IX. LOS ESTADOS UNIDOS DE AMÉRICA A fines de 1781, el

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LOS ESTADOS UNIDOS DE AMÉRICA
IX. L O S E S T A D O S U N ID O S D E A M É R IC A
LO S PRIMEROS PASOS
A fines de 1781, el ejército continental del general George W ashington (17321799) y sus aliados franceses al mando del Conde de Rochambeau, el Marqués
de Layayette y el almirante Conde de Grasse sitiaron Yorktown (Virginia). El 19
de octubre, Lord Charles Com w allis rindió la plaza, último reducto de la resistencia del Imperio Británico al alzamiento de sus trece colonias continentales
(Massachusetts, New Jersey, New York, Rhode Island, Connecticut, New
Hampshire, Pennsylvania, Delaware, Virginia, Maryland, Carolina del Norte,
Carolina del Sur y Georgia) en Am érica del Norte. Concluyó así la guerra de independencia norteamericana, iniciada con el primer enfrentamiento en Lexington (M assachusetts), en abril de 1775.
El triunfo de las fuerzas revolucionarias, apoyadas por efectivos de tierra y
navales del A nden Regime de Luis XV I, convalidó la D eclaración de Indepen­
dencia, aprobada por el Congreso C on tin en tal, en Filadelfia, el 4 de julio de
1776.
El Tratado de Paz entre G ran Bretaña y los nacientes Estados Unidos de
A m érica y sus aliados España y Francia se firmó en Versalles el 3 de septiembre
de 1783. Pocos días después, el 4 de diciembre, el general W ashington se despidió de sus oficiales en la ciudad de N ueva York.
S in recibir la paga debida, los veteranos volvían a sus hogares, en las palabras
de su comandante, como “pordioseros” . Poco antes de la despedida, Wahington,
calzándose las gafas, leyó, ante el cuadro de oficiales, una breve declaración que
inició con las siguientes palabras: “Caballeros, ustedes deben perdonarme. He
envejecido a vuestro servicio y ahora encuentro que estoy encegueciendo”. Este
gesto, avalado por el inmenso prestigio del jefe de la Revolución, aplacó los áni­
mos e impidió un motín.
El Tratado de Paz resolvió cuestiones pendientes entre las potencias imperia­
les europeas y, respecto de los Estados Unidos, consagró el reconocim iento de
su independencia. La habilidad de los representantes norteamericanos, Benja­
mín Franklin, John A dam s y John Hay, logró el reconocimiento británico de las
fronteras de la nueva nación que se extendían desde el O céano A tlántico al es­
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te, los Grandes Lagos al norte, las posesiones de España en Florida y el golfo de
M éxico al sur y el río Mississippi al oeste.
La Unión surgía así con un territorio de 1.300.000 km2, cuatro veces mayor que
el de su antigua metrópoli. La extensión de la frontera sobre el Océano Atlántico,
el desarrollo de su flota mercante e industria naval y su diversidad de recursos con­
virtieron, tempranamente, a los Estados Unidos en una nueva potencia atlántica.1
En 1790 la nueva nación contaba con una población de casi 4 millones de ha­
bitantes, de los cuales 700 mil eran esclavos. Los estados de N ueva Inglaterra
(Massachusetts, New Hampshire, Rhode Island y Connecticut) y los centrales
(Nueva York, N ueva Jersey, Pennsylvania y Delaware) albergaban alrededor del
50% de la población total. Casi otro tanto correspondía a los estados del sur: Mary­
land, Virginia, Carolinas del Norte y del Sur y Georgia. En las nuevas poblaciones,
al oeste de las montañas de los Apalaches, habitaban apenas 300 mil personas.
N o existía en aquel entonces ninguna ciudad que superara los 50 mil habi­
tantes. El 95% de la población estaba radicado en las zonas rurales. La produc­
ción alimentaria de subsistencia y la producción artesanal de las familias y las
villas eran la fuente principal de ocupación. El mercado interno estaba lim ita­
do a las diversas localizaciones del poblamiento, distribuidas en un inmenso es­
pacio territorial. El intercambio entre las mismas era comprensiblemente esca­
so. El comercio intracontinental se realizaba por los ríos interiores y a lo largo
de la costa atlántica, entre los puertos del norte y el centro (Boston, N ueva
York, Filadelfia y Baltim ore) y los del sur, principalmente Charleston y N ueva
Orleans.
D ada la débil integración del mercado interno, la actividad mercantil y la ge­
neración de ganancias estaban fuertemente vinculadas al comercio de ultramar.
Después de la independencia, el comercio exterior se expandió rápidamente.
Entre 1790 y 1807, las exportaciones de bienes y servicios aumentaron de 26 a
150 millones de dólares. A principios del siglo XIX, el algodón proveniente de
las plantaciones del Sur se había convertido en el mayor producto norteameri­
cano de exportación y abastecía el 60% de la demanda de las hilanderías de
G ran Bretaña.
Las reexportaciones y la navegación contribuían con alrededor del 70% de
los ingresos totales del comercio exterior. Las primeras consistían en la interme1
Las principales referencias de este capítulo provienen de: artículos correspondientes de
la Enciclopedia británica, ob. cit.; H. Brogan, The Penguin history of the United States of America,
Londres, Penguin Books, 1985; R. Whapples y D. C. Betts, Historical perspectives of the
american economy, Cambridge, Cambridge University Press, 1995. Para el período previo a la
Guerra Civil, D. C. North, The economic growth of the United States 1790-1860, Nueva York,
W. W. Norton & Co., 1996.
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HISTORIA DE LA GLOBALIZACIÓN II
LOS ESTADOS UNIDOS DE AMÉRICA
diación del azúcar, café, cacao, pim ienta y té, provenientes de las plantaciones
en las posesiones británicas, holandesas, francesas y españolas en las islas y las
costas continentales del mar Caribe. Su destino eran los principales mercados
de Europa. También se reexportaba a otros mercados del Nuevo M undo parte
de las importaciones de textiles y otras manufacturas procedentes de Europa.
Las reexportaciones contribuían con alrededor del 40% del comercio exterior.
O tro 30% correspondía a la venta de fletes de los navios de bandera nortea­
mericana. En la primera década del siglo XIX, más del 90% del transporte m a­
rítimo se realizaba en navios de la propia bandera, construidos en los astilleros
de N ueva Inglaterra.
La industria naval y la navegación constituían piezas clave de la inserción de
la U nión en las relaciones internacionales de la época. La competitividad de los
Estados U nidos en este terreno se sustentaba en la eficiencia de sus astilleros y
la habilidad de sus armadores y marinos y, también, en la reserva del tráfico cos­
tero intracontinental a los barcos de la propia bandera.
Las actividades de los intermediarios y armadores norteamericanos incluían
el financiam iento y los seguros del comercio exterior. En seguros, por ejemplo,
entre 1791 y 1804, el número de compañías aumentó de 1 a 40 y su capital de
600 mil a 10 millones de dólares. A su vez, los bancos de N ueva York y las otras
plazas principales financiaban el comercio exterior y actuaban como corresponsables de bancos del exterior.
Los primeros pasos de la nueva nación fortalecieron un proceso que estaba
instalado desde el período colonial: los intereses locales asumían el comando de
los recursos, los mercados y el comercio internacional. La relación colonial
nunca existió realmente entre G ran Bretaña y sus trece colonias continentales
de A m érica del Norte. Cuando, bajo el reinado de Jorge III, la metrópolis in­
tentó apretar las clavijas a sus dependencias, estalló la revolución.
A partir de la independencia, el poder político y el Estado se convirtieron en
aliados de los intereses económicos privados nacionales. La protección del mer­
cado interno de la com petencia extranjera fue un instrumento principal para la
defensa de la producción nacional.
El ataque de la fragata británica Leopard contra la norteamericana Cheasaftca­
ite colm ó la paciencia de los Estados Unidos. En diciembre de 1807, bajo la pre­
sidencia de Jefferson, el Congreso dispuso el embargo, es decir, el bloqueo de sus
costas contra todos los países que no respetaran los navios norteamericanos.
Las guerras napoleónicas y el embargo provocaron una contracción profun­
da del comercio exterior. El nivel de las exportaciones de 1807 recién volvió a
alcanzarse casi 20 años después, en 1835. Pero, para ese entonces, el centro de
gravedad de la economía norteamericana se había desplazado desde el mercado
mundial al mercado interno.
C uando las colonias continentales británicas de N ueva Inglaterra y la región
central alcanzaron su independencia eran ya uno de los espacios más prósperos
del mundo y, ciertamente, más democráticos. Vale decir, el menos sujeto a las
ataduras del privilegio y las jerarquías aristocráticas y a la concentración de la
propiedad de la tierra, prevalecientes en Europa. En efecto, en esta parte del
N uevo Mundo, el autogobierno fundado en sistemas representativos de la po­
blación y el acceso a la propiedad de la tierra generaban oportunidades inéditas
para el progreso económ ico y la libertad de las personas.
El poder tangible de la nueva nación, es decir, su población y territorio, eran
ya considerables al tiempo de la independencia. A su vez, el poder intangible fun­
dado en la capacidad de generar y asimilar progreso técnico y acumular capital
no iba en zaga de ningún otro país, ni siquiera respecto de la potencia más avan­
zada de la época, G ran Bretaña. Sin embargo, la construcción de la nación en
los emergentes Estados Unidos de Am érica enfrentaba desafíos formidables en
tres cam pos principales:
Inicialmente, pues, el desarrollo económ ico de los Estados U nidos se susten­
tó sobre la expansión del comercio exterior, la intermediación y la navegación.
Pero este período duró poco. A pesar de la neutralidad del país frente a la gue­
rra entre Francia y G ran Bretaña, los beligerantes agredieron continuam ente a
los navios estadounidenses. U no de los aspectos más irritativos era el abordaje
de mercantes norteamericanos por la escuadra británica en búsqueda de deser­
tores. El secuestro de personal amparado por el pabellón norteam ericano era
una ofensa inadmisible.
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* La organización política. Esto abarcaba, por una parte, las reglas del juego en­
tre el Estado federal y los estados provinciales y la consagración de las libertades de
las personas. Por otra, el pecado original de la esclavitud vigente en los estados,
ubicados al sur de la Línea Masón Dixie, que separaba los estados de Pennsylvania
y Maryland. Ésta era una flagrante violación a los principios humanistas de la D e­
claración de la Independencia. ¿Como era posible, en efecto, compatibilizar el
principio de la igualdad de los seres humanos con el régimen esclavista?
* El respeto por las potencias europeas de la integridad territorial y los inte­
reses de los Estados Unidos.
* La am pliación de la frontera y la ocupación territorial.
Detengám onos en cada una de estas cuestiones. Pero antes observemos, bre­
vemente, un rasgo singular de la sociedad norteamericana: la religiosidad.
Desde los primeros poblamientos en las colonias británicas en A m érica del
N orte, la cuestión religiosa ocupó una posición central. La búsqueda de la liber­
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HISTORIA DE LA GLOBALIZACIÓN II
tad confesional fue un motivo principal de la migración de los cuáqueros y puritanos, que rechazaban la ortodoxia anglicana. El N uevo Mundo ofrecía la po­
sibilidad de la libertad confesional mientras Europa se debatía en el cisma reli­
gioso abierto por la Reforma y la Contrarreforma. En 1776, la mayor parte de
los pobladores de las colonias continentales británicas en Am érica del Norte
eran de origen británico y de fe calvinista. El espectro se amplió luego con la
inmigración de metodistas, bautistas, luteranos y, también, católicos.
La intensa actividad religiosa en los emergentes Estados U nidos conserva­
ba el rasgo prim igenio: el rechazo a la autoridad centralizada de cualquier ti­
po, fuera en W estm inster o en Rom a. En A m érica del N orte la fe se practica­
ba en cada com unidad a través de un contacto directo y personal del fiel con
los pastores.
La expansión territorial fortaleció estos rasgos de la religiosidad norteam eri­
cana. En la frontera, los pobladores estaban librados a su propia suerte y, natu­
ralmente, al contacto directo con su Creador. El desamparo de la frontera in­
cluía la falta de acceso a la asistencia existente en los centros poblados. De es­
te modo, la religiosidad del pueblo norteamericano se nutría no sólo de las
creencias de los ancestros europeos sino, también, de sus propias creaciones ori­
ginales. Entre estas últimas, las dos más notables fueron la Iglesia de Jesucristo
de los Santos del Ú ltim o Día (mormones) y la Iglesia de Cristo (científica).
La epopeya de los mormones forma parte de la saga norteamericana. Su ori­
gen radica en la revelación del Ángel Moroni al joven Joseph Sm ith (18051844) de su misión como profeta del Señor. Después de la muerte de Sm ith, el
m andato fue asumido por Brigham Young (1801-1877). Desde la creación de la
Iglesia en abril de 1830 hasta su instalación en el Lejano Oeste, en Salt Lake
City (U tah ), las columnas de mormones se desplazaron hacia el oeste y fueron
parte significativa del poblam iento de los nuevos territorios en el noroeste. Su
espíritu emprendedor, el éxito como productores y comerciantes, su vocación
cooperativa, el sentido jerárquico de su Iglesia y la práctica de la poligamia des­
pertaron el rechazo y la envidia de las comunidades con las cuales entraron en
contacto. Los mormones concluyeron por abandonar la poligamia como requi­
sito para su aceptación en el escenario norteamericano.
La Iglesia de Cristo (científica) fue fundada, años más tarde, por Mary Baker
Eddy (1821-1910). U n a de sus misiones consistía, como en los mormones, en
brindar una medicina alternativa que respondía a las demandas de las poblacio­
nes aisladas de la frontera.
Estas y otras expresiones originales de la religiosidad norteamericana reflejan
la extraordinaria experiencia de la ocupación de un territorio de dimensiones
continentales, que confrontó a los nuevos pobladores con experiencias inéditas.
LOS ESTADOS UNIDOS DE AMÉRICA
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L a CONSTRUCCIÓN DE LA NACIÓ N
Organización política
El Congreso de Filadelfia que promulgó la Declaración de Independencia esta­
bleció los Artículos de Confederación. Éstos formalizaban los entendimientos
de hecho establecidos entre las colonias para librar la guerra de independencia
y constituían las reglas del juego iniciales para administrar la nueva N ación.
El gobierno descansaba en los estados reunidos en Congreso y éste reflejaba el
mandato de las legislaturas'estaduales. El Congreso designaba los ministros para
ejecutar sus políticas. El poder ejecutivo federal debía ser lo más débil posible.
En definitiva, la soberanía radicaba en el pueblo, que debía ser consultado per­
manentemente por las legislaturas estaduales sobre las cuestiones más variadas.
O cho de los trece estados fundadores aprobaron sus propias Constituciones,
inspiradas en los principios democráticos más avanzados de la época, aun cuan­
do los sureños conservaban el régimen esclavista. El estado de Virginia promul­
gó en 1776, bajo la inspiración de Jefferson, la C arta de Derechos (Bill ofRights)
y más tarde, en 1785, el Estatuto de Libertad Religiosa, que consagró la separa­
ción de la Iglesia y el Estado.
Los A rtículos de Confederación no bastaban para la organización política de
la nueva N ación ni para defenderla de los graves desafíos a su integridad terri­
torial. Era imprescindible la existencia de un poder central que pudiera aplicar
impuestos a la población, organizar el crédito público, defender el mercado in­
terno y la producción, organizar y financiar el ejército y la marina nacionales
para la defensa contra la agresión extranjera y permitir la expansión territorial.
La formación de un poder central tropezaba con la tradición de autogobier­
no y las libertades que las poblaciones de las antiguas trece colonias ejercían
desde los primeros poblamientos. La respuesta al dilema era la organización de
un Estado federal que, por una parte, compatibilizara los derechos individuales
y de los estados y, por otra, estableciera la cesión de atribuciones al gobierno
central para la defensa y promoción del interés común.
