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LA HISTORIA DE
CHAVARRÍA
MIGUEL A. CUEVAS GUINTO
La historia
El alboroto y la consternación la atrajeron irremisiblemente. La palidez
y la seriedad del rostro la llevaron a santiguarse musitando plegarias de
consolación. Iba rígido, las quijadas trabadas denotaban rabia por encima
del dolor que le roía la carne y los huesos. Lo traían en una carreta, sobre
costales costrosos de sangre y tierra. A pesar de lo deplorable y trágico de
su aspecto, sus ojos brillaban encendidos y orgullosos; a veces coléricos
giraban retadores, deteniéndose en los presentes que evadían la mirada
plagada de desprecio.
De golpe recordó la primera vez que lo vio, trece años atrás, en la
mañana oscurecida por una bandada de golondrinas silenciosas planeando y
adquiriendo las más caprichosas formas. Pronto el pajarerío se perdió a lo
lejos como una borradura que se fue achiquitando hasta desaparecer en el
espejo azul del cielo.
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Ella lo tenía prendido de los tobillo, sus manos arrugadas, pero hábiles y
firmes como garfios lo sostenían. Los muchos años de labores de parto
habían dejado en ella una secreta manía, acarreada desde su juventud
cuando predijo la muerte de su abuelo enfermo y un viejo perro; creía poder
ver la raya de la vida de los que nacían y predecir su largueza.
Observándolos detenidamente, entornaba los ojos de manera teatral; tal
actitud y gestos le daban la certeza de adivinar cuanto vivirían los que
llegaban al mundo.
El que ahora sopesaba de los tobillos como un tasajo de carne, se
mantenía quieto, ella lo sacudió bruscamente y se le ocurrió que el recién
nacido no tendría energías para hacerlo; pero Chavarría, que así se llamaría,
la decepcionó, lanzando un feroz llanto vigorizador que lo llenó de inquieta
agitación. La raya de este pequeño recién nacido se manifestó zigzagueante;
más nítida y reveladora, cuanto más atisbaba en el místico arcano de las
rendijas. En realidad nunca tuvo la habilidad de interpretarlas en los
innumerables nacimientos, más larga o más corta, nunca encontró la clave
de la mortal coincidencia, los prójimos se morían cuando les tocaba o
cuando querían, eso la consternaba y la degradaba de vidente a partera
común y corriente
El llanto del recién nacido la tranquilizó, la carne vibraba y la vida la
envolvía latiente y porfiada. Se empezó a sentir mal, náuseas y dolor de
cabeza la enfermaron, la súbita dolencia venía de sus manos, de la carga de
sus brazos, embargándola la apremiante necesidad de deshacerse de ella. Lo
entregó conturbada, la inquietud de sostenerlo en sus brazos crecía. Su
comadre lo recibió tiernamente, lo acunó en sus brazos y lloró de felicidad.
Afuera. Mariposas amarillas por millares poblaron el aire centelleando
delicadamente al aletear, se posaban a puños por doquier, entonces vibraban
o latían cual frágiles corazones de dos o tres latidos. Había sido el
momento en que Chavarría recomenzó a llorar, si el llanto primero fue
feroz, el ulterior los sorprendió por la intensidad del galillo. No recordaba
en sus años de partera clarividente un llanto de similar potencia; ni cuando
nació Hernando Pineda de ocho enormes kilos, el bebé más corpulento que
jamás tuviera en sus manos escuchó algo semejante, ni nada semejante vería
en su larga vida cuando el vuelo elástico de las golondrinas regresó
amenazador, desatando el holocausto; las golondrinas dieron cuenta de las
mariposas en dispareja batalla que dejó como saldo el amarillo tapiz que el
viento levantaba en polvareda, desatando la mayor crisis de alergia que se
tenga noticias en el pueblo.
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Chavarría creció descalzo saboreando la tierra bajo el sol y la lluvia, que
felicidad al sentir en las plantas de sus pies la caricia del suelo, las gotas
mojar su cara y el ardiente sol tostar su espalda. A trece años del asunto de
las golondrinas y las mariposas amarillas su cuerpo ágil ansiaba recorrer el
mundo, volar más allá del mundo conocido, el que su conocimiento e
imaginación moldeara al gusto de sus pretensiones y ansias de aventura, a
su edad nadie tenía su fuerza ni su voluntad, miraba desdeñoso a los
muchachos y a los mayores que ya veían respetuosos sus dichos y sus actos.
