17 de noviembre

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—Entre los nuevos poetas de Portugal, hay uno que atrae especialmente la atención
de los buenos jueces. Tiene candores de niño, y rugidos de león. En sus versos corre a
torrentes el espíritu de la Naturaleza: todo es en ellos palpitante, precipitado, irregular,
sonoro, vivo. Puede decir como el poeta latino Odi profanum; o como Carducci, este
cincelador de la lengua italiana: Odio l’usata poesía,—El joven poeta portugués tiene
colores en su paleta para pintar alas de ángel y llagas de mendigo. Con igual fuerza
expresa los sentimientos honrados y robustos con que su generosa alma sacude su
mente, que los cuadros de miseria humana e irregularidad social que hieren sus ojos.
Don Juan, que simboliza para este poeta la poesía lánguida, el amor corruptor, el brillo
falso, la pereza pervertidora, debe ser muerto. Don Juan debe morir, y Jesús debe vivir:
Jesús, fuerza, trabajo, verdad, libertad, igualdad, justicia, amor casto. La obra más
conocida de este osado bardo es La muerte de don Juan, un poema batallador y
caprichoso, del cual ha traducido magistralmente nuestro Pérez Bonalde el canto “Las
Ruinas”. El joven poeta se llama Guerra Junqueiro.
—Dos nuevos poetas apasionan hoy a los ingleses: el uno melodioso, abundante,
delicado, se llama Rosetti; el otro triste, enfermizo, desigual, reconcentrado,
meditabundo, se llama Oscar Wilde; en ambos se nota la influencia de un poeta que
derivó sus versos de la naturaleza, y no los deformó con preocupaciones de escuela:
Keats. De los dos bardos nuevos, Rosetti es acariciado por la Fama; Wilde es
cruelmente flagelado por la crítica. Distingue a Rosetti una gran pulcritud en la forma:
tiene algo de sensual, de sedienta, de sombría, de autumnal, la poesía de Oscar Wilde. Y
se tiene a Wilde por el jefe de una nueva escuela, la de los Estetas, los amigos de lo
bello. Rosetti es comparado a Tennyson. El último libro de este se llama Baladas y
Sonetos:—el último de Wilde se llama simplemente: Poesías.
—En otro tiempo, Centroamérica vio batallar, derribar obstáculos, fundir pueblos y
elaborar una nación potente, que fue ahogada en su cima por los pequeños odios locales
que como necesidad de su política mantenía despiertos el gobierno de la colonia, a un
guerrero brillante, que era hombre de grandes pensamientos y de hermosas palabras, a
Morazán. Luego de deshecha su trabajosa obra de fusión de los Estados de
Centroamérica en una República vasta y poderosa, murió oscuramente a manos de una
facción importante. Había en Morazán, a quien los centroamericanos rinden un culto
semejante al que todos los hijos de Hispanoamérica rinden a Bolívar, algo del empuje,
del poder excelso, de la fuerza mágica, del valor resplandeciente de nuestro maravilloso
héroe. Por de contado que su personalidad es aún calurosamente debatida, y sus
merecimientos exaltados o negados según sean los que los comenten, partidarios o
adversarios de la Unión de Centroamérica, por las que el guerreador famoso, que fue
también un orador elocuente, dio su vida. ¡Aún lleva el buen soldado sobre su capa de
batallar el polvo del camino! Pero San Salvador seguro de la augusta fama de que goza
el caudillo, le ha decretado honores heroicos, y en un taller de Génova se construye un
monumento de mármol y bronce, decretado por la agradecida República para honrar la
memoria del reformador infortunado a quien prestó durante su breve y deslumbrante
carrera leal apoyo. En el mármol se reunirán, para alzar sobre sus hombros a su héroe,
como él sobre sus hombros quiso alzarlas a ellas, las cinco Repúblicas del Centro. Del
testamento de Morazán, escrito pocas horas antes de morir a manos de los facciosos, se
han tomado frases hermosas que figurarán como inscripciones en el monumento.
—“Lego mis restos al pueblo salvadoreño—dice una inscripción—en prueba de mi
predilección y mi reconocimiento por su valor y sacrificios en defensa de la libertad y
de la Unión Centroamericana.”—“Excito a la juventud,—dice otra,—a la juventud
llamada a dar vida a este país que dejo con dolor porque lo dejo en la anarquía, a que
imite mi ejemplo y muera con firmeza antes que dejar a su patria abandonada al
desorden que hoy la despedaza.”—En otra inscripción será también perpetuado un
hecho famoso de Morazán. Los revolucionarios, temerosos de su triunfo, hicieron
prisionera su familia, e intentaron valerse de ella para obligarle a deponer el mando:
—“Muy caros son vuestros rehenes a mi corazón,—dijo Morazán,—pero soy el jefe de
la Nación, y debo atacar. Pasaré sobre esos queridos muertos, escarmentaré a los
rebeldes, y moriré luego.”
—Un gran incendio en Nueva York ha devorado gran cantidad de reliquias
sudamericanas. El caballero Gebhard, gran viajero y coleccionador infatigable, tenía
almacenados en la casa de depósito que fue víctima del fuego, una colección muy rica
de objetos de arte y monumentos de historia primitiva de Asia y América. Ídolos, vasos
raros, y valiosos jeroglíficos han perecido en la catástrofe.
La Opinión Nacional. Caracas, 17 de noviembre de 1881
[Mf. en CEM]
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