Follet, Ken - La caída de los gigantes

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- El almirante dio su palabra de oficial de que ningún estadounidense llegaría a
Europa -dijo-. Nuestros servicios de espionaje afirman que en junio desembarcaron
catorce mil en Francia. ¡Suerte que era la palabra de un oficial!
Aquel comentario escoció a Otto.
- Hizo lo que consideraba lo mejor para su país -replicó, irritado-. ¿Qué más puede
hacer un hombre?
Walter alzó la voz.
- ¿Y usted me pregunta qué más puede hacer un hombre? Puede evitar las falsas
promesas. Puede evitar decir algo que no sabe a ciencia cierta. Puede decir la verdad, o
mantener su estúpida boca cerrada.
- Von Holtzendorff aconsejó lo mejor que pudo.
La debilidad de esos argumentos lo sacaba de quicio.
- Tal humildad habría sido apropiada antes. Pero no la hubo. Usted estuvo allí, en el
castillo de Pless; usted sabe lo que pasó. Von Holtzendorff dio su palabra. Engañó al
káiser. Fue él quien hizo entrar en la guerra a Estados Unidos. ¡Difícilmente podría un
hombre servir peor a su monarca!
- Supongo que quieres que dimita, pero, en tal caso, ¿quién ocuparía su lugar?
- ¿Dimitir? -Walter empezaba a ceder a la ira-. ¡Quiero que se meta el cañón del
revólver en la boca y apriete el gatillo!
Otto le dirigió una mirada grave.
- Eso que has dicho es perverso.
- Su muerte sería una ínfima compensación por todos los que han perecido a causa de
su engreída insensatez.
- Los jóvenes no tenéis sentido común.
- ¿Se atreve a hablarme de sentido común? Usted y su generación llevaron Alemania
a una guerra que nos ha traumatizado y ha matado a millones de personas; una guerra
que, tres años después, aún no hemos ganado.
Otto desvió la mirada. No podía negar que Alemania aún no había ganado la guerra.
Los bandos opuestos estaban atascados en un punto muerto en Francia. La guerra
submarina sin restricciones había fracasado en su objetivo de cortar los suministros a los
aliados. Mien tras tanto, el bloqueo naval británico mataba de hambre lentamente al
pueblo alemán.
- Tenemos que esperar y ver qué ocurre en Petrogrado -dijo Otto-. Si Rusia abandona
la guerra, la balanza se decantará.
- Exacto -repuso Walter-. Todo depende ahora de los bolcheviques.
II
A principios de octubre, Grigori y Katerina fueron a visitar a la comadrona.
Grigori pasaba ya la mayor parte de las noches en el apartamento de una habitación
próximo a la fábrica Putílov. Ya no hacían el amor, a ella le resultaba demasiado
incómodo. Tenía el vientre enorme, con la piel tensa como un balón de fútbol y el
ombligo protuberante. Grigori nunca había mantenido relaciones con una mujer
embarazada, y le resultaba tan ater rador como emocionante. Sabía que todo era normal,
pero al mismo tiempo le producía pa vor pensar en la cabeza de un bebé dilatando
cruelmente el estrecho pasaje que él tanto amaba.
Se encaminaron hacia la casa donde vivía la comadrona, Magda, esposa de
Konstantín. Walter llevaba a Vladímir a hombros. El pequeño ya tenía casi tres años,
pero Grigori seguía cargando con él sin esfuerzo. La personalidad del pequeño
empezaba a emerger; sin dejar de ser infantil, era inteligente y juicioso, más como
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