^ , UNA ESTATUA QUE SOBRA. £ í í :

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UNA ESTATUA QUE SOBRA. £ í í :
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D O N .\MENonohO I H D A N E T A .
TEXTO:
Una e s t a t u a que sobra, por D. Nicolás Dia: de Renjumea. —¡Ya es t a r d e !
por D. H. Seyadc Citmpoainor.—Don
Amenodoro Urdanota, por iJo:i
Román Meriendes.—ha sublimidad.—El escudo de oro, por D." Emilia
/^/í«/c^r.—Variedades.—Nuestros grabados.- -Á... poesía p o r / ) . F r o n cisco'Pimentel,
/tyo.—Eternidad de amor, poesía por D Antonio
Rori.
—Madrigal por D. Claudio Brusual Sorra.—wEl pensamiento!! poesía
p o r / ) . Casimiro de^fíei/es Or<(í:.—Nocturno, poesía por D. Eugenio
Mende: </ Mendosa.—Décima,
por D. Cecilio Navarro.—Cantares,
por
D.José Sainz de la A í a ; a . — E p i g r a m a , p o r / ) . Luis Vidart.—L& h e r m a n a de la Caridad, novela original por D. Manuel Ibo
Alfaro.—
Problema de ajedrez.—Anuncios.
GRABADOS:
Don Amenodoro Urdaneta.—La nevada en Barcelona.—Gran teatro del
Liceo: Lohengrin.—Ofrenda á Venus.—Baile dado en celebración de
las bodas de plata del Principe imperial de Alemania.—Teatro R o m e a :
Escena final del d r a m a «Un home politich.»
¡¿a
, >-,
N el centro de la City de Londres, ó igual
y cortísima distancia de la Lonja de contratación, la Bolsa y el Banco de Inglaterra, se ve una estatua colosal de bronce
en una especie de corralillo ó compás
pequeño, no sobregallardopedestal erecta, ni menos como fa de Pedro el Grande
sobre un corcel brioso que asciende al
galope una montaña. Es una figura que
al parecerha tomado asiento en un sillón,
para esperar á un amigo, 6 lomar apuntes de las gentes que van y vienen, 6 que entran
V salen en la gran timba de los fondos públicos.
Ño se ha ocurrido á los admiradores del que fué
ejemplar de esta broncínea copia, que las estatuas se hacen para ser vistas en alturas, y que eso
de poner hombres de palo entre los vivos, solóse
ocurre á los escoceses que como señal de venta de
tabuco, chantan á la puerta de la tienda á un
escocés hecho y derecho, tomando polvo de una
lal)aquera, lo cual es una broma pesada para los
ebrios, que á cada paso andan al trompis con
semejantes bausanes por cuestión de acera.
La posición de la estatua á que aludimos daría
margen á mayores daños, si no estuviese protegida por una
|)oquena valla; pero no deja de ser origen de epigramas y
i.liservaciones por parte de los forasteros, pues el héroe no
viste manto real, ni toga, ni siquiera capa cortada, sino que
pnrece un tendero ó comerciante que se ha salido con un sillón á pasar la siesta en la calle, sin sombrero y con una levita
de diario, mientras le barren el escritorio. La estrañeza del
público sube de punto en los días fríos y nebulosos del invierno, en que la estatua adquiere ciertas apariencias de vida
en medio délas nieblas, y sólo se distingue cuando el forastero la tiene á dos palmos de las narices.
Nos detenemos en este exordio en gracia y honor del personnje que merecía un pedestal mayor que el de Federico el
Grande Unter don Linden, de Berlin. ó una columna más
alta que la del czar Alejandro I, en la Plaza del Almirantazgo, de San Petersburgo. La estatuaria moderna inglesa es el
sambenito que ostenta Londres para risa de los extrangeros,
y parece como que el mal gusto se cebó en Jorge Peabody.
En lo principal y en los detalles carece su monumento del
menor asomo de'idealismo, no de otra suerte que si se hubiese dado al artista la consigna de hacer una estatua para servir simplemente de guarda-cantón. Tampoco es conducente
el representar sentado y con una mano bajo la solapa de la
levita ú un comerciante activo, que probablemente no coii«>-
'I
LA ILUSTRACIÓN.
i86
ció el ocio, y por último, concierto mal eso de poner lu estatua en la calle entre las gentes, como si fuesen cosa muy
común y natural los rasgos de desprendimiento sobre que se
basa la inmortalidad de este hombre.
Luego que se sabe que aquella figura representa & uno de
los modernos Cresos y príncipes de la Banca, se olvidan todas
estas torpezas para admirar las hazañas de este mortal privilegiado, y aun se encuentra cierta intención fina en ponerle
como á granel, en el centro de la colmena comercial y banquera. Si le hubiesen elevado muchos codos, darían á entender que sus hechos eran inimitables por la muchedumbre, y
que por ser tan extraordinarios, sacacan su estatua de lo r e gión baja para ponerla en la de las cosas sobrenaturales ó
imposiWfis. Yo no sé que hasta ahora haya ahbido quien
exceda ni quien iguale á Jorge Peabody en generosidad y
desprendimiento; pero evidentemente, la idea do colocar su
estatua á flor de tierra, hace creerse pensase en la probabilidad de un concurso de figuras de piedra ó bronce en el seno
de las esculturas de carne que por allí transitan, más petrificadas que los fósiles de la antigüedad pre-histórica.
Cuando este ciudadano insigne asombró al mundo del capital con su primera dádiva de quince millones de reoles
destinados á construir habitaciones higiénicas y económicas
para las clases obreras, no todo fué elogio y aplauso de las
gentes. Hubo su parte de critica, fundada en que, donativos
que han de pasar por otras manos antes de llegar á las del
pobre, suelen deshacerse cual la sal al contacto con el agua,
y mucho más tratándose de cosa tan compleja como edificaciones ó construcciones. Pensar, por otra parte, en que un
individuo pueda distribuir equitativamente suma tan enorme,
es pensar en lo excusado, tanto más cuanto que el impulso
generoso fué sucesivo y el primer donativo sólo era una pequeña muestra de mayores liberalidades.
Peabody vino á dar, en junto, la sustanciosa sumo de cincuenta millones de reales, y según los resultados, no fué erróneo su cálculo, ó bien tuvo la suerte de dar con personas
honradas que la administrasen. La prueba es que al cabo de
tres lustros, el comité directivo ha podido presentar al público el siguiente estado y resumen de las transacciones:
Desde 1862 á 1873, Mr. Peabody donó cincuenta millones de
reales en dos partidos de quince y dos de diez millones, los
cuales añadiendo el metálico recibido por rentas é intereses
hasta fines de Diciembre último, arrojan un total de ochenta
millones y pico de reales. Desde la última memoria presentada por los comisionados, ó sea en el transcurso del año pasado, se concluyeron trece manzanas de cosas, con 861 aposentos, y se empezaron á labrar treinta y tres que contendrán
1885. Desde el establecimiento de la junta directiva, se ha provisto á los artesanos y trabajadores pobres de Londres con
7,829 aposentos, sin contar los baños y lavaderos. Estos aposentos, comprenden 3,552 edificios separados, ocupados por
14,604 personas. El salario semanal de los inquilinos cabezos
de familia, es de seis duros por término medio, la rento de la
habitación veinte y tres reales, y la de cada aposento diez reales por semana, cuya renta incluye agua, fregaderos, lavaderos y cuartos de baños.
Estos datos no pueden ser más satisfactorios ni brillantes,
demostrando el acierto que presidió en el cálculo de este amigo de los pobres, y su buena suerte en encontrar quien cumpliese su voluntad lo más desinteresadamente posible, ya que
en todo negocio tiene que haber un poco de levadura de la
flaqueza humana. Muchos hombres opulentos serían más caritativos, si supiesen que sus donaciones iban á ser religiosamente administradas, y por esto es conveniente que obtengan
la publicidad posible resultados tan notables como los expuestos.
Esta institución Peabody es como semilla que se siembra y
crece y se desarrolla cada día más variada y exhuberanto.
Representada la piedad del fundador por edificios sólidos, visibles y tangibles, ellos vienen á constituir una sucesión de
munumentos en la metrópoli inglesa, al lado de los cuales
está de más esa estatua de la Citr/.
NICOLÁS DÍAZ DE BENJU.MEA.
las flores, nos don sombra los magnolios, Ins noranjos y manzanas que pueblan el huerto apacible donde yo jugaba contigo cuando niño!..
Ven, y sentémonos otra vez al pié del cerezo que tanto tú
querías. Ni las hojas se mueven; no puede estar más tranquila la tarde. Hablaremos muy bajo, para que no huya el jilguero que hace su nido en la rama que está sobre nuestras cabezos.
Verás como es verdad que nuestras almos pueden unirse
en gratísima armonía con los sentimientos purísimos que salen de ella, y que no sólo la realidad grosera es verdad.
Mira como se encuentran nuestros ojos, como se elevan al
cielo y vuelven más tiernos.más amorosos é impregnados con
su dulce aroma.
Oye el canto sencillo y no aprendido del ave que vela por
sus polluelos, la hermosa flor que comienza ó romper su copullo matizando de mil colores la atmósfera azul, lo luz que
todo lo alumbra con el brillante color amarillo, rojo y plateado del sol que se pone...
Como tus ebúrneas mejillas se tiñen de carmin, tus labios,
de rosa, y se enlazan y cruzan nuestras manos y un himno do
adoración brota de nuestro espíritu.
