Palabras al recibir el doctorado honoris causa por la Universidad de

Anuncio
Discursos, ponencias y entrevistas
Palabras al recibir el doctorado honoris causa
por la Universidad de las Américas
Manuel Espinosa Yglesias
Autor: Manuel Espinosa Yglesias
Tipo de documento: discurso
Título: Palabras al recibir el doctorado honoris causa por la Universidad de las Américas
Fecha: 3 de junio de 1968
Lugar: Cholula, Pue.
Audiencia: ceremonia de otorgamiento del grado honorífico en la
Universidad de las Américas
Clave de clasificación: II.A.3.a/1968-2
Caja: 38
Palabras clave: educación, cambio,
progreso.
Me encuentro profundamente conmovido. No sólo es la gran distinción que se
me acaba de conferir al otorgarme un grado honorífico, es también estar en una
ceremonia de la Universidad de las Américas, institución de tanto renombre y de
tan bien ganado prestigio en el país y en el extranjero. Es estar frente a las personalidades universitarias que, con su esfuerzo y entusiasmo, han hecho de esta casa de
estudios lo que es hoy en día. Es estar, en fin, acompañándolos en un acto que para
muchos de ustedes significa tanto. Un evento en el que se festeja la culminación de
una tarea, y la iniciación de otra. Un acto de despedida, pero también de bienvenida.
Varios de ustedes despiden formalmente sus vidas de estudiantes con esta ceremonia. No los culpo si sienten algo de nostalgia. Lo que se inició hace muchos
años, en plena infancia, hoy termina. Sin embargo, empieza algo más. Les toca
ahora entrar de lleno en una etapa más productiva: a la vida profesional. Ahora
podrán poner en práctica lo que han aprendido a lo largo de tantos años. Entran a
una fase más creativa, pero mucho más exigente. Es, de hecho, la prueba final, el
examen último del aprovechamiento y la dedicación de sus años de estudio.
El camino no será fácil. La vida nunca lo es. Sin embargo, la empresa puede ser
extraordinariamente estimulante y provocativa. Quisiera, pues, aprovechar esta ocasión para recorrer algunos tramos de la ruta que tienen ustedes por delante. No son
profecías, ni adivinanzas. Son simplemente algunas de mis reflexiones sobre el porvenir y sobre el papel que les toca desempeñar a jóvenes de su preparación y calibre.
Vivimos en efervescencia casi perpetua. Nunca el mundo había encarado
situación semejante. No sólo en lo político, sino en lo científico, en lo cultural y
hasta en lo religioso, se están rompiendo barreras que hasta hace poco parecían
indestructibles. Los vuelos espaciales, las computadoras electrónicas de alta velocidad, el movimiento religioso de alcances ecuménicos, son apenas algunas de las
muchas manifestaciones de esta efervescencia.
Vivimos en pleno cambio, en pleno movimiento. Puede o no gustarnos, pero
lo cierto es que no tiene trazas de detenerse. Y es que la humanidad jamás había
conocido progresos como los que se han llevado a cabo en los últimos doscientos
años, y particularmente en los últimos cincuenta. Las tasas de mortalidad, en
especial la infantil, se han desplomado. Se antoja increíble, por ejemplo, que en
Londres, hace apenas dos siglos, ocho de cada diez niños nacidos vivos morían
antes de cumplir los cinco años. Actualmente, en México, la proporción ha bajado
a cinco, sólo que por millar. Es decir, sólo cinco de cada mil niños nacidos vivos
mueren antes de cumplir los cinco años de edad.
Hay muchas otras expresiones de los avances logrados. Los coeficientes de
analfabetismo han subido verticalmente. Para amplios sectores de la población,
la alimentación ha mejorado, al igual que las condiciones sanitarias. Ha habido
una verdadera revolución en materia de comunicaciones. La industria moderna
©Centro de Estudios Espinosa Yglesias • Discursos, ponencias y entrevistas
Palabras al recibir el doctorado honoris causa por la Universidad de las Américas
Manuel Espinosa Yglesias • 3 de junio de 1968
ha puesto a disposición del consumidor un auténtico torrente de satisfactores:
vestido confortable y barato, televisores, automóviles, cine. Disfrutamos de diversiones más variadas y más accesibles. Los libros, para citar unos de los casos más
dramáticos, están ahora al alcance de las mayorías y no, como en el pasado, de las
minorías privilegiadas.
Ciertamente vivimos mejor que antaño. Sin embargo, todavía son muchos
los que tienen condiciones de vida muy precarias, en ciertos sentidos no muy
distintas a las de sus antepasados. En Asia, en América del Sur, en México, hasta
en los propios Estados Unidos, sigue habiendo miseria. Es una pobreza opresiva, muy difícil de soportar cuando se aprecia un mejoramiento sensible de otros
sectores de la comunidad.
