Subido por Joaquin Aguirre Belmar

Bourgois (2006) Pensando la pobreza en el gueto

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ISSN
1669-2632
Redacción
Universidad Nacional de San Martín
Escuela de Humanidades
Centro de Investigaciones Etnográficas
Martín de Irigoyen 3100
(1650) San Martín, Provincia de Buenos Aires,
Argentina
INDICE
EDITORIAL 7
VIOLENCIA URBANA
PRESENTACIÓN
13
Daniel Míguez
PENSANDO LA POBREZA EN EL GUETO: 25
Te/Fax: (5411) 4580-7302
[email protected]
www.cie.unsam.edu.ar
RESISTENCIA Y AUTODESTRUCCIÓN EN EL
APARTHEID NORTEAMERICANO
Philippe Bourgois
Secretaria de Redacción
Julia Torres
Para suscripción, venta y canje de
ejemplares dirigirse a la Redacción.
Diseño
Ángel Vega
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Impresión
Gestyman S.A
Carlos Berg 943 Capital Federal
LOS MIEDOS: SUS LABERINTOS, SUS MONSTRUOS, SUS 45
CONJUROS. UNA LECTURA SOCIOANTROPOLÓGICA
Rossana Reguillo Cruz
CUANDO LA PANDILLA SE PONE MALA: 75
VIOLENCIA JUVENIL Y CAMBIO SOCIAL EN NICARAGUA
Dennis Rodgers
TRAYECTORIAS DE BANDIDOS, MITOS Y RITOS DEL TRÁFICO
101
ILÍCITO DE DROGAS EN RÍO. DE JANEIRO
Rosinaldo Silva da Sousa
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ALTERIDADES
Y ME GUSTAN LOS BAILES...HACIENDO GÉNERO A TRAVÉS
Las posiciones expresadas en los artículos firmados son de responsabilidad
exclusiva de sus autores
133
DE LA DANZA DEL CUARTETO CORDOBÉS
Gustavo Blázquez
NARRATIVAS DE FRONTERAY MITO-PRAXIS 167
COLONIAL EN EL IMAGINARIO MORMÓN
César Ceriani Cernadas
RESEÑAS 197
RESÚMENES DE TESIS 221
PENSANDO LA POBREZA EN EL GUETO:
RESISTENCIA Y AUTODESTRUCCIÓN EN EL
APARTHEID NORTEAMERICANO'
Philippe Bourgois *
No salí corriendo del local de videojuegos y venta de crack con la rapidez
suficiente para evitar oír los dos golpes sordos del bate de béisbol del custodio contra el cráneo de un cliente. Me había equivocado al suponer que las
duras palabras que César, el custodio, intercambiaba con un cliente drogado eran el alarde agresivo pero en última instancia lúdico que es típico de
gran parte de las interacciones callejeras masculinas. Parado en el borde de
la vereda frente al local, me debatía tratando de decidir si el ruido de forcejeos en su interior justificaba que llamara una ambulancia. Me tranquilicé cuando vi al joven golpeado cruzar la puerta, arrastrándose en medio
de una despedida de puntapiés y risotadas. Caminé entonces diez metros
hasta el edificio vecino donde vivía en esa época, en el barrio mayoritariamente puertorriqueño de Harlem-Este, Nueva York. Confundido por mi
impotencia frente a la violencia de mis amigos distribuidores de crack, terminé temprano con el trabajo de campo de esa noche e intenté calmar la
ira y la adrenalina que me corría por las venas ayudando a mi esposa a acunar a nuestro hijo recién nacido. Sin embargo, los gorjeos agradecidos del
bebé no lograron apartar de mi mente el ruido del bate de béisbol de César mientras caía sobre la cabeza del cliente drogadicto.
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La noche siguiente me obligué a volver al local de venta de crack donde pasaba gran parte de mi tiempo realizando una investigación sobre la pobreza
y la marginación en los enclaves urbanos empobrecidos de Nueva York. Reprendí a César por su "sobreactuación" con el cliente molesto de la noche
anterior. Él se mostró encantado de embarcarme en una discusión festiva
de sus acciones de la noche anterior. En medio de nuestro combate verbal,
me sacó la grabadora del bolsillo, la encendió y comenzó a hablar directamente al micrófono.
* Philippe Bourgois es profesor y director del Departamento de Antropología, Historia y Medicina
Social de la Universidad de California en San Francisco.
dio de encuestas o de la consulta de censos públicos no comprenden la intensidad de la relación que uno debe desarrollar con cada individuo de su
muestra a fin de obtener información pertinente sobre los contextos culturales y las dinámicas procesales de las redes sociales en contextos holísticos.
