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Teórico-Delcoto-t08-c01-a2012

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Teórico N° 8
Docente: María Rosa del Coto
15/ 5/ 2012
Temas: Recordatorio de la Teoría de la enunciación de Benveniste. Definición de
Enunciación y de deíctico; presentación de las principales marcas de la enunciación,
Regímenes de Historia y de Discurso. Presentación del texto de Metz “Historia/discurso:
notas sobres dos voyeurismos”. Condiciones de producción del texto de Metz.
Condiciones de producción del “film de ficción clásico”. Nociones de Objeto empírico y
de objeto de estudio en referencia al texto de Metz.
Buenas noches. Vamos a entrar en una nueva unidad, la tres, que tiene que ver con el
desarrollo de la teoría de la enunciación pero en relación con el modo ―o mejor dicho con
los modos― en que se ha trabajado en referencia a los discursos audiovisuales. Ustedes ya
tienen idea de lo que es la enunciación, en prácticos van a ver una suerte de manual hecho
especialmente para dar un panorama más o menos exhaustivo de las teorías enunciativas.
De cualquier manera en teóricos, antes de empezar con el texto de Metz, voy a hacer un
recorrido previo.
En primera instancia, como indica la diapositiva, vamos a ver las dos vertientes de la
enunciación. La teoría de la enunciación comporta, como lo planteé recién, no una sola
postura, una sola teoría, sino dos teorías fundamentales. Una de ellas es la que se llama “De
las Modalidades del decir”. Se trata de la más antigua y está muy emparentada con
problemáticas lógicas, por lo tanto, se inscribe dentro de los estudios de la filosofía del
lenguaje.
Obviamente pareciera que esta vertiente tuvo menor éxito que la otra que es la “Teoría de la
subjetividad en el lenguaje”, propuesta por Benveniste, sobre todo porque los lingüistas han
tendido a seguir los pasos de esta segunda teoría y han dejado un poco de lado la de las
modalidades del decir. De cualquier manera para nosotros, esta primera vertiente es muy
importante porque autores como Bettetini, por ejemplo, dentro del campo específico del
análisis enunciativo de los audiovisuales, y Verón, en relación con cualquier tipo de estudio
sobre enunciación, cuando analizan enunciativamente textos lo hacen a partir de la “teoría
de las modalidades del decir”. Esto no implica que, en el caso de Verón, se articule también
con la otra teoría, la benvenistiana. Hay otros autores que no hacen esto y solamente se
remiten a una de las dos.
Sobre “la teoría de las modalidades del decir” no me voy a detener demasiado, simplemente
voy a plantear que está organizada a partir de dos conceptos: Modus y Dictum. Son dos
palabras latinas de muy fácil traducción. Dictum es “lo dicho” y se corresponde con lo que
en la teoría de Benveniste es “el enunciado”. El Modus es el modo en que lo dicho se dice.
Entonces, el eje fundamental, para el Modus, son las modalidades que aparecen en los
verbos. Esta teoría está centrada fundamentalmente, o empezó centrándose en los modos
verbales, que como ustedes saben son el indicativo, el subjuntivo, que tiene que ver con el
deseo de aquello que puede ser que ocurra pero que no puede darse por sentando, que es
del orden de lo posible y de lo probable, y el imperativo. A partir de estas distinciones estos
autores de la primera vertiente, entre los cuales se encuentra Bally, que es uno de los
discípulos de Saussure que escribió el Curso de Lingüística general, han venido
desarrollando trabajos dentro de una línea de los estudios lingüísticos que trataba de
identificar estilos en la lengua. Entonces es una corriente básicamente estilística, con lo que
quiero decir que en su momento se inició atendiendo a ese aspecto, y que luego se fue
ampliando.
Bueno, ahora vamos a pasar a la teoría que ustedes más conocen que es la Benvenistiana.
En primer lugar, respecto de ella, vamos a ver por qué se enmarca dentro de lo que es una
lingüística post-estructuralista, post-saussureana, discursiva para decirlo más
específicamente. Podríamos plantear ―de manera un poco casera― que en principio el
elemento que permite identificar de forma clara esta inscripción es porque no respeta el
principio de inmanencia; básicamente pasa por allí la cuestión de adscribir esta teoría
dentro de las teorías discursivas.