Aunque sólo fuera para incorporar estos grupos a los patrones de la civilización moderna, habría que acelerar la marcha. Hay más, no obstante. La población literalmente ha hecho explosión. A fines del siglo dieciocho, el mundo tenía
apenas unos 700 millones de personas. En la actualidad rápidamente nos estamos
aproximando a una cifra de 3,500 millones y es probable que para el año 2000, el
total haya subido a siete mil millones de habitantes.
No nos extrañe, pues, que las exigencias sean cada vez mayores. En cierta
forma y particularmente en determinados países, apenas se está empezado. En
México hemos recorrido un trecho largo, pero de todas maneras el esfuerzo futuro
tendrá que ser gigantesco. Con más de 47 millones de habitantes y una de las expansiones demográficas más altas que ha conocido el mundo, la nación tiene que
albergar y proporcionar sustento a más de millón y medio de nuevos mexicanos
por año; y en otros cinco años, la adición anual será de dos millones. La mitad de
la fuerza de trabajo vive aun de la tierra –y con frecuencia el término vivir resulta
demasiado bondadoso. Falta aumentar la industria, mejorar el comercio, aprovechar recursos actualmente inexplorados. Hay deficiencias de caminos, de puertos,
de vías férreas. La vivienda es mala y escasa, al igual que muchos de los servicios
urbanos. No hay agua potable en amplias zonas.
No quiero ser demasiado prolijo. Ustedes conocen México, quizás mejor que
yo. Estoy cierto de que han podido palpar las muchas carencias que todavía fustigan a nuestro pueblo. Mucho hemos avanzado, pero subsisten grandes lagunas
en el campo y en las ciudades. Angustia, por ejemplo, la penuria de los tejedores
de palma de Oaxaca o de los habitantes de ciudad Netzahualcóyotl, en los propios
suburbios de la Ciudad de México. Aflige la estrechez de los candelilleros, de los
henequeneros, de los braceros desplazados.
Esta es la nueva tarea que están ustedes a punto de emprender. Sea como
administradores de negocios, como literatos, como lingüistas o como expertos
en relaciones internacionales, bien en México, en Estados Unidos o en Sudamérica, tienen un compromiso en la vida de ahora en adelante. Si le hacen frente con
dedicación y entusiasmo, cumplirán consigo mismos y con la sociedad. Es, de
hecho, la mejor manera de aliviar las carencias de nuestros compatriotas menos
afortunados. Una empresa bien manejada tiende a mejorar el funcionamiento de
la economía, y lo propio sucede, aunque en forma menos directa, con un libro
escrito de un modo ágil y penetrante; con un programa eficaz de enseñanza de
idiomas, indefectiblemente, el esfuerzo individual exitoso, por más desprendido
que parezca de la realidad social, siempre tiene alcances muy generales —y éste es
el medio para difundir al progreso.
©Centro de Estudios Espinosa Yglesias • Discursos, ponencias y entrevistas
Palabras al recibir el doctorado honoris causa por la Universidad de las Américas
Manuel Espinosa Yglesias • 3 de junio de 1968
Hay una cosa que siempre deben tener en mente. Para la sociedad, ustedes
representan grandes esperanzas. Forman parte del grupo privilegiado de hombres
y mujeres que tiene que ser el motor de la prosperidad futura. Se les ha proporcionado para ello una riqueza mucho más poderosa y duradera que el dinero. Se
les ha dado preparación, se les han brindado conocimientos, se les ha otorgado
cultura. En beneficio de los muchos millones que no han tenido la misma suerte,
tienen que utilizar productivamente estos elementos. Es, en efecto, una gran responsabilidad, pero es el deber del rico, del poderoso. Ojalá nunca lo olviden.
Como todo tiene un principio, es probable que varios de ustedes ya hayan
seleccionado donde van a trabajar o lo que estén pensando. No es una decisión
fácil, pero es de mucha trascendencia. Yo les sugeriría que analizaran cuidadosamente las empresas o alternativas que tienen disponibles, y que seleccionaran la
que ofrece el camino más estable. No hay como la firmeza y la estabilidad para el
desarrollo cabal de las facultades humanas. En la vida profesional, los albures son
peligrosos y éstos derivan de espejismos y de ilusiones. Sean fríos, sean realistas,
no se desboquen en un principio. Solo así empezarán con el pie derecho.
En mi ya larga experiencia con gente joven, mucho me ha impresionado la
aparición reiterada de ciertas fallas; fallas que a mi juicio son fáciles de eliminar.
La más importante, quizás, es la renuencia a tomar decisiones, el temor a cometer
errores. Parece como si los jóvenes, y muchas veces esto les dura hasta cuando ya
son viejos, pretendieran que toda la vida les acompañe un aureola de infalibilidad.
Desafortunadamente, esta pretensión por lo común se transforma en casi total
inactividad. Sólo el que nada hace, en nada se equivoca.
