Los últimos cinco reyes de Judá

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COMENTARIOS DE LA LECCIÓN DE ESCUELA SABÁTICA
IV Trimestre de 2015
Jeremías
Lección 3
17 de octubre de 2015
Los últimos cinco reyes de Judá
Prof. Sikberto Renaldo Marks
Versículo para Memorizar: “Él juzgó la causa del afligido y del menesteroso, y
entonces estuvo bien. ¿No es esto conocerme a mí? dice Jehová” (Jeremías 22:16).
Introducción
La nación de Israel se había acostumbrado a imaginarse a sí mismo como un pueblo
especialmente favorecido. El concepto que tenían de ellos mismos, construido a lo largo
de los siglos, los condujo al engaño de pensar que todo lo que hacían era voluntad de
Dios. Sus líderes los conducían ladera abaja y todos pensaban que estaban agradando
plenamente a Dios. Llegaron incluso a adorar ídolos paganos en el Templo de Jehová
(Ezequiel 8:16). Apartándose de Dios, del Creador, del Redentor que los había sacado
de Egipto, se entregaron a los ídolos paganos, y pensaron que estaba bien. Y lo hacían
cuando estaban al borde del precipicio espiritual y político. A través de Jeremías, Dios
intentó evitar una tragedia, pero los líderes y el pueblo pensaron que estaban en el mejor
de los caminos.
Una cita de Elena G. de White retrata la situación y demuestra quién estaba contra Dios y
sus profetas: “Se comunicaron las palabras de Jeremías a los príncipes de Judá, y ellos
fueron apresuradamente del palacio real al templo, para conocer por sí mismos la verdad
del asunto. ‘Entonces hablaron los sacerdotes y los profetas a los príncipes y a todo el
pueblo, diciendo: En pena de muerte ha incurrido este hombre; porque profetizó contra
esta ciudad, como vosotros habéis oído con vuestros oídos’ (Jeremías 26:11). Pero Jeremías hizo valientemente frente a los príncipes y al pueblo y declaró: ‘Jehová me envió
a que profetizase contra esta casa y contra esta ciudad, todas las palabras que habéis
oído. Y ahora, mejorad vuestros caminos y vuestras obras, y oíd la voz de Jehová vuestro Dios, y arrepentiráse Jehová del mal que ha hablado contra vosotros. En lo que a mí
toca, he aquí estoy en vuestras manos: haced de mí como mejor y más recto os pareciere. Mas sabed de cierto que, si me matareis, sangre inocente echaréis sobre vosotros, y
sobre esta ciudad, y sobre sus moradores: porque en verdad Jehová me envió a vosotros
para que dijese todas estas palabras en; vuestros oídos’ (versículos 12-15.)
“Si el profeta se hubiese dejado intimidar por la actitud amenazante de los que tenían
gran autoridad, su mensaje habría quedado sin efecto, y él mismo habría perdido la vida;
pero el valor con que comunicó la solemne advertencia le granjeó el respeto del pueblo, y
dispuso a los príncipes de Israel en favor suyo. Razonaron con los sacerdotes y falsos
profetas mostrándoles cuán imprudentes serían las medidas extremas que proponían, y
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sus palabras produjeron una reacción en el ánimo del pueblo. Así suscitó Dios defensores para su siervo” (Profetas y reyes, pp. 307, 308).
El pueblo todavía poseía algo de actitud racional, y fue capaz de escuchar al profeta de
Dios. Pero los líderes, religiosos y políticos, eran malos e inflexibles. De no ser por el
pueblo, habrían matado al profeta, tal como lo habían hecho con otros en tiempos anteriores.
