razones para la alegría

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Razones para...
(415 artículos)
José Luis Martín Descalzo
http://www.mercaba.org/Libros/cartel_martin_descalzo.htm
I - RAZONES PARA LA ESPERANZA
II - RAZONES PARA LA ALEGRÍA
III - RAZONES PARA EL AMOR
IV - RAZONES PARA VIVIR
V – RAZONES DESDE LA OTRA ORILLA
I - RAZONES PARA LA ESPERANZA
Índice
Introducción
1. Querido ladrón
2. La hierba crece de noche
3. ¿A qué derrota llegas, muchacho?
4. Música para sobrevivir
5. El suicidio de un niño
6. Una humanidad de trapo
7. El relámpago gris
8. Teoría del trampolín
9. «Reina» no ríe
10. Elogio del coraje
11. Niño en el cubo
12. Vagabundos Por fuera, bibliotecas por dentro
13. Morir solos, vivir juntos
14. Las monjas de la colza
15. Cándido y Roberto
16. Sarina ha vuelto
17, El año en que Cristo murió entre las llamas
18. Quemar a judas
19. Un campo sembrado de futuro
20. El terrorista no ha dormido esta noche
21. Todos los padres son adoptivos
22. Mis diez mandamientos
23. El arte de reírse de sí mismo
24. El arcángel caracol
25. Vivir con veinte almas
26. La farmacia de mi abuelo
27. Un ciego en San Pedro
28. Las seis cosas que dan honra
29. No mates a nadie, hijo
30. El «delito» de ser mujer
31. La vejez desprestigiado
32. Historia de dolía Anita
33. Pregón para una Navidad entre miedos
34. Dios era una hogaza
35. Dolorosa, dramática, magnífica
36. La hija del diablo
37. El hombre que había visto su entierro
38. La pedagogía de la Y
39. Los muebles ensabanados
40 La mano en el violín
41. Un campeonato de cariño
42. Me he sacado una espina
43. El milagro del gitano
44. Elogio de la tía
45. Hay estrellas
46. Los calumniadores del cielo
47. El hombre que mendigaba cuartos de hora
48. El desmadre y el despadre
49. Los ojos eran verdes
50. Casi omnipotente
51. Sardinas con chocolate
52. La gran pregunta
53. El incendio
54. La casa prestada
55. Los niños de la guerra
56. «Mete la espada en la vaina»
57. El vestido en el arcón
58. Caminar hacía el amanecer
59. El dulce reino
60. Enfermos de soledad
61. En el cielo no hay enchufes
62. La pata coja
63. Niña en la biblioteca .
64. «Miss Traje de Baño» no sabe nadar
65. Hombres y cafeteras
66. Animar al suspendido
67. Jesús nació mongólico
68. El malo de la película
69. Me acuso, padre
70. Anónima Matrimonios, S.A
71. Viajar como maletas
72. Una cura de Bach
73. El derecho a equivocarse
74. La estampida del egoísmo
75. La sonrisa y las tinieblas
76. El pobre en el jardín
77. La guerra de los listos
78. La paz nuestra de cada día
79. Hombres de cristal
80. Las nuevas esclavitudes
81. Cinco duros por la fruta
82. Asomarse a la puerta de la dicha
83. «Muchacho, cuida tus alas»
84. Cambiar de agenda
85. El reino de los «buenos días»
86. El hereje y el inquisidor
1.- Querido ladrón
Me gustaría que este primer apunte de mi cuaderno llegase a tus "manos, amigo ladrón, que
hace dos semanas violentaste mi puerta, registraste mis cajones y abriste uno a uno todos mis
armarios
Me gustaría, al menos, darte las gracias, más, incluso, que por no haberte llevado nada, por no
haber alterado el orden de uno solo de mis papeles
Supongo, muchacho - porque estoy seguro de que eres poco más que un chiquillo -, que debiste
maldecir a toda mi ascendencia al descubrir que en mi casa había sólo cosas que -desgraciadamente
para ti, por fortuna para mí- no te interesaban en absoluto: libros, discos y algún objeto de arte muy
cercano a mi alma, aunque no muy valioso
Tú buscabas -supongo que para seguir hundiéndote en el infierno de la droga- joyas, oro,
dinero. Te hubieras ahorrado el trabajo de romperme el marco de la puerta de haberme conocido.
Habrías sabido que el oro y las joyas me parecen las dos cosas más estúpidas del mundo. Y
que, en cuanto al dinero, tengo una demoníaca habilidad para gastarlo más de prisa de lo que lo gano.
No encontraste lo que no podías hallar. Y, sin embargo...
Sin embargo, me quitaste -con la complicidad de mi cobardía, claro- algo de mucho más valor
que los diamantes. Te explicaré
Yo he defendido siempre que la confianza es parte sustancial de la vida de los hombres; que
sería preferible no vivir a hacerlo con el alma acorazada. Si yo no me fío de los que me rodean, y
circundo mi vida y mi corazón de hilo espinado, no hago daño a quienes a mí se acercan, me lo hago a
mí mismo. Un corazón desconfiado envejece de prisa. Un corazón cerrado a cal y canto está más
muerto que si realmente muriese
Esa es la razón por la que siempre me resistí a reforzar mis puertas (gracias a ello te resultó
a ti tan fácil la función de saltarlas). Y ésa misma es la causa por la que he tenido siempre la
costumbre de dejar todas las llaves puestas en sus cajones y armarios (y gracias a ello tú no
precisaste destrozármelos para abrirlos)
Los tres vecinos de mi descansillo habían blindado ya las entradas de sus casas. Los tres me
habían dicho mil veces que hiciera yo lo propio, ya que cada día leían en la prensa noticias de
muchachos como tú. Yo siempre me reía: «En mi casa -decía- no hay cosas que puedan interesar a los
ladrones.» Pero, en mi interior, era otra la razón decisiva. Sabía, sí, que la violencia es hoy uno de los
grandes ejes del mundo, más prefería no verlo demasiado, no imaginar, al menos, que pudiera venir
contra mí y convertirme, consiguientemente, en un «violento defensivo», en un alma clausurado
Había aún otra razón. Si tú me conocieras sabrías que siempre he considerado a Bernanos un
poco como el padre de mi alma. Pues bien: este escritor -léelo, es mucho más apasionante que la droga
-rendía un verdadero culto a la confianza entre los hombres. Hasta tal punto que, cuando alguien le
contó que en cierta región del Brasil las casas no tenían puertas, ni cerrojos, ni llaves, se marchó allí
a vivir, seguro de que quienes así pensaban por fuerza habían de ser hombres completos
También yo me sentía vinculado a ese culto. Prefería, incluso, ser robado a construirme el
alma como un castillo roquero
Pues bien: he cedido. Yo pecador me confieso a ti, ladrón amigo, para contarte que tu avaricia
y mi cobardía juntas fueron más poderosas que todos mis propósitos
Cuando aquella tarde encontré mi puerta abierta de par en par, gracias al juego de tus manos,
algo se revolvió en el fondo de mí. No contra ti (o, al menos, no sólo contra ti), sino contra este
mundo que estamos construyendo. Por eso me gustaría saber quién eres, cómo eres. Conocer si eres
consciente -como yo lo soy- de lo inhabitable que, entre todos, estamos volviendo este planeta. No
quiero ni pensar que la droga haya terminado ya de pulverizar tu conciencia
Aquella noche dormí mal. Me despertaban inexistentes ruidos. Veía regresar monstruos que, a
lo mejor, se parecían poco a ti o que eran como tú multiplicado, como lo que tú acabarás siendo si
sigues por ese camino. Una rabia secreta me poseía. No porque tú me hubieras robado -ya que, de
hecho, nada te llevaste y debía, en rigor, considerarme afortunado-, sino por vivir en una sociedad
que, quizá, primero te cerró las puertas del trabajo para abrirte luego de par en par las del vicio. Y
del vicio más destructor y caro
Durante los diez días siguientes me seguí sintiendo extraño. Llegaba a casa con un amargo
latir del corazón, imaginándome de nuevo la puerta violentada, entrando a ella con miedo a
encontrarte dentro, navaja o pistola en mano y tembloroso
Corta debía de ser mi confianza. Capitulé al sexto día, convencido, no sé por qué demonio, de
que sólo una puerta blindada devolvería la paz a mi corazón traumatizado
Y ahí están, cerrojos, barras, planchas de acero, llaves supercomplicadas, todo un armamento
defensivo. Igual que si viviera en una caja de caudales, convertido yo mismo en un lingote de ese oro
que desprecio
Ahora me siento mucho más tranquilo. Pero mucho menos hombre. Mucho menos fraterno. Y
no me duele el dinero que, gracias a tu hazaña, he debido gastar. Me duele saber que ha aumentado el
número de los que desconfían, de los que viven con el alma repleta de mastines
La culpa no es sólo tuya. Mía también. Y este sentimiento de culpa común es lo único humano
que he sacado de esto. Me gustaría, por todo ello, que tú pudieras leer estas líneas y que sintieras
algo parecido. Así los dos sabríamos que tu avaricia y mí miedo se juntaron para construir esta
tristeza
2.-
La hierba crece de noche
No sé ya quién escribió esa perogrullada que he puesto como título de esta nota, pero sí sé
que de ella viene alimentándose mi alma hace un montón de años. Porque es cierto, la hierba -como
todas las cosas grandes e importantes del mundo- crece de noche, en silencio, sin que nadie la vea
crecer. Porque bondad y bien empalman con silencio, así como la estupidez va siempre acompañada del
brillo y del estrépito
La gran peste de este mundo contemporáneo -y los periódicos estamos contribuyendo
decisivamente a ello- es que en él, como anunciara Kierkegaard, sólo se conceden altavoces a los
necios.
Cualquier cretino de turno se casa o descasa, se pinta el pelo de verde, hace -¡oh, milagro!dos agujeros en los pantalones de las nenas, y ahí están todas las revistas del mundo para contar su
prodigiosa hazaña. Pero, en cambio, si usted «sólo» ama, «sólo» trabaja, «sólo» piensa y estudia,
«sólo» trata de ser honesto, ya puede matarse a hacer todas esas cosas tan poco importantes, que
jamás saldrá en la primera página. Cualquier criminal será más importante que usted. Y así es como
los hombres de hoy estamos condenados a ver perpetuamente la realidad a través de un espejo
deformante
Si en España tres mil cirujanos ponen su alma y sus nervios en aras de sus pacientes, nunca
serán noticia. Pero Dios libre a uno solo de ellos de equivocarse en uno de sus diagnósticos o en el
manejo de sus bisturíes. Pronto serán los tres mil acusados de carniceros
Si en España veinte mil curas luchan diariamente por difundir su fe en Dios y por servir
humildemente a sus hermanos, jamás cantará nadie su heroísmo en un poema. Pero que suba uno de
ellos a un púlpito un día en que le duele el estómago y diga un par de tonterías, verán ustedes cómo lo
cuenta hasta la televisión
Podríamos seguir con todas las profesiones. Podríamos añadir que del mismo bien sólo se ven
los aspectos espectaculares. Yo no sé si Agustina de Aragón era una buena novia o una buena esposa,
yo no sé si quería a sus padres o era generosa con sus amigas. Sólo me han contado que un día se
inflamó su alma y disparó un cañón,
Y la verdad es que resulta mucho más heroico amar veinticinco años que disparar un cañón
veinticinco minutos
A veces uno se muere de risa: llevas toda tu vida luchando por escribir bien, acusando
montañas de páginas, renunciando a millares de diversiones para atarte a este potro de tortura que
es la máquina de escribir, ¡y se enteran veinticinco! Pero te llaman un día a la televisión para que digas
las cuatro bobadas que se pueden decir en tres minutos (y que forzosamente en aquel clima de focos
y locura no pueden ser otra cosa que bobadas) ¡y luego estás durante un mes encontrándote con
amigos que te dicen que te vieron en la «tele» y que hasta te valoran por ese maravilloso éxito de que
tu rostro haya aparecido en ese cuadradíto luminoso!
Sí, henos aquí en un mundo superinformado que informa de todo menos de lo fundamental.
Henos aquí en un tiempo en que nunca sabremos si los hombres aman, esperan, trabajan y construyen,
pero en el que se nos contará con todo detalle el día que un hombre muerda a un perro
Presiento que aquí está una de las claves de la amargura del hombre contemporáneo: sólo
vemos el mal, sólo parece triunfaría estupidez.
Esto último no es culpa de la prensa: desde que el mundo es mundo, los tontos han hecho
siempre mucho ruido. Y así como cien violentos son capaces de traer en jaque a treinta millones de
pacíficos, una docena de infradesarrollados son capaces de poner patas arriba todo lo que los
mejores lograron construir a lo largo de siglos
Frente a ello sólo nos queda la sonrisa, reírse un poco de la condición humana y de esa ancha
zona de tontería que todos llevamos dentro de nuestra propia alma. Sonreír, mirarse al espejo,
sacarle la lengua a la tontería externa y a la interna. y seguir trabajando
Porque ésta es la gran verdad: toda la necedad del mundo nunca será capaz de impedir que la
hierba siga creciendo de noche. Siempre que la hierba sea capaz de seguir creciendo callada y
oscuramente y no caiga también ella en la tentación de envidiar a los ruidosos
Platón lo dijo mucho mejor: «Nada de cuanto sucede es malo para el hombre bueno.» Puede el
dolor acorralarnos, pero no emponzoñarnos. Puede la injusticia agredirnos, pero no violarnos. Puede la
frivolidad escupirnos, pero no ahogarnos. Sólo la propia cobardía puede conducirnos al desaliento y,
con él envenenarnos
Damos una importancia desmesurada al mal. Invertimos lo mejor de nuestras horas en
lamentarnos de él o en combatirlo. Y casi ya no nos resta tiempo para construir el bien
Graham Greene decía que esa famosa estación del Vía Crucis que suele titularse «Jesús
consuela a las piadosas mujeres» debería llamarse «Jesús reprende a las mujeres lloronas». Porque
aquellas mujeres que tanto parecían compadecerse del Cristo sufriente, ¿no pudieron hacer por él
algo más que llorar? Y añade, ferozmente, el novelista: «Las lágrimas sólo sirven para regar berzas.»
Yo añadiría que «además las riegan muy mal»
Efectivamente: sobran en el mundo los llorones, faltan trabajadores. Y las lágrimas son malas
si sólo sirven para enturbiar los ojos y maniatar las manos
¡Ni una lágrima, pues! Mis ojos -cuando están claros- saben, aunque no vean, que en la negrura
del mundo hay millones de almas creciendo en la noche, silenciosas y humildes, constructoras y
ardientes. No gritan, pero aman. No son ilustres, pero están vivas. No salen en los periódicos, pero
ellas sostienen el mundo. Hay en todo lo ancho del planeta millones de flores que nunca verá nadie,
que crecerán y morirán sin haber «servido» para nada, pero que estarán orgullosas por el simple
hecho de vivir y de haber sido hermosas. Porque, como dijo -hablado de las rosas- un poeta, «qué
importa morir, cuando se ha sido ¡y tanto!»
3.- ¿ A qué derrota llegas, muchacho ?
Me ha angustiado tu carta de hoy, muchacho. ¡Te muestras tan seguro de ti mismo, te sientes
tan gozoso de «haber madurado»! Te juro que he temblado al percibir esa punta de desprecio con la
que hablas de tus años juveniles, de tus sueños, de aquellos ideales que -dices- «eran, sí, hermosos,
pero irrealizables»
Ahora, me explicas, te has adaptado a la realidad y, con ello, has triunfado. Tienes un nombre,
una buena casa, un cierto capital, una familia. Exhibes todo eso como si fueran joyas en el escote de
una dama. Sólo, en medio de tanto orgullo, se te escapa un diminuto relámpago de nostalgia al
reconocer que «aquellos absurdos sueños eran, cuando menos, hermosos»
Tu carta ha evocado en mí un viejo texto del doctor Schweitzer que desde hace veinte años
me persigue. Me gustaría que te lo aprendieras de memoria, porque puede ser tu última tabla de
salvación:
«Lo que comúnmente nos hemos acostumbrado a ver como madurez en el hombre es, en
realidad, una resignada sensatez. Uno se va adaptando al modelo impuesto por los demás al ir
renunciando poco a poco a las ideas y convicciones que le fueron más caras en la juventud. Uno creía
en la victoria de la verdad, pero ya no cree. Uno creía en el hombre, pero ya no cree en él. Uno creía
en el bien y ahora no cree. Uno luchaba por la justicia y ha cesado de luchar por ella. Uno confiaba en
el poder de la bondad y del espíritu pacífico, pero ya no confía. Era capaz de entusiasmos, ya no lo es.
Para poder navegar mejor entre los peligros y las tormentas de la vida se ha visto obligado a aligerar
su embarcación. Y ha arrojado por la borda una cantidad de bienes que no le parecían indispensables.
Pero que eran justamente sus provisiones y sus reservas de agua. Ahora navega, sin
duda, con mayor agilidad y menos peso, pero se muere de hambre y de sed.»
Leí estas palabras cuando yo era poco más que un muchacho. Y no me han abandonado nunca.
Porque he visto en ellas el retrato exactísimo de cientos de vidas
¿Es cierto, entonces, que crecer es tan terrible? ¿Vivir es simplemente ir abandonando? ¿Eso
que llamamos «madurez» es casi siempre puro envejecimiento, simple resignación, ingreso en los
cuarteles de la mediocridad?
Me gustaría, amigo, que antes de exhibir tanto orgullo te atrevieras a repasar esa lista de
seis batallas y te preguntaras a ti mismo a qué derrota llegas, seguro de que de ahí deducirás lo que
te queda de humano
La primera batalla se da en el campo del amor a la verdad. Suele ser la primera que se pierde.
Uno ha asegurado en sus años de estudiante que vivirá con la verdad por delante. Pero pronto
descubre uno que, en esta tierra, es más útil y rentable la mentira que la verdad; que, con ésta, «no
se va a ninguna parte» y que, aunque diga el refrán que la mentira tiene las piernas muy cortas, los
mentirosos saben avanzar muy bien en coche. Abres los ojos y ves cómo a tu lado progresan los
babosos, los lamedores. Y un día tú también, muchacho, sonríes, tiras de la levita, abres puertas,
sirves de alfombra, tiras por la borda la incómoda verdad. Ese día, muchacho, sufres la primera
derrota, das el primer paso que te aleja de tu propia alma
La segunda batalla tiene lugar en los terrenos de la confianza. Uno entra en la vida creyendo
que los hombres son buenos. ¿Quién podría engañarnos? Si de nadie somos enemigos, ¿cómo lo sería
alguien nuestro? Y ahí está ya esperándonos el primer batacazo. Es una zancadilla estúpida o, incluso,
una traición que nos desencuaderna el alma precisamente porque no logramos entenderla. Y nuestra
alma, herida, báscula de punta a punta. El hombre es malo, pensamos. Rodeamos de hilo espinado
nuestro castillo interior, ponemos puente levadizo para llegar a nuestra alma, a nuestro corazón ya no
se podrá entrar si no es con pasaporte. El alma forrada de cuchillos es la segunda derrota
La tercera es más grave porque ocurre en el mundo de los ideales: uno ya no está seguro de
las personas, pero cree aún en las grandes causas de su juventud: en el trabajo, en la fe, en la
familia, en tales o cuales ideales políticos. Se enrola bajo esas banderas. Aunque los hombres fallen,
éstas no fallarán. Pero pronto se ve que no triunfan las banderas mejores, que la demagogia es más
«útil» que la verdad y que, con no poca frecuencia, bajo una gran bandera hay un cretino más grande.
Se descubre que el mundo no mide la calidad de las banderas, sino su éxito. ¿Y quién no prefiere una
mala causa triunfante a una buena derrotada? Ese día otro trozo del alma se desgaja y se pudre
La cuarta batalla es la más romántica. Creemos en la justicia y la santa indignación se nos
sube a los labios. Gritamos. Gritar es fácil, llena nuestra boca, da la impresión de que estamos
luchando. Luego descubrimos que el mundo nunca cambia con gritos y que, si alguien quiere estar con
los despellejados, ha de perder su piel. Y un día descubrimos que no se puede conseguir la justicia
completa y empezamos a pactar con pequeñas injusticias, con grandes componendas. Ese día caemos
derrotados en la cuarta pelea
Todavía creemos en la paz. Pensamos que el malo es recuperable, que el amor y las razones
serán suficientes. Pero pronto se nos eriza el alma, comenzamos a desconfiar de la blandura,
decidimos que puede dialogarse con éstos sí, pero no con aquéllos. No pasará mucho tiempo sin que
decidamos «imponer» nuestra paz violenta, nuestras santísimas coacciones. Es la quinta derrota
¿Queda aún algo de nues-tra juventud?
Quedan aún algunas ráfagas de entusiasmo, leves esperanzas que rebrotan leyendo un libro o
viendo una película. Pero un día las llamamos «ilusiones», un día nos explicamos a nosotros mismos que
«no hay nada que hacer», que «el mundo es así», que «el hombre es triste»
Perdida esta sexta batalla del entusiasmo, al hombre ya sólo le quedan dos caminos:
engañarse a sí mismo creyendo que ha triunfado, taponando con placer y dinero los huecos del alma
en los que habitó la esperanza, o conservar algo de corazón y descubrir que nuestro barco marcha a
la deriva y que estamos hambrientos y vacíos, sin peso de ilusiones, sin alma
Me gustaría que, al menos, te quedara esta angustia, amigo que hoy me escribes. Y que
tuvieras aún el valor suficiente para preguntarte a qué derrota has llegado, muchacho
4.- Música para sobrevivir
La serie que Televisión Española nos ha servido los tres últimos lunes es, me parece, la primera en
la que las brutalidades nazis no han sido utilizadas con la técnica del chivo expiatorio. Afortunadamente, la protagonista nos ha gritado repetidas veces: «¿Y qué son sino seres humanos?» Porque es
muy fácil, sí, usar esa torpe coartada de pensar que sus manos no eran como las nuestras, que se
trataba de seres huidos de la condición humana, que sus «gestas» son algo que nosotros -inocentes,
purísimos, arcangélicos- no haríamos jamás. Es fácil inventarse una raya que cruza entre los
monstruos y nosotros, ilusionarse creyendo que en ningún caso, en ninguna circunstancia,
colaboraríamos con ellos y aceptaríamos mil muertes persona- les antes que girar la manivela que
pone en marcha las cámaras de gas
Aquellas mujeres eran más objetivas cuando se preguntaban dramáticamente de qué lado
estaban, cuando se echaban en cara que ellas, interpretando a Bcethoven mientras oían los
mortíferos disparos, acariciando violines para el placer de los asesinos, estaban también disparando,
manchando en sangre los dedos que tocan el piano
La condición del hombre es la ceguera. El hombre se aferra tercamente a su respetabilidad y
daría oro por que sus propias manos estuvieran a kilómetros de su cabeza y de su conciencia
Porque verdaderamente los nazis están en medio de nosotros, lo nazi está dentro de nosotros.
Hasta habría que pensar que los hornos crematorios pertenecen ya a la prehistoria de la violencia,
largamente superados por las ultramodernas maneras de matar, que ni siquiera precisan girar
manivela alguna
Acabo de leer que en 1982 morirán de hambre cincuenta millones de seres humanos, hermanos
nuestros. Y los expertos aseguran que en este noviembre de 1981 están muriendo ya de hambre
140.000 personas diarias. Durante las cuatro o cinco horas que yo tardaré en preparar y escribir
este artículo morirán cerca de 25.000. En los diez minutos que alguien invertirá en leerlo serán 600
los que sucumbirán a manos de la miseria. Sin hacer ruido. Sin metralletas. Sin espantos
Suenan en mi tocadiscos los preludios de Chopin mientras ellos se mueren. Nos rodeamos de
violines, de Cigarrillos para no ver tanta muerte. Música para sobrevivir, música como piadosa
morfina de la realidad
Los artistas han tenido sobrados motivos para desconfiar de su arte. Benavente contaba que «el
arte no
dice la verdad, pero ayuda a olvidarlas. Flaubert -más piadoso- añadía que «de todas las
mentiras, el arte sigue siendo la menos falaz». Renard ironizaba que «la. verdad siempre es un
desencanto, y ahí está el arte para falsificarlos. Giono -más cruel- describía a poetas, músicos y
pintores como ciegos que, «encerrados en su felicidad de elegidos, atraviesan los campos de batalla
con una rosa en la mano»
El arte es, sí, una gran coartada. Oímos música para cegarnos, para no ver. Hilvanamos cadenas de
palabras para que no llegue a nuestros oídos el silencioso llanto de los que sufren. Montamos este
circo que llamamos belleza para que los asesinos -y lo son todos los que no son víctimas- olviden por
unas horas esa sangre incolora que les quema las manos
¿Quién, ante la cascada milagrosa que sale del piano de Chopin, recordará que uno de cada cuatro
indios trabaja todo el año en estado febril? ¿Quién, leyendo la magia verbal y sentimental de Juan
Ramón Jiménez, tendrá lugar en su alma para pensar en los 840 millones de analfabetos que pueblan
el planeta? ¿"mo evocar ante la adormeciente dulzura de Botticelli que los habitantes de Sierra
Leona tienen un promedio de vida de treinta y dos años, frente a los casi setenta de los europeos?
¿Y qué puede significar que la mitad de las mujeres del Tercer Mundo sean anémicas frente a las
celestes flechas de las torres de la catedral de Burgos?
La muerte, la violencia, nos desenmascaran, relativizan nuestros dogmas estéticos, vuelven
grotescos nuestros automóviles y nuestros cigarrillos. César Vallejo lo dijo prodigiosamente:
Un albañil cae de un techo, muere y ya no almuerza
¿Innovar, luego, el tropo, la metáfora?
Otro tiembla de frío, tose, escupe sangre
¿Cabrá aludir jamás al yo profundo?
Otro busca en el fango huesos, cáscaras
¿Cómo escribir, después, del infinito?
Alguien va en un entierro sollozando
¿Cómo, luego, ingresar en la Academia?
A la hora en que escribo estas líneas, muchos de los diez millones de parados europeos, muchos
del millón y medio de parados españoles, tiemblan de frío, tosen, escupen sangre, buscan en nuestros
cubos huesos, cáscaras. Y aquí estoy yo, escribiendo, golpeando la máquina con furia, bebiéndome a
Chopín como una droga. Y aquí estamos todos jugando a las canicas de la vida, anestesiándonos ese
corazón que nos grita que seguimos en Auschwitz
Y ¿bastará esa otra coartada de que nuestras palabras son lo único que tenemos y que ellas se
redimen cuando se convierten en gritos? Eso es lo que hacían los poetas sociales. Explicaban que
nuestro mayor delito era pasarnos al bando de los ángeles, repetían que «nuestros cantares no
podían ser, sin pecado, un adorno», suplicaban a las rosas que crecieran, pujaran, se multiplicaran
«hasta invadir las cajas de caudales, hasta impedir las ametralladoras»
Pero sus gritos no impidieron que las rosas siguieran siendo rosas, que las cajas de caudales
continuaran cerradas y manejadas por los mismos de siempre, que Merecieran, pujaran y se
multiplicaran». las ametralladoras
Las palabras no bastan, ciertamente. Pero ¿qué usar quienes sólo palabras tenemos? Tal vez
usted, lector, y yo, juntos, pudiéramos evitar que en la cuenta de los muertos de hoy hubiera un
número menos. Pero ¿qué hacer por los restantes 139.999 muertos de hoy y por los 139.999 muertos
de mañana?
Todo, desde luego, menos resignarnos. Todo, menos refugiarnos detrás de los mágicos violines. El
arte por sí solo tiene más poder adormecedor que despertador. Tenía razón Fania al gritar a la
directora de su orquesta que estaba equivocada en casi todo: es necesario, es cierto, interpretar
bien a Beethoven; pero hay que hacerlo sabiendo que eso no detendrá la muerte. Acertaba Baroja al
recordar con cínico realismo que, en los tiempos del Renacimiento, los grandes promotores del arte
asesinaban tranquilamente con la misma mano con la que contrataban a Miguel Ángel para esculpir su
Davíd
Tal vez la única manera de impedir que nuestras manos asesinen sea unirlas a otras. Péguy decía
que «cristiano es el que da la mano». Rebajémoslo. hombre es el que da la mano. El que no da la mano,
ése no es hombre. Y poco importa lo que pueda hacer después con esa mano. Porque, ciertamente,
una mano desunida hará más violencia que arte
Unir las manos. Y llorar. Y avergonzarnos de nuestra condición de hombres. Llorar pensando en
los 25.000 que han muerto de hambre mientras yo escribía este artículo, en los 600 a quienes
derribó la muerte mientras tú, amigo, lo leías
5.-
El suicidio de un niño
Jorge puso la silla encima de la mesa, se subió a ella, ató la punta extrema de su cinto al tubo
de la calefacción, pasó el otro extremo como un lazo por su cuello
Me parece que, de todas las noticias de este año, la que bate el récord de los horrores es
ésta que acabo de leer en un periódico, la historia de un niño de diez años que apareció colgado en el
cuarto trastero de su casa. Se llamaba Jorge, dicen las agencias. Era un niño normal, cuentan los
vecinos. No tenía ninguna razón para hacer lo que ha hecho, aseguran sus padres. En la escuela no le
había ocurrido nada extraño, informan los maestros
Todo era normal. Pero aquella tarde, al regresar del colegio, subió las escaleras de los ocho
pisos de su casa -los niños solos no pueden subir en ascensor-, empujó la puerta del trastero, que
estaba, como siempre, abierta, empujó hasta el centro de la habitación aquella mesa blanca de pino
que habían arrumbado en la última reforma de su casa, puso sobre ella una silla
Tenía diez años, sólo diez años. Y era un niño normal. Resultaría ahora demasiado cómodo
inventarnos una paranoia, un acceso de locura, una ráfaga de espanto, algo que tranquilizase a padres,
curas, profesores, psiquiatras
Pero lo cierto es que el niño había preparado su muerte con la fría crueldad de un adulto.
Sobre la mesa de estudiante estaba esa carta que seguramente había aprendido en la televisión, esa
carta que repite lo tan requetesabido: «No culpéis a nadie de mi muerte. Me quito la vida
voluntariamente.» Y, luego, por toda explicación, dos únicas, horribles, vertiginosas palabras: «Tengo
miedo.»
¿Miedo de qué, Dios santo? Sus padres aseguran que su salud era buena; sus profesores, que
nunca conoció un suspenso; sus amigos, que jamás le oyeron quejarse de ninguna amenaza; su
confesor, que no había sombras en su vida. Todos le creían un niño feliz. Nunca nadie había
sospechado la existencia de motivos para una tan escueta confesión. «Tengo miedo.»
Pero Jorge subió lentamente las escaleras de los ocho pisos que llevaban a aquel pequeño
trastero junto a la terraza. Los subió lentamente, como con esperanza de encontrarse con alguien en
alguno de los rellanos, algún compañero que le llevara con él a jugar al balón, algún vecino que le riñera
por subir a la terraza haciendo el frío que hacía. Los subió lentamente, viendo cómo en cada rellano
desierto se iban agotando sus últimas décimas de esperanza y cómo no le quedaba realmente más
salida que la de tomar el cinto, atarlo cuidadosamente al tubo de la calefacción con uno de aquellos
nudos que le habían enseñado a hacer en el campamento de verano y
Tenía miedo. Ni él mismo hubiera sabido explicar muy claramente de qué. Pero estaba solo,
tan solo como todos los niños encerrados en las cuatro paredes de esa infinita soledad que sienten
los pequeños cuando no son amados, cuando no son suficientemente amados. No tenía ninguna razón
«especial» para tener miedo. Sólo las que tenemos todos los que vivimos en un mundo tan hostil como
éste. Sólo había visto cientos de horas de televisión y violencia. Sólo había oído decir docenas de
veces a su padre que esta vida era una mierda. Sólo recordaba los gritos del abuelo el día que riñó
con sus padres: « ¡ Quiero morirme! ¡Quiero morirme!» Sólo recordaba el llanto de su madre una
noche en la que había ocurrido algo que él no pudo terminar de entender
Nada más. Nada más. Eso era todo lo que recordaba cuando al subir el tramo de escalera que
iba del séptimo al octavo piso comenzó a sacar de las trabillas el cinto que le habían regalado el día
de su santo. Era un cinto de cuero que le había enorgullecido porque era su primer regalo de hombre.
Había presumido de él con los compañeros aquella tarde en que jugaron a perseguirse a zurriagazos.
Había temblado cuando uno de sus amigos le aseguró que a él su padre le pegaba con un cinto como
ése
Jorge no podía entender muy bien que alguien pudiera pegar a un niño. El no había leído todas
esas estadísticas que aseguran que anualmente en el mundo más de dos millones de niños son
sometidos a malos tratos; que en Estados Unidos cada año atienden los hospitales entre cien y
doscientos mil casos de niños torturados, entre sesenta y cien mil casos de pequeños sometidos a
violencias sexuales y que cerca de ochocientos mil son abandonados por sus padres y familiares
No sabía que en Inglaterra mueren cada año setecientos niños por golpes de sus padres y que
cuatrocientos padecen, por lo mismo, lesiones en el cerebro. No sabía que hay bebés que son
estrangulados en la cuna por el terrible delito de llorar y no dejar dormir a los suyos. No sabía nada
de todo esto cuando subía las escaleras del piso séptimo al octavo, pero sí sabía que algo le hacía
temblar cuando acariciaba el cuero de su cinto
La puerta del trastero se quejó al abrirla, pero Jorge no lo percibió. El trastero estaba sucio
y polvoriento, pero Jorge no se dio cuenta de ello. No pensó que un literato habría sacado partido de
ello y que en la televisión habrían usado esos elementos para dar más dramatismo a la escena. Jorge
tomó la blanca mesa de pino y la colocó en el centro mismo de la habitación, justamente debajo del
tubo de la calefacción
Si hubiera vivido veinte años antes, tal vez en este momento se habría acordado de que
Camus había escrito: «Me resisto a amar una creación en la que los niños son torturados.» Si hubiera
estado a la moda, se habría repetido, mientras se subía a la mesa, aquello de Umbral: «El universo no
tiene otro argumento que la crueldad ni otra lógica que la estupidez.» Pero no pensó nada de todo
esto. Él no era filósofo ni escritor. Sólo era un niño que tenía miedo y estaba solo, tan radicalmente
solo que nadie había percibido esta soledad
No se acordó tampoco de que diez años antes había estado encerrado en un seno, caliente,
caliente, amorosamente protegido contra todas las espadas que le esperaban después, contra los diez
años de frío que le llevarían a subirse a esta mesa y poner sobre ella esa silla
No se acordó de que los hombres estaban orgullosos de su siglo XX, de que habían llegado a la
Luna y construido televisores del tamaño de una caja de cerillas. Ni siquiera se preguntó de qué
servía haber puesto los pies en la Luna cuando en el mundo los niños no eran felices. No sonrió
pensando que aquella hora, en la que él pasaba su cinto por sobre el tubo de la calefacción, era parte
del Año Internacional del Niño. Sólo pensó que estaba solo y que, si decía esto a su padre, le
contestaría: «Niño, no digas bobadas.» Y que, si se lo contaba a su madre, ella pretextaría un dolor
de cabeza para no contestarle
Y cuando comprobó que el nudo del cinto estaba bien sujeto, y cuando se pasó el lazo por el
cuello, y cuando pensó que ya sólo faltaba -como había visto tantas veces en la televisión- darle una
patada a la silla que le sostenía, no pensó en el problema que crearía a los curas cuando se pusieran a
discutir si le enterraban en la caja blanca de los niños inocentes o en el cementerio maldito de los
locos suicidas
6.- Una humanidad de trapo
El reportaje más sádico ¡que he leído en toda mi vida es este que publica el dominical de uno de
los diarios madrileños. Bajo el título de «Ponga un bebé en su vida» nos cuentan la última, la más
grave, la más estremecedora de las locuras americanas. Por lo visto, el más inhumano hombre de
negocios que ha parido la historia, llamado Xabier Roberts, ha descubierto la feroz manera de
llenar las soledades de aquellos padres que quieren «jugar a papá y mamá sin tener los
inconvenientes de una verdadera maternidad», como dice la nena que firma el reportaje y que, al
parecer, se ha contagiado también ella del sadismo del autor del invento
Porque esa «manera» es fabricar muñecos de trapo -¡cada uno de ellos un ejemplar único!
que
luego será adoptado -no comprado- por los «candidatos a padres en esta nueva modalidad». Xabier
Roberts, dice el horrendo informe., «Ofrece a los americanos no sólo muñecos que parecen bebés,
sino la ilusión de que esos bebés existen de verdad». Para ello entrega sus «criaturas» con su
certificado de nacimiento y todo -incluidas en él las huellas dactilares del hijo de trapo y hace
jurar a los «padres» que se ocuparán de su adoptado y le ayudarán «a desarrollar su personalidad»
«Todos --cuenta la informadora- se toman en serio su profesión.» Una pareja, que aparece muy
fotografiarla en el reportaje, cuenta muy en serio que han adoptado a la muñeca llamada Sadie
Edna porque llevan seis años casados sin tener hijos y la abuela materna «soñaba con tener una
nieta». Desde que Sadie entró en sus vidas, «la abuela está encantada. Se ocupa de ella todo el
día». Por la noche, sus «padres» pasan a recogerla, la dan de cenar y la acuestan en el cuartito que
los hijos de carne no vinieron a ocupar
Xabier Roberts, que domina las artes que el marqués de Sade dejó a medio camino, ha inventado
también una clínica para los bebés. Allí, los niños de trapo son atendidos por preciosas enfermeras y
cuidados por diligentes médicos. En los jardines de la clínica los bebés respiran a pleno pulmón,
reciben clases de francés. Y hasta cuentan con un supermercado, en el que sus papaítos adoptivos
pueden gastar su sueldo en comprarles comiditas, vestiditos y zapatitos a la medida. ¡Una monada!
Y yo me he quedado sin respiración al contemplar largamente la galería de sonrientes fotos en
las que se muestra todo lo que estoy contando. Sin respiración porque, mirándolas más
detenidamente, me he dado cuenta de que, aunque en ellas parecen sólo de trapo los muñequitos
víctimas de la adopción, también son de trapo los padres que acuden a adoptarlos, y es de trapo el
señor Xavier Roberts, autor de la patraña, y son de trapo las enfermeras que les atienden y Caos
médicos que les operan, y es también probablemente de trapo la muchachita que firma el reportaje
que publica este dominical madrileño
Me aterro más aún al asomarme a la ventana de mi casa. los obreros que, en la plaza de
enfrente, construyen una iglesia son también ellos de trapo y es de trapo el conductor del autobús
que acaba de salir de la Ciudad de los -Periodistas y se dirige hacia la plaza de Castilla
Corro al espejo. Contemplo mi rostro ¡y es también de trapo! Toco mis mejillas de trapo con mis
manos de trapo y siento que dentro de mí pecho de trapo golpea enloquecido un corazón de trapo.
Bajo a la calle: es de trapo mi portero y de trapo los cuatro que trabajan en el supermercadillo en
que yo hago mis compras diarias
Y empiezo a comprender que, de locura en locura, de deshumanización en deshumanización,
hemos ido sustituyendo todo lo que ardía por dulces fórmulas de trapo y cartón piedra. Ya
queremos ser padres «sin tener los inconvenientes de una verdadera maternidad», queremos
trabajar y vivir sin dolor, asumir la tarea de vivir cuesta abajo, rebajamos el alma, recortamos la
vida, anestesiamos el tiempo, la vida se nos vuelve tan dulce que ya es toda ella de farsa y trapo,
dejada de lado la sangre por el delito de estar demasiado viva
Y siento unas terribles ganas de reírme cuando pienso en las manifestaciones, en los
movimientos pacifistas que protestan contra las armas nucleares que van a venir un día a destruir la
humanidad. ¡Pero si no hacen falta! ¡Pero si la humanidad ya está destruida, desmedulada,
cloroformizada, anulada, atontada, enloquecida, vuelta inexistencia y trapo, vaciada de todo como
un cántaro seco, sustituido todo lo que era fuego, vida, viento por esta hermosa colección de
mentiras con que nos alimentamos y nos convencemos a nosotros mismos de que seguimos vivos!
Escribo todo esto llorando. Vuelvo a verme a mí mismo como aquel chiquillo que nunca supo hacer
una sola página de caligrafía sin borronearla, no sé ya si de tinta o de lágrimas. Mis pupitres de
escuela han crecido, pero mis sueños no han dejado de disminuir. Ahora, esta máquina que ataca mis
uñas impide que mis lágrimas emborronen lo escrito. Pero yo sé muy bien que estas líneas crecen
sobre el papel como lo hará un día la hierba cuando yo me haya muerto
Levanto los ojos y el sol sigue estando fuera. Dora los edificios, desconcertados por este sol de
invierto. ¿No habrá cambiado todo? ¿No habrán lanzado ya sobre el Universo esa bomba limpia que
permite que las cosas sigan girando enteras, mientras lo que creemos hombres son solamente
muñecos sustituidos, que un demonio malvado -que quizá se llame Xabier Roberts- colocó en lugar
nuestro? Los muñecos de este reportaje tienen también, como yo, carnés de identidad y tarjetas de
crédito. Están tan vivos como yo. O yo tan poco vivo como ellos
Cerraré aquí este artículo. No puedo seguir escribiendo ante la horrible idea de que sólo me
leerán los muñecos de trapo que el próximo domingo comprarán el periódico. Lloro por nuestra común
inexistencia. Y compruebo que las mismas lágrimas que lloro son lágrimas de trapo
7.- El relámpago gris
Yo soy uno de esos (¿pocos?) hombres afortunados en cuyas casas, de niños, se tomaba la Navidad
radicalmente en serio. En serio: quiero decir, en un estallido de vida y de alegría. La Navidad era el
centro hacia donde todo convergía y medio año se dedicaba a su preparación y el otro medio a su
recuerdo. Porque en esos días era como si a todos se nos multiplicase el alma y cual si sólo en ellos se
viviese de veras. Aún hoy estoy convencido de que si yo no me voy a morir hasta que me muera
(porque la mayoría de la gente se muere muchos años antes de que les extiendan la partida de
defunción) todo se debe a aquellos días en que me enseñaron a coger carrerilla en esto de vivir
La fuente de todo era mi madre. Ya sé que para todos los hombres su madre es un ser inigualable,
pero es que la mía -mejor o peor que otras, no discuto- tenía algo que le reconocían todos los que
tenían la suerte de tratar con ella: estaba viva, estaba «siempre» viva, era como si Dios le hubiera
hecho el alma de puntas de alfileres tenía el corazón siempre a punto y jamás la vi sentarse en esos
«descansinos de vivir» en que los hombres nos acurrucamos para dejarnos acariciar por la pereza o la
amargura
Gracias a ella, la Navidad tenía en mi casa esos gramos de locura que ha de tener toda Navidad
auténtica. Hacer el nacimiento no era un juego o una fábula; era como descender a la verdad,
asomarse a ese rincón donde por primera y única vez fue el mundo lo que debía ser: una mezcla tan
enrevesada de lo divino y lo humano .en la que no acababa nunca de saberse dónde empezaba lo uno
y dónde terminaba lo otro, pero lo uno y lo otro eran, a la vez, enormes y abrazaderos
En mi casa, como es lógico, no nos planteábamos todas estas jerigonzas: las creíamos, que es
mucho mejor; las vivíamos, que es mucho más sabroso. Y las espolvoreábamos de azúcar y de risas.
Porque mi madre era una cocinera formidable y a la hora de los dulces parecía que hubiera asistido a
clases en todas las cocinas de los más expertos conventos de España,
Supongo que no hace falta precisar que en casa no éramos muy felices en Navidad porque
tuviéramos mucho o porque en esos días nos inundasen de regalos. Puedo asegurar que mis reyes
magos fueron siempre de tercera división y que la cena de Nochebuena -aunque seguro que no era
menos sabrosa- costaba para siete bastante menos que un solo cubierto en el cotillón de fin de año
del Ritz
Pero como uno ha de decir toda la verdad, creo que ya es hora de que cuente que en mi casa la
noche de Navidad faltaba algo para que la alegría fuera absolutamente perfecta. Aunque también
tengo que decir que yo no percibí esa ausencia hasta el año en que cumplí los diecisiete y que aún
tardé dos años más en descubrir la clave de lo que faltaba
Mi casa era una de esas en las que, sin que nadie lo mandase y como por instinto, todos se
dedicaban a proteger a los que venían detrás. Mis padres formaban una muralla para defender del
dolor a los hijos. Mis padres y mis dos hermanos mayores armaban una segunda para protegernos a
los pequeños. Y todos juntos formaban un tercer paredón para ponerme a mí -el benjamín- a
cubierto de toda forma de negrura. No es que se mintiera, pero pensaban todos que bastante
doloroso es el mundo y que bueno sería que al menos las tristezas nos llegasen lo más tarde posible,
Esta es la razón por' la que yo viví no sé si en Babia o en el cielo la mayor parte de mi infancia. Y
ésta es la causa de que yo no negara ni a enterarme de la pequeña grieta que se abría en nuestra
Navidad hasta, como ya he dicho, muy tarde
Yo intuía, sí, que en la misma Nochebuena algo ocurría, y, precisamente, durante la cena. Siempre
había un momento en el que la alegría, que era visitante normal en nuestra casa, se extralimitaba un
poco, se hacía una miaja chirriante, como si tratara de tapar o de camuflar algo
No ocurría siempre en el mismo instante preciso, pero siempre dentro y durante la cena. Nadie
cesaba de reír, pero si uno se fijaba bien -y esto lo percibí en 1947- descubría que en aquel
momento la risa se volvía nerviosa, como si todos temieran que pasara o pudiera pasar algo, como si
tratasen de proteger a alguien o como si intentaran que alguien se olvidara de lo que estaba
pensando
Cuando después de la cena de 1947 yo pregunté a mis hermanos por la clave del misterio, se
rieron de mí y comentaron que ya me estaba despuntando Invocación de novelista y que hay que ver
qué cosas imaginaba. Pero más tarde, tras una puerta, sorprendí un retazo de conversación en la que
alguien informaba a los demás de que el niño -«el niño» era yo-- había comenzado a sospechar algo
Durante la cena de 1948 pude hacer dos nuevos descubrimientos: que aquellos nervios y risas
excesivas ocultaban una angustia subterránea y -lo que me pareció más grave- que las miradas, en el
corto espacio de esa ráfaga angustiosa, se dirigían a mi madre. ¿Era, entonces, a ella a quien querían
todos proteger de algo? ¿A ella, fuente de toda nuestra alegría? Y protegerla, ¿de qué?
En las vísperas de la Navidad de 1949 asedié tanto a mis hermanos con mis preguntas, que al fin
acabaron revelándome la naturaleza del misterio y su clave más honda. Y más tarde pude comprobarlo
yo mismo durante la cena de Nochebuena
-Si estás atento esta noche -me había explicado una de mis hermanas-, notarás que hay un
momento en el que por los ojos de mamá cruza como un relámpago de tristeza
-¿Un relámpago?
-Sí, un relámpago gris. Dura sólo unas décimas de segundo, pero durante ellas es como si mamá
fuera expulsada del paraíso de la Navidad. Luego, pasado ese relámpago, regresa
-¿A la alegría?
-Sí. Y a la vida
-¿Por eso os pasáis todos la cena preocupados pensando que de un momento a otro llegará ese
relámpago?
-Por eso
-¿Y no puede impedirse que llegue?
-Lo intentamos, contamos chistes, nos reímos más que nunca. Pero el relámpago viene siempre y
nos gana
-¿Tan invencible es?
-Sí, porque viene de la única región en la que los hombres no podemos ayudarnos los unos a los
otros
-¿Qué región es ésa?
-La de la muerte
-¿La muerte?
-Sí: Tú no llegaste a conocer a la abuelita Evarista, la madre de mamá. Por eso no sabes que se
murió justamente el día de Noche- buena. Durante la cena
-¡Pero eso ocurrió hace ya muchísimos años!
-¡Qué bobadas dices! Una madre muerta no acaba nunca de morirse
-¿Y mamá lo recuerda siempre, cada Nochebuena?
-Sin fallo. Es sólo un momento. Nosotros lo sabemos. Por eso espiamos sus ojos. Deseando que no
llegue. 0 mejor: deseando que llegue en seguida y que pase cuanto antes. Porque en esos segundos
mamá vuelve a vivir la muerte de su madre. Y debe de ser terrible, a juzgar por las toneladas de luz
que en ese segundo se oscurecen en sus ojos
El cura puritano que yo iba a ser salió desde dentro de mí con un planteamiento locamente
teológico-¿No le basta saber que Cristo ha nacido?
Mi hermana me miró llena de piedad-El nacimiento de Cristo no salva a los hombres de la muerte. Ilumina la vida, salva, pero no impide
la muerte
-¿El sentimiento es, entonces, más fuerte que la fe? -insistí yo, asquerosamente terco
-Nuestra fe no es de ángeles -dijo mi hermana
Y, tras un silencio, añadió:
-Esta noche Cristo lloró de frío. El saber que venía a redimir al mundo no puso calefacción en el
portal
El orgullo -más demoníaco que angélico- de mi fe se calló ahora. Comprendí que estaba entrando en
el misterio más hondo y verdadero de la Navidad: no sólo risas, sino desgarramiento. Un
desgarramiento que no logra nublar las risas
Y aquella noche, durante la cena, fui yo uno más a espiar los ojos de mi madre. Entonces descubrí
que, hasta aquel momento, siempre la había querido desde abajo, como quiere un hijo a su madre.
Pero en aquel momento era como si ella estuviera empequeñeciéndose, haciéndose niña, volviéndose
hija mía, como si ahora fuera yo quien tenía que protegerla a ella, uniendo mis espaldas de muchacho
a las de mis hermanos para que el dolor no lograse llegar hasta su imaginación
Mas también aquella noche fuimos derrotados. Con nuestras risas y chistes habíamos conseguido
retrasar el recuerdo. Habíamos llegado, incluso, a los postres sin que el relámpago llegase. Creíamos
que conseguiríamos esta vez traspasar la frontera de la cena sin que la grieta de la muerte se
sentara entre nosotros. Pero no fuimos capaces. Fue en el momento más alto de las carcajadas, fue
cuando la sopa de almendras -el postre más celeste que se inventó en la tierra- hizo su aparición en el
comedor, cuando ocupó su trono en el centro de la mesa. Como si alguien hubiera dejado abierta una
ventana hacia la noche de diciembre, una ráfaga helada nos paralizó, durante una centésima de
segundo, el corazón. Y todos volvimos nuestros ojos hacia los de mi madre, porque nadie tenía que
explicar ya a nadie de qué se trataba. Entonces vi por primera vez el relámpago gris. Era como si el
mundo se apagase, como si Dios dejara de existir, como si la Navidad fuera sólo un cuento inventado
por un loco. Duró, ya lo he dicho, una centésima de segundo. Pero me bastó para ver en ella no a la
abuela desconocida muerta, sino a mi misma madre muerta, tendida en la oscura caja brillante que
conocería treinta años más tarde, hinchados los pómulos y la nariz, definitivamente inmóviles los ojos
Y antes de que la centésima de segundo se acabase, antes de que la alegría de siempre regresara
a los ojos de mi madre, antes de que mis hermanos estallaran en las carcajadas de saber que habían
vencido por un año más el ala de la muerte, estallé yo en un llanto histérico de niño que no se resigna
a dejar de serio, un llanto inconsolable de quien acaba de descubrir que todo el amor del universo no
preserva a los hombres de la muerte, un llanto de quien, por primera vez, acepta que Belén es,
además de alegría, soledad ' incomprensión, camino de la cruz
Entre las lágrimas pude ver el asombro de todos. Y sentí cómo mi madre -yo estaba sentado a su
lado- dirigía mi cabeza hacia su pecho y acariciaba al muchacho que era como al niño que fui
-No, no es eso -decía-. El dolor está ahí, pero no mancha. La muerte es dolorosa, pero no amarga.
Y tanto el uno como la otra son mucho menos duraderos que la alegría. Nosotros nos iremos, pero la
Nochebuena seguirá viniendo. Y no hay ausencia capaz de enturbiar esa venida. Un día entenderás
esto, hijo
Han pasado treinta años y me pregunto si hago bien contando estas cosas: si llegan a leerlas mis
sobrinos sabrán por qué mis hermanos y yo hemos heredado ese relámpago gris y por qué cruza por
nuestros ojos cada vez que la sopa de almendras entra triunfante en nuestro comedor tras la cena de
Nochebuena. Si llegan a leerlas me gustaría que descubrieran también que el relámpago dura una
centésima de segundo. Y que no es capaz de nublar nuestra alegría
8.- Teoría del trampolín
La visita de Alfredo me ha multiplicado -y complicado- la tarde. Durante cerca de una hora le he
dejado hablar sin interrumpirle, no porque yo estuviera de acuerdo con todo lo que él decía, sino
porque, poniéndome yo en actitud polémica, discutiendo los puntos en que discrepaba, ni le permitiría
a él expresarse a gusto ni comprendería yo del todo sus ideas, ya que toda polémica enturbia las
mentes de los que la mantienen
Alfredo, que acaba de publicar un libro (Veintidós historias clínicas, Alfredo Rubio, Ediciones
Edimutra), quería resumirme de palabra su pensamiento. Es muy simple.- la clave de toda psiquiatría
-mi amigo es médico- está en que el paciente se acepte a sí mismo tal y como es. Nadie podría
curarse o ser feliz si se empeña en ser «otro». Alfredo interpreta el «ser o no ser» de Hamlet de
un modo muy especial y profundo: ser lo que eres, ser como eres, o no ser. El hombre podrá mejorar
lo que es, pero nunca ser otra persona, con otras virtudes, con otros defectos. Cada uno ha de
realizarse con su estatura, con su origen social, con su inteligencia, con su modo de ser. No puede
construir sobre otro terreno. Soñar ser alto, rubio o rico, si se es bajo, moreno y pobre, sólo es un
sueño, además de inútil, desvitalizador. No está en la mano del hombre --dice Alfredo- cambiar lo
más profundo. El mar da olas. El soto, álamos. El mar será feliz con sus olas o no será feliz. El soto
será feliz dando álamos, nunca soñando producir olas. El rechazo de uno mismo es el mejor camino
para no llegar a ser nada. Sólo a partir de la aceptación de lo que uno es podrá alguien superarse
Incluso -prosigue hablando Alfredo-- el gran drama de muchas familias está en que no se
aceptan los unos a los otros como son. Los padres se pasan la vida diciéndoles a sus hijos: Si fueras
así, si fueras así, si te parecieras a tu primo Ernesto. Así los hijos no se verán nunca amados por sí
mismos. Sentirán que sus padres aman al ideal que ellos se hicieron, no a los hijos que, de hecho,
han tenido. Los hijos quieren ser queridos tal y como son, quieren ser amados por ser lo que son, no
sólo soportados. Hay hijos que llegan a sentirse como traidores de los sueños de sus padres y
piensan que les harían un favor si ellos desaparecieran
Es claro ---dice Alfredo, saliendo al paso a la objeción que lee en mis ojos- que yo no hablo de una
aceptación de sí mismo puramente pasiva, resignada. Hablo de una aceptación que incluye el motor
para arreglar en lo posible --que nunca será mucho- esos defectos. Partiendo del supuesto de que
con esos defectos se puede ser feliz y se puede amar y ser amado
Cuando Alfredo se ha ido, he dado muchas vueltas a estas ideas en mi cabeza. Coincido en un 80
por 100 de ellas, ya lo he dicho. Sólo me asusta que esa postura conduzca a la pasividad, confunda la
aceptación con la resignación, anime a la pereza
Y recuerdo que ideas parecidas habían sido ya para mí un deslumbramiento cuando leí en
Bernanos la defensa de los «santos cobardes». Difícilmente olvidaré aquel párrafo de Diálogos de
carmelitas, en el que dice. «A Dios no le preocupa saber si somos valientes o cobardes. Lo que El
quiere es que, valientes o cobardes, nos arrojemos en sus brazos como el ciervo perseguido por los
perros se arroja al agua fría y negra.» Es cierto: Dios es probablemente el único que nos mide con
nuestros raseros y recibe el amor de listos y tontos, guapos y feos, cultos e incultos como amores
idénticos
Todo esto es verdad. Y, sin embargo
Lo que nunca pudo imaginarse Alfredo es que llegaba a mi casa en «días-Kazantzakí». Yo soy un
hombre tremendamente influido por las lecturas, cuando me gustan, claro. Si un autor me llega, se
apodera ale mí, se hace dueño, al menos por un día, de mi alma. Y en estas vacaciones navideñas ha
sido Niko Kazantzaki mi dueño
¡Y resulta que Kazantzaki piensa exactamente lo contrario que mi amigo Alfredo! Para el novelista
griego, la patria verdadera del alma está en lo imposible, más allá de sus propios límites. Su meta
espiritual es alcanzar lo inalcanzable y morir en esa pelea. Lo importante no es la felicidad que se
consigue, sino la que se busca; no la meta, sino el esfuerzo por llegar a ella. «Ten fe en el alma
humana ~--,dice uno de sus personajes- y, sobre todo, no escuches a los prudentes, porque el alma
humana puede lo imposibles «Llega hasta donde no puedas» ofrece como consigna para quienes
quieran seguirle.
¿Es que acaso existen varias clases de hombres, unos que deben ser felices con lo que tienen y
otros que sólo lo serán luchando por
rebasar sus límites? Eso dice Kazantzaki. «Hay tres clases de hombres y tres clases de plegarias.
Unos dicen a Dios: "Dios mío, ténsame; si no, me pudriré." Otros rezan: "Dios mío, no me tenses
demasiado porque me romperé." Y otros: "Dios mío, ténsame cuanto puedas, aunque me rompa." Esta
tercera es mi plegaria.»
La mía también. Al menos ésa fue mi plegaria durante mi juventud. Y lucho ahora para que siga
siéndolo
¿O hay tal vez una síntesis? Quizá sirva de algo mi teoría del trampolín. La realidad -mi cuerpo,
mi vida, mi circunstancia- no es para mí una butaca en la que descansar, sino un trampolín desde el
que saltar. Me acepto como soy. Sé que no saltaré si no pongo los pies en mi trampolín, sé que saltaré
tanto más cuanto mejor asiente mi pie en la madera, pero sé también que la realidad sólo se ha hecho
para ser superada, para elevarnos desde ella
¿O quizá el verdadero camino sería aplicar a los demás la teoría de Alfredo -y aceptarles como
ellos son- y aplicarme a mí mismo la teoría de Kazantzaki -no contentarme ni con lo que he sido ni con
lo que soy, sino pasar la vida saltando a lo que seré?
Sí, no seré yo de los que, mientras tienen en la mano una pequeña naranja, se mueren de sed por
soñar una naranja de oro. Pero tampoco seré de los que mientras degluten su pequeña naranja se
olvidan de soñar todo un naranjal de oro
9.-
"Reina" no ríe
Antonio Gala escribe en su último artículo que, a lo largo de la mañana, le pareció que a su
«Troylo», en la foto que de su perro tiene encima de la mesa, «le sonreían los ojos». Y yo, leyéndose,
me muero de envidia. Porque llevo seis años intentando enseñar a sonreír a «Reina» -mi gata- y tengo
que confesar mi rotundo fracaso
Cuando ella me mira, a través de sus brillantes ojos felinos, logra expresar sorpresa,
admiración, asombro, curiosidad. No más. Jamás ha aparecido en su rostro la sonrisa. No la usa para
salir a saludarme. No aparece en su mirada cuando le pongo su comida. Hasta cuando juega lo hace
con seriedad de esfinge. Y tengo que resignarme a aceptar que no es humana
Digo esto porque yo siempre he pensado que lo que distingue al hombre del animal no es la
racionalidad, sino la capacidad de sonreír. Pero. si esto es así, ¿por qué los hombres nos reímos tan
poco? ¿Es que tan sólo somos hombres en esos pequeños rinconcitos de nuestra existencia en los que
la sonrisa ilumina y vivifica nuestra alma y nuestro rostro? La verdad es que tampoco pensamos con
excesiva frecuencia y que las más de las horas nuestra cabeza flota en galaxias no humanas, pero me
temo que, si pensamos tan poco como nos reímos, no debe de ser demasiado extensa ni profunda la
humanidad
que de hecho utilizamos
Lo peor del asunto es que dicen los sociólogos que la risa es un don de creciente escasez. El
mundo -dicen- aumenta en seriedad, se multiplica en aburrimiento
Eça de Queiroz echaba la culpa a la civilización: «La humanidad se entristeció por causa de su
inmensa civilización.» ¿No será más bien por culpa de nuestra inmensa descivilización? Yo prefiero,
con mucho, la tesis de Martin Grostjahn, para quien «el humor pertenece a los estadios superiores
del proceso humano».
Porque ¿cómo diríamos que el mundo mejora si ganáramos en automóviles y perdiésemos en
sonrisas? ¿Seríamos más felices teniendo calefacción y careciendo de alegría? Dostoievski hace
gritar a uno de sus personajes en Los hermanos Karamazov: «Amigos míos, no pidáis a Dios el dinero,
el triunfo o el poder. Pedidle lo único importante: la alegría.» (Y espero, angustiado, entre paréntesis,
que ninguno de mis lectores caiga en la tentación de replicarme que teniendo esas tres cosas o una de
las tres se tiene la alegría.)
Claro que, cuando hablo de la risa, no estoy refiriéndome a la carcajada. Los tontos se ríen
mucho y sonríen poco. Quienes tienen más alma suelen ser escasos en carcajadas y no desatan la
sonrisa de sus labios
Yo suelo fiarme poco de los que racionan sus sonrisas. Creo que tenía razón Rubén Darío al
afirmar que, «generalmente, los hombres risueños son sanos de corazón». E hizo bien al poner eso de
«generalmente», porque habría que excluir a los anunciantes de dentífricos. Y también a quienes
planifican sus sonrisas siguiendo los consejos de Dale Carneggie
Más peligrosos aún son los que no digieren el humor, los que se irritan cuando, a ellos o a sus
ideas, no se les toma «suficientemente en serio». Un buen amigo mío, Bernardino Hernando (en un
precioso libro que acaba de publicar y que se titula El grano de mostaza), defiende la acertada teoría
de que «el débil disimula su miedo y su debilidad bajo una capa de solemnidad, mientras que el fuerte
los supera por el humor». Exactísimo. No hay nada más vacilante que un hombre campanudo. Y poco
tiene que temer el que cada mañana, ante el espejo, se ríe buenamente de sí mismo
Por lo demás, yo diría que no hay cosa mejor que un escritor bienhumorado. Lo que a mí no me
gusta de los revolucionarios (de pacotilla) es que se toman a sí mismos terriblemente en serio y se
creen que dicen cosas tanto más importantes cuanto más avinagradas. Un revolucionario verdadero
me parece a mí el que siembra sus ideas entre sonrisas. Tiene, al menos, muchas más posibilidades de
que esas ideas calen en los hombres
Cuando yo recuerdo mis años infantiles descubro hasta qué punto se han ido al cubo de la
basura casi todas las ideas que me predicaron aburridamente. Bastante hice con soportarlas corno
para, además, hacerlas mías. En cambio, hay algo que no olvidaré: las charlas que nos daba don Angel
Sagarmínaga, uno de los seres más sonreidores que han pisado este planeta. Don Angel llegaba a mi
seminario y se ponía a hablarnos de misiones, y en cuanto percibía que nuestra atención comenzaba a
desfallecer, se detenía y, o nos contaba un chiste, o se ponía a silbar a dos voces. Para el niño que yo
era, aquel silbido era tan misterioso e importante como las cataratas del Niágara. Y aunque a los ojos
de los sabios aquello hubiera parecido una tontería, lo gracioso es que ahora no puedo escuchar un
silbido -de hombre, de tren o de pájaro- sin pensar en las misiones
Hombres así ensanchan el planeta y hasta aclaran la fe. Bruce Marshll contaba que él acostumbrado de niño a la seriedad de la liturgia anglicana- comenzó a pensar que le gustaba más el
catolicismo el día en que vio que, en una iglesia, cuando a él se le cayó una moneda y fue a colarse
entre las rendijas de la calefacción, el cura, en lugar de reñir a los chiquillos por sus risas, se reía él
también. Un Dios -pensó- que deja reírse a los suyos en la iglesia resulta bastante inteligente
Y ahora me río yo pensando que todas estas divagaciones surgieron a propósito de que
«Reina» -mi gata- no sonreía. Me tranquiliza aquella idea, que algunos escritores atribuyen a San
Francisco, de que no es seguro que no haya animales en el cielo. Si esto fuera cierto, seguro de que
en el cielo reirían. Reiremos todos. El cielo o es una oleada de risas, o no es el cielo de Dios
10.- Elogio del coraje
Supongo que lo que más habrá impresionado a muchos en el último premio Nadal es que una mujer,
madre de cinco hijos, haya ganado en sólo un mes dos importantes premios literarios. Pero a mí -que,
decididamente, soy un poco rato- lo que más me ha admirado es que esa misma mujer, Carmen Gómez
Ojea, se hubiera presentado durante el año anterior a otros trece concursos y, en lugar de
desalentarse por los repetidos fracasos, siguiera luchando, esperando y acudiendo a concursos.
Porque es cierto que hace falta un coraje nada usual para seguir creyendo en uno mismo y en la
propia obra después de trece desencantos. Y hace falta también continuar creyendo en la honradez
de los demás para no refugiarse, tras tantos intentos, tras esas fáciles fórmulas de «en este mundo
todo es trampa» o de «el que tiene padrino se bautiza»
Sí, cuanto más avanzo en la vida más admiro las virtudes pasivas en un ser humano. De joven, yo
valoraba por encima de todo el genio, la fuerza creadora, el ardor, la inteligencia apasionada. Ahora
valoro muy por encima la paciencia, la constancia, el saber encajar los golpes, el don de mantener la
esperanza y la alegría en medio de las dificultades
Tal vez porque la vida me ha enseñado ya que es muy posible el primer triunfo fulgurante y
casual, pero que ninguna obra verdadera- mente grande y sólida se construye si no es contra
corriente, terca y tozudamente. Ninguno de los genios que admiro construyó su obra desde la
facilidad. Los más lo hicieron entre tormentas y tuvieron incluso que invertir más tiempo en
combatir las adversidades que en crear. Incluso, probablemente, nunca hubieran creado de no
haberles sacudido tantas adversidades
En la «tele» han dado hoy la quinta sinfonía de Bruckner y yo he gozado doblemente oyéndola:
por su soberana belleza y porque sabía que su autor sólo pudo lograr oírla en un estreno hasta
diecinueve años después de compuesta. Yo sé bien -y lo sabe todo escritor o artista- cómo parece
que se te estuviera pudriendo la obra que no has logrado estrenar o publicar. El paso del tiempo no
sólo no te cura esa herida, sino que parece que el texto escrito te creciera dentro, como un hijo que
una madre no lograra parir cuando ha llegado a su meta. Lo sientes morir dentro, vives con su
cadáver a cuestas. Y, paradójicamente, cada día te va pareciendo más tu mejor obra, tal vez por
piedad hacia su inexistencia, como todos los padres verdaderos aman más apasionadamente al hijo
que les nació subnormal. Crece ,con los años la angustia. Bromeas contigo mismo diciendo que nacerá
ya con el servicio militar cumplido. Pero tú sabes bien que estas bromas no son más que un afán por
consolarte de ese hijo non-nato
¡Y si encima -como a Bruckner le sucedió y a tantos músicos- esa congelación se debe sólo a la
incomprensión de tantos criticuchos cuyos nombres conocemos hoy solamente porque bombardearon
a esos genios! Sólo una enorme fe en su obra y en su obligación de realizarla pudo ayudar a Bruckner
a seguir componiendo nuevas sinfonías, mientras ese milagro de la quinta permanecía enterrado
¿Y los que se murieron sin llegar a ver nacidos a sus hijos? Gerald M. Hopkings -tal vez el poeta
que más ha influido en la reciente poesía inglesa y en muchas otras fuera de las islas- murió sin
publicar un solo verso. Incluso conoció la amargura de que el más bello e impresionante de todos sus
poemas -El naufragio del Deutschland- fuera rechazado por la revista de sus compañeros jesuitas,
que no se enteraron de nada
Pienso ahora en Teilhard de Chardin, que tuvo, el infinito coraje de escribir veinte, treinta
volúmenes sin lograr publicar en vida uno solo. ¿Pudo, al menos, soñar o imaginarse que hoy se
multiplicarían sus ediciones traducidas a quince idiomas?
0 pienso ahora en Mozart. Hay días -afortunadamente no muchos- en los que llego a mi casa
deshecho por el cansancio o por la incomprensión. Hay días en los que me pregunto si vale la pena
luchar, escribir, para que tales o cuales cretinos te lean con los prismáticos al revés y enfangados. Y
entonces hay en mi casa una medicina prodigiosa: me siento junto a mi tocadiscos y hago rodar en él
las sonatas que Mozart escribió en las horas más amargas de su vida. La 545, por ejemplo, que fue
compuesta dos días después de que se muriera «de hambre» -una de sus hijas, mientras su mujer, en
un balneario, le ponía en ridículo coqueteando con todos los que se ganaban la vida mejor que él;
mientras Mozart, hambriento, acudía a las casas de los ricos y se atiborraba los bolsillos de
croquetas y bocadillos para poder comer en los días siguientes. Y pienso todo esto mientras sale de
mis altavoces tal río de pureza y de alegría (aunque allá en el fondo, en los adagios, se le escape un
manso grito de dolor y protesta por un mundo que no le ama y está mal construido). ¿Cómo, entonces,
sentirse desgraciado? ¿Cómo aceptar que mis propios dolores diminutos me detengan un solo
segundo en mi hermosa tarea de escribir y escribir?
¡Ah!, sí. la vida es una larga paciencia y el desaliento es una gran cobardía. ¿Cómo podríamos
tolerar que la incomprensión nos detuviera? ¿Tan poco creemos en nuestra propia alma que nos
puede maniatar una injusticia? Sí, es cierto: la gente que dice que pierde la fe es que no la ha tenido
nunca. Y quienes pierden la fe en su tarea es que nunca la han valorado como deben. Trabajar por el
éxito, trabajar por el premio es pudrirse. Es bueno, sí, que llegue de vez en cuando, porque el
corazón humano nos lo hicieron de carne y no de acero. Pero uno debería vivir como las llamas, que
nunca se preguntan si es importante o no lo que están quemando
11.- Niño en el cubo
No quiero creerlo, no quiero creerlo. Prefiero pensar que se trata tan sólo de un sueño
macabro. Sé que la noticia ha aparecido en todos los periódicos. Sé que ayer un compañero de la
sección de sucesos me contó todos y cada uno de los espantosos detalles, pero no me resigno a
creerlo. No puede ser verdad. Es necesario que no sea verdad
Aquella mañana, Carlos -un empleado de limpieza del Ayuntamiento de Madrid- se había
levantado contento y empezaba su trabajo como tantas mañanas. Y fue en este cubo -este que ahora
me señala-, aquí, junto a la parada del Metro de Bravo Murillo. «Yo lo volqué como todos los días
Y entre los restos de comida, las latas de cerveza, los periódicos sucios, aquella bolsa de
plástico -no sé por qué- me llamó la atención. La Policía ha dicho que tenía seis meses, pero yo lo vi
bien, estaba entero, formado completamente, con la carita empezando a ponerse morada, con el
cordón umbilical sin atar, limpio como si lo hubieran lavado a conciencia, pero con algunos coágulos de
sangre seca en el vientre y sus partes de varón. Y no me pida más explicaciones; llevo dos días sin
poder comer.»
Debe de ser un sueño. Uno de esos sueños confusos y turbios que he tenido esta noche entre
pesadillas y duermevelas. Me preguntaba si ese niño que empezaba a ponerse morado no sería yo
mismo, si no sería la humanidad entera la que agonizaba en aquel niño abandonado en un cubo de
basura madrileño
No me coge de nuevas este horror. Hace años leí ese libro vertiginoso de Litchfield-Kentish
titulado Niños para quemar, en el que se describe, con datos pavorosos, el gigantesco negocio de las
modernas clínicas abortivas. He visto no pocas fotos de otros cubos, supuestamente higienizados,
llenos de «desperdicios» humanos. Sé que la cifra de niños anualmente victimados, por preciosas
razones y con leyes que se creen modernas, alcanza ya la cifra de cincuenta millones (más o menos el
doble anual de todas las víctimas de la segunda guerra mundial); pero esta vez el cubo estaba a la
puerta de la estación de Metro por la que yo paso muchísimas mañanas. En ese cubo he tirado yo
cientos de veces cajetillas de tabaco o periódicos leídos. Y tal vez todo ello me hace más hermano de
ese inocente abandonado en tan brutal cementerio
He soñado esta noche con ese niño. Le he visto jugar a esos juegos que nunca jugará, hacer la
primera comunión que no hará nunca, soñar sueños que nunca tocará con aquellas manitas que estaban
ya formadas
He leído en algún sitio que los fetos llegan a soñar en el seno materno. Me pregunto qué
formas, qué colores llegó a soñar este niño del cubo de basura
Y ahora, en el mismo instante, en que escribo estas líneas, llega hasta mí el llanto del niño del
piso superior al mío. Y ese llanto, que tantas noches no me dejó dormir, hoy me parece una marcha
triunfal. Si llora es que vive, es que gusta este doloroso gozo de vivir. Y son ahora mis ojos los que
conocen las lágrimas pensando en ese otro niño del cubo que nunca llorará
Y me pregunto si nació del amor. Yo no quisiera condenar a su madre. ¿Quién soy yo para
condenar a nadie? Sé que la Policía busca a los autores de ese abandono homicida. Pero yo no soy un
policía. No soy un juez. Soy sólo un ser humano que se avergüenza de ser hombre
Y acuden a mi imaginación cientos de disculpas para exculpar a esa madre, Tal vez fue violada,
me digo, intentando entenderla. Mas no debo engañarme. Conozco perfectamente los estudios
científicos que aseguran que sólo un 0,3 por 100 de los abortos tienen como origen la violación. Que
sólo un 0,5 por 100 provienen de razones eugenésicas de madres que temieran tener un pequeño
anormal. Que incluso sólo un 9 por 100 surgen de relaciones sexuales ilícitas. Que el 90 por 100
nacieron de un supuesto amor que fue posteriormente derrotado por razones económicas o por dulce
egoísmo
Me gustaría que al enterrar a este niño le pusieran en una manita una moneda y en la otra una
canica, como hacen los toltecas. Me gustaría que pueda jugar en algún sitio, que pueda en algún lugar
comprarse pirulíes, ya que en la Tierra no encontramos patria para él
Me gustaría que en la otra orilla no le hablen de nosotros los hombres. Que nadie le explique jamás
cómo fue muerto antes de nacer
Me gustaría también que, al otro lado, se encuentre a San Ambrosio para que le repita aquello
que escribió de que «Dios ama a los hombres mucho antes de que nazcan» y que «les forma con sus
manos como un artesano dentro de la vasija del seno maternal». Quisiera que estuviera allí San
Agustín y que añadiera que «Dios forma lo mismo al hombre en el seno de una prostituta que en el de
la mujer más pura, y que, además, adopta como hijo suyo al que forma en el seno más contaminado»
Esa paternidad y esa filiación, pequeño mío, no te las quita nadie. Arriba nadie va a
preguntarte por tu cuna, no hurgarán entre tus apellidos, completarán tus manos empezadas
Más incompletos que tú somos todos los que hemos tolerado un mundo inhabitable. Más
incompleta que tú es tu madre, la que no quiso serio. Se quedará, mientras viva, realizando aquella
terrible intuición de Rilke: abierta, como esas
madres que no pueden cerrarse,
porque aquella tiniebla echada fuera con el parto
quiere volver y empuja para entrar
12.- Vagabundos por fuera, Bibliotecas por dentro
Hace muchos años vengo pensando que si yo tuviera que reempezar a vivir, y me dejaran escoger
la manera, elegiría ser uno de esos vagabundos que Mingote pinta bajo los puentes, comiendo una
lata de sardinas mientras compadecen a los comedores de langosta, puesto que cuentan los
periódicos que este año tendrán sabor a petróleo, 0 sintiendo una auténtica pena por los poderosos
que ayer fueron víctimas de la bajada de la Bolsa
Querría ser uno de esos vagabundos porque dicen esas cosas sin siquiera ironía. Menos aún con
envidia o amargura. Ellos son libres. Se sienten seriamente superiores a los pobrecitos que están
encadenados al dinero. Santa Teresa diría de ellos que «lo poseen todo porque no desean nada». Son
viejos, pero jovencísimos. Viven bajo los puentes -puentes que ya sólo existen en la imaginación
milagrosa de Mingote-, pero están en ellos mejor que en un palacio. Visten harapos, pero limpísimos.
Son un prodigio de humanidad. Tanto que uno teme que sean sólo fruto de los sueños del dibujante,
pero que éste no encontraría ya modelos reales en que inspirarse
Me gustaría, sí, ser un vagabundo (vagamundo, diría Santa Teresa). No estar encadenado a oficio
ni beneficio. Moverse por las únicas pasiones del amor y de la libertad. Saber más de flores y de
pájaros que de automóviles; estar mejor informado del curso de las nubes. que del proceso de los
golpistas; entenderme mejor con los niños que con los catedráticos. Me gustaría -ya veis-- todo lo
que no poseo
Pero mi sueño imposible y dorado sería el de que un día pudiera aplicárseme aquella cimera
definición de lo que ha de ser un ser humano que Bradbury dedica a los mejores ciudadanos de un
mundo futuro. gentes que eran «vagabundos por fuera, bibliotecas por dentro»
Supongo que todos mis lectores habrán tenido alguna vez el gozo de leer esa prodigiosa novela que
se tituló Fabrenheit 451 y en la que Bradbury profetizó hace años el mundo espantoso que se nos
viene encima; un mundo en el que ya no será verdad que «los hombres nacemos iguales», pero sí será
cierto que «los hombres terminamos por ser todos iguales»
La civilización contemporánea es una gran domadora. Todos vamos entrando por sus aros. Año a
año, poco a poco, todos vamos comiendo lo mismo, cantando lo mismo, pensando lo mismo. El gran
dictador Mister Mediocridad se va adueñando de nosotros, tira de nuestra nariz con un arito llamado
"rio, nos enseña cada tarde a saltar como dulces perritos a través de ingeniosos ejercicios
televisivos, pone agua en el vino de nuestros sueños y esperanzas, corta las uñas a nuestras ilusiones,
nos hace subvivientes, subhumanos
En ese mundo vertiginoso que Bradbury pinta no hace falta si- ,quiera que el gran dictador apriete
los tornillos de su censura. Ha mandado -es cierto- que se quemen todos los libros -ya que todo libro
con ideas es una escopeta cargada de vitalidad-, pero en realidad los quemadores de libros apenas
tienen trabajo: simplemente la gente ha abandonado la lectura, buscando trabajos más digeribles y
menos exigidores de esfuerzo. «Los periódicos ---cuenta Bradbury- se morían como enormes
mariposas. Nadie deseaba volverlos a ver. Nadie los echó de menos cuando desaparecieron.» Hacia
eso vamos, ¿quién no lo vería?
El otro día un amigo mío ironizaba de otro compañero que era «un ligón que no ligaba nada».
«Fíjate -me decía-, que lleva chicas a su apartamento y tiene el apartamento lleno todo de libros. ¿No
sabrá que una casa llena de libros vuelve frígidas a las mujeres?»
Yo -que soy analfabeto en esos temas- me maravillé mucho, pero entendí que eso era un signo más
de ese mundo antilector y vacío al que nos encaminamos
Afortunadamente, en la novela de Bradbury hay también rebeldes, gentes que, ante esa
persecución a los libros, han decidido convertirse ellos mismos en libros: como no pueden poseerlos,
cada uno se ha aprendido uno de memoria y esos «anarco-lectores» se reúnen de vez en cuando (tal
vez bajo los puentes de Mingote) para «leerse» los unos a los otros. Hay un señor que «es» nada
menos que La república, de Platón; otro se ha convertido en Los viajes de Guíliver; cuatro amigos han
decidido «ser» los Evangelios de Mateo, Marcos, Lucas y Juan. Viven como vagabundos, pero «son»
libros. Por eso pueden definirse a sí mismos como «vagabundos por fuera, bibliotecas por dentro».
Cuerpos libres y des-encadenados; almas henchidas y llenas: la plenitud de la felicidad
A lo mejor un día me decido a fundar una asociación de «gentes que tengan la funesta manía de
pensar», gentes que no acepten esta generación de «papillas digestibles» a la que quieren reducirnos,
gentes que no estén dispuestas a tragarse cada mañana una rueda de molino. Nos declararían en
seguida ¡legales, ya lo sé, pero no creo que eso fuera demasiado importante. Es difícil que inventen
una ley que prohíba tener el corazón entero y el alma puesta en pie. Cuando nos juzguen se quedarán
tan sorprendidos como Pilato ante Cristo, que al final ya no se sabía quién juzgaba a quién. Cierto que
Cristo salió de allí condenado a muerte, pero Pilato salió condenado a fantoche por los siglos de los
siglos, que es mucho más grave. A Cristo lo mataron, pero siguió vivo. A Pilato no hizo falta ejecutarlo
porque ya estaba muerto. Como todos esos millones que deambulan por la Tierra con el alma sorbida,
aunque se crean que están vivos porque ganan dinero
13.-
Morir solos, vivir juntos
Lo que más me ha impresionado de la muerte de Paco Martínez Soria ha sido saber que murió
solo. Solo, en la inmensidad de la noche, entre las cuatro paredes frías de un apartamento, él que
tanto conoció el aplauso, que vivió rodeado de multitudes que le abrazaban cada tarde con sus
carcajadas y con esa forma misteriosa de amor que es reírse juntos
Nunca me ha impresionado eso de que los muertos se «queden solos» -como lloraba Bécquer- en
los cementerios. Los cementerios no existen, no cuentan. Lo verdaderamente horrible es morir
asfixiado por los muros de cemento de la soledad. Esa soledad que angustiaba tanto a Santiago
Rusiñol y que le hacía asegurar que, en esa hora de amargura él llamaría a los cuervos para que le
hicieran compañía
Y esto lo siento muy especialmente en estos días: cuando se cumplen tres años de la hora más alta
de mi vida, los últimos momentos que vivió mi padre en esta tierra. Nunca aprendí tanto en tan pocos
minutos. Nunca «me viví» tan enteramente. Fue como si, por un momento, alguien me descorriera la
cortina que vela los únicos misterios importantes de nuestra condición humana
Durante muchos años me había angustiado la idea de que los hombres podemos vivir juntos, pero
morimos solos. Con Dios cuando más, pero quedándose ya lejos cuanto tuvimos de fraterno
Y aquella tarde de marzo del 79 -a las ocho y diez exactamente- descubrí cuán injustificado era
ese miedo que atenazaba mi corazón ya desde niño. Una hora antes había dicho yo la misa al borde de
su lecho. Y él --desde la hermosa orilla de sus noventa y tres años- la había seguido entre ráfagas de
ardiente lucidez y fugaces
hundimientos en la oscuridad. Luego llegó, al mismo tiempo que la agonía, la plenitud del amor.
Estábamos allí los cuatro hermanos, dos a cada lado de la cama. Y mi padre hubiera querido tener en
aquel momento cuatro manos para agarrar las cuatro nuestras. No es que tuviera miedo, es que
necesitaba resumir en aquel gesto sin palabras todo el cariño de tantos años incandescentes
Mi padre era un hombre tímido y muy poco expresivo. Mientras vivió mi madre se replegó a la
sombra, como dejándole a ella la exclusividad de demostrar amor. Sólo cuando ella se fue dejó subir
su ternura al primer plano, como si tratara de ser a la vez una madre y un padre. Luego, al envejecer,
se fue afilando su ternura, multiplicándose, porque en esa recuperada infancia se dobla o se triplica
lo que fuimos de hombres
Y ahora -a las ocho y cinco de aquella tarde de marzo- era como si temiera que el amor no hubiera
quedado suficientemente claro. Por eso, ya sin palabras y entre estertores, sus ojos -lo único ya que
le quedaba vivo- desfilaban, uno por uno, por los rostros de sus cuatro hijos; iban y venían del uno al
otro, con una misteriosa mezcla del que pide socorro y mendiga amor
No le hizo falta llamar a los cuervos, porque no estaba solo. Los cuatro allí moríamos con él y él
vivía en nosotros, puesto que su muerte estaba multiplicando nuestras cuatro vidas. ¿Se puede,
entonces, morir juntos cuando se ha vivido juntos?
Nunca he tenido mucho miedo a la muerte. Y esto no sólo porque tengo fe, sino también porque me
he acostumbrado a vivir con ella en casa. Sé que ella anda en zapatillas por mis habitaciones, amiga y
compañera, ya no amenaza, sino acicate. Y su recuerdo sólo me sirve para darme más prisa a vivir
Recuerdo ahora aquel encuentro de Rilke con Rodin. El joven poeta había acudido a visitar al genial
escultor, y no para preguntarle por el arte y todas esas paparruchas, sino para hacerle la pregunta
decisiva: «¿Cómo hay que vivir?» Rodin le contestó con una sola palabra: «Trabajando.» Y esa palabra
iluminó a Rilke, que, muchos años más tarde, comentaría- «Lo comprendí muy bien. Siento que
trabajar es vivir sin morir.»
Tal vez yo habría dicho «amando» en lugar de «trabajando». Pero ¿acaso trabajar no es un modo
de amar? Lo sé: los que están vivos
s decir, los que aman y trabajan- no se mueren nunca. Sólo se
mueren los que ya están muertos
Así se ha ido curando en parte mi miedo a la muerte solitaria. ¿Acaso estoy solo ahora, cuando
escribo este artículo? ¿Acaso no estáis aquí vosotros, posibles o soñados lectores míos? Lo sé- el
verdadero secreto de la soledad es que no existe. Si es verdadera soledad está llena y
acompañadísima. Si está sola y vacía no es soledad, sino simple muerte y aburrimiento
No, no compartiré jamás las visiones que los románticos tenían de la soledad. Me duele como una
blasfemia aquella afirmación de Schopenhaucr, para quien la soledad tenía dos ventajas: que uno
está en ella consigo mismo y que, además, no está con los demás. Y si fuera cierto aquello que
escribiera Ruckert de que «las águilas vuelan solas, los cuervos en bandadas», estad bien seguros de
que yo preferiría ser cuervo antes que águila altanera y estúpida
Prefiero la afirmación del Génesis: «No es bueno que el hombre esté solo.» Y es bueno que,
cuando esté solo, esté latiendo, vibrando, tendiendo sus manos de moribundo hacia todos sus hijos,
buscando ojos que te miren -y en los que mirarse, porque sólo existimos en tanto en cuanto que
latimos «en» otros
Y ya no me preocupa ignorar si la muerte alcanzó a Paco Martínez Soria en la ignorancia del
sueño. Porque sé que al apoyar su cabeza en la almohada, al acostarse, tuvo que sentir los aplausos y
las carcajadas de todos los que con él habían compartido tantas horas felices. Sé que, incluso en sus
sueños último y penúltimo -mientras la muerte, en zapatillas, se acercaba a su cama-, volvió a
sentirse en el teatro, en el escenario, arropado de amor y de risas, seguro de que podía estar
muerto, pero solo jamás
14.
Las monjas de la colza
Esto que voy a contar no es una fábula. Aunque pudiera parecerlo. Ha sucedido, está sucediendo
en un pueblecito de Toledo. Si los periódicos no han hablado aún de ello es simplemente porque, como
ya señalé en otra página de estos apuntes, las cosas importantes no son amigas del estrépito.
Procuraré contarlo también yo sin estrépito, con la escalofriante sencillez de los hechos
En Casarrubios del Monte hay una pequeña comunidad de cistercienses en un convento llamado
Santa Cruz. Son 23 religiosas -más exactamente: eran 23 y son ahora 22-, la mayor parte de ellas
más jóvenes de lo que hoy es habitual en las casas de clausura. La media de edad se coloca en los
cuarenta años, y un buen puñado de ellas no llega a los veintisiete. Tienen nombres recién sacados de
la vida, como los de un grupo de oficinistas o de un equipo de baloncesto femenino. Esther, Flor¡, Ros¡,
Araceli, María José, Florinda
Hace diez meses, la hermana de la cocina contó en el recreo una buena noticia: un detallista del
pueblo había conseguido en Alcorcón un aceite estupendo, barato, baratísimo. Aquello era un alivio
para una comunidad tan pobre como la suya, que vive modestamente del trabajo de sus manosgéneros de punto y prendas confeccionadas, que preparan para unos grandes almacenes, y mazapán,
que elaboran al acercarse los días de Navidad. ¡lo que iba a poder ahorrarse con aquel aceite tan
bueno y tan barato!
No pasó mucho tiempo sin que las monjas empezaran a encontrarse mal. No sabían muy bien qué
era aquello. Se cansaban en el trabajo, se sentían desmadejadas en la oración. Pero como era cosa
que les pasaba a todas, no le dieron inicialmente demasiada importancia. Y como ellas ni leían
periódicos ni escuchaban la radio, tardaron en contagiarse de aquel escalofrío que corrió por toda la
piel de España con el nombre maléfico de colza, de síndrome tóxico
Más tarde, a varias comenzó a caérseles el pelo. ¡Y cómo se reían! ¡Y qué bromas se gastaban las
unas a las otras pensando en que se quedarían todas calvas, problema no muy grande que cubrían sus
tocas!
Pero la cosa empezó a parecer seria cuando sor Ángeles, la abuela del convento, con sus setenta
años, empezó a acercarse a grandes zancadas a la muerte. Fue entonces cuando el médico preguntó
a las monjas qué tipos de aceites habían gastado en los meses anteriores. Ellas le explicaron que
uno muy bueno -un poco espeso, sí, un poco maloliente, es verdad- que les había vendido, muy
barato, un comerciante de Casarrubios, un señor muy bueno que les había hecho un gran favor
Entonces supieron que habían sido visitadas por el ángel del dolor y que probablemente serían
pronto recibidas por el ángel de la muerte: ¡porque todo el convento estaba envenenado!
En aquel momento -porque eran humanas- sintieron un escalofrío de pavor. Aquella noche alguna
lloró en su celda. Pero cuando en la media noche se levantaron -ya muchas de ellas con dificultad- a
rezar sus maitines, empezaron a entender que los caminos de Dios son muy extraños y que el Señor
les estaba dando la oportunidad de compartir la suerte de ese pueblo español del que se sienten
parte; y comprendieron que era lógico que si el envenenamiento no había llegado a los palacios, pero
sí a las chabolas, a la casa de los pobres, llegara también a quienes vivían en pobreza voluntaria el
Evangelio. Entendieron, incluso, que si «la colza de los pobres» no hubiera afectado a ningún
miembro vivo de la Iglesia, eso querría decir que, al menos la Iglesia oficial, no estaba con los
pobres. Y empezaron a sentirse como «enviadas especiales de la Iglesia en el dolor», como
«representantes de la Iglesia en la colza»
Y pensaron que ésta era la gran hora de demostrar su fe y de explicar al mundo las verdaderas
razones de su alegría. Ellas no eran alegres porque fueran ricas, no eran alegres porque
desconocieran los problemas en que se agita el mundo, no eran alegres sólo porque fueran jóvenes y
sanas. Eran alegres porque creían en Dios y en el sentido exaltante de sus vidas y su vocación. Y
hasta ahí no llegaban los envenenamientos. La colza amordazaba sus miembros, pero no sus almas.
Debilitaba sus articulaciones, no su corazón
Y les pareció que se multiplicaba su alegría. Les confortó el gozo con que sor Ángeles, la
viejecita, se encaminaba a la muerte. Les animó su esperanza, la entusiasmante confianza en el
Señor con que vio apagarse su vida
De Roma les autorizaron para que acortasen sus cuatro horas y
media diarias de oración. Pero ellas no quisieron recortes. Solamente aceptaron trasladar los
maitines desde la media noche -ahora levantarse era ya físicamente imposible- hasta la caída de la
tarde. Y aceptaron que alguna otra religiosa de otros conventos de la Orden viniera a ayudarles en la
fabricación de mazapanes, ya que no deseaban dejar sin dulces a la buena gente que se los había
encargado
Bendijeron a Dios porque aquella enfermedad tan mala les había dado la oportunidad de ir en
verano unos días a la sierra, que era tan bonita como las manos de Dios. Y les pareció una aventura
tener que trasladarse cada tarde a Toledo ---en los taxis que los buenos señores de la Seguridad
Social les pusieron- para los ejercicios de recuperación en un hospital
Hubo un momento en que temieron que aquello pudiera ser un castigo de Dios por no haber
cumplido plenamente en su entrega. Pero la abadesa general de la Orden les explicó muy bien que
ése no es el estilo de Dios y que aquello era una predilección del cielo para que esta comunidad
viviera más íntegramente el misterio de la muerte y la resurrección de Jesús
Desde entonces, ellas se sienten «abanderadas de la Pascua» y piensan que aquel señor tan bueno
que les vendió el aceite envenenado era, en definitiva, un arcángel equivocado que, a través del mal,
había servido de involuntario mensajero de esa predilección. Y siguen rezando. Y siguen riendo. Y se
sienten felices de ver que poco a poco la muerte retrocede en su sangre, pero se habrían sentido
también felices si el Señor hubiera querido el testimonio de acompañar a sor Ángeles
Esto no es una fábula. Esto ocurre, está ocurriendo, en este mundo que decimos podrido
15.- Cándido y Roberto
Este artículo ha sido escrito dos veces. Si el lector es atento y curioso percibirá que a este
cuadernillo escolar, en que escribo mis cosas, le falta una página, la que arranqué ayer, y de la que
aún quedan rastros en la espiral que sujeta las páginas
Era el de ayer un artículo exultante, un canto a la alegría de ser hombre. Y es que la historia de
Roberto Medina me condujo hasta las mismas puertas del entusiasmo. La conocéis, es la magnífica
aventura de ese niño de tres años ---con cara de angelote barroco recién escapado del retablo de
una iglesia- que resistió durante tres días la soledad, el miedo, el hambre, perdido en un bosque de la
provincia de León, a tres kilómetros de su casa
¡Dios -pensaba yo ayer-, si un niño puede resistir eso, es que el hombre es capaz de soportarlo
todo! Siempre he pensado que el ser humano es más ancho que sus esperanzas. Decimos- no resistiré
más; si llega una gota más de dolor, estallaré. Y luego llega, no una gota, sino un chorro de espanto. Y
resistimos. Seguimos resistiendo. También seguimos diciendo que ya no podemos más, que estamos
en las últimas. Pero sabiendo que la goma del corazón aún se estirará más sin romperse
Por eso ayer, leyendo la aventura del pequeño Roberto, sentí crecer en mí el aprecio a esta
gloriosa raza humana, tan aparentemente débil, pero de veinte, veintidós quilates en realidad. No
estamos menos perdidos los adultos en este mundo hostil que ese chiquillo en los bosques leoneses.
Su miedo era del mismo género del que atenaza a esos millones de jóvenes que se preguntan si
llegarán un día a encontrar un trabajo. Su hambre era de la misma especie que la que atenaza hoy a
millones de parados y de hijos de parados en todo
lo ancho del mundo. Y la soledad de este niño perdido en el bosque era hermana de tantas soledades
como pueblan el planeta. Cerraba mis ojos y en ese niño que lloraba en la noche veía retratada a la
humanidad entera, tan absolutamente desvalida, tan cerca y gozosamente victoriosa. Ea, niño,
gritaba yo, Hora, pero no temas, sigue esperando: tú eres más fuerte que los fríos y la sed; el metal
de tu cuerpo apenas hecho es más recio que el viento y que la noche. Me hubiera gustado infundir en
el alma chiquita de Roberto aquella gran certeza que sostenía a Hamlet: «Nosotros sabemos lo que
somos, no lo que podemos ser.» Y el hombre puede ser invencible; llegar a hacerse indestructible por
el dolor y el miedo
Pero éste es el artículo que escribí ayer. Hoy ya no estoy seguro de ninguna de esas cosas y me
pregunto si no serán consuelos que me ofrezco a mí mismo, en lugar de certezas. Hoy ha muerto
Cándido Álvarez y el universo ha girado dentro de mí
Cándido tenía tres años más que Roberto, pero pertenecía al mismo jubiloso equipo de la infancia.
Y era leonés como ese angelote superviviente. Pero Cándido Álvarez Rey murió a pocos metros de su
casa, a menos metros aún de la pequeña tumba en que ayer lo enterraron. ¿Fue más cruel el frío de
esta noche que el de las tres anteriores? ¿El corazón, los pulmones de Cándido eran más débiles que
los de quien hubiera podido ser su hermano menor? Nunca tendré respuesta a estas preguntas. Y
ese espantoso silencio es muy capaz de congelar todos mis entusiasmos. ¿Cómo, con qué derecho
puedo pensar que Cándido tuvo menos coraje que Roberto? Vuelvo a la duda. Regreso a la gran
pregunta sobre qué pueda ser esto de ser hombre
Recuerdo que esta pregunta la he llevado siempre sobre mis espaldas. Ya desde mis años de latín
me angustiaba comprobar que los grandes escritores que adoraba no terminaban de ponerse nunca
de acuerdo en sus respuestas. Ser hombre era grandeza para muchos, miseria para otros. Se
contradecían incluso consigo mismos. Un día encontraba en el libro primero de las Odas de Horacio
que «no hay nada inaccesible a los mortales». Pero pocas páginas después, en el libro cuarto de las
Odas, resultaba que «el hombre es polvo y sombra». Una mañana, leyendo a Juvenal, descubría con
gozo que «el hombre es más estimado por los dioses que por sí mismo» (y yo estaba muy cierto de
esto, puesto que sabía que Dios, para salvar al hombre, puso en el tablero nada menos que a su propio
Hijo eterno). Pero aquella misma tarde abría una novela de Baroja y me aterraba leer que «el
hombre está un milímetro por encima del mono, cuando no un centímetro por debajo del cerdo»
Me hizo sufrir mucho este problema que hoy rebrota en mí, entre Roberto y -Cándido. ¿Vale la
pena luchar cuando el frío feroz de una noche puede apoderarse de nuestra alma y triturarla? ¿O
hay, por el contrario, que confiar en que esta desvalida raza humana puede quebrar las noches y los
fríos, pulverizar los miedos, tensarse como un arco cuya cuerda es irrompible?
Yo tengo una respuesta que no sé si es convincente, pero que es la que a mí me sirve para vivir. Y
es ésta: hay que vivir valiente y corajudamente, como Roberto, por si acaso la muerte nos coge a
traición, como a Cándido. Ser hombre, lo sé, es un gozo y también un misterio. Un gozo en el que hay
que entrar sin confiarse, pero cuidando mucho de que esa desconfianza no apague ese gozo. Hay que
vivirse hasta los topes, precisamente porque la vida es frágil, Hay que sacarle jugo a nuestras horas,
porque tenemos pocas. Al otro lado se irán el misterio y las incógnitas. Aquí pueden y deben ser la
sal de nuestras horas
Por eso junto hoy la alegría de este pequeño vivo con las lágrimas por el chiquillo muerto. juntas
las dos, son el retrato de la condición humana, gloriosa y vacilante, frágil y poderosa, ardiente y
desvalida, eternamente invencible y derrotada. Sigamos, pues, viviendo. No vayan el miedo o la
cobardía a destruirnos ni un solo segundo antes de lo absolutamente inevitable
16.- Sarina ha vuelto
He encontrado la noticia en un rincón perdido de un periódico. Los demás la han ignorado. Y el
propio ABC, que la publica, lo hace como una pequeña broma sin importancia, a una columna, con sólo
diez líneas de texto. Los grandes titulares se reservan para cosas mucho más importantes, como son
asesinatos, revoluciones y declaraciones de gente tan sesuda como nuestros políticos. Tal vez deba
ser así. Tal vez no sería muy correcto periodísticamente abrir una mañana un periódico contando la
historia de dos enamorados brasileños
Pero yo les aseguro que llevaba ocho días con el corazón en ascuas. ¿Volverá o no volverá Sarina?
¿Se conmoverá ante la desesperada llamada de su novio? ¿Seguirá Solano engolfado en su mar de
lágrimas, próximo a la muerte por desfallecimiento o quién sabe si al suicidio por inanición?
Los periódicos tienen esa mala costumbre: dan una noticia que te deja el corazón en un hilo y luego
se olvidan de ella y te dejan ahí, con un drama sin digerir, sin contarte el desenlace
Porque, ¿cómo no quedar en suspenso sabiendo que un joven arquitecto de Curitiba, que se llama
Solano de Ros, está a punto de volverse loco de amor hacia la traidora Sara Rackmann, estudiante de
veintiún años y huida, como un viento, sin dejar una mala dirección postal a la que dirigirse?
Afortunadamente, Solano es un hombre con agallas y sin sentido de¡ ridículo, sin complejos y con
dinero o con ganas de jugarse el que tiene. Porque hace ocho días, como contaron entonces los
periódicos, «empapeló» la ciudad de Curitiba con apasionados carteles que gritaban desde todas las
esquinas: «Sara, vuelve»; «Me moriré si no vuelves, Sarina»; «Sarina, mi amor, perdóname; volvamos a
empezar»
«Empapeló la ciudad», dicen los periódicos. Yo, que conozco Curitiba, calculo que harían falta no
menos de un millón de carteles para tal empapelamiento. Pero sabiendo que los periodistas son casi
tan exagerados como nuestro enamorado, vamos a dejarlo en cien o doscientos mil. Una buena pasta
gansa, desde luego. Pero, al parecer, Solano podía vivir con la cartera más floja, pero no sin su Sarina
Si Solano hubiera sido lector de Machado habría justificado su locura diciendo aquello de que
a las palabras de amor
les sienta bien su poquito de exageración
O aquello otro del mismo poeta cuando escribía
Poned atención:
un corazón solitario
no es un corazón
Y como Solano quería «ser un corazón», se lanzó a la gran búsqueda empapelando la ciudad con su
llamada. Y como en ella había su poco del folklore, dio la vuelta al mundo: saltó de las paredes de
Curitiba a las páginas de todos los periódicos
Lo malo es que luego los periodistas, contada la curiosidad, se olvidaron de ella y nos dejaron a
quienes tenemos el corazón de merengue más nerviosos que un ídem
Al fin, ABC ha sido piadoso y nos ha contado que Sarina ha vuelto, que la locura de Solano
terminó con «la virtud recompensada», que diría Marsillach, y que es de esperar que a estas horas
estén comiendo perdices (o «feijoada», puesto que son brasileños) y preparándose a ser muy-felices
¿Saben ustedes? Me gustaría que este amor funcionara, y supongo que no malgasto mi oración
rezando por ello. Me gusta la gente con imaginación. Me encanta que alguien le ponga a la vida unos
gramos de locura para conservar o conseguir aquellas cosas que ama. Siempre -claro- que se trate de
unos gramos de locura y no de unos kilos de gamberrada (que es, para muchos, la nueva forma de la
fantasía o de su falta)
Porque hoy mismo, mientras el discreto A-BC dedica diez líneas al dulce desenlace, otro diario
dedica nada menos que seis columnas, seis fotografías y un puñado de titulares a contarnos la
«campaña de erotización» con que los estudiantes de la Autónoma celebraron la llegada de la
primavera. La fantasía debió de ser desbordante al decir de este diario: «Ninfas, sátiros y faunos
rodearon a los dioses Eros, Afrodita y Baco, engalanados de flores silvestres, vino y 'canutos' para
celebrar la llegada de la primavera y el inicio de la campaña por la erotización de la Universidad.» Un
estudiante, en una especie de gigantesco esfuerzo masturbatorio de la imaginación, propuso «el
incuestionable derecho de andar completamente desnudo por el ámbito de la Universidad»
Me ha llamado por teléfono una monja para pedirme que me rasgue las vestiduras ante «tamaño
escándalos. Y no lo haré, por dos razones: porque la ropa está muy cara y porque el escándalo es una
cosa demasiado importante para invertirlo en una gamberrada de categoría regional. Nada de
escándalos, pues. Sólo un poco de pena. Y como a mí me encanta Antonio Machado, recordar aquí
aquella copla:
Pero yo he visto beber
hasta en los charcos del suelo
Caprichos tiene la sed
Capricho por capricho, me parece más limpio, más higiénico el de Solano y Sarina, que, sin
vestirse de sátiros, gritaron su amor por las calles de Curitiba, que no temieron las risas de los
listos, que se expusieron a que los futuros clientes del arquitecto Solano se retrajeran a la hora de
encargarle la construcción de sus casas, pensando que está mal de la azotea
Brindo por los que saben ser alegres sin caer en la torpeza, por los que son locos sin ser
gamberros, por cuantos sacan a las calles sus almas antes que reivindicar el cretino «derecho» de
sacar a las aulas sus cuerpos
17.- El año en que Cristo murió entre las llamas
Nunca he creído que Jesús terminara de morir hace dos mil años. Nunca he aceptado que su
muerte quedara circunscrita a un rincón de la Historia, clavada -como una mariposa disecada- en sólo
una fecha, de un mes, de un año pesadísimo. El, dicen los teólogos, sigue muriendo no sólo por
nosotros, sino en nosotros, encargados -según las palabras paulinas- de concluir en nuestra carne lo
que le falta a la pasión de Cristo
Por eso este año, para mí, será ya siempre el año en que Cristo murió entre llamas a través de
la carne de este muchacho que se llama (no quiero decir que «se llamaba») Alvaro Iglesias y que el
martes dio en Madrid su vida por salvar a tres desconocidos. Una nota de este periódico decía ayer
que, con esa muerte, Alvaro «ha honrado a la ciudad de Madrid». Yo creo que mucho más. ha honrado
a la condición humana, ha honrado a la juventud entera
Quiero confesar que -aun sin haberle conocido- se me han llenado de lágrimas los ojos viendo
su fotografía, contemplando su pelo largo e imaginando la cazadora de cuero que se quitó antes de
entrar valientemente en las llamas y la moto que dejó sobre la acera pensando que las vidas de
quienes estaban en peligro valían infinitamente más que una motocicleta. He llorado porque siento
vergüenza: ¡cuántas veces habré mirado yo con desdén a muchachos como él, que atravesaban tal vez
las calles estruendosamente con sus motos ruidosas y sus veinte años exultantes de vida! ¡Cuántas
veces les habré juzgado vacíos y me habré sentido agredido por su vitalidad! ¿Cómo podría yo
sospechar que tras sus melenas y sus ruidos había un corazón tan limpio y tan entero como para
jugarse la vida por tres desconocidos? ¡Juro ante Dios que no volveré a hablar mal de los jóvenes!
Una generación capaz de producir un solo acto como ése no puede estar corrompida; no está,
sin duda, vacía
Y espero que nadie se escandalice si en este Viernes Santo me atrevo a hablar de él casi con
las mismas palabras con que hablo de Cristo. No sé siquiera si Alvaro tenía viva su fe. Pero quien ama
tanto, ¿cómo pensar que no estaba -consciente o inconscientemente- muy cerca de Cristo? Alvaro
Iglesias celebró el martes pasado la mejor Semana Santa de Espada, tal vez del mundo
Me impresiona pensar que ha habido en la muerte de este muchacho el reflejo de las tres grandes
características de la muerte de Cristo-. libertad, gratuidad, salvación. La libertad de quien asume un
riesgo sin que nadie le obligue o le empuje a ello. La gratuidad de quien lo hace no para salvar a
amigos o a conocidos, sino a perfectos y totales desconocidos. La salvación de quien recibe la muerte
a la misma hora en que tres personas han huido, gracias a él, de las llamas. Si un hombre es capaz de
realizar este triple milagro, es que no era cierta aquella afirmación de Nietzsche que veía en el
hombre al «animal más descastados
En verdad que desde aquel primer Viernes Santo el mundo es mucho más caliente de lo que
nos imaginábamos. No es cierto que esté sembrado sólo de violencias, de ambición de poder. También
de amor. Y de amor en libertad
Me pregunto si tantos españoles como buscan y gritan «libertad» se darán cuenta de que es
precisamente el Viernes Santo la gran fiesta de la libertad, siempre que se entienda por ella no tanto
el que nadie me maniate, sino el que yo no tenga maniatado mi corazón
La libertad «es» Jesús: ningún otro ser humano la practicó y vivió tan hasta el extremo. Fue,
en vida, libre frente a las costumbres y prejuicios de su tiempo. Fue libre ante su familia, ante los
poderosos, ante sus enemigos y ante sus amigos. Libre frente a los grupos políticos y libre en la
dignidad de su trato a las mujeres
Su sermón de la montada fue el más alto canto a la libertad interior. Vino a librar a los
enfermos de sus enfermedades y a los pecadores de sus pecados. Expuso su mensaje dejando en
libertad a sus oyentes. Nos enseñó a librarnos de los falsos dioses y de las falsas visiones de Dios.
Era tan libre -ha escrito Duquoc-, «que hasta en sus gestos y actos parecía un creador»
Pero fue libre, sobre todo, en su muerte. ¡Qué tremendo error si creemos que murió por
casualidad! ¡Qué cortedad de visión si pensamos que «le mataron» sus enemigos o que cayó bajo un
cruce de circunstancias históricas hostiles!
«jamás hubo en la Tierra un acto más libre que esa muerte», afirma Karl Adam. Y basta
asomarnos a los documentos que nos hablan de él para descubrir cómo se encaminó, consciente y
voluntariamente, a la muerte, con más decisión y consciencia de la que veinte siglos después, este
muchacho, imitador suyo, se quitaba la cazadora y penetraba en las llamas asesinas
Jesús penetró en la muerte «como se adentra un suicida en el mar», ha escrito un poeta.
Como un suicida que no quisiera quitarse la vida, sino darla a los demás
Por eso su vida fue toda ella un largo Viernes Santo. Por eso el vía crucis, el camino hacia el
calvario, empezó desde el día de su nacimiento. «Nadie me quita la vida -dijo un día-, sino que yo la
doy por voluntad propia y soy dueño de darla y de recobrarlas (jn 10,18).
¡Y cuánta impaciencia porque llegase «su hora»! «Con un baño tengo que ser bañado, ¡y cómo
me apremia el que se cumpla!», exclamaría otra vez (Lc 12,50).
¿Es que no le gustaba la vida? ¿Es que a Alvaro no le hubiera gustado más estar haciendo hoy
esquí o pesca submarina cerca de su casa de Marbella?
Afortunadamente, el hombre -todo hombre entero- es más largo y más ancho que sus deseos
personales. Afortunadamente existe ese misterio que llamamos amor y que sólo terminamos de
entender cuando alguien da su vida por él, aquel viernes lejano, este martes pasado
En verdad que hoy me siento, a la vez, orgulloso y avergonzado de ser hombre: orgulloso
porque redescubro que el corazón humano es más ancho que la más ancha playa; avergonzado porque
los más nos pasamos la vida achicándolo para que pueda cabernos en una caja de caudales, no vayan a
robárnoslo
¡Qué maravilla, en cambio, cuando -imitando a Cristo-- alguien muere voluntariamente y por
los demás! Recuerdo ahora aquellos dos versos -milagrosos en su sencillez- con que Gonzalo de
Berceo describía la muerte de jesús: «Y sabiendo llegada la hora de partir, 1 inclinó la cabeza y se
dejó morir.» No murió, se dejó morir, él, que era rey y dueño de la vida y la muerte
Trato de imaginar ahora la muerte de este muchacho cuando, después de salvar a tres
personas, se sintió acorralado por las llamas que prendían ya en su carne. Seguramente le dominó el
terror. Pero también seguramente comprendió que su vida estaba ya más que llena, que él seguiría
viviendo en los tres salvados que respiraban ya en la calle. Tal vez pensó un momento en la moto que
había dejado abandonada en la acera, en la caña que había quedado a medio beber en la barra de un
bar. Tal vez descubrió que aquel espanto de las llamas era como un reclinar la cabeza. Sin duda, supo
entonces que no moría solo. Supo que su amor al prójimo le había conducido hasta la misma muerte
que aquel Hombre-Dios que, dos mil años antes y llevado por la misma locura de amor a los demás,
«inclinó la cabeza y se dejó morir»
18.- Quemar a Judas
Me cuenta un amigo sacerdote que, en su parroquia, entre las «nuevas» formas que buscan los
jóvenes para celebrar la Pascua, hicieron la ceremonia de quemar monigotes representativos de
judas. Y pienso que, por de pronto, la ceremonia tiene muy poquito de nueva: hace muchos siglos ha
venido repitiéndose ese gesto los Viernes Santos en muchos lugares de Europa. Pero tengo que
preguntarme, además, si esa ceremonia será cristiana y, más aún, si con ella se celebra realmente la
resurrección de Cristo
¿No habrá en esas llamas algo dramáticamente pagano y lamentablemente hipócrita? ¿No
será una forma demasiado cómoda de cargar todas las responsabilidades de la muerte de Jesús
sobre el chivo expiatorio de Judas, esquivando así las que a nosotros nos competen en ello y acallando
los gritos de nuestra conciencia, que nos lo reprocha?
Verdaderamente, la figura de Judas ha impresionado a los hombres de todos los tiempos,
pero parece que obsesionará a los modernos. Raro es el año que no aparece una nueva obra teatral,
una novela, un ensayo que no intente dar la explicación de lo inexplicable. Porque la historia de judas
es como una tragedia de la que sólo hubiéramos encontrado el tercer acto: conocemos el desenlace,
sabemos que vendió a su Maestro y que se ahorcó después, pero ignoramos los dos primeros actos:
quién era, cómo era, cuándo y por qué comenzó su traición, qué pensaba y sabía de Jesús, si llegó o no
a conocer o sospechar su divinidad, por qué vericuetos su amor a jesús, si alguna vez lo tuvo, llegó a
convertirse en odio o repulsión. Son preguntas que nadie nos contestó jamás. E incluso nos dejaron en
el aire cuando la horca hizo caer el telón sobre su vida temporal
Pero el hombre no se resigna a esos silencios. Sabe muy bien que la historia de judas no es
una anécdota fragmentaria de un suceso perdido. Hay en su traición algo que nos atañe, que podría
aclarar u oscurecer nuestro destino. Por eso no cesamos de hurgar en sus entrañas, no le dejamos
descansar en su tumba. Rebuscamos. Si no hallamos, inventamos. Y luego descubrirnos que ninguno de
esos inventos nos sacia, que ninguno es mejor que el anterior. Y así coleccionamos judas como
mariposas, sin que el bisturí de la imaginación logre penetrar en los laberintos de un alma que no tiene
ni entrada ni salida, que se nos escapa, que se nos escapará siempre. Porque los evangelistas -lo
mismo que la mayoría de los pintores, que han preferido pintarle de espaldas o de escaso perfil, por
no atreverse a dibujar su rostro- han preferido enfrentamos a su misterio borroso
Y nuestra «colección» de judas sigue creciendo. La iniciaron ya los evangelistas apócrifos con
todo tipo de teorías. En un arranque de antifeminismo, el llamado «Evangelio de los doce apóstoles»
echa la culpas a la mujer de judas, una esposa avarienta que le habría empujado a la traición. No
menos fabulístico, pero más agudo, el llamado «Evangelio árabe de la infancia» busca las raíces en la
infancia de Judas: un niño endemoniado, compañero de juegos de Jesús, que un día, encolerizado,
habría llegado a morder a su amiguito en el mismo lugar que muchos años después abriría la lanza
Ni falta entre los autores de los apócrifos el integrista que, como un ultra de hoy, se inventa
un judas «infiltrado» que, siendo sobrino de Caifás, habría entrado en el Colegio apostólico sólo para
vigilar de cerca a Jesús y venderle cuando se hiciera verdaderamente peligroso. Y hay ya en el siglo
II un llamado «Evangelio de Judas», que precederá a todas las fantasías que decimos modernas,
inventando un Judas santo que, conociendo la necesidad de que Jesús muriera, se habría ofrecido, en
homenaje a Cristo, al horrible papel de traidor para que así se cumpliera la Escritura
Pero es al hombre moderno a quien la figura del Iscariote intranquiliza más. Ya casi nadie
acepta hoy la acusación de San Juan, que veía el origen de todo en la avaricia. Y se buscan mil
explicaciones complicadas. Andreiev - con tono de psiquiatra- busca el origen de todo en una
deformación física de Judas: cheposo, feo y repugnante, habría vivido en el desprecio, y cuando
alguien, Jesús, le brinda por vez primera una mano amiga, la habría mordido, acostumbrado como
estaba a ser eternamente humillado. Lanza del Vasto, por el contrario, pintará un Judas racionalista,
superinteligente: el único que entiende la profundidad de Jesús, pero que, desde su inteligencia sin
amor, no puede soportar verle «corromperse por la ternura». Riccioti y Guardini apuntarán a la
hipótesis de un amor que fue convirtiéndose en odio, gracias a ese rechazo que los mediocres sienten
hacia los santos que les desbordan. Gorman y Six pintarán un judas fariseo que sigue a Jesús
mientras cree que viene a purificar la religión de los judíos, perro que le traicionará cuando vea que
está predicando algo distinto y revolucionario que destruirá para siempre la vieja ley y el templo.
Muchos otros -Bruckberger, entre ellos- se inclinan hoy por la hipótesis celote: judas sería un
político violento, que se desengañaría del Jesús pacífico, que no viene a devolver a Israel el poderío
político, sino el cambio de las almas. Papini elegirá la más vulgar de las explicaciones. Judas sería
simplemente un cobarde que, presa del pánico, buscaría su salvación personal al ver a Jesús
amenazado. Y las corrientes más de moda hoy -Frieberger, René Schow, Ghelderode, Pagnol, Puget y
Bost, a los que se suman las recientísimas novelas de Brelich, Berto y Panas- volverán a lanzar la
figura del «buen Judas», que arranca de la viejísimo secta de los cainitas del siglo II
Mas la puerta de ese alma sigue cerrada. Y, al fin, tanto quienes tratan de exculparle como
quienes le queman, intentan escamotear la pregunta decisiva que formuló Guardini: «¿Fue Judas el
único que se sintió atraído por la traición? No deberíamos hablar del traidor como de alguien lejano y
externo. Judas nos revela a nosotros mismos
Esta, sí, es la gran verdad: el Iscariote está entre nosotros. judas somos nosotros. ¿Quién,
en su vida real, no ha traicionado miles de veces las verdades más queridas? ¿Quién no ha violado sus
más hondos sentimientos y malversado sus más formales promesas? ¿Quién no se ha cambiado de
chaqueta y orientado hacia el nuevo sol que más calienta? ¿Quién no se ha «acomodado» a las nuevas
circunstancias? ¿Quién no ha ignorado a su prójimo, que no es otro sino Cristo?
En verdad que Judas ha tenido y tiene muchos más seguidores que el propio Cristo. En verdad
que hay más trozos en cada una de nuestras almas que le pertenecen a él más que al amor
Y es malo reírse de sus treinta monedas. ¿Acaso los motivos por los que nosotros
traicionamos valen más que ese miserable precio? ¿Es que una vanidad, un odio, una venganza, una
pizca de seguridad o un puesto de mando son en rigor más valiosos?
Mejor será, por si acaso, no quemar a judas, porque arderían nuestras almas con él. Entremos más
bien en la política, en el trabajo, en las mismas iglesias y gritemos desde la puerta- «¡Judas!» Veréis
cómo millares vuelven -volvemos- la cabeza
Mejor entendía las cosas aquel niño que a principios de siglo sentía una profunda pena por el
apóstol traidor. Aquel niño -George Bernanos se llamaba- dedicaba todos sus ahorros infantiles a
mandar decir misas por el alma de Judas. Y como temía que los curas rechazasen sus intenciones si
decía por quién las aplicaba, decía sólo que las ofrecieran «por un alma en pena»
Tal vez el pequeño Bernanos intuía que, en realidad, aplicaba sus misas por la humanidad
entera. Por nosotros
19.- Un campo sembrado de futuro
Hoy me voy a exponer a que me riñan. Cuando hace semanas empecé este cuaderno de
apuntes, Antonio Alférez, el jefe de estas páginas dominicales, me dijo: «Que no sean de tema
religioso; para eso ya tienes tu artículo en ABC de los sábados. Los domingos habla de la mar y los
peces, pero no dejes ver demasiado al cura.»
Yo, que soy buen chico, procuraba obedecerle. Encontraba lógica su petición: quienes quieran
sermones los domingos los pueden encontrar en las iglesias, no es forzoso que también los encuentren
en las páginas de los periódicos. Y aunque yo amo a Dios sobre todas las cosas, también amo las otras
cosas, y creo que a Dios le gustará que hable bien de ellas -del amor, de la vida, de los hombres-,
puesto que, en definitiva, él las hizo. A veces -es cierto- se me escapaba un poco el cura que soy, aun
cuando yo procuraba atarle corto, porque me gustaría que todos los que aman la vida y la bondad
pudieran sentirse huéspedes de este cuaderno, incluso si no tenían la suerte de creer en Cristo como
yo
Pero hoy me voy a exponer a que me riñan: hoy es domingo de Pascua, y aunque quisiera hablar
de la mar y los peces, no sabría. Es como cuando sales de un túnel y te ciega la luz: que, aunque
quieras, no logras ver nada, sino esa luz deslumbrante. Así, un domingo de Pascua, para mí, sólo es
eso, y no sabría hablar de otra cosa sino con mucha hipocresía. Y prefiero que me riñan a mentir
Porque la Resurrección de jesús es la última raíz de todas mis alegrías. No hay esperanza en
mí que no venga, directa o indirectamente, de ese gozo. Y si ustedes leen al trasluz las páginas
anteriores de este cuaderno llegarán sin vacilaciones a una conclusión: este muchacho cree en la
resurrección. Por eso no le tiene miedo a la muerte
Por eso cree que la hierba crece de noche. Por eso sufre por la mediocridad humana. Supongo
que otras personas llegarán a estas mismas conclusiones por otras razones. Yo las baso todas en que
en un lejano domingo alguien rajó un sepulcro y levantó en vilo la dignidad humana
Lo malo de la Resurrección de Jesús es que ni los cristianos la hemos tomado suficientemente
en serio, y la hemos rebajado a la simple condición de milagro, o a prueba de otras cosas, más que a
un vertiginoso valor en sí
Recuerdo que hace unos años, un Viernes Santo, mi hermana Mari Cruz explicaba al más
pequeño de sus hijos -Javier, seis años entonces- lo bueno que había sido jesús con los hombres,
tanto que hasta había muerto por salvarnos. «¿Y tú -le preguntaba-, tú serías capaz de morir por
Jesús? » A lo que Javier -que, como verán ustedes, no iba para tonto- respondió, después de pensarlo
muy filosóficamente: «Hombre, si sé que voy a resucitar el domingo, sí.»
Y es que para mi sobrino Javi -como para la mayoría de los cristianos- la muerte de Jesús fue
sólo una leve suspensión de su vida, que se interrumpió el viernes y continuó el domingo, como si allí
no hubiera pasado nada
Confieso que una resurrección así -como simple continuación de la misma vida- sería para mí
un motivo de admiración, pero jamás
eje de mi existencia. Si lo que Jesús vivió el domingo de Pascua fue una simple vida humana como la
anterior, de poco le serviría a la condición humana y en modo alguno convertiría a Cristo en líder de la
nueva humanidad
Voy a ver si me explico. Los cristianos suelen creer que la Resurrección de Jesús fue de la
misma naturaleza que la resurrección de Lázaro, cuando fueron dos hechos sustancialmente
distintos. Las dos partes de la vida de Lázaro (interrumpidas por una muerte que fue una simple
suspensión de la vida) eran idénticas entre sí, ambas terrenales, ambas no trascendidas, ambas
llamadas a desembocar en el callejón de la muerte. Pero la vida de Jesús antes de morir y su vida
después de resucitar fueron radicalmente diferentes- la primera, abocada a la muerte; la segunda,
con la muerte derrotada para siempre bajo sus pies; la primera, encadenada al tiempo; plenamente
desencadenada la segunda. La muerte y vuelta de Jesús no fue como la del sol que se pone en la tarde
y regresa, idéntico, a la mañana siguiente. Lo que volvió el domingo fue un hombre-Dios multiplicado
por sí mismo, ya vencedor inmortal, conquistador para todos de una «nueva» vida. Si en Caná convirtió
el agua en vino, en el sepulcro convirtió el agua clara de su vida en el vino vertiginoso de su salvación
Si entendéis todo esto habréis descubierto por qué yo -que, como cristiano, me siento
participante de esa multiplicación de la vida- apoyo en esa Resurrección todas mis esperanzas
Los hombres nos creemos vivos. Pero no es verdad: la muerte nos mantiene encadenados como
a un oso los titiriteros. Le dejan suelto unos metros para que baile al son de sus panderos, pero la
cadena con la que le dan esas décimas de libertad tiene, cuando más, tres, cuatro metros de longitud;
cuarenta, sesenta, ochenta años cuando se trata de los hombres. ¿Quién no siente en el tobillo la
presión de esa cadena que nos retiene atados a la muerte? Y las filosofías humanas nos enseñan a
bailar mejor o peor nuestro baile: ninguna rompe esa cadena, ninguna derriba el paredón de la muerte
que cierta el callejón sin salida de la vida
Pero hace muchos años nuestro hermano Jesús nos enseñó a derribar paredones al remover la
piedra de su sepulcro. Gracias a él podemos cimentar esperanzas a plazo mucho más largo del que
aquí dan los bancos. (Aunque quiero precisar, entre paréntesis, que yo no creo en esa Resurrección
porque «necesite» esas esperanzas, sino que alimento esas esperanzas simplemente porque esa
Resurrección de Jesús es el eje y la raíz de mi alma. Creería en ella aunque no me «sirviera» para
nada.)
¿Hago bien descubriendo esta clave de mi vida? ¿No sería, tal vez, mejor seguir hablando de
lo hermoso del mundo, como si yo lo viera cual un puro valor en sí? ¿Esta confesión del eje de mi
visión del mundo no alejará un tanto de mis páginas a quienes no compartan conmigo esa fe? Lo
sentiría. Quisiera ser hermano también de los que no la tienen. Pero deseo ser sincero con todos:
incluso cuando no hablo de ella, mi fe está al fondo de todas mis alegrías. No puedo mentir
20.- El terrorista no ha dormido esta noche
Creo que no he charlado nunca personalmente con José Antonio Gurriarán, aun siendo como es
compañero de periodismo en otro diario madrileño, pero quiero dejar dicho en este cuaderno de
apuntes que siento hacia él una admiración creciente
Ustedes recordarán la dramática historia que le llevó hace quince meses a las primeras páginas
de los periódicos: a las nueve y treinta y cinco de la noche del 29 de diciembre de 1980 esperaba
Gurriarán a su mujer a la puerta de un cine de la Gran Vía madrileña, donde pensaban ver una película
Woody Allen, cuando, a pocos metros de él y ante las oficinas de una compañía de aviación, estalló
una bomba en medio de la multitud que, pacífica, iba o venía de los cines. Corrió el periodista a una
cabina para dar la noticia a su periódico, y apenas había descolgado el teléfono, estalló,
prácticamente a sus pies, una segunda bomba que le condujo hasta las mismas puertas de la muerte.
Por aquellos días no se daba, en los medios periodísticos, un real por su vida
Pero nuestro compañero tenía unos tremendos deseos de vivir y, a través del calvario de siete
operaciones quirúrgicas en cinco meses, de largos y dolorosos ejercicios de rehabilitación y de esa
larga cruz de la silla de ruedas, fue lenta y gozosamente regresando a la vida
Mas el mayor problema es que la bomba le había llenado el alma de preguntas. Y se puede vivir
con las piernas paralizadas, pero difícilmente con la carga de muchos interrogantes sin respuesta.
¿Por qué aquellas bombas, que parecían batir el récord de la irracionalidad? Un grupo de armenios,
para protestar contra el genocidio que hace setenta años cometieron los turcos contra su pueblo y
como represalias contra otro atentado cometido en Suiza contra uno de los suyos. ponía una bomba
en plena Gran Vía madrileña y se llevaban por delante vidas de personas que ni sabrían siquiera decir
dónde está Armenia
Todo terrorismo es absurdo, pero aquél lo era reduplicadamente. Y a Gurriarán le quemaba en el
alma la angustia de descubrir qué razones, qué tópicos o qué locura puede llevar a un hombre a viajar
hasta España portando varias bombas y a colocarlas en una calle abierta por la que pasean gentes
que ignoran todo sobre esa misma causa a la que ese viajero quiere servir
Por eso, apenas ha podido sostenerse en pie sobre unas muletas, el periodista se ha ido al Líbano
para entrevistar, si posible fuera, al comando asesino. Lo ha encontrado. Y confieso que su diálogo
me ha resultado una de las páginas más conmovedoras que he leído jamás
«Su visita -le ha dicho el terrorista- me ha dejado muy mal. No he dormido en toda la noche. Me
siento mal, es muy duro. Si usted nos odiara resultaría más fácil. Así es terrible.»
Efectivamente, es terrible. Antes, el jefe del grupo, más teórico, ha explicado al periodista que
ellos saben que cuando ponen una bomba puede haber víctimas inocentes. Pero que esto es como una
guerra en la que ciertas muertes sin causa y sin culpa son inevitables. Mas no ha sabido contestar
cuando el periodista ha argüido que, en todo caso, los problemas entre turcos y armenios no parece
que tengan mucho que ver con la Gran Vía madrileña
Pero el terrorismo no existiría si tratara de ser lógico. El terrorísmo es la última podredumbre
de una guerra a la que se hubiera desposeído de esa lógica que era lo poco que le quedaba de humano
¿O le queda aún al terrorismo un átomo de humanidad? Ese muchacho de diecinueve años que
tiembla ante el espectáculo del dolor de su víctima es, tal vez, ese átomo. En ese sentido la guerra
estaba bastante bien inventada. se mataba siempre o casi siempre a desconocidos. El que dispara un
cañón o un torpedo no sabe si los muertos son o no padres de familia, no ha visto antes las fotos de
sus posibles hijos, no le resulta forzoso saber lo que destruye-. piensa, incluso, que no mata
hombres, sino enemigos. Y eso puede hacerse, con un par de copas de coñac, sin excesivos
remordimientos
Pero ¿cómo explicarse al terrorista que mata a alguien a quien ha seguido y estudiado durante
semanas o meses, a alguien a quien ha visto salir cada mañana a llevar a sus hijas al colegio y junto a
quien ha bebido una cerveza muchos días en el bar al que acude cada mañana? Me pregunto si podrán
dormir recordando sus ojos o imaginándose sus pequeñas huérfanas. ¿O quizá el terrorismo es una
radical falta de imaginación? Recuerdo aquella obra de Casona -La barca del pescador- en la que
alguien era capaz de decidir la muerte de un desconocido, pero acababa enamorándose de todo
cuanto pertenecía al muerto al conocerlo indirectamente tras el desastre
Me pregunto si el mal -todo mal- no es, ante todo, una gran ceguera. Anteayer, dos muchachos,
bien trajeados, atracaron a punta de navaja a una joven viuda y le quitaron las diecisiete mil pesetas
que, con mucho esfuerzo, había logrado reunir para pagar la instalación del gas en su casa. ¿Lograrán
esos dos atracadores imaginar el alto precio de dolor que esa mujer -varios meses cocinando en un
hornillo, no poder saber lo que es una ducha caliente- tendrá que pagar por esas dos o tres
inyecciones de droga en que ellos invertirán el fruto de su atraco? El egoísmo es como un
deslumbramiento que nos impide ver al prójimo. Ignora el opresor la vida real de los oprimidos.
Desconoce el multiempleado cómo es la mesa del parado. Nunca sabrá el libertino los límites reales
de la soledad a la que condena a sus víctimas
Tal vez el infierno o el purgatorio sólo sean ver el fruto de nuestras obras. Verlo como este
terrorista, que no ha logrado dormir cuando se dio cuenta que tras las grandes e hinchadas palabras
por las que puso su bomba lo que había es un hombre destrozado, mutilado, encadenado a sus
muletas, un hombre que. ni siquiera le odiaba
21.- Todos los padres son adoptivos
Cada vez me convenzo más de la razón que tenía Péguy al asegurar que «los grandes aventureros
del siglo xx son los padres de familia». Efectivamente: cuando hace cuatro siglos un hombre sentía
ardiente su corazón, dejaba atrás todas sus cosas, se embarcaba en un viejo galeón, llegaba a las
Américas, cruzaba montes y cordilleras y descubría un nuevo mar o conquistaba una nueva nación.
Hoy, ese mismo hombre de corazón quemante emprendería otra conquista no menor: buscaría una
mujer, se casaría con ella, se atrevería a tener un hijo. Y no precisaría para esto menos dosis de
valentía que el viejo conquistador
Tengo, por ello, una casi infinita admiración hacia todos los padres de familia, y no puedo evitar el
reírme un poco cuando la gente pondera el «heroísmo» del celibato. Cualquier persona adulta sabe
que la renuncia al uso de la sexualidad es mucho menos cuesta arriba que la mayor parte de las
adversidades humanas. Y la aceptación de la soledad, aunque amarga, no lo es excesivamente si se
logra convertirla en fecunda. En todo caso, todo ello exige infinitamente menor coraje que el de vivir
una paternidad o una maternidad enteras
El problema está en que, desgraciadamente, en nuestro mundo hay muchos progenitores y no
demasiados padres
Voy a ver si me explico. Escribo este comentario tras de leer y rumiar un texto de una famosa
psiquiatra francesa -Francoise Dolto-, que escribe: «Tres segundos bastan al hombre para ser
progenitor. Ser padre es algo muy distinto. En rigor sólo hay padres adoptivos. Todo padre verdadero
ha de adoptar a su hijo.»
