ¿C uál es, igualm ente, el sentido
y el fin de cuanto se mueve ?
A estas preguntas quiere responder A ristóteles en repetidas
ocasiones, tanto en la Física com o en la M etafísica. Veamos su
razonam iento.
Todo m ovim iento requiere la existencia de un móvil y de un
motor. El hijo no existiría sin los padres que le dan m ovim iento y
vida, ni el árbol sin la sem illa, ni la velocidad de una flecha sin el
im pulso de brazo y arco. A hora bien, el m otor, el ser que otorga
el m ovim iento a otro ser es a su vez un ser en m ovim iento que
requiere de la existencia de otro motor. A sí el árbol, m otor de la
sem illa, es m ovido por la sem illa que lo produce. El tipo de rela­
ción m óvil-m otor, sem illa-planta, padre-hijo, parece llevarnos a
una serie infinita previa a cualquier ser. Y es precisam ente esta
infinita regresión lo que hace decir a Aristóteles que debem os
detenernos. Pues en efecto ¿qué sucede si decimos que la causa de
los m ovim ientos actuales, cualquiera que ellos sean, es en reali­
dad una serie infinita de causas? La serie infinita es inconcebible,
porque de aceptar su existencia, negaríam os la existencia del
m undo real que nos rodea. Si dijéram os que lo que se mueve, es
decir, la naturaleza toda, tiene una infinidad de m otores, ello que­
rría decir que el m undo en que vivim os habría debido recorrer
una infinidad de form as de ser antes de llegar a ser lo que ahora
es. Si así fuera, si el m undo hubiera tenido que venir de una serie
infinita, nunca habría podido llegar a ser com o es ahora, puesto
que el infinito no puede recorrerse. Y llegaríam os a esta extraña
contradicción: este m undo que nos rodea estaría al m ism o tiem po
aquí e infinitam ente lejos de donde está. C ualquiera de nosotros,
cualquiera de las cosas que nos rodean y todas ellas en su co n ju n ­
to. serían una presencia infinitam ente ausente, infinitam ente
alejada de llegar a ser. Lo cual equivaldría a afirm ar que el m undo
real es a la vez irreal. Para no tener que llegar a tam aña contradic­
ción debem os adm itir que existe un prim er motor.
En otras palabras, puesto que todo m óvil está en potencia en
relación con su m otor (lo está la sem illa en relación con el árbol,
lo está el universo entero en los m ovim ientos anteriores que lo
producen), habría que aceptar, de aceptar la existencia de una
serie previa infinita, que todo lo que vem os está en potencia.
Lo cual es contrario a lo que nos han dictado los hechos mismo.
El m undo real está en acto y la potencia requiere siem pre la pre­
sencia de un acto. Para que no se prolongue al infinito la relación
acto-potencia, hay que pensar que existe un prim er acto.75
¿Cuál es la naturaleza de este prim er motor, de este prim er
acto? Si el prim er m otor se m oviera, requeriría, a su vez de otro
m otor que lo pusiera en m ovim iento y volvería a plantearse el
problem a de una infinita serie de m otores. Si querem os evitar la
contradicción a que conduce esta infinidad debem os aceptar que
el prim er m otor es inmóvil. Debemos aceptar, igualmente, que este
prim er m otor no puede m over nada. Si el prim er m otor fuera cau­
sa activa de otros movimientos debería él mismo estar en movi­
miento. Pero si suponemos que el prim er m otor está en m ovimien­
to suponem os tam bién que algo debe ponerlo en m ovim iento y
volvemos a caer en el problema de la infinidad de causas. Para evi­
tar la contradicción llegam os a esta doble afirm ación de aparien­
cia paradójica: el prim er m otor es inm óvil y, al m ism o tiem po,
incapaz de producir activamente movimiento alguno. Tal es la idea
aristotélica de un Dios inm óvil, indiferente al m undo, pura pre­
sencia ordenada ante un m undo en eterno m ovim iento. Dios es
concebido por A ristóteles com o acto puro y com o este m otor in­
móvil al cual nos conduce el análisis de todos los m ovim ientos
de esta Tierra. Pero concebir a este Dios en su indiferencia y su
inm ovilidad, es todavía insuficiente. A ristóteles piensa que Dios,
debe ser puro pensam iento. ¿N o es acaso el pensam iento el ú n i­
co tipo de actividad que no requiere m ovim iento físico? Pero
este Dios piensa, no puede ser pensam iento de algo exterior a él.
Si pensara, fuera de sí, las cosas de este m undo, estaría vincula­
do al cam bio y de estarlo, habría que concebirlo, nuevamente,
com o un ser que no sólo m ueve a los dem ás seres sino que es a
su vez m ovido por un m otor que requeriría la m ism a serie infi­
nita y contradictoria de los seres. ¿Q ué tipo de pensam iento po­
dem os atribuir a este Dios de A ristóteles? Ú nicam ente un pensa­
m iento que se piensa a sí mismo. Si creem os, en efecto, que Dios
es “la m ejor sustancia”, “piensa acerca de aquello que es más divi­
no y precioso” de tal m anera que su “pensamiento es pensamiento
del pensam iento” .76
88
89
75 El m ism o argum ento puede aplicarse a la noción de causa para llegar a la prim era
causa.
76 A ristóteles, M etafísica, XII, 1074. b.
90
G recia
Introducción a la historia de la filo so fía
Parece que hem os llegado al m áxim o de la paradoja. Tratába­
mos de encontrar un ser que explicara el m ovim iento de las co ­
sas. Pero ¿cóm o explicar este m ovim iento m ediante la existencia
de este Dios inm óvil, perfecto y al m ism o tiem po lejano de toda
intervención en el orden del m undo? La explicación de esta para­
doja es más sencilla si recordam os que las tres causas -eficiente,
form al y fin a l- pueden reducirse a una sola causa. Lo que hem os
afirm ado hasta ahora es que Dios no es causa de este m undo si
por causa entendem os tan sólo la causa eficiente, la que provoca
activam ente un m ovim iento y un cam bio. Pero Dios se puede
concebir igualm ente com o causa final. Si así lo concebim os, en
toda su perfección, entenderem os m ás claram ente lo que A ristó­
teles quería decir cuando trataba de explicar el m undo m ediante
la existencia de este prim er m otor inm óvil. Dios, ser absoluta­
m ente perfecto, es una suerte de m odelo para todas las cosas. Y
com o m odelo que es, todas las cosas se m ueven com o por una
tendencia a seguir la perfección del m odelo del mundo. Así, el
D ios aristotélico, que no puede ser la causa eficiente de cosa al­
guna. es aquello por lo que todas las cosas se mueven cuando
quieren, conscientem ente o no, realizar su propio fin y su propia
perfección.77 Tal es el llam ado finalism o de Aristóteles: la ten­
dencia de todas las cosas a realizarse de la m ism a m anera en que,
suprem am ente, es Dios una realidad. Lo cual no quiere decir que
las cosas vayan a ser Dios o sem ejantes a Dios. Quiere decir sen­
cillam ente. que por la existencia de este Dios, m odelo de to­
dos los seres, cada cosa se realizará de acuerdo con sus propias
perfecciones más o menos lim itadas.78
77
Es difícil entender esta noción aristotélica de la divinidad, y lo es principalm ente
porque estam os definitivam ente influidos por el concepto cristiano de un Dios que es a
la vez infinito y perfecto, ser suprem o y tam bién suprem o creador. Creo que es este un
caso claro en que debem os pensar más allá de lo que nos lia enseñado nuestra tradición.
Para los griegos, las dos nociones de infinitud y perfección, que están para nosotros
íntim am ente ligadas, eran no sólo distintas sino irreductibles. Lo perfecto -p o em a, es­
tatua o D io s- era para los griegos precisam ente aquello que tenía lím ite. Por otra parle,
y salvo en algunos escritos de Platón -principalm ente el Tínico-, es difícil encontrar entre
los griegos la noción de un Dios creador. Así, el Dios aristotélico es com o el últim o
refinam iento de una tradición m onoteísta que vim os em pezar con los prim eros filóso­
fos, agudizarse en Jenólanes y perfilarse en Platón.
7i No se crea, sin em bargo, que A ristóteles habla de Dios siem pre en estos m ism os
térm inos abstractos y en verdad fríos. Aristóteles trató de dem ostrar la existencia de
Dios. El argum ento que em plea será de una influencia definitiva en la Edad M edia, en el
91
El hombre
Todos los seres vivos tienen un alm a, si por alm a entendem os
aquel acto primitivo de un cuerpo natural que tiene la vida en
potencia. No todos los seres vivos, em pero, tienen alm as idénti­
cas. La descripción del alm a hum ana nos perm itirá ver lo que
tiene en com ún con los dem ás seres naturales y aquello que la
distingue de los dem ás seres, es decir su diferencia específica.
En el nivel más elem ental de nuestra vida encontram os un as­
pecto del alm a que A ristóteles designa com o el alma nutritiva.
En ella se encuentra la capacidad de asim ilar para vivir, y esta
capacidad es com ún no sólo al hom bre y a los anim ales, sino a
todos los seres vivos. En un nivel m ás alto, encontram os el alma
m otriz capaz de darnos m ovim iento, que nos es común con los
anim ales. El alm a sensible, si bien com ún a hom bres y anim ales
superiores en cuanto a capacidad de recibir sensaciones, es tam ­
bién, en cuanto a capacidad de tener una conciencia primitiva,
más típicam ente hum ana. Pero lo que distingue al hom bre de
los anim ales es el pensam iento que Aristóteles considera bajo dos
aspectos: el intelecto pasivo y el intelecto activo. El intelecto pa­
sivo es la capacidad de recibir las form as o las esencias de cosas,
es com o la capa de cera donde vienen a inscribirse las form as de
las cosas sensibles. El intelecto activo es, en cambio, la actividad
que reflexiona sobre estos datos, la actividad que los reduce a
pensam iento abstracto y conceptual. Es esta form a del intelec­
to la que nos distingue de los anim ales y la que nos define co ­
m o hom bres. Decir que el intelecto activo es aquello que nos
define, equivale a decir que el intelecto activo es nuestra form a
R enacim iento y aun en la filosofía del siglo x v n . Pero m ás allá de este concepto de
D ios, está presente en A ristóteles el sentim iento hacia Dios. Además del D ios de la ra­
zón, A ristóteles piensa en el "D ios sensible al corazón" de que hablará en el siglo x v n
Pascal. Así, al finalizar sus dem ostraciones, en el libro X I I de la M etafísica. A ristóteles,
pensando en esta divinidad perfecta, canta u n a suerte de him no al Dios vivo: "Si Dios
está siem pre en este estado de bondad en que nosotros estam os a veces, ello nos mueve
a la adm iración: y si esta bondad suya es mayor, ello nos mueve más aún a adm iración.
Y Dios está en un estado mejor. Y la vida pertenece tam bién a Dios; pues la actualidad
del pensam iento es vida, y Dios es esta actualidad; y la actualidad divina que sólo d e ­
pende de sí m ism a es una vida absolutam ente buena y eterna. Decim os, pues, que Dios
es un ser vivo, eterno, absolutam ente bueno, de tal m odo que la vida y la duración
continua y eterna pertenece a D ios, porque esto es D ios". (M etafísica. X I I , 1072-b.)
Introducción a la historia de la filosofia
G recia
o nuestra esencia. Y es que el alm a es, para A ristóteles, p reci­
sam ente la esencia del cuerpo, su form a m ism a. En el alm a
hum ana, en el intelecto activo, encontram os la m ás alta realiza­
ción de la naturaleza, porque el intelecto activo es. precisam en­
te el intelecto que está siem pre en acto, que es siem pre idéntico
a sí m ism o, aquel aspecto de los seres vivos que más se asem e­
ja al m odelo de todas las cosas que es el prim er motor. Por ser
un acto, este intelecto activo debe ser inm ortal, ya que todo lo
que perece es siem pre com binación de potencia y acto, cap aci­
dad de vida y de m uerte, de generación y corrupción. El alm a
hum ana, en su aspecto m ás alto es inm ortal. Pero com o este
intelecto activo es el que tenem os todos por igual, puesto que
nos define a todos igualm ente com o seres racionales, esta in­
m ortalidad de que habla A ristóteles no es una inm ortalidad per­
sonal. Sólo la razón pura, idéntica en todos los individuos, es
capaz de una perm anencia m ás allá de la vida separada de ca ­
da persona.
Tal es el puesto del hom bre en el universo. Su alm a, la más
alta de cuantas existen en la naturaleza, es tam bién el aspecto por
el cual el m undo, a través del hom bre, más claram ente se aproxi­
m a a Dios.
Todos los hom bres buscan la felicidad y la felicidad es “una
actividad del alma en concordancia con la virtud perfecta”.79 C uan­
do tratam os de averiguar cuál es el sentido de la vida moral es
indudable que lo que debem os precisar prim ero es el sentido de
la virtud.
Es de notarse que en este punto, com o en todos los an terio ­
res A ristóteles se m uestra m ucho m ás realista que Platón. A ris­
tóteles afirm a que la felicidad es siem pre una form a de placer
siem pre que no se en tien d a por placer la búsqueda de todas las
satisfacciones aparentes. El placer verdadero reside en la reali­
zación de la esencia propia, en el perfecto funcionam iento de
aquello que nos distingue de los otros seres: es decir, el placer es,
para el hom bre, el ejercicio de la razón. Así, la virtud será siem ­
pre de orden racional.
En efecto, la virtud no puede ser una pasión. La pasión, en el
sentido estricto de la palabra, es aquello que padecem os. La pa­
sión no depende de nosotros: se nos impone. La virtud m erece
elogios y el vicio merece condena. La virtud no es por lo tanto algo
que se nos im pone, sino algo que podem os aprender y desarrollar
m ediante nuestra actividad racional. La virtud no es tam poco una
potencia ya que las potencias -c o m o las diferentes facultades del
a lm a - son innatas y la virtud se adquiere m ediante el esfuerzo.
Hasta aquí el género próxim o de la virtud. En cuanto a su dife­
rencia específica, es decir su esencia misma, cabe decir que la
virtud es la aptitud que podem os adquirir para ejercer una acción
deliberada y libre. En otras palabras: no som os responsables de
nuestras pasiones ni de nuestras facultades. La virtud, en cam bio,
es nuestra responsabilidad misma.
Ahora bien, si la virtud, fin de toda felicidad, sigue nuestra
esencia de seres racionales, es indudable que la virtud excluye
todos los actos exentos de razón, dom inados por la pasión, las
em ociones o. en general, nuestra vida irracional. Esta irracionali­
dad puede presentarse tanto por exceso com o por defecto. Es tan
irracional proceder por defecto de valor, es decir, por cobardía,
com o por exceso, es decir, por tem eridad: tan irracional es tam ­
bién el exceso a que lleva la riqueza com o su defecto, la avaricia.
La virtud, racional y voluntaria, debe residir en un ju sto m edio
92
M oral y política
Explicar lo que som os, no explica todavía lo que debem os ser ni
en lo individual ni en lo social. La moral y la teoría del Estado
vienen a responder a este problem a central de toda filosofía: ¿qué
debem os hacer?, ¿cuál es nuestra obligación moral com o indivi­
duos y com o ciudadanos?
Hay que notar, en prim er lugar, que el hombre es un anim al
social, y no a la m anera de las abejas o de las horm igas, que viven
en sociedad tan sólo por seguir su instinto, sino a la m anera espe­
cífica de los hom bres, que es siem pre un m odo de vivir de acuer­
do con la razón. La m oral individual es para Aristóteles, com o
antes lo fue ya para Platón, inseparable de la vida política, de la
vida de la ciudad. Es en este sentido que la Etica nicom aquea
tiene su segunda parte en la Política.
79 A ristóteles, Ética nicomaquea, I, 1102. a.
93
95
Introducción a la historia de la filoso fía
Grecia
entre los extrem os siem pre irracionales. Si aceptam os estas
prem isas será necesario realizar un cálculo de las virtudes puesto
que la virtud de un acto estará siempre garantizada por la renun­
cia a los extrem os posibles a que puede conducir la sinrazón. Y
si decim os que es posible, y tan sólo posible, es que sem ejante
cálculo no es siem pre fácil en nuestra vida. El justo m edio no
es el acto m ediocre entre dos extrem os m ás o menos atractivos.
Por el contrario, puede ser y suele ser el acto más difícil. El valor
es más difícil que la cobardía o la tem eridad. ¿No es acaso más
fácil actuar frente a la m uerte m ediante la huida o m ediante la
tem eridad que em biste al peligro sin reflexión de ninguna clase?
¿N o es. en efecto, difícil arrostrar un peligro con clara conciencia
del peligro y con una decisión reflexiva y voluntaria ante sus am e­
nazas? El ideal aristotélico del justo m edio es acaso más inteligi­
ble si se lo com para con lo que los ingleses llaman self-control. La
virtud de que hablan los griegos se sem eja a la virtud aristocráti­
ca del gentleman inglés, o a la virtud igualm ente aristocrática, del
hijodalgo de la tradición española. Virtud para los griegos del siglo
IV . los españoles del siglo X V I o los ingleses del siglo X V III, es
precisam ente una suerte de “nobleza que obliga”, que nos obliga
a com portarnos según la esencia definida por la razón, el buen
sentido, no por bueno com ún.
Si la felicidad es el fin de los individuos no lo es menos de la so­
ciedad que los individuos integran. La preem inencia de la socie­
dad sobre el individuo es clara en Aristóteles. ¿Cóm o pensar que
la parte es anterior al todo? ¿C óm o pensar que esta parte que cada
individuo constituye es anterior en su validez, a la sociedad don­
de este individuo vive? Cuando preguntamos cuál es la condición de
la felicidad individual, debemos encontrarla en la vida común, en la
sociedad y en el Estado. A sí lo afirm a A ristóteles al principio de
su Política: “Todo Estado es una com unidad de algún tipo y toda
com unidad se establece con vistas a algún bien, porque los hom ­
bres siempre actúan para obtener aquello que consideran bueno” .80
Así. la Política no es sólo la segunda parte de la Ética nicom aquea
sino m ás exactam ente su condición de posibilidad misma.
De nuevo aquí. A ristóteles es m ás realista que Platón y buena
parte de la Política es una crítica de la República. La crítica que
A ristóteles dirige a Platón es repetidam ente la m isma: la R epú­
blica es falsa, no tanto porque haya en ella contradicciones lógi­
cas. sino porque es irrealizable. ¿C óm o concebir una sociedad
donde los hijos pertenecen a la com unidad sin ir contra la natura­
leza m ism a de la fam ilia? ¿Cóm o im aginar que si un individuo
dentro del Estado puede decir “todo es m ío” , esta com unidad lle­
vará a la felicidad? ¿N o sería más exacto pensar todo lo contrario?
¿C óm o no ver que si decim os que “todo es m ío” esta afirm ación
nos pone en guerra contra todos nuestros vecinos cuando ellos
tam bién afirm an esta totalidad de sus propiedades?
Ante la im posibilidad del Estado platónico. Aristóteles prefie­
re dar los resultados de sus investigaciones concretas. A ristóteles
estudió ciento cincuenta y ocho constituciones de otras tantas ciu ­
dades griegas. Su análisis, aquí com o en la m etafísica o en la
teoría del alma, em pieza por los hechos. Su teoría de la sociedad
procede m ediante inducción y no por deducción. La Política de
A ristóteles es m enos una teoría que una exposición razonable
de los hechos. Estos hechos indican que existen tres tipos de so­
ciedades y tres tipos de corrupción de las m ismas. Las sociedades
son: la m onarquía o gobierno m ediante el poder de uno solo; la
aristocracia, o gobierno de los que son superiores por nacim iento
y la tim ocracia o gobierno por la excelencia de las personas. Las
tres form as negativas son, respectivam ente, la tiranía, la oligar­
quía -g o b iern o de los ric o s- y la dem ocracia, gobierno del ciuda­
dano com ún. Los defectos de estas tres form as negativas de la
sociedad son bien claros si nos dam os cuenta de que la fuerza por
la fuerza m ism a de la tiranía, el gobierno por el poder del dinero
de la oligarquía, o la reacción dem ocrática contra la oligarquía
conduce fácilm ente a la revolución. De hecho estos tres Estados
negativos son Estados que se alejan del justo m edio que en un
Estado se reduce siem pre a la obediencia de la ley y al servicio
del Estado hacia la totalidad de sus ciudadanos.
Q ueda la posibilidad de preguntar cuál es el m ejor de los
E stados positivos. A ristóteles, en lo personal, se inclina por la
tim ocracia. Por tim ocracia entiende una form a de constitución
m ixta, m ezcla de aristocracia y de dem ocracia donde las eleccio­
nes están a cargo de las clases altas y donde éstas estarán sosteni­
das por una fuerte clase de propietarios. Sin em bargo, fiel a su
espíritu experim ental, fiel a su contacto con los hechos. A ristóte­
94
80 A ristóteles, Política, i.
Introducción a la historia de la filo so fía
Grecia
les ve claram ente que no pueden darse preferencias absolutas. Y
así escribe: “A unque una form a de gobierno puede ser m ejor que
otras: no hay razón para im pedir que otra form a sea m ejor
que ella en circunstancias especiales” .81
D espués de dos siglos y m edio de acarreos parciales. Platón y
A ristóteles realizan la sum m a verdadera, la síntesis últim a del
pensam iento de Grecia. Los filósofos griegos y rom anos a partir
del siglo III a. C. y hasta el siglo II de nuestra era, tom arán par­
tes de estas síntesis, aspectos de estas filosofías que son un todo,
para erigir estas partes en el todo. La presentación de las filoso­
fías escépticas, estoicas, epicúreas y neoplatónicas, m ostrará a
las claras este espíritu de reducción, esta necesidad de lim itarse
a un aspecto de la vida que si bien no carece de im portancia care­
ce, sin duda, del carácter orgánico y absoluto de los dos grandes
sistem as descritos.
cultura griega se extiende no sólo por el M editerráneo, donde la
prolonga el Im perio Rom ano, sino por tierras del antiguo Egipto
y, hacia el Este, hasta el borde m ism o de la India. Entre el siglo
III a. C. y el siglo I de nuestra era la cultura griega, unida en los
últim os siglos a la rom ana, se extiende por todo el m undo enton­
ces conocido: de España a la India, de Egipto a Persia. Pero al
m ism o tiem po que la cultura se difunde, tam bién se asim ila. Poco
a poco penetran en G recia las ideas religiosas, las tendencias ar­
tísticas y aun el pensam iento filosófico de otros pueblos. La G re­
cia que Alejandro engrandece deja de ser la G recia clásica. El
m undo griego está en crisis y “en esta crisis hay un aspecto polí­
tico [...] el paso del nacionalism o al cosm opolitism o”.82
Ha hecho notar A rnold Toynbee que la nueva G recia, la G re­
cia del periodo helenístico, tiene características sem ejantes a la
Europa del Renacim iento. A los descubrim ientos geográficos se
unen, principalm ente en el siglo III, los descubrim ientos científi­
cos una vez que las ciencias particulares se han desgajado de la
filosofía. Euclides escribe su geom etría, A ristarco de Sam os es­
tudia el sistem a planetario y establece, por prim era vez, la hipó­
tesis del heliocentrism o (un siglo más tarde Ptolom eo desarrollará
el sistem a geocéntrico que habrá de prevalecer hasta la época de
G alileo y Copérnico), A rquím edes establece los principios de la
hidrostática y da un im pulso definitivo a las m atem áticas, Apolonio estudia la parábola, la elipse y la hipérbola, H eráfilo lleva
a cabo exactas disecciones del ojo y precisa el papel de la reti­
na y del nervio óptico, Eristrato describe la circulación de la
sangre y estudia el sistem a nervioso. En A lejandría, centro cul­
tural del Egipto helenizado, funda Ptolom eo Filadelfo un m useo
y la m ás grande de las bibliotecas de la antigüedad.
Pero si las ciencias progresan, si el m undo físico se ensancha,
no sucede lo m ism o con el m undo espiritual. La nueva com edia,
que se difunde por las m enores ciudades griegas, carece de la
fuerza de la com edia y la tragedia clásica. En la poesía sólo pode­
mos encontrar el nom bre de un poeta de prim era fila: Teócrito.
Las artes plásticas tienden a convertirse en form as cada vez más
barrocas, com o puede m ostrarlo la Victoria de Sam otracia si se la
96
Obras de consulta
Pierre, Le Problème de l ’être chez Aristote, Presses
Universitaires de France, Pans, 1962.
G a o s , José, Orígenes de la filosofía y de su historia, Universidad
Veracruzana, Jalapa, I960.
J a e g e r , Wemer, Aristóteles, trad. de José Gaos, Fondo de Cultura Eco­
nómica, México, 1946.
P i a t , Claudius, Aristote, París, 1912.
Ross, W. D., Aristotle, Methuen, Londres, 1930.
T a y l o r , A . E., Aristotle, Nelson, Londres, 1943.
A
ubenque
,
VI. L a
c a íd a d e l a f il o s o f ía g r ie g a
A la edad de treinta y tres años, soñando todavía con nuevas con­
quistas, A lejandro m uere en B abilonia (323). Su im perio se divi­
de en tres grandes m onarquías: M acedonia, Egipto y Seleucia. La
81 Ibid., 1296, b.
97
82
A lfonso Reyes, La filosofía helenística. Fondo de C ultura E conóm ica, M éxico,
1959, p. 89,
98
Introducción a la historia de la filo so fía
com para a la precisión clásica de la Venus de M ilo. Una variación
sem ejante, que a veces es caída, habrem os de encontrar en el pen­
sam iento filosófico.
La revolución más im portante es, sin embargo, de tipo políti­
co. A la antigua organización de los Lstados-ciudad vienen a
sustituirse las form as de gobierno m onárquico e im perial, ya sea
en el experim ento socializante de los Ptolom eos de A lejandría,
ya en la form a más universal del Im perio Romano. El aspecto
m ism o de las ciudades cambia. A lejandría está construida en an­
churosos espacios im periales por donde pueden desfilar, el día de
la coronación de Ptolom eo Filadelfo, cerca de 60,000 infantes,
20,000 unidades de caballería, cuatrocientos carros llenos de pla­
ta, ochocientos llenos de perfum es y otros tantos arrastrados por
búfalos, cebras y antílopes.8' Estos desfiles increíbles, tam bién
im posibles, en las ciudades de la G recia clásica, son com unes
en los nuevos espacios de las m onarquías postalejandrinas y en
las calles de la Rom a Im perial. La polis griega se transform a
en cosm ópolis.
Y
si bien los contem poráneos de los Ptolom eos pueden con­
siderar que con ellos acaba la edad antigua y em pieza la edad
m oderna, la edad alejandrina es una época de crisis. Las ideas y
los sentim ientos religiosos de los pueblos conquistados se filtran
en la nueva estructura im perial. Los griegos se vuelven m ás re­
ceptivos que creadores y pierden aquella espontaneidad que los
había definido desde los tiem pos de Hom ero hasta la época de
Aristóteles.
La filosofía, a partir del siglo III. habrá de añadir nuevos m ati­
ces al pensam iento griego y al pensam iento rom ano que es más
una consecuencia del prim ero que un pensam iento original. Son
cuatro las escuelas que se desarrollan en este largo periodo que
va de la caída de las ciudades griegas hasta el m om ento en que el
Im perio Rom ano em pieza a sentir la influencia del cristianism o.
Tres de ellas proceden del siglo ni: el epicureism o, el estoicism o
y el escepticism o. L a cuarta, el neoplatonism o, surge, influida a
la vez por Platón y por el pensam iento religioso del siglo I de
nuestra era, com o una respuesta al reto de las nuevas form as reli­
giosas (judaism o, cristianism o, m aniqueísm o. gnosticism o) que
S3 Vid. Lewis M unford, The City in History-. H artcourt Brace and World. 1962.
G recia
99
invaden a Grecia y Roma para confirmar, una vez más, que los con­
quistadores resultan, en últim a instancia, los conquistados.
Los epicúreos
Epicuro (341-270) nació en Sam os siete años después de la m uer­
te de Platón y cuando ya A ristóteles vivía en su últim o retiro de
C alcis: llegó a Atenas a la edad de dieciocho años, donde acabó
por fundar una escuela cuya influencia habría de prolongarse
hasta los últim os años del Im perio R om ano y, más allá de la
Edad M edia, hasta las obras, ciertam ente por él influidas, de un
M ontaigne, un Voltaire o un Bentham . Según Diógenes Laercio,
fue el más precoz de los filósofos, puesto que em pezó a estudiar
la filosofía a los catorce años. Tam bién el más prolífico. Entre las
obras que de él se enum eran existen tratados sobre la naturaleza,
el amor, los dioses, la percepción, las im ágenes, la m úsica. Sin
em bargo, la m ayor parte de su obra ha desaparecido y la conoce­
m os gracias a tres cartas -C a rta a Herocloto, Carta a P itocles y
Carta a M eneceo-, varios fragm entos, las Doctrinas principales
y, con ligeras variantes en sus m atices, gracias al poem a filosó­
fico De rerum natura que su discípulo Lucrecio escribió en el
siglo i a. C.
La estructura general del pensam iento epicúreo recuerda a los
grandes sistem as griegos. Epicuro traza una teoría del conoci­
m iento, desarrolla una física y concluye con una filosofía moral.
Sin em bargo, y a pesar de que la preocupación moral fue com ún
a todos los griegos, en Epicuro es prácticam ente exclusiva. Su
teoría del conocim iento y su física están al servicio de la moral,
de tal m anera que más que investigaciones con valor autónom o
hay que considerarlas com o ramas que conducen al tronco mismo
de su filosofía del com portam iento.
La lógica de Epicuro es una teoría psicológica del conocimiento.
Todas nuestras ideas proceden de las sensaciones que, a su vez,
proceden de los “ídolos” o im ágenes que despiden los cuerpos
sensibles. Las sensaciones no son contradictorias. ¿C óm o lo se­
rían, piensa Epicuro, si cada una de ellas es independiente de las
dem ás y se refiere con certeza al objeto que le da lugar? El m uro
puede ser blanco a m ediodía y es cierta mi sensación de blancura;
Introducción a la historia de la filo so fia
Grecia
puede ser grisáceo o dorado por los últim os rayos de sol al atar­
decer y es cierta mi sensación de gris com o puede serlo la sen­
sación de oro. El error no proviene de la sensación sino de los
ju icios que puedo hacer sobre las sensaciones. Ahora bien, una
vez que tenem os ideas generales, estas ideas no corresponden
exactam ente a las sensaciones que producen. La idea general de
verde no se refiere a las sensaciones de verde. De hecho lo ver­
de no existe, si bien existen m uchas form as de percibir diferen­
tes m atices de verdor. De ahí que las ideas abstractas - lo verde, el
triángulo o la b ellez a- se adquieren m ediante la asociación: de
ah í tam bién que no debem os fiam os dem asiado de las ideas abs­
tractas puesto que no tienen nunca un referente concreto en la
experiencia. C om o A ristóteles, piensa E picuro que el conoci­
m iento verdadero es el que se refiere a la experiencia. A diferen­
cia de A ristóteles no cree que en la experiencia existan form as o
esencias a las cuales puedan adaptarse, para entenderlas, nues­
tras ideas abstractas.
La física epicúrea procede, en buena parte, de los atom istas
griegos del siglo v. La realidad está form ada de átom os separados
por el vacío. En el m undo todo es de origen m aterial. De tal modo
que debem os considerar que el alm a es corporal, está hecha de
átom os, átom os que por su carácter fluido se parecen al fuego.
Sin em bargo, Epicuro preocupado principalm ente por pro­
blem as m orales y seguro com o está de que la m oral solam ente
puede existir si tenem os una facultad para escoger, si de hecho
existe la libertad, m odifica notoriam ente la teoría atom ista clási­
ca. Según ésta los átom os están guiados por leyes rígidas que
responden al principio de causalidad. C ontrariam ente al determ inism o de un Demócrito. Epicuro trata de introducir la libertad en
los m ovim ientos de los átom os y piensa que éstos tienen la capa­
cidad de desviarse de su curso. Esta desviación, este clinam en, es
com ún a todos los átomos y lo es tam bién al alm a hum ana, for­
m ada com o está de átom os. Libre de trabas, el alm a puede tom ar
decisiones, es decir, puede proceder según el bien o contraria­
m ente al bien. En una palabra, la física de E picuro es la condición
indispensable para garantizar la libertad necesaria que exige el
desarrollo de su moral.
L a m oral ep icú rea tiene an teced en tes. Ya A ristó teles h a ­
b lab a del p lace r m edio com o form a n ec esaria de la conducta
m oral. Los ciren aico s, discíp u lo s de S ó crates, h ab ían tratado
de estab le cer una m oral sobre las bases del placer. P ero E p icu ­
ro, que co n tin ú a a am bas filo so fías, las hace m ás rad icales y
extrem osas.
En la Carta a M eneceo escribe Epicuro que el placer es un
bien innato en nosotros. Los hom bres están destinados a buscar
el placer. Pero, ¿qué es el placer? No podem os dar una definición
afirm ativa sino tan sólo una definición negativa. Para Epicuro el
placer es la ausencia de dolor. De aceptarse esta definición es
claro que la m ayor parte de los actos que consideram os placen­
teros dejan inm ediatam ente de serlo. El placer de beber es un
falso placer si puede ser causa de dolor. Y cualquier placer capaz
de producir dolor cesa autom áticam ente de ser placer. ¿Cuál será
el placer verdadero? “El hom bre sereno no causa disturbios ni
para sí ni para los dem ás” , escribe E picuro.84 El placer verdadero
proviene, cuando se trata del cuerpo, de lo estrictam ente necesa­
rio para la supervivencia y, cuando se trata del alm a, de la sereni­
dad que im plica una suerte de inm ovilidad contem plativa acaso
nada lejana de la contem plación que preconizaban m uchas de las
sectas religiosas orientales que por esta época iban penetrando al
m undo helénico. Placer es quietud, placer es contem plación, pla­
cer es ataraxia o im perturbabilidad.
La m oral epicúrea es im portante en dos sentidos. Lo es co­
m o sím bolo de los tiem pos y en cuanto participa, por su deseo de
serenidad, de las m ism as conclusiones que alcanzan, a pesar
de notables diferencias, los estoicos y los escépticos. Lo es, en
segundo lugar, por su enorm e influencia. No sólo Lucrecio entre
los rom anos seguirá la guía de Epicuro. Vayamos a épocas que
nos son m ás cercanas. C uando M ontaigne, cansado de los aje­
treos del m undo, se encierra en la torre de su castillo para escribir
los ensayos, la serenidad que preconiza tiene una buena dosis de
epicureism o: cuando Voltaire describe a C andide. viajero incan­
sable y fracasado en su busca de la verdad, concluye, com o E pi­
curo: "H ay que cultivar tu jardín” . Sin la grandeza de los grandes
sistem as, la filosofía epicúrea, que es un m odo de vida, se filtra
por la historia de Occidente y llega, m ás o m enos deform ada,
más o m enos auténtica, hasta nuestros días.
100
84 Epicuro, Fragmentos. Colección Vaticana, l.XXXIX.
101
103
Introducción a la historia de la filo so fía
G recia
Es d ifícil hablar de una sola escuela estoica. El estoicism o,
que nació en A tenas en el siglo (íl. se desarrolló hasta los tiem ­
pos del Im perio R om ano y. com o el epicureism o, llegó a in ­
fluir a los hom bres de los siglos futuros.8^ Sin em bargo, y a
pesar de su evolución natural, los estoicos griegos y rom anos
tienen en com ún una buena parte de las ideas que exhiben.
Estas ideas, principalm ente basadas en lo que conocem os de
los fundadores griegos del estoicism o, serán las que expondre­
m os ahora.
P or la n atu raleza m ism a de la filo so fía esto ica será n ec esa­
ria una leve alteración en el orden de los problem as. Principal­
m ente m oralistas, los estoicos hacen depender tanto su teoría del
conocim iento com o la m oral de su visión del m undo, de su m eta­
física. A la m etafísica esto ica d irig irem o s, en p rim er lugar,
n u estra atención.
La m etafísica estoica tiene la particularidad de ser, al m ism o
tiem po, una física y una teología. Esta particularidad se debe a
que los estoicos concebían el universo com o una sola sustancia.
Para ellos Dios y la naturaleza eran una y la m ism a cosa, de tal
m anera que puede decirse que en el estoicism o debe encontrarse
la prim era escuela netam ente panteísta.
L ec to r de los antiguos, es decir, de los filósofos p reso cráticos. Z enón concibe el universo com o un eterno ciclo y, a la m a­
n era de H eráclito. p ien sa que el universo, que se inicia con el
fuego, habrá de acab arse y renovarse in fin itam en te en el fu e­
go que todo lo purifica. Así el m undo es a la vez eterno y lim ita­
do, co n tin u o y repetido, etern am en te el m ism o en sus eternas
renovaciones.85 No es sin em bargo esta noción la más im portante
ni la de m ayor perm anencia en el pensam iento estoico. Lo que
dom ina la m etafísica de los estoicos es su idea de los diversos ti­
pos de m ezcla. Los cuerpos pueden mezclarse por yuxtaposición
(com o sucede cuando vem os una piedra al lado de otra o cuando
percibim os un árbol cerca de un m uro de piedra) y por confusión
(com o es el caso de la aleación de dos m etales). Pero la m ezcla
puede tam bién ser total. Esta m ezcla total debe concebirse com o
la m ezcla del vino y el agua del m ar “pues si en el m ar se vierte
un poco de vino, por un tanto de tiem po estará luchando en su
extensión, mas luego se confundirán am bos” .87 Esta m ezcla total
es la verdadera im agen del universo. Dios, que es tam bién la ra­
zón suprem a, está com o el vino y el agua m ezclado al m undo sin
posibilidad de separación.88 A sí los nom bres de Dios pueden va­
riar según nuestras palabras. Podem os sustituir la palabra Dios
por la palabra universo, o por las palabras naturaleza, razón o
destino, siem pre que tengam os en cuenta que cuando h abla­
mos de una de ellas hablam os de la m ism a sustancia a la que se
refiere cada una de ellas pues “una m ism a cosa es Dios, M ente,
Hado, Zeus y otras m uchas denom inaciones que se le dan” .89
C oncebido el m undo com o una m ezcla total, com o una so ­
la sustancia, puede afirm arse que la razón lo gobierna todo y
que si la razón y D ios todo lo gobiernan, son todas las cosas.
El destino es racional y es, igualm ente, divino. De ah í que, en
oposición a los epicúreos, los estoicos sean esencialm ente fata­
listas. P ara ellos lo que es racional y sigue el orden divino es
tam bién fatal. Los hom bres, situados en un m undo que es ra­
zón. son parte de esta razón, o si se quiere, parte de Dios y de la
naturaleza.
85
El antiguo estoicism o l'ue fundado en Atenas por Z enón, originario de C itio, pe­
queña ciudad en Chipre. D e Zenón (ca. 335-™ . 263) se dice que era fenicio y que los
atenienses le llam aban el S arm iento E gipcio por el color cetrino de su piel. N inguno de
los escritos de Zenón ha llegado a nosotros. Sus principales discípulos fueron Clcantcs
(331/330-232/231) y C risipo (ca. 2 8 0 -ai. 206). El estoicism o m edio, ya rom anizado
e integrado en la vida del Im perio R om ano, es obra de Panecio (/l. ca. 180-109) y de
P osidonio (ca. 135-o¡. 51). El estoicism o rom ano ha llegado a nosotros en la obra
de Séneca de Córdoba (ca. 4-65 de nuestra era), de E picteto, esclavo rom ano liberado
(ca. 55-ca. 135). y del em perador M arco A urelio (121-180). R ecom endam os la lectura
de las Carias m orales de Séneca, de los D iscursos de E picteto y de las M editaciones de
M arco A urelio. El nom bre de estoicism o proviene del griego sloa. que significa pórtico.
En el P órtico de las Pinturas en Atenas fundó su escuela Z enón de Citio.
86
Sólo en un sentido p odría pensarse que los estoicos no son del todo panteístas. Z enón o C risipo conciben que el “ incendio del m undo" no cam bia la naturaleza de
Z eus, D ios suprem o, quien, en su trascendencia preside eternam ente los cam bios del
m undo, de incendio a incendio, de generación eterna a partir del luego a eterna purifica­
ción en el incendio de cada uno de los infinitos incendios. Sin em bargo la idea de una
fusión com pleta de la naturaleza y Dios es igualm ente persistente en las teorías que de
ellos conocem os.
8' D iógenes L aercio, Vida, opiniones y sentencias de los filó so fo s m ás ilustres.
vol. II. p. 372.
88 “C om o parte del m ism o universo que penetra por todo, y que se llam a con diver­
sos nom bres según sus fuerzas" (ibid., p. 370).
80 I b id , p. 367.
102
Los estoicos
I
Introducción a la historia de la filo so fía
G recia
Bien es verdad que en la naturaleza observan los estoicos ele­
m entos puram ente pasivos o m ateriales donde vienen a inscribir­
se. com o en un pedazo de cera, las acciones de la divinidad que es
Dios, es fuego, es razón y es destino. Pero, en últim a instancia, y
a pesar de esta separación que proviene más que nada de un pun­
to de vista hum ano y. por hum ano parcial y lim itado, el universo
es uno, y esta su unidad es a la vez. unidad de divinidad, de razón
y de destino. En un m undo que es a la vez razón y Dios, no hay
lugar para el azar ni hay, por lo m enos en el sentido de libre elec­
ción. libertad de escoger. En este m undo hecho de una sola pieza
no queda lugar para más acción que la que esté hecha de una sola
pieza. De ahí que la teoría del conocim iento de los estoicos, así
com o su moral, se presenten tam bién com o de una pieza, tam ­
bién com o un bloque en el cual pueden tallarse distinciones que
siem pre son más aparentes que reales.9"
Racionalistas com o son, los estoicos no tienen sin em bargo
necesidad de afirm ar la existencia de las ideas innatas, al modo
de Sócrates o de Platón. Si todo es racional es natural también
que lo sensible y los sentidos hum anos sean racionales. La teoría
del conocim iento que presentan Zenón o C risipo es, por un lado,
una teoría sensualista y, por otro -p u e sto que todo es la misma
su stan cia- una teoría racionalista. En una palabra, una teoría que
sostiene que el conocim iento que procede de los sentidos es. por
naturaleza, un conocim iento racional.
Si entendem os la palabra “fantasía” com o sinónim o de sen­
sación. debem os aceptar que la fantasía es lo prim ero “y luego
viene el entendim iento, que enuncia lo que ha recibido de la fan­
tasía. y lo produce por palabras y discursos”.91
Todo nuestro conocim iento es adquirido. ¿C óm o se adquiere?
Z enón de Citio solía dar un ejem plo que es a la vez pintoresco e
ilustrativo. Si com param os el conocim iento al m ovim iento de
nuestra mano, podrem os decir que la m ano abierta es la pura
receptividad, la capacidad que tiene esta tabla de cera que es nues­
tra alm a de recibir im presiones que provienen del mundo: la mano
m edio cerrada sim bolizará lo que Zenón llam a el asentim iento,
palabra por la cual designa la capacidad de nuestra alm a de perci­
bir los objetos recibidos por nuestro espíritu; la m ano derecha
apretando fuertem ente la m ano izquierda sim bolizará, finalm en­
te, la verdadera sabiduría, capaz de estrechar los datos que nos
dan los sentidos y de reflexionar, con clara razón sobre lo que
los datos de los sentidos nos proporcionan. Así, la im presión
que causa un color en mi retina sería la m ano abierta: la percep­
ción de este color, la m ano a m edio cerrar; y las reflexiones que
pueda hacer sobre el color, las com paraciones con otros colores,
el poem a que pueda escribir, las frases que pueda pronunciar o la
pintura que pueda trazar en el m uro, serán el resultado de la re­
flexión. es decir, el puño de una m ano cerrado sobre la otra mano.
Sabio es. en la filosofía de los estoicos, el que es capaz no sólo
de sentir, ni tan sólo de asentir, sino de entender. El sabio es el
que tiene una conciencia total, en bloque, del orden de todas las
cosas: es el que puede penetrar de una m anera única en el sentido
tam bién único del universo.
Con estos antecedentes de m etafísica y de teoría del conoci­
miento es clara la moral que pueden deducir los estoicos. Esta moral
estará siem pre basada en la razón pura y será, puesto que el m un­
do es racional, una moral de la aceptación. Es útil, sin embargo, para
entender el sentido de la moral estoica, proceder a algunas distin­
ciones y algunos deslindes que acabarán por precisarla y fijarla.
Dice Diógenes Laercio que los estoicos “son de opinión que
entre la virtud y el vicio no hay m edio [...] pues com o un palo es
preciso sea recto o torcido, así una cosa es ju sta o injusta, sin
contar con el m ás o el m enos” .92 La actitud de los estoicos es una
reacción clara contra la moral de A ristóteles. La m oralidad de un
acto no puede consistir en el justo m edio, porque para el filósofo
estoico la virtud no es un m edio, sino un fin en sí.
A hora bien, el alm a hum ana puede ser com o el tronco recto o
com o el tronco torcido. Todos los hom bres nacen con tendencias
104
90 La principal dificultad de todas las filosofías panteístas consiste en explicar la
existencia de los seres individuales. En efecto, si todo es una m ism a sustancia, no pare­
ce haber una razón clara para distinguir entre las diversas formas que adquiere la sus­
tancia. Si árbol, hom bre y piedra son en el fondo lo m ism o, ¿qué razón habrá para que
existan com o entes separados? N aturalm ente, el pantefsta podrá contestar que una m is­
m a cosa puede tener varios aspectos, que por el hecho de ser de m adera no son idénticos
ni hay razón para que lo sean el pino y la m esa. Es sin em bargo difícil concebir estas
diferencias com o diferencias tan sólo aparentes. Para una discusión más detallada sobre
el panteísm o vid. La explicación de la filo so fía de Spinoza.
91 D iógenes Laercio. op. cu., pp. 335-336. A quí D iógenes L aercio cita los Discursos
de los filó so fo s de D iocles de M agnesia.
92 Ibid., p. 364.
105
\
Introducción a la historia de la filosofia
G recia
que, siendo naturales y siendo la naturaleza racional, tienen que
ser tam bién buenas. La m ás prim itiva y la m ás clara de estas
tendencias es la de la propia conservación. De ahí. una serie de
bienes com o la salud, el bienestar, la riqueza. Pero con la in­
fluencia del m edio social y la influencia de una m ala educación,
estas tendencias inicialm ente buenas pueden torcerse y conver­
tirse en vicios. Nace entonces el m iedo y nace la envidia y nacen
la im prudencia y el odio. N acen, en una palabra, las pasiones.
Porque la pasión es precisam ente lo que la etim ología de la pala­
bra indica: una pasividad, una form a de ser que se reduce a pade­
cer. Exageradas y retorcidas las tendencias del hom bre, se hacen
pasiones, que nos convierten de seres activos que podem os ser,
en seres que padecen por la negación de sus actividades rectas.
Sin em bargo las puras actividades de conservación no son toda­
vía el ideal de la m oralidad. Este ideal, com o todo en el m undo
concebido por los estoicos, tiene que ser absoluto y es tan sólo
asequible a la persona capaz de sabiduría. El sabio es el que co ­
noce. no de una m anera relativa, sino de m anera total, el sentido
del universo y el puesto del hom bre en el universo; es el que sabe
que todo está predeterm inado por la ley de la razón que todo lo
preside y todo lo penetra. Así, la verdadera acción m oral será
la que em prenda una voluntad recta dirigida por una razón ab ­
soluta y el sabio, el que conoce y, por conocer, acepta la realidad
tal com o es.
U na paradoja parece inevitable si consideram os que el sa­
bio es el que ejerce su voluntad y si, al m ism o tiem po, acepta­
m os que esta voluntad está regida por un orden inalterable.
¿C óm o hablar de libertad en un universo en que cada una de las
partes, y entre ellas precisam ente las acciones de los hom bres,
están fatalm ente determ inadas? ¿C óm o escoger si ya todo está
por adelantado fijado? No es fácil la solución del problem a p a­
ra los estoicos, a m enos que se interprete la libertad en una for­
m a bastante distinta a lo que la palabra suele sugerirnos. En
efecto, la libertad puede ser libertad de acción, libertad para
escoger entre una posibilidad u otra. No es ésta la libertad en
que piensan los estoicos. Para ellos la libertad es. no una form a
de elección, sino una form a de liberación. El hom bre libre es el
que es consciente de sus propias determ inaciones y que, cono­
ciéndolas. es capaz de aceptarlas. La libertad es así una capaci­
dad de entender el m undo y de entender la vida de los hom bres;
es, en suma, la racionalidad de nuestros pensam ientos aplicada a
nuestros actos.
Así escribe Epicteto: “Algunas cosas están bajo nuestro dom i­
nio m ientras que otras no lo están. Bajo nuestro dom inio están el
concebir, el escoger, el desear y, en una palabra, todo lo que de
nosotros depende; no está en cam bio bajo nuestro dom inio el cuer­
po. la propiedad, la reputación, el oficio, en una palabra todo lo
que no depende de nosotros” .93
La consecuencia inm ediata de esta racionalidad que todo lo
invade fue, entre los prim eros estoicos, declarar que todos los
hombres, esclavos o no, son iguales por naturaleza. El pensamiento
era revolucionario si se recuerda la estructura de la ciudad griega.
R espondía, sin em bargo, a la necesidad de esta cosm ópolis que
surgió con las m onarquías alejandrinas y se desarrolló plenam en­
te con la llegada del Im perio R om ano.94
106
107
Epicteto, E nquiridón, I.
94
E n un principio, el pensam iento de los estoicos fue claram ente revolucionario
en una sociedad que tenía la esclavitud por un hecho natural. P oco a poco, en el gran
siglo del Im perio R om ano, el esto icism o llegó a ser la filo so fía que m ejor se adaptó a
los deseos im perialistas y universalistas de los rom anos. L a sociedad universal donde
todos los hom bres eran iguales era p recisam ente el Im perio R om ano, si bien dentro
de este im perio la igualdad reinaba tan sólo entre los ciudadanos y no llegó a ap licar­
se nunca a los esclavos. El esto icism o acabó por ponerse al servicio del im perio. Ya
en el siglo I I a. C., P anecio y P osidonio fueron, a p esar de su origen griego, p artid a­
rios del Im perio R om ano y así tam bién, los tres grandes filósofos que p ro d u jo R om a
-S é n e c a , E picteto y M arco A u relio - fueron estoicos. Pero el esto icism o , entre el si­
glo I I a. C. y el prim er siglo de nuestra era, fue p rescin d ien d o poco a poco de sus
andam iajes m etafísicos, lógicos y epistem ológicos p ara convertirse cada vez más en
una filosofía práctica, en una form a de la filosofía m oral. Y es esta filo so fía m oral la
que se en cuentra en los consejos de las C onsolaciones de Séneca, en los D iscursos
dialogados del esclavo liberado que fue E picteto -a c a s o el pagano que m ás se ha
acercado a la idea cristiana de la c a rid a d - y, finalm ente, en los ex ám enes de co n cien ­
cia y en las introspecciones que el em perador M arco A urelio escrib ía p ara sí. sin
deseo de publicación, en form a de M editaciones.
Indilerenlc a todo lo que no depende de la voluntad propia, escribe E picteto: “Dimc
cuáles son las cosas que son indiferentes” y responde "Las que son ajenas al dom inio de
la voluntad". A pesar de los cam bios doctrinales, a pesar de la renuncia progresiva a la
especulación y la insistencia cada vez m ayor en la vida práctica, cualquiera de los esto i­
cos hubiera podido firm ar estas palabras de Epicteto. No todos ellos hubieran firm ado
aquellas sus palabras en las cuales, cercano al espíritu cristiano, nos habla en estos
térm inos de sí m ism o: "¿Q ué más puede hacer el hom bre viejo y cojo com o yo, sino
cantar alabanzas a Dios por todas las cosas? Si fuera un ruiseñor cantaría com o un
ruiseñor, si un cisne, com o un cisne pero com o soy una criatura racional, debo alabar a
D ios” . (D iscursos. X V I . )
108
G recia
Introducción a la historia de la filo so fía
Los escépticos
También el escepticism o griego, nacido en el siglo m tiene, com o
el estoicism o y el epicureism o, una influencia que. a través de
Roma, llega a nuestros días. Los escépticos, filósofos de su tiem ­
po. asum en una postura m oral más que intelectual. No es proba­
ble que alguno haya sido escéptico, con el solo fin de dudar. La
duda suele estar al servicio de alguna form a de vida. Esta actitud
puede ser la de quien no quiere verse llevado por los afanes de
una vida que a veces se presenta contradictoria o am bigua; pue­
de ser, com o en el caso de algunos de los prim eros cristianos, una
renuncia al conocim iento lógico para enaltecer el conocim iento
m ediante la fe. Quien es escéptico real y profundam ente, suele
serlo para afirm arse en alguna form a de creencia que el conoci­
m iento habitual de los sentidos o de la razón parece no poder
otorgar. Por eso el escéptico no es. al modo de los sofistas, el que
dice: “nada sé’’. Q uien así hablara sabría - y a lo vio S ó cra te sque por lo m enos esto sabe y que. por lo tanto, en la afirm ación
m ism a de que el conocim iento no existe hay una afirm ación im ­
plícita de conocim iento. El verdadero escéptico es aquel que, con
el ánim o suspenso, se rehúsa a pronunciarse sobre cualquier te­
ma porque im plícitam ente acepta que es m ejor esta abstención
que un pronunciam iento discutible.
C orren los años de la conquista de Alejandro. Pirrón de Elis,
en la M agna Grecia, sigue a A lejandro por tierras de Asia donde,
al decir de D iógenes Laercio, conoció “a los gim nosofistas de la
India, y aun a los m agos” .95 Algo de influencia oriental es notable
en su vida, ya que no en su obra, puesto que Pirrón, com o Sócrates,
renunció a escribir. No esperem os de Pirrón el m enor signo de
teoría. Su fuerza, com o lo dem uestra la adm iración de Tim ón, su
discípulo, residía en su ejem plo m oral. Pirrón es de la estirpe de
esos hom bres que predicaron más con el ejem plo y con el gesto
que con las teorías o las palabras. De ahí que la prim era de sus
renuncias fuera la renuncia a hablar o, por lo m enos, la renuncia a
pensar que cuando hablam os decim os algo verdadero y exacto.
En la raíz misma del escepticismo está la “afasia”, este enm udecer
ante la contradicción de los hechos, las costum bres y las ideas. Y
95 D iógenes Laercio, op. cit., p. 474,
109
esta afasia conducía a Pirrón a “suspender el ju icio ”, a no afirm ar
nada, a decir acaso tan sólo: “ No esto más que aquello”.96 Esta
actitud que podría parecer m eram ente intelectual estaba lejos de
ser un juego. El escepticism o fue. com o el epicureism o o el estoi­
cism o una escuela - s i es que aquí puede hablarse coherentem en­
te de e sc u e la - de m oralidad y de felicidad. Y la felicidad la
encontraba Pirrón en la ataraxia, esta inmovilidad, este alejam ien­
to de todo disturbio y toda pasión que es un retiro hacia la propia
conciencia y una renuncia a los quehaceres y a los quebrantos
de la vida.
No es de extrañar que en una época desprovista de creencias
religiosas profundas, en una época en la cual, al decir de Arnold
Toynbee. se vivía un vacío espiritual, el escepticismo tuviera buena
fortuna entre quienes pensaban hallar la felicidad en el silencio y
en la ataraxia que está en la raíz m ism a del silencio.
Es así com o la Nueva Academ ia, dirigida en el siglo III por
A rcesilao, se convierte más y más en una escuela de escepticism o
cuando piensa interpretar a la letra a Sócrates y suele concluir,
com o lo hacían los prim eros diálogos de Platón, en una serie de
problem as sin solución. Es así tam bién com o, llegado el siglo i
antes de nuestra era. Enesidem o, de quien conocem os el pensa­
m iento pero de quien ignoram os la vida, trata de hacer explícitas
las razones que nos conducen a dudar. Son doce las razones que
da Enesidem o para descreer tanto de los datos de los sentidos
com o de los datos de la razón. Los doce argum entos han llegado
a nosotros a través de Sexto Em pírico, más divulgador que pen­
sador original. El prim er argum ento distingue entre diversas es­
pecies de anim ales. C ada especie anim al percibirá los mismos
objetos de distinta m anera. El elefante o la horm iga no tendrán la
m ism a percepción de un árbol. Y no podem os decir que la per­
cepción de uno de ellos sea m ás exacta o m ás verdadera que la
otra. Si prestam os atención a los hom bres y vemos que cada hom ­
bre posee cinco sentidos, no es tam poco seguro que todos los
hom bres sientan y perciban de la m ism a m anera. Lo más proba­
ble es que los distintos hom bres perciban de m anera distinta y
que, de nuevo, sea aquí im posible la verdad. C onsiderem os ahora
los cinco sentidos en una m ism a persona. M uchas veces existe
% Loe. cit.
111
Introducción a la historia de la filo so fía
G recia
una falta de sincronización entre ellos. Así, si vuelvo a mi biblio­
teca oscura y trato de encontrar m ediante el tacto un libro que
visualm ente recuerdo sobre la m esa, es muy posible que me en­
gañe y que tom e en mi m ano otro libro cercano. Esta falta de
coordinación nos im pide pensar tam bién que los sentidos sean
una garantía suficiente para encontrar verdad alguna. Lo m ism o
sucede si consideram os un solo sentido (frente a la extensión del
desierto puedo pensar que hay agua en lugar de arena) y tam bién
cad a uno de los sentidos considerados por separado puede en­
gañarm e. Fuente de engaños es la distancia de un objeto; un
árbol, visto de cerca, me cubre con su follaje y puede parecerm e
grande; a cierta distancia el árbol se em pequeñece hasta ser, a lo
lejos, un m ero punto en el horizonte. ¿C uál es la verdadera di­
m ensión del árbol? Los cuerpos que percibo se presentan m ez­
clados; el árbol que veo está situado en la tierra y su visibilidad
depende del lugar y de la luz. ¿Cómo discernir un objeto de los de­
m ás objetos que le rodean? Tam bién la cantidad de las cosas que
percibo cam bia mi percepción. Un grano de arena puede parecer
duro; pero el conjunto de la arena que form a una playa parecerá
suave a la vista y al tacto. ¿Cuál es la verdadera consistencia de la
arena? L o que percibo es, adem ás, relativo a quien lo percibe.
¿C óm o decir cuál es su verdadero ser? ¿C óm o pensar que por el
solo hecho de percibirlo yo ahora tengo la verdad de lo percibido
en mi percepción? Los objetos son m ás o m enos raros. Así, el sol
que sale todos los días m e sorprendería si no saliera; en cam bio
un com eta m e sorprende cuando aparece en el cielo. L a verdad
que atribuyo a un objeto o a otro dependerá de mis propios hábi­
tos perceptivos. Hasta aquí los nueve argum entos que se refieren
a los sentidos. A ellos añade Enesidem o uno más que se refiere a
las costum bres y dos que se refieren a la razón. D istintos pueblos
tienen distintas costum bres, que por hábito y por educación, tien­
den a pensar com o verdaderos. Pero de hecho, ¿quién tiene razón?;
¿los atenienses que creen en la dem ocracia?; ¿los espartanos que
creen en la m onarquía y en la educación guerrera en m anos del
Estado?; ¿los rom anos que desean un gobierno im perial? N adie
puede garantizam os que unos tengan m ayor razón que los otros.
En cuanto a la razón, las pruebas que solem os dar son, ya un re­
greso al infinito, ya un círculo vicioso. Regreso al infinito cuando
para probar la existencia del árbol tengo que regresar a la sem illa
y. de ésta, regresar al árbol que le dio lugar, y de éste a la sem illa
que dio lugar al árbol, y así, infinitam ente en una serie que lógi­
cam ente no tiene fin; círculo vicioso com o cuando en los malos
diccionarios defino una palabra m ediante una segunda palabra
la cual, a su vez, defino por la prim era. La razón, eterno regreso o
círculo continuo, no nos puede dar m ayores seguridades que los
sentidos. De ahí que Enesidem o. com o su lejano m aestro Pirrón,
llegue a la conclusión de que para vivir libres de contradicciones
el solo cam ino es la afasia y el solo fin esta inm ovilidad contem ­
plativa, esta atención a sí que es la ataraxia.
Los escépticos, como los estoicos y los epicúreos, tom aron uno
de los aspectos de las grandes teorías clásicas y se quedaron sola­
m ente con este aspecto que se convirtió en la sola actitud posible.
En el caso de los escépticos esta actitud proviene, lejanamente, de
la que Sócrates m antenía cuando ponía en duda los juicios de los
sofistas y sus propios juicios. A diferencia de Sócrates, los escép­
ticos no dudaron con la intención de buscar la verdad, sino con la
sim ple y clara intención de liberarse de todas las dudas en una ac­
titud contem plativa de naturaleza inefable.
110
L os neoplatónicos
La escuela neoplatónica que se desarrolla principalm ente en A le­
jandría, pertenece ya a un m undo donde las tradiciones griegas y
rom anas tienden a desaparecer. Filón de A lejandría, filósofo ju ­
dío que trata de aplicar el platonism o a la Biblia, vive entre fines
del siglo l a. C. y la prim era m itad del prim er siglo de nuestra era.
Los padres de la Iglesia cristiana, desarrollan un pensam iento
que es “escándalo” para griegos y romanos, ya a partir del siglo n.
La escuela neoplatónica que inició Plotino (205-270) está en pre­
sencia de una serie de ideas, creencias y sentim ientos que nada
tienen que ver con los de la G recia clásica ni aun con los de la
G recia de los siglos III y II.
Y
es que el Im perio Rom ano, extendido a todas las regiones
del m undo conocido, entra plenam ente en un proceso que Gibbon
llam ó de decadencia y caída. Podría decirse, com o dirá Quevedo
en uno de sus sonetos; “En Rom a a R om a m ism a no la hallas” .
La población de la antigua G recia ha dism inuido hasta tal punto
112
Introducción a !a historia de la filo so fia
que en el siglo 11 ya casi no quedan habitantes en Esparta; las
diferentes tribus bárbaras invaden el Im perio por todas sus fron­
teras y sus generales alcanzan rango de gobernantes y aun a veces
de em peradores de Roma; crece la superstición hasta tal punto
que ya Plinio el joven puede decir que hay más dioses que seres
hum anos: se llega a un sincretism o religioso y nacen en Rom a los
tem plos a Isis, la diosa egipcia, los cultos al M itra de los persas y.
poco a poco a pesar de la violencia de las persecuciones, penetra
en Rom a el cristianism o. Ante esta caída de las ideas clásicas y
ante la presencia de las nuevas y contrarias ideas que aportan dis­
tintas y contradictorias creencias religiosas, algunos filósofos del
siglo III quieren por últim a vez. renovarlas. El neoplatonism o se
presenta com o la últim a expresión del pensamiento grecorromano,
una expresión que no deja de estar influida por las ideas y las creen­
cias de aquellos m ism os -cristianos, gnósticos, ju d ío s - que com ­
bate. Por una parte el neoplatonismo representa la última expresión
del pensam iento griego; por otra, y viendo hacia el futuro, su in­
fluencia habrá de hacerse presente en el pensam iento de los filó­
sofos cristianos. En el capítulo siguiente habrem os de precisar el
desarrollo del cristianism o primitivo. En él podrá encontrarse un
enfoque más com pleto de la época en que viven un Plotino (205270), un Porfirio (ca. 234-ca. 305), un Jám blico (270-330) o un
Proclo (ca. 410-485), en cuyos nom bres se cifra la historia de la
escuela neoplatónica. C onsiderem os aquí, en la figura de Plotino.
el pensam iento neoplatónico com o expresión últim a y tam bién
álgida de una tradición filosófica que vim os nacer en Platón.
¿Cuál fue la patria de Plotino? N inguna seguridad al respec­
to. Sabem os, sí. que vivió en A lejandría, que fue discípulo de
A m m onio Saccas y que se trasladó a Rom a donde fundó su es­
cuela y donde intentó, sin éxito, fundar una ciudad llam ada Platonópolis, hija im aginaria de aquel Estado perfecto que deseaba
Platón. A sí lo describía, espiritualista puro, su discípulo Porfirio:
El filósofo Plotino, que ha vivido en nuestros días, parecía como
avergonzado de tener un cuerpo. Tampoco hablaba nunca de su fa­
milia ni de su patria, ni quiso permitir que nadie hiciera su retrato ni
su busto, un día que Amelio le rogaba que se dejase pintar: “¿No
basta ya, le dijo, con llevar esta imagen en que la naturaleza nos ha
encerrado, sino que además ha de ser preciso trasmitir a la posteri­
G recia
113
dad la imagen de esa imagen como si fuere un objeto que valiera la
pena de ser contemplado?”97
Estas palabras de Porfirio definen con bastante claridad a su maes­
tro. Filósofo del espíritu, negador de la m ateria, Plotino es m ucho
m ás un místico que un filósofo en el sentido clásico de la palabra.
C om o pensador m ístico, se nos presenta en los nueve tratados de
las Enneadas que recogió piadosam ente y publicó Porfirio. Esta
actitud contem plativa, esta m ística que, com o veremos, quiere
sobre todo renunciar a la acción, liga a Plotino con los filósofos
del periodo helenístico aunque bien claras sean las d iferen ­
cias entre su pensam iento y el de los epicúreos, estoicos y escép­
ticos. Com o ellos, si bien con espíritu religioso y m ístico. Plotino
preconiza que la felicidad está en la contem plación.
La filosofía de Plotino se presenta com o una interpretación je ­
rárquica del universo. Su sistem a es, ante todo, deductivo, puesto
que parte de los principios más universales y absolutos para llegar
a las consecuencias particulares y relativas. Dentro de esta jerar­
quía, por otra parte, lo particular adquiere sentido sólo por referen­
cia a lo universal, lo relativo por lo absoluto. Veamos primero la
estructura de este m undo jerarquizado. Podrem os después enten­
der cuál es el proceso de conocimiento que nos permite descubrirlo.
La realidad suprema es, para Plotino, el uno. Pero esta unidad, no
es ya aquella unidad lim itada de que nos hablaba Parm énides.
Influido por el cristianism o que su discípulo Porfirio com bate, el
uno de Plotino es, com o el Dios de los cristianos, un ser infinito.
De ahí que por su mismo carácter de infinitud sea. estrictam ente
hablando, indefinible. ¿C óm o podríam os nosotros, seres lim ita­
dos, definir aquello que es por naturaleza infinito? Fuente de todo,
el uno es inefable; origen del m undo, sobrepasa en su riqueza de
ser todas las posibles determ inaciones. C arece de sentido pre­
guntarse cuál es el ser de la unidad, porque en realidad está más
allá de las palabras, m ás allá de los conceptos, más allá de la
lógica. Su realidad verdadera sólo podem os sospecharla. Podre­
m os decir que es la prim era causa en cuanto es uno y la causa
final del todo en cuanto es el bien. Pero aun estas m ism as pala91
Porfirio, "Vida de Plotino", en Plotino, Enneadas, Nueva Biblioteca Filosófica.
M adrid. 1930, vol. I.
114
Introducción a la historia de la filo so fía
G recia
bras deben considerarse más com o sugerencia de lo que este uno
significa que com o definiciones. Su infinita riqueza hace que, por
riqueza misma, salga de sí, com o una fuente que rebosa de agua.
Esta riqueza hace que el uno fluya fuera de sí, desde toda eterni­
dad. y que se produzcan las diversas em anaciones que habrán de
llevam os de la unidad a la realidad particular.
La prim era y más alta de estas em anaciones es la del m undo
inteligible. A él. m undo m uy sim ilar al de las ideas platónicas,
podem os llegar m ediante la razón. Su causa y su significación
verdadera habrá que encontrarlas en el m isterio infinito de lo uno.
pero su realidad es com prensible de la m ism a m anera que m e­
diante la adecuada razón es conocible el m undo platónico de las
form as. De ellas en Plotino com o en Platón, podem os decir que
son eternas, espirituales, esenciales. A diferencia de Platón debe­
rem os decir que son las ideas que tiene el uno o. si se quiere, y
más precisam ente, las ideas que acerca de las cosas tiene Dios.
Del m undo inteligible y tam bién por exceso y por riqueza sur­
ge, eternam ente, el m undo del alm a. Por un lado se trata, com o en
el Timeo de Platón -q u e fue la biblia de los neoplatónicos-, del
alm a del m undo; por otro lado, se trata del alm a de cada uno de
los individuos -hom bres, anim ales, vegetales o piedras-, en ca­
da uno de los cuales hay un principio inmortal. No se trata aquí de
una inm ortalidad personal, sino m ás bien, de una inm ortalidad
que regrese el alm a del m undo al espíritu.
La m ateria, últim a de las em anaciones, debe entenderse no co­
m o un m undo de cuerpos o de seres sin alm a, sino más bien com o
aquel receptáculo de que hablaba Platón y que Plotino precisa en
estas palabras: “La m ateria es un sujeto [...] y un receptáculo de
form as”.98 La m ateria es una pura indeterm inación, una suerte
de no-ser. un aspecto de la posibilidad. Podría decirse que cada
una de las em anaciones es m ateria en relación a la em anación
que la precede en orden jerárquico: así el alm a es m ateria pa­
ra que venga a darle form a el ser de las ideas y éstas son relación
al principio absoluto que es la unidad.
En el m undo de Plotino todo nos rem ite a una realidad más
alta, todo acaba por rem itirnos, de la m ateria al alma, del alm a al
m undo de las ideas, al absoluto que es la unidad de Dios. ¿Cóm o
llegar a entender este Dios que. por su m ism a infinitud sobrepa­
sa toda posible definición? La única experiencia posible es, para
Plotino. de orden m ístico. La m ística, en efecto, perm ite la unión
entre el sujeto y objeto, entre el alm a y Dios. Y esta contem pla­
ción es posible porque en un m undo que se concibe com o uni­
dad, algo de esta infinitud que es el uno se encuentra en los indi­
viduos. En cuanto a esta contem plación misma, dejam os que de
ella hable Plotino en sus propias palabras: “Cerrem os los ojos
del cuerpo para despertar los del espíritu, para despertar en noso­
tros otro ver que todos poseen, pero de que muy pocos hacen
uso” .91’ M ediante esta visión interior el alm a encontrará “Aquel a
quien llam am os naturaleza del Bien y que hace irradiar en tom o
a sí la B elleza” .100
La m ística de Plotino. contem pladora, se diferencia de la m ís­
tica cristiana. Para ésta, en efecto, la contem plación será un m ó­
vil que conduce a la acción. Más cercano a los místicos del Oriente,
y aun a la ataraxia de epicúreos y escépticos. Plotino se queda
con la contem plación pura, avergonzado de tener un cuerpo,
desencarnado y entregado a la visión pura del absoluto. “Hay, por
doquier, retom o al uno ” , afirm a P lotino.101 Pero esta visión del
uno es lo que nos perm ite huir de la realidad que nos rodea, de
las ilusiones de la m ateria y de las ilusiones del tiempo: “C uan­
do contem plam os, escribe Plotino, es para contem plar y poseer
el objeto contem plado. La práctica, por ende, tiene com o fin la
contem plación” .1112
9S lbid.. vol. II. p. 4.
115
Obras de consulta
B r o c h a r d , Victor. Les Sceptiques grecs, Vrin. París, 1928.
G u y a u . J. M.. La moral de Epicuro, Americalee, Buenos Aires, 1943.
H a d o t. Pierre, Plotin, ou la simplicité du regard, Plou, París, 1963.
In g e . W. R.. The Philosophy ofPlotinus, 1928.
R e y e s, Alfonso. La filosofía helenística. Fondo de Cultura Económi­
ca, México, 1959. [Breviarios, 147.|
95 lbid.,
v o l. I,
p. 6.
100 Loe. cir.
101 lbid.. v o l .
102 Loe. cii.
III,
p. 8 .
SEGUNDA PARTE
CRISTIANISMO Y EDAD MEDIA
D e l SIGLO I AL SIGLO XIV
I
I. D e
sa n
Pablo
a san
A g u s t ín
La lenta caída del Im perio R om ano arrastra, com o un podero­
so río. la caída de los sistem as clásicos de la vida y del pen­
sam iento. Los hom bres están, en toda la fuerza de la palabra,
desorientados. Poco a poco, u na nueva verdad, nacida en las
tierras de G alilea, invade los dom inios del Im perio Rom ano. La
presencia del cristianism o viene a transform ar radicalm ente los
m odos de pensam iento hasta tal punto, que en una u otra form a,
los nuevos conceptos, las nuevas creencias, se integran para siem ­
pre en la vida de O ccidente. La nueva fe se hace vigencia, y la
revelación de la vida cobra vida en el curso de la historia. N a­
da m ás em ocionante que asistir al nacim iento creador, vivo de
una vida siem pre renovada, que se inicia con las enseñanzas
de Jesús, de sus apóstoles y de los discípulos de los discípulos de
sus apóstoles. A este surgim iento, podem os asistir, si analizam os
la idea de los padres de la Iglesia cristiana, de san Pablo o san
A gustín. Con ellos cam bia el rum bo de la historia. Para apreciar
este cam bio veamos prim ero, cuál era el rum bo o el derrum be de
la vida social y política de Roma.
Desde que Poncio Pilatos es procurador en Palestina (25-30),
hasta la total dispersión del Im perio R om ano en el siglo vi. el
panoram a de la historia de Rom a es el de una progresiva deca­
dencia. En el curso del siglo I y durante buena parte del siglo II,
los rom anos dom inan prácticam ente todas las tierras que rodean
al M editerráneo. En el curso de estos dos siglos, grandes filóso­
fos. com o Séneca. Epicteto o M arco Aurelio, historiadores com o
Tácito, eruditos y hum anistas com o Plinio el joven, dan continui­
dad al desarrollo de una literatura de gran estilo que prolonga a
Cicerón y Ovidio. H abría que observar, sin em bargo, que m u­
chos de los grandes escritores de la época son escritores satíricos
-P etro n io en el Satiricón, M arcial en la agudeza am arga de sus
epigram as. Juvenal en sus sá tira s- Y es un hecho que la sátira
120
121
Introducción a la historia de la filosofìa
Cristianism o y Edad M edia
suele anunciar los com ienzos de la decadencia de una civiliza­
ción: un hecho que a pesar del vigor que dem uestran las letras y
las artes, a pesar tam bién de la fuerza m ilitar de Rom a, nuevos
grupos venidos del oriente y del norte de Europa m ellan poco
a poco la estructura de apariencia indestructible que el Im pe­
rio R om ano presentaba a sus contem poráneos. Ya en el año 150.
los godos llegan a las costas del M ar Negro, y unos sesenta años
más tarde se instalan a orillas del Danubio, cara al im perio. La
caída de R om a se precipita. Con la fundación de Constantinopla,
el Im perio Rom ano em pieza a dividirse por dentro hasta que en el
año 395 ya no puede hablarse de un im perio, sino de dos im pe­
rios, el de C onstantinopla y el de Roma. Perm anecerá C onstanti­
nopla, llegará a considerar a Italia com o parte de su im perio y
habrá de perdurar en el Im perio Bizantino. Rom a m ism a cesa de
ser el imperio que fue. En el año 410. A laricoy su ejército visigodo
saquean la ciudad de Rom a y sólo la presencia del obispo León
pone cierto coto al pillaje de los invasores. Será nuevam ente
León quien, a la cabeza de los sacerdotes de su diócesis rom ana,
vuelva a poner coto relativo al saqueo de Rom a por los vándalos
que, provenientes del Á frica del norte, desem barcan en O stia y
dirigidos por Genserico, saquean nuevam ente R om a en 445. El
Im perio Rom ano toca a su fin. Después de erigirse brevem ente
en reino independiente pasa a ser. desde 555, una provincia más
del Im perio Bizantino.
En estos seis siglos de grandeza prim ero y de segura decaden­
cia m ás tarde, el cristianism o se desarrolla y crece com o un árbol
que vigoriza sus ramas con la poda periódica de su propio sacrifi­
cio. Es verdad que los cristianos son pocos. A principios del siglo
iv. no representan más de una vigésim a parte de la población de
Roma. Sin embargo, a fines del m ism o siglo, el senado rom ano
renuncia al paganism o (389). No puede decirse que por ello haya
triunfado el cristianism o. Los cristianos siguen siendo una pe­
queña m inoría y las diversas escuelas cristianas dan m uchas ve­
ces lugar a disensiones internas, a herejías y a diversas formas
de la heterodoxia. Lo que sí puede decirse es que el cristianism o
se ha fortalecido y que las ideas que trae consigo son ya las ideas
originales de los nuevos tiem pos. Precisar estas nuevas ideas es
presenciar el desarrollo de “la nueva revelación“ que "se encuen­
tra situada com o una piedra de escándalo entre el judaism o y el
helenism o” . 1Las nuevas ideas m odifican y cam bian radicalm en­
te los antiguos pensamientos en cuanto al conocim iento, en cuanto
al concepto de Dios y en cuanto al sentido de la naturaleza, de la
historia y del hombre.
N uevas ideas en cuanto al conocim iento
El m isterio de los m isterios, el verdadero escándalo para helé­
nicos y judíos, es la revelación de Dios en la persona hum ana
y divina de Cristo. Las enseñanzas de los apóstoles se centran
en este m isterio de la encarnación. Y es esta m ism a revelación la
que el cristiano está dispuesto a aceptar por la fe, com o guía de
una vida que adquiere su verdadero sentido si se dirige a la salva­
ción eterna del alma. A hora bien, la fe, creencia y convicción de
las cosas que no se ven (san Pablo), no parece encuadrar en el
m arco de la antigua lógica, la lógica de la razón, que desarrolla­
ron, siglos tras siglos, los filósofos de Grecia. Parece com o si un
elem ento irracional al m ism o tiem po que básico, viniera a intro­
ducirse en el cuerpo m ism o del conocim iento cuando se nos dice
que conocer es, principalm ente, creer.
Ante la afirm ación de una fe que cree precisam ente en lo invi­
sible, la actitud de los prim eros cristianos viene a dibujar ya la
actitud que tom arán m ás tarde, y hasta nuestros días, los filóso­
fos de O ccidente. Para todo pensador cristiano, la fe es el dato
im prescindible, una de las tres virtudes cardinales. ¿Q uiere ello
decir que la fe debe oponerse a la razón? ¿H abrá una fe total­
m ente incom prensible y. por lo tanto, totalm ente irracional? Tal
es la actitud de los cristianos más extrem osos que niegan la ra­
zón para m ejor afirm ar la fe. D esde este punto de vista, Tertulia­
no, nacido en C artago hacia 160, no hace sino iniciar una línea
de pen sam ien to que h ab rem o s de en c o n trar nuevam ente en
K ierkegaard o Unam uno. Fundador de la term inología que ha­
brán de em plear los teólogos de los siglos posteriores, gran es­
critor en latín -e l m ás grande de los escritores cristianos antes de
san A g u stín -, hereje por un exceso de puritanism o al final de su
vida. Tertuliano es el m ás apasionado defensor del fideísm o. En
1Étienne Gilson, L'Esprit de Uiphilosophie mcdiévule, vol. I. Vrin. París. 1932, p. 22.
Introducción a la historia de la filo so fía
Cristianism o y Edad M edia
varias ocasiones, cuando discute los m isterios del cristianism o y.
en especial, cuando trata de explicar la presencia de C risto en la
hostia, afirma Tertuliano. "credo quia absurdum “creo porque es
absurdo” . Lo que Tertuliano quiere decir no es que los m isterios
del cristianism o sean absurdos, sino, m ás precisam ente, que lo
que es absurdo es la razón. Si la razón es absurda, queda una so­
la vía para esta vía cristiana que es la de la salvación: la fe en
toda su pureza.
No fue esta actitud radical la que predom inó entre los Padres
de la Iglesia cristiana, ni la que habrá de predom inar durante la
Edad M edia. Ya san Pablo decía: “lo invisible de Dios, su eter­
no poder y su divinidad, son conocidos m ediante las criaturas” .2
Con esta frase, san Pablo indica que. adem ás de la fe, es posible
llegar a Dios m ediante sus efectos, m ediante la consideración ra­
cional de las criaturas cuya existencia carecería de sentido sin “lo
invisible de Dios” . Pero fue sobre todo san Justino mártir (ca. 100ca. 165), quien estableció ya m uy claram ente las relaciones entre
la fe y la razón. De las prim eras intuiciones de Justino habrán de
derivar las teorías de san Agustín, de san Anselm o, de santo To­
m ás o de Duns Escoto. Es bueno detenerse brevem ente en el pen­
sam iento de Justino quien ha sido llam ado con justicia “el prim er
filósofo cristiano”.1
Justino nació en Neápolis de Siria y pasó a Rom a donde se
convirtió aproxim adam ente a la edad de treinta años. Entre sus
escritos son notables dos Apologías, una de ellas sobre la ilegali­
dad de las acusaciones contra los cristianos y otra sobre la de­
m ostración de las verdades cristianas. De igual im portancia es el
Diálogo con el ju d ío Trifón. En él. Justino nos da variados datos
autobiográficos m ediante los cuales sabem os que. desde muy
joven, estuvo en contacto con los filósofos. Fue. sucesivam ente,
discípulo de un estoico, un peripatético, un pitagórico y un plató­
nico. Y si bien encontró m ás verdad en la filosofía de Platón que
en ninguna de las dem ás filosofías de los griegos, sólo encontró
la verdad en la fe cristiana cuando llegó a concebir un ardiente
am or por los profetas, por aquellos hom bres que son am igos de
Cristo. La filosofía aparece com o un ser de “m uchas cabezas” y
por lo tanto de m uchas verdades, es decir, de poca verdad ya
que tantas y tan distintas verdades son muy a m enudo co n tra­
dictorias. Esta contradicción de la filosofía no hace, sin em ­
bargo. que Justino desespere de su valor. Si la fe y el “ardiente
am or" son los datos básicos y necesarios, es posible ilum inar­
los m ediante la razón. En la P rim era a p ología , escribe Justino:
“N adie creyó a Sócrates hasta que m urió por lo que enseñaba.