Los antropólogos no correlacionan variables estadísticas independientes;
antes bien, explican (o mencionan) las razones (o accidentes) por y a través
de las cuales las relaciones sociales se despliegan dentro de sus contextos locales (y globales). En un plano ideal, los antropólogos desarrollan una relación orgánica con un ámbito social en que su presencia sólo desvirtúa
mínimamente la interacción social original. Debemos buscar un rol social
legítimo en el seno del escenario social que estudiamos, a fin de entablar amistades (y a veces enemistades) que nos permitan (con un consentimiento informado) observar directamente las conductas de la manera menos invasiva
posible. Una de las grandes tareas de los observadores participantes es ponerse "en el pellejo" de las personas que estudian para "ver las realidades del
lugar" a través de "ojos locales". Como es natural, ese objetivo es imposible
de alcanzar en términos absolutos y, tal vez, hasta sería peligroso si nos lleva a olvidar el desequilibrio de poder que existe en relación a los sujetos estudiados. En efecto, los antropólogos posmodernos han criticado con dureza
la premisa de que la esencia de un grupo de personas o una cultura puede ser
entendida y descripta por alguien ajeno, y traducida en categorías analíticas académicas. Esta ilusión es parte de una imposición modernista inevitablemente totalizadora y representativa, en última instancia, de un proyecto
opresivo. Sin que las personas estudiadas lo sospechen, los antropólogos corren el riesgo de imponerles categorías analíticas e imágenes exotizantes marcadas por el poder, en nombre de una autoridad académica etnográfica
asumida con arrogancia. Para evitar atribuir con pretextos científicos imágenes enajenantes a las personas que estudian, los etnógrafos deben ejercer
una crítica autorreflexiva y reconocer que una cultura no tiene necesariamente
una única realidad o esencia simple. Las culturas y los procesos sociales son
de manera ineludible más —pero también menos— de lo que puede aprehender
alguien exterior a ellos cuando intenta condensarlos en una monografía o un
artículo etnográfico coherente. No obstante, con el fin de definir de un modo significativo la observación participante, basta con decir que los antropólogos culturales, pese a todos los problemas que implica el reportaje
transcultural, tratan de acercarse lo más posible a los mundos cotidianos locales sin perturbarlos ni juzgarlos. La meta global es alcanzar una perspectiva integral de las lógicas internas y las coacciones externas que inciden en
el desarrollo de los procesos locales, y reconocer al mismo tiempo —y con humildad— que las culturas y los significados sociales son fragmentarios y
múltiples. En definitiva, que todos somos formados y limitados por las
perspectivas de los momentos históricos, y la inserción social y demográfica que nos toca.
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En el caso de mi trabajo con distribuidores de crack en el este de Harlem,
aun antes de poder iniciar formalmente mi investigación, tuve que enfrentar la abrumadora realidad de la segregación racial y de clase propia de los
guetos estadounidenses. En un comienzo las cosas sucedieron como si mi piel
blanca fuera el signo de la fase final de una enfermedad contagiosa que hacía estragos a su paso. Las bulliciosas esquinas se vaciaban en medio de una
lluvia de silbidos cada vez que me acercaba: los nerviosos vendedores de drogas se dispersaban, seguros de que yo era un agente encubierto de la división de narcóticos. A la inversa, la policía me hacía saber que estaba violando
leyes inconscientes del apartheid cada vez que me ponían con brazos y piernas extendidos contra una pared para registrarme en busca de armas, drogas y/o jeringas. Desde su punto de vista, la única razón por la cual un "chico
blanco" podía estar en el barrio después del atardecer era para comprar drogas. De hecho, la primera vez que unos policías me pararon traté de explicarles en un tono que yo consideraba cortés que era un antropólogo dedicado
a estudiar la marginación social. Convencidos de que me burlaba de ellos,
me inundaron con una letanía de maldiciones y amenazas mientras me escoltaban hasta la parada de autobuses más cercana y me ordenaban que dejara el Este de Harlem: "vete a comprar tus drogas en un barrio blanco, cochino
hijo de una gran..."
Si pude superar esos límites raciales y de clase y granjearme a la larga el respeto y la plena cooperación de los distribuidores de crack que actuaban a mi
alrededor, sólo fue gracias a mi presencia física permanente como un residente más del barrio y mi perseverancia amable en las calles. También contribuyó el hecho de que en esos años me casé y tuve un hijo. Cuando mi bebé
tuvo la edad suficiente para ser bautizado en la iglesia local, yo ya había entablado con varios de los distribuidores de drogas una relación lo bastante
cercana para invitarlos a la fiesta en el apartamento de mi madre, en el centro.
En contraste, nunca pude alcanzar una comunicación efectiva con la policía.
Aprendí, empero, a llevar siempre un documento de identidad que mostrara
mi dirección local real, y cada vez que me paraban me obligaba a bajar la mirada con cortesía y mascullar efusivos "sí, señor" con el acento neoyorquino de la clase obrera blanca. A diferencia de lo sufrido por la mayoría de los
vendedores de crack puertorriqueños con quienes pasaba el tiempo, la policía nunca me golpeó ni arrestó; sólo me amenazaron de tanto en tanto y a
veces me pedían y aconsejaban amablemente que "buscara un apartamento
barato en Queens" —un barrio con más cantidad de población blanca en las
afueras de Nueva York—.
Estoy convencido de que, si pude recoger datos significativos sobre la pobreza en el gueto latino, fue gracias a que transgredí laboriosamente el apart-
heid urbano norteamericano. Desde un punto de vista metodológico, la única manera de comenzar a hacer preguntas personales provocativas y tener
la expectativa de embarcarse en conversaciones sustanciosas sobre la compleja experiencia de la marginación social extrema en Estados Unidos
consiste en entablar relaciones duraderas basadas en el respeto mutuo.
Por eso, tal vez, es tan exigua la comprensión que posee la academia de la
experiencia de la pobreza, la marginación social y el racismo. Las tradicionales metodologías de investigación con orientación cuantitativa de los
sociólogos o criminólogos de clase media alta tienden a hacer acopio de invenciones. Pocos integrantes de los márgenes de la sociedad confían en los
extraños cuando se les hacen preguntas personales invasivas, sobre todo en
lo concerniente al dinero, las drogas y el alcohol. De hecho, a nadie —rico o
pobre— le gusta responder a preguntas tan indiscretas e incriminatorias.