La idea no es demasiado nueva. Ya Schiller lo gritaba en uno de sus dramas románticos: «No es la
carne y la sangre, sino el corazón, lo que nos hace padres e hijos.» Y no hace mucho el autor de un
libro de educación dedicaba su obra «a quienes se creen que son padres por el mero hecho de haber
traído hijos al mundo»
Líbreme Dios de infravalorar esa maravilla de prestar a otro ser la carne y la sangre. Ayer mismo
me sentí temblar todo entero al encontrarme con Pilar, que llevaba orgullosa su barriguita abultada
de maternidad incipiente. Pero esto no me impide descubrir que la verdadera paternidad y
maternidad no puede reducirse al milagro de unas células humanas que se encuentran y se funden,
sino que reposa, sobre todo y fundamentalmente, en la larga cadena de amor que empieza mucho
antes del engendramiento y no termina nunca en un padre y una madre verdaderos
Me he preguntado a mí mismo muchas veces: ¿Yo amo a mis padres porque soy hijo suyo o más
bien soy hijo suyo porque les amo? ¿Y mis padres me amaron porque yo era hijo suyo o se hicieron mis
padres porque me amaron?
Las dos preguntas son magníficas y enormes y no voy a ocultar que yo, en los dos casos, me inclino
a afirmar las segundas partes: el amor es la fuente de todo, no una consecuencia de la fisiología.
Somos padres e hijos en la medida en que amamos. Con lo que toda paternidad y filiación no surgen de
la casualidad, sino de la libre elección de un amor constantemente confirmado
En este sentido es cierto que todos los padres son en rigor padres adoptivos. La paternidad
fisiológica fue sólo un comienzo. Es el amor reiterado miles de días y docenas de años lo que forma y
constituye la paternidad verdadera
A esta luz entiendo no pocos de los conflictos entre padres e hijos, un mal que desgarra hoy a
millones de seres humanos. Un mal que no es de hoy. Me basta poner los ojos en la historia de la
literatura para recordar esa montaña de obras teatrales que han enfrentado a los hijos con los
padres, una historia que empieza con el choque brutal entre Ifigenia y Agamenón y llega al paroxismo
entre los hermanos Karamazov y su bestial progenitor. Kafka y Freud elevarían este drama hasta las
estrellas
Pero se diría que esa «alta tensión» entre padres e hijos fuera un drama especialmente moderno.
Lombardi aseguraba que el problema actual estaba en que los hijos eran, en realidad, nietos de sus
propios padres, como si hubiera sido tragada una generación y se registrara hoy entre un hijo y su
padre la distancia que hace medio siglo había entre un nieto y su abuelo
Mas yo temo que el drama radical está en que el mundo moderno, igual que ha conocido una
«aceleración de la historia» --en el sentido de que en el último siglo los modos de vivir y de pensar
han cambiado más que en los diecinueve anteriores,- está conociendo una «aceleracíón del egoísmo».
La tan positiva recuperación de la propia personalidad de cada ser, con la también positiva
revalorización de la libertad individual, está teniendo la feroz contrapartida del declive de la
aceptación del prójimo, incluso del más querido. Me temo que estemos pagando el progreso material a
un precio demasiado alto: o amamos menos o amamos peor
¿Estoy queriendo decir que en todo conflicto entre padres e hijos hay falta de amor por una de
las dos partes o por las dos a la vez? No diré yo que siempre -porque también está ese terrible
misterio de la libertad humana-, pero sí que en un 99 por 100 de los casos
Diré más: donde hay amor, el conflicto no puede ser durable. Creo apasionadamente que es cierto
aquello de la Biblia.- «El amor es más fuerte que la muerte.» Un padre que no cesa de adoptar a su
hijo con su amor, tendrá siempre a un hijo que terminará por serlo
Esa es la razón por la que yo admiro tanto a esos verdaderos padres que saben que nunca se
termina de engendrar lo ya engendrado. Esa la causa por la que lo que más me gusta del sacerdocio -y
también del periodismo- es poder ser padre de muchas almas. Esa también la clave de por qué siento
un poco de envidia hacia toda paternidad: porque recuerdo aquello que escribió Francis Bacon: «Los
hijos aumentan los cuidados de la vida, pero -al llenar la vida- atenúan el recuerdo de la muerte.»
22.-
Mis diez mandamientos
Me han llamado de no sé qué emisora para preguntarme cuál es mi decálogo. Por lo visto están
llamando a una serie de gente para preguntarles cuáles serían los mandamientos que ellos impondrían
para que el mundo funcionase bien. Y la idea me hace gracia porque responde a esa vocación oculta de
dictadores que todos llevamos en el alma. ¿A quién no le encantaría ser-Dios durante media hora con
la seguridad de organizar el mundo mucho mejor de lo que lo hizo el auténtico? ¿Quién no ha trazado
dentro de su corazón leyes y planes para dirigir «mejor» la libertad humana, frenar la violencia o
secar la soledad? El mundo está lleno de diosecillos y, quién más y quién menos, todos tenemos en
nuestro corazón un altar en el que nos rendimos un culto idolátrico
La verdad es que yo no me siento con capacidad "a fabricar un decálogo. ¡Dios sabe cuántas
tonterías impondría desde mi capricho! ¡Y sabe también que, cuando los hombres nos ponemos a
mandar -ahí están todos los dictadores y dictadorzuelos de la historia-, lo único que conseguimos es
implantar el espanto, aunque a veces sepamos camuflarlo bajo un orden de merengue artificial
Esa es la. razón por la que he respondido a los de la emisora que me parece que el decálogo de la
Biblia está «bastante bien hecho» y que no me siento con fuerzas para intentar «mejorarlo».
Bastante trabajo tengo con dedicarme a cumplir el decálogo que Dios hizo como para dedicarme a
imponer a los demás mis mandamientitos
De todos modos, y para no decepcionar demasiado a quien me preguntaba, he respondido que
lo que sí tengo es mi visión personal de los mandamientos de siempre; visión que, como es lógico, sólo
intento imponerme a mí mismo, porque bastante sería ya con que yo arreglase un poco mi corazón
No obstante, y por si a alguien le sirve, he aquí mis formulaciones, que tal vez ayuden a otros
a elaborar las propias
I. Amarás a Dios, José Luis. Le amarás sin retóricas, como a tu padre, como a tu amigo. No
tengas nunca una fe que no se traduzca en amor. Recuerda siempre que tu Dios no es una entelequia,
un abstracto, la conclusión de un silogismo, sino Alguien que te ama y a quien tienes que amar. Sabe
que un Dios a quien no se puede amar no merece existir. 1,e amarás como tú sabes: pobremente. Y te
sentirás feliz de tener un solo corazón y de amar con el mismo a Dios, a tus hermanos, a Mozart y a
tu gata. Y, al mismo tiempo que amas a Dios, huye de todos esos ídolos de nuestro mundo, esos ídolos
que nunca te amarán pero podrían dominarte: el poder, el confort, el dinero, el sentimentalismo, la,
violencia
II. No usarás en vano las grandes palabras- Dios, Patria, amor. Tocarás esas grandes
realidades de año en año y con respeto, como la campana gorda de una catedral. No las uses jamás
contra nadie, jamás para sacar jugo de ellas, jamás para tu propia conveniencia. Piensa que utilizarlas
como escudo para defenderte o como jabalina para atacar es una de las formas más crueles de la
blasfemia
III. Piensa siempre que el domingo está muy bien inventado, que tú no eres un animal de carga
creado para sudar y morir. Impón a ese maldito exceso de trabajo que te acosa y te asedia algunas
pausas de silencio para encontrarte con la soledad, con la música, con la Naturaleza, con tu propia
alma, con Dios en definitiva. Ya sabes que en tu alma hay flores que sólo crecen con el trabajo. Pero
sabes también que hay otras que sólo viven en el ocio fecundo
IV. Recuerda siempre que lo mejor de ti lo heredaste de tu padre y de tu madre. Y, puesto
que no tienes ya la dicha de poder demostrarles tu amor en este mundo, déjales que sigan
engendrándole a través de¡ recuerdo. Tú sabes muy bien, José Luis, que todos tus esfuerzos
personales jamás serán capaces de construir el amor y la ternura que te regaló tu madre y la
honradez y el amor al trabajo que te enseñó tu padre
V.- No olvides que naciste carnívoro y agresivo y que, por tanto, te es más fácil matar que
amar. Vive despierto para no hacer daño a nadie, ni a hombre ni a animal, ni a cosa alguna. Sabes que
se puede matar hasta con negar una sonrisa y que tendrás que dedicarte apasionadamente a ayudar a
los demás para estar seguro de no haber matado a nadie
VI. No aceptes nunca esa idea de que la vida es una película del Oeste en la que el alma sería
el bueno y el cuerpo el malo. Tu cuerpo es tan limpio como tu alma y necesita tanta limpieza como ella.
No temas, pues, a la amistad, ni tampoco al amor,. ríndeles culto precisamente porque les valoras.
Pero no caigas nunca en esa gran trampa de creer que el amor es recolectar placer para ti mismo,
cuando es transmitir alegría a los demás
VII. No robarás a nadie su derecho a ser libre. Tampoco permitirás que nadie te robe a ti la
libertad y la alegría. Recuerda que te dieron el alma para repartirla y que roba todo aquel que no la
reparte, lo mismo que se estancan y se pudren los ríos que no corren
VIII. Recuerda que, de todas tus armas, la más peligrosa es la lengua. Rinde culto a la verdad,
pero no olvides dos cosas: que jamás acabarás de encontrarla completa y que en ningún caso debes
imponerla a los demás
IX. No desearás la mujer de tu prójimo, ni su casa, ni su coche, ni su vídeo, ni su sueldo. No
dejes nunca que tu corazón se convierta en un cementerio de chatarra, en un cementerio de deseos
estúpidos
X. No codiciarás los bienes ajenos ni tampoco los propios. Sólo de una cosa puedes ser avaro:
de tu tiempo, de llenar de vida los años -pocos o muchos- que te fueran concedidos. Recuerda que
sólo quienes no desean nada lo poseen todo. Y sábete que, ocurra lo que ocurra, nunca te faltarán los
bienes fundamentales. el amor de tu Padre, que está en los cielos, y la fraternidad de tus hermanos,
que están en la tierra
23.-
El arte de reírse de sí mismo
Este oficio de escribir es una de las tareas más extrañas y divertidas que existen. El escritor
lleva tres o cuatro días dándole vueltas en la cabeza al tema del artículo de este domingo, y cuando
cree que tiene por fin claro lo que quiere decir, se sienta y, bolígrafo en ristre, traza, más o menos
revueltas, las ideas centrales de lo que será su artículo. De repente se acuerda de la frase de tal
escritor que le vendrá como anillo al dedo para aclarar su pensamiento. Y, cuando se pone a buscarla
en el libro que leyó hace años, cae en la gran trampa, en la búsqueda del único placer que es mayor
que el de leer: el de releer. Cuatro horas después se ha olvidado de la cita que buscaba y sigue
teniendo vírgenes las cuartillas de su artículo
En cambio, ha vivido la gozada del reencuentro con un viejo y amado maestro. ¿Y cómo podría
escribir ahora de otra cosa que del gozo de este reencuentro? Quédese, pues, tal vez para nunca, el
tema proyectado. Y hablemos hoy de ese arte supremo de reírse uno de sí mismo, en lo que es
maestro insuperable Antonio Machado en su Juan de Mairena, el libro en que, gozosamente, he
invertido mi mañana entera
Arte difícil, que no te enseñan en ninguna universidad. Arte imprescindible si uno quiere
escapar de esos dos grandes demonios de la vida humana: el que nos incita a adoramos a nosotros
mismos y el que nos empuja a odiarnos desde nuestro propio corazón. El noventa y cinco por ciento de
la Humanidad cae en uno de estos dos pecados. Tal vez en los dos, simultánea o sucesivamente
Adorarse a sí mismo es tarea placentera. Y, aunque se ven más tentados en esto los llamados
hombres públicos (que, como se pasan media vida subidos en púlpitos, tarimas, plataformas o
pedestales, tienen la fácil tendencia a olvidar su propia estatura), afecta incluso a quienes
objetivamente tienen bien pocos motivos para esa autoadoración
Peor son los que se odian a sí mismos. Son millones. Gentes que no se perdonan por no haber
realizado todos sus sueños, gentes que están decepcionadas de sí mismas y convierten su decepción
en amargura y mal café
Aunque se piense lo contrario, no es nada fácil amarse humildemente a sí mismo, aceptarse
como se es, luchar por ser lo mejor que se pueda, pero sabiendo siempre que esa mejoría se
conseguirá siendo feos como somos, gordos como somos y medio-listos como somos. Dios, al mandar
que amásemos al prójimo como a nosotros mismos, nos estaba mandando también que nos amásemos a
nosotros mismos como al prójimo. Cosa no menos difícil
Yo creo que el noventa por ciento de los violentos son gente que está furiosa consigo misma. Y
casi todos los que odian a alguien han empezado por detestarse a sí mismos
Por eso pregono hoy el arte de reírse de sí mismo, siempre que esa sonrisa surja de la
piedad, de una suave ironía; siempre que esa mirada compasiva sobre nosotros mismos se parezca a la
que los padres dirigen a sus chiquitines y a ésa con la que Dios contempla a la humanidad
Es éste un arte muy difícil, que sólo le llega al hombre con la madurez, cuando se ha
conseguido una actitud pacífica consigo mismo. Los adolescentes difícilmente pueden contemplarse a
través de ese espejo del humor, ya que éste «sólo existe en los pueblos con solera» (escribió Martín
Alonso) y, añadiría yo, «en los hombres con solera»
Los hombres deberíamos vivir con el alma siempre en borrador: sabiendo siempre que todo
está en camino, que nada es definitivo ni irrepetible, que, en todo caso, todo puede ser mejorado y
multiplicado. Cuando se nos endurece el alma y las ideas, envejecemos y empezamos a ser juguetes de
la amargura
Por eso yo pido a Dios todos los días que me dé el corazón de un idealista (para que siempre
arda en mí el deseo de ser más alto, más hondo, más ancho de lo que soy) y la cabeza de un humorista
semiescéptico (para no enfurecerme ni avinagrarme cuando cada noche descubro lo poco que en ese
crecimiento he conseguido)
Y me parece que Dios me ayudó dándome una barba muy cerrada que me obliga a enfrentarme
cada mañana (y algunas tardes) con mi espejo, que es el momento mágico para sonreír ante el mediotonto , medio-listo que soy. «Todos -dice Machado en su Juan de Mairena- deberíamos poder darnos
de vez en cuando un puntapié en la espinilla.» Y tiene razón, aunque yo he comprobado que es
dificilísimo hacerlo contando sólo con dos pies
24.-
El arcángel caracol
Hay una vieja fábula oriental que cuenta la llegada de un caracol al cielo. El animalito había
venido arrastrándose kilómetros y kilómetros desde la tierra, dejando un surco de baba por los
caminos y perdiendo también trozos del alma por el esfuerzo. Y al llegar al mismo borde del pórtico
del cielo, San Pedro le miró con compasión. Le acarició con la punta de su bastón y le preguntó. «¿Qué
vienes a buscar tú en el cielo, pequeño caracol?» El animalito, levantando la cabeza con un orgullo que
jamás se hubiera imaginado en él, respondió- «Vengo a buscar la inmortalidad.» Ahora San Pedro se
echó a reír francamente, aunque con ternura. Y preguntó: «¿La inmortalidad? Y ¿qué harás tú con la
inmortalidad?» «No te rías -dijo ahora airado el caracol-. ¿Acaso no soy yo también una criatura de
Dios, como los arcángeles? ¡Sí, eso soy, el arcángel caracol!» Ahora la risa de San Pedro se volvió un
poco más malintencionado e irónica. «¿Un arcángel eres tú? Los arcángeles llevan alas de oro, escudo
de plata, espada flamigera, sandalias rojas. ¿Dónde están tus alas, tu escudo, tu espada y tus
sandalias?» El caracol volvió a levantar con orgullo su cabeza y respondió: «Están dentro de mi
caparazón. Duermen. Esperan.» «Y ¿qué esperan, si puede saberse?», arguyó San Pedro. «Esperan el
gran momento», respondió el molusco. El portero del cielo, pensando que nuestro caracol se había
vuelto loco de repente, insistió: «¿Qué gran momento?» «Este», respondió el caracol, y al decirlo dio
un gran salto y cruzó el dintel de la puerta del paraíso, del cual ya nunca pudieron echarle
Esta gloriosa fábula, que recoge Kazantzakís en su magnífica biografía de San Francisco de
Asís, me parece una de las mejores historias que conozco sobre la dignidad humana. ¿O acaso no
seremos nosotros más que los caracoles?
Pasa el hombre sus horas arrastrándose por los caminos del mundo, ¿y deja algo más que
baba? Si medimos las horas de los hombres, hay en ellas mucho más de mediocridad que de heroísmo.
Se diría a veces que nuestras manos se construyeron para equivocarse, que de ellas sólo sale dolor
para los demás y cansancio para sus propietarios. Débiles como caracoles, cualquiera podría
pisotearnos y reventaría nuestra existencia como la débil concha de los gasterópodos. ¡Y cuánto nos
domina el miedo! ¡Cuántas veces nos arrinconaríamos dentro de nosotros mismos si contáramos con
esa concha protectora en la que refugiarse!
Y, sin embargo, dentro están nuestras armas: las alas de oro de la inteligencia, el escudo de
plata de la voluntad, la lanza viva de la palabra, las sandalias rojas del coraje. Están ahí, dentro,
dormidas, casi sin usar. ¡Qué pocas veces desenvainan los hombres sus almas! Las tienen, son enormes
y magníficas, resistentes al dolor, literalmente invencibles. Pero anestesiadas, atrofiadas de grasa,
mojadas como paja que humea y no arde
Duermen, pero también esperan. En el más amargado de los seres humanos flamea una
bandera de esperanza. No sabe por qué espera, pero espera. Incluso cuando todo parece estar
perdido, la niña esperanza grita que tal vez mañana cambie todo. No hay más razón que ese hermoso
«tal vez»; no hay más base para confiar que esa palabra que a mí me parece la más hermosa de
nuestro idioma: todavía. Todavía Dios nos ama, todavía estamos vivos, todavía puede el mundo
cambiar, todavía alguien va a querernos, todavía, todavía. Con esa palabra en la mano el hombre es
inmortal e invencible. Quienes la practican, jamás envejecen. Y es ese todavía el que nos da fuerza
para arrastrarnos hasta las puertas del cielo, para llegar hasta ellas con orgullo
Este orgullo de ser hombres no puede ser pecado, a no ser que se trate de un orgullo tan
tonto que empieza por renunciar a su mejor raíz: la de pertenecer a la gran estirpe de los hijos de
Alguien. Somos los «arcángeles hijos». Y no es lo importante la baba que se dejó por los caminos, sino
el alma, que ningún camino nos podrá arrebatar si nosotros no nos resignamos a perderla
Con ella tendremos derecho no a mendigar la eternidad, sino a esperarla, casi a exigirla. Si
San Pedro nos juzga por el barro acumulado sobre nuestros caparazones, tendrá todas las razones
del mundo para acariciarnos con compasiva ironía con la contera de su bastón- «¿Tú, pobre criatura,
te atreves a esperar la eternidad? ¡Reventarías, estallarías al entrar en ella, como los aviones al
traspasar la barrera del sonido! Tú, con ese pobre fuselaje de una conchita de miseria, has nacido,
cuando más, para el limbo.»
No estés seguro, San Pedro: el alma del hombre es incombustible. Se construyó -no para el
tiempo, sino para la eternidad- dura como el diamante
Pero falta, eso sí, el gran salto. Sólo se realizan y se salvan los atletas, los que se atreven a
vivirse, los que cada mañana y cada tarde saltan desde el sueño a la existencia. De ésos será el reino
de los cielos y lo mejor del reino de la tierra: la alegría
Ánimo, hermanos caracoles: las alas, el escudo, las sandalias y la lanza están dentro. No se
ven, pero esperan. Los caracoles-atletas mostrarán un día los arcángeles invisibles que eran. Sólo
falta saltar, hermanos caracoles
25.- Vivir con veinte almas
Espero que los arcángeles encargados de preparar mi eternidad (si es que me la gano) no se
olviden de que, si quieren darme pleno gusto, éste tendrá que tener forma de feria del libro. ¡Qué
gozada pasearse entre celestes librerías en las que uno pudiera llevarse todo sin tener que mirar
antes la página de los precios!
Estos días, entre la tarea de revisar mi biblioteca para elegir lo que me llevaré a mis vacaciones y
la feria del Retiro, estoy viviéndolos como un chiquillo ante el escaparate de una confitería. La
elección no es menuda: ¿Releer a Dickens o estrenar a Canetti? ¿Volver a Galdós o completar a
Singer? ¿Abrir los últimos Vargas Llosa, Bon o Grass, o leer por enésima vez a Mauriac? El menú es
tan suculento que se me hace la boca agua tan sólo de pensarlo
Al final, ya lo sé, me llevaré un poco de todo y podré vivir mi verano con quince o veinte almas.
Verdaderamente es una suerte ésta de elegir una playa en la que nunca llueve. Veo estos días a mis
amigos vacilantes: ¿Elegirán el sol del Mediterráneo o las playas más frescas del Cantábrico?
¿Apostarán por el mar o la montaña? ¿La ciudad o el pueblo? ¿Las playas abarrotadas o la fuente
solitaria?
Yo tengo más fortuna, porque en mi maleta me llevaré de todo. Un día subiré a la montaña rocosa
de las novelas de Dostóievski. Otro al gran macizo de los libros de historia. Al siguiente apostaré por
los bosques de un novelista nórdico o quizá por la playa refulgente de un narrador hispanoamericano.
0, si prefiero, la fuente ca- Hada y silenciosa de mis amigos los poetas. 0 la intimidad de templo de
algunos de mis teólogos preferidos. Aparte siempre de ese gran telón de fondo de mis habituales
relecturas de la Biblia. Todo un radiante universo servido a la carta a diario encima de mi mesa. ¿Qué playa mejor? ¿Qué sol más
luminoso?
Volveré, ya lo sé, muy poco bronceado, pero con el alma multiplicada, cargado de gas como una
botella de champaña bien conservada
Y espero que nadie me diga que eso es trabajar y no descansar. Reto a cualquiera a explicarme un
placer más alto y más intenso que éste de un buen libro leído, si puede ser con música de Bach o de
Mozart al fondo. Yo prefiero cuatro violines a cien pinos, y el ondear de una prosa a las olas del mar.
En la música jamás hace mal tiempo. En los libros no se te llenan los zapatos de arena ni te recuece
el sol
Sobre todo cuando ---como en vacaciones- se lee por el puro placer de leer. Durante el año yo leo
muchísimo, pero son casi siempre lecturas funcionales: para preparar tal conferencia o tal artículo.
Rara vez puedo, en esos meses, permitirme ese lujo de leer un libro «para nada», es decir, para esa
única maravilla de que te fecunde el alma y te la multiplique
Está, además, la otra maravilla de releer. Los latinos decían que se debe leer «non multa, sed
multum», es decir, leer mucho, pero no muchos libros. Volver sobre los libros amados como un
labrador sobre su tierra o como un sediento sobre esos pozos en los que el agua es más fresca
cuanto más profundizas el cubo
Yo tuve la gran suerte de empezar a leer mucho desde niño y aún me siguen alimentando aquellas
lecturas infantiles. El recuerdo más vivo de mi infancia es el de volver a verme a mí mismo tumbado
boca abajo en la galería de mi casa, clavados los codos en el suelo y devorándome no a Juan Centella
o al Capitán Trueno, sino a todos los clásicos españoles. Supongo que apenas me enteré de lo que leía;
supongo que pasé por todos ellos como sobre mi caballo infantil, pero hoy, al releerlos, se me llenan
de resonancias como si ya formasen parte de mi vida
Desde entonces toda mi vida estuvo marcada por los libros; sus diversas etapas van «desde la
lectura de tal obra hasta aquella otra» mucho más que separadas por tal cargo o por un premio. Mis
años se numeran «el año que leí a Machado», «el año que descubrí a Mozart», «el año que vi el
Entierro del Conde de Orgaz del Greco»
Y lo más curioso es que, al menos, yo no soy consciente de ninguna lectura que me hiciera daño.
Nunca he entendido mucho eso de la gente que pierde la fe o la alegría leyendo. Y supongo que todo
es el arte de elegir. Pero en el fondo creo aquello de Benavente, que aseguraba que «no hay lectura
peligrosa. el mal no entra por la inteligencia cuando el corazón está sano». Tal vez, pienso yo, la
diferencia esté entre quien se chapuza en un libro con hambre de aprender y quien entra en él como
en una piscina o una cloaca, simplemente para matar un aburrimiento. Chesterton aseguraba que
«existe una gran diferencia entre la persona ávida que pide leer un libro (tal libro) y la persona
cansada que pide un libro (cualquiera) para leer». Para matar el tiempo casi es preferible encender
el televisor, ya que así, al menos, no se deshonra lo que se tiene entre las manos
Y así es como va construyéndose uno el alma, como una casa que tuviera tantos ladrillos como
libros leídos. ¿Todas las almas son, entonces, prestadas? En buena parte, sí. Yo al menos tengo un
horno pequeño que me permitiría fabricar poco más que una perrera. Y tengo que vivir mendigando
ideas, de aquí, de allá, aprendiendo a vivir y a pensar de lo que otros han vivido, haciendo carne mía
lo que otros construyeron y expresaron. Tal vez los genios tengan alma suficiente para
autoabastecerse. Yo vivo de esta gloriosa mendicidad de la lectura
26.- La farmacia de mi abuelo
Siempre que entro en una farmacia moderna -tan chiquitas, tan limpias, tan monas-- siento que
me duele algún rincón del corazón. Supongo que es bueno (o inevitable) que los tiempos progresen y
me resigno a estas diminutas boticas que se dirían esterilizadas y en las que frascos, grageas y
demás potingues están alfabéticamente alineados en estudiadísimos ficheros, clasificadores
metálicos, como podrían ordenarse jabones o destornilladores
Me resigno, pero mi corazón vuelve sin poder evitarlo a la suntuosa y mágica farmacia de mi
abuelo, mezcla de hogar, salón de baile y de biblioteca de un antiguo ateneo. En ella cabrían al menos
cinco de las actuales en lo horizontal y otras cinco en la casi inalcanzable altura de sus techos. Los
baldosines del suelo fulgían siempre como recién encerados. La caoba de las estanterías, que la
ceñían desde el suelo hasta el techo, tenía algo de salón francés y lo habrían parecido realmente de
no aportarle un tinte como oriental los 127 botes de finísima porcelana por los que mi vista de niño
desfilaba asustada. Las abreviaturas con que estaban signados me llenaban de intriga. ¿Qué quería
decir aquel LIGN SANT? ¿Sería un veneno aquel BALS BENZ? ¿Para qué serviría el BROM ALC?
¿Qué misterioso purgante sería aquel PURG LE ROY?
La rebotica tenía luego algo de laboratorio de alquimista medieval. Allí majaba el abuelo
misteriosos polvos, maceraba frutas y hierbas, elaboraba píldoras-, vestido con una bata gris y
armado de unas viejas antiparras que sólo usaba para esto
Era, como habéis comprendido, una farmacia para el sueño, un lugar de predilección para vivir en
ella la infancia. Todo concurría: los bustos de Hipócrates y Galeno, las estatuas de yeso de Mercurio
y de aquella señora que enarbolaba una copa con serpientes, las gigantescas cajas de propaganda
que, vacías, adornaban el escaparate. Para mis seis años, aquello era el reino de los cielos. Sobre
todo cuando uno podía sacarle al abuelo, como propina, regalices, pastillas de goma, juanolas o
suculentos palos de anís
Pero todo esto era sólo la cáscara. Yo no evocaría hoy aquella farmacia si hubiera sido solamente
como las actuales, sólo que un poco más sabrosa imaginativamente. La farmacia de mi abuelo era
mucho más: era un centro caliente de humanismo, casi como una iglesia de los valores humanos, en la
que el farmacéutico era pontífice y confesor, padre y consejero
Por la botica desfilaba todo el pueblo: chiquillos desharrapados, mujeres llorosas, campesinos
tartamudeantes. No iban a comprar, iban a ser atendidos. Mi abuelo era bastante más que un
vendedor de cajitas. Hablaba, preguntaba, se enteraba. Nadie salía de la farmacia sin haber antes
contado la historia de su mal o la angustia del enfermo que esperaba en su casa. Era la farmacia
como un gran confesonario de la salud pública, y todos se llevaban simultáneamente medicinas y
consuelo, drogas y amistad. Nunca vi allí compradores anónimos que fueran genéricamente atendidos.
Contaba en aquella farmacia mucho más el corazón que la cartera
Y no hablo de la cartera metafóricamente. En la farmacia de mi abuelo sólo los muy ricos pagaban
a tocateja. De cada cien vecinos, noventa y nueve y medio funcionaban por igualas, que se pagaban, si
el año venía bueno, después de la cosecha, por septiembre. ¿Y si el año venía malo? Entonces todo
quedaba un poco en manos de la Providencia y mi abuelo tenía que repetir aquello de que él no puso la
farmacia para hacer un negocio. A lo que la abuela, fingiéndose enfadada, replicaba. «Pues, para eso,
pudiste hacerte cura.» «Y cura me hice --concluía el abuelo-. Cura de los cuerpos, que también irán
al cielo.» Y quiero aclarar que mi abuela decía eso «fingiéndose enfadada», porque se habría muerto
antes que tolerar que mi abuelo apretara las tuercas a un pobre mal pagador
Menos aún se cobraba a los familiares de los muertos. Cuando por la plaza del pueblo cruzaba
algún entierro, repasaba el abuelo aquella libretita, de pastas negras, de impagados, sumaba la lista
de las deudas del fallecido y, agitando con pena la cabeza, decía: «Más pierde él.» Y rompía, piadoso,
la página como sintiéndose avergonzado y responsable de que aquellas medicinas no hubieran
impedido la muerte
Y la muerte llegó también un día a la farmacia. Aún veo en su centro la caja negra en la que mi
abuelo palidecía por momentos. Estaba allí, entre sus botes de cerámica refulgente, como hubiera
podido estar un emperador en medio de su ejército vencido. Vencido, porque
mi abuelo sabía muy bien que todas sus medicinas eran poco más que palillos o muletas con los que
jugar a sostenerse, poco más que engañifas para asustar a la muerte y, de paso, enseñar a los
hombres que alguien o algo les ayuda a vivir
Y veo a la gente del pueblo desfilando por la farmacia en aquella mañana de diciembre para
explicarle con lágrimas a don Ciriaco cuánto le agradecían el que siempre hubiera despachado las
medicinas envueltas en consejos y cariño. Aquel día la farmacia se convirtió definitivamente en un
hogar, caliente, caliente. Y hasta las estatuas de Hipócrates y Galeno entendieron que el cuerpo era
casi tan alto como el alma, y que ayudar a los hermanos a no sufrir es casi tanto como engendrarles o
acariciarles el corazón
Ese corazón que ahora me duele a mí siempre que entro en las antisépticas, monísimas y gélidas
farmacias modernas
27.- Un ciego en San Pedro
De todas las aventuras de mi vida, tal vez la más emocionante es aquella que me ocurrió, hace
ahora diecisiete años, en la plaza romana de San Pedro. La tarde anterior me había llamado un
sacerdote amigo mexicano para preguntarme si estaría muy ocupado la mañana siguiente. Era
domingo y le dije que no, que los festivos no había sesión conciliar, y además, por entonces, los
periódicos españoles tenían la inteligencia de no aparecer los lunes. «¿Podía, entonces, hacerle un
favor?» -inquirió el mexicano-. No a él personalmente -aclaró--, sino a. un amigo suyo que necesitaba
que alguien le explicase la basílica de San Pedro.» Le dije que sí, recordando con gusto aquel Año
Santo de 1950 en el que a los seminaristas nos usaban como cicerones de peregrinos. «Pero -insistió
mi amigo con una voz cargada de misterio- éste es un turista muy especial.» «¿Algún personaje?»,
pregunté. «No, un ciego», dijo la voz al otro lado del teléfono. Hizo una pausa aprovechando mi
desconcierto y luego añadió: «Quiere .ver' la basílica y yo he pensado que no la vería mal a través de
tus Ojos.»
Aquella noche me acosté nervioso. ¿Sería yo capaz de hacer «ver» la basílica a un ciego? ¿Cómo
explicarle naves y columnas, cúpulas y retablos?
Las sorpresas empezaron cuando Lorenzo Tapia --que así se llamaba- descendió del autobús 64,
que paraba justamente a la puerta de la Sala de Prensa y a doscientos metros de la plaza vaticana.
Tendría como veinticinco años, pero aún era más joven de cara que de edad
-Pero ¿cómo te han dejado venir solo en autobús? -Oh -sonrió con sus ojos
apagados-, estoy acostumbrado a ir
solo por Los Angeles, la ciudad donde vivo. Ya no es fácil que me asuste
-Pero ¿cómo te orientas? ¿Con radar?
-Ah, no -siguió riendo-, no tengo ningún radar. A veces tropiezo, como todos los ciegos, pero soy
ágil y no suelo caerme. Y, si me caigo, no me voy a enfuruñar por eso. También los videntes tropezáis,
¿no? Lo más que me puede ocurrir es que me pegue con un muro. Pero eso me hace gracia. Tal vez sí,
tengo un radar: la alegría y la decisión de hacer las cosas lo mejor que puedo
Yo había comenzado a temblar, os lo aseguro. Le pedí que nos sentáramos un rato antes de «ver»
la basílica, y allí, en la terraza del café «San Pedro», me explicó que estaba ciego desde los once
años, que, al perder la luz, vivió mucho tiempo en una terrible agonía, hasta que descubrió que dentro
tenía un corazón y que eso le bastaba para ser feliz. Desde entonces había decidido no arrinconarse,
vivir como si sus ojos continuaran iluminándole, sin acurrucarse en su propio pánico
A veces, me explicó, al lanzarse solo por las calles se perdía y terminaba en el sitio opuesto al que
se dirigía. Al principio esto le daba miedo. Luego comprendió que tampoco importaba, porque, en ese
nuevo sitio en el que había aterrizado por error, siempre encontraba alguien que le ayudaba, alguien
de quien podía hacerse amigo. «Porque -aseguró como si formulase un dogma- todos los hombres son
buenos.»
-Sabes que eso no es cierto -argüí
-Quien no lo sabes eres tú --sonrió de nuevo--. Hay que ser ciego para saber que la humanidad es
buena. A veces un poco loca, eso sí. Porque hace falta estar loco para ser malo. No es que todos los
locos sean malos, pero todos los malos están locos
Siguió hablando durante muchísimo tiempo sin que yo me atreviese a interrumpirle. Me explicó
cómo había aprendido a tocar la guitarra, cómo había logrado concluir sus estudios de intérprete
oficial en Estados Unidos, cómo cada verano se iba, con sus ahorros, a «ver» un nuevo país. «Tengo a
veces problemas --decía-, pero ya sé que en la vida todo se arregla.» Esta frase parecía resumir toda
su filosofía del coraje humano. Esta, y una terrible fe en la condición humana. «Para entenderse con
los desconocidos hasta un profundo interés por la vida y la personalidad de los otros. Basta con no
tener miedo y admitir la profunda necesidad que todos tenemos los unos de los otros. Yo de ellos,
ellos de mí. Porque todos están ciegos de algo.»
- Esta última frase me golpeó como un latigazo. Yo también estaba ciego de corazón, de falta de fe
en la condición humana, ciego de cobardía
Pero Lorenzo no me dejó estar mucho tiempo en mis meditaciones: «Ahora -dijo, cogiendo mi
mano-, veamos la basílica.» Y como notara mi pulso agitado, rió de nuevo y añadió. «Se diría que soy
yo quien te conduce a ti.»
Era verdad. Me dejé conducir por su alegría y me zambullí en aquella plaza que visitaba todos los
días, pero que, realmente, pisaba entonces por primera vez. Con los ojos cerrados -tratando de
imaginarme cómo la «vería» él- fui explicando la fuga de las columnas, el mármol de las estatuas, la
geometría de la fachada, la luz flotante de la cúpula. Pero, al hacerlo, comencé a darme cuenta de
que yo estaba hablando de la basílica interior y pensando que jamás Miguel Angel construyó nada tan
hermoso como una alegría, como esta alegría invencible que hacía «ver» a mi amigo y le daba aquella
fantástica confianza en los hombres
Cuando volví a abrir los ojos me sentí rodeado de ciegos: de gentes que hablaban de dinero, de
esperanzas baratas, de gentes que veían con los ojos pero no con el alma
28. Las seis cosas que dan honra
Si un día tiene usted ganas de divertirse del modo más barato, vaya a una biblioteca pública,
pida el tomo 65 de la Biblioteca de Autores Españoles, ábralo por la página 480 y allí se encontrará
usted un maravilloso párrafo en el que Huarte de San Juan explica las seis cosas que daban honra
hace cuatro siglos. Estas:
«La primera y más principal, el valor de la propia persona en prudencia, en justicia, en ánimo y
en valentía
La segunda cosa que honra al hombre es la hacienda, sin la cual ninguno vemos ser estimado en
la república
La tercera es la nobleza y antigüedad de sus antepasados
La cuarta es tener alguna dignidad u oficio honroso y, por lo contrario, ninguna cosa baja
tanto como ganar de comer en oficio mecánico
La quinta cosa que honra al hombre es tener buen apellido y gracioso nombre, que haga buena
consonancia en los oídos de todos
Lo sexto que honra al hombre es buen atavío de su persona, andar bien vestido y acompañado
de muchos criados.»
¡Dichosa edad y siglos dichosos aquellos! Recordándolos, uno siente una especie de alivio de
vivir en estos «tenebrosos» tiempos en los que, por lo menos, si somos injustos y estúpidos, podemos
tener la conciencia de serio. Porque -si excluimos la primera de esas causas de honra-, ¿qué son, sino
bazofia, todos los restantes valores? ¿Qué gigantesca comedia social no esconde y muestra un
párrafo como éste? Criados, vestidos, oficios, graciosos nombres, ¿qué es todo ello sino
guardarropía? ¿Cómo no sentir asco ante un mundo en el que la cima de la bajeza parecía ser el
trabajador con las propias manos ?
Pero no quiero entusiasmarme demasiado pensando que planteamientos así han pasado a la
historia. Porque en el mismo instante en que me sentaba a escribir este comentario, veo un anuncio en
un diario de la mañana que dice literalmente así:
«De acuerdo con nuestra sociedad actual, un hombre 'ha llegado' a su meta profesional y
social cuando
Tiene auto propio. Gana un poco más de lo que su mujer puede gastar. Tiene piso propio. Puede
escoger sus amistades. Y atender al prestigio proporcionado por su propio trabajo.»
¿Habremos ganado mucho cambiando los muchos criados por el coche, el buen atavío personal
por ese «poder escoger sus amistades» y la nobleza y antigüedad de los antepasados por el poder
atender a nuestro prestigio? ¿«Haber llegado» será realmente eso? Haber llegado ¿a qué?
En días como éste no puedo impedir que me invada la tristeza. Me aterra la idea de que pasen
los siglos y el hombre siga atado a las mismas o parecidas estupideces, sin acordarse de mejorar en
lo fundamental
Pero no me resignaré. Cierro los ojos y los puños y me grito a mí mismo que nadie detendrá a
la humanidad en su camino contra la frivolidad y la injusticia. Me aseguro a mí mismo que en un tiempo
próximo y futuro serán cosas muy diferentes las que den honra a los humanos. Podrían ser éstas, por
ejemplo:
- La primera y más principal, el valor de la propia persona en hondura de alma, en capacidad
de amor y en apertura de espíritu
- La segunda, el trabajo, la entrega emocionada a la propia tarea, sea ésta la que sea, hágase
con las manos o con el alma, puesto que cuanto hacemos con las manos lo hacemos a la vez con el alma
- La tercera, la entrega a cuantos nos rodean, la solidaridad con todos por encima de razas,
colores, apellidos, clases, grupos sociales, edades, pensamientos y fortunas
- La cuarta, una incesante búsqueda de la justicia, un agudísimo olfato para encontrar las
menores virutas de dolor en los otros, un incansable desasosiego mientras no hayamos encontrado la
suficiente felicidad para todos
- La quinta, un apasionado amor a la verdad, un verdadero terror a todo tipo de prejuicios (de
derechas o de izquierdas), un constante valor para decir la verdad entera y para decirla --como decía
Bernanos- «sin añadirle ese sádico placer de hacer daño a quien la escucha»
- La sexta, e importantísima, una fe radical en el futuro, un -saber que los que vienen detrás
serán mejores que nosotros, un luchar para que lo sean, una esperanza sin sueños, construida día a
día por todos, y, sobre todo, una invencible alegría, basada en la certeza de que somos amados desde
lo alto de los cielos y desde lo ancho de la tierra
Me gustaría vivir en un mundo en el que fueran estas cosas las valoradas por todos, en un
tiempo en el que trajes, apellidos, haciendas, prestigios se abandonasen para consuelo de los tontos
del pueblo
Pero. José Luis, José Luis, ¿qué te importa lo que aprecie la gente? ¿Por qué te enfurece lo
que da honra o deja de darla, si no es honra lo que tú estás buscando? ¿O vas a ponerte ahora a soñar
en esa edad de oro que acabas de fabricar, cuando tanto tienes que hacer en este tiempo de pisos y
automóviles, de amigos «elegidos» y prestigios sonoros? Olvídate de una vez de las cosas que dan
honra. Acuérdate sólo de las que debes hacer
29.-
No mates a nadie, hijo
Leyendo una biografía de ese gran hombre y escritor que es José María Gironella salta a mis
ojos una frase y una anécdota que me dejan herido durante toda la jornada. Era el 6 de diciembre de
1936, y el entonces casi muchacho, cuya vida peligraba en Gerona, ha de huir, montes arriba, hacia
Francia. Su padre le acompaña hasta la frontera, y, cruzada ésta, le detienen y cachean los
gendarmes franceses: en el bolsillo del pantalón hay algo que el escritor no ha visto, algo que, sin él
saberlo, ha metido su padre a hurtadillas. Es un papel que Gironella lee emocionado. Dice sólo. «No
mates a nadie, hijo. Tu padre, Joaquín.»
¿Puede darse un consejo más conmovedor, más desgarradamente humano? ¿No sería más
lógico -quiero decir: más normalmente egoísta que, en plena guerra, ese padre dijera a su hijo: Cuida
tu vida, o ten cuidado no te maten?
Aquel hombre sabía la verdad: matar es mucho más mortal que morir. Se mueren mucho más los que
matan que los que caen muertos. Sólo una enorme locura ha podido hacer olvidar a la humanidad que
la bala que asesina destroza antes el corazón y la vida entera del que la dispara. Joaquín Gironella
tenía los ojos elementalmente limpios: quería que su hijo volviera; no quería que regresara con el alma
muerta y el corazón convertido en quién sabe qué piedra. Por eso, sí, es absolutamente justo hablar
de « un millón de muertos» en nuestra guerra civil, aun cuando fueran solamente medio millón. por
cada muerto enterrado hay otro muerto-asesino rodando por el mundo
Voy a contar algo que me avergüenza mucho y que sé que es un disparate: he tenido muchas
veces envidia a quienes «hicieron» la guerra. Yo fui un «niño-de-la-guerra». Tenía seis años cuando
empezó y nueve cuando concluyó, y casi diría que tenía también seis cuando acabó, porque en mi
Astorga infantil la guerra -al menos para los niños- se inició y terminó el mismo día: el 19 de julio.
Como escritor, me he preguntado muchas veces si no he sido demasiado feliz, si no tienen muchas
más vivencias y mucho más intensas quienes tuvieron la «suerte-desgracia» de descubrir la muerte y
la amargura de la vida cuando podían digerirla en plena juventud. ¿No es acaso un handicap esto de
haber vivido, en el largo aburrimiento de cuarenta años «castrados», «anestesiados» o
«dulcificados»? En un mundo de tanta violencia, ¿es un privilegio o una desventaja haber vivido en el
invernadero?
Digo que siento vergüenza al pensar todo esto porque, desde luego, daría todos los reales o
posibles éxitos como escritor a cambio de esta alegría única de tener las manos limpias. No quiero
decir, naturalmente, que mis manos sean «mejores» que las que tuvieron que disparar en una guerra.
Digo que yo -quizá neurasténicamente sensíble- habría sabido vivir muy mal (convivir muy mal) con
dos manos asesinas, voluntaria o involuntariamente. Me sangrarían en los sueños, lo sé
Pero quizá estoy haciendo literatura: yo no viví la guerra civil, tuve esa suerte. Pero ¿no
estamos ahora en guerra? En el último libro de Rosales se escribe que «ya no es preciso ir a la
guerra, porque la guerra nos persigue». Y es que, efectivamente, ni en las almas ni en las armas la
guerra ha terminado. «Hace ya muchos años que en el mundo hay una guerra derramada, pues a partir
de su terminación la guerra está domiciliada en todas partes.» En el mundo. En España
En este momento, en el mundo hay abiertos once conflictos bélicos que han producido ya más
de tres millones de muertos: Camboya, Líbano, Irán-Irak, Afganistán, El Salvador, Chad, Yemen,
Angola, Etiopía-Somalia, Malvinas, Sahara occidental, once heridas que no dejan de sangrar. ¿No es
un sarcasmo hablar de paz junto a esos once ríos? ¿Y qué decir de la cloaca de los terrorismos y los
asesinatos, las mujeres explotadas, las niñas violadas, el infinito y gigantesco cubo de los cincuenta
millones anuales de abortos?
No se pueden tener las manos limpias hoy. Nadie las tiene. Todos somos, de algún modo,
responsables de esa gigantesca matanza. A su luz entiendo el terror de aquel personaje de Camus
que aseguraba haber llegado a comprender «que incluso aquellos que eran mejores que otros no
podían evitar hoy el matar o dejar de matar, porque esto formaba parte de la lógica en que vivimos,
ya que no podemos hacer un solo gesto en este mundo sin correr el peligro de matar»
Efectivamente: ¿Cuándo hacemos bien a los que nos rodean?
¿Cuántas veces, incluso sin quererlo, nos llenamos de espinas que acaban clavándose, como alfileres,
en el corazón de alguien?
El cura de Bernanos era aún más radical cuando aseguraba que «nuestros pecados ocultos
envenenan el aire que otros respiran, y cierto crimen, cuyo germen llevaba algún miserable sin él
saberlo, no habría madurado nunca sin ese principio de corrupción» que aportamos nosotros. Pero
¿pensando así, puede vivirse?, argüirá otro personaje. «Si Dios -responde el cura- nos diera una idea
clara de la solidaridad que nos une los unos a los otros, tanto en el bien como en el mal, no podríamos,
efectivamente, seguir viviendo.»
Sí; la ceguera es una gran misericordia. Si los hombres viéramos el mal que nos hacemos los
unos a los otros y, sobre todo, el bien que podríamos hacernos y que, por cobardía, dejamos de hacer,
moriríamos
Al menos, no matar. Al menos, no dormir. Al menos, apostar por el amor, aunque luego se nos
quede siempre a mitad de camino
Me siento ahora feliz de haber llegado a los cincuenta años sin haber matado a nadie, sin
haber tocado siquiera un arma, un fusil, una pistola. Pero me preocupa haber podido matar o herir con
la palabra, con la frialdad o el egoísmo. Clavo, por ello, en mi alma el papelito de Joaquín Gironella.
«No mates a nadie, hijo.»
30.-
El "delito" de ser mujer
De los muchos recuerdos que me traje -hace ya quince años- de un viaje a la India hay tres
que no se me han borrado en absoluto y que, por el contrario, no han hecho otra cosa que crecer: uno
porque me aterró, otro porque me entusiasmó, el tercero porque me avergonzó
Lo que me aterró fue la miseria y el hambre de aquellas gentes: los cientos de miles de
personas que cada noche dormían en las calles de Bombay o de Calcuta y los cuerpos esqueléticos de
los niños, con las barriguitas hinchadas de aire, son cosas que no se olvidan fácilmente.
Lo que me entusiasmó fue la bondad de la gente, su nobleza instintiva, sus deseos de ayudar,
la apertura de sus corazones y sus vidas
Lo que me avergonzó fue pensar que una religión que yo admiro tanto como el hinduismo
pudiera estar en la fuente o el origen de ese satánico sistema de castas y de esa repulsiva
discriminación de la mujer que llena la vida cotidiana de la India
Es ya de por sí doloroso que algo tan purificador como son todas las grandes religiones
encierre, junto a mucha pureza, tales semillas de corrupción. A mí, como cristiano, siempre me ha
dolido reconocer que a la sombra del Evangelio -deformándolo, claro- hayan podido nacer ideas tan
locas como la Inquisición, o las cruzadas, o la violencia en nombre de Dios. No me extraña, pues, que
también el hinduismo pueda llevar consigo una idea tan disparatada como la de que los hombres
puedan distinguirse por supuestas razas o castas, por el tamaño de su nariz o por su sexo
Y ese recuerdo de la India ha rebrotado en mí leyendo la espeluznante noticia que hoy dan,
púdicamente y como sin importancia, los periódicos: el dato de que dos de cada tres mujeres indias
deciden abortar cuando en las pruebas para conocer el sexo del hijo que llevan en su seno éstas
certifican que lo que viene será una niña
¿La causa? Las madres conocen la vida de sumisión a la que les obligará su condición femenina
y no quieren que sus hijas repitan lo que ellas han vivido. Los padres saben que el día de mañana
tendrán que pagar una fuerte dote -50.000 rupias- cuando llegue la hora de casarlas, y prefieren
pagar ahora 500 por un examen médico que les permitirá eliminarlas si son niñas
Sangra mi máquina de escribir al contar estas cosas. ¿Tan bajo ha descendido el hombre?
Pienso, por de pronto, en esa tristeza de que, en todo invento moderno, llegue
inmediatamente la contrapartida. cada avance se paga con un retroceso. La determinación previa del
sexo de los niños, que parecía una fuente de alegría, ahí está convertida en fuente de crímenes antes
incluso de generalizarse. El culatazo asesino ha sido más fuerte que el disparo del progreso. Así es
como «avanzamos», con un paso adelante y dos atrás. Así es como nuestro mundo se va haciendo
tanto más inhumano cuanto más moderno
Pienso después en la crueldad de la historia: desde hace años vengo viviendo en el asombro
más absoluto al ver cómo una de las grandes metas del feminismo internacional es la legalización del
aborto. Nunca lo he entendido. ¿Es que no hay miles de campos en los que conquistar la plenitud de
derechos de la mujer, para acudir a una supuesta propiedad de su propio cuerpo que serviría para
legalizar una muerte? Unir feminismo y aborto me ha parecido siempre uno de los disparates más
altos de la historia del mundo. Y he ahí que ahora esa historia se vuelve feroz y monta la más grave
discriminación hacia la mujer precisamente sobre esa supuesta licitud del aborto. ¿Protestarán ahora
las feministas contra esta nueva «moda» india, no por el hecho de que sean abortos, sino por el de
ser abortos «selectivos», dirigidos contra la mujer? ¿Es que no son las dos cosas igual o
parecidamente horribles?
Mi tercer pensamiento se dirige a la querida India, De generalizarse esa práctica, ¿cómo
sería en el futuro la vida de este país en el que el número de mujeres podría llegar a ser un tercia del
de los varones?
Y mi cabeza se puebla de recuerdos: vuelvo a verme en la ventanilla de aquel tren de Nueva
Delhi contemplando a aquella familia que avanzaba hacia mi vagón, marchando la mujer con los
pequeño a la debida distancia -cinco pasos- del varón, subiendo el esposo al general compartment,
mientras la mujer y los chiquillos se iban al ladies compartment, cargada ella de infinitos bultos y
maletas, mientras el marido entretenía sus manos con una fina varita de avellano
Alguien, que entiende la lengua en que hablan, me explica que el esposo la trata de tú,
mientras que ella le llama de usted y no se atreve jamás a pronunciar su nombre, sino que se dirige o
alude a él como «el padre de sus hijos». Observo cómo en público es siempre él quien toma las
decisiones o da las órdenes y cómo a la hora de las comidas sólo él se sienta mientras la esposa le
sirve en pie. Y alguien me explica también que en privado ella recobrará algunos derechos, pero yo
nunca olvidaré aquel horrible vagón de las mujeres, en el que toda suciedad tenía su asiento
Lo que me pregunto ahora es si la solución de esta locura será matarlas en el seno materno
Los lectores que tal vez sigan este «Cuaderno de apuntes» saben cuán orgulloso me siento de
mi condición de hombre y cuánto me gusta vivir. Saben también que, algunas veces, me vengo abajo y
me lleno de dudas sobre si hay motivos para ese orgullo y esa felicidad. Hoy es uno de esos días
negros. En un inmenso y hermoso país se está matando a seres inocentes por el solo «delito» de ser
mujeres en embrión. ¿Cómo podría estar alegre?
31.-
La vejez desprestigiada
Recibí hace un par de días, querido amigo, su carta y, créame, tengo aún en los labios el sabor
a ceniza que me dejó su lectura. «¿Por qué -me dice- no nos moriremos todos en la víspera de la
ancianidad? Es horrible envejecer en este mundo hostil, donde la vejez está desprestigiado, donde
todos te miran como deseando tu muerte, cual sí estuvieras quitándoles el sitio en el mundo a los
demás. Y ahora, vivir, ¿para qué?, ¿para chochear?»
Releo sus palabras y quiero pensar que fueron escritas en un momento de desaliento. Un alma
como la que usted tenía cuando, hace veinte años, le conocí no puede hundirse tan baratamente por
veinte arrugas más
Y me parece bastante ingenuo escribir una carta «de consejos» cuando usted podría ser muy
sobradamente mi padre. Pero su carta, su agrio modo de escribir, parecían pedirme, si no un consejo,
sí una palabra amiga
Pero tendrá que perdonarme si no empiezo pasándole la mano por el lomo, diciéndole que
usted ha sido un hombre magnífico y que lo que tiene que hacer ahora-es descansar, que ya hizo
bastante, que bien merecido tiene este reposo. No lo haré, porque pocas cosas me aterran más que
esas personas que ya sólo se dedican a recordar, como si estuvieran dispensados de seguir viviendo
Y voy a empezar reconociéndole que tiene que ser difícil envejecer en un mundo como este
nuestro. Que es incluso difícil el haber dejado de ser joven. Porque hoy los ídolos son la velocidad, la
lucha, la fuerza, el nervio. Una verdad dicha serena y apagadamente casi parece una mentira. Una
mentira voceada con juventud y brío se toma casi por una verdad. Los hombres de hoy preferirían
con mucho el infierno al limbo de los niños o de los ancianos. Este mundo ha endiosado a la juventud
no por lo que tenga de verdadera o de justa, sino por lo que tiene de juvenil. Sí; debe de ser difícil
envejeces ahora
¿Y qué tendremos que hacer quienes, como usted, se acercan a los ochenta, o quienes, como
yo, oímos decir a los médicos que hay que cuidarse, que ya no estamos en edad de hacer chiquilladas?
Todo menos intentar parecer jóvenes, todo menos aspirar a imitarles y caer en esa triste figura de
los viejos o los adultos que parodian gestos o bailes juveniles o que fingen gustar de sus canciones.
Créame, cuando los jóvenes nos dan palmaditas en el hombro, cuando nos dicen: «Cada día está usted
más joven, don Fulano», lo que desean es comprobar hasta qué punto, por conseguir una de sus
sonrisas, estamos dispuestos a bajar los últimos escalones del ridículo
¿Entonces? Lo que hay que esperar de un adulto o de un viejo es que sean fieles a su adustez
o a su ancianidad. Cuando se les pide que estén vivos, lo que se quiere no es que vuelvan a tener
treinta años, sino que lleven dignamente los cincuenta o los ochenta. Que acepten el gozo de ser
frutos y no se pasen la vida envidiando a las flores y menos aún que se dediquen a condenar una
primavera que envidian en nombre de un verano o un otoño que no se resignan a vivir
Porque hay algo más grave - hay adultos y ancianos. que se atreven a presentar como frutos lo
que es sólo un resignado cansancio de flores que jamás frutecieron y hace décadas que se
marchitaron
Por eso, la gran pregunta para usted, y también para mí, es si hemos convertido en frutos
nuestra vieja juventud y cómo vamos ahora a utilizarlos
Porque yo soy de los que piensan que lo más importante de la juventud es haber producido la
gran cosecha:
- De la vehemencia y el entusiasmo deben surgir la paz y la serenidad
- De la ilusión debe brotar la lucidez
- Del optimismo, la esperanza,
- De la risa fácil y de la alegría ruidosa, el apacible y agudo sentido del humor
- De la capacidad de asimilación ha de nacer la riqueza interior
- Del interés abierto a todo tiene que llegarse a la experiencia
abierta a todo
- El ímpetu y el vigor deben producir la paciencia y la dulzura.
La búsqueda inquieta de la felicidad ha de concluir en el aprecio y el saboreo del bien
poseído
- De la fe en los demás hemos de llegar a la indulgencia y la
comprensión de todos
- De la alegría de vivir hay que sacar el gozo de haber vivido.
- De la necesidad de amar y ser amado tiene que surgir la derrota de todos los egoísmos y un
amor, al fin, plenamente desprendido
Esta es, pues, la gran pregunta: ¿Hemos llegado, usted en su ancianidad y yo en mi adultez, a
la conquista de la paz, la serenidad, la lucidez, la esperanza, el sentido del humor, la comprensión de
todos el gozo de vivir y de haber vivido? ¿O, por el contrario, de nuestra juventud sólo hemos sacado
un atadijo de nervios, de tozudez, de humor avinagrado, de ideas petrificadas, de impaciencia, de
condenación de todos los que nos rodean, de amargura, de cultivo del más refinado de los egoísmos?
Si la respuesta es la primera, ya no nos hará falta pedir que aprecien nuestros frutos:
tendremos bastante con repartirlos. No tendremos que mendigar estima para nuestra paz, nos
llenará la vida el oficio de repartirla, El día que dejemos de mendigar mimos encontraremos amor. Y
no adoraremos un barato prestigio que nos llegase de fuera. Porque estaremos por dentro
estallantemente vivos
32.-
Historia de doña Anita
Doña Anita es una vieja-viejísima-viuda-viudísima que vive en una ciudad de cuyo nombre
prefiero no acordarme. Porque esto que voy a contar es una historia absolutamente real, aun cuando
tenga tanto olor a fábula como tiene
Doña Anita tuvo la desgracia de enviudar a los cuatro días de casada, pues su marido («su
Paco», dice ella) murió siendo no se acuerda si teniente o capitán en una lejanísima guerra, que ya no
está muy segura si fue la de África o la de Cuba. Lo que sí sabe doña Anita es que su Paco la dejó con
el ciclo y la tierra. Que de él sólo queda una preciosa fotografía, ya amarillenta; unas viejas sábanas
de seda, que sólo se usaron cuatro noches, y una pensión de 5.105 pesetas
Con este fabuloso sueldo vive doña Anita, convertida ya en una gacela antediluviano, rodeada
por un mundo de monstruos. Pero doña Anita se las arregla para que sus cinco billetes lleguen a fin de
mes, dando por supuesto que las primeras 105 se las gasta cada día 30, al cobrar, en una vela, que
enciende en honor y recuerdo de su Paco
Hace no muchos meses, un día 30 pagaron a doña Anita su pensión con un solo billete de
5.000, un billete de 100 y una moneda de 5 pesetas. A doña Anita le alegró tener por primera vez en
las manos aquel billete, que le parecía n premio gordo, pero al mismo tiempo le entraron todos los
temblores del infierno ante la hipótesis de que pudiera perderlo. No estaría segura hasta que, a la
mañana siguiente, lo cambiara en la tienda
Y los sudores del infierno llegaron cuando, al ir a pagar sus verduras, después de su misa, se
encontró con que, a pesar de todas sus precauciones, o quizá a causa de ellas, el billete de 5.000 no
aparecía. Doña Anita revolvió y volvió del revés su bolso, Pero nada. Hizo cinco veces el camino que
iba de su casa a la iglesia y de la iglesia al mercado. Pero nada. Buscó debajo de todos los bancos del
templo, corrió los muebles todos de su casa. Y nada
La angustia se hizo dueña de su corazón. ¿Cómo podría vivir ahora los treinta horribles e
interminables días del mes si no tenía un solo céntimo en el banco, si todas las personas a las que
conociera en este mundo estaban ya en el otro? Volvió a recontar todas sus cosas y comprobó, una
vez más, que no quedaba nada de valor por vender. salvo, claro, aquellas sábanas de seda viejísimas,
aquel juego de café de plata que le regalaron sus hermanos el día de su boda y aquel viejo medallón
de su madre. ¡Pero vender eso sería como venderse a sí misma!
Malcomió aquel día con las sobras que quedaban en la, vieja nevera y apenas durmió en la larga
noche. «¡Eso es! -pensó entre dos sueños angustiados-, ¡el billete lo perdí en el ascensor, al bajar para
ir a misa!» Se levantó temblando y, con un abrigo encima del camisón, salió a la escalera. ¡Pero ni en el
ascensor ni en la escalera había nada! Y regresó a su lecho como una condenada a muerte
A la mañana, cuando salió a misa -Dios era ya lo único que le quedaba- clavó en la cabina del
ascensor una tarjetita en la que anunciaba que si alguien había encontrado un billete de 5.000
pesetas hiciera el favor de devolvérselo a. Pero lo clavó sin la menor de las confianzas,
Aquella misa fue la más triste en la vida de doña Anita. Cuando el sacerdote comenzó a rezar
el «Yo pecador», la viuda-viudísima se acordó de que ayer, en una de sus ¡das y venidas, se había
cruzado en la escalera con la otra viuda del cuarto -ésa a la que los vecinos llamaban, para distinguirla
de ella, la viuda alegre, y no sin motivos, según decían- y había comprobado que acababa de estrenar
un precioso bolso de cuero. ¡Ahí estaban fundidas sus 5.000 pesetas! ¡Era claro como la luz del día!
-Pero mientras el sacerdote leía el Evangelio, doña Anita recordó que las dos chicas del
tercero, ésas que volvían todas las noches a las tantas, con sus novios, en motos estruendosas, habían
llegado ayer aún mucho más tarde de lo ordinario. ¡Y doña Anita tembló ante el simple pensamiento de
lo que aquellas dos perdidas hubieran podido hacer con sus 5.000 pesetas!
Cuando el sacerdote recitó el ofertorio vino al pensamiento de doña Anita su vecino del
segundo, el carnicero, un comunista malencarado, que ayer la miró, al cruzarse con ella en la escalera,
con una mirada aviesa y repulsiva. ¡Dios santo, en qué habría podido invertir el comunista ese su
dinero!
En la consagración fue don Fernando -ese que decían que vivía con una mujer que no era la
suya- la víctima de las sospechas de doña Anita. Y como la misa aún duró diez minutos, fueron todos
los vecinos, uno a uno, convirtiéndose en probabilísimos apropiadorcs de la sangre de doña Anita
Sólo cuando al ir a entrar en su piso -rabia le dio entrar en aquel bloque de viviendas
corrompidas- tropezó dolía Anita, y al caérsele el misal, salieron de él doce estampas y un billete de
5.000 pesetas, se dio cuenta la vieja de que era ella tonta-tonta-tonta la culpable de sus
sufrimientos
Y cuando se disponía a salir jubilosa hacia el mercado, alguien llamó a su puerta. Era la viuda
del cuarto, que, miren ustedes qué casualidad, había encontrado la víspera un billete de 5.000 mil
pesetas en el ascensor. Cuando ella se fue, pidiendo mil disculpas y diciendo que sin duda era de algún
otro vecino que lo había perdido, llamaron a la puerta las dos chicas del tercero, que también ellas ¡qué cosas!, ¡qué cosas!- habían encontrado en la escalera otro billete de 5.000 pesetas. Luego fue el
carnicero, y éste había encontrado no un billete de 5.000 pesetas, peso sí cinco billetes de 1.000
pesetas nuevecitos y juntos
Después subió don Fernando y una docena de vecinos más, porque -¡hay que ver qué
casualidades!- todos habían encontrado billetes de 5.000 pesetas en la escalera
Y mientras dolía Anita lloraba y lloraba de alegría, se dio cuenta de que el mundo era hermoso
y la gente era buena, y que era ella quien ensuciaba el mundo con sus sucios temores
33.-
Pregón para una Navidad entre miedos
Si yo tuviera que elegir uno solo entre los recuerdos de la ciudad de Belén, que he tenido la
fortuna de visitar dos veces, sé que me quedaría., sin vacilar, con el de aquella puertecilla de entrada
a la Basílica de la Natividad, aquella puerta de sólo un metro veinte de altura por la que sólo los niños
podían entrar sin agacharse. Recuerdo que, a mi lado, el guía franciscano explicaba que esa entrada
se hizo así en la Edad Media para evitar que los jenízaros pudieran penetrar en el templo a caballo,
aterrando y descabezando a los fieles en oración. Pero yo no le oía. Estaba descubriendo en mi
interior otra razón más alta: que a Dios sólo se puede llegar de dos maneras: o siendo niño o
agachándose mucho. No empinándose, sino inclinándose. No estirándose, sino empequeñeciéndose. No
subiéndose en escaleras o escabeles de ciencia, de poder o de grandeza, sino retornando a los
primeros años de nuestra vida. Porque Dios no es más grande que nosotros, sino mucho más joven. o,
para ser exacto, porque Dios es mucho más grande que nosotros, por la simple razón de que es más
verdadero, más misericordioso, mucho más loco y niño que nosotros
Pero este descubrimiento venía a abrir en mí otro problema- si Dios no pudo acercarse a los
hombres sino por el camino de hacerse pequeño, ¿podrán los hombres acercarse a Dios por distinto
sendero? Rosales ha escrito que la alegría no tiene más que una puerta, que es la puerta de entrada,
porque quien entra en ella está felizmente perdido. Así las cosas de Dios: no tienen más entrada que
la de la pequeñez. Por eso la Navidad es, ante todo, un misterio de infancia. Por eso es tan sagrada.
Por eso sólo puede hablarse de ella dejando la palabra al niño que uno fue y confiando en que será
leído por los niños que los lectores fueron
Pero todos hemos crecido demasiado. Dicen que ser niño es vivir en la ignorancia. Y tal vez
sea cierto. De pequeños, por ejemplo, creíamos que los árboles más altos tocaban con sus ramas el
cielo. Ahora -sabios- ya hemos descubierto que el cielo está infinitamente lejos de nosotros. Y
sabemos también cuánto más preferible era aquella ignorancia que esta ciencia
¿Dónde queda, en verdad, el chiquillo que fuimos? Hemos crecido, hemos engordado, nos
hemos ido llenando de grasas y de sebo, nos hemos amordazado con títulos y premios, nos hemos
subido en el escabel de la importancia, hemos hecho ilustrísimas tarjetas de visita, aprendimos ya a
manejar ese superlibro que es el talonario de cheques, los bancos nos han concedido el
«abracadabra» de las tarjetas de crédito, ya somos hombres, al fin somos adultos, hemos dejado
atrás la leche y los tartamudeos
Y henos aquí, aterrados ante el mundo y la vida, mirando hacia Polonia o hacia los Altos del
Golán con los ojos enfebrecidos con que el jugador de ruleta persigue los giros de la bola que puede
abrir las puertas del cielo o de la guerra. Damos gracias a Dios porque en los últimos meses los
terroristas han matado «poco» y hasta nos contentamos con que 1982 no resulte peor que 1981. Ya
veis: hasta la esperanza se ha avinagrado y prostituido en nuestras manos, volviéndose vacilante y
neurótica
¿Han visto ustedes cómo esperan los niños a los Reyes? No pueden aguantar ya la espera,
arden sus ojos y sus almas, pero su espera no es torturadora, sus miradas se encienden, pero no
vuelven vidriosos sus ojos. ¿Sabéis por qué? Porque los niños nunca se preguntan si lo que vendrá el
día de Reyes es hermoso o feo, magnífico o terrible. Ellos saben que lo que viene es
incuestionablemente hermoso. Lo único que ignoran es qué clase de hermosura tendrá lo que va a
negar. La suya es una esperanza gozosa porque es cierta. los niños saben que son amados. Sólo
quieren saber cómo les expresarán este año su amor
Por eso los niños viven en la alegría, mientras nosotros braceamos por ella. A los niños basta
un rayo de sol para alegrarles. Pero hace falta todo un sol entero -ha escrito Goldwitzer- para que el
corazón helado de un adulto pueda deshelarse
El hombre no sabe esperar. Y espera, además, lo que no debe. Por eso no entendimos a Dios
cuando vino. Esperábamos ver en sus manos el poder y vimos la pobreza. Esperábamos la cólera
destructora de los enemigos y vino la gran misericordia. Esperábamos misteriosas revelaciones y vino
un pedacito de carne que, con muchos esfuerzos, aprendió a decir papá y mamá
Y es que -ya veis qué loco-, Dios quería ser amado. Y sabía muy bien que los hombres no
Sabemos amar una cosa a menos que podamos rodearla con los brazos. Y al Dios de los Ejércitos
podíamos temerle. Al Dios de los filósofos podíamos admirarle. Sólo le amaríamos si se hacía bebé.
Por eso la Navidad es vértigo, desconcierto, exceso y desbordamiento. Por eso la Navidad viene a
quitarnos las caretas de importancia con las que, a lo largo de la vida, nos hemos ido disfrazando.
Viene a derretir los kilos de sebo y de grasa con los que fuimos embadurnando y amortajando nuestra
infancia
Porque -aleluia, aleluia!- la infancia es inmortal; al niño que fuimos puede arrinconársele,
amordazársele, cloroformizársele.
Matarle, no. Y el niño que hemos sido está aún ahí, dentro de
nosotros, encerrado entre nuestros títulos y tarjetas de crédito, amordazado por nuestra
experiencia, pero vivo. No se resigna a morir, grita, patalea dentro de nosotros. Las esquirlas de
amor que aún, a veces, nos salen del alma son esos gritos y esos pataleos.
Dostoievski decía que «el hombre que guarda muchos recuerdos de su infancia, ése está
salvado para siempre». Y así es cómo nosotros estamos salvados en la medida en que la Navidad
pueda resucitar al chiquillo que fuimos. Estos son días para descubrir cuán locos estamos, para
aprender que la experiencia es sólo una señora que nos da un peine cuando ya estamos calvos, y que
es mucho mejor un pelo despeinado que un peine sin porqué ni para qué. Días para descubrir que el
agua vale más que los cheques, que un poeta es más útil que un político, que un niño es más importante
que un emperador, que la fe es la mejor lotería, que un brasero y amor en torno a él debería
cotizarse altísimo en Bolsa
Por eso en esta Navidad 81, en la que el mundo tiembla de hambre y de guerra, de paro y
bomba atómica, en esta tierra nuestra que está casi olvidando ya el sabor de la esperanza, la Navidad
y el pequeño Dios vienen a despertarnos de tanto y tanto miedo y a enseñarnos a mirar la vida con los
ojos ardientes con los que hace años esperábamos a los Magos. A mí me gustaría que el mundo
volviera a ser una gran escuela, que estuviéramos aún todos sentados en los viejos pupitres, que Dios
fuera el maestro que escribe en la pizarra el verbo «amar». Y me gusta repetirles a mis amigos
aquella gran lección que daba un día Bernanos a los niños de una escuela: «No olvidéis nunca que este
mundo odioso se mantiene en pie por la dulce complicidad -siempre combatida, siempre renacientede los santos, de los poetas y de los niños. ¡Sed fieles a los santos! ¡Sed fieles a los poetas!
¡Permaneced fieles a la infancia! ¡Y no os convirtáis nunca en personas mayores!»
Porque, si lográramos esas tres fidelidades, en el mundo sería siempre Navidad. Y la alegría
sería mucho más ancha y fuerte que los miedos
34.- Dios era una hogaza
No puedo evitar un profundo desasosiego cada vez que oigo a alguno de mis amigos contarme que
en su infancia ----en casa, en la parroquia o en el colegio- le hicieron vivir amedrentado con la imagen
de un Dios-ogro, de aquel «Dios de infierno en ristre» de que hablaba Blas de Otero. Y entiendo que
para estos amigos míos sea muy difícil creer en Dios e, incluso, muy amargo vivir. Yo tampoco creería
en un Dios-ogro, aunque sólo fuera por respeto a Dios
Y a ese desasosiego se une también una forma de desconcierto que me obliga a preguntarme si es
que esos amigos míos tuvieron mala suerte, si es que sus casas o sus colegios fueron excepcionales en
su negrura o si, por el contrario, fui yo la excepción afortunada, sí viví yo en otro planeta, si eligieron
para mí padres, maestros y curas que coincidieron en darme una idea luminosa de Dios y de la vida. En
mi casa se creía en el infierno, pero se hablaba muy poco de él. Lo mismo que creíamos en la
existencia de las culebras, los caníbales o los excrementos, pero ni eran tema de nuestras
conversaciones ni mucho menos el centro de nuestras vidas
Uno de los recuerdos más antiguos de mi infancia es el de que Dios era una hogaza. Veréis. eran
los años de la primera posguerra y había racionamiento. Y pan negro. Pero, en mi casa, mi madre tenía
la obsesión de que «los niños» no podíamos comer aquel pan. Lo comían mis padres, pero mi madre se
las arreglaba para encontrar siempre (o casi siempre) pan blanco para nosotros. Y solía encontrar- lo
en complicidad con la Providencia. Como mi padre era amigo de hacer favores, era frecuente que,
sobre todo los martes, que había mercado, llegaran a casa gentes de pueblo que nos traían el único
regalo que jamás aceptó mi padre: blancas hogazas de pan bienoliente. Eran aquellas gigantescas
hogazas que se hacen en maragatería (con más de dos kilos y medio de peso cada una) y que, a pesar
de lo que decía el refrán («Pan de Astorga, mucho en la mano, poco en la andorga»), eran el mejor de
los manjares imaginables. Recuerdo que tenían una corteza como de árbol y miga esponjosa, con
agujeros casi como el gruyere. Recuerdo que sabían a gloria y que casi olían mejor de lo que sabían. Y
pocas cosas más sacramentales he visto yo que aquel hundirse del cuchillo de cocina en la carne
crujiente del pan. Luego, mi madre las envolvía en rodeas húmedas, que hacían la .función que hoy los
frigoríficas, para conservarlo fresco. Y aquellas blancas rodeas eran casi como los corporales con los
que yo envuelvo hoy la Eucaristía
Aquel pan -decía mi madre-- nos lo enviaba Dios. Y nos lo mandaba siempre puntualmente, ni antes
ni después, justo el día que lo necesitábamos. Y así empecé yo a imaginarme a Dios como un padre
atento que llevaba la contabilidad de las cocinas, aportando no riquezas, pero sí el pan de cada día
De esta visión de Dios se deducía, lógicamente y sin esfuerzo, nuestra obligación de ser
prolongadores de Dios, de hacer, si podíamos. de Dios para los demás. Recuerdo también que otra de
las cosas que entonces escaseaban era el aceite. En casa, menos, porque teníamos un amigo
fabricante, que nos lo facilitaba, y mi madre se las arreglaba para que siempre le sobrara alguna
botella. Y entonces entraba en juego aquella forma tan especial de amor que yo aprendí de niño. Mi
madre sabía que en casa de unos amigos lo estaban pasando muy mal. Y, a la caída de la tarde, me
llamaba a mí y me decía: «Vete a casa de don Fulano y le llevas este aceite. Pero lo vas a hacer como
yo te digo. Tú vas, entras en el portal, pones la botella tras la puerta, la cierras y, luego, desde
fuera, llamas al timbre y echas a correr para que no te vean.» Me explicaba que la caridad hay que
hacerla sin que resulte humillante y sin que después esa familia se sienta deudora hacia nosotros. Y
yo era feliz haciendo un poco de Providencia para aquella familia e imaginándome su cara de sorpresa
y de alegría ante aquel regalo -¡venido del cielo!- que entonces suponía una botella de aceite
Con frecuencia, más que dar, recibíamos. En aquella primera posguerra, en la cárcel de Astorga
había muchos extremeños. Y, en muchos casos, las mujeres de los presos se trasladaban también con
sus hijos para, al menos, vivir cerca de sus maridos. Vivían del aire, como es fácil de imaginar. Y mi
madre, que siempre sintió obligación suya el visitar a los presos,,comenzó a ocuparse de alguna de
aquellas familias. Recuerdo que un adviento mi madre quiso prepararse a la Navidad compartiendo
más nuestra pobreza (mi padre era funcionario público y vivíamos de los miserables sueldos que
entonces se cobraIban en puestos inferiores) y decidió que los tres niños de una de aquellas familias irían todos los
días a desayunar a nuestra casa antes de ir al colegio que ella les había buscado
Eran, lo recuerdo muy bien, dos niñas de mi edad (unos diez años) y un chiquitín de cinco. Y el
primer día, al servirles el chocolate (Astorga era la ciudad del chocolate), mi madre puso dos tazas
grandes a las dos mayores y una jícara chiquita al más pequeño, temiendo que más pudiera hacerle
daño. Pero pronto observó que las dos niñas comían más despacio, esperaban a que acabara el
chiquitín y luego, disimuladamente, cuando creían no ser vistas, volvían a llenar con parte de su
chocolate la jícara del niño
A mediodía mi madre nos explicó que los pobres eran más generosos que los ricos. Y siguió
poniendo al pequeño su jícara chiquita para no privar a las mayores del ejercicio de la caridad con su
hermanito y para que nosotros descubriésemos que aquellas niñas nos daban, con su ejemplo, mucho
más de lo que nosotros estábamos dándoles a ellas
Tal vez en estos recuerdos esté la base de mi fe en Dios y en los hombres. Tal vez esté ahí
también esta alegría que hoy sigo sintiendo ahora mismo cuando, al recordarlo, se ha llenado mi casa
de olor fragante a pan y a chocolate
35.- Dolorosa, dramática, magnífica
Tu carta, querida amiga, me conmueve. Te veo atada, desde hace veintidós años, a tu sillón de
ruedas, sujetando con tu mano izquierda la temblorosa derecha con la que me escribes, y tu
garabateada letra me resulta sagrada. ¿"mo podría yo enseñarte nada? Ante tu montaña de dolor
soportado e iluminado, ¿qué podría hacer yo sino mostrar mi admiración, sin límites, mi vergüenza
por estar sano, mi pobreza en humanidad? Desde que me ordené de cura he experimentado muchas
veces el pánico de «dirigir» a personas que eran infinita- mente mejores que yo, de dar consejos a
gentes-que debían aconsejarme a mí, de ayudar a levantarse a otros como un enano ayudaría a un
gigante. Pero me siento aún más impotente ante los que sufrís, que sois -lo creo- los verdaderos
gigantes de la humanidad, los dueños del tesoro, aunque llevéis esas joyas desgarradoramente
clavadas en la carne
¡Tu carta es, además, tan hermosa, tan infantil, tan profunda! «Mi tarea -escribes- es la de vivir
permanentemente a media asta. ¡Tanto tiempo preguntándome cuál será mi camino! ¿Es que va a ser
éste de no servir para otra cosa que aceptar lo que viene y hacerlo tras muchos esfuerzos? Pero
¿eso basta? ¿Con eso pago los gastos de mi creación? Por vez primera en mi vida tengo la sensación
de ser un mal negocio para Dios. La enfermedad no me ha hecho ser mejor. Al contrario. me empuja
hacia la comodidad y el egoísmo. Vivo con la impresión de estar malgastando algo valiosísimo de la
manera más estúpida. Me obsesionan las cosas de tal modo que no aprovecho el presente y, con ello,
pierdo el presente y el futuro. Cada mañana sueño que seré mejor, y rabio a la noche por no haberío
conseguido. El mal se mezcla en mis mejores cosas sin que yo me dé cuenta
¡Cuánto me gustaría un minuto de inocencia, de verdadero amor y absoluta pureza! ¡Un minuto, un
solo minuto! Pero he de seguir volando con las alas cortadas.»
Yo debería responderte que tu diagnóstico es perfecto y que la única receta posible es
precisamente ésa: seguir volando con las alas cortadas. Pero tal vez te sirva recordarte que todos
los hombres vivimos a media asta, que todos estamos alicortados. Tú llevas el lastre de tu silla de
ruedas, otros llevamos muchos sueños sin realizar, muchos un amor fracasado, bastantes la angustia
económica que les obliga a gastar en conseguir dinero el tiempo que necesitarían para vivir, no pocos
la tragedia de tener almas flojas y vacilantes que no supieron o no pudieron hacer crecer o
fortalecer. El hombre es así: un ser que vive siempre a media asta, tú lo has dicho
¿Y eso es suficiente? ¡Pues sí! Es suficiente siempre que uno se pase la vida levantando
incansablemente la bandera en esa asta, siempre que uno vaya construyendo, incansable, pedacitos
de amor, conquistando su alma casa a casa como en una ciudad en guerra. Porque no se trata de
soñar, sino de vivir. Todos preferiríamos -¡claro, claro!- conquistar nuestra vida de un solo golpe, un
gigantesco acto de heroísmo, bajar hasta el fondo de la gruta del alma y regresar de ella con un
ramo de estrellas. También los árboles querrían crecer en una sola mañana, romper la corteza de la
tierra, asomarse a la vida y tener a las pocas horas la gloria de la fruta, sin conocer heladas, sin la
lenta y arriesgada maduración, sin acumular costosamente el sabor y el jugo
Se sueña en un día; se construye en muchos años. Porque no se trata de ser «un buen negocio
para Dios». ¿Crees acaso que Dios creó al hombre para hacer un negocio? ¡Pudo hacer cien mil cosas
más rentables! El creó por amor, y le interesan bastante menos los dividendos del fruto conseguido
que el amor que se pone en las raíces de ese fruto
¿Todo es entonces igualmente hermoso: la obra del genio, el cansancio, el sudor, el fracaso?
Efectivamente. No se trata de que los árboles se conviertan en minas de plata, sino de que den
fruta. No se busca que los campos produzcan dólares, sino trigo. Se trata de vivir amante y
alegremente el diminuto e infinito presente que nos ha sido dado. Sabiendo que eso es ya magnífico.
Magnífico todo- amar, sonreír, esperar, hablar, llorar, cansarse, sufrir, leer, rezar, pensar, escribir
Pablo VI -que adjetivaba como los ángeles- dice en su testamento que la vida es «dolorosa,
dramática, magnífica». Dolorosa porque siempre se vive cuesta arriba. Dramática porque en cada
instante nos jugamos nuestro destino. Magnífica porque todo es un don, y un don de amor. Sin que
importe que las raíces sean oscuras, porque sabemos que, mientras ellas pelean bajo tierra, ya hay
un pájaro cantando en sus ramas
Y tal vez los enfermos tenéis la posibilidad de vivir más plena- mente esa trinidad de adjetivos,
porque tocáis en cada hora con los dedos ese dolor, ese dramatismo, esa maravilla
Recuerdo siempre aquel párrafo que Teilhard de Chardin, escribía a su prima, largos años enferma
como tú«Margarita, hermana mía, mientras que yo, entregado a las fuerzas positivas del universo,
recorría los continentes y los mares, tú, inmóvil, yacente, transformabas en luz, en lo más hondo de ti
misma, las peores sombras del mundo. A los ojos del Creador, dime, ¿cuál de los dos habrá obtenido
la mejor parte?»
Sí, eso es, amiga mía. Porque no es cierto que tú estés malgastando nada. Tu mano temblorosa, al
escribirme, estaba demostrando como nadie que esta vida dolorosa y dramática no deja, por eso, de
ser también magnífica
36.-
La hija del diablo
¡Qué maravilla si los periodistas pudiésemos cada tarde seleccionar y publicar únicamente las
buenas noticias! ¡Qué gusto si los lectores pudieran acercarse a los diarios seguros de que, cada
mañana, les ofreceríamos únicamente un racimo de gozos, sin turbiedad alguna! Pero ¿serían entonces
los periódicos un reflejo de este mundo o de. Babia?
Porque ahí está la hija del diablo, la violencia, empeñada en enturbiar cada mañana nuestro
espejo. Y ahí está ese temblor con el que cada día nos acercamos a nuestro desayuno de papel,
previendo que el espanto nos espera entre sus páginas.
El de esta mañana, por ejemplo. Me levanté pensando llenar de alegría este cuaderno de
apuntes. Pero ¿cómo hacerlo tras leer el drama de María Dolores?
Supongo que también ustedes lo han leído: es la historia de esa mujer, esposa de un hombre
asesinado por ETA hace tres meses, que ayer se suicidó después de escribir una nota en la que pedía
a sus cuatro hijos que no llorasen por ella
Apenas sé nada de su vida. Sé que tenía cuarenta y siete años. Sé que, el 5 de junio, dos
encapuchados entraron en la modesta tienda que regentaba su esposo. Sé que en el suelo de la tienda
quedaron nueve casquillos «Parabellum». Sé que María Dolores ha dormido sola durante noventa y
cinco noches. Sé que no pudo soportar ni una más. Ahora duerme ya en paz, seguramente en las
pacíficas manos de Dios, que estará curándole su última locura. ¿Dormirán los dos muchachos que
aquel día empezaron a empujarla a esta muerte lenta de las noventa y cinco soledades?
Suele decirse que en todo atentado mueren dos personas: el asesinado y el asesino. Pero
mueren más. Mueren también -en todo o en parte- todos los que amaban a la víctima. En ellos seguro
que no piensan quienes oprimen el gatillo
El amor es una cosa muy tierna y delicada. Y, si es auténtico, es mucho más importante que la
vida. ¿O acaso queda vida cuando el amor se ha ido?
Hace ya muchos años vi en una emisión de la televisión francesa un rostro que aún no he
olvidado. Era el de un pobre anciano que lloraba. La víspera, un grupo de gamberros había asesinado a
palos a su mujer. Y el viejo explicaba que siempre la había querido -«¡cuarenta y siete años de amor!»,
gritaba-, pero muy especialmente desde hacía dos, al jubilarse. «Al dejar mi trabajo, me dediqué a
quererla. Esa era mi ocupación, ese mi oficio. Mirarla. Escucharla. Acompañarla. ¡El mejor trabajo de
mi vida!» Y ahora, que se la habían quitado, ¿a qué se dedicaría él? No pedía venganza, no quería que
se castigara siquiera a los asesinos. Sólo quería que alguien le explicara a qué podía dedicarse ahora,
vacío como estaba, ya sin otra tarea que esperar a la muerte. Vuelvo a ver hoy aquellos ojos cansados,
inundados de lágrimas. Aquellos ojos que nunca olvidaré
María Dolores no ha sabido ni esperar a la muerte. Sé, sí, que su suicidio ha sido una locura.
Sé que allí seguían estando sus cuatro hijos y todas las esperanzas que se pueden alimentar a los
cuarenta y siete años. Pero ¿qué se siente cuando, de pronto, nueve disparos siegan tantas horas de
amor, cuando destrozan el equilibrio y la cordura y cuando -el hombre es así- se siente que es mucho
más lo que se ha perdido que todo lo que queda?
Que inscriban el nombre de María Dolores entre los asesinados por el terrorismo. Que quede
claro que ella no se arrojó por la terraza de su casa, sino que alguien fue empujándola durante tres
meses escaleras arriba. Que cargue esta muerte sobre la conciencia de dos jóvenes que tienen y
tendrán por toda la eternidad el alma encapuchado. Que encuentren, sí son capaces y dignos de ello,
el perdón por su doble crimen, pero que les quede siempre clavado en su alma, como una espina, este
amor que con sus balas destruyeron
Sí, no exagero al llamar hija del diablo a la violencia. Es su primogénita, su predilecta, la más
directamente salida de su corazón, el único invertido fruto de esa esterilidad que le es congénita al
diablo. Hay males que producen, ya que no frutos, al menos ilusiones, sueños. Pero la violencia es hija
estéril de la esterilidad, hija infecunda de la castración
Yo no sé cómo será el infierno. Pero presiento que a esos dos mozalbetes encapuchados
alguien les va a obligar a subir los seis pisos de la escalera de la casa de María Dolores, a tragar
eternamente la angustia que ella llevaba en su corazón a experimentar en el suyo y
los feroces latidos del terror de la viuda, a oír durante noches y noches, y noches y noches, el
golpear de un cuerpo contra el suelo, a no ver otra cosa durante toda la eternidad que ese rostro
destrozado contra el cemento. Y a comprender, con la fría lucidez de lo eterno, que todo eso fue
obra de sus manos
37.- El hombre que había visto su entierro
Revolviendo una vieja carpeta de papeles encuentro el recorte de una revista italiana que guardé
hace muchos años. En él responde Quasimodo, el gran poeta italiano, a una especie de consultorio
literario. Y, concretamente, a una carta ingenua y conmovedora. Es de un joven electricista que
escribe al poeta para pedirle que le anime a una gran aventura que proyecta: dejar su trabajo de
electricista para seguir la «carrera» de poeta. «Es verdad -dice el joven- que mis padres, dos
modestos obreros, me disuaden, pero pienso que lo hacen porque son viejos y no entienden a los
jóvenes. Y, además, porque no han estudiado, y, para ellos, los poetas son unos desharrapados. Déme
un consejo, profesor. Decida usted lo que será mi vida. Haga de mí un poeta o un obrero
especializados Luego, la carta sigue con párrafos y párrafos que ponen por las nubes la función del
poeta, celeste, soñadora, gloriosa. Tan distinta de esta vida suya de electricista, atado siempre a la
tierra
Supongo que no hace falta decir que Quasimodo contesta dando la razón a los padres del
muchacho y diciéndole que los poetas no son hombres que caminan sobre las estrellas, sino seres
curvados diariamente sobre la tarea terrestre. Explicándole que, lo primero, haga bien su trabajo y
que ser un buen electricista no le impedirá en absoluto llegar a ser un gran poeta
Espero que los lectores descubran que no estoy atacando las justas ambiciones, sino los sueños
evasivos; que no critico el que alguien busque una profesión más realizadora -no digo más productiva-,
sino el que alguien sustituya la realidad por la fantasía
Quiero precisar bien esto porque demasiadas veces los curas hemos predicado una resignación
que confundía el conformismo con la
virtud. Y yo puedo aceptar esa resignación, que es aceptación serena del dolor y de los hechos, pero
me repugna cualquier resignación que amortigüe las ansias de vivir y de mejorar. Dios no quiere
anestesiar a los hombres. Le gustan los ardientes. Los que aspiran a más en sus almas y en el mundo.
Los que no se resignan a la injusticia. Los que viven insatisfechos en un mundo insatisfactorio
Me aterran, por ejemplo, aquellos versitos de Gabriel y Galán que alguna vez me pusieron como
modelos y cristianísimos:
Los que nazcan en cunas de paja,
que sufran sumisos,
porque Aqueí que nació en un pesebre también tuvo frío
¿No se percibe que la pobreza voluntaria de Jesús se convierte así en defensa del clasismo
forzoso social?
Tampoco puede convencerme, por la misma razón, ese consejo que --en un libro ascético moderno.se da a un joven que aspiraba a puestos y tareas en los que esperaba realizarse y cumplir mejor:
«Donde te han puesto, agradas a Dios. y eso que venías pensando es claramente sugestión
infernal.» ¿Por qué ha de ser sugestión infernal la más plena realización de un hombre? A Dios se le
puede agradar en todos los trabajos, pero yo creo que se le agrada dos veces si, a la vez que se
cumple bien el trabajo que se tiene encomendado, se aspira a otro mejor en un mundo mejor. ¿Cómo
va ser Dios un encadenador del hombre y del mundo? Yo creo que tienen razón quienes temen a la
palabra resignación, porque casi siempre se convierte en una pura añagaza de los que quieren que el
mundo no cambie para tener menos competidores en los altos puestos que ellos ocupan sin
merecerlos. En este sentido tiene razón Balzac al afirmar que «la resignación es un suicidio
cotidiano»
Contra lo que estoy es contra la gente que sustituye la realidad por los sueños. Contra la gente
que ni hace bien el trabajo que tiene encomendado ni lucha por prepararse para otro mejor. Contra
quienes tienen las manos en una tarea que no aman, mientras ponen la cabeza en sus sueños, sus cines,
sus boleras. Contra quienes, soñando ser poetas, no son ni electricistas ni poetas
Esta enfermedad del «bovarismo» -que Flaubert dibujó tan maravillosamente en sus novelas- está
mucho más extendida de lo que se cree. Yo he conocido a un personaje ----:que realmente merecía
ingresar en una obra literaria- que se sabía de memoria su entierro. Era ---es, porque vive- portero
en una casa del centro de Madrid. Y ha conseguido la felicidad -o la evasión a Babia- superando la
amargura de su existencia fracasada a base de vivir engolfado en sus sueños. Como no le gusta ni
leer, ni pensar, ni oír música, ni luchar por los demás, usa, como morfina, el fantasco. Y, en sus horas
de soledad, se pierde entre sus sueños. imagina cómo todo el barrio se conmoverá al saber que él ha
muerto; sabe lo que dirá cada una de las personas del barrio, cómo todos le descubrirán después de
muerto, cómo elogiarán su simpatía y su bondad; se sabe de memoria la homilía que el cura dirá en su
funeral; ve cómo llorarán muchos durante su entierro y se imagina la iglesia llena para sus honras
fúnebres. Sabe que entonces -al fin un día- él se convertirá en el centro de la atención de todo el
barrio. Será protagonista de algo. Durante algunas horas será tan importante como si hubiera salido
en televisión
Les juro que esto que les cuento es real. Y me duele añadir que, mientras sueña, este hombre se
olvida de vivir. Y que, seguramente, como, cuando fantaseaba, no amó a casi nadie, se morirá sin que
nadie lo sienta y sin que su entierro tenga el aura gloriosa que él se inventa
38.-
La pedagogía de la Y
Siempre me ha maravillado la predilección que los españoles tenemos por la letra O. Me
refiero, claro está, a la O disyuntiva, que nos obliga siempre a quedarnos con esto o con aquello, a
encasillarnos aquí o allá. Un español que se precie tiene que elegir entre Joselito o Belmonte, optar
entre el fútbol o los toros, sentir predilección por las derechas o por las izquierdas, gozar del verano
o del invierno, preferir la carne o el pescado. ¿Y no podría uno elegir como norma de su vida la Y
griega y apostar a la vez por Joselito y Belmonte, por el fútbol y los toros, por el otoño y la
primavera, por un poco de las izquierdas y otro poco de las derechas o por ninguna de las dos, por un
plato de pescado seguido por otro de carne o, tal vez, por un plato de huevos? Parece que no, que un
buen español tiene que practicar a diario el disyuntivismo, el separatismo espiritual, o esa
intransigencia, que alguien llegaría a llamar la «santa intransigencia», sintetizando así aquellos
versitos que se cantan en una zarzuela (también, naturalmente, española:
El pensamiento libre
proclamo en alta voz,
y muera quien no piense
igual que pienso yo
Sucede que a mí -que en este punto debo de ser muy poco patriota -me encanta esa Y griega.
Y lo más gracioso es que esa predilección me viene de mis estudios de la teología católica, que dicen
que es tan dogmatizadora
Recuerdo que cuando estudié mis cursos teológicos me llamó muchísimo la atención la
tendencia de nuestros dogmas a salvar muchos dilemas saltando por encima de ellos y montándose en
la síntesis. Te preguntaban, por ejemplo, sí Dios era uno o trino, si Cristo era Dios u hombre, si María
fue virgen o madre, si los hombres se salvaban por su mérito propio o por pura gracia de Dios, y la
lógica te respondía que tenías, en todos esos casos, que elegir una parte de cada uno de esos dilemas,
ya que si fuese uno no podría ser trino, siendo virgen no podría ser madre, la naturaleza de Dios era
distinta de la del hombre y el mérito era, diferente de la pura gracia.
Pero luego venía
la Revelación, que iba más allá que la lógica humana, y te explicaba que no había que elegir entre esos
dilemas y que Dios podía ser uno y trino; María, virgen y madre a la vez; Cristo, Dios y hombre, y que
la salvación venía del mérito y de la gracia a la vez y simultáneamente
Este modo de plantear y discurrir me gustó. Porque yo había descubierto ya que, si bien hay
cosas que son metafísicamente incasables, hay muchas otras que suponemos precipitadamente que
son contradictorias, pero que son objetivamente compatibles y combinables
A mí, por ejemplo, me había hecho sufrir mucho un letrero que -desde los tiempos de las
guerras carlistas- había sobre el dintel de una casa de mi pueblo de niño. Decía allí. «Viva la ley de
Cristo y muera la libertad.» Yo no entendía. ¿Por qué habrían de hacerme elegir entre la ley de Cristo
y la libertad? A mí me enamoraban las dos. Y me parecía que la ley de Cristo era la mejor de todas las
libertades y no podía oponerse a ninguna verdadera libertad
Tampoco me había convencido nunca ese argumento de que, como dos y dos son cuatro y nunca
tres y media, quienes «poseemos la verdad» debíamos ser intolerantes. En primer lugar, porque yo
nunca me sentí poseedor de la verdad y sólo aspiro con todas mis fuerzas a ser poseído por ella. Y en
segundo, porque, aunque es cierto que dos y dos nunca serán tres y media, también lo es que cuatro
es el resultado de la suma de dos y dos, pero también de la suma de tres y una, de dos y media y una
y media, de dos más una y una, y de cien mil operaciones que me demostraban que, aunque la verdad
es una, se puede llegar a ella por cientos de caminos diferentes
Por eso me ha gustado siempre más sumar que dividir, superar que elegir, compartir que
encasillar. Cuando alguien me decía que había que trabajar con las manos y no con las rodillas, yo me
preguntaba. ¿Y por qué no con las manos y con las rodillas? Cuando me pedían que optara entre el
orden y la justicia, yo aseguraba que ni el uno existe sin la otra ni la segunda se consigue y mantiene
sin el primero
Cuando me preguntaban si yo prefería ser cristiano o ser moderno, gritaba que ambas tareas
me enamoraban y que no estaba dispuesto a renunciar a ninguna de ellas
Tal vez por eso tenía yo tanto cariño a Santa Teresa, que, en un siglo aún más divisor que el
nuestro, supo ser partidaria de la oración y de la acción, de la interioridad y la extraversión, de la
ascética y del humanismo, de la libertad y de la obediencia, del amor a Dios y el amor al mundo, de la
crítica a los errores eclesiásticos y de la pasión por las cosas de la Iglesia. Sí; los hombres y los
santos de la Y siempre me han entusiasmado
Aún no puedo menos de reírme cuando me acuerdo de aquel profesor que yo tuve en mi
seminario y que abominaba de todos los inventos modernos en nombre de su fe. Todos iban contra
algún dogma. Tal vez por eso se murió sin dejar que le pusieran una sola inyección, ya que defendía
que «si Dios hubiera querido que nos las pusiéramos, habría puesto el agujerito». Y como,
afortunadamente, además de carca era simpático, añadía -y ustedes perdonarán el mal chiste- «que
para lo que hizo falta ya lo puso»
39.- Los muebles ensabanados
¿Se acuerdan ustedes de aquella obra de teatro de Grabam Greene que se titulaba El cuarto de
estar, en la que todos los personajes vivían aterrados por el miedo a la muerte y, lo que es peor,
también por el pánico a la vida? El anciano y tullido de espíritu, padre Jaime Browne, y las no menos
viejas solteronas Elena y Teresa, sus hermanas, no tienen otras pasiones que ese miedo a morir y
esa fuga de todo lo que pueda significar vida o amor. Y han creado una casa que es ya hija de ese
doble miedo: con el paso de los años han ido muriendo sus padres, sus otros hermanos, y los
supervivientes han ido cerrando habitaciones. En todo cuarto, en el que alguien muere, queda para
siempre cerrada con llave y cerrojos la puerta y cuidadosamente cubiertos de sábanas los muebles.
La muerte va así conquistando la casa, piso a piso, cuarto a cuarto, como en una guerra cuerpo a
cuerpo. Los que siguen vivos se van viendo arrinconados, expulsados de sus pisos. Viven, en el
momento en que Greene sitúa su obra, en pocas y absurdas habitaciones, mientras el resto de la
gigantesca morada, que tuvo varios pisos, es ya sólo un inmenso guardamuebles, vacío y habitado sólo
por el espantoso fantasma de la deshuesada
Aquel escenario que Greene dibujaba -y en el que los muebles no encajan, porque se nota que han
sido traídos de otras habitaciones y en el que la sala de estar conectaba directamente con un
absurdo retrete- me pareció, hace muchos años, cuando vi la obra, el símbolo visible de montones de
almas, de toda esa gente que tiene zonas enormes de su vida sin habitar y cuyos corazones no son
otra cosa que roperos de muebles ensabanados
Porque yo conozco a muchas personas que, con el paso de los años, se van recortando y
cercenando el corazón
Tuvieron un día esperanzas de llegar a ser algo en sus vidas, pero, tras los primeros fracasos, se
replegaron hacia la amargura, dejaron que cicatrizara su decepción y clausuraren su depósito de
esperanzas, como si ya jamás pudiera sacarse de él otra cosa que polvo. Sintieron después algo
parecido al amor, se volcaron quizá hacia un hombre o hacia una mujer. Luego fracasó ese amor
porque fueron rechazados o, lo que es peor, porque, tras el matrimonio, descubrieron que ese amor
era menos apasionante de lo que ellos soñaron. Y nuevamente cerraron en su alma el piso del amor.
Cubrieron con sábanas todo lo que pudiera significar una nueva ilusión y se sometieron a esa
tristísima filosofía de los que piensan que, para no sufrir, no hay que amar, ya que se sufre siempre
cuando se pierden las cosas queridas
Más tarde esas personas cerraron el piso de sus amistades, después el piso del alma desde el
que trabajaban; fueron así, lentamente, suicidándose, cercenándose rebanadas de alma,
replegándose a las pocas habitaciones de su egoísmo, a los desvanes de su miedo
Me impresionan esas almas, lo mismo que las casas deshabitadas hace años- las telarañas han
comido los rincones, el polvo ha logrado penetrar bajo las sábanas, que daban a los muebles aspectos
fantasmales; ya sólo falta que vengan las lluvias y los vientos y se lleven jirones de ventanas, para
que la casa toda comience a oler a cementerio. Hay almas así, demasiadas; almas que, al abrirse,
lanzan en torno suyo ese olor a moho de los armarios que nadie abrió durante años
Esas almas no sólo es que se suiciden, es que matan las ilusiones de quienes se les acercan. En la
obra de Greene ocurría algo terrible: a la casa de esos tres solterones, que creen que aman a Dios
porque no aman a nadie de este mundo, llega un día Rosa, la sobrina pecadora que vive una
turbulenta pasión por un hombre casado. Llega esta muchacha para pedir ayuda. Y esos tres
solterones se asustan no tanto del pecado de su sobrina, sino, sobre todo, de que sea el suyo un
pecado de amor, algo que no puede encajar en aquella casa de muerte y de muertos. Y Rosa,
abandonada por los purísimos, acabará suicidándose en aquella única habitación que queda a los
aterrados, que tendrían también que cerrar, para huir del recuerdo de la muerte allí ocurrida, de
ese único cuarto de vivir en el que hasta ahora ¿vivían? ¿O simplemente se disecaban?
Sólo el suicidio de Rosa abrirá los ojos de esos tres muertos vivientes. Descubrirán que los
muertos matan, que quienes viven sin amor, además de suicidarse, son venenosos para los demás.
Porque no se puede, vivir en una casa de muertos y rodeados de seres que andan, se mueven, comen
y hablan, pero tienen las almas disecadas
El miedo no construye, fue la gran lección que yo aprendí en aquella obra. Es preferible
equivocarse a disecarse. Es preferible el error a esa fuga permanente de todo lo que esté vivo. No
Se puede vivir esquivando la vida para poder esquivar mejor el dolor. El día que un alma se convierte
en una casa en la que todas las esperanzas se han cerrado con llave, en la que la sonrisa se ha visto
engualdrapada, en la que las manos se usan no ya para estrechar, sino para defenderse, en la que
todo lo que la juventud ofreció no es ya otra cosa que una colección de muebles cubiertos de
sábanas, ojalá quede al menos un poco de humildad para pedir a Dios que venga pronto
¿O tal vez . ? Sí, tal vez sea mejor decir que ojalá quede todavía ese último resquicio de lucidez
que nos descubra que lo mismo que al olmo machadiano «herido por el rayo» pudo brotarle, a pesar de
estar seco, una ramita verde, también podría aún, entre los muebles ensabanados, brotar «algún
milagro de la primaveras
40.- La mano en el violín
Entre las muchas cartas con las que desconocidos y queridísimos amigos premian a diario mis
artículos, me llega la de un muchacho de diecisiete años, que me plantea algo que para él es un gran
problema y para mí una gran pasión: «¿Debe seguir -me pregunta- su vocación musical? ¿No será la
música una tarea inútil en un mundo de hambres y de guerras? ¿Y acaso a Dios le es de alguna
utilidad que él sea músico? » Me has tocado, amigo, en una de las fibras más sensibles de mi alma. Y
aquí estoy respondiéndote sin poder evitarlo
Para decirte, en primer lugar, que, por todos los santos, no entronices en tu alma la eficacia y la
utilidad como diosas rectoras de tu vida. ¿Es que acaso sabemos nosotros cuándo somos realmente
útiles y eficaces? ¿Tendría un cristiano que dejar su oración cuando no percibe sus frutos visibles?
¿No perderían sus vidas los monjes si sólo valiese la fabricación de pan contra el hambre? La
eficacia o la utilidad pueden ser baremos a tener en cuenta, pero en los puestos quinto, séptimo o
noveno. Muy anterior es la obligación de seguir la propia vocación o el aprecio de la obra bien hecha
por el simple hecho de estar bien hecha
Empieza, por tanto, por preguntarte si la música es para ti una vocación o un capricho. Si es lo
segundo, no pierdas más tu tiempo en ella. Pero si surge de una verdadera llamada interior, si no
podrías vivir sin ella, si sientes que te llena el alma, que te empuja a vivir, que tocándola te sientes
más vivo, más hombre, con más fuerza en el espíritu, sigue apasionadamente esas llamadas
Piensa después que toda obra bien hecha es parte viva de la creación. ¿Acaso Dios al crear sólo
hizo cosas útiles, fungibles, comestibles? Piensa en todas esas estrellas que probablemente nunca
llegarán a ser, vistas por ningún ojo humano. Piensa en los millones de flores que nacerán en la selva
y morirán sin que nadie las haya contemplado ni olido. La belleza, la existencia, cantan por sí
mismas, alaban a Dios por el puro hecho de existir
Esa es la última razón por la que hace días escribí en una de las páginas de este cuaderno que «a
Dios se le puede agradar en todos los trabajos». Frase que me ha merecido la regañina de un lector,
que me arguye que debí decir «en todos los trabajos. honestos», ya que, argumenta, seguramente
los carteristas y los médicos abortistas no agradan mucho a Dios con su trabajo. ¡Pero hombre! ¿Y
usted se atreve a manchar la palabra «trabajo» aplicándola a esos menesteres? Los carteristas
roban, no trabajan. Los abortistas asesinan, no trabajan. Trabajar es construir, elevar el mundo,
imitar la labor de Dios en su creación. Y añadir el adjetivo «honesto» al sustantivo trabajo es tan
innecesario como colocar tras el vocablo «nieve» los epítetos fría y blanca
Sí, toda obra bien hecha agrada a Dios. Le agrada doblemente si se eleva a El con fervoroso
amor. Pero, incluso sin este amor expreso, le es grato todo lo que construye, como lo es una manzana
bien redondeada o un agua transparente
Pero es que, además de todo esto, pocas cosas son tan útiles y tan precristianas en sí mismas
como la música. Yo, al menos, he de confesar que grandes zonas de mi alma fueron construidas por
ella y que Mozart o Bach me han hecho, en cuanto hombre y en cuanto creyente, tanto bien como
San Agustín o Santo Tomás. ¡Cuántas tardes me han devuelto la paz y el equilibrio! ¡Cuántas mañanas
me han inyectado alegría para la jornada entera!
En un precioso folleto, que te recomiendo (La música en la vida espiritual, Ediciones Taurus),
Federico Sopeña ha explicado cómo «la vida espiritual auténtica es imposible sin un esfuerzo
continuo de interioridad, de intimidad, sin el doloroso afán de vaciarse de las cosas, para, en el
silencio del corazón, sólo encontrar la cercanía del corazón de Dios». Nada como la música ayuda a
este silencio interior, nada facilita tanto la creación de un clima que, si no es ya él mismo oración,
prepara al menos a ella
Pero sobre todo la música es la puerta de la nostalgia del paraíso perdido y del cielo esperado.
Romano Guardini, que tanto sabía de música, habló de «la melancolía como presentimiento de lo
absoluto». Y muchos siglos antes, San Agustín definió a la música -¡asombrosamente bien!- como «la
carne de la memoria», asegurándonos que apunta hacia una dimensión del futuro sin tiempo. Ella,
como la poesía, tiene la función, decía Ridruejo, de «despertar nuestra, melancolía de dioses
desterrados», de seres incompletos, de almas caminantes que no tienen aquí morada definitiva
Cuando los Padres de la Iglesia identificaban el cielo con la música no estaban aludiendo a una
orquesta de violines, estaban reconociendo en ella el signo de lo trascendente. Cuando San Agustín,
después de decir que en el cielo nuestros cuerpos serán «inmortales, ardientes, amantes», añadía
que arriba «nuestros cuerpos serán como música», estaba comprendiendo que ella es en este mundo
lo único inmortal, ardiente y amante que los hombres podemos producir. Y tenía razón Julien Green
al definir el estado de gracia como un gran acorde. Porque eso será la vida eterna centrada en la
nota-mayor del autor de la belleza
No temas, pues, amigo mío, entregarte apasionadamente a tu música. Mientras tocas no te
olvides de amar a los que te rodean, concluye a la vez tu carrera universitaria, cuida de que la
música no te ciegue y te impida ver la miseria que te rodea y tiende a los demás tu mano muchas
horas. Pero no temas nunca que sean perdidas las que pongas tus dedos en el arco de tu violín
41 .- Un campeonato de cariño
Hace varias semanas conté en esta página algunas historias de mi casa de niño, y por lo que
parece, interesaron a algunos. Vuelvo hoy con algunas otras, después de pedir perdón si hablo
demasiado de mí mismo. Pero es que mi vida es la única que conozco, la sola de la que puedo hablar
Porque yo fui -supongo que se nota- un niño afortunado. Mi casa nunca fue un paraíso de dinero,
pero sí un amontonamiento de ternura. Recuerdo que el día que se murió mi madre y yo tuve el
contrapeso serenante de poder decir la misa de funeral ante su querido cuerpo que comenzaba a
enfriarse, pensé que debería hacer mi homilía como en tantos funerales de amigos. Mis hermanos
me decían- «Pero ¿vas a atreverte?» Yo respondía: «Lo más que puede ocurrirme es que me eche a
llorar. Supongo que nadie se escandalizarás No lloré. Logré contenerme. Y tuve la vertiginosa
alegría de poder decir con verdad que, en los treinta y cinco años que había vivido con aquella mujer
que enterrábamos, nunca conocí un solo día nublado en mi casa. Habíamos sufrido juntos a veces, sí.
Las habíamos pasado estrechas en los años siguientes a la guerra, sobre todo cuando un incendio
carbonizó nuestra casa y nos quedamos prácticamente en la calle. Pero nunca estalló la tormenta en
el interior de nuestras paredes. Nunca vi reñir -fuera de alguna pequeña tontería- a mis padres.
Jamás vi caras amargas en los que me rodearon de chaval. ¿Cómo no sacar de aquellos treinta y
cinco años jugo suficiente para ser feliz ochenta, noventa, los que sean?
Sí; lo único de lo que estoy orgulloso es de mi gente. Porque en nuestra casa jugábamos un
permanente campeonato de cariño, en el que ganábamos todos al pasarnos la vida obsesionados por
cómo haríamos felices a los demás
Había ocasiones en las que este campeonato subía a primera división. Sobre todo cuando faltaba
Engracia, la chica -la criada, decíamos entonces- que vivía con nosotros desde siempre. En casa las
tareas diarias eran de todos, pero lo eran más especialmente en el mes de vacaciones de Engracia.
Entonces estallaba la competición de mis hermanas, que luchaban como descosidas para ver quién
trabajaba más (he dicho más, no crea, señor linotipista, que es un error). Si bajaba Angelines a
hacer la compra, Crucita aprovechaba su ausencia para hacer todas las camas. Luego había que oír
las quejas de Angelines porque le había quitado lo que era obligación suya. Y, para vengarse,
aprovechaba la ausencia de Crucita para limpiar ella todos los dorados
Era gracioso verlas a las dos agarradas a la escoba, pegándose porque las dos querían barrer.
«Hijas -decía mi madre-, lo único por lo que siento la ausencia de Engracia son estos jaleos. Callaos,
me volveréis loca.» Pero yo sé que a mi madre le gustaba tener que enfadarse por eso
Recuerdo que una vez compró mi madre a mis dos hermanas dos vestidos iguales, que sólo se
diferenciaban en los colores. Echaron a suertes para elegir, y allí tenías tú a Angelines, favorecida
por la suerte, preguntándose no qué color le gustaba a ella, sino cuál prefería Crucita. Si Angelines
prefería el naranja, pensaba que a su hermana tenía que gustarle el mismo. Y elegía, naturalmente,
el amarillo. Más tarde se enteraba de que a Crucita le habría gustado más el amarillo y había que
proceder al cambio de vestidos
Pero lo mejor era lo del fregoteo nocturno. Si alguna vez se prolongaba la conversación después
de la cena, mi madre decía: «Ahora dejamos los cacharros en el fregadero y ya se fregará mañana.»
Todas estaban de acuerdo y nos acostábamos. Pero, a los veinte minutos, cuando las tres pensaban
que las otras dos estaban ya dormidas, se levantaban todas sigilosamente, mi madre y mis
hermanas, y, en camisón y de puntillas, como si fueran a cometer un delito, se dirigían a la cocina
para fregar los platos. ¡Y allí coincidían las tres, sorprendidas y felices! 0 se sentían muy
avergonzadas las dos que comprobaban que otra se les había adelantado
Dios mío, cuántas veces he llegado a mi casa para encontrarme helados deshelados, que nadie
había comido para reservármelos a mí que era el pequeño! Y menuda tragedia cuando Crucita hizo
aquella promesa de no comer helados en un mes. ¿Quién se atrevía a comer- los mientras ella
miraba? «Hija, guapa -decía mi madre-, en el futuro haz mortificaciones que no mortifiquen a los
demás.»
Sí, se vivía bien en aquel mundo. Más tarde, muchas veces he sufrido cruelmente al descubrir
que el mundo no era el campeonato de cariño que a mí me enseñaron durante mis primeros años. He
tenido que ir descubriendo y digiriendo -en otros y en mí- el egoísmo que en mi casa era mínimo. Me
sorprendí muchísimo al enterarme de que en el mundo se mentía. Y aún no he terminado de
resignarme a la idea de que haya matrimonios que se odien, o con el odio grande, o con ese otro, aún
más grande, del desamor y la frialdad
Pero sigue sobrenadando la certeza de que aquello que yo viví no es imposible. Y la sospecha
vehemente de que en el mundo hay muchos millones de familias en las que se juega el mismo
campeonato de amor que nosotros vivíamos
Por eso, siempre que caso a alguna pareja, pido para ellos que se quieran como se quisieron mis
padres. Y lo pido porque deseo que sus hijos sean tan felices como yo he sido y soy
42.- Me he sacado una espina
Hoy voy a confesarme con ustedes. Y a contarles que acabo de sacarme del corazón una espina
que llevaba ahí clavada desde hace ocho años. Verán. Una tarde --que no he podido olvidar- vino a
verme un amigo que acababa de publicar un libro que yo había semileído con dolor porque en él se
discutían ideas para mí muy queridas. Yo no estaba de acuerdo con los planteamientos y conclusiones
de mí amigo, pero sí con el amor radical que había en su fondo. Mas aquella tarde reaccioné como un
cretino
Venía él tan feliz como siempre lo está un autor con sus libros recién aparecidos. Y yo, sin aludir
siquiera a las muchas cosas del libro con las que coincidía, le eché encima el jarro de agua fría de mis
discrepancias. Y lo peor es que las expresé desabrida y cruelmente, bien rociadas de vinagre. Me
gustaría pensar que porque estaba aquel día muy cansado, pero temo que fuera más bien un turbio
ramalazo de intransigencia
Lo cierto es que al regresar a mi casa me sentía enfurecido y avergonzado de mí mismo, con la
sensación de haber hecho daño a un amigo y de haberío hecho injustamente. Debía -pensé- pedirle
de algún modo perdón. Pero supongo que, en parte por orgullo y en parte porque realmente parecía
un poco ridículo escribir sólo para eso, decidí esperar una ocasión «que se prestase» y fui dejándolo
y dejándolo
Pasaron los meses y los meses, y cada vez que saltaba el nombre de mi amigo en los periódicos
sentía yo la espina clavada dentro de mí y renovaba mi propósito de escribirle. Pero siempre
encontraba disculpas para irlo dejando
Afortunadamente la espina siguió dentro, Y hace un par de semanas la ocasión se puso
calva y encontré la manera de decirle cuán avergonzado me seguía sintiendo de aquella vieja tarde
¿Y saben? También él tenía dentro aquel viejo dolor. Y también él nevaba ocho años esperando
que Regara mi carta de reconciliación. No saben ustedes lo bien que me siento ahora que me he
sacado esa espina. Y, a juzgar por el tono de su carta, me parece que también mi amigo se siente
mejor ahora que me ha perdonado. Porque yo no sé qué será más hermoso, si perdonar o
experimentar el perdón. Sobre todo cuando se hace con la natural sencillez con que mi amigo lo ha
hecho conmigo
Lo que más me ha gustado siempre del Dios del Evangelio es su infinita capacidad de perdón
y el que lo haga -acuérdense de la parábola del hijo pródigo, con una tal alegría que parece que, más
que perdonarnos, fuera él quien recibiera el regalo
No hace mucho ese gran humorista cristiano que es José Luis Cortés dibujaba una viñeta
en la que un angelillo le preguntaba a Dios: «Y tú, que nunca duermes, que vives desde la eternidad,
¿no te aburres? ¿Qué haces todo el tiempo?». A lo que el Dios benévolo y barbudo respondía: «Yo.
perdono.» ¡Exacto! El oficio de Dios es perdonar. La tarea de Dios es comprender, guiñar un ojo a
las tonterías que hacemos sus hijos y abrazarnos como si nada hubiera pasado, siempre que
encuentre, claro, una pizca de amor en sus tontuelos
Por eso yo nunca he entendido que haya curas que riñan en los confesonarios. Jesús sólo reñía a un
tipo de pecadores a los hipócritas. Para los demás tenía cien toneladas de cariño por cada gramo
de reproche. Me parece que los curas en el confesonario representamos no a un Dios leguleyo y
vengativo, sino a un Dios paternal. Y ya se sabe cómo juzgan los padres. Claro que yo comprendo
que un cura tenga derecho, si le duele el estómago, a tener mal café. Pero no creo que el mejor
sitio para echarlo sea precisamente en la cabeza de los penitentes
Sobre todo, siendo como es tan bonito el oficio de representantes del perdón. Me gustaría
poder contar cuánto me han ayudado a mí algunos penitentes; cómo sus lágrimas sinceras no sólo
les limpiaban a ellos, sino también a mí; cómo en ningún sitio he aprendido tanta fraternidad como
en el confesonario al redescubrir que yo necesitaba tanto perdón como el que, a través de mis
manos, pasaba. Y tengo que confesar que si me duele el que los católicos hayan bajado en su
aprecio de la penitencia no es, en absoluto, porque yo crea que, a través de ese sacramento,
mantuviera la Iglesia el control de las conciencias, sino porque creo que renunciar a la hermosura
de ser perdonados unos hombres a través de otros hombres es un empobrecimiento de la
humanidad
Recuerdo que en mis años de intransigencia y puritanismo juvenil yo no lograba digerir aquella
frase del Evangelio en la que se cuenta que en el cielo hay más alegría por un pecador que se
convierte que por noventa y nueve justos que perseveran. Me parecía injusto. No entendía esas
preferencias de Dios. Más tarde descubrí la ironía con que Jesús usaba esa palabra «justos»
refiriéndose a «los que se creen justos». Porque, en rigor, la humanidad no se divide en justos y
pecadores, sino en pecadores que se reconocen como tales y en pecadores que se creen justos. Tenía
razón aquel escritor que decía: «Yo no conozco el corazón de un bandido, pero conozco el de alguien
que se cree justo -el mías--, y os aseguro que es horrible.» Sólo desde un gran orgullo puede subirse
uno en la tarima de creerse bueno. O desde una gran ceguera
A mí, naturalmente, me gustaría ser águila. De momento me siento a gusto siendo una gallina más
en el gallinero de la humanidad. Y esperando que un día -probablemente sólo después de mi muerteme enseñarán a volar
43.- El milagro del gitano
Después de siete años de estudio un equipo de médicos de Lourdes ha concluido que la curación
del osteosarcoma que padecía Delizia Cirlli es «científicamente inexplicables. La Iglesia, que aún es
más lenta que los médicos, tal vez tarde catorce o setenta años en usar la palabra «milagro»
No la usaré yo tampoco referida al osteosarcoma. Pero sí referida al corazón humano, en el que,
con frecuencia, se producen milagros mucho mayores que en los brazos, piernas, ojos o parálisis que
pudieran curarse
Y es que, en la historia de Delizia en Lourdes, lo más importante ocurrió en su corazón. Era en
1975 una niña de once años que acudió, desde su Sicilia natal, a 1,ourdes más por la voluntad de sus
padres que por la propia, ya que la pequeña desconocía completamente qué enfermedad era aquella
que encadenaba su pierna y le impedía jugar. Nunca había oído la palabra «osteosarcoma», y sólo
mucho más tarde sabría que es un cáncer. Por eso fue a "urdes como a una excursión más. Y allí ni
siquiera se acordó de pedirle a la Virgen su curación
-Yo veía -ha dicho a un periodista francés- a tanta gente enferma allí, que me hubiera parecido
ridículo rezar por mí misma
-¿Y no rezaste pidiendo tu curación? -ha insistido el entrevistador
-No -responde con candidez la ahora adolescente ; yo pedí por otros
Y la «curación científicamente inexplicables llegó a quien no la pedía, a esta muchacha que ahora
viene durante todas sus vacaciones a trabajar de enfermera en Lourdes para ayudar a todos esos
enfermos que lo necesitan más que ella. Porque el milagro, mucho antes que en su pierna, había
ocurrido ya en su corazón
Esta historia, que leo hoy en un diario francés, me evoca otra que tengo yo almacenada en mi
memoria desde hace veintiún años. Exactamente desde el 19 de julio de 1961. Ese día coincidí en
Lourdes con una peregrinación internacional de gitanos. Y he olvidado ya sus vestidos y sus danzas.
Pero no los ojos de aquel anciano con el que hablé cuando caía la tarde. Desde la camilla en la que se
moría a cachos, víctima de un cáncer de intestino, me confesó que tampoco él había pedido su
curación. «Al ver -me dijo- en la explanada a un grupo de chiquillos con parálisis pensé que su milagro
era más urgente que el mío. Ellos no habían vivido aún; yo sí, demasiado. Y los milagros han de guardar
turno, han de ser justos. -Por eso he pedido que pusieran mi milagro en la cola y resolvieran primero
de los chavales.»
Yo siempre he creído que el verdadero milagro es el amor. Y me asombra muchísimo cuando oigo a
la gente decir que ya no hay milagros en este mundo. ¡Yo encuentro tantos cada día! Montañas y
montañas de gentes que se quieren, hombres que luchan y se sacrifican por sus mujeres, personas
que ayudan a desconocidos y desaparecen después de haber ayudado, mujeres que lloran porque
creen que han perdido la fe, muchachos que luchan y vencen sus pasiones. ¡No habría en el mundo
entero comités suficientes de médicos para investigar tantos prodigios invisibles!
Y si yo no estuviera ya convencido de esta radiante realidad, me bastaría el correo de estos días
para convencerme. Es curioso: cuando todos mis amigos se preguntan si el viaje del Papa habrá
dejado frutos entre los españoles o si todo habrá acabado como el estallido de unos fuegos
artificiales, llegan a mis manos pruebas evidentes de esos frutos de los que muchos dudan. Ayer me
llegaba la carta de un empresario vasco que regenta desde hace años una modesta fábrica -treinta
empleados solamente-- y que está en estos momentos con el agua al cuello. Había decidido suspender
pagos, porque materialmente la empresa no resistía más. Y ha cambiado de idea ante las palabras del
Papa en Montjuich animando a los empresarios a no buscar soluciones cómodas y más rentables en
esta hora de crisis- ha decidido seguir y arruinarse si es necesario porque cree que, aunque su ruina
es probable, la de las treinta familias que dejaría en la calle sería segura. Aguantará, seguirá, tal vez
todos se salven
Hoy recibo una larga carta-confesión de una madre soltera por cuya cabeza rondaba desde hacía
semanas la idea del aborto. Ya no lo hará. Las palabras del Papa en la Castellana le hicieron temblar. Y
descubrió que todas las vergüenzas y dificultades del mundo valen menos que la vida de su hijo
También hoy recibo el escrito de un muchacho de veintinueve años que hace varios se sentía
perseguido por una vocación sacerdotal a la que no acababa de entregarse. Vio la ordenación
sacerdotal de Valencia y me pregunta adónde debe acudir para seguir esa llamada
Tres historias que, por casualidad, han caído en mi mesa. ¿Cuántos millares de milagros como
éstos se estarán produciendo en el país?
Yo sé muy bien que los hombres podemos hacernos daño los unos a los otros sólo con mover un
dedo. Pero sé también que podemos ayudarnos sólo con sonreír. Fíjense: han pasado veintiún años y
aún sigue floreciendo en mi alma la lección de amor que en 1961 me dio un viejo gitano
44.- Elogio de la tía
Una lectora de esta página me «riñe» porque en uno de mis artículos usé la palabra «solterona». Y
tendría toda la razón para reñirme si yo no distinguiera muy bien a las solteras de las solteronas.
Pero sé de sobra que ni todas las solteras son solteronas ni, incluso, hay solteronas sólo dentro de la
soltería (y pongan ustedes en todos los casos el equivalente masculino). He pensado siempre que el
solterón y la solterona son al soltero y a la soltera lo 'que la purpurina es a la plata
Yo tengo, como es lógico, un gran respeto a la soltería, aunque sólo fuera por la razón de que
también yo me siento en ella. Pero los que a mí me gustan son los «,solteros con causa» y no los
«solteros por vicio». O por amargura. Tengo hacia el matrimonio no sólo un gran aprecio, sino incluso
una enorme admiración hacia quienes lo viven en serio, pero no creo que sea el único camino de
realización humana. Y jamás pensaré que uno tenga que ser, por fuerza, o casado o fracasado; o
esposa o amargada
Concretamente voy a decir hoy que la institución de «la tía» me parece uno de los mejores
inventos de la naturaleza. Tanto que no entiendo muy bien por qué Cristo no fabricó un octavo
sacramento para subrayar y santificar su magnífica función en el mundo. ¡Cuántas familias conozco
que fueron salvadas por tías generosas y magníficas!
Recuerdo, por ejemplo, aquella tía Rosa que tanto me impresionó en mi infancia y que lo era de mi
amigo Manolo y sus cinco hermanos e, indirectamente, de toda la pandilla de nuestro curso. Tardé
mucho tiempo en saber que no era su madre natural, porque en lo que al cariño y la entrega se
refiere era muy parecida a mi madre, con lo que eso de «tía Rosa» más me parecía un mote cariñoso
que una definición genealógica
Mucho más tarde conocí que la tía Rosa se había hecho cargo de mis seis amigos y de su padre
cuando una leucemia arrebató a su joven madre y esposa. Entonces la tía Rosa, que estudiaba
Medicina en Madrid y tenía un novio con el que estaba a punto de casarse, abandonó todo para
encargarse de aquella patulea y de su cuñado solitario. Dejó su vida, dejó sus esperanzas, puso de
lado su amor y se entregó a otro amor menos personal y más sacrificado
Y recuerdo que había en aquella mujer algo que me desconcertaba de niño: una extraña mezcla
de cariño y antipatía. Se volcaba en atender a sus hijos-sobrinos, pero dejaba siempre en el fondo
una especie de distancia, algo que a mí me parecía sequedad, que hacía que se la amase siempre con
reparos
Yo comencé a pensar que aquella tiesura era un resto de amargura; creí que su sacrificio era tan
grande que no lograba disimular que era un sacrificio. En algún momento hasta llegué a tener
compasión de ella y a juzgarla una solterona amargada
Tuvieron que pasar muchos años y tuve que ser yo ya sacerdote para que un día me confesase
que era exactamente al contrario: que era sincera a la hora de querer y hacía de actriz al mantener
la distancia. Porque -me explicó ella- «una tía debe suplir a una madre, pero nunca sustituirlas. Ella
debía conseguir que a mis amigos no les faltase nada de este mundo, pero que no olvidaran nunca
que les faltaba la madre que ya no estaba en él. Y mantenía una cierta hurañía para que «sus
sobrinos no la quisieran demasiados
Me escalofrió este enorme planteamiento. Descubrí que la tía Rosa tenía miedo a que, sobre
todo los pequeños, Regaran un día a quererla tanto que olvidasen a la muerta. Y se entregó a aquella
especie de doble comedia en la que, al mismo tiempo, mantenía el fuego sagrado del amor en la casa,
pero dirigía las mejores llamas hacia la ausente. Quería ser «una suplente» y, lo mismo que los
boxeadores han de practicar el arte de golpear sin ser golpeados, ella cuidaba de amar sin ser
amada demasiado
Yo aprendí mucho de aquella mujer, porque precisamente como sacerdote sé muy bien que
nosotros hemos de vivir esa misma comedia: transmitir a la gente el amor de Cristo, cuidando mucho
de que la gente dirija su amor hacia el mensaje y no hacia el mensajero, hacia el Cristo a quien
representamos y no a nosotros como curas y simples testigos
No olvidaré nunca aquella escena de una novela de Bernanos en la que el sacerdote que consigue
llegar al corazón de una mujer y cuando ella, arrepentida de sus pecados, le dice: «A usted me
entrego», responde. «¿A mí? Es como si echara usted una moneda en una mano agujereada.» Un
sacerdote, lo entendí entonces, es exactamente una mano agujereada en la que importa mucho más
el agujero que la mano, de modo que las monedas de amor o arrepentimiento que alguien nos entrega
caigan siempre a las otras manos de Dios que hay bajo las nuestras
Amar así, sin preocuparse demasiado del agradecimiento, no es fácil. A veces casi imposible.
Tanto que, a poco que uno se descuide, termina por convertirse en un verdadero solterón, Porque
hay, efectivamente, «curas solterones» y «tías solteronas» que pronto se convierten en caricaturas
del amor
Me impresionó aquello de Aristóteles: «El hombre solitario es una bestia o un Dios.» Y resulta
más fácil llegar a convertirse en bestia que en pequeños dioses
45.- Hay estrellas
La niña no debía de haber cumplido los tres años. Y era la primera vez que la llevábamos al pueblo
de los abuelos. Era aquello un mundo nuevo para ella. veía por primera vez un corral con gallinas, se
asombraba ante la nariz olisqueante de los conejos, miraba con temerosa admiración el nerviosismo
de las mulas en la cuadra. Y cuando parecía concluida la hora de los asombros y, caída la noche,
comenzamos a cenar, llegó de pronto la pequeña con los ojos multiplicados por el entusiasmo y
comenzó a tirar de la manga de su madre, mi hermana, sin decir otra cosa que un imperante: « ¡Ven,
ven, ven! » Mi hermana se dejó arrastrar hasta el patio y allí vio cómo la niña levantaba su manita
hacia el cielo y, desde la cima de la oratoria, decía una sola palabra: «¡Mira!»
La niña acababa de descubrir las estrellas y, muda como estaba por la maravilla, resumía todo su
entusiasmo en aquella admiración, como si acabara de mostrar con su dedito las joyas del tesoro de
la Reina de Inglaterra. «¡Mira!» Estaba dicho todo. Arriba ardía la pedrería de un cielo milagroso y
estrellado que ya sólo puede verse algunos días de verano en los pueblos de Cestilla
Condenada a vivir en las ciudades y a acostarse a horas infantiles, la pequeña ignoraba la belleza
del cielo y ahora lo mostraba como un milagro que nunca antes de ella hubiera conocido hombre
alguno
Yo no sé muy bien cuál es la razón científica por la que en las grandes ciudades vemos tan pocas
estrellas. Pero me terno que, aunque se vieran, tampoco las contemplaríamos, ya que parece que
hemos perdido la costumbre de levantar nuestras cabezas, abonados como estamos a ver sólo
autobuses y escaparates y esas estrellas falsísimas que son los tubos de neón. Y no hay peores
ciegos que los que ya no saben ver
Pienso todas estas cosas mientras, en el tren, leo unas prosas de León Felipe en las que grita: «El
hombre camina más allá de sus gusanos y de la dialéctica materialística. Hay estrellas lejanas.»
