El vino de la soledad

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Prof. José Antonio García Fernández
jagarcia@avempace.com
DPTO. LENGUA Y LITERATURA- IES Avempace
C/ Islas Canarias, 5 - 50015 ZARAGOZA - Telf.: 976 5186 66 - Fax: 976 73 01 69
IRÈNE NÉMIROVSKY (1903-1942) Y EL VINO DE LA SOLEDAD
“Si nos ofendéis, ¿no habremos de vengarnos?”
(Shylock, en El mercader de Venecia, de William Shakespeare)
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Índice del documento
INTRODUCCIÓN ..................................................................................................................................................................1
LOS EMIGRADOS RUSOS. ESLAVISMO Y JUDAÍSMO ......................................................................................................................2
EL TEMA DEL JUDAÍSMO EN LA LITERATURA DE IRÈNE NÉMIROVSKY ...............................................................................................4
NOTAS CARACTERÍSTICAS DE LA NARRATIVA DE IRÈNE NÉMIROVSKY ..............................................................................................7
BIOGRAFÍA DE IRÈNE NÉMIROVSKY (1903-1942) ....................................................................................................................8
ANÁLISIS DE LAS OBRAS DE IRÈNE NÉMIROVSKY ......................................................................................................................13
Un niño prodigio (1927)...........................................................................................................................................13
David Golder (1929) ................................................................................................................................................14
El baile (1930) ..........................................................................................................................................................18
Las moscas del otoño (1931) ...................................................................................................................................19
El affaire Courilof (1933) .........................................................................................................................................20
El vino de la soledad (1935) .....................................................................................................................................21
Los perros y los lobos (1940) ...................................................................................................................................23
Suite francesa (1942) y la recuperación editorial de Irène Némirovsky..................................................................24
El ardor de la sangre (1942) ....................................................................................................................................26
La vida de Chéjov (1946) .........................................................................................................................................27
Fogatas (1948) ........................................................................................................................................................27
OBRAS DE IRÈNE NÉMIROVSKY EN ESPAÑOL ...........................................................................................................................28
BIBLIOGRAFÍA ..................................................................................................................................................................29
Introducción
Este tema en el que hablaremos de Iréne Némirovsky y de su novela El vino de la soledad (lectura
obligatoria desde el curso 2012-2013, en sustitución de El viejo y el mar, de Ernest Hemingway) forma
parte de la unidad 8 del programa de Literatura Universal propuesto por la armonizadora de la
Universidad de Zaragoza, Dra. Ángeles Ezama.
En dicha unidad, se estudia La revolución novelística del siglo XX, concretamente en Estados
Unidos (Ernest Hemingway, W. Faulkner, la generación perdida) y en Francia (Sartre, Camus, el
existencialismo, el Nouveau Roman, la literatura femenina: Simone de Beuavoir y otras escritoras, las
emigradas eslavas, la literatura femenina judía…).
La referencia a la escritora judía ruso-francesa Irène Némirovsky encaja en los apartados relativos
a la presencia de mujeres en la literatura del siglo XX. La novelista de Kiev sirve de puente entre la
literatura eslava y la literatura de la Shoah.
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La escritura en lengua francesa, el eslavismo y la nostalgia de ser ruso o del paraíso perdido, la
crítica a la sociedad burguesa (“Mors tua, vita mea”, “Tu muerte es mi vida”), la influencia de la tradición
literaria sobre todo franco-rusa (Tolstoi, Turgéniev, Chéjov, Flaubert, Balzac, Joyce), el humor vengativo
(caricaturas del judío avaro, la niña mimada, la madre adúltera), la herencia familiar (el conflicto
generacional y la rebeldía contra la madre), la extrañeza de ser judía, la voluntad de ser francesa, etc., son
notas presentes en la narrativa de Némirovsky.
Henri de Régnier ha resumido en un oxímoron la narrativa de Némirovsky: «compassion
impitoyable», “compasión incompasible”. Y ella misma ha dicho que el fondo de pesimismo de sus libros
procedía de su infancia triste:
«Je crois que c’est de cette enfance assez triste que vient le fond de pessimisme dans mes livres.»
Los emigrados rusos. Eslavismo y judaísmo
Entre 1920 y 1930 muchos intelectuales rusos huyeron de la flamante Unión Soviética, perseguidos o
desconformes con su política. Muchos de ellos eran de los llamados "rusos blancos", que defendían al Zar.
Nina Berberova escribe:
"...a los emigrados rusos se les da asombrosamente bien lo de salir a flote. Son muy
listos, y saben sacar el máximo partido de las situaciones delicadas. Son, sin lugar a dudas, una
gente con suerte."
Las dos capitales del exilio ruso fueron Berlín y París, a tal punto que la
supuesta hija del Zar, librada milagrosamente de la muerte, Anastasia Romanov,
apareció flotando en una alcantarilla berlinesa como una nueva y femenina versión
del viejo mito de Moisés. La historia y los análisis de ADN demostraron luego que la
verdadera Anastasia no se libró de nada y murió en Ekaterinburgo junto a sus padres,
fusilada por los bolcheviques. Pero había que crear la leyenda y así nació Anastasia.
Los escritores emigrados fueron muchos; entre los más célebres se cuentan: Vladimir Nabokov,
Iván Bunin, Nina Berberova, Irène Némirovsky y Marina Tsvetaia (quien a finales de los años 30 regresó a
Rusia y murió allí). También podemos citar a Nathalie Sarraute (nacida Cherniak) y a Henry Troyat (nacido
Tarasov).
En su autobiografía Habla, memoria, Vladimir Nabokov relata que había entre los emigrados un
gran número de buenos lectores, lo cual garantizaba el éxito de una publicación en ruso…
"a una escala relativamente grande; pero como ninguno de estos escritos podía circular por la Unión
Soviética, toda esa actividad adquiría cierto aire de frágil irrealidad".
Las editoriales se llamaban Orión, Cosmos y Logos, entre otras: sus nombres eran la metáfora de
un ansiado universo ruso-parlante. En la vida del emigrado eran características las tertulias en las que se
leía el material literario, un poco como en los salones del siglo XVIII. Esto garantizaba la supervivencia
intelectual de este grupo humano, así como servía para conservar la lengua materna, el ruso, como lengua
de escritura y de comunicación.
Sin embargo, a lo largo de los años muchos autores rusos se adaptaron a escribir en otras lenguas,
y hubo quien desde el comienzo lo hizo en otro idioma. Nabokov es famoso por su polilingüismo. E Irène
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Némirovsky, por ejemplo, escribió desde los comienzos en francés. Aprendió esa lengua en su infancia y la
consideraba su segunda lengua, casi incluso la primera.
Escribir en una lengua diferente de la natal parece una característica propia de los autores de
Europa del Este, aun en la actualidad: Milán Kundera dejó el checo por el francés y Stephen Vizinczey, el
húngaro por el inglés. Tal como dice un polaco en un cuento de Katherine Ann Porter:
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"Yo tengo que aprender todos los malditos idiomas, pues nadie habla polaco excepto los polacos".
(Y hablando de polacos, hay que recordar el caso paradigmático de Joseph Conrad, autor de fines
del XIX, que escribió toda su producción en inglés y se convirtió en uno de los autores principales de esa
literatura; él fue un modelo de aculturación exitosa para Irène Némirovsky.)
(Por otro lado, convendría recordar aquí también el caso de Franz Kafka, checo que se convertiría
en una de las glorias nacionales de la literatura alemana).
La literatura de los emigrados está siempre marcada por el signo de la
nostalgia. Y si bien uno podría decir que en toda literatura del exilio aparece la
nostalgia como elemento literario, en el caso de los rusos este elemento se refleja
en el recuerdo del paisaje, los bosques, las estepas y la nieve, las posesiones
perdidas, como la dacha y la servidumbre. En sentido lato, hacen referencia al
paraíso perdido: la vieja Rusia y la infancia. No obstante, en la literatura de Irène
Némirovsky estos elementos están velados y el que anhela Rusia nunca es el
narrador, sino alguno de los personajes protagonistas.
Pero Némirovsky, además de rusa, también era judía. Los autores del Holocausto han estado
olvidados muchos años, pero actualmente se habla de un auténtico “despertar judío”. Némirovsky es una
de las novelistas más importantes. Pero hay también otros escritores y escritoras que cuentan su
experiencia en la guerra, los campos de concentración, la Ocupación, el desarme… Entre ellos, destacamos
al italiano Primo Levi, a Albert Cohen (Solal), Edmond Fleg, André Spire, Jean-Richard Bloch, Jacob Lévy
(autor de Los judíos de hoy, Los Pollacks, Los judíos dobles), Lily Jean-Javal (Noemí, El inquieto), y las
novelas populares de Sarah Lévy (Ô mon goy, 1929, y Mi querida Francia, 1930).
Novelas, poemas, obras teatrales, antologías de cuentos folclóricos, relatos cortos… La vida judía,
los problemas de la asimilación y la aculturación, son temas que aparecen una y otra vez en este auténtico
renacer de la literatura hebrea que se produce en Europa desde los “felices veinte” y que ni siquiera el
nazismo pudo parar. Se trata de la búsqueda de la identidad de todo un pueblo, a veces vista desde una
perspectiva cultural, en otras ocasiones considerada casi como una marca biológica y un atributo
indeleble. Se trata también de combatir tópicos tan arraigados como la idea de que el judío es un
intelectual sin raíces ni sentimientos de lealtad a una nación o de pertenencia a un grupo humano o a un
conjunto de valores, o que es materialista y arribista, que las mujeres solo quieren preservar sus
privilegios y casar a sus hijas con hombres de fortuna, que los judíos no se asean y no son honestos en los
negocios…
En 1926, Armand Lunel, profesor de filosofía en Montecarlo, ganó el premio Renaudot con Nicolo
Peccavi o el affaire Dreyfus en Carpentras, donde un católico antisemita descubre finalmente que
desciende de un judío converso. Gustav Kahn publica también en 1926 sus Cuentos judíos, colección de
relatos askenazis modernos y contemporáneos. En 1930, Edmond Cahen publica ¡Judío, no!... Israelita.
Estos y otros autores preparan el camino, hablan por ejemplo de la rivalidad entre judíos autóctonos e
inmigrados; del desgarro que se siente al vivir entre dos culturas, lenguas, religiones y mundos diferentes;
critican o aceptan los matrimonios mixtos, las conversiones al catolicismo de alguno de los suyos;
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deploran la asimilación; presentan personajes que se convierten al sionismo; critican el racionalismo
occidental; insisten en servir “las necesidades del cuerpo”, más que las del alma; se alegran de vivir en
Francia donde se sienten seguros…
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Muchos judíos, Némirovsky entre ellos, son laicos o ateos. No tienen fe, pero respetan el
judaísmo. Josué Jéhouda (Tragedie d’Israël, Miriam), autor de educación hasídica (=mística), relaciona
espiritualidad y herencia étnica:
“Toda alma debe estar ligada a su grupo étnico, sino ella se despreciará toda la vida (…) y no ocurre
más que cuando un judío llega a ser sencillamente un judío que puede llegar a ser completamente universal”.
Casi todos los hebreos tienen un sentimiento cuasi romántico de pertenencia a una comunidad
biológica a la que están unidos por lazos intangibles. Ellos son “le peuple à la nuque dure”, incapaces de
someterse a la autoridad o a los superiores, anhelosos de bienes materiales. Muchos retoman así su
identificación con el judaísmo, tras un periodo escéptico de alejamiento o asimilación, convertido en
identidad biológica a la que uno no puede sustraerse sin sufrir sentimientos de alienación y pérdida.
El judío acogido o asimilado de la literatura de los años 20 se siente a menudo cogido entre la
aceptación de su herencia hebrea y el rechazo de la misma, como ocurre en Solal, de Albert Cohen, o en El
gueto eterno, de Léo Poldès (donde un matrimonio mixto judío-cristiano fracasa y cuyo protagonista,
Max, quiere irse a Palestina). Las conversiones al catolicismo de los personajes judíos, los intentos de
integración o asimilación cultural, suelen fracasar en estas obras y pueden llevar al
antisemitismo al converso.
El judaísmo es visto como algo más biológico que cultural, como una marca
indeleble que exige conciencia y responsabilidad a quien la lleva y condena a la
maldición a quien reniega de ella. La des-judaización es un proceso imposible,
condenado al fracaso, vienen a decir. Por ejemplo, en El gueto eterno, de Léo Poldès,
se pone en escena la historia de Thibault, encendidamente antisemita, que descubre
que su padre biológico, Gottlieb, es judío y decide entonces suicidarse.
Los escritores judíos tratan temas como la identidad, los matrimonios mixtos, las conversiones al
catolicismo, el arribismo…, y otras cuestiones más espinosas, como el comunismo, la lucha racial, la
identidad sexual, la homosexualidad, el feminismo…, de manera que también ellos contribuyeron a la
revolución cultural parisina de los años 20 (recuérdese, por ejemplo, el caso de Marcel Proust, judío por
parte de madre, y su tratamiento de la homosexualidad en À la recherche du temps perdu).
Los autores judíos que, como Albert Cohen, en Solal, o Némirovsky, en David Golder, se atreven a
presentar personajes hebreos antipáticos, estereotipados, serán muy criticados por sus propios
compatriotas, que no llegaron quizá a entender que el mostrar los estereotipos sobre su raza era acaso
una manera de apostar por la diversidad, por el multiculturalismo, por la tolerancia.
El tema del judaísmo en la literatura de Irène Némirovsky
Irène Némirovsky, además de ser una ruso-ucraniana exiliada en París, era una escritora judía de la clase
alta asimilada. Por su elevado origen social, se libró de muchas de las humillaciones a las que fueron
sometidos los de su raza, incluidos los progromos, que entre 1919 y 1921 exterminaron en Ucrania a
varios miles de hebreos, o las prohibiciones de residir en las ciudades fuera de los guetos: los Némirovsky
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vivieron en Kiev, Ucrania, en la más selecta zona residencial. Y lo mismo ocurrió durante sus años de exilio
en París.
El antisemitismo y, más en general, el odio a los metecos (a los extranjeros) es un sentimiento
antiguo en la Vieja Europa y, por supuesto, no cabría circunscribirlo únicamente a la Alemania nazi. He ahí
por qué hemos abierto este documento con las famosas palabras de Shylock, el personaje de Shakespeare
en The merchant of Venice:
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“Si nos ofendéis, ¿no habremos de vengarnos?
Conviene recordar aquí que shylock se ha convertido en inglés en nombre común para usurero y
también en verbo (to shylock, shylocking) para designar la acción de prestar dinero con intereses
exorbitantes. También se utiliza la expresión “a pound of flesh”, una libra de carne, que es la que
empleaba el judío en la obra shakespeareana, para aludir a una venganza especialmente brutal.
En definitiva, es evidente que el antisemitismo está muy presente en Europa desde bien pronto.
En Rusia y Ucrania fueron especialmente feroces los progromos contra los judíos, obligados a vivir en
guetos insalubres. La ciudad de Kiev, verbigracia, capital ucraniana, les
estaba vedada, así como determinadas profesiones (policía,
funcionario…), salvo en el caso de familias muy ricas excepcionadas por
decreto imperial, como los Némirovsky.
De España, los judíos fueron expulsados por los Reyes Católicos
en 1492, el año de la conquista de América.
En Francia también sufrieron persecución y, por ejemplo, hacia
finales del siglo XIX (años 1880 y siguientes), fue muy sonado el “affaire
Dreyfus” que movilizó a la intelectualidad gala (Marcel Proust, el
célebre “J’accuse” de Zola, Anatole France, Charles Péguy, etc.) a favor
del capitán judío Alfred Dreyfus, acusado falsamente de alta traición y
en contra de su encarcelamiento (que duró doce años).
En los tiempos que vivió Irène, la presión de los inmigrantes
sobre Francia era enorme, pues muchos rusos, judíos o no, emigraron
hacia allí por culpa de la revolución comunista. A estos, había que
sumar los exiliados republicanos españoles que huían del régimen de Franco, los armenios represaliados
por Turquía (por ejemplo, el famoso cantante Charles Aznavour es de origen armenio), los habitantes de
las colonias… Y por si fuera poco, en Europa soplaban vientos totalitarios, con el auge del fascismo en
Italia y del nazismo en Alemania. Todo esto, el ultranacionalismo europeo, la presión excesiva sobre las
fronteras galas, la creciente inmigración interna y externa, creaba un caldo de cultivo para el odio racial y
la prevención contra el extranjero que explotó, en Francia y en todo el continente, con motivo de la
Segunda Guerra Mundial y de la Ocupación alemana. El gobierno títere de Vichy tuvo un comportamiento
vergonzoso con los inmigrantes (judíos, republicanos españoles…) y los entregó en más de una ocasión a
sus verdugos (nazis o franquistas).
Irène Némirovsky era, en principio, una judía laica, ajena al sionismo, pero conocedora en propia
carne de los prejuicios contra su sangre. Ella era en realidad medio judía, pues su madre, Fanny
Némirovsky, era de origen aristocrático ruso (aunque venida a menos y obligada por las circunstancias a
casarse con un judío al que despreciaba, León Némirovsky).
Pero la identidad judía está muy presente en la vida y la obra de la escritora, como bien se
encargó de recordarle el régimen de Vichy, que obligó a los Némirovsky a llevar la estrella amarilla.
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Casada con el exiliado ruso-judío Michel Epstein, banquero e ingeniero, tuvo dos hijas judías, Denise y
Elisabeth, que estuvieron a punto de ser exterminadas por el régimen nazi. Las chicas pudieron salvarse, y
salvar también el legado literario de su madre, que custodiaron durante años, guardado en una maleta,
gracias a la ayuda de algunos franceses de bien no colaboracionistas. Sus progenitores no tuvieron tanta
suerte: fueron aniquilados en Auschwitz en 1942.
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El tema de la asimilación y la identidad es fundamental en la obra de Némirovsky. Los clichés
sobre la manera de ser judío aparece en muchas de sus obras: David Golder, El maestro de almas, Los
perros y los lobos… Por ejemplo, esto dice el médico levantino Darío Asfar en El maestro de almas:
«Vous tous qui me méprisez, riches Français, heureux Français, ce que je voulais, c’était votre
culture, votre morale, vos vertus, tout ce qui est […] différent de la boue où je suis né !»
Y aunque algunos, como León Poliakov, han acusado apresuradamente a la autora de
antisemitismo, no es cierta tal afirmación, pues Irène intenta en todo caso deconstruir los tópicos sobre
su sangre y raza.
Olivier Philipponnat, biógrafo de Némirovsky, resume en su artículo “Les ‘ambiguïtés’ d’Irène
Némirovsky” (disponible en http://www.avempace.com/file_download/3117/Las+ambig%C3%BCedades+de+INen+franc%C3%A9s.pdf) la relación de la escritora con la identidad judía. Y lo que viene a decir es que el
antisemitismo detectado en las obras de Irène tiene más que ver con la percepción lectora actual,
modificada por la Shoah, que con las ideas de la autora. La Shoah, palabra hebrea que significa
“catástrofe”, es el término utilizado para referirse al Holocausto producido por el genocidio nazi.
El supuesto antisemitismo de Némirovsky ha sido estudiado, por ejemplo, por Martina
Stermberger desde una perspectiva psicoanalítica y ella relaciona el uso de clichés judíos y de todos los
accesorios disponibles en el almacén antisemita en obras como David Golder, El baile o El vino de la
soledad (el judío avaro, la hija vengativa, la mujer gastiza) con una expresión metafórica de la aversión de
Némirovsky por su sangre.
Sin embargo, Philipponnat contraataca con el trabajo de Angela Kershaw, de la universidad de
Birmingham, para demostrar que la escritora ruso-francesa se sirve del cliché como uno de sus útiles
narrativos favoritos, pero con intención crítica (hacia la sociedad capitalista, hacia la cultura occidental de
acogida) y, a la vez, autocrítica (como modo de autoconocimiento y de exorcismo personal, de
reconciliación con su pasado). También con la intención de ganarse al público francés, para quien ella es
una escritora desconocida.
El uso del estereotipo judaico es, entonces, una forma de aclimatación cultural que intenta la
novel Irène para darse a conocer en el mundo de las letras. En Francia existía ya una “moda rusa”,
popularizada por escritores como Kessel y Carco, y Némirovsky estaba bien situada para “embalar” Rusia
en sus textos y vender orientalismo a los lectores franceses. No hay que olvidar que Irène es una joven
apátrida, odiada por su madre, que necesita cariño y lo busca a través de la literatura en los lectores, usa
como medio la asimilación (aunque eso suponga asumir los tópicos antisemitas en boga).
Némirovsky piensa en términos de recepción de su obra, no como pensadora política, al principio
de su carrera. Pero es evidente que su pensamiento evoluciona y, por ejemplo, en Los perros y los lobos
(1940), la escritora lo que quiere vender al lector es precisamente el aliento dostoievskiano, el alma
eslava, la inasimilación de los judíos, cuya personalidad hebrea considera indestructible. Y eso, aun a
riesgo del desprecio o la desconfianza del consumidor de literatura en Francia.
¿Llegó Irène Némirovsky a sentir eso que Theodor Lessing denominó “la haine juive de soi”, “el
odio judío a uno mismo”? Hay quien ha acusado a la autora de Suite francesa de eso precisamente, por no
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hablar en su novela de las persecuciones antijudías o del exterminio nazi. Philipponnat, sin embargo, dice
que no, que el tema judío en Némirovsky no es más que un decorado o la metáfora de asuntos tales
como la soledad, el desraizamiento, los pesares de una infancia desgraciada, la búsqueda de la
respetabilidad…, que son los que verdaderamente interesaban a la autora.
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Debemos valorar a Némirovsky más bien desde una perspectiva puramente literaria que desde el
punto de vista de la “Historia apocalíptica”, desde una visión de la Shoah que le achaca su antisemitismo.
Notas características de la narrativa de Irène Némirovsky

