Pregón taurino de Ciudad Real

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Pregón taurino de Ciudad Real.
Dulcinea 2007, Eva que como la del paraíso eres representante portadora del futuro de
nuestra tierra. Querido hermano Pandorgo 2007, José Ángel; José con la paciencia suficiente
para entender a este pueblo nuestro. Ángel guardián de nuestras esencias y valores. Excmas. e
Ilmas. Autoridades, amigos y aficionados a esta fiesta tan nuestra: Los Toros, en sus más
diversas formas de expresión y diferentes facetas de su práctica.
Se define el pregón, como la publicación o promulgación, que en voz alta se hace en lugares
públicos de un hecho o circunstancia que conviene que todos sepan. En consecuencia pregonar
es hacer pública una loa de unos hechos, o una circunstancia determinada. El pregonero, en fin
es aquel que hace público lo que se quiere hacer saber a todos.
Este pregonero, corazón en mano quiere expresar su agradecimiento a Manuel Hervas y a
su junta directiva del Ateneo Taurino de Ciudad Real, y especialmente a mi amigo y
compañero Paco Muñoz, que han tenido a bien concederme este honor, este gran honor de
pregonar la feria taurina de Ciudad Real. Villa en la que recibí la alternativa para la vida en la
ciudadrealeña calle de caballeros. A partir de ese momento me inculcaron determinados
valores que he tratado de mantener, ampliar y trasmitir, como estigmas de la grandeza de una
región noble, rica en contrastes, señorial, con profundos sentimientos, con pasiones, con
discrepancias y apegos, en fin una ciudad que desde hace muchos años, desde que los
espectáculos taurinos se celebraban en la que hoy denominamos plaza Mayor, vive, se
apasiona, medita y siente de una forma especial, nuestra fiesta taurina en toda su plenitud.
En nuestro quehacer cotidiano, casi todos nuestros actos están marcados por un signo de
preocupación, hija legitima de la dificultad y del sentido de responsabilidad; hay momentos
que el espíritu se orea y uno se siente confortado por una alegría sincera, ajena a toda clase de
reservas e inquietudes. Mi afición por la fiesta se la debo a mi padre Dn. Carlos Calatayud Gil,
que en aquellos años de juvenil prepubertad, cuando Matías Prat retransmitía las corridas de
toros, me ilustraba con comentarios añadidos a los que hacia el maestro de la radio. Así viví la
cogida y posterior desenlace de Manuel Rodríguez Manolote.
Aquello de la radio, de cualquier forma, no me parecía suficiente. Me faltaban las imágenes,
la vivencia directa del arte, sin que nadie me lo contara. Por circunstancias que no vienen al
caso y que siempre tuvieron que ver con faltas de disciplina y estudio, las posibilidades
económicas no me permitían obtener el acceso regular a los festejos taurinos. Un gran alcalde
de Ciudad Real, de aquella época, que entendió muy bien mis inquietudes, no solo taurinas,
también profesionales, y comprendiendo la entonces, escasamente permitida rebeldía
prepuberal, bajo su protector, gratuito y respetado brazo , como máxima autoridad, pude hacer
realidad, aquella ilusión, vivir directa y emocionalmente todos los festejos taurinos, diremos
que con una “beca” de la alcaldía que presidía Dn. Pascual Crespo y Campesino, y que ahora,
desde donde me este viendo quiero brindarle este momento de felicidad compartida y
expresarle mi agradecimiento, una vez mas, por las posibilidades que me ofreció de aprender,
no solo pero también de toros.
Pregonar la feria taurina, es como sentirse en soledad con el toro de la palabra a sabiendas
de la dificultad de trasmitir mi forma de sentir el arte taurino a los distintos públicos que
conforman el buen pueblo de los toros. Cada uno cuenta con sus razones y todos con su razón.