Y me pregunto: ¿Camina. o debería caminar? Temo que lo segundo. Temo que los hombres de
nuestra civilización estemos tan acostumbrados a ver tierra y comer tierra que hayamos perdido ya
hasta la posibilidad de tener ilusiones. Me gusta la explicación que da León Felipe de la locura de Don
Quijote: como no podía aceptar el sucio mundo que le rodeaba, decidía no verlo como era, sino como
debía ser. Y en aquella venta miserable, que gobernaba un posadero grosero y ladrón y regían unas
prostitutas descaradas, veía él un castillo maravilloso gobernado por un hospitalario caballero y
regido por unas hermosísimas doncellas. Y si alguien le abría los ojos hacia la realidad, él oponía que
la verdadera realidad era la que él imaginaba, y que esa otra aparente realidad era sólo apariencia
falseada por un mal encantador que trataba de ensuciarlo y entenebrecerlo todo. El mundo no era
como era porque «no podía ser como era»
Me temo que a la locura por exceso de Don Quijote opongamos nosotros otra cordura por exceso
que nos hace ver el mundo más negro de lo que es, hasta el punto de que nosotros tampoco lo veamos
como es, sino «como tememos que llegue a ser». Esta transmutación «hacia mal» o «hacia peor» no
nos la hace ningún maligno encantador como a Don Quijote, sino ese triste desencantador que todos
llevamos dentro
«No vemos con los ojos, sino a través de los ojos», decía Ortega. Y con razón. Cuando se mira la
realidad a través de los ojos con un alma triste, toda la mirada y todo lo mirado se contagia de esa
tristeza vísceras que es tan típica del hombre contemporáneo. Todo, en cambio, se vuelve más claro
para quien contempla desde un alma luminosa y a través de unos ojos limpios. Y donde algunos, al
levantar la vista, sólo ven pronósticos de que lloverá mañana, ven otros un cielo tachonado de
estrellas, algo mucho más allá de nuestros gusanos y nuestras ambiciones de barro
Pienso que tal vez la última clave del impacto de Juan Pablo II en nuestra sociedad ha estado
precisamente en el anuncio y la predicación de unos valores de los que apenas se habla nunca y que
están más allá de estos valores de tierra por los que peleamos como perros por un hueso. Era hora
de que alguien hablase del amor como algo posible y realizable y que no encadenase el concepto de
libertad a la estrecha visión de la obligación de soportarnos los unos a los otros
Yo recuerdo siempre lo que a mí me entusiasmaba oír hablar a Juan XXIII del cielo y de los
santos. Porque no hablaba de ellos como de una fámula y como de unos seres mitológicos, sino como
de una casa en la que él ya hubiera estado y como de unos antiguos compañeros de escuela
Me gustaría a mí saber hablar así de esa cuarta dimensión que es el espíritu y de todas esas
zonas del alma que tenemos sin usar
Recuerdo ahora aquella película de Vittorio de Sica en la que se sorteaba un pollo asado, y al
tocarle a un pobre, éste no se atrevía llevárselo a la boca, convencido como estaba de que aquello no
podía ser verdad, de que aquel pollo que tenía en las manos debía ser forzosamente un espejismo y
que volaría en cuanto acercase sus dientes
Algo así, me parece, nos ocurre a los hombres con la alegría. Estamos tan acostumbrados a la
estrechez del mundo y sus valores, que no nos entra en la cabeza que haya nada perdurable. No nos
atrevemos a creer en ellos porque estamos previamente convencidos de que no pueden ser otra cosa
que un sueño. Y, sin embargo, existen. Y, sin embargo, hay estrellas. Bastaría con levantar la cabeza
para verlas
46.- Los calumniadores del cielo
Creo que no voy a olvidar nunca aquel sermón de misa del gallo. Me ocurrió hace ya muchos
años, cuando yo era capellán de un colegio de niñas. Aquella noche, después de la cena, fui a la capilla
un rato antes de la hora prevista para la misa, y mientras me preparaba para celebrarla, llegaban
hasta mis oídos las canciones que las niñas, agrupadas en torno a una guitarra, tarareaban después
del jolgorio de la cena navideña. Cantaban alegre e ingenuamente, mezclando canciones religiosas y
tonadas de moda. Y, de pronto, llegó a mis oídos la letra de una antigua balada que había puesto de
moda aquel año Atahualpa Yupanki. La letra decía:
Que Dios se acuerde del pobre,
puede que si, puede que no;
pero es seguro que almuerza
a la mesa del patrón
Sentí como un latigazo en mis carnes. Y, de pronto, percibí cómo volaba de mi cabeza todo el
sermón que había preparado y surgía, vertiginosa, la tremenda homilía que minutos después
predicaría. Creo que lloré al decirla y que lloraron también las niñas al escucharla. No las reñí por
cantar aquello. Pero sí les grité que aquello era una enorme mentira y una terrible verdad
Una enorme mentira porque nosotros sabíamos bien que la única vez que Dios comió en carne
viva en este mundo no lo hizo precisamente en las mesas de los patrones. Aquella noche era el gran
testimonio. Nació en una gruta. Temblé de frío. Había elegido la más
dramática pobreza. Se había acordado tanto de los pobres que nació cómo ellos, peor que la mayor
parte de ellos
Pero aquello era también una terrible verdad, porque el Dios que nosotros predicábamos y
vivíamos era precisamente ese Dios que se olvida de los pobres y que muy poco tiene que ver con el
Niño de Belén
Yo sé que los indios peruanos que compusieron esa canción veían a Dios representado por unos
misioneros y unos obispos que eran, tal vez, muy pobres en sus vidas, pero que cuando iban a predicar
a sus aldeas residían en la casa del rico, hablaban y pensaban con lenguaje de ricos, situaban al
patrón en el primer banco de sus iglesias. Y lo mismo habría sucedido si esa canción la hubieran
compuesto los pobres campesinos de cualquier país del mundo. ¿Cómo podían ellos entender que quizá
Dios no almorzaba en las mismas mesas que sus representantes?
Éramos, sí, nosotros los calumniadores de Dios, más que sus predicadores. Éramos sus
falsificadores, no sus propagandistas
Pero ¿sólo los curas? Cada vez que llega la Navidad me pregunto qué pensaría de Cristo un
indio, un asiático o africano que nunca hubiera oído su nombre y que llegara a nuestras ciudades las
vísperas de Navidad. ¿Podría entender qué fiesta celebrábamos y en honor de quién nos reuníamos?
¿No se imaginaría que eran el pavo, el turrón o el champaña los protagonistas de la jornada? ¿Cómo
entenderían que nuestras calles iluminadas, nuestros comercios rebosantes de compradores,
nuestras mesas refulgentes, tengan algo que ver con la pobreza de la gruta de Belén? ¿Acaso no se
preguntarían cómo podemos celebrar con un crescendo del egoísmo y del despilfarro lo que fue un
estallido de la generosidad de Dios hacia nosotros?
No estoy criticando -Dios me libre- la alegría navideña, el sueño esperanzado de los niños, los
abrazos familiares, la mesa jubilosa, las casas iluminadas. ]Pero sí estoy diciendo que cuando una cena
navideña tiene abundancia pero no amor, se convierte en una simple comilona. Estoy diciendo que
cuando un regalo se queda en puro deslumbramiento, pero es desposeído del cariño que significa, se
vuelve simple ostentación. Sí estoy diciendo que una familia que va a la misa del gallo tras una cena en
la que al abuelo se le ha hecho cenar solo en su cuarto porque el pobre está un poco pelma y el año
pasado en la cena hizo tres tonterías, esa familia es simplemente una colección de farsantes
La alegría de los niños el día de Reyes me parece algo sagrado y yo temblaría antes de
recortarla. Pero me pregunto si un país con dos millones de parados podrá permitirse el lujo de
gastar sólo en juguetes esos 25.000 millones de pesetas que nos gastamos el año pasado, sobre todo
si se piensa que el 90 por 100 de esos juguetes no
llegarán sanos al último día de enero. Lo mismo que me pregunto si es lógico que un cotillón de fin de
año pueda costar el doble de la pensión mensual que cobran varios millones de ancianos españoles
Algo no funciona en una civilización que ha convertido la Navidad en los días de la locura
gastronómica. Y no puedo menos de entristecerme pensando que los Reyes Magos que llevaron a Belén
sus ofrendas de oro, incienso y mirra tendrían que venir trayendo, a quienes hoy celebramos
pantagruélicamente esa fiesta, un bote de bicarbonato. Para que digiramos, además del pavo, el olvido
de la pobreza que Belén significa
47.-
El hombre que mendigaba cuartos de hora
La llegada del fin de año me devuelve, una vez más, la vieja angustia del tiempo perdido. Pienso
que uno de los errores de nuestra naturaleza humana es el de habernos hecho giratoria la cabeza.
¿No hubiera sido mejor fabricárnosla rígida, acartonado, incapaz de mirar hacia atrás?
La giro hoy y pienso en el año 82 que se ha ido. Que se ha ido ya para siempre. Todo lo que yo
pude amar y no amé en ese año, ya nadie nunca lo amará jamás. Yo podré esforzarme por amar en el
83. Pero será ya otro amor. Ni Dios, con toda su omnipotencia, puede llenar ya de vida los millones de
horas malgastados por la humanidad
¡ Cielos, qué basurero! . Dicen que uno de los mayores problemas futuros de la humanidad es el de
los residuos. Que nos hemos convertido en una comunidad de despilfarro, que cada hombre arroja al
año no sé cuántos botes vacíos de coca-cola o cerveza, no sé cuántos kilos de botellas o latas. Un
día, dicen los científicos, el mundo entero será un inmenso almacén de excrementos,
Pero yo hablo de otro tipo de residuos. de los cientos de miles de millones de horas perdidas por
la humanidad. Si los ángeles recolectasen en enormes cestas los pecados de la humanidad y en
gigantescos cuévanos las horas malgastadas, seguro que los cuévanos eran infinitamente más
grandes que las cestas. Porque probablemente el mayor. de los pecados de la humanidad sea esa
interminable siesta que todos dormimos: horas estériles, tiempos entregados a ocupaciones idiotas,
desiertos mentales en los que la mente vagó por el país de los sueños inexistentes, siglos enteros
entregados en manos de la modorra. Lo he dicho ya muchas veces en esta página: pienso que a Dios
deben de preocuparle mucho menos los errores que los hombres puedan cometer al luchar que el que
caigan en el error de no luchar
Por eso he vuelto a recordar en este fin de año a mi viejo amigo Nikós Kazantzaki. Supongo que
ustedes habrán tenido la fortuna de leer alguna de las obras de este remolino de vitalidad.
Kazantzaki era el fuego vivo, un ser nacido con el hormiguillo de la pasión, alguien que vivió tenso
como un arco
Y recuerdo cómo me impresionó esa su milagrosa (¡y terrible!) Carta al Greco, escrita a los
setenta y cuatro años, como un testamento. Como hubiera sido el testamento de un volcán. La
muerte le pisaba ya los talones. Y descubría que le quedaban muchas cosas por decir. ¿Llegaría antes
la muerte a sus huesos que él a la palabra «fin»? Clamaba a Dios: «¡Un poco de tiempo más para
terminar la obra! ¡Después, la muerte será bien venida!» Pero la sentía avanzar por su piel y sus
miembros y peleaba con su muerte calle por calle, casa por casa
Y un día escribió aquella frase que aún me persigue: «Tengo ganas de bajar a la esquina, extender
la mano y mendigar, a los que pasan- 'Por favor, dadme un cuarto de hora'.»
Hace tiempo me hacen temblar estas dos líneas. Y más el hecho de que el propio Kazantzaki
hubiera hecho el cálculo de que, si cada griego le hubiera regalado un cuarto de hora, él habría
tenido ¡trescientos años! para concluir su obra. ¿Y cuántos cuartos de hora perdemos los humanos en
nonadas? ¿Cuántos cuartos de hora cada día? Veo el mundo lleno de rumiantes que desguazan sus
horas, que dicen «vamos tirando» y no logran enterarse de que lo que tiran son sus propias vidas.
Pirandello lo dijo: «Mientras os estáis ahí, tiesos y dormidos, de aquí, de las mangas, se os desliza,
se os escurre como una sierpe algo que no advertís: la vida.»
Parece que cada hombre pasa durmiendo dormido veinticinco años de vida. Y durmiendo despierto
otros veinticinco. ¿Y nos quejaremos de que la vida es corta?
Pienso que sólo en este campo le es lícito al hombre ser avaro. Deberíamos contar nuestras horas
como contamos nuestro sueldo, calibrando los minutos como monedas de alma, estirándolos,
escatiman dolos, sintiendo que cada uno de ellos que se va, o nos hemos enriquecido en él o lo hemos
malgastado. Tiene el hombre tan pocos años para leer, para amar, para sonreír, para sentirse vivo,
que resulta incomprensible cómo podemos invertir tantos en deglutir películas americanas, en cazar
musarañas, en hacer crucigramas, en esperar la muerte
Cuando pienso en el infierno nunca me lo imagino como fuego, sino como esterilidad; no como una
concentración de pecadores, sino de adormilados; no como vida ardiente, sino como una suma de
piedras aburridas. ¿Exageré al escribir una vez en un poema sobre el infierno que «es tan triste su
muerte que parece esta vida»? ¿No será el infierno simplemente la prolongación de esa gran siesta
con que se cloroformizan los humanos?
Habría que vivirse de punta a punta, avaramente, mendigándonos a nosotros mismos cuartos de
hora, aterrados de que la mayor parte del tiempo que nos dieron de vida vaya a parar a ese
gigantesco basurero de las horas perdidas que tiene que haber en alguna parte del universo. Me
parece que ahora entiendo por qué hay tantas estrellas y planetas inhabitados. Tal vez son
almacenes de muerte. De nuestra muerte. De las horas que cada uno de nosotros asesina a diario
48.-
El desmadre y el despadre
Acabo de leer una apasionante conferencia en la que Carlos Castro Cubels se pregunta cuál es
la última razón por la que las multitudes rodean con tanto entusiasmo a Juan Pablo II en sus viajes. Y
aporta una respuesta extraordinariamente sugerente. Porque puede que, efectivamente, aparte de
las muchas razones de fe, de simpatía, de curiosidad, ese clamor de las multitudes en torno al
Pontífice sea «el grito de nostalgia por un padre perdido, por una referencia firme y segura para
orientar nuestra vida»
Son ya muchos los pensadores que han señalado como uno de los dramas mayores de nuestra
civilización «la muerte del padre». La escala de valores paternales que durante siglos sirvió de última
referencia, de respaldo vital, a muchas generaciones parece haber hoy desaparecido. Ni los jóvenes
creen en sus padres ni tienen muchos padres el coraje de serio en plenitud. Parece que una
generación hubiera sido devorada y que fuera cierto aquello que escribió el padre Lomhardi de que
«hoy los padres son en realidad abuelos de sus propios hijos»
Esta teoría admite, como es lógico, infinitas excepciones, pero yo me temo que sea, en su
conjunto, válida. Y que esa falta del padre o esa minusvaloración de los padres sea una de las grandes
causas de esa enorme soledad que tantos viven en el mundo. Se tiene a veces la impresión de que
viviéramos en una sociedad de huérfanos y de que los hombres reaccionaran con actitudes muy
típicas de aquellos que perdieron a su padre en la primera infancia
Yo creo tener una buena experiencia de este fenómeno. He sido durante muchos años capellán
de un colegio de niñas huérfanas de padre y en todas ellas he percibido esa sensación de naufragio,
una inestabilidad psicológica, que las obligaba a caminar por el mundo en búsqueda constante de
personas o cosas en las que apoyarse
A mí me resultaba dificilísimo hablar de Dios a estas niñas. Yo siempre he entendido a Dios
bajo la figura de¡ Padre, del gran padre al que los de la tierra de lejos imitan. Y me ocurría que,
apenas empezaba a hablar de este Dios paternal preocupado por los hombres nunca faltaba alguna
pequeña a la que se le saltaban las lágrimas. Porque la orfandad es algo mucho más que un tema para
melodramas ingleses
Pues bien: se diría que el mundo moderno fuese un gran hospicio. Incluso es cierto -como dice
humorísticamente el mismo Carlos Castro- que «si en el mundo hay hoy un gran desmadre es porque
antes ha habido un gran despadre»
Lo ha habido también en la Iglesia. Me temo que muchos sacerdotes hayan cambiado -con
buena voluntad, pero también con grave ingenuidad- la función paternal, que es la propia del
sacerdocio, por una función de simples compañeros, que es muy hermosa, pero no está en la entraña
de su misión
Tal vez por eso precisamente atrae tanto la figura de Juan Pablo II, que, efectivamente, resume
en su persona todas las características esenciales de la paternidad. una figura extraordinariamente
masculina (se ha dicho de él que es el primer Papa contemporáneo que tiene sexo, dicho sea con todo
respeto), una profunda impresión de energía y responsabilidad, una carga confortadora de certeza,
un hondo sentido de su misión pastoral, una garantía de que cree aquello que dice y de que está
dispuesto a entregar su vida por el servicio a eso que cree
Cuando se dice que el hombre no ama la libertad sino las órdenes claras, pienso que se está
diciendo media verdad. La gente no ama la dictadura, pero tampoco ama la confusión de la libertad
con las vacilaciones. En el amor al padre no hay simple afán de seguridades y miedo a la aventura. Hay
algo más sólido: hay el reconocimiento de que el hombre tiene mucho que ver con sus propias raíces y
la sabiduría de que normalmente un hombre se realizará verdaderamente tanto mejor cuanto más fiel
sea a ellas
Pienso que en el mundo moderno hay ya un gran cansancio de una libertad ingenua que ha
terminado por mostrarse no como libertad, sino como desarraigo, como orfandad. Y esa nostalgia de
una tierra firme no me parece que sea forzosamente conservadurismo o miedo al crecimiento
Yo sé bien que ciertas formas de ser padre caían antiguamente en un autoritarismo opresor
de los hijos. Pero me temo que hoy hayamos basculado hacia el extremo opuesto y que muchos padres
hayan abdicado de su función en nombre de una supuesta libertad que permitirá vivir más
cómodamente a sus hijos. Pero también más huérfanos. Porque no sólo se es huérfano cuando un
padre se ha muerto, sino también cuando el padre se convierte en un señor que da caprichos y dinero
únicamente a sus hijos
Antes o después esos huérfanos-con-padre se irán a buscar cualquier ideología, cualquier
profesor o cualquier amigote que les haga de padre, porque la necesidad de ese «horizonte de
referencia seguro» es algo que el ser humano lleva en sus entrañas. Yo me temo que muchas
irreligiosidades y muchas angustias contemporáneas provengan precisamente de ese «despadre», de
esa orfandad «por renuncia» o «por cobardía» que tanto ha crecido en el mundo. Y ya crea la muerte
bastantes orfandades en la tierra para que los hombres añadamos otras por comodidad o por un mal
entendido respeto a la libertad
49.- Los ojos eran verdes
En casa de mí amigo Carlos han vivido esta semana una muy curiosa tragicomedia. La cosa empezó
cuando, a media tarde, mientras mi amigo, encerrado en su despacho, ponía al día los muchos papeles
atrasados, entró su hijo Carlitos, el pequeño, y le espetó:
-Papá, ¿de qué color son los ojos de mamá?
Carlos tardó en reaccionar unos cuantos seguidos. Y al final tartamudeó:
-¿Qué -has dicho?
-Que de qué color son los ojos de mamá. Es que nos han pedido en el cole una redacción sobre
cómo es nuestra madre, y el color del pelo me lo sé, pero el de los ojos
El niño miraba a su padre con la exigencia de un inspector de impuestos. Y Carlos comprendió que
no podía responder a una pregunta tan elemental. ¿Eran pardos? ¿O verdes? ¿O aceituna? Se dio
cuenta de que hacía muchos años se «sabía» de memoria los ojos de su novia, pero que ahora, tras
veintidós años de casado, los había olvidado. Los veía todos los días, a todas las horas, pero ya no
sabía su color
El problema creció cuando ambos comprobaron que Rosa, la hija mayor, tampoco lo sabía. Y lo
ignoraba Ignacio, el segundo. Y Angelines, la tercera. Y los cinco sentían cómo dentro de ellos crecía
una enorme vergüenza por ignorar algo tan de cajón
Por eso cuando Elisa regresó de la compra -¡Verde! ¡Verde! ¡Verde!- no entendía nada al ver que los
cinco de la casa contemplaban su rostro como si tuviera pintados monos en la cara. Y descubrían --o
redescubrían- que los ojos de su madre y su esposa eran infinitamente más bonitos de lo que ellos
imaginaban
Me gustaría hacer esta pregunta a todos mis lectores. Eso. Cierren ustedes los ojos y
pregúntense de qué color son los de su ser más querido. ¿Verdes? ¿Pardos? ¿Azabache? ¿Azules?
¿Aceituna?
Los hombres vivimos en la rutina, amordazados por ella. Anestesiados. Podemos estar junto a la
novena maravilla del mundo sin enterarnos sólo con que llevemos a su lado. los años suficientes para
haberla olvidado
Yo he tenido siempre mucha compasión hacia quienes tienen que vivir junto a un milagro artístico.
Por ejemplo, hacia la gente que vive frente a la catedral de Burgos o junto al templo de la Sagrada
Familia en Barcelona. Han nacido a su sombra, han jugado a sus pies; ya jamás alzan hacia esos
milagros los ojos. Se asombran, incluso, de los rostros de los turistas alucinados que por primera vez
los contemplan. Porque ver una cosa un millón de veces no aguza la vista, sino que se convierte en
ceguera
Supongo que por ese desaguadero de la rutina perdemos la mitad de los gozos de la vida. Somos
--como dice el refrán castellano- como esos tordos de campanario, que ya no se espantan de los
golpes del badajo, o como los pasteleros, que terminan por aborrecer el sabor de los dulces
La costumbre -me parece- es algo que no está mal inventado. Es duro vivir en carne viva y nos la
han puesto como una piel para soportar las heridas de la realidad. No podríamos vivir si fuéramos del
todo conscientes de tanta violencia como hay en el mundo o de tanta belleza como late en la vida de
cada uno de nosotros. «La costumbre -decía Becket- es una gran sordina.» Gracias a ella olvidamos o
ponemos entre paréntesis la idea de que un día moriremos o la de que el tiempo se nos va como arena
entre las manos. Y así vamos llenándonos de pequeñas costumbres que son como terrones de azúcar
que nos diera un gran domador. Balzac contaba que «muchos suicidas se han detenido en el umbral
de la muerte ante el solo recuerdo del café donde todas las tardes van a jugar su partida de
dominó»
Pero sí la costumbre nos mitiga el miedo a morir, también nos roba buena parte del placer de
vivir. Nos levantamos, trabajamos, sudamos, vemos el cacharro que Llamamos televisión, nos
acostamos. ¿Vivimos? Al fin la vida se nos vuelve un simple tejido de costumbres. Costumbres que,
incluso, siguen viviendo cuando han muerto las razones por las que surgieron
Un amigo mío, alcalde de una gran ciudad, se preguntó hace años con asombro qué hacía un
determinado guardia que vigilaba a diario un determinado jardín. ¿Había en él problemas de moral
pública que debían evitarse? ¿Era aquel jardín lugar de cita de rufianes? Investigando descubriría
mi amigo que hacía siete años habían ordenado que un guardia vigilase aquel jardín, en el que habían
pintado recientemente todos los bancos, para evitar que la gente se untara en ellos. Y siete años
después, cuando los bancos no sólo se habían secado, sino que hasta habían perdido su pintura., allí
seguía aquel guardia a diario ya no se sabía para qué
Las costumbres nos encadenan, nos empobrecen. Yo me he preguntado muchas veces qué
sentiría Adán el día que vio morir la primera flor o al llegar la primera noche de la historia; qué
experimentó la primera mujer el día que le dijeron que había que enterrar a su primer hijo muerto.
¡Ah, si todos los hombres fuéramos Adanes que viviéramos todas las cosas como si acabaran de
surgir recién nacidas! Nosotros creemos vivir, pero «remasticamos la vida de los muertos», que
decía Pirandello; damos vueltas y más vueltas al lenguaje que nos dieron ya gastado y a las
costumbres que elaboraron nuestros abuelos y nos legaron como vestidos prefabricados, a su medida
y no a la nuestra
Habría que vivir siempre como si acabásemos de nacer. Vivir en el asombro, como seres recién
estrenados. Sólo entonces gozaríamos ante el milagro del sabor de la naranja, de la belleza de ese
paisaje que, ante nuestra casa, ya ni contemplamos. Sólo entonces
- saborearíamos la maravilla de
los ojos verdes de nuestro ser más querido
50. Casi omnipotente
¿Vieron ustedes el concierto para violín de Tchaikowski que tocó Itzhak Pelman? Para mí ha
sido una de las horas más altas de las últimas semanas. En primer lugar, por la maravilla de una
interpretación en la que no sabías qué admirar más, si la técnica del músico o la pasión interior del
artista. Pero, sobre todo, por algo que, al final del concierto, me emocionaría hasta casi las lágrimas.
Verán
Era la primera vez en mi vida que oía tocar a Pelman, y comencé a verle en el mismo momento
en que el concierto comenzaba. Pronto me llamó la atención el comprobar que este artista tocaba casi
tanto con el violín como con los ojos y los gestos. Porque hay artistas en los que la procesión va por
dentro (mientras su rostro está seco como un bacalao) y otros cuya mirada, cuyos tics, dejan ver la
pasión interior con que tocan. Pelman era de estos últimos, pero había en su rostro algo extraño:
tenían sus gestos algo anormal, algo que no llegaba a resultar risible, pero sí, cuando menos,
desconcertante. Como si hubiera algo en sus músculos faciales que le impidiera moverlos con
normalidad. Tal vez, pensé, sean los nervios típicos de muchos violinistas. Pero sólo al concluir el
concierto entendí toda la razón. Porque yo no sabía que Itzhak Pelman era poliomielítico
Mientras el público estallaba en aplausos le vi incorporarse dolorosamente, mal sostenido por
sus dos muletas, mientras sus compañeros le recogían el violín, porque él necesitaba sus dos manos
para ponerse de pie. Desde ese momento ya no eran dos las causas de mi admiración -su técnica y la
belleza de su arte-, sino que a ellas se añadía una tercera, tal vez mayor.- su coraje
Quiero ahora imaginarme la tremenda lucha que consigo mismo
habrá tenido que mantener el violinista. Dominar las cadenas de su cuerpo y, sobre todo, los
desalientos de su alma. Años y años. Hasta convertirse en el milagroso artista que hoy es
Y mucho más que un artista. Porque su violín, además de belleza, ofrece la prueba de que el
hombre es omnipotente. Casi omnipotente
Yo he tenido siempre un respeto sagrado a los enfermos, a los minusválidos, a cuantos han
nacido maniatados por la Naturaleza. Pero más que respeto es asombro y admiración lo que siento por
aquellos que logran superar esa amargura y cuyo coraje es más fuerte que su enfermedad
Decía Pascal que el hombre es una caña. A mí me parece más bien una barra de acero que, si
está sostenida por un alma entera, jamás será doblada por la adversidad
Claro que hace falta mucho coraje para ello. Hay demasiada gente que se dedica a mendigar
compasión, a pedir que los demás les presten muletas, cuando sólo su voluntad podría curarles.
Aunque, ¿cómo pedir a los enfermos más de lo que hacemos los sanos? Lo malo es que un sano
mediocre puede ir tirando. Un enfermo mediocre se hunde. Ellos necesitan el doble coraje que
nosotros. ¡Pero qué grandes cuando lo consiguen!
A mí siempre me maravillaba mucho el que Jesús, antes de curar al paralítico, le preguntara:
«¿Quieres curarte?» Se diría que es una cuestión tonta. ¿Cómo no va a querer curarse? Y, sin
embargo, lo cierto es que hay quienes se acurrucan en su enfermedad o en su trauma y terminan por
acariciarla como a un perro querido. Enarbolar el alma, querer curarse es, nace parece, la mejor de
las medicinas. Y, aunque parezca absurdo, no la más usada
Hay desgraciadamente en el mundo demasiadas personas que se dedican a lamer sus propias
llagas, en lugar de ponerse en pie a pesar de ellas. O gracias a ellas. Gentes que se escudan detrás de
la mala suerte o de las dificultades de la vida. Pero a mí me parece que la verdadera mala suerte es la
de los que no usan su alma entera
Dicen los científicos que el hombre sólo usa el diez por ciento de su cerebro. Lo peor es que
también usamos sólo el diez por ciento de nuestra voluntad. Un hombre valiente levanta el inundo con
sus manos. O consigue, cuando menos, encontrar felicidad suficiente, aun estando aplastado por el
mundo. ¿De veras hay alguien que crea que la felicidad depende de lo bien que le salen a uno las
cosas? ¿Es que los más ricos, los más listos, los más guapos, los más sanos, son los más felices?
Sí, sí, ya sé que sin un mínimo de dinero, de salud o de inteligencia es casi imposible la
felicidad. Pero sé también que el dinero o la inteligencia pueden multiplicar por dos la felicidad,
mientras que
el coraje puede multiplicarla por diez. No hay mejor lotería que las ganas de vivir
Euclides pedía un punto de apoyo, con el que se sentía capaz de levantar en vilo al mundo. Pues
bien, ese punto de apoyo existe. y es la voluntad del hombre
51.- Sardinas con chocolate
yo sé muy bien que si comenzara este artículo diciendo que las angustias que en muchos hogares
se están pasando ahora tienen la contrapartida positiva de que los niños se habituarán a conocer en
su infancia la aspereza del mundo, alguien saldría en seguida llamándome salvaje. ¿Cómo va a ser
bueno que los pequeños lo pasen mal en sus primeros años?
Y, sin embargo, ustedes me van a permitir que escriba que durante años pasados yo siempre tenía
compasión de todos esos niños que jamás podían tener esperanzas porque sus padres les concedían
todo antes incluso de que lo esperasen. Esos chiquillos a los que ya no se sabía qué juguete
comprarles porque los tenían todos. Esos diosecillos a quienes jamás se negaba un capricho. Esos
pequeños, educados como plátanos, o como cajones en los que se transporta una cristalería que
pudiera quebrarse al primer golpe. Muchas veces me pregunté qué sería de ellos el día que llegaran
las primeras estrecheces, educados como estaban en una total incapacidad de dolor. Porque ¿hay
alguien que crea que el dolor no llegará antes o después?
Yo he hablado muchas veces en esta página de mi infancia feliz. Pero no me gustaría que ustedes
confundieran felicidad con facilidad o alegría con falta de asperezas. Eso, en la familia de un
modesto funcionario como era mi padre y en la Espaíía de los años cuarenta, hubiera sido un absoluto
imposible. El gran don de mis padres no fue, en realidad, impedir que yo sufriera, sino lograr que mis
ganas de vivir fueran siempre superiores a mis problemas y que yo aprendiera, ya desde pequeño, a
colocar el dolor en su debido y secundario sitio, sobre todo porque siempre supe que no me
encontraría solo a la hora de sufrir y que siempre contaría con más motivos de gozo que de amargura
A veces, cuando recuerdo ciertas escenas de mi infancia, me asombra el que yo las -tomara tan
deportiva y alegremente; que jamás lograran amargarme; que yo encontrara, incluso, en ellas más
motivos para superarme que para acomplejarme
Recuerdo, por ejemplo, el hambre y el frío que pasamos en mi seminario. Si yo fuera
ahora un «escritor de gafas negras» podría escribir sobre aquellos años una novela de Dickens.
Algunos que vivieron situaciones muy parecidas a las mías han escrito feroces libros sobre sus
maestros y sus centros de estudio. Yo tengo, naturalmente, algunos recuerdos negros, pero creo
que mentiría si dijera que el conjunto de mis profesores fueron «domines Cabra» o enemigos de mi
alegría. IL seminario distaba objetivamente de ser un paraíso. Pero ¿cómo negar que, para mí, lo fue
o que, al menos, sobreabundó la alegría?
Tomábamos a juerga nuestros sabañones, aquel espantoso frío que pasábamos. El seminario de
Astorga, con sus paredes de dos metros y la temperatura de una ciudad a muchos metros de altura,
era literalmente una nevera. Recuerdo que, durante los inviernos, teníamos que lavarnos todos los
días después de romper la capa de hielo que había en nuestros jarrones de agua, ya que allí ni el
agua corriente ni la calefacción se conocían
Y ¿qué decir del hambre? Hoy tengo veneración por aquel mayordomo que debía encontrar cada
día ---en aquellos años de racionamiento y escasez de todo-- comida para cuatrocientos
estudiantes. Lo que conseguía era bazofia. Pero a nosotros nos sabía a ambrosía celestial
Recuerdo aún la cara de mi madre la mañana en que me preguntó qué había desayunado.
«Sardinas con chocolate», respondí yo. «¿Qué has dicho?» Yo le expliqué que al chocolate con agua
y treinta gramos de pan que nos daban cada mañana (Astorga es la ciudad del chocolate) le habían
añadido una sardina en aceite para cada uno, ya que alguien había regalado al seminario unos cientos
de latas y con ellas reforzaban aquel único desayuno que nos debía mantener desde las ocho de la
mañana hasta la comida de las dos. ¿Qué hacíamos nosotros entonces? Lo tomábamos a juerga y
metíamos las sardinas en el chocolate haciendo apuestas sobre cuánto tardaría en resbalar el
chocolate sobre la piel aceitosa de la sardina. Con lo que nos alimentábamos poco, pero nos reíamos
muchísimo
Pero ya he dicho que lo mejor era saber que uno nunca sufriría solo. Yo hice externo los tres
primeros años seminarísticos y recuerdo que teníamos la misa de cada mañana a las seis y media,
con lo que el chavalín de diez años que yo era debía enfrentarme cada día con el gélido frío de las
seis de la mañana astorgana. Y como allí nevaba un día sí y otro también, me tocaba a mí estrenar
casi todos los días la sábana nevada de mi calle
Mas mi madre no soportaba que yo me fuera solo a esas horas por las calles y me acompañaba yendo ella a misa de seis- hasta una iglesia cercana al seminario
Recuerdo que salíamos los dos, bien envueltos en bufandas, y mi madre entonces me decía: «Tú
pon los pies donde yo pise. Así tendrás menos frío.» Y así íbamos poniendo yo mi bota donde ella
había puesto sus zapatos y dejando a los menos madrugadores la tarea de resolver la incógnita de
quién habría hecho aquella extraña huella con tachuelas de bota de niño y tacón de mujer. Hoy yo sé
que el hecho de que mi madre pisase antes no quitaba ni un átomo de frío a mis pies. Pero mi
corazón se calentaba con aquella absurda y maravillosa idea de mi madre
Tal vez por eso, aún hoy, cuando camino por la vida, sigo sintiendo que alguien pisa delante de mí,
me va quitando el frío de este mundo; tal vez por eso nunca he estado solo
52. La gran pregunta
Hay -creo- una gran pregunta que todo hombre debe responder para poder asegurar que tiene
los pies puestos sobre la tierra; una pregunta que, al menos a mí, me ha torturado desde hace ya
cuarenta altos. La pregunta es la de si el hombre es bueno o malo, o -más sencillamente- lo que
pensamos de la humanidad o, si se prefiere, de la gente
Es ésta una cuestión que tiene, probablemente, tantas respuestas como personas hay en el
mundo. Pero de ellas depende, en gran parte, nuestra postura ante la vida
Me empuja a pensar todo esto un libro recientemente publicado -33 viajes alrededor del yo, por
José Carol-, en el que 33 personalidades del mundo de la cultura responden a una cadena de
preguntas, una de las cuales es: «¿Qué opinión le merece la gente?»
Como era de prever, las respuestas optimistas escasean. Sólo son cuatro. La gente es
«inmejorable», según Augusto Assía; es «buena, con reservas», para Enrique Guitard; Amando de
Miguel opina que «hay pocas personas malas, y que casi todas son interesantes», y Jaime Salom
afirma que tiene «gran amor a la gente en general y a las personas que le rodean en particular»
Son muchas más las respuestas pesimistas y se subdividen en varios grupos. Las amargas: la
opinión que de la gente tiene Carlos Barral es «pésima», Gironella tiene «en general mala opinión, ya
que los instintos continúan prevaleciendo sobre la razón y los buenos sentimientos». A Carmen
Kurtz «en general la gente le aterra». Y Buero Vallejo tiene de la gente «una opinión no buena», si
bien añade que «con confortables excepciones»
Hay después un segundo grupo que adopta ante la gente posturas despectivo-compasivas. Para Pérez
de Tudela, el problema de la gente es que es «como unos pocos quieren que sea» La gente, en rigor,
es para él «veleidosa y gregaria. Es gente». Pablo Serrano asegura que «abunda más la pobre gente».
José María Subirachs la encuentra «bastante mediocre»
Pero tal vez el grupo más común es el que distingue entre «la gente» y tal o cual persona, para
ofrecer una visión negativa de la multitud y otra más positiva de los individuos. Miguel Delibes
asegura que su opinión sobre los hombres «uno a uno es buena. En multitud, deplorables. Mingote
asegura que «la gente le parece lamentable. Luego están Fulano, Mengano y Zutano, que ya son
otra cosa». Casi lo mismo repite Montsalvatge- «En grupo, la multitud me molesta.
Individualmente tiendo a considerar de un modo favorable a las personas.» Algo más sarcástica es
la respuesta de Paco Umbral: su opinión de la gente es, «en general, mala; en particular, buena.
Aunque a veces es al contrarios. Mercedes Salisachs pertenece también a este grupo, aun cuando
añada formas religiosas de sublimación- «La gente es una masa ambigua compuesta de personas a
las que uno llega a querer cuando no olvidamos que son hijos de Dios.» Y Juan Perucho dice lo
mismo con una nueva carga conmovedora: «Generalmente, la gente me molesta. A veces, cuando me
fijo en ellos, me inunda una imprevisible piedad, vasta y angustiosa.»
Creo que en las respuestas que he transcrito hay un abundante material de análisis y
meditación, y que esas frases casi describen más a sus autores que a la misma realidad que tratan
de valorar
Si yo me miro a mí mismo he de responder que, a lo largo de mi vida, he ido cambiando
constantemente de visión de las personas que me rodean, de la gente
De pequeño, todo el mundo me parecía bueno. Había algunas excepciones -la borracha que vivía
en la esquina de mi calle, los niños que rompían bombillas y escaparates-, pero eran mínimas y
rarísimas
En mí adolescencia me fui al otro extremo: el mundo era una montaña de maldad, los hombres
éramos pura podredumbre. Recuerdo que por aquellas fechas escribí un poema en el que un verso
decía «que tan sólo me perdono el ser hombre porque Cristo lo ha sido». Es decir, sólo la
humanidad de Cristo me reconciliaba con la condición humana
Más tarde, cura joven ya, pasé a hacer esa distinción entre la gente en general y las personas
en particular. Recuerdo que en una de mis novelas se pintaba a un cura --que en esto era un
reflejo mío personalísimo- que era muy duro y exigente cuando hablaba en el púlpito, pero que se
volvía todo piedad y comprensión cuando, en el confesonario, se encontraba con personas y
pecadores concretos
Después pensé que ésta era una distinción hermosa y bastante cómoda. Pero insuficiente, porque
la multitud no era sino una suma de personas, y yo tendría que amar a la gente si amaba a los hombres
uno a uno. Si como multitud los descalificaba, era porque yo no sabía ver, en la suma total, la verdad
de cada uno de ellos
Por eso pasé a la visión compasiva de los hombres. Recuerdo que un personaje mío teatral
aseguraba que «los hombres no son buenos, pero tampoco malos; son simplemente un poco tontos».
Este «tontos» era más compasivo que despectivo. Porque yo veía entonces a la humanidad como un
gran grupo de niños que se ensucian jugando
Hoy creo que, poco a poco, va avanzando en mí la visión luminosa y positiva de la humanidad. Creo,
efectivamente, que en el mundo hay bien y mal, pero que sobreabunda el bien, aunque a veces el mal
se vea más, sólo porque es más chillón. Lo mismo que creo que los hombres hacemos el mal más por
torpeza, por inconsciencia, por precipitación, que por simple maldad. A veces me llevo desencantos y
coscorrones cuando trato con la gente. Pero sigo creyendo que es preferible llevarse una desilusión al
mes por haber confiado en la gente que pasarse la vida a la defensiva por creer que uno está rodeado
de monstruos
53. El incendio
Los hombres, ¿son buenos o malos? En este cuadernillo de apuntes quedaba la semana pasada
planteada esta pregunta. Y dicho que a mí ese problema me había asediado desde hace ya cuarenta
años. Tal- vez alguien pensó que cuarenta años eran demasiados, que ya serían menos, que no es
lógico que al crío de doce años que yo era por entonces esa pregunta le asediara. Y, sin embargo, es
cierto. Porque en casi todas las infancias hay un día que parte en dos nuestras vidas, aunque sólo
nos demos cuenta de ello mucho más tarde. Para mí ese día fue el 16 de marzo de 1943, el día que
se incendió mi casa
Hacía sólo mes y medio que había entrado yo interno en el seminario de Astorga cuando, una
mañana, según bajábamos a la tempranísima misa, un compañero me dijo- «Esta noche ha habido
fuego cerca de tu casa.» Yo reaccioné con el típico egoísmo de los niños-. cerca de mi casa no era mi
casa. Y apenas dediqué unos segundos a preguntarme dónde podría haber sido el incendio
Horas más tarde, cuando, después del desayuno, entrábamos en el salón de estudio, me encontré
a la puerta del mismo al rector del seminario. «Me han dicho ---dijo- que ha habido esta noche
fuego, no sé si en tu casa o en alguna vecina. ¿Por qué no subes al piso de arriba y lo ves?» Y es que
desde el último piso del seminario, se veía perfectamente la parte posterior de mi casa, sólo a unos
cien metros
Me dejó subir solo. Yo tenía doce años. Era débil y tímido. Hoy me vuelvo a ver subiendo aquellas
escaleras, con el temblor ya en el corazón, como si presintiera lo que iba a ver, lo que venía alejando
de mí desde que me lo anunciara aquel compañero
Vi mi casa convertida en un montón de escombros. La galería vuelta una pavesa. Las vigas
desmochadas. Un hueco negro gritando en la mañana
Yo estaba solo. Con mis doce años aplastados. Con los ojos extraviados, a los que se negaban a
subir las caritativas lágrimas, temblando. ¿Cuánto tiempo estuve allí mirando hipnotizado? No lo sé.
Sé que un buen rato más tarde alguien llegó hasta mis espaldas (más tarde supe que era el padre
espiritual) y que dos voces femeninas llegaron desde la calle a mis oídos. «Mis hermanas», grité. El
que había llegado se asomó a la ventana -yo era muy pequeño, no llegaba al alféizar- y me dijo que sí,
que venían dos chicas con los abrigos rojo y azul. «Sí, mis hermanas», dije. Y corrí escaleras abajo
El rector estaba aún en el mismo pasillo. «Sí, era mi casa», le dije antes de que me preguntara. Y
añadí. «Y ahí están mis hermanas.» No recuerdo que el rector hiciera un solo gesto de compasión. Sé
que me dijo: «Vete al estudio y ya te llamarán.» Lo hice. Me derribé sobre el pupitre, llorando al fin.
Acababa de darme cuenta de que no sabía si mis padres estarían vivos
Mientras tanto, mis hermanas habían llegado a la portería del seminario y el portero -que era un
buenazo y me quería mucho- les dijo ingenuamente: «¿Para qué vais a darle un disgusto al niño? El no
se va a enterar. Mejor es que le dejéis tranquilos Tal vez él, subconscientemente, estaba dándose
cuenta de que aquélla «no era hora de visitas». Y yo me quedé en el estudio esperando aquella
llamada que nunca llegaría
Tuve tres clases aquella mañana y la llamada no llegó. Yo percibía que todos los profesores me
miraban de un modo compasivo, pero ni a preguntar me atrevía. Sólo a través de los externos iba
sabiendo, a retazos, parte de lo ocurrido, mezclado con mil rumores catastrofistas como los que
siempre surgen en cualquier suceso en una pequeña ciudad
Sólo a mediodía, cuando vino a verme mi hermano, supe que la catástrofe había sido absoluta
para mi familia, pero que todos los de casa estaban bien. No tenían ni ropa que ponerse -porque
habían huido a medianoche en pijamas y camisones--, no sabían dónde podrían dormir, pero todos
estaban sanos, unidos y valientes
En cuanto a mí, creo que aquella mañana crecí muchos años. Y la cabeza se me llenó de preguntas.
¿Por qué aquel rector no se tomó la mínima molestia de comprobar si había sido mi casa la
incendiada? ¿Por qué me envió a mí a verlo con mis ojos? ¿Por qué no me acompañó hasta el piso de
arriba? ¿Por qué no se preocupó de si yo habría llegado a ver a mis hermanas? ¿Por qué no me cogió
de la mano y me llevó a ver a mis padres, cuando mi casa no distaba ni trescientos metros?
Son preguntas a las que entonces no encontré respuesta. ¿Acaso aquel rector me odiaba? ¿Era
una mala persona? No. No. Tengo de él otros recuerdos positivos. Pienso sencillamente que no supo
ponerse en mi alma. Que se trataba de un hombre insensible y que jamás pudo imaginarse que
cuarenta años después aún me sangraría a mí el alma por aquella herida. Creo que le venció el afán
reglamentista. Quiso tal vez endurecerme, hacerme capaz de soportar el dolor. Lo hizo
posiblemente con fines educativos. Hoy no guardo hacia él rencor alguno. Sólo una ancha compasión
¿Por qué cuento todo esto? Porque estoy convencido de que de cada cien errores humanos,
noventa y cinco los cometemos por falta de atención, no por maldad. Los hombres somos más tontos
que pecadores, más mediocres que malvados. Y hacemos casi siempre el mal por inadvertencia.
Aunque como consecuencia un niño viera golpeada su infancia y se quedara allí, paralizado, viendo el
esqueleto de su casa convertido en carbones y se preguntara qué sería de todos sus libros, de todos
sus cuentos, de sus juguetes, de toda la primera parte de mi infancia que aquel día murió
54. La casa prestada
El pasado domingo conté en este cuadernillo la historia del incendio de mi casa, vista desde la
altura del pequeño corazón que yo entonces tenía. Pero un suceso como ése tiene siempre en las
pequeñas ciudades -y mi Astorga infantil lo era- un ancho resonar de muchas vibraciones. Y así fue
como aquella tragedia familiar me permitió a mí, niño, explorar numerosos continentes desconocidos
dentro del alma humana. Descubrí, por ejemplo, la para mí inexplicable voracidad de los que se
aprovechan de la desgracia ajena: ¿quién, por ejemplo, robó aquel reloj que pendía de un clavo en
una pared que quedó intacta y en la que el clavo permaneció allí como una denuncia del artero
ladrón? Entendí, por ejemplo, las anchas zonas de irracionalidad que hay en el hombre cuando el
miedo le domina-. me río aún de la persona que, queriendo ayudarnos, tiró desde un segundo piso lo
más preciado que en casa teníamos, una estupenda vajilla de la abuela. Comprendí qué falsos son los
refranes que anuncian que no hay amigos en la hora de la desgracia: veo aún a aquel sacerdote -sólo
desde aquel día conocido y amigo- que, ensotanado y con manteo, entró varias veces en la casa en
llamas para ayudar a los míos
Sí, aprendí muchas cosas aquel día, Pero una sobre todas. Porque en mi Astorga infantil la gente
se quería (aunque a veces, como se verá, se mezclasen al amor otros sentimientos), y así, a las pocas
horas del incendio teníamos ya el, ofrecimiento de varias casas en las que cobijarnos y todas ellas
sin que nadie hablara siquiera de dinero, ¿Quién dijo que el egoísmo es el rey del mundo?
Recuerdo que, entre las casas ofrecidas, había una que entusiasmó a mi madre: ¡tenía jardín! No
habían pasado aún doce horas del incendio que nos dejó en la calle y ya habían empezado a
descubrir los míos que Dios tiene a veces extraños caminos para conducirnos a la felicidad. Era la
casa más hermosa que he visto en mi vida. largos pasillos encerados por los que casi podría patinar;
una enorme galería tan luminosa que se diría que no estaba hecha para tomar el sol, sino que el sol
se había fabricado para iluminar aquella galería. ¡Y unas estanterías vacías de libros, que parecían
soñar los que yo empezaría a comprar en cuanto nos repusiéramos y que me harían olvidar los que se
me habían muerto en el incendio! El cielo, pensé, no debe de ser muy distinto
Y como mi gente es bastante especial, ya a primeras horas de la tarde empezaron a olvidarse del
incendio y se entregaron apasionadamente a la tarea de preparar la nueva casa. Mi madre reunió a
mis hermanos (yo estaba en el seminario y supe todo esto más tarde) y les dijo que había que
limpiar la casa muy de prisa y ordenar los muebles que nos habían prestado, de tal manera que al
atardecer, cuando mi padre regresara de su trabajo, se encontrara ya la casa puesta y vividera,
como si realmente nada nos hubiera ocurrido
"s cuatro se entregaron apasionadamente a la tarea: barrieron, fregaron, limpiaron, sacaron
brillo a suelos y metales. Se olvidaron de su cansancio (apenas habían dormido, porque el incendio se
produjo a las dos y media de la noche) y se reían pensando en la cara de sorpresa que mi padre
pondría cuando, al regresar del Juzgado, se encontrara con que todo estaba listo para seguir
viviendo. A las siete y media tenía que estar no sólo limpia la nueva casa, sino puesto incluso en la
mesa el café con leche que mi padre merendaba al llegar del trabajo
«Ya viene, ya viene», gritó mi hermana la pequeña desde la ventana cuando le vio Regar. Y todos
se prepararon para disfrutar con el gozo que, sin duda, aparecería en el rostro de mi padre
Pero él miró todo con sonrisa triste. Y dijo sólo: «Lo siento, pero tenemos que dejar ahora mismo
esta casa.» Los míos no entendían. Y aún les costó mucho terminar de comprender cuando mi padre
explicó que acababa de saber que la persona que nos había prestado la casa tenía un pleito en el
juzgado. «Yo sé que él no nos la ha prestado para comprar mi ayuda, pero yo no puedo aceptar en
este momento ningún favor suyo.»
Sé que mi madre lloró, que intentó decir a mi padre que comprendería esta decisión si él hubiera
sido juez, pero siendo tan sólo secretario, ¿en qué podía él influir en la sentencia? Pero nadie logró
convencerle. Derrengados como estaban, mi madre y mis hermanos abandonaron la casa en aquel
mismo momento, sin dormir en ella una sola noche
Recuerdo cuánto creció en mí la admiración hacia mi padre cuando lo supe. Aunque muchos años
más tarde aún seguía mi madre soñando en aquella casa con sol y jardín en la que no llegó a vivir
55. Los niños de la guerra
El primer muerto de mi vida lo vi el 20 de julio de 1936. Aún no había cumplido yo los seis años,
pero tengo de él una memoria desmesuradamente lúcida
La víspera había ocurrido algo para mí desgarrador. Era domingo. Por la mañana había estado
jugando al balón en la Eragudina (en Astorga) con un grupo de amigos. Y cuando, sudorosos,
descamisados, felices, regresábamos a casa, nos dimos casi de bruces con la plaza Mayor de la
ciudad repleta de camiones con mineros armados. No sé si me impresionaron más sus caras hoscas y
amenazantes o los toscos fusiles que empujaban. Sé que corrí hacia casa apretando el balón contra
el pecho, como un hijo, como si alguien (inexistente) me persiguiera e intentara quitármelo. ¿Era el
balón de mi infancia lo que yo defendía? ¿Había empezado a intuir ya que algo iba a quebrarse
dentro de mí aquel día? ¿Empezaba a descubrir que las manos del hombre cuando verdaderamente se
ensucian es cuando se prolongan en un arma, sea cual sea la causa que se pretenda defender? Corrí.
Corrí
Más tarde vi a mi padre, pegada la oreja a un viejo armatoste de radio en el que trataba de oír
noticias que yo no lograba entender. Y horas después mis ojos se abrieron como platos viendo pasar,
bajo el mirador de mi casa, un regimiento de soldados que avanzaban contra los fusiles que yo viera,
a la mañana, en la plaza. Luego oí una larga serie de ráfagas de disparos. Al fin un terrible silencio
En la cena, mis padres cuchichearon algo sobre la muerte y yo logré entender el nombre de
Gerardito, aunque aún sin relacionarlo con aquélla. Después mi madre me acostó, más mimosa que
nunca, y yo tardé varias horas en dormirme, esperando oír nuevos disparos que nunca llegaron
A la mañana siguiente, lunes ya, no fui a la escuela y alguien me explicó la muerte de Gerardito:
los mineros y algunas docenas de «rojos» (así decían) se habían hecho fuertes en el Ayuntamiento
y, desde él, habían entablado un tiroteo con los soldados que les cercaban. Una bala perdida había
penetrado en el balcón frontero, desde el que Gerardito curioseaba. Y la misma bala le había
matado a él y al Sagrado Corazón de yeso, que cayó y se hizo añicos junto al cuerpo de mi amigo
Yo había conocido a Gerardito precisamente en aquel balcón, el Viernes Santo anterior, cuando
presenciábamos juntos «la carrera de San Juanín»
Porque en mi Astorga infantil la Semana Santa tenía una mezcla de respeto sagrado y de gozoso
tebeo de aventuras. Subía el Nazareno por la calle de Santocildes y se encontraba en la plaza Mayor
con «San Juanín», una talla ligera de San Juan adolescente. Tras contemplar al Cristo dolorido, los
cuatro portadores del apóstol atravesaban corriendo -todo lo que les permitían sus piernas portando
la estatua- la plaza para ir a avisar a la Dolorosa de San Bartolo de que Cristo marchaba hacia la
cruz. Venía entonces la Virgen, asaeteada de cuchillos, para encontrarse en el centro de la plaza con
su Hijo, mientras los ojos de todos los que asistíamos se llenaban de lágrimas
Recuerdo aún las de Gerardito, que era mayor que yo, aquel Viernes Santo de 1936. También lloré
yo sin saber muy bien por qué. Sólo lo entendí meses más tarde, cuando vi a mi amigo, tieso, en su
caja blanca, más dormido que muerto, con cara de preguntarse por qué aquella bala perdida le
convertía en víctima de una guerra que él no llegó a entender
Yo empezaba a comprender al verle muerto. Tal vez por eso no lloré. Ya lo había hecho,
anticipadamente, el Viernes Santo. Sólo me pregunté quién habría sido el San Juanín que avisara de
su muerte a la madre de mi amigo
Y ante su cadáver comencé a descubrir que en las guerras mueren siempre muchos más de los
que mueren. Yo estaba un poco muerto. Veía alejarse una ancha franja de mi infancia, enterrada
seguramente en la misma caja que Gerardito. Entendí que los niños de la guerra ya nunca volveríamos
a ser niños del todo. Que era lo mismo que la ganaran unos u otros. Que, en todo caso, las víctimas
seríamos todos, porque los muertos no tienen partido ni color
Recuerdo, eso sí, que después de ver a mi amigo muerto me entró una loca curiosidad por ver el
«cuerpo» de aquel Sagrado Corazón que había querido «morir» junto al pequeño. Me pareció lógico.
Pero no logré descubrir por qué aquel año habíamos tenido dos Viernes Santos
56.-
"Mete la espada en la vaina"
Un lector de estos apuntes me envía una «estampa» del «Cristo guerrilleros en la que aparece
un Jesús de rostro endurecido (más bien parece «Che» Guevara), tras cuyo hombro izquierdo apunta
el cañón de una metralleta. Mi amigo ha escrito bajo la imagen. «Mete la espada en la vaina.» Y me
pide que escriba un comentario. Pero ¿cuál mejor que esa frase con la que el propio Cristo
estigmatizó para siempre toda violencia?
Diré sencillamente que a mí me sería completamente imposible rezar ante ese Cristo (lo
mismo que no sé hacerlo ante muchos de los tradicionales «Cristos pasteleros» y dulzarrastros de las
viejas estampitas), porque no creo que tenga mucho que ver con el que nos describen los Evangelios.
Jesús vivió en un «tiempo de espadas», en años violentos en los que sus paisanos solían llevar
permanentemente la «sica» (el puñal curvo que dio nombre a los «sicarios» y probablemente al
Iscariote) al cinto, hasta el punto de que, según ilustres rabinos, el arma era lo único que podía
transportarse en sábado porque «formaba parte del vestido habitual de los varones». Pero Jesús no
era, no fue nunca, partidario de las espadas. La Iglesia primitiva lo entendió muy bien, descubriendo
que oficio cristiano puede ser el de morir, no el de matar
Pero no quiero caer yo aquí en la gran trampa en que caen muchos antibelicistas: enfadarse
sólo con la «gran» violencia, protestar sólo contra los dueños de las bombas, creer que la única
manera de construir la paz es ir a ciertas manifestaciones
A mí me preocupa mucho más «la violencia nuestra de cada día». Porque la verdad es no sólo
que todos tenemos una espada, sino también que vivimos con las almas desenvainadas. La agresividad
se ha hecho dueña de la vida cotidiana. Y, con la disculpa de que en el mundo «o pisas o te pisan»,
todos procuramos rodear nuestro entorno de pisotones. Hablamos de «violencia defensiva», pero,
como creemos que «el que da primero da dos veces», pasamos a la ofensiva antes de que alguien haya
pensado en agredirnos.
¿De dónde nos surge la violencia? Es un arma que tiene el egoísmo como empuñadura, la lengua
como filo, como motor el miedo. Somos agresivos porque tenemos miedo, porque no estamos seguros
de nosotros mismos, porque creemos que la existencia del prójimo es un límite para nuestra
pequeñez, en lugar de ser, como es, una ocasión para nuestra multiplicación
Y así es como somos violentos en nuestro modo de racionar la sonrisa. La mayoría de nuestros
contemporáneos viven estirados, como si se hubieran tragado su espada, como si pudieran herirse si
sonríen
Somos violentos en nuestro lenguaje. ¿Han pensado ustedes que el idioma castellano es el más
agresivo de los europeos? Nuestro diccionario es el más abundante en «tacos». Y sólo la palabra pepunto tiene en él la friolera de sesenta sinónimos
Somos violentos en nuestro tono. El español habla siempre con la palabra cargada, y basta con
acentuar un poquito los vocablos más inocentes y elogiosos (listo, inteligente, puro, etc.) para que se
conviertan en insulto
Somos violentos en nuestra concepción de la vida. Nos hemos aprendido que aquí «bastos son
triunfos» y aplicamos a diario aquel triste refrán- «Lanzaenpuño se metió se metió por lo ajeno y
recobró lo suyo. Y a Migasblandas le llevaron su hacienda en volandas.» Y todos nos convertimos en
«lanzaenpuños»
Usamos la espada en el humor. Esta «inocente sonrisa» es, en España, casi siempre sal gorda, ironía,
sarcasmo, vinagre. A cada palabra irónica le añadimos siempre, como condimento, «el dulce placer de
hacer daño»
Somos agresivos en la memoria, vivimos de lamer nuestras viejas heridas. Y hasta hemos
«santificado» el odioso «perdono, pero no olvido»
Creemos incluso que la intransigencia puede ser una virtud. Hay quienes hablan de la «santa
intransigencia», olvidando aquella vieja sabiduría cristiana que asegura que «corazones quiere Dios;
hígados, no»
Dicen que hay curas que aconsejan a sus pacientes que vayan al fútbol para insultar al árbitro
y poder así soportar mejor a sus mujeres. Lo mismo que aseguran que la razón por la que ahora las
criadas aguantan menos en las casas es porque hay en ellas colchones que no necesitan mullirse a
puñetazos, con los que las antiguas se desahogaban
Bromas aparte, creo que el mundo cambiaría con que todos envainásemos el alma, siguiendo el
consejo de Jesús. Con ella en la mano, en primer lugar el que pierde la oreja es el pobre Malco del
Evangelio, que no era ni siquiera un soldado, sino un pobre criado de Caifás. Y en segundo lugar
caminamos todos por la vida llenos de heridas, porque la violencia es como Saturno, devora ante todo
a los propios hijos
57.- El vestido en el arcón
¿Es necesario que la muerte se lleve a nuestros seres queridos para que empecemos a darnos
cuenta de lo que teníamos a nuestro lado?
Hace meses me contaba un amigo, cuya esposa había muerto pocas semanas antes, que
revolviendo los viejos arcones de la muerta se había llevado una monumental sorpresa al encontrar
en uno de ellos un vestido de novia. ¿Cómo, si ellos se habían casado con traje de calle? Recordaba
aún que habían tenido, por esto, un disgusto de novios. Porque ella estaba encaprichada en casarse
de blanco. Pero él se había impuesto: No, no, eso era una cursilada pasada de moda
Y ahora, catorce años más tarde, encontraba en el arcón aquel vestido. ¿Es que su esposa llegó a
comprarlo antes de casarse y nunca se atrevió a decírselo a él, en vista de su oposición?
Días después mi amigo logró arrancar a sus hijos un secreto que también ellos guardaban
celosamente: su madre no había perdido nunca la vieja ilusión. A veces, incluso, se ponía en casa
aquel vestido que no pudo estrenar en su boda. Y terminaba siempre con lágrimas en los ojos
Lloraba también mi amigo al contármelo. Y se daba de golpes ahora que descubría -tarde, ¡ay!- que
una intransigencia suya había herido durante tantos años una de las fibras del alma de la mujer
querida. «¡Ah -me decía-, si yo pudiera volver a casarme hoy con ella! »
Conté a mi amigo que su historia coincidía, casi literalmente, con la del protagonista de una obra
teatral de Hugo Betti, El jugador, que también descubría la verdad de su esposa cuando ella había ya
muerto. Una mujer débil, aplastada por un hombre de enorme personalidad, que se pasó la vida
ocultando sus debilidades ---sus medicinas, sus caprichos- para no decepcionar al gigante con el que
se había casado. Una mujer a la que este gigante no llegó a ver, ni a conocer, porque era tan grande
que sólo veía «de lejos»: lo que tenía a su lado no lo percibía. Y tendría que venir la muerte para
descubrirle que su mujer era infinitamente más amable de lo que él creyó. Y empezaría a enamorarse
verdaderamente de ella. cuando ya era tarde. Cuando podía, lo más, gritarle al infinito que la quería,
que quisiera casarse ahora plenamente con ella. Pero sin recibir ya otra cosa que el eco de sus gritos
Me impresiona descubrir qué ciegos estamos y cuántas veces son necesarias las lágrimas para
limpiar nuestros ojos de esa cortina de egoísmo que nos impide ver. Ortega decía que «los hombres
no vemos con los ojos, sino a través de ellos». Ortega pudo añadir que, como «vemos desde dentro»,
terminamos por vernos sólo a nosotros mismos, por no divisar otra cosa que nuestro gigantesco
egoísmo, El prójimo no existe para nuestra mirada. 0 existe borrosamente
Por eso tiene que faltar para que le descubramos. Cuando en los funerales decimos «qué bueno,
qué bueno era el fallecidos, no es que estemos mintiendo: es que por primera vez lo descubrimos en
plenitud
Yo siento una gran piedad hacia la mayor parte de las esposas de los grandes hombres-. tienen
tantas hazañas que realizar (construir puentes, escribir libros, defender pleitos) que acaban por
olvidarse de que nada hay tan importante como llevar a la mujer al cine o jugar a los trenes con los
niños
Pero tal vez todos somos grandes. en egoísmo, Por eso hay tantos divorcios de corazón, mujeres
abandonadas aunque con marido. Y viceversa
A4ún lector me dice que yo hablo mucho de la muerte. Es verdad: porque nada me enseña a vivir
tanto como ella. A su luz descubro que vivir corre prisa, que hay que quererse mucho en esta tierra
el poco tiempo que se nos conceda, que no vale la pena ignorarse y desconocerse para luego
lamentar, tras la partida, el no haberse querido lo suficiente. Yo hablo de la muerte porque, en
lugar de acoquinarme, me acicatear porque en vez de apocarme, me da unas tremendas ganas de
vivir y de amar
Recuerdo -y el lector me permitirá que también yo me confiese un poquito.- que los últimos años
que vivió mi padre en este mundo, mis viajes a Valladolid eran para él la mejor de las alegrías. Esos
eran para él los verdaderos domingos. Yo --que tenía entonces, como ahora, muchísimo trabajo-usaba los domingos para ponerme al día de artículos o conferencias atrasarlas. Y sólo iba a
Valladolid cada tres o cada cuatro semanas. Pero, al faltar mi padre, me di cuenta de cuántas
alegrías le había yo robado. Porque la verdad es que los hombres encontramos siempre tiempo para
todo lo que amamos. Me di cuenta cuando ya era tarde. Sólo me consuela pensar que en el cielo
todos los días son domingo
58.-
Caminar hacia el amanecer
En el escaparate de una agencia de viajes leo un anuncio en el que explican que el «Concorde»
sale de París a las once de la mañana y llega a Nueva York a las nueve y media de esa misma mañana.
Y, al leerlo, me doy cuenta de que ésa ha sido una ilusión de toda mi vida: viajar -vivir- en
«Concorde», es decir, caminando hacia el amanecer
Usted ya ha entendido, lector amigo, que estoy hablando metafóricamente. Que estoy
tratando de decir que así como hay hombres que viven de cara hacia la luz y hacia la vida, no faltan
los que caminan hacia la noche. Que uno puede elegir la orientación de su vida lo mismo que puede
darse la vuelta al mundo haciendo escalas en Estambul, Tokio, San Francisco, Nueva York y Madrid,
pero también partiendo hacia América y regresando por el Japón y Turquía
Y no me digan que, al fin y al cabo, la vuelta al mundo tiene por los dos lados idéntico número
de kilómetros, porque cualquiera que haya viajado en avión sabe qué distinto es caminar hacia
Oriente, comiéndose las horas, adentrándose en el anochecer casi sin haber saboreado la tarde, y
caminar hacia Occidente, estirando el tiempo, viajando en un amanecer interminable e incluso, como
en el caso del «Concorde», llegar «antes» de la hora en que se ha partido
Me encantan los hombres- «Concorde», los que no se tragan la vida, sino que la saborean, los
que caminan a contramuerte, los que no se dejan arrastrar por las horas, sino que las señorean
Hace días estuve comiendo con dos amigos y sus mujeres, que parecían encarnar esos dos
estilos de vida tan distintos, y creo que entendí un poco por qué una pareja era tan feliz en su
matrimonio y por qué la otra vivía con la crisis a cuestas. Los primeros sabían sacarle jugo al mundo:
durante el camino en coche no pararon de elogiar lo bonito del día, lo que les había gustado el
concierto que oyeron el día anterior; y durante la comida a ella le gustó todo lo que había pedido,
elogió a camareros y cocineros y el marido contó que siempre pagaba a gusto en los restaurantes
porque su mujer la gozaba experimentando platos nuevos y raros. Los segundos parecían el
contratipo: el servicio les había hecho no sé qué jugada la víspera; en el coche el marido había dejado
caer la ceniza en el vestido recién estrenado de ella, y en el restaurante optaron por pedir comida
«conservadora», los platos de siempre -nada de riesgos-, y al que no le faltaba sal le sobraba grasa. Y
el marido comentó que nunca salían a cenar fuera porque de cada cien restaurantes acertaban en uno
¿Es que el primero tenía mejor suerte que el segundo matrimonio? ¿Es que a unos les salía
todo bien y todo mal a los otros? No. Es que los primeros se dedicaban a saborear lo limpio de sus
vidas y lo hacían tan a fondo que ni se enteraban de los fallos, mientras que los segundos vivían con la
escopeta de la crítica cargada y ni se enteraban del sol que brillaba sobre sus cabezas
Un escritor puede quejarse de que tiene que escribir a todas horas. Otros (Santa Teresa y,
con perdón, este servidor) prefieren pensar que «ojalá supieran escribir con muchas manos». Una
madre de familia puede dejar que se agrie su vida sólo porque sus hijos le salen rebeldes, y otra
puede seguirles amando por la simple razón de que son sus hijos y con la certeza de que todo amor
es, antes o después, fecundo. Ya sé que con estas maneras de entender la vida no se consigue
prolongarla un solo minuto, pero sí hacerla muchísimo más sabrosa
Durante los pasados días de Pascua he pensado muchísimo -y con envidia- en Lázaro: ¡El sí que
tuvo que saber vivir cuando regresó de la muerte! ¡El sí que debió de vivir a contrarreloj de las horas!
Me lo imagino a veces saboreando el sol y también la lluvia y hasta los ventarrones y el frío. " veo
bebiendo respetuosamente el agua, despacito y a sorbos, como el más añejo de los vinos. Le sueño
dedicándose a querer, como si fuera un oficio, sabedor, como nadie, de que, precisamente porque la
vida es corta, hay que amarse a fondo y muy de prisa
Y no voy a añadir yo aquí esa tontería de que «el tiempo es oro», porque -como ha escrito
Cabodevilla- ése es el mayor insulto que puede hacérsele a la vida y al tiempo. ¿Oro? Muchísimo más.
No hay modo mejor de malgastar la una y el otro que dedicándose a acaparar dinero
Pues, efectivamente «se empieza ganando dinero para vivir y se acaba viviendo para ganar
dinero; primero se gasta la salud y la vida para acumular dinero, y luego se gasta el dinero para
recuperar la salud y alargar la vida»
¡Qué distinto, en cambio, el que entiende su vida como un lujo, aun cuando sólo fuéramos
reyes por un día, por unos pocos años! José María Valverde escribió un verso definitivo hablando de
la fugacidad de las cosas: «Mas ¿qué importa vivir, cuando se ha sido i y tanto! ? »
Pero es que nosotros somos -y un día, digámoslo sin miedo, habremos sido- nada menos que
hombres, frutos de¡ más importante de todos los rosales que el mundo ha procreado. ¿Qué fugacidad
podría robarnos este gozo?
59.- El dulce reino
Cuando ya le quedaban pocos años de vida, Bernanos escribió pudorosamente, en una carta a un
amigo, una frase que jamás se hubiera atrevido a estampar en uno de sus libros, pero que yo guardo
en mi memoria como un tesoro: «Cuando yo me haya muerto, decidle al dulce reino de la Tierra que le
amé mucho más de lo que nunca me he atrevido a decir.»
Me siento terriblemente retratado en esa frase. Y yo, que tengo mucho menos pudor que el gran
escritor francés, quiero decirlo aquí, porque me aterra esa calumnia de quienes dicen que los
creyentes no aman este mundo, que estamos tan pendientes del otro que contemplamos con
desinterés este pequeño, querido, dulce, apasionante reino de la Tierra
Ya sé que durante siglos los ascetas cristianos, para elogiar lo grande de lo que esperamos, han
menospreciado o parecido menospreciar la casa de esta tierra. ¡Cuántas veces no se habrá usado y
malusado -sacándola de su contexto- la afirmación de Santa Teresa, que definía la vida en el mundo
como «una mala noche en una mala posada»! Pero no hay desprecio alguno en la frase teresiana del
Camino de perfección, en la que la santa de Ávila, lejos de infravalorar la importancia del tiempo,
anima a sus monjas a soportar los dolores e inclemencias de lo pasajero. ¿Por qué se citan mucho
menos las frases de la misma santa en que llama «paraíso» a su conventillo de San José?
Recuerdo que, hace veinte años, al curita jansenista que yo era entonces (con toda el alma llena
de alfileres) casi le encandiló el poema, muy levemente heterodoxo, que Jorge Guillén dedica a
Lázaro,
a quien el poeta vallisoletano pinta desconcertado a su regreso de la muerte, al descubrir que casi le
gusta más este pequeño mundo que la vaga existencia que encontró en una muerte y una gloria que
era como demasiado grande para él. Descubre que en este mundo se encuentra «humildemente a
gusto». Sabe que aquí, «en esta calleja», él es «Lázaro de veras». Reconoce que «es allí donde está
el reino», al otro lado. Confiesa que desea gozar la visión divina. Pero descubre que le gustaría que el
otro mundo se pareciera mucho a éste. Se vuelve a Dios y mendiga:
«Si fuera / yo habitante de tu Gloria / a mí dámela tercena 1 más hastíos y más bosques / y
junto al mar sus arenas.» Se preguntaba humildemente angustiado si «cuando realice de nuevo el
gran viaje» perderá algo de lo que aquí tanto le gusta. Y reza para que la Bienaventuranza «salve las
suertes adversas / en que un hombre llega a ser / el hombre que Tú, Tú creas / tan humano»
Recuerdo, decía, que a mi curita le parecía una miniherejía eso de que alguien pareciera
menospreciar la Gran Gloria y prefiriera que ésta estuviera compuesta de muchas chiquitas
gloriecillas
Confesaré que al cura que hoy soy eso le parece mucho menos herético y que, en el fondo, hoy se
siente fraternalmente compartidor de tales deseos. Me gusta el reino de este mundo. Y este amor
no disminuye en nada mi deseo del Gran Reino, sólo que ya me lo imagino menos gélido, más
construido de estíos, bosques y arenas. ¿Acaso Dios estaría menos entre estas maravillas que entre
el juego de ángeles destilados?
Me he preguntado muchísimas veces si a Cristo le gustaría este mundo, si estaría deseando
regresar a su Padre. Y me respondo siempre que, sin duda, estuvo -como tantos místicos harían
después en menor escala- dividido entre los dos amores: el de esta tierra y estos hombres (hechos
por El y a imagen y semejanza suya) y la gran cruz deslumbradora de la eternidad. Seguro que el
conocer la felicidad elevada al cubo de la Gloria no hizo desmerecer ante sus ojos la belleza del sol
acostándose sobre el lago de Genezareth
Y al final de todos estos pensamientos -que los inquisidores descalificarían-, me consuelo
pensando que al Dios que nos hizo «tan humanos» no va a extrañarle demasiado que aspiremos
humanamente a un cielo en calderilla
A lo mejor arriba nos estiran el alma y nos descubren gozos que aquí no imaginamos. Pero
mientras estamos aquí, ¿por qué no amaríamos este mundo que El hizo tan a nuestra medida? Ni los
santos vivieron perpetuamente sobre el filo del cuchillo. Y ya Santa Teresa confesaba que
«cualquier alma, por perfecta que sea, ha de tener un desaguaderos
Sea, pues, como desaguadero o como virtud, me sentiré enamorado de este «dulce reino» y
pensaré que si Cristo se llevó su humanidad a la eternidad, a lo mejor me dejan llevarme a la otra
vida un tiesto de este mundo, y aunque ya sé que la visión de Dios no será cansada, a lo mejor,
cuando no sea capaz de ser sublime a todas horas, me dejan quedarme algunos siglos contemplando
mi tiesto
60. Enfermos de soledad
Creo que ya he comentado alguna vez que la más hermosa y la más desgarradora consecuencia de
este cuadernillo de apuntes es, para mí, la correspondencia. Hermosa porque, semana tras semana,
me demuestra que la gente -mucha gente, al menos- es mejor de lo que nos creemos: ¡Cuánto cariño,
cuánta fraternidad rebosan esas cartas! Pero he dicho también que es desgarrador porque una
buena parte de esa correspondencia rezuma soledad. Bastantes de los que me escriben son personas
que no saben con quién hablar, con quién desahogar su alma, y lo hacen conmigo porque encuentran en
esta página algo que ellos encuentran caliente. Hay mujeres casadas que me cuentan a mí lo que, el
parecer, no pueden explicar a sus maridos sin recibir una sonrisa despectiva o un «no te pongas
pasada». Ancianos que vuelcan en sus cartas lo que debería tener a sus hijos o nietos como
destinatarios. Gentes enfermas de soledad, la peste mayor que invade nuestro esplendoroso siglo
Pero entre todas esas cartas, las más conmovedoras son las de los adolescentes o quienes cruzan
la primera juventud. Es curioso: la tele, las discotecas, nos pintan una muchachada agresiva,
vitalista, abierta a todos los escándalos; pero basta quedarse en silencio con muchos de ellos para
descubrir que todo eso no es otra cosa que una careta, que por dentro están solos y muchas veces
tristes, que gritan y danzan frenéticamente para engañarse y aturdirse a sí mismos
Ser joven me parece que siempre fue difícil. Pero temo que hoy lo sea más que nunca. Hemos
educado, durante los años pasados, como plátanos a los niños, y de repente los lanzamos a la
realidad de un mundo superegoísta en el que ni cuentan con las muletas tradicionales que nos
sirvieron a nosotros en nuestra adolescencia ni tienen más horizontes verosímiles de desarrollo que
los de esperar a un golpe de fortuna. Recuerdo que el muchacho que yo era aspiraba a vivir «en
carne viva» en el sentido de ardor y entusiasmo, pero ahora veo que son los chicos de ahora quienes
viven «en carne viva», con todas las heridas al aire y sin la piel familiar que antaño, con su amor, nos
protegía a nosotros
Tengo sobre la mesa, entre otras, dos cartas de muchachos que describen a la perfección dos
estadios de esa soledad
La primera es de una muchacha que aún no ha entrado plenamente en la vida. No está aún llena
de heridas. Pero ya experimenta el vacío:
«A veces -dice- he intentado explicarme la causa de este desasosiego. ¿Quizá sea una tonta
crisis de un más tonto adolescente? No lo sé; sólo alcanzo a ver este vacío, este no saber qué seré,
esta falta de metas o, al menos, de metas poderosas. Necesito algo que día a día me obligue a
luchar, a reír, a vivir. Quizá lo que me falte sea un amigo, una amiga. Nunca los he tenido. Suelo dar
mucha confianza a la gente, me cuentan sus secretos, me piden ayuda, mas no he encontrado a nadie
en quién apoyarme con fuerza. Quizá yo sea un fracaso en uno de los aspectos más importantes del
hombre- la amistad.»
Como ustedes ven, el problema no es todavía muy grave.- es, más o menos, la misma soledad que
todos conocimos a los dieciséis o dieciocho años, y que es parte de la lucha por la vida. No existe
ninguna fruta que no haya sido ácida antes de su madurez. No existe ser humano que no haya
buscado a tientas la felicidad. Todos hemos vivido ese dramático desnivel que hay entre los sueños
y la realidad. Y afortunados quienes asumen la realidad con tanto coraje como los sueños. No son ¡ay!- muchos. Oscar Wilde comentaba que «todos nacemos reyes, pero muy pocos logran conquistar
su reino. Los demás viven y mueren, como tantos reyes, en el exilio.»
¿Puedo confiar, amiga María José, en que también tú consigas encontrar y conquistar tu reino,
acompañada si es posible, pero sola si no, y que no te plantes a vivir en la simple nostalgia de lo que
has soñado? Hay que agarrar la vida con las dos manos, amiga, echarle coraje a la pelea, sin
permitirse siquiera el tono quejumbroso de la lamentación. Los amigos vendrán, pero tardarán mucho
más si los buscas como sillones en los que descansar o como desaguaderos de nostalgias. Sigue,
mientras tanto, siendo tú amiga de los que a ti acuden. Un día descubrirás que vale más la amistad
con la que nosotros sostenemos a otros que aquella con la que mendigamos que nos sostengan
Más me preocupa la carta de un joven asturiano que ahora está cruzando el ecuador de esa
soledad, porque acaba de tener un fracaso en el amor que le sostenía
«Los últimos meses -me dice- han sido un cúmulo de frustraciones, desilusiones, golpes y
desamores. He intentado suicidarme en dos ocasiones y, por suerte o por desgracia (no lo sé con
seguridad), siempre ha aparecido alguien que me lo ha impedido. En ciertos momentos me mantuvo
firme mi fe cristiana, y esa ilusión, quizá inútil, de que 'mañana será mejor que el presente'. Pero la
vida continuó igual. Tengo veinte años. Mis ilusiones e ideales se fueron resquebrajando, como un
jarrón de fina porcelana, en la niñez. En la adolescencia comenzaron a desprenderse los primeros
pedazos de ese jarrón. Y este año ya sólo me quedan mis lágrimas amargas lloradas en la soledad de
mi cuarto. Apenas me quedan fuerzas para continuar viviendo esta muerte que es la vida. Dicen que
Dios aprieta, pero no ahoga. Yo estoy sintiendo los primeros síntomas de asfixia.»
¿Puedo pedirte, amigo, que no sigas luchando porque el mañana vaya a ser o pueda ser mejor que
el presente, sino que empieces a luchar por la simple razón de que es tu obligación como hombre que
ha de sacarle jugo a su vida, sea ésta la que sea? ¿Cómo podríamos llamarnos hombres si sólo
estuviéramos dispuestos a serio cuando seamos felices o, más exactamente, cuando las cosas nos
vayan bien? No llores; lucha. Si has perdido «un» amor, no has perdido «el» amor. Olvídate un poco
de ti, busca la manera de hacer felices a los demás. Ahí encontrarás la felicidad que nadie va a
poder quitarte
He pensado muchas veces en la desesperación que debió de sentir Adán al ver ponerse el sol el
primer día de la existencia. El no podía ni soñar que volvería doce horas después. Creyó, sin duda,
que se había ido para siempre jamás. Que ya viviría para siempre en la noche. ¿Habría mitigado su
tristeza arrancándose los ojos, puesto que la luz se había ido? Esperó en la tiniebla. Y el sol volvió en
la mañana siguiente. Vuelve siempre. Y si no volviera, inventaríamos el fuego, o la luz eléctrica, o
cualquier luz para seguir viviendo. Porque es nuestro deber de seres vivientes y de humanos
De todos modos, ¿no podríamos querernos todos un poco más para que descendiera esa peste de,
soledad que invade el mundo? Yo sé que todos juntos obligaríamos al sol de la felicidad a regresar
más pronto
61.-
En el cielo no hay enchufes
Cuando, hace un montón de años, escribía mi ya viejísimo novela La frontera de Dios hubo un
momento en que pensé titularla El Dios fontanero, aludiendo a esa pseudo-religión de los que tratan
a Dios como a un fontanero, alguien de quien sólo nos acordamos cuando los grifos marchan mal. No
lo hice al fin, porque alguien podía juzgar irreverente el título, pero no porque no creyera que esa
visión utilitaria de Dios no esté, como está, extendidísima. Hay, efectivamente, muchos que sólo
aman a Dios en cuanto que garantiza su felicidad personal, y no le aman porque sea Dios, sino porque
les resulta útil. ¡Qué chascos se llevan después cuando ven que, con frecuencia, «Dios no
funciona» (a nuestro capricho, quiero decir)!
Recuerdo todo esto al conocer la historia de una santa «que tampoco funciona». Acabo de leer
una entrevista con una de las hermanas de María Goretti, y a la pregunta del periodista, que inquiere
si «la canonización de su hermana les ha reparado alguna ventaja material», responde Ersilia
Goretti«No, no nos ha reportado ni el éxito ni nos ha facilitado una mejor posición social. Siempre
hemos vivido como ella, de nuestro trabajo y hemos educado a nuestros hijos del mismo modo en
que, con toda seguridad, los hubiera educado ella: con nuestro sudor. Pero he de decir, sin embargo,
que la protección de mi hermana ha sido siempre palpable, evidente. Siempre nos ha proporcionado
trabajo y paz. Ella deja que suframos en la vida porque, indudablemente, quiere que obtengamos el
paraíso con el sudor de nuestra frente, el trabajo de cada día y el sacrificio. Mire, mi hermana
Teresa está enferma y se halla en una clínica. Está totalmente enyesada, en cruz, como Cristo.
Marietta no la cura, pero le da fuerza y gracia para soportarlo con amor.»
Emociona leer estas cosas. Porque uno pensaría que tener una hermana santa es como tener otro
al que le hubiera tocado el gordo o a quien hubieran elegido presidente: algo nos- tocaría, algún
enchufillo caería, de algo serviría tener en la tarjeta de visita los mismos apellidos que el
multimillonario o el personajón
Pero parece que en el cielo no hay enchufes. Y que lo que suelen mandar desde arriba son esos dos
regalos milagrosos del trabajo y de la paz interior que ¿acaso no valen mucho más que todos los
enchufes materiales del mundo?
Supongo que a estas alturas el lector ya ha descubierto adónde voy, porque en este cuadernillo de
apuntes no me gusta predicar y alejarme de la tierra. Voy a explicar que, lo mismo que el mejor
maestro de natación no es aquel que se pasa la vida sosteniendo en el agua a sus aprendices, tampoco
el mejor padre es aquel que vive impidiendo a sus hijos que naden ellos solos. Si Marietta, ayudando
desmesuradamente a sus hermanos, les robaría su mejor camino de santificación (el del humilde
trabajo), así un padre que sólo vive para allanar los caminos del mundo a sus muchachos
probablemente está fabricando plátanos y no hijos y les está privando del gozo de realizar ellos sus
propias vidas
Ya sé que dejándoles nadar solos se corren mayores riesgos de que se ahoguen (como dejando a
sus hermanos en la pobreza corre Marietta mayor peligro de que se avinagren), pero sé también que,
obligándoles a vivir con las muletas paternas, nunca terminarán de andar. 0 harán en todo caso una
remasticación de la vida de su padre, pero no su propia vida, la única de que cada uno es responsable
Presiento que lo más que se puede dar a un hijo sean las ganas de trabajar y la paz interior; cosas,
en definitiva, mucho más difíciles de dar que la dirección de una empresa o que una recomendación
para ganar unas oposiciones. Más difíciles y muchísimo más importantes
Aunque comprendo que todo esto no es fácil de entender en un mundo en el que la mayor de las
bienaventuranzas parece esa de Poder vivir sin trabajar. Eso es lo que sueñan casi todos cuando
juegan a la lotería: ¡poder retirarse, pasarse la vida rascándose la barriga, oh vida milagrosa! Eso es
lo que pregonan todas esas mamás que -antes eran muchísimas, ahora aún las hay- dicen a sus hijas
que «para qué van a trabajar, ¡si no lo necesitan! ». Asombra pensar que, por un amor mal entendido,
pueda privarse a un hijo de lo único que puede engrandecerle
¿Lograremos arrancar del mundo algún día esa peste de las recomendaciones? ¿Entenderemos que
el mejor de los enchufes es el propio coraje? A mí acuden con frecuencia padres angustiados
pidiéndome tal o cual recomendación para sus hijos. Yo les explico lo que digo en este artículo, pero
ninguno acaba de convencerse: están segurísimos de que una carta para don Fulano será la clave del
éxito (porque, en el fondo, ni se fían de sus hijos ni de la justicia humana). ¿Y cómo negarte sin que
te crean falto de ganas de ayudarles? Yo aprendí en esto un truco de mi madre, que, cuando le pedían
recomendaciones, iba y rezaba un rosario por los recomendados. Pero lo malo es sí te pasa luego como
en aquel caso en el que yo recomendé a una chica «vía cielo», y cuando luego ganó brillantemente la
oposición no había quien convenciese a su madre de que mi recomendación no había sido la clave del
éxito. 1,e repetí mil veces que todo se había debido a que la chica iba bien preparada, pero era
completamente inútil: no quería creerme. Y todos los años, el día de mi santo, me sigue mandando, en
agradecimiento, una caja de polvorones, que yo me como con complejo de mentiroso, porque temo que
decirle toda la verdad de mis avemarlos le daría un disgusto. Mas yo sé bien que en el cielo no hay
enchufes, que la Gracia no suple a nuestro esfuerzo y que ya es bastante con que desde arriba
sostengan nuestro coraje y nos den un poco de paz en el alma
62.
La pata coja
«Bíngo», el perro de mi vecino, el cazador, ha vuelto cojo de la cacería del domingo- una maldita
trampa ha estado a punto de destrozarle la mano delantera derecha. Y el pobre animal, al que otros
días, en el ascensor, tengo que frenar para que no me ensalive la cara a lengüetazos, me mira hoy
con ojos tristes, pegado a los rincones, como si quisiera explicarme su tragedia con la patita
levantada. Pero apenas llegamos al portal y se abre la puerta del ascensor, como si de repente se
olvidara de todo su problema, «Bingo» sale correteando hacia sus amigos los niños, levantada la mano
derecha, apoyándose, con extrañas posturas, en las otras tres patas. Es como si se volviera payaso y
pusiera en su renqueante andar a la pata coja algo de farsa y de broma. Corre, salta, todo sin tocar
jamás el suelo con su mano herida. Se diría que toda la vida hubiera tenido solamente tres patas
Yo le contemplo con asombro y admiración y me digo que «Bingo» es mucho más inteligente de lo
que somos los hombres. Porque yo conozco centenares de personas que cuando les producen alguna
herida se pasan meses y meses apoyándose en la zona lastimada como si no tuvieran otras para
caminar. Recuerdo a Juan, a quien negaron un ascenso, y, desde ese día, sintió como insoportable el
puesto que hasta entonces le había llenado de felicidad suficiente. Lejos de gozar de lo que tenía, se
pasaba las horas reabriéndose la herida del ascenso negado. Recuerdo a Rosa, una mujer traicionada
por su marido, que desde ese día se dedicó a pudrirse. Lejos de asumir su tragedia, dejó que se le
envenenara todo el resto de su vida. el amor de sus hijos, el cariño de sus amistades, un trabajo que
la llenaba
Se dedicó a compadecerse, a masticar y remasticar una traición, como si fuera una de esas
viudas indias que se tiran a la pira del marido muerto para quemarse con él
Sí, conozco cientos de seres humanos que viven apoyándose en la «pata» que más les duele.
Podrían vivir aceptablemente ---como «Bingo» corre- apoyándose en todo lo que les queda; pero
prefieren dedicarse a lamentar lo que les falta
No estoy infravalorando los dolores de mis amigos. Sé de sobra la crueldad con que a veces nos
sacude y nos taja la realidad. Recuerdo aquellos terribles versos de Vallejo cuando explicaba que:
«Hay golpes en la vida, tan fuertes. ¡Yo no sé!./ golpes como del odio de Dios; como si ante ellos / la
resaca de todo lo sufrido / se empozara en el alma. ¡Yo no sé!» Golpes que, efectivamente, parecen
ser «los heraldos negros que nos manda la muerte»
Pero precisamente porque mido la crueldad de esos golpes, sé que ésa es la hora de coger la vida
con las dos manos, asumir la realidad sin temblar y descubrir que no tenemos derecho a
acurrucarnos en ellos, entregándonos al diminuto placer de compadecernos
La condición humana es la mutilación- ningún ser humano pasa mucho tiempo sin que se le venga a
los suelos alguno de sus sueños. Y hay circunstancias en que parece que la crueldad se ciñera sobre
nosotros y nos cortara hoy una mano, mañana una esperanza, pasado uno de los pilares en los que se
apoyaba --o parecía apoyarse- nuestra misma existencia
Pero la otra gran lección de la vida es que el ser humano tiene siempre al menos el doble de
capacidad de resistencia de la que creía tener. Si le cortan un ala, aprende a volar con la otra. Si le
cortan las dos, camina. Sí se queda sin piernas, se arrastra. Si no puede arrastrarse, sonríe. Si no
tiene fuerzas para sonreír, aún le queda la capacidad de soñar, que es una nueva forma de volar en
esperanza
Por lo demás, la vida es misteriosa. ¿Cuántas veces al cerrarse una puerta --que parecía la elegida
para nosotros- no se nos abría otra no menos vividera?
Me gustaría contar aquí una historia que fue un eje en mi vida. (Y no la cuento por ponerme de
ejemplo, sino sencillamente porque mi vida es la única que conozco.) Me ocurrió hace ya veinticinco
años. Poco antes había iniciado yo mi pequeña aventura de novelista con una narración (La frontera
de Dios), que tuvo la extraña fortuna de ganar el premio Nadal. Estaba escrita con la ingenuidad de
los chiquillos y, asombrosamente, formó un extraño revuelo. Hoy resulta arcangélico, pero entonces
a algunos les pareció muy fuerte. ¿Cómo podía escribir «aquello» un cura? Hoy sonrío al releer las
críticas escandalizadas de algunas pías revistas
Pero aquel escándalo alarmó a alguna autoridad eclesiástica. Y cuando yo -fiel a la vocación que
sentía- envié a la censura eclesiástica mi segunda novela, el obispo en cuestión decidió que aquel
libro estaba muy bien, pero que en él sobraban cuatro palabras: la palabra José, la palabra Luis, la
palabra Martín, la palabra Descalzo. Al parecer, «aquello» no podía firmarlo un cura
A mí no me preocupaba el lanzar aquel libro sin mi nombre (aunque no me entusiasmara tenerlo
como una especie de hijo ¡legítimo). Lo que me angustiaba era ver que obligaban a enfrentarse mi
vocacíón de cura con mi vocación de escritor. Y yo no estaba dispuesto a renunciar a ninguna de ellas.
Sufrí porque estaban metiendo la espada en el mismo centro de mi alma
Por aquella época leí aquel consejo de Bernanos que aseguraba que «toda obra de escritor es un
calvario» y que recordaba que «el mundo exterior podrá hacerte sufrir, pero sólo tú podrás
avinagrarse a ti mismo»
Entonces se formó mi filosofía de que, si alguien nos cierra una puerta, no debemos rompernos la
cabeza contra ella, sino mirar si hay otras puertas próximas abiertas por las que podamos pasar. Esa
fue la razón por la que, entonces, empecé un periodismo en el que jamás había pensado. No me
dejaban ser novelista, sería un escritor de periódicos mientras el mundo clerical maduraba
Creo que gracias a esa afortunada decisión no soy hoy un resentido. Gracias a ella me siento
aceptablemente realizado, hablo cada semana con ustedes a través de este cuadernillo y hasta,
algunos años más tarde, vuelvo a soñar y pergeñar alguna que otra novela
¿Y si también me hubieran cerrado esa puerta? Sé que habría encontrado una tercera. 0 una
cuarta. Porque el mundo está lleno de puertas para quien se niega a aceptar la barata escapatoria de
dedicarse a clamar contra la injusticia del mundo arrellenado en el butacón del resentimiento
No es un gran mérito. «Bingo» lo practicaba hoy caminando con las tres patas que le quedaban
sanas
63.- Niño en la biblioteca
Leo que en Astorga, la ciudad de mi infancia, han inaugurado una biblioteca pública, y el corazón
me salta como herido de gozo. Porque la ciudad milagrosa de mis años de niño sólo tenía una lacra:
no había en ella dónde conseguir libros que llevarse baratamente a los ojos. Supongo que éste era
un fallo común a la mayor parte de las ciudades de entonces, pero hoy no puedo entender cómo los
Ayuntamientos se preocupaban de que una ciudad tuviera alcantarillas o fuegos artificiales en las
fiestas, pero no se sentían mutilados si los pequeños vivíamos de mendigos del alma
Afortunadamente en mi casa había algunos libros, y mis padres sabían que, para mí, no había
Reyes mejores que los que traían libros, Pero, aun así, ninguno de ellos daba abasto al feroz
lectorcete que yo llevaba dentro. Estoy seguro de que si entonces hubiera habido en las casas
máquinas fotográficas, como las hay ahora, la imagen que más se repetiría en mis álbumes sería la
de un crío tumbado panza abajo en la galería de mí casa, leyendo y leyendo sin enterarme del mundo
que giraba en torno a nosotros (y digo «nosotros» porque siempre consideré a los libros como
auténticas «personas»
Así que me pasé la infancia hambreando bibliotecas, mientras leía y releía mis pocos libros, que,
para mayor fortuna, eran esos clásicos castellanos y grecolatinos que ahora nadie lee porque dicen
que son aburridos, cuando para mí cada uno era como descubrir un continente
Luego me ocurriría algo más desconcertante: al llegar al seminario me encontré con que allí
tenían una gran biblioteca (detenida, eso sí, en el siglo xix), pero que. permanecía siempre cerrada
sin que los estudiantes tuviéramos acceso a ella. Creo que sólo se abría para los mayores, con lo que
se conseguía que éstos -habituados a no leer- tampoco fueran a ella prácticamente nunca
Por lo que luego he sabido, esto era norma común de casi todos los seminarios de mi tiempo:
alguien debía de pensar que allí perderíamos la vocación. O -como un profesor me dijo una vez- que
la biblioteca «nos quitaría tiempo para estudiar». Por lo visto, los libros de texto eran los únicos no
peligrosos
Una vez, sí, recuerdo que «nos enseñaron» la del seminario de Astorga. Y allí entramos con un
cierto complejo de pecado, como si de un templo pagano se tratase, admirados y asustados. Y lo
único que de aquella visita recuerdo es que había mucho polvo y que a la llave que cerraba la
biblioteca se añadían aún varios candados con los que clausuraban un armario que encerraba los
libros incluidos en el Índice. ¿No habría que confesarse por haber mirado los lomos al pasar?
Confieso que ésta es la parte más fúnebre de mi infancia. Y casi lo único que no he perdonado a
los seminarios de mi tiempo
Por eso, ¿cómo no sentirse feliz al pensar que a los niños de hoy no les ocurrirá, en mi Artorga y
en algunas otras -no muchas- ciudades, como a nosotros? Porque no quiero ni pensar que ellos,
teniendo esa impagable oportunidad, vayan a preferir la televisión
Aunque a veces me pregunto si en realidad no tendré yo que agradecer aquella cerrazón, que
añadía al placer de leer el otro placer de hacer algo semiprohibido. Pues lo cierto es que el terco
crío que yo fui se las apañó siempre para tener algún libro entre las manos. Y que aún hoy, cuando
repaso la historia de mi vida, separo sus capítulos por libros: desde que leí la Ilíada hasta que me
enamoré de Virgilio; desde que devoré la Oda a Carlos Félix, de Lope, hasta que descubrí los
sonetos de Quevedo; desde que me aprendí de memoria a Antonío Machado hasta el día en que me
deslumbraron los Karamazov, y así hasta hoy
¿Podrán decir esto pasado mañana los niños de hoy? No estoy muy seguro. Porque, cuando veo a
los hijos de mis amigos tragar como rumiantes horas y horas de televisión, temo que se
acostumbren a ese tipo de papillas digeridas y que lleguen a carecer de ese agradable -pero
costoso- valor que supone al poner en marcha la propia imaginación
Recuerdo que lo que más me impresionó de ese mundo alucinante que cuenta Bradbury en su
Fabrenheit 451 es que, en ese imaginado mundo en que los libros estarían prohibidos, el que la gente
dejara de leer no se debíó a que los dirigentes lo prohibieran, sino a que «el mismo público abandonó
la lectura espontáneamente. Los periódicos morían como enormes mariposas, nadie deseaba
volverlos a leer. Cuando desaparecieron, nadie los echó de menos»
¿Será esto posible? Esa sí que sería la peor bomba atómica, la más limpia de todas: la que
vaciaría a los hombres por dentro, sin que ellos mismos se dieran cuenta
¿Puedo gritar desde aquí a los padres que libren a sus hijos de ese posible espanto? ¿Puedo
suplicar a los Ayuntamientos que inviertan su dinero en bibliotecas, aun cuando hacer esto sea menos
demagógico, conquiste menos votos y no permita a los alcaldes lucirse tanto como cuando presiden
verbenas o inauguran castillos en el aire?
Felipe Pedrell decía que «lo poco que sabemos, lo sabemos entre todos». Y es verdad. los genios
no existen; lo que sí existe es gente que tiene muchas cabezas porque ha leído muchos libros y
porque ha sabido asimilarlos
A la puerta de la biblioteca de Berlín hay un letrero que dice: «Medicina del alma». Yo hubiera
puesto «alimento» más que «medicina», y hubiera añadido sobre todo un segundo letrero que dijera.
«Dejad que los niños se acerquen a m'.» Porque no quisiera que los pequeños de hoy pudieran
recordar en el siglo xxi que vieron una vez una biblioteca y que, de ella, sólo recuerdan que estaba
llena de polvo y poblada de llaves y candados
64.-
"Miss traje de baño" no sabe nadar
En una revista italiana veo la foto de Fiorella Marini, una monada de cría de dieciocho años a
la que acaban de elegir en no sé qué ciudad «Miss Traje de Baño». Tiene un bonito rostro, unos ojos
picaruelos y un gracioso tipillo. Pero aún es más gracioso el pie de la fotografía, porque en él nos
explican que Fiorella no sabe nadar. Y que, por si acaso, estrena su traje de baño sólo paseando por la
pasarela. Una «Míss Traje de Baño» ahogándose en el estreno de su modelito no sería un mal gag para
las cintas de los hermanos Marx
Pero como probablemente este mundo en que vivimos es todo él tan disparatado como
Groueho y compañía, resulta que Fiorella es mucho más que una anécdota. Es casi un símbolo de
nuestra civilización de las apariencias, en la que hay que empezar a preguntarse si lo que anda por las
calles son hombres vestidos de telas o más bien vestidos rellenos de hombres o de sólo carne
Porque santa apariencia es la más venerada en los altares de la mundanidad, y para cien de
cada cien personas cuenta mucho más lo que puedan pensar las otras noventa y nueve que lo que se
lleva almacenado en el interior
El ser humano es una muy divertida criatura de comedia. Recuerdo un viejo amigo que mentía
por instinto. No es que mintiera de vez en cuando. Es que sólo milagrosamente se le escapaba alguna
vez una palabra verdadera. Si, por ejemplo, hablabas con él por teléfono desde otra ciudad y le
preguntabas qué tiempo hacía por allí y él te respondía que diluviaba, tú podías estar segurísimo de
que hacía un sol radiante. ¿Es que gozaba mintiendo? No. Simplemente había nacido el pobre en una
familia con título y sin dinero y se había acostumbrado a mentir al mismo ritmo que respiraba
No era un caso patológico. Mentía igual que los demás, sólo que un poco más graciosamente
Porque la mentira se ha vuelto el eje del mundo. Y no estoy hablando de la «mentira gorda»,
de la trapacería. Hablo de esa pequeñísima red de apariencias con las que tapizamos todas nuestras
horas. El mundo -lo sé- cuenta con bastantes docenas de Tartufos. Pero lo malo es que, además, tiene
no pocos millones de Tartufetes
Cuando Maquiavelo aseguraba que «mejor es que parezca que un príncipe tiene buenas
cualidades que el que las tenga en realidad», lo único que hace es añadir unas gotas de cinismo a la
comunal mentira. Con eso él se lleva la fama de maquiavélico, pero el agua la llevamos todos y cada
uno de los hijos de vecino
Y no estoy hablando siquiera de esas «mentiras corteses» que a lo mejor hasta son la vaselina
imprescindible para que el mundo siga rodando. Hubo un tiempo en que yo -en mis fantasmagoríaspensaba que si Dios me concediera un don, le pediría el de ver lo que están pensando los que hablan
conmigo. Más tarde, cuando pensé las cosas más a fondo, supliqué a Dios que no me otorgara jamás
tan enorme tortura, porque con ello la vida se me volvería imposible. Una cierta capita de farsa
-«¡qué ganas tenía de verle, don Fulano!», «¡A ver si tomamos café esta semana, don Perengano!»- es,
me parece, tan necesaria como el azúcar a los purgantes
Lo grave es, más bien, eso de que vivimos mucho más pendientes de la opinión de los demás
que de la propia vida. Hasta hace muy poco no había persona de derechas que no presumiera de
avanzada. Ahora empieza a surgir el nuevo género de izquierdas, que añade, por si acaso, que lo son,
pero moderada y civilizadamente. Los creyentes aseguran que lo son, pero completando la frase con
un «pero no beatos». Lo mismo que los no creyentes también añaden que no son comecuras
¿Y qué decir de la más de moda entre las apariencias? Ahora todos estarnos «liberados».
Nadie sabe muy bien de qué, pero todos nos hemos liberado de algo
A mí me asombró mucho que, cuando Marsillach adaptó el Tartufo, pintara a alguien que
aparentaba ser un beato. ¡Pero si hoy ya nadie presume de eso! Para adaptar el Tartufo habría que
presentar a los verdaderos Tartufos de hoy- los que presumen de malos. Que, además, son mucho
más cómicos que quienes presumen de buenos. Porque si Bacon aseguraba que «el malo, cuando se
finge bueno, es pésimo», hoy lo que habría que decir es que «el bueno, cuando se finge malo, es
idiota»
¿No han visto ustedes a esas muchachas -o señoras- que llevan faldas cortitas y luego,
cuando se sientan en las cafeterías, se pasan la tarde tapándose las rodillas con el bolsito? Yo
conozco a gentes a quienes lo que les gusta son las películas de Martínez Soria, pero que, cuando se
reúnen con amigos, se sienten obligados a parecer modernos, proyectando en su vídeo porquerías que,
en privado, les ponen coloradísimos. Porque, antes, las cosas vergonzosas se llevaban en privado y a lo
oculto; ahora parecen menos vergonzosas entre carcajaditas colectivas. Como hace esa chavala punk
que yo conozco, que desde un escenario escupitajea y todo lo demás, y luego, en casa, es más tímida
que un avestruz
Y así es como, quienes nos creemos liberados de los tópicos del pasado, seguimos
encadenados al más viejo y vulgar de todos los tópicos-. el qué dirán. De cada cien rebeldes, noventa
y nueve practican «la moda de la rebeldía». De cada mil «originales», novecientos noventa ejercen la
única originalidad de la que son capaces: la que impone la costumbre
Y así es como, ya que no sabemos vivir, aparentamos hacerlo. Como la nenita que no sabía
nadar, pero lanzaba su palmito luciendo trajes de baño
65.- Hombres y cafeteras
Mi buen amigo el mexicano Joaquín Antonio Peñalosa ha escrito un delicioso artículo en el que
explica su asombro ante el hecho de que el hombre, que se pasa la vida tratando de cambiar y
mejorar las cosas que usa, es lo único que jamás cambia y mejora. «En un mundo -concluyerabiosamente cambiante, el hombre da la impresión de ser un inmovilista redomado.»
No siempre le gustaron al mundo los cambios. Recuerdo mi asombro el día en que, consultando el
viejo diccionario de Covarrubias, me encontré esta definición de la palabra «novedad»: «Cosa nueva
y no acostumbrada. Suele ser peligrosa por traer mudanza de lo antiguo.» Y no me desconcertó
menos el tropezarme con aquel consejo que nuestro clásico Guevara daba en 1531 al gobernador de
Granada: «No curéis de intentar ni introducir cosas nuevas, porque las novedades siempre acarrean,
a los que las ponen, enojos, y, en los pueblos, engendran escándalos.» ¿Y acaso no hemos dicho miles
de veces «no hay novedad» como sinónimo de «todo va bíen»? ¿Y no hemos repetido aquel antiguo
refrán de que «mejor es lo malo conocido que lo bueno por conocer»?
Pero resulta que, de repente -y sin que sea posible señalar la fecha del víraje-, la novedad de una
cosa se ha convertido en mérito superexcelentísimo. Las cosas no valen ya por ser buenas, sino por
estar fabricadas a la ultimísima. Un político no debe hacer cosas importantes, debe «cambiar». Un
novelista no debe escribir grandes obras, su mérito es hacer libros «distintos»
Y la carrera hacia la novedad adquiere deliciosos tintes ridículos en lo que a los cacharros se
refiere. Si usted ha comprado una cafetera el año pasado, puede estar bien seguro de que posee una
verdadera pieza de museo. Pues, tras ella, se inventó ya una nueva, que cuenta con filtro permanente
lavable; placa calefactora, controlada con termostato, que mantiene el café caliente; aditamento que
muele el café inmediatamente antes de hacerlo. Y si usted, impresionado por lo antigua que se ha
quedado su nueva cafetera, se decide a comprar una de última hora, puede hacerlo siempre que esté
seguro de que será viejísima el año que viene, pues carecerá de mango aromado, pitorro especial
para ponerle crema. Con lo que tiene usted dos únicas posibilidades de estar a la última: o no
comprar nunca una cafetera porque prefiere esperar a que lleven a la perfección la nueva que
siempre están preparando, o ir comprando una nueva cafetera cada año y convertirse así en un
coleccionista d e ellas
Y donde he dicho «cafetera» pueden ustedes poner cualquier aparato o instrumento doméstico.
Al coche, que estrenó el año pasado suspensión delantera independiente, le están añadiendo este año
muelles bicónicos, amortiguadores telescópicos, doble servicio cruzado de frenos y servofrenos,
cuentarrevoluciones faros halógenos, llantas de polietileno, motores de intracolofrayección. (Esto
último no existe, pero ya verán ustedes cómo terminan inventándolo.) ¿Y las batidoras- robots que
pinchan, cortan, rajan, peinan, enceran y hasta quitan el polvo?
Hay veces en que inventamos más de prisa las cosas que las palabras. Y, entonces, al dentífrico
que ayer sólo tenía flúor le ponen hoy biflúor, mañana triflúor, pasado tetraflúor . ; fórmula
comodísima, ya que así se puede seguir inventando, sin cambiar el nombre, hasta el infinito
Claro que, cuando miras de cerca los nuevos aparatos, descubres que son idénticos a los del año
pasado y que, en realidad, lo único que ha cambiado es el precio y un nuevo manguito de plástico, que
ahora es rojo y ya no pardo. Pero el caso es cambiar. Y hay gente dispuesta a comprar un nuevo
coche sólo porque encuentra en él ese nuevo mérito de costar muchísimo más caro. Aún no han
inventado detergentes con freno y marcha atrás, pero todo se andará. Sea todo por Santa Ultima
Moda
Pero ¿existe realmente la «última»? ¿Cómo evitar la angustia del señor al que, cuando va a
comprar un vídeo y lee atentamente la pro- paganda que se lo dibuja como la última cima de
prodigios, se le ocu- rre pensar que a la misma hora en que él lee esos elogios ya estará la fábrica de
su vídeo preparando otro «mucho más moderno», mientras sus publicitarios elaboran ya el folleto en
el que explican que el modelo que usted está comprando es una antigualla en comparación del que
ahora preparan?
Mas aquí llega el verdadero asombro: ese ser humano que cada año mejora y mejora la técnica
con la' que produce cafeteras y batidoras sigue fabricando a sus hijos con la misma técnica
antediluviano que hace quinientos millones de años. No ha cambiado ni en los materiales que sirven
de base al «producto» ni en las «máquinas» con las que lo elabora. Y así se explica que llevemos
millones de años y jamás nazca un bebé con supervesícula en material irrompible, con superrifíones
de filtro reversible, con un supercerebro de cociente máximo garantizado
El hombre, que todo lo cambia, es un rutinario en lo que se refiere a sí mismo. Se limita a
repetirse y ni siquiera logra poner a sus hijos un nuevo cromado en la dentadura. De seguir el mundo
así, tendremos un hombre cada vez más imperfecto que fabrica obras cada vez más perfectas, un
creador cada año más viejo que lanza al mundo criaturas cada año más nuevas. Porque, además,
cuando logra inventar algunas piezas de recambio, resulta que son siempre muy inferiores al
original. Los corazones de plástico se vuelven noticia si aguantan unas pocas semanas, mientras que,
hasta ahora, los de carne suelen funcionar aceptablemente bastantes años. ¿Y qué diríamos de las
piernas ortopédicas comparadas con las de un atleta?
Lo más gracioso del asunto es que, así como el hombre no tiene demasiadas posibilidades de
mejorar su cuerpo y su naturaleza, parece tenerlas todas para mejorar su alma. Ahí, sí. Un hombre
bueno añade al malo mucho más que agarradores cromados. Un santo añade al simplemente bueno
bastante más que el más último de los últimos motores. Pero nadie parece preocuparse mucho por
mejorar su carrocería interior
Sólo con que los hombres dedicásemos a mejorar nuestras almas la décima parte de lo que
dedican los fabricantes a mejorar sus cafeteras habríamos convertido ya el mundo en un lugar
milagroso. Pero quienes jamás compraríamos, por viejo, un automóvil que careciera de elevalunas
eléctrico, parece que no hacemos muchos ascos a tener el alma llenita de chatarra superultravieja
¿No podríamos, amigos, con un poco de esfuerzo, cambiar nuestra «fantasía en blanco y negro»
por una nueva «fantasía de colores»? ¿Por qué no mejorar la vieja tela de nuestras esperanzas con
otra inencogible? ¿No sería posible sustituir nuestra «alma-siesta» por una más potente «alma-demotor-turboinyectado»? ¿Qué tal si mejoráse- mos nuestras amistades con una «presintonía-paracuarenta-recuerdos- y-ayudas»? ¿Se le podría poner a nuestro corazón una «antena incorporada»
para detectar los sufrimientos de los que nos rodean?
Si fuera así, todos viviríamos mucho mejor. Y estaríamos tranquilos ante la marcha del mundo,
como yo lo estoy ahora porque sé que mi cafetera último modelo me ha mantenido caliente el café
que puse al comenzar este artículo
66. Animar al suspendido
Siempre me he preguntado por qué, en las tradicionales listas de las obras de misericordia, no
incluían los viejos catecismos esta decimoquinta de «animar al suspendidos, que en estos días
debería estar a la orden del corazón en todas las casas. Porque si a los ocho, a los doce, a los
catorce años, no se necesita esa ayuda, en esa especie de derrumbamiento interior que son muchos
suspensos, ¿para qué queremos los hombres la compañía de nuestros semejantes?
Deberíamos tener un respeto sagrado al dolor de los niños, a la frustración de los muchachos, a
esa amargura que ---especialmente entre los mejores- parece que atorase el horizonte de la vida
Yo pienso que un auténtico padre -o un auténtico maestro, que si no ejerce de padre no sé qué
tipo de maestro será- debería ser muy exigente antes de los exámenes y muy misericordioso
después de ellos. Muy exigente, porque hay que hacer descubrir a un muchacho que un suspenso
ganado a pulso por vagancia o desinterés es, moral- mente, un verdadero robo a los padres y a la
sociedad: un robo de todo cuanto en ese año la familia y la comunidad invirtieron
Mas lo gracioso es que precisamente los padres que fueron más manga ancha antes de los
exámenes son los menos comprensivos, los más manga estrecha después de ellos, cuando sería la
hora de infundir esperanzas y no desalientos. Pienso con terror en el enorme número de muchachos
que en este mes estarán atascándose en sus vidas gracias a la suma de su personal flojera de coraje
y de estudio y de la falta de ayudas y estímulos de sus padres
Porque si perder un curso es un robo, tirar por ello la vida es una estupidez
Esta es la hora, creo, de explicar a muchos muchachos –sobre todo a los mejores- que fueron
muchos los genios que alguna vez tropezaron en sus estudios. Que un suspenso sólo es peligroso
cuando es el primer eslabón de una cadena de suspensos
Decirles, por ejemplo, que a Severo Ochoa le suspendieron dos veces en sus estudios de Medicina.
Que a Balmes le catearon en Matemáticas. Que Ramón Gómez de la Serna y Azorín tropezaron
precisamente en Literatura. Que en el expediente de Lorca hay un suspenso en Historia de la Lengua
Española. Que a Vázquez de Mella le regalaron una calabaza en la Universidad de Santiago. Y. que
todos ellos acabaron triunfando, precisamente en esas asignaturas en las que un día flojparon. Porque
supieron no atascarse en un suspenso. Porque supieron convertirlo en un estímulo, lo mismo que
cuando tropezamos, si logramos no caernos, avanzamos mucho más de prisa que sin ese tropezón
Habría, sobre todo, que explicar a los muchachos muy bien que ese de que «el genio nace» es el
más grave y peligroso de todos los camelos de la humanidad. Existe, sí, algún que otro Mozart, pero, a
la larga, de cada mil niños prodigios sólo uno triunfa, y lo normal es que no haya más genialidad que la
del trabajo nuestro de cada día
Recuerdo ahora el caso de Einstein, uno de los padres de la ciencia moderna. Sus biógrafos
cuentan que fue un muchacho muy especialmente retrasado. A los tres años aún no sabía hablar,
decía única- mente unas pocas palabras y, aun éstas, mal pronunciadas, tanto que sus padres estaban
ya perfectamente resignados a tener por hijo a un deficiente mental
Cuando, a los seis años, consiguió un desarrollo normal, la timidez hizo parecer mayor su retraso.
«Papaíto aburrido», le llamaban sus compañeros de colegio. Y más tarde, en sus estudios medios,
práctica- mente nunca pasó de notable. Fue un alumno tan vulgar que cuando triunfó en la ciencia y
los periodistas quisieron analizar sus años juveniles, descubrieron que ninguno de sus antiguos
compañeros de colegio se acordaba de él.
Dios me librará muy mucho de decir desde aquí a los muchachos que no importa el puesio que
consigan en sus colegios. Pero creo que me permitirá decirles que no lo supervaloren, que los hechos
demuestran que siete de cada diez muchachos números uno se convierten en vulgaridades en la vida y
que, con frecuencia, son los chicos medios de la lista quienes muestran un día mayores potenciales en
el interior
Personalmente admiro mucho más el coraje y el trabajo que el genio y la inteligencia. Los hombres
que triunfan en la-vida no son aquellos a quienes les salen rayitos luminosos de la frente, sino los que
ponen codos y voluntad en sus tareas; quienes saben proponerse objetivos claros y dirigirse
tercamente hacia ellos. Estoy plenamente de acuerdo con aquella afirmación de Bernard Shaw que
aseguraba que «el genio es una larga paciencia» y con aquella frase de Joubert que dice que «el genio
comienza las grandes obras, pero sólo el trabajo las termina». 0 con Bcethoven, que lo decía más
plásticamente: «El genio se compone de un 2 por 100 de talento y de un 98 por 100 de trabajo.»
Recuerdo que en los años en que yo fui profesor no me cansé nunca de escribir en las pizarras
una fórmula matemática, que resumía en tres cifras mi visión sobre el valor de los hombres. Era una
fórmula que decía así: 1 1 X 2 C X 10 T = X. Que, traducido, querría decir: un hombre vale igual que
un coeficiente de inteligencia multiplicado por dos coeficientes de las circunstancias en que se moverá su vida, multiplicado a su vez por diez coeficientes del trabajo que pondrá en su pelea. De lo
que se deducía que un muchacho supergenial (con 10 de inteligencia) y superafortunado (con 10 de
circunstancias favorable en toda su vida), pero poco trabajador (con un dos de vagancia), produciría
un resultado de 4.000. Mientras que un chaval medianillo (justito un 5), que trapalea por la vida
(otro cinquillo), pero apasionadamente trabajador (demos un 10 a su esfuerzo), alcanzaba 12.500 en
su resultado final
Tendríamos que convencer a los muchachos de que no hay inteligencia que valga lo que el coraje;
que en los dedos son mucho más honrosas las ampollas que los anillos; en los triunfadores hay
siempre una parte de intuición, pero nueve de tozudez. Y eso incluso en la misma poesía. Beaudelaire
se lo decía a aquella dama que inquiría qué era la musa: «La inspiración, señora, es trabajar todos los
días.»
Todos los días, todos los años, toda la vida. El otro día leí no sé dónde que desde que en 18.57 se
encontró el primer pozo de petróleo puede calcularse que se han hecho 241 perforaciones por cada
pozo realmente encontrado. ¿Y sería la vida menos dura que la tierra? ¿Y sería el buscador de
felicidad más afortunado que el de oro negro? Si quienes perforan fuesen tan desalentadizos como
son los que estudian una carrera, a estas alturas seguirían andando los coches con sueños o con
carbón
Díganselo a los muchachos. que un suspenso sólo es peligroso en dos casos: primero, cuando uno
se ríe de él, y segundo, cuando uno se tumba encima de él. Y explíquenles también que tendrán
derecho a desalentarse cuando lleven 242 fracasos. No antes
67.- Jesús nació mongólico
Hace ya varios años, un matrimonio amigo esperaba el nacimiento de su quinto hijo por las
vísperas de Navidad. Era, pensaban, la fecha ideal para nacer. Y habían decidido que se llamaría
Jesús, si era niño, o Belén, si era niña. Nació niña. Pero nació
Me he detenido a tiempo. Iba a escribir la mayor de las barbaridades. Iba a decir «pero nació
mongólica», como si, al serio, fuera menos total y magníficamente humana
Escribiré.- Nació niña. Y, además, nació mongólica,
Sé que ese «además» glorificante extrañará a algunos. Pero no a mis amigos, que recibieron aquel
nacimiento como un dolor enorme, pero también como una gran bendición
Seis años después siguen creyéndolo. El otro día, en una entre- vista, contaban que no -recibieron
aquel nacimiento como una catástrofe, que descubrieron que «el fallo de la naturaleza es una gran
lección, una gran tarea y un claro camino», que en aquellos días «todo fue un volcarse de los amigos»,
y que, con el paso de los años, han ido descubriendo que un hijo deficiente «es una verdadera mina
de riqueza humana y espiritual», porque «centra a los progenitores como padres y como esposos:
inspira y purifica. Une a la familia. Es fuente de cariño y generosidad». Porque estos niños, que
parecen in- completos, en realidad «son enormemente afectuosos, receptivos. Se convierten en
centros de unión. Familias hay que andaban en sus más y sus menos, y el hijo subnormal les ha
proporcionado energías y ha sido el definitivo punto de reencuentro y de armonía. No hay egoísmo
que pueda soportarse a sí mismo ante el hijo deficientes
Transcribo estas líneas con admiración y pudor sagrado, como quien anda por un hospital, como
quien toca una reliquia. Porque
nada hay que me impresione más que el santo dolor de los niños. Sin embargo, lo que mi amigo cuenta
lo he comprobado ya docenas de veces con otros que viven una historia semejante. Reconozco que no
siempre ocurre así y que en este campo influyen casi definitiva- mente factores de fe, de educación
y de economía. Sé de familias que se han destruido al recibir un hijo deficiente. Pero confieso que
conozco muchas más que, a través de él, se han visto purificadas, multiplicadas, que han encontrado
en esos niños la fuente de las mejores ternuras. La vida es profundamente misteriosa. Y el amor
humano es la más potente de las energías. No hay fuerza atómica que pueda conseguir lo que un
padre y una madre logran puestos a amar a sus hijos. Es, lo sé, el más alto dolor imaginable. Pero
¿cuántos prodigios de la humanidad se han construido sobre los cimientos de un dolor?
Líbreme Dios de hacer literatura sobre el dolor. No caeré yo en esas teorías masoquistas con las
que Schopenhauer afirmaba que «el bienestar y la dicha son negativos. Sólo el dolor es positivo», o
las de Schubert, que pensaba que «la alegría nos vuelve frívolos y egoístas, mientras que sólo el
dolor aguza la inteligencia y fortifica el alma». No me parece que deba rendirse culto romántico al
dolor. Pero tampoco creo humano el pánico al dolor, el olvido de esa tre- menda verdad que formuló
Séneca al asegurar que «ser siempre feliz y pasar la vida sin que el dolor muerda el alma es ignorar
el otro aspecto de la naturalezas. Porque es cierto que el corazón crece en la adversidad y que en 61
descubrimos ese sexto continente del coraje que tiene nuestra alma sin que apenas lo conozcamos
Sé que después de escrito todo esto aún no he dicho nada sobre el dolor. Porque yo puedo
aceptar mi propio dolor, pero ¿cómo asumir, cómo entender el de los demás, el de los pequeños sobre
todo? Tengo que reconocer que, ante este tema, me quedo sin respuesta. Acuden a mí a veces
madres preguntándome por qué han muerto sus hijos. Y daría media alma por saber responderles.
Pero, ante miste- rios como ése, un cura se siente tan indefenso como los demás mor- tales. No sé,
no sé por qué Dios lo consiente o lo tolera. Habría que ser Dios para saberlo
Al fin sólo sé responderles lo que Aliosha a su hermano en Los Karamazov: cuando Iván grita que
no puede aceptar una Creación en la que los niños sufren, a Aliosha se le llenan los ojos de lágrimas,
se acerca a su hermano y le besa en la mejilla. No encuentra otra respuesta que el misterio del amor.
Y el recordar que también El sufrió y murió
A veces me pregunto a mí mismo si creería yo en el Dios de los filósofos, en un ente perfectísimo,
creador del universo, pero perdido allá arriba en la inmutabilidad del ser. Moeller aseguraba que
«hoy lo difícil no es creer que Cristo sea Dios, sino creer en Dios si no fuera Cristo». Efectivamente,
no es fácil aceptar un Dios que «quisiera» el dolor. Sería duro creer en un Dios que lo «consiente».
Sólo es creíble un Dios que lo comparte
Recuerdo siempre lo que me impresionó -siendo yo un muchacho.- ver en Milán una exposición del
Miserere, de Rouault. Era una sala cuadrada en la que habían colocado los aguafuertes del pintor de
manera que aquel vertiginoso vía crucis recogiera todos los dolores del mundo: muertos en los
campos de batalla, seres abandonados en todos los suburbios, mujeres de triste vida alegre,
moribundos solitarios, borrachos tirados por los rincones. Al final, la última estación representaba a
Cristo, con una temblequeante caligrafía al pie que reproducía la frase de Paseal: «El sigue en agonía
hasta el fin de los siglos.» Aquella exposición me descubrió que la verdadera fraternidad que une a
los hombres y a Dios es el dolor
Por eso he escrito al empezar estas líneas que todo dolor es sagrado, y doblemente sagrado el de
los niños: porque siempre es parte del mismo Viernes Santo. Por eso bendigo a Dios, que sabe sacar
resurrección de tantos dolores
De esa resurrección sigue viviendo la pareja de amigos de la que hablé al principio: sufrieron al
descubrir la «deficiencia» de su hija Belén y, luego, con amor han ido descubriendo cómo se les iba
convirtiendo en resurrección en su vida diaria
Por eso he titulado estas líneas con una frase que tal vez a alguien le haya parecido blasfema o
desconcertante. No lo es. Si todo niño que nace es -real y no sólo metafóricamente- Jesús, ¿cómo no
sería El mongólico «en» esta niña que nació, como El, en Navidad?
68. El malo de la película
El doctor Donald T. Forman (que es un americano muy listo, cuya larga serie de títulos ahorro a
mis lectores) ha descubierto que el cuerpo humano " subiendo de precio, igual que los tomates o las
patatas. Según sus estudios, el valor económico de las materias inorgánicas de las que estamos
hechos valía en 1963 la minucia de 98 centavos de dólar. Ese valor subió en 1969 a tres dólares y
medio. Y con el reciente encarecimiento de toda una serie de productos químicos hemos llegado ya a
valer cinco dólares con sesenta: más o me- nos lo que nos costaría la más barata de las comidas en un
auto- servicio norteamericano
Por lo visto, dicen los sabios, nuestro cuerpo es muy poquita cosa. Tres cuartas partes son pura
agua. Tenemos, sí, algunas grasas; pero poco más que para freír dos huevos. Y con todo el hierro que
contiene nuestro organismo apenas habría para fabricar un clavo
Como ven ustedes, valemos poca cosa. Aunque luego las piernas de Maradona se aseguren en
muchos millones. Aunque digan de algunos boxeadores que tienen puiíos de oro. Aunque aseguren que
hay cuerpos como catedrales. Aunque el Mo de carne nocturna se pague muy caro en los mercados de
la diversión. En realidad, cinco dólares. Y eso si pesas 75 kilos y estás bien alimentado. Entiendo casi
que quienes no creen mucho en la vida no aprecien el valor de un no nacido, cuyo cuerpo en lo
económico vale bastante menos que un café
¡Curiosas conclusiones a las que nos lleva una filosofía que todo lo reduce a lo económico Razón
tiene J. A. Peñalosa al asegurar que, tras muchos siglos de creer al hombre rey de la creación, ha
venido el materialismo a darle jaque al rey
Pero yo me temo que haya venido antes a preparar el camino de ese jaque algo que no sé si llamar
espiritualismo ingenuo o materialismo religioso. Porque me parece que una ascética alicorta ha dado
dentro del catolicismo al cuerpo humano aún menos valor de los cinco dólares del doctor Forman
Aún no he logrado entender por qué muchos predicadores tienen la costumbre de hablar del
cuerpo humano como del malo de la película. Por lo visto, el alma humana sería una señora llena de
bondades, casada -para desgracia suya- con un cuerpo maldito al que tiene que soportar como un
matrimonio mal avenido. El alma estaría llena de aspiraciones hacia Dios, mientras que el cuerpo
pasaría la vida tirando de ella hacia el barro y el heno
Hay un libro espiritual muy difundido en las décadas pasadas en el que se llama, al menos una
decena de veces, traidor y enemigo al cuerpo humano. El alma tendría que pasarse la vida
desconfiando de él, atándole corto, ya que, por lo visto, es «enemigo de la gloria de Dios». Del propio
corazón deberíamos desconfiar y tenerlo atado con siete cerrojos, ya que, «aunque la carne se vista
de seda, carne se queda»
Yo entiendo bien toda la buena voluntad que hay en estas expresiones con las que, en el fondo, se
quiere atacar más a la desviación de la sexualidad que a la carne en sí. Pero me temo que en todas
esas expresiones late una profunda ingenuidad y un más grave maniqueísmo
Tal vez ahí estaría la clave de por qué un porcentaje nada pequeño de cristianos no ha terminado
de digerir la encarnación de Cristo. 1,es parece que Jesús habría sido un «hombre especial», algo
«vestido de hombre», que no habría terminado de tener del todo ese cuerpo despreciable. ¿Acaso
alguien se atrevería a decir que la adorable carne de Cristo «carne se queda» en sentido despectivo?
Más claramente surge de ahí esa falta de fe de muchísimos creyentes en el dogma de la
resurrección de la carne. Casi nos parece, más que un dogma, una mala pasada. Se diría que
pensásemos que, tras de habernos pasado la vida soportando a nuestro cuerpo en este mundo, no
tiene ninguna gracia que Dios se lleve al cielo a este malo de la película que nos encadenaba. Con lo
que, para evitar el problema, hay predicadores que se inventan una llamada «carne espiritual» que ya
no sería ni carne ni pescado
Pero resulta que Cristo en el Evangelio explicaba muy bien que el pecado no es lo que entra por la
boca, sino lo que sale del interior. Y aclaraba que del alma, de la voluntad, salen los malos deseos. Con
lo que se concluye que es el alma quien malemplea el cuerpo cada vez que pecamos
De todo ello surge, me parece, esa visión tabú que a veces se difunde sobre todo lo que tiene que
ver con el cuerpo y la sexualidad, como si el uno y la otra fueran malos por su propia naturaleza y sólo
se purificasen «a base de echarles alma». Con lo que injuriamos, calumniamos, insultamos a nuestro
santo compañero de fatigas, a la carne que, al resucitar, será carne resucitado y no un híbrido
espiritual
Me parece que ]habría que comenzar por aceptar que Dios hizo bastante bien al hombre, que no
es que se equivocara poniéndonos, como si fabricara café con leche, un alma sabrosa y un cuerpo
amargo al que hubiera que pasarse la vida echándole azúcar. Creó, sí, la libertad, con lo que tiene de
inevitable riesgo. Pero son cuerpo y alma quienes luchan y construyen, juntos, la casa de la felicidad
Emilio Ferrari lo dijo con versos bastante retóricas y un poco cursis, pero lo expresó bien: «No,
no es el cuerpo miserable andrajo 1 que damos a la muerte por rescate. 1 Es más bien la herramienta
de trabajo, 1 es más bien la armadura del combate.»
Es cierto. No nos realizaríamos si no tuviéramos cuerpo. Y, desde luego, no seríamos cristianos sin
él. Habría, por tanto, que tener no sólo respeto, sino veneración hacia esa carne humana que Dios se
encargará de eternizar
Quiero ahora contar una historia que me produjo, hace ya años, escalofríos. Un día, al salir de
una iglesia en la que había hablado yo de la resurrección de la carne, me esperaba a la puerta un
muchacho cuyos ojos ardían. «¿Usted cree de veras, pero de veras, en lo que acaba de predicar?»,
me preguntó. Sus palabras me sacudieron, porque eran tan ardientes como sus ojos y porque
comprendí que de mi respuesta iban a depender muchas cosas para él. Cuando le dije que sí y que eso
para la Iglesia era un dogma y no una metáfora, vi cómo el respiraba y el fuego de sus ojos se
convertían en luz serena. Me explicó que desde hacía diez años, exactamente desde el día del
entierro de su madre, no era capaz de creer. Su madre había muerto estando él lejos de España, y
su padre había retrasado un día el entierro para que él llegara. Y cuando él, segundos antes de
cerrar la caja, se había acercado a verla, apenas la había reconocido ya. Su madre había comenzado
a. El joven no fue capaz de pronunciar la palabra. Se detuvo aterrado, como ante un precipicio. «Yo
podía aceptar -me dijo, ya con lágrimas- que mi madre muriera, no que a su cuerpo, que a mí me había
engendrado, le pasara aquello.» Dijo esto tan corriendo que se quedó sin
respiración. Al
recuperarse añadió: «Por eso nunca me ha bastado saber que el alma de mi madre era inmortal. Yo
quería su cuerpo.
Yo quiero su cuerpo. Necesito recuperarlo tal y como era antes de
aquel
momento.» «Lo recuperarás», le dije. Y vi cómo crecían sus
ojos, cómo se esponjaba su alegría,
cómo diez años de angustia se alejaban de él
Pero aquella mañana aquel muchacho me ayudó más a mí que yo a él. Porque entonces entendí yo
que para valorar el cuerpo humano hay que pensar en el santo cuerpo que nos engendró. Y pensando
en él entendí para siempre que «tiene» que ser cierto que todos nuestros santos cuerpos
resucitarán
69.-
Me acuso padre, de ser periodista
Ave María Purísima. Me acuso, padre, de ser periodista
Desde hace meses me viene persiguiendo esta idea.- un día debo arrodillarme en un
confesonario y decir esas ocho palabras. Y, si lo retraso, es porque dudo de que un confesor pueda
llegar a entender el espesor de ese pecado si no ha sufrido, como yo, a diario, las contradicciones de
esta profesión. ¿No estaremos, me pregunto, contribuyendo decisivamente los periodistas a ensuciar
y ennegrecer el mundo? Pido al lector que no crea que aludo a la prensa pornográfica o la misma
sensacionalista (aunque en ambas ese ennegrecimiento se multiplique). Hablo de los periódicos y
periodistas que llamamos «normales», que por exigencias de su profesión, para cumplir lo que su
profesión les exige, tienden a diario a agredir los nervios de la humanidad
Supongo que nadie va a negarme que vivimos en un mundo excepcionalmente tenso, ácido,
avinagrado. Ocho de cada diez personas con las que conversas terminan diciendo «adónde vamos a
parar» o «qué mundo éste en el que vivimos». Conozco cientos de personas que dudan del sentido de
la vida humana, que no pueden evitar el volverse contra Dios, que habría hecho o permitido esta
humanidad de violencia, agresión y zancadillas. Y me pregunto si no estaremos siendo decisivos los
periodistas en este colectivo avinagramiento de la humanidad, si no vivimos entregados a falsificar la
realidad del mundo precisamente porque hemos elevado a norma lo novedoso, lo llamativo, lo
golpeante, lo excepcional
Decimos que es noticia un hombre que muerde a un perro. Y jamás hablamos de esos mil
millones de humanos que todos los días sacan cariñosamente a pasear a sus perros. Es noticia el
asesino y no la madre que ama, cuando sabemos que hay un millón de madres entregadas por cada
asesino. Contamos la historia del atracador, pero no la del sabio; o la del padre anormal que golpea a
su hijo, mas no la del que dedica doce horas diarias a encontrar alimentos para los suyos
Y como resulta que nos hemos convertido en invasores, como acaparamos, al menos, el
ochenta por ciento de los conocimientos que el hombre medio tiene -que vive mucho más de nosotros
que de los libros o de sus propios pensamientos-, henos aquí convertidos en filtros de permanente
amargura, en destiladores de tensión en las almas, en deformadores sistemáticos de la visión que del
mundo tienen nuestros contemporáneos
No es, quede esto claro, que seamos malas personas uno por uno, es que las normas de nuestra
profesión nos convierten casi inevitable- mente en ennegrecedores de oficio
Me temo que estemos pasando de un «mundo informados a un «Mundo
superarchirrequeteinformado». Decimos a veces que somos el cuarto poder, y es probable que no lo
seamos en la política o en la economía, pero en las conciencias somos el primero
Y el problema se agrava dadas las circunstancias de nuestro trabajo. Porque resulta que los
periódicos son mucho peores que los periodistas y que nosotros volvamos casi siempre en nuestros
artículos lo peor de nosotros mismos, al juntarse en nuestras plumas esos dos monstruos que son las
prisas y la necesidad de triunfar
La primera es de siempre, la segunda es una fiera de última hora. Vivimos en una prensa que
tiene la competencia como primera norma. No importa en ella hacer buenos periódicos; importa hacer
diarios que la gente lea y discuta. No se valora demasiado el escribir bien, lo que sirve es escribir
agresivamente. En un periodista de hoy cuentan mucho más los espolones que la pluma. Hay que llamar
la atención a toda costa. Hay que conseguir ser distintos y no buenos, llamativos y no hondos; hemos
renunciado ya a pasar a las páginas de la historia literaria; consigamos, -al menos, entrar en el libro
urgente de la actualidad y de los chismorreas
Y detrás viene la prisa. Si los lectores supieran en qué condiciones escribimos, nadie nos
leería. Hace tiempo que aprendí en los periódicos que aquí lo importante no es tener muchas cosas
que decir, ni siquiera el decirlas bien. Lo único que cuenta es decirlas antes que los demás, ganar al
contrincante por la mano, opinar hoy sobre lo divino y lo humano, aunque nada sepamos de lo uno ni lo
otro
Hay días en mi vida que no olvidaré nunca. Por ejemplo, aquel 26 de agosto de 1978, en que
fue elegido Papa Juan Pablo I. Era sábado y el nombre del nuevo Pontífice nos sorprendió a todos a
las siete y cuarto de la tarde. Ni yo ni mis compañeros sabíamos apenas nada de monseñor Luciani, y
la nota oficial que emitió el Vaticano no incluía otra cosa que cuatro datos genéricamente piadosos,
Llamé al periódico. Me dijeron que a las ocho me llamarían para que dictara una larga biografía del
Pontífice y que a las nueve menos cuarto volverían a llamarme para que leyera un largo editorial sobre
el sentido de esta elección y las líneas previsibles del nuevo pontificado
Recuerdo que grité por el teléfono: «¿Pero os habéis creído que yo soy Dios o una máquina?
