* El negocio de la informaci n desatiende a la ciudadan a?, de Alejandro Perales, presidente de la Asociaci n de Usuarios de la Comunicaci n, AUC, y profesor de la Universidad Rey Juan Carlos, URJC

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Actas – II Congreso Internacional Latina de Comunicación
Social – Universidad La Laguna, diciembre de 2010
¿El negocio de la información desatiende a la ciudadanía?
Alejandro Perales1
La concepción sobre los medios de comunicación propia (aunque no privativa) de la
Unión Europea, tal y como se desprende de la literatura normativa de sus diferentes
instituciones (tratados, directivas, recomendaciones, libros blancos, etc.), atribuye a
estos medios una doble función:

Una función empresarial, como industria centrada en la ocupación del ocio y cuya
oferta puede ser, a su vez, doble: por un lado, fabricar y distribuir contenidos (y
otros servicios de valor añadido) para a los ciudadanos. Por otro, fabricar y
distribuir audiencia, vale decir, vender ciudadanos a los anunciantes previa
cosificación y manufactura de éstos como impactos o GRP’s (gross rating points).

Una función social, como instancias garantes del derecho a la cultura, de la
conformación de una opinión pública informada y, por ende, del funcionamiento
del propio sistema democrático.
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Presidente de la Asociación de Usuarios de la Comunicación (AUC) y profesor de la Universidad Rey
Juan Carlos.
ISBN: 978-84-938428-0-2
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Aunque, teóricamente, ambos planos podrían ser compatibles, la realidad se empeña
en demostrarnos lo contrario.
En el caso de los soportes cuya fuente de ingresos única o fundamental es la
publicidad, el modelo de negocio pasa por atraer al máximo número de receptores al
menor coste posible. Ello genera, a la postre, una hegemonía de los contenidos
baratos y llamativos (por ejemplo, la llamada telebasura), una homogeneización de las
ofertas, una penalización de la calidad (su mayor coste no se compensa en términos de
audiencia conseguida) y una expulsión de los segmentos más exigentes, más críticos,
con capacidad económica y tecnológica para acceder a otras ofertas. Desde el punto
de vista de los intereses de la ciudadanía, este modelo de negocio no sólo no tiene en
cuenta las necesidades de ésta; ni siquiera tiene en cuenta sus deseos, ya que suele
limitarse, como bien señalaba la LOP Theory2 a influir en una audiencia previamente
cautiva del medio para que elija la oferta que le genera menor rechazo.
En el caso de los soportes comerciales de pago, el paso de considerar al receptor como
“cliente” y no ya como “mercancía”, conlleva un mayor empeño en satisfacer los
2 2
La LPO (least objectionable program) theory del que fuera ejecutivo de la NBC Paul L Klein señalaba
que el consumo global de televisión por franjas horarias suele mantenerse constante
independientemente de la oferta televisiva. De ahí infería Klein que la gente “ve televisión” más que “ve
programas” o, dicho de otro modo, que no aspira tanto a ver programas que verdaderamente le
interesen sino a encontrar, en ese tiempo que dedica a consumir televisión, algún espacio que le ayude
a ocupar su ocio sin generarle rechazo.
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intereses de los receptores, si bien que de un modo parcial: se atiende a los deseos de
aquellos ciudadanos particulares que están dispuestos a pagar para satisfacer a esos
deseos, y no tanto a las necesidades de la ciudadanía globalmente considerada.
Aumenta la calidad de la oferta, pero siempre que genere valor añadido y oportunidad
de negocio.
Lo anterior explica porqué los soportes comerciales (gratuitos o de pago) han rechazado
siempre ser considerados “servicio público” o incluso “servicio de interés general”, y cuando la
legislación así lo ha establecido han hecho caso omiso de tal obligación con la aquiescencia
implícita de las autoridades.
Básicamente, la atención a los intereses de la ciudadanía ha sido el “negocio” (vale
decir, el objetivo declarado, la misión y la visión) de las ofertas de carácter público o
comunitarias. Y, dado el exiguo campo de juego que se permite a estas últimas, son los
soportes públicos dignos de tal nombre (desgubernamentalizados, con publicidad nula
o restringida, sometidos a control externo, generalmente circunscritos a la radio o a la
televisión) los que en Europa han mantenido verdaderamente el fuego sagrado de la
función social. Es decir, la visión del espacio público y del interés general como algo
