Crazy mare philip bates

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Crazy mare
philip bates
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Año Copyright: 2008
Aviso Copyright: por Philip Bates. Todos los derechos reservados.
ISBN 978-1-4092-0317-9
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CRAZY MARE.
Yohan atravesó a grandes zancadas el hall del aeropuerto dirigiéndose hacia el letrero negro
que indicaba con letras amarillas la ansiada clave: Salidas. Consultó su reloj maquinalmente y
un segundo después ya había olvidado la hora en que estaba. Albergaba, sin embargo, la
certeza de que llegaba a tiempo para cumplimentar todas las formalidades e incluso para
aburrirse haciendo crucigramas en su ordenador portátil. No obstante, tenia aprensión por lo
que pudiera suceder durante las próximas horas, pues el boletín de noticias de la CNN que
había tenido la oportunidad de escuchar mientras se vestía en la habitación del hotel no
presagiaba nada bueno. Los controladores aéreos de los aeropuertos de París se habían
declarado en huelga indefinida. Estaban decididos a aprovechar el inicio de las vacaciones
escolares de la nieve, para uno de los tres grandes sectores en que se divide el territorio
francés, con objeto de ejercer una presión eficaz sobre el gobierno. En caso de que su avión
sufriera un retraso importante, los planes que había trazado para los próximos días sufrirían
graves contratiempos, no solamente porque habría provocado el desplazamiento inútil, o al
menos anticipado, de altos responsables de su empresa, con lo que ello implica de
complicación logística, sino porque, dado el cariz que mostraba la coyuntura internacional,
era urgente redefinir la estrategia de la compañía. Llegado ante el panel que anunciaba los
próximos vuelos, tuvo que pararse para morderse el labio inferior en un gesto de contrariedad.
No todo estaba perdido, el vuelo no figuraba como cancelado, sino tan sólo como retrasado.
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Procurando que su decepción no fuera demasiado patente, dejó que su cuerpo se desplomara
en uno de los grandes sofás que a dichos efectos se hallan en tales lugares, para las grandes y
pequeñas ocasiones. Cerró los ojos y deseó intensamente que para él se tratara de las últimas.
Reflexionó, era a la vez pronto y tarde para anularlo todo. Pronto porque su vuelo no estaba
cancelado. Tarde porque muchos de los ejecutivos en cuestión ya habrían salido, a menos que
sus vuelos no hubieran sufrido retraso como el suyo. Decidió esperar, a pesar de todo. En
cambio, tomó el móvil para llamar a Elise, su mujer.
-Hola, cariño. ¿Qué tal va todo?
-Muy bien, ¿Y tú? Me disponía ya a salir de casa.
-¿Has escuchado las noticias? Los puñeteros controladores se han puesto en huelga. Mi
vuelo está retrasado.
-Sí, claro. Aquí los telediarios no hablan de otra cosa. Llamé por teléfono y me dijeron que,
en principio, el mío saldrá a la hora prevista.
-Bien. ¿Has preparado todo como te dije?
-Sí, os he llenado el frigorífico con provisiones para una semana, por lo menos, teniendo en
cuenta que vais a ser siete brutos comiendo y bebiendo sin parar. Asimismo he apilado en el
armario varios sacos de patatas fritas, cacahuetes, almendras saladas, pistachos y otros
productos igualmente horribles. Sin olvidarme de la abrumadora cantidad de latas de cerveza
y tabaco que he acumulado en un rincón de la cocina.
-Muchas gracias, eres un ángel. No olvides poner la llave debajo del felpudo.
-Lo haré, a pesar de que considero que es peligroso. Pero en fin, eso ya te lo dije.
-Descuida, no pasará nada.
-Espero que el primero de ellos no tarde en llegar.
-En principio no. Pero con estos contratiempos no hay nada seguro. Pierde cuidado, nadie
va subir a un sexto piso para mirar debajo del felpudo.
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-Confiemos en ello. Bien, amor, tengo que salir ya, no vaya a ser que el avión sea puntual y
lo pierda con tanta cháchara.
Cerró la comunicación, tomó de nuevo su maleta y se dirigió a la consigna. Pasó los
diferentes controles, llegó a la sala de espera y se puso a hacer crucigramas con su ordenador.
Elise dio todas las vueltas que le fue posible al cerrojo y se quedó mirando con aprensión la
llave, luego se encogió de hombros y se agachó para colocarla debajo del felpudo. Sonrió al
notar que la falda estrecha y corta que había elegido para el viaje se le subió hasta una altura
insospechada, dejando sus largas y poderosas piernas totalmente al descubierto. Confió en que
nadie la estuviera viendo, no por eso, sino por la llave. En cambio, estaba acostumbrada a que
la miraran bien. No en balde dejarse ver había sido su oficio. Mientras se colocaba la falda en
su sitio, consciente de que los movimientos que hacía pecaban un tanto de sensuales y de que
lo hacía a propósito, a pesar de seguir confiando en que nadie la estuviera viendo, por la llave,
claro. Pero aún así tuvo que reconocer que era una lástima que alguien, por ejemplo detrás de
esa puerta, ese vecino maduro y padre de familia, aunque apuesto todavía, se hubiera perdido
esa postura tan provocativa. En fin, se dirigió al ascensor. Hacía mucho que no recordaba los
tiempos del “Crazy mare”. Allí trabajaba cuando conoció a Yohan y tuvo que jurarle varias
veces que no era una puta, que las chicas que actuaban en ese club ganaban suficiente pasta
como para permitirse no serlo y que, por otra parte, necesitaban llevar una vida tan casta
como la de una monja clarisa con objeto de mantener la forma que necesitan para poder
realizar el propio espectáculo. Quedó bastante convencido. Los argumentos que le faltaban los
obtuvo durante el año aproximadamente que duró el noviazgo, durante los cuales ella supo
mostrarse ante él con una discreción impecable. Y en la actualidad sigue manifestándola por
cuestiones diversas y variadas, entre las que merece destacar el mero hecho de que, a pesar de
todo lo que se diga de los tiempos que vivimos, al menos ella considera que el matrimonio es
el desenlace más conveniente para cualquier mujer y que, por tanto, ella hará cuanto esté en
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su poder para conservarlo y mantenerlo en el mejor estado posible. Lo cual no excluye, por
supuesto, las aventuras esporádicas. Al fin llegó el ascensor. De él salió justamente el vecino
de la cabellera pimienta y sal. Al saludarla pareció un tanto sorprendido, quizá un si es o no es
pasmado. Lo obsequió con una sonrisa una tanto ambigua, lo que nunca se había permitido
hacer. Al entrar en el ascensor y cerrar los ojos comprendió por qué lo había hecho. Y es que
le hubiera gustado tanto que él hubiera salido del ascensor en el momento mismo en que ella
se encontraba con todas las patas al aire y la falda por encima de las nalgas, dejando ver que
justamente apenas podía calificarse de bragas ese artefacto de seducción femenina que ella se
había puesto aquel día sin saber muy bien la razón. Acaso porque tenía la seguridad completa
de que no sería su marido quien las iba a descubrir en esa ocasión. La lección estaba bien
aprendida: todo marido debe hallarse absolutamente convencido de que se ha casado con una
gazmoña incorregible. Especialmente los maridos que viajan mucho como el suyo. Así, ella
dispone de un vestuario para cuando él está y otro para cuando se ausenta. Y su abundante
lencería la guarda en un cajón secreto, cerrado con siete llaves.
Abrió el ascensor y se sintió complacida con la claridad del día elegido para efectuar el
viaje. Tan sólo iba a ver a su madre, a Boston. Pero eso no quitaba que era un viaje lo que se
disponía a hacer a pesar de todo. Y que lo iba a hacer sola. Sin olvidar que en Boston había
muchos lugares para visitar y que su madre había alcanzado una edad que no gusta de los
programas apretados. Salió rauda de ese embalaje metálico e hizo sonar alegremente los
tacones en el mármol del hall, mientras echaba una mirada satisfecha a su imagen de gacela
reflejada en los espejos que forraban las paredes de uno y otro lado.
Llevaba muy poco equipaje, por eso su paso era tan ligero. Tal vez regresara algo más
cargada. Estaba deseando registrar todos los almacenes de las principales calles comerciales
de la mítica ciudad a la que se dirigía. Ya iba a salir cuando se detuvo un instante. En esa
ocasión se miró francamente al espejo. Su espesa melena refulgía al sol, que se filtraba de
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soslayo, con ese reflejo que adquieren las hojas en la eclosión del otoño. La chaqueta apenas
disimulaba la esbeltez y redondez de sus formas. Más abajo, la falda estrecha se pegaba
violentamente a los muslos, alcanzando a cubrir únicamente la mitad de ellos. En efecto,
había logrado situarse donde pretendía, es decir, en esa línea justa que separa la elegancia de
la provocación. De ese modo, la marejada de hombres con los que se va a cruzar podrá juzgar
que está imponente, pero no que es un putón del tres al cuarto que anda pidiendo guerra y, si
se tercia, dinero. En fin, que pretende seducir pero no que le den un par de apretones en
cualquier rincón o que uno de esos chulos de baja estofa insista en llevársela a cualquier
rellano oscuro y allí calzársela sin quitarle ni siquiera las bragas. Sonrió porque en verdad no
haría falta quitarle las bragas que lleva, tan sólo echarla un poco hacia delante para que se
apoyara en la barandilla o en los escalones, levantarle un poco la somera falda que, por lo
demás, se levantaría sola y enhebrarle sin más el cetro, que se deslizaría hasta el fondo, sin
que el finísimo hilo que siente a lo largo del orificio fuera lo bastante para impedirlo.
Satisfecha por la certera elección, salió a la calle.
Aquello era París y en París el público masculino pide un especial refinamiento antes de
dignarse a torcer la cabeza. Es exigente. No obstante, aún no había recorrido dos medias
calles, ya se sentía suficientemente honrada por las penetrantes miradas provenientes del sexo
opuesto. Al entrar por la boca del metro, se preguntó si iba a renunciar por ello a algunos
grados de su feminidad. No tardó en responder negativamente. Eran las diez de la mañana, el
laberinto subterráneo se hallaba repleto de toda clase de gente, especialmente de turistas y no
iba a tocar ninguna estación que pudiera catalogarse de difícil. Era un escrúpulo vano. Lo
desechó. Una mujer necesita sentirse deseada, aunque sólo sea de tarde en tarde. Pero deseada
por todos. Tampoco es eso. Es más que deseada. Dudó un poco antes de confesárselo. Sí, ¿por
qué no? Necesita ser, de vez en cuando, un poco puta. Aunque puta sin cobrar, por supuesto.
Claro que respecto a su estancia en el “Crazy mare”, y eso a ella nunca se le pasó siquiera por
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la imaginación confesárselo a Yohan, lo cierto es que dicho club, en ciertas ocasiones, recibe
a clientes particularmente favorecidos por la fortuna y más precisamente esos
norteamericanos, todavía en edad de merecer, que no quieren volverse a su país sin haber
conocido el refinamiento absoluto, el cual ellos lo circunscriben, con razón, en esa y en otras
materias, a París. En fin, a veces sucede que ofrecen cantidades que no se pueden rechazar. Y
sobre todo por lo que se trata, un simple juego que no por divertido deja de ser agradable. Si
bien aquello resultaba tan infrecuente que no daba pie a que ninguna de las chicas se
considerara en el fondo de su conciencia una puta, ni siquiera de lujo. Ellas tenían su trabajo,
que era catalogado como arte y el cual requería no pocos sacrificios y esfuerzos. Hasta cierto
punto, no le mintió a Yohan cuando le aseguró que llevaban una vida de monja clarisa.
A medida que se hundía en el subsuelo de París, las miradas de los hombres se oscurecían
cada vez más. Lo que no carecía de cierto morbo. Sobre todo considerando la situación desde
una posición en la cual se sentía, al fin y al cabo, en relativa seguridad. Aquello era un juego
gratificante al que solía darse a menudo, o bien cuando sabía que podía vestirse de
determinada manera sin que la viera su marido al regresar a casa. Y rara vez ocurría algo
digno de mención. Es un juego socialmente permitido, como es aceptado y asumido que, en
tales casos, tú no estás deseando otra cosa que arrodillarte reverentemente ante su miembro
erguido e introducírtelo entero, delante de todos, dentro de tu boca.
En el andén, las miradas que le lanzaban de frente eran breves, furtivas. Mas en cuanto
había pasado, notaba que se materializaban como lazos calientes ciñendo enteramente su
cuerpo. Ello no rezaba para el andén frontero, desde donde todos los hombres sin excepción
bebían con fruición cada uno de sus movimientos. Y ella era la misma gacela complacida con
la imagen que había visto reflejada en el espejo del hall, al salir de su apartamento.
Pronto el tren se interpuso como una implacable barrera entre la delicia, ella, y sus
empedernidos contempladores. Subió. Había asientos vacíos junto a la puerta opuesta. Sabía
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que, al sentarse, su falda iba a subir considerablemente, o mejor, bajar, pues sus rodillas se
encontrarían en una posición más elevada que la parte superior de sus muslos. La incógnita
era hasta dónde iba a bajar o subir el borde de su falda. No por ello dejó de sentarse con toda
naturalidad. La falda bajó, o subió, bastante. No le hizo falta echar un vistazo, ya que notaba
sus límites en la sedosa piel de sus magníficas extremidades. Juzgó que entraba sin remedio
en el terreno de lo sexy, en pleno metro de París, pero que no llegaba a rebasar lo que podría
considerarse como el límite de la decencia para dicha ciudad. Le vino a la mente la misma
idea que solía concebir en el “Crazy mare”. Podéis mirar bien y disfrutad de la visión de mi
cuerpo, pues no hay mal en ello, dadas las proporciones con que ha sido bastido, cualquiera lo
puede comprender, incluso yo misma. Y salía infinitamente peor que desnuda al escenario
para pasar con ritmo y suficiencia por las más delirantes posiciones de la posesión. Para ella,
que había encajado en su cuerpo aquellas miradas incandescentes del club, ¿qué podía
representar la pasión controlada de quienes, más o menos abiertamente, recorrían con
vistazos, que tenían casi la consistencia de caricias, cada centímetro de sus piernas hasta
hundirse por debajo de su atrevida falda? A algunos de ellos les hubiera dejado hacerlo de
verdad, sólo eso, acariciarle los muslos, y más que nada por complacerles, permitirles incluso
que sus dedos se hundieran unos instantes en la zona prohibida que se halla bajo su minifalda.
Pero un juego tan inocente hubiera resultado escandaloso incluso para París. Y por otra parte,
¿quién para a un hombre cuando ha conseguido hacer eso? Cuántas veces ha tendido que
dejarles ir hasta el final, cuando ella había pedido únicamente una suave caricia candorosa,
como la que da una niña a un niño que encuentra simpático, sólo porque es suave y hace
cosquillas.
A la próxima parada le tocaba cambio de línea. Supo por antelación y por experiencia que,
al levantarse, provocaría la expectación general. Así sucedió y admitió sin dificultad que ello
la satisfizo grandemente. Como agradecimiento por tanta y tal atención, decidió
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recompensarles con un gesto que, no por natural y obligatorio en tales circunstancias, resulta
menos percuciente desde el punto de vista de la provocación sexual y es bajarse la minifalda
con el adecuado movimiento de caderas. Sin exagerar, claro, procurando afectar discreción.
El siguiente metro venía lleno y eran muchos los pasajeros que esperaban en el andén.
Apunto estuvo de renunciar a él, sin embargo no pudo echar atrás, se hallaba ya arrastrada por
una marea humana que pugnaba por subir a bordo. Así que se dejó llevar. En semejante
ocasión ni siquiera soñar con el número de la falda otra vez. Bueno, tampoco tenía por qué
darse en espectáculo continuamente. Cuanto más, que empezaba a notar una todavía
imprecisa, vaporosa, excitación. Mejor ir cortándole ya las alas a esa fantasía. Ocurre que, si
se atiene a los hechos, hace mucho tiempo ya que es una esposa ejemplar. Mucho más, en
todo caso, que el que empleaba en respetar las reglas de las monjas clarisas cuando estaba en
el club. Lo cual no es natural para una mujer de su constitución. Razón por la cual la
naturaleza reclama, a su manera, los derechos que le son debidos. Por otra parte, un ser
humano no se rige únicamente por las leyes físicas. Buscó casi por instinto la barra metálica
que existe en todos los vagones. Sólo cuando la tenía bien agarrada con ambas manos se dio
cuenta de la reminiscencia. Se le escapó una sonrisa de nostalgia. Como por casualidad, la
mayor parte de los viajeros que se hallaban de pie cerca de ella pertenecía al género
masculino. Realmente debía llamar la atención. Recordó que las condiciones exigibles para
entrar a trabajar en el “Crazy mare” eran en verdad draconianas. Raras eran las chicas que
medían menos de un metro ochenta.
Era preciso que impresionaran incluso cuando se
hallaban al fondo del escenario y además se perseguía una cierta uniformidad. El director
solía decir, como bromeando, “caballo grande, ande o no ande”. Pero no bromeaba, allí toda
la yeguada andaba a cuál mejor. Luego, la particular gimnasia que les imponían nunca dejaba
de dar su fruto, el cual, por mucho que se cubra, no puede pasar desapercibido en el metro,
por ejemplo. En la parada siguiente, no todos consiguieron subir. Los que lo lograron
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constituyeron un número suficiente para comprimir el vagón, de modo que, cuando arrancó el
tren, los cuerpos se hallaban apretujados los unos contra los otros sin remedio y vano hubiera
sido todo intento para evitar el contacto. Elise se estremeció toda, de pies a cabeza, cuando
notó que, tras ella, un cuerpo colosal se reacomodaba y al estabilizarse sintió que un fuste
enorme, tembló al tratar de evaluar sus reales proporciones, se posicionó a lo largo de la raja
que divide sus nalgas. Se dijo que hubiera pecado en exceso de pundonorosa al protestar y
que, de haberse movido para buscar otra posición menos expuesta, no habría conseguido sino
excitarle más. Se quedó quieta, al principio como petrificada. Luego, poco a poco, le fue
volviendo el calor al cuerpo. Trató de comunicar a su mirada, aunque el gigante no la veía,
pero para los otros, si alguno se había percatado de lo que sucedía, que se resignaba a ello en
virtud del cariz inevitable que presidía el hecho, sin lo cual, al menos por conveniencias
sociales, trataría de impedirlo o de paliarlo, en lugar de estarse allí absolutamente quieta,
dejándose hacer. Sobre todo que, con los vaivenes del tren, aquello comenzaba a complicarse
y la extremada verga de aquel coloso no cesaba de aumentar de tamaño. Se atrevió a echar un
vistazo a su alrededor. Nadie parecía haberse dado cuenta, pero nunca se sabe, en tales casos
todo el mundo disimula y trata de mirar a hurtadillas, cuando creen no ser vistos. Trató de
ponerse en el peor de los casos. Todo el mundo lo ve. No solamente la verga que comienza a
empujar con fuerza y a incrustarse entre sus nalgas a pesar de la falda, sino todas las restantes
vergas del vagón se ponen igualmente duras ¿y qué? No pueden pasar de ahí. En cuanto
llegue su estación, bajará y todo el mundo se quedará con un palmo de narices, eso sí, con un
cuerno empalmado entre las piernas que no podrán sosegar ni con agua fría. Incluso el
castigador no tendrá más remedio que permanecer, o bien bajar, pero no tiene nada que hacer
aunque baje, en medio de toda esta civilización. Con ese pensamiento acabó de tranquilizarse.
Tanto que, dado que nada podía cambiar el reconocimiento de la verdad, admitió en su fuero
interno que aquel contacto rítmico y caliente le estaba comenzando a gustar más de lo que
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debiera. Con esa simpatía que las mujeres suelen acordar a aquellos que consiguen, aunque
sea por métodos discutibles, establecer algún tipo de corriente con ellas, trató de mirarle
aunque sólo fuera un instante la cara. Se trataba de un enorme pedazo de negro que algo debió
entrever de la autoridad que había alcanzado sobre ella, pues en el momento en que se volvió
para mirarlo, le dio un golpe breve aunque intenso con la parte baja de su abdomen que ella
recibió en toda la convexidad de sus nalgas, pero especialmente en un centro que fue más
neurálgico que nunca y, a través de él, le llegó hasta las mismas entrañas. Cuando quiso darse
cuenta, resulta que no había logrado evitar sonreírle en el mismo momento en que recibió el
embate. A partir de entonces, resultaba evidente que el único responsable de cierto
movimiento de percusión no era el vaivén del tren. Por su parte, el miembro se había
hinchado hasta alcanzar un volumen de proporciones insospechadas. Tanto que, en cuanto ella
se aparte, el sujeto no podrá ocultar la evidencia. Cierto que ese es su problema. Recordó las
pocas veces que había estado con un negro, las más de ellas para poner a prueba la
generalizada reputación de amantes ardientes e inagotables que mantienen. En su caso nunca
quedó defraudada. Y eso que, a modo de desafío, en algunas ocasiones se habían puesto a
jugar, en número de tres o cuatro, con uno solo de ellos. Cuando le tocó a ella, recibió un
castigo de vara memorable y aún le cupo la vez en una segunda ronda. También hay que decir
que, entre todas, lo habían puesto a mil y lo habían dejado macerar durante un tiempo casi
excesivo. Esas imágenes que se agolpaban en su memoria, junto a esos embates, no por
discretos menos determinados, que recibía por detrás, acabaron por excitarla francamente.
Frotó ligeramente un muslo contra el otro y notó que se deslizaban con mucha más facilidad
incluso de la que esperaba. Se hallaba completamente mojada y su respiración comenzaba a
acelerarse. Era absolutamente necesario que mantuviera la serenidad. Por otra parte no podía
apartar su pensamiento del enorme fragmento de miembro que la estaba empujando sin parar
en el lugar en que hace falta empujar. El desenlace se imponía por su propio peso a su lucidez
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desenfrenada. Imaginaba que la seguía hasta la primera habitación del hotel más próximo,
aunque pasara ante todo el vagón y ante la patrona del hotel y ante todo París, si hacía falta,
como la más acabada de las putas ¿y qué? Por una hora…. Mas durante esa hora ya veía lo
que iba a suceder. La excitación acabaría por traicionar en cualquier momento la increíble
prosopopeya del negro, no podría sino estremecerse cuando ella desabrochara lentamente la
cremallera de su bragueta y metiera su mano tibia en el interior para enseñarle a aquella
enorme verga de toro el camino de salida. En cuanto la tuviera cabeceando como un navío
ante su boca se lanzaría con la voracidad que ya se está alzando por todo su cuerpo a hacerle
una mamada como nunca en su vida le han hecho al africano ese, alternando los labios de
terciopelo con los de ventosa, controlando para que no se le fuera antes de tiempo. Y cuando
ya ruja de placer, si todavía le queda algo encima se lo quitará, tal vez se deje únicamente las
bragas de zorra que, todo hay que decirlo, si se las ha puesto no es para otra cosa más que
para lucirlas, adoptará una posición similar a la actual, si acaso algo más inclinada al agarrarse
a los barrotes de la cama o al respaldo del sillón, pondrá el trasero lo más en pompa que pueda
y este enorme pedazo de negro ya sabrá que debe hincarle la negra y espectacular polla que
posee hasta la misma raíz, aunque para ello tenga que atravesarla toda. No la matará, de ello
está segura. Luego aún le sobraría tiempo para coger el avión que la llevaría junto a su madre,
en otro continente. Y a la vuelta ya nadie pensaría en ello. Pronto deberá bajarse del tren. Una
mano tremenda como una enorme bolsa de agua caliente la agarró del muslo derecho, luego
otra igual del izquierdo. Esta vez no sonríe, tiene algo de miedo, no es posible que los más
inmediatos no se hayan dado cuenta, sin embargo no se mueve, ni respira, está totalmente
entregada a él. Haría cualquier cosa que él le pidiera, incluso allí mismo. Las dos manos
suben hasta rozar con sus dedos ambos labios de la vagina, totalmente desprotegida por las
sucintas bragas. Cuando la tenía bien sujeta, así, con ambas manos la atrajo hacia sí, al tiempo
que le daba un formidable golpe con su ariete. El vecino de su derecha la miró un instante
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para susurrarle con un ralo de voz: zorra. Y era verdad, un desconocido la estaba tratando en
público como un putón y ella condescendía. No solamente condescendía, sino que deseaba
con todas sus fuerzas que la cogiera del pelo, la obligara a arrodillarse y la pusiera a chupar.
Ella lo hubiera hecho sin chistar hasta el final del trayecto. También notó una tercera mano,
más pequeña, que buscaba su esfínter. En el mismo instante en que logró tocarlo, se abrieron
las puertas del tren. Que me siga. Si lo hace, del resto me encargo yo.
Bajó en medio de una corriente en la que se distinguían zapatos, pantalones, bolsos,
flotando todo en un agua única e indivisible. Aprovechó el desconcierto general para bajarse
la falda. Nadie parecía prestarle atención. En cuanto tuvo ambos tacones bien afirmados en el
cemento del andén, dio media vuelta. Él la estaba mirando con unos ojos inmensos,
almidonados, si bien ligeramente inyectados de sangre. Pero del otro lado del cristal de la
puerta ya cerrada. Ella lo observó, a su vez, sin preocuparse por borrar la impresión de súplica
que debía surgir a borbotones de su rostro. El tren inició su avance y nadie más se apeó de él.
Sin embargo, fueron muchos ojos los que la dejaron clavada en el suelo.
Su última correspondencia era el tren que iba a trasladarla al aeropuerto. Se sentó sin
preocuparse ya de la falda ni de quien la miraba. Casi mejor así, ese tipo de aventuras nunca
carece de peligro. Y más aún considerando esa tercera mano cuyo dedo corazón había
conseguido deslizarse hasta la entrada misma de su esfínter. Sin embargo, le parecía tenerlo
todavía ahí, ese dedo, y notaba cómo todo el orificio se le abría ante la quimera de ese
contacto. Con los ojos cerrados, pasaba revista en su mente a todas las imágenes y a todas las
sensaciones que había percibido o imaginado. Pero un miedo tardío no dejaba aflorar por
completo el deseo.
