Sobre el socialismo. La dictadura del proletariado

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Sobre el socialismo. La
dictadura del proletariado
Sugarra
Publicado por Matxingune taldea en 2012
Resumen
Exposición de algunas ideas relativas a la dictadura del proletariado, como poder revolucionario de los trabajadores,
comparándola con la dictadura de la burguesía. Seguidamente se estudia el instrumento por medio del cual se ejerce
esa dictadura, es decir, el Estado socialista o Estado de dictadura del proletariado, pero antes se exponen algunas
ideas generales sobre la aparición del Estado.
Tabla de contenidos
Necesidad de la dictadura del proletariado .............................................................................. 2
Democracia burguesa o democracia socialista .......................................................................... 3
La experiencia rusa ............................................................................................................. 5
La experiencia china ........................................................................................................... 6
La percepción de estas experiencias en Occidente .................................................................... 8
Democracia socialista para Euskal Herria ................................................................................ 9
Surgimiento del Estado ...................................................................................................... 10
El Estado en la sociedad de clases ....................................................................................... 10
El Estado socialista ........................................................................................................... 11
El Estado que propugnamos para Euskal Herria .................................................................... 16
Durante la Revolución de 1848, que se extendió por buena parte de Europa (Francia, Alemania, Imperio
Austro-húngaro e Italia) la clase obrera apareció por primera vez como clase diferenciada de la burguesía
en lo ideológico, lo político y lo organizativo. Como una clase con intereses propios. Como un nuevo
sujeto político. Ese papel del proletariado como clase independiente se pondría de manifiesto aún con
mayor evidencia con motivo de la breve experiencia de la Comuna de París (18 de marzo a 28 de mayo
de 1871) que, de hecho, fue la primera revolución proletaria.
De ella diría Karl Marx: «El París de los obreros con su Comuna, será eternamente ensalzado como
heraldo glorioso de una nueva sociedad. Sus mártires tienen su santuario en el gran corazón de la clase
obrera» [La Guerra Civil en Francia]. Desde entonces, el poder de la clase obrera y la actitud hacia
esta cuestión se han convertido en un elemento esencial para todo el movimiento revolucionario.
En vísperas de la Revolución de Octubre en Rusia, Lenin lanzó la consigna de «todo el poder a los soviets.
En ella se sintetizaba, de forma magistral, la idea de implantar un nuevo poder político que estuviera en
manos de la clase obrera o, lo que es lo mismo, de implantar la dictadura del proletariado.
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Sobre el socialismo. La dictadura del proletariado
Sobre ella, escribió Marx:
«Entre la sociedad capitalista y la sociedad comunista media el periodo de
transformación revolucionaria de la primera en la segunda. A este periodo corresponde
también un periodo político de transición, cuyo Estado no puede ser otro que la
dictadura revolucionaria del proletariado»1.
Necesidad de la dictadura del proletariado
Ahora, vamos a analizar con algo más de detenimiento este concepto clave de la teoría marxista. No vamos
a ocultar que se trata de un término un tanto controvertido. Sin embargo, podemos decir que es la «piedra
angular» de la teoría marxista. Refiriéndose a este concepto, Lenin dijo que:
«Marxista sólo es el que hace extensivo el reconocimiento de la lucha de clases al
reconocimiento de la dictadura del proletariado. En ello estriba la más profunda
diferencia entre un marxista y un pequeño (o un gran) burgués adocenado»2.
Pero, ¿por qué es necesaria la dictadura del proletariado? Imaginémonos, por un momento, que un partido
obrero, un partido comunista, llegase al gobierno en un país capitalista. ¿Qué capacidad de acción tendría?
¿Cómo podría impulsar la transformación revolucionaria de la sociedad, en el terreno económico, en el
político y en el social?
La respuesta es evidente. En el marco de un Estado burgués sólo podría limitarse a ser un gestor (más o
menos eficaz) de los intereses del capital. Y, en caso de que se atreviese a sobrepasar los límites impuestos
por el Estado burgués, y por su legalidad, sería desplazado del gobierno, ya sea pacíficamente o, si fuese
preciso, por la fuerza. Tenemos varios ejemplos de ello en la historia, y eso que no se trataba de gobiernos
revolucionarios sino tan sólo de gobiernos progresistas, de izquierda.
Actuando dentro de los estrechos márgenes impuestos por el poder de la burguesía, por muy democrático
que este fuese, la clase obrera no podría nunca alcanzar una correlación de fuerzas plenamente favorable
para modificar las relaciones de producción capitalistas ya que se vería constreñida por la propia
organización de la burguesía como clase dominante.
Sólo destruyendo esa madeja de relaciones burguesas, desarticulando esa organización social y política,
podrá abordar la clase obrera las tareas históricas que le corresponden en virtud del lugar que ocupa en
el proceso de producción. Para ello es necesario que el poder de la burguesía sea sustituido por el poder
revolucionario del proletariado.
Algunas aclaraciones necesarias
Habitualmente, el término «dictadura» suscita ideas relacionadas con el autoritarismo y la arbitrariedad,
con el despotismo y la tiranía, o con el totalitarismo. Se relaciona inmediatamente con la falta de libertades
y derechos democráticos más elementales. Por eso, de entrada, conviene dejar bien claro que, cuando
en la teoría marxista se utiliza el término «dictadura del proletariado», es para hacer referencia al
poder revolucionario de los trabajadores. De hecho, se emplea dicho término para expresar la esencia3,
1
K. Marx: Crítica del programa de Gotha, Obras Escogidas, tomo 2, Editorial Fundamentos, Madrid, 1975, p. 25.
V. I. Lenin: El Estado y la revolución, Obras Escogidas, tomo 2, Editorial Progreso. Moscú, 1970, p. 320.
En la filosofía marxista (materialismo dialéctico), la esencia es una categoría filosófica que se presenta constituyendo una unidad (mediante una
relación dialéctica de mutua interdependencia, es decir formando parte de una contradicción) con la de fenómeno, de tal forma que la primera de
ellas es el aspecto principal de la misma. La esencia constituye el conjunto de las propiedades más profundas y estables, y de las relaciones del objeto
(ya pertenezca éste al ámbito de la naturaleza o al de la sociedad). Es determinante de su origen, de su carácter y de la dirección en que se desarrolla.
Por su parte, el fenómeno constituye un conjunto de propiedades y relaciones diversas del objeto, externas, móviles, cambiantes, inmediatamente
accesibles a los sentidos, y representa el modo en que se manifiesta o se revela la esencia. El hecho de que la esencia y el fenómeno constituyan una
unidad, hace que no puedan existir esencias «puras», que no se manifiesten, o que tampoco haya fenómenos que carezcan de esencia, que no sean
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Sobre el socialismo. La dictadura del proletariado
la naturaleza del Estado y para resaltar la diferencia radical (esencial) que existe entre un Estado burgués
y un Estado socialista. Sobre esta cuestión, Lenin dijo con toda claridad que:
«Las formas de los Estados burgueses son extraordinariamente diversas, pero su
esencia es la misma: todos esos Estados son, bajo una forma o bajo otra, pero, en
última instancia, necesariamente, una dictadura de la burguesía. La transición del
capitalismo al comunismo no puede, naturalmente, por menos de proporcionar una
enorme abundancia y diversidad de formas políticas, pero la esencia de todas ellas será,
necesariamente, una: la dictadura del proletariado»4.
Como vimos en el artículo anterior, sobre los aspectos generales del socialismo, las condiciones concretas
(económicas, políticas, sociales, culturales, psicológicas, etcétera) que hoy tenemos en Euskal Herria, son
muy diferentes a las que había en aquellos países en los que triunfó la revolución. Por eso, el socialismo
que desarrollaremos en Euskal Herria, tendrá unas características específicas, unos rasgos propios. Sin
embargo, su esencia también será, necesariamente, la dictadura del proletariado.
La concepción marxista del socialismo, difiere sustancialmente de eso que algunos denominan
«socialismo identitario». Para estos, de lo que se trata es de «construir un modelo de desarrollo alternativo
para Euskal Herria», un modelo que consideran «posible» y diseñado, «sobre todo, no desde parámetros
maximalistas e irrealizables»5, como al parecer pretendemos quienes queremos acabar de raíz con el
capitalismo. En definitiva que de lo que tratan, quienes defienden ese pretendido «socialismo identitario»,
es de cambiar el modelo, pero sin cambiar el sistema.
Democracia burguesa o democracia socialista
A priori, podríamos afirmar que al igual que la dictadura de la burguesía se puede dar bajo distintas formas
(desde las democrático parlamentarias a las más autoritarias e incluso fascistas), sin perder por ello su
esencia; la dictadura del proletariado, también podría manifestarse bajo diversas formas, desde las más
rígidas a las más flexibles y democráticas. Sin embargo, esta afirmación aunque aparentemente cierta, es
profundamente falsa y puede inducir a peligrosos e irreparables errores. Ello es así porque, a diferencia del
capitalismo y de la dictadura burguesa, que no requieren necesariamente de formas de dominación
democráticas, el socialismo y la dictadura del proletariado necesitan, imprescindiblemente, de la
democracia.
una manifestación de una esencia. La unidad dialéctica (contradicción) entre esencia y fenómeno se revela en que, en determinadas condiciones,
la una se pueda transformar en el otro y viceversa.