Históricamente, las investigaciones sobre la pobreza urbana fueron más
eficaces en reflejar los prejuicios de clase o sector del investigador, que en
analizar la experiencia de la indigencia o documentar el apartheid racial
y de clase (Katz, 1995). Cualquiera sea el país de que se trate, el estado
de las investigaciones sobre la pobreza y la marginación social se presenta casi como una piedra de toque para calibrar las actitudes contemporáneas de la sociedad hacia la desigualdad, el bienestar social y los derechos
humanos. Esto es particularmente cierto en Estados Unidos, donde las discusiones sobre la pobreza se polarizan casi de inmediato en torno a juicios
de valor moralizantes acerca de la autoestima individual y degeneran con
frecuencia en concepciones raciales estereotipadas. En último análisis, la
mayor parte de los estadounidenses —ricos y pobres por igual- cree en el
mito de Horatio Alger, según el cual cualquier persona inteligente puede pasar de los harapos a la abundancia si trabaja con tesón. También son
intensamente moralistas en las cuestiones relacionadas con la riqueza; una
actitud derivada, quizá, de su herencia puritana calvinista. Aun algunos
académicos progresistas y de izquierda tienen la secreta preocupación de
que los pobres acaso merezcan efectivamente su destino de marginación
y sufrimiento auto-inflingido. Como consecuencia, a menudo se sienten
en la obligación de describir los guetos de una manera artificialmente positiva, que no sólo es irrealista sino también deficiente desde un punto de
vista teórico y analítico.
Probablemente, el mejor resumen de este contexto ideológico de las investigaciones sobre la pobreza urbana en los Estados Unidos lo proporcionan
los libros de Oscar Lewis, que se vendieron a nivel popular pese a ser trabajos académicos (Lewis, 1966; Rigdon, 1988). Durante la década de
1960 Lewis reunió miles de páginas de entrevistas sobre las historias de
vida de una familia extensa de puertorriqueños que emigraron a East
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Harlem y South Bronx en busca de trabajo. Unos treinta años después, su
teoría de la cultura de la pobreza permanece en el centro de las polémicas
c ontemporáneas en torno de los núcleos urbanos deprimidos de Estados
Unidos. Pese a ser un socialdemócrata favorable a la expansión de los programas gubernamentales contra la pobreza, su análisis teórico propone una
explicación psicológica reduccionista —casi un equivalente de culpar a la víctima— de la persistencia transgeneracional de la miseria. En cierto nivel, pareció el toque de difuntos para los sueños de la Gran Sociedad de la presidencia
de Johnson y representó un desmentido a la idea de que era posible erradicar la pobreza en Norteamérica. La teoría de Lewis resuena tal vez más que
nunca en las campañas contemporáneas en pos de la responsabilidad individual y los valores familiares que han sido tan celebradas por los políticos
conservadores en las elecciones nacionales estadounidenses realizadas a lo largo de la década del noventa. En un artículo publicado en Scientific American
en 1966, Lewis escribió:
"Por lo común, a los seis o siete años los niños de los barrios pobres ya han asimilado las
actitudes y valores fundamentales de su subcultura. En lo sucesivo se enfrentan a la imposibilidad psicológica de aprovechar en su plenitud las condiciones cambiantes o las
oportunidades de mejora susceptibles de aparecer durante su vida.
{...}Es mucho más difícil deshacer la cultura de la pobreza que remediar la pobreza misma."
El enfoque de Lewis y su estudio de los inmigrantes puertorriqueños empobrecidos, está basado en la observación de los mecanismos psicológicos de
transferencia intergeneracional al interior de la familia. Una perspectiva congruente con la escuela de "cultura y personalidad" y que incluía influencias
freudianas, inclinándose así por las tradiciones norteamericanas más conservadoras. Sin embargo, los científicos sociales de la izquierda estadounidense han caído con frecuencia en la trampa de glorificar a los pobres y negar
toda prueba empírica de autodestrucción personal (Wilson, 1996). Cuando
me mudé al mismo barrio pobre donde las familias puertorriqueñas estudiadas
por Lewis habían vivido treinta años atrás, estaba decidido a no pasar por alto, como él, el examen de la desigualdad estructural, pero pretendía al mismo tiempo documentar la dolorosa internalización de la opresión en la vida
cotidiana de quienes padecen una pobreza persistente e institucionalizada.
En procura de elaborar una perspectiva de economía política que diera el debido papel a la cultura y el género y también reconociera el vínculo entre las
acciones íntimas y la determinación social y estructural, me concentré en cómo una cultura callejera confrontacional de resistencia a la explotación y la
marginación social tenía, de manera contradictoria, efectos autodestructivos para sus integrantes. De hecho, los vendedores de drogas, los adictos y
los delincuentes se convierten en las calles en agentes locales que administran la destrucción de la comunidad circundante.
Los dólares y las drogas
Dada su extraordinaria importancia económica, así como su trágica influencia en la destrucción de la vida de la gente, los investigadores que estudian el gueto deben abordar la cuestión del abuso de sustancias y el papel
de las drogas en la economía subterránea. Para quienes lo ven desde afuera, la dimensión más fácil de entender el narcotráfico es su lógica económica. En escala mundial, las drogas ilegales se han convertido en un
inmenso negocio transnacional y multimillonario. Por terrible que sea, durante las últimas dos décadas las industrias del crack, la cocaína, la heroína, la marihuana y las anfetaminas fueron en Estados Unidos los únicos
empleadores con un crecimiento dinámico para los varones habitantes de
los guetos, ofreciéndoles además igualdad de oportunidades, sin discriminación por raza o clase. Por ejemplo, la calle donde vivía era una muestra característica de esas circunstancias, y en un radio de dos cuadras yo podía
conseguir heroína, cocaína en polvo, agujas hipodérmicas, metadona, Valium, polvo de ángel (un tranquilizante para uso veterinario), marihuana,
mezcalina, alcohol de contrabando y tabaco. A cien metros de la puerta de
calle de mi casa había tres lugares rivales de distribución de crack que vendían ampollas a dos, tres y cinco dólares. Otros dos sitios de venta minorista expendían, por diez y veinte dólares, cocaína en polvo envasada en bolsas
de plástico cerradas y marcadas con un logo nítidamente aplicado con un
sello de goma. Justo arriba del lugar de venta de crack camuflado como un
local de videojuegos donde trabajaban Primo y César, donde yo pasaba la
mayor parte del tiempo, dos médicos debidamente matriculados manejaban una "usina de píldoras" en la que firmaban varias docenas de recetas
de opiáceos, estimulantes y sedantes por día. Anualmente, todo esto equivalía a varios millones de dólares en drogas. En los barrios de viviendas estatales, situadas frente a mi inquilinato, la policía arrestó a una madre de
55 años y su hija de 22 mientras "embolsaban" casi 10 kilos de cocaína en
dosis "gigantes" de un cuarto de gramo de producto adulterado que se vendían a diez dólares, y cuyo valor total en la calle podía llegar a más de un
millón de dólares. En ese mismo apartamento la policía encontró 25.000
dólares en billetes de pequeña denominación.
