Serrano en Alemania. Entrevista con Hitler. Ribbentrop, Göring

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Serrano en Alemania. Entrevista con Hitler. Ribbentrop, Goring,
Goebbels, Himmler, Ley, Rosenberg, Canaris. Los brindis alemanes.
El Hotel Adlon. Excursión a Bélgica. Hitler opina sobre Marruecos y los
españoles. Serrano en Italia. Entrevista con el Duce.
Marruecos y Gibraltar. El almirante Raeder. Franco y el Führer
Saña. En la segunda quincena de septiembre de 1940, usted, no siendo todavía
titular formal del Ministerio de Asuntos Exteriores, realiza un viaje a Alemania, que
inaugura la fase más importante de su vida pública. Por estas fechas se ha producido un
acontecimiento de tremenda importancia para Alemania, España y la Segunda Guerra
Mundial: Hitler ha renunciado a invadir Inglaterra y sabe ya que la batalla del aire entre
la Royal Air Force y la Luftwaffe no será ganada por ésta. Con ello España adquiere, a
causa del estrecho de Gibraltar, una inesperada trascendencia logística. La decisión de
aplazar sine die la invasión de Inglaterra es tomada precisamente el mismo día en que
tiene lugar la entrevista entre usted y Hitler: el 17 de septiembre.
¿Intuía usted mientras se dirigía a Berlín ese cambio cualitativo en el teatro de
operaciones o seguía creyendo que Alemania era el país invencible que proclamaba la
maquina propagandística del Reich?
Serrano. Yo seguía compartiendo la convicción de Franco y del Ejército español
-todavía casi en su totalidad- de que no obstante estar en suspenso la invasión de
Inglaterra, Alemania ganaría la guerra. Hitler no nos decía que la operación había sido
suspendida, sino aplazada.
Saña. ¿Y ustedes se lo creían?
Serrano. Creíamos que aun cuando Alemania no invadiera Inglaterra, ganaría la
guerra. Mi opinión se basaba sobre todo en la convicción todavía segura que Franco y el
Estado Mayor del Ejército español tenían sobre la victoria de Alemania.
Saña. El 17 de septiembre se entrevista por primera vez con Hitler. Usted fue el
político español que más ocasión tuvo de tratarle, en este y otros viajes. Creo que fueron
ocho o nueve veces lasque le vio o habló con él. ¿Qué impresión sacó del Führer a
través de estos encuentros?
Serrano. No tuve la sensación de tener a un loco delante. Estando conmigo no
perdió nunca la compostura. Creo que muchas veces sabía ocultar sus enfados,
disimular y esperar. Ello me lo confirma las noticias que usted da en sus artículos sobre
el nacionalsocialismo. Pero siempre tuve la impresión de que era un gran histrión. Lo
noté sobre todo cuando se emocionaba hablando de la gloria común de Alemania y
España. Vi que aquello era propaganda.
Saña. ¿Qué impresión humana le produjo?
Serrano. A diferencia de lo que ocurría con el Duce, nunca logré entablar
contacto humano con él. No sabía que persona había detrás de su mascara política. Una
sola vez tuvo una reacción humana. Fue cuando después del Protocolo de Hendaya, en
el Berghof y en presencia de Ribbentrop, le dije con patetismo y doble sinceridad de
español y amigo de Alemania, que los españoles no podíamos entrar en la guerra porque
ni siquiera teníamos pan. Mientras Ribbentrop, con el automatismo del subordinado,
siguió perorando, Hitler, al terminar yo de hablar, se hundió por un momento abatido en
el sillón, dándose cuenta de pronto de que España no estaba, efectivamente, en
condiciones de entrar en la guerra.
Saña. ¿Qué impresión sacó usted del ministro de Asuntos Exteriores Ribbentrop?
Serrano. Era un hombre envarado y arrogante.
