Troya ¿por qué la guerra?

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Tomado para propósitos educativos de: Ventura, Piero y Gian Paolo
Cesarini, Troya, la aventura de un mundo, Madrid, Editora Canal,
1982.
Curso de Historia Antigua Universal
Cuando los griegos dejaron su patria para asediar Troya, no sabían que la guerra duraría
diez años. ¿ Y todo por una mujer? ¿Es posible?
Cuando Homero inicia el relato de la Ilíada, hacía diez años que la flota griega había abandonado su patria. Hacía diez años que asediaba la inexpugnable Troya, en una sucesión de batallas
que no han logrado designar un vencedor.
La Ilíada, por tanto, no es la narración de la guerra de Troya, sino de uno de sus episodios, el
último, el denominado "La ira de Aquiles". Es la historia de una ofensa, es una historia de duelos,
de grandiosos sentimientos y de trágicos destinos. Se ha dicho muchas veces que el tipo de narración de Homero es suelto y pausado; lo que le interesa no es tanto la historia en su conjunto
sino los episodios particulares. La maestría del autor logra su fin. Probablemente esta elección
se debe al origen del poema, que debía ser recitado en voz alta. Recitarlo en una única sesión
era imposible debido a su longitud; por este motivo lo importante eran los episodios, ya que
constituían el objeto de la representación.
¿Por qué actuó la flota griega contra Troya? La historia que se nos relata, es decir, los antecedentes, tiene fantásticos tintes de leyenda. Es la siguiente. Paris, príncipe troyano hijo del rey
Príamo, es nombrado juez de un difícil juicio. Debe escoger a la más hermosa entre tres diosas,
Venus, Juno y Minerva. Lo que sucedió es muy conocido: escoge a Venus, y las otras dos divinidades, en venganza, hacen que se enamore de la bellísima Helena, esposa de Menelao, rey de
Esparta.
La guerra tiene como fin lavar una ofensa, devolver al marido la esposa que ha seguido a París
hasta Troya. Los historiadores, naturalmente, se han preguntado cuál puede ser la auténtica
causa de un acontecimiento dramático que movilizó a los ejércitos de toda Grecia.
Se piensa en unos celos no de amor sino comerciales: Troya era una ciudad rica, situada en una
posición geográfica envidiable. De su puerto zarpaban naves cargadas de objetos preciosos,
tejidos fundamentalmente. Quizá la causa de la guerra fue un conflicto entre mercaderes de lana:
los griegos querían eliminar a un peligroso competidor. La historia ha asistido a muchas decisiones análogas: los fenicios, grandes comerciantes, declararon la guerra a la ciudad española de
Tartesos, que obstaculizaba su comercio, y la borraron literalmente de la faz de la tierra: ningún
arqueólogo ha podido encontrarla.
Los griegos que partieron a la guerra en sus negras naves (negras porque estaban recubiertas
de pez para protegerlas de la corrosión) representaban a muchas ciudades-estado: una lista de
los reyes citados en la Ilíada es un mapa de la geografía política de la época, aunque las hazañas de estos reyes entran dentro de la leyenda, los datos sobre su lugar de procedencia son muy
precisos.
El primer nombre que hay que recordar es el de Agamenón, rey de Micenas, la más poderosa de
las ciudades griegas; después su hermano Menelao, rey de Esparta, la ciudad griega más grande; el legendario Aquiles, figura central de la llíada, que se nos presenta como rey de los mirmi-
dones de Tesalia; Diomedes, rey de Argos; Ayax Telamonio, el más valiente de los guerreros
después de Aquiles, rey de Salamina; Ayax Oileo, rey de Lócrida; el sabio Néstor, rey de Pileolo,
en Mesenia, y naturalmente Ulises, que será el protagonista absoluto de la Odisea, rey de Itaca,
isla donde el arqueólogo Schliemann empezó a buscar las huellas de Homero.
Los griegos que pusieron sitio a Troya eran más evolucionados que los griegos de Homero. Pero cuando comienza el relato ya tenían muchos problemas.