Creía en la superioridad de algunos seres, pero también creía y despreciaba
la inferioridad de otros. No concebía que el cerdo y el jabalí fueran iguales,
la bravura de uno lo hacía superior al otro; el águila era muy superior a la
paloma, y ni el rápido conejo podía igualarse al feroz lince, ni el lince al
terrible jaguar. Él se sabía superior a Piteco y Piteco no lo discutía.
Le gustaban el monte y las soledades que le tocó habitar, amaba a su
pueblo más que a su gente, la tierra le era inestimable, se consideraba fruto
de esa tierra roja, negra y gris que pisaba deleitoso y alegre; nada le parecía
tan grato como vagar por los solitarios caminos del campo, pero la certeza
de la aventura de su vida le dictaban que algún día se marcharía para
siempre.
No creía en nada que no pudiera ver y palpar, la escuela sólo acrecentaba
sus dudas, ¿Qué podían enseñarle los maestros del pueblo?, que podían
enseñarle que no lo intuyera su mente abierta e imaginativa, siempre
buscando las respuestas a las preguntas que nadie sabía contestar. Sabía
muy bien que el fuerte gana al débil, que el sol y las estrellas estaban mucho
más lejos de lo que algunos entendidos del pueblo suponían, que las mulas
no parían, que los niños y los borrachos pueden ser tan mentirosos como los
políticos del pueblo y, que a la iglesia, no siempre acudían las personas
buenas; sabía también que a su edad podía preñar a una mujer; sabía esas
cosas y otras más que dejaban boquiabierto a quien lo escuchaba.
No amaba cordialmente a medio mundo, pero tenía amigos, grandes
amigos con quienes discutir y meterles por los oídos y los sesos lo audaz
que podía ser; uno en especial lo seguía, reconociendo en él la superioridad
que pregonaba en cada gesto: Héctor Pineda Salas, mejor conocido entre la
turba juvenil como Piteco, seguía a Chavarría como su fiel escudero,
dispuesto a compartir la suerte del pequeño hombre; sólo algunos meses
mayor. Piteco, posiblemente nunca sabría que grandes dúos escribieron
páginas de heroicidad o maldad sin límite en la historia y la literatura,
tampoco sabría jamás de otro Héctor defensor de Troya y matador de
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hombres; no, no lo sabía, pero al igual que ellos se sentía dispuesto a
cumplir su destino junto a Chavarría; sentía por él esa terrible admiración
capaz de dejarlo todo para seguir su destino y suerte.
Chavarría sonaba muy bien a los oídos de Chavarría, a él no lo llamaban
Pedrito ni Ramoncito a él lo llamaban por su apellido, como a los hombres
importantes del pueblo, no le decían Juvenalito como a su hermano Juvenal
ni el Candil como al vecino de al lado, a él se dirigían con respeto.
Chavarría sonaba muy bien, sonaba a hombría y madurez, pensaba
orgulloso.
Mucho dio que hablar entre la familia cuando se le preguntó si pensaba ir
de paseo a la playa, ―¡Claro que voy a ir!― contestó seguro. ―¡Si Dios
quiere Juan!― le replicó la hermana. ―¡aunque no quiera!― dijo triunfal
Chavarría.
Todo hubiera quedado como una de las tantas frases fanfarronas y osadas
de Chavarría, si no es que ese sábado un petardo estalló entre sus manos
causándole serias heridas que no le permitieron cumplir su osada y sacrílega
promesa. A pesar de lo que podía interpretarse como seria advertencia a su
irreligiosa conducta, Chavarría vio en lo ocurrido la azarosa mano de la
coincidencia o en su caso la del aleve destino, antes que a un cielo irritado
dispuesto a cobrar venganza por sus imprecaciones.
A nada respetaba ni temía en su pequeño mundo que pensaba ensanchar
más allá de las costeras de la vida, su cinismo lo amurallaba, enfrentaba las
peores circunstancias con ese caparazón que lo hacía creerse invencible, en
el debate juvenil, agudamente encontraba los mejores argumentos, dejando
indefensos a sus oponentes
Excepto a Rosita. Rosita lo desarmaba, lo dejaba inerme y sin fuerzas;
verla pasar con ese andar que invitaba a sus ojos a seguirla sin voluntad lo
desgastaba hasta el agotamiento, terrible el esfuerzo de apartar la mirada de
esa figura que lo sofocaba y le oprimía el estómago, sus ojos, su mirada se
cubría de telaraña y Rosita se tornaba difusa, caminando en la niebla
angustiosa de verla marcharse mientras de su boca seca llena de engrudo
las palabras planeadas y meditadas acuciosamente quedaban atoradas.
