capítulo ii la evaluación del aprendizaje

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Universidad Nacional Abierta
Dirección de Investigaciones y Postgrado
CAPÍTULO II
LA EVALUACIÓN DEL
APRENDIZAJE
Alves, E. y Acevedo, R. (2002). La Evaluación
Cualitativa Reflexión para la Transformación de
la Realidad Educativa. Colombia: Petroglifo
producciones
(Compilación con fines instruccionales)
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II
La evaluación del
aprendizaje
La evaluación tradicional del aprendizaje
En el capítulo anterior nos acercamos a la naturaleza de la evaluación educativa en
general. Se presentó una visión sintética de las cuatro generaciones que, de acuerdo a Guba
y Lincoln (1990), han existido en evaluación y se trató de manera particular el paradigma
cualitativo, el cual se ubica dentro de la última de estas generaciones.
Para comprender la evolución de la evaluación del aprendizaje, que es parte
fundamental pero no exclusiva de la evaluación educativa, hemos considerado conveniente
asumir la existencia, de al menos, dos grandes paradigmas: el tradicional, de enfoque
positivista y comúnmente denominado cuantitativo por su tendencia a la medición y el
cualitativo, naturalista, de indagación constructivista y crítica.
De acuerdo a la literatura revisada, en el paradigma tradicional encontramos tres
manifestaciones distintas que evidencian un desarrollo dentro del enfoque positivista:
evaluación como juicio de expertos, como medición y como congruencia entre logros y
objetivos. Cada una de ellas se corresponde, aunque no de manera lineal, con las tres
primeras generaciones que tratamos anteriormente y permiten comprender, de manera más
clara, cómo este enfoque, que ha dominado por tanto tiempo en las ciencias sociales, se
expresa de forma concreta en la educación y en especial en el ámbito de la evaluación del
aprendizaje.
Estas tendencias las analizaremos cada una de manera particular, atendiendo al
orden cronológico de aparición histórica. Posteriormente realizaremos una crítica al
enfoque tradicional de evaluación que pone en evidencia la coexistencia y los elementos
comunes que han favorecido la actual cultura pedagógica dominante en la escuela y que
dificulta cualquier intento de reforma.
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Principales tendencias en la evaluación tradicional
Evaluación como juicio de expertos
Esta concepción de evaluación del aprendizaje se caracteriza porque el experto
juzga la situación objeto de la evaluación con sus propios criterios y en función de sus
propios propósitos. En sus más remotos orígenes y en el inicio de la educación popular, el
juicio de experto prevaleció en forma preponderante. El maestro era el único que concebía
y desarrollaba la enseñanza, y por ende, bajo sus criterios decidía qué evaluar y cómo. Cada
alumno/a era evaluado verticalmente por el docente, y según se aproximara o se alejara de
su ideal de rendimiento en el aprendizaje, así sería calificado.
Según Villarroel (en Camperos, 1986), históricamente, la evaluación como juicio de
experto puede ubicarse en Venezuela, desde la colonia hasta nuestros días. Puede indicarse
como la concepción que ha tenido mayor influencia por su permanencia histórica. La
evaluación como juicio de expertos se ha mantenido en nuestro sistema escolar, aunque no
en forma preponderante, sino combinada con las otras corrientes evaluativas.
La principal característica de esta concepción es la presencia de un experto,
un profesional con experiencia y conocimientos acerca de lo que se desea evaluar.
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El evaluador ejerce una influencia considerable sobre la naturaleza de la evaluación, por
cuanto es él quien determina los patrones para juzgar lo positivo o lo negativo de la
situación evaluada. Esto hace que el acto evaluativo esté “impregnado de subjetividad”
según las corrientes cientificistas que buscaban la objetividad por encima de todo, como se
verá posteriormente.
Los distintos y posibles criterios que puede crear el experto para juzgar, son en
su mayoría arbitrarios, por lo cual resulta difícil llegar a acuerdos entre los resultados
emitidos por distintos profesionales, salvo que se llegue a un consenso previo de los
criterios a utilizar. Esta quizá sea la característica más cuestionada, cuanto resulta un
contrasentido hablar de democracia en el aula, cuando la arbitrariedad y el autoritarismo,
que emanan de esta concepción, aún siguen vivos.
Es posible que muchos educadores conscientes o llevados por la costumbre, asuman
esta concepción en sus prácticas evaluativas por considerarla válida. Todavía existen
profesores que creen y practican el castigo como forma para obtener conductas apropiadas.
En la vida cotidiana es posible que una persona deba actuar como experto y valorar
situaciones que le atañen de manera natural y que le obliguen a decidir. Pero en el rol de
docente resulta cuestionable erigirse como juez del aprendizaje de otro. De allí que nos
preguntemos: ¿La evaluación es un juicio? y ¿los criterios para evaluar los impone el
evaluador? Ejemplo de esta concepción se expresa en la afirmación, que con frecuencia
suelen hacer algunos docentes, sobre apreciaciones personales que se imponen a pesar de
que las evidencias apunten en otra dirección, o no tengan correspondencia con la acción
pedagógica.