N o se trataba sólo de resolver diferendos en el plano político referidos a las
relaciones entre el gobierno federal y los estados y las garantías de los derechos
individuales. El problema incluía, además, diferencias de intereses entre las zo­
nas rurales y los centros urbanos, en los cuales se concentraba el poder de los
comerciantes, los grandes terratenientes y los agentes financieros. De este mo­
do, los conflictos entre deudores y acreedores, productores e intermediarios se
reflejaban en el debate político y en cuestiones tan puntuales como la organi­
zación financiera.
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HISTORIA DE LA GLOBALIZACIÓN II
LOS ESTADOS UNIDOS DE AMÉRICA
U n ejem plo de ello estaba dado por el derecho de los bancos estaduales de
emitir papel moneda. Las legislaturas de varias colonias habían utilizado este
medio para financiar los gastos de la guerra de independencia. Existía, en con­
secuencia, un stock de dinero inconvertible y una deuda pública impagable. Es­
taba, pues, en juego la cuestión de la estabilidad de precios y del valor de la m o­
neda, entonces, como ahora, crucial para los acreedores y los sectores de mayor
poder económico. La existencia o no de un banco nacional con poder emisor y
la elim inación de la facultad de los bancos estaduales de emitir papel moneda,
era, así, una cuestión de la mayor virulencia política.
En resumen, desde su mismo inicio, la democracia noteamericana se constru­
yó explicitando los conflictos fundamentales de una sociedad pluralista y abierta.
La visión nacionalista quedó reflejada en la llamada propuesta federalista, cu­
yos principales exponentes fueron el neoyorquino Alexander Hamilton (17551804) y los virginianos John Adams (1735-1826) y James Madison (1751-1836).
Tal propuesta estaba impregnada, además, especialmente en el caso de Hamilton,
de una concepción elitista del poder. De todos modos, era el mismo Hamilton
quien tenía la visión más lúcida de las enormes oportunidades que ofrecían una
inmensa frontera abierta e inexplotada y un mercado interno en expansión. En
sus propias palabras: “Los tres grandes objetivos de gobierno son la agricultura, el
comercio y los ingresos, y éstos sólo pueden alcanzarse por el gobierno nacional”.
T hom as Jefferson fue el más notorio exponente de la postura antifederalista.
Desde su perspectiva, el gobierno debía estar lo más cerca posible de la gente y
ejercer los poderes mínimos indispensables. Las instituciones debían construir­
se y evolucionar a medida que la realidad lo exigiera. En esto, pensaban, residía
precisamente la libertad americana. Su desconfianza hacia las clases ilustradas
y los terratenientes, y los grandes banqueros y mercaderes, inspiraba la visión
más radical de la dem ocracia norteamericana.
Estos grandes temas fueron ardorosamente debatidos por los Padres Fundadores de
los Estados Unidos en la Convención Constituyente reunida en Filadelfia. Los 55
constituyentes, representantes de los trece estados fundadores de la Unión, aproba­
ron el 17 de septiembre de 1787 la Constitución de los Estados Unidos de América.
Ésta es la primera ley fundamental que estableció las bases de un estado re­
publicano y federal, la división de poderes entre el Ejecutivo, el Congreso y la
Suprem a Corte de Justicia y los deberes y derechos de los ciudadanos. El régi­
men de “controles y equilibrio” entre los tres poderes elim inaba el riesgo de la
formación de un sistema absolutista. La Constitución puso en práctica las pro­
puestas de los mayores pensadores europeos de la época, en primer lugar de
M ontesquieu y Locke, enriquecidas por la experiencia ganada en el ejercicio
efectivo de la representación democrática desde los primeros poblam ientos en
las antiguas colonias británicas de A m érica del Norte.
El texto constitucional no satisfizo plenamente a los antifederalistas, que pro­
movieron la introducción de las primeras diez enmiendas. Éstas incorporaron a
la C onstitución la C arta de Derechos. La C arta garantizó las libertades funda­
mentales del individuo, como las de palabra y culto, y lo protegía de eventua­
les abusos del poder público. El pleno ejercicio del derecho de propiedad era tan
idiosincrático al individualismo prevalente que ni siquiera mereció un recono­
cim iento explícito en el texto constitucional.
La transacción entre posturas opuestas sobre cuestiones fundamentales fue
facilitada por la presencia e intervención de figuras de inmenso prestigio, como
el venerable y ya anciano Benjam ín Franklin y el jefe victorioso de la Revolu­
ción de Independencia y presidente de la C onvención Constituyente, George
W ashington. Som etida a la aprobación de las legislaturas, Delaware fue el pri­
mer estado en aprobar la Constitución, el 7 de diciembre de 1787, y Virginia el
último, el 25 de junio del año siguiente.
El Colegio Electoral no tuvo problema alguno en elegir al primer presidente de
los Estados Unidos. Había un solo y excluyente candidato. Contrariando sus de­
seos de volver a la paz de su finca de Mount Vernon, George Washington volvió
a servir a la Nación. El 30 de junio de 1789 prestó el juramento constitucional. Su
gabinete incorporó a los dos mayores exponentes del federalismo y del antifederalismo: Hamilton y Jefferson. El mismo Washington participaba de la concepción na­
cional del primero. Pero el conflicto podía, desde entonces en adelante, dirimirse
dentro de las reglas del juego establecidas por la Constitución.
“El pensam iento político que sustentó la Constitución era realista: reconocía
que los hombres no eran ángeles pero aceptaba que sus aspiraciones eran, en su
mayor parte, legítimas y que el sistema político debía proporcionar las reglas del
juego para su desarrollo. La libertad y la ley eran los dos fundamentos centrales
de tal sistema político”2.
M uchos años más tarde, en enero de 1981, al prestar el juramento constitu­
cional, el presidente Ronald Reagan señaló: “Esta ceremonia que nosotros re­
petimos ininterrumpidamente cada cuatro años desde hace dos siglos, el resto
del mundo la considera un milagro y nosotros sabemos que es la causa de la
grandeza de los Estados U nidos”.
En efecto, los Padres Fundadores resolvieron con éxito el primer desafío de la
organización política de la nueva N ación que nacía a fines del siglo XVIII. A
saber, el trazado de las reglas del juego para resolver los conflictos de una socie­
dad abierta y pluralista. Dejaron, sin embargo, irresuelto el otro gran desafío: la
existencia de la esclavitud en un país cuyo documento fundacional declam aba
2 H. Brogan, ob. cit., p. 221.
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HISTORIA DE LA GLOBAL1ZACIÓN II
que “los hombres son creados iguales... para la vida, la libertad y la búsqueda de
la felicidad”.
Esta violación flagrante de los principios democráticos fue una condición necesaria para la adhesión de los estados esclavistas del Sur. La Constitución re­
gía para las “personas libres”. Los antiesclavistas apenas lograron imponer la
cláusula de que el Congreso podía prohibir el tráfico marítimo de esclavos a par­
tir de 1808.
La cuestión de la esclavitud estaba abierta desde antes de la Declaración de
la Independencia. En 1773, el Dr. Benjam ín Rush, médico de Filadelfia y pos­
terior signatario de la Constitución, afirmaba que “ la planta de la libertad es tan
débil que no puede sobrevivir en la vecindad de la esclavitud”. En el N orte, es­
tos principios estaban respaldados, además, por la realidad económica. La agri­
cultura, las manufacturas y los servicios de los estados de N ueva Inglaterra y de
los centrales dem andaban una mano de obra capacitada y versátil capaz de rea­
lizar la diversidad de actividades de producciones crecientemente complejas. La
mano de obra esclava no tenía allí cabida en la actividad económica.
Esta falta de sustento económ ico de la esclavitud reforzaba los argumentos li­
bertarios de los puritanos y cuáqueros. En abril de 1776, en plena guerra de in­
dependencia, el Congreso Continental dispuso la suspensión de la importación
de esclavos en las trece colonias.
En los principales estados esclavistas, Virginia, las Carolinas y Georgia, el ré­
gimen de plantaciones para la producción de algodón, tabaco y arroz era propi­
cio para el empleo de m ano de obra esclavizada. Para colmo, la invención en
1793 de la desmotadora de algodón por un técnico oriundo de M assachusetts de
visita en Georgia, Ely W hitney (1765-1825), produjo un aumento vertiginoso
de la producción y las exportaciones de algodón. Los estados esclavistas se con­
virtieron en fuente principal del abastecim iento de las hilanderías británicas y
de la propia industria textil de N ueva Inglaterra y los estados centrales. La es­
clavitud era el rasgo dom inante del sistema social y económ ico de los estados
del Sur, y su aceptación, condición necesaria para su incorporación a la lucha
por la independencia y, más tarde, su perm anencia en la Unión.
Limitado a los estados esclavistas iniciales, el problema estaba encapsulado y
coexistía con la abolición de la esclavitud en el resto del país. La cuestión se rea­
vivó, sin embargo, con la expansión territorial hacia el oeste. Surgió así el proble­
ma de si la esclavitud era o no extensible a los nuevos teritorios incorporados a la
Unión. La nueva frontera en las tierras cálidas del Sur abría, en efecto, nuevas
oportunidades para el desarrollo de plantaciones de algodón y otros productos.
Finalmente, el problema que los Padres Fundadores no pudieron resolver es­
talló en la Guerra C ivil de 1861-1865. La abolición de la esclavitud culminó la
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construcción del sistema político democrático inaugurado por las legislaturas de
las antiguas colonias, los Artículos de Confederación del Congreso C on tin en ­
tal y, finalmente, la Constitución. Pero faltaba recorrer mucho trecho, todavía,
para que la abolición del régimen esclavista implicara efectivamente el recono­
cimiento pleno de los derechos de los esclavos liberados y su descendencia.
L a integridad del territorio y los intereses norteamericanos
En los primeros tiempos posteriores a la independencia, el comercio exterior era
el núcleo dinám ico de la econom ía norteamericana. El respeto de sus navios por
las potencias europeas era una cuestión vital. Este derecho fue repetidamente
agraviado por Francia y G ran Bretaña, cuyas armadas interferían la navegación
norteam ericana. Los británicos, además, se arrogaban el derecho de secuestrar
a los marineros que consideraran desertores de sus propias filas, embarcados en
navios norteamericanos.
El problema se agravó cuando Gran Bretaña dispuso, en mayo de 1806, el
bloqueo de las costas europeas desde el puerto de Brest hasta la desembocadura
del río Elba y N apoleón respondió, en noviembre del mismo año, establecien­
do el Sistema Continental y el bloqueo de las Islas Británicas.
La respuesta del presidente Jefferson y del Congreso fue bloquear sus propias
costas contra los navios de los países que agredieran los intereses norteam erica­
nos. Finalmente, en diciembre de 1807, se prohibió el comercio exterior. El re­
sultado fue que las exportaciones cayeron de 49 a 9 millones de dólares entre
1807 y 1808.
Las consecuencias del embargo eran enormes para los intereses mercantiles y
financieros de N ueva Inglaterra y los estados centrales y para los plantadores del
Sur. Pero la inmensa mayoría de los norteamericanos, que vivían de las activi­
dades de subsistencia, limitaban su intercambio a las comunidades locales y co­
menzaban a ocupar nuevas tierras en el oeste, respaldaban el embargo y la de­
claración de guerra contra G ran Bretaña. En esto influían cuestiones mucho
más importantes que la agresión británica contra los navios norteamericanos.
El problema de fondo era el conflicto abierto por las migraciones hacia el oes­
te y la zona limítrofe con los Grandes Lagos. La expansión territorial tropezaba
así con los fuertes que el Imperio m antenía en varios puntos al oeste de los A pa­
laches y las alianzas entre los británicos y los comanches, navajos, delawares,
sioux, creek y otras tribus indígenas que resistían la invasión de sus territorios por
los colonos norteamericanos. La presencia imperial en C anadá agravaba el con­
flicto. La guerra era así el último recurso para resolver el problema. El 1 de junio
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HISTORIA DE LA GLOBAL1ZACIÓN II
LOS ESTADOS UNIDOS DE AMÉRICA
de 1812, el presidente M adison envió al Congreso un “mensaje confidencial” de
declaración de guerra que fue aprobado el 18 del mismo mes.
Los contrastes iniciales del ejército y la armada norteamericanos revelaron la
escasa preparación y la insuficiencia de los recursos asignados a las fuerzas arma­
das. En 1814, los británicos desembarcaron en las cercanías de W ashington e
incendiaron la capital de los Estados Unidos.
Después del triunfo contra N apoleón, G ran Brertaña envió una fuerza expe­
dicionaria para atacar Louisiana, considerado el punto más débil del territorio
norteam ericano. El general Andrew Jackson (1767-1845) puso las cosas en su
lugar. El 8 de enero de 1815 rechazó a los invasores. El desastre de la fuerza ex ­
pedicionaria incluyó la muerte de su comandante, el general Pekenham, cuña­
do del Duque de W ellington, el triunfador de Waterloo. Los británicos se reem­
barcaron en sus navios fondeados en la bahía de New Orleans y se retiraron, por
última vez, de los territorios que habían formado parte de sus posesiones colo­
niales en A m érica del Norte.
Las fuerzas enfrentadas en la batalla de New Orleans se enteraron tarde de
que quince días antes los negociadores de ambas partes habían firmado, en G a n ­
te (Bélgica), la paz definitiva entre ambos Estados. Las noticias del triunfo y el
tratado llegaron simultáneamente a conocim iento del presidente Madison. Por
si quedara alguna duda, el éxito diplom ático norteamericano quedaba ratifica­
do por el triunfo en el cam po de batalla.
La Paz de G ante puso fin a las pretensiones británicas de restablecer su do­
m inio sobre sus viejas dependencias pero, al mismo tiempo, notificó a los Esta­
dos U nidos que el límite a su expansión territorial hacia el norte era una línea
que atravesaba los Grandes Lagos y se extendía hasta el O céano Pacífico. A ños
mas tarde, en 1846, el Tratado de Oregon estableció la frontera entre C an adá y
los Estados U nidos a lo largo del paralelo 49. A l fin y al cabo, G ran Bretaña se­
guía siendo la primera potencia militar y naval de la época.
Elim inada la amenaza contra la integridad de su territorio, el segundo desa­
fío que enfrentó la U n ión quedó definitiva y satisfactoriamente resuelto. Los Es­
tados U nidos tenían ahora la libertad necesaria para terminar de conformar un
país de dimensiones continentales.
bir la ocupación de tierras más allá de los A palaches fue uno de los motivos del
alzamiento contra la metrópoli.
Los primeros afectados por la vocación expansiva de los ^Slonos norteam eri­
canos fueron los comanches, navajos, sioux y otras tribus indígenas que pobla­
ban A m érica del N orte. En el siglo XVII habitaban al norte del río Grande al­
rededor de 1 millón de nativos que hablaban 200 idiomas y pertenecían a otras
tantas etnias. Desde principios del siglo XX, Hollywood popularizó a aquellos
pieles rojas en las películas sobre la Conquista del Oeste.
Declarada la Independencia, el Congreso Continental de los trece estados fun­
dadores asumió el dominio del inmenso territorio comprendido entre la cadena
de los Apalaches y el río Mississippi y entre los Grandes Lagos al norte y el lími­
te de Florida al sur. El dominio era ejercido en nombre de todo el pueblo nortea­
mericano. Esta heredad compartida contribuyó a consolidar la unidad nacional.
