Las bienaventuranzas: corazón del Evangelio de Jesús

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Las bienaventuranzas: corazón del Evangelio de Jesús
Mt 5,1-10(11-12): Un destino, un camino, un Dios
P. Salvador Villota Herrero, O.Carm.
Facultad de Teología S. Vicente Ferrer, Valencia
– 28-Noviembre-2012 –
El tema 4 del volumen 3.1 del Itinerario Diocesano de Renovación (de la
Archidiócesis de Valencia, pp.108-145) está destinado a las bienaventuranzas,
presentadas como el rostro y la meta del hombre nuevo.
Por nuestra parte, nos detenemos en algunos aspectos o características presentes en
Mt 5,1-10(11-12), que, no obstante su índole más bien genérica, me parecen de gran
relevancia y confío en que nos ayuden a todos a penetrar un poco más en el
extraordinario mensaje que, de parte de Dios y sobre Dios mismo, se no transmite.
Estos aspectos son los siguientes: las bienaventuranzas en cuanto destino al que
somos llamados, en cuanto camino a discernir y realizar, y, por último, en cuanto
estupenda y maravillosa revelación de (el ser de) Dios.
Contexto próximo y destinatarios
El Sermón de la Montaña (= SM) se vincula al sumario previo (Mt 4,24-25), en el
que se señala la gente que sigue a Jesús (Mt 4,25 [o;cloi polloi.]). La ―mirada‖ de Jesús,
mencionada en la introducción narrativa al Sermón en Mt 5,1 («ivdw.n de. tou.j o;clouj»;
Cf. la misma expresión en Mt 9,36), se detiene sobre esa muchedumbre que le sigue de
Galilea, de la Decápolis, de Jerusalén y de Judea, y del otro lado del Jordán (4,25). De
este modo se sobrentiende que el discurso de Jesús llega a todo Israel, al mismo tiempo
que, en cierto modo, queda ya abierto a los paganos por la referencia explícita a la
Decápolis y la Transjordania.
En el EvMt, el término ―discípulos‖ («oi` maqhtai. auvtou/ ») aparece por primera vez
en la introducción narrativa al SM (5,1). Son presentados aproximados a Jesús
(prosh/lqan) y conformando un auditorio más cercano a Él que las gentes. En Mt 5,1 ya
aparece un rasgo que será característico en todos los discursos de Jesús: sus discípulos
están siempre más cerca de Él y son sus principales destinatarios.
Así pues, el SM se dirige a todas las gentes que siguen a Jesús y de un modo más
directo o próximo, a sus discípulos, por lo que su contenido es válido para todos.
El lugar del discurso
La indicación inicial en Mt 5,1: ―subió a la montaña‖, y la mención en Mt 8,1 de que
al concluir sus palabras ―bajó de la montaña‖, subrayan que Jesús impartió su
enseñanza en la montaña (de ahí el nombre con el que este discurso es conocido).
El valor teológico de la ―montaña‖, al estar en relación con el Sinaí, ya deja entrever
que la manifestación de la voluntad de Dios-Padre mediante las palabras de su Hijo, es
tan fundamental como la manifestación de la voluntad de Dios en el Horeb.
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Mt 5,1-10(11-12)
Las acciones de Jesús
Dejando a un lado su gesto de mirar (ivdw.n), de subir a la montaña y de tomar su
posición de sentado (kaqi,santoj auvtou/), se mencionan tres acciones vinculadas a la
palabra que se mantienen a lo largo del discurso: abrir la boca, enseñar y hablar.
Entre los evangelios, sólo en Mt 5,2 aparece la expresión “abrir la boca” como
introducción a un discurso. Esta locución da solemnidad al inicio del SM y a toda la
enseñanza de Jesús. Hasta ahora sólo se han puesto en su boca algunas palabras
pronunciadas en circunstancias especiales (3,15; 4,4.7.10.17.19), pero en este momento
sale del silencio y comunica a todo el pueblo la riqueza de su sabiduría, expresando por
medio de sus palabras el tesoro de Vida que anida en su corazón y evidenciando que ―de
lo que abunda el corazón habla la boca‖ (Mt 12,34). En efecto, enseñando, Jesús pone al
descubierto su mismo corazón y revela que Él es ―el hombre bueno por antonomasia
que del buen tesoro de su corazón saca cosas buenas‖ (Cf. Mt 12,35).