El que ambas categorías formen parte de una contradicción, hace que una de ellas (la esencia) aparezca como lo determinante y la otra (el fenómeno)
como lo determinado. Esta última, se da de manera inmediata, mientras que la primera está más oculta, no aparece de inmediato. En cuanto a los
rasgos que presenta cada una de estas categorías, hay que decir que el fenómeno es más «rico» y variado que la esencia y que ésta es más «profunda»
que aquel. Por ejemplo, es el caso de las distintas manifestaciones con que se puede presentar el poder de la burguesía. Una misma esencia (la
dictadura de la burguesía) que se puede manifestar desde unas formas autoritarias o fascistas hasta otras democrático-parlamentarias.
La esencia de un objeto es siempre la misma, aunque se manifieste en una multiplicidad, en una diversidad, de fenómenos. Por su parte, el fenómeno
es más móvil, cambiante y versátil, que la esencia. Puede ocurrir que un mismo fenómeno sea manifestación de esencias distintas y hasta opuestas.
Por ejemplo, es el caso de la Revolución Cultural en China y la lucha de líneas que se dio en ella, era una manifestación de las contradicciones que se
daban en el seno de la sociedad entre las fuerzas que trataban de proseguir la transformación social y las que trataban de restaurar el capitalismo.
También puede ocurrir que el fenómeno pueda expresar la esencia de manera inadecuada o tergiversada. En ese caso, nos encontraríamos ante una
apariencia. Por ejemplo, es el caso de los llamados países de «socialismo real», que eran socialistas en apariencia pero que, en esencia, eran
países de capitalismo burocrático de Estado.
Sin embargo, no sólo existe una contradicción entre la esencia y el fenómeno, sino que también existe en el interior de la propia esencia. Este tipo
de contradicción es la más profunda y, por tanto, fundamental, del objeto y por ello es la que determina su desarrollo general. Por ejemplo, es el
caso de la contradicción entre la burguesía y el proletariado, que se sigue dando durante el periodo de transición y que hace que durante el mismo
se siga desarrollando la lucha de clases.
4
V. I. Lenin, obra citada, p. 321.
5
Ver el artículo de Eusebio Lasa Altuna: «Independencia: necesidad económica» (Gara, 13 de diciembre de 2010). El autor de este artículo, también
es colaborador en el libro de Nekane Jurado: Independencia, de reivindicación histórica a necesidad económica, Editorial Txalaparta, Tafalla, 2010.
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Lenin era muy consciente de la importancia de la democracia en la lucha por el socialismo, tanto en el
periodo anterior a la toma del poder por el proletariado como una vez que hubiese triunfado la revolución.
En ese sentido, dijo:
«[…] así como es imposible un socialismo victorioso que no realizara la democracia
total, así no puede prepararse para la victoria sobre la burguesía un proletariado que
no libre una lucha revolucionaria general y consecuente por la democracia»6.
El hecho de que, históricamente, en los países socialistas no haya ocurrido así, responde a unas
determinadas circunstancias concretas y, precisamente el que esos regímenes políticos no fueran
suficientemente democráticos es una de las razones fundamentales que posibilitaron que en ellos se
constituyese una nueva clase explotadora, la burguesía burocrática (o burguesía de Estado) que acabó
haciéndose con el poder y restaurando en ellos el capitalismo. Por ese motivo, la dictadura del
proletariado debe ir indisolublemente ligada a la más amplia y profunda democracia socialista.
El marxista francés Charles Bettelheim, que dedicó gran parte de su vida a estudiar las experiencias
revolucionarias en los antiguos países socialistas, especialmente en la URSS y en China, nos dice sobre
esta cuestión:
«De una manera general, las limitaciones a la libertad de expresión, de información
y de discusión (en el partido y en el conjunto de la sociedad) concebidas como una
«protección» del carácter revolucionario del poder se transforman muy fácilmente en su
contrario. Permiten, no sólo la formación de camarillas y el desarrollo de la corrupción
y el nepotismo sino, más grave aún, son favorables a la toma del poder por la burguesía
de Estado. Un golpe de Estado realizado por esta última le permite utilizar fácilmente
las limitaciones impuestas a la democracia para reprimir a los revolucionarios. Hoy,
la experiencia de China, después de la de la URSS, no pueden dejar ninguna duda a
este respecto»7.
Como sabemos, «la emancipación de los trabajadores solo puede ser obra de los trabajadores mismos».
Por eso no se puede obstaculizar la actividad de las masas, ni poner impedimentos a la libre organización
de los trabajadores.
Una nueva democracia
La democracia socialista y la democracia burguesa son, por definición, cualitativamente distintas. Ello se
debe a que ambas son diferentes en su esencia, en su naturaleza. Por esa razón, la democracia socialista
no puede ser una democracia formal, en la que simplemente se reconozcan unos derechos y libertades (de
asociación, de reunión, de expresión, de manifestación, etcétera) como ocurre en la democracia burguesa,
en la que aparentemente todos los ciudadanos somos «iguales ante la ley» y todos gozamos de «los mismos
derechos y deberes», pero donde esa igualdad legal oculta y refuerza la desigualdad real entre los pobres
y los ricos, entre los explotados y los explotadores.
En la democracia burguesa, quienes verdaderamente pueden ejercer su derecho de asociación y de reunión
son los representantes de la clase dominante, que son quienes cuentan con los mejores locales para celebrar
sus reuniones (salones de los clubs sociales y de los hoteles de lujo, sedes patronales, etcétera) y no se ven
obligados a pedir prestados los locales parroquiales, o a celebrar las reuniones en lonjas destartaladas y
muchas veces insalubres, en bares y cafeterías, o a realizarlas en el monte.
En la democracia burguesa, se confunde interesadamente la libertad de expresión con la intoxicación
informativa, la manipulación de la opinión pública, etcétera, cuando los principales medios de
6
V. I. Lenin: «La revolución socialista y el derecho de las naciones a la autodeterminación» (1916), en Tres artículos de Lenin sobre
los problemas nacional y colonial, Ediciones en Lenguas Extranjeras, Pekín, 1975.
7
Charles Bettelheim: «China hoy: cambios políticos y lucha de clases», segunda parte, publicado en Monthly Review-Selecciones en
castellano (julio/agosto 1978), Barcelona, nota 65, p. 136.
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comunicación (prensa, radio, tv, etcétera) son propiedad de grandes grupos financieros que controlan y
monopolizan la difusión de las noticias y de las opiniones favorables al sistema. Cuando todos esos medios
de comunicación ignoran deliberadamente todas aquellas cuestiones que afectan verdaderamente a las
masas trabajadoras y son de interés general para el pueblo, o presentan únicamente su visión distorsionada
y partidista de cualquier acontecimiento.
En lo que respecta a los medios de comunicación denominados «públicos», por estar en manos del Estado
burgués (en sus diferentes niveles administrativos: central, regional, local, etcétera), también se puede
decir que cumplen la misma función que los que se encuentran en manos de grupos de capitalistas privados,
aunque formalmente traten de guardar algo más la apariencia de «imparcialidad».
En general, los sindicatos obreros de clase, los colectivos juveniles, los grupos ecologistas, los
movimientos de mujeres, etcétera etcétera, no cuentan con medios propios para difundir sus ideas y
propuestas entre las masas y deben recurrir a los carteles, a los blogs de contra-información en Internet,
etcétera, para hacerse oír de alguna manera, pero con una capacidad de difusión incomparablemente menor
de la que tienen los grandes medios en poder de la burguesía.
A diferencia de este tipo de «democracia», el socialismo y la dictadura del proletariado deben
garantizar una democracia real y efectiva para las masas, para el conjunto del pueblo trabajador.
Sin embargo, la historia nos enseña que, en los antiguos países socialistas, la democracia no fue tal como
la pintaba la propaganda oficial, sino que fue bastante efímera.
La experiencia rusa
Es sabido que, a pesar de las durísimas condiciones que tuvieron que afrontar el proletariado y el partido
bolchevique, los primeros años del poder revolucionario fueron los más democráticos de la historia
soviética.
En primer lugar, debemos referirnos a la alianza inicial entre bolcheviques y social-revolucionarios de
izquierda, que se puso de manifiesto a partir del Segundo Congreso de los Soviets de toda Rusia (26/27 de
octubre de 1917) y con la entrada de los eseristas de izquierda en el gobierno soviético (18 de noviembre
de 1917).
Sin embargo, la firma del Tratado de Brest Litovsk (3 de marzo de 1918) con Alemania, al que se
opusieron firmemente los eseristas de izquierda, y las diferencias con los bolcheviques acerca de la cuestión
campesina (los primeros se apoyaban en los campesinos, en general, sin distinguir en ellos a sus distintas
capas; mientras que los bolcheviques se apoyaban en los campesinos pobres, más cercanos al proletariado),
les llevaron a abandonar el gobierno revolucionario, coincidiendo con la ratificación del Tratado de Brest
Litovsk por parte del IV Congreso de los Soviets (15 de marzo de 1918) y a asesinar al embajador
alemán, conde Mirbach (6 de julio de 1918), desencadenando un intento de golpe de Estado contra los
bolcheviques, que sería aplastado después de varios días de combates. Motivos por los que el partido
eserista de izquierda fué ilegalizado en agosto de 1918. De esta manera, las circunstancias históricas
condujeron al unipartidismo en Rusia, ya que el resto de los partidos burgueses y reformistas, entre ellos
lo eseristas de derecha, se habían unido a la contrarrevolución8.
