Gouache Gris Edicion 2

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gouache
gris
libro digital interactivo
edición II
septiembre 2016
www.gouachegris.com
Fueron, y son, inagotables las veces que me he sentado a pensar cuántos soles y cuántas lunas
debería tener este cielo para poder conformarme. Y sus espirales, el pequeño monte. La capilla
que sobresale de los bajos tejados de este pueblo, ya desolado, y las calles zigzagueantes que
caminamos hasta el hartazgo lejos de París. Desde esta habitación veo el viento fundirse con
las estrellas y no es un milagro. Todos estos cables, la funda blanca y el olor inconfundible de
este lugar.
El �inal encarnado en pinceles �inos y algo de humedad. El fuego que yace negro sobre el
frente y yo fascinado con esta y cualquier noche. Arranqué un sorbo de mí para entregarlo en
otras manos y desangrado me han recibido estas paredes. Me pregunto por qué es tanta la
distancia que me separa de aquellos árboles que se enredan con las jorobas del sitio que los
cobija.
Recuerdo mi amarillenta casa y todo se vuelve confuso. Las discusiones que fueron parte del
pacto; mis rabietas. De cuerpo convulsionado y él a mi lado, gritando, dando el portazo para
nunca más volver. De ahí en más sólo cartas he recibido que con pizcas de simpleza contestaba
tardíamente. Aunque su voz haya cambiado siempre leeré las mismas líneas haciendo presente
esas interminables tardes en el café lindante al viejo boulevard.
Serán doce, o será sólo una. La cima que me invita a subir y yo entre fantasmas que no me
dejan pegar un ojo siquiera. Desgarrador es el último suspiro de mi estadía. Y los cipreses que
tanta falta me hacen, allí, esperando que me �ije en ellos una vez más. Una galaxia desconocida
y vista por todos. Lo dulce del saludo errático y los manteles a cuadros. Una sonrisa que
desborda de añoranzas y el andar tan desbocado. Será que no puedo parar de preguntarme
cuántos soles y cuántas lunas debería tener este cielo.
Aunque prediquemos el engaño bajo este humilde techo de mimbre, el álamo que lo sostiene
no nos dejará mentir. Si bien camino de aquí para allá buscando la fuga, sé que nada podrá
pasarme mientras te escapes conmigo y los campos aledaños, vecinos, nos inviten a un pronto
partir. Tu piel, ya esfumada, da exactos contornos que ninguna ratería podrá imitar jamás.
Mueve esos brazos de una buena vez, mujer. No quedes pasmada tempranamente cuando aún
no hemos hecho ni el más insigni�icante de los pasos. Todavía no comprendo cómo puedes
sonreír con esta desgracia a cuestas. Mira hacia atrás. No aceptaré por nada en este mundo que
me digas que lo que se encuentra a tus espaldas no se parece a la libertad, cualquier cosa que
esta sea. Por favor, mira hacia atrás. Lo que contemplo se asemeja más a la vida misma que a un
nuevo y cálido hogar. Ya no importa el ataúd a un costado del río, por la orilla que debemos sí o
sí cruzar. No interesa que nos persigan los astros porque nunca nos podrán alcanzar.
Debo tranquilizarme, lo sé. Es que tu paciencia me exaspera. No me explico cómo puedes
estar tan calmada en una situación como esta. Ni siquiera el velo sobre tu cabello se mueve. No
has despegado ni un mísero centímetro tu ropa del sillón. Abriré de par en par la puerta de tu
dormitorio y me marcharé, y lo único que deseo es volver la mirada y verte, al menos, de pie. Y
si no es así sabré que he sido descaradamente usado. Que cada mañana trae un nuevo día pero
aun así no es garantía. Que una sonrisa puede esconder los peores augurios que nos podamos
imaginar. Que una falsa modestia es modestia al �in. Que ante todas las posibilidades solo suelo
elegir una y eso aprisiona a mi ser al calabozo de la convicción asesina.
Giraré el picaporte esperando una respuesta pero ya no miraré hacia atrás. Daré el primer
paso y el adiós, o lo que quede de él, me guiará sobre rieles hasta la siguiente estación.
Ya han pasado tres días de todo este alboroto. Ni siquiera comprendo como soy capaz de
mantenerme en pie; estoy tan exhausto. Nadie se acerca a decirme, al menos, que falta poco,
que ya casi terminamos. Quizá me relaje sobre esta enorme fresa; mis ojos lo dicen todo. No sé
qué se ha posado sobre mi cabeza ni me sobran energías para hacerlo. Siempre y cuando me
deje descansar no será una molestia.
La historia se repite y es por eso que la sé de memoria. Recuerdo cada detalle y no es algo que
me agrade. Ya vendrán los calambres y la limpieza. Agarrar la escoba, lustrar el piso. Juntar las
copas, volver a empezar. Lo inentendible, si hay algo de todo esto que se pueda entender, es el
desastre que dejan antes de irse cada uno para su lado. Si al menos tuviera una buena paga no
estaría tan embroncado.
Los recuerdo a los dos viéndose las caras por primera vez a un costado del alambrado. Se
quedaron sin hablar, contemplando sus cuerpos desnudos por ser la primera vez de todo. Ella
tomaba la mano de otro hombre pero nada de eso importó. Hoy él la mira y en ella ve el exilio.
Sabe que su reinado durará poco y nada por la culpa de su increíble belleza y extrema
desobediencia. El drago, la palmera y la tentación. La paz que se ve truncada en este enorme
circo. Las criaturas batallan con uñas y dientes. Asoma sus ojos la lechuza. Nada es como lo
cuentan los escritos.
Luego la lujuria. Ya son miles, no solo dos. La locura se ha apoderado del mundo. Es aquí
donde me recuesto. Los petirrojos dominan la escena y al que no le agrade tendrá que dormir
en el pasado. Al �in existe la sombra en la cual refugiarse, donde los estanques no están
limpios. Cortejo de jinetes, hombres que montan grifones y unicornios. Galanteo de ninfas,
mujeres que visten de cuervos y gustan de roces. Acrobacias sobre edi�icios traídos desde otro
lugar lejano, grises y rosados. Al �in se ha desatado la pasión por estos campos aunque durara
lo que una mariposa mientras nada es lo que parece.