Se constata una vinculación con la respuesta dada por Jesús en la primera tentación:
«No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios» (Mt
4,4). En esta citación de Dt 8,3, se habla metafóricamente de la boca de Dios, y ahora
vemos que de la boca de Jesús provienen “palabras de Dios” (Mt 7,21.24) que
alimentan verdaderamente al hombre porque le muestran el camino de la Vida, es
decir, el camino de la comunión plena con Dios (Cf. Mt 7,14; 19,16-17.29; 25,46), un
camino que le introduce en el Reino de los Cielos renacido como hijo-de-Dios (Cf. Mt
5,9.43-44.48; Mt 28,19).
Un paralelo veterotestamentario es Job 3,1: «Después Job abrió la boca y maldijo su
día» (Mt 5,2: «avnoi,xaj to. sto,ma auvtou/))) le,gwn»; y Job 3,1.2:
«......»/«))) h;noixen Iwb to. sto,ma auvtou/))) le,gwn» [LXX]).
También aquí, antes de que Job abra su boca existe una preparación y se ofrecen unas
breves y aisladas palabras de Job (1,21; 2,10). Ahora bien, lo que causa verdadero
asombro es la diferencia del contenido. La condición de Job es tan miserable que ―abre
su boca‖ para expresar una maldición absoluta. Jesús, sin embargo, ―abre su boca‖ para
hablar de felicidad en ocho ocasiones, aludiendo, al menos parcialmente, a aquellas
situaciones que provocan la maldición de Job. Es importante el valor simbólico de los
números: mientras que 7 indica la perfección y lo completo a nivel terreno, el número 8
significa lo completo y perfecto a nivel celeste, es decir, remite a una perfección
insuperable, evidenciando así que Jesús no habla de una felicidad terrena sino de una
felicidad que corresponde a la realidad divina.
Jesús es presentado como el mensajero de la bienaventuranza, de la felicidad, desde
el inicio del evangelio de Mt, y adquiere una significación global para la presentación
de la actividad de Jesús en todo el evangelio.
El “hablar” de Jesús es calificado como “enseñanza” («evdi,dasken auvtou.j»). El SM,
como primer discurso de Jesús, es el único introducido con el verbo ―enseñar‖
(vinculado, aquí, con ―diciendo‖). Dicho verbo se repite en la conclusión, donde se
especifica que Él (= Jesús) enseñaba con autoridad (evxousi,a) y se enfatiza que su
enseñar es diverso de aquel de los escribas (Mt 7,29). Se señala, además, que la multitud
quedaba asombrada de su enseñanza («evpi. th|/ didach/| auvtou/»).
De este modo, clara e insistentemente, el SM es presentado como enseñanza. Es la
enseñanza más fundamental y característica de Jesús. Así pues, cuando Jesús califica la
actividad futura de los discípulos — por la primera y única vez en el último versículo
del evangelio: Mt 28,20 — como ―enseñar‖, les renvía, sin duda, al SM.
Las bienaventuranzas: un destino, un camino y un Dios
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La estructura tripartita común
La enseñanza de Jesús comienza con ocho bienaventuranzas formuladas en tercera
persona plural (5,3-10). La última de ellas, que concierne a los perseguidos, se retoma
en la segunda persona plural, en 5,11-12, y es concretizada posteriormente.