Evaluación como sinónimo de medición
La evaluación como sinónimo de medición surge como una reacción a la exagerada
arbitrariedad del juicio de experto. Se ubica históricamente paralela al desarrollo de la
psicometría. Su aparición está apoyada en la concepción positiva y las ciencias, que
postulaba una evaluación científica, lo que requería evaluar sólo aquellos aspectos que
pueden ser cuantificables y objetivamente observables.
En Venezuela, esta tendencia puede situarse históricamente a partir de las formas
introducidas por Luis F. Guevara Rojas en el Código de Instrucción Pública. En este año se
oficializa la tendencia, especialmente a través de la escala cuantitativa y la utilización del
promedio para obtener las calificaciones (Villarroel, en Camperos, 1986).
La evaluación, bajo esta concepción, emplea como referente básico para la
comparación del sujeto evaluado, normas preestablecidas, las cuales constituyen
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unidades mensurables, obtenidas por procedimientos estadísticos con base en mediciones
de grupos de sujetos. Se estima que el comportamiento de los estudiantes en el aprendizaje
asuma la misma distribución de la Campana de Gauss (68% normal, 16% superior y 16%
inferior). Se requiere de datos matemáticamente manipulables que puedan organizarse en
distribuciones de frecuencia para ser analizados bajo los criterios de la curva normal de
probabilidades.
Esta concepción supone obtener resultados donde exista un grupo brillante (mejores
calificaciones), un grupo mayoritario con notas por encima y por debajo de la media y un
grupo necesariamente deficiente. Esto indica que la escuela no es un medio para
homogeneizar conocimientos, sino para mantener esas diferencias de la distribución normal
de la población. Por ello, el diseño de los instrumentos evaluativos (pruebas), se preocupa
en incluir distintos niveles de dificultad en las preguntas que permitan discriminar entre
buenos, regulares y deficientes.
Santos Guerra (1998) afirma que la evaluación medicional consiste en comprobar
los resultados del aprendizaje en el ámbito de los conocimientos. Se realiza a través de
pruebas estandarizadas, para todos iguales, aplicadas en las mismas condiciones de tiempo
y espacio y corregidas con criterios comunes. La evaluación se convierte en una
comprobación del aprendizaje y en un medio de control social.
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En definitiva, obedece a una concepción social donde la desigualdad es natural y por lo
tanto se presta a la clasificación, a la comparación y a la selección. Lo cual estimula la
competitividad negativa y la discriminación.
Pese a que se señala que este tipo de evaluación es sumamente válida, la práctica en
muchos casos indica que no, ya que es posible que un alumno o alumna que no haya
alcanzado el nivel de aprendizaje deseado, obtenga la máxima nota, o por el contrario, uno
que sí alcanzó el nivel mínimo deseado, sea aplazado por encontrarse en un grupo de
personas brillantes. Desde esta concepción se desarrollaron técnicas para el
perfeccionamiento de los instrumentos como vía para garantizar “la objetividad”, lo cual
condujo a hacer equivalente evaluar y calificar (poner nota).
Esto nos recuerda a la joven que aspiraba ingresar al equipo de basketball y se
animó a ir cuando fue a visitar a su familia y todos se quedaron admirados de lo alta que
estaba. Su sorpresa fue cuando la rechazaron por la baja estatura. Entonces, ¿es baja o alta?
O ¿es qué depende del grupo con el que fue comparada?
Evaluación como congruencia entre logros y objetivos
La evaluación como congruencia entre logros y objetivos está concebida como una
comparación entre lo propuesto y lo logrado. La principal característica de este tipo de
evaluación es que el criterio utilizado (los objetivos) es externo a los entes que intervienen
en el proceso evaluativo. Esta tendencia concibe la evaluación como la determinación del
grado en que se alcanzan los objetivos de un programa instruccional. Supone esta
concepción que los objetivos deseados, pasan por una rigurosa selección y formulación, a
fin de garantizar “objetividad” en los resultados de la evaluación.
Esta concepción apareció en Venezuela en los años setenta, a través de dos
publicaciones que influyeron decisivamente en la práctica evaluativa a nivel nacional. Una
de ellas fue el trabajo de Mager, que desde una perspectiva de la instrucción programada,
orienta la formulación de objetivos. Por otro lado, la taxonomía del área cognoscitiva de
Bloom también tuvo gran influencia, la cual clasifica los objetivos en dominios y niveles, lo
que aportó mucho en la elaboración de instrumentos de evaluación (Villarroel, en
Camperos, 1986).
En 1969 se oficializa esta tendencia en Venezuela, ya que se incluye en el
reglamento de evaluación para los niveles primario y medio. Esta corriente evaluativa es la
que teóricamente ha orientado la evaluación del aprendizaje del sistema educativo
venezolano en todos sus niveles y modalidades y por tanto la que se pretende modificar con
la reforma educativa que se adelanta en la actualidad.
Obviamente, este tipo de evaluación significó un avance teórico por cuanto
permitía la posibilidad de que todos podrían optar a la excelencia. No obstante,
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en la práctica educativa la programación no se enfocó bajo está concepción. Pocos docentes
comprendieron qué significaba planificar y evaluar a través de objetivos. De manera
mecánica, en más de una ocasión, el docente evaluó un nivel taxonómico distinto al
programado. Por ejemplo, se exigía identificar las características de un objeto, cuando el
objetivo señalaba analizar.