Pero para C risto, los m ism os artesanos y los ignorantes han
despreciado el m iedo a la m uerte” .4 La cita de Sócrates es signi­
ficativa. Justino, buen lecto r de Platón, de quien dijo que había
leído los textos bíblicos sin acabar de entenderlos, tom a com o
ejem plo de filósofo a Sócrates. Su idea es bien clara. E xisten
dos suertes de profetas: aquellos que lo son conociendo la pa­
labra de Dios (los profetas bíblicos) y aquellos que lo son sin
acabar de saberlo, sin tener co n cien cia total de la verdad (los
filósofos griegos). Así. en la Prim era apología, escribe: “Los que
han vivido según el verbo son cristianos, aunque hayan p asa­
do por ateos, com o entre los griegos Sócrates, H eráclito y sus
sem ejantes y entre los bárbaros, A braham , A nanías. A zarías,
M iqueas, E lias” .5 Los filósofos griegos adquieren derecho de
ciudadanía en la nueva ciudad cristiana. Y con ellos, com o ay u ­
da a la fe, adquiere derecho de ciu d ad an ía la razón. C om o dice
Gilson: “Justino no está lejos de decir con Erasmo: santo Sócra­
tes. ruega por nosotros” .6
La actitud de Justino en cuanto a las relaciones de la fe y
la razón, es com ún a varios de los más im portantes padres de la
Iglesia, tanto en O ccidente com o en Oriente. Así, G regorio de
Nisa (3357-395?), afirm aba igualm ente que la fe es absolutam en­
te im prescindible, que en ella existen la única revelación y la úni­
ca verdad absoluta, pero que m ediante la razón puede probarse
que Dios existe y aun com entar los textos bíblicos y evangélicos
siem pre que la razón no contradiga los datos seguros de la fe. Así
tam bién san Agustín, quien al describir su propia conversión dirá
que su fe andaba en busca de la razón (fieles quaerens intellectum)
y establecerá de una vez por todas el principio según el cual la fe
es la garantía absoluta de la salvación y que la razón es una ayuda
122
2 San Pablo, Epístola a los romanos, I, 20.
5A dalbcrt Ham nian, L aphilosopliiepasse att Christ. Justin, Littératurcs Chrétiennes,
París. 1958.
4 Ibid., p. 46.
5 Étienne Gilson, op. cit.. p. 29.
' Ibid., p. 61.
123
Introducción a la historia de la filo so fia
C ristianism o y E dad M edia
para entender, en lo que sea posible entender, aquello que la fe
nos revela.
se revela por la fe. sigue siendo siem pre un “Dios escondido”. Su
infinitud es el ser y, para nuestro ser lim itado, su m ism a infini­
tud es indecible, inefable, objeto principalm ente de fe y, secun­
dariam ente. de razón.
Pero este ser infinito, infinito en acto, única presencia total y
verdadera, no es solam ente un concepto. Es un ser que se revela,
que se nos entrega m ediante la caridad, que nos crea por don de
gracia y am or a partir de la nada. En una palabra: es un Dios
vivo. Y estas tres nociones, caridad, creación, nada, son de nuevo
revelaciones que los griegos no habían podido ni tan sólo sos­
pechar. Dice san Pablo: “Si hablando lenguas de hom bres y de
ángeles, no tengo caridad, soy com o bronce que suena o cím ba­
lo que retiñe. Y si teniendo el don de profecía y conociendo to­
dos los m isterios y toda la ciencia y tanta fe que trasladase las
m ontañas, si no tengo caridad, no soy nada. Y si se repartiese
toda mi hacienda y entregare mi cuerpo al fuego, no teniendo
caridad, nada me aprovecha” . Ahora perm anecen estas tres co­
sas: la fe, la esperanza y la caridad; pero la más excelente de
ellas es la caridad.8
Si ésta es la más alta de las virtudes en cuanto nos conduce
a la contem plación de Dios, lo es precisam ente porque el Dios
del cristianism o es “él m ism o” caridad, amor. Deus est caritas,
Dios es caridad, dice el Evangelio de San Juan.9 El uno de los
n eo p lató n ico s creaba, desde to d a etern id ad , p or u n a suerte
de necesidad que se originaba en un exceso de riqueza. Y es­
te exceso em anaba en los inteligibles en el alm a y en la natu­
raleza. El Dios cristiano crea por un acto libre de amor. El hom ­
bre. hecho a imagen y sem ejanza de Dios, podrá decir con san
Agustín: pondus meum, am or m eus. “mi peso es mi am or” : es
decir, lo que me centra en m í m ism o, lo que me hace hombre,
es el am or que encam ina hacia la beatitud. La relación entre el
Dios y el hom bre es un doble cam ino de am or por creación y de
retom o a Dios por la m ism a virtud de caridad. Con la doctrina
de la caridad -d iv in a y h u m an a- “cam bian ya para siem pre los
horizontes y las perspectivas de la lectura occidental. Las cues­
tiones ‘objetivas’ se convierten en cuestiones ‘personales’. Al diá-
124
La naturaleza de Dios
Si la fe pudo aparecer com o un elem ento irracional y una “piedra
de escándalo” para los griegos y los rom anos, ello se debe a que
la verdadera piedra de escándalo residía en el concepto cristiano
de Dios. Los griegos concibieron a Dios com o un ser lim itado y
para ellos la perfección era sinónim o de lim itación. ¿Q ué signifi­
ca el infinito para los griegos? En general un desorden, un caos,
una nada. Ahora bien, con el cristianism o la naturaleza de Dios
es la de un ser infinito cuya perfección reside precisam ente en su
infinitud. De ahí su “invisibilidad” . de ahí que para alcanzar a
entender a Dios sean necesarias la revelación, la encarnación
y, en cuanto al proceso del conocim iento, una fe que vaya m ás
allá de nuestra razón siem pre lim itada por todos los objetos en
que piensa. ¿C óm o entender esta noción de la infinidad? E viden­
tem ente no podem os form ularla en térm inos totalm ente raciona­
les. Podem os, sí, sugerir su sentido. A sí lo hace Etienne Gilson
cuando com para la idea de infinito en Aristóteles y en el cris­
tianism o. Vale la pena detenerse en su frase: “El infinito, dice
A ristóteles, no es aquello fuera de lo cual no hay nada sino, al
contrario, aquello fuera de lo cual hay siem pre algo: el infinito
cristiano es precisam ente aquello fuera de lo cual no hay nada” .'
Para A ristóteles, el infinito es concebido com o una línea a la cual
pueden añadirse siem pre nuevos puntos o com o un triángulo cu ­
yos tres lados pueden acrecentarse indefinidam ente. A sí co n ­
cebido. el infinito es m ás bien una form a de la indefinición. De
hecho el infinito aristotélico nunca es en acto, puesto que siem ­
pre podem os añadir algo en potencia. Por lo contrario, el infinito
del cristianism o es precisam ente lo que es. el único ser que es
totalm ente, el único que puede afirm ar: Yo soy quien soy. Y este
ser infinito, este Dios que es precisam ente todo, es por la m ism a
razón, en buena parte, incom prensible. El Dios cristiano, que
7 Ibid., pp. 4. 16.
8 San Pablo. Epístola 1 a los corintios. 13.
QJoaquín X irau. A m or v m undo. El C olegio de M éxico, M éxico, 1941.
125
Introducción a la historia de la filoso fìa
Cristianism o y E dad M edia
logo sustituye la com unión. Y toda verdadera purificación es con­
fidencia o confesión” .10
El gran m isterio del cristianism o, nueva “piedra de escándalo”
para griegos y rom anos, es éste: Dios de am or crea por am or al
hom bre, por am or encam a y se hace hom bre para que el hom bre
pueda volver a Dios por este m ism o cam ino de amor. Infinito,
Dios es tam bién tangible: perfecto, es tam bién Dios y hom bre en
una m ism a sustancia. Si por un lado el cristianism o es así crea­
ción, es tam bién, com unión personal de las personas con la per­
sona del Dios vivo.
R om ano Guardini ha hecho notar el cam bio total, la inversión
radical de los valores que entraña la nueva actitud cristiana. El
cristianism o viene a enseñam os que “el verdadero valor está en
los pobres de espíritu, en los dulces, en los que lloran, los ham ­
brientos, los m isericordiosos, los de corazón puro, los pacíficos,
los que sufren”.11 La virtud es, por excelencia, ejercicio de amor.
Si es nueva la idea de un Dios de amor, si es nueva igualm ente
la idea de un retom o a Dios m ediante la beatitud de la contem pla­
ción, no lo es m enos la idea de la creación.
En un texto atribuido al pastor H erm a leem os: “A ntes que
nada, cree que existe un D ios ún ico que lo ha creado todo y lo
ha term inado todo, y que ha hecho que todo p asara de la nada
a la ex isten cia” .
Es verdad que algunos de los filósofos griegos tuvieron la idea
de una creación. Platón, en el Timeo habla de un D ios que crea al
mundo. Pero esta creación había que concebirla com o una cons­
trucción. Dado un m undo de esencias eternas y un receptáculo
eterno de posibilidades, el dem iurgo platónico m ezclaba estos dos
principios para dar lugar al m undo de los sentidos. El Dios cris­
tiano crea de m anera radical y absoluta, a partir de nada. ¿Cóm o
entender esta palabra? ¿Q ué significa la nada? ¿No es verdad que
de la nada nada puede surgir, com o reza el texto clásico? La no­
ción cristiana de la creación no im plica, naturalmente, que el m un­
do creado surja de una suerte de “cosa” que llamamos nada. La
nada no puede significar una suerte de ser, un “algo” del cual surge
el universo. Lo que significa es esto: antes de existir, el mundo crea­
do no existía; antes de haber m undo, el m undo no era. Dios, en su
acto de caridad, crea el m undo, le otorga su ser y en este m undo
crea al hom bre y le otorga el ser que tiene, para que llegado el fin
de la historia, el alm a humana, el cuerpo espiritualizado y el mundo
transform ado se reintegren en el ser qüe los creó por caridad.12
126
11 Rom ano Guardini, El señor, i, ii.
11 Cf. Joaquín Xirau, op. cit., pp. 42, 55.
127
El sentido de la historia
N aturaleza y hom bre adquieren, con el cristianism o, un sentido
histórico que no tuvieron antes entre los clásicos. No hay que
pensar naturalm ente, que los griegos y los rom anos no tuvieran
un sentido de la historia. Baste recordar los nom bres de Tucídides
o H erodoto, Tito Livio o T ácito para darse cuenta de la im portan­
cia que tuvo la historia entre ellos. La novedad que representa el
cristianism o, ya latente en el libro que es la Biblia, es de otro
orden. Para los griegos, la historia se reduce a una serie de he­
chos, de acontecim ientos, de luchas. Los historiadores de G recia
y R om a son cronistas de la historia de sus propias ciudades, Esta­
dos o naciones. El cristianism o viene a decim os algo radicalm ente
nuevo: todo es historia y todo, p or ser historia adquiere sentido. Y
efectivamente, si el hom bre y el m undo son creados por Dios en el
tiem po y han de tener fin en el tiem po, la historia hum ana, lugar
donde podem os escoger entre la salvación eterna o la eterna con­
dena. es lo más real en esta vida. Real y urgente. Si la vida de
cada hom bre y la vida de la hum anidad entera se conciben com o
un cam ino de salvación, si esta salvación tiene que escogerse con
plena libertad en la historia de cada uno de los hom bres y de
todos ellos en su conjunto, la historia adquiere una urgencia que
nunca había tenido. De pronto todo se hace historia: la historia
del hom bre que lucha en vida para alcanzar una vida total des­
pués de la m uerte. Para los griegos había historia. Para el cristia­
nism o la vida es historia. De ahí que una de las grandes novedades
que el cristianism o aporta es ésa: la filosofía de la historia, es de­
cir, la tentativa por encontrar u na ley que presida al nacim ien­
to, el desarrollo y el apocalipsis de todas las cosas y de todos los
hom bres. La historia y, en cada individuo, el tiem po, son el lugar
12 Étienne Gilson,
op. cit., vol.
II, p. 184.
Introducción a la historia de la filo so fía
Cristianism o y E dad M edia
privilegiado de una elección definitiva. Por eso, com o habrem os
de verlo en san Agustín, “el pensam iento cristiano ha sentido hasta
la angustia el carácter trágico del instante” .13 Y a la filosofía de
san Agustín, prim era gran síntesis del pensam iento cristiano, de­
bem os volver ahora los ojos. En él cada una de las nuevas ideas
que acabam os de describir brevem ente adquiere su lugar y se in­
tegra en un sistem a vivo cuya característica principal es acaso
este sentido histórico: esta evolución que es una filosofía cuando
nace de esta evolución que es una vida, para conducir, m ás allá
del tiem po y de la historia, a la verdadera vida.
Dios cuya imagen lleva dentro de sí: la filosofía de san Agustín es
una constante revelación y un constante diálogo: revelación de
vida interior: diálogo, dentro de sí m ism o, con Dios y con los de­
más hom bres. De ahí que su filosofía se presente siem pre unida a
su teología, a su psicología, a su m oral, a sus polém icas con los
herejes o a sus com entarios con los am igos. De ahí tam bién que,
para san Agustín, la filosofía sea una actitud total del hombre.
Al pensador vivo le va en lo que piensa no sólo el pensam iento
sino tam bién la existencia misma.
N acido en Tagaste. pequeña ciudad rom ana cercana a Cartago, en 354. A gustín, hijo de Patricio, pagano, y de M ónica, cris­
tiana, que influye decisivam ente en la vida del santo, recibe de
niño una educación cristiana. Esta educación prim era no le aban­
dona del todo, si bien durante largos años Agustín pierde la fe.
D espués de asistir a las clases de los gram áticos en la cercana
ciudad de M adaura, después de disgustarse con un estudio a base
de repeticiones y de monótonas lecciones aprendidas de memoria,
Agustín llega a la ciudad de C artago - la más grande del im perio
después de R om a y C o n stantinopla- a la edad de dieciséis años.
De sus días de estudios prim arios sólo conserva el interés por la
lectura de Virgilio y de Apuleyo. La gran ciudad, con todos los
placeres que ofrece a un espíritu ya de por sí ávido de placer,
transform a al joven Agustín. Llega a tal grado la influencia del
am biente que Agustín confesará m ás tarde que en aquellos años
se convirtió “en selva de varios y um brosos am ores”.14 Se aleja de
su fe prim era, se declara discípulo de Cicerón y se dedica a la
práctica de la retórica. Pero ni el placer ni los ejercicios verbales
satisfacen su inquietud. Frisa A gustín en los veinte años cuando
lee el H ortensius, diálogo hoy perdido de Cicerón. Puede decirse
que esta lectura es el inicio de un prolongado periodo de conver­
sión. Pero un problem a le atosiga - a la vez vivido y pensado-: el
problem a del mal. ¿C óm o pensar que un Dios todopoderoso, ju s ­
to y bueno perm ita el m al? Durante algún tiem po Agustín cree
en co n trar la solución a su pro b lem a en las doctrinas de los
m aniqueos. Estos discípulos de M anes, crucificado en su Persia
natal en 276, sostenían que el m undo está regido por dos princi­
pios: el bien y el mal, la luz y las tinieblas. Influidos por el cristia-
128
Obras de consulta
C o p l e s t o n , Frederick, History o f Philosophy, vol. II, Newman,
Westminster, 1955.
G il s o n , Étienne, L ’Esprit de la philosophie médiévale, Vrin, Paris, 1932.
T a y l o r , Henry Osborn, The Medieval Mirnl, vol. i, Cambridge, Harvard
University Press, 1957.
W u l f , M aurice DE, Histoire de la philosophie médiévale, 2 vols., Vrin,
Paris, 1934.
II. EL
PE N SA M IE N T O D E SA N A G U S T ÍN
Vida y obra
En pocos filósofos, vida y filosofía llegan a coincidir com o en
san Agustín. En sus Confesiones san A gustín inaugura un nuevo
género literario. Pero no es esto lo que m ás importa. Toda la obra
de san A gustín es una confesión, palabra viva que nos revela un
constante anhelo de verdad, de conocim iento y fe. “No salgas de
ti m ism o -d ic e san A gustín-, en el interior del hom bre reside la
verdad.” A lo largo de su vida, san A gustín se esfuerza por encon­
trar dentro de su propia alm a, la verdad que busca sin cesar, el
13 Ibid., p. 84.
14 San A gustín, Confesiones, II, 1.
129
Introducción a la historia de la filo so fía
Cristianism o y E dad M edia
nism o, los m aniqueos pensaban que M anes era el Espíritu Santo;
influidos por los gnósticos, creían poder resolver racionalm ente
todos los problemas teológicos. Esta m ezcla de cristianismo defor­
mado y de racionalismo atraía el espíritu lógico de Agustín.
Los m aniqueos. sin em bargo, form aban una secta cerrada,
donde los iniciados eran m inoría. A nsioso por encontrar la ver­
dad, A gustín se dirige a Fausto, doctor m aniqueo de paso por
C artago. C uando Fausto le contesta que no puede resolver racio­
nalm ente todos los problem as que le plantea, A gustín desilu­
sionado del m aniqueísm o, cae en una etap a de escepticism o.
D espués de una breve estancia com o profesor en Roma, viaja a
M ilán donde se conjugan tres influencias. La prim era de ellas es
la de los neoacadém icos, discípulos lejanos de Platón que sola­
m ente conservan de Sócrates una afición por la discusión siem ­
pre unida a la idea de que no puede alcanzar la verdad. Las otras
dos, la de A m brosio, obispo de M ilán a quien con avidez “escu­
chaba disertar ante el pueblo”,15 y la de su m adre Mónica, vuelven
a conducirlo lentam ente hacia el cristianism o. Tiene A gustín trein­
ta años. Se dedica, con todo el fervor que pone siem pre en sus
acciones, a la lectura de Plotino, cuya filosofía habrá de influir
poderosam ente en el pensam iento futuro del filósofo. E n 386
se retira a la finca de C asiaciacum , y allí convive con sus d iscí­
pulos, su hijo A deodato y su m adre. E m pieza la labor de m edi­
tación y em piezan tam bién a salir de la plum a de A gustín los
prim eros escritos: Contra académ icos (386), D e beata vita (387).
B autizado, regresa A gustín con sus discípulos a Tagaste, donde
vive una vida m onástica, y se instala finalm ente en H ipona, ciu­
dad de la cual llega a ser obispo. M uere en 430 cuando la ciudad
de H ipona está rodeada por las tropas vándalas destinadas a con­
quistar las provincias rom anas de Africa.
La obra literaria de san A gustín se desarrolla entre 368 y el
año de su m uerte. B uena parte de esta obra está dirigida contra
las diversas herejías que pululan por el m undo cristiano; bue­
na parte de ella es una apología de la religión cristiana. A su fuer­
za espiritual se debe que, al morir, deje A gustín prácticam ente
unificada la Iglesia de África. Entre sus libros deben recordar­
se los Soliloquios (empezados en 386), D e la Trinidad (escrito en­
tre 400 y 416). De la naturaleza del bien (405). Pero si de sus obras
tuviéram os que destacar los libros que m ayor influencia y m ayor
vigencia han tenido en el m undo occidental habría que señalar las
Confesiones (400) y La ciudad de Dios (escrita de 413 a 426).
Tal es esquem áticam ente, la vida de Agustín de H ipona.16 Vol­
vam os ahora los ojos a los tem as esenciales de su pensam iento.
130
15Ibid., il. 23.
131
D uda y existencia
La duda socrática era parte de un m étodo para llegar, m ás allá
de la duda, al saber. En form a m ás sistem ática, la duda cartesiana
consistirá en dudar más que los escépticos mismos para quedar
seguros de que si encontram os una verdad, esta verdad resulta ya
indudable. La duda socrática conducía principalm ente a una for­
m a de la vida moral: la cartesiana va a ser una duda de orden
intelectual. La duda de san A gustín, sin carecer de estos dos fines
es m ucho más una duda vital que puede trazarse en la vida del
santo desde sus días en C artago hasta los años de su conversión.
Varios problem as contribuyen a las diversas formas de la duda
agustiniana. El m ism o nos cuenta cóm o en sus años de Cartago
“todavía no am aba y ya am aba am ar”.17 Es claro para quien lea
las Confesiones, que san A gustín siem pre consideró que las ten­
taciones de su juventud le habían alejado de la fe. La inseguridad
m ás profunda y a la vez el m otivo m ás profundo de la duda pro­
vienen de esta carencia de fe. Pero sería falso pensar que esta
carencia proviene tan sólo de una m anera de vivir. Tiene tam bién
raíces teológicas en el problem a del mal. Veremos m ás adelante
la explicación que da san A gustín al problem a del mal. R ecor­
darem os. sin em bargo, que en sus años de duda, éste fue proba­
blem ente el motivo más hondo de escepticism o (su aceptación a
m edias del m aniqueísm o fue transitoria y le condujo, después de
sus conversaciones con Fausto, a dudas más severas).
16 L a m ejor fuente para la vida de san A gustín sigue siendo las Confesiones. Entre
los resúm enes m odernos pueden co n su ltarse: R égis Jolivet, San Agustín y el neopla­
tonismo cristiano, C.E.P.A.. Buenos A ires, 1941; C. C. M artindale, “A Sketch o f Life:
St. A ugustine'', en Saint Augustine, His Age. Life and Thought. M eridian B ooks, Nueva
York, 1960; J. D. Borger, Saint Augustin, É ditions de la Banconniére, Ncucliátel, 1948.
17 San A gustín, op. cit., III, 1.
Introducción a la historia de la filo so fía
Cristianism o y E dad M edia
El ánim o de san A gustín estaba abierto a la duda de los escép­
ticos y así, a su llegada a Italia, vino a pensar que “m ás prudente
que los m aniqueos” fueron aquellos filósofos llam ados académ i­
cos, al creer que debía dudarse de todas las cosas y al afirm ar que
el hom bre no puede com prender ninguna verdad.18
D urante unos años san A gustín parece haber hecho suyos los
argum entos de los escépticos. No por largo tiem po, pues a pesar
del escepticism o, a pesar de la duda, había una verdad que se le
aparecía fuera de toda posibilidad de dudar. En efecto, quien duda
“tanto si está dorm ido com o si está despierto, vive” .19 Un hecho
hay indudable: el hecho de que el m ism o que duda, al dudar exis­
te. Es más: el hecho de dudar nos revela una verdad absoluta: la
de nuestra vida. A sí lo expresa san Agustín: “Si me engaño a mí
m ismo, soy, y así existo si me engaño a m í m ism o [...] no me
engaño a m í m ism o cuando sé que existo” .20
A pesar de todas las dudas -to d a s ellas de origen v ita l- encon­
tram os una verdad que es tam bién de carácter vital: la vida se me
revela a cada paso com o una verdad y una realidad que no puedo
poner en duda: el que duda, vive.
piensa, lo siente y lo vive san A gustín quien dedica al análisis del
tiem po las páginas más originales de las Confesiones.
Los filósofos griegos se habían ocupado escasam ente del tiem ­
po. Acaso Heráclito sea quien más se acerque a las ideas del tiempo
que se desarrollan a partir del cristianism o y después de él, A ristó­
teles. que nombra el tiempo explícitam ente, hace de él una forma
del movimiento y considera que el tiem po es el movimiento con
m edida.21 San Agustín no podía aceptar esta idea física del tiempo.
Cuando medimos el tiempo de un m ovimiento podemos hacerlo
tan sólo porque ya tenemos antes una noción del tiempo: “Cuando
un cuerpo se mueve, yo m ediante el tiem po mido cuánto se mueve
desde que em pieza a moverse hasta que se detiene”.22 El tiem po así
no es una cosa, un objeto físico en movimiento, sino algo que per­
tenece a mi manera de ser y de contem plar las cosas. El tiem po es
parte del alma. Y si el tiempo es mi tiempo, si el tiempo es mi con­
ciencia y la conciencia de mi vida; cabe preguntarse en qué consis­
te este tiempo que es parte integrante de mi ser humano. “En ti
mido yo los tiempos, alma mía.”23Pero, ¿cuál es la naturaleza de este
tiem po mediante el cual puedo m edir las cosas precisam ente por­
que el tiempo es el alm a misma? Podem os descomponer el tiem po
en tres momentos: el pasado, el presente y el futuro. Pero pregun­
tarse por el ser del pasado es una contradicción ya que el pasado ha
dejado de ser: y es igualm ente contradictorio preguntarse por el
ser del futuro, ya que el futuro todavía no es. Nos queda el presen­
te, pero el presente, es un constante paso, un constante dejar de ser
y un constante todavía no ser. El instante presente se rompe en frag­
mentos de instante, y cada uno de estos fragm entos deja de ser. Pa­
sado. presente, futuro, se me presentan com o formas del no ser.
¿Y mi vida, mi vida que estaba hecha de tiempo? Ha llegado san
Agustín a lo más hondo de su duda. La vida que parecía una certi­
dum bre indudable, viene ahora a deshacerse en migajas de tiempo
que son migajas de una constante desaparición. “He venido a caer
en los tiempos cuyo orden desconozco, y tumultuosas variedades
desm enuzan mis pensamientos, las íntim as entrañas de mi alma.”24
132
El tiem po y la mem oria
Parece que salim os por fin de dudas. Tenem os ya la certeza de
nuestra propia vida. Un filósofo com o D escartes hará surgir toda
su filosofía de este conocim iento y de esta revelación del ser
por el du d ar m ism o. No es el caso de san A gustín. En un senti­
do m uy preciso puede decirse que san A gustín lleva el escepti­
cism o m ás lejos que D escartes, que lo lleva hasta el centro de la
vida m ism a.
Em pieza así una nueva etapa de la duda agustiniana; la más
crucial, la que nos lleva a preguntam os si la vida tiene algún sen­
tido, la que m ejor se ajusta a aquella angustia que proviene “del
carácter trágico del instante” , com o decía Gilson. Y en efecto, la
vida transcurre en el tiem po. ¿N o será necesario entender cuál es
el sentido del tiem po para entender el sentido de la vida? Así lo
18 ¡bul., v. 19.
10 San A gustín, De Trinitate, XII, 21.
20 Loe. cit.
133
21 El tem a será discutido en relación con las filosofías de Descartes, L eibniz, Hume,
Kant y. en nuestro siglo, las de Bergson, H eidegger y Sartre.
22 San Agustín, Confesiones, XI. 31.
23 Ibid., XI, 36.
24 Ibid., XI, 39.
134
Introducción a la historia de la filo so fia
La duda real, profunda, que es cuestión de vida, es en san
Agustín m uy exactam ente esta duda en que nos pone el análisis
de un tiem po que se quiebra y desaparece en cuanto em piezo a
querer fijar sus m om entos.
¿Cóm o salir de esta duda? ¿C óm o salvar estas “variedades”
que “desm enuzan [...] las íntim as entrañas de mi alm a” ?
El análisis que hem os llevado a cabo hasta aquí es de orden
lógico y la lógica nos dice que el tiem po no existe, que nosotros
m ism os no existimos. A este análisis lógico podem os añadir un
análisis psicológico, m ediante el cual verem os el sentido del tiem ­
po y, por así decirlo, la presencia m ism a del tiempo.
Cuando decíam os que el pasado no es y que no es el futuro,
acaso estábam os abusando de una form a esquem ática y externa
de analizar. Hay un hecho concreto: por más que pase el tiem po
yo sigo en presencia de m í mismo. ¿Q ué es lo que hace posible
esta presencia? De hecho, y hablando con todo rigor, no podem os
hablar de un pasado en sí, de un presente en sí y de un futuro en
sí. Podem os hablar, ahora, en este constante ahora que es nues­
tra vida, de “presente de pasados, presente de presentes, presente
de futuros” .25 M ientras vivo, estoy en mi presente, y estoy en él
gracias a lo que san Agustín llam a una atención vital, una atención
a la vida. Y en ella, en esta presencia constante de mi conciencia y
de mi vida, viene a darse el futuro bajo la form a de la previsión
y viene a darse el pasado bajo la form a de la m em oria. Cuando
san A gustín nos dice que el tiem po es “distensión”26 quiere decir
precisam ente que en oposición a un tiem po que se disuelve si lo
analizam os desde fuera, m ediante categorías puram ente lógicas,
existe un tiem po que no se disuelve y no se desm enuza, un tiem ­
po que es el de nuestra estancia m ientras estam os en esta vida, un
tiem po que es una correlación constante de nuestros recuerdos y
nuestras esperanzas centradas todas en la atención vital que es nues­
tra vida m ism a. C laram ente lo dice san Agustín:
¿Quién niega que los futuros aún no son? Y con todo hay todavía
en el alma espera de futuros. Y, ¿quién niega que los pasados ya no
son? Y, con todo, hay aún en el alma memoria de los pretéritos. Y,
¿quién niega que el tiempo presente carece de espacio puesto que
25 Ibid.. XI. 26.
26 Ibid., XI, 33.
Cristianism o y Edad M edia
135
pasa en un punto? Y con todo perdura la atención por la cual pue­
de pasar a ser ausente lo que es presente.27
A hora bien, de estas tres distensiones del alm a -aten ció n , pre­
visión, m em o ria- ¿cuál es la m ás im portante? No cabe duda de
que es la m em oria. San A gustín nos dice: “soy yo quien recuerda,
yo alma”28 y, hablando de la memoria: “no puedo decirm e distinto
a ella”.20 Esta prim acía de la m em oria proviene de dos hechos:
sin ella m e sería im posible pensar. ¿N o ve san A gustín en la pala­
bra cogitare, “pensar” , una form a del “recoger” , del “recordar” ?30
Y en efecto, si im agináram os un ser sin m em oria, sería tam bién
un ser sin pensam iento, puesto que pensar consiste en relacionar,
ligar, atar cabos para llegar a conclusiones. Sin la atención me
sería im posible atar estos cabos, pero sin el recuerdo me sería
im posible tener los cabos para poder atarlos m ediante la aten­
ción. E sta prim era razón es, sin duda, fundam ental. Pero existe
una segunda razón para decir que la m em oria es privilegiada. É s­
ta: en la m em oria está presente Dios m ismo. Dios está en “el aula
inm ensa de mi m em oria” .31 Es verdad que para san Agustín, Dios
se revela en el m undo que ha creado. Pero Dios se revela, sobre
todo, en cuanto regresam os a nosotros m ism os y vem os que nues­
tra conciencia m em oriosa es una im agen - la única que tenemos,
la única en que estam os m ientras viv im o s- de la eternidad.
A sí es com o adquiere pleno sentido la frase de san A gustín
tantas veces citada: “No salgas de ti m ismo; vuelve en ti. En el
interior del hom bre habita la verdad”. Ir de cam ino hacia la ver­
dad es m ás bien regresar a nosotros m ismos. Veamos, desde den­
tro, el sentido de este cam ino; veam os tam bién el sentido de este
últim o objeto del conocim iento que es, en la vida y en la obra de
san Agustín, Dios m ism o.32
-1 Ibid., X 1,37.
2S Ibid., X I , 25.
20 Loe. cit.
,0 Ibid., X I , lcS.
!l Ibid.,X , 14.
52
Esle análisis del tiem po y la m em oria tiene evidentes parecidos con los que en
nuestro siglo lleva a cabo B ergson. Es posible que esta sim ilitud proceda de que tanto
san A gustín com o Bergson fueron lectores apasionados de Plotino en quien podrían
encontrarse sem illas de este análisis del tiem po. Para la idea de la presencia, vid. R a­
món X irau, Sentido de presencia. Tezontle, Fondo de Cultura Económ ica, 1952.
136
Introducción a la historia de la filo so fía
E l conocim iento y la existencia de Dios
Decir que Dios está en nuestra m em oria no es decir que Dios
se confunda con nuestra m em oria. Entre ésta y Dios m ide la m is­
m a distancia que mide entre lo finito y lo infinito. De ahí que pa­
ra san Agustín, com o para todos los pensadores cristianos, sea
necesario ante todo un acto de fe y que el cam ino m ás exacto del
conocim iento sea el cam ino que nos ofrece la fe, unida aquí, com o
en san Pablo, a la caridad. Pondus meum, a m o rm e u s (peso mío,
am or m ío), dice san Agustín, en el De trinitate. El alm a, por su
propio peso, de amor, gravita hacia Dios. Pero si la fe y la caridad
son las vías sine qua non de toda la filosofía agustiniana, no quie­
re ello decir que deba prescindirse de la razón. Bien es verdad
que para san Agustín está la fe prim ero: “si no puedes entender,
cree para poder entender”.33 Pero no es m enos cierto que la fe,
para no andar a ciegas, debe ir en busca del intelecto (ftdes
quaerens intellectum).
Los m edios naturales (sensación, intelecto, razón) vendrán así
en ayuda de los cam inos sobrenaturales de la fe y la gracia divina.
El m undo natural, no es en san A gustín tan im portante com o
va a serlo para santo Tomás. Sin em bargo, el m undo natural es el
m undo creado por Dios y. en cuanto creación divina, conduce a
Dios. Es acaso este respeto hacia las creaciones divinas lo que
hace pensar a san A gustín, en curiosa coincidencia con los epicú­
reos. que las sensaciones no nos engañan. Sin darnos certidum ­
bre, las sensaciones nos dan por lo m enos la certeza de que existe
un m undo del cual provienen y al cual se refieren. Este m undo es
el que, de creatura en creatura, nos conduce a Dios.
La prueba de la existencia de Dios m ediante las creaturas pro­
cede en san A gustín de esta creencia en el origen divino del uni­
verso creado. Pocas veces se ha presentado la prueba por la con­
tingencia com o en este párrafo de las Confesiones:
¿Y qué es eso? Pregunté a la tierra, y dijo: “No soy yo”, y lo mismo
confesaron todas las cosas que hay en ella. Pregunté al mar y a los
abismos y a los reptiles de almas vivas, y contestaron: “Nosotros no
somos tu Dios; busca por encima de nosotros”. Pregunté a las auras
33 Sail A gustín, Confesiones, XVII, 23.
Cristianism o y Edad M edia
l'il
que respiramos y dijo el aire todo con todos sus habitantes: “Se en­
gaña Anaximenes; yo no soy Dios”. Pregunté al cielo, al sol, a la
luna, a las estrellas: “Tampoco somos el Dios que buscas”, me dije­
ron. Y pregunté a todas aquellas cosas que rodean las puertas de mi
carne: “Habladme de mi Dios que vosotras no sois; decidme algo de
‘Él’ ", Y clamaron con gran voz: “£ / es quien nos ha hecho”.34 “Mi
mirada era mi pregunta y su respuesta, su apariencia”.35
Pero si el m undo de las cosas nos conduce a Dios, el cam ino
que a él nos conduce es, principalm ente, el de nuestra alm a en la
cual está presente Dios mismo. De esta existencia son prueba las
verdades absolutas de la lógica y de las m atem áticas. ¿D e dónde
provendría una verdad m atem ática? ¿D e nosotros m ism os? Pero
si viniera de nosotros, seres relativos com o som os, no serían ab­
solutas las verdades de la m atem ática. Para que lo sean se necesi­
ta la existencia de un ser que sea verdad absoluta.
Penetrem os m ás aún en el interior de la eternidad. De acuerdo
con san Agustín, todos los hom bres reciben la ilum inación que
Dios les otorga. Así, conocer a Dios es volver a esta luz prim ige­
nia y reveladora. En un párrafo paralelo a aquel m ediante el cual
el filósofo alcanza a Dios por la consideración de las creaturas,
llega al conocim iento de la divinidad por la inspección de su
propio ser:
Tengo al alcance de la mano un cuerpo y un alma, uno exterior y
la otra interior. ¿En cuál de los dos había de buscar a mi Dios, que
ya había buscado por los cuerpos desde la tierra hasta el cielo[...]?
Mejor sin duda lo interior. Pues a él, como presidente y juez, le
venían a traer los mensajes corporales, las respuestas del cielo y
de la tierra y de todas las cosas que hay en ellos, cuando decían: “No
somos Dios” y “El es quien nos ha hecho”, El hombre interior co­
noció estas cosas por el ministerio del exterior: yo interior conocí
estas cosas, yo. yo alma.36
Com o en la filosofía de Platón, tanto el m undo com o el hom ­
bre existen por participación. El ser en el cual participan todas las
34 Con esta respuesta, san Agustín cita de la Biblia (Salm os, 99, 3).
35 San Agustín, Confesiones, X, 9.
36 Loe. cit.
Introducción a la historia de la filo so fia
C ristianismo y Edad M edia
cosas es el creador m ismo, quien, en su perfección, las trascien­
de a la vez que las ilumina. Y si las ilum ina es porque en Dios
existen las ideas, aquellas m ismas ideas platónicas, esencias de
las cosas, que ahora se convierten en ideas vivas, puesto que son los
pensam ientos de Dios.
En realidad hablar de pruebas de la existencia de Dios en san
Agustín es. sin ser falso, algo arbitrario. Gilson ha visto que toda
la filosofía de san Agustín, todo su pensam iento conduce a Dios.
H abría que hablar m ás bien de una sola vía en la cual coinciden la
razón, la fe y la caridad, en busca de una revelación que surge del
m undo creado y del alm a cuando ésta regresa a sí m ism a y en­
cuentra que en ella habita la verdad.
naturaleza. Si el alm a es capaz de entender estas verdades inm u­
tables. ello quiere decir que hay algo en el alm a que es igualm en­
te inm utable, que es eterno y. por lo tanto, inmortal.
Algo sem ejante sucede con la razón. De la razón podem os de­
cir que es o el espíritu o parte del espíritu. Ahora bien, la razón, que
es precisam ente aquel principio m ediante el cual entendem os
la ciencia, ha de ser, com o ésta, inm utable o, por lo m enos, po­
seer ciertas características inm utables. De ser así, hay que acep­
tar que la razón y con ella el espíritu, o por lo m enos parte del
espíritu, es inmortal.
El alm a es, además, principio de vida. Si consideram os que
el alm a es el principio del cuerpo y aquello que da m ovim iento al
cuerpo, no puede ser ella m ism a sino una sustancia viva, inm uta­
ble por relación con un cuerpo que se mueve. En otras palabras,
lo que es vida y lo que es vida en form a sustancial no puede dejar
de ser vida y es. por lo m ismo, vida inmortal.
Más honda fuente de preocupaciones fue para A gustín el pro­
blem a del mal. El problem a le preocupó en cuanto a la conducta
de los hom bres y en cuanto a su relación con la vida moral, pero
le preocupó sobre todo en cuanto a la com prensión de la presen­
cia del mal y en relación con la existencia de Dios. En De natura
boni contra manicheos, san A gustín trata principalm ente el pro­
blem a m etafísico y teológico del mal.
Considerem os un caso concreto: el de una enferm edad. Toda
enferm edad nos quita fuerza y energías, reduce en algo nuestro
m odo de ser. Por otra parte, todos consideram os la enferm edad
com o un mal. Y de la m ism a m anera que la enferm edad es una
falta de salud, el insulto o la violencia pueden ser falta de caridad,
y el crim en falta del sentido de la justicia. En todos estos casos
concretos el mal se presenta, por una parte, com o carencia de un
bien y. por otra, com o una negación de nuestro propio ser. Si ge­
neralizam os a partir de estos ejem plos y nos preguntam os qué es
el mal. podrem os pensar, con san Agustín, que el mal es siem pre
una ialta, una falla, una carencia. De este modo el bien se identifica
con el ser. el mal con la falta de ser. El bien supremo es también el
ser supremo de Dios: el mal absoluto sería una pura hipótesis, una
inexistencia, ya que habría que hacerlo coincidir con el no-ser.
La m ism a idea puede expresarse en form a positiva: todo lo
que existe, en cuanto existe según la form a de ser que le es pro­
138
El alma. E l bien y el mal
El pensam iento todo de san Agustín donde son inseparables los
datos de la fe y las especulaciones de la razón nos ha llevado a ver
cóm o el alm a llega a darse cuenta de una verdad increada, eterna
y perfecta. Sería incom pleto el análisis de las ideas, especialm en­
te de las nociones m etafísicas que desarrolla san Agustín, si no
nos refiriéram os a dos problem as que fueron para él vitales: el
destino del alm a y el de la naturaleza del mal.
En cuanto al prim ero es necesario recordar una vez más que
el destino del alm a, destino por naturaleza inm ortal, debe acep­
tarse por motivos sobrenaturales, es decir, por razones de fe. Aquí,
sin em bargo, com o en los problem as anteriores, la razón consti­
tuye una ayuda. A probar la inm ortalidad del alm a dedica san
Agustín el De inm ortalitate anim ae. uno de sus tratados más bre­
ves y m ás precisos.
Son m uchas las pruebas que da san Agustín, pero pueden re­
ducirse a tres: la prueba por la presencia de la ciencia en el alma,
la prueba por la razonabilidad del alm a y la prueba por el carácter
vital del alma.
El alm a es su jeto de la ciencia. Ello no significa que la ciencia
pueda confundirse con el alma, sino, sim plem ente que el alm a
posee la capacidad de desarrollar la ciencia. Ahora bien, la cien­
cia se refiere a entes inalterables, siempre idénticos a sí mismos, es
decir, a verdades eternas. Las verdades m atem áticas son de esta
139
Introducción a la historia de la filosofia
Cristianism o y E dad M edia
pia, es un bien; el m al es la renuncia o la carencia de este ser. La
m ateria definida al m odo aristotélico com o posibilidad, no es
un mal en sí aunque carece de los bienes que tienen en sí los se­
res que no sólo son posibles sino que adem ás son reales. Y el
m ism o pecado debe interpretarse no com o “el deseo de una natu­
raleza m ala", sino com o “el abandono de una m ejor” . Al referirse
al pecado original, dice san Agustín: “El hom bre no apeteció una
naturaleza m ala cuando echó m ano al árbol prohibido; sino que
dejando lo que era mejor, com etió por sí un acto m alo”.37
El mal es relativo. Lo que existe verdaderam ente es siem pre
un bien. Y si el mal es relativo y es falta de ser, no puede lim itar a
Dios perfecto y bueno.
El m undo es concebido por san Agustín, com o un todo arm ó­
nico, este m ismo todo arm ónico que, de grado en grado, de ser en
ser. nos conduce a Dios. Y este m undo que. en cuanto es. es por
Dios, es un bien en cuanto se refiere al bien suprem o en el cual
participa.
Los m aniqueos concibieron al mal com o una sustancia, una
naturaleza y un ser. Y éste fue su error. Su principal error fue, de
acuerdo con san Agustín, concebir el mal com o un ser existente
y, al hacerlo así, llegaron a contradecirse puesto que atribuían al
mal el ser que es, precisam ente, el bien. Pocos párrafos expresan
con tanta claridad com o éste el pensam iento de Agustín:
perio R om ano no se debe a la presencia del cristianism o en R o­
m a. sino a los propios errores de los paganos. Pero el libro ofrece
también la primera filosofía de la historia, la primera tentativa que se
haya hecho por buscar una explicación que abarque el desarrollo
com pleto de la historia hum ana.
La historia que refiere san A gustín es la que em pieza con la
creación del hom bre y la que habrá de term inar con el ju icio final.
Esta historia es la historia de una elección entre dos ciudades, la
ciudad perecedera de los hom bres y la ciudad eterna que los pri­
m eros cristianos sim bolizaron en la Jerusalén Celeste. “Dos am o­
res fundaron dos ciudades, es a saber: la terrestre, el am or de sí
propio hasta llegar a m enospreciar a Dios, y la celestial, el am or a
Dios hasta llegar al desprecio de sí propio. La prim era puso su
gloria en sí m ism a y la segunda en el Señor.”39
Un am or mal entendido, una form a egoísta del amor, nos lle­
vará a preferir la vida terrestre y las form as de la civilización te­
rrestre; la práctica de la caridad conducirá a preferir la ciudad de
Dios. Esta elección es tanto una elección de los pueblos mismos
com o una constante elección de cada uno de los individuos en
cada uno de los pueblos de la Tierra. En la historia de las dos ciu­
dades puede verse la historia de la salvación o de la condena de
las civilizaciones y de los individuos.
Si pasam os a la historia concreta de las dos ciudades, podre­
mos dividirla en tres etapas. En un principio las dos ciudades
andaban confundidas en la confusión m ism a de la caída. Con
Abraham em piezan a distinguirse. La ciudad celeste es la que
realizan en sus profecías y en sus visiones los profetas de Israel:
la ciudad terrestre está constituida por el resto de la hum ani­
dad. Aun dentro de la ciudad pagana y aun sin que los paganos
tengan conciencia de lo que hacen, existe ya un descubrim iento
velado y apagado de la ciudad celeste especialm ente presente en la
obra de Platón.
Con el nacim iento del cristianism o, las dos ciudades vuelven a
m ezclarse. Pero ahora la m ezcla ya no es una confusión. Si en
Israel la Iglesia se lim itó a un solo pueblo, con el cristianism o
la Iglesia llega a todos los pueblos. Lo cual no significa que to­
dos los hom bres sean cristianos ni que todas las sociedades y ci-
140
Llamamos voz grave a la contraria a la voz aguda, y desagradable a
la voz contraria a la armoniosa; pero si quitas completamente toda
clase de voz resulta el silencio donde no hay ninguna voz [...] Así las
cosas claras y las cosas oscuras se nombran como dos contrarios, y
sin embargo las cosas oscuras tienen algo de luz, y al carecer com­
pletamente de ella, resultan entonces las tinieblas, ausencia de luz
como el silencio la ausencia de voz.18
Las dos ciudades
La ciudad de Dios puede concebirse com o una larga polém ica
escrita por un cristiano que quería dem ostrar que la caída del Im ­
37 San Agustín, De natura boni contra m anicheos,
38 Ih id ., X V .
XXX,
10.
39 San Agustín, La ciudad de Dios,
X tv .
28.
141
142
Introducción a la historia de la filo so fía
vilizaciones sean ya perfectas. Significa, sí, que todos los pue­
blos pueden participar en la revelación providencial. No significa
tam poco que haya que negar la existencia de la ciudad terrestre
que es solam ente m ala cuando trata de ser un fin en sí misma. Se
trata, más bien, de afirm ar la existencia, por encim a de la ciudad
de los hom bres, de una ciudad donde lo que im porta es la salva­
ción del alm a de cada uno de los hom bres que la com ponen. E s­
ta prim acía de la ciudad de Dios responde muy a las claras a la
idea cristiana de que este m undo es el lugar donde elegim os en­
tre la salvación eterna o la eterna condena. Así, quien se atenga
tan sólo a la ciudad terrena, quien por ello mismo viva atento tan
sólo al “am or de sí propio” , habrá de condenarse. Quien sea ca­
paz de vivir en “desprecio de sí propio” , salvará su alm a y su
vida. Esta ciudad de tránsito habrá de realizarse plenam ente en
la Jerusalén Celeste.
“Para san Agustín, la ciudad de Dios no es el m ilenio concreto
de los apologistas más antiguos, ni es tam poco la Iglesia jerárqui­
ca visible. Es una realidad trascendente e intem poral [...] que
guarda alguna sem ejanza con el concepto neoplatónico del m un­
do inteligible.” Esta ciudad trascendente, m odelo y orden de todas
las ciudades que no sólo quieren su propio bien en los lím ites de
su propio am or, es una sociedad trascendente en la cual “el rey es
la verdad, la ley es el am or y la duración es la eternidad” .40
Obras ele consulta
C o p l e s t o n , Frederick, History o f Philosophy, vol. II, Newman,
Westminster, 1955, pp. 40-90.
Christopher, et. a i, St. Augustine, HisAge, Life andThought,
Meridian, Nueva York, 1960.
G i l s o n , Étienne, Introduction á l ’étude de saint Augustin, Vrin, París,
1943.
J o l iv e t , Régis, San Agustín y el neoplatonismo cristiano, C.E.P.A.,
Buenos Aires, 1941.
L e f f , Gordon, Medieval Thought, Penguin, Harmondsworth, 1958,
pp. 32-54.
D
a w so n,
40
Christopher Dawson. “St. A ugustine and His A ge”, en St. Augustine. His Age, Life
and Thought, pp. 66-67.
Cristianism o y Edad M edia
III.
143
S i g l o x i:
D EL R EN A C IM IEN TO C A R O L IN G IO A SA N A N S E L M O
Por Edad M edia se solía entender este largo periodo que va de la
caída del Im perio R om ano hasta el siglo x v . Un espíritu raciona­
lista. que em pieza a m anifestarse desde el Renacim iento, pensó
ver en este largo espacio de nueve siglos una época oscura. Una
suerte de larguísim o paréntesis en el cual la historia se había de­
tenido. La Edad M edia estática, m al estudiada y rechazada en
bloque, separaba, así, dos periodos lum inosos; el m undo clásico
y el m undo m oderno que em pezaba, al creer de los renacentistas,
con el doble m ovim iento de retom o a las épocas clásicas y la
tendencia a un conocim iento racional y científico.
Este corte arbitrariam ente trazado en el curso de la historia es,
naturalm ente, falso. Ya desde el R om anticism o y sobre todo a
partir de los estudios de historiadores, críticos, filósofos del siglo
x x , se ha disipado poco a poco esta idea de una edad “m edia”,
infecunda y retrasada. De hecho no existe tal edad m ediana o in­
term edia. Existió un largo tiem po de desarrollo que tiene tanto
valor por sí m ism o com o por cuanto influye en el desarrollo de
este m ism o pensam iento m oderno que quiso negar su existencia
o, por lo m enos, su validez.
Es fácil encontrar a lo largo de la Edad M edia, una serie de
constantes fijas: la centración de la vida toda en Dios; la creen­
cia en que la verdadera vida habrá de realizarse en otro mundo; la
subordinación de las actitudes vitales, artísticas e intelectuales
a la teología y al conocim iento de la divinidad. Pero si son muchas
las constantes, son m ás las variables tanto en la interpretación de
esta dependencia de lo divino com o en el desarrollo histórico que
nos conduce de una sociedad realm ente prim itiva en los prim eros
siglos a una com plejísim a estructura social, artística e intelectual
a partir del siglo XI. Estas variables se encuentran tanto en el es­
pacio com o en el tiempo.
En el espacio, prim ero. Y es que de hecho participan en esta
Edad M edia, no sólo el m undo occidental -lo s restos más o m e­
nos organizados del antiguo Im perio de O ccid en te-, sino el Im ­
perio B izantino, teocéntrico, gobernado por un césar que es a la
vez autoridad religiosa últim a e indiscutible, im perio profunda­
Introducción a la historia de la filosofìa
Cristianism o y Edad M edia
m ente centralizado en tom o a la m ayor ciudad de Europa: Constantinopla. Por otra parte, digno de m ención por su valor in­
trínseco tanto com o por su influencia en el m undo cristiano, se
desarrolla, a partir de 632 (fecha de la m uerte de M ahom a). el
Im perio M usulm án que habrá de dom inar durante varios siglos
el m undo de las ciencias, de las técnicas y aun de la política
m editerránea.
A parte de esta diferenciación en el espacio -q u e de hecho po­
dríam os encontrar aún en el m undo de O ccidente- hay dentro de
la m ism a civilización occidental una constante variación hacia
form as m ás com plejas y más com pletas de gobierno, de arte y de
pensam iento. A riesgo de esquem atizar, la historia medieval pue­
de dividirse en los siguientes periodos: el que va de la caída del
Im perio Romano -sim b o lizad a por la entrada de Atila en Rom a
en 4 3 2 - hasta el renacim iento carolingio de los siglos vill y IX; el
que, después de una era de verdadera oscuridad, alcanza verda­
dera originalidad en el siglo XI; el que m adura y sintetiza las vi­
siones pasadas y prepara las del porvenir a lo largo de los siglos
xil y XIII; el que viene a desem bocar al R enacim iento desde la
segunda m itad del siglo xm hasta el siglo xiv.
A tengám onos aquí a los dos prim eros periodos teniendo siem ­
pre en cuenta que es una de estas épocas de acarreos cuya síntesis
- l a prim era gran síntesis m edieval- se encuentra en la obra de
san Anselmo.
tiem po duró el nuevo im perio que se disolvió al repartirse entre
los hijos del em perador. Pero a pesar de su brevedad fue decisivo
en el desarrollo cultural de Europa.
C arlom agno, “el de la barba florida” que nos describe la C an­
ción ele Rolando, llegó a gobernar con un alto sentido de la uni­
dad de su im perio y un no m enor sentido de interés por las cues­
tiones de la cultura. U na de sus preocupaciones principales fue
la transform ación cultural de sus súbditos. Con este propósito
fundó las principales escuelas de los prim eros siglos de la Edad
M edia. U na de ellas, ligada a la corte, tom ó el nom bre de la Es­
cuela del Palacio, las dem ás fueron escuelas adjuntas a los prin­
cipales conventos (Saint Gall, C orbie, Fulda), y se enfocaron, ya
a la educación de los m onjes (schola claustri), ya a la educación
de los ciudadanos (schola exterior). Tam bién los obispados lle­
garon a ser im portantes centros de cultura.
Com o C arlom agno no encontró m aestros capacitados en sus
dom inios, los hubo de buscar en España, en Italia y, m uy princi­
palm ente. en las islas Británicas. De hecho el reorganizador de la
Escuela del Palacio y, com o ha dicho G uizot, el m inistro de cul­
tura de C arlom agno fue un m onje inglés: Alcuino. Educado en el
m onasterio de York, donde existía la m ejor biblioteca de Europa,
Alcuino no fue un pensador original. Su importancia histórica es­
tá ligada al desarrollo de la escuela palatina, donde se form alizó
la enseñanza de las siete artes liberales: el trivium (gram ática, re­
tórica y dialéctica) y el quadrivium (geom etría, aritm ética, astro­
nom ía y música). Esta división en “letras” y “ciencias” se mantuvo
muy am pliada y detallada en el curso de la Edad M edia y dio
lugar a la enseñanza universitaria del siglo xm . Los discípulos
de A lcuino, se dedicaron a propagar la cultura de la Escuela del
Palacio. Entre ellos debe recordarse el preceptor de los alem a­
nes, R ábano M auro.
Si bien estos m aestros fueron sobre todo organizadores y
repetidores, Juan Escoto Erígena (810-ca. 877), nacido en Irlan­
da, fue ya, en pleno siglo ix, el prim er gran pensador original de
la Edad M edia.
El pensam iento de Escoto Erígena procede, en buena parte, de
las enseñanzas de san A gustín, y en no m enor parte de las de los
neoplatónicos y. especialm ente, del Pseudo-D ionisio Areopagita.
El Pseudo-D ionisio, cuya identidad no ha sido posible fijar cía-
144
El renacimiento carolingio
A fines del siglo vm , Europa estaba am enazada por los árabes
que habían invadido España y Sicilia y amenazaban a Francia y a
Italia. Guiados por una fe guerrera cuya fuerza parecía inconteni­
ble, los árabes se lanzaron al ataque de Francia. Cerca de Poitiers,
C harles M artel derrotó al ejército árabe en una de estas batallas
decisivas para el curso de la historia. La victoria vino a fortale­
cer la dinastía de los reyes carolingios y a consolidar su dom inio
durante el reino de C arlom agno. Coronado en Rom a, em perador
del Sacro Im perio R om ano-G erm ánico -p rim era tentativa cris­
tiana de unidad im perial y religiosa-, C arlom agno gobernó so­
bre un vasto territorio que com prendía Francia y A lem ania. Poco
145
Introducción a la historia de la filo so fía
Cristianism o y Edad M edia
ram ente, fue un teólogo bizantino cuyas obras gozaron de gran
fam a durante toda la Edad M edia. M ístico cristiano, el PseudoD ionisio inició las llam adas vía negativa y vía atributiva para
llegar al conocim iento a Dios. D ando por sentado que el hom bre,
ser lim itado, no puede conocer directam ente a Dios, el PseudoD ionisio piensa que existen dos cam inos indirectos. El prim ero
consiste en elim inar de la idea de D ios todo aquello que conside­
ram os im perfecto (el mal, la pluralidad, el e rro r...); el segundo,
en atribuir a Dios infinitam ente todo lo que consideram os per­
fecto (la bondad, la sabiduría, la creac ió n ...). Para m ejor señalar
el carácter infinito de esta atribución se dirá que Dios es ser su­
prem o, suprem a esencia, suprem o y verdadero bien o suprem a
belleza.
Este m étodo doble, que más tarde em pleará santo Tomás, fue
utilizado por Escoto Erígena, buen conocedor del Pseudo-Dionisio
y traductor de sus obras del griego al latín.
Se ha dicho que “uno de los fenóm enos más notables del siglo
IX es el sistem a filosófico de Juan Escoto Erígena, que destaca
com o un m onte erguido sobre una llanura”.41 Y. en efecto, su De
divisione naturae es. a la vez, un sistem a com pleto, sólido y ori­
ginal dentro de la tradición neoplatónica cristiana. A unque ante­
pone la fe a la razón, Escoto Erígena no piensa que la razón y la
fe sean contradictorias. Si la filosofía es verdadera, verdadera es
la religión y recíprocam ente, si la religión es verdadera, verdade­
ra es tam bién la filosofía. Procediendo m ediante la ayuda de am ­
bas, Escoto Erígena establece que la totalidad del universo debe
llam arse naturaleza. El térm ino está em pleado en un sentido tan
am plio que se refiere tanto a Dios com o al m undo creado. Ahora
bien, esta naturaleza puede ser de cuatro géneros distintos: una
naturaleza creadora e increada, que es Dios en cuanto principio
del m undo; naturaleza creada y creadora, es decir, el m undo de
las ideas o de los inteligibles; naturaleza creada que no crea, o
sea las creaturas; naturaleza increada y que no crea, es decir. Dios
com o fin de todas las cosas. Parece que Escoto E rígena distinguía
claram ente entre Dios y las creaturas, pero el hecho de em plear
las m ism as palabras naturaleza para referirse a am bos se presta­
ba a confusiones. ¿Sostendría Erígena, com o Plotino. que hay una
sola sustancia, que Dios y el m undo son una m ism a cosa? ¿Sería
com o llegó a pensarse, un filósofo panteísta? No es de creerse, y
parece más verosím il pensar que si em plea un solo térm ino para
designar a Dios y al m undo lo hace con plena conciencia de la
diferencia radical que existe entre los dos. ¿N o sostiene, com o su
m aestro el Pseudo-D ionisio que el hom bre, finito, sólo puede
llegar a Dios por vía negativa? ¿N o indica, con ello, que ve la
diferencia entre am bas naturalezas, la hum ana y la divina? Pare­
ce. por lo m enos, muy probable que así sea. Lo que sí es cierto es
que. gracias a su influencia, el pensam iento m edieval fue, hasta
el siglo X II, principalm ente platónico, neoplatónico y agustiniano.
Veamos en su sistem a un com ienzo de toda una tradición que
habrá de seguir san A nselm o en el siglo X I y san Buenaventura en
el siglo xiii.42
146
41 Frederick Copleston, History o f P hilosophy, vol. II, Newman W estminster, p. 112.
La filosofía en el siglo
X I:
147
el problem a de los universales
Porfirio, el neoplatónico discípulo de Plotino, había com entado
la lógica de Aristóteles en su Isagoge. Este libro, conocido por
B oecio y a su vez com entado por él, tuvo una im portancia pre­
ponderante en el planteo de la teoría del conocim iento medieval.
En el Isagoge, Porfirio resum ía el problem a del origen de las ideas
en Aristóteles y proponía tres preguntas: 1) ¿Existen los géneros
y las especies en la naturaleza o tan sólo en el espíritu? 2) ¿Son
estos géneros y estas especies incorporales o corporales? 3) ¿Pue­
den o no separarse de los objetos de los sentidos?
Porfirio volvía a plantear la vieja discusión entre los partida­
rios de una teoría sensualista que hace depender las ideas de
las sensaciones y éstas del m undo natural, y los partidarios de las
ideas innatas que sostienen con Platón, que las ideas - e s de­
cir. los géneros y las esp e cies- existen en la mente antes de que
existan en la experiencia.
Pues bien, este problem a volvió a p lantearse con toda p re­
cisión a lo largo de la E dad M edia y, principalm ente, entre el
42 Vid. nuestro tratam iento de Baruch Spinoza infra.
Introducción a la historia de la filo so fía
Cristianism o y Edad M edia
siglo x i y el siglo x iv , bajo el nom bre de problem a de los univer­
sales. Los filósofos que se inclinan por la línea de pensam iento
agustiniano tienden a sostener la existencia de ideas innatas y
a decirnos que los universales son ante rem, es decir, que ex is­
ten antes en el espíritu que en las cosas. O puestos a ellos, los
nom inalistas, que surgen con R oscelin de C om piégne en el si­
glo X I, se inclinan hacia la interpretación sensualista del o ri­
gen de las ideas. P ara ellos, éstas proceden de la sensación,
vienen al espíritu a partir de las cosas y son, por lo tanto, p o st
rem. Ya en el siglo X I, R oscelin afirm a esta prioridad de los
sentidos y niega, com o lo había hecho E picuro, la validez de
los conceptos universales que carecen de referente real, pues
si lo real es siem pre lo individual, los universales o ideas g en e­
rales carecen de relación concreta con el m undo y se reducen a
form as cóm odas para entendernos los unos a los otros. Ya v ere­
m os cóm o, en el siglo x m y x iv , este problem a se com pleta con
las soluciones de santo Tom ás y de G uillerm o de O ckham ; lo
que ah ora interesa es señalar que en el siglo xi, está, com o va
a estarlo en siglos futuros, íntim am ente ligado al problem a de
la fe y de la razón. Los nom inalistas m edievales, que lim itan el
p oder de la razón, son refinados discípulos de Tertuliano: si
niegan la razón es para m ejor afirm ar la fe. Los realistas - e s
decir, los partidarios de la realidad en la m ente de las ideas
in n a ta s - tratan de m ostrar, com o ya lo hacía san A gustín, que
la fe y la razón son com patibles y que no es necesario negar
el v alo r de la razón para afirm ar la necesidad de la fe. San A n­
selm o de C anterbury es el prim ero de los grandes realistas m e­
dievales. Frente al escepticism o fideísta de un R oscelin, san
A nselm o tratará de sistem atizar y hacer viables los cam inos de
la fe y de la razón.
com pleto cuya influencia habrá de llegar hasta Descartes.43 Sus
escritos, no siem pre dedicados a la difusión son principalm en­
te: el M onologio y el Proslogio, donde A nselm o plantea el pro­
blem a de la existencia de Dios; el De gram m atico y el D e veritate,
donde se discuten los problem as de conocim iento, del lenguaje y
de la verdad; el Cur Deus hom o -p o r qué Dios se hizo h o m bre-,
obra básica en el desarrollo de la teología. Escribió, adem ás una
serie de obras puram ente teológicas sobre la concepción virginal,
sobre la gracia y la libertad, oraciones que escapan al cam po de la
pura filosofía. Habremos de lim itarnos aquí a sus escritos más
decididam ente filosóficos.
San A nselm o vive en una época de creciente poderío del papa­
do. Este poderío se m anifiesta no sólo en lo espiritual sino tam ­
bién en lo terrenal. En 1096 se organiza la prim era C ruzada que
no solam ente contribuye a fom entar el cristianism o en Oriente,
sino que abre las tierras del M editerráneo oriental al com ercio
europeo y principalm ente italiano. Em piezan a apreciarse los cam ­
bios económ icos que nacen del crecim iento de las ciudades y
del tercer estado, la nueva clase de los burgueses y de los com er­
ciantes. En su conjunto, el siglo x i es, en lo político, lo social y lo
económ ico, un siglo de expansión. Es un siglo en el cual existe,
igualm ente, una verdadera unidad de estilo m anifiesta en toda la
Europa del occidente y. principalm ente, del centro y del sur. Con
el arte rom ánico, surgido del feudalism o m onástico, esta unidad
de estilo se hace presente en toda Europa a pesar de las diferen­
cias locales y regionales. Pero si la Iglesia es poderosa, los Estados
nacionales no existen todavía y las luchas entre señores feuda­
les van en aum ento hasta el punto de que de pueblo en pueblo, de
región en región, de castillo en castillo estallan la guerra y el te­
rror. Las doctrinas de un próxim o fin del m undo florecen por
todas partes y cobran especial vigor en las ideas de un fin apoca­
líptico inm ediato que anuncia Joaquín de Fiore.
Expansión de la Iglesia, por una parte; desintegración y dis­
persión del m undo social por otra. En este am biente de expansión
y de guerra civil continuada, la vida intelectual no deja de desa-
148
La filo so fía de san Anselm o
A nselm o nació en A osta en el año de 1033 y m urió en 1109. D es­
pués de ser largo tiem po abad del convento de Bec, en Norm andía, Anselm o pasó a Inglaterra, donde fue arzobispo de Canterbury.
Su obra, prim era síntesis de la filosofía m edieval y antecedente
de las filosofías que se desarrollarán en el siglo x m , es un sistem a
149
45
El argum ento que dem uestra la existencia de D ios a partir de la idea de la p erfec­
ción -argum ento ontológico lo llam ará K an t- influye en toda la filosofía occidental, de
san B uenaventura a Hegel. H abrem os de seguir sus distintas m anifestaciones en d i­
versos sistem as de pensam iento.
Introducción a la historia de la filo so fia
Cristianism o y Edad M edia
rrollar.se. pero es, en general, bastante pobre. Por un lado están
los dialécticos, que ocasionalm ente se pierden en excesos racio­
nalistas. ¿No quería B éranger de Tours dar una explicación ra­
cional del m isterio de la eucaristía? ¿N o afirm aba que la razón
tenía más poder que la autoridad de la fe? C ontra este extrem o
racionalism o, que el espíritu cristiano podía difícilm ente aceptar,
los teólogos niegan extrem osam ente la razón para afirm ar la fe.
Pedro Damián, entre ellos, llega a decir que el prim er filósofo, el
prim er hom bre que usó de la razón, fue el diablo m ism o. Contra
unos y otros, Roscelin de C om piégne trata de desvirtuar la razón,
basar todo el conocim iento en los datos individuales de los senti­
dos y acaba por afirm ar que si el conocim iento es individual y se
refiere a realidades individuales, cuando hablam os de un Dios
trinitario hablam os de tres personas totalm ente distintas.
Ante estos pensam ientos todos ellos extrem osos resalta, ais­
lado y arm ónico, en una época de desarm onías intelectuales, el
pensam iento lum inosísim o de san Anselmo.
tengan la m ism a im portancia y deban situarse a un m ism o ni­
vel. El dato básico e im prescindible proviene siem pre de la fe.
Pero la fe no es ciega. De hecho nos conduce a la inteligencia
racional. Por ello afirm a san Anselm o: creo para entender. La
inteligencia viene a aclarar la fe, un poco com o el razonam ien­
to m atem ático viene a aclarar los postulados indem ostrables de
la geom etría. Pero si por un lado la creencia nos conduce a la
razón y necesita de ella, es igualm ente verdad que el entender
debe conducir a la creencia: entiendo para creer. Lo que sostiene
san A nselm o es que todo lo que se cree verdaderam ente pue­
de entenderse tam bién con verdad. C uando en el M onulogio se
dispone a probar la existencia de Dios dice que no busca “otra
prueba que la que resulta espontáneam ente del encadenam iento
necesario de los procedim ientos de la razón y de la evidencia de
la verdad” .44 Esta distinción m uy precisa entre una fe indudable
y una razón que procede por sus propios m edios hace que san
A nselm o pueda ser considerado com o el prim er verdadero filó­
sofo de la Edad Media.
Para un filósofo que desea precisar los m étodos y el alcance de
la razón, es necesario, previam ente, definir el objeto de la razón,
es decir, la verdad.
En el De veritate la palabra verdad tiene dos sentidos distintos
y com plem entarios. En el prim ero de ellos, la verdad se identifica
con el ser. es decir, con Dios. Podem os afirm ar sin lugar a dudas
que para san A nselm o la verdad es el ser de Dios. En el segundo,
la verdad consiste en la serie de juicios lógicos propios a la razón
humana. Éstos son los aspectos form ales de la verdad que san
A nselm o encuentra en el juicio o. com o él dice, en la “enuncia­
ción” . ¿Cuándo será verdadero un ju icio ? Para precisar la verdad
del juicio debemos distinguir entre la forma del juicio y el objeto del
juicio. Un juicio será verdadero cuando sea recto. C uando siga
los principios lógicos de identidad y de no contradicción. Así. el
juicio puram ente formal “5 es P" es un juicio recto y verdadero.
Pero un juicio que se quedara en la pura form ulación lógica no
sería un juicio com pleto. El juicio recto debe dirigirse a un obje­
to. La verdad del juicio nace cuando el contenido no contradicto­
rio del juicio corresponde a un objeto real. Así. por ejem plo, si
150
La razón y la f e
Ya hem os visto cóm o desde los com ienzos de la filosofía cris­
tiana se planteaba el problem a de las relaciones entre la fe y la
razón. A un fideísm o radical, com o el de Tertuliano, habían res­
pondido prim ero san Justino m ártir y. m ás tarde, san Agustín.
Para am bos la razón y la fe eran com patibles. San A nselm o se
encuentra en esta tradición que iniciaron Justino y Agustín. Pero
si sus antecesores m ezclaban, sin trazar diferencias claras, los
datos de la fe y de la razón, la autoridad y el pensam iento racio­
nal, san A nselm o es el prim ero que traza una distinción precisa
que habrá de durar e influir en los grandes sistem as filosóficos
del siglo Xlll.
San A nselm o es, en cuanto al problem a de los universales,
uno de los m ás claros realistas de la Edad M edia. El intelecto
posee ideas innatas y la razón es previa a la experiencia de los
sentidos. A partir de esta doctrina queda claram ente precisada
la diferencia y la relación entre el conocim iento natural, que ope­
ra por la razón, y el conocim iento sobrenatural que opera m edian­
te la fe. No quiere ello decir que, para san Anselm o, fe y razón
44 San Anselmo. M onologio, I.
151
152
Introducción a la historia de la filo so fía
afirm o que la sum a de los ángulos de un triángulo es igual a 180
grados, el ju icio es a la vez form alm ente verdadero, puesto que
no es contradictorio, y es tam bién realmente verdadero, puesto
que si aplico este juicio a cualquiera de los triángulos conocidos
por la geom etría euclidiana, el objeto triángulo corresponderá a
mi juicio de relación entre las sumas de sus ángulos. La verdad es
así, rectitud intelectual y es, una vez com pleta, aplicación de esta
rectitud intelectual al objeto del conocim iento.
E ntendida esta noción de la verdad queda claro que el error
estará en la falta de rectitud del juicio o en la falsa aplicación del
juicio a un objeto. C om o san Agustín, piensa san A nselm o que
el error no procede de los sentidos. Los sentidos nos ofrecen da­
tos que son, en sí m ism os, neutros. El error procede de una m ala
interpretación de estos datos por parte de la razón. Así, el susto
del niño ante el león pintado no procede de la sensación obtenida
sino del hecho que el niño, en su intelecto, confunde al león pin­
tado con el león existente. El error es, pues, una falta de lógica.
D esde el punto de vista de la rectitud, un ju icio dejará de ser recto
cuando deje de ser lógico. Cuando afirmo “A es no-A” , mi juicio es
form alm ente falso. Por otra parte el juicio será tam bién falso cuan­
do se aplique a un objeto que no le corresponde, com o es el caso
del niño que se asusta ante el león tan sólo dibujado, o del hom ­
bre que. en el desierto, cree ver agua cuando está viendo tan sólo
un espejism o. Dos suertes de error: el que procede de una m a­
la organización lógica de mis juicios y el que procede de una
m ala aplicación de estos juicios a los objetos del juicio.
Pero para Anselm o, que se interesa sobre todo por los proble­
mas del alm a y de la existencia de Dios, la verdad absoluta no
está ni en las m atem áticas ni en las ciencias sino en la coinciden­
cia de la verdad de m is juicios con la verdad que es Dios.
Presuponiendo la fe. san A nselm o quiere encontrar un “fun­
dam ento racional de la fe” .45 Toda su intención m etafísica se re­
sume en una sola frase: “La fe buscando apoyarse en la razón” .46
En otras palabras, su teoría de la verdad tenía que conducirle a
tratar de probar, “m ediante el encadenam iento necesario de los
procedim ientos de razón” , la existencia de Dios.
45 San Anselm o, “Prólogo", en Proslogio.
46 Loe. cit.
Cristianism o y E dad M edia
153
La existencia de Dios
En el M onologio. san A nselm o andaba en busca de pruebas ra­
cionales. C om o lo indica el título del libro, la obra es un m o n ó ­
logo del autor, una com o conversación con su propia alm a en
bu sca de razo n am ien to s co n v in cen tes. L os arg u m en to s del
M onologio no son, sin em bargo, de m ucha originalidad. Se re­
d u cen a los an tig u o s arg u m e n to s m ed ian te la serie de las
causas y al argum ento que se basa en los grados de perfección.
D onde san A nselm o pone de m anifiesto su originalidad es en
el Proslogio.
En el Proslogio (palabra que significa alocución), san A nsel­
m o se pregunta “si no sería posible encontrar una sola prueba
que no necesitase más que de sí m ism a y que dem ostrase que
Dios existe verdaderam ente” .47 La prueba va dirigida al “insen­
sato” , es decir, en el sentido que san A nselm o da a esta palabra,
al que no cree en la religión cristiana.
La prueba de san A nselm o puede reducirse a térm inos ex­
trem adam ente sim ples. Todos los hom bres tienen la idea de
un ser “por encim a del cual no se puede im aginar ninguna co ­
sa m ayor” .48 A hora bien, si esta idea careciera de algo, ya no se­
ría la idea de este ser absolutam ente grande. Si dijéram os que
este ser carece de existencia, dejaría de inm ediato de co rres­
ponder a nuestra idea de un ser m ayor que todos los dem ás. De
lo cual se concluye que para que la idea de un ser m ayor que
todos los dem ás sea verdadera - e s decir, según la teoría de la
verdad de san A nselm o, que tenga un referente r e a l- este ser
debe existir.
Esta prueba anselm iana puede reducirse a las ideas que he­
m os expuesto acerca de la verdad. U na idea para ser verdadera
tiene que evitar toda contradicción. Si afirm o que el ser que
concibo com o absolutam ente perfecto carece de existencia m e
estoy contradiciendo y, por lo tanto, para evitar la co n trad ic­
ción. debo afirm ar que el ser perfecto, si lo es de veras, existe.
U na idea para ser co m pletam ente verdadera debe referirse a
un objeto real. Y la idea de la perfección, o por decirlo con san
4’ Loe. cit.
48 Ibid.. II.
Introducción a la historia de la filo so fía
Cristianism o y Edad M edia
A nselm o, la idea de un ser “por encim a del cual no puede im a­
ginarse ninguna cosa m ayor" solam ente será perfecta y verdade­
ra com o idea si se refiere a un ser real, absolutam ente perfecto y
existente: Dios.
Ya en tiem pos de san A nselm o la prueba que acabam os de
exponer fue discutida con vehem encia. Gaunilo. m onje francés
que se ha hecho fam oso por sus objeciones a san A nselm o, fue el
prim ero en criticarla.
A firm a G aunilo que. contra san Anselm o, podría aducirse que
existen m uchas cosas falsas en el espíritu humano. ¿No sería una
de ellas la de ser absolutam ente m ayor? Pero la objeción más
im portante de Gaunilo. la que anuncia las objeciones que santo
Tom ás dirigirá contra san Anselm o o Kant contra los racionalistas
puede resum irse en estos térm inos: de la existencia de una idea
no puede deducirse necesariam ente la existencia de una realidad.
Im agina G aunilo que existe, en m edio del océano una isla, la isla
perdida, cuyas riquezas son m ayores que las de las islas afortuna­
das. De la idea clara de la isla perdida no se sigue que esta isla
existe real y verdaderam ente. De la m ism a m anera, de la idea de
un Dios perfecto no podría deducirse la existencia real de este
Dios perfecto.
No se quedó G aunilo con la últim a palabra. La respuesta que
da san Anselm o, anuncia tam bién las que. a propósito de la m is­
m a prueba, habrá de dar D escartes contra los tom istas o los
em piristas. y Hegel contra Kant.
En prim er lugar, la idea de esta isla perdida, no es una idea
clara: si lo fuera, afirm a san A nselm o con ironía, “me com pro­
m eto a encontrar esta isla perdida y a dársela de m odo que no
se le p ierda ja m á s” .49 Lo que san A nselm o quiere decir es que
la idea de una isla perfecta es contradictoria. ¿C óm o pensar
que una isla, por más herm osa que sea. es tam bién lo que de
m ás grande podem os co ncebir o im aginar? El razonam iento
de san A nselm o puede aplicarse a cualquiera de los seres rela­
tivos que nos rodean. No existen árboles perfectos, no existen
piedras, hom bres, lagos o m ontañas que puedan concebirse co­
mo lo mayor. Así por una parte, la objeción de Gaunilo no se apli­
ca a la prueba de san A nselm o puesto que aquélla habla de un
ser lim itado y ésta habla de un ser sin lím ites. Por otra par­
te. san A nselm o no sostiene que se pueda deducir siem pre la
realidad de una cosa del pensam iento que tenem os de ella. En
rigor, esta deducción es solam ente posible en el caso de la idea
de Dios, idea que im plica un ser absolutam ente m ayor que. por
serlo, es tam bién existente.
¿P odrá decirse, con G aunilo. que esta id ea de un ser por
encim a del cual no puede im ag in arse ninguna co sa m ay o r es
una idea inconcebible? N o es p ro b ab le, puesto que por el m e­
ro hecho de decir que no puedo c o n c eb ir tal idea la estoy c o n ­
cibiendo.
A sí vuelve san A nselm o a su prueba prim era que, ya precisa­
da después de la respuesta de G aunilo, podría resum irse en estos
térm inos: existe una idea privilegiada, la de un ser absolutam ente
perfecto, que sería contradictorio concebir sólo com o idea y debe
concebirse com o idea de un ser existente.
Podrá o no aceptarse la prueba de san Anselm o. Su prolonga­
da historia en la filosofía occidental m uestra a la vez su origina­
lidad y su im portancia. Sin ella sería difícil concebir los sistem as
filosóficos de Descartes, Spinoza o Leibniz.
A parte de su im p o rtan cia h istó rica, la solidez m ism a de la
prueba debe entenderse dentro del m arco del p en sam ien to anselm iano. Nos decía san A n selm o que la fe anda en busca de
la razón. Con ello quería in d icar que la fe en D ios es fu n d a ­
m ental y que la existen cia de D ios es. por el cam ino de la fe,
inco n tro v ertib le. El argum ento del P roslogio ad q u iere p leno
sen tid o cu an d o se pien sa que para san A nselm o es una a c la ra ­
ción de la fe y en m odo alguno un sustituto para la fe. Com o dice
Gordon Leff: “La razón era un instrum ento para dem ostrar lo
que ya se creía” .5U
Con san A nselm o encontram os la prim era tentativa de la filo­
sofía medieval por aclarar los datos de la fe m ediante los argu­
m entos de la razón. Su filosofía, equilibrada, precisa, es la única
de gran estilo que se da en el m undo occidental entre san Agustín
y santo Tomás. Es. por otra parte, una preparación del pensa­
m iento que. en plena m adurez, habrá de florecer a fines del siglo
xil y a lo largo del siglo xin.
154
San Anselm o. Apología contra Gaunilo. II.
5u G ordon Lefl, M edieval Thought. Penguin. H arm ondsworth 1958. p. 99.
155
156
Introducción a la historia de la filo so fía
Obras de consulta
A l a m e d a , Julián. “Introducción General’’, en Obras completas de san
Anselmo, vol. i. Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid, 1952,
pp. 76-183.
C o p l e s t o n , Frederick, History o f Philosophy, vol. II, Newman,
Westminster, 1955, pp. 106-164.
L e f f , Gordon, Medieval Thought, Penguin, Harmondsworth. 1958,
pp. 55-104.
R an d , E. K., Founders o f the Middle Ages, Cambridge, Harvard
University Press, 1941.
T a y l o r , Henry Osborn, The Medieval Mind, vol. I, Cambridge, Harvard
University Press, 1957.
IV.
S i g l o s x i i y x iii
A firm a A m old Toynbee que todas las civilizaciones se han for­
m ado com o respuesta a un reto exterior o interior, natural o espi­
ritual. Los siglos x il y x i i i son una de las m ás claras m uestras de
esta form ación de una gran cultura com o respuesta al reto que
representó para el m undo occidental el desarrollo de la cultura
m usulm ana. A partir del siglo vm , los árabes habían extendido su
im perio siguiendo los principios de una religión que recom enda­
ba a la vez la conquista espiritual y la conquista m aterial de los
pueblos. A partir del siglo x dom inaban toda la cuenca sudoriental
del M editerráneo, buena parte de A sia M enor y la m ayor parte de
la península Ibérica. Su cultura, iniciada en el conocim iento del
pensam iento helénico que los árabes pudieron obtener por su
contacto con Siria y el Im perio B izantino, había prolongado la
filosofía, la ciencia y la cultura griega. Avicena, físico, m atem á­
tico. jurista, filósofo, hom bre de Estado y célebre en la Edad
M edia com o m édico, había com binado las ideas de A ristóteles
y de los neoplatónicos para dar. ya a partir del siglo X I, una de
las prim eras grandes síntesis o sum m ae del pensam iento árabe.
Averroes y M aim ónides. árabe el prim ero y ju d ío el segundo,
d e sa rro lla ro n sum m ae teo ló g icas de o rig en n e o p la tó n ic o y
Cristianism o y Edad M edia
157
aristotélico que tuvieron una im portancia decisiva en el pensa­
m iento de la Edad M edia. L a ciencia, en especial, el álgebra, la
astronom ía y la m edicina llegaron a Europa occidental por m e­
dio de los árabes. Desde el siglo xil, el arzobispo R aym undo de
Toledo, rodeado por los principales eruditos de toda Europa,
inicia una labor de traducciones que pone al alcance de los occi­
dentales la totalidad del pensam iento griego, árabe y judío. La
influencia árabe se m uestra en todos los cam pos: en las letras
que, en España, deben a la literatura árabe y especialm ente a
los poetas del Califato de C órdoba, sus prim eros orígenes; en la
poesía de los trovadores de Provenza; y sobre todo, en lo que nos
interesa aquí principalm ente, en la filosofía occidental cuyas
bases, a partir del siglo xm, habrán de encontrarse en el pensa­
m iento de Aristóteles que los árabes habían utilizado desde los
com ienzos de su propia civilización.
Pero si los árabes representaron una influencia cultural de
una im portancia sólo calculable por sus resultados en la filosofía
y las ciencias de Europa hasta m ás allá del Renacim iento, repre­
sentaron tam bién un reto m ilitar, político y económico.
El siglo xil y, más plenam ente, el siglo xm dan m uestra de esta
influencia y de la respuesta de O ccidente a este reto. En el año de
1096 tiene lugar la prim era Cruzada. Hay que ver en ella, natural­
m ente, un deseo de los cristianos por conquistar la tierra de sus
orígenes pero no hay que dejar de considerarla com o el principio
de un dom inio económ ico de las ciudades europeas (Venecia, Génova, Pisa, Florencia, B arcelona) en el com ercio con el cercano
Oriente. A partir del siglo x il se organizan sociedades capitalis­
tas, dedicadas a los intercam bios com erciales con Grecia, C ri­
m ea y las costas del M ar N egro. Estas sociedades tom an dos
form as predom inantes en Italia. La com m enda es una socie­
dad donde el proveedor da dos tercios del capital y el agente se
queda con un tercio de las ganancias; la accom odatio es una so­
ciedad donde el proveedor da la totalidad del capital. Se em pie­
zan a acum ular grandes fortunas, se organizan casas de cam bios
y los prim eros bancos de Europa se crean en Italia. Del siglo xil
al siglo xiv, el com ercio europeo se hará a partir de las ciudades
m editerráneas y principalm ente italianas, subirá por el Rin y por
el M osa y alcanzará a los otros centros citadinos del norte de
Europa, muy principalm ente las ciudades industriales de los Paí­
Introducción a la historia de la filo so fia
Cristianism o y Edad M edia
ses Bajos. E sta doble expansión, extem a e interna, tiene resul­
tados decisivos en la historia de Europa. Crece el poderío de las
ciudades y con ellas nace una nueva clase, el tercer estado, que ya
im portante en el siglo xili, habrá de ser decisivo para la cultura
renacentista: la Iglesia, organizadora del desarrollo cultural y
m aterial de la época, se convierte en el poder predom inante hasta
sus crisis internas del siglo xiv; y si en España la lucha contra los
árabes ha de proseguir hasta fines del siglo xv, si A lem ania se
debate en luchas internas y extem as, dos Estados m odernos sur­
gen en F rancia e Inglaterra. En Inglaterra em piezan a crecer,
desde 1212. las instituciones parlam entarias que desem bocarán
en la dem ocracia; en Francia se nota una centralización del poder
que conducirá a las m onarquías absolutas del siglo xvi.