El texto griego evidencia, a mi parecer, que las ocho bienaventuranzas presentan una
organizan común tripartita: (1) La proclamación de ser dichosos en cuanto tales
(maka,rioi); (2) La caracterización de los hombres a quienes se refiere esa proclamación
(p. ej.: «oi` ptwcoi. tw|/ pneu,mati»); (3) Una acción o actitud de Dios, un tanto escondida
en las primeras bienaventuranzas (se utiliza el recurso lingüístico de los verbos pasivos
para hablar de Dios sin nombrarlo — pasivo teológico o divino —, p.
ej. paraklhqh,sontai) y patente en las últimas al ser nombrado Dios explícitamente (Cf.:
5,8.9.[10, tw/n ouvranw/n sustituye a la palabra ―Dios‖]).
Las ocho bienaventuranzas describen las diferentes formas en las que los hombres
son alcanzados por la acción de Dios: (a) lo que ya es válido en el presente para los
grupos cualificados de hombres (evstin: 5,3.10) y (b) eso que les espera en el futuro
(5,4-9).
El tiempo no se indica en la primera y en la segunda parte, pero la proclamación de
la dicha (no la dicha en sí misma) y las actitudes a seguir son válidas para el presente.
En la tercera parte se habla sobre todo al futuro escatológico (Cf. 5,12: «… porque
vuestra recompensa [será] grande en los cielos»).
¿Qué correlación existe entre esos tres elementos? Cada bienaventuranza tiene una
frase principal y una frase dependiente. La frase principal no está completa: la forma
verbal eivsi,n (pres. de eivmi,) está omitida; sí aparecen explicitados los sujetos (las
personas cualificadas). Maka,rioi no es el sujeto, pertenece al predicado y funciona
como adjetivo predicativo. La primera bienaventuranza sería: Los pobres en el espíritu
son benditos (o bienaventurados). Se subraya el predicado al anteponerlo al sujeto.
La conjunción o[ti se repite ocho veces, introduce una oración subordinada causal, e
indica la causa o razón por la que son bienaventurados (maka,rioi es la consecuencia o el
resultado) los pertenecientes al grupo cualificado de hombres (= el sujeto).
La correlación lógica nos permite observar que la primera parte describe la
consecuencia o resultado o destino final (la felicidad), la segunda señala la condición o
el camino a seguir por los hombres, y la tercera indica la causa (introducida con o[ti:
―porque‖) en la que Jesús nos desvela el rostro (activo y eficaz) del Padre (su Nombre
en quien son ―bautizados‖, Mt 28,19). La causa de la felicidad perfecta no son las
actitudes y situaciones humanas, sino el ser alcanzados en el futuro por la acción
escatológica de Dios (que ya incide en el presente).
El destino final: maka,rioi
En el griego profano, este adjetivo se usa principalmente para los dioses y los héroes
muertos, quienes, a diferencia de los hombres, eran llamados oi` ma,karej. Esta
denominación denota la suprema felicidad de su vida, libre de ansias, de trabajos, afanes
y muerte (Cf. 1Tim 1,11; 6,15, donde se usa para Dios). En el NT se emplea para
designar la alegría singular que brota para el hombre al participar en la salvación del
Reino de Dios.
Podemos ver una explicitación del término ―bienaventurados‖ en la exhortación de
5,12: «cai,rete kai. avgallia/sqe». Son bienaventurados aquellos que se alegran y
exultan. La alegría es, más bien, la emoción interna, mientras que la exultación designa
la expresión exterior: la emoción de la alegría interna es tan fuerte que no puede ser
contenida dentro y prorrumpe hacia el exterior. La bienaventuranza, la suprema
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Mt 5,1-10(11-12)
felicidad, es la reacción emocional, fuerte, viva y personal, fundada en el cumplimiento
realizado por Dios.
Todo esto confirma la tarea eminente y primaria de Jesús: anunciar la alegría plena y
completa.