Después de evaluar, con relativa facilidad, emitiendo juicio sin soporte, o
simplificando la evaluación a notas o calificaciones (como evidencian las concepciones
anteriores), resultó complejo asumir la evaluación por logros y objetivos, de allí que las
anteriores concepciones sigan vigentes para muchos docentes que se resisten al cambio.
Posiciones críticas sobre este enfoque han señalado algunos riesgos que implica la
aplicación de los criterios que plantea esta concepción:
1. Excesivo énfasis en el logro de los objetivos del programa, descuidando calidad
o importancia de los mismos.
2. Atención sólo a los objetivos del programa, con descuido de efectos no
previstos, los cuales pueden representar importantes cambios en la enseñanza.
3. La formulación de un número excesivo de objetivos a lograr, lo que puede
conducir a objetivos triviales o sin importancia.
Atender estas críticas conduciría a mejorar su práctica sin cuestionar su esencia, de
allí que sumemos otras observaciones, tales como:
4. Se orienta hacia la evaluación de productos (logros) y no de procesos.
5. El exceso de prescripción y la tendencia a plantearse objetivos en términos de
conductas observables, limita y desnaturaliza la acción educativa, por cuanto la
reduce a una realidad instrumental incapaz de apreciar la riqueza y complejidad
del proceso en estudio.
6. El docente se convierte en un técnico que debe dominar el diseño de
instrumentos y el uso de las taxonomías de manera mecánica, antes que la
concepción pedagógica que se tenga. El docente que es un buen técnico suele
ser considerado un buen pedagogo.
7. La cantidad de objetivos que proliferan para reducir la unidad orgánica a
evaluar, no sólo conduce a la trivialidad, sino que desintegra las estructuras
naturales del conocimiento. Esta atomización crea una secuenciación artificial
que niega la realidad integrada del proceso de aprendizaje.
En síntesis, como propio del desarrollo del positivismo esta tendencia,
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al colocar el criterio fuera, presume que da la libertad para que todos puedan alcanzar el
máximo rendimiento y demostrarlo en igualdad de condiciones. Parte de la idea de que los
conocimientos de los estudiantes deben ser homogeneizados y se coloca así en una posición
de avanzada frente a la concepción medicional que discriminaba, a priori, entre buenos,
regulares y malos. La excesiva importancia al producto educativo, a los logros finales, y la
tendencia a la descontextualización sociocultural del sujeto, enturbian el proceso y reducen
este principio de igualdad a una mera intención.
Resulta evidente que mientras más avanzamos en el desarrollo del pensamiento de
la humanidad, encontramos más respuestas, pero además muchas más incógnitas: ¿Quién
responde por los objetivos? ¿más allá de los objetivos no hay nada?
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Crítica al paradigma tradicional
Como se ha venido apreciando en la exposición de las tres más importantes
tendencias de evaluación del aprendizaje, aún en la concepción técnica más avanzada y con
más pretensiones de igualdad, se logra eliminar su profundo carácter controlador y
punitivo. Así como su desinterés por vincular, en la práctica pedagógica, la evaluación con
el proceso de aprendizaje. Al centrarse en el producto niega, en esencia, la transformación
del individuo y de la sociedad. No determina causas, tampoco consecuencias y dice muy
poco del logro alcanzado.
Hernández Poveda (1998) señala que, desde la perspectiva tradicional, la evaluación
persigue acumular evidencias contundentes, garantizar que ocurran los comportamientos y
establecer control del proceso, según el diseño preestablecido o lo previsto en el currículo.
El evaluador además de técnico, de descriptor, adquiere la gracia de juez, de experto.
Se podrían señalar como sus principales funciones las siguientes: de control, en
cuanto a la presencia en el sistema; selectiva porque excluye a los fracasados no sólo del
sistema escolar sino incluso los afecta en su vida laboral y social; de comprobación ya que
la superación de la prueba sirve de garantía social; de clasificación y de acreditación, por
cuanto ubica dentro de una escala de aprobación y con respecto al resto del grupo para
certificar los aprendizajes; y, por último, como todo está planificado, de jerarquización sin
derecho a reclamo (Santos Guerra, 1998).
Más adelante, Santos Guerra señala que, con algunos matices, este tipo de
evaluación ha creado una cultura que se expresa en forma negativa de la siguiente manera:
en individualismo, a pesar de que se trabaje colectivamente; competitiva, porque fomenta
la rivalidad sobre todo cuando se hace presente la selección para algún logro; de
reduccionismo de la cuantificación, todo es un número o un nombre, como excelente o
deficiente, que tiene detrás un número; de simplificación, ya que todo está reducido y
aislado del contexto; y, por último, de inmediatez, por el éxito o fracaso que se le atribuye
al resultado de la evaluación.