Bajo el gobierno de Josías
Josías se convirtió en rey de Judá a la edad de ocho años (2 Reyes 22:1), luego del
asesinato de su padre, el rey Amón, y reinó durante 31 años, a partir del 641/640 hasta el
610/609 a. C. Luego de un reinado de dos años, su padre había sido asesinado por
conspiradores. El pueblo trató de eliminar a los conspiradores y de restaurar la autoridad
real proveniente del linaje de David, entronizando a Josías. El rey Amón, su padre, y
malo como su abuelo Manasés, apenas reinó por dos años. Jedida fue la madre de Josías, quien nació cuando su padre Amón contaba con dieciséis años, tuvo dos mujeres,
Amautal y Zebuda. Tuvo cuatro hijos: Johanán, el primogénito, quien no reinó; Joacaz,
hijo con Amutal, reinó en Judá por tres meses, y fue depuesto por el Faraón. Eliaquim, o
Joacim, hijo con Zebuda, fue rey en Judá por once años después de Joacaz. Sedequías,
Sedecías o Matanías fue el último rey en Judá por once años. Fue deportado por Nabucodonosor, vio morir a sus hijos y luego se le fueron vaciados los ojos. Entre Joacím y
Sedequías reinó Joaquín (hijo de Joacim, no de Josías) durante tres meses. De su linaje
nació Jesús, siglos después. Fue a manos de los malos hijos de Josías que Judá perdió
el trono ante los enemigos de Dios, los babilonios, en el 587 a. C.
A Josías se le atribuye por los historiadores, la compilación de las escrituras hebreas en
la reforma deuteronómica, la cual tuvo lugar durante su gobierno. Jeremías fue profeta
durante el reinado de los últimos cinco reyes de Judá.
Judá tuvo veintitrés reyes, incluyendo el período del reino unificado. De estos, cinco fueron temerosos de Dios (David, Asa, Josafat, Ezequías y Josías) Otros cinco fueron razonables, incluyendo a Salomón, que tuvo un buen reinado sólo en la primera fase. Y trece
fueron pésimos, pues se apartaron de Dios. En el caso del reino del Norte, Israel, que
tuvo veinte reyes, todos fueron malos, a partir del primero, Jeroboam I.
A los dieciséis años de edad, Josías se entregó totalmente a Dios. Ya siendo adulto,
decidió firmemente hacer lo correcto. En el duodécimo año de su reinado (a los veinte
años de edad), se empeñó en una reforma religiosa en Judá, enfrentando una dura batalla contra la idolatría. Luego, en el décimo octavo año, mandó restablecer el Templo de
Salomón. Allí hallaron el Libro de la Ley escrito por Moisés. El libro fue leído ante un
público selecto (ancianos, sacerdotes, levitas y el pueblo de Jerusalén), y esa lectura
resultó en más reformas llevadas a cabo de inmediato. En ese año, Josías –orientado por
la profetiza Hulda, quien advirtió acerca del castigo divino a quien desobedece la Ley–
proveyó las condiciones para la celebración de la Pascua judía en el 14º día del mes de
Nisán. Esta celebración sobrepasó todas las anteriores celebradas desde los días del
profeta Samuel. El propio Josías contribuyó con treinta mil corderos pascuales y tres mil
cabezas de ganado. La reforma comenzó en el año 628 a. C. y alcanzó su punto máximo
con la observancia pascual del año 622 a. C. El ritual de la Pascua se celebró con el
mayor cuidado, para que estuviera en total acuerdo con lo “escrito en el libro de Moisés”
(2 Crónicas 35:12). El sacerdote Hilcías fue quien dirigió esta actividad.
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Josías fue valiente al decidirse por la reforma. Se enfrentó a toda práctica idolátrica desaprobada por Dios. Prestó atención a los escritos de los profetas del pasado y los que
vivieron en su tiempo. Eso era lo que todos los malos reyes debieron haber hecho. Josías lo hizo, y fue valiente. Dios estaba con él. ¿Qué cosas eliminó o combatió?
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Eliminó todos los cultos extranjeros.
Restauró el culto a Dios en el Templo de Jerusalén.
Reparó el Templo, abandonado desde tiempos de su abuelo Manasés.
Destruyó los ídolos, los postes idolátricos y otros dioses y sus imágenes.
Eliminó los falsos sacerdotes.
Profanó las tumbas de los falsos sacerdotes, quemando sus huesos sobre los altares.
Desmanteló los centros de culto del norte, –por ejemplo– en Betel.
Purificó todas las ciudades de Samaria de la idolatría y el falso culto.
Centralizó el culto en el Sur, en Jerusalén.
Destruyó los altares de Baal.
Destruyó las imágenes.