Finalmente todo arderá en llamas. La noche vestida de rayos, las casas que segundo a
segundo abren su piel. Todo se vuelve a repetir. Por eso las heridas, los bailes. Los juegos de
azar, el llanto. El maestro sentado en el gran trono que a mucha honra le pertenece mientras
sus prisioneros comen la culpa de la que han sabido gozar. Me pregunto si aprenderán a
comportarse de una vez por todas.
Razones le sobran al mar que nos contiene para poder abandonarnos. Junto a las rocas,
celosas de ti, dejaste volar tus más inocentes secretos. Hoy el tiempo se nos va de las manos y
se desgasta porque ya no es sólido como el hierro, que a fuerza de calor también se ablanda.
El reloj que me has regalado ya no es más que retazos que al porvenir no serán ni el viento ni
polvo ni nada. Las hormigas caminarán sobre él dándole caricias a cuentagotas y vendrá el
despertar que tantas ansias nos provoca. De haber sabido que contaba los segundos hasta el
estallido ni a tocarlo me hubiese atrevido; tiempo que el desgaste hizo castigo y un cruel sin
sabor. Terrible desgracia sus agujas y tu canto que ya olvido, poco a poco, para el respiro del
alba todo mío.
He postrado mi cara sobre la arena, de largas pestañas, de nariz puntiaguda. Un cartón tejido
a mano y no por las tuyas, que ya hasta el tacto han extraviado. Fuertes raíces aunque débil lo
que ha brotado, incompleto, y cuelga de uno de sus brazos la más pálida de las costumbres.
Brindo por lo eterno y lo que no perdura. Soledad y un paranoico. Alzo la copa que nunca
cobijará mieles ni viñedos, sino que llevará dentro el aliento de un legendario. Comandante de
las horas, hoy bebo un sorbo de nada celebrando mi tan ansiado retiro del campo de batalla. El
retorno del hoy sucede y lo espero derritiéndome entre las sombras.
No sé, desgraciadamente, qué fue lo que pasó esa noche. No encontraba mis lentes por ningún
rincón y sin embargo ahí estaban, burlándose de mí. Ceniceros, que sólo eran chucherías que
empavesaban el living, llenos de colillas de cigarrillos hasta el tope; yo no fumo. El piso acolchonado, las camas como piedras. Discos de pasta que cuidaba con mi vida abandonados por toda la
habitación y escuchados no más de media vez. Estoy casi seguro; me han robado libros o los
desordenaron. Lo bueno es que dejaron intacto el que estaba leyendo, hasta con su señalador de
hojas ubicado en las últimas líneas que leí. Cadáveres, vasos medios llenos, medios vacíos, estelas
de placer y pociones para la visión. Sin dudas la hemos pasado de mil maravillas.
No estaba nervioso pero si cansado. María Esther ya había llegado y se la oía dele cargar agua
desde el patio. Hablé poco con ella porque me dio vergüenza hacerla pasar por lo mismo, cada
vez con más frecuencia. En cuanto a mi madre no sabría decir a qué hora llegó, pero jamás me
preocupo porque la coqueta señora conoce muy bien este laberinto, con sus Teseos y minotauros.
Por suerte el cuadro estaba en su lugar, aunque no esté hecho para decorar habitaciones. El
caballo seguía agonizando, la mujer alumbrando. Un fuerte toro, una casa en llamas. Chasquidos
que no se dejaban ver, la tragedia a �lor de piel.
A veces tengo miedo de que María Esther se vaya de casa porque no le alcanza el sueldo o le
ofrecieron otro trabajo mejor. Pero luego, casi al instante, sonrío, porque nunca dejaría que eso
pase. Ella es la que aleja a los cóndores, a los legionarios. Les pasa el plumero a los enormes
mostachones y a las rosadas franjas. Pero claro, dicen que todo no se puede; cada vez que entra a
ordenar mi habitación me desempolva todo el caos y eso me molesta hasta la rabia. El toro encerrado, las copas en alto, la señora leyendo, la familia. Todo muy pulcro; me aburre demasiado.
Los domingos por la tarde se han aceitado en la isla. Al menos tengo el lujo de poder llenar mi
pipa y pasar desapercibido. Nadie por estos lugares se atreve a molestar a un hombre que fuma
tranquilo su tabaco y no viste a la moda; boina y musculosa.
A mi lado lady Mérimée, ardiente pelirroja venida a menos y compañera incondicional desde
el capullo. Mientras sostenga la camisa de su difunto marido no hace falta que me pregunte en
qué estará pensando. Desde el día en que se enteró que al pobre lo fusiló un escuadrón de los
Einsatzgruppen ha perdido la razón y poco a poco se encamina hacia la desfachatez mental. Me
llama Gonzague y para nada me molesta, siempre y cuando no me obligue a acostarme con ella
minutos después del té.
Ella me separa de Jean-Sébastien, primo por parte de mi madre, que hoy estrena su chaqueta
de galantería y un bigote bien peinado. Mira resignado hacia el horizonte porque no encuentra
a la mujer de sus sueños, pero guarda mil esperanzas porque está dispuesto a esperar a su
dama de piel risueña y negruzcos rizos como a él le gustan. Sin dudar soy el más afortunado de
los tres. Solo debo procurar que lo que fumo no se termine tan rápido como la última vez, a
pocos metros de aquí.
El humo desvanece a El Sena, que dormiría tranquilo si no fuera por este día de descanso. Las
damas dejarían sus paraguas en sus mansiones si por algún milagro comprendieran que hoy el
sol ha salido para todos los presentes. Los indefensos monos serían libres si no fuera por sus
dueñas que sedientas por enredarse entre las sábanas de algún extraño atan la soga al cuello.
Los soldados se besarían con pasión de no ser tan engreídamente anticuados en su hombría.
Y al volver, dejando todo eso de lado, me he dado cuenta que estoy fumando el puro aire y
debo llenar mi pipa nuevamente con tabaco, mucho más tabaco.
Ana fue siempre una mujer sureña de extrema religiosidad. Con su rosario casi por las
rodillas y sus largas polleras negras trataba en vano de componer nuestras actitudes
mostrándonos el prometedor camino de la austeridad. La verdad es que nada había que
acomodar; no valía el esfuerzo.