Por eso no siempre es necesario un pregonero. En los albores de mi pasión taurina, la feria
taurina de Ciudad-Real se pregonaba sola con aquel bullir en el Casino, Plaza del Pilar, Bar
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España, El Trini y el Bar Manolo, y mas tarde el Hotel Castillo donde se analizaban las ternas,
expresadas en los carteles, la procedencia del ganado, y con la esperanza de que quien
presidiera aquella tarde, buen conocedor de la fiesta colaborase con garantía en la donación de
trofeos. Ahora además en este extraordinario marco, se incorporan al pregón todos los sentidos
humanos. Se contempla su colorido, se huelen sus aromas, se escuchan sus rumores, se palpa su
alegría, se admira y venera la belleza de sus reinas y dulcineas, se paladean nuestros caldos y
sabores, como estimulo a las posteriores tertulias.
Bien sabido es que la fiesta taurina descansa sobre tres pilares básicos: toros, toreros y
público. Creo sinceramente, aunque sea declaración de parte interesada, que de entre estos tres
pilares es el público el que determina la realidad de la fiesta. Existen públicos exigentes y
públicos facilones, públicos entendidos y públicos de aluvión, públicos sanfermineros, isidriles
o de triana de toda la vida. De sol y de sombra. Serios y risueños. Turistas y toristas.
De cualquier forma, no cabe duda que cada espectador compara, sin proponérselo, lo que
perciben sus sentidos con los componentes de su idealizada faena. Por eso, en la corrida
encontramos cientos de críticos taurinos. Tantos como aficionados presentes en la plaza. El
público de los toros es un público dado a la bronca, a los pitos, incluso al insulto patoso. A
veces un público frustrado, desconectado de lo que ocurre en la arena, es presa fácil de
minorías ruidosas, y nunca debemos olvidar que, a veces, los silencios debieran ser más
elocuentes que las palabras o gritos.
Desde hace muchos años, con interrupciones ajenas a la voluntad del pueblo, y desde
luego desde que yo tengo uso de razón, la feria taurina de Ciudad Real, desde que se inaugurara
su actual coso el 16 de Agosto de 1844, reinaugurado el 17 de Agosto de 1873, donde Antonio
Carmona (Gordito) y José de Lara (Chicorro) despacharon ejemplares de Veragua, ha sido un
hito en la historia de nuestra fiesta mayor. Como tal ha requerido la colaboración de
instituciones publicas y privadas que en común acuerdo fruncían una feria que dignificase al
toro, que permitiera el lucimiento de los toreros, toreando, no dando pases –como diría Antonio
Bienvenida -, transmitiendo esos valores éticos y artísticos que encierra nuestra fiesta, creando
afición, comprobando el valor y la belleza del arte en los maestros consagrados que
contrastaba con las formas o hechuras de aquellos que aspiraban a ese titulo aparentemente
ficticio pero de profunda realidad de figura del toreo. Todo ello con el beneplácito de un
público que acorde con un experto y entendido presidente, correctamente asesorado, devolvían
mansos y concedían trofeos según la obra de arte interpretada en el albero.
Pero todo en esta vida esta regido por hombres y a veces la realidad se trasforma en ficción
y surgen colectivos que aparentan servir fines sociales gracias a la fuerza legal que le dan
algunas normas estatales o regionales. Si en la vida de un hombre es difícil mantener la línea
recta de la ejemplaridad y el merito, aunque a veces un solo gesto pueda glorificar todo una
existencia, ¡que difícil es conseguir y mantener esa línea continuada en nuestros festejos
taurinos¡.
¡Que frecuente es , y quizá estemos ante una situación parecida, el caso de que instituciones
con acciones irreprochables, con medios considerables, por la sola razón de tener criterios
ideológicos diferentes han malogrado con actuaciones desdichadas de sus rectores el avance
cultural, artístico y popular de sentimientos deseados por el pueblo y que van ligados a la
esencia propia de nuestra tierra.
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No es nada fácil encontrar personas, instituciones o empresas que en su dilatada vida hayan
seguido una actuación permanente de inquebrantable fidelidad a los valores que la fiesta de los
toros representa y en la que los sucesivos responsables hayan sabido trasmitir el legado taurino
de actuaciones eficaces, rectas y honestas, como deposito sagrado de nuestra tauromaquia.