La form ación de las nuevas nacionalidades no es cosa de unos
años. Tam poco fue rápida la transform ación económ ica del régi­
m en feudal en régim en precapitalista. La form ación del tercer
estado de los com erciantes se origina en el siglo X : “Si Venecia
fue el prim er teatro de una actividad propiam ente capitalista ello
se debe a que en el siglo x la aurea Venetia era la única ciudad del
m undo cristiano cuyo patriarcado poseía oro gracias a sus co n ­
tactos con B izancio y el m undo m usulm án” .51 Pero el desarrollo
del tercer estado y de una econom ía que conduce al capitalism o
se desenvuelve plenam ente en los siglos xil y xill, ya en tom o a
las ciudades de Italia y de los Países Bajos, ya en tom o a los
Estados nacionales que em piezan a surgir.
Al lado de este auge político y económ ico no es m enor el auge
de las artes, las literaturas nacionales y las ciencias. La Canción de
Rolando es del año 1100 y el C antar de m ío Cid de 1140. Los
cronistas, los historiadores, los poetas van al lenguaje de sus pue­
blos. Berceo, Chaucer o D ante son sím bolos de una literatura que
arraiga en la civilización de todo el O ccidente y que se expresa
en las lenguas de cada una de las regiones occidentales. La pin­
tura inicia con Giotto los prim eros pasos hacia la perspectiva y
el color del Renacimiento. Y, más allá de los límites nacionales, el
arte de las catedrales góticas preside la unidad espiritual de E uro­
pa desde el siglo xil hasta el siglo xiv.
Durante el siglo xill, las ciencias y la filosofía encuentran su
verdadero hogar en las universidades. La palabra universitas, que
significaba grem io o asociación, designa aquellas instituciones o
estudios generales dedicados a la enseñanza superior y organiza­
dos por los grem ios de estudiantes o de m aestros. La m ayoría de
los filósofos del siglo x m enseñaban en las universidades incli­
nándose a veces a la teología com o en París o en Salam anca, a
veces a la ciencia, com o en O xford.52
Pero en la base misma de este desarrollo cultural, social, econó­
mico, literario y científico, un concepto esencialm ente religioso
sigue subrayando el pensam iento y la vida de la Edad M edia. El
m undo se concibe com o un todo ordenado por la ley de Dios y no
hay gesto hum ano ni organización social que escape a la presen­
cia de este ordo am oris que estaba ya en la raíz del pensam iento
agustiniano. Pocos docum entos presentan con m ayor claridad la
centración del m undo en Dios que estos com entarios del abad
Haim on durante la construcción de la catedral de Chartres:
158
51 Robert L atouche, Les O rigines de l ’économ ie occidentale, Albin M ichel, París.
1956, p. 176.
159
¿Quién ha visto jamás, quién ha oído decir en tiempos pasados, que
príncipes poderosos del mundo, educados en el honor y en la riqueza,
que nobles, hombres y mujeres, hayan doblado su espalda orgullosa
y altiva al arnés de los carros, y que, como bestias de carga, hayan
arrastrado a la casa de Cristo estos carros llenos de uvas, semillas,
aceite, piedras, madera y todo lo que se necesita para la construcción
de la Iglesia? Muchas veces mil personas o más están atadas a los
carros -tan grande es la dificultad-, caminan sin embargo en silencio
y no se oye un solo murmullo, y en verdad si uno no viera estas co­
sas con sus propios ojos, podría creerse que entre tal multitud apenas
había una persona presente. Cuando se detienen en su camino nada
se oye a excepción de la confesión de los pecados [... | Ante las pala­
bras de los sacerdotes que exhortan sus corazones a la paz, olvidan
sus oficios, se hace a un lado la discordia, se perdonan las deudas,
y se establece la unidad de los corazones.53
A sí presidida por una creencia que arraiga en el corazón de
todos los hom bres, la filosofía de los siglos x n y xill podrá incli32 Las principales universidades del siglo X I I I se fundaron en este orden: París
(1215), P adua (1222), Tolosa (1229), O xford (1231) y S alam an ca (1243).
53
E lizabcth G. H olt, A D ocum entan- H is to n ’ o fA r t, vol. I, D oubleday, 1958, pp.
50-51.
Introducción a la historia de la filo so fía
Cristianism o y E dad M edia
narse a la ciencia, pero seguirá siendo, com o lo fue en las épocas de
los prim eros cristianos, una filosofía de la salvación de una form a
de vida que, com o la clave de bóveda de las catedrales góticas,
parece aguantarse no solam ente por sus cim ientos terrestres sino
tam bién, y principalm ente, en sus aspiraciones de ascenso. A esta
aspiración tienden los esfuerzos de pensadores tan distintos co ­
mo los Victorinos, Pedro Abelardo, los neoplatónicos de la escue­
la de Chartres. Juan de Salisbury, san Buenaventura, santo Tomás
de Aquino, R oger Bacon, Ram ón Llull, R obert G rosseteste o el
m aestro Eckhart.
ello se aproxim an los hum anistas del siglo XII a lo que habrán de
intentar los grandes hombres del Renacimiento, es la de desenterrar
el pasado grecorrom ano. La actitud de los pensadores de Chartres
es la de quien da una m irada hacia los tiem pos antiguos y des­
cubre, con Bernardo de Chartres. que som os enanos sentados en
los hom bros de gigantes. Esta adm iración por el pasado no sólo
rom ano, sino tam bién helénico, lleva a una actitud de m odestia
intelectual patente en la obra de Juan de Salisbury. Verdadero hom ­
bre universal, verdadero hombre de letras. Juan de Salisbury (1115/
20-1180) ataca a los lógicos cuyas discusiones considera estériles
y pugna por una fe cristiana más directa que abandone la discu­
sión de los problem as insolubles. Socrático en pleno siglo X II,
propone la duda com o m étodo de la filosofía y pide que dejen de
discutirse los problem as de la sustancia, de la causalidad y de la
realidad o la irrealidad de los universales. Y no es que Salisbury
sea un escéptico. Lo que pretende m ás bien es deshacerse de un
cascarón lógico puram ente form alista, para llegar al centro m is­
m o de la vida religiosa y social. D entro del m arco de creencias de
la Edad M edia, Juan de Salisbury es, de todos los pensadores
de su tiem po, el que m ás clara influencia tiene en años futuros.
Por sus ideas sobre el Estado y la necesidad de un príncipe que
sirva a los intereses del pueblo, anuncia las ideas políticas de san­
to Tomás; por su am or a las letras clásicas y a la filosofía de los
griegos se aproxim a al ideal renacentista de una vuelta al pasado
helénico y de una revigorización de la fe en el hombre.
160
Lógica, mística y hum anism o en el siglo
X II
No existieron grandes pensadores en el siglo x n , sobre todo si com ­
param os las ideas desarrolladas en este siglo con los grandes siste­
mas del pensamiento del siglo XHI. Y, sin embargo, el siglo x n es
interesante en dos sentidos. Lo es por la diversidad de numerosos
acarreos que habrán de cuajar en sistemas durante el siglo siguien­
te; lo es tam bién porque la rivalidad entre los m ísticos, los lógicos
y los humanistas no es tan sólo una discusión entre escuelas, sino
la viva manifestación de nuevas formas de pensamiento, nuevos
problem as introducidos por el prim er contacto cort las ciencias ára­
bes y griegas. Uno de los más grandes místicos de la historia de
O ccidente -H u g o de San Víctor (1096-1141)- no desdeña las cien­
cias, antes al contrario las conoce con bastante detalle y las clasi­
fica con toda la amplitud de criterio que la evolución de las mismas
perm itía en aquella época. Pedro A belardo, el más im portante de
los lógicos del siglo X II, inventa nuevos m étodos entre los cuales
destaca el del sic et non, el sí y el no, el pro y el contra que habrá de
ser la base de las futuras discusiones escolásticas.
Pero si un fenóm eno destaca por encim a de todos los dem ás en
esta época de discusiones a veces excesivas en su m inuciosa pa­
ciencia dialéctica, este fenóm eno es el del nacim iento del hum a­
nismo. En este sentido, el siglo X II es el antecedente más claro del
pensam iento de la alta Edad M edia y del prim er Renacimiento.
El hum anism o del siglo x n gira en tom o a la escuela de Chartres.
Su intención es lingüística. Los escritores de C hartres son los m e­
jores latinistas de su tiem po. Pero la intención m ás honda, y en
161
Santo Tomás de Aquino
En el castillo de R occasecca, cerca del pueblo de Aquino. no le­
jos de Ñapóles, nació Tomás en 1224 o 1225. Lugar y fecha tie­
nen im portancia indicativa para entender el desarrollo del pensa­
m iento tomista. El lugar porque, com o ha hecho notar C hristopher
Dawson. esta región del sur de Italia había empezado a absorber la
cultura m usulm ana; la fecha, porque a principios del siglo x m
la filosofía de A ristóteles substituía cada vez más la tradición
platónico-agustiniana de la Edad M edia.
Inició Tomás sus estudios en el convento benedictino de M on­
te Cassino. Su familia, poderosa entre las fam ilias feudales, hu­
Introducción a la historia de la filo so fía
Cristianism o y Edad M edia
biera visto con gusto que el m enor de sus descendientes llegara a
ser abad de M onte Cassino. Pero las inclinaciones científicas, apos­
tólicas y m isioneras de Tomás le condujeron por otros cam inos.
D espués de estudiar en la recién fundada U niversidad de Nápoles
ingresó en la tam bién reciente O rden de los Dom inicos. L a opo­
sición violenta de la fam ilia no se hizo esperar y es que, com o ha
hecho notar C hesterton, la decisión de ser fraile en un señor feu­
dal era “com o si N apoleón hubiera insistido en ser un soldado
ordinario toda su vida”.54 Por órdenes m aternas los dos herm anos
m ayores de Tomás acabaron por secuestrarlo y encerrarlo en una
de las torres de su castillo natal. La insistencia y el em peño del
joven dom inico hicieron que la fam ilia cediera y perm itieron que
el futuro filósofo se dirigiera a París y a C olonia donde pudo se­
guir las enseñanzas de Alberto el Grande. Alberto, verdadero hom ­
bre de ciencia, era tam bién el m ás profundo conocedor de la obra
de A ristóteles cuyos textos había com entado de m anera exhausti­
va. La influencia aristotélica sobre el pensam iento de Tomás data
de esta época de aprendizaje y estudio. Y no es que la filosofía de
Tomás de Aquino pueda reducirse a la filosofía aristotélica. De
hecho su pensam iento es originalísim o y sólo se ciñe del todo al
pensam iento de A ristóteles en cuanto a la interpretación de la na­
turaleza. La relación santo Tom ás-A ristóteles ha sido precisada
agudam ente por C hesterton.55 Lo que más atraía en una filosofía
com o la de A ristóteles era la im portancia que éste había dado al
m undo sensible. Com o Aristóteles, santo Tomás partirá del m un­
do sensible. A diferencia de A ristóteles, lo hará basándose en la
idea muy claram ente cristiana de que el m undo sensible es un
m undo creado por Dios, que tiene en sí las huellas divinas y que
nos debe conducir a la divinidad que lo ha creado. Y en este sen­
tido, la filosofía de santo Tomás se acerca más al pensam iento de
san Francisco de Asís, su contem poráneo, que al del filósofo grie­
go. Si san Francisco predica a los pájaros, si uno de sus apóstoles
hace que los peces salgan del agua para rogar a Dios su creador,
santo Tomás insiste sobre la presencia de un m undo sensible que,
com o los pájaros a san Francisco, habrán de conducirlo a Dios.
La enseñanza que santo Tomás em pezó a im partir en la U ni­
versidad de París en 1259, la que reaparece en las páginas de toda
su producción literaria hasta el año de su m uerte 1274, es una de
estas grandes sum m ae del pensam iento a las que nos referíam os
en el prólogo de este libro. L a obra de santo Tomás es, en este
preciso sentido, com parable a la de Aristóteles: una de las gran­
des síntesis totalizadoras del pensam iento occidental.56
162
54 G. K. Chesterton, Samo Tomás de Aquino, trad. de H. Muñoz, Espasa-C alpe, Bue­
nos Aires 1940, p. 52.
55 “Santo Tomás no reconcilió a Cristo con Aristóteles; reconcilió a Aristóteles con
Cristo” (ib id .,p . 20).
163
El conocim iento
Si durante toda la Edad M edia el problem a del conocim iento
giraba en tom o a las relaciones entre la fe y la razón, la im portan­
cia del problem a creció con el advenim iento de la nueva ciencia
de origen helénico y m usulm án, en el curso del siglo xiil. Y no es
que la ciencia, basada en la razón, sea necesariam ente un obs­
táculo para la fe. No lo ha sido para Kepler, para Newton o pa­
ra Kant. Lo que la cien cia exige es que no se m ezclen datos
que provienen de la autoridad o de la fe con los datos que provie­
nen de la experiencia o de los razonam ientos m atem áticos. La
presencia de la ciencia exige, ante todo, un deslinde entre las vías
y los m étodos del conocim iento sobrenatural y los del conoci­
m iento natural.
Es verdad que m uchas veces la ciencia conduce a una ver­
dadera división de la personalidad. En tiem pos de santo Tomás,
el averroísm o latino de Siger de Brabante, interpretando mal a
Averroes. sostenía que existen dos verdades, las de la fe y las de
la razón, y que am bas son verdaderas aun cuando sean contradic­
torias. Ningún espíritu filosófico puede m antener tal clase de dua­
lismo. Ya vim os que san A gustín no podía aceptar la presencia
de dos principios, el bien y el mal. Todos los filósofos, de Platón
a Bergson, pasando por A ristóteles, san Agustín, santo Tomás.
56
Las obras más im portantes de santo Tomás son: De ente el essentiu, trabajo de
juventud de una indudable im portancia filosófica; la Summa contra gentiles, dirigida a
la conversión de los infieles; la Summa theologica dirigida a la enseñanza de los frailes
dom inicos; los tratados De veritate (De la verdad), De potentia (De la potencia). De
regimine principuni (Del régim en de los príncipes). De nmlo (Del m al), De unitate
intellectus (De la unidad de la inteligencia). E scribió, adem ás, com entarios a A ristó­
teles y a las Sentencias de P edro L om bardo, filósofo del siglo X I I com entado por los
grandes pensadores del siglo X I I I .
164
Introducción a la historia de la filo so fía
Cristianism o y E dad M edia
D escartes o Hegel, han pensado, im plícita o explícitam ente,
que conocer es unificar. En santo Tom ás no existe una d icoto­
m ía entre la fe y la razón, entre los datos sobrenaturales y los
datos naturales. Lo que santo Tom ás intenta desde las prim e­
ras páginas de la Sumiría theologica y en todo su tratado D e la
verdad, es precisam ente establecer un claro deslinde entre dos
cam pos distintos, pero com patibles, y m ostrar cuál es la región
que concierne al conocim iento racional y cuál es la región que
corresponde al conocim iento por el cam ino de la fe. C laro es
que en algunos casos habrá verdades a las cuales solam ente
pueden alcanzarse por la vía de la fe. Así. santo Tom ás piensa
que no existen pruebas racionales absolutas del m isterio de la
T rinidad o del origen del m undo. O tras verdades, com o las de
la lógica o de la m etafísica, pertenecerán m ás claram ente al
cam po de la razón. P ero en m uchos casos seguirán siendo v á­
lidas las dos sentencias de san A nselm o y de san A gustín: la
razón va en busca de la fe; la fe va en busca de la razón. La fi­
lo so fía tom ista es la tentativa por esclarecer no sólo los lím ites
de la fe, no sólo la esfera de la razón, sino los contactos posi­
bles y com patibles entre lo racional y lo suprarracional. N adie
com o el m ism o santo Tom ás ha dicho claram ente cuál era su
p ropósito al establecer esta relación entre el pensam iento ra ­
cional y los datos de la fe:
En una palabra: las ciencias hum anas tienen por base y funda­
m ento la razón hum ana y alcanzan hasta donde pueda alcanzar
esta hum ana razón; la ciencia sagrada o teología tiene su origen
en la ciencia que Dios m ism o tiene en su propio ser y es, por lo
tanto, ciencia revelada. Tales son los distintos tem as de estas cien­
cias diferentes. En cuanto a su objeto, la fe lo tiene puesto en la
persona de Dios; la razón, en las creaturas y en éstas en cuanto
conducen al conocim iento de Dios. La prim era es conocim ien­
to directo y com pleto; la segunda es conocim iento indirecto y
lim itado por cuanto nuestra razón es finita.
El conocim iento filosófico, centrado en la razón, habrá de co ­
m enzar con aquello que m ás a m ano tiene la razón hum ana.
Y aquello que nos es m ás cercano, aquello que se nos presenta
constantem ente a la observación de todos los días es el m undo
sensible. De éste parte santo Tomás, com o partió Aristóteles, para
llegar a conclusiones de orden m etafísico. Y es que para santo
Tom ás, los universales están antes de la cosa tan sólo en la m en­
te de Dios y existen en la mente hum ana después de la cosa. Es
decir, santo Tomás piensa que las ideas que tenem os las adquiri­
mos m ediante la experiencia sensible. Pero ello no debe llevar­
nos al error de pensar que santo Tomás fue un nom inalista. Si
podem os llegar a ideas abstractas sobre las cosas es porque las
cosas son entes reales o, si se quiere, porque en el m undo existen
verdaderas sustancias individuales constituidas por la unión de
form a y m ateria en un ser existente. Nuestras ideas se obtienen
por medio de la experiencia de sustancias individuales -e sta mesa,
aquel árbol o aquella estre lla - y m ediante un proceso de abstrac­
ción logram os form am os nociones universales acerca de todas
las m esas, lodos los árboles, todas las estrellas: el espíritu hum a­
no escoge las cualidades sim ilares entre seres sim ilares y alcanza
a dar definiciones universales que se aplican a todos los seres de
una m ism a especie. Razonar es, así. llegar a entender la profun­
da unidad que presentan seres a la vez sim ilares y diversos: es
llegar a saber que todas las piedras coinciden en un núm ero
preciso de cualidades que nos perm iten hablar, en form a general,
de la piedra.
A hora bien, aunque santo Tomás sentía una atracción y un
am or sim ilar al am or franciscano por las cosas de este mundo,
veía tam bién que en todas ellas existe una relación constante de
La doctrina sagrada es ciencia; pero debe saberse que hay dos
clases de ciencias. Las unas se fundan en principios que se co­
nocen por las luces de la razón: como la aritmética, la geome­
tría y otras análogas. Las otras descansan sobre principios que
no se conocen sino con el auxilio de una ciencia superior; así el
dibujo toma sus principios de la geometría, y la música debe los
suyos a la aritmética. Y en este sentido la doctrina sagrada es una
ciencia; porque procede de principios que son conocidos por
medio de las luces de una ciencia superior, que es la de Dios y
los bienaventurados. Por consiguiente, así como la música acep­
ta los principios que le suministra la aritmética, del mismo mo­
do la enseñanza sagrada acepta los principios que le han sido
revelados por Dios.57
57 Santo Tomás, Summa theologica, t. 2.
165
Introducción a la historia de la filo so fía
Cristianism o y Edad M edia
acto y potencia. Las cosas de este mundo, tem porales, pasajeras,
cam biables, no acaban de explicarse por sí mismas. En otros tér­
m inos, las creaturas de este m undo se le m ostraban siem pre com o
creaturas dependientes, y muy específicam ente dependientes de
un creador. Y este paso de la creatura al creador no podía ser un
paso aristotélico, puesto que Aristóteles nunca concibió a Dios
m ás que com o un m otor inm óvil en el cual no existe fuerza crea­
dora alguna. Este paso de la creatura al creador aparece, com o
hem os visto, en las obras de san Pablo y de san Agustín y es un
paso em inentem ente cristiano. Pero si en toda filosofía cristiana
las creaturas rem iten a Dios, la novedad de la filosofía tom ista
reside en que no trata de deducir la existencia de las creaturas
de la existencia de Dios, sino más bien, por lo contrario, trata de
pasar de los efectos a la causa, del m undo sensible al m undo inte­
ligible. Tal es de hecho, el plan m ism o de la obra más im portante
de Tomás: la Sum a teológica. En ella santo Tomás trata, prim e­
ro, de la existencia de Dios; pasa, en segundo térm ino a discutir
la naturaleza divina y concluye con los problem as de la relación
entre D ios y el hom bre y entre los hom bres situados en un m undo
social y político.
y san Anselm o, y la últim a ya en las obras de Platón y tam bién de
Aristóteles. Ello no debe llevamos a creer que santo Tomás carez­
ca de originalidad. Por una parte la presencia de las argum entacio­
nes del pasado dentro de su obra lo sitúa claram ente dentro de este
género de pensam ientos sintéticos que hemos llam ado summae;
por otra parte las pruebas de santo Tomás están claram ente m ati­
zadas de manera personal cuando vemos que todas ellas conducen
de las creaturas existentes al creador de ellas y cuando nos dam os
cuenta de que proceden de los efectos para llegar a la causa.
Sería inútil repetir aquí un m ecanism o racional que ya hem os
encontrado en otros filósofos. Recordem os, sin em bargo, que la
prueba por el m ovim iento concluye en la existencia de un prim er
m otor después de considerar que es im posible adm itir la existen­
cia de un núm ero infinito de series m óviles; la prueba p o r la
causalidad concluye en la existencia de una prim era causa por el
m ism o motivo: la que se basa sobre las nociones de lo contingen­
te y lo necesario nos dice que las creaturas, seres contingentes no
pueden existir por sí m ism as y que lo contingente -a q u ello que
es, pero que podría dejar de s e r- sólo adquiere sentido m ediante
Dios: la prueba por los grados de perfección nos conduce de aque­
llos seres menos perfectos, com o la piedra o el metal, a los seres
más y m ás perfectos en la jerarquía de las cosas: del m ineral a la
planta, de la planta al anim al, del anim al al hom bre. M ediante
ella concluye santo Tomás que la m ism a presencia de diversos
grados de perfección en las cosas debe conducir a la existencia de
un criterio real de perfección que es Dios: por últim o, la prueba
m ediante el orden del universo nos hace ver que las creaturas, y
principalm ente las creaturas inconscientes com o las plantas o los
anim ales, tienden a realizar su propio fin. A hora bien, nada hay
en ellas mismas que las conduzca a pensar en un fin. puesto que en
ellas no hay conciencia. Dios es así concebido com o el ser abso­
lutam ente perfecto que es tam bién la causa final de todas las fina­
lidades inintencionales que encontram os en las creaturas.
Sin duda estas pruebas presentan problem as para el lector de
nuestros días. La prim era y la segunda pueden, incluso, parecer
contradictorias. ¿C óm o es que santo Tom ás sostiene que no se
puede probar que el m undo tiene un com ienzo y al m ism o tiem po
parece probar en estas dos vías que puesto que no hay una serie
infinita de m ovim ientos o una serie infinita de causas, el m undo
166
La existencia de Dios
En la ordenación de sus problem as, el prim ero es para santo To­
m ás el de la existencia de Dios. Y lo es porque la existencia de
Dios no es para él evidente por sí m ism a com o parecía serlo para
san A gustín o para san Anselm o. Esto equivale a decir que no se
puede deducir la existencia de Dios de ideas privilegiadas que el
hom bre tiene en su conciencia sino que debem os llegar a ella
m ediante puntos de partida bien anclados en la experiencia. Estos
puntos de partida son cinco series de hechos que dan lugar a las
célebres cinco “vías” o cinco pruebas de la existencia de Dios: el
hecho del m ovim iento, el de la causalidad, el de la relación entre
lo contingente y lo necesario, el de los grados de perfección y el
del orden del mundo.
Es claro que ninguna de estas pruebas es del todo original. La
prim era y la segunda aparecen en Aristóteles, la tercera en Avicena, la cuarta en buen núm ero de filósofos, entre ellos san Agustín
167
168
Introducción a la historia de la filo so fía
Cristianism o y E dad M edia
ha de ten er un principio? C aben dos respuestas a esta pregunta.
La prim era es que la fe -siem p re p rim e ra - enseña que el m undo
ha sido creado y que por lo tanto tiene un principio. Pero esta
respuesta es incom pleta y poco eficaz puesto que en el punto
que discutim os, santo Tom ás no quiere hacer entrar la revela­
ción. C u alq u iera que exam ine las pruebas con algún detalle,
verá que santo Tom ás no quiso decir, cuando negaba una serie
infinita de causas, que el m undo tuviera un principio o que no
lo tuviera. Su idea seguía siendo que la creación del m undo es
cosa que no se puede probar. ¿C óm o explicarse el verdadero
sentido de las prim eras dos pruebas? Lo ha expresado con to­
da clarid ad E tienne G ilson cuando dice, refiriéndose a la prue­
ba p or el m ovim iento y. por im plicación, a la prueba por la
causalidad, que lo único que q uiere establecer es que “en el
universo actualm ente dado, el m ovim iento actualm ente dado
seria in inteligible sin un m otor prim ero que, en el presente, sea
la fuente de m ovim iento para todas las cosas” .58 Lo que santo
Tom ás afirm a, y la tercera prueba viene a sostener el m ism o
punto de vista y a afianzarlo, es que la creación divina es un ac­
to presen te en todos los m om entos y necesario no solam ente en
un p rin cip io sino en cada m om ento del desarrollo del m undo.
Si se quiere usar un lenguaje m ás teológico que filosófico, d i­
ce santo Tom ás que D ios es un ser providencial que interviene
a cada m om ento en el destino de las cosas sensibles de este
nuestro m undo. ¿S ería m ucho pedirle al lector que viera en es­
ta id ea de un Dios providencial la verdadera originalidad de las
pruebas tom istas? Y en efecto. A ristóteles o sus discípulos ára­
bes pensaban que Dios era un ser desinteresado del m undo, o,
por d ecirlo con ellos, un m otor inm óvil, un pensam iento que se
piensa a sí m ism o. El Dios cristiano de santo Tom ás es un Dios
que está constantem ente vinculado a su obra creada. En cuanto
a la cu arta prueba es necesario reco rd ar que para los griegos
com o para los hom bres de la Edad M edia existía realm ente una
jera rq u ía de seres m ás o m enos perfectos. Puede que m uchos
espíritus m odernos se nieguen a ad m itir esta jerarquía. En m u­
chos espíritus m odernos se presenta la duda de si el hom bre es
o no su p erio r a la piedra. Puede el hom bre m oderno quedarse
en esta duda -c u rio s a d u d a - pero tam bién puede co m p ren d er la
prueba de santo Tom ás si es capaz de situarse h istó ricam en ­
te en la época de santo Tomás.
Las pruebas tom istas nos han m ostrado que los efectos condu­
cen a la causa, que el m undo sensible conduce al m undo inteligi­
ble, que el medio ser de las cosas de este m undo solam ente ad­
quiere sentido si se refiere a la existencia de un ser absolutam ente
real. Hemos convenido en llamar Dios a este ser absolutamente real.
Cabe ahora preguntarse cuál es la naturaleza de Dios.
58 É tienne G ilson, Le Thomisme, Vrin, París, 1947, p. 96.
169
La naturaleza divina
Preguntarse cuál es la naturaleza de Dios parece requerir una res­
puesta com pleta y clara acerca de esta naturaleza. No lo cree así
santo Tomás. Ya en las pruebas que acabam os de recordar es evi­
dente que el paso de la creatura al creador es un paso de los seres
finitos al ser infinito. Santo Tomás sostiene precisam ente que por
vías naturales - e s decir, vías puram ente racio n ales- el hom bre no
puede tener una idea com pleta del ser de Dios. ¿C óm o podría el
ser finito tener una idea adecuada del ser infinito? El conocim iento
que los hom bres tengan de D ios será necesariam ente incom pleto.
Siem pre que queram os em plear los argum entos de la razón sola­
m ente tendrem os un conocim iento verdadero de Dios por vías
indirectas. Las dos vías indirectas que pueden dam os u n a idea in ­
com pleta de la naturaleza infinitam ente rica de Dios son la vía
negativa y la vía atributiva o analógica. Por la prim era sabrem os
lo que Dios no es. Sabrem os, si nos atenem os a las pruebas de la
existencia, que Dios es causa absoluta, necesaria, perfecta y fin
últim o de todas las cosas. Es decir, sabrem os que no tiene los
atributos de aquellas cosas que solem os considerar com o seres.
Dios no es así, im perfección, y si adm itim os que Dios es un ser
perfecto com o ningún otro ser puede serlo, sabrem os tam bién que
es bondad suprem a, y que es poder absoluto. Pero adem ás de las
vías negativas, santo Tomás piensa, com o el A reopagita, que po­
dem os atribuir a Dios, m ediante una analogía, todo aquello que
nos parezca perfecto en las creaturas. Así. Dios será inteligencia,
pero suprem a inteligencia, y será voluntad, pero voluntad supre­
ma, y será vida, pero vida absoluta.
170
Cristianism o y Edad M edia
Introducción a la historia de la filosofia
No es necesario considerar todos los atributos de la naturaleza
divina para ver cóm o están a una distancia infinita de nuestro
conocim iento racional y cóm o nos ofrecen la idea de un Dios
que concuerda perfectam ente con la idea cristiana de la divini­
dad. Tai vez el más propicio de los atributos divinos para precisar
el segundo punto, es el de la vida. Ningún filósofo griego hubiera
podido pensar en un Dios vivo y encam ado. Para el pensador
cristiano la vida debe atribuirse a la divinidad, puesto que sin ella
Dios sería im perfecto y resultaría inexplicable un Dios que se
hace hom bre para venir a salvar a los hombres.
Igualm ente original es la idea de Dios com o ser inteligente.
C onsiderem os, pongam os por caso, la filosofía de Plotino. Para
Plotino. el uno estaba más allá de todas las determ inaciones y,
por lo tanto, más allá de toda inteligencia. La inteligencia era la
prim era em anación del ser divino. No así para san A gustín quien
integraba el m undo platónico de las ideas o el m undo plotiniano
de los inteligibles en la naturaleza de Dios y consideraba que
estas ideas eran, al m ism o tiem po, las ideas que Dios se hacía
de las cosas y los m odelos o esencias últim as de todas las co ­
sas. Igual calidad paradigm ática les otorga santo Tomás. Esta
coincidencia con san Agustín, a pesar de las diferencias que se
encuentran en un filósofo que, com o A gustín deduce el efecto de
la causa, y un filósofo que, com o santo Tomás, induce la causa a
partir de los efectos, nos hace ver una vez m ás que santo Tomás
es. adem ás de pensador original, del género de pensador que rea­
liza una verdadera síntesis de todas las aportaciones y todos los
acarreos que han ido acum ulándose en el curso de la historia.
La gran originalidad de santo Tomás consistió siem pre en saber
tom ar de la tradición todo aquello que le pareció útil para una
concepción total de la filosofía. Ello no quiere decir, naturalm en­
te. que santo Tomás recogiera tocio lo que los filósofos pasados
habían aportado. Significa m ás bien todo lo contrario. Su sínte­
sis im plica una cuidadosa elección de aquello que en el pasado
le parece válido para integrar un sistem a filosófico a la vez com ­
pleto y abierto. C om pleto por cuanto es capaz de integrar en
un sistem a todo lo que es válido: abierto porque, siem pre a dis­
tancia in fin ita de su creador, santo Tom ás es esencialm ente
un filósofo de la m odestia que nunca piensa tener en sus labios
la últim a palabra.
171
El hombre
La psicología de santo Tomás, al igual que su filosofía de la natu­
raleza, se acerca a la filosofía aristotélica. Com o Aristóteles, pien­
sa santo Tomás que el alm a hum ana está com puesta de diversos
grados (vegetativo, nutritivo, motriz, intelectual pasivo e intelec­
tual activo). A diferencia de Aristóteles, sin embargo, santo Tomás
considera que el alm a hum ana es inm ortal y que esta inm ortali­
dad no es algo puram ente im personal, sino, al contrario, una in ­
m ortalidad de cada una de las alm as humanas.
M ucho más original es la doctrina tom ista del hom bre en cuan­
to se refiere a la moral privada y. sobre todo, a la moral pública, a
la m oral social.
Suele decirse que la costum bre es una segunda naturaleza. Y
esto es precisam ente lo que pensaba santo Tomás cuando afirm a­
ba que el habitus es un accidente, pero el accidente que más se
aproxim a a la sustancia. El hábito es el elem ento dinám ico del
alma, lo que nos conduce de estado en estado, lo que nos lleva de
una form a de ser a otra form a de ser. Son m uchos los estados que
en el curso de nuestra vida vienen a añadirse a nuestra personali­
dad. Todos estos estados acaban por form ar una m anera de ser.
En térm inos más m odernos podríam os decir que tenem os, desde
que nacem os, un carácter, pero que poco a poco vamos form án­
donos una personalidad. Esta personalidad puede estar form ada
por una serie de experiencias o costum bres que nos disponen a una
buena acción, es decir, a una acción que concuerda con la razón.
Cuando nos acercam os a los hábitos del bien som os virtuosos:
cuando de ellos nos alejamos, somos viciosos. Naturalmente, algu­
nas de estas costum bres son provisionales. Así, entre las virtudes
intelectuales, la ciencia. Otras en cam bio son virtudes perm anen­
tes que perm anentem ente nos inclinan hacia el bien. Tal la sabi­
duría. Cuando santo Tomás nos habla de las virtudes está hablando
el lenguaje m ism o de la últim a de sus pruebas de la existencia de
Dios. ¿N o nos decía en ella que todos los seres tienden a su fin v
que tienden hacia él porque este fin es el ser de Dios? ¿N o nos
decía también que el ser de Dios es el ser absolutamente perfecto y
absolutam ente bueno? Esta segunda naturaleza que es nuestro
hábito, si está bien dirigida, habrá de conducirnos a la sabiduría y
la sabiduría no es otra cosa que el conocim iento del bien.
Introducción a la historia de la filo so fía
Cristianism o y E dad M edia
El bien es, en parte, asequible por los hom bres aislados. Pero
un hom bre nunca vive totalm ente aislado de los dem ás hom bres.
La virtud se realiza, en últim a instancia, dentro del cuerpo de la
sociedad. El bien particular de cada uno de los hom bres no es un
bien plenario si no se realiza de acuerdo con el bien com ún de
todos los hom bres. Y no es que el hom bre sea un ser social tan
sólo por definición. Lo es por creación divina y lo es porque tiene
que realizar -b ie n particular dentro del bien c o m ú n - la m áxim a
cristiana del amor.
En nuestra vida, los actos que realizam os se producen en una
sociedad que depende de una ley. ¿C uál es el significado de la
ley? Estos actos se realizan tam bién en el ejercicio del poder por
parte de aquellos -príncipes, sabios o p u eb lo - que tienen por fin
poner en práctica las leyes de un Estado. ¿Cuáles son las condi­
ciones del ejercicio del poder? La vida social depende de una
regla y de una aplicación de esta regla. A las reglas sociales y a
sus aplicaciones dirigirem os ahora nuestra atención.
hace participar en la ley divina: tal es la ley natural; otra, la que
cada país, cada ciudad, cada civilización desarrolla por uso y cos­
tum bre. Si la prim era es el carácter de toda ciudad hum ana, la
segunda es, siguiendo nuestra m etáfora, su personalidad. Tal es
la ley positiva que los hom bres han adquirido por convención,
costum bre y hábito. Bien dirigida, la ley positiva puede llegar
a coincidir con la ley natural: pero esta coincidencia no es una
necesidad absoluta.
C onsiderem os el ejem plo de la propiedad privada. Es claro que
santo Tomás, habitante de un m undo que se organiza en tom o a
la propiedad feudal y a los sistem as nacionales cada vez m ás pre­
cisos. no podía tener la m ism a actitud radical de m uchos de los
prim eros padres de la Iglesia hacia la propiedad. De hecho no la
condena por intrínsecam ente m ala com o lo hicieron, en su época,
san A m brosio o san Agustín. Lo que dice santo Tomás acerca de
la propiedad privada es bien claro. Por derecho natural, es decir,
por derecho de la razón, la propiedad privada no tiene verdadera
razón de ser. Por este m ism o derecho natural todo lo que hay en
el m undo es del uso de todos los hom bres. P or otra parte, y ahora
a la ley del derecho positivo, existe la costum bre de la propiedad.
Y es desde este punto de vista que santo Tomás considera que la
propiedad, establecida por convención entre los hom bres, es bue­
na m ientras no convierta el uso en abuso. La propiedad privada
es, por otra parte, útil. Si la propiedad fuera com ún a todos, nadie
se consideraría responsable de nada. Los negocios de este m undo
funcionan m ejor si existe un responsable y solam ente se sentirá
alguien responsable si posee aquello por lo cual debe responder.
A sí, por uso y costum bre, la propiedad es útil. En cuanto a nues­
tro juicio de la propiedad privada dentro del m arco del derecho
positivo que le corresponde, santo Tomás se lim ita a aclarar que
será m ala siem pre que lleve a acum ulaciones ilícitas, siem pre
que el propietario m anifieste su egoísm o y no sepa utilizar su
propiedad para el bien com ún. Por lo que se refiere al gobierno de
una ciudad o de una nación, santo Tomás coincide con A ristóte­
les en pensar que no existe ningún Estado verdaderam ente ideal.
A unque a veces parece inclinarse por la m onarquía, considera
que el m onarca, igual que el propietario, debe serlo para el bien
de la com unidad. No existe, para santo Tomás, derecho divino de
los príncipes. Podríam os coincidir con Jacques M aritain al consi-
172
La ley
C uando santo Tomás em plea la palabra ley no se refiere siem ­
pre a un m ism o objeto. En su form a m ás general “la ley es cierta
m edida y regla de los actos, según la cual es inducido alguno a
obrar o retraerse de hacerlo” .59 L a ley es, en prim er térm ino, una
regla para la acción. Pero esta regla existe en varios niveles. En
su form a m ás alta la ley es la regla eterna que Dios ejerce en su
gobierno del m undo creado. Dios, creador, es tam bién supre­
m o legislador del m undo. De ahí que para santo Tomás si la
ley es im portante en cuanto se refiere a la cosa pública, a los
negocios de la ciudad hum ana, es absolutam ente esencial si
la consideram os, siguiendo la prueba por la causa final, com o el
orden divino del universo. En este sentido la ley hum ana es, “la
participación de la ley eterna en la creatura racional”.60 Pero ha­
blar de una ley hum ana de m anera general es una falacia. Existen
dos leyes hum anas. Una, la que nos otorga la razón, la que nos
59 Sanio Tomás, Summa tlieologica,
60 Ibid., X C I , 2 .
XC. 21.
173
Introducción a la historia de la filo so fia
Cristianism o y Edad M edia
derar que, sea cual sea el tipo de gobierno de un país, santo To­
más piensa que ha de ser dem ocrático.
En sus ideas acerca del conocim iento, santo Tomás sostenía
que éste proviene de la experiencia y lo adquirim os m ediante un
proceso de abstracción. A lgo sem ejante ocurre con el gobierno
de un país. El rey. los gobernantes, sean cuales sean, sólo lo son
verdaderam ente si representan al pueblo y gobiernan al servi­
cio del bien de la com unidad. C om o Juan de Salisbury, santo
Tom ás sostiene que el pueblo tiene derecho a elegir a su gober­
nante y de sustituirlo por otro en caso de que éste no gobierne
para todos. Im porta m enos el tipo de gobierno que exista en
un país que la form a en que este gobierno ejerza el poder. Si
lo ejerce tiránicam ente gobernará sobre esclavos y no será ver­
d aderam ente un gobierno. Es de la esencia del buen gobernan­
te el m antenim iento de la ley y de los derechos de los ciu d ad a­
nos porque éstos, hom bres creados por Dios, son naturalm ente
libres.
Si ex istiera un gobierno ideal sería éste el que hiciera co in ­
cid ir la ley con la ley de Dios. Tam bién en el gobernante ideal
ve santo Tom ás un guía hacia la felicidad eterna, siem pre que
se tenga en cuenta que la escuela de las creaturas racionales
es la libertad: “Hay que considerar, escribe, que los hijos de
Dios son actuados por espíritu de D ios no com o esclavos, sino
com o personas libres. Se llam a en efecto libre a aquel que es
causa de sí” .61
Con la filosofía de santo Tomás llegam os a la síntesis m ás
co m p leta y m ás clara del pensam iento m edieval. Ya hem os
indicado que en su obra vienen a desem bocar, escogidas, filtra­
das, adecuadas al conjunto del sistem a, las ideas de la m ayoría
de los grandes pensadores cristianos del pasado y aun de los
pensadores griegos y árabes. La síntesis tom ista recoge los fru ­
tos y construye un todo arm onioso com parable por su paciente
construcción, piedra sobre piedra, a las grandes catedrales del
siglo x m . Pero el siglo x m . que es sin duda un siglo de creci­
m iento, es tam bién un siglo de crisis. Em piezan a desenvolverse
nuevos sistem as de vida: la ciencia com ienza a ser uno de los pi­
lares del pensam iento occidental. Com o la obra de A ristóteles
en su tiem po, la de santo Tom ás acoge los acarreos del pasado.
Pero m uy pronto este sistem a arm ónico habrá de dispersarse
en pensam ientos individualizados. El R enacim iento está a la
vista y con él una nueva era que tratará de aportar sus propios
frutos y acabará por realizar sus propias sum m ae. De hecho esta
n u ev a v isió n del m undo e s tá ya p arcialm en te p resen te en
el interés que santo Tomás dem uestra por la creatura y por la ex­
periencia. M ás lo estará aún en las obras de sus contem porá­
neos com o Roger Bacon y R obert Grosseteste. o de sus inm edia­
tos sucesores com o Duns Escoto y, ya en el siglo x iv . Guillerm o
de Ockham .
174
61 Sanio Tomás, Suma contra gentiles, IV, 22.
175
El siglo xttl se inclina hacia la ciencia
D urante el siglo x m ex istían principalm ente dos escuelas de
filosofía: la de la U niversidad de París, inclinada a los tem as
teológicos y la de la U niversidad de O xford, inclinada a los te­
m as científicos, sin ab an d o n ar las cuestiones teológicas y m e­
tafísicas.
La escuela de Oxford desarrolló la ciencia desde la primera
m itad del siglo xm . Los filósofos que allí enseñaban eran, en m u­
chos aspectos, neoplatónicos y agustinianos de tradición. Pero
eran tam bién hom bres preocupados por los problem as de la cien­
cia naciente. Robert G rosseteste (ca. 1175-1253) que escribió un
tratado sobre La luz o clel origen de las fo rm a s sostenía que el
universo se había form ado a partir de un punto luminoso. Co­
m o G rosseteste creía que la transm isión de la luz era instantánea,
creyó tam bién que dado un punto lum inoso, éste se extendería
indefinidam ente en todas direcciones para form ar una esfera de
dim ensiones indefinidas. El universo, hecho de la naturaleza
de la luz. debería ser estudiado m ediante la com binación de la
óptica y de la m atem ática, idea im portante que habrían de llevar a
cabo los astrónom os del siglo XVI.
Roger Bacon (ca. 1220-1292) fue discípulo de Grosseteste.
Es probable que su interés científico proviniera del am biente que
prevalecía en Oxford y de las enseñanzas de su maestro. C ientífi­
co. es en buena parte el Opus m ajus cuando se ocupa del proble­
m a del conocim iento.
176
Cristianism o y E dad M edia
Introducción a la historia de la filosofía
A dem ás de un conocim iento interior y de un conocim iento teo­
lógico que Bacon sigue considerando com o el conocim iento por
excelencia, existe un conocim iento más típicam ente científico
que llegam os a obtener no ya por la autoridad de la fe sino por la
razón y por la experiencia.
Al em pezar su obra. Bacon discute las causas del error. A su
ver y entender éstas son cuatro: “ 7) el ejem plo de una autoridad
frágil y mal asentada: 2) la larga duración de las costum bres: 3) la
opinión del vulgo ignorante; y 4) el encubrim iento de la propia
ignorancia en las dem ostraciones de una sabiduría aparente” .62
N aturalm ente Bacon no se refiere a la autoridad religiosa cuando
habla de “autoridad frágil y m al asentada” . Se refiere, muy con­
cretam ente, a la pereza m ental de quienes aceptan algo com o ver­
dadero sim plem ente porque ha sido dicho por sus antepasados.
En el fondo Bacon afirm a que la base del error consiste en no
querer llevar a sus últim as consecuencias el espíritu analítico que
req u iere la ciencia y el querer substituir una falsa sabiduría
que proviene de la aceptación de las autoridades, las costum bres
o los dichos del vulgo por la verdadera ciencia que ha de provenir
de la razón y de la experiencia. Desde el punto de vista de la razón,
las matem áticas son la ciencia fundamental ya que el “conocim ien­
to de esta ciencia prepara el espíritu y lo eleva a un conocim iento
cierto de todas las cosas” .63 Y no es que las m atem áticas sean tan
sólo una form a de la disciplina, sino que gracias a ellas podrá dar­
se un fundam ento verdadero a todas las otras ciencias. Al lado de
las m atem áticas sitúa Bacon las ciencias experim entales ya que
“sin experiencia nada puede ser suficientem ente conocido” .64
¿Q uién no verá en estas ideas de B acon el antecedente lejano de
los pensam ientos que habrán de desarrollar en el siglo x v n un
D escartes o un Francis Bacon?
Teólogo, R oger Bacon considera que la verdad se obtiene por
los cam inos de la teología y de la fe. Pero establece, en form a que
será definitiva en los siglos subsiguientes, que la ciencia debe
tener sus m étodos específicos y que debe dedicarse, sin presu­
posiciones ni prejuicios, al estudio de las verdades universales
de las m atem áticas y a los fenóm enos naturales de la experiencia.
62 R oger Bacon, Opus rnaius,
63 Loe. cit.
64 Ibid.. vi, 1.
177
Obras de consulta
C o p l e s t o n , Frederick, El pensamiento de santo Tomás, trad, de Eisa
Cecilia Frost, Fondo de Cultura Económica, México, 1960. [Bre­
viarios, 154.]
______ , History o f Philosophy, vol. II, Newman, Westminster, 1955,
pp. 136-210; 212-422.
C h e s t e r t o n , Gilbert Keith, Santo Tomás de Aquino, trad, de H. Muñoz,
Espasa-Calpe, Buenos Aires, 1940.
G il s o n , Etienne, Le Thomisme, Vrin, Paris, 1947.
______ . Saint Thomas d ’Aquin, Les Moralistes Chrétiens, París, 1941.
L eff, Gordon, Medieval Thought, Penguin, Harmondsworth, 1958,
pp. 168-254.
X ir a u , Joaquín, Obras de Joaquín Xirau, UNAM, 1963.
V. DOS PENSADORES FRANCISCANOS:
B uenaventura y R am ó n L lull
sa n
El pensam iento de los franciscanos no desconoce a Aristóteles.
Se inclina, sin embargo, a las fuentes agustinianas de la filosofía
m edieval. El pensam iento de san B uenaventura y la filosofía de
Ram ón Llull constituyen dos grandes síntesis en una época de sín­
tesis. Sin alguna referencia a ellas quedaría excesivam ente des­
poblado el paisaje del siglo xm .
San Buenaventura
“Entra, pues, en ti m ism o y observa que tu alm a se am a ardentísim am ente a sí m ism a; que no se am ara si no se conociese;
que no se conociera, si de sí m ism a no se recordase, pues nada
entendem os por la inteligencia que no esté presente en nues­
tra m em oria.”65 En esta frase de san B uenaventura queda clara
la relación con san A gustín. Puede verse en ella, al m ism o tiem -
I V . 1.
65 San Buenaventura, Collationes in Hexaenieron, 7.
178
Introducción a la historia de la filo so fía
po, un com o resum en de una de las grandes filosofías m ísticas
que han existido.66
San B uenaventura (Giovanni Fidanza) nació en Toscana alre­
dedor de 1217; sanó de muy niño gracias a las oraciones que su
m adre hizo a san Francisco, entró en la orden franciscana, de la
cual tenía que ser el verdadero organizador intelectual, profesó
en la Sorbona al m ism o tiem po que santo Tomás, intentó la unión
de las iglesias de Oriente y Occidente, fue obispo de A lbano y
cardenal. M urió en 1274 durante el C oncilio de Lyon.
Pocas obras poseen una íntim a trabazón y profunda unidad
de estilo y de pensam iento com o la de san Buenaventura. En él,
a sem ejanza de san Agustín, es difícil separar teología y filoso­
fía aun cuando explícitam ente dice que la filosofía, fundada en
la razón, term ina donde la teología, fundada en la fe, da com ien­
zo. La razón es lim itada; la fe ilim itada; de ahí que la filosofía, si
necesaria, nunca pueda ser absoluta. “La filosofía es el cam ino de
las otras ciencias, pero quien se detiene en ella cae en la oscuri­
dad.”67 C am ino de sabiduría, la filosofía tiene lim itaciones bien
claras. La apertura al m isterio es, en esencia, un acto de fe; una fe
que es extrarracional, pero no irracional.
El pensam iento de san B uenaventura queda resum ido en la
m ism a idea de “itinerario” ; itinerario del alm a hacia Dios. Y
este itinerario es posible gracias a la presencia de Dios en el uni­
verso que es “resonancia” de Dios y que es “vestigio” de Dios y
que es um bra D ei (som bra de Dios).
Dos vías quedan abiertas para el conocim iento de la divini­
dad: el m undo y el alma. Por el m undo sabem os que Dios creador
existe, porque en el m undo las creaturas proclam an a Dios y esta
proclam ación entra por los “cinco sentidos” que son com o “cinco
puertas” por donde llegan a nosotros no las sustancias de las co­
sas sino sus “sem ejanzas” .68 Pero si el m undo -c o m o los peces de
san F ran cisco - revela la existencia de Dios, más claram ente la
revela el alm a hum ana si en ella nos adentram os.
No cree san Buenaventura, com o lo creyeron san A gustín o
san A nselm o, que la existencia de Dios sea indubitable. O, m ejor
1,6 Las obras principales de B uenaventura son Itin e ra rio de la mente a Dios.
Breviloquio. Collationes in Hexaemeron y Sobre el misterio de la Trinidad.
61 San Buenaventura. Itinerario de la mente a Dios, ni, 2.
m Ibid., I I . 3 - 4 .
Cristianism o y E dad M edia
179
dicho, cree que es indubitable objetivam ente, pero que puede ser
objeto de dudas personales, de dudas subjetivas. Sin em bargo, es
necesario pensar que todos los hom bres tienen una noción, por
vaga que sea. de Dios existente. Lo que se puede pensar, se puede
enunciar; y en m anera alguna puede enunciarse que no existe Dios
sin enunciar sim ultáneam ente su existencia. En otras palabras,
para que tengam os una noción clara de la existencia de Dios debe
haber una noción de la existencia divina por vaga que esta noción
sea.69 San Buenaventura acepta las pruebas de la existencia de
Dios por el m ovim iento y por la finalidad, pero acepta sobre todo
-s in tener que aceptar que la idea de Dios sea clara y d istin ta- la
prueba de san A nselm o que más tarde habrá de reafirm ar también
Descartes: “Dios es aquello en cuya com paración nada puede pen­
sarse mayor; mas lo que de tal modo es, que no es posible pensar
que no exista, es m ás verdadero que aquello de lo que puede pen­
sarse que no exista; luego, si Dios es aquello en cuya com para­
ción nada puede pensarse mayor, no es posible pensar que Dios
no exista” .7"
Pero ¿cuál es este Dios que descubrimos en nuestra conciencia?
Es, ciertam ente. Dios creador - y a que san A nselm o a diferencia
de santo Tomás cree que puede probarse la creación del m undo-,
es, principalm ente el verbo. Hay en D ios pensam ientos acerca
del m undo; hay en Dios arquetipos de las cosas. Estos arqueti­
pos son com o los “ejem plares” de los cuales el m undo y los hom ­
bres son la im agen, los vestigios, las resonancias. Dios es la
causa ejem plar del mundo, causa ejem plar a la cual nos asem eja­
m os. aunque no de m anera unívoca ya que si nuestra sem ejanza
fuera unívoca seríam os Dios, y el m undo sería a la vez Dios m is­
m o y mundo, m odelo y copia. Ahora bien este m odelo ejem plar
que es Dios se realiza en la palabra y esta palabra que es una
en Dios se vuelve plural y m últiple entre los hom bres. Acercarse
a Dios es buscar, más allá de las palabras plurales, la esencia m is­
m a incam biable y viva de la palabra, del verbo. El itinerario del
69 Karl Rahncr, teólogo contem poráneo, ha hablado de un cristianism o anónim o. En
este sentido, todos los hom bres son cristianos en potencia. De la m ism a m anera, para
san Buenaventura, todos los hom bres tienen una noción, a veces vaga, p ero noción al
fin y al cabo, de Dios.
7J San Buenaventura. Sobre el misterio de la Trinidad, 1.1,22. Esta prueba anselm iana
presupone m ás claram ente a la fe en san B uenaventura que en san Anselm o.
181
Introducción a la historia de la filo so fía
Cristianism o y Edad M edia
hom bre se hace en el verbo com o m odelo y causa ejemplar; se ha­
ce, en esta vida m ortal, por Cristo:
ginalidad en las obras m ísticas de Llull. Im porta señalar, m ás que
este sistem a, tres aspectos de la filosofía luliana.
Toda la obra de Llull está al servicio de una doble misión:
unidad cristiana, conversión de los infieles. El instrum ento prin­
cipal de esta conversión es la lógica luliana. Es indudable que
Llull sigue la silogística de A ristóteles; no lo es menos que trata
de fundar una com binatoria universal que Descartes no llegó a
entender y que Leibniz consideró com o el origen m ism o de su
com binatoria. Y no es que Llull se propusiera fundar una lógica
pura; quería fundar una lógica que le sirviera tanto com o “arte” de
interpretar la revelación, com o “arte” para enseñar a los incrédu­
los. M uy ligada a la lógica luliana está tam bién su concepción de
un Estado cristiano universal, idea que habrá de reaparecer, ba­
jo form a m onárquica, en Dante. Llull propone un Estado funda­
do en el poder del papa y en el gobierno del colegio cardenalicio.
C ada uno de los cardenales será un apóstol; cada uno de ellos se
ocupará de un grupo de fieles; cada uno de ellos se regirá por
el único principio de la caridad. La “utopía cristiana” de Ram ón
Llull se presenta com o el germ en del pensam iento hum anista
que habrán de desarrollar en España, Vives, y en M éxico, Vasco
de Quiroga; del mismo pensamiento que dará lugar a la Utopía de
Tomás M oro.73 ¿Cuál es el fundam ento de esta teoría?; ¿cuál la
raíz de la sociedad cristiana? La respuesta a estas preguntas pue­
de encontrarse en la doctrina del valor.74
C uenta Llull en Blanquerna que éste se encontró con un juglar
y que el juglar venía entristecido porque no había encontrado a
Valor. C ontéstale B lanquerna que es posible que lo que el juglar
llam a valor sea desvalor, m alicia y defecto. Cuando el ju g lar le
pide que defina el valor dice B lanquerna: “Valor es aquella cosa
por la cual es la utilidad y conservación contra el engaño y defec­
to” y. m ás adelante, afirm a que el valor es siem pre trino; im plica
los “valores terrenales”, implica los valores morales y, por fin, los
valores religiosos. Valor es. en últim a instancia, am or a Dios.75
El valor -esen cia moral que solam ente volverem os a encontrar
180
Esta subida, en efecto, es la caminata de tres jornadas en la soledad;
ésta es la triple iluminación de un solo día; y ciertamente, la prime­
ra es como la tarde; la segunda, como la mañana, y la tercera, como el
mediodía; ésta dice respecto a la triple existencia de las cosas, esto
es, en la materia, en la inteligencia y en el arte eterno, según la cual
se dijo: Hágase, hizo y fue hecho; esta, dice asimismo, relación a las
tres sustancias que hay en Cristo, escala nuestra, como son la corpo­
ral, la espiritual y la divina.71
Ram ón Llull
Ram ón Llull nació en M allorca alrededor de 1235. De estirpe
catalana, es paje del rey a los catorce años y se entrega a una vida
disipada que sólo vendrá a frenar su conversión a los treinta años
de edad. Franciscano, escribe poem as trovadorescos, funda el m o­
nasterio de M iramar. donde se hacen estudios en árabe, catalán
y latín. Varias veces viajero a Rom a, donde quiere convencer al
papa de la necesidad de fundar un Estado cristiano, viaja tam bién
con frecuencia a Á frica com o misionero. M uere en 1316, lapidado
en la ciudad de B ugía.72
Es Llull una de las personalidades más com plejas de la Edad
M edia. Lógico, poeta, fabulista, m ístico, m etafísico, novelista,
Llull dedica su vida a la búsqueda de la verdad y a una misión
que es tanto tentativa de fundar un Estado universal com o inten­
to de convertir a los infieles. No podem os aquí sino esbozar algu­
nas de sus doctrinas principales.
La m etafísica de Llull es claram ente agustiniana; lo es igual­
m ente su filosofía del amor. Una y otra aparecen con vigor y ori­
71 San B uenaventura, Itinerario de la mente a Dios, 1. 3.
12
L as obras principales de Llull son: Blanquerna (novela didáctica que utilizarem os
en buena parte en este breve esbozo); el "Libre d ’Amic c A m at" (cántico m ístico en ver­
sículos que aparece en el Blanquerna)', Félix o el Libre de las nieravellas (fábulas y
apólogos de intención m oral y religiosa); Libre de la conten/plació en Den (principal
o b ra de filosofía m ística) y las dos "artes” [Ars magna y A rí brevis), en parte orígenes
de la lógica sim bólica m oderna. Sobre Llull. vid. Joaquín X irau, “ Vida y obra de R a­
m ón L lull", en Obras de Joaquín Xirau, Universidad N acional A utónom a de M éxico.
M éxico, 1963.
73 No ha podido trazarse una influencia de Llull en los pensadores citados. R ecuér­
dese, sin em bargo, que hasta el siglo XVU existió en U niversidad de S alam anca una
“C átedra Raim undo Lulio".
74 Vid.. Joaquín X irau, Vida y obra de Ramón Llull.
75 Ram ón L lull, Blanquerna, I I , l i v y l v , C olección C risol. A guilar, M adrid.
Introducción a la historia de la filo so fía
Cristianism o y Edad M edia
en la filosofía del siglo x x —es ya para Llull tanto arraigo a las ne­
cesidades terrenales com o arraigo en el am or mismo. C ercano a
su m aestro de Asís, escribe Ram ón Llull: “Cantaba el pájaro en el
vergel del Amado: vino el amigo y dijo al pájaro: 'Si no nos enten­
dem os por el habla, entendám onos por am or; porque en tu canto
se representa a mis ojos el A m ado’.”76
de com paginar las enseñanzas del aristotelism o y del agustinismo. com o Duns Escoto, o quieren deslindar radicalm ente los cam ­
pos de la fe y la teología de los cam pos de la razón y la ciencia,
com o G uillerm o de Ockham .
El problem a más agudo de estos años difíciles es nuevam ente
el de las relaciones entre la fe y la razón. En la filosofía de Duns
Escoto, el deslinde entre el objeto de una y de la otra va a ser ya
m ás radical que en santo Tomás. En Ockham será más que un
deslinde una verdadera separación, un divorcio profundo entre el
conocim iento por vía de revelación y el conocim iento por vía de
la experiencia. No es que estos filósofos sean cientifistas o por lo
menos que lo sean esencialm ente. Ockham . el m ás radical de los
nom inalistas de la Edad M edia anuncia sin duda el pensam iento
em pirista inglés de los siglos venideros: pero tam bién nos recuer­
da, en más de una ocasión, el pensam iento de algunos de los pri­
m eros padres de la Iglesia cristiana. Su clara separación entre la
razón y la fe obedece m ás a la necesidad de lim itar la razón para
dar plena libertad a la fe que a una necesidad de afirm ar el pensa­
m iento racional contra los datos de la fe.
Esta escisión del pensam iento en dos esferas ya sean diver­
sas. com o en Duns Escoto, ya sean totalm ente distintas, com o en
Ockham . habrá de tener consecuencias radicales en el pensam ien­
to ya puram ente racional de Descartes, ya puram ente em pírico de
Francis Bacon. La intención de Duns Escoto o incluso de Ockham.
por una parte, y la de Descartes o Francis Bacon por otra es bien
distinta. Tanto Escoto com o Ockham son radicales defensores de
las creencias. D escartes o Bacon. sin renunciar a la fe, habrán
de excluirla por com pleto del cam po de la filosofía y de la ciencia.
182
VI.
Juan D
E l f i n a l d e l a E d a d M e d ia :
uns
E scoto
y
G
u il l e r m o d e
Ockham
El pensam iento medieval se prolonga hasta fines del siglo xiv.
C om o ninguna época histórica term ina en fechas definidas y pre­
cisas, m uchos de los problem as de la filosofía m edieval vuelven
a encontrarse en pleno R enacim iento y aún en nuestros días. Nue­
vas ideas empiezan a presentarse en Dante y sobre todo en Petrarca
-verdadero iniciador del hum anism o renacentista-, y existen cam ­
bios sensibles tanto en la vida religiosa com o en la vida social e
intelectual. El papado está am enazado por divisiones internas y
durante más de un siglo su mismo destino parece incierto, primero
cuando los papas se ven obligados por el poder político de Francia
a establecerse en Aviñón (1309-1377), y después en los largos años
de querellas internas que habrán de conducir al Gran Cism a (13781418). La nueva presencia de los Estados nacionales se levanta
com o una am enaza contra el poder temporal de los papas. Estos
mismos Estados entran también en una de estas épocas que Toynbee
ha clasificado de tiem pos de conflictos, principalm ente notables
en las guerras entre Inglaterra y Francia, que se prolongan durante
todo un siglo, y las disensiones civiles sobre todo en Francia.
El últim o siglo y m edio de la Edad M edia, siglo ya de transi­
ción hacia la Edad M oderna, se caracteriza por su inquietud. No
por ello dejan de existir pensadores de prim era im portancia que.
si com o santo Tomás o Bacon siguen en buena parte la filosofía
aristotélica, se inclinan m uchas veces a form as casi puram ente
neoplatónicas, com o en la m ística del m aestro Eckhart, o tratan
76 "Libro del amigo y el amado", en Blanquema, v, cvn.
183
Juan Duns Escoto
Juan Duns Escoto (ca. 1266-1308) nació en Escocia y tom ó el há­
bito franciscano. De sus enseñanzas en París y en O xford surgie­
ron sus obras más im portantes, las Collationes parisienses y las
Collationes oxonienses. C om entador de A ristóteles y de Porfirio,
Duns Escoto no viene a oponerse radicalmente al pensam iento to­
mista. Más cierto sería decir que lo m odifica por dentro y que, de
esta modificación, surge una filosofía a la vez m uy verdaderam en­
Introducción a la historia de la filo so fía
Cristianism o y E dad M edia
te cristiana y muy claram ente personal. C ristiana en cuanto vuel­
ve a afirm ar com o valores suprem os los de la caridad y del am or:
original en cuanto a su tentativa por definir los lím ites y las po­
sibilidades del conocim iento y las relaciones entre el hom bre
y Dios.
Duns Escoto sostiene que el pensador cristiano debe ser. al
m ism o tiem po, filósofo y teólogo, es decir, debe reunir los datos
de la razón y de la fe. Pero esta reunión es sólo posible si el pen­
sador sabe distinguir claram ente cuando lo que piensa llega a él
por la vía de la fe y cuando lo que argum enta se desarrolla por los
cam inos de la razón. Hasta aquí no parece que el pensam iento de
Duns Escoto sea radicalm ente distinto al de santo Tomás. Lo es,
sin em bargo, en buena parte porque para Escoto la teología no
es, com o lo fue para el pensam iento tom ista, una ciencia. Si la
teología debe conducirnos a la salvación es. ante todo, un cono­
cim iento práctico, o, por decirlo con Duns Escoto, una sabidu­
ría, más alta que todo lo que la ciencia pueda enseñarnos, pero
al m ism o tiem po im penetrable por la razón pura. Con lo cual
se dem uestra que la intención de Duns Escoto no es la de lim itar
la teología, sino antes bien, la de afirm ar que el conocim iento
teológico, el conocim iento por la fe, es el conocim iento m ás alto,
el verdadero saber que está m ás allá de las ciencias, de la filosofía
y de la razón.
C om o santo Tomás. Duns Escoto em pieza por el conocim ien­
to de lo particular. Sólo la experiencia puede ser la base de nuestro
conocim iento. Pero el verdadero conocim iento racional, funda­
do en las creaturas singulares cuya singularidad les proviene no de
la m ateria -p u e sto que ésta es indeterm inada- sino, com o en san
A gustín, de la form a, es un conocim iento en el nivel intelectual.
Parte de las creaturas, pero se desarrolla en el cam po de la inteli­
gencia abstracta. Por lo que acabam os de ver. Duns Escoto es a la
vez más individualista que santo Tomás y tam bién m ás raciona­
lista. Más individualista porque piensa que los seres individuales
tienen su propia individualidad en su form a misma; m ás raciona­
lista porque piensa que el conocim iento debe basarse en la ley
lógica de la posibilidad, si por posibilidad entendem os aquí no
contradicción. El principio básico de la filosofía de Duns Escoto
es precisam ente este principio de la posibilidad, principio que
habrem os de encontrar nuevam ente en la filosofía de Leibniz.
Si aplicam os este principio a las pruebas de la existencia de
Dios, verem os que Duns Escoto acepta la m ayoría de las pruebas
tom istas, porque considera que los tres argum entos basados en
la causalidad, la perfección suprem a y el fin últim o de todas las
cosas son posibles, es decir no-contradictorios y por lo tanto ver­
daderos. No así en lo que concierne a la primera prueba tomista,
la del m ovim iento que santo Tomás consideraba com o la más
evidente de sus cinco vías. Y es que si el m ovim iento es contin­
gente, com o es contingente todo aquello que puede ser y no ser al
mismo tiempo, todo argumento que se base en el movimiento ten­
drá que ser contingente, es decir no será necesariam ente posible.
Llegam os así a una consecuencia im portante. A unque Duns
E scoto com o santo Tom ás, base el conocim iento en la ex p e­
riencia de los seres individuales, insiste m ás que santo Tom ás
en el valor de los principios puram ente racionales. La prueba
de un argum ento no reside tanto en lo que nos dice la experien­
cia com o lo que nos dice la razón acerca de las posibilidades de
esta experiencia.
Es por ello que Duns Escoto vuelve a considerar el argum ento
de san A nselm o sobre la perfección com o un argum ento válido si
se tom a no com o una dem ostración absolutam ente verdadera sino
más bien com o una persuasión probable. Si la idea de la perfec­
ción existiera tan sólo en el intelecto, sería a la vez posible -e s
decir, no contradictoria en el in telecto - e im posible -e s decir,
contradictoria en la realidad. Solam ente si esta idea es totalm ente
posible - s i además de ser una idea se refiere a un ser absoluta­
m ente p erfecto - será una idea no-contradictoria, una idea verda­
dera. Lo cual no quiere decir que el argum ento de san A nselm o
sea una prueba indispensable. Es una prueba que, lógicam ente,
tiene un sentido recto.
M ás im portante aún es la idea que Duns Escoto se hace de
Dios y del alm a hum ana. Más im portante porque nos rem ite a los
orígenes m ism os del cristianism o y acentúa los valores de la
creación y de la caridad. Esta idea queda afirm ada en Duns E sco­
to cuando nos dice que tanto en Dios com o en el alm a hum ana lo
que caracteriza al ser espiritual es m ás la voluntad que la razón.
Dios crea porque así lo quiere su voluntad y crea com o su volun­
tad quiere que cree y en el preciso m om ento en que su voluntad
lo desea. Ello no significa que Dios cree irracionalm ente. Dios
184
185
Introducción a la historia de la filo so fía
Cristianism o y Edad M edia
crea algo siem pre que no sea contradictorio. A hora bien, la vo­
luntad es el espíritu dirigido al bien -to talm en te en Dios, lim ita­
dam ente en el hom bre-. Con lo cual Duns Escoto quiere decim os
que si Dios quiere algo por su voluntad, lo que quiere es bueno,
ya que decir lo contrario, decir que Dios quiere algo porque es
bueno sería lim itar a Dios y establecer el bien com o algo exterior
a Dios m ismo.
Dios es así concebido com o un ser suprem am ente racional,
infinito en sus esencias m ism as, una esencia que. si es ante todo
voluntad y bien, es, por lo m ism o y antes que toda otra cosa, ver­
dadera caridad.
Si del nivel de la voluntad pura descendem os al hom bre, vere­
mos que tam bién en él la voluntad es la últim a instancia de la
vida espiritual. Claro está que el hom bre es un ser inteligente y
un ser racional. Pero el verdadero m otor de sus actos será la vo­
luntad, una voluntad que. si es recta y se dirige al bien será tam ­
bién. en el nivel hum ano, verdadera caridad.
Pocos filósofos han defendido la libertad hum ana, basada en
la voluntad m otriz de nuestros actos, com o Duns Escoto. Pero
en el hom bre com o en Dios, la voluntad no es ni debe ser irracio­
nal. El hom bre intelige y piensa. Su inteligencia no es el m otor
de sus actos, pero es, sin duda, la ocasión de que estos actos se
encaucen por los cam inos rectos.
Esta defensa de la libertad hum ana y de la creación divina co­
mo acto de caridad es el fundam ento de la doctrina de este filó­
sofo y teólogo que ya en su tiem po fue llam ado “el doctor sutil” .
Y su filosofía podría resum irse repitiendo con él: “La causa total
de la volición en la voluntad es la voluntad” .77
anclar en la experiencia misma. Esta negación proviene del radi­
cal nom inalism o de Ockham . Para él los universales no son nada
real existente en un sujeto, sea en el alma, sea fuera del alm a, por­
que. si el universal es uno, ¿cóm o podría estar en las cosas que
son varias? Si, por otra parte, el universal está en las cosas varias,
¿cóm o podría negar a ser uno? N uestras ideas que proceden de
la experiencia nada tienen que ver con la experiencia sensible
que es siem pre particular. D e ahí que todas las especulaciones
m etafísicas sean para Ockham falsas. Lo son porque operan en el
vacío, sin experiencia inm ediata, sin contenido para las ideas que
se sostienen.
Podrá O ckham querer afirm ar la fe, podrá querer afirm ar la
experiencia de los seres particulares. Con él se diluye la m etafísi­
ca que fue la gloria más grande de la filosofía de la Edad M edia.78
186
187
Obras de consulta
C o p l e s t o n , Frederick. History o f Philosophy, Newman, Westminster,
1955, vol. II, pp. 476-550; vol. h i , pp. 43-121.
L e f f , Gordon, Medieval Thought, Penguin, Harmondsworth, 1958,
pp. 255-303.
ORONÍ, Miguel, “Introducción”, en Obras del doctor sutil Juan Duns
Escoto, Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid, 1960.
G uillerm o de Ockham
G uillerm o de Ockham (cu. 1285-1347/49) reduce todo el conoci­
m iento a los datos de la experiencia. Lo que no sea verificable
por experiencia o no provenga de la fe. deberá rechazarse co ­
mo tal. Éste es el sentido de lo que se ha llam ado la “navaja” de
O ckham : negar validez a todos los conceptos que no puedan
77 Juan Duns Escoto. Opus oxoniense. I. X.
78 Con él inicia tam bién - y a pesar de é l - una nueva Filosofía escéptica cuyas co n ­
secuencias m ás claras se encuentran en el pensam iento de David Hume y en el de los
neopositivistas del siglo x x.
TERCERA PARTE
D e l R e n a c im ie n to a K a n t
I. R e n a c im ie n t o
La palabra R enacim iento indica ya de por sí una nueva actitud
de entusiasmo. Entusiasm o por las ciencias, las artes y las letras de
los antiguos griegos y rom anos: entusiasm o por los hechos natu­
rales y por la “bondadosa naturaleza” que Leonardo da Vinci de­
claraba digna de im itación constante: entusiasm o por el centro de
la naturaleza que es el hom bre. El R enacim iento es una épo­
ca que vuelve la cara al m undo clásico. Petrarca im ita a Cicerón y
quiere leer a Hom ero en aquella lengua griega que nunca alcanzó
a aprender del todo; M iguel Angel dirige excavaciones en busca
de m onum entos y estatuas clásicas; C osm e de M edici establece
la A cadem ia de Florencia en buena parte dedicada a revivir las
enseñanzas de Platón.
Pero esta época que se define por la expansión y el creci­
m iento es tam bién una época de dudas, de querellas teológicas y
de angustias y zozobras que se prolongan a lo largo de los si­
glos xv y xvi.
G iordano B runo habrá de escribir que el centro del universo
está en todas partes y la circunferencia en ninguna. Pascal, ya en
el siglo x v n , repetirá la m ism a idea precediéndola de la partícula
“espantable” ; “una esfera espantable, cuyo centro está en todas
partes y la circunferencia en ninguna” . La frase de Bruno es entu­
siasta; la de Pascal, que habrá de afirm ar tam bién que le aterra
“el silencio de estos espacios infinitos” , es angustiada y pesim is­
ta. Am bos son típicos del Renacim iento. Y es que si el hom bre,
autor de nuevos descubrim ientos cada vez más espectaculares,
siente llegado su m om ento y siente que algún día le será dable
descubrir la realidad entera de cuanto le rodea, siente tam bién
que estos m ism os descubrim ientos le dejan en un m ar de dudas
cuando se percibe náufrago en un m undo inm enso cuyo antiguo
centro y cuyas antiguas coordenadas estallan. Encontrado y per­
dido, el hom bre del R enacim iento pone sus esperanzas y sus du-
Introducción a la historia de la f i Io so fía
D el Renacimiento a Kant
das en el corazón m ism o del h o m b re.Jju m anista en nm ghaso c asiones. es tam bién m uchas veces escéptico. A esta doble actitud
que a veces llega a encontrarse am biguam ente en una m ism a
persona contribuyen los nuevos descubrim ientos geográficos y
astronóm icos, la expansión científica, el crecim iento de una nue­
va econom ía y el ensancham iento progresivo de la vida y el co­
nocimiento. El hom bre renacentista vive con alegría de vivir, como
si hubiera descubierto nuevam ente un fruto largam ente prohi­
bido; vive tam bién con la zozobra natural de quien acaba de
descubrir nuevas posibilidades que se antojan infinitas. Entre la
Edad de O ro y el hecho cruento de las guerras religiosas, entre
la esperanza y la duda, el R enacim iento afirm a nuevam ente al
hom bre. Es im portante destacar con algún detalle, las nuevas
coordenadas de esta vida que se hace m ás intensa y de estas nue­
vas dudas que surgen de la m ism a intensidad de la nueva vida.
En otras palabras, es necesario definir las form as del hum anism o
del Renacim iento.
que durará más de un siglo: la segunda, un im perio que prevale­
cerá hasta fines del siglo x v m . Navegantes y exploradores, los
portugueses y los españoles abren el m undo al com ercio de Euro­
pa. El nuevo com ercio se planetiza. alcanzando prim ero las zonas
atlánticas y, más tarde, las zonas del Pacífico. Al redondearse la
Tierra se redondea tam bién la cultura que Europa ofrece al m un­
do y que el Nuevo M undo descubierto por Europa devuelve a
Europa bajo nuevas form as, transform ando lo que de Europa re­
cibe. Los prim eros pasos son lentos: los portugueses descubren
las islas M adeira en 1418; E nrique el Navegante coloniza las
Azores en 1427; B artolom é Díaz llega en 1486 al cabo de B uena
Esperanza que, once años más tarde, habrá de doblar Vasco da
Gama. El com ercio con Asia queda abierto por una nueva ru ­
ta que solam ente im piden las dificultades pronto vencidas de la
navegación de altura. Venecia cede su m onopolio ante el nuevo
m onopolio de Lisboa.
Los españoles, por otra parte, se lanzan a cru zar el A tlántico
tanto en busca de nuevas riquezas com o en encuentros so rp ren ­
dentes de un Nuevo M undo. En 1492 C ristóbal C olón descubre
A m érica; poco después M agallanes y El C ano acaban de de­
m ostrar que la T ierra es redonda. Las riquezas de las tierras
nuevas de A m érica llegan a E uropa a través de una E sp añ a que
no sabe organizarse com o sociedad capitalista y que es m ás
lugar de paso del oro d escu b ierto que cen tro de u n a nueva
sociedad industrial, la cual saben inventar m ejor los pueblos
del norte de Europa. Los viajes y la geografía han aum entado el
m undo m ultiplicando sus distancias y m ultiplicando a la vez sus
posibilidades.
Pero si crece la Tierra, crece no m enos el cielo, aquella esfera
de B runo y de Pascal. L a nueva ciencia del siglo X V I es, sobre
todo, la astronom ía. C opérnico establece de una vez por todas
que el Sol es el centro del sistem a planetario. Y, al establecerlo,
coloca la prim era piedra del nuevo m étodo científico que ya nada
tiene que ver con las especulaciones de teólogos y filósofos: “De­
jem os a las querellas de los filósofos -escribe C opérnico- la discu­
sión de si el mundo es finito o infinito: para nosotros queda la cer­
tidumbre de que la Tierra, contenida entre dos polos, está limitada
por una superficie esférica” . Más allá de la Tierra, m ultiplicando
la visión de los ojos desnudos, el telescopio de G alileo descubrirá
192
El crecimiento del m undo
Hasta aquí, la im agen de las esferas de Bruno y de Pascal han
sido más m etafóricas que reales. El crecim iento del m undo que
am bas im plican fue, a partir de la segunda m itad del siglo x iv , un
hecho visible y tangible.
Tres ciudades m editerráneas -B arcelona, G énova y sobre todo
la aurea Venetia- habían dom inado el com ercio del M editerrá­
neo y las rutas que, a fines de la Edad M edia, conectaban al O cci­
dente europeo con el O riente asiático. Nuevas form as de transac­
ción -e n tre ellas los bancos de Estado, el prim ero de lo scuales se
establece en B arcelona en 1 401- hacen nacer una nueva cla­
se capitalista y burguesa que habrá de prevalecer a lo largo del
R enacim iento. Los M edici de Florencia o los Fugger alem anes
organizan bancos y sistem as de préstam os de los cuales habrán
de depender en buena parte reyes y papas. Bien pronto el capita­
lismo m editerráneo tiene que ceder ante el em puje de dos nuevas
nacionalidades recién form adas, predom inantes en el desarrollo
de la historia europea hasta 1600: Portugal v España. La primera,
fundará un nuevo im perio basado en el com ercio de las especias
193
195
Introducción a la historia de la filo so fía
D el Renacim iento a Kant
a fines del siglo x v i nuevas e insospechadas dim ensiones dentro
de esta esfera explosiva que es el universo.
El nuevo espíritu científico, latente ya en las filosofías de santo
Tomás, de G rosseteste y de R oger Bacon, alza vuelos definitivos.
Nadie com o Leonardo da Vinci precisa en su tiem po el significa­
do del espíritu científico.
Da Vinci, el pintor, el teórico de la pintura, el experto en balís­
tica. el ingeniero que quiso lanzar un puente sobre el B osforo, es,
ante todo, un hom bre de experiencia. “La bondadosa naturaleza
-e s c rib e - procede siem pre de tal m anera que en todo el universo
siem pre encontrarás cosas dignas de imitar.” 1 Espíritu de una cu­
riosidad difícilm ente saciable. Da Vinci descubre que “la natura­
leza nunca desm iente sus leyes” .2 Regular, exacta, precisa, espe­
ra que el hom bre la observe para dibujarla, para estudiarla, para
penetrar en sus secretos y perm itir un dom inio m ás com pleto del
m edio por el hom bre que lo habita. “L a ciencia -d irá Da V incies capitán y la práctica representa a los soldados.”3 A hora bien,
la ciencia no puede basarse en palabras huecas, en una form a del
decir “charlatana y confusa” que nunca puede dar “certidum bre
neta”.4 Q uedan las autoridades religiosas para los hom bres de
religión, para el m ism o Da Vinci en cuanto es cristiano; en cuanto
hom bre de ciencia, D a Vinci piensa que “el que discute alegando
autoridades no da prueba de genio sino m ás bien de m em oria”.5
G racias a la ciencia podrem os acabar por dom inar la práctica
-balística, ingeniería o m áquina voladora-, Y esta ciencia teóri­
ca sobre la cual reposará toda la práctica será, en parte, la ciencia
experim ental que nos conduce a observar los hechos. Este pintor
que “lucha y com pite con la naturaleza” , es tam bién el hom bre de
ciencia que sabe que “la experiencia no yerra” , que solam ente
yerran nuestros juicios. Pero si la experiencia es necesaria, si es
básica para Da Vinci que estudia la anatom ía y el curso de los ríos
y que observa que “los m oluscos son anim ales que tienen los hue­
sos del lado de afuera” .6 no es del todo suficiente. Y no lo es por­
que Da Vinci, com o G rosseteste y, m ás cercanos a él, com o Copérnico. Kepler o G alileo, sabe que no hay verdadera ciencia sin
fundam entos m atem áticos. Las m atem áticas son sin duda una
ciencia ideal, cuyos objetos nunca se encuentran exactam ente
idénticos en los hechos de la naturaleza: “El más pequeño de los
puntos naturales es m ás grande que todos los puntos m atem áti­
cos”.7 Pero las m atem áticas, m ás exactas que la experiencia, son
la base de la exactitud de cualquiera experiencia: “N inguna cer­
tidum bre puede existir allí donde no puede aplicarse alguna de
las ram as de las ciencias m atem áticas” .8
El nuevo hum anism o, que tan claram ente representa Leonar­
do da Vinci, sabe que es necesario dom inar la naturaleza por
m edios naturales y sabe que esto es tan sólo factible por una
cuidadosa dosificación de experiencia sensible y de cálculo m a­
tem ático. El nuevo espíritu científico, el que habrá de conducir
a la física m atem ática m oderna, nace con el espíritu hum anista
del Renacim iento.
Pero los nuevos hum anistas saben tam bién que la ciencia por
sí sola carece de valor si no se añade a ella un conocim iento del
alm a hum ana, esta m aravilla superior, según D a Vinci, a todas las
m aravillas naturales. A la dignificación del espíritu se dedican,
por vías diversas, los estudios de los académ icos de Italia, los
erasm istas, los reform adores, los utopistas, los m etafísicos y
los m isioneros del Viejo y Nuevo M undo.
194
1Leonardo da Vinci, Breviario, El Ateneo, Buenos Aires, 1943, p. 123.