Después del triunfo de la Revolución de Octubre, el gobierno soviético diferenció entre los partidos
burgueses y los de la pequeña burguesía. Mientras contra los primeros se establecieron limitaciones y
fueron objeto de vigilancia e, incluso, a partir del inicio de la guerra civil, debido a que optaron por apoyar
abiertamente la contrarrevolución, fueron prohibidos; no ocurrió lo mismo con los segundos. De cara a
estos últimos, y con objeto de eliminar su influencia sobre las masas, únicamente se planteó la lucha
ideológica y política.
8
La guerra civil (1918-1920) ya había comenzado. Se había producido la sublevación de los cosacos contra el gobierno soviético (6 de mayo) y
también se había levantado en armas la «legión checoslovaca» (25 de mayo).
5
Sobre el socialismo. La dictadura del proletariado
A pesar de todo, Lenin consideraba que la restricción de derechos a la burguesía debía ser limitada.
Por ejemplo, se dio el caso del partido demócrata constitucionalista (cadete), que continuó existiendo
legalmente hasta finales de noviembre de 1917. Pero, además, después de haber sido ilegalizado, debido al
apoyo que prestó a la insurrección contrarrevolucionaria de Kaledin, el periódico de este partido (Svoboda
Rosii) continuó publicándose legalmente hasta finales del verano de 1918, en plena guerra civil y sólo fue
prohibido cuando esta alcanzó su mayor agudeza9.
Sobre la cuestión de la restricción de los derechos a la burguesía, Lenin escribía en octubre-noviembre
de 1918, lo siguiente:
«Pero sería un error asegurar por anticipado que las futuras revoluciones proletarias de
Europa, todas o la mayor parte de ellas, originarán necesariamente una restricción del
derecho de voto para la burguesía. Puede suceder así..., pero no es indispensable para
el ejercicio de la dictadura, no constituye un rasgo imprescindible del concepto lógico
de dictadura, no es condición indispensable del concepto de dictadura en el terreno
histórico y de clase»10.
Más tarde, con ocasión de la celebración del X Congreso del Partido Comunista (8/16-3-1921), y ante la
situación de inestabilidad surgida a raíz de la sublevación de la guarnición de Kronstadt (2/17 de marzo de
1921), la dirección del partido prohibió la formación de corrientes y plataformas fraccionales en el seno de
éste11. Esa resolución no iba dirigida a impedir el libre debate dentro del partido, sino que se trataba de una
medida coyuntural, meramente transitoria, y que únicamente se justificaba por las graves circunstancias
del momento.
Sin embargo, esa restricción de la libertad de expresión se interpretó de forma abusiva y unilateral,
aplicándose desde ese momento como una norma general de funcionamiento del partido e, incluso, se hizo
extensiva a otros partidos de la Internacional Comunista.
Por otra parte, la democracia soviética había quedado seriamente debilitada como consecuencia de la
guerra civil y la dureza de las medidas económicas adoptadas durante el periodo del «comunismo de
guerra». Sobre esta cuestión, Charles Bettelheim dice que:
«El sistema de los soviets –en tanto que organizaciones impulsadas por las masas
populares- queda paralizado. La administración del país está, a todos los niveles,
en manos de aparatos que ya no se encuentran bajo el control directo de los
trabajadores»12.
La experiencia china
En abril de 1956, Mao se pronunció abiertamente a favor de la existencia de una pluralidad de partidos:
«¿Qué es mejor: que haya un solo partido o varios partidos? Por lo que hoy parece, es
preferible que haya varios. Esto no sólo es válido para el pasado, sino que puede serlo
también para el futuro; significa coexistencia duradera y supervisión mutua.
»En nuestro país, siguen existiendo los numerosos partidos democráticos que se
formaron durante la resistencia al Japón y la lucha contra Chiang Kai-shek y que se
9
Charles Bettelheim: Las luchas de clases en la URSS. Primer periodo (1917-1923), Editorial Siglo XXI, Madrid, 1976, pp. 231-233.
V. I. Lenin: La revolución proletaria y el renegado Kautsky, Obras Escogidas, t. 3, Editorial Progreso, Moscú, 1970, pp. 85-86.
11
Sobre esta cuestión, así como sobre la relación entre los bolcheviques y los Socialistas Revolucionarios de izquierda y, en general, sobre la
evolución de la democracia soviética, se pueden consultar las siguientes obras: Umberto da Cruz: Lenin y el partido bolchevique, Miguel Castellote
Editor, Madrid, 1976. Gerard Walter: Lenin, Ediciones Grijalbo, Barcelona, 1972. Charles Bettelheim: Las luchas de clases en la URSS. Primer
periodo (1917-1923), Editorial Siglo XXI, Madrid, 1976. Charles Bettelheim: Las luchas de clases en la URSS. Segundo periodo (1923-1930),
Editorial Siglo XXI, Madrid, 1978.
12
Charles Bettelheim: Las luchas de clases en la URSS. Primer periodo (1917-1923), Editorial Siglo XXI, Madrid, 1976, p. 463.
10
6
Sobre el socialismo. La dictadura del proletariado
componen principalmente de elementos de la burguesía nacional y de su intelectualidad.
En este punto, nuestra situación difiere de la que existe en la Unión Soviética. De
manera consciente permitimos que subsistan los partidos democráticos, les brindamos
oportunidades para expresarse y aplicamos para con ellos la política de unidad y lucha
[…]
»[...]Puesto que subsisten en China las clase y la lucha de clases, es imposible que no
exista la oposición en una u otra forma»13.
Los partidos democráticos14 tuvieron una vida lánguida y, prácticamente, se fueron extinguiendo. Pero, a
raíz de la muerte de Mao (septiembre de 1976), los nuevos dirigentes chinos los volvieron a reavivar, con
objeto de dar una apariencia democrática formal a la vía de restauración capitalista que habían emprendido.
En el caso de China, se puede afirmar que la democracia socialista alcanzó su máximo desarrollo durante
los primeros meses de la Revolución Cultural15, que se desarrolló entre 1966 y 1976. Sin duda alguna,
la eclosión de todo tipo de organismos populares de masas, la proliferación de críticas abiertas hacia
muchos de los cuadros dirigentes (que seguían la línea burguesa), tanto en la prensa y en la radio como
en panfletos, carteles murales (dazibaos), etcétera, constituyeron la prueba más evidente de ello. Pero su
mejor exponente fue el episodio de la Comuna de Shanghai.
Durante todo el año 1967, tuvieron lugar importantes y decisivos acontecimientos. En algunas ciudades
industriales como Shanghai, Tientsin y el Nordeste de China, se multiplicaban los comités de fábrica. Se
asiste a la creación de un «doble poder» en numerosas empresas, en las que estos comités se enfrentan a
los «grupos de producción», formados especialmente por cuadros y técnicos. A finales de diciembre, se
produciría el desmoronamiento de estos últimos.
En Shanghai, junto a los comités de fabrica, también surgen los llamados «cuarteles generales»,
enfrentados al Comité Municipal del PCCh, al que acusaban de revisionismo. Sin embargo, los «cuarteles
generales» no lograban entenderse y llegar a acuerdos entre ellos. A principios de enero de 1967 y tras
haberse realizado varios mítines gigantescos, alguno de ellos con una participación de más de un millón
de trabajadores, se logra la dimisión del Comité Municipal del Partido16.
El 11 de enero de 1967, treinta y dos organizaciones revolucionarias llegaron a un acuerdo y publicaron un
«Comunicado urgente» a toda la población de la ciudad, en el que se hacía una propuesta en diez puntos,
manifestando su intención de asestar un duro golpe a la «línea reaccionaria burguesa», y en el que se
derogaban muchos de los decretos que habían sido promulgados anteriormente por el Comité del Partido
y el Gobierno municipal de la ciudad17. El documento fue publicado y comentado por la mayoría de la
prensa china. Hasta el propio Mao lo presentó como un modelo.
Pero la situación se alarga. El 5 de febrero, en un mitin en el que llegaron a participar un millón de
trabajadores, los oradores declararon que tanto el Comité municipal del partido, como el Gobierno de la
ciudad habían sido destituidos, y que habían sido sustituidos por un nuevo órgano de poder, la Comuna18.
Pero, a diferencia de lo ocurrido con ocasión de la publicación del «Comunicado urgente», la mayor
parte de la prensa china no celebra y apenas comenta la creación de la Comuna de Shangai, ni de otras
13
Mao Tse-Tung: Sobre diez grandes relaciones, Obras Escogidas, t. 5, Editorial Fundamentos, pp. 321-323.
Estos partidos son: el Comité Revolucionario de Kuomingtan de China (Minge), la Liga Democrática de China (Minmeng), la Asociación de
la Construcción Democrática de China (Minjian), la Asociación para la Promoción de la Democracia de China (Minjin), el Partido Democrático
Campesino y Obrero de China (Nonggongdang), el Zhigongdang de China, la Sociedad Jiusan (3 de septiembre), y la Liga para la Democracia y
Autonomía de Taiwan (Taimeng).
15
Para estudiar los dos primeros años de la Revolución Cultural, resulta imprescindible el libro de K. H. Fan: La revolución cultural china, Ediciones
ERA, México, 1970. En él se recogen los documentos, circulares y resoluciones más importantes del PCCh en dicho periodo, así como otros
documentos polémicos. El autor ha situado todos ellos en las condiciones, ambiente y circunstancias concretas del momento.