A pesar de todo, ese legado ha permanecido intacto y muchas veces superado por las obras
de pintores, como la que se acaba de inaugurar de Francisco Martín Casado, escultores,
músicos, y escritores como Pedro Antequera Serrano, que han sabido trasmitirlo a través de
sus obras, donde la estructura del toro se corresponde con la imagen del hombre creando ese
conjunto de vida y muerte, único en su género. Es obligación de las nuevas generaciones que
ese legado se mantenga, adaptando, acoplando, si se me permite, la encornadura, la estructura,
las maneras y la pinta de una parte, con el valor, el arte, la estética y la construcción de formas,
emociones y sentimientos, de otra, interpretando, no siempre siguiendo las directrices de
escuela, una obra de arte que será única e irrepetible. Nunca con artimañas modificar, de
forma interesada, las eternas esencias de tan sublime fiesta
Es importante adecuar, la casta, el trapio, la bravura , la fiereza, el temperamento, el coraje,
nervio, brío, fogosidad, etc. del toro, con el arte , el poderío, la estática y la dinámica del
diseñador de la faena, obligado a conocedor las características del toro, de tal forma que con
los movimientos exactos, los lances adecuados, los muletazos justos y los adornos oportunos
esa obra de arte, realizada por un maestro para su propia satisfacción y orgullo cree en
nosotros sentimientos, pasiones, emociones, nostalgias, alegrías, sinsabores y recuerdos que
permitan atraer y crear inquietudes en aquellos que sienten en lo mas profundo de su corazón
esas ansias de ser torero.
El torero que al natural se adorna del arte será mejor y aventajara, al torero que solo por
saber de arte quisiera serlo. Esto es así, pues el arte nunca aventaja a la naturaleza, sino que la
perfecciona, de tal suerte que, mezcladas adecuadamente y en apropiadas, dosis la perfección
del toreo cada vez será mas profunda y admirada consiguiendo el adecuado embroque entre
ambos protagonistas de la fiesta.
Expresiones de figuras de antaño confirman esta circunstancia. Así decía Arruza:
«Dejadme, ya vendrá el viento fuerte que me lleve a mi sitio». Y aquella otra de El Gallo:
«Cada torero debe ir a la plaza a decir su misterio». Orgullo y naturaleza de la fiesta de los
toros desde su doble papel de ofrenda y rito. O como definieron las críticas a otros: Joselito
fue inteligencia pura, sabiduría inmaculada. Belmonte, el iluminado, el hambriento desnudo de
Triana, que cambia la alegría del sol por una verde y dramática luz de gas. Sánchez Mejías es la
fe, la voluntad, el hombre, el héroe puro.
Hace falta mucha profundidad mucha hondura para cerrar bien cada terna como si se tratara
de un artístico lance.
La fiesta de los Toros llega, se presenta, como un rayo de luz y de emoción, para espantar
las penas y las tristezas, abriéndonos a la alegría, al contento de esta fiesta que abre sus puertas
al campo, al cosmos y a los astros, anunciando, la victoria de las luces y el arte sobre las
sombras.
La fiesta, nuestra fiesta taurina, podemos definirla como rito de vida y muerte, el arte del
torero y del toro. El conflicto existente entre la naturaleza y la voluntad humana, donde la
muerte es vida, incluyendo la muerte que es parte fundamental de la vida, pues el fondo, al
final, el que de verdad perece, se acaba, es el torero. El toro siempre sobrevive.
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Vida y muerte; eso vemos en cada tarde de toros; la vida y la muerte del matador y el toro,
el emparejamiento de dos heroicidades y, con ello, la escenificación de la relación entre el
hombre y la naturaleza y su dialéctica entre si admitirla o absorberla.
Otro elemento importante de nuestra fiesta es el caballo, esencial en el ambiente taurino,
como el toro bravo, son símbolos íntimamente ligados al hombre a la humanidad. En el toro,
la nobleza y el valor-bravura, constituyen las virtudes de la ética profunda. El caballo, desde su
lealtad, fidelidad y obediencia es el símbolo de la libertad. El caballo bien domado es el
obediente, el que ha aprendido a escuchar la voluntad del jinete antes de manifestarla.