Pero, en realidad estamos en presencia de una visión de la no inmanencia muy básica, muy
primitiva, porque plantea ―y esto lo vamos a profundizar un poco más dentro de un
momento―, que la enunciación tiene que ver con la aparición de marcas, que son términos
o construcciones que van a adquirir significado en la medida en que se usan. O sea,
necesariamente tenemos que considerar la instancia en que se produce el enunciado y esto
implica o pone en juego al locutor, al destinatario, a la situación en que se produce el
enunciado, a la situación discursiva, al tipo de discurso, etcétera, o sea, cuestiones que van
más allá de la lengua, entendida según la comprende la teoría saussureana. Entonces, en
este sentido es que la teoría benvenistiana supera la idea previa saussureana de la
inmanencia y asume la postura de que la enunciación implica consideraciones externas a la
lengua.
Entonces, ¿por qué se llama Teoría de la subjetividad del lenguaje? Precisamente porque
pone el acento en lo que se denomina la subjetividad en el lenguaje. Esto tiene que ver con
el hecho de que la propia lengua aporta a los sujetos los instrumentos para plantarse a sí
mismos como sujetos y para plantarse como sujetos hablantes y/o como sujetos oyentes.
Por eso, no la subjetividad desde el punto de vista psicoanalítico sino aquella que pone en
juego el lenguaje y que permite que las personas se observen a si mismas como sujetos.
En esta diapositiva vamos a subrayar algunas conceptualizaciones presentes en la
definición. Como ustedes verán, la enunciación se presenta para esta teoría como la puesta
en funcionamiento de la lengua por un acto individual de utilización. Inmediatamente que
Benveniste plantea esto, empieza a hacer una serie de aclaraciones que son fundamentales.
Pone el centro en el acto de construir el enunciado y no en el enunciado. Cuando dice
enunciado, está diciendo en el contenido o como dice él, en el texto del enunciado. O sea,
acá se observa bien que para efectuar un análisis enunciativo tenemos dos conceptos
fundamentales que son: Enunciación, por un lado y Enunciado, por el otro. De estos dos
elementos, lo que le importa al analista es la Enunciación, dar cuenta de cómo se produce el
acto de construcción de un enunciado. Pero acá empiezan los problemas. ¿Por qué? Porque
el acto aparece como algo imposible de ser analizado en sí. Dicho de otra manera, importa
la enunciación, pero la enunciación no se puede estudiar independientemente del
enunciado, porque la enunciación está atada a la noción de acto, y la noción de acto
presupone una temporalidad, la del presente y el presente deja de serlo inmediatamente. O
sea, el acto no se puede analizar en sí, porque inmediatamente pierde su carácter de
actualidad, yo empiezo hablar, recién dije empiezo, y cuando ya estoy por la segunda o la
tercera palabra, el acto que comenzó en “empiezo” ya no es del orden del presente, ya es
algo que se consumó, ya es algo del orden del pretérito. De ahí deviene la necesidad de
tener en cuenta el enunciado, pero como lo plantea claramente Benveniste, no es el
enunciado lo que importa; el enunciado es, no obstante, fundamental para poder acceder a
la enunciación que es lo que sí interesa. O sea, la teoría se ve obligada a trabajar el producto
para remontar a partir de él hacia el proceso que lo ha producido. O sea, se trabaja sobre el
resultado del acto, pero pensando en el acto. Ahora bien, esto solamente es posible en la
medida en que existen las marcas de la enunciación. Si no existieran ellas, todo ese proceso
de ir del enunciado a la enunciación sería imposible de efectuar.
Una aclaración que nunca viene mal es la de que no hay que confundir la noción de marca y
de huella que plantea Verón con la noción de marca y huella que plantean algunos autores
que trabajan con la teoría de la enunciación. O sea, el mecanismo es similar, pero cuando
estamos trabajando con la teoría de Verón y decimos marca y huella, decimos mucho más
que marcas y huellas de la enunciación. Las marcas de la enunciación son solo algunas de
las marcas que toma en cuenta la teoría de Verón. Ésta establece que hay un montón de
marcas que no tienen que ver con la enunciación. A veces, en los finales, los alumnos se
confunden y mencionan las marcas de la enunciación como equivalentes a las marcas de
Verón. No es que esté mal, está bien, pero no tienen que limitar la temática de las marcas y
las huellas a ese único tipo de marcas y huellas.
