capítulo cuatro - Revista Académica para el Estudio de las Religiones

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C A P Í T U L O CU A T R O
TE R R O R I S M O ,
FUNDAMENTALISMO Y GLOBALIZACIÓN :
EL ATENTADO CONTRA EL
W O R L D TR A D E CE N T E R
Y LOS R I E S G O S P A R A L O S D E R E C H O S H U M A N O S
Dr. Dionisio Llamazares Fernández
ABSTRACT
There are new risks to globalized human rights in the post
9/11 world. In the aftermath of the terrorist attacks to the
World Trade Center, worrying political and cultural trends begin
to emerge. They are subtle threats to ideological pluralism and
to key historical conquests of the Western world such as the
separation between Church and State. Two of the most omi nous threats are the resurgence of religious-based nationalisms
and a manifest lack of independence of Western mass media
from economic and political powers.
INTRODUCCIÓN:
UNA LECTURA INICIAL DE LOS ACONTECIMIENTOS
Los sucesos del 11 de septiembre del 2001 han marcado, no una ralentización, ni siquiera un punto de inflexión, sino un auténtico giro de
ciento ochenta grados en la orientación que había venido alentando a
la historia, desde la época de la Ilustración hasta nuestros días.
En el escenario inmediato al ataque a las torres gemelas se apuesta
por la seguridad frente a la libertad, se rearman las instituciones religiosas
frente al proceso de secularización, se reconfiguran las corrientes que
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impulsan la confesionalidad plural frente a la laicidad, y las del militarismo frente a la primacía de la sociedad civil. Mientras tanto, los
principios mismos que sustentan la doctrina de los derechos humanos están entrando en una aguda crisis.
Hoy, la meta del pensamiento único ha dejado de ser una mera
hipótesis para convertirse en aterradora realidad. De un modo solapado, pero, no por ello, menos real.
Un fundamentalismo está tras la barbarie del derrumbe de las torres
gemelas de Nueva York. A éste se está respondiendo con un fundamentalismo de signo diferente, pero fundamentalismo, al fin y a la postre.
Terrorismo, fundamentalismo y globalización están formando un
fatídico triángulo que amenaza con arrastrarnos a una dinámica interminable e infernal, nutrida por la violencia.
La causa no son las creencias religiosas en cuanto tales; esa causa
hay que verla más bien en el dogmatismo excluyente y sectario.
En Occidente creíamos haber superado definitivamente las
guerras de religión, las inquisiciones y el absurdo dogmatismo que
las generó y las mantuvo.
Pero no es verdad que la historia no se repita. Lo que está aconteciendo en el mundo occidental es una buena prueba de ello. Los
acontecimientos singulares serán distintos, distintos el contexto y las
formas de manifestación, pero el monstruo es el mismo: el dogmatismo religioso. En el caso presente, el factor desencadenante, de hecho,
ha sido el fundamentalismo islámico.
Con ser esta afirmación verdad, no es toda la verdad, porque a
ese factor habría que añadir otro: la desesperación nacida de la permanente injusticia. Sólo esa desesperación puede explicar la reiteración de los atentados suicidas y el desprecio por la vida propia y de
los otros que tan sobrecogedoramente se dan la mano en los atentados de Nueva York. Fundamentalismo religioso, unido a una percepción angustiosa y desesperanzada de la injusticia dan siempre ese
resultado: la persona pierde su dignidad y la vida todo valor. La doctrina de los derechos humanos, tan laboriosa y tan difícilmente conquistada, se convierte en literatura de ficción.
TERRORISMO Y GLOBALIZACIÓN: LOS DERECHOS HUMANOS
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Nadie ni nada están al resguardo de este tipo de atentados, la seguridad jurídica se convierte así en el valor supremo a defender, aunque
para ello haya que sacrificar el valor libertad. De ahí la potenciación del
militarismo. Estamos en el zaguán de la dictadura.
Porque la reacción está siendo del mismo signo. No deja de ser
sintomática la celebración, en los días inmediatos a los atentados, de
actos religiosos, de carácter pluriconfesional, en torno a, o con presencia protagonista de la suprema autoridad política del correspondiente Estado, incluso en la laica Francia.
Pero no es eso lo más preocupante. Lo más grave es la cerrada
unanimidad con la que se ha producido el seguidismo ciego de la reacción que impulsaba y protagonizaba Estados Unidos.
Se ha atacado a Afganistán, poniendo en entredicho su soberanía.
No se han aportado públicamente pruebas de que el gobierno del
Talibán esté implicado en los atentados, pero todos aplauden.