Un camino que discernir y obrar
La alegría que anuncia Jesús no se alcanza de modo fácil, automático. La segunda
parte habla de una actitud o de una acción de personas humanas: aquellos que son
pobres de espíritu, que lloran, etc. Son actitudes que difícilmente asociamos con la
felicidad y resultan difíciles de asumir, demasiado angostas y estrechas para ser
aceptadas sin más. Jesús dirá así un poco más adelante en el SM:
«Entrad por la entrada estrecha, porque ancha es la entrada y espacioso el camino que lleva a
la perdición, y son muchos los que entran por ella; más ¡qué estrecha es la entrada y qué
angosto el camino que lleva a la Vida!; y pocos son los que lo encuentran» (Mt 7,13-14).
Vinculado a la segunda parte, el vocablo maka,rioi reclama que el hombre actúe y
evidencia que la bienaventuranza, mientras dure este hoy en el que vivimos, es un
camino. Y como ilustran las palabras de Jesús, para seguir el camino de la vida es
necesario discernir y decidir entre el camino ancho de la muerte y el sendero de la vida.
Pero si en nuestro texto disponemos sólo de las bienaventuranzas, entonces: ¿Cómo
discernir?; y, por otra parte, ¿dónde aparecen esos dos caminos, esas dos entradas en el
texto evangélico mateano? (Cf. Mt 7,24-27).
Si consideramos el trasfondo hebreo del término maka,rioj, entonces constatamos que
el aspecto de movimiento, de camino, de acción necesaria para alcanzar la felicidad
anunciada por Jesús, está latente en dicho vocablo. El sentido griego y latino de esta
palabra nos da más bien una idea de pasividad.
Para ser un auténtico discípulo (que a su tiempo tendrá también que enseñar, Cf. Mt
28,20) del mejor y único Maestro (Mt 23,8), de Jesús, es necesario escuchar dos
propuestas: aquella de la entrada estrecha de la Vida y aquella del ancho camino de la
perdición, y elegir una de ellas — la de la Vida — conscientemente, sabiendo por qué se
hace y entregándose a vivirla totalmente, de verdad (Mt 7,24-25). Este camino de
discernimiento y de realización del bien se denomina sintéticamente: Bienaventuranza.
Las bienaventuranzas no ayudan por sí mismas a discernir, se necesita el ―polo
opuesto‖, se necesita saber qué ocurrirá si no se obra en conformidad con ellas. A lo
largo de la historia salvífica, Dios, conocedor del corazón humano que ha creado (Cf.
Gn 1; Jr 17,9), ha usado siempre la misma pedagogía de ofrecerle el camino de la
bendición y el camino de la perdición, de advertirle y avisarle de los peligros (Cf. Ez
26,16-21) y de las consecuencias que una u otra conducta le puede acarrear, empleando
dos términos o expresiones: «¡Bendito seas… y Maldito seas!», o bien ―Bienaventurado
seas… y Ay de ti…». Es un modo de respetar la libertad del hombre hasta sus últimas
consecuencias. De ese modo el hombre es golpeado en su conciencia, despertado en su
alma y llamado a que asuma su vida seria, responsable e íntegramente. Lc 6,20-26 pone
juntas las bienaventuranzas y a continuación las maldiciones (al modo habitual judío),
pero Mateo no lo hace así, lo esconde para expresar con ello la necesidad de ―caminar‖
a lo largo del evangelio. Aparta las dos llamadas primordiales: Mt 5,3-12 – Mt 23,1332, y emplaza entre ellas casi todo su evangelio.
Las bienaventuranzas son tan importantes para Mateo que, inseparables de los ayesmaldiciones, las extiende a todo el Evangelio. Para él (como buen escriba judío), las
ocho bienaventuranzas del cap. 5 no pueden disociarse de los siete ayes del cap. 23. Las
presenta en inclusión semítica. Prohíbe leer el principio sin el final; prohíbe apropiarse
Las bienaventuranzas: un destino, un camino y un Dios
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del principio y dejar el final para quienes se consideran malvados y pecadores. Lo que
desea el evangelista es que los oyentes acojan todo el evangelio, que no lo abran y lo
cierren, pues entonces no serían capaces de discernir, de comprender, de elegir el
camino de la vida que Jesús anuncia y encarna. No acoge el evangelio aquel que sólo
escucha lo que le gusta o agrada. Abrir el evangelio es estar preparado para escuchar la
enseñanza del discernimiento, es estar disponible para escuchar la elección entre los dos
caminos y decidirse a buscar y rebuscar el mejor modo de responder a esa llamada en
conformidad con las circunstancias que vive.