Benveniste es un investigador que, en general, se inscribe dentro de la teoría lingüística
saussureana. Ahora bien, en determinado momento observa que hay algo de la Lingüística
de la lengua que se enfrenta a la realidad, por así decirlo, y, por lo tanto se ve en la
obligación de modificar o de tomar distancia de esa Lingüística. Benveniste respeta la
noción de signo planteada por Saussure, no la modifica, pero observa que no todos los
términos que componen las lenguas responden al modelo saussureano, o sea, que hay un
cúmulo, una gran cantidad de términos que responden plenamente a la definición de signo
saussureano, la inmensa mayoría, el 90%. ¿Y cómo definía Saussure signo? Significadosignificante, siendo el significado un concepto. Lo que observa Benveniste es que toda
lengua posee un conjunto muy limitado de términos, que son los que va a denominar
“deícticos” ―que van a ser las marcas evidentes de la enunciación―, que no se
corresponden con lo planteado en la definición de signo de la teoría saussureana. Es decir,
que, si bien están dentro de la lengua no poseen significado, no poseen concepto, carecen
de concepto, lo obtienen en la medida en que sean usados, cuando se usan; cuando se
seleccionan de la lengua estos elementos y se construyen frases aquí recién se llenan de
significado. Esos elementos son, como dije, los deícticos y se distinguen de todos los otros
términos a los cuales Benveniste denomina Nominales. Acá se ve muy bien que al llenarse
de significado, en la instancia de enunciación, entran a jugar elementos extra-lingüísticos.
Vamos a ver cuáles son las marcas, rápidamente, porque esto ya lo saben de memoria. Lo
que en la teoría de la enunciación benvenistiana son marcas, Peirce lo consideraba índices;
esto también lo hace Jakobson, y recuerden que si muchos de los deícticos, para Peirce,
entran en la categoría de índice es porque se conectan ―de manera directa― con aquello a
lo cual el signo esta remitiendo, el objeto que lo afecta. Jakobson los llama también
“Shifters”, y en la traducción, “embragadores”; se trata de elementos que permiten articular
el enunciado con la enunciación, pasar de un orden al otro, están en el enunciado pero
permiten “dar el paso” al otro régimen. Otra cosa a subrayar es lo de “Actos cada vez
únicos”. Esto está relacionado con la temporalidad, con la idea de presente, o sea, si yo en
un enunciado utilizo la palabra YO varias veces, cada vez que lo enuncio se trata de un acto
particular de enunciación, lo mismo sucede con cualquier enunciado que presente en varias
ocasiones el término “YO”, cada uno da lugar a un acto que está implícito dentro de un acto
de enunciación y se considera que son únicos, merced al que la lengua se actualiza.
Actualizar se usa mucho en lingüística y quiere decir utilización. Se actualiza la lengua, se
toma algo de la lengua y eso aparece en el enunciado. Mientras el término “está” en la
lengua, no se lo está empleando, permanece en un estado virtual.
Después dice: “se caracterizan por no remitir a la realidad ni a posiciones objetivas en el
espacio y en el tiempo sino a la enunciación cada vez única que los contiene y hace
reflexivo así su propio empleo”. ¿Qué quiere decir esto último? Al estar presente tal
elemento se está diciendo que se lleva a cabo el acto de la enunciación.
Luego, vemos allí cual es el eje de la enunciación. Sabemos que tenemos que darle
importancia a la primera persona, al yo, pero en realidad los autores están de acuerdo en
que existe algo así como lo que se podría denominar el eje de la enunciación, y ese eje de la
enunciación está formado por el YO, que es el elemento principal, el AQUÍ y el AHORA.
Toda enunciación implica la presencia de un Yo: si no existe enunciación no existe yo y si
no existe el yo no existe la enunciación podríamos decir. “Aquí” y “ahora” tienen que ver
con las instancias en las que se produce la enunciación y corroboran esto que veníamos
planteando desde el principio, es decir, que se produce en un lugar determinado y en un
tiempo determinado, y por eso todo acto enunciativo es único. Veamos la siguiente
diapositiva que pone en escena lo que estoy planteando acerca del eje de la enunciación.