Retiró los vasos sagrados aplicados al culto idolátrico.
Eliminó lugares de prostitución religiosa.
Retiró los caballos que habían sido dedicados al sol de la entrada del templo y
ciento ocho carros fueron destruidos por fuego.
Abolió la horrible práctica del sacrificio de niños.
Desmenuzó los altares erigidos por Manasés en el atrio del templo, y sus restos
fueron esparcidos por el valle de Cedrón.
Hasta los “lugares altos” erigidos por Salomón que todavía existían fueron desmantelados por Josías.
Hizo cesar por completo la quema de incienso a Baal, al sol, la luna y las estrellas.
Pero Josías cometió dos errores: uno, que le costó la vida; el otro, que le costó el reino.
Cuando el faraón Necao II resolvió luchar contra los medos y los babilonios, Josías lo
interceptó en Megido. Necao advirtió al rey Josías que no lo hiciera. Pero Josías fue,
resultó herido y murió. Todo el pueblo lo lloró. El otro error que cometió fue el de no preparar a sus hijos para reinar. Por el contrario, siguieron los pasos de su abuelo y bisabuelo, y fueron más corruptos que ellos, conduciendo al reino al fracaso. Aunque tenían a
Jeremías que les hablara la Palabra de Dios, se escucharon a sí mismos.
Joacaz y Joacim: otro descenso
Joacaz y Joacim fueron ambos hijos de Josías. Joacaz lo sucedió, convirtiéndose en rey
a los veintitrés años. Reinó durante apenas tres meses, siendo depuesto por el faraón
Necao II, que había vencido a Josías en la guerra. Puso como rey a su hermano Eliaquim, a quien llamó Joacim, quien reinó por once años. Recibió el reino a los veinticinco
años de edad.
Después, reinó Joaquín, o Jeconías, durante tres meses. Contaba con dieciocho años
cuando comenzó a reinar. El último rey fue Sedequías, que comenzó a reinar a los veintiún años. Al leer esto, ¿no has notado algo curioso en relación a la edad en la que estos
reyes comenzaron a reinar? Todos eran demasiado jóvenes. Josías tenía ocho años, sin
las condiciones para reinar, aunque luego hizo un buen reinado. Es evidente que en sus
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primeros años, el reinado fue compartido con regentes o tutores junto a este niño-rey.
Los demás reyes, sus hijos y Joaquín, también eran jóvenes. El que contó con más edad,
lo hizo a los veinticinco años. Sin educación adecuada, y sin la experiencia suficiente
para ser reyes, demasiado jóvenes, todavía estaban en la fase en la que primaban la
ambición por el poder y el egoísmo, por lo que siguieron sus propios pensamientos
egoístas. No estoy queriendo decir que todos los jóvenes sean así. Lo que sí quiero decir
es que los jóvenes mal instruidos tienden a actuar de esa manera. Y si ocupan puestos
de alto rango, como lo pueden ser en una nación, la tendencia puede derivar en catástrofe. Ellos no estuvieron dispuestos a escuchar la voz del profeta de Dios tal como lo había
hecho Josías. Esto también quiere decir que el sistema mundano de la monarquía, tal
como los israelitas le pidieron a Samuel, no era el correcto.
Contraponiendo esta realidad, Dios generalmente escoge a profetas jóvenes, con la edad
de estos reyes, o menos. Elena G. de White contaba con dieciséis años al ser llamada.
Eso quiere decir que con Dios al lado, la edad no significa mucho; por el contrario, hasta
es una ventaja, puesto que con pocos años, no se ha profundizado la contaminación con
las cosas del mundo. ¡Qué notable comparación!
