Salud Sexual y Trabajo Social. Reflexiones a partir de la

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VII JORNADAS BONAERENSES DE TRABAJO SOCIAL
PONENCIA
“Salud Sexual y Trabajo Social.
Reflexiones a partir de la experiencia”
Autoras: Lic. Karina Daverio
Lic. Natalia Jortack
Como introducción, queremos contar brevemente que somos trabajadoras
sociales, que nos encontramos haciendo nuestra residencia en un Centro de
Salud en el Municipio de Hurlingham, Pcia. De Buenos Aires, y que la
residencia tiene la particularidad de ser interdisciplinaria. Esto quiere decir que
los proyectos que llevamos adelante cuentan con equipos de trabajo de
residentes de: medicina general, trabajo social y enfermería comunitaria.
Estos equipos de trabajo llevan adelante distintos proyectos, entre ellos el de
Salud Sexual y Reproductiva. Intentamos a partir de esta práctica, construir un
marco conceptual y de trabajo común, que incluya las distintas perspectivas de
abordaje profesional y sea una síntesis de los aportes individuales.
Así construimos nuestro propio concepto de salud sexual que incluye, no solo
el acceso a los métodos anticonceptivos, a los controles periódicos de la salud,
a los estudios que se requieran sino también al ejercicio de su sexualidad libre,
sin condicionamientos ni coerciones, a su derecho al placer, a elegir, a vivir una
vida sin violencia, a no ser discriminada, a ser atendida por personal
competente y en condiciones dignas, a ser respetada en sus tiempos y en sus
decisiones.
Sin embargo, este gran esfuerzo colectivo realizado por las distintas
residencias, tiene a su vez que interactuar con otros actores y lógicas
institucionales, que engloban el sistema de salud vigente.
Reflexionando sobre la Ley
La Ley N ° 25.673, sancionada en el año 2002, que crea el Programa Nacional
de Salud Sexual y Procreación Responsable ha constituido un avance en la
lucha por el reconocimiento de los derechos de las mujeres. A su vez genera
obligaciones del Estado en el respeto de esos derechos, como por ejemplo la
entrega de forma gratuita de los métodos anticonceptivos en todas las
dependencias de salud.
Sin embargo, en el cotidiano de nuestra intervención profesional, la situación
dista mucho de ser la ideal.
La Ley obliga al Estado a la provisión de los métodos anticonceptivos, sin
embargo sucede que la misma se da de forma discontinuada, por momentos
hay recursos y por momentos estos desaparecen, dejando sin cobertura a las
mujeres.
La ley garantiza a toda la población el acceso a la información referida a la
salud sexual y procreación responsable, sin embargo sucede que los
profesionales no contamos con capacitación adecuada para cubrir estos
requerimientos: no se nos capacita en los conceptos básicos acerca de la
sexualidad y de todos los aspectos médicos y sociales que enmarcan estas
prácticas humanas.
Ahí es cuando nosotras, como Trabajadoras Sociales, notamos que hay
muchas opiniones y visiones sobre un mismo tema. Esto se da porque la Salud
Sexual constituye un verdadero condensador de diversos enfoques éticos,
políticos e ideológicos.
En nuestras intervenciones cotidianas, las trabajadoras Sociales nos
encontramos en un movimiento de constante tensión entre los postulados
éticos de los/as profesionales y los requerimientos de la Institución.
Intentamos desde nuestro quehacer cotidiano mantener un equilibrio entre el
cumplimiento de los derechos de las mujeres y las exigencias institucionales.
Allí es donde aparece el ejercicio de nuestra “autonomía relativa” a nivel
profesional.
Al respecto, la Licenciada en Servicio Social Patricia Acevedo nos aporta para
la reflexión el concepto de “aspectos de relativa autonomía”, que alude a las
opciones de los trabajadores sociales, partiendo de que “no se entiende la
autonomía sino en un marco de heteronomía, esto es, de restricciones e
imposiciones que muchas veces provienen de fuera del campo de análisis”1.
