Num088 014

Anuncio
Poseídos por la
verdad
ARTE
ADOLFO
CASTAÑO
A
rte moderno o arte de
reacción —no reaccionario— frente a un
mundo que por sus
convulsiones ya no se podía describir?
¿La serenidad se encuentra en las calmas de Piet Mondrian (18721944) o en el espacio tumultuoso de
Wassili Kandinsky (1866-1944)?.
Los recorridos de ambos artistas
tienen
muchos
puntos
coincidentes, no sólo por las
fuertes temperaturas del ámbito
exterior, sino también en su urdimbre humana, urdimbre que creemos
sustancial para realizar cualquier
tarea; la síntesis personal que
desemboca en su verdad; la verdad
que impulsa el quehacer primero a
través de la experiencia inmediata
con el medio, y atravesando su
corteza,
advertida
e
inadvertidamente a la vez, va
modificando un quehacer decidido y
llevado a cabo, no sólo artísticamente
sino también —y esto es muy
importante— éticamente. Porque hay
dos éticas —por eso dos teorías, dos
filosofías del arte— en los trabajos
de Mondrian y Kandinsky. Los dos
reinos son tan compatibles que se
unen en el horizonte de la belleza,
una belleza no acostumbrada,
insólita, ajena aparentemente a la
tradición y, sin embargo, radicada
en la virtud más importante de la
misma: significar con formas y
colores.
Belleza
difusiva,
transmitible,
porque
ambos
construyen un arte generativo, un
arte que quienes les siguen pueden
continuar y hacerle
progresar, partiendo de sus
hallazgos que no despreciaban lo real,
sino simplemente lo excedían para
encontrar un espacio habitable
para ellos y, por tanto, para el
hombre. Generadores igualmente de
una pedagogía directa, no delegada
en otros, que conlleva lo definitivo de
una quema de las naves, una
declaración sin vuelta atrás. Insistir en
la presencia de estos dos pioneros
entre nosotros nunca es ocioso, no
lo es regresar a la base de un
impulso, re-visitar lo auténtico.
Igualmente se hacen notar por sus
verdades particulares las imágenes
de Pedro Castrortega, José Manuel
Ciria y Antón La-mazares, fundidas
en un título cobijador, «Gesto y
Orden». El triunvirato artístico que
resulta es curioso; como todo
triunvirato se disuelve en la libertad
de cada magistrado, en el objetivo
independiente de sus acciones
humanas y plásticas, y, no obstante,
la diversidad produce un sabor
armónico, sin alcanzar en ningún caso
la patente de grupo.
Hay que resaltar lo idóneo del
espacio donde se produce la muestra,
el montaje perfectamente adecuado
a la calidad y a las dimensiones de las
obras. Leyendo la exposición a la
manera occidental, de izquierda a
derecha, nos encontramos con un
Pedro
Castrortega
(1956)
astutamente reflexivo —y lo de
astuto lo escribimos como virtud,
no como pecado—. Su lucidez crece
de día en día, ha evolucionado con
una seguridad sorprendente desde
el Castrortega que era en 1984, hasta
el de hoy, que combate para
encontrar su orden en la reflexión
que depura la sensación, la
vivencia, para hacerla, para con
vertirla en formas, signos y colores
altamente inteligibles. Cas-trortega
pasa su personalidad a sus trabajos,
incluso cuando usa elementos
cercanos al lenguaje común
pictórico. Semejante solidez hace
que le respetemos continuamente.
Más lírico, entendiendo este término
en el sentido de que sobre el soporte
se
liberan
estructuras
más
radicadas en la intuición, por tanto
más fluctuantes, se nos presenta
José Manuel Ciria (1960). En su
pintura, más ensimismada, más
mágica, encontramos unos anclajes
verticales, con intención áurea por
una parte y por otra distanciadora,
que unas veces se funden con lo
fluctuan-te, se sobreimprimen pero
se integran, y otras permanecen
distanciadas, rehusando el contacto
con el magma pictórico. La pintura
de Ciria es para ver y sentir;
«Castrortega pasa su
personalidad a sus
trabajos, incluso cuando
usa elementos cercanos al
lenguaje común pictórico.
Semejante solidez hace
que le respetemos
continuamente.»
descubre en sus formas, con
frecuencia primigenias, más de un
dato sobre el entusiasmo secreto
que le produce construir un mundo,
mundo doloroso que se abre con
frecuencia a la noche.
Sin duda, nos importa la obra de
Antón Lamazares (1954), siempre
nos ha importado su fuerza a la que
no ha vencido nunca su
inteligencia ni su sabiduría.
Lamazares pega artísticamente
donde menos se espera, aunque sus
diferentes golpes han creado un
estilo
«lamazariano».
Constantemente se juega la vida a cara
o cruz, a todo o nada, como un
protagonista de la acción más
trepidante, y como él sale ileso de
todas su aventuras.
Para su trabajo utiliza materiales —
cartón y madera— que viven por
sus manos y su voluntad otra de sus
posibles reencarnaciones, y ellos y el
color invocan al fuego que puede
venir, a lo vegetal que aún
pervive en su encarnadura, a la
savia trastornada, a la tierra
nutricia, a la tierra sustentadora.
Lamazares los pone en pie, los
alza de nuevo, elevando, cosiendo,
uniendo un costado con otro,
una cara con otra de esos seres.
Así construye tableros, pizarras
que ilustran niños invisibles o él
mismo escribe su niñez en ellos.
Creemos que esta vez se ha
superado a sí mismo, al sí mismo de
hace un año. Su trato con el objeto,
con los materiales, con el color, su
empleo del espacio, del signo, del
gesto, son tan verdaderos que él
mismo se ha convertido en
elemento de su propia obra.
Descargar