Convengo en que no es fácil tomar decisiones. Pero hay que decidirse; hay
que actuar. Probablemente se cometerán errores, pero no tienen por qué desanimar o restarle seguridad al que actúa. Antes bien, son una de las fuentes más
valiosas de experiencia. Es así como se forja el ejecutivo. Es así como se escalan
los puestos más encumbrados y de mayor responsabilidad.
El camino, además, será mucho menos accidentado si se trata de aprender
todo lo posible de los compañeros. Con frecuencia esto no se hace. El joven llega
a su trabajo con el prejuicio equivocado de que la experiencia de años de labor es
obsolescencia; y la esquiva, la desaprovecha. Tiende a olvidar que son las personas que le han precedido las que, con su esfuerzo, han contribuido a levantar y a
desarrollar las empresas o el campo de actividad de que se trate. Es probable que
su actuación no haya sido perfecta, pero no por eso hay que desechar las enseñanzas que de ella podrían derivar.
Lo que en otras palabras les estoy sugiriendo es que sean accesibles, modestos. No tengan miedo a cambiar de opinión, cuando la situación lo amerite. El
terco, el obstinado, el que se empecina en sus ideas, tiene la partida casi perdida.
Eviten a toda costa la arrogancia. En mi vida he conocido mucha gente, de gran
brillantez cuando joven, pero que no ha podido avanzar a causa de su altanería.
Recuerden que la sociedad es implacable con el presuntuoso y que son contados,
muy contados, los que pueden vencer su hostilidad.
Acaban, pues, de terminar una tarea, pero inician otra. En cierto modo, la vida
profesional es una prolongación de la actuación escolar. Salen ustedes de las aulas
con un instrumento analítico, con un hábito de estudio, con ciertas técnicas. Salen,
por decirlo así con los cimientos del edificio de la vida. Sin embrago, hay que seguir
©Centro de Estudios Espinosa Yglesias • Discursos, ponencias y entrevistas
Palabras al recibir el doctorado honoris causa por la Universidad de las Américas
Manuel Espinosa Yglesias • 3 de junio de 1968
construyendo, y esto implica seguir estudiando. En el mundo actual, es tan vertiginosa la evolución de las distintas disciplinas humanas, llámense física, administración de negocios o pintura, que se corre el riesgo de rezagarse irremediablemente,
si no existe un contacto muy estrecho. Piensen en un tenedor de libros que no hubiera seguido de cerca el desarrollo de las tarjetas perforadoras y posteriormente de
las computadoras electrónicas. Él si sería obsoleto. De bien poco le hubieran valido
sus muchos años de estudio.
Quisiera someterles a una reflexión última. A lo largo de sus vidas, poco a
poco irán apreciando la enorme trascendencia de una buena educación. Poco a
poco, también, se irán convenciendo de que ningún país, sea cual fuere su sistema
económico, puede aspirar a progresar sin la fuerza vital de un núcleo creciente de
gente preparada. Se precisan más ingenieros, más médicos, más administradores,
más mecánicos, más investigadores. Se requiere esforzar la vanguardia, la punta
de flecha de la sociedad.
Esto es incluso más urgente en países aun pobres, como México. Aquí la
escasez de gente preparada raya en lo dramático. No me cansaré de citar, por
ejemplo, uno de los resultados de un estudio de la Fundación Ford: según encuestas realizadas, entre 1967 y 1972, se necesitarán los servicios de 172,000 nuevos
profesionistas en las ramas gerenciales, pero se estima que el número disponible
apenas alcanzará siete mil titulados. Algo semejante sucede en la medicina, en
algunos campos de la ingeniería, en las ramas subprofesionales, en las artesanías.
En realidad, nuestra única esperanza para alcanzar los niveles de vida de los
países más avanzados es la educación. De ahí que tengamos que combinar esfuerzos con el gobierno, entre nosotros mismos, los particulares, con personas del
exterior, para reforzar nuestra planta educacional. Nos hacen falta más, muchas
más instituciones como ésta Universidad de las Américas, que tan distinguido
papel juega ya, entre otras, en la enseñanza de la arqueología, de las lenguas, de la
administración y que, con el próximo cambio a Puebla, fortalecerá sensiblemente
sus instalaciones y su prestigio nacional e internacional. Precisamos más centros
técnicos de nivel medio, en los que se imparta entrenamiento en disciplinas como
la contabilidad privada, la electricidad, la plomería o la mecánica de automóviles.
Es necesario que se intensifique la preparación en las fábricas, en los comercios,
en los bancos y hasta en las unidades agrícolas.
Ustedes están a punto de salir a enfrentarse con el mundo. Pero no se olviden
de su escuela. No se olviden que son muchos los que aspiran al privilegio de tener
su entrenamiento. Ayúdenlos. Dondequiera que los lleve la vida, en las empresas,
en los centros de investigación, en sus negocios particulares, en sus hogares, no
descuiden fomentar de alguna forma la educación. Será el mejor homenaje que le
puedan dar a sus maestros, a sus amigos, a su país. Será incluso el mejor homenaje que se puedan rendir a sí mismos.
Descargar