Segunda Guerra Mundial. Simpatías hacia Alemania. Franco corteja

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Segunda Guerra Mundial. Simpatías hacia Alemania. Franco corteja a
Hitler. España y el Orden Nuevo. José Antonio y el fascismo internacional.
Mein Kampf. Serrano y su información sobre Alemania.
Beigbeder. Cómo surgió la «no-beligerancia». La ocupación de Tánger.
Serrano contra Sánchez Mazas. El gran negocio colonial. Hitler y la
Francia vencida. Espinosa de los Monteros, nuevo embajador en Berlín.
La doble estrategia.
Saña. Al estallar la Segunda Guerra Mundial, España se apresura a definir su
posición como la de «estricta neutralidad». Pero desde el primer momento, el régimen
franquista manifiesta sus claras simpatías por Alemania. En este momento es usted
titular de Gobernación, pero tiene en sus manos el aparato de propaganda, que manejan
personas de indudable orientación fascista como Ridruejo y Tovar. En sus declaraciones
a favor de Berlín, no había sólo gratitud por lo que Alemania había hecho por ustedes en
la guerra civil, sino cálculo político, deseo de participar en el Orden Nuevo y sacar
algún botín de él, sin, por otra parte, arriesgarse demasiado. ¿Es mi planteamiento
correcto?
Serrano. Cierto. Nosotros creíamos enteramente en la victoria de Alemania, y en
el primer año, ciegamente. Y pensamos que en el Orden Nuevo le correspondería a
España un papel más importante que el de «pariente pobre» a que la dejó reducida la
hegemonía franco-inglesa de los años anteriores.
A pesar de la declaración de neutralidad, cuando viene la «Blitz-Krieg», la
guerra relámpago, a todos les entra prisa por meterse en la guerra. Aunque luego Franco
hizo todo lo posible por mantenerse fuera y yo ayudé a capear el temporal siendo
germanófilo, hubo un primer momento, yo ministro de la Gobernación y Beigbeder de
Asuntos Exteriores -no seducido aún por Hoare y pugnando en cambio por agradar a la
baronesa von Stohrer-, en que a todos les entró un gran entusiasmo bélico. Por eso don
Juan Vigón hace en seguida una visita a Alemania para estudiar la posible entrada de
España en la guerra. Hitler no le prestó la menor atención y le hizo esperar ocho o diez
días. Vigón regresó desilusionadísimo. Pero en ese primer momento España estaba
dispuesta a entrar en la guerra. Se pensaba: si el Ejército alemán ha necesitado sólo
veintitantos días para atravesar Francia y llegar a los Pirineos, pues aquí lo que hay que
hacer es entrar en seguida. Es la preocupación que tuvo Mussolini de no llegar tarde.
Saña. Con el advenimiento de la guerra mundial, la hegemonía del fascismo
internacional pasa a ser asumida por Alemania, mientras que Italia queda relegada a un
plano secundario. Ello significaba que el Orden Nuevo iba a ser un orden germánico.
¿Aceptaba usted las consecuencias de este cambio histórico cualitativo?
Serrano. Lo consideraba irremediable y lo temía. Prefería naturalmente la
victoria de Alemania, pero me preocupaba, y por eso concebí el contrapeso de la Unión
Latina. Cada vez que pasaba por Roma –que era todas las veces que iba a Berlín o a
Berschtesgaden- hablaba con los italianos y con los franceses adictos a Pétain -Pietri y
otros- de la necesidad de que Francia, Italia y España formaran una Unión Latina.
Pensábamos por otra parte que Alemania era el baluarte principal contra el
comunismo. Aceptábamos como un fait accompli la hegemonía alemana, pero
confiábamos en aprovechar esa situaci6n a nuestro favor. Dionisio Ridruejo decía:
«Aquí todo el mundo habla de Imperio, y la verdad es que el Imperio es uno». Y yo le
contestaba: «Bueno, pero España puede ser la provincia más importante del Imperio,
como lo fue en una fase del Imperio romano».