¿Te gusta la Rosita?, le preguntaban los amigos. Chavarría lo negaba
rotundamente. No sabía, ni nunca supo porque lo hacía, porque negaba el
secreto más dulce de su corta existencia como si tal cosa fuera un pecado
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mortal. No comprendía. Lo único incomprensible en un razonamiento
presto a resolverlo todo con una agudeza que se ha encargado de crear su
propio bagaje intelectual. Su audacia presuntuosa nada valía frente a Rosita,
su sola presencia trababa las mandíbulas como inútil máquina de cuerda
cuyo mecanismo se ha descompuesto, en tal cosa se convertía frente a
Rosita, en muñeco de cuerda incapaz de articular palabra alguna; lo que si
podía, lo que lo llenaba de esperanza y gozo, era encontrarse brevemente
con su mirada húmeda y brillante, para eso le alcanzaba el valor, para
tropezarse con sus ojos y llevarse en el brillo de la mirada la anhelada
promesa de la posibilidad. Pero, ¿Cuál posibilidad?, ni Chavarría lo sabía,
no sabía que quería al buscar su mirada y planear indefinidamente un saludo
nunca concretado. En sus anhelos veía muy lejano e improbable el estar
junto a Rosita, platicar y acariciarse, igual que lo hacen lo chicos de su edad
con sus novias, para Chavarría, conocer el fin del mundo tenía mucho más
viso de realidad que una relación sentimental con la muchacha. Aun así, los
días que no lograba verla lo invadía el desasosiego y frecuentaba los
lugares de Rosita, si la suerte no lo favorecía disfrazaba su frustración en
una máscara de rebelde osadía, sin embargo, si allá, a lo lejos veía la
ansiada figura que tanto revuelo causaba en su vida descansaba, descansaba
del alma, de una pena que como dijimos no alcanzaba a comprender.
El origen
Venían de un pueblo cercano, buscando mejores oportunidades,
acercándose un poco, un poquito más a la civilización; buscando proteger a
sus hijas de una vida de embarazos, raptadas por hombres viudos o
prófugos enclaustrados en lo profundo de la serranía; a sus hijos varones de
una vida difícil y sin oportunidades, donde el pleito a muerte redime el sin
sentido de la vida. Los había traído un día domingo, sin pensarlo mucho, al
otro día de la muerte de su compadre.
―¡Compadre!, ¡ábrame compadre que me estoy muriendo! ―Tocaron a
medianoche en su puerta.
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―¡Fue Melitón compadre!, ¡me mató Melitón! ―después el silencio
total, no tuvo el valor de abrir la puerta en la noche oscura y amenazante.
―¡Borrachera de mi compadre! Pensó.
Mataron a Padilla frente a la casa de Isabel Chavarría, se decía en el
pueblo, y cuando le preguntaron a Isabel por el asesino de su compadre,
―Isabel contestó:
―no, no oí ni vi nada, estaba dormido.
―Fue Melitón Pa’, ―interrumpió apurada Virgen, la mayor de los
Chavarría― clarito oímos a mi padrino Padilla, ¿no te acuerdas Pa’?
―Arregla las cosas que nos vamos ―dijo a su mujer; ese día sin avisar
ni explicar nada a nadie, bajó a su familia, casi huyendo entre matorrales y
brechas, entre quejas de los hijos y la pasividad de la mujer que nunca
preguntó adónde o porqué, sólo se limitó a obedecer con una pasividad
rayana en la total sumisión o en la confianza absoluta en su hombre.
Chavarría heredó de su padre el carácter decidido y una gran frialdad en
sus actos, heredó también el pelo castaño y la piel blanca que el sol
inclemente del campo curtió de un cobrizo claro, heredó sus grandes manos
fuertes y toscas, causas de admiración y terror en sus compañeros, pero
también heredo de su madre los ojos grandes pizcados de sueño y la boca
suave que parecía hecha para callar por siempre y un espíritu poético
soterrado en lo profundo de la duda y la niebla de su escasa cultura.