Entró algo aturdida en el hall del aeropuerto. Aunque le sobraba tiempo, decidió registrar en
primer lugar su billete y deshacerse del somero equipaje. Recordaba perfectamente de otras
ocasiones dónde se hallaba su compañía, así que apenas pensaba en ello. Unas palabras
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cálidas, pronunciadas por una voz bien timbrada y viril, la sacaron de su ensoñación. Hacía
tiempo que nadie le decía un piropo, explícitamente, pues ella bien que los leía en los ojos de
todos. Sería seguramente una sinvergonzonería bien torneada. Se dio la vuelta para descubrir
al autor del cumplido, del que por cierto no había comprendido nada a causa de su distracción,
pero que le había sonado muy bien. Percibió a dos hombres bien plantados, de mediana edad,
que llevaban con suficiencia y naturalidad un terno, azul oscuro para uno de ellos y verde
botella para el otro, que la obsequiaban con una sonrisa franca, al menos no podía haber
equívoco en ese tipo de sonrisas, pero todo sin desentonar y hasta con cierta elegancia
masculina. Sonrió a su vez y siguió adelante.
Raymond y James venían de la sede de la Compañía, en Chicago. Para Raymond se trataba,
en cierto modo, de una breve vuelta a casa, aunque en realidad vivía desde hacía año y medio
en los Estados Unidos. En cuanto a James, París era todavía el mito de la elegancia, la
sensualidad y el refinamiento, lo cual no resulta inexacto, pero, para él, enquistado en el
cliché que se traen todos los norteamericanos en el hueso de su cabeza. Durante todo el viaje
estuvo pensando en el piropo que le soltaría a la primera mujer realmente de bandera con la
que se cruzara en Francia y se prometió, además, hacerlo, como una especie de desafío. La
ocasión no se hizo esperar, pues en el aeropuerto mismo vio cómo se acercaba una de esas
yeguas pura sangre, cuya sola visión puede hacer tambalearse a un hombre normalmente
constituido. Entonces le soltó el cumplido, que más le pareció salir de las entrañas que de la
memoria. Raymond sonrió también, entre divertido y sorprendido por la inesperada reacción
de su colega, al que creía mucho más serio.
-¡Ah, el encanto de París comienza a hacer estragos desde el propio aeropuerto…!
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-Era una promesa que me había hecho, con objeto de entrar con buen pie en la ciudad de la
seducción. Pero ni siquiera alcancé a soñar que el cumplido llegara a tener un destino tan
apropiado como el que acabamos de cruzar.
-En eso debo reconocer que llevas razón.
Y ambos se volvieron una vez más a contemplarla, mientras se alejaba, indiferentes a
cualquier posible infracción de las conveniencias sociales.
-¿Hay muchas mujeres así en París?
-Realmente ése era uno de los más refinados ejemplares que he tenido la ocasión de
contemplar. Pero también hay que decir que no es infrecuente encontrarse mujeres así en esta
ciudad, si bien es preciso notar que bellezas del mundo entero vienen a París a probar suerte.
-Apuesto a que no tardan en convertirse en auténticas parisinas, por influjo de la atmósfera
especial que emana la ciudad.
-Eso que dices no es más que la pura verdad. Recuerdo una compatriota tuya con la que me
acosté media docena de veces, hija de un magnate, propietario de una compañía petrolífera de
Texas, más rubia que un pajar recién hecho bajo el sol, a la que pregunté, por decir algo, si no
se cansaba de París y si no se dejaba ganar por el recuerdo de las playas de California y la
vida fácil con el dinero de papá. A lo que ella respondió que había venido a París para
aprender a hacer bien la felación y que todavía le hacían falta muchas lecciones para alcanzar
la perfección.
-Imagino que estará haciendo estragos, de vuelta a casa.
-Los hace, en efecto.
-Ven por aquí. Tomaremos un taxi.
Raymond dio la dirección de memoria y el vehículo arrancó. El periférico norte se hallaba
congestionado y avanzaban muy lentamente, con gran profusión de paradas. A pesar de todo,
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James contemplaba, radiante, los horribles edificios de los alrededores. Raymond se encogió
de hombros y decidió llamar a Yohan.
-¿Qué tal va todo, tunante?
-¡Joder! Mi vuelo está cancelado. Regreso ahora a la oficina que he estado ocupando
durante estos días. ¡Qué remedio! Me han asegurado que va para largo. ¿Y vosotros, dónde
estáis?
-Acabamos de llegar a París. En estos momentos nos hallamos en un taxi, camino de tu
casa. Por cierto, dices que tu mujer nos ha dejado la llave del apartamento bajo el felpudo.
Pero ¿cómo vamos a hacer para llegar hasta allí? Imagino que habrá un portal y que estará
cerrado.
-Claro que estará cerrado. Os las arregláis, que ya sois mayorcitos.
-¡Fantástico!
Raymond apartó el auricular de su oreja, para no oír la risa impertinente de Yohan.
-¡Menudo panorama! Convocarnos en tu apartamento, al otro extremo del mundo, y luego
dejarnos allí, mano sobre mano, aguardándote hasta a saber cuándo.
-Son los imponderables, gañán, ¿acaso no has oído hablar de ellos?
-¿Y no había modo de prevenirlo? ¿Los periódicos, no habían anunciado la huelga?
-No seas ingenuo ¿y para qué lo iban a hacer, para que todo el mundo anulara o desplazara
sus reservas y perder así el efecto de sorpresa? Cuanto más caos y confusión creen, más
fuerza tendrán ante la mesa de negociaciones. Imagínate, se han declarado en huelga a última
hora. Y para colmo de males, este gobierno se las da de duro. Espero lo peor.
-¡Pues sí que estamos apañados! Tennos al corriente de la evolución de los acontecimientos.
Es imprescindible que estemos todos para tomar una decisión y además nos hacen falta para
ello los documentos que habías prometido traer y que iban a constituir el objeto de nuestro
trabajo durante estos días.
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-Os mandaré una parte por Internet. Comenzad a estudiarla sin mí.
-Vale, cuídate. Hasta pronto.
A James le brillaban, burlones, los ojos.
-Magnífico, esta noche saldremos a ver Paris by night.
-¿No estás cansado?
-Un poco, sí. Pero conociendo a Yohan, mejor que nos demos prisa en divertirnos antes de
que llegue. Después nos quitará las oportunidades y las ganas, todo.
-Tienes razón.
En París intra muros, el tráfico era más fluido. Raymond decidió reclinar su cabeza en el
respaldo y cerrar los ojos. James, por su parte, no perdía detalle de esa ciudad que le fascinaba
y que sólo conocía muy superficialmente. Realmente lucía ese día un sol radiante y los
turistas se paseaban en masa por los muelles del Sena, curioseando los puestos de los
bouquinistes, las terrazas de los cafés tenían la totalidad de sus mesas ocupada y los
camareros las recorrían raudos y gallardos, como gallos que corren de una parte a otra con
objeto de poner orden en su harén.
El taxista detuvo el vehículo y señaló un número blanco, sobre una placa azul, situado junto
a la entrada de un portal. Ambos viajeros se encaminaron hacia ella y se sintieron un tanto
ridículos ante la puerta cerrada.
-Vamos a ver…¿el cartero? No, el cartero tiene llave maestra. ¿El técnico del ascensor?
-Espera, probemos primero suerte, a ver si alguien ha llegado antes que nosotros.
James pulsó sobre el timbre correcto. Aguardaron.
-¿Quién es?
Raymond reconoció la voz de Adrien, que venía de Hamburgo.
-Raymond y James. Tirados en plena calle.
Sonó un chasquido, podían entrar.
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Al llegar ante la cinta transportadora de su compañía, Elise se encontró frente a unos
empleados cariacontecidos que le anunciaron que el vuelo estaba cancelado.
-Pero si acabo de llamar por teléfono para obtener confirmación.
-Esta vez las cosas se precipitan con gran rapidez –declaró, consternado, el empleado.
-Sin embargo –intervino su compañera- , la compañía le ofrece una habitación de hotel
gratuita mientras dure el contratiempo.
-Gracias, prefiero regresar a mi casa.
-¿Podría darnos un número de teléfono, por favor, para que podamos prevenirla en cuanto se
confirme la salida?
Elise dictó el dato que le pedían y, sin perder la calma, se despidió amablemente. Mientras
se disponía a practicar en sentido inverso el trayecto que acababa de efectuar, consideró su
situación. Yohan tardaría en llegar. Aunque no le hubieran retrasado el vuelo, es poco
probable que se hubiera encontrado en París antes del día siguiente, como pronto a primera
hora. Por otra parte, su apartamento, a esas alturas, debía parecerse a una taberna de suburbio,
repleto de hombres comiendo la bazofia que ella había dejado en el frigorífico, bebiendo latas
de cerveza y fumando sin parar. No es que le desagradara imaginarse en medio de dicha
atmósfera intensamente masculina, ella, la única mujer entre tanto varón, reina y receptáculo
de todas las atenciones. Sólo que, en ese caso, se trataba de amigos y compañeros de su
marido y su personal deontología prohibía terminantemente tentar al diablo en tales
circunstancias. Hasta el momento había conseguido comportarse, al menos en el terreno de las
apariencias, como una esposa ejemplar y mucho interés iba en ello pues ni a imaginar se
atrevía la situación en que Yohan comenzara a albergar recelos antes de efectuar cada uno de
sus numerosos viajes. Cierto que dicha confianza, incluso cabría hablar de despreocupación,
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se la había ganado a costa de sacrificios importantes. Afortunadamente para ella, jamás tuvo
dificultades en reemplazar a un hombre por otro. No, ese magnífico día de sol y París bajo el
sol es siempre una fiesta, lo aprovecharía de otra manera. Hacía tiempo que no paseaba sola
por sus calles y qué mejor jornada que esa para ir de compras. Buscó en el repertorio de su
memoria un buen restaurante y trazó mentalmente el itinerario. Pensó en el modo en que
habían transcurrido las últimas semanas, o quizá debía hablar de los últimos meses, y no
encontró nada que no fueran recepciones, cenas de negocios o en casa de amigos, sesiones de
teatro o cine con Yohan, o bien interminables veladas ante la tele, observando de cuando en
cuando con el rabillo del ojo cómo su marido trabajaba, infatigable, ante el ordenador. Por
supuesto que, como muy bien dice él, si no fuera así, no ocuparía ni mucho menos el puesto
que ocupa en la compañía. Hoy en día, nadie es irreemplazable y las empresas sólo quieren
resultados. Ella no se queja en absoluto, en modo alguno está descontenta de su suerte. Debe
convenir, sin embargo, en que durante los últimos meses ha vivido realmente como una monja
clarisa. Y ello sin la satisfacción, impagable para una mujer, de la exaltada admiración de los
hombres. O por lo menos no en la dosis a la que ella está acostumbrada. Sí que se sentía
deseada, pero moderadamente, ya que solía salir con su marido y para ello no utilizaba sino la
parte, digamos, exotérica de su vestuario. En cuanto él se fue a Singapur, ella se sintió un
poco fatigada y decidió concederle a su cuerpo todas las horas de sueño que le pidiera y
fueron muchas.
Claro que, tarde o temprano, tendrá que regresar a su apartamento, ello se impone por la
fuerza misma de los hechos. Resulta, casi, honesto hacerlo. Lo contrario hubiera podido
inducir a sospechas. Su marido debía regresar durante el transcurso de la noche, o a primeras
horas de la mañana. Lo lógico es que ella estuviera esperándolo en casa. ¿Dónde había ido a
pasar la noche, si no? No era desde luego su culpa que su apartamento estuviera repleto de
hombres bebiendo y jugando a las cartas. No había vuelo, ella volvía a su casa. Aunque más
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tarde, hacia la noche, cuando sólo tenga que verlos un rato, antes de irse cada uno a dormir a
su cama.
Instalada ante la mesa y mientras aguardaba a que le trajeran la entrada, llamó a su madre.
-¿Mamá? Mira, de momento no tienes que ir a esperarme al aeropuerto. Han cancelado el
vuelo y me han asegurado que la situación no se arreglará durante varios días. No, el tiempo
no, mamá, huelga de controladores aéreos. Ahora vuelvo a casa. Sí, te aviso en cuanto la
situación se aclare. Un beso.
Mamá, en cambio, no podía vivir en París. A decir verdad, tampoco es eso. Lo que le
ocurría era que no podía vivir sin su Boston, ciudad en la que nació y habitó hasta casarse con
papá. En cuanto éste murió y se casó su hija, le faltaron pies para regresar a su país. Desde
entonces había que ir de cuando en cuando a verla, aprovechando sobre todo las ausencias de
Yohan. También ella se dignaba dejarse caer en alguna ocasión por París, curiosamente
cuando Yohan debía salir de viaje. Venía unos días antes, por educación, pero en el fondo
estaba deseando que se largara lo antes posible para salir con su hija a recorrer las calles de
París y visitar los museos y hacer las compras juntas. Ambas necesitaban eso. Luego ya
podían pasar meses sin verse.
Devoró con sano apetito el plato principal, el postre y se tomó un café bien cargado después.
Aunque sólo bebió agua, la comida la reconfortó. Había conseguido una mesa junto a la
ventana, a través de la cual entraba un sol tibio que irradiaba una agradable sensación sobre su
piel. Sintió que su cuerpo se distendía, recorrido por un calor que reavivaba todos sus
miembros, se dejaba ganar por una suave molicie y recuperaba el irresponsable abandono al
que se había entregado por la mañana, al salir de casa, a medida que se iba disipando el temor
y su pizca de vergüenza que le había producido el incidente, o aventura, con el moreno. Por
primera vez sonrió al pensar en ella y se atrevió a considerar el lado positivo. No bien lo hizo,
volvió a sentirse mojada en su centro y apretó los muslos el uno contra el otro, recordando, al
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propio tiempo, que estaban al aire libre en casi toda su longitud. Esa tercera mano la forzó a
plantearse la escena ya imaginada por la mañana en otros términos. En aquella supuesta
habitación de hotel habría un segundo hombre con ella. Un hombre cuyos atributos serían, en
general, más reducidos, aunque no por ello indignos de atención. El negro estaba de pie, ante
ella, sus piernas, como inmensas columnas de alabastro, un poco separadas, su miembro
henchido hasta el extremo de hacerle pensar que, de no prodigarle las caricias que se
imponían, iba a estallar y se erguía como una serpiente encolerizada, con la piel húmeda y
brillante, así se lo introdujo con cuidado en su boca, que se llenó por completo de él. Jamás
había tenido en la boca una verga semejante. Se aplicó con devoción al consabido masaje
bucal. Poco a poco su respiración comenzó a hacerse bronca, entrecortada. Entonces ella
decidió aminorar el ritmo, con objeto de prolongarle el placer. Pero él la increpó: ¡chupa,
mamona!¡grandísima zorra!¡putón! Ella obedeció con evidente delectación, sintiéndose
halagada hasta la médula por lo que ella consideraba como los cumplidos profundos y
esenciales para el normal desenvolvimiento de la vida sexual de una mujer. Sin embargo, a
partir de ahí viene la innovación. El gigante de baquelita se desplazó un poco hacia atrás,
apoyó sus posaderas en la mesa del recibidor, detrás de la cual un espejo le devolvía una
porción de la descomunal y lustrosa espalda oscura. Alargó su mano para agarrarla del pelo y
obligarla a seguir chupando. Pero en ese instante notó que por detrás unas manos más finas,
de dedos largos, le subían la minifalda hasta descubrir por completo sus grupas que
recibieron, de repente, un soplo de aire fresco. No sin una lánguida lentitud, barriendo la
retirada con las caricias de su lengua, se sacó por un momento el imponente aparato de la
boca y se volvió para mirar a quien, según todos los pronósticos, se disponía a penetrarla por
detrás, como una verdadera yegua. Se trataba de otro hombre de color, aunque más fino que el
primero, pero no menos alto. Con suma desvergüenza, bajó los ojos para verle la polla. Era un
bastón más bien largo y seco, completamente negro, como si hubiera sido recubierto por
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varias capas de un pulimento oscurísimo. Sin decir palabra, volvió a ocuparse en chupar
cuidadosamente, con toda la ciencia de que era capaz, la primera verga, aguardando a que de
un momento a otro le hincaran aquella vara de medir hasta la empuñadura.
Se encontraba tan mojada, que se preguntó si no habría manchado el asiento. Vio que estaba
hecho de cuero, por lo que podría limpiarlo con la falda, al levantarse, si dicho accidente se
había producido. Tranquilizada, se abandonó por un instante a la deliciosa sensación de frotar
con toda discreción, una sola vez, sus aterciopelados muslos. Alzó de pronto la mirada, como
preocupada por si alguien había adivinado el contenido de su ensoñación. Nadie parecía
prestarle atención, ocupados como estaban en devorar el contenido de sus respectivos platos.
Si bien, al volver a la realidad, no dejó de percatarse de que el camarero, cada vez que pasaba
por su lado, echaba una furtiva mirada a sus piernas descubiertas, para delectación de los ojos
de cualquiera. No le hubiera hecho gracia dejarse agarrar por aquellas manos
indefectiblemente grasientas, o por lo menos oliendo a comida y a billetes sobados. Pero
reconoció que también él tenía derecho, cuando concluyera su modesto trabajo, a masturbarse
en la oscuridad de su tugurio pensando en ese tipo de piernas que nunca estará al alcance de
su mano. En su honor, las cruzó, provocando un descenso suplementario del borde de la falda.
El nerviosismo del camarero fue perceptible sólo para ella, pues, a duras penas, logró
dominarse. Cuando pidió la cuenta, él se puso de manera que daba la espalda a la casi
totalidad del local y, con la excusa de consultar su cuaderno de pedidos, trató de grabar en su
memoria la imagen de aquellas piernas sublimes, mas sus ojos desbordaban por todas partes.
Ella se dejó contemplar como quien hace una obra de caridad. Luego él trajo la factura en un
estuche de cuero y aprovechó para descerrajarle, ya sin el menor disimulo, porque llega un
momento en que los hombres pierden la cabeza cualquiera que sea el riesgo en el que
incurran, una postrera y desesperada mirada. La cual ella acogió con una sonrisa, cuya
interpretación correcta, poco importaba si él lo había entendido así, era: no te hagas ilusiones,
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pero contempla a tu sabor la visión que se te ofrece y haz luego de ella el uso que más te
convenga. Pagó, dejó una consecuente propina y salió a pasear bajo el sol y a recorrer tiendas.
¿Se atrevería a entrar en una tienda de lencería sexy? Pues claro que se atrevería. Conocía
una que se encontraba sólo a unas manzanas de allí. Cuando estaba en el “Crazy mare” solía ir
a esa tienda, pero nunca sola, acompañada siempre del patrón, quien a veces acudía con
algunos amigos o favorecidos, a los que les había prometido sin duda ver en paños menores a
los mejores cuerpos de París, y de otras chicas. Tres o cuatro, en cada ocasión, no más.
Bastaba con ese número para hacerse una idea del efecto y renovar el vestuario con el mejor
gusto posible. Esa era, de hecho, la excusa que justificaba la presencia de ese cortejo
masculino. Según él, se trataba de auténticos expertos en mujeres, cuya intuición en ese
aspecto se revelaba siempre certera.
Puesto que iban a mimar y a reproducir en escena, más o menos explícitamente, el
misterioso acto del amor, procuró inculcarles su particular filosofía respecto a dicho acto,
fundamental en la existencia de los hombres y de las sociedades, el cual, no por contradictorio
dejaba de ser eficaz. En primer lugar debía ser como un juego, en el que no faltaría una cierta
alegría, una suerte de gozo simpático en el cumplimiento del acto de darse, el cual no debía
verse como un acto feo o deshonesto y, bajo ningún punto de vista, como una pérdida
dramática. Una chica del “Crazy mare” debía saber ofrecerse con facilidad y soltura, siempre
y cuando se diera lo que él denominaba, con un criterio bastante ancho, un cierto decoro. Una
chica que no poseyera esa cualidad, jamás alcanzaría la perfección en el escenario de ese
cabaret, porque en él se trataba única y absolutamente de ello, aunque jamás se practicara el
acto propiamente dicho. Y él sólo admitía en él la perfección. Pero atención, se trataba de un
juego muy serio, como un ritual del que no convenía abusar. Odiaba la promiscuidad
indiscriminada. Elise recordó una anécdota que servía para ilustrar adecuadamente dicha
concepción y que ocurrió precisamente en la tienda a la que ella se dirigía. Fueron ella y tres
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chicas más, acompañadas por el patrón y no menos de cinco hombres más, impecablemente
vestidos. Desembarcaron en la puerta con dos imponentes coches de lujo, que luego salieron
de inmediato y regresaron puntuales para recogerles. Obviamente la encargada principal les
condujo de inmediato a una sala privada, situada en el primer piso, con grandes ventanales
abiertos a la calle para que entrara la mayor luz posible. El patrón le preguntó a la encargada
principal si todo estaba listo. La interpelada respondió afirmativamente. Entonces le rogó que
los dejaran solos un momento y que ya les avisaría cuando podían empezar a traer el género.
Así se hizo y se cerraron las puertas de la sala. En un extremo había unos cambiadores que se
revelaron completamente inútiles y que, mirándolo bien, de nada servían pues con toda
evidencia iban a vestirlas con una indumentaria mucho más descarada que el simple y crudo
desnudo. En el otro había como una tarima y en ella una mesa y varias sillas. Elise ya lo sabía
de otras ocasiones y las otras, o bien lo sabían o bien se lo figuraban, el objeto de su presencia
no era únicamente probarse las diferentes piezas sino efectuar diferentes retazos de los
números pertenecientes a nuestro repertorio, pero así, a palo seco y sin música, con
espectadores, todos ellos varones, a menos de un metro de sus cuerpos, atentos todos al menor
detalle y corrigiendo a menudo la posición de una braguita, de un cordón, por delicada que
fuera su ubicación, e incluso la propia postura de las chicas. Se escapaban palmaditas de
ánimo y de admiración e incluso caricias furtivas, casi siempre de la parte del patrón, pero a
veces también de sus invitados a quienes incitaba con un gracejo muy suyo: “¿A que nunca
pensaste que cuerpos así podían existir de verdad? Ven, tienta este muslo, verás. Puro mármol
de carrara. “
Como otras veces, les condujo a la tarima y argumentó de esta guisa: “Mis amigos no han
estado todavía en nuestro cabaret y desconocen por completo con qué suavidad y maestría
puede desnudarse una chica del “Crazy mare.” Y sin más las fue nombrando una tras otra para
que efectuaran su número de desnudo integral con apoyo de sillas y mesa. Cuando le llegó el
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turno a Elise, le pidió a uno de los invitados que tomara asiento en la silla en la que ella debía
concluir su número, sentándose, completamente desnuda, en posición inversa a la habitual, es
decir, que cayó sobre el afortunado varón con los muslos ciñéndole la cintura y los brazos el
cuello, apoyándose, detrás, en los barrotes del respaldo y, por suerte o por necesidad, su
vagina vino a posarse como una paloma sobre su pene en plena erección, como es natural.
“Soberbio ¿no?” Elise sabía que debía prolongar un instante la pose, reforzando incluso con
un leve impulso el peso de su equilibrado cuerpo sobre la parte dura que tanto la honraba.
Después se levantó como una reina, con su majestuosa sonrisa. Todos aplaudieron sin mucho
ruido pero con evidente admiración.
Acto seguido fue hasta la puerta y susurró una orden. Las empleadas no se hicieron esperar
y comenzaron a acudir acarreando en cajas de cartón o bolsas de plástico los diferentes
modelos que había que probarse. Luego abrieron los paquetes y fueron extendiendo su
contenido sobre la mesa. Cuando todo estuvo listo, de nuevo les rogó que los dejaran solos.
Durante cierto tiempo se lanzaron a un examen detenido, táctil y visual, de las someras
prendas, aparentando haberse olvidado por completo de las chicas desnudas que, en ese
momento, exhibían sus portentosos cuerpos de balde. Algunas de ellas, algo despechadas, se
cruzaron de brazos. Una primera porción fue rechazada mediante dicho procedimiento.
Bueno, esto otro hay que verlo puesto, dijo al fin. Y él mismo nombraba a la chica que debía
probarse la prenda en cuestión. Hecho lo cual, se le pedía que adoptara las más sugerentes y
variadas posturas con objeto de apreciar el rendimiento de dicha pieza. “A ver, ese culito, un
poco más empinado. Así, respingón””Veamos ahora por delante. Yo creo que aún podía ser
una pizca más enchonadito. Así estaría perfecto. Este otro modelo quizá convenga más. Elise,
pruébatelo tú.” Lo hizo y, sin mirar, notó que la parte central de su anatomía que todos
observaban con atención de entomólogo, se hallaba casi enteramente al descubierto. ¿Qué
podía importar si unos segundos antes lo estaba por completo? “Ahora veamos el efecto de la
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parte posterior. Así, apoyadita en la mesa. Las grupas, más altas. Bien. ¿Qué tal?” Imponente,
sobrecogedor”. Respondieron. “Pero quién ¿las braguitas o ella?” “Ambas, pero sobre todo
ella.” “Se me acaba de ocurrir que siempre habrá en el público alguien que, como yo ahora, se
pregunte si ese ligero cordón, casi un hilo, molesta realmente para la penetración.