2 Ibid.. p. 124.
3 Ibid., p. 99.
4 Loe. cit.
■Ibid., p. 102.
6 Ibid., p. 147.
La A cadem ia y la Edad de Oro
“D ichosa edad y siglos dichosos aquellos a quien los antiguos
pusieron nom bre de dorados, y no porque en ellos el oro, que esta
nuestra edad de hierro tanto estim a, se alcanzase en aquella ven­
turosa sin fatiga alguna, sino porque entonces los que en ella vi­
vían ignoraban estas dos palabras de tuyo y mío.” Estas palabras
de Don Quijote en el capítulo x i de la prim era parte del Quijote,
sim bolizan uno de los grandes afanes del Renacim iento. En este
afán participó tam bién Erasm o quien deseaba “volver a ser jo1 1bid., p. 104.
%Ibid„ p. 111.
Introducción a la historia de la filo so fía
D el Renacim iento a Kant
ven” porque preveía “la cercana proxim idad de una edad de oro” ,9
donde todos los cristianos vivían de acuerdo con los preceptos
evangélicos. Y aun los descubridores y conquistadores del Nuevo
M undo creían percibir, a cada paso en las nuevas tierras que pisa­
ban, signos de la nueva edad a la vez perfecta, dorada y real.
No es infrecuente que este deseo se confunda con un especial
sentim iento de la riqueza inagotable de la naturaleza y del gozo
de la vida presente. N aturales son, ricas y de una riqueza sensi­
ble, la Prim avera o El nacim iento de Venus de B otticelli, la C an­
ción de Carnaval de Lorenzo de M edici y aun las m ismas vírge­
nes de Leonardo o Rafael. La Edad de Oro parece estar al alcance
de la m ano, ya en las artes o las letras, ya en las ideas de una
•sociedad ideal que santo Tomás M oro bautiza con el nom bre de
Utopía o Cam panella con el de la ciudad del Sol, ciudad perfecta
gobernada en lo espiritual por la Iglesia y, en lo tem poral, por el
Im perio Español.
Pero existe otra Edad de Oro en el pasado idealizado del m un­
do clásico. C uando C osm e de M edici funda la A cadem ia de
F lorencia tiene en m ente esta época “gloriosa que fue G recia”
(Keats). Florencia se convierte en el centro del re-nacim iento del
pensam iento griego en tom o principalm ente al pensam iento de
Platón, que los renacentistas suelen oponer al A ristóteles de los
escolásticos.
Lo que encuentran los hum anistas italianos en la filosofía
de Platón es una defensa de esta “m aravilla” que Da Vinci veía en
el alm a humana.
M arsilio Ficino (1433-1499), prim er director de la A cadem ia
de Florencia, quiere probar que el alm a es inm ortal y lo hace
sobre todo con base en rem iniscencias platónicas: “nuestra alm a,
por el intelecto y por la voluntad, com o por aquellas alas gem e­
las de Platón, vuela hacia Dios, puesto que vuela hacia todas las
cosas” . D eseosa de serlo todo en todo, el alm a es inm ortal cuan­
do se realiza en este todo que es Dios. En Dios, el hom bre llegará
a ser “un dios” .10
Picco della M irandola (1463-1494), autor de una Oración so­
bre la dignidad del hombre, cuyo título es ya revelador del senti-
do nuevo que quiere el hom bre en el mundo, piensa que “este
cam aleón que som os” - e s decir, este m icrocosm os, este peque­
ño m u n d o - es inm ortal porque así lo afirmaron Platón en el Timeo
y Moisés.
B em ardino Telesio (1509-1588) repite tem as estoicos y neo- •
platónicos cuando piensa que el m undo está gobernado por un [
alm a inmortal y anuncia futuras filosofías cuando piensa que núes- j
tro cuerpo está centrado en el sistem a nervioso cuyo funciona­
miento depende del flujo de los “espíritus animales” que Descartes
colocará en el m eollo de sus interpretaciones fisiológicas.
También neoplatónicos son N icolás de C usa (1401-1464) y
G iordano Bruno (1548-1600). Para el prim ero, Dios es la unidad
de los contrarios, el ser donde todas las oposiciones se reúnen
para cesar de contradecirse. Para el segundo esta m ism a idea con­
duce a una filosofía panteísta que anuncia, a más de un siglo de
distancia, la de Spinoza.
Ahora bien, en el centro de todas estas explicaciones del hom ­
bre. de su dignidad y de su puesto en el cosm os, reside una idea
de la educación total para el hom bre total.
Uomo universale. cada hom bre debe dejar de ser un espe. gialista para llegar a tener un conocim iento universal. No todos
los renacentistas llevaron a sus últim as consecuencias esta idea
de una educación total para la realización de un hom bre total.
Existen, sin em bargo, suficientes ejem plos para que nos demos
cuenta de qué punto alcanzó en la época renacentista el entusias­
mo por una educación totalizadora. Tal vez el caso m ás claro de
este género de nueva vida deba buscarse en León Battista Alberti
(1404-1472). Arquitecto, pintor, m úsico, hom bre de letras y de
ciencias, Alberti pensaba que “los hom bres son la fuente de sus
propias fortunas y desdichas” . En páginas autobiográficas nos dice
que era “asiduo en la ciencia y la práctica de las arm as y los caba­
llos. los instrum entos m usicales y las bellas artes” y que estaba
dedicado “al conocim iento de las cosas más raras y m ás difí­
ciles” .11 ¿.Quién com o Alberti realizaba o pensaba realizar aquel
hom bre ideal que Platón concebía com o un ser arm ónico en
las ciencias del alm a y del cuerpo? Y si Alberti es el ejem plo más
clásico y más extrem oso del hom bre total, no queda lejos de él
196
9 A pud, James B. Ross y Mary M. McLaughlin, The Portable Renaissance Reader,
Viking, New York, 1960, p. 80.
10 A pud ibid., p. 387.
11 Leon Battisla Alberti. proem io a "D e la fam ilia” , apud ibid., p. 330.
197
198
Introducción a la historia de la filo so fía
Leonardo da Vinci, ni tam poco M iguel Ángel, arquitecto, escul­
tor, pintor y poeta.
El hom bre universal, este “cam aleón que som os” , es una im a­
gen del universo entero que no debe abandonar ninguna de sus
posibilidades de ser universal. Y así, en el corazón m ism o de cada
individuo, parece posible que llegue a realizarse esta perfección
de una Edad de Oro que piensa llegado el reino de los hom bres y
no, com o se pensó en la Edad M edia, el fin del mundo.
cr„
Reform a y Contrarreforma
No todo era paz, sin em bargo, en esta época, una de cuyas ver­
tientes conducía a la esperanza. La lucha más visible y uno de los
verdaderos problem as que definen al Renacimiento-se-efrtabfcren
el plano de_las ideas religiosas.
Existen, por lo m enos, tres tendencias diversas en el curso del
siglo x v i. Por un lado, la que siguen los cristianos que se rebelan
contra la Iglesia católica; por otro, la de los cristianos que quie­
ren m odificar la Iglesia desde dentro; finalm ente, la de aquéllos
que, reaccionando contra la rebeldía protestante, llevan a cabo
una reafirm ación de la Iglesia. A los prim eros se debe la R efor­
ma; a los segundos, l a philosophia Christi; a los terceros, y sobre
todo a la C om pañía de Jesús, la Contrarreform a.
Las causas de la R eform a fueron de diverso origen. El motivo
inm ediato fue la discusión sobre la validez de las indulgencias
que otorgaba el papa. Principalm ente en A lem ania, donde el m o­
vim iento protestante se une a los prim eros signos del nacionalis­
mo alem án, el protestantism o em pieza por ser una tendencia de
orden m oralista. M artín Lutero, fraile agustino que se opone a
que se otorguen indulgencias porque piensa que éstas im piden el
desarrollo espiritual de la Iglesia es, en m uchos aspectos, un m o­
ralista m ucho más que un teólogo. Y es este m oralism o lo que, a
lo largo de la historia, distinguirá, a veces con una rigidez que se
convierte en un nuevo dogm a, al m undo protestante. No que los
protestantes no tuvieran sus motivos para pensar en la necesidad
de una reform a. El m ism o M elchor Cano, teólogo de Carlos v.
escribía: “No se puede dejar de decir y de confesar que en m u­
chos de ellos -e s decir, los protestantes- pedían razón y en algu­
D el Renacimiento a Kant
199
nos justicia” . Y aclara: “Sin sanar a Rom a hicieron enferm ar a
A lem ania” .12 Pero si la Iglesia necesitaba una reform a no necesi­
taba, com o parece probarse en nuestros días, una división tan vio­
lenta com o la que propuso Lutero. Tanto en él com o en C alvino
hay que ver una reacción com prensible. Hay que señalar, sin
em bargo, que las diferencias principales entre los protestantes no
fueron, en un principio, de orden teológico, sino de orden ético.
M ás tarde se añadió a la querella m oral una querella teológica.
É sta se centra, muy principalm ente, en tom o al problem a de la
libertad hum ana. Extrem os de esta querella son, por una parte,
Lutero o Calvino. defensores de un determ inism o total; por otra
los jesuitas y, principalm ente, Luis de M olina, defensores del li­
bre albedrío.
Lutero escribe páginas m uy claras sobre La esclavitud de la
voluntad: “Un hom bre no puede ser totalm ente hum illado hasta
que llegue a saber que su salvación está definitivam ente más allá
de sus propios poderes, esfuerzos, voluntad y obras, que depende
absolutam ente de la voluntad, del consejo, del placer y del traba­
jo de otro, es decir de Dios tan sólo”.13 De m anera semejante Calivino afirma: “El hom bre está tan esclavizado por su pecado que
es incapaz de realizar un esfuerzo o de tener incluso una aspira­
ción hacia lo que es bueno” .14
El carácter más moral que religioso de esta actitud se m uestra,
en el caso de Lutero, en su deseo de hum illar al hom bre y hacer
que lleve a cabo una vida totalm ente dependiente de Dios, en to ­
tal independencia de cualquier poder tem poral o espiritual que no
sea el de la propia conciencia. Se m uestra igualm ente en la idea
de C alvino para quien el hom bre es m alo por naturaleza y, por ¡
naturaleza culpable, incapaz de salvarse por su propio esfuerzo. 1
En oposición radical a la doctrina de los dos fundadores del
protestantism o europeo, Luis de M olina, teólogo portugués, es
quien m ás claram ente defiende el derecho hum ano a la libertad.
R ecogiendo la doctrina clásica de la naturaleza am orosa de Dios,
M olina no acepta la posibilidad de que Dios salve o condene de
antem ano a las alm as hum anas. Y el hom bre es para M olina libre
12 A puil Josc M. G allegos R ocafull, Los teólogos españoles ¡le los siglos
Jus. M éxico. 1946.
13 A pud Jam es B. Ross y Mary M. M cLaughlin, op. t it., p. 700.
u Ib id .,p . 707.
XVI
y
X V II
200
Introducción a la historia de la filo so fía
porque Dios m ism o, su creador a cuya im agen el hom bre ha sido
hecho, es un ser libre. Pensar que Dios puede salvam os o conde­
nam os a la fuerza es colocar, en el ser de Dios m ismo, la idea de
la necesidad y, por lo tanto, lim itar la naturaleza divina. Tanto
com o Luis de M olina expresan esta idea los dram aturgos españo­
les de los siglos xvi y xvil quienes, com o Tirso de M olina en El
condenado p o r desconfiado o Calderón en La vida es sueño, afir­
m an que la salvación del alm a depende de la adhesión de la liber­
tad hum ana a los designios libres de Dios.
Entre estas dos actitudes radicalm ente opuestas y. en la época
en que escribía Luis de M olina, ya insalvables, se encuentra la de
aquellos que, con Erasm o, con Luis Vives, con Vitoria, quisieron
encontrar una form a práctica y real de m antener la unidad de la
Iglesia sin dejar de reform ar, no los dogm as cristianos, que pa­
ra ellos eran cuestión de una fe indiscutible, sino alguna de las
prácticas de la Iglesia histórica del Renacim iento.
La philosophia C hristi y sus repercusiones
en las ideas sociales
Si Erasm o fue el principal prom otor de la filosofía de Cristo, si
tuvo sus discípulos en la Francia de G uillaum e B udé y en la In­
glaterra de Tomás M oro, el lugar donde m ás fuertem ente reper­
cutió su enseñanza en el curso del siglo x v i fue España.
Ya hem os visto cóm o Erasm.o.de Rotterdam participaba de
aquel espíritu renacentista que creía encontrar una nueva Edad
de O ro. Pero la nueva Edad de Oro que buscaba Erasm o, antes de
la ruptura entre Lutero y la Iglesia rom ana, no estaba en los anti­
guos textos de los griegos ni en alguna isla utópica, perfecta e
im aginaria. Estaba en su idea m ism a de una vida cristiana que
fuera precisam ente un vivir cotidianam ente las doctrinas de C ris­
to, un seguir al pie de la letra las enseñanzas de los evangelios.
Católico, Erasm o trató de conciliar extremos, y de evitar la ruptura
que se iniciaba con el m ovim iento protestante. Su propósito fra­
casó. por lo m enos en form a inm ediata, pero su doctrina penetró
en el m undo, y principalm ente en el m undo católico español. El
propio cardenal Cisneros participaba en buena m edida de las ideas
de E rasm o y trató de llevarlo a España. Juan Luis Vives, el verda­
D el Renacimiento a Kant
201
dero iniciador del hum anism o español, llam ará a Erasm o “se­
ñor, m aestro y padre” .
Vives (1492-1540) fue una de las personalidades m ás influ­
yentes del siglo X V I. Nacido en Valencia de una fam ilia de origen
catalán que había llegado a tierras valencianas cuando las con­
quistó el rey Jaim e i, estudió en París, donde se cansó de los ejer­
cicios lógicos de una escolástica venida a menos, se instaló en
Bruselas, donde llevó a cabo estudios de griego y latín e invitado
por Tomás M oro, llegó a ser consejero de Enrique v il de Inglate­
rra, cargo al que renunció cuando el rey se divorció de C atalina
de Aragón. Espíritu m oderno, Luis Vives es iniciador en m uchos
cam pos del saber. Lo es en cuanto a la doctrina del derecho de
guerra que más tarde Vitoria y Hugo G rocio habrán de transfor­
m ar en la doctrina del derecho internacional: lo es tam bién en los
cam pos de la psicología, la psiquiatría y la educación.15
En Concordia y discordia -co n co rd ia, es decir am or: discor- V
dia, es decir, desam o r-, Vives afirm a que los hom bres, creados
por amor, tienden espontáneam ente al amor. Ser caído, el hom ­
bre tiende tam bién a la discordia, al odio, a la ira, a la envidia y
a las pasiones que nacen de su caída misma. ¿C óm o llegar a una
sociedad basada en la paz cuando por todos lados acecha el he­
cho brutal de la guerra y de los conflictos entre los hom bres?
Luis Vives piensa que para alcanzar la paz, la concordia entre los
hom bres, debe alcanzarse prim ero la paz interior, íntim a que so­
lam ente puede darse a todos los corazones si se sigue la doctrina
evangélica. Esta afirm ación de la vida cristiana conduce a p ensar
que las guerras -g u e rras en las cuales estaba em peñada España
en todos los frentes de E uropa y de A m éric a- son siem pre injus­
tas. Por derecho natural, es decir, p o r el derecho m odelo que otor­
gan la razón y la moral no puede hablarse de guerra ju sta o injus­
ta. Lo que es injusto e inhum ano en esencia es el hecho m ism o
de la guerra. Y si el hom bre es en parte un ser anim al, si la guerra
responde a esta anim alidad que hay en todo hombre, la razón
guiada por el espíritu de am or deberá afirm arse para destruir to­
do aquello que nos hace pasivos, para anular la fuerza anim al de
nuestras pasiones.
■
"
15
Vid. Jo a q u ín X irau , El p e n s a m ie n to vivo de L u is V ives, L o sa d a , B u en o s
A ires, 1943.
202
Introducción a la historia de la filo so fía
En una época dom inada por ia rencilla, la discordia y la gue­
rra, Luis Vives reclama la verdad cristiana de la paz; en un tiempo
dom inado por el deseo de conquista que los españoles y los por­
tugueses llevan a sus colonias, Vives afirm a la inm oralidad de
toda conquista; en una época en que algunos teólogos españo­
les sostienen que los indios no tienen alm a, Vives afirm a que los
indios, hom bres com o todos los hom bres, pueden alcanzar la
salvación.
No m enos im portantes son las ideas de Vives en los cam pos
de la psicología y la pedagogía m odernas. Vives distingue clara­
m ente entre los problem as m etafísicos que plantea el alm a hum a­
na -o rig en , naturaleza e inm ortalidad- y los problem as de una
psicología objetiva y científica que estudia los hechos psicológi­
cos. Conocido el funcionam iento del alma, será posible transfor­
m arla y educarla hacia el bien. D esde un punto de vista estricta­
m ente psicológico, Vives piensa que las dos funciones básicas
del espíritu, funciones íntim am ente ligadas entre sí, son la aso­
ciación de ideas y la m em oria. Su teoría de la asociación de ideas
habrá de reaparecer claram ente en las enseñanzas de los em piristas ingleses, principalm ente Locke y Hume; su teoría de la m e­
m oria es la base m ism a de su doctrina de la educación. Hastiado
de una pedagogía basada en lo que Vives llam a la m em oria de
“recoger”, convencido de la inutilidad de acum ular datos para
repetirlos, Luis Vives afirm a la prioridad de la m em oria de “rete­
ner” que nos permite recordar, m ediante el interés, todo lo que es
fundam ental para la vida del espíritu. No desea Vives una cultura
basada en la acum ulación de los datos, no concuerda, en este sen­
tido, con los pensadores que, en su tiem po, querían form ar hom ­
bres universales m ediante el aprendizaje de todas las disciplinas.
Su conocim iento es m ucho más íntim o, su idea de la m em oria de
retener le conduce a una vida sencilla, cercana a la vocación más
íntim a que es una vocación de amor.
Las ideas de Vives sobre la psicología repercuten en la histo­
ria del pensam iento español. Juan Huarte de San Juan (15291598) escribe un Exam en de los ingenios para las ciencias que
constituye la prim era tentativa de una teoría de la orientación
profesional. Escribe Huarte: “de muchas diferencias que hay en
la naturaleza humana, sólo una con em inencia, cabe”. Así, “a cada
diferencia de ingenio le responde, en em inencia, sola una ciencia
Del Renacimiento a Kant
203
y no m ás”.16 M iguel Sabuco (1535-1592), m édico com o Huarte,
considera que to d a s lá s enferm edades hum anas son de origen
psicológico, adelantándose a la psiquiatría m oderna y a la tesis
fundam ental del psicoanálisis.
Pero si la influencia de Vives es grande en el cam po de la psi­
cología y la psicoterapia, no lo es m enos en el cam po de las
ideas sociales y, principalm ente, en el cam po de la filosofía del
derecho.
Am érica, hecho inesperado y sorprendente, plantea un nuevo
problem a a los hom bres de Europa. Quienes pretendían m antener
la esclavitud de los indios estaban dispuestos a m ostrar su in­
ferioridad natural para m antener para sí los privilegios que les
otorgaban las encom iendas ganadas por el m ero derecho de la
conquista. Quienes, por lo contrario, veían que los indios eran
hom bres iguales por naturaleza a los otros hom bres, estaban dis­
puestos a acabar con la esclavitud y con el derecho del m ás fuerte
que m uchas veces habían im puesto los conquistadores. Por pri­
m era vez, A m érica entraba en la historia y las doctrinas de los
m isioneros españoles dejaban oír una nueva voz que iba a reper­
cutir en el pensam iento europeo y a variarlo y enriquecerlo. De
una m ultitud de m isioneros que se vieron lanzados a una em presa
de nueva evangelización, destacan, por su influencia o por su in­
terés intrínseco, fray B artolom é de las Casas y Vasco de Quiroga. j
Fray B artolom é de las Casas, que había visto la violencia con
que los españoles exterm inaron a la población indígena de las An­
tillas, escribió la m ás im portante de las defensas de los indios y,
acaso sin darse cuenta, dio fundam ento a las nuevas teorías del
derecho internacional. En su Brevísima relación de la destruc­
ción de las Indias, Las C asas afirm a que todos los hom bres son
iguales por su naturaleza racional. Racionales y libres, los indí­
genas de A m érica son igualm ente capaces de una vida superior.
La prim era de estas nociones conduce a Las-Casa&.a afirm ar que
los españoles no tienen derecho a im poner una form a de gobier­
no basado sobre la fuerza y que por lo tanto la guerra de conquis­
ta em prendida por love.spañoles es iniusta. La segunda le lleva a
decir que los m isioneros tienen eLde.recho de con vertir a los in16
Juan Huarte de San Juan, Examen ¡Je ingenios. Biblioteca de Autores Españoles,
vol. 65, p. 404.
Introducción a la historia de la filo so fía
D el Renacimiento a Kant
dios, siem pre que esta conversión no se haga por coacción, sino,
com o la pensaba tam bién Vives, por razón de amor.
Las ideas de Las Casas tuvieron la consecuencia práctica de
que. m ediante las nuevas Leyes de Indias, se aboliera la escla­
vitud de los hom bres de Am érica. Tuvieron además consecuen­
cias teóricas que aparecen ante todo en las obras de Francisco
de Vitoria.
No es muy distinta la base moral y cristiana de la doctrina de
Vasco de Quiroga. M ás claram ente form ado que Las Casas en la
tradición humanista, Vasco de Q uiroga trató de adaptar la utopía de
M oro a tierras m exicanas. Fue principalm ente en torno al lago
de Pátzcuaro donde Vasco de Q uiroga estableció su utopía cris­
tiana. Su cristianism o, aplicado al orden político, le condujo a di­
vidir la población que rodeaba el lago en ciudades o poblados de
unas seis mil fam ilias regidas en form a familiar. Lim itó las horas
de trabajo a seis diarias, abolió el dinero, estableció un sistem a de
canje entre los pueblos que rodeaban el lago, trató de desterradla
ociosidad, estableció la com unidad de los bienes y la distribución
de las ganancias conform e a las necesidades de cada familia. Es­
te sistem a político nacido del pensam iento hum anista de la E uro­
pa del siglo x v i encontró en A m érica una realización que llegó a
funcionar con precisión y arm onía. Vasco de Quiroga vino a pro­
bar que los sueños, y el sin lugar de las utopías pueden encam ar
en la realidad y tom ar lugar entre los hombres.
Francisco de Vitoria (1480-1546) recogió las ideas organiza­
das, más bien en form a de protesta, que desde Chiapas dirigía a
E spaña el obispo B artolom é de las Casas. En sus Relaciones,
Vitoria sentó las bases para una doctrina precisa del derecho in­
ternacional fundado en el derecho natural. D esarrollandoja idea
tom ista de que el príncipe solam ente lo es si representa verdade­
ram ente a_.sus sú b d ito s Las Casas establece que la m onarquía
esta constituida por el conjunto de las conciencias de los ciuda­
danos. De la m ism a m anera que Vives pensaba que la paz social
solam ente es alcanzable m ediante la paz interior. Vitoria sostiene
que el Estado solam ente tiene validez si responde a la conciencia
individual de los ciudadanos que lo forman. Y si el em perador no
tiene derecho a discutir la conciencia soberana de cada individuo,
esta conciencia debe im ponerse tam bién en las cuestiones interna­
cionales y en las consideraciones sobre el derecho de guerra.
M ás realista que Vives, Vitoria sostiene que la guerra puede
justificarse en el m undo de los hechos ya que, de hecho, el hom ­
bre es un ser caído. Si la guerra no puede elim inarse del todo y
es incluso perm isible en cuanto una nación tiene derecho a ven­
gar una gran ofensa recibida, en cuanto desea recobrar algún bien
perdido o, principalm ente, en caso de defensa propia, debe esta­
blecerse un código internacional para lim itar los males de una
guerra aun cuando ésta se base en causas justas. Tal vez ésta es
la m ayor novedad que presenta el pensam iento de Vitoria. En lu­
gar de pensar en la posibilidad de establecer una m onarquía uni­
versal com o lo habían pensado D ante en su D e m onarchia o
C am panella en La ciudad del sol, Vitoria prefiere la idea de un
código internacional fundado en el derecho natural.
No es inútil recordar que el código de Vitoria, que habrá de sis­
tem atizar Hugo G rocio en Holanda, dice explícitam ente que ni el
engrandecim iento im perial ni la conversión de los infieles son
causa ju sta de la guerra que los españoles llevan al Nuevo M un­
do. No lo es el engrandecim iento del im perio porque esto im plica
una política basada en el poder y no en las leyes rectas de la moral;
no lo es la guerra para convertir a los infieles porque si la conver­
sión se hace por m edios coactivos el infiel tenderá a sim ular que
cree y así el acto de conversión se convertirá en un acto sacrilego.
A fines del siglo x v n , Francisco Suárez lleva a cabo la prim e­
ra gran síntesis m etafísica del pensam iento escolástico así com o
la verdadera sum m a del pensam iento político español.
N acido en G ranada en 1548. Suárez estudió derecho canóni­
co en la U niversidad de Salam anca y dedicó su vida a la enseñan­
za de la teología en Segovia, Ávila, Valladolid, Rom a, A lcalá de
Henares, Salam anca y Coimbra. Según sus propias palabras fue
la necesidad de fundam entar la teología la que le condujo a reali­
zar estudios de m etafísica.17 La originalidad de Suárez consiste
precisam ente en evitar los problem as de orden sobrenatural den­
tro del m arco del pensam iento filosófico. No poco contribuye
Suárez, leído por Descartes, Leibniz, Berkeley y C hristian Wolff,
a deslindar el conocim iento natural del conocim iento sobrenatu­
ral. Es cierto que Suárez piensa que la filosofía viene en apoyo de
204
205
17
O bras principales de Suárez: D isputationes m etaphysicae, D e legibus, D e Deo
uno et trino, Tractatus de anim a.
Introducción a la historia de la filo so fía
D el Renacimiento a Kant
la teología; es igualm ente cierto que su filosofía contribuye a se­
parar razón y fe.
En sus D isputaciones m etafísicas Suárez m uestra a la vez eru­
dición y originalidad. Esta originalidad aparece sobre todo, com o
lo ha visto Gilson, en pasar de la filosofía del ser a una filosofía
del existente; en otros térm inos, en concretar la m etafísica y en
hacer de ella una ciencia tanto general com o útil, tanto ciencia de
los principios com o ciencia de los entes concretos.
El objeto de la metafísica es, para Suárez, el ser en cuanto ser. No
se trata, sin em bargo, de un ser m eram ente conceptual, de un ser
al cual llegamos por analogía y abstracción. La m etafísica se ocupa
del ser real. El metafísico tiene que utilizar conceptos, pero éstos son
com o las ventanas que han de revelar al existente mismo: al ser en
sí com o realidad. P or un lado, la m etafísica es especulativa y sus
tem as no son “orientados a la práctica” ;18 por otro lado es una cien­
cia útil en dos sentidos: sirve para “perfeccionar el entendim iento”
y “es muy útil para la perfecta adquisición de las otras ciencias”.19
Precisado el fin de la m etafísica es necesario entender cuáles
son los atributos del ser. Piensa Suárez que éstos son la unidad,
la verdad y la bondad, térm inos que se refieren a m odalidades
del ser. pero que, de hecho, no añaden nada a este ser m ism o. El
ser, en últim a instancia, es el infinito mismo: el ser de Dios por
el cual todas las cosas son hechas; las creaturas existen en cuanto
participan finitam ente en este ser divino.
La distinción entre el ser infinito (ens a se) y el ser finito (ens
ab alio) es la clave de bóveda de la m etafísica suarista y acaso su
punto de m ayor originalidad. Ya hem os visto que el objeto de la
m etafísica es el ser. pero el ser en cuanto ser real y concreto. Este
ser es el hacedor de todas las cosas; el Dios creador que se revela
con evidencia en nuestra experiencia del m undo y en nuestra ra­
zón. Entre los argum entos clásicos para probar la existencia de
Dios, Suárez rechaza el del m ovim iento -argum ento que santo
Tom ás consideraba com o el m ás probatorio de todos los argu­
m e n to s- Los rechaza porque por una parte no es seguro que to­
do lo que se m ueve sea m ovido por otra cosa (la voluntad hum ana
es, entre otras, causa de sí). Acepta, en cam bio, los argum entos
por las causas y por la finalidad. Pero estos argum entos solam en­
te cobran sentido dentro de un nuevo m odo de pensar puram ente
suarista; un m odo de pensar que nos hace volver los ojos a lo con­
creto de su m etafísica. Si no es del todo dem ostrable que todo lo
que se mueve sea m ovido por otra cosa, es en cam bio dem ostra­
ble que todo lo que produce es producido por algo más. Todos los
seres del universo pueden considerarse com o hechos o com o no
hechos. Los seres “hechos” rem iten a un hacedor y creador de
todos los seres, a un Dios vivo: “todo ser es o hecho o no hecho,
es decir increado; ahora bien, no es posible que todos los seres
que existen en el universo sean hechos; por consiguiente es nece­
sario que exista algún ser no hecho, es decir, increado” .20
Todos los argum entos acerca de la existencia de Dios se resu­
m en en esta búsqueda concreta de un ser que concretam ente crea
el mundo. El universo es hechura divina; la creatura, unión o com ­
puesto de esencia y de existencia, es en cuanto participa del prin­
cipio divino y creador.
Es Suárez en su m etafísica un filósofQ_deJajnodernidad: lo -es-,
principalm ente, en euanto'Buisca un m étodo racional de conocim iento. E s tam bién un filósofo de la vida cristiana que, cercano a
los erasm istas y hum anistas, encuentra, a través de los conceptos
m etafísicos, al Dios vivo y creador.
El tratado De legihus. se fundí*
1a irlpa dg.lin
lefisladar
De la m ism a m anera que el teólogo debe ser un buen m etafísico si
quiere entender el ser de Dios, debe ser tam bién un buen ju rista
si quiere entender el gobierno divino. Exigía un_origen teológico
de las leyes; existe tam bién para Suárez, y en ello se acerca a la
modernidad, a Locke y aun a Rousseau, un sentido natural de la ley.
C ontrariam ente a quienes reducían el derecho natural a la razón,
Suárez afirm a que la razón no puede ser ley puesto que es un cri­
terio o un principio. La ley natural es, en esencia, ley moral. Esta
ley surge de la naturaleza social del hom bre de tal m odo que la so­
beranía es cosa de la naturaleza hum ana misma. N ecesidad natu­
ral, el contrato entre los hom bres no es un contrato social artificio­
so sino un contrato seeral-eoHCtelQ v de facto: u n x o ntrato social
natural. Ante el hecho de la guerra, Suárez sigue de cerca a Vitoria
y aun a Vives. M ás que en ellos, sin em bargo, hay en d De legibus
206
18 F rancisco Suárez, D isputaciones m etafísicas, I, 3.
19 Loe. cit.
20 Ibid.,
X X IX .
207
Introducción a la historia de la filo so fía
D el Renacimiento a K ant
de Suárez motivos para la guerra justa siempre que ésta provenga de
un poder legítim o, que se lleve a cabo por haber sufrido una gran
injusticia y se conduzca con propiedad. Tales serían las razones
objetivas de la guerra. No son las m ism as las razones subjetivas.
Suárez piensa que, en últim a instancia, todo depende de la
conciencia moral de cada individuo; si la conciencia individual
encuentra motivos para declarar que la guerra es injusta, el indi­
viduo tiene la obligación de no hacer la guerra. La conciencia
m oral de las personas está m ás allá de las reglas sociales y debe
determ inar la acción recta, auténtica y verdadera de cada persona.
Suárez, m etafísico de la creación, es tam bién el legislador que
sabe que, a fin de cuentas, la m oralidad es cosa de conciencia. En
el corazón m ism o de la vida hum ana reina, siem pre que sea recta,
la libertad individual de decisión.2'
pienso” . C ontrario a los m étodos em pleados por la Sorbona, co­
mo contrario a ellos se había m ostrado Luis Vives, ©ftemtge-de hr
enseñanza por repetición, enem igo principalm ente del argumento
silogístico que sólo concluye lo que ya se conoce de antemano, Sán­
chez no es un escéptico total. Su escepticism o es, ante todo, una
crítica al verbalismo y al empleo de las palabras con desconocimien­
to del sentido de las m ismas y. sobre todo con desconocim iento
de si las palabras se refieren a la realidad o se quedan en el campo de
la pura palabrería. M édico de oficio, Sánchez da una im portancia
primordial a la experiencia y a las ciencias experimentales. Ello le
conduce - y en ello nos recuerda a Cervantes que condena los exce­
sos de la lectu ra- a desdeñar el conocim iento puram ente libresco
que nos pone de espaldas a la “viva naturaleza” . Si para Sánchez
el conocimiento*deductivo y silogístico resulta inútil, m uchas ve­
ces falaz, no sucede lo m ism o con el conocim iento experim ental
que aun no alcanzando una seguridad com pleta puesto que la ex­
periencia es variable, lleva por lo m enos a los hechos concretos y
nos da una intuición directa de las cosas particulares.
Si es experim entalista la actitud crítica de Sánchez, la actitud
de M ontaigne es más bien la del hum anista que quiere retirarse de
las querellas del m undo, aislarse en su torre y dedicarse al cultivo
de su propio espíritu. En m ás de un aspecto. M ontaigne, inaugurador del género de los E nsayos, es un hom bre universal del
R enacim iento. Pero su universalism o co nsiste, ante todo, en
aprovechar del pasado y d e l presente todo aquello q u ejju ed a serle útil p arailev ar una vida tranquila. Pocos com o él se han apro­
xim ado, m atizándolo con un vivísim o sentido del valor de las
letras, al antiguo pirronism o de los griegos. Pero la gran novedad
de M ontaigne se encuentra, por una parte, en su afirm ación de un
relativism o histórico y, por otra, en su contem plación, siem pre
fina y precisa, de la naturaleza y de los hom bres.
Sabe M ontaigne que la ciencia de la Edad M edia y de los grie­
gos carece de sentido, que el sistem a geocéntrico ha sucum bido
ante los em bates de la nueva astronom ía, que Colón ha descu­
bierto nuevas tierras y con ellas m ayor riqueza y una nueva hum a­
nidad. Pero cuando habla del sistem a de Ptolom eo com parado al
de C opém ico escribe que tal vez dentro de mil años una tercera
opinión vendrá a destronar las dos precedentes. Y cuando habla
de los descubrim ientos de Colón, dice que los geógrafos de su
208
Escepticism o
Ya hem os señalado que el R enacim iento es tanto época de entu­
siasm o com o de pensam iento, de búsqueda de la Edad de Oro
com o de discusión y querellas internas entre las naciones y los
grupos religiosos. Por otra parte, el m ism o descubrim iento de
nuevas esferas del saber m ultiplica el problem a del conocim iento
y el m ism o hom bre que descubre tanta novedad en tan breve lap­
so tiende a veces a pensar que lo que falta por descubrir hará,
m ultiplicándose y creciendo cada vez m ás, que el conocim iento
total sea im posible. De ahí que social, religiosa y teóricam ente el
hom bre del R enacim iento puede ser m uchas veces un escéptico.
De este escepticism o renacentista son m uestra las obras de Fran­
cisco S ánche/,-v d e M ontaigne.
M édico y profesor de m edicina en la Universidad de Tolosa.
Francisco Sánchez, discípulo escéptico de Luis Vives, escribe en
Que nada se sabe: “Escribo para decir lo único que sé; lo que
31
Un caso m ás del “concrctism o" de Suárez puede verse en su m odificación de la
definición de ley. Santo Tomás había definido la ley com o "una cierta regla y m edida de
acuerdo con la cual nos vemos inducidos a actuar o restringidos en nuestros actos".
Suárez piensa que esta definición es dem asiado abstracta y dem asiado am plia (podría
aplicarse igualm ente a un consejo). D e ahí la definición suarista de ley: “un precepto
com ún, ju sto y estable que haya sido suficientem ente prom ulgado". En otras palabras,
la ley im plica obligación y conocim iento de causa: principio, precepto y conocim iento.
209
210
Introducción a la historia de la filo so fía
tiem po carecen de razón cuando aseguran que ya se ha descubier­
to todo lo que quedaba por descubrirse. Todo cambia, cambian los
hom bres, cam bian las civilizaciones y varían los puntos de vista
de las ciencias. Por un lado este crecim iento indica un progreso,
pero por otro, indica sobre todo, que el mundo es variedad y dese­
mejanza. No puede existir una ciencia verdaderamente universal y
todos los descubrim ientos nuevos no hacen sino m ostrar que el
conocim iento hum ano, variable y disím il, cam biará nuevam ente
jen los siglos futuros y será im posible establecer, de una vez por
todas, la cieñe tav erd ad era. La actitud de M ontaigne es, cierta­
m ente, de curiosidad por la ciencia, de avidez por la novedad. Es
tam bién la actitud de quien, más allá de los entusiasm os de su
propia época, sabe que no existe ningún conocim iento que pueda
calificarse de i,imversal-y~neeesario. Com o Sánchez, sorprendido
por la riqueza del m undo natural y, sobre todo, de la naturaleza
hum ana, M ontaigne prefiere “ensayar”, escribir provisionalm en­
te y anotar sus observaciones bien a sabiendas de que su conoci­
m iento es u n conocim iento subjetivo. M ontaigne se ajxeve-sólo-a
fsíenfi
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211
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S a b in e ,
II. D e s c a r t e s
El siglo
y e l c a m in o de l a r a z ó n
xvii
El siglo xvi fue el siglo del dom inio español en Europa. El si­
glo xvii fue, m ás y m ás. siglo de dom inio francés. La casa de
los H absburgo dom inaba, en tiem pos de C arlos v, las nuevas tie­
rras de A m érica, la península Ibérica, el reino de las dos Sicilias,
que com prendía la isla de S icilia y el sur de Italia, el m ism o
im perio alem án y los Países Bajos. D urante todo el siglo xvi y
buena parte del siglo XVII. Francia se sintió rodeada por el pode­
río de los Habsburgo. Toda la política francesa, sobre todo a par­
tir de R ichelieu y de su “em inencia gris” , el padre Joseph, estaba
destinada a desm em brar los dom inios de la casa de Habsburgo.
Tal fue. en buena parte, el sentido de la G uerra de los Treinta
A ños (1618-1648). En su prim era fase, la guerra se centró en la
región de B ohem ia que luchaba por su independencia territorial
y por la libertad de sus cultos religiosos protestantes. A esta bre­
ve fase, siguió la fallida intervención de los daneses que sufrie­
ron una derrota definitiva en m anos de los alem anes. La tercera
etapa, conducida por Gustavo A dolfo de-Suecia-y-apoyada econó­
m icam ente por Francia é Inglaterra, condujo, después de años de
guerra sangrienta, a un equilibrio entre las naciones. No pue­
de decirse que ninguno de los grandes poderes de Europa hubieran
ganado la guerra cuando Gustavo A dolfo, con sus tropas victo­
riosas. perdió la vida en la batalla de Liitzen. La paz de W estfalia,
entre los suecos y el em perador de A lem ania, prom etía un equi­
librio que no cabía en los designios de Richelieu. En el año de
1635, R ichelieu inició la guerra con España, cuyas tropas habían
sostenido a las del em perador alem án. Esta últim a fase de la
G uerra de Treinta A ños puso frente a frente a los dos grandes po­
deres de Europa. España, llam ada su atención a m últiples fren­
tes de guerra, pudo am enazar a París desde sus territorios bel­
212
Introducción a la historia de la filo so fía
D el Renacimiento a Kant
gas. Pero, a fin de cuentas, dividida por disensiones internas que
llevaron a la independencia de Portugal, atacada por los france­
ses en los Pirineos y en Italia, en lucha con los holandeses ya
entonces independientes, fue perdiendo terreno en una larga gue­
rra que concluyó en el Tratado de los Pirineos, m ediante el cual
España cedía a Francia la provincia del Rosellón y la parte sur de
los Países Bajos. La Paz de los Pirineos (1659) señala el m om ento
en que España deja de ser la nación dom inante de Europa. Fran­
cia, en cam bio, se afirm a com o poder m ilitar y político.
Si Francia pudo acrecentar el poderío militar, territorial y eco­
nóm ico, prosperó de la m ism a m anera en el dom inio de las artes.
El siglo xvii que es, en Italia, en España, en A m érica y en A us­
tria, el siglo del barroco, es en Francia un siglo esencialm ente
neoclásico. El Concilio de Trento, m anifestación m áxim a en lo
eclesiástico de la C ontrarreform a, había aconsejado un arte im a­
ginativo. El barroco, en su unidad dinám ica de nuevos espacios
arquitectónicos, pictóricos y escultóricos, fue por excelencia
el arte de la Contrarreform a y la expresión artística m ás im portante
desde el nacim iento del gótico en el siglo xvil. Al barroco pertene­
cen las obras de Caravaggio, Velázquez, Rubens y Rem brandt; la
arquitectura de Bem ini y Borromini, la escultura de Bem ini y Pe­
dro de M ena, la poesía de Lope de Vega, el dram a de C alderón de
la Barca o la obra de Quevedo. Es verdad que el barroco no dom inó
en toda Europa. La pintura de los Países Bajos, donde el protestan­
tismo hacía difícil la veneración de im ágenes, vuelve la atención
hacia costum bres cuya expresión, a la vez geom étrica y luminosa,
se encuentra, por ejem plo, en la obra de Vermeer de Delft.
Poca m ella hace en Francia el arte barroco. A rte de corte y
villa -e s decir, Versalles y P arís-, el a rte francés está condiciona^
do por eLgjisto de la c o rte , de la aristocracia y de los reyes. Es el
arte de una m onarquía absoluta, dom inado por la form a y dirigi­
do a las m inorías. C uando el arte de España e Inglaterra se dirige
al pueblo, el arte de Francia se dirige a un público altam ente refi­
nado y preparado a las vocaciones clásicas.
La poesía francesa, después de la alegría de R onsard y la im a­
ginación a veces rom ántica de Du Bellay, im pone, en el siglo
x v ii, las pautas clásicas que inicia M alherbe, continúa Boileau
y expresan Racine, B ossuet o. en la pintura, N icolas Poussin. A
excepción de M olière, el teatro francés prefiere la form a al fondo
y se aferra a las reglas de las tres unidades de lugar, tiem po y
acción. Pocos definen con tal claridad la intención clásica, for­
mal, razonable de este arte de Francia com o Boileau:
213
Ama pues la razón, que siempre tus escritos de ella tomen prestado
el brillo como el precio.22
Esta afirm ación de la razón m anifiesta una desconfianza cre­
ciente ante la im aginación: la loca de la casa, la llam aría Pascal;
la loca que juega a hacer la loca habrá de llam arla M alebranche.
Esta tendencia artística, sin duda nociva para la poesía, conduce a
una prosa elegante, precisa y clarísim a, tal vez la prosa m ás clara­
m ente escrita en el m undo m oderno. C onduce tam bién a la fun­
dación de las academ ias (ja de las letras o A cadem ia Francesa,
ía de pintura, la de m edicina) y, con ellas, al academ ism o y a l a
repetición de fórm ulas y recetas abstractas. Y si este form alism o
está presente en la obra de B oileau, no lo está m enos en la de los
pintores. Poussin escribe: “Si el pintor desea despertar la adm ira­
ción en otros espíritus aun cuando no trate un tem a capaz de des­
pertarla por sí m ismo, no debe introducir n ada nuevo, extraño e
irracional, sino que debe forzar su talento de tal m anera que su
obra resulte m aravillosa por la excelencia de su m anera” .23 Los
jardines de Versalles, dom esticados por la razón y encu ad ra­
dos en las precisas geom etrías de Henri Le Nótre sim bolizan esta
tendencia racional del arte de Francia.
Idea “honesta” , cortesana, intelectual de la vida, la que expre­
sa la Francia del siglo xvil, encuentra su form ulación m ás exacta
en la filosofía y en el pensam iento. El terreno queda abierto para
los teóricos y los m oralistas. Q ueda sobre todo abierto para el
gran genio que produjo la Francia del siglo xvil: Descartes.
Descartes: vida y obra
Nacido en La Haye, provincia de Turena, en 1596, René D escar­
tes fue un niño débil, de salud inestable, enteco de cuerpo. M u22 N icolas Boileau, A rte poética, I.
23 A pud Elizabelh G. Holt A D ocum entary H istorv o fA r t, Anchor, N ueva York, vol.
TI. p. 145.
Introducción a la historia de la filo so fía
D el Renacimiento a Kant
chos pensaban que estaba destinado a m orir joven. Nacido en una
fam ilia de la pequeña aristocracia, D escartes estudió, desde los
diez años de edad, en la nueva escuela de La Fleche que los jesuitas acababan de fundar en París. La influencia de esta escuela fue
grande en su vida. Si bien D escartes no aceptaba la lógica tradi­
cional aristotélica ni encontraba en la enseñanza de sus maestros
la certidum bre absoluta que buscó toda su vida, aprendió en La
Fleche los fundam entos de las m atem áticas y, con ellas, el deseo
de encontrar una ciencia exacta aplicable a todos los terrenos.24
Salido de La Fleche. Descartes siguió la educación de un gen­
tilhom bre de su tiempo: baile, esgrim a, equitación. En 1618 via­
ja D escartes por prim era vez a Holanda con tropas de G uillerm o
de Nassau. Este prim er viaje es de sum a im portancia en su vida y
en su pensam iento. En A lem ania, calentándose cerca de una estu­
fa. D escartes tuvo la visión de un nuevo m étodo que perm itiría
aplicar las m atem áticas, la “ciencia adm irable”, a todos los cam ­
pos de la física. Después de varios sueños sim bólicos, que D es­
cartes creyó inspirados por la gracia de Dios, supo que su vocación
era definitiva: la de un m atem ático que quiere precisar las m ate­
m áticas y afinar un nuevo m étodo para llegar a la verdad absoluta
y necesaria. Em prendió Descartes nuevos viajes; principalm ente
a Italia donde fue com o peregrino a N uestra Señora de Loreto
para dar gracias por sus descubrimientos. Vivió en París entre 1626
y 1628 y en este año decidió residir en Holanda, país cuya quie­
tud espiritual en una época especialm ente revuelta, le perm itió
llevar a cabo sus m editaciones y poner por escrito sus pensam ien­
tos. Vivió en H olanda m ás de veinte años. Lector parco, cuéntase
que una vez cuando alguien quiso ver su biblioteca Descartes
m ostró, en vez de libros, el cuerpo destazado de una ternera que
estaba observando y estudiando.
Las preocupaciones de D escartes fueron sobre todo de orden
teórico. Su Geometría donde expone el descubrim iento de la geo­
m etría analítica permite, m ediante los sistem as de coordenadas,
unir la geom etría y el álgebra y, prom ete calcular el universo
m ediante los núm eros. El descubrim iento de la geom etría ana­
lítica es uno de los grandes pasos en la historia del pensam ien-
to, tanto por su valor intrínseco com o por las posibilidades de
aplicación de la m atem ática al m undo físico. Decidió Descartes
publicar su Tratado del mundo, pero la noticia de que Galileo
había sido condenado im pidió la publicación com pleta de la obra.
En 1637 salió a la luz la introducción a la misma, el D iscurso
del m étodo, la obra más leída de Descartes. En 1641 publicó las
M editaciones metafísicas, interesantes en sí e interesantes cuan­
do se leen las objeciones que a ellas hicieron algunos de los prin­
cipales espíritus de la época y las respuestas de D escartes a estas
objeciones. Después de publicar los Principios de filosofía ( 1644),
Descartes se ocupó de la psicología y la biología. El interés por la
psicología había nacido, principalm ente, de la co rresponden­
cia con la princesa Elizabeth de Bohem ia, a quien Descartes ha­
bía dado no pocos consejos epistolares. De este interés surgió el
Tratado de las pasiones del alma (1649). A estos libros principa­
les habría que añadir un diálogo inacabado {La investigación de
la verdad) y las conversaciones con uno de sus jóvenes discípulos
alem anes: C onversaciones con Burman. La prim era obra filosó­
fica de Descartes. Reglas para la dirección del espíritu (1628), es
im portante en cuanto contiene las principales ideas que D escar­
tes enunciará en sus libros posteriores, pero debería leerse des­
pués de tener un conocim iento claro del D iscurso del m étodo y
de las M editaciones metafísicas.
En el año de 1649. Descartes recibe la invitación de la reina
Cristina de Suecia que deseaba seguir las enseñanzas del filósofo.
Descartes duda ante las dificultades del viaje y, en las cartas de
este periodo, se acuerda del herm oso paisaje de su Turena natal.
Llega Descartes a Suecia en el otoño de 1649. En una de sus últi­
mas cartas, escritas en pleno invierno nórdico. D escartes escribe
a Bréguy. em bajador de Francia en Polonia: “Nunca oigo hablar de
nada, de m anera que m e parece que los pensam ientos de los hom ­
bres se hielan aquí durante el invierno de la m ism a m anera que
las aguas”.25 La m uerte está cercana. Víctim a de una pulm onía.
Descartes expira el 11 de febrero de 1650. C uenta Adrien Baillet
en su relación de la enferm edad y m uerte del filósofo que éste “se
retiraba contento de la vida, satisfecho de los hom bres, lleno de
214
■4 Parece ser que el gran entusiasm o de su prim era juventud surgió cuando conoció
los descubrim ientos de G alileo, tanto en el cam po de la física, com o en el del conoci­
m iento de las estrellas por m edio del telescopio.
215
Rene D escartes, "Carta a Bréguy. ( 15 de enero de 1650)'', en Œ uvres et lettres. La
Pléiade, Gallimard. Paris, p. 1084.
217
Introducción a la historia de la filo so fía
D el Renacimiento a Kant
confianza en la m isericordia de Dios, y apasionado por ver al
descubierto y poseer una verdad que había buscado toda la vida”.26
razón haga aflorar las verdades que tenemos sembradas en el espí­
ritu. estas “sim ientes” de verdad que en sí mismas no constituyen
todavía un fruto pero que contienen el fruto en potencia.
¿C óm o hacer para que nuestra razón se guíe por el cam ino
recto, para que el fuego latente en el sílex acabe por surgir en esta
suerte de frotam iento que es la reflexión? A esta pregunta respon­
de D escartes con las cuatro reglas del m étodo que conviene aquí
analizar una a una:
21 6
El m étodo cartesiano
Nadie com o Descartes había dado tanta im portancia al m étodo.
Para él, el encuentro de un m étodo preciso es la prim era condi­
ción del pensam iento. Y este m étodo no se contenta con aproxi­
m aciones, no se contenta con la experiencia dudosa; quiere llegar
a la certidum bre com pleta. De ahí que una de las claves del m éto­
do cartesiano se encuentre en el deseo de superar todas las dudas.
De la m ism a m anera que Sócrates en su tiem po, D escartes se
opone a los escépticos dudando m ás que ellos. D udar para no
dudar, tal es la esencia del pensam iento crítico que Descartes
coloca en el meollo de su razonam iento filosófico. El m étodo car­
tesiano. con el cual se inicia una nueva etapa del pensam iento
europeo, presupone, sucesivamente, una serie de cuatro reglas que
aparecen en la segunda parte del D iscurso del m étodo, una teoría
de la deducción y de la intuición que aparece, sobre todo, en las
Reglas p ara la dirección del espíritu y una “duda m etódica”, cuyo
fin es acabar con toda posibilidad de duda, que Descartes presenta
tanto en el Discurso com o en las Reglas y las M editaciones.
a) Las cuatro reglas del m étodo
“El buen sentido es la cosa m ejor repartida del m undo”. Con estas
palabras se inicia el Discurso del método. Si por “buen sentido”
entendemos, com o lo hace Descartes, la razón, es decir, la capaci­
dad de distinguir lo verdadero de lo falso, la afirmación de Descar­
tes quiere decir que existe algo innato en el pensamiento de todos
los hombres. CormrSóerates. q san Agustín, Descartes está seguro
de la existencia de ideas innatas. Pero esta existencia debe interpre­
tarse com o una “capacidad^ Por esencia todos los hombres poseen
el mismo grado de razón, pero de hecho no todos los hombres pue­
den o quieren aplicar la razón correctamente. Nuestras ideas son
innatas de la misma manera que el fuego está potencial mente en el
sílex. Solamente la meditación correcta podrá perm itir que nuestra
26 Iliiii. , p. 1094.
La primera era no recibir jamás nada por verdadero que no conociera
serlo evidentemente; es decir, evitar cuidadosamente la precipitación
y la prevención, y no incluir nada más en mis juicios sino aquello
que se presentara tan claramente y tan distintamente a mi espíritu que
no tuviera ninguna ocasión de ponerlo en duda.
La segunda, dividir cada una de las dificultades que examinara en
tantas partes como se pudiera y fuera requerido para mejor resolverlas.
La tercera, conducir mis pensamientos en orden, empezando por los
objetos más simples y más fáciles de conocer para subir poco a poco y
como por grados al conocimiento de los más complejos, suponiendo
incluso orden entre aquellos que no se preceden naturalmente entre sí.
Y
la última, hacer por doquier enumeraciones tan complejas y revi­
siones tan generales que estuviera segura de no haber omitido nada.27
La prim era de estas reglas contiene el germ en de la filosofía
cartesiana. La regla puede dividirse en dos ideas centrales: 1) si que­
remos conocer algo debemos evitar la precipitación y la prevención;
2) una vez evitadas ambas, debemos proceder con claridad y distin­
ción; debemos poner en duda la realidad para alcanzar la verdad.
Lo que Descartes entiende por prevención es lo que hoy llam a­
ríam os prejuicio. Lo prim ero que debem os poner en duda es lo
que el propio Descartes llama, en las Conversaciones con B urm an,
el conocim iento de oídas, el que proviene de lo que nos enseña la
fam ilia, el grupo social en que vivimos. No que debam os renun­
ciar a todo lo que la sociedad o la tradición dicen sino, más bien,
que debem os analizar, individualm ente, lo que de verdadero y de
falso cabe en la instrucción y la educación que recibim os. Es­
ta tendencia cartesiana a adoptar una actitud crítica personal, esta
idea de que debem os prescindir de la tradición para em pezar de
21 Rene D escartes, Discurso del método. II.
218
D el Renacimiento a Kant
Introducción a la historia de la filo so fía
nuevo a pensar por nosotros m ism os es acaso la más típicam ente
renacentista de toda la filosofía cartesiana.
Más grave aún que el prejuicio es la precipitación, pues con
esta palabra D escartes se refiere no ya a las condiciones de nues­
tro pensam iento sino a la m anera m ism a de nuestro pensar. La
precipitación significa para Descartes un género de pensam iento
que atiende m ás a la voluntad que a larazéfh-L a voluntad es infi­
nita y podem os querer todo lo que se nos antoje querer, la razón
es lim itada y solam ente podem os pensar racionalm ente m ediante
form as de razonam ientos pausadas en las cuales no intervenga la
voluntad com o único factor determ inante. Puedo, por voluntad,
querer estar en M arte y, en caso extrem o, pensar que estoy en
M arte cuando de hecho me encuentro soñando en tierra. De
m anera general. Descartes piensa que la fuente de todo error en
nuestros pensam ientos surge de un desequilibrio entre nuestros
deseos excesivos y la im posibilidad de razonar estos deseos. La
juicios m ás voluntarios que racio n alev es. decir, cuando nuestro
pensam iento sea claro y distinto.
Los filósofos clásicos consideran que la verdad es siem pre una
correlación entre el concepto y la esencia de la cosa. Descartes
inaugura un nuevo tipo de concepto de la verdad que no se refiere
tanto a la cosa, com o a la coherencia interna de nuestros propios
pensam ientos. Es esta coherencia, que volverem os a encontrar
en el pensam iento idealista, lo que Descartes entiende por c\m u
_ dad y distinción
¿Q ué es una idea clara? D escartes la define en los Principios
de filo so fía com o la idea que se “presenta y m anifiesta a un espí­
ritu atento”.28 Supongam os que sufrim os un dolor. El dolor será
claro cuando se dé, por intuición, bajo la form a de un todo indivi­
sible. Una idea es distinta cuando puedo analizarla y alcanzar la
intuición de sus partes. El dolor será no sólo claro sino también
distinto cuando pueda saber exactam ente cuáles son sus causas,
sus motivos, sus efectos. Es así natural que Descartes diga: “El
conocim iento puede ser claro sin ser distinto”, com o en el caso
de una intuición clara de dolor que no me inform a de lo que el
dolor significa en realidad. Inversam ente, un conocim iento “no
28 Rene D escartes, Principios de filosofía, en op. cii., p. 453.
219
puede ser distinto sin ser claro” .29 Y, en efecto, ¿cóm o podría
tener una idea distinta del dolor si este dolor no existiera clara­
m ente com o idea?
La segunda regla del m étodo aclara la prim era. Lo que en ella
nos dice Descartes es que. para que una idea sea clara y, sobre
todo, distinta, es necesario analizar cualquier problem a que se
presente. Dividir, es decir, analizar, significa precisam ente ir al I
encuentro de las partes que integran una cosa. Así, un triángulo
puede ser una figura pintada de azul, grande, pequeña, herm osa
o fea. N inguna de estas cualidades es una cualidad natural del
triángulo. El análisis del triángulo llevará al descubrim iento de
estas cualidades que lo constituyen: línea, ángulos, relación entre
los lados y los ángulos, etcétera.
Pero el análisis no es suficiente por sí mismo. Si tan sólo tuvié­
ram os un conocim iento analítico nunca tendríam os un verdadero
conocim iento, sino una serie de hechos o de ideas desparram adas
y sin coordinación entre sí. El análisis requiere la síntesis, es de­
cir la reconstrucción de una totalidad después de que strfTpartes
son claras y d i sti n tas. Sóirrm edkm te ki -sínt ésís podrem os obtener
un conocim iento cabal de las leyes generales del triángulo y no
sólo de las partes .que lo constituyen separadamenteL a cuarta regla, muy típica del pensam iento cartesiano, exacto
y paciente, indica que cualquier proceso de pensam iento o cual­
quier experim ento debe repetirse varias veces para que estem os
seguros de la verdad a la que se pretende llegar.
Estas reglas asientan, que el conocim iento es siem pre un aná­
lisis entre dos síntesis: la prim era síntesis oscura de quien ve por
prim era vez un conjunto de objetos; el análisis que lleva a enten­
der las partes constitutivas de este conjunto, y la síntesis clara
que resulta de la recom posición y reestructuración de aquello que
el análisis nos ha m ostrado acerca de los elem entos del objeto
que se estudia.
Con las reglas del m étodo tenem os el m arco general que nos
perm itirá discernir entre la verdad y el error. Pero si las reglas
nos explican qué debem os hacer para encontrar la verdad, no aca­
ban de explicar claram ente cóm o debem os hacerlo ni cuáles son
los razonam ientos que perm itirán pensar con claridad y distin29 Loe. cii.
220
Introducción a la historia de la filo so fía
ción. La teoría de la intuición y la deducción explica el significa­
do de estos dos procedim ientos que perm iten llegar a una certeza
absoluta.
b) Intuición y deducción
Intuir significa tener la idea inm ediata de un objeto. Existen in­
tuiciones sensibles, de color, sonidos, olor; existen intuiciones
em ocionales, intuiciones estéticas o intuiciones m ísticas. N ingu­
na de ellas entra en la definición de Descartes. “Entiendo por
intuición -e scrib e D escartes- no el testim onio cam biante de los
sentidos ni el juicio engañoso de una im aginación que com pone
m al su objeto, sino la concepción de un espíritu puro y atento,
concepción tan fácil y distinta que no perm ite ninguna duda acer­
ca de lo que com prendem os.”311La intuición cartesiana, que sigue
la definición de las cuatro reglas, es una intuición racional.
Es fácil ver que existen intuiciones de orden racional. Así
en las m atem áticas, ciertos principios, com o los axiom as, se ofre­
cen intuitivam ente, de m anera inm ediata y sin necesidad de prue­
ba. A lgo sem ejante sucede con las hipótesis de la física que
después vienen a com probar o a rechazar los hechos m ismos. Esta
intuición es para D escartes, la que nos conduce a aquellas verda­
des racionales, aquellas ideas innatas que existen en la mente como
sem illas de verdad.
■ L a im portancia de la intuición reside, así, en el hecho de que
m ediante ella podem os llegar a estos últim os elem entos de la
conciencia, las ideas innatas. La intuición viene a hacem os pre­
sentes las verdades que estaban escondidas en el espíritu. G ra­
cias a ella podem os operar una suerte de m ayéutica com parable
a la que describía Sócrates. Y si querem os conectar la intuición
cartesiana con el objeto que nos proponían las reglas del m éto­
do podem os afirm ar que este conocim iento de las ideas innatas
es. tam bién, el conocim iento de ideas claras y distintas.
Si la intuición es un acto inm ediato del conocim iento la de­
ducción im plica, en cam bio, razonam iento, este ir “com o por gra­
dos” de que nos hablaba la tercera regla del método.
La deducción se define en efecto, com o la operación “m edian­
te la cual entendem os todo lo que se concluye necesariam ente de
30 René D escartes, Reglas para la dirección del espíritu, en op. cit., p. 11.
D el Renacimiento a Kant
221
otras cosas conocidas con certidum bre” .31 En otras palabras: una
vez que. m ediante la intuición, hem os podido establecer algu­
nas verdades absolutas podemos pasar de estas verdades primeras
a sus consecuencias m ediante largas cadenas de razonam ientos.
Así para volver al ejem plo de las m atem áticas, si tom am os ü n li­
bro de geom etría, podrem os ver que el libro se inicia m ediante
una serie de postulados, definiciones y axiom as que Descartes
calificaría de intuitivos o inm ediatos. Todos los casos particula­
res (teoremas, pruebas, escolios) que deducimos de estas primeras
verdades son pasos sucesivos de una deducción que nos lleva de
lo general a lo particular, de los prim eros principios necesarios
a las consecuencias necesarias de estos prim eros principios.
La intuición y la deducción se distinguen por el hecho de que
“los prim eros principios m ism os no pueden conocerse sino mediante la intuición; y, al contrario, las consecuencias alejadas no~
pueden ser conocidas sino por la deducción .
Si querem os llegar al corazón m ism o dé Ta teoría cartesiana
del conocim iento debem os reco rd ar que el m étodo propuesto
por D escartes difiere esencialm ente del m étodo silogístico de
A ristóteles o de la filosofía de la Edad M edia. El silogism o ca ­
rece de verdadera utilidad y se reduce a una m era rep etición
m ecánica. C uando decim os “todos los hom bres son m ortales,
Sócrates es un hom bre, luego Sócrates es m ortal ’, no estam os
descubriendo nada nuevo. Al afirm ar la prim era prem isa estába­
mos ya tácitam ente afirm ando la conclusión. El silogism o puede
servir com o m étodo para explicar, pero no es nunca un m éto­
do para descubrir. Se reduce a u n a pura tau to lo g ía m ediante la
cual no hacem os sino desarro llar u na idea que estab a ya co m ­
p ren d id a en las p rem isas p re estab lecid a s. El razo n am ien to
m atemático, en cambio, es para Descartes, un descubrimiento crea­
dor. C uando decim os 2 + 2 = 4, el núm ero 4 añade algo nuevo
a dos m ás dos. No podem os d ecir que 2 + 2 es 4, porque una
igualdad m atem ática no es una identidad. El 4 que predicam os
de la sum a 2 + 2 añade a los núm eros sum ados la idea de u n i­
dad que no estaba im plícita en ellos. Con lo cual se quiere decir
que las m atem áticas descubren verdades nuevas que vienen a
31/t e /., p. 12.
32 Loe. cit.
introducción a la historia de la filosofía
D el Renacimiento a Kant
añadirse necesariam ente a las prem isas establecidas pero que
no pueden reducirse a estas prem isas. A sí para D escartes no
existe verdadera diferencia de naturaleza, sino tan sólo de uso.
entre la intuición y la deducción. Si hacem os la hipótesis de
una m ente absolutam ente perfecta, esta m ente podría ver, in­
tuir, todas las verdades m atem áticas en un solo acto. Un apren­
diz de m atem ático tendrá que pasar por todos los pasos de
la dem ostración, y. “com o por grados, deducir paso a paso una
verdad de la verdad que inm ediatam ente la antecede. Pero aun
en este caso, la intuición, el descubrim iento de una nueva verdad
que no estaba exactam ente contenida en las prem isas, deberá
hacerse m ediante una intuición y un continuado descubrim iento.
Lo que Descartes viene a decirnos es que la intuición es el m otor
y la función m ism a de la deducción y que la deducción es, en
cada uno de sus pasos, una form a del descubrim iento inm ediato
y una creación.
A la teoría de una lógica form al aristotélica que veía en las
verdades sim ples desenvolvim ientos de principios preestable­
cidos, D escartes vino a poner la idea de una deducción hecha
de intuiciones que, m ediante ideas claras y distintas, añade nue­
vos descubrim ientos y constituye, a cada paso, un verdadero des­
cubrim iento.33
Los argum entos que Descartes inventa para dudar son tres: el
de los sueños, el de un dios im potente y el del “genio m aligno” .34
El argum ento a base de los sueños es, por lo m enos, tan anti­
guo com o Platón. En térm inos cartesianos el argum ento se redu­
ce a una fórm ula bien simple. M ientras sueño tengo frente a m í
un m undo real, tan real durante el sueño com o puede ser real el
m undo de la vigilia cuando estoy despierto. ¿Q ué me garantiza
de m anera absolutam ente cierta que cuando estoy despierto todo
lo que veo no es en verdad un sueño? Un poco antes que D escar­
tes. Shakespeare había dicho que la vida está hecha del tejido de
los sueños. C ontem poráneo de Descartes, Calderón veía que la
vida es sueño. A diferencia de ellos D escartes afirm a la posibili­
dad de que el vivir sea tan sólo un sueño, pero lo afirm a para
poder negarlo, para poder dem ostrar que ni es sueño la vida ni es
de la tela del sueño la razón de los hom bres.
Tanto la idea de un dios im potente, com o la de un genio m alig­
no son hipótesis, hipótesis que sirven a D escartes para llevar
lo más lejos posible su necesidad de dudar para no dudar. Am bas
se entienden m ejor si se piensa que. de existir un Dios perfecto
-D io s cuya existencia D escartes trata de dem ostrar después de
salir de d u d a s- este Dios bueno no querría engañam os. La nega­
ción de un Dios perfecto nos conduciría a pensar que ya no queda
una garantía real para la verdad. Tal es el sentido de los dos argu­
m entos que vamos a precisar.
Supongam os, prim ero, que existe un Dios absolutam ente bue­
no, que no tiene voluntad de engañam os, pero cuyo poder está
lim itado o anulado. Si existiera este dios im perfecto, podría muy
bien ser que nos engañáram os siem pre que creyéram os encontrar
la verdad y que este Dios, bueno en esencia, no pudiera impedir,
por falta de voluntad, nuestro error.
Pero Descartes va todavía m ás lejos. Podem os suponer, “que
hay no un Dios verdadero que es la soberana fuente de la verdad,
sino un cierto genio m aligno, no m enos astuto y engañador que
poderoso, que ha em pleado toda su industria en engañarm e” .35
N aturalm ente Descartes no cree en la existencia de sem ejante
222
c) La duda m etódica
L as reglas del m étodo indican ya que D escartes q u iere buscar
u n a ce rtid u m b re ab so lu ta. P ero esta ce rtid u m b re no p o d rá
alcan zarse m ientras sean válidos los argum entos de los esc ép ­
ticos. P ara an u larlos será necesario dudar m ás que ellos y si
d esp u é s de d u d a r m ás q u e c u a lq u ie r e sc é p tic o es p o sib le
en c o n trar una verdad, ésta será indudable y escapará a todas
las críticas.
33
L a idea de D escartes afectó el pensam iento m atem ático de su tiem po y del siglo
x v iii, Leibniz y K ant van a m antener la m ism a idea de una m atem ática cread o ra que
no solam ente descubre verdades preestablecidas, sino que realm ente crea al encontrar
nuevas verdades. En nuestro siglo la teoría cartesiana ha caído en d esgracia entre la
m ayoría de los m atem áticos y de los filósofos de las ciencias. El positivism o lógico
(C arnap) o la filo so fía analítica (W ittgenstein) piensan que las m atem áticas son e sen ­
cialm ente tautológicas. No hay que pensar, sin em bargo, que la nueva teo ría de las
m atem áticas sea definitiva. A lgunos m atem áticos contem poráneos parecen volver a
la idea de la intuición.
223
34 No debe pensarse que D escartes crea en la verdad de las tres hipótesis. P ero D es­
cartes no se conform a con creencias probables. M ediante la duda m etódica quiere ir
más allá de lo posible y de lo probable para alcanzar lo que es absolutam ente cierto.
35 René D escartes, M editaciones m etafísicas, en op. cit., p. 165.
Introducción a la historia de la filo so fía
D el Renacimiento a Kant
sustituto de la divinidad. Pero m ientras la idea de un ser com o
éste sea posible, será necesario quedam os en la duda. Y si el Dios
im potente no podía evitar que nos engañáram os, este genio m a­
ligno que, en la últim a hipótesis de la duda, viene a sustituir a
Dios nos engañaría voluntariam ente. D escartes, acaso el más cla­
ram ente racionalista de todos los filósofos, hace la hipótesis de
un m undo irracional guiado por un ser irracional, engañador y
m aligno. Si este ser existiera todo lo que pensáram os no sería
sino error y engaño.
Solitario, Descartes no halla todavía un verdadero punto de
apoyo para dar un fundam ento verdadero a su método. Nuestras
ideas son claras y son distintas, pero nada nos garantizaiodayía
que no estem os soñando estas m ism as ideas claras y djsüníasjo,
m ás radicalm ente todavía, que no estem os siendo engañados ya
sea a pesar de la bondad de un Dios im perfecto, ya sea p o n ías
activas argucias de un ser irracional e intrínsecam ente m alo. L le­
gam os a lo más hondo de la duda. Para salir de ella Descartes
desarrolla su m etafísica, una m etafísica basada en la razón pura
que viene a sostener la existencia del “yo” , la existencia de un
Dios perfecto que no puede perm itir nuestros engaños y errores,
y finalm ente, la existencia de las dos sustancias que constituyen
el universo cartesiano: la extensión y el pensam iento.
m enos cierta: existo. Y si, com o lo hace D escartes, tom am os la
palabra pensam iento en su sentido m ás am plio (sentir, imaginar,
percibir, reflexionar, dudar) podem os afirm ar con él '.Cogito, ergo
sum. pienso, luego existo.
Esta fórm ula cartesiana puede llevar a confusiones. Es bueno
aclararla del todo. Im porta señalar, en prim er térm ino, que Des­
cartes considera que esta afirm ación de la existencia propia es
una intuición, un dato inm ediato en el cual no tiene por qué en­
trar una reflexión de tipo deductivo. En segundo térm ino, es ne­
cesario decir que la segunda parte de la frase es explicativa, pe­
ro que en rigor no es necesaria. Bastaría, en efecto, con decir
“yo pienso” para que, im plícitam ente, quedara claro que este yo
que piensa existe. Estas consideraciones nos llevan a ver clara­
m ente que la relación “pienso, luego existo” no es una relación
de causa a efecto. Descartes no quiere decir que mi pensam iento
sea la causa de mi ser. idea que sería claram ente absurda. Lo que
Descartes afirm a sim plem ente es que el hecho de pensar r&zrevela y me muestra que existo. Com o en san Agustín, el pensam iento,
la duda misma, son vivas muestras de mi existir. Ya tenemos, así, un
punto de apoyo, este punto de apoyo que DéscárfésT com parán­
dose a Arquím edes, buscaba para m over el m undo de su lugar.
Pero el lector habrá notado en el curso de esta breve exposición
que no hem os podido evitar la prim era persona del singular. Y
es que D escartes ha probado esto: “yo existo”. Pero, m ás allá de
él. no ha probado todavía que exista nada. Solitario, D escartes se
sabe en posesión de una verdad incontrovertible para él, o si así
se quiere, para cualquier yo a quien el pensam iento necesaria­
m ente revela la existencia. Pero si cada quien está seguro de su
yo , n adie está todavía seguro de la ex isten c ia n ec esaria de
un tú, de un vosotros o de un mundo. Solam ente la existencia
de un Dios perfecto sería una garantía real de que: 1) el m étodo
em pleado por D escartes tiene un fundam ento absoluto en nn ser
que no puede engañam os: 2) el mundo, y cuanto m e rodea, existe
y esta existencia queda garantizada por la perfección y la bon­
dad de Dios. Sólo las pruebas evidentes de la existencia de Dios
pueden acabar de redondear el m undo filosófico de D escartes y
garantizar su verdad. Es en este sentido m uy preciso que Descar­
tes acertaba cuando, dentro de los térm inos de su filosofía, podía
asegurar que quien no crea en Dios no puede ser geóm etra.
224
La m etafísica cartesiana
a) El cogito36
“Para sacar el m undo de su lugar y transportarlo a otro sitio, Arquím edes solam ente pedía un punto fijo y seguro. Así tendré el
derecho de concebir grandes esperanzas si tengo la felicidad de
encontrar tan sólo una cosa que sea cierta e indudable.”37 D escar­
tes encuentra este punto de apoyo indudable en el m ism o princi­
pio que había descubierto san A gustín: la existencia del yo.
En efecto, puede muy bien ser que yo dude, puede muy bien
ser que todo lo que me rodea sea tan sólo un sueño, puede ser que
viva en el engaño, pero en todos estos casos una cosa es por lo
36 E m picam os aquí la palabra cogito (“yo pienso"), porque los textos de Descartes,
escritos prim ero en latín, la han hecho fam osa en el pensam iento occidental.
37 René D escartes, M editaciones, en op. cit., p. 166.
2 25
Introducción a la historia de la filo so fía
D el Renacimiento a Kant
b) Pruebas de la existencia de Dios
La principal novedad de las pruebas de la existencia de Dios tal
com o las presenta D escartes reside en que todas ellas parten de la
existencia del yo, de esta única realidad cuya existencia nos ha
sido plenam ente revelada por el pensam iento. Las pruebas de
D escartes estarán siem pre centradas en ideas y nunca en cosas,
siem pre en el yo que piensa y no en un m undo que. hasta ahora,
es todavía dudoso o por lo m enos tan sólo probable.
La prim era de las pruebas cartesianas se refiere a la relación
entre lo infinito y lo finito. Para entender esta prueba, y entender
a fondo las pruebas que siguen, hay que tom ar en cuenta un axio­
m a que Descartes considera indiscutible: “Es cosa m anifiesta y
evidente que debe haber por lo m enos tanta realidad en la cau­
sa eficaz y total com o en su efecto” .18 En algunos casos la causa
tiene la m ism a realidad que el efecto -c o m o en la relación padres-hijos. o en la relación árbol-sem illa-; en otros la causa tiene
m ás realidad que el efecto -c o m o en la relación carpintero-m esa
o en la relación arquitecto-casa. N unca un efecto tiene m ás reali­
dad, es decir, un grado de ser superior, que la causa. A plicando
este axiom a a las ideas de infinito y finito, vemos que la prim era
incluye m ás realidades que la segunda. Dios infinito debe ser la
causa de lo finito del m undo y de los hombres.
Este primer argumento se com pleta mediante la demostración de
la existencia de Dios por vía causal. Esta prueba es la aplicación
al yo de los argum entos causales basados por Aristóteles o santo
Tomás en la contingencia del m undo. Para llevar a cabo su d e­
m ostración, D escartes procede m ediante hipótesis y su tipo de
dem ostración es sim ilar a lo que los m atem áticos llam an pruebas
por el absurdo. Si las hipótesis que se hagan resultan absurdas y
queda una sola hipótesis racional, esta hipótesis será la única cierta.
Establecidas estas ideas podem os ahora preguntamos: ¿cuál es
la causa de mi existencia? ¿C uál la causa de la existencia de este
yo que es indudable?
C aben tres respuestas: la causa de mi ser soy yo m ismo; la
causa de m i ser son seres de la m ism a realidad que yo (mis pa­
dres); la causa de mi ser es Dios. Veamos cóm o Descartes trata de
m ostrar que solam ente la últim a hipótesis es verdadera.
Considerem os la prim era hipótesis. Descartes piensa que es
un hecho que yo tengo la idea de un ser perfecto. Con ello no
quiere decir que conozcam os perfectam ente la perfección ya que
somos im perfectos por naturaleza, sino que tenem os la idea de
que la perfección existe. A hora bien, si yo me hubiera creado a
m í m ism o, si fuera yo mi propia causa, sería natural que me hu­
biera otorgado todas las perfecciones. Es, por lo tanto, im posible
pensar que me haya creado a m í m ism o ya que esta autocreación
supondría que tengo una perfección que no poseo.
Considerem os la segunda hipótesis. Sería posible im aginar, ya
que no puedo ser mi propia causa, que ésta se encuentra en mis
padres o en algún ser m enos poderoso que Dios. Pero en este
caso estam os tam bién frente a una idea que se destruye a sí m is­
ma, porque el ser que me produce o tiene que ser causado a su
vez, y en este caso no es mi causa prim era, o su existencia proce­
de de sí m ism o, de tal m anera que es entonces el ser absoluta­
m ente perfecto, es decir Dios.
A estos dos argumentos Descartes añade un tercero que se funda
en la vida m ism a de los hom bres.
Ha escrito A lexandre Koyré que “para Descartes podríam os
definir al hom bre com o el ser que tiene una idea de D ios” .39 Esta
idea de la existencia de Dios se transform a en cuestión de vida o
m uerte. Vivo porque Dios existe. Es m ás, sé que Dios existe por­
que vivo, porque existo, porque soy un ser que se conserva en su
ser. Escribe Descartes:
226
38 R ené Descartes, Respuestas, en op. cit., p. 281.
22 7
No creo que pueda dudarse de la verdad de esta demostración si se
toma en cuenta la naturaleza del tiempo o de la duración de nuestra
vida; puesto que siendo esta duración de tal naturaleza que sus partes
no dependen unas de otras y no existen nunca al mismo tiempo, no se
puede concluir necesariamente de que por ser ahora vayamos a ser
un momento más tarde, si alguna causa, a saber, la misma que nos ha
producido, no sigue produciéndonos, es decir no nos conserva.40
Si concebim os el tiem po com o hecho de instantes discontinuos,
sin relación entre sí, debem os buscar en Dios al ser que nos con­
duce y nos lleva de instante en instante. Y ello porque, com o ya
39 Alexandre Koyré, Entretiens sur D escartes, B rentano's, N ueva York, 1944, p. 89.
* René D escartes, Principios, en op. cit., p. 21.
Introducción a la historia de la filo so fía
D el Renacimiento a Kant
vim os, no som os capaces de producim os a nosotros m ism os y
por lo tanto necesitam os de un ser absoluto que nos vaya creando
en todo m om ento. La creación nó es para D escartes un acto que
Dios realiza en el principio de todas las cosas, sino un acto conti­
nuado de providencia, mediante el cual Dios crea al mundo constan­
temente. Resum ido el argum ento en sus elem entos más sim ples
podría expresarse así: yo, ser viviente existo; mi existencia, insu­
ficiente por sí misma, requiere la creación constante de mi ser. El
ser que m e crea constantem ente es Dios.
Descartes da una serie de pruebas para alcanzar la existencia
de Dios y mostrar, m ediante ellas, que el m étodo descrito por el
filósofo así com o el m undo que está m ás allá de él poseen plena
realidad. Pero Descartes insiste en distintas ocasiones sobre un
hecho que estaba im plícito en su m étodo. Todas estas pruebas no
son sino los desarrollos deductivos de una intuición básica. Esta
intuición es la principal de las pruebas cartesianas de la existen­
cia de Dios. Esta prueba intuitiva es la que em pleó san A nselm o
cuan d o quiso encontrar un solo argum ento m ediante el cual
pudiera probarse la existencia de Dios. La diferencia entre am ­
bos está m ás en los m atices que en la idea central. Am bos parten,
en efecto, del hecho de que la idea de un ser perfecto está en
nuestro espíritu y que esta idea im plica la existencia del ser per­
fecto. El principal m atiz diferencial del argum ento cartesiano
reside en su form a m atem ática así com o en su referencia constan­
te a su punto de partida: el cogito.
En m atem áticas puedo tener la intuición de que en un triángu­
lo la sum a de los tres ángulos equivale a dos ángulos rectos. Las
verdades m atem áticas son siem pre necesarias. Pero si considero
la esencia del triángulo, puedo estar seguro de sus leyes internas.
N o puedo, por otra parte, saber si el triángulo existe o no. La
esencia del triángulo no im plica su existencia. No sucede lo m is­
m o con la idea de la perfección. Esta idea, para Descartes com o
para san Anselm o, es una idea cuya m ism a esencia im plica la
existencia.
Este argum ento viene a decim os que Dios es el único ser que
existe por definición, el único ser acerca del cual podem os tener
una intuición clara y distinta, el único ser que garantiza que el
m étodo descrito por D escartes sea verdadero y, que el hom bre,
ya asegurado su conocim iento por Dios, puede salir de su m ar de
dudas y dar por cierta la existencia del m undo que lo rodea, de los
pensam ientos que piensa y de la presencia de los dem ás hom bres.
228
229
c) Las dos sustancias: extensión y pensam iento
¿Cuál es el mundo que la existencia de Dios garantiza? Es, natural­
mente. el m undo variado, diverso, que perciben nuestros sentidos y
sienten nuestros afectos. Pero es, esencialmente, el m undo hecho de
dos sustancias que no pueden variar: la extensión y el pensamiento.
M atem ático y más especialm ente geóm etra, D escartes no pue­
de dejar de tener una idea geom étrica del mundo. De ahí que para
Descartes el soporte real, la sustancia de todas las cosas físicas,
sea el espacio que llam a “extensión” . A hora bien, Descartes no se
contenta con afirm ar que el espacio es una sustancia; trata de pro­
barlo. Y su prueba se reduce a térm inos muy sencillos. Si consi­
deram os un pedazo de cera, verem os que puede cam biar de as­
pecto según los grados de la tem peratura am biente, y pasar de
ser un sólido a ser un líquido o a dispersarse en form a de gas. La
cera cam bia. Pero si cam bia la cera hay una cosa que no cam ­
bia; el lugar que ocupa la cera, el espacio en que la cera está. Si
am pliam os este argum ento a todas las criaturas de este m undo
podem os, por hipótesis, pensar que todos los seres corporales
desaparecen. Aun en este caso, habría “algo” que no desaparece­
ría: el lugar, el espacio general que antes ocupaban los seres cor­
porales. El espacio es algo “en sí” , algo que no necesita de nada
más para ser y que, a su vez, es la condición de todo ser corpóreo.
El espacio, sin embargo, no explica a todos los seres del mundo.
En el m undo encontramos seres que no son espaciales, sino espi­
rituales. A ellos podríam os aplicar un argum ento sim ilar al que
em pleamos en el caso de la cera. Los pensamientos que tiene una
persona cambian, varían, pueden ser más o menos agudos, más o
menos permanentes, estar más o menos teñidos y matizados por la
emoción. Pero si los pensamientos varían hay una cosa que no va­
ría y sin la cual no existirían los pensamientos: tal es el espíritu,
que Descartes llama pensamiento. De la m ism a m anera que el es­
pacio es el “lugar” y la condición de los seres materiales, el espíritu
es el centro y la condición de posibilidad de los seres espirituales.