Chavarría admiraba a su padre y procuraba imitar su reciedumbre, su tono y
voz de mando, enraizados en su personalidad desde un lejano pasado
militar; su presencia imponía respeto, más su honestidad y don de gente le
gano el cariño de sus semejantes. Chavarría tratando de imitarlo, aprendió a
tratar a su madre Juventina Flores con un cariño “seco”, profundo pero sin
el ingrediente almibarado de la dulzura. De estatura, muy superior a la de su
progenitora, lo dominaba un perverso sentimiento de superioridad que lo
lastimaba al amarla profundamente.
El origen de Juventina no tenía grandes pretensiones; de familia humilde
y de la localidad, tenía innumerable parentela de toda ralea que de cuando
en vez pasaban a saludarla y a recordar lo viejo y olvidado de los tiempos.
De Isabel Chavarría, aventurero de origen oscuro, muy poco se podía
decir, ya que nada se sabía, si no más, que conjeturas de lo desconocido de
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su origen; sin más familia que la que lo rodeaba, los averiguadores de vidas
ajenas no encontraban la intersección que les diera la mínima pista para
ahondar en sus pesquisas, conformándose con inventar leyendas que
llenaran los vacíos de la comunidad. Lo que se murmuraba sobre el pasado
de Isabel Chavarría, cierto o falso, excitaban la imaginación popular
quitando al campesino ordinario para aureolarlo de lo extraordinario.
Un desertor de las filas del ejército villista y desertor de las filas de la
misma muerte, sobreviviente de fusilamiento y del tiro de gracia, se levantó
de entre los muertos literalmente, quitándoselos de encima y espantado a los
buitres que se negaban a abandonar el suculento banquete de despojos
humanos. Montó su fiel caballo y cabalgando atravesó el país entero como
las ratas o las serpientes, esquivando o escondiéndose de la euforia de la
muerte que en uno u otro bando aleteaba feliz, de lo que no escapó fue del
estruendo de pesadilla que noche a noche revoloteaba por su cama
atormentándolo y persiguiéndolo en el mismo sueño. Cuarenta años más
tarde murió por segunda vez de atroz pulmonía, la penosa enfermedad lo
fue acolarrando en su cama hasta no dejarlo levantar más.
Chavarría, pendenciero natural, gustaba del combate dialéctico, sabía
medir a sus oponentes que generalmente lo menospreciaban hasta advertir
que se enfrentaban a una mente creativa, capaz de generar de las
observaciones y de la nada complicados razonamientos con los cuales
embestía sin misericordia a sus adversarios. En cierta ocasión un profesor
aceptó el reto y lo que imaginó fanfarronadas de un escolástico presumido
y arrogante lo arrinconaron con tal violencia que tuvo que aceptar su
ignorancia.
El sonriente profesor ilustraba a los presente sobre la poderosa
magnificencia del astro rey, comparaba al Sol con una gigantesca y eterna
bola de fuego que de lo alto alumbraba y calentaba la Tierra, dijo suficiente
que de acercarse un poco más nuestro planeta, ardería víctima de las
poderosas lenguas de fuego del Sol.
―¡Profesor!, ¿de verdad el Sol es caliente?
―¡Mucho, mucho! No te lo imaginas, es sorprendentemente caliente. Su
luz y calor es vida ―dijo entusiasmado, derrochando conocimiento.
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―¿Si me acercara al Sol me quemaría? ―preguntó Chavarría― ¿Quiere
usted decir que las cosas que se acercan al Sol se queman?, ¿las más
alejadas seguramente se salvan? ¿No es así profesor?
―Claro, claro, nada puede estar cerca del Sol sin ser calcinado, su
temperatura es muy grande.
―¿Las montañas están más cerca del Sol?, tengo entendido que existen
montañas y pico tan altos como las nubees. ―Chavarría sonreía, había
tendido la red.
―¿Cómo lo sabes, lo has leído? ¡Sí, sí, existen montes y picos
inmensamente altos que es casi imposible llegar a la cima!
―Profesor, esos pico deben estar mucho más cerca del Sol que nuestro
pueblo que está cerca del mar ―En esta ocasión Chavarría no pregunta,
aseveraba sin poner mucha energía a lo dicho.