En 1785 el Congreso Continental aprobó la propuesta de Jefferson y promul­
gó la Ordenanza de Tierras. La norma estableció la división de los nuevos territo­
rios y la forma de distribuir la tierra para su poblamiento y desarrollo. Siguiendo
la tradición de N ueva Inglaterra, las tierras públicas fueron relevadas y divididas
en municipios de 6 millas cuadradas de extensión. A su vez, cada municipio fue
fraccionado en 36 rectángulos de 640 acres. C ada sección debía ser vendida a no
menos de un dólar el acre a quienes estuvieran dispuestos a ocuparla y ponerla
en producción.
Com o numerosos colonos no disponían de los 640 dólares necesarios para ad­
quirir una sección, buena parte de los nuevos territorios fueron vendidos a espe­
culadores en tierras. De todos modos, la oferta era tanta que la mayor parte de
los nuevos pobladores tuvieron efectivamente acceso a la propiedad de la tierra.
En 1787, cuando comenzaba la colonización del valle del río Ohio, el C o n ­
greso C ontinental aprobó la Ordenanza del Noroeste, que estableció las reglas de
la organización política de los nuevos territorios. Cuando una parte de éstos al­
canzara una población de 60 mil habitantes, podía reclamar, sujeto a aproba­
ción del Congreso, su condición de nuevo estado de la U nión. La Ordenanza
dispuso también que los pobladores de los nuevos territorios gozaban de los de­
rechos civiles y libertades establecidos en la Constitución.
La Ordenanza del Noroeste estableció la matriz dentro de la cual fueron in­
corporados los nuevos estados. Las dos Ordenanzas convirtieron a los Estados
U nidos en una tierra de oportunidades sin precedentes en la historia. Am bas
normas consolidaron la democracia norteamericana y revelan la lucidez y capa­
cidad de decisión de los Padres Fundadores de los Estados Unidos. N o existe
probablemente otro caso de una nación que haya sido construida sobre la base
de un diseño político explícito de sus fundadores.
L a expansión territorial
Desde los primeros asentam ientos en las colonias continentales británicas de
A m érica del N orte, la búsqueda de nuevas oportunidades impulsó la migración
hacia el oeste. La decisión de la Corona, a mediados del siglo XVIII, de prohi­
189
190
HISTORIA DE LA GLOBALIZACIÓN II
LOS ESTADOS UNIDOS DE AMÉRICA
A partir de tales decisiones, la membrecía de la U nión se amplió rápidamente. En 1792 fue incorporado Kentucky, Tennessee en 1796 y Ohio en 1803. En
este último año, el presidente Jefferson negoció con N apoleón la compra de
Louisiana, un gigantesco territorio de 1,5 millón de km 2, mayor que el de los
trece estados fundadores de la Unión. La adquisición abarcaba prácticamente
toda la cuenca del río Mississippi. Su extremo sur fue admitido a la U nión co­
mo estado de Louisiana en 1812. En 1816, se incorporó Indiana, al año siguien­
te Mississippi, en 1818 Illinois y en 1819 Alabam a. En 1819 España cedió laposesión de Florida y en 1845 la península fue incorporada como otro estado de la
U nión.
En la década de 1820 la extensión territorial de los Estados U nidos alcanza­
ba ya a 4 millones de km 2. La población de 10 millones de habitantes crecía a
la tasa del 3% anual, sustentada por el aumento de la natalidad y las corrientes
inmigratorias. El país no sólo estaba en condiciones de ejercer efectivamente su
dom inio sobre sem ejante espacio sino de informarle al mundo que A m érica “era
para los americanos” y que los Estados Unidos no tolerarían dominios colonia­
les europeos en el N uevo Mundo. La célebre Doctrina (1823) del presidente
M onroe era un anticipo de que la expansión territorial de los Estados Unidos
no estaba aun concluida.
El impulso y el potencial norteamericanos debían provocar, inevitablem en­
te, la ocupación de los espacios todavía vacíos o escasamente poblados y defen­
didos de A m érica del N orte. Tal era la situación de los territorios, en una fran­
ja al norte del río Grande entre Louisiana y el O céano Pacífico, nom inalm en­
te bajo jurisdicción de M éxico.
En 1845, el periodista de filiación dem ócrata John O ’Sullivan definió c o ­
mo destino manifiesto de los Estados U nidos “ la misión de ocupar el territorio
asignado por la Providencia para el libre desarrollo de población que se m ul­
tiplica anualm ente por m illones”. La empresa iniciada con la expansión h a ­
cia el oeste, trascendiendo los A palaches, estaba a punto de culminar.
En 1836, colonos esclavistas norteamericanos instalados en Texas derrotaron
a los m exicanos en la batalla de San Jacinto y proclamaron una república inde­
pendiente bajo la presidencia del general Sam Houston (1793-1863), un estre­
cho colaborador de Andrew Jackson, el héroe de N ueva Orleans y presidente
de los Estados U nidos entre 1829 y 1837. El reclamo de los mismos texanos y
de los intereses más influyentes de W ashington concluyó con la anexión de Te­
xas como nuevo estado de la U nión en 1845 y la ampliación del territorio nor­
team ericano en más de 600 mil km2.
De allí a la guerra con M éxico había un solo paso. El general Zachary Taylor
cruzó el río Grande e invadió México. Taylor derrotó a los mexicanos en las ba­
tallas de Palo A lto, Resaca de la Palma y Buena Vista. Poco después el general
W infield Scott desembarcó en Veracruz y sus fuerzas penetraron en el territorio
de M éxico hasta capturar su capital. En 1848, el Tratado de Guadalupe Hidalgo
ratificó la cesión de los territorios conquistados con una extensión de 850 mil
km2. En 1853, a través de la llamada Gadsden Purchase, México cedió otros 50
mil km2. Los nuevos territorios se incorporaron posteriormente a la U nión como
los estados de California, Arizona, U tah, Colorado, N evada y N ueva México.
En la misma época quedó resuelto, en el Tratado de Oregon, el pleito con
G ran Bretaña por la frontera norte y el límite con Canadá. Quedó así configu­
rada la actual dimensión continental de los Estados Unidos. Mas allá de estos lí­
mites, la expansión territorial continuó con la compra de Alaska a Rusia en 1867
y la anexión de Puerto Rico y de Filipinas después de la guerra con España en
1898. En este mismo año, además, fue anexado el archipiélago de Hawai.
191
L a G u e r r a C iv il (1861-1865)
L a economía en vísperas de la guerra
En los primeros tiempos posteriores a la Independencia, la economía norteam e­
ricana m antuvo los rasgos prevalecientes en el período colonial. Las antiguas
regiones de N ueva Inglaterra y las centrales continuaron desarrollando la acti­
vidad agrícola en unidades familiares, las artesanías y la construcción naval. El
tráfico internacional se concentraba en la exportación de productos primarios,
la intermediación, el financiam iento del comercio exterior y la venta de segu­
ros y los fletes del transporte marítimo.
Las antiguas regiones del Sur, en cambio, siguieron concentradas en la pro­
ducción y exportación de productos subtropicales (algodón, tabaco, arroz), ba­
jo el régimen de plantación con mano de obra esclava. El intercambio NorteSur dentro de la nueva N ación se realizaba principalmente por vía marítima, a
lo largo de la costa atlántica.
La expansión del territorio hacia el oeste de los A palaches fue conformando
una nueva región. H acia 1820, la frontera había alcanzado la margen occiden­
tal del río Mississippi y, en 1840, la línea trazada por el meridiano 100, el mis­
mo que atravesaba los futuros estados de Texas en el extremo sur y Dakota en
el norte hasta la línea divisoria con Canadá. En vísperas de la Guerra Civil, la
frontera había llegado hasta la costa del O céano Pacífico.
Desde fines de la década de 1840, el descubrimiento de yacimientos de oro
en el río Sacram ento, en California, había atraído gran cantidad de aventure­
192
HISTORIA DE LA GLOBALIZACIÓN II
LOS ESTADOS UNIDOS DE AMÉRICA
ros y nuevos pobladores. Pero el transporte entre los puertos del A tlántico y C a ­
lifornia se realizaba, todavía, por vía marítima a través del cabo de Hornos. U n
viaje de dos meses en un trayecto de 20 mil km. El Lejano Oeste era todavía im­
penetrable para el transporte intracontinental. La primera línea ferroviaria
transcontinental fue operativa recién en 1869, cuatro años después del fin de la
Guerra Civil.
La expansión de la frontera y su poblam iento fueron transformando la eco­
nom ía norteam ericana e integrando un mercado interno gigantesco. El desarro­
llo de los transportes por las cuencas de los ríos Mississippi y Missouri, O hio y
Tennesse y por los Grandes Lagos fue facilitado por la construcción de canales
y el desarrollo de la navegación a vapor.
H acia la misma época, se difundió el medio de transporte que estaba trans­
formando la econom ía mundial: el ferrocarril.
La revolución en los transportes facilitó la expansión de la frontera, el poblam iento y la integración del territorio. Sobre estas bases se formó un mercado
nacional cuyo tam año, diversidad de recursos y nivel de desarrollo no tenía se­
m ejante en el mundo.
La expansión e integración del mercado interno provocó dos consecuencias
principales. A saber:
motadora provocó el aum ento de la producción y convirtió al algodón en el
principal producto de exportación de los Estados Unidos.
A principios del siglo XIX, la fibra de origen norteam ericano proporcionaba
más del 50% del abastecim iento de la principal industria de la mayor potencia
mundial en aquella época. A su vez, las exportaciones de algodón, provenien­
tes de los estados esclavistas, representaban alrededor del 50% del total de las
exportaciones de los Estados Unidos. Sin la riqueza acumulada con el algodón,
seguramente los estados del Sur no se habrían alzado contra la U nión. La gue­
rra civil norteam ericana fue una de las consecuencias más extraordinarias de la
globalización del orden mundial del siglo XIX.
El Sur, en cuanto abastecedor de materias primas, estableció una relación
centro-periferia. Pero esa relación no tenía lugar entre una región norteam eri­
cana y una potencia extranjera. El vínculo centro-periferia operaba, en su m a­
yor parte, dentro de los Estados Unidos.
En efecto, el Sur comercializaba el algodón a través de intermediarios de
N ueva York, Filadelfia, Boston y otros puertos y centros mercantiles y financie­
ros del Noreste. El transporte, los seguros y el financiam iento de las exportacio­
nes del Sur eran realizados por armadores, bancos y aseguradores del Noroeste.
De allí provenía tam bién parte de las maquinarias, textiles y otras manufactu­
ras importadas por las economías algodoneras del Sur.
Esta relación Sur-Noreste fue uno de los ejes de la integración inicial del
mercado norteamericano. El otro eje fue el vínculo entre el Sur y la producción
agropecuaria de los nuevos territorios y poblaciones del Noroeste. Los alim en­
tos y los diversos productos agropecuarios provenientes de Illinois, W isconsin,
M innesota, Indiana, Iowa y Ohio, abastecían la demanda de la población libre
y esclava de los estados del Sur.
El eje Noroeste-Sur se desarrollaba a lo largo de la cuenca del Mississippi y
el N oreste-Sur a través de los puertos sobre el O céano A tlántico. El algodón fue
el producto que actuó como disparador de la expansión del tráfico intracontinental y sustentó la expansión del intercambio en esos dos ejes primarios de la
econom ía norteamericana.
A medida que se fueron poblando los territorios más allá de la cadena de los
A palaches (O hio, Indiana, Illinois, W isconsin, Iowa), surgieron posibilidades
de intercambio con los viejos centros de N ueva Inglaterra, N ueva York y
Pennsylvania. Estos últimos podían absorber los excedentes agropecuarios de la
nueva frontera y, a través de sus puertos, permitían la exportación a los m erca­
dos europeos. El gran obstáculo eran los altos fletes. Los costos de transporte por
tracción a sangre, a través de largas distancias y obstáculos naturales, eran pro­
hibitivos.
* La pérdida de peso relativo del comercio internacional respecto de la ex­
traordinaria expansión del tráfico intracontinental. A partir de la Paz de G an ­
te (1814), que selló la paz definitiva con G ran Bretaña, los Estados U nidos vol­
caron su desarrollo al interior de sus propias fronteras;
* La división del trabajo entre las economías regionales.
El primer impulso a la integración del mercado interno provino de la división
del trabajo establecida entre los nuevos territorrios del Noroeste, las economías
de plantación del Sur y los centros industriales y financieros del Noroeste.
Las plantaciones de algodón y otros productos subtropicales se. extendieron
desde los antiguos estados esclavistas (Virginia, las Carolinas y G eorgia) miem­
bros de la U nión, a los nuevos territorios sureños incorporados por la expansión
territorial (Florida, A labam a, Mississippi, Louisiana, Arkansas y Tennessee).
En la primera mitad del siglo XIX, el algodón jugó un papel fundamental
dentro de los Estados U nidos y en la globalización de la econom ía mundial.
El desarrollo de la industria de textiles de algodón en Lancashire fue el m a­
yor disparador inicial de la Revolución Industrial en G ran Bretaña. C onsecuen­
temente, la dem anda de fibra aum entó vertiginosamente. Las plantaciones del
sur de los Estados U nidos eran, a fines del siglo XVIII, una fuente importante
del abastecim iento de la materia prima. La invención por W hitney de la des­
193
HISTORIA DE LA GLOBALIZAC1ÓN II
LOS ESTADOS UNIDOS DE AMÉRICA
La distancia fue derrotada en pocas décadas mediante la construcción de ca ­
nales y ferrocarriles. En la década de 1830 se aceleró la construcción y apertu­
ra de los canales y en la de 1850 la de vías ferroviarias. '
A m érica del N orte está excepcionalm ente dotada de cursos navegables inte­
riores a través de dos grandes sistemas: los Grandes Lagos (Superior, Michigan,
Hurón, O ntario y Erie) y la cuenca de río Mississippi. Los Grandes Lagos for­
man una cadena que desem boca en el río y el golfo de San Lorenzo y cubren
una superficie de 160 mil km 2 en la cual drenan las aguas de un territorio de 500
mil km 2.
A su vez, el río Mississippi tiene un recorrido de cerca de 4.000 km y con sus
principales afluentes, los ríos O hio y Missouri, desaguan 31 estados de la U nión
y provincias de Canadá, hacia el golfo de México.
A ntes del desarrollo del ferrocarril, los fletes del transporte por agua eran una
fracción del orden del 25% de los correspondientes al transporte por tierra. El
sistema de aguas interiores de los Estados Unidos era vinculable a través de ca­
nales. En la década de 1830 se construyeron más de 3.000 km de canales. En
1825 fue habilitado el canal Erie entre el lago del mismo nombre y el río Hudson en el estado de N ueva York. Poco después, los canales de Pennsylvania y
O hio vincularon al río O hio con el canal y el lago Erie. Los canales troncales
fueron complem entados con otros secundarios que formaron una gigantesca red
de com unicación por aguas interiores entre las tres grandes regiones del país.
Resultó así posible, por ejemplo, navegar entre la localidad de Duluth (M inne­
sota), en la cabecera oeste del lago Superior, y el O céano A tlántico, a través de
un recorrido de 4-000 km.
taban entonces instalados en los Estados Unidos, que ocupa el 5% de la super­
ficie mundial.
La distancia había dejado de ser un obstáculo para la integración del gigan­
tesco espacio norteamericano. Los fletes se desplomaron. A ntes de la apertura
del canal Erie, el costo de la tonelada-milla entre Buffalo y N ueva York era
19,12 centavos. Construido el canal, el flete se redujo en más del 90% . El ferro­
carril provocó un efecto similar en el transporte por tierra.
La revolución en los transportes generó un nuevo eje de la econom ía nortea­
mericana: el que enlazaba las antiguas regiones del N oreste con las nuevas po­
blaciones del Noroeste. La producción agropecuaria de los nuevos territorios te­
nía ahora salida hacia los mercados de N ueva Inglaterra, N ueva York y Pennsylvania y, a través de los puertos sobre el O céano A tlántico, hacia Europa.