La brisa de la tarde, el canto de las aves y el murmullo de
la fuente no lejana confúndense con nuestra plegaria en alabanzas sin fin
¡Oh! amada mía, cómo el alma se regocija en esto... ¿No ha
de haber en nosotros más que cieno?.. ¿Ha de ser todo mortal cuanto en el hombre se agita?.. ¿Y esta aspiración íntima
que sentimos dentro de nosotros mismos, que nos sonrio
embelleciendo y elevando todo cuanto pensamos, hemos de
olvidarla, desecharla como fantástico engaño de los sentidos?....
¡Ah! ella ejerce su imperio poderoso sobre nosotros y tiende su vuelo más allá de la tierra en que vivimos
JULIA.
¡Cuánto te amé, Carlos!., creo sentir todavía el dulce rumor
de tus palabras en el primer dia que se unieron nuestros corazones... ¡Qué bello era todo entonces!.. Aquellos goces parecían no acabarse nunca; ¡eran tan tiernos, tan puros, tan
encantadores, tan espirituales!..
CARLOS.
Será grata para algunos la realidad de la materia en sus cieosapetitos...perola revelación, amada mía, queviene enalas
el espíritu, nos presenta cuadros tan bellos, imágenes tan
poéticas, que flotando eternamente á nuestro rededor, calman
y amortiguan las tristes y duras impresiones de la vida
¡Cuántas angustias y sufrimientos hemos pasado! pero nuestro amor siempre vivo y.puro sobrevive é todo... ¿Qué sería
de nuestro amor, si no conservase el espíritu esa idealización
de sentimientos que nos une y atrae?.... ¡Flor de un día deshojada y marchita, cuyo recuerdo mataría el alma!..
f
JULIA.
Sólo así, Carlos, podremos conservar en nuestro corazón
las santas inspiraciones, los consuelos interiores que recuerdan las promesas del cielo, que nos esperan en la otra vida.
CARLOS.
Aun después de tantos años, ángel mío, se recrea y sosiega mi espíritu al eco de tu voz y á los encantos de tu rostrou
En medio de mis locos desvarios, siempre tu imagen querida
se me aparecía radiante y pura...
JULIA.
El espíritu permanece siempre inalterable, y sus goces no
se acaban nuncT; que nuestros pensamientos vivan siempre
en lo alto... Ven, último recuerdo de mis primeros años, póstrate conmigo aquí, en este lugar solitario y miremos al cielo
y digan nuestros labios sentida y profunda oración que calme nuestra ansiedad y nos dé valor para sufrir esta eterna
despedida
Ahora... á dios.
CARLOS.
¡Un momento todavía!., espera...
JULIA.
¡Imposible!., lazos sagrados é indisolubles me unen á otro
hombre, á quien he prometido fidelidad... Has llegado tarde...
¿Por qué te has olvidado de mí?..
CARLOS.
¡YA ES TARDE!
(Diálogo
amoroso.)
CARLOS.
—Bella aparición, dulcísimo sueño de mis primeros años
¿porqué no he de contemplarte ahora?.. ¡Cuánto tiempo pasado
a«Bde que te han visto mis ojos por primera vez!.. Pero qué
{(nporta, si mi mente refleja todavía los hermosos perfiles de
tu rostro y late mi corazón al recordarte en mi loca fantasía.
La soledad y el silencio nos rodea; ¡á nuestros pies crecen
Me sedujo el mundo con sus sueños do oro: no me quedan
más que tristezas y desengaños. ¡Óyeme! . ¿Qué vá á ser de
mí si me abandonas?..
JULIA.
Piensa en Dios y en la eternidad, y tu consuelo será pronto y fácil... A dios por siempre... por última vez
R,
SKGADE CAMPOAMOR.
187
LA ILUSTRACIÓN.
DON AMENODORO URDAKETA,
Ilustre escritor venezolano, Caballero de la distinguida Orden de Pío IX, tnienibro correspondiente de la Real Academia española.
Si el interés ha de buscarse en los casos de felicidad,—conr.o ella es entendida en el mundo,—ó en las variadas escenas
de la novela ó del droma, no lo encontrará, de seguro, el
lector, en la biografía que en este momento trazamos á grandes rasgos. Mas si, alejados de ese interés brillador y de los
vanos oropeles de la pompa y grandeza humanas, amamos la
vida del hombre de bien, que funda su dicha en la paz de la
conciencia y en el amor de sus semejantes: si nos agradamos
con el ciudadano recto, con el católico ferviente y piadoso, y
con el literato y poeta modesto, sin duda serán leídas con
interés y cariño las líneas que á continuación ofrecemos á
nuestros abonados.
Nació nuestro ilustrado y distinguido amigo D. Amenodoro
Urdanota en la ciudad de Bogotá, el día 14 de Enero de 1829.
Fueron sus padres el Excmo. Sr. General en Jefe D. Rafael
Urdaneta y la"Sra. D." Dolores Vargas.
Enfermo desde su nacimiento y durante toda su vida, le
fué prohibido el estudio y todo lo que pudiera contraer su
atención: de manera que se formó por sí solo, haciendo ver
con esto el gran poder de la naturaleza y que la Providencia
no reguiere grandes auxiliares para llevar á cabo sus disposiciones.
El ejemplo de sus padres y las grandes consideraciones
que les tributaba la sociedad venezolana: aquella honradez
que presenciaba; aquella severidad inquebrantable en la virtud y el patriotismo; aquella sublime pobreza que aquilataba
el corazón del que más de una vez tuvo en sus manos el
destino de Colombia, y, en fin, las tradiciones que contaban
los martirios de sus progenitores
formaban para nuestro
joven Urdaneta la mejor escuela del niño, preparado para
<<HACER B I E N E S Á LA. R E L I G I Ó N Y Á LA SOCIEDAD ( I ) .
A la muerte do su padre, acaecida en 23 de Agosto de
1845, vio nuestro joven la necesidad de ayudará su buena
madre para la asistencia de su numerosa familia; y en consecuencia se dedicó á dar lecciones, oficio que ha ocupado
toda su vida, con interés, inclinación y cariño.
Como esta es una de las dos faces principales de la vida
del Sr. de Urdaneta, nos detendremos algunos momentos en
ella.
Convencido de que la infancia es la edad en que deben
sembrarse las semillas de la vida, y que allí deben regarse
con riego de virtud, para que produzcan abundantes frutos de
bien, se dedicó desde muy leraprano á escribir textos proporcionados al efecto de esta convicción.
El libro de la infancia, que es el primero que escribió,
después de algunas poesías fugitivas que había compuesto,
fué muy aplaudido dentro y fuera de la República (18G5).
Basado sobre la idea de que ante todo debe formarse el corazón del niño, y de que esto sólo se hace bien por medio del
sentimiento y la caridad, desarrolla este principio fácil y
claramente, atrayendo la tierna imaginación de la infancia
por medio de historietas adecuabas. Ya se debe suponer que
rechaza el método puramente científico tan arraigado noy
en los colegios, y tiende á formar el hombre antes que el botánico ó el físico. Todos los hombres nacen para el bien, suele decir; pocos para astrónomos, geólogos etc. ¿A qué anteponer las propiedades del cuarzo ó de la cal hidráulica al
conocimiento de Dios y los deberes morales"? Formemos el
corason, que él después guiará al hombre por donde su inteligencia lo quiera lleoar. « E L LIBRO DE LA INFANCIA» era bus-
cado con ahinco por alumnos y maestros.
En sus trataditos científicos, de aquellas materias propias
de su cometido, observa el sistema de separar todo lo supérfluo, todo lo que no sea necesario al niño y que tienda á cansar su memoria y embrollar su inteligencia, y al mismo tiempo se propone modificar ó aclarar ciertas definiciones algo
abstrusas para los niños.
Más de veinte libros de enseñanza ha publicado hasta hoy
el Sr. Urdaneta, todos acogidos con estimación. Ha publicado varios opúsculos, y ha sido colaborador de muchos periódicos políticos y literarios de Venezuela.
En 1873, fué llamado á regentar la Escuela Central de la
Federación venezolana, oficio que desempeñó hasta 1879, á
contentamiento del Gobierno y de la sociedad. Motivos de
convicción republicana y de conciencia religiosa le obligaron
á dejar aquel puesto y aquella enseñanza pública, siguiendo
en la particular que le dejaba mayor independencia y agrado, -i
.
La faz religiosa es la principal de nuestro autor, y á la que
hoy está dedicado exclusivamente.
No cree que pueda existir moral firme, sin la base de la
Religión. Inexorable con el vicio, es acaso demasiado severo
con el vicioso y el criminal, no dispensando nada á la debilidad humana. Si de esta se le habla, rechaza la defensa,
viendo, dice, como indigno de la razón el inclinarla á las
pasiones, ó como una pequenez y pobreza del espíritu. «La
razón no debe tener un puesto secundario, cuando se la pone
en lucha con las pasiones», este es su principio, del que d e duce el siguiente: «Debe tenerse el pensamiento ocupado
con cosas buenas, para que en él no entren las malas.»
De esta especie de intolerancia moral nace su intolerancia
religiosa, ó mejor dicho, su intolerancia con el error religioso;
intolerancia que él proclama como necesaria para que no se
ofusque la luz de la verdad. Muchas veces se le ha argumentado sobre esto, y él contesta: «No debe la verdad transigir
con el error, ni la luz mezclarse con las sombras, aunque se
mire con amor y compasión al extraviado. ¿Tolerará el matemático que alguno se separe de las demostraciones exactas
y afirme que dos y dos no son cuatro, 6 que los ángulos de
un triángulo no son iguales á dos rectos^ ¿Tolerará el física
que se le diga que la extensión no es propiedad de la mate~
rial Pues lá verdad católica es más evidente que las conclusiones matemáticos.»