La escritura en lengua francesa (y no en ruso). El francés como segunda o primera
lengua. La escritora como autora francesa de pleno derecho (más que rusa). El
universo de los emigrados rusos en Francia. Bilingüismo, plurilingüismo.

El problema de la identidad: el exilio, la nostalgia, el paraíso perdido (Las moscas
de otoño), el regreso a los orígenes (el yiddish en David Golder y Los perros y los
lobos).

El problema de la identidad: el afán de ser una escritora exclusivamente francesa,
escribir sobre familias “de verdad”, verdaderamente francesas, no rusas, sin
personajes extranjeros (=asimilación, negación de los propios orígenes).

El problema de la identidad (=dualismo, esquizofrenia, polaridad): judaísmo-catolicismo,
aculturación-integración, laicismo-religiosidad, privilegio-humillación, prosemitismo-antisemitismo,
el apátrida-el nacionalizado, el éxito literario (con David Golder y El baile) - la caída (olvido,
deportación, muerte) - la resurrección editorial (a partir de 2004, con el éxito internacional de Suite
francesa).

El problema de la identidad: la literatura de la Shoah, deportación y muerte (campos de
concentración: Auschwitz, Birkenau…), la persecución antisemita en la Francia de Vichy, el auge de
Hitler, el desencanto y el pesimismo en la última Némirovsky, su toma de conciencia sobre su raza y
su sangre…

La perspectiva femenina: el uso de seudónimos (1º- por ser mujer, 2º- por ser judía), la nueva Colette,
el éxito editorial, la vocación literaria como reivindicación frente al “destino femenino” (=maternidad,
hogar)… El nuevo papel de la mujer en la sociedad moderna.

La mujer como heroína literaria. Psicología de la nueva mujer: dominante, prototipo de la hermosa
que subyuga al hombre haciéndole pagar las facturas (Bella) o de la joven que usa su inteligencia para
vengarse (Elena Karol), el enfrentamiento femenino (lucha madre-hija en El baile, El vino de la
soledad), la sirviente fiel (Mademoiselle Rose en El vino de la soledad, Tatiana Ivanovna en Las
moscas de otoño).

El cosmopolitismo forzado (=exilio, pero también polilingüismo, interculturalidad) (como en la
escritora chilena Isabel Allende, obligada a vivir de país en país por la profesión diplomática de su
padre). Eslavismo y orientalismo (El niño prodigio). Occidentalismo asimilador-asesino (entre la
integración y la segregación, entre el respeto y la destrucción: Suite francesa). Francia, madre y
madrastra.
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
El peso de la tradición literaria (rusa: Tolstoi, Dostoievsky, Turgeniev, Chéjov, Pushkin; francesa:
Huyssman, Maupassant, Flaubert, Balzac, Colette, Joyce; inglesa: Oscar Wilde; americana: Scott
Fitzgerald, Louis Bromfield…)

La crítica social: en El vino de la soledad aparecen temas como el egoísmo capitalista (cuyo lema
podría ser: “Mors tua, vita mea”, “Tu muerte es mi vida”, yo vivo explotándote a ti, asesinándote), la
vida frívola (bailes, champán, promiscuidad sexual…). En Suite francesa, se habla del
colaboracionismo en la Francia ocupada, el servilismo, el miedo. En las obras de Némirovsky se
muestra la vida privada de la burguesía (vicios domésticos), el imposible diálogo de las clases sociales,
el triunfo del más fuerte.

El humor vengativo (=ironía, distanciamiento, crisis identitaria): caricaturas del judío avaro, la madre
adúltera, la niña mimada, el aristócrata inútil venido a menos, el jugador ludópata, el gigoló… El odio y
la venganza. La escritura como venganza personal, como desenmascaramiento del otro, como terapia
sanadora, como exorcismo. Las caricaturas antisemitas como síntoma de una crisis de identidad
personal.

La familia y las relaciones familiares: el padre amado y lejano, la madre/madrastra rival y enemiga, la
institutriz extranjera, la sirvienta fiel, la niña abandonada (=la relación de dependencia) y vengativa.
Los cónyuges: adulterio/fidelidad, amor/interés. Los hijos: obediencia/venganza y rebelión. La
importancia del dinero y del ascenso social. La madre como madrastra (=reinterpretación del cuento
de Blancanieves).

