Subido por LUIS MIGUEL CARO MONTENEGRO

Perdiendo a Sara cap 0

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Capítulo 0 Flashback
Aún recuerdo la primera vez que la vi.
La cafetería de la universidad estaba llena de gente y fuera llovía a cántaros.
Decenas de alumnos se agolpaban en las largas mesas que había dispuestas a lo
largo y ancho del comedor. El bullicio era, como casi siempre, ensordecedor.
Yo solía sentarme en una de las mesas que más cerca quedaban de la entrada al
comedor. Había sido la mesa donde habíamos pasado la mayor parte del primer
curso, y para el tercer curso ya se había convertido en un lugar sagrado para
nosotros. Como todas las mañanas, mis dos mejores amigos y yo habíamos
cogido sitio para observar lo que llamábamos “el pase de modelos diario”. O lo
que es lo mismo: ir a la cafetería a ver chicas.
Por si no lo recuerdas, o nunca tuviste la oportunidad, tienes que saber que en la
universidad se concentra el mayor número de tías buenas por metro cuadrado
del mundo. Da igual el tipo de chica que te guste, en la universidad la vas a
encontrar. Cientos y cientos de chicas preciosas, en la mejor época de sus vidas,
con sus cuerpos florecientes y en un momento de transición, dónde todo el
mundo está abierto a experimentar y a romper con sus novios de instituto. Allí,
en esa mañana, yo descubrí a la chica con la que quería pasar el resto de mi vida.
– Joder, ¿habéis visto a esa?
No recuerdo cuál de mis amigos dijo la frase, pero sí recuerdo lo que vi a
continuación: una preciosa chica de pelo castaño vestida con camiseta blanca y
vaqueros desgastados. Venía empapada por la lluvia, y se le notaba el sujetador
bajo la camiseta. Se quedó de pie un instante, buscando entre la multitud a sus
amigos. Mentiría si no dijera que lo que más llamó mi atención fueron unas
enormes tetas que despuntaban bajo su camiseta. Me había quedado
hipnotizado. Tenía pinta de ser una estudiante de primero, pues se sentó con un
gran grupo de chicos y chicas. Los grupos tan grandes, suelen ser de personas
que acaban de entrar en la universidad, y están decidiendo quién les cae bien y
quién no, e intentan agradar a todo el mundo. A partir del segundo año, los
grupos se van haciendo más pequeños, hasta que finalmente te quedas con un
grupo de 4 ó 5 amigos, que mantienes toda la vida.
– Vaya. Bufas. –escuché decir a otro de mis amigos.
Pero no sólo eran sus pechos. Eran sus ojos, su pelo, su manera de andar. Toda
ella. Era perfecta. Era una diosa.
Aquella chica se convertiría en mi obsesión durante los dos cursos siguientes.
Intentaba sentarme cerca de su mesa en la cafetería, y siempre la buscaba con la
mirada por los pasillos. Cuando iba a la biblioteca, daba un paseo antes de
sentarme, por si la veía cerca. Nunca me atreví a hablarla. Ella era una diosa y yo
era un don nadie. De cuando en cuando, la veía por el campus de la mano de
algún otro tío. Pero ninguno duraba más de unas semanas. Incontables fueron las
veces que me masturbé pensando en agarrar sus tetas, y hundir mi boca en ellas.
Pero ni me planteaba hablar con ella. No es que jugáramos en ligas diferentes, es
que ni si quiera practicábamos el mismo deporte.
Y así, sin atreverme a mediar palabra con ella, pasaron dos años.
Una tarde de mayo, en plena época de exámenes, y con mil trabajos y prácticas
por entregar, mi grupo de amigos y yo vimos un autobús de donación de sangre
aparcado en el campus. La primera vez había sido por probar, pero le cogimos el
gusto, y acudíamos a donar siempre que podíamos. Te sentías bien al hacerlo, y
te daban comida gratis.
Subimos al autobús, y tras rellenar un informe y pasar un test, nos dejaron pasar
a la zona de camillas. Allí estaba ella. Me colocaron en la camilla contigua a la
suya, de forma que casi quedábamos frente a frente. Otro chico, tumbado en la
camilla que quedaba a su espalda le hablaba sin parar, aunque ella no parecía
hacerle mucho caso. Quizá era su novio. Quizá un amante pasajero. Me resultaba
difícil imaginarla con amigos varones. No concebía que pudiera haber nadie que,
conociéndola, no quisiera tener algo más que amistad con ella. Noté que me
miraba de vez en cuando, pero no tuve el valor para hablarla. Me sentía
intimidado. Cuando salimos del bus, pensé que había pasado la mejor
oportunidad de mi vida. Tenía que haberla hablado. Me odié.
Fui despacio andando hasta la parada de metro y me subí al primer tren que
pasó. Me senté, y levanté la mirada. Allí estaba otra vez. Y seguía mirándome.
Pero yo era incapaz de decir nada. Con cada estación que recorríamos, nos
mirábamos más. Y con cada mirada, se me encogía el corazón. Me estaba
mirando de esa manera. No podía creerlo. Se levantó dos paradas después, para
bajar del vagón, y antes de salir, se giró hacia mi y por primera vez en mi vida
escuché su voz dirigiéndose a mi.
– Hasta luego...
Me quedé paralizado, con una sonrisa de idiota. Esa noche llegué a casa en una
nube. No podía creer que se hubiera fijado en mi. Sobre todo teniendo en cuenta
lo tímido que yo era. Mucho después descubrí que esa timidez fue lo que la hizo
sentir ternura por mi, y llamar su atención. Ella siempre había sabido que estaba
loco por ella.
Unos días después, mientras miraba unos apuntes en la cafetería antes de un
examen, noté que alguien se sentaba conmigo en la mesa. Era ella. Yo había
llegado muy pronto para repasar los apuntes y todas las mesas de la cafetería
estaban libres. Se había sentado conmigo a propósito. Sacó un periódico, y
comenzó a hojearlo mientras se tomaba un café. En ningún momento había
dejado de pensar en ella, pero no había tenido la oportunidad ni la valentía de
volver a hablarla tras el día del metro.
No podía evitar distraerme. Llevaba puestas unas gafas que la hacían aún más
atractiva, y un top rojo escotado que dibujaba un espléndido canalillo entre sus
grandes pechos. No era precisamente lo que necesitaba para concentrarme
antes de un examen. Cuando apenas quedaban diez minutos para que diera
comienzo la prueba, cerró el periódico y me miró. El corazón pasó a latirme a mil
por hora.
– ¿Hoy me vas a hablar, o vas a seguir mirándome?
La miré, sin saber qué decir, y ella se echó a reír. Como os podéis imaginar,
suspendí ese examen. Así fue cómo conocí a mi chica.
Ahora os contaré cómo la perdí.
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