Profesor, ¿podría explicarnos por qué en los altos montes que usted
menciona y que están muy cerca del Sol, el frio es tan intenso que siempre
hay hielo y nieve? ―recalcaba cada palabra con la intención de que fueran
muy bien entendidas, cuando no tuvo dudas prosiguió― y aquí abajo,
pegados a la tierra y cerca del mar, donde el Sol está mucho más lejos que
arriba, el calor y los rayos del Sol son insoportables, cuando de acuerdo a lo
que usted nos ha dicho debería ser lo contrario y morirnos de frio los que
ahora nos estamos muriendo de calor.
El profesor no respondió, no supo responder, movió la cabeza
reconociendo su ignorancia, Chavarría arremetió al percatarse de la derrota
del profesor y dijo con la misma suficiencia en la sonrisa que anteriormente
el profesor empleara para dirigirse a los presentes: ―He leído que algunos
hombres de ciencia sospechaban que el sol no es realmente caliente; que si
tal cosa fuera, las montañas arderían y la luna sería la primera en
incendiarse. Los presentes comentan que ya para entonces se percibía
claramente la burla de Chavarría y su afán de evidenciar la burda ignorancia
de los profesores. ―¿Qué pueden enseñarme que yo no pueda ver? ―Se
expresaba engreído de sus posibilidades.
De Chavarría sería imposible adivinar cuando de su boca fluían verdades
a medias o mentiras enteras, podía acongojar seriamente a un profesor
cuando aseguraba sin lugar a dudas que Quetzalcoatl era un nórdico que
llegó a tierras mexicanas mucho antes que Cristóbal Colón; en un barco
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Vikingo que atravesó los siete mares. Evidentemente conocía la historia
oficial a través de los libros de texto, como muy pocos en su corta vida
académica, pero siempre aderezada de otras fuentes literarias menos serias
y de su propia cosecha imaginativa, siempre fecunda y dispuesta a
burbujear, llevando la historia y sus dicho de manera tan asombrosa y
verídica que la peor falacia sonaba límpida y cristalina.
El tigre
En cierta ocasión hizo correr el rumor de un vagabundo que fue devorado
por un tigre en los manglares de una laguna, junto a su huerta; donde narró
con lujo de detalles como el pobre tipo, harapiento y posiblemente afectado
de sus facultades mentales chillaba horriblemente cuando el felino empezó
por morderle las piernas para evitar que huyera, cuando alguien cuestionó
sobre las costumbres de estas fieras de matar a sus víctimas atrapándolas del
cuello y no de las piernas; doctamente y llenando de brillante burla los ojos,
Chavarría echó en cara la ignorancia de la gente sobre las costumbres
alimenticias de las diferentes razas de felinos que habitan los cinco
continentes. ―¡El que les rompe el cuello a sus víctimas es el tigre
africano! El tigre americano se llama jaguar y le gusta empezar por comerse
los pies, ya que el gusto de estos animales por la carne fresca es muy
grande. ―dijo ufano.
Por ese tiempo, efectivamente se supo de la desaparición de un fuereño,
uno de esos jipis andrajosos que sueñan encontrarse en su camino un
paraíso de marihuana; un viejo aseguró haberlo visto ya muy tarde rumbo al
campo, el viejo comentaba que seguramente el animal lo había atrapado.
De ser verdad que el jaguar de Chavarría empieza su comida por los pies, el
pobre hombre habría de estar en una cueva en lo profundo del monte, roído
de medio cuerpo y listo para el almuerzo de las fieras. A tal grado llegó el
rumor del ataque del felino que un conocido periodistas publicó la reseña.
“El Veraz”, famoso periódico local narró con lujo de detalles la corta
carrera del individuo, el salto del tigre sobre las espaldas del hombre
derribándolo sin compasión y como la bestia empezó por devorar las
piernas para evitar que escapará, para después ser arrastrado a una cueva en
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un bosque intransitable para humanos, allí fue comido vivo durante tres días
por los cachorros de la Jaguar, que realmente era hembra y no macho.
Puntualizó el periodista sobre los esfuerzos infructuosos de un niño por
querer rescatar de las garras del felino al pobre hombre que gritaba
terriblemente.
Chavarría se sentía capaz de ganarle a un caballo corriendo, volaba
cuando sus ágiles piernas se disparaban, en los juegos quien lo perseguía
estaba destinado al fracaso, su perfección enaltecía su ego y pensaba que
nada en el mundo le pondría límite, que había nacido para triunfar en lo que
emprendiera. El más rápido con las piernas, con los puños no existía rival,
su cabeza corría aún más de prisa que sus propias piernas, en el hoyo en que
vivía era el rey; pero, quien era capaz de intentar reinar sin más armas que
sus pretensiones en un mundo que desconocía por completo, estaba
destinado a padecer de por vida.