Constantemente trato de ponerme en el lugar del público y de pensar lo que ellos piensan. Es
el secreto de la longevidad de mi espectáculo. Hay otros cabarets de prestigio a los que la
gente va como quien visita cualquier otro monumento de París. Al mío se acude a causa de la
certeza absoluta que tienen de alcanzar el paroxismo de la excitación.” Elise ya sabía que se la
iban a tirar allí mismo y que aquello no era más que una excusa. Pero sabía también que sólo
era un juego y que tenía que seguirlo. De no haberlo hecho, al día siguiente habría sido
despedida sin contemplaciones. “A ver, que alguien nos saque de dudas, tú mismo, si quieres
–señaló al más joven, casi un adolescente-. Pruébalo, dinos si ese fino cordón de terciopelo
irrita, distrae o si bien su roce aumenta el placer.” El interpelado procedió a quitarse la
chaqueta, luego los pantalones y camisa. Elise, dócil, sin perder la sonrisa y sin cambiar un
ápice la posición que le habían pedido, lo miraba hacer y se abandonaba por completo a la
lógica de los acontecimientos. Trataba de distenderse también porque debían pillarla excitada
y mojada y practicable, ello era esencial. Tuvo tiempo igualmente de mirar a través de los
ventanales e imaginó que tras los visillos la observaban decenas de ojos y que sus propietarios
se masturbaban ante el espectáculo irresistible que estaban contemplando, lo que contribuyó
no poco a culminar el proceso de preparación, antes de sentir que le hincaban por entero y de
un solo golpe el no por esperado menos sorprendente ariete. “Para el primer puyazo no
molesta, desde luego”. Ella bien sabía que jamás la habían sorprendido seca e impracticable
“A ver ahora qué sucede con el reiterado castigo de varas” El émbolo comenzó a deslizarse
por el interior de su tubo con un movimiento uniformemente acelerado y a ella a gustarle cada
vez más. Todos los demás, sin excepción, escrutaban cada uno de sus gestos. Un último
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escrúpulo le impedía gozar abiertamente, aunque todo su interior lo hacía ya con una
intensidad tan vehemente que pronto resultaría vano cualquier intento de disimulo. Una vez se
le escapó el primer grito, los demás le salieron a borbotones de la boca, hasta que a cada
empellón le correspondía uno. También el joven se puso a rugir como un león dentro de ella.
Hasta que al final se abandonó por completo y un flujo de lava le abrasó las entrañas. Ya no
gritaba, gemía con un placer tan intenso que tenía todas las apariencias del dolor. El
muchacho se sirvió de ella una segunda vez y una tercera. Ella lo incitaba sin parar,
ayudándolo con los movimientos rítmicos aprendidos en el escenario y aplicados
posteriormente a la vida real. Cuando al fin desenvainó la espada, ella no se movió, deseando
en el fondo de su alma, que otro tomara su lugar. “En verdad, no molesta para nada el dichoso
cordón. Aunque tampoco creo que añada nada. Uno se olvida simplemente de él,
especialmente si se calza a una hembra así.” Pero los demás se tiraron a las otras, mediante un
procedimiento similar. Sólo hacia el final, cuando el río andaba ya muy revuelto, le dieron
unos cuantos embates más por detrás, mientras la hacían chupar. Otras veces, en cambio, el
patrón las ignoraba durante largas temporadas, lo que las hacía sufrir, pues en todo momento
andaban esperando que las empalara en los probadores, donde estaban desnudas y listas para
el empleo, como a veces, de hecho ocurría, o en los corredores, por los que ellas transitaban
peor que desnudas. Mas eran temporadas de vacas flacas, en las que él les imponía la más
absoluta abstinencia y les prohibía cualquier desliz en el exterior. “Que ninguna me salga al
escenario sin desear en cuerpo y alma el arado del varón. Sois tierras labrantías y vuestra
vocación es abriros por todos vuestros pliegues.” Y Elise danzaba imaginándose la afilada
punta de un arado rozándole la vagina o incluso el esfínter, jamás daba un paso en falso ni
hacía un movimiento desacompasado. Y en ciertos instantes privilegiados de su actuación,
cada espectador conocía que todo el volumen del cuerpo de ella se había estremecido por un
golpe seco dado con su propio falo.
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Llegada a la tienda, se preguntó si alguien la había reconocido. Pero nadie daba la impresión
de haberlo hecho. La atendieron como a una cliente normal, sin distinción de ninguna clase.
Se sintió con el ánimo adecuado para hacer una buena compra. Preguntó si podía probarse los
modelos y le señalaron los probadores, al fondo. Esa vez sí iba a utilizar los probadores
porque había dos o tres hombres pululando, medio escondidos tras el género, la mayor parte
de las veces transparente, aunque sin mostrarse intransigente con las rendijas que a veces
quedaban tras cerrar, con un gesto único y natural, la cortina. Si alguno conseguía vislumbrar,
en cualquiera de los espejos, una parte más o menos extensa de su cuerpo, no había mal en
ello.
Adrien les había dejado la puerta entreabierta. Lo encontraron en el salón, frente a su
ordenador portátil. Les pidió que lo siguieran al despacho, donde conectó el aparato a una
impresora, la cual comenzó enseguida a vomitar papel por un tubo.
-Me lo acaba de mandar Yohan, con la recomendación de que comencemos a estudiarlo sin
aguardar más. Lo voy a dividir en tres montones iguales y nos ponemos manos a la obra de
inmediato.
-Pero bueno, ¿qué maneras son éstas de recibirnos?¿Qué tal se encuentran tu mujer y tus
hijos, Raymond?¿Y tú, James?¿qué tal te ha ido desde la última vez que nos vimos, hace ya
ocho meses?
-Disculpadme, pero es que a mí todas estas cosas me ponen de pésimo humor. No me
agrada la idea de desplazarme, sobre todo mis hijos me preocupan, me obligan a tener
continuamente un ojo sobre ellos. Y cuando viajo, me gusta arreglarlo todo pronto y bien.
Llego aquí y me encuentro con esto. Así que ya os podéis figurar cómo me siento. Mi parecer
es que procuremos aclararnos bien las ideas los tres, Yohan es la fuente de la mayor parte de
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la información, se supone que domina el tema, los demás ya se irán incorporando como
puedan al tren en marcha. En cuanto estemos al completo, pasamos directamente a la
deliberación y zanjamos el asunto.
-Me parece razonable lo que dices. Considera, no obstante, que, en cualquier caso, Yohan
no estará aquí antes de tres días. Y eso aplicando una previsión optimista. Tomando pues en
cuenta dicha estimación, creo que podemos concedernos una breve siesta, después de comer
lo primero que encontremos en la nevera. Ten en cuenta que James y yo hemos hecho un viaje
de diez horas.
Por toda respuesta, Adrien exhaló un profundo suspiro. Volvieron con el rimero de folios y
el ordenador al salón. Con gesto fatigado, Adrien les indicó la cocina.
-En la nevera hay víveres para un mes. Y en la entrada, cerveza para un año.
-¿Has comido?
-No.
-Pues venga. A ello.
Adrien se resignó a quitarse de delante de la pantalla. Se dirigió al frigorífico, seguido por
los otros dos.
-Veamos…¿qué os parece pollo frito con patatas?
-Perfecto, sácalo y tú, James, haz las raciones y caliéntalas en el microondas, mientras yo
pongo la mesa.
-¿Hay cerveza fría?
-Claro, mira.
-¿Quién ha preparado todo esto?
-Parece que la mujer de Yohan ¿quién iba a ser si no?
-Podía haberlo encargado a una empleada del hogar o haber mandado directamente el
pedido a un supermercado ¿qué se yo?
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-No. Creí entender que era la mujer de Yohan quien debía ocuparse personalmente de ello.
-Pues presumo que es una mujer que conoce bien a los hombres.
-¿Qué sabrás tú? Anda, ve poniendo esto en el microondas.
Diez minutos más tarde estaban comiendo ante el televisor. En los aeropuertos de Orly y
Charles de Gaulle reinaba el desbarajuste más absoluto. Sindicatos y gobierno se tiraban
mutuamente los tejos a la cabeza. Por su parte, los viajeros, temiéndose lo peor, comenzaban a
contestar mal a las preguntas de los periodistas.
-Me parece que Yohan ya puede comprarse una casa en Singapur.
Raymond rió la salida de James. No así Adrien.
-Si te gustan las gracias, puedes empezar por fregar los platos el primero.
-Siempre y cuando se establezca un turno riguroso.
-Se establecerá.
Entre los tres quitaron la mesa y James, como prometido, se situó ante el fregadero y la
emprendió con los platos. Después de la siesta, leerán unas cuantas páginas de esa novela de
amor que les ha enviado Yohan y luego les convencerá para que salgan a tomar una copa y tal
vez, si les enreda un poco más, acaben la noche en un cabaret. No se le despintaba de la
memoria la poderosa imagen de la mujer que había cruzado en el aeropuerto, se dijo que ella
muy bien podía trabajar en un cabaret de París. Y no de los peores. En todo caso, un cuerpo
así, era un desperdicio que no fuera expuesto a la contemplación pública. Si París poseía cien
mujeres así, podía considerarse una ciudad afortunada. ¡Joder y además es que era guapísima
de cara! Y qué empaque para responder a su picante atrevimiento con esa sonrisa de absoluta
comprensión del deseo masculino. ¿Pero qué quieres, no voy a ir dándome a todos los
hombres que se queden prendados de mí? Sería el cuento de nunca acabar, terminaría
perdiéndole el gusto a la cosa. Claro. En fin…algún afortunado mortal la tendrá esta noche en
la cama, en un rincón ignoto del globo.
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Cumplida su obligación, se dirigió al cuarto que se había reservado, el cual resultó ser la
habitación de matrimonio. Pero los demás se habían pillado las otras. Tendrá que compartirla,
sin duda, con Yohan cuando éste regrese y los demás con otros… Cuando estén todos al
completo, serán una buena cuadrilla, metidos en un solo apartamento, aunque grande. Abrió la
cama. Las sábanas estaban recién cambiadas. Sin embargo en la pieza flotaba un olor suave
que le pareció intensamente agradable. Descorrió los visillos y se encontró con una Torre
Eiffel a una distancia insospechadamente corta. La novia de París, con sus interminables
piernas. El sol había entrado a raudales. Sin embargo, no volvió a correr los visillos. Se
acostó, arropado por el sol y por unas sábanas blanquísimas. De repente, con los ojos
cerrados, cayó en la cuenta, olía a perfume de mujer. En la atmósfera luminosa de esa
habitación flotaba un suave aunque inconfundible perfume caro de mujer.
Entró en Galerías Lafayette sin un objetivo concreto, para pasar el rato. Obviamente se
compró cosas, todas ellas susceptibles de ser catalogadas dentro del campo de su vestuario
esotérico. Era lo único que le apetecía comprar ese día, definitivamente colocado bajo el signo
de la feminidad. Más precisamente de la sensualidad femenina. Encontró un magnífico traje
muy ajustado y dejando al descubierto una porción inconcebible de la espalda y otra no menos
alucinante de las piernas. Como era habitual, un cierto número de curiosos vigilaba de lejos o
de cerca sus evoluciones ante el espejo, sus entradas y salidas de los probadores. Doctora
consumada en el arte de la seducción, empleó todos los gestos y posturas de la gama baja,
aprendidos y refrendados en el escenario. Los gestos de la gama baja eran imprescindibles
para mantener la tensión durante los momentos, necesarios, de anticlímax. También en el
escenario regía esa regla, por lo demás general, de balance entre tensión y calma. Y ahora que
mencionaba ese principio universal del que tanto les había hablado el patrón, comprendía
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mejor esa tensión particular a la que estaba siendo sometida por su naturaleza íntima. Era tan
intensa justamente porque la calma chicha había reinado en ella durante un tiempo acaso
excesivo y la ley del péndulo es implacable. De ese poder avasallador sacaba el gusto y la
dedicación por ese espectáculo al que se estaba consagrando. Realmente echaba de menos el
“Crazy mare” y, mientras se probaba el vestido sintiendo a lo largo de sus formas las miradas
cálidas de los curiosos, se propuso reconsiderar la propuesta del patrón, quien apuntó la
posibilidad de trabajar, como él dijo, a tiempo parcial, es decir, esporádicamente, así, cuando
a ella le viniera en gana, cuando le viniera el gusto, dijo él. Y añadió maliciosamente: a lo
mejor, cuando tu marido esté ausente y te aburras sola en casa. Únicamente tienes que venir
un poco antes, ensayar tus números de siempre, porque donde hay siempre queda, y eso sí,
mantenerte en forma permanentemente practicando los ejercicios físicos en casa, combinados
con algún deporte. Precepto este último que ella había aplicado con cierta constancia, aunque
sólo fuera por higiene de vida, pero también porque era perfectamente consciente de que su
cuerpo, tal y como estaba constituido y trabajado, era una fuente constante, así como una
herramienta, de placer y satisfacción, tanto en el plano físico como en el psíquico.
Era una mujer y, en cuanto tal, dejó pasar las horas en el reputado centro comercial sin
apenas sentirlas. Cuando salió a la calle, comenzaba a anochecer. Debía transportar su
pequeño maletín de viaje y varias bolsas de plástico con las compras que acababa de realizar.
Estaba claro que, con toda aquella impedimenta, debía regresar a casa ya. En el fondo lo
estaba deseando y lo estaba temiendo a la vez.
James se levantó de la siesta como un hombre totalmente nuevo. Había dormido
profundamente y había tenido, al propio tiempo, sueños agradables. Una vez más se
confirmaba su teoría de que, cuando más intensos eran los sueños, aunque fueran pesadillas
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que dan la impresión de un prolongado sufrimiento, más fresco y descansado se levanta uno.
El sueño había estado, por supuesto, sobrecargado de erotismo. La culpa, evidentemente, su
encuentro de la mañana. Ese tipo de mujeres percuten donde más duele y los golpes que dan
alcanzan a lo más hondo. Apareció como un espejismo provocado por el exceso de luz en la
misma habitación donde dormía. En un principio no había notado su presencia en la cama.
Depositó el maletín en el suelo y se deshizo de su chaqueta, la cual colgó sobre el barrote de
una silla. Abrió un cajón de la cómoda situada no lejos de la puerta y dejó caer algo que
resonó en el vientre de madera. Bordeó la cama, todavía sin verle, y se plantó ante el vasto
espejo de la otra cómoda, a su izquierda. Boca arriba como él estaba, pudo contemplarla a su
sabor. Allí comenzó a desnudarse con una lentitud y una gracia mezclada con sensualidad que
a él le pareció increíble. Era como si hubiera proyectado pasarse una noche entera sólo para
desnudarse. Además, cuando le parecía, él tenía la facultad de poder rebobinar las imágenes,
sólo que aquellas eran imágenes vivas, volver atrás y saciarse de nuevo con la contemplación
de los pasajes más impactantes, cuando cayó la blusa y apareció la escultural espalda color
corteza de pan hasta más debajo de la cintura, donde arrancaban las curvas que empezaban a
formar la convexidad de las nalgas, cuando cayó la falda con ese característico movimiento
ondulatorio de caderas que todas las mujeres conocen bien pero que en ella era lancinante,
insufrible. Cuando alzó en ángulo recto su pierna, potente, intolerablemente larga y
maravillosamente torneada, para pasar su falda por debajo de los pies calzados con zapatos de
tacón, uno de esos tacones de aguja que tan bien las levantan por atrás cuando están
buenísimas como ella. Finalmente detuvo la imagen durante un período que sólo se resigno a
romper para saber qué iba a ocurrir después, cuando ella apoyó ambas manos sobre la cómoda
para acercar su cara al espejo y verificar si su maquillaje se mantenía intacto. Llevaba puesta
una exigua combinación negra. Con esa inclinación, su cuerpo formó un ángulo ligeramente
oblicuo, las nalgas, totalmente dejadas al descubierto por unas braguitas que por detrás se
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limitaban a un tenue hilo negro, subieron unos grados y eclosionaron con toda su rotundidad
de gigantesca fruta tropical en plena sazón. Y lo que ocurrió después es que, a través del
espejo, se dio cuenta de su presencia. No se inmutó en exceso, no hizo alharacas, tan sólo
percibió un ligero temblor en sus senos casi desnudos, redondos y tersos como dos buenas
naranjas de las grandes. Sonrió, simplemente. Le obsequió con el bálsamo de aquella sonrisa
que no había conseguido, ni intentado, apartar de su mente. Una vez más leyó en ella una
absoluta indulgencia por el deseo que él sentía con tanta fuerza. Paró de nuevo la imagen,
dejando que la retina absorbiera hasta el menor detalle, tratando desesperadamente de grabarla
en su memoria con el cincel de la voluntad acicateada por ese deseo que lo inundaba y lo
henchía y lo torturaba porque no podía moverse. Al tiempo que temía perder esa visión para
siempre, le hurgaba una cruel curiosidad con su despiadado tridente. ¿Qué haría ella después?
Esa diosa venida de un mundo sobrehumano, inhumano, la percepción del cual el ojo de un
hombre no podría soportar por mucho tiempo sino a costa de atroces tormentos. Dejó que las
cosas siguieran su curso. Se irguió, lo miró con una mezcla de ligero asombro e incipiente
ternura. Luego retrocedió un poco hasta el sofá blanco y se apoyó sobre uno de sus brazos de
nata dura, el cual alcanzaba la misma altura que el respaldo, por lo que su cuerpo sólo se
doblaba ligeramente, como si estuviera sentada en el taburete de la barra de un bar, formando
otro ángulo oblicuo, mas esta vez cercano a los ciento ochenta grados. La luz del sol
iluminaba la parte superior de sus muslos, ligeramente separados en un delicioso abandono,
dibujaba en el abdomen un triángulo isósceles con la punta hacia arriba y luego reverberaba
en sus senos, turgentes, ponía de relieve sus clavículas y desvelaba para siempre la magia
terrible de su rostro. Ahora lo consideraba seriamente, como diciendo ¿qué voy a hacer
contigo? Eres incorregible. Y él detuvo esa imagen durante un tiempo que le parecía
imposible estimar. ¿O fue ella quien detuvo el tiempo?
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Finalmente se puso en pie y caminando como una diosa que consiente rozar el suelo se
acercó a la cama. Sin embargo, mientras venía, él supo que ya era demasiado tarde pues poco
a poco se despertaba. Ella levantó las cobijas y se introdujo debajo, junto a él pero sin tocarlo.
En cambio, alcanzaba a sentir nítidamente la tibieza que aquel cuerpo irradiaba con notable
intensidad y con ella le llegaban efluvios de su perfume, de ese mismo perfume que flotaba en
la atmósfera encantada de esa habitación y que percibió nada más entrar. Te gusta lo que has
visto, ¿verdad? Es más de lo que tú puedes soportar. La lengua se le había quedado pegada al
paladar, sus brazos petrificados. No era mi intención desvelarte mi cuerpo, pero bien veo que
tampoco es tu culpa. Lo que está hecho, hecho está. Sin pretenderlo, he encendido dentro de ti
un fuego que te abrasa, por eso me siento en deuda contigo. Prométeme que no dirás nada a
nadie y te haré cuanto tú quieras.
Con el colosal esfuerzo que hizo para desplegar los labios y prometerlo, lo único que
consiguió fue despertarse. Abrió los ojos de par en par y la rosada luz del sol crepuscular que
formaba un alargado rectángulo, el cual atravesaba la habitación, subía por encima de la cama
y se encaramaba por la pared frontera, le permitió comprobar que estaba completamente solo.
¡Joder!
Apartó con rabia las crujientes y tersas cobijas. Se levantó de un salto buscando su ropa, se
vistió deprisa y mal, tratando de retener las visiones que había tenido, pero que se le
escapaban como agua entre los dedos. Salió refunfuñando, pero contento en el fondo de haber
vivido aquello, aunque sólo fuera en sueños. Además, se hallaba completamente restablecido
de la fatiga del viaje.
Adrien y Raymond se habían instalado en la mesa del salón. Trabajando ya.
-A buenas horas, mangas verdes.
-Pero qué pedazo de siesta te has hecho, pajuel.
-¿No habéis dormido vosotros?
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-Sí, pero moderadamente.
-Pues yo he dormido a pierna suelta.
-Ya veo. ¿Sabes qué hora es?
James miró el reloj del aparador. Eran las seis en punto. Fue a la cocina y se sirvió un buen
vaso de agua fría. Luego, se sentó en el sofá.
-Dejad que me despierte paulatinamente. Que vengo de muy lejos.
-Sí, de los Cerros de Úbeda vienes tú.
-Puede…
Cerró los ojos, respiró profundamente durante unos minutos y, para no hacerlo muy largo,
se levantó y fue a sentarse ante el montón de folios que le habían dejado a su cargo. De la otra
pila de folios en blanco que se alzaba en el centro de la mesa, tomó unos cuantos, los puso a
su vera. Pidió un bolígrafo. Le alcanzaron un bote repleto de ellos. Dio un profundo suspiro y
se dispuso a leer, subrayar y tomar nota durante un lapso de tiempo que no se atrevía a
predecir.
Pero aún no había logrado comprender de qué trataba el primer documento cuando sonó el
timbre. Raymond se levantó presto para abrir. Regresó seguido por François.
-¡Hombre, ya van llegando!
-Has tenido mucha suerte, porque en el boletín de noticias de este mediodía decían que los
aeropuertos estaban colapsados.
-Para vuestra información, os diré que, desde hace algún tiempo, se puede venir, de Londres
a París, con el tren.
-¡Ah, acabáramos!¡Así cualquiera!
-Pues claro. Anulé la reserva de avión y cogí el tren. Tan campante.
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-Muy bien, muchachote. Empieza por elegir con quién quieres compartir habitación, pues
cada uno de nosotros se ha pillado una de las tres que hay. O bien el sofá, pero para ello tienes
que declararte como el más nictálope de todos.
-Yo con la mujer de Yohan. Me han dicho que está como un tren.
-¿Sí?
-Pero como un tren al que le hubieran enganchado veinticuatro máquinas movidas a
propulsión nuclear.
-¡Joder!
-¡Quién pudiera!
-¿De verdad que está tan buena?
-¡Hombre, yo no la he visto nunca! Pero cuando comenté a los colegas que venía al
apartamento de Yohan, dos de ellos que habían tenido el placer de conocerla, se hacían
lenguas.
-Pues os vais a fastidiar, porque se ha ido esta mañana a Boston, donde vive su madre.
-A fastidiar todos, porque a tu edad, según tengo entendido, todavía se planta. ¿O no?
-¡Pues claro que se planta, so capullo!
-También yo sabía que no iba a estar. Era hablar por hablar.
François echó un vistazo sesgado sobre la mesa.
-Os advierto que yo, después del viaje que me he zampado, no doy ni golpe hasta mañana
por lo menos.
-¡Menuda panda de haraganes!¿Y qué diablos vais a hacer ahora?
James no dejó pasar la ocasión.
-Os propongo unas copas, unas cuantas partidas de póker, una buena cena con las
provisiones que hay en la nevera y seguidamente: París by night.
Hubo quórum.
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-¡Miserables! –rezongó Adrien.
Todos se rieron de él, por lo que también él acabó haciéndolo.
Encontraron un excelente güisqui de dieciséis años en el mueble bar, hielo en la nevera, una
baraja nueva en una gaveta del aparador, los cartones de tabaco de la entrada y, de repente, un
excelente humor.
-A mí no me pongáis hielo con ese güisqui –advirtió Adrien.
Tres cuartos de hora después, la atmósfera podía cortarse a rebanadas dentro de ese salón.
El licor y la emoción del juego les habían dado calor y comenzaron a quedarse en mangas de
camisa y éstas arremangadas. En eso se oyó un chasquido en la puerta. Claramente oyeron
cómo el cerrojo daba vueltas. Se hizo de repente un silencio de mausoleo.
-¿La llave continúa debajo del felpudo?
-No.
La puerta se abrió, pero desde donde estaban no podían verla.
-¿Yohan?
No hubo respuesta. Si Yohan llega a pillarlos en tal estado se arma la de San Quintín. La
puerta volvió a cerrarse. Nadie respiraba. Los ocho ojos que componían el conjunto de los
ojos que había en el salón estaban todos clavados en las cortinas que, de un momento a otro,
amenazaban con abrirse.
Entonces amaneció de ellas una aurora imposible, un sueño inalcanzable, un delirio con la
forma y las apariencias de una mujer. Todos empezaron por sentir un tremendo vuelco de
corazón, seguido de un impacto en medio del pecho, como si una ola les hubiera golpeado de
lleno en esa parte. Dos de ellos se dijeron: la mujer de Yohan. Los otros dos se dijeron: la
mujer del aeropuerto y se quedaron aún más confusos que los primeros. Ya éstos estaban
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dudando entre dar o no dar crédito a sus ojos. También ella había reconocido a los dos
apuestos ejecutivos de la mañana y, durante unos instantes, una turbación, que la hacía
parecer una adolescente que entra por equivocación en un antro de vicio, le selló los labios.
Afortunadamente, la veteranía, que siempre es un grado, de Adrien, le permitió sobreponerse
el primero a la conmoción general y reaccionar con una relativa naturalidad.
-Claro. También su vuelo ha sido cancelado.
-¿También?
-Sí, bueno… Sólo hemos conseguido llegar cuatro de los siete. Los demás, entre ellos
Yohan….tienen los vuelos cancelados….
Esta información provocó que pasara y repasara un ángel. Ella seguía plantada ante las
cortinas. Se diría que dudaba en entrar en su propia casa. Sus palabras sonaron a disculpa.
-Han dicho que me llamarán en cuanto se restablezca el servicio.
-Por supuesto. Pero que no se den prisa. Nosotros estamos encantados de tenerla aquí.
Además, está usted en su casa. Faltaría más. Ah, déjeme ventilar un poco. Estábamos entre
fumadores y no nos habíamos dado cuenta de hasta qué punto se había cargado la atmósfera.
Elise recuperó un poco de confianza. Y hasta se atrevió a arrancarse con una leve
coquetería.
-Siento venir a interrumpir esta atmósfera tan masculina.
-No se preocupe. Le recuerdo una vez más que es usted quien está en su casa. Lo cual le
otorga la prerrogativa del mando. Ya sabe, usted a mandar y nosotros a obedecer.
Elise sonrió al fin con su sonrisa de ella.
-¿Pero qué formalismos son éstos? Mi primera orden es que dejen de hablarme de usted.
-Oír es obedecer.
-Bueno, voy un poco a mi habitación. A ponerme algo más cómoda.
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James, que unos segundos antes había conseguido la lividez de un cadáver, enrojeció hasta
las orejas.
-Ah…en fin…resulta que…
Por un momento ella creyó que iba a disculparse por lo de la mañana, en el hall del
aeropuerto. Si hubiera podido, le habría puesto la mano delante de los labios. No quería que lo
hiciera. De haberlo hecho, algo se habría roto entre ellos. Pero James continuó.