¿Por qué aparece EGO-HIC-NUNC (Yo, aquí, ahora, en latín)? Porque después vamos a
ver en la bibliografía, concretamente en el texto de Casetti, que se habla de EGO-HICNUNC. Cómo se plantea, el eje de la enunciación tiene como elemento central a la persona
subjetiva. Vamos a encontrar dos personas, una que es el Yo, y otro que es el Tú. El Yo es
el punto de apoyo de la subjetividad y esto es lo importante, es fundamental, porque a partir
de él se van a ordenar los otros elementos, algo parecido sucede con el ordenamiento del
tiempo, lo que se produce a partir del tiempo del acto, que es el presente. Benveniste
plantea que el presente es el único tiempo verbal del cual nosotros podemos dar fe, dar
cuenta, es la base. Entonces, a partir del momento en que estamos en el presente,
ordenamos la temporalidad de las acciones; si las acciones no se producen en este momento
tendremos que usar un tiempo pretérito o un tiempo futuro. El tiempo eje es el tiempo
presente, por eso aparece esto del ahora pero en términos verbales, el tiempo de la
enunciación es el tiempo presente, no los pretéritos como tampoco los futuros. Después
tenemos la persona No Subjetiva, que es el Tú. Obviamente para nosotros es el vos, el
usted, no solamente es el Tú. Y luego habrá un Nosotros inclusivo y un nosotros excluyente
o exclusivo. El nosotros inclusivo es YO + TU. El exclusivo es YO + EL, ELLA, ELLOS,
ELLAS. O sea, si digo “nosotros estuvimos ayer en el cine”, como yo no estuve con
ninguno de ustedes en el cine, ustedes quedan excluidos de ese nosotros. Nunca puede
quedar excluido el YO, porque el YO es el pilar, el punto de apoyo, la base a partir de la
cual se construye la enunciación.
Luego tenemos los pronombres demostrativos: “éste”-“ese”-“aquel”; también su uso está
articulado de manera directa con el lugar en el cual se encuentra el enunciador, así, si yo,
por ejemplo, tomo una tiza voy a decir “ESTO”, pero si alguno de los que están sentados en
la última hilera de bancos del salón tiene que referirse a la tiza, no va a decir “esto”, dirá
“aquello”. O sea, el pronombre demostrativo que se va a utilizar será aquél que corresponda
según la distancia existente entre quien realiza la enunciación y el lugar en el que el objeto
se encuentra. Los adverbios espaciales y temporales: Aquí-allí-allá; todos estos son
deícticos. Mañana, pasado mañana, ayer, también lo son. Como se observa, cuando uno al
pronuncia la palabra “mañana”, todo el que lo escucha sabe que está remitiendo al día
después del cual se está enunciando el enunciado que contiene a ese adverbio temporal. O
sea, se tratará del 16 de Mayo, o sea, el significado lo otorga lo extra-linguistico: Si yo digo
“mañana” el 31 de Diciembre, “mañana” será el 1 de Enero. Es el momento en que se
enuncia el que determina, para el caso, el día al que remiten “ayer”, “mañana”, “pasado
mañana”, “anteayer”.
Ahora bien, la lengua también tiene otros elementos ―que después vamos a ver, porque lo
trabaja Metz en un artículo que forma parte de la bibliografía y que se llama “La
enunciación antropoide”―, que parecieran tener un funcionamiento muy semejante a los
deícticos, pero que se diferencia de ellos. Esos elementos son palabras o sintagmas como,
por ejemplo, “la víspera”. Piensen en la diferencia entre decir la víspera o el día siguiente.
Si digo “la víspera”, ahí ese sintagma también necesita para llenarse de significado de algo
que no está en ella, pero que es parte del enunciado, no es algo externo al enunciado; será
“la víspera de mi cumpleaños”, “de mi casamiento, etc. en cambio, frente a “mañana”,
todos entienden que es el día siguiente al día en el que el término “mañana” se está
enunciando. Por eso está el famoso slogan: HOY NO SE FIA, MAÑANA SI. Nunca llega
el mañana, siempre es hoy.
Por último hay otros elementos que tienen que ver con la enunciación y tienen que ver el
lugar del enunciatario, o sea, tienen que ver con el “tú”. Se trata de la interrogación, y son
los signos y la entonación que la indican, o bien, los verbos que se conjugan en segunda
persona del modo imperativo. También cuando uno invoca a una persona, dice el nombre,
es el TU. Recuerden que Peirce considera que los nombres propios son índices, también.
