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Índice
Introducción
Pág. 2 y 3
Género Lírico
Pág. 4 a 27
Género Narrativo
Pág. 28 a 102
POLITECNICO
1
Palabramundo
Idioma
Idioma Nacional
Nacional II
La gota fluyendo por la red que la retiene. La hoja atrapada
en el fluido que la empuja. En la mínima distancia que separa
a la gota de la hoja caben todas las historias. Incluso la más
improbable que tal vez el azar les tenga reservada.
José Manuel Lozano
2
POLITECNICO
PALABRAMUNDO
“Cada uno tiene su voz y dice un mundo diferente. Mi mundo no lo va a decir nadie, ése es mi lugar.”
Ivonne Bordelois
Somos criaturas de un mundo real, pero al leer y entender las historias de la ficción, somos anfitriones de otras vidas.
Conocemos, opinamos, comprendemos los actos y sentimientos de los protagonistas, entonces encontramos nuestra propia voz.
Esas otras voces que reconocemos en la lectura:
- se emocionan, expresan sus vivencias, juegan con las palabras dándole un ritmo y
forma especial, a través de la poesía.
- cuentan, viven situaciones, piensan, sienten y construyen su historia, una narración.
- y en el escenario, que es la escuela del llanto, la risa, el teatro se hace acción y es
como una representación de la vida.
POLITECNICO
3
Palabramundo
Idioma
Idioma Nacional
Nacional II
Género Lírico
Por veredas de sueño y habitaciones sordas
tus rendidos veranos me aceleran con sus cantos.
Una cifra vigilante y sigilosa
va por los arrabales llamándome y llamándome
pero qué falta, dime, en la tarjeta diminuta
donde están tu nombre, tu calle y tu desvelo
si la cifra se mezcla con las letras del sueño,
si solamente estás donde ya no te busco.
Julio Cortázar
4
POLITECNICO
Notas de agua
María Celeste Gascón
Notas: Apuntes, bocetos, borradores, ensayos.
Notas: 2° persona singular, tiempo Presente del modo Indicativo.
Del verbo “notar”: percatarse, percibir, observar, apreciar.
¿Notas de agua o gotas de agua?
¿Notás que te sentís un poco extraño/a porque tus compañeros vienen de escuelas diferentes, de barrios diferentes a los tuyos? ¿Notás que hay varios a los que todavía no conocés y
muchos de los que ni siquiera conocés el timbre de su voz?
Para empezar a conocernos, te proponemos leer, escuchar, tomar la palabra, expresar
tus elecciones, tus recuerdos, tus titubeos, tus interpretaciones… conversar, valorar la palabra
de los demás, intercambiar… Te invitamos a zambullirte en estos textos atravesados por el río,
en estas notas de agua.
Tal vez, el río nos proporcione un lugar de encuentro y descubramos un rasgo de identidad compartida. Es cierto que somos únicos e irrepetibles, pero habitamos la misma ciudad de
cara al Río Paraná y de un modo u otro todos nosotros nos vinculamos con él: hay quien acostumbra a navegarlo, quien es socio de un club costero, quien va al balneario municipal, quien lo
ha visto desde el puente Rosario-Victoria, quien prefiere ignorarlo. Sin lugar a dudas, el Paraná
es un referente de nuestra gran ciudad: naturaleza y metrópolis. Por eso puede resultar interesante volver a mirarlo, intentar comprenderlo, para luego dirigir la mirada hacia el interior de nosotros mismos y redescubrirnos. Individuos en comunidad.
A primera vista, la antología puede resultar excesivamente extensa. Sin embargo, presentamos un corpus caudaloso para que los textos fluyan ante tus ojos, tus manos y tus emociones. Tal vez quedes salpicado, motivado, estimulado. Ojalá que un verso traiga otros versos,
que una imagen dispare otras imágenes.
En todos los textos reunidos está presente alguna de las múltiples facetas que puede
adoptar nuestro río; ya sea como protagonista, como marco, como destinatario o como objeto de
reflexión. Hermoso y seductor o, por el contrario, terrorífico y cruel, es a la vez amado y temido.
Inmenso pero limitado, poderoso pero vulnerable, prolífico pero a menudo desolado, el río ha
despertado alternativamente esperanza y desilusión, entusiasmo y despecho, debilidad y terror,
canto y silencio… Y a vos, ¿qué te sugiere?
¡Feliz navegación!
Las profesoras del Depto. de Idiomas.
POLITECNICO
5
Palabramundo
Idioma
Idioma Nacional
Nacional II
6
POLITECNICO
Tema de Rosario
(Lalo de los Santos)
Rosario es el Parque Independencia
un silencio que huele a poesía sobre el rosedal
es el gris del cemento que arrulla un río somnoliento
que despierta al llegar un domingo de Newell’s y Central.
Rosario es de mercurio en la avenida
es un viento que peina palmeras en el boulevard
y en el centro es la mesa de un bar que añora al poeta
cuyo vuelo a menudo se estrella en un suelo industrial.
Rosario es mi infancia y mis amigos
mis viejos cantando a dúo alguna canción
mi primer cigarrillo intentando sentirme más hombre
para ver si lograba impactar a mi primer amor.
Rosario es el colegio y las rabonas
una cita en aquel Sol de mayo en función matinée
es el ciego Manuel delirando en un mundo de plástico
con la magia que sus ballenitas suelen poseer.
Rosario es el anochecer de un barrio
un mendigo que cuenta estrellas desde algún umbral
el compás de un tambor que siempre sonará en mi alma.
donde el Topo Carbone jamás dejará de golpear
Rosario es el arte y su condena
cuando sabe que la indiferencia lo va a perseguir
y como tantas mis manos se hartaron de golpear las puertas
y por no derrumbarme con ellas me tuve que ir.
Rosario es ese invierno que partimos
mi mujer, nuestros miedos, la vida, la música y yo
y un dolor que crecía a medida que el tren se alejaba
y unos ojos de almendra tratando de darme valor.
Canto a Rosario
(Eduardo Falú)
Yo te saludo capitán de los cereales
que te levantas junto al Río Paraná,
sos el valuarte de las razas industriales
que aquí vinieron a construir la libertad.
Mira hacia el alba metalúrgica del río,
color de puma que en su cuerpo aluvional,
trae diluidos en la niebla y el rocío
horizontes sumergidos de su fuente mineral.
Rosacrispada, siderúrgica y obrera
en que amanece la conciencia del país
llevan los barcos en su entraña la pradera
en la sonrisa proletaria del maíz.
Toma esta espiga que te ofrece el canto mío
guarda en tu pueblo laborioso mi canción
que si me duele tu costero pobrerío
tanto cantarle a tu río siento verde el corazón.
Mira hacia el alba metalúrgica del río
color de puma que en su cuerpo aluvional
trae diluidos en la niebla y el rocío
horizontes sumergidos de su fuente mineral.
Rosa crispada, siderúrgica y obrera
en que amanece la conciencia del país
llevan los barcos en su entraña la pradera
en la sonrisa proletaria del maíz
Pero algo mío se quedo en sus calles
hay un duende que en las madrugadas canta con mi voz
y cruzando Echesortu aquel sueño de mi adolescencia
que atrapó la leyenda de Pablo El Enterrador
La pucha que es difícil la nostalgia
pero es bueno si puede ayudarte a intentar ser feliz
y es tanta la gente y las cosas que uno siente que ama
que no existe tiempo ni distancia para estar allí.
Y así fue que la paciencia de Floresta
m enseñó a ver a través del corazón
y me dio un balcón para inventarme un cielo
y ahí estás Rosario, sos el sol Rosario
porque aún no pudiendo abrazarte
te siento igual
POLITECNICO
7
Palabramundo
Idioma
Idioma Nacional
Nacional II
Puerto de Rosario
Saladillo
(Carlos Piccioni)
(Alfonsina Storni)
Paisaje
de puerto
en la mañana
Un gran río te ciñe de rojizas barrancas,
por donde grandes buques hallan tus puertas francas.
un caracol
la isla verde
el mástil
de un barco
retenido
hay poco
cereal
para mandar
al mundo
o tanta
indiferencia
para con el
navío?
Pero si aquél es sobrio, grave fiero, orgulloso
otro pequeño y fino te sirve de reposo.
Y, como si quisieran que añoren tu frescura,
Se encapricha y se seca, si le la locura.
Así pequeño y todo se da el lujo de darte
bosquecillos de sauce, esto es para alegrarte.
En festivas mañanas, bellos adolescentes
vuelan sobre canoas livianas, imprudentes.
Y sus camisas blancas contrastan con el verde
césped de las orillas que en el agua se pierde.
Bajo el golpe del remo, corta el agua la quilla
y tiemblan las canoas suspensas en la orilla.
Empleados, estudiantes de pesada semana
remando alegremente se pasan la mañana.
Pintorescos, repletos, va llegando el tranvía
donde vienen familias a pasar el día.
Bajo los verdes sauces tienden blancos manteles
y sacan de sus cestas botellas y papeles.
Toman mate, se acuestan para dormir la siesta,
Que duermen si el vecino pic-nic no los molesta.
¡Algazara de obreros, empleados, costureras
juveniles, alegres, bulliciosas, parleras!
Cuando la noche llega los tranvías no alcanzan
para tantos, y a saltos, a su encuentro se lanzan.
Llenan las plataformas, y por las ventanillas,
asoman los sentados sofocadas mejillas.
Tímidas, las mujeres, se quedan rezagadas
y esperando su turno conversan agrupadas.
Requiebro maliciosos les suelta el muchachote
que va en la plataforma, y ellas les ponen mote.
Lloran los chiquilines somnolientos, cansados,
y los padres los cargan contentos, resignados.
Y la masa flotante, planchada, dominguera,
no se encuentra que el lunes de trabajo la espera.
8
POLITECNICO
Suelo santafesino
(José Pedroni)
Dilatado, tendido,
sin altos ni bajos,
éste es el suelo mío,
éste es mi campo.
En su guitarra cada vez más sola,
en su rancho;
en el seno de niña, morenito,
de su mate cálido.
Es como a mí me gusta,
verde, ancho;
el sol por todo él,
el agua a mano.
En el dolor de su paloma;
en el deshacimiento de su cardo;
en la puñalada fecunda
de su toro pesado.
Lo conozco en su surco,
en su flor, en su árbol...
Como a la mujer amada,
no podría dejarlo.
Como a la mujer amada,
no podría dejarlo;
como a la mujer amada:
tierra con río y árbol.
Un río lo atraviesa.
Viene del norte, amargo.
Pasa por mí. Su línea
la llevo en cada mano.
Sobre él quiero morir;
sobre él, con ella al lado.
Hierba, mujer, arroyo
y sombra de caballo.
Atravesando trigos,
la llevo en cada mano.
Tengo en la mano abierta
mi campo y su bañado.
Lo conozco en su surco,
en su flor, en su grano;
en su nido, en la tierra
y en el árbol.
En su naciente sol,
en su sol alto;
en su luna que duerme
con la liebre, en sus pastos.
En su hombre que ara
seguido de un pájaro
que tiene alas de ángel
y es blanco.
En su mujer de pelo de tormenta
o de pelo dorado:
su noche húmeda o un día
soleado.
POLITECNICO
9
Palabramundo
Idioma
Idioma Nacional
Nacional II
El Paraná en una zamba
(Jaime Dávalos y Ariel Ramirez)
Caminando por Rosario
(Fito Páez)
Brazo de la luna que bajo el sol
el cielo y el agua rejuntara
hijo de las cumbres y de la selva
que extenso y dulce recibe el mar
Caminando por Rosario,
dando vueltas por ahí
caminando por Rosario
siempre vuelvo a sonreír.
Sangra en tus riberas el ceibo en flor
y la Pampa verde llega a beber
en tu cuerpo lacio donde el verano
despeña toros de barro y miel
Es que me hace tan bien
no lo puedo explicar
dar mil vueltas por Rosario
pegadito al Paraná.
Mojan las guitarras tu corazón
que por los trigales ondulará
traen desde el norte frutal la zamba
y a tus orillas las llevaran
para que su voz enamorada de la luz
arome tus mujeres Paraná.
En campos de lino recobrarás
el cielo que buscas en la extensión
padre de las frutas y las maderas
florece en deltas tu corazón.
Verde en el origen recorrerás
turbio de trabajo la noche azul
y desde la luna como un camino
vendrá tu brillo quebrando luz.
Mojan las guitarras tu corazón
que por los trigales ondulara
traen desde el norte frutal la zamba
y a tus orillas las llevaran
para que su voz enamorada de la luz
arome tus mujeres Paraná.
Caminando por Rosario
en la panza de mamá.
Y entonces vamos, así en la vida
con los restos del corazón
y no queremos que se nos note
que nos falta un poquito de amor
porque fingir, ya digámoslo
aunque sea en una canción
vos ya sabés, así te quiero
Y que lindo que está el río
que calor en la ciudad
todo el mundo está en la playa
con las cervezas heladas
y en el Parque Independencia
y en Arroyito también
las muchachas, los muchachos
hoy se van a enloquecer
algunos van a ganar, algunos van a perder
Y entonces vamos, así en la vida
con los restos del corazón
y no queremos que se nos note
que nos falta un poquito de amor
porque fingir, ya digámoslo
aunque sea en una canción
vos ya sabés, así te quiero.
Caminando por Rosario
no me voy a preocupar
porque si preciso algo, sé que lo voy a encontrar
hay luna llena, mi amor, nos vamos a enamorar
aquí en Rosario
aquí en Rosario
aquí en Rosario
pegadito al Paraná
aquí en Rosario.
10
POLITECNICO
Río Paraná
(R. Bléfari – Grupo Suár)
Adiós. Adiós. Me voy. Me voy.
Sigo remontando río arriba, en un barco que en la proa
lleva el nombre de tu nombre, Río Paraná.
Cambió. Cambió. Cambió.
Cambió. Cambió. Cambió.
Río Paraná. Río Paraná. Río Paraná.
Río Paraná
(Leon Gieco)
Tu brisa fresca respirando yo estoy.
Y canto al verte, tal vez por suerte,
cruzando el puente Brazo Largo
Y al ver tus costas verdes
en un sin fin perderse,
sentir estoy deseando
lo que sienten tantos,
que tus márgenes habitan.
Mejor. Mejor. Jamás. Jamás.
Sigo remontando río arriba, en un barco que en la proa
lleva el nombre de tu nombre, Río Paraná.
Siguió. Siguió. Siguió.
Siguió. Siguió. Siguió.
Sigo remontando río arriba, en un barco que en la proa
lleva el nombre de tu nombre, Río Paraná.
Cambió. Cambió. Cambió.
Cambió. Cambió. Cambió.
Río Paraná. Río Paraná. Río Paraná.
Cantaba al remar, en su canoa
a ritmo firme el pescador
que hurga en tu vientre, buscando suerte,
como ayer, mañana ó pasado.
Tal vez arrastre hasta la orilla, la corriente,
esta canción que yo te canto desde el puente.
Cuando me voy a la Provincia de Entre Ríos,
en canción te lo digo, Paraná río querido.
Cantaba al remar, en su canoa
a ritmo firme el pescador
que hurga en tu vientre, buscando suerte,
como ayer, mañana ó pasado.
Tal vez arrastre hasta la orilla, la corriente,
esta canción que yo te canto desde el puente.
Cuando me voy a la Provincia de Entre Ríos,
en canción te lo digo, Paraná río Argentino.
Río Paraná
POLITECNICO
11
Palabramundo
Idioma
Idioma Nacional
Nacional II
Pasarero
(Carlos Aguirre)
Amargo de caña
(Ana Prada)
Pasa este río, ¡qué pasarero!
cuando la luna se cae al suelo
y un velo negro vela este sueño.
Sueño soñando, sueño sediento
de amaneceres que van creciendo
con el espejo manso del río
y mil canoas que va meciendo.
Soy de la orilla de acá
de mi río que corta
una tarde naranja.
Pasa este río, ¡qué pasarero!
mece que mece, río siestero
mece un soleado borde de Enero,
mece su canto con voz de pena
pena que pena la pena muda
pena que pasa, pena que queda
en todo un pueblo que dá y espera.
Miel del litoral
río tibio calor
un sabor que no alcanza.
Pasa este río, ¡qué pasarero!
cuando amanezca volverme quiero
y ver el día, ¡qué volverero!
en que la luna robe del río
el espejado sendero inquieto
y camalotes de limpio vuelo
vistan ciudades de verde nuevo.
Pasa este río, ¡qué pasarero!
y camalotes de limpio vuelo.
Cuenta un sauce llorón
que la oía cantar
junto al agua dorada.
Corre la canción
por mis pagos de allá
agua dulce y salada.
¡Ay! Lo que vino a pasar
nada más por mirar
una astilla quebrada
ese tren se salteó
la parada Esperanza.
Norte trigo calor
una brisa arrimó
un amargo de caña.
No se oyó al cardenal
anunciando que ya
levantaba la helada.
¡Ay! Lo que vino a pasar
nada más por mirar
una astilla quebrada
ese tren se salteó
la parada Esperanza.
12
POLITECNICO
Río de los pájaros
(Aníbal Sampayo)
La flor de Santo Tomé
(Luis Alberto Spinetta)
El Uruguay no es un río
es un cielo azul que viaja,
pintor de nubes caminos
con sabor a mieles ruanas.
Yo vine y no traje nada,
y lo mejor me llevé...
porque ella es la flor más linda,
la de Santo Tomé...
si es que se agita mi canción,
ya tiene adonde ir...
Los amores de la costa
son amores sin destino,
camalotes de esperanza
que se va llevando el río.
Chua, chua, chua -ja -ja -ja...
no cantes más torcacita
que llora sangre el ceibal.
Morenita lavandera
biguacita de la costa,
enrollate la pollera
ponete a lavar la ropa.
Tu madre cocina charque,
tu padre fue ro arriba
y vos te quedaste sola
lavando ropa en la orilla.
Chua, chua, chua -ja -ja -ja...
no cantes más torcacita
que llora sangre el ceibal
Río no traigas las sombras,
dulce río de amor...
la pena nos hace sauce...
que no lloró...
Si es que se agita,
es como un trébol,
que acaba de nacer...
Yo vine y no traje nada,
y lo mejor me llevé...
ya que ella es la flor más linda,
la de Santo Tomé...¡oh!
Mis ojos saben la orilla,
su cuerpo el junco azul,
que se entretiene bailando,
en procura de luz...
Yo vine y no traje nada,
y lo mejor me llevé...
porque ella es la flor más linda,
la de Santo Tomé...¡ah!
¿Por qué sus ojos simplemente,
dicen todo, todo sobre mí?
¿Por qué sus manos dulcemente,
leen todo todo sobre mí?
Quiero saber...
Quiero saber...
Arena que sus pies besas,
déjala déjala...
que baile sobre otras playas,
en mi alma...
Puente que nunca descansa,
de llevar y traer,
las almas y la esperanza,
que solo quieren volver,
Si es que se agita mi canción,
ya tiene adonde ir...
Yo vine y no traje nada,
y lo mejor me llevé
ya que ella es la flor más linda,
la de Santo Tomé...¡ah!
POLITECNICO
13
Palabramundo
Idioma
Idioma Nacional
Nacional II
Bajo el sauce solo
(Manuel Castilla y Eduardo Valladares)
Mujer de la isla
(Chacho Muller)
A veces te recuerdo
mirando al río
dentro la espuma, lejos
anda el olvido.
Mujer de la isla
parada en la costa,
en los ojos un resplandor
de agua correntosa
-sobre el largo poncho de arena
me llora tu sombra.
Bajo este sauce solo
yo te he querido
y se ha quedado el sauce
más pensativo.
Dónde andará mi amor
que se fue penando por este olvido
me vuelve con la zamba
arrepentido.
Con tus dos gurises
-dos escarapelasal cobijo del delantal,
fogueada bandera,
la mirada quieta y dolida
buscando una vela.
No sé por qué desando
viejos caminos
sabiendo que son otros
nuestros destinos.
Él andará nutriando
o recorriendo espineles
-lo dice por conformarse
pero es muy tarde y no vuelve.
Ya me voy con la tarde
triste y dolido
nuestro amor es recuerdo
lo llevó el río
No te canta el viento que empuja la tarde;
sólo el agua con su temblor
en tus pies descalzos
-hay olor a noche en el aire
callado de sauces.
Mujer de la isla
parada en la costa,
en los ojos un resplandor
de agua correntosa
-sobre el largo poncho de arena
me llora tu sombra.
Él andará nutriando
o recorriendo espineles
-lo dice por conformarse
pero es muy tarde y no vuelve.
14
POLITECNICO
Río marrón
(Jorge Fandermole)
No puedo perderte mujer del río
cuerpo marrón, del río marrón
las manos como ondas en la orilla
que la permanencia
en la confluencia
formando los muslos combados,
espejos de luna fugitiva.
Río marrón,
devolveme sangre abajo
de tu paso el lirio negro
que llegó junto a tu orilla.
Río, río marrón
llevá en un pez esta canción
que alguien me espera
de cara a las estrellas
causa arriba
Río marrón,
animal de barro que huye
que como la vida fluye
sin volver nunca a la altura
El agua que baja nunca es la misma
y al recordar nos vamos al mar
porque el pasado yace en lo
profundo
y como el amor
dura una creciente.
El dolor es caudal permanente
la sangre su espejo
y la vida reflejo del rio marrón
Río marrón, devolveme
Río marrón,
Y el cielo que se rompe
desde aquí hasta el horizonte
luz de luna sumergida.
Si pudiera remontarte tiempo atras
para ver en la opacidad del tiempo
ido
si aquel fulgor perdido
era la vida, río marrón.
Si pudiera remontarte tiempo atrás
para ver la claridad
en su semblante
y no faltó un instante
de ternura, rio marrón.
POLITECNICO
15
Palabramundo
Idioma
Idioma Nacional
Nacional II
Gurí pescador
(Osiris Rodríguez Castillo)
Río rosado aún en la noche
Hay un reino bajo el agua,
un sauce me lo contó,
dónde el pejerrey escucha,
y canta el bagre cantor.
Río rosado aún en la noche,
En las taipas de una sube,
yo vi un gurí pescador,
que confundiendo a las piabas,
le cantaba esta canción:
los países aún no marchitos del ocaso.
(Juan L. Ortiz)
a ras con las orillas, pálido entre las sombras.
La luna quiere guiarte o encantarte
esforzándose por mostrarte
Tú aún los recoges,
con una cortesía un poco distraída,
río rosado en la noche,
Tararira, tararira,
qué arisca y sabia que estás.
Anzuelo que cae al agua,
mojarra que te llevás.
pues tienes una secreta obstinación
de correr mucho esta noche.
Nada de sueño, no, a pesar de la invitación
Pica, pica, tararira,
plata viva del juncal,
mientras no se corta el hilo,
junto al agua me hallarás.
de la luna,
Y yo que crecí en silencio,
bajo los sauces del Yi,
cobrizo de soles largos,
comprendo bien al gurí.
que quiere alargar su reflejo en tu paz.
y de los grillos de la orilla que te llaman,
y de las luces cercanas que te hacen señas,
y de alguna casa de la barranca,
Alto río rosado, pleno.
Una infantil energía, un ilusionado impulso,
te hace sordo esta noche
Siempre la suerte fue esquiva,
con los peces para mí,
pero él me enseñó estas coplas,
que alumbran como un candil:
Tararira, tararira,
qué arisca y sabia que estás.
Anzuelo que cae al agua,
mojarra que te llevas.
Pica, pica, tararira,
plata viva del juncal,
mientras no se corta el hilo,
junto al agua me hallarás.
Hay un reino bajo el agua,
un sauce me lo contó,
dónde el pejerrey escucha,
y canta el bagre cantor.
16
POLITECNICO
a lo que antes te hacía soñar y quedarte hasta el alba.
El canto de un pájaro en la medianoche
te detenía ¿recuerdas? frente a un árbol.
Ah, nos engaña casi tu transparencia tardía,
rosada, y con estremecimientos ya azulados.
Río pleno, pálido en la noche.
En la noche un ruido de agua...
Parábolas del agua – 2
(Juan L. Ortiz)
En la noche un ruido de agua.
¿Ruido? Escuchad el canto.
El agua choca contra el sauce caído
y deshace bajo la luna toda su red melódica:
canta un triunfo sereno e iluminado,
sola, toda la noche, sola,
por entre el follaje abatido.
¿Canta un triunfo o es la queja
(José Pedroni)
Sobre el ancho aguazal un ave blanca
bajó al anochecer;
perforó con el pico el agua clara,
y de nuevo se fue.