-….cuando esta mañana me dispuse a elegir habitación…sólo quedaba la del fondo….y la
del fondo…he visto que es la de matrimonio…luego la suya… El caso es que he dejado mis
cosas allí….¿Me permite que vaya antes a recogerlas?
Elise sonrió aliviada.
-¿De qué me sirve dar órdenes si luego no son obedecidas?
-No entiendo…
-¿Acaso no acabo de ordenar que se me tutee?
-Ah, sí. Perdón….Sí, es verdad. No recordaba…En fin…voy…
Por fortuna no había deshecho la maleta. Regresó de inmediato. Elise volvía del recibidor,
cargada con sus cosas. Todos hicieron un esfuerzo por no mirarla mientras pasaba. Al menos
no esa primera vez. Tiempo habría para ello. Desapareció por el corredor, rumbo a su
habitación, en tanto que los hombres se quedaron tan pendientes del retumbar de sus tacones
como lo hubieran estado de unos tambores lejanos en lo más espeso de la selva.
-¿Qué?¿está o no está como un tremendo tren de mercancías?
-Retiro lo que he dicho a propósito del París by night.
-¿Y qué vamos a hacer aquí, cuatro lobos hambrientos y un cordero lechal en medio?
Los ojos de Adrien relucieron con un brillo de sátiro que nunca antes le habían conocido.
-Pues dejar que la situación madure.
-¡Caramba con el viejales!
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-¡Oye tú, un poco de respeto, o te doy un coscorrón! Hoy en día, a los cincuenta años no se
es viejo. Se nos denomina de mediana edad. Ojo. En todo caso yo no voy a ninguna parte. Ya
no era partidario antes, ahora menos todavía.
-Pero si se te caería la baba, con una hembra así.
-No sabes lo que dices, muchacho… Las hembras así, son para el género provecto, como
yo. Los jóvenes empináis con cualquiera de ellas. Los viejos necesitamos buenas mujeres y
buen vino. Y hay algo en su naturaleza que se lo hace saber.
-Sueñas, Matusalén.
-Soñáis ambos. Pero ¿qué os habéis creído? Es la esposa de Yohan y no va a permitir que se
la tiren alegremente cuatro tíos a la vez, los cuales, por añadidura, son compañeros de trabajo
de su marido. Por muy puta que sea, y no me refiero precisamente a ella, toda mujer mira
primero que nada su posición social. A no ser que no tenga ninguna y entonces a Roma por
todo…
-En cualquiera de los casos, os digo que, esta noche, el mejor cabaret de París se encuentra
precisamente aquí. Y que por lo menos los ojos van a tener su parte del león, aunque salga en
vaqueros y camisa a cuadros.
Nada más cerrar tras de sí la puerta de la habitación, permaneció unos instantes reclinada en
la misma, con los ojos cerrados, cargada como estaba. Necesitaba deshacerse por completo de
la tensión que la había tomado al entrar en casa. Inmediatamente notó un suave olor a hombre,
como el perfume de una resina rara. Adivinó cuál era la fuente de la que emanaba. Encendió
la luz y comprobó que, en efecto, la cama estaba deshecha. Instintivamente comenzó a
desnudarse delante de la primera cómoda. La cama abierta era como un imán caliente detrás
de ella. Procuró no mirarla. Avanzó hasta la segunda cómoda y se colocó frente al espejo.
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Observó bien todo ese inmenso cuerpo suyo que le pedía guerra. Notó que, pese a la
intensidad del día que había vivido, no había perdido apenas la frescura de la mañana. Se
acercó apoyándose en la cómoda para escrutar su rostro, únicamente encontró un ligero brillo
en el cutis. El maquillaje estaba perfecto. Tomó conciencia de la posición en que se
encontraba. La posición de ofrecerse por detrás. La posición con que las yeguas reciben al
semental. La posición que más subleva y enloquece a los hombres y que tanto había ensayado
ella, ante miles de ellos, sobre el escenario, bajo la obsesiva mirada de una nube negra de
machos excitados hasta el paroxismo, la verga durísima pugnando por reventar las braguetas.
Era eso o nada, el delirio o la tibieza de las mujeres ordinarias. Y ellas formaban parte de la
mejor yeguada de París, lo que equivale a decir del mundo. Una yeguada pura sangre. Y los
hombres debían rugir de placer, por lo menos desde dentro.
Sin moverse, miró a través del espejo la cama abierta, la blanquísima sábana doblada.
Imaginó allí a ese hombre atlético, de piel curtida, macerada por el sol. Deseó que estuviera
allí, viéndola y le brindó esa posición, a él. Miró más arriba, siempre a través del espejo. Los
visillos estaban corridos. Sabía que, si encendía la luz, los dos o tres adolescentes que se
masturban a menudo mirándola, tendrían ocasión de contemplarla a la perfección. Lo hizo.
Tenía necesidad de provocar, a cualquier distancia, la exaltación masculina, ese magnetismo
de signo opuesto, que le da la vida, sin el cual no concibe una existencia digna de ese nombre.
Además, los que la miran desde allá enfrente, lo hacen con prismáticos, e incluso con
telescopio. A veces lo hacen los hijos y a veces lo hacen los padres. Según la distancia
ficticia, sentida, está al alcance de su mano. Que disfruten conmigo, que se la piquen hasta
caer extenuados, cualquiera que sea la generación a la que pertenezcan, o ambas generaciones
mezcladas, cada uno en su palco, o en el cine, o en un cabaret que tuviera palcos. Me siento
honrada y útil si puedo ofrecerles eso.
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Fue a sentarse sobre el brazo del sofá blanco, a fingir que meditaba, pero en realidad para
darse a la contemplación en otra posición distinta, igualmente insinuante, con las rodillas
ligeramente separadas, los pies más separados aún, una posición que pone de manifiesto un
dulce abandono, una cierta disponibilidad, una dejadez insinuante. La lámpara está provista de
una pantalla opaca que proyecta la luz ligeramente inclinada hacia abajo. Es como un foco
cuya luz la recibe, en toda su plenitud, sobre la entera superficie de su piel. La persiana de uno
de los apartamentos había oscilado. Estaba segura de que, por lo menos desde allí, alguien la
observaba amparado en la oscuridad. Ella podía pensar en lo que quisiera y pensó que el
negro del metro, el segundo, porque para el primero no convenía esa posición, demasiado
precaria, con un solo empellón le haría perder el equilibrio y la enviaría en medio del sofá, el
exceso de verga que tenía requería una posición más sólida, como por ejemplo la anterior, con
ambas manos apoyadas sobre la cómoda, el segundo pues, primero se agachaba para comerle
con sus labios pulposos la vulva que ella tan amablemente le ofrecía, luego, con su vara fina a
fuerza de ser larga, ligeramente arqueada hacia arriba, la penetraba con suavidad, con ritmo
creciente alternando con períodos más pausados. Pensando eso, se le levantaba por sí solo el
mentón, se le abrían los labios como si fuera a emitir un gemido, pero en realidad era para dar
curso a su respiración entrecortada.
Considerando que debía dejarles el tiempo necesario para una masturbación consecuente. Y
sabiendo que un individuo que se encuentra en la adolescencia tardía necesita venirse por lo
menos siete veces para quedarse satisfecho, recordó cómo, durante aquella época, cuando
masturbaba a su primo, podía pasarse en ocasiones tardes enteras antes de que se confesara
apaciguado, decidió en consecuencia permanecer allí durante un lapso razonable. Su primo de
Boston, todavía se la quiere follar cada vez que va. En cuanto tiene la menor oportunidad, por
arriesgado que resulte el acto, se lo propone. Ella sólo lo consiente cuando no corren ningún
peligro de ser descubiertos, ni por su mujer, ni por sus hijos, que ya van teniendo edad de
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intuir ciertas cosas. Ah, su primo Charles, cuando descubrió que las mujeres más zorras
hacían la felación a los hombres. Primero no tenía ni puta idea de lo que era una felación.
Pero lo buscó en el diccionario. La consultó. ¿Tú crees que una felación puede dar más gusto
que una buena paja? No sé. Venga, vamos a probar. A ver…Yo me pongo aquí en el sofá,
sentado. Ya está. Tú te arrodillas delante de mí. Bien. Yo me la saco porque tú tardas una
eternidad. Bueno, empieza. ¿A qué? Pues a hacer la felación. Pero si no sé lo que es, ¿cómo
quieres que te la haga? Explícamelo tú. Yo…no sé, no recuerdo muy bien. A ver, alcánzame
de nuevo el diccionario. Felación, aquí está: acto sexual consistente en excitar las partes
genitales masculinas mediante caricias bucales. ¿Y eso qué quiere decir? Espera, a ver,
sinónimos: chupar, mamar, sorber, succionar… ¿Eso sí sabes hacerlo, no? Sí, pero…¿Pero
qué? Es que por ahí meas, con la mano no tengo inconveniente, pero con la boca, que se
utiliza para comer… ¿Tienes asco de mí? No, no es eso…¿Entonces?¿quién me va a hacer a
mí una felación si no me la haces tú, que eres la chica más puta que conozco y además eres mi
prima? Mira, vamos al baño y te la lavas bien, que yo lo vea…Vale. ¿Está bien así? Enjuágate
y comienza de nuevo. Está bien…Vale, ahora sécate bien y vamos al sofá, a ver si ahora me
atrevo. El pequeño pene estaba fláccido después del tratamiento sufrido con el agua tibia. Ella
lo cogió con dos dedos y se lo acercó a los labios. Rozó el prepucio con su lengua. No tenía
ningún sabor particular. Se puso la punta solo entre los dos labios y apretó un poco, antes de
decidirse a redondear los labios y a envolver el glande. Apenas un ligero regusto a jabón. No
veía nada de particular en ello. Bien podía imaginarse que es uno de esos caramelos que
venden con un bastoncito incrustado y chuparlo concienzudamente. Ni corta ni perezosa, así
lo hizo. A poco comprobó que se ponía tan duro como cuando practicaba la masturbación y
casi tan duro como las hechas de caramelo de verdad. A partir de ese día, Charles sólo quería
felaciones, es decir mamadas, y sólo muy de tarde en tarde alguna paja. Luego le permitía que
fuera con él al parque, a jugar con sus amigos. Se lo pasaban muy bien.
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También tenía que considerar seriamente el comportamiento que iba a adoptar ante esa
jauría de machos que había invadido su casa. Por una parte sabía que no conseguiría ahogar
ese prurito de seducción con el que había amanecido el día y luego se había exacerbado con la
aventura del metro. Tenía que contar con ello, vana empresa sería fingirse una monja clarisa.
Aparte de que una brecha se le había abierto en el costado, la sonrisa de agradecimiento y
comprensión con que les había obsequiado por la mañana, ante el piropo que seguramente
sería una sinvergonzonería. A buen entendedor…y de seguro que ellos lo eran, más o
menos… Al fin y al cabo, unas coqueterías no hacen de una mujer una puta. Así que no estaba
dispuesta a renunciar a esa pizquita de picante en sus maneras y en su vestimenta. Por otra
parte, debía cuidarse muy bien en no sobrepasar ciertos límites, ese punto de no retorno ni
para ella ni para los demás, porque había mucho en juego. Eso sí, cuando llegara a Boston, se
tiraba al primer hombre que encontrara por la calle, si no se tiraba antes al piloto y al copiloto
del avión. Necesitaba urgentemente que le dieran un soberbio castigo de vara en buena y
debida forma.
Apagó la luz, ya habían gozado bastante para ese día, tal vez por la noche hubiera otra
sesión para los más mayores. Ellos podían, como sin duda lo hacían, llamarle puta y zorra y
mamona, cada vez que quisieran. Estaban en su derecho. Cualquiera hace lo que quiere y dice
lo que quiere en su propia casa. Fue a deslizarse en aquella cama que recién había ocupado el
macho y allí acabó de embriagarse con su perfume viril. Ojala estuvieras aquí. Te haría con
gusto lo que quisieras. Pero tendrías antes que prometerme no decírselo absolutamente a
nadie.
-¿Qué diablos estará haciendo? ¿Por qué no sale? Estoy con el mono de ella. Joder y qué
hasta el fondo se me ha metido.
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-A todos se nos ha metido ¿qué te crees?
-Tranquilos. Ha estado todo el día fuera. Estará cansada. Que duerma un rato en paz. Más a
gusto volverá.
-No me digas eso. Pensar que hace un rato estaba yo durmiendo en esa cama en la que ahora
estará ella, probablemente desnuda, o en paños menores, da igual. Por cierto, se me olvidó
hacer la cama después. Se habrá dado cuenta.
-Peor será esta noche. Cuando nos tengamos que ir todos a requemarnos en la oscuridad
pensando que una mujer así constituida está ahí al lado, dentro de este mismo apartamento,
durmiendo sola.
-A lo mejor alguno no puede resistir y va.
-La ruleta rusa. Un orificio cargado y el otro no.
-Mi consejo sigue siendo el mismo. El que lo quiera tomar que lo tome y el que no, no. Y es
que nadie se precipite, que dejemos madurar la situación. Las mujeres, hasta las más gélidas y
militantemente frígidas, en ciertas ocasiones, más o menos raras, se encuentran de una manera
tal, que son perfectamente capaces de las más descabelladas locuras. No creo que nos caiga
esa breva, pero en todo caso hay que observar correctamente y mantenerse preparado por si
acaso se presentara la ocasión, y entonces saltar sobre ella como un felino.
-Admito que no es un mal consejo, pero por si acaso preparémonos todos a la eventualidad
más probable. Y es que un día de éstos cogerá el avión para Boston y nos dejará a todos más
quemados y más negros que un horno de leña.
-Y lo peor es que la reemplazará el marido y nos pondrá a todos a trabajar como negros,
más negros y más requemados todavía que un horno de leña.
-Miserable desenlace donde los haya.
-Pues anímate, porque es el más previsible.
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-¿Y no podríamos vivir como los griegos, que se intercambiaban las mujeres para que el
pueblo tuviera hijos lo más sanos posible?
-Claro que podríamos, en cuanto tenga tiempo me planto en tu casa y me prestas la tuya,
para que tenga hijos con condón de ella.
-Es evidente que ninguno de nosotros es griego… Pero la cosa cambiaría si lo fuéramos
todos. Quiero decir, todo París, toda Francia, toda Europa incluida Grecia. Todo occidente y
los demás países industrializados….
-¡Déjate estar! A mí, quien me gustaría que se llamara Zorba es el capullo de Yohan…..
Pero me temo que es sólo bretón.
-Si es bretón, no tenemos nada que hacer.
-Bueno ¿trabajamos?
-¿Estás loco?
-Mi consejo es que aprovechemos para trabajar ahora que ella duerme. Porque cuando se
despierte, nuestros cerebros va a dar más vueltas en el interior de nuestras cabezas que unos
calzoncillos dentro del tambor de una lavadora.
Se acercaron pues los cuatro de mala gana a la mesa del comedor, convertida otra vez en
mesa de trabajo. Aún no habían tomado contacto sus posaderas con el culo de la silla, cuando
sonó el timbre.
-¡Coño! ¿Y quién será ahora?
-Yohan no, porque habría abierto con su llave.
Esta vez fue James a abrir y volvió con Pierre.
-¡Vaya por Dios, ya éramos pocos y parió la abuela!
-¡Eh, un poco más de respeto a alguien que acaba de hacer un largo y sinuoso viaje sólo
para estar con vosotros!
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-¡Pero si, a todos los efectos, no hay aeropuertos en París para nadie!¿Cómo diablos te las
has arreglado para venir?
-Me parece notar que no os ha hecho mucha gracia mi llegada. Si es así, doy media vuelta y
me largo por donde he venido. ¡Que se vaya al garete el barco y quienes lo conducen!
-Proposición aceptada.
-¡Idos a tomar por el culo!¿Vale?¿Dónde está mi habitación? Seguro que me habéis dejado
la del fondo, la más alejada del baño, sabiendo que padezco de la próstata.
-La del fondo. Eso quisieras tú.
-No, pero en serio. ¿Cómo has hecho para llegar?
-Pues he anulado el vuelo para París y he tomado otro para Londres y de allí con el
eurostar… Así de fácil. ¿Dónde está el anfitrión?
-¡En Singapur!
-¡Oye, respondedme bien que ya se me está acabando la paciencia!
-No, si está en Singapur de verdad….
-Ah.
-Ya ves…
-¿Y cuándo está previsto que venga?
-Cancelado el vuelo sine die.
-¡Vaya! Voy a llamarle y sugerirle que haga lo mismo que yo….
-Si haces eso que dices, te estrangulo aquí mismo.
-Y yo te corto en pedazos con el cuchillo de partir la carne.
-Y yo quemo los pedazos en el horno.
-Y yo los tiro a la basura.
-¡Pues sí que estáis de buen humor hoy, leche!
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-Tengo un hambre atroz. ¿Qué habéis preparado de cena?
Al oír esa voz, los cinco hombres se volvieron como uno solo. Pierre se quedó estupefacto.
Los demás también, pues temían que hubiera oído la parte final de la conversación. Elise no
había oído nada. Había dormido un rato y al despertarse tomó una ducha bien caliente, como a
ella le gustaba. Luego se sintió muy bien. Se puso delirantemente sexy por abajo, sólo para
ella esa vez, únicamente para sentirse el hilito dentro de la raja trasera como si fuera un pene
chiquitín, aunque largo. Por encima se vistió con unos sencillos vaqueros, pero tan ajustados
que constituían como una segunda piel, y una camisa blanca, un si es o no es escotada, que
también la ceñía en ciertos lugares estratégicos. Los zapatos, sin ser los de antes, seguían
teniendo algo de tacón. Y había llegado al salón todavía con un poco de esa languidez que
otorga el sueño. Allí alzó los ojos, como despertando en ese preciso instante, y tan sólo divisó
al recién llegado después de haber hablado. Deliciosa pensaron todos que estaba Elise, como
para comérsela viva. Adrien reaccionó el primero.
-Disculpa. Enseguida nos ponemos manos a la obra. Permíteme antes que te presente a
Pierre. Pierre, te presento a Elise, la esposa de Yohan.
Pierre comprendió todo en el acto. Y sus ojos pugnaban tanto por reírse que se le
humedecieron, haciéndole brillar la córnea de un modo que nadie hubiera podido determinar
si era de felicidad o de picardía.
-Encantado.
-Pierre es nuestro hombre en Moscú.
-El espía que llegó del frío –murmuró Raymond.
Con las mismas se trasladaron todos a la cocina, por fortuna espaciosa, suficiente en todo
caso. Elise le tomó gusto enseguida al juego de mandar sobre un pelotón de hombres, que la
obedecía como un cadáver a la mano del forense. Tú, lava un par de lechugas. Tú, pela las
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patatas. Tú, córtalas a medida que él las pele. Tú, pon el aceite a calentar. Tú, saca la carne y
sálala. Ella se afanaba también entre todos ellos, sorteándolos, tropezando a veces con alguno
de esos cuerpos macizos, calculando el placer que ellos obtenían de cada breve encontronazo,
aunque, por el momento, no tenían el valor de provocarlo. También se afanaba secretamente
en evaluar el estado del reino que acababa de heredar. Vamos a ver, su ejército disponía por el
momento de cinco caballeros andantes y, en ese preciso instante, cocinantes, todos en perfecta
salud, no parecían tener defecto físico alguno y se movían con toda normalidad. Se preguntó
si sería pronto para averiguar si la nobleza física de cada uno reaccionaba con normalidad.
Nada le impedía efectuar una pequeña inspección subrepticia, aunque sus conclusiones, por
supuesto, no serían determinantes. Hábilmente fue encontrando los ángulos y los momentos.
Cuanto más avanzaba en su revista, menos podía ocultar una sonrisa divertida pues se estaba
dando cuenta de que, desde el primero hasta el último en edad, todos sin excepción tenían un
bulto prominente entre las piernas, lo cual superaba todas las previsiones. Si eso sucede con
estos vaqueros y esta camisa, ¿qué sería si la vieran con los arreos del Crazy mare? Algunos
de los cuales guarda como recuerdo en el cajón de los misterios. Pues bien, era la reina de
cinco caballeros bien armados, aptos en su conjunto para la lidia. Sus edades abarcaban toda
la gama que suscita interés por diversas razones. En un extremo tenía a dos representantes del
género maduro, pelo entrecano, acendrada experiencia, verba abundante y consistente, una
serenidad que siempre le ha encantado poner a prueba, es el sustituto del padre, el arquetipo
de la autoridad, con la ventaja de que se pueden practicar con él juegos concupiscentes sin
cometer incesto. No hay ninguno que sufra de eyaculación precoz, con ellos la ceremonia del
amor y a la par que ella el deseo femenino que exige ciertos protocolos, ciertos ritos, una
serena demora, se prolonga muchas veces hasta el límite de lo soportable. Sólo ellos se toman,
porque además disponen de él, el tiempo debido para degustar el cuerpo de una mujer,
observar sus reacciones, adivinar sus anhelos, sus caprichos, sus pasiones secretas, y casi
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siempre ponen la palabra justa, en el instante adecuado, para una intención precisa, para
nombrar el paso adecuado, para cumplimentar, para animar, para acicatear eficazmente la
libido femenina, lo cual debe hacerse a su debido momento, para culminar etapas, para
alcanzar clímax, y exige términos que pueden parecer algo crudos, pero cuán eficaces para
producir ese orgasmo imparable que tiene el grito sordo o el gemido profundo, inaudible y
casi inconsciente para la mujer que se halla totalmente desesperada de placer, como único
medio de expresión abordable. Le gustan esos hombres maduros porque no dan nada por
nada. Para obtener la recompensa final hay que trabajarlos concienzudamente, con aplicación,
con entrega absoluta a la búsqueda del placer del otro. Y a veces una, si no se ha volcado por
completo, o no ha sido capaz de tener la intuición genial que lo resuelve todo, sufre el castigo
implacable del rechazo. Y ella no querrá sino intentarlo de nuevo, cuando sea y como sea,
porque a una mujer, cuando ha lanzado la maquinaria a todo vapor, no se la puede parar. En
cuanto ha sentido el hierro candente quemándole las entrañas, está totalmente entregada y no
obtendrá la libertad hasta que ese hierro no se disuelva dentro de ella en un chorro de leche
hirviendo y ella se serene. En el otro extremo tiene a un par de representantes de esa primera
juventud, uno de ellos puede que frise su edad y el otro tal vez cuente incluso un par de años
menos, caracterizada por un ímpetu insaciable, incontrolable. Ello tiene sus ventajas y sus
inconvenientes, mientras que en la madurez todo son ventajas. Los inconvenientes, sobre todo
con mujeres como ella que los vuelven literalmente locos en cuanto se ponen desnudas ante
ellos, se derivan justamente del ardor excesivo de su sangre nueva, se comportan como potros
que nunca han sentido la silla, su ansiedad les domina y les hace olvidarse literalmente de
cualquier preámbulo, muchas veces están tan aturdidos que, apenas has tenido tiempo de
verlos venir, ya te han puesto de un zarpazo a cuatro patas, y en un abrir y cerrar de ojos te
encuentras con el ariete ensartado de un solo golpe tremendo, bestial, dado sin avisar, y
recibiendo unos empellones formidables, descomunales, atroces, que la mayor parte de las
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mujeres no están preparadas para recibir antes de llevar por lo menos tres cuartos de hora
encamadas. Y las que sí lo están, cuando alcanzan a recuperarse la sorpresa, constatan que su
oponente ya se ha corrido tres veces. Afortunadamente tienen reservas, si una consigue, claro,
interesarlos de nuevo. Con los hombres de esa edad, la primera vez suele ser decepcionante. Y
si la mujer logra frenarles el ímpetu salvaje desde el primer momento e imponerles un ritmo
más pausado, se le van igual antes de tiempo en cuanto les tocan lo que tienen entre las
piernas y qué decir si te pones a obsequiarles con unas chupaditas. Por fin está la edad de oro,
representada en este caso por un solo ejemplar. Ese término medio reúne las cualidades de los
extremos, aunque con una intensidad menor, si bien suficiente. A lo que hay que añadir un
atractivo viril que se encuentra en su punto culminante y que a ella le acelera enseguida la
respiración y el ritmo cardíaco. Con ellos se siente segura, envidiada, esperanzada,
absolutamente feliz en cada instante, pero esperando con ansiedad el momento de ser
cabalgada sin piedad, con espuela y espolón.
En un santiamén la cena estuvo lista, claro. Elise les previno para que no sacaran las latas de
cerveza, pues ello no se bebe delante de una dama. Ella sabía dónde guardaba su marido las
botellas de precio y trajo un par de ellas a la mesa. Todos porfiaron, como es natural, para que
ella ocupara el puesto de honor. Y para sentarse enfrente designaron al varón de mayor edad,
que resultó ser Adrien. A los demás se les dio licencia para sentarse donde les diera la gana.
-¡Que el regocijo comience! –declaró la reina, con su voz adorable.
A esa señal, se pusieron todos a comer con gran apetito. La escena de la cocina había sido
una idea genial. Había tenido la virtud de eliminar las tensiones, de ponerlos en confianza ante
esa bellísima desconocida, de hacer que esa belleza fuera un poco más de este mundo, de
soldar igualmente el grupo que constituían en su conjunto y de asimilar un poco la idea de que
el fondo de esa casa, de ese hogar, les había descubierto su tesoro más precioso y se hallaba
sin protección.
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-¡Por la huelga de controladores!
Sólo al más entrado en años se le podía permitir semejante exabrupto. Pero había sido
efectivamente Adrien el que lo había lanzado. Estallaron las risas por doquier. Se trataba de
risas, por supuesto, nerviosas. Pero absolutamente sinceras y que conjuraron a las mil
maravillas ese embarazo que les estaba, hasta entonces, obstruyendo un poco los canales
interiores por los que circula cierta corriente eléctrica que, liberada, produce una
inconfundible soltura de movimientos, incluidos los de la lengua, y que constituyen el éxito
indiscutible de una velada.
-¡Por la huelga de los controladores aéreos!