16
Charles Bettelheim: «China hoy: cambios políticos y lucha de clases (Segunda parte)», publicado en Monthly Review-Selecciones en castellano
(julio/agosto 1978), Barcelona, pp. 126-127.
17
K. H. Fan: obra citada, pp. 207 a 215.
18
Charles Bettelheim: artículo citado, p. 127.
14
7
Sobre el socialismo. La dictadura del proletariado
que se constituyeron posteriormente, como la de Taiyuan. El poder central no desautoriza la creación
de la Comuna de Shanghai pero, tampoco la «reconoce» oficialmente. Unos veinte días después de su
constitución, la Comuna dejó de existir y fue sustituida por un «Comité Revolucionario».
Este nuevo organismo estuvo presidido por Chang Chun-chiao, que hasta ese momento había trabajado en
la organización de la Comuna, siguiendo las indicaciones del Grupo del Comité Central Encargado de la
Revolución Cultural, y contando con la aceptación de todas las organizaciones fundadoras19. Al igual que
en Shanghai, también se abandona la forma organizativa de la Comuna en las otras ciudades en las que se
habían llegado a constituir. ¿A qué fue debida esta marcha atrás?
La única explicación parece hallarse en el discurso que pronunció Chang Chun-chiao el 24 de febrero de
1967, en el que daba cuenta de las observaciones de Mao sobre la creación de la Comuna de Shanghai.
Según este, Mao no se cuestionaba los principios en base a los que se constituyó la Comuna, sino que
se interrogaba sobre si el proceso seguido para su formación había sido correcto. Mao dudaba sobre la
viabilidad que podría tener la aplicación del modelo de la Comuna de París a una ciudad industrial como
era Shangai, que en aquella época era el núcleo obrero más importante de China. Además, también se
preguntaba sobre los problemas internacionales que podría plantear el que por toda China se extendiese y
se generalizase la nueva forma de poder20. En realidad, lo que planteaba Mao no era un «condena» de la
forma organizativa de la Comuna, sino que estaba haciendo un llamamiento a la prudencia.
Pero la mayor duda de Mao, lo que más le inquietaba, era la cuestión del Partido. El adoptar una nueva
forma de poder político, como era la de la Comuna, unido a la tendencia de algunos sectores radicales a
«derrocar a todas las personas responsables», le llevaba a hacerse una pregunta sobre si el Partido todavía
seguiría siendo necesario. En ese sentido, Mao consideraba que hacía falta «un núcleo de bronce, para
reforzarnos en el camino que nos queda por recorrer»21.
En realidad, en los meses de enero-febrero de 1967, se produjo un «punto de inflexión» en el desarrollo
de la Revolución Cultural. Mao y el resto de dirigentes que la impulsaban, no se atrevieron a profundizar
más en ella, pues las consecuencias eran imprevisibles. De esta manera, en 1967 se inicia un proceso
de «involución» que, en palabras de Bettelheim, se caracteriza por «una serie de retrocesos jalonados de
contraofensivas parciales, cada vez menos eficaces»22.
La percepción de estas experiencias en
Occidente
En Euskal Herria, al igual que en una buena parte de los países que constituyen su entorno geográfico
(que actualmente forman parte de la Unión Europea) existe una arraigada tradición democrática. En
Europa Occidental tuvieron lugar las revoluciones burguesas inglesas (1648 y 1688) y francesa (1789), las
revoluciones liberales de 1820 y 1830, así como la revolución de 1848, de la que ya hemos hablado antes.
19
Idem.
De hecho, si la forma organizativa de la Comuna se hubiese extendido por todo el país, el Estado chino podría haber desaparecido como
forma de organización política centralizada. En una situación internacional como la que existía en aquellos momentos, con el imperialismo yanqui
interviniendo militarmente en Indochina y con el peligro potencial de estallido de un conflicto entre China y Estados Unidos, como una posible
consecuencia de aquel conflicto; con un enfrentamiento cada vez más radical con la URSS, con la que China mantiene una extensa frontera;
y con un conflicto fronterizo latente con la India, con la que ya había tenido varios enfrentamientos armados en el pasado, es lógico pensar
que cualquiera de estas potencias, o tal vez varias de ellas al mismo tiempo, podrían haber aprovechado la situación política interna china, el
«vacío de poder» que se hubiera creado como consecuencia de la posible desaparición del Estado chino, para invadir y tal vez desmembrar
aquel país. Ese era un peligro real. Pero, otra posibilidad es que la generalización de una forma política de organización basada en la comuna,
podría haber contribuido a la profundización de la democracia socialista y haber dado lugar a una nueva forma de dictadura del proletariado. De
hecho, muchas de las organizaciones revolucionarias de masas que surgieron en aquellos momentos, como el Cuartel General de los Trabajadores
Revolucionarios, el Comité Unido Rebelde de los Obreros de Shanghai, el Comando Unido Revolucionario de los obreros de Shanghai, etcétera,
aunque se autodenominaban como «organizaciones de masas», en realidad funcionaban como partidos revolucionarios.
21
Citado por Charles Bettelheim en el artículo mencionado, p. 128.
22
Idem.
20
8
Sobre el socialismo. La dictadura del proletariado
En varios de estos países se desarrolló una fuerte lucha de resistencia antifascista durante la ocupación
alemana e italiana. En el caso de Euskal Herria, además de la lucha de resistencia contra la ocupación
nazifascista en Iparralde, en Hegoalde se desarrolló una larga y dura lucha contra la dictadura franquista.
Sin embargo, a pesar del peso indudable que en todos estos movimientos tuvo la clase obrera de los distintos
países europeos, ha sido la burguesía quien ha patrimonializado la lucha por las libertades democráticas
y la que trata de aparecer como la abanderada de la democracia. Por eso, en estos países se considera a la
democracia burguesa como la «democracia» por antonomasia.
La principal percepción que se tenía en los países de Europa Occidental sobre la situación política en los
llamados países socialistas, era su falta de libertades democráticas. Y, aunque en buena medida esta imagen
era producto de la intensa propaganda burguesa, también hay que decir que los propios partidos comunistas
europeos contribuyeron mucho a la creación de dicha imagen ya que durante muchos años identificaron
la dictadura del proletariado con el régimen político que existía en la URSS. Justificaban el unipartidismo
recurriendo al término peyorativo de «partitocracia», que usaban para definir (despectivamente) a los
regímenes democrático burgueses de algunos países capitalistas occidentales. Así, con ello, «hacían de la
necesidad virtud».
Por eso, la propaganda burguesa (que generalmente aprovecha todos los defectos, errores, fallos,
limitaciones y deformaciones que pudiera haber, y que hubo, en la URSS y en el resto de los antiguos
países socialistas, para desprestigiar y combatir al socialismo), lo tuvo muy fácil. Además, una serie de
hechos históricos como la «desestalinización», llevada a cabo a partir del XX Congreso del PCUS (febrero
de 1956), la intervención rusa en Hungría (octubre-noviembre de 1956), la invasión de Checoslovaquia
(agosto de 1968), que fueron hábilmente utilizados por la burguesía, contribuyeron a crear esa imagen que
identificaba el socialismo con la imposición y la falta de libertades democráticas y nacionales.
Pero, si ocurría esto con las noticias que llegaban procedentes de los países del este de Europa, a fin de
cuentas relativamente próximos a nosotros, la imagen que los trabajadores occidentales tenían de lo que
ocurría en otros países socialistas más lejanos, como China o los del Sudeste de Asia, estaba aún más
deformada. Ese es el caso de todo lo concerniente a la Revolución Cultural china.
La ideología dominante, ha sido capaz de ocultar la esencia del poder de la clase explotadora (la dictadura
de la burguesía), mientras que por otra parte ha ido dando un significado negativo al término de dictadura
del proletariado y lo ha ido diluyendo en el concepto general de «dictadura», identificando esta con la
falta de libertad y con el dominio de la fuerza, la coerción y la violencia. Y lo ha conseguido de tal forma
que la sola idea de la dictadura del proletariado suene mal a los trabajadores, logrando que identifiquen la
democracia burguesa con la libertad y la dictadura del proletariado con dictadura.
Democracia socialista para Euskal Herria
La realidad social, política, económica y cultural de Euskal Herria, es muy distinta de la que había en
Rusia y China cuando en esos países se hizo la revolución. Pero, además, la sensibilidad democrática de
nuestro pueblo, desarrollada y enriquecida a través de largos años de lucha contra el franquismo,
por la construcción nacional y la transformación social, no es proclive a implantar un poder
revolucionario que no esté basado en la más amplia democracia socialista.
En Euskal Herria, al igual que en otros países de nuestro entorno, debemos tener muy en cuenta que
para ganar a los trabajadores y trabajadoras para la causa revolucionaria, no sirve el promover el
recuerdo y la nostalgia de unos regímenes que, en su momento, tuvieron una escasa aceptación en
el proletariado occidental.
Aunque es completamente necesario estudiar esas experiencias, para aprender de ellas (tanto de sus aciertos
como de sus errores), no nos sirven como modelo a emplear en nuestro trabajo político. Debemos tener
muy claro que para ganarnos a las masas trabajadoras, el socialismo tiene que ser un proyecto político
que resulte atractivo e ilusionante, y los regímenes del «socialismo real» no lo eran, en modo alguno,
salvo para una exigua minoría.
9
Sobre el socialismo. La dictadura del proletariado
Por eso, a la hora de explicar una cuestión tan esencial como es la de la dictadura del proletariado, además
de hacer hincapié en que con ese término se hace referencia al poder de los trabajadores, debemos recalcar
de forma especial el aspecto de la democracia socialista.