Saña. Esta idea, aunque fuera expresada por un hombre que se consideraba muy
próximo a José Antonio, estaba en contradicción con el pensamiento del fundador de la
Falange, que ya muy pronto expresó su voluntad de no vincularse al fascismo
internacional y de seguir una política independiente. Vale la pena recordar este hecho
elemental. El 19 de diciembre de 1934, José Antonio envió una nota a la prensa
declarando que no pensaba asistir al congreso fascista que se estaba celebrando por
estas fechas en Montreux, «por entender que el genuino carácter nacional del
Movimiento que acaudillaba repugna incluso la apariencia de una dirección
internacional». Es cierto que José Antonio pasó en mayo de 1934 una semana en Berlín
y en octubre de ese año visitó a Mussolini, pero también es cierto que ya entonces
condenó públicamente el racismo nazi, y ya sabemos lo que pensaba del corporativismo
italiano y sus buñuelos de viento.
Serrano. Yo pienso, y pensaba absolutamente, que la postura digna y española
era la de José Antonio. Pero tengo que añadir que las circunstancias en que nos
encontrábamos nosotros en 1940 eran muy distintas a las que conoció José Antonio. Por
tanto, entre él y yo, o entre él y la España franquista, no hay esa contradicción que usted
me busca. Todo esto lo decía José Antonio en la serenidad de su despacho de trabajo.
Pero ahora ya no estamos en un despacho de trabajo; estamos en una guerra, en una
nueva situación histórica, y ahí no nos queda otra alternativa que engancharnos, con
precaución, en un sitio o en otro. Nos enganchamos donde creíamos que era más
conveniente para España.
Pero es que además, aun estando nosotros en esta postura y en esta realidad
histórica tan distinta del momento en que José Antonio formulaba su pensamiento, no
quiere decir que aceptásemos en bloque todo lo alemán, pues yo, por ejemplo, no tengo
dicha una sola palabra a favor del racismo nazi. Al contrario, discutí con Rosenberg y
puse a su racismo nuestro catolicismo.
Saña. Usted tenía un conocimiento directo y a fondo de Italia, pero no de
Alemania. ¿Qué sabía de ese país? ¿Había leído Mi lucha, de Hitler? ¿Quién era su
consejero o asesor en asuntos germánicos? Uno de ellos, por lo menos -Antonio Tovarera entonces un joven nazi deslumbrado por la propaganda de Goebbels e incapaz por
tanto de suministrarle a usted el menor dato objetivo sobre el país. El único que veía con
cierta claridad era Ramón Garriga, pero su posición era más bien subalterna.
Serrano. Así era, pero Garriga conmigo no hablaba entonces apenas. Le llamaba
alguna vez para una cosa concreta. Como despachaba directamente conmigo pocas
veces, no llegamos a tener confianza. Su profecía de que Alemania no ganaría la guerra,
se la hizo a Dionisio Ridruejo en Alemania, no a mí: «¡Cómo se ve que eres de Soria,
Dionisio!», le dijo; «Alemania no ganará la guerra».
En cuanto al libro Mi lucha, lo leí a la fuerza.
Saña. ¿Por qué a la fuerza?
Serrano. Porque personalmente ignoraba a aquellas gentes y a su mando casi
totalmente. No era Tovar sólo el deslumbrado por el III Reich. Yo estaba rodeado de
supersabios germanófilos. Martínez de Bedoya por ejemplo, de quien hablamos el otro
día, sabía todo lo de aquel régimen. A mí me asombraba el conocimiento que aquellos
hombres tenían de la Alemania nacionalsindicalista: Bedoya, Gerardo Salvador Merino,
Vélez, Aznar, todos habían estado en Berlín. Yo, como digo, tenía poca información.
Todo el mundo hablaba de Mein Kampf, yo no lo había leído y consideré una obligación
leerlo.
Saña. ¿Qué le pareció el libro?
Serrano. A ratos me interesó, y a ratos me aburría.
Saña. Por lo que usted dice en su libro Entre Hendaya y Gibraltar sobre el
aumento del comercio exterior alemán con los países balcánicos, deduzco que ignoraba
la precaria situación económica del Reich, el fracaso de la política autárquica de
Schacht, su falta de divisas y su posición de inferioridad frente al área de la libra
esterlina y el dólar. ¿Se daba usted cuenta de que a pesar de las mentiras de la
propaganda nazi, Alemania carecía de casi todas las materias primas básicas –
empezando por la gasolina- y no podía sostener una guerra larga con las democracias
que ustedes consideraban como históricamente finiquitadas?