La autora parte del supuesto de que “en algún lugar, espacio, relación, en ese
cara a cara, en esa oficina o box, en ese proyecto o en aquel servicio, siempre
todos y cada uno de los profesionales tenemos un margen, operamos en un
mar de restricciones, pero ellas nunca son tales que impidan la mínima, la
posible, la utópica toma de decisión autónoma en torno a ciertas y
determinadas cuestiones”2.
Nosotras también opinamos que nuestras prácticas no pueden estar
enteramente definidas, ni codificadas, ni estandarizadas, como muchas veces
pensamos cuando nos chocamos con esa barrera infranqueable de todo lo que
no podemos hacer.
Pensamos que nuestras mismas prácticas profesionales nos permiten también
una posibilidad (pequeña, es verdad) de darle a la intervención una forma
única.
Nuestra “relativa autonomía” pasa entonces por la forma (y el contenido) que le
demos a nuestras prácticas.
Prácticas que se encuentran condicionadas por el origen de nuestra profesión,
sumergidas en las características acotadas de la institución donde nos
desempeñamos, y determinadas históricamente por la famosa relación entre el
capital y el trabajo.
Se esperan muchas cosas de nosotras como trabajadoras sociales dentro de
una institución de salud; sin embargo nosotras también podemos tener, en
parte, una iniciativa propia en la producción de lo que se espera de nosotras.
Y por qué sucede esto? La misma autora nos indica:
Por un lado, un aspecto importante es la relación humana intensiva que se
construye entre los usuarios de los servicios sociales y nosotras como
profesionales. Es “insustituible” dice Acevedo, lo que nos da una cierta
particularidad dentro de las distintas disciplinas.
1
Mg Patricia Acevedo “La intervención profesional en la actual relación estado – sociedad: el caso del
Trabajo Social. Avances e interpretaciones provisorias desde un trabajo en curso” en Susana del Valle
Cazzaniga (Coordinadora) “Intervención profesional: legitimidades en debate”. Universidad Nacional de
Entre Ríos. Facultad de Trabajo Social. Maestría en Trabajo Social. Espacio Editorial.
2
Idem 1.
Por otro lado, nuestra condición de trabajadoras asalariadas nos asemeja y
emparenta con muchas de las situaciones de quienes acuden a los servicios
sociales.
Además, pertenecemos a una profesión altamente feminizada desde nuestros
orígenes, lo que implica el constante aprendizaje a sobrellevar y superar la
desigualdad que es expresión de la sociedad capitalista y patriarcal.
Aprendemos a enfrentarnos a las distintas discriminaciones que sufrimos por
nuestra condición de ser mujer en los distintos ámbitos de nuestra vida. Esta
condición se asemeja a la de las mujeres que atendemos cotidianamente, con
múltiples situaciones de violencias de toda índole (conyugal, laboral,
institucional, familiar, sexual, etc.).
Nuestra profesión cuenta con la posibilidad de “nominar” y visibilizar los
diversos problemas que componen lo social, en especial aquellas situaciones
que suceden en el ámbito de lo privado. Cuando podemos hacer esto, nuestra
intervención logra que salgan a la superficie y puedan ser consideradas como
problemas sociales, con obligada intervención estatal. Esta posibilidad no solo
nos ubica como capaces de instalar en la agenda pública algunos problemas
invisibilizados, sino que además contribuimos a potenciar la autonomía de los
sujetos, devolviendo en muchas situaciones el carácter colectivo de su
demanda (individual).
En esta interacción hay una interpelación mutua, entre sujeto y profesional,
donde la realidad constituye nuestro piso para la reflexión en conjunto. A partir
de la reflexión mutua, podrán obtenerse algunas modificaciones de las
condiciones objetivas y subjetivas tanto de los sujetos atendidos como de los
profesionales.
Para concluir este apartado, sentimos que terminamos atendiendo
problemáticas sociales que muchas veces las padecemos nosotras mismas.
Ahora bien, cómo se expresa esta “relativa autonomía” en relación con la
implementación de la Ley Nacional de Salud Sexual y Procreación
Responsable?