Se ha bombardeado incesantemente, no se tiene información de
lo que realmente está sucediendo; no se sabe, ya que se administra
cuidadosamente la información —aunque se sabe que existen víctimas civiles—, pero todos aplauden.
Lo que justificaba la guerra y la invasión a Afganistán era buscar
al supuesto inspirador, instigador y organizador de los atentados, pero
termina la invasión, cae el régimen talibán y nada se sabe de Osama bin
Laden. No por ello se revisa críticamente lo hecho.
Se crean tribunales militares para juzgar a los supuestos terroristas
a los que se interna, después de un traslado inhumano, en la base de
Guantánamo, sometiéndoles a unas condiciones que ni siquiera respetan las leyes aplicables a los prisioneros de guerra. Y cuando surgen
tímidamente en Europa las primera voces críticas, la gran concesión
del presidente George W. Bush es que se va a distinguir entre los prisioneros de guerra y los terroristas. Parece ser que estos últimos no son
personas ni tienen derechos humanos. Por lo visto, se les someterá, no
a un tribunal civil, sino a tribunales militares.
La dinámica informativa de Estados Unidos, sustentada sobre la base
de un cuasireligioso sentido nacional, por lo que sabemos, está generando —seguramente porque la semilla cae en terreno abonado—, una reac-
70
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ción popular de solidaridad nacional excluyente del heterodoxo, incluido
todo el que no muestra suficiente entusiasmo en esa actitud excluyente.
Es común la afirmación de que la población de Estados Unidos
es profundamente religiosa. El pluralismo real, ya que no existen mayorías como en Europa, ha sido su vacuna frente al dogmatismo excluyente y terreno propicio para que germinara más tempranamente que
en Europa la semilla de la libertad religiosa (recuérdese al Mayflower o
las colonias de Maryland y de Rhode Island) 1 y la consolidación constitucional de la separación entre Iglesia y Estado (1791). Este fenómeno no deja de ser una paradoja admirable en una sociedad de vivencias
religiosas, a la par tan arraigadas y tan a flor de piel.
Ese sentimiento de autodefensa que se está convirtiendo en el
elemento más fuerte de cohesión del pluralismo, amenaza con transformar en nueva religión civil a la pluriconfesionalidad, poniendo en
cuestión algunos de esos pasos que todos considerábamos definitivamente consolidados. “El que no está conmigo está contra mí” y
hay que dudar y sospechar de quienes piensan de manera distinta o
tienen creencias diferentes a menos que se unzan al carro de la autodefensa como valor fundamental.
Mucho me temo que, tarde o temprano, surgirá una lectura, emuladora de los retratos bíblicos, que muestre a Estados Unidos como el
nuevo pueblo escogido, con el que Dios ha establecido una nueva
alianza, a cambio de que se convierta en defensor de la fe en Él. No
corren buenos vientos para el ateísmo, ni para el agnosticismo, ni para
forma alguna de indiferentismo. Seguimos sin rebasar a Locke.
DERECHOS HUMANOS Y GLOBALIZACIÓN: UNA MIRADA RETROSPECTIVA
Evidentemente esta lectura de los hechos es perfectamente posible.
Pero no es la única viable. Seguramente son certeras las señales de alarma que se han hecho sonar. No hay ninguna duda sobre la realidad de
la amenaza que suponen hechos como el atentado al World Trade
Center, el 11 de septiembre, para muchos de los valores sustanciales
1
KAMEN, H., Nacimiento y desarrollo de la tolerancia en la Europa moderna, Alianza Editorial,
Madrid, 1987, pp. 175 ss.
TERRORISMO Y GLOBALIZACIÓN: LOS DERECHOS HUMANOS
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definidores de la civilización occidental, entre ellos la secularización y
la laicidad como muestras de la liberación y de la independencia de la
sociedad civil, con respecto a las instituciones religiosas. Otra cosa bien
distinta es lo que esa lectura tiene de alarmista y cuasi apocalíptica.
La historia es susceptible también de una lectura más optimista. La
historia además no empieza ayer. Ni siquiera la microhistoria de Occidente.
Todavía nos falta perspectiva. No tenemos la suficiente lejanía
para sacar tales conclusiones con una mínima garantía de acierto.
Recordemos lo que ha ocurrido en el pasado de esa microhistoria. Consideremos el pasado más inmediato, por ejemplo. La apuesta
más decidida en pro de los derechos humanos con su universalización,
una de las primeras manifestaciones de la globalización moderna, tuvo
lugar a renglón seguido de la explosión de las primeras bombas atómicas y de la adquisición, por parte de la humanidad, de la conciencia
de su capacidad para la autodestrucción.