De la misma manera, la evaluación tradicional corre el riesgo del autoengaño y
del engaño colectivo, ya que es susceptible al fraude, por cuanto el que es evaluado
tiene como propósito aprobar, aun sin conocer y hasta es posible que llegue a creer
que conoce. Si se logra anticipar el estilo de evaluación del docente nos podemos
preparar para la prueba y demostrar nuestra brillante “capacidad de viveza”. Eso no
era lo que se estaba evaluando, pero se logró el objetivo. O por el contrario, tuvimos
“la mala suerte” de que no salió lo que estudiamos, pero tampoco la suerte se estaba
evaluando. Entonces, ¿qué fue lo que demostré?
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En una discusión sobre el paradigma tradicional de la evaluación, hemos señalado la
necesidad de diferenciar entre arbitrariedad y subjetividad. Nunca dejamos de ser
subjetivos, es inherente a nuestra condición humana, pero el docente, por razones éticas y
de compromiso profesional, debe hacer el mejor esfuerzo por dejar de ser arbitrario, por
dejar de creer, si es que así lo ha asumido, que el instrumento es infalible en cuanto a la
información que arroja. ¿Cuántas veces sabemos que un estudiante tiene una determinada
competencia y sabemos que no lo pudo demostrar en una prueba? ¿qué hacemos con la
información de ese instrumento? ¿asumimos sus resultados, pese a la convicción de la
valoración previa? Es un problema de autonomía personal y de responsabilidad
profesional y social.
Estas tres principales tendencias de evaluación del aprendizaje del paradigma
tradicional estudiadas no son excluyentes. Se emplean de acuerdo a las circunstancias o del
propósito. Un mismo profesor puede mezclar las diferentes concepciones en un proceso de
evaluación o emplearla según sea el caso. Sólo varía las técnicas que va a utilizar.
Pese a la marcada evolución del concepto de evaluación, en el fondo se evidencia
una misma fundamentación filosófica que permite su coexistencia. Su avance se refleja
en su desarrollo técnico y su afán cientificista por mejorar su objetividad. De allí que
muchos autores las incluyan dentro de la corriente positivista de la ciencia. Más aún, es
posible caer en algunos de estos enfoques, sin que se compartan, porque forman parte de la
normativa y de la cultura evaluativa existente.
Para poder sintetizar lo que ha significado el paradigma tradicional de evaluación
del aprendizaje, denominado muchas veces como cuantitativo, hemos realizado tres cuadros
a partir de un conjunto de niveles y categorías. El nivel ontológico con las categorías: la
naturaleza de la realidad a evaluar y la percepción de la realidad (cuadro 2). El nivel
epistemológico con las categorías: la racionalidad para la obtención de conocimiento de la
realidad a valorar, la relación docente-alumno/a y la intencionalidad de la evaluación
(cuadro 3). El nivel metodológico a través de las categorías: la lógica procedimental y las
características de los procedimientos e instrumentos (cuadro 4).
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Cuadro 2: Nivel ontológico del paradigma tradicional de evaluación del aprendizaje
El docente es un experto conocedor de la realidad. Capaz de
comprobar objetivamente el conocimiento adquirido por el
alumno/a.
Naturaleza de la
realidad a evaluar
El alumno/a es un receptor pasivo.
Un aprendiz que debe demostrar sus logros.
El conocimiento se proporciona de manera secuencial y gradual,
independientemente del nivel de logro precedente.
Apreciación descriptiva, explicativa y predictiva de los logros del
alumno/a.
Percepción de la
realidad
Las dimensiones socio-afectivas y culturales del alumno/a se
analizan de manera complementarias a lo cognitivo.
Concepción objetiva, estática y centrada en los resultados del
aprendizaje.
Cuadro 3: Nivel epistemológico del paradigma tradicional de evaluación del
aprendizaje
Racionalidad para la
obtención del
conocimiento de la
realidad a valorar
Neutralidad valorativa como criterio de objetividad. La
objetividad como única vía para obtener evidencias irrefutables.
Representación parcial y atomizada de aprendizaje va adquiriendo
el estudiante.
El docente es un técnico pedagogo que planifica estrategias
colectivas de enseñanza, para lograr objetivos comunes.
Relación docentealumno/a
El docente se guía de manera normativa por un programa
preestablecido.
El docente penaliza los errores en la calificación y establece los
correctivos para futuras situaciones.
El desempeño del docente se califica por el fiel cumplimiento de
una programación.
Intención de la
evaluación
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Verifica la adquisición de distintos tipos de conocimientos con
diferentes grados de dificultad.
Cuadro 4: Nivel metodológico del paradigma tradicional de evaluación
Lineal, formalista, predeterminada.
Lógica procedimental
Estrategia deductiva. Se parte de hipótesis.
Escenario artificial, parcelado.
Procedimientos e instrumentos únicos y confiables para verificar y
comprobar resultados a partir de la racionalidad analítica.
Caracterización de los
La validez es previa y estadística, para garantizar la objetividad de
procedimientos e
instrumentos
los instrumentos.
Las evidencias arrojadas por el instrumento sirven a un solo
propósito y por tanto cumplen funciones definidas. Para cada
propósito habrá un instrumento distinto.