Serrano. Pues no, sinceramente no lo creía así. Esa confesión no me acredita de
estar bien informado, pero la verdad era ésa. Estaba informado por el fanatismo, por la
beatería germanófila. Cuando yo en realidad he sabido algunas cosas que antes ignoraba,
fue después de salir del gobierno. Ya mucho antes de leer su libro Noche sobre Europa,
llegó a mis manos otro libro importantísimo escrito en colaboración por militares
ingleses, norteamericanos, franceses y alemanes, años después de terminada la Segunda
Guerra Mundial, en el que se demuestra que ya a finales del 40 Alemania no podía
ganar la guerra porque no tenia ni las materias primas ni las reservas humanas
suficientes. Pero eso aquí, digan hoy lo que quieran profetas a posteriori, no lo sabía
casi nadie.
Saña. Usted no era todavía ministro de Asuntos Exteriores, pero influía ya en la
política internacional de España, no sólo por su estrecha vinculación con Franco, sino
por tener a disposición suya el aparato de propaganda. El embajador ingles Hoare le
acusa en este contexto de boicotear la política del titular del Palacio de Santa Cruz,
Beigbeder, que a pesar de haber vivido en Berlín, no era nada pro-alemán.
Serrano. Beigbeder no era nada pro-alemán desde que la guerra se prolongó,
pero en los primeros momentos él era, como todos los militares españoles, germanófilo.
Beigbeder y otros militares me consideraban a mí, en aquellos momentos, como persona
que con sólo palabras entorpecía la acción. Cuando Beigbeder era germanófilo no había
venido todavía aquí Sir Samuel Hoare, que fue su mentor. Beigbeder, muy al principio,
cuando los triunfos espectaculares de Alemania, creía que la guerra estaba ya ganada
por ellos y entonces quería ser el primero en intervenir. En cuanto las cosas cambiaron
de cariz, algunos empezaron a vacilar, entre ellos Beigbeder. Sir Samuel Hoare le atrajo
después a su área de influencia. Lo sedujo con distintas artes.
Desde luego, en cuanto Beigbeder se hizo anglófilo, evidentemente traicionaba
nuestra política y se le atacó. Recuerdo un cuento terrible y muy gracioso que contra
Beigbeder escribió Samuel Ros con ese motivo.
Saña. Después de las fulminantes victorias bélicas de Alemania en la primavera
y principios de verano de 1940, España abandona su «neutralidad estricta» para adoptar
una actitud oficial de «no-beligerancia». Esta decisión fue tomada por el Consejo de
Ministros el 12 de junio de 1940. ¿Qué pasó en esa reunión y qué dijo usted?
Serrano. Eso ocurrió de la siguiente manera: estaba en Roma como agregado de
prensa José Antonio Giménez-Arnau. Tenía allí una buena situación y amistad conmigo.
Yo entonces hasta pensé en nombrarle embajador en Roma en sustitución de un viejo
embajador llamado García Conde, que era diplomático de la vieja escuela, y de lo
menos útil e inteligente dentro de ella. Yo me lo encontré al asumir el Ministerio de
Asuntos Exteriores, Ciano no lo recibía casi nunca. El embajador me venía con sus
quejas, y yo, ingenuamente, le decía a Ciano: «Hombre, recibe a nuestro embajador, que
está un poco desairado». Y Ciano, con sus maneras desenvueltas, me respondía: «No
seas sonso -era un estribillo suyo-; ¡por qué quieres que reciba a ese García Conde, al
que no entiendo nunca? Y quizá sea mejor que no entienda lo que dice». Efectivamente,
García Conde era un hombre con una dicción confusa.
Saña. Ciano habla de estas cosas en su Diario, así como de la desfavorable
opinión que tenía usted de nuestro embajador, que era monárquico. Cuenta también
Ciano que García Conde intentó prevenirle a usted contra Mussolini y el propio Ciano,
y que usted se lo confió a Ciano.
Serrano. Tuve según digo idea de nombrar embajador a José Antonio GiménezArnau, que era muy joven todavía. Franco hubiera aprobado el nombramiento, porque
no se metía con las designaciones que yo hacía. Eso vendría después, con los demás
ministros de Exteriores, cuando no se nombraba a ningún diplomático que no fuera de
su gusto. Si no le nombré fue por Ciano, que a pesar de lo insensato que era, me dijo:
«Mira, Ramón, es un poco raro que un chiquito que está aquí de agregado de prensa,
que no le da nadie otra categoría que ésa, aparezca de pronto de embajador. Si a este
hombre no lo hubiéramos conocido antes y tú me lo mandas de embajador desde
Madrid, pues muy bien, pero ahora no puede ser». Comprendiendo sus argumentos, no
lo nombré.