Surgimiento del Estado
El Estado, como forma de organización política, y como instrumento de dominación, no ha existido
siempre sino que tiene un carácter histórico. Surge en un momento determinado. Sobre su aparición, Engels
nos dice que:
«[…] el Estado no es de ningún modo un poder impuesto desde fuera a la sociedad,
tampoco es «la realidad de la idea moral», ni «la imagen y la realidad de la razón»,
como afirma Hegel. Es más bien un producto de la sociedad cuando llega a un
grado de desarrollo determinado; es la confesión de que esa sociedad se ha enredado
en una irremediable contradicción consigo misma y está dividida por antagonismos
irreconciliables, que es impotente para conjurar. Pero a fin de que estos antagonismos,
estas clases con intereses económicos en pugna no se devoren a sí mismas y no
consuman a la sociedad en una lucha estéril, se hace necesario un poder situado
aparentemente por encima de la sociedad y llamado a amortiguar el choque, a
mantenerlo en los límites del «orden». Y ese poder, nacido de la sociedad, pero que se
pone por encima de ella y se divorcia de ella más y más, es el Estado»23.
Los primeros datos acerca de la existencia del Estado se remontan a finales del IV milenio en Mesopotamia
y Egipto. Entre el 3200 y el 2800 a.n.e., los sumerios (cuyo origen todavía es desconocido, pero que
algunas teorías antropológicas lo sitúan en el sur o en el oeste de la India), que ya conocían el metal,
se establecieron en el sur de Mesopotamia y fundaron una serie de ciudades-Estado (Ur, Uruk, Lagash,
Umma, etcétera) independientes entre sí. En estas ciudades, el núcleo urbano lo constituía el templo que
era, al mismo tiempo, el centro económico, político y religioso. La máxima autoridad de la ciudad era un
rey, cuyo título era hereditario y que, al mismo tiempo, ostentaba el cargo de sumo sacerdote. La sociedad
sumeria estaba dividida en clases y conocía la escritura (primero pictográfica y más tarde cuneiforme).
En Egipto, hacia el año 3000 a.n.e., a partir de las culturas prehistóricas (neolíticas) de Merimde, El Fayum,
El Badari y Negade, tuvo lugar la formación de dos reinos, el del Alto y el del Bajo Egipto. El primero de
ellos estaba situado en el área territorial de Ombo, cerca de Assuán, y el segundo en la zona de Buto, en el
delta del Nilo. Ambos reinos se unificaron bajo la dirección de Narmer y Aha (a quien la tradición griega
da el nombre de Menes), que estableció la capital común en Menfis.
Hasta entonces, las comunidades primitivas se habían organizado en base a las costumbres, a la autoridad
moral y el respeto de que gozaban los ancianos. No había sido necesario crear ningún aparato capaz de
ejercer la violencia y que, mediante el uso de esta, permitiese dominar la voluntad de los demás miembros
de la tribu. El surgimiento del Estado fue una consecuencia de la aparición de las clases sociales.
El Estado en la sociedad de clases
Al surgir en una sociedad dividida en clases, el Estado no es ajeno ni está por encima de las clases. A
medida que ha ido cambiando la sociedad, que se han ido sucediendo los distintos modos de producción,
también ha ido cambiando el carácter, la naturaleza, del Estado. Engels sostiene que:
«[…] Como el Estado nació de la necesidad de refrenar los antagonismos de clase,
y como, al mismo tiempo, nació en medio del conflicto de esas clases, es, por regla
general, el Estado de la clase más poderosa, de la clase económicamente dominante que,
con ayuda de él, se convierte también en la clase políticamente dominante, adquiriendo
23
F. Engels: El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado, Obras Escogidas, t. 2, Editorial Fundamentos, Madrid, 1975,
p. 336.
10
Sobre el socialismo. La dictadura del proletariado
con ello nuevos medios para la represión y la explotación de la clase oprimida. Así, el
Estado antiguo era, ante todo, el Estado de los esclavistas para tener sometidos a los
esclavos; el Estado feudal era el órgano de que se valía la nobleza para tener sujetos
a los campesinos siervos, y el moderno Estado representativo es el instrumento de que
se sirve el capital para explotar el trabajo asalariado»24.
La clasificación de los tipos de Estado que hace Engels en su obra, hace referencia a su esencia, a su
naturaleza, pero a veces se ha interpretado de forma un tanto restrictiva y no se ha comprendido que la
realidad social es más compleja y que los distintos modos de producción se manifiestan, en la práctica (en
base a una serie de circunstancias históricas, económicas, sociales, políticas, culturales, etcétera), como
formaciones económicas y sociales. Es decir que, el concepto de modo de producción es teórico, mientras
que en la realidad lo que existen son las formaciones económicas y sociales25, que tienen un carácter
histórico-concreto.
Como consecuencia de ello, también nos encontraremos con distintos tipos de Estados que, aunque
respondan a los aspectos generales de la clasificación realizada por Engels, poseen una serie de rasgos y
matices, que no debemos pasar por alto y que, por el contrario, debemos tener muy en cuenta. Así, desde
la antigüedad, podemos enumerar, a grandes rasgos, los siguientes tipos de Estado: El Estado despótico,
que correspondería al modo de producción asiático u oriental26; el Estado esclavista clásico de Grecia y
Roma; el Estado feudal-vasallático y las monarquías medievales, en la Alta Edad Media; la monarquía
autoritaria centralizada o nuevo Estado moderno, que surgió durante la crisis que tuvo lugar a finales de la
Baja Edad Media27; las monarquías absolutas, surgidas durante el Antiguo Régimen28; el Estado liberal,
surgido tras la Revolución Francesa (1789), el Estado fascista y el Estado democrático parlamentario.
El Estado socialista
La primera experiencia de este tipo de Estado, aunque ciertamente efímera, fue la Comuna de París (1871).
Posteriormente, surgió y se consolidó, a raíz de la Revolución de Octubre de 1917 en Rusia y luego, bajo
24
Idem. p. 338.
En adelante, para abreviar, las denominaremos formaciones socioeconómicas.
26
También denominado por algunos autores «régimen despótico-tributario». Se desarrolló en algunas regiones de Asia a consecuencia de la
desintegración del régimen de comunidad primitiva. Lo peculiar del modo de producción asiático consiste en que fue un modo de producción precapitalista que presentaba rasgos comunes a otros modos de producción. Uno de ellos es el de la existencia de la esclavitud. Pero, a diferencia
del modo de producción esclavista propiamente dicho, el tipo de esclavitud se basaba en la propiedad colectiva de los esclavos, de tal forma que
la comunidad (el Estado) poseía, en común, al conjunto de los esclavos que, generalmente pertenecían a algún pueblo vencido y reducido a la
esclavitud. Es decir que los esclavos no pertenecían a propietarios individuales, como ocurría en Grecia o Roma. Este peculiar modo de producción se
encuentra en las civilizaciones denominadas «hidráulicas», que se caracterizaron por la realización de grandes trabajos de irrigación para aprovechar
sus recursos naturales. Se pueden incluir en esta categoría a los modos de producción que se desarrollaron en el antiguo Egipto, en Mesopotamia
(especialmente en la época del Imperio Babilónico), en India y China. También guarda similitud con los modos de producción que se desarrollaron
en la América «precolombina», como en México (imperio azteca) y en los Andes (imperio inca o Tahuantinsuyo). El concepto de despotismo
oriental ya había sido expuesto por Marx en su cuaderno Formaciones económicas precapitalistas (1858). También se encuentra en la obra de F.
Engels, Anti-Dühring (1878) aunque, posteriormente, en El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado (1884) adoptó la clasificación del
desarrollo social elaborada por L. H. Morgan, en su obra La sociedad antigua (1877). Entre los historiadores marxistas ha tenido lugar un amplio
debate sobre la cuestión del modo de producción asiático. Ha habido desde quienes han defendido su existencia como un modo de producción
diferenciado, hasta quienes lo han incluido en el modo de producción esclavista, como una variante de éste. Para quienes las personas interesadas
en cómo se abordó este tema por parte de la historiografía marxista y especialmente por la soviética, recomendamos leer el libro: VV. AA.: El modo
de producción esclavista, Editorial Akal, Madrid, 1986.
27
Con la descomposición del feudalismo y el desarrollo del comercio, de la artesanía y de la manufactura, así como el crecimiento de la población
que habitaba en las ciudades, se inicia un proceso de concentración del poder político que da lugar a la aparición de las monarquías autoritarias
centralizadas o nuevos Estados modernos, también conocidos por algunos historiadores con el nombre monarquías renacentistas. Este impulso
centralizador tuvo lugar en España con la unión de los reinos de Aragón y Castilla (1469) y posteriormente con la conquista de la parte peninsular
del Reino de Navarra (1512-1524). En Inglaterra se llevó a cabo durante la Guerra de las Dos rosas, después de la batalla de Bosworth (1485), y la
entronización de la dinastía Tudor, con Enrique VII. En Francia se produjo después de la Guerra de los Cien Años (1339-1453), con los últimos reyes
de la dinastía de los Valois, después de la absorción de algunos países vasallos, como el Ducado de Borgoña (1493) y el Ducado de Bretaña (1532).