En primer lugar, la Ley no incluye la perspectiva de género, sino que iguala las
posibilidades de elección tanto en hombres como en mujeres.
Frente a esto, y partiendo de nuestro compromiso ético profesional y de
nuestra condición de mujeres, las acciones que promovemos van dirigidas a
garantizar los derechos de las otras mujeres.
Desde nuestra “relativa autonomía”, y evitando convertirnos en profesionales
pasivos y acríticos, hemos dado nuevas significaciones a los espacios ya
instituidos en el Proyecto. En Talleres y Charlas nos propusimos problematizar
en forma grupal con las mujeres algunos conceptos fundamentales como los
estereotipos de género, cuestiones de la sexualidad y los derechos sexuales y
reproductivos.
También realizamos acciones de prevención de las distintas violencias
cotidianas (sexual, económica, conyugal, laboral, ambiental, psicológica,
emocional …) y brindamos información para “empoderar” a las mujeres en el
reclamo por la satisfacción de sus necesidades.
Pensamos que con estas intervenciones estaremos contribuyendo a revalorizar
los Derechos Sexuales y Reproductivos como Derechos Humanos básicos.
Siguiendo con la reflexión sobre la Ley, podemos mencionar un segundo
aspecto, relacionado con los derechos de los niños, niñas y adolescentes.
La misma no termina de aclarar la forma de atención a adolescentes menores
de 18 años. Se contradice cuando por un lado condiciona la entrega de
métodos anticonceptivos a la presencia de un adulto, y por otro lado se sugiere
que se tenga en cuenta la Convención Internacional de los Derechos del Niño.
Aquí la realidad nos interpela fuertemente, dado que es muy común que
concurran adolescentes a solicitar un método anticonceptivo a escondidas de
sus padres, queriendo prevenir embarazos no deseados o pidiendo
asesoramiento acerca de los primeros encuentros sexuales.
En tercer lugar, otro aspecto que ni siquiera esta Ley menciona, es el de la
violencia contra las mujeres.
En los espacios de consultorios, pero también en los pasillos de nuestro centro
de salud, llegan las mujeres con golpes visibles en sus rostros, relatos
desgarradores de violencias silenciadas o de violencias explícitas, de maltratos
desde la niñez, de violaciones maritales, de encierros y torturas. Si estas
situaciones las transportáramos al orden de lo público serían fuertemente
condenadas, pero se trata de acciones en el ámbito de lo privado, y más
específicamente al interior de la familia.
Estos tipos de violencias impactan directamente en la salud de las mujeres y
sin embargo la Ley no habla sobre ellas, ni cómo intervenir. A esto habría que
sumarle el impacto sobre la salud de las profesionales que intervienen en esta
problemática. Nos afecta el discurso de las víctimas cada vez que revivimos
junto con ellas los momentos traumáticos de su historia.
En este marco, nosotras podemos mirar pero no ver o intervenir desde nuestra
“relativa autonomía”. Cómo? Conteniendo, asesorando, denunciando,
poniéndole nombre a los problemas y no mirando para otro lado, como hacen
otros muchos profesionales y la institución misma, que, no solo no mira sino
que además revictimiza.
Saber qué decir en el momento indicado, no culpabilizar, no revictimizar y
potenciar la autoestima son nuestras primeras intervenciones frente a estas
delicadas situaciones. Según lo que digamos o no la estaremos reafirmando en
su dignidad como persona, en su derecho a reclamar, a quererse y a pedir
ayuda.
Por lo expuesto, entendemos a la intervención como el “conjunto de acciones
generadas desde un referente teórico metodológico que buscan producir una
incidencia direccionada sobre su objeto”. A partir de esto buscamos la
permanente capacitación para poder dar respuesta al complejo problema de la
violencia.
Finalmente, en ultimo lugar, la Ley tampoco nos brinda herramientas frente a
aquellas prácticas que buscan interrumpir los embarazos no deseados, esas
practicas ilegales en nuestra legislación, que por ser ilegales no dejan de ser
prácticas comunes y cotidianas.
