Subido por Soraya Allo

4.La formación de los contratos en general

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04.1. La defensa de los consumidores y la
formación del contrato en general
Naujoël
Última actualización: 20 Junio 2019
Derecho del Consumo
Las políticas de protección de los consumidores y usuarios y la noción de
consumidor en sentido técnico, son cuestiones nacidas en el último tercio del
siglo XX. En consecuencia, dado que la formulación contemporánea de la noción
de contrato se lleva a efecto durante los siglos XVIII y XIX, a través de las
codificaciones civiles, no puede extrañar que la noción técnica de contrato que
sobrevive en tales Códigos sea un dato anterior y por tanto, abstraído y distante
del principio pro consummatore.
En los Códigos civiles del XIX la categoría de los consumidores y, la defensa
de consumidores y, por ende, la defensa de consumidores y usuarios son datos
que brillan por su ausencia. Los códigos no se refieren a consumidores, sino a
partes contratantes a las que además, de entrada, consideran iguales entre sí,
por lo que, conforme a la ideología liberal-individualista que subyace en la tarea
codificadora, las sitúa en el mismo plano, sin establecer ninguna discriminación
positiva, ni sentar base alguna de protección de la parte económicamente débil.
04.2. El concepto de contrato
Naujoël
Última actualización: 20 Junio 2019
Derecho del Consumo
2.1. Idea inicial de contrato
La idea de contrato responde al acuerdo o pacto que, mediante la prestación
del correspondiente consentimiento, vincula a dos o más personas respecto de
una determinada conducta de carácter patrimonial. Según el art. 1.254 CC, el
contrato existe desde que una o varias personas consienten en obligarse,
respecto de otra u otras, a dar alguna cosa o prestar algún servicio.
El contrato es un mecanismo de generación de derechos y obligaciones
respecto de las partes, quienes se encuentran vinculadas a la realización de su
promesa, por mero hecho de haberse comprometido a ello, por haber prestado
su consentimiento.
2.2. El intercambio de bienes y servicios como
sustrato económico del contrato
Desde el punto de vista económico y funcional, nadie es autosuficiente, y que,
por tanto, cualquier persona ha de contar con los demás para hacer frente a sus
necesidades.
No todo intercambio de bienes y servicios es un contrato, y es igualmente cierto
que la mayor parte de tales intercambios constituyen la base de lo que los juristas
denominan contrato: esto es, el acuerdo en realizar un determinado intercambio
de un bien o servicio cualquiera por otro bien o servicio.
2.3. La patrimonialidad de la relación contractual
Un contrato es fundamentalmente la "veste jurídica" de una operación
económica consistente en un intercambio de bienes o servicios.
Todo contrato debe tener por objeto prestaciones susceptibles de valoración
económica, ya consistan tales prestaciones en bienes o servicios; aunque dicha
valoración económica resulte unas veces fácilmente determinable (precio de
mercado de cualquier bien), mientras que en otras su materialización depende
en gran medida del propio interés, voluntad o capricho de los contratantes.
En cualquier caso, por principio e incluso en los contratos unilaterales, el
requisito de la patrimonialidad ha de estar presente en todo acuerdo contractual;
mientras que, por el contrario, otras figuras jurídicas consistentes también en un
acuerdo de voluntades (ejemplo típico: el matrimonio) no pueden ser
consideradas como contratos por faltarles la nota de la patrimonialidad.
04.3. El principio de autonomía privada y
la fuerza vinculante de los contratos
Naujoël
Última actualización: 20 Junio 2019
Derecho del Consumo
3.1. Libertad de iniciativa económica y autonomía
privada
Si en el contrato, considerado en general, subyace un intercambio económico
objeto de valoración por las partes, no puede extrañar que el estudio del mismo
haya servido para resaltar el papel conformador de la voluntad de los
contratantes y, en definitiva, la libertad de iniciativa económica privada
reconocida por la generalidad de los sistemas (económico y jurídico) de los
países evolucionados, incluso a nivel constitucional, como ocurre en el art. 38
CE.