El año de 1867 escribió el Sr. Urdaneta la obra t¡tul»ds
«JESUCRISTO Y LA INCREDULIDAD» en refutación de la «Vida dt
Jesús», de M. Renán. En 1878, pocos días después de la muerte
de su Sra. madre, acaecida el día 22 de Octubre, escribió su
más notable obra: «Consuelos y Meditaciones sobre las tumbas». Aplaudida y premiada por el Sumo Pontífice con la
altísima dignidad y condecoración de los ilustres Caballeros
de Pío XI, vino á calmar con esta gran satisfacción la i n mensa amargura en que aquel acontecimiento lo había hundido. Altamente teológica y de sentimiento, esta obra lleva
el noble objeto de dar á otros los consuelos que halló el a u tor en el seno de la Fé; hacer ver más los lazos de la Iglesia
en sus bellas ramificaciones ó brillantes, faces y fortalecer
la idea consoladora del articulo de nuestro símbolo sobre LA
COMUNIÓN DE t o s SANTOS.
A poco de haber recibido el Breve de Su Santidad, y la
honorífica carta que lo acompañaba, escribió nuestro autor
«LA F É CRISTIANA», en la que considera y pone de manifiesto
los errores teológicos, históricos y filosóficos de «la Reoolucion religiosa» de D. E. Caslelar.—El anuncio de esta obra
fué acogida con grande entusiasmo en Venezuela, hasta el
punto de que los 8,000 suscritores que inmediatamente tuvo
exigieron al autor inscribiese sus nombres al fin del libro,
para protestar públicamente contra la impiedad y confesar
su adhesión á la Santa Sede. La edición estaba agotada 15
días antes de concluirse la tirada, de modo que el autor emprendió la siguiente, para cumplir con los pedidos que con
anlicipaicon se le hacían.—No es este el momento de analizar esta notable obra: ya lo han hecho varios periódicos de
América y de España, con grandes elogios y encomios para
el Sr. Urdaneta: y basta decir, además, aue se prepara una
tercera edición, para atender al deseo de mucnog pueblos
de América de adherirse á la protesta que ella encarna. En
esta edición, que hará en nuestra tipografía, se verá el concurso de firmas que representará gran parte de los pueblos
americanos, católicos por excelencia, sanos por naturaleza.
Otra singular y notabilísima obra de nuestro autor es
«CERVANTES Y LA CRÍTICA», donde se rebaten con elevado y
recto criterio y gran copia de citas las censuras hechas al
celebérrimo Manco por los que desde sus días hasta los presentes han querido enmendarle la plana. Esta obra ha sido
muy aplaudida por varias naciones, y de ella se han ocupado
con elogio los principales periódicos de la América, reproduciendo íntegros muchos de sus capitules.
Entre las varias poesías líricas, de esquísito gusto, que ha
publicado nuestro autor, mereció honorífica mención del
Sr. Hartzembusch la Silea al campo, que otros autores
americanos han equiparado á la famosa de Bello. También
ha ensayado el Sr. de Urdaneta la comedia y el drama, aunque no con tanto éxito.
Para terminar estas ligeras y mal trazadas líneas, diremos
que la Real Academia española de la lengua, reconociendo
los méritos de tan ilustre varón, lo nombró el año pasado su
correspondiente en Caracas.
ROMÁN MENENDEZ.
LA SUBLIMIDAD.
-I •
(1) Palabras del Pontífice León XIU referentes al Sr. de Urdan9ta.
Siendo la belleza el acorde entre los términos del arte,
d«sdo el momento en que se produzca un desequilibrio entre
IÍ8
LA ILUSTRACIÓN.
NEVADA DRL 9 DE MARZO EN RARGELOA\A.
Transeúntes. •
Auriga.
El máB infeliz.
Parque. Escalinata de In cascada.
Plaza del Borne.
Cnterlral.
Muelle de Barcelona.
Circo ecuestre.
Calle de Balmes.
GRAN TFATRO DEL LICEO.—LOHENGRIN.—DIBVJO
Sr. Stagno.
Sra. Novelli
DE D . DIONISIO
Sra. Cepeda.
Aspecto deJ palco escénico en el acto primero á ia llegada de Lohengrin.
Heraldo.
BAJXEBA^.
LA ILUSTRACIÓN
igo
ellos dejará de existir para posará cfcclos dislintos. Si el fondo lomo predominio sobre la forma llegando á la espiritualidad llevada hasta In abstracción, tenemos lo sublime, pero
si la forma es la que sobrepuja posando de la realidad, se obtiene el ridículo.
La sublimidad es, pues, una belleza en una escala superior
que es sumamente menos accesible por su misma idealidad
y que prescinde en gran parle de las formas paro dejar producir lodo su efecto á la idea; de aquí que su genuino ex|iresion sea el lirismo sin personalidad, con toda su vaguedad y
misterio, que apenas puede el almo humana concebir.
Como toda belleza, debo tener en cierta escala el fondo y
forma, pero con sus caracteres peculiares que hacen del primero lo indispensable y de la segunda lo accesorio.
I.a verdad en toda su perfección absoluta constituye el
fondo de la sublimidad, y lo ilimitado es la base de la forma.
Desde el momento en que de la belleza á la sublimidad
existe una gran dislancia en el desacorde de sus términos, la
distinta proximidad á la armonio nos producirá diversas gradaciones. De aquí que la sulilimidod exista según las varias
aspiraciones del ser que la considera y las relaciones que ligan al objeto con los,demás que en su género puedan servir
de comparación.
Así lo ili.T i a io, base de la forma, puede lograrse al ser hermanado con la verdad absoluta en los grandes espectáculos
de la naturaleza, El mar, la inmensidad de la bóveda celesle
son sublimes desde el momento que el hombre no abarca ó
no puede concebir sus límites y le despierta la idea do lo
grande, de lo inñnito con toda sú idealidad, hasta llegar ni
lirismo que le hace sentir en su almo los distintos aféelos
([ue según la situación sean capaces de impresionarle.
Pero, como hemos dicho anteriormente, hay diversos gradaciones en la sublimidad aun encerrada en lo verdaderamente limilüdo. La vegetación frondosa de un árbol secular
nos inspira lo sublime, no por sus formas completamente linitts, sino por la noción del poderío que le han hecho resistir
á los distintos efectos dinámicos que han pasudo sobre él y á
la continuidad de la vida vegetativa que ha obrado ilimitodamente en comparación á la duración de los demás arbustos.
Esta idea de la relación entre los seres es base de la sublimidad llevada al terreno artístico, puesto que el hombre no
puede jamás producir lo ilimitado, y valiéndose de la formo
en mayor extensión y de los caracteres más elevados de la
expresión que tiendan á traducir los sentimientos más nobles
del alma, es como el artista puede lograr el dar idea de la
sublimidad.
La música, en que tiene mayor predominio el sentimienlo,
en (¡lie la forma está reducida á su menor expresión ortistica,
es la que mejor puede lograr estos efectos del lirismo y hacernos sentir la sublimidad al transformar en sonidos musicales los grandes concepciones del idealismo. La arquitectura,
susceptible de dar á sus monumentos formas extraordinarias
6 inusitadas, es la más propia de las artes plásticas para traducir la sublimidad por consideración al poderío de las masas acumuladas y á su magnitud respecto los construcciones
ordinarias. Así las pirámides de Egipto olcanzan la sublimidad
no sólo por su magnitud, sí que también por su expresión
simbólica que deja toda su vaguedad é indeterminación á lo
ideo, predominando sóbrela forma que no está acusada sino
por la grandeza de la mole.
Y aun puede, siendo las formas sumamente limitadas, engendrarse la belleza en otro gradación. Unos ruinas antiquí«imas despiertan la sublimidad en consideración á lo inmensidad del tiempo, de su efecto destructor y de lo ilimitado de
su existencia que es donde toma carácter lo sublimidad.
El hombre tiene dos esferas pora traducir la sublimidad:
en las grandes concepciones científicas del genio y en el h e i'oismo moral. Para ello es necesario elevar el espíritu á una
región superior del común de los seres, en donde lo ilimitado
j)a8a del mundo físico al moral, pero no por eso pierde su
esencia.
FEDEnico CAJAL.
(So
concluirá).
EL ESCUDO DE ORO.
TRADICIÓN GENOVESA.
í.Quién no ha oído hablar de los muchos y espléndidos palocios con que se dislingne Genova la incomparable? La Via
Nova, la Vía Novísimo, la Vía Baidi y muchas otras calles
más, tanto de lo parte olto como de la baja, exhiben un coro
maravilloso de cdiñcios, cuya magnificencia y carácter le
han conquistado un puesto particular en la historia de las
arles. En la mayor parte permanecen cerradas las pesadas
hojas de sus puertas; pero cuando se abren, lo vista se extosía ante esplendor tan inusitodo. Al través del robusto orco
del portal abovedado á la manera de arco triunfal, cae la mi
rada en un espacioso atrio, construido de uno manera noble
y severa, como el primer palio de un templo. Losas tersas y
brillantes como un espejo cubren el suelo; rojas columnas de
mármol, formando un rectángulo, sostienen una galería, cuyos BÍrosos arcos don libre paso á lo luz del sol. A un lado de
ia galería se abre la escalera, que por medio de cómodos peldaños conduce á aposentos de majestuosa pompa y hermosura, viviendas de una estirpe que existió y que fué otra que
la nuestra.