Por una parte, el mundo, creado y hecho por Dios; por otra, el
pensam iento de Dios que crea el m undo físico y el m undo a la
vez físico y espiritual de los hom bres.
Introducción a la historia de la filo so fía
D el Renacimiento a Kant
La realidad toda está hecha de dos sustancias: espacio y pensa­
miento. Estas dos sustancias aparecen claram ente en el hom bre y
son, en él, cuerpo y alma. El cuerpo pertenece a la sustancia espa­
cial; las almas, a la sustancia espiritual.
La teoría de las sustancias es la conclusión de la filosofía car­
tesiana. E sta teoría plantea problem as de la m ayor gravedad.
Al tratar de separar totalm ente el espíritu y la m ateria, el alm a y
el cuerpo, Descartes quería asentar que el alm a hum ana no de­
pende del cuerpo y que, si es una sustancia independiente, es
tam bién una sustancia inm ortal. Al cuerpo mortal y perecedero,
Descartes quiso oponer el alm a inm ortal e im perecedera. Pero su
m ism a lógica le condujo a una extraña paradoja: por una parte
D escartes decía, por definición, que el alm a y el cuerpo son entes
totalm ente aparte; por otra veía, por la experiencia, que existe
una relación constante entre el alm a y el cuerpo, que nuestras
em ociones, nuestras sensaciones, nuestras im aginaciones serían
inexplicables sin la com unicación entre cuerpo y alma.
D escartes nunca llegó a resolver este problem a básico que
planteaba su filosofía. Se afanó en describir el cuerpo com o un
m ecanism o basado en el sistem a nervioso y hecho de acciones y
reacciones muy sim ilares a lo que m ás tarde la psicología lla­
m ará reflejos condicionados. Se em peñó tam bién en preservar
la sustancialidad del alm a y m ostrar la independencia de ésta
en relación a las operaciones m ecánicas de los cuerpos. D escar­
tes trató de encontrar una solución a su problem a cuando supuso
que la glándula pineal es el lugar donde el alm a entra en contac­
to con el cuerpo. Sem ejante explicación era una ausencia de ex­
plicación y una de las ideas más extrañas en todo el pensam iento
cartesiano.
El gran descubrim iento de Descartes es el del m étodo. De él se
derivan ideas im portantes com o las del cogito, la existencia de
Dios y, en casos más específicos, su discutible explicación del
funcionam iento m ecánico del cuerpo y su indiscutible ciencia geo­
métrica. Las últim as consecuencias de la filosofía de Descartes,
es decir su teoría de la sustancia, conducían a un dualism o de
im posible solución. Así, Descartes dejaba un m étodo preciso y
un problem a abierto a la filosofía racionalista de sus suceso­
res. Todos ellos em plearon en buena parte el m étodo cartesiano.
N inguno de ellos pudo aceptar su dualism o. Spinoza y Leibniz
desarrollan dos filosofías distintas, com plejas y nuevas. Los dos
parten del problem a que D escartes dejaba abierto.
230
2 31
Baruch Spinoza
Con la paz de W estfalia (1648), H olanda se independizó de E s­
paña. Ya hem os visto que la H olanda del siglo xvn se señaló por
su espíritu tolerante. L a prueba m ás clara de esta tolerancia es el
establecim iento en ciertas tierras de una cantidad im portante de
judíos expulsados de España y de Portugal. A m ediados del siglo
xvii. la com unidad iberojudía de H olanda era poderosa en la
vida com ercial del país. En cuanto a la vida espiritual, esta com u­
nidad estaba dividida entre judíos ortodoxos que querían estable­
cer el culto de sus antepasados, y el pensam iento escéplico-de
algunos filósofos y teólogos deT5r i p ñ j ñ 3Tóqüé~no creían que la
Biblia debía interpretarse literalm ente. Algunos (íé~eTTos. com o
Uriel da C osta y P e d ro PradóTse adelantaron al Tratado teológicopolítico de Spinoza en su crítica de la interpretación textual de
los textos bíblicos. Es en esta disensión interna del judaism o iberoholandés del siglo xvn donde debe encontrarse el origen del
pensam iento heterodoxo de Spinoza. No el único origen sin em ­
bargo. El pensam iento de Spinoza estuvo profundam ente influi­
do por la filosofía de Descartes a la cual Spinoza dedicó un breve
tratado explicativo. ¿Sería por dem ás com parar el pensam iento
de Spinoza al de los pintores holandeses de su tiem po y, m uy
principalm ente, al de Verm eer de D elft? Sin duda los pintores
holandeses del siglo xvil, a excepción de R em brandt, carecen del
im pulso religioso de Spinoza. Pero coinciden con él en que saben
espiritualizar la vida cotidiana. Los protestantes se in tere sa­
ban poco por las representaciones gráficas de su fe religiosa por­
que pensaban que cualquiera representación antropom órfica de
la divinidad es esencialm ente falsa. En este sentido m uy preci­
so. el ideal de un Frans Hals o de un Vermeer es contrario al espí­
ritu barroco, im aginativo y figurativo de la Contrarreform a. Pero
Vermeer sabe com binar com o nadie lo había hecho antes la geo­
m etría precisa de las líneas y los espacios con un am biente de
espiritualidad que surge de toda su obra. También geom étrico,
tam bién espiritual será en su filosofía Spinoza.
Introducción a la historia de la filo so fía
D el Renacimiento a K ant
N acido en Am sterdam en 1632, Baruch Spinoza fue instruido
en las enseñanzas ortodoxas de la fe judía. Su interpretación
panteísta del universo así com o su renuncia a seguir al pie de la
letra las enseñanzas bíblicas condujeron a la com unidad ju d ía de
Holanda a expulsar de su seno al filósofo, tachando de inm oral a
este pen sad o r esencialm ente m oralista. E sta expulsión llevó
a Spinoza a vivir aislado de los suyos, a sentirse más claram ente
holandés y a desarrollar plenam ente su sistem a estoico de pensa­
m iento. Pocos filósofos han alcanzado el grado de serenidad es­
piritual - y a verem os que su filosofía es esencialm ente filosofía
de la serenidad- com o este pensador aislado, solitario en un mundo
que considera perfectam ente equilibrado. Spinoza m urió conver­
sando con sus am igos (1677).
Si la filosofía de Descartes es ante todo teórica, la de Spinoza
es em inentem ente práctica. De esta tendencia moral son buenas
m uestras el Tratado teológicopolítico, la Reforma del entendi­
m iento y, muy principalm ente, la É tica dem ostrada a! m odo
geom étrico. Seguirem os estos dos últim os libros para explicar un
pensam iento de aspecto geom étrico y frío de intensidad espiri­
tual pocas veces igualada.41
el hecho de que su objeto sea o exista; por idea indeterm inada
aquella idea cuyo objeto puede existir o dejar de existir, aque­
lla idea cuyo objeto es contingente. La idea de Dios es determ ina­
da y verdadera: la idea de vida es indeterm inada, puesto que la
vida puede dejar de existir. Intelectualista, Spinoza espera poder
com binar el am or y las ideas y su objeto prim ordial es eLum or
intelectual de Dios. G eóm etra. Spinoza piensa reducir toda la fi­
losofía a una serie de axiom as, postulados, teorem as, tan claros
en sí m ism os com o las dem ostraciones m atem áticas.
Lo más probable es que la form a geométrica de su razonamiento
sea externa a su intención. Puede incluso que esta form a sea una
sim ple m oda de época. Hay que ver en ella el sím bolo m ism o de
una filosofía que piensa que las verdades filosóficas son demostra­
bles, exactas y precisas com o pueden serlo las de las matemáticas.
232
a) La reform a del entendim iento y el m étodo
La intención del Tratado sobre la reforma del entendim iento, y
en general de la filosofía toda de Spinoza, se aclara cuando sabe­
m os que el filósofo buscaba un bien capaz de com unicarse, cu­
yo descubrim iento hiciera gozar con un gozo continuo y eterno.
El m étodo de Spinoza se asem eja, por su intención, al de los
tratadistas del am or de Dios, de Kempis a León Hebreo. Por su
forma, el m étodo spinoziano se acerca al de Descartes en cuanto
afirm a la racionalidad del conocim iento y la necesidad de un
razonam iento deductivo que parte de principios absolutam ente
claros para llegar a consecuencias necesarias. A diferencia de
D escartes. Spinoza no piensa que sea útil la duda. Una idert-vefe..
dadera es siem pre dcterm w ada v la idea falsa o
cam bio, indeterm inada. Entiende Spinoza por idea determ inada
41
Sobre la vida de Spinoza es conveniente leer el libro de Cari Gerhart, Spinoza.
L osada, Buenos Aires, 1943. En cuanto a la lectura de la Ética puede seguirse la recom en­
dación de Bertrand Russell: leer los enunciados de cada teorem a, sin que sea necesario
leer todas y cada una de las dem ostraciones.
233
b) La sustancia
La Ética de Spinoza se inicia con una prim era parte que trata “De
D ios” . Com o todo el libro esta parte está encabezada por una se­
rie de definiciones entre las cuales la m ás im portante en cuanto al
alcance total de la obra es la de la sustancia: “Por sustancia en­
tiendo lo que es en sí y se concibe por sí: es decir, aquello cuyo
concepto no necesita del concepto de otra cosa para form arse” .42
Esta definición se com pleta cuando Spinoza aclara su idea de la
divinidad: “Entiendo por Dios un ser absolutam ente infinito, es
decir, una sustancia constituida por una infinidad de atributos de
los que cada uno expresa una esencia eterna e infinita”.4' Uniendo
am bas definiciones entendem os el m eollo m ism o de la filosofía
de Spinoza. Existe una sola sustancia infinita, Dios, que contiene
todo lo que hay en el universo. Esta sustancia, por el hecho de ser
infinita, contiene una infinidad de atributos definidos com o “aque­
llo que el entendim iento percibe en la sustancia com o constitu­
yendo su esencia” .44 S pinoza piensa, por consiguiente, que Dios
- o la sustancia que es lo m ism o - contiene una infinidad de atribu-/
tos que desconocem os por el m ero hecho de que som os lim itados
y finitos. Entre todos los atributos de Dios, conocem os dos: el es­
píritu y la materia. No era desacostum brado definir a Dios com o
J; Baructi Spinoza, "De Dios", en Ética. I, iii.
4Í Ibid.. vi.
44 Ibid., iv.
Introducción a la historia de la filo so fía
D el Renacim iento a Kant
ser espiritual. Lo que sí es a la vez nuevo y revolucionario45 es
definir a Dios a la vez com o ser espiritual y m aterial. Al hacerlo
Spinoza resuelve el dualism o d e tere sustancias cartesianas.
El problem a de D escartes surgía de que dos sustancias distin­
tas -a lm a y cu erp o - no pueden com unicarse. Pero si todo perte­
nece a una misma sustancia, si sustancialm ente y en lo más íntim o
el cuerpo y el alm a son la m ism a cosa -am b o s parten de una sus­
tancia que es D io s- la com unidad entre am bos deja de plantear
problem as. C oncebido com o un ser que todo lo contiene, el Dios
de Spinoza es tam bién un Dios m aterial; concebido com o un ser
racional, el Dios de Spinoza no perm ite la libertad puesto que
todo en él es explicable por esta sustancia que se “concibe por
sí” ; concebido com o un ser perfecto, el Dios de Spinoza no con­
tiene el mal. Para Spinoza no es ya que el mal sea una carencia,
com o para san Agustín o santo Tom ás, sino sim ple y llanam ente
que el mal no existe. ¿A qué se reduce el m al? A la lim itación de
las perspectivas hum anas. Según Spinoza algo es malo para no­
sotros porque no acabam os de ver el universo en su totalidad. El
mal es simplemente un error de perspectiva que proviene de nuestra
fínitud y de nuestra lim itada visión de las cosas.
Pero si Spinoza parece resolver el problem a del dualism o car­
tesiano plantea en cam bio un problem a que nunca acaba de resol­
verse dentro de su sistem a m onolítico. Spinoza no puede explicar
la existencia de seres finitos y lim itados, de. seres individuales_y
personales. Y no puede hacerlo porque si por definición todo es
idéntico a todo lo dem ás dentro de la unidad de una sola sustancia,
no existe diferencia-real entre la piedra, el hombre, o.la.nub&. L1
m undo que conocem os, el m undo sensible que nos rodea es ilu­
sorio. O, por decirlo con el lenguaje de Spinoza, es sim plem ente
un m odo de la sustancia, es decir “afección de la sustancia” .46
El m undo concebido por Spinoza, unitario, invariable, eterno,
es el m arco para una m oralidad serena, estoica y contem plativa.
zo que. com o todos los seres, realiza para perm anecer en su ser.
Esta necesidad de seguir viviendo, de seguir existiendo, hace que
nos centrem os en nosotros m ism os y que lleguem os a pensar a
veces que todo depende de nosotros. Pero este esfuerzo de los
hom bres por perm anecer en su ser no es siem pre malo. En algu­
nos casos - y en este punto Spinoza se aleja de los esto ico s- las
afecciones son buenas. Lo son siem pre que sirvan com o m óvi­
les para la vida. Así, la alegría es una afección positiva, que nos
m antiene en nuestro ser; la tristeza es. en cam bio, una afección
negativa, que anula y destruye nuestro modo de ser. La alegría es
la causa del am or que construye y crea: la tristeza es la causa del
odio que destruye y aniquila.
Pero si algunas afecciones son buenas en cuanto nos llevan a
sobrevivir, ninguna es del todo buena porque su origen es siem ­
pre irracional. La verdadera bondad, para Spinoza com o para Só­
crates. está en el intelecto y en la razón. Si el m undo es racional,
si Dios es racional, lo que puede acercarnos a Dios es aquello que
nos define com o oartes.integrantes de la sustancia del u n iverso:
nuestra razón. Si por nuestras afecciones, y sobre todo por nues­
tras pasiones destructivas, som os esclavos, por nuestra razón so­
mos libres. Y esta libertad se consigue m ediante una adecuada
com binación de la más positiva de las afecciones (el am or) y de
la más sustancial de nuestras facultades (el intelecto). De ahí que
para Spinoza el sabio es el que sabe renunciar a sí m ism o y entre­
garse al am or intelectual de Dios. No es el am or de Spinoza por
la divinidad un am or sem ejante al de los místicos; es el am or intelectualizado de quien sabe que la única alegría, y la única vida
serena, es la de quien sabe aprovechar sus aleccione.'» positivas y
am orosas para alcanzar una idea clara y distinta de la esencia hu­
m ana que es la m ism a sustancia del universo, dé la naturaleza y
de Dios. Podemos decir que. para Spinoza. en nuestro am or Dios
“se am a a sí m ism o con un am or intelectual infinito” .47 Nuestro
am or v nuestro intelecto son partes integrantes del am or y del
intelecto universal que es esta única sustancia divina.
La doctrina de Spinoza entraña el concepto vivido de la liber­
tad. Spinoza afirma, com o ya se dijo arriba, que si somos esclavos
por nuestras pasiones som os libres por nuestra razón am orosa
234
c) Los actos hum anos
Spinoza concibe que el hom bre está hecho de afecciones. La pri­
m era afección que encontram os en el hom bre reside en el esfuer45 Sólo los esioicos, entre los griegos, habían pensado que existía una sola sustancia
y habían desarrollado teorías panteístas.
46 Ib id .. v.
45 Baruch Spinoza. Ética, v. xxxv.
2 35
Introducción a la historia de la filo so fía
236
que nos funde a la naturaleza m ism a de las cosas. Pero ¿cóm o
hablar de libertad si el universo está determ inado por su sustancia
divina y racional? ¿Q ué entiende Spinoza por libertad? “Se llam a
libre aquella cosa que existe por la sola necesidad de su naturale­
za y es determ inada a obrar por sí sola.”48 Los términos “necesidad
de su naturaleza” y “determ inada a obrar por sí m ism a” m uestran
bien a las claras que Spinoza no cree que exista una verdadera
libertad de elección. Som os seres necesarios y determ inados por
la razón infinita de la sustancia. Ser libres quiere decir ser cons­
cientes, conscientes de que estam os determ inados^.
La libertad es la aceptación intelectual de que el universo es bue­
no, racional, unitario y eterno. Más allá de nuestras personalidades
ilusorias la libertad que es razón nos perm ite ver desde el punto
de vista de la divinidad, bajo la especie de una cierta eternidad.
El sistem a de Spinoza -q u e por su aspecto unitario recuerda al
de P arm én id e s- renuncia a la libertad hum ana, renuncia a la
sustancialidad de las criaturas, reduce el m undo sensible a una
apariencia y una ilusión. Lo que sigue siendo valioso de la expe­
riencia de Spinoza no es tanto el sistem a muy discutible que edi­
ficó el filósofo com o el m odelo de vida de este hom bre que creyó
encontrar la serenidad perfecta en la renuncia al mundo. Si la
filosofía de Spinoza no puede concebirse com o una explicación
clara del universo, puede pensarse en Spinoza, el hombre Spinoza,
habría dicho Unam uno, com o una lección viva de vida serena y
de existencia guiada por la ley m oral.
Leibniz y el esplritualism o
Muy distinta a la de Spinoza fue la personalidad de Gottfried
W ilhelm Leibniz. Nació en Leipzig en 1646. tuvo una form ación
variada y casi tan universal com o la de aquel hom bre com ple­
to que buscaba el R enacim iento. Fue profundo su conocim iento
de los humanistas clásicos, de los teólogos modernos (Suárez), de
Descartes, Hobbes, G alileo y Kepler. A prendió m atem áticas con
Huyghens y llegó a descubrir, por vías propias, el cálculo infi­
nitesim al que al m ism o tiem po descubría en Inglaterra Newton.
18 Ibid., vii.
D el Renacimiento a Kant
237
D iplom ático, residió largo tiem po en Francia y viajó a Holanda
(donde conoció a Spinoza), a Inglaterra. Italia, Austria. Proyectó
una C ruzada contra los turcos y trató de realizar la unión de las
Iglesias cristianas. B ibliotecario de la Biblioteca de Hannover.
prim er presidente de la A cadem ia de Ciencias de Berlín, murió
en 1716. dejando la m ayor parte de su obra inédita. Esta obra cons­
ta de escritos m atem áticos, jurídicos, filosóficos y teológicos. En­
tre sus obras filosóficas son de prim era im portancia sus trabajos
lógicos. El De arte com binatoria prepara un lenguaje lógico uni­
versal y es el antecedente de la lógica sim bólica que se desarrolla
en nuestro siglo. Debe notarse que esta obra lógica obedecía en
parte a un deseo de unión entre los pueblos y, sobre todo, a un
deseo de verdadera com prensión. Leibniz creyó encontrar un len­
guaje sim bólico m ediante el cual podrían calcularse los proble­
mas hum anos de todas las clases y evitar así las discusiones sin
sentido. “Una vez que los núm eros característicos queden esta- *,
blecidosr'pára la m ayoría de los conceptos -escrib e L eib n iz-, la 1
humanidad estará en posesión de su nuevo instrum ento que elevará las capacidades del espíritu en grado m ucho m ayor que los
instrumentos ópticos fortalecen los ojos, y superará al microscopio
y al telescopio en la m ism a m edida en que la razón es superior a
la vista.”49 Leibniz llegó a pensar que esta característica univer­
sal, este cálculo racional, conduciría a establecer en toda la faz de
la Tierra la verdadera religión, ya no objeto de palabras im preci­
sas o de puras em ociones sino de cálculos matem áticos.
Tal es el aspecto de la filosofía de Leibniz que suelen destacar
los lógicos contem poráneos. No debem os olvidar, sin em bargo,
que la lógica leibniziana está ligada a un m étodo, a una teoría
del conocim iento y a una m etafísica. El prim ero y la segunda
aparecen principalm ente en los N uevos ensayos•so b re el entgudU
m iento hum ano, escritos en respuesta a Locke; la tercera en la
M onadología, el D iscurso de m etafísica y la Teodicea.
a) M étodo y teoría del conocim iento
“Nada hay en el intelecto que no estuviera prim ero en los sen­
tidos” . reza un dicho clásico. Y añade Leibniz: “Salvo el entendi49
Gottfried W ilhelm Leibniz. “H acia una característica universal", en Philip P. Wiener,
Leibniz. Selections, S cribner’s, Nueva York, 1951, p. 23.
Introducción a la historia de la filosofía
D el Renacimiento a Kant
m iento m ism o”. Y es que si por una parte Leibniz acepta que
som os em píricos en las tres cuartas partes de nuestras acciones,
es decir, que recibim os la m ayor parte de nuestras ideas de la ex­
periencia. afirm a tam bién que el entendim iento o razón es innato
y distingue al hom bre de los anim ales. Si analizam os nuestra con­
ciencia verem os que puede existir en tres niveles: el de las pe­
queñas percepciones, im ágenes vagas que, presentes en nuestra
conciencia, no son ni claras ni perceptibles: no en vano las com ­
para L eibniz a cada una de las gotas inaudibles que form an una
ola. En realidad lo que Leibniz llam a pequeñas percepciones se
asem eja a lo que la psicología m oderna denom ina subconsciente,
o lo que William Jam es llam ará conciencia marginal. En un nivel
superior, y com o síntesis de sensaciones, existe en el alma hum a­
na la percepción. Esta, sin em bargo, no nos distingue fundam en­
talm ente de los animales superiores que también tienen capacidad
de percepción y de m em oria. Lo que nos distingue de ellos es la
apercepción. Esta palabra (del francés apercevoir) significa "dar­
se cuenta". Existen en el hom bre dos form as de conocer que se
refieren a la experiencia (las pequeñas percepciones y las percep­
ciones) y una form a (la apercepción) que es. en una palabra, la ra­
zón. Lo cual no quiere decir que las prim eras sean falsas. Leibniz
la llam a verdades de hecho y considera que, si bien son vagas,
im precisas y poco definidas, nos ponen en contacto con la expe­
riencia. La tercera está constituida por las verdades de razón, las
ideas claras, sencillas y sim ples que Leibniz, com o Descartes,
considera innatas.
El conocim iento racional, el conocim iento a base de verdades
de razón, es por consiguiente, independiente de la experiencia y
distinto a ella. Se guía con base en dos principios lógicos, funda­
m entales para entender la filosofía de Leibniz: el de posibilidad y
el de razón suficiente.
La palabra posibilidad puede indicar, com o en la filosofía de
A ristóteles, algo que puede suceder en el futuro. Por otra parte la
noción de posibilidad que en Leibniz se acerca a la que enuncia­
ba, en el siglo xm , Duns Escoto, significa lo no-contradictorio.
Un triángulo cuadrado es una noción contradictoria y por lo tanto
im posible; en cam bio, un triángulo euclidiano cuyos ángulos su­
man ciento ochenta grados es una noción no contradictoria, es
decir, posible.
El principio de razón suficiente se puede expresar en estos tér­
m inos: nada hay que no tenga una suficiente razón. Para Leibniz,
filó so fo q ü éV elare alid ad .d e l lado de lat razón, todo lo que existe
tiene una razón suficiente para existir. De este m odo los dos prin­
cipios de posibilidad y de razón suficiente se com pletan. Leibniz
nos dice que todo es susceptible de una explicación racional. El
m undo no es contradictorio, y de usar bien la razón, el m undo se­
rá siem pre interprelá'bte'porrñedi ó delaT ázoñT t n este sentido
son significativas estas palabras de la M vnadotogía: “la razón su­
ficiente debe encontrarse tam bién en las verdades contingen­
tes o de hechos, es decir, en la serie de las cosas esparcidas por el
universo de las criaturas” .50
R ecordem os aquellas palabras de Leibniz: dejem os de discu­
tir y calculem os. En el fondo de su filosofía está siem pre presente
el espíritu m atem ático que piensa en la posibilidad de calcular
m ediante la razón un m undo esencialm ente racional y de evitar,
por este m edio, todas las discusiones que m ellan el pensam iento
de los hom bres.
238
239
b) La m etafísica
Leibniz com o Spinoza, ve que el principal problem a de la filoso­
fía cartesiana es el de la existencia de dos sustancias paralelas e
incom unicadas. Al igual que Spinoza, Leibniz trata de reducir las
sustancias a una sola, pero a diferencia de Spinoza, quien reducía
el universo a una form a de m onism o panteísta, L eibniz reduce la
realidad a una suerte de pluralism o espiritualista. Y si Spinoza es
acaso el más claro exponente del panteísm o racionalista, Leibniz
es tam bién probablem ente quien m ejor ilu stra el pensam ien­
to espiritualista.
S pinoza reducía el universo a una sola sustancia y hacía del
“espacio” cartesiano uno de los dos atributos de Dios conocibles
por los hom bres. Leibniz se niega a hacer del espacio un atributo
de la divinidad y trata de dem ostrar que el espacio no es una sus­
tancia y que la -única sustancia existente es el espíritu.
C onsiderar que el espacio es la sustancia que explica a to­
dos los cuerpos físicos es una im posibilidad, una contradicción.
Los geóm etras com o Descartes, hacen depender el m ovim iento
50 G. W. Leibniz, Moriadología, p. 36.
Introducción a la historia de la filo so fía
D el Renacimiento a Kant
de un cuerpo de las dos nociones, de espacio y de m ovim iento.
A hora bien, para explicar el m ovim iento, estas dos nociones
son insuficientes. C onsiderem os, por ejem plo, el m ovim iento de
la m ano y la piedra. A dem ás del puro m ovim iento de la mano
hacia la piedra, debe considerarse un hecho físico; el peso de la
piedra, la resistencia del aire, el esfuerzo del brazo. Si no se con­
sideran estos elem entos concretos no se puede explicar el m ovi­
m iento activo de la m ano que coge la piedra. Los geóm etras han
querido reducir el espacio, el cuerpo y el m ovim iento a u na serie
de figuras y form as. Pero las figuras y las formas, que pueden
m uy bien ser abstracciones, no explican la totalidad del m ovi­
m iento de las cosas. El espacio no es una sustancia porque una
sustancia debe explicar la totalidad de los hechos que soporta.
No sucede así en el caso del espacio. Leibniz m ism o resum e su
punto de vista en un breve artículo: “hay en la m ateria algo
m ás que lo puro geom étrico, es decir, algo m ás que la pura ex­
tensión o el m ero cam bio. Y si estudiam os las cosas en detalle,
percibim os que debem os añadirles alguna noción más alta, la de
sustancia, acción y fuerza; y estas nociones im plican que todo lo
que es actuado actúa recíprocam ente, y todo lo que actúa debe
sufrir alguna reacción” .51
D icho en otras palabras, L eibniz no puede aceptar que la ex­
tensión sea una sustancia porque esta sustancia pura no expli­
caría fenóm enos de resistencia y de acción que sin duda existen
en la naturaleza. L eibniz invierte los térm inos: la sustancia d e­
be encontrarse en lo que llam a “acciones”, y “fuerzas’-,-es decir, en
los seres individuales. A sí, no es el espacio lo que puede verda­
deram ente llam arse sustancia de las cosas, antes al contrario son
las cosas individuales las que forman el espacio y las que son vetdaderamente sustancias. En este sentido Leibniz está m ucho m ás
cerca de A ristóteles que de D escartes. La sustancia real está
hecha, com o para A ristóteles, de realidades indivisibles, de in­
dividuos. La idea, por lo dem ás, parece razonable.52 Si la sus­
tancia se define com o aquello que es en s í y, por otra parte si el
espacio es infinitam ente divisible, deja de ser en sí. El espacio de
los geóm etras no es una sustancia porque su realidad se d esm e­
nuza en una cantidad infinita de puntos a su vez infinitam ente
divisibles. Pero además de su razonabilidad. la filosofía de Leibniz
nos da, en este punto, una cierta alegría. ¿Q ué nos dice sino que
las cosas, las cosas vivas, son reales? D escartes reducía el uni­
verso a un m undo de pura extensión sin cualidades. La cera
desaparecía y se volatizaba para d ejar tan sólo la perm anen­
cia de un “lu g ar” abstracto y vacío de objetos. Leibai-z-vuelve
a colocar los objetos en su lugar y hace depender la noción m is­
m a del lugar de la presencia de los objetos. La cera vuelve ¿~ser
cera y el m undo vuelve a llenarse de objetos con fuerza, vida„
color y form a.
Esta idea se aclara en las definiciones que da Leibniz del espa­
cio y del tiem po. El espacio es el orden de las coexistencias posi­
bles. Si volvem os a la definición leibniziana de posibilidad, esta
definición significa que el espacio es el agregado de todas las
cosas que coexisten sin contradicción. Por ejem plo: sería contra­
dictorio que existiera una m esa dentro de otra m esa o que exis­
tiera un libro que al m ism o tiem po fuera una flor. Esta habitación
o este paisaje que veo desde mi ventana son en cam bio posibles
porque están hechos de coexistencias, de existencias juntas, pero
no m ezcladas, que no im plican contradicción alguna. Si ahora
volvem os al argum ento de Leibniz contrario a la sustancialidad
del espacio vem os que el espacio está com puesto de objetos rela­
cionados pero no m ezclados. Lo que existe es esta m esa, aquella
silla, ese árbol o aquel libro. Entre ellos existen relaciones de
fuerza, de resistencia y de conexión, pero no existe confusión: la
m esa y la silla no son los m ism os que el árbol. En cam bio, en
un dibujo, puedo muy bien superponer una silla, una m esa y un
árbol. El prim er ejem plo es un ejem plo sacado de la realidad
cotidiana, del m undo del sentido com ún al cual L eibniz quiere
regresar. El segundo es un ejem plo ideado geom étrico, abstracto
y contradictorio.
Sem ejante es la definición que da Leibniz del tiem po cuando
lo llam a el orden de las sucesiones posibles. Lo cual quiere decir
que en un tiem po real, la sucesión sin contradicciones está hecha
de secuencias de hechos, de pensam ientos o de em ociones, que
no se m ezclan entre sí. Lo que hago a las cinco de la tarde lo hago
después de lo que hice a las cuatro y tres cuartos. U na idea más
abstracta y m ás irreal del tiem po, nos podría conducir a pensar
240
51 G. W. Leibniz, Journal des savants, en Philip. P. Wiener, op. cií., p. 101.
52 Leibniz coincide en su idea del espacio con las teorías de la ciencia contemporánea.
241 v (
Introducción a la historia de la filo so fía
D el Renacimiento a Kant
que el tiem po puede también idearse y dibujarse y así superponer
la noción de las cinco con el recuerdo de las cuatro cuarenta y
cinco. El tiem po, com o el espacio, no es previo a las cosas, sino
que está hecho de la sucesión lógica, posible, no-contradictoria
de las cosas.
Ya hem os visto que el espacio no puede ser una sustancia.
Pero, podem os preguntarnos ahora, ¿cuál es la sustancia verda­
dera para Leibniz? La respuesta es que la sustancia es siem pre
individual y que lo único que es realm ente individual es el espí­
ritu y por lo tanto, que el espíritu es la única y verdadera sustan­
cia. Pasem os a la teoría de las sustancias espirituales que. Leibniz
llam a “m ónadas” , es decir, unidades o. si se prefiere, seres indi­
visibles.
“La m ónada [...] no es otra cosa que una sustancia sim ple.
que entra a form ar los com puestos: sim ple, es decir, sin partes.”5'
Si la sustancia se define com o aquello que es sim ple e indivisi­
ble, parece que solam ente el espíritu puede tener las caracterís­
ticas de la sustancia, pues es de la naturaleza del espíritu su
divisibilidad. Considerem os el caso de una persona. Esta perso­
na podrá tener distintos estados de ánim o, ver las cosas de dis­
tinta m anera según su humor, el m om ento de su vida o mil cir­
cunstancias variables. Pero la persona sigue siendo una. Esta
unidad no puede provenir del cuerpo, que es divisible. Procede
del espíritu. Pero no sólo las personas son unidades espirituales.
Lo son tam bién los anim ales, las plantas o, en m enor grado, in­
cluso la m ateria. Tal es la esencia del espiritualism o leibniziano.
Este espiritualism o no significa que todas las m ónadas tengan el
m ism o grado de conciencia. Los anim ales pueden tener sensa­
ciones, percepciones y acaso m em oria, pero no tienen razón ni
inteligencia; las plantas tienen vida, pero carecen de las cualida­
des que atribuim os a los anim ales. ¿Q ué decir de los seres inani­
m ados? ¿Q ué decir de lo que solem os nom brar m ateria? Leibniz
la define com o m ens instantanea, espíritu instantáneo. Si pudié­
sem os concebir un espíritu instantáneo, este espíritu carecería de
pensamiento. El pensamiento surge de la posibilidad de relacionar
ideas, im ágenes o percepciones. Un ser exento de m em oria, sería
un ser carente de pensam iento, un ser que olvidaría a cada paso lo
que hubiera podido afectarlo. El m undo m aterial se presenta para
Leibniz com o el grado más bajo de espiritualidad.
Un problem a se plantea, sin em bargo. Si cada una de las m ó­
nadas es indivisible solam ente puede ser en s í y la com unicación
de una m ónada a otra se hace problem ática. Si cada m ónada se
com unicara con las dem ás, dejaría en cierto m odo de ser ella m is­
ma; sería, por así decirlo, ella y aquello con lo cual se com unica,
ella m isma, y otra que ella m ism a. L eibniz llega a la conclusión
de que las m ónadas no se com unican directam ente entre sí. Por
eso afirm a que las m ónadas carecen de ventanas. Sem ejantes
en este sentido al cogito cartesiano, las mónadas parecen vivir en­
claustradas dentro de su propio ser. ¿C óm o explicar entonces la
com unicación entre los seres de este m undo? ¿C óm o afirm ar que
este árbol que percibo es realm ente un árbol que existe fuera de
mi conciencia? ¿Cóm o, en una palabra, se com unican las sustan­
cias individuales que hem os llam ado m ónadas? La hipótesis de
Leibniz para explicar la com unicación de las sustancias es la
de la arm onía preestablecida.
M ediante argum entos sem ejantes a los de Descartes y un re­
novado intento por aplicar el argum ento que parte de la idea de
perfección, Leibniz prueba la existencia de Dios. Dios es el ser
infinitam ente sabio que ha ordenado el m undo de antem ano, que
ha fundado una arm onía preestablecida. Leibniz da una im agen
curiosa y bastante clara de lo que significa la arm onía preestable­
cida. Supongam os una sala llena de relojes de distintos tam años
y form as que funcionan perfectam ente sincronizados. Si están
sincronizados no es porque un reloj sincronice al otro. Lo que suce­
de es que un relojero los pone a la hora, les da cuerda y los sincro­
niza. C oncibam os el m undo hecho de seres de distintas clases,
seres m ucho m ás distantes entre sí que los relojes más diversos, y
pensem os en Dios com o relojero que, desde un principio, ha sin­
cronizado el mundo. Si así lo concebim os nos darem os cuenta de
lo que Leibniz entiende por arm onía preestablecida: una sincro­
nización de todos los seres que Dios ha establecido desde antes
de la creación. Si de veras los seres están sincronizados com o los
relojes, puede afirm arse que aunque no se com uniquen directa­
m ente entre sí. su com unicación está garantizada por la arm onía
que Dios ha puesto en el mundo. Encerrado en m í percibo el ár­
bol, igualm ente encerrado en su propio ser. La com unicación di­
242
53 G. W. Leibniz, M onadotogía. 54.
243
244
Introducción a la historia de la filo so fía
recta entre mi conciencia y el ser del árbol es im posible. Pero la
com unicación directa queda garantizada por el perfecto relojero
que puso el m undo en m archa. D ios es así la razón suficiente y
necesaria para la existencia de las sustancias y para la com unica­
ción entre ellas.
Pero D ios es tam bién el creador del universo y si co n c eb i­
m os a D ios com o un ser absolutam ente perfecto es necesario
que este universo escogido por D ios sea el m ejor de los univer­
sos posibles. Esta idea, que constituye el optim ism o de L eibniz,
es la m ism a que será el objeto de las burlas de V oltaire en
C andide. Pero dejem os a Voltaire lo que es de Voltaire. El u n i­
verso tal com o lo concibe L eibniz es bueno y lo es porque “la
sabiduría de D ios lo conoce, su bondad lo elige y su poder lo
p roduce” .54
C readas por Dios, las sustancias, seres espirituales, son espe­
jo s del universo. Lo son porque cada una de ellas, al ser creadas
por Dios, participa de las dem ás, por esta arm onía preestableci­
da que las ha relacionado desde todos los tiem pos. D ejem os que
Leibniz nos explique cóm o es que cada sustancia sim ple tiene en
sí relaciones que expresan a todas las demás.
“A sí com o una m ism a ciudad, vista por diferentes partes,
parece com pletam ente otra y com o m ultiplicada en perspec­
tiva, del m ism o m odo sucede que por la m ultitud infinita de
sustancias sim ples, existen com o otros tantos universos d ife ­
rentes, los cuales, sin em bargo, sólo son las perspectivas de uno
, solo, según los puntos de vista de cada m ónada.”55 En otras pala\ bras: cad a sustancia individual tiene una perspectiva del m u n ­
do y es en este sentido que cada sustancia individual es com o un
espejo del universo, espejo parecido al m icrocosm os de los grie; gos y nada lejano de aquel “c am aleó n ” que era el hom bre para
los renacentistas.
Presidido por un Dios perfecto, el m undo es un todo arm ónico.
Escribe Leibniz: “Dios es el m onarca de la m ás perfecta de las
repúblicas, com puesta de todos los espíritus, y la felicidad de esta
ciudad de Dios es su principal designio”.56
54/ M . , 55.
55 Ibid., 57.
* Ib id „ 58.
D el Renacimiento a Kant
245
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III. E l c a m in o d e la e x p e r ie n c ia
El em pirism o inglés, cuyos antecedentes eran ya perceptibles en
las ideas de R oger Bacon y de Guillerm o de Ockham , se desarro-
247
Introducción a la historia de la filo so fía
Del Renacimiento a Kant
lia plenam ente a partir de las obras de Francis Bacon. Thom as
Hobbes, John Locke (siglo X V I I) , G eorge Berkeley y David Hume
(siglo x v i i i ) . Aunque la filosofía inglesa no está aislada del resto
de la filosofía europea, aunque los escritos de Hobbes o Locke
son. en buena parte, respuestas al cartesianism o, aunque exis­
te una filtración de influencias que van de Descartes a Locke. de
Locke a Leibniz y de éste a Berkeley. la línea del pensam iento
em pírico inglés se m antiene independiente. Esto no quiere decir
que todos los em piristas ingleses coincidan en todos sus pensa­
m ientos. D e hecho solam ente coinciden todos en una sola idea: la
negación del innatismo y la afirmación de que todo el conocim ien­
to p ro ced e-d aja experiencia. Su interpretación de la experiencia
varía. En el caso de Francis Bacon. 1a ex periencia-couducirá a
una filosofía-de la-ciencia y a ú na filosofía de la felicidad hum a­
na m ediante el em pleo de la técnica; en el de H obbes, a una teoría
totalitaria y absolutista del Estado; en el de Locke. a una teoría li­
beral del Estado y a la interpretación em pírica del-conocim iento:
en el de Berkeley. a una filosofía empirista y espiritualista al mismo
tiem po y, finalm ente, en Hum e, a u n a filosofía escéptiea.
Notarem os tam bién que. en líneas generales, el em pirism o de
Bacon a Hum e sufre una evolución que lo lleva de una filosofía
de característica realista a una filosofía más y más idealista, ya sea el
idealismo espiritualista de Berkeley, ya el idealismo escéptico de
David Hume. Es curioso observar que el empirismo inglés, que en
Bacon y en Hobbes es una afirmación de la experiencia, es ya des­
de Locke una crítica de la experiencia. Idealizada, esta experiencia
sólo puede llevar a un tipo de experiencia puramente mental, com o
en el caso de Berkeley. o a una experiencia puramente escéptica en
cuanto al valor de la experiencia misma, com o en el caso de Hume.
Inglaterra y VI de Escocia. Bajo este rey llegó a ser fiscal general
del reino en 1607 y lord canciller en 1618. El rey lo nom bró pri­
m ero barón de Verulamio y. en 1621. vizconde de Saint Albans.
Sin em bargo, Bacon fue acusado de soborno y, por unos días,
encerrado en la torre de Londres. Pasó el final de su vida en un
retiro voluntario gracias al cual pudo escribir la m ayoría de sus
obras literarias y filosóficas.57
246
Francis Bacon: vida y obra
Francis Bacon (1561-1626) nace tres años después de la derro­
ta de la Arm ada Invencible. Vive así Bacon el prim er m om ento
del desarrollo político y colonial de Inglaterra, un desarrollo que
no va sin contradicciones internas y recios conflictos.
Bacon. m uy activo en la vida política de Inglaterra, tuvo sus
m om entos de m ayor influencia durante el reinado de Jacobo 1 de
La nueva lc')gica de Bacon
El título m ism o del N ovum organum -e s decir, nuevo instrum en­
to -, indica claram ente la intención de Francis Bacon: la crítica
de la lógica aristotélica y la fundación de una nueva lógica. De la
lóaica tradicional y. especialm ente, del silogism o, dice Bacon:
“la rechazo (por lo que se refiere a la investigación de la naturale­
za) com o cosa incierta, confusa y mal construida” (Instauratio
magna, introducción). Y añade: “en la lógica ordinaria casi todo
el trabajo se gasta en el silogism o. A la inducción, los lógicos
parecen apenas haber dedicado un pensam iento serio y la pasan
por alto con una referencia ligera para precipitarse a form ular
una discusión. Yo. por lo contrario, rechazo las dem ostraciones
por m edio del silogism o porque actúa con dem asiada confusión y
deja que la naturaleza se le vaya de las m anos” .
En parte coincide Bacon con D escartes. Ambos consideran que
el silogism o es un instrum ento que se presta a discusiones sin fin.
Instrum ento de pura especulación, sirve para discutir; pero no
sirve realm ente para investigar. Por otra parte el silogism o parece
no añadir nada de nuevo al conocim iento puesto que la conclu­
sión está ya contenida en las prem isas. Puede decirse que el silo­
gism o es una aclaración, no un descubrim iento.
Pero si coinciden B acon y Descartes en este rechazo del silo­
gism o. difieren en cuanto al m étodo que debe em plearse para las
ciencias. Interesado sobre todo en la “claridad” y la “distinción
de las m atem áticas, Descartes basa el conocim iento en la deduc­
ción. Bacon. en cambio, lo funda en la inducción, aquel género de
57
Entre sus escritos, los más im portantes son los E nsayos, publicados en 1597, la
Instauratio m agna y su utopía tccnológico-m oral de la Nueva A tlántida.
Introducción a la historia de la filo so fía
D el Renacimiento a Kant
razonam iento que pasa de la observación de casos particulares
de la experiencia para acabar por establecer leyes generales.
H asta este punto Bacon parece tener la actitud de un lógico
puro. No hay tal. Bacon es, ante todo, un filósofo hum anista que
se interesa por la felicidad hum ana. Es curioso observar que, a
pesar de su interés por las ciencias, B acon apenas conocía real­
m ente los descubrim ientos que ya habían llevado a cabo G alileo
y C opém ico y que incluso a veces parecía desdeñarlos. ¿C uál es
la intención profunda de la filosofía de Bacon? Él m ismo la afir­
m a en este aforism o del N ovum organum : “El conocim iento y el
poder hum ano se identifican: porque cuando no se conoce la cau­
sa no puede producirse el efecto. L a naturaleza, para ser goberna­
da, debe ser obedecida.”58
A clarem os los térm inos. B acon quiere decir ante todo, que el
hom bre debe dom inar a la naturaleza -m an d a r sobre e lla - para
poder alcanzar la felicidad. Pero para poder dom inar la naturale­
za, es prim ero necesario entenderla, es decir, en su lenguaje “obe­
decerle” . Cuando Bacon, en la N ueva Atlántida, nos describe una
sociedad perfecta donde los hom bres son felices porque han apli­
cado una técnica que les perm ite dom inar el m undo y dom inarse
a sí m ism os, no hace sino llevar a sus conclusiones necesarias los
principios lógicos del N ovum organum. Veamos el desarrollo de
esta filosofía de la experiencia que conduce a una filosofía de la
felicidad. Este desarrollo im plica un prim er paso crítico (la teoría
de los ídolos), un segundo paso teórico (la teoría de la inducción)
y un últim o paso práctico.
nes. A dem oler los ídolos, las falsas creencias y las falsas ideas,
se dedica, antes que nada, Francis Bacon.
Los ídolos que enum era son cuatro: el ídolo de la caverna, el
del m ercado, e l de la tribu v el del teatro. Aunque por lo m enos
dos de ellos - e l segundo y el te rc ero - son poco originales y pro­
ceden de argum entos que ya habían em pleado los escépticos
griegos, es bueno aquí detenem os brevem ente en la form a de pre­
sentarlos por parte de Bacon.
El ídolo de la caverna se refiere a la tendencia que tenem os
todos a pensar que poseem os la verdad no porque lo que pensa­
m os sea verdadero, sino por el m ero y sim ple hecho de que noso­
tros lo pensam os. Es, si se quiere, la falsa idólización del propio
yo, m ediante un egoísm o que nos lleva a deform ar todas las pers­
pectivas. En estos térm inos expresa B acon el ídolo del egoísm o
individual:
248
Los cuatro ídolos
Ya hem os visto cóm o, para D escartes, el conocim iento em ­
pieza por una labor de lim pia que D escartes presentaba en la
duda m etódica. Bacon em pieza tam bién por afirm ar la necesidad
de dudar de ciertos tipos de pensam iento falso. En un estilo ale­
górico que es muy típico de la literatura inglesa de su tiem po. Ba­
con llam a ídolos a los fa lso s dioses de) conocim iento, es d ecir, a
las ideas que solem os considerar verdaderas sin dam os cuenta de
que proceden de falsos orígenes y conducen a falsas conclusio­
5S Francis Bacon, Novum organum , 1,
III.
249
Los ídolos de la caverna son los ídolos del hombre individual. Por­
que cada uno (además de los errores comunes a la naturaleza hum a­
na en general) tiene una caverna o madriguera que le es propia, que
refracta o decolora la luz de la naturaleza debido ya a su propia
naturaleza peculiar y a su educación y conversaciones con los de­
más, ya a la lectura de libros, ya a la autoridad de aquellos a quienes
estim a y admira.59
Encerrados en nuestra propia m adriguera pensam os que nues­
tras ideas constituyen la verdad sin analizar a fondo el origen de
nuestros pensam ientos. M uy sem ejante a lo que D escartes llam a­
ba prevención o prejuicio, el ídolo de la caverna tiende a hacer­
nos pensar que somos la m edida de todas las cosas. El egoísmo nos
dom ina y el error nos desvía.
El ídolo del m ercado es la idólización de las discusiones públi­
cas ya que a q ü f étm ercad o , sím bolo del agora griega, significa e l
lugar de las discurro fíes. Estos ídolos o falsas ideas surgen, muy
principalm ente, de! prim er ídolo: el de la caverna. ¿Cuántas ve­
ces, en efecto, tratamos de convencer a los dem ás no porque pen­
sem os que nuestras ideas son verdaderas sino porque sim ple y
llanam ente son nuestros propios prejuicios? A bandonem os las
discusiones inútiles porque las “palabras claram ente violentan el
59Ibid., 1, xvii.
250
Introducción a la historia de la filo so fía
entendim iento y de él triunfan y nos llevan a todos a la confusión,
y conducen a los hom bres a num erosas controversias vacías y
fantasías ociosas” .60
El ídolo/le la trihu_procedcxle la ídolizacióiL yanüJie los indi­
viduos sino de toda la raza hum ana y tiene su fundam ento en “la
naturaleza hum ana m ism a y eR-hrtribu o-raza de los hom bres” .61
Este engaño del género hum ano procede a veces de las lim itacio­
nes del espíritu, otras de la incom petencia de los sentidos, otras,
por fin. de la sem ejanza entre los hom bres que les im pide pensar
individualm ente.
“Por fin existen ídolos que han inm igrado en el espíritu hu­
m ano a partir de los varios dogm as o filosofías, y form an tam ­
bién falsas leyes de dem ostración.”62 Tal es el ídolo del teatro o
de las teorías.63 Por una tendencia natural a la abstracción, el
espíritu tiende a form ular teorías abstractas sin bases suficien­
tes en la experiencia. Estas teorías vienen, a la vez. de la inm o­
destia y de la carencia de experiencia. Los sistem as filosóficos
son falsos porque s e e d ifie a n sobre u irm m in io de hech o s-^acaban por d esarrollar peasaroit» m es inver i ficables. cas til Ios fu ndados en las nubes.
Tales son los ídolos. Tales son las falsedades que debem os evi­
tar si querem os, prim ero, llegar a un conocim iento verdadero de
la naturaleza y si querem os, adem ás, alcanzar la felicidad. ¿Cóm o
destruir estos ídolos? Volviendo los ojos a la experiencia y a la
observación de los hechos. Dígalo Bacon: “La form ación de ideas
y axiom as por m edio de la verdadera inducción es, a no dudarlo,
el rem edio apropiado que debe aplicarse para que nos librem os
de los ídolos y nos apartem os de ellos” .64
Veamos cuál es este remedio, esta cura por m edio de la “ver­
dadera inducción” .65
"‘ ibid., 1, iv.
61 Ibid.. 1 , X L I .
' - Ibid.. 1. X I IV.
63 Es hucni' recordar a q u íq u e la palabra griega theatros (m uestra lo que se m ucstrai
es la raíz tatito de la palabra '‘teatro’' com o de la palabra "teoría". Bacon. jugando con
las palabras, dice que las teorías filosóficas son com o un teatro de falsedades o, en sus
propios térm inos, una serie de "libros de juego".
M Ibid.. 1 , X I . .
65 Sería interesante com parar estas ideas de Bacon con las de la reciente escuela
inglesa: R ussell, W ittgenstein, Austin, Straw son, etcétera.
D el Renacimiento a Kant
251
La inducción
a) El problem a de la inducción
La inducción es. de m anera general, el m étodo em pleado por las
ciencias experim entales. C onsiste en un razonam iento que pasa
de la observación de los fenóm enos a una ley general para todos
los fenóm enos de un m ism o género. C uando G alileo subió a la
torre de Pisa para ech ar d istin to s cu erp o s y v erificar la ley de
la caída de los cuerpos procedió con un núm ero lim itado de ca­
sos y d espués, m ediante una g en eralizació n , aplicó su ley a
todos los cuerpos físicos^ La_inducción es, así, una g en eralización que conduce d e los casos p a rticulares a la lev general. B asada en la experiencia de algunos casos de un fenóm eno, pasa
a dar una ley para todos los casos de los fenóm enos de la m is­
ma especie.
Pues bien, en este m ism o paso de lo particular a lo general
reside el problem a de la inducción.
Si por una parte caem os en la cuenta de que es im posible
ob serv ar todos los casos de un fenó m en o - s e a éste la caíd a de
los cuerpos, el efecto de los virus o la fu sió n de los á to m o s-,
ex istirá siem p re u n a d ista n c ia en tre los fen ó m en o s o b se r­
vados y la ley general estab lecid a. La d educción em p ieza por
las ideas generales y pasa a los casos p articu lares, y. por lo
tanto no plan tea un problem a. U na vez acep tad o s los ax io ­
m as a los p o stu lad o s y d efin icio n es, los teo rem as y dem ás c a ­
sos p articu lares resultan claro s y precisos. No sucede así con
la inducción pu esto que en ella se salta de una o b servación li­
m itad a a u n a g e n e ra liz a c ió n ilim itad a. P o d rem o s o b serv ar
cu id ad o sam en te, hacer en u m eracio n es precisas del fe n ó m e­
no que estu d iem o s, pero nunca tendrem os u na certid u m b re
p len aria de que la ley. una vez g en eralizad a, se ap liq u e to ­
talm ente a todos los fenóm enos de la m ism a especie. L a jle d u ce ió n im plica certid u m b re y e x actitud: la in ducción, pro-.,
habilidad.
Francis Bacon se dio cuenta de este problem a y trató de resol­
verlo por dos cam inos: el de la precisión en las observaciones v el
del establecim iento de una ley general para la naturaleza. El pri­
m ero se encuentra explicado en las Tablas y D isposición de los
casos, la segunda es la teoría de las formas.
Introducción a la historia de la filo so fía
D el Renacim iento a Kant
b) Las tres tablas de Bacon
B acon se daba clara cuenta de las dificultades que presenta una
observación científica acuciosa y precisa. Se daba cuenta tam ­
bién de que su labor era la de un iniciador y de que no podía dar
soluciones definitivas sino tan sólo indicar cam inos. La “cacería”
de los hechos, lo que Bacon llam a la “caza de Pan” , recordando el
ingenio de Pan para encontrar a Ceres, le lleva a hacer una serie
de recom endaciones para quien quiera observar la naturaleza re­
duciendo a un m ínim o el m argen de error en la observación m is­
ma. Recom ienda, por ejem plo, la variación de la experiencia, la
repetición de la m ism a, la supresión de algún fenóm eno dentro
del fenóm eno observado para ver cuál de los elem entos del fenó­
m eno es el que corresponde a la indagación del hom bre de cien­
cia. Esta serie de recom endaciones se precisan en las Tablas y
D isposición de los casos.
En el fondo, lo que dice Bacon es bastante sencillo: recom ien­
da que se observen bien los fenóm enos y que se registren en tres
tablas que muy bien podrían ser tres listas en varias hojas de pa­
pel o en una serie de tarjetas y fichas. L a prim era de estas tablas
es la de presencia: la segunda, la de ausencia; la tercera, la de
grados.
El ejem plo que da Francis Bacon es el del calor. En la prim era
tabla, la de presencia, pondrem os todos los casos en que el calor
se encuentra presente. Así, por ejemplo, en el caso de los “rayos del
sol, especialmente en verano y al m ediodía”, “los meteoros ígneos” ,
“erupción de llam as en la cavidad de una m ontaña”, “todos los
cuerpos, ya sólidos, ya líquidos, densos o sutiles (com o lo es el
aire) m antenidos cerca del fuego durante cierto tiem po”.66 La ta­
bla de presencias consiste en una lista, lo m ás variada y com pleta
que se pueda, del fenóm eno que se estudia.
La tabla de ausencias recogerá todos los casos en los cuales el
fenóm eno que se estudia no se presenta. Se tratará, para que la
observación sea exacta, de “casos de proxim idad” , es decir, de
casos que podrían, en apariencia, contener el fenóm eno que se
estudia. Si volvem os al caso de calor, podrem os poner en esta
lista “los rayos de la luna y de las estrellas y com etas que no son
calientes al tacto” , ya que de hecho “los fríos m ás severos se ob-
servan durante la luna llena” , “los reflejos de los rayos del sol en
regiones cercanas al círculo polar [...] débiles e ineficaces en la
producción de calor” , “el aire confinado en las cavernas durante
el verano”, etcétera.67
Gracias a esta segunda tabla podrem os establecer los casos en
que el calor no se presenta y, m ás tarde, determ inar los m otivos
de esta ausencia del calor o de su limitación.
“En tercer lugar, debem os presentar al intelecto los casos en
los cuales la naturaleza que se investiga se encuentra en distintos
grados” ,68 pasando de los casos que no presentan el fenóm eno a
los casos que lo presentan en form a creciente hasta llegar al caso
que m ás fácilm ente adm ite el calor: “de todas las sustancias con
las cuales estam os fam iliarizados, la que m ás rápidam ente gana y
pierde el calor es el aire” .69
El ejem plo de Bacon, m encionado aquí brevem ente nos m ues­
tra que no tenía una buena inform ación científica. Nos m uestra
tam bién, que Bacon trató de afirm ar la observación de los hechos
m ediante una ordenación precisa de los mismos. Es claro, sin
em bargo, que las tablas son tan sólo sistem as de ordenación. No
resuelven el problem a de la inducción. Las tablas indican cóm o
debe hacerse una experiencia acuciosa; no dicen por qué pode­
mos generalizar y dar leyes generales sobre la base de experiencias
que siem pre serán lim itadas. Es en la teoría de las form as donde
B acon trata de establecer un principio para resolver el problem a.
252
66Ibid., 2, xi.
253
c) Las formas
La m anera clásica de resolver el problem a de la inducción es el
de presuponer que existe una regularidad en los hechos naturales.
Si establecem os que todos los hechos de un m ism o género se
com portan de una m ism a m anera será posible llevar a cabo in­
ducciones, porque así la ley general coincidirá por hipótesis con
la regularidad general de los hechos. Ya entre los griegos los
atom istas habían hecho la hipótesis de la regularidad natural.
D em ócrito había dicho que toda causa produce siempre el m ismo
efecto y había dado los fundam entos para el principio de causali­
dad. Bacon habla poco de las causas y prefiere la palabra “form a” .
67 Ibid., 2, X I I .
68 Ibid., 2, X I I I .
69 Loe. cit.
Introducción a la historia de la filo so fía
D el Renacimiento a Kant
Esta palabra es en la filosofía de Bacon sinónim o de “ley”. Cuando
Bacon se refiere a “cuerpos individuales que realizan actos indi­
viduales de acuerdo con la ley fija” ,70 habla precisam ente de las
formas. La inducción será una interpretación verdadera de la na­
turaleza “por lo que se refiere al descubrim iento de las form as” .71
En suma, Bacon piensa que existe una regularidad en los hechos
naturales, que esta regularidad es una ley o form a, y que las leyes
o las form as perm iten que se hagan inducciones verdaderas. Y,
en efecto, si presuponem os que en el universo todo sigue una
ley, será posible, a base de algunos casos bien estudiados y bien
observados, establecer una ley para todos los fenóm enos del m is­
m o género. Así, la observación de algunos casos determ inados de
calor servirá para interpretar las leyes del calor en todos los casos
o, para volver al ejem plo de Galileo, la observación de la caída de
algunos cuerpos perm itirá dar una ley que, en la naturaleza, si­
guen todos los cuerpos pesados.
La interpretación de la naturaleza se basa en una observación
bien reglam entada de los hechos, una clasificación de los m ism os
en las tablas necesarias y, finalm ente, el establecim iento m edian­
te el entendim iento de leyes que se aplican a todos los hechos de
una clase.
“Nos dimos a la vela y salim os del Perú, en donde nos había­
m os detenido durante todo un año, hacia las costas de C hina
y Japón, por la ruta del M ar del Sur.”73 Con este tono de nove­
la em pieza la “fábula” de Francis Bacon. El barco inglés capea la
tem pestad y encuentra un buen fondeadero. Llega de tierra una
pequeña lancha con “una persona que parecía de rango”74 y, des­
pués de que los isleños preguntan si los recién llegados son bue­
nos cristianos y de hacerles ju rar que no son piratas, les perm iten
desem barcar en la m aravillosa isla. La m aravilla de la N ueva
Atlántida consiste en que sus habitantes han alcanzado la felici­
dad por m edio de una técnica avanzadísim a que les ha perm itido
“obedecer” y “m andar” . El m undo que describe Bacon parece el
de una sociedad m oderna. Julio Veme antes de tiem po, de los
prim eros en creer en la necesidad y la bondad del progreso téc­
nico, Bacon se extasía ante este m undo utópico donde se cono­
cen “las causas y m ovim ientos ocultos de las cosas” y donde se
extienden “los lím ites del im perio hum ano para efectuar todas
las cosas posibles”.75
Las descripciones que hace Bacon de los descubrimientos de es­
ta sociedad ideal son sorprendentes. Describe procedim ientos de
refrigeración, de fertilización de la tierra, torres o “rascacielos”
de “m edia m illa de altura”.76 lagos artificiales “para obtener nues­
tros peces y aves acuáticos” ,77 laboratorios de estudio y disección
de anim ales “para llegar a saber, por este m edio, qué se puede ha­
cer en el cuerpo hum ano” .78 A ñadam os a esto, aguas que resultan
alim enticias, nuevas artes m ecánicas para hacer papel, hornos,
laboratorios de óptica, laboratorios de acústica, salas de m áqui­
nas en que se preparan “m otores e instrum entos para toda suerte
de m ovim ientos”.79 M áquinas que im itan el vuelo de las aves,
“buques y botes que navegan bajo el agua y atraviesan los m a­
res”.80 N o olvida Bacon los him nos y cantos en alabanza al Señor.
254
La Nueva A tlántida y la felicid a d hum ana
,>
La ciencia de Bacon no es, ni m ucho m enos, una ciencia especu­
lativa; es una ciencia operatoria en la cual las leyes establecidas
deberán tener resultados prácticos, una ciencia, en fin, que es a
la vez, teoría y práctica, pensam iento y técnica, interpretación
y aplicación.72
Ya vim os, al principio, que B acon se preocupaba ante todo
por dom inar la naturaleza. En la N ueva A tlántida, libro que no
llegó a terminar, Bacon nos presenta la utopía de una sociedad
'i perfecta donde los hom bres son felices porque han podido do\ m inar el mundo.
70 Ibid., 2, II.
71 Ibid., 2, xvi.
72 En este punto Bacon es el m is claro antecedente del pensam iento de Com te, Mili.
M arx y los pragm atistas; es decir, de las m odernas filosofías del progreso.
255
73 Francis Bacon, Nueva Atlántida, trad. de Juan Adolfo Vázquez, Losada, Buenos
Aires, 1941, p. 105.
74 Ibid., p. 108.
75 Ibid., p. 145.
76 Ibid., p. 146.
77 Ibid., p. 147.
78 Ibid., p. 149.
79 Ibid., p. 155.
30 Ibid., p. 156.
256
Introducción a la historia de la filo so fía
Con la N ueva Atlántida concluye la filosofía de Bacon. Con
ella se inicia una corriente de optimism o científico moral que habrá
de desarrollarse principalm ente a partir de la R evolución Indus­
trial en el siglo x v i i i .
Hormigas, arañas, abejas
Resum am os la actitud de Francis Bacon. En form a m etafórica lo
hace el propio filósofo en la prim era parte del N ovum organum:
Los que se han ocupado de las ciencias han sido ya hombres de
experimentación, ya hombres de dogma. Los hombres de experi­
mentación son como las hormigas; solamente acumulan y usan. Los
especulativos se parecen a las arañas que tejen telas con su propia
sustancia. Pero la abeja toma un curso intermedio. Recoge su mate­
rial de las flores del jardín y del campo, pero lo digiere por un poder
que le es propio. No es diferente a ésta la verdadera ocupación de
la filosofía, porque no confía solamente ni principalm ente en los
poderes del espíritu, ni toma el material que recoge de la historia
natural y de los experim entos m ecánicos, sino que lo coloca en el
entendim iento ya m odificado y digerido. Así, pues, m ucho se pue­
de esperar de un pacto más estrecho y más puro entre estas dos
facultades, la experim ental y racional (cosa que nunca se ha hecho
hasta ahora).81
Thomas Hobbes: miedo, deseo, Estado
La vida de T hom as Hobbes (1588-1679) se despliega a lo largo
de casi todo el siglo x v n . Los cam bios políticos de Inglaterra en
el m om ento m ás crítico de su historia afectan el pensam iento de
Hobbes. Dos fuerzas estaban en lucha en la Inglaterra del siglo
x v i i . Por un lado los reyes, apoyados en buena parte de la noble­
za. tendían a establecer una m onarquía absoluta a sem ejanza de
las m onarquías europeas de la época. Por otra, los puritanos, apo­
yados en la clase media y en el sistem a parlam entario que, con sus
dos casas (la de los lores y la de los com unes) fundadas a fines de
81 Francis Bacon, Novum organum, 1, XCV.
D el Renacimiento a Kant
257
la Edad M edia, querían lim itar el poder real. L a Inglaterra del
siglo x v ii asiste a la prim era lucha m oderna entre estatism o v
dem ocracia. Durante un buen tiem po parece triunfar el estatism o.
La política de Jacobo I es, en general, antiparlam entaria. L a de su
hijo, C arlos I, exagera todavía m ás las tendencias estatistas y la
defensa de las prerrogativas reales. Entre los años de 1629 y 1640.
Jacobo gobierna a Inglaterra después de disolver el parlam ento.
C ontra su política se dan la m ano tres fuerzas: la de u na tradición
dem ocrática basada en la C arta M agna del siglo x m , la de los
puritanos y la de una nueva econom ía expansionista y colonial
que se funda en la em presa privada de m arineros y piratas. C uan­
do O liver Crom w ell derrota a las tropas reales en Naseby (1645)
y se establece en el poder com o protector de Inglaterra no funda
un Estado dem ocrático. Las fuerzas de C rom w ell anulan el p a rla -'
m entó y gobiernan sobre la base de una ficción parlam entaria con \
un grupo m ínim o de representantes. Al poder absoluto de los re­
yes, C rom w ell sustituye el poder absoluto de los puritanos. No
dura m ucho el gobierno de C rom well. A su m uerte, en 1658, el
ejército que había fundado queda sin cabeza. Vuelve la m onar­
quía que oscila entre el sistem a parlam entario y la defensa de las
prerrogativas reales hasta que en la época de Jacobo II triunfa ya
definitivam ente el sistem a parlam entario que habrá de prevalecer
hasta nuestros días. El nuevo sistem a, que conduce a una alter­
nancia entre conservadores y liberales -to rie s y w h ig s-, se basa
desde 1689 en los dos prim eros docum entos de la dem ocracia
m oderna: la D eclaration o fR ig h ts y el Bill o f R ights, gracias a los
cuales el parlam ento tiene a la vez el poder legislativo y, a través
del gobierno que nom bra, el poder ejecutivo.
No llega Hobbes a ver el triunfo de la dem ocracia inglesa. Sus
tendencias políticas estuvieron siem pre al servicio de la monarquía absoluta y de la id ea de un Estado fuerte. Poco tiem po antes
de la revolución de Crom well, se exilió H obbes en Francia donde
perm aneció once años. No es de extrañar que, dado el gobierno
estatista de Crom w ell, regresara H obbes a Inglaterra en plena
época de dictadura puritana.
Interesado en las letras clásicas, excelente trad u cto r de los
griegos, H obbes se ocupa p rincipalm ente de teoría y filosofía
del Estado. Su prim er libro sobre el tem a -T h e Elem ents o f Law,
1 640- estaba ya destinado a defender el poder de los reyes. Pero
Introducción a la historia de la filo so fía
D el Renacimiento a Kant
su teoría política aparece, en todo su vigor, en el libro más im por­
tante de Hobbes: el Leviatán. En él expone, por prim era vez,
la teoría de un contrato social.
en ver cóm o se produce la acción que “descarga” el corazón, de
qué tipo es esta acción y de qué m odo habrá de tratarla para esta­
blecer un Estado y una sociedad bien gobernada.
En efecto, el em peño de que habla H obbes se m anifiesta en un
género de acción que podem os llam ar el deseo. El hom bre es
un ser hecho de deseos: tal es su naturaleza, tal es por otra parte
su estado natural.
Desde fines del R enacim iento, desde los descubrim ientos de
nuevas civilizaciones en A m érica y en Africa, filósofos y teólo­
gos se habían preocupado por determ inar el sentido del hom bre
natural, entendiendo aquí por estas palabras, el hom bre prim itivo
que vive en estado de naturaleza. Ya hem os visto cóm o una buena
parte de los teólogos españoles - d e Vives a S u áre z- pensaban
que el hom bre prim itivo poseía un alm a igual a las de los dem ás
hom bres. M ontaigne, en breve ensayo sobre los caníbales, des­
cribe una sociedad prim itiva donde reina una bondad relativa y
opone esta sociedad a la de los hom bres que llevan pantalones, a
los civilizados que han destruido la bondad primera.
H obbes se inclina a pensar que el hom bre es m alo por naturaleza. El hom bre natural está lleno de deseos de poder: “En
prim er lugar coloco com o inclinación general del género hum a­
no un deseo perpetuo y desasosegado de poder tras poder que
solam ente cesa con la m uerte”.83 E sta naturaleza h echa de de-,
seos, que encontrábam os ya entre los sofistas griegos y princi­
palm ente en Calicles, y que volverem os a encontrar en N iet/sche.
conduce a conflictos incesantes. Estos nacen de que el deseo de
poder se encuentra en todos los hom bres m ientras que los obje­
tos de deseo son lim itados. Así, en su form a natural, la vida h u ­
m ana es la de una serie incesante de conflictos de deseos y el
hom bre, en su estado natural vive en una “guerra de todos contra
todos” .84 Y no es que la guerra sea siem pre un estado de hecho.
La guerra existe, por lo m enos en potencia, siem pre que se en­
cuentran dos o m ás deseos sim ilares ante un solo objeto de
deseo. De ese estado de guerra potencial o real nacen los sen­
tim ientos de com petencia, de desconfianza y, en caso de una
victoria precaria, de gloria.
258
L os sentidos, el deseo y el hom bre natural
La filosofía de Hobbes no está influida directam ente por la de Bacon. Hay que ver en ella m ás bien una reacción contra el cartesia­
nism o que Hobbes llegó a conocer de prim era m ano durante su
estancia en Francia. Hobbes no acepta, con D escartes, que la sus­
tancia de todas las cosas m ateriales sea el espacio o “extensión”.
Según Hobbes la única realidad es la del m ovim iento físico.
La teoría del m ovim iento no es para H obbK njm Tteoría que
conduzca a interpretar la naturaleza sino a entender el origen de
las ideas en los hom bres. El m undo físico interesa a Hobbes en
cuanto es fuente de nuestras ideas. Y el origen de las ideas hum a­
nas le im porta no tanto en lo que el problem a tiene de psicológico
sino en cuanto está ligado a las acciones de los hom bres.
Las ideas vienen del m undo físico. Los m ovim ientos de los
cuerpos naturales afectan nuestros sentidos y provocan una serie
de m ovim ientos en el sistem a nervioso. Estos m ovim ientos se
transm iten al cerebro y al corazón de donde nace una reacción
que, a su vez, nos lleva a actuar sobre el m ovim iento del m un­
do que nos rodea. Originadas en la experiencia com o afecciones
del cuerpo, las ideas se transform an en m edios de acción:
La causa del sentido es el cuerpo externo u objeto que presiona el
órgano propio a cada sentido, ya inmediatamente, como en el gusto
y el tacto, ya mediatamente, como en la vista, el oído y el olfato;
esta presión, por el intermedio de los nervios y otras hebras y mem ­
branas del cuerpo, se prolonga interiormente hacia el cerebro y el
corazón, donde causa una resistencia o presión contraria o empeño
del corazón por descargarse.82
M ucho más claram ente que Bacon afirm a H obbes el origen
em pírico de las ideas. Pero su fin no es el de un teórico. Su fin está
82 T hom as Hobbes, Leviatán, I, 1.
85 /M í/., i, xi.
84 Ibid.. l, xill.
259
260
El contrato social
Para resolver los problem as que im pone este estado de naturaleza
habrá de sustituir a él un estado artificial, hecho a base de la deci­
sión de los hombres.
Los hom bres poseen derechos que H obbes define com o el de­
recho de buscar la paz y el derecho de defendem os “por cualquier
m edio que sea”86 siem pre que nos veam os atacados. No existe
m ás que un derecho fundam ental: el derecho a la supervivencia
que obedece, tam bién, a la inclinación básica de sobrevivir cons­
titutiva de todos los hom bres. Pero si los hom bres tienen dere­
chos individuales y si estos derechos los llevan al peligro de muerte
que representa cualquier sociedad natural, tienen tam bién el de­
recho de renunciar a sus derechos personales a ttaasfenrloi>para
el bien individual y cbflUin. El estado prim itivo de m iedo que
entraña el estado no m enos prim itivo de supervivencia conduce
a los hom bres a transferir sus derechos a un gobierno ^pe^-a-su
vez, les garantice su derecho-a la-pazr
Tal es el sentido del contrato social. Consiste en que los ciuda­
danos de una nación transfieren sus derechos privados y los con­
fieren a un gobernante quien, a su vez, garantiza el bien com ún
de los ciudadanos. Si los hom bres renuncian a sus derechos pri­
r O
1\
Del Renacimiento a Kant
Introducción a la historia de la filo so fía
Podría objetarse, piensa H obbes, que este hom bre natural, en
guerra real o potencial contra todos los dem ás no ha existido nun­
ca. Hobbes asegura que este estado conflictivo perm anente se
encuentra “en muchos lugares de A m érica [...] donde no existe
gobierno alguno [...] y viven [los hom bres] en este estado anim al
que he señalado antes” .85 Pero aunque este tiem po no hubiera
existido en ningún pasado lejano o no existiera en país rem oto
alguno, los celos, las venganzas, las envidias, y los conflictos del
deseo existen, potencialm ente, en todas partes. El estado natu­
ral es un estado de anarquía, de tem or y de muerte. ¿C óm o fundar
un gobierno y un Estado bien establecido? ¿Sobre qué bases po­
drá ser un Estado perm anente?
85 Loe. cit.
86Ib id .,l, XIV.
C
\
^ '" Y
\Jl
261
vados que, llevados por el deseo de poder, los conducían a la gue­
rra de todos contra todos, es porque buscan “la seguridad de la
persona hum ana tanto en su vida com o en los m edios para preser­
var la vida” .87 “La m utua transferen cia del derecho es lo que los
hom bres llam an co n trato ^88
¿Cuál es la clase de gobierno que recom ienda H obbes para
proteger el derecho básico de vida y com binar los conflictos y
frenarlos de tal m anera que se evite la guerra de todos contra
todos? En alguna ocasión m enciona Hobbes una clase de consejo
general que pueda regir a los pueblos. Pero m ucho m ás a m enudo
Hobbes m enciona la palabra soberano. Hobbes sostiene el dere­
cho absoluto de los reyes y la m onarquía absoluta. Esta defensa
es com prensible dentro de su teo ría' TEnUrT sistem a parlam enta­
rio, existen, com o en cualquier sociedad, m ultiplicidad de deseos
y lim itados objetos de deseo. El sistem a parlam entario se presta a
la guerra de todos contra todos porque los hom bres que form an
un parlam ento son hom bres com o los dem ás, com o los dem ás
naturales, com o los dem ás deseosos de poder y de gloria. U n con­
flicto sem ejante podría encontrarse en un gobierno form ado por^un consejo, donde los m iem bros fácilm ente buscarían el poder y <j
conducirían a la división, el conflicto y la guerra. El conflicto es
im posible cuando los derechos individuales s o n lran sferid o s ^
una sola persona que no tenga deseos contrarios: esta persona,
detentora del poder, es el m onarca absoluto.
A caba por vencer el derecho del m ás fuerte. En el Estado de.,j
Hobbes el deber básico de los ciudadanos es la obediencia y e l ^
resultado de la obediencia es la protección. C ontra sem ejante
derecho fundado en un m iedo que anulaTálíBértad individual van
a levantarse las voces liberales de John Locke prim ero y, más
tarde, de Jean-Jacques Rousseau.
John Locke, o clel espíritu liberal
John Locke (1632-1704) es el últim o gran filósofo inglés del si­
glo xvil. Nacido de una fam ilia de m ercaderes, cerca de la ciudad
87 Loe. cit.
88 Idem.
.'A
Introducción a la historia de la filosofía
D el Renacimiento a Kant
de Bristol, Locke parecía destinado a la vida eclesiástica. Su inte­
rés desde sus años de estudiante se dirigió a la m edicina y a las
cuestiones políticas. Los prim eros escritos de Locke versan sobre
tem as m édicos y su vocación filosófica fue bastante tardía. Parlam entarista, Locke puede considerarse com o el prim er liberal in­
glés en m ateria política. Sus ideas sobre el Estado, publicadas en
sus dos ensayos sobre El gobierno civil, son ré p lic a s a la -te o ría
del Estado om nipotente q ue habían sostenido Hobbes v. en tiem pos más recientes, R obert Film er en el absolutism o paternalista
de su Patriarcha.
Las ideas políticas de Locke concuerdan con la vida inglesa de su
tiem po y, de m anera muy especial, con la revolución gloriosa que,
en 1688, asentó definitivamente el sistema parlamentario británico.
En oposición a H obbes, Locke define el derecho natural com o
el derecho de la razón. C on ello Locke se coloca en una tradición
que podría trazarse de Platón a la m ayoría de los teólogos de la
Edad M edia, y a los hum anistas de los siglos xvi y xvn. El prin­
cipio básico de las ideas políticas de Locke debe buscarse en el
concepto de libertad:
en una razón que es de interés com ún y m u tu o - al pacto artificial
de Hobbes. El contrato social no es creador de un nuevo derecho .
Es. sim plem ente, el perfeccionam iento del derecho que todos
poseem os por naturaleza razonable y libre.
El pacto social im plica una relación m utua. Si en Hobbes, el
contrato llevaba a abdicar los derechos individuales y a ponerlos
en m anos de una sola persona, en Locke el pacto es bilateral y se
aplica tanto a los ciudadanos com o a los legisladores y al rey que
es ciudadano com o los demás. El poder del rey tiene bases legales
y el rey no puede actuar contra las bases legales que han servido
para establecerlo en el poder.
En sus Cartas sobre la tolerancia, Locke hace aún m ás explí­
cita la noción de libertad. Ésta significa para él, com o para sus
discípulos de la Independencia norteam ericana, tolerancia.^La
tolerancia es aquella actitud política, individual o estatal que perm ite la difusión de opiniones aun cuando éstás~sean contrarias al
gobierno o a las prácticas de un gobierno. Solam ente en un caso
debe el Estado ser intolerante: siem pre que el que actúa lo haga
contra la ley natural, es decir, contra la ley de la razón. Hav que
dejar de ser tolerante contra la intolerancia. Desde el punto de vis­
ta de Locke, bien comprensible~en la Inglaterra dem ocrática de
su tiem po, la intolerancia debe dirigirse a los “papistas” , es decir
los cat01icoSr y-a-los.ateos._Los prim eros porque tratan de im poner
sus puntos de vista y luchan contra la tolerancia religiosa; los segundos porque al negar la existencia de Dios, niegan el sentido
mismo de la palabra naturaleza que, si es por una parte razón, lo es
principalm ente porque proviene de la razón suprema que es Dios.
Estos puntos de vista políticos tuvieron am plísim a repercu­
sión. No la tuvieron m enos las ideas de Locke sobre el origen, la
estructura y el alcance del conocim iento hum ano. A la teoría del
conocim iento dedicó Locke sus páginas m ás brillantes: el Ensa­
yo sobre el entendim iento humano.
262
Tengo razones para creer que aquel que me tuviera en su poder sin
mi consentimiento, usaría de mí como m ejor le placiera, y me des­
truiría también cuando se le antojara; porque nadie puede desear
tenerme en su poder a menos que quiera coaccionarme por la fuerza
contra aquello que es el derecho de mi libertad [...] Ser libre de tal
fuerza es la única seguridad de mi conservación.89
Contrariamente a Hobbes, T.ocke piensa que el estado natural del
hombre, es el de la igualdad. En esta igualdad de razón y libertad
ve la única garantía de la supervivencia, ya que el poder en bruto
lejos de permitimos sobrevivir, nos anula y amenaza con destruir­
nos. Una política basada en la fuerzajio
enlamante am enazadoLa identificación de naturaleza, libertad y razón, hace que Locke
no piense en la posibilidad de dos clases de existencias, una natu­
ral, prim itiva y egoísta y otra artificial, construida por la fuerza
para garantizar la seguridad. C ontra Hobbes. Locke prefiere la li­
bertad a la seguridad y el pacto n a tu ra l-e s decir, el pacto basado
*” John Locke, Segundo ensayo sobre el gobierno civil.
III.
263
Origen de las ideas y alcance del conocim iento
El Ensayo sobre el entendim iento hum ano es una de las obras
más im portantes y sin duda la más clara de las que escribieron
los em piristas ingleses.
264
D el Renacimiento a Kant
Introducción a la historia de la filo so fía
C oncebido, en parte, para contestar a los filósofos de la escue­
la de C am bridge que sostenían la existencia de las ideas innatas,
concebido tam bién com o una refutación del racionalism o, si bien
son a veces notables las influencias de Descartes, el libro de Locke
se inicia con una crítica de las ideas innatas, m uestra el origen de
las ideas en la experiencia y trata de establecer el alcance y la
certidum bre del conocim iento.
La refutación de la existencia de las ideas innatas es la más
clara que se haya escrito. El sentido com ún nos m uestra que si
Dios ha creado un m undo para que lo veam os, lo percibam os con
.todos los sentidos, sería ocioso pensar que lo ha creado en vano.
El m undo está frente a nosotros para ser percibido y ofrecernos
ideas de sensación y para ser entendido y dam os ideas de re­
flexió n . Por otra parte, existen hechos que prueban que las ideas
<10 son innatas, sino adquiridas. Tal es el caso de los niños o de
los idiotas “que no tienen la m enor aprehensión de ellas”.90 Tanto
si la palabra idea se aplica a las sensaciones com o si se aplica a
las abstracciones, proviene de la experiencia. Aun la idea de Dios
ha de ser adquirida. Para Locke, com o para santo Tomás, la idea
de Dios surge del universo que contiene “las señales visibles de
la sabiduría y el poder extraordinario de una deidad” .91 A Dios
podem os llegar por la presencia de la divinidad en la obra de su
creación sin necesidad de que la idea de Dios sea una idea innata
o inm ediatam ente clara.
A hora bien, si las ideas no son innatas proceden de la exerien cia, “donde se funda todo nuestro conocim iento y de
on d e todo n u estro co n o cim ien to d eriv a” .92 L a ex p e rien cia
puede revelársenos ya sea por los sentidos ya sea por la refle­
xión que hacem os sobre los datos de los sentidos. El esp íri­
tu, un papel en blanco, vacío de letras, deja im presionarse por
los datos de la experiencia y puede reflexionar acerca de estos
datos.
De ahí que Locke divida nuestras ideas en sensaciones, “es­
ta gran fuente de la m ayoría de las ideas que tenem os” .93 en
reflexiones (cuando el espíritu “reflexiona sobre sus propias ope­
Í
90 John Locke, Ensayo sobre el entendim iento humano, I, ii, 5.
91 lbid., I, iv. 9.
92 lbid., II, i, 2.
95 lbid., I I , i . 3 .
265
raciones”)94 y en ideas m ixtas, a la vez de origen sensible y de
origen reflexivo. Todas estas ideas pueden encontrarse en los ni­
ños que “llegan a obtenerlas de m anera gradual” .95 Tam bién un
breve análisis de la psicología infantil puede enseñarnos que las
ideas que provienen de sensaciones son m ás fáciles que las que
derivan de la reflexión y que. por lo tanto, en cualquier concien­
cia hum ana la reflexión es m ás tardía que la m era receptividad
de las sensaciones.