Pero al volar se le perdió una pluma
rosada en el envés,
que fue sobre el cristal de la laguna
su prenda de volver.
agreste por la gracia vencida
que ella se miraba o temblaba en el día?
Ah, es triunfo y es queja pero por momentos
cobra tal serenidad que ya no tiene de nuestros
sentimientos,
y es un canto de pájaro nocturno
que sale del río para encantar la soledad
hasta que ésta al este palidece y se franja...
Canto de agua
(Juan Falú)
Soy hembra litoral del Carcarañá, vengo.
Soy siempre el río aquel mansa piel brutal, sigo.
Al horizonte me voy en caudal por cantos del pago chico.
Soy agua, y poco más,
viento en el sauzal, mujer del río.
Fue sol mi totoral, canto aquel zorzal, claro.
Fue noche algún adiós, manso adiós brutal, digo.
Siempre deseando ese cauce al revés,
regreso en el mismo río.
Ay, vuelvo a Santa Fe siempre fui perdiz
del campo mío.
Fui furia, barrio y sed como la creciente, libre y animal.
Fui a mi tempestad pude naufragar, y vivo, vivo.
Fui furia, barrio y sed como la creciente, libre y animal.
Fui a mi tempestad. Vengo, sigo, claro, río, digo, vengo,
sigo, río, claro, vengo.
Soy canto, soy canto de agua.
POLITECNICO
17
Palabramundo
Idioma
Idioma Nacional
Nacional II
Garzas viajeras
(Ramón Ayala)
Canción de cuna costera
(Linares Cardozo)
Garzas viajeras
novias leves del azul
con rumbo norte
salpicando el cielo van
y aqui mi río
espejo muestra su vuelo
como si fuera un pañuelo
que enero lavando está.
Noche calma sobre el río
sueño trabajo y querer
ya va el pescador curtido
recogiendo el espinel
Hay un barquito
que se hamaca sin cesar
varias muchachas
navegando por placer
y allá a lo lejos
canoa de pescadores
son signos de sinsabores
que distinto atardecer.
Guricito costero duérmase
Guricito costero duérmase
si se duerme mi amor
le daré chalamita de ceibo
collar de caracol
collar de caracol
Ya ve paisano
yo anido entre pajonales
pase si gusta
compartir necesidades
vida de pobre
de esperanza se sostiene
doblando el lomo
pa’ que otro doble los bienes.
Bandera al sol
el lienzo rubio del trigal
se mece suave
en ondas de oro y al volver
buchonas grises
las torcazas en el río
antes de buscar sus nidos
van a su cauce a beber
Hay fiesta arriba
allá en la loma del palmar
está de cumpleaños
el hijo del patrón
y en un bendito apretao
entre las totoras
aquí abajo llora y llora
el gurí del hachador.
18
POLITECNICO
Allá en el rancho la madre
mece con tierna emoción
una cunita de sauce entonando
esta canción
El niño ya se ha dormido
la luna salió a mirar
hamacándose en las aguas
por entre el camalotal
La risa juega y el canto
parece que viene y va
en eco dulce se pierde
por el río Paraná
Guricito costero duérmase
Guricito costero duérmase
duerma duerma mi amor
crecerá junto al río mi cielo
será buen pescador
será buen pescador.
Ky chororo
(Anibal Zampayo)
Pescadores de mi río
(Chacho Muller)
Pasa mi río
caminito de cristal
mi dulce río
canto azul que busca el mar
Doblado de remos,
quemado de río y aguaceros
y en el dibujo de las redes
está enmallado de sol a sol.
Ta ta upa
Ky chororo
Ky chororo
Ky chororo
Rema que rema
canoíta que te vas
la luna llena
medallón sobre el palmar
Potro del agua
canoíta que se va
destino que anda
hombre, río y soledad
Pan de agua
(Ramón Ayala)
Ya se va por la barranca el viejo pescador
ya se va por la barranca el viejo pescador,
racimo de espuma y de metal
colgando del hombro el pan de agua que le
dio,
su amigo, el río Paraná.
Pan que mi río nos ofrece mansamente
plateado y vivo
salta en las redes,
brilla en los ojos de quien lo sabe ganar:
gente de río, pescadores
de mi río Paraná.
Piel de camalote,
sonrisa de ceibo florecido,
tiene el guricito pescador
y en sus ojitos color de agua
los arenales brillando al sol.
Pan que mi río nos ofrece mansamente
plateado y vivo
salta en las redes,
brilla en los ojos de quien lo sabe ganar:
gente de río, pescadores
de mi río Paraná.
Una vieja quilla, una canoa, un espinel,
huellas en la arena y un adiós,
las lejanas islas, que se empeñan en volver,
la nostalgia del primer amor.
¡Ah!, la vida es, un río bravo, pescador
con peces de sombra y un dorado en estribor.
Una vieja quilla, una canoa, un espinel.
La vida es un río bravo, pescador.
La vida es un río.
POLITECNICO
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Palabramundo
Idioma
Idioma Nacional
Nacional II
Oración del Remanso
(Jorge Fandermole)
Soy de la orilla brava del agua turbia y la correntada
que baja hermosa por su barrosa profundidad;
soy un paisano serio, soy gente del remanso Valerio
que es donde el cielo remonta el vuelo en el Paraná.
Tengo el color del río y su misma voz en mi canto sigo,
el agua mansa y su suave danza en el corazón;
pero a veces oscura va turbulenta en la ciega hondura
y se hace brillo en este cuchillo de pescador.
Cristo de las redes, no nos abandones
y en los espineles déjanos tus dones.
No pienses que nos perdiste, es que la pobreza nos pone tristes,
la sangre tensa y uno no piensa más que en morir;
agua del río viejo llevate pronto este canto lejos
que está aclarando y vamos pescando para vivir.
Llevo mi sombra alerta sobre la escama del agua abierta
y en el reposo vertiginoso del espinel
sueño que alzo la proa y subo a la luna en la canoa
y allí descanso hecha un remanso mi propia piel.
Calma de mis dolores, ay, Cristo de los pescadores,
dile a mi amada que está apenada esperándome
que ando pensando en ella mientras voy vadeando las estrellas,
que el río está bravo y estoy cansado para volver.
Cristo de las redes, no nos abandones
y en los espineles déjanos tus dones.
20
POLITECNICO
Río de camalotes
(Mario Corradini)
Si yo digo verde
a que usted no piensa en el camalote.
Y si digo agua
usted no imagina el Paraná…
Diciembre lo arranca
desata su nudo con la madreselva
y con el viene el agua,
el viento del norte y la yarará.
La isla
(Chacho Muller)
Fue un bajo, después laguna,
con el tiempo se hizo isla;
el río le fue arrimando
tierra y agua, sauces, vida.
Don Pedro la vio creciendo
mientras sus hijos crecían.
Y a su incertidumbre
lento lagarto, raíces negras
se le pega el hambre
el aire pesado y la inundación
Se van yendo río abajo
esos hijos de la Luisa,
-Hay que entender esta vida,
sabe, mozo (me decía).
-Siempre algo nos da este río,
pero hay veces que nos quita.
Que no se detenga
tu marcha lenta rumbo p'al mar
es tan semejante
a nuestro delirio, a la soledad.
Y el río pasa,
lleva,
algo nos deja
y algo se va.
Que te empuje el viento
mi pensamiento o el temporal
fuera de la orilla
tu camarilla, camalotal.
Don Pedro se fue apagando
como fueguito de chilcas;
quedó prendido a las redes
una fiera amanecida
y su alma de camalote
boya entre azules crecidas.
El río que te acuna
mete su lengua en el caserío
bajo tu llanura
juega el dorado, escondiéndose.
Silencioso ejército
panza de agua, patas de barro
mamotretos de hojas
verdes las aguas del invasor.
Es eco de ausencia el rancho,
monte y cielo, vieja Luisa,
habiendo cria’o tantos hijos
a fuerza ’e pan en la isla.
-La isla que trajo el río,
río que nos da y nos quita.
Y el río pasa,
lleva,
algo nos deja
y algo se va.
POLITECNICO
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1
Palabramundo
Idioma Nacional I
Los inundados
(Isaac Aizemberg, Ariel Ramírez)
Pedro Canoero
(Teresa Parodi)
Bramando se viene el agua del Paraná
creciendo noche y día sin parar.
Ranchada, barranca, tronco se llevará
con viento y aguacero el Paraná.
Pedro canoero
todo tu tiempo se ha ido
sobre la vieja canoa
lentamente se lo fue llevando el río.
Mi rancho hasta la cumbrera ya se anegó
ni el ceibo ni el aromo tienen flor.
Estaba triste la tarde cuando me fuí;
cantó su dulce queja el yerutí.
Por el río navegando
la canoa va cargada
redes, palos, aparejos
los salvé de la ranchada.
Por el río volveré
a Santa Fe.
El agua vino bramando, pobre quedé
ni rancho ni cobija he de tener.
No me han de sacar del pago donde nací
peleando a la corriente he de vivir.
El cielo ya está limpiando, vuela el chajá
calandrias y crestudos cantan ya.
Así ha de llegar el día en que volveré
a levantar mi rancho en Santa Fe.
Por el río navegando
la canoa va cargada
redes, palos, aparejos
los salvé de la ranchada.
Por el río volveré
a Santa Fe.
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1
POLITECNICO
Pedro canoero
ya no has vuelto por la costa
te quedaste en la canoa
como un duende sin edad y sin memoria.
Pedro canoero te mecía el agua
lejos de la costa cuando te dormías.
Pedro canoero
corazón de arcilla
sobre la canoa se te fue la vida.
Pedro canoero
la esperanza se te iba
sobre el agua amanecida
tu esperanza, Pedro, al fin no tuvo orillas.
Pedro canoero te mecía el agua
lejos de la costa cuando te dormías.
Pedro canoero
corazón de arcilla
sobre la canoa se te fue la vida.
Jangadero
(E. Falú y J. Davalos)
Fui al río…
(Juan L. Ortiz)
Río abajo voy llevando la jangada
Fui al río, y lo sentía
cerca de mí, enfrente de mí.
Las ramas tenían voces
que no llegaban hasta mí.
La corriente decía
cosas que no entendía.
Me angustiaba casi.
Quería comprenderlo,
sentir qué decía el cielo vago y pálido en él
con sus primeras sílabas alargadas,
pero no podía.
río abajo por el alto Paraná
es el peso de la sombra derrumbada
que buscando el horizonte bajará.
Río abajo, río abajo, río abajo,
a flor de agua voy sangrando esta canción
ve el sueño de la vida y el trabajo
se me vuelve camalote el corazón.
Jangadero...jangadero
mi destino sobre el río es derivar
desde el fondo del obraje maderero
con el anhelo del agua que se va.
Padre río, tus escamas de oro vivo
son el sueño que nos llevan mas allá
vamos tras el horizonte fugitivo
y la sangre con el agua se nos va.
Banda a banda, sol y luna, cielo y agua
espejismo que no acaba de pasar
piel de barro, fabulosa lampalagua
me devora la pasión de navegar.
Jangadero...jangadero,
Regresaba
-¿Era yo el que regresaba?en la angustia vaga
de sentirme solo entre las cosas últimas y secretas.
De pronto sentí el río en mí,
corría en mí
con sus orillas trémulas de señas,
con sus hondos reflejos apenas estrellados.
Corría el río en mí con sus ramajes.
Era yo un río en el anochecer,
y suspiraban en mí los árboles,
y el sendero y las hierbas se apagaban en mí.
Me atravesaba un río, me atravesaba un río!
mi destino sobre el río es derivar
desde el fondo del obraje maderero
con el anhelo del agua que se va.
POLITECNICO
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1
Palabramundo
Idioma Nacional I
Agua dulce
(Jorge Fandermole)
De agua dulce
que se va por la pendiente
de mi verde continente
a mezclarse con el mar,
vamos hechos.
Y su luz que nos alcanza
nos devuelve la esperanza
de hallar la tierra sin mar.
A su esencia y su fluir
pertenecemos
desde el puño de los remos
hasta el modo de decir.
Al bajar nos atraviesan
esos ríos mansos
de los pagos míos
del afluente guaraní
Los centinelas del agua
no se han ido todavía,
traen desde remotos días
la palabra y el fulgor,
sus versos como plegarias
luminosas que se abisman,
claras como el agua limpia
en los cauces del corazón.
Son del agua nuestros hijos,
flores del camalotal,
lo que se derrame al río
por su sangre quedará.
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1
POLITECNICO
De la ausente sombra
del monte talado,
un cielo azul han cosechado
y con la tierra se nos va.
La memoria de Apipé
se hundió en su espuma
y en Yacyretá la luna
no termina de llorar.
Yo me sueño regresando
a un río sagrado
mientras el monte olvidado
vuelve nuevo a florecer.
Y ya leve
sin amores ni trabajo
yéndome corriente abajo
con mis hermanos de ayer.
Los centinelas del agua
no se han ido todavía,
traen desde remotos días
la palabra y el fulgor,
sus versos como plegarias
luminosas que se abisman,
claras como el agua limpia
en los cauces del corazón.
Vuelos
Hombre al agua
(Bersuit Vergarabat)
(Gustavo Cerati)
(inspirado en "El vuelo" de Horacio Verbisky)
Vos me estás mirando y yo voy a caer,
colgado en tu sien.
Vos me estás mirando y yo voy a caer.
No me ves pero ahí voy
a buscar tu prisión
de llaves que sólo cierran...
No ves pero ahí voy a encontrar tu prisión.
Y la bruna rebota siempre hacia aquí.
Espuma de miedo,
viejo apagón,
y la bruma rebota, siempre hacia aquí.
Solo voy a volver,
siempre me vas a ver
y cuando regrese
de este vuelo eterno.
Solo verás en mí,
siempre a través
de mí un paisaje de espanto así.
Y el nylon abrió
sus alas por mí...
y ahora ve solo viento.
Y el nylon abrió
sus alas en mí.
Tu cara se borra,
se tiñe de gris,
serás una piedra sola...
Te desprendes de mí,
yo me quedo en vos...
Ya mis ojos son barro
en la inundación
que crece, decrece,
aparece y se va
y mis ojos son barro
en la inundación.
Meses navegando
tierra a la vista
todo volverá a ser como fue
Las luces de la costa
son faros del pasado
Todo volverá a ser como fue
Y cuando salto de cubierta
y me abandono a la corriente
Nuevas formas crecen
son tan atractivas
quiero descansar de todo ayer
Y voy flotando por el río
voy envuelto en la corriente
Hombre al agua
Voces que se agitan
Hombre al agua
Barco a la deriva
Y voy flotando por el río
descansando en la corriente
Hombre al agua
voces que se agitan
Hombre al agua
barco a la deriva
Amaneció
Abre los ojos
Me iré con estas olas
No estés preocupada
Todos gritarán
Hombre al agua
Voces que se agitan
barco a la deriva.
POLITECNICO
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Palabramundo
Idioma Nacional I
La poesía se caracteriza por la presencia de un yo poético o lírico que expresa su subjetividad por medio de las múltiples posibilidades del lenguaje.
El amor, la soledad, el dolor ante un hecho desgraciado, las dudas existenciales
(¿adónde vamos?, ¿de dónde venimos?), la felicidad, la defensa de los ideales... son temas
habituales en los poemas.
En sus orígenes, la poesía fue un género oral. Cuando los poetas comenzaron a escribir
sus textos, prestaron mayor atención a la distribución de los versos sobre la hoja de papel. Los
poemas están organizados en versos. Un verso es cada una de las líneas que componen un
poema. Pueden sucederse unos a otros sin interrupción, como en los romances, o agruparse en
estrofas Para ello los fueron agrupando en estrofas según el número de versos y la rima.
Las estrofas pueden estar formadas por distintos número de versos, por ejemplo: el terceto, estrofa de tres versos; el cuarteto, estrofa de cuatro versos; etc.
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POLITECNICO
Los medios expresivos fundamentales del lenguaje poético son:
 Ritmo: el lenguaje en cuanto masa sonora posee cierto ritmo. El ritmo poético consiste
en una determinada organización y ordenación de los sonidos dentro del poema, que tiene como elemento esencial la capacidad de agrado. La medida del verso, la rima y la
acentuación pueden ser elementos importantes del ritmo, pero esto no es estrictamente
necesario. El ritmo sólo consigue plenos efectos en vinculación con el significado de las
palabras, porque el instrumento del poeta es el lenguaje y a la esencia del lenguaje pertenece la significación. Lo dicho se refiere al ritmo exterior, pero hay además en el poema un ritmo interior que expresa la fluencia inmediata del alma del poeta y que deriva de
su peculiar vibración interior, transmitiéndonos su modo especial de sentir la realidad.
 Imagen: La vía natural de representación de las imágenes son los sentidos (imágenes
sensoriales: visuales, auditivas, gustativas, olfativas y táctiles), pero también pueden ser
totalmente psicológicas, es decir, aludir a algo invisible, a algo interior (imágenes anímicas). La imagen poética se diferencia de la pictórica porque suele construirse en una sucesión temporal; puede no ser una simple figuración estática, sino en movimiento, en devenir, y en ese caso lo que importa es su dinamismo.
 Enumeración: acumulación de palabras con efecto intensificador.
 Personificación: atribución de cualidades humanas a lo que no lo es.
 Comparación: relación de dos o más elementos semejantes a través del nexo comparativo (como/cual).
 Metáfora: recurso expresivo que establece una relación de semejanza o correspondencia entre dos términos. Es el resultado de una comparación anterior que se presenta, por
así decirlo, sin el nexo comparativo (como, como si, etcétera).
Ejemplo: 1) Comparación:
Tu pupila es como un punto de luz.
2) Metáfora:
La forma más simple de la metáfora es la que mantiene el elemento real y el término de
comparación, siguiendo el esquema A es B:
Tu pupila es un punto de luz.
A
B
POLITECNICO
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Palabramundo
Idioma Nacional I
La forma más compleja de la metáfora fusiona los términos A y B, desapareciendo la mención del elemento real. El esquema se reduce a B:
Un punto de luz brilla en tu rostro.
B
 Anáfora: repetición de una misma palabra al comienzo del verso.
 Paralelismo: reiteración de una misma estructura sintáctica en más de un verso.
 Hipérbaton: cambio del orden sintáctico de las palabras dentro de la oración.
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POLITECNICO
Género Narrativo
“El cuento es algo así como una gota de agua vista con una lupa,
y por lo tanto en ella está el universo entero”
A. Murena
POLITECNICO
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Palabramundo
Idioma Nacional I
Se entiende por narrar el acto de referir un suceso.
El cuento
Para Jaime Rest, “el cuento es una pieza de ficción en prosa cuya brevedad permite leerla
de un tirón, ininterrumpidamente”. En Así se escribe un cuento Mempo Giardinelli buscando una
definición de cuento encuentra que:
Carlos Mastrángelo da la siguiente:”1) Un cuento es una serie breve de incidentes; 2) de
ciclo acabado y perfecto como un círculo”; (…) “3) siendo muy esencial el argumento, el asunto
o los incidentes en sí… [porque] en el cuento nos interesa solamente lo que está sucediendo y
cómo terminará”; (…) “4) trabados éstos en una única e ininterrumpida ilación; 5) sin grandes
intervalos de tiempo ni de espacio; 6) rematados por un final imprevisto, adecuado y natural”.
Se diferencia de la novela por:
1) La brevedad: el término cuento evoca de inmediato la idea de un relato en prosa cuya
característica primera y más sensible es la brevedad.
2) En el cuento se relata un único hecho, sin interpolaciones ni episodios laterales, pues
lo fundamental es que la acción fluya continuamente hasta llegar al final.
3) Índole de sus argumentos: el cuento escoge sus temas entre aquellos cuyas crisis, por
su rapidez, exigen la brevedad. La situación narrada, el asunto, ha de ser sencillo y apasionante
a la vez. La trama no ha de pecar jamás de enmarañada como si se tratara de la síntesis de una
novela. En un cuento logrado, los tres tiempos de la perspectiva tradicional, exposición, nudo y
desenlace, están tan apretados que se reducen prácticamente a uno solo.
4) Estilo: el cuento es ante todo argumento: no admite digresiones, ni elementos gratuitos ni meramente decorativos. El cuentista no puede proceder acumulando personajes secundarios, descripciones, acciones laterales, caracterizaciones psicológicas demasiado prolijas, etcétera: debe trabajar en profundidad e intensidad. El tiempo y el espacio del cuento deben estar
condensados.
En la técnica del cuento los recursos que intervienen habitualmente en la narración se utilizan de manera muy particular:
a) Descripciones: si el tema del cuento exige la inclusión de una descripción paisajística,
ésta no debe incorporarse como un elemento que entorpezca o detenga el curso de la ac-
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POLITECNICO
ción, sino integrada de tal modo en la trama que sea uno de sus componentes imprescindibles.
b) Diálogo: en la novela el diálogo es de fundamental importancia y sirve, por lo general,
para darnos a conocer la psicología de los personajes. En el cuento se utiliza con la misma
finalidad, pero como el narrador no dispone de igual extensión, depende, como en las descripciones, de la trama o argumento y debe ser breve y compacto, evitándose todo diálogo
lento y divagatorio.
c) Tiempo: el tiempo, ingrediente esencial de la novela, lo es también del cuento, aunque
su tratamiento difiera y aun se oponga al que recibe en el género narrativo extenso. En el
cuento el tiempo es sentido más como un límite que como libertad. La fluencia temporal ha de ser rápida y decisiva, sin demoras de ninguna especie, ya sea que se relate un
breve suceso o que se condensen años y años en pocas páginas.
d) Estructura: el cuento se caracteriza por su forma cerrada, en oposición a la estructura
abierta de la novela. Todos los elementos de un buen cuento tienden a lograr un efecto
único, un impacto certero en el lector, todos convergen decididamente hacia el desenlace,
en el cual se integran sin dejar cabos sueltos ni brechas abiertas en el universo creado por
el relato.
El excelente narrador Horacio Quiroga ha condensado en su “Decálogo del perfecto
cuentista” las características esenciales del género. Se transcriben a continuación los puntos
principales de dicho decálogo:
1) No empieces a escribir sin saber desde la primera palabra adónde vas. En un cuento
bien logrado las tres primeras líneas tienen casi la misma importancia que las tres últimas.
2) Si quieres expresar con exactitud esta circunstancia: “desde el río soplaba un viento
frío”, no hay en lengua humana más palabras que las apuntadas para expresarla.
3) No adjetives sin necesidad. Inútiles serán cuantas colas adhieras a un sustantivo débil. Si hallas el que es preciso, él, solo, tendrá un color incomparable. Pero hay que
hallarlo.
4) Toma a los personajes de la mano y llévalos firmemente hasta el final, sin ver otra
cosa que el camino que te trazaste.
POLITECNICO
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Palabramundo
Idioma Nacional I
OTROS ELEMENTOS PARA EL ANÁLISIS DEL CUENTO.
A) Narrador
A1 ) El narrador y el autor
El autor es quien escribe el texto.
Presencia real.
El narrador es la voz ficticia creada por el autor,
que cuenta los hechos y dosifica la información
que recibe el lector.
Presencia ficticia.
A2) Posiciones del narrador
La clasificación se basa en la persona gramatical con que aparece y en lo que sabe sobre
los personajes.
1ª Persona: participa en mayor o en menor medida de los hechos narrados. Puede ser:
 Protagonista: Es el centro de la historia y habla de sí mismo como eje de la narración. Sabe únicamente lo que puede ver, oír y pensar desde su yo personal.
 Testigo: Con mínimas referencias a sí mismo, cuenta lo que le ocurre a otros
personajes. Sólo sabe lo que puede ver y oír desde el lugar en que se encuentra.
3ª Persona: está fuera de los acontecimientos narrados y no hace alusión a sí mismo. Puede
ser:
 Observador: Cuenta lo que le ocurre a los personajes sin ninguna referencia a
sí mismo. Sólo sabe lo que puede ver y oír desde el lugar en que se encuentra.
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POLITECNICO
 Omnisciente: Sabe todo de todos los personajes. Relata lo que piensan, sientes
y creen. Puede contar lo que ocurre en un lugar y lo que ocurre en otro simultáneamente. Incluso puede conocer el futuro de los personajes.
El narrador en 1ª Testigo y el narrador en 3ª Observador tienen algo en común: ambos sólo
saben y cuentan lo que perciben a través de los cinco sentidos.
Ejemplificación
Desde mi ventana, vi con asombro cómo los vecinos rodeaban a Francisco, lo palmeaban y le daban muestra de gran afecto. Esos mismos vecinos que, unos días antes, le habían
gritado toda clase de insultos.
Elisa Roldán
Narrador: 1ra persona Testigo.
