Subido por Jorge Suárez

2 Efectos de la fecundidad

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Efectos de la fecundidad en grupos indígenas y familias
en situación de pobreza en México
Jorge Alberto Suárez Pérez1
En el presente ensayo se realiza una reflexión sobre los efectos de la fecundidad en familias
de grupos indígenas y en situación de pobreza en México, a partir de los estudios de Sandoval
Forero (1994), Villasmil (1998) y Vázquez Sandrin (2019). En un primer momento y con el
propósito de establecer un panorama acerca de la investigación en México sobre la
fecundidad, se elabora un breve análisis sobre el estudio realizado por Welti Chanes (2006),
quien describe esencialmente las encuestas nacionales desarrolladas a partir de los años 60’s
hasta finales del siglo XX, así como el surgimiento de la fecundidad adolescente como tema
de investigación académica.
En las últimas cinco décadas, la fecundidad entendida como la frecuencia de nacimientos
en la población de mujeres que se encuentran en edad de procrear, ha sido motivo de
múltiples estudios y análisis que han buscado establecer los determinantes sociales en la
historia reproductiva de las mujeres mexicanas. Partiendo como objeto de estudio
demográfico, pero también económico debido a las consideraciones de que el crecimiento
poblacional constituía un obstáculo en el crecimiento económico, la fecundidad encontró un
lugar dentro de la esfera académica durante los años 60’s, que se preocupó por profundizar
en este fenómeno para impulsar políticas públicas o programas específicos para contenerlo.
Las primeras encuestas de fecundidad en América Latina publicadas por León Tabah en
1964 constituyeron una aproximación teórica y metodológica para analizar y establecer
primeras hipótesis sobre el comportamiento de esta dinámica. Como resultados de estas
encuestas, se propuso incluir a la población masculina en el estudio de la fecundidad y se
delimitó información importante sobre los factores que influyen en esta, como la edad de
inicio de relaciones sexuales, el control voluntario, entre otros. Para el caso de México, sería
el Instituto de Investigaciones Sociales de la UNAM y el Celade, quienes aplicaron el mismo
año la Encuesta Demo-Sociológica Familia y Reproducción en el Distrito Federal, logrando
obtener “por primera vez una estimación de la fecundidad a partir de datos provenientes de
la historia de embarazos de las mujeres” e información referente de la percepción de la
población sobre este fenómeno y el uso de anticonceptivos (Welti Chanes, 2006, p. 259).
Para 1969-1970, la Encuesta de Fecundidad Rural fue realizada con el objetivo de
comprobar algunas hipótesis derivadas de las diferencias sobre la fecundidad que se
concebían entre los grupos sociales, entre ellas, la consideración de que a menor número de
hijos las parejas se proponían lograr un mayor estatus para estos en cuanto a educación y
trabajo. No obstante, los resultados sólo fueron descritos de forma detallada, ya que durante
1
Este ensayo se realizó como parte del Seminario de Investigación Tópicos sobre Uniones, fecundidad y familia
de la Maestría en Historia Contemporánea de la Facultad de Historia en la Universidad Veracruzana.
aquellos años aún no se contaba con paquetes estadísticos como los que hoy en día facilitan
la organización y tabulación de la información obtenida para su análisis y comprensión. Por
ejemplo, se hizo evidente el interés de un número determinado de mujeres de la población
rural por limitar la descendencia, pese a que tenían un escaso conocimiento y nulo acceso a
los métodos anticonceptivos.
Precisamente la identificación de factores determinantes en el uso de anticonceptivos en
proporción a las diferencias de fecundidad entre la población urbana y rural, fue una de las
dos líneas de investigación que derivaron del análisis sociodemográfico de la fecundidad
basado en la información de la Encuesta Mexicana de Fecundidad durante los años 80’s”.
Uno de los análisis realizados demostró, que el alcance y utilización de anticonceptivos en la
población femenina determina en mayor medida las diferencias de uso a nivel de localidad,
que el conocimiento o características socioeconómicas de la población.