Cuando decidimos ir a vivir juntos a Madrid se enfureció tanto que no le habló a su hijo por
semanas. A mí solo me regañaba por tamaña ocurrencia. Una tarde, mientras estábamos
sentados en el frente de su casa, se acercó a nosotros y sin mirarnos le dijo a Jaime que si
tanto deseaba irse lo dejaría, pero que no estaba para nada de acuerdo. Esa misma noche lo
citó a una última oración, un capítulo y dos salmos. Jaime no tenía ganas de pasar por eso,
pero lo hizo para no disgustar más a Ana que ya bastante tenía con nuestra partida. Nos
preguntó cuándo volveríamos, a lo que respondimos que pronto, pero lo cierto es que no
teníamos expectativas de volver a pisar la ciudad.
Ya en Madrid Jaime le escribía seguido a su madre aunque sin sentirlo, de pura obligación. En
las cartas le contaba que estábamos trabajando en vialidad por la mañana y de mozos por la
noche. Que los sueldos nos alcanzaban y hasta nos sobraban. También le contaba que el
sacerdote de la ciudad nos visitaba seguido para compartir con nosotros la palabra del Señor.
Pero claro, nada de eso era verdad. Nunca entendí por qué le mentía de esa manera, con qué
necesidad. Para mentir así mejor no escribir ni una palabra. Además Ana de estúpida no tiene
nada. La verdad es que nos la pasamos de bar en bar. El poco dinero que ganamos haciendo
malabares lo gastamos en licores y prostitutas. Nuestra casa, que de hecho jamás fue nuestra,
estaba todo el día llena de gente que no conocíamos. Vivíamos con un marroquí adicto a la
anfetamina y un sadomasoquista con pedido de captura internacional. Así estuvimos más de
tres años de los cuales recordamos poco y nada.
Una noche Jaime entró a mi habitación y me dio la noticia de que su madre nos visitaría por
un tiempo. Tuvimos una semana para ordenar todo y cerrarle la puerta a cualquier extraño.
Echamos al marroquí y lanzamos a la calle todo tipo de fustas y esposas; hoy no sabemos nada
de esos dos. Pintamos las paredes y limpiamos a fondo cada rincón. Abrimos las ventanas que
nunca se habían abierto y dejamos entrar al aire que casi no nos conocía la cara.
Al llegar apenas nos saludó y pidió por su cama porque estaba muy cansada por el viaje. Dejó
caer su bolso y gruñendo seguía los pasos de Jaime que la guiaba. Yo me ausento con
frecuencia porque no me gusta su compañía. Su cara de amargada, su actitud poco amigable y
su ropa nada extravagante. Ahora, chaqueta en mano, voy a lo de Clarisa. Jaime se está
duchando para también desaparecer. Ella, mientras, ni me mira. Está sentada en la silla y
apoya los pies en un banquito.
De niño se escondía por donde lo llamara la ausencia. No hablaba ni consigo mismo y mudo
no era; le costaba horrores largar una palabra. Decía lo justo y necesario, ni mucho más, ni
mucho menos. Nunca tuvo algo para contar y si así hubiese sido se lo guardaba. No decía nada,
pero lo que no decía lo escribía. Largos montones de hojas escondía y ahí dejaba todo. Jamás
las releía; nunca quiso volver hacia atrás.
Se aproximaban tiempos duros. La guerra destrozaba poco a poco las esperanzas de todos los
habitantes. Él, mientras pudo, siguió escribiendo. Lo hacía, como todos los días, sobre el
puente que dividía a la ciudad en dos. Allí gastaba gra�ito y hojas sin lamento mientras veía el
cielo nublarse por los aviones caza que iban y venían.
Llegaron los días de racionar. Llegó para él una de las peores noticias. No habría papel por un
largo tiempo. Trozo que encontraba, trozo que inundaba de frases sueltas. Así hasta no
encontrar ni un minúsculo pedazo, por ningún rincón de la ciudad. No tuvo más alternativa
que empezar a escribir paredes y veredas. Una tarde los aviones ya no fueron, sino que
llegaban, y para su asombro jamás los había visto.
Una explosión, que devino en decenas de ellas, se dejó ver en los lejanos olivares y fue ahí
cuando se detuvo su ya diminuto lápiz. Mientras la gente corría buscando refugiarse, él se
quedó quieto; apenas respiraba. De repente y como nunca largo el grito. Gritó como jamás lo
hubiese imaginado. Gritó y se tomó la cara por los costados del espanto. Cerca de él paseaban
dos señores de galera y sobre el río dos velas a la deriva.
Si te derrumbas, compañero que me ha regalado la vida, mis desgajadas manos de mujer
ayudarán a que te levantes una y mil veces porque para eso me las ha dado esta existencia.
Más aún si todo lo que haces es recoger �lores para mí y cargar un pesado mimbre con miles
de ellas dentro. Inundas de tulipanes nuestra cama y allí dormimos, abrazados, junto a las
mismas ventanas que hace ya varios años. Aun no entiendo todo lo que me dices pero no ha
de importarme jamás; el silencio, a veces, dice mucho más que las palabras.
Todas las mañanas tendré tu sombrero de paja despolvado y tu largo pañuelo apenas almidonado. Vendrás a mí vestido de ángel y te pondrás las mismas sandalias que dejas bajo la
silla todas las noches. Tu cuello marcado por el dolor y la carga, tus rodillas gastadas, tu cara
de cansancio y todo por el hermoso capricho que anidas en traerme cientos de suaves pétalos.
Mientras te internes en el rosedal caminaré detrás de ti, y cuando te vea caer correré con
todas mis fuerzas para llegar donde la tierra ose tocar tu cuerpo maltrecho. Te regalaré mi
mota sonrisa, la misma que vieron tus ojos el día que llegaste a la estancia por trabajo. La
misma que veías mientras, arado en mano y dos caballos, trazabas surcos en la tierra. Esa que
esperaba que aparecieras a la hora de la cena mientras todos comentaban los quehaceres del
día. Esa sonrisa a la que le prometiste estar a su lado toda tu vida y que sin embargo nunca
hicieron falta promesas.