Justificación: el adjetivo posesivo (mi) y el verbo en 1ra persona (vi) se refieren a un narrador que cuenta no lo que le sucede a él, sino lo que le pasa a otro personaje (a Francisco) como
puede apreciarse en los pronombres personales (lo, le).
Propuestas
1) Indica la posición del narrador en los siguientes ejemplos:
a) Sí. Miraba a mi madre con angustia. Porque esa era la madre que a mí me gustaba y sabía
que no podía vivir sin ella. Por eso tenía miedo que lo que decía mi hermano fuera verdad.
Julio Ardiles Gray
Narrador ____________________________________
b) Retrocedí para no ser visto, aunque algo cada vez más fuerte me tiraba hacia adelante.
El corazón me golpeaba como un tambor y las rodillas empezaron a temblarme.
Bernardo Cordón
Narrador ____________________________________
POLITECNICO
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Palabramundo
Idioma Nacional I
c) La cabeza al aire y sin machete, el padre va. Corta el abra del espartillo, entra en el monte,
costea la línea de cactus sin hallar el menor rastro de su hijo.
Horacio Quiroga
Narrador ____________________________________
d)
Alas
El hombre levantó con su dedo el gatillo de su arma y cuando las aves advirtieron su pre-
sencia se precipitaron hacia el espacio en un vuelo de pavor.
Uno de los pájaros, sin embargo, en cambio de huir se abalanzó sobre la mano del hombre y con su pico y sus endebles garras lo atacó, permitiendo con eso que sus compañeros escaparan indemnes. Año después, cuando un pájaro viejo contaba esta historia, la remataba con
el siguiente adagio lleno de sabiduría: Más vale pájaro en mano que cien volando.
Jairo A. Niño
Narrador ______________________________________
e) La mano pasó sobre el vidrio como un pájaro por una ventana. A Isabel le pareció que las
hormigas se espantaban de veras, que huían del reflejo. Ahora ya no se veía nada, Rema se
había ido, andaba por el corredor como escapando de algo. Isabel sintió miedo de su pregunta,
un miedo sordo y sin sentido, quizá no de la pregunta como de verla irse así a Rema, del vidrio
otra vez límpido donde las galerías desembocaban y se torcían como crispados dentro de la
tierra.
Julio Cortázar
Narrador _______________________________________
f) “En las noches de verano se oía música en la casa de mi vecino. En sus azules jardines,
hombres y mujeres iban y venían, semejantes a polillas (...) En los fines de semana, su Rolls
Royce se convirtió en...”
F. S. Fitzgerald
Narrador _______________________________________
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POLITECNICO
2) Pasa el ejemplo e a primera persona e indica el tipo de narrador.
3) Rescribe el ejemplo c con un narrador en tercera persona omnisciente.
B) Personaje
Es el hilo conductor del relato dado que éste se va transformando a medida que el personaje impone sus comportamientos. Es una criatura de papel, resultado de un conjunto de
palabras: lo que el narrador y los demás personajes dicen de él, y lo que él dice de sí mismo y
hace a lo largo de la narración.
B1) Modos de presentación del personaje
Cada personaje se puede dar a conocer a través de:
a)
lo que ellos hacen.
b)
lo que el narrador dice de ellos.
c)
lo que ellos dicen de sí mismos.
d)
lo que otros personajes dicen de ellos.
B2) Tipos de personajes
Según la importancia del papel que asumen en el relato, pueden intervenir en la historia
como:

Principales o protagonistas: tienen el mayor número de relaciones con los personajes
restantes.

Secundarios: permanecen en un segundo plano con respecto al principal y suelen existir gracias a éste como contrapunto (la relación entre ambos es de contraste u
oposición), como su complemento (son personajes dependientes uno de otro, se complementan), o como ajenos al principal (puede que el personaje principal ni siquiera tenga
noticias de su existencia). Aunque tiene menor importancia que los protagonistas, también son imprescindibles para el desarrollo de los hechos.
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Palabramundo
Idioma Nacional I
Ejemplificación
“Le cruzaba la cara una cicatriz rencorosa, un arco ceniciento, y casi perfecto que de un
lado ajaba la sien y del otro el pómulo. Su verdadero nombre no importa; todos en Tacuarembó
le decían el Inglés de La Colorada... Dicen que era severo hasta la crueldad, pero escrupulosamente justo. Dicen también que era bebedor. Recuerdo los ojos glaciales, la enérgica flacura, el
bigote gris. No se daba con nadie.
Me dijo con su voz habitual:
-Le contaré la historia de mi herida bajo una condición: la de no mitigar ningún oprobio,
ninguna circunstancia de infamia.
Asentí. Esta es la historia que contó:
“Hacia 1922, en una de las ciudades de Carnaught yo era uno de los muchos que conspiraba por la independencia de Irlanda...
-¿Usted no me cree?-balbuceó-¿No ve que llevo escrita la marca de mi infamia? Le he narrado la historia de este modo para que usted me creyera al fin.
Yo he denunciado al hombre que me amparó.”
Jorge Luis Borges
a) por lo que el narrador dice de él
características físicas: ojos glaciales, energética
flacura, bigote gris, cicatriz en la cara.
personalidad: reservado, solitario.
b) por lo que hace
emprendedor
afronta el juicio de los demás.
Desleal
c) por lo que dice de sí
Traidor
Delator
Irlandés
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POLITECNICO
severo
cruel
d) por lo que lo demás dicen de él
justo
bebedor
inglés
Propuesta
Indica la persona y la posición del narrador:
a) Mi humor no era el de siempre, sentíame huraño y no había querido avisar a mis habituales
compañeros de huelga y baño, porque prefería no sonreír a nadie ni repetir las chascadas de
uso...
Pensaba. Pensaba en mis catorce años de chico abandonado, de “guacho” como seguramente
dirían por ahí...
Mis tías pronto se aburrieron del juguete y me regañaban el día entero, poniéndose de
acuerdo sólo para decirme que estaba sucio, que era un atorrante y echarme la culpa de cuanto
desperfecto hubiera en la casa.
Ricardo Güiraldes
 por lo que dice de sí
 por lo que las tías dicen de él
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Palabramundo
Idioma Nacional I
 por lo que los demás comentan de él
Narrador: ________________________
b) “La Tijereta nos dominaba. Era ella quien nos obligaba a ser puntuales a la diaria cita. Aquella
selvática muchachuela ejercía sobre nosotros esa especie de fascinación con que arrastran a
sus tropas los grandes capitanes. Nadie como ella trepaba a un árbol, escalaba una barranca o
acertaba una pedrada a treinta metros de distancia. Nadie tampoco sabía castigarnos con más
eficacia.”
J. Echagüe
 por lo que el narrador dice
 por lo que el personaje realiza
Narrador: ________________________
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POLITECNICO
c) “Quedamos en vernos pronto. Me dio vergüenza decirle que deseaba verla al otro día o que
deseaba seguir viéndola allí mismo y que ella no debería separarse ya nunca de mí. A pesar de
que mi memoria es sorprendente, tengo, de pronto, lagunas inexplicables. No sé ahora qué le
dije en aquel momento pero recuerdo que ella no respondió que debía irse.”
Ernesto Sábato
 por lo que dice de sí mismo
 por lo que el personaje realiza
Narrador: ________________________
C) Marco
El marco en el que se desarrolla una historia consta de tres coordenadas:

Personajes: Seres ficticios que el lector va conociendo a través de una serie de informaciones proporcionadas por el narrador. Intervienen en los acontecimientos.

Lugar: Espacio en el que se desarrolla la acción y su relación con los acontecimientos.

Tiempo:
a)
Época o momento en que transcurren los hechos (siglo, año, etc.) y su relación con
los mismos.
POLITECNICO
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Palabramundo
Idioma Nacional I
b)
Exterior: lapso de tiempo en el que transcurren los acontecimientos narrados.
c)
Interior: percepción subjetiva que tiene el personaje o el narrador acerca del tiempo
exterior.
La descripción es un recurso que aparece en las narraciones para caracterizar los elementos
del marco de la historia. Puede ser de dos tipos: decorativa o funcional.

Descripción decorativa: Crea la ilusión de que lo que se enuncia es real; genera una pausa (remanso, detenimiento) entre los acontecimientos del relato; por eso sirve de relleno y
expande la narración.

Descripción funcional: Revela un carácter (a veces una atmósfera), compone la psicología
de los personajes y de su época para vincularlos directamente con los acontecimientos del
relato; por eso su significado es implícito.
D) Secuencia Narrativa
Es el orden en que el narrador eligió hacernos conocer los acontecimientos, por lo tanto es
el modo en que el lector se va enterando de lo sucedido. Es una sucesión lógica que establece
una relación de causa-consecuencia entre las acciones principales de una narración. Si esas
acciones se alteran de orden o se suprimen, el relato pasa a ser otro.
Puede coincidir con la secuencia cronológica, es decir, con el orden en que esas acciones
se desarrollan en la línea del tiempo. En ese caso, los sucesos que acontecen primeros en el
tiempo son narrados antes que los segundos y así sucesivamente.
Si por el contrario, no coincide con la secuencia cronológica, la secuencia narrativa tiene
un orden libre, es decir, los sucesos son narrados en el orden que mejor convenga al hilo del
relato.
El orden de una narración depende de cuál sea el foco considerado de mayor interés.
 Si interesa conocer el desenlace de unos acontecimientos, la narración seguirá un orden cronológico desde los primeros hasta los últimos sucesos.
 Si lo que interesa no es el desenlace, sino las circunstancias que llevaron al desenlace,
la narración puede comenzar por los últimos sucesos para después dar un salto al pasado y narrar el resto de la historia desde el principio (racconto).
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POLITECNICO
 Si lo que interesa es tanto el desenlace como el comienzo de lo narrado se puede empezar la narración en un punto intermedio de la historia, para después ir relatando los acontecimientos anteriores (flashback) y posteriores (flashfoward) al punto de arranque.
E) Tema
El tema de un relato es la idea general de la que se habla, engloba las ideas principales
planteadas y le da sentido a la narración. Puede desarrollarse de dos formas: explícitamente,
mediante referencias directas, o implícitamente, mediante referencias indirectas.
A menudo ocurre en los cuentos que bajo un tema secundario subyace el tema central y al
lector le corresponde advertirlo. Entonces, el tema es una abstracción que hace el lector una vez
que ha comprendido totalmente el cuento. Generalmente, se expresa con una OUN.
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Idioma Nacional I
Ejercicios Integradores
1) El cigarrillo
Doblo la esquina. Busco en mis bolsillos. Tomo un cigarrillo. No tengo fósforos, tampoco
encendedor. Veo una sombra cerca. Toco su espalda.
-Disculpe-le digo muy amablemente-¿Me da fuego?
El dragón, complaciente, me fulmina en una llamarada.
Rubén C. Tomasi, en puro Cuento N° 6.
2) La intrusa
Ella tuvo la culpa, señor juez. Hasta entonces, hasta el día que llegó, nadie se quejó de mi
conducta. Puedo decirlo con la frente bien alta.
Yo era el primero en llegar a la oficina y el último en irme. Mi escritorio era el más limpio de
todos. Jamás me olvidé de cubrir la máquina de calcular, por ejemplo, o de planchar con mis
propias manos el papel carbónico. El año pasado, sin ir más lejos, recibí una medalla del mismo
gerente. En cuanto a ésa me pareció sospechosa desde el primer momento. Vino con tantas
ínfulas a la oficina. Además ¡qué exageración! Recibirla con un discurso, como si fuera una princesa. Yo seguí trabajando como si nada pasara. Los otros se deshacían en elogios. Alguno,
deslumbrado, se atrevía a rozarla con la mano. ¿Cree usted que yo me inmuté por eso, señor
juez? No. Tengo mis principios y no los voy a cambiar de un día para el otro pero hay cosas que
colman la medida.
La intrusa, poco a poco me fue invadiendo. Comencé a perder el apetito. Mi mujer me
compró un tónico, pero sin resultado. ¡. Si hasta se me caía el pelo, señor. Y soñaba con ella!
Todo lo soporté, todo. Menos lo de ayer. “Gonzáles- me dijo el gerente- lamento decirle que la
empresa ha decidido prescindir de sus servicios.” Veinte años, señor juez, veinte años tirados a
la basura.
Supe que ella fue con la alcahuetería. Y yo, que nunca dije una mala palabra, la insulté. Sí,
confieso que la insulté, señor juez, y que le pegué, con todas mis fuerzas. Fui yo quien le dio con
el fierro. Le gritaba y estaba como loco. Ella tuvo la culpa. Arruinó mi carrera, la vida de un hombre honrado, señor. Me perdí por una extranjera, por una miserable computadora, por un pedazo
de lata, como quien dice.
Pedro Orgambide
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3) El negador de milagros
Chu Fu Tze, negador de milagros, había muerto; lo velaba su yerno. Al amanecer, el ataúd
se elevó y quedó suspendido en el aire, a dos cuartas del suelo. El piadoso yerno se horrorizó.
“Oh, venerado suegro”, suplicó, “no destruyas mi fe de que son imposibles los milagros.”El
ataúd, entonces, descendió lentamente, y el yerno recuperó la fe.
Anónimo
4) Esquina peligrosa
El señor Epidídimus, el magnate de las finanzas, uno de los hombres más ricos del mundo, sintió un día el vehemente deseo de visitar el barrio donde había vivido cuando era niño y
trabajaba como dependiente de almacén.
Le ordenó a su chofer que lo condujese hasta aquel barrio humilde y remoto. Pero el barrio
estaba tan cambiado que el señor Epidídimus no lo reconoció. En lugar de calles de tierra había
bulevares asfaltados, y las míseras casitas de antaño habían sido reemplazadas por torres de
departamentos.
Al doblar una esquina vio el almacén, el mismo viejo y sombrío almacén donde él había
trabajado como dependiente cuando tenía doce años.
-Deténgase aquí-le dijo al chofer. Descendió del automóvil y entró en el almacén. Todo se
conservaba igual que en la época de su infancia: las estanterías, la anticuada caja registradora,
la balanza de pesas y, alrededor, el mudo asedio de la mercadería.
El señor Epidídimus percibió el mismo olor de sesenta años atrás: un olor picante y agridulce a jabón amarillo, a aserrín húmedo, a nostálgico. Se le humedecieron los ojos.
Desde la penumbra del fondo le llegó la voz del patrón:
-¿Éstas son horas de venir? Te quedaste dormido, como siempre.
El señor Epidídimus tocó la canasta de mimbre, fue llenándola con paquetes de azúcar, de
yerba y de fideos, con frascos de mermelada y botellas de lavandina, y salió a hacer el reparto.
La noche anterior había llovido y las calles de tierra estaban convertidas en un lodazal.
Marco Denevi “Cartas peligrosas y otros cuentos”
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Idioma Nacional I
5) Último cuento
-En sus cuentos breves el tema de la muerte suele aparecer con cierta frecuencia ¿a qué
se debe?
-No es un tema privativo de mis cuentos, habrá notado que en la vida también suele aparecer con cierta frecuencia.
-¿No teme jugar con la muerte?
-Soy un escritor temerario.
-¿Qué está escribiendo ahora?
-Un cuento trivial: el escritor que dialoga con la Muerte y la muy pícara lo sorprende en la
mitad de una palabra.
-¿Cuál palabra?
-No sé, pero seguramente le va a faltar la última sílaba y el cuento quedará inconclu...
Juan Carlos García Reig, en Puro Cuento N°5
6) Primer amor
Tenía catorce años y se llamaba Delia, aún puesto en puntas de pie yo no pasaba de los
nueve. Fue mi primer amor.
Mi impaciencia y precocidad sentimental la veían todos los días: éramos vecinos y es preciso acatar la providencia Yo, en ese entonces, no sabía expresar lo que sentía, y mi diploma de
tercer grado resultaba de un fastuoso valor decorativo. Fue inútil haberme distinguido en la lectura y composición: no llegué a hablarle ni a escribirle nunca. Pero mi amor obraba y ¡con cuánta
ansiedad guardaba el dinero logrado durante toda la semana y corría, apretando bien el puño, la
moneda adentro, hasta el almacén de la esquina! Allí compraba veinte centavos de caramelos
que yo entregaba con un gesto simple. Ella los aceptaba con “un muchas gracias” insensible, y
luego miraba hacia un lado cualquiera, cualquiera menos en donde yo, en actitud contemplativa,
quedaba silencioso...
Era muy desgraciado pero nunca lo somos bastante: Un día, mi amigo más íntimo me confesó que la quería. Lo escuché en silencio. Me sentí fracasar, mi amigo era un muchacho inmensamente grande. ¡Tenía ya once años...! Además, sus hermanas cariñosas agasajaban a
Delia.
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Como suele ocurrir cuando el presente no es sino una enorme pena, me refugiaba en la
esperanza. Aquello no podía durar siempre porque “me volvería grande” y ella repararía en mí y
en mi cariño. Seríamos felices, nos casaríamos y seguiríamos siendo felices.
En mi afán de servirla y para poder estar cerca de ella, me hice amigo de su hermanito, a
quien llegué a prestar, sin limitaciones, mis juguetes.
Para que ella no me ignorara era preciso un suceso extraordinario, una hazaña en la que
yo hiciera de héroe. Sin saber nada de Nerón, soñé con grandes llamaradas, de esas que todo
lo purifican porque lo iluminan todo. Sí, llegué a convencerme de lo ventajoso que sería un incendio en casa de Delia, estallado, claro está, en la debida oportunidad para ser yo su descubridor. ¡Ah! ¡Poder llegar antes que nadie!, ¡Penetrar en medio del humo! ¡Avanzar hasta donde
ella, desvanecida sólo esperaba la muerte...! Cuando planeaba este sueño frente al espejo pensaba en la conveniencia de que el humo fuese leve, el cuerpo de ella liviano, y mis brazos, en
cambio, largos y recios.
Y bien, la oportunidad hazañosa se produjo.
Una noche el piso de Delia se hundió, provocando la consiguiente alarma vecinal. Vi pasar
a los bomberos, oí la lista de las victimas alargada por esa aritmética de multiplicar que utilizaban los rumores.
Y, detrás de los bomberos, penetré yo también. ¿Cómo dudar de que Delia, desesperada
y a punto de desmayarse, esperaba que mi amor la rescatase?
Los sueños se realizan pero con variantes, como si ellos estuvieran escritos en otra lengua
y la realidad fuera mala traductora; porque entré tras los bomberos y ya no recuerdo nada
más...Pero me lo contaron. Me desvanecí bajo los gritos, los cascotes y las nubes de un polvo
que asfixiaba. Y salí llevado en los brazos altos y fuertes de mi amada. Volví en mí cuando Delia
decía “Es un chiquito de la cuadra, cuídelo usted” y, maternalmente, me entregaba a un policía.
Gustavo Gabriel Levene en “Niñez en Catamarca”
7) Sin título
Apuntaba apenas el alba, un alba desteñida y friolenta de febrero , cuando los reos –cincoque debían ser ejecutados fueron sacados de la prisión y conducidos en compañía del sacerdote, que rezaba con ellos, a una plazuela terregosa y triste, limitada por tapias semidestruidas y
donde era costumbre llevar a cabo las ejecuciones .
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Idioma Nacional I
Nuestro Luis marchaba entre todos con paso firme, con erguida frente, pero llena el alma
de una emoción desconocida y de un deseo infinito de que acabase pronto aquella horrible
farsa.
Al llegar a la plazuela, los cinco reos fueron colocados en fila, a cierta distancia, y la tropa
que los escoltaba, a la voz de mando, se dividió en cinco grupos de siete hombres, según previa
distribución hecha en el cuartel.
El coronel del Cuerpo, que asistía a la ejecución, indicó al sacerdote, que desde la prisión
había ido exhortando a los reos, que los vendara y se alejase luego a cierta distancia. Así lo hizo
el padre, y el jefe del pelotón dio las primeras órdenes con voz seca y perentoria.
Amado Nervo
8) El ganador
Bandidos asaltan la cuidad de Mexcatle y ya dueños del botín de guerra emprenden la retirada. El plan es refugiarse al otro lado de la frontera, pero mientras tanto pasan la noche en una
casa en ruinas, abandonada en el camino.
A la luz de las velas juegan a los naipes. Cada uno apuesta las prendas que ha saqueado,
Partida tras partida, el azar favorece al Bizco, quien va apilando las ganancias debajo de la mesa: monedas, relojes, alhajas, candelabros...
Temprano por la mañana el Bizco mete lo ganado en una bolsa, la carga sobre los hombros y, agobiado bajo ese peso, sigue a sus compañeros, que marchan cantando hacia la frontera .La atraviesan, llegan sanos y salvos a la encrucijada donde han resuelto separarse y allí matan al Bizco. Lo habían dejado ganar para que les transportase el pesado botín.
Enrique Anderson Imbert en “La Nación” 28-2-82
1) Indica la posición del narrador en los cuentos N° 1, 4, 8. Justifica con un ejemplo para cada
uno.
2) Redacta el desenlace del texto N° 7. Colócale un título.
3) Arma la secuencia narrativa del cuento N° 8.
4) Ordena cronológicamente las acciones del cuento N° 2.
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5) Analiza el cuento N° 6 respondiendo a las siguientes consignas:
a) Caracteriza los personajes por lo que ellos dicen o hacen.
b) Explica las siguientes expresiones “alargada por esa aritmética de multiplicar que
utilizan los rumores” y “sin saber nada de Nerón, soñé con grandes llamaradas”.
c) ¿Su sueño se convierte en real? ¿Por qué?
d) Transcribe frases que acentúan el tono humorístico.
6) Explica el título del cuento N° 4.
7) Enuncia el tema de los cuentos N° 2, 6 y 8.
8) Rescribe el cuento N° 8 cambiando la posición del narrador a 1° persona protagonista contada desde el punto de vista del Bizco. Amplía la historia incorporando nuevos datos para generar
suspenso y enriquecer la historia. No olvides cambiarle el título.
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Idioma Nacional I
TIPOS DE CUENTOS
El cuento realista
El hombre siempre testimonió y reflejó en sus expresiones de arte la realidad circundante.
El realismo como posición estética recién se configura a fines del siglo XIX. Se origina en
la observación de las tradiciones y costumbres de los pueblos y, por ser una manifestación objetiva de la realidad, se expresa preferentemente en las formas de la narrativa, como la novela y el
cuento.
Sin embargo, el modo o técnica de representación de la realidad ha evolucionado a través
de los tiempos. El realismo literario del siglo XIX consideraba el arte como espejo de lo cotidiano, partía de la observación directa del mundo en torno e intentaba reflejarlo objetivamente
en su obra. Por ello sus temas eran la rutina y lo trivial de la existencia del hombre y el recurso
predilecto de la descripción. Hay que destacar, sin embargo, que la copia fiel de la realidad es
imposible por la multiplicidad y complejidad de la misma. El artista debía entonces seleccionar
algunos elementos que volcaba en su obra, el resultado era la descripción de un mundo distinto
el originalmente observado.
Para el arte contemporáneo, la única realidad que el artista llega a conocer con cierta profundidad es su propio yo. De este modo el mundo visto a través de la subjetividad del escritor se
transforma aun en las cosas más convencionales. El artista no falsifica la realidad pero al proyectarla en su obra como un juego de espejos, el resultado es una visión prismática y deformante de la misma. Es por ello que el arte actual aparece como irreal, cuando en verdad no sólo
pretende describir la realidad con mayor exactitud, sino también iluminarla y revelar sus estratos
más profundos.
Para lograr su propósito de hacer un retrato fiel de la realidad, para darle mayor veracidad,
el escritor realista recurre a diferentes técnicas:
 Descripciones crudas, precisas, detallistas y minuciosas de los espacios, de las costumbres de su sociedad, del estilo de vida etc, intentando recrear el ambiente de esa época y de
su país.
 Personajes comunes en la vida de pueblos o ciudades, tomados de la realidad circundante como por ejemplo la maestra, el médico, un pescador, un cura, una sirvienta, un funcionario, etc.
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 El lenguaje, los diálogos de sus personajes, que intentan captar la forma singular en
que habla la gente dependiendo de su clase social, su profesión, su nivel de educación, etc. La
forma de hablar es un aspecto muy importante de la realidad. Estos diálogos suelen estar acompañados por observaciones acerca de las actitudes, los gestos y las entonaciones buscando una
representación más fidedigna del modo de conversar.
 Narrador generalmente en 3ra. persona Omnisciente que lo sabe todo y conoce hasta
los pensamientos más íntimos de los personajes.
La literatura realista es una representación verosímil (que parece real, que tiene apariencia de verdadera) de la realidad. Intenta provocar en el lector la sensación de que está viendo
lo que se le cuenta. Su intención es traducir un cuadro verosímil de la vida cotidiana, recrear un
fresco de la sociedad de su época, tratar de reproducir con palabras el mundo tal como se ve.