Benveniste también establece la existencia de dos regímenes de la enunciación: uno al que
llama Régimen de la Historia, y otro al que denomina Régimen del Discurso. El régimen de
la historia recibe este nombre porque es el modo en que los discursos históricos, los
prototípicos, están construidos. Los discursos históricos se refieren a acontecimientos que
ya ocurrieron y se supone, que, tratándose de un discurso científico, no van aparecer en
ellos opiniones o comentarios del locutor, sino que “deben” ser neutros, “objetivos”. Esto
implica que no aparezcan las marcas de la enunciación, que no aparezcan los deícticos: Así,
en el régimen de la historia no aparece el “YO”, no aparece el “TU”; en su defecto lo hace
el “EL”: la tercera persona, aquello de lo que se habla; entonces serán los personajes
históricos los que aparecerán como sujetos del enunciado, mientras que el sujeto de la
enunciación, el enunciador, y el destinatario de la enunciación, el enunciatario, aparecerán
borrados. Esto de aparecer borrado instala algo así como una incongruencia, porque quiere
decir que algo aparece pero no aparece. Así, ¿cómo algo puede aparecer borrado?
Benveniste lo plantea de esta manera porque la enunciación siempre implica la presencia de
un YO y de un TU, pero estas presencias pueden manifestarse, aparecer en el enunciado o
puede no aparecer en el enunciado; la enunciación siempre las presupone; por de pronto,
siempre hay alguien que enuncia.
Entonces, la característica del régimen de la Historia es la No aparición de las marcas de la
enunciación; en su lugar aparecen la tercera persona, el EL, en singular, en plural, y los
tiempos pretéritos porque se trata de acontecimientos ya consumados, o sea, el tiempo
presente no va a aparecer nunca, porque ese es el propio de la enunciación.
La no aparición de los deícticos, genera un efecto particular. Benveniste dice que lo
característico del régimen de la historia es que pareciera que los acontecimientos se
contaran solos, que no hubiera ningún intermediario que tuviera a su cargo la enunciación.
Por supuesto que hay que remarcar que estamos frente a un efecto de sentido; y esto se
verifica en que se trata de un parecer, lo que quiere decir que no es, pero parece que fuera.
¿Qué ocurre en el otro régimen? Todo lo contrario. El régimen del discurso se presenta,
como dice Benveniste, “en todos los géneros en los cuales alguien se dirige a alguien, se
enuncia como hablante y organiza lo que dice en la categoría de la persona”. Esto quiere
decir que aparece el YO, y a partir del YO y del tiempo presente del indicativo se organizan
todos los demás elementos que aparecen en el enunciado. De modo que aparecerán, además
del yo y del tiempo presente, todas las marcas de la enunciación. Asimismo, se utilizan
todas las personas de la gramática, y en este caso entonces, el YO y el TÚ se oponen al ÉL.
Y aquí tenemos sujetos del enunciado y sujetos de la enunciación, que a veces puede ser el
mismo sujeto: “Yo hice tal cosa ayer”. Ahí yo soy el sujeto del enunciado porque estoy
diciendo Yo tal cosa, y soy el sujeto del enunciado porque hablo de cosas que hice; o “Yo,
mientras voy hablando, camino”, ¿se entiende? Son acciones separadas, una es la de decir
el enunciado y la otra es la de caminar, y ahí se duplica el YO, en tanto es sujeto de la
enunciación y sujeto del enunciado.
Antes de continuar con esto, vamos a hacer algunas críticas. Dentro del régimen del
discurso aparecen, como dice Benveniste, “todos aquellos géneros en los que alguien se
dirige a alguien…”. El autor está pensando fundamentalmente ―y esto lo tienen que tener
bien presente― en los géneros que implican una interacción o una comunicación cara a
cara, básica, y fundamentalmente, el género fundamental de ella: la conversación. La
conversación es el paradigma de la comunicación no mediada. No es solamente la
conversación, pero es básicamente la conversación. Ahora bien, hasta ahora vine
presentando la enunciación, y cuando hablo del YO y hablo del TÚ, ―y lo mismo hace
Benveniste―, parece que estuviera hablando de personas de carne y hueso. Esto está
presente también en Benveniste, cosa que prueba el que afirme que “alguien se dirige a
alguien…”. Se da una ambigüedad en el pensamiento de Benveniste, porque el sujeto del
que habla Benveniste es el que dice EGO. Benveniste indica: “es EGO quien dice EGO”, o
sea, es YO quien dice YO. Benveniste entiende que la lengua es la que posee esos
elementos particulares que permiten a las personas, “presentarse como sujetos”. Si la
lengua no tuviera el YO y el TÚ ― supongamos que no existieran esos componentes en la
lengua―, las personas no podrían asumirse como sujetos y por lo tanto como personas. La
idea es que la persona no pre-existe al enunciado, sino todo lo contrario: el enunciado
permite que se configure o que se construya la persona. Nosotros y, en general, muchos de
los investigadores en semiótica, frente a la posibilidad del equívoco, que siempre está
latente en el pensamiento Benvenistiano, adoptan la idea de que el enunciador y el
enunciatario, o sea, las figuras de la enunciación: El YO, el TÚ, no son personas de carne y
hueso. Hablamos de personas de carne y hueso cuando hablamos de comunicación. Se trata
de quienes efectivamente producen o recepcionan los discursos. Ahí estamos hablando de
algunos de los miembros del circuito comunicacional. Cuando, en cambio, hablamos de
enunciación, YO y TÚ son efectos de sentido, o sea, son efectos de sentido, y lo son porque
se configuran a partir de las marcas de la enunciación que aparecen en los textos. YO y TÚ:
son construcciones. Verón va a decir, imágenes. Bettetini, como luego veremos, los va a
plantear como simulacros, término semejante a imágenes. ¿Imágenes y simulacros de qué?