Autobiografía: en Némirovsky se juntan vida y obra, como en el caso de las artistas más célebres,
como Virginia Woolf, Louise Bourgeois, Artemisia Gentileschi, Frida Kahlo… Lo autobiográfico es
visible en muchas novelas de Irène: en David Golder, El baile, y Jézabel, de manera directa; en Las
moscas de otoño y otras, más indirectamente. La más autobiográfica de sus obras es El vino de la
soledad.
Biografía de Irène Némirovsky (1903-1942)
Irène Némirovsky nació en la zona yiddish de Kiev, Ucrania, el 11 de
febrero de 1903, y murió en Auschwitz el 17 de agosto de 1942, a los
39 años. Vivió en Ucrania, Rusia, Finlandia, Suecia y Francia. Escribió
su obra literaria en francés. Fue deportada al campo de concentración
polaco de Auschwitz por su origen judío, aunque ella y su familia se
habían convertido al catolicismo en 1939, pocos años antes de su
asesinato, intentando así protegerse del antisemitismo que los
rodeaba.
Irène se sintió exiliada de su querida Ucrania, sería siempre una asmática que echaba en falta el
aire puro y glacial de las estepas nevadas, una falsa parisina que echaba de menos los ruidosos puertos del
Mar Negro. Y eso, a pesar de que siempre le gustó Francia, un país de acogida al que estaba agradecido. Y
a pesar de que el francés tenía para ella una sonoridad que le fascinaba y era como su lengua materna.
Fue hija de un banquero judío ucraniano que antes había vivido en la pobreza, Léon Némirovsky,
nacido en 1868, en Elisabethgrad, ciudad que sufrió varios progromos desde 1881, y muerto en Niza, en
1932, de un paro cardiaco, a los sesenta y cuatro años de edad.
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El nombre Némirovsky procede de la ciudad ucraniana de Nemirov, que fue durante el siglo XVIII
centro importante del movimiento jasídico. La familia Némirovsky se dedicaba al comercio de cereales;
Léon, por su parte, hizo fortuna y se convirtió en uno de los banqueros más ricos de Rusia. De esta
manera, los Némirovsky se incorporaron a un medio social privilegiado que gozaba de la protección del
Zar, donde el francés era la primera lengua, que Irène aprendió antes que el ruso, pues fue educada por
una institutriz francesa, Mademoiselle Rose, a la que quería como a una madre. La familia veraneaba con
frecuencia en Crimea (Ucrania), la costa vascofrancesa (Biarritz, San Juan de luz, Hendaya) y la Costa Azul
(Niza, Mónaco…). El francés fue, pues, su lengua maternal; además, hablaba ruso, polaco, inglés, vasco,
finés y yiddish (lengua que encontramos en David Golder y en Los lobos y los perros, Les chiens et les
loups).
El ambiente exquisito en que vivió su infancia no impidió que sintiera pronto soledad y desarraigo.
Irène adoraba a su padre, siempre ocupado en viajes de negocios y visitas a los casinos, como el Boris
Karol de El vino de la soledad. Pero su madre, Faïga Némirovsky, que se hacía llamar Fanny, la desatendió
pronto, más interesada en su propia felicidad y sus amoríos que en la plenitud vital de su única hija1.
En 1914 la familia Némirovsky deja Ucrania (donde eran frecuentes los
progromos o persecuciones antisemitas, como el tristemente célebre de 1905,
donde muchos judíos perdieron la vida y la de sus familias o sufrieron graves
quebrantos económicos) y se instala en San Petersburgo, ciudad menos provinciana,
capital imperial, en una lujosa mansión.
En 1917 muere la institutriz francesa de Irène, un hecho luctuoso que la
marcó definitivamente, y se produce el levantamiento bolchevique contra el Zar.
Irène lee a Turgeniev, Huyssman, Maupassant y El retrato de Dorian Gray, de Oscar
Wilde, su libro favorito (leído por ella a los quince años). En realidad, el tema del doble, del reflejo odiado,
se halla presente en toda su obra: Golder, que se ve envejecer ante el espejo en David Golder; Darío Asfar,
que es “un animal salvaje perdido lejos del bosque”, “un hechicero”, una variante del cuento del
licántropo, en El maestro de almas. En las obras de Némirovsky los personajes se levantan con la
esperanza puesta en Occidente, pero se acuestan siempre en Oriente. En cierta forma, la escritora hace la
sátira de una integración imposible, del “desprecio burgués” de esa Francia que se pretende madre
hospitalaria, pero en realidad es madrastra.
En 1918, tras la Revolución rusa, los Némirovsky se escaparon a Finlandia. Su fortuna se quedó en
poder de los bolcheviques, quienes pusieron precio a la cabeza del padre de familia.
En 1919, tras unos meses de espera en Estocolmo (Suecia), se establecieron en Francia, donde
vivieron una vida lujosa, relacionados siempre con políticos y capitalistas profundamente conservadores,
generalmente católicos e incluso antisemitas. Irène retomó sus estudios y se licenció en 1926 en Letras en
la universidad de la Sorbona. En los frecuentes desplazamientos de la familia a la Costa Azul, en uno de los
1
La señora Fanny Némirovsky (Odessa, 1887-París, 1989) tenía la costumbre de alojarse en grandes hoteles de lujo cuando visitaba
con su hija la costa vascofrancesa o la Costa Azul (por ejemplo, vivió mucho tiempo en el Hotel Negresco, de Niza), mientras hacía
que Irène y el servicio de la familia se hospedasen en pensiones más económicas. El cabeza de familia, León, viajaba
continuamente por Europa haciendo negocios y jugando en los casinos. La señora Némirovsky, ucraniana de origen, sin sangre
judía en sus venas, pasó la Segunda Guerra Mundial cómodamente instalada en Niza, mientras su hija Irène era asesinada en el
campo de concentración. No quiso ayudar a sus nietas, Denise y Elisabeth Epstein, cuando se quedaron huérfanas de padre y
madre. Ellas fueron a verla a Niza, pero Fanny les gritó sin recibirlas que si sus progenitores habían muerto, no tenían más que
hacer que irse al hospicio. Murió en 1989, a la edad de 102 años. Sus relaciones con su hija Irène siempre fueron tensas. La
escritora retrata perfectamente el temperamento egocéntrico de su madre, sobre todo en David Golder, El vino de la soledad y
Jézabel.
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bailes que frecuentaba, conocerá a Michel Epstein, su futuro marido, exiliado judío como ella, ingeniero
de origen ruso y brillante hombre de negocios, como el progenitor de Irène. Ella se lo describió a una
amiga por carta como “un hombre pequeño y moreno de piel oscura”.
A Irène siempre le gustó leer. Sus primeras influencias fueron los grandes autores rusos
(especialmente Iván Turgueniev, Tolstoi, Dostoievski y Chéjov, pero también, Pushkin, Lérmontov, Gogol,
Bulgákov, Gorki…). También leyó a europeos y americanos (André Chenier, Maupassant, Huyssman, Anna
de Noailles, Joseph Kessel, Wilde, Katherine Mansfield, Platón…) Más adelante, se apreciarán en ella las
influencias experimentales de Jean Cocteau, André Gide, Marcel Proust, Raymond Radiguet, Pearl Buck,
James S. Cain, Louis Bromfield…
Desde los 18 años (desde 1921), ya empezó a escribir, a pesar de que su familia, y especialmente
su madre, pensaba que la literatura no era lo más indicado para su única hija y heredera. En sus tiempos
de estudiante en la Sorbona, publicó algunos cuentos en revistas, como “Le Malentendu”.
En 1927, apareció Un niño prodigio, una historia que ya revela a la gran escritora que lleva dentro.
El año anterior, recién licenciada, en 1926, con 23 años, había contraído matrimonio con su prometido,
Michel Epstein. Tendrían dos hijas: Denise, nacida en 1929, y Élisabeth, nacida en 1937.
En 1929 publicó su primera novela, David Golder, que había empezado en 1925 en Biarritz, y se
convirtió en un gran éxito editorial. Fue adaptada al teatro y al cine, por Julien Duvivier, con Harry Baur en
el papel de Golder2. A partir de esta novela, la crítica se ha planteado la cuestión de la identidad de
Némirovsky, pues aunque ella misma afirmó en una entrevista que
nunca había renegado de su origen hebreo, en David Golder el
personaje central y, sobre todo, su socio Soifer está retratado con
muchos rasgos estereotipados del judío avaro y manipulador.
En 1930 publicó El baile, una pequeña obra maestra, también
adaptada al cine por Wilhem Thiele y con el debut de Danielle
Darrieux, que entonces contaba catorce años, la edad de la
protagonista, Antoinette. La carrera de Irène parecía tan consolidada que la escritora cobraba
considerablemente más dinero que su marido financiero con sus trabajos literarios. Sus obras gustaron a
escritores tan diversos (pro- o anti-semitas) como Cocteau, Morand, Brasillach, Kessel… Irène hace
amistad con Tristan Bernard, la actriz Suzanne Devoyod, la princesa Obolensky… Pasa temporadas en los
balnearios para curar su asma. Es recibida en su país de adopción como la sucesora de Dostoievsky, como
la nueva Colette francesa.
Económicamente, su éxito significó la ruptura definitiva con su madre, con la que nunca
conseguirá llevarse bien. Su padre se moriría antes de la ocupación alemana de Francia y, desde entonces,
las relaciones con Fanny no hacen sino empeorar. La dama consigue salir de Francia con un falso
pasaporte letón, alegando una breve estancia en Riga, y se crea así un escudo contra los nazis (pues los
países bálticos eran sus aliados). Irène pide ayuda financiera a su madre cuando se refugia en Issyl’Évêque, en la Borgoña francesa, pero Faïga se la niega.
En 1931 publica Les Moches d’automne, Las moscas del otoño, con influencia de Chéjov y
Flaubert, concretamente en el personaje de la criada fiel, Tatiana Ivanovna, muy similar a la Félicité del
cuento flaubertiano “Un corazón simple”.
2
El actor Harry Baur apareció tantas veces en el rol de judío en el cine que tuvo problemas durante la Ocupación, pues los
colaboracionistas pensaban que él era uno de aquellos.
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En 1933, tras la llegada de Hitler al poder en el mes de enero, Irène dice a su enfermera:
«pobrecita mía, dentro de poco todos estaremos muertos». Publica L’affaire Kourilof, donde es visible la
huella de Under Western Eyes, de Joseph Conrad, un escritor polaco que escribía en inglés y que para
Némirovsky era un modelo de aculturación exitosa, pues se había convertido en uno de los autores más
respetados de la literatura inglesa.
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En 1935 publica Le vin de solitude, El vino de la soledad, una obra maestra sobre las relaciones
madre-hija, la obra más autobiográfica de Némirovsky, donde Elena Karol, la chica, acaba siendo la rival
sexual de su progenitora, la frívola Bella.
En 1936, La Revue des Deux Mondes publica Liens du sang, Lazos de sangre. Publicación de
Jézabel.
En 1937, nace Elisabeth, segunda y última hija de los Epstein-Némirovsky.
En 1938 el gobierno francés, antisemita, rechazó la petición de nacionalización de la familia
Epstein-Némirovsky, a pesar de que el matrimonio estaba convencido de que Francia defendería a los
judíos y los apátridas en aquella Europa cada vez más vuelta hacia el totalitarismo (comunista o fascista).
En 1939, ella y su familia se convirtieron al catolicismo, intentando integrarse plenamente en su
país de acogida, Francia, y con pretensión de huir del acoso al que eran sometidos como judíos. Un amigo
de la familia, el arzobispo rumano príncipe Ghika, los bautiza en la iglesia de Santa
María de París. Los Epstein-Némirovsky creían que su posición privilegiada sería una
salvaguarda contra la barbarie nazi que iba a venir. Un exceso de confianza que tuvo
para ellos fatales consecuencias. Maria Nadotti, crítica italiana, en su introducción a El
vino de la soledad, habla de “miopia storica” de trágicos resultados.
En 1940, los Némirovsky se plantean si acercarse a Hendaya, en el País Vasco
francés, muy cerca de la frontera española, con idea de escapar del nazismo; pero
deciden llevar a su hijas a la localidad de Issy-l’Évêque, en la Borgoña, a casa de la
institutriz Cécile Michaud, que era de allí; una zona bajo administración alemana,
confiando en que los méritos literarios de ella y la notoriedad de él como hombre de finanzas les
protegerían del desastre. Un error que pagarán muy caro. Muy pronto, las leyes antijudías del gobierno de
Vichy (el terrible “estatuto del judío”, del mariscal Pétain) empezaron a causarles problemas: su marido
no pudo trabajar en la banca y a Irène, denunciada por su antiguo editor, Grasset, que se había hecho
colaboracionista, se le impidió publicar, aunque siguió escribiendo. A la familia, la obligaron a llevar la
estrella de David a la vista3. A los judíos se les bloquearon sus cuentas bancarias. Ella anota en su
cuaderno, a la vista del cariz que van tomando los acontecimientos:
«¡Dios mío! ¿Qué me hace este país? Me rechaza y con ello -digámoslo fríamente- pierde a mis ojos
el honor y la vida. Y, ¿qué hacen los demás países? Los imperios caen. Nada importa. Observado desde un
punto de vista místico o desde un punto de vista personal, todo es lo mismo. Mantengamos la cabeza fría.
Hagamos de tripas corazón. Esperemos».
En 1940, publica Los perros y los lobos, donde apuesta por su identidad judía, de la que va siendo
más consciente y de la que no piensa abjurar, aunque empieza a sospechar que no saldrá con bien de
3
“A partir de la fecha de promulgación de la presente ley, los ciudadanos extranjeros de raza judía podrán ser internados en
campos especiales, por decisión del prefecto del departamento en que residen. Los ciudadanos de raza judía podrán ser puestos
bajo arresto domiciliario por el prefecto del departamento en que residan” (Ley sobre los ciudadanos de raza judía, octubre de
1940).
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aquello. Elisabeth Gille cuenta en El mirador que, por aquellos años, su madre leyó Réflexions sur la
question judive, de Jean-Paul Sartre, donde el filósofo viene a decir que se es judío solo a causa de la
mirada del Otro. Lo cierto es que ella, la atea, la agnóstica, la asimilada, va tomando conciencia de su
identidad hebrea, como se observa en la novela Los perros y los lobos y empieza a sentir
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“poderoso orgullo de pertenecer a un pueblo que, pese a persecuciones y masacres, no ha dejado de
procrear en medio del dolor” (Elisabeth Gille, El mirador, p. 243).
En 1941, Michel e Irène dejan París y se instalan con sus hijos en el Hôtel des Voyageurs de Issyl’Évêque.
En 1942, Irène fue detenida y deportada a Auschwitz, donde murió de tifus. “No iré al exilio por
segunda vez”, le dijo al gendarme que le proponía la fuga para escapar del tren que la llevaría, primero, a
Pithiviers y, luego, al campo de concentración polaco donde moriría. Ya había tenido bastante desarraigo.
Su marido, Michel, sus cuñados, Samuel y Paul, sus cuñadas, Alexandra y Mavlik Epstein,
detenidos todos poco después, fallecieron también en la deportación (campos de concentración y cámara
de gas. Las hijas del matrimonio, Denise y Elisabeth Epstein, se salvaron. También su sobrina, Natasha,
que huyó a tiempo al norte de África, pudo librarse de una muerte segura.
Francia falló como país de acogida a los exiliados que, como los Epstein-Némirovsky, o como los
republicanos españoles que huían de la represión franquista, habían creído en aquella tierra de libertad.
De los 330 mil judíos que vivían en Francia al comienzo de la guerra mundial –y muchos de ellos nacidos
en aquel país-, casi la tercera parte fueron deportados a los campos nazis de la muerte con el
consentimiento del gobierno títere de Vichy: unos 75 mil judíos.
La liberación de Francia no llegó hasta 1945, con el fin de la Segunda Guerra Mundial.
En 2004, se publicó Suite francesa, obra inacabada de Irène, y se convirtió en el acontecimiento
literario del año. La obra es rápidamente traducida al inglés y se convierte en un best-seller internacional.
Los editores se disputan los derechos y Némirovsky aparece en las librerías occidentales traducida al
español, italiano, catalán, portugués, alemán… En noviembre de 2004, con ocasión de un reportaje para
la televisión, Denise Epstein vuelve a Issy-l’Évêque e inesperadamente se ve obligada a esperar un tren en
el mismo andén donde vio cómo deportaban a su padre.
Olivier Philipponnat dice en su artículo “Les ‘ambiguïtés’ d’Irène Némirovsky” que no es
frecuente en la historia literaria que un mismo autor pase dos veces del anonimato a la notoriedad
universal, con más de setenta años de intervalo. Pero tal parece ser el destino de esta magnífica escritora,
recientemente recuperada para las letras unviersales.
Por nuestra parte, queremos añadir que, de alguna manera, el caso de Némirovsky recuerda al de
nuestro García Lorca, convertido en un mito no solo por la indudable calidad poética de sus versos, sino
también por ser la encarnación de esa tragedia nacional que fue la Guerra Civil, por ser el blanco de los
odios cainitas que tristemente recorrieron España en los años treinta. Némirovsky es también la
encarnación de una página terrible de la historia contemporánea. Una víctima del Holocausto. Una exiliada
traicionada por el país que la acogió. Una judía basculante entre el orgullo racial y la asimilación de
culturas. Y sobre todo, una escritora de primerísima fila con un talento narrativo descomunal. Todo un
enigma que dará mucho que hablar en los próximos años.
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Análisis de las obras de Irène Némirovsky
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Un niño prodigio (1927)
En 1927 Irène Némirovsky tenía 24 años y ya se manifestaba en ella un
talento natural para la narración. Pero entonces todavía no había encontrado sus
temas (la venganza, el dolor, las relaciones familiares…). En Un enfant prodige, Un
niño prodigio (primeramente titulado L’enfant génial), hay todavía orientalismo y un
cierto tono de evasión. Pero el relato corto, de unas cien páginas, es un cuento
filosófico sobre un joven, Ismael Baruch, que sucumbe ante la fuerza destructiva de
su propio genio. ¿Acaso una premonición del futuro de su creadora? Lo cierto es que
el desenlace pesimista anticipaba el triste final de la escritora en 1942.
En aquellos momentos de su carrera literaria, Némirovsky estaba
aprendiendo, era una gran lectora, estudiaba letras en la Sorbona y se preguntaba si
era mejor dar rienda suelta a la intuición o domesticarla a través del estudio y la imitación de modelos
clásicos. Tal es el tema que plantea por medio de su protagonista Ismael: El arte de narrar, ¿talento
natural o aprendido? En esta obrita hay una discusión sobre innatismo y aprendizaje, es una fábula moral
sobre el talento natural para la escritura.
Ismael es un niño judío que crece en las tabernas de un puerto del Mar Negro (no se cita el
nombre, pero es la Odessa natal de su madre, que la familia conocía por haber ido allí en numerosas
ocasiones de vacaciones). Ismael es un niño prodigio, tiene una facilidad increíble para cantar los dolores y
las alegrías de los miserables y excluidos. Es un poeta natural, un músico puro. Su talento fascina a un
poeta venido a menos que lo lleva con él y lo introduce en una corte especial con una “princesa”
tabernaria y lujuriosa también muy especial. Ismael se convierte en el juguete de su caprichosa dama y
conoce el lujo y el dinero. Pero aquellos que primeramente lo aclamaban y lo mimaban acaban
abandonándolo a su suerte, al trágico destino que le aguardaba.
En Ismael, el tránsito de la infancia a la adolescencia es traumático (¿también en el caso de la
autora?). Sus poemas de belleza natural le parecerán ahora pueriles y poco artísticos. Él quiere mejorarlos.
Y estudia. Y lee. E imita a los grandes autores. Horas y horas. Días y días. Pero el remedio se convierte en la
enfermedad y el niño de antes, joven de ahora, pierde su don, lo que le traerá terribles consecuencias.
Ismael pertenece a dos mundos, pero en realidad no se identifica con ninguno. Ya no es de las
clases bajas, pero tampoco de las clases altas. No puede volver atrás. Lo mismo le ocurre a la exiliada
Némirovsky. Rusa y francesa, judía y católica y laica, libre pero condenada.
Según Olivier Philipponnat, en este relato hay muchos ecos de Nouvelles Pages de critiques et de
doctrine (1922), de Paul Bourget. El texto comienza así:
“Ismael Baruch había nacido un día de marzo en que nevaba mucho en una gran ciudad marítima y
mercantil del sur de Rusia, a orillas del mar Negro. Su padre vivía en el barrio judío, no lejos de la plaza del
mercado. Se dedicaba a la reventa de ropa vieja y chatarra. Todavía usaba un viejo caftán raído, unas
babuchas y, a cada lado de la frente, como era de rigor, lucía unas cortas mechas en tirabuzón llamadas
peiess.”
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David Golder (1929)
En 1929 publicó su primera novela, David Golder, cuyo protagonista es un
banquero muy rico, similar a su padre León, que ama a su mujer, Gloria, aunque le
gustaría que no fuera tan egoísta, y adora a su hija única, Joyce, una joven casquivana
y frívola que se parece a Irène cuando era joven. Por el amor de ambas, David se
arruina. Al principio de la novela, Golder sufre una angina de pecho y debería
descansar, pero le resulta imposible: sigue haciendo viajes de negocios y ganando
dinero, regresa a su pobre pueblo natal rememorando sus orígenes humildes y
finalmente muere retornando al yiddish de la infancia, la lengua que hablaba en los
puertos del Mar Negro cuando era un niño pobre. En Golder hay, como en muchos
emigrados rusos, judíos o no, esa nostalgia del paraíso perdido.