Pero bien sabemos que aunque esa representación pretenda ser objetiva, siempre será una
manera singular de mirar el mundo.
A la deriva
El hombre pisó algo blancuzco, y en seguida sintió la mordedura en el pie. Saltó adelante,
y al volverse, con un juramento vio una yaracacusú que, arrollada sobre sí misma, esperaba otro
ataque.
El hombre echó una veloz ojeada a su pie, donde dos gotitas de sangre engrosaban dificultosamente, y sacó el machete de la cintura. La víbora vio la amenaza y hundió más la cabeza
en el centro mismo de su espiral; pero el machete cayó en el lomo, dislocándole las vértebras.
El hombre se bajó hasta la mordedura, quitó las gotitas de sangre y durante un instante
contempló. Un dolor agudo nacía de los dos puntitos violeta y comenzaba a invadir todo el pie.
Apresuradamente se ligó el tobillo con su pañuelo y siguió por la picada hacia su rancho.
El dolor en el pie aumentaba, con sensación de tirante abultamiento, y de pronto el hombre
sintió dos o tres fulgurantes puntadas que, como relámpagos, habían irradiado desde la herida
hasta la mitad de la pantorrilla. Movía la pierna con dificultad; una metálica sequedad de garganta, seguida de sed quemante, le arrancó un nuevo juramento. Llegó por fin al rancho y se echó
de brazos sobre la rueda de un trapiche. Los dos puntitos violeta desaparecían ahora en la
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Idioma Nacional I
monstruosa hinchazón del pie entero. Quiso llamar a su mujer, y la voz se quebró en un ronco
arrastre de garganta reseca. La sed lo devoraba.
–¡Dorotea! –alcanzó a lanzar en un estertor– ¡Dame caña!
Su mujer corrió con un vaso lleno, que el hombre sorbió en tres tragos. Pero no había sentido gusto alguno.
–¡Te pedí caña, no agua! –rugió de nuevo–. ¡Dame caña!.
–¡Pero es caña, Paulino! –protestó la mujer, espantada.
–¡No, me diste agua! ¡Quiero caña, te digo!
La mujer corrió otra vez, volviendo con la damajuana. El hombre tragó uno tras otro dos
vasos, pero no sintió nada en la garganta.
–Bueno; esto se pone feo... –murmuró entonces, mirando su pie, lívido y ya con lustre
gangrenoso. Sobre la honda ligadura del pañuelo la carne desbordaba como una monstruosa
morcilla.
Los dolores fulgurantes se sucedían en continuos relampagueos y llegaban ahora a la ingle. La atroz sequedad de garganta, que el aliento parecía caldear más, aumentaba a la par.
Cuando pretendió incorporarse, un fulminante vómito lo mantuvo medio minuto con la frente
apoyada en la rueda de palo.
Pero el hombre no quería morir, y descendiendo hasta la costa subió a su canoa. Sentóse
en la popa y comenzó a palear hasta el centro del Paraná. Allí la corriente del río, que en las
inmediaciones del Iguazú corre seis millas, lo llevaría antes de cinco horas a Tacurú-Pucú.
El hombre, con sombría energía, pudo efectivamente llegar hasta el medio del río; pero allí
sus manos dormidas dejaron caer la pala en la canoa, y tras un nuevo vómito –de sangre esta
vez– dirigió una mirada al sol, que ya trasponía el monte.
La pierna entera, hasta medio muslo, era ya un bloque deforme y durísimo que reventaba
la ropa. El hombre cortó la ligadura y abrió el pantalón con su cuchillo: el bajo vientre desbordó
hinchado, con grandes manchas lívidas y terriblemente doloroso. El hombre pensó que no podría llegar jamás él solo a Tacurú-Pucú y se decidió a pedir ayuda a su compadre Alves, aunque
hacía mucho tiempo que estaban disgustados.
La corriente del río se precipitaba ahora hacia la costa brasileña, y el hombre pudo fácilmente atracar. Se arrastró por la picada en cuesta arriba; pero a los veinte metros, exhausto,
quedó tendido de pecho.
–iAlves! –gritó con cuanta fuerza pudo; y prestó oído en vano–. ¡Compadre Alves! ¡No me
niegues este favor! –clamó de nuevo, alzando la cabeza del suelo. En el silencio de la selva no
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se oyó rumor. El hombre tuvo aún valor para llegar a su canoa, y la corriente, cogiéndola de
nuevo, la llevó velozmente a la deriva.
El Paraná corre allí en el fondo de una inmensa hoya, cuyas paredes, altas de cien metros,
encajonan fúnebremente el río. Desde las orillas, bordeadas de negros bloques de basalto, asciende el bosque, negro también. Adelante, a los costados, atrás, siempre la eterna muralla lúgubre; en cuyo fondo el río arremolinado se precipita en incesantes borbollones de agua fangosa. El paisaje es agresivo y reina en él un silencio de muerte. Al atardecer, sin embargo, su belleza sombría y calma cobra una majestad única.
El sol había caído ya cuando el hombre, semitendido en el fondo de la canoa, tuvo un violento escalofrío. Y de pronto, con asombro, enderezó pesadamente la cabeza: se sentía mejor.
La pierna le dolía apenas, la sed disminuía, y su pecho, libre ya, se abría en lenta inspiración.
El veneno comenzaba a irse, no había duda. Se hallaba casi bien, y aunque no tenía fuerzas para mover la mano, contaba con la caída del rocío para reponerse del todo. Calculó que
antes de tres horas estaría en Tacurú-Pucú.
El bienestar avanzaba y con él una somnolencia llena de recuerdos. No sentía ya nada ni
en la pierna ni en el vientre. Viviría aún su compadre Gaona, en Tacurú-Pucú? Acaso viera también a su ex patrón mister Dougald y al recibidor del obraje.
¿Llegaría pronto? El cielo, al poniente, se abría ahora en pantalla de oro, y el río se había
coloreado también. Desde la costa paraguaya, ya entenebrecida, el monte dejaba caer sobre el
río su frescura crepuscular en penetrantes efluvios de azahar y miel silvestre. Una pareja de
guacamayos cruzó muy alto y en silencio hacia el Paraguay.
Allá abajo, sobre el río de oro, la canoa derivaba velozmente, girando a ratos sobre sí
misma ante el borbollón de un remolino. El hombre que iba en ella se sentía cada vez mejor, y
pensaba entre tanto en el tiempo justo que había pasado sin ver a su ex patrón Dougald ¿Tres
años? Tal vez no, no tanto. ¿Dos años y nueve meses? Acaso. ¿Ocho meses y medio? Eso sí,
seguramente.
De pronto sintió que estaba helado hasta el pecho. ¿Qué sería? Y la respiración...
Al recibidor de maderas de míster Dougald, Lorenzo Cubilla, lo había conocido en Puerto
Esperanza un Viernes Santo... ¿Viernes? Sí, o jueves...
El hombre estiró lentamente los dedos de la mano.
–Un jueves...
Y cesó de respirar.
Horacio Quiroga
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El reino de los cielos
Llegaron a Salidas Internacionales de Barajas con el tiempo justo, de modo que tuvieron que situarse de
inmediato en la cola de Iberia, vuelo 987 a Buenos Aires. Ninguno de los tres hablaba. La noche anterior
habían llegado en auto desde Francia. En realidad, ni a Asdrúbal ni a Rosa les gustaba esta partida, esta
separación, pero lo habían resuelto de común acuerdo: Ignacio debía ir a Montevideo. Ahora tenía once
años, estaba en Europa desde los cinco, y el riesgo era que se convirtiera en un francés. Nada contra los
franceses, pero el botija era uruguayo y enviarlo ahora a Montevideo para que pasara un mes con los
cuatro abuelos y se familiarizara con los tíos y primos, y también con las calles y las playas, era una maniobra cuidadosamente planificada, una idea nacida aquella tarde en que Rosa lo había sorprendido contando casi clandestinamente un, deux, trois, quatre, cinq, six, cuando hasta ese momento siempre lo había hecho en español.
Tené cuidado con esta bolsita roja dijo por fin Asdrúbal cuando todavía estaban a dos lugares del mostrador.
Aquí están el pasaporte, el pasaje, algunos dólares.
Y no te preocupes a la llegada agregó Rosa. En Ezeiza estarán los abuelos, y a lo mejor el tío Ambrosio.
Vendrán especialmente desde Montevideo.
Y además dijo Asdrúbal cuando desciendas del avión una azafata te acompañará hasta dejarte con los
abuelos.
Ignacio respondió con monosílabos. Una semana con el mismo estribillo. Ya que debía irse, y él no lo
había pedido ni resuelto, lo mejor era arrancar de una buena vez.
Contale a los abuelos cómo vivimos, cómo es el barrio, cómo son los vecinosdijo Rosa. La escuela a la
que vas, las buenas notas que tuviste este semestre. Así a los viejos se les cae la baba.
Sí, mamá.
Y a Roberto que me conteste enseguida sobre la consulta que le hago.
Sí, papá.
Mirá que aquí hace calor y allá en cambio vas a llegar en pleno invierno. Antes del descenso ponete el
abrigo.
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Sí, mamá.
Ya estaban junto al mostrador. No había valija a despachar. Todo lo suyo, incluidos los regalos, cabía en
un bolsón de mano.
¿Viaja solo el niño?
Sí, aquí está todo.
Bueno, ya es un hombrecito.
El hombrecito enrojeció como un semáforo, tal vez porque la empleada era lindísima y además le estaba
dedicando su sonrisa profesional para U.M. (Unaccompanied minor).
Ya puede ir pasando por el control. Puerta cinco. Buen viaje, Ignacio.
Ignacio se sorprendió de que aquella muchacha ya se hubiera enterado de su nombre.
La conquistaste dijo Asdrúbal. Qué flechazo, che.
Se acercaron lentamente a la entrada para pasajeros.
Casi lloriqueando, Rosa le arregló el cuello de la campera, le acomodó el bolsón grande en el hombro
derecho, luego lo besó varias veces y le dio un abrazo tan apretado que el cuello se le volvió a torcer.
Asdrúbal fue mucho más sobrio pero tenía los ojos brillantes. Él, en cambio, no hizo concesiones.
Asdrúbal y Rosa estuvieron atentos hasta que Ignacio pasó los controles, les hizo varias veces adiós con
la mano que le quedaba libre y desapareció con los demás pasajeros en busca de la puerta cinco.
Por su parte Ignacio, cuando ya no los pudo ver, dejó de hacer adiós y respiró con cierto alivio. Éste era
su primer despegue. Pero ya en plena independencia sintió un poco de nostalgia de su dependencia, como si le costara habituarse a esta inauguración que le habían impuesto.
En la puerta cinco había una multitud. También allí lepreguntaron si viajaba solo, y él, en estado de inexpugnable mudez, fue mostrando el sagrado contenido de la bolsita roja. Se sentó en uno de los pocos
asientos que estaban separados del resto, a la espera de la orden de embarque. Al principio le pareció
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que todos lo miraban, entonces comenzó a mirar a todos y los demás apartaron la vista. Cuando dieron la
orden de embarque en tres idiomas, vino una empleada de la empresa, menos linda que la del mostrador,
le preguntó si era Ignacio y lo acompañó hasta el avión, siempre sonriendo y dándole palmaditas en el
hombro, y allí lo entregó a una de las azafatas.
La gente estaba entrando atropelladamente en el avión y luego se demoraba un siglo acomodando las
maletas de mano y los abrigos. Atravesando con pericia esa selva, la azafata lo acompañó hasta la fila 17
y lo situó junto a otro unaccompanied minor, más o
menos de su edad.
Él también viaja solo. A ver si se hacen compañía.
Y la azafata se fue por el pasillo.
Hola dijo el que estaba sentado.
Hola.
Ignacio acomodó el bolsón bajo el asiento, y, recordando el decálogo de Rosa, se abrochó el cinturón de
seguridad.
¿Sos argentino o uruguayo?
Uruguayo.
Yo también.
Sólo ahora se dedicó a observarlo. Era robusto y algo pecoso y le faltaba un diente de arriba. Estaba rigurosamente peinado y llevaba una corbatita angosta.
¿Cómo te llamás?
Ignacio. ¿Y vos?
Saúl.
¿Vas a Buenos Aires?
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Sí, pero después a Montevideo.
Ah, yo también.
A la derecha de Ignacio estaba el pasillo, pero a la izquierda de Saúl había una señora con anteojos que
seguía muy complacida el diálogo incipiente. Al sentirse observados, los muchachos se callaron.
Vino otra azafata distribuyendo diarios, y sin preguntarnada a los chicos, los omitió en el reparto. En compensación, la señora de anteojos escogió dos.
Ignacio pensó que en el bolsón grande habría seguramente algún libro colocado por Rosa por si en el
viaje quería leer. Pero prefirió esperar a que el otro mostrara sus propios materiales. No quería hacer el
ridículo, exhibiendo lo que su madre entendía por lecturas para niños.
Por otra parte el avión estaba en pleno despegue y eso siempre le había fascinado (éste era por lo menos
su cuarto vuelo, aunque el primero en solitario) y a la vez cubierto de pánico. Vio que Saúl se aferraba con
ambas manos al cinturón de seguridad y entonces hizo un esfuerzo y aflojó las suyas. Pasaron varios
minutos antes de que el avión tomara altura y se serenara. Ignacio siempre esperaba y disfrutaba ese
instante. Era un colmo de serenidad. Ni siquiera era comparable a volar. Era más que volar. Era como
deslizarse entre las nubes, era acercarse al sol.
La señora se quitó las gafas y los miró con una solicitud tan maternal que ambos sintieron la primera náusea del viaje.
Niños dijo con dulzura. Ahora sí podréis decir que habéis estado en el reino de los cielos.
Parece española, pensó Ignacio. Sonrieron. Saúl además dejó escapar un gruñidito.
¿Vais a la iglesia, verdad?
Sí dijo Saúl.
No dijo Ignacio y de inmediato se arrepintió. Se había condenado estúpidamente a escuchar doce horas
de catecismo. Pero no. Su negativa tuvo la virtud de que la señora quedara muda. Agraviada, pero muda.
Fue Saúl el que le preguntó, casi en el oído, si era cierto que no iba.
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Claro que es cierto.
¿Son ateos en tu casa?
Creo que sí.
Saúl se quedó con la boca abierta, pero enseguida se animó.
Debe ser divertido no ir a la iglesia.
¿Por qué?
No sé. Se me ocurre. No ir es lo contrario de ir. Y además ir es tan aburrido.
¿Y allí qué hacés?
¿Cómo qué hago? Me confieso, comulgo. ¿Vos tomaste la primera comunión?
Creo que no. A lo mejor cuando era chico. No me acuerdo.
¿Pero no decís que tus padres son ateos?
Sí, pero tengo una abuela católica.
¿Dónde está?
En Montevideo. Pero ahora me va a estar esperando en Ezeiza. ¿A vos te esperan?
Claro. También vienen a Buenos Aires.
A mí me van a esperar mis cuatro abuelos.
Yo sólo tengo tres, porque la vieja de mi viejo murió hace diez años. Seguro que estará mi otra abuela.
Ah.
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¿Vos vivís en España o en Uruguay?
En Francia.
¿Te gusta?
Bastante.
¿Más que Uruguay?
No me acuerdo. Era muy chico cuando vine.
Ignacio tenía ganas de orinar pero todavía estaba encendido el letrero de ajustarse los cinturones. Saúl,
en cambio, sin decir palabra se desabrochó el cinturón y se puso de pie, pero antes de que diera dos pasos ya la azafata lo estaba devolviendo a su sitio con un gesto severo.
El chico enrojeció. Ante semejante provocación, a Ignacio le aumentaron las ganas de orinar. Pero imposible.
¿Cuándo se apagará ese podrido letrero? preguntó Saúl casi llorando.
Cuando salgamos de las nubes dijo Ignacio con autoridad.
¿Y qué de malo tienen las nubes?
Que el piloto no puede ver por donde va.
Sólo veinte minutos después llegó el permiso para desabrocharse los cinturones. Entonces pudieron por
fin levantarse, primero Saúl y luego Ignacio. Éste creyó alarmadísimo que no llegaba a tiempo. Pero llegó.
Y hasta se lavó las manos y olió el frasquito de perfume que había junto al lavabo. Era demasiado fuerte.
Casi estornudó.
No bien volvieron a sus asientos, llegó la comida. Ignacio tenía hambre pero odiaba comer en los aviones
porque siempre se le desparramaba algún durazno en almíbar, y además era incomodísimo cortar la carne en esa posición absurda y con tanta estrechez. Así que sólo se dedicó al jamón y al pan. Que estaba
duro. Saúl en cambio dejó limpia la bandeja y no derramó nada. Ignacio se moría de envidia. Al ver el
plato de Ignacio casi intocado, la azafata le preguntó si no le había gustado. Dijo cortésmente que le gus-
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taba pero que era demasiado abundante. Sonrisas varias. En venganza tomó café, algo que Rosa le tenía
prohibido porque, según ella, lo ponía nervioso y después en la noche tenía pesadillas.
¿Vos tenés pesadillas?
Tengo.
No sé qué me pasa. Sé que las tengo porque mi vieja dice que algunas noches me pongo a gritar.
Fue una suerte que les retiraran las bandejas. Ya estaba cansado de contemplar aquel pedazo de carne
medio cruda. La señora le ofreció su quesito a Saúl, que dignamente lo rechazó. A él no se lo ofreció,
seguramente porque no iba a misa. O tal vez porque advirtió que él no había comido su quesito propio. De
pronto se sintió discriminado, hambriento, abandonado y pletórico de rencor. Sin embargo, no le vinieron
ganas de llorar sino de morder, como cuando era mucho más chico y Rosa lo mandaba en penitencia a la
cama y él mordía las sábanas hasta rasgarlas. Se lo había contado a Gerard, el número uno de la clase, y
éste le explicó que eso que había hecho se llamaba resistencia pasiva, como la de Gandhi.
¿Vos hacés resistencia pasiva?
¿Qué es eso?
Morder las sábanas.
Puaj. Debe ser asqueroso.
Tenía sueño pero todavía no quería dormir. La señora de anteojos ya estaba desdoblando su manta, pero
no acababa nunca con el apronte. Se zangoloteaba hacia un lado y hacia otro con tan poco cuidado que
Ignacio temió por la estabilidad del avión.
Tu familia preguntó de pronto Saúl ¿por qué se vino a Francia?
Somos exiliados.
¿Sí? Qué bueno. Es la primera vez que hablo con un exiliado.
Bueno, exiliados son mis viejos. Yo vine muy chico, por eso puedo volver.
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¿Y ellos no pueden?
No.
¿Es comunista tu viejo?
No.
¿En qué trabaja?
Es profesor.
Así que no pueden volver.
No.
¿Es tupamaro entonces?
Tampoco.
Lástima. Me habría gustado conocer a un tupamaro.
Tengo un tío que a lo mejor es. Creo que también vendrá a Ezeiza. Así conocés por lo menos a uno.
No estás seguro.
No. Pero hace como un año oí que el viejo le decía a la vieja: si tu hermano no se hubiera metido a redentor.
¿Redentor?
Claro. Frente a mí hablan en clave, pero ya me di cuenta que redentor es tupamaro.
Saúl bostezó y no cerró la boca hasta que Ignacio se contagió del bostezo. Entonces cada uno se acurrucó bajo su manta. El zumbido del avión era tan sereno, tan acogedor, que Ignacio ni siquiera advirtió que
los ojos se le iban cerrando. Horas después, cuando volvió a abrirlos, el pasillo era un corso. La gente se
despertaba, hacía cola para el lavabo, y regresaba lavada, peinada y pulida. La señora de al lado aún
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roncaba con placidez, pero en cambio Saúl ya estaba totalmente despierto e Ignacio se encontró con su
mirada.
Estaba esperando que te despertaras para preguntarte cómo te llamás.
Ya te dije que Ignacio.
Sí, pero Ignacio qué.
Ignacio Ávalos.
¿Ávalos y qué más?
Ufa, qué pesado. Ávalos Bustos.
Otra vez las bandejitas. Ahora con menos cosas. Ignacio se propone comer algo esta vez. De lo contrario
puede desmayarse. Así que come.
¿Vos también venís de Francia?
Sí, estuve tres semanas. ¿En Francia vas al fútbol?
A veces.
¿De qué cuadro sos hincha?
Del Saint Etienne. ¿Y vos?
De Wanderers.
Eso allá. Yo digo en Francia.
De ninguno. Estuve muy poco. Sólo fui a visitar a mi hermana. Vive en París. Hacía como tres años que
no la veía.
Es exiliada.
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No, qué va a ser.
¿Y te gustó París?
Algunas cosas sí. Otras no. Mi hermana dice que hay muchos negros.
¿Y qué hace tu hermana? preguntó Ignacio.
Está casada con un médico. Un médico francés.
Sí, claro. Pero ella ¿qué hace?
¿Ella? ¿No te digo que está casada con un médico? Hace eso, nomás. Bueno, a veces mira la tele.
Se llevan las bandejas e Ignacio guarda el sobre con la toallita. Así se ahorra el lavado de cara. Y además
es un perfume suave, no hace estornudar.
¿Te llevás bien con tu tío?
¿Cuál? Tengo cinco.
Ese que te va a esperar.
Ah, tío Ambrosio. Ya ni me acuerdo de su cara. Pero siempre me escribe. Es macanudo.
¿Estuvo en cana?
No, hasta ahora se ha escapado. Menos mal. Los revientan ¿sabés?
La señora de los anteojos se despertó por fin. Ignacio la mira y la encuentra más vieja. Mueve la boca
como si estuviera masticando, pero no mastica. Qué raro ¿no?
Además, está procurando que le calce nuevamente uno de los zapatos que se había quitado, pero aparentemente no puede. Resopla con fuerza, y el aire, caliente y un poco agrio, llega hasta Ignacio. Éste
resuelve que es el momento para usar la toallita perfumada. Saúl ha extraído de su bolsillo un juego electrónico y lo disfruta a solas. De vez en cuando aquella maquinita hace pip pip e Ignacio se da cuenta de
que él también está pendiente del ruidito. De pronto Saúl interrumpe el juego y mira a Ignacio.
Mi viejo dice que soy un mocoso.
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¿Y no sos?
Un mocoso de mierda, dice.
Eso ya es distinto. ¿Y por qué te dice eso?
No sé. A veces me mira y me llama mocoso de mierda. Le voy a demostrar que no lo soy. ¿Tu viejo te
dice cosas así?
Ésas no. Me dice otras. ¿Y vos cómo te sentís?
Me quedo mudo. A lo mejor me lo dice con cariño.
Eso dice la vieja.
A lo mejor. ¿Tu viejo vendrá a esperarte?
Fue en ese instante cuando el avión tocó tierra y el sacudón los dejó sin habla. La señora de anteojos
emitió un leve estertor.
Qué bárbaro.
Medio bruto ¿no?
Lo hacen a propósito. Para que a los pasajeros les venga el cagazo.
El avión fue rodando lentamente hasta el edificio del aeropuerto. Cuando los motores al fin se silenciaron,
Ignacio se acordó del consejo de Asdrúbal y se aferró a la bolsita roja con el pasaporte, el pasaje y los
dólares. También se acordó del consejo de Rosa y se puso el abrigo.
Saúl ya se había colocado la bufanda. Abrieron la puerta y entró una ráfaga de aire congelante.
No creo que me esté esperando dijo Saúl. Siempre tiene mucho trabajo.
¡Qué frío! dijo Ignacio. ¿Y en qué trabaja?
Saúl estornudó y se sonó la nariz antes de contestar.
Es coronel.
Mario Benedetti
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El cuento maravilloso
La comunidad primitiva preparaba a cada uno de sus miembros para enfrentar las etapas nuevas que se dan en la vida; sus enseñanzas se dirigían principalmente a la juventud, en vísperas
de su alejamiento del hogar, su enfrentamiento con problemas como el amor, la fidelidad, la persecución del inocente, el someterse a fuerzas desconocidas. Uno de los recursos, junto a la magia y la hechicería, eran los relatos que le señalaban las posibles soluciones. Luego, estas narraciones perdieron su condición de rito secreto y comenzaron a transmitirse oralmente a modo
de enseñanza práctica.
Las características más relevantes de este tipo de cuento son:
 Los hechos están colocados fuera del tiempo: “había una vez...” y siguen una lógica
especial que no es cuestionada por el lector aunque no mantenga la relación causa-efecto.
 El espacio del cuento maravilloso es genérico, indeterminado, absoluto: una comarca,
la aldea, un pueblo muy lejano.