En otras palabras, negocios de muchos millones de dólares funcionan al alcance de la mano de los jóvenes que crecen en los inquilinatos y proyectos
habitacionales de East Harlem. El tráfico de drogas en la economía informal ofrece a esos jóvenes una carrera con posibilidades reales de movilidad
ascendente. Como casi todos los demás habitantes de Estados Unidos, los
vendedores de drogas no hacen sino trajinar para conseguir su "porción de
la torta" lo más rápidamente posible. De hecho, en su búsqueda del éxito
siguen hasta en sus más mínimos detalles el modelo yanqui de movilidad
ascendente: hacia arriba por esfuerzo propio, gracias al esfuerzo y la iniciativa
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privada. Por perverso que parezca, son los últimos empresarios, individualistas duros que encaran una frontera imprevisible donde la fortuna, la
fama y la destrucción están a la vuelta de la esquina y donde los competidores son objeto de una persecución y una eliminación implacables.
Pese a los obvios incentivos económicos, la mayoría de los residentes del
este de Harlem rehuyen las drogas y trabajan legalmente ocho o más horas cada día en empleos formales. El problema, sin embargo, es que esta mayoría respetuosa de la ley durante 1980 y 1990 perdió el control del
espacio público en el este de Harlem. Tuvieron que retirarse a una postura defensiva y desde entonces viven en su barrio con temor y hasta con desprecio por él. Madres y padres atribulados veían y ven la necesidad de
mantener a sus hijos dentro de sus departamentos cerrados con doble llave, en el resuelto intento de no dejar penetrar la cultura de la calle. Su objetivo primordial es ahorrar el dinero suficiente para mudarse a un barrio
seguro de clase obrera: "sal si puedes".
Los narcotraficantes aquí retratados, por consiguiente, representan sólo una
pequeña minoría de la población de East Harlem, pero se las han arreglado para fijar el tono de la vida pública. Obligan a los residentes del lugar,
sobre todo a mujeres y ancianos, a vivir con el constante temor a ser atacados o asaltados. Más importante aún, en el plano cotidiano los vendedores
callejeros de drogas proponen un convincente estilo de vida alternativo, si
bien violento y autodestructivo —lo que llamo cultura de la calle—, a los jóvenes que crecen alrededor de ellos. La economía de la droga es la base material de esa cultura, y su expansión multimillonaria en dólares ha hecho
de manera inconsciente que ésta sea aún más atractiva y esté más de moda.
En un nivel más sutil, la cultura de la calle es algo más que desesperación
económica o codicia; también es una búsqueda de dignidad y la negativa
a aceptar la marginación y el racismo que la sociedad predominante impone a los niños que crecen en los núcleos urbanos deprimidos. Como señalamos antes, puede entendérsela como una cultura de resistencia —o al
menos de oposición— a la explotación económica y la denigración cultural
y de clase. Concretamente, esa resistencia se manifiesta en el rechazo de los
bajos salarios y las deficientes condiciones laborales, así como en la celebración de la marginación como una prenda de orgullo, aun cuando en última instancia sea autodestructiva.
Otra discusión con César ilustra con claridad esta dinámica. En ella, César responde a las reprimendas de un reciente inmigrante mexicano indocumentado, aunque con un empleo formal, que acusaba de perezosos a los
puertorriqueños.
"¡Así mismo, pana! Somo' los verdaderos canallas y locos jodidos que venden drogas.
No queremo' ser parte de la sociedad. ¿Para qué queremo' trabajar? A los boricuas no
les gusta el trabajo. Está bien, a lo mejor no a todos, porque todavía queda un montón de tipos derechos de la vieja escuela que trabajan. ¡Pero la nueva generación, ni
por casualidad! No respetamo' nada. La nueva generación no respeta a la gente. Queremo' hacer dinero fácil, y se acabó. Fácil y ya, fíjate. No queremo' trabajos duros. Eso
es la nueva generación compai'.
Ahora, la vieja escuela era cuando éramo' más jóvenes y nos rompíamo' el culo. Yo tuve todo tipo de trabajos estúpidos. Clasificación de chatarra, tintorero, mensajero. Pero se acabó [pone el brazo sobre el hombro de Primo]. Ahora escamo' en la de rebeldes.
Preferimo' evadir los impuestos, chavos rápido y limitarno' a sobrevivir. Pero eso tampoco nos conforma, ja!"