¿Cómo podéis esperar nueve folios en una hora y media?» Me respondieron que era sábado, que la
primera edición se cerraba a las nueve, que no podían salir sin esa crónica y ese editorial. Colgué el
teléfono,, apreté los ojos y me clavé las uñas en las manos
Me senté a la máquina, vomité las pocas cosas que del nuevo Papa sabía, mientras crecía en mi
alma el más espantoso complejo de bufón. Pensaba: Mañana doscientas mil personas leerán estos
comentarios míos como si fueran la Biblia; porque, encima, me creen, me aprecian, asumirán como
dogmas estas frases genéricas que estoy escribiendo. Yo hubiera debido decir. No tengo materiales
suficientes, no conozco lo bastante a este Papa para informar, y menos opinar sobre él. Pero ¿qué
lector hubiera entendido que yo le citase para el periódico de mañana? Escribí mis nueve folios, los
grité al teléfono y, a las nueve de la noche, agotado y odiándome, crucé las calles de media Roma
tratando de serenarme, de reconquistar la paz conmigo mismo, mientras el bufón me crecía y me
crecía en el alma
Todo periodista honesto lo sabe: cuanto más importante es una noticia, más precipitadamente
debe ser tratada. Cuanto más hondo es lo que tienes que contar, menos tiempo tienes para
reflexionar. La gente debería leernos con setecientas lupas, desconfiando de cada uno de nuestros
adjetivos. Y, asombrosamente, todos hablan mal de los periódicos y de la televisión. Pero todos se
alimentan de los unos y la otra
Hace siglo y medio intuyó todo esto con palabras proféticas Kierkegaard al asegurar que «los
periódicos son el sofisma más funesto que haya aparecidos, porque veía que en el futuro iban a
concederles los altavoces del mundo a quienes menos los merecían. Contaba él que era como si en una
nave hubiera un solo megáfono y de él se hubiera apoderado el pinche de cocina
La conclusión es que todos los altísimos pensamientos del pinche de cocina («pon manteca a
las espinacas»; «hoy hace buen tiempo»; «quién sabe si algo anda mal por allí») se oirían por toda la
nave, mientras que el pobre capitán gritaría inútilmente, aunque tuviera cosas mucho más
importantes que decir. Al final el mismo capitán tendría que mendigarle al pinche de cocina que
transmitiera sus instrucciones, pero aun éstas se transmitirían alteradas por la estupidez del mozo.
Al final el pinche de cocina se apoderaría de la dirección de la nave
Terrible profecía que vemos a diario realizada: hasta los grandes escritores y filósofos
mendigan hoy un sitio en nuestras páginas si quieren existir; hasta se rebajan al «lenguaje
periodísticos y tratan de «llamar la atención» como vicetiples
Henos, pues, aquí, reyes de lo superficial y lo. ácido, dirigiendo un mundo que desconocemos,
contagiando a los humanos nuestro culto a lo raro, obligándoles a creer que el mundo abunda en
hombres que muerden a sus perros, ayudándoles a levantar los puños contra un cielo que habría
creado mal las cosas y consiguiendo que el hombre no vea jamás los ríos de amor y de ternura que
cruzan por el mundo
70.-
Anónima Matrimonios, S. A
La historia que voy a contar es una de las más tristes que he conocido. Tanto que es capaz de
derribar -al menos por unas horas- mi terco optimismo. Y es una historia tan rigurosamente verídica
que voy a dar en ella todo tipo de detalles, no vayan mis lectores a juzgarla una fábula
Ha sucedido, sucede, está sucediendo en Italia, en Roma. En el número 76 de la calle Roma
Libera tiene su sede la sociedad que da título a este artículo, la Anónima Matrimonios, S. A., que se
dedica, con todos los papeles en regla, a lo que podríamos definir «trata de viejos». ¿Que usted es un
futbolista que necesita nacionalizarse italiano para poder jugar en la Liga nacional? No se preocupe,
la Anónima Matrimonios le encontrará una linda viejecita a las puertas de la muerte para que usted
se case sin mayores obligaciones y consecuencias y con la alta probabilidad de una próxima viudez que
le deje más libre aún, pero ya nacionalizado. ¿Que, por el contrario, es usted una actriz que tendría,
en sus contratos, menos impuestos siendo italiana? Le buscará a usted un presentable anciano que
resuelve el problema. Todo es cuestión de un poco de dinero. Poquísimo, en realidad. Un viejo de
setenta años sale más bien barato, unas 25.000 pesetas. Pero, claro, tiene el inconveniente de que
puede vivirle a usted veinte o veinticinco años, y eso le expone a usted a nuevos gastos con ocasión
del divorcio. Con cincuenta o sesenta mil tiene usted ya un anciano de ochenta años, que es menos
comprometido. Y si quiere usted tener todas las garantías, con cien mil le encuentran un viejo con una
enfermedad incurable y defunción a vuelta de correo
Todo esto que estoy contando no se lo dicen a ustedes con tanto descaro en la dulce oficina,
pero así son las cosas
No hace mucho la historia saltó a los periódicos con un cierto tinte de escándalo. Lorenzo
Berni, un anciano de ochenta y un años, se «casó» (lo pongo entre comillas porque me avergüenza usar
en esta historia ese verbo tan hermoso) con una joven actriz yugoslava, Alice Bakarcirc, que
necesitaba nacionalizarse italiana para abrirse mejor las puertas de Cinecittá y que acudió a la
agencia para agilizar los trámites
Cuando a Lorenzo Berni, que vivía en un hospicio romano, le hablaron de una cifra próxima a
las cincuenta mil pesetas, sintió vértigo. Al fin tendría dinero para media docena de caprichos
acariciados desde hacía décadas. Y en el fondo le divertía la aventura de imaginarse durante algunas
horas casado con aquella belleza
El «matrimonio» (vuelvo a poner comillas) se hizo. A horas supermañaneras, eso sí. Y a
Lorenzo Berni le regalaron un traje nuevo y cincuenta billetes de mil. Y tras la ceremonia y un lúgubre
desayuno en una cafetería «con su mujer», los padrinos acompañaron a Lorenzo a su asilo para vivir
sólo su luna de miel
A vivir más solo que nunca. Porque aquel día se inició la gran tortura. Los compañeros de asilo
comenzaron su asedio: «¿Qué te han dado, qué te han dado?; ¿no nos has traído nada?; pero ¿no nos
vas a invitar?; ¿me prestas mil pastas?; ¿dónde has escondido lo que te han dado?» Y el comentario
unánime. «Desde que se ha casado se ha vuelto orgulloso. Yo no vuelvo a darle ni un cigarrillos
Un panorama horrible, en el que he omitido -¿para qué?- las infinitas preguntas y alusiones
torpes que durante semanas llenaron el hospicio de turbios pensamientos
Aún llegó otra tortura: la mujer que había servido de mediadora- celestina para buscar al
viejo intentó hacerle chantaje para que él a su vez se lo hiciera a la actriz. Pero Lorenzo ni sabía la
dirección de Alice, de quien sólo volvió a recibir un paquete con dos botes de mermelada
Y llegaron las cartas indignadas de todos esos nietos y sobrinos que jamás le habían visitado,
pero que ahora sentían herido su orgullo y manchado su apellido, desde que la foto y nombre del
anciano salieron en todos los periódicos. Y gentes que le reconocían en bares y calles volvían contra él
los dardos del sarcasmo
«Yo no me hacía ilusiones con este matrimonio -ha declarado Lorenzo Berni a un periodista-.
Sabía que todo era una conveniencia. Pero esperaba que al menos fuera una historia secreta, que
nadie llegaría a conocer. Ahora estoy en la boca y en la risa de todos. Y quisiera irme, no sé dónde, a
donde nadie me conozca. Irme. Irme. Aunque fuera al otro mundo.»
Hasta aquí la horripilante historia a la que no he añadido ni un solo gramo de crueldad. Hasta
aquí la historia de un mundo en el que, por un capricho, somos capaces de usar como felpudo la
dignidad humana. De la trata de negros se pasó a la de blancas; de la trata de blancas hemos llegado
a la de niños y de viejos. Todo se compra, todo se vende. Y ni siquiera por altos precios. Para alcanzar
caprichos. Las leyes que prohiben clavar un cuchillo transigen si eso se hace en el alma
No hace muchas semanas detenían en Francia a un grupo de atracadores que habían ido
dejando París lleno de pistas con su despilfarro, gastando en quince días varios millones de francos.
Con ellos vivía una muchacha danesa que se había incorporado a sus francachelas en una juerga tras
el atraco. Cuando la Policía le preguntó si no la había extrañado ese chorro de dinero tirado,
respondió: «Me divertía demasiado para preguntármelo.»
Esa es la clave de la cuestión: nadie se pregunta nunca por el precio de sus locuras. La dulce y
cristiana esposa del multimillonario ladrón no se pregunta de dónde saca el dinero su marido y a costa
de quiénes lo consigue. A ella le basta con vivir bien y de tener tiempo sobrado para sus oraciones.
Los hijos que sangran a su padre para ver esta semana a «Supertramp», la pasada a Miguel Ríos y la
próxima a Rod Steward, ¿cómo van a tener tiempo de preguntarse qué jaribeques ha de hacer su
padre para -alimentar su «estar al día»?
Jugamos, jugamos todos. Y que siga la juerga. Y el precio final es un mundo lleno de solitarios
y pisoteados anónimos a los que, tal vez, para tranquilizar la conciencia, les mandamos dos botes de
mermelada
71.-
Viajar como maletas
Supongo que las crecientes subidas del dólar y devaluaciones de la peseta han venido a cortar
la también creciente ola de turismo español por el extranjero. Y no sé si alegrarme o entristecerme,
porque me parece, a la vez, una de las cosas mejores y más difíciles del mundo. Y siento tanta estima
hacia el viajero-viajero como compasión hacia el turista-turista
No es lo mismo, desde luego, aunque muchos lo confundan. El viajero va por el mundo como
quien lee un libro; el turista, sólo como quien ve la televisión. Por los ojos de ambos desfilan calles y
personas, pero si para el viajero se le adentran por el camino del alma, para el turista simplemente
desaguan por el agujero de la diversión
Creo que Goethe lo precisó muy bien: «El que corre mundo sin perseguir grandes fines estará
mucho mejor en casa.» El verdadero problema no está, pues, en dónde se viaja, sino en para qué se
viaja, con qué tipo de alma se sale al mundo. Y así es como los viajes -según dice el refrán inglés«favorecen a los sabios y perjudican a los necios»
El que viaja con el alma abierta, sin prisas, con la visita preparada, habiendo conocido primero
en los libros las ciudades cuyas calles después recorrerá, ése puede llegar a tener tantas almas como
naciones visite. Ese descubrirá que el viaje estira las ideas y encoge los prejuicios, alarga la
comprensión y reduce el egoísmo. El que, en sus viajes, prefiere las gentes a las calles, las calles a los
teatros, los teatros a los espectáculos idiotas, ése tiene la posibilidad de regresar mejor de lo que
partió. El que viaja para admirar y no pata pasarse las horas repitiéndose que, «como en España, ni
hablar», o que «comidas, mujeres y sol como el nuestro no lo hay», ése tal vez logre salir
verdaderamente de esa primera página del mundo que es todo país natal y que, por muy hermoso que
sea, es sólo la primera página
No basta viajar, desde luego. Hay que saber hacerlo. Y eso no lo enseñan en el Bachillerato.
Creer que los viajes enseñan por el hecho de hacerlos es olvidar aquello que decía humorísticamente
Rusiñol- «Si fuera cierto que los viajes enseñan, los revisores serían los hombres más sabios del
mundo.»
Y hay gentes, la mayoría de los turistas, que viajan como picando billetes, que hacen turismo
como maletas. Como esas maletas crucificadas de etiquetas y dentro de las que seguramente no hay
más que ropa sucia. Ropa sucia es lo que muchos traen después de recorrer Europa entera
Voy a transcribir aquí un párrafo de alguien -Unamuno- que odiaba a los turistas. Es un
párrafo largo, pero pido al lector que lo mastique bien, porque -aun con algunas exageraciones- no
tiene desperdicio:
«¿Para qué viaja la mayoría de los que viajan? ¿Hay algo más azorante, más molesto, más
prosaico, que el turista? El enemigo de quien viaja por pasión, por alegría o por tristeza, para
recordar o para olvidar, es el que viaja por vanidad o por moda. es ese horrible e insoportable turista
que se fija en el empedrado de las calles, en las mayores o menores comodidades del hotel y en la
comida de éste. Porque hay quien viaja -horroriza el tener que decirlo- para gustar distintas cocinas.
Y otros para correr teatros, cafés, casinos, salas de espectáculos, que son, en todas partes, lo
mismo, y en todas igualmente infectos y horrendos. Y hay quien viaja por topofobia, para huir de cada
lugar, no buscando aquel a que va, sino escapándose de aquel de donde parte, Muchos de los que dan
en viajar mucho lo hacen huyendo de cada lugar. Es que no pueden parar en ninguno. No es que les
atraiga el punto adonde van, es que les repele aquel de donde salen.»
Ahora pido al lector que relea con atención las últimas líneas de este párrafo, porque en ellas
pone Unamuno el dedo en una de las llagas más vivas de nuestro presente: la topofobia, la domofobia.
¿Cuántos viajan por huir de sí mismos, porque son culos de mal asiento, porque piensan que cambiando
de clima cambiarán de alma, porque no se soportan a sí mismos ni a lo que les rodea? ¿Viajan? No;
huyen. ¿Y puede encontrarse algo cuando se huye?
«Domofobia» es una palabra que aún no existe en el diccionario, pero que ha sido puesta de
moda recientemente por algunos psiquiatras, y es una de las grandes enfermedades del hombre
contemporáneo. Y es asombroso, porque el nivel medio de las casas en Occidente ha mejorado en los
últimos cincuenta años más que en los veinte siglos anteriores. Los palacios de los ricos han perdido
colosalidad, pero se han vuelto mucho más vivideros. Y los mismos pisos de los pobres distan mil
Kilómetros -salvo excepciones- de las chozas de hace un siglo. Las viejas cocinas paleolíticas
empiezan a aproximarse a las de los cuentos de hadas. Y podría pensarse que la selva de cacharros
televisivos, tadiofónícos, calefactores, refrigeradores y demás morralla habrían convertido por fin
las viviendas en hogares
Pero resulta que es precisamente ahora cuando ni varones ni mujeres aguantan permanecer
muchas horas en sus casas. Se impone la fuga de los fines de semana, la piscina, la excursión
dominguera. Al hombre moderno hay que sacarle, como a los perros, a pasear todos los días
Así es como los viajes se han convertido en fugas. No en ocasiones de enriquecimiento, sino
en simples tubos de escape de eso que llamamos «la rutina cotidianas. De cada diez decisiones del
hombre contemporáneo, nueve provienen de simples afanes de cambiar de postura. No es que se elija
aquello a lo que se accede, es que se quiere abandonar lo que se tiene. Porque el hombre
contemporáneo no se soporta dentro de su propia piel. ¿Son las almas o es el mundo lo que está
enfermo? ¿Son los ojos quienes están turbios o es confusa la realidad que nos rodea?
Juan Ramón explicaba a un joven que «en la soledad se encuentra lo que a la soledad se lleva».
Y habría que decir lo mismo a todo viajero: en el mundo se encuentra lo que en el corazón se lleva:
apertura, si se tiene el alma abierta; frivolidad, si ella va, dispersa. Por eso quienes viajan sin poder
soportarse a sí mismos terminan por no soportar nada en sus viajes y acaban por decir aquella
tontería de Alfonso Karr cuando aseguraba que «en todos los países que visitamos hay una cosa que
sobra: sus habitantes». Pero si de un país no me importan sus gentes, ¿cómo voy a entender las casas
en que viven o las iglesias en que rezan?
Amigo mío, si no estás preparado para viajar, no viajes. Cúrate primero tu alma, limpia y
estira tus ojos; piensa que tus vicios, tus
intransigencias y tus incomprensiones viajarán contigo. No pasees por el mundo tu propia amargura,
porque la difundirás y volverás con ella multiplicada, ya que cada país que visites se volverá un espejo
reflejante de tu podredumbre interior
Sólo si estás alegre, abierto, apasionado, con ganas de aprender y de amar en más idiomas,
sólo entonces sal: un mundo maravilloso está esperándote a un lado y a otro de la frontera. Y
recuerda que sólo cuando ames tu propia casa se volverá para ti el mundo una casa
72.- Una cura de Bach
Si yo tuviera que señalar los dos días más decisivos de mi vida, creo que elegiría (junto al de mi
ordenación sacerdotal) el 17 de abril de 1949, en que, por vez primera en mi vida, asistí a un
concierto en vivo. Tenía yo entonces dieciocho años y nunca había vivido en una de esas grandes
ciudades que tienen el enorme privilegio de contar con orquestas y salas de conciertos. Pero es que
al descubrimiento de la «verdadera» música se unió aquel día el oír por primera vez a Bach. Fue -no
lo olvidaré jamás-- la «Misa en si bemol», dirigida por Scherchen. Y supuso para mí un
deslumbramiento, como si en aquellas dos horas descorrieran una cortina sobre una dimensión desconocida. Vuelvo a ver al muchacho que yo era caminando por las calles de Roma como ebrio, como
alucinado. No porque la música de Bach fuera locura (sólo mucho más tarde empezaría a entenderla),
pero sí porque asomarme a tal milagro produjo en mí una sensación de vértigo luminoso, el hallazgo
de una alegría que jamás hubiera sospechado que existiera en este mundo
Desde entonces he oído esa misa millares de veces. Y no exagero al decir millares, porque,
durante muchos años, tuve permanente- mente puesto en mi tocadiscos aquel «Kyrie» para
despertarme todas las mañanas, oyéndolo como una cura de salud con que quería empezar todas mis
jornadas
Este verano he repetido esa cura en dosis masivas. Porque lo necesitaba. ¿Quién, viviendo en
1983, no tiene los nervios destrozados, el alma tensa, el espíritu agresivo, el ánimo laberíntico? Bach
es un balneario, el mejor médico del alma que ha producido nuestro mundo
Por eso mi verano ha sido regresar a su música como si volviera a la casa de un padre. Mientras
leía y trabajaba, sin las malditas prisas de lo periodístico, he vuelto a hacer rodar sobre mi
tocadiscos sus cantatas, a razón de seis, ocho horas diarias. Y era como un reencuentro con una
humanidad anterior a las tormentas
Tengo una terrible envidia hacia Bach como hombre. No porque se parezca a mí. En nús buenos
momentos me siento mucho más cerca de Mozart y en las horas exaltadas más próximo a Beethoven.
Bach es, para mí, el equilibrio inalcanzable y, por ello, tanto más deseado
Me pregunto a veces si el siglo xx sería capaz de producir un hombre como Bach. Y siempre me
respondo que uno tan grande, tal vez. Pero jamás uno de su corte
Bach era casi algo que hoy no apreciamos: un buen burgués, alguien bien instalado en la sociedad
que le rodeaba, que no soñaba en destruir el orden (desorden) en su inundo, que hizo una verdadera
revolución en la música sin siquiera habérselo propuesto, sin soñar innovar, pero haciéndolo
Bach era lo que nosotros no seremos nunca: un hombre feliz. Su cara nos repugna, su peluca nos
repele. Pero él conocía la felicidad de componer, la felicidad de existir. En su obra no hay tensiones
ni altibajos. Es un genio regular, casi diríamos que un burócrata de la genialidad. Y todo ello sin estar
en demasiado conflicto con su mundo y mucho menos consigo mismo, Lo contrario del mundo
contemporáneo, que sólo produce genios ariscos, genios a contraorden, a contra- mundo,
permanentemente ansiosos, insatisfechos
Bach era alguien seguro de sí mismo. «Buen marido, buen padre, buen profesor, buen amigo»,
dicen sus biógrafos. Hoy redondearíamos, un mediocre. Tenía, claro está, sus geniadas. Luchó
siempre por salir de estrecheces. Pero jamás como un titán que remueve las columnas del orbe. Sus
«rebeldías» contra los príncipes jamás le alteraban, eran «rebeldías dentro de un orden» y apenas
se reflejaban en ese «continuo» que es toda su obra
Hoy unimos el concepto de genio al de locura. Nada loco hay en Bach. 0, en todo caso, hay una
locura muy racional. El dolor es, para él, parte de la historia y jamás desequilibrará esa asombrosa
armonía que vivió entre su cabeza, su corazón y su mismo vientre
. Era, lo que ahora no hay, un adulto. En el siglo xx todos somos adolescentes. Los mediocres viven
en una permanente no realización. Los mejores existen como flechas, siempre tensas al blanco,
siempre inseguras de si lo conseguirán. Bach vive en la certeza. No tiene que pasarse la vida
regresando a su paraíso feliz de la infancia, como Mozart. Ni golpeando con sus sueños las tapias del
futuro, como Beethoven. Bach no conoce la angustia o la ansiedad. No es «animal de psiquiatra». Hay
en él un admirable equilibrio psicológico. Nada pato- lógico aparece en su música. Nada masoquista,
nada narcisista. Su música -dicen los Psiquiatras especialistas- es obra de una asombrosa virilidad,
fruto de alguien sexualmente pacífico y realizado
En él se realiza esa figura del padre, que hoy tan poco frecuente es. Bach es la fertilidad, lo fue
en todos los sentidos. ¿Cómo podía componer en aquella casa siempre abarrotada de chiquillos, en un
permanente barullo musical? Es asombroso. Allí la vida era cantar, componer, tocar, «jugar» (aquí
es perfecta la palabra francesa) y hacerlo con normalidad, sin otras normas que la de hacer cada
día más y hacerlo mejor
Supo ser, sin proponérselo, la síntesis de cosas tan opuestas como la música alemana, francesa e
italiana de la época. En él se unían -¡milagro!- Pachebel, Buxtehude, Couperin, Vivaldi y Corellí. Fue
europeo antes de que se inventase la Comunidad. Y en una Europa tan desgarrada como la suya supo
ser un ferviente luterano, en el que nos sentimos hoy perfectamente expresados los católicos.
Oyendo su música parece imposible la desgarradura que entonces sufría la Iglesia. Porque él supo
unir lo que no conseguiría sanar el Concilio de Trento
Me pregunto a veces qué ocurriría en nuestro siglo si obligatoria- mente se escuchara media
hora de Bach antes de todas las reuniones entre políticos, entre dirigentes eclesiásticos, o ante las
conversaciones entre patronos y sindicatos. ¿Tras oírle, quién podría declarar una guerra o
mantener una separación?
Los hombres de hoy no encuentran la paz, ni el acuerdo, porque sólo se encuentra lo que se lleva
dentro. Y, con almas en guerra, ¿qué se puede generar sino discordia?
Por eso en este verano he entrado yo en el balneario Bach, he dejado que él me fuera vendando
mis heridas, que pasaran y pasaran por mi cerebro sus mansas y vivas melodías. Porque Bach no es
un cloroformizador, sino un vitalizador. No atonta, ni adormila, despier- ta, pero hacia la paz y no
con la tensión. Lo hace mucho mejor que el «astenolit» y demás fármacos. Más en profundidad que
la más ancha playa. Oyéndole me encuentro «bien sentado» en el mundo. No lejos del dolor, pero sí
de la 'neurastenia. A gusto, como en una poltrona. Luego vendrán el otoño y el invierno a
zarandeamos, a de- volvernos nuestra condición de hombres modernos, nerviosos, insa- tisfechos,
como si todas nuestras sillas quemasen o tuvieran alguna pata rota. ¿Quién demonios nos habrá
convencido que ser modernos es tener el alma siempre en vilo? ¿Quién que la genialidad es
desmesura? ¿Quién que tenemos tanto que vivir que no saboreamos nada de la maravilla que
vivimos? Nos haces falta, padre Bach, en este mundo de bastardos
73.- El derecho a equivocarse
Una doctora amiga me contaba hace días una historia emocionante. Su oficio es magnífico: se
dedica al análisis preventivo de varias enfermedades en los recién nacidos, enfermedades que,
detectadas en un primer momento, logran salvar muchas vidas y ahorrar muchos dolores tardíos. Y
sucedió hace ya varios años que, en una jornada en la que estaban sobrecargados de trabajo, alguien
en su laboratorio, probablemente por puro cansancio, se equivocó al poner las etiquetas en las
muestras de los análisis, con lo que se aplicaron curas innecesarias a quien no lo necesitaba y, lo que
es peor, se dio por sano a un niño claramente predispuesto a varias enfermedades
Meses más tarde, lo que se había dado por imposible, se declaró en este niño, por lo que las
curas, tardías, fueron mucho más dolorosas y peligrosas. A causa de aquel error en el cruce de
etiquetas. Todos los médicos de aquel laboratorio sufrieron, por su fallo, tanto o casi tanto como los
padres. Pero quiso la fortuna que el pequeño pudiera salvarse
Un año más tarde, aquellos padres fueron a visitar a la doctora. ¿Para quejarse de aquel error
que puso en peligro la vida de su hijo? No; para que la doctora viera lo bien que el niño estaba y para
que no siguiera sufriendo por el error que había cometido
La doctora que me contaba la historia se emocionaba al hacerlo y me decía que, mientras
tantos hubieran guardado un permanente rencor por aquellos miedos y dolores tardíos, que
ciertamente se debían a un error suyo o de alguno de sus compañeros, aquellos padres habían
descubierto que la posibilidad del error es parte de la condición humana, que también un médico tiene
derecho al cansancio y que, cuando no se debe a desidia o desinterés sus fallos deben ser
comprendidos como los de los demás humanos
Yo comprendo que esta historia es hermosa, aun cuando tuvo la fortuna de que el niño se
salvó. Habría sido un millón de veces más difícil si aquella vida se hubiera perdido. Pero tengo que
reconocer que la doctora tiene razón. Que somos justos al exigir a los médicos tanta entrega como la
de quienes tienen la vida entre sus manos, pero que nos volvemos inhumanos cuando no reconocemos
que el error es parte de su naturaleza y que, aun poniendo toda la pasión del mundo en su tarea, se
equivocarán a veces
A mí no me gusta la fórmula con la que he titulado este artículo: no creo que el hombre tenga
«derecho a equivocarse». No tenemos verdadero «derecho» al error. Lo que sí tenemos es derecho a
ser comprendidos en nuestros fallos, a ser aceptados con nuestros errores, a ser perdonados por
nuestras estupideces, a ser reconocidos como hombres que inevitablemente cometerán siete
tonterías al día y setenta veces siete por año. Temo que, mientras esta ley no sea reconocida y
aplicada por todos, no conseguiremos un mundo vividero
Nunca he creído en la Santa Intolerancia y no me parece que tenga mucho que ver con el
cristianismo. Lo cristiano me parece aquello que aspira al ideal, pero que parte de la aceptación de los
hombres como son y lo que lleva siempre muchos sacos de perdón dispuestos para su empleo
Me parece que los hombres nos vamos haciendo verdaderos adultos en la medida en que nos
hacemos comprensivos. La intolerancia es, me parece, tolerable y comprensible en los jóvenes. Para
dos todo se divide en el bien o el mal. Luego, la vida va descubriéndonos cuánto bien se esconde entre
los pliegues del mal. Y cuánto el mal se agazapa detrás de muchos recovecos del bien. Y uno va
aprendiendo a perdonar cuanto más descubre dentro de sí la necesidad que tiene de perdón. Por eso
un vicio que acumula rencor me parece el ser menos adulto que existe
También la vida nos va enseñando a perdonar, que es el arte más difícil que existe.
Empezamos perdonando melodramáticamente, saboreando el gozo de perdonar, sin caer en la cuenta
de que -como decía San Agustín- «se puede ser muy cruel al perdonar» cuando se perdona «desde
arriba», desde la «dignidad» del ofendido. Más tarde descubrimos que el verdadero perdón es el que
no se nota, el que incluso nos sale del alma sin esfuerzo, naturalmente
Por eso me parece tan absurda esa frase del «perdono, pero no olvido», porque una cosa es
que aprendamos de los errores para no volver a cometerlos y muy otra que nos pasemos la vida
recordándolos, sacando jugo al caramelo de nuestro perdón
Tal vez yo aprendí a perdonar dé aquella maestrita que, en mis años infantiles, tenía la
hermosa manía de escribir nuestras malas notas con tiza y las buenas con tinta. Así las malas se
borraban al día siguiente con la primera operación matemática que hacíamos en el encerado, mientras
que las buenas quedaban allí siempre escritas como un bello recuerdo
Pienso que si los hombres escribiéramos así, las malas cosas en el encerado del alma y las
buenas en nuestros cuadernos indelebles, nos encontraríamos al cabo de los años sin rencores y con
el corazón abarrotado de motivos de gozo. Dicen que «el lobo puede perder los dientes, pero no la
memoria». Afortunadamente, el hombre no es un lobo y puede seleccionar amorosamente dentro de
su memoria, de modo que casi nos cause risa cuando alguien nos pide perdón, por la simple razón de
que, sin más, lo habíamos olvidado
Esta ciencia es fácil: basta con mirarse al interior, descubrir la maraña de fallos que uno
tiene, para no valorar los de los demás. Aquel a quien le cuesta perdonar es, sencillamente, porque no
se conoce a sí mismo. «La vida -decía Goethe- nos enseña a ser menos rigurosos con los demás que
con nosotros mismos.» No creo que vivan mucho quienes todo se lo dispensan a sí mismos y nunca
encuentran explicaciones para los demás
Por eso me gusta tanto esa encíclica de Juan Pablo II que me parece que pocos han leído"Dives in misericordia". En ella se subraya que la sustancia de Dios es que es «rico en misericordia»,
que es un experto en el arte de perdonar. Porque ve toda la verdad, la infinita pequeñez de nuestras
necesidades. Graham Greene dice en una de sus novelas que «si conociéramos el último porqué de las
cosas, tendríamos compasión hasta de las estrellase. Por fortuna, Dios conoce todos esos últimos
porqués, ese hecho terrible de que, de cada cien de nuestras necesidades, noventa y nueve se
cometen por error, por prisas, por cansancio, por frivolidad y tal vez sólo una por descender del mal
Por eso me gusta también tanto aquello que dice el Talmud- «Dios ama a tres clases de
hombres: al que nunca se enoja, al que nunca renuncia a su libertad y al que no guarda rencor.» Sí; él
nos perdonará «así como nosotros perdonemos». Bueno, esperemos que nos perdone mucho mejor.
Esperemos que un día él nos enseñe nuestra alma niña, salvada a pesar de tantos errores en las
etiquetas de nuestros diagnósticos a la hora de vivir
74.-
La estampida del egoísmo
Este verano hasta he podido permitirme el lujo de ver unas cuantas películas. Algunas
atrasadísimas, que se me escaparon y sólo ahora he podido recuperar. Kramer contra Kramer, por
ejemplo. Y aunque supongo que ya se dijo todo sobre ella, me gustaría subrayar aquí una frase que me
impresionó. Cuando la madre, que ha abandonado su casa y a los suyos, quiere explicar por qué lo hizo,
dice que «estaba cansada de ser de alguien. Siempre había sido hija de, madre de, esposa de. Quería
ser mía por primera vez»
La frase me impresionó porque pocas definen mejor la situación de nuestro mundo
contemporáneo. En todos nosotros se ha desatado el afán de poseemos a nosotros mismos, por
«realizarnos», como suele decirse, por independizarnos, por desrelativizarse. Y no seré yo quien
recuse tales metas. Cien veces he defendido en este cuaderno la necesidad de que los hombres estén
verdaderamente vivos, saquen todo el jugo a su alma, lleguen hasta lo más alto de sí mismos. El
problema está, me parece, en cuáles sean los caminos para conseguir esa meta. En descubrir si lo más
alto de nosotros mismos está en nuestra autoadoración, en nuestra autoexaltación o en nuestra
entrega
A mí me encantaría ver a todos los hombres del siglo XX realizándose. ¿Quién puede desear
mantener las mil formas de esclavitud que el mundo ha construido sometiendo unos hombres a los
otros? Toda relación forzosa es esclavitud. Toda relación que no se haga sobre libertad ata alguna de
las alas del hombre. ¿Pero bastará tirar por la borda las dependencias para realizarse? ¿Seremos
«alguien» sólo con no ser «de» nadie? ¿No estará el siglo XX proponiéndose la bellísima meta de la
libertad de los hombres y consiguiendo, sin embargo, algo bien diferente: la estampida del egoísmo?
Los que consiguen no ser «de» nadie, ¿no corren el riesgo de encontrarse, dentro, con el espantoso
vacío de sí mismos entregados al servicio de sí mismos, cuando no acabando esclavos «de» su perro,
«de» su cocho, «de» su infinito aburrimiento?
Son preguntas que, creo, hay que planteárselas con toda su crueldad, porque en ellas están
algunos de los quicios de nuestra civilización. Porque estamos viviendo en una de las más locas
carreras hacia el egoísmo colectivo. Los hombres, en mayoría, luchan para liberarse y en realidad sólo
cambian de esclavitud. Creen poseerse y sólo poseen un vacío. Terminan los mejores descubriendo,
como la señora Kramer, que la dependencia de su hijo, vivida en amor, era liberadora. Y que la
solución no es arrojar las dependencias, sino conseguir que sean muchas y todas liberadoras y no
esclavizantes. Las islas no son más libres que los continentes. Al contrario, todos cuantos en ellas
viven luchan por liberarse del empequeñecedor complejo que es propio de los isleños. Las soledades
sólo se justifican en la medida en que son fecundas
Me gustaría comentar aquí algo que yo leí de muchacho y que ha sido siempre decisivo en mi
vida. Es una página de un libro milagroso: El medio divino, de Teilhard de Chardin. Aquella en la que
expone lo que yo llamo «la teoría de la circunferencia»
Teilhard parte de un hecho elementalisimo: el hombre es egoísta, nace egoísta, incluso casi
siempre que ama lo hace por razones, en alguna punta, egoístas. Lo mismo que todos los radios de una
circunferencia convergen en su centro, así el hombre hace dirigirse hacia sí mismo todo cuanto le
rodea. Y esto por instinto, por su propia naturaleza terrestre
Pues bien: la tarea por ascender hacia lo mejor de nosotros mismos no es otra que «la
destrucción progresiva de nuestro egoísmo»; es decir, «nuestra excentración» hasta conseguir
«perder pie en nosotros mismos»
De ahí que un hombre completo (un santo, desde el punto de vista religioso) no es aquel que
más se sube encima de sí mismo, sino aquel que más se «abre», el que consigue sacar el centro, poco a
poco, hasta fuera de su propia circunferencia. Lo normal es que el hombre se muera sin lograrlo,
abriéndose a fragmentos, a trozos, y que tenga que ser la muerte «el agente de la transformación
definitivas, quien nos dará «la abertura requeridas para recibir la plenitud del amor. Eso es lo que
Teilhard llama «comulgar muriendo»
Me gustaría que mis amigos releyeran despacio este párrafo. Dice más de cuanto yo pudiera
explicar
No me parece serio que la gente se enfade con su propio egoísmo. Es como enfadarse con
nuestra propia carne o con los kilos que pesamos. Es bueno rebajarlos, controlarlos, pero sabiendo
que siempre pesaremos. Lo malo es cuando el egoísmo, además de dominarnos, se vuelve contra los
demás. Bacon decía que «un egoísta es capaz de quemar la casa del vecino para freírse un huevo». Y
pudo añadir que, después de haberlo hecho, descubre que lo hubiera frito mucho mejor en su propia
sartén que sobre el rescoldo de la casa quemada
Todo hombre realista descubre que es cierto eso de que el más pequeño dolor en nuestro
dedo meñique nos causa mayor preocupación y nos ocupa más tiempo que la noticia de la destrucción
de millones de nuestros semejantes. Pero también todo hombre digno de sí mismo sabe que el mundo
nunca mejorará -ni para él ni para los demás- si cada uno de los hombres sólo se preocupa de su
propio dedo meñique. Y termina por descubrir que, en este tiempo nuestro, estamos todos tan
entregados a conseguir nuestra propia libertad, que estamos poniendo en peligro la libertad y
dignidad de todos
A mí me encanta, naturalmente, encontrarme con jóvenes libera dos, con mujeres liberadas,
con seres liberados. 1,o que me fastidia es descubrir que, los más, se han liberado para nada. No para
tener mayores capacidades de amar y de servir, sino para pasarse la vida lamiéndose como gatos
Y así es como el egoísmo -que sería comprensible y hasta soportable en ciertas dosis- se
vuelve peligroso cuando se convierte en estampida, cuando hemos dejado de ser tan «de» alguien que
ya ni nos preguntamos quiénes quedan bajo nuestras patas y nuestro enloquecimiento
75.-
La sonrisa y las tinieblas
El día que yo celebré mi primera misa asistía, a mi derecha, mi viejo tío Paco, que aquel mismo
día celebraba las bodas de oro de su ordenación. Y recuerdo que yo empecé la misa -según las
antiguas fórmulas- diciendo: «Me acercaré al altar de Dios», y el anciano me respondió. «Al Dios que
es la alegría de mi juventud.» Difícilmente se imaginará nadie lo que para mí supuso aquel paradójico
juego de palabras. Creo que desde aquel momento descubrí que una de mis obligaciones sería dedicar
todos mis esfuerzos a devolverle a Dios el rostro alegre que le habíamos robado, a convencer a mis
hermanos de que la Iglesia no es el coco y que nada tiene que ver el Evangelio ni con las tinieblas ni
con el aburrimiento
Por eso me ha gustado tanto encontrarme (dentro de un libro cuyo conjunto me ha
decepcionado, El nombre de la rosa) un párrafo en el que el protagonista grita que «el diablo no es el
príncipe de la materia, sino la arrogancia del espíritu, la fe sin sonrisa»; que «el diablo es sombrío
porque sabe adónde va y siempre va hacia el sitio de donde procede», pues «vive en las tinieblas».
Efectivamente, lo que separa a un cristiano del demonio no es que él tenga fe y el diablo no, sino el
hecho de que el creyente ve su fe desde la sonrisa y sabe crear sonrisas de su fe
No siempre se ha pregonado esto. Recuerdo cómo me hizo sufrir, con mis dieciocho -años, la
lectura de la obra de Nietzsche y la grotesca visión que tiene de la Iglesia y del sacerdocio
Releo hoy aquella página en la que nos pinta a los curas como los representantes de la muerte:
«Entendían vivir como cadáveres andantes; revestían de negro su cadáver; aun de sus palabras
trasciende el nauseabundo olor de cámaras mortuorias. Y quien vive cerca de ellos
vive cerca de estanques negros.» Uno no sabe si echarse a llorar o a reír. Y hace lo último
porque tiene buen humor
Pero ha de reconocer que también dentro de la Iglesia se han dado bastantes motivos para
que luego alguien venga con la caricatura. Recuerdo, por ejemplo, aquel párrafo en el que Bossuet
supera a Nietzsche en el número de disparates:
«La pasión, sin duda, más engañosa de todas es la alegría, aunque sea la más ardientemente
deseada: y la sabiduría no ha hablado jamás en otro sentido de ella que no sea el que ofrece el
Fclesiastés cuando juzga la risa un desatino y la alegría un fraude. Y la razón, si no me equivoco, es
que, después de la desobediencia del hombre, Dios ha querido alejar de él todas las sólidas
satisfacciones que había derramado sobre la tierra en la inocencia de los comienzos, para
derramárselas un día a sus bienaventurados.»
¿Qué tripa del alma se le había roto aquel día al gran Bossuet para escribir tales cosas?
¿Nunca leyó los otros miles de páginas en los que la Biblia y Cristo en persona invitan a la alegría? De
qué subterránea teología saca esa teoría de que hubo alegría en el paraíso y la habrá en el cielo y, en
el intermedio, en la tierra, sólo nos queda la medicina de la tristeza?
Me parecen infinitamente más ortodoxos San Francisco de Asís, cuando llamaba a la tristeza
«enfermedad babílónica» y repetía que «la alegría es el segurísimo remedio contra las mil insidias del
demonio»; San Francisco de Sales, cuando aseguraba que «la tristeza es contraria al servicio del
amor divino»; Santa Teresa, cuando invitaba a sus hijas a la alegría, «porque cuando se empieza el
alma a encoger es muy mala cosa para todo lo bueno»; o Santo Tomás Moro cuando, en una de las
oraciones más bellas que jamás se escribieron, pedía a Dios que le diera «un alma que no conozca el
aburrimiento, los ronroneos, los suspiros ni los lamentos» y el «saber reírse de un chiste, para que
sepa sacar un poco de alegría a la vida y sepa compartirla con los demás»
La verdad es que uno en la vida se encuentra no pocas ocasiones de dolor y no faltan
circunstancias de llanto. Pero yo estoy hablando de la alegría como ese fondo que todo lo sostiene, de
una manera de entender la existencia y el mundo, de esa aceptación serena y esperanzada de la
realidad que parte de pensar que «más vale un día alegre con medio pan que uno triste con un faisán»,
y concluye en aquella afirmación del libro bíblico de los Proverbios que asegura que «el que en su
corazón tiene la alegría vive una continua fiesta»
A esta fiesta me invitaron el día que me bauticé. Y me encantaría que todos mis artículos no
fueran otra cosa que invitaciones a la fiesta. No sólo como cristiano. También como hombre
Y fijaos que hablo de fiesta y no de diversión. Esta es una palabra peligrosa cuando se
entiende en su rigor etimológico: divertirse es «apartarse de», huir de la realidad y fabricarse una
locura en la que olvidar el dolor. La fiesta es algo muy distinto, aunque hoy la mayoría lo confunden.
Por eso hay tantas diversiones tristísimas, gentes que confunden la risa con la carcajada, la sonrisa
con la bufonada, la alegría de vivir con los estallidos del gamberrísmo. Son las pseudo- alegrías de la
fuga. Son gentes que no se ríen porque les guste la vida, sino que se carcajean para olvidar que la vida
les amarga. No se ríen «de» algo. Se ríen «contra» algo, contra la realidad de sus vacíos interiores.
¿Cuántas de las diversiones actuales no son risas, sino muecas?
El mundo está lleno de mil razones diarias para la alegría. No hace falta inventarlo, soñándolo
mejor de lo que es; no es siquiera necesario ignorar sus zonas negras. Basta verlo con ojos abiertos y
luminosos. Basta con no ponerse las diabólicas gafas de las tinieblas
76.- El pobre en el jardín
Un amigo mío formaba hace años parte de una pequeña y ardiente comunidad cristiana. Un día
a la semana se reunían para hablar de Cristo, de la fe, de cómo difundir su mensaje. Y, como todos
eran gente con sus jornadas de ocho horas, se reunían de noche, con cena frugal a la que seguía una
larga conversación que a veces se prolongaba hasta las dos, hasta las tres de la mañana. Mi amigo
salía de allí con el alma ardiendo, con olor a evangelio, dispuesto a entregar lo mejor de su vida por él.
Hasta que
Era una noche de invierno, heladora y cortante, cuando mi amigo, tras la charla con su
comunidad, llegó a su casa cerca ya de las tres de la mañana. Y, al bajarse del coche, vio que enfrente
de su portal, en el jardín frontero, sobre un banco de hierro, dormía un cuerpo arrebujado, mal
cubierto con algunos periódicos
Algo ocurrió en el alma de mi amigo: con una noche así, un hombre sobre un banco, sin otra
protección que un viejo abrigo y unas hojas de papel, podía muy bien morirse de congelación. ¿Podría
dejarle al desamparo? Dentro de sí oyó gritar una voz que le explicaba que eso sería un crimen. Pero
pronto otra voz le recordó que no podía meter en su casa a un completo desconocido. ¿Y si era un
ladrón? ¿Y qué dirían su mujer y sus hijos si a las tres de la mañana les despertaba para acomodar en
casa a aquel hombre andrajoso?
Cuando mi amigo metió el llavín en la cerradura de su casa se gritó mil veces a sí mismo que
era un cobarde. Pero el egoísmo fue más fuerte que él. Y, ya en su piso, evitó asomarse al balcón para
impedir que la conciencia multiplicara los martillazos con que estaba asediándote
Ya en la cama le pareció que las mantas eran, a la vez, más calientes y congeladores. Se sentía
habitando a la vez en el infierno de su egoísmo y en el cuerpo congelándose del mendigo. Y tardó
varias horas en dormirse porque la figura del hombre acurrucado en el banco parecía clavada en su
imaginación
A la mañana, al despertar, se acercó con pánico a la ventana. estaba seguro de que aún vería
en el banco aquel cuerpo -quizá ya muerto- que él había abandonado. No estaba. Y no supo sí sentía
ganas de reír o llorar
A lo largo de toda la semana siguiente vivió en la vergüenza. Se miraba en el espejo y sentía asco de
sí mismo. No se atrevía a ir a la iglesia ni a comulgar. Sentía unos infinitos deseos de que llegara el
próximo viernes para confesarse ante Dios y sus compañeros de aquel pecado que conforme pasaban
los días, crecía en su conciencia
Cuando el viernes llegó y contó, casi con lágrimas, su cobardía, percibió con asombro que la historia
no impresionaba mucho a sus compañeros. Y no era que la disculpasen, aceptando que todo hombre
hace mil disparates al día; era que, además, encontraban teorías para rebajar su gravedad. Alguien
explicó que la batalla urgente no era tanto ayudar a los individuos como cambiar la sociedad. Otro
dijo que la caridad sólo era auténtica cuando se convertía en justicia. Un tercero comentó que la
limosna denigra tanto al que la recibe como al que la da. Alguien añadió que dar cama una noche a un
vagabundo no iba a resolver sus problemas. Y no faltó quien dijo que «gente así ya está acostumbrada
a dormir en un banco»
Mi amigo salió aquel día más congelado que nunca de la reunión. Y decidió no volver más a
aquella comunidad. No quiso juzgarles, ni menos condenarles. Pero entendió que algo no funcionaba en
todo aquello
He contado esta historia -absolutamente verídica- porque creo que es simbólica del mundo en
que vivimos: sabemos tanta sociología que estamos olvidándonos del hombre, del hombre concreto
Me he preguntado muchas veces por qué ha bajado tanto en nosotros el sentido del pecado. Y
creo que la respuesta está en que hemos logrado todos autoconvencernos de que el mal es una cosa
anónima, de la que tendría la culpa la sociedad y no nosotros
Abres cualquier día el televisor y entrevistan a un ilustre sobre los problemas de la
criminalidad y en seguida te explica que la sociedad está mal estructurado. Al parecer, ni el
delincuente tiene culpa alguna ni la tienen las personas que de algún modo le rodearon. La culpa es
«de las estructuras» El día que las estructuras cambien, te dicen, la criminalidad habrá
desaparecido. Nadie parece saber siquiera lo que esas dichosas estructuras sean
Como es lógico, no voy a rebajar yo la importancia que las circunstancias sociales tienen en la
conducta de los hombres. Sé que la pobreza, la incultura, la miseria son, al menos en un 80 por 100,
causantes de muchos crímenes y disparates morales. Pero no puedo ignorar tampoco dos cosas: que
otros muchos que vivieron en la misma pobreza, incultura y miseria siguen luchando corajudamente
para ser honrados; y, en segundo lugar, que en idénticos disparates morales caen a veces otras
personas que disfrutaron de riqueza, cultura y facilidades en la vida. Y concluyo que las
circunstancias de la vida pueden aportar la leña dispuesta para el incendio, pero que, en definitiva, es
la conciencia de hombre quien aporta la chispa con la que esa leña arderá
De ahí que yo desconfíe profundamente de todas las filosofías que no pasan por el hombre
concreto. Sé, naturalmente, que la limosna no resuelve el fondo de los problemas. Que es más
importante enseñar a pescar que dar un pez, Que es mil veces más eficaz quien ofrece un trabajo que
quien regala cinco duros semanales. Pero, dicho todo eso, me parece un enorme camelo lo de pensar
que cambiaremos el mundo sin querer al hombre concreto, hablando de que cambiaremos la justicia
de la Tierra mientras un ser humano se muere de frío en un jardín
Antes, al menos, a la cobardía le llamaban cobardía y egoísmo al egoísmo. Hoy, me temo que
estemos llamando «caridad inteligentes, o «ansias de justicia», o «reformas de estructuras, a lo que
son simples sueños de formas egoístas de tapar los gritos de la conciencia
77.-
La guerra de los listos
Un amigo mío me sorprendió el otro día con una extraña teoría sobre el mundo en que vivimos.
«Aquí hace falta -me dijo-- una guerra. Una guerra entre los listos y los tontos, en la que, por
primera vez en la historia, ganásemos los tontos.»
Mi amigo me miró divertido, observando el desconcierto que crecía por mi cara, y luego me
explicó que en este mundo en que vivimos ganan siempre los listos- los que encuentran la triquiñuela
para no pagar los impuestos; para no dar golpe; para saltarse las leyes; para trepar y ascender por la
política. Y, en cambio, siempre perdemos los que, ingenuos, pagamos y trabajamos religiosamente; los
que cumplimos con los horarios y la obligación; los que, por no saber usar la coba, nos moriremos de
chupatintas
Mi amigo me explicaba todo esto mientras gustaba su derrota en la pequeña guerra de los
aparcamientos: había colocado su coche como era debido y, tras él, había llegado esa docena de listos
que hay siempre, que le habían dejado encerrado durante más de una hora, basándose, seguramente,
en la vieja filosofía de «el que venga detrás que arree». Por eso mi amigo bramaba contra este mundo
en el que cien docenas de listos terminaban por imponerse a la buena gente que hace las cosas como
se debe y se preocupa de los demás
Tenía buena razón mi amigo. tal vez el mundo no marche bien gracias a esos que, encima, se
pavonean de inteligentes, cuando no son ni siquiera listos, sino simplemente «listillos», picaruelos
cuya conducta no sería especialmente peligrosa si no fuera tan contagiosa: porque el pisado diez
veces difícilmente consigue no decidirse también él al pisotón
Estos «listos-listillos-caraduras» no suelen ser muchos, pero están muy bien distribuidos-.
difícilmente hay fábrica, empresa, oficina o comunidad en que no aparezca alguno
Está, por ejemplo, el «escurrehombros». ¿En qué grupo de trabajadores no aparece ese
fresco profesional que tiene siempre razones para cargar su parte de trabajo sobre los demás? Se le
muere una tía cada mes, operan a un hijo suyo cada tres, siempre tiene razones para «escaquearse»
de sus obligaciones, para escabullirse a la hora de los trabajos duros, para prolongar indefinidamente
sus gripes y sus bocadillos. Sabe que, aunque él no haga su trabajo, «alguien lo hará». Y hasta se ríe,
presumiendo, de los «burros de carga» que apecharán con lo suyo
Está el «tío listo», que siempre encuentra la manera para esquivar los impuestos, los pagos o
las contribuciones. En lugar de trabajar para pagar sus deudas, dedica su tiempo a encontrar las
triquiñuelas legales para darles esquinazo
Está el cobista profesional, que siempre tiene la sonrisa camelística en su punto; el que
siempre sabe a qué hora subirá o bajará el jefe en el ascensor; el que sabe cruzarse por el pasillo en
el momento exacto, tener a punto el mechero para el cigarrillo superior. El que dedica más tiempo a
pensar en artimañas o zancadillas que en producir méritos
Están, incluso en lo religioso, los «audaces del cielo». Durante los años del Concilio yo observé
muchas veces a un ilustre prelado -que, lógicamente, después ha ascendido mucho- que todos los días,
a la hora del comienzo de las sesiones, se colocaba en la puerta por la que pasaban los cardenales, con
el único objeto de sonreírles, saludarles, preguntarles por la jaqueca de su señora hermana o el
lumbago de su eminencia, hacer lo que él llamaba «el apostolado de la caridad», pero que era en
realidad «la carrera de la coba», ya que hubiera podido hacer la caridad en muchos sitios, pero,
curiosamente, elegía las puertas de los emínentísimos
Todos estos «frescos, listos, audaces» no serían peligrosos si sus tácticas no se mostrasen
tan humanamente eficaces. Hay que reconocer que, a la corta, la mandanga funciona: trepan los
trepadores, se aprovechan los aprovechones y camelan los camelistas
Sólo a la corta, claro, y sólo en lo superficial, afortunadamente. Porque nada hay tan vacío
como uno de estos frescos. Y porque, antes o después, esa careta se viene abajo y se pegan el
tortazo
Pero es un hecho que, de momento al menos, parecen ganar la guerra del mundo. Y empujan a
la buena gente a esa otra maldita lógica de decir que «Dios nos mandó que fuéramos hermanos, pero
no que fuéramos primos». De ahí que muchos cumplidores abdiquen con frecuencia de seguirlo siendo,
sólo para que la gente no se ría de ellos y les considere primos. Y para no ser primos terminamos
renunciando a ser hermanos
¿Se han fijado ustedes en que hasta nuestro tradicional refranero parece inventado por los
listos? Hay un, millar de refranes incitándote a la frescura y a la desconfianza. «Hazte de miel y te
comerán las moscas», «Por la caridad entra la peste», «Quien da pan a perro ajeno, pierde pan y
pierde perro», «De fuera vendrá quien de casa te echará», «Cría cuervos y te sacarán los ojos», «En
este mundo, mundillo, hay que tener mucho de pillo». La lista podría ser interminable
Y lo cierto es que el mundo no funcionará mientras en él rijan filosofías de este tipo,
mientras en él dominen los listos y no los inteligentes y aun los listillos por encima de los
verdaderamente listos; mientras se rinda culto (como tantas veces ocurre en el teatro) al caradura y
al sinvergüenza; mientras se rían las «gracias» del fresco; mientras en los hogares los padres
expliquen a sus hijos la suerte de los que pueden vivir sin dar golpe y se repita tantas veces la frase
«tú no seas tonto»
Por eso quiero rendir yo, desde aquí, mi homenaje a los «tontos», a los que sienten el honor de
«dar el callo»; a cuantos viven más preocupados por su propia conciencia que por los posibles
pisotones que recibirán en la guerra de la vida; a quienes valoran más la satisfacción consigo mismo
que el triunfo. Porque nunca habrá una guerra en la que ganemos los tontos. Pero, por fortuna,
vencedores o no, habremos sido verdaderos hombres
78.-
La paz nuestra de cada día
Mi amigo Pepe Cóleras es un antimilitarista furibundo. Vive, desde hace algunos años,
obsesionado por el tema de la guerra. Se sabe de memoria el número de cabezas atómicas que tiene
cada uno de los posibles contendientes, la instalación de los misiles, la capacidad de sus portaaviones
y bombarderos, la cifra de posibles megatones que podrían hacer estallar
Pero Pepe no se contenta con conocer las cosas: las pone en acción. No hay manifestación
antibelicista o ecologista en la que no tome parte. Es experto en pancartas, en slogans, en canciones
pacifistas. No fue objetor de conciencia porque descubrió el antimilitarismo cuando ya quedaba lejos
el servicio militar, aunque aún sueña a veces con los años de cárcel que hubiera podido pasar en caso
de haber sido tan gloriosamente objetor
Para compensar este retraso, Pepe Cóleras se ha encadenado ya cuatro veces a la puerta de
otros tantos cuarteles y ha participado ya en varias marchas contra centrales nucleares, y nada
menos que en cuarenta y dos -contadas las lleva- manifestaciones contra la OTAN. Aún enseña con
orgullo la cicatriz («la condecoración», según él) que una pelota de goma le dejó en el pómulo y la
oreja derechos
Lo extraño es que todo este pacifismo se le olvida a Pepe en su vida cotidiana, que parece más
inscrita bajo el signo de su apellido que de sus planteamientos antibélicos. Porque Pepe es discutidor
y encizañador en la oficina, intolerante con su mujer, duro con sus hijos, despectivo hacia su suegra,
áspero con su portero y sus vecinos. Y toda la paz que sueña para el mundo se olvida de cultivarla en
su casa
Escribo esta pequeña parábola no para devaluar la acción pública contra la guerra (en un
mundo tan loco como éste en que vivimos, todo servicio a la paz merece elogios), sino para recordar
que, al fin, la gran paz del mundo sólo se construirá con la suma de muchos millones de pequeñas
porciones de paz en la vida de cada uno
Yo tengo la impresión de que muchos de nuestros contemporáneos viven angustiados ante la
idea de que un día un militar o un político idiota apretarán un botoncito que hará saltar el mundo en
pedazos, y no se dan cuenta de que hay en el mundo, no uno, sino tres mil millones de idiotas que cada
día apretamos el botoncito de nuestro egoísmo, mil veces más peligroso que todas las bombas
atómicas. Y a mí me preocupa, claro, la gran guerra posible; pero más me preocupa que, mientras
tememos esa gran guerra, no veamos siquiera esas mil pequeñas guerras de nervios y tensión en las
que vivimos permanentemente sumergidos
¡Qué pocas almas pacíficas y pacificadoras se encuentra uno en la vida cotidiana! Hablas con
la gente, y a la segunda de cambio te sacan sus rencorcillos, sus miedos; te muestran su alma,
construida, si no de espadas, sí, al menos, de alfileres. ¡Qué gusto, en cambio, cuando te topas con
ese tipo de personas que irradian serenidad; que conocen, sí, los males del mundo, pero no viven
obsesionados por ellos; que respiran ganas de vivir y de construir!
Hace años se publicó una novela que se titulaba La paz empieza nunca. A mí me gustaría
escribir algo que se llamase «la paz empieza dentro». Porque me parece que creer que una posible
futura guerra depende, ante todo, de los nervios o de la dureza de los señores Reagan o Andropov
hoy, como se echa la culpa de las pasadas a Hitler o Stalin, es una simple coartada: la fabricación de
chivos expiatorios para libramos nosotros de nuestras responsabilidades
El mundo tiene líderes violentos cuando es el propio mundo violento. Si el mundo fuese
pacífico, los líderes violentos estarían en sus casas mordiéndose las uñas. La guerra no está en los
cañones, sino en las almas de los que sueñan en dispararlos. Y los disparan
Me gusta, por eso, que el diccionario, cuando define la palabra «paz», ponga como primera
acepción la interior, y la defina como la «virtud que pone en el ánimo tranquilidad y sosiego, opuestos
a la turbación y a las pasiones»
Con esta definición ciertamente el mundo está ya en guerra. Porque, ¿quién conoce hoy ese
don milagroso de un alma tranquila y sosegada? ¿Quién no vive turbado y con todas las pasiones
despiertas? Nunca floreció tanto la angustia; nunca abundó tanto la polémica; nunca fueron tan
anchos los reinos de la cólera y la ira. Basta abrir un periódico para comprobarlo
Y, como es lógico, no estoy hablando de la falsa paz de los cementerios, de la que ya hablara
hace un montón de siglos Horacio, el poeta latino. «Hacen un desierto y llámanlo paz.» Hablo, por el
contrario, de la paz como florecimiento de la vida, según aquello de Gracián que recordaba que
«hombre de gran paz, hombre de mucha vida». O, si se prefiere, según la mejor definición que de la
paz conozco, la que diera Santo Tomás al presentarla como «la tranquilidad activa del orden en
libertad». Hoy, es sabido, oscilamos entre el orden sin libertad y la libertad sin orden, con lo que nos
quedamos sin tranquilidad y sin acción
Habría que empezar, me parece, por curar las almas. Por descubrir que nadie puede traernos
la paz sino nosotros mismos. Y que cuando se dice que hay que preparar la guerra para conseguir la
paz, eso sólo es verdadero si se refiere a la guerra interior contra nuestros propios
desmelenamientos interiores
Las únicas armas verdaderas contra la guerra son la sonrisa y el perdón, que juntos producen
la ternura. De ahí que alguien que quiere a su mujer y a sus hijos sea mucho más antibelicista que
quienes acuden a manifestaciones. De ahí que un buen compañero de oficina que siempre tiene a
punto un buen chiste sea más útil para el mundo que quienes escriben pancartas. 0 que quien sabe
escuchar a un viejo y acompañar a un solitario sea mil veces más pacificador que quien protesta
contra la carrera de armamentos. Porque el armamento que más abunda en este siglo XX es el vinagre
de las almas, que mata a diario sin declaraciones de guerras
No puedo ahora recordar sin emoción a uno de los más grandes pacificadores de este siglo, el
querido Papa Juan XXIII. Hizo mucho, ciertamente, con su " Pacem in terris ", pero esta encíclica,
¿qué otra cosa fue sino el desarrollo ideológico de lo que antes nos había explicado con su sonrisa?
Con mil hombres serenos, sonrientes, abiertos, confiados y humanamente cristianos como él, el
mundo estaría salvado. Pero no se salvará con pancartas y manifestaciones
79.- Hombres de cristal
Siempre me ha impresionado mucho descubrir y comprobar hasta qué punto todos los hombres
tenemos las almas de cristal. Y cómo también todos tenemos ese cristal rajado o quebrado por
alguno de sus rincones, Y ver cómo por esa herida se nos va, a veces, lo mejor de la vida
Tal vez logre explicarme si cuento algo que me ocurrió el otro día en un tren. Charlando con
una desconocida, que coincidió en mi departamento, terminamos aludiendo a un libro que a los dos
nos había interesado, pero que a mi compañera le había producido un extraño escozor. Le dije que el
libro era un magnífico canto al amor. Y respondió que por eso no le gustaba, porque parecía poner el
amor por encima de la justicia. Ahora fui yo el desconcertado, porque el libro en cuestión ni ponía la
justicia por debajo ni por encima; simplemente contaba la tremenda falta de amor que respira
nuestro mundo. Hice yo entonces una pregunta que quizá fue descortés, pero que dio en el blanco.
«¿No será -dije- que en su vida hay un problema de justicia y que, ante cualquier reacción, sangra
usted por su herida?» Mi ya amiga me miró asustada y, al fin, me contó que había vivido muchos años
oprimida por un falso amor de su madre, que estableciendo injustas distinciones entre sus hijos, al
tiempo que presumía mucho de amor, había conseguido que su hija se pusiera a la defensiva ante
cualquier tipo de apelación al amor. El cristal del alma de mi acompañante estaba quebrado por la
palabra amor. Y siempre, e inevitablemente, vería todo amor bajo el triste prisma de un amor
neurotizado como el que tantos años la hizo sufrir
Este es un problema que experimentamos con frecuencia los escritores: escribas lo que
escribas, siempre hay «alguien» a quien le tocas
en una herida y que lee no lo que tú has escrito, sino lo que determinadas palabras o frases provocan
en él. Si tú hablas del gozo de que Dios sea padre, golpeas a la joven que conoció un padre bárbaro y
borracho: para ella nunca será exaltante el concepto de la paternidad. Si hablas del gozo de vivir,
desconciertas al permanentemente fracasado. Si aludes a la fecundidad de la soledad, tal vez
molestas a quien fue empujado a ella por los desengaños. Porque ¿quién podrá presumir de no tener
algún rincón de su alma golpeado por la vida o las circunstancias?
El hombre parece fuerte y poderoso, pero tiene siempre una zona del alma de cristal, tierna y
quebradiza. De ahí que todos seamos tan terriblemente responsables en nuestras relaciones con el
prójimo. jugando, sin darnos tal vez cuenta, podemos, quizás para siempre, quebrar el cristal de un
alma
¿Se acuerdan ustedes de El zoo de cristal? Aquella muchachita que en la obra de Tennessee
Williams- se refugiaba en su pequeña colección de figuritas de cristal porque tenía miedo a los
hombres y a la vida, no era un personaje anormal, salvo en el sentido de que todos somos anormales
en algo. ¿Es que alguien puede presumir de tener el alma entera, de no tener algún rincón de la
existencia en el que nos hieren sólo con tocarnos?
Habría que desconfiar de los titanes insensibles, de esos superhombres que, o no existen, o no
son humanos. Los hechos de la pasta de la que el hombre surgió, no tenemos por qué avergonzarnos
de nuestro barro ni -de nuestras debilidades. Un verdadero hombre no es grande por carecer de
defectos, sino por levantar su vida en vilo a pesar de tenerlos
Tal vez una de las razones por las que yo he amado tanto siempre la literatura de Bernanos es
porque todos los protagonistas de sus obras eran gigantes del espíritu a pesar de que sus cuerpos o
su sensibilidad eran más bien miserables. Ese cura rural que, aun siendo hijo de padres alcohólicos
de quienes ha heredado la debilidad física, la tentación de la tristeza y las vacilaciones, sabe, sin
embargo, convertirse en portador de la luz y la fuerza de Cristo. O esa carmelita que, de un parto
prematuro, ha sacado una invencible tendencia a la cobardía y acaba subiendo a la hoguera en un
canto entusiasta
Sí, me encanta la gente del «a pesar de», las personas que, desde un cuerpo o un alma
quebradizos, saben superarse a sí mismos y construirse como si de hierro fueran. Cuando uno lee las
biografías auténticas de los campeones del mundo - si no son puramente canonizadoras- encuentra
siempre esas zonas de cristal que no les han impedido ser lo que fueron. Tal vez alguien se equivocó
al educarnos para «hombres sin defectos» en lugar de pedirnos que -con defectos o sin ellosfuéramos hombres que construyen
Yo me pregunto si no habrá demasiada gente que se pasa la mayor parte de su vida combatiendo
tales o cuales de sus defectos: aquella pereza, aquella irritabilidad excesiva, una determinada
tendencia a la desconfianza. Y ya sé que los defectos deben combatiese. Pero me pregunto si no
sería mejor cultivar nuestras virtudes, seguros de que cuando hayamos fortalecido el amor, los
defectos se irán desvaneciendo por sí mismos, con mucha mayor facilidad que si nos pasamos la vida
encorvados sobre nuestras zonas de cristal
No creo que nuestras casas mejorasen mucho si, para evitar que las ventanas se rompan, las
forrásemos todas de acero en lugar de cristales. Más inteligente me parece lo que han descubierto
los vidrie- ros, que ahora fabrican ciertos cristales con pequeños hilos metálicos cruzados en el
interior del propio cristal. No se quebrarían nuestras almas si por su interior pasaran sólidos hilos
de ideal, de entusiasmo, de ganas de hacer algo, que nos sostuvieran a pesar de ser, como somos y
seremos siempre, tan quebradizos
80.-
Las nuevas esclavitudes
«Dudo de que toda la filosofía de este mundo consiga suprimir la esclavitud; a lo sumo le
cambiarán el nombre. Soy capaz de imaginar formas de servidumbre peores que las nuestras, por más
insidiosas, sea que se logre transformar a los hombres en máquinas estúpidas y satisfechas, creídas
de la libertad en pleno sometimiento, sea que, suprimiendo los ocios y los placeres humanos, se
fomente en ellos un gusto por el trabajo tan violento como la pasión de la guerra entre las razas
bárbaras. A esta servidumbre del espíritu o la imaginación, prefiero nuestra esclavitud de hecho.»
Estas palabras que Marguerite Yourcenar coloca en la boca de Adriano no son sino la historia
de nuestro presente. ¿Verdaderamente el mundo es hoy más libre que hace veinte siglos? ¿Hemos
caminado hacia la libertad o simplemente cambiado de esclavitud? En la Roma de los césares había
noventa y cinco esclavos por cada cinco hombres que se creían libres. ¿Es hoy más alto el número de
hombres que son verdaderamente dueños de sí mismos?
No me gustaría dar a estas preguntas una respuesta pesimista. Estoy convencido de que el
mundo avanza hacia mejor (con tantos tropiezos), pero no puedo ignorar que avanza muy lentamente,
y que si hoy han desaparecido los látigos y las cadenas atadas a los tobillos, el hombre sigue atado a
muchas más esclavitudes de las que imagina. Y, evidentemente, es mucho menos malo saberse esclavo
que haberse convertido en una máquina estúpida y satisfecha que se cree libre cuando vive en pleno
sometimiento
Es esclavo el hombre que está atado por su propia libertad cuando no sabe para qué le sirve.
Porque la libertad no es un valor en sí, sino un solar en el que debe construirse. De ahí que cuando se
con
sigue la libertad sólo se ha conseguido un prólogo. Y de nada serviría ser libres para pensar si luego
no pensamos nada; libres para opinar si luego sólo opinamos sobre equipos de fútbol; libres para
construir nuestras vidas si luego las malgastamos en la rutina
Es esclavo el que vive encadenado por su incultura o el que gasta toda su vida en un trabajo
que no acaba de amar. Y con ello queda dicho que es esclava media humanidad contemporánea. ¿De
qué le sirve dejar de ser analfabeto a quien sólo leerá tebeos? ¿Y cómo podrá amar su trabajo el que
simplemente lo soporta? ¿En qué se diferencia de un esclavo el que cada mañana va a trabajar sólo
porque está encadenado a su obligación?
Es esclavo el que es siervo de sus propios miedos o de sus propios vicios. El que para vestirse
sólo se atreve a pensar en lo que está de moda; el que «tiene» que comprar los aparatos, los cuadros
o las cortinas que se llevan; el que se muere de vergüenza si no tiene un coche «digno de su
categorías; el que va a tales películas y sigue aquellos espacios de televisión «que ve todo el mundo»
Es esclavo quien vive asediado por su propio trabajo, quien gasta su salud para ganar un
dinero que después gastará tardíamente en intentar recobrar la salud perdida; quien lucha tanto por
dar una buena vida a sus hijos y a su mujer, que se olvida y no tiene tiempo de darles su amor y su
compañía; es esclavo quien no usa el coche, sino que es usado por él; vive como un siervo quien lleva
atados a los tobillos, como pesadas bolas de hierro, los plazos de la casa, de la nevera, del vídeo, de
todo aquello sin lo que «no podría vivir», de todo aquello con lo que de hecho no vive
Es esclavo el que lo es de una mujer, o la mujer que lo es de un hombre; lo son quienes
confunden el matrimonio con una nueva forma de sometimiento del prójimo; los que educan a sus hijos
no para que ellos disfruten de sus vidas, sino para que sus padres disfruten de ellos, y lo son los hijos
que confunden su libertad con el derecho a hacer sufrir a sus padres
Es decir, todos somos esclavos; todos tenemos, al menos, grandes zonas de esclavitud en
nuestras almas. Y lo más grave es que estamos tan habituados a esas cadenas que ya no las
percibimos. «Y nadie -decía Goethe- es más esclavo que quien se considera libre sin serlo.» «Y -decía
Séneca- no hay servidumbre más vergonzosa que la voluntaria.»
Pero la libertad es algo demasiado grande como para que no la busquemos si escasea o para
que la malgastemos cuando la tenemos. En rigor, no hay nada más cuesta arriba que la verdadera
libertad, mucho más incómoda que nuestras tontas esclavitudes. Por qué no seré yo quien crea que
ser libre es la capacidad de hacer lo que me viene en gana. La libertad sólo puede ser la posibilidad
de hacer aquello que me permite ser más hombre, más grande, más completo.
L
a
libertad malgastada estúpidamente, más que una esclavitud es un sacrilegio
Sólo se es libre para la dignidad, para amar más o construir mejor, no para mirar las nubes o
rascarse la barriga. Sólo es libre quien tiene el alma tensa y dirigida hacia algo que es más grande que
él. Hay mucha gente que dice que daría la vida para conseguir la libertad; pocos dispuestos a emplear
su libertad en construir sus vidas
Tal vez la mayor de las esclavitudes de nuestro siglo es el doble paro. el de quienes,
queriendo, no encuentran trabajo, y el de todos cuantos tienen un trabajo en el que no se sienten
realizados, un trabajo que no logran amar. Yo bendigo siempre a Dios porque se me ha concedido un
trabajo que me apasiona, un trabajo que yo seguiría haciendo aunque no me pagasen por él, aunque
tuviera que pagar por hacerlo. Quien esto tiene es un privilegiado de la fortuna
¿Y quien no puede hacer lo que ama? Tiene aún la posibilidad de amar lo que hace. Esto es más
difícil, pero no imposible, porque al final todo trabajo es enriquecedor para quien sabe poner en él su
pasión de hombre o de mujer. Un hombre verdaderamente libre en su interior convierte en liberador
todo lo que hace
Porque ésta es la más hermosa de las verdades: que te pueden aplastar las libertades exteriores,
pero nadie es capaz de encadenar un alma decidida a ser libre. Te pueden quitar el pan, no los sueños;
el dinero, no la esperanza ni el coraje; pueden hacerte la vida cuesta arriba, nadie impedirá que, al
final de la cuesta, hayas subido
81.-
Cinco duros por la fruta
Hace días comía yo en casa de una familia amiga y, cuando íbamos a sentarnos ya a la mesa, la
madre recordó que había olvidado comprar la fruta. Y dirigiéndose a uno de sus hijos -catorce añosle dijo: «Pepe, cinco duros por la fruta.» Como mi cara de asombro debió de ser un poema, la señora
me explicó que en aquella casa todo funcionaba a base de propinas; que los chicos no prestaban ningún
servicio común sí no se les «untaba» antes: dos duros por bajar a recoger el periódico; cinco, por ir a
la frutería de enfrente a comprar la fruta olvidada
Y como mi cara de asombro no paraba de crecer, los chicos me explicaron que ése era el
sistema que funcionaba ahora, al menos en su medio social y entre sus contemporáneos. Tuvieron que
jurármelo porque yo me negaba a creerlo. Y voy a repetir que aún sigo sin creérmelo, porque de ser
cierto estarían ya tocando las campanas fúnebres de la humanidad. ¿Ha negado el dinero tan hasta
las entrañas de lo más desinteresado con que contábamos, la familia?
Supongo que se concluirá el mundo sin que nos hayamos puesto de acuerdo sobre el papel
de¡ dinero en la vida humana. Porque hemos nacido y vivido tan embadurnados en él (o en el sueño de
tenerlo), que ya parece ser el aire con que respiramos
Nuestro refranero está infestado de dichos que lo canonizan: «Tuyo o ajeno, no te acuestes
sin dinero.» «Vale el dinero, lo demás cero, cero, cero.» «No hay tan buen compañero como el
dinero.» «El doblón nunca huele a ladrón»
Y aun los más inteligentes entre los pensadores ante él se arrodillan. Cervantes asegura que
«sobre un buen cimiento se puede levantar un buen edificio, y el mejor cimiento y zanja del mundo es
el dinero». Quevedo dice que «dar pasos hacia el dinero es andar por buenos pasos». «La llave del
oro, maestra es de todas las guardas», asegura Calderón. Estas citas no tienen fin. Y son tristísimas
Porque uno sigue pensando que si es cierto que quien vive en la miseria tiene que gastar su
vida en combatirla, también lo es que puede existir aquella cima de libertad de que habla Santa
Teresa, en la que «no deseando nada, se posee todo». Y aquella otra que, desde esa forma civil de
santidad que es el genio, anunciaba Bcethoven. «No me hace falta el dinero. Aunque estuviera en la
miseria, no encadenaría mi libertad de artista por todos los bienes de este mundo.»
Mas dejando de lado el papel del dinero en nuestras luchas, ¿cómo no temblar ante la idea de
que haya invadido hasta el interior de los hogares: que a un hijo le pague su madre por hacen su
propia cama; que otro no ponga la mesa si no le dan unos duros para irse al cine . ? Que el papel
moneda termine por ser el metro de los sentimientos es algo, me parece, que huele ya a podrido
Y recuerdo que cuando salí de casa de mis amigos me quedé largo rato pensando en el porqué de
aquella nueva forma de tristeza. Y sólo encontré dos posibles respuestas: o surge de que los hijos no
se sienten verdaderamente parte de aquella familia, o se les ha educado sobre la idea de que sólo se
ha de trabajar en la medida en que se es pagado. No sé cuál de las dos hipótesis resulta más grave
Porque lo que no me parecería lícito es volver todas las acusaciones contra la juventud:
«¡Estos chicos son unos materialistas!» Todos lo somos por instinto. Pero algunos son educados en los
ideales y otros en las propinas. En mi infancia me hubiera resultado inverosímil que se me ofreciera el
premio metálico como estímulo permanente de la acción. Creo que jamás me dijeron eso de «si
apruebas te compraremos una bicicletas y nunca pensé que los Reyes serían más generosos si yo
sacaba sobresaliente que si conseguía aprobado. Estudiar era parte de mi oficio y el orgullo de
ofrecer una alegría a mis padres era estímulo suficiente para obtener notas mejores. Y me parece
que algo muy parecido ocurría en casi todas las casas de mis compañeros. Sólo en la generación de
mis sobrinos empecé a percibir la crecida de las promesas como sistema estimulante. Y comprobé que
sus resultados eran muy inferiores a los usados en mi infancia: ¿cómo se va a luchar con tanta ilusión
por conseguir una bicicleta como por obtener el brillo de alegría en los ojos de su madre?
Aún recuerdo mi angustia en vísperas de Reyes, teniendo yo no sé si doce o trece años. Sabía
ya muy bien, por entonces, que los Reyes eran los padres y había que tener un cuidado enorme de no
exigirles lo que no pudieran regalarte. Y aquel año, en los escaparates de
mi ciudad infantil, había aparecido un precioso juego de construcciones que me entusiasmó. Hice mis
cálculos y pensé que sí, que 32,50 era un precio que mis reyes domésticos podían permitirse. Lo pedí.
Y días más tarde, cuando volví a adorarlo tras el cristal del escaparate, comprobé que el precio no
era 32,50, sino 325 pesetas. ¡Era un disparate! ¡Casi el sueldo mensual de mi padre! Y tuve que
pasarme quince días diciendo en casa que aquel juego era feisimo; que, en realidad, era para críos
menores que yo; que bien pensado prefería alguno de aquellos tomitos de la colección Crisol que
entonces valían 35 pesetas
La fastidié aún más, porque los Reyes me trajeron el juego y un tomito de poesías de Antonio
Machado. Y sentí una vergüenza tan profunda que casi ni llegué a estrenar aquel juego. Don Antonio
se volvió, en cambio, en compañero, ya permanente, de mi corazón. Nunca 35 pesetas resultaron, para
mí, más rentables. Y entendí que el volumen de la felicidad poco tiene que ver con la fuente
pecuniaria de la que brota
Por eso, ¿cómo no sentir compasión hacia estos muchachos que nacen hoy midiéndolo todo por
el valor-dinero? Hace ya varios días que no ando bien del estómago. Y el médico dice que he cogido
frío. Pero yo creo que me hizo daño aquella fruta a la que pusieron cinco duros de sobretasa de
egoísmo
82.-
Asomarse a la puerta de la dicha
Hoy, aunque quisiera, no sabría escribir sino sobre esta dramática noticia que aparece
perdida en los periódicos: la historia de ese ¿afortunado? quinielista que ha muerto dieciocho días
después de que la ¿fortuna? visitase su casa
Seguramente ya lo han leído ustedes: se llamaba Jesús Pacheco y tenía cuarenta y ocho años.
Llevaba trece enfermo de silicosis contraída en su trabajo en la mina. Y cuando la asfixia asediaba
más cruelmente sus pulmones y tenía que mantenerse vivo con oxígeno, una feroz ironía de la suerte
hacía llegar a su casa cuarenta y ocho millones de pesetas, uno por cada año de aperreada vida que le
tocó sufrir. Con la quiniela ganadora llegó un último ramalazo de esperanza. ¿quién sabe sí ahora, con
dinero, podría combatir el mal que le atenazaba? Pero la enfermedad era ya más fuerte que el dinero.
Y ha muerto dieciocho días después de aquel «glorioso» domingo, con el «consuelo» -dicen los
periódicos- de dejar, al menos, resuelta la vida de su mujer y a sus hijos. Pero sabiendo que ni una
nueva casa, ni un mayor bienestar, van a devolverles la vida que su esposo y su padre desgastó para
ellos. Ni a responderles por qué la felicidad llegó tan tarde, dejándole sólo -como a un nuevo Moisésasomarse a la puerta de una dicha en la que nunca entraría
Historias como ésta hacen sangrar el corazón y llenan el alma de preguntas. ¿Por qué la vida
de los hombres parece a veces construida de modo tan cruel? ¿No hubiera podido llegar ese dinero
veinte años antes e impedir que la silicosis entrara en los pulmones de este hombre? ¿No hubiera, al
menos, podido esperar la muerte un año más, o para dar tiempo a los médicos en su pelea, o para
dejar a Jesús paladear los goces de su fortuna?
Son preguntas ciertamente graves. Y yo sé que son muchos los que las dirigen contra Dios
pidiéndole, exigiéndole, un mundo más piadoso
Lo duro es que son preguntas que no tienen respuesta. Nunca sabremos por qué han sucedido
así las cosas. Nadie nos aclarará esa especie de macabra broma de la fortuna que llega demasiado
tarde. La vida del hombre y su destino -nos guste o no- se realiza entre nieblas. Y no hay fe que
pueda dar explicaciones tranquilizadoras o lógicas. Tener fe es, en no pocas ocasiones, asumir ese
riesgo de la ceguera y entrar simplemente en el amor «a pesar de todo». Un creyente tiene con
frecuencia que coger la realidad con las dos manos y marchar cuesta arriba de sus oscuridades, con
el mismo jadeante esfuerzo de los que no creen. Dios es amor, no morfina o silogismos
matemáticamente explicables
Pero tal vez lo más curioso es que, ante fenómenos como éste, todos levantamos los ojos
contra el destino, la suerte o la Providencia. ¿No sería más lógico comenzar por preguntarse si no
tendremos nosotros y el mundo que hemos construido una buena porción de responsabilidad en esos
dramas? Porque resulta que hemos comenzado por construir o tolerar un mundo injusto y luego
volvemos los ojos contra el Cielo para quejamos ante él de las injusticias. ¿Acaso hizo el Cielo que
Jesús Pacheco viviera miserablemente en su Galicia natal, que tuviera que asumir con mediocre salud
un trabajo peligroso, que en las minas se trabajara como se trabaja, que las asistencias médicas
pudieran llegar a los pobres tarde, mal y nunca? ¿Acaso es el Cielo responsable de que la única
esperanza de los miserables sea la imposible quiniela salvadora? ¿Tendremos que pasarnos la vida
exigiéndole a Dios que baje a tapar los agujeros que nuestras injusticias, nuestras divisiones de
clases, nuestras salvajes distribuciones de la riqueza producen a diario?
Son preguntas importantes también éstas. Con la diferencia de que, si no tenemos respuesta
a las anteriores, éstas sí podríamos responderlas y resolverlas. Y es probable que, si lográsemos
responder a las que tenemos entre nuestras manos, empezáramos también a entrever la respuesta de
las que nos desbordan. Si, en cambio, nos limitamos a levantar los ojos contra el Cielo acusándole de
las guerras, las hambres y lo incomprensible, ¿no habremos entrado en un ateísmo mucho más
alienante que lo que suele decir de la fe?
Yo, lo voy a confesar aquí, jamás le pido a Dios que resuelva mis problemas. Prefiero pedirle
que sostenga mi coraje para resolvérmelos yo solo o para asumir serenamente la derrota si ésta
fuera imprescindible
El hombre -todo hombre y no sólo Jesús Pacheco- se muere a la puerta de la felicidad. O va
cruzando pequeñas puertas de pequeñas felicidades, pero sin terminar nunca de cruzar la de la dicha
completa. Soñar que una mañana nos encontraremos asentados en la alegría total, cruzada la gran
puerta llena de luz y macetas floridas, es pedir algo que no existe en nuestra condición. Ni una
quiniela, ni la belleza, ni siquiera el más exaltante amor ofrecen otra cosa que descansillos para
seguir luchando por la dicha completa
Caminar hacia la felicidad tal vez sea la única manera de tenerla que es posible en el hombre.
¡Y poca alma tendría quien se sintiera siempre lleno y saciado! Porque es como una casa que nunca se
termina de construir. Y que sólo podrá construir el propio propietario.
¿Y Dios? Dios está en el
coraje del constructor; no es un ángel que pone ladrillos mientras nosotros sesteamos. Para creer en
él es imprescindible empezar por creer en nosotros mismos, en nuestro propio trabajo, en nuestro
obligatorio amor. Sería infinitamente más fácil nuestra fe si todos hubiéramos empezado por poner
nuestro hombro para que el mundo fuera menos injusto. Confiar en que el juego de los milagros haga
que llegue a punto la quiniela sería, me parece, un insulto a Dios y a la propia humanidad. Cuando
hayamos logrado que nadie tenga silicosis, la suerte llegará mucho más puntual
83.- Muchacho, cuida tus alas
Cuando San Agustín daba a los jóvenes ese consejo que acabo de escribir como título de este
artículo resumía, con su habitual eficacia literaria, todo un mundo de experiencias humanas que es el
que hoy repetiría yo a cuantos jóvenes me escriben: Cuidad vuestras alas, o, como decía literalmente
San Agustín, «nutrid, alimentada vuestras alas
Porque, tal vez, lo más dramático de este mundo en que vivimos es que hay en él muchísimas
personas que están llegando a la vejez sin haberse enterado de cuán tercamente lucharon sus alas
por llegar a salir bajo sus omoplatos, pero murieron como ramas secas, o porque la realidad las
mutiló, o porque ellos mismos no se preocuparon de cultivarlas
Tendríamos obligación de explicárselo bien claro a los muchachos. entre los catorce y los dieciséis
años -a mí me gusta llamar a este tiempo «la edad sagrada»-, todo ser humano normal tiene ese don
terrible de poder elegir entre convertirse en un reptante, que sólo tiene pies para poner zancadillas,
o en un ave de vuelo más o menos poderoso, pero capaz, en todo caso, de remontarse sobre sí misma
Y tendríamos que decirles aún más claro que, en definitiva, en última instancia, la opción asumida
depende casi exclusivamente de ellos. Decidles que el mundo puede zancadillear, obstaculizar,
dificultar, recortar, reducir un gran porcentaje de sus esfuerzos, pero que, al final, el gran salto
quien lo da o lo deja de dar, quien asume sus alas o las deja Perdidas en el gran perchero de la
vulgaridad, es la propia persona que hace la opción, es el propio adolescente que elige reptar o volar
En esto me parece que nos hemos ido de extremo a extremo
Y no sé cuál de ellos sea más peligroso. Cuando yo atravesaba esa «edad sagrada» -hace ya cuarenta
años-- nos hicieron un bien infinito al hablarnos mucho de «ideal». Nunca lo agradeceré bastante.
Nos explicaron que había grandes cosas por las que valía la pena luchar. Un poco románticamente nos
señalaron diversos tipos de heroísmo como metas posibles y necesarias. Y en todo ello había mucho
de tópico y de ingenuo. Pintaban demasiados luceros en nuestro horizonte. Pero, al menos,
consiguieron con ello que nos acostumbrásemos a mirar hacia arriba
No nos explicaron, en cambio -y ése fue su fallo-, que la realidad es cruel, que tres de cada
cuatro de nuestros ideales serían mutilados o arrasados. ¡Nos pegamos, por ello, cada batacazo!
¡Cayeron tantos en el otro extremo del cinismo!
Pero tengo la impresión de que ahora está ocurriendo exactamente lo contrarío, que me parece
muchísimo más peligroso., ¿Hay entre los adultos, maestros o guías que tengan ilusiones suficientes
para transmitirlas? ¿No se encuentran, más bien, los jóvenes con una generación de plañideras que
no pueden invitar a unas conquistas en las que no creen?
La Tierra se ha poblado de lo que Juan XXIII llamaba «los pro- fetas de calamidades». Y uno ya
sabe que la marcha de este planeta no está para fandangos, pero es que te levantas y el periódico te
habla de la proximísima conflagración mundial; tu vecino de autobús te anuncia una nueva subida de
la gasolina; la señora que limpia la escalera te cuenta que los jóvenes de ahora han perdido el
respeto, la limpieza y quince cosas más; el compañero de trabajo te habla pestes del jefe, y si
entras en un bar te hablan mal de los curas, de los políticos, de los fabricantes de cerveza y de los
deshollinadores, y llegas a la noche a tu casa preguntándote si algo funcionará bien en este mundo, y
hasta te maravillas de que al abrir el grifo salga agua en lugar de vinagre
A veces mito con pena a los chicos de ahora, a quienes hemos convencido de que no tienen más
horizonte que el de la próxima guerra mundial y a quienes empujamos, mientras la bomba llega, a
malgastar su vida lo más ruidosamente que puedan y sepan,
Yo prefiero volar. Sí esa temida guerra tuviera que llegar, aspiró a que, al menos, me encuentre
volando y habiendo vivido hasta el céntimo todos los sorbos de vida que me hayan concedido. Con lo
que si, además, no llega, nos vamos a ir encontrando mejor cada vez en un mundo de gente ilusionada
que en otro de restantes asustados
Por eso digo a los jóvenes que cuiden sus alas. Que procuren tener varias, si es posible tres
pares, como los serafines, porque luego viene siempre la realidad @ te recorta algunas, así que hay
que tener, por si acaso, varias de repuesto. Que no se olviden tampoco de que es muchísimo más
importante dedicarse a fabricar unas alas que a podar sus defectos. Hay gente que gasta su tiempo
en quitarse chinitas de los zapatos o callos en los pies cuando podría, simplemente, volar. Era San
Agustín quien decía aquello del «ama y haz lo que quieras», no porque sea bueno hacer lo que a uno le
venga en gana, sino por- que cuando uno ama sólo le vendrá en gana hacer cosas ardientes y dignas
Si los chicos aprendiesen a volar, si todos alimentasen sus alas, su coraje, su pasión, sus ganas de
ser alguien y mejorar el mundo, ya podía el paro encadenar a un alto porcentaje de ellos, ya podrían
venir ríos de droga por todos los canales de los negociantes: ellos seguirían creyendo en sí mismos y
en su lucha. Porque no es cierto que a los jóvenes les vaya mal porque han caído en la droga o en la
soledad. Al contrario-. han sido atrapados por la amargura y por la droga porque ya antes les iba mal,
porque ya tenían el alma a medio encadenar. No se llena de veneno o de vinagre una vasija que no
esté previamente vacía. Hace falta un cazador buenísimo para cazar a los pájaros que vuelan más
alto. Muchos se quejan de que les pisan y no se dan cuenta de que fueron ellos quienes eligieron ser
cucarachas,
84.- Cambiar de agenda
Este año, cambiar de agenda me ha dolido casi tanto como cambiar de piel. Todos los eneros
llegan a mí casa una o varias de estas libretillas (regalo de algún banco o de alguna editorial), que
tienen el cuidado de hacer desmontable el listín de teléfonos, para que puedas, sin más, trasladar a
la nueva el del pasado o pasados años
Pero mi viejo listín de direcciones y teléfonos había durado ya un lustro. Y estaba lleno de
borratajos, rebosante de nombres en algunas de sus letras, completando la «m» en la página más
floja de la «ll», o invadiendo la «I» el espacio de la «k». Habría que trasladar los nombres a uno de
los nuevos listines que, nuevecitos, estaban sobre mi mesa
Y ha sido un dolor. ¡Dios mío, cuántos amigos muertos! En sólo cinco años mi libreta contaba ya
con, al menos, una docena de nombres talados por la muerte. Fui repasando sus nombres, uno a uno,
recordando su voz en el teléfono, en aquel número que ya no pasaría a mi renovada agenda porque, si
equivocadamente lo marcara, creería escuchar los timbrazos no en una casa solitaria, sino en la
eternidad
¡Y cuántos amigos cambiaron de ciudad o de casa! Y, sobre todo, ¡cuánto cambié yo de amigos!
Repaso docenas de nombres que hace tres años eran, para mí, indispensables, porque trabajaban
junto a mí en aquella empresa que tuve y ya dejé, y con quienes no he perdido la amistad, pero a
quienes no he vuelto a ver y hablar desde que no trabajamos juntos. ¿Qué será de Fulano?, te
preguntas. Y descubres hasta qué punto es salvaje esta civilización que nos trae y nos lleva, nos
baraja y revuelve, nos acerca y aleja
Repasando esta agenda me doy cuenta de hasta qué punto incluso las mejores amistades
dependen de las circunstancias. Cuando trabajabas en aquel periódico o en aquella revista te parecía
que nadie podría jamás arrancarte de aquel grupo de amigos. Y basta un simple cambio de trabajo y
lugar para que dieciocho de cada veinte amistades des- aparezcan y puedas sentirte afortunado si
continúan a flote dos de ellas
¿Y qué decir de los nombres que ya no te dicen nada? Repasando mi agenda encuentro una docena
que no consigo en absoluto identificar. Los leo y releo y, por más vueltas que doy en mi cabeza, no
logro unirlos a un rostro o a una persona. Esto me angustia, porque yo sé que suelo escribir en papeles
o tarjetas los encuentros que espero sean simplemente transitorios o fortuitos y que únicamente
inscribo en mi listín aquellos nombres que quiero unir a mi persona y a mi vida. Pero tres o cinco años
después, doce de ellos se han convertido en perfectos desconocidos. Siento el deseo de marcar ese
número de teléfono, preguntar por su dueño, comprobar si su voz me clarifica lo que me oculta su
nombre
Dicen los químicos que cada siete años cambiamos de cuerpo, que el hombre va perdiendo célula a
célula su sustancia, hasta el punto de que siete años más tarde no quede en cada uno de nosotros ni
un solo átomo de lo que hemos sido
1 Ahora soy yo quien descubre que cada cinco años también cambiamos en gran parte de alma. El
hombre de la nueva libreta que acabo de estrenar, en qué pocas cosas coincide con el otro hombre
que fui yo y que hace cinco años estrenó esta agenda que acabo de tirar a la papelera. ¿O tirarla será
una forma de suicidio parcial?
Creo que nunca como esta mañana he experimentado tan viva y cruelmente lo que significa el
tiempo al pasar por nuestra vida. Nunca me gustó ser relatívista, pero ¿cómo ignorar que cosas que
hace cinco años me parecieron eternas ya sólo son recuerdos más o menos calientes? ¿Cómo no
reconocer que yo me sigo :sintiendo orgulloso de ser cura como hace treinta años, pero soy, en todo
caso, «otro» cura diferente del que fui al ordenarme? ¡Y cuántos dolores que parecieron incurables
me hacen casi sonreír hoy!
Cambiar de agenda es un buen ejercicio de humildad que empuja -a poner bajo sordina muchos de
nuestros radicalismos. ¡Qué mata- villa si una agenda misteriosa nos pudiera explicar qué quedará
dentro de cinco años de las cosas que hoy nos hacen sufrir! Recuerdo que, cuando era muchacho, me
encabritaban los consejos de quienes me decían que esperase, que mis angustias o mis inquietudes las
amortiguaría el tiempo. Hoy descubro que ese consejo puede ser una salvajada, pero que es terrible y
dramáticamente verdadero
¡Qué gozo, en cambio, cuando algo o alguien traspasa esa barrera del sonido que son los cinco años
que te dura una agenda! Recuento las amistades que duran ya más de treinta años y compruebo que
son
también, por fortuna, numerosas. Amigos de los que me alejó la vida, que cambiaron dé profesión o
incluso de ideas y de quienes me sigo sintiendo tan francamente amigo como cuando escribí por vez
primera su nombre en la abuelita de esta agenda que ahora acabo de desechar
Esos son, pienso ahora, los amigos verdaderos. Los que no necesitan ser sostenidos por las
circunstancias, los que permanecen aunque giren los vientos, los que siguen siendo los mismos aunque
no nos veamos, aunque no nos hablemos, aquellos para quienes el tiempo parece haberse detenido y
con quien .es rejuvenecemos al encontrárnoslos por la calle. ¡Me he sentido tan a gusto volviendo a
escribir sus nombres en la nueva libreta!
No sé si las culebras se cambiarán de piel con dolor o sin él. Sé que al concluir yo mi cambio de
agenda me siento casi desnudo, dejo atrás cinco años, entierro una parte del hombre que yo fui,
corto ata- duras que fueron dulces pero ya nada significan, porque la vida es así, cruel a ratos, y unas
amistades empujan a otras, y los habitantes de las letras «a» y «m» no caben ya sino haciéndoles
sitio, y uno no tiene corazón para todo el mundo, y hay que vivir e irse dejando células y recuerdos,
átomos y dolores, perdido todo en este cementerio del tiempo
La vieja agenda está ya en la papelera y no puedo evitar un rama- lazo no sé si de tristeza o de
nostalgia. Tengo ceniza en las manos
85.- El reino de los «buenos días»
¿Recuerdan ustedes el final de aquel prodigio cinematográfico que se titulaba Milagro en Milán?
Los pobres de la -ciudad, cansados de ser expulsados de todas partes por los ricos, arrebataban sus
escobas a los barrenderos y, montados en ellas, levantaban el vuelo «hacia un reino en el que decir
'buenos días' quiera decir de verdad 'buenos días'». La frase enlazaba con una de las escenas
iniciales de la película, cuando el protagonista, el joven e ingenuo Totó, al salir del hospicio, donde
pasó sus primeros años, saludaba alegre y espontáneamente a todo el mundo y comprobaba, con
sorpresa, que los saludados le miraban agresivamente, como si su saludo fuera más bien un insulto
Yo repetí hace años y varias veces la experiencia y comprobé que la observación de Cesare
Zavattíni era rigurosamente exacta: tú veías venir por el fondo de la calle a un desconocido y, al
acercarte a él, te volvías y, muy amable, le sonreías con un «buenos días» o un «¿cómo está usted?»
en los labios y comprobabas que, infallablemente, el saludado, en lugar de con sonrisa, te miraba con
desconcierto, casi con temor, como pensando: «¿pero por qué me saluda a mí este desconocido?», o
como temiendo que, si te respondía amablemente, luego te dirigirías a él para pedirle un préstamo o
la cartera. Muchos huían casi ante la presencia de aquel «espontáneo del saludo» en que yo me había
convertido. 0, cuando más, te respondían con otro «buenos días» que no sabías nunca si era una
respuesta o un bufido
Es curioso: la cortesía ha establecido que sólo se debe saludar a los conocidos. Y la costumbre ha
señalado que cuando un desconocido nos dice «buenos días» no puede ser simplemente porque nos
de- sea un buen día, sino como prólogo para pedirnos o preguntarnos algo, aunque sólo sea la hora.
Desearse felicidad gratuitamente es algo que no se lleva y que incluso entre los amigos sólo funciona
por Navidad y sus alrededores
Si un compañero nos llama por teléfono y cuando ha terminado cuelgas y compruebas que no te ha
pedido nada, te preguntas sorprendido a ti mismo: «¿Y para qué me ha llamado éste?» Se entiende
que nadie llama a un amigo por el placer de conversar con él, sino «para» algo, lo mismo que nos
preguntamos Henos de sospechas por qué, en un encuentro o una fiesta, Fulano o Zutano habrán
estado tan simpáticos con nosotros, por qué nos habrán sonreído, y hasta empezamos a prepararnos
para el favor que, sin duda alguna, nos van a pedir en el próximo encuentro. ¿O acaso alguien sonríe
hoy sin segundas intenciones?
Esta comercialización de la sonrisa y esta tendencia a introducir el «baremo utilidad» hasta en el
terreno de la amistad me parecen dos de las más graves pestes de este siglo. Lo grave es que hasta
a veces nos educan para ello: montones de mamaítas predican a sus hijos aquello del «quien a buen
árbol se arrima, buena sombra le co- bija» y les empujan a elegir sus amistades en proporción
directa al fruto que de los amigos puedan obtener. Les dicen qué compañías «conviene frecuentara y
cuáles, en cambio, nunca resultarán «rentables». Les educan en el arte de «sacarle jugo» a la
sonrisa, como si se tratara de un «bien escaso» y conviniera reservarla únicamente para aquellas
ocasiones en que va a conseguirse algo a cambio. Una vez, en este cuadernillo de apuntes, conté yo la
historia de cierto monseñor que, durante el Concilio, no malgastaba su sonrisa en saludar a los
obispos y se iba directamente a invertirla en la tribuna de cardenales; y poco después recibí una
carta de cierto amigo del tal monseñor que, muy orgulloso, me explicaba que gracias a esa sonrisa
bien «distribuida» había conseguido el prelado lo que deseaba. Una respuesta que no me descubrió
nada, porque yo ya sabía que una sonrisa bien empleada termina siendo rentable, y lo que más bien
discutía es ese tipo de degradación de las sonrisas. La «eficacia» -incluso si es la santa eficacianunca me ha parecido una regla de vida
Por eso me entusiasmaba que en las clases de teología me explicaran que Dios era «gratuito», que
la gracia era «gratuita», que todo lo importante de este mundo se hace sin un «para qué» distinto
del simple amor. Apañados estábamos si Dios sólo nos amase en la medida en que pudiéramos serle
útil! Nunca he entendido por qué la gente suele presentar como la cima de la santidad -y que a mí me
parece simple sensatez- aquel precioso soneto-oración que dice que «aunque no hubiera cielo yo te
amara». Porque si sólo amásemos a Dios por lo del cielo, y lo de ser creyentes fuera un negocio como
tantos, ¿en qué se diferenciaría el ciclo de un infierno con azúcar?
En un infierno con azúcar iremos convirtiendo el mundo en la medida que vayamos canjeando
amistad por utilidad y sonrisas gratuitas por sonrisas rentables. 1,co que el diccionario define la
palabra «amistad» como «afecto puro y desinteresado», y me pregunto por qué entonces en tantos
idiomas hay refranes que invitan a desconfiar de la amistad. «Cuando la desgracia se asoma a la
ventana, los amigos no se asoman a mirar», dicen los alemanes. «Viviendo juntos, los animales
aprenden a amarse y los hombres a odiarse», dicen los chi- nos. «Quien cae, no tiene amigos», dicen
los turcos. «Con mi duro cuento yo, que con mis amigos no», decimos los españoles
Leo todas esas frases y me resisto a creerlas. Si fuesen Verdaderas tendríamos que empezar ya a
apoderarnos de las escobas de los barrenderos para ir hacia otro reino en el que decir «buenos días»
significase solamente que estamos deseando que todo el mundo tenga felicidad. Propongo que
fundemos la sociedad de la «Sonrisa gratuita», que tendría por reglamento una sola obligación: la de
sonreír a todo el que se cruce con nosotros en calles y autobuses, Metros y pasillos de oficina,
ascensores y bares. ¡Algo estallaría! Al principio los miembros de «Sonrisa gratuita» seríamos
mirados con sospechas, quizá, llevados a la cárcel como subversivos. Pero ¿y si luego, cuando vieran
que éramos inocentes, empezaban todos a sonreír y cambiaban las calles del mundo al verse pobladas
por otro tipo de humanos, por gentes que se querrían las unas a las otras sin pedirse nada a cambio?
Abro los ojos y me pregunto si sueño. Y parece que hubiera más sol
86.-
El hereje y el inquisidor
Creo haber contado ya en algún lugar la vieja fábula del hereje y del inquisidor, que tanto me
impresionó cuando me la relataron. Dicen que hace muchos, muchos años, un famoso inquisidor murió
de repente, al llegar a su casa, tras el auto de fe en que habían quemado a un hereje condenado por
él
Y cuentan que ambos llegaron simultáneamente al juicio de Dios y que se presentaron, como
todos los hombres, desnudos ante su Tribunal. Y añaden que Dios comenzó su juicio preguntando a los
dos qué pensaban de él. Y emprendió el hereje un complicado discurso exponiendo sus teorías sobre
Dios, precisamente las mismas por las que en la Tierra había sido condenado
Dios le escuchaba con asombro, y por más preguntas que hacía y más precisiones con las que
el hereje respondió, seguía Dios sin entender nada y, en todo caso, sin reconocerse en las
explicaciones que el hereje le daba. Habló después, lleno de orgullo, el inquisidor. Desplegó ante Dios
su engranaje de ortodoxia, el mismo cuya aceptación había exigido al hereje y por cuya negación le
había llevado a las llamas
Y descubrió, con asombro, que Dios seguía sin entender una palabra y que, por segunda vez, no
se reconocía a sí mismo en la figura de Dios que el ortodoxísimo inquisidor le representaba. ¿Cuál de
los dos era el hereje?, se preguntaba Dios. Y no lograba descubrirlo. Porque los dos le parecían no
sabía si herejes, si dementes o simples falsarios
Como la noche caía y cuantas más explicaciones daban el uno y el otro más claro quedaba que
Dios no era eso y más confusa la respectiva condición de hereje o de inquisidor en cada uno, acudió
Dios al supremo recurso: encargó a sus ángeles que extrajeran el corazón de los dos y que se lo
trajeran. Y entonces fue cuando se descubrió que ninguno de los dos tenía corazón
Digo que esta fábula -que no sé si es ella misma muy ortodoxa- me impresionó al conocerla
porque estoy convencido de que el día del juicio Dios va a atender mucho más a nuestro corazón que a
nuestras ideas, mientras que aquí abajo nos pasamos la mitad de la vida peleando por nuestras ideas y
olvidándonos de querernos mientras tanto
Cuentan que en cierta ocasión sentaron en un banquete al entonces nuncio Roncalli (más tarde
Juan XXIII) junto a un famosa político de ideas no precisamente parecidas a las de un obispo. Y tras
charlar durante varias horas sobre todo lo divino y todo lo humano, alguien oyó que el nuncio
comentaba sonriendo-. «Total, a usted y a mí lo único que nos separa son las ideas.»
No es que Roncalli no diera importancia a las ideas. Es que no les daba ese puesto único y
central que solemos darle en el mundo. Sabía que incluso dos personas de ideas opuestas pueden
tener mil caminos de acercamiento en sus vidas. Sabía que, cuando dos se quieren, empiezan a
acercarse hasta en las ideas o comienzan a descubrir que sus ideas no estaban tan lejos como se
imaginaban. Y que, en cambio, dos corazones fríos acabarán riñendo incluso cuando piensen lo mismo
Hemos dado, efectivamente, una excesiva importancia al pensamiento y la inteligencia, que no
son ni lo único ni lo decisivo en el hombre. Por fortuna, el ser humano es más ancho que su cabeza. Y,
sobre todo, más ancho que sus dogmatismos
Porque con frecuencia no sólo exigimos que los demás coincidan con nuestras ideas, sino
incluso que lo hagan con nuestras propias formas y maneras de pensar. Y así es como de cada cien
peleas entre los hombres, noventa y nueve son por palabras, por detalles, por modos de decir
Lo malo de los dogmatismos no es que defiendan con pasión unas determinadas ideas (esto
hasta me parece bueno); lo malo es que empiezan defendiendo sus ideas y pasan a defender sus
maneras personales de formular o entender esas ideas; empiezan luego a confundir sus ideas con sus
manías, y terminan finalmente obligando a todo el mundo a aceptar ideas, formas y manías
personales, todo junto
Cuando alguien, en cambio, intenta amar a sus enemigos, empieza por descubrir que no son
enemigos, sino adversarios; pasa a entender que también ellos tienen parte de razón; sigue
comprendiendo que sus ideas no son en el fondo tan diferentes de las de su competidor y termina
enterándose de que puede colaborar con él por encima y por debajo de sus diferencias
Alguien me explicó una vez que la manera más segura para coger agua entre las manos sin que
se escape de ellas era juntándolas de modo que los dedos de la mano derecha penetren en las
aperturas de los de la izquierda y viceversa, haciendo con ellas una especie de cuenco o de cuna. Y
que no había, en cambio, manera de cerrar las manos si uno enfrenta índice con índice, corazón con
corazón y anular con anular. ¡Cuántos matrimonios funcionarían si marido y mujer se complementaran
como mano con mano, cubriéndose sus respectivos huecos y fallos!
En la Iglesia estamos entendiendo ahora, ¡con cinco siglos de retraso!, que las doctrinas de
Lutero estaban menos lejos de las católicas de lo que se creyeron hace quinientos años y de lo que
habíamos creído. Y es que la polémica multiplica las diferencias en la misma proporción en que el amor
las acorta y rebaja
Follereau tiene un libro que se titula La única verdad es amarse, y a mí me parece una
afirmación como un templo. A derecha e izquierda del amor surgen los inquisidores. Y muchos que
creen combatir el dogmatismo terminan ellos mismos por ser dogmáticos de distinto color
A mí me encanta la gente que ama, aunque yo no comparta sus ideas. Porque sé que el amor es
la única carta que llega siempre a su destino, aunque tenga la dirección equivocada. En cambio, la
verdad sin amor, por muy verdad que sea, pronto se convertirá en una espada, en un trágala, en un
aceite de ricino, en una caricatura de la verdad
II - RAZONES PARA LA ALEGRÍA
Índice
Introducción
1. El sacramento de la sonrisa
2. El gozo de ser hombre
3. Aprender a ser felices
4. Vidas perdidas
5. Las riquezas baratas
6. Pelos largos, mente corta
7. Con esperanza o sin esperanza
8. Un puñetazo en el cráneo
9. Defensa de la fantasía
10. La impotencia del amor
11. Nacido para la aventura
12. Elogio de la nariz
13. Un vuelco en el corazón
14. Vivir con la lengua fuera
15. « Ser el que somos
16. Vivir con el freno puesto
17. El alma sin desdoblar
18. Los ojos abiertos y limpios
19. Todos mancos
20. El ocaso de la conversación
21. Alcanzar las estrellas
22. La paz nuestra de cada día
23. Vivir en el presente
24.
Pecado de amor
25.
Del pasotismo como una forma de suicidio
26.
Un mundo de sordos voluntarios
27. Dar vueltas a la noria
28. La victoria silenciosa
29. El desorden de factores
30. La generación del bosteza
31. Una fábrica de monstruos educadísimos
32. Constructores de puentes
33. Condenados a la soledad
34. La soledad sonora
35. La alternativa
36. La cruz y el bostezo
37. ¡ Soltad a Barrabás!
38.- Ante el Cristo muerto de
39. Dedicarse a los hijos
40. El rostro y la máscara
41. Quien se asombra reinará
42. Caperucita violada
43. Las dimensiones del corazón
44. La cara soleada
45. Adónde vamos a parar
46. Las tres opciones
47. La tierra sagrada del dolor
48. La alegría está en el segundo piso
49. La mejor parte
50. La herida del tiempo
51. La brisa del cementerio
52. Los domingos del alma
53. La trampa del optimismo
54. Los maestros de la esperanza
55. La mini revolución
56. La familia bien, gracias
57. Las estrellas calientes
58. Familias felices
59.
60.
61.
62.
63.
64.
65.
66.
67.
68.
69.
70.
71.
La flecha y el arco
La flecha sin blanco
La verdad peligrosa . –
La estrella de la vocación
El año de «tu» juventud
El mundo es ruidoso y mudo . ,
El frenesí del bien
Lo que vale es lo de dentro
La fantasía como fuga
La felicidad está cuesta arriba
Historia de mi yuca
Mientras cae la nieve
Pascua: camino de la luz
Introducción
Me pregunto si la mañana de hoy es, precisamente, la ideal para escribir el prólogo de un libro
que se titula Razones para la alegría. Anteayer me llamó el editor para meterme prisas, diciéndome
que, si quiero llegar con él a la Feria del Libro, tendré que enviarle los originales esta misma semana.
«Tranquilo, tranquilo, le he dicho. El libro está listo, sólo me falta el prólogo y mañana mismo lo
remato.»
Pero esta mañana ha ocurrido «algo». En la rutinaria revisión que cada dos meses hacen a mi
corazón y mis riñones se los han encontrado más pachuchos de lo que yo me imaginaba. Y me han
anunciado que mañana o pasado entro en diálisis
Al llegar a casa me he encontrado de pronto como vacío. ¿Me ponía a llorar? ¿Me dedicaba a
compadecerme? Me ha parecido más lógico intentar hacer algo. Pero ¿cómo escribir un prólogo
sobre la alegría cuando acaba de derrumbársete un trozo de alma, cuando aún estás intentando
tragarte la noticia de que en lo que te resta de vida permanecerás cinco horas, un día sí y otro no,
atado a una máquina?
Me detengo. Y pienso que hoy es el día EXACTO para hablar de la alegría. Porque el gozo que van
a pregonar estas páginas que siguen no es el que se experimenta porque las cosas vayan bien, sino el
que no cesa de brotar «a pesar de que» las cosas vayan cuesta arriba. (No quiero decir mal.) Este
es, me parece, el sentido de la bienaventuranza cristiana: no se promete en ella la felicidad a los
pobres porque vayan a dejar de serlo, ni a los que tienen hambre porque ya está llegando alguien con
un bocadillo. El gozo que allí se promete es aquel en el que las razones para la alegría son más
fuertes que las razones para la tristeza, no el gozo que proporcionan la morfina o la siesta
A esa alegría -os lo juro- no estoy dispuesto a renunciar. Bastaría la acogida que estas cosillas
mías están teniendo para sostenerme. ¿Sabéis? Es asombroso cuánto amor gira sobre el mundo sin
que los tontos lo percibamos, cuánta gente nos quiere sin que lo descubramos, en qué misteriosos
lugares puede germinar nuestra palabra sin que lleguemos a enterarnos
Hace tres años ya empecé este «cuaderno de apuntes» en A B C, y desde entonces no he cesado
de sentirme acompañado en mi aventura. Razones para la esperanza, que recogió la primera parte de
estas notas, tuvo un éxito -para mí asombroso- que le hace andar ya por su tercera edición en pocos
meses. Este segundo hermano prolonga mi testimonio de fe en la vida. En la vida con minúscula y en
la gran Vida con mayúscula. Ojalá sea útil para alguien. Ojalá caliente algún corazón. Ojalá ayude a
alguno a recuperar la le en su propia alegría
P. S.-Una nueva razón para la alegría: cuarenta y ocho horas después de escrito este prologuillo en el que yo aprovechaba mi enfermedad para pavonearme un poco de héroe- el médico me concede
un mes más de «amnistía». Me alegra, claro. Y -después de reírme un poquito de mi melodramática
introducción- me dispongo a robarle a la enfermedad un mes. 0 dos. 0 todos los que se deje. Y añado
esta posdata para tranquilidad de mis amigos
1. El sacramento de la sonrisa
Si yo tuviera que pedirle a Dios un don, un solo don, un regalo celeste, le pediría, creo que sin
dudarlo, que me concediera el supremo arte de la sonrisa. Es lo que más envidio en algunas personas.
Es, me parece, la cima de las expresiones humanas
Hay, ya lo sé, sonrisas mentirosas, irónicas, despectivas y hasta ésas que en el teatro romántico
llamaban «risas sardónicas». Son ésas de las que Shakespeare decía en una de sus comedias que «se
puede matar con una sonrisa». Pero no es de ellas de las que estoy hablando. Es triste que hasta la
sonrisa pueda pudrirse. Pero no vale la pena detenerse a hablar de la podredumbre
Hablo más bien de las que surgen de un alma iluminada, ésas que son como la crestería de un
relámpago en la noche, como lo que sentimos al ver correr a un corzo, como lo que produce en los
oídos el correr del agua de una fuente en un bosque solitario, ésas que milagrosamente vemos
surgir en el rostro de un niño de ocho meses y que algunos humanos -¡poquísimos!- consiguen
conservar a lo largo de toda su vida
Me parece que esa sonrisa es una de las pocas cosas que Adán y Eva lograron sacar del paraíso
cuando les expulsaron y por eso cuando vemos un rostro que sabe sonreír tenemos la impresión de
haber retornado por unos segundos al paraíso. Lo dice estupenda- mente Rosales cuando escribe
que «es cierto que te puedes perder en alguna sonrisa como dentro de un bosque y es cierto que, tal
vez, puedas vivir años y años sin regresar de una sonrisa». Debe de ser, por ello, muy fácil
enamorarse de gentes o personas que posean una buena sonrisa. Y ¡qué afortunados quienes tienen
un ser armado en cuyo rostro aparece con frecuencia ese fulgor maravilloso!
Pero la gran pregunta es, me parece, cómo se consigue una son- risa. ¿Es un puro don del cielo?
¿O se construye como una casa? Yo supongo que una mezcla de las dos cosas, pero con un predominio
de la segunda. Una persona hermosa, un rostro limpio y puro tiene ya andado un buen camino para
lograr una sonrisa fulgidora. Pero todos conocemos viejitos y viejitas con sonrisas fuera de serie.
Tal vez las sonrisas mejores que yo haya conocido jamás las encontré precisamente en rostros de
monjas ancianas: la madre Teresa de Calcuta y otras muchas menos conocidas
Por eso yo diría que una buena sonrisa es más un arte que una herencia. Que es algo que hay que
construir, pacientemente, laboriosamente
¿Con qué? Con equilibrio interior, con paz en el alma, con un amor sin fronteras. La gente que ama
mucho sonríe fácilmente. Por- que la sonrisa es, ante todo, una gran fidelidad interior a sí mismos.
Un amargado jamás sabrá sonreír. Menos un orgulloso
Un arte que hay que practicar terca y constantemente. No haciendo muecas ante un espejo,
porque el fruto de ese tipo de ensayos es la máscara y no la sonrisa. Aprender en la vida, dejando
que la alegría interior vaya iluminando todo Cuanto a diario nos ocurre e imponiendo a cada una de
nuestras palabras la obligación de no llegar a la boca sin haberse chapuzado antes en la sonrisa, lo
mismo que obligamos a los niños a ducharse antes de salir de casa por la mañana
Esto lo aprendí yo de un viejo profesor mío de oratoria. Un día nos dio la mejor de sus lecciones:
fue cuando explicó que si teníamos que decir en un sermón o una conferencia algo desagradable para
los oyentes, que no dejáramos de hacerlo, pero que nos obligáramos a nosotros mismos a decir todo lo
desagradable sonriendo
Aquel día aprendí yo algo que ibe ha sido infinitamente útil: todo puede decirse. No hay verdades
prohibidas. Lo que debe estar prohibido es decir la verdad con amargura, con afanes de herir. Cuando
una sola de nuestras frases molesta a los oyentes (o lectores) no es porque ellos sean egoístas y no
les guste oír la verdad, sino porque nosotros no hemos sabido decirla, porque no hemos tenido el
amor suficiente a nuestro público como para pensar siete veces en la manera en la que les diríamos
esa agria verdad, tal y como pensamos la manera de decir a un amigo que ha muerto su madre. La
receta de poner a todos nuestros cócteles de palabras unas gotitas de humor sonriente suele ser
infalible
Y es que en toda sonrisa hay algo de transparencia de Dios, de la gran paz. Por eso me he atrevido
a titular este comentario ha- blando de la sonrisa como de un sacramento. Porque es el signo visible
de que nuestra alma está abierta de par en par
2.- El gozo de ser hombre
De todas las oraciones que se han rezado en la historia, la más ridícula y grotesca me parece
aquella de¡ fariseo que, según cuenta el Evangelio, se volvía a Dios para decirle: «Te doy gracias,
Señor, porque no soy como los demás hombres.» ¡Y pensar que yo le doy gracias precisamente porque
soy como los demás hombres! ¡Pensar que yo me conformaría con ser un buen hombre, una buena
persona, con sacarle suficiente jugo a lo que soy! ¡Pensar que a mí me asustaría ser un ángel, me
aterraría ser un superhombre, me avergonzaría ser un coloso!
Merton ha escrito un párrafo que yo rubricaría sin vacilar: «Ser miembro de la raza humana es un
glorioso destino, aunque sea una raza dedicada a muchos absurdos y aunque comete terribles
errores: a pesar de todo, el mismo Dios se glorificó al hacerse miembro de la raza humana. ¡Miembro
de la raza humana! ¡Pensar que el darse cuenta de algo tan vulgar sería de repente como la noticia de
que a uno le ha tocado el gordo en una lotería cósmica! Pero no hay modo de decirle a la gente que
anda por ahí resplandeciendo como el sol. Si lo entendieran, el problema sería que se postrarían a
adorarse los unos a los otros.» Un Santo Padre lo dijo mucho más breve y sencillamente: «La gloria de
Dios es el hombre viviente.»
Pero ¿quién entiende esto? ¿Cómo explicarle a la gente que su alma es una lotería, que son
seres creados en el gozo y para el gozo?
El otro día leía yo la Ética de Bonhoeffer y me llamaba la atención su insistencia en el hecho de
que Dios al crear al hombre puso en casi todas sus acciones, además de su fin práctico, una ración
de gozo. Los hombres comen y beben para subsistir, pero a este fin fundamental Dios añadió el que
comer y beber fueran cosas agradables y gozosas. El hombre se viste para cubrirse del frío, pero
la inteligencia humana ha logrado que el vestido sea, además, un adorno del cuerpo, una manera de
volver gozoso su aspecto visible. El juego se hizo para el descanso y el reposo, pero también se
volvió exultante y gozoso. La sexualidad es una vía para la reproducción y la conservación de la
especie humana, pero también a esto Dios y la Naturaleza le añadieron su ración de gozo. Nuestras
casas no son sólo un lugar donde refugiarse del frío y defenderse de la Naturaleza, son también
lugares para saborear el gozo de la amistad y de la intimidad
Teóricamente, Dios pudo hacer todo esto para sus solos fines prácticos. Pero quiso añadir a cada
una de nuestras funciones humanas una supercapacidad de alegría. ¿Y qué será su cielo sino una
plenitud de ese entusiasmo?
A mí me desconcierta la gente que parece vivir «para» la tristeza. Y mucho más la gente que
imagina a Dios como un entenebrecedor de la existencia. No hay, no puede haber verdadera
religiosidad sin alegría. Los santos son el más alto testimonio de existencias iluminadas. «Un santo
triste es un triste santo», decía Santa Teresa, que sabía un rato de estas cosas
Claro que la alegría verdadera nunca es barata. Y ciertas juergas carnavalescas no logran ocultar
el ramalazo de tristeza que llevan en sus entrañas y la soledad a la que conducen. Muchos de sus
fantoches se creen alegres y son simplemente cómicos y bufonescos
Ser hombre es mucho más. Y, sobre todo, ser hombre en compañía. A mí, lo confieso, me suelen
entristecer las multitudes (porque en ellas aparece más la tropa animal que la humanidad), pero me
encanta el grupo de amigos, el hablar en voz baja y reír sin estrépito, el poder sacar a flote las
almas, el penetrar a través de la palabra a la profundidad de las personas. Decía un clásico latino que
«cada vez que estuve entre los hombres, volví menos hombre». Yo tengo más suerte: cada vez que
me encuentro con amigos salgo reconfortado y admirado, feliz de ser uno como ellos, de vivir entre
ellos
También me gusta la soledad, claro, pero no el aislamiento. Si estoy solo es o para estar con Dios
o para encontrarme con mis mejores amigos: los hombres que escribieron grandes libros o música
profunda. Es una soledad muy acompañada
Por eso, cuando digo que me alegro de ser «como todos» no me estoy invitando al adocenamiento,
estoy invitándome a vivir en plenitud lo que soy, exhortándome a «ser» y no sólo a «vivir»,
recordándome a mí mismo que hay mucho que beber en el pozo del alma
Sí, tal vez esta sea la clave de la alegría: descubrir que tenemos alma, explorar las
dimensiones del espíritu, atreverse a creer que no es que la vida sea aburrida, sino que los que somos
aburridos somos nosotros, que nos pasamos la vida como millonarios que llorasen porque han perdido
diez céntimos y olvidado el tesoro que tienen en la bodega de su condición humana
3. Aprender a ser felices
Me parece que la primera cosa que tendríamos que enseñar a Me parece
todo hombre que llega a la adolescencia es que los humanos no nacemos felices ni infelices, sino que
aprendemos a ser una cosa u otra y que, en una gran parte, depende de nuestra elección el que nos
llegue la felicidad o la desgracia. Que no es cierto, como muchos piensan, que la dicha pueda
encontrarse como se encuentra por la calle una moneda o que pueda tocar como una lotería, sino que
es algo que se construye, ladrillo a ladrillo, como una casa
Habría también que enseñarles que la felicidad nunca es completa en este mundo, pero que, aun
así, hay raciones más que suficientes de alegría para llenar una vida de jugo y de entusiasmo y que
una de las claves está precisamente en no renunciar o ignorar los trozos de felicidad que poseemos
por pasarse la vida soñando o esperando la felicidad entera
Sería también necesario decirles que no hay «recetas» para la felicidad, porque, en primer
lugar, no hay una sola, sino muchas felicidades y que cada hombre debe construir la suya, que puede
ser muy diferente de la de sus vecinos.,Y porque, en segundo lugar, una de las claves para ser
felices está en descubrir «qué» clase de felicidad es la mía propia
Añadir después que, aunque no haya recetas infalibles, sí hay una serie de caminos por los que,
con certeza, se puede caminar hacia ella. A mí se me ocurren, así de repente, unos cuantos,
- Valorar y reforzar las fuerzas positivas de nuestra alma. Des- cubrir y disfrutar de todo lo
bueno que tenemos. No tener que espe- rar a encontramos con un ciego para enterarnos de lo
hermosos e importantes que son nuestros ojos. No necesitar conocer a un sordo
para descubrir la maravilla de oír. Sacar jugo al gozo de que nuestras manos se muevan sin que sea
preciso para este descubrimiento ver las manos muertas de un paralítico
- Asumir después serenamente las partes negativas o deficitarias de nuestra existencia. No
encerrarnos masoquistamente en nuestros dolores. No magnificar las pequeñas cosas que nos faltan.
No sufrir por temores o sueños de posibles desgracias que probablemente nunca nos llegarán
- Vivir abiertos hacia el prójimo. Pensar que es preferible que nos engañen cuatro o cinco veces
en la vida que pasarnos la vida desconfiando de los demás. Tratar de comprenderles y de aceptarles
tal y como son, distintos a nosotros. Pero buscar también en todos más lo que nos une que lo que nos
separa, más aquello en lo que coincidimos que en lo que discrepamos. Ceder siempre que no se trate
de valores esenciales. No confundir los valores esenciales con nuestro egoísmo
- Tener un gran ideal, algo que centre nuestra existencia y hacia lo que dirigir lo mejor de
nuestras energías. Caminar hacia él incesantemente, aunque sea con algunos retrocesos. Aceptar la
lenta maduración de todas las cosas, comenzando por nuestra propia alma. Aspirar siempre a más,
pero no a demasiado más. Dar cada día un paso. No confiar en los golpes de la fortuna
- Creer descaradamente en el bien. Tener confianza en que a la larga -y a veces muy a la largaterminará siempre por imponerse. No angustiarse si otros avanzan aparentemente más deprisa por
caminos torcidos. Creer en la también lenta eficacia del amor. Saber esperar
- En el amor, preocuparse más por amar que por ser amados. Tener el alma siempre joven y, por
tanto, siempre abierta a nuevas experiencias. Estar siempre dispuestos a revisar nuestras propias
ideas, pero no cambiar fácilmente de ellas. Decidir no morirse mientras estemos vivos
- Elegir, si se puede, un trabajo que nos guste. Y si esto es imposible, tratar de amar el trabajo
que tenemos, encontrando en él sus aspectos positivos
- Revisar constantemente nuestras escalas de valores. Cuidar de que el dinero no se apodera de
nuestro corazón, pues es un ídolo difícil de arrancar de 61 cuando nos ha hecho sus esclavos.
Descubrir que la amistad, la belleza de la naturaleza, los placeres artísticos y muchos otros valores
son infinitamente más rentables que lo crematístico
- Descubrir que Dios es alegre, que una religiosidad que atenaza o estrecha el alma no puede ser
la verdadera, porque Dios o es el Dios de la vida o es un ídolo
- Procurar sonreír con ganas 0 sin ellas. Estar seguros de que el hombre es capaz de superar
muchos dolores, mucho más de lo que el mismo hombre sospecha
La lista podría ser más larga. Pero creo que, tal vez, esas pocas lecciones podrían servir para
iniciar el estudio de la asignatura más importante de nuestra carrera de hombres: la construcción de
la felicidad
4.- Vidas perdidas
La hija de unos amigos míos ha dicho a sus padres el otro día que «no le gustaría que su hermano
pequeño fuese cura, porque los curas y las monjas siempre le han parecido vidas perdidas»
Y yo me he quedado un poco desconcertado porque, la verdad, a mis cincuenta y tres años no
tenía la impresión de estar perdiendo mi vida. De todos modos, la frase me intriga y me tiene
desazonado durante todo el día. ¿Cómo se gana? ¿Cómo se pierde una vida? ¿Acaso sólo se tiene
fruto dejando hijos de la carne en este mundo? ¿No sirve una vida que va dejando en otros algunos
pedacitos de alma?
Pero no quisiera esquivar el problema y buscarle fáciles escapatorias, Reconozco que esa
pregunta -¿de qué está sirviendo mi vida?- deberíamos planteárnosla, por obligación, todos los seres
humanos al menos una vez cada seis meses. Porque esto de vivir es demasiado hermoso como para
que pueda escapársenos como arena entre los dedos
Dicen, por ejemplo, que una vida se llena teniendo un hijo, plantando un árbol y escribiendo un
libro. Bueno, yo conozco personas que no hicieron ninguna de esas tres cosas y que han vivido una
vida irradiante. Y también conozco quienes tuvieron hijos, plantaron árboles y escribieron libros y
difícilmente podrían mostrarse realiza- dos en ninguna de las tres cosas. Porque hay libros que
tienen muchas más palabras que ideas; hijos que de sus padres parecen haber recibido solamente la
carne; y árboles que escasamente si producen sombra
Tampoco me parece que el fruto de una vida dependa mucho del número de años que se vivan. Y
espero que aquí me perdonen mis lectores si hablo de nuevo de mí. Porque últimamente éste es un
problema que está obsesionándome. Desde que los médicos me mandaron que «parase un poco el
carro» no dejo de preguntarme si hago bien cada vez que me niego a un nuevo trabajo o una
invitación más. ¿Es preferible vivir algunos años más viviendo a media máquina? ¿O el ideal es
desgastarse sin preguntarse cuántos años durará el cacharro?
Yo siempre he sido un pésimo ahorrador. De dinero y de vida. Tal vez porque veo que en el inundo
hay un terrible afán por regatear esfuerzos, de afanes por dejar para mañana lo que a uno no le
obligan a hacer hoy. Hay gente -me parece- que se va a morir sin llegar a estrenarse. Se cuidan. Se
ahorran. Se «conservan». Van a llegar a la otra vida como un abrigo siempre guardado en el ropero
Hace años leí una oración de Luis Espinal (el jesuita a quien asesinaron en Bolivia en 1980) que me
impresionó: «Pasan los años y, al mirar atrás, vemos que nuestra vida ha sido estéril. No nos la hemos
pasado haciendo el bien. No hemos mejorado el mundo que nos legaron. No vamos a dejar huella.
Hemos sido prudentes y nos hemos cuidado. Pero ¿para qué? Nuestro único ideal no puede ser el
llegar a viejos. Estamos ahorrando la vida, por egoísmo, por cobardía. Sería terrible malgastar ese
tesoro de amor que Dios nos ha dado.»
Sería terrible, sí, llegar al final con el alma impoluta, con el tesoro enterito, pero sin emplear.