Saña. En su libro sobre España, Madariaga, aludiendo al almuerzo que le ofreció
a usted el titular de la Wilhelmstrasse, escribe que Ribbentrop le ofreció a usted el
champaña que había sobrado del banquete que había ofrecido diez días antes a Molotov.
¿Es una boutade de don Salvador o sucedió así?
Serrano. Pero bueno, ¿qué es el champaña sobrante? Desde luego no nos
sirvieron las copas sobrantes, como usted comprenderá, eso es una frase. Eso lo dice
Madariaga en sentido figurado e irónico para resaltar la importancia de Molotov sobre
mí. Lo que sí le digo a propósito del champaña y de Madariaga, es que, desde luego, me
atracaban de champaña y de pato, y que yo no bebía mucho champaña porque nunca me
ha gustado demasiado esa bebida, ni comía mucho pato porque es carne grasa.
Saña. ¿Qué efecto le produjeron otros líderes y personalidades del III Reich?
Göring, por ejemplo.
Serrano. Franco dijo un día: «Tienes que ir a ver a Göring, que es muy
importante». Hice un viaje corto, en compañía de Tovar y el barón de las Torres. Me
llevé también a mi medico, Dámaso Gutiérrez Arrese. Nos recibió. Yo empecé con el
ritornello: «Nosotros bien quisiéramos entrar en la guerra...». Göring me atajo: «Usted,
señor ministro, hace las cosas muy bien, pero si yo fuera el Führer, hace ya tiempo que
les hubiera invadido». Esta escena mi medico la contó en Madrid cientos de veces
porque, con razón, la rotundidad de la afirmación de Göring le impresionó
profundamente.
Saña. ¿Y Goebbels?
Serrano. Hablamos poco. Fue uno de los ministros que no me invitó. Me hizo
muy poco caso. Me llamó la atención que trataba con cierto desprecio a Ribbentrop.
Tuve que fijarme también de que además de inteligente, era feo, cojo y bajo.
Saña. ¡Un digno ejemplar de la raza germánica, como Himmler!
Serrano. Himmler nos infringió en Berlín el suplicio de explicarnos toda la
teoría lombrosiana del criminal nato, enseñándonos además como funcionaban los
ficheros de policía.
Saña. ¿A que otros lideres nazis trató?
Serrano. El doctor Ley, jefe del Frente del Trabajo, era muy basto. Con
Rosenberg, el teórico del NSDAP, tuve una vez una discusión sobre religión. Todo lo
que decía del catolicismo eran vulgaridades. Le contesté: «Ustedes creen en la raza,
nosotros en la unidad moral de la Humanidad, como se estableció en el Concilio de
Trento». Recuerdo que comenté con Mussolini mi discusión con el autor de El mito del
siglo XX. El Duce me dijo espontáneamente: «Mire, Serrano, no hay que tomarlo
demasiado en serio. Rosenberg es un cretino, un grandísimo cretino».
Saña. En las relaciones entre la Alemania hitleriana y la España franquista hay
un personaje que juega un papel especialmente significativo: el almirante Canaris, jefe
de la Abwehr, esto es, de los Servicios Secretos del Ejército. Precisamente pocas
semanas antes de dirigirse usted a Berlín por primera vez, él había recorrido la
Península para estudiar «in situ» las posibilidades de tomar el Peñón. ¿Cuál fue su
relación con Canaris, el virtuoso del doble juego y el espionaje?
Serrano. Le vi y hablé algunas veces, pero nunca intimamos. No le caí nunca
bien y no nos hicimos amigos. No se sentía cómodo y a gusto con personas como yo,
relacionadas con los altos políticos de la época y con una experiencia directa del mundo
exterior. Se entendía bien con personas aisladas como Franco y Vigón. También trato
con asiduidad a Martínez Campos, duque de la Seo de Urgel.
Saña. ¿Sacó usted la impresión de que conspiraba contra su amo y señor Hitler?
Como sabe usted, y como ha probado la historiografía de posguerra, era un individuo
ambiguo y contradictorio.