Ahora bien, para discernir hay que comparar, relacionar las palabras unas con otras
y vivir unas relaciones concretas con los demás. En eso consiste ser hombre y llegar a
ser un discípulo de Jesús, un hijo de Dios. El ser humano no puede vivir sin
relacionarse. En el SM se trata precisamente de las relaciones con el prójimo (5,21-48),
con Dios (6,1-18) y con las cosas materiales (6,19-34). Estamos en relación con todo:
con los demás, con la naturaleza, con el clima atmosférico y también con el suelo en
cuanto que estamos sometidos a la ley de la gravedad y lo necesitamos, asimismo, para
poder desplazarnos y para poder mantenernos en pie.
Y el hebreo sabe perfectamente esto, de ahí que utilice el pronombre
relativo/partícula de relación: ’ašer para decir ―planta de los pies‖, (rvua': paso, huella,
pisada). Para el hebreo cualquier avance en la vida hacia el bien es automáticamente
algo que tiene que ver con las relaciones. Además estas relaciones tienen que ayudar a
sentirse bien con los demás en las circunstancias que sean. Por eso, y esto es lo
verdaderamente relevante aquí, la misma raíz es utilizada para decir ―feliz‖ (rva:
caminar, pisar [Q]; rva: [Pu] ser dichoso, feliz: Sl 41,3; Pr 3,18; rv,a,: construido en pl.
cstr. + suf. o suj., equivale a ¡felicidades [las] de! Dichoso, feliz, bienaventurado: Dt
33,29; 1Re 10,8; Sl 1,1; 41,2).
Para el hebreo ’ašrei (feliz, dichoso) significa: «las relaciones de…; los avances
de…; los movimientos de…», como si la verdadera actividad sólo pudiera acaecer por
las relaciones múltiples. En este sentido, ―feliz‖ tiene poco que ver con nuestro
concepto estático del bienestar y con la quietud imperturbada, y mucho con las
relaciones renovadas en cada instante.
Las bienaventuranzas no se refieren a la perfección de la persona humana vista en sí
misma y aislada, sino que indican todas ellas actitudes “sociales” que atañen a la
relación con Dios o con los demás hombres. Cuatro (pobreza de espíritu, hambre y sed
de la justicia, pureza de corazón, persecución a causa de la justicia) se refieren ante todo
a la relación con Dios e indican su justo orden; las otras cuatro (luto, mansedumbre,
misericordia, empeño por la paz) regulan la relación con el prójimo. Como fundamental
y primaria se presenta la relación con Dios.
Una revelación de Dios
El tercer elemento habla del actuar de Dios. A causa de estos terceros elementos, las
bienaventuranzas constituyen una de las páginas más amplias y profundas del NT en lo
referente a la revelación de Dios (Padre) por parte de Jesús, y se presentan como buena
noticia por antonomasia.
¿Qué nos dicen las bienaventuranzas acerca de Dios? Normalmente estamos
preocupados por lo que tenemos que obrar, sin embargo, lo primero que tenemos que
hacer es mirar a Dios tal y como Jesús nos lo revela en las promesas que fundamentan
cada bienaventuranza. En ellas nos ofrece un extraordinario mensaje sobre Dios y su
relación con los hombres. Sólo porque esa relación tiene un valor auténtico, puede Jesús
llamarnos bienaventurados con tal plenitud. Sólo porque Dios es quien es y aquello que
es y actúa como actúa, podemos ser capaces del comportamiento que se nos pide.
