Cuando los españoles éramos los árabes de los alemanes

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El País, Madrid, el 23.11.1992
Cuando los españoles éramos los árabes de los alemanes....
Por JUAN JOSE MILLAS
C
uando los españoles éramos los árabes de los alemanes, o sea, cuando los españoles éramos los
españoles de los alemanes, en los bares oscuros ("mi barrio tiene un oscuro bar, húmedas paredes",
¿recuerdan?), en los bares oscuros, digo, de esta ciudad llena de húmedas paredes, se hablaba de
Alemania como de la isla de Jauja. En las tabernas cuarteadas veías a los emigrantes inminentes
enseñando el pasaporte a los que todavía no se habían decidido, con un gesto que, a veces, parecía
de superioridad y, a veces, de terror. El documento pasaba de mano en mano como un objeto mágico
cuyo contacto podía poner en marcha la maquinaria del destino. Con él podías moverte por el
universo mundo probando de todos sus frutos, pero para el emigrante inminente era un billete con un
solo destino: Alemania, un lejano país donde ataban los perros con salchichas de Francfort. Aquel fue
para muchos un viaje irreal, una alucinación en seco; no hizo falta LSD ni peyote ni marihuana ni
heroína. Como en una expedición extra corpórea, fueron arrancados de su barrio o pueblo y se vieron
caminar de súbito por calles sin significado, fumando cigarrillos dulzones cuyos nombres eran
incapaces de pronunciar y deletreando, si sabían leer, indicaciones urbanas que parecían jeroglíficos.
Algunos se quedaron colgados, y cuando la memoria les atacaba con la imagen de una mujer, de un
novio o de unos hijos dejados con los abuelos en casas que no tenían cuarto de baño, era como si
recordaran la vida de otro, como si les hubiera atacado una enfermedad o un virus que les hacía
recordar existencias ajenas. Estaban muy ocupados asombrándose de que las neveras fabricaran
pedacitos de hielo. Charo Nogueira consiguió el otro día entrevistar a la mujer que había dado empleo
a Lucrecia Pérez Martos la dominicana que emprendió hace seis semanas un viaje que la llevaría
desde el Caribe hasta el fin de la noche. Contaba esta mujer que Lucrecia no sabía lo que era un
grifo, ni un ascensor, ni un baño.
0 sea, que la pobre estaba un día en Vicente Noble, su pueblo, ideando cómo engañar el hambre,
cuando un traficante de empleo le vendió una dosis de la isla de Jauja de Aravaca, y de repente,
como si se hubiera metido un chute alucinógeno en las venas, se vio volando y atravesando cosas
que llamaban fronteras, y moviéndose por espacios donde no había plátanos ni cocos, y trabajando
en una casa, con grifos y lavadora eléctrica y agua caliente y, a lo mejor, un aparato de esos, que le
sacan el líquido a las frutas. 0 sea, una alucinación, una pesadilla, un viaje ilusorio emprendido para
desengancharse de la adición al hambre, para desintoxicarse de la pobreza.
En los bares húmedos de su pueblo se trafica con pasaportes a Aravaca como en San Blas se vende
la heroína: cortada con sustancias venenosas que matan a los pobres con la eficacia con que esa
bala xenófoba se llevó por delante a la dominicana sin darle tiempo a amortizar la sopa. Para cuando
eso pasó, Lucrecia ya llevaba encima una sobredosis de realidad o de pésadilla, como el resto de los
dominicanos que se protegían del frío a la intemperie de esa ex discoteca rota húmeda y oscura, que
antaño se llamó Villa Romana. La vida contiene simetrías atroces: me dicen que hay en Santo
Domingo una famosa urbanización de lujo con el mismo nombre.
A Lucrecia le dolía la cabeza, y no sabía qué era un ascensor. Su cadáver regresó el jueves a Vicente
Noble, un pueblo de 25.000 habitantes de los que 5.000 están entre nosotros. La semana antirracista
que nos hemos ofrecido no será suficiente ni para ellos ni para nosotros si no intentamos recordar
quiénes éramos cuando no sabíamos lo que era un portero automático.
Date: Mon, 12 Jan 2004 23:49:16 +0100
Subject: RE: [profs-d-espagnol] Tijuana
Voici un texte publié par Juan José Millás quelques jours après l'assassinat de Lucrecia Pérez fin 92.
Il s'agissait du premier crime raciste recensé (médiatisé?) en Espagne depuis 1975 (une jeune femme
dominicaine tuée par un garde civil).
On y retrouve des saucisses "de Francfort" servant à attacher des chiens. Mais les émigrés ne sont
pas les mêmes...
Les saucisses "malgastadas" symbolisent l'opulence. Voir le texte de Isabel Allende où le Mexicain
Pedro Morales est scandalisé car aux USA les gens amènent leur chien chez le coiffeur. Voir aussi
"Sirvienta en la capital": Rigoberta Menchú mange moins bien que le chien de la famille de ses
"maîtres".
Voilà : le pays où on est tellement riche que l'on peut même "attacher son chien avec des saucisses",
voire de Francfort, c'est le rêve américain pour les uns, le rêve européen pour les autres. Tout dépend
de l'époque, du lieu d'origine. Toujours les mêmes qui envient les saucisses. Et toujours les mêmes
qui tiennent le chien au bout de la laisse.
J'ai recherché cet article dans les archives de El País car je voulais comprendre qui était cette
Lucrecia dont parlait une chanson du groupe Ska-p (album Planeta eskoria). Il me semble qu'il est
tout à fait exploitable en classe et que la chanson peut venir quelque temps plus tard comme "piqûre
de rappel".
Le agradecemos el artículo y los comentarios
a José Paradas,
lycée Jean Monnet de Franconville (95),
en la liste des profs-d-espagnol
en eljueves.es
Le agradecemos la historieta
a Rosa Marquesan,
Lycée André-Maurois, 67242 Bischwiller
en la liste des profs-d-espagnol
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