Historia y economía política
Es preciso situar las palabras de César en su contexto histórico y estructural;
de lo contrario, podrían servir para confirmar los estereotipos racistas y las
explicaciones psicológicas reduccionistas o culturalistas de la violencia, el
abuso de sustancias y, en definitiva, la propia pobreza. A decir verdad, ése
es uno de los puntos débiles de las descripciones etnográficas, que a veces
degeneran en construcciones voyeuristas de un otro deshumanizado y sensacionalizado. En un examen más detenido puede discernirse que en César la celebración del desempleo, el delito y la adicción está íntegramente
relacionada con fuerzas del mercado laboral, transformaciones históricas y
hasta enfrentamientos políticos internacionales que van mucho más allá de
su control.
En términos más fundamentales, la desafortunada ubicación estratégica y
geopolítica de la isla de Puerto Rico en el Caribe siempre la erigió en un
objetivo militar para las superpotencias mundiales, lo cual dio origen a un
legado particularmente distorsionado de desarrollo económico y político.
La afirmación es válida tanto para el colonialismo español, como para el actual control político del territorio por parte de Estados Unidos. Como un
artificio de la Guerra Fría para frenar la influencia de la vecina Cuba,
Puerto Rico mantiene el ambiguo estatus de "Estado Libre Asociado". Los
puertorriqueños que permanecen en su isla natal no pueden votar en las elecciones federales, pese a estar sujetos al servicio militar norteamericano. Poco después de que los infantes de marina estadounidenses invadieran la isla
en 1898, la economía quedó en manos de corporaciones agroexportadoras
de esa nacionalidad y Puerto Rico fue sometido a una de las transformaciones más rápidas y desquiciantes en toda la historia moderna de los países del Tercer Mundo. Para agravar las cosas, en las décadas posteriores a
la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos, en un intento de desairar el
experimento socialista cubano manejado por el Estado, dio a la estrategia
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de desarrollo de la isla el nombre de "Operación Manos a la Obra" y la consideró como un magnífico éxito en su carácter de incentivo a las inversiones en un mercado libre. Sin embargo, el mejor índice del fracaso humano
del modelo económico de Puerto Rico tal vez sea el hecho de que entre un
tercio y la mitad de la población de la isla se ha visto obligada a dejar su
patria para buscar trabajo y sustento en el extranjero desde fines de la década de 1940. En la actualidad son más los residentes puertorriqueños en
el exterior que en la propia isla. Como todos los nuevos inmigrantes llegados a Estados Unidos a lo largo de la historia, los puertorriqueños chocaron con el racismo y la humillación cultural. La situación se exacerbó
debido a un dato fenotípico: a diferencia de los irlandeses, los judíos y los
italianos que llegaron con anterioridad a Nueva York, ellos, en su mayor
parte, no tienen piel blanca.
En otras palabras, los puertorriqueños nacidos en Nueva York son descendientes de un pueblo desarraigado por obra de un éxodo acelerado y constante en el marco de la historia económica, impulsado por fuerzas de la
"Real-Politik" y el racismo y no por una lógica humanitaria, y ni siquiera por una franca lógica económica. Con diversas permutaciones, en las dos
o tres últimas generaciones sus padres y abuelos pasaron de ser 1) campesinos con un régimen de semisubsistencia en parcelas privadas de las laderas de las colinas o en haciendas locales, a ser 2) peones agrícolas en
plantaciones tropicales agroexportadoras de propiedad extranjera y uso intensivo de capital, 3) obreros en maquiladoras, residentes en comunidades
precarias (verdaderos tugurios urbanos) basadas en la exportación, 4) trabajadores súper-explotados residentes en los guetos de Nueva York, y 5)
empleados del sector de servicios, residentes en edificios de departamentos construidos por el Estado que constituyen los enclaves urbanos más marginados dentro del mismo gueto. Más de la mitad de quienes permanecieron
en la isla están hoy tan empobrecidos que deben recibir cupones de comida. Los que se trasladaron a Nueva York exhiben los índices de pobreza familiar más elevados entre todos los grupos étnicos de la nación, con excepción
de los pueblos originarios de Norteamérica.
De la industria manufacturera a los servicios, y la alternativa del crack
La pobreza puertorriqueña en la ciudad de Nueva York se vio agravada debido al hecho de que la mayoría de los nacionales de la isla llegaron al continente en el período posterior a la Segunda Guerra Mundial con la intención
de encontrar trabajos en las fábricas, justamente en el momento en que el
sector industrial-manufacturero comenzaba a declinar en las áreas metropolitanas estadounidenses. Entre los años 1960 y los 1980, las corporaciones multinacionales reestructuraron la economía global al trasladar sus
fábricas a países con menores costos laborales. La disrupción personal vivida,
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al atravesar la transformación estructural de la industria manufacturera en Nueva York como un obrero recién ingresado, resaltaba en las grabaciones de sus
historias de vida de los vendedores de crack. Casi todos los vendedores y consumidores de crack a quienes entrevisté con el paso de los años —sobre todo los
mayores— se habían desempeñado en uno o más empleos formales en su primera
juventud. De hecho, la mayor parte ingresó al mercado laboral a una edad más
temprana que el norteamericano típico de clase media. Así había sucedido con
Primo, el gerente del lugar de venta de crack camuflado como local de videojuegos.
"Tenía 14 o 15 años, brincaba clase para ir a planchar vestidos y todo lo que hacían en la
factoría... con las planchas de vapor. Era ropa bien, bien barata. La hermana de mi mal
fue la primera en trabajar ahí, y después tomaron a su hijo, mi primo Héctor —el que ahora está en la cárcel—, porque su mama le dijo: "si no quieres ir a la escuela, vas a tener que
trabajar". Así que empecé a andar por ahí con él. Yo no pensaba trabajar en la fábrica. Se
suponía que íbamos a la escuela, pero así fue que pasó".