Y esta noche, como las que pasaron y las que vendrán, sabré que al ir a dormir nuestras
mantas estarán inundadas de colores, y tú a un costado mío, tus ásperas manos sobre mí y el
inexplicable beso en la frente con el que siempre soñé. Te miraré a los ojos y sabré que en
esta vida no me hace falta absolutamente nada más que tú y las �lores que haces mías, cada
tarde, cuando cae el sol.
No hace largo tiempo nos mudamos con mi familia a una casona que de modesta no tenía
nada. Habitaciones a libre elección y lugar para el piano. En cuanto a ubicación no tenía
desperdicio: la tibieza de la gente y los pocos perros que ladraban hacían del barrio un
santuario en el medio de la llanura. Nada que envidiar; un almacén, una carpintería y una
panadería entre nuestra cuadra y la de enfrente. Ángel y Delia, nuestros vecinos de al lado,
siempre tan atentos; fueron los únicos que nos dirigieron la palabra en nuestra corta estadía,
pero no viene al caso.
En plena mudanza encontré una antigua cámara de fotos instantánea bajo las escaleras
principales y junto a ella un polvoriento álbum fotográ�ico. En su interior se repetía el mismo
cuadrillé y ese pelo tan oscuro. No importaba el momento, la hora, el lugar ni las personas; ella
estaba siempre presente.
Una tarde le pregunté a Ángel si conocía a alguna de las personas que aparecían en las fotos y
se quedó mudo. Me dijo, luego y a media voz, que debía mudarme lo antes posible. Y así con
cada vecino aunque me negara la palabra. Se les llenaban los ojos de espanto. Lo cierto es que
el misterio que rodeaba a esas fotos se hizo cada vez más grande, pero aun así decidí dejar de
preguntar.
Ya con las puertas y ventanas arregladas, y tapados todos los agujeros, me quedé mirando el
balcón que tanto trabajo me costó. En ese momento recordé la cámara que había encontrado.
Ya en mis manos presioné el disparador sin querer y para mi sorpresa aun funcionaba. La foto
que saqué, amén de tener la luz del día casi encima, salió toda negra. Pensé en algún problema
técnico, pero le reste importancia. Amén de lo sucedido llamé a mi esposa y a mis hijas para
que posaran delante de los paneles de vidrio prensado que había puesto en el living. La última
en llegar fue Candela. Ella la tenía en brazos. Ese vestido. Esos zapatos tan diminutos. La
misma muñeca que en todas las fotos del álbum. La boca rota y los ojos en blanco; cómo
olvidar. Le pregunté en donde la había encontrado y me dijo que estaba sobre el closet de su
cuarto. La idea de que salga en la foto no me hacía gracia pero dejé que mi hija la sostuviera.
Apreté el disparador. Algo que ya esperaba; salió totalmente negra. Ambas cosas fueron
olvidadas en el cajón del modular, ahí donde uno guarda objetos que no quiere tirar y apenas
conserva; tienen algo fuera de lo común.
Ángel y Delia nos acompañaron constantemente es nuestra corta estadía. Siempre que me
veían se acercaban para comentarme de alquileres en otros lugares y del terrible temporal que
estaba por llegar. Una vez les conté con cierta gracia sobre la muñeca. A Esther se le cayó la
cara. Ángel agachó la cabeza. El silencio me dio escalofríos. Miré para el costado y vi que el a
me abrazó y trató de consolarme. Él, tomándose de la cabeza, me dijo que tenía que mudarme
de esa casa lo antes posible.
vecino de enfrente nos estaba observando por detrás de su ventana y cuando se dio cuenta
de que nuestras miradas se cruzaron soltó la cortina para dejarla caer. Le pregunté a Ángel
quien era y me dijo que había sido fotógrafo, pero que ya estaba jubilado. Y cuando dijo
fotógrafo me acordé del botón de disparo. Del álbum. De los paneles de vidrio. De esa piel
lisa y clara. Casi sin querer les conté que había encontrado una cámara de fotos. Que le
saqué una foto a mi familia. Que salió negra. Que algo no funcionaba. Pero de repente,
mientras me preguntaba en voz alta si el vecino de enfrente sería capaz de arreglarla, Esther
largó el llanto y me dijo que no debería haberla usado; me dejó perplejo. Fui tomado de los
hombros por Ángel que sin dar vueltas me ordenó que entre a mi casa y saque a mi familia
de allí inmediatamente. Pensé que se habían vuelto totalmente locos pero aun así lo hice.
Al entrar a la casa estaban mi esposa y mis hijas sentadas en el sillón. Les grité que salieran
pero ninguna respondió. Y luego ese cuadrillé por encima de ellas. Esos ojos que compartían
lo profundo. Sus bocas partidas atrozmente por los costados. Entré en pánico. Me acerqué a
ellas a paso lento y largando de a poco las lágrimas. No podía creer lo que mis ojos estaban
viendo. Me dejé caer ante el dantesco espectáculo. Esther y Ángel entraron rápidamente a la
casa. Ell
Espero que esta sea la última vez que deba recorrer este camino. Los cuervos siguen mi
marcha, respetuosos de mi sobrada vida; no es a mí a quien buscan. Los árboles muertos
adornan el paisaje y el fuerte casi derrumbado sugiere un desastre que se podría haber evitado. Espero que esta sea la última vez.
En las afueras he creado una gran pirámide y hacia allí vamos. Envuelto en este turbante llevo
el bloque que dejaré en las alturas. Resurge en mi memoria su rostro justo antes de la hora de
la espada. Parecía ser un muchacho agradable, que nada tenía que ver en todo esto. Pidió a
gritos, exclamó lo su�iciente, pero mis mandatos son severos. Desde la enorme puerta que
protege a los �ieles se la ve reluciente, cimentada por cuantas almas se atrevieron a bañar de
fuego este lugar.
Cada vez son más los cuervos que me siguen. Son ya conocidos los que siempre estuvieron. La
pirámide se inunda de ellos, hambrientos de la poca carne que les regala la reencarnación. El
día en que muera seré su alimento. Hoy, más vivo que nunca, les traeré estos velludos bloques
para que sepan que el �iloso acero turco le da mejor vida a los desgraciados que llegan desde el
oeste.