Dejando de lado el reinado de Joacaz, que sólo duró tres meses, consideremos algo del
reinado de Joacím. Hizo lo malo ante los ojos del Señor. Hizo que el pueblo adorara a
otros dioses. El faraón Necao II había impuesto tributos elevados, los cuales Judá debía
pagar. Pero el problema mayor es que, en vez de ahorrar para estos pagos, quería ser
un gran rey, pero en un reino decadente, y resolvió construir obras grandiosas con trabajos forzados. Adoptó el sistema de la esclavitud. Algo parecido sucede en nuestros países. Mi país está en crisis, pero los gastos del gobierno no disminuyen. Y están hablando
de la imposición de nuevos impuestos. Así es como Joacím explotó al pueblo y hasta
esclavizó a obreros para que trabajaran para él. Era ambicioso, egoísta, se consideraba
por encima de Dios, creyendo que era el centro del poder. Despreció a Dios, derramó
sangre de su propio pueblo, era violento, y extorsionaba al pueblo, robándole el producto
de su trabajo. El rey estaba bien, pero el pueblo y la nación entera la estaban pasando
mal.
Joacim no murió en el poder. Fue depuesto por Nabucodonosor, y sustituido por un corrupto pariente de él: Joaquín. En los días del reinado de Joacim tuvo lugar la primera de
las tres invasiones de Nabucodonosor. No fue en esta ocasión que el enemigo destruyera la ciudad y el Templo, pero se llevó muchos vasos sagrados. Joacim fue llevado preso
a Babilonia, junto a una cantidad de gente de Judá, los más ricos, inteligentes y promisorios, incluyendo a Daniel y sus compañeros. Sólo quedaron los pobres o los de escasa
capacidad e iniciativa emprendedora. Se estaba iniciando el final del reino que Dios había instituido a través de Moisés y Josué. Once años más y la gloria del Templo desaparecería para siempre, en ocasión de la tercera invasión de los babilonios. El último rey de
Judá no había aprendido nada de las dos invasiones anteriores, fue malo, abandonó a
Dios y hasta resolvió rebelarse en contra de Babilonia. Tampoco escuchó al profeta de
Jehová. Veremos luego sus desastrosas y ridículas hazañas.
¿Y Jeremías? Continuaba predicando sin ser oído. Dios, quien había sacado a los hijos
de Israel de la tierra de Egipto, era despreciado. Y el Egipto que había sufrido las diez
plagas, era el mismo que forzaba al pueblo de Dios a pagar pesados tributos. Y los babilonios de los cuales fue retirado Abraham, llevaron a la élite de la nación al exilio. A eso
conduce la rebelde y orgullosa desobediencia: al desastre total.
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El breve reinado del rey Joaquín de Judá
Analicemos a los últimos dos reyes de Judá con una introducción algo más amplia. Comencemos con Ezequías. Él fue bisabuelo de Josías y fue uno de los cinco reyes buenos
de Judá, incluyendo a David. Asumió a los veinticinco años. Restableció el culto, organizó las actividades de los levitas, celebró la Pascua, hizo pacto con el Señor. Fue en los
días de Ezequías que el reino del Norte cayó en manos del rey Salmanasar, de Asiria. En
el 15º año del reinado de Ezequías, Senaquerib, rey asirio, invadió Judá y tomó todas sus
ciudades. Llegó para tomar Jerusalén y la sitió. Ezequías, que había hecho pacto con el
Señor, tuvo el apoyo del profeta Isaías. Dios combatió por Judá, y en una noche fueron
muertos 185.000 soldados asirios. Su rey se volvió humillado a su casa, y allí sus propios
hijos lo asesinaron. Estaba llegando la decadencia de Asiria y ya se estaba mostrando el
ascenso de Babilonia. Fue Ezequías quien cayó mortalmente enfermo, y oró a Dios para
que se le salvara la vida. Dios ordenó que se colocara una pasta de higo sobre la enfermedad y le otorgó quince años más de vida. ¿Recuerdas que Ezequías escogió como
señal que el sol retrocediera diez grados como prueba de que la promesa de Dios se
cumpliría? Pues bien, en los días de Ezequías, Babilonia era un reino pequeño, sin demasiada importancia, pero en ascenso. Desde allí llegaron emisarios para ver qué milagro había sido el de este Dios de Judá, que había sanado al rey. ¿Recuerdas que el rey
Ezequías falló con estos emisarios de Babilonia? En vez de hablarles del milagro de
Dios, les mostró toda su pompa, el oro, el Templo, los palacios, las armas, todo. Se volvió orgulloso, olvidándose de Dios, y así fue como que les entregó a los babilonios las
riquezas de Judá, las que Dios les había concedido. Esto puede leerse en 2 Reyes 18 al
20.