Hacía un año que Primo trabajaba en una fábrica de ropa barata cuando ésta
cerró su local de East Harlem para mudarse a otra parte. Primo se convirtió en
uno más del medio millón de trabajadores industriales de la ciudad de Nueva York que casi de la noche a la mañana perdieron su medio de vida, debido
a una caída del 50% en el empleo fabril entre 1963 y 1983. Desde luego, en
vez de verse como la víctima de una transformación estructural, Primo recuerda
con placer y hasta orgullo el ingreso adicional que obtuvo al sacar las máquinas de la fábrica: "Esa gente tenía 'chavos' [dinero), mano. Porque los ayudamo'
a mudarse del barrio. Tardamo' dos días, mi primo Héctor y yo, nada más. ¡Eso
fue trabajar! Nos pagaron setenta pesos a cada uno".
César, el custodio del local de venta de crack, pasó por una experiencia similar mientras trabajaba, luego de abandonar la escuela, en un taller de alhajas
de fantasía. En ese momento de su vida, si César y Primo no hubiesen pertenecido al sector más débil de la industria manufacturera en un período de acelerada pérdida de empleos, su sueño de adolescentes de clase obrera quizá se
habría estabilizado. Antes, cuando la mayoría de los puestos iniciales de trabajo estaba en las fábricas, la contradicción entre una cultura callejera, viril y
de confrontación y la cultura fabril tradicional de clase obrera —sobre todo si gozaba de la protección de un sindicato— era menos pronunciada. En la fábrica,
las actitudes duras y viriles representan un comportamiento aceptado; también
se espera y se considera aceptable y digno cierto grado de oposición a la patronal.
La falta de respeto en el sector servicios
Los trabajos manufactureros han sido reemplazados en gran medida por empleos en el sector de servicios, dentro de una economía neoyorquina ex36
sr"-
pa ndida e impulsada por el sector financiero. El nicho laboral de crecimiento
m ás rápido para desertores de la escuela secundaria, e incluso para graduados
iversitarios, es el trabajo auxiliar de oficina en las sedes administrativas
un
de las corporaciones multinacionales que han trasladado a otros países sus
plantas de producción. El inconveniente, desde luego, es que la identidad
callejera de oposición viril, que es tan eficaz y atractiva en la floreciente
economía subterránea, no permite la interacción social humilde y obediente
que los oficinistas profesionales exigen de sus subordinados. Se ha producido un cambio cualitativo en el tenor de la interacción interpersonal en
el sector de servicios. Quienes trabajan en el sector de correspondencia o
detrás de una máquina fotocopiadora no pueden exhibir públicamente su
autonomía cultural. En términos muy concretos, carecen de sindicato;
más sutilmente, son pocos los compañeros de trabajo que los rodean y pueden protegerlos y transmitirles un sentido de solidaridad de clase que
sostengan su cultura de confrontación. Antes bien, sufren el asedio de supervisores y jefes pertenecientes a una cultura ajena, hostil y obviamente
dominante. Estos gerentes de oficina no se sienten intimidados por la
cultura callejera, al contrario, la ridiculizan; la perciben como producto de
la ignorancia, grotesca y hasta patética.
De acuerdo a los criterios de calle, las pautas de sociabilidad y cortesía propia de la cultura de pasillo vigente en las oficinas de las empresas de servicios, representan una humillación aplastante, particularmente en relación
a la propia masculinidad. En la calle, el trauma de experimentar una amenaza a la dignidad personal se ha congelado lingüísticamente en un verbo
de uso habitual, "to diss", una forma abreviada de "to disrespect" [faltar el respeto). No hace falta ahondar demasiado para encontrar historias de profunda
humillación debida a la pérdida de autonomía personal y cultural sentida
por los jóvenes vendedores de crack en sus anteriores experiencias laborales en el sector de servicios. Así le ocurrió a Primo cuando trabajó como
mensajero en una revista comercial especializada.
"Cuando mi jefa le hablaba a la gente en la oficina, decía 'es un analfabeto', como si
yo fuera un estúpido incapaz de entender lo que decía, porque estaba yo parado ahí
mismo. Así que un día busqué la palabra analfabeto en el diccionario y me di cuenta
de que ella les decía a los socios que yo era un estúpido o algo así. ¡Yo estúpido! Ya
sabes cómo es (se señala a sí mismo): 'éste no sabe nada' Bueno, de todos modos soy
un analfabeto: ¡¿y qué?!"
Aunque Primo consideraba una ofensa que lo calificaran de ese modo, la dimensión más profunda de su humillación radicaba en verse obligado a buscar en el diccionario el significado de la palabra utilizada para insultarlo.
En la economía ilegal, en cambio, no corre el riesgo de sufrir estas amenaD7
zas a su autoestima: "Mi jefe, Papo (el dueño del local (de crack)) nunca me
faltó el respeto así. Y no me diría eso porque él también es analfabeto."
Cuando Primo intentaba mostrar iniciativa y atendía el teléfono en reemplazo de sus supervisores, ocupados en otras tareas, se lo reprendía por ahuyentar a los clientes con su "acento puertorriqueño". Otro vendedor de crack,
Leroy, que manejaba sus propios puntos de venta independientes en la misma manzana, también había sido profundamente humillado mientras trabajaba como mensajero y vio a una mujer blanca huir de él a los gritos en
el vestíbulo de un rascacielos de oficinas. Había subido al ascensor con la
aterrorizada mujer y, por azar, bajó en el mismo piso que ella para hacer
una entrega. Peor aún: había tratado de actuar con cortesía y dejarla salir
primera del ascensor. En realidad, sospecho que la presencia tabú de una
mujer blanca sola en un lugar tan cerrado lo había inquietado un tanto:
"Ella se subió primero al ascensor, pero esperó para ver qué piso yo apretaba. Se hacía como si no supiera a qué piso quería ir, porque quería que yo apretara el botón del
mío. Y yo ahí parado y me olvidé de apretarlo. Pensaba en otra cosa, ya ni sé qué me
pasaba. Y ella seguro que pensaba: 'No aprieta el botón: ¡Me tiene que estar siguiendo'!"