El enunciador es la imagen o el simulacro del emisor, y por ser imagen o simulacro, no se
confunde con el emisor, es la imagen que construye el texto de aquél que lo produce. Puede
haber una distancia abismal entre cómo es el productor del enunciado y cómo es el
enunciador; por su parte, el TÚ es la imagen o el simulacro del receptor.
Dos observaciones respecto de los dos regímenes. La primera es que se trata de
conceptualizaciones. Son formalizaciones, o sea, que nos enfrentamos a conceptos, a
constructos. Esto quiere decir que cuando nos enfrentamos a los enunciados efectivamente
producidos, casi nunca se da que un enunciado se pueda adscribir totalmente a un régimen
o a otro. Es lo mismo que sucede con la categoría de género; así, en los enunciados se
suelen combinar los rasgos que pertenecen a un régimen y rasgos que pertenecen al otro
régimen. Los regímenes son clases de enunciados, tipos de enunciados, y, por eso, no se
dan en estado puro nunca, o, por lo menos, es muy raro que se dé. En realidad siempre hay
posibilidades de que en un enunciado histórico emerja la primera persona. Aparecen
adjetivos, aparecen sustantivos que nos están dando cuenta de cuál es el posicionamiento,
cuál es la postura, cuál es la ideología, en última instancia, que define a esa figura que es el
enunciador frente a lo que se está diciendo. Esa es la primera observación.
La segunda es que podemos decir que los regímenes se pueden definir como estrategias. Es
decir, no hay nada en el enunciado que obligue a que él se organice bajo el régimen de la
historia o bajo el régimen del discurso. ¿Qué quiere decir todo esto? Para entenderlo vamos
a poner en juego un ejemplo que no lo da Benveniste sino que lo aporta otro autor, que se
Dominique Maingueneau, quien toma como ejemplo a La guerra de las Galias de Julio
César. Julio César fue el comandante de las tropas del imperio romano que vencieron a los
galos y lograron con ello anexar al imperio romano ese territorio; entonces, él participó,
como comandante, en la guerra. A su vez, escribió un libro que se llama justamente La
guerra de las Galias. Lo importante acá es: ¿qué esperaríamos? Esperaríamos que en texo
apareciera el YO, y sin embargo en muchísimos pasajes no aparece el Yo, aparece “el
comandante” o “Julio César”, como si el “yo que enuncia” fuera un escritor que está
hablando de Julio Cesar, que éste fuera una persona diferente que el escritor. Así, en el
libro, aparece: “Julio Cesar ordenó…”, “Julio Cesar se entrevistó…”, o “el comandante
hizo tal cosa o tal otra” y no “Yo ordené”, yo me entrevisté”, etc. Entonces, la utilización
de la primera persona o de la tercera puede tratarse de formas, de maneras, de posicionarse
del emisor en la construcción de su propio discurso. Puede aparecer bajo un “EL”, o bajo
un “YO”.
Ahora sí vamos a entrar de lleno en el texto de Metz.
El texto de Metz, que se denomina “Historia/ discurso. Notas sobre los voyeurismos”, es
uno de los primeros en el que se intenta pensar la enunciación en referencia con el cine.
Este texto apareció en una revista en 1973, y luego formando parte de un libro que se llama
Psicoanálisis y Cine, el significante imaginario. Este título ya nos está dando cuenta del
momento por el cual está atravesando la propia escritura, el propio desarrollo teórico de
Metz. Dicho de otra manera, nos enfrentamos a un trabajo plenamente influido por la teoría
psicoanalítica, y en el cual ella se articula con la semiótica. Ahora vamos a ver como se da
ese juego, que se plantea a partir de las condiciones de producción de Metz.