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Mt 5,1-10(11-12)
En la tercera parte de las otras bienaventuranzas, Jesús señala cómo esa presencia
de Dios se expresa, cómo actúa con nosotros ofreciéndonos la bienaventuranza. ―Serán
consolados‖ significa: Dios los consolará; después sigue una serie de acciones de Dios
para donarnos la gracia y colmar todos nuestros deseos: Dios, como Padre, les dará en
heredad la tierra; Dios les saciará; Dios será misericordioso con ellos; Dios se dejará ver
por ellos directamente; Dios les llamará hijos e hijas suyos, les reconocerá como hijos y
les acogerá en su familia.
Nos detenemos en dos acciones de Dios, en aquella presente en la primera y octava
bienaventuranzas, y en aquella señalada en la sexta bienaventuranza.
a. De ellos es el Reino de los Cielos. La promesa hecha en la primera
bienaventuranza se repite en la última, y se refiere a la señoría real de Dios. La
expresión ―Reino de los Cielos‖ se encuentra sólo en Mt y corresponde al
―Reino de Dios‖ que aparece en el resto del NT. Según el uso judío, Mt no
utiliza el nombre de Dios, sustituyéndolo con el término ―cielos‖ (Cf. Mt 21,25;
Lc 15,18). Con ―el Reino de los Cielos‖ se indica el reino o la señoría real de
Dios. Toda la obra de Jesús está en referencia al Reino. Reino no significa algo
diverso o separado de Dios, sino a Dios mismo en cuanto Señor y Rey de su
pueblo, y las consecuencias de su señorío sobre su pueblo. Al rey le pertenece
siempre el pueblo; señoría real significa empeñarse con bondad y atención por la
vida del pueblo, como un pastor se entrega en el cuidado de su rebaño y por la
vida de sus ovejas (Cf. Sl 23,1). Este Reino está próximo (Mt 4,17), no está
todavía completamente presente.
De qué modo este Reino (que constituye el contenido central del mensaje de
Jesús, Mt 4,17) influya en los hombres, se nos dice en las otras seis
bienaventuranzas.
―Los pobres en el espíritu‖ y ―los perseguidos por causa de la justicia‖
pertenecen al ámbito del poder real de Dios. Dios mismo, el omnipotente
Creador del cielo y la tierra, es su benévolo Rey y Señor, que tiene cuidado de
ellos y está de su parte. Llega el tiempo en el que su señorío se manifestará
plenamente; en el que no se rezará más por la venida de su Reino (Mt 6,10),
porque ya habrá llegado plenamente; el tiempo en el que todos los otros señores
y fuerzas y potencias desaparecerán, y en el que sólo Dios dominará
abiertamente en el mundo. ellos pertenecerán entonces a Él y Él será para ellos,
y estarán definitivamente bajo su señorío.
b. Verán a Dios. Al igual que en la primera bienaventuranza (―pobres en el
espíritu‖), aparece aquí un dativus relationis («th|/ kardi,a|»): se habla de personas
cuyo corazón es puro (la misma construcción en Mt 11,29; Lc 1,51; 24,25; He
7,51). Aunque habla en términos de una actividad humana: ―ver a Dios‖ («auvtoi.
to.n qeo.n o;yontai») es una realidad que depende exclusiva y totalmente de Dios.
El corazón (kardi,a; Mt 6,21; 9,4; 11,29; 13,15; 15,8; 15,19; 18,35; 22,37; 24,48)
aparece en Mt como el centro de la vida intelectual, volitiva y emocional del ser
humano, como el lugar de origen, de referencia y de unidad de todas sus
relaciones con Dios y con los hombres. El corazón como tal centro interno del
hombre debe ser puro.
En Mt 15,18-20, Jesús afirma que la pureza del hombre, es decir, su estado
delante de Dios, su capacidad de encontrar a Dios, no depende ni de los
alimentos, ni del estado de limpieza del cuerpo o de las manos, sino de cuanto
proviene del corazón. Depende del corazón el que el hombre pertenezca a la
esfera de Dios y agrade a Dios. Los puros de corazón son aquellos que, en ese
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centro de la vida intelectual, volitiva y emocional, están henchidos de la
conformidad a la voluntad de Dios.