Com enzaba así la gran expansión del comercio mundial de productos agrope­
cuarios, de la cual, poco tiempo después, la A rgentina pasaría a ser otro prota­
gonista importante.
La integración del mercado norteamericano y sus ejes dominantes reflejaban
diferencias profundas en la estructura productiva y el sistema social de las tres re­
giones. El Sur tenía una relación dependiente respecto de las otras dos. Su par­
ticipación en la división del trabajo era la característica de las economías subdesarrolladas y periféricas, con el estigma agregado de la esclavitud. El Sur expor­
taba algodón y otros productos primarios e importaba manufacturas, alimentos y
los servicios prestados por los centros avanzados del norte del país. La educación
y otros indicadores sociales revelaban el estado de subdesarrollo. La exclusión de
la población esclava de la alfabetización era un requisito de la sobrevivencia del
sistema.
En las otras dos regiones, en cambio, la expansión de la producción y el in­
greso transformó la estructura productiva interna. Los eslabonam ientos entre
las actividades líderes en cada período, como la industria textil algodonera en
N ueva Inglaterra o la producción agropecuaria en el Noroeste, estimulaban la
producción de insumos, maquinarias y equipos. A l mismo tiempo, la integra­
ción del sistem a fue impulsada por el talento de los ingenieros y técnicos, quie­
nes adaptaban la tecnología y los bienes de capital provenientes de G ran Bre­
taña y generaban innovaciones originales. Los estados y el Gobierno federal
proporcionaron los incentivos necesarios para las actividades en expansión, co­
mo la construcción de canales y ferrocarriles y la producción manufacturera.
Promovida por la política de venta de tierras públicas a los nuevos colonos,
la producción agrícola en unidades de tamaño familiar se expandió rápidamente.
Se consolidó así una amplia clase de farmers que constituyó parte fundamental
de la oferta agropecuaria y del tejido social de la democracia norteamericana. El
194
Sim ultáneam ente, se registró el desarrollo de la navegación a vapor impulsa­
da por el talento de los ingenieros norteamericanos y el empuje de sus empre­
sarios y armadores. En 1812, se estableció la primera línea naviera en el río M is­
sissippi, en el trayecto entre Natchez y N ueva Orleans. En 1814, se registraron,
en esta última, 20 arribos de navios a vapor; en 1840 el número era ya de 1200.
Paulatinam ente, los navios a vapor dominaron el transporte por las vías inte­
riores de los Estados Unidos.
El segundo gran desarrollo fue la red ferroviaria. Entre 1845 y 1861 se cons­
truyeron cerca de 20 mil km de redes ferroviarias en los cuatro grandes sistemas
del norte del país: el New York Central, el Erie, el Pennsylvania y el Baltimore-Ohio. Entre 1815, cuando se otorgó la primera autorización oficial para la
construcción de una línea ferroviaria hasta las vísperas de la Guerra Civil, en
1860, se instaló una red de casi 50 mil km de extensión. En 1914, al concluir el
Segundo Orden Econom ico Mundial, la red ferroviaria norteam ericana alcan ­
zaba a casi 400 mil km. Es decir que un tercio de los ferrocarriles del planeta es­
195
197
HISTORIA DE LA GLOBALIZAC1ÓN II
LOS ESTADOS UNIDOS DE AMÉRICA
tráfico interior de productos agropecuarios, como el traslado de hacienda desde
las praderas del centro del país hacia los mataderos y frigoríficos de Chicago,
contribuyó a la división del trabajo y la industrializacióñ en el eje este-oeste y
en el norte del país. Pero no en el sur, que siguió atrapado en el subdesarrollo
inherente al régimen de plantación y la condición periférica dentro de la eco­
nomía norteamericana.
El descubrimiento de yacimientos de oro en el río Sacram ento, en C alifor­
nia, generó el estímulo definitivo para la integración del Lejano Oeste en el
mercado nacional. La fiebre del oro produjo consecuencias extraordinarias. En
1852, el año de mayor producción, el valor del oro extraído equivalía a cerca
del 50% del valor total de las exportaciones de los Estados Unidos.
C uando estalló la fiebre del oro, a fines de la década de 1840, la vía más rá­
pida y barata para llegar a California desde N ueva York, Boston o Filadelfia
era a través del cabo de Hornos. El tráfico intracontinental por ferrocarril e n ­
tre los océanos A tlán tico y Pacífico recién quedó resuelto a finales de la d é ­
cada de 1860.
El crecim iento de la población y de la econom ía norteam ericana desde la
independencia hasta las vísperas de la Guerra Civil fue extraordinario. A fines
del siglo XVIII, la población ascendía a 4 millones de habitantes, y en 1860, a
más de 31 millones. U n a tasa de crecim iento de casi el 3% anual, la más alta
del mundo en el período. El crecim iento demográfico se sustentaba en una al­
ta tasa de natalidad y, también, en las corrientes inmigratorias. En el período
inmigraron a los Estados U nidos alrededor de 4 millones de personas, en su
mayor parte provenientes de G ran Bretaña e Irlanda. En la época de la inde­
pendencia la población norteam ericana era sólo del orden del 10% de la de
Francia o Inglaterra. En 1860, era apenas inferior a la francesa y superaba a la
británica.
1870, el producto per cápita británico superaba en más del 30% al norteam e­
ricano.3
La relación entre el comercio exterior y el producto declinó entre fines del
siglo XVIII y 1860. En este último año el algodón representaba casi el 60% de
las exportaciones totales. Este predominio de un producto primario, típico en
los países subdesarrollados, coexistía con una gigantesca economía nacional que
se industrializaba y transformaba rápidamente. Estados Unidos era, de hecho,
un gran mercado común dentro del cual tenían lugar la división del trabajo, la
acum ulación de capital y el cam bio técnico.
Pocos indicadores bastan para cuantificar la dimensión de la expansión del
comercio interno. Entre 1836 y 1860, la recepción de cereales en Buffalo (esta­
do de N ueva York), en la cabecera del lago Erie, aum entó de 139 mil a 31 m i­
llones de bushels. Entre los mismos años, el tonelaje de los navios empleados p a­
ra la navegación en los Grandes Lagos aumentó de 32 a 450 mil toneladas. A u ­
mentos comparables se registraron en las redes de transporte en las otras vías
acuáticas y en el sistema ferroviario.
La industrialización había avanzado rápidamente pero, todavía en 1859, el
producto generado por la agricultura representaba el 55% del producto de los
sectores productores de bienes (agricultura, industria, construcción). A un en
ese entonces, la producción de la industria manufacturera norteam ericana re­
presentaba un tercio de la de G ran Bretaña.
196
El O este se convirtió en la región relativamente más poblada de los Estados
Unidos. En 1810 contaba con menos de 1 millón de habitantes y constituía el
13% de la población total del país. En 1860 la población ascendía a cerca de 12
millones de habitantes, con casi el 40% del total. Entre aquellos años, la parti­
cipación de las viejas poblaciones del Noroeste declinó del 55% al 37%. El Sur,
a su vez, a pesar de la incorporación de nuevos territorios, también perdió par­
ticipación (del 32% al 27% ).
Entre las econom ías importantes de la época, la tasa de crecim iento del pro­
ducto norteam ericano fue la más alta. Entre 1820 y 1870, el producto total cre­
ció al 4,2% anual, más del doble del observable en la potencia entonces hegem ónica, G ran Bretaña. La población aum entó en el período a casi el 3% anual
y el producto per cápita al 1,3%, sem ejante al de G ran Bretaña. Todavía en
El conflicto
Los Padres Fundadores de los Estados Unidos no pudieron resolver el dilema de
la esclavitud. S ólo lograron limitarla dentro de las fronteras de los estados es­
clavistas del Sur.
La incorporación de los nuevos territorios a la U nión reavivó el conflicto por
dos razones principales. Por una parte, la necesidad de determinar si en aquéllos
se aceptaba o no la esclavitud. Por otra, la dinámica del desarrollo de la econo­
mía norteamericana y la formación de sistemas regionales, en las dos regiones del
N orte y en los estados esclavistas del Sur, sobre fundamentos muy distintos.
En los estados abarcados por la Ordenanza del Noroeste (O hio, Indiana e Illi­
nois) la cuestión era económicamente irrelevante: la mano de obra esclava no
servía para la agricultura ni para la producción manufacturera. Pero en el Sur,
las tierras cálidas del Oeste abrían nuevas posibilidades a las plantaciones de al5 A. Maddison, La economía mundial. .., ob. cit.
198
HISTORIA DE LA GLOBAL1ZACIÓN II
LOS ESTADOS UNIDOS DE AMÉRICA
godón y otros cultivos subtropicales y, consecuentemente, a la aplicación del ré­
gimen esclavista. El Sur compensó la ampliación del territorio libre en el N o ­
roeste, con la incorporación de Louisiana, Mississippi y A labam a como estados
esclavistas. Adem ás, en 1819, propuso incorporar a Missouri al mismo régimen.
En 1820, por iniciativa de Henry Clay (1777-1852), senador por Virginia, el
Congreso aprobó diversas leyes que conformaron el llamado Compromiso de
Missouri. En el futuro la esclavitud sería excluida al norte del paralelo 3 6 ° 3 0 ’,
con la excepción de Missouri.
El problema abarcaba la cuestión misma de la esclavitud pero comprometía
todo el sistema político de los Estados Unidos: las atribuciones del gobierno fe­
deral y los estados, los alineam ientos partidarios, el reparto de asientos en el S e ­
nado, la política comercial y otras cuestiones cruciales. Poco a poco, el proble­
ma se encam inaba hacia su desenlace definitivo. Algunos, como había supues­
to en su tiempo el mismo Jefferson, pensaban resolver el problema enviando a
los afroamericanos de vuelta a África. De allí la creación, en 1847, de Liberia
en la costa occidental de África. Pero era ésta una ilusión vana. Los afroameri­
canos formaban parte indisoluble y definitiva del tejido social de los Estados
U nidos y, en el Sur, eran parte fundamental del sistema económico.
El Com prom iso de Missouri serenó las cosas por un tiempo pero la incorpo­
ración de los nuevos territorrios, resultante de la guerra con M éxico, reavivó el
conflicto. El representante demócrata de Pennsylvania David W ilmot introdu­
jo la propuesta que lleva su nombre, por la cual se eliminaba la esclavitud de to­
dos los territorios consquistados. La medida generó el violento rechazo de los
estados esclavistas y no se aprobó.
Nuevamente, el senador Henry Clay promovió un compromiso que prohibía la
esclavitud en California y dejaba a la propia decisión de los habitantes de Nueva
México y Utah el régimen aplicable. La norma, tendiente a aplacar al Sur, incluía,
con el mismo propósito, medidas más estrictas de persecución de los esclavos fuga­
dos al Norte para la devolución a sus dueños. El mismo criterio inspiró la propues­
ta del senador demócrata por Illinois Stephen Douglas (1813-1861), respecto de
Kansas y Nebraska. En 1854 el Congreso aprobó la ley recordada con el nombre
de ambos estados. El compromiso no conformó a nadie y concluyó por trazar, defi­
nitivamente, la línea divisoria respecto de la esclavitud y conformar los dos campos
que decidirían, en el frente de batalla, la unidad de los Estados Unidos y su destino.
La elección presidencial de 1860 fue disputada entre A braham Lincoln
(1809-1865), de Illinois, y el senador Setephen Douglas. El 6 de noviembre el
C olegio Electoral, con el voto de los representantes de los estados del N orte y
el Oeste, eligió presidente a Lincoln. Inmediatamente los estados esclavistas se
prepararon para la secesión.
En diciembre, C arolina del Sur anunció su separación de la U nión y fue se­
guida, de inmediato, por Mississippi, Florida, A labam a, Georgia, Louisiana y
Texas. Poco después, los estados secesionistas aprobaron, el 11 de marzo de
1861, la Constitución y la elección de Jefferson Davis (1808-1889), de Mississippi, como presidente de la Confederación.
Pocos días antes, en su discurso inaugural del 4 de marzo, el presidente Lin­
coln ratificó su decisión de defender la unidad de la N ación a cualquier precio.
N ecesitó poco tiempo para poner a prueba su decisión.
El fuerte federal de Sumter, en la bahía de Charleston (C arolina del Sur), fue
atacado el 12 de abril y sometido por las fuerzas confederales. El 15, el Presiden­
te anunció el bloqueo de todos los puertos del Sur e, inmediatamente, anuncia­
ron su secesión de la U nión Virginia, Arkansas, Tennesse y Carolina del N or­
te. En cambio, Kentucky, West Virginia (incorporado como estado en plena
Guerra C ivil), Maryland, Delaware y Missouri, que admitían la esclavitud, per­
manecieron en la Unión.
El Presidente inició la guerra no para abolir la esclavitud sino para preservar
la U nión. El alzamiento del Sur canceló cualquier posibilidad de compromiso
con los estados esclavistas. El 1 de enero de 1863, Lincoln proclamó la em an­
cipación de los esclavos en los territorios bajo control de la Confederación, pe­
ro no en los estados esclavistas que permanecieron en la U nión ni en las tierras
de la Confederación ocupadas por las tropas federales.
Poco después, la decisión de Lincoln fue más amplia y definitiva. En 1864, el
Presidente incorporó en la plataforma electoral para su reelección la abolición
de la esclavitud en todo el territorio nacional. Lincoln no llegó a ver la aproba­
ción definitiva de su iniciativa, que se convirtió en la 13a Enmienda a la C on s­
titución de los Estados Unidos.
Entre Fort Sum ter y la batalla final de Gettysburg (Pennsylvania) pasaron
cuatro años. Cuando el general Robert Lee (1807-1870) capituló el 9 de abril
de 1865 ante el comandante de las fuerzas federales, general Ulyses G rant
(1822-1885), en A ppom atox Court House (Virginia), quedaban atrás 600 mil
muertos y un Sur en buena parte arrasado por las tropas del general Sherm an y
otros com andantes federales. Pero Lincoln había salvado a la U nión y resuelto
el último problema pendiente de la organización política y la unidad nacional
de los Estados Unidos. N o quedaban ya obstáculos para terminar de convertir a
los Estados U nidos en la primera potencia mundial.
La secesión del Sur facilitó la aprobación, en 1862, de la célebre Homestead
Act. Ésta, como la Ordenanza de Tierras de tiempos del presidente Jefferson, se
inspiraba en el principio de que la tierra pública pertenecía al pueblo y que ca­
da jefe de familia tenía derecho a poseer un predio para su explotación, no su­
199
HISTORIA DE LA GLOBALIZACIÓN II
LOS ESTADOS UNIDOS DE AMÉRICA
jeto a embargo. La Homestead Act favorecía a nacionales y extranjeros mayores
de 21 años y/o jefes de familia, o a quienes fueran vejeranos de las fuerzas de los
Estados U nidos (con servicios prestados de por lo menos 14 días). Estaban excluidos quienes hubieran tomado las armas en contra de la Unión.
En 1900, el balance de la Ley revelaba que había favorecido a unas 400 mil
familias, las cuales recibieron tierras por más de 20 millones de hectáreas. Los
especuladores y otros destinatarios de tierras públicas (como las compañías ferroviarias) se apropiaron de extensiones aún mayores, pero la Hom estead A ct
contribuyó a complementar el marco jurídico para facilitar el acceso a la pro­
piedad de la tierra de los colonos que migraban hacia el oeste.
A mediados de la década de 1860, los Estados Unidos seguían siendo todavía
una sociedad predominantemente asentada en las zonas rurales y ocupada en la
producción primaria. Su producción manufacturera representaba entonces alre­
dedor del 50% de la registrada en la potencia líder de la Revolución Industrial,
y su gravitación en el escenario mundial era marginal. La globalización conti­
nuaba siendo, todavía, un asunto de exclusiva incumbencia de Europa y, en pri­
mer lugar, de la potencia hegemónica, Gran Bretaña. Adem ás, el país emergía
entonces de una cruenta guerra civil y enfrentaba la necesidad de reconstruir
los territorios de la derrotada Confederación, reincorporarlos a la U nión y asi­
milar a los antiguos esclavos en la sociedad norteamericana.