La novela se le ocurrió a la autora en Biarritz y está muy influida por La muerte de Iván Illich, de
Tolstoi, donde el escritor ruso nos hace reflexionar sobre las vanidades mundanas y la inevitabilidad
del dolor:
"siento dolor, gracias a eso sé que estoy vivo"
"mi dolor es lo único que tengo".
Némirovsky sigue la tradición rusa del dolor . En su novela, como señala Claire Messud
(“Introduction”, en Irène Némirovsky, David Golder, The ball, Snow in autumn, The Couriloff affair,
London, Everyman’s Library, 2008, pp. IX-XIX), la escritora se muestra ajena a la idea cristiana de la
redención, es más pesimista que Tolstoi, aunque permite cierto consuelo al banquero Golder, quien antes
de morir vuelve a oír el yiddish de su infancia y la voz de su difunta madre (aunque también se entera de
que su única hija, Joyce, en realidad es de Hoyos, el amante de su mujer). El dolor sirve para recordarnos
que no vamos por buen camino (moralismo), que la vanidad es apariencia y solo el sufrimiento y la
muerte son auténticos; en el mundo real, sufrimos y nos estamos muriendo, como le ocurre al agonizante
Golder. Este dolorido vivir está muy presente en toda la literatura eslava:

En Turgueniev, que habla del amor no correspondido y cuyos personajes buscan sentido a través
del heroísmo, como en Rudin, cuyo protagonista lucha en las barricadas francesas de 1789.

En Pushkin y su dolor por el honor perdido.

En Gógol y Dostoyevski, con su dolor por la miseria del pueblo ruso.