No puedo reprimir el deseo de recordar a una ilustre y manchega cabalgadura: Rocinante,
el sueño de D. Quijote. El caballo que le hizo caballero de España y de la humanidad entera. D.
Quijote y Rocinante son una misma identidad. Perfecta unidad. Enjuto, flaco y viejo, como D.
Quijote. Pero es el caballero, en este caso andante, quien lo sueña en todo en su hermosura y en
su noble corazón, prescindiendo espiritualmente de jamelgos o personajes vulgares.
En la fiesta de los toros nuestra Villa, entera se viste de valor, de emoción y de contento
para disfrutar de los toros, como explosión de luz, de verdad y fortaleza, villa que sabe a encina
y a roble, y a campo abierto de soñadas espigas. Y es que Ciudad Real es atalaya, castillo y
catedral de la Mancha, capaz de cultivar toreros, en sus diversas categorías, toreros de
templanza, de serenidad y hondura, como Agustín Díaz Michelín, Juanito Coello, con el que me
unían lazos personales de vecindad y amistad, José Ruiz Calatraveño, Paco Alcalde, Sánchez
Puerto, Víctor Puerto, Aníbal Ruiz , Luis Miguel Vázquez, Lerma, Lorenzo Manuel Villalta,
Escolástico, Granito de Oro y Pedrucho, Antonio Sánchez de Valdepeñas, cuya taberna de
Madrid fue musa de la gran novela del cronista taurino Antonio Díaz Cañabate titulada
“Historia de una Taberna”. Talegas, Modesto Prado, Ramón Lorente, Vicente Yesteras junto a
dos aficionados de extraordinarias maneras y excelentes hechuras Juan Pérez Serrano
compañero y amigo así como Pepe Víctor, compañero de profesión y extraordinario lidiador .
En este momento quisiera tener un recuerdo para dos que nos abandonaron precozmente El
Zorro, en Barcelona y Reina Rincón en Perú.
Todos, sin excepción, toreros de silencio y sobriedad, espejos de la quietud y de la austera
belleza de las encinas de nuestros campos, o de los trigales dorados que templa la brisa de la
tarde, entre fuertes y delicadas amapolas, al rojo vivo, como la muleta o el corazón de los
toreros de esta tierra. Toreros que con su saber, paran, con su querer, templan y con su poder
mandan, editando paginas de gloria, engrandeciendo la historia de nuestra tauromaquia.
Los dioses me dan pie para, a una mano, hacer el quite y cambiar de tercio: Osiris el dios
toro de los egipcios y la diosa vaca Isis: fueron considerados dioses taurinos del sol,
unificándose la tauromaquia y la agricultura, de tal forma que como el grano de trigo morían y
resucitaban en primavera. El campo. Y tras dos insignificantes torerias, quisiera expresar en
este acto-pregón, mi reconocimiento y agradecimiento a los ganaderos, sin olvidar a ninguno ,
pero que por afecto, quisiera unificarlos en las personas de mi gran amigo y compañero
Alberto Víctor Ruiz ( Calines), que por una cornada de la vida ya no esta entre nosotros, y de
José Juan Ayala, miembros de importantes ganaderías Ciudadrealeñas; Víctor y Marín de
Fernán caballero y Ayala de Alarcos, con el primero me unían lazos colegiales, de afecto y
amistad profundos; con el segundo lazos de agradecimiento por confiar en mi quehacer
profesional su salud.
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No puedo ni debo olvidar a la Familia Gijón de Villarubia de los Ojos, grandes
protagonistas e interpretes entonces de la tan, hoy cacareada genética, en la conservación de la
casta “Jijona”. Una de las cuatro grandes castas que generaron y mantienen la ganadería brava,
los toros de lidia. Familia Frías, Justo Marcos, Juan Vidal y Julián Alcázar así como a otros
señeros hombres criadores de reses bravas, como Laurentino Carrascosa que tanto admiré,
quiero dedicarles unos minutos de esta verbal faena. De ellos aprendí a valorar la nobleza, el
silencio, la sinceridad de las palabras, la austeridad de la conducta y el sentido religioso de la
vida. Aquellos mayorales, hombres de campo, que identifican a cada animal por su nombre,
verdaderos maestros y filósofos, que sabían leer en el cielo, en los vientos y en las hierbas la
llegada del sol, de la lluvia o del frío, o la maternidad de sus reses.