Trepo hasta lo más alto de esta maravilla y siento la brisa más cálida de todos estos años. El
galope de cientos de caballos que no existen me dice que es el �in de esta era. Cierro los ojos y
ubico el bloque en la punta de la pirámide. Pronto ni la última mueca sobrevivirá.
Hoy llueve como nunca en la quinta avenida. Estuve esperando tu aleteo entre los charcos
pero tengo entendido que soy un tanto apresurado. Aún no me alejé de la cuadra donde �ijamos
nuestra primera cita. El resbaladizo asfalto se ha convertido en un enorme espejo y sobre él
una extraña mezcla de motocicletas, automóviles y carros tirados por caballos me ha dado un
certero puñetazo anacrónico. Miro hacia los costados y me impaciento. Debo dejar de interrogar a mi reloj porque esta mañana ha dejado de funcionar.
Me dijiste que lucirías especial para hoy, y que esperas que me guste; claro que sí. Al �in
conoceré la voz detrás del teléfono. Te tomaré de la cintura como la única vez que te tuve cerca.
Todo este tiempo que ha pasado valió la pena. La espera aún no termina. Creo que mis manos
han comenzado a sudar y no es para menos. Será este grisáceo día que me oprime el pecho y
hace que este temblor en mis piernas me desespere.
Jamás había notado lo enorme que son los edi�icios por aquí. Me pregunto si las luces que
tienen fuera se prenden por las tardes tan temprano o solo en estos días de lluvia. Las banderas hechas un trapo mojado están de luto y los toldos que refugian a la gente traicionan al
que imagina.
Has gritado mi nombre. Lo sé. Te veo del otro lado de la avenida. Alzaste tu mano saludándome y lo mismo hice. Das los primeros pasos para cruzar. Sólo procura llegar hasta mí.
Le dije a Sarah que fuera al baño y cargue el arma. Hace un momento estábamos planeando
nuestro �lamante golpe pero un extraño hombre ha entrado. Sentado frente a nosotros mira
constantemente para este lado; nos vigila. Pidió un trago fuerte y ojea su diario a sabiendas de
que son las tres de la mañana. Miro hacia afuera y no hay rastros de nada. La calle desértica
solo guarda el frío de estos tiempos.
El camarero saca lustre a la barra sin cesar porque sabe muy bien lo que está ocurriendo. Yo
juego con mi terrón de azúcar para no levantar sospechas y miro el café que pedí ya helado. Si
decidimos matarlo ya mismo nadie se enterará. Nadie diría nada, ni siquiera el camarero; su
tarjeta dice Benny. Es más, estoy seguro de que hasta nos ayudaría a despacharnos del cuerpo.
Estos tipos no son nada queridos en barrios como este.
A estos momentos Sarah ya debe haber cargado el arma. Seguramente esté perdiendo el
tiempo dándose unos retoques de maquillaje. Esa mujer; siempre igual. Aunque si no fuera por
ella este muñeco ya estaría sin cabeza. Es tan coqueta como e�icaz. Es la mejor compañera de
atracos que un desamparado como yo puede tener.
De repente el hombre pide la cuenta dejando su vaso casi lleno. Creo que se ha dado cuenta.
Por ningún motivo puede escapar. El camarero asiente con su cabeza y gira hacia mí. Me guiña
el ojo y sé que no lo dejará ir. Le pregunta al hombre si desea algo más pero este niega repetidas veces. El camarero recibe el dinero y tarda en buscar el cambio. El hombre lo apura pero sé
que el viejo Benny no acatará sus órdenes. El extraño se levanta de su asiento. Sarah sale del
baño y se escucha la corredera del arma. El señor apura sus pasos hacia la puerta. Ya es demasiado tarde.
Qué dirá mi madre cuando se entere de mis gustos. No tanto por el amarillento jubón que
están midiendo para mí ni por este inservible ferreruelo. Lo digo por ella, que está cuidando
de mis hermanos entre los peldaños del aljibe, donde sobre un altar me parece verla. Me
pregunto a qué edad se deja de cuidar a un niño; me encantaría estar en sus brazos.
Todo comenzó cuando mi sirviente personal trajo, a pedido de mi madre, a su esposa para
trabajar en la limpieza y a su cuñada, ella, para cuidar de los más pequeños. Desde el primer
momento en que la vi supe que inundaría mis días con sus labios. Que me excitaría con el solo
andar entre la hierba. Que corrompería mi lado más perverso que por ley divina me han
otorgado y minaría de crueles deseos todo mi paladar. La seguía por todos los lugares a los que
iba sin que se diera cuenta. La tarde que la vi caer desde la fuente de agua fue la ocasión justa
para acercarme. La asistí a pesar de su negativa; un rey jamás se ocupa de sus siervos. La llevé
a escondidas hasta la caballeriza y curé su pierna lastimada. En ningún momento me miró a
los ojos; blasfemia se decía por los pasillos. Una inocente y espontánea sonrisa me hizo saber
que desde ese momento ni el más despiadado de los dioses podría evitar que nos regalemos
cómplices miradas.
Ese vestido en llamas casi escotado. Su tez de alelí que me vuelve completamente loco. Esa
manta azul turquí que lleva para todos lados; podríamos divertirnos tanto debajo de ella. Me
excita su voz, no tanto sus piernas. El rubí que cuelga de su cabello hace que imagine las cosas
más obscenas. Mi madre crispa sus dedos para que le preste atención al modisto que me
muestra como han quedado las costuras. Con una falsa autoridad comento cuán grandes están
mis hermanos.
Pero vamos, seamos realistas. Esa insulsa austríaca con la que debo casarme por capricho
real no signi�ica nada. Puede ser muy rica, su familia muy noble, pero ni eso ni su increíble
belleza hacen que desee un temprano matrimonio con ella. No me imagino la vida entre viajes
y peluqueros que corren de un lado a otro por tal de agasajar a su futura reina. No quisiera
estar casado con rodetes permanentes y lujos por antojo. En cambio me pregunto qué será de
un joven rey como yo viviendo una vida común y corriente al lado de ella. Lo sé: no es
momento de interrogarse.