Entre 1982 y 1987 también fueron realizadas la Encuesta Nacional Demográfica, cuyo
objetivos fue confirmar el descenso de la fecundidad que para entonces ya era evidente en
México y la Encuesta Nacional de Fecundidad y Salud, que asocia por primera vez el
concepto de salud reproductiva que se encontraba muy en boga a nivel mundial. La primera
presentó como innovación el módulo de datos socioeconómicos que se analizó a partir del
concepto de clases sociales según la teoría marxista, mientras que en la segunda se centró en
analizar aspectos relacionados con el derecho reproductivo a través de datos relacionados
“con la salud de los hijos y de la propia mujer entrevistada” (Welti Chanes, 2006, p. 265).
Por su parte, la Encuesta Nacional de la Dinámica Demográfica aplicada por el INEGI
en 1992, permitió realizar un análisis multivariado con una desagregación espacial que no se
había elaborado en encuestas anteriores, permitiendo observar diferencias entre los estados
del país y el tipo de localidad, según rural o urbano. Con respecto a factores relacionas con
la fecundidad, la encuesta sólo mostró información acerca de la edad de las primeras uniones
y sobre el uso de anticonceptivos limitando con ello a analizar sólo estos factores explicativos
del fenómeno. En suma, la Encuesta Nacional de Planificación Familiar realizada por la
CONAPO en 1995, hizo evidente el interés por “captar el nivel de autonomía de la mujer en
el hogar y su posible relación con las decisiones reproductivas” (Welti Chanes, 2006, p.266).
Con respecto a la profundización de los estudios sobre la fecundidad adolescente, el autor
plantea una serie de factores que intervienen determinantemente en esta problemática,
principalmente ligados a la falta de oportunidades como el acceso limitado a la educación y
el trabajo o la inclusión dentro los círculos de la pobreza. Pese a que estudios demográficos
han demostrado que la fecundidad adolescente va más allá de un problema de crecimiento
poblacional, las perspectivas a través de la salud reproductiva se han limitado a considerar el
embarazo temprano como una problemática derivada de la “falta de información o acceso a
los servicios de planificación familiar” (Welti Chanes, 2006, p. 267).
En consecuencia, el autor propone presentar el fenómeno sociodemográfico de la
fecundidad adolescente a partir de dos dimensiones que permean de forma considerable: “el
crecimiento población y otros fenómenos demográficos” y “su efecto sobre las condiciones
de vida de la población involucrada”. En México, el efecto que tiene la maternidad
adolescente sobre la tasa global de fecundidad y la tasa bruta de natalidad, hace evidente las
diferencias entre mujeres que fueron madres por primera vez antes de los 20 años contra las
que procrearon después de esta edad, ya que representan dos hijos antes de los 35 años y tres
hijos al final del periodo de reproducción. Es decir, la posibilidad de fecundidad adolescente
se duplica con respecto a la fecundidad emprendida en la madurez.
Para una mujer en condiciones sociales precarias, la fecundidad adolescente representa
“una carga adicional que limita su desarrollo personal”, sobre todo cuando se discute si el
embarazo entre las jóvenes estudiantes es un factor de deserción escolar. En algunas
encuestas especializadas se ha demostrado que el embarazo no es una determinante del
abandono escolar entre las mujeres, siendo el matrimonio una de las principales causas, sólo
por debajo de la escasez económica. Sin embargo, en la mayoría de los casos, el matrimonio
entre jóvenes se consuma para legitimar un embarazo prenupcial, lo que hace evidente a la
fecundidad adolescente como causa original de la deserción escolar.
De esta manera, el nivel de escolaridad es un factor importante para considerar en la
fecundidad adolescente, pues según afirma el autor, “el 60% de las mujeres que no asistieron
a la escuela han sido madres antes de los 20 años, mientras que entre las mujeres con
preparatoria la cifra se reduce a 10%” (Welti Chanes, 2006, p. 270). Esta dinámica también
implica a que la legitimación de los nacimientos por unión conyugal sea condicionada por el
nivel de escolaridad, ya que en mayor proporción las adolescentes con un nivel educativo
bajo, prefieren unirse después del nacimiento del primer hijo.