A lo largo de la crítica, hemos tenido la oportunidad de situarnos como docentes en
uno de las tendencias positivistas o rechazarlas todas. Independientemente de la posición
que se asuma, la mayoría de los docentes, a nivel conciente, no comparte la desigualdad, la
injusticia, la descalificación y la discriminación que ha caracterizado al paradigma
tradicional. El desarrollo del pensamiento humano ofrece hoy, enfoques de evaluación que
superan todas las deficiencias descritas anteriormente, y que son coherentes con las nuevas
corrientes pedagógicas y de la teoría del aprendizaje.
La dinámica social impone el compromiso de avanzar, de asumir nuevas
concepciones que fortalezcan el proceso mismo de aprendizaje. No se trata de mejorar los
criterios de evaluación, sino de emprender un cambio de paradigma que incida
directamente en la transformación de la cultura pedagógica.
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Evaluación cualitativa como reflexión crítica
Concepción del aprendizaje
Las concepciones del aprendizaje y de la enseñanza, subyacen en los enfoques que
se tengan de la sociedad, de la naturaleza del ser humano y de la acción pedagógica. De allí
que Camperos (1995) afirme que la evaluación del aprendizaje exige una claridad en el
concepto mismo de aprendizaje.
La evaluación del aprendizaje se fortalece por los aportes del enfoque
constructivista, y por los de Ausbel, Novak y Vigostki, quienes plantean que cada individuo
es capaz de construir su propio aprendizaje por medio del intercambio permanente con el
entorno, a partir del conocimiento previo y de sus estructuras cognitivas. Es decir, mediante
un proceso de valoración continua del proceso de aprendizaje, se recogen y analizan
evidencias sobre experiencias previas del alumno/a, para construir nuevos conocimientos,
que a su vez serán valorados para darle continuidad al proceso de crecimiento individual.
De modo que el acto de enseñar y dentro de éste, el de evaluar llevan implícita una
concepción de cómo se aprende. En una acción pedagógica se planifican métodos y
estrategias de enseñanza y de evaluación acordes con la concepción de aprendizaje que se
posee. De allí el riesgo que significa mantener concepciones atrasadas que perjudiquen el
desarrollo del aprendizaje de los estudiantes.
La perspectiva cualitativa de la evaluación supone la adquisición de saberes por
parte del sujeto que aprende, cuando le da la relevancia a la información que emerge como
significativa de la realidad. Esto nos ubica dentro del enfoque constructivista, que ha tenido
una gran influencia en el campo educativo, en los últimos tiempos. En este sentido es
importante señalar cuál es la visión que se tiene sobre el aprendizaje.
La concepción constructivista del aprendizaje y de la enseñanza postula que
aprender consiste fundamentalmente en construir significados y atribuir sentido a lo
que se aprende, y que los alumnos y alumnas llevan a cabo este proceso de
construcción de significados y de atribución de sentido a partir de la experiencia
personal y de los conocimientos, sentimientos y actitudes con los que se aproximan
a los contenidos y actividades escolares (ColI, 1997, p. 3).
El ser humano construye representaciones de sí mismo, de la sociedad y de
la naturaleza. Estas representaciones se organizan en estructuras conceptuales y
metodológicas polivalentes (Gallego-Badillo, 1996). Esa polivalencia se refiere,
por una parte, a las distintas disciplinas y las áreas y, por otra, a los contenidos de
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distinto tipo, conceptual, procedimental y actitudinal.
Más adelante Gallego-Badillo agrega que esas estructuras no son independientes del
medio sociocultural, económico y político. Que a partir de ellas se dan actuaciones:
comunicativas, afectivas, artesanales, científicas, tecnológicas, comerciales, entre otras.
Es decir, se aprende cuando se atribuye significado, lo cual se realiza a distintos
niveles, según los intereses, necesidades, grados de desarrollo y comprensión, así como
valores que tengan en un momento determinado (Pacheco y Flores, 1993, 79). Todos
pertenecemos a una cultura y a un grupo social que nos marcan y que por tanto inciden en
nuestra percepción de la realidad.
Para que un aprendizaje se constituya en significativo se requiere una lectura o
interpretación, a la que Gallego-Badillo denomina decodificación de la información que
recibe. De allí que afirme “que toda decodificación transforma el mensaje para ser
asimilado y que, en algunos casos, transforma la estructura conceptual y las
representaciones que les son inherentes, siempre y cuando exista la disposición para que
esto ocurra” (p. 172).
Sólo cuando hay esta disposición o necesidad de conocimiento es cuando se
produce aprendizaje, de lo contrario pasará desapercibido y, en el caso de la escuela, que
tiene una intencionalidad, se perderá el esfuerzo realizado.
El desarrollo de las estructuras de pensamiento se inicia cuando se produce
un desequilibrio cognoscitivo provocado por el planteamiento de una interrogante
que no se puede resolver con las informaciones que posee... Las nuevas respuestas
que construye como resultado de los procesos de asimilación y acomodación, abren
la posibilidad de generar una gama de perspectivas que permiten desarrollar la
capacidad crítica, creativa y de investigación (Pacheco y Flores, 1993, p. 79).