Al parlero cicerone, guia de los extrnngeros por entre los
esplendores de la ciudad, le son familiares los historias de
todos esos palacios, que él reñere á cambio de exiguo remuneración. Si todo ello es verdad, yo no lo gorontizo; pero tales leyendas provienen siempre de los tradiciones de las
viejas residencias patriciales; y una de esas leyendas, á mi
parecer bastante coraclcrislica, es la que voy ó comunicar al
benévolo lector. Si el camino conduce á éste, al igual que me
condujo á mi, en el otoño, á la Riviera, cualquiera de los habitantes de a(]uellos alrededores le llevorá al lugar donde,
hoce tres siglos y medio, acaeció lo que voy á relotor.
En una noche de moyo de \f)'i', ocurría en este palacio, que
boy se honra todavía con la belleza de sus proporciones
y la opulencia de su interior, oigo muy solemne. El morques
Carlos, joven dueño de la morada, celebraba sus bodas. Dos
años antes había ido á Roma paro postrarse ante Su Santidad, y en tal ocasión hubo de conocer á la hermosa Genoveva. La mirada de esta caía candente sobre su corazón: amó él
á la doncella y soliciló su mano. Pero no ero él el único que se
había inclinado ante el aliar de la hermosura. Un mantuono
poderoso, un deudo de los Gonzagas, la había pedido también. Pietro Tuornaboni, natural de Florencia, la pretendió
asimismo y en rivalidad con ambos so hallaba un sobrino del
Papa, de gran ascendiente en el Vaticano. Genoveva vacilaba
onle la comparocion de tontos superioridades y no se inclinalia hacia ningunode sus aspirantes; pero lompoco rechazaba á
ninguno, incluso Carlos, quien no participaba del elevado carácter y valor aparente de sus competidores. Una vislumbro
de esperanza inílamó, empero, su audacia. No en vano corría por sus venas la sangre de los antiguos patricios genoveses. Estos se sentían que fueron grandes y fuertes, cuando
en tan múltiples ocasiones alcanzaron el laurel de la vicloria.
La república tenia que pelear de un modo incesante por su
dominio marítimo, si quería mantener su dominio civil. Sus
esfuerzos fueron rccon.pensodos. Los buíjues que enviaban ó
lejanos países no les traían simplemente los especias de la India y los tejidos de Bizancio; oportábonles también títulos y
dignidades, la púrpura del poder y la di.idema del valor, forjada por ellos mismos. Tal proceder había de aumentar sus
fuerzas y aptitudes materiales. El deseo de adquirir los hizo
tenaces y persistentes; la posesión de lo adquirido, ambiciosos y orgullosos; la seguridad de la posesión, apasionados y
vengativos. Ninguna dificultad les embarazaba en la aspiración de sus bienes; los asían con amor al conquistarlos, y al
perderlos, castigaban con furor tanto á los culpables como á
los inocentes. Del propio cuño era hecho el marqués Carlos.
Habiasele aparecido Genoveva como la manifestación de la
suprema felicidad, y por eso su valor no temía obstáculo alguno. Su ceño viril, que había hecho frente á todos los rivales, se humilló ante la mujer querida, y quedó vencedor en
lo contienda.
Asi pues, la suerte le liobia puesto hoy la lindo novia en
sus brazos. Quien quiso hacerce partícipe de tanta dicho,
holló abiertas en este día los puertas del palocio de Carlos.
Por las columnas del patio enredábanse guirnaldas de flores; de la balaustrada colgohan pinlados tapices y luces coloradas, que ardían dentro de vasitos de plata y lanzaban sus
fulgores mágicos sobre la regocijada muchedumbre. En la
sala principal, los más nobles de la ciudad tributaban á los
novios el más profundo acotomiento. ¡Y cuan hermosa estaba
Genoveva! La .seda levantina de sus ropajes bordados en oro,
cubría sus formas de una manera espléndida y se ahuecaba
por el suelo, á guisa de nube, haciendo que la joven semejase á una de aquellas celestes reinas de Ticiono. Ero una figura de amor, que dejaba á todos pasmados. Carlos no se apartaba de su lado, cualesquiera que fuesen los deberes sociales
que á ello pudieron obligarle. Sólo cuando vio traspasar el
umbral de la puerta á cierto apuesto caballero, desprendióse
de su amada, y salió al encuentro de él.
— ¡Bravo! ¿con nue has abandonado tus lores campestres y
venido aquí?—exclamó, abrazando al huésped. —Hoy hubiera
sentido tu ausencia más dolorosamenle que nunca.
LA ILUSTRACIÓN.
Carlos le lomó do la mano y prcscnlándolo á su esposa, la
dijo;
—Es Galcnzzo, mi mejor amigo.
Cuundo Giile;izzo levantó la visla y su mirada so enconlro
con la do olla, sus ojos relampaguearon, y por su rostro
inerte cruzó una convulsión, que él ocultó con brío detrás de
una forzada sonrisa. Genoveva le tendió la mano.
— Sed bienvenido, conde.
—¡Virgen Santa!
191
la puerta volvió á mirar la pieza de oro, la cual brillaba en 1
crepúsculo como la luz mortuoria en la capilla de la cript
Luego desapareció.
A partir de aquel día, vivió el marqués tan olegremeni
como si siempre estuviera en plena boda. Su residencia cor
postre de Cornigliuno, animada por los huéspedes, era teati
do los más bulliciosos regocijos. Hábiles políticos y humani
tas doctos, apuestos caballeros y elegantes mujeres, artist
célebres y extrangeros de distinción, se atrop'ellaban en to
no del noble marqués. Habíanle conocido siempre cual hor
bre alegre y franco; pero ahora pasmaba por lo asombroi
do su ingenio, por lo chispeante de sus agudezas. Las oci
rrenciasy su amabilidad no se agotaban nunca; deslumhra
y seducía con su trato lo mismo que con su esplendidez,
asi llegó á dominar como arbitro soberano sóbrela socied
ilustre de Genova.
Masque todo este cambio, lo que en él llamaba la atencii
era una costumbre especial que se había impuesto. Adon
quiera que se encontrara, siempre buscaba ocasión de jug
con un escudo He oro. Ya lo agitaba en la palma de la mar
ya lo lanzaba en el aire, para recogerle de nuevo.
—¿No divisáis, á lo lejos, el navio del gallardete encarn
do?—gritó.
Y mientras dirigía su índice á la mar, la pieza de oro b
liaba á la luz del sol. Teníala delante de su pialo, ni sentai
ú la mesa con sus comensales; y cuando se levantaba y ofi
cía caballerosamente el brazo á su esposa, cogía la mona
y hacíala brillar entre sus dedos.
Algunas veces dejábala caer al suelo como inadvertit
mente: entonces solía cruzar sobre su rostro una nube, y (
noveva se estremecía. Pero Carlos recogía el escudo de or
quedábase tan alegre y campechano como untes. Tambi
Genoveva sonreía. Sonreía siempre; parecía suave y graci(
como de costumbre. Sólo que hablaba muy poco y de día
día sus facciones se volvían más pálidas. A los seis meses
leció. La vieja iglesia de Santa María de Castello no po
contener la multitud de los asistentes al duelo. Toaos ost(
t.iban las vestiduras solemnes; la ceremonia revestía un 1
rácter de inusitado esplendor. El sacerdote habla dadc
bendición, la pesada losa fué apartada de la cripta y'desci
dido el ataúd. En este momento, Carlos se acerco al b
de, y clavóla visla en las oscuridad, silencioso é inmóvil.
hn hizo un movimiento, con temblorosa mano sacó un escí
de oro y lo arrojó á los profundos senos. Cuando cayó la r
neda sobre el ataúd, resonó lentamente en el espacio co
un gemido grave. A rápidos pasos abandonó el marq
aquel paraje.
—El dolor le ha trastornado el juicio,—exclamaron ñ\¡
nos encogiéndose de hombros.
Tal opinión persistió. Una melancolía tétrica había acá
do por dominar al marqués. Desde entonces no se le
reírse jamás; semanas enteras transcurrieron sin que él
blase ninguna palabra. Dícese que hizo largos viajes, aue
corrió todas las ciudades, todos los pueblos, cual si anduvi
en busca de alguna persona. Mas siempre se hallaba preí
to en su casa en el aniversario de la muerte de su esposa.
año faltó, para no volver más. Susurróse luego que ht
muerto en Uoma hecho fraile cartujo.
Habían trascurrido, desde esta noche, más de dos años.
Dos años de devoción en pro de una gracia nueva, tiempo
incomparable en que el alma se arruga entre el otorgamiento gozoso y el recibimiento encantado. Tan animadas y bulliciosas como fueron las tiestas nupciales, tan silenciosa y
pacilica fué, después de aiiuellas, la vida de la joven pareja.
Sin esquivar del todo las exigencias de su posición aristocrática, do sus riquezas y de su cultura intelectual, prefirió hallar toda su felicidad en el recinto reducido, pero encantado,
de su vida íntima de familia.
No habían convenido de antemano en que asi hubiese de
suceder; jamás habían hablado de ello; pero Carlos creyó hallar la felicidad en esta vida tranquila y supuso que lo mismo
sucedería con Genoveva. ¿No llevó esta siempre la carga do
sus nuevas obligaciones con placer y sin la menor queja"?