Para reconstruir el Sur y conformar una economía avanzada, los Estados U n i­
dos contaban con una extraordinaria constelación de recursos. Su poder tangible
se asentaba en un gigantesco territorio dotado de una diversidad y riqueza de re­
cursos inigualada y en una población de dimensión comparable a la de las gran­
des potencias europeas de la época: Gran Bretaña, A lem ania y Francia. Los h a­
bitantes de la U nión contaban con un nivel educativo semejante o superior a
los de esos países y un acervo de conocim ientos gestado dentro de la realidad
norteam ericana y, sobre todo, transferido por los inmigrantes provenientes de
las regiones más desarrolladas de Europa. La calidad de los recursos humanos,
los incentivos otorgados por un mercado interno en rápida expansión y una ele­
vada capacidad de ahorro sentaban las bases del poder intangible fundado en el
cam bio técnico y la acum ulación de capital.
En este contexto de inmensas oportunidades, provenir o no de una familia
acom odada y de medios sin duda influía en la suerte de las personas. Com o ve­
remos luego, éste era el caso de la mayor parte de los grandes capitanes de indus­
tria y financistas del siglo XIX. A un así, en todo caso, las posibilidades de éxito
fundadas en el mérito personal eran mucho mayores en los Estados Unidos que
en cualquier otro país de la época. De este modo, la exaltación del individualis­
mo, fundado en la tradición política de la antigua metrópoli y, sobre todo, en la
propia experiencia de autogobierno de las colonias continentales de Am érica del
N orte, se convirtió en un rasgo idiosincrático de la sociedad norteamericana.
M edio siglo después de la Guerra C ivil, al concluir el Segundo Orden M un­
dial en vísperas de la Primera Gran Guerra del siglo XX, los Estados Unidos
eran la principal potencia mundial.
200
201
LA CONSOLIDACIÓN DEL PODER NORTEAMERICANO
El Estado y la política
El triunfo de la U n ión sobre el intento secesionista de la Confederación y la
abolición de la esclavitud resolvieron la cuestión que los Padres Fundadores h a­
bían dejado pendiente. Consolidada la unidad nacional, adquiría plena vigen­
cia el complejo sistema de equilibrios entre el Estado federal y los derechos que
los estados se reservaron al tiempo de su incorporación a la U nión, así como en­
tre el poder político y las garantías de las personas.
En definitiva, como habían propuesto Ham ilton y los federalistas, el Estado
federal se convirtió en un instrumento fundamental para la ampliación y la in­
tegración del territorio, el desarrollo económico y los equilibros sociales y, final­
mente, la proyección del poderío norteamericano en el orden mundial. Estas
funciones del Estado federal, complementadas por el comportamiento de áreas
públicas en las esferas estaduales y comunales, pueden agruparse en dos campos.
Por una parte, el respaldo a la iniciativa privada y a los emprendimientos del
desarrollo económico. Por otra, el arbitraje de los conflictos entre los diversos
sectores económicos y sociales; el péndulo se inclinó, a menudo, en favor de los
grandes empresarios y los sectores financieros y, otras veces, para limitar la ar­
bitrariedad del poder económ ico concentrado y promover la seguridad social y
un reparto más equitativo de la riqueza.
En definitiva, el Estado fue un agente decisivo del desarrollo de la Unión y un
árbitro eficaz de los conflictos, capaz de movilizar el formidable potencial del país y
mantener la cohesión de la sociedad norteamericana. Incluso, progresiva y lenta­
mente, la acción pública contribuyó a resolver la difícil herencia de la esclavitud.
El Estado promotor. La acción pública se asoció estrechamente a la prom o­
ción del desarrollo del país, la protección del mercado interno, la ocupación te­
rritorial y la expansión de la frontera y el apoyo a los intereses privados. Des­
pués de la Guerra Civil, la defensa de la producción nacional frente a la com ­
petencia de las importaciones siguió siendo un elemento central de la política
económ ica de los Estados Unidos.
202
HISTORIA DE LA GLOBALIZACIÓN II
LOS ESTADOS UNIDOS DE AMÉRICA
Durante la Guerra Civil, el Gobierno de la U nión aumentó los impuestos sobre las importaciones para financiar .los gastos militares. La tarifa promedio sobre bienes gravables aumentó del 37% al 42%. La difusión del comercio libre a
partir del Tratado Anglo-Francés de 1860 no influyó en la política comercial
norteamericana. Recién en 1883, la tarifa fue reducida en 5%. Poco después, la
M ac Kinley A ct de 1890 elevó el nivel promedio al 50%. La protección se referia esencialmente a las manufacturas y, en particular, a los productos conside­
rados sensibles, como textiles, hierro y vidrio. Abarcaba, también, diversos pro­
ductos agrícolas que soportaban la com petencia de las importaciones desde C a ­
nadá. En 1894, la tarifa bajó al 40%, pero la Dingley A ct de 1894 la aumentó
al 57% . La protección se mantuvo sin cambios hasta 1913, cuando al inicio de
la presidencia de W ilson se la redujo sustancialmente. Sin embargo, la norma
quedó pronto sin efecto al estallar la guerra mundial.
L a protección norteam ericana fue consistentemente la más alta del mundo
en el transcurso del Segundo Orden Mundial. Sus oscilaciones reflejaron los
cam bios en el nivel de la actividad económica en el país y los reclamos de in­
tereses sectoriales específicos.
Frecuentemente, los políticos y funcionarios del Gobierno federal, los esta­
dos y los municipios recibieron sobornos de los particulares beneficiarios del re­
parto de subsidios, tierras, contratos de obras y concesiones de servicios públi­
cos. La corrupción fue un elemento a menudo presente en la gestión pública
asociada a privilegiar intereses privados norteamericanos, y no extranjeros.
El arbitraje social. El aumento de la población nativa y la inmigración, la am ­
pliación e integración del territorio, la formación de un gran mercado nacional,
la diversificación de la economía norteamericana y la formación de poderosos
núcleos de poder industrial y financiero profundizaron y ampliaron los conflic­
tos sociales después de la Guerra Civil. En los territorios de la derrotada C o n ­
federación se inició, al mismo tiempo, un lento y complejo proceso de recons­
trucción y reorganización social posesclavista.
Los diferendos de intereses y conflictos sociales estaban abiertos en todos los
campos. Los agricultores y pequeños empresarios estaban enfrentados con los ban­
queros y acreedores de las grandes ciudades, los productores agrícolas con los in­
termediarios comerciales, los trabajadores con los capitanes de industria.
El sector agrícola había sido tradicionalmente el asiento de las economías autosuficientes y de la mayor parte de la población norteamericana. Después de la
Guerra C ivil, emergieron una sociedad crecientemente urbana y una produc­
ción rural vinculada al mercado nacional y al mundial, al crédito, a la m ecani­
zación y los insumos industriales. Entre 1870 y 1890, la tierra bajo cultivo en el
M edio O este aum entó de 400 a más de 800 millones de acres. Fue en esa región
y entre los productores rurales del Sur de donde surgieron los movimientos agra­
rios más activos para defender a sus miembros de las oscilaciones en los precios,
de los acreedores y los fletes exagerados impuestos por los ferrocarriles. Las Farmers Alliances promovieron el movimiento populista que ejerció una considera­
ble influencia en la política del período y reclamaron acciones públicas de pro­
tección, apoyo a las cooperativas, control de los monopolios y un sistema m o­
netario bim etálico plata-oro que no sometiera a los deudores a los rigores del
patrón oro y los acreedores.
Estos reclamos agrarios y populistas fueron asumidos por el Partido Popular,
En su plataform a para las elecciones presdienciales de 1892, el Partido reclamó
un sistema monetario de plata y oro (a una tasa de 16 a 1 entre ambos metales),
préstamos federales a los agricultores, la nacionalización de los servicios públi­
cos y la prohibición de la existencia de éjercitos privados en las grandes empre­
sas para reprimir las huelgas.
En las elecciones presidenciales de 1896, una versión más moderada de la
propuesta populista fue asumida por el Partido Dem ócrata y su candidato William J. Bryan (1860-1925), político del estado de N ebraska de profundas con ­
vicciones religiosas. En uno de los más célebres discursos de la historia política
de los Estados Unidos, Bryan sostuvo la necesidad de un sistema bim etálico pa­
ra “no crucificar a la humanidad en una cruz de oro”. En la tradición de Jefferson y Jackson, Bryan se alineó con los intereses y perspectivas de la gente co­
mún. M ac Kinley triunfó en la elección pero Bryan inauguró las propuestas re­
formistas que más tarde se llevarían a cabo bajo las presidencias de Teodoro
R oosevelt, Taft y Wilson. Bryan culminó su carrera política como secretario de
Estado del presidente Wilson.
La movilización agraria se debilitó progresivamente con la mejora de los pre­
cios agrícolas, la am pliación de los mercados y las migraciones desde las zonas
rurales a las urbanas. En 1889 el Departamento de Agricultura fue elevado al
rango de ministerio del gabinete federal.
Las relaciones laborales en la industria norteamericana fueron el escenario de
graves conflictos, a menudo sangrientos, entre los grandes capitanes de indus­
tria y sus trabajadores. La incorporación de inmigrantes trasplantó al escenario
norteam ericano expresiones de la protesta social en Europa, incluso en sus ex­
presiones violentas. A l promediar la segunda mitad del siglo XIX, el 80% de los
trabajadores industriales en los Estados Unidos eran extranjeros o hijos de ex­
tranjeros.
Las condiciones de trabajo en los ferrocarriles y las grandes industrias, sobre
todo la siderúrgica y la frigorífica, provocaron frecuentes huelgas y motines. Las
más notorias incluyen las huelgas ferroviarias de 1877 y 1894 y el atentado de
203
204
HISTORIA DE LA GLOBALIZACIÓN II
Haym arket (C h icago), en 1886, que culminó con el ajusticiam iento de cuatro
am otinados. Los patrones emplearon medios legales e ilegales para reprimir la
protesta social. U n o de sus instrumentos fue la célebre A gencia de Detectives
Pinkerton, fundada durante la Guerra Civil, que proporcionaba armas, rom pe­
huelgas y espías a pedido. Entre las huelgas reprimidas por Pinkerton y sus agen­
tes figura la registrada en la siderurgia de Carnegie, en Pennsylvania. A su vez,
el G obierno federal empleó a menudo las fuerzas de seguridad para sostener “la
ley y el orden” . A sí sucedió, por ejemplo, cuando el presidente Cleveland reac­
cionó enérgicamente contra las huelgas y la marcha de los desocupados sobre
W ashington, en 1894El culto del éxito personal y del gran empresario sustentó la difusión del darwinismo social. C ada uno tenía lo que merecía por sus aptitudes individuales. El
determinismo biológico justificaba la concentración de la riqueza y el poder en
una sociedad y una economía que crecían y se transformaban rápidamente.
C om o contrapartida de la exaltación del individualismo sin límites, surgie­
ron nuevas expresiones de la religiosidad norteamericana con el contenido so­
lidario gestado durante la expansión de la frontera. Aparecieron así el Ejército
de Salvación y la Iglesia de la C ien cia Cristiana, fundada por Mary Baker Eddy
en 1879. Expresiones múltiples de solidaridad social surgieron en las parroquias
y otros espacios dedicados a la asistencia a los desocupados, los récien llegados
de otras partes del mundo y los marginados. Pero fueron sobre todo las nuevas
organizaciones de los trabajadores las que lideraron el cambio de las condicio­
nes de trabajo y el desarrollo de las redes de seguridad social.
En 1866 la N ational Labour U nion (Sindicato N acional del Trabajo) tenía
600 mil afiliados. En 1869 se formó la Knights of Labour (Caballeros del Traba­
jo). Los Caballeros abrieron su membrecía (que alcanzó al millón de afiliados)
no sólo a los trabajdores blancos nativos, sino también a los inmigrantes, m uje­
res y afroamericanos. Estas organizaciones fueron incapaces de conducir con efi­
cacia el reclamo de los trabajadores y sucumbieron a las consecuencias de la de­
presión económ ica de la década de 1870, las expresiones violentas de protesta
y la represión.
Progresivamente, el m ovim iento obrero norteamericano se orientó hacia una
postura negociadora dentro del sistema y a la convivencia con los empleadores
y el Gobierno. En 1886 se creó la American Federation of Labour para fortalecer
la capacidad negociadora en cuestiones cruciales como salarios, horarios y segu­
ridad física de los trabajadores. La A FL rechazó definitivamente la influencia
m arxista y empleó con pragmatismo todos los instrumentos de coerción econó­
mica: huelgas, boycots, piquetes y convenios colectivos con las grandes empre­
sas. Sam uel Gom pers (1850-1924), nacido en Inglaterra, hijo de un cigarrero y
LOS ESTADOS UNIDOS DE AMÉRICA
205
él mismo trabajador de la industria del tabaco, lideró el retiro de su sindicato de
los Knights of Labour para fundar la A FL, a la cual condujo durante casi cuaren­
ta años a partir de su fundación.
Los conflictos sociales se reflejaron en el sistema político y las posturas de los
partidos. El People’s Party fue la primera expresión orgánica del progresismo en
el sistema de partidos hasta que sus banderas fueron asumidas, bajo el liderazgo
inicial de W illiam J. Bryan, por el Partido Demócrata.
A fines del siglo XIX, el sistema político norteamericano se encam inaba h a­
cia nuevos equilibrios luego de que, en las primeras décadas posteriores a la
Guerra Civil, reflejara predominantemente los intereses de los grandes personeros de la industria y las finanzas. U n a de las consecuencias inesperadas de la
guerra con España fue la aparición de un nuevo héroe militar, el teniente coro­
nel Teodoro Roosevelt, subcomandante de un cuerpo expedicionario de volun­
tarios conocidos como los Rough Riders, que la imaginación popular asoció a la
conquista del Oeste y a la figura legendaria de Buffalo Bill. La aureola de héroe
militar terminó de configurar una figura excepcional que ejerció una extraordi­
naria influencia en las reformas sociales y en la proyección internacional del
poder de los Estados Unidos.
Según un historiador, Roosevelt (1858-1919) fue “el más capaz de los ocu­
pantes de la C asa Blanca desde Lincoln, el más vigoroso desde Jackson y el más
letrado desde John Quincy A dam s” .4En este último terreno era reconocido por
el mérito de sus estudios históricos, en particular, su best seller La conquista del
Oeste. Roosevelt, vicepresidente de W illiam M ac Kinley, ascendió a la Presi­
dencia en 1901 cuando un lunático incorporó al jefe de Estado norteamericano
a la nóm ina de grandes personajes asesinados por terroristas hacia la misma épo­
ca (el Presidente de Francia, el Rey de Italia y la Emperatriz de Austria).
La Presidencia (1901-1909) de Teodoro Roosevelt rescató la gran tradición
dem ocrática del país y puso en marcha un programa de Square Deal (Trato Jus­
to) para todos los sectores de la sociedad: trabajadores, agricultores, empresa­
rios, consumidores. El auge económ ico posterior a la guerra con España facilitó
la tarea del Presidente. Roosevelt formó una alianza bipartidaria entre los pro­
gresistas republicanos y democrátas y conquistó el respaldo de la mayor parte de
la población del país.
Las reformas se orientaron a limitar el poder económ ico y fortalecer los mar­
cos regulatorios. La Ley Sherm an de 1890, de control de los monopolios, fue vi­
gorosamente aplicada. Durante su gestión Roosevelt llevó a los tribunales a 25
corporaciones acusadas de atentar contra la libre competencia. El Gobierno fe4 H. Brogan, ob. cit., p. 462.