Homero nos dice quiénes eran estos reyes, pero no logramos deducir por sus palabras cuál era
su auténtica función, su poder. En algunos casos se trataba de reinos minúsculos. Ulises participa en la expedición con unas pocas decenas de hombres provenientes de la isla de Itaca, y con
ellos inició el retorno. Homero da tanta importancia a las relaciones personales (pasiones, celos,
duelos) no sólo por motivos artísticos, sino también para enfocar mejor a los personajes, ya que
aquel era un mundo limitado en el que destacaban las personas.
Entre todos los reinos griegos el más notable era Micenas. Y fue Schliemann (nuestra historia
vuelve a atar cabos) quien nos dijo sobre Micenas algo que no sabíamos. Sus excavaciones nos
hablan de un reino mucho más antiguo de lo que creíamos: el poder micénico ya era grande y
temible en el año 1400, a. de J.C.
Micenas era, para su época, una gran ciudad, rodeada de poderosas murallas, con anchas calles, rica en oro y bellas construcciones. Esto también lo dice Homero. Pero los hallazgos arqueológicos nos han permitido hacernos una idea bastante precisa de esta ciudad, de sus puentes, acueductos y fortificaciones.
Sabemos que los micénicos iniciaron una labor de conquista que los llevó a ocupar Esparta y
otros territorios griegos, llegando incluso a extenderse hacia Oriente:- debemos encajar la guerra
de Troya dentro de estos acontecimientos, dándole credibilidad histórica.
Si Homero es impreciso, no se debe sólo a su característica de poeta. La verdad es que Homero
vivió en un momento de decadencia respecto al período del que nos habla en la llíada. Es decir,
la sociedad micénica era más evolucionada que la de Homero. De aquí surgen muchas de las
dificultades del poema: el narrador nos habla de un mundo alejado de él y más complejo que el
suyo.
Volvamos a la flota griega y a su viaje hacia Troya. ¿Dónde echó el ancla? Homero es muy claro:
los griegos desembarcaron y establecieron su campamento a poca distancia de la ciudad. Actualmente, delante de Hissarlik existe una llanura, pero hubo una época en la que Troya estaba
situada junto al mar, en la confluencia de dos ríos, el Escamandro y el Simois. Las aguas se fueron retirando debido a un proceso de acumulación de arena. Homero es muy claro, pero hay
quien ha rechazado -¡otra vez más!- su texto, pensando que el ejército invasor desembarcó más
al sur, llegando a Troya por tierra. Nosotros seguiremos, como hizo Schliemann, el relato de
Homero, tratando de descubrir los momentos en que se aleja de la credibilidad histórica. El relato
se abre con una imagen trágica: en el campamento de los aqueos arden las piras fúnebres. Hace
diez años que los griegos han puesto sitio a Troya sin ningún resultado. La peste ha invadido el
campamento a causa de la maldición de Crises, sacerdote de Apolo.
Los dioses se ocuparán de los asuntos de los hombres durante todo el libro, interviniendo continuamente. Los dioses combaten por sus asuntos como los hombres. Ahora se trata de calmar la
ira del dios. La asamblea en la que el adivino Calcante revela que la peste ha sido causada por
la ofensa que Agamenón hizo a Crises tiene lugar en una atmósfera dramática. El más poderoso
de los griegos tiene que inclinar la cabeza frente a la voluntad divina y devolver la hija de Crises.
Pero el orgulloso Agamenón aborrece la derrota y pide a cambio una esclava de Aquiles La pretensión del rey de Micenas provoca la Es cólera del héroe y pone en movimiento el motor de la
narración.
El más valiente de los guerreros, ofendido, no acude a la batalla. Pero es una batalla bastante extraña para nosotros.
Aquiles, mortalmente ofendido por el comportamiento de Agamenón, decide no volver a empuñar
su espada contra los troyanos. Es una decisión muy grave para el ejército griego. Y nosotros,
lógicamente, nos asombramos bastante. ¿Qué importancia podía tener un sólo hombre en una
lucha entre varios pueblos? No debemos olvidar que los griegos eran una federación dé varias
ciudades-estado, pero tampoco que las fuerzas de Troya contaban con la alianza de otros pueblos.