En otros emigrados rusos el dolor es reemplazado por la nostalgia del paraíso perdido. Por
ejemplo, algunos personajes de Nabokov sienten que viven como si estuvieran muertos.
Según Coetzee, en su reseña de Los perros y los lobos, publicada en The New York Review of
Books, el 20 de noviembre de 2008 (y donde el Nobel sudafricano aprovecha para hacer un recorrido por
la narrativa de Irène Némirovsky), David Golder también tiene una gran deuda con Le Père Goriot, de
Balzac, sobre todo en la figura del emprendedor, empeñado en subir en la escala social a cualquier precio
y esforzado por dar a su progenie un futuro deslumbrante, basado en el poder del dinero. También se ha
hablado de influencia de Daudet, Bernstein y Mirbeau.
El banquero Golder tiene mucho del estereotipado financiero judío sin escrúpulos, hasta el punto
de que se ha hablado mucho del antisemitismo de Némirovsky, en esta y otras novelas, una judía
asimilada empeñada en abjurar de su propia sangre, según algunos lectores más bien extremistas del
relato, como León Poliakov. La escritora habla, por ejemplo, de las “manos de asesino” de David Golder,
de su certera “mirada de odio”, de lo poco que le importa el suicidio de su socio Simón Marcus, invoca sus
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condiciones propiamente raciales… Por otro lado, la familia Némirovsky se relacionaba con políticos
católicos muy conservadores y marcadamente antisemitas y ella misma colaboró en sus tiempos de
estudiante en La Sorbona con revistas derechistas como Gringoire, del editor ultra Horace de Carbuccia.
Sin embargo, hay que decir que Golder parece amar el riesgo en sí mismo, el juego, un rasgo
característico del capitalista occidental, del financiero europeo o
americano, pero no del judío prototípico, con alergia a las
pérdidas o a las aventuras inseguras. Además, el estereotipo del
financiero como “rey del mundo”, como enfermo de la
“enfermedad del oro” que aparece en David Golder procede de
otros personajes literarios, como Gundermann, en El dinero, de
Émile Zola; o Andermatt, en Mont-Oriol, de Maupassant. De
manera que Némirovsky, más que de antisemitismo, aparece
como culpable de haber leído a los clásicos franceses, rusos,
europeos… Era una escritora adicta a la lectura. Sin circunstancias atenuantes contra este cargo. Como
resume Paul Morand, David Golder es
«un grand voyage humain, du ghetto au luxe de Biarritz, de la pauvreté à la richesse, de la vie à la
mort» («un gran viaje humano, del gueto al lujo de Biarritz, de la pobreza a la riqueza, de la vida a la
muerte».
No hace falta, pues, recurrir al anti- o al pro-semitismo para entender la obra. En la novela hay, no
obstante, otro personaje, Soifer, compañero de Golder en una partida de cartas, que sí que es presentado
claramente como una caricatura del judío avaricioso, casi enfermo de miserabilismo, y que finalmente
muere solo,
“como un perro, sin un amigo (…), enterrado en el cementerio más barato de París por su familia,
que lo odiaba y a quien él había odiado, pero a quienes a pesar de todo había dejado una fortuna de unos
treinta millones de francos, cumpliendo así hasta el final el incomprensible destino de cada buen judío en la
tierra”.
¿Hay antisemitismo en esta descripción o más bien ternura por el aislamiento en que viven los
judíos –y, en general, inmigrantes y exiliados- en un país que no es el suyo, obligados a adaptarse, a
“aculturizarse”, en un modo de vida ajeno? ¿Desprecia la escritora a la “raza oscura”, hecha con el “limo
de la tierra” a la que ella misma pertenece? Pues eso es, al menos, lo que algunos judíos han pensado de
su compatriota. Por ejemplo, en la revista Réveil juif se deplora que David Golder sea un pandemonium
odioso y se llega a decir que “ese cuadro de judíos reyes del oro o del petróleo agradará (sin duda) a los
numerosos antisemitas”. Nina Gourfinkel4, en una entrevista a Némirovsky, le decía que en la obra no hay
rasgos de simpatía hacia ningún personaje, que todo lo envuelve un terrible materialismo decadente. Y la
autora contestaba que, en efecto, así es como ella había visto a sus personajes, como ella había vivido en
su vida real, rodeada de personas que pensaban tan solo y a todas horas en el dinero.
Lo cierto es que Némirovsky, en esta y en otras obras suyas, como Los perros y los lobos,
caracteriza a sus personajes hebreos con rasgos prototípicos y vocabulario selectivo, muy cercanos en
ocasiones a los generalmente atribuidos al judío por los antisemitas:
 rasgos morales: la capacidad de resurgir continuamente de sus cenizas; la inclinación a los
negocios, la usura y el lucro; la habilidad para aprovecharse de cualquier ventaja del sistema social;
la aptitud para vender y comprar, traficar con divisas, ser viajante de comercio, vender encajes
4
Nina Gourfinkel, “L’expérience juive d’Irène Némirovsky : une interview de l’auteur de David Golder», L’Univers
israélite, 28 février 1930, pp. 677-678.
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falsos, hacer contrabando de munición; la tendencia adaptadiza y el temor a la muerte; el carácter
huidizo e inquieto; la rapidez de reflejos y la inteligencia, la entrega infatigable al trabajo; la
inclinación a la traición, la deslealtad; la pugnacidad, la histeria, la insolencia; la incapacidad para
obedecer; la no pertenencia o no-inclusión en el grupo de acogida…
 rasgos físicos: un cuerpo enclenque en perenne movimiento si el semita es delgado; la gordura
corporal y la flacidez de la carne si es grueso; el sudor; la falta de aseo personal; la mirada furtiva y
los ojos negros y febriles; las manos rudas y los dedos afilados; las piernas cortas; la nariz
puntiaguda y larga o ganchuda; los dientes irregulares; las mejillas lívidas o pálidas; la tez
amarillenta o morena o aceitunada; el vello espeso y negro; el cabello crespo; los rasgos
atormentados; la máscara de oriental; “el pueblo de la nuca dura”…
Por supuesto, Némirovsky presenta a sus personajes judíos más bien como seres avaros con afán
de acumular riquezas, amantes del dinero, y ese amor es realmente el rasgo que une a todo el grupo
semita, más que una fe religiosa compartida. Ella misma reconoció, años después de
haber publicado la novela, que si entonces hubiera sabido lo que iba a pasar con
Hitler, no habría creado la novela, el clima en que se desenvuelven los personajes, de
la misma manera: temía haber dado argumentos a los antisemitas.
Pero cabe argüir que la escritora hace esto precisamente (con David Golder,
con Soifer, con Darío Asfar en El maestro de almas) para subvertir el estereotipo,
para hacernos comprender a los personajes como exiliados, para que sintamos piedad
por ellos más que desprecio, para que entendamos que son el resultado de la
violencia social, económica y racial ejercida contra ellos. Los judíos de Némirovsky
enlazarían así con Shylock, el mercader de Venecia, el famoso personaje
shakespeareano, según recuerdan Olivier Philipponnat y Patrick Lienhardt, en su prólogo a El maestro de
almas: ¿acaso los judíos no sangran como cualquiera, aunque sean usureros?, ¿es que no son
despreciados antes que despreciables?
Por otro lado, también hay que destacar que la autora no hace juicios narrativos sobre sus
personajes, solo expone, deja que sea el lector quien saque sus propias conclusiones.
La historia de la edición de la novela es muy curiosa, pues ella no se atrevió a firmarla con su
nombre, dado que era una chica joven y judía sin notoriedad literaria. Así que firmó la novela con el
apellido de su marido, Epstein, en lugar de utilizar el suyo. Pero el editor Bernard Grasset, impresionado
con la narración, puso un anuncio en la prensa para averiguar quién era la autora:
“Busco al escritor que depositó un manuscrito en Éditions Grasset bajo el nombre de Epstein”.
Cuando se presentó en su despacho aquella jovencita, él la interrogó hasta cerciorarse que no era
la “tapada” de algún escritor de renombre que quería burlarse de él. Después, la convenció para que
rubricara el manuscrito. Tuvo así la novelista su primer gran éxito y de la obra se hicieron adaptaciones
para el teatro y el cine. Irène fue recibida en Francia como una nueva y joven Colette.
Los protagonistas de la novela se inspiran en los padres de la escritora, son el arquetipo del self
made-man, el hombre hecho a sí mismo (David Golder) y la esposa egocéntrica y despilfarrodara (Gloria
Golder, una mujer obsesionada con su belleza que desea tener amantes que la adoren, como Hoyos, antes
de tener que recurrir a los servicios de gigolós a sueldo cuando sea vieja).
Némirovsky nos habla en este relato del mundo de los grandes negocios, la falta de escrúpulos, la
voracidad financiera, la volatilidad del dinero. Su David es un hombre que se arruina en un casino y pierde
la salud, que se ve solo y abandonado por su mujer y su hija, pero que aún conserva el espíritu de lucha.
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Rememora sus humildes orígenes en un gueto ucraniano donde eran frecuentes los
progromos (persecuciones contra los judíos) y se atreve a intentar recuperar su
fortuna, aun a riesgo de su vida, para facilitar el futuro de su hija, Joyce Golder (alter
ego de la narradora), que es su único amor en el mundo. Y eso a pesar de que
finalmente su mujer le confieso, cuando está muriendo, que Joyce no es hija suya,
sino de su amante, Hoyos.
En la novela hay una crítica feroz contra el mundo de la banca y las finanzas,
contra los especuladores de la Bolsa y quienes aprecian los negocios y el dinero por
encima de cualquier otra cosa. Ni la enfermedad ni la muerte ni el suicidio de las
víctimas son capaces de detener la maquinaria del capitalismo. Las mujeres como
Gloria son capaces de vender caro su papel pasivo, de prostitutas camufladas,
legalizadas; son a la vez víctimas y verdugos, forman parte del mismo entorno corrompido que comparten
con los hombres que las mantienen. David Golder es una crítica social acerba, brutal, del mundo del
dinero.
La escena final, en la que Golder muere en un barco, en medio de una terrible tempestad, pudo
estar inspirada en el viaje real que la familia Némirovsky hizo para escapar de la Revolución bolchevique
en un carguero desde las frías aguas del Báltico hasta Ruán (Francia). En realidad, es la inminencia de la
enfermedad y la muerte la que hace reflexionar a Golder sobre la inanidad de su existencia opulenta, la
que lo quiebra anímicamente y le hace ver que iba por mal camino. Busca así el alivio de la memoria, la
nostalgia de un pasado emprendedor que aún podía reflejar inocencia, el cariño imposible de una hija,
Joyce, que en realidad no es suya, sino de Hoyos, el amante de su mujer:
“Hacer dinero para los demás, y luego reventar, para eso me trajeron a este asqueroso mundo (…)
Toda la vida trabajando para, al final, verse solo y despojado de todo, con las manos vacías”.
En esta obra primeriza, Némirovsky se presenta ya como una escritora madura. Los capítulos son
breves y eficaces, hacen avanzar la historia. Los diálogos destapan el alma de los personajes. Se nota la
escuela de Chéjov, Maupassant, Turguéniev.
“Lo que yo quería era escribir una novela moderna, sólida y escueta, exenta de cualquier
consideración ajena a la acción, sin comentarios ni análisis (…) Imité el método de Turguéniev, al que no he
dejado nunca de recurrir, consistente en imaginar cronológicamente la vida de todos los protagonistas,
comprendidos los personajes secundarios, antes y después de la acción principal y hasta los mínimos detalles.
También estaba contenta de mi primera frase, dura y tajante, que imponía inmediatamente el tono y la
psicología del personajes: “No, dijo Golder” (Elisabeth Gille, El mirador, p. 205).
Cuando escriba El maestro de almas también empezará con una primera frase de sonoridad
rotunda:
“-¡Necesito dinero! –Le he dicho que no”.
Un comienzo que recuerda mucho el de Lewis e Irène (1924), otra “novela de las finanzas”, de
Paul Morand:
“-Quince, murmuró Lewis”.
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El baile (1930)
En 1930, Irène publicó El baile, con el seudónimo de “Nerey”, sobre el tránsito difícil de
una adolescente a la edad adulta. Giménez Corbatón dice que esta novela es, junto a
Las moscas de otoño (1931), la obra maestra de la autora y que
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“es, junto a La señorita Else (Fraülein Else, 1923), de Arthur Schnitzler, y Frankie y la boda
(The Member of the Wedding, 1946), de Carson McCullers, una de las mejores narraciones
consagradas al paso de la infancia a la adolescencia femeninas.”
La novela, como David Golder, también fue adaptada al cine. Este argumento lo
repetirá en cierta forma en su novela El vino de la soledad, donde también la historia
gira en torno a la venganza de una hija sensitiva e insatisfecha contra su odiosa e insaciable madre. Y en
cuanto a la dificultad del tránsito de la infancia a la adolescencia, era el tema que trataba en Un niño
prodigio (1927), aunque ahora lo toca con mayor experiencia narrativa y no desde el punto de vista
masculino, sino femenino.
El baile es una novela muy breve sobre el mundo de los ricos. El texto, introspectivo, de indagación
en los sentimientos, con su protagonista femenina inconforme, incluso a veces perversa, permitió la
comparación con novelas de Colette como Sido o La gata y con Scott Fitzgerald, el autor de El gran
Gatsby, un escritor que también amaba el mundo del lujo y la riqueza. El argumento es el siguiente:
Instalados en un lujoso piso parisino, los Kampf, Alfred y Rosine, son unos nuevos ricos que tienen
todo cuanto puede comprar el dinero, excepto el reconocimiento de las viejas familias de la alta sociedad.
Decididos a ganarse el aprecio de los adinerados, deciden preparar un baile para unas doscientas personas
de lo más granado del mundo elegante. Pero en la casa, hay una jovencita de catorce años, Antoinette,
hija de los Kampf, muy herida porque su madre le prohíbe asistir al baile y porque es sistemáticamente