Reflexionemos: con un desliz en su carácter, el orgullo, Ezequías le abrió las puertas de
los palacios y del Templo de Judá para que, en el futuro, ¡estos enemigos de Dios se lo
llevaran todo! “Vienen días en que todo lo que está en tu casa y lo que tus padres han
atesorado, será llevado a Babilonia, sin quedar nada, dice el Señor. Y de tus hijos que
has engendrado tomarán, para que sean eunucos en el palacio del rey de Babilonia”.
Profecía de Isaías en 2 Reyes 2:17, 18.
Pues bien, el hijo de Isaías, Manasés, heredó la parte débil de su padre, y se volvió arrogante, independiente y alejando de Dios. El nieto, Amón, del mismo modo. Felizmente, el
bisnieto, Josías, fue un buen rey. Pero los cuatro restantes no aportaron para nada. Actuaron totalmente independientes de Dios, y peor aún, contra Dios y sus profetas.
Llegamos entonces al rey Joaquín, el penúltimo, que sólo reinó durante tres meses. Hijo
del rey anterior, fue depuesto por Nabucodonosor, que invadió Judá por segunda vez
durante los pocos meses de su reinado, y se llevó más vasos sagrados y más personas a
Babilonia. Nabucodonosor invadiría Judá en tres ocasiones. En la última, arrasó con
todo, acabó con la nación. Pero, felizmente, no hizo como Asiria había hecho con el
Reino del Norte, sustituyendo a los judíos con integrantes de otras naciones. Debemos
saber que la gente del reino del Norte fue tan impía, que perdieron para siempre lo que
Dios les había otorgado: fueron sustituidos por otros pueblos, que luego se convirtieron
en los samaritanos. Los habitantes del reino del Norte jamás volverían a su patria.
Nabucodonosor depuso a Joaquín y en su lugar estableció a su tío, hijo del buen rey
Josías, al que llamó Sedequías (o Sedecías). Nota que tanto los egipcios como los babilonios tenían la costumbre de cambiar los nombres de las personas, hasta de los reyes.
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¿Recuerdas cómo cambiaron hasta el nombre de José? Era una demostración de sumisión.
El impío rey Joaquín fue llevado a Babilonia, fue tratado bien en el palacio. Tuvo familia e
hijos, quienes sobrevivieron, al contrario de lo que sucedió con el próximo y último rey de
Judá. Sedequías, cuyos hijos fueron todos muertos. Fue de uno de los hijos de Joaquín
que nació José, que se casó con María, y quienes fueron los padres humanos de Jesús.
Por lo tanto, Jesús es descendiente de Joaquín, no de Sedequías. Así como los reyes
Manasés y Amón fueron impíos, pero su descendiente –Josías– fue bueno, del mismo
modo, el carpintero José, que debió haber sido rey si la nación no hubiera caído en manos de Babilonia, fue bueno, a punto tal de convertirse en el padre humano del Salvador,
no solo de Judá, sino de toda la humanidad. ¡Qué bueno que Jesús fue el mejor Rey, el
Rey de la humanidad! Y Él volverá otra vez para reinar, esta vez, para siempre. Es del
linaje de David, y también es el Hijo de Dios. Nótese cómo termina toda esta historia de
los reyes del pueblo de Dios. ¡Él está al control!
Al final de un callejón sin salida
Llegamos al rey Sedequías (Sedecías), también llamado Matanías. Comenzó a reinar
con veintiún años. Fue declarado rey por Nabucodonosor. Era, en realidad, un rey títere,
o sea, sometido a Nabucodonosor, quien era como su jefe.
Cuando una persona practica la maldad, la desobediencia a Dios, a lo largo de su vida,
no sabrá qué hacer cuando surja una crisis. Sedequías tenía una carta triunfal para hacer
un buen reinado: contaba con Jeremías, profeta del Señor, quien estaba a su disposición.
Las profecías de Jeremías se habían cumplido a rajatabla. La pregunta que surge entonces es: ¿Por qué razón Sedequías no siguió las orientaciones del profeta?