Piteco
Piteco, sin más pretensión que la sombra de Chavarría, tan alto como él
pero incapaz de igualarlo en nada; torpe en el andar y mirada esquiva era un
mocetón corto y altivo. Proveniente de una familia emigrada del Centro de
la República, ante los continuos viajes a la ciudad capital su mundo real era
más amplio que el de cualquier muchacho del pueblo, conocía la televisión,
el tranvía y la Torre Latinoamericana; pero no sabía viajar con el
pensamiento; lo real, era lo único que tenía por cierto; él conocía la gran
ciudad de México, la había mirado, palpado y respirado y así la recordaba,
jamás tendría la capacidad de imaginar, de recrear en su mente lo que no
conocía, necesitaba de la herramienta de sus sentidos para moldearlas en su
pensamiento, su mundo se ampliaba hasta donde su mirada alcanzaba, rasgo
peculiar en una raza de trashumantes como la suya, en cuya descendencia se
adivinaban la herencia inmarcesibles de los gitanos. La gente de pueblo
especialista en detectar lo extraño y desconocido, desde la llegada de la
pareja que dio origen a su parentela la llamaron “Los Húngaros”.
Su madre Panchita, descomunal mujer que continuamente ponía en
aprietos al marido al lograr imponer su tremenda fortaleza y agrio carácter,
era la ferocidad encarnada en más de ciento cincuenta kilos de maciza carne
y un galillo suficiente para hacerse oír en todo el pueblo cuando llamaba a
grito pelado a sus críos. Todas las matronas de la región desde su llegada la
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reconocieron como su líder y acudían a ella para solucionar conflictos y en
ocasiones para sosegar maridos pendencieros; de oficio prestamista y
carácter de los mil diablos, nadie absolutamente nadie quería tener la
mínima querella con semejante mujer.
Othón Pineda Gallo, el pobre desgraciado que tenía la suerte de
compartir con los hijos el maltrato y los gritos de Panchita, era sólo débil y
agachado frente a la mujer; para convivir y procrear con tan exuberante
compendio de muslos, brazos y palabrotas era necesario tener bien puesto
los pantalones y un carácter medido y taimado para evitar caer fulminado de
un batacazo que lo postrara por días en la cama. De oficio cantinero era uno
de los hombres más informados e influyentes del pueblo, se murmuraba que
compartía la ocupación de servir copas con la de servir al gobierno
proveyéndolos de información de todo tipo; relación que mantuvo durante
toda su vida, incluso durante los años setenta en que la guerrilla ajusticiaba
informantes.
De esa habilidad para escuchar e hilvanar las cosas que pareciera no
tienen importancia nació una de las tragedias más sonadas en la región.
Contaban que a cosa de seis o siete años, allá por el cincuenta y siete
Teódulo Gonzáles, ministro de Jehová, se encontraba rindiendo culto
dominical en el templo que para tales ocasiones se había instalado en su
vivienda, en las faldas del Cerro de la Campana, precisamente atrás del
pueblo, junto a una explanada que los muchachos usaban para practicar
fútbol y que desafortunadamente el Teniente Malacara Lacunza también
decidió que era el lugar ideal para que los conscriptos realizarán su
entrenamiento militar.
Malacara que era poco dado a respetar los cultos religiosos instaló a sus
muchachos muy cerca del templo; quienes de inmediato empezaron a
burlarse de los cánticos y las alabanzas de los congregados; al punto que
provocaron el disgusto de los testigos de Jehová, llamándoles la atención
Teódulo Gonzáles, quien dirigiéndose al Teniente le pidió cesaran las
burlas; el Teniente por parecerle ridículas las alabanzas y sus formas o bien
porque no encontró falta alguna en que sus muchachos se divirtieran a costa
de la comunidad religiosa no fue enérgico al llamar a los conscriptos al
orden. Por segunda vez el ministro pide al Teniente Malacara respeto y en
la tercera ocasión fue lo bastante brusco en su solicitud; tanto que el
Teniente se enfadó y le respondió con bastante burla en los ojos y en la
boca, que los muchachos no eran sus hijos, que el viera lo que hacía.