relegada, vejada y excluida por los mayores. Ella trama una terrible venganza que lleva a un final
dramático, del que es testigo la prima Isabel, una aristócrata de rancio abolengo, pero obligada por el
empobrecimiento a servir como profesora de música a las jóvenes de clase alta. El sabotaje de Antoinette
da al traste con las aspiraciones de ostentación de su madre. Los advenedizos no encuentran sitio en la
rancia sociedad parisina.
Esta obra, una joya literaria, tiene características muy frecuentes en la narrativa de Némirovsky: el
tema de la venganza, la introspección psicológica, la protagonista femenina de fuerte carácter, la difícil
relación madre-hija, el dolor existencial, el autobiografismo… Elisabeth Gille hace decir a su madre, en El
mirador, sobre la novela El baile:
“Fustigo en ella lo que más temo y detesto: el amor inmoderado por el dinero y el lujo, esta
mentalidad de nuevo rico que alardea de lo que tiene con arrogancia y mal gusto, en una palabra, ese
ambiente en el que se regodean mi madre y sus acólitos” (p. 41).
El padre de Antoinette, antiguo empleado bancario, y anteriormente botones, que se hace rico en
la bolsa, recuerda a León Némirovsky; la niña, a la autora; la madre, modesta mecanógrafa en los tiempos
de pobreza, a Fanny Némirovsky; la institutriz inglesa, miss Betty, a la nurse francesa de Irène; la
atmósfera galante, a la que vivió la escritora… Por otra parte, tiene un esquema narrativo similar al de
David Golder: el padre potentado (David), la niña mimada (Joyce), la mujer frívola (Gloria).
El relato está dividido en seis capítulos, que son otras tantas secuencias cinematográficas, con
unos diálogos muy eficaces que hablan con sutileza y contundencia de las relaciones humanas. Estilo
aparentemente sencillo, prosa diáfana, conjunto veloz y sin fisuras que se lee de un tirón. Narrativa en
estado puro.
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Antoinette es una criatura dual, una paradoja viviente, apresada entre dos mundos: el de la
integración por la riqueza y la segregación por su origen. Ella y su familia quieren ser aceptados por la vieja
aristocracia, pero son despreciados como advenedizos. La niña tiene todos los privilegios que concede el
dinero, pero le falta el cariño de su madre, que la veja continuamente. Es angélica y, a la vez, perversa.
Esta doble naturaleza es la que produce su rabia y la conduce a la venganza.
“Fue un segundo, un destello inaprensible mientras se cruzaban «en el camino de la vida»; una iba a
llegar, y la otra a hundirse en la sombra. Pero ellas no lo sabían. Sin embargo, Antoinette repitió bajito:
—Pobre mamá...”
Quizás, como sugiere el editor español Mario Muchnik, el sabotaje de Antoinette anuncia de algún
modo lo que poco más tarde sería la lucha de la resistencia contra el dominio nazi.
Las moscas del otoño (1931)
En 1931, Irène Némirovsky publica Les Mouches d’automne, Las moscas del
otoño, publicada en inglés como Snow in Autumn, donde cuenta los años de declive
de Tatiana Ivanovna, fiel criada de los Karine, una familia de rusos muy ricos
forzados a abandonar sus propiedades tras la Revolución de 1917. Es uno de los
relatos más líricos de la autora, de un lirismo hondo y triste.
Con el paso del tiempo, vemos que la principal víctima del alzamiento
bolchevique es paradójicamente la criada. Es decir, los desfavorecidos, aún más que
sus señores. Los Karine han salvado una parte considerable de su fortuna y se han
adaptado fácilmente a vivir en el extranjero. Sin embargo, Tatiana no encuentra
sentido a la vida en Francia y echa de menos las nieves de Rusia. Cada vez más
postergada por sus amos, dolorosamente obsoleta e incapaz de integrarse, una mañana neblinosa
abandona el apartamento donde vive y se ahoga en el Sena.
En esta obra es evidente la deuda con Chéjov y, muy específicamente, con “Un corazón simple”,
de Flaubert, en cuanto al retrato de la criada, muy similar en su simpleza y sufrimiento -y también en la
“fidelidad de perro” hacia sus amos, a los que sirve durante cincuenta y un años-, a la Félicité flaubertiana.
Tatiana es mujer de silencios y elipsis, tiene alma campesina, anclada con terquedad en un paisaje sin el
cual no puede susbsistir, inalterable en el viaje a ninguna parte que es el destierro. Llega a confundir la
niebla del Sena con la nieve rusa y, tras vivir en un espejismo, finalmente muere incapaz de adaptarse a su
nueva vida. Su religiosidad es humilde y sencilla, como la de Félicité.
La novela es la versión definitiva de un cuento anterior, publicado por Némirovsky en 1924, en sus
tiempos de estudiante en la Sorbona, “La Niania”. Y es también un discreto homenaje a su abuela, Rosa
Margoulis, que tuvo que abandonar la nueva URSS proletaria para vivir en la liberal Francia, un país al que
no logró adaptarse, aunque en el relato se adopta la perspectiva de una criada, convertida en
protagonista, quizá por la poderosa influencia de Flaubert, y de su personaje Félicité, en la autora.
El retrato de la joven de veintiún años Loulou Karine, frívola y fría, recuerda al de Joyce en David
Golder. Y también están presentes otras notas características de la narrativa de Némirovsky, como el
dolor, el problema de la identidad personal de los apátridas, el círculo vicioso acumulación-pérdidaacumulación, el cosmopolitismo forzado (exilio), la nostalgia del paraíso perdido…
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El título de la novela, Las moscas del otoño, hace alusión al deambular de los exiliados entre las
cuatro paredes de sus apartamentos parisinos evocando la huella de otras estaciones más favorables en
las que vivieron mejor.
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El affaire Courilof (1933)
Con L’affaire Courilof, El caso Kurílov, Irène Némirovsky cierra su colaboración
con el editor Bernard Grasset, su descubridor, la persona que editó David Golder y El
baile (luego, tuvo una pésima relación con la escritora, se hizo colaboracionista con el
régimen de Vichy y suprimió el nombre de Némirovsky del catálogo editorial). La
novela deja ver el pesimismo político de la autora: amoralidad, corrupción,
desesperanza. Es una “novela terrorista” (sobre terroristas), que anticipa de alguna
manera las que vendrán de Sartre y Camus (Les Justes, por ejemplo).
El protagonista es León M., cuyo alias bolchevique es Michel Legrand, un
hombre educado en Suiza bajo principios revolucionarios. En 1903 es enviado a Rusia
con la misión de asesinar al ministro de Instrucción Pública del zar Nicolás II, Valerian Alexándrovich
Courilof, llamado “El Cachalote” por su dureza y frialdad en la represión política. El ministro está enfermo
terminal de cáncer. Legrand debe ganarse su confianza como médico de cabecera y, después, ejecutarlo
para buscar la máxima resonancia política del evento terrorista. El asesino llegará a conocer el alma de su
enemigo, participará en el atentado y ocupará puestos claves en el futuro aparato represor de la
Revolución. Aunque en la obra se sugiere que acaba sus días exiliado en Niza, porque con el cambio de
gobierno comunista en la URSS, los nuevos dirigentes han preferido arrinconarlo.
J.M. Coetzee, en The New York Review of Books, ha dicho de la novela:
“La progresiva humanización de un asesino (…) está plasmada con maestría”.
La novela, dedicada a “Michel (Epstein)”, consta de un prólogo-diálogo que presenta a Legrand,
exiliado en Niza, aguardando la muerte (en 1931) y ocultando su verdadera personalidad, que habla en
una terraza con otro soviético, Iván Baránov, antiguo miembro de las fuerzas de seguridad del zar, que lo
ha reconocido después de muchos años. Sigue una nota, donde se nos cuenta en tercera persona que
León M. ha muerto y que en su apartamento ha aparecido una carpeta con apuntes manuscritos suyos
donde se cuenta el “caso Kurílov” y el finado reconoce su implicación en los hechos:
“León M. murió en marzo de 1932 en la casa de Niza donde había vivido los últimos años.
Entre sus libros apareció una pequeña cartera de cuero negro que contenía varias decenas de hojas
mecanografiadas, sujetas con un clip. La primera llevaba estas palabras escritas a lápiz: CASO KURÍLOV”.
Termina con varios capítulos narrados en primera persona, donde León cuenta su crimen, cómo
se ganó la confianza del ministro soviético y lo liquidó. Se supone que dichos capítulos son la transcripción
de las hojas mecanografiadas dejadas por León. Están escritas en Niza, en 1931, cuando el mercenario
sintió próxima su muerte (ocurrida en 1932), a modo pues de confesión expiatoria o reconocimiento de
culpa (lo que justifica el tono desesperanzado, pesimista, del texto).
León (1881-1932, según los datos de la novela) cuenta hechos situados en 1903, es decir, tiempos
de ascenso del comunismo, pero cuando todavía había en Rusia régimen imperial: el Zar no sería
derrocado hasta la Revolución de 1917. El mismo León nos informa de su vida: nacido el 12 de marzo de
1881 en un pueblo siberiano, hijo de padres deportados, odia al zar, es miembro del Partido, tiene
estudios de medicina e idiomas, realizó viajes por Suiza y Francia, etc.
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El ritmo narrativo es rápido, como en los relatos anteriores. La narración es en primera persona y,
a través del relato, conocemos la visión de la autora del conflicto revolucionario ruso. Ella lo ve como algo
inevitable, pero cree que el círculo de la crueldad y la injusticia no hace más que repetirse una y otra vez.
Los revolucionarios y los zaristas reprimen con igual saña a sus enemigos, sin piedad ni respeto. Los seres
humanos son insectos programados para el mal:
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“Cada insecto humano diminuto pensaba tan sólo en sí mismo, en su vida de insecto amenazada,
odiaba y despreciaba a los demás, y eso era lo más justo… Pero yo los podía entender a todos. Ya no se
trataba de un juego. Dios exige una mayor ceguera que la mía a sus criaturas”.
La figura de Courilof, hábil represor que en un momento de pérdida de la confianza del Zar sabe
maniobrar para recuperarla, recuerda a las novelas de dictadores latinoamericanas (García Márquez, Roa
Bastos, Asturias, Vargas Llosa…). Courilof se siente tedioso y melancólico cuando pierde el poder y se
emborracha de él cuando lo recupera:
“El éxito se le subía a la cabeza como los efluvios del vino”.
Pero el magnicidio es un remedio inútil:
“No es más que un imbécil miserable; si lo quitamos de en medio, el siguiente no será mejor que él, y
así sucesivamente”.
Némirovsky se muestra desesperanzada, al modo de Cioran: la lucha de clases es tan inevitable
como la rueda de la sangre:
“La vida es una estupidez. Menos mal que, en lo que a mí concierne, el espectáculo está a punto de
acabar”, concluye Legrand.
La autora, desgraciadamente, volverá a sentir iguales sentimientos de desesperanza hacia 1940,
con la Ocupación. Para entonces, la historia se encargaría de hacer nada desdeñables sus reflexiones sobre
la capacidad del hombre para matar, para la crueldad y la infamia hacia sus semejantes.
El vino de la soledad (1935)
«Hélène se mit debout devant la fenêtre, regarda la rue. Là passait parfois, dans une vieille calèche
traînée par deux lents chevaux, conduite par un cocher habillé à la mode polonaise (gilet de velours, manches
rouges bouffantes et plumes de paon sous son chapeau), la tante de Bella, une Safronov de la branche aînée,
de celle qui était restée riche, qui n'avait pas dilapidé sa fortune, qui n'avait pas eu besoin de marier ses filles
à de petits Juifs obscurs, gérants d'une fabrique de la ville basse. Mais seul, ce jour-là, un fiacre passait
lentement sous la fenêtre; une femme y était assise; elle tenait serré contre elle, comme un ballot de linge, un
cercueil d'enfant; on évitait les frais d'enterrement dans le peuple. »
Es la novela más autobiográfica de Irène Némirovsky. Puede considerarse un ajuste de cuentas de
la escritora con su pasado, particularmente con su madre, con la que nunca se llevó bien. También puede
considerarse una novela de aprendizaje o Bildungsroman, a la manera por ejemplo de Wilhelm Meister,
de Goethe. Fue publicada en 1935 por el nuevo editor de la escritora, Albin Michel, pues ya había roto con
su antiguo editor, Bernard Grasset.
Está ambientada en los primeros años del siglo XX, entre 1910 y 1920 aproximadamente. Cuenta
la vida de una adinerada familia ruso-judía, los Karol, que se refugia en París cuando estalla la Revolución
bolchevique. Es también la historia de la venganza de la joven Elena contra su madre, hermosa y cruel,
Bella, una rusa de elevado linaje (de la familia Safronov) obligada a casarse por dinero con el potentado
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Boris Karol, al que desprecia por su origen judío y proletario. Bella tiene un amante, Max Safronov, primo
suyo y como ella de antiguo linaje, al que Elena volverá loco de amor para cumplir su propósito vindicativo.
En la trama se instala así un interesante triángulo edípico, motivado por el deseo de venganza.
Un tema –la vendetta- que la escritora ya había tratado en otra novela suya, El baile, aunque en El
vino de la soledad llega a unos niveles magistrales difíciles de igualar. Y unos personajes (Boris Karol el
potentado, Elena la niña mimada, Bella la mujer hermosa y depravada) que ya habían aparecido con otros
nombres (David, Joyce, Gloria) en David Golder. La madre frívola y adúltera, narcisista y obsesionada con
su imagen pública, aparece también en Jezabel (1936). Como dice J. M. Coetzee, en su reseña en The New
York Reviews of Books,
“El vino de la soledad es en parte novela y en parte fantasía autobiográfica,
pero sobre todo es denuncia de una madre que consiente que su hija adopte el papel
de rival sexual”.
El vino de la soledad nos muestra la vida de la joven desde que tiene ocho
años hasta que llega a la mayoría de edad, y sigue a Elena Karol, alter ego de la
autora, por las orillas del Dniéper (Ucrania) hasta San Petersburgo, Finlandia y París,