Serrano. Éste era en efecto su carácter, pero creo que no dejó de ser nunca un
buen patriota. Eso no quiere decir que alguna vez no perjudicara a Hitler. A veces
insinuaba cosas que dejaban frío al interlocutor. Era por cierto, muy inteligente y
hablaba regular el castellano, con el inevitable acento alemán. Desde luego creyó en
nuestra causa y la apoyó.
Saña. Por eso, después de la II Guerra Mundial, ya asesinado por sus propios
correligionarios, Franco asignó una pensión vitalicia a su viuda, que se instaló en
Barcelona.
Serrano. Fue una manera de mostrar su agradecimiento.
Saña. ¿Cómo se sentía en Alemania?
Serrano. Alemania me fatigaba, y no sólo por las grandes tensiones que allí viví
abrumado por mi responsabilidad; también por cosas pequeñas, por ejemplo los brindis
en las comidas, que eran muy pesados. Teníamos que levantar la copa y brindar mirando
fijamente a los ojos de cada uno de los comensales, y ello en todas las comidas. Por
cierto, como estaba todo racionado, nos daban siempre pato, que era la única carne
abundante que tenían. Y cada ministro y alta personalidad nos organizaba una comida
de honor. Todo aquello era pesadísimo. Después de los ágapes yo me retiraba a mi
habitación a tomar notas y a redactar mis informes a Franco. Recuerdo que en mi primer
viaje a Berlín, poco antes de salir del hotel para regresar a España, pasó un empleado
con el libro de honor para que lo firmásemos; lo fue acercando a cada uno, y sin duda
distraído no se lo puso a la firma de Miguel Primo de Rivera, quien comentó: «Claro,
mi firma ya la conocen bien por los muchos vales que firmo todos los días en el bar por
los whiskis que consumo». (Se trataba del bar del Hotel Adlon donde residíamos).
Saña. Ya que cita usted el Hotel Adlon, ¿qué impresión le produjo tener que
pasar cuatro horas en el refugio del hotel a causa de un bombardeo de la RAF? ¿No le
hizo pensar que Alemania era un país más vulnerable de lo que parecía?
Serrano. Pues no. Estuvimos allí muy entretenidos. Desde luego pensábamos:
malo es que esos ingleses, a los que creíamos derrotados, se atrevan a bombardear
Berlín. Eso antes no ocurría. Ahora bien, después de esa reflexión puramente política e
intelectual, la materialidad de estar ahí, en el sótano ese, no nos impresionaba nada, no
sé si porque éramos un poco inconscientes o porque conmigo estaba el grupo que me
llevé, en el que había gente simpática. Estábamos tranquilos. Pero sí pensé: es
desagradable que esos británicos se atrevan a venir aquí, con todo lo invencibles que
son esos teutónicos.
Saña. En sus libros ha hablado usted «in extenso» de su primera entrevista con
Hitler y Ribbentrop. Dejemos hablar por un momento a los documentos oficiales
alemanes. Transcribo: «Serrano Suñer transmitió un breve mensaje del Generalísimo
Franco, en el que éste expresaba su gratitud, afecto y respeto al Führer, así como su
lealtad de ayer, hoy y para siempre. Franco le había encargado en esta hora decisiva,
establecer contacto con el gobierno alemán. Dado que había comunicado ya al ministro
de Asuntos Exteriores los deseos españoles, no quiere de momento insistir sobre ellos,
sino subrayar únicamente que la actitud de España con respecto a Alemania no ha
cambiado lo más mínimo. No se trata de una revisión de la política española, sino de
una clarificación de las condiciones bajo las cuales España estada dispuesta a luchar al
lado de Alemania en la guerra. En cuanto esté asegurado el suministro de víveres y
material de guerra a España, ésta puede entrar inmediatamente en la guerra».
Mi primera pregunta en este contexto es: ¿refleja el acta compuesta por
Gesandter Schmidt lo declarado por usted? Segunda: ¿qué instrucciones concretas le
había dado Franco?