Seguramente eran orientales. Homero cita a uno de estos pueblos definiéndolo como "de imposible lengua", es decir, totalmente incomprensible. Sin embargo, en todas las batallas de la llíada
el papel del guerrero y del héroe es fundamental. No se trata -si seguimos el texto homérico- de
batallas en el sentido que solemos dar al término.
La lucha entre ejércitos se convierte muy pronto en una serie de duelos y peleas entre hombres.
No se habla nunca de maniobras, de tácticas, de estrategias bélicas. No se mencionan movimientos de tropas. Actualmente, los estudiosos piensan que Homero -que vivió en una época
llamada "Edad Media griega"- perdió el recuerdo del esplendor micénico y se imaginó aquel
mundo como algo muy primitivo, cuando seguramente no lo era.
En la batalla, el hombre pelea contra el hombre: son guerreros nobles y fieros, que hablan durante la lucha, discuten y declaran su admiración por el contrario o lo insultan llamándolo vil.
Homero nos traslada finalmente a la ciudad asediada, siguiendo el encuentro de Héctor
con Andrómaca. Y descubrimos que no se trata de un auténtico asedio.
Si las batallas de la llíada no nos dicen gran cosa desde el punto de vista militar, son sin embargo una fuente muy importante de noticias de otro tipo. Nos hablan de la economía, de las costumbres y de la cultura. Es muy interesante, por ejemplo, el episodio en el cual el héroe troyano
Glauco intercambia sus armas con el rey griego Diomedes. Glauco, generoso espíritu, ofrece a
Diomedes sus espléndidas armas forjadas en oro: Diomedes le da las suyas, menos valiosas
pues son de bronce.
Este hecho nos introduce realmente en un mundo remoto. Un mundo en el que no existían aún
los objetos de hierro ni la utilización habitual de la moneda, aunque ya fuese conocida. Homero
nos dice el preciso valor de las armas de ambos guerreros: las de Glauco costaban cien bueyes,
pero las de Diomedes sólo costaban nueve.
El intercambio y el regao tienen un enorme valor en el mundo antiguo. Unían a dos hombres (y a
veces a sus descendientes) por el resto de sus vidas. En aquella economía primitiva tenían una
enorme importancia los objetos preciosos, de lujo: demostraban la posición de un hombre, que
ésta no podía medirse por el dinero acumulado. Homero nos conduce dentro de Troya durante la
batalla, siguiendo el camino de Héctor. Troya es una ciudad asediada desde hace diez años:
pero debemos tener cuidado con las palabras. Cuando hablamos de "asedio", entendemos un
ejército que sitia una ciudad o fortificación, que impide las salidas de los asediados y que realiza
frecuentes ataques contra sus murallas Nada de esto sucede en la llíada. No se describe ni una
sola vez un intento de escalar las murallas troyanas. Las batallas se desarrollan en la llanura,
lejos de la ciudad. Los troyanos entran y salen de sus puertas con absoluta tranquilidad No se
habla jamás del típico problema de los de asediados; la falta de comida o agua. Tampoco aquí
sabemos si se trata de una visión particular de Homero o si realmente en la época no se poseían
maquinarias adecuadas para atacar.
Siguiendo el camino de Héctor obtenemos una visión fugaz de Troya: el palacio de Príamo, con
cincuenta habitaciones para sus cincuenta hijos: el ágora, donde se reunía el pueblo en asamblea; los templos de Atenea y Apolo; las casas de Héctor y Paris. Estas casas, residencias de
príncipes, eran más ricas que las otras y seguramente debían contar con un patio.
Héctor se encuentra con su esposa Adrómaca en las puertas Esceas, desde donde se veía la
llanura ocupada por los guerreros en combate. Es un encuentro conmovedor, sobre el que planea ya una sensación de muerte. Homero nos da la medida humana del héroe, dividido entre la
guerra y el afecto hacia su esposa y su hijito Astínacte. Héctor sube a su carro de dos ruedas y
vuelve a la batalla.
No es fácil hacer revivir la vida en Troya, ciudad muerta desde hace miles de años, pero
podemos intentarlo.
De Troya nos separan más de tres mil años. No son demasiados desde el punto de vista arqueológico. Pero lo cierto es que sabemos muy poco sobre la vida de esta ciudad. Del trabajo de Schliemann y sus sucesores no ha surgido ni un solo documento, ni un solo resto escrito.