Creo que fue Peguy quien se reía de los que nunca se mancharon las manos. porque no tienen manos. 0
porque jamás las usaron para nada
Es curioso: en este momento me doy cuenta de por qué me ha dolido tanto la frase de la hija de
mis amigos. Siento cómo surge en mí un recuerdo que creía dormido. Era yo seminarista y vi -¿hace
ya cuántos años?- aquella vieja película titulada Balarrasa (que he revisado hace poco y me pareció
malísima), que, vista con mis veinte años, resultó decisiva para mi vida en aquella escena en la que un
personaje, muriéndose, se aterraba ante la idea de hacerlo «con las manos vacías». Esa imagen me
persiguió durante años. Y pensé que ningún infierno peor que el de la esterilidad. Fuera lo que fuera
de mi vida, yo tendría que dejar aquí algo cuando me fuera, aun cuan- do se tratara solamente de una
gota de esperanza o alegría en el co- razón de un desconocido
Pienso ahora en aquel verso de Rilke que, como supremo piropo a la Virgen, dice que el día de la
Asunción quedó en el mundo «una dulzura menos». 0 pienso en Juan XXIII, de quien, el día de su
muerte, dijo el cardenal Suenens que «dejaba el mundo más habitable que cuando 61 llegó». Pienso
que es muy poco importante el saber si dentro de un siglo se acordará alguien de nosotros -seguramente no-; porque lo único que importa es que alguna semilla de nuestras vidas esté germinando
dentro de alguien (incluso si ni él ni nosotros lo sabemos). Porque entonces nuestras vidas habrán
sido ganadas
5.- Las riquezas baratas
Supongo que a estas alturas ya- nadie duda de que vamos hacia un mundo de estrecheces. Las
vacas gordas pasaron a la historia y parece que para todos llegó el tiempo de apretarse el cinturón
(aunque los pobres se quedaron sin agujeros que apretar hace mucho tiempo ). Primero le llegó el
agua al cuello a las clases medias; hoy, hasta los más derrochones se ven obligados a mirar la peseta
¿Es esto una desgracia? Lo es, desde luego, para cuantos pasan hambre. Pero yo me pregunto si
unos ciertos grados de estrechez no serán un don para el mundo y no nos empujarán a descubrir
todas esas otras fortunas baratísimas que hoy tenemos medio olvidadas
Porque -aunque de esto apenas se hable- hay riquezas carísimas y riquezas baratas. Y sería
dramático que mientras la gente se pasa la vida llorando por no poder alcanzar los bienes caros, se
dejasen de cultivador los que tenemos al alcance de la mano
La más grande y barata de las riquezas es, por ejemplo, la amistad. Un buen amigo vale más que
una mina de oro. Sentirte comprendido y acompañado es mayor capital que dar la vuelta al mundo. Un
corazón abierto es espectáculo más apasionante que las cata- ratas del Niágara. Alguien que nos
ayude a sonreír cuando estamos tristes es más sólido que mil acciones en bolsa. ¡Y qué barato si).Ie
tener un buen amigo! Cuesta menos que una caña de cerveza, me- nos que una barra de pan. ¡Y es más
sabroso! Lo pueden tener los ,?obres y los ricos y casi les es más fácil a los primeros. Hay amigos en
todas partes, de todas las edades, de mil ideologías, de muy diversos niveles culturales. Quién sabe
si cuando todos vayamos siendo pobres descubriremos mejor esa propiedad milagrosa de la amistad
con la que no contábamos
También se puede ser gratuitamente millonarios de sol, de aire limpio, de paisajes. Hace falta
dinero para hacer un safari por África Central, pero no hace falta una sola moneda para acariciar la
cabeza de un perro y ver cómo levanta hacia nosotros sus ojos agradecidos. ¿Recuerdan a aquel
grupo de pobres que en Milagro en Milán se sentaban cada tarde a disfrutar del maravilloso y
baratísimo espectáculo de una puesta de sol? Jamás compañía teatral alguna alcanzó mayor belleza,
nunca pintor alguno mezcló mejor los colores. ¿Y quién podría asegurar que una cena de gala en el
Waldorf Astoria produce mayor gozo que una tarde de primavera bajo la sombra de un sauce?
Y el placer milagroso y baratísimo de la música. Lo que más agradezco yo a nuestra civilización es
esta posibilidad de que un pequeño aparato de poco más de medio kilo de peso te conceda algo que
hubiera enloquecido a Beethoven: poder disfrutar de todas las orquestas del mundo con sólo ir
movimiento suavemente el mando de una aguja. Lo que en el siglo XVIII no podían permitirse ni los
emperadores lo tengo yo ahora a diario. ¿Y qué mina de diamantes me haría tan fabulosamente rico
como el poder tener en mi oído y en mi alma el concierto de violoncello de Schuman o las vísperas de
Monteverdi? No cambiaría yo, verdaderamente, un pequeño transistor por un palacio en Arabia.
Porque aun cuando la charlatanería está invadiendo a no pocas emisoras, aún queda casi siempre la
posibilidad de encontrar entre ellas la mina de diamantes de una buena música
Y ahora pido a mis lectores que griten unánimes un ¡ooooh! larguísimo porque aquí llega el
superpremio baratísimo de la noche: su majestad el libro, con cuarenta caballos, carrocería en oro
vivo, acelerador del alma, ruedas irrompibles, cristales de aumento para en- tender la vida motor
multiplicador de la existencia. Yo me imagino a veces a mi buen amigo Ibáñez Serrador poniendo
entre sus premios media docena de libros de poesía para ver con qué ¡uf! se sentían liberados los
concursantes que de tal nimiedad se librasen. Y, sin embargo, ¿desde cuándo un coche, un
apartamento, una vuelta al mundo, un abrigo de visón pueden producir la centésima de placer
verdaderamente humano que aportaría un solo buen poema?
Nos han engañado, amigos. Nos han estafado acostumbrándonos a creer que es el estiércol del
dinero y del lujo la verdadera moneda de la felicidad. Nos han empobrecido diciéndonos que el
mundo se- ría menos mundo cuando estuvieran más flacas nuestras cuentas en el banco. Nos han
conducido a equivocarnos de piso, a dejar en las arcas del olvido las riquezas de primera, creyendo
que existen sólo las riquezas digestibles. Hay tesoros baratos y casi nadie lo sabe
Hay multimillonarios que gastan la vida en llorar por creerse pobres. Y yo me pregunto si un
poco de estrechez no serviría para abrirnos los ojos. Y, la verdad, no me preocuparía que en el mundo
que viene tuviéramos que apretarnos un poco el cinto a cambio de que apren- diéramos a estirar el
alma
6.- Pelos largos, mente corta,
Me habría gustado que estuvieran ustedes conmigo en Roma la semana pasada presenciando la
concentración juvenil que reunió en torno al Papa nada menos que trescientos mil jóvenes. Y espero
que ustedes no se escandalicen demasiado si les digo que me fijé más en los muchachos que en el
Papa, aunque sólo sea porque a Juan Pablo II le he visto cien veces y, en cambio, aquella masa
juvenil era para mí algo absolutamente inédito
La primera conclusión que saqué de mi estudio es una que ya conocía hace tiempo. que jamás se
debe juzgar a nadie por sus pintas. La de los concentrados en Roma era lamentable. Sucios, cansados,
despreocupados por su aliño, vestidos a la buena de Dios o del diablo, dulcemente gamberreantes.
Cantaban bastante mal y guitarreaban peor. Y lo que cantaban era más deleznable musicalmente que
sus voces. Sólo el brillo de los ojos les salvaba. ¡Estaban, caramba, vivos! Y en un mundo de
vegetantes eso me parecía el milagro de los milagros. A aquellos chicos se les notaba que tenían ganas
de creer en algo y luchar por algo. Creían en la vida y no en la muerte. Les fastidiaba -como a míeste mundo en que vivimos, pero creían que gritar contra las cosas nunca ha cambiado nada y que sólo
luchando por mejorar un rincón de esta tierra habremos hecho algo por ella. Me gustaron. Me
gustaron «a pesar de» sus pelos
Tengo la impresión de que en nuestro siglo la mayor parte de la gente basa sus ideas en la
primera impresión externa de las personas. Y tal vez por ello a los jóvenes les encante enfurecer a
los mayores llevando atuendos y vestidos que seguramente también a los muchachos les repugnan
Tal vez cambiaría todo el día en que nos pusiéramos de acuerdo en que lo que cuenta en la vida no
es la longitud de los pelos, sino la longitud de la mente. Y que lo decisivo es saber si uno tiene limpio el corazón y no si lleva desgastados los pantalones
Recuerdo que, cuando yo era curilla recién salido, muchos compañeros míos se enfurecían contra
el tradicional sombrero clerical, la llamada «teja», que los reglamentos nos obligaban a llevar. A mí
la teja siempre me pareció espantosamente fea, aunque quizá no tanto como el bonete. Pero creí, al
mismo tiempo, que había que luchar mucho más por lo que teníamos dentro de la cabeza que por lo
que llevábamos encima de ella. Y empecé a temer algo que luego se ha producido: que mucha gente
se creyó moderna porque adoptaba vestidos de última hora, mientras mantenían la cabeza atada a
los pesebres del pasado más pasado
Por eso me da pena la gente que repudia a los muchachos por- que no le gustan sus modales, lo
mismo que me dan pena los muchachos que creen que son jóvenes sólo porque son desgarbados y
gamberretes. La juventud es mucho más. es pasión, esperanza, audacia, autoexigencia, aceptación
del riesgo, elección de las cuestas arriba. Y luz en la mirada
El tamaño de los pelos cambia en cada curva de la historia. Un amigo mío cura decidió un día
dejarse barba y bigote, y se topó con el escándalo de su madre, a quien tales adminículos parecían
un pe- cado sordísimo en un sacerdote. «¡Pues también el Sagrado Corazón lleva barba y bigote!»,
replicó mi amigo. Y el argumento desarmó a su madre, a quien, desde ese momento, empezaron a
parecerle respetables los barbudos
La verdad es que resulta muy poco preocupante el saber si Cervantes usaba gorguera o si
Shakespeare tenía largas melenas rizadas. Queda la prosa del primero y los sonetos y dramas del
segundo. Lo malo es la gente que en lugar de escribir Hamlet se cree realizada por llevar remiendos
de color en la chaqueta. Importa un pimiento si la gente dice «chipén», «macanudo» o «guay». Lo que
importa es que sepan decir algo más, pensar algo más, vivir algo más
El gran diablo es que muchos de estos disfraces de lenguaje, vestidos o peinados son simples
coartadas para gentes que creen que uno puede «realizarse» sin luchar y sin luchar corajuda, terca
y aburridamente. Tener personalidad es más difícil que tener un papá que te compre una moto. Y yo
nunca supe de nadie que consiguiera la personalidad cuesta abajo. Los viejos burgueses pensaban
que lo importante es «lo que se tiene». Los dulces cretinos creen que lo que cuenta es «lo que se
lleva». Los hombres de veras saben que lo que vale es «lo que se es». Y un globo lleno de viento será
siempre un globo vacío, tanto si se lo viste de melenas como si se le cubre de andrajos. Mientras
que una cabeza repleta poco importa cómo se cubre
7.- Con esperanza o sin esperanza
Creo haber repetido muchas veces en las páginas de este «cuaderno» que, en mi opinión, la gran
crisis que atraviesa nuestro mundo no es tanto, como suele decirse, una crisis de fe o de moral
cuanto de esperanza. Tal vez por ello me he esforzado desde hace ya dos años y medio en estos
comentarios por hablar de esas vertientes esperanzadas del mundo de las que nadie habla
Y me llega hoy, precisamente, la carta de una amiga de Valencia que, como otras tantas, me dice
que «su único pecado es la desesperanza». ¿Qué moral -se pregunta- «puede inculcar a sus hijos que
se hacen mayores al lado de la violencia y de la permisividad total? ¿Cómo puede dar lo que no tiene?
Puede dar amor, pero el amor desesperanzado es menos amor»
No sólo esta señora, sino millones de personas podrían firmar estas líneas. Te levantas cada
mañana con ganas de luchar y difundir alegrías y pronto viene el mundo con la rebaja y un nuevo
atentado, una más cruel violencia te obliga a preguntarte si no habremos regresado ya a las
cavernas, si el mundo tiene todavía salvación, si no es cierto que la audacia, la desfachatez o la
crueldad de unos pocos es capaz de arruinar el esfuerzo constructivo de generaciones y
generaciones que lucharon por mejorar al hombre
¿Y qu¿ hacer? ¿Tirar la toalla y hundirnos en el pesimismo y la desesperanza? Espero que se me
siga permitiendo continuar gritando que «en el hombre hay muchos más motivos de admiración que
de desprecios, que en este tiempo brilla mucho más el mal que el bien, porque «la hierba crece de
noche» o que, incluso si viviéramos en un mundo absolutamente cerrado a la esperanza, nuestro
deber de seguir luchando por mejorarlo seguiría siendo el mismo
Quisiera seguir hablando, sobre todo, de la «pequeña esperanza». Porque siempre he temido que
el mayor enemigo de la esperanza fuera precisamente la ilusión y la ingenuidad. Y que en ningún caso
en éste se hiciera verdadera la afirmación de que «lo mejor es enemigo de lo bueno»
Porque muchos abandonan su lucha por la esperanza simple- mente porque no pueden lograrla al
ciento por ciento. La seguirían, en cambio, si aceptasen humildemente construir cada día una
chispita de esperanza, un uno por ciento o un medio por ciento de mejoría de la realidad
Hace tiempo que yo convertí en uno de los lemas de mi vida el «realismo pequeño» de Santa
Teresa. Recuerdo, por ejemplo, aquella ocasión en la que la santa de Avila se entera de la
catástrofe que para la Iglesia ha supuesto la reforma luterana. Al conocerlo no se pone Teresa a
gritar contra el mundo, no condena a nadie, no clama que todo está perdido, no sueña volver el
mundo al revés. Comenta, sencillamente: «Determiné hacer eso poquito que yo puedo y es en mí, que
es seguir los consejos evangélicos con toda perfección que yo pudiese y procurar que estas poquitas
que están aquí hiciesen lo mismo.»
Esa es la clave: «eso poquito que yo puedo y es en mí». Nadie nos pide que cambiemos el mundo.
Lo que de nosotros se espera es que aportemos «ese poquito» que podemos, no más
Por eso yo creo que contra la desesperanza no hay más que una medicina: la decisión y la
tozudez. Ahora que ya estamos todos de acuerdo en que el mundo es un asco, vamos a ver si cada
uno barre un poquito su propio corazón y los tres o cuatro corazones que hay a su lado. El día en que
nos muramos, tal vez el mundo siga siendo un asco, pero lo será, gracias a nosotros, un poco menos.
Contra la desesperanza no hay más que un tratamiento- hacerse menos preguntas y trabajar más
Pero ¿cómo trabajar sin esperanza? ¿El amor desesperanzado no es menos amor, no será un
amor amargo? Si amásemos lo suficiente sabríamos dos cosas- que todo amor es, a la corta o a la
larga, invencible. Y que, en todo caso, el que ama de veras no se pregunta nunca el fruto que va a
conseguir amando. El verdadero amante ama porque ama, no «porque» espere algo a cambio. ¡Buenos
estaríamos los hombres si Dios hubiera amado solamente a quienes ha- rían fructificar su amor!
Mejorar el mundo, ayudar al hombre es nuestro deber. Y debemos marchar hacia él, con luz o a
ciegas. Repitiendo el «porque aunque lo que espero no esperara, / lo mismo que te quiero te
quisiera»
Pero es que, además, sabemos que «poquito a poquito» irá avanzando el mundo. Y que nosotros no
podremos abolir el odio o la violencia. Pero que nadie podrá impedirnos barrer la puerta de nuestro
corazón
8.- Un puñetazo en el cráneo
Leyendo el otro día una biografía de Kafka me tropecé con una carta que el escritor checo
dirigiera a Oskar Pollak, uno de sus amigos, en la que encontré la expresión perfecta de algo que hace
días rondaba mi cabeza. Habla Kafka de la función de la literatura y dice- «Si el libro que leemos no
nos despierta de un puñetazo en el cráneo, ¿para qué leerlo? ¿Sólo para que nos haga felices? ¡Por
Dios- lo seríamos igual si no contáramos con ningún libro! Por el contrario, necesitamos libros que
actúen sobre nosotros como una desgracia que nos afectara muy de cerca, como la muerte de alguien
a quien amáramos más que a nosotros mismos, como si fuéramos condenados a vivir en los bosques
lejos de todos los hombres, como un suicidio.»
Estoy plenamente de acuerdo. Y lo estoy muy especialmente en un tiempo en que se tiende a
confundir la literatura con el encaje de bolillos. Escribir se ha vuelto para muchos de los escritores
contemporáneos una fabricación de tartas de crema hecha con palabras. ¡Ah, qué maravillosamente
colocan sus adjetivos! ¡Qué juegos de sintaxis nos ofrecen! ¡Cómo se ve, tras cada una de sus frases,
pavonearse a su autor, que está muy satisfecho de demostrar en cada una que es más listo que
nosotros! ¿O acaso no es cierto que un altísimo porcentaje de lo que hoy se publica no pasa de ser
una colección -tal vez muy hermosa- de fuegos de artificio? Hemos valorado tanto el «cómo» hay
que decir las cosas que, al final, vamos a aprender a decir maravillosamente la nada
Tal vez por ello sería bueno que, al menos una vez al año, se preguntasen los escritores para qué
escriben y los lectores para qué leen. Esto último puede que sea aún más importante que lo primero
Borges suele decir que el día que él se muera no estará muy orgulloso de los libros que ha escrito,
pero sí de los que ha leído. Y no es ésta una salida chusca. Es el convencimiento de que, al final, todo
cuanto un hombre escribe es sólo el fruto -mejor o peor digerido-- de lo que ha leído. Porque somos
-o podemos ser- hijos de nuestras lecturas
Lo malo es la gente que lee para «pasar el rato» o, más exacta- mente, para «matar el tiempo».
Una verdadera lectura no mata nada y crea mucho, fecunda, engendra, acicatea, «rompe -diría
Kafka- con un hacha la mar congelada que hay en nosotros». La imagen no puede ser más hermosa y
exacta. Porque la mente del hombre está tan viva como el mar, preñada de vida, de peces y
corrientes, latidora y fecunda en tormenta, calma a veces, bramante a ratos. Pero, asombrosamente,
para la mayoría de los hombres su mente termina congelándose: la rutina la cubre y la aprisiona en su
capa de hielo, como sus lagos encadenados por las heladas invernales. Sólo así se explica que algo tan
ardiente, como la mente humana se vuelva estéril en noventa y nueve de cada cien personas, bajo
cuya corteza de aburrimiento ni circulan ideas ni peces, ni conocen tormentas, ni producen algo que
no sea insipidez
Un libro, un verdadero libro, debe destrozar nuestras rutinas a golpe de hacha, debe
convulsionarnos, sacudirnos por la solapa, em- pujarnos a la felicidad, sí, pero no a la felicidad del
placer, sino a la de estar vivos. ¿Merece ser leído un libro que nos penetra menos que la muerte de
un hermano? ¿Para qué leer algo que nos hace admirar a su autor, pero en nada trastorna nuestras
vidas?
Ya sé que encontrar un libro así es como conseguir una quiniela de catorce, ya que no siempre los
mismos libros despiertan a las mismas personas. Pero hay, por fortuna, libros-despertadores (o
músicas o cuadros-despertadores) que han demostrado ya a lo largo de los siglos su capacidad de
golpear en el cráneo de los dormidos. Yo he tenido la fortuna de irme encontrando a lo largo de mi
vida y cada cierto número de años uno de estos libros-milagro que me ha ido poseyendo, invadiendo,
alimentando, empujando a más vivir, y sus autores son hoy para mí no escritores admirados'
sino
verdaderos hermanos de sangre. Un día fueron las grandes novelas de Dostoievski; otro, los poemas
de Rilke; luego, las obras de Thomas Merton; después, las meditaciones de Guardini; un día, la obra
de Bernanos; otro, la audición de la Misa en sí menor de Bach; des- pues, la exposición del Miserere
de Rouault-, un verano fue Herman Hesse; otro, una relectura de Mauriac; largos meses, el gozo de
la compañía de Dickens; en muchos rincones, los encuentros con Mozart; inesperadamente, la
sacudida de El pobre de Asís de Kazantzaki! no hace mucho, el hallazgo de la prosa de Santa Teresa;
durante un viaje, la estancia en el cielo particular de Fray Angélico en Florencia; en mi primera
adolescencia, el encuentro fraterno con Antonio Machado; muchos, muchos puñetazos en mi cráneo
que han ido ayudándome decisivamente a que mi alma no se congelase. A ellos -y a muchos otros; no
quiero, por ejemplo, que se me olviden ni San Agustín, ni «Charlot», ni Dreyer- debo mi alma. Y me
siento fea de tener muchos padres
Y no puedo menos de sentir una cierta compasión por quienes viven huérfanos, teniendo, como
tienen, tantos padres a mano. Y una mayor compasión por quienes leen como si comieran pasteles, sin
enterarse siquiera de que hay en los libros esa sangre fresca y jugos,- que sus almas necesitan
9.- Defensa de la fantasía
Dice mi hermana que en nuestra infancia, como no contábamos con televisión, teníamos que
acudir a la televisión prehistórica. la imaginación. Yo le digo que nunca jamás se conoció televisión
mejor y que jamás se inventará otra semejante. Porque en la imaginación teníamos todos los canales
a nuestra disposición; no había que soportar que nadie nos adoctrinara desde ideologías que no
fueran la elegida, y jamás lkegami alguno filmó en tan bellos colores como los que cada uno de
nosotros elegía y se inventaba a placer
Yo siento una cierta compasión ante los niños de ahora, a quienes les damos ya todo
inventadísimo. ¿Para qué van a hacer el es- fuerzo de imaginar cuando, a diario, les bombardeamos
con imágenes desde que amanece hasta que se acuestan? Su Blancanieves no podrá ser la que ellos
se fabriquen; será por fuerza la que les dio Disney encadenada. Sus sueños estarán llenos de pitufos
prefabrica- dos y, cuando lean a Julio Verne, pensarán que es un señor que puso en letra lo que ellos
ya vieron en las películas de la tele. Todo más cómodo. Todo infinitamente menos creativo y, por
tanto, mucho menos fecundo para sus almas
Nosotros tuvimos la fortuna de vivir cuesta arriba, teniendo muchas horas que llenar con sueños
e imaginaciones. Y por lo que yo recuerdo, la fantasía funcionaba en aquel tiempo. La Astorga
infantil en la que yo viví estaba toda ella hecha como para vivir una fábula. Cada esquina tenía una
leyenda. Nos sabíamos dónde y cómo durmió Napoleón cuando allí estuvo, veíamos avanzar ejércitos
romanos bajo las murallas, el león de Santocildes peleando con un águila francesa era casi como
todo un curso de historia
Defensa de la fantasía
Pero lo mejor era que también llenábamos de imaginación la pe- quería vida cotidiana. En casa, por
ejemplo, nos pasábamos medio diciembre fabricando cosas para la Navidad y el otro medio mes
elaborando bromas para el día de Inocentes: bombones falsos llenos de algodón empapado en
vinagre, nueces cuidadosamente vaciadas y más cuidadosamente vueltas a cerrar llenas de viruta,
brazos de gitana preciosamente elaborados en los que la crema recubría un tarugo. La inocentada no
era algo improvisado. Se elaboraba como una verdadera pieza teatral. Y algún año sucedió que la
tarta de pega fabricada por mi madre fue un día de Inocentes corriendo por siete u ocho casas,
para terminar de nuevo en la mía por obra de alguien que quería darnos una broma sin saber que era
mi madre la fabricante original. Todo era tontísimo y un poco primitivo. Pero aquellas tonterías nos
hacían vivir y eran, en definitiva, la forma en que nos manteníamos unidos y calientes. Eran, lo
recuerdo, los que luego se llamaron «los años del hambre» y hoy creo que puedo aplicar a ellos ese
dicho de «comer, no comíamos, pero lo que es reír, nos reíamos muchísimos. Tal vez por eso hoy,
cuando mis amigos no paran de contar amarguras de aquellos años, yo sólo puedo recordar horas
felices, porque allí donde la realidad resultaba amarga poníamos nosotros el milagro de la
imaginación
Habría que reivindicarla ahora en este gran tiempo de esterilidad colectiva. Porque yo me temo
que no sea cierto eso de que los inventos modernos estén ensanchando el mundo. Están, es cierto,
haciéndolo más llevadero, pero no sé sí más ancho. Leo, por ejemplo, en los periódicos que en el
mundo entero el vídeo está derrotando al libro, que la gente prefiere «ver» una novela a leerla, que
ya empiezan a existir revistas en videocasete y que, no tardando mucho, tendremos periódicos
filmados. Y tengo que preguntarme si todo eso será un adelanto
Me lo pregunto porque, como el lenguaje oral está muy bien hecho, resulta que, cuando leemos,
hacemos pasar las palabras por el recoveco de la imaginación para mejor entenderlas. Pero el día que
entendamos y veamos las cosas directamente, habrá que jubilar nuestra imaginación lo mismo que las
máquinas modernas van quitando el trabajo a mecanógrafas y linotipistas. Y se producirá, dentro de
cada uno de nosotros, algo terrible: el paro de una gran parte de nuestra alma
Todos tenemos ya parte del alma parada. Dicen los científicos que el hombre usa, más o menos, un
20 por 100 de su cerebro. El día que renunciemos a la imaginación, ¿nos quedará algo? Y
seguramente gastaremos menos fósforo mental, pero será a costa de des- poseer a nuestra alma de
la poca creatividad que ya le queda
,Por eso la verdad es que no cambio mi infancia por la de los pequeños de hoy. Comíamos y
vestíamos peor. No conocíamos un veraneo en la playa hasta la edad de los pantalones largos. Pero
estrenábamos y usábamos la imaginación mucho antes. Los niños de ahora ya no la necesitan. La han
sustituido por una imaginación de tercera.- por esa caja mágica de la que estamos tan orgullosos
cuan- do, como una solitaria silenciosa, está devorándonos uno de nuestros mejores dones: la
imaginación
10.-
La impotencia del amor
En el reciente documento vaticano sobre «la teología de la liberación» hay algo que me ha
resultado escalofriante y vertiginoso: la denuncia, por tres veces, de que muchos cristianos han
comenzado a desconfiar de la eficacia del amor y piensan que ya no basta con cambiar los corazones
y sueñan en otras acciones más «útiles», más «eficaces», llámense revolución o lucha de clases
Esta desconfianza no es cosa de hoy. Fueron primero los políticos. Maquiavelo les enseñó que
la inteligencia, el doble juego, la mano izquierda iban más derechas al objetivo que el pobre corazón.
Y saltó de ahí, fácilmente, a proclamar que hay una violencia digna de censura. la que destruye. Y otra
digna de elogio: la que construye. Es fácil entender que todos piensan que construye aquella que
ayuda a sus intereses
Con el marxismo el salto fue definitivo: la clave del mal del mundo ya no estaba en el. egoísmo
de los hombres, sino en la mala construcción de las estructuras. Y la única manera tolerable de amar
era aquella en la que al amor a una clase se unía el odio y la destrucción de la otra. Un Bertold Brecht
dedicó la mitad de su obra a ironizar sobre una caridad convertida en limosnería que conseguía
siempre los frutos contrarios a los que pretenda. ¡Tiremos, pues, a la basura el viejo corazón
compasivo y sustituyámosle con la inteligencia inteligente!
Pero lo verdaderamente dramático llega cuando son los cristianos los que se inscriben en las
filas de los desconfiados del amor y los que apuestan por la fría eficacia conseguida sin él. Y lo
curioso es que esta corriente se respira hoy en familias ideológicamente bien opuestas dentro de la
Iglesia católica
Yo, por ejemplo, no he entendido nunca que en algún libro piadoso se pida que el corazón esté
«cerrado con siete cerrojos» y se asegure que para amar más a Dios hay que estar atento de no amar
demasiado a los hombres
Pero aún me resulta más grave el que -tal vez porque los extremos se tocan- los grupos
progresistas, que dicen inspirarse en el Concilio, caigan en una nueva mutilación, no tanto
desconfiando del amor cuanto encajándolo en un amor condicionado y de clase, en una forma de amor
que, en todo caso, ya no es el amor cristiano
Esta mentalidad suele funcionar sobre lo que yo llamo «los falsos dilemas» o la «apuesta por
un presunto mal menor». Como consideran ineficaces ciertas formas antiguas de supuesto amor, en
lugar de tratar de curar y mejorarlo, optan por pensar que en el futuro deberemos poner la
agresividad donde ayer poníamos la caridad
Recuerdo ahora, por ejemplo, aquel cura hispanoamericano que, en una novela de Graham
Greene, justifica así la violencia: «La Iglesia -dice- condena la violencia, pero condena la indiferencia
con más energía. La violencia puede ser la expresión del amor. La indiferencia jamás. La violencia es la
imperfección de la caridad. La indiferencia es la perfección del egoísmo.»
He aquí un brillante juego de medias verdades y sofismas. He aquí un ejemplo de los falsos
dilemas. Es cierto que la Iglesia condena la indiferencia ante el dolor, la tolerancia de la injusticia,
con tanta o más fuerza que la violencia, porque sabe que el que tolera un mal que podría evitar está
siendo coautor de ese mal y, por tanto, está ejerciendo una violencia silenciosa. Es cierto que la
indiferencia es la perfección del egoísmo o, como decía Bernanos, «el verdadero odio». Pero, en
cambio, no es cierto que la violencia sea la «imperfección» de la caridad; es el pudridero de la
caridad, la inversión, la falsificación y la violación de la caridad. Quizá algún violento haya comenzado
a ejercer su violencia por motivos subjetivos de amor, pero de hecho, al hacer violencia se ha
convertido en el mayor enemigo del amor. Ya que con la violencia se puede entrar en todas partes,
menos en el corazón
Mas, sobre todo, ¿por qué nos obligarían a elegir entre la indiferencia y la violencia? ¿Por qué
no podríamos excluir a las dos y optar por el trabajo, por el amor, por el colocarnos al lado del que
sufre?
Otro personaje de la misma novela plantea aún más claramente uno de esos falsos dilemas
cuando dice: «Prefiero tener sangre en las manos antes que agua de la palangana de Pilato.» ¡Precioso
tópico! ¡Preciosa falsedad! Elegir entre la sangre del asesinato y el agua de la falsa sentencia es tan
absurdo como optar entre la muerte por fusilamiento o por guillotina. Porque entre las manos lavadas
de Pilato y las ensangrentadas del asesino o del guerrillero están las manos tercas y humildes de
Ghandi, las manos piadosas y caritativas de la madre Teresa, las manos firmes y exigentes de Martin
Luther King, las manos ensangrentadas -pero de la propia sangre- de monseñor Romero, las manos
orantes de una Carmelita desconocida, las manos de una madre, las manos de un obrero
¿Quién no preferiría cualquiera de éstas? ¿Quién no aceptaría que las manos de un cristiano
son las que trabajan o mueren y no las que duermen, las que hacen violencia de cualquier forma o las
que asesinan? Entre los dormidos y los que avasallan están los que caminan. Entre las cruzadas de
izquierda o de derecha están los que, humildemente, hacen cada día su trabajo y ayudan a ser felices
a cuatro o cinco vecinos
Este es el gran problema: volver a creer en la eficacia del amor. En la l-e-n-t-a eficacia del
amor. Una eficacia que tiene poco que ver con todas las de este mundo, sean del signo que sean. Una
eficacia que -con frecuencia es absolutamente invisible
Jesús conoció en su vida esa tristeza de la aparente inutilidad del amor. Nadie ha entendido
esto tan bien como Endo Shusaku, el primer biógrafo de Jesús en japonés: «Jesús -dice- se daba
cuenta de una cosa: de la impotencia del amor en la realidad actual. El amaba a aquella gente
infortunada, pero sabía que ellos le traicionarían en cuanto se dieran cuenta de la impotencia del
amor
Porque, a fin de cuentas, lo que los hombres buscaban eran los resultados concretos. Y el
amor no es inmediatamente útil en la realidad concreta. Los enfermos querían ser curados, los
paralíticos querían caminar, los ciegos ver, ellos querían milagros y no amor. De ahí nacía el tormento
de Jesús. El sabía bien hasta qué punto era incomprendido, porque él no tenía por meta la eficacia o
el triunfo; él no tenía otro pensamiento que el de demostrar el amor de Dios en la concreta realidad.»
Tal vez los ilustres le mataron porque les estorbaba. La multitud dejó que le mataran porque
ya se habían convencido de que era un hombre bueno, pero «ineficaz». Arreglaba algunas cosillas,
pero el mundo seguía con sus problemas y vacíos. No servía
Veinte siglos después van aumentando los hombres que están empezando a sospechar que la
picardía, los codos, las zancadillas son más útiles que el corazón. Cientos de miles de cristianos
buscan otras armas más eficaces que el amor. En el amor hoy ya sólo creen los santos y unas cuantas
docenas de niños, de ingenuos o de locos. Pero si un día también éstos dejaran de creer en ello
habríamos entrado en la edad glaciar.
11.- Nacido para la aventura
Junto a las escaleras del «metro» que tomo todas las tardes han plantado una valla publicitaria
en la que un avispado dibujante ha diseñado un feto de seis meses que reposa feliz dentro de un
óvulo, flotante dentro de un seno que no se sabe muy bien si es maternal o intergaláctico. Está
acurrucadito, tal y como estuvimos todos, entre asustados y expectantes, soñando con la vida. Pero,
por obra y gracia del agudo publicitario, el dulce-futuro-bebé tiene algo inesperado: unos
pantaloncitos vaqueros, que le ciñen mucho mejor de lo que mañana lo harán los pañales maternos. Y
nuestro genio de la publicidad ha coronado su «invento» con una frase apasionante: «Nacido para la
aventura». Todo un destino
Yo, la verdad, siento una infinita compasión hacia cuantos trabajan en las agencias de publicidad
(sobre todo hacia los que llaman «los creativos»), que han de pasarse la vida entera exprimiéndose el
cacumen para inventar esa frase nueva, genial y diferente que, desde las esquinas de las calles, nos
herirá a los sufridos transeúntes como una estocada. ¿Y cómo encontrar un slogan nuevo sobre algo
tan machacado por la competencia como los pantalones vaqueros? ¿Cómo hallar un nuevo argumento
con el que convencer a la dulce muchachada de que ingresarán directamente en el cielo de la
felicidad apenas se vistan esa arcangélico indumentaria? Todo está dicho ya. Un año nos explicaron
que con una determinada marca atraeríamos todas las miradas femeninas y nos encontraríamos
catapultados en un harén de muchachas. Nos anunciaron que los tejanos «eran la libertad», que
vistiéndolos «seríamos más» y hasta que penetraríamos más allá de las nubes. Una agencia nos contó
que los jeans nos «identifican», que con ellos estaríamos «satisfechos» porque «no hay cosa más
linda». Los de otra marca son «los que mejor se mueven» y bastaba con «dejarlos bailar». Alguien
puso su pimienta tentadora y nos explicó que esos pantalones «resistirán si tú resistes». Y hasta nos
contaron que con ellos puestos Tarzán se quedaría tamañito a nuestro lado. Realmente ya sólo
faltaba que alguien batiera el récord de la imaginación (¿o de la estupidez?) y nos hablara de los
vaqueros intrauterinos, descubriéndonos -ioh gozo!- que la gran aventura que nos espera al nacer es
nada más y nada menos que vestirnos un pantalón tejano
Comprenderán ustedes que a mí me trae sin cuidado lo que la gente vista o deje de vestir, tanto
antes como después de nacer. Me hace gracia, eso sí, que se haya cumplido tan rápidamente aquella
profecía de Julio Camba que anunciaba que en el futuro no se adaptarían los vestidos a los hombres,
sino los hombres a los vestidos; pero, por lo demás, pienso que cada uno es dueño de elegir sus trapitos y no seré yo quien diga a los jóvenes, como Don Quijote a Sancho («tu vestido será calza
entera, ropilla larga, herreruelos un poco más largos»), el modo en que deberían vestir. Me importa
mucho más lo que la gente tiene dentro de la cabeza que lo que lleva encima de las piernas. Pero sí
me preocupa, y mucho, en cambio, esa máquina de guerra que ha puesto en marcha nuestra sociedad
para convencer a los muchachos de que la vida es idiotez
. Porque lo que hay detrás de la frivolidad de ciertas publicaciones es algo mucho más serio que
una manera de vestir o una marca de pantalones. Es algo que podría definirse como «el progresivo
empequeñecimiento de los ideales»
Pepe Hierro, en uno de sus más hermosos poemas, cantaba la triste suerte de aquel pobre
emigrante -«Manuel del Río, natural de España»- que un día se murió sin saber por qué ni para qué
había vivido y cuyo cadáver «está tendido en D'Agostino Funeral Home. Haskell. New Jersey». Ante
aquel cuerpo, vivido y muerto ¿inútilmente?, Hierro le recordaba que
Tus abuelos
fecundaron la tierra toda,
la empapaban de la aventura
Cuando caía un español
se mutilaba el universo
Y sentía ganas de llorar al recordar que
Hace mucho que el español
muere de anónimo y cordura
o en locuras desgarradoras
entre hermanos
¿Y ahora? Ahora ¿tendremos que seguir descendiendo y decir a los muchachos que la gran
aventura para la que nacen no es ya «fecundar la tierra toda», sino ponerse una determinada marca
de pantalones? ¿Deberemos sentirnos gozosos porque ya no morimos «en locuras desgarradoras
entre hermanos» y pensaremos que hemos mejorado descendiendo a esa guerra civil de la mediocre
estupidez?
Me impresiona pensar en esta civilización que tienta a diario a los jóvenes con la mediocridad.
Hubo tiempos en los que se les ten- taba con la revolución, ahora se les invita a la siesta y la
morfina, a infravivir, como si el lobo ya no soñara en comerse a Caperucita, sino simplemente en
atontaría y domesticarla
Por eso me ha dolido el anuncio que han colocado sobre las es- caleras de mi «metro»: porque
profana dos de las palabras más sa- gradas de nuestro diccionario: «nacer» y «aventura». A mí me
encanta entender la vida como una apasionante aventura. Creo que me mantendré joven mientras
siga creyéndolo. Me apasiona entender la vida como un reto que debo superar, como un riesgo que
debo correr y en el que tengo que vivir tensamente para realizar cada uno de sus minutos. Creo que
la juventud es seguir teniendo largos los sueños y despierto el coraje, alta la esperanza e
indomeñable ante el dolor. Odio la idea de dejarme arrastrar por las horas y estoy decidido a
mantenerme vivo hasta el último minuto que me den en el mundo. Pienso, como Santa Teresa, que
aventurar la vida es el único modo de ganarla:
No haya ningún cobarde
Aventuremos la vida,
pues no hay quien mejor la guarde
que quien la da por perdida
¿Y tendré que -pensar ahora que la aventura que me esperaba a las puertas del seno de mi madre
era el tipo de pantalones que ha- bría de vestir? Hubo tiempos en los que las gentes soñaban ser
san- tos, cruzar continentes, dominar el mundo, multiplicar la fraternidad o, al menos, transmitir
diaria y humildemente algunas gotas de alegría. ¿Y ahora bajaremos a esa tercera división de la
Humanidad, cuyas metas consisten en «realizarse» teniendo un coche o poniéndonos una
determinada marca de tejanos? Ya sólo nos falta que un publicitario invente el último y más cruel de
los anuncios: «Muchachos que ahora nacéis, dentro de quince años estaréis todos parados. Pero no
temáis, pasaréis vuestro paro sentaditos sobre unos pantalones marca no-sé-cuál.»
Mi viejo amigo Bernanos decía que «para que una habitación esté templada es necesario que el
fogón esté al rojo vivo». El fogón de nuestras vidas es la juventud. ¡Y cómo temblarán mañana de
frío todos esos muchachos a quienes hoy estamos llenando la juventud de carbones congelados!
Un mundo en el que los vicios fueran tristes y los adultos aburridos sería ya una tragedia. Pero
una tierra de jóvenes hastiados o inteligentemente atontados sería la catástrofe de las catástrofes.
Y uno teme a veces que si antaño, «cuando caía un español se mutilaba el universo», tal vez mañana
en alguna tumba podrá escribirse el más macabro de los epitafios: «Aquí descansa Fulanito de Nada,
que, al morirse, dejó vacíos unos pantalones.»
12.- Elogio de la nariz
Sobre pocos puntos he visto entre los pensadores tanta divergencia como en su valoración del
sentido común, clave, para algunos, del equilibrio de las personas; rémora, para otros, en la marcha
del mundo
Gracián decía, por ejemplo, que «más vale un gramo de sentido común que mil arrobas de
sutileza», y Leopardi aseguraba que «lo más raro que hay en el mundo es lo que pertenece a todos, el
sentido común». Pero, en cambio, un Bécquer consideraba que «el sentido común es la barrera de los
sueños». Y Unamuno, más que nadie, disparataba contra él. «El sentido común es el sentido de la
pereza, el que juzga con lugares comunes y frases hechas, mecánica y no orgánicamente. El que se
atiene a los medios comunes de conocer el del ojo de buen cubero, el del poco más o menos, el de
todos aquellos que no se esfuerzan en ver claro en sí mismos. Hay gentes tan llenas del sentido
común que no les queda el más pequeño rincón para el sentido propio.»
Yo diría que la clave de estas discrepancias parte del punto de mira desde el que se habla. Si para
crear es necesaria la locura, para tratar con el prójimo es preferible la cordura. Sí no se puede
escribir sin un buen caudal de sueños, tampoco puede mantenerse el vivir cotidiano sin una buena
porción de realidades. Lo malo es cuando los términos se cruzan. El sentido común aplicado a la
literatura no produce otra cosa que agarbanzamientos. Los sueños proyectados en la tarea de cada
día conducen más bien al descalabro
En este campo yo suelo practicar una receta que me enseñó, siendo yo un chiquillo, uno de mis
maestros y que podría resumirse en la frase. soñar largo, caminar corto. Mi maestro pensaba que el
único modo de llegar a los grandes sueños es por pasos cortos, pero que también la única manera de
mantener la constancia en los pequeños pasos de cada día era vivir tensos porque tiraban de
nosotros los grandes sueños
Por eso a mí en la vida me gusta tener la imaginación por bandera y el sentido común por timón. Y
si me preguntan si soy revolucionario o evolucionista contesto siempre que me gusta ser
revolucionario de ideas y evolucionista de táctica; idealista en los fines y posibilista en los medios.
Me gusta el arco tenso y la flecha ligera. Poner la locura como meta. Y caminar hacia lo imposible a
través de un montón de posibles pequeñitos
Tal vez por eso doy yo tanta importancia a las formas de las cosas. Tengo la impresión de que, por
cada cien personas que dicen que chocan por sus ideas, noventa y nueve provocan ellos sus roces por
las formas en que las exponen. Y si Chesterton aseguraba que «una herejía es siempre una verdad
que se ha vuelto loca», tal vez pudo también decir que es «una verdad expresada locamente». 0 a
destiempo
Porque aquí voy a confesar que una de las pocas cosas en las que yo coincido con Maquiavelo es en
su culto al tiempo. Reconozco, como él, que «los tiempos son más poderosos que nuestras cabezas».
Y creo que es justa su afirmación de que el fracaso de los más grandes personajes de su tiempo se
debía a que «todos ellos se negaban a reconocer que habrían tenido mucho más éxito si hubieran
intentado acomodar sus personalidades respectivas a las exigencias de los tiempos en lugar de
querer reformar su tiempo, según el molde de sus personalidades»
Y, naturalmente, yo no estoy dispuesto a modificar mis ideas por mucho que los tiempos cambien.
Pero estoy dispuesto a poner todas las formulaciones externas a la altura de mis tiempos, por simple
amor a mis ideas y a mis hermanos, ya que si hablo con un lenguaje muerto o un enfoque superado,
estaré enterrando mis ideas y sin comunicarme con nadie
Esto lo entendí mejor viajando por el mundo: al llegar a cada país ponía mi reloj en hora, en el
nuevo horario del país visitado. Esto no implicaba pensar que en mi país estuviéramos atrasados o
adelantados o desconfiar de mi reloj. Suponía, simplemente, que yo aceptaba lo cambiante de la
realidad horaria
Por eso he rendido siempre culto al olfato como virtud de la inteligencia. No creo que tener
sentido de la realidad que nos rodea sea oficio de camaleones. Desconfío de los veletas, pero no de
los que saben la tierra que pisan. No me gustan los que cambian de
ideas, pero tampoco quienes carecen del sentido común de revisarlas y adaptarlas en todo lo no
sustancial. Me gusta la gente de buena nariz. Me encantan los cazadores que no disparan según dicen
los manuales, sino que ponen el disparo justo en el momento justo y en el justo lugar.
13. Un vuelco en el corazón
Entre las muchas cartas que recibo hay una que me ha conmovido -y alegrado- especialmente. No
es que me cuente nada novedoso o espectacular. Es simplemente la carta de una mujer que me
explica que, a los cincuenta y un años, sigue enamorada de su marido
«El es maestro --dice- y yo me siento muy unida a su profesión, pero, sobre todo, a él. Llevamos
veintiún años casados, fuimos ocho años novios y, cuando lo encuentro en la calle, sin esperar verle,
aún me da un vuelco el corazón. Quiero decir, que el amor no muere. Tengo montañas de poemas
escritos para él y para lo que nos une. Y no es rutina, desde luego. Y no lo veo perfecto, ni él a mí. Y
no estarnos de acuerdo siempre. Pero, sobre todo, nos que- remos.»
Ahora siento casi un poco de vergüenza de que esta carta me haya llamado la atención. ¿No
debería ser lo normal todo lo que en ella se cuenta?
Me temo que hoy la fidelidad no esté de moda. Al menos a juzgar por los periódicos y las
conversaciones. ¿O también aquí resultará que -a tenor de esa hipocresía moderna que consiste en
hacerse pasar por peor de lo que uno es- son muchos más los matrimonios fieles que los que
presumen de casquivanos? Pero lo grave -me parece- no es tanto el que los hombres seamos más o
menos fieles a nuestras promesas. Lo grave es que muchos hayan llegado a auto- convencerse,
primero, de que es imposible la fidelidad y, después, de que casi es más propio del hombre el
mariposeo
Pero habría que volver a hablar «con descaro» de la fidelidad
Un buen amigo mío -y gran teólogo--, Olegario G. de Cardedal, ha titulado uno de sus libros Elogio de
la encina, precisamente por- que la encina es el árbol de la fidelidad, un árbol menos aparatoso y
brillante que otros muchos, más duro y adusto, pero en el que parece resumiese el campo entero
Tal vez mujeres como la de la carta que he copiado --o como mi madre y tantas otras que he
conocido-- no entren en la historia de las mujeres ilustres. Pero yo no cambiaría su fidelidad por
todos los brillos del mundo
I-lace días, leyendo a Kierkegaard, tropecé con dos párrafos iluminadores. El primero subrayaba
la importancia y la permanencia de los compromisos de amor y decía que quienes temen dar un «sí»
para siempre por temor a que mañana puedan cambiar de idea y se encuentren encadenados a él, «es
evidente que, para ellos, el amor no es lo supremo, pues de lo contrario estarían contentos de que
exista un poder que sea capaz de forzarles a permanecer en él». He aquí una enorme verdad: quienes
temen al amor eterno deben ser sinceros consigo mismos y reconocer que no es que ellos sean muy
inteligentes, sino que su amor es demasiado corto. 0 que su orgullo es demasiado grande para aceptar
el someterse al amor
El otro párrafo aún era más luminoso. «Basta con mirar a un hombre para saber a ciencia cierta si
de verdad ha estado enamorado. Expande en torno un aire de transfiguración, una cierta divinización
que se perpetúa durante toda su vida. Es como una concordia establecida entre cosas, que, sin ella,
parecerían contradictorias: el que ha estado 'enamorado, al mismo tiempo es más joven y más viejo
que de ordinario; es un hombre y, a pesar de todo, un muchacho, sí, casi un niño; es fuerte y, sin
embargo, es débil; hay en él una armonía que rebota en su vida entera.»
Efectivamente: haber estado, aunque sólo sea una vez, enamorado -de un hombre, de una mujer,
de una idea, de una tarea, de una misión- es lo más rejuvenecedor que existe. Esas gentes a quienes
brillan los ojos, que miran la vida positivamente, que se alimentan de esperanzas, que poseen una
misteriosa armonía, que irradian esa luz que les transfigura, son personas que se atrevieron a creer
en el amor y han sido fieles a esa decisión. Poseen una especie de virginidad e integridad espiritual
Cuando Miguel Ángel concluyó de tallar su Pieta del Vaticano alguien le preguntó por qué había
hecho más joven a la madre, a María, que a su hijo Jesús. Y Buonarotti respondió que las almas
vírgenes son siempre jóvenes. Y no se refería, es claro, solamente a la virginidad física, sino a esa
virginidad interior de quienes se han entregado enteros a un amar o a una causa
Hay que elogiar sin rodeos a esas «encinas-mujeres» o a esas «encinas-varones» que se atreven a
seguirse queriendo por encima de los años, que se emocionan aún cuando encuentran por la calle a
quienes fueron (y son) sus novios. Hay que decirles -como Machado decía de las encinas- que ellas
«con sus ramas sin color», «con su tronco cenicientos, «con su humildad que es firmeza» son una de
las cosas que sostienen este mundo nuestro, tan viejo como un don Juan
14.- Vivir con la lengua fuera
Creo que fue Tucholsky el que escribió una vez, ironizando sobre la gente «que vive con la lengua
fuera»; de los que Jadeantes y sin respiración van a la zaga en el tiempo, para que nada ni nadie se
les escape»; de quienes más que tener ideas viven de adaptarse, como camaleones, a lo que está de
última moda. ¿Que impera el marxismo? Ellos se hacen marxistas o semimarxistas, si la cosa les
asusta mucho. ¿Que es el existencialismo lo que lleva la moda? Pues a hacerse existencialistas. Y
después, relativistas. Y luego, secularistas. Y más tarde, pasotas. Y finalmente, nihilistas. 0 lo que
empiece a asomar en el horizonte
Son como los esclavos de la moda. Sólo que la moda impera, al fin y al cabo, en los vestidos,
mientras que ellos se esclavizan en la fugitividad a las ideas
Es un tipo de seres más común de lo que puede creerse. Y no les angustia el tener o no razón.
Pero les aterraría pensar hoy lo que es- tuvo de moda anteayer y no estar «al día». Viven
literalmente con la lengua del alma fuera, haciendo correr a su cabeza tras las ventoleras de las
opiniones
Conozco personas cuya única ideología es elegir, entre las varias opiniones que circulan, la más
puntera y avanzada. Gentes que se morirían ante la sola posibilidad de que alguien les tildara de
«anticuados» o, lo que es peor, de «retrógrados». Hay quienes estarían dispuestos a dar su vida por
sus ideas o por su fe, pero se pondrían coloradísimos primero y terminarían por fin traicionándola si
en lugar de conducirles a la tortura les sometieran al único tormento de ser acusados de «beatos» o
de conservadores. Son personas para las que no cuenta el substrato de su pensamiento, sino
exclusivamente el último libro, periódico o revista que han leído. Son los tragadores de tiempo, los
que creen que la verdad se rige por los relojes y opinan que forzosamente lo de hoy tiene que ser
más verdadero que lo de ayer
No parecen darse cuenta de que «el verdadero modernismo -como decía Tagore- no es la
esclavitud del gusto, sino la libertad del espíritu». Tampoco se dan cuenta de que adorar a lo que hoy
está de moda es dar culto a lo que mañana será anticuadísimo, porque no hay nada tan fugitivo como
el fuego de artificio de la novedad
Un hombre verdaderamente libre es aquel, me parece, que piensa y dice lo que cree pensar y
decir, y jamás se pregunta si con ello está o no al último viento. Y será doblemente libre si no se
encadena a grupos, a bloques de pensamiento
Porque, en este tiempo más que nunca, la gente piensa por bloques. Un señor, por ejemplo, que se
estime progresista tendrá que aceptar todo aquello que se sirve como tal: no sólo el deseo de
libertad y de derechos humanos; no sólo el ansia de un mundo evolucionado, sino también el aborto,
el permisivismo moral y el antimilitarismo. ¿Y si yo me sintiera progresista y, precisamente porque
quiero serlo, me entregara a defender la vida o a combatir la droga?
A mí me divierte muchísimo -voy a confesarlo aquí- desconcertar a mis amigos, que ya no acaban
de saber si soy abierto y moderno o tradicional y conservadorísimo. Eso de que no consigan
encasillarme me entusiasma. Incluso a veces hago alguna que otra pirueta para desconcertar y
escribo artículos bastante «progres», para que los conservadores no crean que soy de los suyos, o
más bien tradicionales, para que nadie me encasille en avanzadas que tampoco son mías
Y cuando me preguntan si soy un hombre de derechas o de izquierdas, innovador o conservador,
respondo siempre que soy simplemente un hombre libre que quiere ir diciendo siempre lo que piensa,
sin estar obligado a decir forzosamente que es bueno lo que la moda pinta como avanzado o malo lo
que otra rutina dibuja como conservador
Porque nunca he creído que la verdad esté en bloque a la derecha o a la izquierda, en el ayer o en
el mañana. Y creo que debo conservar libre in¡ juicio para reconocerla allí donde esté o donde yo la
vea
Claro que para esto hace falta otra segunda libertad de espíritu: la de ponerse por montera lo
que la gente pueda decir de uno. Afortunadamente a mí sólo me preocupa lo que digan de mí Dios y
mi conciencia, y puedo permitirme el lujo de sonreír ante críticas y comentarios
Lo que no creo que un hombre deba hacer es pasarse la vida con la lengua fuera, buscando
apasionadamente por dónde vienen los últimos tiros. Un hombre así puede servir para veleta, no para
torre de catedral o pata almena de castillo. Y me parece mucho menos malo ser un poco orgulloso
que ser esclavo y serlo de un señor tan variable y volandero como la moda.
15.- Ser el que somos
Cada vez me asombra más comprobar el número de gente que no está contenta -de ser
quienes son, de haber nacido donde nacieron, de habitar en el siglo que habitan. Si haces una
encuesta entre adolescentes y les preguntas quién les gustaría ser, noventa y nueve de cada ciento
te dicen que les gustaría ser Jackie Kennedy o Michael Jackson o, con un poco de suerte, Homero, o
Leonardo, o Francisco de Asís
Yo lo siento, pero me encuentro muy a gusto siendo el que soy. No me gusta «cómo» soy, pero
sí ser el que soy. Y no quisiera ser ni Homero, ni Leonardo, ni Francisco de Asís. Me gustaría, claro,
ser tan buen poeta como Homero, tan inteligente como Leonardo y tan santo como Francisco de Asís,
pero tener todas esas virtudes siendo J.L.M.D. y viviendo en el tiempo en que vivo y en las
circunstancias a las que me ha ido llevando la vida
Yo aspiro -como diría Salinas- a sacar de mí mi mejor yo, pero no quisiera ser otra persona, ni
parecerme a nadie, sino ser el máximo de lo que yo puedo dar de mí mismo
¿Por qué pienso así? Por varias razones.- la primera, por simple realismo. Porque, me guste o
no, siempre seré el que soy, y si un día llego a ser listo o simpático o -qué maravilla- santo, lo sería, en
todo caso, «a mi estilo», dentro de mis costuras
En segundo lugar, porque no sólo yo soy lo mejor que tengo, sino lo único que puedo tener y
ser. Desde el principio de la Historia hasta el fin de los siglos no habrá ningún otro J.L.M.D. más que
yo. Habrá infinito número de personas mejores que yo, pero a mí me hicieron único (como a todos los
demás hombres) y no según un molde fabricado en serie
En tercer lugar, porque la experiencia me ha enseñado que sólo cuando uno ha empezado a
aceptarse y a amarse a sí mismo es capaz de aceptar y amar a los demás e, incluso, de aceptar y amar
a Dios. ¡Cuántos que creemos resentidos contra la realidad están sólo resentidos consigo mismo!
¡Cuántos son insoportables porque no se soportan dentro de su piel!
Por eso me desconciertan esos padres que se pasan la vida diciéndoles a sus hijos: «Mira a
Fernandito, tu primo. A ver cuándo eres tú como él.» Pero ningún niño debe ser como su primo
Fernandito. Ya tiene bastante cada niño con auparse sobre sí mismo, con realizar su alma por entero.
Con métodos como esos, con padres que parecen empeñados en que sus hijos se les parezcan, muchas
veces consiguen efectivamente que sus muchachos sean igual que ellos: igual de vanidosos, igual de
incomprensivos, igual de fracasados
Un hombre, una mujer, deben partir, me parece, de una aceptación y de una decisión. De la
aceptación de ser quienes son (así de listos, así de guapos o de feos, así de valientes o cobardes). Y
de la decisión de pasarse la vida aupándose encima de sí mismos, multiplicándose
¡Pobre del mundo si un día se consiguiera que todos los hombres respondieran a patrones
genéricamente establecidos y obligatorios! Leo Buscaglia (en un precioso libro que acaba de
traducirse al castellano: Vivir, amar y aprender) cuenta una fábula que me parece muy significativa:
Los animales del bosque se dieron cuenta un día de que ninguno de ellos era el animal
perfecto: los pájaros volaban muy bien, pero no nadaban ni escarbaban. La liebre era una estupenda
corredora, pero no volaba ni sabía nadar. Y así todos los demás. ¿No habría modo de establecer una
academia para mejorar la raza animal?
Dicho y hecho. En la primera clase de carrera el conejo
fue una maravilla y todos le dieron sobresaliente. Pero en la clase de vuelo subieron al conejo a la
rama de un árbol y le dijeron: «¡Vuela, conejo!»
El animal saltó y se estrelló contra el suelo, con tan mala suerte que se rompió dos de sus
patas y fracasó en el examen final de carrera también. El pájaro fue fantástico volando. Pero le
pidieron que excavara como el topo. Al hacerlo se lastimó las alas y el pico y, en adelante, tampoco
pudo volar. Con lo que ni aprobó la clase de excavación ni llegó al aprobadillo en la siguiente de vuelo
Convenzámonos: un pez debe ser pez, un estupendo pez, un magnífico pez, pero no tiene por
qué ser un pájaro. Un hombre inteligente debe sacarle la punta a su inteligencia y no empeñarse en
triunfar en deportes, en mecánica y en arte a la vez. Una muchacha fea difícilmente llegará a ser
bonita, pero puede ser simpática, buena y una mujer maravillosa
Sí; tendríamos que hacer todo aquello que dice un personaje de un drama de Arthur Miller: "
Uno debe acabar por tomar la propia vida en brazos y besarla ". Porque sólo cuando empecemos a
amar en serio lo que somos, seremos capaces de convertir lo que somos en una maravilla
16.- Vivir con el freno puesto
Recuerdo lo que me impresionó de muchacho una vieja tía mía, hoy ya muerta, que se pasaba el
tiempo quejándose de que no la habían dejado vivir: siendo una muchachita murió su madre y tuvo que
comenzar uno de aquellos interminables lutos de dos o tres años. Terminaba el duelo por su madre
cuando fue el padre el que murió y tuvo que comenzar una segunda etapa de riguroso luto. Después
fueron muriendo, dramáticamente escalonados, diversos familiares, que fueron prolongando su
tiempo de negro desde los dieciocho años hasta los treinta y tantos
Y lo malo no era, claro, el tener que vestir de oscuro. Lo grave era que el luto llevaba consigo
el no acudir a reuniones familiares; mucho menos el ir a fiestas o bailes; y terminaba por conducir a
una muchacha de la época a una vida semimonacal. ¿Resultado? Que mi tía nunca pudo hacer nada de
lo que soñaba cuando era joven. Y que, cuando hubiera podido hacerlo, era ya tarde. Con lo que muy
bien pudo decir como aquel personaje de Thoreau: «¡Oh, Dios, llegar al lindero de la muerte y
descubrir que nunca se ha vivido nada!»
Pero hay gente cuyo destino es aún peor. porque han llegado a esa misma conclusión sin que a
ello les obliguen las costumbres o las circunstancias de su tiempo, sino su propia cobardía que no les
dejó literalmente vivir
Recuerdo haber leído en un tratado de psicología el escrito de un viejo de ochenta y cinco
años que, en vísperas de la muerte, envió a sus nietos una carta en la que se «arrepentía» de haber
vivido marcha atrás y con el freno puesto. Decía: «Si tuviera que vivir de nuevo mi vida, trataría de
equivocarme un poco más en esta ocasión. No intentaría ser tan perfecto. Me relajaría más. Me haría
más flexible. No me tomaría en serio tantas cosas. Haría algunas locuras más, no sería tan
circunspecto, ni tan equilibrado. Aprovecharía más oportunidades, haría más experiencias, escalaría
más montañas, nadaría en más ríos, contemplaría más puestas de sol, tomaría más helados y menos
alubias. Tendría más preocupaciones reales y menos imaginarias
Fijaos: yo he sido de esas personas que viven con un método y una higiene absolutos, hora
tras hora, día tras día. Uno de esos que no van a ninguna parte sin un termómetro, una camiseta de
lana, un elixir para enjuagar la boca, un botiquín y un impermeable. En mi nueva vida viajaría más
ligero. Haría muchas más excursiones y jugaría con más niños. Desgraciadamente, no va a ser así.»
¿Hay que esperar a la muerte para descubrir estas cosas? ¿No sería mejor que cada uno de
nosotros se mirase hoy al espejo, se diera cuenta de todas esas cosas que quiso hacer y nunca hizo y.
comenzara a hacerlas mañana mismo?
Entiéndanme: no estoy invitando a mis lectores a la locura, pero sí quiero decirles que vivir
siempre «con freno y marcha atrás», renunciando a todo lo que de veras amamos, es una manera
innecesaria de adelantarse la muerte
Yo temo mucho que nos hayan educado demasiado para la perfección. Y no es lo malo el buscar
la perfección, lo peligroso es amarla de tal manera que, para evitar errores, se termine no en la
perfección, sino en la más absoluta mediocridad. Porque para muchos padres y superiores la gran
norma pedagógica es- «en caso de duda, apueste usted siempre por el no, elija el estarse quieto».
Quienes tanto temen equivocarse prefieren esquivar todo riesgo y se condenan a no vivir o a vivir
acorazados. Y así es como muchos se van mutilando de todo lo importante (porque todo lo importante
es arriesgado) y se van volviendo solemnes y secos, perfectísimos e inútiles, pensando -incluso- que
hacen un honor a Dios no utilizando -para no exponerse a mancharlo- el regalo de la vida que él les dio
Con las preocupaciones ocurre lo mismo. ¿Cuántas son reales y cuántas imaginarias? Si un día
hiciéramos balance de todo lo que hemos sufrido, descubriríamos que en el noventa por ciento de los
casos no sangrábamos por lo que nos ocurría, sino por lo que temíamos que nos pudiera ocurrir. Y que
en la mayoría de estos sufrimientos anticipados, al final nunca ocurría eso que nos había hecho sufrir
innecesariamente
Sobre la tumba de uno de los personajes de una de sus novelas, el padre Coloma pone una
frase bíblica que podría ser epitafio de dos terceras partes de la Humanidad- «Fuego fatuo cegó mis
ojos y pasé junto a mi dicha y la pisoteé sin conocerlas
Sí, la dicha está ahí, al alcance de todos. Pero la mayoría prefiere deslumbrarse por fuegos
fatuos. Auntie Mame dijo lo mismo con frase más desenvuelta. «La vida es un banquete, y la mayoría
de los malditos tontos se muere de hambre.» ¡Lástima!
17.
El alma sin desdoblar
A veces, entre las muchas cartas que recibo, llegan las de quienes discrepan de mis artículos,
las de quienes temen que en ellos defienda yo demasiado la vida, las que, incluso, se escandalizan
porque dicen que lo mío es -¡nada menos!- un paganismo anticristiano.
Piensan que un sacerdote debería entender la vida como negación, como sistemática renuncia,
que no debería valorar tanto las realidades de este mundo y pedir, en cambio, a sus lectores que
esperasen la vida perdurable que vendrá al otro lado. Hay quien, incluso, me acusa de defender
demasiado la alegría y me explica que Cristo no se rió nunca y que la carcajada es sin duda fruto de
«un alma depravadas
Yo leo esas cartas con respeto, pero lamentando mucho no poder compartir el jansenismo
(que no cristianismo) que respiran. Y prefiero seguir en mi batalla de explicar que ser cristiano es ser
«más» hombre y no hombres renuentes, asustados, enlutados, confundidores de la esperanza con la
babia expectante. Siempre he creído que Cristo fue precisamente eso: el ser humano que ha vivido
más en plenitud, el único que realmente existió completamente «a tope», siempre vivo y despierto,
siempre ardiente y quemante, el único que jamás conoció el aburrimiento, incapaz del bostezo, la
misma juventud
No es verdad que el paganismo sea el exaltador de la humanidad. Tal vez consiga valorarla,
pero sólo el cristianismo sabe engrandecerla, exaltarla, ponerla a la altura de los sueños del hombre.
Y si los cristianos no logramos transmitir esta «pasión de vida» mal podremos luego quejamos de que
los movimientos más anticristianos se apoderen de las mejores banderas de la condición humana
(como ha venido sucediendo en siglos pasados)
Naturalmente, cuando yo canto el entusiasmo de vivir no estoy diciendo que la vida sea dulce.
El dolor, la muerte, la cruz, la injusticia, la opresión, están ahí y haría falta mucha ceguera para no
verlas. Lo que digo es que hay que coger con las dos manos tanto el dolor como la alegría y
enfrentarse a la muerte con la misma pasión con la que nos enfrentamos a la vida
El dolor es humano, el amodorramiento, no. La cruz es cristiana, la galvana, no. El llanto es una
forma de vivir, la morfina es un modo de deshumanizarse. Cristo nos invitó a coger la cruz y seguirle,
no a tener miedo a la vida y tumbarnos, aunque nos engañemos diciendo que nos tumbamos a esperar
Bernanos habló una vez de la gran cantidad de gentes que viven con las almas dobladas. «No
se puede decir más que con espanto el número de hombres que nacen, viven y mueren sin haber usado
ni una sola vez su alma, sin haberla usado ni siquiera para ofender a Dios. ¿El infierno no será
precisamente el descubrir demasiado tarde, el encontrarse demasiado tarde con un alma no utilizada,
cuidadosamente doblada en cuatro y estropeada por falta de uso como ciertas sedas preciosas que se
guardan y no se usan precisamente por ser tan preciosas?»
«¿Es posible -se preguntaba angustiado Uke- que se pueda creer en Dios sin usarlo?» ¿Es
posible que la gente viva sin usar sus vidas, sin invertir sus almas, acoquinados ante el dolor e
indecisos ante la alegría, corno el bañista tímido que nunca va más allá de meter el pie en el agua y sin
jamás chapuzarse en ella?
«Cuando un alma se repliega sobre sí misma -decía San Agustín- llega a tocar sus propias
raíces.» Y esas raíces son la fuerza vital del Creador puesta en el ser humano al principio de los
tiempos
Sí, es cierto que esa fuente está llena de Iodos y hojarasca y sube desde ella a ratos un olor
a muerte, pero también es cierto que sigue siendo un «agua viva» en la que «quienes beben nunca
tendrán más sed»
Esa es la razón por la que yo me siento absolutamente incapaz de separar mi amor a Dios de
mi amor al mundo, por la que jamás entenderé que se contraponga lo que él unió en su creación. El
«hacia arriba» y el «hacia adelante» son para mí -como para Teilhard de Chardin- una misma tarea.
No logro creer que podamos «basar el desarrollo sobrenatural en desembarazarnos de lo que es
naturalmente atractivo y noble». Y me siento terriblemente feliz de tener un solo corazón y amar
con él a Dios, a mis amigos, a la música y a la primavera
Normalmente en este «Cuaderno de apuntes» yo hablo pocas veces expresamente de Dios.
Pero yo sé que hablo de é1 siempre que aludo al amor o a la vida. Porque a mí lo que me da tantas
ganas de vivir es el parecernos a él y lo que me empuja a amar es saberme amado
Por eso pido a mis «inquisidores» que no se preocupen si yo pido a la gente que «desdoble»
sus almas. No les estoy incitando a la locura o al pecado. Les estoy alejando de¡ horrible pecado de
vivir con las almas dobladas y muertas
18. los ojos abiertos y limpios
Entre las muchas cartas con las que algunos amigos comentan, discuten o apostillan estos apuntes
de mi cuaderno, llegan a veces algunas que me ayudan a mí mucho más de cuanto pudiera ayudar yo a
mis lectores. Quiero citar hoy un fragmento de una que-me parece un pequeño tesoro. Es la de una
madre que me habla de la muerte de uno de sus hijos. Describe el «dolor irracional, salvaje» que
sintió al enterrarle, cómo tuvo «que apretar los labios hasta hacerlos sangrar para no soltar un
aullido de dolor como un animal cualquiera. Pero me dice, a continuación, que es cierto que el dolor
puede convertirse en resurrección. Y me explica cómo aquella espantosa experiencia -lejos de
envenenarla- ha servido para descorrer una cortina en su vida y ensanchar su alma:
«Verá: mi hijo murió en la Seguridad Social, donde jamás había entrado y donde, con la boca
abierta, pude comprobar el trato que recibían muchas madres angustiadas: la frialdad, el anonimato
y la indiferencia, cuando no la mala educación, con que se rellenaban las actas de ingreso, cuando
muchas veces era (y se sabía) un ingreso definitivo. Mis hijos han nacido todos en la clínica de su
abuelo; y para mí el dar a luz era un mal rato que en seguida se cubría de flores, lazos y bombones;
mimada por un personal reducido que se desvivía por atenderme, porque me quería. Aquel contacto
con ese aparato monstruoso de la burocracia y ser tratada como un número ¡me hizo comprender
tantas cosas! No sé cómo se llegará allí a la vida, pero sí sé en qué convierten allí la muerte de los
que allí mueren. Las cámaras, el número morado sobre el sudario, las risas de los que buscaban en el
fichero, la brutal indiferencia. ¡ fue alucinante! Pero ahora entiendo mejor a 'la gente', como dicen
mis amigas, sus rebeldías, sus amarguras. He visto el dolor maltratado y he descubierto otras
maneras de vivir bastante más duras de lo que yo creía
Después de todo eso nació Mercedes, que es una pura alegría. ¡Si viese el respeto con que acogí
su cuerpecito recién nacido! ¡Si viese con qué agradecimiento bauticé a mi niña y me sentí
responsable de su existencia! ¡Cómo desde que mi pequeño murió agradezco, con una humildad hasta
ahora desconocida, a Dios la vida de cada día! Veo que la muerte de mi niño, que yo quería que Dios
evitase (porque no dudaba de que, si podía crear un universo, sería para él pan comido arreglar una
pequeña venita de mi niño), ha servido para que yo pudiese conocer unas existencias 'reales' que sólo
conocía de referencias y para agradecer a Dios cada minuto de mi vida y de la de los míos.»
Dije que la carta era un tesoro, y no me arrepiento. Y me gustaría que se leyese con atención:
esta mujer, en un momento especialmente duro, en esas horas en las que todo tiende a que nos
encerremos en nosotros mismos y veamos sólo nuestro propio dolor, supo permanecer con los ojos
abiertos. Vio el espanto del «dolor maltratado», pero supo no quedarse con él, sino ir más allá. Y
aprender. ¿Se han fijado que no hay un solo adjetivo contra una sola de las «personas» de la
Seguridad Social? Cuenta los hechos y a nadie condena. Nada dice de cómo trataron a su Ojo,
cuenta cómo trataban a los demás. Y no se detiene siquiera en lamentar ese maltrato. Aprende a
descubrir, a través de él, las rebeldías y amarguras de la gente. Y saca de ello un torrente de nueva
luz para su vida personal
Creo que si queremos entender el mundo y nuestras vidas, hay que empezar por partir de una
premisa: que todos somos ciegos, o semiciegos o, por lo menos, daltónicos. Vemos lo que queremos
ver. Sin que nadie nos coloque forzosas orejeras, vemos todos parcelándonos la mirada,
reduciéndonos a ciertas zonas de la realidad, eligiendo nuestros trozos de mundo para vivir más
cómodos, hasta que terminamos por creer «sinceramente» que nuestro mundillo es el mundo. Pero
desconocemos ocho de sus décimas partes. El creyente acaba por creer que todos o casi todos
creen. El incrédulo se auto- convence de que eso de la fe es cosa de siglos pasados. El rico se
autoasegura que «ahora la gente vive mejor». El pobre se inventa una caricatura de la vida de los
ricos, que a lo mejor tiene que ver con los maharajás, pero no con el acomodado español medio. El
hombre de derechas te asegura que «todos están que bufan con el Gobierno» y el de izquierdas que
«las cosas empiezan a marchar». ¿Es que todos mienten? No. Es que todos terminamos por elegirnos
unas cuantas docenas de amigos, que al fin son los únicos con los
que verdaderamente hablamos, y concluimos que todos deben de pensar como nuestro circulito
Es curioso: nos creemos libres e informados. Y todos vivimos dentro de campanas de cristal. Y,
desde lejos, condenamos a cuantos no encajarían dentro del aire de nuestra campana. Todos -y no
sólo los exquisitos- vivimos en nuestras torres de marfil y, desde ellas, disparamos a lo que nos
rodea. Tienen que venir algunas experiencias dramáticas para que abramos los ojos y empecemos a
en- tender. Y, cuando se ha empezado a entender, ya se está dispuesto a comprender y aceptar a los
demás
Los inquisidores no eran unos señores raros. Eran lo mismo que nosotros, sólo que con más poder.
El poder hace que resplandezca nuestra verdad. Haz a un demócrata director de algo, y a los tres
meses actuará como un dictador. Concede fuerza a un liberal, y obrará como un autoritario. Dale
mando a quien más haya hablado de respeto y pluralismo, y le verán imponiendo como auténticas y
exclusivas sus opiniones. Supongo que no hace falta que citemos ejemplos
Comprender es otra cosa. Y empieza por salirse de sí mismo y entrar en la piel del vecino antes
de juzgar. Y sigue por la aceptación de un principio que diría algo así: «Mi prójimo es bueno mientras
no se demuestre lo contrario. Lo que mi prójimo dice es cierto, o al menos razonable, mientras no se
demuestre lo contrarios. Dos principios que ninguno seguimos, porque hemos entronizado los
contrarios
San Ignacio lo dijo hace muchos siglos: «Se ha de presuponer que todo buen cristiano ha de estar
más dispuesto a salvar las opiniones del prójimo que a condenarlas. Si no puede salvarlas y
aceptarlas, esfuércese en entenderlas. Y si, cuando las ha entendido, las sigue viendo malas,
corríjale con amor. Y si esto no basta, busque de todas las maneras el modo de que esas opiniones,
bien entendi- das, se salven.»
Hacemos lo contrario: si en lo que nuestro adversario dice hay dos interpretaciones posibles,
elegimos la peor. Si hay un diez por ciento torcido y el resto es salvable, nos empozamos en ese diez
por ciento. Y sufrimos cuando no encontramos nada que atacar
¿Cómo podrán los hombres entenderse así? ¿Cómo aprovecha- rán las muchas cosas duras de la
vida para encontrar en ellas algo que les ayude a ellos a despertar y mejorar?
Gracias, querida amiga, por su carta. Gracias por haberme dado un ejemplo visible de cómo hasta
en el dolor maltratado puede ha- ber resurrección cuando se vive con los ojos abiertos y limpios
19. Todos mancos
Dice el refrán que dentro de cien años todos calvos. De momento, sin esperar a que llegue la
muerte, la civilización actual ya ha conseguido que todos seamos mancos, gracias a esa disparatada
división de la cultura que hace que humanistas y científicos parezcan dos razas o dos humanidades
que convivieran yuxtapuestas, ya que no contrapuestas
De niños estábamos abiertos a todo: a uno le gustaban más las ciencias que las letras o viceversa,
pero tenía, de todos -modos, que examinarse de las una y las otras. La Historia, la Literatura y las
Matemáticas eran nuestro sino o nuestro castigo, pero todas terminaban pasando de algún modo por
nuestras cabezas. Mas, asombrosamente, cuando llega el momento en que empezamos a pensar de
veras, viene Santa Especialización con las divisiones y te dicen que tienes que elegir. ¿Ciencias?
¿Letras? Hay que dejar lo uno para coger lo otro. Como si todo el mundo tuviera que elegir uno de
sus dos brazos al llegar a la adolescencia. Desde ese día todos somos mancos del alma. Desde
entonces todos somos medio hombres. Tal vez un medio hombre magnífico, pero en todo caso con
media alma renunciada
Pero la cosa no termina ahí: unos años más tarde te obligan de nuevo a elegir dentro de lo elegido.
¿Historia? ¿Arte? ¿Románicas? ¿Modernas? 0 tal vez: ¿Físicas? ¿Químicas? ¿Medicina? Y dentro de
ella: ¿Estomatología? ¿Endocrinología? Ahora es como si tuvieras que elegir un solo dedo dentro del
solo brazo que te había que- dado activo
Curioso mundo éste que hemos construido. Durante muchos siglos el hombre culto lo era sin
adjetivos ni especializaciones. Aristóteles escribía sobre Filosofía y Ciencia. Leonardo pintaba,
construía acueductos y máquinas voladoras y, al mismo tiempo, escribía tratados de arquitectura y
era notario de la Señoría de Florencia. Miguel Ángel mezclaba pinceles y sonetos. Y Pascal o
Descartes amaban tanto las Matemáticas como la Filosofía. Los sabios aspiraban a serio en todas las
dimensiones de la cultura y a nadie sorprendía que Galileo tocase el laúd entre dos investigaciones
sobre el peso de los sólidos o la curva de los planetas
Pero «hoy las ciencias adelantan que es una barbaridad». Una barbaridad tan grande que ya no
hay ser humano capaz de abarcar- las todas ni siquiera medianamente. Así que al sabio universal de
ayer le ha sustituido el especialista de hoy, que es un señor que sabe cada vez más cosas sobre
menos cosas; que se acerca a la perfección cuando consigue saber casi todo sobre casi nada, y que la
alcanza cuando ya sabe absolutamente todo sobre absolutamente nada. ¡Glorioso mundo éste en el
que a lo más que podemos aspirar es a ser genios en una cosa y analfabetos en diez mil Es como si
jugásemos una extrañísima partida de ajedrez que tuviere un solo cuadro con una sola ficha. Eso, a
no ser que apostemos por la frivolidad ambiente y acabemos siendo, como los más, conocedores de
una sola cosa: la marcha del campeonato de fútbol
Grave problema, sí, el que se les plantea a los muchachos de nuestro tiempo, aspirantes todos
ellos a mancos culturales. Porque llegan a un mundo en el que privan los encasillamientos. Hace meses
ganó un premio de novela un biólogo y los periodistas corrieron hacia él con sus preguntas
asombradas: ¿Cómo es posible que un biólogo sepa escribir una novela? No se habrían asombrado
más si llega a ganar el premio un orangután
Es, sin embargo, un hecho que el especialismo, que nos ha impuesto el ensanchamiento de la
ciencia moderna, termina por emparedarnos dentro de nuestra elección. El que ha elegido ciencias
sabe que ya prácticamente sólo leerá libros de ciencias, revistas de ciencias y pasará toda su vida
entre profesionales de lo mismo. Mientras, las letras se les van quedando como una mano zurda que
tienen ahí, pero no les sirve para nada. Y lo mismo, sólo que al revés, ocurre a quienes eligieron
profesiones humanísticas
Y éstas todavía tienen la suerte de contar con un mejor predicamento. La gente encuentra normal
que uno se haga ahogado o se especialice en novela contemporánea. Pero piensa que algún tornillo le
falta al que se especializa en Astrología o en el estudio de la para- proteína beta. ¿Cuántos injustos
chistes no se habrán hecho sobre el investigador, al que se sitúa en una Babia permanente?
¡Qué alegría, en cambio, cuando te encuentras un especialista que no por serlo ha dejado de ser
humano! Conozco a un eminente embriólogo que es especialista en Haendel. Sé de catedráticos de
Griego que ocultan, con pudor, su cariño a la Botánica. Y soy muy amigo de un ilustrísimo abogado que
publica sus libros de poesía con seudónimo, porque está seguro de que nadie le encargaría un pleito si
sus clientes supieran que es poeta
Puedo citar ejemplos más ilustres: ¿No es un gozo que nada menos que el director de la Real
Academia de la Lengua sea un ilustre médico? ¿No consuela saber que Miguel Delibes ha sido
durante muchísimos años profesor de la Escuela de Comercio y que confiesa que aprendió a escribir
en un tratado de Derecho de Garrigues? ¿No tenemos en Zubiri un enorme matemático? La lista,
gozosa- mente, sería interminable. ¿'Y quién no preferiría a uno de estos hombres enteros, sin
mutilaciones culturales, antes que a esos ilustrísimos en una cosa, con quienes no puedes hablar sino
de ella?
Me parece que a los jóvenes de hoy habría que explicarles muy bien que la especialización es algo
que impone el volumen de la ciencia moderna. Pero que eso no obliga a la mutilación cultural. Que a un
apasionado de la Cibernética puede entusiasmarle la Pintura y que no hay contraste entre la Geología
y Beethoyen. Que no es lógico que a un médico o a un arquitecto tengamos que terminar regalándoles
siempre bandejas de plata por temor a que los libros de literatura o los discos no les gusten.
Explicarles también que no hay ciencias «buenas y malas», puesto que todas son dignas, y que sólo es
indigna la que le atrofia a uno todo el resto del alma. Enseñarles que, como los futbolistas, uno debe
tener su «pierna buena», pero que ni los cojos sirven para el fútbol, ni los mancos para el baloncesto,
ni los mutilados del alma para la verdadera, ancha y plural cultura
20. El ocaso de la conversación
¿Se acuerdan ustedes de Clarisse, la niña que pinta Ray Bradbury en una de sus novelas, que vivía
en el año dos mil nosecuantos y que, al dedicarse a observar a la gente de su siglo
superperfectísimo, hacía un horripilante descubrimiento? Clarisse había llegado a descubrir que los
«hombres, cuando hablan, no hablan de nada. Citan automóviles, ropas, piscinas y dicen ¡qué bien!
Pero siempre repiten lo mismo y nadie dice nada diferentes
A veces temo que en el mundo hacia el que vamos pasen esas cosas. Lo temo. porque ya están
pasando, porque hemos entrado en el siglo del ocaso de la conversación
Yo debo de ser un bicho raro porque, entre mis muchos vicios, tengo el de escuchar
conversaciones en los bares. Sé que no está bien, sé que no es correcto. Pero sé también que ninguno
dirá nada de lo que yo no debiera enterarme, por la simple razón de que nadie dirá nada en absoluto,
nada que merezca ser oído, quiero decir
A veces me paso horas oyendo el giro de millones de palabras y todas están vacías, nadie saca
trozos de su alma al decirlas, no son el escaparate de su corazón, son sólo palabras, sonidos que
quizá tampoco signifiquen nada. Y compruebo que, es verdad, «citan» automóviles, marcas, nombres
de jugadores de fútbol, aluden al tiempo que hace, maldicen de algo o de alguien, amontonan sílabas,
pero, cuando las dicen, ellos no están allí, su alma no está allí, no se vuelcan en sus palabras,
charlotean como podrían hacer gárgaras. Luego terminan corriendo, se van a otro charloteo o a otro
sitio enhebran cáscaras de sí mismos, pero nadie se juega su destino en lo que está diciendo
El ocaso de la conversación
Yo salgo, entonces, triste de las cafeterías, que son como el cementerio mayor de las palabras, y
encima tengo la crueldad de ir y preguntarme a mí mismo-. José Luis, ¿cuánto tiempo hace que no
tienes una conversación, una que merezca con razón ese maravilloso nombre? Y descubro que yo soy
uno más: que tengo diez mil char- loteos por cada conversación que mantengo, que raramente llego a
dos verdaderas conversaciones cada mes. Me cruzo con las gentes en los ascensores, en las calles,
en los autobuses y mascullo esas cuatrocientas palabras que siempre son las mismas, y tras las que
nos separamos sin que nuestras almas hayan entrado en absoluto en un intercambio de jugo
espiritual
Sólo a veces, muy pocas veces, se produce el milagro. Este mes ha ocurrido dos veces y voy a
poner en mi calendario una cruz roja para señalarlo como un mes especialmente feliz. Ha sucedido
en dos cenas con dos grupos de amigos. Ni yo mismo esperaba que se produjese. De pronto,
comenzamos a hablar de nuestras vidas, del sentido de nuestra existencia en este mundo, nos
confesamos, sacamos las almas y las pusimos encima del mantel, cada uno ayudó a su vecino con su
ración de alegría y esperanza y salimos del restaurante infinitamente más felices del manjar de la
conversación que de los digeridos. ¡Con decirles que ni nos molestó la cuenta!
Hablamos mucho, conversamos poco. «Conversar», dice el Diccionario de Corominas, es «vivir en
compañía». ¡Qué doble milagro: vivir y hacerlo en compañía! Santa Teresa --ese milagro que una vez
tuvimos los españoles- decía a sus monjas que fueran «cuanto más santas, más conversables». Y
recuerdo que pensé: «Ya está Teresa inventando palabras.» Pero fui al diccionario y allí estaba:
«conversable: tratable, sociable, comunicables. Sí, un santo es eso: uno con quien da gusto hablar.
Por eso hay tan pocos santos en el mundo, porque todos nos hemos vuelto desconversables
Ahora busquen ustedes también en el diccionario esta otra palabra. Existe. La hemos olvidado
precisamente porque es el adjetivo que mejor define al hombre del siglo xx: desconversable. El
Coro- minas lo traduce como «retiradizo y desapacibles. El Diccionario de la Real Academia, como
«de genio vivo; que huye de la conversacíón y trato de las gentes; que ama el retiro y la soledad».
En esto no, en esto último no somos desconversables: porque ni amamos la soledad ni el verdadero
diálogo
Vuelvo a añadir el adjetivo «verdadero» a la palabra diálogo, porque ahora la gente llama diálogo
a cualquier cosa: a los charlataneos de tertulia, a los insultos de hincha contra hincha, a la polémica
de vinagre y aguijón, al cruce de frivolidades con superficialidades. Yo prefiero llamar diálogo al
encuentro sereno en el que dos almas se desnudan y se encuentran. Es decir, a eso que ya no existe
Se lo tragó la prisa. Lo devoró el exceso de trabajo. Lo enterró la televisión
Porque el mayor asombro es que, salvo excepciones milagrosas, marido y mujer hablan, pero no
conversan; padres e hijos discuten o se lanzan evasivas, pero no conversan. Y esto no es ya sólo una
devaluación, es un suicidio humano
Tengo entre mis manos una encuesta realizada entre veinte mil niños alemanes en la que se les
pregunta por sus relaciones con sus padres. la casi totalidad tienen una misma queja: sus padres no
hablan con ellos, cada vez lo hacen menos
-Veo a mi papá sólo el fin de semana -dice un chiquitajo-, pero entonces tiene que limpiar el
coche, o 'se va al fútbol o se mar- cha no sé dónde sin decir nada
-Papá -cuenta otro-- se pasa mucho tiempo leyendo el periódico y todo el domingo se lo pasa
tumbado en el sofá. Cuando yo sea mayor no voy a hacerlo. me quedaré en casa jugando con los niños
y les ayudaré en sus tareas escolares
-Antes de tener la televisión -dice una niña- papá jugaba con nosotros, pero ahora siempre grita
que nos estemos callados y no hace más que ver la televisión
-Mi padre sería el hombre ideal --comenta un mocito-- si tu- viese buen humor y nos dedicara
más tiempo. Así podríamos ser todos felices y podríamos reírnos un poco todos los días
Podría llenar páginas y páginas de citas. Todas gritan lo mismo-. la terrible soledad interior de
muchos niños que creemos que son «locos pequeños» y que sólo son hombres pequeñitos que tienen
ya un alma que querrían intercambiar con las de sus padres
21. Alcanzar las estrellas
Recibo con frecuencia cartas de muchachos que viven hambrean- do el éxito. Son adolescentes
que me envían poemas, cuentos, no- velas incluso, con los que esperan tocar, de un día para otro, las
estrellas con la mano. Mendigan elogios, piden ayudas, sueñan triunfos, ansían aplauso y fama, temen
que no podrán seguir viviendo si el laurel se retrasa
Y esas cartas me llenan, a la vez, de alegría y angustia. De alegría porque nada hay más bello que
encontrarse con un joven ardiendo. Y de angustia porque yo sé que, desgraciadamente, la llama del
éxito no es tan sólo reluciente, sino con demasiada frecuencia devoradora y destructora
Lo diré sin rodeos-. no conozco cosa más peligrosa que esa moral del éxito que se ha impuesto en
nuestra sociedad y según la cual el nivel de una vida humana se mide por el triunfo externo
conseguido. Y obsérvese que no hablo sólo de los triunfos económicos, de los éxitos sociales. Quiero
aludir al peligro enorme de poner como objetivos centrales de la vida el brillo, la apariencia, la misma
eficacia, el aplauso, ese viento vacío de la popularidad o la fama. Por- que no creo que ni siquiera
merezca la pena hablar de esas visiones idiotas del éxito que presentan los anuncios y en los que
triunfar es poseer el mejor automóvil o lucir a la esposa más enjoyada
Por eso escribo a veces a estos muchachos palabras que supongo que les desconciertan. Les digo,
por ejemplo, que si escriben «para» triunfar, mejor es que no escriban. Que escriban sólo si lo hacen
porque les estalla lo que tienen dentro, porque no podrían ni sabrían vivir sin escribirlo. Que escribir
«para» el éxito y sólo para el éxito es una forma de prostitución de la pluma. Y, además, una
prostitución estéril, cuya inutilidad sólo se descubre cuando el éxito se ha alcanzado, mientras que
va dejando una siembra de amargura cuando no se consigue o su logro se retrasa
Lo malo del asunto es que yo sé que los jóvenes difícilmente pueden entenderme. Hace falta
haber cumplido los cincuenta años y haber tenido ya algún éxito, o haberse vuelto lo suficientemente
cínico, para descubrir que ese tipo de triunfos no pueden llenar a un alma medianamente noble. Es un
vino demasiado agradable y tiene demasiados cómplices (en la vanidad, en los que nos adulan, en la
misma santa y limpia ambición) como para que no se convierta en sed incluso de las almas mejores
Pero habrá que repetirlo aunque resulte inútil: el verdadero objetivo de la vida no puede estar en
algo tan pasajero como la opinión ajena, el brillo o las aplausos
«El éxito -decía Víctor Hugo- es una cosa bastante repugnan- te: su falsa semejanza con el
mérito engaña a los hombres.» Esta es la primera de las grandes claves: el éxito en el mundo
raramente tiene correspondencia con el mérito. Muchas veces llega en propor- ción inversa a él
Es demasiado evidente que en el mundo no triunfan ni brillan los mejores, ni los más listos, ni
quienes mayormente lo merecían. ¡Sería espantoso que lo mejor del mundo fuera lo que en él vemos
brillar! Son, en cambio, tales y tantas la carambolas que conducen al éxito o al fracaso, que sólo con
una abierta sonrisa pueden ser valorados el uno y el otro. Cualquiera puede comprobar, al cabo de
algunos años, que ha conseguido los más fuertes aplausos con sus obras o acciones más débiles y que,
en cambio, sus frutos inmaduros y verdaderos pasaron, con frecuencia, inadvertidas. Dos de cada
tres escritores certifican que, desde su punto de vista, la calidad de sus libros es inversa al dinero
que les han producido
¿Tal vez porque es cierto aquello que con tanto pesimismo decía Baroja de que «el éxito rápido
sólo puede conseguirse adulando al público o mintiendo»? Es muy probable. Puede que el tiempo haga
justicia a la calidad. De momento se imponen siempre la moda, el capricho, la ventolera
Tenía razón Camus cuando aseguraba que «no es difícil obtener éxito. Lo difícil es merecerlos.
No, no es demasiado difícil: hasta ponerse, con un poco de inteligencia y una cierta dosis de audacia,
en la longitud de onda que impera en un determinado momento. Lo difícil es que el viento del éxito no
te atrape. Lo peliagudo es que la sombra del laurel --como temían los antiguos griegos- no te
embriague o adormezca. Lo casi imposible es que una persona seria viva toda su vida de los aplausos
de un día (porque ¿qué son los aplausos sino viento, ruido y fruta de estación?)
Y si no puede vivirse de cara al éxito, ¿hacia dónde encarrilar la vida? ¿Hacia qué estrellas
tender las manos?
No parece difícil descubrir que las estrellas empiezan por estar dentro, que mejor que servir a
la veleta de las opiniones ajenas es trazarse una meta más alta y más grande que nuestra propia
alma y tensarse hacia ella corno un arco. ¿Qué pueden significar todos los aplausos del mundo
frente a la alegría de estar luchando por algo que nos llena y saber que uno está haciendo una tarea
que le multiplica el alma?
Otras estrellas están fuera; pero no en el aplauso «de» los que nos rodean, sino en el servicio
«a» todos ellos. Si se me permite aquí una confesión, yo podía decir que recibo con una sonrisa
pasajera las cartas en las que se me piropea, pero con una alegría interminable aquellas en las que
alguien me dice que una palabra mía le fue útil. Eso sí que es un milagro: estar viviendo de algún
modo en los demás, tener esa misteriosa forma de fecundidad que hace que uno pueda engendrar
alegrías, ideas o ganas de vivir en un alma diferente de la nuestra. ¡Qué prodigiosa paternidad ésa
por la que todos terminamos por ser hijos de todos! Yo cambiaría todos los aplausos del mundo por
el cariño de una sola persona, porque no hay éxito como el ser querido y no hay mayor desgracia que
haber alcanzado el éxito a costa de que nadie nos quiera
¡Qué maravilla poder morirse sabiendo que nuestro paso por el mundo no ha sido inútil, que
gracias a nosotros ha mejorado un rinconcito del planeta, el corazón de una sola persona! ¡Y qué
espantosa esterilidad la de descubrir, a la llegada de la muerte, que hemos sido el bufón de muchos,
pero que los más nos despreciaban a la misma hora en que nos admiraban, aplaudían o rociaban de
incienso!
Hay todavía un tercer éxito verdadero.- ser útiles en la eternidad, habiendo aportado una brizna
de felicidad al gran Padre, con mayúscula. Pero éste es un gozo tan grande que yo no me atrevo a
hablar de él y casi ni a soñarlo
Haber caminado -incluso haber intentado caminar- hacia esa triple meta me parece
infinitamente mejor que alcanzar las estrellas de lo que solemos llamar éxito. Ese éxito que, cuando
llega, es tan agradable como un refresco en verano. Pero nadie vive para tomar naranjada en los
días de calor
22. La paz nuestra de cada día
Mi amigo Pepe Cóleras es un antimilitarista furibundo. Vive, desde hace algunos años,
obsesionado por el tema de la guerra. Se sabe de memoria el número de cabezas atómicas que tiene
cada uno de los posibles contendientes, la instalación de los misiles, la capacidad
de sus
portaaviones y bombarderos, la cifra de posibles megatones que podrían hacer estallar
Pero Pepe no se contenta con conocer las cosas: las pone en acción. No hay manifestación
antibelicista o ecologista en la que no tome parte. Es experto en pancartas, en slogans, en canciones
pacifistas. No fue objetor de conciencia porque descubrió el antimilitarismo cuando ya quedaba
lejos el servicio militar, aunque aún sueña a veces con los años de cárcel que hubiera podido pasar en
caso de haber sido tan gloriosamente objetor
Para compensar este retraso, Pepe Cóleras se ha encadenado ya cuatro veces a la puerta de
otros tantos cuarteles y ha participado ya en varias marchas contra centrales nucleares, y nada
menos que en cuarenta y dos -contadas las lleva- manifestaciones contra la OTAN. Aún enseña con
orgullo la cicatriz («la condecoración», según él) que una pelota de goma le dejó en el pómulo y la
oreja derechos
Lo extraño es que todo este pacifismo se le olvida a Pepe en su vida cotidiana, que parece más
inscrita bajo el signo de su apellido que de sus planteamientos antibélicos. Porque Pepe es discutidor
y encizañador en la oficina, intolerante con su mujer, duro con sus hijos, despectivo hacia su suegra,
áspero con su portero y sus vecinos. Y toda la paz que sueña para el mundo se olvida de cultivarla en
su casa
Escribo esta pequeña parábola no para devaluar la acción pública contra la guerra (en un mundo
tan loco como éste en que vivimos, todo servicio a la paz merece elogios), sino para recordar que, al
fin, la gran paz del mundo sólo se construirá con la suma de muchos millones de pequeñas porciones
de paz en la vida de cada uno. Yo tengo la impresión de que muchos de nuestros contemporáneos
viven angustiados ante la idea de que un día un militar o un político idiota apretarán un botoncito
que hará saltar el mundo en pedazos, y no se dan cuenta de que hay en el mundo no uno, sino tres
mil millones de idiotas que cada día apretamos el botoncito de nuestro egoísmo, mil veces más
peligroso que todas las bombas ató- micas. Y a mí me preocupa, claro, la gran guerra posible; pero
más me preocupa que, mientras tememos esa gran guerra, no veamos si- quiera esas mil pequeñas
guerras de nervios y tensión en las que vivimos permanentemente sumergidos
¡Qué pocas almas pacíficas y pacificadoras se encuentra uno en la vida cotidiana! Hablas con la
gente, y a la segunda de cambio te sacan sus rencorcillos, sus miedos; te muestran su alma
construida, si no de espadas, sí, al menos, de alfileres. ¡Qué gusto, en cambio, cuando te topas con
ese tipo de personas que irradian serenidad; que conocen, sí, los males del mundo, pero no viven
obsesionados por ellos; que respiran ganas de vivir y de construir!
Hace años se publicó una novela que se titulaba La paz empieza nunca. A mí me gustaría escribir
algo que se llamase «la paz em- pieza dentro». Porque me parece que creer que una posible futura
guerra depende, ante todo, de los nervios o de la dureza de los señores Reagan o Gorbachoy hoy,
como se echa la culpa de las pasadas a Hitler o Stalin, es una simple coartada: la fabricación de
chivos expiatorios para librarnos nosotros de nuestras responsabilidades. El mundo tiene líderes
violentos cuando es el propio mundo violento. Si el mundo fuese pacífico, los líderes violentos
estarían en sus casas mordiéndose las uñas. La guerra no está en los cañones, sino en las almas de los
que sueñan en dispararlos. Y los disparan
Me gusta, por eso, que el Diccionario cuando define la palabra «paz» ponga como primera
acepción la interior y la defina como la «virtud que pone en el ánimo tranquilidad y sosiego, opuestos
a la turbación y a las pasiones»
Con esta definición ciertamente el mundo está ya en guerra. Por- que ¿quién conoce hoy ese don
milagroso de un alma tranquila
sosegada? ¿Quién no vive turbado y con todas las pasiones despiertas? Nunca floreció tanto la
angustia; nunca abundó tanto la polémica; nunca fueron tan anchos los reinos de la cólera y la ira.
Basta abrir un periódico para comprobarlo
Y, como es lógico, no estoy hablando de la falsa paz de los cementerios, de la que ya hablara
hace un montón de siglos Horacio, el poeta latino. «Hacen un desierto y llámanlo paz.» Hablo, por el
contrario, de la paz como florecimiento de la vida, según aquello de Gracián que recordaba que
«hombre de gran paz, hombre de mucha vida». 0, si se prefiere, según la mejor definición que de la
paz conozco, la que diera Santo Tomás al presentarla como «la tranquilidad activa de¡ orden en
libertad». Hoy, es sabido, oscilamos entre el orden sin libertad y la libertad sin orden, con lo que nos
queda- ¡nos sin tranquilidad y sin acción
Habría que empezar, me parece, por curar las almas. Por descubrir que nadie puede traernos la
paz sino nosotros mismos. Y que cuando se dice que hay que preparar la guerra para conseguir la paz,
eso sólo es verdadero si se refiere a la guerra interior contra nuestros propios desmelenamientos
interiores
Las únicas armas verdaderas contra la guerra son la sonrisa y el perdón, que juntos producen la
ternura. De ahí que alguien que quiere a su mujer y a sus hijos sea mucho más antibelicista que
quienes acuden a manifestaciones. De ahí que un buen compañero de oficina que siempre tiene a
punto un buen chiste sea más útil para el mundo que quienes escriben pancartas. 0 que quien sabe
escuchar a un viejo y acompañar a un solitario sea mil veces más pacificador que quien protesta
contra la carrera de armamentos. Porque el armamento que más abunda en este siglo xx es el
vinagre de las almas, que mata a diario sin declaraciones de guerras
No puedo ahora recordar sin emoción a uno de los más grandes pacificadores de este siglo, el
querido Papa Juan XXIII. Hizo mucho, ciertamente, con su Pacem in terris, pero esta encíclica ¿qué
otra cosa fue sino el desarrollo ideológico de lo que antes nos había explicado con su sonrisa? Con
mil hombres serenos, sonrientes, abiertos, confiados y humanamente cristianos como él, el mundo
estaría salvado. Pero no se salvará con pancartas y manifestaciones
24.- Vivir en el presente
Lo que más admiraba yo en Jorge Guillén era su capacidad para vivir apasionadamente el
presente. Frente a otros poetas que hacen surgir su poesía de un afán por remasticar las amarguras
viejas o de un hilar los sueños del futuro, Guillén en su obra, evita hasta de los verbos en pretérito o
en futuro, para montarlo todo sobre el disfrute del presente, de este pie que ponemos hoy aquí, de
esta hora que hoy me ha sido concedida
Y lo admiraba porque una actitud así ante la vida es de lo más infrecuente. Entre nosotros lo
que abunda es la fuga hacia el ayer o hacia el mañana, la venta a la nostalgia o al ensueño
Si no estoy equivocado, mis contemporáneos -salvo excepciones- se dividen en cuatro grupos:
los que viven encadenados al pasado, unos por añoranza y otros por amargura, y los que viven
magnetizados por el futuro, unos porque lo temen y otros porque en él ven la realización de todos sus
sueños. Cuatro formas de huir de la realidad. Cuatro maneras de no estar verdaderamente vivos
Muchos son los que siguen atados al pasado. Ahí están los que viven encadenados a un fracaso
o a una herida que se diría que les hubiera cloroformizado el alma para siempre
Son las gentes que hoy se dedican a amargarse porque hace treinta años no les quiso su
madre, les traicionó un novio o fracasaron en una oposición. No se han perdonado a sí mismos el viejo
dolor y ahí viven, dando vueltas al ayer como un perro a un hueso
A ellos se suman los escrupulosos que se han inventado un Dios rencoroso e incontentable,
ante quien tendrían que seguir expiando aquel viejo error de juventud que aún hoy a ellos les tortura,
cuando Dios ya se ha cansado de olvidarlo. Son estatuas de sal que no logran vivir el presente de
tanto mirar hacia atrás. Gentes que no quieren entender que «agua pasada no mueve molino» o, como
dice un adagio ruso, «lamentarse por el pasado es correr en pos del viento»
Primos hermanos de estos «pasadistas» son los nostálgicos, esa peste humana que tanto se
nos ha multiplicado últimamente en España
De repente, como a muchos no les gusta el presente y como no parecen tener agallas para
modificarlo, a los más les ha dado por refugiarse en las añoranzas y pasarse las horas saboreando sus
recuerdos como un caramelo de morfina
Pero ¿hay algo más tonto que la nostalgia? La Biblia llamó, hace más de veinte siglos, «necios»
a quienes siguen preguntándose por qué siempre el tiempo pasado fue mejor
Sería bastante más sensato reconocer que no es que el mundo haya empeorado, es que
nosotros hemos envejecido, es que no nos gusta reconocer que nosotros empezamos a ser los exreyes del mundo porque los reyes ahora son otros
Pero cuantos vivan en el pasado, con él se irán a pique. Porque el destino del pasado es ser
pasado, serio cada vez más
Y no diré yo que no haya un pasado que sirva para algo. Sirve en tanto en cuanto que ilumina
el presente, en tanto en cuanto que es manantial de futuro. Es decir: sirve el pasado en la medida en
que deja de serio, en la medida en que se torna acicate y no añoranza
Pero la verdad es que de cada cien que piensan en el pasado, tal vez uno lo hace para mejorar
el futuro, mientras que noventa y nueve sólo como refugio sentimental porque no les agrada el
presente, una torpe manera de engañarse a sí mismos y no vivir
Estos encadenados al pasado viven también con frecuencia aterrados ante el futuro, con lo
que su cadena es doble. Son como suicidas que no tuvieran el coraje de matarse y eligieran como
forma de muerte lenta esa morfina de los sueños
Y asombrosamente ese pánico al futuro, que durante siglos fue enfermedad típica de viejos,
se ha convertido recientemente en peste juvenil. Les han hablado tanto de la guerra nuclear que se lo
han creído hasta el punto de que van a terminar anticipándola a base de falta de pasión por mejorar
el mundo
El miedo atenaza al hombre contemporáneo como esas arañas que primero anestesian e
inmovilizan a las moscas que cazan, para comérselas mucho más tarde
Y encadenados al futuro -aunque desde el extremo opuesto- están quienes viven dilatando su
vida y preparándose para una felicidad que dicen que va a venir, pero que de momento les impide
disfrutar de las pequeñas felicidades que ya están viniendo. Son los que se pasan la vida
posponiéndola
Primero piensan que llegará la dicha cuando se casen. Luego, cuando tengan hijos. A
continuación, cuando los niños sean mayorcitos. Más tarde, cuando llegue la jubilación. No se dan
cuenta de que quien repite cuatro veces que la felicidad vendrá mañana, la quinta vez dice que no
llegará jamás. Los sueños excesivos son casi siempre el prólogo de la amargura
Por todo ello, me gustaría gritar a mis amigos que la única manera de estar vivos es vivir en el
presente. Que no hay manera de ser felices si no es siéndolo hoy. Que la fuga al pasado o al futuro
son eso. fugas. Que un ser que quiere vivir de veras debería gritarse a si mismo ante el espejo, cada
día al levantarse, que esa jornada que empieza es la más importante de su vida. El pasado pasó. Ya
sólo sirve para subirse encima de él y mirar mejor hacia adelante. El futuro vendrá de las manos de
Dios y en ellas ha de dejarse
Nuestra única tarea es el presente, esta hora, ésta. Dios mismo no nos espera en el mañana.
Se cruzará hoy con nosotros. Nuestra misma resurrección ha comenzado en este momento que
vivimos ahora
Unamuno se irritaba, con razón, cuando la gente le hablaba del porvenir. «No hay porvenir gritaba-. Eso que llaman el porvenir es una de las grandes mentiras. El verdadero, porvenir es hoy.
¿Qué será de nosotros mañana? ¡No hay mañana! ¿Qué es de nosotros hoy, ahora? Esta es la única
cuestión.»
No sólo los jóvenes toman drogas. Ahora hay muchos viejos que se inyectan nostalgia del
pasado o terrores ante el futuro, dos morfinas tan peligrosas como la heroína o la coca. Lo mismo que
hay jóvenes que prefieren fumar sueños a trabajar, imaginarse revoluciones antes que ir cambiando
lenta y dolorosamente este mundo. Mas ni los sueños ni las nostalgias moverán un solo ladrillo
Sólo el presente existe. Y o soy feliz hoy o no lo seré nunca. O trabajo hoy o jamás trabajaré.
O vivo hoy o seré sólo un muerto que sueña y que recuerda
24. Pecado de amor
Hay una frase que me pone enfermo: la que habla de los «peca- dos de amor», y que a mí me
parece tan contradictoria en sus términos como hablar de la nieve caliente o del círculo cuadrado.
Su- pongo que con ella se quiere hablar de «pecados de debilidad» o de «pecados de desvarío
sexual»; pero ¿por qué se dice, de dónde se saca eso de «pecado de amor», que se cuelga luego a la
moral cató- lica cuando ningún Papa y ningún teólogo o moralista serio lo ha dicho jamás? Yo, al
menos, estoy cansado de decir que no se puede pecar de amor. Que se puede pecar porque no se
ama. 0 porque no se ama lo suficiente. 0 porque se ama mal. Pero no por amor. Porque nunca se ama
demasiado. Porque si se pecara por amor, ¿cómo se
habrían salvado los santos, que eran unos
especialistas en el tema?
Creo que ninguna palabra ha sido tan prostituida como esta de «amor», colocada con tanta
frecuencia sobre cosas que nada tenían que ver con él, sobre sucias aventuras de antiamor o, cuando
menos, del más triste desamor. Y me pregunto por qué ahora que tanto se habla de educación sexual
nadie se atreve a hablar de algo infinitamente más necesario y más difícil: de la educación en el
amor. Y conste que me parece bien que la gente conozca el mundo del sexo. Pero creo que para eso
bastan unos fascículos y unas gotas de sentido común humano. Amar, en cambio, me parece la más
difícil de las asignaturas, que ni se aprende con texto alguno ni puede transmitiese de maestro a
alumno, sino que sólo se paga a precio de experiencia y exige, además, un aprendizaje de la vida
entera, por- que no hay planta con mayor capacidad de reflorecimiento que el egoísmo. Y si el arte
de amar es el más grande y más difícil que puede practicar un hombre, ¿cómo es posible que
reflexionemos sobre él tan poco y que no juntemos todos lo poco que sobre el tema sabemos, a ver si
juntos aprendemos a construir un mundo más caliente y vividero?
Aprender, por ejemplo, a distinguir el amor del afecto sensible hacia otra persona, de la
admiración, de los deseos de posesión de otro ser, que pueden ser fenómenos que prolongan o
coinciden con el amor, pero que en realidad nada o poco tienen que ver con él
Con frecuencia converso con amigos que me dicen que «han perdido el amor de determinada
persona». Y yo siempre les pregunto si lo que han perdido es el amor o sólo el afecto sensible hacia
ella; si lo que han abandonado es la decisión de entregarse a esa persona o sólo un cierto agrado o
unos ciertos frutos placenteros que de esa persona obtenían. Y es que nunca he entendido que el
amor sea algo que puede perderse como se extravía un llavero. Quienes dicen que se apagó tras los
primeros entusiasmos o cuando perdió su novedad, mejor será que se pregunten si alguna vez lo
tuvieron. Y quienes me dicen que el hombre va cambiando, que cambia el amado y cambia la amada,
que las dos personas que hoy se decepcionan no son las mismas que hace diez años se amaron, yo
respondo siempre que un verdadero amor no acepta solamente a la persona querida tal y como ella
es, sino también tal y como ella será
Porque un amor verdadero no puede ser otra cosa que una entrega apasionada a buscar la
felicidad de la persona a la que se quiere. El amor tiene, que ser don y sólo don, sin que se pida nada
a cambio. Es lógico que el amor produzca amor, pero me temo que no ame del todo quien ama «para»
ser amado, quien condiciona el canúno de ¡da con el precio de vuelta. En rigor -como dice Michel
Quoist-, «el amor es un camino con dirección única-. parte siempre de ti para ir a los demás. Cada
vez que tomas algo o a alguien para ti, cesas de amar, pues cesas de dar. Caminas contra dirección»
«Contra dirección», de ese tipo de amores truncados dice la mo- ral que son pecaminosos, no del
verdadero amor. El Evangelio no se opondrá jamás a un verdadero amor; sí, en cambio, a esa engañifa
de quienes dicen que aman cuando en rigor sólo se aman a sí mismos
Amar es exactamente salirse de sí mismo, «perder pie en sí mis- mo», «descentrarse» ---en el
mejor sentido de la palabra-. Tiene razón quienes unen amor y locura, porque, efectivamente, el
amor verdadero pone a la gente «fuera de sí» para «recentrarla» en otra persona, en otra tarea o
en un más alto ideal
Y subrayo estas tres variantes porque sería ingenuo creer que el único amor que existe es el que
surge de un hombre concreto hacia una mujer concreta, y viceversa. ¡Hay tantas otras formas de
amor
no menos altas! ¿Por qué, sino por amor, trabaja el investigador que con auténtica vocación hace su
trabajo? ¿Qué, sino el amor, lleva a los misioneros hasta lejanas tierras? ¿Quién más que él
enciende las cocinas, sostiene las artes y «mueve -como decía Dan- te- el sol y las estrellas»?
Confieso que siempre me ha dado un poco de miedo esa vieja fórmula que dice que Dios creó al
hombre para su gloria. Y no por- que la fórmula no sea verdadera, sino porque no siempre se explica
que la gloria de Dios es la felicidad del hombre y alguien puede creerse que Dios creó al mundo y la
Humanidad en un acceso de egoísmo infinito. Por fortuna, Dios es el antiegoísta. La Creación fue su
propio desbordamiento. Y nunca ha hecho desde entonces otra cosa. Incluso cuando perdona a
cuantos -entre hipócritas y candorosos- camuflan bajo el nombre de «pecados de amor» sus
crecidas de egoísmo. Gracias a ello es cierto lo que escribió no sé quién y que aseguraba que «ser
creyente es estar seguro de que nos esperan magníficas sorpresas». La de descubrir, por ejemplo,
que hemos sido más queridos de lo que nunca nos atrevimos a imaginar
25. El pasotismo como una forma de suicidio
Uno de mis mayores asombros es el de venir descubriendo desde hace algunos meses que son
muchos los muchachos y muchachas que siguen apasionadamente este cuadernillo de apuntes y
comprobarlo a través de las entusiastas, desmesuradas y gozosísimas cartas que a veces me escriben
Son todos ellos jóvenes ardientes, con estupendas ganas de vivir y sacar jugo a sus vidas;
jóvenes que, desde luego, no encajan con las caricaturas que de la juventud circulan hoy. jóvenes que,
por fortuna para ellos y para mí, nada tienen de pasotas
A veces yo me pregunto si la figura del pasota no será un invento literario fabricado por
gentes que se camuflan de jóvenes o una moda lanzada por comerciantes de vestidos o un cliché
cómodo para humoristas y comediógrafos. Y me gustaría creérmelo, porque tengo que confesar que
un joven pasota me parece algo tan absurdo e inverosímil como un elefante jugando al ajedrez. Me
imagino sin dificultad un joven agresivo, anarco, orgulloso, cruel con los mayores y endiosado. Pero el
pasotismo me parece una enfermedad de viejos, de envejecidos, algo que a un joven tendría que
repugnarle bastante más que las arrugas y la esclerosis en el alma. Un joven presumiendo de pasota
es algo que, simplemente, no me cabe en la cabeza, la más aberrante de las autohumillaciones
El cinismo y la desesperanza son dos pestes que, por desgracia, todos nos encontramos alguna
vez en el camino de la vida y contra las que uno debe luchar para que no se le peguen a la piel. ¿Cómo
entender a un joven que se los viste como una cazadora?
Los teóricos del pasotismo le buscan dulces disfraces ideológicos y te explican que el pasota
«practica el silencio como crítica», o te dicen que el pasotismo es «el paro laboral sublimado a la
categoría de obra de arte», o te cuentan deliciosas historias sobre la «autobanalización» o sobre «la
vida como ausencia de proyecto de vida». Era más sencillo reducir todo eso a la palabra «suicidio»,
que resultaba más breve y transparente
Porque el pasotismo no es otra cosa que un suicidio sin sangre, la renuncia a la lucha, la
amargura de quien se da por vencido antes do comenzar
Voy a añadir en seguida que los últimos responsables del pasotismo somos los mayores. Que
un mundo en el que una mayoría de muchachos no encontraran otra salida que la amargura sería un
universo previamente podrido. Que reconozco que el peor de los males de nuestro tiempo es ese
horizonte cerrado a cal y canto que hoy mostramos a la casi totalidad de los que empiezan a vivir
Reconozco también que resistir la avalancha de la amargura es ya, a veces, una muy dura
tarea para los adultos y que es monstruoso que esa brega se les ponga como obligatoria a quienes aún
no tuvieron tiempo de endurecer sus huesos
Pero ¿qué será del mundo si los jóvenes ceden al desencanto? ¿Quiénes enarbolarán la
bandera de la esperanza si ellos se dan por vencidos antes de tomarla en sus brazos?
Nunca me ha dolido que los jóvenes sean ácidos, porque sé que todos los frutos lo han sido
antes de madurar. Puedo entender que sean amargos. Pero no que sean insípidos y menos que elijan
como característica de sus vidas la insipidez. Dejemos el pasotismo para los cansados de vivir, para
cuantos trabajan con el freno puesto en sus oficinas, para los pseudoadultos que consumen las tardes
en dar vueltas a una cucharilla en un café, para quienes esperan a la muerte porque carecen de
fuerzas para vivir. ¡Pero no para los jóvenes! ¿Qué dejarán, si no, para cuando envejezcan? ¡Que se
revelen! ¡Que quemen el mundo, pero que no bostecen!
Me obstino en creer que la juventud es sagrada y que hay que acercarse a ella como a la zarza
incombustible. Mi pequeña experiencia me ha demostrado plenamente que es cierto que todas
nuestras obras importantes son, como decía Laniartine, «sueños juveniles realizados en la edad
adulta»
Yo puedo confesar que casi todos los libros que he escrito en los últimos años son proyectos
preparados antes de cumplir los veinte. Aún no los he realizado todos. Entre mis cosas hay algo que
amo mucho: un viejo block que suelo llamar «el libro de los sueños» y en el que hace treinta años
tracé los esquemas de una cincuentena de proyectos de novelas, obras de teatro, apuntes de poemas
o ensayos. Aún hoy sigo «tirando» de ese tesoro
Puede que la experiencia me vaya enseñando a contar lo que entonces soñé, pero
verdaderamente nunca engendraré tal cantidad de ideas como entonces brotaron. Mis amigos se ríen
diciendo que mis libros nacen todos «con el servicio militar cumplido», pero yo sé que es verdad que
toda mi fecundidad estuvo ya en la adolescencia
Dios me libre por ello de mirar a los muchachos por encima del hombro. Hay en sus vidas
mucho de banal y excesivo, pero benditos excesos los suyos. Somerset Maugham hablaba con un
cierto desprecio de los jóvenes «que nos dicen que dos y dos son cuatro como si eso sólo se les
hubiera ocurrido a ellos y que se sienten decepcionados al ver que no participamos en su sorpresa
cuando acaban de descubrir que las gallinas ponen huevos»
Tiene algo de razón. Pero no mucha. Porque es cierto que con frecuencia los jóvenes
descubren Mediterráneos que ya se conocían hace cincuenta siglos, pero también lo es que ellos
miran ese mar con unos ojos que nada tienen que ver con los enturbiados con los que lo
semicontemplamos nosotros. Ellos se creen que lo nuevo es el mar que divisan; pero lo
verdaderamente nuevo y maravilloso son los ojos con que lo miran, y las ganas de ver que hay en ellos
Y precisamente por eso es imprescindible que los jóvenes defiendan lo mejor que ellos tienen:
el entusiasmo. La sensatez, la amargura, ya las tenemos, desgraciadamente, nosotros. Es el fuego
divino de las ganas de vivir lo que es su gran exclusiva. Que no lo malgasten en una literaturesca
«autobanalización», que no se suiciden sin haber nacido
26. Un mundo de sordos voluntarios
Siempre he contemplado con asombro cómo los camareros de los grandes bares tienen la
extraordinaria habilidad para oír únicamente lo que quieren escuchar. Te has sentado tú en una
terraza y, cuando el mozo pasa con su servicio para atender alguna de las mesas vecinas, ya puedes
llamarle, pedirle agua o café, que seguirá impertérrito, sin oírte, como diciéndote con su gesto
altivo: «Pero señor, ¿no ve usted que no puedo atender a todos a la vez?»
Y te lo dice sin arrugar un músculo, como si real y verdaderamente no hubiera oído tu llamada.
Una especie de sordera selectiva que le permite oír lo que desea, trabajar con orden y no volverse
loco al mismo tiempo
Es una sordera que me parece el símbolo perfecto de la común que dicen que padecemos
todos los españoles. En Italia oí contar una vez que en una reunión de alemanes uno habla y los demás
escuchan; en una iglesia, todos escuchan y ninguno habla, y en una española, todos hablan y ninguno
escucha. ¿Es exacto?
El Papa, al menos, cuando estuvo por nuestras tierras nos caló pronto al darse cuenta de que
aplaudíamos mucho sus discursos, pero apenas los oíamos. «Los españoles -dijo- están muy prontos
para hablar, más no para escuchar.» Y se reía, pero estaba diciendo una verdad como un templo. Y eso
que el Papa no llegó a ver nunca en directo ni por televisión una sesión de nuestro Parlamento, ese
lugar donde uno habla y los demás bostezan, leen periódicos, charlotean o toman café
Reconozcámoslo. el español no escucha. O, para ser exactos, no escucha más que la televisión.
Porque ésta sí que es una curiosa paradoja: ese mismo español que apenas deja meter a nadie la
cuchara en sus diálogos, se convierte en un puro rumiante, deglutiente, oyente, ante el «cacharro»
televisivo, que es lo único que entre nosotros sirve su papilla de palabras sin que nadie le interrumpa
¿Tal vez porque nadie nos ha enseñado a escuchar? ¿Quizá porque el arte de oír es mucho
más difícil que el de hablar? Zenón de Elea decía hace dos milenios que «tenemos dos oídos y una sola
boca porque oír es el doble de necesario y dos veces más difícil que hablar». Pero, curiosamente, esa
es una ciencia que nadie enseña en los colegios ni en los hogares
Porque estoy hablando de «escuchar», no de un puro material oír. Para oír basta con no estar sordo.
Para escuchar hacen falta muchas otras cosas: tener el alma despierta; abrirla para recibir al que, a
través de sus palabras, entre en ti; ponerte en la misma longitud de onda que el que está conversando
con nosotros; olvidarnos por un momento de nosotros mismos y de nuestros propios pensamientos
para preocuparnos por la persona y los pensamientos del prójimo. ¡Todo un arte! ¡Todo un apasionado
ejercicio de la caridad!
Por eso no escuchamos. Si tuviéramos un espejo para vernos por el interior mientras
conversamos con alguien percibiríamos que incluso en los momentos en que la otra persona habla y
nosotros aparentamos escuchar, en rigor no estamos oyéndole, estamos preparando la frase con la
que le responderemos a continuación cuando él termine
Sí, hace falta tener muy poco egoísmo y mucha caridad para escuchar bien. Es necesario
partir del supuesto de que lo que vamos a escuchar es más importante e interesante de lo que
nosotros podríamos decir. Reconocer que alguien tiene cosas que enseñarnos. O, cuando menos,
asumir por unos momentos la vocación de servidor o, quizá, de papelera y saco de la basura
Y tal vez la escasez de estos oyentes-papeleta u oyentes-basurero sea la causa de que tantos
solitarios anden por ahí con el alma llena de recuerdos o basuras que desearían soltar y que no saben
dónde. Antaño los confesores servían para eso
Un porcentaje no pequeño de penitentes, más que contar sus pecados necesitaba explicar sus
cuitas, se «enrollaba» en la descripción de sus soledades. Hoy temo que muchos curas han olvidado el
valor tan profundamente humano y terapéutico de unas confesiones que puede que no fueran muy
ortodoxas en lo estrictamente sacramental, pero que daban, junto al perdón de los pecados, el
desahogo psicológico de muchas soledades
Ahora ya apenas escuchan bien los psiquiatras. Pero no todos pueden permitirse ese lujo
Y, sin embargo, habría que añadir ésta ---«escuchar a los solitarios, incluidos los pelmas»- a la
lista de las obras de caridad y de misericordia, pues es tan importante como vestir al desnudo o dar
de comer al hambriento. «Oír con paciencia -decía Amado Nervo- es mayor caridad que dar. Muchos
infelices se van más encantados con que escuchemos el relato de sus penas que con nuestro óbolo.»
Incluso es frecuente comprobar cómo personas que vinieron a pedirte un consejo se van contentas
sin siquiera haber oído tu respuesta porque lo que realmente querían no era tu consejo, sino tu
silencio y su desahogo
Por todo ello, la gran paradoja de nuestro tiempo es que, mientras los científicos dicen que
vamos hacia «una civilización auricular», son cada vez más los que se quejan de que nadie les escucha.
Curiosamente, los jóvenes van hasta por las calles con los auriculares puestos, al mismo tiempo que
son absolutamente incapaces de escuchar durante diez minutos a sus abuelos. Y lo primero que todos
hacemos al entrar en nuestras casas es enchufar la radio o el televisor, porque no soportamos la
soledad acústica en las casas y, a la vez, cada vez es menos frecuente el diálogo hombre-mujer o
padre- hijos
Tal vez porque la radio puede oírse sin necesidad de amar al que por ella canta y, en cambio,
no se puede mantener un verdadero diálogo con otra persona sin amarla, saliéndose de uno mismo. Oír
es barato, escuchar costoso. Para oír basta el tímpano, para escuchar el corazón. Y no parecemos
estar muy dispuestos a emplearlo y repartirlo
«No hay peor sordo que el que no quiere oír», dice el refrán. Sería más sencillo resumir: «no
hay peor sordo que el egoísta». Y añadir que esta gran sordera de quienes sólo oyen lo que les
interesa es la gran responsable de tantas soledades, de tantos que sólo piden la limosna de un poco
de atención
27. Dar vueltas a la noria
Recuerdo haber visto, en no sé qué revista humorística, una viñeta en la que un gorrión,
posado sobre el hombro de un espantapájaros, explicaba a otro compañero que miraba con recelos al
monigote de trapo: «No te preocupes: es un señalizador que indica dónde hay comida.»
Tenía razón: sólo se ponen espantapájaros donde hay trigo. Y así es como, para un pájaro
curado de espantos, lo que se colocó para darle miedo se convertía en guía y atractivo
La historieta del pájaro me hizo entender por qué ahora parece estar especialmente de moda
cuanto está prohibido; por qué dicen los jóvenes que las cosas que no son pecado tienen menos sabor;
por qué las palabras reprobatorias son la mejor propaganda para algunas películas
La razón es muy simple: porque hemos presentado la ley como un espantapájaros. Sirvió
mientras la gente le guardó respeto. Perdido éste, se convirtió en aliciente en lugar de freno. Pero la
culpa no es de la ley en sí, sino de quienes predicamos la ley no como la forma visible de realizar un
amor, sino como un puro espantapájaros lleno de amenazas y vetos
He pensado todas estas cosas comentando con algunos amigos uno de los últimos apuntes de
este cuadernillo mío: aquel que hablaba -hace unas semanas- de los pecados de amor. Porque algún
amigo encontraba demasiado «permisiva» aquella frase de San Agustín que a mí me gusta citar tanto:
«Ama y haz lo que quieras.»
Decía el crítico que a esa frase debería añadírsela siempre la apostilla de «bien entendido
eso de hacer lo que quieras». Yo replicaba que tal añadido me parecía innecesario, porque quien ama
de veras querrá forzosamente lo que debe, lo que es coherente con su amor y jamás entenderá que
se pueda amar abstractamente por un lado y hacer lo que te viene en gana por el otro
¿Hay realmente algo más exigente que el amor, algo más radical?
Un hombre que ame
verdaderamente a Dios o a su prójimo seguro que irá mil kilómetros más allá de lo que estrictamente
manda la ley
Le ocurrirá lo que a aquel personaje de Montherland que, en una comedia, decía con desilusión
a su jefe: «Yo os ofrecía colaboración y resulta que sólo me pedís obediencia.» Porque realmente el
cumplimiento de una ley «sólo» nos pide el ciento por ciento (y hasta suele hacer alguna rebaja),
mientras que el mandamiento del amor no se contenta con el mil por cien y aspira siempre a
multiplicar su entrega
Por eso quien ame de veras podrá siempre hacer lo que quiera, porque sólo querrá más amor,
más entrega a su vocación
La ley-espantapájaros, en cambio, termina no siendo una custodia del amor, sino su
encadenadora. Hay gente que se pasa la vida atentísima a «cumplir», a no «pasarse» en el mal. Y se
olvida de chapuzarse en el bien. Es gente que lucha tercamente por barrer cada día sus defectos, que
no descubre que si encendiera dentro el fuego de un gran amor éste carbonizaría todos esos
defectos que con tanto trabajo trata de aventar
Son personas que luchan tanto por empequeñecer sus almas para que no entre en ellas el mal
que, si un día viniera el bien a visitarles, se pegaría con la cabeza en el techo. Son hombres que, para
no engendrar obras bastardas, se auto-condenan a la esterilidad y, para que no se insubordine su
libertad y tropiecen, han preferido no aprender a andar
La libertad y el amor son dos riesgos, desde luego. Pero nadie pensará que la mejor manera de
no salirse del camino sea imitar a la mula que da vueltas a la noria y, lógicamente, jamás se descarría.
Aunque jamás avance tampoco
Los hombres no somos, gracias a Dios, mulas encadenadas. Ni é1 ni nuestras conciencias
esperan que nos limitemos a cumplir maquinalmente la ley, como si todo fuera hacer girar unos
cangilones. Esperan que, por el contrario, asumamos el riesgo de ser libres, que aceptemos la
aventura de crecer y, consiguientemente, de ir cambiando de vestidos y estirando las ideas. Y que lo
hagamos -como en todo crecimiento- con una ración de dolor y equivocaciones, sabiendo que cada uno
debe pagar el precio de su propio amor y que éste, por fortuna, es caro y maravilloso, como todas las
cosas importantes
San Agustín -que sabía decir las cosas muy bien dichas- se inventó un neologismo y llegó una
vez a afirmar que el amor era el don «protoprimordial». Imagínense lo que se reiría ahora si oyera a
todos esos muchachitos que creen que el amor acaban de inventárselo ellos derribando la moral. A lo
mejor le daban ganas de volver al mundo y explicarnos que si las leyes sin amor son una cosa mala, el
amor sometido a la única ley de la ventolera es no sólo una profanación, sino un sacrilegio. Y se
sentirá aterrado ante la simple posibilidad de que alguien tradujera su «ama y haz lo que quieras» por
un «camúflate de amante para justificar tus caprichosa
Porque el amor es recio y fuerte, multiplicador y no divisor, exaltante y no desfalleciente,
espoleante y no resbaladizo, sustancialmente irrompible y permanente, vertiginoso hacia arriba,
terco como un atleta siempre insatisfecho con su propio récord
Recuerdo haber leído en Kazantzaki la historia de un anacoreta que le preguntaba a Dios cuál
era su verdadero nombre y oía una voz que respondía: «Mi nombre es 'no-es-bastante', porque es lo
que yo grito en el silencio a todos los que se atreven a amarme.»
«No-es-bastante» es, probablemente, el nombre auténtico de todo amor. Nunca se ama lo
suficiente. Nunca se termina de amar. Es un agua que siempre da más sed. Quien ama de veras jamás
logrará sentirse satisfecho, creer que ha cumplido su tarea, sentirse realizado con una ley que «sólo»
le pide cumplir como el mulo que da vueltas a la noria
28. La victoria silenciosa
«Estoy muy solo. En la vida hay personas que son capaces de algo y otras que no sirven para nada,
entre las que estoy yo. Me voy a hacer un largo viaje. Confiad en Jesucristo.»
Hace quince días un muchacho de catorce años escribía estas líneas y horas después se
encaminaba en busca de la muerte bajo las ruedas feroces de un tren. Y yo siento ahora una infinita
compasión hacia ese chaval que incurría, en tan breve carta, en dos monumentales errores: olvidar
que cuando se confía en Jesucristo hay que confiar también en los hombres y haber llegado a
creerse esa disparatada y monstruosa afirmación de que los hombres se dividen en gentes que
sirven para algo y gentes que no sirven para nada. Quienes inventaron y hacen circular esa distinción
son responsables en definitiva de ese suicidio y quién sabe de cuántas soledades. Pero ¿quién, de
dónde, cómo ha podido sacarse esa infinita tontería de que hay en el mundo un solo ser humano que
no sirva para nada? Si sirven las piedras, los charcos, las nubes, ¿para cuánto más no servirán los
hombres, incluso los más tristes, los más abandonados y desgraciados?
Espero que mis lectores me perdonen si, una vez más, repito en esta página algo que yo tuve la
fortuna de descubrir siendo muy niño: que todo hombre es un tesoro único para algo y para alguien;
que en cada uno de nosotros hay un don que tal vez sea, incluso, exclusivo; y que toda la felicidad de
la vida consiste en entregarse terca, apasionada, corajudamente a desarrollar y profundizar ese
don. Déjenme que repita que no creo en los seres inútiles, aunque sí en los que se resignan o se
autocondenan a la esterilidad; que estoy seguro de que la voluntad del hombre es más fuerte que las
adversidades; que la lucha por la condición humana puede amordazarnos, mutilarnos, condicionamos,
pero nunca anulamos, jamás destruirnos y amargarnos
He vuelto a pensar todo esto viendo semanas atrás un largo documental americano que lleva el
mismo título que este artículo mío. En él se cuenta la historia de Kitty O'Neil, una muchacha
americana, hija de una india cherokee, sobre cuya infancia parecieron derrumbarse todas las
enfermedades: a los cuatro años el sarampión y la viruela destrozaron sus nervios auditivos y quedó
completamente sorda; años más tarde conoció una meningitis y tuvo que sufrir una histerectomía
como consecuencia de un cáncer. Nadie daba un duro por la vida de aquella muchachita flacucha y
desgarbado cuyo destino parecía languidecer en una silla de ruedas
Treinta años más tarde, hoy, Kitty O'Neil, aparte de tocar el piano y el cello, de poder danzar y
correr, es la más conocida de las «especialistas» del cine norteamericano: pilota coches y motos,
salta desde trampolines y realiza todas esas maravillas que nos asombran en el cine. Y todo ello
después de haber representado a.los Estados Unidos en la Olinipiada de Tokio
¿La clave del cambio? Una sola palabra: coraje. Una palabra repetida millones de veces y
practicada durante millones de horas. Una maravillosa «victoria silenciosas
La propia Kitty está asustada de haberío conseguido. Cuando vio por primera vez el documental
que han hecho sobre su vida comentó: «Mientras lo veía lloré como hacía mucho tiempo no lloraba.
Lloré de vergüenza por haberme permitido, en mi adolescencia, dejar de tener fe y haber pensado
en suicidarme. Hasta los dieciséis años estuve peleada con Dios. No concebía que alguien tan
misericordioso como decían que él era estuviese tan apartado de mí. Que no escuchara mi llanto. A
los trece años, cuando tuve el ataque de meningitis, aunque estaba peleada con 61 le rezaba para que
no me dejara vivir. En el colegio había visto a ,in chico que sufrió el mismo mal que yo y era un
inválido. Yo no quería ser una inválida. Me imaginaba sorda y paralítica y medio idiota en una silla de
ruedas y blasfemaba contra el Dios de mis padres. Me recuperé y, a los dieciséis años, me fui de
casa con el dolor, pero con la compren- sí6n de mis padres, porque necesitaba comprobar si podía
valerme por mí sola en la vida. Sufrí un intento de violación por parte de un drogado y, en la
Comisaría de Policía a la que me llevaron, encontré a una asistenta social católica, de la que me hice
amiga y a la que debo mi conversión al catolicismo. Desde entonces he vivido mi fe con tenacidad y
alegría y todo lo que he pasado luego, que ha sido mucho, muchísimo, peligros de todo tipo, dolores
de todo tipo, físicos, morales y sentimentales, lo he vivido cerca de Dios.»
Hoy Kitty, la supuesta inútil, la predestinada a la silla de ruedas, es una mujer admirada por sus
«locuras» ante la cámara. Y todo se construyó con esa maravillosa trinidad de esfuerzos. fe,
tenacidad y alegría; la única varita mágica que existe en este mundo
La felicidad raramente la regalan. Lo normal es que se construya con esfuerzos. Muchas veces
con dolor. Como dice el viejo refrán castellano: «No se puede hacer una tortilla sin romper los
huevos.» 0 aquel otro: «Quien con nueces se quiere regalar, la cáscara ha de quebrar.» 0 un tercero
que a mí me gusta más: «Harto le cuesta al almendro el hacer primavera del invierno.»
