EL CASTILLO DE ELSINOR, por Pedro

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Notas bibliográficas
grandeza en nuestro imperialismo de los esiglos de oro,» y el de volverla atención del
gran público hacia las fuentes primitivas de la historia de la colonización, para rectificar las medianas relaciones que hoy corren (incluso el tantas veces reproducido libro
de D . Antonio de Solís) y para abominar, de una vez y para siempre, de las ambiciones colonizadoras, que fatalmente llevan, ahora como antes y por mucho que las
encubra el manto de la «civilización,» á explotaciones positivas que el sentido de
justicia rechaza y que tienen su inevitable expiación en los desastres coloniales.
RAFAEL ALTAMIRA.
L
ITERATURA HISPANOAMERICANA. — E L CASTILLO
DE ELSINOR, por Pedro-Emilio Coll: Caracas, 1901.
En el número 6 de esta misma Revista, al dídicar un artículo á la novela ídolos
rotos, del venezolano Díaz Rodríguez, empezaba mi trabajo haciéndome cargo de unas
Notas sobre la evolzición literaria en Venezuela, que en El Cojo Ilustrado, de Caracas,
me dedicaba Pedro-Emilio Coll, escritor y crítico que ha estado encargado por mucho tiempo de dar cuenta en el Mercure de France del movimiento literario de las
naciones americanas de lengua española. Ahora nos da Coll una colección de artículos bajo el título de El Castillo de Elsinor, que es un libro, ante todo y sobre todo,
de un crítico.
Coll se acuesta, más que á otra tendencia, á lo que se ha llamado decadentismo,
aunque su cultivado espíritu le da una gran amplitud. Hay mucho de refinado y de
exquisito en sus escritos; la influencia de la literatura francesa se observa al punto.
Siempre me llama la atención como cosa nueva, aunque se repita tanto, la sfición
que muestran no pocos literatos americanos á las flores y las piedras preciosas: «sol
muerto entre luces de heliotropo,» «la vía láctea era un jardín de lirios luminosos,»
«busto de magnolia,» «sus pupilas semejaban turquesas, rubíes y topacios iluminados
por una satánica chispa interior;» y con esto el gran papel que hacen jugat á la exquisitez y á la perversión: «ambiente de alcoba, poblado con infinitas corupciones,»
«ávida de sensaciones exquisitas,» «perversas y complicadas sensaciones,» etc., etc.,
sin que de ordinario se nos muestre en concreto en qué consiste la perversión de las
tales sensaciones. Leo todo esto, me distrae, pero jamás logra interesarme. Y la explicación debe de estar en un sencillo y vulgarísimo incidente que de Andrés, el héroe
del relato titulado Opoponax, nos cuenta Coll.
El relato mismo á que me refiero está tejido con recuerdos de París, en que entra
la inevitable liaison con Marión, Mademoiselle Opoponax, conocida en una taberna
del no menos inevitable Montmartre «donde Jehan Rictus acababa de terminar uno
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