LOS ESTADOS UNIDOS DE AMÉRICA
206
HISTORIA DE LA GLOBAL1ZAC1ÓN II
deral reguló el funcionam iento de los transportes (ferrocarriles, caminos, puen­
tes, oleoductos) y las com unicaciones (telégrafo y teléfonos). La Interstate Commerce Commission, IC C (Com isión de Com ercio Interestadual), fue la respon­
sable de diseñar y aplicar estos marcos regulatorios. El consumidor fue protegi­
do a través de nuevas normas sanitarias aplicadas a los alimentos, las carnes y
las drogas. La protección del medio ambiente incluyó planes de irrigación y la
form ación de parques nacionales.
Roosevelt medió para resolver los conflictos laborales más graves, como la
huelga de los mineros del carbón en 1902. En 1903 se creó el Departamento de
Com ercio y Trabajo para asumir estas nuevas responsabilidades públicas. N ue­
vas leyes fueron promulgadas sobre el trabajo infantil y femenino, las prisiones,
la bolsa de valores. La reforma política incluyó un nuevo régimen para la inte­
gración del Senado a través de la elección directa de los senadores. H acia la
misma época se creó la National Association for the Advancement ofColoured Peopie, para defender los derechos de los afroamericanos.
Bajo el liderazgo reformista del Gobierno federal los estados y municipios es­
tablecieron nuevas normas para dar transparencia al sistema político, promover
la com petencia en los mercados y el bienestar social.
R oosevelt decidió no presentarse para su reelección en los comicios de 1908.
Su programa reformista de defensa de la competencia, protección ambiental y
rebaja de los aranceles de importación fue asumido por el candidato republica­
no, W illiam H. Taft, del estado de Ohio. Durante la presidencia de Taft (19091913), se iniciaron 44 causas judiciales contra corporaciones acusadas de ma­
niobras m onopólicas y se ampliaron las funciones regulatorias de la IC C . Taft
no logró imponer su agenda reformista a todo el Partido Republicano. Sus pro­
pias ambigüedades sobre cuestiones clave, como la defensa del medio ambien­
te, provocaron una división irreparable entre la vieja guardia conservadora y los
reformistas del Partido. Roosevelt intentó volver a la C asa Blanca pero no con­
siguió la nom inación republicana para las elecciones de 1912. Se presentó co­
mo candidato independiente y fue derrotado por el del Partido Demócrata, el
gobernador de New Jersey, Woodrow W ilson (1856-1924).
Los programas de la N ueva Libertad y el Nuevo Nacionalismo de Wilson consu­
maron la agenda reformista iniciada por Roosevelt. Durante su presidencia (19131921), se creó el sistema de Reserva Federal para regular el sistema bancario, se re­
forzó el régimen de defensa de la competencia y se estableció el impuesto progresi­
vo a los ingresos. Además, se adoptaron nuevas normas sobre el trabajo de menores
de edad, el crédito agrario y la administración del régimen de importaciones.
En vísperas de la Primera G ran Guerra de este siglo y el cierre del Segundo
O rden M undial, las instituciones republicanas y federales establecidas por los
207
Padres Fundadores habían renovado su vigencia para administrar, negociar y re­
solver los conflictos en una sociedad democrática y pluralista.
Las elites de la economía
Desde los primeros poblamientos en las colonias continentales británicas de
A m érica del N orte, surgieron oportunidades inéditas para los agricultores y pe­
queños empresarios de las diversas ramas de la industria, el comercio y los ser­
vicios. Desde entonces, éste siguió siendo un rasgo distintivo de la econom ía
norteam ericana. El tejido social y productivo del país y, en alguna medida, su
inserción internacional se fueron construyendo sobre esta base de pequeñas y
m edianas empresas y emprendimientos individuales.
Pero el gigantesco espacio norteamericano fue propicio también para la for­
m ación de grandes empresas y núcleos de poder económicos en la industria, los
transportes, las finanzas, la producción primaria. La saga norteam ericana se
construyó en gran medida sobre las epopeyas, aventuras, éxitos y fracasos de los
Rockefeller, G ould, Carnegie, Swift, Morgan y otros emprendedores cuyo pres­
tigio e influencia se edificaron sobre su poder económ ico antes que por la tranparencia de sus procedimientos. Muchos de ellos pasaron a la historia como los
robber barons (barones ladrones). Es decir, personajes dispuestos a emplear todos
los procedimientos, legales o no, para acumular fortunas gigantescas. Varios de
ellos quedaron en la memoria colectiva por mejores razones: las fundaciones fi­
lantrópicas y patrim onio artístico que forman parte del acervo cultural de los
Estados Unidos.
Varios factores contribuyeron a la formación de grandes empresas y la con­
centración m onopólica. El ferrocarril fue, probablemente, el principal de ellos.
Las necesidades de grandes inversiones, autorizaciones oficiales para trazar las
líneas y la complejidad organizativa determinaron que sólo los grandes empren­
dedores abordaran sem ejante empresa. En otros casos, como la siderurgia o los
frigoríficos, las economías de escala y la complejidad de las redes comerciales
necesarias contribuyeron también a la formación de grandes empresas. A l mis­
mo tiempo, las fusiones y los trusts restringieron la com petencia y establecieron
m onopolios y oligopolios en diversas ramas de la economía norteamericana.
El vertiginoso proceso de crecimiento, transformación y concentración del
capital abrió oportunidades gigantescas para la especulación a través de la com ­
pra y venta de empresas. La emisión de acciones y la m anipulación de su coti­
zación fueron algunos de los instrumentos empleados, pero no los únicos. El fa­
vor político y la colusión con funcionarios fueron otros de ellos.
209
HISTORIA DE LA GLOBALIZACIÓN II
LOS ESTADOS UNIDOS DE AMÉRICA
El más célebre de los especuladores de la época fue el legendario Jay Gould
(1836-1892). G ould hizo su primera fortuna durante la Guerra C ivil especulan­
do con bonos del gobierno, oro y divisas. Después, prefirió el negocio ferrovia­
rio. Los enfrentamientos de Gould y sus socios con Cornelius Vanderbilt (17941877), armador naval y empresario ferroviario, por el control del Erie Railroad,
fueron célebres en su época. Gould controló la empresa de telégrafos Western
U nion y el U nion Pacific Railroad. A diferencia de otros grandes emprendedo­
res, G ould nunca se ocupó de la administración de las empresas que controla­
ba. Se dedicó a manipular sus valores y entrar y salir a tiempo de las burbujas
especulativas que él mismo montaba.
Esta extraordinaria elite de grandes emprendedores puede dividirse en varias
categorías.5U n a de ellas corresponde a los grandes constructores de empresas y
sus personajes más notables son John D. Rockefeller (1839-1937) y Andrew
Carnegie (1835-1919). Este último, nacido en Escocia e hijo de un modesto te­
jedor, emigró con su fam ilia a los Estados U nidos en 1848. Durante la Guerra
C ivil estuvo empleado en una empresa ferroviaria pero le quedó tiempo para
administrar una firma constructora de puentes y especular en la bolsa de valo­
res. Su experiencia en ferrocarriles y puentes lo convenció de la importancia de
la industria siderúrgica para abastecer a ambas actividades y de la acumulación
de capital fijo en otros sectores. A sociado con Henry Clay Frick, propietario de
yacimientos de carbón en el estado de Pennsylvania, formó la Carnegie Steel
Co. En 1901, Carnegie vendió su empresa a la U .S. Srteel C o., un gigantesco
conglom erado industrial liderado por el banquero J. P. Morgan. La venta se rea­
lizó en 250 millones de dólares. Carnegie empleó estos fondos para obras filan­
trópicas culturales, científicas y religiosas en su tierra de origen, Estados Unidos
y otros países.
taciones para operar en todo el mercado norteamericano desde su matriz en el
estado de O hio, formó empresas afiliadas y un trust que dom inaba el expansivo
negocio petrolero. Rockefeller era un objetivo inevitable de la aplicación de la
Ley A ntitrust Sherm ann de 1890. En 1899, N ueva Jersey le permitió establecer
su matriz en el estado y desde allí condujo las empresas afiliadas en todo el país
y sus crecientes negocios internacionales.
Otro de los célebres emprendedores del período fue Gustavus Swift (18391903). Comenzó trabajando en la carnicería de su hermano en una pequeña loca­
lidad del estado de Massachusetts. A l poco tiempo era el principal matarife de la
zona hasta que, en 1875, estableció su centro de operaciones en Chicago. A llí
transformó el negocio de la compraventa de ganado en pie, de las praderas del M e­
dio Oeste, en la industria frigorífica para abastecer los mercados del este del país.
Los dos problemas centrales del negocio eran la conservación de la carne y su dis­
tribución en destino. Swift resolvió el primer problema con la construcción de va­
gones refrigerados (inicialmente con hielo) y el segundo con la formación de una
amplia red de carnicerías en los mercados de consumo. En 1900 la empresa de
Swift contaba con 20 mil empleados. A diferencia de otros grandes emprendedo­
res, su crecimiento fue producto de la ampliación de su empresa y no de alianzas,
absorciones y fusiones. Otros empresarios notables en el sector frigorífico y la ali­
mentación fueron Philip Armour y John Dorrance. Este último inventó el enlata­
do de sopas y formó la Campbell Soup Co.
La nóm ina de grandes emprendedores en otros sectores incluye a Theodore
Vail, que promovió la formación de la Bell Telephone Co. para explotar el in­
vento de A lexander Graham Bell. En el Sur, la única gran empresa formada
después de la Guerra C ivil fue la tabacalera Am erican Tobacco C o., fundada
208
Rockefeller también comenzó trabajando en el negocio ferroviario, pero fue
el petróleo el sector en el cual acumularía su enorme poder económico, com en­
zando con la explotación de los yacimientos del noroeste del estado de Pennsyl­
vania. Después de la Guerra C ivil se concentró en la refinación de petróleo. En
1878 controlaba el 80% de la capacidad de refinería de los Estados Unidos.
Rockefeller fue un extraordinario capitán de industria que combinaba su capaci­
dad técnica con la eficiacia de la gestión administrativa, la dureza en las rela­
ciones laborales con la aptitud de aliarse con otros empresarios para dominar los
mercados. Su acuerdo con los ferrocarriles para obtener fletes preferenciales pa­
ra el transporte de derivados del petróleo (especialm ente kerosene para alum ­
brado) amplió sus márgenes de ganancia. C on el propósito de resolver las limi­
5 W. Light, Industrializmg America, John Hopkins University Press, 1995.
por Jam es Duke.
U n segundo grupo de célebres emprendedores abarca a los banqueros de in­
versión. Éstos se dedicaron a financiar proyectos, colocar valores y garantizarlos
(underu>r¡t¡ng), asesorar y promover fusiones y otros tipos de com binaciones de
empresas. El más célebre de ellos, John Pierpont M organ (1837-1913), nieto e
hijo de banqueros, acumuló su primera fortuna propia especulando en oro du­
rante la Guerra C ivil. Poco después, a principios de la década de 1870, fue el
agente financiero del Tesoro federal para la colocación de títulos. M ás tarde,
cuando arreciaba la disputa entre los defensores del patrón oro y los populistas
partidarios del patrón bim etálico plata-oro, el presidente Cleveland nombró a
Morgan como agente principal para la compra de oro destinada a las reservas
oficiales. Esto contribuyó a la fama de capitalista implacable de Morgan. El ban ­
quero fue, además, un protagonista importante en los enfrentamientos entre
210
HISTORIA DE LA GLOBAL1ZACIÓN II
grandes empresarios en diversos sectores. Entre sus hazañas figura el haber frus­
trado maniobras de Jay Gould en el negocio ferroviario y liderado la formación
de grandes empresas, como General Electric, U .S . Steel e International Harvester. M organ fue un innovador de la organización del mundo corporativo y la
construcción de vínculos entre éste y el poder político.
Por último, una tercera categoría de emprendedores incluye a aquellos que
formaron grandes firmas a partir de su capacidad inventiva y de aplicar nuevas
tecnologías. Dos de los personajes más notables al respecto son George Westinghouse (1846-1914) y Thom as A lva Edison (1847-1931). W estinghouse re­
cibió su primera patente a los 21 años por la invención de una máquina a v a­
por rotativa y, poco después, otra por el invento que cimentó su fama: el freno
de aire para trenes. Sobre las bases de este invento constituyó la W estinghouse A ir Brake C o. para la fabricación de frenos, señales eléctricas y cambios. En
total, patentó 134 inventos y, en 1885, formó la W estinghouse Electric Co. pa­
ra la fabricación de artefactos eléctricos empleando corriente alternada. Esta
opción provocó su enfrentam iento con Edison, promotor del uso de la corrien­
te continua, cuya única ventaja sobre la alternada era su bajo voltaje y menor
peligrosidad. El apoyo de M organ a Edison fue decisivo para formar la em pre­
sa dom inante en el sector eléctrico, la General Electric, y llevar a la quiebra a
la empresa de W estinghouse, que recién fue reflotada después de la muerte de
su fundador.
Los mayores éxitos de Edison fueron como promotor de empresas basadas en
la ciencia. Edison formó el primer laboratorio industrial, desarrolló el primer fo­
nógrafo y mejoró las lámparas incandescentes. Adem ás, diseñó la primera usina
eléctrica para la ciudad de N ueva York y contribuyó al desarrollo de la Rimado­
ra y la industria cinematográfica. La Edison General Electric se transformó fi­
nalm ente en la General Electric Co.
Los grandes emprendedores norteamericanos del período tienen algunos ras­
gos comunes. Buena parte de ellos hicieron su primer capital importante como
com erciantes o especuladores en la Guerra Civil. Todos fueron hombres blan­
cos, el 90% protestantes y el 75% de origen anglosajón. El 85% eran hijos de
hombres de negocios o profesionales. La mayor excepción fue la de Carnegie,
hijo de un modesto tejedor escocés.
Los grandes empresarios y especuladores norteamericanos del período traba­
jaron por cuenta propia. Todos compartieron el proyecto de acumular poder
dentro del espacio norteam ericano y, algunos de ellos, de proyectarlo al m erca­
do mundial. Ninguno actuó como gerente o delegado de intereses foráneos.
Fueron, en todos los casos, capitalistas norteamericanos.
LOS ESTADOS UNIDOS DE AMÉRICA
211
N o todas las grandes empresas del período fueron exitosas. A lgunas activida­
des no fueron propicias para las grandes firmas, por ejemplo, vestuario, calzado,
aserraderos, máquinas heram ienta e imprenta. En estas áreas siguieron predom i­
nando las empresas medianas y pequeñas.
La creciente dimensión y complejidad de las firmas generó el surgimiento de
los gerentes profesionales, lo que J. K. Gailbraith llamaría más tarde la tecnoestructura. Daniel M ac Callum , superintendente del Erie Railroad C o., es el pri­
mer caso notable al respecto. M ac Callum desarrolló la organización departa­
m ental y regional de la red. N o es extraño que los ferrocarriles, la actividad eco­
nóm ica más com pleja de la época, lideraran también la transformación en la
organización corporativa.
El mercado laboral experimentó transformaciones profundas. Los trabajado­
res finalmente se adaptaron a ellas pero, al mismo tiempo, fortalecieron su ca­
pacidad negociadora sobre cuestiones vitales como el salario, la seguridad y la
salud de los operarios.
El mundo corporativo incluyó grandes firmas dom inantes verticalm ente in­
tegradas en sectores específicos, como el petróleo y la siderurgia. Surgieron, al
mismo tiempo, conglomerados diversificados e integrados horizontalmente, co­
mo la Du Pont, que abarcó la producción de pólvora y explosivos para las fuer­
zas armadas y se expandió luego hacia la producción de fibras sintéticas y artí­
culos de consumo.
