De repente, un chaval va y dice: «quiero ser torero»

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De repente, un chaval va y dice:
«quiero ser torero»
Es fácil imaginar la escena. Primero, seguramente, se lo ha
dicho al padre, que es generalmente un modesto trabajador.
Éste, como primera providencia, lo toma como un capricho
pasajero. Sin duda, piensa, el chico tiene algún amigo torerillo,
de ésos que andan en la Escuela, y éste le ha metido pájaros en
la cabeza y, sin decirle ni sí ni no, se limita a dejar que pase el
tiempo y a esperar acontecimientos. Mientras tanto, el chico
empieza a traer malas notas, suspende incluso aquellas asignaturas para las que siempre mostró predilección, y un día llega
una citación de la jefatura de estudios que alarma al padre. Se
entera de que su hijo falta con frecuencia a clase y que su actitud en las aulas deja bastante que desear. El problema está
servido.
Esa misma noche, le canta las cuarenta. El chaval, agacha la
cabeza, recibe silencioso la rociada y es incapaz de argumentar nada en su favor.
La madre, que comenzaba a recoger la mesa tras la cena,
suspende su trabajo en espera de que aquello se solucione. Los
hermanos más pequeños, se ocupan sencillamente de pelar la
naranja del postre. El padre, prende un cigarrillo y trata de
sosegarse, después de haber hecho todas las consideraciones
propias del caso.
«Debes aprovechar el tiempo. Tienes que conquistar una
vida mejor que la mía, que no pude estudiar como tú, que tienes esa suerte y parece que no la quieres aprovechar. Hasta
ahora, has ido bien en los estudios, pero hoy, ¡ya ves!, don
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Raimundo me ha dicho no sólo que no atiendes en clase, sino
que faltas con frecuencia… ¿Se puede saber a qué se debe ese
cambio?».
Y entonces es cuando llega el bombazo y a la madre se la
cae de las manos el mantel lleno de migas, y a los más pequeños se les queda el gajo de naranja a medio camino.
– Ya te lo dije el otro día –dice el chico.
– ¡Cómo que ya me lo dijiste el otro día!, ¿qué me dijiste?
–apremia el padre.
– Que quiero ser torero.
Sin excepción alguna, todos los chicos que han pasado por
la Escuela, y han sido en torno a los 300 durante estos veinte
años, se habrán visto en una situación igual o muy parecida a
la descrita, y todos, llegado el momento, han dicho su
solemne, y en muchas ocasiones fantasiosa, declaración:
quiero ser torero.
¿Cómo se llega a una situación así, a una decisión como
ésta?
El toreo era (ahora ya es otra cosa por fortuna), una profesión de pobres («más cornadas da el hambre»), o bien un oficio transmitido por contagio (originando las dinastías, con
independencia de si el fundador fue figura o no), pero en estos
tiempos ya no es ni una cosa ni otra, lo cual no quiere decir
(ejemplos hay que lo confirman), que no siga habiendo hijos
que tratar de emular al padre. Ahora, por lo general, tengo la
impresión de que todo es un poco más frío; ni tan heroico,
romántico y legendario como el caso del arrapiezo que a toda
costa quiere sacar de la pobreza a los padres y a los hermanos,
ni tan hereditario y «normal» como puede entenderse la «vocación» del que, desde niño, está habituado a ver vestidos de
torear y a escuchar hablar de toros en su propia casa.
No existe ya la pobreza que tantos toreros ha dado en la historia (lo cual hace pensar si la decisión de serlo la sustentaba
la afición, o sencillamente la desesperación), pero se mantiene
por lo general una procedencia social bastante ajena al lujo. No
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CARLOS MANUEL PERELÉTEGUI VICENTE
salen toreros de los palacetes, de los yates de recreo, ni de los
círculos más distinguidos de la sociedad.
Hay, y ha habido, toreros universitarios (Ignacio Sánchez
Mejías, fue un torero culto, mecenas de artistas e incluso autor
teatral. Victoriano Roger «Valencia», que estudio Derecho en
Salamanca y actualmente Vicente Barrera, también licenciado
en Leyes junto con Luis Francisco Esplá, un torero con notables ribetes de intelectualidad, son ejemplos distinguidos de
una torería que poco tiene que ver con la de antaño), y se percibe claramente en los toreros de hoy una formación social
que, desde luego, no era común en los coletudos de hace cuarenta o cincuenta años, y no digamos nada de los de finales
del XIX y principios del XX, entre los que abundaban los analfabetos incluso.
Pero sigue sin aparecer un torero hijo de un magnate del
petróleo, por ejemplo. Lo cual, desde luego, no es motivo de
preocupación.
Sin una dramática situación familiar que empuje a alistarse
en la Legión Extranjera, o a ser torero, podría pensarse que elegir el toreo como profesión es fruto de una auténtica y madurada vocación, de algo con irresistible fuerza que domina la
voluntad cegando cualquier otra alternativa.
Pero no siempre es así o, por lo menos, no siempre es tan así.
Seguramente el toreo es una de las profesiones más engañosas, más brillantes, más sugestivas…, pero más desilusionante también.
En muchos otros casos pasa lo mismo, es verdad. Los sueños tienen un poder extraordinario, que confunde con frecuencia haciendo que el soñador, enamorado de su ideal, piense que está capacitado para su conquista. Un crío puede
pensar, quizá, que llegará a ser cirujano cardiovascular pero
resulta que no tiene en realidad las cualidades precisas. El peligro del toreo, para cuyo ejercicio es obvio que no todo el
mundo está capacitado, y no es necesario sino mirar alrededor
para comprobarlo, está en que rara vez el interesado tiene la
suficiente cordura para admitir que no es ése su camino. Es
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común el autoengaño, concederse interminables plazos, llegar
a creerse las propias fantasías.
¡Cuántas veces se han dicho cosas como éstas!:
«Hay un señor de Madrid que el año que viene me va a
poner en…» O bien, «tiene que llegar mi oportunidad. Otros la
han tenido después de mucho tiempo». O «hay una mano negra
que me impide torear».
(Pero la verdad es que el «señor de Madrid», o no existe o
es un cantamañanas; la «oportunidad» ha llegado más de una
vez y no se ha sabido aprovecharla, y no hay «mano negra» que
valga sino, sencillamente, carencia de cualidades, incluido el
valor).
Seguir soñando cuando el sueño ya no se tiene de pie, a
lo que suele conducir es a la amargura, a un oscuro e injusto resentimiento contra el mundo entero y, sobre todo, a llegar a esa difícil edad en la que teóricamente hay que tener
resuelta la vida con una profesión, sin oficio ni beneficio y
con sólo un manojo de tercos pájaros en la cabeza subrayando la frustración.
Cuando todo acaba por llegar, a costa de los inesquivables
sacrificios, la necesaria constancia, y la adecuada dosis de suerte, no cabe dudar de la hermosura del panorama, pero ¿cuántos se quedan en el camino? Incontables; los más.
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