La controversia con los escribas y fariseos alcanza su clímax en el discurso de los
ayes (23,21-39). En el quinto ―ay‖ Jesús utiliza el lenguaje de la pureza
(kaqari,zw dos veces; una vez kaqaro,j) (23,25-26). A la limpieza exterior de las
copas se opone aquella del interno, es decir, del contenido que se describe como
―rapiña e intemperancia‖. Uno no llega a ser puro por limpiar las copas, sino por
limpiarse a sí mismo, dejando de ser un ladrón y un intemperante. También aquí
Jesús revela que la pureza interna, del corazón, consiste en estar libre de
cualquier actitud y acción contraria a la voluntad de Dios.
A Dios no se le ve, no es accesible a nuestros ojos humanos (es invisible,
avo,ratoj, Col 1,15; 1Tim 1,17). Jn 1,18 afirma: ―A Dios nadie lo ha visto jamás‖.
Los pocos textos del NT que hablan de ―ver a Dios‖ se refieren al futuro y
distinguen entre el estado presente y aquella realidad que pertenece al estado de
cumplimiento (Cf. Heb 12,14; 1Jn 3,2-3; Ap 22,3-5).
Según la construcción gramatical, se corresponden ―pobres en el espíritu‖ y
―puros en el corazón‖, y ambas se refieren al interno del hombre. Sólo ahí debe
acaecer el reconocimiento de la propia y radical dependencia de Dios y la
perfecta conformidad a su querer.
Mientras en las otras bienaventuranzas previas se describe lo que el hombre
recibirá de Dios (el reino, la consolación, la heredad de la tierra, la saciedad, la
misericordia), en esta se constata sólo el encuentro inmediato personal entre Dios
y el hombre, sin mencionar el efecto, la utilidad para el hombre.
Si las bienaventuranzas anteriores pueden ser malentendidas, pensando que es
posible prescindir de Dios (Dios sacia al hombre etc., dándole algo diverso de sí
mismo, pero no le aproxima a sí), la sexta bienaventuranza anuncia que el
hombre será admitido al encuentro personal con Dios y a la presencia inmediata y
continua delante de Dios. Dios os hará capaces de verlo (Cf. 1Jn 3,2). Esta visión
significa la participación a la grandeza y a la belleza, a la plenitud y a la felicidad
de Dios. El tiempo de oscuridad, que ahora vivimos y que nos oprime, el tiempo
de la ausencia y del escondimiento de Dios, el tiempo de la fe oscura sin visión,
terminará. Dios se manifestará en su plena gloria y majestad. Y lo verán aquellos
a quienes dará esta visión.
En su esencia, el mensaje de Jesús es un mensaje acerca de Dios, nuestro Padre, que
nos da la bienaventuranza de la comunión con Él. En este mensaje nos indica el fin al
que desde ahora, llenos de alegría, podemos acercarnos poniendo por obra los
comportamientos indicados en la segunda parte de cada bienaventuranza.
Las bienaventuranzas: un nuevo nacimiento
Las bienaventuranzas son la Buena Noticia y el corazón de la misma:
a. Anuncian la alegría más grande y real porque está fundada en la actitud y en la
acción de Dios.
b. Anuncian la plenitud y totalidad de la alegría. Son ocho bienaventuranzas que no
deben ser consideradas separadamente, sino conjuntamente y, mediante este
número, expresan la Bienaventuranza, es decir, la completa felicidad y la alegría
perfecta, la dicha celeste.
c. Constituyen el inicio de la enseñanza de Jesús, determinan su tono y el carácter,
calificándolo en su totalidad de Buena Noticia. Jesús ha venido para anunciar la
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plenitud de la alegría, para mostrar el camino hacia tal alegría. Ésta es la
finalidad de sus enseñanzas.