Por un lado aparecen las nociones de Historia-Discurso, que recién vimos y que proceden
de la teoría Benvenistiana, o sea, de la lingüística, de la teoría de la enunciación.
Del psicoanálisis, Metz toma, por un lado, de la teoría psicoanalítica clásica (Freud) la
relación -una de las relaciones sujeto-objeto perversa (perversa, en el sentido técnico de la
expresión), la de Exhibicionismo-Voyeurismo. En el psicoanálisis esta relación entraña
enfermedad, tal como la trabaja Metz, no es así, no implica enfermedad, no es algo
vinculado con lo patológico, es algo aceptado socialmente.
Metz toma también del psicoanálisis, pero en este caso de la teoría lacaniana, la
conceptualización sobre lo que llama “fase del espejo” y la noción de Identificación, de la
cual Metz plantea dos tipos, que están relacionados con la noción de identificación primera.
Recordemos que la noción de identificación primera tiene que ver con la fase del espejo.
Los conceptos que proceden de la lingüística le sirven a Metz para describir. Mientras que
los conceptos que proceden del psicoanálisis le sirven para describir y para explicar. O sea
que en ese trabajo, de alguna manera, la semiótica está dominada por los conceptos
psicoanalíticos.
La segunda cuestión que vamos a considerar gira en torno de una distinción metodológica,
epistemológica casi, entre lo que es el objeto empírico y lo que es el objeto de estudio.
Ustedes habrán oído muchas veces el sintagma “Objeto de estudio”. Éste implica que,
respecto a un objeto empírico, una teoría determinada considera uno o varios aspectos, una
o varias de las aristas que definen a ese objeto. Esto significa que otras disciplinas u otras
teorías pertenecientes a una misma disciplina van a considerar otros aspectos u otras aristas.
Lo que dije implica que existe una distinción entre lo que es el objeto de estudio y lo que es
el objeto empírico que se estudia.
El objeto empírico.
Metz va a hablar de un tipo particular de ficción cinematográfica. O sea, en primer lugar,
no está hablando del cine en su conjunto porque no toma en consideración ningún tipo de
Documental. Pero tampoco tiene en cuenta a cualquier film de ficción, sino que se refiere a
un tipo particular de películas ficcionales, lo cual implica que hay otros tipos que quedan
fuera: las películas de vanguardia, las experimentales, las “artísticas”, las del cine
independiente. Metz toma en cuenta películas hollywoodenses, de narración y
representación, películas que la industria del cine se encarga de producir, films de ficción
de cine comercial; en su trabajo aparece una serie de nombres, todos ellos para identificar a
ese tipo de películas. Ellas presentan como característica el hecho de que se presentan como
transparentes, lo que quiere decir que se oponen siempre a los textos opacos; el vidrio
transparente, si está bien limpio, puede llegar a no “verse”. Dicho de otra manera, en el
caso del tipo de filmes a los que se refiere Metz, no aparecen marcas de la enunciación, o
sea, que generan un efecto de fuerte impresión de realidad, no de construcción. Por otro
lado, el vidrio translúcido es aquel que se muestra como tal, que pone en evidencia su
presencia, aunque permita ver a través de él, no puede dejar de percibirse como tal, esto es,
como elemento que permite ver algo, pero que marca que se lo ve, a través de él. Esto
remite a lo que podemos denominar la instancia enunciadora, o, citando a Bettetini, la
instancia comentadora.
Luego Metz indica que el objeto al que su trabajo estudia, es la película de transparencia y
de narración, que se relaciona con la novela decimonónica, la novela realista del siglo XIX,
que así resulta ser la condición de producción para este tipo particular de películas.