-¡Porque obtengan satisfacción plena en todas sus reivindicaciones!
No se le escapaba a Elise el significado apenas oculto de aquel brindis y tampoco el de la
espontánea reacción general de gozo sincero. Se sintió profundamente halagada, si bien
consideró que hubiera sido presuntuoso de su parte dar las gracias. Como toda reacción se
limitó a sonreír con mucho disimulo y con esa sonrisa tan suya y tan retrechera que
significaba, para algunos estaba ya bastante claro, aceptación del difícilmente controlable
entusiasmo masculino ante la rotundidad de su belleza. Quería decir, con ocasión de esta cena,
quedáis autorizados a admirarme a distancia. Como los antiguos trovadores, a quienes la
dama, también el esposo, confería la prerrogativa y el privilegio de exaltar en sus canciones la
belleza sin par de la que podían denominar, desde entonces, su señora. La señora de sus
pensamientos. Pero eso sí, sin tocarla. Ojo al Cristo, que es de plata, porque os voy a poner a
prueba. Eso sí que lo tenía bien decidido Elise. Poco a poco les iba a poner a prueba, a todos.
Hasta qué punto, no lo sabía todavía. Pero tenía la certeza de que iba a tener lugar esa prueba,
que lo sería también para ella. Como única condición se impuso, no obstante, que aquello
debía tener un límite. Tendría que definirlo de manera precisa, pero así, a ojo de buen cubero,
podía dictaminar que dicho límite debía encontrarse antes de esa zona fronteriza en que el
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honor de un marido comienza a encontrarse mancillado. Debía situarse más acá, en el terreno
de la diversión inocente, o al menos de la picardía estimulante pero sana y sin consecuencias,
del humor. En definitiva, de una especie de juego destinado exclusivamente a pasar el rato,
hasta que ella pudiera tomar el avión y ellos comenzar esa reunión importante que habían
convocado, ese cónclave que llamaba a cardenales de las más alejadas tierras. Y si no era así,
debía parecerlo, a todos sin excepción. En otras palabras, excluía de plano toda penetración,
individual o colectiva. Aunque más tarde la imaginación de lo que hubiera podido suceder la
desvelara durante semanas.
Cuando más animada estaba la cena, sonó el móvil de Adrien. Antes de abrir la
comunicación, verificó el nombre del importuno. Era el que se temía. Instintivamente echó
una rápida mirada a Elise.
-Es Yohan.
Todo el mundo percibió el alcance de lo que iba a ocurrir. ¿Era lícito que Adrien le ocultara
la presencia de Elise en el apartamento? Intuían que si lo hacía, se les aguaba la fiesta. Por
otra parte, ¿se atrevería a ocultárselo hallándose ella delante? Semejante actitud estaría
cargada de connotaciones que resultaría un tanto embarazoso asumir en su presencia. Sería
como la confesión de una esperanza culpable. Y en tal aprieto se encontraba justamente él, el
más venerable, el que, dados sus años, debía hacer prueba de buen juicio. De lo contrario
podía aparecer ante todos, incluido Yohan cuando se enterara, como un viejo verde y
casquivano que no quiere darse por enterado de la edad que tiene. Pero sobre todo, esa es la
imagen que le ofrecería de sí a Elise, la exquisita, adorable, inalcanzable Elise que lo estaba
observando con los ojos clavados en los suyos y cuya mirada era tan enigmática como la de
una esfinge.
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-Sí, dígame. Ah, hola Yohan. Hace un momento Pierre se había enfadado porque había
preguntado por ti y le habíamos dicho que estabas en Singapur. Creía que le estábamos
tomando el pelo, sí. Ha conseguido venir, en efecto. Ha tenido suerte…. Por supuesto,
estamos estudiando los documentos conjuntamente y hemos hallado algunas conclusiones
parciales que te someteremos a tu llegada. Y hablando de tu llegada ¿tienes noticias? Ya, te
avisarán del aeropuerto. Pues tennos al corriente. Quieras que no, la mayor o menor
prolongación de tu ausencia determinará nuestro ritmo de trabajo. Sí, compréndelo, Yohan, no
vamos a ponernos a bregar como esclavos día y noche para que luego tú aparezcas por aquí el
mes que viene. Tú infórmanos puntualmente de todos tus movimientos y te aseguro que
cuando llegues aquí todo estará listo para sentencia. Vale ¿y tú, qué tal? Te están explotando,
joder. No deberías consentirlo. Ya…quieren aprovecharse de tus conocimientos…pero que
muevan el culo también. Yo en tu lugar…en fin, de nada sirve decirte las cosas…nunca
escuchas los buenos consejos… Perfecto, pues ya sabes, esperamos noticias tuyas. Lo haré, sí,
hasta pronto.
Los demás habían escuchado hasta el final con la misma expectación con que un reo oye la
sentencia del juez. Elise sonreía otra vez, si no todavía con la boca, sí al menos con los ojos.
Disimuladamente, el anillo completo de la mesa exhaló un suspiro. Adrien había conseguido
llevarse el gato al agua con gran habilidad, preciso era reconocerlo. Había fingido
concentrarse en los aspectos serios y considerar implícitamente el inesperado regreso de Elise
como un detalle, no inocuo ciertamente, sino perfectamente natural y que correspondía ser
aclarado, si su pareja lo consideraba oportuno, dentro de otro ámbito, el matrimonial. Por eso
él ni entraba ni salía en tal cuestión. Todos aplaudieron en su fuero interno la pericia y la
experiencia de Adrien. Elise la primera.
La conversación se expandió de nuevo, tan animada como antes, si no más. Pero a los pocos
minutos sonó otro teléfono. Esta vez era el de Elise. Estalló el silencio como si se hubiera
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caído una lápida y se hubiera roto en mil pedazos. Ahora era ella la que estaba en la cuerda
floja. No podía mentir. Si lo hiciera delante de ellos y tuvieran dos dedos de frente, ya podían,
en cuanto dejara el teléfono, ponerla a cuatro patas y enristrarle, sin más formalidades, esa
polla que tenían todos, desde hacía horas, tiesa como un palo.
-Hola, amor. Muy bien ¿y tú? Ah, mi madre perfectamente, ella tiene siempre, por fortuna,
una salud de hierro. ¿Dónde estás ahora?¿En las oficinas? Vaya…Cancelado. ¿Por mucho
tiempo? Mira, relájate, no se va a hundir el mundo por eso. Si no puedes cambiar nada, ¿de
qué sirve hacer mala sangre? Mi consejo es que procures desconectarte, sal un poco, distráete.
Verás, cuando regrese…te traeré un regalo que te gustará. Es una sorpresa, querido. Anda, no
hagas más preguntas. Hasta pronto, cuídate.
Cuando ella cortó la comunicación, ya todos habían hecho un cálculo mental y una
conclusión. Genial. Una ecuación perfecta que expresa el equilibrio absoluto. Pasó de una
orilla a otra sin mojarse ni la punta del pie. No mintió, no se comprometió, podría o no podría
haber dirigido el interés y la curiosidad de Yohan hacia otros terrenos más seguros, evitando
tal vez la pregunta directa, insoslayable, que no se produjo. Respecto al estado de su madre,
había lanzado una hipótesis basada en el conocido estado de salud de la misma, pero ello no
quería decir forzosamente que se hubiera percatado de dicha circunstancia mediante un
contacto visual directo. Luego, como buena esposa, se había interesado por los problemas de
su marido, le había dado consejos prudentes, amorosos y totalmente desinteresados.
Finalmente había creado en él la ilusión de un regalo. Una ilusión que ocuparía su mente, por
un tiempo al menos, y contribuiría a animarle en su espera forzosa. Una esposa solícita,
cariñosa, intencionada, o bien una prestidigitadora.
-Ya que estoy levantada, traigo el postre.
Los había neutralizado por completo. Había salvado la situación y no se había abierto de
piernas ante ellos. Fue una conversación discreta, como se debía, puesto que tenía lugar en
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público. Se supone que más tarde, en otro contacto telefónico más íntimo, más de pareja, le
comunicaría, de un modo más conciso, los detalles y las pequeñas incidencias de la jornada.
Eso podría incluso llamarse elegancia y saber vivir.
-Mousse de chocolat. Eso le gusta a cualquiera. Y Champagne.
Mientras fingían saborear el postre, los cerebros trabajaban intensamente tratando de
planear la etapa siguiente. Los güisquis delante de ella no quedarían de buen tono, la partida
de cartas menos aún y además la aburriría. El trabajo la mandaría a la cama de cabeza. ¿Qué
proponer? Pero Elise estaba demasiado satisfecha consigo misma, después de la llamada de su
marido.
-Supongo que no habréis venido a la ciudad de las luces para trabajar sin descanso y
meteros en la cama a las diez de la noche. O poneros frente a la tele para ver el inspector
Derrick hasta las once y media….
-¿Qué nos propones?
-Pues que os pongáis guapos, que os afeitéis bien… Y que salgamos a tomar unas copas. No
hasta muy tarde, desde luego, porque a lo mejor me llaman mañana, a buena hora, para que
vaya a tomar el avión. Disponemos de dos coches, el de Yohan y el mío propio.
Nadie ignoraba que aquella eventualidad era poco probable. Pero les agradó la idea de salir
un poco con ella, a ver cómo se vestía para la ocasión, de ver cómo se desenvolvía por París,
el aspecto del lugar al que les llevaría, cómo se comportaría fuera con ellos, en un lugar a
donde la mayor parte de la gente va a ligar. Por fuerza tendría que acercarse más a ellos, a
causa de la música, tal vez tuviera que hablarles casi a la oreja, si quería hacerse entender.
Además, calcularon, una copa de vino, otra de champagne y la que se disponen a tomar, no es
mucho, cierto, pero puede bastar para que a una mujer se le pongan los sentidos a flor de piel,
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o que le den esa ligera turbación que las pone encantadoras, a veces insinuantes. James pensó
en su perfume y se estremeció de pies a cabeza. Y luego pronto a casa, con toda una noche
por delante.
Elise tenía los sentidos a flor de piel desde que había comenzado el día, o más, desde que
alcanzó la pubertad, con algunos períodos de calma, bien es verdad, o de abstinencia forzosa y
prolongada por los avatares de la vida en los que se acaba por ceder a la desidia, por el
decoro, por su marido, en fin, por un largo conglomerado de circunstancias que hacen que una
mujer, por buena que esté, no pueda exteriorizar continuamente la zorra que lleva dentro. Y
cuanto más buena, más zorra. La naturaleza no hace las cosas sin ton ni son. A las que les ha
dado la belleza, la salud, la potencia de las formas, los ingredientes, en suma, que propician el
progreso de la especie, les ha puesto también el fuego en el culo. Elise contaba también con la
mejor parte de la noche para requemarse con ellos sin la menor esperanza, en la intimidad del
apartamento. Pero después de haber creado ya un ambiente distinto, menos austero, menos
seco, más propicio, por ejemplo, a continuar con una música suave que magnetice la
atmósfera, que exacerbe las sensaciones, las percepciones más variadas.
Cada uno se dirigió pues a su respectiva habitación para ducharse y acicalarse, tal y como la
reina había mandado. Elise hizo lo propio, pero empleando más tiempo, según la prerrogativa
de su sexo. Empezó por quitarse los vaqueros y la camisa, la luz encendida, las cortinas
descorridas, agradeciéndoles el indudable éxito que le habían adjudicado, y echarse enseguida
en la cama, de nuevo envuelta por el penetrante y suave olor de varón. La primera etapa se
hallaba ya detrás. La segunda debe ser igualmente bien meditada. Pero durante un tiempo no
pudo pensar en nada, oliendo las sábanas, la almohada, retorciéndose, poniéndose boca abajo,
boca arriba, peinándose el pelo con los dedos, plegando las rodillas, estirándose como una
gata. Al compararse a una gata en celo, recordó que la luz estaba encendida y que podrían
estar viéndola, con ayuda de prismáticos y telescopios, y que el espectáculo había adquirido
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una fuerza tal vez excesiva. Pero que se aguanten, era una mujer de carne y hueso, tenía
derecho a estar encelada. Y estaba en su casa.
Se levantó, empero, para dirigirse al ropero. ¿Se vestiría sexy, muy sexy, o como un putón
verbenero? La pregunta era capciosa porque casi la obligaba a elegir el término medio sin
tener remordimientos de conciencia. Muy sexy, en efecto, sólo esa podía ser la etapa
siguiente. Y enseguida pensó en el vestido que acababa de comprarse sin haberlo hecho a
propósito. Sus piernas ya las conocen, así que no hay ningún escándalo en revelárselas de
nuevo. Por lo que se refiere al escote, también le han visto los senos con esa camisa blanca
suficientemente desabotonada, sobre todo en los momentos en los que ella se agachaba para
recoger algo, que previamente había dejado caer al suelo con el único propósito de agacharse
para que le vieran, en toda su plenitud, los senos, así como el coqueto sujetador de encaje que
se había puesto para ellos. Y bien que se lo habían visto todo. Ella no había querido
sorprenderles, pero se les notaba en el bulto del pantalón y en la voz, que se les ponía caliente
por turnos, según a quien ella gratificara con la mirífica visión. El problema metafísico lo
ponía su espalda, que se le vería toda, hasta un milímetro antes de la raja del culo, pero que no
alcanzaría a ocultar el arranque de la combadura de las nalgas. Sin embargo, aquello era París
y en París no podía vestirse una como en Viena, por ejemplo. Se trata también de estar a tono
con el entorno. Más tarde, si se desatara alguna lengua, ¿qué podrían decir?¿que estaba sexy,
que estaba imponente con este o aquel vestido, que la hubieran….? Ese imperfecto de
subjuntivo constituiría su mejor escudo. Todo eso no puede perjudicar la carrera profesional
de Yohan. Nada de ello llegaría tampoco a sus oídos, o al menos no de un modo distinto al del
cumplido o la broma pícara. No, ninguno se pondría a describirle en detalle el vestido. Y si lo
hicieran, sería un contratiempo, pero no una catástrofe. A los pocos meses de seriedad clarisa,
al desván de los objetos olvidados para siempre. Se lo puso.
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Cuando salió al fin con él, estaba perfectamente justificado que la aclamaran. Y la
aclamaron. Quizá con un entusiasmo algo excesivo pero comprensible y con expresiones
correctas. Bien sabía que ellos reventaban por cumplimentarla de modo más vivo, más castizo
o más intenso, más consistente, que les aliviara un poco la presión, pero hacían bien en
guardar la compostura.
-Vosotros estáis todos también muy guapos.
Eso no la comprometía a nada. Aunque también ella hubiera deseado reemplazar el adjetivo
guapos por atractivos. Pero por las mismas razones que ellos, agravadas por su condición
femenina, que siempre exige un poco más de mesura verbal, se contentó con guapos. Estaba
ya muy bien, de todos modos, también por lo que se refiere a los cumplidos se había superado
una etapa, que en ese aspecto estaban las lenguas muy atadas, desde esa mañana en el
aeropuerto, quería decir. Ellos le habían dicho mujer de bandera y ella guapos. Un triunfo.
Al final salieron los seis en el BMW que solía conducir Yohan, pues se trataba de uno de los
modelos de dicha marca que más capacidad tenían y, en efecto, los cuatro pasajeros que se
habían instalado detrás se hallaban incluso holgados. En el asiento delantero, junto a Elise, iba
James. Ya se había puesto el cinturón de seguridad, cuando ella avanzó su incalculable pierna
para ponerse al volante. En el momento en que la segunda se reunió con la primera y
quedaron ambas plegadas en un ángulo casi recto, las rodillas ligeramente más elevadas que la
ingle, la falda, o el bajo del vestido, tan ajustada al cuerpo como la de la mañana, si no más, se
le subió, o se le bajó, según se vea, peligrosamente. Elise no hizo el menor intento por ocultar
sus muslos. Sin embargo, no quería sorprenderlo todavía mirándoselos. Mientras salía del
garaje y mientras estuvo avanzando por la primera calle, fingió concentrarse tan sólo en la
conducción del vehículo. Cuando hablaba, lo hacía mirando al espejo retrovisor, el cual hacía
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las veces de megafonía, pues significaba que, en ese momento, hablaba para todos. James
pudo por lo tanto contemplarla muy a su sabor, sin sospechar que pronto iba a caer en una
trampa terrible. Al rato, Elise dejó un poco olvidados a los del asiento trasero, lo cual era
bastante normal, y entabló una conversación con James. Una conversación que pronto se
convirtió en una especie de danza. Ahora no te miro, para que tú me mires. Luego, al ratito, te
miro, pero te aviso antes con una ligera desviación del mentón, o con el tono de la voz, o
señalando con el dedo un local de moda, o un monumento conocido, o simplemente la calle
que debían tomar. Y una vez lo había prevenido, entonces lo miraba ella. Cuidado, que voy a
mirarte, parecía decirle. Y entonces él apartaba los ojos de aquellas dos piernas que parecían
torneadas con las mismas ecuaciones complicadísimas que se utilizan para construir, por
ejemplo, una nave espacial, que tiene que atravesar la atmósfera, a la ida y a la vuelta. Y se
miraban, pero a los ojos. Lo que ocurría con esa mirada es que, a lo largo de la recta que unía
esos ojos, los de ella y los de él, se instalaba una suerte de corriente magnética, la cual,
curiosamente, transmitía mensajes. De ida y de vuelta. Tantos, posiblemente, como podía
hacerlo la fibra de vidrio. Ella le decía, por este procedimiento, sé que te gusto un montón, sé
que consideras que estoy como para mojar pan, también sé que cuando me miras las piernas, y
no paras de hacerlo y se van a dar cuenta, tu cabeza da más vueltas que la turbina de una
central hidroeléctrica y que tus ojos echan chiribitas. Lo sabría, aunque no te lo hubiera oído
decir esta mañana. Pues estoy segura que eres tú quien lo has dicho. Ignoro las palabras
exactas, pero el tono era inconfundible. Debió ser algo desvergonzado, pero cuán picante y
halagador. Y luego os volvisteis los dos para mirarme bien por detrás y no dejasteis de hacerlo
hasta que desaparecí por la esquina del segundo hall, situándoos completamente al margen de
las más elementales reglas del urbanismo. Pero tú también sabes que a mí me gustó y me
gusta eso. Tampoco serviría de nada ocultártelo, pues mi sonrisa de entonces y, nótalo bien, la
de ahora, fue tan explícita como si te lo hubiera sentado por escrito y te lo hubiera entregado
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sobre una bandeja de plata. En una circunstancia más verosímil, o más probable, toda tuya,
para lo que quieras. O tal vez de los dos… Él le respondía más o menos con estas palabras:
estoy algo confuso con esta situación, pero no puedo negar, ni quiero, que el fuego que has
alumbrado dentro de mi cuerpo es mucho más intenso y peligroso incluso de lo que tú crees.
En los demás también, pero de mí sé decir que me estoy dando un buen baño con las
mismísimas ascuas del infierno. Y así los ojos se encontraban y se dejaban, ahora mira y
ahora ten cuidado, no mires. Hasta que, de pronto, James, que la había recorrido con especial
detenimiento desde la pantorrilla hasta el borde mismo de la tela negra que marcaba la
frontera de los muslos y se estaba preguntando cuántos centímetros faltarían desde allí hasta
la vulva, alzó los ojos y se encontró con que los de ella lo consideraban firmemente, pero
divertidos. Y cuando volvió a establecerse esa línea recta cargada de magnetismo, ella sonrió.
Desde luego París siempre ha sido París y lo sigue siendo y es cierto que bien vale más de
una misa. A pesar de ello, Elise causaba sensación a donde quiera que fuera. En la calle, los
transeúntes se refrescaban los ojos con sus formas y algunos no dudaban en volverse,
temiendo que el espectáculo de detrás podía ser de vértigo y luego resultaba que lo era, lo
cual, ocurriendo donde ocurría, no constituía poco éxito. En el café, todas las miradas estaban
fijas en ella. Con toda certeza, muchos debían comentar que realmente no hacía falta menos
de una escolta de cinco caballeros para acompañarla en sus salidas. Los cuales no eran sino
cinco planetas trazando su órbita alrededor de una estrella, sin poder unirse a su masa, pero
recibiendo de ella sus rayos benéficos.
James aparecía un tanto taciturno. Se sentía como un niño al que han sorprendido en una
acción que él imagina mucho más grave de lo que en realidad es. Se sentía como si estuviera
desnudo a destiempo delante de Elise. Pero la sonrisa con que lo había obsequiado a cambio
de la expresión, cuán cándida e inocentemente revelada, de su deseo, le causaba estragos en
las entrañas y disparaba su imaginación. Debes estar sufriendo por mi causa, soñó despierto
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que le decía, no es culpa mía estar hecha de esta y esta manera, mas dado que soy el origen de
tu mal, también tengo el antídoto. Te voy a aliviar de tu padecimiento, te voy a quitar la
calentura, te voy a dejar como una balsa de aceite, querido, pánfilo James, americano que has
venido a París con la inconfesable esperanza de gustar la dulzura de las francesas, a saber qué
te han dicho a ti de las francesas, pero te has encontrado con que la fruta más apetecible que
has visto se halla en el único árbol prohibido del jardín. Pero yo te la daré, James, a pesar de
todo. En secreto.
Luego, en honor del norteamericano James, consideró ineludible el desplazamiento hasta los
jardines del Trocadero para contemplar desde allí a la novia de París, esa Elena de metal que
tiene las piernas más largas del mundo. Allí insistieron algunos en hacerse fotos. Hubo que
agotar todas las combinaciones posibles: dos de grupo con Elise en medio, la segunda para
que el fotógrafo de la primera pudiera aparecer también, una de cada hombre con Elise
abarcada por la cintura, una de Elise sola en la posición que paulatinamente fueron
negociando y pactando, tras una ardua discusión entre ellos. Elise no discutía, Elise hacía lo
que le mandaban. Finalmente unas diez fotografías más para que Elise, compasiva, satisficiera
las diferentes proposiciones individuales. Los hombres, les dijo, sois todos iguales.
Para concluir la expedición, les llevó con el coche por los Campos Elíseos, se adentró
valientemente en la vorágine que envuelve siempre el Arco del Triunfo y luego directamente
a casa.
No bien fueron devueltos a la confinada atmósfera del apartamento, los hombres tuvieron
gestos de torpeza. Se instauró una cierta confusión entre ellos, un malestar palpable. ¿Qué
vamos a hacer? ¿Cómo enfocar la velada de la manera más natural posible en un mundo que
fuera, sencillamente, la mar de fácil y en el que, sobre todo, no se percibiera esa
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desproporción tan acusada entre los representantes de ambos sexos. Cinco contra una ¿y qué
tiene eso de extraordinario? Pero hacía falta una frase o una idea, o ambas cosas, que
sancionara esa circunstancia, que diera vida a ese mundo y todos se aplicaron a encontrar esa
fórmula mágica que se empeñaba en no aparecer, creándose con ello un vacío cada vez más
angustioso. Las palabras de Elise aceleraron el pánico, poniendo a prueba la inventiva de esos
cinco cerebros masculinos, amenazando con poner un punto y final cruelmente prematuro a la
noche.
-Sólo me resta, como discreta anfitriona, serviros una copa y hacer mutis, dejándoos a gusto
entre hombres.
¿Qué hacer para conservarla el mayor tiempo posible? O al menos ¿qué inventar para que
no se vaya de inmediato, en cuanto haya terminado de servir esas puñeteras copas?
Decididamente la veteranía , la de esa edad en que ya casi no se tiene sino lengua, condición
que parece otorgarles bula para decir prácticamente cualquier cosa, les estaba conjurando
todos los males.
-¿Qué otra cosa, más que irnos a dormir, podríamos hacer cinco hombres solos, si la luna
llena que nos ilumina huye más allá del horizonte?
-Si Josué pasó a la posteridad por detener al sol, también tú pasarás a la misma por detener a
la luna.
-En todo caso, siempre tendrá nuestro agradecimiento si logra tal portento.
-Aquí me tendréis pues, con toda la capacidad lumínica de que sea capaz, para alumbrar con
ella vuestras batallas nocturnas.
-No olvides que eres la reina. Si la reina abandona a sus súbditos, éstos se hunden en la
anarquía.
-Hablando de reina, somos nosotros quienes debemos y deseamos servirte ¿Qué desea
entonces tomar su graciosa majestad?
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-Un zumo de naranja.
-¿Acaso habrá determinado su majestad no participar de nuestra honesta alegría?
-Se eclipsaría la luna si recibiera más alcohol.
-Apartemos pues de ti, majestad, esa copa y reemplacémosla por un saludable zumo de
naranja.
-Así sea, gentil caballero.
Le cedieron un trono, para que reinara ella sola.
-¡Que den comienzo los festejos! –declaró solemnemente, alzando un poco la copa
conteniendo el líquido dorado.Ante esas palabras, la corte de admiradores se miró un tanto confusa. Habían conseguido
conservarla, pero ¿qué hacer para entretenerla, agasajarla, divertirla?
-No vamos a ponernos a jugar a las cartas…
-Cualquier cosa que decidan mis nobles caballeros, será sancionada por mí.
-En mis tiempos te habríamos sacado por turno a bailar.
La total asamblea de caballeros se inclinó de repente por la libación. Cada cual se imaginó
posando sus pecadoras manos que se ha de comer la tierra sobre aquellas alabeadísimas
caderas, sintiendo arriba y abajo y muy cerca de sí esa inenarrable cantidad de cuerpo y ese
rostro afortunado, afrutado, provocador, que ya de lejos irradiaba una belleza que
emborrachaba y hacía ver visiones, tan absolutamente próximo a la personal, íntima y
turbulenta sede de todos los sentidos.
-¿Aun sin estar en una discoteca?
-Las fiestas en las casas particulares se llamaban guateques. Y algunas de sus fases
transcurrían como si los invitados se hallaran en una discoteca. Los encargados de los
preparativos trataban de imitar las luces, o la ausencia de luces, el sonido, la decoración,
etc.… de dichos locales.