28
Se denomina así al periodo de transición entre el feudalismo y el capitalismo, en el que la burguesía comercial y manufacturera ya estaba
desarrollada, pero todavía no tenía el poder político. Es el periodo previo a las revoluciones burguesas. Las monarquías absolutas se establecieron
en Francia con los Borbones, Enrique IV y Luis XIII (siglo XVI), tras las «guerras de religión»; en Prusia con los Hohenzollern, Federico Guillermo
I de Brandenburgo (siglo XVIII); en España con los Borbones (Felipe V), tras la Guerra de Sucesión Española, a principios del siglo XVIII; y en
Inglaterra con los Estuardo, Jacobo I y Carlos II, en el periodo inmediatamente anterior a la Revolución de 1648.
25
11
Sobre el socialismo. La dictadura del proletariado
distintas modalidades, se fue implantando en los otros países socialistas. El Estado socialista es el tipo de
Estado que corresponde al periodo de transición entre el capitalismo y el comunismo. Es el Estado
por medio del cual se ejerce la dictadura del proletariado29.
La diferencia fundamental entre este tipo de Estado y el Estado burgués (o el Estado que ha perdido su
naturaleza de clase proletaria), radica en que mientras este último está separado de las masas trabajadoras
y situado por encima de ellas, el Estado socialista no está separado de las masas y, además, está
subordinado a ellas. Es decir que el Estado socialista es un instrumento en manos de la clase obrera
y el pueblo trabajador para ejercer su poder, la dictadura del proletariado.
De esta manera, en la práctica, el Estado socialista debe posibilitar la organización del proletariado
en clase dominante y permitir a los productores directos controlar sus propias condiciones de
existencia.
Pero el Estado socialista, como todo Estado, tiene una función coercitiva; aunque ésta se desarrolla en
un contexto cualitativamente diferente al que existe en el capitalismo, ya que se da en las condiciones
(económicas, sociales y políticas) que caracterizan al poder de los trabajadores, la dictadura del
proletariado.
De esta manera, mientras el Estado burgués constituye el ejercicio organizado de la violencia de una
minoría explotadora sobre una gran mayoría, las masas explotadas; el Estado proletario implica el
ejercicio de la violencia de una gran mayoría, la clase obrera y el conjunto del pueblo trabajador,
sobre una minoría de explotadores. Todo lo cual, supone una transformación radical del papel (de las
funciones) del Estado, de su estructura organizativa y de su relación con las masas.
Esta transformación, este cambio cualitativo en la naturaleza y las funciones del Estado, es lo que hace
que el Estado socialista ya no sea un Estado propiamente dicho, sino que, en palabras de Lenin, sea un
«semi-Estado» que, con el paso del tiempo y según avance la revolución, está llamado a desaparecer.
Comentando lo dicho por Engels sobre esta misma cuestión, Lenin nos dice que:
«El Estado burgués no se «extingue», según Engels, sino que «es destruido» por el
proletariado en la revolución. El que se extingue, después de esta revolución es el Estado
o semi-Estado proletario»30.
De ahí que el Estado socialista tenga dos características principales: es un instrumento en manos del
proletariado para impulsar la transformación revolucionaria de la sociedad y, al mismo tiempo, es
un Estado que camina hacia su propia extinción, es decir hacia su propia desaparición como Estado.
Las contradicciones internas
La construcción del Estado socialista está marcada por dos contradicciones internas que se originan,
precisamente, en esos dos rasgos que acabamos de enunciar, su condición instrumental y su carácter
transitorio. A continuación, vamos a analizar ambas contradicciones.
Para que el Estado socialista sea un instrumento del proletariado, es necesario que esté subordinado a él. Por
otra parte, en todo tipo de Estado existe una tendencia a autonomizarse, a situarse «por encima» de la clase
que lo ha creado. Esto, también ocurre con el Estado socialista. Sin embargo, entre ambas posibilidades
existe una diferencia cualitativa. Si en el sistema capitalista, el Estado burgués se autonomiza, no cambia
su esencia, su naturaleza de clase; pero no ocurre lo mismo en el socialismo. En este caso, depende de cómo
se resuelva la contradicción entre subordinación y autonomización, en qué dirección evolucione, para
29
Aunque, al referirnos al Estado socialista, empleemos los verbos en presente, ello no significa que admitamos que los que hoy se autodenominan
como tales, efectivamente lo sean. Esto es así porque no estamos analizando la cuestión del Estado socialista desde un punto de vista teóricodescriptivo (cómo es), sino teórico-normativo (cómo debiera ser).
30
V. I. Lenin. El Estado y la revolución, Obras Escogidas, t. 2, Editorial Progreso, Moscú, 1970, p. 307.
12
Sobre el socialismo. La dictadura del proletariado
que el Estado pueda continuar siendo un Estado socialista, o pueda llegar a transformarse en su contrario,
es decir, en un Estado capitalista burocrático.
En el socialismo, el aspecto principal de la citada contradicción lo constituye la subordinación del aparato
estatal a la clase obrera y el conjunto del pueblo trabajador. Pero, como nos enseña la Dialéctica, la posición
de los dos aspectos de la contradicción es relativa. Todo dependerá del desarrollo de la lucha de clases en
el socialismo. Si en ella predomina la línea revolucionaria, el Estado socialista continuará subordinado a
las masas trabajadoras y seguirá cumpliendo su función de instrumento para la transformación social; pero,
si por el contrario, se impone la línea revisionista y liquidadora, el Estado se autonomizará y se colocará
por encima de éstas y se convertirá en el instrumento de una nueva clase explotadora, la burguesía de
Estado, o burguesía burocrática, como ha sucedido en los antiguos países socialistas.
En cuanto al carácter transitorio del Estado socialista, para que éste se vaya extinguiendo, es necesario
que las masas vayan desarrollando su autoorganización y, por medio de ésta, asumiendo progresivamente
las funciones que hasta ese momento haya ido desempeñando el Estado socialista. Se trata de resolver
adecuadamente la contradicción entre extinción y reforzamiento del Estado. Es decir, la contradicción
que se da entre los elementos o factores que, a medida que la revolución avanza hacia el comunismo,
tienden a ir «diluyendo» o, para emplear las palabras usadas por Engels, «adormeciendo» al Estado; y
aquellos otros que, por el contrario, tienden a fortalecer el aparato del Estado, la consolidación de sus
órganos coercitivos (ejército, policía, tribunales, cárceles, etcétera), el desarrollo de la burocracia, etcétera;
factores todos ellos que también tienden a favorecer la progresiva separación del Estado respecto a la clase
obrera y el conjunto del pueblo trabajador, es decir, su autonomización.
Por otra parte, cuando el aparato estatal se autonomiza paulatinamente, se aleja de las masas y se convierte
en algo exterior, ajeno y superior a ellas, pasando a convertirse en el instrumento de dominación de
esa nueva clase; ésta, para mantener su dominación sobre la clase obrera y las masas trabajadoras, debe
reforzar los órganos represivos y el aparato político-administrativo del Estado. Como podemos ver, ambas
contradicciones están estrechamente interrelacionadas y se influyen mutuamente.
La fetichización del Estado
En la URSS de los años 30, se desarrolló una concepción ideológica errónea que tendía a sobreestimar el
papel del Estado en la transición socialista, en detrimento del que desempeñó el proletariado, como clase.
Un exponente de estas ideas fue el concepto de «revolución por arriba», que tuvo su origen en los tiempos
de la colectivización agrícola, pero que llegó a alcanzar una extensión más amplia.
«Esta concepción está dialécticamente ligada a la ruptura que se desarrolló entre el
Estado de dictadura del proletariado por una parte y la clase obrera y las masas
populares por otra [aparte de las causas históricas de tal separación, ya analizadas
por Lenin, la colectivización constituyó sin duda un momento esencial en este proceso].
En los años 1930, el ocaso y posteriormente la desaparición de la democracia soviética
tuvieron como corolario inevitable la transformación [ya iniciada por causas objetivas]
del centralismo democrático en el partido –y en las relaciones entre el Estado y las
masas populares- en centralismo burocrático»31.
Estas ideas se fueron entretejiendo con otras que tendían a relegar la lucha de clases a un segundo plano,
o con aquellas que consideraban que «los cuadros lo deciden todo», que tendían a resaltar la importancia
del papel desempeñado por los cuadros, tanto políticos como técnicos, por encima del desempeñado por
las masas trabajadoras.
Todo ello condujo a la consolidación de una visión deformada según la cual era el Estado soviético (y no
la clase obrera) quien estaba «construyendo» el socialismo. Según estas ideas, el Estado soviético había
pasado a convertirse en el sujeto de la transformación social. Esta concepción errónea tuvo también sus
31
Bernard Fabregues: «Stalin y el Materialismo Histórico. La lucha de clases. El Estado», revista El Cárabo, números 11-12, diciembre
1978, p. 49.
13
Sobre el socialismo. La dictadura del proletariado
antecedentes en algunas ideas izquierdistas que se habían desarrollado en el partido bolchevique durante
el periodo del «comunismo de guerra»32 y que ya fueron analizados por Lenin.
Con el tiempo, este «fetichismo de Estado» daría lugar a la justificación teórica del progresivo
fortalecimiento del aparato estatal, e incluso, a pronosticar que, contrariamente a lo defendido por Engels y
Lenin, el Estado no se extinguiría en la fase superior de la sociedad comunista, sino que todavía continuaría
existiendo en ella.