Después de haber criticado el innatism o. después de haber cla­
sificado las tres clases fundam entales de ideas, Locke pasa a d e­
term inar los grados de objetividaiLx-de- subjet-ividad-de nuestros
pensam ientos. Algunas ideas, y de m anera general todas las ideas
sensibles, com o el color, el olor y el sabor, dependen de la per­
cepción individual; Locke, en este punto bastante influido por
el racionalism o, piensa que las cualidades sensibles no están en
las cosas sino en nuestro m odo de percibir las cosas. Tales son las
que llam a cualidades secundarias. L as cua lidades prim aria s .
son, en cam bio, las que tienen un referente real en la naturaleza y
que, por lo tanto, pensam os todos con un m ism o sentido v de una
m ism a m anera. Entre ellas Locke cita “las cualidades reales de
los cuerpos que están siem pre en ellos (por ejem plo, la solidez,
la extensión, la figura, el núm ero, el m ovim iento y el reposo).”96
El conocim iento hum ano está por lo tanto inclinado a conocer
subjetivam ente todo lo que es contingente; está dirigido a cono­
cer científicam ente las cualidades reales o prim arias de las co­
sas. Pero si puede conocer las cualidades prim arias, ignora, en
cam bio, la sustancia de las cosas, porque la idea de sustancia,
idea com pleja y form ada a base de ideas más sim ples, no es clara
ni tiene un referente natural.
El mundo, el elefante y la tortuga
Locke, que por fe y por experiencia del m undo, cree y entiende la
presencia de Dios en el mundo, piensa que el lím ite verdadero del
conocim iento hum ano debe encontrarse en la m etafísica. Las di94 lbid.,
95 lbid.,
96 lbid.,
II. i, 4 .
II, ii. 4 .
II, v iii.
266
Introducción a la historia de la filo so fía
versas teorías de la sustancia son engañosas porque la sustancia
no puede percibirse realm ente y lo m ás que de ella podem os de­
cir es que es lo que no sabem os. D ígalo Locke en form a de breve
narración m itológica:
Si cualquiera se examina a sí mismo por lo que toca a la noción de la
sustancia pura en general, encontrará que no tiene de ella ninguna
idea en absoluto, salvo la suposición de no se sabe qué soporte de
aquellas cualidades que las ideas simples son capaces de producir
en nosotros. No se encontraría en una situación mucho mejor que
aquel indio que afirmaba que el mundo estaba sostenido por un ele­
fante. Cuando se le preguntó en qué descansaba el elefante contestó
que reposaba sobre una enorme tortuga. Pero cuando le pregunta­
ron qué daba soporte a la tortuga, contestó que no lo sabía. Y así, en
este caso, como en todos aquellos en que empleamos palabras sin
tener una idea clara y distinta, somos como niños que, si se les pre­
gunta qué es aquella cosa que no conocen, dan rápidamente la satis­
factoria respuesta de que es algo.'”
George Berkeley: percepción y espíritu
G eorge Berkeley (1685-1753) pertenece ya al pensam iento del
siglo x v i i i . Su filosofía, y con m ás claridad aún que la de Hum e,
está ligada al Siglo de las Luces, al pensam iento de la Ilustración.
Pero si H um e lleva a cabo una crítica de la experiencia, B erkeley
trata de encontrar, en la experiencia sensible, una form a de es­
plritualism o que, en parte, lo acerca a Leibniz. En realidad, toda
la filosofía de Berkeley es un ataque contra el ateísm o y preten­
de llegar a una interpretación del m undo que haga patente la pre­
sencia de Dios en la creación. La interpretación espiritualista
que de los hechos da Berkeley procede de su análisis filosófico.
Procede, tam bién, de su creencia de pastor anglicano y de reli­
gioso irlandés.98
//)((/.. II, x x i i i .
** Las obras más im portantes de Berkeley son La nueva teoría de la visión. Los
principios del conocim iento hum ano y los Tres diálogos entre H ylas y P hilonous. don­
de H ylas (del griego hyíe) representa a la m ateria y Philonous (del griego "am or al
esp íritu ") representa el punto de vista de Berkeley. Aunque esta últim a obra es. sin
duda. la más fam osa, la más clara es Los principios del conocim iento humano, uno de
los escritos más precisos para entender la evolución del em pirism o británico.
D el Renacimiento a Kant
267
Crítica de las cualidades prim arias e inmaterialism o
El m eollo de la filosofía de Berkeley se encuentra en la crítica de
las que Locke llam ó cualidades prim arias. Berkeley reduce to ­
das las cualidades a cualidades secundarias, y hace que todo ser
dependa de la percepción que tenem os de él. Y no es que Berkeley
niegue la existencia del mundo. Lo que niega, en verdad es la
naturaleza material de las cosas. El espacio no puede percibirse
sin el color, la form a, la m ultiplicidad de sensaciones que provo­
can en nuestro espíritu. No existe un espacio en sí m ism o sino
que existe este espacio que percibo. De la m ism a m anera pode­
mos decir que no hay m ovim iento fuera de los cuerpos sensibles
que percibim os. “Ser es ser percibido” , escribe Berkeley. Fuera
de la percepción, nada existe; “había un olor, es decir era olido;
había un sonido, es decir era oído; un color o una form a, y eran
percibidos por la vista o por el tacto”.99
La m ateria, el espacio, la realidad se reducen a diferentes ha­
ces de percepciones. Este concepto del m undo plantea un doble
problem a: 1) ¿qué origen tiene nuestra creencia en la realidad
física y m aterial de ciertas cosas?; 2) ¿cóm o, si todo se reduce a
percepciones, distinguir la realidad de la ficción o por decirlo con
Berkeley, las ideas sensibles verdaderas de las “quim eras” ?
El entendim iento hum ano tiende a proceder m ediante abstrac­
ciones y a considerar estas abstracciones com o realidades. A ello
ayudan el hábito y la pereza m ental. A sí sucede, por ejem plo, con
la idea de “ser en general”, de que hablan los m etafísicos desde
Aristóteles. Pero “la idea de ser en general me parece la m ás abs­
tracta e incom prensible de todas” .100 Así sucede, tam bién, con la
idea de espacio que, al igual que las nociones de “figura” o “m o­
vim iento” son inconcebibles abstraídas de todas las otras co ­
sas.101 A sí sucede especialm ente con la idea abstracta de m ateria
que B erkeley com bate, sobre todo porque piensa que conduce al
ateísm o. La m ateria se reduce a las form as de percibir el color,
el olor, el sonido o cualquier cualidad sensible de las cosas. Es en
últim a instancia, un conjunto de im ágenes que. por hábito de abs­
tracción, concebim os com o reales.
* George Berkeley. Principios. 3.
^ Ibid. A l .
"" Ibid., 10.
Introducción a la historia de la filo so fía
D el Renacimiento a Kant
Pero si pensar no consiste en tener ideas abstractas, ¿en qué
puede consistir? Berkeley afirm a que el pensam iento se reduce a
series perceptivas y que cada nueva percepción nos recuerda, sim­
plemente, las percepciones anteriores. No es que en nuestro espíri­
tu exista la idea de triángulo. Existe un recuerdo que m e perm ite
darme cuenta de que este triángulo que ahora percibo es sem ejan­
te a otra im agen o percepción anterior del triángulo. La m em oria
viene aquí a ayudar a la percepción para que, m ediante asociacio­
nes m entales, recordem os y conozcam os los objetos que siem pre
se presentan com o realidades inm ediatas, sensibles y percibidas.
De ahí que el tiem po tenga m ucha im portancia en la filosofía de
Berkeley. Pero el tiem po abstracto, el tiem po de los físicos, care­
ce de existencia. A delantándose a Bergson, Berkeley distingue
entre el tiem po real, el tiem po que percibim os y vivim os, en el
cual nos entristecem os o alegram os, del tiem po abstracto que se
reduce a un m ero m ecanismo.
La existencia de una cosa está en su percepción. Podem os aña­
dir ahora que el pensam iento de una cosa está tam bién en las
im ágenes que percibim os. Quien las percibe es el “yo” , el “alm a”
o el “espíritu”, térm inos que Berkeley em plea com o sinónimos.
El espíritu no se conoce a sí m ism o, puesto que es el acto m ismo
de conocer y que un acto no puede ser a la vez conocedor y cono­
cido, acto y objeto de este acto. El espíritu, activo siem pre, es el
centro del cual parten todas las percepciones:
percepción que ahora tengo de este árbol? Es evidente, para
Berkeley, que am bas existen en el pensam iento, que tanto el ár­
bol soñado com o el árbol real son ideas. Lo que las distingue es
nuestra voluntad. Las ideas que padecem os, que se nos im po­
nen en los sueños o en las alucinaciones, son ideas falsas; las
ideas que cream os y dependen de nuestra actividad m ental son
verdaderas.
El m undo existe. Lo único que Berkeley niega es la realidad m a­
terial del mundo. Lo único que afirma es su realidad espiritual. Aho­
ra bien, si esta realidad espiritual depende lim itadam ente de la
presencia de espíritus hum anos que perciben, depende tam bién,
y sobre todo, del Espíritu, es decir, de D ios que las ha creado para
que las percibamos.
268
Además de la variedad sin fin de ideas u objetos del conocimiento,
existe asimismo algo que los conoce o los percibe, y ejerce diversas
operaciones como el querer, el imaginar, el recordar. Este ser activa­
mente perceptivo es lo que llamo mente, espíritu o yo mismo. Por
estas palabras no denoto ninguna de mis ideas, sino algo comple­
tamente diferente dentro de lo cual las ideas existen o, lo que es lo
mismo, mediante !o cual son percibidas; ya que la existencia de una
idea consiste en ser percibida.102
Si hasta aquí Berkeley explica nuestras form as de percepción,
no distingue todavía entre la realidad y la quim era. ¿C óm o dis­
tinguir la realidad y la ficción en un m undo que se define por
nuestras percepciones? ¿N o será igualm ente real un sueño que la
102 Ibid., 2.
269
La presencia de Dios en el m undo
El espiritualism o de Berkeley es la revelación de D ios en el m un­
do. El universo percibido por los hom bres nos lleva a “entender
estos signos instituidos por el autor de la naturaleza” 103 y a acer­
carnos por el espíritu a la naturaleza espiritual de Dios.
B erkeley da algunos argum entos para m ostrar la existencia de
Dios. Em plea, m uy principalm ente, el argum ento finalista que,
del orden del universo, concluye la existencia de un ser absoluto
que ha ordenado el mundo. Pero en un m undo espiritualizado al
grado de renunciar a la existencia de cualquier form a m aterial,
parecen sobrar las pruebas. Dios, el E spíritu, se hace evidente a
los espíritus creados. Por ello Berkeley puede escribir que “la
existencia de Dios es m ucho m ás evidentem ente percibida que
la existencia de los hom bres” .104 La conclusión de Los principios
del conocim iento hum ano es reveladora de la actitud espiritualis­
ta de Berkeley cuya principal intención estaba en encontrar a Dios
en las im ágenes que tenem os de las cosas:
Lo que ocupa el primer lugar en nuestros estudios es la considera­
ción de Dios y de nuestro deber [...] y pensaré que estos estudios
son enteramente inútiles e ineficaces si, por medio de lo que he di103 Ibid., 66.
104 Ibid., 147.
270
Introducción a la historia de la filo so fía
cho, no puedo inspirar en mis lectores un piadoso sentido de la pre­
sencia de D ios.103
D avid Hume, em pírico y escéptico
David Hum e (1711-1776) nació en Edim burgo, de buena fam ilia
escocesa aunque sin grandes m edios económ icos. C om o escribe
el propio Hum e pocos m eses antes de su m uerte en la carta The
Life o f D avid Hume, decidió suplir su escasa fortuna m ediante
una “muy rígida frugalidad” . Solam ente más tarde, después de
publicar su Historia de la Gran Bretaña, encontró que el éxito
de librería lo había hecho “no m eram ente independiente sino ri­
co” . Vida tranquila la de Hum e, que transcurre entre su cargo de
bibliotecario de la Escuela de A bogados, su residencia diplom áti­
ca en París y su retiro en las tierras que le vieron nacer.
David Hum e pertenece, ya de lleno, al siglo x v m . Su filoso­
fía es inseparable del am biente de pensam iento que solem os lla­
m ar la Ilustración. Hum e es contem poráneo de Voltaire, D iderot,
D 'A lem bert, Rousseau y dem ás enciclopedistas; ve desarrollarse
en tom o a él una sociedad burguesa que inicia, principalm ente en
Inglaterra, la revolución industrial; es am igo del m ás grande
de los econom istas liberales, Adam Smith; convive con aquellos
filósofos escoceses que, com o H utcheson, basan toda la vida
moral en el sentim iento y creen en la infalibilidad de la vida ins­
tintiva; respira el m ism o am biente que en sus retratos pintan los
artistas de la alta burguesía com o Reynolds o G ainsborough: en­
cuentra, entre los intelectuales, tendencias deístas a lo Voltaire,
en las cuales se afirm a la existencia de Dios, pero se niega la idea
de un Dios personal. Y no es que Hum e sea específicam ente deís­
ta, ni específicam ente “sentim entalista” , ni filósofo de un progre­
so técnico e industrial que ya está en pleno desarrollo. M ás bien
que el deísm o, la m oral del sentim iento y. en general, el am biente
de la Ilustración tiñen toda su obra sin que por ello, deje de ser
una obra de prim era im portancia y originalidad. En sus libros
más propiam ente filosóficos, Hume representa la últim a conse­
cuencia del em pirism o clásico inglés: así en Tratado de la natu­
105 Ibid., 156.
D el Renacim iento a Kant
271
raleza humana, Una investigación acerca del entendim iento hu­
mano, Historia natural de la religión o, más populares en la for­
ma, en sus Ensayos m orales y políticos. Pero este em pirism o aca­
ba en una filosofía agnóstica consecuencia clara de deísm o y en
una moral y una política de la utilidad y del bien com ún que no es
menos típica de la idea del progreso que desarrollaban en su tiempo
econom istas com o Adam Smith.
Tendrem os ocasión de precisar el sentido de la Ilustración. En
estas páginas nos lim itarem os a considerar la filosofía de Hume
com o un resultado del em pirism o inglés y com o su m anifesta­
ción más álgida. C oncebida com o una form a del em pirism o, la
filosofía de Hume puede centrarse en dos puntos: el origen de las
ideas y la crítica de las ideas abstractas.
El origen de las ideas
Ya hemos visto cóm o el em pirism o inglés hace depender todo el
conocim iento de la experiencia, si por experiencia se entiende
el conocim iento que procede de los sentidos. Hemos visto tam ­
bién cóm o la crítica de la experiencia, a partir sobre todo de Locke.
adquiere tonalidades idealistas que, por una parte, concluyen en
el esplritualism o de Berkeley. Estas m ismas tendencias condu­
cen al idealism o escéptico de Hume.
Hum e distingue entre pensam ientos e impresiones. Los prim e­
ros son vagos, abstractos e indefinidos; las segundas precisas e
intensas. Una im presión no es m ás que una percepción fuerte.
Ahora bien son estas im presiones fuertes las que constituyen la
base m ism a de nuestro pensam iento. P or ello puede decir Hume:
“Todos los colores de la poesía, por espléndidos que sean, no
pueden llegar a pintar los objetos naturales de tal m anera que
tom em os la descripción por el paisaje real. El pensam iento más
vivo es inferior al paisaje real. El pensam iento más vivo es infe­
rior a la sensación más apegada.” 1116La im agen del original y de la
copia es sum am ente útil para entender claram ente lo que Hume
pretende decir. La sensación fuerte o im presión es el original: la
copia es el pensam iento. Este árbol que percibo aquí ahora y es
■'* David Hume, Una investigación acerca del entendim iento humano, 11.
Introducción a la historia de la filo so fía
D el Renacimiento a Kant
m ás real, m ás verdadero y m e da una sensación más fírm e que la
idea general de un árbol o la im agen del árbol cuando, ya el árbol
ausente, trato de revivirlo en mi pensam iento.
Hum e no se contenta con decir sim plem ente que las ideas
vienen de la experiencia. Trata, con toda precisión, de explicar el
m ecanism o m ediante el cual los pensam ientos proceden de ella.
En suma, Hume quiere encontrar una ley que sea tan precisa
para el pensam iento com o lo fue para la física la ley de la gravita­
ción universal descubierta por Newton. Esta ley la encuentra Hu­
me en la asociación de ideas.
La teoría de la asociación de las ideas no es del todo nueva. Ya
puede encontrarse, parcialm ente, en Platón, en Aristóteles y, so­
bre todo, en Epicuro, en Luis Vives y en Locke. Pero en la filoso­
fía de Hume, la teoría de la asociación adquiere un sentido claro
precisam ente porque tiende a convertirse en esta ley única de todo
el pensam iento.
Una vez adm itida la ley de la asociación de ideas, palabra con
la cual Hume designa aquí a las “im presiones”, es fácil describir su
m ecanism o. Tomemos un ejem plo que será fácil generalizar. Su­
pongam os que querem os saber cóm o hem os adquirido la idea
general de “verde” . En prim er lugar hem os tenido repetidas ex­
periencias de color verde -e n el árbol, la yerba, ésta o aquella
tela, éste o aquel tono del m ar-. Esta experiencia repetida crea
una repetida cantidad de im presiones que tienden a asociarse
m ediante el hábito y la costum bre y, una vez asociadas, tienden a
dam os la im agen general de verde, la idea general del color verde
que nos lleva a reconocer que este color o aquel tono son verdes. La
asociación procede m ediante una repetición de las im presiones,
un hábito creado por esta repetición y tres form as asociativas: la
semejanza, el contraste y la relación de causa y efecto, que nos pue­
de hacer asociar dos hechos que parecen sucederse en form a cau­
sal, com o la sem illa y el árbol, el padre y el hijo o cualquier otro
tipo de sucesión en la cual exista un antecedente y un consecuente.
Así. del original que es la im presión, pasamos a la copia, que
es la idea abstracta. Esta copia puede ser la de nuestro ejem plo.
Puede ser cualquier idea abstracta, ya sea la del triángulo, la de una
ley física o la de Dios.
H asta este punto Hum e no hace sino describir una parte del
proceso de abstracción que nos lleva de la experiencia a las ideas
generales vagas. Pero Hum e no se contenta con com probar estos
hechos. Sobre ellos erige una teoría que niega la posibilidad m is­
m a de la m etafísica o, en conjunto, del pensam iento abstracto.
Una vez que hem os form ado las ideas abstractas, una vez que
hemos adquirido la costum bre de pensar m ediante abstracciones,
creemos que estas abstracciones son reales y corresponden a una
realidad concreta. Pero esta creencia es falsa. La verdad es que
lo real siguen siendo las im presiones, pero no las ideas abstractas.
¿D ónde están, en efecto, las cualidades reales que corresponden
a nuestra idea de triángulo en general o de alm a o de Dios? No
están en la experiencia, no están en el original y, por lo tanto, son
m eras creencias inverificables, puesto que no se refieren a nada
concreto. En este punto Hum e se nos aparece com o el m ás cien­
tífico de los nom inalistas y com o la consecuencia m ás clara de la
célebre “navaja” de Ockham .
La m etafísica, que se basa en ideas abstractas, quiere hacer­
nos tom ar la copia por la realidad, quiere hacernos pensar que
las ideas generales tienen un referente real y dem ostrable. Las
ideas abstractas de los m etafísicos son, sin em bargo, m eras ideas,
es decir creencias form adas por un hábito que acaba por hacem os
creer en la verdad de los objetos creados en nuestra m ente por la
costum bre y la repetición.
El asociacionism o de Hum e es, ante todo, un ataque a la m eta­
física. No es de extrañar que la filosofía de Hum e conduzca a la
crítica de algunas ideas m etafísicas que están en la base de casi
todos los grandes sistem as de pensam iento. E sta crítica es espe­
cialm ente precisa cuando Hum e analiza las ideas de causalidad,
del yo y de Dios.
272
273
Crítica de las ideas abstractas
La m etafísica clásica se basa m uchas veces en la causalidad para
dem ostrar la existencia de Dios; suele culm inar en la afirm a­
ción de la existencia de Dios y de la inm ortalidad y la sim plici­
dad del alm a hum ana. Son estas ideas las que Hume considera
especialm ente cuando habla de ideas abstractas. Si estas tres
ideas no tienen un referente real, si no puede referirse a la expe­
riencia, son ideas que hay que poner en duda, ideas sobre las
274
Introducción a la historia de la filo so fía
cuales resulta im posible edificar una teoría lógica que sirva de
base a la m etafísica.
Podrá extrañarse el lector que Hum e critique la idea de causa­
lidad. ¿No ha afirm ado él m ism o que una de las form as de asociar
ideas es precisam ente m ediante la relación de causa y efecto? No
hay que ver sin em bargo, en la crítica de Hume, una contradic­
ción real, porque la causalidad puede significar dos cosas muy
distintas. Por una parte, cuando santo Tomás o Descartes hablan
de causalidad quieren decir que realm ente existe en los hechos
una naturaleza más o m enos escondida que hace que un objeto
(la causa) produzca otro hecho (el efecto). No es otra la noción
aristotélica de potencia y acto: la potencia contiene al acto com o
posibilidad y la sem illa contiene ya al árbol. Pero la causalidad
puede concebirse sim plem ente com o una sucesión de im presio­
nes. En este sentido, la palabra causalidad quiere tan sólo decir
que existe “un objeto seguido por otro cuya aparición siem pre
trae consigo el pensam iento de este otro” .107 Tal es el significado
que Hum e da a la causalidad. La causalidad no es una sucesión
real que pueda encontrarse en los hechos naturales; es, nada más
y nada m enos, una sucesión de hechos mentales. Con lo cual ya
hem os dicho, im plícitam ente, en qué consiste la crítica de Hum e
a la idea de una causalidad real; consiste en decirnos que la
noción m ism a de la causalidad es una idea abstracta, u n a idea
sin referente. Podem os h ab lar de causa y efecto si por ello en ­
tendem os sucesiones de ideas; no podem os hablar de cau sa y
efecto si por ello entendem os hechos dentro de la naturaleza
m ism a de las cosas. Estos hechos, estas cualidades ocultas, no
pueden ser descubiertas:
La prim era vez que un hom bre vio la com unicación del m ovi­
m iento m ediante el im pulso, com o por el choque de dos bolas de
billar, no podía decir que el acontecim iento estuviera conecta­
do con el otro, sino tan sólo que estaba conjuntado. D espués de
haber observado varios casos de esta naturaleza dice que están
conectados. ¿Qué alteración ha sobrevenido para que nazca esta
nueva idea de conexión ? N ada sino que ahora siente que estos
hechos están conectados en su im aginación y puede fácilm en­
107 Ibid., vil, ii.
D el Renacimiento a Kant
275
te predecir la existencia de uno de ellos a partir de la aparición
del otro."'8
La crítica de la idea de Dios es concebida por Hum e en térm i­
nos sem ejantes a la critica de la causalidad. Cuando decim os que
existe una relación de causa y efecto es porque querem os hacer
que la naturaleza adopte leyes que son leyes de nuestra concien­
cia. La idea de Dios no es más que una “proyección” de nuestra
propia conciencia. “La idea de Dios, que significa la idea de un
ser infinitam ente inteligente, sabio y bueno, nace de pensar en las
operaciones de nuestro propio pensam iento y de aum entar sin
lím ites estas cualidades de bondad y de sabiduría.” 109
N ótese bien que Hume no sostiene que la causalidad o la divi­
nidad no existan. Lo que dice, sim plem ente, es que m ediante la
experiencia, que es la única fuente de conocim iento, no podem os
decir ni que existan ni que no existan.
Pero si Hum e es escéptico y nom inalista en cuanto al conoci­
m iento y es agnóstico en cuanto a la existencia de Dios, no suce­
de lo m ism o en cuanto a sus ideas sobre el alm a hum ana. En este
punto Hum e es más claram ente negativo. La existencia del al­
m a es no sólo una invención de los filósofos y de los teólogos; es
una pura ficción.
“A lgunos filósofos, afirm a Hum e, im aginan que estam os a
cada m om ento íntim am ente conscientes de lo que llam am os
nuestro YO; que sentimos su existencia y su continuidad de exis­
tencias; y que estam os ciertos, m ás allá de la evidencia dem ostra­
tiva, de su perfecta identidad y sim plicidad.” 110 Los filósofos a
que se refiere Hume son, en general, los racionalistas, si bien
el problem a que discute fue tem a de m oda entre los filósofos in­
gleses de su tiempo. C ontra ellos. Hume escribe que “desgracia­
dam ente, todas estas afirm aciones positivas son contrarias a las
m ismas experiencias que para ellas se reclam an”.111 El yo es tam ­
bién una abstracción. Existen, en realidad, “percepciones par­
ticulares de un tipo u otro, de calor, de frío, luz o som bra, am or u
odio, dolor o placer. N unca puedo apresarm e a m í m ismo, en mo108 Loe. cit.
m Ibid.. II.
1,0 David Hume, Tratado de la naturaleza humana, IV, v.
111 Loe. cit.
Introducción a la historia de la filo so fía
D el Renacimiento a Kant
m entó alguno, sin una percepción” .112 El yo de los m etafísicos, el
yo que llam am os alm a o espíritu, no existe. Solam ente existe, en
nuestra conciencia una “colección de percepciones distintas que
se suceden una a otra con una velocidad inconcebible y están en
perpetuo flujo y m ovim iento”. 113
David H um e renuncia a la m etafísica. Su nom inalism o no
adm ite palabras abstractas que no puedan verificarse en los d a ­
tos de la experiencia. Hum e acepta las m atem áticas y las cien ­
cias experim entales, pero rechaza los problem as teológicos y
m etafísicos:
hipótesis. A sí concebida, la sociedad debe dirigirse, y de hecho
se dirige, al bien com ún.115
276
277
Obras de consulta
A l e x a n d e r , S., Locke, Londres, 1898.
B r é h i e r , Émile, Histoire de la philosophie, Alcan, Paris, 1938, vol. Il,
pp. 20-45; 272-295; y vol. Il, pp. 312-321; 338-358; 402-425.
B u r t t , Edwin A., “Introduction”, en The British Philosophers from
Bacon to Mill, Modern Library, Nueva York, 1939, pp. ix-xxiv.
Si tomamos entre manos cualquier volumen de teología o de meta­
física escolástica por ejem plo, preguntémonos: ¿Contiene algún
C o p l e s to n , Frederick, History o f Philosophy, vol. v , Burn Oats and
razonamiento abstracto acerca de la cantidad o del número? ¿ Con­
tiene algún razonamiento experimental acerca de las verdades de
hecho y de la existencia? No. Echémoslo, pues, a las llamas porque
G o o c h , G. P. Hobbes, Londres, 1940.
H e n d e l, C. W., Studies in the Philosophy o f David Hume, Princeton,
no puede contener nada sino sofismas e ilusión.114
Washbourne, Londres, 1959.
1925.
R o m e r o , Francisco, Historia de lafilosofia moderna, Fondo de C ultu-
ra Economica, México, 1959. [Breviarios. 150.]
D os consecuencias
Dos son las consecuencias prácticas de im portancia de esta fi­
losofía nom inalista y escéptica. Atañen a la vida m oral y a la vi­
da política. En m oral, Hum e no concibe que la razón pura pueda
determ inar la vida. La m oral depende de un sentim iento. A dife­
rencia de los sentim entalistas escoceses, Hum e piensa que este
sentim iento es universal y que depende del hecho de que, viviendo
en sociedad, los hom bres se ven conducidos a generalizar den­
tro de las coordenadas hechas de hábitos sociales que cada grupo
hum ano impone. La moral de H um e es relativa, pero relativa a un
grupo social dado y preciso. En cuanto a la sociedad - y ésta es la
segunda consecuencia del em pirism o hum ano-, no puede creerse
que dependa de un contrato social ya que éste, tanto si se tom a en
el sentido de Hobbes com o en el de Locke, es sim plem ente una
hipótesis sin base en la experiencia. La sociedad debe ser consi­
derada en su realidad, analizada en su vida concreta, sin em plear
1,2 Loe. cit.
113 Idem.
114 David Hume. Una investigación acerca del entendimiento humano, vil.
W a r n o c k . G. J.. Berkeley, Penguin, Harmondsworth, 1953.
IV.
D O S N U EV O S C A M IN O S : P A S C A L Y V IC O
Si toda regla tiene sus excepciones, toda época del pensam iento,
adem ás de sus ríos caudalosos, lanza corrientes más o m enos sub­
terráneas cuya influencia se hace sentir sobre todo en los siglos
futuros. Tales son los casos de Pascal, en el siglo xvn, y de Vico
en el tránsito del siglo xvm. Im portantes en sí mismas, las filoso­
fías de Pascal y de Vico parecen dirigidas hacia el futuro, tendi­
das, más allá de sus propios tiem pos, hacia el m odo de pensar de
la filosofía contem poránea.
115
La influencia de Hume ha sido poderosa en varios cam pos. En la filosofía es
el m aestro del positivismo contem poráneo y. especialm ente, del positivismo lógico del
Círculo de Viena que se présenla en la últim a parte de este libro. En psicología, Hume tu­
vo una influencia decisiva en cuanto a la form ación de la escuela asociacionista que, en
form a m ás científica, persiste en la psicología de nuestros días.
27 8
Introducción a la historia de la f i loso fia
Vida, obra y pensam iento de P ascal116
Biaise Pascal (1623-1662) es un caso de m ultiplicidad en el ge­
nio. A los once años de edad escribe un Tratado de los sonidos
y, apenas cum plidos los diecisiete.años, un tratado de primera
im portancia en m atem áticas: el Ensayo de las secciones cónicas.
A los treinta años revoluciona la física con el Tratado sobre el
equilibrio de los líquidos. La ciencia no anula sus inquietudes
religiosas. Libre pensador y ateo durante sus años m ozos. Pascal
se convierte al cristianism o y entra en contacto con los jansenis­
tas. Para defender a éstos contra los jesuítas escribe Las p ro ­
vinciales, cartas que son, a la vez, una dem ostración de estilo
m ordaz que ya hace prever al del futuro Voltaire, un ataque a la
C om pañía de Jesús y un ataque a España. Las provinciales de
Pascal son condenadas por el papa y puestas en el índice. Siguiendo
sus dos líneas de interés (científico y religioso). Pascal escribe las
prim eras teorías sobre cálculos de probabilidades y prepara una
A pología de la religión cristiana que nunca term inó y cuyos frag­
m entos se presentan en su obra más im portante dentro del campo
de la filosofía: los Pensamientos.
No es im posible conocer el plan que se proponía seguir Pascal
para su Apología. Después de una parte m etódica, pensaba m os­
trar la m iseria del hom bre sin Dios, la felicidad del hom bre en
Dios, el conocim iento de Dios en Jesucristo donde encontram os
a la vez “tanto a Dios com o a nuestra m iseria”.
Este plan nos m uestra que la obra de Pascal, de llegar a escri­
birse, hubiera sido más bien obra de teología y de apologética
que de filosofía pura. Pero si entendem os por filosofía no sola­
mente una exposición sistem ática y más o m enos abstracta de
ideas sino pensam ientos vivos y vividos, Pascal nos ofrece una
riqueza ejem plar de intuiciones que habrán de filtrarse a través de
los tiempos.
La prim era distinción clara de orden m etódico que establece
Pascal es la del espíritu de geom etría y del espíritu de finura. El
espíritu geom étrico es de m anera general, el que em plean los m a­
tem áticos y, en el cam po de la filosofía, el que em plean los filósoLas citas que siguen concucrdan con la num eración de ios P ensam ientos en.
L 'œ u vre de Pascal, edit. por Jacques Chevalier, La Plciade, París, 1939.
D el Renacimiento a Kant
219
fos racionalistas. Nada hay de falso en el espíritu de geom etría,
en el espíritu puram ente lógico. La falsedad consistiría en consi­
derarlo com o el único espíritu posible para encontrar la verdad.
Pascal, m atem ático y físico, com o Descartes coincide en creer
que la razón es necesaria; se aparta de D escartes en cuanto afirma
la necesidad, más allá de la razón, de un tipo de pensam iento fle­
xible, que obedezca a nuestros sentim ientos, que, en una palabra,
conozca las razones del corazón que la razón no conoce. Estas
razones del corazón no excluyen a la razón, sino que la com ple­
tan. Pascal no cree que la razón sea contraria a la religión y pien­
sa que existen “dos excesos: excluir la razón: no adm itir m ás que
la razón” .117 En el fondo Pascal plantea, en pleno triunfo del ra­
cionalism o cartesiano, el antiguo problem a de la fe y de la razón
y considera que am bas son com patibles y que ninguna debe ser
excluida por el filósofo. El pecado de D escartes es el del geóm e­
tra que piensa que todo es reducible a geom etría.
Es el espíritu de finura el que nos perm ite analizar la con­
ciencia de los hom bres y saber cuál es, en los térm inos de Pascal,
“la condición hum ana” .118
É sta es, ante todo, una condición m iserable. El hom bre es dé­
bil. no sólo por flaqueza física, sino por flaqueza m oral, porque
se deja llevar a engaño por im aginaciones ficticias, porque se deja
arrastrar por las costum bres y los hábitos, porque el am or de sí, el
egoísm o, suele triunfar sobre la objetividad y sobre la caridad,
porque la vida está hecha de contradicciones y el hom bre es, al­
ternativam ente, “crédulo, incrédulo, tím ido, tem erario”.119
Pero en esta m ism a flaqueza hum ana reside la grandeza de los
hom bres. Lapidariam ente escribe Pascal: “La grandeza del hom ­
bre es grande en cuanto se sabe m iserable. Un árbol no se sabe
m iserable.” 120 Lo que hace al hom bre grande es su capacidad de
reflexionar, su capacidad de pensar. El hom bre puede llegar a ser
grande porque se conoce a sí m ism o tanto por la vía de la razón
com o por la vía del corazón. “El hom bre no es más que una caña,
la m ás débil de la naturaleza, pero es una caña pensante.” 121
1,7 Ibid.,
m Ibid„
1,9 Ibid.,
120 Ibid.,
121 Ibid.,
3.
199.
159.
255.
264.
280
Introducción a la historia de la filo so fía
D el Renacimiento a Kant
Pocas veces ha sabido expresar Pascal con toda su fuerza esta
doble naturaleza que hace del hom bre un ser interm edio -n i án­
gel, ni b e stia - com o en sus párrafos sobre los dos infinitos. C on­
tem plándose a sí m ism o el hom bre debe considerar:
tiem po. Así lo afirm a Pascal, recordándonos el pensam iento de
san Agustín: “Hay que conocerse a sí m ismo. Aun cuando esto
no sirviera para encontrar la verdad, sirve por lo m enos para or­
denar la vida, y no hay nada m ás justo.” 124
Apasionado, vivo en la vivacidad de su pensam iento, Pascal
quiere llegar al corazón de los hom bres para que. una vez verti­
dos hacia sí m ism os, puedan llegar a ser, de corazón, conversos.
que es en relación a lo que es; mirarse como perdido en este rincón
apartado de la naturaleza; y que de esta pequeña cárcel donde se
encuentra alojado, quiero decir el universo, aprenda a estimar la tie­
rra, los reinos, las ciudades y a sí mismo a su justo precio. ¿Qué es
un hombre en el infinito? Si lo com param os a lo infinitamente
pequeño, lo es todo. Porque, en fin, ¿qué es el hombre en la natura­
leza? Una nada en relación al infinito, un todo en relación de la
nada, un medio entre la nada y el todo.122
P equeño y grande, m iserable y feliz, el hom bre se sabe im a­
gen de aquel que. infinito, ha querido participar en la m iseria de
los hom bres para venir a salvarlos. Jesucristo es, precisam ente, el
que nos salva porque en él encontram os tanto a Dios com o a nues­
tra m iseria.
Pascal no pretende probar la existencia de Dios. Tan sólo una
vez propone al ateo este razonam iento bajo form a de apuesta: es
m ejor apostar a que Dios existe que apostar a que Dios no exis­
te. E n el p rim er caso nada tenem os que perder; en el segundo
podem os perderlo todo. C ream os en Jesucristo para que nada per­
dam os. P ero este razonam iento pragm ático, en el que se ha in­
sistido con exceso, no es fundam ental en los P ensam ientos. Lo
fundam ental es que, en una época donde dom ina la razón y el
espíritu de geom etría, Pascal quiere, en sus propias palabras,
hacer a “D ios sensible al co razón” .
Lo que busca Pascal es, ante todo, que nos concentrem os en
nosotros m ismos. En uno de sus pensam ientos afirm a que “toda
la desgracia de los hom bres viene de una sola cosa, que es el no
saber quedarse tranquilos en un cuarto”.123 Conocerse a sí m ism o
tanto por la vía de la razón com o por la vía del corazón y conocer
a C risto en nosotros, ésta es la esencia de este pensam iento cor­
dial que tanto y en tan claro contraste está con las filosofías de su
1:2 Ibid., 84.
123 Ibid., 81.
281
Vico, obra y pensam iento
M uy distinto a Pascal en lo que concierne a sus descubrim ientos.
Vico tiene en com ún con el pensador francés una clara reacción con­
tra el excesivo racionalism o de sus tiem pos. La nueva ciencia que
descubre Vico es la filosofía de la historia. Y es precisam ente en
tanto filósofo de la historia que Vico resulta, cada día más claramen­
te, uno de los grandes precursores del pensam iento del siglo x ix .
Nacido en N ápoles, G iam battista Vico (1668-1744) estudió
jurisprudencia, historia, literatura. Profesor de retórica en la Uni­
versidad de N ápoles, escribió varias obras sobre tem as de dere­
cho. Pero el libro que debía hacerlo célebre entre sus contem po­
ráneos y decisivo para el pensam iento del futuro fue P rincipios
de una nueva ciencia acerca de la naturaleza com ún de las na­
ciones, donde Vico establece los principios de esta ciencia es­
pecialm ente hum ana que es la historia.
El m étodo
En la ciudad de Nápoles se había form ado una escuela filosófica
que se declaraba discípula de Descartes. Vico se encuentra con
esta nueva tendencia filosófica y reacciona contra ella en su libro
sobre La antiquísim a sabiduría de los italianos.
En particular le parecen falsas a Vico dos nociones cartesia­
nas: la del cogito y la de las ideas claras y distintas. El cogito
1:4 La influencia de Pascal, arriba mencionada, se encuentra en pensadores tan distin­
tos com o Kierkegaard. James, Scheler. La lapidaria brevedad de sus pensam ientos es tan
actual hoy como lo fuera en el siglo xvii. El mismo Voltaire, espíritu tan ajeno a la reli­
gión, dedicó a Pascal páginas adm irables y admiradoras.
282
Introducción a la historia de la filo so fía
es, para D escartes, la fuente del conocim iento y de la certidum ­
bre. P ero Vico ve claram ente que el cogito no puede ser la base
de la ciencia porque antes que pensar som os; antes que saber
que som os sentim os que som os. P ara Vico los hom bres, sienten
ante todo sin advertirlo: sólo m ás tarde advierten: y sólo en
plena m adurez finalm ente reflexionan. C ontrariam ente a D es­
cartes, Vico afirm a que prim ero está el sentim iento de la vida y
solam ente después viene la reflexión. E sta idea, que sostendrán
m ás tarde filósofos com o los existencialistas. no debe hacernos
p ensar que Vico fuera un existencialista antes de tiem po. En
realidad lo que Vico se lim ita a afirm ar es una idea que está
bien cerca del sentido com ún: la vida y el sentim iento de la vi­
da son previos a la reflexión y a las razones y razonam ientos
sobre la vida.
En cuanto a las ideas claras y distintas, Vico adm ite que pue­
den ser válidas en las ciencias m atem áticas, puesto que los hom ­
bres inventan las m atem áticas sobre la base de axiom as precisos
y claros. Pero lo que es en m atem áticas una virtud, se convierte
en vicio en cuanto trata de aplicarse a otras ciencias y otras zonas
del pensam iento. La aplicación de las m atem áticas a la historia, a
la poesía, al arte o a la religión es engañadora. Las ideas claras y
distintas solam ente pueden servir para entender aquello que los
hom bres han querido que fuera claro y distinto. Y es que las cien­
cias son obras de los hom bres y son los hom bres los que deciden
el m étodo que se debe em plear en ellas. En las m atem áticas será
útil el m étodo cartesiano. En las ciencias experim entales, Vico se
inclina por el m étodo inductivo de Bacon. En la historia, ciencia
que ocupa a Vico, el m étodo será tam bién inductivo puesto que
deberá basarse en los hechos. Sin em bargo, existe m ayor certi­
dum bre en la historia que en las ciencias experim entales porque
si la naturaleza ha sido hecha por Dios, la historia hum ana es
obra de los hom bres y es natural que los hom bres com prendan
m ejor lo que ellos m ism os han hecho.
B asada en un m étodo experim ental, la historia llegará a ser la
verdadera nueva ciencia. Pero este m étodo experim ental deberá
com pletarse por una interpretación general e ideal de las leyes de
la historia hum ana. Esta explicación ideal de las leyes naturales
de la historia es lo que da sentido a la historia y se expresa en su
m anera de filosofar acerca del sentido m ism o de la historia.
D el Renacimiento a Kant
283
L a filo so fía de la historia
Vico, cuyas teorías históricas se basan principalm ente en la his­
toria de Grecia y de Rom a, piensa que existe un sentido com ún
a todos los pueblos. No entiende Vico por sentido común la razón o
la inteligencia, sino más bien una form a com ún de com portarse
que perm ite interpretar a las civilizaciones y a los pueblos m e­
diante una ley que se adapta no sólo a uno de ellos sino a toda la
historia de todos los pueblos. La idea es aquí sim ilar a la que
expresaba Vico en relación al conocim iento humano. Los pue­
blos em piezan por tener una vida basada en la sensación; pasan
después a una vida fundada en la fantasía para, en últim a instan­
cia, llegar a la edad de la razón. Llam a Vico a estas tres edades,
respectivam ente, la época de los dioses, la época de los héroes y
la época de los hom bres.
En la prim era de estas épocas, los hom bres viven en un estado
de barbarie prim itiva que solam ente adquiere una prim era form a
social con el desarrollo de la fam ilia. Dom inados por los fenóm e­
nos naturales que no saben explicarse, los hom bres edifican y
viven en un m undo dom inado por fuerzas m isteriosas que con­
sideran divinas. Sensibles, los prim eros hom bres tienen que ex­
presarse m ediante los sentidos y las im ágenes. De ahí que. en
la prim era época, en la infancia de la hum anidad, el lenguaje
con que se expresan los hom bres sea el de poesía. Esta idea de
Vico, que después habrán de desarrollar Herder. Novalis y. en ge­
neral, los rom ánticos, es, en su tiem po, profundam ente original.
C oncibe Vico que los hom bres em pezaron por tener una sabidu­
ría poética, un conocim iento de leyes universales basadas en los
m itos, las m etáforas y las im ágenes.
Poco a poco estos prim eros hom bres em pezaron, por ley de la
naturaleza, a diferenciarse unos de otros. Los más hábiles am ­
pliaron sus propiedades y em pezaron a form arse distinciones en­
tre los individuos y los grupos. A sí nació la segunda época de
la hum anidad o época heroica que Vico sim boliza en los poem as
hom éricos y que está condicionada por la form ación de un go­
bierno de tipo aristocrático.
Esta división de la sociedad en grupos llevó al conflicto nece­
sario entre aquellos que poseían y querían conservar sus privile­
gios y aquellos que no poseían y querían obtener los privilegios
284
Introducción a la historia de la filo so fía
D el Renacimiento a Kant
que le estaban vedados. Poco a poco los hom bres llegaron a for­
m ar la sociedad hum ana, basada en la razón y en la igualdad. La
sabiduría de esta etapa hum ana, es la sabiduría propiam ente ra­
cional que podríam os descubrir en la G recia del siglo IV, en la
R om a del siglo I o tal vez, en el siglo x v il europeo.
Ahora bien, esta idea de la historia no se aplica a la hum anidad
en su conjunto. Se aplica a cada pueblo por separado. Así. los grie­
gos pasaron por las tres edades hasta sucum bir a la barbarie; así los
romanos; así los modernos. Vico anuncia com o ley central de su
historia lo que él m ism o llam a los corsi e ricorsi, es decir la ley del
avance y del retomo de las civilizaciones. En otras palabras, Vico
piensa que todas las civilizaciones nacen, se desarrollan y mueren
siguiendo la misma pauta y pasando por las tres edades que hemos
descrito. Sin embargo, la m uerte de un pueblo no es total. Al term i­
nar un ciclo de desarrollo y al hacerse cada vez más racionales, las
civilizaciones acaban por sucumbir, pero al mismo tiem po renacen
de sus cenizas. Rom a no se acaba con la decadencia del Imperio
Rom ano sino que renace, en una nueva época de barbarie, en los
primeros siglos de la Edad Media. C ada civilización es un todo,
pero un todo en el cual lo que im porta no es tanto la m uerte com o
el resurgim iento. Vico, que fue siem pre cristiano, no piensa que
vaya a acabarse la civilización que se inició con el cristianism o.
Se acabarán formas externas de esta civilización, pero lo esencial,
la verdad cristiana, perm anecerá m ás allá de los cam bios.
En la id ea de la h isto ria de V ico hay m uchas novedades.
Las principales, son la idea de una evolución cíclica y renovada
de la hum anidad, la de una conciencia com ún a todos los pueblos
que. subterránea, hace ya pensar en lo que C. G. Jung llam ará en
nuestro siglo el “inconsciente colectivo” : la idea, por fin, de que
la verdadera ciencia hum ana es la historia, idea que volverán a
desarrollar los filósofos a partir de la Ilustración y durante todo el
siglo x ix y lo que va de nuestro siglo. No m enos im portante es,
en una época especialm ente intelectualista. el descubrim iento de
las verdades que nos pueden transm itir la fantasía y la sabiduría
poética de los pueblos primitivos.
La historia, guiada por una providencia divina que se ejerce a
través de la voluntad de los hom bres y de los pueblos, es el conti­
nuo cam bio que lleva de la poesía a la inteligencia, de la era de
los dioses a la edad de la razón, de la fantasía al intelecto para
renovarse y recom enzar de nuevo, ya sea en el m ism o pueblo y en
la evolución de sus instituciones o pensam ientos, ya sea en pue­
blos distintos y distantes, cuyos ciclos no habrán de repetir m o­
nótonam ente los ciclos del pasado sino que renacerán y revivirán
en su constante proceso de crecim iento.
285
Obras de consulta
B o u t r o u x , Pierre, Pascal, París, 1921.
B r é h i e r , Émile, Histoire de la philosophie, vol. II, Alean, París, 1938,
pp. 366-372.
B r u n s c h v ic g , Léon, Le Génie de Pascal, París, 1924.
C o p l e s to n , Frederick, History o f Philosophy, Bums and Oates, Lon­
dres, 1958-1960, vol. iv, pp. 153-179; vol. v, pp. 150-163.
P e t e r s , Richard, “La estructura de la historia universal en Juan Bautis­
ta Vico”, en Revista de Occidente, Madrid, 1930.
V. E l
c a m in o d e l a c r ít ic a
:
la
I l u s t r a c ió n
La filosofía de la Ilustración
El siglo XVHI es en la ciencia, la técnica, la econom ía y las ideas
sociales y políticas, el antecedente m ás claro de una revolución
que nuestras investigaciones recientes sobre la naturaleza de la
m ateria, nuestras exploraciones en las profundidades del espacio
y nuestras inquietudes sociales y políticas llevan a sus últim as
consecuencias. En este sentido, el siglo x v m es el com ienzo de
la edad contem poránea. Pero el siglo x v iil es, a su vez, la conse­
cuencia de aquella revolución científica, de aquel racio n alis­
mo filosófico, de aquel deseo de com prensión de las cosas a par­
tir del hom bre que em pezábam os a barruntar a fines de la Edad
M edia y a ver surgir, ya en form a explosiva, durante los siglos
XV y xvi.
Los descubrim ientos m ás im portantes del siglo x v m son, en la
física, la ley de la gravitación de N ew ton y, en las m atem áticas, el
Introducción a la historia de la filo so fía
D el Renacim iento a Kant
del cálculo infinitesim al de Leibniz y el propio N ew ton. El
m odelo del universo que N ewton establece a principios de si­
glo, da a buen núm ero de pensadores la idea de que. por fin. se
ha descubierto una ley sencilla y absoluta m ediante la cual pue­
de entenderse el orden que Dios ha puesto en el m undo. El uni­
verso físico se hace com prensible. De ahí que. al percibir el
éxito de las leyes new tonianas, filósofos, psicólogos, biólogos
y econom istas quieran encontrar, para sus cam pos respectivos,
una ley sem ejante capaz de explicar con sencillez la entraña de
la realidad.
Los descubrim ientos científicos no se lim itan, claro está, a la
ley de la gravitación universal. Lavoisier funda la quím ica m o­
derna: Buffon escribe una historia natural donde ya apunta la
hipótesis de la evolución que habrá de anunciar más tarde Kant
y que será precisada en las dos grandes hipótesis de Lam arck y
Darwin; la m edicina progresa sobre todo en los cam pos de la ci­
rugía y de la prevención de las enferm edades, prevención que
lleva al espectacular descubrim iento de la vacuna contra la virue­
la por el m édico inglés Jenner (1798).
El desarrollo de la ciencia, y especialm ente de las ciencias físi­
cas y matem áticas, contribuye al desarrollo no m enor de la nueva
técnica, de las nuevas invenciones y del crecim iento industrial que,
a fines del siglo, es ya en Inglaterra una verdadera revolución.
Pero el progreso económ ico -p a so de una sociedad m ercantilista a la sociedad capitalista- y el progreso técnico -verdadero
paso a una nueva edad de los m etales- deben sobre todo su cre­
ciente desenvolvim iento a un hecho típico del siglo: la acum u­
lación de capitales cuyo origen se encuentra principalm ente en la
explotación de la plata y del oro en Am érica.
La acum ulación del capital conduce a un nuevo uso del m is­
mo. Se trata a veces de un uso especulativo bajo la form a del
préstam o, las hipotecas o el juego de bolsa. Pero se trata, sobre
todo, de un uso industrial. El capital acum ulado y cada vez cre­
ciente se dedica a la manufactura. El siglo x v u i ve crecer la indus­
tria y. con ella, las técnicas y los inventos que la nueva industria
requiere. Ve nacer tam bién una población urbana form ada, en
buena parte, por el desarrollo de la nueva clase media capitalista
y el incipiente, y a fines de siglo ya num eroso, proletariado urba­
no. El em pleo de las m áquinas se generaliza y aum enta rápi­
dam ente una suerte de furor inventivo, en parte requerido por la
nueva industrialización. El term óm etro de m ercurio, el reloj de
péndulo, el baróm etro, algún teléfono m uy rudim entario y algún
telégrafo incipiente, son m uestras de este desarrollo técnico; la
m áquina de vapor, descubierta por Watt, nuevos procedim ientos
de hilar y tejer, nuevas aleaciones de m etales, nuevas form as de
transporte -v u e lo de M ontgolfier o com ienzo apenas de la nave­
gación a v ap o r- son buenas m uestras de una evolución técnica
que no ha cesado. El cultivo del cam po em pieza tam bién, princi­
palm ente en Inglaterra, a racionalizarse, m ediante nuevos m éto­
dos de drenaje y form as precisas de rotación de los cultivos.
La ciencia económ ica que inician los fisiócratas franceses y
funda definitivam ente el escocés Adam Sm ith, nace de la nece­
sidad de dar una ley natural, una “ley new toniana”, para explicar
el desarrollo nuevo e insospechado de los hechos políticos y
económ icos.
Com o verem os al hablar de la Ilustración y de la Enciclopedia.
este aspecto racionalista es típico del siglo. No lo es m enos el
desarrollo del sentim entalism o y del rom anticism o cuya prim era
expresión filosófica encontrarem os en Rousseau.
La aparición de una nueva clase capitalista y burguesa y el
aburguesam iento de la aristocracia, principalm ente en Inglaterra,
tiene efectos claros en las artes y las letras.
Aum enta el público lector, se desarrolla el verdadero perio­
dism o. En Inglaterra, donde los periodistas pueden escribir sin
pasar por la censura, salvo en breves periodos de intervención
gubernam ental, se edita el prim er diario, el Daily Courant (1702).
M uchos de los principales escritores ingleses son tam bién perio­
distas. com o es el caso de Daniel Defoe, Henry Fielding o Jonathan
Swift. El escritor puede vivir de sus libros y de sus escritos, pri­
m ero bajo el patrocinio del Estado, más tarde bajo el patrocinio
más anónim o de los editores y las casas editoriales.
Este nuevo público lector tiene un gusto que le es propio. El
escritor escribe para e! nuevo gusto de la clase media acom odada.
Puede aprovechar a veces el desarrollo m ism o de la época indus­
trial, pero en la m ayoría de los nuevos escritores em pieza a notarse
un fuerte sentim iento individualista que ya es prerrom ántico y
que es tam bién, m uchas veces, una protesta del individuo contra
la hom ogeneización de la nueva vida industrial y de la incipiente
286
287
Introducción a la historia de la filo so fía
D el Renacimiento a K ant
m ecanización. El prerrom anticism o y, más tarde, el rom anticism o
son una form a de reacción del individuo contra la presencia y la
presión de una sociedad más y m ás establecida en lo económ ico
y en lo técnico. ¿C óm o explicar si no el mito del buen salvaje, del
hom bre bueno por naturaleza, que un Rousseau o un Herder que­
rían encontrar con una nostalgia de épocas prim itivas que ellos
pensaban tam bién más felices?
La intervención del nuevo espíritu burgués es tam bién clara
en la arquitectura y las artes plásticas. Bien es verdad que el e s­
tilo rococó parece contradecir esta afirm ación, si se piensa en
él com o una m anifestación aristocrática. Pero com o ha hecho
n o tar A rnold H auser, el rococó se sitúa entre el cerem onial
barroco y el em ocionalism o prerrom ántico. R am eau y los clavecinistas franceses: W atteau y los pintores de F rancia re p re­
sentan este arte interm edio. Lo representa, m ás que nada, la
decoración interior de la casa aristocrática y burguesa de París
cuyo estilo es adoptado por los últim os reyes franceses antes de
la R evolución.
P or otra parte el rococó no es el estilo único del siglo. Existen
fuertes tendencias clásicas y fuertes tendencias em ocionalistas.
Las prim eras pueden quedar representadas por el neoclasicism o
de la escultura francesa; las segundas, por la sensiblería de Greuze
o las “com edias lacrim osas” de Diderot.
En el caso de la m úsica -g ra n arte del sig lo - M ozart o Hayden
representan la tendencia clásica sin alejarse del todo del rococó:
B eethoven, algunos años más tarde, representará la tendencia
em ocionalista.
En el siglo x v m se presentan estas dos tendencias; la clásica
(Lessing o W inckelman), y la pre-rom ántica (R ousseau o B eetho­
ven). Ambas son básicas. Pero la segunda habrá de tener sus ple­
nas consecuencias en el siglo siguiente. La tendencia racionalista
es, en conjunto, m ás típica que la rom ántica por lo m enos en las
tres prim eras cuartas partes del siglo.125
Si nos preguntam os ahora cuál es la filosofía del siglo x v m . es
posible contestar que, en gran parte, es la filosofía de la Ilustra­
ción, siem pre que se tenga en cuenta que, por una parte Rousseau
habrá de desarrollar una filosofía basada muy centralm ente en el
sentim iento y que, por otra parte, Kant habrá de tratar de realizar
la gran síntesis del pensamiento del siglo x v m y. tal vez, de toda la
filosofía desde que ésta se hizo racional o em pírica con Descartes
y Bacon, respectivam ente. A este pensam iento de la Ilustración,
de R ousseau y de Kant dirigirem os ahora nuestra atención.
2 88
125 Vid. A rnold Hauser. H istoria social del arte, vol. III, caps. 1. 2, 3 y 5.
289
El pensam iento de la Ilustración
“ ¡Ten el valor de servirte de tu propia razón!: he aquí el lem a de
la Ilustración” , escribía Kant en 1784.126 Pocas frases com o ésta
definen, en conjunto, el pensam iento de la Ilustración. Pero es
necesario ver con algún detalle las principales tendencias de la
Ilustración m ism a y m atizar esta frase kantiana. Para hacerlo es
necesario recordar el pensam iento de los enciclopedistas, las teo­
rías económ icas, sociales y políticas de la época, así com o las
consecuencias prácticas del iluminismo, principalm ente en la nue­
va form a de gobierno que adquieren las m onarquías de los dés­
potas ilustrados.
La Enciclopedia francesa, concebida y dirigida por D iderot y
D ’A lem bert, no es solam ente el prim er gran diccionario m oder­
no, en el cual cada artículo está firm ado por su autor, sino que
presenta, m uy claram ente, una ideología típica de los tiempos
que corrían. En el D iscurso prelim inar, leem os: “La obra cuyo
prim er volum en ofrecem os hoy tiene dos fines: com o enciclope­
dia, debe exponer, tanto com o sea posible, el orden y el enca­
denam iento de los conocim ientos hum anos; com o diccionario
razonado de las artes y los oficios, debe contener, sobre cada
ciencia y sobre cada arte, sea liberal, sea m ecánico, los principios
generales que están en su base y los detalles más esenciales que
constituyen su cuerpo y sustancia.” N otem os, en prim er lugar,
que la Enciclopedia se propone una labor educativa e incluso pro­
pagandística. Es el instrum ento de los pensadores franceses del
siglo x v m en su lucha contra las ideas tradicionales y. en m uchos
casos, contra las ideas del cristianism o. Esta intención se m ues­
tra, nuevam ente, en el artículo sobre la palabra enciclopedia, fir126
Im m anuel Kan!. "¿Q ué es la Ilustración?", en Eugenio ím az (trad.). Filosofía de la
historia. El C olegio de M éxico, M éxico, 1941, p. 25.
290
Introducción a la historia de la filo so fía
D el Renacim iento a Kant
m ado por Diderot: “El carácter de un buen diccionario debe ser el
de cam biar la m anera com ún de pensar.” La actitud general de los
enciclopedistas puede ser calificada de actitud crítica. A esta acti­
tud se adhieren pensadores, escritores y hom bres de ciencia tan
distintos com o Buffon. R ousseau, H elvecio o Condorcet.
A hora bien, es esta actitud crítica la que m ás claram ente defi­
ne al Siglo de las Luces. Puede m anifestarse com o una nueva
interpretación de la historia natural o com o una crítica de la so­
ciedad o de la religión. Es, en general, y a excepción de H um e o
de R ousseau (ambos grandes pensadores), una actitud más que
una nueva teoría o una serie de teorías originales. L a razón y el
racionalism o de los pensadores del siglo x v ill no es aquel princi­
pio inm óvil e incam biable de Descartes o de Spinoza. Cuando
Voltaire o D iderot hablan de la razón, hablan de un principio ac­
tivo, despierto, capaz de progreso y desarrollo. La razón, por de­
cirlo con Cassirer, es m ás para ellos un hacer que un ser.
D e ahí que los filósofos de la Ilustración sean m ucho m ás filó­
sofos del progreso que filósofos constructores y sistem áticos. Esta
actitud de una razón que quiere buscar leyes naturales para los
distintos cam pos del saber es especialm ente original en los eco­
nom istas y los pensadores políticos y especialm ente típica en las
ideas poco originales, pero m uy difundidas de Voltaire.
El pensam iento económ ico del siglo x v ill, com o ya indica­
mos, corre pareja con la nueva era industrial, nace de los fisiócratas
franceses y del pensam iento que Adam Sm ith desarrolla en La
riqueza ele las naciones. Los prim eros, com o Quesnay, sostenían
que la riqueza de una nación proviene de la producción agrícola.
Y si bien esta idea no se adaptaba muy precisam ente a la nueva
era industrial, se acercaba ya m ás a los nuevos m edios de produc­
ción: la doctrina del laisser faire, laisser passer. C on estas pala­
bras, los fisiócratas franceses querían indicar que la riqueza de
las naciones es un fenóm eno natural, un fenóm eno físico que se
desarrolla por sí mismo. Ni el gobierno ni el Estado deberían in­
tervenir en las form as naturales del progreso económ ico.
E sta idea, revolucionaria para la época, se encuentra en la obra
de A dam Smith. Este, sin em bargo, que vive en una G ran B retaña
en pleno desarrollo industrial, piensa que la riqueza no sólo pro­
viene de la agricultura, sino que proviene, m ás precisam ente, de
la industria y de la producción industrializada. Teórico del libera­
lism o económ ico y del capitalism o, Adam Sm ith propone nuevas
tesis económ icas. Entre sus ideas más im portantes está la noción
de que la acum ulación de capitales dará la riqueza a las naciones.
La acum ulación no es, para Sm ith, un fin en sí mismo. El capital
debe servir para el desarrollo y el progreso de las naciones y de
los individuos que form an cada nación y cada pueblo. A unque
partidario del laisser fa ire, A dam Sm ith no se opone a toda in­
tervención estatal. Se opone a la regulación, por parte del Estado
o de cualquier m onopolio, de las actividades privadas de los capi­
talistas y piensa que el capital es producido por los trabajadores
y que la justicia y las leyes naturales m ism as presuponen un au­
m ento progresivo de los salarios hasta que los salarios de los obre­
ros lleguen a ser tales que los capitalistas tengan que abandonar
la idea m ism a de acum ulación. Las leyes que Smith considera
naturales deben conducir, por un progreso definido, a una socie­
dad donde todos los hom bres alcancen un nivel de riqueza sim i­
lar: unos porque con su trabajo obtendrán salarios y sueldo cada
vez más altos; otros porque, al tener que pagar sueldos crecien­
tes, dejarán de interesarse en la acum ulación sim ple del capital.
El resultado de las leyes económ icas es, para Adam Sm ith, una
sociedad igualitaria donde reinarán la riqueza y el ocio.
M uchas de las ideas de Adam Sm ith darán pábulo a las críticas
de Karl M arx. En un hecho, sin em bargo, coinciden tanto el fu n ­
dador del capitalism o teórico com o el que a sí m ism o se conside­
ra el socialista científico. Este hecho es que la econom ía no es
cosa de m atem áticas abstractas, sino un asunto fu n dam ental­
m ente hum ano. Tanto para Smith, com o más tarde para M arx,
el capital proviene del trabajo. Para am bos, la fuente del capital
es el trabajo hum ano del obrero o del cam pesino. Am bos coinci­
den tam bién aunque bajo form as totalm ente distintas, en prever
una sociedad igualitaria en la cual se realizará la felicidad de to ­
dos los hombres.
En el cam po de las ideas políticas y sociales, el siglo x v m ve
nacer el liberalism o m oderno. Ya hem os visto cóm o el gobierno
parlam entario y la dem ocracia se habían im puesto poco a poco
en Inglaterra. Allí, el predom inio de la tolerancia que proponía
Locke era ya un hecho aceptado. No así en los dem ás países de
Europa donde la lucha entre los sistem as nacionales m onárqui­
cos contra las nuevas tendencias liberales tan sólo estaban en fer­
291
Introducción a la historia de la filo so fía
D el Renacimiento a Kant
mentó. Las ideas políticas de Locke habían influido a los funda­
dores de los Estados Unidos de N orteam érica. Penetraban tam ­
bién en los m edios franceses y se hacían aparentes en la obra de
Voltaire. Pero la influencia m ás clara de las form as de vida ingle­
sa y de la constitución de Inglaterra aparece, en cuanto a la teoría,
en la obra de M ontesquieu (1689-1755).
El espíritu de las leyes, publicado por M ontesquieu en 1748. se
propone establecer un sistem a político que garantice las liberta­
des de los individuos. Para ello toma por modelo la constitución de
Inglaterra sin perder de vista las circunstancias políticas de Fran­
cia. Con este m odelo y con el propósito práctico de influir en el
desarrollo de la vida social y política de Francia, establece M on­
tesquieu el célebre principio de la separación de los pederes^P ara
garantizar la libertad es necesario que ninguno de los tres poderes
que forman el Estado m oderno deje de ejercer su función com pen­
sadora y m odificadora. En efecto, si el poder legislativo, el poder
ejecutivo y el poder judicial estuvieran en m anos de un solo orga­
nismo no habría garantía para la libertad política. Si los tres pode­
res existen aparte, cada uno de ellos podrá ejercer una función
m oderadora con relación a los dem ás y perm itir la libertad políti­
ca m ediante el libre ejercicio de los poderes estatales. Las leyes,
hechos positivos e históricos, tienen un “espíritu”. Este espíritu es
el del libre ejercicio de las leyes1 solamente posible si éstas no son
im puestas por un solo poder.-La libertad. p o l i l l a que p reo n ip a h a
a M ontesquieu y que habrá de preocupar a los teóricos del dere­
cho de los siglos venideros, es concebida en E l espíritu de las
leyes com o “el derecho de hacer todo lo que las leyes perm iten” .127
En el terreno de las ideas filosóficas solam ente existen algu­
nos nombres verdaderam ente originales en el siglo xviil. Algunos
de ellos, com o Berkeley y Hum e, han sido tratados aparte en la
exposición del em pirism o inglés, otros, com o R ousseau y, sobre
todo. Kant. m erecerán consideraciones separadas.
Pero si no existen grandes sistem as filosóficos com o los del
siglo x v n o com o los que veremos desarrollarse en las filosofías
de Kant o Hegel, existen tendencias, cam inos en buena parte de­
rivados de los dos grandes m odelos que sigue el siglo: la filosofía
de Locke y la física de Newton.
Suele dom inar el pensam iento del siglo x v m una actitud a la
vez crítica y analítica. A nálisis de las sensaciones que. siguiendo
a Locke. lleva a Condillac a una filosofía donde todo el conoci­
m iento depende de la sensación; análisis de las religiones que
lleva a Voltaire. a Diderot, a conceptos deístas, es decir a una
form a de creencia en la divinidad más allá de todas las religiones
históricas y a un concepto de D ios que excluye la revelación y la
fe en un Dios personal; análisis de la experiencia que lleva a
D ’Alem bert a una suerte de filosofía positivista que prescinde de
toda m etafísica y se atiene a los hechos, o a un m aterialism o que
se anuncia en El hombre m áquina o El hombre plata de La M ettrie
(1709-1751). al ateísm o del barón d ’Holbach, y de Cabanis, ca­
paz de afirm ar que el pensam iento es al cerebro lo que la bilis es
al hígado.
Bien es verdad que el siglo x v ill presenta un renacim iento del
espíritu religioso sobre todo en Inglaterra y los países protestan­
tes. Los quákeros quieren volver al cristianism o prim itivo y
los metodistas desean, igualmente, una modificación radical de las
costum bres y una vida m oral ejemplar. Pero si un género de pen­
sam iento dom ina el siglo es el pensam iento crítico. De él es la
m ás clara expresión Voltaire. el hom bre que más influyó en los
dem ás pensadores del siglo gracias a su capacidad com o escritor
y polem ista más que a sus ideas propias. Voltaire enem igo de la
Iglesia. Voltaire enem igo de Leibniz, Voltaire crítico de optim is­
m os excesivos, es. en últim a instancia, el defensor de la libertad
y de la tolerancia. Una tolerancia, sin em bargo, que no es conce­
bida en form a general; una libertad que no se aplica a la totalidad
del pueblo. Libertad, la de Voltaire, que se limita a la expresión
libre de las ideas de los philosophes. En Voltaire parecen con­
vergir las ideas del siglo x v m com o para aclararse y surgir, si no
nuevas, por lo m enos explícitas, a veces irónicas, a veces bur­
lonas. siem pre agudas y precisas. Y sin em bargo. Voltaire. enci­
clopédico de la enciclopedia de sus tiem pos, no supo ver dos de
las tendencias básicas del siglo: la tendencia al progreso tan visi­
ble en el pensam iento de los econom istas y la tendencia rom án­
tica y realm ente revolucionaria que habrem os de encontrar en la
obra de Rousseau.
Ya hemos dicho que el pensam iento del siglo x v m se m uestra
casi siem pre más com o un hacer que com o un ser. No es extraño
292
137 Charles-Louis de Secondât, barón de M ontesquieu. E l espíritu de las leyes, xi, 3.
2 93
Introducción a la historia de la filo so fía
D el Renacimiento a Kant
que reclam e la atención de los hom bres públicos en quienes los
filósofos com o Voltaire habían puesto sus esperanzas. El m onar­
ca ilustrado, típico del siglo, ha de ser, un poco al m odo del filó­
sofo platónico, a la vez sabio y rey. A diferencia del rey filósofo
de la República, el m onarca ilustrado es un hom bre guiado por la
práctica en un Estado que es tam bién más hacer que ser. En E spa­
ña C arlos III concibe y lleva a la práctica m odificaciones racio­
nales de la agricultura, de las finanzas y de las com unicaciones y
piensa en la unidad de las naciones de lengua española; en F ran­
cia, Luis XV es am igo de los filósofos; en A ustria, José II lleva a
cabo la separación de la Iglesia y el Estado y realiza una verdade­
ra revolución agraria. Pero el m ás célebre de los m onarcas ilus­
trados y tolerantes es Federico el G rande de Prusia. R odeado de
los nuevos filósofos, escritor de tratados de m oral, Federico el
G rande trata de encam ar al perfecto m onarca ilustrado y toleran­
te que habían concebido los filósofos.
sus negaciones del arte y de la ciencia, en sus deseos de volver
al estado prim itivo de naturaleza, obras rom ánticas al par que
nostálgicas.
Hom bre de una sensibilidad extrem ada que al final de su vida
lo puso al borde de la locura, R ousseau no supo soportar el m edio
hostil que encontró en el París de sus tiem pos. La influencia m ás
clara en sus teorías del Estado tal com o se presentan en el D iscur­
so sobre el origen de la desigualdad entre los hombres y, sobre
todo, en El contrato social, deben encontrarse en la vida de las
dos ciudades que m ás claram ente definieron su pensam iento: su
G inebra nativa y la Venecia que vistió en sus años mozos.
Todas las ideas de Rousseau, de los dos Discursos al Emilio, su
tratado novelado de la educación, están dedicadas a m ostrar cóm o
el hombre, originalmente bueno, ha caído en el mal que deriva de
la vida social. Están dedicadas tam bién a m ostrar cómo es posible,
dentro de esta vida social, alcanzar un nuevo grado de perfectibi­
lidad que no conduzca a renunciar a la sociedad sino a m ejorarla.
C uando de retorno de Inglaterra, R ousseau m uere en 1778, su
influencia es ya cosa establecida. La Revolución Francesa, que
habrá de estallar once años m ás tarde es, fundam entalm ente,
rousseauniana. Robespierre, com o Rousseau rom ántico y racio­
nalista, es un asiduo discípulo de las ideas de E l contrato social.
294
Rousseau: de la naturaleza al Estado
Jean-Jacques Rousseau, nacido en Ginebra, en 1712, hijo de p a­
dre relojero, es a la vez, el prim er gran espíritu rom ántico de
E uropa y el fundador de las nuevas ideas de la sociedad cuya
consecuencia inm ediata habrá de encontrarse en la R evolución
Francesa.
R ousseau parece estar a contra corriente dentro del m ovim ien­
to de ideas de la Ilustración. Su influencia será más poderosa
entre los pensadores de A lem ania, com o Kant, que entre los filó­
sofos de Francia. Ham m an, H erder y los prerrom ánticos alem a­
nes están m ucho m ás cerca de R ousseau que sus contem poráneos
franceses.
La vida m ism a de R ousseau indica ya un clima bien distinto
al que habitaban los enciclopedistas. Casi todas sus ideas están
en oposición directa a las de Voltaire y, más aún, a las de los
materialistas.
U na buena parte de la obra de R ousseau es ya rom ántica. Es el
caso de La nueva H eloisa o las C onfesiones. Sus prim eras obras
filosóficas, com o el D iscurso escrito para saber si las ciencias y
las artes han contribuido al desarrollo de la hum anidad son, en
295
El estado de naturaleza
“N aturaleza” es un térm ino de difícil precisión. En el derecho ro­
m ano y en el derecho m edieval y renacentista, la naturaleza se
refería a aquella clase de derecho que los hom bres poseen por
razón. Aunque R ousseau no está siem pre alejado de este em pleo
del térm ino, el uso de la palabra se tiñe en él de una creencia muy
concreta: la de que los hom bres son buenos cuando viven en un
estado prim itivo que los acerca a la vida natural.
Esta idea no es del todo nueva y acaso pueda verse en ella una
suerte de transferencia de la idea de paraíso al plano natural. En
efecto, los grandes descubrim ientos geográficos de los siglos
x v , x v i y x v n , condujeron al descubrim iento de sociedades am e­
ricanas, africanas y asiáticas antes insospechadas. Ya hem os visto
cóm o M ontaigne creía en la bondad natural de los caníbales de
Introducción a la historia de la filo so fía
D el Renacimiento a Kant
Á frica. En los tiem pos m ism os de R ousseau el mito del “buen
salvaje” aparece con toda claridad en el escrito de Diderot acerca
del Viaje de Bougainville a los m ares del Sur. Rousseau está en
una clara tradición que viene, por lo m enos, del siglo xvi. Pero
aquello que en los demás no pasaba de ser un mito es, en Rousseau,
a la vez un sentim iento nuevo y el origen de una doctrina com ple­
ta: sentim iento que habrá de descubrir un nuevo paisaje que, ya
en tiem pos de Rousseau, adorna los jardines rústicos de M aría
Antonieta; teoría que habrá de conducir a un nuevo Estado so­
cial concebido por Rousseau en dos libros que hacen historia:
D iscurso sobre el origen de la desigualdad entre los hombres y
E l contrato social.
El D iscurso se inicia con la distinción de dos géneros de
desigualdad: la desigualdad física y la desigualdad moral. La pri­
m era es una realidad natural cuya verificación de hecho excluye
toda discusión de derecho. C uando Rousseau habla de desigual­
dad se refiere a la desigualdad m oral o política. Ésta es la que
precisam ente ha nacido con la sociedad. El hom bre natural, el
hom bre prim itivo que vivía cerca de la naturaleza, solitario, ais­
lado, instintivo, no conocía desigualdad moral o política. Ésta
em pezó a presentarse cuando los hom bres se unieron en grupos
sociales. El grupo social lleva directam ente a la desigualdad, a la
envidia, al deseo de poder y a la diferencia entre los individuos
que lo integra. Rousseau ve el origen de todo mal -m oral o polí­
tic o - en el egoísmo: “El prim er hom bre a quien, cercando un
terreno, se le ocurrió decir esto es mío y halló gentes bastantes
sim ples para creerle fue el verdadero fundador de la sociedad
civil.” 128 El mal nació entre los hom bres cuando dejaron el estado
prim itivo de naturaleza para integrar la sociedad.
B ueno por naturaleza, el hom bre se vuelve malo cuando de­
ja de ser lo que era y em pieza a dar más im portancia al tener que
al ser: cuando, por otra parte, deja de pensar que la naturaleza
fructifica para todos y cree que cada uno tiene derecho a im poner
su voluntad propia y caprichosa.
Reunido en sociedad, el hom bre puede sentir nostalgia por un
estado prim itivo de naturaleza. No puede ignorar, sin em bargo.
que está viviendo en sociedad y que es im posible, y aun contra­
rio a la razón, tratar de deshacer la sociedad que ha fundado. De
ahí que R ousseau no quiere volver al estado de naturaleza. Lo
que quiere, y así lo declara en El contrato social, es establecer
una form a de sociedad donde se garantice el bien com ún.
296
128 Jcan-Jacqucs Rousseau, D iscurso sobre el origen de la desigualdad entre los
hom bres, I I .
297
El contrato social
Com o el Emilio, El contrato social da por supuesta la existencia
de la sociedad. Y si en el Emilio se trata de educar al niño y des­
pués al adolescente para que puedan vivir en sociedad sin aban­
donar su bondad natural, en El contrato social se trata de edificar
la sociedad civil sobre bases que sean capaces de fundam entarla
y. al m ism o tiem po, de garantizar la libertad y la igualdad de los
individuos.
“El hom bre ha nacido libre y por todas partes está encadena­
do.” Con estas palabras célebres se inicia El contrato social. Para
que el hom bre vuelva a ser libre es necesario asentar los funda­
m entos de un contrato social.
R ousseau discrepa de Hobbes no tanto por que no cree en
la existencia de la fuerza, sino, m ás bien, porque piensa que la
fuerza es una realidad física, pero no un valor moral. Un Estado
que se basara en la fuerza, com o el co ncebido por H obbes,
no podría sino conducir a la guerra. La fuerza no es garantía de
paz porque siem pre cabe la posibilidad de que una fuerza m ayor
venga a desplazarla. La fuerza llam a la represalia; la tiranía con­
duce a la revolución. Y si la fuerza no puede ser la base de un
Estado bien fundado, esta base hay que buscarla en un principio,
ya no físico, sino moral.
A sí escribe Rousseau: “El más fuerte no será nunca bastante
fuerte para ser siem pre el am o si no transform a la fuerza en dere­
cho y la obediencia en deber.” 129 El contrato establecido entre
hom bres libres debe basarse en estos dos conceptos: el de dere­
cho y el de deber. En otras palabras, no m enos célebres, el Estado
y la soberanía deben basarse en la voluntad general. Por voluntad
1:9 Jean-Jacques Rousseau, El contrato social. 1, 3.
298
D el Renacimiento a Kant
Introducción a la historia de la filo so fía
general entiende R ousseau precisam ente un principio m oral, un
acto puro del entendim iento que razona en el silencio de las pa­
siones. Y este principio moral es un principio de la razón que se
m anifiesta en la vida práctica por el derecho y por el deber. La
voluntad general es la voluntad según la verdad y no, necesaria­
m ente, la voluntad de las m ayorías. Ésta, que R ousseau llam a
la voluntad de todos, puede identificarse con la voluntad gene­
ral. pero no se identifica con ella de m anera necesaria. Sin duda
R ousseau tiene tendencias dem ocráticas. Pero para él la dem o­
cracia no es cuestión de regím enes parlam entarios. Es verdad que
dentro de un régim en parlam entario es más probable que se reali­
ce la voluntad general y coincida con la voluntad de todos. Pero
no es im posible pensar que un pequeño grupo sea el poseedor
real de la voluntad general.
El sentido de la dem ocracia rousseauniana está más en el con­
cepto de la soberanía que en el concepto de una dem ocracia de
las m ayorías. El contrato social, pacto al cual deben referirse to­
das las voluntades particulares, hace que el pueblo otorgue a la
sociedad, sea dem ocrática, aristocrática o m onárquica, su sobe­
ranía. Si el soberano - d e cualquier tipo que s e a - desatiende la
voz de la voluntad general y se m anifiesta contrario al bien co ­
mún, deja de representar al pueblo. Idea ésta que no está m uy
alejada de aquella que desarrollaba santo Tomás cuando pensaba
que el soberano es el representante del pueblo y que si el sobera­
no es, en sus actos, contrario al bien del pueblo, debe ser descar­
tado com o soberano.
Pocas veces la teoría rousseauniana del Estado y de la sobera­
nía se expresa con la claridad de estas palabras de una dedicatoria:
H ubiera querido nacer en un país en el cual el soberano y el p u e­
blo no tuviesen más que un solo y único interés, a fin de que los
m ovim ientos de la m áquina se encam inaran siem pre al bien co­
mún, y como esto no podría suceder sino en el caso de que el
pueblo y el soberano fuesen una m ism a persona, dedúcese que
yo habría querido nacer bajo un gobierno dem ocrático sabiam en­
te m o d erad o ."0
130 Jean-Jacques Rousseau, “D edicatoria a la R epública de G inebra", en Discurso
sobre el origen de la desigualdad entre los hombres, C olección U niversal, C alpe, M a­
drid, 1923.
299
Obras de consulta
B o u v ie r , B., Jean-Jacques Rousseau, Ginebra, 1912.
B r é h i e r . Émile, Histoire de la philosophie , vol. II, Alean, París, 1938,
pp. 373-425; 432-487.
C a s s i r e r , Ernst, Filosofía de la Ilustración, Fondo de Cultura Econó­
mica, México, 1943.
C o p l e s to n , Frederick, History ofPhilosophy, vol. vi, Bums and Oates,
Londres, 1960, p. 179.
C r e s s o n , A., Jean-Jacques Rousseau. Sa vie, son œuvre, sa philosophie,
Paris, 1950.
L a n s o n , G., Voltaire, Paris, 1908.
VI.
El
c a m in o d e l a c r ít ic a
:
LA FIL O SO FÍA DE K A N T
La vida de Im m anuel Kant transcurrió, toda ella dedicada a la
ciencia y a la filosofía, sin grandes cam bios, sin mayores aventu­
ras, sin m ayores desventuras. Si algo es notable en esta vida es
precisam ente lo nimio, lo cotidiano que, en nuestro filósofo, se
convierte en disciplina.
Kant nació en Königsberg en el año de 1724. Así lo describe
Kuno Fischer: “De naturaleza débil y hasta enferm iza, alcanzó
sin em bargo una avanzadísim a edad en el pleno uso de todas sus
facultades espirituales, y pudiendo tam bién decir que ni un solo
día se había sentido enferm o, ni necesitado de los auxilios de un
m édico.” 131 A esta debilidad constitucional se deben los cuidados
que el filósofo tom aba por su salud, cuidados que se reflejaban en
la rigidez de sus propias reglas de vida y en el orden rutinario de
sus m ovim ientos. La puntualidad, la econom ía, el dom inio de sí,
nacían, en buena parte, de este deseo de cuidar un cuerpo flaco y
una salud pobre. Las diversas anécdotas, algunas jocosas, otras
sorprendentes, que el lector podrá encontrar en la biografía de
1,1
Kuno Fischer, “Vida de K ant c historia de los orígenes de la filosofía crítica” , en
Im manuel Kant, Crítica de la razón pura. trad. de José del Perojo, B iblioteca F ilosófi­
ca, L osada, Buenos A ires, 1957, p. 59.
Introducción a la historia de la filosofía
D el Renacimiento a Kant
Kuno Fischer, son siem pre reveladoras de un hom bre que quiso
protegerse contra lo que parecía ser su destino de enferm edad y
acaso de m uerte prematura. Pero si es verdad que Kant se presen­
ta cuidadoso y m uchas veces m aniático, si se niega a viajar fuera
de la ciudad natal, si evita el m atrim onio para entregarse a su
obra, no hay que encontrar la razón de sus actos tan sólo en sus
atenciones a su propia vida. K ant fue educado en pleno rigorism o
pietista y este pietism o, contra el cual trató a veces de reaccionar
fue sin em bargo el m eollo m ism o de su teoría moral. Bien es
verdad que para Kant la m oral ha de basarse más en la razón que
en la fe. Pero el rigorism o de su moral es una suerte de transpor­
tación del rigorism o de la fe aprendido en el seno de la fam ilia y
en el am biente de la escuela.
Después de más de cincuenta años dedicados a la enseñanza,
prim ero com o preceptor, m ás tarde com o privatclozent, profesor
y rector de la Universidad de Königsberg. Kant m urió, habiendo
hecho de su vida un reflejo de su ideal de m oralidad, en el año de
1804. Las circunstancias exteriores influyeron poderosam ente
sobre esta vida algo rígida. M ás que ningunas otras, la Revolu­
ción Francesa y la Independencia de los Estados Unidos, ambos
hechos que Kant adm iraba, habrían de llegar a form ar parte de
sus doctrinas legales y de su concepto del hom bre y de la historia.
N ada viajero. Kant fue, sin em bargo, un hom bre de su tiem po.