 Aparecen objetos mágicos, dotados de poderes sobrenaturales, capaces de provocar y
de deshacer encantamientos o hechizos.
 Los hechos sobrenaturales ocurren sin ser presentados como tales, no hay motivos para ponerlos en duda o cuestionarlos. No hay vacilación por parte de los personajes ni del lector,
dado que ninguno de ellos pone límites a lo maravilloso ni a la oscilación entre lo real y lo irreal.
Se da en algunos relatos una metamorfosis o mimetismo con el mundo de las plantas y de los
animales.
 La narración vale por sí misma, o sea que es un pasatiempo y no tiene una justificación
didáctica como la tuvo en sus comienzos.
 En las situaciones que plantea el cuento maravilloso se da un cambio gradual ascendente o descendente. Esta progresión está marcada por una serie de pruebas que debe superar
el protagonista. Si son superadas permiten la recompensa, el ascenso y una solución óptima; en
caso contrario se produce un retroceso y el consecuente castigo. Por lo general predomina una
graduación ascendente que responde a una actitud optimista y de esperanza en el género humano.
 Aparecen seres imaginarios: personajes minúsculos y gigantescos (duendes, gnomos,
hadas, magos, brujas, enanos, gigantes, etc.). Los primeros representan la bondad y la mansedumbre; los gigantes y ogros, la maldad y la fuerza bruta.
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 Predomina el ritmo ternario (tres hijos, tres pruebas, tres días, la tercera vez) porque es
más fácil de captar por la gente simple y los niños. Esto se ve tanto en los episodios como en el
número de los personajes.
El cuento maravilloso es un relato que recurre a la magia y a la hechicería para explicar hechos de la vida que son de difícil comprensión.
El agua de la vida
Hubo una vez un rey que enfermó gravemente. No había nada que le aliviara ni calmara
su dolor. Después de mucho deliberar, los sabios decidieron que sólo podría curarlo el agua de
la vida, tan difícil de encontrar que no se conocía a nadie que lo hubiera logrado. Este rey tenía
tres hijos, el mayor de ellos decidió partir en busca de la exótica medicina.
- Sin duda, si logro que mejore, mi padre me premiará generosamente- pensaba, pues le
importaba más el oro que la salud de su padre.
En su camino, encontró a un pequeño hombrecillo que le preguntó su destino.
- ¿Qué ha de importarte eso a ti? ¡Enano! Déjame seguir mi camino.
El duende, ofendido por el maleducado príncipe, utilizó sus poderes para desviarlo hacia
una garganta en las montanas que cada vez se estrechaba más, hasta que ni el caballo pudo
dar la vuelta, y allí quedó atrapado. Como su hermano no volvía, el mediano decidió ir en busca
de la medicina para su padre: “Toda la recompensa será para mí”, pensaba ambiciosamente.
No llevaba mucho recorrido, cuando el duende se le apareció preguntando adónde iba, pero el mediano también se negó a responderle. El duende lo maldijo para que acabara en la misma trampa que le mayor. Al pasar los días y no tener noticias, el menor de los hijos del rey decidió ir en busca de sus hermanos y del agua milagrosa para sanar a su padre.
Cabalgando, encontró al hombrecillo que también a él le preguntó su destino.
- Mi padre está muy enfermo, busco el agua de la vida, que es la única cura para él.
- ¿Sabes ya adónde debes dirigirte para encontrarla?- volvió a preguntar el enano. Ante la
negativa del príncipe, el duende agregó:- Has resultado ser amable y humilde, y mereces mi
favor. Toma esta varilla y estos tres panes, y dirígete hacia el castillo encantado. Toca la cancela
tres veces con la vara y arroja un pan a cada una de las tres bestias que intentarán comerte.
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Busca entonces la fuente del agua de la vida tan rápido como puedas, pues si dan las doce, y
sigues en el interior del castillo, ya nunca más podrás salir.
Cuando el príncipe llegó al castillo encantado, tocó tres veces la cancela con la vara mágica, amansó a las bestias con los panes y llegó a una estancia donde había una preciosa muchacha.
- ¡Por fin se ha roto el hechizo!- exclamó la joven. –En agradecimiento, me casaré contigo
si vuelves dentro de un año.
El muchacho buscó rápidamente la fuente de la que manaba el agua de la vida, llenó un
frasco con ella y salió del castillo antes de las doce. De vuelta al palacio, se encontró de nuevo
con el duende, a quien relató su experiencia y le preguntó por sus hermanos. Entonces el hombrecillo dijo:
- Vuelve a casa y, por el camino, los encontrarás. Pero ¡cuídate de ellos!
Antes de llegar al castillo, el menor encontró a sus dos hermanos. Los tres fueron a ver a
su padre, quien, después de tomar el agua de la vida, se recuperó por completo. Incluso pareció
rejuvenecer. El menor de los hermanos le relató entonces su compromiso con la princesa, y su
padre, orgulloso, le dio su más sincera bendición para la boda.
Cuando se acercaba la fecha de la boda, la joven princesa ordenó extender una carretera
de oro, desde su palacio hasta el camino, para dar la bienvenida a su futuro esposo.
- Dejad pasar a aquel que venga por el centro de la carretera- dijo a los guardianes-, cualquier otro será un impostor.
Efectivamente, los dos hermanos mayores, envidiosos, tramaron por separado llegar antes
que él y presentarse a la princesa como sus libertadores. El primero en llegar fue el hermano
mayor, que, al ver la carretera de oro, pensó que la estropearía si la pisaba, y dando un rodeo,
se presentó a los guardas de la puerta, por la derecha, como rescatador de la princesa. Pero los
guardianes le negaron el paso. El hermano mediano llegó después, pero apartó al caballo de la
carretera por miedo a estropearla y tomó el camino de la izquierda hasta los guardias, que tampoco lo dejaron entrar.
Por último, llegó el hermano menor, que ni siquiera notó cuando el caballo comenzó a caminar por la carretera de oro, pues iba tan absorto en sus pensamientos sobre la princesa que
se podría decir que flotaba. Al llegar a la puerta, le abrieron enseguida, y allí estaba la princesa
esperándolo con los brazos abiertos y llena de alegría. Los esponsales duraron varios días, y
trajeron mucha felicidad a la pareja, que invitó también al padre, que nunca volvió a enfermar.
Anónimo
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La sirena
Corren a lo largo de los grandes ríos, desde las empalizadas de Buenos Aires hasta la casa
fuerte de Nuestra Señora de la Asunción, las noticias sobre los hombres blancos, sobre sus victorias y sus desalientos, sus locos viajes y la traidora pasión con que se matan unos a otros. Las
conducen los indios en sus canoas y pasan de tribu en tribu, internándose en los bosques, derramándose por las llanuras, desfigurándose, complicándose, abultándose. Las llevan las bestias feroces o curiosas: los jaguares, los pumas, las vizcachas, los quirquinchos, las serpientes
pintarrajeadas, los monos, papagayos y picaflores infinitos. Y las transmiten también en su torbellino los vientos contrarios: el del sudeste, que sopla con olor a agua; el polvoriento pampero;
el del norte, que empuja las nubes de langostas; el del sur, que tiene la boca dura de escarcha.
La Sirena oyó hablar de ellos hace años, desde que aparecieron asombrando al paisaje fluvial las expediciones de Juan Díaz de Solís y Sebastián Caboto. Por verles abandonó su refugio
de la laguna de Itapuá. A todos les ha visto, como vio más tarde a quienes vinieron en la flota
magnífica de don Pedro de Mendoza, el fundador. Y ha crecido su inquietud. Sus compañeros la
interrogaban, burlones:
-¿Has encontrado? ¿Has encontrado?
Y la Sirena se limitaba a mover la cabeza tristemente.
No, no había encontrado. Se lo dijo al Anta de orejas de mula y hocico de ternera que cría en
su seno la misteriosa piedra bezoar; se lo dijo al Carbunclo que ostenta en la frente una brasa;
se lo dijo al Gigante que habita cerca de las cataratas estruendosas y que acude a pescar en la
Peña Pobre, desnudo. No había encontrado. No había encontrado.
Ya no regresó a la laguna de Itapuá. Nadaba perezosamente, semiescondida por el fleco de
los sauces, y los pájaros acallaban el bullicio para oírla cantar.
Va de un extremo al otro de los ríos patriarcales. No teme ni a los remolinos ni a los saltos
que levantan cortinas de lluvia transparente; ni al rigor del invierno ni a la llama del estío. El agua
juega con sus pechos y con su cabellera; con sus brazos ágiles; con la cola de escamas azules
prolongada en tenues aletas caudales color del arco iris. A veces se sumerge durante horas y a
veces se tiende en la corriente tranquila y un rayo de sol se acuesta sobre la frescura de su torso. Los yacarés la acompañan un trecho; revolotean en torno suyo los patos y las palomas llamadas apicazú, pero presto se fatigan, y la Sirena continúa su viaje, río abajo, río arriba, enarcada como un cisne, flojos los brazos como trenzas, y hace pensar en ciertas alhajas del Renacimiento, con perlas barrocas, esmaltes y rubíes.
-¿Has encontrado? ¿Has encontrado?
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La mofa: ¿Has encontrado?
Suspira porque presiente que nunca hallará. Los hombres blancos son como los aborígenes:
sólo hombres. Tienen la piel más fina y más clara, pero son eso: sólo hombres. Y ella no puede
amar a un hombre. No puede amar a un hombre que sólo sea hombre, ni a un pez que sea sólo
pez.
Ahora nada por el Río de la Plata, rumbo a la aldea de Mendoza. El Gigante le ha referido
que unos bergantines descendieron de Asunción, y por los faisanes ha sabido que sus jefes se
aprestan a despoblar a Buenos Aires. Precaria fue la vida de la ciudad. Y triste. Apenas han
transcurrido cinco años desde que el Adelantado alzó allí las chozas. Y la destruirán.
En la vaguedad del crepúsculo, la Sirena distingue los tres navíos que cabecean en el Riachuelo. Más allá, en la meseta, arden los fuegos del villorrio destinado a morir.
Se aproxima cautelosamente. No ha quedado casi nadie en los bergantines. Eso le permite
acercarse. Nunca ha rozado como hoy con el pecho grácil las proas; nunca ha mirado tan vecinas las velas cuadradas que tiemblan al paso de la brisa.
Son unos barcos viejos, mal calafateados. La noche de junio se derrumba sobre ellos. Y la
Sirena bracea silenciosamente alrededor de los cascos. En el más grande, en lo alto de la roda,
bajo el bauprés, advierte una armada figura, y de inmediato se esconde, temerosa de ser descubierta. Luego reaparece, mojado el cabello negro, goteantes las negras pestañas.
¿Es un hombre? ¿Es un hombre armado de un cuchillo? O no... o no es un hombre... El corazón le brinca. Vuelve a zambullirse. La noche lo cubre todo. Únicamente fulgen en el cielo las
estrellas frías y en la aldea las fogaradas de quienes preparan el viaje. Han incendiado la nao
que hacía de fortaleza, la capilla, las casas. Hay hombres y mujeres que lloran y se resisten a
embarcar, y los vacunos lanzan unos mugidos sonoros, desesperados, que suenan como bocinas melancólicas en la desierta oscuridad.
Al amanecer prosigue la carga de los bergantines. Partirán hoy. En lo que fue Buenos Aires,
sólo queda una carta con instrucciones para quienes arriben al puerto, aconsejándoles cómo
precaverse de los indios y prometiéndoles el Paraíso en Asunción, donde los cristianos cuentan
con setecientas esclavas para servirles.
Las naos remontan el río, entre las islas del delta. La Sirena las sigue a la distancia, columpiándose en el vaivén de las estelas espumosas.
¿Es un hombre? ¿Es un hombre armado de un cuchillo?
Tuvo que aguardar a la luz indecisa de la tarde para verle. No había abandonado su puesto
de vigía. Con un tridente en la derecha y una rodela embrazada, custodiaba el bauprés del cual
tironeaban los foques al menor balanceo. No, no era un hombre. Era un ser como ella, de su
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casta ambigua, hombre hasta la mitad del cuerpo, pues el resto, de la cintura a los pies, se
transformaba en una ménsula adherida al barco. Una barba rígida, triangular, le dividía el pecho.
Le rodeaba la frente una pequeña corona. Y así, medio hombre y medio capitel, todo él moreno,
soleado, estriado por las tormentas, parecía arrastrar el navío al impulso de su torso recio.
La Sirena ahogó un grito. Surgieron en la borda las cabezas de los soldados. Y ella se ocultó.
Se sumergió tan hondo que sus manos se enredaron en plantas extrañas, incoloras, y el olear
se llenó de burbujas.
La noche arma de nuevo sus tenebrosas tiendas, y la hija del Mar se arriesga a arrimarse a la
popa y a deslizarse hasta el bauprés, eludiendo las manchas amarillas de los faroles encendidos. A su claridad el Mascarón es más hermoso. Se le sube la luz por las barbas de dios del
Océano hacia los ojos que acechan el horizonte.
La Sirena le llama por lo bajo. Le llama y es tan suave su voz que los animales nocturnos que
rugen y ríen en la cercana espesura callan a un tiempo.
Pero el Mascarón de afilado tridente no contesta y sólo se escucha el chapotear del agua
contra los flancos del bergantín y la salmodia del paje que anuncia la hora junto al reloj de arena.
Entonces la Sirena comienza a cantar para seducir al impasible, y las bordas de los tres navíos se pueblan de cabezas maravilladas. Hasta irrumpe en el puente Domingo Martínez de Irala, el jefe violento. Y todos imaginan que un pájaro está cantando en la floresta y escudriñan la
negrura de los árboles. Canta la Sirena y los hombres recuerdan sus caseríos españoles, los
ríos familiares que murmuran en las huertas, los cigarrales, las torres de piedra erguidas hacia el
vuelo de las golondrinas. Y recuerdan sus amores distantes, sus lejanas juventudes, las mujeres
que acariciaron a la sombra de las anchas encinas, cuando sonaban los tamboriles y las flautas
y el zumbido de las abejas amodorraba los campos. Huelen el perfume del heno y del vino que
se mezcla al rumor de las ruecas veloces. Es como si una gran vaharada del aire de Castilla, de
Andalucía, de Extremadura, meciera las velas y los pendones del Rey.
El Mascarón es el único en quien no hace mella esa voz peregrina.
Y los hombres se alejan uno a uno cuando cesa la canción. Se arrojan en sus cujas o sobre
los rollos de cuerdas, a soñar. Dijérase que los tres bergantines han florecido de repente, que
hay guirnaldas tendidas en los velámenes, de tantos sueños.
La Sirena se estira en el agua quieta. Lentamente, angustiosamente, se enlaza a la vieja
proa. Su cola golpea contra las tablas carcomidas. Ayudándose con las uñas y las aletas empieza a ascender hacia el Mascarón que, allá arriba, señala el camino de los tesoros. Ya se ciñe a
la ménsula rota. Ya rodea con los brazos la cintura de madera.
Ya aprieta su desesperación contra el tronco insensible.
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Le besa los labios esculpidos, los ojos pintados.
Le abraza, le abraza y por sus mejillas ruedan las lágrimas que nunca lloró. Siente un dolor
dulcísimo y terrible, porque el corto tridente se le ha clavado en el seno y su sangre pálida mana
de la herida sobre el cuerpo esbelto del Mascarón.
Entonces se oye un grito lastimero y la estatua se desgaja del bauprés. Caen al río, estrechados en una sola forma, y se hunden, inseparables, entre la fuga plateada de los pejerreyes,
de los sábalos, de los surubíes.
Manuel Mújica Láinez
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El cuento de ciencia ficción
El término ciencia-ficción fue creado por Hugo Gernsback en 1929. Une dos palabras que
apuntan a significados que de alguna manera se contraponen. La “ciencia” con su rigor, objetividad y experimentación y la “ficción” con su fantasía e imaginación. Ambas intervienen en esta
literatura, porque el escritor incluye los últimos avances científicos (cohetes, robots, computadoras) y los proyecta con la fantasía en una ficción.
Los temas se relacionan con el futuro de la humanidad, la extinción de la raza humana, la
aventura espacial, naves interplanetarias, pluralidad de mundos, armas insólitas, monstruos de
otros mundos y galaxias, ruptura del tiempo convencional, la relación del hombre con las máquinas, los adelantos biológicos y los experimentos científicos.
Los personajes pueden ser humanos que disfrutan o sufren con los adelantos tecnológicos, científicos y criaturas creadas en sus laboratorios (monstruos, resucitados, mutantes, etc.),
seres de otros mundos (extraterrestres, alienígenas, etc.) y máquinas dotadas de características
humanas (robots, computadoras, etc.).
Las categorías de tiempo y espacio se presentan en dimensiones distintas de las habituales. El túnel del tiempo permite avanzar o retroceder en los siglos; también aparecen la dimensión desconocida, los espacios paralelos.
En general, la trama sigue el curso lineal de la narración tradicional. El desarrollo lógico de
las acciones permite un desenlace coherente.
Aunque anticipe situaciones del futuro, no es ése el objetivo fundamental que persiguen
los escritores. Algunos ven la ciencia ficción como una manera de especular sobre el funcionamiento y el sentido del inmenso universo que la ciencia ha revelado en los últimos años; otros,
como un instrumento que nos permite imaginar caminos posibles para nuestra civilización. Las
hipótesis sobre la sociedad del futuro pueden ser de dos tipos:
 Visión utópica: representa una sociedad ideal. Es optimista respecto a los avances de la
ciencia, disfruta de las aplicaciones de la tecnología y anticipa desarrollos crecientes.
 Visión distópica: representa una sociedad deformada o pervertida como consecuencia
no deseada de esos avances. Plantea los riesgos que la ciencia y la tecnología podrían acarrear
al hombre.
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Pero no basta con mostrar otros mundos posibles, describir sociedades futuras y los problemas que nos aguardan. El escritor de ciencia ficción debe mostrar cómo los seres humanos
pueden idear y literalmente fabricar esos mundos futuros”. Para Ben Bova “nuestro futuro está
en gran medida en nuestras manos... el futuro, sea cual sea, nos pertenece. Lo creamos con
nuestras acciones”.
El relato de ciencia ficción es una narración científica cuyo conflicto tiene que ver con el
uso que se les da a los avances científicos y/o tecnológicos y su influencia sobre el mundo
y la vida de las personas.
Generalmente, denuncia deformaciones de la conducta humana, alerta sobre los excesos
de la tecnología y procura que el lector reflexione sobre las condiciones actuales de la vida.
Ben Bova “The Role of Sciencie Fiction”Nueva York, 1974.
El peatón
Entrar en aquel silencio que era la ciudad a las ocho de una brumosa noche de noviembre,
pisar la acera de cemento y las grietas alquitranadas, y caminar, con las manos en los bolsillos,
a través de los silencios, nada le gustaba más al señor Leonard Mead. Se detenía en una bocacalle, y miraba a lo largo de las avenidas iluminadas por la Luna, en las cuatro direcciones, decidiendo qué camino tomar. Pero realmente no importaba, pues estaba solo en aquel mundo del
año 2052, o era como si estuviese solo. Y una vez que se decidía, caminaba otra vez, lanzando
ante él formas de aire frío, como humo de cigarro.
A veces caminaba durante horas y kilómetros y volvía a su casa a medianoche. Y pasaba
ante casas de ventanas oscuras y parecía como si pasease por un cementerio; sólo unos débiles
resplandores de luz de luciérnaga brillaban a veces tras las ventanas. Unos repentinos fantasmas grises parecían manifestarse en las paredes interiores de un cuarto, donde aún no habían
cerrado las cortinas a la noche. O se oían unos murmullos y susurros en un edificio sepulcral
donde aún no habían cerrado una ventana.
El señor Leonard Mead se detenía, estiraba la cabeza, escuchaba, miraba, y seguía caminando, sin que sus pisadas resonaran en la acera. Durante un tiempo había pensado ponerse
unos botines para pasear de noche, pues entonces los perros, en intermitentes jaurías, acompañarían su paseo con ladridos al oír el ruido de los tacos, y se encenderían luces y aparecerían
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caras, y toda una calle se sobresaltaría ante el paso de la solitaria figura, él mismo, en las primeras horas de una noche de noviembre.
En esta noche particular, el señor Mead inició su paseo caminando hacia el oeste, hacia el
mar oculto. Había una agradable escarcha cristalina en el aire, que le lastimaba la nariz, y sus
pulmones eran como un árbol de Navidad. Podía sentir la luz fría que entraba y salía, y todas las
ramas cubiertas de nieve invisible. El señor Mead escuchaba satisfecho el débil susurro de sus
zapatos blandos en las hojas otoñales, y silbaba quedamente una fría canción entre dientes,
recogiendo ocasionalmente una hoja al pasar, examinando el esqueleto de su estructura en los
raros faroles, oliendo su herrumbrado olor.
-Hola, los de adentro -les murmuraba a todas las casas, de todas las aceras-. ¿Qué hay esta
noche en el canal cuatro, el canal siete, el canal nueve? ¿Por dónde corren los cowboys? ¿No
viene ya la caballería de los Estados Unidos por aquella loma?
La calle era silenciosa y larga y desierta, y sólo su sombra se movía, como la sombra de un
halcón en el campo. Si cerraba los ojos y se quedaba muy quieto, inmóvil, podía imaginarse en
el centro de una llanura, un desierto de Arizona, invernal y sin vientos, sin ninguna casa en mil
kilómetros a la redonda, sin otra compañía que los cauces secos de los ríos, las calles.
-¿Qué pasa ahora? -les preguntó a las casas, mirando su reloj de pulsera-. Las ocho y media.
¿Hora de una docena de variados crímenes? ¿Un programa de adivinanzas? ¿Una revista política? ¿Un comediante que se cae del escenario?
¿Era un murmullo de risas el que venía desde aquella casa a la luz de la luna? El señor Mead
titubeó, y siguió su camino. No se oía nada más. Trastabilló en un saliente de la acera. El cemento desaparecía ya bajo las hierbas y las flores. Luego de diez años de caminatas, de noche
y de día, en miles de kilómetros, nunca había encontrado a otra persona que se paseara como
él.
Llegó a una parte cubierta de tréboles donde dos carreteras cruzaban la ciudad. Durante el
día se sucedían allí tronadoras oleadas de autos, con un gran susurro de insectos. Los coches
escarabajos corrían hacia lejanas metas tratando de pasarse unos a otros, exhalando un incienso débil. Pero ahora estas carreteras eran como arroyos en una seca estación, sólo piedras y luz
de luna.
Leonard Mead dobló por una calle lateral hacia su casa. Estaba a una manzana de su destino
cuando un coche solitario apareció de pronto en una esquina y lanzó sobre él un brillante cono
de luz blanca. Leonard Mead se quedó paralizado, casi como una polilla nocturna, atontado por
la luz.
Una voz metálica llamó:
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POLITECNICO
-Quieto. ¡Quédese ahí! ¡No se mueva!
Mead se detuvo.
-¡Arriba las manos!
-Pero... -dijo Mead.
-¡Arriba las manos, o dispararemos!
La policía, por supuesto, pero qué cosa rara e increíble; en una ciudad de tres millones de
habitantes sólo había un coche de policía. ¿No era así? Un año antes, en 2052, el año de la
elección, las fuerzas policiales habían sido reducidas de tres coches a uno. El crimen disminuía
cada vez más; no había necesidad de policía, salvo este coche solitario que iba y venía por las
calles desiertas.
-¿Su nombre? -dijo el coche de policía con un susurro metálico.
Mead, con la luz del reflector en sus ojos, no podía ver a los hombres.
-Leonard Mead -dijo.
-¡Más alto!
-¡Leonard Mead!
-¿Ocupación o profesión?
-Imagino que ustedes me llamarían un escritor.
-Sin profesión -dijo el coche de policía como si se hablara a sí mismo.
La luz inmovilizaba al señor Mead, como una pieza de museo atravesada por una aguja.
-Sí, puede ser así -dijo.
No escribía desde hacía años. Ya no vendían libros ni revistas. Todo ocurría ahora en casa
como tumbas, pensó, continuando sus fantasías. Las tumbas, mal iluminadas por la luz de la
televisión, donde la gente estaba como muerta, con una luz multicolor que les rozaba la cara,
pero que nunca los tocaba realmente.
-Sin profesión -dijo la voz de fonógrafo, siseando-. ¿Qué estaba haciendo afuera?
-Caminando -dijo Leonard Mead.
-¡Caminando!
-Sólo caminando -dijo Mead simplemente, pero sintiendo un frío en la cara.
-¿Caminando, sólo caminando, caminando?
-Sí, señor.
-¿Caminando hacia dónde? ¿Para qué?