Desafortunadamente hoy somos esclavos de una civilización consumista y materialista, que
se aleja del campo. Una civilización inculta, que olvida que cultura, etimológicamente, viene de
cultivo, de “cultivo de la tierra”. Que nadie olvide que el campo es la gran escuela, la gran
universidad de la vida.
Sé que muchos de vosotros habréis conocido a hombres de campo que guardaban una
profunda filosofía del vivir, eran espejo de la nobleza y de la bravura del Campo Manchego,
una tierra que da hombres de palabra recia o callada, y de silencio en el corazón, capaces de
entender y representar el color de los troncos de las encinas centenarias, el color del cielo
cárdeno, hondo y misterioso de nuestras tardes otoñales, que muestran el sentir religioso,
sagrado y místico de la tierra y de los hombres de la Mancha inmortal y eterna, de la Castilla
que hizo a España, como decía el poeta Antonio Machado, cuando en sus versos nos habla de la
encina de los campos castellanos. Una encina que es emblema de la quietud y la nobleza,
cuando nos dice:
“Siempre firme, siempre igual,
Impasible, casta y buena,
¡oh tú, robusta y serena,
eterna encina rural
de los negros encinares
(...) de Castilla, y yo añado de La Mancha que hizo a España!
Los toros, no lo olvidemos, dan cornadas, hieren y matan. Por mucho que se sepa de toreo,
hay momentos en que no se puede evitar la cogida, falla la regla o se equivoca el lidiador y
entonces llega sanguinaria la cornada.
Como no: también en los toros podemos valernos del Quijote para reflexionar. Máxime
cuando leí hace unos días en algún periódico local, que lo de la perdida de la mano izquierda
de Cervantes no era cierto, es decir que pudo elaborar su obra, su faena artística por ambos
lados.
A Don Quijote le cogieron algunos toros y, entre ellos, hubo uno que estuvo a punto de
matarlo: el terrible toro del Norte. El sabía que, cuando los toros son fuertes, son poderosos, lo
mejor es cambiarlos de terreno. Cambiar los terrenos en el toreo, llevar el toro de un sitio a
otro, es renovar la lidia, abrir nuevos horizontes a la vida que es el arte de torear. En el argot
taurino, un tercio no es un tercio, sino un medio. Cuando se dice cambiar el toro de un tercio a
otro, lo que se quiere en realidad decir es cambiarlo de un medio al otro medio.
Y eso sólo lo puede hacer quien sea capaz de torear a todos los toros en todos los terrenos.
Don Quijote lo hizo y, en el esfuerzo, se abrieron sus heridas y se derramó casi toda su sangre.
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La sangre de Don Quijote, regando a más de medio mundo, ha hecho brotar su arte, su arte de
ser, de ser siempre, de ser y estar, de estar eternamente, por los siglos de los siglos, dormido y
despierto, sin vacilaciones, a toda hora y en todo lugar.
Sancho Panza, su mozo de estoques, es el único que no torea pero imprescindible durante
toda la lidia, para que, Don Quijote la perfección suma de la tauromaquia, el mejor de los
toreros españoles, interprete una faena toreando, con ambas manos, lidiando el peligro, la
muerte, la nada... en todo momento auxiliado por la eterna constancia y fidelidad de Sancho.
Hay toros que no quieren que se les toree, y embisten a la fiesta. No se pueden soltar, como
en alguna de las novilladas de promoción de la escuela taurina de Ciudad-Real, para jóvenes
alumnos, con inconsistente personalidad, astados con sobrepeso, con peligro y resabios aunque
la manipulación cornamental fuera manifiesta. No es ese el camino de crear escuela y afición.