En ese contexto, se comprende como de las distintas funciones del Estado soviético, se resaltasen aquellas
que tenían un carácter coercitivo. Así, Vichinsky (que fue Fiscal general de la URSS), decía:
«El Estado soviético protege y ampara este crecimiento, purificando la sociedad de
cualquier vestigio de capitalismo que subsista en la economía y en la conciencia
del pueblo. Aquí el papel del Estado como órgano de coerción y de educación para
la disciplina y la autodisciplina, para forjar una nueva conciencia humana, para el
fortalecimiento y el respeto de las reglas de la sociedad socialista, el respeto a los
deberes sociales y cívicos, se manifiesta con una particular agudeza»33.
Dada la amplitud y complejidad de estas cuestiones, que sobrepasan en gran medida las pretensiones de
este artículo, únicamente nos hemos limitado a hacer unas breves referencias a las mismas, esperando que
en otra ocasión se puedan abordar con la profundidad que requieren. Sólo nos resta por decir que éste no
es el modelo de socialismo que pretendemos para Euskal Herria.
El Estado y el derecho
Marx y Engels llamaron infraestructura a la base económica de la sociedad, a la que también se conoce
con el nombre de estructura económica, y superestructura, al conjunto de instituciones jurídico-políticas,
entre las que se encuentran el Estado y el derecho, así como a las distintas formas de conciencia social, de
representación religiosa, filosófica, artística, cultural, etcétera, que corresponden a una determinada base
económica.
Entre la base económica y la superestructura, existe una relación dialéctica de mutua interdependencia.
Ambas se influyen recíprocamente, pero, en última instancia, la base económica es la determinante. No
obstante, no debe contemplarse esta determinación de forma mecanicista, ya que todos los fenómenos que
se manifiestan en la superestructura, no son una consecuencia directa de los cambios que tengan lugar
en la base económica. Hay que tener en cuenta que la superestructura posee una autonomía relativa y se
desarrolla como consecuencia de sus propias contradicciones internas, aunque se encuentre determinada,
en última instancia, por la infraestructura.
El derecho, es un sistema de normas y de reglas de conducta establecidas o sancionadas por el Estado.
Pero, como hemos visto antes, éste tiene un carácter de clase. Por ello, el contenido del derecho estará en
consonancia con los intereses de la clase que detente el poder del Estado. De forma sintética, podemos decir
que el derecho es la voluntad de la clase dominante, elevada a la categoría de ley. Lo característico de
las normas jurídicas radica en que su cumplimiento está garantizado por la fuerza coercitiva del Estado.
El derecho socialista es (debiera ser) un nuevo tipo de derecho, cualitativamente diferente, esencialmente
distinto, del que existe y ha existido en todos los Estados clasistas, es decir, de todos los tipos históricos
de derecho que le han precedido. El derecho socialista es el que se corresponde con el Estado proletario
y su función principal es la de contribuir a la transformación revolucionaria de la sociedad, legitimando
los profundos cambios que esto supone.
El derecho socialista es el que corresponde al periodo de transición entre el capitalismo y el
comunismo, aunque en el socialismo, durante un largo periodo, todavía existirán vestigios del derecho
32
Charles Bettelheim: Las luchas de clases en la URSS. Primer periodo (1917-1923), capítulo «El análisis de los errores del «comunismo de
guerra», Editorial Siglo XXI, Madrid, 1976, pp. 412 a 423.
33
A. J. Vichinsky: The Law of the Soviet State, citado por Bernard Fabregues, p. 63 (nota 44).
14
Sobre el socialismo. La dictadura del proletariado
burgués. Una vez que se haya alcanzado el estadio superior del comunismo, el derecho, al igual que
el Estado, habrá dejado de ser necesario, ya no tendrá razón de ser y, por tanto, se extinguirá. El
derecho socialista debe contribuir a acabar con todo tipo de explotación y opresión, así como con cualquier
tipo de desigualdad y exclusión social, y esta función la desarrollará en lucha contra los restos del derecho
burgués que aún continúen existiendo.
Superar errores del pasado
En el socialismo todavía subsistirán las contradicciones sociales y, por tanto, se continuará desarrollando
la lucha de clases. Una de las contradicciones que persistirán durante ese periodo, es la contradicción
entre dirigentes y dirigidos. Esta, se manifiesta de varias formas, siendo las más características las que se
dan entre el Estado y las masas trabajadoras, y entre el Partido y la clase obrera34. Ambos aparatos (el
del Partido y el Estado), pueden ser instrumentos en manos de la clase obrera y las masas trabajadoras para
transformar la sociedad y, al mismo tiempo, transformarse a sí mismas, a través de su propia experiencia
revolucionaria; o pueden llegar a convertirse en aparatos ajenos a las masas y al servicio de una nueva
clase explotadora surgida en el seno mismo de esos aparatos. Todo dependerá de la línea política, de la
orientación general (revolucionaria o burguesa) que adopten, tanto el Partido como el Estado.
Al mismo tiempo, la experiencia nos enseña que en los antiguos países socialistas se producía, en la
práctica, con mucha frecuencia, la superposición de los aparatos del Partido y el Estado; que no
existía una diferenciación nítida entre ambos, lo que llevaba a que, generalmente, los altos cargos en los
órganos político-administrativos del Estado fueran ocupados por quienes ya desempeñaban altos puestos
dirigentes en la organización del Partido; y a que, en ocasiones, órganos de dirección del Partido tomasen
directamente las decisiones que correspondían a los órganos del Estado35.
Todo lo cual favorecía el desarrollo de prácticas (opacas, constrictivas, abusivas, etcétera) no proletarias
y contribuía a dificultar (o a impedir) el control del Estado por parte de los propios trabajadores. Mientras
todo esto ocurría, la retórica oficial afirmaba las «excelencias» democráticas de aquellos Estados que,
por definición, estaban en manos de los trabajadores y tenían un carácter «socialista». Sin embargo, la
experiencia histórica nos ha demostrado que en dichos países se acabó restaurando el capitalismo, lo cual
nos permite extraer tres conclusiones:
a. Que la autoafirmación del carácter socialista del Partido y del Estado, no es ninguna garantía de que
realmente ambos lo sean. Si ambos no siguen una orientación correcta, revolucionaria, es totalmente
factible que, bajo una apariencia socialista se desarrolle una nueva burguesía, la burguesía de Estado,
y se reproduzcan unas relaciones políticas de opresión y unas relaciones económicas de explotación;
b. que para evitar esto, es necesario que los sectores más avanzados y consecuentes de la clase obrera no
bajen la guardia, adoptando una postura autocomplaciente que les lleve a conformarse con las meras
apariencias del proceso revolucionario, y que persistan en el desarrollo de la lucha de clases y en la
profundización de la revolución; y
c. que el propio Estado socialista tendrá que tener unas características tales que impidan que, desde los
distintos órganos estatales, se puedan llevar a cabo prácticas arbitrarias tendentes a limitar los derechos
(individuales y colectivos) de la clase obrera y las masas trabajadoras, y a restringir el ejercicio de la
democracia socialista.
Es por ello que, el Estado socialista habrá de establecer todo un sistema de garantías jurídico-políticas
que permitan y favorezcan la autoorganización de las masas, así como todas las formas de movilización y
participación política. Esta es una condición imprescindible para que sean las propias masas trabajadoras
quienes, de forma real y efectiva, controlen el aparato del Estado y, a través de él, puedan controlar sus
propias condiciones de existencia.
34
La cuestión del partido de vanguardia, su necesidad, características, relación con la clase obrera, etcétera, se tratará con más amplitud en un
próximo artículo.
35
Por ejemplo, este es el caso de la Comisión Militar del Comité Central del PCCh, que tenía un órgano paralelo en la estructura del Estado, con
la misma denominación y hasta con igual composición.
15
Sobre el socialismo. La dictadura del proletariado
Para que el Estado revolucionario pueda tener ese carácter «garantista», debe ser un Estado socialista de
derecho, es decir que no es suficiente con que el Estado autoproclame su carácter socialista y se afirme
como un Estado de los trabajadores, sino que la propia actividad del Estado deberá estar sujeta a
procedimientos regulados por la ley, de acuerdo con el derecho socialista.
Sólo así, se podrá garantizar que las masas trabajadoras no estén expuestas a posibles abusos de poder o a
actuaciones arbitrarias por parte de las distintas autoridades o de los órganos del Estado. Sólo así se podrá
garantizar una plena democracia socialista y se podrán crear las condiciones que permitan desarrollar la
lucha de clases y profundizar en la revolución.
El Estado que propugnamos para Euskal
Herria
Cuando el pueblo trabajador vasco, con la clase obrera a la cabeza, tome el poder político, tendrá que
construir un aparato estatal propio, un instrumento para impulsar el proceso de construcción nacional
y de transformación social, es decir, la Revolución Vasca. Ese Estado, no será otro que un Estado
Socialista Vasco.
No podemos definir, de antemano, de forma pormenorizada, que características habrá de tener el Estado
Socialista Vasco. Hay que tener en cuenta que en el socialismo, como periodo de transición, habrá que
investigar y experimentar en todos los campos; y éste, el del Estado, es uno de ellos. Esa necesidad de
experimentar y de no copiar (aunque sí de aprender) de experiencias revolucionarias del pasado, es aún más
acusada si tenemos en cuenta como han acabado la mayoría de los regímenes autoproclamados socialistas,
que ha habido hasta ahora.