Leroy se esfuerza por entender el terror que su piel oscura inspira en las oficinistas blancas. Me lo confió al comienzo de nuestra relación; pude advertir
entonces que, como la mayor parte de los norteamericanos, él también se
incomoda cuando debe hablar de las relaciones raciales a través de los límites étnicos y de clase.
"Ha pasado antes. O sea, después de un rato te vuelves inmune. Bueno, la primera vez
que pasa, te jode: 'Está cabrón cómo te juzgan'. Pero entiendo a muchos de ellos. ¿Cómo te explico? A un montón de blancos ...(Me mira nervioso) Quiero decir, caucásicos (me pone la mano suavemente sobre el hombro). Si digo blanco, no te ofendas, Felipe.
Pero hay esos otros blancos que nunca estuvieron con puertorriqueños o negros. Así
que automáticamente piensan algo malo de tí. Tú sabes, o se creen que les vas a robar o algo así. Me jode; me hace como un clic en la cabeza y me dan ganas de escribir
una "rima" írapl. Siempre escribo."
Por supuesto, como vendedor de crack, Leroy ya no tiene que enfrentar estas dimensiones de la humillación racial y de clase.
Polarización en torno del género
Además de su evidente conflicto racial, las confrontaciones en los trabajos del sector de servicios también incluyen una tensa dinámica de género. La mayor parte de los supervisores en los niveles más bajos del sector
son mujeres, y la cultura callejera prohíbe a los varones aceptar una subordinación pública ante el otro género. De manera característica, en sus
recuerdos más airados de las faltas de respeto sufridas en el trabajo, muchos de los vendedores de crack se refieren a sus jefas con un lenguaje explícitamente misógino; a menudo usan un vocabulario insultante para
aludir a las partes de su cuerpo y las desdeñan con maldiciones sexualizadas del argot de la calle. También se describen específicamente a sí mismos y a los otros varones que trabajan en estas condiciones como afeminados:
"Duré como 8 meses de mensajero en esa agencia de publicidad que trabaja con cuestiones farmacéuticas. Confiaban en mí. Pero tenía una jefa prejuiciosa. Esa perra
gringa sin vergüenza... Le tuve que aguantar un montón de mierda a esa puta gorda
y fea y portarme como un pendejo.
No me gustaba, pero seguí trabajando porque...(se encoge de hombros) uno no quiere joder la relación. Así que hay que ser un mamón. ¡Ay, Dios mío! Odiaba a esa supervisora. Esa puta era verdaderamente asquerosa. Se venía con botar gente, mano. Se
lo podías ver en la cara, chico. Hizo llorar a un tipo que trabajaba conmigo y tuvo que
rogarle que le devolviera el empleo."
Esta confrontación estructural en el lugar de trabajo, que polariza las relaciones entre los varones jóvenes del gueto y las mujeres blancas de clase media baja con cargos administrativos y movilidad ascendente, tiene su
paralelo en otra transformación profunda de las relaciones tradicionales de
poder entre los géneros dentro de las familias de trabajadores inmigrantes
pobres. La pérdida de puestos en el sector manufacturero con una paga decente y b¿neficios sindicales para la familia en materia de salud y jubilación pone a los hombres frente a la creciente imposibilidad de cumplir los
viejos sueños patriarcales de ser los proveedores todopoderosos de sus esposas
e hijos. Al mismo tiempo, el aumento de la participación de las mujeres puertorriqueñas en la fuerza de trabajo, así como la redefinición cultural más general de una ampliación de los derechos individuales y la autonomía para
las mujeres en todos los niveles de la sociedad norteamericana, proceso iniciado a fines de la década de 1960, pusieron en crisis el modelo patriarcal
de un hogar conyugal dominado por un hombre autoritario.
Los varones, sin embargo, no aceptan los nuevos derechos y roles que las
mujeres se han ganado en las últimas décadas; intentan en cambio reafirmar por medio de la violencia el perdido control autocrático que sus abuelos ejercían sobre la familia y el espacio público. En el caso de los
puertorriqueños residentes en los guetos, la situación se exacerba debido
a la persistencia de una memoria rural de grandes hogares agrícolas, "bendecidos" con muchos hijos y dominados por los hombres. A menudo, los
varones que ya no son jefes de hogar experimentan las aceleradas transformaciones estructurales históricas de su generación como un dramático ataque contra su sentido de la dignidad viril. En el peor de los escenarios
planteados, cuando los hombres se convierten en un impotente fracaso dentro de la economía de servicios, toman represalias con las mujeres y los niños, a quienes ya no pueden mantener económicamente, ni controlar
culturalmente. En concreto, esta situación adopta la forma de palizas en la
casa y violación en banda en los locales de venta de crack.
A la búsqueda de soluciones
La crisis que ha acompañado el complejo reordenamiento histórico de las relaciones de poder entre los géneros en las últimas décadas queda encubierta
por los superficiales eslóganes de los líderes políticos conservadores, cuando
éstos hablan, por ejemplo, de-la "crisis de los valores familiares" o "simplemente diga no a las drogas". Este tipo de moralismo psicológicamente reduccionista y de culpabilización de la víctima oculta las desigualdades
estructurales en materia de etnicidad, clase y género, de las que es necesario
ocuparse si se aspira a conseguir una mejora real en la vida de los pobres en
los Estados Unidos. Los políticos y los medios de comunicación esperan encontrar soluciones simples y rápidas a una pobreza persistente que se concentra
cada vez más en los enclaves urbanos marginados, y más globalmente en las
villas miseria de las naciones no industriales, en las viviendas públicas de los
suburbios de las ciudades europeas o en los escombros postindustriales de los
barrios deprimidos de las ciudades norteamericanas.