Autonomía significa, etimológicamente, darse a sí mismo la norma, la Ley: en
una palabra, autonormarse. Por consiguiente, el principio de la autonomía
privada es una sintética expresión con la que los juristas tratan de resaltar que
el ordenamiento jurídico reconoce a los particulares un amplio poder de
autorregulación de sus relaciones patrimoniales.
3.2. Ámbito propio de la autonomía privada
La relevancia que la voluntad de las partes asume en el ámbito contractual
requiere algunas observaciones que enmarquen el alcance efectivo de la
autonomía privada y de la libertad contractual:
1. La autonomía privada no puede ser contemplada al margen del
ordenamiento jurídico (que la reconoce y protege) como si fuera una
libertad del particular que permitiese atentar contra el propio
ordenamiento jurídico y, en concreto, contra las normas de carácter
imperativo dimanantes del orden público, la moral y la buena fe.
Ciertamente, la generalidad de las normas legales referentes al contrato,
tiene carácter dispositivo y, por consiguiente, son disponibles y
sustituibles por las partes.
2. En términos teóricos, no debe llegarse a una sobrevaloración conceptual
de la voluntad de las partes, que concluya en afirmar que el contrato es
un acuerdo de voluntades, con olvido del substrato económico del
mismo, y de la nota de patrimonialidad referida.
3.3. Autonomía privada y fuerza vinculante de los
contratos
La consagración normativa de la autonomía en nuestro Código Civil se
encuentra en el art. 1.255: “Los contratantes pueden establecer los pactos,
cláusulas y condiciones que tenga por conveniente, siempre que no sean
contrarios a las leyes, a la moral, ni al orden público”. Esto es, una vez
respetados los límites de la autonomía privada, el contenido de los contratos
depende en exclusiva de la propia voluntad de las partes, quienes pueden dotar
al contrato del alcance que les venga en gana.
Planteado así, se genera la impresión de que las normas imperativas
representan un papel negativo o preventivo respecto del pacto contractual,
prohibiendo determinadas conductas. Sin embargo, siendo cierto dicho papel
preventivo, respecto del pacto contractual, prohibiendo determinadas conductas.
Siendo cierto dicho rol preventivo de las normas de ius cogens sobre los
contratos, no resulta expresivo, pues ha de verse completado con otro tipo de
consideración, no menos ciertas.
En primer lugar, las prescripciones legales pueden dotar al acuerdo contractual
de un significado y alcance distintos al establecido por las partes en el clausulado
contractual.
En segundo lugar, visiones apriorísticas aparte sobre la relación existente entre
la organización política y el individuo, el ordenamiento jurídico constituye
precisamente el fundamento último de la relevancia de la voluntad de las partes,
otorgando al contrato una fuerza vinculante y unas posibilidades de actuación de
las que podría carecer técnicamente hablando.
La fuerza vinculante de los contratos se encuentra sancionada en el art. 1091
CC, conforme al cual las obligaciones que nacen de los contratos tienen fuerza
de ley entre las partes contratantes, y deben cumplirse al tenor de los mismos.
Dicho precepto, fundamental en nuestro sistema, no afirma que el contrato sea,
ni siquiera inter partes, ley; más, sin embargo, atribuye a las obligaciones ex
contractu “fuerza de ley” en las relaciones entre los contratantes, fundamentando
así la eficacia obligatoria de la autonomía privada, tal y como ha declarado la
jurisprudencia (ej. STS 9/7/1986).
04.4. Los elementos del contrato
Naujoël
Última actualización: 20 Junio 2019
Derecho del Consumo
Para que se origine un contrato, basta con que dos personas coincidan en
realizar un determinado acto que interese al otro y que dichos actos sean
merecedores de la tutela jurídica.
4.1. Elementos esenciales y elementos
accidentales del contrato
Así pues, el minimum de elementos que acredita la existencia de un contrato
válido viene representado por el consentimiento de las partes, el objeto y la
causa. Pero, dado el reconocimiento de la autonomía privada, es obvio que las
partes pueden introducir en el contrato previsiones complementarias (no
requeridas legalmente) de las que dependa la propia eficacia del contrato
celebrado.
