Las aberraciones sexuales y la sexualidad infantil desde el psicoanálisis
El psicoanálisis, a partir de los textos de Sigmund Freud, replantea el concepto de
sexualidad y rompe con las creencias populares sobre el tema. Para Freud, la
sexualidad no se limita a la reproducción o al acto genital, sino que es una energía
psíquica (libido) que atraviesa toda la vida humana, desde la infancia hasta la
adultez.
El planteamiento freudiano permite comprender que la sexualidad no aparece
únicamente en la pubertad, sino que constituye una fuerza vital que impulsa el
desarrollo del sujeto. Se manifiesta en distintas etapas y puede expresarse de
diversas maneras, algunas consideradas normales y otras clasificadas como
“aberraciones sexuales”. El objetivo de este informe es comprender los conceptos
psicoanalíticos de pulsión, instinto, objeto, fin, etapas psicosexuales, sexualidad
infantil y aberraciones sexuales, contrastando la idea freudiana con la noción
común o moral de lo sexual.
El concepto psicoanalítico de la sexualidad
En la Conferencia 20: La vida sexual de los seres humanos, Freud (1916–1917)
señala que lo sexual, para el psicoanálisis, abarca tanto las manifestaciones
adultas como las infantiles y perversas, mientras que el pensamiento popular lo
reduce al acto genital y la reproducción. Según el autor, el concepto de sexualidad
incluye la vida sexual de las personas “perversas” y la de los niños, y por ello “se
amplía en cuanto a la concepción popular”.
Esta idea transforma la manera de entender lo sexual, ya que implica que
cualquier experiencia de placer o afecto puede tener un componente sexual,
incluso si no involucra el cuerpo de manera genital. Freud amplía el concepto para
incluir cualquier intercambio de afecto o manifestación de placer del cuerpo y la
mente humana, lo que profundiza en la comprensión de la naturaleza del deseo.
La pulsión, el instinto, el objeto y el fin
Freud (1905/2020) distingue claramente entre instinto y pulsión. El instinto, propio
de los animales, tiene una meta y un objeto fijos; en cambio, la pulsión es una
fuerza psíquica que busca satisfacción, pero cuyo objeto y fin pueden variar. La
pulsión se define por su fuente (el lugar del cuerpo donde surge), su empuje (la
intensidad con que actúa), su fin (la satisfacción) y su objeto (aquello a través de
lo cual alcanza dicha satisfacción).
La pulsión es más flexible que el instinto y, precisamente por esa plasticidad,
puede desviarse, reprimirse o sublimarse. Freud sostiene que la pulsión sexual es
independiente de su objeto y que su génesis no depende de los encantos de este.
El objeto sexual, por tanto, puede cambiar a lo largo del desarrollo, y el fin sexual
—la acción que busca la satisfacción— no siempre es el coito, sino también otras
formas de placer. Este planteamiento explica la complejidad y diversidad del deseo
humano, mostrando que lo sexual no puede reducirse a una función biológica.
Las aberraciones sexuales
Freud inicia su estudio sobre las aberraciones sexuales señalando que la ciencia
popular comete errores al suponer que la sexualidad comienza en la pubertad y
que su meta natural es la reproducción. En Tres ensayos de teoría sexual, aclara
que existen “numerosas desviaciones respecto del objeto sexual y de la meta
sexual que deben investigarse sin moralismo” (Freud, 1905/2020, p. 129). Entre
las principales formas, analiza la inversión (atracción hacia personas del mismo
sexo), el sadismo, el masoquismo y otras prácticas donde la pulsión se separa de
la reproducción.
Freud no considera estas manifestaciones como enfermedades, sino como
variaciones de la propia pulsión sexual. Afirma que “entre pulsión sexual y objeto
sexual no hay sino una soldadura”, lo que significa que no existe un vínculo natural
e inmutable entre deseo y objeto. Asimismo, introduce la idea de la bisexualidad
psíquica, es decir, que todos los seres humanos contienen disposiciones
masculinas y femeninas. De este modo, las llamadas “aberraciones” no son fallas,
sino expresiones diversas de una misma estructura humana.
Esta concepción marca una diferencia radical con la visión popular de la
sexualidad, que suele asociarla con lo moral, lo biológico o lo reproductivo. El
psicoanálisis, en cambio, la entiende como una fuerza que puede des
viarse, sublimarse o expresarse en el inconsciente, sin dejar de ser una parte
esencial del sujeto.