No hay fórmulas tecnocráticas simples para implementar las políticas públicas que faciliten un acceso equitativo a la vivienda, el empleo, el sustento y la salud. El primer paso para salir del estancamiento exige una
fundamental reevaluación ética y política de los modelos socioeconómicos
básicos. Debido a sus métodos de observación participante y su sensibilidad a la diferencia cultural, los antropólogos pueden desempeñar un importante papel en la promoción de un debate público acerca del costo
humano de la pobreza. El desafío está sin duda frente a nosotros.
Traducción: Horacio Pons
Dentro del mundo desarrollado, Estados Unidos es el país donde la desigualdad
de ingresos y la segregación étnica alcanzan los niveles más extremos. Hacia
fines del siglo xx y en la primera década del xxi, sólo Rusia y Rwanda tenían proporciones más altas de su población en las cárceles (Waqcuant,
2003). Ningún otro país industrializado se acerca a los porcentajes norteamericanos de ciudadanos que viven por debajo de la línea de la pobreza.
El gueto representa el mayor fracaso interno de Estados Unidos y pende como una espada de Damocles sobre la sociedad en general. La única fuerza que
sostiene esa espada precariamente suspendida es el hecho de que los narcotraficantes, los adictos y los delincuentes de la calle internalizan su furia y
su desesperación. Dirigen su brutalidad contra sí mismos y su comunidad inmediata, en vez de hacerlo contra la opresión estructural que padecen.
Si en la autora del siglo xxi Estados Unidos se considerara como un modelo
internacional de desarrollo político y económico, sería un modelo de lo que
no hay que hacer. El equilibrio de poder económico estructural que penaliza y humilla a los trabajadores pobres y los empuja a la economía subterránea beneficia los intereses de pocas personas. La dolorosa y prolongada
autodestrucción de individuos como Primo y César y sus familias y seres queridos es cruel e innecesaria.
Xn
41
111011nratía citada
1.51 tac
Abstract
BOURGOIS, P. (2003): In Search of Respect: Selling Crack in El Barrio, Nueva York, Cambridge University Press.
El artículo presenta una descripción densa
de la manera en que los traficantes de cocaína de la sección hispana de Harlem establecen su sistema de relaciones sociales.
Allí pueden verse los mecanismos de elaboración de formas de identidad y alteridad,
en los que se inscribe el uso tanto de la colaboración como de la violencia (que aparece
como un recurso con valor a la vez expresivo e instrumental). Bourogois muestra también que esas formas de relacionarse se
imbrican en profundas tradiciones marcadas
por el origen migratorio de los traficantes
que son en su mayoría de ascendencia puertorriqueña. En la cultura violenta del narcotráfico se reelaboran el patriar calismo
dominante de tradición rural, y la rebeldía
viril de la planta industrial. Estos patrones
culturales se transforman en un obstáculo difícil de superar a la hora de encontrar empleo en el creciente sector terciario, dando
lugar a un ciclo de inserciones laborales
frustradas que legitiman la cultura de la
ilegalidad.
The article introduces us, through thick
description, to the way in which cocaine
dealers of the Hispanic sections of Harlem
develop their systems of social relations.
This allows us a clarifying perception of
the mechanisms by which forms of Identity and otherness are created, where cooperation and violence (which is at the same
time an expressive and instrumental resource) cake parc. Bourgois also shows us
that those relationships are deeply embedded in traditions that result from the migratory background of drug-dealers, who are
mostly of Puerto Rican descent. In the violent culture of dealers the prevailing patriachalism of rural origin and the virile
culture of the manufacturing industry are
re-enacted. These cultural patterns become
an insurmountable obstacle when looking
for a job in the growing tertiary sector, giving way to a cycle of failing job insertions
that legitimize delinquent cultures.
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Notas
1 Traducción autorizada del artículo "Understanding Inner City Poverty: Resistance and Selfdestruction Under U.S. Apartheid", en Jeremy MacClancy (comp.), Exotic No More: Anthropology on Me Front Lines, Chicago, University of Chicago Press, 2002, pp. 15-32.
Agradezco a mis vecinos, los vendedores de crack y sus familias, que me invitaron a conocer sus
hogares y su vida en East Harlem. He modificado los nombres y camuflado las direcciones para proteger la privacidad individual. El artículo fue escrito con el sostén del National Institute on Drug Abuse (subsidio N° r01-da10164). También quiero agradecer a las siguientes
instituciones por su generoso apoyo económico mientras realizaba el trabajo de campo en East
Harlem: la Harry Frank Guggenheim Foundation, la Russell Sage Foundation, el Social Science Research Council, la Ford Foundation, la Wenner-Gren Foundation for Anthropological Research y la Oficina del Censo de Estados Unidos, así como el ya mencionado National Institute
on Drug Abuse. Expreso mi gratitud a Harold Otto, Joelle Morrow y Ann Morrow por las transcripciones; a Horacio Pons por la traducción, a Walter Gómez por revisar el lenguaje en los diálogos; y a Daniel Miguez por organizar la traducción y revisarla. Una versión preliminar en francés
apareció en Actes de la recherche en sciences sociales, Volumen 94, 1992, pp. 59-78.
2 Expresión del argot puertorriqueño que significa molestar: 'nadie me molestaba'. (Nota del Traductor).
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