-Caminando para tomar aire. Caminando para ver.
-¡Su dirección!
-Calle Saint James, once, sur.
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Palabramundo
Idioma Nacional I
-¿Hay aire en su casa, tiene usted acondicionador de aire, señor Mead?
-Sí.
-¿Y tiene usted televisor?
-No.
-¿No?
Se oyó un suave crujido que era en sí mismo una acusación.
-¿Es usted casado, señor Mead?
-No.
-No es casado -dijo la voz de la policía detrás del rayo brillante.
La luna estaba alta y brillaba entre las estrellas, y las casas eran grises y silenciosas.
-Nadie me quiere -dijo Leonard Mead con una sonrisa.
-¡No hable si no le preguntan!
Leonard Mead esperó en la noche fría.
-¿Sólo caminando, señor Mead?
-Sí.
-Pero no ha dicho para qué.
-Lo he dicho; para tomar aire, y ver, y caminar simplemente.
-¿Ha hecho esto a menudo?
-Todas las noches durante años.
El coche de policía estaba en el centro de la calle, con su garganta de radio que zumbaba
débilmente.
-Bueno, señor Mead -dijo el coche.
-¿Eso es todo? -preguntó Mead cortésmente.
-Sí -dijo la voz-. Acérquese. -Se oyó un suspiro, un chasquido. La portezuela trasera del coche se abrió de par en par-. Entre.
-Un minuto. ¡No he hecho nada!
-Entre.
-¡Protesto!
-Señor Mead...
Mead entró como un hombre que de pronto se sintiera borracho. Cuando pasó junto a la ventanilla delantera del coche, miró adentro. Tal como esperaba, no había nadie en el asiento delantero, nadie en el coche.
-Entre.
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POLITECNICO
Mead se apoyó en la portezuela y miró el asiento trasero, que era un pequeño calabozo, una
cárcel en miniatura con barrotes. Olía a antiséptico; olía a demasiado limpio y duro y metálico.
No había allí nada blando.
-Si tuviera una esposa que le sirviera de coartada... -dijo la voz de hierro-. Pero...
-¿Hacia dónde me llevan?
El coche titubeó, dejó oír un débil y chirriante zumbido, como si en alguna parte algo estuviese informando, dejando caer tarjetas perforadas bajo ojos eléctricos.
-Al Centro Psiquiátrico de Investigación de Tendencias Regresivas.
Mead entró. La puerta se cerró con un golpe blando. El coche policía rodó por las avenidas
nocturnas, lanzando adelante sus débiles luces.
Pasaron ante una casa en una calle un momento después. Una casa más en una ciudad de
casas oscuras. Pero en todas las ventanas de esta casa había una resplandeciente claridad
amarilla, rectangular y cálida en la fría oscuridad.
-Mi casa -dijo Leonard Mead.
Nadie le respondió.
El coche corrió por los cauces secos de las calles, alejándose, dejando atrás las calles desiertas con las aceras desiertas, sin escucharse ningún otro sonido, ni hubo ningún otro movimiento
en todo el resto de la helada noche de noviembre.
Ray Bradbury
Las doradas manzanas del sol
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Palabramundo
Idioma Nacional I
Ciudad de fuego
A través de la escotilla se apreciaba la infinita paz del espacio. Podía percibirse la tranquila
expansión de un universo aparentemente quieto, pero que sin duda latía en silencio.
A través de la escotilla, entre millones de sistemas, Klöds intentó reconocer el suyo, sin
éxito. La nave era veloz.
-Klöds, vuelva a la realidad. Hay mucho trabajo – dijo Attlin.
La voz de Attlin no dio lugar a réplica. Klöds emitió un “sí, señor”. Se alejó cabizbajo a paso veloz y nervioso por un pasillo).
Attlin lo siguió con la mirada de sus ojos púrpura un instante. Sacudió la cabeza y tomó la
dirección opuesta.
Attlin y Klöds, junto con el piloto Vaaxas, eran Observadores Imperiales en expedición.
Dentro del plan de expansión de su raza, su misión era seleccionar los planetas aptos para la
Colonización. Para determinar la aptitud debían tener en cuenta varios parámetros, como docilidad de la población y capacidad de defensa.
Se conocían bien –llevaban bastante tiempo trabajando juntos-. Y en ese momento se dirigían al único planeta habitado del sector K; el planeta K-1112, autodenominado Tierra. Los estudios previos del planeta lo mostraban como una buena fuente de esclavos.
Attlin entró en la cabina. El piloto estaba ligeramente nervioso, a juzgar por las sutiles figuras de vapor azul que manifestaba.
- Vaaxas ¿falta mucho?
Vaaxas consultó los instrumentos.
No, señor. De hecho es ese planeta azul que se ve ahí.
Y al rato agregó:
- Señor, ¿usted realmente cree …?
- Qué.
Vaaxas examinó el planeta atentamente, mientras jugaba con su bigote plateado.
- Que haya vida inteligente ahí.
- De acuerdo con los datos de las sondas no tripuladas y de nuestros observatorios, los
humanos poseen una inteligencia limitada, de estructura lógica simple, y una civilización de grado 4.
- Parece increíble. Un desarrollo avanzadísimo para un planeta con tanto oxígeno…
Los minutos posteriores trascurrieron lentamente. Los tres Observadores trabajaban en silencio.
Un rato más tarde, Klöds anunció:
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POLITECNICO
- La distancia es óptima. Iniciamos un proceso de aterrizaje.
- De acuerdo. Aterricen en la cara oscura.
En la tranquila noche terrestre, aterrizaron sin ser vistos ni oídos. Ni siquiera cuando la nave se posó suavemente, con un tenue clic. Se hallaban los edificios de un centro urbano, uno de
los más grandes que encontraron en esa cara del planeta.
- Inicien la fase de camuflaje.
Sin un ruido, la nave fue tomando una forma similar a la de los edificios cercanos. Las calles estaban vacías: nadie había presenciado su llegada. Todo marchaba perfectamente.
Attlin comenzó a analizar los datos obtenidos por los sensores. Por alguna razón se veía
especialmente atraído por este planeta. Suponía que sus superiores iban a estar conformes: los
humanos podrían ser excelentes esclavos. A medida que avanzaban sus estudios sobre la primitiva psicología humana, se convencía de que la fase de Colonización en ese planeta iba a ser
bastante fácil. Especialmente considerando que…
La voz alarmada de Klöds interrumpió sus reflexiones.
-¡Señor venga, es urgente!
Attlin se incorporó y siguió a Klöds hasta la cabina de Vaaxas. El piloto miraba a través de
la escotilla con aire grave. Al ver a Attlin lo puso al corriente de la situación.
- Hay un pequeño grupo de hombres en la calle.
- Ajá. ¿Tienen armas?
- Mire usted mismo.
Attlin se asomó. Los hombres corrían por la calle dando alaridos, con antorchas encendidas. El jefe de la expedición se quedó helado.
- Fuego. Usted sabe lo peligroso que es para nuestro equipamiento.
¡Y para nosotros mismos! ¿Qué importa el equipamiento? – exclamó Klöds, con la voz
quebrada.
- No es posible. ¡¿Cómo supieron…?!
- Temo que nos descubrieron- dijo Vaaxas -. ¿Quiere que los suprima?
- Primero veamos qué hace. De todas formas Vaaxas, recuerde lo que pasó en el sistema
Dakota. Y recuerde sobre todo que por su culpa estamos inhabilitados para suprimir por el resto
de este período.
Vaaxas calló. Attlin, confundido por la inesperada reacción de los nativos, tomó asiente,
atento a lo que sucedía afuera. -¡Mire, señor!- gritó Klöds-. ¿Están quemando la ciudad!
- Nos deben estar buscando. ¡Vaaxas, inicie la secuencia de despegue!
- Vaaxas se quedó paralizado.
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Palabramundo
Idioma Nacional I
- ¡Varios humanos están muriendo, y no les importa!
- Esta especie es admirable: nos descubrieron, saben con qué atacarnos, y lo hacen a
costa de sus propias vidas… ¡Proceda, Vaaxas!
- A la orden, señor.
Iluminando la fría noche de resplandores rojizos, cubriendo el cielo de humo denso, las
llamas se cernían sobre la nave donde tres seres, tres dralëndis, tuvieron miedo. Y el viento sopló, esparciendo sin pausa la devastación y las cenizas, tan silencioso sobre el griterío de los
que sufrían, pero no tenían miedo.
En la confusión del incendio, la nave despegó sin ser advertida. Mientras Vaaxas y Klöds
hacían la evaluación de daños, Attlin se retiró a su camarote a redactar el informe. Aún no daba
crédito a lo que acababa de presenciar. Miró el planeta azul que se alejaba y se dijo tristemente:
- Esta especie no sirve.
- Esa noche, en la Tierra, un hombre solo. Sobre la colina, cada vez más lejos de la nave,
su demente carcajada resonó con euforia.
Con los ojos brillantes de fuego y excitación en lo alto del monto Palatino, Nerón observó
un espectáculo fabuloso: el fuego devorando de a poco a la orgullosa Roma. (Nerón: emperador
romano –año 37-68 d.C.- que incendió Roma).
Ignacio Lois
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POLITECNICO
El cuento fantástico
El cuento fantástico utiliza como punto de partida los misterios que plantean el hombre y
su mundo y que no han tenido una explicación clara y certera: el tiempo, el espacio, los sueños,
las dimensiones, la muerte...
El autor del cuento fantástico elige uno de esos misterios como tema sin intención de resolverlo, sino que, valiéndose de la ausencia de respuestas y de su imaginación, logra crear la
incertidumbre. Es por eso que, partiendo de elementos reales y cotidianos - a veces en forma
gradual y otras abruptamente - anula la realidad y nos traslada al ámbito de lo misterioso y de
lo inexplicable. La incertidumbre proviene de la vacilación entre una explicación natural o una
sobrenatural.
El escritor busca que el lector se pregunte acerca de la factibilidad de los sucesos; por eso
elabora un relato verosímil, al que añade elementos extraños. Éste es el medio de producir la
perplejidad y el suspenso, fuente de curiosidad, desazón, y, a veces, miedo para el lector.
Son prácticamente innumerables los medios de que se valen los autores de narraciones
fantásticas una vez que han entrado en el proceso mental por el cual liberan su imaginación.
Invaden tiempo, espacio, personajes, situaciones o todo a la vez.
Cuando el personaje es presa de las fuerzas sobrenaturales, si es un ser humano, puede
sufrir entre otros el fenómeno de la metamorfosis. Si es cualquier elemento de la realidad animales, objetos, muerte, espíritu- puede padecer el fenómeno de la animización y adquirir características propias del hombre. En ambos casos, se trata de transformaciones que ocurren sin
intervención de magia alguna.
Si la invasión de lo fantástico se realiza por medio del tiempo y/o del espacio, se producen traslados a otros tiempos -ya al pasado como al futuro-, anacronismos parciales, retroceso
en la propia historia, detención del tiempo, desajustes entre el tiempo exterior y el tiempo interior, multiplicación en el tiempo, ruptura de las leyes físicas, transmutación de mundos. Cualquiera de estas alteraciones espacio-temporales, deben suceder sin explicación científica ni mágica.
Además de la metamorfosis, la animización y la ruptura del tiempo y del espacio, otro de
los temas predilectos de los autores de cuentos fantásticos es el sueño: ambigüedad entre soñar y ser soñado, sueños comunes a varias personas, sueño con rastro en la vigilia, etc.
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Idioma Nacional I
El cuento fantástico es aquel que, por la suma de elementos reales y de elementos
extraños e inexplicables, hace vacilar entre una explicación natural o sobrenatural y deja
al lector sumido en la incertidumbre.
Equipaje
Se había acostumbrado al ritmo del hotel. En esa época del año las noches eran tranquilas,
porque no había turismo y los viajantes llegaban siempre durante el día. A la mañana, en cambio, prefería refugiarse en una de las habitaciones vacías, para no oír las voces de los clientes,
que entre medialuna y medialuna comentaban el estado de los caminos o el éxito de sus negocios. Se sentía muy alejado de la vida de los viajantes, siempre en camino, siempre con la ilusión de que en la próxima ciudad, o en el próximo pueblo, los esperaba la suerte que hasta ahora se les había negado. A él ya no le interesaba viajar; quería un lugar donde afincarse.
Aprovechaba las noches para pasear por el hotel. Recorría los pasillos desiertos, subía y
bajaba en el ascensor. Si algún cliente se había mostrado impaciente o maleducado, él se encargaba de perturbar su sueño a través de ligeros golpes a su puerta.
Pero la tranquilidad se interrumpió cuando apareció la valija. Ya la primera vez que la vio sola, en medio de un pasillo- le produjo un inexplicable desasosiego. Esa vez pensó que alguien
la había dejado olvidada. Dos semanas después volvió a encontrarla, abajo, en el hall, junto a
uno de los sillones verdes. Estuvo tentado de abrirla, pero se contuvo.
Era una valija de cuero, algo ajada. La manija se había roto, y la habían reparado con hilo
sisal. No sabía si estaba llena o vacía, porque ni siquiera la había tocado. Como la mayoría de
los pasajeros del hotel eran hombres, supuso que era la valija de un hombre.
Mientras miraba, por la ventana del hotel, el camino que llevaba a la ciudad, pensaba en la
valija. Tal vez la había olvidado alguien mucho tiempo atrás, y los muchachos del hotel la habían
sacado del sótano para hacer una broma. No encontraba otra explicación. A veces se sorprendía pensando en el dueño. Le imaginaba una cara, un oficio, algunas circunstancias. Quizá bastaba abrir la valija para saber cómo era. Las cosas que uno pone en una valija son como el resumen de una vida. Ahí está todo lo que uno puede decir de sí mismo. Ahí está todo lo que uno
puede esconder.
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POLITECNICO
Una noche oyó el ascensor que bajaba hacia él. Cuando abrió la puerta, no había nadie, pero
allí estaba, por tercera vez, la valija. Volvió a sentir el desasosiego, el temor. Ya era hora de
abrirla. No sentía curiosidad, pero quería sacarse en encima el peso de la duda. Soltó las dos
trabas y la abrió.
Revisó con cuidado su contenido, como un empleado de aduana que busca en los repliegues
una mercancía prohibida.
Había una navaja de afeitar, una novela policial, un frasco azul, vacío. Entre la ropa, encontró, encontró una bolsita de lavanda. Fue ese olor lo que le hizo recordar. Entonces reconoció la
navaja con la que se había afeitado por última vez, la novela que no había terminado de leer,
sus tres camisas, que siempre doblaba con esmero. Reconoció su nombre al pie de una carta en
la que se despedía de una mujer que ya, por su cuenta, se había despedido. Reconoció el frasco azul, y recordó el sabor del veneno que había tomado de un trago, por motivos que ahora le
parecían ajenos.
Los hoteles son lugares de paso y él necesitaba un lugar definitivo. Salió a la madrugada, a la
hora que eligen los viajantes cuando tienen mucho camino por recorrer. Y aunque le pareció que
no lo iba a necesitar, llevó consigo el equipaje.
Pablo de Santis
La mujer del cuadro
Vi desde el autobús una mujer que llevaba un cuadro de dimensiones incómodas. Durante el
último año no había llovido, pero aquella tarde de primavera el cielo había empezado a ponerse negro a mediodía y, aunque a media tarde aún no había caído una gota, la gente se movía por las calles con un raro gesto de extravío, como si olfateara la tormenta que habría de suceder. Cuando vi
desde el autobús a la mujer del cuadro, comenzaron a caer también las primeras gotas; no eran muchas, pero tenían un tamaño desmesurado, y golpeaban a los transeúntes con fuerza, impulsadas
por un viento caliente que al parecer venía de África.
Aunque aquella no era mi parada, bajé del autobús y fui a refugiarme bajo la marquesina de
una tienda que también había dado cobijo a la mujer del cuadro. Entonces, un relámpago dividió el
firmamento y, como si ésa hubiera sido la señal, la lluvia arreció en cuestión de segundos. Ya he
dicho que era primavera, sin embargo el olor de la atmósfera era el del otoño, como si la tormenta
viniera impregnada de una melancolía o de unos presagios más propios de esa estación. La mujer
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Palabramundo
Idioma Nacional I
del cuadro y yo nos quedamos aislados gracias a una cortina de agua que caía de la marquesina.
Entonces me dediqué a contemplarla confirmando lo que me había parecido desde el autobús: que
era una mujer rara, muy bella si uno conseguía situarse en un punto de vista algo aquejado de irrealidad, o de ensueño, pero desagradable si se la observaba desde un lugar más convencional. Intenté
situarme en ese espacio convencional para evitar complicaciones, pero cada vez que me encontraba
con sus ojos me parecía que tenían un mensaje para mí. El cuadro no estaba protegido, como es
usual, en las esquinas, pese a que el marco parecía algo delicado, muy vulnerable a cualquier golpe.
Mi impertinencia fue premiada con un par de ráfagas de sus ojos que dirigieron su atención a un punto situado entre el corazón y la boca, y entonces comprendí que no es que aquellos ojos tuvieran un
mensaje para mí, sino que de ese mensaje dependía mi vida. Afortunadamente, la cortina de agua se
había hecho más espesa, lo que me garantizaba aún unos momentos de intimidad. Hice en voz alta
un comentario sobre el tiempo al que ella respondió con una sonrisa enloquecedora. Entonces le
pedí que me mostrara el cuadro que había colocado contra la pared: se trataba de un óleo hiperrealista en el que se veía un pasillo al que se abrían dos habitaciones de las que surgía una luz lechosa,
como de luna. En una de las paredes visibles del pasillo había una pintura y el resto estaba lleno de
una amenaza inconcreta, que provenía de los detalles obsesivos de l suelo o quizá del marco de las
puertas, aunque algo influía también la perspectiva lineal que otorgaba al pasillo cierta calidad de
pozo.
Cuando cesó la tormenta, nos despedimos cordialmente y salimos cada uno en una dirección.
El aire tenía buen olor y producía al ser respirado un optimismo que en mi caso se tradujo en la
seguridad de que volvería a encontrarme de nuevo con esa mujer de cuya mirada dependía mi destino.
Esa noche me desperté de madrugada con la garganta seca, como si hubiera bebido o fumado
más de lo habitual. Me incorporé y miré instintivamente hacia la ventana por donde penetraba una luz
blanca muy parecida a la del cuadro. Había luna llena. Me levanté sin encender la luz y alcancé el
pasillo lleno de perplejidad: el caso es que mi percepción del espacio era muy rara, como si me encontrara sobre una superficie plana a las que unas líneas convergentes dotaran de cierta sensación
de profundidad. Llegué a pensar si estaría muerto, pues he leído que una de las cosas en las que
uno puede advertir que ha fallecido es precisamente en la percepción de los espacios. Las puertas
de las dos habitaciones que daban al pasillo estaban abiertas y a través de ellas se colaba la luz
lunar, que daba al ambiente un aspecto más irreal si cabe. Avancé en dirección a la cocina para beber agua sin que me abandonara esa impresión de estar moviéndome sobre una superficie plana; es
más, también yo me sentía plano, como si hubiera perdido las dimensiones propias de un volumen.
Cuando llegué a la cocina, comprobé con cierto asombro que ya no tenía sed, de manera que inicié
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POLITECNICO
el camino de regreso. Entonces fue cuando me di cuenta de lo que pasaba: me encontraba dentro de
un cuadro o, más exactamente, dentro del cuadro que había visto esa tarde.
Con miedo a caer al exterior y aplastarme, descendí hasta el marco y desde allí comprobé que
el cuadro estaba puesto en la pared de un dormitorio de dimensiones colosales para mí. Cuando mis
ojos se fueron acostumbrando a aquellas dimensiones y a aquella perspectiva empecé a distinguir
algunos detalles. Así, por ejemplo, vi que aunque en el cuadro era de noche, en aquella habitación
había empezado a amanecer. Entonces la enorme cama que había a los pies del cuadro se movió y
de entre sus sábanas surgió el rostro de la mujer que había conocido bajo la tormenta. Le hice señas
para que me rescatara de aquella condición, pero ni siquiera llegó a reparar en mí. Era tan grande
que cuando comenzó a moverse de un lado a otro del dormitorio sólo percibía de ella fragmentos
geométricos; curiosamente, yo, que estaba atrapado en el interior de un cuadro hiperrealista, veía la
realidad como un cuadro cubista. No me vio, y creo que no me verá nunca, pero he encontrado dentro del cuadro en el que vivo una habitación con cuartillas y máquina de escribir. Todos los días escribo varios folios que luego dejo caer al exterior del cuadro, lo que pasa es que allí adquieren un
tamaño insignificante y ella los barre con el polvo. No importa, porque por las noches, cuando se
acuesta, hay un momento en el que la veo casi entera y con eso me basta para soportar una vida tan
plana.
Juan José Millas
POLITECNICO
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Palabramundo
Idioma Nacional I
La conferencia
El conferenciante entró jovial. Era en uno de los salones de la Real Academia de Ciencias
de Bruselas y, si mis recuerdos no me engañan, iba a tratar el problema de los métodos de verificación de una suma: el conferenciante descartaba a priori la verificación estadística (por X número de personas) y la convicción subjetiva y de buena fe sobre el resultado. Pero tal vez se
trataba más bien de lo contrario. Se sentó, desplegó sobre la mesa las hojas de una carpeta y,
antes de comenzar a desarrollar su tema, contempló durante unos segundos la jarra transparente, sonrió como para sí mismo, y dijo:
Yo acostumbro a dormir la siesta antes de dictar una conferencia, para tranquilizarme,
porque la obligación de hablar en público me pone siempre muy nervioso. Así que hace una hora tuve un sueño. Tres personas diferentes fotografiaban rinocerontes. Eran tres imágenes sucesivas, pero el método que empleaban para sacar la fotografía era el mismo: se internaban en
el río hasta la cintura, y fotografiaban de esa manera al rinoceronte, que se encontraba a unos
metros de distancia, en el agua. Se trataba de rinocerontes, no de hipopótamos. El último de los
fotógrafos era un poeta amigo mío (al que no conozco personalmente). Era mi amigo en el sueño. Este poeta, de fama universal, me explicaba en detalle el procedimiento que se emplea habitualmente para fotografiar rinocerontes. Y, en nombre de nuestra vieja amistad, me regalaba la
fotografía que acababa de sacar.
El conferenciante hizo silencio y recogió de entre sus papeles un rectángulo coloreado.
Después, antes de comenzar la disertación propiamente dicha, concluyó su relato:
Tal vez ustedes crean que este sueño que acabo de contarles es pura invención. Y bien,
estimados oyentes, se equivocan. Aquí tengo la prueba, dijo, y alzó la mano mostrándola al público la fotografía en colores de un rinoceronte en un río africano, todavía húmeda, a causa sin
duda de la proximidad del agua o del reciente revelado.
Juan José Saer
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El cuento policial
Desde fines del siglo XVIII se observan dos actitudes opuestas para resolver las situaciones de la vida humana. En una de ellas, la racionalista, predomina la razón que explica, mediante la lógica, los hechos. En la otra, la irracionalista, los sentimientos, la intuición y las emociones
prevalecen sobre cualquier otra interpretación.
El relato policial, cuento y novela, nace como una expresión de este enfrentamiento y, al
mismo tiempo, como consecuencia de una realidad histórica; la formación de las grandes ciudades y el deseo y búsqueda de justicia. Ingresan así, en la literatura, nuevos personajes y ambientes que son netamente urbanos, entre ellos la policía y los cuerpos de seguridad, que se
organizaron sistemáticamente a principios del siglo XIX, favorecidos por la investigación científica.
La narración policial, una especie muy heterogénea, se alimenta de fantasía, crímenes, fugas, búsquedas y persecuciones y, por sobre todo, plantea un enigma que debe ser resuelto por
la lógica.
Edgar Allan Poe, con “Los crímenes de la calle Morgue”, es el creador de esta forma narrativa que, desde sus comienzos, se difunde con rapidez por su eficacia comunicativa. Resulta
ser, así, un relato popular como la novela de folletín. Esta circunstancia hace que, como forma
literaria, no fuera tan respetada frente a otras consideradas más valiosas. Sin embargo, el relato
policial exige del escritor, además del dominio técnico, un ordenamiento riguroso de la trama,
debe crear hechos y vincularlos con lógica interior.
El detective Sherlock Holmes, el inspector Watson, de Arthur Conan Doyle, y el padre
Brown, de Chesterton, figuran entre los personajes más conocidos de la narrativa policial; otros
autores difundidos son Agatha Christie y Graham Greene. En Argentina, se destacan Jorge Luis
Borges, Adolfo Bioy Casares, María Bosco, Manuel Peyrou, Marco Denevi y Abel Mateo.
