Configurados con Cristo Servidor
Homilía en la Misa de ordenación de diáconos permanentes
Catedral de Mar del Plata, 28 de julio de 2012
Queridos hermanos:
“El Hijo del hombre no vino para ser servido, sino para servir y dar su vida en
rescate por muchos” (Mc 10,45). De la conciencia que nuestro Redentor tenía de sí
mismo, han surgido estas palabras que caracterizan su obra salvadora como un servicio.
Se trata de un servicio de amor que él realiza en beneficio de una multitud. Sabemos
que en las mismas resuena la profecía contenida en el libro del profeta Isaías. Allí, en
efecto, se describe con gran realismo la figura de un misterioso Servidor, quebrantado
por el sufrimiento, inocente y cargado con las culpas de su pueblo. De él se dice: “Mi
Servidor justo justificará a muchos” (Is 53,11).
Cada vez que celebramos la Eucaristía, las palabras del mismo Cristo que se
pronuncian sobre el cáliz nos recuerdan que se trata de la “Sangre de la Alianza, que se
derrama por muchos” (Mc 14,24), detrás de las cuales se vuelve a manifestar su
conciencia de ser el Servidor que entrega su vida en sacrificio de expiación por los
delitos de los hombres.
Su vida entera fue servicio de Dios. Así lo manifestó en su preocupación constante
por buscar al Padre y cumplir su voluntad. Esa misma voluntad lo impulsaba a hacer de
su vida un servicio a los hombres. Así lo enseñó en parábolas sobre el honor que
implica el servicio. Así lo indicaba sin cesar en sus actitudes misericordiosas ante los
dolores de las muchedumbres. Así lo expresó con su ejemplo, al arrodillarse ante sus
apóstoles para lavarles los pies.
Al hacerse solidario con nosotros por su Encarnación, “él, que era de condición
divina, no consideró esta igualdad con Dios como algo que debía guardar celosamente:
al contrario, se anonadó a sí mismo, tomando la condición de servidor” (Flp 2, 6-7).
Estamos aquí ante la revelación inédita e inesperada de la majestad de Dios y de la
gloria divina, que se ocultan en el servicio y en la humillación de la cruz. El triunfo de
la resurrección es a la cruz, lo que la espiga madura al grano de trigo que quedó en el
surco. La soberbia del hombre se cura con la humildad de Dios. Su ambición de gloria y
plenitud de vida encuentran su cauce verdadero en el misterio pascual de Cristo
Servidor. Experiencia de gloria y servicio de Dios y de los hombres, se implican
mutuamente. Tal fue su vida. Tal debe ser la vida de la Iglesia y de cada discípulo del
Señor.
Fundada por Cristo como continuadora de su obra, la Iglesia hereda su vocación de
servicio. Servicio de la Verdad que hace libre al hombre. Servicio de la gracia de los
sacramentos que nos santifican. Servicio de la caridad que por sí misma es anuncio del
Evangelio de Cristo.
Dentro del Pueblo de Dios y a fin de acrecentarlo, Cristo instituyó diversos servicios
o ministerios. Como enseña la constitución Lumen gentium, en el último concilio: “el
ministerio eclesiástico de institución divina es ejercido en diversas categorías por
aquellos que ya desde antiguo se llaman obispos, presbíteros, diáconos” (LG 28). El
Catecismo de la Iglesia Católica, a su vez, nos dice que gracias al sacramento del Orden,
el ministro de la Iglesia actúa “no con autoridad propia, sino en virtud de la autoridad de
Cristo; no como miembro de la comunidad, sino hablando a ella en nombre de Cristo”
(CCE 875).
Los diáconos dentro de la Iglesia están llamados a ser un elocuente y eficaz signo
sacramental de Cristo Servidor. El diácono, en efecto, “como participación en el único
ministerio eclesiástico, es en la Iglesia signo sacramental específico de Cristo Siervo. Su
tarea es ser ‘intérprete de las necesidades y de los deseos de las comunidades cristianas’
y ‘animador del servicio, o sea, de la diakonía’, que es parte esencial de la misión de la
Iglesia” (RFIDP 5).
Mencionados en los escritos apostólicos y en la literatura de los primeros Padres,
ocupan en la Iglesia un lugar de honor, pues como enseña San Pablo en su Carta
primera a Timoteo: “Los que ejercen bien su diaconado se hacen merecedores de honra
y alcanzan una gran firmeza en la fe de Jesucristo” (1Tim 3,13). Según el apóstol,
“deben ser hombres respetables, de una sola palabra (…) enemigos de ganancias
deshonestas. Que conserven el misterio de la fe con una conciencia pura” (ibid. 3,8-9).
