LA NAVIDAD SEGÚN ERNESTO RENÁN Juan

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LA NAVIDAD SEGÚN ERNESTO RENÁN Juan Antonio Monroy Personaje complicado éste Renán. Complicado, pero sabio. Profundo investigador. De cultura sobresaliente en todas las materias. Ernesto Renán nació en París en 1823 y falleció en 1892. Inició estudios para el sacerdocio católico, llegó a recibir las órdenes menores, pero influido por el pensamiento alemán renunció a la sotana. A partir de entonces inició con pasión carreras universitarias. Fue filólogo, filósofo, teólogo, arqueólogo, historiador y escritor prolífico. Durante sus estudios teológicos lo eligieron para altos cargos, pero sintió que le faltaba la fe para ser sacerdote e inició su carrera universitaria como catedrático de Filosofía. En 1847 obtuvo el premio Volney por su ENSAYO HISTÓRICO Y TEÓRICO SOBRE LAS LENGUAS SEMÍTICAS. En 1860 se trasladó a Siria en misión arqueológica. Un nuevo viaje le condujo a Egipto, Palestina, Asia Menor y Grecia. Siempre tras las huellas de Jesús, obsesionado por la Persona del divino Maestro. En 1863 publicó VIDA DE JESÚS, que le dio grande fama pero que provocó protestas y originó escándalos en instituciones católicas. La obra fue denostada por algunos críticos y alabada por otros. Con todo, Ernesto Renán, pintado por Bèraud con un cuerpo excesivamente voluminoso y cabellos blancos a ambos lados del rostro, cayendo sobre los hombros, está considerado, aún hoy, uno de los escritores más grandes de Francia por la calidad literaria de toda su extensa obra. VIDA DE JESÚS, primero de siete volúmenes de la HISTORIA DE LOS ORÍGENES DEL CRISTIANISMO es un libro escrito por un hombre que fue creyente en los primeros años de su vida y luego se inclinó al nuevo racionalismo, tal como se presenta en Descartes, Spinoza y Leibniz. Desde esta perspectiva ha de ser leída la VIDA DE JESÚS escrita por Renán. Se ha perdido la cuenta de las traducciones y versiones que se han llevado a cabo de este libro en países de todo el mundo. Aquí estoy manejando la versión francesa realizada por la Biblioteca Internacional de Berlín en 1923 y la cuarta edición en español de Editorial Edaf, Madrid 2007. La versión francesa tiene un prólogo escrito en 1863 por el crítico literario Charles Saint-­‐Beuve. Dice éste hombre que el señor Renán, “después de años trabajando en una historia crítica de los orígenes y los progresos del Cristianismo durante los tres primeros siglos, creyó conveniente modificar un poco su plan de campaña y editar el primer volumen con el título VIDA DE JESÚS, que provocó un revuelo en la entonces sociedad conservadora de Francia”. Por su parte, el traductor de la versión española, Agustín G. Tirado, aclara que la “VIDA DE JESÚS, que es una pretensión de someter la religión cristiana a lo que su autor considera un análisis imparcial, científico y objetivo, tiene entre sus extraordinarios valores el de la delicadeza y respeto con que Ernesto Renán trata la religión que le preocupa, Jesús, como creador del cristianismo”. En VIDA DE JESÚS, Renán no se detiene en la exposición y comentarios de los textos clásicos sobre la Natividad que figuran en los Evangelios de Mateo y Lucas, ausentes en los de Marcos y Juan. El capítulo que titula INFANCIA Y JUVENTUD DE JESÚS, donde el lector de un libro semejante espera originales análisis a los dos primeros capítulos de Mateo y los dos primeros de Lucas, habitual en toda biografía de Cristo, trata en exclusiva de Jesús hombre. Ni una referencia a las circunstancias que rodearon su nacimiento: el anuncio del ángel a María, la visita a su prima Elisabet, el nacimiento en Belén, el anuncio del ángel a los pastores, la multitud celestial, la llegada de los pastores al mesón, el parto, la adoración de los magos, el edicto de Herodes ordenando la muerte de todos los niños menores de dos años, la huída a Egipto. Nada de esto interesa a Renán, tal vez por archiconocido. En el capítulo mencionado el autor francés pone especial énfasis en la ciudad, la familia, la persona de Jesús, la cultura del momento, las costumbres de la época. Temas, por demás, que silencian otros biógrafos de Jesús, tal vez por no conocerlos o no tomarse el tiempo para investigarlos. Jesús, escribe Renán, “salió de las filas del pueblo. Su padre, José, y su madre, María, eran gentes de mediana condición, artesanos que vivían de su trabajo, en esa situación tan común en Oriente que no es el desahogo ni la miseria”. Nazaret, en Galilea, al norte de la llanura de Esdraelón, se hallaba en las rutas que unían los grandes centros de Egipto y Mesopotamia. Aunque nacido circunstancialmente en Belén, la familia sagrada volvió a Nazaret, según Mateo 2:23. Por Lucas 4:16 sabemos que el Niño-­‐Dios fue criado en la ciudad de Nazaret. Para Renán, “dejando a un lado cuanto de sórdido y repelente ha llevado consigo el islamismo a Tierra Santa, la ciudad de Nazaret, en tiempos de Jesús, no debía diferenciarse mucho de lo que es hoy (Renán emite estos juicios en el siglo XIX, concretamente en 1863). Vemos las calles donde jugó de niño en esos senderos pedregosos o en esas pequeñas plazuelas que separan las casas. La casa de José era, sin duda, muy semejante a esas pobres tiendas sin otra entrada de luz que la puerta que sirve a la vez de establo, de cocina y de dormitorio, y que tienen por mobiliario una estera, algunos cojines por el suelo, uno o dos vasos de arcilla y un cofre pintado”. Reflexionando sobre Nazaret Ernesto Renán escribe un largo párrafo. Sublime, espiritual, profético. Dice: “si el mundo llegase algún día a una noción más clara de lo que constituye el respeto hacia sus orígenes, aunque no continuara siendo cristiano, y quisiera reemplazar por auténticos santos lugares los santuarios apócrifos y mezquinos a los que estaba ligada la piedad de las edades bárbaras, tendría que construir su templo en aquella altura de Nazaret. Allí, en el punto de aparición del Cristianismo y en el centro de donde irradió la actividad de su fundador, debería levantarse la gran iglesia donde todos los cristianos podrían orar”. No estoy seguro que acierten totalmente quienes ven en Ernesto Renán a un filósofo puramente racionalista. Su sensibilidad religiosa queda plasmada en ese grito que escribe en el prólogo a VIDA DE JESÚS: “¡Ay también de la razón el día que ahogue a la religión!”. En las últimas páginas del libro figura un bello canto de elogio, enaltecimiento y apología a la persona y a la obra de Jesús: “cualesquiera que puedan ser los inesperados fenómenos del porvenir, Jesús no será eclipsado. Su culto se remozará sin cesar; su leyenda provocará lágrimas sin fin; sus sufrimientos enternecerán a los mejores corazones; todos los siglos proclamarán que no ha nacido entre los hijos de los hombres ninguno más grande que Jesús”. 
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