Mientras sigo observándola a través de la ventana pienso en darle el último beso a mi madre
y no olvidar la pequeña caja llena de monedas de oro. Haré tiempo para despedirme de cada
pintura de este enorme lugar. Me sentaré por un momento en el trono que fue mío por la
temprana muerte de mi padre. Arrojaré mi corona a la fuente donde nos conocimos. Al bajar
les diré a mis dos hermanos que escapen de este lugar ni bien crean que sea posible. Tomaré
con delicadeza su pálido brazo y subiremos al carruaje que he ordenado preparar. Mi sirviente
y su esposa esperan dentro.
El rugir de los fusiles y los inacabables lamentos es lo único que puedo oír; no malgasto
fuerzas en evitar la desdicha. Cuesta arriba y en la penumbra más traicionera nos arrastran
hasta la cima, allí donde las parpadeantes luces nos esperan con el último aliento, sin nada que
decir, sin últimas palabras. Nos toman de los brazos, las piernas, el cabello. Le han arrancado
los primeros botones a mi camisa. Miro hacia atrás y solo veo la enorme cruz de la iglesia; he
dejado de creer.
No entendemos la lengua de los invasores y ellos mucho menos la nuestra. Las suplicas no
tienen sentido y el llanto es lo único que jamás comprenderán. No se respira ni un sorbo de
piedad. La navaja que han encontrado en mi bolsillo me condenó a este �inal. Decirles que solo
soy un pobre carpintero andaluz no vale la pena.
Llegar a lo más alto de la montaña y ver una ráfaga de disparos que no cesan ni cesarán. Ver
cuerpos insepultos por doquier a cada chispazo porque ni la lámpara que han traído sirve para
adentrarse en las sombras. Boca arriba, buscando un lugar entre las estrellas. Boca abajo,
besando la tierra madre manchada con sangre ajena.
Me pregunto cuándo llegará el día en que vistan candiles de algarrobo y cuelguen de sus
cuellos una �ina seda que todo lo cura. Tratar de que entiendan que con cada pisada la frontera
se borra. Que no vuelvan a poner ni los juicios en donde no les pertenece.
No hay nada que ocultar; evoca el misterio. Los edi�icios residenciales de colorados tejados
hicieron posible la hazaña. Las chimeneas no sirven ni para los adornos y las ventanas ocultan
lo que nunca tendría que haber sucedido por culpa de sus blancas y percudidas cortinas.
No hay indicio de movimiento alguno. Solo el goce de �lotar se hace posible. Un puñado de
personas vestidas sutilmente, de pliegues en su lugar y de acrecentado remordimiento
deambula sin cesar. Entre las nubes, cerca de la tierra; un tanto más arriba, un salto más abajo.
Un hongo de sombrero no sugiere originalidad; lo cotidiano, diré, con un propicio desvío de la
realidad sin ánimos de faltar el respeto.
Entregarse a lo absurdo y no pensar que por sentimientos se rifa el alma. Disfrutar de la
lluvia, sea lo que sea que llueva. Alabar la sequía porque es un nuevo comienzo. No sufrir de
frío cuando hay tanto fuego dentro. No repudiar el calor cuando una lágrima lo arregla todo.
Disfrutar de lo estáticamente nulo del momento, del andar, y solo �lotar en la ín�ima caducidad
del segundo eterno.
No es lo mismo hacerlo con cuchillos que hacerlo con los codos. No es parecida la densa
mezcla a la pasta densa. Aluminio, cristales, arena. Nada es lo que parece y todo parece ser. Sin
cuadrantes, sin cuerpo principal; deconstrucción del eje, del horizonte, del conocido y también
del ausente.
El híbrido se hace amo y nos toma por sorpresa. El torbellino que ha pasado por aquí hizo de
todo esto una catástrofe que a mal genio nos deberá corromper porque allí, donde no hay
agrado, asoman las brazadas del placer.
Una gran clave, quizás, aunque no deba por nada en este mundo detenerme en cuestiones
como esas. No hay ritmo, no hay centro. Acéfalo, anárquico. Todo es la nada y la nada una fría
lava matinal. Solo el acontecimiento vale, como el aullido desde las entrañas o la risa de la que
nadie supo, sabe ni sabrá su por qué. Relatividad del corazón que solo titila y agita los mares
de una experiencia extradimensional, extrasensorial. Accidentes que no hemos aprendido a
controlar y que sin embargo nos contagian. Una línea aquí y un retoque que no es bosquejo.
Algo ha caído al piso: hagámoslo parte de todo esto.
No nos dejan asomar la cabeza ni cinco centímetros; nada. Tenemos prohibido abrir cualquiera de las puertas. Solo por las noches podemos salir a conocer un poco más el lugar. No
tenemos permitido cruzar el muro pero poco nos importa. Quedamos alucinados por la
cantidad enorme de tréboles que abrigan nuestro pasto; cada uno puede llevarse un puñado
para el recuerdo. Ni bien comienza a amanecer nos hacen entrar como una luz a nuestras
casas. Ni contar cuando se olvidaron de nosotros y descubrimos que el cielo no fue siempre tan
oscuro. Esa noche no pude dormir por preguntarme a cada instante de dónde provenía
semejante resplandor y ese viento que a modo de brisa nos punzaba.
Mi vecina Clara, mientras tallaba un corazón en la pared de su casa, me comentó que estaba
harta de ver siempre a la misma ballena por su ventana. Que ya los corales no iluminaban su
mirar. Que estaba harta de tener que soñar la vida y no vivir el sueño. Sin muchas vueltas me
dijo que quería vivir afuera; arriba. La miré con timidez. A todos alguna vez se nos había
cruzado por la cabeza tal hazaña pero nuestros padres nos contaban historias terribles sobre
la super�icie; el más allá. Sin embargo Clara tenía todo planeado. Esa misma noche no supe más
nada de ella.
No les comenté nada a mis padres porque los asuntos de Clara nunca fueron del todo míos.
Cuando terminamos de comer fuimos todos los vecinos hasta el último piso. Al abrir la puerta
salimos corriendo y yo fui detrás de ella. Tomé su mano y le pregunté si todavía tenía ganas de
irse. Me dijo que sí, pero no la noté muy segura. Me invitó a escapar con ella y le dije que no,
que tenía mucho miedo. Me dio un fuerte abrazo y comenzó a correr hacia el muro. Logró
treparlo y una vez arriba quedó inmóvil al tiempo que una estremecedora luz invadía los
bordes de su cuerpo. Abrió de par en par sus brazos y se dejó caer al otro lado de lo conocido.