Lo dramático no es hablar de aborto, sino de la cantidad de mujeres que
mueren por estas prácticas realizadas en la clandestinidad y en pésimas
condiciones de seguridad e higiene, en especial en las mujeres pobres y de los
sectores populares que se ven imposibilitadas de pagar intervenciones
quirúrgicas mucho más seguras.
Es imposible negar esta realidad, es imposible negar que quienes trabajamos
en la salud no nos enfrentemos a estas situaciones que nos interpelan desde lo
ético y político, desde nuestra obligaciones como profesionales y desde la
posibilidad de elección de las mujeres.
Existen prácticas sanitarias, como la experiencia del hermano país Uruguayo,
que apuntan a la reducción de los riesgos de los abortos inseguros.
Ahora bien, y en Argentina? Y más específicamente, entre las trabajadoras
sociales, desde nuestros lugares, intervenciones, ámbitos profesionales,
instituciones, colegios profesionales, nos debemos una reflexión profunda y
colectiva para responder al interrogante: cómo actuar frente a estas prácticas
cotidianas, qué consejos dar, qué obligaciones podemos llegar a tener, qué
abstenciones podemos ejercer, qué marco legal nos ampara, cómo podemos
reducir el número de muertes de mujeres, o, como lo dicen en los índices
epidemiológicos, la “mortalidad materna”?
Para no dejar estos interrogantes profesionales como dilemas individuales,
pensamos que la mejor forma de plantearlos es visibilizándolos y
problematizándolos como colectivo.
Para concluir el presente trabajo, debemos también hacernos un autocrítica ya
que nuestra práctica profesional en el marco del proyecto que implementamos
continúa presentando innumerables aspectos contradictorios (como por
ejemplo el intenso cuestionario al que sometemos a las mujeres, la escasa
accesibilidad a los métodos elegidos por ellas mismas, la cantidad de estudios
solicitados previos a la elección del método, etc.). Tenemos todavía que
profundizar más sobre los límites de nuestra “relativa autonomía”, nos queda
mucho por hacer.
Seguir problematizando, desnaturalizando y posicionándonos frente a las
imposiciones institucionales, al carácter asistencialista de las políticas sociales,
a los prejuicios de muchos profesionales, y a esa intención de controlar el
placer y el cuerpo de las mujeres.
Nuestro objetivo fue reflexionar a partir de nuestra práctica, compartir
experiencias con el resto de nuestras colegas, analizarlas colectivamente y
aportar a la construcción de saberes y nuevos conocimientos al interior de
nuestra disciplina. Solo reflexionando sobre nuestra propia práctica podemos
construir nuevas lógicas alternativas a lo instituido.
BIBLIOGRAFIA
•
Mg Patricia Acevedo “La intervención profesional en la actual relación
estado – sociedad: el caso del Trabajo Social. Avances e
interpretaciones provisorias desde un trabajo en curso” en Susana del
Valle Cazzaniga (Coordinadora) “Intervención profesional: legitimidades
en debate”. Universidad Nacional de Entre Ríos. Facultad de Trabajo
Social. Maestría en Trabajo Social. Espacio Editorial
•
Lic. Laura Salazar “La intervención interpelada” en Susana del Valle
Cazzaniga (Coordinadora) “Intervención profesional: legitimidades en
debate”. Universidad Nacional de Entre Ríos. Facultad de Trabajo
Social. Maestría en Trabajo Social. Espacio Editorial
•
Lic.Bibiana Travi “La investigación Diagnostica en Trabajo Social: La
construcción de problemas a partir de la demanda de intervención
profesional” en Autores varios. El Diagnostico Social”. Proceso de
conocimiento e intervención profesional”. Bs.As. Espacio Editorial.
•
Lic. Maria Fabiana Carlis. “La ética/las éticas”. 2001
•
Ley 25.673 Programa Nacional de Salud Sexual y Procreación
Responsable, y su decreto reglamentario Nº 1282/2003
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