Ello obliga a distinguir entre:
Elementos esenciales del contrato: deben estar presentes en cada contrato
para que válidamente se pueda hablar de tal. El art. 1261 CC formula en sentido
negativo la necesidad de concurrencia de todos los elementos esenciales del
contrato: “No hay contrato sino cuando concurren los requisitos siguientes:
1. Consentimiento de los contratantes.
2. Objeto cierto que sea materia del contrato.
3. Causa de la obligación que se establezca”.
Elementos accidentales: pueden estar presentes por voluntad de las partes
en un determinado contrato, pese a que su presencia no es esencial.
Fundamentalmente, tales elementos accidentales son:
a. La condición.
b. El término.
4.2. Los denominados elementos naturales del
contrato
Junto a los elementos esenciales y accidentales, los civilistas clásicos traían a
colación una tercera serie de componentes estructurales del contrato: los
elementos naturales.
El ejemplo más llamativo de "elemento natural" es el carácter gratuito del
contrato de depósito: como regla y salvo pacto en contrario, el depositario no
tiene derecho a retribución alguna, por ser un contrato basado en la confianza
hacia el depositario o en la necesidad del depositante. Sin embargo, la regla de
Derecho mercantil es la contraria: el carácter retribuido del depósito, en atención
a que la actividad mercantil se encuentra presidida por la finalidad de lucro.
04.5. La formación del contrato
Naujoël
Última actualización: 20 Junio 2019
Derecho del Consumo
5.1. La igualdad de las partes contratantes
Ningún artículo del Código Civil dispone que los contratantes son iguales para
contratar y tienen la misma capacidad económica para llevar a cabo la
negociación patrimonial ínsita en todo contrato, es evidente que tales ideas
constituyen la nervadura de la regulación del Código Civil.
Ello no es extraño, pues nuestro Código Civil, al igual que sus modelos, es fruto
del liberalismo político y económico propio de su época de su preparación.
La formación del contrato es, para el Código Civil un asunto entre particulares
que son iguales ante la Ley, y por consiguiente, deben procurar la satisfacción
de sus intereses de forma personal, sin reclamar la intervención arbitral de ente
alguno.
La visión liberal-individualista ofrecida por los Códigos Civiles del siglo XIX, se
correspondía en gran parte de la verdad sociológica posterior a la Revolución
francesa.
Determinadas capas de ciudadanos se veían en el siglo XIX, obligados a firmar
determinados contratos en condiciones predispuestas por la parte
económicamente fuerte, de forma que realmente, al celebrar tales contratos, no
hay aproximación o coincidencia de voluntades entre las partes como regla
general indiscutible.
5.2. Los actos en masa: los contratos de consumo
El esquema de formación del contrato recogido en los CC, responde por lo
común a la celebración del contrato personalizado y, por lo general, de relativa
entidad económica.
Sin embargo, los actos en masa, escapan al esquema codificado y se
plantean en términos diversos. Por ello, se habla de crisis del esquema
codificado, para resaltar que el proceso formativo del contrato, desde la
codificación hasta nuestros días, se ha visto profundamente alterado.
El denominado "movimiento consumerista" se ha extendido por todos los
países evolucionados, en búsqueda de una legislación superadora del esquema
codificado que proteja sus intereses frente a las grandes compañías y a los
suministradores profesionales de bienes y servicios.
En dicha línea, el art. 51 CE establece que los poderes públicos garantizan la
defensa de los consumidores y usuarios, protegiendo, mediante procedimientos
eficaces, la seguridad, la salud y los legítimos intereses de los mismos.
04.6. Las fases de formación del contrato
Naujoël
Última actualización: 20 Junio 2019
Derecho del Consumo
El paradigma clásico de formación del contrato, y por tanto las fases genéticas
de su celebración, radican en la oferta de una parte y la aceptación de la otra.
