Reflexión Bíblica” ¡Señor mío y Dios mío! Jn 20: 24

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Reflexión Bíblica”
¡Señor mío y Dios mío!
Jn 20: 24-29
Autor: Pedro Sergio Antonio Donoso Brant
El Evangelio de san Juan, destaca por su gran importancia, las apariciones de
Jesús a los apóstoles. La primera tiene lugar en la tarde del mismo día de la
resurrección. Los once apóstoles están juntos; acaso hubiese con ellos otras
gentes que no se citan, como tampoco se dice en que lugar; creíblemente podría
ser en el cenáculo (Act 1:4.13). Los sucesos de aquellos días, siendo ellos los
discípulos del Crucificado, les tenían temerosos. Por eso les hacía ocultarse y
cerrar las puertas, para evitar una intromisión inesperada de sus enemigos. Pero
la entrega de este detalle tiene también por objeto demostrar el estado glorioso en
que se halla Cristo resucitado cuando se presenta ante ellos.
En esta aparición del Señor a los apóstoles no estaba el apóstol Tomás, de
sobrenombre el mellizo. Si aparece, por una parte, el hombre de corazón y de
arranque que relata san Juan 11:16. En el capitulo 14:5 san Juan lo muestra un
tanto escéptico. Entonces se diría que es lo que va a reflejarse aquí. No solamente
no creyó en la resurrección del Señor por el testimonio de los otros diez
apóstoles, y no sólo exigió para ello el verle él mismo, sino el comprobarlo. Es así
como el necesitaba ver las llagas de los clavos en las manos del Señor, y aún
mas, meter su dedo en ellas, lo mismo que su mano en la llaga del costado de
Cristo, la que había sido abierta por el golpe de lanza del centurión. Entonces,
sólo a este precio creerá.
Pero a los ocho días se realizó otra vez la visita del Señor. Estaban los apóstoles
juntos, probablemente en el mismo lugar, y Tomás con ellos. Y vino el Señor otra
vez, cerradas las puertas. San Juan relata esta escena muy sobriamente. Y
después de desearles la paz "¡La paz esté con ustedes!", se dirigió a Tomás y le
dijo: Trae aquí tu dedo: aquí están mis manos y le mandó que cumpliese en su
cuerpo la experiencia que él exigía diciéndole: Acerca tu mano, métela en mi
costado. En adelante, no seas incrédulo, sino hombre de fe.
No dice explícitamente el relato si Tomas llegó a introducir el dedo en las llagas
para cerciorarse, al contrario lo exceptúa al decirle Cristo: Ahora crees, porque me
has visto. La evidencia de la presencia de Cristo había de deshacer la obstinación
de Tomás.
Tomas exclamo: ¡Señor mío y Dios mío! Esta exclamación encierra una riqueza
teológica grandiosa y hermosísima. Esta es un reconocimiento de Cristo, es un
afirmación de quién es El. Es, además, esta enunciación, uno de los pasajes del
evangelio de san Juan junto con el prólogo, en donde explícitamente se proclama
la divinidad de Cristo. Dado el lento proceso de los apóstoles en ir valorando en
Cristo su divinidad hasta la gran clarificación de Pentecostés, sin duda la frase es
una explicitación de san Juan a la hora de la composición de su evangelio. Pero
supone el acto de fe de Tomás.
Dice el Señor: ¡Bienaventurados los que creen sin haber visto! La respuesta de
Cristo a esta confesión de Tomás acusa el contraste, se diría un poco irónico,
entre la fe de Tomás y la visión de Cristo resucitado, para proclamar
bienaventurados a los que creen sin ver. No es censura a los motivos racionales
de la fe y la credibilidad, como tampoco lo es a los otros diez apóstoles, que ocho
días antes le vieron y creyeron, pero que no plantearon exigencias ni condiciones
para su fe, ya que ellos no tuvieron la actitud de Tomás, que se negó a creer a los
testigos para admitir la fe si él mismo no veía lo que no sería dable verlo a todos,
ni por razón de la lejanía en el tiempo, ni por haber sido de los elegidos por Dios
para ser testigos de su resurrección (Act 2:32; 10:40-42). Es la bienaventuranza de
Cristo a los fieles futuros, que aceptan, por tradición ininterrumpida, la fe de los
que fueron elegidos por Dios para ser testigos oficiales de su resurrección y para
transmitirla a los demás. Es lo que Cristo pidió en la Oración Sacerdotal: No ruego
sólo por éstos (por los apóstoles), sino por cuantos crean en mí por su palabra”
(Jn 17:20).
Tomás fue reprochado, no porque el ver para creer sea malo, sino por haber
rechazado el testimonio de los otros apóstoles que vieron. Para creer hay que
verlo directamente, como los apóstoles, o indirectamente, como nosotros, que
nos apoyamos en el ver y en la predicación solemne y pública de los apóstoles.
La fe es un don de Dios, pero tiene también sus bases humanas, como es el
estudio y el testimonio de los testigos.
Este Evangelio nos enseña una lección de fe y, nos invita a no esperar signos
visibles para creer. Pero
también es comprensible que Tomás quisiera
experimentar por si mismo, del mismo modo como nos gusta a nosotros
experimentar por nosotros mismos, por que a Cristo se le debe experimentar en
primera persona. Es cierto que la ayuda de los amigos como los consejos de
nuestro director espiritual son validos, pero al final solo depende de nosotros
mismos dar ese gran paso a la fe, y entregarnos con toda confianza a los brazos
del Señor.
El Señor permite a Tomás esta experiencia, se aparece a los apóstoles e
inmediatamente le habla, me imagino la emoción de Tomás al verle, tal vez
entristecido por haber dudado, pero al mismo tiempo agradecido por este actitud
de Cristo y, así, el hace ese hermoso reconocimiento a la divinidad de Jesús con
esta hermosa oración de alabanza: Señor mío y Dios mío.
Oración:
Señor mío y Dios mío, quítame todo lo que me aleja de ti. Señor mío y Dios mío,
dame todo lo que me acerca a ti. Señor mío y Dios mío, despójame de mi mismo
para darme todo a ti. (S. Nicolás de Flüe,).
El Señor les Bendiga y les de mucha fortaleza
Dios les Bendiga
Pedro Sergio Antonio Donoso Brant
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