Serrano. Yo creo que esencialmente sí. Sólo que el lenguaje verbal, vacilante,
utilizado por mí pudo resultar un poquito menos enérgico que el que figura en la
frialdad del acta. Me parece que eso de que «entonces entraría inmediatamente en la
guerra», no lo dije. (Hablábamos en francés.)
Íbamos allí acusados y amenazados por deslealtad. Le dije: «No hemos
cambiado nada, pero necesitamos abastecernos, necesitamos armar al Ejército y
ponernos en condiciones de luchar, y cuando estemos en condiciones de entrar en la
guerra, entraremos en ella». Ahora bien, ese «entraremos inmediatamente» creo que es
un añadido de los alemanes. Pero en lo esencial el acta de Gesandter Schmidt está bien.
Por lo que respecta a las instrucciones que me había dado Franco, en síntesis
todas se resumían en una: que procurase -y me lo dijo con gran empeño, con gran afánpor todos los medios quitarles la idea, la intranquilidad de que evolucionábamos hacia
los ingleses, de que estábamos en una postura menos firme. En síntesis eso es lo que yo
debía hacer, lo que yo por encargo de Franco debía decirles: que no habíamos cambiado,
que pensábamos lo mismo, que creíamos en la victoria, que deseábamos participar en la
guerra para cooperar en la gloriosa empresa de construir Europa, pero que para ello
necesitábamos estar en condiciones.
Saña. Apenas ha llegado usted a Berlín, el 18 de septiembre, Ribbentrop se
dirige a Roma para consultar a Mussolini sobre lo declarado por usted al mando alemán.
Para cubrir el bache de tiempo, le mandan a usted de excursión por Bélgica y e1 norte
de Francia. ¿Se dio usted cuenta de la humillación que ello suponía para la delegación
española o lo encontró normal?
Serrano. Desde luego sería así, pero nosotros no lo interpretamos como usted
dice. Nosotros estuvimos encantados. Primero, de descansar unos días del martilleo
constante de Ribbentrop, de la propaganda, de las comidas. A mí lo único que no me
aburría cuando estaba en Berlín -debo decirlo- era cuando hablaba con Hitler. La
reiteración de conversaciones con Ribbentrop, con Ley y demás me cansaba mucho.
Por otra parte, si nosotros habíamos ido a A1emania y pedido tantas cosas,
tampoco era tan extraño ni tan humillante que cambiasen impresiones con los italianos
para ver si estaban conformes con lo que pedíamos. Era un juego a tres, ya lo sabíamos.
Y en cambio para nosotros nos ofrecía el grandioso atractivo de liberarnos de las latas
aquellas de todos los días y hacer un poco de turismo de guerra, que fue muy interesante.
No sé si fue en esa ocasión o en otro viaje a Alemania, cuando se nos preparó
una excursión. Íbamos en uno de los malditos coches descubiertos de los alemanes.
Venía con nosotros e1 general Sagardía y el teniente coronel Hierro, de la Policía
Armada. Pues bien, Sagardía, muerto de frío en el coche descubierto, dijo: «Estos
cabrones, lo que quieren es que cojamos todos una pulmonía y matarnos». Y entonces
se para el coche, desciende del pescante un jefe militar importante, se dirige al general
Sagardía, se cuadra, le saluda y en correcto castellano le dice: «Mi general, ¿quiere
pasar ahí donde irá más protegido por e1 parabrisas?». O sea, que le oyó el discurso.
¡Que vergüenza pasamos!
Volviendo a la interrupción de nuestras conversaciones con los a1emanes: si
querían hablar con los italianos, que hablasen; yo, además, prefería que hablasen con los
italianos que conmigo mismo.
Saña. ¿Quiénes fueron sus hombres de confianza en ese viaje a Berlín?