Conocemos la universalidad del toreo, como este se esparce por la vida toda, de tal forma
que saber torear es saber vivir. En este mundo todos toreamos y el que no torea embiste. Aun
dentro de dos inmensos bandos, toros y toreros, es la lucha por nuestra propia vida la que
nos obliga a torear.
Aunque lo dejo bien claro Sánchez Mejías, me gustaría recordar algo ligado a la
denominada inutilidad del toro bravo. Se piensa que el toro es obligado a embestir contra su
voluntad, contra su inclinación. Que el toro que se lidia en las corridas es un toro robado a la
agricultura pues su destino sería trabajar, no embestir. Nada más falso. El toro bravo es una
fiera como el león, como el tigre, como la pantera. No sirve para el trabajo, porque acomete y
mata al hombre. Embiste por naturaleza y a su vez es inextinguible, porque tiene su sitio donde
nacer y lo ceba la hierba que nace de la tierra.
Los que hablan de la crueldad del espectáculo, esos progresistas llamados «nuevos
sentimentales» que son a la sensibilidad lo que el nuevo rico a la fortuna, se olvidan de que la
educación artística de una raza no se improvisa, es cuestión de siglos. Por eso España, país de
ancestral sensibilidad artística, presencia las corridas de toros sin dar a la sangre más
importancia de la que tiene. El entendimiento del toreo no tiene fórmulas ni reglas; nace y vive
en el cerebro humano.
Quisiera recordar una frase de Enrique Ponce de hace solo unos días: “ Si alguna vez me
reencarno en animal, prefiero ser toro de lidia que no de carne”
Al comenzar el último tercio, no puedo dejar de mencionar a mis colegas, los cirujanos
taurinos, que han sido capaces de estructurar una especialidad que cada vez requiere más
conocimientos específicos. Por supuesto que no puedo, ni debo, ni quiero olvidarme del Dr.
Fleming, al que todos le debemos mucho, pero los hombres del toro más. La plaza de toros de
Ciudad Real, siempre contó con equipos de extraordinaria sensibilidad y maestros en el
ejercicio del arte de la cirugía. Recuerdo al Dr. Sánchez Barrajon, capaz de entender el
momento quirúrgico taurino como una bella obra de arte. El Dr. Ruiz Ruiz, adecuado
continuador que acepto la responsabilidad de superar la labor empezada por aquel. Pero
también la cirugía taurina necesita contar con un equipo que mitigue el dolor físico del
lesionado maestro. No puedo olvidar a los anestesiologos Dr. Faustino Chico y al Dr. Almansa.
Con el primero viví mis primeros pasos en la medicina. El segundo tuvo a bien fiarse de mi
muñeca en un entronque común bajo el manto de la Virgen del Pilar. Gracias.
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En esta segunda parte del último tercio de mi pregón, cuando estamos llegando al final, una
mención especial sobre la gran importancia y responsabilidad que tiene la calidad de la crítica
taurina o, dicho de otro modo, la preocupación de quienes tienen a su cargo esa crítica. Tierno
Galván, de quien el Duque de Alba sospechaba que no había asistido jamás a una corrida de
toros, cuando redactaba una crónica, sobre los toros, como acontecimiento nacional, se percata
de algo elemental para el sociólogo y sugestivo para el profesor de Derecho político. «La plaza
de toros –decía, Dn. Enrique, - resulta el lugar físico, social y psicológico en que la totalidad
del pueblo convive intensamente una misma situación psicológica en donde las actitudes
profundas son substancialmente análogas.
No me refiero exclusivamente a quienes firman las crónicas o las reseñas de los festejos o a
quienes prestan su voz en charlas y entrevistas sobre toros. Esa preocupación deberían
compartirla sin duda los responsables de los medios de comunicación. Hoy echamos de menos
las aportaciones de la prensa escrita. Aquellas secciones taurinas modélicas, con las crónicas de
maestros como, Díaz-Cañabate, K-hito y nuestro inigualable e irrepetible “Uno del Tendido”,
Cecilio López Pastor o de aquel “Aficionado del 5”, Juan Pérez Ayala que tanto estimulaban la
verdadera afición, colocando a cada uno en su sitio y creando literatura sobre toros y toreros.