Si buceamos desde más atrás, las razones —para no precipitarnos en
la formulación de esas evaluaciones ni ser tan pesimistas— se acrecientan.
Ni el pensamiento único como meta (globalización), ni sus ingredientes: el dogmatismo y la exclusión del disidente (fundamentalismo),
ni la violencia indiscriminada, amamantada por una fe religiosa, como
formas de eliminación del disidente, son algo nuevo. Puede haber cambiado la forma de presentación o las dosis de cada una de ellas en la
combinación, pero, sustancialmente, el cóctel sigue siendo el mismo.
La microhistoria occidental es buena muestra de lo que digo 2 .
LA UNIFORMIDAD DEL PENSAMIENTO COMO IDEAL EN LA EUROPA MEDIEVAL
Recordemos que durante muchos siglos el ideal perseguido por la christianitas fue el de la reductio ad unum: unidad política que garantizaba el
imperio, unidad religiosa que garantizaba el papado y unidad políticoreligiosa que garantizaba la supremacía de uno sobre otro: del emperador sobre el papa, incluso en asuntos eclesiales (tradición carolingia), o
del papa sobre el emperador, incluso en asuntos temporales (tradición
2
Para una lectura de la historia desde esta perspectiva véase: LLAMAZARES, D., Derecho
de la libertad de conciencia. I Libertad de conciencia y laicidad, Civitas, Madrid, 1997, pp. 41-112.
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carolingia invertida) 3. La vivencia de ese ideal explica la función que
imperio y papado se atribuían el uno al otro y las tensiones entre
ellos: función religiosa del imperio, según el papa, y función política
de la Iglesia, según el emperador.
LA INSTITUCIONALIZACIÓN DE LA VIOLENCIA
POR LA CRISTIANDAD OCCIDENTAL
La violencia institucionalizada 4 es el instrumento para la eliminación
del disidente, con castigos que van desde la exclusión de cargos
públicos, la confiscación de bienes, el confinamiento o el destierro,
la declaración de fuera de ley y pieza de caza libre (bannitio y diffidatio) o la muerte en la hoguera: la pena espiritual de la excomunión se
traduce en la muerte física.
Esa violencia no se dirige tan sólo contra los disidentes de dentro
(herejes), sino también contra los infieles. Contra los primeros por haber
abandonado, en todo caso culpablemente, el bien de la fe, como castigo
y para obligarles a volver al camino de salvación aunque fuera violentamente, ya que esa era una obligación ineludible de la Iglesia, dado el principio extra ecclesia nulla salus 5. Contra los segundos, para obligarles a escuchar la palabra de Dios, aunque, eso sí, respetando su libertad para la
conversión. La institucionalización de la violencia contra los primeros se
tradujo en la Inquisición. Contra los segundos, en las Cruzadas.
EL SURGIMIENTO DEL PLURALISMO RELIGIOSO
Ese ideal se comienza a resquebrajar en el siglo catorce, especialmente en su segunda mitad (lucha de Bonifacio VIII con Felipe IV de
Francia, cisma de Occidente, y Concilio de Constanza). Como conse3
4
5
Sobre estas expresiones: LADNER, “The conceps of ecclesia” and “Christianitas” and
their relation to the idea of papal “plenitudo potestatis” from Gregory VII to Boniface
VIII”, en Sacerdocio e regno da Gregorio VII a Bonifacio VIII, MHP, Roma, 1954.
Sobre lo que sigue CASTILLO LARA, R., Coacción eclesiástica y Sacro Romano
Imperio,Turín, 1965.
Esta idea en CONDORELLI, M., I fondamenti giuridici della tolleranza reliniosa nell’elaborazione canonistica dei secoli XII-XIV, Giuffrè, Milano, 1960, pp. 26 ss.
TERRORISMO Y GLOBALIZACIÓN: LOS DERECHOS HUMANOS
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cuencia, se debilitan esas dos instituciones, papado e imperio, al tiempo que se afirman con fuerza los reinos. El imperio se queda casi sólo
en un mero nombre, al perder su carácter de súper-reino, socavado por
las doctrinas canónicas pro pontificias, al despojarle de toda función
política, reduciéndole a un papel ancilar, estrictamente religioso.
Se rompe así la unidad política y el correspondiente ideal: la unidad del imperio es sustituida por la pluralidad de reinos.