es decir, recorre las etapas del exilio real vivido por Némirovsky en su salida de la
Rusia revolucionaria.
La madre, Bella, frívola, adúltera, coqueta, no quiere a su hija ni tampoco a su marido. Solo anhela
pasarlo bien, gastar en compras, sentir un amor galante sin compromisos, vivir al modo de los antiguos
aristócratas. Ella representa el viejo orden feudal que ya no será posible en la nueva URSS, proletaria y
laboriosa, sin clases parásitas. El personaje que se gana el amor de Elena es su institutriz francesa,
mademoiselle Rose, con la que aprende a amar las orillas del Sena, a la dulce Francia, y que muere
prematuramente por la mezquindad de su madre. El despido de la institutriz, su muerte subsiguiente,
deciden a Elena a vengarse de quienes han envenenado su infancia. Y para ello decide convertirse en la
rival sexual de su madre, hacer que su amante, Max Safronov, se enamore de ella, que ya ha dejado de ser
una niña y se ha convertido en una hermosa joven.
Tras realizar su venganza, Elena seguirá su camino, ya madura, adulta y libre, desasida de su
pasado familiar lleno de soledad y dolor, una vez muerto su padre, Boris Karol, que representa el último
vínculo que la ataba a sus orígenes. La novela termina con una imagen poderosa: Elena, que ya ha dejado
atrás la adolescencia, abandona la casa familiar y se deja embriagar por el viento que atraviesa el Arco de
Triunfo y barre los Campos Elíseos. La novela tiene así mucho de exorcismo, de liberar demonios
interiores.
Una de las constantes en la novelística de Némirovsky es que sus personajes protagonistas son
chicas judías que reaccionan contra la propia tradición semita:
"¡eso que vosotros llamáis éxito, victoria, amor u odio, yo lo llamo dinero!", escribió en otra
novela.
En El vino de la soledad, Elena Karol detesta el amor pecuniario que mueve a sus mayores:
“millones, millones, millones”, resume tras escuchar las conversaciones de los adultos. Sin embargo, este
desprecio de sus protagonistas femeninas por el dinero y la tradición no coincide en la realidad con la
actuación de la escritora, casada con Michel Epstein, brillante ingeniero y financiero judío, exiliado de
origen ruso que vive en Francia, como lo había sido su padre, León Némirovsky. Irène llevó de adulta una
vida de gran burguesa, no rompió en absoluto con la forma de vida heredada de sus padres.
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En cierta manera, El vino de la soledad podría leerse como deconstrucción del cuento clásico de
Blancanieves: la protagonista no se queda dormida esperando al príncipe encantador, ella actúa y se
venga de la madrastra que ha envenenado su vida, ella seduce al príncipe –que no es aquí su aliado, sino
parte del ejército del mal, pues es el amante de la bruja-. Blancanieves-Elena Karol es la nueva mujer,
activa y no pasiva, tomando las riendas de su destino. La madrastra-Bella Karol es por supuesto la madre
terrible de Irène, Fanny Némirovsky, pero también en cierta manera es una Francia que se pretende patria
de acogida y, en realidad, no pasa de ser madrastra para los exiliados que se han acogido a su abrazo
maternal: el abrazo del oso, el abrazo de King-Kong, un abrazo que lleva al matadero. La familia Karol es
también el nuevo modelo de familia burguesa, donde las relaciones no son siempre fáciles, donde el odio
puede sustituir al amor y cada miembro hace las cosas por su cuenta, donde el adulterio triunfa sobre la
fidelidad.
El libro de Némirovsky sería así una deconstrucción, una crítica contra un capitalismo que asesina
el amor y aúpa el egoísmo, contra el idealismo de los cuentos infantiles que presentan un mundo feliz
utópico y paternalista, contra el machismo que espera de las mujeres una reacción de dependencia,
contra el paternalismo que predica para los hijos un vínculo de sumisión. La obra habla, pues, del triunfo
de la mujer, del inexorable avance de las generaciones jóvenes. Se castigan la avaricia, el egoísmo, el
oportunismo, el cinismo, las simulaciones grotescas de bondad y altruismo, la pasividad. Son elogiados el
activismo, la inteligencia, pero también la crueldad, el talento feroz. Se restablece finalmente el orden
afirmando la ley del más fuerte.
En cuanto a la estructura de la novela, tiene cuatro partes: la primera con ocho capítulos, la
segunda tiene seis y acaba con la muerte de la institutriz, la tercera cuenta con cinco capítulos y acaba
con el sentimiento de odio e ira de Elena (que ya tiene dieciséis años) contra su madre, la cuarta empieza
con la llegada de los Karol a Francia (donde llegan huyendo de la Revolución bolchevique) y termina con
una Elena mayor de edad que ha consumado su venganza; el viento de París bajo el Arco de Triunfo que
aparece en las líneas finales es todo un símbolo de la libertad conquistada por la joven.
El título, El vino de la soledad, alude a esa soledad a la vez áspera y embriagadora a la que está
condenada Elena Karol, el doble de Irène; a esa irresistible borrachera de ser ella misma, liberada para
siempre de la opresión de su progenitora.
«Une enfance malheureuse, c’est comme si votre âme était morte sans sépulture, elle gémit
éternellement», decía Irène Némirovsky, que siempre anheló arrancar la «tormenta tenebrosa» que fue su
infancia.
Los perros y los lobos (1940)
Némirovsky vuelve a los ambientes elegantes en otra obra suya, Los perros y los
lobos, cuya protagonista, Ada Stiller, pintora judía y millonaria emigrada a Francia en los
años de la revolución leninista, se estremece de la esclavitud en los guetos y cree que
ella nunca acabará allí, a pesar de ser aquel precisamente su destino: Ada es deportada
desde Francia y encara un futuro precario, mientras su madre está en alguna parte de los
Balcanes. ¿Premonición del propio destino?
En esta obra, la autora habla de la vida en Kiev, una ciudad que en principio
estaba prohibida para los judíos, por orden del zar Nicolás I (y nos presenta la vida en el
gueto en estampas muy dostoievskianas). Pero los burgueses del gremio de los mercaderes quedaban
exentos del decreto imperial. Algo que vivió Irène, cuyo rico padre tenía permiso para vivir en la zona
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elegante de la ciudad de Kiev, en lugar de hacerlo en el gueto judío, adonde estaban relegados los semitas
menos adinerados.
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El asunto clave es la asimilación, la identidad judía, el “eterno fondo judío”. Un tema que no había
preocupado antes a Irène, cuyos recuerdos eran la infancia y el exilio y una cultura dual amalgamada en
dos lenguas y tradiciones, la rusa y la francesa. Pero el antisemitismo a su alrededor le hace tomar
conciencia de su propio ser. Ada duda entre el amor de dos hombres:
 Harry Sinner, primo suyo, procedente de los ricos barrios del norte, heredero de una
adinerada familia ruso-judía y casado con una francesa hija de banqueros galos, aunque
místicamente inclinado hacia Ada;
 y Ben Sinner, el marido de Ada, procedente de algún país del Este, que hereda la misma
“locura” que su mujer, una nota del carácter que los aparta de los “cartesianos” franceses,
y que es consciente del peligro que se ciñe sobre las cabezas de los hebreos.
¿A qué hombre seguirá, al perro o al lobo, al domesticado o al salvaje? Como le ocurría al
moribundo David Golder en la novela homónima, Ada escucha la voz de sus ancestros judíos y se
convence de que la gente cogida entre dos razas, como Harry, no tiene futuro. Némirovsky presenta lo
judaico como una marca indeleble. Es el marido de Ada, Ben, el que muestra a Harry la mentira del
asimilacionismo:
“¡Si supieras cómo te odio! ¡Tú, que nos miras por encima del hombro, que nos desprecias, que no
quieres tener nada que ver con la chusma judía… Espera y verás! ¡Espera! ¡Y te volverán a confundir con ella!
¡Y te mezclarás con ella, tú que has salido de allí, tú que has creído escapar!”
La obra es también un homenaje al Kiev en que vivieron los abuelos de la escritora Yacov Margulis
y Bella Chtchedrovitch, del gremio de mercaderes, y sus padres León y Fanny Némirovsky. Y termina con
la vuelta de Ada a un país del Este, donde tendrá en soledad al hijo de Harry, el nuevo hombre que quizá
resolverá los conflictos de clase, identidad y raza en el futuro:
“Ciertamente, su destino era duro e incomprensible, pero le parecía, no sabía por qué, que se hallaba
en el umbral de una explicación, de una verdad que hubiese iluminado repentinamente la injusticia y resuelto
el problema. De esta verdad, el niño, sin ninguna duda, sabía una parte, y esto le daba su aire viejo y lleno de
sabiduría; ella tenía la otra parte, ella que ya no luchaba, que ya no pedía nada, que no lamentaba nada, que
se sentía a la vez tan ligera y tan cansada. Estas dos partes de realidad, ¿se unirían y formarían una luz
brillante? La llama alcanza uno a uno los árboles y acaba por incendiar el bosque. Ahora por fin podía decir
“nosotros”: Era la primera vez que podía decir esta palabra con seguridad y (…) esto era muy reconfortante”.
Suite francesa (1942) y la recuperación editorial de Irène Némirovsky
«Moi, je travaille sur de la lave brûlante. À tort ou à raison, je crois que c’est ce qui doit distinguer
l’art de notre temps de celui des autres, c’est que nous sculptons l’instantané» (marzo de 1942)
Irène Némirovsky fue asesinada en Auschwitz en 1942. Pocos meses después, también lo fueron
en el mismo campo su marido y su cuñada.
Las hijas del matrimonio, Denise y Élisabeth Epstein, a las que la policía fue a buscar a la escuela,
se salvaron de la deportación gracias al apoyo de su tutora y de algunos amigos de la familia, enemigos del
régimen colaboracionista de Vichy. Las niñas guardaron los manuscritos inéditos de su madre durante
decenios, entre ellos la famosa Suite francesa, quizá la obra más conocida de Irène, donde cuenta el éxodo
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familiar desde 1940, la ocupación nazi, la vida en la Francia colaboracionista…, con un “espíritu
dickensiano”, como ha dicho su biógrafo Olivier Philipponnat, y con un simultaneísmo que tiene mucho
de cinematográfico. En palabras de la novelista, quería dedicar en su novela
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“una palabra para la miseria, diez para el egoísmo, la cobardía, el compadreo, el crimen (…) Lo cierto
es que ese es el aire que respiro”.
La deportación y muerte de Irène impidieron que terminara su novela, que,
publicada en 2004, produjo tal impacto en la sociedad francesa que, por primera vez,
se concedió el Premio Renaudot5 a una escritora a título póstumo. Se habló
entonces de “un pan à vif de notre mémoire”, de “devoir de mémoire », de «digest
de l’Occupation». Y se comparó incluso a Suite francesa con el Diario de Anna Frank:
un libro impactante y profético, un documento auténtico, una reliquia
milagrosamente salvada de las cenizas… También se la comparó con Guerra y paz, de
Tolstoi, pues el novelista ruso hablaba allí de la invasión napoleónica de Rusia y
Némirovsky narraba en su novela la ocupación alemana. Por la manera de narrar, se
decía, el estilo recordaba la famosa imperturbabilidad de Flaubert. Tales fueron los
juicios con que fue recibida la recuperada novela.
La obra es la más ambiciosa de la escritora. Iba a tener cinco partes, inspirada en la Quinta
Sinfonía, de Beethoven, y unas mil seiscientas páginas. Su primer título provisional fue Panique. Pero
Irène solo pudo escribir dos partes: “Tempestad en junio” y “Dolce” (la tercera iba a titularse
“Cautividad”, “Captivité”; para las otras dos, aún no tenía título definitivo, había pensado en “Batailles” y
“La Paix”, aunque el proyecto aún no estaba maduro). Es un fresco de la Francia abúlica, ocupada y
vencida, donde muchos antiguos amigos de la escritora, progresistas partidarios de la causa semita, se
hicieron colaboracionistas. Y la crítica a los mediocres tiempos de ocupación que le tocó vivir va muy en la
línea de Chéjov, son descritos sin ira ni pasión, pero con la piedad que merecen. Es un magnífico retrato
del desorden, la cobardía, la vanidad, la ignorancia, el hambre, el miedo, la cólera… que siguieron a la
Ocupación. Sabemos que la escritora quería terminar su obra con el “triunfo del destino individual”.
Como ha dicho Olivier Philipponnat, “la revancha del peón en el tablero de ajedrez”. Pero no pudo
concluir su tarea.
La primera parte, “Tempestad en junio”, tiene como modelo Monsoon, del americano Louis
Bromfield, e intenta reflejar el impacto de la ocupación en los destinos individuales de los ciudadanos
franceses. Hay un capítulo aterrador donde se narra cómo los niños huérfanos liberados por el abate
Péricand asesinan a su libertador, convertidos en lobos sanguinarios.
La protagonista de la segunda parte, “Dolce”, es una joven mujer, Lucile Angellier, cuyo marido es
prisionero de guerra de los alemanes, mientras ella tiene que compartir su casa con un oficial de la
Wehrmacht, el teniente von Valk, que está respetuosamente enamorado de ella y ella está tentada de
responder. Pero todo ocurre bajo la resentida mirada de su suegra, que odia a los germanos y teme,
naturalmente, por su hijo preso. El pueblo donde viven es un trasunto de Issy-l’Évêque, donde vivía Irène
con su familia hacia 1942.
5
El Premio Théophraste Renaudot fue creado en 1926 por diez críticos literarios mientras esperaban las deliberaciones del jurado
del Premio Goncourt, el más famoso de Francia. Tras aquél, está considerado el segundo más importante y se entrega el mismo
día que el Goncourt en el restaurante Drouant, en París. No tiene dotación económica. Entre sus ganadores, además de
Némirovsky, están: Marcel Aymé, Louis-Ferdinand Céline, Louis Aragon, Michel Butor, Georges Perec, Pascal Bruckner, David
Pennac, Frédéric Beigbeder…
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Desde la publicación de Suite francesa, la escritora vive un continuo esplendor editorial. Su hija
Denise Epstein, que vivió muchos años en Toulouse, llamó Irène a su vástaga. Su otra hija, Elisabeth Gille,