En ambos casos la genética ha dejado descendencia de calidad y temple, Manolo López
Camarena y Juan Pérez Serrano, con los que comparto afición, paisanaje y algo más que afecto
y amistad. A lo largo de este tiempo, aunque nunca me desconecte de esta tierra, he tenido la
oportunidad de comprobar nuevos y extraordinarios valores como Diego del Moral, Juan José
Campos, Pedro Antequera, Paco Badia y Rafael Zaldivar, escribanos de actuales y futuras
crónicas que perpetuaran nuestra fiesta, sin duda, con valentía, honradez, independencia y
temple, siguiendo, los pasos que marcaron los grandes maestros escritores de la tauromaquia de
nuestra tierra.
Toreo, sagrado ritmo de la matemática más pura, toreo disciplina y perfección. En él todo
está medido hasta la angustia y la misma muerte.
Cinco festejos se preparan para esta feria 2007. No tenemos imágenes graficas, en estos
momentos, de las hechuras, las caras, el temperamento y por donde barbearan los astados,
aunque sus encastes: Veragua, Murube, Ibarra, Conde de la Corte, Parlade y Baltasar Iban,
poseen una trayectoria impecable y digna de los mayores triunfos de grandes maestros del
toreo.
Entre los de oro y plata y zajones, se anuncian artistas de demostradas cualidades a lo largo
de su vida taurina. Algunos en lo mas alto del escalafón; otros en continuo y prolongado
tiempo en ese intento para alcanzarlo. Con recia e imaginativa personalidad para demostrar su
poderío, y su sabiduría parando, templando y mandando con arte, valor y técnica a toros de, así
lo deseamos, encastada nobleza, calidad en sus embestidas aceptable y alegre movilidad en el
galope, que llegaran al desolladero sin el pelo que el alguacilillo ponga en las manos del
artista.
No he pretendido con mis palabras iluminar los secretos aparentemente ocultos del toreo,
de su técnica, de la lidia en definitiva, y en ningún caso, descubrir las reacciones que definen
los distintos y cambiantes comportamientos del toro a lo largo de la lidia.
Mi deseo ha sido aportar ideas, recordar situaciones y añorar años, que contribuyan a crear
y profundizar más afición, en este complejo, a veces absurdo, mundo obsesionado y encerrado,
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en una globalización cultural y técnica. El toreo reúne y se apoya una serie de elementos,
únicos, que tienen su expresión, también única, como obra de arte plástica irrepetible, donde la
imaginación, la personalidad, los espacios y la voluntad del ser humano como en todas las artes
plásticas juegan un papel fundamental.
El toro tiene una infinita capacidad de crear formas e imágenes, que se aprenden, se
perpetúan y almacenan en nuestro cerebros como una experiencia constante del reposado
análisis que debe hacerse tanto al ver al toro en su medio, cuando los astros iluminan la paz de
su silencio y la luna sus románticos amores; como en la plaza escuchando con mucha
atención, la sinfonía del embroque de la naturaleza en su mas vital y potente expresión con la
inteligencia y el poderío del ser humano, en esa inigualable imagen de naturaleza y humanismo,
capaz de crear y desarrollar una pasión como homenaje a los dioses.
Señoras y señores. Todos amigos y aficionados taurinos. La fiesta esta cerca. Las reinas y
dulcineas esperan. La pañoleta blanca del presidente cae lánguida sobre la barandilla del
balconcillo presidencial. Los clarines suenan, el portón se abre lentamente, para que el albero
sea testigo de una nueva, única e irrepetible página de nuestra tauromaquia. Bajo los
maternales y protectores ojos de nuestra Virgen del Prado, solo puedo decir: Que dios reparta
suerte.
Muchas gracias.
Ciudad Real 10 de Agosto de 2007
Vicente Calatayud Maldonado.
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