A manera de conclusión, Welti Chanes (2006) afirma que el crecimiento de la fecundidad
en los años 60’s y 70’s estimuló el interés de los académicos por establecer un acercamiento
con los factores que incidían en este fenómeno. Además, el descenso observado en los
últimos años también propició identificar otras problemáticas que hasta entonces eran
desapercibidas, entre ellas la fecundidad adolescente. De esta manera, es importarte ampliar
la visión de análisis a través del enfoque demográfico considerando los factores que tienen
un peso específico en el comportamiento reproductivo, como los patrones de formación de
uniones, prácticas sexuales, uso de anticonceptivos, la valoración de los hijos, entre otros.
En Aspectos sociales y culturales de la fecundidad. Grupos domésticos indígenas en el
Estado de México, Sandoval Forero (1994) analiza el fenómeno de la fecundidad dentro de
los grupos domésticos indígenas del Estado de México considerando los elementos que
integran la realidad social y cultural de estos sujetos de estudio. Con base a una metodología
cualitativa, el autor desarrolla una explicación sobre esta variable demográfica y las
repercusiones que emanan desde el aspecto social, religioso, cultural y económico como
determinantes en el progreso de dicha dinámica en los grupos domésticos indígenas.
En un primer momento, el autor se preocupa por definir y entender lo que refiere como
“grupo doméstico indígena”, cuya concepción lo lleva a entenderlo como un “espacio social”
en el que se desarrollan diversas funciones que hacen propicia la relación familiar, como la
reproducción, el control social, la distribución de recursos para el consumo y producción
doméstica y la socialización de los individuos en apego a normas culturales y relaciones de
género. Para efectos de reproducción, los grupos domésticos indígenas se conciben como
unidades integradas por elementos que interactúan en la cotidianidad y que dan respuesta “a
una serie de valores, creencias, trabajos, interacción social y necesidades” para la satisfacción
del entorno social y familiar (Sandoval Forero, 1994, p. 99).
Sin embargo, aunque la mortalidad y migración también son fenómenos demográficos
influyentes en estos estudios, la fecundidad es el principal indicador para explicar el tamaño
de los grupos domésticos indígenas y para entender su dinámica tanto al interior del entorno
familiar como al exterior en el entorno comunitario. Desde la perspectiva cultural indígena,
la fecundidad se concibe a partir de las representaciones y actitudes que la pareja piensa sobre
la procreación de hijos; es decir, a partir de las determinantes culturales que predisponen el
estado de fecundidad ante las condicionantes culturales de la sexualidad.
Por ende, para la cultura indígena, la familia extensa representa un patrón cultural que
determina el funcionamiento de los grupos domésticos en los que los varones ostentan el
dominio familiar y las mujeres un estatus de subordinación desempeñando el papel de esposa,
madre o hermana. El modelo de dominación masculina que se hereda de generación en
generación es una condicionante de la alta fecundidad dentro de los grupos domésticos
indígenas debido a la concepción sociocultural de la figura varonil como eje central del
entorno familiar y al rudimentario rol maternal y doméstico en el que se encasilla a la mujer.
A esto también hay que agregar el desconocimiento de los métodos anticonceptivos por
parte de los grupos domésticos indígenas, principalmente de los hombres que rechazan el uso
de estos medios para no romper los modelos de tradición y costumbre dentro del entorno
familiar o para no atentar en contra de su “vigorosidad”. Otro patrón cultural que impera en
el comportamiento demográfico de la fecundidad y natalidad en los grupos domésticos
indígenas, es la práctica de la medicina ancestral, en la que las parteras cumplen un papel
protagonista al emplear recursos propios de la herbolaria e hidroterapia como métodos
eficaces para la concepción de la vida. Aunado a ello, la mortalidad asume una relación
paralela a la fecundidad dentro de los grupos domésticos indígenas, pues al existir una alta
mortalidad infantil, se tiende a reemplazar los hijos muertos con el nacimiento de otro, debido
a la importancia que representan los hijos dentro del contexto familiar indígena.
