Follet, Ken - La caída de los gigantes

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era un canalla, un malnacido, un cabrón. Pero trabajaba con mayor ahínco que nadie,
pensaba a largo plazo y sus decisiones siempre eran acertadas. En el pasado, toda
«revolución» rusa no había conducido más que a la vacilación. Grigori sabía que Lenin
no permitiría que eso ocurriera.
El gobierno provisional también lo sabía, y había indicios de que tenía a Lenin entre
sus objetivos. La prensa de derechas lo había acusado de hacer de espía para Alemania.
Era una acusación ridícula. Sin embargo, sí era cierto que Lenin tenía una fuente de
financiación secreta. Grigori, que se contaba entre los que ya eran bolcheviques antes de
la guerra, form aba parte de su círculo más próximo y sabía que el dinero procedía de
Alemania. Si el secreto se aireaba, despertaría sospechas.
Empezaba a dormirse cuando oyó pasos en el rellano, seguidos de unos golpes fuertes
y apremiantes en la puerta. Mientras se ponía los pantalones, gritó:
- ¿Quién es?
Vlad se despertó y rompió a llorar.
- ¿Grigori Serguéievich? -preguntó una voz masculina.
- Sí.
Grigori abrió la puerta y vio a Isaak.
- ¿Qué ha ocurrido?
- Han expedido órdenes de detención para Lenin, Zinóviev y Kámenev. A Grigori se
le heló la sangre.
- ¡Tenemos que avisarlos!
- Tengo un coche del ejército fuera.
- Voy a ponerme las botas.
Isaak bajó. Katerina cogió en brazos a Vlad y lo consoló. Grigori acabó de vestirse a
toda prisa, los besó a los dos y corrió escaleras abajo.
Subió al coche al lado de Isaak y dijo:
- Lenin es el más importante. -Había motivos de peso para que el gobierno lo tuviera
entre sus objetivos. Zinóviev y Kámenev eran dos revolucionarios de peso, pero Lenin
era el motor que propulsaba el movimiento-. Debemos avisarlo a él primero. Vamos a
casa de su hermana. Conduce tan deprisa como puedas.
Isaak pisó a fondo el acelerador. Grigori se sujetó con fuerza cuando el coche chirrió
al doblar una esquina.
- ¿Cómo te has enterado? -preguntó cuando el vehículo volvió a enderezarse.
- Me lo ha dicho un bolchevique del Ministerio de Justicia.
- ¿Cuándo se han firmado las órdenes?
- Esta mañana.
- Espero que lleguemos a tiempo.
A Grigori le aterraba la posibilidad de que ya hubieran detenido a Lenin. Nadie más
poseía su inflexible determinación. Era un bravucón, pero había transformado a los
bolchev iques en el partido mayoritario. Sin él, la revolución podría retroceder e incluso
peligrar.
Isaak condujo hasta la calle Shirokaya y aparcó frente a un edificio de apartamentos
de clase media. Grigori bajó de un salto, entró corriendo en el inmueble y llamó a la
puerta de los Yelizárov. Fue Anna Yelizárova, la hermana mayor de Lenin, quien abrió.
Pasaba de los cincuenta; tenía el pelo cano y lo llevaba peinado con la raya al medio.
Grigori ya la conocía; trabajaba en el diario Pravda.
- ¿Está aquí? -le preguntó.
- Sí. ¿Por qué? ¿Qué ha pasado?
Grigori sintió un alivio inmenso. No era demasiado tarde. Entró en el apartamento.
- Van a detenerlo.
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