Giménez-Arnau siguió allí, y aunque tenía el cargo pequeño de agregado de
prensa, se le concedía importancia, sobre todo desde que Ciano supo que yo había
querido nada menos que nombrarle embajador. Ciano lo utilizaba alguna vez para
mandarnos recados. Y un día vino de Roma trayendo una carta para Franco y un
mensaje verbal muy especial de Ciano diciéndome que había llegado la hora de que
cambiáramos la posición de neutralidad por la de la no-beligerancia, como había hecho
el propio Mussolini. Entonces yo informé a Franco y éste dijo: «Pues muy bien, la nobeligerancia». Y fuimos al Consejo de Ministros, fueron informados de la nobeligerancia, sin que nadie se opusiera ni hiciera la menor observación.
Saña. El 14 de junio, España ocupa Tánger. A pesar de que en el decreto se
decía que se trataba de una ocupación provisional motivada por los acontecimientos
bélicos, el gobierno desencadenó una violenta campaña de prensa contra los aliados,
acompañada de declaraciones sobre el resurgir del viejo imperio español en África.
Serrano. Si, todo el falangismo, todo el patriotismo exaltado se resucitó con el
viejo tema del «Tánger español». Usted es muy joven, pero uno de los recursos que
tenían los viejos políticos cuando querían ser importantes, era hablar de «Tánger
español». El cursi de Goicoechea tenía necesidad de pronunciar continuamente un
discurso pro-Tánger. Y como ésa era ya una vieja ambición del patriotismo español, un
recurso indispensable de todo discurso patriótico, nosotros aprovechamos la ocasión
para actuar en el mismo sentido.
Para atenuar algo nuestra acción se dijo que era «para mantener la neutralidad de
la zona», dado que los países de las respectivas zonas estaban en guerra. Pero en
seguida, ese mismo día -mire usted, una intervención de Sánchez Mazas- corre por
todas partes la noticia de nuestra iniciativa, y salen manifestaciones y banderas a la calle,
a los gritos de «Tánger español».
Sánchez Mazas era un zancudo. Andaba como don Quijote. Era extrañísimo, una
mezcla de Quevedo y don Quijote. Por aquel tiempo se buscó un secretario, que era un
joven catalán y pequeño que ya entonces empezaba a escribir y que hizo su aparición en
Burgos, donde no era conocido. Caminaban los dos juntos por la ciudad, y por lo de las
zancadas, el otro quedaba un poco atrás, y las gentes decían: «Éste no es un secretario;
éste es un escudero». Supimos que se llamaba Carlos Sentís.
El suceso de Tánger había sorprendido a Sánchez Mazas saliendo del edificio de
la Visecretaría General de la Falange. Se encuentra a unos jóvenes con banderas y
gritando. Le dicen que les hable. Él no tenía ninguna capacidad oratoria ni ninguna
disposición para improvisar; por lo mismo, todo azorado, dijo: «Sí, sí, claro está, Tánger
español y nada de ocupación temporal. Tánger es y será de España para siempre».
Después de soltar esas cuatro cosas, le aplaudieron.
Franco, que había redactado «la formula moderada de la ocupación provisional»,
se entera entonces del discursete de Sánchez Mazas. Indignado por la imprudencia de la
manifestación falangista y de las declaraciones de aquél, me llamó y me dijo: «¿Ves?
Esos pollitos, estos sabios de la Falange están siempre para meter la pata, y el
intelectual ése se presta al juego».
No había para menos. Nosotros, Franco y yo, y también Beigbeder, habíamos
preparado la operación con toda cautela y medido nuestros pasos. Había que tomar
precauciones para tantear como iban las cosas, para no provocar a los aliados, que nos
hubieran podido represaliar de muy distintos modos. En el ánimo de todos estaba: éste
es el primer paso, y «después ya vendrá lo otro».