Por otro lado, los bajos niveles de educación y la edad matrimonial también son elementos
que influye en las altas tasas de fecundidad y natalidad entre los grupos domésticos indígenas,
pues para el caso del Estado de México, la edad promedio al matrimonio para las mujeres es
de 17 años y para los hombres de 19, lo que hace evidente que “mientras más joven sea la
mujer al contraer nupcias, mayor será la fecundidad”, sentencia que se cumple por ejemplo,
entre las comunidades otomíes estudiadas por el autor donde el promedio de hijos es de 7 por
mujer (Sandoval Forero, 1994, p. 101).
En cuanto al aspecto económico, la alta fecundidad de los grupos domésticos indígenas se
asocia a la fuerza de trabajo que sostienen el entorno familiar, pues se piensa que mientras
más grande sea el número de hijos, mayores serán los ingresos monetarios, aunque no
siempre funcione esta fórmula y sólo se engrosen las estadísticas de la pobreza y la pobreza
extrema. La escasez de la tierra y los cambios ecológicos incitan a los varones a migrar de
las comunidades hacia las ciudades en búsqueda de nuevas oportunidades, encontrándolas
sólo en el sector terciario, sin posibilidades de superación y asistencia médica-social.
En conclusión, Sandoval Forero (1994) determina que el modelo cultural-patriarcal
influye de forma importante en las altas tasas de fecundidad entre los grupos domésticos
indígenas en el Estado de México, ya que está condicionada por aspectos socioculturales y
factores económicos que inciden en su dinámica. Para disminuir estos altos índices propone
elevar el nivel de bienestar social y cultural de los grupos domésticos indígenas en cuanto a
salud, educación, trabajo, alimentación y vivienda, pues estas se visualizan dentro de la
planificación familiar como una garantía de cambio en todos los procesos demográficos que
atañen la vida de los individuos.
Con respecto al estudio La fecundidad de los grupos étnicos en México, Vázquez Sandrin
(2019) se propone demostrar la variedad de los niveles de fecundidad indígena del México
contemporáneo y validar la hipótesis que considera que algunos grupos étnicos mantienen
una fecundidad propia. Partiendo de la concepción de categorías claves para el desarrollo de
este estudio tales como identidad social, identidad étnica, población indígena, etnia o grupo
étnico y comunidad, el autor afirma “que la diversidad étnica en México está asociada
estrechamente a la diversidad cultural indígena”, en donde el lenguaje resulta el principal
indicador para identificar los grupos étnicos en el país (Vázquez Sandrin, 2019, p. 501).
Los estudios demográficos sobre la fecundidad de mujeres hablantes de lengua indígena
en México, han demostrado que este fenómeno se encuentra en descenso y que la transición
de una fecundidad natural a una controlada en mujeres del entorno rural se inició a mitad de
los años 80’s, siendo las protagonistas aquellas nacidas entre 1958 y 1962. En el caso de las
mujeres hablantes de lengua indígena residentes de entornos urbanos, la transición ha sido
más contundente en cuanto al control de su fecundidad entre la población femenina nacida
entre 1953 y 1957. No obstante, los pocos estudios sobre la fecundidad enfocados en las
diversas culturas indígenas, pueblos o etnias del país han mostrado resultados heterogéneos
entre los 17 grupos etnolingüísticos más grandes de México, por ejemplo, en 2009 eran los
mayos, los amuzgos de Guerrero y los mixes quienes presentaban los valores más bajos de
hijos promedio/mujer, 2.5, 2.6 y 2.7 respectivamente, y los coras y los huicholes los que
tenían las tasas más altas, 5.5 y 5.0 hijos promedio/mujer.
Dentro de la metodología de su estudio, Vázquez Sandrin (2019) utilizó las bases de datos
que fueron resultado del Censo de Población y Vivienda del año 2000 y de la Encuesta
Intercensal del año 2015, ambos del INEGI, así como la obra Las regiones indígenas de
México para identificar las regiones y municipios en las que se llevaría a cabo el estudio.
