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Luis Fernando Estevez Granados
Estudiante de la Licenciatura en Economía
Facultad de Economía, UNAM.
REFORMA FISCAL EN MÉXICO
Una estrategia económica de desarrollo sostenido con equidad es inviable sin un Estado que cumpla eficazmente sus
responsabilidades en la promoción activa del bienestar social en los ámbitos de la salud pública, la formación de recursos
humanos, la infraestructura e investigación científico-técnica, la erradicación de la pobreza y el fortalecimiento de la cohesión
social, la preservación de los recursos naturales y el mejoramiento del medio ambiente, la procuración del crecimiento
sostenido del producto nacional y del empleo, así como en el fomento de las ramas industriales, agropecuarias y de servicios
con mayor relevancia para el presente y el futuro de la economía nacional.
Por eso, la construcción de un sistema tributario moderno, capaz de proveer al Estado recursos suficientes para el
cumplimiento cabal de sus responsabilidades en el desarrollo nacional, constituye una de las mayores prioridades de
la nación; he ahí el principal motivo y definición de una reforma fiscal integral.
Actualmente, México se encuentra por debajo de numerosos países – referidos frecuentemente como ejemplos de desarrollo
económico y humano – en términos de carga tributaria como porcentaje del PIB. De acuerdo con las más recientes cifras
definitivas de la OCDE, los ingresos tributarios del gobierno general (gobierno central más gobiernos locales, incluyendo
contribuciones a la seguridad social) representaron, durante el quinquenio 2004-2008, 43.6% del PIB en Francia, 42.1% en
Italia, 47.8% en Suecia, 35.8% en el Reino Unido, 35.6% en Alemania, 33.1% en Canadá, 25.1% en Corea del Sur, 35.5% en
España, etc., mientras que en México sólo significaron 18.5% del PIB. De hecho, México destaca como el país con más baja
recaudación tributaria dentro de la OCDE, y nuestra tributación apenas alcanza la mitad del promedio de los países miembros,
que asciende a 35.1% del PIB.
Por consiguiente, la base material para que el Estado mexicano – en todos sus niveles de gobierno – cumpla eficazmente sus
responsabilidades en el desarrollo humano, económico y ambiental, es inferior a los parámetros internacionales considerados
ejemplares. Más aun, incluso en relación con casi todos los países latinoamericanos, es notoria la reducida recaudación
tributaria de México: de acuerdo con cifras de la CEPAL, durante el mismo quinquenio 2004-2008, los ingresos tributarios del
gobierno general representaron 34.4% del PIB en Brasil, 30.7% del PIB en Argentina, o 23.1% en Costa Rica, por mencionar
los más altos índices.
A la estrechez de la base material para que el Estado cumpla sus responsabilidades en el desarrollo, se agregan,
desde luego, la notoria ineficiencia y la enorme corrupción en el ejercicio del gasto público. Por eso, es necesaria una
reforma integral de toda la hacienda pública, que incluya eficaces sistemas de transparencia, rendición de cuentas y
auditoría social, no sólo para asegurar la probidad en el ejercicio del gasto público, sino también su eficiencia y
concordancia con el interés general de la nación.
Hay que subrayarlo; no es que el Estado pueda cumplir cabalmente sus funciones simplemente mediante economías en el
gasto público consistentes, es necesario recortar el gasto corriente ineficiente o innecesario, a fin de reasignarlo hacia las
prioridades del desarrollo; y moralizar la administración pública, reduciendo significativamente la corrupción. Es indudable
que estas acciones deben realizarse por razones de equidad, eficiencia y credibilidad de la administración pública.
Para evolucionar hacia una estructura fiscal moderna, convergente con los parámetros tributarios de los países más
exitosos, México debe afrontar un reto triple: incrementar la recaudación (según la OCDE, por lo menos en diez puntos
porcentuales del PIB), elevar la eficiencia, calidad y productividad del gasto público y, a la vez, superar las inequidades
del sistema impositivo mexicano, logrando un mejor reparto social de la carga tributaria y una mejor asignación territorial
de la recaudación y del poder tributario. Los cursos de acción que permitirían a México evolucionar hacia esto pueden
resumirse en los siguientes:
1. Ampliar la base de contribuyentes y de ingresos sujetos a tributación.
2. Mejorar considerablemente la fiscalización y combatir la evasión fiscal (estimaciones sitúan la evasión entre 40 y
60% de la recaudación).
3. Simplificación y racionalización de la legislación tributaria, eliminando o corrigiendo gran parte de las exenciones
tributarias y de regímenes especiales que generan distorsiones y múltiples canales de elusión tributaria.
4. Acentuar significativamente la progresividad del impuesto sobre la renta (ISR).
5. Introducir una mayor diferenciación en las tasas del Impuesto al Valor Agregado (IVA), de manera que las tasas que
gravan los bienes y servicios suntuarios sean superiores a las tasas que gravan los satisfactores de consumo
generalizado, además de mantener la tasa cero o la exención para los bienes y servicios de primera necesidad.
6. Otorgar mayores facultades tributarias a los estados y municipios; e incrementar la eficiencia recaudatoria de las
administraciones fiscales subnacionales.
En conclusión, para fortalecer la cohesión social y el desarrollo humano de nuestra nación, una palanca primordial consiste
precisamente en la construcción de un sistema fiscal que cumpla eficazmente las funciones redistributivas como lo hace la
fiscalidad en los países desarrollados.
Fuentes: Ibarra, David (2010), La tributación en México, UNAM. OCDE/CEPAL (2011), Hacia un gestión pública para el desarrollo.
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