Lo extraño es que haya gente que quisiera dar fruto sin pasar por las heladas; que no haya
descubierto aquella terrible y hondísima verdad que resumía José de Maistre asegurando que «no
existe nadie más infortunado que un hombre que nunca ha tenido que sufrir». Recuerdo haber leído
no sé dónde que el promedio de exca- vaciones que se hacen hasta encontrar un pozo de petróleo
rentable es de 247. ¿Y podía encontrarse la felicidad a la primera y sin es- fuerzo?
Nunca he creído mucho en la fortuna. En mis años de estudiante aprendí aquel adagio latino que
asegura que «más vale confiar en el coraje que en la fortuna». Y más tarde pude comprobar mil
veces que, al menos, es cierto aquello de Metastasio que decía que «la fortuna y el coraje suelen ir
juntos»
Por eso no aceptaré jamás esa absurda idea de que hay hombres que sirven y hombres que no
sirven. Todos sirven. Y los que tienen que luchar contra corriente, más que ninguno. Toda mi
admiración hacia ellos. Porque su «victoria silenciosas es, como aseguró Séneca, «un espectáculo
digno de que Dios se vuelva para mirarlo»
29.
El desorden de factores
A esta hora en que todos estamos haciendo las maletas para irnos de vacaciones, creo que no sería
una tontería sentarnos unos pocos minutos para preguntarnos en qué tareas estamos invirtiendo
nuestra vida y en qué vamos a invertir este gozoso mes de libertad que se nos concede. ¿Sólo en
mirarnos la tripita y ver cómo la piel se va poniendo morena? Yo supongo que la gente que malgasta
sus vacaciones es la misma que malgasta sus vidas, porque quien ama apasionadamente este oficio de
existir sabe que para esa gran tarea no hay descansillos vocacionales. En verano hay que vivir de otra
manera, pero no vivir menos
Por ello -aunque alguien me tache de aguafiestas- me gustaría hoy hablar de ese desorden de
factores que arruina tantas vidas. ¿A qué llamo desorden de factores? A esa maldita frivolidad que
nos conduce a dedicar el máximo de nuestro tiempo a las cosas más banales, dejando sólo rinconcitos
de alma a las que reconocemos como más importantes. Un desorden de factores que, aunque el refrán
diga otra cosa, sí que altera el producto
Voy a ver si consigo explicarme. Yo tengo hecha para mi coleto una pequeña letanía que parodiando otra de Laing- podría formularse más o menos así:
- Nos divertimos mucho menos de lo que nos aburrimos
- Trabajamos menos de lo que nos divertimos
- Hablamos mucho menos de lo que trabajamos
- Leemos mucho menos de lo que hablamos
- Pensamos mucho menos de lo que leemos
- Sabemos mucho menos de lo que pensamos
- Amamos aún menos de lo que sabemos
- Existimos aún menos de lo que amamos
- Y así es como somos mucho menos de lo que somos
La tabla no es un jueguecito. Y viene a decir que si el orden lógico de factores debería ser el de
empezar por ser y seguir por amar, saber, pensar, leer, hablar o conversar, trabajar, divertirse y,
final- mente, en una colita desgraciada, también aburrirse, resulta que, en la vida, en realidad,
nuestro orden-desorden de factores es el inverso: la mayor parte de nuestro tiempo nos aburrimos,
otro buen trozo nos divertimos, y después el resto trabajamos, conversamos, leemos, pensamos,
amamos, con lo que al final ya no nos queda ni un segundo para ser lo que somos
Me gustaría que todos mis amigos tomasen un día un bolígrafo y, completamente en serio,
intentasen poner en orden todos esos verbos, no en el orden en que teóricamente los valoran, sino en
el que, en la práctica, los practican. Si lo hacen sin trampas, verán cuánto desorden de factores hay
en sus vidas
Yo reconozco que en la mía lo hay. Hace algunos meses, por ejemplo, yo hubiera puesto mucho
antes el verbo trabajar que el verbo conversar. Tuvo que venirme el latigazo de una enfermedad
para que yo descubriera que la amistad es infinitamente más válida que todos los trabajos del mundo
y que, aunque el trabajo es una de las partes mejores de nuestro oficio de hombres, aún es más
humano sentarse de cuando en cuando a charlar amistosamente con los amigos
Otro de mis pecados es que también escribo mucho más de lo que leo e incluso más de lo que
pienso. ¡Es horrible! Puede incluso escribirse mucho habiendo pensado poco. Uno se va esclavizando
de la máquina de escribir, uno cae en la trampa de querer complacer a todos los que te piden
artículos y más artículos, y un día te das cuenta de que te limitas a engendrar líneas
mecanografiadas, dentro de las cuales hay muy poquitos pensamientos. A lo mejor yo escribiría el
doble de bien si dedicara mucho más tiempo a pensar y escribiera la mitad
Y lo mismo ocurre con lo de leer. Yo fui, por fortuna, un pequeño animal-lector en mis años de
adolescencia. Pero ahora escribo tanto que leo la cuarta parte de lo que debería. Y no puedo pasarme
la vida sacando ideas del saco de mi adolescencia. Porque los genios no existen. Los más, cuando
escribirnos, lo único que hacemos es guisar un poco mejor o un poco peor lo que hemos ido
acumulando en el saco del alma con nuestras lecturas. ¡Ese sí que es un tesoro inagotable! Yo sé que
en mi cabeza hay una centésima parte de ideas de las que tengo en mi biblioteca. Pero ¡ay de mí, si la
tengo de adornos
Y en cuanto a lo de amar y lo de ser, ésas si que son dos tareas magníficas que, además, tienen el
premio gordo de que no ocupan tiempo. Si yo dedico mi tiempo a escribir no me queda para leer. En
cambio, puedo amar y ser al mismo tiempo que leo y escribo, porque sólo necesito para ello tener
estirado el corazón y despierta el alma
Vamos, pues, a ver si nos sale un verano fecundo. A ver si con- seguimos regresar más ricos. Para
esto no hace falta que nos toque la lotería. Basta que acertemos en la lotería de tener el alma
enarbolada. Y mira por dónde, en este sorteo, nuestro coraje y nuestra voluntad tienen todos los
boletos
30. La generación del bostezo
Dicen que la enfermedad del verano es el aburrimiento. Yo me temo que sea hoy más bien la
enfermedad del verano, del invierno, del otoño y de la primavera, porque quizá nunca en la historia
del mundo tantas personas se aburrieron tanto
Acaba de decirlo el arzobispo de Valladolid, para quien «parece que jamás hubo tantas
diversiones y posibilidades de alcanzarlas y probablemente, por contraste, jamás hubo tanta gente
aburrida, incluso entre la misma juventud». A este paso nos definirá la historia como «la generación
del bostezo», verán ustedes
Y, naturalmente, no estoy hablando de esos aburrimientos transitorios que todos padecemos.
¿Quién no tiene, de cuando en cuando, una «tarde boba» en la que nada le apetece, o uno de esos días
en los que, por cansancio acumulado, lo único que uno desea es no desear nada y aburrirse a fondo?
Lo grave es hoy el «aburrimiento como forma de vida», el carecer de horizontes como
horizonte único. Lo preocupante es ese alto porcentaje de coetáneos nuestros que -como describe
monseñor Delicado- puede definir su vida sobre estas coordenadas: «No quiero a nadie
verdaderamente, y nadie me quiere. Nada me importa seriamente y a nadie le importo nada. No sé
vivir o no me dejan vivir. Las cosas que deseo no las puedo alcanzar o lo que alcanzo está vacío por
dentro
No me siento llamado a nada importante que me pueda llenar.» ¿Vale la pena vivir desde estos
planteamientos? ¿O esa vida es una forma de muerte cloroformizada?
Lo asombroso es que esto pueda ocurrir en un siglo en el. que parecemos tenerlo todo en
cosas poseídas, en diversiones. Porque uno entendería el aburrimiento del campesino del siglo XVIII
perdido en una aldea sin nada que llene sus horas, sus ojos y su alma. Pero resulta inverosímil que eso
pueda ocurrir en una ciudad del siglo XX, asediados como estamos por todo tipo de propuestas
incesantes desde los anuncios por las calles hasta las pantallas de televisión
Y, sin embargo, es cierto que jamás se vieron tantas caras aburridas y desilusionadas. Y que
parecen abundar entre los jóvenes más que entre los adultos
¿Qué es la droga sino un último afán de escapar de la realidad, como quien, hastiado de los
sabores cotidianos, sólo tiene paladar para los estridentes? «Tengo un aburrimiento mortal», nos
dicen a veces. Y es cierto: viven en un aburrimiento asesino, que lentamente va asfixiando sus almas
Y quizá el gran error está en que hemos pensado que el aburrimiento se mata con diversiones.
Y la experiencia nos demuestra :a diario que éstas son, cuando más, un paliativo, una aspirina que
calma el dolor, pero no cura la enfermedad
Quien, porque se aburre, no encuentra otra salida que irse a un cine o a una discoteca, tiene a no ser que se trate de uno de estos aburrimientos transitorios de que antes hablé- una gran
probabilidad de seguir aburriéndose de otra manera en el cine o en el baile. Contra el vacío, la
solución no está en cambiar de sitio, sino en llenarse
Porque lo más gracioso del asunto es que, bien pensadas las cosas, resulta incomprensible que
un ser humano se aburra: ¡con la de cosas apasionantes que pueblan nuestra existencia! Esto es lo
tremendo: los hombres estamos convencidos de que, por mucho que corramos en vivir, nunca
agotaremos ni el diez por ciento de los milagros que la vida nos ofrece. No leeremos ni un uno por
ciento de los libros interesantes. No veremos ni un uno por ciento de los paisajes que merecen ser
visitados
No podremos gozar más que las experiencias de una entre los millones de vocaciones que
existen. No entraremos en contacto ni con una diezmillonésima parte de los seres humanos que
valdría la pena conocer. Ni siquiera paladearemos una pequeña parte de los sabores que merecen ser
gustados. ¿Y aun así tenemos tiempo para aburrirnos?
Yo he pensado muchas veces que Cristo participó de todas las cosas de los hombres menos de
dos: del pecado y del aburrimiento. ¿O son, tal vez, una sola cosa? No logro imaginarme
a Cristo
aburrido, desilusionado, sin nada que hacer o que amar. Menos aún logro imaginarle esperando, entre
bostezos, la muerte
«En el largo camino, la paja pesa», dice uno de nuestros viejos refranes. Y quienes vivieron
almacenando paja en sus vidas se cansarán llevándola a hombros durante la noche y no podrán
hacerse a la mañana, el pan fresco que su hambre necesita
Cuando, en cambio, uno vive amándolo todo, decidido a vivir a tope (no a gamberrear a tope),
¡qué incomprensible se vuelve el aburrimiento! Lo dijo el clásico castellano. «No hay quien mal su
tiempo emplee y que el tiempo no le castigue.» Es cierto: quien vive, morirá de un bostezo. Y sin
haber llegado a vivir
31. Una fábrica de monstruos educadísimos
«Estoy -me escribe un muchacho- hasta las narices de la educación del palo y del miedo. Para mí,
la educación que carece de lo esencial no es educación, sino un sistema de esclavos. Si la educación
no sirve para ayudarnos a ser libres y personas felices, que se vaya a hacer puñetas.»
Con su aire de pataleta infantil, este muchacho tiene muchísima razón. Y es evidente que algo no
funciona en la educación que suele darse cuando tanta gente abomina de ella
Hay en mi vida algo que difícilmente olvidaré. En 1948, siendo yo casi un chiquillo, tuve la fortunadesgracia de visitar el campo de concentración de Dachau. Entonces apenas se hablaba de estos
campos, que acababan de «descubrirse», recién finalizada la guerra mundial. Ahora todos los hemos
visto en mil películas de cine y televisión. Pero en aquellos tiempos un descubrimiento de aquella
categoría podía destrozar los nervios de un muchacho. Estuve, efectivamente, varios días sin poder
dormir. Pero más que todos aquellos horrores me impresionó algo que por aquellos días leí, escrito
por una antigua residente del campo, maestra de escuela. Comentaba que aquellas cámaras de gas
habían sido construidas por ingenieros especialistas. Que las inyecciones letales las ponían médicos o
enfermeros titulados. Que niños recién nacidos eran asfixiados por asistentes sanitarias
competentísimas. Que mujeres y niños habían sido fusilados por gentes con estudios, por doctores y
licenciados. Y concluía: «Desde que me di cuenta de esto, sospecho de la educación que estamos
impartiendo.»
Efectivamente: hechos como los campos de concentración y otros
muchos hechos que siguen produciéndose obligan a pensar que la educación no hace descender los
grados de barbarie de la Humanidad. Que pueden existir monstruos educadísimos. Que un título ni
garantiza la felicidad del que lo posee ni la piedad de sus actos. Que no es absolutamente cierto que
el aumento de nivel cultural garantice un mayor equilibrio social o un clima más pacífico en las
comunidades. Que no es verdad que la barbarie sea hermana gemela de incultura. Que la cultura sin
bondad puede engendrar otro tipo monstruosidad más refinada, pero no por ello menos monstruosa.
tal vez más
¿Estoy, con ello, defendiendo la incultura, incitando a los muchachos a dejar sus estudios,
diciéndoles que no pierdan tiempo en una carrera? ¡Dios me libre! Pero sí estoy diciéndoles que me
sigue asombrando que en los años escolares se enseñe a los niños y a los jóvenes todo menos lo
esencial: el arte de ser felices, la asignatura de amarse y respetarse los unos a los otros, la carrera
de asumir el dolor y no tenerle miedo a la muerte, la milagrosa ciencia de conseguir una vida llena de
vida
No tengo nada contra las matemáticas ni contra el griego. Pero ¡qué maravilla si los profesores
que trataron de metérmelos en la moliera, para que a estas alturas se me haya olvidado el noventa y
nueve por ciento de lo que aprendí, me hubieran también hablado de sus vidas, de sus esperanzas, de
lo que a ellos les había ido enseñando el tiempo y el dolor! ¡Qué milagro si mis maestros hubieran
abierto ante el niño que yo era sus almas y no sólo sus libros!
Me asombro hoy pensando que, salvo rarísimas excepciones, nunca supe nada de mis profesores.
¿Quiénes eran? ¿Cómo eran? ¿Cuáles eran sus ilusiones, sus fracasos, sus esperanzas? Jamás me
abrieron sus almas. Aquello «hubiera sido pérdida de tiempo». ¡Ellos tenían que explicarme los
quebrados, que seguramente les parecían infinitamente más importantes!
Y así es como resulta que las cosas verdaderamente esenciales uno tiene que irlas aprendiendo de
extranjis, como robadas
Y yo ya sé que, al final, «cada uno tiene que pagar el precio de su propio amor» --como decía un
personaje de Diego Fabri- y que las cosas esenciales son imposibles de enseñar, porque han de
aprenderse con las propias uñas, pero no hubiera sido malo que, al me- nos, no nos hubieran querido
meter en la cabeza que lo esencial era lo que nos enseñaban. De nada sirve tener un título de médico,
de abogado, de cura o de ingeniero si uno sigue siendo egoísta, si luego te quiebras ante el primer
dolor, si eres esclavo del qué dirán o de la obsesión por el prestigio, si crees que se puede caminar
sobre el mundo pisando a los demás
Al final siempre es lo mismo: al mundo le ha crecido, como un flemón, el carrillo del progreso y de
la ciencia intelectual, y sigue subdesarrollado en su rostro moral y ético. Y la clave puede estar en
esa educación que olvida lo esencial y que luego se maravilla cuando los muchachos la mandan a hacer
puñetas
32. Constructores de puentes
De todos los títulos que en el mundo se conceden, el que más me gusta es el de Pontífice, que
quiere decir literalmente constructor de puentes. Un título que, no se por qué, han acaparado los
obispos y el Papa, pero que en la antigüedad cristiana se refería a todos los sacerdotes y que, en
buena lógica, iría muy bien a todas las personas que viven con el corazón abierto
Es un título que me entusiasma porque no hay tarea más hermosa que dedicarse a tender
puentes hacia los hombres y hacia las cosas. Sobre todo en un tiempo en el que tanto abundan los
constructores de barreras. En un mundo de zanjas, ¿qué mejor que entregarse a la tarea de
superarlas?
Pero hacer puentes -y, sobre todo, hacer de puente- es tarea muy dura. Y que no se hace sin
mucho sacrificio. Un puente, por de pronto, es alguien que es fiel a dos orillas, pero que no pertenece
a ninguna de ellas. Así, cuando a un cura se le pide que sea puente entre Dios y los hombres se le está
casi obligando a ser un poco menos hombre, a renunciar provisionalmente a su condición humana para
intentar ese duro oficio del mediador y del transportador de orilla a orilla
Mas si el puente no pertenece por entero a ninguna de las dos orillas, sí tiene que estar
firmemente asentado en las dos. No «es» orilla, pero sí se apoya en ella, es súbdito de ambas, de
ambas depende. Ser puente es renunciar a toda libertad personal. Sólo se sirve cuando se ha
renunciado
Y, lógicamente, sale caro ser puente. Este es un oficio por el que se paga mucho más que lo
que se cobra. Un puente es fundamental- mente alguien que soporta el peso de todos los que pasan
por él. La resistencia, el aguante, la solidez son sus virtudes. En un puente cuenta menos la belleza y
la simpatía -aunque es muy bello un puente hermoso-; cuenta, sobre todo, la capacidad de servicio, su
utilidad
Y un puente vive en el desagradecimiento: nadie se queda a vivir encima de los puentes. Los
usa para cruzar y se asienta en la otra orilla. Quien espere cariños, ya puede buscar otra profesión.
El mediador termina su tarea cuando ha mediado. Su tarea posterior es el olvido
Incluso un puente es lo primero que se bombardea en las guerras cuando riñen las dos orillas.
De ahí que el mundo esté lleno de puentes destruidos
A pesar de ello, amigos míos, qué gran oficio el de ser puentes, entre las gentes, entre las
cosas, entre las ideas, entre las generaciones. El mundo dejaría de ser habitable el día en que
hubiera en él más constructores de zanjas que de puentes
Hay que tender puentes, en primer lugar, hacia nosotros mismos, hacia nuestra propia alma,
que está la pobre, tantas veces, incomunicada en nuestro interior. Un puente de respeto y de
aceptación de nosotros mismos, un puente que impida ese estar internamente divididos que nos
convierte en neuróticos
Un puente hacia los demás. Yo no olvidaré nunca la mejor lección de oratoria que me dieron
siendo yo estudiante. Me la dio un profesor que me dijo. «No hables nunca 'a' la gente; habla 'con' la
gente.» Entonces me di cuenta que todo orador que no tiende puentes «de ¡da y vuelta» hacia su
público nunca conseguirá ser oído con atención. SI, en cambio, entabla un diálogo entre su voz y ese
fluido eléctrico que sale de los oyentes y se transmite por sus ojos hacia el orador, entonces
conseguirá ese milagro de la comunicación que tan pocas veces se alcanza
Entonces entendí también que no se puede amar sin convertirse en puente; es decir, sin salir
un poco de uno mismo. Me gusta la definición que da Leo Buscaglia del amor: «Los que aman son los
que olvidan sus propias necesidades.» Es cierto: no se ama sin «poner pie» en la otra persona, sin
«perder un poco pie» en la propia ribera
Y el bendito oficio de ser puente entre personas de diversas ideas, de diversos criterios, de
distintas edades y creencias. ¡Feliz la casa que consigue tener uno de sus miembros con esa vocación
pontifical!
Y el gran puente entre la vida y la muerte. Thorton Wilder dice, en una de sus comedias, que
en este mundo hay dos grandes ciudades, la de la vida, la de la muerte, y que ambas están unidas -y
separadas- por el puente del amor. La mayoría de las personas, aunque se crean vivas, viven en la
ciudad de la muerte, tienen a muy pocos metros de la ciudad de la vida, pero no se deciden a cruzar
el puente que las separa. Cuando se ama, se empieza a vivir, sin más, en la ciudad de la vida
Lo malo es que a la mayoría, los único puentes que les gustan son los laborales
33. Condenados a la soledad
Me he preguntado más de una vez cuántos leerán este cuadernillo de apuntes. No lo sé. No lo
sabré nunca. Pero sí sé que todos y cada uno de los que lo lean habrán conocido alguna vez la soledad,
esa parte, a la vez tan dolorosa y luminosa, de la condición humana
Habrán conocido, unos, esa desoladora soledad de la adolescencia, esos años en los que estamos
convencidos de que nadie es capaz de comprendernos, tal vez simplemente porque tampoco nosotros
nos entendemos. Para otros, la soledad habrá llegado en la juventud, sobre todo si han conocido ese
agudo dolor de amar a alguien que no nos ama y de comprobar que aunque el mundo entero nos
acompañase seguiríamos estando solos sin aquella única persona en que parece haberse concentrado
toda la compañía verdadera de¡ mundo. Otros habrán gustado la soledad de los años adultos, sobre
todo en esos tiempos en que la vida parece perder su sentido y en los que nos repetimos,
estérilmente, la pregunta «¿para qué?». O tal vez llegó, para otros, la última soledad de la vejez,
cuando todos los que eran nuestros amigos han muerto ya y percibimos una infinita distancia entre
los más jóvenes y nosotros
Y es que la soledad está ahí. Es parte de la vida. En el principio de la Historia Dios vio que no era
bueno que el hombre estuviera solo. Pero no pudo ignorar que, con frecuencia, lo estaría aunque
colocase a su lado toda la compañía imaginable. Porque no pocos acompañamientos no hacen otra cosa
que ahondar la soledad. Y así es como la comunidad -e incluso, a veces, hasta la familia- no es otra
cosa que una acumulación de solitarios
Pero me parece que habrá que empezar en seguida a distinguir muy diversos tipos de soledad. la
de los incomprendidos y abandonados, la de los orgullosos, la fecundadora de los verdaderos
solitarios por elección
La primera es la más grave y me temo que hoy la más corriente. ¿Es posible que en el mundo
abunden tanto los que no son amados por nadie? Es posible y horrible. En esta gran familia que
formamos hay un alto porcentaje de seres que se pasan la vida mendigando una persona que quiera
oírles, alguien con quien hablar sin que les diga que tiene prisa, un amigo que se interese
- o al
menos, parezca interesarse- por sus problemas
¿Qué hacer ante esta soledad? Por parte de quien la padece, me parece que, en primer lugar,
preguntarse a sí mismos hasta qué punto son ellos responsables de ese abandono. Con frecuencia se
quejan de soledad personas que empezaron por rodear su alma de alambre espinado. Primero se
cierran, luego lamentan no tener compañía. «Quien marcha por la vida sin apearse del caballo, va
quedándose solo», ha dicho Luis Rosales. Y es ciertísimo: sólo bajándose del propio egoísmo se puede
esperar estar entre los demás
Hay incluso quienes se vanaglorian de ir solos. Son los que dicen que «el águila vuela sola,
mientras que los cuervos, las choyas y los estorninos son los que van en grupos». Estos no buscan la
soledad porque la amen, sino porque no aman la compañía. Piensan, como decía Schopenhauer, que «la
soledad ofrece al hombre inteligente una doble ventaja: la de estar consigo mismo y la de no estar
con los demás»
Esta soledad del orgullo es una maldita soledad. Puede incluso servir para ciertas creaciones
estéticas o científicas, pero al final deshumaniza siempre a quien la practica, con lo que, a la larga,
se daña también a los productos estéticos o intelectuales. Porque, como dice Antonio Machado, con
frecuencia «en la soledad / he visto cosas muy claras / que no eran verdad»
Pero ¿y si la soledad ha venido a nosotros sin que nosotros la hayamos prefabricado? Entonces
sólo quedan dos caminos- empezar por reconocer que la soledad puede ser un multiplicador del alma
(y que en realidad un hombre se mide por la cantidad de soledad que es capaz de soportar) y luego
convertirla en soledad fecunda o romperla abriéndose hacia los demás
De esto quiero hablar en un próximo artículo. Quede hoy este comentario en la profunda frase de
Aristóteles- «Quien halla placer en la soledad o es una bestia salvaje o es un dios.» Porque hay,
efectivamente, soledades creadoras como la del mismo Dios y soledades estériles y agresivas como
la del leopardo. ¿Y por qué ser leopardos cuando podemos parecernos a Dios?
34. La soledad sonora
Silencio elegido se llama uno de los más bellos libros del trapense Thomas Merton. En él habla del
silencio como fecundidad, como lugar de reencuentro con la verdadera humanidad. Porque,
efectivamente, si hay una soledad deshumanizadora, hay otra multiplicadora, intensificadora. Y si a
muchos la soledad les volvió desgraciados, no hay un solo genio en la humanidad que no haya plantado
las raíces de su grandeza en largos períodos de intensa soledad
Tiene razón Sterne al asegurar que «la mejor nodriza de la sabiduría está en la soledad». Y
Beethoyen sabía bien lo que decía cuan- do afirmó que '«el hombre aislado puede a menudo más que
en la sociedad mil»
Sólo en la soledad se acrecienta el alma y es en ella donde con más fuerza se puede oír la voz de
Dios. Y pobre del hombre que necesite llenar su vida de ruidos y palabras. ¿No tendrá razón Luis
Rosales cuando señala que en el mundo moderno los hombres «amontonan las palabras para llenar el
hueco, el gran silencio uni- versal, el miedo»? El hombre moderno tiene, efectivamente, pánico al
silencio: al entrar en casa lo primero que hace es girar el botón de la radio o encender el televisor,
porque necesita, al menos, esa presencia de las ondas o las imágenes para no sentirse asfixiado de
silencio. Y con frecuencia llenamos nuestras casas de perros o de gatos porque no sabemos vivir y
dialogar con los hombres. ¿O es que nos odiamos tanto a nosotros mismos que no soportamos vivir en
nuestra propia y sola compañía?
Y, sin embargo, hay una «soledad sonora» en la que todo habla al alma, que sabe descender a ella
para encontrarse con la propia verdad o con esos amigos silenciosos y fecundos que son los libros
Es cierto que también es enriquecedor hablar con nuestro portero o con el conductor de nuestro
autobús, pero ¿quién duda que lo es más encerrarse en casa para conversar con Mozart, con
Dostoievski o con Pedro Salinas? Este sí que es un tesoro de amistad. Y de amistad complaciente
que se calla y nos deja con nuestros pensamientos en cuanto los cerramos
Pero, digámoslo en seguida. esta soledad elegida es un arte muy difícil, con frecuencia su
aprendizaje exige una vida entera
Por de pronto es ésta una soledad que no sirve para el olvido, ni puede surgir de un simple
desengaño. Huir a la soledad es profanar la soledad y engañarse tontamente. Porque «el que en ella
busca olvido sólo acrecienta el recuerdo», como escribe Fuiler. ¡Tanta gente que «se refugia» en la
soledad encuentra únicamente en ella sus vagabundeas mentales! Ir al silencio para remasticar
nuestros fracasos o lamer nuestras heridas no es una solución
En realidad, «en la soledad se encuentra lo que a la soledad se lleva», que decía Juan Ramón
Jiménez. Un alma pobre en el ruido se encontrará con su pobreza en el silencio. Hay demasiadas
personas que creen que resolverán sus problemas cambiando de lugar de residencia, o de trabajo, o
de compañías. Como los enfermos que creen que mejoran cambiando de postura. Pero la soledad no
es la purga de Benito. Multiplica las riquezas interiores. Pero ¿de qué sirve multiplicar cualquier
cifra por cero?
Por otro lado, no se va a la soledad para quedarse en ella: se va para regresar de ella más abierto
y abundante en cosas que dar y que ofrecer. ¡Qué pobres los que cuando están en la soledad están
solos! El más solitario de los cartujos, o está «sirviendo» a alguien (a Alguien, con mayúscula, o a sus
hermanos, con minúscula) o es una vida perdida. Maupassant decía que «cuando estamos demasia- do
tiempo solos con nuestros propios problemas nuestro espíritu se llena de fantasmas». Sólo se puede
estar solo cuando se está, en la soledad, con los demás en el corazón. La soledad no es un bien en sí.
Es un bien «para algo» y «para alguien», es un solar sobre el que construir mejor la propia alma o una
huerta para producir frutos que otros puedan comer
En realidad -y volvemos a lo de siempre- sólo se está solo de veras cuando se ama. Esa es la
soledad sonora, la que nos empuja mejor hacia los demás. La soledad del egoísmo es una laguna seca.
¿Y el signo visible que distingue a una de la otra? Es la alegría. La soledad fecunda no es triste. La
tristeza es siempre soledad amarga. Dios está alegre ---o, mejor: «es» alegre- porque vive en
soledad creando y fecundando. Quien en la soledad mira su propio ombligo no imita a Dios, sino al
demonio, que vive la más infecunda de las soledades
35. La alternativa
«Ahora los cohetes de la humanidad llegan muy alto, pero el corazón de las personas creo que
está a la altura de los pies de los escarabajos.»
Acabo de leer esta frase en el ejercicio de redacción de una niña de doce años a quien su
profesor pidió que describiera cómo veía ella este mundo al que los adultos la estamos empujando. Y
la frase me ha dejado literalmente sin respiración. ¿Es cierto que el corazón de la humanidad está
por los suelos y que hemos entrado ya de pleno en «la civilización del desamor» que Pablo VI veía en
el horizonte? La idea me asalta en esta víspera del Corpus, que los cristianos llamamos ahora «Día de
la caridad», y me pregunto a mí mismo si no hay en esta celebración algo de la desesperación del
náufrago que agita su pañuelo para ser visto por el lejanísimo barco que no le verá nunca.
¿Estaremos ya, para el amor, en la hora veinticinco, definitivamente encolados en una humanidad de
congeladores?
Recientemente tuve que preparar un trabajo sobre el tema del amor en la literatura
contemporánea y experimenté una muy parecida sensación de vértigo. Kafka me explicaba que «los
hombres somos extranjeros sin pasaporte en un mundo glacial». Malraux aseguraba que «en los
rincones más profundos del corazón están agazapadas la tortura y la muerte». Lawrence, el gran
cantor del erotismo, aseguraba que el amor deja siempre «un amargo sabor de ceniza en los labios».
Para Sartre no podía existir la verdadera fraternidad porque «el infierno son los otros». La Sagan
aseguraba que «el amor es una carrera en medio de la niebla. Los que aman no son amados. Los que
son amados, aman a su vez, pero a otros. Y tampoco son correspondidos». El mismo Brecht, tan
entusiasta buscador de la justicia, decía que el hombre no la encontraría jamás: «Un día el hijo de la
pobre subirá a un trono de oro. Y ese día es el día que nunca llegará». Kazantzakis se atrevía a creer
que el hombre posee el amor y que lo lleva «como una gran fuerza explosiva, envuelta en nuestras
carnes, en nuestras grasas, sin saberlo. Pero el hombre no se atreve a utilizarlo porque teme que le
abrase. Y así lo deja perder poco a poco, lo deja a su vez convertirse en carne y grasa». Y, para
colmo, llegaba Ugo Betti y resumía todo esto en un feroz epitafio. «No es verdad que los hombres
nos amemos. Tampoco es verdad que nos odiemos. Nos desimportamos aterradoramente.»
¿Era todo esto verdad? Si la novela es un espejo que va por un camino, ¿era nuestro camino ese
«desierto del amor» que la novela moderna reflejaba? ¿No quedaba, entonces, más salida que
aceptar el cínico consejo de Frangoise Sagan: embarcarse «en la misericordiosa vía de la mentira»?
Ciertamente, si uno levanta los ojos sobre el mundo siente pron- to la amarga quemadura: los
pueblos ricos son cada vez más ricos a costa de que los pobres sean cada vez más pobres; los países
occidentales gastan cada día en armamento más de lo que África consume cada año en comida; la
violencia crece y los asesinos «reivindican» sus muertos como si se tratase de un récord o una
condecoración; ya tres quintas partes del mundo ponen ojos complacientes ante el aborto y se
disponen a encontrar las razones suavizantes para legalizar la eutanasia
Estamos en plena estampida del egoísmo. Y los países que van en cabeza son los que presumen de
más cultos y civilizados. A mayor nivel de renta existe menos acogida del forastero y del extraño. A
mayor cultura se hace más densa la soledad. A la Europa alegre y confiada de los años sesenta le ha
bastado el latigazo del petróleo para que, de pronto, los negocios de seguridad se convirtieran en los
más rentables. Abres el periódico y lo encuentras lleno de anuncios de cerrojos, puertas
abarrotadas de «puntos fuertes», candados, alarmas, sprays defensivos. Hay que rellenar docenas
de papeles a la puerta de los ministerios porque cualquier visitante puede ser un terrorista. Todos
hemos levantado el puente levadizo de nuestro co- razón y exigimos pasaporte a cualquiera que
intente penetrar en la tierra de nuestra amistad. Hace ahora treinta años Bernanos se marchó a
vivir a Brasil porque le habían explicado que en una región de este país las casas no tenían
cerraduras: ¡Aquello -pensó el es- critor- debía de ser el paraíso! Hoy ¿encontraría un rincón del
planeta donde la confianza fuese la primera ley?
Y a todo esto, ¿qué hacemos los cristianos? Porque es a los cristianos a quienes hoy --día del
Corpus- yo quiero hablar. Los obispos españoles -¿ingenuos?, ¿optimistas?- han publicado para esta
fecha un documento del que he tomado el título de este artículo. «Una comunidad que practica el
amor -dicen- es la alternativa de una sociedad que se organiza en estructuras injustas.» Porque no
sólo en lo político hay alternativas. Las hay en lo social. Las hay en lo ético. Y es ahí donde los
obispos -¿ingenuos?, ¿optimistas?- esperan que los cristianos seamos la alternativa de los egoístas
Pero uno tiene que confesar que hace falta coraje para mantener esa esperanza después de dos
mil años de historia cristiana. Cuando uno termina de leer el Evangelio ha de concluir que,
lógicamente, la historia de la Iglesia, que trata de realizarlo, no podrá ser otra cosa que una historia
de amor. Pero cuando uno termina de leer la historia de la Iglesia sabe que no ha sido así
Uno querría pensar que pueblos como el nuestro, que tanto ha presumido de estar empapado de la
savia cristiana, tendrían que ser un ejemplo vivo de convivencia, fraternidad y antiegoísmo. Uno
querría esperar, que al menos, habríamos desterrado de nuestro país la soledad y el hambre, aunque
sólo fuera por aquello que dice Don Quijote de que «el mayor contrario que el amor tiene es el
hambre». Cierto: donde hay amor, no hay hambre; donde hay hambre, no hay amor
Pero uno sabe que el español es duro y arisco, que el Evangelio ha pasado sobre nuestra piel como
pasa el agua del río sobre los guijarros: sin empapar su interior. Uno sabe que no hay desgracia
mayor que ser pobre en Granada, parado en Orense, minusválido en Madrid, emigrante en Bilbao o
alcohólico en Barcelona. Uno sabe que, desgraciadamente, no hay una relación directa entre el
número de personas que van a misa en una ciudad y el nivel de felicidad que se disfruta en sus
suburbios
Uno piensa, incluso, que pocos pueblos tendrán en su refranero -que dicen que es un resumen de
la sabiduría popular- tal medida de anticaridad. «De fuera vendrá quien de casa te echará.»
«Parientes y trastos viejos, pocos y lejos.» «Por la caridad entra la peste.» «Quien da pan a perro
ajeno, pierde pan y pierde perro.» «Piensa mal y acertarás.» «Cría cuervos y te sacarán los ojos.»
«La caridad bien entendida empieza (¿y termina?) por uno mismo.» «El que roba a un ladrón tiene
cien años de perdón.» Y hasta -¡qué generosidad!- «cada uno para sí y Dios para todos»
Pero difícilmente será Dios para aquellos que vivan para sí. Dios no está en el infierno. Y el
infierno es el egoísmo, aquel lugar en el que ya nadie ama a nadie. ¿Será, entonces, el infierno
simplemente la perfección total y definitiva de la civilización que estamos construyendo?
Whitman lo dijo muy hermosamente:
Todo el que anda cien metros sin amor
se dirige a sus propios funerales
con el sudario puesto
Así camina nuestra civilización de cadáveres. Cadáveres obsesio- nados en poner cerrojos a sus
tumbas para que nadie les robe los trozos de muerte que tan avaramente han atesorado. Cadáveres
que hoy, tal vez, recibirán el Cuerpo de Cristo y serán capaces de con- gelar tanto fuego
36. La cruz y el bostezo
El novelista Shusaku Endo -creo que el primer japonés que haya escrito una vida de Cristo.- ha
subrayado que las páginas evangélicas que narran la muerte de Jesús «superan en calidad a las
muchas obras maestras trágicas de la historia literarias. Y yo quisiera añadir aquí otro elogio a éste:
el de que los escritores evangélicos no hayan caído en la trampa de la grandilocuencia; el de que, aun
narrando una gran tragedia, no hayan dejado ni por un momento de pisar tierra, ciñéndose al más
cotidiano realismo
La tentación no era pequeña y en ella tropezaron con frecuencia incluso los más grandes trágicos
de la Antigüedad: su afán de retratar las grandes pasiones humanas les hacía olvidarse muchas
veces de que éstas sólo afloran en el mundo muy ocasionalmente; y que casi siempre, junto a la gran
pasión, existe toda una corte de pequeñas tonterías
Para el narrador evangélico, en torno a jesús, la gran víctima, giraba toda una corte de
personajes que parecían los arquetipos de toda gran tragedia humana: judas, la traición; Pilato, la
cobardía; Herodes, la lujuria; Caifás, la hipocresía; María, el amor sin mancha; Magdalena, el amor
arrepentido. Todas las grandes pasiones estaban allí representadas. ¿Y dónde quedaba sitio para la
estupidez, para la vulgaridad, para el bostezo? Los psicólogos -y los dramaturgos modernos lo han
aprendido bien- saben que en la raza humana nunca existe mucha alta tensión acumulada y que junto
a cada drama hay siempre un mar de mediocridad y de aburrimiento. ¿Es que no los hubo en el drama
de¡ Calvario?
Una lectura atenta de los Evangelios permite descubrir mil pequeños detalles de esta zona gris y
miserable de la condición humana. Pero yo quisiera en estas líneas subrayar uno solo que hace
muchos años sacudió mi conciencia. me refiero al largo aburrimiento de los soldados que crucificaron
a Jesús y que se prolongó las tres largas horas de su agonía
Recuerdo que hace años, leyendo aquella frase en que se dice que los soldados «se sortearon» la
túnica de jesús, la cabeza se me pobló de preguntas: ¿con qué la sortearon? ¿Y de dónde salieron los
eventuales dados o tabas que seguramente se usaron en el sorteo y que luego la tradición popular ha
inmortalizado? Porque la gente no suele llevar habitualmente -salvo si se trata de jugadores
empedernidos- dados o tabas en los bolsillos. Sólo cuando hemos de ir a un sitio en que calculamos
que vamos a tener muchas horas muertas nos proveemos de juegos con que acortar ese tiempo en
blanco
Así les ocurrió, sin duda, a estos soldados. Ellos sabían ya, por experiencia, que las crucifixiones
eran largas, que los reos no terminaban nunca de morir, que la curiosidad de la gente se apagaba
pronto y que luego les tocaba a ellos bostezar tres, cuatro horas al pie de las cruces. ¡Se
defenderían jugando!
Porque sería ingenuo pensar que aquellos matarifes vieron la muerte de Jesús como distinta de
las muchas otras en las que les había tocado colaborar. Era, sí, un reo especial; no gritaba, no
insultaba. Pero ellos habían conocido sin duda ya a muchos otros locos místicos ajusticiados que
ofrecían su dolor por quién sabe qué sueños. Y conocían a muchos otros que llegaban a la cruz tan
desguazados que ni fuerza para gritar tenían
Jesús era, para ellos, uno más. Incluso les extrañaba que se diera a su muerte santísima
importancia. ¿Por qué habían venido tantos sacerdotes? ¿A qué tantas precauciones si a la hora de la
verdad este galileo no parecía tener un solo partidario? En el fondo a ellos les habría gustado tener
un poco de «faena». Pero ni el reo ni los suyos se habían resistido. Habían hecho su trabajo
descansada y aburridamente. A ellos, ¿qué les iba en el asunto? Eran -según la costumbremercenarios sirios, egipcios o samaritanos que desconocían la lengua hebrea de los ocupados y
malchapurreaban el latín de los ocupantes. Ni entendían los insultos de quienes rodeaban al
ajusticiado ni acababan de comprender las frases que éste musitaba desde la cruz. No sufrían por
ello. Sabían sólo que el trabajo extra de una crucifixión aumentaba su soldada y soñaban ya con que
todo acabase cuanto antes para ir a fundir sus ganancias en la taberna o el prostíbulo. ¡A ver si
había suerte y hoy los crucificados cumplían muriéndose cuantos antes! Sacaron sus dados, se
alejaron un par de metros de la cruz para evitar las salpicaduras del goteo -¡tan molesto!- de la
sangre y se dispusieron a matar la tarde
Siempre me ha impresionado la figura de estos soldados que -a la hora en que gira la gran página
de la Historia y a dos metros de la cruz en tomo a la que va a organizarse un mundo nuevo-- se
dedican aburridamente a jugar a las canicas. Son, me parece, los mejores representantes de la
Humanidad que rodea al Cristo mu- riente. Porque en el mundo hay -y siempre ha habido-- más
aburridos, mediocres y dormidos que grandes traidores, grandes hipócritas, grandes cobardes o
grandes santos
Llevo todos los años que tengo de vida formulándome a mí mis- mo una pregunta a la que no he
encontrado aún respuesta.- ¿el hombre es bueno o malo? ¿La violencia del que toma la metralleta y
asesina es parte de la condición y la naturaleza humana o es simplemente tina ráfaga de locura
transitoria que «está» en el hombre, pero no «es» del hombre? ¿Y el gran gesto de amor: la madre
que muere por salvar a su hijo, el que entrega su sangre por ayudar a un desconocido, es también
parte de la raíz humana o es un viento de Dios que se apodera transitoriamente del hombre?
La respuesta que con frecuencia llega a mi cabeza es ésta.- no, el hombre no es bueno ni malo;
el hombre es, simplemente, tonto. O ciego. O cobarde. O dormido. Porque la experiencia nos enseña
que por cada horrible que mata y por cada hombre que lucha para evitar la muerte hay siempre, al
menos, mil humanos que vegetan, que no se enteran, que bostezan
El mayor drama de Cristo no me ha parecido nunca su muerte trágica, sino la incomprensión de
que se vio rodeado. sus apóstoles no acabaron antes de su muerte de enterarse de quién era; las
multitudes que un día le aclamaron le olvidaron apenas terminados los aplausos; los mismos enemigos
que le llevaron a la muerte no acaba- ban de saber por qué le perseguían; sus mejores amigos se
quedaron dormidos a la hora de su agonía y huyeron al acercarse las tinieblas
¿Y hoy, veinte siglos después? ¿Creen los que dicen que creen? ¿No son, en definitiva,
coherentes quienes en estos días de Semana Santa huyen a una playa, puesto que son los mismos
que habitualmente dormitan o bostezan en misa? Solemos creer que el mundo moderno se pudre por
los terroristas, los asesinos o los opresores. Me temo que el mundo esté pudriéndose gracias a los
dormidos, gracias a que en cada una de nuestras almas hay noventa y cinco partes de sueño y
vulgaridad y apenas cinco de vida y de lucha por el bien y por el mal
De aquí el mayor de mis asombros-. ¿cómo pudo Cristo tener el coraje de morir cuando desde su
cruz veía tan perfectamente repre- sentada a la Humanidad en aquellos soldados que jugaban a los
da- dos? ¿El gran fruto de su redención iba a ser una comunidad de bostezantes? Morir por una
Iglesia ardiente podía resultar hasta dulce. ¡ Pero . morir por aquello!
Así entró en la muerte: solo y sabiéndose casi inútil. Tenía que ser Dios -un enorme y absurdo amorquien aceptaba tan estéril locura. Agachó la cabeza y entró en el túnel de nuestros bostezos. Lo
último que vieron sus ojos fue una mano -¡ah, qué divertida!- que tiraba los dados
37.
¡ Soltad a Barrabás !
Desde hace varios años la paredes de nuestras ciudades se han llenado de pintadas que
repiten martilleantes: «¡Soltad a Barrabás!» Porque en nuestro tiempo la fuerza y la violencia se han
adueñado ya de los corazones y aspiran a terminar por apoderarse del mundo
Y Barrabás, con diversos nombres de derecha o de izquierda, de golpismo o terrorismo, sigue
teniendo miles de seguidores que le prefieren al pacífico Cristo, a todos los pacíficos
Y es que aquel lejano Viernes Santo no podía faltar, en el enfrentamiento entre el bien y el mal, un
choque frontal entre pacifismo y violencia
Creo que durante siglos se ha ofrecido a los cristianos una visión excesivamente despolitizada
del tiempo y la tierra en que vivió Cristo. Por el afán de separar a Cristo de las fuerzas políticas se le
situaba en una especie de limbo humano, de babia terrestre con más azúcar que realidad
Hasta los racionalistas -Renán más que nadie- se inventaban una Palestina idilica, que tenía
aire más de una Suiza romántica que de la ácida y arisca nación judía que Jesús conoció
Hoy los investigadores -yéndose casi al otro extremo- dibujan el tiempo y la tierra de Jesús
en un tenso clima revolucionario o pre-revolucionario, que parece acercarse.rnás a lo que los
Evangelios muestran, ya que si hay en ellos un --externamente- manso Sermón de la Montaña, no
dejan de dibujar la alta tensión sociopolítica del tiempo de Jesús, que era más «tiempo de espadas»
que época de tulipanes
La Palestina en que vivió Jesús no era El Salvador de hoy, pero tampoco se reducía a ovejitas
de nacimiento y lirios del campo. Era tierra oprimida por un invasor. Era un pueblo orgulloso, poseído
de su grandeza y de su destino, que vivía bajo la bota opresora de Roma y que no cesaba de forcejear
contra ella. Jesús aparece en la historia en medio de toda una cadena de estallidos de rebeldía que
los romanos ahogaban sistemáticamente en sangre
Y era precisamente Galilea la tierra madre de esos revoltosos hambrientos de libertad. Los
montes que rodeaban el lago de Genezareth y sus pueblos limítrofes eran cuna de cientos de
guerrilleros, que como tal podrían definirse con justicia los zelotes de la época. Hombres poseídos de
la conciencia de que su pueblo era el elegido (hoy diríamos que eran de extrema derecha) y siempre
dispuestos a defender la libertad de Israel con la violencia si era imprescindible
Que al aparecer Jesús predicando el reino de Dios suscitase esperanzas entre todos estos
grupos era inevitable. Que muchos creyeran ver en 61 al caudillo esperado y que interpretaran al
Mesías como un liberador temporal era simplemente lógico
Y todo hace pensar que en el grupo de discípulos de Jesús fueran bastantes los que provenían
de este grupo zelote. Lo era casi con certeza Simón el Cananeo, palabra esta última sinónima de
zelote. Es muy verosímil que «los hijos del trueno», mote con que se apodaba a Santiago y a Juan, no
fuera sino un alias guerrillero. No son pocos los exégetas que hoy traducen por «el terroristas el
apellido Barjona que Jesús da a Pedro
Y las versiones actuales hacen derivar el nombre del Iscariote no, como se decía, de una
supuesta ciudad de Keriot de la que no existe rastro, sino de la palabra «sicario», que provenía de la
«sica», el pequeño puñal curvo que muchísimos judíos de la época de Jesús llevaban bajo sus mantos.
¿Y cómo no recordar las actitudes violentas de algunos discípulos de Jesús que piden fuego del cielo
para los enemigos de Cristo o que portan espadas a la hora de una pacífica cena pascual?
Pero es la escena de Barrabás la que mayormente sitúa a Jesús ante el gran dilema de la paz
o la violencia. San Mateo le presenta simplemente como un «preso notable». San Marcos dice que
«estaba en prisiones junto con otros amotinados que en el motín habían perpetrado un homicidio.
Algo parecido dice San Lucas. Y Juan le presenta como «un salteador». No parece que haya que
forzar los datos bíblicos para -atendiendo a la realidad histórica de la época - verle mucho más como
un terrorista político que como un criminal común
Y esta visión clarifica definitivamente el griterío de la multitud prefiriéndole a Jesús. Porque
era comprensible que los sumos sacerdotes pidieran la muerte de Jesús. No tanto que la pidiera un
pueblo que -aparte de simpatizar con él- estaba bastante lejos de los fariseos y más de los saduceos
colaboracionistas con el invasor
Es bastante más lógico pensar que, en los gritos de la multitud, Jesús fue víctima de una
coincidencia de intereses: apoyaban los unos al caudillo independentista Barrabás; excluían los
poderosos a un Jesús que amenazaba su religiosidad hipócrita. Jesús quedaba así aplastado entre la
astucia y la violencia, descalificado por los unos y los otros como un visionario iluso, como un pacifista
estéril, como alguien que cometió la suprema locura de predicar y creer en el amor
Los judíos del tiempo de Jesús querían ante todo su libertad como pueblo y sabían muy bien
que, en este mundo, no es el amor el que construye los imperios. Al preferir la ley de la fuerza no
hacían una cosa muy diferente de la que hoy hacemos los hombres de todos los países. Como dice
Bruckberguer, practicaban «la ley de la guerra humana, la ley de judas. venceremos porque somos los
más fuertes»
Muchos -Judas entre ellos- siguieron a Jesús mientras vieron en 61 una palanca contra el
invasor: ¿qué no podría hacerse teniendo al frente a un hombre que hacía milagros y podía disponer
de legiones de ángeles? Pero pronto se desilusionaron ante unos discursos que hablaban de poner la
otra mejilla
De estas palabras de Jesús decían sus contemporáneos lo mismo que un muy famoso escritor
acaba de decir del viaje del Papa a España.- que «fue innocuo, ya que se limitó a una sucesión de
fervorines». Hubieran preferido que Jesús fuera un «realista político» y se encontraban
simplemente con alguien que creía en la verdad y en la conversión interior
No hablaba de estructuras -aun cuando pusiera las bases morales que derribarían
pacíficamente con el tiempo las podridas estructuras de su época-. Tenía paciencia ante el mal. No
incitaba a la resignación, pero prefería morir a sacar la espada de la vaina
Para la mayoría de los hombres el triunfo humano queda por encima de sus fuerzas. Para
Jesús ese triunfo quedaba muy por debajo de sus ambiciones y deseos. El quería la libertad, pero no
la limitaba a sacudiese de encima a los romanos
Me impresiona ver cuántos seguidores tiene Barrabás en la Iglesia contemporánea. Durante
muchos años he compartido con muchos amigos míos el esforzado combate por la paz. ¿Cómo no
asombrarme ahora al verles defensores de tantas formas de violencia, simplemente porque ha
cambiado el signo de sus adversarios?
Hace veinte años se partía del Evangelio para construir la teoría de la no violencia activa. Hoy
parten muchos de ese mismo Evangelio para escribir la teología de la revolución armada. Y no puedo
menos de asombrarme al ver a amigos ayer adoradores de Gandhi y Martín Lutero King que ahora han
pasado a dar culto a «Che» Guevara y a otros guerrilleros de la metralleta. ¿Se darán cuenta de que
al pasar de la lucha por la paz a la violencia sangrienta están prefiriendo, una vez más, a Barrabás y,
con ello, condenando de nuevo a Cristo?
No basta con no estar de parte de los opresores. Si por separarnos de Pilato, Caifás y
Herodes caemos en la órbita de Barrabás, seguimos estando a kilómetros de Cristo. Decía Bernanos
que «el papel de los mártires -pudo decir «de los cristianos»- no es comer, sino ser comidos»
El Viernes Santo, Barrabás partió hacia las montañas para capitanear un grupo de
«libertadores». Jesús «sólo» subió a la cruz. Pero hoy sabemos que el «brillante radicalismos de los
celotes llevó a muertes y más muertes, hasta que, en el año 70, no sólo ellos, sino gran número de
compatriotas inocentes, fueron pasados a sangre y fuego por los romanos
Mientras que la aparente ineficacia de la muerte de Jesús aún sigue siendo un volcán de amor
en millones de almas y, lo que es más importante, nos ha salvado a todos
38. Ante el Cristo muerto de Holbein
Un día de abril de 1867 un matrimonio de recién casados pasea por las salas del museo de
Basilea. El hombre es flaco y rubio, de rostro rojizo y enfermo, pálidos labios que se contraen
nerviosamente, pequeños ojos grises que saltan inquietos de un objeto a otro, de un cuadro a otro. Es
el rostro de un hombre a la vez vertiginosamente profundo e impresionable como un chiquillo.
Ahora se ha detenido ante el Cristo en el sepulcro, de Holbein. Los ojos del hombre parecen
ahora magnetizados por ese terrible muerto metido en un cajón que aparece en el cuadro. Es -dirá él
muchos años más tarde- «el cadáver de un hombre lacerado por los golpes, demacrado, hinchado, con
unos verdugones tremendos, sanguinolentos y entumecidos; las pupilas, sesgadas; los ojos, grandes,
abiertos, dilatados, brillan con destellos vidriosos»
Es un cuerpo sin belleza alguna, sometido al más dramático dominio de la muerte. Y el hombre,
al verlo, tiembla. Su mujer se ha vuelto hacia él y percibe su rostro dominado por el pánico. Teme que
le dará un ataque. Y el hombre musita en voz baja. «Un cuadro así puede hacer perder la fe.» Luego
se calla y continúa la visita al museo, como un sonámbulo, sin ver ya lo que contempla. Y, al llegar a la
puerta, como atraído magnéticamente, regresa de nuevo al cuadro de Holbein
Se queda largos minutos ante él, como si quisiera taladrarlo en su alma. Luego, cuando se va,
tiene en el hotel uno de los más dramáticos ataques epilépticos de su vida. Es un escritor de cuarenta
años. Se llama Fedor Mikailovich Dostoievski. Un año antes ha publicado una novela titulada Crimen y
castigo. Pero sabe que lo que dividirá su vida en dos es la contemplación de ese Cristo muerto de
Holbein, que ya jamás podrá olvidar
Meses más tarde, cuando está escribiendo El idiota, la visión de ese Cristo sigue aún
persiguiendo al escritor. Y una reproducción del «cajón» de Holbein aparece en la casa de Rogochin,
uno de sus personajes. Y el protagonista, príncipe Mischkin, repetirá las palabras que el propio
Dostoievski dijera en Basilea a su mujer. «Ese cuadro puede hacer perder la fe a más de una
persona.» Y páginas más tarde explicará el propio novelista el por qué de esta frase
En otras visiones de Cristo muerto los autores le pintan «todavía con destellos de
extraordinaria belleza en su cuerpo», pero en el cuadro de Holbein «no había rastro de tal belleza;
era enteramente el cadáver de un hombre que ha padecido torturas infinitas antes de ser
crucificado, heridas, azotes; que ha sido martirizado por la guardia, martirizado por las turbas,
cuando iba cargado con la cruz». «La cara está tratada sin piedad, allí sólo hay naturalezas. Ante un
muerto así, se descubre «qué terrible es la muerte, que se aparece, al mirar este cuadro, como una
fiera enorme, inexorable y muda, como una fuerza oscura e insolente y eternamente absurda, a la que
todo está sujeto y a la que nos rendimos sin querer»
Estos descubrimientos han conducido a Dostoievski -acostumbrado, como ortodoxo, a ver
Cristos siempre celestes, jamás pintados en la crueldad naturalista de un cadáver- a formularse dos
preguntas vertiginosas: «Si los que iban a ser sus apóstoles futuros, si las mujeres que lo seguían y
estuvieron al pie de la cruz vieron su cadáver así, ¿cómo pudieron creer, a la vista de tal cadáver, que
aquel despojo iba a resucitar?»
Y una segunda aún más agria. «Si aquel mismo Maestro hubiera podido ver la víspera de su
suplicio ésta su imagen de muerto, ¿se habría atrevido a subir a la cruz?»
He usado ya dos veces en este artículo la palabra «vértigo, vertiginoso». Nunca sé escribir en
la Semana Santa sin emplearla. Siento, efectivamente, cuando a ella me acerco, que el alma me da
vueltas, que algo tiembla dentro de mí, como se vio convulsionada el alma de Dostoievski ante la
realidad de la muerte de Cristo. ¿Cómo podría hacer literatura sobre ella? ¿Cómo esquivar la
sensación de que estamos asomándonos a un abismo?
Desde hace muchos siglos venimos defendiéndonos de la pasión de Cristo con toneladas de
crema y sentimentalismo. Ahora nos defendemos con playas y excursiones. Porque si realmente
creyéramos, si tomáramos mínimamente en serio la realidad de que un Dios ha muerto, ¿no
sufriríamos todos, al pensarlo, ataques de terror como el de Dostoievski? ¿No vacilaría nuestra fe o,
cuando menos, el delicado equilibrio sobre el que todos hemos construido nuestras vidas, aunando una
supuesta fe con nuestra comodidad? ¿Cómo lograríamos vivir en carne viva, ya que la simple idea de la
muerte de Dios, asumida como algo real, bastaría para despellejarnos?
Ahora está muy de moda mirar con desconfianza preocupada la «teología de la liberación, ver
en ella terribles peligros de herejía. Yo tengo que confesar que la que a mí me preocupa es la
«teología de la mediocridad que viene imperando hace siglos entre los creyentes. La teología que
reduce la cruz a cartón piedra, la muerte de Cristo a una estampa piadosa, el radicalismo evangélico a
una dulce teoría de los términos medios. La teología que ha sabido compaginar la cruz y la butaca; la
que encuentra «normal» ir por la mañana a la playa y por la tarde a la procesión, o la que baraja el
rezo y la injusticia. Una teología de semicristianismos, de evangelios rebajados, de bienaventuranzas
afeitadas, de fe cómodamente comprada a plazos.
La que junta sin dificultades la idea de la Semana Santa con la de vacaciones. La que sostiene
que los cristianos debemos ser "moderados", que hemos de tomar las cosas «con calma»; que conviene
combatir el mal, «pero sin caer por nuestra parte en excesos»; la que echa toneladas de vaselina
sobre el Evangelio, pone agua al vino de la muerte de Cristo, no vaya a subírsenos a la cabeza.
La dulce teología de la mecedora o de la resignación. La que nunca caerá en la violencia, porque ni
siquiera andará. La que piensa que Cristo murió, sí, pero un poco como de mentirijillas, total sólo tres
días
Vuelvo ahora los ojos a este Cristo de Holbein y sé que este muerto es un muerto de veras.
Sé también que resucitará, aunque ese triunfo final no le quita un solo átomo de espanto a esta hora
Veo su boca abierta que grita de sed y de angustia, su nariz afilada, sus pómulos caídos, sus
ojos aterrados. Este es un muerto-muerto, un despojo vencido, algo que se toma o se deja, se cree o
no se cree, pero nunca se endulza. Veo este pobre cuerpo destrozado y sé que el Maestro «lo vio»
antes de subir a la cruz, sé que él es el único hombre que ha podido recorrer entera su muerte antes
de padecerla, el ser que más libremente la asumió y aceptó, que se tragó entero este espantoso
hundimiento, esta «fuerza oscura, insolente y eternamente absurda que nos vencerá a todos y que
sólo gracias a él nosotros venceremos
Sé que después de verla v conocerla "se atrevió" a subir a la cruz, inclinando su cabeza de
Dios, haciéndola pasar por el asqueante y vertiginoso túnel de la muerte más muerta
Por eso creo en Él. Esta espantosa visión me aterra, como aterró a Dostoievski; pero no me
hace vacilar en mi fe; más bien me la robustece. Porque una locura de tal calibre sólo puede hacerse
desde un amor infinito, siendo Dios
Un amor tan loco que ahora le sigue llevando a algo mucho peor que 1a muerte: a la tortura
diaria de ser mediocrizado, suavizado, recortado, amortiguado, reblandecido, vuelto empalagoso,
empequeñecido, falsificado, reducido, hecho digerible todas las Semanas Santas -para que no nos
asuste demasiado- por nuestra inteligente y calculadora comodidad
39. Dedicarse a los hijos
Me encuentro con mis vecinos, que parten para vacaciones, cuan- do cargan en su coche maletas,
bártulos, balones, esa montaña de cosas que en el último momento parecen imprescindibles, y le digo
a Alfonso:
-¿Te llevarás la caña de pescar, eh?
Lo sé. Es su vicio. El que le hace escaparse cada domingo en busca de los ríos trucheros
-No -me dice-; este verano, nada de cañas de pescar. -¿Te llevarás, al menos, la raqueta de tenis?
-insisto. -Tampoco. Este verano ni pesca ni tenis. Este verano voy a
dedicarme a mis hijos
Y Mari Carmen, su mujer, me explica que el verano para ellos es un «rollo» tremendo, que en la
playa que visitan se aburren infinitamente, porque no hay otra cosa que ir dé la playa al apartamento
y de¡ apartamento, incomodísimo, a la playa. ¡Pero, en cambio, los niños . ! Ellos, sí, la gozan. Y sus
padres piensan que bien vale la pena «dedicarse» todo el mes a que sus peques sean felices
Voy a poner un sobresaliente en mi cuaderno de apuntes a mis vecinos. ¿Qué mejor oficio para las
vacaciones que «invertirlas» en querer y quererse? Porque la peste número uno de este planeta que
habitamos es que, quién más y quién menos, ya todos hacemos tan- tas cosas que olvidamos las
fundamentales. Ganamos mucho dinero, nos dedicamos tan apasionadamente a organizar el futuro de
nuestros hijos que hasta nos olvidamos de hacerles felices en el presente
Yo no olvidaré nunca aquella conmovedora escena de Nuestra ciudad, de Thornton Wilder, en la
que autorizaban a los muertos a regresar un día al planeta de los vivos y revivir una jornada, la que
ellos prefieran, entre cuantas en la tierra vivieron. Y casi ninguno se atreve a hacerlo. Salvo la
pequeña Emily, que se empeña en volver, a vivir el día en que cumplió en el mundo nueve años. Los
muertos tratan de convencerla de que no regrese, pero Emily es terca. Y vuelve
Y ahí la vemos, con sus nueve años recién cumplidos, bajando la escalera de su casa, con su
vestido nuevo y sus rizos recién peina- dos, esperando el grito de alegría que dará su madre cuando
la vea tan guapa. Pero su madre está ocupadísima en preparar la tarta del aniversario y la merienda,
a la que vendrán todas las amigas de su hija. Y ni siquiera mira a la pequeña. «Mamá, mírame», grita
Emily, «soy la niña que cumple hoy nueve años». Pero la madre, sin mi- rarla, responde. «Muy bien,
guapa, siéntate y toma tu desayuno.» Emily repite: «Pero mamá, mírame, mírame.» Pero su madre
tiene tanto que hacer que ni la mira. Luego vendrá su padre, preocupado por santísimos problemas
económicos. Y tampoco 61 mirará a su hija. Y no la mirará el hermano mayor, volcado sobre sus
asuntos. Y Emily suplicará en el centro de la escena: «Por favor, que alguien se fije en mí. No
necesito pasteles, ni dinero. Só1o que alguien me mire.» Pero es inútil. Los hombres, ahora lo
descubre, no se miran, no reparan los unos en los otros. Porque no les interesa a ninguno lo del otro.
Y, llorando, regresa Emily al mundo de los muertos, ahora que ya sabe que estar vivo es estar ciego
y pasar junto a lo más hermoso sin mirarlo
¿Tendremos nosotros que esperar a la muerte para descubrirlo? ¿Será preciso que un hijo se
muera para que sus propios padres des- cubran que es lo mejor que tienen?
Hugo Betti escribió una frase que a mí me viene persiguiendo desde hace muchos años: «No dice-, no es verdad que los hombres se amen. Tampoco es verdad que los hombres se odien. La
verdad es que los hombres nos desimportamos los unos a los otros aterradoramente.»
Es cierto, sí. Ni siquiera llegamos al odio. O tal vez, como decía Bernanos, «el verdadero odio sea
el desinterés»; quizá el asesinato perfecto sea el olvido
Por eso -¡y ya es terrible!- se me convierte en noticia el que un padre vaya a dedicar
íntegramente su mes de vacaciones a no hacer nada más que dar felicidad a sus pequeños, que olvide
sus negocios y sus preocupaciones, que no crea que es más importante decidir si podrá comprarse
coche nuevo este otoño que pasarse las horas bobas haciendo dulcemente el tonto jugando con sus
críos en la playa. Que esté con ellos las veinticuatro horas del día, aunque sólo sea para «reparar» la
forzosa separación que su esclavitud laboral le impone en los inviernos, en los que sólo puede verlos
cuando ya están dormidos
Cuando mis amigos vuelvan de vacaciones ya sé que tendrán poco que contar. Habrán hecho
castillos en la arena, se habrán reído mucho. Y sus hijos estarán más cerca de ellos. ¿Hay veraneo
mejor?
40. El rostro y la máscara
En el mundo hay dos clases de hombres: los que valen por lo que son y los que sólo valen por los
cargos que ocupan o por los títulos que ostentan. Los primeros están llenos; tienen el alma
rebosante; pueden ocupar o no puestos importantes, pero nada ganan realmente cuando entran en
ellos y nada pierden al abandonarlos. Y el día que mueren dejan un hueco en el mundo. Los segundos
están tan llenos como una percha, que nada vale si no se le cuelgan encima vestidos o abrigos.
Empiezan no sólo a brillar, sino incluso a existir, cuando les nombran catedráticos, embajadores o
ministros, y regresan a la inexistencia el día que pierden tratamientos y títulos. El día que se
mueren, lejos de dejar un hueco en el mundo, se limi- tan a ocuparlo en un cementerio
Y, a pesar de ser así las cosas, lo verdaderamente asombroso es que la inmensa mayoría de las
personas no luchan por «ser» alguien, sino por tener «algo»; no se apasionan por llenar sus almas,
sino por ocupar un sillón; no se preguntan qué tienen por dentro, sino qué van a ponerse por fuera.
Tal vez sea ésta la razón por la que en el mundo hay tantas marionetas y tan pocas, tan poquitas
personas
La gente tiene en esto un olfato magnífico y sabe distinguir a la perfección a los ilustres de los
verdaderamente importantes. Ante los primeros dobla, tal vez, el espinazo; ante los segundos, el
corazón. De ahí que no siempre coincidan la fama y la estimación. Hay Universidades en las que los
alumnos saben que deben despreciar al rector, si verdaderamente es un mequetrefe aupado, y
valorar a aquel adjunto que tiene el alma llena. Y hay empresas o ministerios en los que presidente o
ministro son el hijo de papá o el enchufado
de turno que sirven de pim-pam-pum de todas las ironías, mientras sus secretarios son queridos por
todos
Pero lo grave de¡ problema es que, aunque todos sabemos que la fama, el prestigio y el poder
suelen ser simples globos hinchados, nos pasemos la mitad de la vida peleándonos por lo que sabemos
que es aire
Un hombre, pienso yo, debería tener un ideal central: realizarse a sí mismo, construir su alma,
tenerla viva y llena. Preocuparse, sí, por la comida, porque aun los genios tienen que alimentarse un
par de veces al día («para que no se corrompa el subyecto», como decía San Ignacio), pero sabiendo
muy bien que todas las mandangas de este mundo no le añadirán ni un solo codo a su estatura
Oscar Wilde escribió algo terrible y certerísimo. «Un hombre que aspira a ser algo separado de
sí mismo -miembro del Parlamento, comerciante rico, juez o abogado célebre o algo igualmente
aburrido-- siempre logra lo que se propone. Este es su castigo. Quien codicia una máscara termina
por vivir oculto tras ella.»
Es verdad. El verdadero castigo de los ambiciosos no es fracasar en sus sueños; es lograrlos. Los
hombres de la codicia espiritual suelen triunfar, son tercos, luchan como perros por un hueso y
acaban casi siempre arrebatándolo. Y ése es su verdadero castigo. Antes existía su codicia y ellos no
existían, pero aún les quedaba la posibilidad de despertarse y de empezar a poseer sus almas.
Cuando triunfan, siguen sin existir, pero la morfina de lo conquistado les impide, ya para siempre,
ver lo vacíos que están, porque el espejo les devuelve sus figuras orondas revestidas de cargos e
hinchadas de aire, hinchadas de nada
Además, quienes tienen como meta de su vida títulos, cargos, honores, brillos, ya pueden
descansar una vez que los consiguieron; mas el que tiene como meta la de realizar su alma, siempre
hallará nuevos caminos abiertos por delante, nunca sabrá dónde acaba su camino, porque cada día se
hará más apasionante, más alto, más hermoso. «¿Quién puede calcular ---decía el mismo Wilde- la
órbita de nuestra alma?» Nada hay más ancho y fecundo que el alma de un hombre, esa alma que
puede ser atontada por la morfina de las vanidades, pero que, si es verdadera, jamás se saciará con
la paja de los establos brillantes del mundo. Cuando David pastoreaba en el campo los rebaños de su
padre, ¿sabía acaso que llevaba ya un alma de rey? ¡Dios mío, y cuántos muchachos llevarán por
nuestras calles almas de rey y no lograrán enterarse nunca de ello! ¡Cuántos se pa- sarán la vida
braceando por escalar puestos sin antes haberse esca- lado a sí mismos! ¡Cuántos perderán su
alegría y la pureza de sus almas por conquistar una careta, para luego pagar el amargo precio de
tenerse que pasar la vida viviendo con ella puesta!
41 Quien se asombra reinará
Hay un viejísimo evangelio apócrifo que atribuye a Jesucristo la frase que he puesto por título a
estas líneas, frase que, casi con seguridad, nunca diría Cristo, ya que poco tiene que ver con su
estilo, pero que encierra, en todo caso, una verdad como un templo. Seguramente es una incrustación
tomada de cualquier pensador griego, pues eran precisamente ellos quienes mayormente rendían
tributo a la admiración. Platón asegura en uno de sus diálogos, en el Timeo, que «los griegos veían en
la admiración el más alto estado de la existencia humana»
Yo ya sé que entre nosotros eso del asombro se valora bastante menos y que hasta ironizamos de
todo el que se admira con mucha frecuencia, como si la admiración fuera realmente hija de la
ignorar¡- cia -cosa que puede ser verdad cuando es demasiada- y sin darnos, en cambio, cuenta de
que, en todo caso, es también madre de la ciencia. «Sorprenderse, extrañarse, es comenzar a
aprender», decía Ortega y Gasset
Claro que habría que empezar por distinguir de qué se asombra una persona y, sobre todo, por
qué se asombra. Porque hay muchas personas que cuando contemplan una cosa, necesitan saber
primero su precio para, luego, asombrarse o no. Lo mismo que todos esos visitantes de museos que no
saben si un cuadro les gusta o no hasta que no han visto, a su pie, el nombre del autor. Realmente
quienes abren la boca ante lo que cuesta mucho o ante los nombres rimbombantes, no son
admiradores, son papamoscas
El verdadero admirador tiene que empezar por ser, al menos, un poco generoso. A mi me
asombran mucho esas personas para las que todo está mal en el mundo, que encuentran defectos
hasta en los
mayores genios, que cuando les preguntas la lista de sus autores favoritos, la nómina se les acaba
con los dedos de una mano
Yo tengo que confesar que a mí me encanta casi todo, me asombra casi todo. No hay autor que lea
en el que no encuentre cosas aprovechables, me entusiasma cualquier música que supere los límites
de la dignidad, me admiran cientos y millares de personas. Creo que el día que la muerte me llegue, lo
que voy a sentir es no haber llegado a saborear ni la milésima parte de las maravillas de todos los
estilos que en mi vida merodean
Además, lo bueno del asombro es que no se acaba nunca. Lo que sorprende, te sorprende una sola
vez. A la segunda ya no es sorprendente. Pero el asombro crece en todo lo bueno. Yo diría que cuanto
más estudio y analizo una cosa hermosa, más me asombra, lo mismo que cuando saco agua de un pozo
tanto más fresca me sale cuanto más hondo meto el caldero
Así me ocurre con todos los artistas. Empecé a admirar a Antonio Machado con diecisiete años y
aún no he terminado. Y cada vez admiro más su vertiginosa sencillez. En la música tengo el vicio de
oír, veces y veces, las piezas que me gustan, incansablemente, seguro de que aún no he descubierto
su verdad y de que lo haré en la próxima audición. O en la siguiente
Además, admirar a la gente es una de las mejores maneras de no tener envidia. Tengo tantas
cosas que aprender de todos aquellos a quienes admiro, que no sé para qué perder el tiempo en
envidiarles
Y pienso, naturalmente, que se puede admirar mucho a personas con las que, en otros aspectos, no
estamos de acuerdo. A veces me ocurre que personas que militan en ideas opuestas a las mías se
extravían si les digo que yo admiro tal o cual entre sus virtudes. ¿No sería más lógico que yo me
sintiera enemigo suyo y, consiguientemente, les aborreciera en toda su integridad? Pero yo esto no
lo entiendo. Sé que incluso entre los católicos hay quienes dan la consigna (incluso grupos y
movimientos enteros) de «Ignorar» totalmente los valores artísticos o literarios de aquellos
escritores o artistas contrarios a su fe. Yo esto no lo entiendo. ¿Por qué voy a decir que es- cribe
mal alguien que dice cosas contrarias a mí vida? Yo prefiero decir con mucha claridad que aborrezco
sus ideas, al mismo tiempo que aprendo de su modo de adjetivar. Y ya sé que esto no se usa, sé que a
mi muchos presuntos avanzados no me perdonarán jamás el terrible delito de ser cura. Pero si yo
considero injusto su desprecio basado en una etiqueta, ¿con qué derecho incurriría yo en la misma
injusticia porque ellos lleven la etiqueta contraria o porque sean injustos?
Prefiero tener bien abierto el diafragma de la admiración y de¡ asombro. Me gustaría vivir con los
ojos muy abiertos, como los ni- ños. Y es que estoy seguro de que detrás de cualquier estupidez o de
un canalla hay siempre un rincón de alma admirable y una zona de belleza asombrosa
42. Caperucita violada
Probablemente nunca en la historia del mundo se ha hablado tanto como ahora de la libertad. Tal
vez porque nunca hubo tan poca. Y no me estoy refiriendo a los regímenes dictatoriales, ni si- quiera
a las grandes opresiones económicas. Aludo a la mordaza que incluso a quienes nos creemos muy
libres nos pone a diario la realidad de este mundo que nos hemos construido
Día a día los tópicos se tragan a las ideas. El bombardeo de los medios de comunicación, de las
grandes fuerzas políticas es tal que ya el pensar por cuenta propia es un placer milagroso que casi
nadie se puede permitir. Uno tiene que pensar las que «se piensa», lo que «se dice», lo que «circula».
La moda ha saltado de los vestidos a las ideas, e incluso los que se creen más independientes
terminan vistiéndose los pensamientos de los grandes modistas de la mente. Los jóvenes, que se
creen tan rebeldes, terminan hablando «como está mandado» que hoy hable y piense un joven. No
logra saberse «quién» lo ha mandado, pero lo cierto es que o aceptas ese estilo de hablar y pensar o
serás un permanente bicho raro, un marginado de tu generación
No se sabe quién fabrica la papilla mental de la que todos nos alimentamos. Pero es cierto que
más que pensar nos lo dan pensado o, como dice un personaje de Garci, «no vivimos, nos viven»
Y es inútil gritar que somos libres de pensar algo distinto de lo que impera. El día que resulte
ridículo opinar de manera distinta de la común, ¿habrá alguien que se atreva a usar de la libertad de
discrepar en una civilización en la que hacer el ridículo se habrá convertido en el más capital de los
pecados?
Bernanos escribió hace años un texto que conforme avanzan los años se va haciendo, de día en
día, más profético:
«En nuestro tiempo yo no conozco un solo sistema o un solo partido al que se le pueda confiar
una idea verdadera con la más pequeña esperanza de poder encontrarla a la mañana siguiente no
digo ya intacta, sino incluso simplemente reconocible. Yo dispongo de unas cuantas pequeñas ideas
que me son muy queridas; pues bien, no me atrevería a enviarlas a la vida pública, por no decir a la
casa pública, porque la prostitución de ideas se ha convertido en el mundo entero en una institución
del Estado. Todas las ideas que uno deja ir ellas solitas, con su trenza a la espalda y con su cestita
en la mano como Caperucita Roja, son violadas en la primera esquina de la calle por quién sabe qué
slogan en uniforme.»
El párrafo es dramático, pero rigurosamente verdadero. Y fácil- mente comprobable. Uno, por
ejemplo, ama apasionadamente la paz; es, sería sin dudarlo un pacifista. Pero de pronto mira a lo que
se llama pacifista en el mundo de hoy y empieza a dudar si no se habrá equivocado de mundo o de
pacifismo
Uno, claro, ama apasionadamente la democracia, y lo que más le gusta en ella es la idea de que
siempre se respetarán en plenitud los derechos de las minorías. Pero pronto descubre que mejor es
que te libre Dios de ser negro en un país de blancos, conservador en un país de socialistas o
tradicional en una civilización en la que se lleve la progresa
Pero lo verdaderamente asombroso no es siquiera el comprobar el infinito número de pequeños
dictadores que hay en toda comunidad, (e incluso en toda persona). Lo grave es que, además de
recortar nuestra libertad de discrepar, tienen todavía suficientes argumentos para convencernos de
que están respetando nuestros derechos y de que, si nos quejamos, lo hacemos sin razón. Con lo cual
uno se queda sin el derecho y con la mala conciencia de protestar injustamente
Además está el lastre de la obligación de «pensar en bloque». En nuestro tiempo la gente no
piensa en cada caso lo que cree que debe pensar. Más bien la sociedad te empuja a elegir una
determinada postura ideológico-socio-política, y una vez adoptada, tú ya tienes que pensar
forzosamente lo que «corresponde» a la postura elegida. Eso de que uno sea conservador en unas
cosas y avanzado en otras, abierto en unas y dispuesto a mantenerse fiel al pasado en otras, es algo
incomprensible, insoportable. Uno tiene estricta obligación de pensar igual que sus amigos, lo mismo
que los que vota- ron lo que él, debe defender en bloque cuanto hagan aquellos con los que en un
momento determinado coincidió. El derecho a la revisión permanente de las propias ideas se llama
hoy incoherencia, y
hasta te aseguran que «con la Patria (y con el partido, con el clan y hasta con la salsa de fresa) uno
tiene que estar con razón o sin ella». El conformismo se ha vuelto la gran ley del mundo. Y son cada
vez más los seres humanos que abdican de la libertad de pensar a cambio de que les garanticen la
libertad de ser igual que los demás y no hacer el ridículo. ¿No sería más práctico que nos fabricaran
en serie como a los muñecos?
43 Las dimensiones del corazón
Entre la mucha correspondencia que recibo llegan con frecuencia algunas de esas melodramáticas
y maravillosas cartas que sólo pueden escribirse a los veintipocos años. En ellas brillan muchachos o
muchachas que me piden, como con angustia, ayuda; que me explican que su corazón está confuso y
que necesitan, imperiosamente, alguien que les oriente y que les guíe
Son cartas que a mí me llenan de alegría porque, entre otras muchas razones, yo sé que todo el
que pide ayuda ya ha empezado a resolver sus problemas tan sólo con el hecho de haberse dado
cuenta de que la necesita
Pero también me llenan de preocupación, porque sé también que cualquier guía inteligente lo
primero que ha de enseñar a un joven es que es él, 61 mismo, el responsable de su alma, que es él
quien debe construirla; que un guía puede servir para los primeros pasos, pero que el mejor maestro
de natación no es el que se pasa la vida sosteniendo al nadador, sino el que le enseña a nadar en pocas
jor- nadas y después se retira a la orilla
Así es: no se vive por delegación. Cada uno debe coger su vida a cuestas, con las dos manos, con
todo el coraje, y construirla, afanosamente, como se escala una montaña, y, a la vez, modestamente,
como se construye una casa
Luego, el buen guía tendrá que explicar algo que ese joven no querrá creerse: que sus problemas
no son el centro del mundo y que, si quiere resolverlos, tendrá que empezar por situarlos en me- dio
de los problemas de los demás humanos y hasta empezar por entregarse a resolver los de los demás
si quiere que empiecen a clarificarse los propios
Mi respuesta a los angustiados es siempre la misma. no te vuel- vas neuróticamente sobre tus
propios problemas, no te enrosques como un perro en su madriguera; sal a la calle, mira a tus hermanos, empieza a luchar por ellos; cuando les hayas amado lo suficiente se habrá estirado tu corazón y
estarás curado. Porque de cada cien de nuestras enfermedades, noventa son de parálisis y de
pequeñez espiritual. «El vicio supremo es la limitación del espíritu», decía Oscar Wilde. Y aún lo
decía mejor un viejo santo oriental, San Serapión. «El problema de a qué dedicamos nuestra vida es
un problema artificial. El problema real es la dimensión del corazón. Con- sigue la paz interior y una
multitud de hombres encontrarán su salvación junto a ti.»
Esta frase me hace recordar aquella fabulla oriental de un zapatero que una mañana, en la
oración, oyó una voz que le anunciaba que aquel día vendría Cristo a visitarle. El zapatero se llenó de
alegría y se dispuso a hacer, lo más deprisa que pudiera, su trabajo del día para que, cuando Cristo
viniera, pudiese dedicarse entera- mente a atenderle. Y apenas abrió su tienda llegó una mujer de la
vida para que el zapatero arreglase sus zapatos. El viejo la atendió con cariño e incluso soportó con
paciencia el que la pobre mujer charlase y charlase, contándole todas sus penas, aunque con tanta
charla casi no le dejaba trabajar y tardara mucho más de lo previsto en arreglar los zapatos
Cuando ella se fue vino a visitarle otra mujer, una madre que tenía un niño enfermo y que también
le daba prisa para que arre- glase con urgencia unos zapatos. Y el zapatero la atendió, aunque su
corazón estaba en otro sitio: en su deseo de terminar cuanto antes su trabajo, no fuera a llegar
Cristo cuando él aún no hubiese terminado
A la tarde llegó un borracho que charlaba y charlaba y que, con tanta cháchara, apenas le dejaba
rematar aquel par de zapatos que había llevado para reparar
Así que cayó la noche sin que el zapatero hubiera tenido un minuto de descanso. Pero, aun así, se
preparó para recibir la venida de Cristo que le habían prometido. Mas seguían pasando las horas. Y
se hizo noche cerrada. Y el zapatero comenzó a temer que Cristo ya no vendría. Y dudaba si
acostarse o no
Y sólo entonces escuchó una voz que le decía: «¿Por qué me estás esperando? ¿No te has dado
cuenta de que he estado contigo tres veces a lo largo del día?»
Así hay muchas personas que esperan a Dios o que esperan a llenar sus vidas y sus almas y no
acaban de descubrir que Dios y sus almas están ya en lo que están haciendo y viviendo, en sus amigos
y vecinos, en el amor que malgastan por creerlo menos importante. Esperan que alguien les guíe y
sostenga y se olvidan de amar. Espe- ran un tesoro y malgastan su verdadera herencia. Porque es
verdad aquello que escribiera Rosales.- «Lo que has amado es lo que te sostiene. Lo que has amado,
ésa será tu herencia. Y nada más.»
44. La cara soleada
Hace pocos días recordaba Julián Marías aquel verso del poeta Tennyson en el que se nos invita
a elegir «el lado soleado de la vida». La frase me llenó de luz y pensé que, efectivamente, -nuestra
vida, como las calles de la ciudad, tiene una acera soleada y otra en sombra. Y recordé cómo los
hombres, instintivamente, sin necesidad de que nos empujen a ello, elegimos sin vacilar la soleada en
los meses de invierno y la sombra en los de verano. ¿Quién es el masoquista que en plena canícula
elige esa acera sobre la que el sol cae como fuego?
En cambio, pensé después, hay un enorme número de personas que parece que en su vida eligieron
siempre las aceras en sombra en pleno invierno. Se pasan las horas remasticando sus dolores o sus
fracasos, en lugar de paladear sus alegrías o alimentarse de sus esperanzas; dedican más tiempo a
quejarse y lamentarse que a procla- mar el gozo de vivir
Yo ya sé que hay circunstancias en que se nos obliga a caminar por la sombra: cuando llegan esos
dolores que son inesquivables. Pero, aun en estos casos, un hombre debería recordar que lo mismo
que en las aceras en sombra de vez en cuando el sol mete su cuchillo luminoso entre casa y casa,
también en todo dolor hay misteriosas ráfagas de alegría o, cuando menos, de consuelo
SI, por ejemplo, yo estoy enfermo es evidente que sufro y que difícilmente puedo escaparme del
dolor. Pero el dolor no debe hacerme olvidar que, por ejemplo, en ese momento tengo siempre alguna
o muchas personas que me quieren y que, seguramente, en el dolor me quieren más, precisamente
porque estoy enfermo. Entonces yo puedo, ante esa enfermedad, asumir dos posturas- una,
entregarme a mi sufrimiento, con lo cual consigo doblarlo; otra, pensar en el cariño con que me
acompañan mis amigos, cor. lo que estoy reduciendo mi dolor a la mitad
¿Cuándo aprenderemos que, incluso en los momentos más amargos de nuestra vida, tenemos en
nuestro coraje la posibilidad de disminuirlo?
Hace días me ocurrió algo curioso que quiero contar a mis amigos. Estaba viendo en la televisión
la serie Ludwig y me llamó la atención la frase de uno de los personajes que explicaba que «no
conseguía dormir e incluso, cuando al fin se dormía, soñaba que no podía dormir». Me pareció un
símbolo perfectísimo de los pesimistas. Pero ocurrió que, al acabar la película, me puse a leer un
fabu- loso libro de Catalina de Hueck y allí me encontré este párrafo que decía exactamente lo
contrario«Una vez, durante la oración, estaba tan fatigada que me caía dormida. Ni siquiera era capaz de
leer la Biblia. Entonces le dije al Señor: Ya que me has dado el don del sueño, dame también el de
tenerlos bonitos.' Y tuve un sueño relajador, admirable, y al día siguiente pude orar, pues estaba
tranquila y podía concentrarme.»
Me pareció magnífico: una puritana, una neurótico se habría enfurecido consigo misma por el
terrible delito de tener sueño. Habría pensado que ofendía a Dios por el pecado de dormirse en la
oración. Pero Catalina sabía que si el sueño de la pereza es un mal, el sueño del cansancio es también
un don de Dios. No se enfureció por lo inoportuno de aquella soñarrera, pidió a Dios unos sueños
bonitos. «Con Dios, pensaba, no es necesario disimular. El nos conoce bien, desde las uñas de los pies
hasta los cabellos de la cabeza.» Mejor entonces ponerse en sus manos, dormir y volver a la oración
cuando haya regresado el equilibrio
¿Por qué no hacer así en la vida toda? Cuánto más agradable sería nuestra vida (¡y la de los que
nos rodean!) si nos atreviésemos a apostar descaradamente por la alegría, si descubriéramos que de
cada cien de nuestros ataques de nervios, noventa, al menos, vienen de nuestro egoísmo, nuestro
orgullo o nuestra terquedad
Todas las cosas del mundo -y nuestra vida también- tienen una cara soleada, pero nos parece
frívolo el confesarlo y nos sentimos más «heroicos» dando la impresión de que caminamos cargando
con dolores y problemas espantosos. Y la tristeza no es ciertamente un pecado. A ratos es
inevitable. Pero lo que sí es inevitable y lo que seguramente es un pecado es la tristeza voluntaria.
No sin razón Dante coloca en los más hondo de su infierno a los que viven voluntariamente tristes, a
cuantos no se sabe por qué complejo tienen tendencia (o la manía) de ir en verano por toda la solana
y en invierno por donde más viento sopla
45. Adónde vamos a parar
Cada vez me encuentro más personas que viven asustadas por la marcha del mundo. Son, tal
vez, padres que me paran por la calle para contarme que la «juventud está perdida», que ya no saben
qué hacer para defender a sus hijos del ambiente que les rodea. O son mujeres que me escriben
lamentando el clima sucio que en los medios de comunicación y en las calles se respira. O jóvenes que
no saben lo que quieren o adónde van. O sacerdotes angustiados porque perciben esa crecida de la
angustia de sus fieles ante la crisis económica. Y casi todos terminan sus lamentaciones con la misma
frase. «¿Adónde vamos a parar?»
Yo, entonces, les doy la única respuesta que me parece posible. «Vamos adonde usted y yo
queramos ir.» E intento recordarles dos cosas
La primera es que, aunque es cierto que el ambiente y las circunstancias influyen
tremendamente en la vida de los hombres, es, en definitiva, la propia libertad quien toma las grandes
decisiones. Vivimos en el mundo, es cierto, pero cada uno es hijo de sus propias obras y, por fortuna,
al final, hay siempre en el fondo del alma un ámbito írreductible en el que sólo manda nuestra propia
voluntad
La historia está llena de genios surgidos en ambientes adversos. Beethoven fue lo que fue a
pesar de tener un padre borracho; Francisco de Asís descubrió la pobreza en un ambiente donde se
daba culto al becerro de oro del dinero; todos los intransigentes no arrancaron un átomo de alegría a
Teresa de Jesús
Hoy, me temo, todos tenemos demasiada tendencia a escudarnos en el ambiente, para
justificar nuestra propia mediocridad. Y llega el tiempo de que cada hombre se atreva a tomar su
propio destino con las dos manos y a navegar, si es preciso, contra corriente. Dicen -Yo de esto no
entiendo nada- que los salmones son tan sabrosos porque nadan en aguas muy frías y porque nadan río
arriba. Ciertamente los hombres -de éstos entiendo un poquito más- suelen valer en proporción
inversa a las facilidades que han tenido en sus vidas
La segunda cosa que suelo responder a mis amigos asustados que se preguntan adónde va este
mundo es que «el mundo» somos nosotros, no un ente superpuesto con el que nosotros nada tengamos
que ver. Si el mundo marcha mal es porque no funcionamos bien cada uno de sus ciudadanos, porque
no habría que preguntarse «adónde va a parar el mundo», sino hacia dónde estoy yendo yo
Porque, además, a nadie se nos ha encargado en exclusiva la redención del mundo. Sólo se nos
pide que hagamos lo que podamos, lo que está en nuestra mano
Por ello, ¿qué hacer cuando las cosas van mal? Yo creo que pueden tomarse cuatro posturas-.
tres idiotas (gritar, llorar, desanimarse) y sólo una seria y práctica (hacer)
En el mundo sobran, por de pronto, los que se dedican a lamentarse, esa infinita colección de
anunciadores de desgracias, de coleccionistas de horrores, de charlatanes de café, de comadrejas de
tertulia. Si algo está claro es que el mundo no marchará mejor porque todos nos pongamos a decir lo
mal que marcha todo. Es bueno, sí, denunciar el error y la injusticia, pero la denuncia que se queda en
pura denuncia es aire que se lleva el aire
Menos útiles son aún los llorones, aunque éstos encuentren una especie de descanso en sus
lágrimas. A mí me parecen muy bien las de Cristo ante la tumba de su amigo, pero porque después
puso manos a la obra y le resucitó. Y me parecen estupendas las de María porque no le impidieron
subir hasta el mismo calvario. Pero me parecen tontas las de las mujeres de Jerusalén, que lloraron
mucho pero luego se quedaron en el camino sin acampanar a aquel por quien lloraban
Peor es aún la postura de los que, ante el mal del mundo, se desalientan y se sientan a no
hacer nada. El mal, que debería ser un acicate para los buenos, se convierte así en una morfina, con lo
que consigue dos victorias: hacer el mal y desanimar a quienes deberían combatirlo
La única respuesta digna del hombre -me parece- es la del que hace lo que puede, con plena
conciencia de que sólo podrá remediar tres o cuatro milésimas de ese mal, pero sabiendo de sobra
que esas tres milésimas de bien son tan contagiosas como las restantes del mal
El mundo no estaba mejor cuando Cristo vino a redimirlo. Y no se desanimó por ello. A la hora
de la cruz le habían seguido tres o cuatro personas y no por ello renunció a subir a ella. Ningún gran
hombre se ha detenido ante la idea, de que el mundo seguiría semipodrido semdormido a pesar de su
obra. Pero ese esfuerzo suyo -tan fragmentario, tan aparentemente inútil- es la sal que sigue
haciendo habitable este planeta
46. Las tres opciones
Según lacques Madaule, en las novelas de Graham Greene hay tres tipos de personajes, ya que
para el novelista inglés sólo hay tres posturas «ante este mundo visible, monstruoso y omnipotentes.
Por- que «o bien se acepta el mundo, renunciando uno a sí mismo y a su propio mundo (y entonces se
tienen garantías de llegar a hacer una carrera bastante 'honorable'), o bien se niega el mundo y se
hace como si no existiese (y entonces se fabrica un mundo imaginario y llega uno a convencerse de
que ese mundo inventado es el verdaderamente real), o se entra en lucha abierta con él (y entonces
hay que aceptar la solución fatal de este combate)»
Tal vez la división sea demasiado tajante y pesimista, pero yo me temo que es sustancialmente
verdadera. Y, consiguientemente, que esos tres tipos de seres están no sólo en las novelas de
Greene, sino también en nuestra vida cotidiana
El género de los que se «amoldan» es el más abundante; cubre posiblemente al noventa por ciento
de la Humanidad. Son seres que se resignan a los carriles marcados, que carecen de ambiciones
intelectuales y morales, leen lo que está mandado leer, tragan lo que la televisión les sirve, se
desgastan en un trabajo que no aman y, aun- que realmente no viven, siempre encuentran pequeñas
cosas que les dan la impresión de vivir: se llenan de diversiones también comu- nes, se apasionan por
el fútbol y los toros (y no como descansillos de vivir, sino como lo que de hecho llena sus vidas) y
pasan por la tierra sin haber engendrado un solo pensamiento que puedan decir que es suyo. Gracias
a ellos el mundo rueda. Y todos sabemos hacia donde
El segundo tipo de seres es menos frecuente, aunque todavía es abundante. Estos tuvieron una
juventud ardiente y disconforme. llegaron a descubrir que casi todas las cosas de este mundo están
sostenidas sobre columnas inexistentes. Descubrieron hasta qué punto la realidad es devoradora y
omnipotente. Soñaron, ya que no construir un mundo mejor, sí construir, al menos, su propio mundo
personal. Pero pronto se dieron cuenta de que la vida les iba llenando de heridas. No querían
renunciar a sus ideales, pero tampoco tenían coraje para realizarlos. Y encontraron la solución
creándose un mundo de sueños. No se amoldaron al mundo, se salieron de él. Fueron progresivamente
habitando en el paraíso que se fabricaban para sí mismos y terminaron por creerse que ése era el
mundo verdadero. Fuera había dolor, pero ellos vivían lejos de él: en su paraíso de piedad religiosa; en
el de un mundo que decían «poético»; huían de la realidad a través de la música, de unos cuantos
amigos, tal vez de un amor. El mundo, pensaron, no cambiaría nunca. Y prefirieron fabricarse un gueto
«ad usum delphinis» en el que podían encontrarse calientes y reconfortados
Otros decidieron mantener su rebeldía. Decidieron pensar por cuenta propia. En lo religioso
apostaron por Dios, pero pusieron muchos interrogantes a todas las bandejas en las que se lo servían.
Eligieron su carrera no porque fuera rentable, sino porque la amaban. Nunca se obsesionaron por el
éxito, sino por el afán de ser fieles a sí mismos. Se convirtieron en permanentes inadaptados, pero
tampoco se adaptaron a su inadaptación y huyeron de esa otra peste de ser distintos por el afán de
parecerlo. Pagaron un alto precio. Aprendieron que toda vocación es un calvario. Sí a veces se
cansaban y el alma se les escapaba a los sueños de los segundos, sabían tirarse de las bridas del alma
y volver incesantemente a su gran tarea: exigirse a sí mismos. Sabían que lo importante no era llegar
a ninguna parte, sino llegar a ser. Sentían miedo a ratos, pero jamás se sentaban a saborear su propio
miedo. Buscaban. Buscaban. Sabían que se morirían sin haber terminado de encontrarse. Pero seguían
buscando. Se toleraban a sí mismos muchas flaquezas, pero jamás el desaliento. Nunca se
preguntaban «para qué» servía el amor. Creían tanto en él que no les preocupaba conocer su eficacia.
Eran engañados miles de veces. Mas no creían que eso les autorizase a engañar o a engañarse. Creían
en la justicia. Sabían que siempre estaría en el horizonte, por mucho que caminasen hacia ella. No se
avergonzaban de sus lágrimas, pero sí de que su corazón no hubiera crecido nada en las últimas horas.
Cuando los demás les hablaban de una bomba atómica que un día nos quitará las razones para vivir,
ellos pensaban que el dinero, la sociedad, los honores, los prestigios iban haciendo -ya ahora, no en
presagios- esa misma tarea. Y la gente pensaba que fracasaban. Y tal vez ellos también lo temían a
ratos. Pero estaban vivos. Tan vivos que no se detenían a pensarlo por miedo de perder un momento
de su vida. Morían sin haber deja- do de ser jóvenes. Unos les llamaban locos y otros santos. Ellos
sólo sentían la maravillosa tristeza de no haber llegado a ser ni lo uno ni lo otro
47.
La tierra sagrada del dolor
Llevo mucho tiempo preguntándome si no estaré hablando demasiado de la alegría en este
cuaderno de apuntes, si no estar¿ ocultando más de lo justo la cara oscura de la vida y conduciendo
con ello a mis lectores al reino de Babia
Y me contesto que ya hay en el mundo demasiadas personas que hablan de la amargura y de la
tristeza, por lo que no será malo que alguien, al menos, hable de esa esperanza que tantos olvidan
Pero aun así me sigue preocupando que aquí no se esté diciendo la verdad entera, porque
¿cómo hablar de la vida sin hablar del dolor? Hace pocos días un político español hablaba en una
escuela de niños y les decía que el estudio debería convertirse en un juego, que no aceptasen tareas
que les resultasen costosas porque sus maestros deberían volvérselas agradables
Y yo pensaba que es cierto que un profesor ha de esforzarse en convertir en juego el
trabajo, pero que al final serán muchos los estudios que los pequeños tendrán que hacer cuesta
arriba, y que más bien habría que empezar a descubrir a los niños que casi todas las cosas
importantes de este mundo hay que hacerlas dejando sangre en el camino. La vida es hermosa, desde
luego, pero no porque sea fácil. Y todo nuestro esfuerzo debería estar en descubrir que no deja de
ser hermosa porque sea difícil
Por ello quiero precipitarme a decir a quienes me lean que la alegría de la que yo hablo, que el
amor que yo pregono y la esperanza que me encanta anunciar no son forzosamente producto de la
pastelería, sino que siguen existiendo a pesar de todas las zonas negras de la vida. Que son muchas
Impresiona pensar que después de tantos siglos de historia el hombre no haya logrado
disminuir ni un solo centímetro las montañas del dolor. Más bien está aumentando. «¿Creeremos
acaso -se preguntaba Peguy que la Humanidad va sufriendo cada vez menos? ¿Creéis que el padre que
ve a su hijo enfermo sufro hoy menos que otro padre del siglo XV; que los hombres se van haciendo
menos viejos que hace cuatro siglos; que la Humanidad tiene ahora menos capacidad de ser
desgraciada?»
Teilhard -que era un gran optimista- reconocía que «el sufrimiento aumenta en cantidad y
profundidad» precisamente porque el hombre va aumentando en la toma de conciencia de sus
realidades. ¡Ah, si viéramos -decía- «la suma de sufrimientos de toda la tierra! ¡Si pudiéramos
recoger, medir, pesar, numerar, analizar esa terrible grandeza! ¡Qué masa tan astronómico! Y si toda
la pena se mezclase con toda la alegría del mundo, ¿quién puede decir de qué lado de los dos se
rompería el equilibrio?»
Es amargo decir todo esto, pero no debemos cegarnos a nosotros mismos. Y me gustaría
adentrarme en éste y en mis próximos artículos por esta senda oscura. ¿Me seguirán en ellos mis
lectores? ¿O se asustarán al ver la senda por la que quiero conducirles?
Es curioso: hubo siglos en los que el gran tabú fueron los temas sexuales. Hoy el gran tabú
son el dolor y la muerte. La gente no quiere verlos. Es impúdico hablar de ellos. La realidad se obstina
en metérnoslos por los ojos, pero todos preferimos pensar que el dolor es algo que afecta a «los
otros». Nadie se atreve a enfrentarse con la idea de que también él sufrirá y morirá. Parece que sólo
nuestros vecinos fueran mortales
Y hoy quisiera sólo decir una cosa: que cuando yo empujo a la gente a vivir, les estoy animando
a asumir la vida entera, tal y como ella es. Que no creo que el hombre esté menos vivo cuando sufre,
que el dolor no es como un descansillo que tenemos que pasar para llegar al rellano de la alegría, sino
una parte tan alta v tan digna de la vida como las mejores euforias
Kierkegaard escribe en uno de sus libros: «Los pájaros en las ramas, los lirios del campo, el
ciervo en el bosque, el pez en el mar e innumerables gentes felices están cantando en este momento.
¡Dios es amor! Pero a la misma hora está también sonando la voz de los que sufren y son sacrificados,
y esa voz, en tono más bajo, repite igualmente: ¡Dios es amor!»
Yo pienso que la vida (corno Dios) es amor en la alegría Y en la tristeza, en los que hoy se
enamorarán por primera vez y en cuantos hoy serán víctimas de un accidente de automóvil; que la
vida es verdadera en las cunas de los recién nacidos y en las camas de los hospitales; en las risas y en
el llanto; que no hay una vida en la alegría Y una no vida en el dolor, sino que todo es vida Y que puede
que el dolor lo sea, incluso, doblemente
47. La alegría está en el segundo pìso
En las vidas de Buda se cuenta la historia de un hombre que fue herido por una flecha
envenenada y que, antes de que le arrancasen la flecha, exigió que le respondieran a tres preguntas:
quién la disparó, qué clase de flecha era y qué tipo de veneno se había puesto en su punta. Por
supuesto que el hombre se murió antes de que pu- dieran contestar sus preguntas. Y comenta Buda
que «si insistimos en entender el dolor antes de aceptar su terapia entonces las infinitas
enfermedades que padecemos acabarán con nosotros antes de que nuestras mentes se sientan
satisfechas»
Seguramente las peticiones de ese hombre de la fábula nos parecen disparatadas. Y, sin embargo,
son las más corrientes ante el problema del dolor: el hombre ha gastado mucho más tiempo en
preguntarse por qué sufrimos que en combatir el sufrimiento
Se han escrito centenares de libros intentando responder a ese «por qué». Y todos nos dejan
insatisfechos. Han intentado aclararlo los filósofos, las religiosas. Al final todos han de confesar como hace Juan Pablo II en su última encíclica sobre el tema- que «el sentido del sufrimiento es un
misterio, pues somos conscientes de la insuficiencia e inadecuación de nuestras explicaciones». Hay,
sí, algunas respuestas que nos aproximan a la entraña del problema, pero al final nunca acabaremos
de entender por qué sufren los inocentes, por qué parecen con frecuencia triunfar los malos. Tal vez
ninguna otra cuestión ha engendrado más ateos ni ha provocado tantas rebeldías y tantas blasfemias
contra el cielo
Y parece que habría que preguntarse si no sería mejor comen- zar por aclarar otras cuestiones
en las que podemos avanzar mucho más: si no entendemos el «por qué» del dolor, tratar de
encontrar algunas respuestas que nos aproximan a la entraña del problema, entender al menos su
sentido. O preguntarse- ¿Cómo combatirlo? ¿Cómo disminuir el dolor? ¿Cómo convertirlo en algo
útil? ¿Qué hacer con él para que no nos destruya? ¿Cómo podríamos convivirlo, ya que no sepamos
esquivarlo? Avanzando con respuestas parciales, ¿no habríamos aclarado mucho más la cuestión que
rompiéndonos la cabeza en la pregunta que sólo vemos por el reverso de¡ tapiz en un mundo en que
media realidad se nos escapa?
Por eso yo pediría a mis lectores que dieran el primer paso descubriendo que el dolor es herencia
de todos los humanos, sin excepción. Porque tal vez el mayor de los peligros del sufrimiento es que
empieza convenciéndonos de que nosotros somos o los únicos que sufrimos o, en todo caso, los que
más padecemos. Un simple dolor de muelas nos empuja a creernos la víctima número uno del mundo.
Si un telediario nos habla de una catástrofe en la que murieron cinco mil personas, pensamos y
sentimos compasión por ellas durante dos o tres minutos. Pero si nos duele el dedo meñique,
invertimos en autocompadecernos las veinticuatro horas del día. Salir de uno mismo es siempre muy
difícil. Salir de nuestro propio dolor es casi un milagro. Y habría que empezar por ahí
Se cuenta también en la vida de Buda que un día acudió a él una pobre mujer que llevaba en los
brazos a un hijo muerto. Y gritaba pidiendo que se lo curase, mientras los que les rodeaban pensaban
que aquella pobre loca no veía que el niño estaba muerto. Buda dijo entonces a aquella mujer que su
hijo podía aún curarse, pero que para hacerlo necesitaba unas semillas de mostaza que hubieran sido
recogidas en una casa en la que en los últimos años no se hubiera muerto ningún hijo, ningún
hermano, ningún amigo o pariente y en la que en ese mismo tiempo no se hubiera sufrido un gran
dolor. La mujer saltó de alegría y se precipitó a recorrer la ciudad buscando esas milagrosas semillas
de mostaza. Y comenzó a llamar a puertas y puertas. En unas había muerto el padre, en otras alguien
se había vuelto loco, más allá estaba enfermo uno de los niños, más acá había un anciano paralítico. Y
caía la noche cuando la mujer regresó a la presencia de Buda con las manos vacías. Y ya no volvió a
pedir la curación de su hijo. Porque su corazón estaba en paz
No me gusta ese refrán que dice «mal de muchos, consuelo de tontos». Yo diría «mal de muchos,
serenidad del hombre». Porque hay que combatir el dolor, sí, pero sabiendo que es parte de nuestra
condición humana, de nuestra finitud de seres incompletos. Apren- der que los grandes personajes
felices de la Historia no lo fueron «porque no sufrieran», sino «a pesar de haber sufrido». Porque la
alegría no está en una habitación lejana del dolor, sino en el piso de encima del sufrimiento
49.
La mejor parte
Si yo empezara estas notas citando ese proverbio ruso que dice que «el dolor embellece al
cangrejo», seguro que no faltaría algún lector que me escribiera asegurándome que él se siente muy
a gusto de no ser cangrejo. Y tendría toda la razón. Porque se ha. hecho demasiada retórica sobre la
bondad del dolor. ¿Quién no ha oído descender de algunos púlpitos melífluas melopeas explicando
que Dios envía el dolor a sus preferidos o cantando la dulzura de la enfermedad? Mira por dónde, la
mayoría de los que hablan así están muy sanos y hablarían con tonos muy distintos bajo el latigazo
del llanto. Resulta que todos sabemos muy bien cómo deben llevarse los dolores del prójimo y que
luego nos encontramos desarmados cuando nos sangra el dedo meñique
A mí me parece que en este tema se suelen confundir tres cosas- lo que es el dolor, aquello en lo
que el dolor puede convertirse y aquello que se puede sacar del dolor. Lo primero es horrible. Lo
segundo y tercero pueden ser maravillosos
Me gusta por eso ver que un Teilhard llama abiertamente «oscuro y repugnantes al sufrimiento,
pero que inmediatamente habla de un «dolor transformable» que puede convertirse en una palanca
para levantar al hombre y al mundo
Cristo mismo nunca cantó al dolor, nunca entonó florilegios gloriosos sobre la angustia. Los asumió
con miedo, entró en ellos temblando. Y los convirtió en redención
Mejor es, por todo ello, no echarle almíbar al dolor. Pero decir sin ningún rodeo que en la mano
del hombre está el conseguir que su dolor sea de agonía o de parto. El hombre no puede impedir el
dolor. Pero sí puede lograr que no le aniquile. E incluso conseguir que le levante en vilo
En este sentido sí estoy yo de acuerdo con cuantos presentan el dolor como uno de los grandes
motores de] hombre. Con Alfredo de Musset, que asegura que «nada nos hace tan grandes como un
gran dolor». Con Fenelón, que escribe que «el que no ha sufrido no sabe nada». Con Schubert, que
piensa que «el dolor aguza la inteligencia y fortifica el alma». O con Rivadeneira, para quien «el dolor
es la trilla que aparta la paja del grano; la lima áspera que quita el orín y limpia el hierro; el crisol
que afina y purifica el oro; la librea de los hijos de Dios». O con el bellísimo verso de Rosales- «Las
almas que no conocen el dolor son como iglesias sin bendecir.»
Yo nunca me imaginaré a Dios «mandando» dolores a sus hijos por el gusto de chincharles, ni
incluso por el de probarles. El dolor es parte de nuestra condición de criaturas; deuda de nuestra
raza de seres atados al tiempo y a la fugitividad; fruto de nuestra naturaleza. Por eso no hay hombre
sin dolor. Y no es que Dios tolere los dolores del hombre. Es que respeta esa condición temporal del
hombre, lo mismo que respeta el que un círculo no pueda ser cuadrado
Lo que sí nos da Dios es la posibilidad de que ese dolor sea fructífero. Empezó haciéndolo él
personalmente en la cruz, creando esa misteriosa fraternidad que sostiene el universo
Por eso en mi artículo anterior insistía yo en que es más importante conocer el «para qué» del
dolor que su «por qué». Es duro, desde luego, no saber por qué se sufre. Pero lo verdaderamente
doloroso es temer que el sufrimiento sea inútil
Por fortuna no lo es. Pero el hombre tiene en sus manos ese don terrible de conseguir que su dolor
(y el de sus prójimos) se convierta en vinagre o en vino generoso. Y hay que reconocer con tristeza
que son muchos más los seres destruidos, pulverizados por la amargura, que aquellos otros que han
sabido convertirlo en fuerza y alegría
El verdadero problema del dolor es, pues, el del «sentido» del dolor y, más en concreto, el de la
«manera» de sufrir. Ahí es donde realmente se retrata un ser humano. Amiel decía que «la manera
de sufrir es el testimonio que un alma da de sí misma». Es muy cierto: hay «grandes» de este mundo
que se hunden ante las tormentas. Y hay pequeñas gentes que son maravillosas cuando llega la
angustia. Un hospital es a veces una especie de juicio final anticipado
Recuerdo ahora aquella hermosa carta que el padre Teithard escribió a su hermana Margarita. El
jesuita de los grandes descubrmientos científicos sentía casi envidia de su hermana, siempre
encadenada a su silla de ruedas. Y le decía: «Margarita, hermana mía: Mientras que yo, entregado a
las fuerzas positivas del universo, recorría los continentes y los mares, tú, inmóvil, yacente,
transformabas silenciosamente la luz, en lo más hondo de ti misma, las peores sombras del mundo. A
los ojos del Creador, dime: ¿cuál de los dos habrá obtenido la mejor parte'?»
50. La herida del tiempo
Recuerdo que cuando era niño me encantaba subir las escaleras de dos en dos y más aún bajarlas
de tres en tres o de cuatro en cuatro. Lo hacía como todos los niños y me sentía tanto más fuerte
cuantas más escaleras era capaz de bajar sin tocar el pasamanos. Con la llegada de la juventud dejé
de bajar las escaleras saltando, pero seguí subiéndolas de dos en dos. Y sólo ya muy entrado en la
madurez me di cuenta un día de que había dejado de hacer las dos cosas: ahora las subía de una en
una y lo hacía instintivamente, sin haberme propuesto un afán de seriedad. Nadie había dicho a mi
cuerpo que recortara sus ímpetus, pero él solo había descubierto que ya no era el chiquillo o el joven
que fue y las fuerzas empezaban a reducirse. Por aquella misma fecha me di cuenta de que mi
hermano mayor había dado un paso más. él ya nunca subía sin agarrar- se constantemente al
pasamanos, cosa que yo hacía aún solamente de vez en cuando. Sin necesidad de reflexión alguna, sin
que fuera precisa ninguna enfermedad, nuestros cuerpos se sabían heridos por el más cruel de todos
los dolores: la herida del tiempo
Sí, envejecemos. Comenzamos a envejecer desde que nacemos o, al menos, apenas cruzada la raya
de la madurez. Un día descubrimos que al encontrarnos con nuestros compañeros de curso
comenzamos, instintivamente, a hablar de la salud, un tenia que jamás nos preocupaba de jóvenes.
Otro nos encontramos con que los jóvenes, como si se hubieran puesto de acuerdo, empiezan a
tratarnos de usted. Vemos que las críticas que los demás nos hacen y que en la juventud nos hacían
sonreír y que en la madurez nos irritaban, ahora ya no nos producen ni una cosa ni otra, pero, en
cambio, nos hunden, nos angustian. Nos damos cuenta de que pensamos más que antes en la muerte,
que recordamos la infancia y la juventud casi obsesivamente. Repasamos la lista de nuestros
antiguos compañeros y percibimos que en ella han comenzado a multiplicarse los huecos y hasta
tenemos esa sensación que, en un bosque, deben tener los árboles cuando comienzan a sentir lejanos
los golpes de¡ hacha y el desplomarse de los compañeros cortados
Tenemos la sensación de quien sube a una montaña. Conforme trepa por la ladera, el paisaje va
como desnudándose y el escalador empieza a encontrarse cada vez más solo. Un día se da cuenta de
que ya han muerto sus padres y la mayoría de sus profesores de colegio. Y sabe que la cumbre que le
espera es magnífica. La vista desde arriba debe ser arrebatadora. Pero sabe también que arriba ya
no hay más camino. Más allá sólo está el cielo. Y en esta ascensión no hay posibilidad de volver a
bajar a la llanura. Y tampoco cabe la posibilidad de vivir largamente en la cumbre. Porque no se vive
en las cumbres
Sí, sentirse envejecer es doloroso. Sólo menos doloroso que sentirse ya viejo
Pero fijaos bien que he dicho «doloroso» y no «triste», aunque sé muy bien que para muchísimos
ancianos (¿para la mayoría?) es también, y además, algo muy triste
El mundo de hoy (a pesar de que en él se están multiplicando las personas de edad) no es nada
cómodo para los ancianos. Decimos que nos preocupamos de ellos, pero la realidad es que de lo que
más nos preocupamos es de decirles que ellos ya son simples supervivientes, más o menos tolerados
en el mundo. La jubilación, que debería ser el gozoso descanso merecido, es en muchos casos una
simple despedida, un certificado de defunción social
Y, sin embargo, hay que gritar que la ancianidad no es ni una muerte ni una espera del final
Se declina, sí, en fuerzas físicas, pero ¡cuántas cosas pueden seguir creciendo! Un anciano tiene
que aceptar, sí, su ancianidad (¡no hay nada más grotesco que un viejo que trata de seguir
aparentando juventud!), pero desde esa aceptación ha de negarse a ser un jubilado de la vida y de la
alegría. Un anciano tendrá 'que cambiar de formas de vivir su amor, pero (sin caer en los grotescos
viejos ver- des) ¿quién va a impedirle que siga amando tantas cosas y a tantas personas?
Tampoco hay que jubilarse de la alegría y menos si se vive desde la fe. Recuerdo ahora aquella
oración que Paul Claudel pone en boca de uno de sus personajes y que a mí me encantaría saber rezar
en mis últimos (tanto si son próximos como lejanos) años:
«Llegó la noche. Ten piedad del hombre, Señor, en este momento en que, habiendo acabado su
tarea, se pone ante ti, como el niño al que le preguntan si se manchó las manos. Las mías están
limpias. ¡Acabé mi jornada! He sembrado el trigo y lo he recogido y de este pan que he hecho han
comulgado mis hijos o mis amigos. Ahora, he acabado. ¡Vivo en el quicio de la muerte y una alegría
inexplicable me embarga!»
51. La brisa del cementerio
¿Puedo atreverme a dar un paso más y hablar de la muerte? Me temo que no haya tema menos
periodístico. Porque la simple idea de que el hombre ha de morir es el gran tabú de nuestra
civilización, una especie de asunto lúbrico que ni se menciona en la buena o en la mala sociedad. Se
habla en todo caso de la muerte de los otros. jamás de la propia. Y aunque todos sabemos que somos
mor- tales, parece que siempre los mortales fueran «los otros». Y cuando alguien -un viejo, un
enfermo- se atreve a hablar de su propia muerte, ahí estamos todos para espantar los que llamamos
«sus pájaros negros» y para convencerle de que no, de que «las brisas de¡ cementerios (que a veces
decía sentir Theillard) aún quedan muy lejos
Y, sin embargo, yo estoy absolutamente convencido de que -la frase es de Leclerq- «un hombre
no es verdaderamente adulto hasta que ha mirado a la muerte cara a cara»
¿Estoy invitando a la gente a vivir con el miedo a la muerte cargado sobre sus espaldas, como se
hacía en los sermones antiguos? ¡Dios me libre! Los seres más tristes de este mundo me parecen
esas personas que, agobiadas por el pánico a la muerte, se olvidan de vivir. De lo que estoy hablando
es de la gente que ha logrado mirar a su propia muerte con serenidad, que ha sabido asumirla como
una parte real y normal de su propia vida y que, desde esa certeza, toma redobladas fuerzas para
sacarle más jugo a sus años de vida
Pero me parece que para lograr esto hay que empezar por espantar las fantasmagorías de todos
los colores. Lo más terrible de la muerte es que no tiene rostro y que en ese hueco de su cara pone
cada hombre sus propios sueños, temores o morfinas: algunos pintan ese rostro de aparatosos
colores, que les hacen vivir acoquina- dos; otros prefieren fingirse todo un abanico de hermosas
luminarías, que tienen que ir cambiando constantemente porque ninguna termina de camuflar ese óvalo
vacío; no faltan quienes intentan convencerse a sí mismos de que quienes creemos no debemos
tenerle miedo a esa muerte porque sabemos que tras ese rostro está Dios (y olvidan que Cristo, que
sabía mejor que nadie lo que hay al otro lado y que conocía que de su muerte saldría el chorro de
vida más intenso de la Historia, tuvo, sin embargo, mied<) a morir)
Todos tenemos miedo, alguna forma de miedo, por qué no confesarlo. ¿Por qué no decir sin
rodeos que la verdadera valentía no consiste en no tener miedo, sino en tener el suficiente amor
como para superarlo?
Recuerdo ahora aquella página terrible que escribe Simone de Beauvoir sobre su juventud. Son
muy pocos los jóvenes que se atrevan a asumir la idea de que ellos han de morir. Saben que son
mortales, pero viven como inmortales. Pero Simone vivió su juventud en una desgarradora lucidez. En
su feroz ateísmo pensaba que «la actitud más franca era la de suprimiese. Estaba de acuerdo y
admi- raba a los suicidas metafísicos. Pero no pensaba recurrir a esa sali- da: tenía demasiado miedo
a la muerte. Sola en mi casa, luchaba a veces; temblando, con las manos juntas, me ponía a gritar
medio loca: Yo no quiero morir». Pero ¿qué resolvían esos gritos?
Los creyentes sabemos que al otro lado no hay un vacío. Pero eso no nos impide temblar ante el
aguijón de la muerte. «No podemos -decía Pierre Henri Simon-, acudiendo a la fe o a la filoso- fía,
ocultar tan fácilmente la crueldad de su reinado.» Sí, aun los creyentes creemos que morirse es el
escándalo de los escándalos y nuestro pobre ser -¿por qué avergonzarse de ello?- sabe que «ni
siquiera el gran sol de¡ amor eterno logrará que esta victoria de la noche no haya tenido lugar en el
tiempo»
La salida, vuelvo a decir, como escribí hablando de¡ dolor, no puede estar en engañamos a
nosotros mismos echándole azúcar a la muerte. La solución tiene que estar en saltar por encima, no
en acurrucarnos por debajo o en creer que no sufriremos al pasar por ese túnel. La solución tiene
que estar en encontrarle sentido y valor a esa muerte, no en devaluar su amargura. Por eso vuelvo a
repetir: la muerte es desgarradora, pero no negativa o triste sino para aquellos que se preparan a
perder su muerte después de haber perdido su vida. Yo sé que la muerte será horrible, pero no la
temo. Al me- nos no la temo lo suficiente como para acobardarme
Es triste pensar que la mayoría de los hombres mueren sin haber asumido ni comprendido su
propia muerte. Mueren, simplemente, porque no pueden evitarlo. Y yo me atrevo a pensar que la
muerte es algo demasiado importante en nuestras vidas como para que se nos pase sin viviría
52. Los domingos del alma
Últimamente -supongo que esto se nota en mis escritos- estoy leyendo muchos antiguos textos
budistas. No siempre estoy de acuerdo con todo lo que dicen, pero casi siempre me ayudan al
equilibrio interior, me permiten descubrir nuevos ángulos de la verdad que yo no sospechaba y en
algunos casos hasta me sirven para descubrir mejor cuál es la verdadera originalidad del mensaje
cristiano. Espero que nadie se escandalice si digo que creo que todos los caminos llevan a Dios, ni
tampoco si añado que igualmente creo que el Evangelio lleva más derechamente a su corazón
Pero regresando al tema de la muerte que apunté en mi comentario del domingo pasado, me
impresiona compara-- las diferentes posturas que el mundo budista y el cristiano adoptan ante ella.
Sintetizando mucho, yo diría que para los orientales el objetivo es «amansar» o «desarmar» a la
muerte, mientras que para los cristianos la meta es «transformarla», darle un sentido, «convertirla
en vida»
El budista piensa -y en esto es infinitamente superior a todas las filosofías modernas imperantesque el hombre debe ir despojándose de todo, ir abandonando ilusiones, dejando olvidado su yo, de
modo que, cuando la muerte llegue, ya no tenga ninguna tarea que hacer, nada que ganar, porque todo
ha sido ya anteriormente perdido
El planteamiento es hermoso y tiene algunos contactos -sólo algunos- con lo que piensan los
místicos cristianos. Más contactos tiene con el pasivismo, el abandonismo de algunas personas
bautiza- das que se creen cristianos sin darse cuenta de que son espiritualmente budistas. Son los
que ponen la resignación en la cima de sus virtudes, confundiéndola con la aceptación de la voluntad
de Dios
Pero yo creo que la postura de los cristianos ante la muerte es muy diferente. Para nosotros,
morir no es «abandonarse», sino «dar- se». No es un progresivo ir despegándose de todo, sino un
amar todo apasionadamente con la seguridad de que ese todo será con- vertido por la resurrección
en una realidad nueva y más radiante. No pensamos que la solución sea irnos recortando el corazón,
sino muy al contrario. creemos que «el verdadero fracaso en la vida es llegar a morirse sin
corazón» (la frase es de Carrin Dunne) o, lo que aún sería peor, morirse sin haber llegado a estrenar
el corazón
Y éste debería ser el verdadero miedo que tendríamos que tener a la muerte: que llegue a
nosotros cuando aún tengamos el alma sin terminar, llena de muñones; que la muerte «nos arrebate»
en lugar de entregarnos enteramente a ella después de haberla digerido
A los creyentes no nos angustia la muerte porque no sepamos lo que hay al otro lado (sabemos que
aquello a lo que el corazón se entrega al morir es lo que Jesús llamaba Padre), lo que nos aterra -o
más exactamente.- nos duele- es saber que llegaremos a él con las manos semivacías
Por eso en esta sección, que tanto habla de la vida, me estoy atreviendo ahora a hablar de la
muerte: porque nada debe empujarnos tanto a vivir entera y apasionadamente como la certeza de
que la vida será corta
No sé si he contado alguna vez en estas páginas que la única gran tristeza que a mí me quedó tras
la muerte de mi padre fue la de darme cuenta de cuán egoísta había sido yo en sus últimos años de
existencia. Vivía mi padre en Valladolid y yo sólo podía ir a verle algunos domingos. Pero esos días
eran para mi padre como un rayo de sol, eran «más domingo». Y yo estaba en aquel tiempo siempre
sobrecargado de trabajo, con lo que los fines de semana eran mi única ocasión de ponerme un poco al
día de cosas atrasadas a lo largo del resto de la misma. Con lo que empecé a tacañear mis viajes. Y
sólo cuando mi padre se fue me di cuenta de que no había trabajo más importante que aquel de
haberle dado un poco de alegría con mis visitas. ¡Descubrí la importancia de aquellos domingos
cuando ya era tarde! ¿Nos pasará lo mismo con el otro Padre? ¿Nos enteraremos de lo importantes
que eran nuestras horas cuando ya hayan pasado?
¡Hay que quererse deprisa, amigos míos! ¡Hay que quererse ahora, ahora, en estos dulces,
pequeños, cortos años! ¡Hay que convertir en una casa este diminuto planeta Tierra que gira entre
los astros! Al otro lado espera el misterio. Para los creyentes, un misterio de amor. Pero aquí nos
dieron las manos y el corazón para que consiguiéramos que, en esta espera, fueran todos los días un
hermoso y radiante domingo
53.-
La trampa del optimismo
El otro día, al regresar a casa, me encontré en el contestador automático con una voz que,
cariñosa y tartamudeante, me dejaba este mensaje en la cinta: «Simplemente decirle que notamos
que sus artículos son ahora muy tristes. Sus artículos eran un rayo de esperanza, de luz y alegría.
Por favor, vuelva a escribir como antes.»
La llamada no me sorprendió, porque la esperaba. Pero sí me hizo pensar mucho. Porque resulta
que hace ahora semanas me preguntaba yo si no habría llegado la hora de afrontar en estas páginas
el rostro doloroso de la realidad, porque temía engañar a los lectores mostrándoles sólo sus
aspectos más alegres y luminosos. Y empecé mi serie de artículos -sobre el dolor, el envejecimiento,
la muerte- con miedo a que desconcertaran o no gustasen a algunos amigos acostumbrados a temas
más azucarados
Yo no puedo, naturalmente, saber si todos mis lectores piensan como el grupo de amigas que
refleja la voz de mi contestador. Pienso que no. Pero en todo caso es ésa una voz digna de ser
analizada. Y me gustaría saber si es que era realmente triste el «tono» en que yo escribí esos
artículos o si lo que no gustó a esas amigas y les pareció triste es lo que en esos comentarios se
trataba y decía
Me temo que fuera esto último. A nadie nos gusta que nos recuerden nuestro rostro sufriente, ni
siquiera para intentar iluminárnoslo. Es preferible que alguien nos diga que todo es bello en el mundo,
que todo va bien, señora baronesa. Pero ¿qué debo dar yo a los lectores- azúcar o luz? ¿Debo
convencerles de que se vive cuesta abajo o ayudarles a vivir cuesta arriba?
Supongo que, a estas alturas, mis amigos habrán descubierto por qué suelo hablar yo mucho más
de la esperanza que del optimismo. Por qué, incluso, siento un cierto recelo ante la palabra
«optimismo». Y ya, ya sé que en muchos casos este vocablo se usa como
sinónimo de ganas de vivir, de coraje, de tendencia a mirar las cosas por su lado positivo. Pero
también sé que hay muchos que se refugian detrás del optimismo para autoconvencerse -así lo
definen el diccionario y la filosofía- de que vivimos en el mejor de los mundos
Visto así, el optimismo es una especie de sustitutivo barato de la esperanza. Los optimistas
tienden a proclamar que el mundo es una maravilla y lo ven todo de color de rosa. Y los esperanzados
sabemos que el mundo es de muchos colores y algunos muy dolorosos, pero también pensamos que,
aunque el mundo está muy lejos de ser un paraíso, tenemos energías humanas y espirituales
suficientes para transformarlo y mejorarlo. Los demasiado optimistas con frecuencia se pegan tales
coscorrones con el mundo que acaban muchos de ellos siendo terribles pesimistas (casi todos los
pesimistas son optimistas decepcionados), mientras que los realistas esperanzados saben que, pase
lo que pase y ocurra lo que ocurra, su tarea es poner las manos en el mundo para afrontar con coraje
la realidad. Y saben que, al otro lado de la sangre y del dolor, está la alegría. Sólo al otro lado. Como
la resurrección está tras el Viernes Santo
Digo todo esto porque no quiero que mis lectores me malentiendan: la alegría de la que yo hablo
es hermosa, pero cara. La luz que yo trato de repartir no es vaselina. La esperanza no es morfina o
un «todos fueron felices y comieron perdices»
Por eso me asusta que alguien no digiera el que yo hable del sufrimiento o de la muerte. Eso es
que yo no he conseguido aún explicarme. Me parece radicalmente cierta la frase de Henri de Lubac:
«El sufrimiento es el hilo con el cual se ha tejido la tela de la alegría. El optimismo nunca conocerá
esa tela.»
Y otra cosa me preocupa aún más: cuando yo invito a la gente a ser feliz en este mundo no lo hago
sólo para que ellos lo pasen bien, sino, sobre todo, para que tengan energías a la hora de cambiar el
mundo y hacerlo más feliz para los demás. Mis artículos no quieren ser un analgésico que cure el
dolor de vivir. Quieren ser, al contrario, vitaminas que empujen a mejorar lo que nos rodea, que está
muy lejos de ser un mundo ideal. Tenía razón García Lorca cuando recordaba que «el optimismo es
propio de las almas que tienen una sola dimensión: de las que no ven el torrente de lágrimas que nos
rodea, producido por cosas que tienen remedio»
Esto hay que repetirlo: lo peor del mal es que, en un alto por- centaje de ocasiones, es evitable.
Los que vivimos en la esperanza no la queremos como un caramelo para chupetearla, sino como una
palanca de transformación. Queremos estar alegres para trabajar, no para quedarnos adormecidos
en el lago de azúcar de nuestros propios sueños
54. Los maestros de la esperanza
Cuando algunos amigos me escriben diciéndome que mis articulejos de los domingos les llevan cada
semana una ración de esperanza, yo me pregunto si estos amigos estarán tan solos o tan miopes como
para no percibir que, con toda seguridad, tienen en sus casas infinitas más razones para esperar de
las que yo pudiera dar en estas líneas
Las tienen. Sobre todo en estos días. En estas vísperas de Navidad, que son como un cursillo
intensivo de la asignatura de la esperanza. Y que conste que hablo de las dos esperanzas: de la que se
escribe con mayúscula y que se hizo visible en el portal de Belén y de esas esperancillas en moneda
fraccionada que cada día nos regala la vida. Pero no voy a hablar hoy de las grandes esperanzas que
uno puede aprender leyendo el Evangelio o las páginas de Santa Teresa, de San Juan de la Cruz o
cualquier buena biografía de Francisco de Asís (por citar sólo unos cuantos ejemplos). Quiero hablar
de ese libro de texto que se puede tener sin acudir a las librerías, el mejor tratado de esperanzas
que existe en este mundo: los ojos de los niños. Sobre todo en estas vísperas de Navidad ahí puede
leerse todo. ¿Qué daría yo porque todos mis artículos juntos valiesen la milésima parte o dijeran la
mitad de lo que unos ojos de niño pueden decir en una fracción de segundo?
Leedlos, por favor, en estos días. Convertíos en espías de sus ojos. Estad despiertos al milagro
que en ellos se refleja. Seguro que todos, en casa o en el vecindario, tenéis este texto que no cuesta
un solo céntimo. Observadles cuando juegan en la calle, cuando os los cruzáis en los ascensores de
vuestra casa, cuando se quedan como perdidos en el mundo de sus sueños. Perseguid en estos días las
miradas de vuestros hijos, de vuestros nietecillos, de vuestros pequeños sobrinos. Nadie, nada, nunca
os contará tanto como esos ojos, como ese tesoro que todos tenéis al alcance de la mano
Observadlos, sobre todo, la víspera de Nochebuena y de Reyes. Entonces descubriréis que las
suyas son esperanzas de oro, mientras que las de los mayores son simples esperanzas de barro. ¿Y
sabéis por qué? Porque las de los pequeños son esperanzas «ciertas». Comparadlas con esa mirada
con la que el jugador sigue la bola que gira en la ruleta y acabaréis de entender. Los ojos de éste se
vuelven vidriosos, el girar de la bolita le da esperanza, pero es una esperanza torturadora que le
crea una tensión enfebrecido y casi le multiplica el dolor en lugar de curárselo: sabe que la suya no
es una esperanza cierta. Más que esperanza es hambre, pasión, ansia. Nada de eso hay en el niño. El
pequeño, la víspera de Reyes, también espera, también está impaciente. Pero su impaciencia consiste
no en que dude si le vendrá la alegría o la tristeza, sino tan sólo en que no sabe qué tipo de alegría le
van a dar. Sabe que es amado, que será amado y su esperanza consiste en tratar de adivinar de qué
manera le van a amar y cuán hermoso será el fruto de ese amor. ¡Esa es la verdadera esperanza! La
de los adultos siempre les encoge un poco el alma, les hace cerrarse en ella, la aprietan a la vez que
los puños, como con miedo a que se les escape. La esperanza de los niños es abierta, les vuelve
comunicativos, saltan y se agitan, pero se agitan porque la esperanza les ha multiplicado su vitalidad
y no son ya capaces de contenerla; arden, pero están serenos y tranquilos. Saben. Saben que no hay
nada que temer. No han visto aún sus re- galos. Pero sienten la mano que les acaricia ya antes de
entregárselos
¡Dios santo: si nosotros alcanzásemos una milésima de esa esperanza! ¡Si nosotros lográsemos, al
menos en Navidad, volvernos niños!
El hombre vive mendigando amor. Y es como un mendigo que tuviera repleta su cartera de un
tesoro que desconoce. Es el peor de los ciegos. El gozo de la belleza del mundo le rodea, le inunda,
pero el hombre se enrosca en sus propias minucias. ¡Si levantara simple- mente los ojos! Dicen que el
hombre con esperanza es el que nos mira a los ojos y que el que no la tiene es el que nos mira a los
pies. Mirad, amigos, estos días los ojos de vuestros hijos, salid por unas horas del cochino dinero y
de las tontas preocupaciones. Una hoja de un árbol cualquiera -ahora que están tan hermosas, en
otoño- tiene más alegría que un alto cargo en un ministerio. Una canción silbada por la calle es mejor
que un discurso. Y entre las piedras del camino brota la hierba
En Navidad esto lo podemos sentir mejor que nunca. Los creyentes somos redobladamente
afortunados: estamos más ciertos que nadie de ser queridos. Pero incluso quienes creen no creer,
¿por qué no buscan todos esos rastros de amor que hay esparcidos por el mundo? ¿Por qué no
descubren, al menos, ese milagro de los milagros que hay -como un signo, como un anticipo de la feen los rostros de sus hijos?