Respecto de esta cuestión, se presentan dos posturas; hay investigadores que entienden que
el cine clásico tiene por condición de producción a la novela realista, mientras que otros
piensan que su condición de producción fundamental es el teatro. Pero donde no hay
desacuerdo es en el estilo de las obras a las cuales el cine clásico, la película de factura
corriente, está remitiendo. Ese estilo es siempre el realista. Para Metz, como dije, la
condición de producción es la novela de caracteres y situaciones; caracteres quiere decir de
personajes; se llama así a la novela realista en el sentido de que sus personajes se parecen a
las personas que pueblan el mundo real. Esto quiere decir que sus personajes no son sólo
agentes que realizan acciones ―como si se tratara de “máquinas” de actuar―, sino que
presentan densidad psicológica. Los personajes de este tipo particular de películas, igual
que los de la novela del siglo XIX ―como las de Balzac, Flaubert, Sthendal― presentan
cualidades, se los instala en un contexto bien determinado, en una situación históricosocio-política determinada, y, al mismo tiempo, a veces se los hacía interactuar dentro del
universo ficcional con personajes históricos realmente existentes. Supongamos, los
personajes de una determinada novela iban a una reunión donde también estaba presente
Napoleón Bonaparte. O sea, se mezclaban personajes históricos con ficcionales, por
ejemplo, y por supuesto los históricos no eran centrales, estaban allí para dar verosimilitud
al relato. También podían incluir acontecimientos que efectivamente sucedieron y que se
incluían para darle ese espesor sociológico de sujeto viviente al personaje.
Ustedes habrán visto en Semiótica I algunos textos en donde se trataba de la descripción,
como el de Hamon, por ejemplo; en ese texto todos los ejemplos pertenecen a la literatura
realista del siglo XIX, una de cuyas características más salientes es el papel que presenta la
descripción; antes de que se iniciara la acción, antes de que se presentaran los personajes,
se describía su casa, el pueblo en el que vivían, elementos que se “volvían” sobre el
personaje, pues permitían dar cuenta de su perfil.
Bueno, retornando al texto de Metz, subrayamos que el tipo de películas de las que habla
reconoce como condición de producción a esa novela de personajes y de situaciones; lo que
las emparienta, lo que presentan en común películas y novelas es que ambas producen el
mismo efecto, el de una fuerte impresión de realidad. Respecto de esto, Metz dice que la
película de transparencia y de narración imita semiológicamente a la novela del siglo XIX,
esto es, presenta muchos de los procedimientos constructivos que también ostenta ese tipo
de ficción literaria, y es por eso que una y otro producen los mismos efectos.
Aquí hay otras cosas que merecen ser explicadas. Metz agrega que el film ficcional clásico
“prolonga históricamente y reemplaza sociológicamente” a la novela realista. Esto tiene que
ver con el momento en que Metz escribe su artículo. No sería tan válido hoy, o hace diez
años, pero sí en el momento en que él escribió el artículo. En ese momento la literatura
ficcional que se producía trataba de enmarcarse dentro de los caminos de la anti-novela. O
sea, no de la novela realista sino todo lo contrario. Les voy a nombrar simplemente un caso
para que vean la gran diferencia que se puede establecer. En esos años se produce una
novela, francesa, que estaba escrita en presente, y en vez de que, para dar cuenta de su
sujeto del enunciado, apareciera el ÉL o el YO, se decía USTED. Así, por ejemplo, se
indicaba algo así como “usted va caminando por el andén. Pone el pie derecho sobre el
primer escalón del vagón, pone el pie izquierdo sobre el segundo, sube, empieza a caminar
por el pasillo, ve un asiento vacío, se sienta allí”… Todo en presente. Había otra novela en
la cual ningún personaje tenía nombre, entonces era: “él, ella, él, ella” Eran varios
personajes y después nadie sabía quién era él y quien era ella. O sea, no se le otorgaba al
personaje nombre para no darle densidad, eran solamente entidades construidas a partir de
lo que dispone la lengua, que son estos pronombres de tercera persona en singular.
Entonces, volviendo a lo que nos importa, y para terminar, veamos qué significan ese
“prolonga históricamente”, y ese “reemplaza sociológicamente”. Dado que en ese momento
histórico en el marco de la literatura no se producían narraciones realistas, el cine clásico
viene a prolongarlas históricamente y, por las características que presentaban las
narraciones, la literatura ya no funcionaba como un “suministrador” de modos de
comportamiento, de modelos, de formas de estar en el mundo, el cine ficcional del que se
ocupa Metz, la releva en el cumplimiento de tales funciones.
Por último vamos a ver qué es esto del objeto de estudio. Tiene que ver ya no con el objeto
empírico sino con un interrogante que se quiere dilucidar en el trabajo metziano. Esa
interrogante es ¿Por qué ese tipo particular de film de ficción del que se ocupa Metz se
tornó el dominante, el más importante? Al final del artículo va a aparecer la respuesta a este
interrogante que no se formula de manera directa, sino que aparece más bien
implícitamente.
Dejamos acá. Y la próxima continuamos.
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