El aprendizaje también se define como el proceso mediante el cual los seres
humanos se forman para cambiar o modificar su comportamiento, de tal manera que el
cambio producido sea más o menos duradero, y pueda explicarse como efecto de la
interacción del individuo con el medio; y no como producto del crecimiento o la
maduración, en consecuencia está determinado por las condiciones de cada individuo y las
del medio ambiente (Camperos, 1995).
Interpretando lo expresado por estos autores, el aprendizaje se debe centrar en la
construcción de significados. Se entiende que éste es parte de la vida diaria del individuo.
En el caso de la educación formal, el aprendizaje genera cambio y transformación en el
estudiante mediante el desarrollo del currículo y se puede explicar de acuerdo a las
condiciones que el propio aprendizaje imponga, las características del sujeto que aprende y
las características del ambiente familiar y comunitario.
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Y como el aprendizaje es el proceso mediante el cual un sujeto construye destrezas
o habilidades practicas, incorpora contenidos informativos o adopta nuevas estrategias de
conocimiento y acción, es importante distinguir entre éste y ejecución de lo aprendido. El
primero no se observa directamente, mientras que la ejecución se puede observar, y es a
través de ella que se puede evaluar el aprendizaje obtenido.
En otras palabras, como los procesos de aprendizaje corresponden a los mecanismos
mentales, capacidades intelectuales y estructuras cognoscitiva-afectivas, se estima que se
reflejan en las habilidades, destrezas, conocimientos, actitudes, sentimientos, valores,
hábitos, ideales y convicciones que se generan y desarrollan en los encuentros pedagógicos.
Según Coll (1998), las concepciones que han interpretado la enseñanza y el
aprendizaje en términos de pura transmisión y recepción, también colocan al profesor como
responsable de transmitir el saber constituido. Como alternativa a esta posición se entiende
que la educación no solo transmite los saberes constituidos y legitimados socialmente, sino
que asegura unas condiciones optimas para que los alumnos/as desplieguen sus
potencialidades y capacidades cognitivas, afectivas, sociales y de aprendizaje. Esta ultima
afirmacion cambia el rol del docente.
Evaluación como reflexión critica
Para desarrollar el paradigma cualitativo en evaluación, desde la perspectiva
constructivista de la enseñanza y del aprendizaje, es necesario resaltar elementos que
hemos considerado con anterioridad. La reflexion que se hace para proyectar una accion
pedagogica que se desea realizar se constituye en un acto de programación (reflexión para
la acción). Luego en la practica pedagógica, la reflexión para valorar lo que se esté
realizando y lo que se realizó, es evaluación (reflexión sobre la acción). Toda valoración
que se incorpora de manera inmediata a la programación y a la acción permite el cambio
que transforma la realidad individual y colectiva.
El docente, desde una perspectiva constructivista, comprende que los nuevos
aprendizajes se incorporan a la estructura cognitiva del estudiante y por lo tanto no puede
perder la visión holística y las conexiones entre anteriores y nuevos aprendizajes, en una
suerte de construcción progresiva e integral de los mismos. Esta racionalidad la adquiere el
docente desde su propia experiencia, cuando aprehende la realidad de sus estudiantes:
construye, progresivamente y de manera integral, una apreciación del alumno/a,
posteriormente se suceden revisiones permanentes, no lineales, hasta conformar una idea
más estable y completa.
Esta concepción no establece diferencia entre sujeto evaluador y sujeto evaluado.
Intenta construir la realidad del aprendizaje logrado con una diversidad de criterios, se
centra más en el proceso que en el resultado con el propósito de mejorar.
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Esto obliga al evaluador a conocer las condiciones especificas en las que se
produce el aprendizaje del estudiante (sociales, culturales y estructuras cognitivas
previas). De esta manera se impulsa un modelo curricular abierto y flexible que permite
introducir ajustes permanentemente sobre la base de un conocimiento de los alumnos/as y
del contexto en donde se ejerce la acción pedagógica.
Al docente no solo le interesa lo que observa del alumno/a sino su propia vivencia.
Parte de su percepción para interpretar y reflexionar sobre la realidad de manera integral e
incorporada a un contexto familiar, cultural, escolar y social. Además, al evaluar a sus
estudiantes se está auto-evaluando inevitablemente. De esta manera, en el proceso, no solo
cambia la visión que tiene de sus alumnos/as sino la de sí mismo. De allí la necesidad de
abordar la evaluación de múltiples maneras privilegiando la hacino practica en un
"escenario natural".
Para obtener conocimientos sobre el proceso de aprendizaje que va a valorar, la
evaluación cualitativa emplea una racionalidad basada en la experiencia interpretativa
que busca significado dentro de una historicidad del alumno/a y asume la subjetividad
como forma de conocimiento derivada de la interacción comunicativa del docente con cada
estudiante, de los estudiantes entre sí y del grupo de aula con el resto de la comunidad.
De esta manera, la evaluación del aprendizaje propicia en el aprendiz la creatividad,
la diversidad, la inteligencia, la capacidad para elegir y asumir de manera responsable su
aprendizaje, le da importancia a la transformación de la vida individual, institucional y de la
sociedad.