Serrano. El bacón de las Torres, e1 teniente coronel competitísimo africanista
García Figueras, Dionisio Ridruejo y Antonio Tovar; el barón y este último como
interpretes. El primero hablaba fluidamente el alemán; Tovar no tenía soltura entonces
porque no había vivido en Alemania largos periodos de tiempo, pero era ya, desde luego,
un gran lingüista; dominaba la gramática y era quien con más precisión se daba cuenta
de las traducciones toscas que hacía el interprete alemán Gross, un comerciante de vinos
que había aprendido castellano en Sudamérica y era incapaz de traducir los matices de
las manifestaciones que yo hacía.
Saña. Terminada su estancia en Alemania, usted, en vez de regresar
inmediatamente a Madrid, pasa por Italia.
Serrano. En efecto. Cada vez que realizaba un viaje a Alemania, al regresar
pasaba por Italia para desahogarme. A menudo despotricaba de algunos de los políticos
alemanes y de su falta de tacto.
Saña. Eso lo confirma Ciano en su Diario. Así, el primero de octubre de 1940
habla de «... las violentas manifestaciones de Serrano contra Alemania a causa de la
absoluta falta de tacto con que trataron a los españoles». Y añade: «Serrano no carece de
razón. Los alemanes no son maestros en gentilezas, y Ribbentrop el que menos de
ellos».
Serrano. Fui lo suficientemente ingenuo para no darme cuenta que Ciano (que
era entonces supergermanófilo) informaba a los alemanes de lo que yo decía sobre la
política del III Reich. Luego, como es sabido, Hitler, Ribbentrop y otros alemanes me
trataron de jesuita y enemigo de ellos, a pesar de que yo era amigo de ellos, aunque
desde luego ni siervo ni nazi.
Saña. Lo de jesuita y otras recriminaciones vino después, y de ello tendremos
ocasión de hablar más adelante. Interesante es consignar aquí que en el mismo momento
en que usted pasaba por ser el hombre de Alemania, estaba ya usted en guardia contra
ellos. Había bastado un primer contacto a fondo con el Führer y sus colaboradores para
corregir la imagen idílica que usted tenia del III Reich.
Serrano. Más tarde he comprendido lo poco informados que estábamos en
cuanto a Alemania. Teníamos una visión equivocada y muy incompleta de lo que allí
ocurría. Todavía el otro día, leyendo un trabajo de usted sobre Ernst Röhm, me enteré
de intimidades de la política alemana que aun desconocía.
Saña. Mientras usted hablaba con alemanes e italianos, ellos, a su vez,
conferenciaban aparte para hablar también de España. El 28 de septiembre de 1940,
Hitler informa a Ciano en Berlín de su entrevista con ustedes. El dictador alemán se
queja ya de las demandas españolas en víveres, materias primas y material bélico. Y con
respecto a Marruecos y Orán, le dice a Ciano, según los documentos oficiales alemanes;
«En todo caso, sería para Alemania más ventajoso que los franceses permanecieran en
Marruecos y fueran ellos los que lo defendieran frente a los ingleses. Si los españoles
ocuparan el territorio, en el caso de un ataque, no harían probablemente más que pedir
ayuda a los alemanes e italianos y tomar medidas militares con la lentitud de la guerra
civil».
¿Tenia usted idea de esa sarcástica opinión de Hitler?
Serrano. Aunque me duele reconocerlo, Hitler tenía razón en lo de Marruecos.
Si él hubiera pedido de verdad contar con la colaboración de los franceses, estos
hubieran defendido Marruecos más que nosotros. No, no tenía idea de los pensamientos
de Hitler, y ha sido a posteriori que lo he comprendido todo. Yo creía que su interés por
España era mayor, y que al ser mayor, estaba también dispuesto a un sacrificio mayor, a
concedernos bastante de lo que pedíamos.
Saña. ¿Le habló Ciano de los despectivos comentarios de Hitler, en Roma, el
primero de octubre?
Serrano. No. Ciano era un boceras, pero cuando le convenía engañar, lo hacía
muy bien. Lo único que a veces me decía era: «Vosotros pedís mucho», pero sin
concretar.