55.
La mini-revolución
El otro día, en una emisión de radio, me preguntaba alguien por qué están ahora las gentes tan
inquietas, tan desasosegadas, tan comidas por el hormiguillo que no las deja vivir, tan como
estranguladas por el miedo, los nervios y la angustia
Y por qué esto les ocurre no sólo a quienes tienen razones objetivas (el paro, la miseria) para
mirar con temor el porvenir, sino incluso a quienes teóricamente parecen tener el futuro
sustancialmente resuelto, pero que no están, por ello, menos expuestos a depresiones, a necesitar
pastillas para dormir, a llevar el corazón en volandas
Y mientras oía la pregunta me acordaba yo de aquel texto de lean Guitton que describe a la
Humanidad actual como ese grupo de animales que, encerrados en una cuadra, olfatean, presienten,
de un modo confuso pero cierto, que se está acercando la tormenta y agitan sus lomos y sus crines,
cocean y relinchan inquietos
Y ¿qué es lo que los hombres de hoy presienten, aunque aún no sepan formularlo? Saben que
la Humanidad no puede seguir mucho tiempo por el camino que lleva; intuyen que, si algo no cambia, la
Humanidad será destruida por su propio progreso; descubren que estamos caminando por una senda
que parece cada vez más claramente desembocar en un abismo de destrucción. Y entienden que ha
llegado la hora de cambiar, pero no saben ni hacia qué ni cómo hacerlo
¡Están, por lo demás, tan decepcionados de tantos cambios que nada cambiaron! «Han visto ya
-diagnostica Guitton- que ni el superarmamento atómico ni el supererotismo podrán mantener por
mucho tiempo el ritmo de crecimiento actual y que acabarán por poner en evidencia, con esa claridad
que proporciona el abismo, la urgente necesidad de elegir entre el ser y la nada, la necesidad de
apostar entre un agotarse a través del sexo y de leí droga y un verdadero redescubrimiento del
amor.»
El diagnóstico me parece absolutamente certero y creo que hay que tomarlo, además, por
donde más quema. En el siglo XIX pudieron ilusionarse con la escapatoria de creer en el crecimiento
indefinido del progreso. En las décadas pasadas se creyó en las revoluciones y en la política. Pero hoy,
¿quién cree que todo eso pueda hacer algo más que poner leves parches o trasladar la inquietud de
unas personas a otras o de unos temas a otros?
El mismo progreso económico barre la angustia por muy poco tiempo, la aleja del estómago y
la traslada al corazón. !Y qué poco revolucionarias son las revoluciones! La tortilla de un mundo
envenenado no pierde su veneno por muchas vueltas que se le den.
Cambian, tal vez, los nombres y apellidos de ambiciosos y poderosos, pero no se ve que
decrezcan ni la ambición ni las ansias de dominio. Avanza, tal vez, la medicina de los cuerpos, pero
parece que, en la misma medida, se multiplicasen los dolores morales, las traiciones, las almas sin
amor, las soledades
¿Dónde ir? ¿Hacia qué puertos navegar? Los creyentes pensamos, al llegar aquí, que esa
misma inquietud la sentía hace ya muchos siglos San Agustín y que ya él señaló la puerta de salida y
descanso: «Tarde te conocí, Señor. Nos hiciste, Señor, para ti e inquieto estuvo mi corazón hasta
descansar en ti.»
Pero yo voy a usar aquí la palabra «amor» para que sirva también mi respuesta para quienes no
tienen la fortuna de creer (aunque sé que para los creyentes -y sobre todo en esta víspera de
Navidad- las palabras «amor» y «Jesús» son sinónimas). Y responder que, sin despreciar ni los
cambios sociales ni los cambios de estructuras, al final en la única revolución en la que creo en serio
es en el redescubrimiento del amor
Para mí la única puerta de salida de la inquietud es la creación de la pequeña fraternidad,
amar a tres o cuatro personas, ser querido por tres o cuatro amigos, luchar porque sean más felices
esos pocos que nos rodean en la casa, en el vecindario, en la oficina, apretamos en la amistad como lo
hacen los amantes en las noches de frío, reunimos al fuego de las pocas certezas que nos quedan,
aceptar que en los tiempos oscuros es mejor sonreír que gritar, descubrir que la peor de las carreras
de armamentos es la que se produce en la fábrica interior de nuestro egoísmo.- Confiar en que el
amor crecerá, ya que no como una gran riada, sí, al menos, como una mancha de aceite en torno a cada
uno de nosotros
Ya sé que estoy proponiendo una minirrevolución. Pero siempre la preferiré a una revolución
soñada. Y, en todo caso, estoy seguro de que la que propongo no lleva tras de sí un rastro de sangre
56.
La familia bien gracias
Si alguien me preguntara de qué me siento yo más satisfecho y orgulloso en mi vida, creo que
no vacilaría un solo segundo para decir (dejando de lado mi fe, que ésa me la dieron más que ser mía)
que de mi familia, de la casa en la que tuve la suerte de nacer y vivir.
Recuerdo que el día en que mi madre murió tuve el gozo de poder decir, ante su cuerpo aún
caliente, durante la homilía de su funeral, que en los treinta y cinco anos que con ella había convivido
no había visto en mi casa un solo día nublado; que jamás vi reñir a mis padres; y que las pequeñas
tensiones, inevitables en toda familia, nunca duraron más allá de una tormenta de verano
Tener una suerte así, lo reconozco, es como nacer bautizado para el gozo, y ésa es la razón
por la que yo presumo de invencible ante el dolor y la tristeza: sé que, me pase lo que me pase,
siempre tendré tablas suficientes a las que agarrarme. Reconozco también que el hecho de haber
vivido toda mi infancia en ese paraíso me ha hecho sufrir luego mucho, al comprobar que el mundo no
es, precisamente, una copia de eso que a mí me enseñaron al llegar al mundo, pero, aun así, me
volvería a abonar a una infancia feliz
Porque -esto ya lo he dicho dos o tres veces en este cuaderno, pero voy a repetirlo- estoy
convencido de que es cierto aquello que decía Dostoievski de que «el que acumula muchos recuerdos
felices en su infancia, ése ya está salvado para siempre»
Por eso quiero hoy decir a mis amigos --en este pórtico del año nuevo-- que la tarea
fundamental de los humanos debería ser construir familias felices. Y que eso, se diga lo que se diga,
es posible. Difícil, como todo lo importante, pero posible
Hoy, me parece, la familia está volviendo por sus fueros tras una década tonta en la que
parecía ser el pim-pam-pum de todos los ataques. Los sufre también hoy, pero me parece que ya no
tan orquestados como en la primera hora de nuestra transición, en la que algunos señores,
disfrazados de sociólogos, nos pintaban la familia como la fuente de todos los errores
Por lo visto, los fallos de nuestra condición humana venían de lo aprendido en los hogares, en
los que decían se habían dedicado a pulverizar nuestra libertad y a convertirnos en conejitos bien
amaestrados. Recuerdo alguna revista que publicó en España un número entero para convencernos de
que la familia, como el sindicato vertical, era una creación del régimen anterior
Ahora aún nos cuentan cosas parecidas en ciertas series de televisión en las que no puede
salir una madre que no sea o una bruja o una tonta, y en las que siempre se pinta a los hermanos como
fabricantes de zancadillas para trabar la vida de los que nacieron del mismo seno
Lo gracioso -y lo bueno- es que la familia tiene cuerda suficiente para soportar esos ataques.
Y que, mientras los sustitutivos de la familia, que se inventaron como novedosísimos hace treinta años
(que si el clan, que si los kibbutzs, que si el «grupo» intercambíable), están ya espantosamente
envejecidos, la familia, con todos sus defectos, ahí está, bien, gracias
El doctor Marañón sonreía ante la gente que, cada cierto tiempo, teme por el hundimiento
próximo de la familia: «El miedo de la sociedad pacata a que desaparezca la familia y se hunda el
mundo, cada vez que éste da un estirón (una revolución) en su crecimiento, es tan antiguo como la
creencia de la venida inmediata del anticristo, del fin del mundo, etc.» Yo añadiría sólo que es tan
ridículo ese miedo de la sociedad pacata como las esperanzas de la sociedad progre, pues,
curiosamente, ambas coinciden en ver a la familia como algo agonizante
Hoy los verdaderos sociólogos demuestran lo contrario: que a pesar de todos los ataques que
está recibiendo, el matrimonio es más popular que nunca; que en el mundo está decreciendo el número
de solteros; que los jóvenes se casan más pronto que nunca; que con todas las quiebras que hoy tiene
la vida familiar, son proporcionalmente muchísimas más las que se registran en las uniones no
familiares y que la mayoría de las que nacieron irregularmente tienden, antes o después, a buscar
formas de regularización
Y no es que yo piense -no puedo pensarlo aunque sólo sea porque yo lo soy- que «el hombre
soltero es un mal», como decía Lin Yutang, y que «no debería tener voto en ninguna parte, ni siquiera
derechos civiles, ya que el individuo humano social es la unión de hombre y mujer»
No lo pienso, pero sí que sólo una muy alta vocación puede sobreponerse a la idea de crear una
familia y que incluso una soltería vocacional ha de tender a crear «otra» familia, porque, en
definitiva, «sólo entre todos los hombres -esto lo dijo, y con cuánta razón, Goethe- llega a ser vivido
lo humano». Por fortuna, «los hombres no son islas», y «un corazón solitario no es un corazón», como
pensaban Merton y Machado
57
Las estrellas calientes
¿Cómo conseguir que la familia multiplique la vida de sus miembros en lugar de dividírsela?
¿Cómo lograr que potencie su libertad sin encadenarles? ¿Cómo combinar las zonas de convivencia,
que tanto necesita todo hombre, con las no menos imprescindibles de soledad?
Estos son, me parece, los problemas decisivos de la vida familiar. Porque no debemos ser
ingenuos y limitarnos a cantos emotivos y retóricos a la familia. Los latinos sabían muy bien lo que se
decían cuando aseguraban que «la corrupción de lo mejor es lo peor»
Y la familia, que es la base de lanzamiento de muchísimos genios, ha sido también, cuando se
corrompía, el cepo en el que otros seres quedaban encadenados para siempre. Siempre que se juega a
lo grande es mucho lo que se puede ganar, porque es mucho lo que se puede perder. De ahí que, para
constituir una familia, debería la gente -dicho sea en frase vulgar- atarse muy bien los machos
Y tal vez esto sea lo más asombroso de la Humanidad: que cuanto más importante es una cosa,
menos pensemos que hay que prepararse para ella. A mí siempre me ha asombrado que se exija un
título de ingeniero. a quien ha de construir un puente o el de arquitecto para firmar los planos de una
casa -porque alguien podría morir bajo ellos si se derrumbasen- y que, en cambio, para construir una
familia, que es infinitamente más difícil, parezcan bastar un montón de sueños y mucha ingenuidad
Y no es que uno aspire a la creación de una universidad de padres, con matrículas y exámenes,
pero sí a que todo el que se case tuviera que pasar antes de hacerlo por el tribunal de la propia
seriedad y la autoexigencia. ¡Porque son tantos -cada vez más- los
aplastados por el hundimiento de su propia familia! Y no hablo sólo, es claro, de las familias rotas por
el divorcio. Hablo de todos esos otros divorcios interiores que viven con frecuencia matrimonios
aparentemente unidísimos
Hablo de los que son una yuxtaposición de soledades o una multiplicación de egoísmos. Hablo
de los que conviven soportándose. Hablo de los que «poseen» a sus hijos. 0 de los hijos que
«dominan» a sus padres. Hablo de todas esas formas de corrupción familiar en las que los unos dejan
de ser trampolines para que salten mejor los demás para convertirse en cadenas de los otros
Porque el gran misterio de toda comunidad es el de llegar a ser dos -o ser cinco, o ser docesin que cada uno de los miembros deje de ser uno. Tal vez nada hay más asombroso en la condición
humana que ese misterio de la individualidad y la libertad de cada uno de los seres humanos. hombres
todos, hechos con un molde aparentemente idéntico, pero hechos todos en realidad con moldes que
se rompen después de fabricado cada uno
¿Por qué en la misma familia es cada hijo completamente diferentes de sus hermanos? ¿Cómo
es que, si todos recibieron la misma educación y conocieron idéntico ambiente, reaccionan de maneras
diferentes ante iguales estímulos? ¿Qué es lo que hace que el primer hijo sea tímido y el segundo
extravertido?
No lo sabremos jamás. El gran asombro de toda paternidad es que sólo muy en parte pueden
hacerse los hijos a imagen y semejanza del progenitor. Y el otro asombro no menor es que el amor no
implica igualdad de los amantes y que, incluso con frecuencia, los amores más intensos surgen en
seres muy distintos entre sí
Mas tal vez sea ésta la verdadera grandeza del amor. unir sin igualar o, si se quiere, igualar o
acercar sin destruir. Y de ahí también la verdadera tragedia del fracaso de la familia: nadie puede
hacemos tanto daño como los que debieron amarnos
La traición de un amigo es, en definitiva, una traición de segunda división. La de un hermano,
la de un padre o la de un hijo, ésas sí tienen fuerza para destruir un alma. Los árabes lo dicen con un
hermoso refrán-. «El único dolor que mata más que el hierro es la injusticia que procede de nuestros
familiares.»
Estos deberían ser los problemas fundamentales para todo hombre. Yo he pensado muchas
veces en el verdadero drama de Galileo Galilei, de quien nos han contado sus enormes
descubrimientos o sus conflictos entre la ciencia y la fe, pero de quien jamás contó nadie la soledad
de su mujer -Marina Gamba-, a la que abandonó en Padua cuando le ofrecieron su cátedra en
Florencia, o de sus dos hijas -Livia y Virginia-, a las que encerró en un convento a los once años para
poder ir a triunfar y convertirse en padre del mundo futuro
¿Fueron felices esas tres mujeres? ¿O acaso el genio que sabía todo de las estrellas lejanas y
frías no llegó a enterarse de que tenía en casa tres estrellas calientes y verdaderísimas? Porque ¿de
qué nos serviría conquistar y descubrir el mundo entero si no amamos y somos amados por las tres o
cuatro personas que «hemos elegido» para vivir a nuestro lado?
Entre las muchas cartas que recibo de muchachos y muchachas jóvenes me resulta bastante
fácil distinguir a los que son felices de los que no lo son porque los primeros hablan siempre bien de
sus padres. Y los más afortunados no sólo me dicen que les quieren, sino también que les admiran y
que sus casas son un manantial de permanente alegría
Porque resulta que, aunque suene raro el decirlo, hay familias felices. Y lo digo precisamente
porque ahora no está de moda hablar de ellas. En las que llaman revistas del corazón se habla sólo de
los corazones partidos o de los que se casan hoy entre mieles de publicidad que anuncian que son
aspirantes a la ruptura más o menos lejana. En cambio, por lo visto, la felicidad y la fidelidad no son
noticia y vende más la historia de dos que se tiran los trastos a la cabeza que la de otra pareja que
se sigue queriendo y es feliz
La culpa de la mala fama de los matrimonios la tenemos en buena parte, creo yo, los
periodistas -que seguimos diciendo eso de que es noticia que un hombre muerda a un perro y no el que
le quiera- y los escritores, que, como es mucho más fácil describir la historia de los desgraciados que
la de los felices, han llenado la literatura de amores fracasados y almas abandonadas. Pero
¿demuestra esto que haya más matrimonios infelices que luminosos? Demuestra, en todo caso, que a
los escritores les faltan agallas para atreverse a contar «historias de buenos» o que hay entre los
lectores una especie masoquista más amiga de las bebidas amargas que de las dulces
O tal vez la culpa sea también de que muchas parejas felices parecen avergonzarse de su
felicidad y jamás hablan de ella. Antaño la hipocresía era fingirse malo siendo bueno. Ahora la
hipocresía es inventarse dolores teniendo motivos para estallar de gozo
Ocurre con la felicidad como con las joyas.- que la gente no se
las pone para salir de noche por miedo a los ladrones. Pero eso no demuestra que la gente no las
tenga. Prueba, en todo caso, que unas cuantas docenas de delincuentes son capaces de sembrar el
terror sobre una mayoría
Así ocultan muchos su felicidad. Cuando un grupo de hombres se reúne y habla de eso de lo
que hablan los varones cuando están solos, a todos les encanta contar sus verdaderas o supuestas
aventuras, porque parece que se es más hombre habiendo acumulado muchas. Es raro el hombre que
dice en público que en su casa se quieren y que las cosas les van bien, en cuanto es posible en este
mundo
Y, sin embargo, yo estoy absolutamente convencido de que el número de familias felices es
muchísimo mayor que el de las desgraciadas. No hablo, naturalmente, de familias que no tengan
problemas o dolores, porque eso es imposible en esta tierra. Hablo de aquellas en las que los motivos
de alegría superan a los de tristeza o en las que hay fuerza suficiente en su cariño como para superar
las dificultades
El dolor apenas empaña la felicidad. La ensucia el aburrimiento y la destroza el desamor. La
sostienen la paz y la armonía. Y no la desarbolan las tormentas cuando hay anclas suficientes ---el
amor, la felicidad, el respeto, la fe- para poder esperar a que pase el vendaval. La pulveriza con
frecuencia el dinero, tanto si falta como si se ambiciona. La sabe reconstruir el perdón, cuando
alguno de los miembros ha incurrido en alguna, inevitable, tontería. Y consiguen la felicidad quienes
recuerdan siempre que la fortuna, el éxito, la gloria, el poder, el bienestar, pueden aumentarla
cuando ya se tiene, pero que darla sólo la da el cariño
Y hay, por fortuna, muchas familias en que padres, hermanos, hijos tienen ese tesoro, el
mayor y tal vez el único que vale la pena de recibir en herencia. Y existe este cariño generalmente
tanto más cuanto más sencilla es la familia, porque aseguran que la felicidad es como los relojes, que
cuanto menos complicados son, menos se estropean
Pero sería necesario que estas familias felices salieran a flote para que los jóvenes no
tuvieran que asumir la vida como un vaso de ricino. Sería importante lograr que no ocurra en el amor
lo que en la delincuencia- que unos millares de desalmados acabaran imponiendo su violencia sobre
millones de seres pacíficos
Habría que volver a poner de moda la felicidad, no para olvidarnos de los desgraciados, sino
para hacer descubrir a los infelices que vamos a ayudarles a ser felices, más que para convencer a los
felices de que ellos son unos tontos que ni se dan cuenta de que son desgraciados. ¿O es que no
sabremos lograr que sea la felicidad y no la amargura la que resulte contagiosa?
58. Familias felices
Entre las muchas cartas que recibo de muchachos y muchachas jóvenes me resulta bastante fácil
distinguir a los que son felices de los que no lo son porque los primeros hablan siempre bien de sus
padres. Y los más afortunados no sólo me dicen que les quieren, sino también que les admiran y que
sus casas son un manantial de permanente alegría
Porque resulta que, aunque suene raro el decirlo, hay familias felices. Y lo digo precisamente
porque ahora no está de moda hablar de ellas. En las que llaman revistas del corazón se habla sólo de
los corazones partidos o de los que se casan hoy entre mieles de publicidad que anuncian que son
aspirantes a la ruptura más o me- nos lejana. En cambio, por lo visto, la felicidad y la fidelidad no
son noticia y vende más la historia de dos que se tiran los trastos a la cabeza que la de otra pareja
que se sigue queriendo y es feliz
La culpa de la mala fama de los matrimonios la tenemos en buena parte, creo yo, los periodistas que seguimos diciendo eso de que es noticia que un hombre muerda a un perro y no el que le quiera- y
los escritores, que, como es mucho más fácil describir la historia de los desgraciados que la de los
felices, han llenado la literatura de amores fracasados y almas abandonadas. Pero ¿demuestra esto
que haya más matrimonios infelices que luminosos? Demuestra, en todo caso, que a los escritores les
faltan agallas para atreverse a contar «historias de buenos» o que hay entre los lectores una
especie masoquista más amiga de las bebidas amargas que de las dulces
0 tal vez la culpa sea también de que muchas parejas felices parecen avergonzarse de su
felicidad y jamás hablan de ella. Antaño la hipocresía era fingirse malo siendo bueno. Ahora la
hipocresía es inventarse dolores teniendo motivos para estallar de gozo
Ocurre con la felicidad como con las joyas.- que la gente no se las pone para salir de noche por
miedo a los ladrones. Pero eso no demuestra que la gente no las tenga. Prueba, en todo caso, que
unas cuantas docenas de delincuentes son capaces de sembrar el terror sobre una mayoría
Así ocultan muchos su felicidad. Cuando un grupo de hombres se reúne y habla de eso de lo que
hablan los varones cuando están solos, a todos les encanta contar sus verdaderas o supuestas
aventuras, porque parece que se es más hombre habiendo acumulado muchas. Es raro el hombre que
dice en público que en su casa se quieren y que las cosas les van bien, en cuanto es posible en este
mundo
Y, sin embargo, yo estoy absolutamente convencido de que el número de familias felices es
muchísimo mayor que el de las desgraciadas. No hablo, naturalmente, de familias que no tengan
problemas o dolores, porque eso es imposible en esta tierra. Hablo de aquellas en las que los
motivos de alegría superan a los de tristeza o en las que hay fuerza suficiente en su cariño como
para superar las dificultades. El dolor apenas empaña la felicidad. La ensucia el aburrimiento y la
destroza el desamor. La sostienen la paz y la armonía. Y no la desarbolan las tormentas cuando hay
anclas suficientes --el amor, la felicidad, el respeto, la fe- para poder esperar a que pase el
vendaval. La pulveriza con frecuencia el dinero, tanto si falta como si se ambiciona. La sabe
reconstruir el perdón, cuando alguno de los miembros ha incurrido en alguna, inevitable, tontería. Y
consiguen la felicidad quienes recuerdan siempre que la fortuna, el éxito, la gloria, el poder, el
bienestar, pueden aumentarla cuando ya se tiene, pero que darla sólo la da el cariño
Y hay, por fortuna, muchas familias en que padres, hermanos, hijos tienen ese tesoro, el mayor y
tal vez el único que vale la pena de recibir en herencia. Y existe este cariño generalmente tanto
más cuanto más sencilla es la familia, porque aseguran que la felicidad es como los relojes- que
cuanto menos complicados son, menos se estropean
Pero sería necesario que estas familias felices salieran a flote para que los jóvenes no tuvieran
que asumir la vida como un vaso de ricino. Sería importante lograr que no ocurra en el amor lo que
en la delincuencia: que unos millares de desalmados acabaran impniendo su violencia sobre millones
de seres pacíficos. Habría que volver a poner de moda la felicidad, no para olvidarnos de los
desgraciados, sino para hacer descubrir a los infelices que vamos a ayudarles a ser felices, más
que para convencer a los felices de que ellos son unos tontos que ni se dan cuenta de que son
desgraciados. ¿O es que no sabremos lograr que sea la felicidad y no la amargura la que resulte
contagiosa?
59.
La flecha y el arco
«Vosotros sois el arco desde el que vuestros hijos, como flechas vivientes, son impulsados
hacia adelante.» La imagen de Kahlil Gibrán no puede ser más exacta. Y yo me temo que muchos
padres aún no han descubierto la enorme verdad que encierra
El arco, el verdadero «arco» es «para» la flecha. Un arco sin flecha se convierte en algo
estéril e inútil. E igualmente inútil es un arco que «quiere» tanto a la flecha que aspira a tenerla
permanentemente consigo y nunca la dispara. Pues la meta de la flecha es el blanco, no el vivir
acurrucada junto al arco
Si hace esto último, también la flecha se convierte en inútil y hace inútil al arco. La flecha no
es el arco, es distinta de él. Tal vez el arco fue flecha antes, pero desde que es arco su función
principal es ya empujar la flecha hacia adelante, hacia el futuro, lo más lejos posible. Para lanzarla
deberá sufrir, tensarse, hasta que su carne de arco duela. Y vibrará con dolor en el momento de
despegarse de la flecha
Sólo después de hacerlo volverá a descansar su cuerda, sabiendo ya que ha cumplido su misión
de proyectar la flecha hacia su destino. Y sólo entonces se sentirá verdaderamente lleno.- cuando
esté vacío porque la flecha está ya en su blanco
Curiosamente los arcos cumplen a la perfección esta tarea: no se conoce ningún arco tan
enamorado de sus flechas que jamás las disparase. Pero sí se conocen muchísimos padres que se
creen que sus hijos son para que los progenitores «disfruten» de ellos. Muchos que no respetan el
hecho de que sus hijos sean y quieran ser distintos de ellos. Muchos que tienen como sueño central el
que sus hijos sean «a imagen y semejanza suya» permanentemente, en lugar de aspirar a que sus
hijos logren sacar lo mejor de sí mismos y sean ellos mismos verdaderamente
Sigo citando a Kahlil Gibrán, que lo dijo un millón de veces mejor de lo que yo sabría:
«Vuestros hijos no son hijos vuestros. Son los hijos y las hijas de la vida, deseosa de sí
misma. Vienen a través vuestro, pero no vienen de vosotros. Y aunque están con vosotros, no os
pertenecen. Podéis darles vuestro amor, pero no vuestros pensamientos. Porque ellos tienen sus
propios pensamientos. Podéis albergar sus cuerpos, pero no sus almas. Porque sus almas habitan en la
casa del mañana, en una casa que vosotros no podréis visitar ni siquiera en sueños.»
Educar en libertad me parece la cosa más difícil del mundo. La más necesaria. Y es difícil
porque hay padres que, por afanes de libertad, no educan. Y padres que, Por afanes educativos, no
respetan la libertad. Hacer ambas cosas a la vez es casi como construir un círculo cuadrado. Algo que
sería imposible si no existiera el milagro del amor. Algo que es aún más difícil cuando se confunde el
amor con los afanes de dominio sobre la persona amada
¿Quién no ha conocido a esos perpetuos inmaduros que siguen agarradito a las faldas de
mamá? He conocido mujeres que aún muchos años después de casadas siguen sintiéndose mucho más
«hijitas» de sus padres que esposas de sus maridos y madres de sus hijos. Con lo que construyen una
triple tragedia: no han acabado ellas de desarrollarse como personas; condenan a una semisoledad a
su marido y carecen de fuerza para lanzar a sus hijos hacia el futuro. Y todo porque no han sabido
curarse de su «hijitas» aguda o porque sus padres siguen practicando la «mamitis» enfermiza
El verdadero mundo está siempre delante de nosotros, no detrás. Un verdadero amor es el
que practica aquellos versos de Salinas a su amada: «Perdóname por ir así buscándote / tan
torpemente dentro de ti./ Es que quiero sacar de ti / tu mejor tú.»
Querer a alguien no es sacar jugo de él, es ayudarle a que saque de sí mismo su mejor yo, a
que logre empinarse sobre sí mismo, escalando a diario de un yo a otro yo mejor. Hay que amar a la
gente como ama el arco a la flecha que vuela, que la ama precisamente porque sabe volar y porque se
siente con fuerza Para hacerla volar más deprisa y más lejos
El mejor amor es el que sabe desprenderse del amado, el que no sólo acepta, sino que facilita
el que el amado vaya más lejos que él, hasta el blanco, hasta ese blanco que se va alejando cada vez
que avanzamos hacia él y al que sólo se llega con la muerte
¡Mal amor el que fabrica enanos de alma! ¡Mal amor el que divide en lugar de multiplicar!
¡Benditos, en cambio, los que entienden su propia alma como rampa de lanzamiento de otros seres:
hijos, amigos, desconocidos! ¡Benditos, porque estarán verdaderamente llenos el día que alguien,
impulsado por ellos, suba hacia arriba y les deje vacíos gracias a tanta fecundidad!
60.
La flecha sin blanco
Mis notas sobre «el arco y la flecha» parece que han interesado a bastantes padres. Y
preocupado y hasta angustiado a algunos, que me escriben preguntándome: «¿La culpa de que la
flecha (los hijos) no llegue al blanco es siempre del arco (los padres)?»
Voy a transcribir la carta de una madre que, con su espontaneidad, expone el problema mucho
mejor que lo que yo sabría: «Padres y madres que están entro los cincuenta y sesenta años; que se
casaron hace treinta con ideales humanos y sobrenaturales; que creían y creen que el matrimonio es
un sacramento que da gracia; que querían tener hijos para el cielo y los que Dios quisiera, y que los
han tenido en mayor o menor número; que han luchado con pocos medios económicos, con
enfermedades, contra el ambiente; que se han esforzado en vivir cristianamente y han tratado de
dar a sus hijos esa savia vital, esa formación, ese poso que parecía necesario y acorde con sus
convicciones, y que. después de veintimuchos años se encuentran agotados y desalentados, pero
siguen trabajando y esforzándose, tal vez por inercia, ¿o por instinto de conservación?
No han sabido ser arcos que lancen esas flechas, no han sabido transmitir sus vivencias, no
han sabido conseguir que sus hijos conserven la fe que mamaron. Y se encuentran con su fracaso, con
su rotundo fracaso, con su desesperante fracaso. Esos niños inteligentes, sanos, llenos de vida, se
han convertido, algunos, en jóvenes abúlicos, pasotas, deprimidos, insatisfechos, tristes, escépticos,
fracasados, que han perdido o están perdiendo la fe, desde luego, en los hombres, también en la
Iglesia y deseo que no en Dios.»
«Su cita de Kahlil Gibrán es exacta, pero digo yo- ¿Es siempre el arco el que falla? No sé
nada del tiro del arco, pero ¿y si llueve?, ¿y si el viento es muy fuerte?, ¿y si la oscuridad es total?
Habría que abstenerse de tirar con arco, es decir, habría que no tener hijos.» Si quitamos a estos
párrafos un poco de la amargura que tienen (y que yo atribuyo a un desaliento momentáneo) y si
ponemos también entre interrogantes la frase final, el diagnóstico me parece perfecto. Y más
extendido de lo que suele pensarse
Porque es cierto que son muchos los padres angustiados (sobre todo los que rondan los
cincuenta-sesenta años) que se preguntan hasta qué punto son ellos responsables de los fracasos de
sus hijos
Y habría que decir sin rodeo alguno que, efectivamente, si una flecha no llega al blanco puede
ser por culpa de la flecha, por culpa del arco o a causa de las circunstancias
Hay, evidentemente, arcos que disparan mal: o por ignorancia, o por falta de generosidad, o
por pereza. Pero también hay flechas que fracasan, habiendo sido muy bien disparadas, y que no
llegan al blanco o porque son más pesadas de lo justo, o más ligeras de lo que debieran o porque ejerciendo su libertad- se tuercen y desvían
Y hay también tiempos históricos en los que llueve o el viento es excesivo, tiempos en los que
la velocidad del cambio o los influjos ambientales pueden exigir esfuerzos reduplicados, suplementos
de alma en el arco y en las flechas, para que unos y otras se realicen. ¿Cómo no reconocer que la
década pasada ha sido, en nuestro país, uno de esos momentos endemoniadamente difíciles?
Pero yo creo que los problemas no se resolverán nunca si el arco se dedica a echarle la culpa a
la flecha; si la flecha camufla su fracaso tras las supuestas responsabilidades del arco; o si los dos
eligen la coartada de pensar que «toda» la culpa es de las circunstancias. Y creo que tampoco
resuelve mucho los problemas el que el arco o la flecha se encierren masoquistamente en su amargura
y crean que la solución es renunciar al tiro y elegir la infecundidad
Más útiles me parecen algunas otras consideraciones: que los hijos descubran que si ellos
fracasan hacen, en cierto modo, fracasar también a sus padres y entiendan que entonces su delito
sería doble. Que los padres descubran que todo esfuerzo es siempre útil, aunque generalmente lo sea
«a la larga», pues un amor y una fe bien sembrados terminarán -si los padres mantienen esa fe y ese
amor- fructificando. Y que todos descubran el terrible y magnífico riesgo de la libertad
Si Dios, al crear al hombre, hubiera pensado que no valía la pena disparar un arco cuyas
flechas -muchas- se perderían, ¿habría creado al hombre? El asumió el riesgo. Creyó en el amor y en
la creación. Confió en la eficacia de la bondad. Y cuando muchos de sus hijos le fracasaron no se dejó
vencer por la amargura.- duplicó su amor. Gracias a ellos los hombres -aun los malos- tenemos, al
menos, el orgullo de llamarle Padre
61.
La verdad peligrosa
Cuentan que un jeque árabe llamó a uno de sus consejeros para pedirle que le contara lo que
de él se decía en el país. Y cuentan que el consejero respondió: «Señor, ¿qué deseáis, una respuesta
que os agrade o la verdad?» «La verdad -dijo el jeque-, por dolorosa que sea.»
«Os la diré, señor -dijo entonces el consejero-, si me prometéis a cambio el premio que os
pida.» «Está concedido -dijo el jeque-. Pedid lo que deseéis, porque la verdad no tiene precio.» «Me
basta -dijo el consejero- uno muy pequeño: dadme un caballo. para huir en él apenas termine de
decirla.»
La verdad, efectivamente, «toda» verdad es peligrosa. Pero me urge puntualizar que lo es
porque debe hacer daño a quien la dice y no, como se suele pensar, a quien la escucha
Porque la verdad se suele usar como arma arrojadiza. Cuando alguien nos dice: «Mira, te voy a
decir la verdad», uno ya sabe que nos van a decir una impertinencia. Y la cosa se pone peor cuando
alguien adelanta que «ya a decirnos las verdades». Con razón, el diccionario explica que «decir las
verdades» es "decirle a alguien sin rebozo ni miramiento alguno cosas que le amarguen»
Pero yo no hablo aquí de esas verdades -aguijones que ordinariamente tienen muchísimo de
mentira, ya que toda verdad mezclada con veneno se vuelve, sin más, falsa. Hablo más bien de las que
duelen en la boca al decirlas, de aquellas «verdades enteras» que Bernanos definía como las «dichas
sin añadirles el placer de hacer daño». Hablo de esas verdades que dejan en carne viva al que las
pronuncia
Denis de Rougemont, en el prólogo de su gran libro sobre el diablo, explica que lo escribe
sabiendo que los «listos» se reirán de él y añade que lo publica, a pesar de ellos, porque le gusta
escribir «libros peligrosos»
Sabe muy bien que hay dos tipos de autores-. aquellos para los que escribir es «sólo una
picazón de la sensibilidad que se sacia rascando; es decir, emborronando papel sin preocuparse lo más
mínimo por las consecuencias», y aquellos otros que «para saber de un modo más profundo siempre
aceptan cierto riesgo, ya que no hay verdad cómoda de decir». ¿Por qué? «Porque todas las verdades
contienen una parte de acusación respecto a nuestra vida y tienden a perturbar ese equilibrio de
piadosas mentiras, tácitamente admitidas, sin las cuales la existencia se haría imposible.»
Ahora creo que hemos aterrizado ya en lo que trataba de decir:
tener una verdad es como tener una llama dentro del cuerpo, algo maravillosamente doloroso. Por eso
a mí me asombran los que presumen de tenerla como una casa que les protege de la lluvia o como una
butaca en la que descansar. En realidad la verdad no se posee, nos posee, nos invade, nos arrastra
hacia adelante
Porque además la verdad «nunca» se tiene entera. Se avanza por ella como se sube a una
montaña y sólo se va descubriendo en la medida en que se avanza, dejándose trozos de piel en la
escalada. La verdad es, como la fe, una conquista sucesiva, un magnífico dolor
No hace mucho una señora se me escandalizó porque yo usaba la vieja y hermosa frase de San
Agustín. «Veritas, odium parit», (La verdad engendra odio). Y lo cierto es que San Agustín (y yo
detrás de él) no hablábamos allí de esa verdad que en definitiva es Cristo, hablábamos de toda esa
gente que se ha endurecido en lo que creen la verdad y que, tras confundirla con sus propias ideas,
terminan por tratar de imponerla a punta de espada o prohibiciones. Esa verdad endurecida es la que
engendra odio, la que tiene la dureza del diamante, la frialdad ardiente del infierno
La verdad es un niño que hay que ir engendrando, cuidadosamente, con miedo de malograrlo,
ofreciéndoselo a los demás como sin terminar de creer que nosotros lo hayamos parido, porque
siempre nos parece más grande que su padre. Es tierna e infantil, es desvalida y se puede ofrecer
como un regalo, nunca venderse
Y, cuando se ha compartido, crece. Y deja de ser nuestra. Y ya es de todos, dispuesta a que
otros la reengendren, multiplicándola, como los panes y los peces de Galilea
Sólo entonces, cuando ha crecido por obra de muchos, empieza a descubrirse que es un
reflejo de la Verdad con mayúscula. Y entonces se vuelve verdaderamente peligrosa. Pero es ya uno
de esos
peligros por los que vale la pena dar la vida
62.La estrella de la vocación
Si yo tuviera que decir cuál es la mayor de las bienaventuranzas de este mundo señalaría, sin
vacilar, que la de poder vivir de lo que uno ama. A continuación añadiría que una segunda y formidable
bienaventuranza, aunque de segunda clase, es llegar a amar aquello de lo que uno vive
Pero, curiosamente, parece que son pocos los que disfrutan de la primera y no muchos más los
que conquistan la segunda. Porque charlas con la gente y casi todos te hablan mal de sus trabajos.son abogados, pero sueñan ser escritores; médicos, pero les hubiera entusiasmado ser directores de
orquesta; obreros, pero habrían sido felices siendo boxeadores o futbolistas. Son pocos, en cambio,
los que reconocen haber nacido para ser lo que son y los que no se cambiarían de tarea si volvieran a
nacer
Pero aún es más grave descubrir que un altísimo porcentaje de los humanos se muere sin
llegar a descubrir cuál era su verdadera vocación. Y uso esta palabra en todo su alto y hermoso
sentido. Porque, curiosa y extrañamente, es éste un vocablo que en el uso común se ha restringido a
las vocaciones sacerdotales y religiosas, cuando en realidad «todos» los hombres tienen no una, sino
varias vocaciones muy específicas
Todos hemos sido llamados, por de pronto, a vivir. Entre los miles de millones de seres
posibles fuimos nosotros los invitados a la existencia. Si nuestros padres no se hubieran cruzado
«aquel» día, en «aquella» esquina, o en «aquel» baile, hoy no existiríamos. Y si nuestro padre se
hubiera casado con otra mujer, habría nacido «Otra» persona distinta de la que nosotros somos.
Alguien -decimos los creyentes- o algo -dicen los materialistas- se trenzó para que esta persona
concretísima que cada uno de nosotros es llegara a la existencia. Y ésta fue nuestra primera y radical
vocación-. a nacer, a realizarnos en plenitud, a vivir en integridad el alma que nos dieron.
Ya esto
sólo sería materia más que suficiente para llenar de entusiasmo toda una existencia, por oscura y
desgraciada que sea
Fuimos, después, llamados al gozo, al amor y a la fraternidad, otras tres vocaciones
universales. Colocados en mundo que, aunque haya de vivirse cuesta arriba, estalla de placeres (la luz,
el sol, la compañía y medio millón más), ¿cómo entender el aburrimiento de los que han llegado a
convencerse de que son vegetales o animales de carga?
Y fuimos finalmente llamados a realizar en este mundo una. tarea muy concreta, cada uno la
suya. Todas son igualmente importantes, pero para cada persona sólo hay una -la suyaverdaderamente importante y necesaria
Porque la vocación no es un lujo de elegidos ni un sueño de quiméricos. Todos llevan dentro
encendida una estrella. Pero a muchos les pasa lo que ocurrió en tiempos de Jesús: en el cielo
apareció una estrella anunciando su llegada y sólo la vieron los tres Magos. Y es que --como comenta
Rosales en un verso milagroso-- «la estrella es tan clara que 1 mucha gente no la ve»
Efectivamente, no es que la luz de la propia vocación suela ser oscura. Lo que pasa es que
muchos las confunden con las tenues estrellas del capricho o de las ilusiones superficiales. Y que, con
frecuencia, como les ocurrió también a los Magos, la estrella de la vocación suele ocultarse a veces -y
entonces hay que seguir buscando a tientas- o que avanza por los extraños vericuetos de las
circunstancias
Y, sin embargo, ninguna búsqueda es más importante que ésta y ninguna fidelidad más
decisiva. Unamuno decía que la verdadera cuestión social no es un problema de mejor reparto de las
riquezas, sino un asunto de reparto de vocaciones
Dejo aquí de lado las vocaciones a la santidad -que éstas, sí, casi siempre se realizan por
caminos diversos a los lógicos y previsibles, porque ahí Dios guía casi siempre a ciegas- y me refiero a
las pequeñas y cotidianas vocaciones humanas. En éstas el primer elemento decisivo es la libertad. En
ningún campo son más graves las violaciones que en las decisiones del alma. Y por eso yo entiendo mal
a la gente que anda «pescando» curas o médicos o poetas. Todas las grandes cosas o salen de una
pasión interior o amenazan inmediata ruina
Supone después capacidad, coraje y lucha. Una vocación no es un sueño, un caprichillo
pasajero, menos un afán de notoriedad. Todas las aventuras espirituales son calvarios. Y el que se
embarque en una verdadera vocación sabe que será feliz, pero no vivirá cómodo
Supone, sobre todo, terquedad en la entrega. Un escritor que se desanima al segundo fracaso
mejor es que no intente el tercero, porque no nació para eso. Sólo tiene vocación el que no sería
capaz de vivir sin realizarla
Y supone también realismo. ¡Cuántas veces una gran vocación ha de vivir «protegida» por una
segunda tarea práctica que nos dé los garbanzos mientras la otra vocación construye el alma!
Pero benditos los que saben adónde van, para qué viven y qué es lo que quieren, aunque lo que
quieran sea pequeño. De ellos es el reino de estar vivos
63. El año de " tu " juventud
En esta carta que acabo de recibir su autor no ha puesto -¿por qué?- remite. Pero en el
matasellos se lee: «1985. Año Internacional de la juventud», y pienso, por un momento, que es la
juventud quien me escribe. Porque los dos folios de este desconocido amigo ¡son tan terriblemente
sintomáticos de tantos muchachos como conozco¡
No me plantea problemas melodramáticos, pero sí uno importante: la desorientación, y otro
mucho más grave: el desaliento
Tiene mi amigo veinte años y está pasando, me dice, «el momento más negro de su vida».
Terminó los estudios medios, ingresó voluntariamente en la «mili» pensando que «allí le harían un
hombre» y ahora descubre que «no sólo no se ha hecho un hombre, sino que está peor que antes»
Si mira hacia atrás descubre que sus padres «fueron siempre muy posesivos», que «nunca ha
conseguido intimar con una chica», que tiene «un enorme complejo de inferioridad», que «la vida le
aterra» y que «no sabe para dónde tirar». «De todo lo que ha hecho hasta ahora no se quedaría con
nada. Está desencantados
¿Por qué le ocurre todo esto? ¿Es que no tiene alma? ¿Son problemas económicos? ¿Le faltan
ganas de vivir? No, nada de eso. «Quiero -dice- utilizar mi vida para hacer algo, no quiero ser el
típico 'currante' de Banco, quiero hacer algo que salga de mí. No comprendo la vida de una persona
que no haga algo que salga de él. Mis padres me quieren meter en un trabajo estable. Pero yo no sé si
seguir mi vocación o buscar la seguridad de un empleo estable, de equis miles de pesetas al mes que
te permitan comer, pero no vivir, pues, para mí, vivir no es mantenerse
Lo cierto es que tengo ya veinte anos y no puedo retrasar más el futuro profesional que
quiero que mi vida me depare. Pero de hecho, mientras hago un cursillo de formación que no me gusta,
salgo muy poco a la calle y no deseo levantarme de la cama, pues ya sé lo que el día me va a deparar.
He llegado al punto de pensar que mi vida sólo se arregla con una quiniela de catorce (por favor, no se
ría).»
No, amigo, no me río. Sé muy bien que tu caso es uno entre millones. Y entiendo muy bien que
tu carta concluya diciéndome: «Me entran ganas de volver a tener catorce años para cambiar en
ciento ochenta grados mi vida. Todo lo que he sacado ha sido una gran timidez, indecisión, miedo,
decepción, dejadez, desilusión y unas ganas tremendas de tener una chica a la que querer, aunque sé
que con esta timidez no lo conseguiré nunca. Me duele no tener quince años.»
Me gustaría poder decir a este muchacho unas cuantas cosas la mar de sencillas. Y la primera
es que él no es un bicho raro, que etapas parecidas a la suya las hemos pasado todos, porque esas
indecisiones y miedos son propios e inevitables de la inmadurez. También le diré que lo normal
hubiera sido tenerlas a los quince o dieciséis años y haberlas «comenzado» a superar a los veinte,
pero que, en definitiva, también los veinte son una edad estupenda para empezar
La segunda cosa que le diría es que la clave de la solución está en él, no en echar las culpas al
pasado o a los demás, ni en esperar que Dios venga a resolverle su problema. La medicina número uno
tiene que ser la decisión y el coraje, «su» propio coraje
Por de pronto ya tiene lo más importante: ve con claridad que quiere ser alguien. Ahora sólo le
falta serlo, empezar humildemente a serio
Al principio tendrá que empezar a hacerlo entre tanteos. Sería formidable que viera de
repente y con claridad qué quiere ser y qué va a ser. Lo normal es que esto se vaya iluminando
progresivamente, entre fracasos. Pero debe saber que el mayor de los fracasos (tal vez el único) es
no emprender nada por miedo al fracaso. Quedarse en la cama es un suicidio. Hay que empezar,
aunque sea a equivocarse. Hay que buscar ese amor, aunque recibas una primera colección de
calabazas
Lo más importante es descubrir cuál es «tu» meta. Y luego buscarla con una mezcla, a partes
iguales, de ilusión y realismo. Sólo con realismo te quedarás a ras de tierra. Sólo con ilusión te
romperás las narices. Por eso, no desprecies el consejo de tus padres, que te aconsejan un «empleo
estable». Muchas veces la mejor manera de «proteger» una vocación es «acompañarla» con un
trabajo que no la deje al albur de las circunstancias. «Desde él» es más fácil saltar a lo soñado que
desde el vacío
Luego tendrás que convencerte de que jamás es tarde para empezar. Nada ganas con soñar
volver a los quince años. No volverás, por mucho que lo sueñes. Pero empieza ahora como habrías
empezado si los tuvieras. ¡Cuántos genios del alma se despertaron no ya a los veinte, sino a los treinta
o los cincuenta! Si, en cambio, te dedicas a soñar o a lamentarte, llegarás a los treinta deseando
tener esos veinte que ahora te parecen tan negros
Mira, éste es el Año de la Juventud. Que sea para ti el año de «tu» juventud. Dejemos de
lado las grandes celebraciones retóricas.
Pon tú en pie la tuya y ya habremos tenido un año
estupendo. Y otra vez, por favor, firma tu carta, amigo
64.- El mundo es ruidoso y mudo
Le han preguntado a Georg Solti, el gran director norteamericano de orquesta, qué es para él
el silencio. Y ha respondido: «Todo. El silencio lo es todo. No podría pensar ni vivir si hay ruido.
Necesito absoluta tranquilidad para trabajar; pero, sobre todo, para vivir.» ¡Qué gran verdad! Pero
¿cómo conseguir ese silencio cuando hemos tenido la terrible desgracia de vivir en la época más
ruidosa de la historia?
Te montas en un taxi y tienes casi siempre la mala suerte de que el taxista lleve la radio a
todo trapo. Abres la ventana de tu casa y te invade el fragor de automóviles como una ola de ruidos.
No digamos si entras en una discoteca: las únicas tres veces que yo tuve que hacerlo por complacer a
amigos artistas, salí con la cabeza como un bombo, aturdido y sordo. Y hasta los lugares de trabajo
se han vuelto espantosos. ¡Si hasta los niños, que cuando les dejamos a su naturaleza son tranquilos y
silenciosos, se han vuelto histéricos y necesitan gritar cada vez más para llamar la atención en un
mundo en el que parece que todo lo importante hay que hacerlo a gritos!
Thomas Merton, el trapense, que sabía un rato de silencio, escribió una vez palabras
terribles: «El estrépito, la confusión, el griterío continuo de la sociedad moderna son la expresión
visible de sus mayores pecados: su ateísmo, su desesperación. Por eso los cristianos que se asocian a
ese ruido, que entran en la Babel de lenguas, se convierten, en cierto modo, en desterrados de la
ciudad de Dios.»
Sí, eso me siento yo muchas veces: un exiliado de la soledad, un desterrado del paraíso del
silencio. Y lo digo aun sabiendo que yo soy una especie de profesional de la palabra
De palabras vivo, a palabras me dedico. Pero sé muy bien que hay que estimar el silencio
precisamente por amor a la palabra, porque sólo en el silencio las palabras se van volviendo
esenciales; y ¡pobres de las palabras que no fueron arropadas, acunadas en un largo silencio! Si, en
realidad, dijéramos sólo las cosas que hemos comprendido de veras, tendríamos muy pocas que decir.
Y ¿dónde comprenderlas sino en la rumia silenciosa de horas aparentemente vacías?
No es lo malo la palabra. Lo malo es el ruido, el griterío, el charlataneo de toda esa gente que
habla, rebulle, se agita, porque tiene miedo de descubrir en el silencio cuán vacíos están. Lo dice
estupendamente el verso que he puesto como título a mi artículo («El mundo es ruidoso y mudo»),
cuyo autor no logro recordar. Porque no es que el mundo -la gente-- hable: simplemente articula
sonidos que nada dicen, porque nada tienen que decir
Pero tal vez lo más grave sea preguntarse si el hombre contemporáneo no habrá perdido ya
toda capacidad de guardar silencio. ¿No es cierto que el primer gesto que la mayoría de nosotros
hace al entrar en su casa es enchufar el televisor o la radio? ¿No nos sentimos aterradoramente
solos en una casa silenciosa? ¿No necesita la gente llevarse transistores al campo porque ni allí
soporta el silencio y la soledad? Y aun cuando, en raras ocasiones, buscamos el silencio, ¿no nos
llevamos dentro todo el ruido de nuestras pasiones, de nuestras preocupaciones, toda la marejada de
nuestros deseos?
Ya es difícil conseguir el silencio de la lengua y de los oídos. Casi imposible lograr el silencio
de la imaginación y de las ambiciones. Milagroso entrar desnudos en nuestra alma desnuda, para
encontrarnos allí con nosotros mismos, con la realidad de la vida, con Dios. Porque el verdadero
silencio sólo se vuelve fecundo cuando permite un ahondamiento de la conciencia, un encuentro con lo
más intenso de nosotros mismos
¡Qué envidia siento hacia las pocas profesiones que aún exigen el silencio mientras se
realizan: los médicos en los quirófanos (aunque también en ellos he visto ahora poner música,
afortunadamente clásica, que puede ser una forma de ahondar el silencio), los verdaderos artistas a
los que con justa razón se llama creadores, los grandes investigadores. y pocos más! Me pregunto a
veces si no deberíamos incluir el ruido en la lista de los pecados. Aunque quizá sea un pecado que
tiene el castigo en sí mismo: porque va convirtiendo este mundo en un infierno provisional
65.
El frenesí del bien
A un jesuita amigo mío le han regalado una cartera en cuya piel el donante había mandado
repujar aquellas palabras de Santa Teresa que recuerdan que «hay en la Compañía muchas cabezas
perdidas por el demasiado trabajo». La Santa de Ávila, desde luego, sabía lo que se decía, porque no
sólo en la Compañía, sino en el mundo entero, abundan las cabezas echadas a perder por el ingenuo
afán de abarcarlo todo. Hay también, naturalmente, muchísimas cabezas que se pierden por no dar
golpe. Pero esto, al fin y al cabo, es natural. Lo triste es que se pierdan también gentes y cabezas
estupendas que quedaron atrapadas en ese engaño que el P. Duval llamaba «el frenesí de hacer bien a
los demás»
Como es lógico, no voy a decir yo aquí lo contrario de lo que tantas veces he dicho en este
cuaderno de apuntes: que sólo el amor a los demás llena y justifica nuestras vidas. Pero sí voy a
añadir que todas las cosas tienen su medida, que hay gente que confunde el celo con el frenesí, y que
hay ciertos tipos de amor al prójimo que, precisamente por lo exagerados que son, terminan por ser
una forma especialmente maligna de egoísmo
Hay, efectivamente, gentes que se entregan tanto a la actividad, a la lucha -tal vez por sus
ideas, quizá por otras personas-, que no logran ocultar que lo que les ocurre es que, por dentro, están
solos y vacíos y que tienen miedo a pararse para contemplar su alma, con lo que el trabajo se les
vuelve una morfina porque temen que, si se parasen, se desintegrarían
Esta enfermedad es, por ejemplo, muy típica de curas, de monjas, de algunos apóstoles
seglares, que parecen medir su amor a Dios por el número de cosas que hacen. Son la gente que
querría ser «más celosa que Cristo» y que se avergüenza un poco de pensar que él «perdiera» treinta
años cortando maderas en Nazaret
Es también típica de ciertos activistas políticos o pacifistas que creen que su entrega a la
causa se mide por los nervios que a ella dedican, sin darse cuenta de que con ello van pasando de ser
seguidores y servidores de una idea a convertirse en fanáticos de la misma
¿Hay algo más ridículo que un pacifista que carece de paz interior y que, combatiendo la
guerra, crea guerras de nervios? «El frenesí del activista -ha dicho Thomas Merton -neutraliza su
trabajo por la paz. Destruye su capacidad de paz. Destruye la fecundidad de su obra, porque mata la
raíz de sabiduría interior que hace fecunda la obra.» Sí, nada que nazca fuera de un alma reposada es
verdaderamente fecundo
El frenesí del bien, digámoslo sin rodeos, es tan peligroso y estéril como el frenesí del mal. Y
de ambos proviene un no pequeño porcentaje de neurosis
María Germade, en el precioso libro que acaba de publicar sobre la Depresión mental, analiza cómo en
los comienzos de su crisis «iba de un lado a otro con la idea fija de hacer más cosas en menos tiempo,
creyendo que, por el hecho de hacer cosas, vivía más». «Quizá esta reacción naciera de la admiración
que había sentido por las personas que repetían la frase 'no tengo tiempo para nada'. Quizá me
parecieran más importantes que yo, que entonces lo tenía para todo, y quise ser como ellas.»
Sí, hay que decirlo sin rodeos: la gente que dice que «no tiene tiempo para nada» realmente
dice la verdad: que no hacen nada, que corren de acá para allá, que tal vez fabrican cosas y montan
mandangas, pero. hacer, hacer de veras, no hacen nada sino multiplicar sus nervios y los de quienes
les rodean
Pronto reciben, además, su propio castigo cuando descubren que en ellos se realiza aquel
verso terrible de Rilke: «Voy haciendo ricas todas las cosas, mientras yo me quedo cada vez más
pobre.» El verdadero amor es otra cosa. El que ama no pierde cuando da, al contrario. se enriquece
dando. Aquel cuya alma se devalúa al entregarse, en realidad lo que entrega son sus nervios y no su
alma
Sí, defendamos la calma como fuente de toda obra bien hecha. Decía Martín Abril que «para
estar bien despierto hay que estar bien dormido». Y pudo añadir que para estar bien activo hay que
estar bien relajado, que los árboles necesitan su tiempo para crecer y las frutas para madurar, que
no se está más vivo por el hecho material de hacer más cosas, que no hay que confundir el arte de
amar o el de vivir con el de batir un récord de cien metros lisos en una olimpiada
66.
Lo que vale es lo de dentro
Cuanto más avanzo por la vida más me convenzo de que todo lo sustancial de nuestra vida
estaba «ya» en la infancia. Pero nada realmente nuevo se ha añadido a la médula de nuestra
existencia
Lo compruebo cada día más en mí (y pido perdón por hablar, una vez más, de la única
existencia que conozco). Incluso el paso de los años me va descubriendo que muchas cosas que viví de
niño sin entenderlas se han ido aclarando, convirtiéndose en símbolos de lo que mi vida sería, de modo
que ciertas «anécdotas», que no pasaron entonces de simplemente curiosas, se han ido transmutando
en los quicios sobre los que hoy mi alma se sostiene
Como lo que me ocurrió aquel 19 de marzo de 1942. Tenía yo doce años y acababa de
descubrir, embriagado, algo que tantos gozos me daría años después: la poesía. En las clases de
preceptiva literaria nos habían enseñado a hilvanar octosilabos y endecasílabos, y me parecía que mis
primeros versos eran la mayor de las riquezas imaginables. Así que, cuando llegó el santo de mi
madre, no dudé un segundo en elegir mi regalo: un largo y horrendo romance (que olía por todas sus
costuras a Gabriel y Galán) que copié en una larga tira de papel de barba, imitando un pergamino, até
con un cordoncito rojo y coloqué en un diminuto cofrecillo de semicobre que me costó -lo recuerdo
con precisión- cinco duros. (Aún conservo, todo roto, aquel cofre con su poema dentro y es hoy la
mejor reliquia de mi casa.)
Poco antes de la comida llegaron las visitas a felicitar a mi madre y, ante ellas, desplegaron
mis hermanas mayores las mantelerías que para la ocasión habían bordado. Y recuerdo que, entre las
visitas, estaba uno de los frailes redentoristas a cuyas misas solíamos acudir los de mi casa. Viendo
los regalos de mis hermanas, alzó la vista y, con un tono que a mí me pareció la mayor de las
insolencias, me lanzó un- «Y tú, ¿no le regalas nada a tu madre?»
Creo que ha sido la mayor ofensa que me han hecho en mi vida. Por lo menos a mí me dolió
mucho más que todo cuanto después me ha llegado. Recuerdo que apreté con cólera los puños y que,
furioso, salí de la habitación sin contestar palabra. Fui a la cocina, busqué una bandejita de alpaca y,
sobre ella, coloqué mi cofrecito y volví a entrar en la habitación de las visitas, sin hablar una palabra
y conteniendo mis rabiosas lágrimas
Los reunidos, y el fraile entre ellos, comenzaron a hacer aspavientos y a lanzar grititos de
admiración ante mi regalo. Pero con ello aumentaron más mi cólera y, ya sin poderme contener,
mordiéndome los labios, casi grité: «Lo que vale es lo de dentro.»
No recuerdo lo que ocurrió cuando leí el poemilla. Supongo que mi madre lloraría y que los
reunidos me pronosticarían todas esas tonterías con las que llenamos las cabezas de los niños ante
sus primeros pinitos. Pero lo que no he olvidado jamás es aquella gloriosa- grotesca frase mía, que
desde entonces no ha hecho más que crecer dentro de mí, hasta convertirse en una de las claves de
mi vida
Y sólo más tarde, mucho más tarde, he logrado comprender hasta qué punto es cierto que lo
único que realmente vale en nuestras vidas es lo de dentro, que no hay ninguna riqueza que venga de
fuera, que la única función de nuestras vidas es llenar y estirar nuestras almas, que son vanos los
triunfos, los grititos del mundo (como los de las visitas-cotorras de mi infancia), que lo único que al
fin cuenta es eso que hoy tenemos tan olvidado y despreciado y que es lo que los antiguos llamaban
«vida interior»
Leo en estos días uno de los libros más hermosos de mis últimos años (Testamento espiritual,
de Lilí Alvarez, Editorial Biblia y Fe), y en él encuentro un párrafo que me gustaría resumiera mi vida
o los mejores momentos de ella:
«En estos días he empezado a estar más sosegada, sin duda por mi recuperada soledad. He
vuelto a experimentar una vieja sensación: la de volver a 'Poseer' mi vida. Esto es, de poseerme a mí
misma. De ir poco a poco encajando mi ser 'para Dios', de hacerlo "para' él, o, por lo menos, de ir
enfocándolo, pieza a pieza, en ese sentido. Crear la propia existencia, perfilarla de aquí y de allá,
pero 'por dentro', cóncavamente. Detalle a detalle, limando, raspando, entresacando en un
determinado diseño -no añadiendo, no aumentando-, trabajo de escultor más que de constructor.
Como mi vida es más quieta, puedo ir descendiendo a sus profundidades. Como un batiscafo que
lentamente se deja posar en el fondo marino.»
Así me gustaría vivir.- bajando con frecuencia al fondo oceánico de mi alma, para
encontrarme allí; para ir encajando las piezas de mi alma que me dispersa el tiempo y las actividades
externas; bebiendo de mi propio pozo; asimilando la existencia, el gozo de ser; dejando de lado las
alharacas y el ruido; redescubriendo hasta qué punto es verdad que lo único que vale es lo de dentro
67.
La fantasía como fuga
Me escribe una desconocida amiga pidiéndome que hable alguna vez de los habitantes de
otros planetas. A ella, por lo que me cuenta, le angustia la idea de si los terráqueos estaremos solos
en el universo. si no habrá también otros humanos u otra especie de humanos en lejanos mundos; si
estos seres habrán también pecado y, si han pecado, si habrán sido redimidos y por quién. Por lo que
esta señora me cuenta, todos estos problemas rondan por su cabeza hasta obsesionarla
Me temo que la voy a decepcionar enormemente si le digo que todos esos asuntos a mí no me
preocupan en absoluto, que apenas si me interesan, que me suscitan, cuando más, una cierta
curiosidad en la que, desde luego, no estoy dispuesto a invertir demasiadas horas de mi tiempo
¿Por qué? Por una razón muy sencilla: porque creo que hay demasiados problemas sangrantes
y realísimos en torno nuestro para dedicarnos a sufrir por otros hipotéticos. Porque aunque me
divertiría enterarme de si hay otra redención aparte de la nuestra, ya tengo bastante tarea con
esforzarme para que la que Cristo trajo llegue a mí y a la gente que me rodea. Porque una de mis
grandes preocupaciones es la de la gente que, preocupada por problemas que nunca podrá resolver,
deja en la estacada aquellos en los que podría realmente colaborar
A veces, claro, también yo fantaseo sobre «posibilidades» y me pregunto qué tendríamos que
hacer si, al llegar a Marte, nos encontrásemos allí con habitantes. Pero pienso en esto con la misma
despreocupación con la que, en vísperas de Navidad, me advierto a veces fantaseando ¿con ese
premio gordo que sé perfectamente que no me ya a tocar. Lo que no hago, desde luego, es dejar de
trabajar fiándome de ese premio posible-imposible. Lo que no me tolero es el que ese pensamiento
fantástico ocupe en mi cabeza más de esos pocos minutos en los que voy por la calle sin mayores
cosas que pensar
Y es que, no sé por qué, tengo la impresión de que la tentación de la fantasía como forma de
fuga de la realidad se está adueñando de los seres humanos. Y está siendo explotada por algunos muy
hábiles comerciantes. Desde hace algunos años, no ya lo fantástico, sino lo puramente fantasmagórico
se ha adueñado de buena parte de los pensamientos humanos. En literatura triunfan las «historias
interminables», los «zombies», los «hobbits» y demás monstruitos más o menos amables. En los cines
y en la televisión privan las guerras de las galaxias, los «gremlims», las diversas variantes de
marcianos, marcianitos y comparsas de otros planetas
Hasta en lo religioso hay quien prefiere inventados Cristos astronautas a los Evangelios. Nada
nuevo, en rigor. Hemos sustituido a los enanitos de Blancanieves por pequeños monstruos verdes,
pero seguimos en el camino del máximo infantilismo. Con una diferencia: que antes a Caperucita la
destinábamos a la tarea de llenar los años infantiles, mientras llegaba la vida plena y verdadera, y
ahora luchamos por prolongar a los adultos, no la infancia, sino el infantilismo; y no la fantasía
creadora y poética, sino los más cursis recursos del «tebeo»
En rigor, la gente siempre le ha tenido miedo a la realidad y ha preferido fugarse de ella a
través del Coyote, de las novelas policiacas o de las historias de amor. Pero me parece que ese afán
de fuga nunca ha sido tan evidente como ahora
Los propios cristianos caen con frecuencia en esa trampa cuando se dedican a fantasear
sobre la vida eterna. Hay, incluso, quienes piensan -y dicen- que la verdadera función del cristiano no
sería otra que «garantizarles» la eternidad. Y de ahí que muchos ateos acusen a los creyentes de
«inventarse un Dios salvador porque no tienen el coraje de aceptar la vida que les rodea». Y se
equivocan, claro, porque olvidan que Cristo dijo muy claramente que el reino de los cielos estaba ya
«dentro de nosotros» y que si es muy importante el Dios que nos salvará al otro lado, no lo es menos
el que nos llena ahora mismo si sabemos verle
Por todo ello, a mí me parece maravillosa la esperanza como fuerza que tira de nosotros hacia
el futuro y con ello multiplica la intensidad del presente. Pero me parece desastrosa la fantasía corno
fuga, como morfina para que lo que nos rodea se nos haga menos doloroso. Un hombre puede
permitirse algunos «descansillos» en la tarea de vivir. Pero lo que no puede es cegarse
voluntariamente y vivir en otros planetas cuando es en éste donde tenemos que trabajar.
A
mí, al menos, me interesa mucho más el hambre en Etiopía que la guerra de las galaxias; más lo que
mis vecinos desconocen de Cristo que el saber si él murió también en Urano; más lo que no comen los
parados en España que lo que pudieran comer los hombres verdes de las películas. La ciencia-ficción
tiene mucha ficción y muy poca ciencia, muchos colorines y poco interés. Y me parece, en dosis
masivas, una droga tan peligrosa como la heroína. Con la diferencia de que ésta se reparte con todas
las bendiciones entre los ingenuos
68.
La felicidad está cuesta arriba
¿Qué es más importante para el hombre: encontrar la felicidad o realizar una obra digna de
su condición humana? Si en un caso vocación y felicidad se contrapusieran, ¿cuál debería elegir? O
acaso la única verdadera felicidad completa está en la realización de una gran obra?
Me parece que no hay preguntas más fundamentales para cualquiera que aspire a ver con
claridad en su alma. Hoy me las evoca la lectura de uno de esos libros maravillosos que en este país
casi nadie ha leído. Me refiero al Cristóbal Colón de Nikos Kazantzaki, el gran desconocido
Hay una escena en la que, cuando Colón está embebido en su gran sueño-locura-intuición de
unas islas maravillosas que le esperan, hace el autor dialogar así a la Virgen y a Cristo:
VIRGEN.Hijo mío, apiádate de él. ¿Por qué lo has empujado? Tú lo sabes: no existen ni islas
maravillosas, ni torres de diamantes, ni portales dorados. ¿Dónde va? Se inmola. Se pierde en vano.
¿Por qué no extiendes tu mano sobre su corazón y lo serenas?
CRISTO.Madre, pongo mi mano sobre su corazón para enardecerlo. Sólo así el mundo puede crecer.
Sólo un hombre así puede romper el bienestar, la rutina, la felicidad
VIRGEN.Hijo mío, apiádate de él. Sabes bien lo que le espera: la ingratitud, la enfermedad, la miseria,
las cadenas. Extiende tu mano y ten compasión de él
CRISTO.¿Por qué compadecerlo, Madre? Lo amo. Yo lo llamé «Cristóbal» para que me tomara sobre los
hombros y me pasara a través del océano. Me ha tomado. Y, desde entonces, ¡ya no acepta la
felicidad!
Este es el planteamiento perfecto. Si la felicidad se entiende como en estas líneas (como de
hecho lo entiende la casi totalidad de los hombres: como chupeteo de los pequeños goces de una vida
pequeña) es evidente que tal felicidad-comodidad-rutina es algo contrario a toda tarea digna de
hombres
«Hijo mío -decía Bernanos a un aprendiz de escritor-, si quieres asumir en pleno tu tarea, no
olvides nunca que toda vocación es un calvario.» Es cierto: no hay vocaciones cuesta abajo, nada
grande se hace resbalando, toda tarea digna de ser hecha choca forzosamente con la incomprensión
y probablemente con la zancadilla, la calumnia, la adversidad. El mundo, como no es honesto, odia a los
que quieren serio. La raza humana, como es mediocre, detesta a todo el que no acepta su rasero
Es cierto que con frecuencia somos perseguidas por nuestros defectos y que todo hombre
digno, ante las críticas, no debe pensar, sin más, que es criticado por sus méritos. Pero también es
verdad que, después de revisada atentamente la conciencia, se comprueba con frecuencia que son la
lealtad, la decisión, el coraje, el afán de construir la propia vida lo que es perseguido y calumniado
¿Qué hacer entonces? La mayoría se acobarda ante las primeras adversidades, se amansa, se
adocena, entra en el dulce redil al que los mediocres quieren conducirle, renuncia a su vocación o,
cuando menos, la rebaja, echa agua a su vino, se conforma. Por eso el mundo está lleno de ex santos,
de ex emperadores, de ex aspirantes-a- algo-grande. Y son todos estos «ex», resentidos consigo
mismos, los que menos soportan que alguien siga allí donde ellos fracasaron hasta convertirse en los
mejores expertos en zancadillas o en los más acerados inquisidores. Ya que no fueron grandes en
realizar su obra, aspiran a la grandeza de impedir la realización de los demás
Pero todo Colón del espíritu debe creer en su alma y en su sueño y debe asumir su cuesta
arriba, con la lucidez de saber que pagará caro su esfuerzo: la ingratitud, la miseria, las cadenas, le
esperan. Sólo «en» ellas, sólo «tras» ellas encontrará -¡por fin!- la verdadera felicidad, la que surge
de la obra bien hecha y no de la comodidad
Ninguna felicidad verdadera es barata. Y hay que desconfiar de las que nos ofrecen a bajo
precio, como nos alertamos cuando en el mercado nos ofrecen fruta o pescado casi regalados: seguro
que están podridos o pasados
Me gustaría poder gritar esto a todos los muchachos que pudieran leer estas líneas: incitarles
a coger su alma con las dos manos, decirles que no es ningún drama llegar a la muerte con el corazón
lleno de cicatrices y que lo verdaderamente hombre es morirse habiendo estado antes muchos años
muertos y vacíos
69. Historia de mi yuca
Hace ahora cuatro años, el día de mi santo, me regalaron una yuca. Una yuca estupenda, de tres
troncos, casi un pequeño bosque. No sé aún cómo se les ocurrió a aquellos amigos hacerme ese
regalo, porque cualquiera que me conozca sabe que soy un perfecto manazas para todo lo práctico y
me siento absolutamente incapaz de cuidar un jardín, e incluso una planta. Pero la yuca era tan
bonita que pronto se convirtió en lo mejor de mi terraza. Descubrí, además, que era una planta muy
para mí: bastaba con regarla una vez cada semana o cada diez días e incluso podía resistir varios
meses ella sola en invierno sin preocuparse demasiado de ella
Y así es como la yuca logró vivir tres años sin mayores altibajos. Apenas se la veía crecer. Tenía
más tronco que ramas y parecía destinada o condenada a vivir invariable durante meses y años
La crisis le llegó el verano pasado. Los meses anteriores a mis vacaciones tuve más trabajo del
que hubiera deseado y creo que, durante ellos, no pisé ni una sola vez la terraza, o si lo hice fue con
tantas preocupaciones que ni miré una vez a la planta. Fueron, además, precisamente los días de más
calor del año y el sol debió zurrar a gusto mi terraza
Un día, al descorrer las cortinas del salón, la vi agonizante- sus ramas se habían curvado hasta
tocar el suelo; sus troncos se habían vuelto blandos, fofos; muchas de sus hojas amarilleaban ya
En ese momento me di cuenta, por primera vez, de que mi yuca era un ser vivo: ahora que la veía
muriéndose. Y su agonía empezó a dolerme en algún lugar del pecho. Moría por mi culpa de padre
descastado. Y, con ella, algo se quebraba en
Recuerdo que la regué y aboné sin demasiada convicción, seguro de que llegaba tarde. Una amiga
experta me explicó que se le había quedado pequeño el tiesto que hasta entonces la albergaba; que,
con el paso de¡ tiempo, la planta había ido comiéndose la tierra y ahora ya lo único que quedaba bajo
ella era una gran maraña de raíces. Tendría que comprarle un tiesto nuevo y más grande, ponerle
tierra nueva y fresca. Y debería, sobre todo, comenzar a cuidarme de ella, a quererla. Tendría
incluso que hablarle, «porque también las plantas necesitan cariño»
Obedecí, supongo, por cierto complejo de culpabilidad. Descubrí que una planta se tiene o no se
tiene, pero, si se tiene, hay que cuidarla, porque toda vida es sagrada. Y desde entonces comencé a
visitar con más frecuencia mi terraza. Me di cuenta que ése debería ser uno más de mis trabajos. Y
creo que hasta me atreví a decirle piropos a la planta sin ponerme demasiado colorado por ello
Y empecé a ser testigo del milagro: día a día veía cómo la yuca, más agradecida que ningún ser
humano, iba enderezando sus lanzas, endureciendo sus troncos, haciendo asomar ramitas nuevas,
multiplicando en longitud las que tenía
Durante todo este año he dado a la planta el cuidado, el poquito cuidado que ella necesita. ¡Y
estoy asombrado! En estos meses se me ha convertido en un verdadero bosque. Ahora sí que es lo
mejor de mi casa. Quienes la ven dicen que vale un dineral, pero a mí ese dinero me importa bien
poco. Lo que me encanta es verla orgullosa de vivir, brillantes las hojas, sólidos los troncos. Y hasta.
con el sol de esta incipiente primaverilla le han salido dieciséis nuevos brotes, dos o tres de los
cuales seguro que cuajarán en otras ramas nuevas, que van a convertir mi terraza en un jardín
gozoso
Lo que estoy contando es una historia, no una parábola que yo me esté inventando para escribir
este artículo. Pero es también para mí un símbolo de muchísimas cosas. Del coraje que yo debería
tener en mi vida. De las infinitas posibilidades de vida que hay en los hombres y en las plantas, sólo
con que alguien se preocupe un poco de los unos y de las otras
Me ha hecho descubrir algo que yo no había pensado-. que el florecimiento de los seres vivos
depende casi más del jardinero que de la misma planta y que de la tierra en la que está colocada.
Poco cuidado produce mucha maravilla. Un olvido puede ser asesino
Me ha hecho pensar que todas las cosas importantes florecen muy despacio, tardan años tal vez y
hay que aceptar largos inviernos de aparente inmovilidad y estancamiento, pero que un día -no
sabemos cuándo-- todo amor termina por germinar y florecer
Alguien me ha dicho que un día mi yuca terminará por dar flor, una sola flor, que llenará mi casa
de un olor penetrantísimo. ¿Cuándo?, pregunto. Me dicen. «Tal vez dentro de años.» Esperaré. No
tengo prisa alguna. De momento estoy ya orgulloso de que mis piropos infantiles y un poco de agua
hayan estallado en dieciséis brotes nuevos. Como podríamos hacer brotar en tantas almas sólo con
que alguna vez las mirásemos y las quisiéramos
70.
Mientras cae la nieve
Ser cura es algo magnífico. Y aterrador. Porque tendría que vivirse -¿y quién es capaz?- con el
alma en carne viva. Hace unos cuantos días la tuve yo, aunque sólo fuera durante unas horas. Me
habían invitado a decir una misa en un hospital oncológico y allí, arte setenta enfermos, me tocó ¡nada menos!- comentarles el Evangelio del día, aquel en el que María dice el «hágase tu voluntad».
¿Cómo, con qué derecho podía yo pedirles, precisamente a ellos, que tuvieran el coraje de
repetirlas? ¿Cómo podrían ellos asumir esa voluntad de Dios que parecía traslucirse en aquel trozo
de espanto que les carcomía en su interior? ¡Era fácil decirlo! Pero ¿habría sabido repetirlo yo, de
estar en uno de aquellos lechos, en aquellos sillones de ruedas, viniendo tal vez de una sesión de
quimioterapia, olfateando ya el espectro de la muerte? ¿Cómo animar- les a la esperanza sin mentir?
¡Ah!, sí, todos somos capaces de soportar de maravilla -imaginativamente- el dolor que sufren los
prójimos. Todos somos magníficos «consoladores»
Y recuerdo que, mientras avanzaba en la misa -temblando ante la idea de tener que decir
palabras de las que me sentía indigno-, me saltó a los ojos y a la conciencia la frase del salmo 119,
que por la bondad de Dios se rezaba aquel mismo día: «La misericordia del Señor llena la Tierra.» Y,
como un relámpago, entendí algo que muchas veces había olfateado y nunca comprendido del todo:
que lo mismo que en la Naturaleza oímos claramente el estallar de la tormenta y llegamos a oír,
afinando el oído, la caída de la lluvia, pero nadie logra escuchar la caída de la nieve, así también, en el
campo de las almas, sentimos al detalle el estallar de la tormenta del dolor que retumba sobre
nuestras cabezas y hace crujir nuestros huesos
y el alma; Regamos a percibir el chirrido del tiempo que, como una lluvia, va limando nuestra vida;
pero nadie logra escuchar cómo, al lado mismo del tabique de nuestro corazón, nieva incesantemente
la misericordia de Dios, nos rodea, nos cubre, transformaría nuestras almas -¡si se dejaran!- como
convierte la nevada en un paraíso sin estrenar los más ariscos paisajes
Sí, es cierto, la misericordia de Dios llena la Tierra. Y nadie se entera de ello. Incluso hemos
devaluado la palabra «misericordia», que es una de las que con más frecuencia y vigor usa la Biblia
para hablar del amor de Dios a sus hijos. Pero así como sólo asomándose a la ventana se logra
descubrir que está nevando, los más de los hombres, tabicados en su propio egoísmo, no llegan ni a
sospechar hasta qué punto son amados
Se lo dije así -y ahora sabía que no estaba engañándoles- a mis amigos cancerosos. Y lo quiero
repetir hoy, en estas vísperas de Navidad, en las que parecería que la misericordia de Dios se
multiplicase sobre los hombres como las nevadas. Somos amados a todas horas, pero nunca tanto.
Nunca tan descaradamente como en esta estación de la ternura que son las Navidades, una especie
de quinta estación de esperanza que habría que añadir a las cuatro del año
Y yo no sé si en estos días nosotros nos sentimos más niños porque Dios es más Padre, o si Dios
es más Padre porque nosotros nos sentimos más pequeños; pero sí sé que son días para abrir las
ventanas del alma, para asomarse a ellas, pegar nuestras narices al cristal y ver, asombrados, cómo
Dios, vuelto nieve caliente, cae sobre nosotros en forma de ternura. En el Sinaí tronaba entre
relámpagos. En Belén se hace nieve silenciosa. ¡Y qué bien han entendido esto quienes -aun sabiendo
que en Belén no nevaba prácticamente nunca- no imaginan que se pueda construir un nacimiento que
no esté cubierto por nieve-harina! ¿Quién no ha soñado nunca que una mañana amaneceremos y el
mundo estará cambiado, trasladado a un nuevo paraíso, cubiertas por la nieve la injusticia y el llanto,
vueltos todos los hombres pastores y lavanderas junto al gran río de la misericordia?
Belén es, ciertamente, la más hermosa e inverosímil de las utopías. Y, sin embargo, los hombres
podríamos, si no construirla, sí al menos acelerar su llegada. Porque probablemente los hombres no
se sienten amados porque no les parece posible que eso sea verdad, no ven porque no esperan. Y
quizá el mundo va tan mal porque todos nos hemos puesto de acuerdo en que nunca mejorará. Nos
agarramos entonces a las más idiotas esperanzas. Compramos un décimo de lotería y, aunque
sabemos que no nos tocará, nos engolfamos durante unas horas en los sueños de lo que vamos a
hacer con ese premio que sabemos imposible
Pero ¿quién puede creer que va a tocarle Dios, que es la única lotería que toca en todos sus
números?
¿Recuerdan ustedes aquella escena de Milagro en Milán en la que-se sortea un pollo entre un
batallón de hambrientos y en la que el afortunado cuando lo tiene ya entre las manos, no se atreve a
hincarle el diente porque está seguro de que no puede ser verdad, de que tiene que tratarse de un
espejismo o una ilusión? Así le ocurre al hombre contemporáneo: prefiere creer que la Navidad es
una fábula, porque no le cabe en la cabeza -acostumbrado como está a tanto desamor- que alguien
haya podido quererle tanto como para hacerse un semejante suyo
Y luego están los otros, los creyentes, los que esperan sin saber esperar, los que confunden la
esperanza (que es una hoguera ardiente) con una espera (que es una de esas salas frías en las que nos
adormilamos mientras llegan los trenes). I-Iay, sí, muchos cristianos que esperan a Dios como se
aguarda la primavera durante el invierno: sabiendo que, por mucho que se la espere, no llegará ni un
día antes de lo establecido. Y no se les ocurre que habría que esperar a Dios como una madre espera
a un hijo: engendrándole, alimentándolo dentro, haciéndole crecer en nuestra sangre, nuestra leche y
nuestra vida
Sí, esperar es engendrar. Porque el amor de Dios es una nieve que cae dentro de las almas y, en
las más, se derrite antes de cuajar, porque la Tierra no está preparada para ella. Para que Dios
«cuaje» en el mundo, como para engendrar, hace falta poner mucha pasión, hay que hacer fuerza
como las mujeres en el parto, hay que «tirar» de él como el ginecólogo y las comadronas hacen con un
recién nacido
No podemos anticipar la primavera, pero sí podemos, entre todos, tirar -eso es el adviento- de la
primavera de Dios. Si hubiéramos hecho un mundo más vividero, la nieve de Dios no se desharía al
caer en él y la gente vería el amor de Dios a través de nuestro amor. Y todos los días serían
Navidades. Y marcharíamos sobre la nieve de Dios dejando en ella nuestras huellas de hombres, las
pisadas del alma. Y, al morir nosotros, quienes vinieran detrás pondrían sus pies en nuestras huellas y
sentirían aún nuestro calor. Y nadie se sentiría huérfano
Ahora, en esta víspera de Navidad, pienso en María. Y me gustaría esperar el Belén como ella,
temblorosa y fecunda, asombrada y ciertísima, engendradora y virgen, invadida por la oscuridad de la
fe y por la luz de la esperanza
Abro la ventana y sigue nevando, mansa y calladamente. Sí, la misericordia de Dios cubre la Tierra.
Aleluya
71. Pascua: camino de la luz
Me parece que el lector tiene derecho, antes aún de que concluya este libro, de formularme una
pregunta: Pero ¿cuál es la última, la última razón de mi alegría? ¿Todo termina en lo que he dicho en
este libro?
Creo que debo ser completamente honesto y explicar algunas cosas: todas las páginas que
preceden han ido naciendo como artículos de periódico, y aunque yo nunca oculto ni lo que soy ni la fe
que me sostiene, sí procuro que mi lenguaje en el mundo periodístico pueda ser útil, o cuando menos
comprensible, para los que no tienen fe. Por ello mis artículos hablan probablemente más -o más
claramente- de las esperanzas y alegrías humanas que de las que son pura gracia. Sé que las unas y
las otras son inseparables y que las esperanzas cristianas suelen surgir de la raíz de las humanas.
Pero sé también qué cortas y sin flor serían las humanas de no existir las otras
Por eso no quería cerrar este libro sin hablar de esa última- última razón de mi alegría que es la
Pascua del Señor. A ella se dedica este capítulo final de mi libro
Cuentan de un famoso sabio alemán que, al tener que -ampliar su gabinete de investigaciones, fue
a alquilar una casa que colindaba son un convento de carmelitas. Y pensó: ¡Qué maravilla, aquí tendré
un permanente silencio! Y con el paso de los días comprobó que, efectivamente, el silencio rodeaba
su casa . salvo en las horas de recreo. Entonces en el patio vecino estallaban surtidores de risa,
limpias carcajadas, un brotar inextinguible de alegría. Y era un gozo que se colaba por puertas y
ventanas. Un júbilo que perseguía al investigador por mucho que cerrase sus postigos. ¿Por qué se
reían aquellas monjas? ¿De qué se reían? Estas preguntas intrigaban al investigador. Tanto que la
curiosidad le empujó a conocer las vidas de aquellas religiosas. ¿De qué se reían si eran pobres? ¿Por
qué eran felices si nada de lo que alegra a este mundo era suyo? ¿Cómo podía llenarles la oración, el
silencio? ¿Tanto valía la sola amistad? ¿Qué había en el fondo de sus ojos que les hacía brillar de tal
manera?
Aquel sabio alemán no tenia fe. No podía entender que aquello, que para él eran puras ficciones,
puros sueños sin sentido, llenara un alma. Menos aún que pudiera alegrarla hasta tal extremo
Y comenzó a obsesionarse. Empezó a sentirse rodeado de oleadas de risas que ahora escuchaba
a todas horas. Y en su alma nació una envidia que no se decidía a confesarse a sí mismo. Tenía que
haber «algo» que él no entendía, un misterio que le desbordaba. Aquellas mujeres, pensaba, no
conocían el amor, ni el lujo, ni el placer, ni la diversión. ¿Qué tenían, si no podía ser otra cosa que una
acumulación de soledades?
Un día se decidió a hablar con la priora y ésta le dio una sola razón
-Es que somos esposas de Cristo
-Pero -arguyó el científico- Cristo murió hace dos mil años. Ahora creció la sonrisa de la religiosa y
el sabio volvió a ver en sus ojos aquel brillo que tanto le intrigaba. -Se equivoca -dijo la
religiosa-; lo que pasó hace tres años fue que, venciendo a la muerte, resucitó. -¿Y por eso son
felices?
-Sí. Nosotras somos los testigos de su resurrección
Me pregunto ahora cuántos cristianos se dan cuenta de que ése es su «oficio», que ésa es la tarea
que les encomendaron el día de su bautismo. Me pregunto por qué los creyentes no «perseguimos»
al mundo con la única arma de nuestras risas, de nuestro gozo interior. Me pregunto por qué a los
cristianos no se les distingue por las calles a través del brillo de sus ojos. Por qué nuestras
eucaristías no consiguen que salgan de las iglesias oleadas de alegría. Cómo puede haber cristianos
que se aburren de serio. Que dicen que el Evangelio no les «sabe» a nada. Que orar se les hace
pesado. Que hablan de Dios como de un viejo exigente cuyos caprichos les abruman. Me pregunto,
sobre todo, qué le diremos a Cristo el día del juicio, cuando nos haga la más importante de todas sus
preguntas:
-Cristianos, ¿qué habéis hecho de vuestro gozo? Porque lo mismo que los apóstoles convivieron
con Cristo tres años sin acabar de enterarse de quién era aquel que estaba entre ellos y necesitaron
su resurrección y, sobre todo, la venida del Espíritu Santo para descubrirle, nosotros, veinte siglos
después aún no nos hemos enterado del estallido de entusiasmo que significó su nacimiento y fue su
vida
Cuando Dios se muestra hay siempre una revelación de alegría. Su llegada al mundo estuvo
rodeada de un viento de locura con el que todos los que lo conocieron quedaron trastornados -como
comentó Evely-: Isabel, la estéril, da a luz; Zacarías, el incrédulo, profetiza; Juan, el no nacido, salta
en el seno de su madre; José, que era sólo un hombre bueno, entiende los misterios de Dios; María,
la Virgen, se hace madre sin dejar de ser virgen; los pastores, los despreciados, cuya palabra no
tenía siquiera valor en los juicios, se convierten en conversadores con los ángeles; los magos
abandonan sus reinos, dejan su tierra y dan todo lo que tienen; Simeón, el viejo, deja de temer a la
muerte. Es la alegría. Ninguno sabe explicarla. Todos la viven y se sienten inundados por ella
Y en la vida pública de Jesús hay un viento de esperanza que crece a su paso- los apóstoles,
torpes y egoístas, lo dejan todo y le siguen; Zaqueo, el rico, da su dinero a los pobres; la gente más
inculta se siente embelesada oyendo la palabra de Dios y hasta se olvida de comer por seguirle; a la
gente se le multiplica el pan entre las manos; el agua se vuelve vino; los enfermos bendicen a Dios;
los paralíticos se levantan bailando; los leprosos sienten reverdecer su carne; la samaritano
encuentra, por fin, un agua que le quita para siempre la sed; María Magdalena abandona sus demonios
y descubre la ternura de Dios; Jesús anuncia a los pobres que son felices y que podrán serio sin
dejar de ser pobres y que lo serán precisamente porque son pobres. y los pobres le entienden; hasta
las aguas se calman y las tempestades cesan
Y Jesús no se canso de predicar el gozo: «Os dejo mi paz, es mi paz la que yo os doy, no la que da
el mundo» (Jn 14,27). «Os doy mi gozo. Quiero que tengáis en vosotros mi propio gozo y que vuestro
gozo sea completo» (Jn 15,11). «Vuestra tristeza se convertirá en gozo» (Jn 16,20)
«Si me amáis, tendréis que alegraros» (Jn 14,27). «No, yo no os dejaré huérfanos, yo volveré a
vosotros» (Jn 14-18)
«Volveré a vosotros y vuestro corazón se regocijará y el gozo que entonces experimentaréis
nadie os lo podrá arrebatar. Pedid y recibiréis y vuestro gozo será completo» (In 16,22-24)
«Esto os lo digo para que yo me goce en vosotros y vuestro gozo sea cumplido» (In 15,1 l)
Y es el temor lo que más le disgusta en los suyos. Por eso se pasa la vida calmándoles y
tranquilizándoles. «No temas recibir a María», dice el ángel a José cuando vacila en recibir a su
esposa (Mt 1,20). «No temas, cree solamente», dice Jesús al ciego que le pide ayuda (Le 8,50). «No
temáis, pequeño rebaño», repite a los suyos (Le 12,32). «¿Por qué teméis, hombres de poca fe?»,
reprende a los apóstoles momentos antes de calmar la tempestad. «No temáis, vosotros valéis más
que muchos pájaros», explica a quienes temen por sus vidas (Le 12,7). «Confiad, yo he vencido al
mundo» (In 16,33), recuerda en la última cena
Incluso después de la resurrección tendrá que dar una tremenda batalla contra el miedo de sus
apóstoles. Las piadosas mujeres van hacia la tumba con el alma aplastada por la muerte del Maestro
amado con la única angustia de quién levantará la piedra del sepulcro y de sus almas. Los de Emaús
han perdido ya todas sus esperanzas. Comentan que «nosotros esperábamos» que fuera el salvador
de Israel, pero ya no esperan. «No temáis, soy yo», tendrá que explicar a los doce al aparecérseles,
porque aún no les cabe en la cabeza la alegría, porque han podido digerir la muerte de Cristo, pero no
su resurrección. Tiene forzosamente que ser, piensan, un fantasma
¿Y hoy? Han pasado veinte siglos y aún no hemos perdido el miedo. Aún no estamos convencidos
de que las cosas puedan terminar bien. Y nos hemos fabricado un Dios triste, un Cristo triste, una
Iglesia triste, unos cristianos aburridos
Cuando en una corrida de toros el público bosteza los cronistas comentan: «La gente estaba como
en misa» porque, al parecer, a la misa le van las caras largas y los rostros sin alma
Julien Green, cuando la idea de la conversión comenzaba a rondarle la cabeza, solía apostarse a la
puerta de las iglesias para ver los rostros de los que de ella salían. Pensaba: Si ahí se encuentran con
Dios, si ahí asisten verdaderamente a la muerte y resurrección de alguien querido, saldrán con
rostros trémulos o ardientes, luminosos o encendidos. Y terminaba comentando: «Bajan del Calvario
y hablan del tiempo entre bostezos.»
¿Dónde se quedó nuestra vocación de testigos de la resurrección? ¡Si hasta a los santos los
hemos vuelto tristes! De ellos sólo sabemos sus mortificaciones, sus dolores. Ignoramos todo el gozo
interior de encontrarse con Dios en su alma. Hemos perdido lo que Lilí Alvarez llama el «aspecto
fruitivo» de la religión. Dios se nos ha vuelto insípido porque no hemos sabido descubrir su «sabor».
Hemos olvidado ese «rasgo de la experiencia de Dios que es la dulzura y la bondad que rezuma
mansamente de la vida cristianas
Es bastante asombroso: la Iglesia colocó cuarenta días -la cuaresma- para prepararnos para la
pasión del Señor. Y lo vivimos con relativa intensidad, hacemos ejercicios, mortificaciones, pensamos
que es nuestro deber acompañar a Cristo en sus dolores. Pero la Iglesia colocó una segunda
cuarentena -que va desde la Pascua hasta la Ascensión- para que acompañemos a Cristo en su gozo y
aún no hemos encontrado la manera de celebrarla
Rezamos -y está muy bien, es una bellísima devoción- el Vía Crucis. ¿Por qué aún no hemos
encontrado el Vía Lucis, para acompañar a Cristo en las catorce estaciones de su gozo? Tal vez
cuando llega la Pascua pensamos que ya hicimos bastante', que ya hemos rezado mucho, que Cristo no
necesita compañía en sus gozos. " jubilamos, como dice Evely, y le mandamos al cielo con una pensión
por los servicios prestados. Tal vez porque es más fácil acompañar en el dolor que en la alegría. Tal
vez porque, lo mismo que buscamos compañía en nuestras penas y gozamos a solas nuestros éxitos,
pensamos que la Pascua no es también «nuestro» triunfo
Nos parece, además, que Dios tuviera «la culpa» de nuestras desgracias y que no tuviese nada que
ver con nuestros motivos de alegría. Sin descubrir que él es la última raíz, la última causa de toda
auténtica alegría cristiana
La Pascua -pienso yo- debería ser la gran ocasión para hacer el repaso de la infinita serie de
alegrías que apenas disfrutamos. El tiempo de descubrir que:
- Somos dichosos porque fuimos llamados a la vida, porque entre la infinita multitud de seres
posibles fuimos elegidos nosotros, amados antes de nacer, escogidos para este milagro de vivir
- Somos dichosos porque fuimos llamados a la fe, recibimos esta gracia, sin mérito alguno.
Pudimos nacer en una familia de paganos o de increyentes, y ya desde el bautismo nos pusieron una
señal en la frente que nos reconocía como elegidos y llamados al Evangelio
- Somos dichosos porque Dios nos amó primero, porque él no esperó a saber si mereceríamos su
amor y quiso empezar a amarnos antes de nuestro nacimiento
- Somos dichosos porque también nosotros le amamos, bien o mal, mediocre o aburridamente, le
amamos y es eso lo que engrandece y da sentido a nuestras almas
- Somos felices porque tenemos un Dios mucho mejor del que nos imaginábamos. Como nosotros
somos tacaños en amar, creíamos que también él era tacaño. Como nosotros amamos siempre con
condiciones, pensábamos que también él regatería
- Somos felices porque Cristo quiso seguir siendo hombre después de su resurrección. El pudo,
efectivamente, vivir transitoria- mente su condición de hombre, llevar la humanidad como un
vestido y regresar a su exclusiva gloria de Dios cumplida su redención, pero quiso resucitar y
permanecer siendo hombre además de Dios
- Somos felices porque, al resucitar, venció a la muerte. Gracias a eso sabemos que la muerte ya
no es definitiva, que está derrotada para siempre y que nadie ya nunca morirá del todo. Sabemos
que, si resucitó él, también nosotros resucitaremos. Sabemos que nuestra historia, pase los avatares
que pase, es siempre una historia que termina bien
- Somos dichosos porque sabemos que incluso el dolor es camino de resurrección. Porque desde
que él murió entendemos que todo dolor sirve para algo; que en sus manos ningún dolor se pierde
- Somos dichosos porque él sigue estando con nosotros. Lo prometió y la suya es la única palabra
que no miente jamás
- Somos dichosos porque él se fue delante para prepararnos un sitio. No se fue a los cielos de
vacaciones, olvidándose de los suyos; no se escapó de la lucha dejándonos a nosotros en la estacada
- Somos dichosos porque nos encargó la tarea de evangelizar. Pudo hacerlo él, directamente, con
su gracia. Pero quiso hacerlo a través de nuestras manos y nuestra palabra. Nos encargó también de
mejorar este mundo, de acercarlo con nuestro trabajo a su reino
- Somos dichosos porque, al ser él nuestro hermano, nos descubrió cuán hermanos éramos
nosotros. Poco sabríamos de nuestra fraternidad, encerrados como estamos en el egoísmo. Pero él
nos .descubrió esa misteriosa unidad, que ni siquiera sospechábamos, de hijos comunes de un único
Padre
- Somos dichosos porque él perdonará nuestros pecados como perdonó el de Pedro. Era su
preferido y le traicionó públicamente por tres veces. ¿Por qué no habría de perdonar también
nuestras traiciones tan sólo con decirle. tú sabes que te amo?
- Somos dichosos porque él curará nuestra ceguera como la de Tomás. Todos estamos ciegos.
Todos seguimos sin creer en su resurrección. El cogerá nuestras manos y nos las meterá, sonriendo,
en sus llagas
- Somos dichosos porque él avivará nuestras esperanzas muertas como las de los de Emaús. Un
día saldrá al paso de nuestro camino -no sabemos dónde, no sospechamos cuándo-- y hablará y
sentiremos que nuestro corazón arderá al oír su palabra
- Somos dichosos porque él enderezará nuestro amor como el de Magdalena. Todos estamos
llenos de amores torcidos. Pero él es experto en el arte de expulsarnos del alma nuestros siete
demonios
- Somos dichosos porque nuestros nombres están escritos en el reina de los cielos. El lo aseguró.
En «el libro de la vida» están ya escritos los nombres de todos los que, bien o mal, intentamos
amarlo
- Somos dichosos porque el reino de los cielos está ya dentro de nosotros. No tenemos que
pasarnos la vida esperando: crece ya en cada hombre que ama, en cada mano que se tiende, en cada
lágrima que se enjuga
- Somos dichosos porque nos ha nombrado testigos de su gozo, la más hermosa de las tareas, el
más bendito de los oficios, la misión que debería llenarnos a todas horas los ojos de alegría
Todo esto se hizo público la mañana de Pascua. Cuando 61 rompió la piedra de su sepulcro y nos
mostró quién era verdaderamente- el Viviente Vivo, el Dios-Hombre que es la alegría de nuestra
juventud
Via Lucis Martín Descalzo
Durante siglos las generaciones cristianas han acompañado a Cristo camino del Calvario, en una
de las más hermosas devociones Cristianos: el Via Crucis
¿Por qué no intentar –no <en lugar de>, sino <además de>-acompañar a Jesús también en las
catorce estaciones de su triunfo?
Esta meditación pascual es la que encierran las páginas que siguen
PRIMERA ESTACIÓN
JESÚS, RESUCITADO CONQUISTA LA VIDA VERDADERA
Pasado el sábado, ya para amanecer el día primero de la semana, vino María Magdalena con la otra
María a ver el sepulcro
Y sobrevino un gran terremoto, pues un ángel del Señor bajó del cielo y acercándose removió la
piedra del sepulcro y se sentó sobre ella
Era su aspecto como el relámpago, y su vestidura blanca como la nieve
De miedo de él temblaron los guardias y se quedaron como muertos
El ángel, dirigiéndose a las mujeres, dijo: No temáis vosotras, pues sé que buscáis a Jesús, el
crucificado
No está aquí; ha resucitado, según lo había dicho. Venid y ved el sitio donde fue puesto. (Mt 28, 1-6)
Gracias, Señor, porque al romper la piedra de tu sepulcro
nos trajiste en las manos la vida verdadera,
no sólo un trozo más de esto que los hombres llamamos vida,
sino la inextinguible,
la zarza ardiendo que no se consume,
la misma vida que vive Dios
Gracias por este gozo,
gracias por esta Gracia,
gracias por esta vida eterna que nos hace inmortales,
gracias porque al resucitar inauguraste
la nueva humanidad
y nos pusiste en las manos estas vida multiplicada,
este milagro de ser hombres y más,
esta alegría de sabernos partícipes de tu triunfo,
este sentirnos y ser hijos y miembros
de tu cuerpo de hombre y Dios resucitado
SEGUNDA ESTACIÓN
SU SEPULCRO VACÍO MUESTRA QUE JESÚS HA VENCIDO A LA MUERTE
Muy de madrugada, el primer día después del sábado, en cuanto salió el sol, vinieron al monumento
Se decían entre sí: ¿Quién nos removerá la piedra de la entrada del monumento?
Y mirando, vieron que la piedra estaba removida; era muy grande
Entrando en el monumento, vieron un joven sentado a la derecha, vestido de una túnica blanca, y
quedaron sobrecogidas de espanto
Él les dijo: No os asustéis. Buscáis a Jesús Nazareno, el crucificado; ha resucitado, no está aquí;
mirad el sitio en que le pusieron. (Mc 16, 2-6)
Hoy, al resucitar, dejaste tu sepulcro
abierto como una enorme boca, que grita
que has vencido a la muerte
Ella, que hasta ayer era la reina de este mundo,
a quien se sometían los pobres y los ricos,
se bate hoy en triste retirada
vencida por tu mano de muerto-vencedor
¿Cómo podrían aprisionar tu fuerza
unos metros de tierra?
Alzaste tu cuerpo de la fosa como se alza una llama,
como el sol se levanta tras los montes del mundo,
y se quedó la muerte muerta,
amordazada la invencible,
destruido por siempre su terrible dominio
El sepulcro es la prueba:
nadie ni nada encadena tu alma desbordante de vida
y esta tumba vacía muestra ahora
que tú eres
un Dios de vivos y no un Dios de muertos
TERCERA ESTACIÓN
JESÚS, BAJANDO A LOS INFIERNOS,
MUESTRA EL TRIUNFO DE SU RESURRECCIÓN
Porque también Cristo murió una vez por los pecados, el justo por los injustos, para llevarnos a Dios.
Murió en la carne, pero volvió a la vida por el Espíritu
y en él fue a pregonar a los espíritus que estaban en la prisión.(1 Pe 3, 18)
Más no resucitaste para ti solo
Tu vida era contagiosa y querías
repartir entre todos
el pan bendito de tu resurrección
Por eso descendiste hasta el seño de Abrahán,
para dar a los muertos de mil generaciones
la caliente limosna de tu vida recién conquistada
Y los antiguos patriarcas y profetas
que te esperaban desde siglos y siglos
se pusieron de pie y te aclamaron, diciendo:
<<Santo, Santo, Santo
Digno es el cordero que con su muerte nos infunde vida,
que con su vida nueva nos salva de la muerte
Y cien mil veces santo
es este Salvador que se salva y nos salva.>>
Y tendieron sus manos
brotó este nuevo milagro
de la multiplicación de la sangre y de la vida
CUARTA ESTACIÓN
JESÚS RESUCITA POR LA FE EN EL ALMA DE MARÍA
E Isabel se llenó del Espíritu Santo,
y clamó con fuerte voz: ¡Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre!
¿De dónde a mí que la madre de mi Señor venga a mí?
Porque así que sonó la voz de tu salutación en mis oídos, exultó de gozo el niño de mi seno
Dichosa la que ha creído que se cumplirá lo que se le ha dicho de parte del Señor
Dijo María: Mi alma engrandece al Señor y exulta de júbilo mi espíritu en Dios, mi Salvador,
porque ha mirado la humildad de su sierva; por eso todas las generaciones me llamarán
bienaventurada,
porque ha hecho en mí maravillas el Poderoso, cuyo nombre es santo. (Luc 1, 41-49)
No sabemos si aquella mañana del domingo
visitaste a tu Madre,
pero estamos seguros de que resucitaste
en ella y para ella,
que ella bebió a grandes sorbos el agua de tu resurrección,
que nadie como ella se alegró con tu gozo
y que tu dulce presencia fue quitando
uno a uno los cuchillos
que traspasaban su alma de mujer
No sabemos si te vio con sus ojos,
mas sí que te abrazó con los brazos del alma,
que te vio con los cinco sentidos de su fe
Ah, si nosotros supiéramos gustar una centésima de su gozo
Ah, si aprendiésemos a resucitar en ti como ella
Ah, si nuestro corazón estuviera tan abierto como estuvo
el de María aquella mañana del domingo
QUINTA ESTACIÓN
JESÚS ELIGE A UNA MUJER
COMO APÓSTOL DE SUS APÓSTOLES
María se quedó junto al monumento, fuera, llorando. Mientras lloraba se inclinó hacia el monumento,
y vio a dos ángeles vestidos de blanco, sentados uno a la cabecera y otro
a los pies de donde había estado el cuerpo de Jesús
Le dijeron: ¿Por qué lloras, mujer? Ella les dijo: porque han tomado a mi Señor y no sé dónde le han
puesto
Diciendo esto, se volvió para atrás y vio a Jesús que estaba allí, pero no conoció que fuera Jesús
Díjole Jesús: Mujer, ¿por qué lloras? ¿A quién buscas? Ella, creyendo que era el hortelano, le dijo:
Señor, si les has llevado tú, dime dónde le has puesto, y yo le tomaré
Díjole Jesús: ¡María! Ella, volviéndose, le dijo en hebreo: <<¡Rabboni!>>, que quiere decir Maestro
Jesús le dijo: No me toques, porque aún no he subido al Padre; pero ve a mis hermanos y diles: Subo a
mi Padre y a vuestro Padre, a mi Dios y a Vuestro Dios
María Magdalena fue a anunciar a los discípulos: <<He visto al Señor>>, y las cosas que le había dicho.
(Jn 20, 11-18)
Lo mismo que María Magdalena decimos hoy nosotros:
<<Me han quitado a mi Señor y no sé dónde lo han puesto.>>
Marchamos por el mundo y no encontramos nada en qué poner los ojos,
nadie en quien podamos poner entero nuestro corazón
Desde que tú te fuiste nos han quitado el alma
y no sabemos dónde apoyar nuestra esperanza,
ni encontrarnos una sola alegría que no tenga venenos
¿Dónde estas? ¡Dónde fuiste, jardinero del alma,
en qué sepulcro, en qué jardín te escondes?
¿O es que tú estás delante de nuestros mismos ojos
y no sabemos verte?
¿estás en los hermanos y no te conocemos?
¿Te ocultas en los pobres, resucitas en ellos
y nosotros pasamos a su lado sin reconocerte?
Llámame por mi nombre para que yo te vea,
para que reconozca la voz con que hace años
me llamaste a la vida en el bautismo,
para que redescubra que tú eres mi maestro
Y envíame de nuevo a transmitir de nuevo tu gozo a mis hermanos,
hazme apóstol de apóstoles
como aquella mujer privilegiada
que, porque te amó tanto,
conoció el privilegio de beber la primera
el primer sorbo de tu resurrección
SEXTA ESTACIÓN
JESÚS DEVUELVE LA ESPERANZA
A DOS DISCÍPULOS DESANIMADOS
El mismo día, dos de ellos iban a una aldea, que dista de Jerusalén sesenta estadios, llamada Emaús,
y hablaban entre sí de todos esos acontecimientos
Mientras iban hablando y razonando, el mismo Jesús se les acercó e iba con ellos,
pero sus ojos no podían reconocerle
Y les dijo: ¿Qué discursos son estos que vais haciendo entre vosotros mientras camináis? Ellos se
detuvieron entristecidos,
y tomando la palabra uno de ellos, por nombre Cleofás, le dijo: ¿eres tú el único forastero en
Jerusalén que no conoce los sucesos en ella ocurridos estos días?
El les dijo: ¿Cuáles? Contestáronle: lo de Jesús Nazareno, varón profeta, poderoso en obras y
palabras ante Dios y ante todo el pueblo;
cómo le entregaron los príncipes de los sacerdotes y nuestros magistrados para que fuese condenado
a muerte y crucificado
Nosotros esperábamos que sería él quien rescataría a Israel; mas, con todo, van ya tres días desde
que esto ha sucedido. Nos dejaron estufefactos ciertas mujeres de las nuestras que, yendo de
madrugada al monumento,
no encontraron su cuerpo, y vinieron diciendo que había tenido una visión de ángeles que les dijeron
que vivía. Algunos de los nuestros fueron al monumento y hallaron las cosas como las mujeres decían,
pero a él no le vieron
Y él les dijo: ¡Oh hombres sin inteligencia y tardos de corazón para creer todo lo que vaticinaron los
profetas!
¿No era preciso que el Mesías padeciese esto y entrase en su gloria?
Y comenzando por Moisés y por todos los profetas, les fue declarando cuanto a él se refería en todas
las Escrituras
Se acercaron a la aldea adonde iban, y él fingió seguir adelante
Obligáronle diciéndole: Quédate con nosotros, pues el día ya declina
Y entró para quedarse con ellos
Puesto con ellos a la mesa, tomó el pan, lo bendijo, lo partió y se lo dio
Se les abrieron los ojos y le reconocieron, y despareció de su presencia. (Lc 24, 13-31)
Lo mismo que los dos de Emaús aquel día
también yo marcho ahora decepcionado y triste
pensando que en el mundo todo es muy fuerte y fracaso
El dolor es más fuerte que yo,
me acogota la soledad y digo
que tú, Señor, nos has abandonado
Si leo tus palabras me resultaron insípidas,
si miro a mis hermanos me parecen hostiles,
si examino el futuro sólo veo desgracias
Estoy desanimado. Pienso que la fe es un fracaso,
que he perdido mi tiempo siguiéndote y buscándote
y hasta me parece que triunfan y viven más alegres
los que adoran el dulce becerro del dinero y del vicio
Me alejo de tu cruz, busco el descanso en mi casa de olvidos,
Dispuesto a alimentarse desde hoy en las viñas de la mediocridad
No he perdido la fe, pero sí la esperanza,
sí el coraje de seguir apostando por ti
¿Y no podrías salir hoy al camino
y pasear conmigo como aquella mañana con los dos de Emaús?
¿No podrías descubrirme el secreto de tu santa Palabra
y conseguir que vuelva a calentar mi entraña?
¿No podrías quedarte a dormir con nosotros
y hacer que descubramos tu presencia en el Pan?
SÉPTIMA ESTACIÓN
JESÚS MUESTRA A LOS SUYOS SU CARNE HERIDA Y VENCEDORA
Pasados ocho días, otra vez estaban dentro los discípulos, y Tomás con ellos. Vino Jesús, cerradas las
puertas y, puesto en medio de ellos, dijo: La paz sea con vosotros
Luego dijo a Tomás : Alarga acá tu dedo y mira mis manos, y tiende tu mano y métela en mi costado, y
no seas incrédulo, sino fiel
Respondió Tomás y dijo: ¡Señor mío y Dios mío!
Jesús le dijo: Porque me has visto has creído; dichosos los que sin ver creyeron
Muchas otras señales hizo Jesús en presencia de los discípulos que no están escritas en este libro;
y éstas fueron escritas para que creáis que Jesús es el Mesías, Hijo de Dios, y para que creyendo
tengáis vida en su nombre. (Jn 20, 26-31)
Gracias, Señor, porque resucitaste no sólo con tu alma,
mas también con tu carne
Gracias porque quisiste regresar de la muerte
trayendo tus heridas
Gracias porque dejaste a Tomás que pusiera
su mano en tu costado
y comprobara que el Resucitado
es exactamente el mismo que murió en una cruz
Gracias por explicarnos que el dolor nunca puede
amordazar el alma
y que cuando sufrimos estamos también resucitando
Gracias por ser un Dios que ha aceptado la sangre,
gracias por no avergonzarte de tus manos heridas,
gracias por ser un hombre entero y verdadero
Ahora sabemos que eres uno de nosotros sin dejar de ser Dios,
ahora entendemos que el dolor no es un fallo de tus manos creadoras,
ahora que tú lo has hecho tuyo
comprendemos que el llanto y las heridas
son compatibles con la resurrección
Déjame que te diga que me siento orgulloso
de tus manos heridas de Dios y hermano nuestro
Deja que entre tus manos crucificadas ponga
estas manos maltrechas de mi oficio de hombre
OCTAVA ESTACIÓN
CON SU CUERPO GLORIOSO, JESÚS EXPLICA
QUE TAMBIÉN LOS NUESTROS RESUCITARÁN
Mientras esto hablaban, se presentó en medio de ellos y les dijo: La paz sea con vosotros
Aterrados y llenos de miedo, creían ver un espíritu
El les dijo: ¿Por qué os turbáis y por qué suben a vuestro corazón esos pensamientos? Ved mis manos
y mis pies, que soy yo. Palpadme y ved, que el espíritu no tiene carne ni huesos, como veis que yo
tengo. Diciendo esto, les mostró las manos y los pies
No creyendo aún ellos, en fuerza del gozo y de la admiración, les dijo: ¿Tenéis aquí algo de comer?
Le dieron un trozo de pez asado,
Y tomándolo, comió delante de ellos. (Lc 24, 36-43)
<<Miradme bien. Tocadme. Comprobad. Comprobad que no soy un fantasma>>, decías a los tuyos
temiendo que creyeran
que tu resurrección era tan sólo un símbolo,
una dulce metáfora, una ilusión hermosa para seguir viviendo
Era tan grande el gozo de reencontrarte vivo
que no podían creerlo; no cabía en sus pobres cabezas
que entendían de llantos, pero no de alegrías
El hombre, ya lo sabes, es incapaz de muchas esperanzas
Como él tiene el corazón pequeño
cree que el tuyo es tacaño
Como te ama tan poco
no puede sospechar que tú puedas amarle
Como vive amasando pedacitos de tiempo
siente vértigo ante la eternidad
Y así va por el mundo arrastrando su carne
sin sospechar que pueda ser una carne eterna
Conoce el pudridero donde mueren los muertos;
no logra imaginarse el día en que esos muertos volverán a ser niños,
con una infancia eterna
¡Muéstranos bien tu cuerpo, Cristo vivo,
enséñanos ahora la verdadera infancia,
la que tú preparas más allá de la muerte!
NOVENA ESTACIÓN
JESÚS BAUTIZA A LOS APÓSTOLES
CONTRA EL MIEDO
La tarde del primer día de la semana, estando cerradas las puertas del lugar donde se hallaban los
discípulos por temor a los judíos, vino Jesús y, puesto en medio de ellos, les dijo: La paz sea con
vosotros
Y diciendo esto, les mostró las manos y el costado. Los discípulos se alegraron viendo al Señor
Díjoles otra vez: La paz sea con vosotros. Como me envió mi Padre, así os envío yo
Diciendo esto, sopló y les dijo: Recibid el Espíritu Santo; a quien perdonareis los pecados, les serán
perdonados; a quienes se los retuviereis, les serán retenidos. (Jn 20, 19-31)
Han pasado, Señor, ya veinte siglos de tu resurrección y todavía
no hemos perdido el miedo,
aún no estamos seguros, aún tememos
que las puertas del infierno podrían algún día
prevalecer si no contra tu Iglesia, sí contra nuestro pobre
corazón de cristianos
Aún vivimos mirando a todos lados
menos hacia tu cielo
Aún creemos que el mal será más fuerte que tu propia Palabra
Todavía no estamos convencidos
de que tú hayas vencido al dolor y a la muerte
Seguimos vacilando, dudando, caminando entre preguntas,
amasando angustias y tristezas
Repítenos de nuevo que tú dejaste paz suficiente para todos
Pon tu mano en mi hombro y grítame: No temas, no temáis
Infúndeme tu luz y tu certeza,
danos el gozo de ser tuyos,
inúndanos de la alegría de tu corazón
Haznos, Señor, testigos de tu gozo
¡Y que el mundo descubra lo que es creer en ti!
DÉCIMA ESTACIÓN
JESÚS ANUNCIA QUE SEGUIRÁ
SIEMPRE CON NOSOTROS
Los once discípulos se fueron a Galilea, al monte que Jesús les había indicado, y, viéndole, se
postraron, aunque algunos vacilaron, y acercándose Jesús, les dijo. Yo estaré con vosotros hasta la
consumación del mundo. (Mt 28, 16-20)
<<Yo estaré con vosotros hasta el fin de los tiempos.>>
Esta fue la más grande de todas tus promesas,
el más jubilosos de todos tus anuncios
¿O acaso tú podrías visitar esta tierra
como un sonriente turista de los cielos,
pasar a nuestro lado, ponernos la mano sobre el hombro,
darnos buenos consejos
y regresar después a tu seguro cielo
dejando a tus hermanos sufrir en la estacada?
¿Podrías venir a nuestros llantos de visita
sin enterrarte en ellos? ¿Dejarnos luego solos, limitándote
a ser un inspector de nuestras culpas?
Tú juegas limpio, Dios. Tú bajas a ser hombre
para serlo del todo, para serlo con todos,
dispuesto a dar al hombre no sólo una limosna de amor,
sino el amor entero
Desde entonces el hombre no está solo,
tú estás en cada esquina de las horas esperándonos,
más nuestro que nosotros,
más dentro de mí mismo que mi alma
<<No os dejaré huérfanos>>, dijiste. Y desde entonces
han estado lleno nuestro corazón
UNDÉCIMA ESTACIÓN
JESÚS DEVUELVE A SUS APÓSTOLES
LA ALEGRÍA PERDIDA
Después de esto se apareció Jesús a los discípulos junto al mar de Tiberíades, y se apareció así:
Estaban juntos Simón Pedro y Tomás, llamado Dídimo; Natanael, el de Caná de Galilea, y los de
Zebedeo, y otros discípulos
Díjoles Simón Pedro: Voy a Pescar. Los otros le dijeron: Vamos también nosotros contigo. Salieron y
entraron en la barca, y en aquella noche no pescaron nada
Llegada la mañana, se hallaba Jesús en la playa, pero los discípulos no se dieron cuenta de que era
Jesús
Díjoles Jesús: Muchachos, ¿no tenéis en la mano nada que comer? Le respondieron: No
El les dijo: Echad la red a la derecha de la barca y hallaréis. La echaron, pues, y ya no podían
arrastrar la red por la muchedumbre de los peces
Dijo entonces aquel discípulo a quien amaba Jesús: ¡Es el Señor! Así que oyó Simón Pedro que era el
Señor, se ciñó la sobretúnica –pues estaba desnudo- y se arrojó al mar. Los otros discípulos vinieron
en la barca, pues no estaban lejos de tierra, sino como unos doscientos codos, tirando de la red con
los peces
Así que bajaron a tierra, vieron unas brasas encendidas y un pez puesto sobre ellas y pan
Díjoles Jesús: Traed de los peces que habéis pescado ahora
Subió Simón Pedro y arrastró la red a tierra, llena de ciento cincuenta y tres peces grandes; y con
ser tantos, no se rompió la red
Jesús les dijo: Venid y comed. Ninguno de los discípulos se atrevió a preguntarle: ¿Tú quién eres?,
sabiendo que era el Señor
Se acercó Jesús, tomo el pan y se lo dió, e igualmente el pez
Esta fue la tercera vez que Jesús se apareció a los discipulos después de resucitado de entre los
muertos. (Jn 21, 1-14)
Desde que tú te fuiste no hemos pescado nada
Llevamos veinte siglos echando inúltimente las redes de la vida
y entre sus mallas sólo pescamos el vacío
Vamos quemando horas y el alma sigue seca
Nos hemos vuelto estériles
lo mismo que una tierra cubierta de cemento
¿Estaremos ya muertos? ¿Desde hace cuántos años
no nos hemos reído? ¿Quién recuerda
la última vez que amamos?
Y una tarde tú vuelves y nos dices: <<Echa tu red a tu derecha,
atrévete de nuevo a confiar, abre tu alma,
saca del viejo cofre las nuevas ilusiones,
dale cuerda al corazón, levántate y camina.>>
Y lo hacemos, sólo por darte gusto. Y, de repente,
nuestras redes rebosan alegría,
nos resucita el gozo
y es tanto el peso de amor que recogemos
que la red se nos rompe, cargada
de ciento cincuenta nuevas esperanzas
¡Ah, tú, fecundador de almas: llégate a nuestra orilla,
camina sobre el agua de nuestra indiferencia,
devuélvenos, Señor, a tu alegría!
DUODÉCIMA ESTACIÓN
JESÚS ENTREGA A PEDRO
EL PASTOREO DE SUS OVEJAS
Cuando hubieron comido, dijo Jesús a Simón Pedro: Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que a éstos?
Él le dijo: Sí, Señor, tú sabes que te amo. Díjole: apacienta mis corderos
Por segunda vez le dijo: Simón, hijo de Juan, ¿me amas? Pedro le respondió: Sí, Señor, tú sabes que
te amo. Jesús le dijo: Apacienta mis ovejas
Por tercera vez le dijo: Simón, hijo de Juan, ¿me amas? Pedro se entristeció de que por tercera vez
le preguntase: ¿Me amas? Y le dijo: Señor, tú lo sabes todo, tú sabes que te amo. Díjole Jesús:
Apacienta mis ovejas. (Jn 21, 15-17)
Aún nos faltaba un gozo: descubrir tu inédito modo de perdonar
Nosotros, como Pedro, hemos manchado tantas veces tu nombre,
hemos dicho que no te conocíamos,
hemos enrojecido ante el <<horror>> de que alguien nos llamara
<<beatos>>,
nos hemos calentado al fuego de los gozos del mundo
Y esperábamos que, al menos, tú nos reprenderías
para paladear el orgullo de haber pecado en grande
Y tú nos esperabas con tu triste sonrisa
para preguntarnos sólo: <<¿me amas aún, me amas?>>,
dispuesto ya a entregarnos tu rebaño y tus besos,
preparado a vestirnos la túnica del gozo
Oh Dios, ¿cómo se puede perdonar tan de veras?
¿Es que no tienes ni una palabra de reproche?
¿No temes que los hombres se vayan de tu lado
al ver que se lo pones tan barato?
¿No ves, Señor, que casi nos empujas a alejarnos de ti
sólo por encontrarnos de nuevo entre tus brazos?
DÉCIMOTERCERA ESTACIÓN
JESÚS ENCARGA A LOS DOCE
LA TAREA DE EVANGELIZAR
Los once discípulos se fueron a Galilea, al monte que Jesús les había indicado,
Y, viéndole, se postraron, aunque algunos vacilaron,
Y, acercándose Jesús, les dijo: Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra;
Id, pues; enseñad a todas las gentes, bautizándolas en el nombre del Padre
Y del Hijo y del Espíritu Santo,
Enseñándoles a observar todo cuanto yo os he mandado. (Mt, 28, 16-20)
Y te faltaba aún el penúltimo gozo:
dejar en nuestras manos la antorcha de tu fe
Tú habrías podido reservarte ese oficio,
sembrar tú en exclusiva la gloria de tu nombre,
hablar tú al corazón,
poner en cada alma la sagrada semilla de tu amor
¿Acaso no eres tú la única palabra?
¿No eres tú el único jardinero del alma?
¿No es tuya toda gracia?
¿Hay algo de ti o de Dios que no salga de tus manos?
¿Para qué necesitas ayudantes, intermediarios, colaboradores
que nada aportarán si no es tu barro?
¿Qué ponen nuestras manos que no sea torpeza?
Pero tú, como un padre que sentara a su niño al volante y dijera:
<<Ahora conduce tú>>, has querido dejar en nuestras manos
la tarea de hacer lo que sólo tú haces:
llevar gozosa y orgullosamente
de mano en mano la antorcha que tú enciedes
DÉCIMOCUARTA ESTACIÓN
JESÚS SUBE A LOS CIELOS
PARA ABRIRNOS CAMINO
Diciendo esto, fue arrebatado a vista de ellos, y una nube le sustrajo a sus ojos
Mientras estaban mirando al cielo, fija la vista en él, que se iba, dos varones con hábitos blancos se
les pusieron delante
Y les dijeron: Hombres de Galilea, ¿qué estáis mirando al cielo? Ese Jesús que ha sido arrebatado de
entre vosotros al cielo vendrá como le habéis visto ir al cielo
Entonces se volvieron del monte llamado Olivete a Jerusalén, que dista de allí el camino de un sábado
Cuando hubieron llegado, subieron al piso alto, en donde permanecían Pedro y Juan, Santiago y
Andrés, Felipe y Tomás, Bartolomé y Mateo, Santiago de Alfeo y Simón el Zelotes y Judas de
Santiago
Tods éstos perseveraban unánimes en la oración con algunas mujeres, con María, la Madre de Jesús,
y con los hermanos de éste. (Hch 20, 9-14)
La última alegría fue quedarte marchándote
Tu subida a los cielos fue ganancia, no pérdida;
fue bajar a la entraña, no evadirte
Al perderte en las nubes
te vas sin alejarte,
asciendes y te quedas,
subes para llevarnos,
señalas un camino,
abres un surco
Tu ascensión a los cielos es la última prueba
de que estamos salvados,
de que estás en nosotros por siempre y para siempre
Desde aquel día la tierra
no es un sepulcro hueco, sino un horno encendido;
no una casa vacía, sino un corro de manos;
no una larga nostalgia, sino un amor creciente
Te quedaste en el pan, en los hermanos, en el gozo, en la risa,
en todo corazón que ama y espera,
en estas vidas nuestras que cada día ascienden a tu lado
III - RAZONES PARA EL AMOR
Índice
0
Introducción
1 Los miércoles, milagro
2 Vivir es convivir
3 Las columnas del mundo
4. Ana Magdalena
5. Los espacios verdes
6 Los prismáticos de Juan XXIII
7. Compadecer con las manos
8. Creer apasionadamente
9. Un cadáver en la playa
10. Clase sobre el matrimonio
11. Tiempo de inquisidores
12. Curas felices
13. Al cielo en cohete
14. El ángel del autobús
15. La risa de Lázaro
16. Notas sobre la amistad
17. Notas sobre la libertad
18. Las cadenas del miedo
19. La sombra de Bucéfalo
20. Los tres canteros
21 Bomba en la cuna de la paz
22. Como una novia recién estrenada
23. El color de la sobrepelliz
24. Cambiar el mundo
25. Mozo de equipajes
26.- El muchacho que fuimos
27. Nadar contra corriente
28.
Contra la resignación
29.
Profetas de desventuras
30,
La piedra filosofar
31.
Los calcetines
32. Las otras loterías
33. Teoría del cascabel
34. El sueño de Barth
35. Canción de amor para Canelo
36. El padre enfermo
37. Para ver más hondo
38. «Me suicido o me meto monja»
39. Odiarse a sí núsmo
40. La puerta cerrada
41. Después de los exámenes
42. Muchachos, os estamos engañando
43. San Imprudente
44. Las hojas nuevas
45. Repartir la alegría
46. El destino y el coraje
47. " seres invisibles
48. Te quiero tal y como eres
49. ¿Un S. O. S. frente al caos?
50. El gran silencio
51. Salvar el fuego
52. Una sonrisa tras la tapia
53. Madame Bovary, o «cuando los sueños sustituyen a la realidad
54 La sonata a Kreutzer (o cuando la carne devora al amor)
55.
Engendrar con el alma
56. La «vergüenza» de ser cristianos
57. El grito
58.
59.
60.
61.
62.
63.
64.
65.
Madre Iglesia
Las clases medias de la santidad
El milagro de las manos vacías
Un rincón en el cielo
Querida máquina
La pasión del hombre de hoy
La más honda historia de amor
Carta a Dios
INTRODUCCIÓN
Cuando, hace ahora cuatro años, comencé esta aventura de mis «razones», nunca pude imaginar lo
que para mí llegarían a significar. Es asombroso: lanzas un día un pájaro a volar y, de pronto, te
encuentras que él solito hace nido en miles de corazones. Y el primer asombrado es el propio autor.
Porque lo que nacía como una simple serie de artículos circunstanciales y dispersos se iba
convirtiendo, para mí, en un retrato interior y, para muchos, en un compañero en el camino de la vida.
Y fue ese descubrimiento de los que caminaban a gusto a mi lado lo que me empujó a encuadernar
aquellas primeras impresiones en mis Razones para la esperanza, que tuvo una inexplicable acogida
entre sus lectores, que no sólo agotaban sus ediciones, sino que además me inundaban a mí con su
cariño
Fue este cariño el que me obligó a seguir. Y nacieron las Razones para la alegría, que tuvieron, en
ediciones y acogida, la misma suerte misteriosa que su hermano mayor
Al editar ese segundo volumen, me prometí a mí mismo que ahí se cerraba aquella serie. Pero la
insistencia de los editores -me llevó a descubrir los muchos huecos que en los tomos publicados
quedaban. Temas sin rozar, razones sin exponer. Faltaban, sobre todo, muchas de las más
importantes raíces. En definitiva, sólo podemos tener esperanza cuando antes tenemos amor. Y la
alegría no es sino el último fruto de ese amor. Si quería, pues, que estas razones -aunque
aparentemente desordenadas y circunstanciales- recogieran las verdaderas claves de mi visión del
mundo tendría que añadirle esos trasfondos para dar verdadero sentido a los dos volúmenes
precedentes
Introducción
Me animé por ello a cerrar esta serie de apuntes con una tercera y última entrega: estas Razones
para el amor que tienes entre las manos
El lector de los tomos precedentes encontrará en éste dos novedades: mientras aquellos eran
simplemente una recogida de artículos previamente publicados en «ABC», esta vez un buen número de
los que forman la última serie han sido reelaborados íntegramente o han sido directamente escritos
para este volumen y son, por tanto, inéditos
Más visible es la segunda característica: en este tercer volumen es mucho más notable la carga
religiosa de la mayoría de mis comentarios. La razón es bastante simple: al estar las dos primeras
entregas pensadas directamente como artículos para un periódico, prefería -aunque la visión religiosa
estaba siempre al fondo de todos ellos- que predominara en sus planteamientos el simplemente
humano, que pudiera llegar a todo tipo de lectores. Pues no todos los de un periódico son
confesionalmente cristianos
Esta vez, en cambio, al haber escrito pensando ya en el volumen, me he sentido más libre y he
dejado a mi corazón que hablase con un mayor descaro de lo que realmente siente. Si soy cristiano,
¿cómo podrían mis razones no serlo? Si la -última raíz de mi amor, de mi esperanza y mi alegría
estaba en Dios, ¿tendría yo derecho no diré a camuflarlo -cosa que creo no haber hecho nunca-, sino
incluso a dejarlo en un segundo plano de fondo?
Con ello estoy queriendo decir que en este tercer volumen entrego lo que, en definitiva, son las
últimas claves de mi vida. Soñé, a lo largo de mi vida, muchas cosas. ahora sé que sólo salvaré mi
existencia amando; que los únicos trozos de mi alma que habrán estado verdaderamente vivos serán
aquellos que invertí en querer y ayudar a alguien. ¡Y he tardado cincuenta y tantos años en
descubrirlo! Durante mucho tiempo pensé que mi «fruto» seria dejar -muchos libros escritos, muchos
premios conseguidos. Ahora sé que mis únicas líneas dignas de contar fueron las que sirvieron a
alguien para algo, para ser feliz, para entender mejor el mundo, para enfrentar la vida con mayor
coraje. Al fin de tan- tas vueltas y revueltas, termino comprendiendo lo que ya sabía cuando aún
apenas si sabía andar
Dejadme que os lo cuente: si retrocedo en mis recuerdos y busco el más antiguo de mi vida, me veo
a mí mismo -¿con dos años, con tres?- corriendo por la vieja galería de -mi casa de niño. Era una
galería soleada, abierta sobre el patio de mis juegos infantiles. Y que veo a mí mismo corriendo por
ella y arrastrando una manta, con la que tropezaba y sobre la que me caía
«Manta, mama, manta», dicen que decía. Y es que mi madre estaba enferma y el crío que yo era
pensaba que todas las enfermedades se curan arropando al enfermo. Y allí estaba yo, casi sin saber
andar, arrastrando aquella manta absolutamente inútil e innecesaria, pero intuyendo quizá que la
ayuda que prestamos al prójimo no vale por la utilidad que presta, sino por el corazón que ponemos al
hacerlo
Me pregunto, cincuenta años después, si todo -nuestro oficio de hombres no será, en rigor, otro
que el de arroparnos los unos a los otros frente al frío del tiempo. Por eso el niño que soy y fui ha
escrito estas Razones. Si sirven para calentar el corazón de alguien, me sentiré feliz. Porque,
entonces, sí que habré tenido razones para vivir
1.- Los miércoles, milagro
Aquella tarde a Gabriela -uno de los pequeños personajes de una novela de Gerard Bessierele preguntó su amigo Jacinto:
- ¿Qué has hecho hoy en la escuela?
- He hecho un milagro, respondió la niña
- ¿Un milagro? ¿Cómo?
- Fue en el catecismo
- ¿Y cómo hiciste el milagro?
- Tenemos como profesora a una señorita que está muy enferma. No puede hacer nada ella
sola, sólo hablar y reír
- ¿Y qué pasó?
- La señorita hablaba de los milagros de Jesús. Y los niños dijeron: No es verdad que haya
milagros. Porque si los hubiera, Dios te hubiera curado a ti
- Y ella, ¿qué dijo?
- Dijo: Sí, Dios hace también milagros para mi. Y los niños dijeron: ¿Qué milagro ha hecho?
- ¿Y entonces?
- Entonces ella dijo: Mi milagro sois vosotros
- ¿Por qué?, le preguntamos
- Y ella dijo: Porque me lleváis los miércoles a pasear, empujando mi carrito de ruedas
¿Lo ves? Hacemos milagros todos los miércoles por la tarde. La señorita dijo también que
habría muchos más milagros si la gente quisiera hacerlos
- ¿Te gusta a ti hacer milagros?
Si. Tengo ganas de hacer un montón. Primero pequeños. Cuando sea mayor voy a hacer
milagros grandes
- ¿Todos los miércoles?
- Quiero hacerlos todos los días, toda la vida
- ¿No te parece que la vida es también un milagro?
- No -dijo Graciela-. La vida es para hacer milagros
Gabriela tiene razón, la vida es para hacer milagros, los miércoles, y los jueves, y los
domingos. La vida no es para sentarse esperando que Dios haga milagros espectaculares, no es para
limitarse a confiar en que Él resuelva nuestros problemas, sino para empezar a hacer ese milagro
pequeñito que Él puso ya en, nuestras manos, el milagro de querernos y ayudarnos
¿Es que será más milagroso devolverle la vista a un ciego que la felicidad a un amargado?
¿Más prodigioso multiplicar los panes que repartirlos bien? ¿Más asombroso cambiar el agua en vino
que el egoísmo en fraternidad?
Si los hombres dedicásemos a construir milagros pequeñitos la mitad del tiempo que
invertimos en soñarlos espectaculares, seguramente el mundo marcharía ya mucho mejor
Y el milagro de amar pueden hacerlo todos, niños y grandes, pobres y ricos, sanos y enfermos.
