Follet, Ken - La caída de los gigantes

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Lev se guardó los billetes en el bolsillo y cargó la pipa. Spiria le preguntó:
- Dime una cosa, Grigori. -Lev usaba los papeles de su hermano, por lo que tenía que
decirle a la gente que se llamaba Grigori-. ¿Qué me harías si me negara a darte tu parte?
Aquel tipo de conversaciones eran peligrosas. Lev guardó el tabaco lentamente y dejó
la pipa apagada en el bolsillo de la chaqueta. Entonces agarró a Spiria de las solapas y lo
em puj contra la barandilla, de modo que inclinó el cuerpo hacia atrás y se asomaba
sobre el mar. Spiria era más alto que Lev, pero no tan duro, ni mucho menos.
- Te partiría la nuca, estúpido -le espetó-. Luego te quitaría todo el dinero que has
ganado gracias a mí. -Lo empujó aún más-. Después te lanzaría al maldito mar.
Spiria estaba aterrorizado.
- ¡De acuerdo! -dijo-. ¡Suéltame! Lev obedeció.
- ¡Caray! -exclamó Spiria, con la voz entrecortada-. Solo era una pregunta. Lev
encendió la pipa.
- Y yo te he dado la respuesta -dijo-. No lo olvides. Spiria se alejó.
Cuando se levantó la niebla, vieron tierra. Era de noche, pero Lev vislumbró las luces
de una ciudad. ¿Dónde estaban? Algunos decían que en Canadá, otros que en Irlanda,
pero nadie lo sabía.
Las luces se aproximaban y el barco aminoraba la marcha. Iban a atracar. Lev oyó
que alguien comentaba que ¡ya habían llegado a América! Diez días le pareció poco.
Pero ¿qué sabía él? Se quedó junto a la barandilla, con la maleta de cartón de su
hermano. El corazón le latía más rápido.
La maleta le recordó que debería haber sido Grigori quien estuviera a punto de llegar
a América. Lev no había olvidado que le había dicho a su hermano que le enviaría el
dinero de un pasaje. Era una promesa y pensaba cumplirla. Seguramente Grigori le
había salvado la vida… de nuevo. «Tengo suerte de tener un hermano como él», pensó
Lev.
En el barco estaba ganando dinero, pero no lo suficientemente rápido. Siete rublos no
le permitirían llegar muy lejos. Necesitaba un buen pellizco. Pero América era la tierra
de las oportunidades. E iba a hacer fortuna allí.
A Lev le intrigó el agujero de bala que vio en la maleta, y una bala incrustada en una
caja que contenía un juego de ajedrez. Aun así, se lo vendió a uno de los judíos por
cinco cópecs.
Se preguntó cómo era posible que le hubieran disparado a Grigori.
Echaba de menos a Katerina. Le gustaba pasear con una chica como ella colgada de
su brazo, consciente de que era la envidia de todos los hombres. Pero seguro que en
América habría chicas de sobra.
Se preguntó si Grigori ya sabía que Katerina estaba embarazada. Sintió una punzada
de arrepentimiento: ¿llegaría a ver algún día a su hijo o hija? Se dijo a sí mismo que no
debía preocuparse por dejar que Katerina criara el bebé a solas. Encontraría a alguien
que cuidara de ella. Era una superviviente.
Eran las doce pasadas cuando atracó el último barco. El muelle estaba iluminado con
una luz muy débil y no se veía a nadie. Los pasajeros desembarcaron con sus bolsas,
cajas y baúles. Un miembro de la tripulación del Ángel Gabriel les acompañó hasta un
cobertizo donde había unos cuantos bancos.
- Tienen que esperar aquí hasta que vengan a buscarlos la gente de inmigración por la
mañana -dijo, con lo que demostró que, en realidad, sí que sabía un poco de ruso.
Aquello fue una pequeña decepción para la gente que había ahorrado durante años.
Las mujeres se sentaron en los bancos y los niños se pusieron a dormir mientras los
hombres fu maban y esperaban a que llegara la mañana. Al cabo de un rato, oyeron los
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