d. Cumplen el anuncio de Is 61,1: «El Señor me ha enviado a anunciar la buena
noticia a los pobres». Jesús, en su respuesta a la pregunta del Bautista, concluye
la descripción de su actividad refiriéndose a Is 61,1: «A los pobres se anuncia la
buena noticia» (Mt 11,5). De este modo, Jesús señala la nota característica de su
ministerio, un aspecto que aparece especialmente en la primera bienaventuranza:
«Bienaventurados los pobres en el Espíritu, porque de ellos es el Reino de los
Cielos» (5,3).
Para poder vivir estas llamadas son necesarios tres elementos: la montaña, los oídos
abiertos para escuchar atentamente la palabra proclamada y discernir el camino a
seguir, y la planta de los pies. Y los tres nos remiten a un nuevo nacimiento, a una
participación en el modo en que nació Jesús por obra del Espíritu Santo (Mt 1,16.18).
En su forma más estereotipada, la montaña se parece al vientre de una mujer encinta
que está a punto de dar a luz y que debe enfrentarse a todos los acontecimientos que le
sobrevienen y que, en gran parte, le son desconocidos. Esta comparación entre la
montaña y la mujer encinta la fundamenta la lengua hebrea. El término har (rh;)
significa monte, montaña, pero también embarazo. La Palabra de Cristo desea gestar a
los creyentes (Cf. 1Pe 1,23-25; Mt 13,18-23).
La enseñanza de Jesús (como la Torah en el Sinaí: Ex 19,2-3) se entrega desde la
montaña y el hombre tiene que escucharla, recibirla, cumplirla. Escuchar la enseñanza
de Jesús y sus bienaventuranzas (junto con las maldiciones, hasta abarcar toda la obra
mateana) provocará, en aquel que tiene el oído abierto y cree, sacudidas de parto que le
empujarán a dar a luz, a volver a relacionarse con los demás, a no machacarlos, a no
ignorarlos, a establecer una relación de bien con ellos, a caminar juntos, a avanzar hacia
la meta final en el Cielo.
De hecho, la última mención del monte en Mt 28,16 se corresponde con la primera
(5,1) y constituye una inclusión que abarca toda la obra de Jesús. En ese paso, los
discípulos van al monte que Jesús les ha indicado para encontrarse con ellos; allí le ven
resucitado y completa en ellos su primera misión (Mt 9,36–11,1), enviándolos a todas
las naciones (Mt 28,20). En el monte comenzó la obra de Jesús para las gentes allí
presentes y del monte comienza la obra evangelizadora universal de sus discípulos,
enviados a hacer discípulos (maqhteu,sate, el único imperativo), bautizándolos en el
Nombre del Dios uno y trino, y enseñándolos a caminar según el mismo Jesús caminó.
De este modo, los creyentes renacen por la potencia del Espíritu Santo y van siendo
introducidos en el seno del Padre siguiendo a Jesús en la conversión y en la fe.
La séptima bienaventuranza explicita la acción divina que reconoce a los obradores
de paz como hijos suyos (Mt 5,9). Dios les acogerá en su familia y les hará partícipes
(en cuanto a criaturas es posible) de la comunión de vida que tiene con su Hijo y con el
Espíritu Santo. Ahora ya estamos bautizados en el nombre del Padre, del Hijo y del
Espíritu Santo (Mt 28,19), ya hemos sido introducidos en el ámbito de la potencia y de
la vida trinitaria, pero todavía somos hijos de Dios en el exilio. Un día, sin embargo, el
exilio terminará y será entonces cuando esta dimensión paterno-filial, que ahora ya
hemos recibido, quedará plenamente desvelada, porque le veremos (Mt 5,8) tal cual es
(Cf. 1Jn 3,2).
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Bibliografía
LÓPEZ-MELÚS, F. Mª, Las bienaventuranzas Ley fundamental de la vida cristiana
(Zaragoza 71982).
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