La debilidad del papado, por su parte, prepara y facilita la ruptura
de la unidad religiosa y el triunfo de la reforma de Lutero. El resultado: la unidad religiosa es sustituida por el pluralismo religioso.
Lo que no se abandona, sin embargo, es el ideal de la unidad
político-religiosa (pensamiento único), sólo se traslada de sede. En
adelante, esa sede no será ya la cristiandad universal ni el imperio,
sino cada reino: las fórmulas cuius regio eius religio (alemana) y una fe,
una ley, un rey (francesa) son elocuente muestra de ello.
EL NACIMIENTO DE LA LIBERTAD DE CREENCIAS Y EL ESTADO LAICO
Es en ese contexto donde, bien que con características muy diferentes,
van aflorando de entre los rescoldos de guerras civiles, persecuciones
religiosas y guerras de religión entre Estados, tímidamente primero,
con creciente vigor después, dos ideas claves: la de la libertad religiosa
como superación de la mera tolerancia, y la de la separación entre la
Iglesia y el Estado como conditio sine qua non de esa libertad. Aun con
todo, hay que decirlo, tuvo más fortuna la primera que la segunda.
No existe, pues, la libertad de pensamiento, pero sí libertad religiosa
de la cual, en todo caso quedan excluidos los ateos.
Para ese momento de la historia el poder político se ha independizado del papado, pero no del poder religioso, en la medida en que,
tanto él como su derecho, tienen en Dios el fundamento de su legitimidad y la filosofía o la ciencia siguen subordinadas, a la sagrada escritura la primera, y a la teología (ancilla theologiae) la segunda.
El período de la Ilustración rompería después esos diques de contención y a la par que recoge en sus cauces las tendencias de pluralismo que vienen del pasado más próximo, pone en marcha un profundo
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proceso de secularización 6 del Estado y de la sociedad civil en los países europeos del área católica, al que va a corresponder otro de signo
inverso de des-secularización de las iglesias en los países del área
protestante. Motor de ese proceso en ambos casos serán la libertad
religiosa y la libertad de pensamiento, individual y colectiva. El pluralismo aparece como el gran protagonista de la nueva época,
arrancándoselo a la unidad.
Ése será el largo proceso descrito por Europa, no sin vaivenes
y zigzagueos, a lo largo del siglo XIX y primera parte del XX.
El Estado (personificado en el rey) se había arrogado la competencia
para decidir cuál era la religión verdadera que, por ello, imponía como
obligatoria a sus súbditos. Abandonaría luego esa pretensión, sustituyéndola por la de decidir qué era verdadera religión y qué no (religiones reconocidas y no reconocidas —pluriconfesionalidad—, o entre religión oficial y religiones toleradas (confesionalidad histórico-sociológica); y,
finalmente, ya en pleno siglo pasado se conformaría con aceptar,
sobre la base de la presunción de buena fe, el criterio de la autocalificación 7 , renunciando a cualquier competencia sobre el tema (laicidad) 8.
EL SIGLO XX: DESARROLLO SIMULTÁNEO DE LA GLOBALIZACIÓN
Y LOS DERECHOS HUMANOS
A partir de la Segunda Guerra Mundial, se inaugura una nueva época:
emergen los primeros síntomas de la globalización. El ideal de la reductio ad unum reaparece y una de las primeras expresiones positivas es el
movimiento pro derechos humanos y su universalización por la Decla6
7
8
Sobre ese proceso: RÉMOND, R., Religion et societé en Europe, Seuil, París, 1998, pp.171
ss.; Ed. LLAMAZARES, D., Estado y Religión. Proceso de secularización y Laicidad. Homenaje
a Don Fernando de los Ríos, Universidad Carlos III, BOE, Madrid, 2001.
Una descripción de esta evolución más completa en LLAMAZARES, D., “Libertad de
conciencia, laicidad y tradiciones comunes en los países miembros de la Unión
Europea”, en Laicidad en España. Estado de la cuestión a principios del siglo XXI. Primer encuentro nacional por la laicidad, Motril, 2001, pp. 78-101.
Sobre la laicidad cfr. BARBIER, M., La Laïcité, Harmattan, París, 1995; LAGERON, P.,
Liberté de conscience des agentes publics et Laïcité,Economica. Presse Universitaires d’AixMarseille,1986; LLAMAZARES, D., Derecho de la libertad de conciencia, I, cit., pp. 104-108;
del mismo, A vueltas con la laicidad, en Estudios jurídicos. En homenaje al profesor Vidal
Guitarte, Tomo II, Servicio de Publicaciones de la Diputación de Castellón, Castellón, pp.