Además, con el objetivo “de identificar a los grupos étnicos específicos que pudieran vivir
en comunidad y compartir condiciones sociales, económicas, culturales e históricas comunes
y diferentes”, el autor seleccionó a la población por lengua indígenas, considerando las 70
lenguas que integran el catálogo del Instituto Nacional de Lenguas Indígenas, INALI, de
acuerdo con su localización dentro de las 25 regiones indígenas delimitadas por el CDI. Por
lo tanto, para efectos metodológicos, el autor denominó grupos étnicos a los 56 grupos
etnolingüísticos estudiados que residen en algunas de las regiones indígenas y reconoció
como grupos etnolingüísticos a los 29 que residen en cualquier parte del territorio nacional
pero fuera de las regiones indígenas.
En cuanto a los resultados, estos evidenciaron que los niveles de fecundidad observados
en el conjunto de las regiones indígenas tuvieron un decremento entre los años 1999 y 2014,
pasando de 3.4 a 2.5 hijos por mujer en la tasa global de fecundidad para el total de las
regiones indígenas, mientras que para el resto del país los valores pasaron de 2.7 a 2.1 hijos
por mujer. En el año de 1999 se observó una fuerte variabilidad de los niveles de fecundidad
entre las 25 regiones indígenas, siendo la montaña de Guerrero la que presentó el nivel más
alto, 5.8 hijos por mujer, seguidos por el norte de Chiapas, Huicot o Gran Nayar y la sierra
Tarahumara con 4.8, 4.7 y 4.6 hijos por mujer respectivamente. Por su parte, el nivel más
bajo se presentó en la región del Valle Central de Oaxaca con 2.4 hijos por mujer.
Para el año 2014, la región Huicot o Gran Nayar es la que presenta el nivel más elevado
de fecundidad con 4.3 hijos por mujer, seguido por la Selva Lacandona y el Norte de Chiapas
con 3.5 hijos por mujer y la Montaña de Guerrero con 3.3 hijos por mujer. Por su parte, la
región del Valle Central de Oaxaca se mantuvo entre los bajos niveles de fecundidad y
descendió a 2.1 hijos por mujer en comparación con el año 1999, siendo superada sólo por
los Mixes de Oaxaca cuya tasa fue de 1.9 hijos por mujer. La tasa poblacional de las regiones
indígenas presenta una evidente variabilidad en fecundidad y prueba de ello es por ejemplo,
que el número de mujeres en edad fértil en la región de Chimalapa es 300 veces menor al de
la región Maya. En su totalidad, las mujeres en edad fértil de las regiones indígenas del país,
que corresponde al 16% del total nacional, aportaron el 19% de las nacimientos nacionales
(Vázquez Sandrin, 2019, p. 516).
En los 15 años que transcurrieron entre 1999 y 2014 se presentó un descenso en la tasa
global de fecundidad en las regiones indígenas, aunque en magnitudes y proporciones
dispares. La región de la Montaña de Guerrero y la región Tarahumara fueron las dos
regiones que mostraron un decremento significativo en términos absolutos con 2.5 y 2.0 hijos
por mujer, mientras que las regiones de Huicot o Gran Nayar, Valles Centrales de Oaxaca y
los Altos de Chiapas presentaron un muy bajo descenso proporcional de fecundidad con 8%,
14% y 15% respectivamente.
Las 56 etnias estudiadas en 2014 presentaron una variación en los niveles de fecundidad
de 3.6 hijos por mujer entre el valor más bajo, 2.0 hijos por mujer de los mayos en la región
Mayo-Yaqui y de 5.6 hijos por mujer de los coras de la región de Huicot o Gran Nayar entre
el valor más alto. Haciendo un parámetro a escala mundial, los niveles de fecundidad que
presentaron los coras de la Huicot son paralelos a los que presentó el país africano Burkina
Faso entre 2010 y 2015 mientras que la de los mayos de la región Mayo-Yaqui es similar a
los de Francia en el mismo periodo de años.