colectivo y vertebrado, como algo más que un mero agregado de individuos, pero
también la conciencia de las necesidades de determinados grupos y/o colectivos que
nunca se verán satisfechas atendiendo a un mero criterio de rentabilidad económica.
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Lo ocurrido en el ámbito de la información ejemplifica bastante claramente lo hasta
aquí señalado. Más allá de los imperativos de carácter ético, la procura de la veracidad,
la neutralidad y el pluralismo; el conocimiento directo de los hechos y el contraste de
fuentes; la capacidad de explicación derivada de la adecuada formación y
especialización de los profesionales, e incluso la mera separación entre información y
opinión, entendidos como criterios de calidad informativa, suponen un coste que los
medios comerciales no están dispuestos a asumir, de modo que acaban ofreciendo
formatos en los que el “interés humano” justifica todo tipo de excesos
sensacionalistas, en los que la “orientación” justifica el sectarismo y en los que casi
toda la información es vicaria y adquirida en el mercado. Vemos también cómo las
posibles ofertas informativas especializadas, asociadas a modelos privados abiertos o
de pago, entran en crisis (desde las cadenas televisivas a los diarios de referencia), y
cómo siguen siendo los grandes canales públicos audiovisuales los que destinan más
recursos a la información y los que se perciben como más creíbles.
Las principales radios y televisiones públicas europeas, además de recoger en mayor
medida que los soportes privados el “punto de vista” de la sociedad civil organizada
como criterio en la elaboración de las informaciones, asumen en muchos casos la
necesidad de dejar a la sociedad pronunciarse con su propia voz a través del llamado derecho
de acceso o derecho de antena, e incluso de participar en la propia gestión del medio a través
de su presencia en consejos asesores de carácter consultivo. Se trata, en definitiva, de una
concepción según la cual la sociedad, como sujeto de interés difuso, tiene unos derechos
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constitucionales como receptora de mensajes (a la veracidad, al pluralismo, etc.), pero
también está legitimada para participar en el establecimiento de criterios orientadores de la
casuística del servicio comunicativo y para vigilar el cumplimiento del interés general en este
ámbito.
A la vista de ese panorama, cabe preguntarse:
Hasta qué punto los intereses de la ciudadanía, tal y como aquí se definen, podrán
verse satisfechos con el paso de los mass media a los social media, en un entorno de
opulencia comunicativa y convergencia tecnológica en el que lo público tiene una
difícil (aunque no imposible) posibilidad de supervivencia.
Si la interactividad, que tecnológicamente permite a cada ciudadano ser receptor y
emisor, va a aportar un verdadero empoderamiento social o tan sólo nos convierte en
mero agregado de individuos aislados que participan en el ciberespacio como
generadores de contenidos meramente anecdóticos o como reemisores de un discurso
único orientado y gestionado desde los grandes conglomerados mediáticos y
comerciales.
Si el modelo freemimun que se apunta como hegemónico para monetizar los
negocios en la Red va a permitir suficientes intersticios como para mantener
ofertas de interés social, especialmente en el ámbito informativo,
independientes, neutrales, plurales y económicamente sostenibles.
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Si la regulación en Internet a favor de la protección de los usuarios, que debería
adoptar modelos de corregulación convergente a partir de los actuales
consejos audiovisuales, va a contar con una participación activa de los usuarios
no sólo en la creación y distribución de los contenidos, sino también en su
gestión contenidos (criterios de protección, vigilancia, control, sanción).
Si, finalmente, la figura del periodista profesional se mantiene en el nuevo
entorno aportando valor añadido desde el punto de vista de la calidad de las
informaciones (veracidad, pluralismo, capacidad explicativa). Frente al buzz en
el que cualquiera dice cualquier cosa sin responsabilizarse de lo dicho, el papel
de los profesionales de la información adquiere una especial importancia, pero
para que puedan desempeñarlo
es necesario acabar con la progresiva
precarización de su estatus laboral, así como reconocer tanto sus obligaciones
hacia la sociedad como sus derechos frente a empresas e instituciones.
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