489-496.
TERRORISMO Y GLOBALIZACIÓN: LOS DERECHOS HUMANOS
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ración Universal de los Derechos Humanos de las Naciones Unidas, y
por su formalización jurídica vinculante, con posibilidades de control
jurisdiccional, en los pactos internacionales de derechos civiles y políticos (de inspiración liberal), por un lado, y de derechos económicos, culturales y sociales (de inspiración socialista), de otro. Continúa siendo
una asignatura pendiente conseguir consensuadamente una concepción
común universalmente compartida de esos derechos. Pero el proceso y
la dinámica globalizadora correspondiente ya están en marcha.
UNA LECTURA HEGELIANA DE LA MICROHISTORIA DE OCCIDENTE
Probablemente no sería un disparate si hiciéramos una lectura hegeliana
de toda esta historia de la civilización occidental. Decir que su tesis está
constituida por el ideal de la reductio ad unum, entendida la unidad como
uniformidad, con exclusión de la libertad y de la pluralidad. La antítesis,
por su parte, consiste en la irrupción arrolladora de ambas —libertad y
pluralidad— como contradicción con la uniformidad. La síntesis superadora es el intento de aunar pluralidad y unidad sin uniformidad.
Pero la globalización no ha traído tan sólo la puesta en marcha de
ese movimiento liberador de la dignidad de la persona humana que
entraña la universalización de los derechos humanos y la vivencia de la
solidaridad correspondiente. También arrastra en su seno la dinámica
hacia la unidad del poder y del pensamiento único. De allí la febril pretensión de presencia en toda esa dinámica de unificación de los poderes religiosos. De allí el choque entre culturas globales diferentes. De
allí los nuevos fundamentalismos. No sólo el islámico, sino también el
cristiano que se encrespa como respuesta. Se repite la dialéctica medieval entre Cruzadas cristianas y Guerra Santa islámica.
Pero no hay que dejarse arrastrar por lo que acaso sea anecdótico, pues es transitorio. Ni el nazismo ni las diversas manifestaciones
del fascismo o de la dictadura comunista fueron capaces de invertir
el proceso liberador que partió de la Ilustración. Cruel y bárbaro
paréntesis, pero paréntesis al fin, que operó luego, seguramente por
reacción, como factor desencadenante del proceso promotor y universalizador de la doctrina de los derechos humanos.
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REVISTA ACADÉMICA PARA EL ESTUDIO DE LAS RELIGIONES
EL EFECTO DE LOS MEDIOS MASIVOS DE COMUNICACIÓN
PARA UNIFORMAR LA OPINIÓN PÚBLICA
El verdadero peligro no está tanto en las formas de reacción que está
provocando el atentado contra las torres gemelas de Nueva York, aun
siendo éstas gravemente preocupantes, sino en algo que explica la sorprendente unanimidad con la que se aplauden dichas reacciones, a ciegas y acríticamente, por los mismos que hasta la tarde anterior habían
venido condenando acciones similares (en España recibieron el calificativo de “guerra sucia” o “terrorismo de Estado”) contra otras formas de terrorismo, como incompatibles con la ética mínima que debía
exigirse a los poderes públicos democráticos en un estado de derecho.
Ese factor no es otro que la información 9, la cual se constituye en
un poder absoluto cuando está centralizada. La administración de noticias y silencios explican esas unanimidades.
Han sido los nuevos medios técnicos de comunicación los que
han funcionando como principal factor desencadenante de la globalización. Ellos hacen posible que cualquier acaecimiento en el rincón
más apartado del globo se conozca y se viva en tiempo real. Pero,
simultáneamente, ponen en manos de quien los controla el poder más
absoluto que se ha conocido. La amenaza de una dictadura de las conciencias ha dejado de ser mera utopía, ya que el derecho humano más
sagrado, el derecho a la libre formación de la conciencia, puede ser
anulado con sólo administrar adecuadamente la información.
POLÍTICA, RELIGIÓN Y TECNOLOGÍA INFORMATIVA
Ese peligro se acrecienta si tenemos en cuenta que las nuevas tecnologías de medios de comunicación, están abriendo brecha para que la
información invada ámbitos, tan delicados desde ese punto de vista,
como la educación, dada la fragilidad y propensión a la maleabilidad
de la conciencia del niño.