Con respecto a otros determinantes que inciden en la amplitud del intervalo interétnico de
3.6 hijos por mujer, destaca el hecho de que las mujeres analfabetas presentan una tasa global
de fecundidad de 2.7 hijos, en contraposición de las mujeres alfabetas que muestra indicios
de 2.2 hijos; las mujeres que acumulan 0 años de escolaridad tienen 2.6 hijos y las que
acumulan hasta 14 años tienen 1.5 hijos, lo que representar una variación de 1.1 hijos y las
mujeres que se dedican al hogar muestran una tasa de 3.9 hijos, mientras que las no lo hacen
tienen 1.2 hijos, haciendo patente una diferencia de 2.7 hijos. Los tres grupos étnicos con
mayor nivel de fecundidad se encuentran dentro de la región Huicot o Gran Nayar (coras,
tepehuanos del sur y huicholes) y los más bajos son los mayos de la región Mayo-Yaqui y
los nahuas de la región Tuxtlas, Popoluca, Náhuatl de Veracruz. En cuanto a los 29 grupos
etnolingüísticos, estos presentaron una tasa global de fecundación promedio de 2.8 hijos por
mujer, siendo el valor más alto el de 3.8 hijos en las mujeres tzeltales y el más bajo el de 1.7
hijos en los mixes de Oaxaca.
De este modo, en la comparación de la fecundidad entre los grupos étnicos entre 1999 y
2014, es visible una reducción notable en casos como los de los amuzgos de la Montaña de
Guerrero, quienes decrecieron un 165% pasando de 6.6 a 2.5 hijos por mujer, los choles de
la región chontal de Tabasco que redujeron en un 115% al pasar de 5.5 hijos a 2.5 hijos por
mujer, los cuicatecos de la región Cuicatlán, Mazateca, Tehuacán y Zongolica disminuyeron
en un 113% al pasar de 4.6 a 2.1 hijos por mujer, los mayos de la región Mayo-Yaqui en un
107% pasando de 4.1 a 2.1 hijos por mujer, los otomíes de la región Mazahua-Otomí en un
88% al pasar de 5.2 a 2.8 hijos por mujer y los tlapanecos de la Montaña de Guerrero que
disminuyeron de 6.5 a 3.5 hijos por mujer en un 87%.
En general, el estudio realizado por Vázquez Sandrin (2019) demuestra que la fecundidad
indígena es más elevada que la fecundidad no indígena, aunque se encuentra en descenso
desde la mitad de los años 80’s. El análisis hace evidente que dicho efecto se observa en la
pérdida de diversidad en los niveles de fecundidad de las regiones indígenas estudiadas, pese
a los casos atípicos elevados como el caso de los coras de la región de Huicot con 5.6 hijos
por mujer y los casos más bajos aún fuera de las regiones indígenas, como el de los mixes de
Oaxaca cuyos niveles de fecundidad de 1.7 hijos por mujer son paralelos a los de países
occidentales como Dinamarca, Finlandia, Países Bajos, entre otros. En cuanto a la transición
de la fecundidad en los grupos indígenas en el periodo de 1999 y 2014, se observó un
descenso acelerado, principalmente en los amuzgos de la Montaña de Guerrero con más del
doble en el nivel de fecundidad y en aquellos que se encuentran en el proceso transicional
como los tlapanecos de la Montaña de Guerrero, los otomíes y mazahuas de la región
Mazahua-Otomí y los huastecos de la Huasteca.
En el caso de los descensos reducidos, se observaron aquellos grupos étnicos que
presentan baja fecundidad, como los otomíes de la región otomí, los Zapotecos de Valles
Centrales, Sierra Juárez y el Istmo de Oaxaca, así como aquellos que muestran una elevada
fecundidad como los huicholes de la Huicot o Gran Nayar, los tzeltales de la Selva
Lacandona, los tzotziles del Norte de Chiapas. Además, Vázquez Sandrin (2019) considera
que el rápido descenso de los grupos étnicos en México durante 1999 y 2014 se pueden
explicar a través de los efectos de la política de planificación familiar en combinación con la
medicalización de los partos y la frecuencia de la práctica de la cesárea, por lo que propone
que estos factores sean investigados desde la perspectiva de los derechos reproductivos.