Saña. Según el testimonio de Ciano, en la entrevista que el primero de octubre
de 1940 sostuvo usted con el Duce y él, subrayó también la voluntad belicista de España.
Cito: «Serrano comienza declarando que España -que desde el principio de la lucha ha
apoyado moralmente a las potencias del Eje- se dispone a recurrir a las armas para
cancelar su cuenta secular con Inglaterra. Hace un resumen de la situación interna de
España y no oculta las muchas dificultades a que se enfrenta su gobierno... Sin embargo
está convencido de que la guerra sería un factor que tendría el efecto de reunificar todas
las fuerzas de España en un solo grupo, puesto que los objetivos de Marruecos y
Gibraltar eran compartidos profundamente por todos los españoles, especialmente por la
juventud».
¿Interpreta aquí Ciano correctamente su pensamiento? ¿Creía usted de verdad
que los españoles querían ir a la guerra por cosas tan abstractas y aleatorias como
Marruecos y Gibraltar? ¿No se engañaba usted a sí mismo?
Serrano. Ciano interpreta mitad y mitad mi pensamiento. Yo creía entonces -y
conmigo muchísima gente-- que era la hora de rescatar Gibraltar. Existe una literatura
voluminosísima y popular sobre el puñal clavado en tierra española con el robo de
Gibraltar por los ingleses en la guerra de Sucesión. Y en este punto, los socialistas hablo de los socialistas serios que yo conocía- se mostraron tan exigentes y tan
intransigentes como nosotros, y no querían de ninguna manera dejar esa bandera en
manos de la derecha. Aquellos socialistas de mi generación eran tan patriotas como las
gentes de derecha. Yo creo, por ejemplo, que sin haber pronunciado catorce discursos
sobre Tánger, Prieto tenía un sentimiento patriótico más ardoroso que Goicoechea, y no
inferior al de cualquier patriota del campo conservador.
De manera que, efectivamente, lo de Gibraltar era algo que vibraba en teda
España, que estaba en el corazón de todos los españoles, especialmente en el de la
juventud. Lo que resultaba mucho más abstracto para ellos y para mí era Marruecos, si
se puede decir que Marruecos sea algo abstracto. Lo de Marruecos yo ya lo entendía
menos, pues mientras lo de Gibraltar era un sentimiento real, Marruecos enojaba a
muchos españoles, y no sólo desde los tiempos de la Semana Trágica. El general Primo
de Rivera, siendo gobernador militar de Cádiz -lo recordaré otra vez-, pronunció un
discurso en el Ateneo de la ciudad diciendo que «ni una peseta más ni un hombre más
en la empresa de Marruecos», porque España no lo necesitaba para su seguridad.
Saña. El 4 de octubre de 1940, hallándose usted todavía en Italia, Hitler y
Mussolini celebran una entrevista en el Brenero, de la que Ciano le informa a usted supongo que a su manera- el día 5. Pocos días antes se ha producido un nuevo
acontecimiento bélico importante, que dará un nuevo giro cualitativo a la estrategia
hitleriana: el fracaso del desembarco gaullista-inglés en Dakar, la última semana de
septiembre. El 26 de ese mes, e1 almirante Raeder celebra una larga entrevista con
Hitler para convencerle de la necesidad de trasladar el teatro de la guerra al
Mediterráneo, de cerrar el canal de Suez, de ocupar Gibraltar y de asegurarse la
colaboración de la Francia de Vichy para estas operaciones. Hitler queda convencido y
se reafirma en la idea de que Francia es más importante que España en su juego
imperialista. En su entrevista con Mussolini en el Brenero, le dice que la cesión de Orán
a España podría impulsar a los franceses a no defender sus colonias. También podría
ocurrir que el Marruecos occidental se separara de la Francia de Vichy. Mussolini se
limita a observar: «Los españoles piden mucho y no dan nada».