En la evolución de la narrativa policial distinguimos tres momentos. En el policial de enigma, el interés se centra en el argumento: la trama es rigurosa y los misterios o enigmas deben
ser aclarados en forma deductiva. Esta modalidad se cultivó hasta 1930. Posteriormente, el centro de interés se desplazó hacia la explicación psicológica de los hechos y del comportamiento
de los personajes. En las últimas décadas, con la novela negra, el relato policial es más realista
y violento: los delitos tienen razones concretas y la trama entremezcla intriga, violencia, sexo y
espionaje. Una variante de la narrativa policial, a partir de la Segunda Guerra Mundial, trata el
espionaje como tema obligado.
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Idioma Nacional I
El policial de enigma debe respetar dos reglas o premisas básicas. La primera estipula
que el principal sospechoso nunca sea el culpable; por lo tanto, al principio se proponen varias
soluciones fáciles, tentadoras, que sin embargo resultan falsas; al final se llegará a una solución
inesperada. La segunda establece que el crimen no puede ser ocasionado por causas fantásticas o sobrenaturales. Se caracteriza por:
 Personajes: El detective, la victima, el victimario y los sospechosos. Se presentan en
una perspectiva antitética, o sea, los buenos y los malos. Por lo general son tipos, tienen caracteres bien definidos y no evolucionan a lo largo del relato.
 Secuencia narrativa: Es un relato que se hace al revés de la narrativa tradicional. Al
comienzo se presenta el enigma que debe ser resuelto al final. El tiempo para aclarar el misterio
procede en dos sentidos; mientras avanza la investigación, futuro, se revela el enigma, pasado.
La acción brinda el mayor suspenso. Deja siempre un hilo o eslabón por resolver. Con rigor deductivo, el investigador y el lector desentrañan el enigma al reunir esos hilos en el desenlace.
A este relato precede una etapa previa de organización: cuando el escritor imagina o fragua una historia sigue un orden cronológico o lineal (comienzo, desarrollo y desenlace). Al escribirla, invierte los resultados y los presenta al comienzo.
 Espacio: Por lo general es urbano. En los primeros relatos el crimen ocurría en espacios interiores, en cuartos cerrados. La violencia se desata en las calles, ante la sorpresa o indiferencia de los posibles testigos.
El relato policial de enigma plantea un delito o misterio que es develado por el detective a través del análisis lógico-deductivo de las pistas.
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La carta robada
Al anochecer de una tarde oscura y tormentosa en el otoño de 18..., me hallaba en París, gozando de la doble voluptuosidad de la meditación y de una pipa de espuma de mar, en compañía
de mi amigo C. Auguste Dupin, en un pequeño cuarto detrás de su biblioteca, au troisième, No.
33, de la rue Dunot, en el faubourg St. Germain. Durante una hora por lo menos, habíamos
guardado un profundo silencio; a cualquier casual observador le habríamos parecido intencional
y exclusivamente ocupados con las volutas de humo que viciaban la atmósfera del cuarto. Yo,
sin embargo, estaba discutiendo mentalmente ciertos tópicos que habían dado tema de conversación entre nosotros, hacía algunas horas solamente; me refiero al asunto de la rue Morgue y el
misterio del asesinato de Marie Roget. Los consideraba de algún modo coincidentes, cuando la
puerta de nuestra habitación se abrió para dar paso a nuestro antiguo conocido, monsieur G***,
el prefecto de la policía parisina.
Le dimos una sincera bienvenida porque había en aquel hombre casi tanto de divertido como de
despreciable, y hacía varios años que no le veíamos. Estábamos a oscuras cuando llegó, y Dupin se levantó con el propósito de encender una lámpara; pero volvió a sentarse sin haberlo hecho, porque G*** dijo que había ido a consultarnos, o más bien a pedir el parecer de un amigo,
acerca de un asunto oficial que había ocasionado una extraordinaria agitación.
—Si se trata de algo que requiere mi reflexión —observó Dupin, absteniéndose de dar fuego a la
mecha—, lo examinaremos mejor en la oscuridad.
—Esa es otra de sus singulares ideas —dijo el prefecto, que tenía la costumbre de llamar «singular» a todo lo que estaba fuera de su comprensión, y vivía, por consiguiente, rodeado de una
absoluta legión de «singularidades».
—Es muy cierto —respondió Dupin, alcanzando a su visitante una pipa, y haciendo rodar hacia
él un confortable sillón.
—¿Y cuál es la dificultad ahora? —pregunté— Espero que no sea otro asesinato.
—¡Oh, no, nada de eso!. El asunto es muy simple, en verdad, y no tengo duda que podremos
manejarlo suficientemente bien nosotros solos; pero he pensado que a Dupin le gustaría conocer
los detalles del hecho, porque es un caso excesivamente singular.
—Simple y singular —dijo Dupin.
—Y bien, sí; y no exactamente una, sino ambas cosas a la vez. Sucede que hemos ido desconcertados porque el asunto es tan simple, y, sin embargo nos confunde a todos.
—Quizás es precisamente la simplicidad lo que le desconcierta a usted —dijo mi amigo.
—¡Qué desatino dice usted! —replicó el prefecto, riendo de todo corazón.
—Quizás el misterio es un poco demasiado sencillo —dijo Dupin.
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—¡Oh, por el ánima de…! ¡Quién ha oído jamás una idea semejante!
—Un poco demasiado evidente.
—¡Ja, ja, ja!... ¡ja, ja, ja!... ¡jo, jo, jo! —reía nuestro visitante, profundamente divertido— ¡Oh, Dupin, usted me va a hacer reventar de risa!.
—¿Y cuál es, por fin, el asunto de que se trata? —pregunté.
—Se lo diré a usted —replicó el prefecto, profiriendo un largo, fuerte y reposado puff y acomodándose en su sillón— Se lo diré en pocas palabras; pero antes de comenzar, le advertiré que
este es un asunto que demanda la mayor reserva, y que perdería sin remedio mi puesto si se
supiera que lo he confiado a alguien.
—Continuemos —dije.
—O no continúe —dijo Dupin.
—De acuerdo; he recibido un informe personal de un altísimo personaje, de que un documento
de la mayor importancia ha sido robado de las habitaciones reales. El individuo que lo robó es
conocido; sobre este punto no hay la más mínima duda; fue visto en el acto de llevárselo. Se
sabe también que continúa todavía en su poder.
—¿Cómo se sabe esto? —preguntó Dupin.
—Se ha deducido perfectamente —replicó el prefecto—, de la naturaleza del documento y de la
no aparición de ciertos resultados que habrían tenido lugar de repente si pasara a otras manos;
es decir, a causa del empleo que se haría de él, en el caso de emplearlo.
—Sea usted un poco más explícito —dije.
—Bien, puedo afirmar que el papel en cuestión da a su poseedor cierto poder en una cierta parte, donde tal poder es inmensamente valioso.
El prefecto era amigo de la jerga diplomática.
—Todavía no le comprendo bien —dijo Dupin.
—¿No? Bueno; la predestinación del papel a una tercera persona, que es imposible nombrar,
pondrá en tela de juicio el honor de un personaje de la más elevada posición; y este hecho da al
poseedor del documento un ascendiente sobre el ilustre personaje, cuyo honor y tranquilidad son
así comprometidos.
—Pero este ascendiente —repuse— dependería de que el ladrón sepa que dicha persona lo
conoce. ¿Quién se ha atrevido…?
—El ladrón —dijo G***— es el ministro D***, quien se atreve a todo; uno de esos hombres tan
inconvenientes como convenientes. El método del robo no fue menos ingenioso que arriesgado.
El documento en cuestión, una carta, para ser franco, había sido recibido por el personaje robado, en circunstancias que estaba sólo en el boudoir real. Mientras que la leía, fue repentinamen-
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te interrumpido por la entrada de otro elevado personaje, a quien deseaba especialmente ocultarla. Después de una apresurada y vana tentativa de esconderla en una gaveta, se vio forzado
a colocarla, abierta como estaba, sobre una mesa. La dirección, sin embargo, quedaba a la vista;
y el contenido, así cubierto, hizo que la atención no se fijara en la carta. En este momento entró
el ministro D***. Sus ojos de lince perciben inmediatamente el papel, reconocen la letra de la
dirección, observa la confusión del personaje a quien ha sido dirigida, y penetra su secreto. Después de algunas gestiones sobre negocios, de prisa, como es su costumbre, saca una carta algo
parecida a la otra, la abre, pretende leerla, y después la coloca en estrecha yuxtaposición con la
que codiciaba. Se pone a conversar de nuevo, durante un cuarto de hora casi, sobre asuntos
públicos. Por último, levantándose para marcharse, coge de la mesa la carta que no le pertenece. Su legítimo dueño le ve, pero, como se comprende, no se atreve a llamar la atención sobre el
acto en presencia del tercer personaje que estaba a su lado. El ministro se marchó dejando su
carta, que no era de importancia, sobre la mesa.
—Aquí está, pues —me dijo Dupin—, lo que usted pedía para hacer que el ascendiente del ladrón fuera completo, el ladrón sabe de que es conocido del dueño del papel.
—Sí —replicó el prefecto—; y el poder así alcanzado en los últimos meses ha sido empleado,
con objetos políticos, hasta un punto muy peligroso. El personaje robado se convence cada día
más de la necesidad de reclamar su carta. Pero esto, como se comprende, no puede ser hecho
abiertamente. En fin, reducido a la desesperación, me ha encomendado el asunto.
—¿Y quién puede desear —dijo Dupin, arrojando una espesa bocanada de humo—, o siquiera
imaginar, un oyente mas sagaz que usted?
—Usted me adula —replicó el prefecto— pero es posible que algunas opiniones como ésas puedan haber sido sostenidas respecto a mí.
—Está claro —dije—, como lo observó usted, que la carta está todavía en posesión del ministro,
puesto que es esta posesión, y no su empleo, lo que confiere a la carta su poder. Con el uso,
ese poder desaparece.
—Cierto —dijo G***—, y sobre esa convicción es bajo la que he procedido. Mi primer cuidado fue
hacer un registro muy completo de la residencia del ministro; y mi principal obstáculo residía en
la necesidad de buscar sin que él se enterara. Además, he sido prevenido del peligro que resultaría de darle motivos de sospechar de nuestras intenciones.
—Pero —dije—, usted se halla completamente au fait en este tipo de investigaciones. La policía
parisina ha hecho estas cosas muy a menudo antes.
—Ya lo creo; y por esa razón no desespero. Las costumbres del ministro me dan, además, una
gran ventaja. Está frecuentemente ausente de su casa toda la noche. Sus sirvientes no son nu-
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merosos. Duermen a una gran distancia de las habitaciones de su amo, y siendo principalmente
napolitanos, se embriagan con facilidad. Tengo llaves, como usted sabe, con las que puedo abrir
cualquier cuarto o gabinete de París. Durante tres meses, no ha pasado una noche sin que haya
estado empeñado personalmente en escudriñar la mansión de D***. Mi honor está en juego y,
para mencionar un gran secreto, la recompensa es enorme. Por eso no he abandonado la partida hasta convencerme plenamente de que el ladrón es más astuto que yo mismo. Me figuro que
he investigado todos los rincones y todos los escondrijos de los sitios en que es posible que el
papel pueda ser ocultado.
—¿Pero no es posible —sugerí—, aunque la carta pueda estar en la posesión del ministro como
es incuestionable, que la haya escondido en alguna parte fuera de su casa?
—Es poco probable —dijo Dupin— La presente y peculiar condición de los negocios en la corte,
y especialmente de esas intrigas en las cuales se sabe que D*** está envuelto, exigen la instantánea validez del documento, la posibilidad de ser exhibido en un momento dado, un punto de
casi tanta importancia como su posesión.
—¿La posibilidad de ser exhibido? —dije.
—Es decir, de ser destruido —dijo Dupin.
—Cierto —observé—; el papel tiene que estar claramente al alcance de la mano. Supongo que
podemos descartar la hipótesis de que el ministro la lleva encima.
—Enteramente —dijo el prefecto— Ha sido dos veces asaltado por malhechores, y su persona
rigurosamente registrada bajo mí propia inspección.
—Se podía usted haber ahorrado ese trabajo —dijo Dupin— D***, presumo, no está loco del
todo; y si no lo está, debe haber previsto esas asechanzas; eso es claro.
—No está loco del todo —dijo G***—; pero es un poeta, lo que considero que está sólo a un paso de la locura.
—Cierto —dijo Dupin después de una larga y reposada bocanada de humo de su pipa—, aunque
yo mismo sea culpable de algunas malas rimas.
—Supongamos —dije—, que usted nos detalla las particularidades de su investigación.
—Los hechos son éstos: dispusimos de tiempo suficiente y buscamos en todas partes. He tenido
larga experiencia en estos negocios. Recorrí todo el edificio, cuarto por cuarto, dedicando las
noches de toda una semana a cada uno. Examinamos primero el mobiliario de cada habitación.
Abrimos todos los cajones posibles; y supongo que usted sabe que, para un ejercitado agente de
policía, son imposibles los cajones secretos. Cualquiera que en investigaciones de esta clase
permite que se le escape un cajón secreto, es un bobo. La cosa así, es sencilla. Hay una cierta
cantidad de capacidad, de espacio, que contar en un mueble. En este caso, establecemos minu-
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ciosas reglas. La quincuagésima parte de una línea no puede escapársenos. Después del gabinete, consideramos las sillas. Los cojines son examinados con esas delgadas y largas agujas
que usted me ha visto emplear. De las mesas, removemos las tablas superiores.
—¿Por qué?
—Algunas veces la tabla de una mesa, u otra pieza de mobiliario similarmente arreglada, es levantada por la persona que desea ocultar un objeto; entonces la pata es excavada, el objeto
depositado dentro de su cavidad y la tabla vuelta a colocar. Los extremos de los pilares de las
camas son utilizados con el mismo fin.
—¿Pero la cavidad no podría ser detectada por el sonido? —pregunté.
—De ninguna manera, si cuando el objeto es depositado se coloca a su alrededor una cantidad
suficiente de algodón en rama. Además, en nuestro caso, estábamos obligados a proceder sin
ruidos.
—Pero no pueden ustedes haber removido, no pueden haber hecho pedazos todos los artículos
de mobiliario en que hubiera sido posible depositar un objeto de la manera que usted menciona.
Una carta puede ser comprimida hasta hacer un delgado cilindro en espiral, no difiriendo mucho
en forma o volumen a una aguja para hacer calceta, y de esta forma puede ser introducida en el
travesaño de una silla, por ejemplo. No rompieron ustedes todas las sillas, ¿no es así?
—Ciertamente que no; pero hicimos algo mejor: examinamos los travesaños de cada silla de la
casa, y en verdad, todos los puntos de unión de todas las clases de muebles, con la ayuda de un
poderoso microscopio. Si hubiera habido alguna huella de reciente remoción, no habríamos dejado de notarla instantáneamente. Un solo grano del aserrín producido por una barrena en la
madera, habría sido tan visible como una manzana. Cualquier alteración en las encoladuras,
cualquier desusado agujerito en las uniones, habría bastado para un seguro descubrimiento.
—Presumo que observarían ustedes los espejos, entre los bordes y las láminas, y examinarían
los lechos, y las ropas de los lechos, así como las cortinas y las alfombras.
—Eso, por sabido; y cuando hubimos registrado absolutamente todas las partículas del mobiliario de esa manera, examinamos la casa misma. Dividimos su entera superficie en compartimentos, que numeramos para que ninguno pudiera escapársenos, después registramos pulgada por
pulgada el terreno de la pesquisa, incluso las dos casas adyacentes, con el microscopio, como
antes.
—¡Las dos casas adyacentes! —exclamé—; deben ustedes haber causado una gran agitación.
—La causamos; pero la recompensa ofrecida es prodigiosa.
—¿Incluyeron ustedes los terrenos de las casas?
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—Todos los terrenos están enladrillados, comparativamente nos dieron poco trabajo. Examinamos el musgo de las junturas de los, ladrillos, y no encontramos que lo hubieran tocado.
—¿Buscaron ustedes entre los papeles de D***, por consiguiente, y entre los libros de su biblioteca?
—Ciertamente; abrimos todos los paquetes y legajos; y no sólo ¡Abrimos todos los libros, sino
que dimos vuelta todas las hojas de todos los volúmenes, no contentándonos con una simple
sacudida de ellos, como acostumbran a hacer algunos de nuestros agentes de policía. Medimos
también el espesor de cada tapa de libro, con la más cuidadosa exactitud, y aplicamos a cada
uno el más celoso examen con el microscopio. Si cualquiera de las encuadernaciones hubiera
sido tocada para ocultar la carta, habría sido completamente imposible que el hecho escapara a
nuestra observación. Unos cinco o seis volúmenes, recién traídos por el encuadernador, los
examinamos con todo cuidado, sondeando las tapas.
—¿Registraron el suelo, bajo las alfombras?
—Sin duda. Removimos todas las alfombras, Y examinamos los bordes con el microscopio.
—¿Y el papel de las paredes?
—También.
—¿Buscaron en los sótanos?
—Sí
—Entonces —dije— han hecho ustedes un mal cálculo, y la carta no está entre las posesiones
del ministro, como suponen.
—Temo que usted tenga razón —repuso el prefecto—. Y ahora, Dupin, ¿qué me aconseja que
haga?
—Hacer una nueva revisión de la casa del ministro.
—Eso es absolutamente innecesario —replicó G***—; estoy tan seguro como que respiro, de
que la carta no está en la casa.
—Pues no tengo mejor consejo que darle —dijo Dupin— ¿Tendrá usted, como es natural, una
cuidadosa descripción de la carta?
—¡Ya lo creo!
Y aquí el prefecto, sacando un memorándum, nos leyó en voz alta un minucioso informe de la
carta, especialmente de la apariencia externa del documento perdido. Poco después de esta
descripción, cogió su sombrero y se fue, mucho más desalentado de lo que le había visto nunca
antes.
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Casi cerca de un mes había pasado, cuando nos hizo otra visita, encontrándonos ocupados
exactamente de la misma manera que la otra vez. Cogió una pipa y una silla, y principió una
conversación sobre cosas ordinarias. Por último, le dije:
—Y bien, señor G***, ¿qué hay sobre la carta robada? Presumo que se habrá usted convencido,
al fin, de que no hay cosa más difícil que sorprender al ministro.
—¡Que el diablo lo confunda! esa es la verdad; hice el nuevo examen, sin embargo, como Dupin
me lo aconsejó, pero ha sido tiempo perdido, como yo suponía.
—¿A cuánto asciende la recompensa ofrecida, dijo usted? —preguntó Dupin.
—¿Cuánto? una gran cantidad, una recompensa verdaderamente liberal; no quiero decir cuánto
exactamente, pero diré una cosa: y es que estaría dispuesto a dar un cheque con mi firma por
cincuenta mil francos, a cualquiera que me entregara la carta. El asunto se está haciendo día a
día cada vez más importante, y la recompensa ha sido recientemente doblada. Pero aunque
fuera triplicada, no podría hacer más de lo que he hecho.
—Veamos— dijo Dupin lentamente, entre una y otra bocanada de humo—; realmente pienso,
G***, que usted no ha hecho todo lo que podía en este asunto. ¿No cree que podría hacer un
poco más?
—¿Cómo? ¿De qué manera?
—¡Pst! Creo, puff, puff, que usted podría, puff, puff, pedir consejo sobre este asunto; puff, puff,
puff. ¿Se acuerda usted de lo que se cuenta de Abernethy!
—¡No! ¡Al diablo con su Abernethy!
—¡Está bien! al diablo con él, y buena suerte. Pero he aquí el hecho. Una vez, cierto ricacho muy
avaro concibió la idea de obtener gratis de ese Abernethy una opinión médica. Habiendo procurado con ese objeto estar solo con él en una conversación corriente, le insinuó su propio caso
como el de un individuo imaginario.
—Supongamos —dijo el tacaño—, que sus síntomas son tales y tales; ahora doctor, ¿qué le
aconsejaría usted?
—¿Qué le aconsejaría? —dijo Abernethy—; ¡psh! que viera a un médico.
—Pero —dijo el prefecto, algo desconcertado—, yo estoy dispuesto a pedir consejo, y a pagarlo.
Daría realmente cincuenta mil francos a cualquiera que me ayudara en este asunto.
—En ese caso —replicó Dupin, abriendo un cajón y sacando una libreta de cheques—, puede
usted perfectamente hacerme un cheque por la cantidad mencionada. Cuando lo haya firmado,
le entregaré la carta.
Quedé estupefacto. El prefecto parecía como herido por un rayo. Durante algunos minutos permaneció sin habla y sin movimiento, mirando incrédulamente a mi amigo con la boca abierta y
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los ojos que parecían saltárseles de las órbitas; después, aparentemente recobrando la conciencia de su ser, cogió una pluma y, después de algunas pausas y miradas sin objeto, hizo por último y firmó un cheque por 50.000 francos, y lo alcanzó por sobre la mesa a Dupin. Éste lo examinó cuidadosamente y lo guardó en su cartera; después, abriendo un escritoire, cogió de él una
carta y la entregó al prefecto. El funcionado se abalanzó sobre ella en una perfecta convulsión
de alegría, la abrió con mano temblorosa, arrojó una rápida ojeada a su contenido, y entonces,
agitado y fuera de sí, abrió la puerta y sin ceremonia de ninguna especie salió del cuarto y de la
casa, sin haber pronunciado una sílaba desde que Dupin le había pedido que hiciera el cheque.
Cuando nos quedarnos solos, mi amigo consintió en darme explicaciones.
—La policía parisina —dijo— es sumamente buena en su especialidad. Es perseverante, ingeniosa, astuta y perfectamente versada en los conocimientos que sus deberes parecen necesitar
con más urgencia. Así, cuando G*** nos detalló su modo de registrar los sitios en la casa de
D***, tuve plena confianza en que había practicado una investigación satisfactoria, hasta donde
lo permiten sus conocimientos.
—¿Hasta dónde lo permiten? —pregunté.
—Sí —dijo Dupin— Las medidas adoptadas eran, no solamente las mejores de su clase, sino
que se acercaban a la perfección absoluta. Si la carta hubiera estado oculta en el radio de esa
pesquisa, los agentes de policía, indiscutiblemente, la hubieran encontrado.
Me sonreí por toda respuesta, pero mi amigo parecía perfectamente serio en todo lo que decía.
—Las medidas, pues —continuo él—, eran buenas en su clase y bien ejecutadas; su defecto
estaba en ser inaplicables al caso y al hombre. Un cierto conjunto de recursos altamente ingeniosos son para el prefecto una especie de lecho de Procusto, a los que adapta forzadamente
sus designios. Así es que perpetuamente yerra por ser demasiado profundo, o demasiado superficial, en los asuntos que se le confían, y muchos niños de escuela son mejores razonadores que
él. He conocido uno, de unos ocho años de edad, cuyos éxitos adivinando en el juego de «pares
y nones» atraían la admiración de todo el mundo. Este juego es simple, y se juega con canicas.
Uno de los jugadores oculta en su mano una cantidad de esas canicas, y pregunta a otro si ese
número es par o non. Si el preguntado adivina, gana una; si no, pierde una. El niño de que hablo,
ganaba todas las canicas de la escuela. Por consiguiente, tenía algún método para acertar, y
éste se basaba en la simple observación y el cálculo de la astucia de sus contrincantes. Por
ejemplo, un simple bobalicón es su contrario, y levantando una mano cerrada, y pregunta: ¿son
pares o nones? Nuestro niño replica: «Nones», y pierde; pero a la segunda vez gana, porque
entonces se dice a sí mismo: «El bobalicón tenía pares la primera vez, y su cantidad de astucia
es justamente la suficiente para llevarlo a poner nones en la segunda; por consiguiente, apostaré
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«nones»; apuesta a nones, y gana. Ahora, con un bobo de un grado mayor que el primero, hubiera razonado así: «Este tal, sabe que en el primer caso aposté a nones, y en el segundo se le
ocurrirá, en el primer impulso, una simple variación de pares a nones, como hizo mi otro contrario; pero entonces un segundo pensamiento le sugerirá que ésta es una variación demasiado
simple, y, finalmente, decidirá poner pares como antes. Por consiguiente, apostaré a pares»;
apuesta a pares, y gana. Ahora bien, este sistema de razonar en el niño de escuela, a quien sus
compañeros llamaban afortunado, ¿qué es, en último análisis?
—Es simplemente —dije— una identificación del intelecto del razonador con el de su contrario.