Se espera que una evaluación de este tipo propicie un cambio de cultura en la
escuela, hacia la autocrítica al establecer cauces de reflexión que facilitan la verdadera
comprensión de la realidad, hacia el debate y por tanto a la profundización de la
democracia, hacia la necesidad de indagación permanente para la búsqueda de cambios que
permitan la transformación de la sociedad (Santos Guerra, 1998).
Esta evaluación no es un momento final sino un proceso que posibilita el
cuestionamiento de todo, diseño, criterios, estrategias, instrumentos y resultados. Todo esta
sometido a las exigencias de la reflexión, a la interrogación permanente, al debate continuo
(Santos Guerra, 1998). Este proceso reflexivo está apoyado en evidencias de diverso tipo,
dentro de una visión holística que afecta al alumno/a y a todo el proceso de enseñanza y de
aprendizaje.
"Los aspectos cognoscitivos y valorativos de la actividad del docente son algo así
como expresiones de la propia actividad practica, en el marco histórico-social en que se
desarrolla el proceso docente educativo, de la cual emergen y a la cual retornan" (Perez y
Portuondo, 1998, p. 69). De modo que cuando hablamos de evaluación del aprendizaje su
contextualización es inevitable.
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Si concebimos la evaluación como una función estimuladora y formativa, si
pretendemos pasar de una evaluación de productos a una evaluación de procesos, hemos,
entonces, ir más allá de la función calificadora y ubicar a cada estudiante en su contexto,
determinar la influencia de los planes y de las condiciones en la que se produjo el
aprendizaje (Rodríguez, R, 1995). “... es imposible hacer una valoración del aprendizaje del
estudiante independientemente del conocimiento de éste y resulta incuestionable que entre
la actividad cognoscitiva y valorativa se establezca una relación de condicionamiento
mutuo” (Pérez y Portuondo, 1998, p.70).
Por eso la evaluación debe tomar en cuenta las demandas, los intereses y problemas
del evaluado por considerar que está sometido a una situación de exigencia especial, de la
que, además, se beneficia. A partir de las posibilidades que ofrece el medio, el evaluador
debe confrontar su criterio con el del evaluado. En la medida en que el docente haya
construido apreciaciones, establece intercambios con el estudiante para negociar las
conclusiones y recomendaciones. Esta acción comunicativa forma parte de la evaluación,
ya que contribuye a las construcciones de aprendizajes significativos social y culturalmente,
con una posición crítica que le permita una transformación real, tanto del evaluado como
del evaluador.
Esta evaluación tiene la intención básica de asistir los aprendizajes de los
alumnos/as. Como medio de construcción, la evaluación cualitativa supone aprendizaje
y contribuye a la apropiación de conocimientos, en el propio proceso de adquisición de
los mismos.
Es así como la evaluación debe ser convertida en un proceso autogestionario
que exprese las dimensiones cognitivas y afectivas inmersas en las experiencias escolares,
partiendo de la socio-construcción del currículo y en la socio-investigación del
conocimiento (Pérez y Sánchez, 1999).
La incorporación de los distintos actores del proceso educativo en la evaluación y la
toma de conciencia, por parte del docente, de la inseparabilidad entre el aprendizaje del
alumno/a y la acción pedagógica que él dirige, es lo que permite que el evaluador pierda el
carácter de juez, para adquirir el de constructor del hecho y el de investigador en el proceso,
en una suerte de observador participante. Cuando un docente evalúa se está evaluando a sí
mismo, está valorando su método, sus conocimientos sobre la realidad del aula y la del
propio alumno/a. Está incorporando su perspectiva a la evaluación, sus valores, creencias,
en fin su visión del acto pedagógico dentro de un contexto social especifico.
En este sentido, Santos Guerra (1998) hace referencia a tres dimensiones de
la evaluación educativa que nos parece importante reseñar: (a) colectiva y social
que se pregunta por las consecuencias de la educación en la mejora de la sociedad
y que permite o no el avance a otros niveles; (b) psicológica es la que permite
configurar e l au t o con c ep t o , y qu e l l ev a a q u e l o s al u mn o s /as s e aco mo d en
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ante las exigencias del profesor y (c) ética y política porque la evaluación no es un
fenómeno meramente técnico, alejado de lo ético y político, en tal sentido tiene una
dimensión ideológica.
Reiteramos, la tarea del evaluador no es erigirse en juez o árbitro de lo que se evalúa
sino la de mediar para facilitar a los implicados la posibilidad de reflexionar, ampliar y
matizar su comprensión, elaborar apreciaciones más informadas y dirigir sus actuaciones
futuras en colaboración. El evaluador no está fuera de la realidad que evalúa (Marengo y
Sverdlick, 1996). No es el evaluador el que juzga, sino el que facilita para que sean los
implicados los que evalúen (Margalef García, 1997). A lo que habría que agregar la
autoevaluación que debe hacer el docente de su propia práctica. Reflexión que lo conduce a
reiterar o modificar sus acciones en el aula, con el propósito de mejorar y crecer
permanentemente.
De esta manera se irán configurando las apreciaciones individuales y colectivas
dentro de una visión particular de la realidad socio cultural, cargada de valores y de
intencionalidad, asociadas a la concepción que cada docente tenga de la acción pedagógica.