Aquella historia ha dejado más de una marca. La desaparición del pescador salvadoreño
ronda en el límite entre fantasía y realidad. Nadie se atreve, desde ese entonces, a bajar hasta
el río. Una gran valla de seguridad rodea el espacio y lo cierto es que ni el más curioso merodea
por la zona.
El pescador, que al día de hoy nadie está dispuesto a mencionar su nombre, era por demás
gentil. Vivía a solo pasos de la larga bajada que daba al río y cada mañana arrastraba su bote
hasta la orilla. De las dos mujeres solo se conocían vagas historias, pero aquí hasta hace unos
años gozábamos de escépticos.
Esa tarde me senté, como jamás lo había hecho, en uno de los pequeños peñascos más
grandes del lugar. Al mirar para mi costado vi al pescador bajar con su bote y mis ojos se
enfocaron directamente al río. De sus aguas emergieron dos mujeres, desnudas por completo,
y entonaron juntas la más bella de todas las melodías que haya oído jamás, y que, seguramente,
ni en toda la eternidad vuelva a oír.
Se decía por aquella época que ante el encanto uno debía taparse lo oídos; lo hice a medias. Vi
al pescador mirando �ijamente hacia ellas. Lo invitaron a acercarse y mientras avanzaba yo no
quería ni siquiera chistar; seguía hechizado. Ya con el agua por la cadera, siguió internándose
en el río hasta quedar inmerso en él. Las dos mujeres abandonaron su canto y dejaron hundir
sus cuerpos.
No volvimos a saber de aquel pescador salvadoreño. No más inditos de San Juan. No más
montañitas de Cuscatlán. Nadie ha vuelto a escuchar ese acento de tambores. Hoy su bote sigue
descansando a orillas del río y el abandono baño cruelmente de barro su popa.
Carnaval. Carnaval como cada febrero. Yo, mi balcón y algo que observar. Un gato con cuernos,
mosquitos por todos lados. Las paredes de la casa con manchas de humedad y la escuadra que
colgué fuera triunfante como nunca. Estoy esperando, como hace ya más de veinte años, a la
presa que por ausencia se hizo recuerdo. Debo cazar a un astuto arlequín de una vez por todas.
Deberé obviar las antorchas que guían a los distraídos porque esa es la trampa. Tendré que
con�iar de cada enmascarado porque sé que no es un cobarde. Las cajas con sorpresas, la
inmensa cantidad de guantes blancos y las pelucas cada vez más abrillantadas. Una estrella
fugaz que armoniza la nueva llegada y el monociclo tambaleando entre sancos y un gran globo
verde.
Y cuánto lo habré esperado que hasta huelo su necedad. Sensual, grosero, bestial. Su vida está
tan emparchada como su atuendo. Date a ver, te siento cerca. Hagan a un lado al tercer ojo y
empujen a los borrachos. Abran paso con un baldazo de agua fría porque ahí está. Lo veo; tanto
tiempo te he esperado. Y me miras porque sabes que te miro.
Voy a tomar mi bata. Beberé un poco de anís y danzaré suavemente junto al gran pájaro de
fuego. Los planetas se alinearon para este momento y puedo desaprovechar cuantos minutos
se desee. Puedo tomarme mi tiempo; no escapará sin que yo lo persiga. Hoy debemos saldar
más que viejas cuentas.
Dejé los guantes apoyados en el piso.
El cuadrilatero vacío era una representación del estado de mi mente en la actualidad.
No podía dejar de repetirme para adentro:
anoche mataron a un pibe adelante de mis ojos
anoche mataron a un pibe adelante de mis ojos
anoche mataron a un pibe adelante de mis ojos
En un puñado de aire encontré los bombones de mi cumpleaños diecinueve, las tarde de
bizcochitos en la plaza, un almanaque mal doblado, las llaves de mis cuatro casas, mi primer
cuento, unos trazos mal hechos que aspiran a dibujos, un par de libretas con notas que poco
cuentan de mi y los cuatro metros catorce sobrevolados sobre un cajón lleno de bacterias. Mi
primera medalla, su sonrisa y mi sonrisa. Unas cuantas oraciones que nunca repito, un rosario
bendito por Juan Pablo Segundo, las llegadas después de las siete cuarenta y cinco, los partes
de indisciplina perdidos en el camino, una suspensión, su mirada, su cruz y sus anteojos. Un
vidente armenio anunciando un poeta sin fama ni fortuna, un taller literario con aroma a café
con leche y galletitas de agua. Cuarenta y cinco minutos de silencio y una caja de pañuelitos sin
usar. Una �isura de clavícula de acento cordobés, los amigos de las risas y los sauces llorones
que nos cubrían con su sombra. Helados de invierno, chocolate y capuchinos en verano. Unas
cuantas canciones cantadas a capela. Sus sueños refrigerados en heladera, mis miedos, su
consuelo, un paraguas y los rumores del pueblo donde nunca pasa nada. Las huellas de un
profeta, una misión imposible con nombre de vicepresidente, una piedra salteña y cien gramos
de pesadillas. Un casamiento que nunca debió existir, varias lapiceras sin usar, un documento
con dirección errónea, un cantautor con sombrero de bombín y una ciudad furiosa que poco
entiende de fotos sepia y guitarras clásicas españolas.
Busco una cosa de otro tiempo. Una cosa de otro tiempo y otro lugar, algo así como los
bodegones de San Telmo; en donde uno puede encontrar sobre la madera antigua y
polvorienta: un disco añorable, un recuerdo de infancia, un llamado cósmico, o tomates secos.
Busco y no busco a la vez, porque sé que la mejor forma de encontrar es sin buscar.