—Eso es —dijo Dupin—; y después de preguntar al niño cómo efectuaba esa completa identificación en que residía su éxito, recibí la siguiente respuesta: «Cuando deseo saber cuán sabio o
cuán estúpido, o cuán bueno o cuán malo es alguien, o cuáles son sus pensamientos en un instante dado, acomodo la expresión de mi rostro, tan cuidadosamente como me sea posible, de
acuerdo con la expresión del rostro de él, y entonces trato de ver qué pensamientos o sentimientos nacen en mi mente, que igualen o correspondan a la expresión de mi cara.» La respuesta de
este niño de escuela supera incluso la expúrea profundidad que ha sido atribuida a La Rochefoucault, la Bruyère, Maquiavelo y Campanella.
—Y la identificación —dije— del intelecto del razonador con el de su contrario, depende, si le
entiendo a usted bien, de la exactitud con que se mide la inteligencia de este último.
—Para su valor práctico depende de eso —replicó Dupin—; y el prefecto y toda su cohorte fracasan tan frecuentemente, primero, por no lograr dicha identificación, y segundo, por mala apreciación, o mas bien por no medir la inteligencia con la que se miden. Consideran únicamente sus
propias ideas ingeniosas; y buscando cualquier cosa oculta, tienen en cuenta solamente los medios con que ellos la habrían escondido. Tienen mucha razón en todo: que su propio ingenio es
una fiel representación del de las masas; pero cuando la astucia del reo es diferente en carácter
de la de ellos, el reo se les escapa; es lógico. Eso sucede siempre que esa astucia es superior
de la de ellos, y, muy habitualmente cuando está por abajo. No tienen variación de principio en
sus investigaciones; lo más que hacen, cuando se ven excitados por algún caso insólito, por alguna extraordinaria recompensa, es extender o exagerar sus viejas rutinas de práctica, sin modificar sus principios. Por ejemplo, en este caso de D***, ¿qué se ha hecho para modificar el principio de acción? ¿Qué es todo este taladrar, probar, hacer sonar y registrar con el microscopio, y
dividir la superficie del edificio en cuidadosas pulgadas cuadradas y numeradas? ¿Qué es todo
eso, sino una exageración de la aplicación de un principio o conjunto de principios de pesquisa,
que está basado sobre un conjunto de nociones respecto a la ingeniosidad humana, a que el
prefecto, en la larga rutina de su deber, se ha acostumbrado? ¿No ve usted que G*** da por sen-
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tado que todos los hombres que quieren ocultar una carta, si no precisamente en un agujero
hecho con barrena en la pata de una silla, lo hacen, cuando menos, en algún oculto agujero o
rincón sugerido por el mismo tenor del pensamiento que inspira a un hombre la idea de esconderla en un agujero hecho en la pata de una silla? ¿Y no ve usted también que tales rincones
buscados para ocultar, se emplean únicamente en las ocasiones ordinarias, y sólo son adoptados por inteligencias ordinarias? Porque en todos los casos de ocultamiento cabe presumir que
en principio se ha efectuado dentro de esas coordenadas; y su descubrimiento depende, no tanto de la perspicacia, sino del simple cuidado, la paciencia y la determinación de los buscadores;
y cuando el caso es de importancia, o lo que quiere decir lo mismo a los ojos policiales, cuando
la recompensa es de magnitud, las cualidades en cuestión jamás fallan. Ahora entenderá usted
indudablemente lo que quise decir, sugiriendo que, si la carta hubiera sido ocultada en cualquier
parte dentro de los límites del examen del prefecto, o en otras palabras, si el principio inspirador
de su ocultación hubiera estado comprendido dentro de los principios del prefecto, su descubrimiento habría sido un asunto absolutamente fuera de duda. Este funcionario, sin embargo, ha
sido completamente engañado; y la fuente originaria de su fracaso reside en la suposición de
que el ministro es un loco porque ha adquirido fama como poeta. Todos los locos son poetas;
esto es lo que cree el prefecto, y es simplemente culpable de un non distributio medii al inferir de
ahí que todos los poetas son locos.
—¿Pero se trata realmente del poeta? —pregunté— Hay dos hermanos, me consta, y ambos
han alcanzado reputación en las letras. El ministro, creo, ha escrito doctamente sobre cálculo
diferencial. Es un matemático y no un poeta.
—Está usted equivocado; yo le conozco bien, es ambas cosas. Como poeta y matemático, habría razonado bien; como simple matemático no habría razonado absolutamente, y hubiera estado a merced del prefecto.
—Usted me sorprende —dije— con esas opiniones, que han sido contradichas por la voz del
mundo. Suponga que no pretenderá aniquilar una bien digerida idea con siglos de existencia. La
razón matemática ha sido largo tiempo considerada como la razón por excelencia.
—Il y a à parier —replicó Dupin, citando a Chamfort—, que toute idée publique, toute convention
reçue, est une sottise, car elle a convenue au plus grand nombre. Los matemáticos, concedo,
han hecho cuanto les ha sido posible para difundir el error popular a que usted alude, y que no
es menos un error porque haya sido promulgado como verdad. Con un arte digno de mejor causa, por ejemplo, han introducido el término «análisis» con aplicación al álgebra. Los franceses
son los culpables de esta superchería popular; pero si un término tiene alguna importancia, si las
palabras derivan algún valor de su aplicabilidad, «análisis» expresa «álgebra», poco más o me-
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nos, como en latín ambitus implica «ambición», religio, «religión», homines honesti, «un conjunto
de hombres honorables».
—Temo que se enemiste usted —dije— con alguno de los algebristas de París; pero prosiga.
—Disputo la validez, y por consiguiente, el valor de esa razón que es cultivada en una forma
especial distinta de la abstractamente lógica. Disputo, en particular, la razón extraída del estudio
de las matemáticas. Las matemáticas son la ciencia de la forma y la cantidad; el razonamiento
matemático es simplemente la lógica aplicada a la observación a la forma y la cantidad. El gran
error consiste en suponer que hasta las verdades de lo que es llamado álgebra pura son verdades abstractas o generales. Y este error es tan extraordinario, que me confundo ante la universalidad con que ha sido recibido. Los axiomas matemáticos no son axiomas de validez general. Lo
que es verdad de relación (de forma y de cantidad), es a menudo grandemente es falso respecto
a la moral, por ejemplo. En esta última ciencia por lo general es incierto que el todo sea igual a la
suma de las partes. En química el axioma falla también. En el caso de una fuerza motriz falla
igualmente, pues dos motores de un valor dado no alcanzan necesariamente al sumarse una
potencia igual a la suma de sus potencias consideradas por separado. Hay muchas otras verdades matemáticas, que son verdades únicamente dentro de los límites de la relación. Pero el matemático arguye, apoyándose en sus verdades finitas, según es costumbre, como si ellas fueran
de una aplicabilidad absolutamente general, como si el mundo imaginara, en realidad, que lo
son. Bryant, en su recomendable Mitología, menciona una análoga fuente de error, cuando dice
que «aunque las fábulas paganas no son creídas, sin embargo lo olvidamos continuamente, y
hacemos inferencias de ellas, como si fueran realidades». Entre los algebristas, no obstante, que
son realmente paganos, las «fábulas paganas» son creídas, y las inferencias se hacen, no tanto
por culpa de la memoria, sino por una incomprensible perturbación mental. En una palabra, no
he encontrado nunca un simple matemático en quien se pudiera confiar, fuera de sus raíces y
ecuaciones, o que no tuviera por artículo de fe, que x2 + px es absoluta e incondicionalmente
igual a q. Diga usted a uno de esos caballeros, por vía de experimento, si lo desea, que usted
cree que puede presentarse casos en que x2 + px no es absolutamente igual a q, y después de
haberle hecho entender lo que quiere decir, eche a correr tan pronto como le sea posible, porque, sin ninguna duda, tratará de darle una paliza.
»Quiero decir — continúo Dupin, mientras me reía yo de su última observación— que si el ministro hubiera sido nada más que un matemático, el prefecto no habría tenido necesidad de darme
este cheque. Le conocía yo, sin embargo, como matemático y como poeta, y mis medidas fueron
adaptadas a su capacidad, con referencia a las circunstancias de que estaba rodeado. Le conocía como a un cortesano, y además como un audaz intrigant. Un hombre así, pensé, debe cono-
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cer los métodos ordinarios de acción de la policía. No podía haber dejado de prever, y los sucesos han probado que no lo hizo, los registros a los que fue sometido. Debe haber previsto las
investigaciones secretas de su casa. Sus frecuentes ausencias nocturnas, que eran celebradas
por el prefecto como una buena ayuda a sus éxitos, las miré únicamente como astucias para
procurar a la policía la oportunidad de hacer un completo registro, y hacerles llegar lo más pronto
posible a la convicción a la G*** llegó por último, de que la carta no estaba en casa. Comprendí
también que todo el conjunto de ideas, que tendría alguna dificultad en detallar a usted ahora,
relativo a los invariables principios de la policía en pesquisas de objetos ocultados, pasaría necesariamente por la mente del ministro. Eso le llevaría, de una manera inevitable, a despreciar
todos los escondrijos ordinarios. No podía, reflexioné, ser tan simple que no viera que los más
intrincados y más remotos secretos de su mansión serían tan de fácil acceso como los rincones
más vulgares, a los ojos, a los exámenes, a los barrenos y los microscopios del prefecto. Vi, por
último, que se vería impulsado, como en un asunto de lógica, a la simplicidad, si no la había deliberadamente elegido por su propio gusto personal. Recordará usted quizá con cuanta gana se
rió el prefecto, cuando le sugerí en nuestra primera entrevista que era muy posible que este misterio le perturbara tanto por ser su descubrimiento demasiado evidente.
—Sí —dije—, recuerdo bien su hilaridad. Creí realmente que sufriría convulsiones.
—El mundo material —continúo Dupin— abunda en muy estrictas analogías con el espiritual; y
así se ha dado algún color de verdad al dogma retórico de que la metáfora o el símil pueda ser
empleada para dar más fuerza a un pensamiento o embellecer una descripción. El principio de
vis inertiæ, por ejemplo, parece idéntico en física y metafísica. No es más cierto en la primera,
que un gran cuerpo es puesto en movimiento con más dificultad que uno pequeño, y que su subsecuente impulso es proporcionado a esa dificultad, que lo es en la segunda, que intelectos de la
más vasta capacidad, aunque más potentes, constantes y fecundos en sus movimientos que los
de inferior grado, son sin embargo los menos prontamente movidos, y más embarazados y llenos de vacilación en los primeros pasos de sus progresos. Otra cosa: ¿ha notado usted alguna
vez cuáles son las muestras de tiendas que más llaman la atención?
—Nunca se me ocurrió pensarlo —dije.
—Hay un juego de adivinanzas —replicó él— que se juega con un mapa. Uno de los jugadores
pide al otro que encuentre una palabra dada, el nombre de una ciudad, río, estado o imperio; una
palabra, en fin, sobre la abigarrada y confusa superficie de un mapa. Un novato en el juego trata
generalmente de confundir a sus contrarios, dándoles a buscar los nombres escritos con las letras más pequeñas; pero el buen jugador escogerá entre esas palabras que se extienden con
grandes caracteres de un extremo a otro del mapa. Éstas, lo mismo que los anuncios y tablillas
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expuestas en las calles con letras grandísimas, escapan a la observación a fuerza de ser excesivamente notables; y aquí, la física inadvertencia ocular es precisamente análoga a la inteligibilidad moral, por la que el intelecto permite que pasen desapercibidas esas consideraciones, que
son demasiado evidentes y palpables por sí mismas. Pero parece que éste es un punto que está
algo arriba o abajo de la comprensión del prefecto. Nunca creyó probable o posible que el ministro hubiera dejado la carta inmediatamente debajo de las narices de todo el mundo, a fin de impedir que una parte de ese mundo pudiera verla.
»Pero cuanto más reflexionaba sobre el audaz, fogoso y discernido ingenio de D***, sobre el
hecho de que el documento debía haber estado siempre a mano, si intentaba usarlo con ventajoso fin; y sobre la decisiva evidencia, obtenida por el prefecto, de que no estaba oculto dentro
de los límites de sus pesquisas ordinarias, más convencido quedaba de que para ocultar aquella
carta el ministro había recurrido al más amplio y sagaz expediente de no tratar de ocultarla absolutamente.
»Convencido de estas ideas, me puse mis gafas verdes y una hermosa mañana, como por casualidad, entré en la casa del ministro. Encontré a D*** bostezando, extendido cuan largo era,
charlando insustancialmente, como de costumbre, y pretendiendo estar aquejado del más abrumador ennui. Sin embargo, es uno de los hombres más realmente activos que existen, pero tan
sólo cuando nadie lo ve.
»Para pagarle con la misma moneda, me quejé de mis débiles ojos, y lamenté la forzosa necesidad que tenía de usar gafas, bajo el amparo de las cuales examinaba cuidadosa y completamente toda la habitación, mientras en apariencia sólo me ocupaba de la conversación con mi anfitrión.
»Presté especial atención a una gran mesa-escritorio, cerca de la cual estaba sentado D***, y
sobre la que había desparramados confusamente diversas cartas Y otros papeles, uno o dos
instrumentos de música y algunos libros. En ella, no obstante, después de un largo y deliberado
escrutinio, no vi nada capaz de provocar mis sospechas.
»Por último, mis ojos, examinando el circuito del cuarto, se posaron sobre un miserable tarjetero
de cartón afiligranado, que pendía de una sucia cinta azul, sujeta a una perillita de bronce, colocada justamente sobre la repisa de la chimenea. En aquel tarjetero, que tenía tres o cuatro compartimentos, había seis o siete tarjetas de visita y una solitaria carta. Esta última estaba muy
manchada y arrugada. Se hallaba rota casi en dos, por el medio, como si una primera intención
de hacerla pedazos por su nulo valor hubiera sido cambiado y detenido. Tenía un gran sello negro, con el monograma de D***, muy visible, y el sobre escrito y dirigido al mismo ministro reve-
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laba una letra menuda y femenina. Había sido arrojada sin cuidado alguno, y hasta desdeñosamente, parecía, en una de las divisiones superiores del tarjetero.
»No bien descubrí la carta en cuestión, comprendí que era la que andaba buscando. En verdad,
era, en apariencia, radicalmente distinta de aquella que nos había leído el prefecto una descripción tan minuciosa. Aquí el sello era grande y negro, con el monograma de D***; en la otra era
pequeño y rojo, con las armas ducales de la familia S***. Aquí la dirección del ministro era diminuta y femenina; en la otra la letra del sobre, dirigida a un cierto personaje real, era marcadamente enérgica y decidida; el tamaño era su único punto de semejanza. Pero la naturaleza radical de esas diferencias, que era excesiva, las manchas, la sucia y rota condición del papel, tan
inconsistente con los verdaderos hábitos metódicos de D***, y tan reveladoras de dar una idea
de la insignificancia del documento a un indiscreto; estas cosas, junto con la visible situación en
que se hallaba, a la vista de todos los visitantes, y así coincidente con las conclusiones a que yo
había llegado previamente; esas cosas, digo, eran muy corroborativas de sospecha, para quien
había ido con la intención de sospechar.
»Demoré mi visita tanto como fue posible, y mientras mantenía una de las más animadas discusiones con el ministro, sobre un tópico que sabía que jamás había dejado de interesarle y apasionarle, volqué mi atención, en realidad, sobre la carta. En aquel examen, confié a la memoria
su apariencia externa y su colocación en el tarjetero; y por último, hice un descubrimiento que
borraba cualquier duda trivial que pudiera haber concebido. Registrando con la vista los bordes
del papel, noté que estaban más gastados de lo que parecía necesario. Presentaban una apariencia de rotura que resulta cuando un papel liso, habiendo sido una vez doblado y apretado, es
vuelto a doblar en una dirección contraria, con los mismos pliegues que ha formado el primitivo
doblez. Este descubrimiento fue suficiente. Fue claro para mí que la carta había sido dada vuelta, como un guante, lo de adentro para afuera; una nueva dirección y un nuevo sello le habían
sido agregados. Di los buenos días al ministro, y me marché enseguida, abandonando sobre la
mesa una tabaquera de oro.
»A la mañana siguiente fui en busca de la tabaquera, y reanudamos placenteramente la conversación del día anterior. Mientras Estábamos en ella empeñados, un fuerte disparo, como de una
pistola, se oyó inmediatamente debajo de las ventanas del edificio, y fue seguido por una serie
de gritos de terror, y exclamaciones de una multitud asustada. D*** se lanzó a una de las ventanas, la abrió y miró hacia la calle. Mientras, me acerqué al tarjetero, cogí la carta, la metí en mi
bolsillo y la reemplacé por un facsímil (de sus caracteres externos) que había preparado cuidadosamente en casa, imitando el monograma de D***, con mucha facilidad, por medio de un sello
de miga de pan.
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»El tumulto en la calle había sido ocasionado por la loca conducta de un hombre con un fusil.
Había hecho fuego con él entre un grillo de mujeres y niños. Se comprobó, sin embargo, que el
arma estaba descargada, y se le permitió que continuara su camino, como a un lunático o un
ebrio. Cuando se hubo retirado, D*** se separó de la ventana, a donde le había seguido yo inmediatamente después de conseguir mi objeto. Al poco rato me despedí de él. El pretendido
lunático era un hombre a quien yo había pagado para que produjera el tumulto.
—Pero, ¿qué propósito tenía usted —pregunté— para reemplazar la carta por un facsímil? ¿No
hubiera sido mejor, en la primera visita, arrebatarla abiertamente y salir con ella?
—D*** —replicó Dupin— es un hombre arrojado y valiente. Su casa, además, no carece de servidores consagrados a los intereses del amo. Si hubiera yo hecho la atrevida tentativa que usted
sugiere, jamás habría salido vivo de allí y el buen pueblo de París no hubiera vuelto a saber más
de mí. Ya conoce usted mis ideas políticas. Pero tenía una segunda intención, aparte de esas
consideraciones. En este asunto, obré como partidario de la dama comprometida. Durante dieciocho meses el ministro la tuvo en su poder. Ella es la que lo tiene ahora en su poder: como D***
no sabe que la carta no está ya en su tarjetero, proseguirá con sus presiones como si la tuviera.
Así provocará, él mismo, su ruina política. Su caída, además, será tan precipitada como ridícula.
Es igualmente exacto hablar, a propósito de su caso, del facilis descensus Avernis; pues en todas especies de ascensiones, como la Catalani dice del canto, es mucho más fácil subir que
bajar. En el presente caso no tengo simpatía, ni siquiera piedad, por el que desciende. D*** es
ese monstrum horrendum, el hombre de genio sin principios. Confieso, sin embargo, que me
gustaría mucho conocer el preciso carácter de sus pensamientos cuando, siendo desafiado por
aquella a quien el prefecto llama «una cierta persona», se vea forzada a abrir la carta que le dejé
para él en el tarjetero.
—¿Cómo? ¿Escribió usted algo particular en ella?
—¡Claro!. No parecía del todo bien dejarla en blanco; eso hubiera sido insultante.. Cierta
vez D***, en Viena, me jugó una mala pasada, acerca de la que le dije, sin perder el
buen humor, que no lo olvidaría. Así, como comprendí que sentiría alguna curiosidad
respecto a la identidad de la persona que había sobrepujado su inteligencia, pensé que
era una lástima no dejarle un indicio para que la conociera. Como conoce perfectamente
mi letra, me limité a copiar en medio de la página estas palabras:
... Un dessein si funeste,
S’il n’est digne d’Atrée, est digne de Thyeste,
que se pueden encontrar en el Atreo de
Crebillon.
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La inspiración
El poeta Siao, que vivía desde el otoño en el palacio imperial, fue encontrado muerto en su
habitación. El médico de la corte decretó que la muerte había sido provocada por alguna sustancia que le había manchado los labios de azul. Pero ni en las bebidas ni en los alimentos hallados
en su habitación había huellas del veneno.
El consejero literario del emperador estaba tan conmovido por la muerte de Siao, que ordenó
llamar al sabio Feng. A pesar de la fama que le había dado la resolución de varios enigmas –
entre ellos la muerte del mandarín Chou y los llamados “crímenes del dragón”- Feng vestía como un campesino pobre. Los guardias imperiales se negaron a dejarlo pasar, y el consejero literario tuvo que ir a buscarlo a las puertas del palacio para conducirlo a la habitación del muerto.
Sobre una mesa baja se encontraban los instrumentos de caligrafía del poeta Siao: el pincel
de pelo de mono, el papel de bambú, la tinta negra, el lacre con que acostumbraba a sellar sus
composiciones.
─ Mis conocimientos literarios son muy escasos y un poco anticuados. Pero sé que Siao era
un famoso poeta, y que sus poemas se contaban por miles ─ dijo Feng ─. ¿Por qué está todo
casi sin usar?
─ Sabio Feng: Hacía largo tiempo que Siao no escribía. Como verá, comenzó a trazar un
ideograma y cayó fulminado de inmediato. Siao luchaba para que volviera la inspiración, y en el
momento de conseguirla, algo lo mató.
Feng pidió la consejero quedarse solo en la habitación. Durante un largo rato se sentó en silencio, sin tocas nada, inmóvil frente al papel de bambú, como un poeta que no encuentra su
inspiración. Cuando el consejero, aburrido de esperar, entró, Feng se había quedado dormido
sobre el papel.
─ Sé que nadie, ni siquiera un poeta, es indiferente a los favores del emperador ─ dijo Feng
apenas despertó ─. ¿Tenía Siao enemigos? El consejero imperial demoró en contestar. La vanidad de los poetas es un lugar común de la poesía, y no quisiera caer en él. Pero en el pasado,
Siao tuvo cierta rencilla con Tseng, el anciano poeta, porque ambos coincidieron en la comparación de la luna con un espejo. Y un poeta dirigido contra Ding, quien se llama a sí mismo “el poeta celestial”, le ganó su odio. Pero no Tseng ni DIng se acercaron a la habitación de Siao en los
últimos días.
─ ¿Y se sabe qué estaban haciendo la noche en que Siao murió?
─ La policía imperial hizo esas averiguaciones. Tseng estaba enfermo, y el emperador le envió a uno de sus médicos para que se ocupara de él. En cuanto a Ding, está fuera de toda sos-
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pecha: levantaba una comenta en el campo. Había varios jóvenes discípulos con él. Ding había
escrito uno de sus poemas en la cometa.
─ ¿Y dónde levantó Ding esa cometa? ¿Acaso se veía desde esa ventana?
─ Sí, justamente allí, detrás del bosque. Honorable Feng: los oscuros poemas de Ding tal vez
no respeten ninguna de nuestras reglas, pero no creo que alcancen a matar a distancia. ¡Además, la cometa estaba en llamas!
─ ¿Un rayo?
─ Caprichos de Ding. Elevar sus poemas e incendiarlos. Yo, como usted, Feng, tengo un gusto anticuado, y no puedo juzgar las nuevas costumbres literarias del palacio.
Feng destinó la tarde siguiente a leen los poemas de Siao. A la noche anunció que tenía una
respuesta. EL consejero imperial se reunió con él en las habitaciones del poeta asesinado. Feng
se sentó frente a la hoja de bambú y completó el ideograma que había comenzado a trazar
Siao.
─ “Cometa en llamas” ─ leyó el consejero ─. ¿La visión de la cometa le hizo a Siao recuperar
la inspiración?
─ Siao trabajaba a partir de aquello que lo sorprendía. El momento en que se detiene el rumor de cigarras, la visión de una estatua dorada entre la niebla, una mariposa atrapada por la
llama. De estas cosas se alimentaba su poesía. Aquí en el palacio, ya nada lo invitaba a escribir:
por eso su pincel nuevo sin usar desde hacía meses.
─ Ding puso allí el veneno, y con la suficiente anticipación como para que nadie sospechara
de él. Sabía Siao, como todos los que usan pinceles de pelo de mono, se lo llevaría a la boca al
usarlo por primera vez, para ablandarlo. Los restos del veneno se disolvieron en la tinta. Esa fue
una de las armas de Ding.
─ Imagino que la otra fue la cometa ─ dijo el consejero.
─ Ding sabía que al ver algo tan extraño como una cometa en llamas, la inspiración volvería
al viejo Siao.
Feng tomó el pincel de pelo de mono y escribió:
Una cometa en llamas sube al cielo negro.
Brilla un momento y se apaga. Del tema que hubiera elegido Siao.
Así la injusta fama del mediocre Ding.
─ Mis dotes como poeta son pobres, pero acaso no esté tan alejado del tema que hubiera
elegido Siao. Feng limpió con cuidado el pincel. Como poeta Ding rechaza toda regla, pero como
asesino acepta las simetrías. Para matar a un poeta eligió la poesía.
Pablo de Santis
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