directora editorial en la casa Denoël, publicó en 1993 Le mirador, una biografía soñada de su madre,
imaginada por una niña que la ha visto por última vez a los cinco años. La obra es una terapia contra “el
doloroso recuerdo”. La niña nacida en 1937 (Elisabeth) va, poco a poco, recuperando los recuerdos de sus
padres y dándose cuenta de por qué murieron tan jóvenes.
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La escritora de Kiev vencía así definitivamente a las nieblas del olvido.
Un dato curioso: Cuando en 1978 Germaine Brée publicó su excelente y bien documentada
panorámica de la literatura francesa entre 1920 y 1970, Némirovsky ni siquiera figuraba en la lista de 173
escritores ofrecida por la estudiosa (tampoco figuraba Colette, por cierto, que hoy muchos críticos
colocarían entre los diez primeros escritores de ese periodo). Excluir hoy día a Irène Némirovsky de un
listado similar resultaría absolutamente impensable.
El ardor de la sangre (1942)
Chaleur du sang, El ardor de la sangre, es una de las obras inéditas de Irène Némirovsky que su
hija Denise publicó muchos años después, tras haber conservado el baúl con los papeles de su madre
durante más de sesenta años. Se publicó en francés en 2007, en la editorial Denoël y, en ese mismo año,
en la editorial barcelonesa Salamandra, en traducción española de José Antonio Soriano Marco.
Es una obra maestra que transcurre en una ciudad provinciana francesa a principios de los años
treinta. El narrador es Silvio, un hombre de mundo que ha gastado su fortuna y, a los sesenta años, decide
volver a su tierra natal (un poco, al modo del padre de Irène, León Némirovsky). Silvio está solo, sin mujer,
sin hijos, sin cariño (como León, como David Golder, aunque ellos estaban casados y tenían una hija). Es un
observador de la vida humana, escéptico, experimentado, al modo de nuestro Pío Baroja.
«La gente vive metida en casa, encerrada en su propiedad, desconfía del vecino, recoge su trigo,
cuenta su dinero y no se ocupa de nada más», leemos en El ardor de la sangre.
Hasta que un día la muerte trágica de Jean, el molinero, marido de su prima Colette, hace
resucitar el pasado, hace que ese “ardor de la sangre” vuelva a aparecer en personas que se empeñaban
en vivir una plácida vida de olvido. Hay confesiones, secretos desvelados, intriga y un final perturbador. Y
sobre todo, un estilo intenso, una maravillosa descripción del ambiente provinciano, lleno de
sobreentendidos, sospechas, recelos, silencios…
«Eso era lo que queríamos. Arder, consumirnos, devorar nuestros días como el fuego
devora los bosques», dice Silvio.
La obra está muy influida por A la sombra de las muchachas en flor, de Marcel
Proust, que Irène había releído en 1938, donde ella encuentra “esa cosa maravillosa”
que es el ardor de la sangre, el orgullo de los genes, el fuego latente bajo la ceniza
durante años y que antes de la muerte se vuelve a encender, la avidez de vivir, el
enigma del deseo que sabotea a la virtud y da al traste con la resignación interior y la
paz de los sentidos, esa llamarada de sueños que calcina todo que llamamos amor y es avivado por el
instinto:
“La sabiduría no se aprende; tenemos que descubrirla por nosotros mismos tras un viaje que nadie
puede hacer en nuestro lugar ni puede ahorrarnos, porque es un punto de vista sobre las cosas. Las vidas que
admiras, las actitudes que consideras nobles, no nacieron de la previsión del padre de familia o el preceptor;
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las precedieron comienzos muy distintos y sufrieron la influencia de todo lo malo o banal que había a su
alrededor. Representan un combate y una victoria.”
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Las palabras de Proust sobre la primacía de los sentidos y la falsa sabiduría, sobre la preeminencia
de lo innato ante lo adquirido, están en las últimas obras de Némirovsky, como estaban en las primeras,
(por ejemplo, El niño prodigio). La escritora cerraba así su círculo vital y también su ciclo narrativo.
La vida de Chéjov (1946)
La vie de Tchékhov es un texto espléndido sobre el escritor ruso que admiró Irène (el texto se publicó tras
la muerte de la autora, en 1946). Sus orígenes humildes (su abuelo fue un siervo que compró la libertad)
recuerdan a la escritora los de su propio padre, León Némirovsky.
El escritor ruso sufrió la violencia de su padre (como Kafka), un tendero de Taganrog, algo similar
al desarraigo que sufría Irène por el desafecto de su madre, Fanny Némirovsky. Chéjov, como Dickens,
tuvo que mantener a su familia, a sus seis hermanos, manirrotos y gastizos, y por eso escribía cuentos
febrilmente más preocupado de ingresar dinero que de la calidad literaria: "Mamá y papá tienen que
comer", solía decir el escritor.
Este texto es el único intento en el género biográfico de Irène Némirovsky y con él se sitúa en el
nivel de los mejores, a la altura de André Maurois o Stefan Zweig. Admira al hombre y al escritor, analiza
su extensa obra narrativa y teatral, así como su correspondencia; destaca los rasgos fundamentales,
poniendo de relieve su modernidad. Consideraba Némirovsky a Katherine Mansfield la mejor heredera de
Chéjov y cree que su peor periodo es aquel en que imita sin disimulo a Tolstoi (algo parecido le ocurrió al
niño prodigio de su primera novela, que pierde su talento por copiar a los clásicos).
He aquí una curiosa comparación entre los tiempos de Chéjov y la Europa
contemporánea en que vivía la autora:
"Es difícil imaginar una época más diferenciada de la nuestra. La gente se
nos antoja feliz. Desconocían los males que hoy nos aquejan. Deseaban la libertad.
No conocieron la tiranía que hoy nos aplasta. Cuando los imaginamos en sus
amplias casas, no habiendo conocido otra guerra que las mantenidas con los
Turcos, allá en los confines del imperio, o algunos disturbios campesinos, o huelgas,
en vez de nuestras revoluciones, ¡cómo los envidiamos! Y sin embargo se sentían
desgraciados, sincera y profundamente, mucho más incluso que nosotros, porque
ignoraban la causa de su sufrimiento. El mal reinaba como lo hace ahora; pero no había adquirido, como en
esta época nuestra, las formas del Apocalipsis, por mucho que la violencia, la cobardía y la corrupción
ocuparan la mayoría de los espíritus. Como en la hora presente, el mundo se hallaba dividido en ciegos
verdugos y en resignadas víctimas, pero todo era más mezquino, más estrecho de miras, más imbuido de
mediocridad. Todos aguardaban al escritor que hablaría por fin de aquella mediocridad sin servirse de la
cólera ni del asco, tan sólo con la piedad que merecía".
Fogatas (1948)
Tras la muerte de Irène en 1942, se publicaron varias obras póstumas: de una de ellas ya hemos hablado,
La vida de Chéjov (1946). Otra es Les biens de ce monde (1947). Por último, Les feux de l’automne,
traducida al español como Fogatas (1948), una novela que quiere ser generosa respecto a Francia, aquella
patria que ella amaba y que la dejaba morir en manos de sus enemigos.
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Está dividida en tres partes, cada una correspondiente a un periodo de la
historia reciente: 1912-1918, primera guerra mundial; 1920-1936, periodo de
entreguerras; 1936-41, segunda guerra mundial. La trama gira en torno a dos
familias de la pequeña burguesía francesa, dos de cuyos vástagos, Thérése y
Bemard, se juntan y separan y representan los extremos de la moral: Thérése es la
fidelidad, la honradez, la sencillez; Bernard representa el arribismo, la falta de
escrúpulos, la prisa por enriquecerse. Acude muy joven, henchido de patriotismo, a
las trincheras de la primera guerra, para volver convertido en un cínico que ya sólo
desea el dinero y el placer frivolo. Los "felices" veinte son representados con
crudeza, como en David Golder; la especulación, la corrupción política, la
inconsciencia de la burguesía arrastran el país a una nueva quiebra, a una derrota
aún más vergonzosa y profunda: la que simbolizará la línea Maginot.
Fiel siempre, a las enseñanzas de Turguéniev, en cada capítulo Némirovsky recrea un episodio
escueto, a veces íntimo, de la vida de los personajes. Pretende dibujar una tragedia colectiva, con trazos
más incisivos que nunca; Fogatas fue escrita desde el pesimismo. Aun así, la novela se aferra a una última
esperanza: las hogueras otoñales purifican los campos para ofrendar la tierra a una siembra nueva;
Bernard regresa del stalag nazi "cambiado, maduro, mejor, y por fin, de ella, sólo de ella", es decir, de la
conciencia responsable. Una ficción generosa con la que Némirovsky cierra su obra, y que no halló correspondencia en la realidad.
No sólo la derrota y la vergüenza colectiva han hecho mella en Bernard. Yves, su hijo, piloto de
guerra, muere al probar un avión. Bernard participó en la compra de unas piezas americanas cuya aleación
era incompatible con la de la maquinaria francesa. La negligencia, llevada a cabo con la complicidad de un
político venal, ha podido causar muchas muertes, quizás la de Yves. Este tema será tratado también por
Arthur Miller poco después, en 1947, en su pieza teatral Todos eran mis hijos. El político consigue huir a
Brasil; Bernard volverá a arriesgar su vida por Francia.
Obras de Irène Némirovsky en español
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Un niño prodigio (Alfaguara),
David Golder (Salamandra),
El baile (Salamandra),
Las moscas del otoño o la mujer de otrora (El Aleph, Muchnik), Nieve en otoño (Salamandra).
El caso Kurílov (Salamandra),
El vino de la soledad (Salamandra),
Jézabel (Salamandra),
Los perros y los lobos (Noguer),
Suite francesa (Salamandra),
El ardor de la sangre (Salamandra),
La vida de Chéjov (Noguer),
Los bienes de este mundo
Fogatas (El Aleph, Muchnik),
El maestro de almas (Salamandra).
En 2010 se estrenó en Hamburgo (Alemania) la ópera Le Bal, inspirada en su novela El baile, con
libreto de Matthew Jocelyn.
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Bibliografía
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Anissimov, Myriam, “Prólogo”, en Irène Némirovsky, Suite francesa, Barcelona, Salamandra, 2005.
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http://elpais.com/diario/2004/12/05/domingo/1102222356_850215.html.
El País, entradas sobre Irène Némirovsky (hemeroteca), http://elpais.com/tag/irene_nemirovsky/a/.
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Giménez Corbatón, José, “Irène Némirovsky. Literatura de puño cerrado (1) y (2)”, Quimera. Revista de
Literatura, 182 y 183, julio-agosto 1999, septiembre 1999, pp. 51-57 y 45-50, disponible en
http://www.avempace.com/file_download/3018/Articulo-sobre-Nemirovsky-en-Quimera.pdf.
Un
artículo magnífico. El título viene de la reseña que hizo Némirovsky en 1934 sobre la obra de James
Mallahan Cain El cartero siempre llama dos veces: “Literatura de punto cerrado en la cual se paladea
algo que es ano, vivo y fuerte, que no se encuentra actualmente en otra parte”.
Google, voces “Irène Némirovsky”, “El vino de la soledad”…
Gourfinkel, Nina, “L’expérience juive d’Irène Némirovsky : une interview de l’auteur de David Golder»,
L’Univers israélite, 28 février 1930, pp. 677-678.
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Messud, Claire, “Introduction” en Irène Némirovsky, David Golder, The ball, Snow in autumn, The
Couriloff affair, London, Everyman’s Library, 2008, pp. IX-XIX.
Nadotti, Maria, “Introduzione”, en Irène Némirovsky, Il vino della solitudine, Roma, Newton-Compton,
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Nasarre de Letosa, Alfonso, “Bibliografía del tema La literatura escrita por mujeres. Irène Némirovsky,
una escritora puente entre la literatura eslava y la literatura de la Shoah”,
http://www.avempace.com/file_download/3019/Bibliografia-del-tema-La-literatura-escrita-pormujeres-Irene-Nemirovsky-Javlangar.doc.
Némirovsky, Irene, sitio de Internet (en francés), http://www.irenenemirovsky.guillaumedelaby.com/.
Némirovsky, Irène, El vino de la soledad (Le Vin de solitude), Barcelona, Salamandra, 2011. Trad. José
Antonio Soriano Marco.
Némirovsky, Irène, El baile, trad. Gema Moral Bartolomé, Barcelona, Salamandra, 2006, disponible en
formato electrónico: http://es.scribd.com/doc/57494433/Nemirovsky-Irene-El-Baile.
Némirovsky, Irène, David Golder, trad. José Antonio Soriano Marco, Barcelona, Salamandra, 2006,
disponible en formato electrónico: http://www.litmir.net/br/?b=101293&p=1.
Némirovsky, Irène, Las moscas del otoño o La mujer de otrora, trad. Mario Muchnik, Barcelona,
Muchnik Editores, 1987, pp. 57-58.
Némirovsky, Irène, El ardor de la sangre, trad. José Antonio Soriano Marco, Barcelona, Salamandra,
2007, disponible en formato electrónico: http://es.scribd.com/doc/53132096/El-Ardor-de-La-SangreIrene-Nemirovsky.
Némirovsky, Irène, Suite francesa, trad. José Antonio Soriano Marco, Barcelona, Salamandra, 2005.
Pérez de Anucita, Ruth, «La vida vasca de Irène Némirovsky”,
http://www.noticiasdegipuzkoa.com/2012/04/22/ocio-y-cultura/cultura/la-vida-vasca-de-irnenemirovsky
Philipponat, Olivier y Patrick Lienhardt, prólogo a Irène Némirovsky, El maestro de almas.
Philipponat, Olivier y Patrick Lienhardt, La vie de Irène Némirovsky, París, Grasset/Denoël, 2007.
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Prof. José Antonio García Fernández
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Philipponat, Olivier, «Les ‘ambiguïtés’ d’Irène Némirovsky»,
http://www.avempace.com/file_download/3117/Las+ambig%C3%BCedades+de+INen+franc%C3%A9s.pdf.
Philipponat, Olivier, « Irène Némirovsky et les identités meurtries », http://salonlitteraire.com/fr/irene-nemirovsky/content/1811981-irene-nemirovsky-ou-les-identites-meurtries
Suárez, Patricia, “Irène Némirovsky”, http://www.losnoveles.net/deshollinadora1.htm.
Wikipedia.
http://www.avempace.com/personal/jose-antonio-garcia-fernandez
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DPTO. LENGUA Y LITERATURA- IES Avempace
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