Participación de estudiantes y docentes
En esta nueva corriente pedagógica, que implica la evaluación cualitativa, el
alumno/a es protagonista de su propio aprendizaje. El docente actúa como mediador
proporcionando información, propiciando eventos para que los estudiantes de manera
general y colectiva descubran y construyan nuevos aprendizajes. A partir de las relaciones
que se establecen con el entorno familiar, escolar y social, los alumnos/as adquieren nuevos
saberes a partir de las dimensiones del ser, conocer, hacer y convivir, que le dan sentido
social y real a lo aprendido, tanto en el ámbito escolar como extraescolar.
Es así como en una concepción donde el alumno/a es el centro del aprendizaje, es
inevitable tomar en cuenta todas las subjetividades de los actores que participan directa o
indirectamente en la formación del estudiante.
Como ya señalamos, el alumno/a deja de ser receptor pasivo para convertirse en
un constructor de su aprendizaje. La principal herramienta que garantiza el crecimiento
personal es la auto-observación, ya que permite conocerse a sí mismo en cuanto a cómo
aprende, para qué sirve lo aprendido, cómo resolver problemas cotidianos, entre otras. La
toma de conciencia por parte del alumno/a de sus logros y sus limitaciones facilita la
consolidación de lo aprendido así como la autocorrección.
Así mismo, la participación colectiva de los estudiantes en actividades
grupales, fortalece el proceso de la enseñanza y del aprendizaje, además de crear
oportunidades para consolidar actitudes de solidaridad, equidad y respeto a las
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ideas de los demás, indispensables para la formación democrática y ética de los ciudadanos.
Al compartir la evaluación a través de la interacción entre pares (coevaluación) y con su
docente, se genera conciencia de grupo en el aula y se reafirma la identidad cultural.
El docente en su rol de mediador del proceso educativo cumple una función
importante en el proceso de aprendizaje de sus estudiantes. Contribuye por un lado, a crear
espacios favorables para que los alumnos/as accedan a los conocimientos y, por otro lado,
genera un ambiente comunicativo y democrático que fortalece el intercambio y posibilita la
toma de conciencia para “aprender a aprender”.
Durante este proceso no sólo aprende el alumno/a, sino también el propio docente,
sobre su práctica pedagógica y sobre los nuevos saberes (actualización) que debe poseer,
para facilitarlos posteriormente a sus alumnos/as.
Participación de la comunidad
La participación de los padres y representantes en el proceso de formación del
estudiante se da independientemente de sus voluntades. De forma creciente la influencia
extraescolar del entorno familiar y social supera a la de la propia escuela, al extremo de
creerse hoy, que existe un currículo paralelo, que complementa, compite y suplanta, a veces
para bien y otras para mal, las intenciones y los propósitos educativos.
Cada vez con mayor fuerza el estudiante se nutre de influencias más atractivas en el
medio en el que se desenvuelve y que la escuela no puede controlar. Esta situación hace
que el papel del hogar (o la carencia de éste) sea más determinante en la formación del
alumno/a, que la propia disposición del docente y calidad de la escuela.
Si partimos de este análisis de la realidad actual, los padres y representantes no
pueden eludir su rol fundamental. Para que se concrete la democratización y socialización
del aprendizaje es necesaria la participación de éstos en conjunto con maestros y equipo
interdisciplinario en el proceso de aplicación de formas y modalidades de evaluación.
Este cambio social implica un giro en la participación de los representantes. El
docente deberá hacer un esfuerzo para incrementar la toma de conciencia de los mismos.
Las nuevas corrientes pedagógicas se constituyen en vías para participar, de manera activa,
durante el proceso del aprendizaje de su representado en la programación didáctica y en la
evaluación durante todo el proceso.
La nueva concepción de la escuela propicia la unidad para garantizar el
compromiso y participación de todos en su transformación y de todos los actores
sociales de su entorno. Se produce un intercambio de saberes entre distintos
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miembros de la comunidad que se comprometen con la escuela, con su proyecto de cambio.
En síntesis, la realidad educativa que se evalúa está en permanente cambio e
integrada a un contexto sociocultural De esta manera, el docente aborda la realidad para
comprender su especificidad desde sus propias significaciones y articulaciones. Utiliza
procedimientos metodológicos sensibles a la complejidad inherente a toda situación
educativa para reconstruir la realidad a valorar. Esto le permite descubrir, interpretar y
reflexionar sobre el cambio, el progreso, los significados latentes, las propiedades
emergentes, las valoraciones, aspiraciones e intereses de los sujetos involucrados.
La evaluación del estudiante es la valoración que se hace a partir de una
reconstrucción integral del acto de aprender. La reconstrucción de la realidad educativa
implica trascender a la descripción e interpretación hasta propiciar una reflexión crítica
de la enseñanza para el aprendizaje, que evidencie los procesos de transformación
individual y social, a partir de la intencionalidad preestablecida. En tal sentido, la
evaluación es un acto de aprendizaje que permite la adquisición de conocimientos de la
realidad estudiada y de nosotros mismos, el qué y el cómo aprendemos.
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