6.1. La oferta contractual
Para el Código Civil el paradigma formativo del contrato viene dado por el
contrato personalizado, en el que ambas partes, tras las correspondientes
negociaciones iniciales o tratos preliminares, en su caso, llegan a concordar
sobre la celebración del contrato.
El art. 1262 establece que "el consentimiento se manifiesta por el concurso de
la oferta y de la aceptación". La propuesta contractual que realiza una persona
se le llama ofrende, al ser aceptada por la otra aceptante, conlleva la
celebración del contrato o su perfección.
En términos generales, la oferta contractual es una declaración de voluntad
emitida con la intención de celebrar un contrato y que, ha de contener todos los
elementos necesarios para que con la mera aceptación de la otra parte se pueda
decir que el contrato ha quedado perfecto, en el sentido de perfeccionado.
En definitiva, la oferta contractual, para ser realmente tal, requiere que se
mantenga en sus condiciones iniciales en espera de la aceptación de la
contraparte. Si se modifican las condiciones de la oferta por el eventual
aceptante, se está realizando una nueva oferta o contraoferta que, ahora, habrá
de ser objeto de aceptación por quien inicialmente asumía la posición de
oferente.
6.2. La aceptación: el valor del silencio
La aceptación es una declaración de voluntad por naturaleza recepticia, es
decir, debe ser dirigida al oferente y ser plenamente concordante con la oferta
con independencia de que pueda realizarse tanto de forma expresa cuanto
tácita, o a través de hechos concluyentes que no dejen lugar a dudas sobre la
admisión de las condiciones contractuales ofrecidas.
En los supuestos de aceptación tácita, resulta conveniente hacer una
referencia explícita al valor del silencio o actitud reticente a desplegar una cierta
actividad del eventual aceptante respecto de la oferta realizada por quien se
encuentra en negociaciones con él.
En definitiva, el silencio o la falta de actuación de quien no puede ser
considerado eventual aceptante no pueden considerarse como una
manifestación positiva de voluntad que lo vincule contractualmente: qui tacet non
utique fatetur (el que calla ni afirma ni niega).
6.3. La perfección del contrato entre ausentes
según los Códigos
Cuando los contratantes celebran el contrato de forma directa y personal,
encontrándose ambos presentes, el juego de oferta y aceptación no ofrecerá
problemas de importancia.
En cambio, cuando los contratantes están llevando a cabo las negociaciones
en la distancia y no tienen un medio que de forma inmediata les permita
concluirlas en su caso, pueden surgir graves incógnitas en relación con el
momento de perfección del contrato.
Frente a la opción seguida por el Código Civil, el art. 54 CCom se adscribe a la
tesis de la expedición o remisión como momento perfectivo del contrato, al
disponer que “los contratos que se celebren por correspondencia quedaran
perfeccionados desde que se contesta aceptando la propuesta”.
6.4. La Ley 34/2002: contratación automática,
telemática y electrónica
Los medios técnicos contemporáneos de comunicación y de comercio, y la
aceptación por nuestro ordenamiento jurídico del nuevo principio general del
Derecho de protección del consumidor, han exigido revisar los criterios de
resolución de conflictos en relación con la denominada “contratación entre
ausentes”.
Esta revisión se ha llevado a cabo por la LSSICE que, entre otras cosas, regula
la contratación por vía electrónica y cuya DA 4, reforma el tenor literal de los CC
y Código de Comercio.
En cuanto a la contratación electrónica, aunque ofrecer un cuadro regulador de
una materia nueva en el mundo del Derecho. Pero, aspectos técnicos aparte, lo
cierto es que los fundamentos del Derecho contractual no han sido afectados,
limitándose a consagrar la admisión de dicho tipo de contratación, dejando a
salvo en todo caso:
a. Que los contratos electrónicos serán válidos cuando concurran el
consentimiento y los demás requisitos necesarios para su validez (art.
23.1).
b. Que tales contratos se regirán por lo dispuesto en la Ley especial y en
los CC y Código de Comercio.
Referente al TRLCU, conviene afirmar que la LSSICE no ha sido objeto de
modificación o alteración alguna.
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