Terminada mi conversación con Franco, llamé a Gamero del Castillo: «Tráeme
aquí a Sánchez Mazas». Entraron en mi despacho los dos, y con ellos Dionisio Ridruejo,
de solista, sin que yo le llamara. Dirigiéndome a Sánchez Mazas le grité: «Eres un
irresponsable, un indiscreto, un insensato. De manera que tú, que no haces nada, de
pronto, porque unos chicos te piden que hables, no se te ocurre decir otra cosa que esa
ligereza de "Tánger español", contraria a nuestro interés político de hoy». Entonces él,
para justificarse, quiso replicarme. Yo perdí los estribos y sin poder contenerme cometí
la barbaridad de dirigir mi puño hacia su rostro, y si bien él, afortunadamente lo esquivó,
con este motivo perdió el equilibrio físico y cayo con un golpe seco sobre el suelo que
nos asustó. Fue una barbaridad que he lamentado muchas veces. Dionisio decía
entonces: «Si Gamero siempre tiene un color verdoso, en ese momento lo tenía más que
nunca». Gamero, asustado, se esforzó en serenarme: «Por favor, Ramón. Mira que si al
caer llega a matarse, buena la hacemos».
Saña. El 10 de junio de 1940, cuando Francia está a punto de sucumbir a la
invasión germánica e Italia ha cometido la inconcebible villanía de atacarla por la
espalda, el general Vigón se traslada a Berlín para entregar a Hitler un mensaje de
Franco fechado el día 5. Los documentos oficiales alemanes resumen así la entrevista:
«El general Vigón habló de la situación general de España para explicar las razones por
las cuales su país no ha podido colocarse desde el principio y de una manera decidida al
lado de Alemania. Pero ha simpatizado siempre totalmente con Alemania, no por
motivos egoístas, sino porque Alemania lucha contra los mismos enemigos a los que se
había enfrentado España durante la guerra civil».
Hasta ese momento, Alemania no les había pedido a ustedes integrarse
activamente en su orbita bélica, por las razones que veremos pronto. Fueron ustedes los
que se adelantaron cortejándola a ella. ¿Por qué?
Serrano. Entonces teníamos el convencimiento de que la guerra estaba
terminada, de que no había que perder días. Pensábamos que si España participaba en la
guerra aunque fuese simplemente una semana, sus derechos y su crédito en la
Conferencia de la paz serían muy distintos a que si simplemente se limitaba a aplaudir,
que es lo que hacíamos. Ése fue el gran error de Mussolini: entrar en la guerra en el
último momento, cuando creía que estaba ya a punto de terminarse. El mismo error se
cometió aquí en el enjuiciamiento de la situación. Se pensó: sí, sí -pensaron todos-, hay
que meterse corriendo, y Vigón se fue a Berlín.
Saña. En su libro Entre Hendaya y Gibraltar, usted afirma que por aquel
entonces no se preveía la entrada de los Estados Unidos en la guerra, pero en la
entrevista que Vigón sostuvo con Hitler y Ribbentrop, el general transmitió al mando
alemán el temor que Madrid tenía de que si se prolongaba la guerra, los Estados Unidos
podían desembarcar en Portugal o Marruecos para ayudar a los aliados. Eso demuestra
que ya en junio de 1940, Franco contaba con la posibilidad de una intervención bélica
estadounidense. ¿Puede aclararme esta contradicción entre usted y él?
Serrano. Pues mire usted, no puedo aclarársela porque yo no estuve en la
reunión de Vigón con Hitler y Ribbentrop. Pero es posible que Vigón, para asegurarse
más, les dijera: «Se habla de una posible intervención de los Estados Unidos». Pero lo
dijo para que los alemanes le tranquilizaran.
Saña. Las reivindicaciones de Madrid -planteadas ya verbalmente por Vigón en
Berlín- fueron presentadas de una manera oficial el 19 de junio por el embajador
español almirante Magaz, al subsecretario de Estado, Weizsäcker, y contenían,
concretamente, las siguientes demandas: el territorio de Oran, la unificación de
Marruecos bajo dominio español, extensión del Sahara hasta el paralelo 20 y ampliación
de la Guinea española a costa de Camerún. A cambio, España se comprometía a entrar
en la guerra, en cuyo caso necesitaría que Alemania le suministrase artillería pesada y
aviación para la conquista de Gibraltar, así como la colaboración de los submarinos
alemanes para la defensa de las Islas Canarias. España pedía asimismo víveres,
munición, combustible y otros pertrechos y materiales.