Sin embargo, podemos intentar reconstruir la vida de la Troya de Héctor, al menos parcialmente,
utilizando lo que sabemos de las ciudades de la misma época que mantenían relaciones con
Troya. Comencemos por la arquitectura. Es muy sorprendente -ya lo hemos mencionado- la diferencia entre las imponentes murallas o los templos de sólida piedra y las casitas de barro que
constituían la construcción más común. La explicación es sencilla. Las murallas debían proteger
y durar: la casa de barro dura poco, pero no cuesta mucho. Eran casas provisionales, porque
también los tiempos lo eran. Invasiones, fugas e incendios hacían que la vida fuese precaria. No
existía la confianza de un futuro seguro.
Quizá no es difícil comprender esta actitud, aunque en nuestro lenguaje aún quedan restos de
esta inseguridad. ¿No llamamos "muebles" a los elementos más comunes de nuestra decoración? Muebles, ya que durante mucho tiempo los hombres debieron abandonar frecuentemente
sus casas, amenazados por la guerra, por las calamidades naturales, por la peste. Al huir, llevaban consigo sus escasos elementos de decoración, llamados "muebles" por ser objeto de continuos traslados.
La economía de Troya debía estar basada en la agricultura, el comercio y el artesanado. Seguramente, sus habitantes poseían rebaños de ovejas de los que obtenían la lana para sus apreciados tejidos; incluso podrían haber tejido el lino. ¿Qué cultivaban?
El aceite y el vino eran fundamentales: el olivo era insustituible en la economía del Mediterráneo.
Su dieta era mucho más simple que la nuestra: constaba fundamentalmente de aceite, vino,
aceitunas, pan, queso de oveja y de cabra, leche ácida, habas, garbanzos y lentejas. También
consumían la carne de sus rebaños, aunque menos que nosotros, así como las uvas y los higos.
El caballo tenía un importante papel: Hornero define a Héctor como "domador de caballos". Debían ser buenos marineros, aunque no tenemos pruebas precisas: lo deducimos del hecho de
que embarcaban rebaños y manadas de caballos, cosa nada sencilla. Quizá muchos de los intercambios no se producían directamente, sino a través de los fenicios, famosos mercaderes de la
antigüedad.
Las actividades artesanales eran muy importantes. Troya poseía mucho oro, y el episodio citado
del intercambio de las armas nos lo confirma. Los artesanos debían ser de primer orden: había
cinceladores de oro, plata y bronce, orfebres, alfareros, fabricantes de carros y muebles y, sobre
todo, tejedores, conocidos en todo el mundo antiguo.
Probablemente, las dificultades existentes cuando se trata de enfocar correctamente a Troya no
radican sólo en la falta de datos auténticos, sino también en la singular mezcla, tan típica de la
antigüedad, entre refinamiento y primitivismo.
Existen casos en los que asediados y asediadores se intercambian los papeles. ¿Permanecieron los griegos realmente diez años ante Troya?
No sabemos mucho sobre Troya, pero ¿cómo vivieron los griegos diez años frente a Troya? En
la llíada se dice que construyeron una defensa amurallada entre el campamento y la ciudad: temían las salidas de los troyanos, y querían protegerse a sí mismos y a sus naves.
Homero nos proporciona pocos datos acerca del campamento griego; nos habla de barracones
(no de tiendas) en los que se pasaba el tiempo no dedicado a la guerra. Sabemos que el invierno
en la zona puede ser bastante riguroso, y es probable que el campamento estuviese bien organizado. Algunos piensan que el asedio no se prolongó durante diez años consecutivos. Posiblemente hubo treguas, en las cuales los griegos volvían a su tierra (muy cercana), es decir, probablemente la guerra fue "estacional". ¿Cómo habría podido vivir un ejército alejado de su patria
durante diez años? Debían existir enormes e irresolubles problemas de aprovisionamiento. La
hipótesis de estas idas y venidas es, por lo tanto, razonable.