Fijaos bien, a un hombre pueden privarle de todo menos de una cosa: de su capacidad de amar. Un
hombre puede sufrir un accidente y no poder volver ya nunca a andar
Pero no hay accidente alguno que nos impida amar. Un enfermo mantiene entera su capacidad
de amar: puede amar el paralítico, el moribundo, el condenado a muerte. Amar es una capacidad
inseparable del alma humana, algo que conserva siempre incluso el más miserable de los hombres
Sólo en el infierno no se podrá amar. Porque el infierno es literalmente eso: no amar, no tener
nada que compartir, no tener la posibilidad de sentarse junto a nadie para decirle ¡ánimo!
Pero mientras vivimos no hay cadena que maniate al corazón, salvo claro está la del propio
egoísmo, que es como un anticipo del infierno. «Los verdaderos criminales -decía Follerau- son los que
se pasan la vida diciendo yo y siempre yo.»
En cambio, allí donde se ama se ha empezado a construir ya el cielo a golpe de milagros. En
definitiva, los milagros, para Jesús, eran ante todo «los signos del reino», ¿y qué mejor signo de un
reino de amor total que empezar queriéndose aquí con amores pequeñitos como el de Gabriela y sus
compañeras de escuela?
2.- Vivir es convivir
A fin de cuentas, en la vida del hombre no existe más que un único problema: saber dónde
está el centro de su alma; averiguar si yo soy el centro de mí mismo o si, en cambio, tengo mi alma
volcada hacia fuera de mí, hacia arriba o hacia mi alrededor; aclararme si yo soy mi propio ídolo o si
mi corazón es más grande que mis intereses; descubrir si mi existencia es una autofagia (un
devorarme a mi mismo) o más bien un servicio a algo diferente de mí y más grande que yo; investigar
si me estoy dedicando a chupetear mi propia y personalísima felicidad o si, por el contrario, mi
felicidad la he puesto al servicio de una tarea más alta que mi propia vida y de otros seres (incluido el
Otro ser, con mayúscula) que valoro como más importantes que yo; en una palabra: saber si mi vida y
mi alma se alimentan de amor o de egoísmo
Éste, repito, es el único y radical dilema, la pregunta clave a la que todo hombre debe
responderse con lealtad
El hombre -todo hombre- nace como una circunferencia con el eje en el centro de sí misma.
Todo gira, según su instinto, hacia ese centro mágico, todo debería subordinarse a él según su
capricho. Pero el alma, lentamente, comienza a descubrir que hay algo por encima y fuera de esa
circunferencia, algo que le afecta también a ella
¿Qué hacer entonces: atraer todo, subordinar todo hacia ese centro sacratisimo o más bien
tender hacia todo eso que se está descubriendo y ensanchar con ello nuestra circunferencia,
haciéndonos con ello más grandes? ¿Encastillarnos en nuestro egoísmo, encadenando todo a él o, por
el contrario, irnos «descentrando», sacar de nosotros nuestro propio eje para colocar nuestro «polo
de atracción» por encima o más allá de nosotros mismos?
¿Nos abrirnos en el amor o nos cerramos en nuestra autoadoración?
Esta es la gran apuesta en la que nos jugamos el «tamaño» de nuestras propias vidas. La
primera opción -el egoísmo- conduce a la soledad; la soledad, a la amargura; la amargura, a la
desesperación.
La segunda -el amor- conduce a la convivencia; la convivencia, a la
fecundidad; la fecundidad, a la alegría
Por eso, el primer gran descubrimiento es el de que el prójimo no es nuestro limite y menos
nuestro infierno (como decía descabelladamente Sartre-. «el infierno son los otros»), sino nuestro
multiplicador
Vivir es convivir. Convivir no es semivivir, sino multivivir; no recorta, aumenta; no condiciona,
lanza
Amar puede implicar alguna renuncia (o comenzar siendo una renuncia), pero siempre termina
acrecentando. En rigor -como decía Gabriel Marcel-, «nada está jamás perdido para un hombre que
sirve a un gran amor o vive una verdadera amistad, pero todo está perdido para el que está solo
" No hay más que un sufrimento que estar solo "
Yo pienso a veces que si se nos concediera por una gran gracia de Dios descubrir lo que en
nuestra alma es realmente nuestro y lo que debemos a los demás, nos impresionaría comprobar qué
cortas fueron nuestras conquistas personales. ¿Qué seria yo ahora sin todo lo que recibí de prestado
de mis padres, mis hermanos, amigos? ¿Cuántos trozos de mi alma debo a Bach o a Mozart, a
Bernanos o a Dostoievski, a Fray Angélico o al Greco, a Francisco de Asís o Tomás de Aquino, a mis
profesores de colegio o seminario, a mis compañeros de ordenación y de trabajo, a tantos corno me
han querido y ayudado? Me quedaría desnudo si, de repente, me quitaran todos esos préstamos
¿Y cuánto me ha dado también lo poco que yo di? «La felicidad -decía Follereau- es lo único
que estamos seguros de poseer cuando lo hemos regalado.»
Vivir es hacer vivir. Hay que crear otras felicidades para ser feliz. Hay que regalar mucho
para estar lleno
En cambio, ¡qué infecundo es nuestro egoísmo, que nada producimos cuando nos encerramos
en nosotros mismos !.
Claudel hablaba, con frase tremenda pero certísima, de «la quietud incestuosa de la criatura
replegada sobre si misma»
Sí, el egoísmo es infecundo como una masturbación del espíritu. Y es cegador, porque produce
un placer tan transitorio, tan breve, tan inútil. Pero, por otro lado, ¡está tan dentro de nosotros! Sólo
un alma muy despierta no rueda por esa cuesta abajo, tan cómoda como es de bajar
Incluso, con frecuencia, se disfraza de amor. Esto sucede cuando «usamos» el amado o la
cosa amada para nuestro personal regodeo. Cuando creemos amar, pero atrapamos. Cuando queremos
«para» ser queridos. Cuando convertimos el ser amado o la vocación amada en un espejo donde nos
vemos a nosotros mismos multiplicados
«Nos vemos -ha escrito Moeller- constantemente tentados a convertir a los demás en
resonadores o amplificadores de nuestro yo. Queremos poseemos más ampliamente en su mirada, en
sus pensamientos, en su aprobación; entonces nos parece que ya no abrazamos la miserable imagen de
nuestra limitación individual, sino una silueta desmesuradamente agrandada, ampliada a las
dimensiones de una familia, de un país o incluso de un mundo
Cada vez que la persona amada es reducida a la condición de espejo, se convierte en
instrumento, en objeto bruto, del que yo me sirvo para agrandarme a mí mismo.»
Podemos incluso creer que amamos a Dios cuando le «usamos» simplemente. No le amamos a
él, sino al fruto que de él esperamos. Convertimos a Dios en «un ojo que me tranquiliza, que me
garantiza «mi» eternidad. Pero eso no es una verdadera religiosidad. Es, cuando más, simple
narcisismo religioso
El verdadero amor es, en cambio, el que nos saca de nosotros mismos, el que nos lanza hacia
afuera y nos enriquece, no por lo que nos devuelven, sino porque el simple acto de salir de nosotros es
enriquecedor. El alma se estira cuando se abre. Se vuelve fecunda por el hecho de abrirse
«Tan pronto -dice Marcel- como surge la amistad (hacia Dios, hacia los hombres, hacia las
cosas, hacia la tarea emprendida, concretaría yo), el tiempo se abre y el alma sabe que no se
pertenece a sí misma, que el único uso legítimo de su voluntad consiste precisamente en reconocer
que no se pertenece. Partiendo de este reconocimiento puede obrar, puede crear.»
Pues sólo se obra, sólo se crea por amor. Más: sólo se cree por amor. Y eso es lo que hace que
la fe en Dios esté tan unida al amor a los hermanos. «La fe -decía Guardini- es una llama que se
enciende en otra llama», pues hasta Dios «llega a nosotros por el corazón de los demás». O como
decía Peguy: «Cristiano es el que da la mano. El que no da la mano, ése no es cristiano, y poco importa
lo que pueda hacer con esa mano»
Por todo ello, el amor no es un añadido. Como si se dijera: yo soy bueno, y además, con lo que
me sobra, amo, regalo los sobrantes de la maravilla de mi almita
Al contrario: yo soy bueno en la medida en que amo, vivo en la medida en que amo. No sólo es
que -como decía Camus- debería «darnos vergüenza ser felices nosotros solos»; es que solos podemos
tener placer, pero no felicidad; es que solos podemos correr tanto como un coche dentro de un
garaje, ya que, por fortuna, los sueños de nuestra alma son siempre mayores que nuestra propia alma,
que no se desarrolla encastillada dentro de las cuatro paredes de nuestros propios intereses
Lo más importante de nosotros mismos está fuera de nosotros: arriba, en Dios; a derecha e
izquierda, en cuanto nos rodea. Por eso. el amor no es la nata y la guinda con la que adornamos la
tarta de la vida. Es la harina con la que la fabricamos para que sea verdadera
3.-
Las columnas del mundo
Me parece terrible decirlo, pero creo que no exagero ni un átomo si aseguro que noventa y
cinco de cada cien habitantes de este planeta no se han preguntado jamás -digo «jamás»-completamente en serio -digo «en serio»-- cuáles son las columnas sobre las que se apoya su vida,
cuál es el eje de su existencia, para qué viven verdaderamente
¿Y de los otros cinco? Dos se lo preguntaron una vez hace años, y ya lo han olvidado; otros
dos se dieron a si mismos respuestas tranquilizadoras, que luego no coinciden en nada con la realidad
de lo que viven. ¿Y el último? El último. iba a decir que es el santo, pero diré con más exactitud que es
el único hombre que existe de cada cien que pisan este mundo
Me temo que el lector esté pensando que comienzo estas líneas demasiado duramente, que
soy tal vez pesimista, que. no es para tanto. Pero me pregunto si no será bueno comenzar cogiendo el
alma por donde quema y enfrentándonos con nuestro propio espejo. ¿Somos realmente seres
vivientes? Esta, creo, es la primera y capital de las preguntas a que todo hombre tiene obligación de
responder.
Porque ¿qué ganaríamos engañándonos a nosotros mismos si, al final, somos corresponsables
de esa mediocridad colectiva del mundo de la que tanto hablamos? Atrevámonos por unos minutos a
coger nuestra vida por las solapas
Y empecemos por preguntarnos cuáles son, en realidad, las columnas que sostienen el mundo
en que vivimos. Haced esta pregunta por las calles, y todos os responderán -con impudicia y sin la
menor vergüenza- que «el sexo, el dinero y el poder»
Los tres ídolos, los tres quicios, las tres columnas que sostienen el camino de la humanidad.
¿Y no estará el mundo tan enloquecido precisamente por apoyarse en tales pilares casi con
exclusividad? Un hombre de hoy triunfa -decimos- cuando tiene esas tres cosas. Y está dispuesto a
luchar como un perro por esos tres huesos si están lejos de él
Naturalmente, no voy yo a decir nada contra la sexualidad, que está muy bien inventada por
Dios como uno de los grandes caminos por los que puede expresarse el amor. Hablo aquí del sexo sin
amor, que parece ser el gran descubrimiento de los tiempos modernos. Tal vez de todos los tiempos,
pero de ninguno con los tonos obsesivos que la erotización ha conseguido en el nuestro, hasta el punto
de que hay que preguntarse si no vivimos ya en una civilización de adolescentes inmaduros
El hombre de hoy no es que disfrute del sexo, es que parece vivir para él. O eso, al' menos,
quiere hacernos creer el ambiente de nuestras calles, las pantallas de nuestros televisores, el
pensamiento circulante de los predicadores de la libertad sexual
Léon Bloy podría decir hoy más que en su siglo que para el hombre real la mayor de las
bienaventuranzas es llegar a morir en el pellejo de un cerdo. ¿ Pero hay algo menos libre que lo que
llaman la libertad sexual?
No estoy escribiendo estas líneas como un «moralista». Simplemente como un hombre
preocupado. Porque creo que Unamuno tenla toda la razón del mundo cuando aseguraba que «los
hombres cuya preocupación es lo que llaman gozar de la vida -como si no hubiera otros goces- rara
vez son espíritus independientes». Es cierto: no hay hombre menos humano que el libertino
Y ese tipo de conquistador se presenta hoy como el verdadero «triunfador» en este mundo
La columna número dos es el dinero -y sus congéneres o consecuencias: el placer, el confort,
el lujo-. Si algún dogma vivimos y practicamos es éste: el dinero abre todas las puertas; el dinero no
es que dé la felicidad, es que él mismo «es» la felicidad. En conquistarlo invierten los hombres la
mayor parte de sus sueños. A él se subordinan todos los valores, incluso por parte de quienes se
atreven a predicar las terribles malaventuranzas que Jesús dijo contra los ricos
Pero los propios cristianos nos las hemos arreglado para que aquello del evangelio -«es más
difícil que un camello pase por el ojo de una aguja que el que un rico entre en el reino de los cielos»-haya preocupado hasta ahora mucho más a los camellos que a los ricos.
Hemos conseguido sustituir esa frase por la que es verdaderamente el evangelio del siglo XX:
«Los negocios son los negocios.» Y así es como hemos convenido todos en que «el fin de la vida es
ganar mucho dinero, y con él, comprar la muerte eterna», como escribiera Bloy
Y de nada sirve para alterar nuestro dogma el comprobar que el dinero da todo menos lo
importante (la salud, el amor, la fe, la virtud, la alegría, la paz): al fin preferimos el dinero a todos
esos valores. E incluso creemos que el dinero da la libertad, cuando sabemos que todos renunciamos a
infinitas cotas de libertad para conseguirlo
Más difícil es aún entender nuestra obsesión de poder. Jefferson aseguraba que jamás
comprenderla cómo un ser racional podía considerarse dichoso por el solo hecho de mandar a otros
hombres.
Y, sin embargo, es un hecho que el gran sueño de todos los humanos es «mandar, aunque sea
un hato de ganado», que decía Cervantes
Sabemos que nada hay más estéril que el poder -ya que a la larga son las ideas y no el poder
quienes cambian el mundo--; sabemos que «el poder corrompe y el poder absoluto corrompe
absolutamente», pero apostamos por esa corrupción; sabemos que el poder da fuerza, pero quita
libertad; pero nos siguen encantando los puestos y los honores aun cuando estemos convencidos de
que «la fuerza y el miedo son dos diosas poderosas que levantan sus altares sobre cráneos
blanqueados», en frase de Mika Waltari. Mandar, mandar. Seremos felices, pensarnos, el ella en que
los que están bajo nuestra férula sean más que aquellos que nos mandan
Y ni siquiera observamos la terrible fuerza transformadora que el poder tiene: «Te crees
liberal y comprensivo -decía Larra-. El día que te apoderes del látigo, azotarás como te han azotado.»
Y es que el poder -todo poder- vuelve incomprendido (de ahí la soledad radical del poderoso) y hace
incomprensivo: un poderoso no «puede» comprender, no «puede» amar, aunque se engañe a sí mismo
con falsos paternalismos
Maurois tuvo el coraje de confesarlo: «Cuando empecé a vivir en el campo de los que mandan,
me fue imposible durante mucho tiempo comprender las penas de los que son mandados». Porque todo
poder lleva en su naturaleza la ceguera del que lo posee. Desde abajo se ve mal. Desde arriba no se
ve nada: la niebla del orgullo cubre el valle de los sometidos
Y, sin embargo, ahí está el hecho: la humanidad entera vive luchando como una jauría de
perros por conseguir esos tres huesos, dispuestos los hombres a volverse infelices para conseguirlos,
seguros de que la felicidad llegará cuando los poseamos. Así, destrozan los hombres hasta su salud
para conseguir un dinero y un poder que luego gastarán para recuperar -cuando ya sea tarde- la salud
En la conquista de esos tres dogmas se apoya el gran sueño de lo que llamamos «vivir la vida».
Viven la vida quienes los tienen. Los demás -pensamos- son hombres incompletos
Y como esos tres dogmas se resumen en uno --el egoísmo--, la búsqueda de los tres es, en
rigor, una lucha contra los demás. Porque no son cosas que se puedan compartir: o las tengo yo o las
tienen los demás. Habrá que arrebatarlas. Y ya tenemos el mundo convertido en una selva
Si fuésemos del todo sinceros confesaríamos que es cierta la afirmación de Bloy: «Vivir la
vida consiste en adueñarse de la ajena. Los vampiros estarían de acuerdo», ya que en realidad «uno
vive su vida cuando ha conseguido instalarse en el firmísimo propósito de ignorar que hay hombres
que sufren, mujeres desesperadas, mitos que mueren
Uno vive su vida cuando hace exclusivamente lo que es grato a los sentidos, sin darse querer
darse por enterado de que en el vasto mundo hay almas y que él mismo tiene una mísera alma
expuesta a extrañas y terribles sorpresas»
Pero ¿existe verdaderamente un alma? ¿Tenemos verdaderamente un alma? ¿Quién piensa en
ella? ¿Quién dedica a su alma y a las columnas que la sostendrían al menos una décima parte del
tiempo que vivimos sobre la tierra?
Esta es, me parece, la pregunta verdaderamente decisiva: ¿Hay sobre la tierra otros valores
por los que valdría ciertamente la pena de vivir? ¿Otros valores con los que podríamos ser felices?
¿Otras columnas sobre las que nuestra condición humana sería diferente?
Este libro quiere apostar por una idea absurda: si los hombres si al menos muchos hombresconstruyeran sus vidas sobre columnas diferentes -el amor, la solidaridad, el trabajo, la confianza, la
justicia, la sencillez- este mundo sería diferente. Y vividero. Comenzarla a romperse esa soledad que
nos agarrota. Ingresaríamos en el mercado común de la felicidad
Porque es terrible pensar con cuánta tozudez seguimos apoyándonos en las columnas que son
la verdadera causa de nuestra desgracia
4.- Ana Magdalena
De todos los seres humanos, aquel hacia quien he tenido mayor envidia en mi vida ha sido Juan
Sebastián Bach: ante la estatura de su genio, me he sentido un pigmeo; ante la serenidad de mar en
calma de su espíritu, me ha parecido un laberinto de confusiones el mío; ante su equilibrio como ser
humano, me he experimentado neurótico; me he visto trivial y frívolo contemplando su hondura
Pero hoy tengo que confesar algo nuevo: si hasta ahora le envidié, ante todo, por su música, por
su obra colosal, hoy creo que le envidio mucho más por su mujer, por el don infinito de haber sido
querido por alguien como Ana Magdalena Bach
Acabo de leer uno de los libros más bellos que existen no por su calidad literaria, sino por el río
de amor que arrastra cada una de sus páginas: La pequeña crónica de Ana Magdalena Bach, de la que
tanto había oído hablar, pero no conocía
Es un libro supersencillo. Una mujer ingenua, no excepcionalmente culta, habla, con el tono de una
niña adorante, del hombre que llenó su vida. Lo hace cuando él ha muerto, cuando todos han
empezado ya a olvidarle, cuando vive m la miseria porque su marido no supo ahorrar y ha sido
necesario malvender los pocos recuerdos que de él quedaban. Cuando ya sólo queda el amor o el
recuerdo infinitamente dulce de aquel amor
Confieso que nunca creí que pudiera existir en el mundo un cariño tan tierno, tan intenso, tan
desinteresado, tan duradero, tan profundo, tan verdadero. Y me parece que sólo ahora empiezo a
entender aquel universo de música que Juan Sebastián pudo escribir envuelto en aquel océano de
amor
Hay páginas en las que uno no sabe si conmoverse o si reír ante la «adoración» con que Ana
Magdalena habla de Sebastián. Ved algunas frases que dan el tono del libro entero:
- «Cada vez que le veía mi corazón empezaba a latir con tal fuerza, que me impedía hablar.»
- «Una sola vez en la vida fui lo suficientemente tonta como para creer que él estaba equivocados
- «En mi corazón estaba siempre viva la sensación de que él era más grande que todos los reyes.»
- «Sobre María Bárbara (dice, aludiendo a la primera mujer de Bach, sin sentir los menores celos de
ella) se derramó la bendición de su amor. Aunque a veces pienso, con una sonrisa, que a mi me quiso
más que a ella, o al menos, por la bondad de la Providencia, durante más tiempo.»
- «Vivir con él y verle día a día era una felicidad que no hubiera podido merecer, ni he merecido
nunca. Durante mucho tiempo viva en un estado de asombro, como en un sueño, y algunas veces,
cuando Sebastián estaba fuera de casa, se apoderaba de mi el terror de que pudiera despertar de
ese sueño y volver a ser la niña Ana Magdalena Wülken en lugar de la esposa del maestro de capilla
Bach.»
- «A nosotros nos dejaba mirar su corazón, que era el más hermoso que ha latido en este mundo.»
- «Nunca quisiera dejar de ser la pobre vieja abandonada que ahora soy si hubiera que comprar la
más hermosa y honorable vejez al precio de no haber sido su compañeras
- «Ya no tengo -dice la última página del libro- ningún motivo para vivir- mi verdadero destino llegó a
su fin el día en que se apagó la vida de Sebastián, y pido diariamente a Dios en mis oraciones la
gracia de que me lleve de este lugar de sombras y me vuelva a reunir con el que, desde el primer
momento en que le vi, lo fue todo para mí. Sola- mente lo terrenal me separa de él.»
La serie de citas podría ser interminable. Y hay que señalar que no son palabras de coba
aduladoras de un viviente. No son tampoco los elogios fúnebres dichos en la gloria del recién muerto.
Es lo que se piensa y se siente cuando la muerte empieza a quedar lejana, cuando lo que se palpa es
la miseria que se ha recibido por única herencia y cuando todo lo demás es olvido. Pero un amor así,
una devoción así, son el mejor premio que un hombre puede conquistar en este mundo
Pero ahora quiero añadir algo más. He leído estas frases a algunas amigas, y todas ellas -como si
se hubieran puesto de acuerdo- me han comentado lo mismo: «Así, cualquiera. A un hombre como
Bach debía resultar fácil amarle y admirarles
Y esta respuesta me ha dejado el alma llena de preguntas. Algunas que me parecen muy
importantes:
- ¿Amó Ana Magdalena a Juan Sebastián porque le comprendía y admiraba o, por el contrario, le
comprendió y admiró porque le amaba?
- ¿Amó Ana Magdalena a Juan Sebastián porque él era un hombre extraordinario o tal vez fue él
un hombre extraordinario porque se vio envuelto en un amor así?
No son juegos de palabras. Y creo que valdrá la pena intentar contestarlas
A la primera ha respondido la propia Ana Magdalena, cuando en el título del primer capítulo del
libro nos dice que «le comprendió del todo porque le amaba». Cuando nos explica, sin rodeos, que
«Sebastián era un hombre muy difícil de conocer no amándole»
Nos equivocamos si juzgamos desde el hoy. En su época, nadie -sino Ana Magdalena y muy pocos
más- descubrió que Bach era el genio que hoy reconocemos. Los que le juzgaban con sus rutinas o sus
inteligencias le creyeron un músico más. Y le olvidaron apenas muerto. Sólo Ana Magdalena se
atrevió a asegurar, años después de su muerte, que «aunque los hombres desatienden hoy su
recuerdo, no lo olvidarán para siempre. La humanidad no podrá guardar silencio sobre él mucho
tiempo». Sólo ella en- tendió que cuando el mundo pensaba, más que en él, en la obra de sus hijos, en
el futuro seria la música de Sebastián la que se impondría. ¿Es que Ana Magdalena se engañaba
cegada por su amor o es que su amor se volvía profético y mucho más inteligente que la inteligencia
de sus contemporáneos?
Quiero decir aquí algo que he pensado muchas veces: que el corazón no es sólo el órgano del amor,
sino que puede ser también el órgano del conocimiento. Que no sólo se entiende con la razón. Que
hay campos humanos en los que «el corazón tiene razones con las que no cuenta la inteligencias.
¡Cuántos matrimonios no se entienden porque no se aman! ¡Cuántas cosas in- inteligibles empiezan a
clarificarse cuando se miran con un nuevo amor!
Pero aún me interesa más la segunda pregunta: la cuestión de la mutua fecundación de los que se
aman. No sólo en lo físico es fecundo el amor. Los que se aman se reengendran el uno al otro, se
multiplican y recrean. Y así el amor de Ana Magdalena la multiplicó a ella y multiplicó a Sebastián
La multiplicó a ella. Durante su vida, «una palabra de aprobación suya valla más que todos los
discursos de este mundo». Después de su muerte, «aunque no tengo ningún objeto que me lo pueda
recordar, bien sabe el cielo que no es necesario, pues me basta con el inestimable tesoro de
recuerdos que descansa en mi corazón»
Aquel amor les rejuvenecía a los dos: «Cuando me miraba al espejo creía verme tal como era
cuando le conocí. Pero, sea cual fuese la ilusión que yo me hiciera a ese respecto, siempre es mejor
que envejezca el rostro que el amor. Yo había mirado el rostro de Sebastián con tanta constancia,
que todas las transformaciones producidas en él escaparon a mi percepción desde el día en que le vi
por primera vez en la iglesia de Santa Catalina de Hamburgo, y tenía que hacer expresamente
comparaciones para convencerme de que también en sus queridas facciones el tiempo había realizado
su obra.»
Pero esto no es todo. Lo importante es preguntarse qué parte de la música de Bach debemos al
amor que Ana Magdalena le profesó. ¿Habría compuesto Juan Sebastián aquel universo de armonía y
serenidad de no tenerla a su lado? Ana era absolutamente consciente -ya desde el mismo día de su
boda- de que «si en alguna forma le hacía desgraciado, corría el peligro de n-ia- lograr su música»
¿]Podemos entonces preguntarnos cuántos genios no se habrán malogrado por no haber sido
suficientemente amados? ¿Cuántas obras musicales o poéticas nacieron avinagradas porque en una
casa los nervios dominaron al amor?
Esta idea debería angustiarnos. Nuestra falta de amor no sólo puede hacer infelices a quienes nos
rodean, puede también volverles infecundos o enturbiar su fecundidad. ¿Tal vez es la falta de «mi»
amor, de «nuestro» amor, lo que hace desgraciado este mundo en que estoy?
Querida Ana Magdalena, gracias por tu amor, gracias por la música de tu esposo. Yo sé que la
escribisteis los dos juntos, con vuestro amor
5.- Los espacios verdes
Ahora que se habla tanto -y me parece estupendo- del ecologismo, quisiera yo decir algo del
«ecologismo espiritual», del que, me parece, no suele hablarse tanto. Y que es más importante que el
material
Porque es bueno que los hombres -sobre todo los jóvenes- estén recuperando el valor de la
Naturaleza, que les preocupe la contaminación del medio ambiente, que luchen por los espacios
verdes en estas asfixiantes ciudades que hemos construido
Pero creo que habría que pensar que nuestras almas padecen parecidas o más graves
agresiones. Hay en el mundo -por de pronto- una contaminación de nervios, de tensiones, de gritos,
que hace tan irrespirable la existencia como el aire
La gente vive devorada por la prisa; nadie sabe conversar sin discutir; nos atenazan los gases
de la angustia y la incertidumbre; la gente necesita pastillas para dormir; a diario periódicos, radios,
anuncios, televisores nos llenan el alma de residuos y excrementos como se estercolan las playas; se
talan despreocupadamente los árboles de los antiguos valores sin percibir que son ellos quienes
impiden los corrimientos de tierras; apenas hay en las almas espacios verdes en los que respirar
Y habría que explicarle a la gente que el alma necesita -como las grandes ciudades- del
pulmón de los parques y jardines, de los espacios verdes del espíritu. Y señalar que es necesario
impedir que la especulación del suelo del alma termine por convertirla en inhabitable. Un alma
convertida en desván de trastos viejos es tan inhumana como las colmenas en que se nos obliga a vivir
Tendríamos, por ello, que ir descubriendo, señalando, algunos espacios verdes que urge
respetar
El primero -aunque parezca ridículo- es el sueño. La vida humana, con su alternancia de sueño
y de vigilia, está muy bien construida. Pero cuando se la desnivela con ingenuos trasnoches, pronto
queda también mutilada la vigilia. «Para estar bien despiertos, hace falta estar bien dormidos», suele
decir Martín Abril
Y se diría que muchos hombres pasan sus días sumergidos en una soñarrera por la simple
razón de que no han dormido. Quien lo probó lo sabe: he vivido demasiados años con la obsesión de
que robándole horas a la noche produciría más. Ahora sé que esas horas robadas se pagan, al día
siguiente, con el cansancio y la mediocridad
El segundo gran espacio verde es el ocio constructivo. Yo odio la vagancia en la misma medida en que
estimo el ocio creador. Y estoy convencido de que un mundo mejor no es aquel en el que consigamos
más horas de trabajo, sino aquel en el que con menos horas de trabajo puedan conseguir todos mayor
número de horas entregados a hacer por gusto y devoción aquello que, porque lo aman, les llena y les
descansa a la vez
Uno de los fallos más grandes de nuestra civilización es que sólo hemos enseñado dos cosas a
los hombres: a trabajar y a perder el tiempo. ¿Y todo el infinito campo que queda entre las dos? ¿Y
ese trabajo que no lo es del todo porque se hace por placer? ¿Y todas esas maneras de divertirse que
nos enriquecen?
El hombre de hoy parece no conocer otros caminos que el de trabajar como un burro,
aburrirse como un gato o saltar de tontería en tontería como un mosquito. Entre el sudor y el fútbol
(o la televisión rumiante) se divide nuestra vida, sin otra alternativa. Por eso aterra a tantos la
jubilación: porque no saben hacer más que lo que siempre han hecho
¡Con la infinidad de espacios verdes que quedan para el alma! ]Pienso ahora en las artes
relajantes. No me refiero a los espectáculos, que suelen ser otra forma de excitación. Me refiero a
todas esas otras formas de enriquecer el alma: el placer de oír música seria dejándola crecer dentro
de nosotros en el silencio; el gusto por pintar; la maravilla de sentarse al aire libre, quizá bajo un
árbol, a leer -lentamente y paladeándola- poesía
¡Y qué gran espacio verde la lectura! Me refiero ahora a leer por el placer de leer. Estudiar
es construir una casa, no un espacio verde. Leer una novela por curiosidad puede ser una variante de
los telefilmes. Hablo aquí de esa lectura «que no sirve para nada», de esos libros que no «ayudan a
triunfar» (como decía aquel viejo slogan idiota), que sirven sólo (¡sólo!) para enriquecer el alma
El tercer -y quizá más hermoso-- espacio verde es la amistad. ¡Ningún tiempo más ganado que
el que se pierde con un verdadero amigo La charla sin prisa -tal vez mientras delante se enfría un
café-, los viejos recuerdos que provocan la risa o quizá la sonrisa-, el encuentro de dos almas -¡qué
mayor enriquecimiento¡ son sedantes que no tienen precio. Sí, esas visitas que siempre dejamos «para
cuando tengamos tiempo» serían el mejor modo de aprovechar el que tenemos
¡Qué hermoso un mundo en el que nadie mirase a su reloj cuando se reúne con sus amigos!
¡Qué maravilla el día en que alguien venga a vernos y no sea para pedirnos nada, sino para estar con
nosotros! Decimos que el tiempo es oro, pero nunca decimos qué tiempo vale oro y cuál vale sólo
oropel
Oro puro es, por ejemplo, el que un padre dedica a jugar con sus hijos, a conversar sin prisa
con la mujer que ama, a contemplar un paisaje en silencio, a examinar con mimo una obra de arte.
Tiempo de estaño es el que gastamos en ganar dinero o en aburrirnos ante un televisor
Y no quiero olvidarme de un magnífico espacio verde del alma que es la oración. ¿Puedo hablar
de ello? Pienso que tal vez algunos de mis lectores no creen o creen muy a medias. Pero aun a ellos yo
me atrevería a pedirles -¡cuánto más si son creyentes!- que experimentaran por si mismos -aunque
sólo sea una vez- lo que es la contemplación. «Pero ¡eso es muy difícil! ¡Eso es para místicos!»
Fíjense que no les pido jeribeques. Les pido simplemente que busquen algunos minutos
al día de pausa cordial y mental para el encuentro con Dios -si son creyentes- o con las fuerzas
positivas de su alma -si creen que no la sonAllí, en el pozo del alma, alejándose de los ruidos del mundo, dejando por un rato de lado las
preocupaciones que les agobian, que intenten buscar su propia verdad. Que se pregunten quiénes son
y qué aman. Que se dejen amar. Que tomen, por ejemplo, el Evangelio -y esto tanto si son creyentes
como si no lo son-, que lean una frase, unas pocas líneas, y las dejen calar dentro de si, como la lluvia
cae sobre la tierra. Que las repitan muchas veces hasta que las entiendan. Que las paladeen. Que
permanezcan luego en silencio, dejándolas crecer dentro, chupando de ellas como si fueran una planta
que necesita desarrollarse. Así, sólo unos pocos minutos. Pero todos los días. Un día se encontrarán
milagrosamente florecidos
Sí, amigos, dejadme que os lo repita: vuestra alma merece ser tan cuidada como el mundo. Y
no sería inteligente vivir preocupados por el aire que respiramos y olvidarnos del que alimenta la
sangre de nuestra alma
6.- Los prismáticos de Juan XXIII
El pastor anglicano Douglas Walstali visitó en cierta ocasión al papa Juan XXIII y esperaba
mantener con él una «profunda» conversación ecuménica. Pero se encontró con que el pontífice de lo
que tenía ganas era simplemente de «charlar», y a los pocos minutos, le confesé que allí, en el
Vaticano, «se aburría un poco», sobre todo por las tardes. Las mañanas se las llenaban las audiencias.
Pero muchas tardes no sabía muy bien qué hacer. «Allá en Venecia -confesaba el papa- siempre tenía
bastantes cosas pendientes o me iba a pasear. Aquí, la mayoría de los asuntos ya me los traen
resueltos los cardenales y yo sólo tengo que firmar. Y en cuanto a pasear, casi no me dejan. 0 tengo
que salir con todo un cortejo que pone en vilo a toda la ciudad. ¿Sabe entonces lo que hago? Tomo
estos prismáticos -señaló a los que tenía sobre la mesa- y me pongo a ver desde la ventana, una por
una, las cúpulas de las iglesias de Roma. Pienso que alrededor de cada iglesia hay gente que es feliz y
otra que sufre; ancianos solos y parejas de jóvenes alegres. También gente amargada o pisoteada.
Entonces me pongo a pensar en ellos y pido a Dios que bendiga su felicidad o consuele su dolor.»
El pastor Walstali salid seguro de haber recibido la mejor lección ecuménica imaginable, porque
acababa de descubrir lo que es una vida dedicada al amor
Tal vez alguien pensará que las palabras del papa eran una simple boutade, porque sin duda un
papa tiene que tener mil tareas más importantes -¡con toda la Iglesia sobre los hombros!- que mirar
cúpulas con unos prismáticos. Pero, díganme ¿hay para un papa algo más importante que dedicarse a
amar, a pensar y rezar por los queridos desconocidos?
Porque amar a los conocidos es, en definitiva, algo relativamente fácil, a poco buena gente que
sean. Se les ve, se les conoce, se han convivido o compartido sus esperanzas o dolores, podemos
esperar de ellos el contraprecio de otro amor cuando nosotros lo necesitemos. Pero ¿cómo amar a
los desconocidos? ¿Cómo entender la vida como un permanente ejercicio de amor? ¿Cómo descubrir
en las cosas más triviales que, junto a ellas, hay siern- pre alguien necesitado de nuestro amor?
El verdadero amor, como la fe, es amar lo que no vemos, lo que no nos afecta directa y
personalmente, con un amor de ida sin vuelta. Hace falta mucha generosidad y muy poco egoísmo
para ello. Hace falta también un poquito de locura. Porque estamos demasiado acostumbrados a
subordinar nuestro corazón a nuestra cabeza. Y es necesario ir descubriendo que el amor es muy
superior a la inteligencia, aunque sólo sea por el hecho de que en la vida no logramos conocer a Dios,
pero sí podemos amarle
El nos ama así, sin fronteras. No porque lo merezcamos o porque se lo vayamos a agradecer, sino
porque nos ama. Pues -lo dice el Evangelio- si sólo amamos a quienes nos aman, ¿en qué nos
diferenciamos de los que no creen?
Desgraciadamente con frecuencia nuestro amor es una tram- pa: un lazo que lanzamos para que
nos lo agradezcan. Apresarnos un poco -con su deuda- a aquellos a quienes amamos. Lo con- firma la
cólera que sentirnos cuando no se nos agradece nuestro amor. Lo prueba el que ayudemos mucho más
fácilmente a quienes piensan o creen como nosotros. Pensamos que los beneficiarios de nuestro amor
deben «merecerlo» antes. ¡Pobres de los hombres si Dios amase sólo a quienes lo merezcan! «No te
pregunto cuáles son tus opiniones o cuál tu religión, sino sólo cuál es tu dolor», solía decir Pasteur. El
ser pobre, el ser necesitado, ya son de por sí suficiente «mérito» como para merecer amor
Por eso el verdadero amor es el que sale del alma sin esfuerzo, como la respiración de la boca. El
amor que resulta simplemente «necesario», ya que sin él no podríamos vivir. Aunque sólo sea porque
-como decía Camus- «nos avergoncemos de ser felices nosotros solos»
No es que debamos amar «para» ser felices (eso sería una forma de egoísmo), pero es un hecho
que «hay que crear otras felicidades para ser feliz», como decía Follereau, pues «la felicidad es lo
único que estamos seguros de poseer cuando lo hemos regalado»
Pero todo ello sólo se conseguirá cuando -como hacía el papa Juan XXIII- hagamos cuatro cosas:
- dejar sobre la mesa «nuestras» preocupaciones personales, nuestros importantísimos papeles;
- asomarnos a la ventana del alma, saliendo de nosotros mismos;
- tomando los prismáticos del amor, que ven más allá que los cortos ojos de nuestro egoísmo;
- sabiendo descubrir que en torno a cada cúpula, a cada cosa, hay gente que sufre y que es feliz, y
que los unos y los otros son nuestros hermanos.
7.- Compadecer con las manos
Hablo en mis artículos tanto de alegría, de esperanza, del gozo de vivir, que a veces me da miedo
de estar fabricando fábulas en el alma de mis lectores. ¿Es que no veo el dolor? ¿Carezco de ojos
para la sangre?
Lo sé muy bien: mentirla si pintase un mundo en el que nos olvidásemos de que «algunos sufren
tanto, que no pueden creer que haya alguien que les ama», como dice el cardenal Hume. El dolor es la
cortina negra que impide a muchos ver a Dios. Y no podemos ponemos unas gafas doradas para ignorar
todo ese llanto
Y voy a aclarar en seguida que no hablo de «nuestro propio dolor», sino del de los demás. El propio
ya es suficientemente cruel como para que ignoremos de cuando en cuando su latigazo. El de los
demás, en cambio, podemos ignorarlo, dejarlo entre paréntesis, encerrarnos en el ghetto de nuestra
propia felicidad como si nada hubiera más allá de nuestras alegrías
Hay seres que tienen en este punto una especial sensibilidad. Recuerdo aquel poema de Roland
Holst que confesaba: «A veces me es imposible conciliar el sueño por las noches, pensando en los
sufrimientos de los hombres.» 0 aquellas otras palabras de Van der Meer: «Me es imposible
desterrar de mi atención los sufrimientos de la humanidad. Todos los sufrimientos, corpora- les y
espirituales. No quiero gozar de reposo mientras los pobres, los mendigos y los vagabundos,
atenazados por el hambre y por el frío, están ahora durmiendo entre harapos en los túneles y en las
escaleras del Metro, porque allí, en el enrarecido aire subterráneo se está caliente. Esta miseria me
concierne. Es ahí, en esos cuerpos, en esos corazones, donde Jesús prosigue, de un modo misterioso,
su pasión.»
A veces me pregunto si Dios no debería concedernos a todos los humanos un don, un don terrible.
Concedámoslo una sola vez en la vida y sólo durante cinco minutos: que una noche se hiciera en todo
el mundo un gran silencio y que, como por un milagro, pudiéramos escuchar durante esos cinco
minutos todos los llantos que, a esa misma hora, se lloran en el mundo; que escucháramos todos los
ayes de todos los hospitales; todos los gritos de las viudas y los huérfanos; experimentar el terror
de los agonizantes y su angustiada respiración; conocer -durante sólo cinco minutos- la soledad y el
miedo de todos los parados del mundo; experimentar el hambre de los millones de millones de
hambrientos por cinco minutos, sólo por cinco minutos. ¿Quién lo soportarla? ¿Quién podría cargar
sobre sus espaldas todas las lágrimas que se lloran en el mundo esta sola noche?
De todos los crímenes que en el mundo se cometen, el más grave es el desinterés, la
desfratenidad en que vivimos. Sufrimos mucho más por un dolor de muelas que por la guerra IránIrak. Llegamos a conmovernos ante ciertas catástrofes cuando nos las meten en casa a través de la
pequeña pantalla, pero esa conmoción queda inmediatamente sumergida por la cancioncilla que cantan
después. Los que sufren piensan sólo en su dolor personal. Los que no sufren no llegan ni a enterarse
de que el mundo es un formidable paraíso de dolor
I-lasta la «compasión» la hemos empequeñecido. Busco en el diccionario esta palabra, y la define
as!: «Sentimiento de ternura o lástima que se tiene del trabajo, desgracia o mal que padece alguno.»
Eso es: todo se queda en el puro sentimiento. La compasión se ha convertido en un remusguillo en el
corazón, que nada remedia en el mundo, pero nos permite calmarnos a nosotros mismos
convenciéndonos que con ello hemos estado ya cerca del dolor ajeno
Ante el dolor nos compadecemos o hacemos disquisiciones filosóficas, o cuando más, elaborarnos
teorías sobre su valor redentor. Pero Cristo no redimió explicando nada. Bajó al dolor, estuvo junto
a él, se puso en su sitio
Por eso habría que lanzar una cruzada de «compasión con las manos». Kierkegaard comienza uno
de sus tratados diciendo: «Estas son reflexiones cristianas; por tanto, no hablan del amor, sino de
las obras del amor.» Eso es: en cristiano, amar es hacer obras de amor; compasión es ponerse a
sufrir con los demás, comenzar a combatir o acompañar al dolor. No se trata de no poder
dormir pensando en la gente que sufre; se trata de no saber vivir sin estar al lado de los que sufren
La compasión verdadera no es la que brota del sentimiento, sino la que se realiza en comunión.
Compasión quiere decir pade- cer con. Comunión, estar unido con. Ni la una ni la otra pueden
reducirse a un calorcillo en el corazón, sino a una mano que ayu- da o una mano que abraza. La falsa
compasión es la de las muje- res que lloraban camino de la cruz. La verdadera, la del Cirineo, que
ayudó a llevarla. Sólo una humanidad de cirineos hará posi- ble que quienes sufren lleguen a
descubrir que Alguien (y alguien) les ama
8.- Creer apasionadamente
Hace un montón de días que me persigue una pregunta de Jean Rostand: «Los que creen en Dios,
¿piensan en él tan apasionadamente como nosotros, que no creemos, pensamos en su ausencia?»
La cuestión me ha herido porque me parece exactísima: tampoco yo he entendido jamás que se
pueda creer en Dios sin sentir entusiasmo por él. Y siempre me ha aterrado esa especie de «anemia
espiritual» en la que, con frecuencia, se convierte la fe
Y la fe puede ser un terremoto, no una siesta; un volcán, no una rutina; una herida, no una costra;
una pasión, no un puro asentimiento. ¿Cómo se puede creer -de veras, de veras- que Dios nos ama y
no ser feliz? ¿Cómo podemos pensar en Cristo sin que el corazón nos estalle?
Me enfurece la idea de que la gente de mundo crea con más apasionamiento en las cosas
de¡ mundo que los creyentes en las cosas de la fe. ¿Por qué un cura ha de vivir su ordenación con
menos pasión o menos gozo del que sienten dos enamorados? ¿Cómo puede un teólogo hablar de Dios
con menos entusiasmo que el esposo de la esposa o el padre de sus hijos? ¿Por qué los creyentes
gozan menos en las iglesias que los espectadores en el cine? ¿Es, acaso, que Dios es más aburrido
que la televisión?
¡Qué difícil es, sin embargo, encontrar creyentes rebosantes! ¡Y qué gusto cuando alguien te
habla de su fe con los ojos brillantes, saliéndose Cristo por la boca a borbotones!
Confieso que lo que más me molesta de un sermón es que sea aburrido. Y no por razones
literarias, sino porque todo el que aburre cuando habla es que no siente lo que dice. Cuando, en
cambio, me encuentro con un cura que a lo mejor habla mal y dice cosas poco novedosas, pero las
dice con pasión, con gozo de decir lo que predica, entonces uno respira porque yo nunca podré
aceptar la fe de alguien que no es feliz con ella. Si yo fuera profesor de un seminario me
preocuparía menos de que los alumnos aprendiesen a hablar bien que de que hablasen sonriendo, no
con sonrisas-profidén, de esas que se ensayan delante de un espejo, sino con esas sonrisas que te
salen del alma porque te gusta ha- blar a tu gente y, sobre todo, te encanta hablarles de tu fe
Tal vez por eso tengo yo tanto cariño a una serie de escritores a los que el gozo de ser
creyentes se les escapa en cada letra: Teresa de Jesús, entre los antiguos, o Merton o Van der
Meer de Walcheren, entre los actuales
Estoy estos días releyendo el Magnificat de este último -un escritor a quien en España nadie
parece conocer- y me apasiona su apasionamiento. Tanto si habla del dolor como si escribe sobre la
oración, chorrea un gozo profundo que «huele» a fe. A veces casi te hace sonreír porque escribe en
su ancianidad como lo ha- ría un adolescente en las primeras cartas a su novia. Pero qué maravilla oír
decir a un cristiano cosas como éstas: «La vida, cuando se vive con Dios, es arrebatadora.» «Yo sé
que nunca llegaré a saciarme de la Iglesia.» «Ser cristiano es conocerlo todo, comprenderlo todo y
amar a todos los hombres.» Oírle definir la muerte del ser más querido para él como «una fiesta de
dolorosa alegría» o escribir que «en cuaresma predomina la alegría, por- que la alegría es el rasgo
característico del cristiano redimido». O explicar que «Dios, frenético de amor, se hizo hombre».
O comentar así este nuestro mundo enloquecido: «Estos tiempos que nos ha tocado vivir son muy
agitados; agitados de manera espléndida. Nueva vida por todas partes.»
¡Qué rabia, en cambio, los que no cesan de hablar de los sacrificios que cuesta ser cristiano, de
las privaciones que impone la fe! ¿Es que puede ser un «sacrificio» amar a alguien? Ya, ya sé que con
frecuencia hay que tomar la cruz; pero si la cruz no llega a resultarnos fuente de felicidad, ¿cómo
podremos decir que la creemos redentora? Imaginaos que un muchacho hiciera esta declaración de
amor a su novia: «Yo sé que para vivir a tu lado tendrá que sacrificar muchas cosas, renunciar a
muchos de mis gustos. Estaré contigo, pero quiero que llegues a apreciar el esfuerzo que eso me
cuesta y lo bueno que soy haciendo tantos sacrificios por quererte.» Supongo que no tardaría medio
minuto la muchacha en mandarle al cuerno. Y ésas suelen ser las declaraciones de amor que los
creyentes le hacemos a Cristo: le amamos como haciéndole un favor y sintiéndonos geniales por el
hecho de estar con él un rato en lugar de estar «divirtiéndonos» en otra lado. Un dios que aburrirse,
un dios que fuera una carga, un dios que no saciase, ¿qué dios sería? Y un amante que no encuentra la
cima de la felicidad en estar con aquel a quien ama, ¿qué tipo de amante será?
Lilí Alvarez, en su Testamento espiritual, repite muchas veces que una de las cosas más olvidadas
es el «carácter esencialmente fruitivo de la religión!. Es exacto: la fe tiene que ser una fuente de
goce. No de¡ goce tonto que nos produce comer un helado 0 ver una película buena, sino ese otro
gozo más hondo del equilibrio interior, que incluso puede ser compaginable con estar pasándolo
fatalmente por fuera. Porque tenemos que vivir el dogma de la encarnación de manera total, sin
escamotear las heridas que la encarnación llevó consigo. Pero ¡sin olvidar que también las heridas
resucitaron!
Dejadme que os lo diga: me gusta ser cristiano, me encuentro muy feliz de serlo. También muy
avergonzado de serio tan mediocremente. Pero rrji mediocridad -por grande que sea- es siempre
muchisimo más pequeña que la misericordia y la alegría de Dios. SI, es cierto, todas nuestras
estupideces, todos nuestros dolores empañan tan poco a Dios como las manchas al sol. El está ahí,
brillante, luminoso, seguro, feliz, encima de nosotros. A su luz es siempre primavera
9.- Un cadáver en la playa
Una mañana de agosto, en una de las playas próximas a Montpellier, en Francia, apareció el
cadáver de un hombre. Debla de tener cerca de setenta años y no había en él nada que ayudase a
identificarle. Los mismos rasgos de su rostro aparecían hincha- dos, desfigurados, por la larga
permanencia del cuerpo en el agua. Y el cadáver fue trasladado al Instituto Anatómico Forense de
Montpellier, en espera de que alguien reclamase los restos de aquel pobre viejo, a quien una crisis
cardiaca habla sorprendido en pleno baño, tal vez a una hora en que la playa estaba solitaria
«Solitario»: éste parecía ser el único signo de identificación de aquel anciano muerto. Solitario le
había encontrado la muerte. Y solitario iba a permanecer durante seis largos días en los depósitos
del Instituto Anatómico. Nadie parecía haberle echado en falta. ¿Era tal vez un mendigo sin casa ni
familia? ¿Era alguien no amado por nadie, alguien sin quien el mundo podía seguir rodando como si
nunca hubiera vivido?
Sólo al séptimo día iba a saberse que aquel cadáver era el de monseñor Riobé, obispo de Orleáns,
uno de los hombres más queridos y valorados del Episcopado francés. Un conocido perio- dista
religioso de Paris-Match, Robert Serrou, le habla prestado, quince días antes, su casita a la orilla
del mar. Y el obispo estaba gozando de su retiro como un chiquillo. Pocas horas antes de su muerte
habla escrito la que sería su última carta: «Estoy conociendo, casi por primera vez en muchos años,
el placer de no ser importante y pasar inadvertido. Por las tardes, cuando la playa se queda desierta,
suelo darme un baño. Rezo mucho.» Horas después, el corazón de uno de los más grandes profetas
de nuestro siglo cesaba de latir. Y monseñor Riobé conocía la más honda de las soledades: ser un
total desconocido
Me impresiona la historia de este obispo que se despoja de todas sus hopalandas y baja desnudo
a la muerte, como tantos pobres hombres de nuestro pobre siglo
Hace cuarenta y tantos años -era yo un ñiño- conocí la primera muerte de un obispo. Y tuve la
sensación de que el mundo se acababa. Aquel agonizante pareció que moría agitando las co- lumnas
en las que se apoyaba mi pequeña ciudad. Toda Astorga descendió al luto. «Ha muerto el obispo, ha
muerto el obispo», se decían las gentes por las calles, hablando en voz baja, como si toda la ciudad
fuese la casa donde el muerto reposaba. Olían las calles a lilas y creo que no quedó en toda Astorga
una sola persona que no desfilara por la capilla del seminario. Don Antonio Senso Lázaro estaba allí,
más rosado que en vida, vistiendo rutilantes ornamentos episcopales, cruzadas las manos, en una de
las cuales fulgía una amatista, y cubierta la cabeza con la más enjoyada de las nutras
De todos los pueblos de la diócesis bajaron cientos de sacerdotes y aquella mañana batí mi
récord como acólito: ayudé a veintitantas misas, atendiendo a la vez a varios altares, mientras
estaban revestidos ya los sacerdotes que esperaban que concluyera el celebrante anterior. Sonaban
a muerto todas las campanas de la ciudad, como si fuera en realidad todo un batallón de obispos
quien hubiera fallecido. 0 como si hubiera muerto un jefe de Estado
Este recuerdo se me mezcla ahora con la noticia de esta soledad. Y me pregunto cuál de las dos
muertes es más «episcopal». Puesto a discurrir, recuerdo que a Cristo lo enterraron cuatro personas,
sin inciensos, sin campanas, sin que los honorables de la ciudad bajaran «a rendirle los últimos
honores». Puesto a seguir pensando, me digo a mí mismo si en una sociedad en la que resultaría
imposible que un obispo bajara a bañarse como las demás personas en una playa poblada de
veraneantes no es, en definitiva, más consecuente esta muerte solitaria que la ungida de los falsos
brillos de los recuerdos que me llegan desde mi infancia. Al fin y al cabo, cuarenta años después,
todos los muertos -obispos o mendigos- son igualmente anónimos y desconocidos
Porque es cierto que toda muerte es solitaria. Y las velas, las amatistas, las campanas, son parte
de la tramoya con la que nos- otros fingimos amar tras la muerte a muchos seres a los que hemos
arrinconado mientras vivían. Arriba, por fortuna, piensan de otro modo y tienen un amor menos
efímero. Y no sé por qué,
empiezo a tener como envidia de esta muerte sin mentiras de monseñor Riobé, de su cadáver
flotando, de su mano fría y sin amatistas, de esa mano que, poco antes de morir, habló del único
amigo que no falla, del único que rompe de veras la soledad del hombre, al escribir aquellas dos
palabras que son como un testamento y un resumen de lo único importante: rezo mucho
10.- Clase sobre el matrimonio
¡Qué apasionante historia la de Pieter van der Meer! El y su esposa Cristina vivieron una de esas
aventuras que a mí me llenan de envidia: lucharon juntos, creyeron juntos, sufrieron juntos y fueron
muy felices por haber podido hacer juntos todas esas cosas. El día en que Cristina murió («se fue a
casa», diría él) Pieter, ya con ochenta años, entró en un monasterio cisterciense para seguir siendo
allí feliz con el recuerdo de Cristina y el amor de Dios. Y cuenta, en su diario, algunas cosas que
todos los curas deberían leer
Por ejemplo, en una de sus páginas, al hablar de los estudios que tuvo que hacer, ya en su
ancianidad, para poder ordenarse de sacerdote, escribe estas líneas:
«Vengo del curso dedicado a los sacramentos: le ha tocado la vez al matrimonio. ¡Un hastío
infinito! Me ha dado sueño: sólo disposiciones jurídicas, impedimentos, finalidades, etc.
¡Horripilante! Menos mal que me cabe el recurso de pensar en las bodas de Caná y en Cristina y
vuelve a arder la luz del paraíso.»
Lo gordo de¡ asunto es que -Van der Meer tiene razón- Cristo no lo hizo así: dio su lección de
matrimonio en Caná durante una fiesta y rodeándola de un estallido de alegría. Porque si no
descubrimos a los casados que el matrimonio cristiano es «la luz del paraíso», ¿qué les explicamos?
¿También los curas -por otro camino- vamos a contagiarnos de esa visión despectiva y cínica del
matrimonio que circula por los «chistes de hombres»? Ya sé que es muy difícil vivir una vida de
casados en alegría permanente (porque vivir «en alegría» es siempre difícil), pero ¡qué gusto cuando
te encuentras dos casados que han entendido a fondo lo que es el amor hombre-mujer! Después del
paraíso y de la fe, no hay nada parecido
Yo pienso que los obispos no deberían ordenar de sacerdote a nadie que no estuviera o hubiera
estado enamorado. Y no digo enamorado de una mujer, sino enamorado de algo o de alguien, de su
vocación, de su comunidad, de la vida. Y mejor si es enamorado de Dios
Pero digo enamorado-enamorado, como están los chavales a los veinte años, cuando no saben ni
respirar sin pensar en la persona a la que quieren. Porque si no se ha estado enamorado, no se puede
hablar bien ni del amor, cm minúscula, ni del Amor, cm mayúscula
Lo malo es cuando oyes a un cura hablar del matrimonio como una trampa o una fuente de peligros
y de la mujer como una ocasión de pecados. ¿Tanto se habría equivocado Dios al crear la pareja?
¿Inventó esa ayuda de la que habla el Génesis para que Adán lo pasase mal? ¿Acaso dejó el paraíso
de ser paraíso al llegar Eva? Que yo sepa, la cosa fue al contrario: el paraíso no lo fue del todo para
Adán hasta encontrar a la que iba a ser carne de su carne
Por la misma razón, no me ha gustado jamás que, al hablar del celibato, se diga que así, sin
casarse, se puede amar más a Dios. Como si el amor fuese algo divisible; como si una hoguera
perdiese algo de su fuego cuando se enciende, con su llama, otra hoguera. Que digan que el celibato
da más libertad; que expliquen que el amor de Dios es ya suficiente para llenar una vida; que digan
que, como el hombre es limitado, no tiene tanto tiempo como merecen sus feligreses si tiene que
preocuparse por ganar el pan de sus hijos. Pero que no digan que un casado ama menos a Dios por
amar a su esposa, como si Dios estuviera celoso del amor de los hombres
Los curas, creo yo, deberíamos ser quienes hablásemos con mayor entusiasmo del amor
matrimonio¡, precisamente porque hemos gustado lo que es el Amor. De otro modo, los casados, al
Digo que todos los curas deberían leer esto porque ¡hay que ver qué sermones hacemos sobre el
matrimonio! ¡Hay que ver, sobre todo, cómo lo plantean nuestros libros de moral ¡. Me imagino que la
mayoría de los casados perderían las ganas de recibir ese sacramento si leyeran nuestros libros de
texto. (A veces pienso que los hacen as! para «proteger» nuestro celibato, pintándonos antipático el
matrimonio.) oírnos, tendrán derecho a decir: «¡Un hastío infinito! ¡Horripilante!» Y harán =y bien
pensando que, por fortuna, Cristo, en Caná, no le tuvo ningún miedo a la fiesta del amor. ¡Y hasta
multiplicó el vino en ella! A veces pienso que algunos moralistas no le perdonarían nunca a Cristo ese
milagro, temerosos de que algunos de aquellos comensales de Caná hubieran podido concluir la
comida nupcial un poco piripis
11.- Tiempo de inquisidores
Un lector amigo se ha escandalizado de que yo citara en mis “Razones para la alegría” la vieja
frase latina «veritas odium parit» (La verdad engendra odio). «Pero ¿cómo? -me escribe-. ¿No dice
la Escritura que la verdad es Dios?» He tenido que explicarle que -detrás de la paradoja- la frase
tiene más sentido del que él se imagina
Y tengo que empezar por decir que no sé quién es el autor original de la frase. En algún libro la he
visto atribuida al latino Ausonio; otro autor la presenta como una máxima de Terencio; otras veces la
he visto citada como de San Agustín o de San Antonio de Padua. Pero, sea de quien sea, así ha llegado
hasta nosotros
Los latinos le daban un sentido vulgar: es peligroso decir la verdad, porque
cantárselas al prójimo le irrita. Así, habría que traducir no tanto «la verdad
engendra odio» cuanto «decir la verdad provoca odio»
Pero yo prefiero tomarla en su literalidad porque creo que, si no todas las verdades, hay algunas
formas de decir la verdad que llevan el odio en sus entrañas
No toda verdad, claro. San Juan recordaba en su evangelio que el que es de la verdad escucha la
voz de Dios. Y San Pablo aseguraba que la verdad nos hará libres
Pero la verdad engendra odio cuando se endurece, cuando se petrifica, cuando se convierte en
fanatismo. Es la verdad lanza en ristre la que es asesina. La verdad usada como arma de combate la
que puede producir tantos muertos como una espada. La verdad dicha sin caridad e impuesta por la
violencia. Esa verdad de la que dice la Biblia que «también los demonios creen y tiemblan»
Desgraciadamente, es demasiado frecuente el que el desmesurado amor a la verdad convierta al
que la predica en un inquisidor y a la verdad que dice en un fanatismo
Karl Jaspers definía así este estilo de pensar: «La fanática pasión por la verdad tiene carácter de
acusación, de reprobación, de aniquilación, de desprestigio y de escarnio, de pretensiones morales, de
superioridad ostentosa; esta pasión satisface los instintos de hacerse valer y de rebajar a los otros.
Distintivo de esa verdad es convertirse inmediatamente en partido. Pregunta más por el adversario
que por la verdad. La postura del vencedor es la forma de tal verdad. La negación y la polémica son
meras con- secuencias.»
Y Dietrich Bonhijffer recordaba que «el cínico, con pretensión de decir la verdad en todas
partes, en todo tiempo y a cualquier persona en la misma forma, no hace sino exhibir un ídolo muerto
de la verdad. Porque no hay que olvidar que existe una sabiduría de Satanás. La verdad de Dios juzga
lo creado por amor, mientras que la verdad de Satanás lo juzga por envidia y odio»
Pienso que es bueno establecer estas distinciones, porque parece que estamos en tiempo de
inquisidores. Inquisidores de diversos colores, pero inquisidores. Inquisidores de derechas o
progresistas, pero inquisidores. Gentes que se han congelado en «su» verdad y tratan de meterla a
tornillo en las cabezas de los demás como si fuera «la» verdad
Pero todos ellos olvidan que «el fanatismo -la frase es nada menos que de Voltaire- es la única
cosa que ha producido más males que el ateísmo» y que el fanatismo seria la religión de las fieras si
éstas pudieran practicar un culto
¿Es ésa la verdad cristiana? Juan XXIII no se cansó de repe- tir eso de «veritas in caritate» (la
verdad dicha con amor) ni de recordar que los modos de decir la verdad cuentan tanto como la
verdad misma que se dice
El inquisidor es algo espúreo dentro del mundo de la fe. La mejor tradición cristiana es la del
respeto al hombre tanto como a la verdad. San Gregorio Nacianceno recordaba que «la salud consiste
en el equilibrio». San Agustín aseguraba que «non ideo quia durum aliquid, ideo rectum», es decir, que
no por ser dura una posición debe deducirse que sea la recta. El espíritu católico es, a la vez,
riguroso y comprensivo y «más caritativo que querelloso». El cardenal Berulle recordaba que «lo
mismo que en los antiguos sacrificios que se ofrecían por la paz se despojaba a las ofrendas de la
hiel, así también en los trabajos que se encaminan y consagran a la paz y la concordia de la Esposa de
Dios hay que arrancar la hiel y la amargura de las contiendas»
Allí donde hay polémicas, heridas, amarguras, insultos, imposiciones, allí no se busca la verdad. Y
esto por dos razones
La primera, porque -como escribe Romain Rolland- «hay que amar a la verdad más que a si mismo,
pero hay que amar al prójimo más que a la verdad». Toda verdad usada como una api- sonadora de
hombres se convierte sin más en una mentira
Y la segunda razón porque todo hombre inteligente -y más todo creyente- sabe que «toda verdad
es el centro de un circulo y hay para llegar a ese centro tantos caminos como radios». «Los que son
semejantes a Cristo -decía Claudel-, son semejantes entre sí con una diversidad magníficas Y corno
dice Newman, «basta un momento de reflexión para convencernos de que siempre ha habido
posturas diferentes en la Iglesia y siempre las habrá y que, si se terminaran para siempre, sería
porque habría cesado toda vida espiritual e intelectual»
Pero parece que eso no está de moda. Nunca se habló tanto de pluralismo y nunca fueron los
creyentes tan intolerantes los unos con los otros. Tanto abominar de la Inquisición y ahora tenemos
una en cada parroquia y en cada corazón. «Parece -ha escrito el padre Congar- que el demonio ha
inspirado al hombre moderno un cierto espíritu de cisma, en el sentido genuino de la palabra, porque,
en vez de comulgar en lo esencial respetando las diferencias, se dedica a distinguirse, a oponerse al
máximo y a transformar en motivo de oposición aquello mismo que podría tener con los demás en
espíritu de comunión.»
Mas la discordia no es cristiana. «Es imposible -decía San Cipriano- que la discordia tenga acceso
al reino de los cielos.» Y es que la pasión fanática por la verdad, que brota del egoísmo, es dura,
agresiva, impositiva, divisora. Mientras que -lo dice la epístola de Santiago- «la sabiduría que viene
de arriba es pura, pacífica, indulgente, dócil, llena de misericordia y el fruto de la justicia se
siembra en la paz»
12.-
Curas felices
La semana pasada me ha ocurrido algo muy desconcertante: en uno de mis artículos decía yo, de
paso, sin dar a la cosa la menor importancia, que me sentía feliz y satisfecho de ser sacerdote y que
esperaba que esta alegría me durase siempre. Lo decía con la misma naturalidad con que pude
escribir que me gusta la música o que prefiero el sol a la tormenta
Y he aquí que he comenzado a recibir cartas felicitándome por haber dicho algo que, por lo visto,
es sorprendente; algo que, según dicen mis comunicantes, sólo se atreve a afirmarlo en público quien
tenga mucho valor. Y yo he leído estas cartas sin dar crédito a mis ojos, estupefacto, sin acabar de
entender que alguien crea que implica valor el decir cosas que a mí me resultan simplemente
elementales. En rigor, yo no necesito coraje ninguno para decir mi nombre, los años que tengo o lo
que soy
Pero, por lo visto, según quienes me escriben, ahora los curas se sienten como avergonzados de
serlo; ocultan su sacerdocio como un hijo ¡legítimo; y el que no abandona el ministerio -dicen- es
porque aún no ha encontrado una forma mejor de ganarse la vida
Pero ¡qué tontería! Creo que voy a devolver sus cartas a mis comunicantes para decirles que el
número de curas felices es infinitamente mayor de lo que ellos se imaginan y que si no todos lo
gritan en sus púlpitos o en los periódicos es por sentido común o porque ahora lo que está de moda
es presumir de malos, y as!, mientras hoy uno puede encontrarse en la prensa la foto de una señora
con un cartel que dice: «Soy una adúltera», resultaría bastante rarito que los curas caminaran por
la calle con un rótulo que pregonara: !Soy feliz.»
Sin embargo, hay que preguntarse cuáles son las raíces por las que el prestigio de la vocación
sacerdotal ha bajado tantos kilómetros en la estimación pública. Porque esto sí es un hecho. Antaño,
el anticlericalismo era una indirecta manifestación de estima, ya que sólo se odia lo que se considera
importante. Hoy, me parece, funciona más que el anticlericalismo el desprecio, la devaluación, la
ignorancia
Los síntomas de esta bajada del clero a la tercera división social son infinitos. Citaré un par de
ellos
Se publicó hace tiempo un librito, editado por el Ministerio de Educación, dedicado a presentar a
los muchachos los Estudios y profesiones en España. Un libro supercompletísimo. ¿Que el muchacho
quiere ser buzo? Busque en la página 64. ¿Le apetece ría ser entomólogo? Encontrará orientación en
la 78. ¿Prefiere ser bodeguero, bailarín o cristalógrafo? La tiene en las páginas 66, 135 y 101,
respectivamente. Así que no sólo se ofrecen las tradicionales profesiones -médicos, abogados,
maestros, ingenieros-, sino también las más nuevas o estrambóticas: azafata de congresos, actor,
ceramista, peluquero, sedimentólogo, terapeuta, sociólogo, especialista en calderería de chapa. Todo
cuanto usted pueda desear. Pero, naturalmente, no busque usted en la letra S la profesión de
sacerdote; ni en la C, la de cura o la de clérigo. Menos, claro, busque en la M la vocación de ministro
del culto. Ni siquiera busque en la B de brujo. Ser todo eso, para el Ministerio, debe de ser, cuando
más, una vocación tolerada para la que no se ofrecen ni orientaciones ni posibilidades, como, por lo
demás, tampoco se enseña a ser ladrón o atracador
Pero más doloroso me parece el otro síntoma: el Instituto Gallup hace cada varios años un estudio
sobre el reconocimiento social de las principales profesiones, y pide a sus encuestados que valoren
«el nivel moral o grado de honestidad» que atribuyen a los miembros de cada uno de los principales
grupos sociales. ¿Quedarán los sacerdotes en cabeza al menos en la valoración de su honestidad? En
el último estudio aparecemos exactamente en la mitad de la tabla, en el puesto décimo entre
veintiuna profesiones. ]Por delante de los banqueros, los políticos o los empresarios. Pero muy por
debajo de ingenieros, médicos, periodistas, policías o abogados. Y lo que es peor, estarnos en
descenso: cinco años antes ese mismo sondeo situaba al clero en el quinto lugar de la tabla
Voy a aclarar que a mí no me preocupara el descenso de valoración «social». El que los curas, en
cuanto tales, hayamos dejado de ser parte de los «notables», de las «fuerzas vivas» de la ciudad, no
me parece ninguna pérdida. A Cristo y los suyos, evidentemente, nadie los colocaba junto a Pilato y
Herodes. A mucha honra
Más me angustia la pérdida de aprecio «moral» y -¿tal vez como consecuencia?- el que muchos
sacerdotes pongan en duda lo que se llama «su identidad sacerdotal». Que ellos no acaben de ver
muy bien para qué sirven y que tampoco lo entienda y valore suficientemente la comunidad
Yo no sería honesto si no dijera que en esto ha contribuido decisivamente la curva de
secularizaciones de los años posconciliares. Dios me librará, claro está, de juzgar a las personas.
Que a alguien por un momento lo haya deslumbrado el amor de una muchacha más de lo que le
alumbra el fuego apagado de su vocación me parece doloroso, pero comprensible. Que alguien no sea
capaz de soportar la soledad es uno de tantos precios que paga la condición humana. Pero lo que ya
me resulta incomprensible es que el sacerdocio se abandone por cansancio, por desilusión, por
sensación de inutilidad o porque ---dicen- les asfixia la estructura de la Iglesia, para encontrarse -al
salir- con que todas las estructuras de este mundo son hermanas gemelas, y la peor de todas es la
propia mediocridad
Y lo peor del asunto es que hayamos convertido la crisis de las personas -de algunas personas- en
la crisis del clero. Es cierto: un cura que se iba, daba más que hablar que cien que permanecían. Y
cuando en un bosque se talan dos docenas de árboles, todos los convecinos sienten como si el hacha
golpeara también su corteza
Toda esta serie de factores ha hecho que hayamos ido pasando del cura orgulloso de su
ministerio al desconcertado de ser lo que es. Quisimos -y yo creo que con razón- dejar de ser
«bichos raros», alejarnos de unos vestidos que nos alejaban; quisimos -y creo que con acierto-.
sentirnos hombres «mezclados
» con los demás hombres, y parece que nos hubiéramos vuelto
«iguales» a los demás hombres, empezando por contagiarnos de esa tristeza colectiva, de ese
desencanto que parece característico del hombre contemporáneo
Y -¡claro!- comenzaron a bajar las vocaciones. Recuerdo que cuando yo fui, de niño, al seminario lo
lúce ante todo por nacientes razones religiosas. Pero también porque admiraba la obra de algunos
sacerdotes muy concretos, porque veía que sus vidas estaban muy llenas, porque entendí o imaginé
que siendo como ellos sería feliz como ellos eran
Hoy entiendo que sea más difícil para un muchacho iniciar una carrera en la que no sólo va a ganar
menos que siendo fontanero o peón de albañil, sino en cuya realización no viera felices y radiantes a
quienes la viven
Por eso me pregunto si una de las primeras tareas de la Iglesia de hoy -de toda ella: curas,
religiosas, sacerdotes- no seria precisamente la de devolver a quienes la hubieran perdido su alegría
y lograr que quienes -y son la mayoría- la tienen, pero apenas se atreven a mostrarla, saquen a la
calle el gozo de ser lo que son. Aunque tengan que ir contra corriente de una civilización en la que lo
que parece estar de moda es pasarse las horas contando cada uno la tripa que se nos rompió ayer
por la tarde y en la que ser feliz y demostrarlo resulta una rareza
Para ello no hace falta ponerse una careta con sonrisa-profidén. Basta con vivir lo que de veras se
ama. Y saber que aunque en la barca de la Iglesia entra mucha agua por las ranuras de nuestros
egoísmos, es una barca que nunca se hundirá. Porque es muy probable que nosotros, como personas,
no valgamos la pena. Pero el sacerdocio, sí
13.- Al cielo en cohete
Dice mi hermana que si las carmelitas no van al cielo en cohete, al cielo no iremos nadie. Y yo le
digo que tiene razón, porque estoy conmovido y un poco asustado, como ella. Y esto me ocurre cada
vez que vengo a este convento: siempre salgo cm una rara mezcla de alegría, vergüenza y ganas de
ser mejor, porque es, a la vez, fácil y difícil entrar en una casa en la que un grupo de personas toma
el Evangelio en serio
Hemos venido a celebrar las bodas de oro de profesión de una prima, y al entrar en la iglesia, sale
a recibirnos un frío que se han traído directamente de Siberia. Nos miramos unos a otros tiritando y
pensamos que entre estas paredes del siglo XVI el frío debe de acumularse de generación en
generación y mejorar cada año de calidad, corno el buen vino en las buenas bodegas. Pienso: cuando
las monjas canten les saldrán carámbanos, en vez de voz, por los labios. Y no puedo menos de
recordar el escándalo que en mi casa armamos todos los vecinos porque este año encendieron las
calefacciones un poco tarde
A través de las rejas intuyo veintiuna sombras, que luego se convierten en dulces voces -nada de
carámbanos- que, sin ser el coro de la Scala de Milán, transmiten alegría
La alegría, éste es el primer gran asombro. Me divierte comprobar que después, cuando en la
homilía gasto alguna broma, se ríen las monjas, ocultas tras las rejas, mientras que mis parientes sentados en los bancos de la iglesia- no tienen, ateridos como están, la menor gana de reir. A lo mejor
es que las carmelitas ya están acostumbradas a este frío; a lo mejor es que saben reirse mejor los
que son más puros
Y siento una gran vergüenza al hablar a estas religiosas. Comento la última encíclica del papa y veo
que ellas experimentan eso de que vivimos bajo un gran arco de la misericordia de Dios, eso de que no
es cierto que los hombres estén abandonados a su suerte en un mundo hostil, porque hay Alguien -con mayúscula- que no sólo es que nos ame, sino que se dedica en exclusiva a amarnos. Les digo
también que Dios mendiga nuestra respuesta de amor y que este amor nuestro no es objetivamente
muy importante, pero que se vuelve importantísimo por el hecho de ser mendigado por Dios. Digo
estas cosas y siento el pudor de quien diera limosna a un rey, de quien regalara palabras a quienes
llevan años tomándolas en serio y a la letra
Yo sé, por ejemplo, que estas religiosas ayunan siete meses al año -pero con un ayuno entendido
literalmente como una sola comida al día, con unas diminutas colaciones para engañar al estómago-; sé
cómo son sus celdas y cómo en sus camas no conocen otra ropa que las mantas fabricadas por ellas
mismas; sé qué radicalmente se entienden aquí la clausura y la obediencia
Pero sé también que nada de esto las deshumaniza o deseca sus almas. Mi prima sabía de cada uno
de mis familiares mucho más de lo que ninguno de «los de fuera» supiésemos; seguía nuestras vidas
como si fuesen parte de la suya, a pesar de ese terrible olvido que nosotros cultivamos. Desde sus
jovencísimos ochenta y seis años, mi prima tiene un favor que pedirme: que venga a celebrar su
funeral. «Ven, si quieres, también antes; pero no faltes a mi funeral.» Lo dice con naturalidad,
sabiendo muy bien que la vida no interrumpe nada
Y yo salgo preguntándome si los locos estamos a este o al otro lado de las rejas; si la vida
verdadera está fuera o dentro; si po- demos considerarnos cristianos quienes. hemos combinado tan
bien el frío de Belén con nuestras calefacciones centrales, la po- breza del Calvario con nuestras
acciones bancarias, la inseguridad de quien no sabe dónde posará mañana su cabeza con nuestros
montepíos y seguros
Hay quienes dicen que las monjas de clausura no sirven para nada, que son vidas apostólicamente
muertas. ¡Qué tontería! Al menos en lo que a mí se refiere, no he encontrado predicador como ellas
14. El ángel del autobús
Me sucedió en Roma hace ya algunos meses. Una tarde de noviembre, cuando asistía como
periodista a una de las sesiones del último sínodo de obispos, iba yo, con mi crónica en el bolsillo,
camino de la central del télex para transmitir mis noticias al periódico. Y he aquí que, en una de las
paradas del autobús, que iba casi desierto, una barahúnda de chiquillas, con sus vivos gritos y sus
trajes de colores chillones, se coló dentro, como si de un hato de cabritillas se tratase. «Diecinueve
billetes», pidió la monja que las acompaña
Y de pronto el autobús se convirtió en una ensaladera de bullicio
Fue entonces cuando la pequeña se acercó a mí con su bloc en la mano. Aún la estoy viendo: su
abriguillo rojo, el pelo castaño, recogido al fondo de la nuca, unos vivarachos ojos negros
-¿Qué es para usted la Navidad? -me preguntó
La miré por un momento desconcertado, sin entender a qué venia aquello
-Es que nos han mandado en el cole que hagamos una en- cuesta
Entendí. Las dieciocho chiquillas enarbolaban sus terribles bolígrafos y sus cuadernillos, dispuestas
a asaetearnos a todos los viajeros del autobús y a todos los peatones de Roma si fuera necesario
-¿Qué es para usted la Navidad? -insistía la chiquilla
Me era difícil contestar de prisa a esta pregunta. Decir simple- mente: «Navidad son los días más
bellos del año», hubiera sido cómodo. Y tal vez la cría se hubiese alejado satisfecha, pues ella
no buscaba tanto recibir respuestas interesantes cuanto el poder decir a la monja que había
entrevistado a trece en lugar de doce
Podía también contestar que «Navidad son los días de vivir en familia». Pero entonces tendría que
añadir muchas explicaciones. Pensaba en mi madre muerta años antes. Recordé qué distintas eran las
Navidades «con ella» y «sin ella». ¿Debería entonces explicar a la niña que no hay una Navidad, sino
muchas, y que cada Navidad es irrepetible dentro de nosotros?
¿O tal vez . ? ¿No decepcionaría yo a esta niña si no le daba una respuesta religiosa, yo,
sacerdote? ¿Debía entonces contestar- le que cada Navidad era como una vuelta de Jesús a
nosotros? Pero pensé que en este caso debería añadirle que para mí, sacerdote, Navidad lo era cada
mañana, en mis manos, a la hora exacta de la consagración
Miré a la pequeña que me esperaba aún con sus grandes ojos abiertos y su bolígrafo posado ya
sobre su blanco bloc. Sí, pensé: tal vez debería explicarle yo ahora «"» definición personal de la
Navidad: «Son los días en que cada hombre debe resucitar dentro de si lo mejor de sí mismo: su
infancia.» Pero ¿entendería la pequeña mi respuesta, ella que, con toda seguridad, estaba ya
deseando convertirse en «señorita», dejar lejos su infancia y su colegio, peinarse con una hermosa
melenita y abandonar los calcetines rojos?
Estaba allí con sus grandes ojos, como un pequeño juez, expectante, ansiosa de mi respuesta. Fui
vulgar. Dije: «Navidad son los ellas más hermosos del año.» Y vi cómo la cría copiaba mi frase, feliz,
simplemente porque, buena o mala, allí tenía una respuesta más para transcribirla mañana en su
ejercicio
-¿Qué quiere usted decir cuando dice «felices pascuas»?
La pequeña seguía mirándome, inquisitiva, como si tuviera perfecto derecho a mis respuestas. Y otra
vez me encontré encajonado en aquella segunda pregunta que debía contestar a boca- jarro
¿Qué es lo que yo quería decir cuando digo felices pascuas? Nunca me lo había preguntado a mi
mismo. Son frases que se dicen y escriben a derecha e izquierda sin pensarlas. Pero ¿qué es lo que
verdaderamente deseo cuando hago ese augurio? ¿Deseo felicidad, salud, dinero, paz, bienestar,
hondura cristiana, serenidad de espíritu? Tal vez debía responder que deseo una cosa distinta cada
vez que lo digo: que al pobre le deseo un poco de segura tranquilidad; que al joven gamberro le deseo
algo de la serenidad que tiene su padre y a su padre le deseo la vitalidad que tiene su hijo; que a la
monja le deseo la potencia apostólica que tiene mi amigo el jocista y que a mi amigo el jocista le
deseo la visión sobrenatural que tiene la monja. Pero todo esto era demasiado difícil de explicárselo
a la pequeña periodistilla que esperaba allí, bolígrafo en ristre, mientras nuestro autobús trotaba
por las calles de Roma
-Paz -le dije-, cuando digo «felices pascuas» deseo ante todo paz
La pequeña copió de nuevo mis palabras. Me dio las gracias. Y se marchó corriendo hacia el fondo
del autobús, donde la esperaban sus compañeras
-¿Qué te ha respondido, qué te ha respondido? -oí que le preguntaban
Y luego se" escuchando sus comentarios infantiles, gritados a dieciocho voces:
-Yo ya tengo once
-Yo sólo dos. En mi casa son todos unos sosos
-Es que yo pregunté a los vecinos del piso de arriba. -Hombre, así
El autobús había llegado ya a mi destino y bajé de él. Las periodistillas siguieron viaje y vi cómo
estudiaban los rostros de los nuevos viajeros que entraban, cavilando sobre a quiénes podrían hacer
víctimas de su inocente atraco
Cuando me alejé, las calles me parecieron distintas. Faltaban aún casi dos meses para la Navidad,
pero, de pronto, alguien me había chapuzado en ella. Y la niña del abriguito rojo me pareció un ángel
anticipado para anunciarme el gozo que llegaba
¿Qué es para ti la Navidad?, me pregunté. Ahora ya no debla contestar con prisa, puesto que
nadie esperaba mi respuesta bloc en ristre. Ahora habla que contestar de veras. Ahora era necesario
descubrir si después de cincuenta y tantas Navidades vividas en este mundo seguía yo aún sin saber
qué era aquello
Deambulé por las calles como un sonámbulo. Y desde entonces me ha ocurrido muchas veces: estoy
reunido con mis amigos y, de repente, me quedo como transpuesto. Alguien estalla entonces, riéndose
de mí, y dice que estoy en las batuecas. Y no es ver- dad: es que sigo, sigo tratando de encontrar la
respuesta a las dos preguntas de la chiquilla. Porque son importantes
¿Y la he encontrado? Todavía no. Habrá que darle aún muchas vueltas en la cabeza. Pero estoy
completamente seguro de que si este año entiendo la Navidad un poco mejor y si saludo a mis amigos
con un felices pascuas menos frívolo., la culpa, la deliciosa culpa, será de aquella chavalilla del abrigo
rojo, mi ángel del autobús romano que me anunció la Navidad anticipadamente
15.- La risa de Lázaro
De todos los personajes que yo haya conocido el que más me impresiona es Lázaro. Sí, Lázaro, el
que Jesús resucitó en el Evangelio. Me he preguntado muchas veces cómo seria su vida después de la
resurrección, qué pensaría de los que le rodeaban, cómo entendería esa segunda vida que le dieron
de regalo. Me gustaría saber qué sentirla al ver de nuevo el sol, al oler las rosas, al acercarse -tal
vez temblando- la cuchara a la boca, preguntándose quizá si esta segunda vida no sería un sueño o si,
más bien, no habría sido un sueño toda la anterior. ¿Seria ahora -al paladear- lo-- más sabroso en su
boca el jugo de las naranjas? Y el tiempo, ¿sería ahora para él. más rápido y voraz o, por el
contrario, lo ve- ría pasar a su lado majestuosamente lento?
No lo sé. Pero de algo estoy seguro: ahora su vida sería distinta, todo tendría sentido, visto,
como lo veía, a la luz de la muerte dejada atrás. ¿O quizá seguiría temiendo la segunda muerte, la
definitiva? ¿Y la vería con terror? ¿Como un descanso definitivo? ¿Como un deseo de paz?
Eugene O'Neill, que, como tantos escritores, ha querido excavar en la vida de este muertoresucitado, ponla en labios de Lázaro una risa terrible y compasiva cuando él, ya inmortal o, cuando
menos, semi-inmortal, se volvía a sus pobres conciudadanos que jamás hablan «visto» y les gritaba:
«Esa es vuestra tragedia. ¡Olvidáis! ¡Olvidáis al Dios que hay en vosotros! ¡Queréis olvidar! El
recuerdo implicaría el alto deber de vivir como un hijo de Dios. generosamente, con orgullo, con risa.
¡Esa seria una victoria harto gloriosa para vosotros, una soledad harto terrible! ¡Es más fácil olvidar,
convertirse solamente en un hombre, en el hijo de una mujer; ocultarse en la vida contra su pecho,
lloriquearle vuestro miedo a su resignado corazón y ser consolado por su resignación! ¡Vivir negando
la vida!»
He releído centenares de veces estas palabras, saboreándolas, desmenuzándolas. Porque pocas leí
más verdaderas. Es cierto: tal vez Dios misericordioso nos concedió la morfina de¡ olvido para que no
tuviéramos que pasarnos la vida descubriendo al lado de qué abismos vivimos, qué riesgo es el
nuestro, si perdemos el Dios que llevamos dentro maniatado. El hombre, cada hombre, vive nueve de
cada diez horas dormido. Se acurruca en su mediocridad. Vive como si le sobrara el tiempo y como si
sus despilfarros de horas pudieran recuperarse mañana
Vivir como el hombre que somos, como el hijo de Dios que somos, sería como tener doce caballos
tirándonos del alma, sin dejarnos practicar el deporte que más nos gusta: sestear, dejarnos vivir,
recostarnos en la almohada del tiempo que se nos escapa. Sí, cada hora muerta es como si nos
arropásemos con nuestra propia losa. Ea, si, bailemos, encendamos el televisor, «matemos» esta
tarde. Vivirla seria mucho más cuesta arriba. Y así, vamos matando y matando trozos de vida,
convirtiéndonos no en hombres, sino en muñones de hombres incompletos. «Murió prematuramente»,
decimos de quienes fallecen jóvenes. ¿Y quién no muere habiendo vivido -cuando más- un cuarto de sí
mismo?
16.- Notas sobre la amistad
En las cartas que recibo de muchachos jóvenes (y a veces también en las de mayores) aparece,
casi obsesivamente, un tema que les preocupa: la dificultad para encontrar verdaderos amigos. Tal
vez, por ello, valga la pena hablar de ello
Porque es cierto: «el mundo en que vivimos está menesteroso de amistad». Hemos avanzado tanto
en tantas cosas, vivimos tan deprisa y tan ocupados, que, al fin, nos olvidamos de lo más importante.
El ruido y la velocidad se están comiendo el diálogo entre los humanos y cada vez tenemos más
«conocidos» y menos amigos, El viejo «cisne negro» -como llamaba Kant a la amistad- se está
volviendo no ya algo difícil, sino simplemente milagroso
Y, sin embargo, nada ha enriquecido tanto la historia de los humanos como sus amistades. Laín
Entralgo revisa, en su precioso libro Sobre la amistad, la historia de la amistad en Occidente y saca
a flote ese hilo de agua limpia que la amistad ha ido significando para todos los paladines de nuestra
civilización. Sócrates aseguraba que prefería un amigo a todos los tesoros de Darío. Para Horacio, un
amigo era «la mitad de su alma». San Agustín no vacilaba en afirmar que lo único «que nos puede
consolar en esta sociedad humana tan llena de trabajos y errores es la fe no fingida y el amor que se
profesan unos a otros los verdaderos amigos». Ortega y Gasset escribía que «una amistad
delicadamente cincelada, cuidada como se cuida una obra de arte, es la cima del universo». Y el
propio Cristo, ¿no usó, como supremo piropo y expresión de su cariño a sus apóstoles, el que eran sus
«amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer»?
Pero la amistad, al mismo tiempo que importante y maravillosa, es algo difícil, raro y delicado.
Difícil porque no es una moneda que se encuentra por la calle y hay que buscarla tan apasionadamente
como un tesoro. Rara porque no abunda: se pueden tener muchos compañeros, abundantes camaradas,
nunca pueden ser muchos los amigos. Y delicada porque precisa de determina- dos ambientes para
nacer, especiales cuidados para ser cultivada, minuciosas atenciones para que crezca y nunca se
degrade
Por eso habrá que empezar por decir que un hombre con ganas de ser enteramente hombre tiene
que colocar la amistad en uno de los primeros lugares de su escala de valores y que, contra lo que
suele decirse, el mejor modo de ganar nuestro tiempo es «perderlo» con los amigos, esos «hermanos
que hemos podido elegir a nuestro gusto»
II
Uno de los fenómenos más asombrosos de este mundo en que vivimos es que se habla tanto más
de una cosa cuanto menos importante es. Se llenan páginas y páginas de los periódicos para aclarar
una jugada futbolística (tremendo drama: ¿fue o no un penalty?) y nadie habla jamás -ni en los
diarios, ni en los púlpitos, ni en las cátedras- de cuestiones tan vitales Como la de la amistad. Y,
naturalmente, todos decimos saber mucho de ella, pero raramente nos hemos sentado a reflexionar
Me gustaría salir a la calle y preguntar a la gente qué entiendo por «amistad». Muchos la
confundirían con la simple simpatía, el compañerismo, la camaradería. O tal vez -por el otro
extremo- con el enamoramiento o con el erotismo. Y la amistad está en medio, como una de las más
altas especies del amor
Si los lectores no lo consideran cursi recordaré aquí la vieja definición de Aristóteles- «La
amistad consiste en querer y pro- curar el bien del amigo por el amigo mismo.» O la recientísima de
Lain Entralgo, que me parece más completa: «La amistad es una comunicación amorosa entre dos
personas, en la cml, para el bien mutuo de éstas, se realiza y perfecciona la naturaleza hu- mana.» O
la también profunda de Faguet: «La amistad es una confianza del corazón que conduce a buscar la
compañía de otro hombre (o mujer) elegido por nosotros entre los restantes y a no tener miedo de
él, a esperar de él apoyo, a desearle el bien, a buscar ocasiones de hacérselo y a convivir con él lo
más posible.»
Con ello queda dicho que la amistad no es el simple compañerismo o camaradería, aunque pueda
surgir del uno o de la otra. Queda también dicho que la amistad no es el enamoramiento, aunque
probablemente el mejor amor es el que va unido a la honda amistad
Pero, sobre todo, queda dicho que en la amistad no se busca la «utilidad» -aunque no pocas
pseudoamistades se monten como un negocio-, sino que a ella se va más para dar que para recibir,
aunque nada perfeccione tanto a un ser como dar a otro lo mejor de si mismo. Una verdadera
amistad es sólo la que enriquece a los dos amigos, aquella en la que el uno y el otro dan lo que tienen,
lo que hacen y, sobre todo, lo que son
De ahí que ser un buen amigo o encontrar un buen amigo sean las dos cosas más difíciles del
mundo: porque suponen la renuncia a dos egoísmos y la suma de dos generosidades. Suponen, además
y sobre todo, un doble respeto a la libertad del otro, y esto sí que, más que una quiniela de catorce,
es un simple milagro. «La amistad verdadera -escribe Laín- consiste en dejar que el amigo sea lo que
él es y quiere ser, ayudándole delicadamente a que sea lo que debe ser.» ¡Y qué difícil esta frontera
que limita al Norte con el respeto y al Sur con el estimulo! ¡Y qué fácil caer en esa especie de
vampirismo espiritual en el que uno de los dos amigos devora al otro o es devorado por su voluntad
más fuerte!
¡Qué enriquecedora, en cambio, esa amistad que maduran los años y en la que nos sentimos libres
y sostenidos, aceptados tal y como somos y delicadamente empujados hacia lo que deberíamos
llegar a ser. Tesoros como éste son como para vender todo lo demás y comprarlos
III
Cuando Ortega escribió que «una amistad delicadamente cincelada, cuidada como se cuida una
obra de arte, es la cima del universo» sabía muy bien lo que se decía. Pero no todos lo recuerdan y
piensan que una amistad crece con sembrarla sin cultivarla. Pero eso difícilmente pasa del
compañerismo. Una verdadera amistad o nace cada día, o se mustia; o se mima como una planta, o se
reduce a un tapasoledades
Y no es nada fácil cultivar una amistad. Yo recordarla los, al menos, seis pilares sobre los que se
apoya cuando es auténtica
En primer lugar, el respeto a lo que el amigo es y como el amigo es. Una pareja en la que la
libertad del otro no es respetada, en la que uno de los dos se hace dueño de la voluntad del otro, es
un ejercicio de vampirismo, no una amistad
En segundo lugar, la franqueza, que está a media distancia entre la simple confianza y el absurdo
descaro. Jesús decía a sus discípulos que ellos eran sus amigos porque les había contado todo cuanto
sabía de su Padre. Porque amistad es confidencia; más que simple sinceridad, es intimidad
compartida
Y amistad es generosidad, que no tiene nada que ver con la «compra» del amigo a base de regalos,
sino don de sí; compartir con naturalidad lo que se es y lo que se tiene. En el regalo artificial hay
siempre algunas gotas de hipocresía, de compraventa de favores. No ocurre lmi, el regalo del amigo
verdadero es aquel que apenas se nota y tras el que el otro no se siente obligado a pagar con un
nuevo regalo. En la amistad, más que en parte alguna, la mano izquierda no debe saber lo que hace la
derecha
La amistad es también aceptación de fallos. Los amigos del tipo «perro-gato» que se pasan la vida
discutiendo por cualquier cosa a todas horas, tal vez sean buenos camaradas, pero difícil- mente
serán auténticos amigos. Y peor es el amigo «tutelador», el que a todas horas sermonea al amigo, el
que se exhibe constantemente como el ejemplo a imitar, formas todas estas patológicas de la
auténtica amistad
La quinta columna de la amistad es la imaginación frente a uno de sus mayores peligros: el
aburrimiento. Toda verdadera amistad es fecunda en ideas, en saber adelantarse a los gustos del
amigo, en saber equilibrar el silencio con la conversación, en des- cubrir cuándo se consuela con la
palabra y cuándo con la simple compañía
Y la sexta podría ser la apertura. Una amistad no es algo cerrado entre dos, sino algo abierto a la
camaradería, al grupo, porque la amistad no es una forma de «noviazgo» disfrazado
Seis columnas que se resumen, al final, en una sola: la amistad es lo contrario del egoísmo. No se
asume porque «me» enriquezca, sino porque dos quieren enriquecerse mutuamente en la medida en
que cada uno trata de enriquecer al otro. Es, ya lo he dicho, una forma de amor. Una de las más altas
IV
Tal vez la página más hermosa que yo haya leído jamás es aquella en la que San Agustín, en Las
confesiones, narra la muerte de un joven amigo, con lágrimas y desgarramientos que hoy -que impera
la gelidez- nos parecen casi melodramáticos, pero que son terriblemente verdaderos:
«Suspiraba, lloraba, me conturbaba y no hallaba descanso ni consejo. Llevaba yo el alma rota y
ensangrentada, como rebelándose de ir dentro de mi, y no hallaba dónde ponerla. Ni en los bosques
amenos, ni en los juegos y los cantos, ni en los lugares aromáticos, ni en los banquetes espléndidos,
ni en los deleites del lecho y del hogar, ni siquiera en los libros y en los versos descansaba yo. Todo
me causaba horror, hasta la misma luz; y todo cuanto no era lo que él era, aparte el gemir y el llorar,
porque sólo en esto encontraba algún descanso, me parcela insoportable y odioso.»
62
Creo que nunca se ha dicho mejor lo que es la amistad y lo que implica su pérdida. Tal vez quienes
hayan sentido la muerte de un verdadera amigo en edad juvenil lo comprendan. Ese vacío total, esa
sensación de insipidez en todo lo que nos rodea, esa seguridad de que nadie ni nada colmará ese
vacío. Ese hacer daño hasta la misma luz. Ese sentirse avergonzado de estar vivo mientras el amigo
se enfría bajo tierra
Toda muerte es terrible, lo sé. Recibo a veces cartas de muchachos o muchachas que han
conocido ese trance y me quedo siempre temblando ante la máquina de escribir a la hora de
responder sus cartas. ¿Qué decirles? ¿Cómo explicarles que muere el cuerpo, pero no muere aquello
por lo que hemos amado a una persona?
Ayer hizo veinte años de la muerte de mi madre. Y recuerdo que en la homilía de su funeral yo
dije esa misma frase que acabo de escribir: «Yo sé que aquello por lo que yo la quería no morirá
jamás.» Y hoy -veinte años después- sé que no mentí. Sé que la muerte no destruye nada. Rompió, si,
el hilo que nos unía a los dos. Pero nada destruyó de ella. No vive hoy menos en mi de lo que vivió
mientras vivía
Recuerdo ahora la pregunta que -con ingenuidad y hondura al mismo tiempo- se plantea Santo
Tomás en su Suma teológica: ¿Para la bienaventuranza eterna se requiere la sociedad de los amigos?
Es decir: ¿Habría cielo sin ellos? La respuesta del santo de Aquino es aún más conmovedora: «Para la
felicidad perfecta en el cielo no es necesariamente requerida la compañía de los amigos, puesto que
el hombre encuentra en Dios la plenitud de su perfección; pero algo hace esa compañía para el
bienestar de la felicidad.»
Traducido a nuestro lenguaje de hoy, diríamos que los amigos -incluso en la otra vida- serán
necesarios para la «buena com- postura» del cielo, su compañía Será como «el aderezo necesario de
la gloria». Esa gloria que fray Luis de Granada interpretaba como una gozosa e interminable tertulia
con Dios y con los amigos en torno a él
La amistad -ya lo veis- tiene un alto puesto incluso en la mejor teología. Felices los que saben
vivirla y cultivarla
17 Notas sobre la libertad
¿Por qué se habla ahora tanto de libertad? ¿Será tal vez por- que tenemos menos que nunca? Es
ésta una palabra que no se nos cae de los labios aparece en las pancartas de todas las
manifestaciones; está detrás de las causas por las que se combate; incluso entre bandas que discuten
entre sí, las dos enarbolan esa misma bandera. ¿Será porque siempre se habla y se pide lo que no se
posee?
Cuando leo a los grandes escritores clásicos veo que ellos hablan poco de libertad. Pero la
respiran. Sus escritos dan la impresión de gente que se siente bien instalada en el mundo, que vive
sus aventuras humanas con naturalidad, con una especie de seguridad desenvuelta, de la que los
hombres y escritores de hoy carecen absolutamente
Ahora, en cambio, todos quieren «liberarse». Las mujeres hablan de su liberación; los jóvenes
exigen, ante todo, la libertad frente a sus padres; clamamos por la libertad política, la libertad de
información, la libre elección de trabajo. Y parece que nadie fuera realmente libre. En política, ya
sabemos que la democracia es el arte de elegirse un dictador cada cuatro años. Que la libertad de
televisión consistirá en que podremos elegir entre cinco canales, sabiendo que los cinco serán
gemelamente idiotas y que al final seremos libres para todo menos para dejar de encender el
cacharro, porque se ha vuelto una droga de la que ya no sabemos prescindir
Hace días ha comenzado la televisión mañanera. ¿Somos más libres? Ha cambiado, simplemente, el
horario en que las mujeres hacen sus compras y hasta parece que ha disminuido el número de
enfermos que acudían a los dispensarlos. ¿A costa de qué? De una nueva cadena que ata a las mujeres
a ver Dinastía
Y el automóvil, ¿nos ha dado libertad? Ahora somos más li- bres en nuestros desplazamientos,
pero a veces tardamos el doble en realizarlos por los atascos, y hemos perdido la libertad de respirar aire puro. Se diría que cada nueva liberación trajera consigo una nueva cadena. ¿Y puede
decirse que no son esclavos los miembros de una civilización en la que el noventa y cinco por ciento
de ellos se ve obligado a hacer un trabajo que no ama? «Para las clases inferiores -decía Sam
Johnson-, la libertad es poco más que la elección entre trabajar y morirse de hambre.» ¿Y son acaso
libres los ricos, encadenados como están a su dinero y a las convenciones de su clase?
Y, sin embargo, habría que decir rotundamente que es la libertad lo que nos hace hombres. «La
libertad, amigo Sancho -decía Don Quijote-, es uno de los primeros dones que a los hombres dieron
los cielos: con ella no pueden igualarse los tesoros que encierra la tierra ni el mar encubre; por la
libertad, as! como por la honra, se puede y debe aventurar la vida, y, por el contrario, el cautiverio
es el mayor mal que puede venir a los hombres.»
Pero ¿qué es verdaderamente la libertad? Aquí hay que salir en seguida al paso del mayor y más
corriente de los equívocos: la libertad no puede ser el capricho, la «real gana», el derecho a
despilfarrar nuestra propia alma. La libertad tiene que ser algo positivo. No es libre una veleta por
el hecho de que pueda girar, cuando es, de hecho, esclava de todos los vientos. «La libertad -decía
Platón- está en ser dueños de la propia vida.» La libertad tiene que ser la posibilidad de realizar
nuestro proyecto de vida sin que nadie lo impida desde fuera, ni nada lo devalúe des- de dentro.
Quien no tiene un proyecto claro de vida, quien no sabe lo que es y quiere ser, jamás será libre.
Podrá no sentirse encadenado, pero lo estará a su propio vacío. La libertad es algo que está al
servicio de nuestra autorrealización
Para disfrutarla hay que tener entonces, en primer lugar, un proyecto propio de vida. «La única
libertad que merece este nombre -decía Stuart Mill- es la de buscar nuestro bien por nuestro
propio camino.» Por eso toda libertad empieza por someterse a una ley: la de seguir el camino que
hemos libremente elegido. Salirse de ese camino o no tenerlo -con la disculpa de que caminando a
campo traviesa somos más libres- es carecer de toda verdadera libertad. No hay libertad sin
voluntad libremente asumida. No hay libertad sin razón, sin sujetarse a las reglas que toda razón
impone. «Quién, en nombre de la libertad -Como decía Ortega-, renuncia a ser el que tiene que ser,
ya se ha matado
en vida: es un suicida en pie. Su existencia consistirá en una per- petua fuga de la única realidad que
podía ser.»
¿Y qué es un proyecto de vida? Es la suma de cuatro factores-. la realidad de nuestra naturaleza
+ las circunstancias personales y sociales en que vivimos + la luz de la meta ideal que nos hemos
propuesto + el esfuerzo constante para conseguirlo. Si falla cual- quiera de estos cuatro factores,
nuestra vida será esclava e in- completa
Por eso, en primer lugar, la libertad es algo que se realiza siendo lo que somos y tal como somos.
Nadie es libre en la piel de su prójimo. Sólo somos libres «desde» nosotros mismos, asumiendo
cordialmente lo que somos, listos o tontos, gordos o flacos, valientes o cobardes. Esa es la tierra
desde la que hay que construir. No desde los sueños. Una libertad soñada es eso: un sueño
El segundo factor son nuestras circunstancias: tenernos que ser libres dentro de la civilización
en la que de hecho vivimos; libres desde la educación que hemos recibido y de la que podemos
recibir; libres -relativamente-,desde nuestras circunstancias económicas y sociales. M tope de
libertad no será el del rey o el del pordiosero. Yo tengo que llenar hasta el límite «nús» cotas de
libertad, no las que imaginariamente pude tener
Luego está -fundamentalísimo- el ideal por el que libremente hemos apostado. Y seremos libres
estando «al servicio» de ese ideal, que a veces parecerá que nos encadena, pero que nos está
multiplicando. Sólo se es libre cuando se tiende hacia algo apasionadamente
Y después está el esfuerzo de cada día. Porque la libertad ni se encuentra ni se otorga, se
construye. No deja de tener gracia el que, ante unas elecciones, tal o cual partido -o la propia
jerarquía eclesiástica- diga que «nos da libertad de voto». Nadie «da» la libertad. La libertad no
viene de fuera. Pueden partidos o instituciones no poner trabas a nuestra libertad. Pero la libertad
es nuestra
Se construye. lentamente. «La libertad, como la vida -decía Goethe-, sólo la merece quien sabe
conquistarla todos los días.» Y es que nunca se es libre de una vez para siempre. Tras todo cambio
político se grita: «Ya somos libres.» Pero eso no es ver- dad. Tal vez hemos quitado una tapadera o
hemos roto un tipo de cadenas, pero la libertad hay que seguir ganándosela cada día. Y no hay mayor
peligro que creerse «ya» libre. «En la lucha por la libertad -decía Ibsen-, asegurar que ya se tiene
es testimoniar que ya se ha perdido. La lucha por la libertad es la esencia de la libertad.» La libertad
es una fruta que se compra y conquista a plazos. Porque siempre es relativa. Se logran «cotas» de
libertad. Nunca entera. Y tiene una terrible facilidad para retroceder. Las cadenas le surgen al
hombre como a la tierra los abrojos. Crecen y rebrotan a poco que alguien se descuide
¿Y cuáles son los enemigos de la libertad? Los hay exteriores e interiores. Los exteriores son
infinitos y hoy -esto es grave- tienden a ser cada día más. Están las modas, las costumbres, las
rutinas, el «todos lo hacen», las inacabables formas de presión social. ¿Es libre quien viste como
todos visten y porque todos visten así? ¿Son libres las nuevas modas que quieren ser tan rebeldes a
las viejas formas que acaban convirtiendo esa rebeldía en una nueva moda? ¿Es libre quien piensa
como todos piensan porque seria un raro si se atreviera a pensar de modo distinto? Lo repito, tal vez
nunca el hombre ha sido tan presionado como hoy: ha de comprar lo que los anuncios le meten por los
ojos, ha de ir «donde va Vicente», tiene que hacer esto o aquello porque eso es lo que se lleva
Pero tal vez el mayor enemigo de la libertad sea la política, incluso esas políticas que dicen ser
caminos de libertad. Tiene razón Rosales cuando escribe que «la politización de la vida actual nos ha
llevado a una especie de desamortización de la libertad». Y eso no sólo por el hecho de que el
pequeño grupo que nosotros mismos -decimos que libremente- hemos elegido termine siempre por
apoderarse de decisiones que, en definitiva, debían ser nuestras, sino sobre todo por el hecho de
que la «invasión de la política» termina por condicionar esas otras pocas decisiones que aún creemos
nuestras y libres. Hoy hay que pensar en bloque: si, por ejemplo, eres socialista o progresista has de
elegir forzosamente todas las cosas que algunos o la moda han decidido que van en la línea
de¡ progreso. «Tienes» que ser abortista o divorcista o te colocarán la etiqueta de conservador o
retrógrado. Y «tienes» que asumir -Incluso- los cambios de tus jefes: has de ser atlantista o anti-
Otan -por ejemplo- según gire el viento de la veleta de tus líderes. Al fin la libertad se reduce a la
conveniencia del momento. El mal no es nuevo. Hace ya veinte siglos escribía Tácito que «son raros
los tiempos felices en los que se puede pensar lo que se quiere y decir lo que se piensa». El debate
que Espafía está viviendo en torno al referéndum de la OTAN marca el ínfimo de libertad y el
máximo de sumisión a la ventolera que conozca España en toda su historia. Y esto en todos los
grupos y partidos
Pero ahora hay que añadir que los verdaderos y más graves peligros le vienen a la libertad de
dentro y no de fuera. «No hay en el mundo señorío como la libertad del corazón», decía Gracián
¿Y quién es libre en su corazón? ¿Quién puede asegurar que su razón es más fuerte que sus
pasiones? «Veo lo bueno y elijo lo malo», confesaba San Pablo. Los que no somos santos
comprobamos a diario cómo sustituimos la libertad por el capricho, por los prejuicios, por lo más
barato de nosotros mismos. ¿Soy yo libre cuando «libremente» hago el idiota? Cuántas veces la
única libertad que ejercernos es la de elegir nuestra propia servidumbre
Porque esto hay que decirlo: la libertad es cara y dolorosa. Ser libre es ser responsablemente
libre. Y ésa es la razón por la que muchas veces elegimos una cómoda esclavitud frente a una costosa
libertad. Dostoievski, en su Leyenda del Gran Inquisidor, explica el fracaso de Cristo y su muerte
precisamente porque dio libertad a los hombres, cuando los hombres prefieren pan en la esclavitud
al tremendo esfuerzo de ser libres. «Da libertad al hombre débil --decía- y él mismo se atará y te la
devolverá. Para el corazón débil la libertad no tiene sentido.» Esto es algo que comprobamos todos
los días: la gente preferirá siempre ser mandada a que se les enfrente con su propia
responsabilidad; prefiere que se les diga lo que «deben» hacer a que se les enfrente con su libre
conciencia. También Maquiavelo lo decía: «Tan difícil y peligroso es querer dar la libertad al pueblo
que desea vivir en la esclavitud como esclavizar a quien quiere ser libre.» Pero no son muchos los que
«soportan» la libertad y el riesgo que lleva consigo. «La libertad -decía Rousseau- es un alimento
muy sabroso, pero de difícil digestión.» Es un vino generoso que fácil- mente se sube a la cabeza.
Sólo quien está muy acostumbrado puede beber libertad en fuertes dosis sin marearse
Porque la libertad no sólo tiene por precio la responsabilidad, sino también la incomprensión y, por
ende, la soledad. Nada odia tanto el mundo como un hombre independiente. Su sola existencia es una
acusación para el borreguismo colectivo. Y pronto te bautizarán de «raro» si no te resignas a
introducirte en alguno de los cajones que te ofrecen o si te resistes a que te pongan alguna de las
etiquetas que están al ella. Erasmo lo decía con frase triste y exaltante a la vez: «Moriré libre
porque he vivido solo. Moriré solo porque he vivido libre.» Pero esa soledad que se asume como un
precio necesario para ser lo que se es se convierte en el mayor de los premios. Como decía Lord
Byron: «Aunque me quede solo, no cambiaría mis libres pensamientos por un trono.»
¿La libertad, entonces, es un don arisco, huraño, que termina coincidiendo con mi propio
egoísmo? Aquí tenemos que detener- nos porque ésta sería la mayor de las falsificaciones de esa
libertad. Yo no soy libre «para» separarme o distinguirme de los demás. Mi libertad es «mi modo» de
vivir con los demás, mi forma de enriquecer al universo siendo fiel a mi mismo y, por tanto,
haciéndome mejor para servir a los demás
Y esto, en primer lugar, porque sé que mi libertad limita con la de los que me rodean. Antes
citábamos a Stuart Mill. Voy ahora a completar la cita: «La única libertad que merece este nombre
es la de buscar nuestro propio camino en tanto que no privemos a los demás del suyo.» Mi libertad
sólo existe si yo respeto la dignidad y libertad de los demás. De otro modo, no soy un hombre libre,
sino un invasor, un dictador de la libertad
Mi libertad, en rigor, me enriquece «para» los demás. El amor a la libertad es amor a los otros. El
amor al poder es amor a nosotros mismos. Y Dios nos libre de quienes «imponen su libertad», que
acaba siendo siempre su capricho
Pero aún me parece que no he dicho lo más importante. la libertad es un solar, un solar en el que
hay que construir algo. La vieja pregunta de Lenín «libertad, ¿para qué?» tiene, desde este punto de
vista, un sentido muy radical. No se es libre para ser libre, se es libre para hacer algo. La libertad no
es un fin, es un medio. Y los medios no resuelven los problemas. Preparan el camino para resolverlos,
pero no los resuelven. Sobre el solar de la libertad hay que construir algo
Y tal vez éste sea el más común de los errores: muchos luchan por la libertad, y una vez que
creen haberla conseguido, piensan que el sentido de su lucha ha concluido. Y la libertad era sólo el
trampolín para saltar hacia algo: hacia la felicidad, hacia la fraternidad, hacia el amor. Ser libre para
ser libre puede ser un motivo de orgullo. Pero no sirve para nada. El hombre se hace libre para que
sus manos sin cadenas puedan construir algo mejor: su propia vida, la vida de los demás. «La libertad
-decía Kant- es una facultad que amplía el uso de las demás faculta- des.» Pero ahora hay que usar la
inteligencia libre para que crezca en el mundo la verdad; el corazón libre para que aumente el amor;
la fe libre para encontrarse más y mejor con Dios
¿Y cómo concluir estas notas sin recordar al hombre más libre que ha existido sobre nuestro
planeta? Jesús fue radicalmente libre porque libren-lente se entregó a realizar la obra de su Padre;
lo fue porque libremente aceptó la muerte por los demás; lo fue apostando Por la verdad y sabiendo
que le llevarla a la muerte, respetó la libertad de Judas aunque sabía que le traicionarla; fue libre
Porque no estuvo atado rú a las pasiones ni al pecado; fue libre Porque se realizó plenamente a sí
mismo sin pensar jamás en si mismo; fue libre porque fue liberador y fue liberador porque antes
había sido verdaderamente libre
18.- Las cadenas del miedo
Una de las grandes tentaciones de nuestra generación es el miedo. Y una de las más extendidas.
Al menos yo me encuentro cada vez con más personas que viven acobardadas, a la defensiva,
. no tanto por lo que les ocurre cuanto por lo que venir
Y lo peor del miedo es que es una reacción espontánea y -a poco que el hombre se descuide- casi
inevitable. Sobre todo en los grandes períodos de cambios como el que vivimos
Quizá lo más característico de nuestra civilización sea, precisamente, el endiablado ritmo con que
ocurren las cosas. Lo que ayer mismo era normal, hoy se ha convertido en desusado. Las ideas en que
nos sosteníamos son socavadas desde todos los frentes. La inseguridad se nos ha vuelto ley de vida.
La gente mira a derecha e izquierda inquietamente y te pregunta: Pero ¿qué es lo que nos pasa? Y no
se dan cuenta de que lo que nos pasa es, precisamente, que no sabemos qué es lo que nos pasa
Y surge el miedo. El hombre -lo queramos o no- es un animal de costumbres. En cuanto pasan las
inquietudes de la juventud, todos tendemos a instalarnos: en nuestras ideas, en nuestros modos de
ser y de vivir. Cuando alguien nos lo cambia, sentirnos que nos roban la tierra bajo los pies. Y, al
sentirnos inseguros, brota el miedo
Un miedo que se percibe en todos los campos: hay creyentes angustiados que temen que les
«cambien» la fe. Hay padres que tiemblan de sólo pensar en el futuro de sus hijos. En el campo
político son muchos los que ya cambiaron las ilusiones de los años setenta por los miedos del ochenta
Y hay que decir sin rodeos que no hay mejor camno para equivocarse que el que juzga y construye
sobre el miedo. Porque si el pánico paraliza el cuerpo del que lo sufre, también inmoviliza y encadena
su inteligencia. El miedoso se vuelve daltónico.- ya no ve sino las cosas que le amenazan. Y no se
puede construir nada viviendo a la defensiva
El miedoso es alguien que apuesta siempre por el «no» en caso de duda. Se rodea de prohibiciones
y murallas. Y termina provocando los efectos contrarios a los que aspira. Un padre aterrado ante el
futuro de sus hijos no tardará mucho en convertirlos en rebeldes. Un obispo o un cura que tiembla
ante el futuro de la fe fabricará descreídos o resentidos. Un viejo que temo la muerte se olvidará
de vivir. Un joven dominado por el temor se volverá viejo antes de tiempo
Esto, naturalmente, no significa canonizar todo cambio. Los hay en los que el mundo avanza (y
deben ser apoyados por todos) y algunos en los que se camina hacia atrás. Y habrá que resistir
frente a ellos. Pero resistir desde la seguridad de aquello en lo que se cree, no desde el pánico de lo
que se teme. El miedoso no se atreve a confesárselo, pero en realidad teme porque no está seguro ni
de sus creencias ni de si mismo. Entonces se defiende y patalea. Pero ya no defiende su verdad, sino
su seguridad
No hay que tener miedo. Nunca. A nada. Salvo a nuestro propio miedo
19.-
La sombra de Bucéfalo
Supongo que todos ustedes conocen bien la historia de Bucéfalo, el famoso caballo que sólo
Alejandro Magno era capaz de montar. Cuentan las leyendas que todos los palafreneros eran
incapaces de mantenerse a su grupa más allá de pocos segundos. El animal caracoleaba, se
encabritaba, daba en el suelo con los huesos de todos sus jinetes
Sólo Alejandro supo observarlo con atención y descubrir el secreto del caballo: al montarlo lo
puso de cara al sol y lo espoleó decididamente. Luego controló los corcoveos del caballo, sin dejarle
apartarse un ápice de la dirección del sol, hasta que el animal, cansado, se dejó dominar enteramente.
¿Cuál era el secreto que sólo Alejandro había descubierto?, Que aquel animal se asustaba de su
propia sombra
Bastaba con no dejarle verla, bastaba con enfilar sus ojos, tiesos, hacia el sol para que el
animal se olvidase de sus miedos
Pienso que el mundo está lleno de gente como Bucéfalo: encadenados al miedo de su propio pasado,
incapaces de trotar hacia el futuro, porque les espantan los recuerdos que no les dejan ser lo que son
Me asombra encontrar a tantísimos cristianos que confunden el arrepentimiento con la
morbosidad, que viven revolviendo los excrementos de su alma con el palito de la memoria y que se
creen que con ello hacen un homenaje a Dios
El arrepentimiento en el Evangelio es algo infinitamente más sencillo: un giro de página y un
comenzar una nueva andadura; no un pasarse la vida restregando ante Dios unos gritos de piedad por
algo que Dios olvida en el primer instante en que alguien le dice: lo siento
Y en la vida sucede lo mismo. Hay gente que porque un día tuvo una avería en el coche de su
vida se pasa todo el resto de ella examinando su motor, pero sin volver nunca jamás a montarse en él.
Y el coche, claro, sigue parado
Como un día cometieron un error, parecen sentirse obligados a seguirlo cometiendo «per
saecula saeculorum». Confunden el arrepentimiento con la obstinación en el «mea culpa», como si en
el fondo fueran a conseguir más perdón cuantas más veces lo pidieran
Pero no hay que vivir mirando las sombras y menos asustándose de ellas. Lo que cuenta es
enfilar nuestra mirada cara al sol, cara a nuestro deber, a nuestra tarea de mañana. Y no apartar de
ahí un céntimo nuestra vista. Pero hay avaros de sus malas acciones, que cuentan y recuentan como
las monedas de los prestamistas
Me gustaría decir esto sobre todo a la gente joven. Tropezar alguna vez es parte del oficio.
Tener un fracaso es algo inevitable. Un amigo mío dice que -tal y como están las cosas- ya es
bastante suerte que te salga bien una de cada cuatro aventuras que se emprenden. Lo grave es
cuando uno se asusta de esos fracasos. Cuando concluye que el potro de la vida es imposible de
dominar. Y lo que pasa es que hay que mantenerlo siempre, siempre, tercamente, de cara al ideal
20 Los tres canteros
El viajero se acercó a aquel grupo de canteros y preguntó al primero: «¿Qué estás haciendo?»
«Ya ves -respondió-, aquí, sudando como un idiota y esperando a que lleguen las ocho para largarme a
casa.» «¿Qué es lo que haces tú?», preguntó al segundo. «Yo -dijo- estoy aquí ganádome mi pan y el
de mis hijos.» «Y tú -preguntó al tercero--, ¿qué es lo que estás haciendo?» «Estoy -respondió el
tercero- construyendo una catedral.»
He pensado muchas veces en esta vieja historia, porque real- mente los hombres no hacemos lo
que materialmente realizan nuestras manos, sino aquello hacia lo que camina nuestro corazón. Y así
es como tres canteros pueden picar las mismas piedras, pero mientras uno las convierte en sudor,
otro las vuelve pan y un tercero eternidad
Por eso pienso que habría que reivindicar mucho más el «sentido» de las cosas que las cosas
mismas; habría que preguntarse mucho más por la dignidad interior del trabajador que por el mismo
valor material del trabajo
Me temo que esa dignidad de la obra bien hecha, porque es una obra amada, sea algo que se esté
muriendo en nuestro tiempo. La vida se nos ha vuelto tan monetarista, que al final ya cuenta
únicamente su rendimiento y no su perfección y plenitud. Quién más, quién menos, todos trabajamos
porque ése es nuestro oficio, porque de eso vivimos o tal vez porque no tenemos otra cosa de qué
vivir. Pero ¿dónde está el amor a la propia obra, el esfuerzo por hacer el oficio bien, aunque luego
nadie aprecie su calidad? El demonio de la prisa ha hecho presa en nosotros. La chapuza se ha vuelto
el ideal de la obra perfectamente cómoda
Le dices a un muchacho: «Aprovecha el verano para leer.» Y te contesta: «Y eso, ¿para qué me
sirve?» Después añade: «La vida es corta y hay que aprovecharla para divertirse.» Con lo que
naturalmente no consigue alargarla, pero logra que sea, además de corta, estrecha
Todo en nuestra civilización incita a la facilidad, a la mediocridad. Recuerde que hace años a no sé
qué genio publicitario se le ocurrió promover la lectura con un grotesco lema: «Un libro ayuda a
triunfar.» ¿A triunfar? A mí, Lope de Vega nunca me ayudó a triunfar. Me ayudó a ser feliz, a
entender el mundo y la vida, a chapuzarme en el gozo de una vida más honda. Pero ¿a triunfar? A eso
ayudan -dicen- los automóviles de lujo, las colonias que embriagan con su perfume, quién sabe
cuántas tonterías más. Yo prefiero los triunfos interiores, el aprender cada día a conocerme mejor,
el estirar mi alma, el poder descubrir nuevos continentes humanos en los corazones de la gente, el
es- fuerzo diario por «ser» más
A veces -ya lo sé- este afán por elevarse conduce a una cierta soledad. Recuerdo aquella historia
del pájaro que llevaba un trozo de carne en el pico y que era perseguido por una bandada de cuervos
que se lo disputaban. Cuando en uno de los giros de su huida la carne cayó al suelo, pronto se sintió
solo, porque quienes le seguían no lo hacían por él, sino por la carne que llevaba. Y, al fin, pudo volar
libre. Y solo. Y feliz
Y as! es cómo cada vez me convenzo más de que no hay sino una sola forma de genialidad: la
concentración del alma en una sola empresa, la búsqueda apasionada de algo que se ama, dejan- do de
lado las muchas tentaciones que a todos nos salen a derecha e izquierda
Si todos los hombres amasen en serio su tarea -por pequeña que fuera- el mundo cambiarla. Si el
zapatero hiciese bien sus zapatos por el placer de hacerlos bien; si el escritor luchara por
expresarse plenamente, despreocupándose del éxito y del aplauso; si los jóvenes construyeran sus
almas, no permitiéndose ni un solo descanso por la duda de si llegarán a emplearlas; si la gente amase
sin preguntarse si su amor será agradecido; si los hombres ahondasen sus ideas y las defendiesen
con nobleza sin preguntar- se cuántos las comparten; si los políticos hicieran bien su oficio de
servidores, despreocupándose de las próximas elecciones; si los creyentes fueran consecuentes con
su fe, sin angustiarse por las modas de cada tiempo; si hombres y mujeres cuidasen sus almas la
décima parte que sus vestidos y su aspecto; si los canteros pensasen más en la catedral que
construyen que en el sudor que les cuesta . ; si todo eso pasase ya no tendríamos motivos
para quejamos de lo mal que va el mundo, porque tres mil millones de hombres orgullosos de lo que
hacen habrían vuelto habitable la tierra. Y todos serían más felices. Porque creo que no he dicho que
en la historia con que he abierto este articulo el viajero descubrió que el único cantero que sonreía
era el que construía la catedral, sin preocuparse del sudor y olvidado del pan
21 Bomba en la cuna de la paz
Las cosas que más duelen son las que no se entienden. Cuando entiendes un dolor, se vuelve ya
medio dolor. Las graves son esas cosas que no le entran a uno en la cabeza y que se te quedan
clavadas dentro, por absurdas
Y absurda es esa noticia que hace semanas no logro quitarme de la imaginación y que no he visto
apenas comentada en la prensa, tal vez porque ya nos hemos acostumbrado a los absurdos. Me
refiero a esa bomba terrorista que a mediados de diciembre estalló en la iglesia de la Porciúncula de
Asís. Y a esa otra que pudo detectarse a tiempo en el sepulcro de San Francisco de la misma ciudad
¿Quién pudo tener la loca idea de destruir ese nido de la ternura que es la pequeña ermita en que
murió el santo de la paz? ¿Qué idea quiso defenderse con esa metralla? ¿A quién hería el mensaje
de paz pregonado a lo largo de los siglos por el mínimo y dulce Francisco de Asís?
Ya sé que es demencial buscarle razones a la locura. Si el terrorismo no fuera ¡lógico y absurdo
no sería terrorismo. Pero aun dentro de la locura del terror hay gestos que son especialmente
ilógicos: ¿Qué puede empujar a un hombre a destruir a martillazos la Piedad de Miguel Ángel? ¿Qué
extraños vericuetos menta- les conducen a un ser humano a poner una bomba en ese milagro de paz
que es la ciudad de Asís? ¿Por qué pone alguien una bomba en un restaurante donde comen
pacíficamente dos docenas de desconocidos?
Yo soy -mis lectores lo saben- un terco en lo de creer en la bondad humana. Quiero
obstinadamente mirar el mundo con optimismo. Pero ¿cómo evitar que, a veces, esa fe en la
humanidad se tambalee?
Me gustaría entrar -aunque sólo fuera por un momento- en la mente de estos terroristas del
absurdo. Conocer por qué intrincados caminos mentales llegaron a esa demencia de la violencia inútil
y salvaje. Saber cómo fueron sus vidas. Entender quién les mutiló a ellos el alma antes de que ellos
intentasen mutilar una estatua o destruir el recuerdo de un hombre milagroso que vivió hace siglos.
Me gustaría entenderles, no condenarles. Preguntarme a mí mismo si yo, habiendo vivido en sus
circunstancias, habría incurrido en locuras como las suyas. Ese pozo negro en que viven -me
pregunto-, ¿fue fabricado por ellos mis- mos o por la falta de amor que les rodeó? ¿Es que no fueron
queridos por nadie o es que ellos despreciaron, por egoísmo, a cuantos les amaron?
No entiendo nada. Sé que no puedo juzgar, porque ¿quién conoce los últimos porqués de las
cosas? Compadezco a los jueces. Sé que -como decía Graharn Greene- «si conociéramos el verdadero
fondo de todo tendríamos compasión hasta de las estrellase. Y entiendo que, al fin, Dios tiene que
ser una infinita misericordia, porque él entiende todo eso que nosotros no entenderemos jamás
Pero sigo preguntándome si en un mundo en el que todos nos quisiéramos a alguien se le ocurriría
la locura de poner una bomba en la misma cuna de la paz
22 Como una novia recién estrenada
Recibo desde el Japón la carta de una monja desconocida que me escribe para decirme que se ha
enterado, no sé cómo, de que mis riñones no están muy católicos y que ha pensado que ella sería muy
feliz dándome uno de los suyos, porque,,aunque tiene setenta y un años, sus riñones están
formidables, como de veinticinco. Ella
«no entiende de enfermedades ni de trasplantes, pero sí
entiende un poco de amor», y sabe que lo que damos «se multiplica por millones de millones». As! que,
nada, «pregunte usted al médico, y si le dice que sí, me avisa inmediatamente para preparar el viaje
y allá voy al momento»
Voy a contestar a esta monja que en su carta me ha dado ya su corazón, que por lo que veo es aún
más joven que sus riñones. ¡Porque toda su carta chorrea tanta alegría juvenil!
En nús artículos he dicho ya más de una vez que en este mundo sólo hay una cosa más hermosa
que la cara de un niño: la de un anciano o una anciana que sonríe. Porque un viejo que ha mantenido la
alegría es como un niño multiplicado y no hay nada de tan alto calibre como un amor de setenta años
El de esta monja que me escribe es asombroso. «En cincuenta y dos años que llevo de religiosa me dice- nunca me ha desilusionado Jesucristo», y por eso se levanta «cada mañana con una nueva
juventud, con un nuevo entusiasmo de trabajar por él, de quererle y hacer que le conozcan y le
quieran; con una nueva alegría, con una nueva ilusión, como una novia recién estrenadas
Pero ¿es que se puede llegar a los setenta años «como una novia recién estrenadas Si cuando se
ha descubierto, como esta religiosa, que «la verdadera felicidad está en hacer felices a los demás.
¡Eso sí que es la gozada de las gozadas! »
Una gozada que, con frecuencia, se vive cuesta arriba. Porque esta monja, que se marchó al Japón
hace treinta años, tiene aún una conmovedora nostalgia de España y de los suyos y porque ha tocado
con sus dedos ese llegar a las misiones ardiendo de deseos y sentir que «al encontrarse con la
realidad se le cae el alma de las manos al descubrir que al mundo en tinieblas no le importa nada la
luz», al conocer «la soledad y el vacío y todos esos minimartirios que sólo quedan entre Jesucristo y
el alma»
Pero el gozo está precisamente en los demás. El ayudar -aún ahora, jubilada- a «las distintas
pobrezas de la sociedad: solteronas solitarias sin cariño, viejitos y viejitas de hospitales en un
estado lamentable y los pobres de los pobres: los encarcelados». Y quererles sabiendo que «si
Jesucristo es mi vivir, mi hermano tiene que ser mi vivir, y que si Jesucristo es antes que yo, mi
hermano tiene que ser antes que yo. Y decirle a Dios: "Te quiero con locura, y no tengo más que a mi
hermano para hacerte feliz a ti."»
Esta religiosa no lo sospecha, pero -con su gozo, con la luz de sus palabras- su carta me ha traído
un verdadero trasplante de corazón. ¡Ah, si todos viviéramos como novios recién estrenados!
23.- El color de la sobrepelliz
Cuentan los historiadores que durante el mes de octubre de 1917, la Iglesia ortodoxa rusa
vivió una tremenda discusión sobre el color que deberían tener las sobrepellices en las solemnidades
litúrgicas
Un grupo defendía, con fuertes argumentos, que deberían ser blancas. Pero otros sostenían,
con no menos importantes razones, que el color apropiado era el morado. Y ninguno de ellos se enteró
de que en aquel mismo mes se preparaba y estallaba la revolución rusa, que iba a cambiar la historia
de todo nuestro siglo
No es éste, desde luego, el único caso de ceguera humana. El papa León X celebraba corridas de
toros en Roma mientras Lutero iniciaba su Reforma
En España, nuestros monarcas organizaban cacerías mientras se hundía el imperio americano.
Miles de creyentes se obsesionan hoy sobre si la comunión debe recibirse en la boca o en la mano
mientras crece en torno suyo el descreimiento
Y es que, curiosamente, los hombres todos somos terriblemente cortos de vista, y el mundo
puede arder a tres palmos de nuestras narices sin que nos enteremos. Porque, curiosamente, el
sentido que menos desarrollado tenemos es el que olfatea los tiempos históricos que vivimos
Por desgracia, a los hombres los pequeños acontecimientos que nos afectan personalmente
nos obnubilan para todo lo demás. Cuentan los historiadores que el gran Julio César estaba más
preocupado por su peluquín que por la suerte del Imperio, y que Pompeyo perdió su guerra con Cesar
porque el día del Rubicón tenía diarrea. Cualquiera sabe que el día que nos duele una muela nos parece
que el universo entero estuviera derrumbándose
Yo he meditado muchas veces sobre un pequeño dato de los evangelios que siempre me
desconcierta: aquel en el que se cuenta que, cuando Cristo murió, los soldados que le habían
crucificado se sortearon su túnica. ¿Se la sortearon? ¿Con qué? Probablemente con unas tabas, que
era el juego de la época. ¿Y qué hacían unas tabas al pie de la cruz?
Es muy simple: los soldados sabían que los reos tardaban en morir. Así que iban prevenidos:
llevaban sus juegos para entretenerse mientras duraba su guardia y la agonía de los ajusticiados. Es
decir, a la misma hora en que Cristo moría, en el momento en el que giraba la página más decisiva de
la historia, había, al pie mismo de ese hecho tremendo, unos hombres jugando a las tabas
Y lo último que Cristo vio antes de morir fue la estupidez humana: que un grupo de los que
estaban siendo redimidos con su sangre se aburría allí, a medio metro. De todo lo que los evangelistas
cuentan de aquella hora me parece este detalle lo más dramático y también -desgraciadamente- lo
más humano de cuanto allí aconteció
Los hombres estamos ciegos. Ciegos de egoísmo voluntario. Y uno no puede pensar sino con tristeza
en el día del juicio de aquellos soldados, cuando se les preguntara lo que hicieron aquel viernes
tremendo y tuviesen que confesar que no se enteraron de nada. porque estaban jugando a las tabas
Pero ellos no eran más mediocres que nosotros: todos vivimos jugando a las canicas,
encerrados en nuestro pequeño corazoncito, creyendo que no hay más problemas en el mundo que ese
terrible dolor en nuestro dedo meñique. ¿El hambre de Etiopia? ¡Nos queda muy lejos! ¿El
crecimiento del paro? ¡Menos mal que no nos afecta a nosotros! ¿Los viejos abandonados? ¡Que los
cuiden sus hijos! ¿La crisis de la fe? ¡Que se preocupen los curas y los obispos! ¿La paz del mundo?
¡Que la busquen Reagan y Gorbachov
Nos encanta quitarnos de encima las responsabilidades. Y lo que es peor: no las vemos, no
queremos verlas. O nos refugiamos en piadosos o pequeños gestos inútiles. Es, claro, más fácil
discutir sobre el color de la sobrepelliz que luchar para contener o clarificar una revolución. Es más
sencillo rezar unas cuantas oraciones que combatir diariamente contra la injusticia con todos sus líos
consecuentes. Más sencillo lamentarse de la marcha del mundo que construirlo
Y para construir hay que empezar por tener los ojos bien abiertos. Conocer el mundo. Tratar
de entenderlo. Olfatear su futuro. Investigar qué gentes hay en torno nuestro luchando con algo más
que dulces teorías. Cuidar, cuando menos, la pequeña parcela que hay delante de nuestra alma. Todo
antes que abrir la boca asombrados el día de nuestro juicio al descubrir que vivimos en la orilla de un
volcán . y ni nos enteramos
24.- Cambiar el mundo
Llegó una vez un profeta a una ciudad y comenzó a gritar, en su plaza mayor, que era
necesario un cambio de la marcha del país. El profeta gritaba y gritaba y una multitud considerable
acudió a escuchar sus voces, aunque más por curiosidad que por interés. Y el profeta ponía toda su
alma en sus voces, exigiendo el cambio de las costumbres
Pero, según pasaban los días, eran menos cada vez los curiosos que rodeaban al profeta y ni
una sola persona parecía dispuesta a cambiar de vida. Pero el profeta no se desalentaba y seguía
gritando. Hasta que un día ya nadie se. detuvo a escuchar s
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