Apertura democrática - Otra Mirada del Conflicto

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Revista Semana - 09 noviembre 2013
Apertura democrática
Por Marta Ruiz
Hace 30 años, las guerrillas le propusieron a Belisario Betancur una
apertura democrática. Hoy, 200.000 muertos después, se vuelve a hablar
de ello.
Dice Humberto de la Calle que vamos hacia una nueva apertura democrática, lo que en la
práctica es el reconocimiento de que tenemos un sistema cerrado y que es necesario
cambiarlo. Su declaración me parece de la mayor importancia y bastante inusual en una
clase dirigente que se ufana de tener instituciones fuertes y una larga tradición electoral.
La apertura democrática salió a cuento a propósito del acuerdo logrado entre el gobierno y
las FARC sobre participación en política, y que ha sido calificado con toda razón de
modesto, sensato y realista. La “pepa” de lo acordado es que las regiones afectadas por el
conflicto tendrán mayor representación en el Congreso, que se discutirá un verdadero
estatuto de la oposición, y se profundizarán los mecanismos de participación de las
comunidades. Todo apunta a que el partido que funden unas FARC desarmadas tendrá
garantías suficientes para entrar en la competencia electoral.
Hace 30 años había un clima similar en el país. Las guerrillas que se sentaron a hablar de
paz con Belisario Betancur en los ochenta le propusieron una apertura democrática para
subsanar el régimen e exclusiones que había dejado como herencia el Frente Nacional.
Betancur, y algunos de sus contemporáneos entendieron que la precariedad de nuestra
democracia estaba en el centro del problema y fue así como nacieron la Unión Patriótica, el
Frente Popular y movimientos cívicos y regionales que se disputaron curules al Congreso,
alcaldías y concejos en regiones muy conflictivas. Pero en poco tiempo muchos de ellos
fueron aniquilados a bala o a punta de sufragios.
Hoy, 200.000 muertos después, se vuelve a hablar de apertura democrática. Y hoy como
ayer el problema no son tanto los mecanismos con los que se dote al sistema político para
que haya más competencia, sino del clima que realmente existe para que esta sea posible,
para que fluya la democracia.
En los ochenta, a pesar de la buena fe del gobierno de Betancur, muchas elites políticas y
económicas de las regiones, temerosas de perder sus privilegios, sabotearon la apertura a
punta de violencia. Así lo demuestra por ejemplo el caso de César Pérez, cacique liberal de
Antioquia, condenado por la masacre de Segovia, que se hizo para acabar con la influencia
de la UP en la zona minera de ese departamento. Pérez, por supuesto, no fue ni el último ni
el único en aliarse con los paramilitares para borrar del mapa a sus competidores. Muchos
lo siguen haciendo hasta el día de hoy. Verbigracia, el gobernador de la Guajira, Kiko
Gómez, es investigado, entre otros delitos, por el homicidio de una ex aliada suya,
convertida luego en contrincante política.
Puede que esta vez sí funcione la apertura. Que las instituciones de verdad sean más fuertes
y que sin las armas de la guerrilla de por medio en el mediano plazo tengamos una regiones
con una democracia vigorosa. Pero no está fácil. No sólo sigue habiendo demasiada
violencia alrededor de las elecciones, sino que las mafias que tienen capturada la
contratación y la compra de votos, parecen irreductibles. Basta con ver el caso de La Gata
en Bolívar y Sucre, para entender que las condiciones de competencia para cualquiera, sea
desmovilizado de las FARC o no, son muy precarias.
Tampoco puede haber clima propicio para una apertura democrática en regiones donde
reina la ley del silencio, porque los periodistas viven bajo amenaza como Bajo Cauca,
Cesar o Arauca. O cuando los líderes sociales siguen siendo asesinados por pistolas
anónimas que se encubren bajo el nombre difuso de las Bacrim.
El problema que hay en muchas regiones en las que gobierno y
FARC quieren hacer la apertura democrática es que las mismas
élites (políticas y económicas) que treinta años atrás hicieron
inviable el proceso de paz siguen en el poder. Vayan si no me
creen al Magdalena o al Urabá antioqueño. Entonces ¿Quién
nos garantiza que esta vez sí nos dejen hacer la paz? Y sobre
todo ¿dejarán que se abra la democracia?
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