Había enemigos del rey entre los príncipes. Él temía a esta gente (Jeremías 38:5, 18,
19). Hablaba con Jeremías, pero siendo débil y sin fe en Dios, se mantuvo en su rebeldía, y nunca escuchó los consejos del profeta. Aun teniendo un profeta de Dios a su
disposición, no hizo lo que este profeta decía, y por eso llevó al reino al fracaso total.
En cierta ocasión mandó que trajeran a Jeremías ante su presencia. Quería hablar con él
a solas. Quería una palabra de Dios a través del profeta, pero –por lo que parece– debían ser palabras que lo satisficieran. Preguntó si debía someterse a Nabucodonosor o
combatir contra él.
Ahora bien, Dios ya había dicho que era hora de castigo, y debía someterse a Babilonia.
Jeremías le confirmó que no era hora de combatir contra Nabucodonosor, sino de someterse. Debía aceptar la penalidad por la desobediencia, tanto de él mismo, como de los
reyes que le antecedieron.
Sedequías se estaba burlando de Dios. Titubeaba ejerciendo un reinado confuso. El
pueblo transgredía las leyes cada vez más. Despreciando la palabra del profeta –en
realidad, la Palabra de Dios– se rebeló contra Nabucodonosor. Éste vino contra Judá,
destruyó la ciudad, derribó los muros y arrasó el Templo de Jehová. Tal como en la destrucción del segundo Templo, en esta vez no quedó piedra sobre piedra. El arca del Pacto fue escondida por algunos judíos piadosos, celosos y temerosos de Dios, y nunca más
fue hallada.
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“Dios permitió que Israel fuera llevado en cautiverio por causa de su transgresión de los
mandamientos del Señor y sus malas acciones, para humillarlo y castigarlo. Antes de la
destrucción del templo, Dios informó a unos pocos de sus fieles siervos el destino de ese
edificio, que era el orgullo de Israel, y que ellos idolatraban mientras al mismo tiempo
pecaban contra Dios. También les reveló el cautiverio de Israel. Esos hombres justos,
inmediatamente antes de la destrucción del templo, sacaron el arca sagrada que contenía las tablas de piedra, y con dolor y pesar la ocultaron secretamente en una caverna
donde estaría escondida del pueblo de Israel por causa de sus pecados, para no serles
restituida nunca más. El arca sigue escondida. Nadie la ha perturbado jamás desde que
se la escondió” (Historia de la redención, pp. 199, 200).
El segundo Templo, construido después según la previsión profética, funcionó sin el
Arca. Pero en él la gloria fue mayor que en la del primer Templo: Jesús, quien había
escrito los Diez Mandamientos contenidos en el Arca, estuvo en él personalmente.
Sedequías, traicionando a Nabucodonosor, fue tomado prisionero. Sus hijos fueron degollados ante su presencia, y después de ello, sus ojos fueron vaciados para que nunca
más viera la luz del sol. Fue tan impío que ni siquiera sirvió para transmitir el linaje de
David hasta Jesús.
Una reflexión. El que un reino fuera derrocado no era algo despreciable, especialmente si
podía ser evitado por desobedecer a Dios. Prestemos atención al hecho de que por falta
de obediencia a Aquél infinitamente poderoso, a un Ser perfecto, con una Ley excelente,
capaz de conocer el futuro, deseoso de conformar un pueblo especial en el mundo para
influenciar sobre él con una actitud positiva y constructiva, deseoso de proteger a ese
pueblo, que ese Señor perdiera a una nación entera ante otro enemigo directo de Él, es
un desastre que no se puede justificar. Y eso fue provocado por un hombre, demasiado
obstinado: ¡Sedequías! Había otro hombre allí, dispuesto por Dios, para evitar tal desastre, y era Jeremías. Sedequías podría haber evitado el desastre si oía y obedecía las
palabras de Jeremías. Pero, por su rebeldía, perdió su cargo de rey, fue el último rey del
linaje de David, y el reino jamás fue un país libre, perdió la visión, perdió su familia, sus
hijos fueron muertos, quedó prisionero por el resto de su vida, la nación fue arrasada, y el
Templo sagrado destruido. Todo eso podría haberse evitado si tan solo hubiera confiado
en la palabra del profeta del Señor. Si –repito– Sedequías hubiera obedecido, Nabucodonosor sólo habría hecho dos invasiones sobre Judá, no tres. Y la tercera fue la más
cruel. Culpa de un rey débil y rebelde. ¿Quieres leer más en la Biblia acerca de esto?