¿Distrájola alguna vez el eco de los regocijos mundanos?
l'oniue bastaba, una sola palabra suya, y las salas y los salonos hubiéranse llenado de caballeros y damas ilustres, entre
las cuales ella 110 podía sino brillar como reina.
Alejada permanecía de la sociedad, y el pequeño círculo en
casa del mar(|ucs era siempre el mismo: alguno que otro pariente ó amigo de confianza. Galeazzo fíguraba como el más
constante contertulio. Ni un solo día dejaba de visitar á la
mar([uesa. La suerte mudable le había aleccionado bastante,
dándolo cierta astucia y penetración. Aunque tenía algunos
años más que Carlos, había sido desde temprana edad el
compañero de este. Los recuerdos de la niñez afirmaban más
la intimidad entre ambos, y Galeazzo sabía sostener incólume esta relación por medio de su facundia y de su viveza.
No carecía de talento, y algo hubiera realizado de bueno si
sus fuerzas y sus aptidudes hubiesen estado en equilibrio: pero
su carácter era desenfrenado, á veces so conducía como un
cobarde; la sola norma de su proceder estaba en su buen ó
mal humor. Una noche, viniendo Carlos de su hacienda, sin
babor prevenido con anticipación, entró de improviso en la
habitación privada de su esposa y se encontró con esta y con
Giloazzo.
De su pecho partió un grito terrible, que no pudo salir sino
en forma de sordo rugido, cual si una mano invisible hubiese
apretado la garganta de Carlos. Galeazzo quedó pelritícado;
no pudo proferir una sola frase. El arma blanca brilló en el
I)UñodeCárlos,yya tenia como blanco certero el pecho del traidor, cuando aquel apercibió á su esposa, la cual acurrucada junto al sofá, tapábase los ojos y el rostro, agitando violentamente
su cuerpo debajo del tenue ropaje. Este espectáculo hizo que
el marqués permaneciese á pié Hrme. No se movió; su corazón latió con inusitada violencia, sus labios sangraron bajo
la presión de sus dientes, y su semblante contrajese de una
manera horrible.
Traducido déla Brcslauor
Zcitung
Hubo un silencio largo, espantable.
por EMILIA PFLUKEB.
Al fin, Carlos se repuso. Incorporóse, envainó la espada, y
con pasos mesurados, erguida la cabeza, se aproximó 6 Genoveva, mes bien como juez que como vengador. Cogió del
brazo á la desdichada y la dio una fuerte sacudida que la
V-A.Í^IE13D-A.IDES.
hizo arrodillarse delante de él.
—¡Eh, muñequilla!—gritó,—tiemblas porque no soy tan indiferente como la luna, que sin inmutarse sorprende á los
Según el reputado médico francés M. Béranger, los he
([uese acarician en la enramada
Tranquilízate, no voy á
de mar templados (de 21 á 24 grados Réaumur ó de 25 á 2
inferirte el menor daño. Pues que me hiciste traición, no recentígrados; son medicamentos preparados por la natura
sides más en mi pecho; pues que me engañaste con ese hommisma y cuyo prudente uso constituye, sin duda de ning
bre, borra, si puedes, de tu frente el sello de la infamia. ¡Tú
clase, uno de los sistemas más poderosos conocidos, pan
no lo has amado! ¡A un alma tan baja y ruin no dispensa su
niños sobro lodo. Hé aquí algunas sencillas reglas, délas >
amor mujer alguna! Te has dado á él como aquellas mujeres
les no deberán desviarse las madres de familia, pues en
perdidas, que por satisfacer su indomable apetito, se separan
hay peligro, tanto para los hijos que gozen de salud cu
de la sociedad, arrojándose al cuello del primero que se les
para los que de esto inapreciable don no disfruten,
presenta
Pues bien, tales criaturas son aquellas á quieprimer baño de mar templado depende á menudo la
nes se paga
Señor conde ¡V. debe conocerla tarifa!
cacia de la curación. Se han dado repetidos casos 4tfD
Galleazzo retrocedió. El aspecto de Carlos tenia algo de
para quienes se había emprendido un largo y penosa v
trágico, sus manos se movían como por un impulso mecánico.
con la esperanza de robustecer su constitución y proOBW
Un escudo de oro cayó sobre la alfombra.
un restablecimiento más rápido y más seguro y que, po
—Y ahora tongo que hablar contigo, amigo excelente —
haber tomado baños de mar, como es de nccesioaa l á ^ a
añadió el marqués.—Has merecido ía muerte; pero yo no
han regresado al hogar paterno más débiles y quizá^[BAi
(|uiero, con tu muerte, mostrar al mundo la comedia del mafermos que no habían salido. La boga que han edqui^dí
rido engañado. Te doy el plazo de seis horas para sustraerbaños de mar templados os bien merecida por c i e r t o , ^
te ú mi venganza. Tu hora te llegará y entonces se cumplirá
pálmente para los niños. Desgraciadamente, de ellos 1 ^
tu suerte... Sabré buscarte y le hallaré... ¡Vete!
se abusa, como se usa y so abusa de las mejores c ( ^
Galeazzo partió. Al cabo "áe un rato siguióle Carlos. Ya en
imprudencia ó por ignorancia. Los baños de mar tetra
OFRENDA Á VENUS
194
LA ILUSTRACIÓN.
deben tomarse con el mismo cuidndo que se (ornan los de TajiMlz, los do Carlsbad, todos los termales, en una palabra, pues
el agua del m a r e s una verdadera agua mineral, como lo comprueba el hecho de contener ésta tres especies de cloruros
cuyo principal es el cloruro de sodio, vulgarmente llamado
sal marina, yoduros, bromuros, sulfates y bicarbonatos de
cal, de sosa y de magnesia. Los efectos de los baños de mar
templados son menos marcados, menos violentos y por tanto
menos inofensivos que los baños de mar fríos. Son tónicos, y
si bien no producen una reacción muy viva y sensible, su acción estimulante se manifiesta desde los primeros días de la
curación. La epidermis de los niños, seca por lo común 6
inerte en las enfermedades crónicas, recobra la energía funcional; el sudor y la respiración cutánea, cuya producción estaba interrumpida, se hacen libremente. Un exceso de vida se
esparce por todo el organismo, y el niño, después de haber
tomado algunos baños, se siente más fuerte y más activo;
siendo muy notable el sentimiento do bienestar que este ex[)erimenta, no debido á otra causa que á la inllucncía tónica
útil agua del mar empleada á la suave temperatura de 25 á 2'J
grados centígrados. Los baños de mar templados son eHcacíbimos para los niños sanos así como para los débiles, y sobre
todo para a(|ueUos que se hallan afectados de enfermedades
[le curso lento, crónico, y cuya convalecencia es larga y penosa. Para los niños y en primer término para los rai|uiticos y
linfáticos y para aquellos cuyo cutis es de palidez trasparente surcada de numerosas y azuladas venas y cuyas carnes
jslén blandas, están también indicados los baños calientes de
jgua de mar. No sin inconvenientes y peligros pueden admifiistrarsc siempre baños de agua de mar fríos á los niños, pues
)0n estos demasiado débiles para (¡ue la reacción se opere
acilmente; por lo que son de recomendar las precauciones
nás escrupulosas, todavía insulicientes muchas veces pai-a
uvorecer esta reacción indispensable á la salud. Contra el
•aquitismo, la escrófula, la convalecencia penosa y la debililad general, los baños de mar calientes se emjilean con éxito
avorable en los niños, como también en cuantos de estos tunen al agua fría, á los que paulatinamente van acostumirándose, disminuyendo de día en día la temperatura del
igua. No debe prolongarse más allá de diez minutos la duacion de un baño do mar templado en los niños, pues de lo
;ontrario el efecto resulta opuesto.
Según cáculos de una revista profesional, de las 2.300,000
lartes de luz y de calor emitidas por el sol, recibe una la Tier a . El calor total (|ue emite en un minuto, bastaría para poler en ebullición ai).()00,(iU(i de metros cúbicos de agua á la
emperatura del hielo empezado á fundirse.
Las estadísticas del último censo francés son de un interés
lOlable. Se establece en ellas que hay en la actualidad en
''rancia '¿1 .A(ñ,2',)0 liabilantes, de los cuales, 18.050,518 son
urones y 18,748,772 hembras, estando, como se ve. en mayóla el sexo débil poi' l)2.25i-. De los varones 10.110,001 están
olteros, 7.52(J,18ü casados, y 1.035,71(1 viudos, mientras que
e las hembras, hay solteras 0.280,802, casadas 7.503,373 y
ludas L00i,557. En la agi-icultura se em| lean 18.204,709peronas, ó sea cerca de la mitad de la población total. Luego
iene la industria <[ue ocupa 9.32i,107 personas, y después el
omercio con 3.843,447. Las personas (|ue viven de rentas prolias son 2.148,473, y se dedican á las profesiones liberales
.029,778.
Acaba de averiguaase que las hormigas tienen su utilidad.
,os propietarios de olivares en la provincia de Mantua, en
lalia, establecen cada año en la primavera una colonia de
stos insectos al pié de cada olivo, cuando no existen ya por
is inmediaciones, convencidos por una larga experiencia, de
ue mientras baya hormigas al rededor de tan útilísimos a r óles, se conservan estos sanos'todo el año, y libres de los
isectos dañinos, ])oriiue a(|uellas hormigas destruyen todas
is larvas y crisálidas de las especies aphis. Por lo demás,
ace ya muchos años que el botánico alemán Ratzeliurgo, ha
robado que las hormigas jamás muerden las frutas enteras
que no causan tampoco la atrofia ni la muerte de los árbo;s frutales.