Las grandes transform aciones políticas y sociales de la segunda
parte del siglo x v m fueron parte de su vida tanto com o pudieron
serlo su enseñanza en las aulas de la universidad o los m etódicos
paseos de sus tardes disciplinadas.
La obra de Kant es. al contrario de su vida, del todo excepcio­
nal. D entro de su novedad, esta novedad que anunciábam os ya en
todas las grandes síntesis del pensam iento filosófico, Kant repre­
senta precisam ente una de las grandes summae del pensamiento
hum ano, com parable en este sentido a un Platón, un Aristóteles,
un santo Tomás, o años m ás tarde, un Hegel.
La filosofía de Kant debe dividirse en dos periodos. Entre 1750 y
1770. la actitud filosófica de Kant está profundamente influida por
el pensamiento de Leibniz que había sistematizado en Alemania
Christian Wolf. Sólo a partir de 1770 puede decirse que empieza la
filosofía original de Kant que habrá de ver la luz cuando en el año de
1781 se publique la primera edición de la Crítica de la razón pura.
El interés de Kant por los problem as científicos se m uestra
a las claras en el prim er periodo de su desarrollo filosófico. En
1775 publica su tratado De igne. sobre el fuego, y otro tratado de
prim era im portancia, La historia natural general y teoría (le los
cielos, en la cual se adelanta a la teoría nebular del astrónom o
Laplace. Adem ás de otros tratados científicos, Kant publicó en
este prim er periodo algunas obras filosóficas que interesan al es­
pecialista, pero que no dem uestran todavía una verdadera origi­
nalidad de pensam iento. Entre ellas puede m encionarse: El único
fundam ento posible p a ra dem ostrar la existencia de Dios, en el
cual ya se anuncian ideas que Kant desarrollará en su periodo
crítico, y sus Observaciones acerca del sentim iento de lo bello y
de lo sublim e, donde se anuncian ideas que Kant habrá de siste­
m atizar en la Crítica del juicio.
Pero si Kant ha quedado com o uno de los m ás grandes pensa­
dores de todos los tiem pos, ello se debe a las ideas que em pezó
a desarrollar a partir de 1770. La lectura de la filosofía de Hum e
resquebrajó en buena parte sus ideas de racio n alista w olfiano y
una nueva reflexión nació en su espíritu para dar lugar a una
filosofía nueva, original y de alcances m uy perceptibles en nues­
tros días.
La filosofía de Kant debe centrarse en torno a tres grandes
libros: la Crítica de la razón pura (prim era edición de 1781, se­
gunda edición de 1788), la Crítica de la razón p ráctica (1790), y
la Crítica del ju icio (1793). Las dem ás obras de Kant son ya ex­
plicaciones ya consecuencias de estas tres grandes sum m ae del
pensam iento. Los Prolegómenos a toda m etafísica futura resu­
men las ideas principales de la prim era crítica: la M etafísica de
las costumbres resum e las principales ideas de la segunda crítica:
sus tratados sobre La religión dentro de los lím ites de la razón
y sobre La paz perpetua, así com o sus diversos escritos sobre
filosofía de la historia son consecuencias, en la esfera de la vida
religiosa y de la vida social y política, de sus ideas m orales ex­
puestas en la segunda crítica.
En las páginas que siguen encontrará el lector un resum en de
ideas de Kant siguiendo el orden de las dos prim eras Críticas.
Nos ocuparem os, sucesivam ente, del problem a del conocim iento
y del problem a de la acción y la vida m oral. En la últim a parte de
este capítulo habremos de referimos a las ideas políticas y sociales.
300
301
302
Introducción a la historia de la filo so fía
La C rítica de la razón pura y el problem a
del conocim iento
La Crítica de la razón pura se propone establecer los fundam en­
tos así com o los lím ites del conocim iento hum ano. Es de notar
que Kant no es el prim ero en situar la crítica del conocim iento en
el principio m ism o de la filosofía. Ya D escartes o el propio Hume
habían iniciado una crítica del conocim iento hum ano y habían
colocado la teoría del conocim iento antes de las investigaciones
de orden m etafísico. Pero la filosofía de Kant es, en este sentido,
m ucho m ás radical. Su prim era pregunta es ¿qué podem os cono­
cer? Y es que para él, el conocim iento, sus posibilidades y sus
lím ites, van a ser el centro m ism o de la filosofía. Kant lo dice
cuando, m etafóricam ente, se com para a C opém ico. De la m ism a
m anera que C opém ico colocó al sol en el centro del sistem a pla­
netario, Kant sitúa el conocim iento hum ano y la crítica del m is­
mo en el centro de toda la filosofía. Lo cual no quiere decir que
para Kant la totalidad de la vida se reduzca a pensam iento. Quie­
re decir m ás bien que antes de poder tratar otros problem as de la
vida hum ana com o los de la m oralidad, la historia, la religión o
las leyes, es necesario deslindar claram ente cóm o conocem os y
hasta qué punto es lícito decir que conocem os.
H asta que K ant em pezó a redactar la Crítica de la razón pura,
el problem a del conocim iento se inclinaba principalm ente a la
cuestión del origen de nuestras ideas. Para unos, los racionalistas,
las ideas eran innatas; para los otros, los em piristas, las ideas eran
adquiridas. K ant no quiere caer en una discusión que a su m anera
de ver carece de solución precisa. Kant no se preocupa por el
problem a del origen de las ideas. Se ocupa, principalm ente,
del conocim iento. Y este conocim iento, com o lo prueba la ciencia
y lo prueba sobre todo la física de N ewton, es un hecho incontro­
vertible. Tenemos un conocim iento. D ejem os de disputar acer­
ca de su origen y veam os cuál es el valor y cuál es el límite del
entendim iento hum ano que conoce. Si así lo hacem os veremos
que existen cam pos de la investigación bien delim itados -lo s cam ­
pos de las c ien c ias- donde el conocim iento es válido y es posi­
ble. Veremos, por otra parte, que en otro cam po tam bién bien
delim itado, el de la m etafísica, el conocim iento, si deseable, es
estrictam ente im posible.
D el Renacimiento a K ant
303
Tal es la línea general del pensam iento kantiano en la Crítica
de la razón pura. Pero si en ella no se plantea el problem a del
origen de las ideas, se plantea en cam bio el problem a de las bases
de nuestro conocim iento. No hay duda de que conocem os, por
lo m enos por lo que toca a la ciencia. Pero la pregunta kantiana
es ésta: ¿cóm o conocem os?, ¿cóm o es posible el conocim iento
dentro del m arco de la ciencia?, ¿cuáles son las condiciones de
posibilidad de un conocim iento científico cierto? A plantear es­
te problem a dedica Kant las páginas introductorias de la Crítica
de la razón pura.
P lanteam iento del problem a
C uando pensam os, lo hacem os por m edio de juicios. Un análisis
de las cuatro form as principales de ju zg ar nos llevará prim ero a
una serie de definiciones de térm inos y, a través de éstas, a plan­
tear el problem a que Kant se proponía resolver.
Nuestros juicios pueden dividirse en los cuatro tipos siguien­
tes: a priori, a posteriori, sintético y analítico. Un juicio es a priori
cuando, si bien puede proceder de la experiencia, no depende de
la experiencia. Lo que Kant quiere decir es que si bien lo más
probable es que los juicios provienen de la experiencia, en cam ­
bio m uchas veces estos juicios, una vez form ados, no dependen
de la experiencia que puede darles origen. Sea el juicio 2 + 2 = 4.
Es m uy probable que este juicio haya sido aprendido por quien lo
pronuncia, es decir que de una m anera o de otra, haya sido adqui­
rido. Pero el hecho de que haya sido adquirido es secundario. Lo
que im porta es ver el valor que tiene el ju icio en sí mismo. C uan­
do pensam os 2 + 2 = 4, este juicio no depende de nuestra expe­
riencia personal o particular: es una verdad aceptada o aceptable
por cualquier conciencia racional. Y en este sentido es indepen­
diente de la experiencia subjetiva de quien lo pronuncia. Lo cual
nos lleva a una segunda definición del juicio a priori. Se trata de
un género de juicio a la vez universal y necesario. Universal, com o
hem os visto, porque es válido para cualquier conciencia; necesa­
rio porque no puede ser de otro m odo para ninguna conciencia.
Los juicios a priori, com o los que podem os hacer cuando enun­
Introducción a la historia de la filo so fía
D el Renacimiento a Kant
ciam os proposiciones m atem áticas o principios físicos, pueden
p ro v en ir de la experiencia. En todo caso son siem pre in d e­
pendientes de ella y, por lo tanto, válidos universalm ente y ne­
cesariam ente.
Un ju icio a posteriori es, en cam bio, un juicio que no sola­
m ente proviene y deriva de la experiencia, sino que depende de
ella. Si digo “el día es herm oso” , este juicio depende de mi expe­
riencia particular y puede muy bien no ser válido para mi vecino.
El ju icio a posteriori es privado, subjetivo, particular y contin­
gente. es decir, válido solam ente para quien lo pronuncia en el
m om ento en que lo pronuncia.
La ciencia está construida a base de juicios ciertos, universa­
les, necesarios, de juicios a priori: nuestras sensaciones, nuestras
aseveraciones cotidianas son. en cam bio, juicios inciertos, par­
ticulares y contingentes, juicios a posteriori.
H asta ahora hem os considerado dos grados de certidum bre en
los ju icios de cualquier conciencia humana. Distingam os ahora
las relaciones entre el sujeto y el predicado en los juicios y vere­
mos cóm o éstos caen en dos géneros: ju icio s analíticos y juicios
sintéticos.
U n ju icio analítico es aquel en el cual el predicado está conte­
nido en el sujeto. Así, el principio de identidad que afirm a que
“A es A ” co n stituye un ju icio analítico o una tautología. Tam ­
bién es un ju icio analítico “todos los cuerpos son extensos [...]
p orque no tengo que salir del concepto de cuerpo para hallar en
él la extensión.” 132 El ju icio sintético es aquel en el cual el pre­
dicado no está contenido en el sujeto y, por lo tanto, añade algo
nuevo al significado del sujeto. “Los juicios de la experiencia
com o tales son todos sintéticos.” 1" En efecto, si digo “este ár­
bol es v erd e” “o las flores son rojas” , am bos ju icio s son sintéti­
cos ya que ni el predicado “verde” está necesariam ente conte­
nido en el térm ino árbol, ni la p alabra “ro jas” en el concepto
flores.
Los ju icios analíticos son meras repeticiones que no descu­
bren nada de nuevo en tanto que los juicios sintéticos, al añadir
algo nuevo m ediante su predicado, son juicios que descubren.
Si tratam os de co m b in ar los ju ic io s an terio rm en te d esc ri­
tos. es claro que los ju icio s sin tético s pueden ser a la vez a
p o s te r io r i, es decir, los ju ic io s sin tético s pueden ser a la vez
particulares, contingentes y cuestión de experiencia subjetiva:
son por lo tanto tipos de ju icio s que no nos interesan si nuestro
interés está dirigido, com o lo está el de Kant, a los juicios form u­
lados por la ciencia. T am poco pueden interesam os esp ecial­
m ente los juicios analíticos a p rio ri, porque las certidum bres
que se reduzcan a una m era repetición no pueden ser tam poco
el objeto de la ciencia que, adem ás de certidum bre, busca nove­
dad y descubrim iento.
Si nos preguntamos cuáles son los juicios verdaderam ente cien­
tíficos verem os que son los juicios sintéticos a priori. Los juicios
que enuncia la ciencia son sintéticos, puesto que la ciencia no se
reduce a repetir verdades ya conocidas, sino que trata de descri­
b ir nuevas verdades. Por otra parte, los juicios científicos son a
priori, porque buscan la certidum bre y no dejan de ser univer­
sales y necesarios. Y ello es verdad, para Kant, no sólo de juicios
m atem áticos, sino tam bién de los principios de las ciencias na­
turales. Com o Descartes, Kant piensa que un juicio m atem ático
com o 7 + 5 = 12 es sintético ya que el sujeto 7 + 5 no com pren­
de en sí la noción de 12 que añade por lo menos al sujeto, la idea de
unidad.
Si tenem os en cuenta esta serie de definiciones y de relaciones
entre los juicios podem os plantear con todo rigor el problem a del
conocim iento. Digam os, de una vez por todas, que no tenem os
por qué ocuparnos del carácter descubridor de los juicios científi­
cos. El desarrollo de las ciencias a través de los tiem pos es prueba
suficiente de que. de hecho, las ciencias descubren. Sería pues en
vano preguntarse si los juicios de las ciencias son sintéticos. El
problem a que se plantea Kant es éste: a sabiendas de que los ju i­
cios de la ciencia descubren, ¿cóm o podem os estar seguros de
que sus descubrim ientos, son ciertos? En palabras más estrictas,
¿cóm o es posible que los ju icio s sintéticos que encontram os en
las ciencias sean, a la vez, a priori ?
En sum a, el problem a es éste: las ciencias descubren, pero
este m ism o descubrim iento es un descubrir que es necesario y
que es universal, un descubrim iento que es válido para toda con­
ciencia posible. Para resolver este problem a, Kant tiene que esta-
30 4
133 Im m anuel Kant, “Introducción", IV , en op. cil.
133 Loe. cit.
305
306
Introducción a la historia de la filo so fía
blecer que los juicios de la ciencia, los juicios sintéticos, tienen
fundam entos a p rio ri y estos fundam entos hay que buscarlos
en la conciencia. L a totalidad de la Crítica de la razón p ura está
dedicada a establecer la existencia de fundam entos a priori pa­
ra los juicios que realizan las ciencias. Está dedicada tam bién a
m ostrar que la m etafísica, si bien tiene fundam entos a priori, es
inverificable.
Decíam os en un principio que Kant quiere establecer cuál es el
alcance del conocim iento. Podrem os contestar que el conocim ien­
to trabaja en un terreno cierto cuando es conocim iento científico.
D ecíam os tam bién que Kant quiere establecer los lím ites del co ­
nocim iento. Habrem os de ver que los límites del conocim iento
hum ano han de encontrarse allí donde com ienza la m etafísica.
Con lo cual Kant no quiere decir que la m etafísica deba hacerse a
un lado. Quiere decir, más sencillam ente, que la m etafísica debe
ser hecha a un lado com o ciencia.
Si ahora seguim os el plan de la Crítica de la razón pura, vere­
mos: 1) cóm o son posibles los juicios sintéticos a priori en las
ciencias m atem áticas; 2) cóm o son posibles en las ciencias físi­
cas y 3) cóm o dejan de ser posibles en la m etafísica.
La “Estética tra scendental”: posibilidad
de la certidum bre m atem ática
Con el título de “Estética trascendental”, inicia Kant sus análisis
acerca de la posibilidad de los juicios sintéticos a priori en las
m atem áticas y, m ás generalm ente, de la posibilidad de un cono­
cim iento “de todos los principios a priori de la sensibilidad”.134
Antes de pasar a establecer los principios de la sensibilidad y de
las m atem áticas es necesario definir tanto el térm ino estética,
que será básico para el entendim iento de esta parte de la Crítica
kantiana, com o el térm ino trascendental, que será básico para el
entendim iento de la totalidad del libro.
La palabra “estética” tiene en nuestros días una connotación
especial. Suele referirse a aquellas teorías que atañen a lo bello y
al conocim iento de la belleza o al análisis de las artes. Kant no
1''1 Im manuel Kant, “ Estética trascendental", I, en op. cit.
D el Renacimiento a Kant
3 07
em plea la palabra “estética” en este sentido, sino en su sentido
etim ológico y clásico. La palabra “estética” se refiere a la sensi­
bilidad. es decir a la esfera de las sensaciones. La palabra “tras­
cendental" tiene un sentido claro cuando vemos que significa el
conocim iento de los m odos a priori de conocer los objetos. Una
filosofía trascendental es. en el sentido kantiano de la palabra,
una filosofía que se ocupa precisam ente de los principios a priori
de nuestra m anera de conocer. O bservem os, sim plem ente, que
Kant. al ocuparse de la conciencia que conoce m ediante princi­
pios a priori no está dedicado a un estudio psicológico. La psico­
logía se ocupa de la conciencia subjetiva de cada individuo. La
filosofía trascendental se ocupa de la form a de conocer válida en
todo m om ento para toda conciencia, o, por decirlo con las pala­
bras kantianas, de la conciencia en general.
Así definidos los térm inos, la “Estética trascendental” consti­
tuye el análisis de las condiciones a priori de posibilidad de nuestro
conocim iento sensible. Estas condiciones son dos: las intuicio­
nes de espacio y de tiem po. Quédanos ahora por precisar por qué
Kant llam a intuiciones tanto al espacio com o al tiem po: cóm o es­
tas dos intuiciones son a priori, es decir universales y necesarias;
y cóm o, por fin. son garantía de nuestro conocim iento sensible
en general y de nuestro conocim iento m atem ático en particular.
N otem os en prim er lugar que cuando Kant habla del espacio y
del tiem po no se refiere a los entes reales a los cuales solem os dar
este nom bre. Evitem os una confusión posible. No es que Kant
diga que el tiem po y el espacio reales no existan. Lo que sucede
es que Kant no se preocupa de la existencia de ellos, sino más
bien de nuestras form as de percibirlos. Cuando Kant habla de
espacio y de tiem po, se refiere a las form as en que tanto el uno
com o el otro se presentan en el espíritu. Y es tam bién en este
sentido que Kant establece, en prim er lugar, que para el conoci­
miento. el espacio y el tiem po son intuiciones.
Si la intuición es la presentación inm ediata de una idea en
nuestra conciencia, tanto el espacio com o el tiem po son intuicio­
nes. En todas nuestras sensaciones, en todas nuestras ideas están
presentes el espacio, el tiem po o. en la m ayoría de los casos, el
espacio y el tiem po. C om o presencias constantes dentro de la
conciencia, el espacio y el tiem po, son intuiciones. Q ueda por
m ostrar que son, am bas, intuiciones a priori.
Introducción a la historia de la filosofía
D el Renacimiento a Kant
Em pecem os por la intuición de espacio. Ya hemos visto que
una idea será a priori cuando sea universal y necesaria. Es indu­
dable que no podem os concebir objetos sin concebirlos en el es­
pacio. Podem os, por otra parte, concebir un espacio puro, vacío
por así decirlo, sin que contenga ningún objeto. Si aceptam os
esta idea de Kant, resulta de ella que el espacio es una intuición
a p rio ri. Y lo es, porque sin ella sería im posible c o n c eb ir los
objetos. ¿C óm o co n c eb ir el esp acio que o cu p a este ja rd ín sin
p rev iam en te ten er en la m ente la noción de espacio? Lo cual
q u iere d ecir que el esp acio es necesario y lo es u n iv ersalm en ­
te, para que el espíritu pueda c o n c eb ir objetos, es decir, que el
esp acio es no sólo una in tu ició n , sino una in tuición a p rio ri.
E llo no sig n ifica que el esp acio sea una idea innata. Ya hem os
visto que no p reo cu p ab a a K ant el p roblem a del origen del
co n o cim ien to . Q u iere decir, sim plem ente, que una vez que
ten em o s la in tu ición de espacio, esta intuición es universal y
es necesaria.
Un razonam iento sim étrico al anterior puede hacerse en rela­
ción al tiempo. Es im posible concebir sucesiones, m ovim ientos,
cam bios, sin la noción previa de tiem po. No es im posible, com o
lo hace la física, concebir un tiem po puro. El tiem po, com o el
espacio, es una intuición a priori puesto que él tam bién es nece­
sario y lo es universalm ente para que nos sea posible representar­
nos este tiem po o esta sucesión concreta y precisa.
Ahora bien, al establecer que el espacio y el tiem po son a priori,
Kant ha establecido: 1 ) que toda nuestra sensibilidad tiene funda­
m entos universales y necesarios; 2) que las ciencias basadas en
las nociones de espacio y de tiem po tienen, igualm ente, funda­
m entos y bases universales y necesarias y sus razonam ientos es­
tán fundados en principios verdaderos.
D ecir que existen intuiciones a priori para nuestra sensibili­
dad es afirm ar que todas nuestras sensaciones dependen, en últi­
m a instancia, de las nociones de espacio y de tiempo. Decir, por
otra parte, que las ciencias tienen un fundam ento universal en
estas dos intuiciones es, m ás precisam ente, afirm ar que la geo­
m etría fundada en el espacio es posible com o "un conocim iento
sintético a priori” .135 Es afirm ar tam bién que la intuición a priori
de tiem po explica “la posibilidad de tantos conocim ientos sinté­
ticos a priori com o expone la ciencia general del m ovim iento,
que no es poco fecunda” .136
Resum am os: las intuiciones del espacio y del tiem po, am bas a
priori, son las condiciones de posibilidad, no del descubrim iento
de las ciencias geom étricas o m ecánicas, puesto que este descu­
brim iento es un hecho verificable por el desarrollo m ism o de las
ciencias, sino de su carácter de exactitud y de verdad universal y
necesaria.
A hora bien, entre el espacio y el tiem po existe esta diferencia:
la intuición de espacio se lim ita a una región relativam ente escasa
de fenóm enos. La intuición de tiem po, en cam bio, se refiere a
todos los fenóm enos, puesto que está presente no sólo com o sen­
tido interno, com o sentido de nuestro propio pensar en el tiem po,
sino tam bién en nuestros pensam ientos acerca de los fenóm enos
espaciales m ism os. Existe pues, cierta preem inencia del tiem po
sobre el espacio o, por lo m enos, com o habrem os de ver m ás ade­
lante, una presencia constante del tiem po en todas nuestras ex­
periencias y en todos nuestros pensam ientos tanto si se refieren al
espacio com o si no se refieren a él.
H asta aquí en cuanto a las condiciones de posibilidad del co­
nocim iento intuitivo. Sin em bargo, es claro que no pensam os tan
sólo m ediante intuiciones. De hecho cuando pensam os, cuan­
do piensa cualquier conciencia en general, piensa m ediante la
trabazón no ya de intuiciones puras, sino de conceptos. A esta­
blecer las condiciones a priori de posibilidad de nuestro conoci­
m iento conceptual dedica Kant la prim era parte de la “Lógica
trascendental”.
308
135 Ibid., il, 3.
309
La “Lógica trascendental”
a) Juicios y categorías
Entiende Kant por lógica trascendental aquella parte de la teoría
de los conceptos que considera a éstos en toda su pureza, sin m ez­
cla de sensibilidad. “N uestro conocim iento em ana de dos fuentes
principales del espíritu: la prim era consiste en la capacidad de
1,6 Loe. cit.
310
Introducción a la historia de la filo so fía
recibir las representaciones [...] y la segunda en la facultad de
co n o cer un objeto m ediante estas representaciones.” 137 L a ca­
pacidad a la cual Kant se refiere es, com o hem os visto ya, la
sensibilidad a la cual se aplican las intuiciones de espacio y de
tiem po. La “facultad de conocer” es, en la lógica trascendental,
el entendim iento o, si se quiere, la facultad de form ar juicios a
p rio ri basados en conceptos.
Ya hem os visto los fundam entos a priori de la sensibilidad.
Nos queda por ver cuáles son los fundam entos a priori de nues­
tros razonam ientos basados en conceptos.
Nuestros razonam ientos conceptuales se expresan en juicios.
Si establecem os una tabla com pleta de todas las form as de juicio
posibles, si después buscam os la idea general pura, es decir,
el concepto o categoría de la cual depende cada uno de los ju i­
cios, si por fin dem ostram os que estas categorías son a p rio ri,
los ju icio s que de ellas dependen tendrán tam bién un claro
fundam ento a priori. El procedim iento de Kant en la “A nalíti­
ca trascendental” -p rim e ra parte de la “Lógica trascendental”es sim ilar al que ya hem os visto en la “Estética” . En am bos ca­
sos Kant parte de realidades (sensibilidad en la “E stética”, tablas
de todos los ju icios posibles en la “A nalítica”) para m ostrar
que existen fundam entos a priori para am bas esferas del conoci­
m iento. Estos fundam entos son, en la “Estética”, las intuiciones
de espacio y de tiem po; son, en la “A nalítica”, las categorías del
entendim iento.
Cuando Kant establece la tabla com pleta de todos los juicios
no se propone una tarea im posible. Im posible sería clasificar to­
dos los juicios hum anos si nos atuviéram os a los contenidos que
son infinitos o, por lo m enos, indefinidos en número. Es en cam ­
bio posible establecer una tabla com pleta de las form as de juzgar.
Podem os decir “todos los hom bres son m ortales” , “todas las ro­
sas son bellas”, “todos los jardines contienen plantas” . Los tres
juicios difieren en el contenido, pero siguen una m ism a form a
que podríam os expresar: “Todos los S son P", donde S significa
el sujeto y P. el predicado. Ahora bien, la tabla de los juicios que
copiam os inm ediatam ente contiene, según Kant, todas las for­
m as posibles de juzgar:
137 Immanuel Kant, "Introducción" a la "Lógica trascendental” . I, en op. cil.
D el Renacim iento a Kant
cantidad
(extensión
de los juicios)
311
universales
particulares
singulares
(todos los S son P)
(algún 5 es P)
(este S es P)
cualidad
(estructura
interna de
los juicios)
afirmativos
negativos
infinitos
(todo S es P)
(ningún S es P)
(todo S es no-P)
relación
(relación entre el
sujeto y el predicado
en los juicios)
categóricos
hipotéticos
disyuntivos
(todo S debe ser P)
(si S, entonces P)
(S es o P o 0
modalidad
(grados de
verdad de
los juicios)
problemáticos
asertóricos
apodícticos
(S puede ser P)
(S es probablemente P)
(S es necesariamente P)
Si se dan ejem plos para cada uno de los juicios se verá que no
pueden com binarse siem pre dentro de un m ism o grupo. Un
juicio no puede ser, al m ism o tiem po, universal y particular, h i­
potético y categórico, afirm ativo y negativo, problem ático y apodíctico. Sin em bargo, los juicios son com binaciones de juicios de
los cuatro grupos o. por lo m enos, de tres de ellos. Así. por ejem ­
plo. el juicio “Si todos los hom bres son m ortales. Sócrates es
m ortal” , es universal por la cantidad, afirm ativo por la calidad,
hipotético por la relación y apodíctico por la modalidad.
U na vez establecida la tabla de todos los juicios podem os pa­
sar a preguntam os si. detrás de cada una de las formas citadas de
juzgar, existe una idea general, es decir, una categoría o concep­
to puro. Tomemos por caso el m ism o juicio hipotético. Este juicio
im plica el concepto de causalidad puesto que cuando digo: “Si
P ... entonces Q '\ establezco una relación de causa (sim bolizada
por P) a efecto (sim bolizada por Q). Kant encuentra que existe
una categoría en la base de cada uno de los juicios. Así, al juicio
afirm ativo corresponderá la categoría de esencia o realidad, idea
de realidad sin la cual no podríam os afirm ar nada; en la base del
Introducción a la historia de la filo so fía
D el Renacimiento a Kant
ju icio negativo existe la idea de negación sin la cual no podría­
mos negar nada; en la base del juicio infinito, la idea de lim ita­
ción; en la base del juicio universal, la idea de unidad. La tabla
com pleta de las categorías correspondientes a cada uno de los
juicios es la siguiente:
m ente negativa y que la categoría de realidad es necesaria, es de­
cir a p rio ri, con relación al juicio de tipo afirmativo. Si tom am os
en cuenta un juicio de relación -c o m o el juicio h ip o tético - vere­
m os que necesita de la idea o categoría de causa y efecto. Si to­
m am os la categoría de posibilidad verem os que, gracias a ella,
podem os llevar a cabo juicios de tipo problem ático. En los cuatro
casos la categoría es absolutam ente necesaria y está universal­
m ente im plícita en el juicio correspondiente. En suma, las cate­
gorías, com o antes las intuiciones de espacio y de tiem po, son
form as a priori, no ya de la sensibilidad, sino de nuestro m odo de
reflexionar, es decir, del entendim iento. Vimos que el espacio y el
tiem po, sin duda a priori. no son por ello ideas innatas. Lo m is­
m o sucede con las categorías. Kant no se preocupa de su origen,
que bien podría estar en la experiencia, en la educación o en el
conocim iento que obtenem os por oídas. Lo que le im porta a Kant
es la m ente tal com o funciona una vez que las ideas están estable­
cidas. Y es precisam ente en este sentido que podem os decir que
tanto por lo que toca a la sensibilidad -e sp acio y tiem p o - com o
por lo que toca al entendim iento -c a te g o ría s- existen en la con­
ciencia, en cualquier conciencia, fundam entos universales y
necesarios.
R esum am os cóm o concibe Kant el conocim iento hasta este
punto, de acuerdo con el diagram a siguiente:
312
cantidad
unidad
pluralidad
totalidad
cualidad
realidad o esencia
negación
limitación
relación
sustancia y accidente
causalidad
reciprocidad entre agente y paciente
modalidad
posibilidad o imposibilidad
existencia o no-existencia
necesidad o contingencia
Quedan establecidas, por una parte, la tabla de todas las formas
de juzgar; por otra, la tabla de todas las categorías correspondien­
tes a cada una de las form as de juzgar. El próxim o paso consiste
en m ostrar que cada una de las categorías es, con respecto al ju i­
cio que le corresponde, a priori, universal y necesaria.
A unque la dem ostración kantiana es a la vez larga y com pleja,
podem os, para entender su idea principal, reducirla a una sola
pregunta: ¿es necesario tal categoría para que sea posible tal ju i­
cio? Si la respuesta es afirm ativa habrem os m ostrado que la cate­
goría en cuestión - y el procedim iento puede repetirse con cada
una de las categ o rías- es precisam ente a priori. Vamos a m ostrar­
la en algunos casos y el lector podrá aplicar el mismo razona­
m iento a las categorías restantes. C onsiderem os prim ero una de
las categorías de cantidad y preguntem os: ¿sería posible hacer
juicios universales si no tuviéram os en la conciencia la idea o
categoría de unidad, si no pudiéram os reducir lo m últiple a una
unidad total? La respuesta es claram ente negativa y por lo tanto,
la categoría de unidad es a priori con relación al juicio de tipo
universal. C onsiderem os ahora una categoría de cualidad. C uan­
do nos preguntam os si es posible pensar afirm ativam ente sin la
idea de esencia o de realidad, vem os que la respuesta es igual-
313
categorías
I
espacio, tiempo <--------------------------------- juicios
I
fenómenos
Si entendem os por fenómenos todos los datos experim entales
que se presenten a la conciencia, podem os decir, desde ahora que
pensar es. para Kant. aplicar a los fenóm enos, de por sí oscuros,
intuiciones claras y categorías que, por medio de juicios, les vie­
nen a dar una form a precisa. Conocer es form ar la experiencia
m ediante las condiciones a priori de nuestra sensibilidad y de
nuestro entendimiento.
N aturalm ente Kant pensaba, al escribir la Crítica de la razón
pura, sobre todo en la ciencia. Pero un ejem plo cotidiano podrá
Introducción a la historia de la filo so fía
D el Renacim iento a Kant
servim os para ilustrar el diagram a anterior y las palabras un tanto
abstractas m ediante las cuales explicam os el diagram a.
Supongam os que acabo de despertar. De m om ento sólo tendré
ante m í una m asa caótica de sensaciones. Poco a poco, sin em ­
bargo. a m edida que despierto, iré situando los objetos en el espa­
cio y en el tiem po y podré form ular un juicio, por vago que éste
sea. Pensaré, por ejemplo: “Son las ocho y hay sol” . ¿Q ué im pli­
ca este juicio? Im plica un juicio afirmativo, un juicio singular, un
ju icio problem ático y cada uno de estos juicios im plica la corres­
pondiente categoría. Pero este ju icio im plica tam bién el tiem po
- e l tiem po en que transcurre el juicio por mi pensam iento, por
mi “sentido interno”- y el espacio - la localización del objeto de mi
juicio en algún lugar más o m enos p re ciso - ¿Q ué nos m uestra el
ejem plo? B ásicam ente que, por una parte, necesitam os, al pen­
sar, un m aterial que podem os llam ar experiencia o fenóm eno y,
por otra parte, una serie de intuiciones y categorías que localizan
el fenóm eno y le dan forma. C onocer es construir. Y para cons­
truir necesitam os tanto los m ateriales -lo s fenóm enos-, com o los
instrum entos y las ideas -lo s juicios y categorías-. Por ello Kant
puede decir que la experiencia pura, sin ideas, sería ciega, caóti­
ca y sin form a, y que el pensam iento sin experiencia sería vacío.
A hora bien, esta explicación, ya de por sí im portante, resulta
todavía insuficiente. Por una parte, los filósofos han pensado siem ­
pre que debe existir un principio de unidad que todavía no encon­
tram os en la conciencia que Kant describe hecha de intuiciones y
de categorías. Por otra, es necesario precisar aún más la relación
que existe entre el pensam iento abstracto fundado en las catego­
rías y la experiencia. Lo prim ero nos conducirá a ver cuál es el
centro de unidad, cuál es la síntesis de la conciencia. Lo segundo
a establecer, entre las categorías y la experiencia de los fenóm e­
nos, lo que Kant llam a los “esquem as” de la conciencia.
palabras, lo que Kant piensa es que no podría haber representa­
ciones -sensaciones, intuiciones o categ o rías- si no existiera en
el pensam iento, en cualquier conciencia en general, un centro que
pudiera ordenarlas y sintetizarlas. Este centro es el yo pienso. Por
otra parte, en las m ismas palabras “debe acom pañar” , está im plí­
cita la noción de que no podría existir conciencia de algo sin el yo
pienso, es decir, que el yo pienso es universal y necesario, a priori.
Conviene en este punto no confundir el yo pienso kantiano
con el cogito cartesiano o con el “si dudo, existo” de san Agustín.
En el caso de éstos, el “yo pienso” o el “yo dudo” im plica la exis­
tencia. No así para Kant quien, en la C rítica de la razón pura, se
preocupa por el conocim iento y no por la existencia de lo que
conoce o de lo que es conocido. Ya verem os que para Kant no
se puede deducir el existir del pensar. Sin embargo, lo que aquí nos
im porta es señalar sencillam ente que el yo pienso kantiano no
es una noción de existencia sino que se lim ita al conocim iento
puro. El centro de este sol que es la conciencia -p a ra seguir su
m etáfora coperniciana- es precisam ente este yo pienso sin el cual
no podría existir pensam iento alguno.
Pero si era im portante señalar cuál es el centro ideal de cual­
quier conciencia que piensa, no lo es m enos ver cóm o se relacio­
nan las categorías abstractas con la experiencia concreta, con
los fenóm enos que surgen del “m aterial” que nos otorgan nues­
tros sentidos.
Hum e pensaba que las ideas generales no se aplican en reali­
dad a ningún referente puesto que las ideas son abstractas y los
referentes son individuales. La idea general de rosa no corres­
pondía para él a rosa alguna en el mundo. Por lo contrario Kant.
que se interesa básicam ente en el conocim iento del m undo físico
y en la ciencia física que lo estudia, quiere establecer una rela­
ción entre las categorías abstractas y la experiencia concreta. Es­
ta relación se establece m ediante los esquem as del tiempo.
El tiem po, en efecto, es por una parte una intuición de orden
general y abstracto. Pero es. tam bién, una sucesión que se en­
cuentra en nuestra experiencia, es decir, en nuestras sensaciones
o. en el lenguaje kantiano, en los fenóm enos. El tiem po sirve así
com o interm edio entre la abstracción del pensam iento y lo con­
creto de la experiencia fenom énica. Por ejem plo, la categoría de
sustancia adquiere vigencia en el m undo de los fenóm enos cuan­
314
h) El “yo pienso” y el esquem atism o de la razón pura
“El yo pien so debe acom pañar mis representaciones: pues si fue­
ra de otro m odo habría en mí algo representado que no podría
pensarse, lo que equivaldría a decir: que la representación es
im posible o que por lo m enos es para m í igual a nada.” 138 En otras
138 Ibid., ii.
315
316
Introducción a la historia de la filo so fía
D el Renacimiento a Kant
do la pienso com o perm anencia en el tiempo', así tam bién la cate­
goría de la esencia (o realidad) adquiere vigencia en el m undo de
los fenóm enos com o “existencia en un tiempo determ inado”,1,9 la
categoría de causalidad entra en contacto con los fenóm enos
y consiste en “la sucesión de la diversidad” .140
Resum am os, Kant piensa que el conocim iento es posible siem ­
pre que exista una experiencia y que esta experiencia no sea con­
siderada com o una cosa, sino com o un fenóm eno (representación
de la cosa en la conciencia). La experiencia pura, sin em bargo,
sería “ciega”. Es así necesario fo rm a rla m ediante la aplicación
de categorías y de intuiciones de tiem po y espacio aplicables pre­
cisam ente a esta experiencia. Esta aplicación se hace siem pre
m ediante el esquem a del tiem po. Finalm ente; no existiría pensa­
m iento alguno sin la presencia de una síntesis de la conciencia
que Kant llam a el yo pienso. De este modo el esquem a que dába­
mos m ás arriba para la conciencia puede ahora precisarse y com ­
pletarse m ediante el esquem a siguiente:
les son las condiciones de posibilidad del conocim iento puro sino
que quiere tam bién determ inar sus límites. Pues bien, es idea
kantiana, que el con o cim ien to term ina precisam ente cuando
la m etafísica com ienza. Y aun cuando Kant afirm a que la pregun­
ta “¿qué puedo esp erar?” -p re g u n ta esencialm ente m etafísi­
c a -, estará siem pre presente en el alm a de todos los hom bres, no
existe para ella ninguna solución posible dentro de los lím ites del
conocim iento puro o científico. La m etafísica no es ciencia.
Bien es verdad que los juicios m etafísicos -p o r ejem plo “Dios
existe” , o “el alm a es inm ortal” o “el m undo es eterno”- son ju i­
cios sintéticos y están basados en categorías e intuiciones a priori.
Sin em bargo, cuando de m etafísica se trata, las categorías y los
juicios trabajan en el vacío puesto que según Kant no existe nin­
guna experiencia a la cual puedan aplicarse intuiciones y cate­
gorías. Tal es, en esencia, la idea general de la crítica kantiana al
conocim iento m etafisico. Tal es, precisam ente, el sentido de la
distinción entre fen ó m en o y noúmeno.
Ya hem os visto que un fen ó m en o es una realidad sensible, un
hecho de la experiencia percibida. Los fenóm enos no son para
Kant cosas sino las representaciones que la conciencia se hace de
las cosas. Los noúm enos en cam bio son. precisam ente, cosas o,
por decirlo en térm inos kantianos cosas en sí, y en térm inos clá­
sicos, esencias. Si realm ente aceptam os esta distinción entre la
conciencia que tenem os y la realidad en sí de las cosas, m al po­
dríam os pasar del conocim iento de los fenóm enos a la realidad
que está, por así decirlo, detrás de ellos. N aturalm ente, Kant
no quiere decir que las cosas en sí no existan. Lo que quiere decir
es que son incognoscibles porque tratar de conocerlas sería com o
querer saltar m ás allá de nuestra propia som bra si por som bra
entendem os aquí la conciencia.
Kant m uestra con am plísim o detalle esta im posibilidad de la
metafísica. Nos lim itarem os a considerar tres casos: el del cogito
cartesiano, el de la existencia de Dios por m edio del argum ento
ontològico y el de la antinom ia que im plica la discusión acer­
ca de la eternidad o la no-eternidad del mundo.
El cogito cartesiano es la form a de revelar la existencia del
que piensa. A hora bien, Kant cree que es posible decir: pienso,
luego pienso que existo. Lo que es im posible es saltar de un he­
cho de la conciencia bien aceptable (yo pienso), a un hecho de la
yo pienso
\ categorías
I
intuiciones <------------------------
juicios
I
esquem a del tiem po
I
fenóm enos
Los juicios sintéticos de la ciencia -s e a esta m atem ática o fí­
sic a - son posibles a priori porque están garantizados por el ca­
rácter universal y necesario de las intuiciones de espacio y de
tiem po, por las doce categorías del entendim iento y, m ás allá
de am bas, por el a priori supremo: el yo pienso.
c) Im posibilidad de la m etafísica
Hasta aquí las condiciones de posibilidad del conocim iento. Pe­
ro, com o decíam os en un principio, Kant no sólo quiere ver cuá­
139 Ibid., ii, i.
1JULoe. cit.
317
31 8
Introducción a la historia de la filo so fía
existencia ( yo existo). Y no es que Kant dude en su vida cotidia­
na de la existencia que le es propia. Lo que Kant dice es que no
hay dem ostración lógica y racional de esta existencia.
A lgo p arecid o puede d ecirse del argum ento que trata de
probar la existencia de D ios por la idea de la perfección, argu­
m ento que nació con san A nselm o y que Kant bautizó con el
nom bre de argum ento ontològico. El argum ento, reducido a su
m ínim a expresión, nos dice que la idea de la perfección revela
la existencia de un ser perfecto, la existencia de Dios. N ueva­
m ente aquí Kant piensa que es ju stificab le decir: pienso en la
perfección, luego p ien so en la existencia de esta perfección. Lo
que es, para él. totalm ente im posible, es pasar del p ensam iento
de Dios, a la existencia de Dios. Y ello, por dos razones. La
razón lógica según la cual no podem os saltar de la conciencia
de un ser a la existencia de este ser. y la razón experim ental
que nos dice que el concepto de Dios no se da en la experiencia.
Ello no significa que Kant no crea en la existencia de Dios. Vere­
mos que p or otros cam inos, acaso no tan alejados de la antigua
fe cristiana. Kant llega a la existencia de Dios. Dice sencilla­
mente que la existencia divina no es dem ostrable com o lo puede
ser un teorem a ni com probable y verificable com o lo puede ser
una ley física.
Si ahora pasam os al caso de una antinom ia, verem os, después
de definir la palabra, que no hay conocim iento m etafisico de la
realidad cósm ica. Por antinom ia entiende Kant una oposición de
puntos de vista. Si podem os probar tanto el pro com o el contra
de una idea, si podem os probar form as contradictorias de una
m ism a idea, ello quiere decir que la prueba que em pleam os es
inválida. Tom em os, a guisa de ejem plo, la idea de la eternidad
del m undo y verem os cóm o según Kant se puede probar tanto
que el m undo es eterno com o que no es eterno y, en últim a ins­
tancia, que no puede probarse ni una cosa ni otra.
Los filó so fo s que prueban la etern id ad del m undo p re su p o ­
nen que el m undo no tiene principio. Al suponerlo arguyen que
si el tiem po tu v iera p rin cip io h ab ría de em pezar en una suer­
te de no-ser o de vacío. Pero la idea de un tiem po vacío carece de
sentido y, por lo tanto, la idea m ism a de un principio de los tiem ­
pos es contradictoria y así el m undo es eterno. A sí lo expre­
sa Kant:
D el Renacimiento a Kant
319
el origen de algo en un tiempo vacío es posible porque ninguna par­
te de ningún tiempo de este tipo contiene una condición clara de ser
con preferencia a la de no ser [...] Por consiguiente, muchas series
de cosas pueden tener un comienzo en el mundo, pero el mundo
mismo no puede tener un principio y es, por lo tanto, con referencia
al tiempo pasado, infinito.141
Pero si unos pueden probar que el m undo es eterno, otros en
cam bio pueden probar que tiene un principio en el tiem po. Estos
argüirán diciendo que la sucesión de una serie infinita es im posi­
ble y que, por lo tanto el m undo ha de haber sido creado.
Los dos argum entos parecen tener validez lógica. Pero com o
son contradictorios entre sí deben ser rechazados ambos.
Las dem ás antinom ias kantianas siguen el mismo procedim ien­
to de oponer pruebas contradictorias y por lo tanto inaceptables.
Tal es el caso de quienes afirman que cualquier parte del m undo
está hecha de partículas simples contra aquellos que arguyen que
el m undo no está hecho de sustancias simples o de quienes afir­
man que hay en el m undo un principio de libertad contra aque­
llos que niegan la existencia de la libertad física o, por fin, el de
quienes arguyen que el m undo dem uestra la existencia de un ser
divino necesario contra aquellos que prueban que el m undo no
im plica la existencia de Dios.
En resum idas cuentas, ni la psicología racional -p a rte de la
m etafísica que se ocupa del a lm a - ni la teología racional -p a rte
de la m etafísica que se ocupa de D io s - ni la cosm ología racional
-p a rte de la m etafísica que se ocupa del u n iv erso - entrañan
pruebas claras.
La m etafísica es im posible com o conocim iento. Sin em bargo
las cuestiones m etafísicas existen de hecho en nuestra conciencia
y nos atosigan y nos angustian. Ya hemos visto que es im posible
dar respuestas científicas a las preguntas m etafísicas, aquellas
preguntas en las cuales va de veras nuestro ser. Ello no quiere
decir ni que las preguntas dejen de existir ni que. por otro cam i­
no. el de la m oral, Kant no llegue a establecer principios m etafísicos com o bases del com portam iento hum ano. Tal es el tem a
central de la Crítica de la razón práctica.
141 linm anuel Kant, “D ialéctica trascendental", II, ii, en op. cit.
320
Introducción a la historia de la filo so fía
La C rítica de la razón práctica y el problem a
de la f e y la razón
El análisis que Kant lleva a cabo en la Crítica de la razón pura,
nos ha m ostrado las posibilidades y los límites de la razón espe­
culativa. Pero no todo en el hom bre es ciencia o especulación. Si
por un lado era necesario contestar a la pregunta, ¿qué podem os
conocer?, es igualm ente im portante contestar a las dos pregun­
tas: ¿qué debo hacer?, ¿qué puedo esperar? La prim era es, a las
claras, una pregunta m oral; la segunda una pregunta m etafísi­
ca. El sentido de la Crítica de la razón práctica es precisam ente
éste: partir de los hechos de la vida moral para ver cuáles son los
fundam entos m etafísicos de la conducta. La razón, que en un
prim er lugar hemos aplicado al conocim iento, se aplica ahora a
la acción, a la conciencia m oral y a los principios de la co n ­
ciencia moral.
Los juicios m orales, que se presentan siem pre bajo la form a de
una obligación, son imperativos. Nos dicen lo que debem os h a­
cer. Nos podrán decir, por ejem plo, “debes am ar al prójim o com o
a ti m ism o” o “debes ir a la escuela”. En todo caso se presentan
com o form as de la voluntad expresadas m ediante juicios im pera­
tivos. Pues bien, es idea de Kant que las filosofías clásicas suelen
hacer depender estos im perativos m orales de juicios de existen­
cia que en sí mismos nada tienen de m orales o de inm orales. Y
ello sucede tanto en las m orales hedonistas y em piristas com o en
las m orales eudem onistas y m etafísicas. Las prim eras, por ejem ­
plo. la moral de Epicuro, parten de lo que sucede de hecho en la
naturaleza para decirnos qué es lo que debem os hacer en la ac­
ción. Si som os seres sensibles, dirá Epicuro. ello quiere decir
que debem os buscar el placer. Las segundas, por ejem plo, la m o­
ral de Platón, nos dirán qué es el m undo de la m etafísica y, al ver
que las ideas son racionales y que el m undo de las ideas es nues­
tro m odelo, nos dirán que debem os com portam os según la razón.
Kant considera que ninguna de estas dos form as de la m oralidad
es justificable. Ambas parten de lo que es para conducirnos a una
idea de lo que debemos hacer. Am bas son lo que Kant llam a m o­
rales heterónom as, es decir, m orales dependientes de algo que no
es m oral. Esta dependencia, adem ás de ser m oralm ente falsa está
basada en una deducción lógica falaz. Kant afirma, en efecto, que
D el Renacimiento a Kant
321
no es posible deducir un juicio de valor de existencia, que no es
posible decir lo que debe hacerse a partir de lo que se hace de he­
cho. De lo que es podemos deducir lo que es, pero no lo que debe ser.
Por ello Kant opone a las m orales heterónom as la moral autó­
nom a, la moral que solam ente se basa en los juicios propiam ente
m orales. Por decirlo con Kant, “la autonom ía de la voluntad es el
único principio de todas las leyes m orales y de los deberes con­
form e a ellas” .142
La moral de Kant se basa únicam ente en los principios m ora­
les de la voluntad y del deber. Sus principios nunca serán de la
forma: haces esto luego debes aquello, sino sim plemente, debes
porque debes.
U na segunda distinción es necesaria para acabar de aclarar la
autonom ía de la m oral kantiana, fundada en una voluntad libre:
la distinción entre im perativos hipotéticos e im perativos categó­
ricos. Kant nos da razones lógicas y m orales para rechazar del
terreno de la m oral los im perativos hipotéticos y aceptar única­
m ente los im perativos categóricos.143
Un im perativo hipotético es aquel que depende de una hipóte­
sis prim era para llegar a una obligación com o resultado. Puedo
pensar que si robo iré a la cárcel y por lo tanto no debo robar.
C uando así pienso estoy pensando de acuerdo a un imperativo
hipotético. Los im perativos hipotéticos son m oralm ente dudosos,
puesto que no se basan en la m oral sino en la práctica más inm e­
diata. Form al y lógicam ente son heterónom os. Parten en efecto
de la verificación de un hecho (si robo, iré a la cárcel) para llegar
a un juicio de valor. Tanto form alm ente com o m oralm ente, los
im perativos hipotéticos sufren de todos los defectos que sufrían
las m orales heterónom as.
De ahí que solam ente sea válido m oralm ente el im perativo
categórico, en el cual se anuncia la m oral autónom a fundada en la
libertad de la voluntad y en la ley del deber m oral puro.
u: Iinm anuel Kant, Crítica de la razón práctica, trad. de Manuel G arcía Morcillo,
Victoriano Suáre/., M adrid, la. parte, l, i. 4.
145 Es necesario recordar que Kant fue form ado dentro de la escuela religiosa que
llam am os pielism o y que el pietism o fue una escuela de moral extraordinariam ente
rígida. C laro que la m oral de Kant no es totalm ente pietista, puesto que los pietistas
daban im portancia prim ordial a los actos y Kant, com o verem os, a las intenciones. Sin
em bargo, su afirm ación de una m oral extrem adam ente rigurosa puede lener raíces en el
pietism o en que fue educado durante su infancia y su prim era juventud.
Introducción a la historia de la filo so fía
D el Renacim iento a Kant
El im perativo categórico, base de toda la moral kantiana, se
enuncia en estos términos:
“O bra de tal m odo, que la m áxim a de tu voluntad pueda valer
siem pre, al m ism o tiem po, com o principio de una legislación
universal.” 144
Este im perativo es claro si se precisa lo que Kant entiende por
la p alab ra universal. R ecordem os, brevem ente, a R ousseau.
Rousseau distinguía, en lo político, la voluntad de todos de la
voluntad general, por la cual entendía la voluntad racional de
los hom bres. Pues bien, cuando Kant habla aquí de “legislación
universal” entiende prácticam ente lo m ism o que R ousseau por
“voluntad general” . No se trata de una voluntad de las m ayorías.
Se trata de la voluntad afirm ada por la razón que es com ún a
todos los hom bres. El im perativo categórico, sin duda influido
p or las ideas de R ousseau, establece que la acción m oral ha
de estar basada en la voluntad racional y que las m áxim as que
podam os darnos han de depender del valor universal que debe­
m os darles.
B asada en la pura noción del deber y de la voluntad, la moral
kantiana no hace concesiones. De ahí que una persona no pueda
ser ju zg ad a por sus actos sino por sus intenciones. Solam ente la
voluntad es buena o es mala. Los instintos, las em ociones, las
cosas de la naturaleza no son buenas ni son m alas. Son indiferen­
tes. Solam ente la voluntad puede ser realm ente buena. Y la vo­
luntad depende de nuestras intenciones. D e ahí que Kant pueda
afirm ar que nada es bueno sino una buena intención. Juzgar
los actos m orales por sus resultados nos conduciría a una serie de
am bigüedades. Es posible que una persona haga un m al -m ata r
sin querer, por ejem plo-, sin tener la intención de hacerlo. Esta
persona será inocente. Es tam bién posible que un asesino, sin
quererlo, haga un acto benéfico. De hecho lo que Kant nos di­
ce es que los actos son heterónom os, pertenecen al reino de lo
que es y la m oral depende de un im perativo categórico, de un
puro cleber ser de la voluntad.
H asta ahora nos hem os m antenido en el cam po de la moral
pura. No es posible hacerlo de m anera indefinida. La m oral pre­
supone, com o condiciones universales y necesarias, com o condi­
ciones a priori, tres postulados m etafísicos que nos conducen a
contestar radicalm ente las dos preguntas kantianas: ¿qué debo
hacer?, ¿qué puedo esperar?
Es indispensable en ten d er que estas condiciones son tres
postulados m etafísicos, tres verdades indem ostrables, pero n e­
cesarias. Así, cuando Kant llega a determ inados problem as m e­
tafísicos no se contradice a sí m ism o, no está en contra de sus
propias ideas tal y com o fueron expuestas en la Crítica de la ra­
zón pura. Lo que Kant afirm a es que aquí existen tres principios
m etafísicos necesarios e indem ostrables: la libertad, la inm ortali­
dad del alm a y la existencia de Dios.
Es necesario postular la libertad porque de hecho no podría
existir una voluntad ni podría, por lo tanto, existir una vida m o­
ral, si la libertad no existiera. Pero si la libertad “nos es atribuida,
nos traslada a un orden inteligible de las cosas”.145 Y es que la
libertad no es un hecho natural. Si se recuerda la tabla de las cate­
gorías de la Crítica de la razón pura, se verá que la libertad no
aparecía com o principio de determ inación de los hechos. Por el
contrario, la categoría que allí aparecía era la de la causalidad que
guía a todos los fenóm enos naturales. L a libertad nos conduce así
a un reino distinto del reino de los hechos, a un reino m etafísico, a un orden “inteligible”.
El ideal de la m oral kantiana es el de la santidad, una santidad
en las acciones que es obediencia a la ley interna del im perativo
categórico. El orden de la santidad es pocas veces realizable en
este m undo. De hecho, lo que som os no lim ita nuestra capacidad
de deber ser. De ahí el segundo postulado m etafísico que con­
diciona la moral kantiana: el postulado de la inm ortalidad del
alma. Si la ley moral indica un idea difícil de cum plir en esta
tierra, indica tam bién una existencia donde podrem os vivir sin
trabas, de acuerdo siem pre con nuestro deber: tal es el m undo de
la inm ortalidad del alma.
N uestra vida, por fin, es un constante desgarram iento, un des­
garram iento entre aquello que de hecho som os y aquello que
nuestra voluntad nos im pele a deber ser. L a filosofía m ism a de
K ant es una clara m u estra de esta división interna del hom bre.
P or una parte en la C rítica de la razón pura Kant ha expuesto
322
144 Ibid., I, ix, 7.
145 Ibid., I, i. 1.
323
324
Introducción a la historia de la filoso fía
cuál es el m odo de ser de nuestro conocim iento. Este m odo de
ser no coincide con el m odo del d eb e r ser de la C rítica de la
razón práctica . De ahí el últim o postulado de la m oral kantiana.
Si en este m undo el hom bre vive una vida conflictiva entre lo
que es y lo que debe ser hay que encontrar la síntesis de la vida
hum ana en un ser que al m ism o tiem po es deber, en un D ios
que reúne en su esencia al ser y la voluntad. Dios es el ser que
es siem pre lo que debe ser y el deber ser que siem pre es. S er de
pensam iento y de voluntad, el D ios kantiano, a pesar de un más
extrem ado rigorism o, nos recuerda al Dios de D uns Escoto,
hecho principalm ente de voluntad, si bien, en este caso, de vo­
luntad de amor.
La m oral kantiana tiene una clara prim acía con respecto al co­
nocim iento puro: prim acía por cuanto la acción ha sido aceptada
siem pre com o aquello que de más im portante acontece realm ente
en la vida; prim acía, sobre todo, por cuanto a través de la moral
se encuentra la razón de ser de la vida y la síntesis, en Dios, de
aquello que somos y aquello que debemos.
Esta prim acía de la razón práctica obedece a un m otivo que
hem os encontrado a lo largo del pensam iento cristiano: el con­
flicto entre la fe y la razón; Kant separa la fe de la razón, nos dice
que la razón es puram ente conocim iento referido al m undo de las
ciencias. La fe, que parte de los im perativos m orales, nos condu­
ce a Dios. Pero esta fe kantiana no es un acto ciego. Kant quiere
ver en ella una “fe racional pura”.146 En conjunto, la filosofía de
Kant se inclina al fideísm o, a enaltecer la fe por encim a de la
razón pura, si bien su fideísm o pretende al mismo tiem po ser ra­
cional y ser una respuesta al orden racional dentro del dom inio y
la esfera de la acción de los hom bres.
La acción hum ana se m anifiesta, en lo individual, com o nece­
sidad de seguir la ley del im perativo categórico y de los postula­
dos de la metafísica. Se m anifiesta, tam bién, en lo social, lo que
toca a los pueblos, dentro de la historia. La filosofía kantiana
de la historia es im portante en sí. Es im portante, adem ás, para
acabar de ver con claridad las relaciones entre la m oral ideal que
Kant anuncia en la Crítica de la razón práctica y el hecho m oral
que se da en la com unidad histórica de los hombres.
'* Ibid., II, ii, 5.
D el Renacimiento a Kant
325
La historia y la p a z perpetua
Es acaso en su filosofía de la historia donde Kant se m uestra más
claram ente com o hom bre de su tiem po, com o hom bre de la Ilus­
tración. “La Ilustración, escribía Kant en 1784. es la liberación
del hom bre de su culpable incapacidad.” Y, añadía, “para esta Ilus­
tración no se requiere m ás que una cosa, libertad”.147 Pero Kant
va m ás lejos que la m ayoría de los enciclopedistas y de los filóso­
fos ilustrados de principios del siglo. Para él la noción básica que
nos perm ite entender la historia es la de progreso. Es verdad
que para Kant el hom bre solam ente puede realizarse de m anera
plenaria en el m undo de la inm ortalidad con que culm ina la C rí­
tica de la razón práctica. Lo es tam bién que el hom bre se realiza
en la historia. Esta realización es un progresivo descubrimiento de
la libertad hum ana y la historia es para Kant, com o lo ha visto Jean
L acroix,148 lo que prepara a la naturaleza para que se som eta a la
libertad. En la historia se unen los hechos y los acontecim ientos
-p a rte del m undo de los fen ó m en o s- y la moral convertida en ley
de la naturaleza social. Com o Rousseau, Kant quiere transform ar
la sociedad, de un hecho natural en un principio de derecho. La
filosofía de la historia de Kant es una reflexión sobre el progreso
de la legalidad y del derecho para llegar a concebir, a través de las
luchas que acabarán por unir a los hom bres, una com unidad hu­
m ana de tipo federal en la cual se habrá de realizar, hasta donde
ello es posible en térm inos hum anos, la felicidad unida a la lega­
lidad. Kant es optim ista en cuanto a la evolución de la especie
hum ana. Y si el ideal es total y m uchas veces irrealizable, el ideal
práctico de la sociedad es realizable en el curso de la historia. Su
fin es la “paz perpetua”. Si, por otra parte, la moral, que es abso­
luta, no adm ite ya progreso, la historia, que es relativa, adm ite un
progreso que para Kant es m ejor en cuanto es más ilustración y
m ayor realización de la libertad entre los hom bres. Escribe Kant:
“En los hom bres [...] aquellas disposiciones naturales que apun­
tan al uso de la razón, se deben desarrollar com pletam ente en la
especie y no en los individuos.” 149
1J’ Iinm anuel Kant, “¿Qué es la Ilustración?", en Eugenio ím az (irad.), op. cit., p. 25.
148 Jean Lacroix, Histoire et mystère, Castcrm an, París, 1962.
14“ Ininianuel Kant, “Idea de una historia universal en sentido cosm opolita", en Eugenio
ím az (trad.), op. cit.. p. 42.
326
Introducción a la historia de la filo so fía
L a síntesis kantiana
Indicábam os desde un principio que de vez en cuando la historia
de la filosofía presenta grandes síntesis del pensam iento que a la
vez reúnen los m ateriales y acarreos de las filosofías pasadas y
anuncian ya a las filosofías del futuro.
En la filosofía de Kant, por lo pronto, vienen a desem bocar las
ideas fundamentales tanto del em pirism o com o del racionalismo,
tanto de las filosofías del Estado del siglo x v m , com o las ideas
morales que apuntaban ya en Rousseau. A la síntesis kantiana ha­
brá de seguir la síntesis, sin duda más am biciosa y más consciente
de ser una síntesis, que escribió Hegel. La filosofía moderna, des­
pués de Hegel, com o ya sucedió en Grecia después de Aristóteles,
com o sucedió tam bién en la Edad M edia y el Renacim iento des­
pués de santo Tomás, será una época de novedades. Será tam bién
una de estas épocas en que las grandes síntesis se desintegran, una
de estas épocas en las cuales los filósofos tienden a considerar que
la parte es el todo, una época a la vez destructora de las síntesis
pasadas y, probablemente, indicadora de nuevas síntesis que el fu­
turo habrá de darnos y cuya característica exacta es todavía im ­
posible predecir. Pero antes de pasar a la desintegración de la gran
síntesis del idealismo alem án (Kant y Hegel), es necesario precisar
el sentido del pensamiento rom ántico y, hasta donde se puede en
palabras introductorias, el sentido de la síntesis hegeliana.
Obras de consulta
B r é h i e r , É m ile, Histoire cle la philosophie, vol. II, A lean, París, 1938,
pp. 507-570.
CRESSON, A., Kant, sa vie, son œuvre, Paris, 1955.
C o p l e s to n , Frederick, History ofPhilosophy, vol. VI, Bums and Oats,
Londres, 1960, pp. 180-440.
D ilth e y , W., Historia de la filosofía, Fondo de Cultura Económica,
México, 1951. [Breviarios, 50.]
G a r c í a M ú r e n t e , M a n u el, Lecciones preliminares de filosofía,
Tucum án, 1941.
Ím az , Eugenio, “Introducción a Kant”, en Filosofía de la historia, El
Colegio de México, México, 1941.
D el Renacimiento a Kant
327
K ü lp e , O., Kant, Labor, Barcelona, Buenos Aires, 1925.
L a c r o ix , Jean, Histoire et mystère, C.asterman, Paris, 1962.
L is s e r , Kurt, El concepto del derecho en Kant, Cuadernos del Cen­
tro de Estudios Filosóficos, Universidad Nacional A utónom a de
M éxico, México.
R o m e ro , Francisco, Historia de la filosofía moderna, Fondo de Cultu­
ra Económica, México, 1959. [Breviarios, 150.]
CUARTA PARTE
H
e g e l y l a c a íd a d e l id e a l is m o
I. F ic h t e
y
S c h e l l in g
El pen sam ien to que tran scu rre de K ant a H egel tien e, aparte
de su valor intrínseco , la im p o rtan cia de h acernos asistir al
paso de una filo so fía del co n o cim iento y la v id a m oral, com o
la kantiana., a u n a filosofía d ialéc tica y -m etafísica com o la her
geliana.
La riqueza del pensam iento alem án a fines del siglo x v m y
principios del siglo x ix -ro m an ticism o , idealism o, form as re­
novadas de m isticism o - no nos perm ite insistir en cada uno de
los pensadores de la época.1 Sírvanos de puntos de referencia las
obras de Fichte y de Schelling.
Fichte
Johann Gottlieb Fichte nace en Ram m enau (Sajonia) en 1762. De
fam ilia m uy pobre, encuentra un protector en el barón von M iltitz
gracias al cual estudia en la escuela Pforta -m á s tarde habrá de
estudiar en ella N ietzsche-. D espués de residir en Z ürich don­
de es preceptor visita a Kant en Königsberg. C uando se edita su
E nsayo de una crítica de toda revelación, el público cree que
se trata de una obra de Kant. C uando éste aclara que el autor es
F ichte, la celebridad del jo ven filósofo queda establecida. A
ello contribuye tam bién la am istad de Fichte con Goethe, quien
lo recom ienda com o profesor en la U niversidad de Jena. Fichte,
com o Goethe, afirm aba que el principio de toda realidad es la
acción. La filosofía de Fichte queda estrecham ente em parenta1 Para apreciar esta riqueza piénsese en los nom bres de Goethe, Schiller, Novalis,
Hölderlin. Lichtenberg, Moritz, los herm anos Schlegel, Ham m an. todos ellos en la raíz
m ism a del rom anticism o y del idealismo.
'•V
332
Introducción a la historia de la filo so fía
Hegel y la caída del idealism o
(..>
3 33
da con el activism o rom ántico aun cuando Fichte se declara ene­
m igo de los rom ánticos en cuanto tales. En 1807, ya profesor en
Berlín después de haber sido acusado de ateísm o en Jena, escri­
be, contra N apoleón, los c élebres Discu rso s a l a n a c i ón alemana. M uere Fichte en B erlín en el año de 1814.2
La obra de Fichte es extrem adam ente com pleja. No es acaso
igualm ente com plejo el contenido de esta obra. En toda filosofía
se trata de llevar a cabo, por decirlo con Fichte, una opción ini­
cial. Puede el pensador optar por el “dogm atism o” -térm in o bajo
el cual entiende tanto el spinozism o com o el realism o - o puede
optar por el idealism o. Si opta por el prim ero se som ete a la ne­
cesidad de los hechos naturales y prefiere la necesidad a la liber­
tad; si opta por el idealism o se decide a tom ar el cam ino de la
libertad. Escribió alguna vez Fichte que el modo en que se filoso­
fa indica el tipo de hom bre que se es. La “inclinación y el interés”
llevaron a Fichte a escoger una filosofía de la acción, de la liber­
tad y de la liberación de la conciencia.
B uscar el fundam ento de la filosofía es, para Fichte, buscar
algo indem ostrable puesto que se trata precisam ente de un fun­
dam ento absoluto. Este fundam ento es el Yo. No se trata sin
em bargo, de un Yo individual ;/*no se trata de un Yo que puede
alcanzarse m ediante la introspección. Es un Yo universal, fun­
dam ento de toda experiencia precisam ente porque está “más
allá de toda experiencia” .3 N o se trata tam poco de un principio
lógico. Es cierto que el Yo es igual al Yo idéntico a sí mismo;
pero el principio de identidad 04 = A ) no condiciona este fun­
dam ento absoluto sino que es más bien su resultado. El Yo ab­
soluto de Fichte es pura libertad; es tam bién acción pura. De
este Yo absoluto derivan las conciencias particulares. A la tesis
fundam ental del Yo responde una antítesis: el n o-Y o^o. si se
quiere, el m undo. Este segundo principio antitético) tam poco es
dem ostrable; su existencia precede al p rincipio de contradic­
ción. La síntesis de este m ovim iento dialéctico son los seres
particulares: este yo particular ante este no-yo concreto: la re-
lación hom bre-m undo^ En últim a instancia Fichte afirm a que el
m undo es la resistencia necesaria para que se realice la libertad
de la conciencia, dentro de los lím ites de la moralidad.
El m étodo de Fichte anuncia ya el m étodo dialéctico que vere­
mos m adurar en Hegel. Pero si Hegel se interesó sobre todo p o r ., ■__
una síntesis total del universo, Fichte pretende alcanzar una síntesis de la vida moral. _
Ya hem os visto que el Yo absoluto pone la existencia del yo
finito ante la existencia del no-yo finito. Filósofo de la actividad,
Fichte afirma la exfsteTicraTtetrrliüértad y de la voluntad -u n a vo­
luntad que habremos de ver desarrollada en sus últimas consecuen­
cias tanto en Schopenhauer com o en Nietzsche-, una voluntad moral
que. com o la voluntad kantiana, escapa a todas las heteronom ías
y se funda en el sentim iento inm ediato de lo justo. En un sentido
muy preciso es el hombre reflejo de Dios. Si por Dios se entiende “la
voluntad eterna” , el hom bre es el ser en el cual, contra los obstácu­
los de la naturaleza, ha de realizarse lo eterno de la voluntad, “Sola­
mente mi voluntad es la fuente de la vida verdadera y de la eterni­
dad.”5 La vida hum ana consiste en vivir intensam ente nuestro yo
voluntario ante un m undo que le resiste; consiste tam bién en sobre-;
pasar este yo y trascenderlo en Yo absoluto que, en sus últim as i
obras, Fichte equipara con Dios. Nuestro m undo nos vela la reali­
dad absoluta; “mi fe -e scrib e F ic h te - m ira m ás allá de este velo” .6
C uando Fausto m edita en su estudio, quiere “traducir” la frase
de san Juan evangelista: “En el principio era el Verbo” y encuen­
tra solam ente dos traducciones aproxim adas: “En el principio era
el espíritu.” Pero, ¿es el espíritu “el que lo crea y conserva todo”?
“En el principio era la fuerza.” Pero algo le dice a Fausto que no
es éste el sentido de las palabras. La tercera traducción es tam ­
bién la única traducción exacta: “En el principio era la acción.” Y
es esta acción en el yo contingente, es esta acción cu el Yo absoluto la que busca, detrás de los velos de las apariencias, Fichte.
Su filosofía no es ya la del ser ni m enos la del acto puro; es ya la
filosofía -ro m án tica a pesar de F ic h te- de la m ovilidad.
: A parte de las citadas, las obras principales de Fichte son: Fundamentos para la
totalidad de una teoría de las ciencias (1 19}). Sistema de ética ( 1798), La vocación del
hombre (1800) y El estado comercial cerrado (1800).
' Johann G ottlieb Fichte, prim era “Introducción” , en Fundamentos para la to ta li­
dad de una teoría de las ciencias. 1.
4 La idea de una dialéctica se encuentra en Kant cuando afirm a que el ju icio que
aparece en tercer térm ino es la síntesis de los que lo preceden. Así la infinitud en la
síntesis de la afirm ación y la negación.
5 J. G. Fichte, "L a fe“ , en La vocación del hombre, I I I .
6 Loe. cit.
334
Introducción a la historia de la filo so fía
\ >
Schelling
v
H egel >’ la caída del idealism o
335
6,
'
M uy distinto, ya to talm £ H t£ _ a tad ó p en sa m ien to de los rom án­
ticos. está el pensar de F nedrich W ilhelm Joseph von Schelling.
C ierto, Schelling era más joven' que Hegel; cierto tam bién que,
precocísim o, su obra antecede en buena parte a la de Hegel.
Nacido en 1775, amigo de Goethe, Novalis, Hegel, Hólderlin y
Schiller, es conocido y célebre a los veintidós, años cuando y a ha
escrito cinco exposiciones de su filosofía. Su pensam iento se acer­
ca al de Friedrich von Schlegel y tam bién al de los m ísticos, com o
Jakob B óhm e, o los rom ánticos com o Novalis. D ecía Novalis:
“L a esencia del rom anticism o es dar cuenta del absoluto.” No era
otra la intención de Schelling. Después de 1797 se suceden sus
libros, entre los cuales hay que señalar muy especialm ente la Fi­
losofía del arte (1802) y la Filosofía de la m itología (obra postu­
ma). Cuando m uere Schelling en 185$ su huella ha sido decisiva
tanto en el rom anticism o com o en el idealism o de A lem ania.
C ercano a los neoplatónicos, a G iordano Bruno, a los alqui­
m istas! los herm éticos y los m ísticos, Schelling desarrolla una
filosofía q u e .t iene por esencia, a pesar de sus variadas expresio­
nes,TaTntuición de la naturalez a L a naturaleza o el absoluto son
la identidad del sujeto y el objeto, lo fundam ental, vivo y sustan­
cial (el G rund, la base dg un universo que e s Dios y es tam bién
evolución de Dios e n ^ r n u n d o ). El absoluto se nos presenta bajo
la form a de dos potencias: el espíritu y la m ateria; que no son
otra cosa que el absoluto m ism o m anifestado. La expresión más
allá del ab so lu ta ^ -u e rp try t^ fH Írito ^ .- .^
.se en­
cuentra en el arte donde se u n e a y^pactan jjiateria y espíritu. El
lenguaje m ítico -a lg o com o en V ico - es el lenguaje de los pue­
blos. A la m itología pagana siguió la desm itologización cristia­
na. Schelling espera, com o lo esperaba F. Schlegel, u n a pronta y
renovada m itología.
-■RanteístaT' de un panteísm o dinám ico y dialéctico, Schelling
piensa, sobre todo el “últim o” Schelling, que Dios se desarrolla
a partir del germ en prim itivo. Dios m ism o, unión del ser y del noser. r.re.a s' ic es ivaniirnte-htiraturaleza (la tesis), el espíritu (la an­
títe s is ) y eLalm a del m undo (síntesis final de Dios y m undo). A
estos tres m om entos de la divinidad m ism a obedecen tres Formas
de la religiosidad: el politeísm o -fo rm a de religión natural-, el
cristianism o -fo rm a de la religión sobrenatural- y la filosofía alia­
da al arte -fo rm a de religiosidad definitiva- y ya totalm ente he­
ch a espíritu.
En su conjunto7 la filosofía de Schelling es poco sistem áti­
ca. Sobre todo en sus últim as obras, Schelling, com o lo h a visto
Bréhier, ‘^cuenta” más que prueb^. Su valor es, sobre todo, de or­
den poético. Su influencia en la dialéctica hegeliana es, sin em ­
bargo, definitiva. En buena m edida Hegel vendrá a poner cuenta
y razón en el m undo inspirado, si bien poco preciso, que trató de
“contar” Schelling.
II. L a
s ín t e s is h e g e l ia n a
8
L a vida de Georg W ilhelm Friedrich,Hegel (1770-1831) transcu­
rre en pleno periodo rom ántico. N o h a y que esperar sin em bargo
de su obra m anifestaciones rom ánticas en el sentido que, con de­
m asiada generalidad, suele darse a este térm ino. Si el rom anticis­
m o se m anifiesta a veces por su carácter irracional, la filosofía de
7 Para los detalles de la filosofía de S chelling habría que tener en cuenta su propia
evolución constante. E n sus inicios Schelling busca un principio natural de la evolución
(el oxígeno, com parable al m ercurio de los alquim istas); m ás tarde está influido por la
oposición Yo vs. no-Yo de Fichte. A partir de 1801 (Exposición de m i filo so fia ) sus ideas
se vuelven m ás claram ente panteístas hasta culm inar en un devenir de D ios m ism o en
L as edades del m undo (1815).
8 D ebo advertir que la filosofía de H egel es en algunos de sus libros la más difícil
que se ha escrito. Su oscuridad es m uchas veces el resultado de una riqueza extrem a­
da de ideas; en otras ocasiones es sencillam ente falta de claridad. Q uien desee em pezar
a leer a H egel deberá por lo pronto evitar la lectura de la Ciencia de la lógica y aun de
la m ayor parte de la F enom enología del espíritu. El lector que quiera iniciarse en la
filosofía de Hegel podrá tener una im presión clara del conjunto de la filosofía hegelia­
n a si em pieza con ia lectura de la “ Introducción” a la F ilosofía de la historia, a la cual
podrá añadir la E stética y, en la form a resum ida que le da Hegel a sus ideas, las partes
de la E nciclopedia de las ciencias filosó fica s, que se refieren al espíritu objetivo y al
espíritu absoluto. Debo advertir tam bién que el resum en que aquí se p resenta es. ante
una filosofía form idablem ente com pleja, una suerte de esquem a que sólo pretende p re­
sentar la obra de Hegel sin entrar en los detalles, riquísim os, pero com plejísim os. Sobre
la filosofía de Hegel recom iendo especialm ente: B enedetto Croce, Lo vivo y lo m uerto
en la filo so fía de Hegel y Jean H yppolite, Logique et existence. Para quien desee lanzar­
se al estudio m ás profundizado de la Lógica hegeliana, será m uy útil la detallada guía
que con el título de A Study o f H egel's Logic ha publicado G. R. G. Mure.
336
Introducción a la historia de la filoso fía
Hegel es. a fin de cuentas, una filosofía de tendencia racionalista;
si el rom anticism o equivale en algunos casos a sentim entalism o,
la filosofía de Hegel es todo lo contrario de sentim ental; si el
rom anticism o se concibe com o una rebelión contra el m étodo, la
filosofía de Hegel es, en cam bio, una filosofía especialm ente m e­
tódica y dedicada a encontrar un m étodo.
Es m uy probable, sin em bargo, que ni el irracionalism o, ni el
sentim entalism o ni la ausencia de m étodo ni otras cualidades co ­
mo el exotism o o la rebeldía sean típicas del rom anticism o. Com o
todo m ovim iento hum ano, el rom anticism o es com plejo en sus
m anifestaciones. Tan rom ántico es V ictor H ugo com o puede
serlo Stendhal, tan rom ánticos tam bién B yron com o Beethoven,
H ölderlin com o G oethe. Los rom ánticos suelen tom ar posiciones
distintas frente a un m ism o género de problem as. De ahí que el
rom anticism o deba buscarse más en una tem ática de época y en
una serie de estím ulos que en una coincidencia de actitudes. Tam ­
bién el R enacim iento es, a pesar de elem entos coincidentes, una
época en la cual pueden presentarse las actitudes m ás opues­
tas: del escepticism o de M ontaigne al panteísm o de Bruno, de la
p hilosophia Christi al pensam iento de la R eform a. De hecho,
cualquier época y en especial cualquier m ovim iento de ideas se
define m ás por el clim a en que viven sus escritores, artistas y
filósofos que por una reacción unánim e al m ism o clima.
Si buscam os este clim a com ún a todos los rom ánticos verem os
cóm o Hegel, en quien hay elem entos de clasicism o com o puede
haberlos en Goethe, es hom bre de su tiem po y parte muy a m enu­
do de la atm ósfera m ism a del rom anticism o.
El rom anticism o es, por una parte, una form a cultural que
obedece a un m undo en m ovim iento. Cuando Fausto dice “En el
principio era la acción” , está definiendo una de las coordenadas
básicas de todo el m ovim iento rom ántico. De ahí que parezca
ju sta la distinción establecida por W. H. Auden en The E n ch a fid
Flood. El clasicismo, piensa Auden, puede simbolizarse en la casa,
en el equilibrio y la m edida de lo que está establecido de una vez
por todas; el rom anticism o podría sim bolizarse por el barco, por
el espíritu de m ovim iento, de cam bio, que a veces resulta en espí­
ritu de aventura, otra en espíritu de nostalgia por el pasado, pero
siem pre parte de la idea y del sentim iento de que el universo .y
el hom bre en el universo están de paso y que la naturaleza de
^
H egel y la caída del idealism o
337
todas las cosas es ante todo histórica. En este prim er sentido de
la palabra, Hegel es rom ántico. Toda su filosofía está dedicada a
encontrar un m étodo que explique el m ovim iento: toda ella es
una filosofía en m ovim iento que quiere responder al hecho m óvil
de la realidad tanto física com o espiritual.
Ha hecho notar Jacques Barzufi9 que el rom anticism o es, fren­
te a la disolución de los valores que establece el siglo xv ill, una
época que busca soluciones. N aturalm ente estas soluciones pue­
den ser de m uy diverso tipo: idealistas o realistas, reaccionarias o
revolucionarias. Siguen siendo, en todo caso, intentos de solución. Si es verdad que este espíritu constructivo define por lo
m enos a los rom ánticos de la prim era época, Hegel es sin duda
uno de los grandes rom ánticos. S u -ü lo so fía pretende no sólo
dar una solución posible a los problem as del hombre. P retendedaí
una solución definitiva, últim a síñfesis^(te1alikffirnrTr1írcmit T rer
nen a desem bocar las filosofías, las creencias, las. f o m a s artísti­
cas del pasado. Y es en este sentido muy preciso que la filosofía
de Hegel se presenta com o la síntesis, la sum m a de los tiem pos
m odernos. Su filosofía es una filosofía del m ovim iento y de la
acción en la lógica, en la naturaleza y en el desarrollo del espíri­
tu; es tam bién una filosofía de la identidad que piensa encontrar
en un principio superior la unión de los opuestos y la estabilidad
últim a de todo lo que se mueve, se altera y cambia. Tal es el sen­
tido del m étodo dialéctico que encontram os tanto en la Fenom e­
nología del espíritu com o en la Lógica, tanto en la Estética com o
en la Filosofía de la historia. Al m ostram os la m ovilidad de todas
las cosas, del pensam iento a la naturaleza y de la naturaleza a la
religión y la filosofía, H egel pretende m ostrarnos la profun­
da unidad que existe entre ellas. Por decirlo en los térm inos
que usaba Auden, la tentativa de Hegel consiste en hacer del bar­
co una casa.
El m étodo dialéctico
El m étodo dialéctico es el que Hegel em plea a lo largo de toda su
filosofía para determ inar el m ovim iento. La dialéctica es así un
9 Jacques Barzun, Classic, Rom antic a nd M od em , Anchor, Nueva York.
338
Introducción a la historia de la filo so fía
m étodo dinam ico que responde a la dinam icidad de los pensa­
m ientos, las tendencias espirituales y culturales de los hom bres.
Desde^eLpmUo d e vista form al, el m étodo dialéctico eonsiste en
afirmar, revolucionariam ente, que la verdad no surge de la identi­
dad, sino de la oposición y aun de la contradicción. Si establece­
mos una tesis A, esta tesis, analizada a fondo, dará lugar a su antítesis
no-¿4, la cual, a su vez, analizada a fondo, volverá a rem itim os a
A. En la filosofía clásica esta oposición de términos que nos rem i­
ten uno a otro era una simple y llana contradicción. Para Hegel, de
la oposición de dos térm inos surgirá un tercer térm ino (la sínte­
sis), en la cual A y no-A vendrán a reunirse para adquirir sentido
y para dar lugar a una nueva realidad o un nuevo concepto.10
D entro de este m ecanism o, por ahora descrito desde un punto
de vista externo, lo que m ás im porta es la presencia de la nega­
ción. La idea fundam ental de Hegel es que cualquier térm ino,
ente físico, espiritual o m oral, contiene en sí su propia negación.
No una negación definitiva, sin em bargo, sino una-negación que
nos conduce a la afirm ación de una síntesis enriqueGida-por la
presencia de los dos contrarios. En este sentido podem os decir
con Jacob Loew enberg11 que el papel del filósofo se parece, en la
filosofía de Hegel, al del actor. El filósofo tiene que ser capaz de
representar todos los papeles, de hacer suyos -to m a r sobre sí,
dirá H eg el- todos los conceptos y ver cóm o de un térm ino dado
nace su opuesto, representar el papel de am bos opuestos para aca­
bar por representar el papel de la unión de los opuestos.
H asta aquí el m étodo dialéctico queda en lo puram ente abs­
tracto. Veamos, para precisarlo, cóm o funciona en un ejem plo
tom ado del principio de la Lògici}. Este ejem plo perm itirá preci­
sar más claram ente la intención del m étodo dialéctico.
10
Existen claros antecedentes del m étodo dialéctico que podríam os hacer rem on­
tar a G recia. Ya H eráclito hacía depender el m ovim iento de la presencia de opuestos y
la m ism a idea persistió en Platón y en A ristóteles cuando am bos quisieron interpretar el
m undo físico. E xisten, naturalm ente, antecedentes m ucho más inm ediatos. Ya el pro­
pio Kant decía que en cada uno de los grupos de juicios y de categorías del espíritu, el
tercero era la síntesis de los otros dos. Así, por ejem plo, el juicio infinito ( 5 es no-P. es,
por su cópula afirm ativa y su predicado negativo, la síntesis de un juicio afirm ativo y de
un ju icio negativo). Más cercanos a Hegel, Fichte y Shelling trataron de aplicar un
m étodo de contrastes y oposiciones a la explicación de la realización conciencia-m und o (Fichte), y a la evolución total del universo (Schelling). Sin em bargo, la aplicación
sistem ática del m étodo dialéctico se debe a Hegel.