Pero, además, también nos obligan a investigar y experimentar, las características concretas (sociales,
económicas, políticas, históricas, culturales, psicológicas, etcétera) de la sociedad vasca actual, así como
el contexto geopolítico (Europa Occidental) en el que nos ha tocado vivir.
Lo que sí podemos hacer desde ahora, es avanzar unas líneas generales de cómo entendemos deberá ser
el Estado Socialista Vasco.
Un Estado de los trabajadores
El Estado socialista vasco tendrá que ser la expresión del poder revolucionario de los trabajadores.
Para ello, habrá de estar controlado, de forma real y efectiva, por la clase obrera y el pueblo trabajador,
de tal modo que se impida su autonomización y su conversión en un aparato estatal situado por encima
de las masas trabajadoras. Para ello, será necesario:
• Simplificar la administración del Estado, de tal forma, que se posibilite la participación en ella de
sectores cada vez más amplios de las masas.
• Capacitar a la gran mayoría de los trabajadores y trabajadoras en el desempeño de las tareas
político-administrativas, es decir en la gestión del Estado. En esta labor pueden, y deben, jugar un
importante papel los sindicatos de clase y las distintas organizaciones de masas. Con ello se reduciría
considerablemente la necesidad de recurrir a los técnicos y especialistas burgueses.
• Descentralizar el aparato del Estado, transfiriendo competencias y atribuciones, de los órganos
superiores a los inferiores; y de los órganos nacionales a los territoriales y locales.
• Reducir al mínimo el número de funcionarios permanentes del aparato administrativo; implantando
la rotación en los puestos de trabajo; y, en determinadas circunstancias, la remoción de los cargos;
con todo lo cual disminuiría el peso de la burocracia y los riesgos de su autonomización y conversión
en una nueva clase.
16
Sobre el socialismo. La dictadura del proletariado
Al mismo tiempo, habría que establecer mecanismos de control democrático de la clase obrera y el pueblo
trabajador sobre los aparatos armados, tales como policía y ejército (que, con el tiempo, en la medida en
que se desarrolle el proceso revolucionario, convendría ir sustituyendo estos organismos armados, si no
en su totalidad al menos en lo fundamental, por otras formas de organización militar, como podrían ser las
milicias populares, es decir, por el pueblo armado y estructurado en milicias).
Por otra parte, en lo que respecta a la función coercitiva del Estado, ésta no podía ser ni arbitraria ni
ilimitada, sino que tendría que ser la necesaria y suficiente para asegurar el cumplimiento de la ley y
garantizar el mantenimiento del orden socialista establecido.
Un Estado de derecho
Esto supone que el Estado socialista vasco tendría que reconocer los derechos individuales y colectivos
al conjunto de la población, así como la responsabilidad del Estado (en aquellos casos en que le
correspondiese) así como la necesidad de su legitimación social y política.
Por otra parte, en los Estados capitalistas de democracia parlamentaria, la burguesía estructura sus
instituciones políticas y los órganos del Estado en base al principio jurídico-político de la «división de
poderes»36. Sin embargo, el Estado socialista vasco se basaría en el principio de «unidad del poder», ya
que si este se halla en manos de la clase obrera y el pueblo trabajador, en realidad, no podría existir una
división del mismo. Lo que sí se podría establecer es una estricta división funcional entre los distintos
órganos del Estado que, a diferencia de la falacia burguesa de la «división de poderes», si tuviera una
eficacia real, de cara a defender a los trabajadores de posibles abusos y arbitrariedades por parte de su
propio Estado, de algún órgano del mismo, o de su administración.
Esta división funcional se podría reforzar estableciendo los mecanismos democráticos que permitan tanto
la elegibilidad como la revocabilidad de los jueces, lo que posibilitaría el control del aparato judicial por
parte del pueblo trabajador.
En cuanto al partido revolucionario que desempeñase la función dirigente, éste no habría de tener
nunca un carácter «constitucionalizado», ni ser objeto de un trato especial ni privilegiado, todo lo
cual podría contribuir, con el tiempo, a su separación de las masas y su trasformación en un partido
contrarrevolucionario.
Al contrario, este partido tendría que trabajar adecuadamente para ganarse «a pulso», día a día, el
reconocimiento y el respeto por parte de la clase obrera y las masas trabajadoras, en su papel como partido
dirigente.
Un Estado democrático
Los regímenes democrático burgueses establecen la «igualdad» jurídica entre todos los ciudadanos. Sobre
esto hay que hacer dos consideraciones:
a. Se trata de una igualdad abstracta, formal, ya que nunca podrán ser iguales el burgués (propietario de los
medios de producción) y el obrero (que sólo posee su fuerza de trabajo); el explotador y el explotado.
Por tanto, la «igualdad» bajo el capitalismo sólo es una igualdad formal, es falsa, y sólo legitima y
36
Esta doctrina fue desarrollada por los ideólogos burgueses en los siglos XVII y XVIII (en la época entre las dos revoluciones burguesas inglesas
y en el periodo anterior a la Revolución francesa). Primero, por el inglés James Harrington, en su obra Oceana (1656), más tarde Jhon Locke, que
efectuó una exposición más desarrollada de la teoría, en su obra Tratado sobre el gobierno civil (1690), pero quien más la desarrolló fue el francés
Charles Louis de Montesquieu, en su obra El espíritu de las leyes (1748), a quien se debe la concepción actual de la «separación de poderes» que
se ha convertido en el eje estructural del Estado burgués contemporáneo, en los países con regímenes de democracia parlamentaria. Esta «división»
de poderes tendría por objeto crear unos mecanismos de «equilibrio» o de «contrapeso» entre distintos órganos del Estado, con la finalidad de
garantizar un funcionamiento más democrático por parte de éste y así proteger a los ciudadanos de sus posibles abusos. En realidad, se trata de una
ficción jurídica, pues en los Estados capitalistas no existe una separación real de poderes y que lo que se denomina como tal, en realidad, es una
división funcional de los órganos del Estado. Pero, incluso en este caso, tampoco existe una división funcional real, pues la colaboración entre el
gobierno y el aparato judicial, o entre el gobierno y el parlamento, resulta más que evidente (lo que hemos podido comprobar suficientemente en el
caso de los Estados español y francés, con ocasión de la aplicación de medidas represivas contra la izquierda abertzale).
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Sobre el socialismo. La dictadura del proletariado
encubre la existencia de una desigualdad real. En realidad, para que fuese justo, el derecho tendría
que ser un derecho desigual.
Por ejemplo, en el caso de la tan cacareada «libertad de expresión», esta se convierte en un verdadero
insulto cuando los principales medios de información (prensa, radio, TV, etcétera) se encuentran en
manos de grandes grupos financieros; y en el del «derecho de reunión», cuando la burguesía dispone
de los mejores locales para celebrar sus reuniones.
b. La creación de la figura jurídica del «ciudadano» como sujeto de derechos, contribuye a reforzar la
individualización de la participación política, al separar a la persona de su contexto (de la sociedad civil,
de su grupo o clase social, de su comunidad nacional). Lo que, unido a la organización de los conflictos
políticos en torno a las relaciones de mercado (distribución) y no a las relaciones de producción, tiende
a atomizar a la clase obrera y a dificultar que su capacidad estructural (potencialidad derivada de su
posición en el proceso de producción) se transforme en capacidad organizativa y revolucionaria.
Debido a esto, y siguiendo el criterio de «caminar con los dos pies» (Mao), el Estado socialista vasco
tendría que establecer un sistema jurídico de reconocimiento de derechos y de participación política que
contemplase tanto el aspecto individual como el colectivo. Esto se tendría que plasmar en varios aspectos:
• Articulación de un sistema de circunscripciones electorales que estuviese basado, por una parte en el
territorio y, por otra en el centro de trabajo o de estudio.
• Combinación de la democracia representativa con la democracia directa o semi-directa. Ello permitiría
establecer un doble sistema de representación; basado en la participación individual, por medio de
partidos políticos (cuya formación habría de estar reconocida constitucionalmente y regulada por la ley)
y otro paralelo, de participación colectiva, por medio de consejos, sindicatos, organizaciones de masas,
movimientos sociales, etcétera.
Teniendo esto en cuenta, y considerando las condiciones concretas que tenemos en Euskal Herria (en
parte, similares a las que existen en otros países capitalistas occidentales), cabe afirmar que, como criterio
general, el régimen socialista que se implante en Euskal Herria, tendrá que basarse en la más amplia
democracia; de tal modo que, en el plano formal, la democracia socialista no podrá ser inferior a
la democracia burguesa más desarrollada y que, en el plano real, de garantizar una democracia
efectiva para los trabajadores, tendrá que ser incomparablemente mayor que aquélla.
Un Estado soberano
Por último, el Estado socialista vasco tendría que ser un Estado plenamente soberano, sin estar sometido
a los dictados de ningún organismo imperialista, ya sea el BM, el FMI o la Unión Europea. En el caso
de esta última, se trata de una potencia imperialista en formación y la pertenencia a ella es totalmente
incompatible con la transformación revolucionaria de la sociedad. Si perteneciese a la Unión Europea, el
Estado socialista vasco se vería imposibilitado para realizar hasta las tareas revolucionarias más básicas,
como es el caso de la nacionalización (mediante expropiación) de la banca, y de las principales empresas
(de la industria, minería, construcción, transportes, compañías de seguros, medios de comunicación,
etcétera) que hoy están en manos de los grandes capitalistas y grupos financieros.
Sugarra
3 de marzo de 2011
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