Examina 2 Reyes 24:17, 18; 25:1-22; 2 Crónicas 36:10-21; Jeremías 12:13; 32:4.
El remanente
Intentemos imaginar el estado de ánimo de los judíos, al ver como todo había terminado.
Todo destruido, sin rey, sin gobierno, sin sacerdocio, sin Templo, sin Arca de la Alianza.
¿Será que también sin Dios? Todo había terminado…
En esos momentos, le vinieron a la mente lo ocurrido con otras naciones. Ellas habían
desaparecido para nunca más volver. Incluso con Israel, los hermanos del Norte, que fue
destruido por Asiria, y nunca más había sido restablecido. En relación a Israel no hubo
ninguna profecía de Dios con noticias de restauración. Pero con Judá sí, profecías del
mismo Jeremías. En el capítulo 23 de su libro, especialmente los versículos 2-8, se predice que en setenta años la nación sería reconstruida. El profeta Daniel también recibió
información complementaria de parte de Dios acerca del restablecimiento de la nación.
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Pero nunca más tendrían un rey. Los reyes humanos no son confiables. Fallan, y con
mucha frecuencia. De los veinte reyes del Norte, todos fallaron por completo. De los
veinte reyes del Sur, sólo cinco fueron realmente buenos reyes. Otros lo fueron parcialmente, y la mitad, malos reyes. De los tres reyes del reino unificado, sólo David fue
bueno. Saúl fue pésimo y el hijo de David, Salomón, comenzó bien, pero se volvió idólatra. Fue el responsable de la división y el debilitamiento de la nación. ¿Sobre qué base
entonces Dios restauraría otra vez a los reyes?
En el futuro vendría el Rey tan esperado, el Libertador, aunque ellos lo confundirían con
un libertador del dominio romano. Fue Jesucristo, descendiente de David, el séptimo rey
bueno, el Rey perfecto, el Rey del Universo, quien finalmente establecerá la capital de su
reinado aquí en la tierra.
El sufrido Jeremías aún tenía palabras de esperanza. No todo estaba perdido. Si Israel
había desaparecido para siempre, Judá todavía tenía esperanza. Vendría Jesús, el Rey
libertador de todo el mundo. De ese remanente que poblaría nuevamente la tierra nacería
el Descendiente, el Mesías. Muchos volverían de Babilonia, saldrían de allí, tal como está
sucediendo ahora, antes del fin de los tiempos del pecado. Juan dijo: “¡Salid de ella,
pueblo mío!” (Apocalipsis 18:4). Esta mala nación sería destruida, otra tomaría su lugar, y
permitiría que el pueblo volviera. Y Dios, que dirige todo, traería esperanza a ellos, y a
todos nosotros.
¡Amén!
Resumen y aplicación del estudio
I.
Síntesis de los principales puntos de la lección
1. ¿Cuál es el principal enfoque?
El principal enfoque son las innumerables advertencias que Dios envió a su pueblo, pero que no fueron escuchadas. Se suman a las alertas provocadas por la
primera y segunda invasiones de Babilonia. En ellos no hubo destrucción, apenas
se llevaron personas, las riquezas materiales y se le impusieron órdenes a Judá,
que ellos consideraron una humillación. Pero aun así, viendo que las profecías de
Jeremías eran divinas, los reyes y el pueblo se mantuvo en estado de rebeldía,
haciendo siempre lo contrario de aquello que Dios pedía por medio del profeta Jeremías. Esta petulancia los llevó a perderlo todo. Pero, aun así, a través del profeta Jeremías, Dios les garantizó que el cautiverio duraría setenta años, y volverían.
2. ¿Cuáles son los tópicos relevantes?