Homero nos describe un caso en el cual los asediados se transforman en asediadores. Los troyanos, guiados por Héctor, acosan a los griegos, cruzan la muralla defensivas, llegan hasta las
naves y combaten sobre sus cubiertas en una gran confusión de peleas cuerpo a cuerpo, gritos y
muertos.
Aquiles es hijo de una diosa, y los dioses son más importantes que los hombres. Por lo
tanto, cuando se encuentra con Héctor, le dará muerte, y de nada le servirá a éste huir.
Un trágico acontecimiento obliga a Aquiles a volver a la lucha. Su amigo predilecto ha muerto a
manos de Héctor. La lucha aumenta alrededor del cuerpo de Patroclo para apoderarse de sus
armas: escena típica de la llíada, que nos hace entender el valor de estos objetos, el más preciado de todos los botines.
Y Aquiles; el formidable guerrero hijo de una diosa y de un mortal, vuelve a combatir para vengar
a su mejor amigo. Esta legendaria figura de héroe es un ejemplo perfecto de como entendían los
griegos arcaicos la presencia divina en sus existencias; la vida de Aquiles está constantemente
entremezclada con la intervención de los dioses.
Su madre, Tetis, lo sumergió cuando era pequeño en la laguna Estigia para hacerlo invulnerable.
Las grandiosas ayudas en favor del héroe se encuentran constantemente en la llíada. Tetis ofrece a su hijo un maravilloso escudo, totalmente decorado: forjado por el dios-orfebre Vulcano en
su fragua, en este escudo se describen muchas escenas de la vida ciudadana, y campesina.
Hay bueyes uncidos al arado, tierras cubiertas de mieses, viñas fértiles, rebaños y manadas,
establos y cuadras. Un relato de la vida cotidiana que nos es muy útil
Se producen también otras notables intervenciones divinas en la furibunda lucha que Aquiles
sostiene contra los dos ríos Escamandro y Simois. Al final Vulcano llega a incendiar las aguas
para salvar al hijo de la diosa. ¿Podrá temer a otro hombre un héroe que ha luchado contra un
río? Aquiles, al volver a la guerra, se encuentra con Héctor, que le esperaba ante las puertas
Esceas. La sombra de la muerte está a punto de caer sobre el héroe troyano, atrapado por el
destino bajo la sombra de las murallas de su ciudad.
Pero Homero nos dice que también los héroes son humanos, al relatarnos lo que sucederá. El
aspecto de Aquiles es tan terrible, que al verlo, Héctor empieza a temblar: y huye, huye alrededor de las murallas, huye doblando muy deprisa las rodillas, según la expresión del poeta. Pero
frente a él no tiene un guerrero como los demás, sino a Aquiles, "el de los pies ligeros".
Dan la vuelta a la ciudad tres veces: en esta carrera no se disputaba un premio, sino la vida de
un hombre. Después Héctor se detiene y acepta el duelo. Prepara su larga lanza y la arroja, pero
el escudo divino desvía el golpe. Se oscurece el cielo del héroe troyano y el asta de Aquiles le
atraviesa el cuello. Aquiles, furioso por la muerte de Patroclo, es un hombre que ya no conoce la
piedad. No sólo ha negado la gracia de la vida a su adversario, sino que además inflige la más
terrible humillación al cuerpo del caído: lo ata a su carro y lo arrastra por el polvo.
Pero el recuerdo de Héctor permanece y su trágico fin se sigue cantando. En cuanto a Aquiles,
su final será al mismo tiempo trágico e ignominioso. En efecto, cuando su madre Tetis lo introdujo en la laguna Estigia para hacerlo invulnerable, lo sostuvo por un talón. De ahí surge el curioso
destino que acompañará al héroe el resto de su vida: no podrá ser herido por arma humana, excepto en ese punto. Y será alcanzado por una flecha envenenada en el talón, lo que causará su
muerte.
¿Quién lanzó la flecha? Paris, el guapo príncipe que sedujo a Helena y que se nos describe como el más cobarde de los troyanos. ¡El más fuerte de los guerreros muerto por el más débil!
Aquiles es, realmente, una figura gigantesca: permanece en nuestra memoria por su gran fuerza,
por su terrible cólera, por sus sentimientos vengativos hacia los troyanos. Pero otras veces nos
presenta otro rostro: el de un hombre leal y con un enorme sentido del honor.