H asta la adopción de las grandes reformas, iniciadas por Teodoro Roosevelt,
los grandes capitanes de industria influyeron decisivamente en el com porta­
m iento del Gobierno federal y de los estados. Los que formaban parte de la ca­
tegoría de los robber barons, hábiles en el m anejo del poder económ ico y de sus
influencias políticas, contribuyeron a diseñar reglas de juego favorables a los
grandes capitalistas y especuladores. La Ley Antitrust de Sherm an (1890) fue
un paso importante para defender la com petencia y controlar el poder de los
m onopolios y oligopolios. La ley desalentó el establecimiento de acuerdos para
el dom inio del mercado pero, como alternativa, se difundieron las fusiones de
empresas. Entre 1894 y 1901 se registraron 131 fusiones que absorbieron 1.800
empresas de diverso porte.
Las grandes empresas fueron a menudo exitosas en eludir los marcos regulatorios impuestos por el Gobierno federal amparándose en el ámbito estadual,
como sucedió con el establecimiento de la Standard O il C o. en N ueva Jersey.
Las grandes reformas, iniciadas en la presidencia de Teodoro Roosevelt, intro­
dujeron nuevos marcos regulatorios para controlar el poder corporativo, preser­
var la com petencia y proteger a los trabajadores y los consumidores.
212
HISTORIA DE LA GLOBAL1ZACIÓN II
L a industria
M edio siglo transcurrió desde el fin de la Guerra C ivil hasta el estallido de la
Primera G ran Guerra del siglo XX. Varios factores convergieron para que en ese
lapso, históricam ente breve, los Estados U nidos se convirtieran en la primera
potencia industrial del mundo. El marco institucional y político y el liderazgo
empresario de los grandes capitanes de industria y de una amplia y diversifica­
da clase de emprendedores de pequeño y medio porte fueron elementos funda­
cionales del desarrollo industrial del país.
El gigantesco espacio territorial norteam ericano fue rápidamente integrado
por la construcción de canales entre las aguas interiores y el vertiginoso desa­
rrollo del ferrocarril. Se abrieron así oportunidades de explotación de los ex ­
traordinarios recursos naturales del país: las praderas fértiles, los yacimientos
de carbón, petróleo, hierro y otros minerales, los bosques y las pesquerías. En
1913, en vísperas de la Primera G ran Guerra del siglo X X , los Estados U nidos
representaban el 65% de la producción mundial de petróleo, 95% del gas, 56%
del cobre, casi 40% del carbón, bauxita y zinc. Eran, asimismo, el mayor pro­
ductor y exportador mundial de productos agropecuarios. La m archa hacia el
oeste y la infraestructura de transportes provocaron el aumento de la tierra ba­
jo explotación. Entre 1870 y 1990, la superficie cultivada aum entó de 400 a
840 m illones de acres.
La integración física del espacio y el rápido crecimiento de la población im­
pulsaron la expansión del mercado interno, que fue el destino de más del 95%
de la producción industrial norteamericana. El financiam iento de la expansión
industrial se basó en la reinversión de utilidades y, en menor medida, el crédito
y el mercado de valores. La acum ulación de capital en la industria norteameri­
cana fue la más alta entre las economías avanzadas de la época. El cambio téc­
nico se basó en la importación de conocim ientos y, sobre todo, en la capacidad
endógena de innovación y la industria de bienes de capital. A l final del perío­
do, la dotación de capital por hombre ocupado y la productividad en la indus­
tria norteam ericana eran las más altas del mundo.
El desarrollo industrial norteam ericano se caracterizó por la diversificación
de las actividades productivas, los eslabonamientos entre ellas y la rápida difu­
sión a la mayor parte del territorio nacional.
N ueva Inglaterra y los estados de N ueva York, Pennsylvania y N ueva Jersey
emergieron de la Guerra C ivil como el mayor polo industrial del país. La mayor
parte de los trabajadores inmigrantes, portadores de conocim ientos y habilida­
des manuales, se radicaron principalmente en las ciudades de N ueva York y Filadelfia. La industria del vestuario fue en ambas ciudades la actividad dom inan­
LOS ESTADOS UNIDOS DE AMÉRICA
213
te. La expansión de la frontera hacia el oeste y la aparición de nuevas ramas in­
dustriales fueron creando nuevos núcleos de producción industrial.
La fabricación de locomotoras y material ferroviario transformó la industria
norteam ericana. En 1857, en Trenton (N ueva Jersey), el ingeniero Peter Cooper fabricó la locomotora bautizada Tom Thumb, una de las primeras construi­
das en los Estados Unidos. Esto impulsó el desarrollo de la producción de perfi­
les de hierro y acero y estructuras para la industria ferroviaria y la construcción.
El ingeniero John Roebling fabricó cables de acero que empleó para la construc­
ción del puente de Brooklyn, en el cual perdió accidentalm ente la vida. Su h i­
jo terminó la obra que fue inaugurada en 1883. En 1900 la empresa Roebling
empleaba el 20% de la fuerza de trabajo de Trenton.
Otras localizaciones pioneras fueron Bridgeport (Connecticut), especializada
en la producción de rieles, armas y municiones, herramientas y fundiciones de
cobre. En Providence (Rhode Island) se instalaron empresas constructoras de
máquinas de vapor, textiles laneras y joyeros y en Worcester (M assachusetts),
fabricantes de máquinas, herramientas y alambre.
La expansión de la industria hacia el oeste fue incorporando actividades tra­
dicionales, como la textil, la de la indumentaria y la del calzado, con otras im­
pulsadas por el ferrocarril, las nuevas tecnologías y el acceso a nuevos recursos
naturales. En A lbany (N ueva York) se desarrollaron las manufacturas de hierro,
la construcción de planchas para la industria naval y la producción de maqui­
narias para diversas industrias.
N uevas localidades ganaron rápidamente protagonismo en el desarrollo in­
dustrial. George Eastm an (1854-1932) desarrolló una máquina fotográfica por­
tátil (Kodak) y convirtió a Rochester (N ueva York) en el centro de producción
de material fotográfico. Buffalo (N ueva York), originalmente un punto de trán­
sito en el extremo oeste de los grandes lagos, se convirtió en un emplazamien­
to de producción carbonífera, siderúrgica y maderera.
Los yacimientos de antracita del oeste del estado de Pennsylvania atrajeron
la localización de la U S Steel Co. y convirtieron Pittsburgh en un gran centro
de la producción carbonífera y siderúrgica, de la química y la del vidrio. La m ar­
cha industrial hacia el oeste incorporó a Cleveland y C incinati (O hio) como
nuevos centros de la industria pesada, maderera y alimentaria. Cuando John D.
Rockefeller se instaló con su familia en Cleveland, la ciudad se convirtió en un
centro de refinación y distribución de derivados del petróleo.
La incorporación de valor agregado a la producción agropecuaria de las pra­
deras de los estados del Medio Oeste abrió nuevas fronteras al desarrollo indus­
trial de la región. Cyrus Me Corm ick (1809-1884), inventor de la cosechadora,
instaló su fábrica de maquinaria agrícola en C hicago (Illinois). Esta ciudad se
214
HISTORIA DE LA GLOBALIZACIÓN II
convirtió en un gran centro de la industria frigorífica y harinera dentro de un
com plejo manufacturero diversificado que abarcaba la industria pesada y la fa­
bricación de maquinaria. A principios del siglo XX, C hicago era la segunda ciu­
dad del país después de N ueva York.
Detroit (M ichigan), cuyo destino sería el de gran centro de la producción au­
tomotriz, desde las últimas décadas del siglo X IX fue un polo industrial diversi­
ficado cuyas actividades incluían la farmacéutica, la de maquinarias y la del cal­
zado. Milwaukee (W isconsin) se convirtió en el emplazamiento de la produc­
ción de cerveza. A l oeste del río Mississippi, surgieron nuevos focos industriales
en M inneapolis (M innesota), O m aha (Nebraska) y Kansas C ity (Missouri),
fuertemente vinculados a la transformación de la producción primaria de la re­
gión. El desarrollo industrial en California y los otros estados de la costa del
O céano Pacífico recién adquiriría gran impuslo después de la Primera Guerra
Mundial.
La producción industrial se desarrolló en grandes ciudades como N ueva
York, Filadelfia, C hicago, Cleveland, Pittsburgh y C incinati y en sus alrededo­
res. Las grandes urbes eran, al mismo tiempo, poderosos centros comerciales y
financieros. Particularmente en el M edio Oeste, las ciudades medianas tuvieron
un desarrollo industrial considerable: en 1900 generaban el 50% del empleo in­
dustrial de la región.
La industria norteam ericana se integró horizontal y verticalmente, y las nue­
vas actividades (las industrias dinámicas) aumentaron rápidamente su significa­
ción relativa. En 1860, las cuatro ramas principales eran textil algodonera, ase­
rraderos, calzado y molinos harineros. En su mayor parte, productoras de bienes
finales de consumo. A principios del siglo XX, las ramas dominantes eran la fa­
bricación de maquinarias, hierro y acero, imprenta, publicaciones y aserraderos.
Es decir, predom inantem ente actividades productoras de bienes de capital y
bienes intermedios.
El mercado laboral fue profundamente transformado por el desarrollo indus­
trial, el cam bio técnico y la formación de grandes empresas. La mecanización
y las nuevas formas de organización del trabajo en las plantas sustituyeron al
obrero especializado, frecuentem ente europeo o hijo de inmigrantes, por la
m áquina y el trabajo estandarizado en la línea de producción. Esto provocó en ­
frentam ientos, huelgas y motines, como los registrados en las décadas de 1880
y 1890 en la industria siderúrgica y en las fábricas de m aquinaria agrícola.
Frederick Winslow Taylor (1856-1915), un ingeniero especialista en organi­
zación del trabajo, desarrolló un método que él mismo definió como de administración científica. El taylorismo consistía en la división de las tareas en tiempos y
m ovim ientos para aprovechar al máximo el tiempo del trabajador. Esto provo­
LOS ESTADOS UNIDOS DE AMÉRICA
215
có frecuentemente fuertes tensiones en los talleres y líneas de producción. En
definitiva, la transformación del empleo de la mano de obra se realizó más por
la experiencia alcanzada en las diversas ramas de la producción que por el m é­
todo de Taylor.
Los cambios en los métodos de producción industrial en los Estados Unidos
lideraron transformaciones que se difundieron en otros países avanzados. U no
de ellos fue la estandarización de partes y componentes, lo cual facilitó la pro­
ducción en gran escala y la reparación de bienes mecánicos. La industria de ar­
mam entos fue una de las primeras que empleó partes intercambiables. Poco des­
pués, éste sería uno de los fundamentos de la industria automovilística.
La producción industrial total de los Estados Unidos sobrepasó a la de Gran
Bretaña en la década de 1880. A principios del siglo XX , incluso la producción
per cápita norteam ericana era mayor que la británica. Adem ás, la economía
pionera de la Revolución Industrial seguía especializada en actividades tradicio­
nales como la textil mientras la norteamericana abordaba las nuevas fronteras
tecnológicas de la industrias m etalm ecánica y electromecánica, química y far­
macéutica.
El desarrollo industrial norteam ericano transformó las ventajas comparativas
del país inicialmente basadas en su extraordinaria dotación de recursos natura­
les. En bienes tradicionales producidos por los nuevos métodos fabriles (como
calzado) y en otros (como maquinaria y productos químicos), las exportaciones
norteam ericanas fueron ganando espacio en los mercados internacionales. A
principios del siglo X X las potencias industriales de Europa estaban justificada­
mente alarmadas por el imparable avance norteamericano.
Los bancos
A ntes de la Guerra Civil, los estados tenían la responsabilidad del régimen de
creación y regulación de las entidades bancarias. En algunos estados, para esta­
blecer un banco era necesaria la aprobación de la legislatura; en otros, alcanza­
ba con el cumplimiento de la legislación de sociedades.
Durante el conflicto, el G obierno federal, con el objetivo principal de fi­
nanciar la guerra, dispuso una nueva legislación bancaria. Se estableció enton­
ces el sistema de bancos nacionales, respetando el criterio de la libertad para
el establecim iento, con ciertas restricciones de entrada: un capital mínimo
acorde con la dim ensión de la población de la zona de influencia y la im posi­
bilidad de m antener hipotecas como garantías de los préstamos por un perío­
do superior a cinco años.
HISTORIA DE LA GLOBALIZACIÓN II
LOS ESTADOS UNIDOS DE AMÉRICA
El G obierno federal intentó forzar la transformación de los bancos estaduales en nacionales imponiendo, sobre los billetes emitidos por aquéllos, un im­
puesto del 10%. S in embargo, dado el predominio en aquel entonces de la po­
blación rural y de la tierra como principal activo, los bancos estaduales conser­
varon un peso decisivo en el sistema bancario del país. A principios del siglo
X X , sus activos eran mayores que los de los bancos nacionales. Por las mismas
razones, se desarrollaron las sociedades de crédito hipotecario.
La National Bank Act de 1864 estableció tres clases de bancos nacionales
conforme a diversos regímenes de constitución de reservas. La ciudad de N ue­
va York fue designada como la principal ciudad de reserva del país; los bancos
nacionales de su área debían m antener encajes del 25% de sus billetes en circu­
lación más depósitos. Otras 18 ciudades fueron designadas como centros de re­
serva, es decir, podían ser depositarlas de las reservas de los bancos nacionales
de sus zonas de influencia y conservar hasta un 50% de las propias en la ciudad
de N ueva York. El resto de los bancos nacionales debían tener encajes mínimos
del 15% de los cuales el 9% podía ser mantenido en bancos de las ciudades de
reserva y en N ueva York.
La ley de 1864 fue un antecedente importante de la Reserve Federal Act de
1913, que creó 12 regiones de reserva con cabecera en Chicago y N ueva York,
gobernadas por una Junta con sede en la capital federal. Esta Junta estaba inte­
grada por el secretario del Tesoro, el Comptroller de la moneda y cinco miem­
bros, designados por el presidente con acuerdo del Senado, uno de los cuales
preside la Junta.
La política m onetaria fue un escenario del conflicto entre los diversos inte­
reses y sectores económ icos de la sociedad norteam ericana. Frente al rigor del
patrón oro prom ovido por los acreedores y los banqueros, los agricultores y pro­
ductores m edianos y pequeños endeudados propiciaron el bimetalismo. En
1879, el presidente Flayes restableció la convertibilidad del papel m oneda en
oro a su valor nom inal. En 1890, la Silver Purchase Act, promovida por el sena­
dor Sherm an, autorizó al Congreso a comprar m ensualmente 4,5 millones de
onzas de plata y emitir billetes redimibles en oro o plata. Com o la mala moneda
sustituye a la buena, el Tesoro comenzó a perder sus reservas de oro. En 1893, el
presidente Cleveland promovió la derogación de la Ley Sherman. Para ese enton­
ces, los Estados Unidos, pese a la resistencia de los populistas, estaban operando
con el patrón oro. La restricción de la oferta monetaria y la deflación fueron pro­
gresivamente superadas por la mejora de los precios agropecuarios y el aumento
de la oferta de oro generada por el superávit comercial del país y el aumento de la
producción del metal.
El Sur
216
217
A l estallar el conflicto, los estados esclavistas de la Confederación tenían un in­
greso per cápita entre los más altos del mundo. Sin embargo, su estructura pro­
ductiva descansaba en la producción y exportación de algodón y otros produc­
tos primarios y su fuerza de trabajo, principalmente, en la mano de obra escla­
va. La abolición de la esclavitud desorganizó el sistema económico y transformó
las relaciones sociales. El Congreso Federal creó el Freedmen’s Bureau para ayu­
dar a los libertos a reintegrarse al proceso productivo.