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-Tendrás que ponerme al corriente de cómo se desarrollaba uno de esos guateques o una
sesión de discoteca para que pueda comportarme en consecuencia. Yo no he vivido esos
tiempos en los que se bailaba a dos en las discotecas. Si es que el juego consiste en reproducir
uno u otra, hagamos una verdadera reconstrucción de época. Será como una auténtica lección
de historia de las costumbres y no habremos velado en balde esta noche.
-A pesar de que no me rejuvenecerá en absoluto, asumiré con gusto el papel de profesor de
historia de las costumbres.
Elise se levantó y se dirigió al aparador, donde se puso a registrar en los cajones, dándoles
la espalda. Al cabo de unos minutos pareció encontrar lo que andaba buscando. Del equipo
estereofónico surgió la música adecuada, la primera pieza de un arsenal que todavía se puede
escuchar.
Adrien, sin levantarse del otro sillón, consideró conveniente un pequeño discurso
introductorio.
-Cuando ya la clientela había saltado y brincado suficientemente y estaban todos desfogados
y sudorosos bajo los focos fijos y giratorios, las luces blancas e intermitentes, de repente
cambiaba el estilo de la música, comenzaba a sonar algo efectivamente parecido a lo que
estamos escuchando, al tiempo que se apagaban casi todas las luces. Se iniciaba así la segunda
parte de la fiesta que recibía el nombre de “agarrado”. La pista quedaba desierta durante unos
minutos, hasta que la primera pareja de osados ganaba su centro. Habitualmente se trataba de
una pareja estable, seguida de otras muchas en la misma situación. Esto animaba a los que
todavía mantenían el estado civil de solteros a todos los efectos, quienes empezaban a
decidirse a jugarse el todo por el todo e invitar a sus bellas, conocidas o desconocidas. La
fórmula era bastante convencional, por ello trataba de evitarse con una conversación
preliminar, aunque el mejor método fue siempre adoptar un estilo irónico.
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Entonces se levantó y se situó muy erguido ante Elise que había vuelto entretanto a su
sillón.
-Señorita ¿me concede el honor de este baile y de todos los siguientes hasta que concluya la
presente sesión de “cogido”?
-Faltaría más, caballero. He estado toda la tarde aguardando a que llegue este momento.
-Miel sobre hojuelas, simpatiquísima damisela.
Elise se levantó sonriente de su trono y avanzó hasta el centro del salón, seguida por Adrien.
Se volvió. Se miraron un instante a los ojos.
-El hombre posaba suavemente ambas manos sobre la cintura de la muchacha y la atraía
suficientemente hacia sí para que los dos cuerpos entraran en contacto, aunque sin ejercer
presión todavía.
Elise se dejó hacer. Era sólo un juego en el cual Elise no era Elise, sino una chica de los
años setenta que acababa de aceptar una invitación de un apuesto desconocido, en una
discoteca probablemente de la costa mediterránea. Ella iba a prestar su cuerpo a una
experiencia instructiva, a una lección, representada en escena, de historia de las costumbres en
un período algo remoto de la civilización occidental. Cualquiera puede comprender eso.
-¿Y ella, cuál era su comportamiento, qué gestos manifestaba?
-Pues depende de cómo estuviera constituida psíquicamente. Si era un poco gazmoña,
apoyaba ambas manos sobre los hombros de su oponente, igual que si quisiera pararlo, o
mostrar que en cualquier momento podría hacerlo y se preparaba para dicha eventualidad. El
sujeto en cuestión ya sabía que se encontraba en presencia de un hueso duro de roer. Si era
normal, apoyaba los antebrazos en el reclinatorio formado por los hombros del afortunado.
-Imagino que todos estaréis deseando que yo sea una chica normal de los años setenta.
-Naturalmente –respondieron a coro los interpelados.Elise alzó los brazos desnudos y los dejó caer blandamente sobre los hombros de Adrien.
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-¿Y ahora?
-Pues era el momento de hablarle con voz varonil muy cerca de la oreja, aprovechando la
excusa de la música que no permitía hacerlo a la distancia habitual, al tiempo que se
mezclaban los calores y los olores.
A James le acudió como un pinchazo el recuerdo del perfume de Elise.
-Muy bien.
-Seguidamente, si se creaba la necesaria corriente de simpatía entre los danzantes, ella, para
darle confianza, pasaba sus brazos alrededor del cuello de él.
-¿Así?
-Justamente.
-Y si él adquiría confianza ¿cómo aprovechaba ese estado de relativa euforia?
Ello tenía ya todo el aspecto de la provocación a campo abierto, pero todavía podía
interpretarse en clave de humor.
-Pues aún era temprano para besarla en los labios, así que el único margen de maniobra lo
tenía en las manos.
-¿Y de qué manera se servía, si se puede saber, de sus preciosos instrumentos táctiles?
-Pues bajaban necesariamente hasta las caderas. Luego iban ganando poco a poco las grupas
de la buena moza, hasta que al final se la asía bien de las posaderas y se la atraía uno así, de
manera un tanto más contundente, imperativa.
A pesar de encontrarse vestida, Elise se sentía, en cierto modo, entregada ya a aquel hombre
que la estaba tanteando tan hábilmente, la estaba seduciendo con voz viril y palabra segura,
pausada, y le estaba haciendo notar, además, la piedra dura que poseía entre las piernas y eso
a la vista de cuatro espectadores, en su totalidad de sexo masculino. Mas había una
justificación. Digamos que entraba en el guión.
-¿Y ella no protestaba?
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-Todo estaba regido por un código bien conocido y aceptado unánimemente. Si la chica
había rodeado con sus brazos el cuello de su caballero, eso quería decir campo libre por abajo,
territorio desprotegido, todo lo que encuentres para ti.
-Y entonces, ancha es Castilla ¿no es así?
Adrien tuvo un momento de duda.
-En efecto. La continuación quizá fuera un poco osado representarla en la circunstancia
presente.
-Bueno, lo que era normal para una chica de los años setenta del siglo pasado, no creo que
vaya a chocar a una mujer del siglo veintiuno.
Con esas palabras, Elise era perfectamente consciente de que acababa de franquear una
barrera. Únicamente debía tomar precauciones para que del otro lado cayera en la zona que
corresponde tan sólo a una mujer sin prejuicios, que no duda en llegar hasta el final de ese
juego encantador que ha aceptado iniciar. Y no en la que corresponde a la zorra encelada que
está pidiendo a gritos que le entren a saco. Todo era cuestión de saber caminar por la cuerda
floja, sin dar un paso en falso, y a saber caminar la habían enseñado con rigor y disciplina en
el Crazy mare, que era una escuela, además de un cabaret. Desde luego, era tarde para pasar
por una monja clarisa. Pero entre ello y una mujer que comete adulterio con cinco hombres
que son, por añadidura, compañeros de trabajo de su marido, hay un margen por el que ella
estaba decidida a avanzar como avanza una modelo por la pasarela. No podía ser de otro
modo, dado que el día, desde sus primeros gajos, se había presentado bajo el signo de Venus.
-Pues a continuación, la mano bajaba con peligrosa suavidad hasta tentar el muslo. Y si
había falda, entonces procuraba deslizarse por debajo y subir de nuevo hasta las nalgas. La
otra la seguía pronto y entre las dos entreabrían un poco los cachetes. La mujer supera
siempre una etapa psicológica cuando se ve un poco abierta.
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Adrien se había orientado de modo que las grupas desnudas de Elise quedaran
perfectamente expuestas a la vista de los espectadores del sofá. Los cuatro hombres miraban
sin respirar y, de cuando en cuando, daban un trago al güisqui con hielo. En las cuatro frentes
podía leerse con total claridad la misma frase, como si las palabras estuvieran conformadas
por luces de neón: ¡La mala zorra, lo que se está dejando hacer en público!¡Y qué castigo de
vara merece que le infrinjan por detrás! No obstante, se equivocaban, Elise todavía no se
estaba manifestando como una zorra, sino como una chica comprensiva, nada mojigata, que
se prestaba con gusto a un juego que estaba resultando, cierto, un poco picante, pero se
encontraban entre amigos y hubiera resultado una exageración inadaptada rechazar su
colaboración.
-Finalmente, con ambas manos en la parte indicada, consolidando bien la posición del
cuerpo de ella, uno podía proceder a darle unos besos calentitos en el cuello.
Elise, seductora, inclinó la cabeza hacia atrás, ofreciendo su elegante cuello al apetito, voraz
ya, de Adrien. Sólo cuando la boca de éste rozó sus labios, se le quitó hábilmente de delante,
dando por terminada la sesión.
-Muy bien. Ha sido una lección interesantísima. Durante unos momentos, he tenido la
impresión de vivir un fragmento de la vida de mi madre.
Raymond se levantó como una ráfaga de viento y se acercó a Elise.
-Creo expresar el sentimiento general al afirmar que estamos todos celosísimos del abuelete
y encontramos que constituiría una injusticia flagrante no acordarnos los mismos privilegios
que a él, sobre todo teniendo en cuenta que, en general, lo necesitamos más que el carcamal a
quien tan graciosamente se le han acordado.
-Sin faltar ¿eh? ¡Veremos tú, cuando tengas mi edad, si estás para muchos trotes!
-Eso sería más largo que la obra del Escorial.
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-Una sola canción por barba, mas ella debería incluir, para alcanzar una cierta ecuanimidad,
idéntico programa al llevado a cabo por Matusalén.
-Los hombres sois como niños, pero si eso os va a hacer felices….concedo.
Raymond no se hizo de rogar y se pegó de inmediato a ella. Sin respetar, por cierto, el
protocolo en todos sus puntos, pues le puso directamente la manos sobre las caderas, la atrajo
de manera sensible hacia sí, haciéndole sentir de inmediato la dureza de su piedra angular
sobre el mismísimo centro de Elise. La cual no protestó, se dejó hacer fingiéndose resignada a
los inocentes manejos de los hombres, como una leve concesión a su particular naturaleza,
caracterizada, ya se sabe, por una divertida exuberancia, pero en realidad estaba bebiéndose
con su cuerpo entero cada una de las caricias, aguardando con ansiedad el momento en que las
dos manos firmes y calientes se deslicen por debajo de su estrecha falda y la abarquen toda
por detrás, echándola hacia delante, haciéndola caer sobre el hierro al rojo del varón, que a
ella siempre le produce mareos de puro gozo y sobre todo captando con el rabillo del ojo el
ansia de todos, la cual venía avanzando hacia ella como una nube ardiente que envolvía su
cuerpo, en gran parte desnudo, rozándolo, inflamándolo. Elise los veía a ellos, tensos en el
sofá, inclinados hacia delante, con los ojos abiertos como platos. Y a esa imagen, su
imaginación superponía otra, la de sus poderosas ancas al descubierto, vistas unas horas antes
a través del juego de espejos del armario ubicado en su dormitorio, luciendo esas braguitas
que, por la zona en cuestión, se reducían a un hilito que corría encubierto durante la mayor
parte del trayecto. Recordó asimismo que un hilo semejante no impidió a aquel jovencito,
amigo del patrón, darle por detrás, en una memorable ocasión, un puyazo de muerte, también
ante un nutrido público. Eso mismo es lo que le haría falta en ese momento, un puyazo hondo,
que le alcance hasta la matriz. O mejor cinco, para que nadie se quede celoso.
James sabía de antemano que semejante experiencia, lloviendo sobre mojado, iba a ser
devastadora para él. Elise lo estaba recibiendo ya con su sonrisa un poco más especial para él
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que para los demás. Al entrar en el perímetro que alcanzaba el perfume, percibido por primera
vez durante los frenéticos sueños de la siesta, quedó inmediatamente embriagado, presa de un
instinto tiránico, difícil de controlar. Elise también se temía lo peor. Si se propasaba en
exceso, no habría más remedio que calmarlo de buenos modos, con cariño maternal,
haciéndole comprender que no podía darle, así como así, y en esas particulares circunstancias,
lo que pretendía obtener. No tardó en comprender que estaba en lo cierto pues, de buenas a
primeras, percibió esa abundantia cordis, que tan insidiosamente había inspirado, a través de
un formidable apretón de nalgas, seguido de un impulso que proyectó bruscamente todo su
cuerpo sobre el de James. Se abrazó con delicadeza a su cuello para susurrarle en secreto
palabras de prudencia.
-Tú estás un puntito más acelerado que los otros, encanto. Considera que no es nada sensato
crear una situación embarazosa, de la que tuviéramos que avergonzarnos después.
-Lo reconozco, me abraso como un carbón encendido. Yo mismo temo perder el control.
Pero admite que ese efecto no se produce sin una poderosa causa y es que estás de una manera
que no se puede aguantar. Lo siento, pero es como si, no estando acostumbrado al alcohol,
hubiera bebido un licor demasiado fuerte para mí.
-Anda, no exageres, que no hay para tanto. Venga, haz lo que han hecho los demás y ten en
cuenta que no es poco lo que os permito que hagáis conmigo, dado mi estado civil y siendo mi
marido quien es.
-No exagero, Elise, estás como un buque de guerra a todo vapor y yo me he inflamado por
dentro con un fuego incontrolable. Lo siento, pero esa es la verdad.
-Sé que te gusto en una proporción, digamos, inmoderada, que desborda un poquito de su
cauce. Ya tuve la ocasión de darme por enterada en el aeropuerto. Eso me enorgullece, lo
confieso, me hace sentirme bien. Pero debes admitir que no constituiría una justificación
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suficiente para que cediera a tus pretensiones. Sobre todo conociendo cuáles son tus
pretensiones ¿o no es así?
-Son justamente ésas que estás pensando.
-¿Ves?
-Lo comprendo, pero me resulta difícil admitirlo. Y sobre todo, me parece imposible que
alcance a sosegarme.
-De momento basta con que te controles un poco. Presiento que la noche será larga y para
cuando vayas a caer en la cama, estarás rendido. Luego un buen sueño reparador y mañana
como si nada.
-No comparto tu optimismo.
-Si mañana el problema persiste, supongo que no ignorarás que existen remedios.
-¿Con o sin tu preciosa colaboración?
-Sin.
-Sería una verdadera lástima.
-Hablas y hablas y no estás en lo que haces. ¿Acaso no te gusta lo que te ofrezco?
-Hablar no me ha impedido registrar de manera indeleble cada sensación.
-Pues venga. Te permito que aproveches al máximo lo que queda de canción. Eso sí puedo
hacerlo.
-¿Quiere eso decir que dispongo de un minuto para ponerte patas arriba sobre la mesa
hincarte lo que me quema y llegar al séptimo cielo con dos embestidas?
-Lamentablemente, mi proposición no puede ir tan lejos. Pero ya has oído a Adrien: si la
chica había rodeado con sus brazos el cuello de su caballero, eso quería decir campo libre por
abajo, territorio desprotegido, todo lo que encuentres para ti. Si sigues por ese camino,
prometo no decir esta boca es mía, aunque te comportes con más osadía que los demás.
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James terminó la canción con Elise bien apretada entre su espada y la pared del fondo,
confortado por los aplausos y las ovaciones de un público enfebrecido.
Todavía quedaba François, el más joven, que venía subido de colores. Todo el mundo podía
comprender que François se comportara más fogosamente aún, si cabía. Todo el mundo podía
admitir que Elise fuera condescendiente con él, la juventud ya se sabe, y más en un hombre,
que tiene sus órganos sensibles al exterior, a flor de piel, y la sangre a esa edad posee mucha
fuerza. Al pobre muchacho le estamos haciendo pasar un mal rato entre todos. Venga,
pimpollo, aprovecha esa oportunidad. Hasta el propio Yohan te lo permitiría… Aunque más
vale que no se entere.
Lo peor de la representación no fue, ciertamente, el movimiento ondulatorio de caderas con
que Elise bajó su falda, la cual había subido, en verdad, mucho y que toda tía buena domina a
la perfección, sin que se sepa a ciencia cierta si tal maestría proviene de don natural o de
estudio o si se trata simplemente de la belleza de las formas en movimiento. De nuevo
sonaron unos aplausos sentidos, incondicionales.
-¡Ufff! Una sesión de cogido un tanto agitada…. Permitidme que me reponga de tantas
emociones.
-En cuanto llegue a Boston, le preguntaré a mi madre dónde ponía exactamente los brazos
cuando alguien la invitaba a bailar.
-Hablando de bailes –intervino Pierre- ¿conoces los rudimentos del tango?
-Modestamente, creo bailar bastante bien el tango.
Lo que no quería decir Elise es que una chica del Crazy mare baila de todo.
-¡No me digas!
-Bueno, pues no te lo digo.
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-¿Qué te parece si nos marcamos un tango tú y yo?
-Si quieres…. Pero en ese caso tengo que ir a cambiarme. Si lo hiciera con esta falda, la
explotaría.
Raymond vio la manera de adularla.
-¿Podemos dar nuestra opinión acerca de cuestiones relativas a la vestimenta?
-Naturalmente.
-Aceptamos la muda, siempre y cuando, después del tango, vuelvas a ponerte ese mismo
vestido. Estás sublime.
-Gracias Raymond. Tenéis el don y la oportunidad del piropo.
No se le escapó a Raymond la alusión al piropo de la mañana, en el aeropuerto. Y pensó que
Elise se hallaba realmente a gusto sintiéndose deseada. Todas las mujeres, sin duda, pero le
gustaban las mujeres que no hacían remilgos por eso. Sonrió y se cruzó por detrás de ella para
confesarle la verdad.
-No fui yo.
-Lo sé. Pero ¿acaso no os quedasteis los dos plantados en medio del hall hasta que
desaparecí de vuestra vista? ¿Os parece bonito?
Eso lo dijo Elise con su sonrisa sumamente halagada.
-No me arrepiento de nada.
-Los hombres….no tenéis el menor remordimiento después de turbar a una mujer en
público.
-No parecías muy turbada…
-La procesión iba por dentro.
-La nuestra también.
-Insolente….pero encantador. ¿Sabes? al principio, cuando os vi aquí, me dio un vuelco el
corazón. Pasada la primera impresión temí no poder aguantarme la risa.
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-A nosotros nos duró más la impresión. Pero no puedes imaginarte cómo se iba afirmando la
alegría de verte aquí.
-Realmente, sois un encanto. Y quiero que sepáis que me siento muy a gusto con vosotros.
-El gusto es nuestro.
-Compartido, pues. Voy a cambiarme.
Desapareció por el pasillo, sabiéndose observada, adorada.
En cuanto estuvo suficientemente lejos, se desató un murmullo general.
-¡La grandísima zorra, qué buena está!
-¡Impresionante!
-¡Una de esas hembras que le cortan la respiración a uno!
-¡Es que está tremenda!¡Y qué culata tiene, por Dios!
-¡Y qué dos formidables patazas! Que además van engastadas sobre esos tacones de aguja
que dan insoportables pinchazos en el corazón.
-No mientas, que no es en el corazón donde dan esos pinchazos.
-Bueno, es un eufemismo.
-¡Lo malo es que esta noche nos vamos a ir más que calentitos, requemados a la cama!
-Puede que aún nos toque algo… -insinuó Adrien, pensativo y contemplando el líquido
amarillento que todavía quedaba en el fondo del vaso.
Todos se volvieron a mirarle, esperanzados.
-¡Estás loco, sabiendo el peligro que corre su matrimonio a la menor indiscreción! Estamos
demasiado cerca de su marido.
-Eso sería muy fuerte. Imagínate, a tu mujer se la tiran cinco colegas tuyos a la vez.
-Pues ya podéis reíros, que nadie está al abrigo de una eventualidad así. ¿Qué os creéis?
Ante vosotros muy pundonorosas, pero luego, cuando se encuentran ante un caso seguro, son
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muy pocas las que dejan pasar la oportunidad. Están hechas de carne y de hueso, como
nosotros.
-Ese es el problema. Que este caso dista mucho de reunir las mínimas condiciones de
seguridad exigibles. En otras circunstancias, no te digo que no, pero así, me parece poco
probable.
-Entiendo que es un caso difícil y que se juega el todo por el todo. Por otra parte, observad
que es una yegüita brava. Ellas tardan más, pero cuando la máquina está lanzada, agárrate que
viene curva. Es como cuando uno nada en el mar. Se dice, un poco más adentro y luego un
poco más. Pero llega un momento en que resulta difícil volver atrás, hasta hacer pie.
-A mí no me parece una nadadora inexperimentada.
-Cierto. Que nadie se preocupe por los cuernos de Yohan, a mi modo de ver ya hace tiempo
que los lleva bien puestos.
-Así es la vida. No somos na.
-Todo lo que tenemos que hacer es caldear bien la atmósfera. Y en este sentido, creo que
hemos empezado bien. Luego ya veremos sobre la marcha. Pero si la cosa funciona, seguid
mis instrucciones y veréis lo que es pasárselo de miedo con una potrilla así de sana.
Ganada la intimidad de su habitación y libre ya de la obligación del disimulo, Elise se dejó
caer de nuevo sobre la cara interior de su puerta, cerró los ojos y dio rienda suelta a la
respiración que le pedían los pulmones con objeto de administrar el oxígeno suficiente a esa
sangre suya que le ardía por todos los miembros, intoxicada como estaba por toda una cascada
de sensaciones. Esas diez manos hirvientes acariciándole las ancas, abriéndole los cachetes,
permitiendo que una columna de aire fresco le recorriera toda la raja, se detuviera a hacerle
cosquillas en el orificio por el que también la han penetrado, a veces, le hiciera tomar
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conciencia aguda de ese cordón de las braguitas que la recorre en vertical, que la aprieta como
un pequeño pene. Esa otra conciencia, que llega a materializarse en sensación nerviosa, de
saberse lo suficientemente zorra como para dejarse hacer eso, como para exhibirse así. Pero
no había adulterio, eso era lo importante. Ahí está el límite que no debía ser superado. Para
disimular su condición de putilla, ya era demasiado tarde. ¡Qué se le va a hacer! El día había
amanecido tórrido dentro de ella. Por eso se vistió así. Por eso debía haber esa llamada
inconfundible en sus ojos y en su boca, que tan bien llegaron a percibir los negros del metro y
probablemente todos los machos con lo que se había cruzado, la causa sin duda del entusiasta
piropo de James en el aeropuerto y de la poco disimulada admiración de ambos. Demasiados
meses viviendo como monja clarisa, ahora el péndulo vuelve al extremo opuesto. Se quema,
se abrasa. Necesita esos arietes masculinos que acaba de sentir como cuñas abriéndola.
Necesita que la calen bien con esas buenas garrochas que poseen y que la traten sin
miramientos, con golpes secos que la sacudan toda. Y necesita ese veneno que es al mismo
tiempo el antídoto, primero abrasa las entrañas y luego las calma, les da la paz por un tiempo.
Está en la naturaleza de la mujer verter ese veneno, apoderarse de ese líquido, es como un
instinto que anida en la palma de las manos, en la vulva, en la boca y hasta en el agujero del
culo. Las primeras veces que lo recibió de su primo y de los amigos de su primo, en la
habitación donde los dejaban solos, o en el parque, le dio un poco de asco, pero no duró, poco
a poco fue apreciando el sabor de esa leche condensada algo dulzona, pero nada desagradable,
la apreció más todavía al ver la cara de placer absoluto que ponían ellos cuando se venían y
ella lo aspiraba todo como si chupara de una pajita. El placer que se da, no se pierde, sino que
vuelve enseguida centuplicado. Más tarde leyó que la leche de varón posee efectos muy
saludables para la mujer. La hace más guapa y más femenina. Lo más probable es que la haga
también más puta.
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A los pocos minutos se recuperó un poco y se quitó el vestido. Sin embargo, no resistió la
llamada de la cama, que guardaba todavía el aroma de James. Se retorció en ella como cola de
lagartija. ¡Qué importaba que estuvieran las luces encendidas y las cortinas descorridas! Si no
fuera por la relación que les une a su marido, se iban a enterar hoy de lo que vale un peine.
Pero tiene que saber nadar y guardar la ropa. Eso sí, está decidida a hacerles rabiar de
excitación, a ponerles a mil. Que se maten a pajas después. Eso no hace daño a nadie.
También ella gozará con esa excitación, a su debido momento, con el primero que se tercie
nada más abandonar el apartamento en dirección al aeropuerto, por rocambolesca que resulte
la aventura. No puede más, lo necesita. Ahora comprende los deslices que empezó a
sorprenderle a su madre cuando tenía, más o menos, su edad. Por ejemplo, la semana en que
vinieron los albañiles a reformar la cocina. También eran cinco. Casualmente ella se puso un
poco enferma y la autorizaron en el colegio a regresar a casa, que no caía lejos. Entró y no vio
a nadie. Se fue directa a su cama. Cuando cerró los ojos y el cuarto quedó en perfecto silencio,
comenzó a oír unos jadeos sospechosos. Se levantó. Escuchó. Venían de la habitación de su
madre. Ella comenzaba a intuir lo que pueden llegar a hacer un hombre y una mujer cuando
están solos y los efectos sonoros que ello puede producir. Pero su padre solía regresar tarde.
Recordó los utensilios de albañilería esparcidos por la cocina desmantelada. Cautelosamente,
se acercó a la puerta detrás de la cual algo extraordinario se estaba produciendo. Miró por el
ojo de la cerradura y lo que vio le produjo una impresión muy fuerte. Su madre estaba
arrodillada en un sillón. Un hombre desnudo se hallaba sentado en lo alto del respaldo, con las
piernas abiertas. Su madre le estaba chupando con gran aplicación una verga descomunal que
poseía. Elise no podía creer que existieran vergas así. A su madre no parecía importarle el
tamaño. Justamente en ese preciso instante, otro hombre desnudo, con otra lanza enorme, se le
acercó por detrás y la rozó con ese auténtico cañón de carne. Ella, sin soltar el otro pene, se
volvió un instante y sonrió halagada, ofreciéndose en la mejor posición posible. El segundo
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hombre comenzó a introducirle aquel émbolo poco a poco, sin prisas pero sin pausas. En
cuanto la punta estuvo dentro, su madre volvió a concentrar su atención en la mamada,
mientras el otro proseguía en su avance. La fortaleza no se resistía, sino que colaboraba con el
enemigo. Cuando estuvo todo dentro, retrocedió casi con la misma lentitud, hasta dejar sólo la
punta dentro. De nuevo volvió a deslizarse el miembro y a salir. Cada vez un poco más
rápido. Al final el asalto adquirió un cariz un tanto violento, que a ella no parecía disgustarle
en absoluto. Antes al contrario, comenzó a gemir de placer. Otros tres hombres igualmente
desnudos contemplaban el insólito espectáculo. La madre gemía otra vez como antes.