Según dalos estadísticos oficiales, la producción del café,
ue buce dos siglos llegaba apenas á algunos millones de kilóramos, se elevó en 1859 á :i38 millones, en 1874 á 450, en
:J78 á 590, y boy pasa de 050 millones de kilogramos. El país
onde se coge más café es el Brasil, cuya producción es de 300
lillones de kilogramos. Después del Brasil, el país que más
rod.uce es la India holandesa, Java, Sumatra y una parto del
.rcnipiélogo de la Sonda. El cultivo del café fué introducido
n Batavia por el año 1090, gracias ú Van Korn, que consi-
guió, no sin algún trabajo, procurarse en Arabia las semillas
necesarias. Después de hacer al principio rájiidos progresos
osle cultivo, so estacione'» á consecuencia de las contribucioni:s excesivas que pesaban sobre las plantaciones indígenas.
El cultivo del café en la india inglesa, ([ue comprendo las ocho
provincias del imperio británico y sus yxisesiones, tales como
(icylan, Singapore, etc., tiene un origen muy antiguo, pero
siilamente de 25 años á esta parte la exportación es consider.ible. Hoy pasa de (i5 millones de kilogramos al uño.
NUESTROS GRABADOS.
LA NEVADA EN BARCELONA.
A la temperatura apacible y clima casi primaveral que reina
en nuestra capital, ha sucedido un tiempo frío que nos hace
suponer trasportados á las regiones del Norte de Europa.
La madrugada del 9, sorprendió á la ciudad convertida en
una sábana blanquísima que abundantes copos de nieve venían á aumentar. El termómetro descendiendo algunos grados
bajo cero, la nieve y el viento, presentaban un cambio brusco
de temperatura, tal como desde más de un siglo no liabiu
atravesado nuestra comarca.
La montaña de Monjuich, el Tibidabo circuyendo Barcelona y sus contornos, completamente nevados, hacían ([ue el
cüMJunto presentase un efecto sorprendente y pintoresco.
Las vías principales como la Rambla, Plaza de Cataluña y
calles del Ensache con los árboles nevados, tenían un particul.ir atractivo que hacían lanzarse á las calles, á posar de los
rigores del frío, á multitud de gente, entre la cual abundaban los (|ue jamás habían visto la nieve en tal cantidad.
listo hizo estuviese concurrido el Parque, desdóla altura de
cuya cascada se dominaba el mercado del Borne, Ciudadela
y los extensos jardines cubiertos de una capa de nieve, que
contrastaba en partes resguardadas del viento con el verdor
de la vegetación.
Los marineros de nuestro puerto se creían hallar en alguno
del Báltico al elevar la vista á sus mástiles y jarcias envuollos por la nieve y perderse la mirada entre la bruma y la alI ura de la nieve.
LOHENGniN.
En una de las más angustiadas situaciones en que Wagner
so hubo de encontrar en su vida, fué cuando el maestro comenzó á iniciar su gran obra Lohengrin, al tropezar casualmente en 18il en París con un libro que trataba de las tradiciones del Graal. Al resentirse su salud por el excesivo
li-.ibajo á que el compositor se entregaba y partir para Marienbad en 1845, volvió á trabajar en ella madurando su plan.
Escribió primero el poema y compuso después la música en
Irozos distintos que terminó en 28 Agosto 1847 con el p r e ludio.
La obra se puso en estudio al poco tiempo en el teatro de
Drcsde, mas las ocurrencias políticas hicieron abortar los preparativos, retirándose la obra. Liszt fué quien consiguió que
se estrenase en Weimar (28 Agosto 18jO, alcanzando un
triunfo inmenso).
El desterrado Wagner sólo pudo recibir los laureles de su
obra al cabo de diez años que los teatros de Alemania admiraban Lo/icnijrin y que él oyó en Viena por vez primera en
15 Mayo 180 L
En treinta y un años recorrió la obra triunfante los teatros
de Alemania, Austria, Rusia, Inglaterra, Italia, América,
Francia y Bélgica, hasta (¡ue en 1881 penetró en España representándose en Madrid.
En Mayo 1882, el Principal de nuestra ciudad la estrenó y
en O del corriente la Empresa de nuestro primer Coliseo la
ha dado por vez primera.
Bajo la interpretación del maestro Vianesi se ejecutó la
obra, en la que alcanzó un nuevo y merecido triunfo por la
acertada dirección que obtuvo y que el público recompensó
con numerosos aplausos. No escasearon estos á la Sra. Cepeda en su papel de Elsa, ni al Sr. Slagno en el de Lolicngrin,
representados ambos con el acierto que les caracterizan, y á
cuyo brillante éxito contribuyó el Sr. David. Compartieron
también los aplausos, sobre todo en el acto segundo, la señora Novelli y Sr. Athos, (jue representaron acertadamente á
Tebramondo y Ortruda.
El aparato escénico bien presentado y con arte dispuesto,
coadyuvó al éxito de la obra en todos sus detalles, por su
grandiosidad en los conjuntos y|riqueza en la decorucion ,dó
lo que da una muestra el adjunto grabado que representa el
momento en que Lohengrin llega en defensa de Elsn en el
acto primero. Parte del magnifico espectáculo que presenta
la escena es el reproducido, además de los retratos do los artistas.
LA ILUSTRACIÓN.
B M L E DADO E N C E L E B R A C I Ó N D E L A S nODAS DE PLATA DEL P R Í N CIPE IMPERIAL DE ALEMANIA.
Reunidos los invitados en el snlon Blanco del palacio in:iperiiil, el principe heredero, que ostentaba el uniforme de Coraceros de la Reina, y su esposa, que lucia un magnífico traje,
siguiendo la antigua costumbre dieron la vuelta ni salón para
sa'udar á todos. El emperador, vistiendo el uniforme rojo de
guardia de Corps, se presentó dando el brazo á la reina de Sajoni.i, y luego el rey de esta nación y la gran duquesa de Badén,
ol ]iriiicipede Gules y la princesa de Edimburgo, el príncipe
Rodolfo de Austria y la condesa de Flandes, y otro multitud
do príncipes y princesas de diversos estados alemanes y de
otras naciones. Al entrar los príncipes la orquesta rompió la'
marcha de Warlburgo, é inmediatamente después todos los
personajes tomaron asiento al rededor del emperador y de la
reina de Sajonia. Los concurrentes á la fiesta vestían al uso
del siglo .\v. Abrían la marcha cuatro trompeteros tocando, y
cuyos in.-tcumentos eran do plata; tras ellos iban heraldos de
armas de Prusi 1 y de Inglaterra, los cuales se adelantaron hacia el trono im[,eriul, soliendo de entre ellos un trovador c|uo
can'ó unos versos en loor de las bodas de plata que se estaban
en ai|uel momento celebrando; luego avanzaron algunos noble.';, ostentando ricos y bizarros trajes, que narraron hazañas y ensalzaron la gloria de Federico III, Luego apareció
0 ro grupo pi'ecodido por los condes de Eulemburgo y Luttichan, cuyos trajes eran de riqueza deslumbradora Representaba este un tribunal de amor, tal cual describen los cantos
antiguos, y llevaba un brillante sé(iuito cuya marcha cerraba
la diosa del Amor. Entre los elevados personajes (¡ue componían este grupo, veíanse los individuos de las embajadas de
Tui'(|uia y Rumania, que representaban con gran propiedad ( I papel do príncipes de Oriente. Luego y al son de nutrida música apareció un carro triunfal, con un trono de oro, en
(I cual sentado y con los pies apoyados sobre una riquísima
alfombra grana y oro iba una hermosa doncella engalanada
con extraordinaria magnificencia. Cuatro caballeros sostenían
su Irono. que no era otra cosa que el corro triunfal, y al rededor del cual bullían multitud de pajes coronados de rosas y
llevando en las manos pértigas graciosamente enlazadas unos
i'on otras por medio de guirnaldas. Otros pojes llevalian canaslillas de oro henchidas de llores do suave aroma. Al llegar
al medio del salón, el carro se detuvo, y diez y seis parejas,
diriiíidas por la esposa del ministro de la guerra, simularon
una lucha caballeresca llenado peripecias. A esto grupo sii;uii'i otro muy numeroso, que representaba á la reina Isabel
do Inglaterra, ante quien acude ó prestar pleito homenaje
la corle de Navarra.
Si luviósemos que describir, siquiera sucintamente, todas
1 is maravillas que se desplegaron en esta solemnidad, no basl.irían los pAginas de este númei'o. Baste decir, pues, que por
delante del emperador y de su familia fueron pasando grupos
I eprescntando las artes, las ciencias, las letras, etc., y que por
la noche la ciudad de Berlín
i'reció iluminada.
U N HOME 1 OLITICH
Drama catalán en 3 actos de D. RAMÓN BORDAS.
Iniciado en comedia con las escenas naturales de un hombre político que debe contemporizar, no sólo con los que le
han elegido, sí que también con sus adversarios, se nos apalece el diputado protagonista de «Un home políticli» en el
iirimerocto. M a s e n el segundo y tercero cambia el argumento de cómico en dramático, entrando en él cuestiones
bociales de difícil solución.