Sabemos que después de siglos de interrupción, el concilio Vaticano II ha querido
restablecer el diaconado como grado propio y permanente de la jerarquía eclesiástica,
dado que en la Iglesia de rito latino sólo se conservó como etapa transitoria en el camino
hacia el presbiterado. Podemos leer en la constitución Lumen gentium que el diaconado
“podrá ser conferido a los varones de edad madura, aunque estén casados, y también a
jóvenes idóneos para quienes debe mantenerse firme la ley del celibato” (LG 29).
Saludamos con gozo esta recuperación del diaconado permanente como un
enriquecimiento para la misión evangelizadora de la Iglesia, que en el último concilio ha
considerado como apropiado y útil que hombres que previamente realizaban en la
Iglesia un ministerio verdaderamente diaconal, sea en la vida litúrgica y pastoral, sea en
las obras sociales y caritativas, “sean fortalecidos por la imposición de las manos
transmitida ya desde los Apóstoles y se unan más estrechamente al servicio del altar,
para que cumplan con mayor eficacia su ministerio por la gracia sacramental del
diaconado” (AG 16).
Sus funciones quedan resumidas de este modo en el Catecismo de la Iglesia
Católica: “Corresponde a los diáconos, entre otras cosas, asistir al obispo y a los
presbíteros en la celebración de los divinos misterios sobre todo de la Eucaristía y en la
distribución de la misma, asistir a la celebración del matrimonio y bendecirlo, proclamar
el evangelio y predicar, presidir las exequias y entregarse a los diversos servicios de la
caridad” (cf LG 29; SC 35,4; AG 16) (CCE 1570).
Queridos Norberto y Miguel, como obispo de esta diócesis de Mar del Plata, quiero
expresarles la alegría de toda la diócesis por este acontecimiento de gracia que tendrá
lugar dentro de instantes por la imposición de mis manos y la oración de ordenación.
Ustedes recibirán la gracia del Espíritu Santo y quedarán marcados para siempre con un
sello imborrable, “para realizar un servicio y no para ejercer el sacerdocio” (LG 29; cf
CD 15).
En la ordenación diaconal, sólo el obispo impone las manos, signo mediante el cual
la Iglesia da a entender la especial vinculación que adquiere un diácono con el obispo
en el desempeño de su diakonía (cf S. Hipólito, Trad. ap. 8; cf CCE 1569). Sé muy bien
que con ustedes se suman desde hoy dos fieles colaboradores en el ministerio.
En cuanto a la diaconía de la Palabra, me oirán decir: “Recibe el Evangelio de
Cristo del cual eres mensajero”. Se trata de una misión sagrada y de importancia
decisiva en las actuales circunstancias de relativismo de la verdad, cuando se sancionan
leyes contrarias a la ley de Dios inscrita en la naturaleza de las cosas. Supone el
conocimiento de la doctrina de la Iglesia, intérprete del Evangelio y custodia de la
Tradición; la adhesión incondicional al Magisterio auténtico del Papa y los obispos,
“testigos de la verdad divina y católica” (LG 25; DV 10). Supone igualmente el arte de
la homilía y de la catequesis; la capacitación para el anuncio en los nuevos areópagos; el
deber de colaborar en la tarea misionera de la Iglesia diocesana.
La diaconía de la liturgia, los convierte en servidores de la santificación de la
comunidad cristiana, en estrecha relación con el obispo y los presbíteros. Deberán
esmerarse siempre en un estilo de celebración que respete plenamente las normas de la
Iglesia previstas en los rituales para la celebración de los sagrados misterios. Los
ministros de la Iglesia no somos dueños de la liturgia, sino sus humildes servidores. No
nos permitimos una falsa creatividad, pues el criterio es la fidelidad y el respeto a lo que
no nos pertenece.
Por la diaconía de la caridad, al mismo tiempo que servirán a sus hermanos, en
especial a los más pobres, estarán impulsando a todos los fieles de la Iglesia diocesana,
con su ejemplo y su palabra, a convertirse en servidores. “Las obras de caridad,
diocesanas o parroquiales, que están entre los primeros deberes del obispo y de los
presbíteros, son por éstos, según el testimonio de la Tradición de la Iglesia, transmitidas
a los servidores en el ministerio eclesiástico, es decir a los diáconos” (DMVDP 38).
Durante la oración de ordenación oirán estas palabras: “Que resplandezca en ellos (…)
un amor sincero, solicitud por pobres y enfermos (…); que el ejemplo de su vida suscite
la imitación del pueblo santo; que (…) perseveren firmes y constantes con Cristo, de
forma que, imitando en la tierra a tu Hijo, que no vino a ser servido sino a servir,
merezcan estar con él en el cielo”.
A la humilde “servidora del Señor” (Lc 1,38), modelo perfecto e inspirador de todo
servicio, encomiendo este ministerio que hoy inician, para mayor gloria de Cristo y
crecimiento de su Iglesia.
+ ANTONIO MARINO
Obispo de Mar del Plata
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