Pero dentro de esa esfera, que me remonta a un lejano día de 2014, donde taciturnos
recuerdos bailoteaban en un zaguán, me cae la �icha de esta lejana cosa inefable, que viene por
añadidura a instalarse en la consciencia de uno. Ahí, allí mismo, en ese paseo baladí, que tanta
añoranza de domingos vacíos acumula, me doy cuenta de la pasividad que ejecutan estas
utilidades activas. Y en ese preciso segundo, la premura de lo inactivo se me trasforma en un
cuadro de Gauguin, en donde me veo re�lejado a la perfección; como en un espejo con adornos.
Estoy caminando por la ciudad la cual se encuentra helada ya que se debe por el comienzo del
invierno. Un invierno diferente al de los anteriores. Es diferente e inusual porque su presencia,
la de ella no me acompaña.
Aún siento su mano fría con la mía cuando recorríamos nuestros lugares, el aroma dulce de su
perfume que rodeaba su cuello. Su mirada frágil pero que transmitía una felicidad in�inita, su
risa contagiosa, la magia de su sonrisa que iluminaba todo a su paso, que la hacía achinar de
una manera tierna y me volvía loco.
Lo cálido de sus besos, sus labios suaves como el terciopelo, la manera en la que nuestras
lenguas jugaban por horas y horas. Verla caminar, correr junto a su cabellera larga,
contemplarla despeinada por las mañanas sin embargo se veía preciosa... aún lo es.
Adoraba verla con sus vestidos y hacerla girar. En verdad me gustaba observarla vestida de
cualquier manera eso si me mataba lentamente verla desnuda, recorrer mis manos por su
cuerpo y hacerle el amor, llenarla de placer, hacerla sentir amada. Que nuestros cuerpos sean
uno y se rocen constantemente.
Extraño despertar a su lado; una vez le saqué una foto mientras dormía no pude evitarlo se
veía tan tranquila, tan calmada, tan paci�ica nadando en sus sueños. Anhelo tenerla en mis
brazos de nuevo, decirle cuanto la amo cuanto es importante para mi.
Ahora no se ¿en dónde estará? ¿qué estará haciendo? ¿será feliz? ¿se la habrán cumplido sus
sueños?
Deberé conformarme con los recuerdos, su voz calmándome una y otra vez. A veces cuando
estoy esperando el colectivo veo nuestros mensajes. Como me encantaba que se preocupara
por mi.
No saben, no tienen idea de cuanto la extraño, de cuanto la necesito acá conmigo para
compartir juntos el frío de julio junto a un café y que nuestros pies se toquen debajo de la
mesa. Espero que la vida algún día me vuelva a ella, a su encuentro.
Hoy me desperté a las siete de la mañana. La alarma me esperaba a las ocho, pero me
adelante. Quizás no quería despertar a mi viejo, tan susceptible el, al sonido estrepitoso de mi
celular, quizás simplemente fue la ansiedad. De nuevo, la ansiedad. Voy a optar, porque puedo,
a pensar que no quise despertarlo al viejo.
El despertador representa la necesidad de tener que estar despierto para hacer algo, de no
llegar tarde a un tiempo acordado por más de uno, al tiempo que se escapa del huso horario
propio. Llegué cuatro minutos tarde, aún sacandome los sueños de los ojos. Que pese al
sobresalto de abrirse antes de lo previsible, seguían viajando. Tres de mis compañeros ya
estaban allí, en el lugar acordado, cumpliendo, y demostrando que cumplían. Extraña esa
actitud tan humana de hacer algo y remarcar que se esta haciendo, como si se necesitase más
con�irmación que la presencia. En �in, esperamos unos minutos, y llego el resto. Ya estabamos
listos, podíamos partir. (Mientras escribo esto mis ojos amenazan con dejarme escribiendo sin
luz). El destino, el campo de la Ribera. Cabe aclarar que este fue un sitio de detención, donde se
efectuaban torturas. La visita se pacta en el eje de una feria infanto juvenil, en la combinación
de la memoria y la recepción. De la literatura y la libertad, más libros, mas libres, es el lema.
Mientras viajabamos al sitio se formulo una charla sobre lo peligroso y terrible que era el
lugar a donde estabamos yendo, rodeado de villas, cercado por la inseguridad y la gente de la
peor calaña. El conductor, padre de una compañera, había sido victima de quince asaltos en esa
zona. Ante esto, nos cantó su ira. Dos de mis compañeros, se convirtieron en su coro. Llegué
plagada de sensaciones feas, pude imaginarme los fantasmas que ellos veían.
Tan fuertes y reales eran para ellos, que si no hubiera sido por las sonrisas que nos dieron la
bienvenida, me los creía. Los niños y su alegría, pudieron más que toda esa desgracia, que a
veces, es pintar el mundo con el pincel de lo vivido. Nos olvidamos, cuando vemos a la vida con
los ojos de nuestras experiencias, que no somos solamente lo que nos paso, sino lo que
hacemos con eso. Yo no pretendo hacer quedar mal al hombre, víctima de quince asaltos, que a
la vez deben haber sido efectuados por quince personas que también eran victimas; de la
opresión, de la injusticia, del azar de haber nacido en una familia ausente, o complicada. No, lo
que yo presento es plantear la diferencia entre transmitirle miedo a los demás, y transmitirles
precaución. Con una frase que nos hubiera dicho, bastaba. ¿Por qué nos transmitió su miedo?
juro que parecía que aquel hombre estaba llamando desesperadamente a aquellos ladrones,
para que vinieran de nuevo a robarle, para así verlos de nuevo y sumar un robo a su lista. Juro
que lo decía con tanto énfasis, tan seguro de que ellos eran unos malnacidos y el una victima,
tan seguro de que aunque los hijos fueran chicos nos podrían robar a nosotros también. Por
ser simplemente sus hijos. Y por ser nosotros, como hijos de otra clase.
El coro dijo que así estabamos, que nosotros teníamos que escondernos en countrys, para
estar a salvo. Y mi voz, quedaba como un eco, diciendo que había que ver más allá, que había
que pensar, el detrás de todo eso. ¿Saben lo que siento? y esto es lo que me duele, y esto remata
a mi corazón, que entre los que le hacen la oda al miedo, y los que te apuntan un revolver, hay
una delgada línea. Siento que la bala es simplemente el disparo de una arma que ya fue
cargada. No se trata solo de los que disparan, ¿y los dispensadores del miedo?, ¿y los cantores
continuos de la rabia? ellos también disparan.
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