Los griegos participan con ardor en los juegos en honor de Patroclo. Asistimos así, en un
intervalo de la guerra, al ensayo general de las Olimpíadas
Uno de los últimos episodios de la llíada tiene un gran interés para nosotros, aunque no se refiera a la guerra ni figuren en él los troyanos.
Es el episodio de los juegos que se desarrollan en honor de Patroclo, solemnes honras fúnebres
por el joven guerrero. Homero se detiene a hablarnos de las pruebas deportivas -como si fuese
un moderno cronista de la prensa- y proporciona cada detalle de las mismas, e incluso los consejos que los espectadores más expertos daban a los participantes. ¿Por qué es tan interesante
el episodio? Porque se trata de una auténtica anticipación de los juegos que serán denominados
más tarde "olímpicos", es decir, nos menciona la tradición de la que posteriormente surgirán las
Olimpíadas.
Pero acudamos a estas pruebas. Homero nos da, en primer lugar, la lista de premios para los
ganadores: espléndidos animales, como bueyes de poderosa testuz, caballos o mulos; monedas
de oro, trípodes y cráteras de plata (la crátera era una vasija baja de boca muy ancha en la que
se bebía vino mezclado con agua); esclavos, e incluso trozos de "hierro gris": debía tratarse de
hierro meteorítico, tan valioso como una joya en la antigüedad.
Homero nos describe ocho competiciones: la de carros, la carrera a pie, la prueba de las espadas, el lanzamiento del disco, el tiro con arco y el lanzamiento de jabalina. Los más famosos
guerreros y héroes participan en los juegos: Agamenón, Ulises, Diomedes, Ayax Telamonio y el
"rubio Menelao", esposo de Helena. Pero junto a ellos -el deporte reclama su propia autonomíaaparecen nombres nuevos en el poema, nombres de especialistas en las diversas pruebas: el
púgil Epeo, el formidable lanzador de disco Polípetes o Teucro y Meríones en el tiro del arco.
Efectivamente, la tradición hace que el origen de los juegos olímpicos se remonte a los micénicos. Según los antiguos historiadores, la auténtica primera Olimpíada tuvo lugar en 1776 a. C.
Olimpia, sede durante muchos siglos de los juegos, no era una auténtica ciudad: era un conjunto
de templos, edificios, bosques, terrenos sagrados y, naturalmente, estadios. Estaba en el Peloponeso y sus ruinas se pueden visitar en la actualidad.
Los juegos se desarrollaban cada cuatro años (igual que en nuestra época), y duraban cinco
días. En aquella solemne ocasión llegaban hasta Olimpia griegos de todas las regiones. Toda
guerra o disputa se suspendía. Olimpia era el símbolo de la unidad de los griegos como pueblo,
aunque las ciudades griegas peleasen frecuentemente entre sí. Los atletas llegaban a Olimpia
diez meses antes de las pruebas con el fin de entrenarse: es decir, se "retiraban". Al vencedor de
cada competición se le reservaban honores excepcionales.
Ante las murallas de Troya aparece un extraordinario animal de madera. Comienza el engaño más grande de la historia del hombre. Pero para conocer esta historia debemos
abandonar las páginas de la Ilíada
Homero no nos describe el trágico fin de Troya. La última escena de la Ilíada se limita a un episodio conmovedor: el viejo Príamo visita a Aquiles para pedirle el cuerpo de su hijo Héctor. Y
Aquiles, asombrado del valor y dignidad del rey, se lo concede. Las últimas palabras del poema
se refieren al funeral de Héctor, "domador de caballos".
Aunque Homero no nos relata en la Ilíada la destrucción de la ciudad, la tradición se ha encargado de mantener viva la memoria de aquellos acontecimientos excepcionales: sobre todo del engaño con el que los griegos tomaron Troya. La tradición se ha tomado de otro célebre poeta, el
latino Virgilio.
Virgilio dedicó un poema al héroe troyano Eneas, que logró escapar del incendio de Troya, y de
quien los romanos -gran pueblo de origen poco claro pretendían descender. Eneas, que en la
Ilíada recibe la misma consideración que Héctor, huyó, según la leyenda, del incendio junto con
su hijo Ascanio y su anciano padre Anquises, realizando posteriormente un largo viaje.