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Cuando Teódulo Gonzáles volvió por cuarta ocasión, traía fajada una súper
al cinto, que por llegar hasta allí la raya de Malacara no advirtió, ni él ni
ningún conscripto. Malacara no alcanzó a pintar ese gesto de
condescendencia que tenía preparado para cuando se presentara nuevamente
el ministro; la muerte se encargó de pintarle en el rostro ese gesto de azoro
e incredulidad de los que no saben que se van a morir o se están muriendo.
De los nueve tiros sólo uno reboto de una piedra incrustándose en la corteza
de una parota que los guarecía del inclemente sol; los ocho restante
destrozaron el pecho del Teniente Malacara quedando muerto al instante.
Teódulo Gonzáles huyó atravesando el cerro y ocultándose en casa de su
amigo Marcos Balanzar, tal fue la impresión del homicida que enfermó de
fiebre y diarrea, acudiendo Galdino Guinto, el único médico del pueblo
quien con sigilo logró devolverle el alma al cuerpo y dejarlo listo para irse
lejos, tan lejos donde no pudiera encontrarse nunca jamás un soldado.
Antes del éxodo Marcos Balanzar, “Marquitos”, como lo llamaba la
gente, vestido de inmaculada manta y su español apenas comprensible pidió
un trago a Othón Pineda Gallo, quien se solazó por adelantado de las buenas
ganancias que siempre le dejaba tan buen cliente.
―Solo vengó por una o dos copitas. Se apuraba a decir Marquitos,
mientras Othón se apresuraba a servirle la siguiente; cuando Marquitos
había perdido la cuenta de las copas servidas; apenas sosteniéndose y
echando al aire un gritito que se le antojaba un falsete digno del mejor
charro cantor; se oyó el profundo rugido de un león de circo.
Marquitos, inaudible con su mal español masculló: ―En mi casa tengo
guardado uno más bravo.
Apenas amanecía los soldados imperiosamente pedían a Marcos Balanzar
y su familia salieran inmediatamente de su casa; nomás lo hubiera hecho,
atronaron las descargas destrozando por completo la vivienda; más de mil
balas dispararon los soldados derribando la rústica vivienda y matando a
Teódulo González que a esas alturas ya era conocido como el “el león
mata tenientes”.
El respeto a la vida de Marcos Balanzar y familia, dicen fue el acuerdo de
Othón Pineda Gallo con las autoridades militares ―Era un excelente
cliente, hubiera sido una lástima que lo mataran. Lo comentaría
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socarronamente, muchos años después del suceso a un amigo de toda la
confianza.
Piteco odiaba el oficio de su padre, a su madre le temía como le temían
todos, terribles palizas le aconsejaban alejarse de ella; a la mujer tampoco le
importaba tener a sus críos siempre en la mira ―Ya están grandecitos para
que se procuren solos. Decía desenfadada. Y efectivamente en muy pocos
años todos se marcharían. Pero Piteco siempre, siempre se quedaría.
La luz cegadora de Chavarría lo deslumbraba; era cuestión de tiempo, de
esperar los momentos de la vida, él estaría cerca de
Chavarría,
emprenderían los caminos juntos, pelearían hombro a hombro por lo que les
correspondía en este mundo.
El cruzado
Un acontecimiento narra a la perfección el espíritu burlón anidado en
Chavarría. Un pequeño hombre, enjuto, que se diría celebraba ayunos con
exigente comedimiento; juraba haber escapado de las garras del mismo
demonio ―¡por un pelito así!―, decía, cerrando el índice y pulgar a la
altura de los ojos exagerada y teatralmente ―pero por ser flacucho y
pequeño soy muy correlón, y que me le voy por piernas; sentía su vaho
quemándome la nuca y diciéndome con voz horrible, ¡Rosendo ya eres mío,
no te resistas!. ¡Obra de Dios que quiso salvarme!, que me voy topando con
la Santa Cruz que está a medio camino, entre el callejón oscuro donde se
me apareció el malo y la escuela; allí frenó echando chispas de sus pesuñas,
hundiéndose en la tierra, rascando como los armadillos y bufando como los
toros.