D. Eduardo, diputado, ha ido á posar una temporada junto
ron su esposa Adela en cosa de sus amigos D. Agustín y
(Carlota. Con este motivo el alcalde del pueblo visita al dipulado, siendo recibido por D. Agustín y su hermano Lorenzo,
(|uiencs le presentan á la esposa de su amigo. Al comparecer
esto en escena, el olcalde, mayores contribuyentes y empleados le victoreran, repartiéndoles él credenciales é informándoles de las ventajas obtenidos con su influencia para el
pueblo.
La esposa del amigo y el diputado se hobíon querido antes
do cosarse, y en una escena en que tienen una entrevista,
iirocloma D.Eduordo las teorías del libre albedrío para ambos sexos é inculca á su amada la despreocupación acerca
de las relociones sociales, siendo sorprendidos por D. Agustín y Adela, esposo y mujer respectivamente de los dos
amantes.
En el segundo acto, D. Agustín se convence, por lo que
le dice su esposa, ciue la escena sorprendida habió sido casual y que el grito lanzado por Adela provenío de haber h e cho un movimiento falso. El diputado, al ser reconvenido por
su mujer, se declara libre, conceptuándola asimismo á ella,
si tiene valor para afrentarlas preocupaciones del mundo;
frases que ella escucha llorando y que inducen á D. Agustín
195
á rogarlo le explique su tristeza. Adela refiero entonóos su
deventura y el abandono de su marido al infortunado esposo,
que sale en busca de su amigo para pedirlo explicaciones,
mientras este recibe al alcalde, que acude en busca de auxilio al ser procesado por arbitroriedodcs cometidas en la elección.
Carlota, al verse descubierta, confía una corla en que cita
al diputado, al alcalde, quien la entrego delonte de D. Agustín. Este se apodera de olla, y fuero di' sí quiere matar á su
mal amigo, en cuyo instante le detienen su esposa y hermano.
Lorenzo, en el tercer acto, induce á su hermano Agustín á
tomar una resolución que ponga á cubierto su honra, exigiendo el esposo ofendido la reparación de su esposa á pesar
de jurarle su inocencia. Adela quiere marcharse v ella y
Carlota exigen del diputado que so alejo. Este no quiere hacerlo pora no probor su culpabilidad,* ofreciendo al airado
esposo las reparaciones que le sean dables. Este exige iionra
por honra, presentándole para que lo firme un escrito en que
so declara ladrón. Al rechazarlo el diputado, D Agustín le
dispara un tiro, á cuyo estrepito acuden Lorenzo, Carlota y
Adelo, que recibe en sus brazos á su moribundo esposo, ol
cual declara en su agonía no haber faltado á su amigo y estar
incólume su honra. A' oír estas palabras pierde el juicio don
Agustín.
La obra por sus especiales situaciones ya cómicos ó dramáticas es de difícil ejecución, siendo este un mérito que
añadir al aplauso con que le han representado los actores.
Por ello el público les ha llamado varias voces á la escena
junio con el autor, que ho compartido los aplausos con las
Sras. Purrcño y Pallardó y Sres. Fontova, Soler, Goulo y
Virgili (]ue, cada cual en su esfera, han contribuido al éxito
de lo obra, estrenada el 6 del corriente en ol teatro Romea de
nuestra ciudad.
Lleva el náufrago á playas del desierto,
La onda inclemente de la mar bravia,
Y moribundo ya. ve en su agonía
Fértil oasis do verdor cubierto;
De hambre, de sed y do fatiga yerto
Llega al sitio do cifra su alegría;
Era un miraje, la fortuna impía
En tumbo cambia el suspirado huerto.
Te vio mi corazón, náufrago errante.
Con la misma ansiedad y la vehemencia,
Que al oasis el mísero viandante
Brillondo en el erial de mi existencia;
Y cuando é tí llegaba, agonizante...
Tumba eterna le dio tu indiferencia.
FRANCISCO PIMENTEL, HIJO.
ETERNIDAD DE AMOR.
En un fecundo valle cercado de amarantos,
que aromas mil esparce el cáliz de su flor,
allí, donde enamoran del ruiseñor los cantos,
allí por vez primera gocé de tus cantos,
le puse eterno amor.
Te hablé, me enamoraste, y un tierno juramento
pasó, desde tus labios, mi mente á enajenar,
llevóselo en sus alas ol sosegodo viento,
cual música celeste, cual reposado acento
de un arpa al suspirar.
Atento y venturoso, tus huellas yo seguía
con fuego en lo mirada y fiebre al'corozon,
doquiera que yo estará tu voz allí sentía,
y te vía dispiorlo, y en sueños te veía
cual mágica visión.
Lo inexorable parca, un dio me alejaba
de tu amoroso lado, regazo de virtud;
el hielo de la ausencia con el amor acaba
lu olvido fué la tumba del fuego que abrasaba
mi firme juventud.
Por él veo ó tu lado un ser más venturoso
cuya dulce alegría perturba mi razón.
BAILE DADO EN CELEBKACION DE LAS BODAS DE PLATA DEL PRÍNCIPE IMPEIIIAL DE ALEMANIA,
TEATRO ROMEA.—ESCENA
FINAL DEL DRAMA
UN HOME POLÍTICII.
Dibujo de D. Dionisio Baixeras.
198
LA ILUSTRACIÓN.
con él un tierno idilio comportes amoroso,
y en su mejilla imprimos el beso candoroso
que enciende el corazón.
Mas no porque otros lazos, verdugos de mi suerte,
le llamen á otro lado, jamás te olvidaré;
y hiíJHré á la tumbo tornado polvo inerte;
tu imagen do mi mente podrá borrar la muerte,
mas
siempre te amaré.
Y en el frondoso bosque cercado de amarantos,
respiraré tu aliento del cáliz de su llor,
y aun serán alegres del ruiseñor los cantos,
y encontraré en sus trovas, la voz de tus encantos,
y en la apacible briso
el beso de tu amor.
ANTONIO Boni.
MADRIGAL.
En la corola de una blanca rosa
Dos lágrimas temblaron,
Y al beso de la briso vagaroso.
Las dos formaron una perla bermosa
Y al cáliz de la flor juntas rodaron.
De allí en perfume suave convertidas,
Al cielo se elevaron confundidos.
¡Si se unieran tu espíritu y el mío
Al beso del amor,
Como aíjuellas dos gotas de rocío
Que rodaron al cáliz de la flor!
CLAUDIO UHUZUAL SKRRA.
¡¡EL PENSAMIENTO!!
En el fondo de un bosque
Lleno de abrojos.
Marchito un pensamiento
Vieron mis ojos.
Flor ¡ay! que un día.
Era con sus bermanas
La dicha mío.
Lo estrella candorosa
De mis amores,
Soh'cita cuidaba
Do aquellas flores.
¡¡Murió mi estrella!!
Y triste el pensamiento
Voló trus olla.
CASIMIRO DE REYES ORTIZ.
NOCTURNO.
Es de noche, en el espacio
Las estrellas, que palpitan.
Parecen g¡9É|^ de fuego
Que el infiiíTTo destila.
Ello, asomada á la reja.
Mirando al cielo suspira;
El, extasiado contempla
Su hermosura peregrina.
Es de noche, y el nublado
Cierra la altura infinita:
Todo calla, no se siente
Ni una ráfaga de brisa;
Ella, asomada á la reja,
Pálida y triste suspira,
El pasa y verla no puede.
El llanto nubla su vista.
^í'
Es de noche, todo duerme.
Ella reposa tranquila
Él, amante, besa en sueños,
Una visión peregrina.
Asi, cuanto corta triste.
Fué la historia tuya y mío:
Una roja, una mirada.
Una lágrima vertida,
Un fatídico nublado,
Una mujer que suspira,
Un imposible, un amor
Que acabará con mi vida.
EUGENIO MÉNDEZ Y MENDOZA.
DÉCIMA.
Quien por victima se ofrece,
sin tener culto ni altar,
es un suicida vulgar,
que si sufro, no merece.
Pero el que en lucha aparece
doquier que el orrror ha visto
y muere, bien ó malquisto,
por las ideas que ame,
hasta en patíbulo infame
muero en el altar de Cristo.
CECILIO NAVARRO
CANTARES.
si nunca me has de querer,
con falso amor no me engañes;
que es muy triste ver la luz
y luego ciego quedarse.
Cuantos cantares el pueblo
improvisa con amor,
tienen un libre en mi pecho
y un eco en mi corazón.
JOSÉ SAINZ DE LA MAZA.
EPIGRAMA.
Así discurre un poeta
Que á los lectores presento:
—«Pobre fué Cervantes, dice,
Y pobre fué el gran Homero;
Y el autor de Os Lusiadas
Casi mendigó el sustento;
Y pues yo también soy pobre,
Magníficos son mis versos.»
Tan exacto raciocinio
No necesita comento.
Luís VlDART
LA HERMANA DE LA CARIDAD
NOVELA ORIGINAL
POR D. MANUEL IBO ALFARO. (1)
—Es necesario, pues, que cada uno de los dos nparezco
muerto á los ojos del otro; lo cual á nosotros nos es muy fácil
conseguir con el don (jue Dios ó el diablo me concedieron do
imitar cuantas letras veo, y con la posesión en que nos encontramos de la estafeta del pueblo.
—Sí, dijo Manuel; pero si yo me caso con ella y después se
descubre el enredo
—No por eso dejará de ser tu esposa Enriqueto.
—¿Y si se descubre antes?
—No nos faltará tiempo para huir del pueblo velados por
las tinieblas de la noche.