Los libertos reclamaron tierras para trabajar y no volvieron a sus antiguas ocu­
paciones. A su vez, los terratenientes debieron buscar nuevas formas de aprove­
cham iento de sus predios. De allí surgieron regímenes de explotación bajo la for­
ma de arrendamientos y reparto de la producción. Apareció así otra especie de
pobreza en los arrendatarios, negros y blancos, endeudados con los prestamistas
y propietarios. El racismo se reisntaló apuntalado ahora en diversas formas de ex­
clusión y sometimiento.
Las salidas posibles a semejante situación eran la migración hacia el N orte y
el Este y la transformación productiva del Sur. Las migraciones se intensifica­
ron después de la primera década del siglo XX. La industrialización comenzó
con la industria textil algodonera en el sur de Virginia, las Carolinas, Georgia
y A labam a. Los yacimientos de carbón y hierro al sur de la cadena de los A p a ­
laches promovieron el desarrollo de la siderurgia, concentrada en Birmingham
(A labam a). Las industrias molinera y aceitera, la de materiales de construcción,
la de cigarrillos, la de azúcar de remolacha, los aserraderos y las fábricas de mue­
bles se difundieron en los estados del Sur.
La industrialización no provocó los cambios en el comportam iento social es­
perados por sus promotores, como los publicistas Henry W. Grady, editor del
Atlantic Constitution, y J. D. Bow, de la revista que llevaba su nombre. Prevale­
cieron en los emprendedores industriales los viejos criterios aristocráticos y los
prejuicios raciales de la sociedad esclavista. El empleo industrial quedó predo­
m inantemente reservado a los trabajadores de raza blanca. La emigración resul­
tó ser a menudo la única manera de escapar al estigma de la negritud, particu­
larmente crítica en los antiguos estados esclavistas.
De todos modos, la transformación económica del Sur fue disolviendo su po­
sición como región periférica de las más avanzadas del Este y Medio Oeste, prevalenciente hasta la Guerra Civil. La estructura económica del Sur fue así con­
vergiendo con la de las otras regiones de la U nión y estableciendo con ellas es­
labonamientos diversificados y complejos, propios de los vínculos entre espacios
económicos maduros.
LOS ESTADOS UNIDOS DE AMÉRICA
HISTORIA DE LA GLOBALIZACIÓN II
218
Los E s t a d o s
U n id o s y l a g lo b a liz a c ió n
L a dimensión de la economía norteamericana
A l finalizar el Segundo Orden Mundial, el gigantesco territorio continental de los
Estados Unidos estaba habitado por casi 100 millones de personas. Cuando con ­
cluyó la Guerra Civil su población era comparable a la de las potencias de Euro­
pa Occidental. Medio siglo después, duplicaba a la del Reino Unido y Francia y
superaba en un tercio a la de Alemania.
El aum ento poblacional norteamericano entre 1870 y 1913 fue del 2,1%
anual y fue posible por la incorporación masiva de inmigrantes. Estados Unidos
fue el destino del 60% de los casi 40 millones de personas que emigraron de Eu­
ropa entre 1880 y 1915.
La extraordinaria dotación de recursos naturales, una fuerza de trabajo cre­
cientem ente capacitada, el progreso técnico y un inventario de capital (no re­
sidencial) que creció al 5,5% anual, sumado al aumento poblacional, provoca­
ron un aum ento del producto total de casi el 4% anual entre 1870 y 1913. S ó ­
lo durante el período dorado (1945-1970) de la segunda posguerra del siglo XX,
los Estados U nidos volvieron a alcanzar un crecimiento comparable.6
En el mismo período, el volumen de las exportaciones creció algo más que el pro­
ducto. En 1913, las exportaciones representaban alrededor del 4% del producto.
La com posición del comercio exterior cambió sustancialmente. A ntes de la
Guerra C ivil el algodón era el principal producto de importación, las m anufac­
turas predom inaban en las importaciones y el déficit del comercio exterior se
pagaba en oro. En 1913, los Estados Unidos exportaban bienes de capital, equi­
pos eléctricos y diversos productos metálicos y conservaban una posición dom i­
nante en el mercado mundial de cereales. Para ese entonces, el comercio exte­
rior arrojaba superávit. En 1913, Estados U nidos contaba con un tercio de las
reservas mundiales de oro y se había convertido en un importante exportador
de capitales.
Las inversiones privadas directas norteamericanas alcanzaban en 1913 al 7%
de las mundiales. A su vez, las extranjeras radicadas en los Estados U nidos re­
presentaban alrededor del 20% de las mundiales. De todos modos, el aporte ex­
terno neto financiaba menos del 5% de la acum ulación de capital en la econo­
mía norteamericana.
En vísperas de la Primera G ran Guerra del siglo XX , los Estados U nidos eran
la primera potencia económ ica mundial. La dimensión de su economía, m edi­
6 A. Maddison, ob. cit.
219
da por el producto bruto interno, era sem ejante a la suma de las de G ran Bre­
taña, A lem ania, Francia y Japón. En 1913, la producción industrial norteam e­
ricana representaba casi un tercio de la mundial frente al 14% de la del Reino
U nido y otro tanto para la de A lem ania. La producción de acero norteam erica­
na superaba a la agregada de esas otras dos potencias industriales. Lo mismo su­
cedía con la producción y consumo de energía. En algunos productos tecnoló­
gicos de frontera la brecha era aún mayor. En 1913, los Estados Unidos dispo­
nían del 67% de los teléfonos existentes en el mundo.
El extraordinario crecim iento de los Estados Unidos se sustentó sobre la ex­
pansión de la demanda interna. En ésta prevalecía, con alrededor del 90% del
total, el gasto privado de consumo e inversión. El gasto público repesentaba en­
tonces sólo el 8% del producto bruto interno norteamericano, el más bajo en­
tre las otras potencias económicas de la época.
El poder naval y militar de los Estados Unidos no se correspondía con su pe­
so relativo en el plano económico. En 1913, la flota mercante norteamericana,
de 5,4 millones de toneladas, era sólo el 30% de la del Reino Unido. A su vez,
el tonelaje de su flota de guerra (985 mil toneladas) representaba un tercio de
la del R eino U nido y tres cuartos de la de Alem ania. La brecha era más n ota­
ble en el personal militar y naval. Los 164 mil hombres bajo bandera norteam e­
ricanos eran sólo una fracción de los 900 mil de Francia, otro tanto de A lem a­
nia, más de 500 mil del Reino U nido y de 300 mil del Japón.7
A l finalizar el Primer Orden Mundial los Estados Unidos no habían asumido
todavía su papel de primer protagonista del escenario mundial, pero su política
exterior se encam inaba en ese sentido, como veremos enseguida.
Política exterior
La política exterior norteam ericana estuvo inicialmente concentrada en la ex­
pansión territorial en A m érica del Norte y en preservar al N uevo M undo como
un espacio de su com petencia exclusiva. Éste fue el núcleo de sus conflictos con
la antigua metrópoli después de la independencia, el principio inspirador de la
Doctrina Monroe y el motivo de la guerra con México. H asta el alzamiento de
la Confederación contra la Unión, la presencia norteamericana en otros esce­
narios fue insignificante.
La Guerra Civil interrumpió transitoriamente el expansionismo norteamerica­
no. A l finalizar el conflicto, la política exterior retomó su objetivo fundamental.
7 P. Kennedy, ob. cit.
221
HISTORIA DE LA GLOBAL1ZACIÓN II
LOS ESTADOS UNIDOS DE AMÉRICA
Desde entonces, la presencia norteamericana en los asuntos del hemisferio fue ca­
da vez más importante. Los Estados Unidos concedieron su apoyo a Gran Bretaña
en el conflicto que ésta mantenía con Venezuela sobre la frontera de Guyana a
cambio del reconocimiento británico de la Doctrina Monroe. Además, mediaron
en disputas entre países latinoamericanos; legitimó con su apoyo a diversos go­
biernos, como el de Porfirio Díaz en México, y se opuso a la construcción por los
franceses de un canal interoceánico a través del territorio de Nicaragua. En 1889
se creó en W ashington D .C . una Oficina de las Repúblicas Americanas, antece­
sora de la U nión Panamericana creada en 1910 y de la Organización de Estados
Am ericanos establecida en 1948.
La guerra con España en 1898, iniciada con la excusa del hundim iento del
acorazado Maíne en la bahía de La Habana, fue un episodio central de la polí­
tica hemisférica de los Estados Unidos. De este conflicto resultó la anexión de
Puerto Rico y la ocupación transitoria de Cuba y Filipinas, que hasta la guerra
habían sido dependencias españolas. El Tratado de París entre los dos beligeran­
tes dispuso la independencia de Cuba, la cesión de Puerto Rico, las Filipinas y
G uam a los Estados U nidos y un pago de 20 millones de dólares a España por la
cesión de Filipinas.
Después de la ocupación de Cuba, el apoyo previo a la independencia de la
isla se transformó en un estatuto especial, la llamada Platt Amendmant de 1901.
Los compromisos asumidos por el Gobierno cubano incluían la cesión a los Es­
tados U nidos del derecho de intervenir para mantener el orden en la isla y la
ocupación por 99 años de la base de Guantám ano.
Poco después, Teodoro R oosevelt inauguraba la política del Big Stick en su
trato con las naciones de su zona de influencia en el N uevo M undo. En 1901
un tratado anglo-norteam ericano derogó otro de 1850 que disponía la cons­
trucción conjunta de un canal interoceánico a través del istmo centroam erica­
no; el nuevo tratado reservaba a los Estados U nidos el derecho de la construc­
ción. S ólo faltaba controlar el territorio para la ejecución de la obra. A l efec­
to, R oosevelt prom ovió una revuelta en Colom bia para provocar la separación
del istmo y crear un nuevo estado bajo el protectorado norteamericano. El Tra­
tado Hay-Bunau-Varilla de 1903 le concedió a los Estados U nidos el control
de la zona del futuro canal por un monto de 10 millones de dólares y una re­
galía anual de 250 mil. La construcción del canal comenzó en 1904 y conclu­
yó en 1914.
Bajo la presidencia de Roosevelt, la Doctrina Monroe alcanzó sus reales d i­
mensiones. Estados U nidos intervino en Venezuela, la República Dom inicana
y H aití. El Caribe y A m érica Central pasaban a formar parte del patio trasero
de los Estados U nidos. H acia la misma época, un jurista argentino, Luis M aría
Drago, establecía el principio del no cobro por la fuerza de las deudas externas,
reconocido internacionalm ente como la doctrina que lleva el nombre de su
autor.
En la Conferencia Interamericana de Río de Janeiro de 1906, los Estados
U nidos insinuaron la decisión de sustituir la política del big stick por la diplomacia del dólar, es decir, asentar el predominio norteam ericano sobre los países del
hemisferio sobre la base del comercio, las inversiones y las finanzas. Esta posi­
ción fue fortalecida durante la administración del presidente Taft (1909-1913).
El cam bio no provocó los beneficios esperados sobre la estabilidad de sus veci­
nos. Los Estados U nidos mantuvieron su presencia militar en la República D o­
m inicana y H aití y en 1911 invadieron Nicaragua. El mismo año, el senador
norteam ericano Henry C abot Lodge, promovió una resolución para impedir
que un consorcio japonés adquiriera una gran fracción de tierra en el estado m e­
xicano de Baja California.
La Revolución M exicana fue un nuevo motivo para la intervención militar.
Bajo la presidencia de Wilson, tropas norteamericanas desembarcaron en Veracruz (1914) e invadieron el norte de M éxico (1916). La Guerra Mundial y la
m ediación de A rgentina y Chile contribuyeron a la decisión del presidente
W ilson de retirar sus fuerzas del territorio mexicano. Hacia la misma época los
Estados U nidos promovieron, bajo el liderazgo del secretario de Estado Bryan,
la firma de tratados de arbitraje para resolver disputas en el hemisferio occiden­
tal y en otras áreas.
A l concluir el Primer Orden Mundial, el hemisferio occidental era un espa­
cio reservado a los intereses de los Estados Unidos. Pero éstos eran ya una po­
tencia mundial cuya presencia abarcaba todo el planeta. A un antes de la gue­
rra civil, en 1852 y 1854, un marino norteamericano, el comodoro M atthew
Perry, impuso a los japoneses la apertura de sus puertos. El O céano Pacífico era
naturalmente un escenario para la influencia de los Estados Unidos, y las rela­
ciones con Japón, las únicas con un país que, en la región, tenía una exitosa tra­
dición de defensa de su integridad e interés nacional. El triunfo japonés en la
guerra con C hina (1894-1895) reveló la emergencia de una potencia asiática
con pretensiones imperiales. Las mismas que fueron ratificadas por otro triunfo
japonés sobre el imperio ruso en 1904-1905.
C o n la m ediación de los Estados Unidos, el Tratado de Postsmouth (New
Ham pshire) dio fin a la guerra ruso-japonesa. Los nipones consideraron que el
Tratado no recompensó suficientemente su victoria. Éste fue un elem ento que
alim entó el conflicto entre las dos grandes potencias del Pacífico, el cual culm i­
naría con la guerra en 1945. Mientras tanto, en plena época de reparto impe­
rialista de A sia y África, los Estados Unidos y Japón acordaron, en 1905, impo-
220
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HISTORIA DE LA GLOBALIZACIÓN II
ner una política de puertas abiertas en C hina, el reconocimiento de la ocupación
norteam ericana de Filipinas y del protectorado japonés sobre Corea.
H acia la misma época los Estados Unidos ampliaron su presencia en los ar­
chipiélagos del O céano Pacífico. En 1878 acordaron con Sam oa el estableci­
miento de una base naval en Pago Pago; en 1886, instalaron la base de Pearl
Harbour en Hawai; establecieron, en 1889, un protectorado tripartito con A le ­
m ania y el Reino U nido sobre Sam oa; anexaron Hawai en 1898; reclamaron la
posesión de Wake Island en 1900, y en el mismo año participaron en la fuerza
expedicionaria que derrotó la rebelión de los Boxers en China.
C o n C h in a y Japón, los Estados Unidos mantuvieron diferendos sobre el tra­
tam iento de los emigrantes de aquellos países, particularmente hacia la costa
oeste norteamericana. Por decisión unilateral o por acuerdos con los países in­
teresados, los Estados U nidos introdujeron límites para la inmigración de aquel
origen.
La diplom acia norteam ericana estuvo presente en el Congreso de Berlín de
1886 sobre el reparto de África, en la Conferencia de Algeciras de 1906 acerca
del destino de Marruecos y en la frustrada Conferencia de La Haya de 1907 so­
bre desarme y creación de una Corte Internacional de Justicia.
Finalmente, los Estados Unidos confirmaron el carácter global de sus intere­
ses y de primera potencia mundial con su entrada, en 1917, en la Primera G ran
Guerra del siglo XX.
C om o había sucedido con otras potencias imperiales, la expansión mundial
de los Estados U nidos se fundó en la proyección de sus intereses económ icos,
la contundencia de su fuerza m ilitar y, también, en la propagación de la fe y de
la educación. M isioneros norteam ericanos de diversas denom inaciones cristia­
nas estuvieron activos en Iberoamérica, C hina, África, A sia y el M edio O rien­
te, en el establecim iento de sus capillas y de centros de enseñanza de diversos
niveles.
El expansionismo norteamericano tuvo naturalmente sus ideólogos. En algunos
casos, como en el libro de Josiah Strong Our Country, la justificación era la obli­
gación de divulgar en el mundo el mensaje divino. En otros, como en la Influencia
del poder naval en la historia, de Alfred Thayer Mahan, o la Frontier Thesis, de Frederick Jackson Turner, la justificación era lisa y llanamente el ejercicio del poder.
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