Finalmente, el estudio elaborado por Villasmil (1998) Fecundidad en familias en situación
de pobreza: hipótesis para su estudio, tiene como objetivo plantear rutas explicativas sobre
las características del comportamiento reproductivo en familias en situación de pobreza en el
contexto latinoamericano, principalmente en México, a través de elementos no sólo de índole
económico, sino también cultural y simbólico. La autora pretende definir algunas hipótesis
sobre la relación entre pobreza y comportamiento reproductivo, partiendo del contraste entre
el volumen de la población pobre y su tasa de fecundidad.
Como parte de la metodología, Villasmil (1998) emplea el análisis de la pobreza desde la
perspectiva microestructural, ya que a través de esta es posible estudiar la influencia y
determinación de la condición de pobreza dentro del ámbito familiar, considerando que en
este espacio es donde se gesta la reproducción generacional. Asimismo, refiere que la pobreza
es el estado de necesidad, material y no material que incide en el estilo de vida de los
individuos y retoma los conceptos de privación relativa, desigualdad, racionalidad y
mediaciones para emprender el análisis e intentar construir un concepto adecuado de pobreza.
De acuerdo con estimaciones basadas en encuestas de hogares realizadas por la Comisión
económica para América Latina, la población latinoamericana que se sitúa entre la línea de
pobreza asciende a 196 millones, lo que representa el 46% de la población, es decir, 3% más
del 43% que se estimaba en 1986. La dinámica en el ritmo de este fenómeno, es paralelo a la
concentración de la pobreza respecto al volumen de población afectada, principalmente en
zonas urbanas, aunque en los países cuya población rural predomina, la incidencia es más
severa y acentuada. En el caso de los países latinoamericanos de transición incipiente o
moderada, la tasa global de fecundidad en la década de los 80’s, superó los 4.5 hijos por
mujer, principalmente de sectores con ingresos muy bajos, de zonas rurales y bajo nivel
educativo. Es evidente que las mujeres que carecen de instrucción, así como aquellas que
viven en zonas rurales, tienen en promedio más de cinco hijos, mientras que las que cuentan
con estudios de nivel secundaria o superior, el promedio es de dos hijos.
Una década más tarde, algunos estudios para el caso de México demostraron que el nivel
de fecundidad entre mujeres sin escolaridad era de 4.1 hijos (1994) mientras que aquellas que
habían cursado al menos un año de educación secundaria el promedio era de 2.4 hijos y las
que vivían en situación de pobreza extrema era de 5.1 hijos. De tal manera que, tanto el área
de residencia y el nivel de escolaridad, resultan variables determinantes en el comportamiento
reproductivo, pues entre las mujeres residentes en contextos rurales y sin escolaridad, los
niveles de fecundidad resulta mayor que el de las mujeres residentes de áreas urbanas y con
altos niveles de escolaridad.
Derivado de la heterogeneidad de las tasas globales de fecundidad en los diversos estados
del país, la autora afirma que la pobreza y marginación entendidas como régimen
demográfico, revelan también “una mortalidad temprana y elevada morbilidad seguido de
altas tasas de fecundidad; una edad temprana al momento de contraer matrimonio y de tener
el primer hijo y una débil difusión de las prácticas de limitación y espaciamiento de los
nacimientos”. Por lo tanto, las condiciones de pobreza, además de negar el acceso a los
individuos a la esfera de oportunidades, influye de forma considerable en el comportamiento
demográficos de la población marginada, retardando su transición de altos a bajos niveles de
fecundidad y mortalidad (Villasmil, 1998, 183).
Pero ante tales factores y condiciones, la autora se plantea ¿cómo es posible explicar las
características del comportamiento reproductivo en familias en situación de pobreza? Para
efectos de desarrollar algunas hipótesis, propone entender los factores que intervienen y
actúan sobre la planificación familiar, retomando el modelo de Davis y Blake (1967) basado
en los siguientes cuatro elementos: background demográfico, sistema general de valores,
atributos y actitud. En conjunto, estas variables inciden en el proceso de toma de decisiones
sobre los tamaños de familia deseados y “su articulación depende de las preferencias
reproductivas de cada familia o grupo social”. Estas a su vez se ven mermadas tanto por lo
que se conoce como imaginario reproductivo como por las condiciones objetivas de vida y
cultura las cuales delimitan opciones o estructuran determinaciones para algunos grupos de
la población (Villasmil, 1998, p. 185).