—Si, pero...
—Nada temas... muerta la tía Iné.^;, muerta Enriqueta, soldado él, si es que una bala enemiga no lo mato realmente en
la guerra, que ahora empieza, ¿á qué ha de venir por esta
aldea? á nada. Vamos escribe en borrador:
Manuel se preparó para escribir; y D. Telesforo después de
recoger durante algunos segundos sus ideas, dictó así:
Cortos 22 de Mayo da 1872.
Mi querido Antonio: nada más triste en algunos momentos
(1| Véase loa números 111 y siguientes.
LA ILUSTRACIÓN.
de la eida, que el cumplimiento de los deberos, que impone la
amistad. Yo te he dirigido espiritualinente desdo que tienes
uso de ra;on, cono;:co tu alma sensible, y conozco también
¡dolor me cuesta decirlo! lo que amabas á aquel Ángel, que
no encontrándose sin duda bien en la Tienda, se subió al Cielo.
¿Me entiendes, Antonio'? Ármate de fortaleza, hijo mió,
que la desgracia es el patrimonio del hombro en esta cicla
transitoria. Y contó so que tu corazón en extremo sensible, so
Italia revestido á la par, do gran oalor; por eso te digo sin
otros preparativos, que una encubierta pulmonía arrebató la
oida el día 12 do este mes á nuestra mutj querida
Enriqueta.
Yo la asistí en sus postrimeros momentos, ¡/poco antes de
cx/ialar el último suspiro, me encargó te remitiese el adjunto
ramito, casi seco de NO ME OLVIDES, que tú lo entregaste, según
también me confosó, la tarde que os despedisteis, en la orilla
de la fuente; añadiendo, que tú sabes por que y para que te lo
o nina.
Después de haber desempeñado mi enojosa misión, ras á
Oír un consejo debido á un amigo, que te estinta como nadie,
que ha sido durante muchosaños tu confesor y tu director espiritual; muerta la jócen á quien amabas con delirio; roto
ose lazo único que te ligaba con este miserable pueblo, mancebo tú y lleno do vida y do esperanzas, ¿para qué quieres
volver por aquí, si aquí ni siquiera cuentas con lo necesario
para viciri....
Lejos de mi propósito aconsejarte que olvides á la que pensando en tí ha bajado á la sepultura; pero resígnate con las
detorntinaciones do Dios, que este proceder es un proceder
cristiano: continúa en la carrera do las armas, que en ella te
brinda el Cielo con un porvenir brillante.
En gran manera siento, querido Antonio, comunicarte tan
infausta nueva, así como decirte que no tardará mucho la
pobre tía Inés en seguir á su hija, porque so halla muy docaída; pero el tiempo pasa, ese tiempo os el único bálsamo,
que cicatriza las heridas del alma, y el tiempo cicatrizará la
profunda, que con las noticias, que te comunico, abre lioy en
la tuya, el mejor do tus amigos, que to quiere de veras
Genaro.—-Cura de Cortos.
—Me gusta mucho esto corlii; dijo Manuel.
—Después la copiaré yo, imitando la letra del señor cura;
respondió D. Telesforo: ahora trae el sobre que pusiste detrás del poto del ungüento amarillo.
Y dictando de nuevo después de recibirlo prosiguió:
Sr. D. Antonio Suarez.—Cabo 2.° do la 1.' Compañía del
primer batallón del regimiento do América—en el cuartel do
la Montaña.
Madrid ó donde so halle.
—¿Por qué pone V. esto último? preguntó Manuel.
—Porqué eso se acostumbra á poner siempre que se escribe li un soldado en tiempo de guerra.
Descansaron un momento el padre y el hijo, y en seguida
dijo el padre.
—Vamos, escribe esta otra.
—¿También en borrador? preguntó el hijo tomando la pluma.
— También; puesto que también he de copiarla yo.
— Cuando V. guste.
D. Telesforo permaneció pensativo algunos instantes: por
fin dijo:
Campo del honor 12 do Mayo do 1872.
Señor Cura: en tiempo do guerra todo os desgracias, y los
ouo servimos á la patria, tenemos la vida pendiente do un cabello, y vivimos de milagro. Prepárese V., señor cura, á recibir una mala nueva, que tengo que comunicarle.
A ntes do ayer hicimos un reconocimiento en el campo enemigo; al llegar á un cercado nos enviaron los carlistas una
rociada de balas, y una do eileis ¡maldita bala! asi como
pudo atravesarme el pecho á mí, que soy cabo 1.°, se lo atravesó a mi amigo Antonio Suarez que era cabo 2.*
El pobre Suarez cayó moribundo á mi lado: yo lo cogí en
ntis brazos, le pregunté si me hacía algún encargo en sus últimos momentos, y me contestó que sí; que le escribiera al
señor cura de Cortos, enterándolo de su desgracia; que lo enterrasen con una escarapela, que llevaba metida en el forro del
levita junto á su corazón; algo más parece que quería decirme; mo parece que pronunció la palabra Enriqueta, pero la
muerto selló sus labios.
Conducido al pueblo inmediato, se le díó sepultura dolante
de mi persona, con la escarapela en el pocho, que yo cumplo
con Jidelidad los encargos que mo hacen los cantaradas: por
eso le escribo á V. dándole esta mala nueva: poro señor cura
no se apure V. por ello, que en tiempo de guerra no podemos
esperar otra cosa. Dispénseme V. el mal rato, que le he proporcionado, y mande lo que quiera á S. S. Q. B. S. M.
A titano
Barranquera.
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—Aun mo parece mejor esta otra; exclamó Manuel sonriéndose de gozo, y colocando la pluma en el tintero.
—La carta para Antonio la certificaremos, dijo D. Telesforo; y cuando ya se haya generalizado por el pueblo la noticia
de la muerte de ese joven, y el tiempo i|ue lodo lo cura, comience á curar la herida, que nuestros ingeniosos planes
abran en el corazón de Enriqueta; entonces, con mucha prudencio, sin precipitarte, ya podías tú comenzar á hacerlo
algunas indicaciones amorosas, y yo confiaré al señor cura el
proyecto que llevo de que mi hijo se case con ella. ¿Te parece bien tramado?
—Muy bien contestó Manuel loco de contento.
¡PonnE ENRIQUETA!
Cuatro días han trascurrido desde que murió la tía Inés:
cuatro días de profundo dolor, do horrible pena, de peligrosa
enfermedad para la sensible Enriqueta.
Esta joven, cuyo corazón se hallaba despedazado, pero despedazado en silencio, desde la marcha de Antonio, so afectó
de una manera incomprensible con la enfermedad de su madre, más sepultaba esta aflicción en lo intimo de su alma; y
lodos, todos, incluso el señor cura, llegaron á persuadirse
que iba á sobrellevar aquella desgracia con dulce y sania r e signación. ¡Ah... el volcan guardaba silencio, el volcan estaba apagado... pero existía el volcan!
Espiró su madre; le dijo el sacerdote: «de rodillas que el
alma de tu madre ha subido al cielo» y el volcan estalló ¡estalló
con fuerza, con más fuerza que el Vesuvio, que el Etna y el
Estromboli: que los volcanes del alma siempre son más violentos, que los volcanes de la Tierra!
Enriqueta lanzó un gemido y cayó privada; luego fué victima de una horrible convulsión, que aterró con sobrado fundamento aquella pobre gente.
Cuando cesó la convulsión, perturbada su memoria, p r e guntó por el oslado de su madre, quiso abrazarla, y como
para impedir esto, que hubiese sido lo peor, tuvieron que decirle otra vez, que había muerto; otra nueva convulsión, más
contumaz, más larga que la primera sucedió á aquella.
Como al concluir el primer ataque convulsivo, sacaron á la
infeliz Enriqueta tal como pudieron á la cocina; como desde
la cocina tenía que ver en parte el cadáver de su madre, y
sobre todo al tiempo de llevárselo; como casi lo mismo sucedía desde su dormitorio; y como la vida de aquella infortunada peligraba en el concepto de cuantos la rodeaban, resolvieron antes de que llegase el médico, á quien habían ido á
llamar, trasladarla á casa de una vecina, parienla aunque
lejana de su difunto padre, lo cual consiguieron con alguna
dificultad física, por el estado en que se encontraba.
Metida en cama, y con otro acceso de convulsión se hallaba la infeliz Enriqueta, cuando se presentó el facultativo; el
cual oyendo la historia, que le hizo el señor cura, y pulsándola, dijo, que tenía calentura, y que si aquella calentura tomaba el carácter de nerviosa, podía colocar en peligro su vida.
Este pronóstico del médico aterró á los circunstantes, con
especialidad al señor cura, quien levantó los ojos á Dios en
ademan de súplica.
(Se
continuará).
PROBLEMA NOM. 1 . "
COMPUESTO
por D. Juan Carbó y BatUe.
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Las blancas juegan y dan mate en tres jugadas.
LA ILUSTRACIÓN.
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O B P Í J ^ IsrXJE!V.A.
CUENTOS
DE LAS
ORILLAS DEL RHIN
EL TESORO DEL ANTIGUO CABALLERO — MI ILUSTRE AMIGO SELSAM
LA PESCA M I L A G R O S A ' - L A LADRONA DE NIÑOS
EL BLANCO Y EL NEGRO — E L CABALISTA HANS W E I N L A N D - E L RÉQUIEM DEL CUERVO
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ERCKMANN-CHATRIAN
TRADUCCIÓN DE
D. CECILIO NAVARRO
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