¿Tenía usted una idea clara de lo que los dos dictadores pensaban de ustedes?
¿Qué le dijo usted a Franco al llegar a Madrid?
Serrano. Pues yo, como usted comprenderá, no tenía una idea clara de lo que
ellos hablaron, porque Ciano tampoco me lo contó. Se limitó a decirme: «Se ha hablado
de todo; vosotros pedís mucho, pedís demasiado». Yo no podía saber que Hitler pensara
que para su estrategia, tenía más importancia Francia que España, aunque ahora lo
comprendo, y creo que tenía razón.
En relación a la entrevista celebrada entre Raeder y Hitler, le diré que yo estaba
informado directamente de la política en el Mediterráneo gracias al propio almirante
Raeder, que no sé por qué, fue, de todos los jefes alemanes que yo traté, la persona más
atenta, más correcta y más simpática conmigo. Era un hombre de mediana, casi pequeña
estatura, más bien delgado, muy atildado. Me llamó siempre la atención por las cosas
atinadas que decía. Y él me dijo a mí lo que por lo visto le dijo a Hitler: que lo que
había que hacer con gran urgencia era echar a los ingleses del Mediterráneo y cerrar
Suez y Gibraltar, sin prestar oídos al argumento británico de que podían dar la vuelta
por El Cabo.
Al regresar a Madrid le dije a Franco que obtener lo que pedíamos no era tan
fácil como aquí pensábamos, y que por lo pronto lo que a mí me repetían era que
pedíamos demasiado
Saña. ¿Cómo reaccionó Franco?
Serrano. Franco era en esto como un niño ilusionado, encariñado con lo que
había sido su deseo de siempre: el mundo en el que se había formado como gran jefe
militar. Quería absolutamente lo que pedía, quería que le entregaran Marruecos. Por eso,
é1, en Hendaya, me dijo la frase correlativa a la de Ciano. Después de la primera parte
de la entrevista, cuando volvíamos a nuestro tren, bramaba y me dijo: «Esa gente lo
quieren todo y no dan nada». Franco lo quería todo de verdad, y pensaba que podían y
debían dárselo.
Saña. Lo que demuestra su desinformación y su provincianismo al juzgar los
problemas internacionales, y, concretamente, la realidad alemana.
Serrano. Franco siempre decía: en Alemania hay dos mundos distintos. Uno es
el Führer, y el Führer era el sabio, el prudente, el amigo, el comprensivo y el generoso,
y los técnicos y subalternos eran los que tenían la misión de poner pegas y dificultades.
Es impresionante como aquel hombre podía pensar tan sencillamente. Es como Crispín
y Leandro en los Intereses Creados. El de las grandes ideas, el de los nobles
sentimientos es Leandro, y Crispín es el canalla, el que está preparando todo el mal.
Franco aplicaba el mismo dualismo. En una carta me escribía: «Se advierte siempre,
como verás, la diferencia que hay entre el Führer, con su grandeza, su comprensión y
sus sentimientos, y los técnicos y colaboradores con su rutina y sus mezquindades».
(Esta carta se publicó en mi libro Entre el silencio y la propaganda, la Historia como
fue.)
Eso no se puede comprender más que por esa deformación de jefe que tenía
Franco de pensar que los jefes son siempre mejores que los colaboradores y
subordinados.
Saña. El narcisismo puede adquirir las formas más insospechadas y encarnarse
en los personajes más inverosímiles. Supongo que su visión de Hitler y de los alemanes
era muy distinta a la de Franco.
Serrano. Yo nunca pensé que Hitler iba a darnos las facilidades y los otros no.
Comprendí desde el primer momento que allí no se hacía nada sin que Hitler quisiera, y
que todos los demás obedecían. Es la ventaja de no ser localista, de no vivir encerrado
en El Pardo, como Franco; la ventaja de hablar con ellos, de verles la cara. Nadie, ni
siquiera Goebbels, hacía nada sin el consentimiento del Führer.
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