9
Sobre el derecho a la información cfr. LLAMAZARES CALZADILLA, M.C., Las
libertades de expresión e información como garantía del pluralismo democrático, Civitas, Madrid,
1999; RODRIGUEZ GARCÍA, J.A., El control de los medios de comunicación, Dykinson,
Madrid, 1998.
TERRORISMO Y GLOBALIZACIÓN: LOS DERECHOS HUMANOS
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Allí es precisamente donde se está desatando la batalla entre los
poderes tradicionales (económico, político y religioso) por alcanzar
esa dominación, con el riesgo de una alianza que convierta ese poder
en un poder sin rostro capaz de anular la libertad, en una especie de
eutanasia dulce en la que la persona se deja maniatar, conservando
la ilusión de seguir siendo libre.
No es nada sorprendente que esos mismos medios estén contribuyendo, eficazmente por cierto, a la creación de una especie de pánico social 10 ante los nuevos movimientos religiosos, que no se corresponde con el peligro real que representan para el derecho de libertad
de conciencia de los ciudadanos o para el Estado, si tenemos en cuenta los distintos informes 11 elaborados sobre ellos e, incluso, la escasez
relativa de sentencias condenatorias.
Lo verdaderamente sorprendente es que la mayor parte de esos
movimientos son portadores de menos elementos de riesgo que las religiones tradicionales. En muchos de ellos, en efecto, no tienen presencia
alguna ciertas características de las religiones tradicionales que, de un
modo u otro han terminado siendo utilizadas como fuente o factor de
violencia: la centralidad de la divinidad, el monoteísmo, el dogmatismo,
el proselitismo, la reticencia frente a la doctrina de los derechos humanos, la cercanía al poder político, la revelación como suprema fuente del
saber, la institucionalización y la jerarquización, entre otras.
Por otro lado, curiosamente, los nuevos movimientos religiosos
más peligrosos son aquellos que han llevado al extremo alguna de esas
características propias de las religiones tradicionales: líder carismático
con la revelación, explicada de una u otra forma como fuente de esa
energía carismática; institucionalización con vigorosa jerarquización
centralizada, etcétera.
10
11
INTROVIGNE, M., “¿Quién tiene miedo de las minorías religiosas?. El pánico
“moral”como concepto social”, en Conciencia y Libertad, n. 12, 2000, pp. 16 ss.
Ibídem, pp. 19-20; a título de ejemplo el alemán, cfr. ZABALZA, I., “Comentarios acerca de los trabajos de la Comisión Parlamentaria Alemana sobre las denominadas “sectas y psicogrupos””, en Laicidad y Libertades, n. 1, 2001, pp. 445 y ss.
78
REVISTA ACADÉMICA PARA EL ESTUDIO DE LAS RELIGIONES
CONCLUSIONES
El principal riesgo para los derechos humanos está realmente en el
rearme de las religiones tradicionales, volviendo a las andadas, con evidente proclividad hacia alguna clase de fundamentalismo. Riesgo que
se acrecentará en la medida en que se produzca la alianza, que puede
adoptar formas muy diversas, camufladas muchas veces, con los otros
poderes (político y económico) en el campo de la información.
Lo ocurrido del 11 de septiembre de 2001 a la fecha está diciéndonos a voces cuál ha de ser la tarea más perentoria que deben acometer afanosamente y con urgencia las sociedades democráticas si no quieren que se derrumben las torres gemelas de la democracia, el derecho de
libertad de conciencia, raíz y fundamento de todos los demás derechos
humanos, y la laicidad del Estado, único contexto en que es posible su
plenitud: las sociedades democráticas, necesitan entregarse de lleno a la
búsqueda y articulación de un sistema de control eficaz de los medios
de comunicación. Las sociedades democráticas, esto es, con exclusión
explícita de esos tres poderes: el económico, el político y el religioso.
≈
El autor, Dionisio Llamazares Fernández, es catedrático de Derecho Eclesiástico del
Estado en la Facultad de Derecho de la Universidad Complutense de Madrid. Es doctor
en Derecho por la Universidad de Oviedo, con estancias en las Universidades de
München y Estrasburgo. Durante 1991-1993 ocupó el cargo de director general de
Asuntos Religiosos del Ministerio de Justicia de España. Actualmente es director de la
revista Laicidad y Libertades, y presidente de la Sección jurídica de la Sociedad
Española de Ciencias de la Religión. De entre sus muchas publicaciones destacan las
monografías Derecho de la Libertad de Conciencia I y II y Libertad de Conciencia y
Laicidad, (Civitas, Madrid, 1997 y 1999).
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