La sexualidad infantil
Uno de los descubrimientos más importantes de Freud fue la sexualidad infantil,
desarrollada ampliamente en el segundo de los Tres ensayos de teoría sexual.
Freud afirma que la idea de que los niños son asexuados es un error grave y la
principal causa de la ignorancia sobre la vida sexual humana. Según el autor, “la
existencia de una pulsión sexual en la infancia posee el carácter de una ley”.
Freud demuestra que el niño experimenta placer en distintas partes del cuerpo
llamadas “zonas erógenas” y que este placer no busca reproducirse, sino
satisfacer una tensión interna. Un ejemplo es el chupeteo, donde el lactante
succiona no por hambre, sino por placer. En esta acción se encuentra la primera
manifestación sexual, ya que “sirve a la ganancia de placer y, en este sentido, a la
satisfacción sexual” (Freud, 1916–1917).
Esto evidencia que la sexualidad es parte del desarrollo psíquico desde los
primeros meses de vida. La pulsión sexual se apoya al principio en funciones
biológicas (como la alimentación) y luego se independiza, buscando placer por sí
misma. Freud denomina a este fenómeno “autoerotismo”, cuando el niño se
convierte en su propio objeto de placer.
Además, Freud explica que la infancia está marcada por una serie de etapas
psicosexuales:
1. Etapa oral: el placer se centra en la boca y la succión.
2. Etapa anal: el control de esfínteres genera placer en la retención o expulsión.
3. Etapa fálica: los genitales se vuelven la principal fuente de placer y aparece el
complejo de Edipo.
4. Etapa de latencia: la sexualidad se reprime parcialmente y la energía se sublima
hacia el aprendizaje y la moral.
5. Etapa genital: la pulsión se organiza de manera madura y dirigida hacia otra
persona.
Estas etapas son esenciales para comprender cómo se forma la personalidad. Las
fijaciones o conflictos en alguna de ellas pueden manifestarse después en la vida
adulta; por ejemplo, una persona excesivamente controladora puede presentar
rasgos asociados a la etapa anal, mientras que una tendencia a la dependencia
puede relacionarse con la etapa oral.
Sublimación y represión
Durante la etapa de latencia, Freud explica que la energía sexual se canaliza
hacia otros fines mediante la sublimación, que consiste en transformar el impulso
sexual en logros culturales, artísticos o intelectuales. Según Freud, “la energía de
las mociones sexuales infantiles es desviada del uso sexual y aplicada a otros
fines”.
Este proceso representa una de las mayores aportaciones del psicoanálisis, pues
muestra que la cultura y la creatividad provienen de la misma energía que impulsa
el deseo sexual. La represión, en cambio, actúa conteniendo o desplazando las
pulsiones que la conciencia no puede aceptar, lo que explica muchos síntomas
neuróticos.
En este sentido, la sexualidad no es algo que deba eliminarse, sino comprenderse
y canalizarse. Cuando se reprime de forma excesiva, puede reaparecer en
sueños, lapsus o síntomas físicos. Cuando se sublima, en cambio, se convierte en
arte, conocimiento o afecto.
Conclusión
El estudio de los textos de Freud demuestra que el psicoanálisis transforma
radicalmente la visión tradicional de la sexualidad. En lugar de concebirla como
una función biológica o moral, la entiende como una fuerza psíquica universal. La
pulsión impulsa al sujeto hacia la satisfacción, pero su objeto y su fin pueden
variar, dando lugar a una amplia gama de expresiones sexuales.
Las aberraciones sexuales, lejos de ser patologías, revelan la plasticidad del
deseo humano y la independencia de la pulsión respecto a su objeto. Por otra
parte, la sexualidad infantil demuestra que desde los primeros años de vida ya
existen placer, deseo y represión, los cuales influyen en la formación del carácter y
en los futuros vínculos.
La enseñanza funda
mental del pensamiento freudiano es que lo sexual no se opone a la moral ni a la
cultura, sino que constituye su origen. Comprender las pulsiones y reconocer que
la sexualidad es parte de la vida psíquica permite aceptar la naturaleza humana
con menos culpa y con mayor entendimiento.