Usted no era en esos momentos responsable de la política exterior de Madrid,
pero sin duda no estaba desvinculado de ella. Todas esas iniciativas del Caudillo
producen la impresión de que lo que le preocupaba a él ahora era hacer un gran negocio
colonial, sobreestimando en este contexto su astucia galaica y la buena fe de los
alemanes. ¿Creían ustedes de verdad que Alemania les iba a hacer sin más un gran
regalo colonial sólo a cambio de algunas zalemas y concesiones dialécticas?
Serrano. No, no, yo nunca creí que nos iban a conceder un botín colonial a
cambio de algunos halagos verbales. Y además, tampoco lo planteábamos así. La
contrapartida sería la guerra.
Saña. Para la que España no estaba preparada y que hubiera significado para
Alemania más un lastre que una ventaja. Por otra parte, el argumento de que España
puede incorporarse a la guerra no es en este verano de 1940 importante ni tentador para
Hitler. Vencida Francia, el Führer cree en un fin próximo de la guerra y en una
capitulación inmediata de Inglaterra, que piensa acelerar a través de la Operación Lobo
Marino. La ocupación de Gibraltar y el bloqueo del Mediterráneo occidental no
aparecen en la estrategia hitleriana como un factor de primera necesidad, sino
secundario. De otro lado, las reivindicaciones imperialistas que ustedes presentan, están
en contradicción real o potencial con los propios intereses coloniales de Italia y Francia.
Pero lo único que persigue Hitler en estos momentos es sentar las bases para una
cooperación con la Francia vencida y consolidar su alianza con Italia. La prueba es que
Hitler prescinde de Franco a la hora de estudiar la situación con Mussolini, el 19 de
junio. ¿Se comprendían estos problemas internacionales en Madrid?
Serrano. En el primer momento, no. En el primer momento en Madrid se pensó:
Francia no es nada, Francia esta acabada. Con Italia había una pequeña cuestión a causa
del Oranesado. Cuando se comprendió fue cuando Hitler cambia de idea ya de un modo
externo, manifiesto, sabido, y quiere una inteligencia con Francia. Entonces fue cuando
nos dimos cuenta de que no podíamos entrar en la guerra sin que nos diesen
compensaciones.
Saña. Franco prosigue su política de acercamiento a Hitler. El 17 de julio de
1940 pronuncia un discurso de claro matiz belicista y habla de los «dos millones de
guerreros dispuestos a enfrentarse en defensa de sus derechos». El 2 de agosto, el
almirante Magaz -enemigo de los nazis y los falangistas- es sustituido como embajador
en Berlín por el general Eugenio Espinosa de los Monteros, un hombre dispuesto a
aceptar como artículo de ley todo lo que diga Hitler. El 20 de agosto se publica un
decreto estableciendo el servicio militar obligatorio de dos años.
Todo esto no son pasos de un mando que quiere evitar a toda costa la guerra como luego inventaría la propaganda apologética-, sino que se acerca a ella. ¿O era ya
la expresión de la doble estrategia que usted iba a adoptar pronto con respecto a
Alemania?
Serrano. Eso formaba parte de la doble estrategia: les decíamos que nos
sentíamos identificados con ellos y que no habíamos entrado en la guerra porque no
estábamos en condiciones. Teníamos interés en que ellos vieran que nos preparábamos,
que no perdíamos el tiempo, que no creyeran que sólo eran palabras. Franco exhibía
entonces su competencia militar y decía: «Estoy organizando esto y lo otro y lo de más
allá». De manera que, efectivamente, eso forma ya parte de la estrategia dilatoria y de la
necesidad de inspirarles confianza, de que efectivamente se den cuenta de que no
estábamos en la guerra porque no podíamos, pero que si pudiéramos, estaríamos.
De un lado, nuestra doble estrategia nos servía para ganar tiempo, y del otro,
para estar mejor preparados por si de verdad, en un momento determinado, hubiera sido
necesario entrar en acción. Pero principalmente cumplía una misión dilatoria, porque
sabíamos que, a pesar de todo eso del servicio militar de dos años, no teníamos pan, no
teníamos armamento, no teníamos Ejército ni estábamos en condiciones para entrar en
la guerra.
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