Comprendió que esa escena ya se había producido previamente con otros dos atacantes. Al
cabo de un rato, se invirtieron las posiciones, el que estaba detrás pasó delante y viceversa.
Dio comienzo el asalto final. En esa fase, su madre procuraba ahogar sus gritos pero no
acababa de conseguirlo. Era una escena que no carecía de cierta belleza; en todo caso, por una
razón para ella desconocida, impactaba. Los dos se corrieron dentro. Recuerda perfectamente
que su madre chupó hasta el final. De nuevo intercambiaron posiciones y comenzó un nuevo
asalto. Elise no quiso que su madre supiera que ella había vuelto, así que tomó su cartera y
salió de casa, para regresar tan sólo a la hora habitual. Para entonces, los albañiles habían
reanudado el trabajo y la madre de Elise salía de su habitación, seguramente después de haber
puesto un poco de orden.
Ese recuerdo no contribuyó ciertamente a sosegarla. Tuvo que admitir que ella era la digna
hija de su madre, las dos con una ingle dura y caliente. También de su madre se decía que era
una belleza. Todavía en la actualidad parece muy probable que tenga aventuras galantes. En
todo caso, la expresión que suele escuchar en boca de los hombres es que aún está de muy
buen ver.
Se decidió a levantarse. Los del salón estarían ya impacientes. El vestido lo había escogido
ya, sólo tenía que encontrarlo. Para bailar un tango, lo mejor es un vestido largo, sí, pero con
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un corte delantero que le llegue casi hasta la vulva. Con la danza, las piernas quedan casi
siempre al descubierto. No tardó en encontrarlo. Sus rincones secretos contenían poco, aunque
selecto. Se lo puso y se observó ante el espejo. A pesar del corte, se le ajustaba a las caderas,
las marcaba bien. Por delante, su vientre aparecía desnudo, dentro de un rombo con los
ángulos más separados arriba y abajo. Por detrás, también la espalda quedaba al aire, con sólo
dos tiras que subían por encima de los omóplatos y se enrollaban en el cuello. Era rojo
bermellón, como estaba su sangre en ese momento, al rojo vivo. Los mismos zapatos de tacón
servirían.
Salió al pasillo, al final del cual ya se habían agrupado ellos para verla llegar. Caminó como
la habían enseñado en el Crazy mare. Aplausos calurosos. Pierre la estaba aguardando con la
chaqueta puesta. Habían apartado a un lado la pesada mesa del comedor, lo que liberaba un
espacio suficiente para que pudiera servir de pista de baile.
Fue a colocarse delante de Pierre y éste, con sólo observar su mirada serena, la particular
expresión adoptada, supo enseguida que se hallaba ante una bailarina consumada. Él
únicamente podía considerarse como de lo mejor dentro de la categoría amateur. Pero en ella
se temía un grado superior, una intuida profesionalidad que consiguió inquietarle un poco,
aunque resultó beneficiosa, pues le impulsó a tomar la decisión correcta de poner el listón lo
más alto posible, desde el primer momento.
Pierre era enjuto, unos centímetros más alto que Elise, que ya era soberbia como mujer.
Hacían muy buena pareja.
Adrien pulsó un botón y dio comienzo el tango. Los temores de Pierre resultaron totalmente
fundados. Elise comenzó a girar como una peonza, lanzaba sus poderosos muslos a un lado y
a otro, plegaba sus piernas en ángulo recto, las recibía una a cada lado, ciñéndole la cintura
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pero sin darle tiempo a la erección, o bien le caía un muslo en la palma de la mano y se
afanaba en sujetarlo ¡con cuánta delicadeza! La perdía y la recuperaba. Todo iba muy deprisa,
obligándole a la máxima concentración. Elise bailaba como una majestuosa colipava roja. Tan
sólo le dio un breve respiro, mas cuán reconfortante. De repente se la encontró entre los
brazos, de espaldas a él, con el culo en pompa, haciendo presión hacia arriba, aplastándole el
pene y provocándole, ahora sí, una erección monstruosa, que ya no se le fue, a pesar de que de
nuevo el salón entero comenzó a girar y Elise más aún, cual si fuera una luna suya que le
volteaba en torno a una velocidad de vértigo. A pesar de la erección, imposible de disimular,
sintió alivio cuando concluyó la pieza.
Ni qué decir que el restringido público rugió de entusiasmo.
-Bueno ¿quién más se atreve a bailar otro tango conmigo?
Nadie osó ofrecerse. Ellos lo habían hecho demasiado bien.
-¡Eh, no me habré cambiado de vestido para un solo baile!
-Es que no sabemos. Y cualquiera baila ahora, después de la exhibición que acabamos de
presenciar.
-Venga, yo os enseñaré a dar unos pasos. A ver, James, ven.
Cuando él no iba a ella, era ella quien iba a buscarlo. Sabía que estaba grave y sin embargo
seguía atormentándolo. Pero con su sonrisa parecía decirle: no pasa nada, te harás una pajita
más tarde. Se lo llevó a la pista, se lo puso delante y empezó a darle instrucciones, los
rudimentos del tango, los movimientos imprescindibles.
-Verás, tú no tienes que hacer casi nada.
Y luego, en voz baja, coquetamente pegada a él para hablarle a la oreja.
-Pero concéntrate en los movimientos que te he dicho y no en mis piernas.
-Tus piernas, aunque no las mire, tengo su imagen grabada en mi mente.
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-Tú lo que tienes es mucho cuento. Y hablando de piernas, yo te avisaré, coge mi pierna y
entonces tú la tomas de ahí, de la parte baja del muslo. A ver. Así, muy bien. Y luego yo te lo
diré cuándo tienes que soltarla. Yo te lo diré todo cuanto tienes que hacer ¿vale?
-Está bien.
Y empezó a bailar, Elise. Casi todo lo hacía ella, pero con los cuatro pasos que le enseñó a
James y las instrucciones que le daba en voz alta, éste consiguió hacer un papel honesto.
Luego siguieron los demás, con mayor o menor fortuna. Finalmente, cuando Pierre se hubo
recuperado del ejercicio intenso al que había sido sometido, dieron una postrera exhibición.
Elise se dejó caer en el sillón, estaba un poco acalorada. Se olvidó un poco de sí misma. La
postura que compuso su cuerpo era un tanto abandonada, se había posado en la parte delantera
del asiento, lo cual hizo que al irse para atrás quedó muy reclinada. Sus dos piernas,
larguísimas, plegadas en ángulo recto, se salían completamente por el corte. Tardó en darse
cuenta de que era una postura muy sensual. Se dejó admirar, empero. Al fin y al cabo, en el
punto en que se encontraban.
Cuando ya había lucido bastante las piernas, se le ocurrió una picardía. Adoptó una posición
más decente.
-¡Ah, había olvidado que prometí cambiarme de vestido!
Raymond se dejó caer enseguida en la trampa.
-Bueno…en fin… Hazlo pero no te des mucha prisa. Después de todo, éste también nos
encanta.
-Como gustéis. Avisadme entonces cuando queráis que cambie.
-Vale, pero….si quisieras volver a adoptar la posición anterior…
-Desde luego que una mujer se siente adulada entre un grupo de hombres, sobre todo
cuando han perdido el reparo en pedir lo que les gusta. A ver…¿era así?
-Las piernas, un poco más plegadas…
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-¿Así?
-Más.
-¡Ah, no era tanto…lo que queréis es verme toda la longitud de las piernas, hasta arriba!
Pero sois incorregibles.
-Sé comprensiva. Ya sabes que nos atraes a todos como un imán. Y que estás convirtiendo
esta noche, que sin ti hubiera sido un tedio, en una noche mágica, tanto más encantadora
cuanto absolutamente inesperada.
-Después de todo, forma parte de mis obligaciones que mis invitados se encuentren lo más a
gusto posible. A ver cómo puedo colocarme para que me veáis bien las piernas, si tanto os
gustan.
Separó por completo los dos paños del vestido, descubriendo sus muslos hasta las caderas y
dejando ver, por añadidura, sus braguitas minúsculas.
-Puesto que ahora soy el objeto de contemplación de todas las miradas…no puedo
moverme…¿alguien podría traerme un zumo de naranja? El ejercicio me ha dado sed. Ah, y
una pajita. Están sobre el frigorífico.
-Oír es obedecer.
-Debía habérmelo figurado…unos hombres que vienen de lejos y solos, quiero decir sin sus
esposas, a París, con objeto de pasar unos cuantos días, entre las ideas que forzosamente se
han traído en el equipaje está la de ver un espectáculo con chicas guapas y refinadas, tal y
como aparecen en los reportajes de las televisiones de todo el mundo. Esa es una de las más
conocidas y antiguas denominaciones de origen de esta ciudad. Tendría que haberos llevado a
un cabaret….
-En ninguno habríamos encontrado una mujer más guapa y más refinada que tú. Aparte de
que en ninguno estaríamos mejor instalados que aquí.
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-Os advierto que hay que ser un verdadero monumento para trabajar en un cabaret de París.
Me refiero a un cabaret de primer orden, claro.
-Creo que puedo permitirme decir en nombre de los demás que estamos todos de acuerdo en
que te sobran cualidades para trabajar en cualquiera de ellos.
-Sois realmente muy amables. Pero en fin, en un espectáculo de cabaret hay más variedad
de chicas, de vestuario….
-El vestuario tiene una importancia menor en comparación al aspecto humano….
-No deja de tener su importancia… Supongo que sabéis a lo que me refiero…Yo no estoy
equipada hasta ese punto…. Y eso iría ya más allá de mis funciones de anfitriona….
Adrien pareció sentir en la nariz un viento favorable.
-¿Y por qué iba a exceder eso las funciones de una buena anfitriona? Los banquetes de la
antigüedad, o incluso los medievales, iban siempre acompañados de espectáculos de música y
danza. Pero, ¿qué me digo? Si sólo verte así, como estás ahora, ya es un espectáculo digno de
un sultán.
Elise, sintiéndose intensamente halagada, se cruzó de piernas para agradecer de algún modo
aquél regio cumplido.
-Vamos a negociar hasta dónde puede llegar un ama de casa que pretende sinceramente
honrar a sus huéspedes, en ausencia de su marido, sin perder la honorabilidad.
-La honorabilidad, en el mundo del espectáculo, no se pierde fácilmente. Baste citar la
profusión de directores de cine que filman a sus propias esposas en escenas más bien
atrevidas, con actores que no se ocupan mucho en esconder su virilidad.
-Cierto, pero en fin….para un espectáculo de cabaret todavía no me siento preparada –
mintió Elise.Adrien la creyó, pero no excluyó la posibilidad de que, avanzando la noche, llegara a
estarlo.
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-En cambio –prosiguió Elise- tal vez pueda ofreceros algo más de variedad que esta imagen
fija de mis dos piernas; a pesar de que ya no queda ninguna parte de ellas que no haya
mostrado. Lo más cercano a un espectáculo de cabaret que puedo intentar es un remedo de
desfile de moda con los pocos trapitos que tengo. Sin embargo, mi consejo sigue siendo que
volvamos a coger el coche y nos vayamos a un buen cabaret, verbigracia el “Crazy mare”.
-Por nada del mundo me perdería ese desfile de modas.
-Que llevará a cabo una sola chica…. En el Crazy mare veríais muchas y, como decís
vosotros, los hombres, todas como un tren….
-Cuando es así, solemos mirar sobre todo a una de ellas, la que nos sugiere más cosas… Por
eso yo voto por quedarnos así…
-Tened presente que yo, después de todo, voy a aparecer vestida… Mientras que allí las
chicas suelen aparecer peor que desnudas.
-Hay mujeres que, vestidas, excitan más que otras completamente desnudas. En eso, como
en casi todo, el relativismo es la ley.
-Pocas veces, tengo que reconocerlo, habré sido adulada de tal manera y os estoy
sinceramente agradecida. Aún así, os sugiero que, cuando yo no esté, vayáis al Crazy mare
por ejemplo y veréis la diferencia.
-Cuando tú no estés, se habrá vuelto de espaldas la noche y caeremos en el auténtico abismo
de la tiniebla.
Risa general ante el último prototipo de piropo de James.
-En un solo día habré dicho más piropos que en toda mi vida.
-Y a una sola mujer… ¿Cómo debo interpretarlo?
-Del único modo posible….
-Eres un verdadero encanto, James. No reconocértelo, sería robártelo. En fin, vosotros lo
habréis querido. Comienza el desfile.
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Dejó el vaso con la pajita en la mesa baja y con las mismas desapareció por el pasillo.
Van a ver lo que es bueno. Si lo que querían es ver piernas, me parece que van a quedar
satisfechos. Elise comenzó a escarbar en su jardín secreto. Ellos no se esperan que yo sea
capaz de caminar como lo hacen las modelos que salen por la tele. Pues lo van a tener en
directo. Veremos cómo se les pone de tiesa con esto….Elise se puso un vestido negro
brevísimo y ajustadísimo al cuerpo. Sin olvidarse coger el bolso minúsculo de puta que suele
acompañar esa indumentaria. Abrió la puerta y enfiló el pasillo a ritmo de desfile. Como
antes, ellos la aguardaban al fondo para no perderse ni un centímetro de su avance. Elise
caminaba como sólo es posible hacerlo en una pasarela, es decir, llevando la sensualidad en el
andar hasta el paroxismo. Se trata de un andar que, a no ser por la distancia creada entre ese
tipo de escenario alargado y el público, constituiría una llamada inconfundible, vehemente, a
la penetración inmediata, trasera y sin miramientos, en el plazo más corto posible. Elise tenía
aprendidas muchas lecciones en esa materia, pero eso ellos no lo sabían. Ellos sólo notaban el
tremendo impacto que ello les producía en la parte baja del cuerpo.
Cuando llegó al final del pasillo, pasó entre dos filas de caballeros con las lanzas levantadas.
Entró en el salón y siguió caminando hasta el extremo, donde hizo un desplante provocador
con el que dio la vuelta. El público ocupaba ya sus asientos. Ella dio varias vueltas ensalzada
por profundas y sentidísimas ovaciones. Comenzaba a alcanzarse un ambiente de velada de
boxeo.
-Bien, veo que os gusta.
-No creo que se pueda hablar sencillamente de gustar.
-Hay que emplear términos más contundentes para eso…
-Nos ha tumbado de espaldas.
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-Nos ha dejado sin habla.
-Y sin respiración.
-Nos ha emborrachado y nos ha hecho perder el conocimiento.
-¡Vaya, todo un éxito pues! Voy entonces a por el segundo.
-Todavía no, por favor. Deja que se nos llenen los ojos de esa imagen inconcebible.
Elise dio muy despacio una vuelta de trescientos sesenta grados. Luego avanzó hasta el
mueble bar y se apoyó en él. La falda se le subió un poco. Separó ligeramente las piernas,
ofreciéndose a una prolongada contemplación. Se puso en pie, avanzó hacia ellos con
abundancia de movimientos de caderas. Ya dentro del círculo que ellos formaban sentados,
dio la vuelta y puso durante unos instantes el culo en pompa, como para recibir un empellón
tremendo. Salió del círculo y se apoyó en el respaldo de una silla. Se volvió a mirarles,
coqueta. Dio la vuelta a la silla y se sentó de lado. Sus piernas volvían a estar completamente
al descubierto. Las cruzó y volvió a dejarse admirar durante un rato.
Adrien quiso sugerirle una postura.
-A ver, apóyate en la mesa como si estuvieras mirando con prismáticos, pero sin mirar con
prismáticos.
Era la postura con que los sementales toman a las yeguas. Elise obedeció sonriente a ese
capricho picante de hombre provecto. Que disfruten de tener ojos, no hay mal en ello. Se
levantaron incluso para mirar el prodigio de cerca.
-¿Y si esa imagen estática adquiriera un poco de dinamismo?
Elise comprendió de inmediato lo que deseaba Adrien que hiciera. Imprimió a sus grupas
los mismos movimientos que efectuaría, si tuviera una de aquellas vergas hincada, para mejor
excitarla, para mejor acariciarla con sus paredes internas, para mejor llevarla hasta lo más
profundo de su cuerpo. En eso estaba pensando mientras lo hacía.
-Las manos quietas –dijo con su sonrisa retrechera, aunque nadie había osado tocarla.
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Así, se agotó todo el repertorio sexy, pero de andar por la ciudad, que poseía. Con cada una
de las piezas tuvo que efectuar, más o menos, el mismo número de ademanes y posiciones que
con la primera.
Cuando, con el último de los vestidos, se enderezó ante la mesa, se dio la vuelta y quedó
apoyada en el borde, les anunció que ya no le quedaba nada que valiera la pena, cundió el
pánico en las filas de los guerreros.
-Hoy en día, Elise, todos los desfiles que se precien, y no sólo en París, terminan con las
últimas tendencias en lencería.
-A eso ya no me atrevo. Si se enterara Yohan, me vería ante él en una situación
comprometida, porque seguro que no le iba a hacer ninguna gracia. Ya con lo hecho, es muy
probable que no estuviera contento.
-Pero bueno, ya puestos a callarse por una cosa, lo mismo da callarse por otra. Además, hoy
en día ¿qué es eso de mostrar su cuerpo? Las que lo hacen, aparecen en las revistas como
heroínas. Y sus maridos están no poco orgullosos del dinero que ganan. No puede decirse que
se oculten, o que quieran pasar desapercibidos, sino que muchos de ellos son figuras
importantes de las finanzas e incluso de la política.
-Ese argumento no creo que lograra convencer enseguida a Yohan.
-A Yohan ya hemos dicho que, de todos modos, hay que ocultarle buena parte de lo que ha
sucedido esta noche. Tal vez todo.
-Mejor será que no sepa nada. En efecto.
-Entonces…¿qué hay de ese desfile de lencería que no podríamos pagarte aún con nuestras
propias vidas?
-Concedido.
Aplauso unánime. A ella, pero también, en el fondo, a él.
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Elise admitió que Adrien la conducía bien y que ella no tenía sino que dejarse conducir por
Adrien hasta el límite que no había que superar, hasta esas columnas de Hércules que no se
traspasan sin correr un riesgo insensato. Pero hasta ese lugar, había un largo camino que
recorrer medio desnuda ante esas fieras lanzas. Andarlo, constituía para su feminidad una
recompensa mayor aún que la de ser traspasada, pues la casi totalidad de las mujeres logran
serlo, pero no todas son capaces de tener a cinco hombres en vilo durante una noche entera. Y
ella los va a tener. Vaya que los va a tener.
Comenzó con un conjunto discreto de braguita y sostén color crema con el que cualquier
honesta esposa podría exponerse a la contemplación del esposo en el sagrado tálamo, pero
que, toda ella encaramada sobre los zancos que no se había quitado en todo el día, producirían
en esa ocasión un adecuado efecto inicial que no debía carecer de cierta fuerza evocadora, la
cual no resultaría recomendable utilizar ante ningún marido.
Salió con sus andares de profesional causando estragos en la concurrencia que,
instintivamente, se llevaba los vasos de güisqui a la boca e intercambiaba secretos
comentarios de entusiasta aprobación. Adrien le lanzó la petición en nombre de la asamblea.
-Nos gustaría que efectuaras, más o menos, el mismo repertorio de movimientos y gestos
que en el desfile anterior. Aunque acogeríamos con sumo placer cualquier innovación o
añadidura.
Elise obedeció sin protestar, realizando los mismos gestos que antes, los cuales adquirían,
en esa ocasión, un impacto provocador aún más intenso, si cabe, por lo poco vestido que
andaba ahora su soberbio cuerpo. Llegada al extremo del salón, les obsequió con el primer
movimiento sensual de caderas. Dio la vuelta y se convirtió en el centro de la circunferencia
que ellos formaban, ofreciéndose a un examen minucioso, a una distancia corta. Luego fue
hasta el aparador y se apoyó un momento allí en la cornisa, con las piernas ligeramente
abiertas, para que todos pudieran cerciorarse bien de si esas braguitas eran o no eran
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transparentes y si lo eran, en qué medida. Pero todavía no eran transparentes en modo alguno.
Luego la mesa. Todos se acercaron a ver eso de cerca. Primero las manos apoyadas, luego los
codos, totalmente abandonada a la contemplación tal y como se abandonaría, si pudiera, a la
ansiada ofensiva del ariete. Elise, ciudadela deseosa del ataque y posterior saqueo por parte
del enemigo. Finalmente el número de la silla. Bien sentada, para empezar. Luego cruzando
las piernas, mirada sugerente, invitadora. Enseguida sentada de manera canalla, es decir, al
revés, con su regazo abierto y contra el respaldo, como si se tratara del cuerpo del hombre
plegado en ángulo recto y recibiéndola. Sonrisa comprensiva y halagada. Al cabo de un
momento, torcaz apetecible, alzó el vuelo y se perdió por el pasillo.
Su ausencia desató de nuevo un murmullo frenético.
El segundo conjunto debía subir un grado en la escala de la picardía. Eligió unas braguitas
rojas, enchonadas, con sólo un escueto triángulo encarnado apuntando hacia abajo, cubriendo
apenas su vulva, pendiendo de unos hilitos altos que la circundaban buscando otros parajes no
menos sugerentes, dejando la cara delantera de los muslos, en cuya parte superior sobresalían
dos bolas de hueso como sendos símbolos de dureza y de poder, y las caderas totalmente al
descubierto. Se dio la vuelta ante el espejo. Por detrás sólo se percibía ese hilito que, cual
Guadiana visto desde muy alto, desaparecía a trechos. El protagonismo era todo para sus dos
rotundas cachas. Elise admitió que si cualquiera de ellos la violaba al verla así, sobre todo por
detrás, se trataría de un acto perfectamente comprensible. Tal vez la mejor solución para todos
en aquella noche eléctrica que no podían ya parar de vivir de una determinada manera,
peligrosa e imprevisible.
Cuando vieron aparecer tamaña bomba de neutrones perdieron la serenidad y hasta alguna
que otra función de la conciencia. No pudiendo poner dique al entusiasmo, se dejaron llevar
por una nube de comentarios incoercibles que giraba en torno a ellos, envolviéndolos en un
sonido que ni siquiera oían, aunque venía de ellos.
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-¡Menuda máquina de hacer alucinar hombres!
-¡De hacer estallar cabezas, querrás decir!
-¡De follar, coño! Cuando esto se ponga a follar, dará escalofríos….
-¡Fiebres tifoideas nos van a dar, con sólo mirarla!
El ambiente era, a pesar del impacto tremendo que habían acusado sus pechos, de fiesta
desatada, como desatadas estaban las lenguas ya, sin preocuparse que ella oyera o no. Elise
optó por fingir una sordera radical, decidida a cumplir el pactado programa punto por punto e
incluso a añadir alguna que otra innovación, pero sin prolijidad. Al fin y al cabo, ya estaba
suficientemente claro que ella estaba ahí para eso, para levantar lo más alto posible el ánimo
de esos caballeros. Que digan piropos pues, cuanto más subidos de tono, mejor; cuanto más
indecentes, más adentro la alcanzan. De todos modos, no se van a atrever a decir el cumplido
radical, el más cargado de razón.
Para su tercer pase, decidió incluir toda la parafernalia del fetichismo erótico. Eligió un
conjunto que reunía el blanco de la novia, que se ofrece en el primer día de la luna de miel,
con el atelaje de la cabaretera que crea ansias y esperanzas para después del número de alto
voltaje sensual en el escenario. El todo compuesto por braguitas y sujetador así como una
levísima faldita que apenas le cubría unos centímetros de cintura, dejando aparente un
triángulo similar al de antes, de encaje con transparencias, unas medias coronadas por una
puntilla de lo mismo, decoradas con lazos y cintas, y unidas a la parte de arriba por dos
ballenas, una que subía por la cara anterior del muslo y otra por la posterior. La función
apelativa era el rasgo fundamental de ese nuevo atuendo.
Cuando se dejó caer en la silla, anunció:
-Durante los dos próximos números, lo siento, pero no podré detenerme. Lo único que voy a
hacer es pasar. Ya comprenderéis por qué….
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Con el sonido que hizo la puerta al abrirse, tragaron todos saliva. De lejos, les pareció que
venía desnuda, con sólo unas botas y un tanga negro. Únicamente en el instante que precedió
su entrada en el salón, se dieron cuenta de que vestía un body confeccionado con una red de
anchas mallas que no lograban ocultar absolutamente nada, ni siquiera el menor detalle de los
pezones que coronaban unos pechos poderosos, turgentes, empinados como los miembros de
cada uno de los observadores, antes al contrario, presentaban ese cuerpo como un producto de
lujo, bien enmallado para su transporte desde países exóticos.
Le rogaron que, aunque no se detuviera, diera una vuelta más, con objeto de darles tiempo
para grabar aquel prodigio en su retina. Elise dio una vuelta y luego otra. Seguidamente, cruel,
se retiró.
El modelo siguiente era similar. Cambiaba, empero, el tamaño de la malla, que era algo más
fina, aunque no lo bastante como para que no pudiera ser calificado de absolutamente
transparente. Comportaba, sin embargo, ciertas novedades poderosamente inquietantes. La
primera era que no había braguita, por ínfima que fuese, debajo. La segunda, y no menor, es
que llevaba una abertura ante cada uno de sus agujeros, el de delante y el de detrás, haciendo
ambos practicables de inmediato. Elise se presentaba ante ellos lista para el empleo, por
primera vez sin ocultarles nada. Dio las mismas vueltas que antes y desapareció por el pasillo,
dejando atrás a cinco hombres extremadamente turbados. Incluso ella se preguntó si no se
habría pasado un pelo.