Finalmente desembarcó en Italia y -según Virgilio- fundó las ciudades latinas de Lavinio y Albalonga, de donde provendrían los primeros romanos. Naturalmente, los historiadores (que son
siempre muy poco románticos) no creen ni en Eneas ni en sus viajes; pero consideran que la
tradición es cierta en parte: hablan de una migración de Asia a Italia. Por el contrario, para Virgilio el héroe troyano, antes de llegar a Italia, fue empujado hacia las costas' de Africa del Norte,
donde lo acoge Dido, reina de Cartago, a quien Eneas relata su extraordinaria historia.
Una mañana, los troyanos se despertaron estupefactos: no había restos ni del campamento ni de
las naves griegas. Los defensores de la ciudad recibieron una gran alegría, pero, en realidad, las
naves griegas no habían zarpado, ya que estaban escondidas detrás de una isla, Ténedo. Pero
aunque los griegos ya no están, en el litoral hay algo impresionante: un gigantesco caballo construido con troncos de abeto.
Los troyanos se dispersan por la llanura, se amontonan alrededor del monstruo y discuten: ¿Por
qué los griegos han construido y abandonado allí el caballo? ¿Qué se puede hacer con él? Algunos piensan que hay que llevar el caballo a la ciudad, pero otros desconfían.
Pero de repente sucede algo: unos pastores han encontrado a un hombre con las manos atadas.
Es un griego, se llama Sinón y tiene algo que contar. Los griegos -dice- no pudiendo conquistar
Troya se han vuelto a su patria, pero para obtener el favor de los dioses tenían que realizar un
sacrificio humano y construir un caballo en honor de Palas.
El, la víctima propiciatoria, ha logrado huir; pero ahí está el caballo. Su poder es muy grande: si
entra en Troya, Troya conquistará toda Grecia. Por eso es tan grande: para que no logre atravesar las murallas.
Troya se convierte en una hoguera, y poco a poco su recuerdo se transforma en leyenda.
Pero Heinrich Schliemann, que creía en el poeta, nos ha demostrado que las leyendas
pueden ser realidad
Esta sutil argucia perdió a la ciudad. Puede ser que un caballo de fácil manejo hubiese hecho
sospechar a los troyanos, pero el hecho de que fuese tan grande para que no pudiese atravesar
las murallas, les convenció de la autenticidad del relato de Sinón.
No poseemos otra versión (desde otro punto de vista) de un momento tan histórico; en la Odisea,
Ulises, que se había escondido en el caballo junto a otros guerreros, nos relata su miedo cuando
sintió la lanza de Laocoonte traspasar el flanco del caballo. Se dice que fue Ulises el inventor del
diabólico engendro; el episodio, ya famoso, contribuyó a otorgar a los griegos fama de hombres
astutos, de creadores de sutiles engaños.
Los troyanos se afanaron inmediatamente por hacer entrar el caballo en la ciudad. Tenían que
derribar un trozo de muralla y tirar de enorme mole con cuerdas. El caballo tropezó cuatro veces
con el umbral (y Eneas recuerda que cuatro veces resonaron las armas en su interior). Finalmente, la gigantesca máquina urdida por los griegos llegó hasta la ciudad y la noche cayó sobre Troya.
Pero la noche se iluminó muy pronto con el fuego: Ulises y los otros guerreros descienden del
vientre del caballo con una soga, matan a los centinelas, abren las puertas de la ciudad y hacen
entrar a los griegos que, mientras tanto, se habían acercado hasta sus murallas. La ciudad, nos
dice Virgilio con una bella imagen, estaba sepultada en el sueño y el vino. Pero al poco tiempo
se convertirá en una hoguera.
Cuando oíamos relatar estos espléndidos y dramáticos episodios, los consideramos -a medida
que los siglos y milenios nos alejaban de Troya- poco más que fascinantes leyendas. Pero Heinrich Schliemann, cuyo corazón no se había endurecido con los negocios, creyó en la voz del
poeta y nos devolvió nuestro pasado excavando con tenacidad en una colina abandonada.
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