Precisamente, las familias en situación de pobreza abrazan esta condición luego de que
ven negado el alcance a las oportunidades y delimitado su espacio social entre carencias y
privaciones. La imposibilidad de controlar su presente los lleva a considerar como medida
estratégica los altos niveles de fecundidad como cierto control del futuro en la medida que el
valor de los hijos se configura como bastión de seguridad y soporte para la vejez. Aunque es
difícil experimentar un control total del futuro, las familias llegan a visualizar a través de una
fecundidad elevada, una red de protección y seguridad que no sólo impera en el factor
económico o material, sino también en lo afectivo, patrimonial, cultural, etc.
Por último, la existencia o no de expectativas de ascenso social entre las familias y grupos
en situación de pobreza representa otra hipótesis para la autora, ya que sus nulas opciones de
ascenso social “se ven limitadas en vislumbrar para sus hijos un futuro distinto al presente”,
negando con ello cualquier otro fundamento para controlar su fecundidad. Ante ello,
resultaría oportuno derribar las barreras de resistencia al cambio y lograr un acceso equitativo
a la esfera de oportunidades en cuestión laboral, educativa y de acceso a los bienes de servicio
para fomentar una conciencia reproductiva acorde a las posibilidades y oportunidades reales
de las familias en situación de pobreza.
Las conclusiones generales de este ensayo conllevan a ratificar lo que cada uno de los
autores han planteado y desarrollado a lo largo de sus estudios. El crecimiento acelerado de
la fecundidad en los años 60’s y 70’s, y el descenso paulatino en las últimas décadas fueron
un aliciente para profundizar en el estudio de este fenómeno, logrando desarrollar diversos
estudios basados en teorías como la de la transición demográfica y encuestas que con el paso
de los años fueron delimitando el planteamiento de los ítems con el objetivo de obtener
información concisa sobre los factores que influyen en este fenómeno. Asimismo, derivado
de esos estudios fue posible identificar los efectos de la fecundidad en la edad adolescente,
cuyos resultados han demostrado que es una problemática que implica a otros fenómenos
sociodemográficos como la mortalidad, el matrimonio y la deserción escolar.
A su vez, estos fenómenos también resultan determinantes al analizar la fecundidad en
grupos en los grupos domésticos indígenas del estado de México y grupos étnicos a nivel
nacional. En el caso de los primeros, el uso de costumbres y tradiciones patriarcales sobre la
familia extensa sigue marcando un parteaguas en las altas tasas de fecundidad entre los
grupos domésticos indígenas del estado de México concibiendo que a mayor números de
hijos mayor será el beneficio familiar y económico. No obstante, en las últimas décadas esta
fórmula no ha logrado resultados positivos debido a múltiples factores como la escasez de la
tierra y el cambio climático, ocasionando en todo caso altas tasas de otro fenómeno
demográfico en el ámbito rural, la migración.
Por su parte, la fecundidad de los grupos indígenas de México es mayor que la de los no
indígenas, aunque se encuentra en un descenso prolongado. Durante la época de 1999 y 2014
el descenso de fecundidad entre las diversas regiones estudiadas mostró una disparidad entre
uno y otro grupo étnico en relativo al porcentaje de decremento considerando los casos
atípicos, como el de los huicholes de Huicot o Gran Nayar y los tzeltales y tzotziles de las
regiones de Chiapas en donde la fecundidad se mantuvo con tasas elevadas. Finalmente, las
familias en situación de pobreza tienden a considerar la alta fecundidad como un escudo de
protección y seguridad para mejorar sus condiciones materiales, afectivas y económicas. Esta
percepción se ha denominado como “la exigencia social de los hijos”, que desde el enfoque
de la demanda y oferta de hijos ha planteado supuestos sobre lo que el hijo representa tanto
para la familia como para sociedad, como una estrategia de reproducción.
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