El hombre que decía haber escapado de las garras del mismo Satanás,
probablemente ignoraba que muy pocos en la historia del mundo tenían el
privilegio de haberlo burlado; pero algo debe haber intuido que desde tan
escalofriante fecha traía consigo una cruz azul cielo de poco más de un
metro de altura; lo del color azul cielo, manifestaba sonriendo, se debía a
que es el color preferido de San Miguelito (quien a su entender, ya una vez
mandó al diablo con la cola entre las patas al mismito infierno); pues de ese
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color estaba pintado en la iglesia, teniendo un pie sobre el pecho del malo y
la espada flamígera en lo alto pendía amenazante del sagrado puño.
Pues bien, Chavarría tiene la ocurrencia de desarmar al pobre hombre,
quien confiando en el poder y color del sagrado símbolo regresaba a su casa
a deshoras de la noche. Trazando un plan tan simple como idiota lo
emboscaron en una bocacalle, tres jovenzuelos cubiertos de frazadas rojas
como verdaderos fantasmas de la noche. Como podemos adivinar dos de
ellos son Chavarría y Piteco, el tercero, un muchachito deseoso de aventura.
Y efectivamente, cuánta razón tenía el hombrecillo al manifestar que por
flacucho y pequeño era muy ágil. Saltándole al paso los rufianes quisieron
prenderle; pero dueño de pasmosa agilidad saltó hacía atrás con la celeste
cruz enhiesta, al tiempo que daba desaforadas voces ―¡Ajajá!, ¡a falta de
uno tres!,¡ atrás ángeles en desgracia!, ¡seguro los envía Satanás furioso
ante el poder de Dios y la cruz!, ¡atrás!, ¡atrás!, ¡el señor está conmigo!
―Recitaba aconsejado por el cura, quien lo había exhortado a mantener la
calma si volvía a vérselas con el mal: ―Mira hijo mío, el poder que
sostienes entre tus manos es invencible y glorioso―. Le había dicho
santiguándose ante la cruz de Rosendo. Ello le había dado una seguridad de
Cruzado. Blandía la cruz amenazador en las narices de los muchachos que
lo rodeaban entre amagues y fintas; quiso la mala surte (de Piteco sobre
todo) que de manera súpita el cruzado diera tremendo salto para su edad,
descargando la cruz en la cabeza del muchacho; causándole un daño que lo
hizo rodar por el piso con la cabeza partida y sangrando. Pero si la cabeza
de Piteco se partió, la cruz azul cielo, quedó desarmada en dos indefensos
maderos; el pobre hombre perdió toda la seguridad que lo blindaba y la
desconcertante agilidad de mono de la que hacía gala; resignado levantó los
brazos al cielo y musitó:―Estoy en tus manos Señor, mientras era tundido
por los mozalbetes que querían curar el honor mancillado de Piteco, quien
sacó ocho puntadas en la cabeza de la puntada de esa noche.
El hombre de la cruz amaneció algo magullado, pero pregonando entre
alabanzas al Señor, la buena nueva de haber escapado por segunda ocasión
de las huestes infernales; se armó de nueva cuenta de una mayor y robusta
cruz que partiría con facilidad los cráneos de cuanto demonio se aventurara
a meterse con él; jurando por los cielos que ante tanto éxito, ahora
arremetería de propia iniciativa en busca de diablos que a veces vagan por
las calles de nuestro Señor. Y efectivamente a partir de esa fecha al hombre
de la cruz celeste se le veía en cuanto lugar la manifestación del mal dejará
su apestoso olor a azufre. Cuando una familia de campesinos le pidió ayuda
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para deshacerse de un grupo de chaneques que rondaban por el rumbo
causando estropicios; el hombre de la cruz respondió sabiamente que su
pleito era exclusivo con los demonios, que cuando uno de ellos les causara
problemas que le avisaran, que él se encargaría.
El suceso dio para buen rato de chascarrillo entre la plebe juvenil, siendo
Piteco la víctima de cuanta burla se gestó por esos días, incluso cuando la
huella del tremendo golpe sólo fue un vago recuerdo en el cuero cabelludo
no faltaba algún gracioso con buena memoria que le amargara el día.
Por esos días un personaje irrumpió en la cotidianidad del pueblo,
Chavarría supo por ahí que le llamaban “el Cachas de Oro”. ―Un rufián,
decía su padre―, en tono desconfiado ―nada bueno ha de traernos. Por ahí
también se contaban historias de retos y duelos a muerte y una leyenda de
invulnerabilidad ―Ha matado a muchos, pero de frente, decían sus
apologistas, ―sólo es un criminal decía su padre.
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