" Jacob Loewenberg, "Introducción", en Hegel. Selections, Scribner's, Nueva York, 1961.
Hegel y la caída del idealism o
339
La Lógica de Hegel se inicia, com o la lógica aristotélica, con un
exam en del ser. El ser que aquí exam ina Hegel es el ser en gene­
ral, el ser exento de cualquier determ inación. Si pensam os a fon­
do la noción del ser en general, verem os que no se refiere a nacía
en particular. La noción del puro ser es indiferente. No es ni esto
ni aquello ni lo de más allá. Es. en efecto, una-suerte de vacío. En
este preciso sentido la noción de ser se niega a~sí~mísma v nos
hace pasar a su opuesto: el no-ser. La tesis (ser) nos h a conducido
a la antítesis (no-ser). Si ahora analizam os esta antítesis verem os
cóm o tam bién ella se niega a sí m ism a y nos rem ite nuevam ente
al ser, pues el no-ser es im pensable a m enos que lo pensem os
com o una suerte de cosa, o lo im aginem os com o aquella imagen
negra o aquel fondo de m ar im posible, es decir, a m enos que lo
pensem os o lo im aginem os com o alguna form a de ser. La nove­
dad de Hegel consiste en sacar de esta contraposición un nuevo
concepto, una síntesis-qti^^pntiene a los dos conceptos opuestos.
Tal es el concepto del devenir. En el devenir—pensamos por ejemplo
en el devenir que es nuestro mundo para P latón- viene a juntarse el
ser y el no-ser. El devenir es el concepto de aquello que transita^
pasa y se altera y, por lo tanto, im plica .ser y no-ser.12
En una palabra: H egel encu en tra una fo rm a d in ám ica de
deducción no sólo en la realidad y en la vida, sino en lo que
podríam os llam ar la vida de los conceptos. En ellos tam bién
existe un m ovim iento que se explica por las negaciones m utuas
de los térm inos opuestos y el reencuentro de una realidad en la
síntesis última.
No se piense que las ideas de Hegel sobre el ser, y el no-ser,
son tan abstractas com o podría parecer en un principio. El pro­
pio Hegel hace notar que si la filosofía occidental se inicia en
el ser, y la filosofía hindú se inicia con la idea de la nada, es, en el
fondo, porque el ser y la ñ a d a , aunqueTHcT son lo m ism o, son tér­
m inos que nos rem iten uno a otro.
Este ejem plo puede servir para precisar dos nociones: la de
progreso y la de enriquecim iento.
En cualquier tríada -tesis, antítesis, sín tesis- la tesis es siem ­
pre m ás prim itiva que la síntesis. La síntesis tiene siem pre m ucho
15 Hegel usa pocas veces los térm inos ''tesis” , "antítesis", "síntesis” , todos ellos de
estirpe fichteana. Los térm inos equivalentes en Hegel son: "afirm ación” , “negación" y
"negación de la negación” .
introducción a la historia de la filo so fía
Hegel y la caída del idealism o
m ás contenido que la tesis o la antítesis. El devenir es m ás rico
que el ser o que el no-ser. Por otra parte, la noción del ser es abso­
lutam ente pobre ya que no tiene ninguna determ inación. Así, la
filosofía de Hegel debe concebirse com o un enriquecim iento pro­
gresivo o, si se quiere, un progreso cada vez m ás lleno de conte­
nido. Este progreso es concebible com o un progreso espiritual.
La filosofía de Hegel es com o una vastísim a sinfonía en la cual
los m otivos están ya contenidos desde un principio; una filosofía
en la cual el desarrollo es básico para llenar estos m otivos de un
contenido que es riqueza de espiritualidad.
En esta sinfonía, donde las afirm aciones y las negaciones nos
llevan a una afirmación total y totalizadora, Hegel desenvuelve el
tem a único del universo. Y el universo es, para él, un paso cons­
tante de pobreza a riqueza, de ausencia a presencia. C uando
al final de nuestra exposición veam os cóm o H egel habla de
la identidad de todos los opuestos en un solo principio que po­
dem os llam ar el absoluto o Dios, veremos que este concepto es
el m ism o y pobre concepto del ser enriquecido por todas las de­
term inaciones de la naturaleza, del espíritu individual, de la his­
toria, de la vida social, de las artes, de las religiones y del pensa­
m iento filosófico.
La filosofía de Hegel consiste en seguir los m eandrbs de enri­
quecim iento del ser para poder contem plar, al finárde su expo­
sición, el ser en su totalidad determ inada y viva.
de enriquecim iento si se concibe que la naturaleza es prim ero
inorgánica, m ás tarde quím ica, y finalm ente orgánica y viva,
es decir, que la naturaleza apunta a u na realidad, vital q u e habrá
de desarrollarse en realidad espiritual. Bástenos con decir, por
fin, que en la filosofía hegeliana, la lógica constituye la tesis de la
totalidad, una tesis donde se presentan los esquem as ideales de
la realidad; la naturaleza es la antítesis, es decir, la m anifestación
real y concreta de lo que en la lógica era sim plem ente esqueleto
ideal. C reem os que una breve exposición de la filosofía del espí­
ritu, del enriquecim iento del espíritu, desde sus niveles inferio­
res en contacto con la naturaleza hasta el concepto de Dios en lo
m ás alto de la espiritualidad, servirá para dar por lo m enos el
ritm o de esta filosofía a la vez tan varia com o unificadora.
340
Las determ inaciones progresivas del espíritu
No hay por qué cansar al lector con la exposición excesivam ente
técnica del desarrollo de los conceptos lógicos en la filosofía de
Hegel. Bástenos aquí con decir que el análisis de los conceptos
lógicos -in iciad o s precisam ente en la tríada ser, no-ser, deveniracaban por precisarse y dar lugar a algo que parecía serles exter­
no y que es, a grandes rasgos, su antítesis: la realidad natural. No
vam os a detenernos, tam poco, en la filosofía de la naturaleza de
Hegel, tanto porque sus conceptos científicos han sido superados
com o porque la explicación detallada vendría a añadir bien poco
a un resum en com o el que tratamos de presentar. B ástenos aquí
decir que la evolución de la naturaleza es tam bién-unaevolución
341
El espíritu subjetivo
Entiende Hegel por espíritu subjetivo el “espíritu concreto” .'j En
conjunto, en la evolución del espíritu subjetivo -evolución que no
es una evolución natural sino una suerte de crecim iento in terio rasistim os a la desnaturalización o, si se quiere, a la espiritualiza­
ción del espíritu m ism o. En su nivel más elem ental el espíritu
hum ano es lo que Hegel llam a “alm a” , es decir, el espíritu com o
lo m ás alto del m undo natural y lo m ás elem ental d en tro d el m un­
do espiritual. El alm a así concebida participa todavía de los he­
chos naturales y es, com o para los griegos, un principio de vida
m ás que un principio inm ortal com o lo es para el cristianism o. El
alm a está influida por el clima, por el cambio de las estaciones, por
las relaciones biológicas d e supervivencia, reproducción y de vida
atada a un m undo físico. El prim er despertar ya m edio consciente
del alm a se encuentra en la sensación y, todavía en un nivel natu­
ral, en el sentim iento - n o la co n cien cia- de sí, una suerte de pri­
mitivo pensam iento de la “individualidad tan sólo natural” ,14 que
conduce a un sentim iento individual de la “totalidad efectiva”.15
Pero si el alm a naüiral crece va hasta realizarse com o sentim ien­
to de sí, crece y progresa m ás todavía cuando es conciencia.
13 G. W. F. Flegel, Enciclopedia de las ciencias filosóficas, III, I. 387.
14 Ibid., 403.
15 Ibid., 407.
(
342
^
g
qj
Hegel y la caída del idealism o
“La conciencia constituye el grado de reflexión o de relación
del espíritu consigo m ism o en tanto quz fe n á m m a ll16 La concien-
-sociedad no sólo para vivir sino |
tud. Así. la sociedad será la verdad del espíritu subjetivo, es de­
cir. para traducir el térm ino de Hegel. la realización plenaria de
la subjetividad. El desarrollo de la sociedad, de lo m ás primitivo
a lo más com plejo, de lo m ás natural a lo más espiritual. constá is
r
ye la filosofía del espíritu objetivo.
pero tom ada todavía e n un nivel psicológioo)m ás que metafísico. Percepción. entendimieñtoTcÓncíeñcTa de sí. van construyendo
la espiritualidad del espíritu hasta llegar al principio superior de la
razón que es, por una parte, la idea de la identidad y. por otra, la po­
sibilidad del conocim iento objetivo y universal.
.......... —4
Pero~STÍircoñcIencia es ya grado superior de espiritualidad,
si es la razón la posibilidad-«íisaaa de reflexión clara y distin­
ta, existe en el espíritu subjetivo-on nivel de m ayor progreso y
d£ m ayor espiritualización. Es lo que Hegel llam a propiam ente
el espíritu.
Hegel c o n c ib e el espíritu m m a u m síntesis del alm a v de la
conciencia y una realización m ás alta de am bas no ya en las posi­
bilidades de reflexión, sino en la realidad d e la m isma: en la in­
tuición, el recuerdo, la im aginación y, en últim a instancia, en el
espíritu libre. La libertad viene a unir el espíritu práctico y activo
con el espíritu especulativo, y es la reflexión m isma, la capacidad
de pensar claram ente los m ovim ientos de la voluntad. M ás cerca_ O no a Spinoza de lo que podrá parecer a prim era vista, tam bién
Hegel define la lihertad com o conciencia y no com o capacidad
£
de elección. En un universo que Hegel concibe racional, la liberv ) Tj tad es la razón del universo o, por decirlo en las palabras de Hegel.
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Introducción a la historia de la filo so fía
o
¿
“ vr>1l l n t a f 1 s o n r io i n t í*Hp<»n^ia K htv»” )?
L a evolución interna del espíritu subjetivo nos conduce a la
^ e a de un posible crecim iento interior que nos lleva de lo más
prim itivo, lo más anim al dentro de la vida de la conciencia subjetiva, hasta lo más espiritual, racional y, térm ino aquí idéntico, lo
más libre.
El espíritu subjetivo, sin em bargo, no se realiza nunca ple­
nariam ente. Com o A ristóteles, H egel piensa que el individuo
solitario e s inconcebible y -qtierdé-55r M p o tétieam m ex ü n c eb ible. sería un m onstruo aislado. R obinson C rusoe solam ente se
explica por la civilización previa en que vivió Robinson. No hay
islas hum anas porque el hom bre vive en sociedad y necesita de la
16 Ibid., 413.
17 Ibid., 481.
343
El espíritu objetivo: la historia, el Estado
Entiende Hegel por espíritu objetivo la presencia de la “idea ab­
soluta” , pero “en el terreno de la finitud”. 18 Si la idea absoluta es
la sustancia y, en realidad. Dios m ism o, el espíritu objetivo for­
mado sucesivam ente por el derecho, la m oralidad y el Estado es
la m anifestación de la divinidad y de la espiritualidad en el reino
hum ano de la finitud o. por así decirlo, la presencia del absoluto
en la historia lim itada de los hom bres.
El espíritu absoluto se m anifiesta, prim ero, bajo la form a del
derecho, zona cultural donde se dan la propiedad, resultado de la
necesidad hum ana de poseer, y el contrato social por el cual, se­
gún Hegel, se renuncia al libertinaje individual para garantizar la
libertad racionalm ente entendida.
Pero la persona hum ana que em pieza a realizarse en el contra­
to social, encuentra su realización libre y subjetiva en la m orali­
dad, cuyo fin es la felicidad de los individuos. A sem ejanza- de
Kant, Hegel ve la felicidad en la intención. Á diferencia de K.añt,
ve que la pura intención, si es nada más subjetiva, puede sencoñtradictoria y hundirnos en una form a de aüTócon t em placi ón que
nos aleja de la actividad social.
Por ello, y para que se realice plenariam ente el individuo, Hegel
piensa que el verdadero sentido de la m oral ha de encontrarse en
las diversas form as que conducen al Estado.,.La prim era de estas
formas, la m ás natural y tam bién lám en o s espiritual es la fam iliaque Hegel define co mo “espíritu sensible” 19 La segunda es la
sociedad civil, espíritu form ado p o r las m últiples personas que
constituyen cada familia, ya que Hegel concibe toda fam ilia com o
18 Ibid.. 483.
"•Ibid., 518.
XíP
0)
344
Introducción a la historia de la filo so fía
una sola persona. Por fin, el Estado, que es “la sustancia social
consciente de sí m ism a”.20
Ya hem os visto cóm o el espíritu progresa hacia más plenarias y más com pletas realizaciones. El Estado es 1'■ ¡galizaciéfl
m ás precisa y más clara de la voluntad social- Es necesario dete­
nem os brevem ente para entender cóm o concibe Hegel el Estado
y cóm o piensa la historia hum ana, que para él es la historia de los
Estados, desde sus formas más primitivas y más naturales hasta su
desarrollo espiritual en la sociedad cristiana y el Estado germánico.
C om o antes san A gustín y jtó c o , H egel jponcibe la historia
y hum ana regida por los planes de la providenciá>“Dios y la natu­
raleza de su voluntad son una m ism a cosa; y ésta es la que filosó­
ficam ente llam am os idea.”21 Dios o, en los térm inos filosóficos
de Hegel, la idea, interviene en la historia y la determ ina. Y si la
historia ha de concebirse bajo las categorías de la variación y del
rejuvenecim iento, puede concebirse tam bién com o la historia de
un individuo espiritual - e l conjunto del desarrollo de todos los
p u e b lo s - cuya guía se encuentra en el “espíritu universal” .22 Y
si D ios es razón y m anifestación voluntaria de la razón, si por
o tra parte concordam os con Hegel en decir que “quien m ira
racionalm ente el m undo, lo ve ra cio n al” ,23 la parte de íaTiíosofía que contem pla lá líisfo riá habrá de ver en ella el progresivo
desarro llo de la razón. Por ello Hegel escribe que la-historia es
“el despliegue de la n atu ra le z a divina e n u n elem ento particular
y d eterm in ad o ”»24
Si nos preguntam os ahora cóm o se realiza el espíritu en el cur­
so de variación y progreso que es la historia, la respuesta que nos
da Hegel es ésta: por m edio del Estado. En la Enciclopedia de las
- ciencias filosóficas Hegel definía el Estado en estos térm inos:
“La sustancia espiritual consciente de sí misma.”25 En la Filoso­
fía de la historia encontram os definiciones que aclaran el concepjtctde Hegel. Cuando nos dice que en el Estado “lo racional
ad v ien e^ la existencia en el m aterial del saber y querer hum ano” .
20 Ibid., 533.
21 G. W. F. H egel. Filosofía de la historia, vol. I, trad. de José G aos, en R evista de
O ccidente, M adrid, 1928, p. 29.
” Ibid., p. 10.
33 Ibid., p. 9.
24 Ibid., vol. II, p. 24.
25 G. W. F. Hegel, Enciclopedia de las ciencias filosóficas, III, 535.
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345
que en él sólo tiene el hom bre “existencia racional” , vem os cóm o
el Estado se convierte en la form a m ás alta y más espiritualizada
ral” .26 Para hablar en el lenguaje de la dialéctica podemos decir
coirH egel que el Estado es “la unificación de la voluntad general
y de k> voluntad subjetiva’\ 27 La teoría social y política de Hegel
es “estatistay En éDEsfádo el hom bre renuncia a su libertad indi­
vidual para otorgarla al dom inio objetivado de la razón. Pero si es
estatista el concepto de Hegel no es por ello totalitario^om o pue­
den serlo los conceptos pangermánicüS-de ñftes^áeEsigle-íétíf^-éela época nazi. De ellos los distingue, a pesar del deseo de Hegel
de fundar un Estado fuerte., el deseo de que esta fuerza sea m oral.
El concepto de la historia, la filosofía de la historia que se des­
prende de las obras de Hegel, es determ inista. La idea universal
-ra z ó n y voluntad de D io s - determ ina el curso de los., hechor
históricos y condiciona la historia del mundo, en su .prog.re.so dc_la
naturaleza al espíritu. A lo largo de la Filosofía de la historia,
Hegel describe el crecim iento hecho de variedad y rejuveneci­
m iento que constituye la historia de los puehlos-y-delos. Estados.
“La historia universal va de O riente a 0 £ c id e n te ”j escribe
Hegel.28 En este m ovim iento de traslación de la historia, del Orien­
te al Occidente, Hegel divisa varios m om entos que podem os se­
guir a grandes rasgos.
El prim er m om ento de la historia de la hum anidad - e s decir el
prim er Estado h istó rico - constituye la m /artcia def munde^ En la
infancia de la evolución hum ana encontram os una-foriTía estatal
fundada en el sistem a todavía de origen fam iliar y paternalista
del antiguo im perio chino. E stado estático e inm óvil, entra sin
em bargo en relación con otros pueblos. De este encuentro surge
una segunda etapa de la evolución histórica e s t a t u í a mocedad.
La m ocedad de la historia queda situada en el centro de Asia^y en
la Indía)D entro del m undo oriental, Hegel observa tm ^esp íritu
intuitivo”29 que, socialm ente, se m anifiesta por una dependencia
total de los individuos en cuanto a la form a del Estado. “El im pe­
rio chino y el m ongol, escribe Hegel, es el im perio d elilespotis-t' Cf. G. W. F. Hegel. Filosofía de la historia. “Introducción General", II, 3, pp. 81 y 83.
27 Loe. cit.
23 Ibid., p. 217.
2g Ibid.. p. 219.
,C o
Introducción a la historia de la filo so fía
Hegel y la caída d el idealism o
m o teocràticoy 30 En la India, en cam bio, el sistem a de castas perm k e im fr"aristocracia teocràticiíS’ que entraña ya en las clases
altas un espíritu de individualidad ausente en el im perio chino.
Pero estas diferencias, aun dentro del m undo oriental, surgen con
m ayor claridad a m edida que avanzam os hacia el Occidente. Los
pers_as*-que han tenido que m antener bajo su poder a una gran
diversidad de pueblos, se han visto obligados a conservar la indi­
vidualidad de los m ism os y a otorgar a los ciudadanos un alto
grado de libertad. Si “la C hina y la India perm anecen fijos en sus
principios” , Persia, en cam bio.^‘constituye propiam ente el cam ­
bio entre O riente y O ccidente” .31 En Egipto, por fin, ve Hegel una
constante coexistencia del principio estático de la voluntad del
Estado y una prim era tentativa por com binar esta autoridad con
las exigencias de los individuos. Egipto e s, eiLuna_palabra, la
síntesis del m undo Oriental.
La m ocedad de la historia se m anifiesta, propiam ente, en G re­
cia. La adm iración de Hegel por los griegos no queda anulada por
la incapacidad de los helenos de form ar un Estado coherente.
G recia, con sus m ultitudes de Estados-ciudad es “el reino de la
herm osa libertad”.32 En Grecia,' m ás que en E gipto, se realiza con
plena conciencia la unión de los opuestos que planteaba el m un­
do oriental: la libertad de la persona y la idea de una sociedad
sustancial. Pero la libertad, que Hegel no concibe com o libre elección sino com o clara conciencia de la necesidad histórica, es efí­
m era com o el m undo “de las más graciosas flores” .33 Lo que hace
la debilidad de los griegos es su identificación de la moraliHari
y la belleza» Com o las flores, una m oral que se vincula a la belle­
za, está destinada a desaparecer.
A la m ocedad alegre del m undo griego viene a sustituirse, la
edad viril del Im perio Romano. En él Hegel ve a la vez la síntesis
del m undo antiguo y el com ienzo del m undo m oderno. La moral
se transform a en ley, la obediencia, com o diría R ousseau, en de­
ber. Rom a, con su desarrollo de las leyes y del derecho em pieza
a dar form a a un “Estado abstracto” ,34 térm ino por el cual Hegel
entiende una form a del Estado que ¡
la responsabilidad de la ley.
Pero el Im perio Rom ano sufre de una nueva contradicción in­
terna. Al abstraer la noción de E stado som ete a los individuos a
una ley igualm ente abstracta y general. Los individuos dejan
de vivir com o individuos o, com o dice Hegel m etafóricam ente.
“Rom a se convierte en un panteón de todos los dioses y de todo
espíritu, pero sin que estos dioses y este espíritu conserven su
vida característica” .35 A la objetividad excesivam ente abstracta
de los rom anos sucede la subjetividad -a h o ra llena de senti­
d o - del cristianism o. Con el cristianism o lo ideal y lo real se iden­
tifican en la encarnación de D ios en Cristo.
El cristianism o es la m áxim a m an ifestació n de la unidad
entre lo real y lo ideal, lo co n creto hum ano y lo divino. “El espíritu ha llegado a la co nciencia de que el espíritu es lo venia-
346
30 Ibid., p. 220.
31 Ibid., p. 221.
3: Ibid., p. 223.
33 Loe. cit.
34 Ibid., p. 224.
347
(
senectud, siem pre que este térm ino no indique-decadencia*si­
no “p erfecta m adurez” .17
El m undo germ ánico, del cual es para Hegel m odelo el Sacro
Im perio Rom ano G erm ánico y realización verdadera del espíritu
del pueblo alem án, es la realización plenaria del espíritu cristia­
no: la unión de la divinidad_y el E
de fa Iglesia y del Estado, la espiritualización_i
“racionalización” de la Iglesia.
Este concepto de la historia es, sin duda, controvertible. M u­
chas de las observaciones de detalle son, dentro de la filosofía de
la historia de Hegel, justas y m uchas de sus descripciones llegan
a adquirir verdadera calidad literaria. No es nada seguro que la
historia haya procedido m ecánicam ente del O riente al O cciden­
te, y es m enos seguro aún, que el Estado sea la m anifestación
m ás alta de la espiritualidad social. El concepto de un destino
espiritual de los pueblos germ ánicos, en los cuales, y contradic­
toriam ente con la idea m ism a de evolución, parece cesar la histo-ria, es sólo justificable si se enm arca en la época de Hegel y si se
| entiende com o una m anifestación del deseo de llevar a cabo la
unidad alem ana.
35 Ibid.. p. 225.
36 Ibid., p. 227.
37 Loe. cit.
348
Introducción a la historia de la filo so fía
Pero si son criticables la rigidez y el m ecanism o con que pro­
cede Hegel al interpretar la historia, hay que darse cuenta tam ­
bién, en ju sticia hacia Hegel, de que la historia y el Estado en el
cual la historia encam a no son la realidad espiritual definitiva que
Hegel buscaba a lo largo de su m inucioso análisis del espíritu
hum ano. M ás allá de la historia, m ás cerca de la espiritualidad,
m ás cerca de la idea están, sucesivam ente, el arte, la religión re­
velada v la filosofía coh^.n-i-i supfemíkr-
El espíritu absoluto: arte, religión, filo so fía 38
El espíritu absoluto, realidad m áxim a del hom bre y del m undo,
m uestra, nuevam ente, un progreso que es. sobre todo, crecim ien­
to interior. El prim er paso de este progreso está representado por
el arte. En él em pieza a realizarse totalm ente la idea, es decir,
tanto la aproxim ación de la conciencia hum ana a Dios com o la
plenaria realización de D ios mismo.
Las artes presentan, com o la historia, un progreso que va de
las artes m ás naturales, aquí llam adas sim bólicas, a las artes más
espirituales -ro m á n tic as-jp o r m edio de las artes clásicas. Hegel
llam a sim bólicas especialm ente a las artes arquitectónicas, clá­
sica a la escultura y artes rom ánticas a la pintura, la m úsica y
la poesía. Sin em bargo el paso de lo sim bólico a lo rom ántico a
través de lo clásico se m anifiesta en cada una de las artes. Vea­
m os, prim ero, y a título de ejem plo, cóm o la arquitectura pasa
por las tres etapas indicadas, en un viaje del O riente al O ccidente
que es sim ilar al m ovim iento m ism o de la historia. Ello nos per­
m itirá precisar las nociones de-sim bolism o, clasicism o v rom anticismo. Veamos, en segundo lugar, la jerarquía de las artes y las
razones que llevan a Hegel a pensar que las m ás altas, las m ás es­
pirituales, son la pintura, la m úsica y la poesía.)
Lo que Hegel llam a arte sim bólico es lo que KanUxIos-antec^sores prerrom ánticos de Hegel hubieran llam ado arte sublime))
En este género de arte predom ina el contenido s ó b re la form lfy
58
N o me he ocupado en este libro de cuestiones de estética. En el caso de H egel se
hace indispensable hacerlo, ya que el sistem a de las bellas artes es un paso necesario en
el conocim iento del absoluto. L a estética está aquí al servicio de la m etafísica y es paso
dentro del cuerpo de pensam iento m etafísico.
Hegel y la caída d el idealism o
349
en él “la idea busca todavía su verdadera expresión artística”. En
la arquitectura sim bólica lo característico es que “el hecho de
que la casa, el tem plo y dem ás construcciones son simples m e­
dios con vistas a un fin exterior”.39 O beliscos, colum nas, son, en
el O riente y, principalmente, en la India, form as colosales, de gran­
des dim ensiones que quieren dar la im presión de una sublim idad
que en ellas se sim boliza.
Es de nuevo G recia la que representa la m ocedad - y a veces en
la estética se tiene la im presión de que esta m ocedad es m ad u rezdentro de la evolución de la arquitectura. En G recia nace el arte
clásico que es el arte de arm onía, donde el contenido y la form a
se integran para alcanzar una verdadera unidad de sentido. El ar­
te clásico de los griegos es individual y universal. En él vienen
a reunirse el deseo de expresión espiritual y la afirm ación de una
form a que es el contenido vivo".
La arquitectura rom ántica, cuya expresión más cabal estaría
en la catedral gótica, “logra, a base de recogimiento, abandonar el
terreno de lo finito para elevarse hacia Dios, en quien encuentra
el descanso buscado” .40 La ascensión libre de la arquitectura ro- m ántica y, especialmente, gótica, representa un poder espiritual
que se eleva m ás allá de la materia.
En cada una de las artes encuentra Hegel esta evolución de >
lo m aterial a lo espiritual, de la sensualidad a H c o n a a i a i l ^ g r o
algunas de las artes están m ás cerca siem pre de una de las tres
3r
clasificaciones. La arquitectura es, en su conjunto, sim bólica y,
aun en sus m ás altas expresiones, natural y física. La escultu­
ra, donde lo vivo es representado en piedra, tiende a ser el arte
clásico por excelencia. Las artes rom ánticas se espiritualizan
O N
sucesivam ente en la pintura, la m úsica y la poesía. La pintura
exige ya de quien la crea y de quien la contem pla una m ayor pers­
picacia espiritual puesto que es una form a donde las tres dim en­
siones del espacio deben ser percibidas en las dos dim ensiones
de la tela o del m uro;ia-m ú& ka parece trabajar ya más allá de
toda m aterialidad. En ella, y m ás aún en la poesTa^se m anifiesta
la divinidad encarnada en el espíritu del hom bre. “Gracias al so­
nido, escribe Hegel, la m úsica se aparta de la form a exterior y de
39 G. W. F. Hegel, Estética, vol. ni, Prim era parte, “L a arquitectura".
40 Ibid., “L a arquitectura rom ántica” .
350
Introducción a la historia de la filo so fía
su visibilidad perceptible y necesita, para la concepción de sus
productos, de un órgano especial, el del oído que, com o la vista,
form a parte no de los sentidos prácticos, sino de los sentidos teó­
ricos y es aún m ás ideal que la vista.”41 La poesía, p o r fin, es la
unidad de todas las artes y su m anifestación m ás altam ente espi­
ritualizada. A la idealidad de la m úsica la poesía une la palabra, y
así lo que en la m úsica era todavía expresión sensible espirituali­
zada, es ahora expresión espiritual con pleno sentido.
Podrían hacerse a la Estética de Hegel objeciones sem ejantes
a las que ya hem os dirigido a su filosofía de la historia. U na vez
que Hegel ha establecido los m oldes de su filosofía parece que de
una m anera rígida tiene que colocar en ella, siguiendo un orden
preestablecido, todas las realidades de la vida y del espíritu hu­
mano. Sin em bargo, las observaciones de Hegel con relación a
cada una de las artes son a m enudo m uy interesantes, y sus co­
m entarios sobre la poesía, lo m ejor dentro de su Estética.
“El reino más próxim o que sobrepasa al reino del arte, es el de
la religión. La conciencia de la religión adquiere la form a de la
\ representación cuando el absoluto se desplaza de la objetividad
1 del arte hacia la interioridad del sujeto.”42 Y si por un lado ve
Hegel en la poesía una tendencia a la religión y, a veces, una
expresión religiosa, ve en la religión revelada el fin de todo arte
y una de las dos form as m ás altas de la conciencia hum ana.
L a religión revelada se m anifiesta en la fe, o, en las palabras de
Hegel, en la “presencia inm ediata de D ios”.43 Cristo, en cuanto
Dios encam ado, y los evangelios, en cuanto revelación de C ris­
to, son el m om ento más alto y definitivo de la religión revelada.
La religión revelada, si bien representa una de las dos form as
m ás elevadas de la espiritualidad, no es, sin em bargo, la form a
espiritual definitiva. En la vieja querella entre la razón y la fe,
Hegel se inclina hacia la razón. Es ella y sólo ella, la que acaba
por dar sentido al mundo. Revelación clara y distinta del espíritu
absoluto. La filosofía es. en plenitud de razón, la cúspide d e to d a
la investigación hegeliana. La ventaja de la razón y de su em pleo
en la filosofía sobre cualesquiera de las etapas anteriores de la evo­
lución y del crecim iento del espíritu hum ano, reside en su capaci41 Ibid., “L a m úsica".
42 Ibid., vol. i, Prim era parte, 1, 1.
43 G. W. F. Hegel, Fenomenología del espíritu, v n, 2.
Hegel y la caída del idealism o
351
dad de suprim ir todo conocim iento sensorial imaginativo o figura­
tivo. La filosofía así concebida es, doblemenTe, üirrofféTTexión y
reflexión sobre la razón, el absoluto, la idea, que Hegel llam a tam ­
bién Dios. “Así, lo que en la religión era contenido, o una m anera
de im aginar otro contenido, es aquí la acción propia del yo.”44
Queda el círculo cerrado, porque la filosofía de Hegel es cícli­
ca y circular. Cuando en un principio Hegel hablaba de esta no­
ción vacía que llam aba el “ser” , hablaba de lo m ismo que ahora
llam a espíritu absoluto. L a diferencia es que, en el prim er caso el
“ser” estaba vacío de contenidos, m ientras que en el segundo caso,
el absoluto es la totalidad de los contenidos que nos han llevado
de la lógica a la naturaleza, de la naturaleza al espíritu y, dentro de
éste, crecientem ente espiritualizado el espíritu hum ano, del espí­
ritu subjetivo al objetivo, del espíritu objetivo al espíritu absolu­
to. Si ahora nos preguntam os cuál es el absoluto en la filosofía de
Hegel, la respuesta ha de ser doble. Si nos referim os al contenido
del absoluto, habrem os de decir que es toda la filosofía hegelia­
na. Si nos referim os al m odo de conocer este absoluto, la res­
puesta será que este conocim iento se realiza plenariam ente en la
razón. “Q uien quiera ver el m undo racional lo verá racional” , de­
cía Hegel. Tal es, sin duda, la tentativa de su filosofía. Y Hegel, co­
mo Heráclito, resulta, a fin de cuentas, no tanto un filósofo del
cam bio, sirtadg la unidad del cam bio y de la unión de los contra­
rio s que encontram os en el mundfi del-cambio.Esta consideración general nos conduce a dos consideraciones
más. P or una parte la palabra “evolución’}, cam bio, dialéctica, in­
dica a veces en Hegel un verdadero cam bio que ha tenido lugar
en la historia. Tal sería el caso de su concepto de la fam ilia, de la
sociedad, del Estado, de la historia hum ana y en parte de la histo­
ria de las artes. Pero la palabra “cam bio” puede indicar, y así lo
hace m uchas veces, un progreso interno del espíritu, una llegada
del espíritu a escalones cada vez m ás altos de realidad. Así, la
religión, que sin duda tiene una historia, es, en sí m ism a, un gra­
do superior con referencia al espíritu estético. Lo m ism o sucede
con la filosofía en relación con la religión. Evolución en Hegel
significa ya progreso real, ya progreso espiritual e interno de la
conciencia hum ana.
'■ _ A
Introducción a la historia de la filo so fía
Hegel y la caída del idealism o
P or otra parte, la identificación radical entre razón y realidad
conduce a pensar que la filosofía de Hegel es una filosofía pan­
teista. El absoluto se descubre en la realidad y el absoluto se rea:
liza e rrla evolución, doblem ente definida, de los conceptos, las
instituciones, los sentim ientos, las im ágenes y las ideas.
D arw in o de N ietzsche es, probablem ente, un nuevo periodo de
acarreos cuya síntesis apunta hacia el futuro, un futuro que toda­
vía, a m itad del siglo XX, no está vedado.
352
353
Obras de consulta
La sum m aJiegeliana—
B l o c h , Ernst, El pensamiento de Hegel, Fondo de Cultura Económica,
México, 1949.
H egel decía u na vez que el contenido de su filosofía era toda la
historia de la filosofía y, en general, la historia de la hum anidad y
aun del m undo. Si A ristóteles, santo Tomás o Kant habían reali­
zado grandes síntesis, es probable que ninguno de ellos tratara
de llevar a cabo una síntesis intencionalm ente buscada com o
tal a la m anera de Hegel. En H egel existe no sólo una sum m a del
pensam iento anterior sino, adem ás, la intención m uy clara de lle­
var a cabo esta summa. H asta tal punto esto es cierto que la filo­
sofía de Hegel, hecha de cam bio y de m ovim iento, parece a fin
de cuentas detener el tiem po y querer ser la filosofía, es decir, la
últim a filosofía definitiva q u e acaba co n la historia al ser resu­
m en de toda la historia. Paradójicam ente esta intención escondi­
da de Hegel no deja de dar un tinte estático a una filosofía que se
prom etía dinám ica.
i- a síntesis o sum m a hegeliana está escrita com o la de A ristó­
teles o ferde~santo Tomás, en una época de crisis social, política,
' religiosa y vital. Com o las grandes síntesis d e t pasado, alcanza
alguna verdad absoluta y parece, tam bién, querer organizar el
m undo dentro de un todo, al cual han contribuido todas las filoso­
fías anteriores. Pero si la filosofía de A ristóteles, que fue totali­
zante, se vio seguida por filosofías que tom aban la parte por el
todo -ep icú reos, estoicos, escépticos-; si la sum m a tom ista se
vio desgajada en los últim os siglos de la E dad M edia y dio lugar,
a veces por reacción, a interpretaciones totalizadoras de las par­
tes -O ck h am es aquí el ejem plo más claro -, la filosofía de Hegel
no term ina con la historia. D e hecho, y a pesar de Hegel, inicia un
nuevo periodo histórico donde lo que en Hegel era totalidad, va a
desm em brarse, donde los filósofos volverán a tom ar la parte por
el todo. Y este periodo, que se inicia con las filosofías críticas y.; a
pesar de todo, totalizantes de Comte, de Marx, de Kierkegaard, de
F in l a y , J. N., Hegel: A Re-examination, Collier, Nueva York, 1962.
G r é g o ir e , Franz, Etudes hegeliennes. Les points principaux du système,
P.U.L., Lovaina, 1958.
H y p po l it e , Jean, Logique et existence, Presses Universitaires de France,
Pans, 1953.
M u r e , G. R. G., An Introduction to Hegel, Oxford, 1940.
______ . A Study o f Hegel ’s Logic, Oxford, 1950.
S ta c e , W. T., The Philosophy o f Hegel, MacMillan, Nueva York, 1923.
III.
La
r e f u t a c ió n d e
H egel
El panoram a del siglo x ix europeo se ofrece, a prim era vista,
hecho de diversidad y, por lo m enos en apariencia, de contra­
dicciones. Por una parte, el desarrollo científico y técnico inicia
una carrera que en nuestros días se ha vuelto explosiva; por otra,
los rom ánticos parecen encerrarse dentro de sí m ism os en una
¡ form a de contem plación subjetiva. A las políticas unitarias de
‘ Italia y A lem ania parecen contraponerse los m ovim ientos libe­
rales y, desde 1858, francam ente revolucionarios; el desarrollo
creciente de la burguesía y la presencia igualm ente creciente de
las clases trabajadoras. El siglo x ix presenta el aspecto de una
época de crisis y de lucha. Y en este sentido la noción darwiniana de la lucTia dé las especies o la concepción m arxista de la lucha
de clases son expresiones claras de una lucha real en el cam po de
la vida y de la cultura.
Pero estas oposiciones, tan evidentes en apariencia, siguen, en
el fondo, una línea de unidad. Algunas veces se han opuesto las
354___________Introducción a la historia de la filo so fia
ideas científicas y el m ovim iento rom ántico. No siem pre hay en­
tre am bos una oposición real. M uchos son los rom ánticos que
participan del espíritu científico de los tiempos. La m ism a oposi­
ción entre el subjetivism o rom ántico y la lucha social no es del
todo clara. ¿N o son los rom ánticos com o Shelley, Victor Hugo o
el m ism o Espronceda, espíritus verdaderam ente revolucionarios,
profundam ente interesados en el cam bio social de los tiem pos?
El rom anticism o defiende, sin duda, losvalores espirituales, pero
es en este sentido que el rom anticism o puede considerarse realis~
ta. Jacques Barzun45 ha m ostrado que los rom ánticos son realistas
con tan sólo am pliar un poco el sentido de la palabra realidad. Lo
son si se piensa que un G oethe se preocupa por la ciencia y por
la teoría de los colores; lo son tam bién si se ve en los rom ánti­
cos alem anes, com o Novalis o Lichtenberg, analistas de los sue­
ños que anteceden al pensam iento de Freud; lo son, finalm ente, si
se. ye en el espíritu rom ántico, una tendencia a. querer m odificar
J a estructura social y política de los pueblos, tanto si esta m odifi­
cación se intenta desde un punto de vista tradicionalista. com o en
el caso de C hateaubriand, com o si se intenta desde un punto.de.
vista progresista y revolucionario, com o en el caso de Shelley o
V ictor Hugo.
En una palabra, uno de los hechos determ inantes del siglo x ix
es la am pliación de la palabra realidad, que es ahora ya no sólo
realidad física, sino tam bién realidad biológica, realidad psíqui­
ca, realidad social y, sobre todo, en la base de todos los conceptos
culturales del siglo, realidad histórica.
v Ya hem os visto cóm o el cristianism o descubre el sentido de la
historia y cóm o san Agustín y, en el siglo xv n i, Vico, tratan de ex­
plicar los hechos históricos m ediante una teoría general, una fi­
losofía de la historia que los integra y los arm oniza. Kant o Hegel
se preocupan igualm ente por dar un sentido unitario a la variedad
de los hechos históricos. El siglo XIX es siglo especialm ente histórico, un siglo que trata de explicar al hom bre-com o se r en cam ­
bio y a los pueblos com o seres m óviles y progresivos. P or otra
parte, a partir de las teorías de la evolución de las especies, ya no
sólo el hom bre tiene historia, sino todos los seres vivos. La histo­
ria natural se hace verdaderam ente histórica. Pronto llegará el
45 Jacques Barzun, op. cit.
H egel y la caída del idealism o
355
tiem po en que los geólogos y los astrónom os descubrirán que
tam bién la Tierra y las estrellas tienen historia. El m undo es. des­
d ia h o ra , el lugar donde se hace una historia verdaderam ente uni­
versal. Esta revelación del hom bre com o ser entrado en historia
&e m anifestará en todos los filósofos de la época. Todos ellos ten­
derán a pensar que el hom bre es m enos una naturaleza que un
m ovim iento, menos una esencia que una existencia o, por decirlo
con O rtega y Gasset, m enos un ser que un quehacer.
El historicism o, la concepción del hom bre com o ser que se
hace, tiende, en el siglo pasado, con el m odelo de las ciencias
tanto físicas com o naturales, a hacerse m aterialista y a interpretar
al hom bre com o un ser que se desarrolla en la m ateria m ism a de
la historia. Algunos, com o Kierkegaard, acentúan el lado espiri­
tualista del hombre. La m ayoría, com o Comte. M arx, los darwinianos o Nietzsche. suprim en toda trascendencia e interpretan la
^historia del hom bre a partir del hom bre mismo. Es en este sentido
que las filosofías de m ediados v fines del siglo x ix son hum anistas. El centro vuelve a ser el hombre. Es en este sentido tam bién
que las filosofías del siglo x ix , por im portantes que sean, tien ­
den a ser reductivas, a reducir el-tod© a- la parte, y. finalm ente, a
negar a Dios para que el hombre sea su p ro p io Dios. M uchas pue­
den ser las causas de esta supresión de la divinidad y de esta divi­
nización del hom bre. La más im portante es la reacción de los
filósofos -tam b ién de los artistas y de los p o etas- contra una inKarl M arx, sino tam bién en filósofos nada revolucionarios, com o
A uguste Com te, y aun en poetas com o M allarm é, para los cuales
burguesía es sinónimo de mal gusto: o en filósofos-poetas com o
(Nietzsche, para quien el paraíso es, no la rem iniscencia de un
mtmdcrrfiejor. sino el sueño de un hom bre transform ado en superhom bre. el sueño de un paraíso en la Tierra—C uando Feuerbach. crítico de Hegel y m aestro de M arx, afir­
m a que el único Dios del hom bre es el hom bre m ismo, no hace
sino expresar por adelantado una idea que se generalizará m ás a
m edida que el siglo avance. La idea, salvado el caso de Kierkegaard
es, en conjunto, ésta: el hom bre, que ha dem ostrado su capacidad
de progreso, progresará hasta ser un hom bre com pleto, es decir,
ya sea un Dios, ya sea una suerte de ser superior, independiente y
autónom o. La reducción es tam bién la misma, trátese de Com te,
Introducción a la historia de la filo so fía
Hegel y la caída del idealism o
de M arx o de Nietzsche: negar la presencia del todo; afirm ar la
presencia de una parte; totalizar esta parte -e l hom bre que puede
llegar a ser H om bre- para sustituir al Dios que los filósofos han
pretendido perder. Es esta tendencia, m uy generalizada en el si­
glo pasado, lo que Henri de Lubac ha llamado antiteísmo';porque en
realidad se trata m ucho m ás de una actitud delücK a contra Dios
que de u n a m era ñegación de Tai existencia de la divinidádTTambien en el plano de la m etafísica existe, hecho perm anente del
siglo x ix . la lucha: la lucha, en este caso, del hom bre que quiere
deificarse contra el Dios que este hom bre m ism o concibe com o
un lím ite para su propia deificación. Típica de este antiteísm o es
la frase de Bakunrní; “Si Dios existiera, habría que suprim irlo.”
Pero si son Teductivas las filosofías m aterialistas, lo son tam ­
bién, en su desconfianza a la razón, en su negación de los valores
de la cien c ia, en su negación de la carn alid ad del hom bre,
m uchos de los filósofos religiosos de la época. El fideísm o 3^
Kierkegaard es acaso el m ás típico de esta negación de los valo­
res hum anos, científicos, objetivos y racionales, y la m ás clara
afirm ación de los valores de la fe.
El análisis de seis filósofos: Schopenhauer, Com te, Feuerbach,
M arx, Kierkegaard y N ietzsche, será forzosam ente un panoram a
incom pleto de la m itad y segunda parte del siglo pasado por lo que
toca a ideas filosóficas. Será suficiente para m ostrar los extrem os
de la afirm ación del hom bre y los extrem os de una serie de filoso­
fías totalizantes que, arrancando casi siem pre de Hegel, vienen a
desm em brar y a particularizar el sistem a hegeliano.
raba. Es posible que Schopenhauer fuera el m enos nacionalista
de los filósofos alem anes. Es seguro que, adm irador de Kant, des­
preciaba las filosofías del idealism o y, en especial, la filosofía de
Hegel, contra la cual trata de fundar u na filosofía concreta. P o r su
vasta cultura, Schopenhauer se acerca a los escritores y a los m ú­
sicos: su filosofía está escrita en la m ejor prosa filosófica alem a­
na de la época. Por su actitud crítica ante el hegelianismo se acerca
a los primeros críticos de Hegel: J. F. Fries, que se funda en Kant,
pero reduce la conciencia kantiana a conciencia psicológica; J. F.
Herbart. analista del lenguaje, pedagogo, influido tanto por Kant
como por Leibniz;46 B. Bolzano, en quien se preanuncia la fenome­
nología de Husserl. Pero si estos filósofos siguen siendo filósofos de
su época, Schopenhauer habrá de tener una influencia más clara en
tiem pos recientes: en el vitalism o, en la filosofía de N ietzsche y,
en nuestro siglo, en algunos aspectos del pensamiento de Wittgenstein.
La obra de Schopenhauer puede reducirse a tres libros: La cuá­
druple raíz del principio de razón suficiente (1813). El m undo
como voluntad y com o representación (1818) y los brillantísim os
ensayos de Parerga y Paralipomena (1851). Cuando A rthur Scho­
penhauer m uere, en 1860, su fam a ha quedado establecida; no
así, o por lo m enos no del todo, su influencia.
En La cuádruple raíz del principio de razón suficiente Scho­
penhauer conserva el sistem a categorial de Kant. De este sistem a,
356
Schopenhauer o la negación de la vida
“El delito m ayor del hom bre es haber nacido.” Estos versos de
Calderón, citados por Schopenhauer, resumen, si se olvida el con­
texto católico del español, el pensam iento pesim ista del filósofo
alem án. Su filosofía afirm a la vida; la afirm a solam ente com o
apariencia, una apariencia que, m ás allá de la vida, reclam a una
no-vida, una nada, un olvido.
Nacido en Danzig en 1788, hijo de un com erciante rico, A rthur
S chopenhauer estaba destinado a una vida holgada. D esde muy
joven estuvo expuesto al pensam iento inglés, que su padre adm i­
357
mos encontrar en nuestra m ente com o fenóm eno, com o sucesión
conceptual y, sobre todo, com o volición. En últim a instancia, pa­
ra Schopenhauer la categoría suprem a es la de la voluntad, fun­
dam ento m ism o del principio de razón suficiente.
No es válido creer que esta voluntad sea exclusivam ente mi
voluntad individual y subjetiva. El m undo m ism o está hecho
de voluntades que son fuerzas. La realidad está h echa d e “pre­
sentaciones”47 (com unes al anim al y al hom bre), d e “representaciones” y de voluntad, que es a la vez realidad del m undo y de la
46 H erbart, al buscar entes “reales" y concretos, se aproxim a a lo que en nuestro si­
glo se llam ará “atom ism o lógico"; estos entes “reales" se asem ejan, por otra parte, a las
mónadas de Leibniz.
47 El term ino alem án Vorstellung, que se traduce por representación, indica tam bién
“presentación": el m undo es así mi voluntad y mi “presentación” del m undo en m í, de
la m ism a m anera que es voluntad el m undo y es conciencia prim itiva (presentación) en
el reino anim al.
358
introducción a la historia de la filo so fía
H egel y la caída del idealism o
conciencia. Pero si nos preguntam os qué es lo m ás im portante: la
representación o la voluntad, verem os en seguida que el principio
absoluto es la voluntad. Las ideas v las percepciones están al ser­
vicio de la voluntad. L a voluntad, por decirlo en térm inos kantia­
nos, es la “cosa en s f Y com o la voluntad no depende ni d el
tiem po ni del espacio, debe hablarse de una sola voluntad absoluta y no de una m ultiplicidad de voluntades. En otras palabras, el
m undo puede presentar m últiples apariencias', es de hecho una
sola realidad: la de la voluntad misma.
A hora bien, la voluntad es, en esencia, voluntad de vivir, y la
voluntad de vivir es guerra, es lucha, es conflicto. Por su volun­
tad, por su realidad m ism a, las creaturas aparienciales de este
m undo están condenadas a la violencia J4eg.eLhabía racionaliza­
do el m undo de tal m anera que_el mal parecía no caber en él;
Schopenhauer trata de m ostrar q ue el m undo es m alo y que el mal
nace del conflicto de las voluntades: “el hom bre es un lobo para
el hom bre” , repite Schopenhauer con H obbes.__
Pero si el m undo es lucha y es violencia, no es este m undo el
que desea Schopenhauer. De ahí sus diatribas contra la esclavi­
tud, la explotación del débil por el fuerte y la guerra.
Influido por el pensam iento de la India y, sobre todo, por el
budism o, Schopenhauer piensa que debemos escapar de este m un­
do que es, para él, literalm ente un infierno. No quiere esto decir
que Schopenhauer defienda el suicidio. XI contrario, el suicidio, t
adem ás de ser cobarde, esconde un secreto deseo de viyir y de„.
sobrevivir por lo m enos en la m em oria de los demásJ*Hay que
renunciar a las apariencias, pero solam ente m ediante dos vías: la
del arte y la contemplacióiLgstética; la de la ascesis y la intuición
m ística, de un m isticism o, es cierto, que n o requiere de.la-exis­
tencia de Dios. Ahora bien, la contem plación artística y la visión
m ística constituyen un ir m ás allá de las apariencias, más allá de
los velos, más allá de la voluntad misma. La voluntad se transfor­
ma así en “voluntad” : la acción en contem plación.48 R ehuir las
apariencias es alcanzar, por penetración, la quietud del alma: la
verdad, para Schopenhauer, com o para el budism o, está en la con­
tem plación, una contem plación que anula las apariencias y nos
hace uno con el todo; regreso de nuestras conciencias individua­
les y aparentes a la totalidad del universo.
48
En la filosofía occidental son varias las escuelas que afirm an la acción p ara negar­
la: así los epicúreos. P or otra parte, la vuelta a una realidad prim ordial y escondida
podría encontrarse en Platón, a quien S chopenhauer adm iraba, y en Plotino. El futuro
de la filosofía de S chopenhauer hay que buscarlo, úllim a consecuencia del voluntaris­
mo, en la filosofía de N ietzsche en cuanto éste afirm a no tanto la voluntad de poder sino
la superación del m ovim iento m ism o en el eterno retom o.
Auguste Comte y el positivism o
359
\
La explosión revolucionaria de 1789 y las fallidas tentativas na­
poleónicas por im poner un nuevo orden im perial a toda Europa,
contribuyeron a fom entar entre los europeos un fuerte sentimiento
de desazón y de crisis. Filósofos, escritores, artistas, sintieron la
necesidad de cam biar el orden social. Sintieron, al m ism o tiempo,
la necesidad de reorganizar las sociedades europeas en una época
en que el hom bre es concebido com o ser histórico capaz de pror
gresos ilim itados. D e ahí que la filosofía de principios del siglo
XIX acentúe una preocupación social, política y moral.
Pocos com o Auguste C om te se dieron cuenta del estado de cri­
sis de su tiem po. N acido en M ontpellier en 1798. de una fam ilia
burguesa, católica y m onárquica, C om te estudió en el Politécni­
co de París. De su época heredó la creencia en el progreso nece­
sario de la hum anidad; de su fam ilia la voluntad de orden y de
una organización social estable; de sus m aestros parisinos y, prin­
cipalm ente, de S aint-S im o n )la idea de que el hom bre es un ser
histórico, progresivo y divinizable. Toda la filosofía de Comte,
expuesta en las C onsideraciones filosóficas sobre las ciencias y
los sabios, en las Consideraciones sobre el p o d er espiritual, en el
Curso de filosofía positiva - s u libro m ás im p o rtan te- y. final­
m ente. en el Sistem a de política positiva y en el C atecism o p o si­
tivista, m uestra la necesidad de integrar y unificar las nociones de
orden, ciencia y progreso. Al igual que Francis Bacon, su antece­
dente más claro, Com te concibe la ciencia com o una reflexión
aplicable, com o un arte operatorio. Y si Bacon había podido es­
cribir que “la naturaleza para ser dom inada, debe ser obedecida” .
C om te afirma: "C iencia, de donde previsión; previsión, de donde
acción” .49 Tanto en B acon com o en C om te existe la idea de que
49 Auguste Comte, Curso de filosofía positiva. “Segunda lección” , I.
360
Introducción a la historia de la filosofía
la ciencia, una vez aplicada, podrá conducim os a la felicidad.
La diferencia principal entre B acon y C om te reside en que si pa­
ra B acon la felicidad hum ana es el resultado de la técnica y del
desarrollo material, la felicidad hum ana viene a la filosofía de
Com te por m edio de una nueva ciencia a la cual el propio C om te
dio el nom bre que todavía lleva: la sociología.
Entender el pensam iento de Com te es así, prim ero, descubrir
lo que entiende por progreso hum ano y establecer, com o el pro­
pio C om te escribe, la “ley fundam ental” del progreso y de la his­
toria;50 es, en segundo lugar, describir lo que Com te entiende por
positivism o; es, en tercer lugar, clasificar las ciencias con la m i­
rada puesta en una educación “racional” de la hum anidad; es, por
fin, ver cóm o Comte. fiel a su época, renuncia a la religión cris­
tiana para sustituir la religión de sus antepasados por una nueva
religión de la humanidad.
La ley fundam ental
L a idea de una ley fundam ental que explique los diversos hechos
de la naturaleza, de la historia y de la cultura, es frecuente a lo
largo de los prim eros cincuenta o sesenta años del siglo x ix .
Darw in buscará en la lucha por la supervivencia y en la noción
de la supervivencia de los seres m ejor adaptados una ley funda­
m ental; M arx lratará de encontrarla en la teoría de la enajenación
y de la lucha de clases, C om te. D arw in y, Marx "siguen.' cada uno
en su esfera, el m odelo de Newton, Los tres piensan, com o ya lo
había pensado Hume para las leyes del espíritu hum ano, que es
factible encontrar una ley única, capaz de explicar un cam po d e­
term inado de fenóm enos. L a tentación de la física new toniana
invade el pensam iento del siglo x ix .
Auguste Com te encuentra e sta le y en lo que denom ina la “ley
de los tres estados". En ella hay que saber encontrar tanto una
idea de la historia com o la idea de que la historia acabará por
producir un estado de cosas perfectotiTl estado positivo.
50 Ibid., “Prim era lección” , III.
H egel y la caída del idealism o
361
La prim era etapa de la hum anidad fue la etapa teológica. En
ella “el espíritu hum ano, que dirige esencialm ente sus búsque­
das a la naturaleza íntim a de los seres, a las causas prim eras y
finales de todos los efectos [... ] se representa los fenóm enos com o
si fueran producidos por la acción directa y continua de agentes
sobrenaturales m ás o m enos num erosos, cuya intervención arbi­
traria explica todas las anom alías aparentes del universo” .51 Comte
se refiere así, principalm ente, a las etapas m ágicas y religiosas
del pensam iento hum ano, pero las palabras “causas prim eras y
finales” indican que se refiere tam bién a lo que solem os llam ar
r'm etafísica. Para C om te la teología y la m etafísica dejan d? ser
x ien cia s porque-no se. atienen a la experiencia y a las leyes na­
turales. Si el progreso debe existir, esta prim era etapa debe ser
sobrepasada.
Y
es sobrepasada, de hecho, en el segundo estado: el estado
m etafísico. En él, los hom bres sustituyen los agentes sobrenatu­
rales por “fuerzas arbitrarias” , “verdaderas entidades inherentes
a los seres diversos del m undo” .52 En esta etapa com prende C om ­
te en parte lo que solem os llam ar metafísica. Com prende sobre
todo en ella los residuos m etafísicos que han quedado en las cien­
cias, residuos que pueden encontrarse en las hipótesis del éter, de
los principios vitales o del alm a. Estas hipótesis que surgen de la
experiencia de los hechos deben ser rechazadas y con ellas todo
pensam iento m etafísico, tanto si esto es lo que propiam ente lla­
m am os m etafísica com o si se trata de la filtración de pensam ien­
tos m etafísicos en la ciencia.
Sobrepasadas las dos etapas primitivas de la humanidad, el hom­
bre alcanza la etapa que C om te considera definitiva: el estado
positivo, estado que paradójicam ente, com o paradójicam ente aca­
baba la historia en el E stado alem án v c ristiano de Hegel. term ina
propiam ente la evolución de los pueblos. En la era positiva, que
Com te encuentra ya com o prom esa y m uchas veces com o reali­
dad en el m udo que habita, dom inarán las ciencias, la experiencia
y una visión racional del mundo.
r La idea de una evolución histórica es. en el caso de Com te. la
(idea de una serie evolutiva rígida. Habremos de ver que esta rigi51 Ibid., “Prim era lección” , I, 1.
52 Loe. cit.
Introducción a la historia de la filo so fía
Hegel y la caída del idealism o
dez proviene de que C om te da m ás una ley sociológica que una
ley propiam ente histórica. A ntes, sin em bargo, es necesario pre­
cisar el sentido de la etapa positiva de la hum anidad y precisar
qué entiende C om te por un hecho positivo.
Podem os definir un hecho positivo: es un hecho experim entable, verificable, repetido, que im plica una ley natural, la cual, a
su vez se convierte en una ley científica.
En el Curso de filosofía p o sitiv a , la ciencia se concibe com o
un constante progreso, progreso que consiste en llegar a leyes
cada vez m ás universales, de tal m anera que la representación
del m undo sea cada vez más perfecta, aunque nunca llegue a
ser del todo com pleta.
Sin em bargo, C om te, que cree en el progreso del hom bre y
en la perfectibilidad de la ciencia, co n sidera tam bién que la era
positiva es el estado definitivo de la hum anidad. Es en este sen­
tido que, a pesar de que el futuro deba esperarse com o prom etedor de leyes cada vez m ás generales y m ás perfectas, el sentido de la historia es, en C om te, a fin de cuentas, estático. Y lo es
porque C om te cree que con el pen sam ien to positivo, con la
supresión de la m etafísica y 4& 4 a.ielig ió n , el hom bre podrá
establecer un orden social d efin itiv o .'E s precisam ente en es­
te orden social donde C om te escam otea sus propios principios.
El antim etafísico que fue C om te se convierte en sociólogo, y el
sociólogo es una suerte de cu rio so sacerdote cuyo fin es la ado­
ración del hom bre, ya de una vez por todas convertido en su pro-
362
L os hechos positivos
Ya hem os visto cóm o el em pirism o inglés, en sus diversas y aún
contradictorias form as, era una filosofía de los hechos. Sin em ­
bargo, el em pirism o solía presentar los hechos com o sensaciones
individuales en tanto estas sensaciones afectaban el m odo de pen­
sar de los hom bres. Solam ente B acon trataba de buscar, m ás allá
de los hechos, leyes universales o, en sus palabras, fo rm a s natu­
rales. Córate, para quien la ciencia es ante todo experim ental,
parte tam bién de los hechos p articulares, pero da m ucha m ás im ­
portancia a lo que denom ina hechas^g£ii£iales, es decir, leyes
físicas, quím icas o biológicas establecidas a partir de los hechos
particulares. El hecho general es la explicación universalizada
de los hechos particulares. A hora bien, para que existan leyes ge­
nerales. hechos generales o estadísticos, es necesario que es­
tos hechos sean verificables. Tal es la prim era característica de un
hecho p o sitiv o suverificabil idad en la experienciíi^Por ello Comte
escribe: “Es la experiencia únicam ente la que h a podido .propor­
cionarnos la m edida de nuestras fuerzas-!-3 Frase de doble filo la
de Comte. P or una parte indica que ciertos hechos son positivos ,
porque están ligados a la experiencia. P or otra parte sugiere que
ciertas ideas -id e a s m etafísicas, teológicas, re lig io sas- son inverificables y, por lo tanto, deben h a c é i s a un lado p o r carencia
de utilidad.
Pero si un hecho es positivo por ser verificable, es tam bién
verificable porque se p re sen taác iiu in eiarep eu d y . Si los fenóm e­
nos fueran variables, caprichosos y azarosos no habría ley posi­
ble para determ inarlos. De ahí el segundo criterio para que un
fenóm eno o una serie de hechos sean positivos: su “sujeción a
leyes naturales invariables” .54
53 Ibid., 5.
54 Ibid., 4.
p io d lo s '
363
O \ ¿ ^ 0 , 'O oo ° ‘
}\\ avú
Sociología y religión de la hum anidad
C órate intenta, en el C urso ele filo so fía p o sitiva , una nueva cla­
sificación de las ciencias. E sta clasificación está basada en dos
nociones: la de sim plicidad y la de universalidad. Jerarquizadas,
las ciencias, serán tanto m ás puras y tanto m ás exactas cuanto
m ás sim ples, cuanto más universales sean sus fórm ulas y sus
principios. Por ello, ciencia de las ciencias, la m atem ática, que
no es sólo una ciencia pura sino una ciencia 'a p líc a b íe a la ex­
periencia. es la prim era de todas las ciencias. En cuanto a las
ciencias naturales - la s que m ás interesaban a C om te para el
dom inio de la n atu raleza-, quedan clasificadas, según el m is­
m o principio, en el orden siguiente: astronom ía, física, qu ím i­
ca, cuyo conjunto form an la “física ir
1
'
') 364___________Introducción a la historia de la filo so fía ______________
física social o sociología, cuyo conjunto constituyela. ‘‘físicao rgánica” . C om te cree que esta clasificación sigue con toda preci­
sión su principio de la sim plicidad y de la universalidad. Así, la
cien cia m ás pura sería la astronom ía; la ciencia m enos exacta,
la sociología. Cree C om te tam bién que esta clasificación sigue
el d esarrollo histórico de las ciencias. P ero cree sobre todo que
estas ciencias habrán de servir para la educación racional de
los hom bres en todas las esferas sociales. La educación que
propone C om te prescinde de la religión, d e la metafísica,-de- las
hum anidades, las artes y la poesía. S uprim ida la cultura occi­
dental, C om te se queda con el m undo exacto, preciso, feliz de
las ciencias puras.
E sta clasificación hace de la sociología la principal de todas
las ciencias hum anas. “F ísica social” , la sociología podrá dar
a los hom bres las leyes de su conducta y podrá otorgarles la
felicid ad m ediante la aplicación de leyes tan precisas com o
pueden serlo las de N ew ton para la física o las de L avoisier p a­
ra la quím ica.
Ya in d icáb am os m ás arrib a que la ley de los tres estados es
m ucho m ás u n a ley so cio ló g ica que u n a ley histórica. C onvie­
ne, si b ien brevem ente, d istin g u ir aquí entre las leyes que dan
am bas d iscip lin as. L a h isto ria se refiere a los hechos p artic u ­
lares del pasado. L a historia, com o d irá A. N. W h iteh ead m ás
tarde, se refiere “a este C ésar en esta R om a” . La sociología, en
cam b io , es la cien c ia de las in stitu cio n e s -fa m ilia , E stado, j
Ig le s ia -, C om o tal, la so cio lo g ía debe trata r de los hechos pa- j
sados invariables. Si en la histo ria existen hechos invariables
-s ie m p re han existido la fam ilia, el E stado, la re lig ió n - el so ­
ció lo g o , com o en su cam p o el físico, podrá d ar leyes invaria­
bles, co n stan tes y verificables. H echa a im agen y sem ejanza
de la física, la so ciología de C om te se convierte en el estudio
invariable de las instituciones hum anas. Bien es verdad que en
estas in stitu cio n e s los contenidos cam bian, com o puede cam ­
biar, p o r ejem plo, la estru ctu ra de la fam ilia. Pero C om te, m ás
p reo cu p ad o por el orden, p o r la regularidad y por la o rg an iza­
ción so cial que por el cam bio, prefiere c o n sid erar los hechos
in v ariab les - l a fa m ilia m is m a - y estab le cer una ley co nstante
p ara el d esarro llo de la hum anidad. Tal es. en efecto, la ley de
los tres estados que, rígidam ente, busca en la evolución hum ana
v '• . v\ \ V
Hegel y la caída del idealismo
365
tres etapas deslindadas, progresivas y a la vez estables. Tal es
tam bién la gran paradoja de Com te. H om bre de orden p or educa­
ción y por influencia del pensam iento científico de su tiem po,
C om te busca tam bién el cam bio y el m ejoram iento de la hum a­
nidad. Tal es, en sum a, la paradoja que plantea la existencia de
un estado progresivo - e l estado p o sitiv o - que es, al m ism o tiem ­
po, estable y definitivo.
Si estas paradojas ex isten ya d en tro del cu erp o del Curso
de filo s o fía p o sitiv a , se revelan en to d a su desn u d ez en el S is ­
tem a de p o lític a p o sitiv a y en el C a tecism o p o sitiv ista . En
ellos, la so ciología d eja de ser cien c ia p ara co n v ertirse e n una
nueva religión. El an titeísm o de C o m te acab a en u n a extraña
deificación del hom bre y una curiosa y significativa d eificació n .
de la h u m anidad y de la sab iduría. C u rio sa, en efecto , porque
es u n a negación em o cio n al de todos los p rin cip io s racio n a­
les estab lecid o s en el Curso; sig n ificativ a, p o rq u e nos indica
que C om te, com o la m ay o ría de los an titeístas) tien e que fu n ­
d ar u n a nueva relig ió n —esta vez to ta lm e n te fe tic h ista — u na
vez que ha querido acab ar con el esp íritu re lig io so del c ris tia ­
nism o. Lo que in d ica la tray ecto ria de C o m te -c o m o en buena
parte de la de M arx y la de N ie tz s c h e - es, n eg ativam ente, que
toda filo so fía reductiv a tien e que re d u cir al ho m b re y dejarlo
aislado de to d a com u n id ad con D ios. P o sitiv am en te, sin em ­
bargo, todas estas filo so fías, en lu c h a ab ierta co n la d iv in i­
dad, d em u estran u n a n ecesid ad de d iv in id ad , u n a necesid ad
de relig ió n y de creen cia que es co m ú n a to d o s los hom bres.
E n un sen tid o m uy claro , las filo so fías an titeístas, en su afir­
m ación de nuevas form as relig io sas a veces cu rio sas, a veces
extrañas y las m ás de las veces irra cio n alü L íie n e la v irtu d de
rep la n tear el p roblem a v ital de la ex isten c ia del ho m b re com o
ser anim ado, com o ser con alm a, y co n sed - s i no con p resen ­
c ia - de D io s.55
55
C om te no está solo en esta doble n ecesidad de negar la religión p ara afirm ar una
nueva religiosidad. Su religión de la hu m an id ad había sido en parte estab lecid a por
S aint-S im on, m aestro de C om te. y, m ás tarde, p o r la "fratern id ad " saint-sim oniana.
En ella los hom bres eran a la vez sacerdotes y d io ses, v eneradores y venerados. Un
discípulo de S aint-S im on, E nfantin, llegó a creerse la encarn ació n d e C risto. Tanto
E nfantin com o C om te eran espíritus positivos que tuvieron que ced er ante la em oción
religiosa.
366
Introducción a la historia de la filo so fía
Feuerbach y la divinización del hom bre56
Entre los “jóvenes hegelianos”, Feuerbach es quien más clara­
m ente contribuye a fundar una “izquierda” hegeliana57 y es tam ­
bién el que m ás claram ente aparece com o pensador de transición
entre el hegelianism o y el m arxism o.58
N acido en 1804, Ludw ig Feuerbach estudió teología en la
U niversidad de Heidelberg, asistió a los cursos de Hegel en Ber­
lín, fue profesor durante poco tiem po y dedicó la m ayor parte de
su vida a estudios de filosofía y teología, una teología que fue, ea
esencia, antropología. M urió en Nurem berg en 1872.
Entre las prim eras obras de Feuerbach se encuentran estudios
de filosofía pura: sobre Leibniz, Bayle, Hegel, y sobre la histo­
ria del pensam iento de Bayle a Spinoza. Pero sus obras funda­
m entales son: La esencia del cristianism o ( 1841), Tesis provisio­
nales p ara una reforma de la filosofía (1842) y L a esencia de la
religión (1845).
Espíritu religioso, filósofo de la vida concreta, discípulo y crí­
tico de Hegel al m ism o tiem po, Feuerbach ejem plifica la sustitu­
ción de la religión por un nuevo hum anism o en el cual el único
dios del hom bre es el hom bre mismo. “Los tiem pos m odernos
han tenido por tarea la realización y la hum anización de Dios - l a
transform ación y la resolución de la teología en antropología-.”59
L a crítica que Feuerbach dirige a la filosofía de H egel habrá de
encontrarse, en buena parte, en la crítica que de Hegel hace M arx;
coincide, adem ás, en m uchos aspectos, con la crítica que Kierke­
gaard -religioso y teísta- hace al hegelianismo. Hegel es un escri­
tor sistem ático y, en este sentido, un “artista” ; la filosofía de Hegel
es la filosofía de Fichte “pasado por Schelling” .60 Pero la verda­
dera tarea de la filosofía no debe ser tanto la de abstraer y s ts 56
El interés reciente hacia Feuerbach se encuentra tanto entre teólogos (la relación
Ich und D u en M artin Buber parte de la relación yo-tú en F euerbach), com o entre los
estudiosos del m arxism o.
5l Los térm inos "jóvenes hegelianos” acabaron por identificarse con los de "izquier­
da h egeliana” . Entre los filósofos de este "grupo" habría que citar a Arnold Ruge ( 18021880), M ax S tim er (1806-1856). Bruno Bauer (1809-1882).
58 L a influencia de Feuerbach en el joven Marx es decisiva. De Feuerbach procede,
entre otros, el uso que M arx dio al térm ino “enajenación".
59 Ludw ig Feuerbach, P rincipios de la filosofía del porvenir, “P refacio” . 1.
60 Ludw ig Feuerbach, Contribución a la crítica de la filo so fía de Hegel, 1.
H egel y la caída del idealism o
367
tem atizar, sino la de hacer entender la vida,.misma:Jtiacer vivir al
h ílo -d eJa vida concreta- Q: como. dice,Eguerhach, “sensible” . La
verdad no debe ser una verdad abstracta; la verdad depende de
la m anera de ver auténtica de cada persona individual y del con­
junto de las personas: la especie hum ana m ism a. Ver la filosofía
com o pensam iento abstracto es vivir enajenados ante el sistem a,
alejados de la vida y de la existencia. Adem ás, Hegel em pieza
por la noción del ser abstracto. La filosofía debe empezar, según
Feuerbach, por el ser sensible: “es el ser sensible e l que es ser
perm anente o inm utable para_el ser sensible”.61 Por fin, hay en la
filosofía hegeliana un conflicto entre dialéctica y fin de la histo­
ria, entre m ovim iento e inm obilidad.
A hora bien, ¿cuál es este ser sensible por el cual debe em pezar
la filosofía? Es, en el contexto de Feuerbach, el hom bre m ism o, o
m ás precisam ente, la conciencia del hom bre. Esta conciencia es,
a la vez, yo y tú, diálogo de todos los hom bres contenido ya previa­
m ente en cada conciencia individual.62 Esta conciencia es también
conciencia-sentim iento, conciencia-voluntad y conciencia-razón.
El sujeto que posee la conciencia es el hom bre (hom bre individual
y hom bre específico); su objeto es tam bién el hom bre, el hom bre
declarado infinito, el hom bre convertido en su propio Dios. “El ser
divino no es sino el ser hum ano o, m ejor dicho, el ser del hom bre
liberado de los límites del hom bre individual.”63 En otras palabras,
una vez que el hom bre se desenajene podrá ser sujeto y objeto de
su propio culto: no Dios hom bre sino hom bre divinizado en tie­
rra. “L a erudición y la filosofía no son para m í sino m edios para
hacer surgir del hom bre los tesoros que en él están escondidos.”64
K arl M arx y las condiciones m ateriales de la historia65
L a vida de Karl M arx (1818-1883) puede dividirse en seis perio­
dos que responden a los principales m om entos de su desarrollo
61 Loe. cit.
62 E sta idea, en buena m edida derivada de la relación yo-tú en la filosofía de Fichte,
es precisam ente la que repercute en ciertas m odalidades de la teología contem poránea:
por ejem plo en Buber.
63 Ludw ig Feuerbach. La esencia del cristianism o, "Introducción.”
64 Ibid., "prefacio a la segunda edición” .
65 Vid. Yves Calvez, La pensée de Karl M arx, Seuil, París, 1956.
/
Introducción a la historia de la filo so fia
Hegel y la caída del idealismo
filosófico. Entre su nacim iento y el año de 1836, Marx se desarro­
lla en el am biente familiar. Su padre, de ascendencia judía, había
abandonado las viejas creencias fam iliares y se había convertido
a un protestantism o liberal, hecho de un m ínim o de creencias re­
ligiosas. La actitud de M arx frente a la religión se ha considerado
com o un regalo de nacim iento.66 Entre 1836 y 1848 M arx, que
siguió en un principio las enseñanzas de Hegel, traba am istad con
los jóvenes hegelianos e inicia una crítica de Hegel que habrá de
aparecer en su prim er libro im portante, los M anuscritos económ ico-filosóficos de 1844. La crítica económ ica y política se ini­
cia en este periodo de su vida. Tam bién en él M arx precisa el
sentido del m aterialism o, en parte com o discípulo y en parte en
contra de la filosofía de Feuerbach ( Tesis sobre Feuerbach, 1845).
De 1845 a 1848 M arx despliega una actividad política revolucio­
naria que aparece en la M iseria de la filo so fía (1847) -resp u esta
a la Filosofía de la m iseria de P roudhon- y, principalm ente, en el
M anifiesto del partido com unista, escrito en colaboración con
Engels en 1848. Entre 1848 y 1870, M arx dedica todas sus fuer­
zas a la liberación de los trabajadores -d e l proletariado, dirá M arx
siguiendo a S ism ondi- y participa en la fundación de la prim era
Internacional (1864). Escribe E l capital, crítica de la econom ía
política, cuyo prim er volum en aparece en 1867, y los dos restan­
tes, después de su muerte.
No debe olvidarse que M arx escribe y actúa en el m om ento
de pleno desarrollo del capitalism o europeo. Su filosofía debe
situarse dentro de su época porque es, precisam ente, una reac­
ción contra la vida m iserable de los obreros, contra un capitalis­
m o realm ente opresor y contra las enajenaciones hum anas. No
hay que olvidar tam poco que M arx es filósofo de su tiem po en
su teoría del hom bre y del mundo. D entro de las filosofías que.
hem os llam ado antiteístas, la de M arx e s, pro b ab lem en te, la
más dogm ática y la que más to talm ente quiere encontrar en el
hom bre el fin del hombre. Entender la filosofía de M arx es, suce­
sivam ente, entender su idea del m étodo, su teoría de la enajena­
ción, su teoría de la historia - y principalm ente de la historia del
ca p ita l- y entender, finalm ente, que la filosofía m arxista busca
una realización total del hom bre en la sociedad co m unista y
en u na suerte de fin de la historia que es aquí contradictoria, co­
mo lo fue en Hegel, con la teoría m ism a de una historia dinám i­
ca y evolutiva que propone el propio Marx.
368
66
E s difícil dar una interpretación única de la filosofía de M arx - y de Engels, cuyo
nom bre se v incula al de su a m ig o - porque ya en nuestros días son m uchas, y a veces
con trad icto rias, las interpretaciones m arxistas. El m arxism o ruso de L enin a nuestros
días, p asan d o por Stalin y por Trotsky, h a llevado a disputas tanto de tipo político
com o teórico. Por otra parte, el m arxism o occidental parece orientarse cada vez m ás
hacia una “revisión" y u n a crítica de la interpretación “oficial" rusa, p a ra que el lector
tenga una idea de las diferentes interpretaciones del m arxism o, así com o u n a de las
ex p licacio n es m ás eficientes y agudas del pensam iento de M arx, recom endam os el
libro de Yves C alvez, La Pensée de Kart M arx, Seuil, París, 1956. L o seguim os aquí en
m uchas de sus ideas y, totalm ente, en cuanto a la evolución vital e ideológica de M arx,
presentada en la prim era parte del capítulo. R ecom endam os, adem ás, los libros siguien­
tes: Jean L acroix, M arxism o, existencialism o y personalism o, Presses U niversitaires de
France, París, 1955; Henri Lefebvre, Le M arxism e, Presses U niversitaires de France,
París; G yórgy Lukács, El asalto a la razón, Fondo de Cultura Económ ica, M éxico, 1959
(am bos libros desde un punto de vista m arxista); Erich From m , M arx y el concepto del
hombre. Fondo de C ultura E conóm ica, M éxico, 1962 (interpretación de Marx com o
filósofo naturalista y hum anista).
369
M étodo y crítica a Hegel
El m étodo que em plea M arx es el de la dialéctica hegeliana. Para
M arx, com o para Hegel, la historia del hom bre está hecha de con­
tradicciones que son superadas en etapas posteriores de la evo­
lución. Pero, contrariam ente a Hegel, el m étodo de M arx trata de
m antenerse dentro de los térm inos concretos de la historia hum a­
na. Si Hegel afirm aba que la filosofía era el m undo al revés, M arx
quiere que la filosofía vuelve a colocarse de pie. E sta diferencia
-fu n d am en tal- entre M arx y Hegel m ostrará a la vez el m étodo
del m arxism o y el contenido histórico al cual nos conduce el aná­
lisis de su método.
En su crítica a la filosofía de Hegel, M arx sigue de cerca el
pensam iento de Feuerbach. C on Feuerbach coincide en pensar
que la filosofía tradicional y la de H egel en particular son tan sólo
religión convertida en pensam iento abstracto; en que el m ateria­
lism o debe fundarse, com o lo hizo Feuerbach, en una relación de
hom bre a hom bre; en que el fin del hom bre es el hom bre m ism o.
Pero el m eollo de la crítica m ás precisa a Hegel puede encontrar­
se en esta frase: “Hegel ha descubierto sim plem ente una expres­
sion abstracta, lógica y especulativa del proceso histórico, que
Introducción a la historia de la f ilo sofia
H egel y la caída d el idealism o
no es to d a v ía ia M storia re a / del hom bre com o sujeto dado” .67
L a crítica de Marx es más violenta de lo que podría parecer a pri­
m era vista. Para él, Hegel y. m ás generalm ente, los filósofos, han
descrito una teoría abstracta del hom bre y más que la historia
han descrito la idea de la historia y han querido refugiarse en esta
idea apartándose de la vida re a l D e ahí la célebre idea de M arx:
si los filósofos no han hecho m ás que interpretar el m undo, se
trata ahora de transform arlo. M arx concibe al filósofo, y espe­
cialm ente a Hegel, com o un puro pensador, com o el hom bre que
especula sobre el universo. Hegel tiene razón en pensar que la
historia hum ana está hecha de contradicciones; no la tiene en pen­
sar que estas contradicciones son abstractas y de tipo puram ente
intelectual. Y ello sucede así porque Hegel. com o por lo demás
todos los hom bres, viven en la enajenación, cortados de su rela­
ción con el m undo real y con la historia de los hom bres y, por lo
tanto, cortados y divididos en sí mismos. Para Hegel y para los
filósofos anteriores, una cosa ha sido el pensamiento y otra la ac­
ción. Hay que fundir pensamiento y acción y mostrar cóm o el hom ­
bre es un ser operativo, un ser en el cual el pensam iento es acción
y la acción es pensamiento. Para entender esta fusión necesaria
de la totalidad del hom bre es necesario precisar, prim eram ente,
la noción de enajenación, pieza m aestra de la filosofía m arxista.
m isma. El hom bre que ha estado dividido de sí acabará por ser
unidad y totalidad una vez que se haya dado cuenta deTa falsedad
de su división íntima.
Entre las form as de enajenación hum ana, la que m ás ocupa
a M arx en un principio es la que llam a enajenación religiosa Ya
Feuerbach había pensado que el hom bre proyecta su ser genérico
- l a hu m an id ad - en la idea im aginaria de Dios. M arx concibe la
religión com o la sum isión del hom bre a sus propias fantasías y a
sus propios inventos. Ya no es Dios quien crea a los hom bres a su
im agen y sem ejanza; son loi,.iiQinbres quienes crean a su im agen
Ja-im agen de-la divinidad. U na vez creada y creída la im agen de
un Dios om nipotente, el hom bre se som ete a él y, al hacerlo, se
resigna, se esclaviza y deja de actuar com o hombre. Por esto M arx
puede pensar -m u y cerca aquí de Com te, m uy cerca de Feuerbach
o de N ietzsch e- que cuanto m ás de sí m ism o atribuya e l hom bre
a Dios, tanto menos le queda para sí. Pero si el ataque a la religión
es, en C om te o en Nietzsche. de tipo frontal, es en M arx de carác­
ter indirecto. Y lo es porque M arx piensa que la religión proviene
de una idea falsa del hom bre y de sus posibilidades de desarrollo.
Si el hom bre llega a entenderse com o hom bre total, la religión
acabará por desaparecer por sí sola, se esfum ará com o un sueño
del pasado, de lo que M arx llam a la prehistoria de la hum anidad.
Com o puede verse, la crítica de M arx co n traía religión depende
totalmente de un postulado que M arx enuncia repetidam ente y que
habría que aceptar en su totalidad para que su crítica fuera válida. El
postulado es que el hom bre puede llegar a ser un hom bre com ple­
to. Es, en últim a instancia, el m ism o postulado de Comte, el m ism o
que hace pensar en Feuerbach que el único Dios del hom bre es el
hombre mismo. Marx sufre, com o la m ayoría de los filósofos del si­
glo x ix , de una ausencia de divinidad, de una nostalgia del ser divi­
no que quiere encontrar y piensa encontrar en la historia terrestre
de los hom bres. La ciudad de Dios es, para M arx, la ciudad del
H om bre realizada por el hombre, único autor de su propia historia.
370
D octrina de la enajenación
L a enajenación es, para M arx, una form a de vida pasiva hacia el
m undo y hacia uno mismo. Las diferentes enajenaciones, y prin­
cipalm ente la enajenación religiosa y la enajenación económ ica
que tendrem os ocasión de precisar, consisten en edificar entes
ficticios, salidos de la cabeza de los hombres que los hom bres m is­
m os acaban por considerar com o entes reales y los cuales acaban
tam bién por som eterse com o esclavos. La noción m ism a de ena­
jenación proviene de la filosofía de Hegel. Pero si Hegel pensaba
que la lucha del hom bre consigo m ism o es eterna y sólo podrá
cesar cuando cese la existencia hum ana, M arx piensa, por lo c o rt
trario, que los hombres pueden desenajenarse dentro de ¡a historia
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Karl M arx. M anuscritos económico-filosóficos, apud Erich From m, M arx y el con­
cepto del hombre, Fondo de Cultura Económ ica, M éxico, 1962, p. 179.
371
Las condiciones de la historia y la crítica del capital
M arx es, fundam entalm ente, un filósofo de la historia, y quiere
encontrar una ley absoluta para explicar el curso de la historia
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Introducción a la historia de la filo so fía
Hegel y la caída del idealism o
hum ana. Esta ley