Lo que más llama la atención en este estudio son dos cosas: la dureza de corazón
de los reyes posteriores a Jeremías. Fueron cuatro, tres de ellos hijos de Josías, y
el restante, su nieto. Los cuatro recibieron mensajes evidentes de parte de Dios,
pero a pesar de que se cernía sobre ellos el desastre, continuaron en la senda de
la rebeldía. Lo otro que llama la atención es que tanto los reyes, como el pueblo,
no abandonaron la idolatría, que trajeron de Egipto. A pesar de las bendiciones
explícitas de Dios, prefirieron adorar cosas que son nada, en muchas ocasiones
obra de sus propias manos. Ahora bien, ¿cómo alguien puede adorar una pieza
artesanal que fue construida por una criatura? Simplemente suena ridículo, que un
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artista adore su arte. Tengamos cuidado, pues ha sido probado que el ser humano
es bien débil de mente, y hace cosas absurdas, pensando que son producto de su
más elevada inteligencia. En nuestros días no es diferente. Muchos se adoran a sí
mismos, y de diversas maneras. Otros adoran las cosas que poseen, y no se dan
cuenta de que todo pasa.
3. ¿Has descubierto otros puntos que podrías añadir?
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II. ¿Qué cosas importantes podemos aprender de esta lección?
Lo más seguro es hacer como Enoc: caminar con Dios todos los días.
1. ¿Qué aspectos puedo agregar a partir de mi estudio?
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2. ¿Qué medidas debemos tomar a partir de este estudio?
Tenemos que identificar nuestros ídolos. Pueden ser: nuestro propio cuerpo,
nuestras posesiones, otras personas famosas o celebridades, programas de televisión, alimentos, etc., que se vuelven más importantes que nuestro Dios, Creador
y Salvador.
3. ¿Qué es lo bueno en mi vida que me propongo a reforzar y lo malo para cambiar?
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4. Comentario de Elena G. de White
Así como Jerusalén fue destruida, en un futuro próximo está prevista la destrucción total de la tierra. Quedará vacía por mil años. Esta es una profecía para nuestro tiempo. Debemos tenerla en cuenta, pues debemos tomar decisiones para que
no seamos, como los impíos, participantes de los restos que quedarán aquí durante ese tiempo.
“Según se desprende de otros pasajes bíblicos, es de toda evidencia que la expresión ‘abismo’ se refiere a la tierra en estado de confusión y tinieblas. Respecto
a la condición de la tierra "en el principio", la narración bíblica dice que ‘estaba
desordenada y vacía; y las tinieblas estaban sobre la haz del abismo’ (Génesis 1:
2). Las profecías enseñan que será reducida, en parte por lo menos, a ese estado. Contemplando a través de los siglos el gran día de Dios, el profeta Jeremías
dice: ‘Miro hacia la tierra, y he aquí que está desolada y vacía; también hacia los
cielos miro, mas no hay luz en ellos. Miro las montañas, y he aquí que están temblando, y todas las colinas se conmueven. Miro, y he aquí que no parece hombre
alguno, y todas las aves del cielo se han fugado. Miro, y he aquí el campo fructífero convertido en un desierto, y todas las ciudades derribadas’ (Jeremías 4:23-26,
V.M.).
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“Aquí es donde, con sus malos ángeles, Satanás hará su morada durante mil
años. Limitado a la tierra, no podrá ir a otros mundos para tentar e incomodar a
los que nunca cayeron. En este sentido es cómo está atado: No queda nadie en
quien pueda ejercer su poder. Le es del todo imposible seguir en la obra de engaño y ruina que por tantos siglos fue su único deleite” (¡Maranata: el Señor viene!,
pp. 305).
5. Conclusión general
Dios anhela perdonar y salvar. Jesús vino a morir por nosotros con esa finalidad.
Todas las personas de este planeta pueden vivir por la eternidad. Pero la rebeldía,
que ya le quitó la gloria de Lucifer y sus ángeles para siempre, puede significar
también nuestra perdición. Una vida humilde de sumisión al Creador y Salvador,
que sólo tiene pensamientos buenos, de paz (Jeremías 29:11), es la que garantiza
un futuro promisorio y eterno para todos los que creen.
6. ¿Cuál es el punto más relevante al que llegué mediante este estudio?
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Prof. Sikberto R. Marks
Traducción:
Rolando Chuquimia
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