Para el próximo pase, eligió de nuevo un equipo con braguita, inefablemente indecente, eso
sí, bien subida de las caderas, con notable transparencia, pero al menos había un poco de tela
delante de su sexo. No sospechaba, en cambio, que los hombres la aguardaban con una
picardía. Ella volvió a las paradas habituales, a los gestos lúbricos. Lo cual quiere decir que
practicó de nuevo la pose de la mesa, durante todo el tiempo que ellos quisieron. Sin embargo,
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cuando se dispuso a sentarse en la silla, se encontró con que Adrien la ocupaba ya y desde ella
le sonreía con la malicia de un sátiro.
-No, no, con eso ya os estáis pasando.
-Venga, Elise, no seas mala. Es lo último que vamos a pedirte. No vayas a rechazárnoslo.
Ya iba a decir que luego querrían todos lo mismo, pero se calló a tiempo. Claro que iban a
tener todos lo mismo, pero mejor no mencionarlo antes de hora. Sería más púdico aceptarlo
después, quedaría como un gesto de equidad.
-Será la ocasión de comprobar si sois unos hombres de palabra.
Su cálculo resultó de una precisión extraordinaria. El ojal cayó justo encima del botón del
varón. Todo su cuerpo se estremeció de un extremo al otro por el contacto de su punto más
sensible con el pedernal que sobresalía entre las piernas de Adrien, pero supo disimularlo.
Claro que dicho contacto produjo estragos en su resistencia. Pasó sus brazos por encima de
los hombros de él, para agarrarse al barrote superior del respaldo. Lo estaba montando como
una amazona bravía. Los rostros de ambos estaban tan cerca que intercambiaban su
respiración.
-No lo has hecho exactamente igual que antes.
Elise se levantó de nuevo, se dio la vuelta y se sentó otra vez, mirando en la misma
dirección que Adrien. Las manos de éste se aferraron a su cintura y la atrajeron un poco hacia
atrás. Sintió que la cuña se le hundía un tanto en su vagina.
-¡Eh!¿qué haces…?
-Perdona… Tú sola los movimientos que hacías…
-¡Vaya, os vais a poner morados! Veremos después qué hacéis…. Realmente, me pedís
cosas que están en los límites de la decencia.
No obstante, aún no había acabado de decirlo, ya lo estaba haciendo. Sólo unas pocas veces
imprimió esa deliciosa presión sobre el miembro en absoluta erección de Adrien.
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Seguidamente recuperó la posición anterior y repitió ese conato de danza sobre una silla. Esta
vez olvidó que Adrien la tenía fuertemente asida de la cintura.
-Bueno, señor casado, ya lo tiene usted bien, ¿no?
Adrien distendió el cepo con que la había atrapado, liberándola. Otra vez voló la paloma,
pero en esta ocasión volaba malherida.
En su habitación buscaba, desesperada, los cantos de las mesas y las esquinas de las paredes
para volver a sentir una sensación similar. Cabalgó un instante el brazo del sillón y se echó en
la cama retorciéndose como una poseída. Volvió, sin embargo, al ataque con una nueva
combinación. En cuanto salió al pasillo, ya había recuperado los aires de una modelo
profesional. Pero en cuanto salió al salón, tuvo que pararse a causa de la impresión que
recibió. Habían colocado a François, al más joven de todos, como un cebo delicioso justo en
el momento en que ella flaqueaba, sentado en la silla, con sólo los calzoncillos puestos.
-¿Veis cómo sois? Habíais dicho que no me pediríais nada más.
-Y no te pedimos nada más…. Es lo mismo que antes.
-Claro…..con la diferencia de que ahora me habéis puesto a un hombre prácticamente
desnudo en la silla. Que además…está….mirad cómo está….
En efecto, el calzoncillo de François semejaba una tienda de campaña con un único palo
plantado en el centro.
-¿Cómo me voy a sentar yo encima……de eso….?
-No es razonable extrañarse de las cosas naturales…. Sobre todo una mujer de mundo como
tú…. Además, no irás a desairar a un muchacho tan joven e inexperto…. A esa edad, ya se
sabe, un desprecio así puede dañar gravemente su equilibrio psicológico….
-Tampoco es un desaire….pero bueno….es….es una indecencia….
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-Venga…tampoco hay que exagerar….esos criterios han modificado hoy en día sus
fronteras… Vamos, dale esa satisfacción inocente al muchacho y lo recordará durante toda su
vida con una inefable gratitud…..
-No sé….veremos cómo reacciono cuando llegue a ese obstáculo.
Prosiguió el recorrido, respetando escrupulosamente cada una de las etapas. En la mesa
cerró los ojos, con la excusa de meditar. Pero cualquiera hubiera dicho que estaba disfrutando
de antemano.
Llegada ante la silla, se quedó plantada, haciendo como que dudaba.
-Pero es que está, realmente…empinado….
Tanto lo estaba que se le veían los pelos y el arranque del pene.
Se puso de espaldas a él, pero se volvió a mirarle el aparato, no se supo muy bien si para
darse valor o para deleitarse en su contemplación. Tras ello, con una indecible sensualidad
disfrazada de precaución, se sentó sobre aquella verga dura, pétrea.
-¡Vaya, desde luego que empuja bien hacia arriba! Mentiría si dijera que no noto nada.
Como sigas así, me vas a levantar como con una palanca… No me atrevo a moverme…
Adrien intervino.
-¿Tú crees que lo resistirás si se mueve un poco?
-Procuraré….
Elise no le escatimó ni un gramo de sensualidad. Se movió exactamente igual que en las
ocasiones anteriores. El espectáculo les había dejado mudos. Sin que ella lo viera, Adrien le
hizo un signo a François para que la agarrara bien de la cintura y la acompañara en sus
evoluciones. Ella se dejaba hacer. Olvidada o no de ella misma, se demoró un poco más. Al
cabo, se levantó y se dio la vuelta, no sin observar, con una rápida ojeada, el estado en que se
encontraba la formidable erección que le había provocado al muchacho. Hacia delante estaba
confrontada directamente al placer que él experimentaba y que se repercutía en ella. Sentía
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por abajo el recorrido del pene de punta a punta. Y consideró que si ello continuaba así, no
tardaría en acabar mal. Afortunadamente intervino Adrien.
-Vale de momento, porque si no, podría producirse una pérdida irreparable.
Se alzó rauda, apresurándose en alcanzar el pasillo para adoptar la verdadera expresión del
deseo que pugnaba por aflorar a su rostro. Esta vez no buscó en la soledad de su habitación
ninguna clase de roce, sino que se tumbó boca arriba en la cama, respirando atropelladamente.
Habría que hacer lo mismo con todos, se dijo, y no estaba segura de poder aguantar hasta el
final sin irse ella misma precipitadamente. Para calmarse, comenzó a hacer ejercicios de
respiración.
Cuando creyó sentirse lista, volvió a la carga. Esforzada Elise. Por el pasillo volvía a ser la
real moza, con absoluto dominio sobre sí misma. Como era de esperar, había otro hombre en
calzoncillos sentado en la silla. En esa ocasión era Pierre. Cuando volvía, era de nuevo una
mujer indefensa y frágil, entregada ya a una pasión que la devoraba por dentro como un
incendio incontrolable. Luego fue James, con quien tuvo que apelar a su última reserva de
voluntad para resistir los deliciosos deslices de aquel juego que generaba un irresistible
frenesí. James, que ya hacía tiempo había sido mordido por esa serpiente cuyo veneno no
conoce más antídoto que el jugo de la vulva de una mujer, o de su boca. James, que iba a
perder la vergüenza de un momento a otro y se iba a poner en evidencia y que, en todo caso,
después de lo que le había hecho en aquella silla eléctrica ya estaba en el paroxismo de su
delirio. El último era Raymond y ya había tenido ocasión de darse cuenta de que éste tenía un
miembro inusitado, descomunal. Mientras se restregaba contra él pensó en la plenitud que le
reportaría un miembro así, incrustado dentro de ella hasta la empuñadura. Si es que era capaz
de recibirlo. El del negro, encontrado en el metro, también debía tener un tamaño similar, notó
bien sus dimensiones pegadas a la raja del culo, empujando, y también las vio marcadas a lo
largo de la pernera del pantalón.
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Con Raymond realmente se las vio y se las deseó para terminar airosa. Se levantó al fin, tras
hacer un postrer y desesperado acopio de valor.
-Ahora sí que hemos llegado al término del espectáculo.
-Un último bis y nos vamos todos a dormir.
-Vale.
Ya había agotado sus existencias de lencería sexy. Así que optó por repetir con ese dos
piezas rojo que había sacado en segundo lugar, cuando el hielo estaba ya roto con el primer
modelo, casi anodino. Al llegar a la mesa, acudieron todos, como en las veces anteriores, a
adorarla. Ella se dejó admirar tratando de imaginar el aspecto que ofrecía ante ellos por detrás,
con el esplendor de sus grupas de yegua salvaje al descubierto. Que la contemplaran le
gustaba casi tanto como que se la cepillaran. A pesar de eso, se dijo que, si no fuera porque
eran quienes eran, no se movía de allí hasta que no se la pasaran todos por la piedra en buena
y debida forma. En esas consideraciones estaba cuando sintió entre sus glúteos el contacto
característico e inconfundible de una verga, esta vez desnuda. En esa ocasión, el escalofrío le
produjo un sobresalto que la hizo erguirse de golpe, quedando apoyada con las manos en la
mesa y los brazos rígidos. Se volvió a ver quién era el autor de aquel atropello. El osado había
sido Pierre.
-Pierre, envaina tu espada.
Así habló, pero sin modificar en nada la posición de su cuerpo, todavía plegado hacia
delante en un ángulo más o menos recto. Pierre fue entonces muy hábil y de un solo
movimiento de caderas se la enfiló dentro. Hay que decir también que Elise estaba muy bien
lubrificada.
-¡Eh! ¿Pero qué haces?
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-¿Pues no me has dicho que envaine mi espada?
-Sí, pero en tu vaina. No en la mía.
-¡Ah, disculpa! Entendí mal….
-Sí….. Ahora sácala….
-Bueno… por otra parte…observa que gracias a esa confusión….hemos dado, sin querer, el
paso que no había que dar…. El mal está hecho….no añadimos nada con continuar….
-No, Pierre….venga….Sal…..
-Sólo un poquito…. Ya que estoy…. Sería cruel hacerme salir enseguida….
-Venga…ya has estado demasiado y todo…. Has abusado, Pierre. Una cosa es disfrutar de
la vista y otra…en fin… La penetración….es…
Era un adulterio, en efecto.
-Ha sido una confusión, ya lo ves…. Pero ahora es un hecho consumado…
Durante toda la conversación, Pierre se había estado deslizando hasta el fondo y saliendo
con suma suavidad.
-Basta ya, Pierre….por favor.
Aquella súplica parecía equívoca. No estaba claro si se quejaba porque se estaban
propasando con ella o para que dejara de atormentarla con un placer demasiado intenso para
poder soportarlo.
-Sin embargo, a ti parece gustarte….
-Soy de carne y hueso….pero al mismo tiempo soy una mujer casada….
Adrien le hizo un gesto a Pierre para que saliera. Pero François ya estaba preparado detrás
de él, ocupando de inmediato el lugar que aquél había dejado vacío.
-¡Eh….! ¿Pero qué es esto! ¿Otra vez?
-Es el muchacho, el pobre….no ha podido resistir una escena tan cargada de erotismo…. Ya
sabes cómo es la sangre nueva…inflamable.
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-Sí pero bueno….yo….no puedo….
No obstante, sí parecía poder.
-Eso sería en verdad un crimen, negarle al muchacho una leve mojadita, así…entrar y
salir….
-Entrar y salir….ya ha entrado y salido por lo menos diez veces….
Adrien le hizo un gesto para que dejara el puesto libre.
James realmente no podía más y entró a saco, con empellones recios y profundos. Elise ya
no protestó, sino que permaneció en silencio. Adrien dijo en voz baja a los otros:
-Ya ha sentido el hierro. Y cuando una mujer siente el hierro así, no hay quien la pare.
Agarraos ahora, que viene curva. Cuando se le despierte la tempestad por dentro, os vais a
enterar de lo que vale un peine.
Luego tuvo que aconsejarle a James que parara un poco, que ella era un bombón demasiado
bueno como para comérselo de un solo bocado. Y se la endilgó él mismo.
La hembra que Elise llevaba dentro, tomó el timón. Lo que está hecho, está hecho. Quien
mal anda, mal acaba. Ahora, a Roma por todo. Aquellos vaivenes le estaban gustando ya en
demasía y, aunque lo hubiera querido, no hubiera podido ocultar el gozo intenso que ello le
producía. Cerró los ojos y se abandonó del todo a la posesión del varón. Finalmente, perdió
las últimas rémoras de recato y empezó a gemir, al principio casi inaudiblemente pero luego
dando rienda suelta al tiránico ardor que se gestaba dentro y pugnaba por encontrar una salida.
Pero Adrien salió. Entonces Elise misma se sobresaltó: ¡Raymond! Se giró a ver la
descomunal lanza que ya llevaba éste en ristre en dirección hacia su centro.
-Espera Raymond. Despacio. Porque a ti natura te ha dotado con una prodigalidad tal vez
excesiva.
Se colocó en la posición más practicable posible, el trasero bien alzado, los muslos
separados.
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-Ahora, Raymond. Suave.
El glande entró sin dificultad.
-¿Así?
-Sí, así. Continúa.
Raymond fue progresando sin prisas, pero sin pausas. Lentamente, su prominente pica fue
desapareciendo dentro de las grupas de Elise. Con paciencia, consiguió alojársela toda entera,
hasta la empuñadura.
-Ya está.
-¡Ah….!
Enseguida dio comienzo la operación inversa, con idéntica lentitud, hasta que sólo quedó el
glande en el interior. Luego hacia delante otra vez un poco más deprisa y viceversa.
Incrementando progresivamente la velocidad de penetración y de huída. Mas el émbolo, por
tremendo que fuera, se deslizaba convenientemente por el canal de Elise. Seguro ya de que no
le iba a hacer daño, procedió a darle los mismos empellones que James. Tremendos. Elise los
recibía con una concentración extrema, apoyada ahora en la mesa con los antebrazos,
entregada ya sin la menor reserva.
Adrien había percibido, no obstante, la debilidad de Elise por James. Así que ordenó a su
alfil que se dispusiera a ocupar la cabecera de la mesa. A Raymond le hizo un gesto para que
se retirara y a Pierre para que lo reemplazara, pero indicándole asimismo que atrajera un tanto
el cuerpo de Elise hacia sí. Lo hizo y entonces James se colocó en el lugar indicado,
ofreciéndole su miembro, ligeramente empinado hacia arriba, a la boca de Elise. Ella había
visto realizarse la maniobra con cierta sorpresa, pero sin oponer la menor objeción. En cuanto
la tuvo suficientemente cerca de su boca, se puso a chuparla con suma delicadeza y se diría
que hasta cariño, mientras Pierre le envainaba de nuevo la espada por detrás, sin miramientos
ya.
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Cuando Elise comenzaba a acusar el castigo de vara y a suspirar profundamente y a gemir,
entonces, Adrien, con un gesto, ordenaba el relevo. Ella ignoraba que había un general que
dirigía esa batalla en la que todos los cañones hacían fuego contra ella. En cuanto comenzaba
a gustarle en extremo, entonces se le salían de dentro y la dejaban vacía por arriba y por
abajo. Decidió pasar a la ofensiva, porque eso no podía continuar así. Ella andaba malamente
necesitada ya de dos o tres buenas bombas de placer estallándole por dentro. Con la boca y la
lengua dejó de hacer caricias para pasar decididamente a la mamada radical. Mientras tanto,
su cuerpo ondulaba rítmica e independientemente y sus cuartos traseros subían y bajaban y
alternativamente describían circunferencias. Todo al mismo tiempo, con un dominio absoluto
de la coordinación de los movimientos de las partes implicadas de su cuerpo. Adrien se veía
obligado a acelerar los relevos. Pierre no pudo evitar pensar que, también en eso, como en el
tango, había una cierta profesionalidad en esa chica.
Al ver que no podía hacerse con ellos, pues se le retiraban antes, se decidió a protestar.
-Pero ¿qué pasa, ahora que quiero yo, no queréis vosotros?
-Queremos disfrutarte, Elise. Con lo que nos ha costado convencerte…. Además, no
deseamos que se acabe….es preciso que dure el mayor tiempo posible.
-Me comprometo a exaltaros para que me deis dos o tres asaltos más cada uno. Pero ahora
necesito ya que me acabéis, tengo las entrañas como carbones encendidos.
-Espera a que te degustemos antes un poco en alguna otra posición.
-Después.
-No, mira, acuéstate boca arriba sobre la mesa, con las piernas en alto. Así…
Adrien se agarró a esas dos columnas, coronadas por un elegante capitel en forma de
zapatos de tacón y comenzó a darle candela. A Elise se le arqueaba el cuerpo solo, se le
retorcía, sus manos se agarraban a los bordes del tablero y pedía más…más de todo y sin
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parar y a fondo…. Así, tuvo que recibirlos uno detrás de otro. Ahí no pudo sino darse cuenta
de que había un director de orquesta.
-Por favor, Adrien, ordénales que me partan por la mitad. No puedo resistir ese fuego que
me quema la vagina. Necesito que viertan dentro su agua de vida. Por favor, luego haré lo que
me pidáis. Os la chuparé lentamente toda la noche, pero ordena el asalto final ahora, no puedo
aguantar un solo minuto más.
Luego, el maestro de ceremonias le señaló la silla. Ella se calmó un tanto y obedeció
pensando que sería la última dilación. Se puso a horcajadas sobre Adrien y ella misma se
introdujo su vara de medir, retorciéndose enseguida como una anguila. Así sucedió con los
otros cuatro. Seguidamente pasaron al sofá. Adrien se tendió boca arriba y le pidió que se
acercara. La penetró por la vulva y ordenó a Pierre que la penetrara por el ano y a Raymond
que la hiciera chupar. Elise, asaeteada por los tres agujeros de que disponía para ser asaeteada,
creyó perder la razón. Esa misma figura la recompusieron varias veces. Se dio cuenta de que
sus alaridos debían oírse en todo el barrio.
-Ahora volvamos a la mesa. Esta vez, te lo prometo, tirarán con munición real.
Elise se ofreció presurosa a François, que la tomó a empellones, al tiempo que ella se
consagraba a una chupada furiosa, virulenta, en beneficio de James. El jovenzuelo se había
lanzado ya a todo galope dando tremendas sacudidas al cuerpo de Elise, que la hacían temblar
de pies a cabeza, pero ella se le levantaba por detrás, llamándole sin palabras, incitándole a
continuar. Ambos se vaciaron en gritos y gemidos. Pero Elise necesitaba mucho más. James
se las vio y se las deseó para lograr al fin contenerse. Pasó detrás de ella. François ocupó su
lugar con objeto de recibir, a su vez, las caricias bucales. Llegó al fin para James el momento
que había estado esperando desde hacía casi veinticuatro horas. Sin apuntar siquiera el arma,
acertó y comenzó una desaforada carrera hacia una meta que había creído inalcanzable, pero
que ahora tenía al alcance de la mano. La asió fuertemente de las caderas y le dio los puyazos
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más contundentes que pudo para resarcirse de la insoportable excitación que lo había tenido
atenazado durante todo el día. Elise ya no trataba de calmarlo, sino que, cuando la lluvia de
empujones amainaba algo, le incitaba con movimientos que eran la lubricidad misma y se lo
quería aspirar todo por su vulva. Elise estaba gritando de nuevo como la primera vez y James
se vació con un alarido sordo. Tras recibir el licor ardiente por abajo, se dispuso a recibirlo
también por arriba. Intensificó el ritmo y la presión ejercida con sus labios, hasta que sintió
que el momento había llegado, entonces succionó como con una pajita, no dejando que se
desperdiciara ni una sola gota. Con todo y con eso, el hambre no se le aplacaba. Tenía la
impresión de estar todavía en los aperitivos. De modo que un ansia incólume, si no renovada,
la obligó a abrirse bien para recibir el temible castigo de Raymond. Y cuando le tocó chuparse
esa descomunal verga, se sintió el más acabado putón del que se haya tenido jamás noticia, ni
en los más antiguos anales de la historia. Lo que multiplicaba su calentura Pero aquél
oleoducto, tras haberla desbordado por abajo, la desbordó por arriba. Tuvo que pedir que le
trajeran del baño una toalla. La secaron y se la volvieron a hincar de inmediato, pues no había
concluido ni siquiera la primera ronda.
La segunda tuvo lugar sobre la silla y la tercera en el sofá, donde se compuso de nuevo ese
monstruo mitológico de cuatro cabezas, ocho brazos y ocho piernas. Mas esta vez, Elise
recibió al mismo tiempo la cálida y dulce recompensa de los tres ataques combinados. Pensó
que la feminidad y la belleza de la mujer no podía recibir mejor y más explícito homenaje que
ese ataque tripartito, coordinado, pues muestra con la mayor evidencia la urgencia de los
hombres por cubrirla, por gozarla sin la menor dilación, como sea y sin esperar turno
individual, poco importa si hay que compartirla. Intuitivamente, todos saben muy bien que la
mujer es un espejo para el hombre y viceversa, que ambos espejos están confrontados y,
durante un tiempo al menos, hasta llegar al éxtasis, los reflejos que producen se multiplican
hasta el infinito y el placer que un cuerpo siente, lo devuelve quintuplicado. Así, esa mujer
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asaltada por sus tres flancos a la vez, recibiendo el impulso y el magnetismo sexual por todos
sus orificios, debía sentir el mayor placer que le es dado sentir a un organismo sensible y, en
consecuencia, el contragolpe que recibían los atacantes y los curiosos poseía el ímpetu y la
contundencia de un mazazo en pleno pecho, donde se transformaba de nuevo en energía que
daba fuego a la punta de la lanza. Y ese fuego hacía feliz a Elise.
Únicamente al término de la tercera batalla, consiguieron llegar a un acuerdo las partes para
establecer una tregua. Tomaron una buena ducha, en los dos baños de que disponía el
apartamento y, mucho más apaciguados, regresaron al salón. Eran las cuatro y pico de la
mañana. Elise sugirió que desplegaran los dos sofás y los juntaran, ello formaría una vasta
cama donde dormirían todos juntos.
-En el momento en que alguien note que se le fortalece el miembro que no dude en venir a
cubrirme. Una noche con tal abundancia de recursos y de energía no está hecha para ser
dormida.
En efecto, los tres hombres más jóvenes, al rato, ya estaban solicitándola y Elise volvió a
estar ocupada por arriba y por abajo. Es entonces cuando la pericia de la mujer arranca
muchos orgasmos a un cuerpo exhausto, que son robados. Tan sólo al amanecer hubo un poco
de calma en el campo de batalla. Pero algo más tarde, los dos más maduros, con la fuerza de
la orina, le dieron a la fortaleza los postreros asaltos.
Elise, colmada, fue a tomar una ducha. En su habitación, consultó el móvil. Tenía un
mensaje vocal de parte los servicios del aeropuerto. Su vuelo estaba previsto para las diez y
media de la mañana. Atravesó un paisaje donde reposaba una multitud de marmóreos torsos y
muslos y miembros masculinos. Sintió un íntimo orgullo pues ella, con su frágil cuerpo, había
sido la vencedora de todo ese ejército de guerreros descomunales que yacía ahora derrotado.
Entró en la cocina y se preparó un buen desayuno con zumo de naranja, leche y un par de
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tostadas con una consistente mantequilla normanda, sobre las que untó una espesa capa de
mermelada de fresa.
Mientras desayunaba, entró Adrien.
-No hay palabras para agradecerte las atenciones que has tenido con nosotros.
-Resultaría complicado determinar a quién se deben en realidad mis atenciones, pues tengo
la impresión que alguien me las ha arrancado con una sorprendente habilidad….
-En todo caso, he pasado, gracias a ti, la noche más intensa de mi vida.
-Eres muy amable. También yo creo que he pasado, gracias a ti, una de las noches más
intensas de mi vida. Ahora confío en vuestra discreción. La cual siempre puede ser
recompensada, a su debido momento.
-Puedo asegurarte, en nombre de los cinco, que seremos una sola tumba.
Elise tomó una hoja de un bloc que había sobre la mesa y anotó el número de su móvil.
-Llamadme si alguna vez volvéis por París.
-Gracias. En nombre de todos.
-Tengo que irme. Mi vuelo sale a las diez y media de la mañana.
-Sí, de todos modos he recibido un mensaje de Yohan. Llegará a París esta tarde. Parece ser
que los aeropuertos de París recuperan un funcionamiento normal.
Mientras el avión tomaba altura, Elise respiró profundamente y se tranquilizó del todo. Eran
cinco hombres cabales, no dirán nada. Por otra parte, consideró que había salvado los
muebles, a pesar del prurito que comenzó a devorarla desde la misma mañana del día anterior,
había logrado disimular sus ansias para asumir convenientemente el papel que debe
desempeñar toda mujer, el de ser conquistada. Al final, es la mujer la que generosamente da y
no la que egoístamente recibe, aunque en el fondo reciba más que dé, aún en casos menos
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evidentes que éste, pero el mundo de las apariencias tiene sus reglas que conviene respetar.
Cerró los ojos, evocó todas las escenas que había presenciado durante las últimas horas, pero
ya sin excitación sino con cariño, con la ternura de una mujer que ha tenido la bondad de
calmar los excesos y la exhuberancia de la naturaleza masculina, siempre desmesurada,
siempre a punto de desbordar. Más acuciante aún que la naturaleza femenina, por mucho que
ésta incluya también sus imperativos, sus exigencias. Pero el hombre lo tiene todo a flor de
piel, ella nota esa hipersensibilidad en cada ocasión que toca, por la primera vez, ese pene
palpitante, suave, ardiente, y provoca tal escalofrío, terrible, instantáneo, que atraviesa como
una descarga eléctrica todo el cuerpo macizo del varón. Si una tiene la posibilidad y está en su
mano, debe procurarles ese alivio, esa paz a la que todo ser vivo tiende, para restablecer su
equilibrio. Así, arrullada por el recuerdo de las caricias prodigadas, se durmió profundamente
camino de Boston.
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